Colombia, equilibrio múltiple

Colombia
Un soldado colombiano en San José del Guaviare, 2008. Fotografía: Cordon Press.

Este artículo está disponible en papel en nuestra revista trimestral nº16.

No hay caminos en el norte de la Guajira. Al menos no para el forastero. Pero en realidad sí están allí, las rutas, invisibles a quien no tiene los ojos y la mente adecuadamente entrenados. Más allá del cabo de la Vela el asfalto desaparece, y la única manera de llegar a Punta Gallinas, el extremo más al norte de Sudamérica, es de la mano de alguien que sepa cómo orientarse entre polvo, arbustos, rancherías separadas por kilómetros y ruedas de otros 4×4 que pasaron hace horas, semanas o meses por el mismo lugar. Antes de dejar la penúltima pista claramente visible para cualquier ser humano, nuestro guía se encargó de adquirir lo fundamental para sobrevivir en la bella hostilidad del desierto guajiro. Se paró a la salida de Uribía, polvorienta capital indígena, atajó al grito de «¡sobri, sobri!» (idéntico al «¡primo, primo!» que se usa tanto en mi barrio, en Valencia) a un chaval montado en una pequeña motocicleta, y le compró varios CD piratas de vallenato. Todos ellos grabados por los grandes del género, cantantes y acordeonistas, de manera improvisada, en mitad de borracheras épicas que les llevan a tocar durante días enteros. Pura jam colombiana. Así, Diomedes Díaz nos acompañó hasta el fin de la placa continental, siguiendo instituciones cuya presencia intuíamos, pero que éramos incapaces de ver.

A Giambattista Vico le gustaba la complejidad tanto como la búsqueda de la esencia metafísica de la vida. Quizás por eso fue de los primeros en usar un concepto tan confuso y, al mismo tiempo, tan fundamental como «instituciones». Desconfiaba un poco de las aproximaciones cartesianas a la realidad, basadas en la necesidad de simplificar y dividir el mundo en parcelas para poder entenderlo. Vico tenía un punto de vista más holístico. Negándose al reduccionismo, se atrevía a definir el origen de las instituciones como la consecuencia de la inmediatez de la percepción, de la sensación, de la curiosidad, del miedo. Las reacciones se encadenan para conformar un tejido social hecho de la imitación, y de recalibrar el entorno a la medida humana. Como para todos los filósofos que se ocupaban de lo político, el foco de atención de Giambattista Vico se encontraba en la institución por antonomasia: el Estado. Aunque, dado su talante, prefería explorar la idea de nación. Y lo hacía como una consecuencia de un embrión poético con una verdad metafísica inalienable. En definitiva: Dios. Del cual emanaba la poesía, que provocaba la curiosidad, que a su vez se reflejaba en la interacción, que finalmente diseñaba una institución compartida por todos los miembros de cada nación sobre la faz del planeta. 

La verdad, no parece que los invisibles y enrevesados caminos de La Guajira hayan sido puestos ahí por Dios. 

Casi doscientos años después de Giambattista Vico, el atípico sociólogo Thorstein Veblen fundaba lo que se dio en llamar la escuela institucionalista americana. Veblen nació en Wisconsin hablando noruego, su lengua materna, y murió en Palo Alto hablando inglés. En ese idioma dio la hasta entonces definición más concisa del concepto de institución: «settled habits of thought common to the generality of men».

Esto ya se parece más a lo que (no) se ve en el norte de La Guajira.

Un camino es una convención. Quienes lo recorren saben por dónde pisar y por dónde no. Cuándo se salen del mismo y cuándo deben girar para mantenerse en ruta. Un camino es, se supone, la manera más eficiente, o segura, de llegar de un punto A a un punto B. Cada uno tenemos una serie de ideas en nuestra cabeza que nos ayudan a identificar un camino cuando lo vemos. Estas ideas son «hábitos de pensamiento asentados entre el común de las personas». Pero muchas de ellas, la mayoría, son compartidas solamente por una parte de nosotros. En el norte de La Guajira los caminos no se parecen a las ideas preconcebidas de la mayoría. Porque quien los puso ahí no fue la máxima institución: no fue el Estado, sino que fueron los propios guajiros, a fuerza de desplazarse por su tierra, quienes llegaron a una convención que, por no estandarizada, es incomprensible a los ojos de quien viene de fuera.

En Colombia el Estado no es completo. Lo cual quiere decir para muchos que no es Estado, o que no es (del todo) institución. Volvamos un momento a principios del siglo XX. Max Weber fue, seguramente, el sociólogo más brillante de entre los contemporáneos de Veblen. Dijo e hizo muchas cosas. También nos legó una elegante idea para entender cómo funciona el Estado: se trata de una organización con la capacidad de ejercer el monopolio de la violencia sobre un territorio determinado. Esa «capacidad» es, por necesidad, una institución. Demos un paso más atrás para ganar perspectiva: ¿lo es como «hábito de pensamiento compartido», según la definición de Veblen? Necesitamos una idea un poco más elaborada, pero que al mismo tiempo sea lo suficientemente sencilla como para que resulte generalizable. Los institucionalistas de hoy día son una especie un tanto extraña, al mismo tiempo austera y ornamentada. Su trabajo es el de llamar al orden a quienes naufragan en la complejidad, exigiéndoles parsimonia: que todo está relacionado con todo (que todo es endógeno) ya lo sabemos: lo difícil es discernir. La frase anterior, o una variante de la misma, se atribuye a Adam Przeworski, un gigante de la ciencia política apasionado de la evolución de las instituciones en Latinoamérica. Polaco-estadounidense, de aspecto serio y al mismo tiempo jovial, es más divertido si se le imagina enunciando la frase con el elegante acento chileno que le sale cuando habla en español. Pero, al mismo tiempo que luchan por la simplificación, se enfrentan al exceso de la misma, demasiado común entre quienes pretenden explicar toda la realidad social a partir de la mera acción individual. Un camino no tiene sentido si no es una experiencia compartida. Un camino de uno no es un camino: es una persona andando. Un Estado de uno no es un Estado: no es absolutamente nada.

Randall Calvert enunció una definición envidiable de «instituciones»: sistemas perdurables de restricción social sobre el comportamiento humano. Pero estos límites, se apresuraba siempre a aclarar, no son meramente negativos. Un camino dice por dónde no ir tanto como ayuda a llegar al destino. Un Estado impide que sus miembros se maten entre ellos, pero también les proporciona un entorno con la seguridad suficiente para desarrollar sus vidas. Ambos expanden las oportunidades de quienes identifican y aceptan su existencia. Ahora sí, podemos volver a Colombia, donde ni los caminos ni el Estado son completos.

