La muerte os sienta tan bien

Detalle de Autoretrato (1887) de Vincent van Gogh.

Un buen día, un grupo de empresarios contactó con Bill Curbishley, mánager de The Who, para contratar los servicios del batería Keith Moon en una celebración. Era una idea maravillosa si se obviaba el hecho de que el evento en cuestión era la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y a esas alturas Moon ya llevaba muerto treinta y cuatro años. Curbishley tuvo el detalle de contestar amablemente a aquella insólita y desinformada demanda: «Les escribí un email explicando que en la actualidad Keith residía en el crematorio Golden Grees, tras haber sido fiel a la famosa estrofa de The Who que sentenciaba “Espero morir antes de llegar a viejo” [de la canción «My Generation»]. Si ellos tienen a mano una mesa redonda, unos cuantos vasos y algunas velas a lo mejor pueden contactar con él». En el fondo, en los terrenos artísticos, la muerte nunca ha sido el final.

El lienzo os sienta tan bien

Todo el mundo sabe que en el campo de la pintura lo mejor que le puede pasar a un artista es palmarla. Porque en los lienzos la muerte del autor implica una revalorización instantánea del trabajo previo y esto es un hecho tan universalmente reconocido como para que la propia cultura popular lo haya aceptado como irrefutable: cuando un personaje fallece en el videojuego Los Sims, todos los cuadros que ha realizado durante su vida digital aumentan súbitamente de valor.

La culpa de todo esto probablemente recae sobre los hombros postimpresionistas del neerlandés Vincent van Gogh (1853-1890), un pintor que tuvo lo que románticamente se conoce como una vida de mierda: demostró tener un carácter de varios millones de demonios, saltó sin rumbo de un oficio a otro (trabajó en una galería de arte pero también ejerció de pastor protestante y misionero), su vida amorosa encadenó fracasos y enamoramientos no correspondidos (se declaró, sin éxito, a su propia prima e intentó convencer a la familia de lo sincero de sus intenciones mediante el nada alarmante acto de aguantar la mano sobre la llama de una vela), su situación económica fue desastrosa y tuvo la desgracia de sufrir enfermedades mentales en una época donde los métodos para lidiar con ellas implicaban camisas con muchas hebillas y paredes muy blanditas. También se mutiló su propia oreja para remitírsela a una prostituta de un burdel del que era asiduo, y se disparó en el pecho a los treinta y siete años, falleciendo un puñado de horas después a causa de la infección.

Entre tantas alegrías, el hombre tuvo tiempo de pintar más de ochocientas sesenta pinturas al óleo y cubrir más de mil trescientas páginas con acuarelas, dibujos y bocetos varios. Una amplia producción de la que van Gogh solo fue capaz de vender en vida una única obra: El viñedo rojo cerca de Arlés (1888) un cuadro que presentó, junto a otras cinco creaciones propias, en la muy prestigiosa exposición Les XX en Bruselas a principios de 1890. Una muestra donde el pintor Henry de Groux declaró que le parecía ofensivo exponer su trabajo «al lado del abominable jarrón con girasoles de Monsieur Vincent» mientras Claude Monet afirmaba que la obra de van Gogh era lo mejor de toda aquella exhibición de marisabidillos. Unos pocos meses después, a van Gogh le dio por morirse justo cuando comenzaba a cosechar fama en Francia y Bélgica, y el éxito encumbró definitivamente al pintor monooreja cuando el pobre ya se había convertido en un terrario de malvas. Las numerosas exposiciones póstumas atrajeron alabanzas de unos críticos que habían pasado por alto su trabajo.

El viñedo rojo cerca de Arlés (1888). Vincent van Gogh.

La desgraciada existencia de van Gogh ayudó a tallar la romántica figura del artista como personaje que, tras chapotear entre la mugre en vida, alcanza la fama después de muerto. Una silueta que ya llevaba tiempo siendo una constante entre los pinceles: durante el siglo XVI, Pieter Brueghel el viejo (h. 1525-1569) fue menospreciado por empecinarse en retratar escenas cotidianas protagonizadas por gente feúcha y común en lugar de pincelar reyes y estampas religiosas, como hacían los pintores de la época con ganas de convertirse en superestrellas. Unos cuantos centenares de años después los estudiosos del arte auparían a Brueghel como uno de los grandes pintores de su época por culpa de haber hecho justo lo contrario que los pintores de su época.

Los cuerpos de colores vivos y proporciones caprichosas que dibujaba el parisino Paul Gauguin (1848-1903) fueron considerados en su época como poco más que dibujos de colorear por números, pero tras su muerte fueron loados por entendidos y ejerciendo de inspiración para los vanguardistas amigos del arte moderno. El trabajo de el Greco (1541–1614) fue etiquetado por sus contemporáneos como incomprensible, ridículo, despreciable o merecedor de todo tipo de escarnios, mientras la enciclopedia londinense Cyclopædia: or, an universal dictionary of arts and sciences lo definía como «la persona que pintó horrores en El Escorial». Que el pintor se ciscase abiertamente en el Miguel Ángel renacentista tampoco ayudó demasiado a hacerlo más simpático entre los círculos pictórico. En realidad el hombre estaba viviendo adelantado a su época y el resto del mundo no le daría alcance hasta tres siglos después.

M. C. Escher (1898-1972) fue mirado por encima del hombro por un puñado de críticos que consideraban que lo suyo eran garabatos simpáticos pero poco serios. Lo de la italiana Artemisia Gentilesch (1593-h. 1656) fue bastante jodido porque no era fácil ser mujer en un mundo dominado por los hombres (algo que ya es difícil hoy en día) y también porque el hecho de participar en el enjuiciamiento del hombre que la violó cuando era joven (su propio tutor, el pintor Agostino Tassi) eclipsó durante años su reconocimiento como uno de los pinceles más virtuosos del Barroco. Sus fabulosos retratos de mujeres poderosas serían alabados por las historiadoras feministas más de trescientos años después.