«El Estado es una institución con la ventaja comparativa de la violencia, capaz de definir los derechos de propiedad en un territorio determinado, practicando la exclusión del mismo». El economista Douglass North, institucionalista por antonomasia, hilvana así las ideas de Weber y Calvert. Pero Colombia no ha tenido esa ventaja comparativa siempre, ni en toda su extensión. La Guajira, por ejemplo, fue hasta hace bien poco zona con significativa presencia paramilitar. Los paramilitares no surgieron de la nada, claro está. Fueron la respuesta de la élite terrateniente a lo que veían como incapacidad estatal ante el triunfo de las guerrillas (FARC, pero también otras) en disputarle el control territorial al ejército colombiano. En sus inicios el paramilitarismo fue, de hecho, una renuncia del propio Estado, una admisión de su derrota parcial. En la legislación y en la acción ejecutiva gubernamental de los años setenta se incluía el derecho y la necesidad de armar a los civiles para que se defendiesen de la guerrilla. La degeneración de esta renuncia a ser una institución total fue inevitable, y en los noventa las Autodefensas Unidas de Colombia constituían una poderosísima organización paramilitar que se financiaba gracias al narcotráfico, a la extorsión y al secuestro. De hecho, las AUC se habían convertido en una institución, al igual que lo eran las FARC en otras áreas, que actuaban como un Estado incompleto pero incipiente. Eran semi-Estados predatorios, que proporcionaban una cierta protección a cambio de la extracción sistemática de rentas a la población, o a quien pasaba por allí descuidado.

Las instituciones forman la estructura de incentivos de una sociedad, nos dice North. En un lugar donde domina una plataforma militarizada ligada al narco, se llame guerrilla o paras, las oportunidades que se le ofrecen a quien decide emprender una vida independiente están bastante claras. No tanto para quien viene de fuera, que, como quien busca caminos en el desierto guajiro sin verlo, se preguntará por qué tantos chavales se meten en el mundo de la guerrilla, o de la droga, o de la delincuencia organizada cuando hay tantas cosas que hacer ahí afuera. A Calvert le preocupaba particularmente explicar a sus estudiantes (ingenuos e ignorantes, que son los atributos, no necesariamente peyorativos, que definen a cualquiera que viene al mundo a aprender) por qué las instituciones se mantenían a lo largo del tiempo. Por qué constituían equilibrios. La respuesta, en este caso, es que el esfuerzo social necesario para cambiar las instituciones establecidas es descomunal, y no puede ser emprendido por una sola persona. Igual que yo jamás soñé en adentrarme en el desierto para ver si conseguía llegar antes a Punta Gallinas por mi cuenta y riesgo, ¿por qué iba a escoger de manera distinta un joven nacido y crecido en un entorno donde el recurso a la delincuencia es el camino más corto hacia el éxito? Ni que decir tiene que la figura de Pablo Escobar, idolatrada en las zonas más desfavorecidas de la Medellín de los noventa, es el paradigma de este dilema que, en realidad, no fue tal para miles de personas.

Dibujar una Colombia institucionalmente fracasada y a continuación dejar el lápiz es tan tentador como profundamente erróneo. Muchas veces, el país aparece justamente como ejemplo de Estado exitoso por antonomasia en Sudamérica. La democracia, en su expresión mínima de elecciones que se repiten periódicamente en las cuales el perdedor deja paso al ganador sin levantarse en armas, es la institución más inaudita que existe. Pensémoslo por un momento: consiste en renunciar a ejercer el monopolio de la violencia para obtener los intereses de tu propia facción. «Yo puedo utilizar el ejército que ahora está bajo mi mando y gobernar este país como mejor me parezca, pero no lo haré». Es una acción extraordinaria. Y, a pesar del enorme esfuerzo de estudiosos como el propio Adam Przeworski, no entendemos del todo bien por qué tiene éxito en algunos lugares y no en otros. Curiosamente, Colombia tiene la democracia más estable y longeva de su continente. Protagonizada históricamente por una lucha bipartidista entre conservadores y liberales, no exenta de guerras civiles entre ambos bandos hasta entrado el siglo XX, con una izquierda parlamentaria marginal, pero democracia al fin.

Quien se mueve en el Bogotá, en el Medellín o en la Cartagena de 2016 se encontrará caminos bien distintos a los de La Guajira. Clubs privados. Restaurantes de nivel excepcional. Una intensa vida cultural y musical. Librerías de todo tipo y sabor. Universidades de calidad, públicas y privadas. Debate público de nivel, con medios variados y servidores públicos bien preparados, concienciados incluso con la labor de mantener altos estándares en su trabajo y en el mantenimiento de la vida democrática. Y un ambiente internacional, sobre todo en Bogotá, trufado de inmigrantes de alto poder adquisitivo con ganas de disfrutar de un país excepcional. Claro, que estas son rutas restringidas. La desigualdad institucional, además de la meramente económica, no es patrimonio de la división entre campo y urbe. Así, es raro que se aventure en ciertos barrios una persona acomodada, votante activo e informado, con estudios en el extranjero y una vivienda en una zona de estrato seis (sí, las áreas habitacionales en Colombia se dividen por estratos: del uno al seis; el Estado ajusta así tasas y costes de servicios de manera progresiva, pero la división por estratos supone una nueva institución, y bastante pesada, sobre los hombros de los colombianos). Esos «ciertos barrios» ocupan más, mucho más, de la mitad de la superficie urbana del país. Y aunque aquí el Estado no está ausente, las otras instituciones tampoco, y ofrecen sus estructuras alternativas de incentivos a quien quiera aceptarlas. O, más probablemente, a quien no tenga más remedio que hacerlo. En Colombia, los equilibrios institucionales son tan diferentes entre sí como cercanos en su convivencia

En 2003 se desmovilizaron las AUC en un proceso lleno de claroscuros. La Guajira y otras zonas del país quedaron entonces en un limbo institucional. Por aquel entonces se calcula que había unos cuarenta mil individuos entre los cuadros paramilitares. En junio de 2016 el Gobierno del liberal Juan Manuel Santos firmó el principio de los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC, a la que se le estiman unos quince mil setecientos miembros, casi siete mil armados. Eso significa que nueve mil personas sirven de red de apoyo directo sin necesidad de tocar una pistola siquiera. Es, seguro, de los mayores empleadores del país. Así, si se consolida la anhelada paz tras medio siglo de guerra, es posible que otras áreas queden en un limbo similar. Fue con la desmovilización de las AUC que las llamadas Bandas Criminales (Bacrim) ganaron presencia territorial, recogiendo el testigo en actividades delictivas dejado por los paramilitares. El temor de muchos es que suceda algo similar si las FARC acaban por disolverse. La razón es sencilla: la estructura de incentivos para muchos cargos medios y «rasos» de estas organizaciones no cambia de un día para otro porque se firme un papel, en Bogotá o en La Habana. La firma solo es el principio de la construcción institucional, y no el final.

El presidente de Colombia. Juan Manuel Santos, en 2015. Fotografía: Cordon Press.