La boda campesina (ca.1566) de Pieter Brueghel. Thaitianas en la playa (1891) de Paul Gauguin. Salomé con la cabeza de San Juan Bautista (ca.1610) de Artemisia Gentilesch.

Arthur Pinajian (1914-1999) ejerció de dibujante de cómics durante los años treinta, cuarenta y cincuenta para editoriales como Quality, Centaur Comics, Fiction House o Marvel. Pero también batalló en la Segunda Guerra Mundial, de la que regresó con una medalla de bronce en el pecho, y dedicó gran parte de su existencia a convertirse en el mejor artista ninja posible: alejado por decisión propia del circuito comercial, y en general de la mirada de cualquier criatura humana, se obcecó por depurar en privado su técnica artística y perfeccionar el dominio de todos los movimientos pictóricos que le resultaban interesantes (entre los que figuraban el  impresionismo, el surrealismo, el cubismo o el expresionismo) produciendo una tonelada de obras que no llegaron a salir de su garaje. Falleció en 1999, y ocho años más tarde se descubrieron miles de sus creaciones en el trastero de su casa. «Pintó durante todos los días de su vida, pero nadie vio su arte. Nunca tuvo ningún tipo de reseñas y ninguno de sus trabajos se exhibió en un museo o galería de Nueva York» explicaría el historiador de arte Peter Hastings Falk después de tasar aquel descubrimiento por encima de los treinta millones de dólares.  

La música os sienta tan bien

Supongo que tendré que morirme de una puta vez para que volvamos a ser grandes en América.

Freddie Mercury. Is this the real life? The untold story of Queen.

El rapero Tupac Shakur ya era toda una estrella superventas cuando una tropa de pistoleros gangsta se le acercó en Las Vegas, mientras esperaba en un coche ante un semáforo en rojo, para introducirle amablemente cuatro balazos en el cuerpo. Un desagradable suceso que a la larga no solo lo convirtió en leyenda sino que además permitió que su carrera musical se extendiese más allá de la muerte: se publicaron más discos de estudio tras su fallecimiento que durante toda su vida (siete álbumes después de muerto frente a los cuatro cuando coleteaba, eso sin contar las numerosas recopilaciones póstumas). Una productividad disparatada que alimentó la leyenda urbana de que el rapero había fingido su propio asesinato para zafarse de rifirrafes con matones.

El rapero neoyorquino Notorius B.I.G. fue uno de los sospechosos de haber encargado de aquella ofrenda de plomo a un Tupac con el que se llevaba regular. Curiosamente (o no) B.I.G. acabó sufriendo el mismo destino que su enemigo tan solo medio año después de la muerte de aquel: cuatro tiros se lo llevaron por delante mientras estaba sentado en un coche, una tragedia que lo aupó al pedestal de los raperos ilustres. Lo gracioso es que tres años antes había debutado con un disco bautizado Ready to Die y, sobre todo, que dos semanas después de diñarla se puso a la venta su nuevo álbum, un trabajo desafortunadamente titulado Life Ater Death que encima se cerraba con la canción «You’re Nobody (‘Til Somebody Kills You)» («No eres nadie hasta que alguien te mata»).

No fueron las únicas casualidades inoportunas en el mundo de la música. John Lennon bromeó durante una entrevista al profetizar que The Beatles la palmarían «en un accidente de avión, o siendo eliminados por algún tarado». Lennon era consciente de la nobleza que otorgaba la muerte a los artistas y llegó a declarar que de haberla palmado durante su famoso «fin de semana perdido» (un periodo de dieciocho meses de desfases varios tras separarse de Yoko Ono) la crítica lo aplaudiría y empatizaría con su mensaje. Una idea que sus canciones ya insinuaron, «Nobody Loves You (When You’re Down and Out)» se cerraba con la línea «everybody loves you when you’re six foot in the ground» («todo el mundo te ama cuando estás a dos metros bajo tierra»). Que Amy Winehouse desdeñara directamente la rehabilitación en el estribillo de «Rehab» convirtió aquel tema en un legado tétrico después de que la cantante falleciese por intoxicación etílica. Kurt Cobain cantó «And I swear that I don’t have a gunNo I don’t have a gun» y tituló uno de sus singles con un «I Hate Myself and Want to Die». John Denver canturreó «’Cause I’m leaving on a jet plane/ Don’t know when I’ll be back again» y el destino decidió que sería gracioso que el hombre la espichase en un accidente de avión.

Portada de Rolling Stone.

En 1981, la revista Rolling Stone colocó en portada al líder de The Doors, diez años después de su muerte, junto a un titular que reflejaba la inmortalidad otorgada por el mundo del espectáculo: «Jim Morrison: He’s hot. He’s sexy. He’s dead» («Jim Morrison: Está bueno. Es sexy. Está muerto»). Eva Cassidy murió en el 96 con treinta tres primaveras siendo una desconocida para todo aquel viviese más allá de Washington DC. Al menos hasta que un par de años después la BBC comenzó a radiar sus canciones y emitir por televisión un clip de «Over the Rainbow» que resultaba más epatante al descubrir que la mujer murió tan joven. A partir de entonces, la desaparecida protagonizó una muy exitosa carrera musical póstuma a nivel internacional: se publicaron más de una decena de nuevos álbumes de Cassidy, unos lanzamientos que escalaron las listas de éxitos y vendieron en conjunto más de diez millones de discos.

Nick Drake, un introvertido músico inglés, vendió más discos cuando su «Pink Moon» formó parte de un efectivo anuncio de Volkswagen que a lo largo de toda su carrera. Aunque desgraciadamente dicho spot llegó veintiséis años después de que el cantante se despidiese del mundo con una sobredosis de antidepresivos. Robert Johnson ayudó a moldear el blues pero murió siendo un completo desconocido (solo existen dos fotografías suyas y su vida es una enorme incógnita) hasta que varias décadas después fue descubierto por los historiadores musicales.

En las carreras de gente como Elvis Presley, Michael Jackson o Whitney Houston la muerte propició que el público olvidase que las estrellas llevaban años arrastrando la capa por el fango y convertidos en un chiste. Jeff Buckley y Aaliyah fueron artistas con talento cuyas muertes trágicas (el primero murió ahogado en el río Misisipí y la segunda en un accidente de avión) captaron el interés de cierto público popular que de otra manera no se hubiese enterado de su existencia.

Existe algún caso donde el finado optó por echar una mano a sus colegas desde el más allá: un Freddie Mercury en las últimas animó a Brian May a seguir adelante con la publicación de un single en solitario, «Driven by You», asegurando que si el lanzamiento coincidía con su propia muerte (tal y cómo ocurrió) aquello ayudaría al guitarrista a disparar las ventas.

Nick Drake, genio y figura después de la sepultura.

Johnny Cash agarró el «Hurt» de Nine Inch Nails y lo versionó para convertirlo en un epitafio redondo (el magnífico vIdeoclip de Mark Romanek ayudó muchísimo). David Bowie hizo algo parecido con Black Star, un disco que contenía versos como «Look up here, I’m in heaven / I’ve got scars that can’t be seen / I’ve got drama, can’t be stolen / Everybody knows me now» («Mirad aquí, estoy en el cielo / Tengo cicatrices que no se ven / Tengo una tragedia que no puede ser usurpada / Todo el mundo me conoce ahora») y que deja bien claro que el hombre que cayó a la Tierra sabía que no le quedaban demasiados telediarios por delante. Alguno optó por dejar las cosas claras sobre el futuro de su música: Adam Yauch, alias MCA, de los Beastie Boys prohibió expresamente en su testamento que su legado musical apareciese en cualquier tipo de anuncio publicitario.

Lo peor de todo es que en la actualidad la tecnología amenaza con convertir a los desaparecidos en un ejército de zombis digitales: durante el Festival de música y artes de Coachella Valley de 2012, Tupac Sakur reapareció cantando junto a Snoop Dogg en forma de carísimo monigote digital construido por el equipo de efectos especiales que se encargó de Tron: Legacy o El curioso caso de Benjamin Button. La cosa comenzó a dar más miedo cuando Michael Jackson resucitó luciendo figura holográfica para los Billboard Awards de 2014 y sobre todo cuando Christina Aguilera se marcó un dueto con el holograma de una Whitney Houston que había fallecido cuatro años atrás.

¡2pac ha vuelto! ¡Y en forma de CGI  escalofriante!

Las letras os sientan tan bien

Herman Melville, padre de Moby Dick, Taipi: Un edén caníbal y Bartleby, el escribiente fue considerado un autor menor en su época y sacó poco beneficio económico de sus escritos. Gozó de un pequeño éxito inicial pero a la larga acabó siendo gradualmente olvidado por el mundo, y sus libros convertidos en diana de malas críticas: Weekly Day Book publicó una reseña de Pierre o las ambigüedades que llamaba al escritor «chalado» e incluía el siguiente comentario: «Supuestamente Melville está trastornado y sus amigos han tomado medidas para ponerlo bajo tratamiento. Esperamos que una de las primeras precauciones sea mantenerlo muy alejado de la pluma y de la tinta». Algo irónico teniendo en cuenta que la redacción del propio Weekly Day Book estaba compuesta por el tipo de personas que más lejos deberían mantenerse de la pluma y la tinta: una banda de supremacistas blancos tarados del siglo XIX. La relegación de Melville al olvido fue tan marcada que en la actualidad hay quiEn todavía se cree la leyenda urbana de que el New York Times escribió mal su nombre en el obituario de rigor, cuando en realidad lo que escribieron mal en el periódico fue el nombre del cetáceo. Finalmente, el escritor sería considerado un clásico de las letras muchos años después de rellenar parcela en el cementerio.

Las novelas de Jane Austen gozaron de cierta notoriedad durante su época pero no hicieron famosa a su autora, más que nada porque ni siquiera especificaban su nombre: Sentido y sensibilidad se publicó firmada por «Una señorita», Orgullo y prejuicio se editó con un «Por el autor de Sentido y sensibilidad» en su primera página, Mansfield Park con un «Por el autor de Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad» y Emma con un «Por el autor de Orgullo y prejuicio». Tras la muerte de la escritora, su hermano Henry decidió revelar al mundo literario que ella era la pluma detrás de todo. H. P. Lovecraft murió empobrecido y siendo un completo desconocido para el mundo literario, solo llegó a publicar su trabajo en revistas de alma pulp, pero una horda de autores posteriores agarraron sus mitos para expandirlo hasta convertirlo en religión para todo aquel acostumbrado a tirar dados con más caras de las que una persona normal consideraría lógico. 

H.P. Lovecrat, o la pluma más hábil a la hora de describir criaturas indescriptibles. Fotorafía: Lucius B. Truesdell (DP).

Frank Kafka publicó cosillas durante su existencia, pero permaneció toda la vida siendo un desconocido para el mundo sin que aquello le preocupase en exceso. También se la traía floja el reconocimiento póstumo, y por eso mismo encomendó a su amigo Max Brod que después de su muerte hiciese una bola gorda con todo su trabajo y lo arrojase a alguna chimenea elegante: «Querido Max, mi último deseo es que todo lo que dejo detrás, mis diarios, manuscritos, cartas (mías y de otros), borradores y todo lo demás sea quemado sin ser leído». Pero Brod no cumplió la promesa y en lugar de calcinar los papeles que el escritor apilaba en el estudio decidió publicarlos convirtiéndolo en un fenómeno internacional. Lo mismo ocurrió con Emily Dickinson cuando encomendó, bajo estricta promesa, a su hermana Lavinia Dickinson la labor de incinerar su papeleo tras su muerte. Lavinia carbonizó la mayor parte de la correspondencia de la poetisa pero decidió salvar las agendas que la hermana mayor había acomodado en un baúl tras descubrir que contenían versos maravilloso. Mientras Emily Dickinson vivió apenas una docena de sus creaciones fueron publicadas (con retoques realizados por otros, para más recochineo), pero tras su muerte salieron a la luz unos mil ochocientos poemas que la sentaron en el trono de las grandes autoras de la historia.