Es lógico preguntarse si Colombia es una democracia tan exitosa precisamente porque el manejo del Estado ha pertenecido sobre todo a las élites, que han sido capaces de dejar fuera del espacio político legal a quien podía desafiar su estatus dominante. Resulta más difícil ir un paso más allá, y afirmar que se forzaba así a la búsqueda de alternativas heterodoxas a una parte de la población. Comenzando por los argumentos que podrían servir para apoyar esta tesis, en una entrevista de 2008 Przeworski afirmaba que los fenómenos del populismo en Latinoamérica hay que observarlos «desde el punto de vista de la gente pobre. Desde su perspectiva, las instituciones liberales democráticas no funcionaron bien en los aspectos económicos de sus vidas. Funcionaron hasta cierto punto para garantizar la paz social, con una relativa libertad política y dentro de un sistema legal que funcionaba más o menos, tolerando cierto grado de corrupción. Pero desde el punto de vista económico esas instituciones no hicieron nada por los pobres». Colombia sorteó el populismo, aunque no una guerrilla cuyo origen histórico (algunos dirían «excusa») son los excluidos, pero cuyo resultado final es la consolidación de instituciones regionales basadas en la extracción de rentas vía acciones delictivas.

Pero, al mismo tiempo, resulta profundamente ingenuo pensar que las guerrillas, por no hablar de los paramilitares primero y las Bacrim después, son fenómenos ajenos a la élite. En el caso de los segundos es obvio, pues quién los favoreció sino una parte de los poderosos preocupada por la incapacidad del Estado a la hora de proteger sus bienes. Pero ¿qué puede decirse de una organización que controla un alto porcentaje de movimiento de drogas en la región, que dispone incluso de inversiones en otros sectores de la economía legal? ¿Son menos élite, acaso, si cuentan con el mismo acceso al poder? Por último, ni siquiera merece la pena gastar dos líneas más en preguntarse si los narcos, sus entornos y sus familias, son élite o no lo son.

Przeworski afirmaba en la misma entrevista que «la democracia fuerza a la gente a discutir cosas, mientras las élites gobernantes y las élites económicas intentan hacer lo contrario». Las elecciones, si son limpias, siempre tienen un componente de apertura en la toma de decisiones. Y en Colombia no han faltado políticos que pongan en cuestión al establishment. De muchas maneras distintas: desde la originalidad del matemático Antanas Mockus hasta el desafío cuasi populista de Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato desencadenó la mayor crisis de la democracia colombiana, pasando por el desafío a los narcos de Luis Carlos Galán (asesinado también) o la impresionante denuncia pública contra el narco de Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia en los ochenta (de nuevo, asesinado), hasta la reciente elección de Gustavo Petro como alcalde de Bogotá. Pese a la enorme diferencia entre estos fenómenos, todos tuvieron consecuencias ineludibles y apuntan en una misma dirección: el sistema colombiano no está completamente cerrado. La periodista mexicana Verónica Calderón respondía hace poco a las acusaciones de la «colombianización» de México ante la ola de violencia que vive el país con una suerte de «no, pero ojalá». «Colombia tuvo valentía. En México no tenemos verdad. Ni historia», se atrevía a decir Calderón.

En cierta medida, la democracia colombiana ha existido a pesar de las élites, así, en plural, pues nunca es una ni está perfectamente coordinada en una conspiración por la dominación total. Sin ir más lejos, Escobar, siendo una de las personas más ricas del mundo, emprendió su propia campaña de secuestros de miembros de la intelligentsia bogotana. Las élites, cada una a su manera, han podido sortear o domesticar a la democracia, pero solo hasta cierto punto. En el proceso de paz actual, estas mismas (el presidente Santos viene de una familia de poderosos editores) se han visto obligadas a someter los acuerdos a un referéndum popular. Más aún: el proceso incluye una dimensión entera destinada a definir los límites, pero también los caminos, de la integración política, económica y social de quien hasta ahora se encontraba sometido a semi-Estados alternativos basados en la violencia. La dimensión refrendaria, unida a la presencia de la guerrilla en la mesa de negociación, supone una oportunidad prácticamente única. ¿Para qué? Para construir instituciones compartidas, también para embridar a las élites. Se puede incluso decir en términos de Vico, curiosamente apropiados en la tierra del realismo mágico: para que la poesía dé lugar a una nueva nación.

En junio de 2013, en los mismos caminos invisibles por los que nos llevaba nuestro guía, secuestraron a dos asturianos: Ángel Sánchez y Conchi Marlaska. Fue un caso más bien aislado, que por fortuna terminó con la liberación de ambos. Pocos meses después, nuestro guía nos comentaba que qué locura era esa de andar secuestrando, que a los turistas había que tratarlos bien, que éramos el futuro de la región. Nuevas oportunidades se abren, los incentivos cambian, y con todo ello un nuevo equilibrio emerge. Ya no es solo un individuo quien se atreve a desafiar el orden dominante, porque ese orden ya no es tal y está cambiando. No para todos, no al mismo tiempo: en esta misma región se destapó hace bien poco un escándalo terrible, en el que una fundación privada se embolsaba fondos públicos dedicados a alimentar a niños de escasos recursos. Pero las rutas se multiplican poco a poco. Mientras departíamos sobre las posibilidades de La Guajira como destino, llegábamos a las dunas de Taroa. Nos plantamos ante una montaña de arena fina de una treintena de metros de altura, con un solo árbol agostado contra el viento. Cuando uno la escala y mira hacia abajo, el aliento se le corta al sentirse en una playa de Marte. El Atlántico se estrella contra rocas imposibles hasta donde alcanza la vista. El silencio es absoluto, salvo por las olas del mar, y es imposible preguntarse genuinamente si hay otro lugar tan hermoso en todo el continente. 


Locura y poder

Malcolm McDowell en Caligola, 1979. Fotografía: Penthouse Films International / Felix Cinematografica.

En 1511 salió impreso por primera vez Stultitiae Laus, el Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam. Esta obra fue enormemente influyente en la literatura occidental. Mordaz, crítica y acorde a los usos del Renacimiento, narra el nacimiento de la diosa Locura (a veces traducida como necedad) de los dioses Pluto y Hebe. Da cuenta de sus acompañantes: la Adulación, el Amor Propio, la Demencia, la Pereza, la Molicie, el Olvido y la Voluptuosidad. La propia diosa es la que canta sus alabanzas, habla de los niños y del matrimonio, de la amistad y de cómo solo gracias a la locura cualquier vínculo humano se puede hacer soportable (sin poder negársele la razón por lo vehemente de sus argumentos). Pero algunos de los pasajes más interesantes de la obra son los dedicados a reyes, príncipes y obispos, de cuya molicie hace una crítica descarnada.

Cuenta Erasmo que los príncipes y los reyes adoran la locura pues, de hacerse un juicio acertado de las cargas que deben soportar, su vida solo podría ser triste y desgraciada. Ser soberano implica trabajar noche y día por el bien común, no apartarse de las leyes, conocer la integridad de sus administradores, recordar que todos le miran y que el soberano puede, por sus costumbres, influir útilmente en los otros. De ser príncipes juiciosos, no podrían ni conciliar el sueño ni comer a gusto en sus banquetes. Ahora, gracias a que en el fondo son presos de la locura, dejan todo en manos del destino y de sus consejeros. Los reyes solo escuchan a quien les cuenta lo que desean oír, dedicados a la pereza, a mirar por su placer, siendo hostiles al saber, contrarios a la libertad y la verdad y buscando nada más que su propio provecho. Todos sus ornatos, sus coronas, cetros y púrpura son casi una parodia de lo que son los poderosos en realidad. 

Otro tanto dice de los cardenales y obispos. Regresado recientemente de Roma, Erasmo está totalmente desencantado con el libertinaje que se ha apropiado de la Iglesia católica, y sus escritos, de hecho, abrirían hasta cierto punto el camino a la Reforma protestante. Hace tiempo, dice, que papas y obispos imitan a reyes y sátrapas. Los pastores se alimentan bien y el rebaño lo dejan en manos de Cristo, olvidando lo que significa obispo: «vigilancia». Ven borrosa la doctrina, aunque a la hora de ir a la caza del dinero no se les embota la vista. Los papas dicen ser los vicarios de Cristo, pero si imitaran su pobreza y sus enseñanzas, dice la diosa Locura, solo podrían ser desdichados. Muchas ventajas perderían de hacerlo, pasando sin remedio de la riqueza al ayuno, los siervos a la vigilia y el estudio. Pues, además, para proteger sus ventajas se alzan en armas y trafican con las leyes de Cristo, recurriendo a la sangre tantas veces haga falta para asegurar sus señoríos. 

En esta mordaz crítica que supone el Elogio de la locura se ve un pensamiento que, solo tímidamente, se va a abriendo paso; se empieza a distinguir entre aquello que el gobernante debería ser y lo que es realmente. A diferencia de los escritos de santo Tomás de Aquino, ya no se habla solo del buen príncipe cristiano sino, como Maquiavelo o Tomás Moro, de cómo los gobernantes son en la práctica. Y lo que Erasmo recoge es que, si príncipes y papas fueran lo que deberían ser de acuerdo con su rango, solo cabría hablar de lo penoso de sus trabajos. Es decir, que nadie en su sano juicio querría el poder. Por lo tanto, de aquí se desprende que solo es posible que haya personas que soporten y se regocijen con la carga del poder porque son necios y locos. Dicho de otro modo, que el ejercicio del poder requiere un grado de psicopatía, unas actitudes que predisponen a la inestabilidad mental. Que el poder enloquece o que solo los más locos acceden a él. 

No hace falta indagar demasiado en la historia para encontrarse con todo tipo de casuísticas que refuerzan la tesis de Erasmo. Se suele hablar del caso de Calígula, el emperador romano, como uno de sus ejemplos más acabados, del que decía Séneca que se le miraba a los ojos y ya se le veían las hechuras. Más allá de que según la leyenda el emperador nombró cónsul a su caballo —lo que quizá dijera poco bueno del cargo o de los candidatos alternativos—, Calígula afirmaba ser Júpiter redivivo. A los veintiocho años fue asesinado y su nombre quedó para siempre asociado a la megalomanía del trono. El poder absoluto de los césares dará más ejemplos de locura, desde Nerón a Cómodo, casos que han llegado a nuestros días por su grabado en piedra, no porque sátrapas y tiranos anteriores, desde Persia hasta Tingitana, no hubieran sido equivalentes. Más contemporáneos tenemos a Otto de Baviera y Luis II, que acabaron bajo tratamiento médico, o a Juana la Loca de Castilla o el zar Iván el Terrible, de los cuales se decía que tenían accesos de paranoia. Hasta Juan sin Tierra o Carlos II, apodado «el Hechizado», tenían hechuras de no estar en sus cabales.

En todo caso, no debería confundirse la locura en los fines con ser expeditivo en los medios. De cualquier gobernante se espera un mínimo de racionalidad instrumental, es decir, que oriente sus acciones a conseguir sus objetivos políticos. A lo largo de la historia eso ha conllevado consigo atrocidades terribles, desde que los partos arrojaran oro fundido por la garganta de Craso hasta las mutilaciones de los desposeídos del trono bizantino o las purgas de las familias de los rivales. Hasta la mayor monstruosidad humana jamás acometida, el Holocausto, fue ejecutada con una meticulosa racionalidad. Por el contrario, la locura es una perversión en el origen de los propios fines, pero esto no tiene por qué condicionar que haya una ejecución minuciosa en él. O al menos no siempre. Lo que implica la locura es algo más terrible: la falta de previsibilidad. Esto, muchas veces alentado desde el propio poder, es lo que más tensión genera en la Corte y el pueblo. Lo opuesto a la ley es dejarlo todo en manos del diablillo que brilla en los ojos del rey loco.

Mao tocando las palmas. Foto: Cordon.

Los tiranos contemporáneos también recurren a esto en dosis más o menos moderadas. Las dictaduras caracterizadas como personalistas (por oposición a las de partido dominante o las monárquicas), por ejemplo, lo hacen a través de la figura del culto a la personalidad. Enormes retratos en cada plaza, megafonía que canta loas al nombre del querido líder, grabados y figuras conmemorativas, festividades especiales el día de su cumpleaños o alabanzas al dictador como motor del mundo o portador de la lluvia; la obra de un verdadero megalómano con plenos poderes a la cual recurrieron y recurren desde Mao a Lenin, desde Al Asad hasta Kim Jong-un. Son como pequeños Calígulas embebidos de ego y de locura, si bien tienen detrás de esto una intencionalidad. 

Para el tirano ególatra, el culto a su persona es algo que puede servir para la formación de verdaderos creyentes para la causa, algo que siempre es útil. Es posible que de repetir ad infinitum las virtudes del líder termine habiendo quien de verdad lo compre, en especial con los medios de comunicación debidamente controlados. La megalomanía es el cimiento de la propaganda que apuntala al régimen. Sin embargo, la principal ventaja del culto a la personalidad es la construcción de barreras adicionales a que la oposición pueda coordinarse contra el régimen. Resulta tan difícil que nadie puede organizarse, incluso desde una perspectiva psicológica, con los ojos del tirano siempre mirando. Y mientras, siempre hay esos costes asociados a tener que salir al siguiente desfile y aplaudir con la fuerza necesaria, besar con suficiente fuerza los pies de la estatua del dictador. Eso, que el líder combina con una intensa policía secreta y mil maneras de ejecución de sus adversarios, acrecienta el miedo al poder arbitrario. A ese rey loco que controla el país.