Jane Austen, escritora excelsa y culpable de convertir a Colin Firth en un imán de bragas.

El sueco Stieg Larsson se convirtió en un autor de best-sellers de carácter internacional con una trilogía Millenium construida en torno a novelas con pintas de ladrillo y títulos interminables, pero la palmó antes siquiera de que se publicase el primero. El caso de John Kennedy Toole es legendario: Toole firmó una de las novelas más descacharrantes de la historia, La conjura de los necios, pero se suicidó antes de encontrar a alguien dispuesto a publicarla. El mundo se habría quedado sin catar aquella obra de no ser porque su madre, Thelma Toole, agarró el manuscrito del desaparecido hijo y se dedicó a pasearlo durante años por las editoriales. Tras muchas negativas, la mujer casi se lo hizo comer a un Walker Percy que, fascinado por el texto, ayudó a publicarlo. La conjura de los necios se llevó el Premio Pulitzer de ficción en 1981, convirtió a Toole en un escritor respetable y dibujó al antihéroe definitivo: Ignatius J. Reilly. Y todo porque madre no hay más que una.


Memoria del fuego

Fotografía: Scott Miles Love (CC).

En este invierno eterno para los sentidos al que nos arrastra la euforia digital, la visión de un manuscrito literario consumiéndose en el fuego me parece uno de los más bellos anacronismos que uno puede imaginar. Pensar en manuscritos devorados por las llamas es una visión tan de otro tiempo como si hablásemos del trabajo de un herrero o un alfarero. La multitud de aparatos de calor escondido que utilizamos cada día en casa nos impide que tengamos un contacto real con el fuego, y sin embargo su imagen sigue ejerciendo sobre nosotros una fascinación irresistible, quizá porque en nuestra mente aún perduran posos del pasado cavernario. El fuego es, por tanto, el mejor símbolo de destrucción que nuestro cerebro puede hallar, y también el más bello.

Pensaba estos días en fuego y manuscritos literarios mientras leía la reconstrucción del texto supuestamente perdido de Malcolm Lowry llamado In Ballast to the White Sea, que en España acaba de ser publicado con el nombre de Rumbo al mar blanco. Leía desconcertado a Lowry —que por otra parte es como se debe leer a este genio— y me preguntaba qué será dentro de unos años de esa filología de Indiana Jones que continúa hurgando en los vertederos de la cultura, espiando cualquier archivo olvidado y buceando en las carpetas que nadie recuerda para conseguir el próximo nuevo texto de alguno de nuestros ídolos literarios. Me admira esa paciencia bibliófila con mucho de arqueología que tienen algunos, y que en los últimos años nos ha ofrecido inéditos nada más y nada menos que de Walt Whitman, Charlotte Brontë, Scott Fitzgerald, o Edith Wharton.

Me apena pensar que en nuestra glaciación digital el legado de un escritor contemporáneo dejará de tener una presencia física en algún viejo anaquel para constituir un puñado de archivos de ordenador diseminados en una carpeta virtual. Hablar de manuscritos devorados por el fuego en el mundo digital, en el que una pérdida parecida equivaldría a la desaparición de una cadena de unos y ceros en la superficie de una lámina, nos confirma que el tiempo de la poesía se ha acabado y que algo estamos haciendo mal.

Los manuscritos ya no arden, sencillamente porque no hay manuscritos, y con las copias de seguridad, la nube y todos nuestros intentos de que lo que hagamos sea eterno y ubicuo, estamos perdiendo la posibilidad de contemplar esta belleza oscura de lo perdido, esa poética de lo irremplazable. Se acabaron los diarios cenicientos y abandonados, las cartas recogidas con una cinta de color que aparecen en el armario de una casa no explorada. Adiós al maletín escondido en el fondo de una biblioteca, el manuscrito perdido entre miles de páginas sin interés que amarillean su destino. Los investigadores futuros no lucharán contra el pulso imposible de un autor acechado por la muerte, ni manipularán viejos legajos o copias al carbón de imposible lectura, sino que si tienen suerte hallarán en el área de un disco duro una secuencia desconocida que corresponde a un texto. Su labor se limitará a batir el clic de un ratón hasta que con suerte y paciencia aparezca algo. Estarán de acuerdo conmigo en que no es lo mismo que encontrar un nuevo Whitman en las ediciones olvidadas de un viejo diario.

La adoración absoluta de un autor literario te lleva a admirar no solamente los libros que conoces de él, sino a fantasear con aquellas obras que se perdieron para siempre, esa obra mítica que alguno de tus ídolos escribió durante años y nadie o casi nadie ha leído y por tanto es susceptible de convertirse en el nuevo diamante perdido en una sima. En la historia de la literatura se conocen no pocas obras de grandes autores que se suponen perdidas para siempre porque el fuego dio con ellas, y otras muchas que prácticamente llegaron a sentir el calor devorador del fuego pero fueron salvadas en el último momento.

El sentimiento que suele empujar a un escritor a enviar un manuscrito a las llamas es el de insatisfacción con el trabajo propio, ese prurito perfeccionista que con demasiada frecuencia sobra en los genios y falta en los mediocres. El fuego ha devorado el producto del talento de muchos escritores que simplemente pedían más a sus textos, de manera que la insatisfacción y búsqueda de la perfección nos ha privado de muchas obras posiblemente magistrales.

Virgilio enfermó cuando su Eneida no parecía un texto acabado, y pidió a su amigo Lucio Vario que destruyera el manuscrito. Por fortuna, Vario pertenecía sin saberlo a la liga Max Brod de amigos traidores por el bien de la humanidad, y no ejecutó el deseo de Virgilio. El filósofo Baruch Spinoza, conocido fundamentalmente por su pensamiento político y trabajo metafísico, también dedicó mucho tiempo de su vida al estudio de la óptica y el color, campos que le fascinaban. Los seguidores de Spinoza han forjado todo un mito en torno a su Tratado sobre el arco iris, manuscrito que pudo arrojar al fuego en un arrebato de insatisfacción. A la muerte de Spinoza, un estudioso llamado Johann Köhler casi llegó a obsesionarse con la búsqueda de borradores o copias que devolvieran al mundo el tratado sobre el arco iris del maestro, hasta que después de dieciséis años de búsqueda se dio por vencido y confesó su amarga derrota: «Me he encontrado con personas que dicen que leyeron el tratado, pero que le disuadieron de que lo publicara. La gente que vivía con él me ha contado que estas respuestas negativas le angustiaron tanto que lo quemó seis meses antes de morir».

Se ha hablado mucho de Max Brod y el agradecimiento eterno de la comunidad lectora por haberse negado a destruir el legado de Franz Kafka, pero no se ha contado tanto que el propio Kafka quemó no pocas obras en vida, movido por esa misma insatisfacción con el resultado de sus escritos a la que ya me he referido. Algunos biógrafos hablan de la destrucción de hasta el noventa por ciento de su obra de manos del autor, lo que le convierte en uno de los mayores Saturnos de la literatura. Tampoco se ha difundido lo suficiente el hecho de que Dora Diamant, su última compañera —que se apellide Diamant me parece otra curiosa predestinación poética del universo Kafka—, sí ofreció al fuego buena parte de su trabajo por indicación del genio praguense. Cuando algunos admiradores de Kafka reprocharon a Dora Diamant que hubiera destruido las obras por el afán de perfeccionismo del autor, ella siempre contestó ofreciendo tres argumentos: que era muy joven cuando lo hizo —tenía entonces diecinueve años—, que Kafka y ella estaban instalados en el presente y no en el futuro, y que para el escritor no era una cuestión de perfeccionismo sino de liberación personal. No hay escritor en el mundo capaz de imaginar una explicación de la pérdida de los manuscritos de Kafka más bella que la ofrecida por Dora Diamant.

En otras ocasiones, el instinto de privacidad o el deseo de discreción es el que empuja al escritor o a su entorno a quemar papeles que hoy podrían decirnos mucho del autor. Emily Dickinson también solicitó a su hermana Lavinia que quemara sus manuscritos. Por fortuna para los que gozamos con los versos de Dickinson, Lavinia mandó al fuego su correspondencia y papeles personales, pero salvó sus poemas, y de hecho mantuvo una preocupación constante a lo largo de su vida por su publicación.

El ya aludido Malcolm Lowry puede considerarse todo un maestro en el arte de perder manuscritos. Su primera novela, Ultramarina, fue robada del automóvil de su editor, de manera que tuvo que ser reescrita desde borradores previos. Cuando vivía apartado del mundo y de manera bastante precaria en una cabaña de Vancouver, la vivienda que habitaba sufrió un incendio total. Su segunda esposa, Marjorie Bonner, se adentró en las llamas arriesgando su vida y pudo salvar el manuscrito de Bajo el volcán, pero no el de Rumbo al Mar Blanco. Siempre se ha especulado acerca de por qué el británico nunca volvió a trabajar sobre esa obra tras el incendio, a pesar de que contaba con material más que suficiente para retomarla. La explicación que suele ofrecerse es que Lowry, tremendamente inseguro en cuanto a la calidad de lo que producía, aceptó el hecho del manuscrito perdido en el fuego como si de una señal del destino se tratara, y hasta cierto punto se sintió liberado al saber que Rumbo al Mar Blanco se había convertido en ceniza.

La historia más difundida de manuscritos perdidos por el fuego quizá sea la de la primera versión de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Si tenemos que creer a la memoria del hijastro de Stevenson, Lloyd Osbourne, el primer borrador del clásico fue escrito en tres días, después de que soñara el contenido de la obra, tiempo en el que además leyó a la familia extractos de la misma para conocer su opinión. Una de las leyendas que acompañan al mito de esta novela es que un reproche de su mujer acerca del contenido de la obra, cuya primera versión Fanny Van de Grift se atrevió a criticar por contenido y forma, acabó con esta en las llamas en un acceso de furia del autor. Otras versiones de la leyenda colocan el manuscrito en manos de la propia Fanny y la hacen culpable de la destrucción de ese primer extraño caso de Jekyll y Hyde.

Nikolái Gógol quemó más de un manuscrito de Almas muertas. La primera vez, en 1845, y el resto en 1852. Había publicado una primera entrega de la obra en 1842, pero aunque el libro funcionó bien en cuanto a recepción crítica y público, Gógol se encontraba insatisfecho con el resultado, de manera que planeó escribir dos volúmenes más que mostraran una evolución mayor de ese perdedor llamado Chichikov. Estos añadidos acabaron en el fuego por una cuestión religiosa: mientras escribía la prolongación de Almas muertas, Gógol cayó bajo el influjo de un cura de la Iglesia ortodoxa que le convenció de que había pecado y blasfemia en lo escrito. Exactamente a las tres de la madrugada del 24 de febrero de 1852, Gógol quemaba el manuscrito en su estudio moscovita. A partir de ese momento entraría en un rápido declive físico hasta su muerte el 4 de marzo.

August Strindberg, el célebre dramaturgo que creó esa pieza inolvidable llamada La señorita Julia, mantuvo a lo largo de su vida la reputación de que mandaba al fuego tantas obras como creaba, normalmente movido por una búsqueda de la perfección que nunca parecía encontrar. No he conocido a ningún escritor que creyera en los efectos purificadores del fuego de una manera más intensa que Strindberg. En sus cartas, diarios y escritos sobre teatro cuenta con una asombrosa naturalidad cómo su chimenea se traga el borrador de una obra, en la confianza de que de ahí aparecerá otra mejor: «Yo había escrito una pieza en cinco actos, pero cuando la acabé me di cuenta de lo irregular que era y de cómo tenía un efecto que me molestaba. La quemé y de las cenizas surgió una pieza de un acto en cincuenta páginas, bien armada».