Pero viremos hacia el político en cualquier democracia. Cuando nuestros políticos están en un entorno tan cambiante como el de ahora, tan sobreexpuestos a los medios de comunicación, sin apenas tiempo para pensar (y solo para reaccionar), la pregunta pertinente es si el que accede al cargo ya tiene los rasgos de la psicopatía o es la propia púrpura la que lo enloquece. Hay estudios que apuntan que la mayoría de los presidentes de EE. UU., por ejemplo, han tenido rasgos de psicópata, incluso antes de la era Trump. Tiene sentido imaginar que cualquiera lo suficientemente ambicioso para entrar en política debe tener atributos como el desparpajo o la confianza en uno mismo. Con frecuencia, la ambición se marida con la mezquindad, la sociopatía y un concepto de las personas como medios y no como fines en sí mismas. Las presiones sobre el espíritu son demasiado fuertes como para no provocar algún quebranto. 

Pensemos por un momento cómo se sentirá el líder de un partido acosado por conspiraciones internas, en lucha continua con sus rivales de otras formaciones, rodeado de aduladores, vilipendiado en las redes sociales y los medios de comunicación y sintiéndose cada vez más solo y aislado. El poder es una implacable trituradora que encanece las sienes y pudre la razón. Con razón, al final su círculo se cierra y se vuelven locos. Cuanto mayor es el poder, cuanta mayor es la cercanía a la Khaleesi, más fuerte es la presión sobre ellos. Ni siquiera tienen la certeza de si seguirán en el cargo y se aferran cada vez más fuerte a los oropeles del poder, a su disfrute desenfrenado. El pensamiento libre va muriendo, las filas se vuelven prietas y las sonrisas son todas forzadas. En la intimidad, se abandonan al alcohol, las drogas o al sexo, algo que sirva para recordarles que aún están vivos de alguna manera. La locura termina siendo su único escudo.

Decía Max Weber que un político de vocación requería de pasión, responsabilidad y mesura. Pasión para tener un motor interior que espolee sus acciones; responsabilidad para hacerse cargo de las consecuencias que tienen y mesura para tener una respetuosa distancia con el ejercicio del poder. Es probablemente esto último lo que más toca con la relación con la locura, donde él ve la perversión de su tiempo. Él ve al político vacío de pura ambición como algo siniestro que crece cada vez más en la Alemania de entreguerras. Y apunta muy bien cómo el narcisismo de la política termina abriendo el camino a todos los males. Hoy es complicado no pensar que la locura y la política son las dos caras de una moneda, donde pasar un psicotécnico sería impensable en un consejo de gobierno. 

La locura, que viene impuesta por la naturaleza del poder, termina por matar el último elemento que queda para su ejercicio: la empatía. El momento en el que todo gira en torno a las pasiones de ese personaje que se mueve por pulsiones, que empeña toda la energía y esfuerzo en satisfacerlas. Ya no hay capacidad de sentir por el otro, solo por sí mismo. Normal que los antiguos recomendaran escapar del cáliz de la política a aquel que aspirase a la salvación de su alma. Hay que tener un punto de loco para hacer política. Benditos aquellos que la hacen y tienen un ancla en la razón. 


El editor que no tenía ni idea

(Nota: Este artículo es el primero de una serie sobre memorias de editores)

Eso que queda después de pasarse la vida editando libros a veces son unos recuerdos escritos en forma de memorias. En algunos casos son breves y poderosas, como las de Jason Epstein (1928, Cambridge, Estados Unidos), quien fue durante muchos años director editorial de Random House. Entró en la industria del libro en 1950, a través de la editorial Doubleday, sin tener la menor idea, y vivió en primera fila los grandes cambios del siglo. En 1958, cuando se incorporó a Random House, esta tenía «una guía de teléfonos interna que incluía al centenar aproximado de empleados, y que no ocupaba más que una hoja del tamaño de una tarjeta postal». En 1999, cuando se retiró, la guía telefónica del grupo medía «veintiún centímetros por veintiocho, tenía ciento dieciséis páginas y contenía los nombres de más de cuatro mil quinientos empleados, casi todos ellos, presumo, desconocidos entre sí». En ese tiempo vio de todo. De hecho, en los ochenta, «cuando mis hijos y sus amigos entraron en la mayoría de edad, les aconsejé que se apartaran de la industria editorial, que a la sazón yo consideraba en un estado de decrepitud terminal». Veinte años después «daría el consejo opuesto a jóvenes que aprecian mucho los libros», relata en La industria del libro (Anagrama).

Epstein empezó en una Doubleday dirigida por personas «nada obsesionadas por los libros», profesionales de la venta directa por correo que «habrían sido igualmente felices vendiendo capullos de rosas o naranjas», a cambio de hacerlo por correo. De hecho, sus editores tenían despachos modernos de formas libres y colores vivos, y una «escasez sorprendente de libros en las estanterías». Para él fue, sin embargo, una buena escuela, y las técnicas y campañas de venta por correo le resultaron muy útiles cuando él y algunos amigos lanzaron en 1963 The New York Review of Books, o en los ochenta creó la Library of América, colección dedicada a los mejores clásicos norteamericanos.

El día que Epstein pisó por primera vez el despacho, con forma de riñón, en el edificio Time-Life de Nueva York, todo lo que sabía de editar libros lo había aprendido la semana anterior viendo una película titulada El granuja, protagonizada por un editor audaz, innovador y algo suicida, inspirado en Horace Liveright, que en los años veinte había publicado a T.S. Eliot, Hemingway, E.E. Cummings, Faulkner o Dorothy Parker. En su día Liveright fundó la Modern Library, fuente indispensable de clásicos en los años de entreguerras, y que un día de 1925 se vio obligado a vender a los jóvenes Bennett Cerf y Donald Klopfer, que desde esa plataforma lanzaron dos años más tarde Random House.

Pese a no saber nada, salvo lo que contaba la película, a los dieciocho meses de entrar en Doubleday fundó Anchor Books, una colección con la que desencadenó la llamada revolución del libro en rústica de calidad y remodeló la industria editorial. El primer título del catálogo fue La Cartuja de Parma. La inspiración para crear Anchor Books surgió mientras miraba libros en la Eighth Street Bookstore, entre anaqueles «donde se alineaban ediciones en tapa dura de todas las obras publicadas de Proust, Kafka, Yeats, Auden y Eliot, junto con Kant, Hegel, Marx y Weber, y junto con Pushkin, Chéjov, Turguéniev, Dostoievski y Tolstoi, y asimismo Melville, Whitman, Dickinson, James, Frost y Faulkner». Epstein visitaba la librería todas las semanas y se quedaba durante horas, pero cobraba cuarenta y cinco dólares semanales y no podía pagarse aquellos libros. Entonces les sugirió a los hermanos dueños de la librería que «las ediciones en rústica de sus libros podrían venderse bien entre gente como yo». A partir de ahí Epstein empezó a dar vueltas a una colección así, en un momento en que la mayoría de los libros en rústica «eran reimpresiones baratas de novelas populares que los distribuidores de revistas colocaban sobre todo en los quioscos, junto con las remesas de revistas, y que retiraban a final del mes para hacer sitio a los títulos nuevos». Con la luz, su papel blanco se volvía marrón.