James Joyce amenazó muchas veces con lanzar a las llamas su manuscrito del Retrato del artista adolescente, que por aquel entonces tenía el título provisional de Stephen Hero. Incluso llegó a cumplir la amenaza en una ocasión: enfurecido porque veinte editores habían rechazado ya la obra, se acercó a la boca de la chimenea y lo lanzó a las llamas. Fue su mujer quien salvó la novela del fuego. Algunos comentaristas, para añadir un matiz romántico a la historia, sugieren que la señora Joyce llegó incluso a quemarse las manos en el delicado rescate. No sería la última vez que lanzaba alguno de sus trabajos al fuego, de manera que puedo suponer que el mundo de la literatura se divide desde entonces entre aquellos que desearían que hubiera hecho algo así con el manuscrito de Ulises y los que no.


Obras perdidas por fin encontradas

Fotografía: DP.

La historia de la literatura está jalonada de casos de obras destruidas, censuradas o extraviadas. Por ejemplo, Huckleberry Finn, de Mark Twain, fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico similar al que en España tiene el enaltecimiento del terrorismo. Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling, fue censurada en los Emiratos Árabes Unidos porque incitaba a la brujería.

Piras enormes han sido alimentadas por miles de libros, a lo Fahrenheit 451. Y, finalmente, otra lista enorme de obras jamás se publicaron porque se extraviaron accidental o conscientemente.

Estoy bastante de acuerdo con la sentencia de Margaret Atwood de que «interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie», pero la pérdida de un libro, cualquiera que sea, es un tragedia, porque con ella estamos destruyendo un puñado de ideas que quizá no vuelvan a alumbrarse nunca más. Síntesis de cerebros conservados en formaldehído. Eso son los libros. Incluso los libros que reflejan muy malas ideas son necesarios para no olvidarnos de qué es lo que no debemos hacer o pensar.

Por ello, debemos encender nuestras bengalas y dibujar figuras bonitas en el aire cuando aparece la noticia del hallazgo de una obra extraviada.

La novela perdida de Walt Whitman

El padre de la poesía moderna, Walt Whitman, consiguió que su Hojas de hierba se convirtiera en un libro fetiche de varias generaciones. ¿Quién no se ha sostenido en pie sobre el pupitre de clase para declamar «¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!», el homenaje de Whitman a Abraham Lincoln que popularizó Robin Williams en El club de los poetas muertos?

Ahora, ciento sesenta y cinco años después, un licenciado de la Universidad de Houston, Zachary Turpin, hizo de Sherlock Holmes hasta localizar otra obra de Whitman que había permanecido en la oscuridad, Vida y aventuras de Jack Engle. El libro, un folletín dickensiano, solo lo pudieron disfrutar en 1852, y por entregas, algunos de los lectores de The New York Daily Times, pero posteriormente nunca llegó a adquirir el rango de libro, ni se conoció reedición alguna.

Las pesquisas de Turpin, de todo punto literarias y dignas de otro folletín, se resumen en la localización de un cuaderno de notas del poeta, en el que se reflejaba un boceto de Vida y aventuras de Jack Engle. A continuación, usó la información para localizar los ejemplares del periódico donde Whitman había publicado anónimamente la obra. Unos ejemplares no digitalizados que se conservaban en la Biblioteca Nacional. Turpin vio que los datos de aquella obra encajaban con las notas de Whitman, así que, indudablemente, se hallaba frente a su folletín. Una obra escrita en la misma época que Hojas de hierba y con la que guarda diversas conexiones.

Tras su recuperación ha sido editada en papel por la Universidad de Iowa, en versión digital por The Walt Whitman Quarterly Review y en español ha sido ahora coeditada por West Indies Publishing Company & Jot Down Books.

Otros casos de obras extraviadas (y encontradas o no)

Muchas de las obras jamás han sido publicadas por deseo expreso de sus autores, como es el caso del de Vida y aventuras de Jack Engle, que siempre renegó de sus obras en prosa. La obra de Kafka, por ejemplo, tampoco hubiera visto la luz si el editor, Max Brod, no hubiese desoído sus deseos. Y Mark Twain dejó a su muerte más de cinco mil páginas de autobiografía, con instrucciones precisas para que no se publicasen antes de cien años.

Otros casos, la pérdida se debe a hechos fortuitos. Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, extravió una de sus obras al enviársela a su editor. Después quiso reescribirla de memoria, pero solo llegó al capítulo sexto. Ciento treinta años después, vio la luz gracias a la British Library, bajo el título de The Narrative of John Smith.

Julio Verne también tenía una obra guardada en una caja fuerte, que fue descubierta por su nieto décadas después. En la obra, Paris in the Twentieth Century, aparece descrito el «telégrafo fotográfico», el cual «permite enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia».

Suite francesa, de Irene Némirovsky, es quizá el caso de obra perdida y posteriormente encontrada más emocionante, que la autora concluyó parcialmente antes de ser recluida en un campo de exterminio nazi.

El número de obras extraviadas y jamás halladas, por contrapartida, es inabarcable. De Lope de Vega, por ejemplo, solo han sobrevivido una cuarta parte de sus dos mil obras catalogadas. De Shakespeare también otro puñado, como El paje de Playmouth, La ira caliente se enfría pronto o Trabajos de amor recompensados. También se perdieron libros de Lord Byron, Edmund Spencer, Thomas Carlyle o Sylvia Plath, cuyo diario fue destruido por Ted Hughes, tal y como leemos en The book of lost books, un libro sobre libros perdidos publicado por Stuart Kelly en el año 2005.

Afortunadamente, las pesquisas de los amantes de los libros, esos cerebros sintetizados en manchas de tinta, continuamente nos permitirán ir recuperando algunas de ellas. Conjuntos de ideas que de otra forma habrían desaparecido quizá para siempre.

Fotografía: DP.