Pensó en poner en marcha el proyecto por su cuenta, pero necesitaría una inversión inicial de veinticinco mil dólares, que estaba muy lejos de tener. Se lo pensó durante una temporada, hasta que reunió los argumentos y el plan comercial para convencer a los dueños de Doubleday. Decidió imprimir los libros en un papel sin ácido, más caro y duradero, que conservaba su blancura con los años. El diseño de las cubiertas correría a cargo de amigos artistas. Pero si el formato indicaba las intenciones de la colección, eran los propios títulos los que identificaban a Anchor Books con el espíritu de la nueva era. La iniciativa fue un éxito, y al cabo de un año editores como Knopf y Random House anunciaron sus propias colecciones en rústica de calidad.

Pese a todo, Epstein se sentía insatisfecho en Doubleday. Su salida empezó a fraguarse cuando uno de los autores de la casa, Edmund Wilson, lo invitó a su casa y le entregó un manuscrito en dos carpetas negras. «Me dijo que el autor era su amigo Volodya Nabokov, y que le novela que acababa de entregarme era repulsiva y que no podría publicarse legalmente, pero que de todos modos debía leerla». Aquel manuscrito era Lolita. Cuando la leyó no le pareció repulsiva, «pero tampoco una obra genial». Una semana después preparó una nota para sus colegas de Doubleday en la que «admitía los riesgos jurídicos, pero les recomendaba publicar la novela». Supuso que Doubleday estaría encantada de sacar Lolita. Visitó a Nabokov, que lo autorizó a publicar fragmentos de la novela en la revista de la editorial. Fue la primera publicación de la novela en Estados Unidos, y como no surgieron dificultades jurídicas, Epstein no vio objeciones a que Doubleday publicase la obra entera. Pero el presidente se negó en redondo y él decidió al poco abandonar la editorial.

Dos semanas después de su dimisión alcanzó un acuerdo con Random House. Se acordó de los días en que trabajaba en Doubleday y vivía en Greenwich Village y veía de vez en cuando a William Faulkner esperando en la estación de Fourth Street, en la línea de metro Independent, un tren que le llevase a reunirse en Random House con su editor Albert Erskine. «Aunque no hubiese sabido quién era, me habría fijado en él, una gallina del Mississippi sin pelaje, de cresta blanca y cara colorada, en medio de la incolora volatería norteña que atestaba el andén a la hora punta en invierno. Bajo el brazo solía llevar un paquete envuelto en papel de estraza». Qué placer, pensaba Epstein, ser Albert Erskine y trabajar con los manuscritos de Faulkner. Ahora al fin pertenecía a esa familia.

Cerf y Klopfer le permitirían ser editor sin responsabilidades adicionales y además montar una empresa propia. Fue así como acabó fundando The New York Review of Books. En diciembre de 1962 los trabajadores de The New York Times se declararon en huelga. Jason, su mujer Barbara Epstein, y sus amigos Robert Lowell y Elizabeth Hardwick vieron la oportunidad de crear una revista que representase todas las cualidades que echaban de menos en The Times. La nueva publicación hizo muchos amigos y enemigos, y ahí sigue.

El otro gran éxito de Epstein se fraguó durante una tarde de otoño, cuando quedó con Edmund Wilson a tomar unas copas en el viejo Princeton Club de Park Avenue. Eran los años sesenta. Cuando llegó, Wilson pidió seis martinis. Epstein no pidió nada, pensando que uno o dos tal vez fuesen para él. Pero Wilson se volvió hacia el editor y le preguntó si también le apetecía otra media docena. «Dije que no y luego, tras haber despachado los cócteles, anunció con su brusquedad característica que los americanos deberían tener ediciones de las obras de sus escritores comparables a las que publicaba la Pléiade en Francia». Franceses, ingleses y hasta ruso tenían ediciones canónicas de sus respectivos autores clásicos. Wilson pensaba en libros gordos de poca altura, y entonces sacó de su gabardina un libro de Flaubert editado por la Pléiade, que dejó en la barra junto al último martini vivo.

A Epstein la idea le pareció buena y confeccionaron una lista con los autores candidatos, eligieron un formato e incluso un prospecto de recaudación de fondos para presentar a las fundaciones. El prospecto recibió el aval de muchos escritores y críticos, incluso el del presidente Kennedy. Omitieron de la lista de patrocinadores a representantes de «un oscuro grupo de catedráticos de universidad que se habían especializado en establecer textos fidedignos de las obras de escritores americanos y británicos. Esta omisión fue un error político que retrasó veinticinco años el proyecto». Por el medio, murió Edmund Wilson, pero Epstein no se rindió y en los ochenta nació Library of América, que enseguida se convirtió en una institución respetada y rentable, en parte gracias a las técnicas de venta por correo, evolucionadas treinta años antes en Doubleday, donde daba igual vender libros que naranjas.


Demasiados Machados y ningún Max Weber

Max Weber. Foto: DP.
Max Weber. Foto: DP.

Desde que comenzó la crisis económica y política en España ha sido común escuchar a líderes de opinión, políticos e «intelectuales» de todo pelaje hablar de que estamos en una dictadura, en un Estado policial, que vivimos oprimidos por los mercados (que ponen y quitan gobiernos), por Angela Merkel o incluso por un Ejecutivo golpista. También tenemos quienes hablan de soviets urbanos en Madrid, de ciudadanos ignorantes votando a partidos populistas o de ilegítimos «pactos de perdedores». Puede que el sentido de la barbaridad se haya reorientado pues tenemos cuatro partidos —gracias a d´Hondt—, pero no parece que retrocedan estas ideas y talantes, quizá más extremos en las redes. En este tiempo de dificultades se ha vuelto a poner de moda el conspiracionismo. El recurso del utopismo arrogante, en el que es inevitable que quien opina diferente sea o bien un tonto o bien un malvado.

Una frase que me dijo un amigo una vez es que nuestro país había tenido demasiados Antonios Machados y ningún Max Weber, y creo que resumió muy bien una idea interesante. Quizá sea una opinión personal, pero es difícil no tener la sensación de que en España hemos tenido una larga trayectoria de idealización de nuestros males y virtudes pero hemos carecido de análisis que se centren en los conceptos, en las causas y consecuencias, en las motivaciones, en el estudio concienzudo de los fenómenos humanos. En lugar de hablar de cuestiones concretas, gustamos de despejar la pelota por elevación para ir al campo de los principios, uno en el que todo el mundo se siente más cómodo desde su respectiva trinchera. El neonoventaichismo, tan dado a manifiestos regeneradores aderezados con citas de Ortega y Gasset, no hace más que demostrar lo que cuesta muchas veces levantar la vista para ver qué ocurre más allá de La Junquera.

Nuestro país ha sido un terreno yermo de científicos sociales, en parte por la coincidencia del franquismo con el momento en el que estas disciplinas comenzaron a florecer en Europa. Es probable que eso lo estemos pagando hoy, explicando el campo del «debate de las ideas» y el tipo de intelectualidad predominante.

La prenda más habitual de la que están envueltos aquellos que se mueven en esta intelligentsia, que Sanchez-Cuenca describe aquí como «desfachatez intelectual», es la actitud crítica, rotunda y con un aire pesimista imposible de contentar, pues para ellos cuanto hacen el resto no son sino victorias pírricas. Este es el tipo de intelectualidad que opera en el campo de lo normativo (de los valores) y que se encarga insistentemente de recordarnos que existe un orden social superior, una sociedad mejor de aquella en la que estamos cómodamente instalados. Son los que nos recuerdan cómo Pokemon Go y el fútbol nos narcotiza frente a una verdad revelada ahí fuera. Este perfil de intelectual es justamente del tipo que salta de manera habilidosa entre la dicotomía del ser y del deber ser. Es decir, el que subraya lo incompleto e imperfecto de la sociedad presente y que sabe presentar de manera precisa cual es el óptimo estado en el cual el mundo debería encontrarse.

Sin embargo no deja de ser llamativo que este tipo de personas consideren —en su mayoría— que tienen una total exención en las responsabilidades que se derivan de llevar sus ideas a la práctica. Dado que bucean dentro de un mundo en el cual no existen restricciones, el prístino mundo de los valores morales, de las ideas, de las opiniones, parece desprenderse que sus buenas intenciones y juicios son excusa para todo. Fiat justitia et pereat mundus. 

Se puede ver fácilmente el contraste si miramos a esta reciente cruzada contra «los expertos». Sean lo que sean los expertos, pues el concepto es bastante elástico según el usuario. En todo caso, baste recordar el épico fracaso de Nate Silver cuando dijo que Donald Trump jamás lograría la nominación. O cómo el exministro de Educación de Reino Unido, hecho sintomático, dijo que su país ya había tenido bastante de expertos. El mito persistente también, aquí repetido, del fracaso de las encuestas en su referéndum de la UE —pues quienes fallaron fueron las casas de apuestas y opinión publicada, los expertos en comportamiento electoral dudaron toda la campaña—. O el fracaso, este sí indudable, de los sondeos preelectorales en España y que ha llevado a algunos a hablar de la mayor sabiduría del hombre de la calle sobre el sociólogo pertrechado de iPads.

Digo que se vea el contraste porque, afortunadamente, ya sea en pronóstico o en hechos, a estos supuestos expertos sí se le puede pedir que rindan cuentas. Dicho de otro modo, que hay unos hechos objetivos que permiten contrastar la validez del análisis. Creo que esta es una ventaja fundamental para mejorar la discusión pública. Cuando en El juicio político de los expertos, de Philip E. Tetlock, se aborda su estudio de doscientos ochenta y cuatro expertos en política entre 1984 y 2003, se apunta que justamente aquellos expertos que más acertaban —y también quienes menos figuran en los debates— son aquellos menos taxativos e ideologizados, los que elaboraban más los argumentos, los más abiertos a la incertidumbre. Los zorros en términos de Isaiah Berlin. Y ojo, porque no todos los científicos sociales cuando intervienen en el debate lo hacen como tales, pero sí podemos levantar, gracias a esta inevitable caducidad de cualquier pronóstico, un dique contra lo rotundo.

Sin embargo, cuando se critica a los «expertos» y se dice que se vayan todos, parece que hay quien propone un modelo en el que la doxa sea la base, en el que las opiniones —que parece que son libres— no deban ser fiscalizadas. El eterno retorno a la inflación normativa. Opinar es gratuito y nadie pide cuentas sobre la consistencia interna y externa de cuanto se dice.

Sin embargo, cada vez tenemos un cuerpo más vigoroso de ciencias sociales que estrecha el margen para que estos enfoques salgan indemnes. Un tema no menor, por cierto. Ahora podemos traer evidencia e intentar estimar con más o menos certeza cuáles son las consecuencias planeadas (y las que no) de tomar determinadas decisiones acorde con esos principios. Ya no existen excusas por las que la operatividad del deber ser no pueda ponerse a prueba y es posible llevar sus valores hasta sus consecuencias prácticas. Supongo que esto resulta terrible para quienes han tenido bastante de expertos, pero harán bien los gobiernos en llamar a sociólogos para implementar la renta básica o a economistas para intentar estimar lo que crecerá el PIB el año que viene. Esta «técnica» no puede reemplazar la política como elegir en un pluralismo de valores, pero su aplicación sí se puede contrastar porque tenemos saber acumulado de lo que pasa en otras situaciones, en otros contextos.

Entiendo que más allá del argumento de fondo existe la pugna por unas sillas limitadas. Decía Upton Sinclair que es difícil conseguir que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda. Sin embargo, sigo pensando que para un buen debate público es fundamental ligar el mundo del deber ser con el del ser y, particularmente, el valor añadido que suponen las ciencias sociales en este punto. Por supuesto, cuando se hace bien, pues no pocas veces caemos en los peores vicios, ejerciendo más de opinólogos que otra cosa. La crítica probablemente más merecida y que menos se ha apuntado. Aun así, los intelectuales en un sentido amplio —los líderes de opinión si se quiere— tienen una importante responsabilidad que asumir, del mismo modo que la ciudadanía tiene la obligación de demandársela. Es lícito operar en el mundo de ideas y valores pero que en un ánimo de contribuir a la mejora de la sociedad es obligado pensar en las implicaciones que tiene ponerlas en práctica. No creo que sobre nadie en este empeño.


Libros para comprender el mundo

Detalle de Cristo en el limbo, de un seguidor de El Bosco. Imagen: DP.
Detalle de Cristo en el limbo, de un seguidor de El Bosco. Imagen: DP.

Recuerdo como en cierta ocasión un compañero del instituto expresó su deseo de leer «un libro que explique todas las cosas». Me sorprendió porque era alguien que no desaprovechaba la oportunidad de suspender cada asignatura que se le pusiera por delante; no leía ni lo imprescindible para pasar de curso, pero anhelaba leer el libro definitivo que lo explicara TODO. Tal vez simplemente sentía curiosidad por comprender el mundo que le rodeaba pero no tenía la paciencia suficiente como para ir desentrañándolo poco a poco a base de leer, escuchar y contrastar lo aprendido. Y no le faltaba razón. Es una tarea que requiere muchísimo tiempo y desanima al más predispuesto.