Kafka: literatura y prostitución

Fotografía: Nicholas Boos (CC)
Fotografía: Nicholas Boos (CC)

Kafka ya se había percatado de que el siglo XX se despertaba convertido en un monstruoso insecto cuando el resto de mortales seguía empeñado en sacarle brillo a las desgastadas poltronas novelísticas del XIX. Porque el eco de estas voces encargadas, durante años, de convertir a la prosa en la reina de todos los intelectos rebotaba ya a esas alturas en las paredes de la «Shakespeare & co», desembocando en un nuevo modelo de novela que, por medio de los Joyce, los Proust o los Faulkner, mezclaba en un mismo cóctel la metafísica alemana, el monologue intérieur, la durée bergsoniana y quién sabe cuántos recursos más a medio camino entre la distinción y la horterada. Como por arte de magia se multiplicaban los pesados e inabordables tomos. Los vanguardistas europeos se empeñaban en resaltar la calidad de estas creaciones, aunque muy pocos se preocuparan por apurar hasta el último párrafo. Mientras, el ego de los protagonistas se elevaba por encima de los tejados del París de la época, que seguía siendo una fiesta antes de apolillarse con el influjo de las grandes guerras. Estos egos nos legarían célebres episodios como aquella cena entre los ya citados Joyce y Proust, donde cada uno se centró en hablar de sí mismo sin reparar en los desconocidos argumentos del contrario.

Ante semejante panorama, era cuestión de tiempo que nuestro querido Franz buscara algún antídoto que le permitiera escapar de aquella claustrofóbica habitación. Pero no sería fácil encontrar la fórmula para un chaval que exhibía nombre de emperador austro-húngaro y figura enclenque de orejas enarboladas y que apenas contaba con un empleo que lo ahogaba y un desamor propio sorprendentemente palpable. Todas estas características, incluidas el nombre imperial y su orejuda genética, habían sido maceradas lentamente por el apellido Kafka. Su padre, un judío no demasiado adepto, ejercía de patriarca con una mano tan dura que sus golpes se pueden apreciar en cada renglón escrito por el obediente hijo. Su madre había cogido las riendas de la creatividad de Franz, espoleada por unos ancestros bastante bohemios (perdón por el nefasto juego de palabras) y una mentalidad más afable. Las hermanas habían desempeñado el papel de amigas y confidentes, ofreciéndose como apoyo cuando Franz parecía caer, algo que, de manera literal, ocurría muy a menudo por culpa de sus frecuentes mareos. Más tarde, el apellido se consumiría en Auschwitz, donde las hermanas descubrirían que a veces no hay mundo más kafkiano que este que pisamos cada día. Pero, como decíamos, en estas llegó el bueno de Franz Kafka. Deshecho y atormentado. Áspero. Insociable.

Sobre antitodos y antídotos

Fotografía: Robert Burdock (CC)
Fotografía: Robert Burdock (CC)

Si repasamos los prolegómenos del artículo, notaremos que se ha puesto especial atención en colocar sobre la mesa tanto el ambiente familiar como el ambiente literario que envolvían la figura de Kafka. Para escapar de ambos contextos, el genial escritor elige un año: 1912. Será durante este año cuando descubra las dos vías de escape que le hagan olvidar. Estas vías consisten en, por un lado, poner sobre el papel toda la literatura que hasta entonces había saboreado solo como lector y, por otro, acudir de manera más o menos habitual a los distintos burdeles de Praga. Para comprender la situación debemos, necesariamente, adentrarnos en el mundo kafkiano que él mismo se empeñó en crear. La cualidad que mejor define a Kafka es la indefinición. Al leerlo, uno se siente preso de los sentimientos del protagonista, por mucho que este sea un bicho o un tipo que ha sido procesado sin motivo aparente. De ahí vienen las diferentes lecturas que se han hecho de su obra. Yo he visto cómo identificaban al bicho de la Metamorfosis con el fascismo, con el proletariado, con el fracaso sexual, con la caída del imperio y con el auge del gin-tonic. Porque todos y ninguno somos Kafka y nunca se define de una manera clara la frontera entre quién es el personaje y quién el lector. Así, todos hemos ocupado el lugar de Samsa o el de Josef K. desde la barrera, disfrutando a la vez de su sufrimiento, que era el nuestro, y de la escasa distancia que nos separa de ellos. Bien, pues resulta que esto mismo me ocurre al visualizar la vida de Kafka, pues la empatía con el protagonista es tal que ya no se sabe dónde empieza la vida de Kafka y dónde termina la del biógrafo de turno.

¿Cómo no fundirse con nuestro orejudo protagonista cuando, con el corazón en un puño, le escribe estas líneas a su eterno amigo Max Brod?

Ayer, de pura soledad, me llevé a una prostituta a un hotel. Era demasiado vieja para seguir siendo melancólica. Y solo le apenaba que los hombres no fueran tan cariñosos con las prostitutas como lo son con sus amantes. Y no la consolé porque ella tampoco me consoló.

Es la crónica de un ánimo desgarrado. Una mente que sufre y en la que no resulta difícil introducirse. A estas alturas del artículo debemos reseñar que, a medida que los años transcurrían, Kafka se iba volviendo cada vez más antitodo. Había manifestado su interés por el socialismo por una supuesta capacidad solidaria que más tarde rechazaría. Se había vuelto vegetariano, en contra del sentir familiar. Cómo olvidar aquella escena en la que, mientras observaba una pecera junto a su novia, Kafka conversaba con los peces: «tranquilos, ya no os comeré más». Este naturismo excesivo tendría fatales consecuencias ya que, según todos los expertos, la tuberculosis que acabó con su vida pudo ser contraída después de beber leche sin pasteurizar. La evolución religiosa que experimentó ya en sus años de juventud desembocaría en un ateísmo borroso («el Mesías llegará cuando ya no sea necesario»), tendencia que también contradice la tradición de la familia Kafka. Es, por tanto, un espíritu empeñado en encontrar el camino opuesto al que se le ha marcado.

Dicho esto, volvamos al año 1912. Kafka ya ha visitado algunos burdeles durante sus viajes puntuales por Europa. Su cultura literaria se ha forjado con las lecturas de Flaubert y Cervantes. Nos acercamos a la fórmula de la que hablábamos párrafos atrás, ¿qué ocurre a partir de este año que hace que Kafka escriba, probablemente, la mejor literatura del siglo XX y se obsesione, a la par, con el extenso abanico de prostitutas praguenses? Muy fácil. Kafka deja de creer, de un plumazo, en su capacidad literaria y en su capacidad amatoria.

Kafka, el amor y la prostitución

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Kafka con su primera novia, Felice Bauer. Fotografía: Projeto Fortuna (CC)

En 1912, Kafka escribe su primera obra de renombre a la vez que comienza su primera relación sentimental seria. Se abren, por fin, los dos caminos. No perderemos mucho tiempo en hablar de su fracaso literario, pues ya es de sobra conocido. Solo publicará un puñado de relatos y la falta de estima que él mismo tiene hacia su obra le lleva a formular un postrer deseo antes de morir: sus escritos han de ser quemados hasta el último folio. Este fracaso cierra la primera vía de escape. Pero aún le queda una última bala en la recámara. Conoce a Felice Bauer, con la que mantendrá un romance de cinco años. La correspondencia entre los amantes, publicada y muy recomendable, habla por sí sola. Son cinco años de relación turbulenta, inestable. Casi siempre a distancia. Felice va perdiendo la perspectiva kafkiana y la relación se extingue. «Mi barca es muy frágil», sentenciaría él. Es su primer fracaso pero no el único. Milena Jesenská o Dora Diamant sufren también su falta de tacto con las mujeres.

¿Pero por qué se da en él esta incapacidad amatoria? Los argumentos ya se han desarrollado a lo largo del artículo. El primero, la misma indefinición que se manifiesta en sus textos. Kafka no se conforma con adoptar un único papel en la obra. En las cartas con Bauer se puede observar cómo Franz va mutando, escapando de la realidad que Felice le plantea. Ella no entiende esta metamorfosis que lo acompaña, esta forma de huir con argumentos que mezclan, como en su obra, la realidad con el disparate de la manera más natural. Felice se lo confesaría a Brod: «No sé por qué, pero el caso es que Franz me escribe bastante, pero sin embargo, sus cartas no logran tener sentido. No sé de qué se trata». El segundo argumento no es otro que el rechazo a lo establecido, a todo aquello que le recuerde a su familia. Sin carne, sin sinagogas, sin núcleo familiar. Kafka ha conseguido lo que pretendía, convertirse en un ser que representara todo lo contrario a lo que representó su padre.

Como ya hemos comentado, Kafka había contactado con el mundo de la prostitución durante su juventud. Con dieciséis años, su padre le había instado a contratar los servicios de una meretriz para adquirir la educación sexual que él no había podido darle. A la repulsa inicial le sobrevino la inquietud que todo joven siente por lo moralmente incorrecto. Junto a su amigo Brod, visita los prostíbulos de aquellos países por los que viajan. Es a partir del manido 1912 cuando la inquietud se convierte en pasión. Y no hablo de una pasión tan lasciva como pueda parecer («paso por los burdeles como quien pasa delante de su amada», llegó a decir). Kafka encuentra en la figura de la prostituta la espontaneidad que busca en su literatura. La novedad y el descenso a lo tenebroso le atraen. Durante los cinco años en los que se empareja con Felice, los vaivenes de la relación consiguen que Franz visite los prostíbulos cada vez que el compromiso se rompe. Su casa natal en la esquina de la Maisselgasse, curiosamente, se ubica junto a uno de ellos. Es el destino. Recorre las calles observándolas. Observa sus rostros. Sus piernas sugerentes. Según algunos testimonios, se pregunta si es una bajeza codiciar su cuerpo. Después, indica que solo lo hace de manera inocente, aunque, con su indefinición habitual, confiesa que es lo mejor que ha conocido. Como apunta Daniel Desmarquest en su libro Kafka y las muchachas, en un fragmento suprimido del Diario, Brod lo deja claro: «la única apta para él es la mujer sucia, mayor, completamente desconocida, con muslos ajados».

Es su viejo vicio, ese del que solo podrá alejarse cuando la tuberculosis se acentúe. Pero la clave está ahí, el mejor escritor del siglo XX encuentra en estas mujeres una puerta a ese mundo tenebroso e ignoto que también buscó en su literatura. Sus páginas se pueblan de personajes femeninos dispuestos a utilizar su cuerpo. Personajes rudos, puntuales, difuminados. No hay que olvidar que Kafka es un hombre apuesto. Mide 1,80 m, casi veinte centímetros por encima de la media de la Praga de la época. Las mujeres se acercaban a él, como demuestran las numerosas aventuras que mantuvo con la camarera de enfrente o la dueña de la mercería de la esquina, qué más da. A él le gusta revolcarse en el fango de la oportunidad perdida, amar a aquella persona que ha sido apartada. Porque si de algo habla su obra es de la soledad. O, mejor dicho, de convertir el sentimiento atroz que acompaña a la soledad en algo natural, reconocible e incluso amable. Y la prostitución es eso, soledad. Por eso, en la relación entre una prostituta y su cliente podemos ver reflejadas todas las relaciones entre los personajes de Kafka y el propio Kafka. ¿Qué son Samsa y K. sino personajes prostituidos por su propio destino?

Imagen: Poster Boy (CC)
Imagen: Poster Boy (CC)

Es el punto de encuentro entre esas dos vías de las que hablábamos al principio. Había que escapar de ese siglo XX, de ese monstruoso insecto. Había buscado un antídoto y, sin ser consciente de ello, lo había encontrado. Literatura y prostitución. Prostitución y literatura. Pero dejemos que sea el propio Kafka quien despida estos párrafos con un fragmento de su propio mundo, esta vez de El Castillo (1926):

Se abrazaron y el pequeño cuerpo ardía en las manos de K. Rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocando un ruido sordo. Allí yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenía nada del aire natal, en la que uno podía asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podía hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no supuso ningún susto, sino un consolador amanecer, cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y autoritaria.