Vivimos rodeados de propaganda, es decir, de mentiras y medias verdades contadas para influir en nuestro juicio y expresadas siempre, cómo no, con la mayor convicción y seriedad. Pero si descontamos la mala fe, aun así la memoria es creativa y siempre habrá un largo trecho entre lo que oigamos y lo que contemos cada uno de nosotros, pues estamos sometidos a sesgos de los que no somos conscientes. Puede que incluso se logre sortear la mala fe y los sesgos inconscientes, pero la información a la que se acceda simplemente sea errónea o haya quedado obsoleta. Todo esto suponiendo, claro, que haya alguien ahí fuera que realmente quiera ayudarnos a comprender algo…  Haber acudido a unas cuantas conferencias y charlas me ha hecho constatar que quienes más se prestan a protagonizarlas menos tienen que decir, pues serían más avaros con su saber en caso contrario: aquel que logra competencia en un ámbito lo último que desea es facilitar la tarea a potenciales rivales. De hecho, lo primero que hace un autodenominado experto —muy especialmente en las llamadas «ciencias sociales»— es construir cercas en torno a su área de conocimiento y reaccionar airadamente ante la presencia de intrusos, elaborando un idiolecto que más que facilitar la comunicación con sus iguales permita crear la ilusión en su entorno de decir cosas muy profundas, no en vano resultan incomprensibles.

En ocasiones el cercado ni siquiera alberga nada en su interior, pues como dijo el psicoanalista Jacques Lacan en un insólito arranque de sinceridad: «Nuestra práctica es una estafa, fanfarronear, hacer pestañear a la gente, deslumbrarla con palabras rebuscadas». Al fin y al cabo todo el mundo tiene un estómago que alimentar y hacer creer que se posee un saber único es una forma de garantizarse el sustento. Respecto a los periodistas, solo sobreviven en esta jungla quienes más audiencia o clics logran, y lo más sensacional rara vez casa con lo realmente ocurrido. Por último, en cuanto a los ensayistas, cualquiera que los haya frecuentado ha tenido alguna vez la sensación de que el autor tenía una idea que pudo haberse desarrollado plenamente en treinta o cuarenta páginas, siendo las doscientas restantes el relleno necesario para que el ejemplar pueda venderse por veinticinco euros.

Pero no todo está perdido. A veces pueden encontrarse libros que ayudan a comprender la sociedad, las instituciones, las costumbres, el comportamiento de quienes nos rodean… Libros que te provocan algo así en el cerebro: ahora ya vemos patrones en la realidad, el fondo que conecta islotes que creíamos nada tenían que ver entre sí, ese amenazador valle de las sombras por el que caminamos a tientas comienza a tener perfiles reconocibles. Naturalmente cada uno tiene los suyos y pueden ser clásicos de la literatura o de la historia del pensamiento, pero dado que el saber es acumulativo me gustaría centrarme en algunas obras de ensayo contemporáneas que saben sintetizar la tradición previa con la mayor claridad, aquellas al alcance de cualquiera con un mínimo de curiosidad y que, de reencontrarme con aquel compañero de clase, me encantaría poder recomendarle.

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Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond

libros cfm (9)¿Por qué los europeos conquistaron América y no al revés? A veces las preguntas más sencillas pueden dar lugar a explicaciones fascinantes que requieren combinar conocimientos de paleontología, biología, geografía, historia y economía. Así ocurre en este libro ganador en 1998 del premio Pulitzer. Combinar semejante caudal de conocimiento requería un espíritu multidisciplinar como hay muy pocos, pero al fin y al cabo Diamond fue primero profesor de Medicina, desarrolló una carrera científica como ornitólogo, aprendió doce idiomas, pasó mucho años en Nueva Guinea con tribus alejadas de la modernidad y bordeando a otras jamás contactadas antes (de todo ello habla en otro libro, El mundo hasta ayer) y actualmente es profesor de Geografía en la UCLA. Eso es aprovechar el tiempo.

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Cómo funciona la mente, de Steven Pinker

libros cfm (12)En el siglo de Hobbes se pusieron de moda los mecanismos de relojería de forma que en su filosofía describía al ser humano como una máquina. En el siglo XIX, con la máquina de vapor en apogeo, las metáforas freudianas sobre la psicología se articulaban en torno a presiones que eran liberadas aquí o allá como el vapor generado en una caldera. En la segunda mitad del siglo XX y XXI era inevitable por tanto que el cerebro pasara a ser descrito como un ordenador. Así es precisamente como Steven Pinker la denomina en esta obra: teoría computacional de la mente. Si bien sus explicaciones sobre conexiones neuronales son un tanto farragosas, lo verdaderamente interesante llega en la segunda mitad del libro. Vivimos en la era moderna con cerebros de la Edad de Piedra, nos dice, y tras elementos tan diversos como los celos, la guerra, el lenguaje, el amor filial o la música pueden encontrarse las huellas de la selección natural. El cine, la literatura, las tiras cómicas le sirven de ejemplo para este libro que fue finalista del Pulitzer, aunque el anteriormente mencionado le arrebatara el premio. Se complementa muy bien con el siguiente que publicó Pinker en 2003, La tabla rasa.

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El hombre desnudo y La mujer desnuda, de Desmond Morris

libros cfm (13)Si de acuerdo a las enseñanzas clásicas tan necesario es el cuidado del cuerpo como de la mente, lo mismo cabe decir de la importancia de comprender su funcionamiento. Morris pudo haberse limitado a pasar a la historia por la exposición de cuadros pintados por chimpancés que realizó en Londres en 1958, pero este zoólogo británico se dedicó desde entonces a la divulgación científica, poniendo especial interés en estudiar al ser humano como un animal más. En sus libros El hombre desnudo y La mujer desnuda se detiene en cada una de las partes de nuestro cuerpo, explicando su origen evolutivo y la manera en que ha sido adornada u ocultada, así como el significado que se le ha atribuido en diferentes culturas.

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Matanza y cultura, de Victor Davis Hanson

libros cfm (2)Desde la batalla de las Termópilas entre los griegos y el Imperio persa hasta la conquista de México por las tropas de Hernán Cortés, ha habido una serie de momentos decisivos que han condicionado el devenir de Occidente. Pocas veces se han narrado mejor que en este libro, que además analiza con detalle las causas y consecuencias que tuvieron.

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Los enemigos del comercio, de Antonio Escohotado

libros cfm (15)De un periodo tan amplio como el que se inicia con el cristianismo y llega hasta la Revolución francesa se ha escrito muchísimo y desde todas las perspectivas imaginables. Merece la pena destacar esta obra por su erudición y por la claridad con la que logra exponer el vínculo entre las creencias y los valores de una sociedad y su estructura económica, como ya hizo anteriormente Max Weber en su clásico La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

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Trilogía del Tercer Reich, de Richard J. Evans

libros cfm (14)La Segunda Guerra Mundial cambió el planeta de arriba a abajo en todos los órdenes. Si en un televisor sin sintonizar percibimos el eco del Big Bang, basta conectarlo con casi cualquier canal para que percibamos el de aquella guerra. Una miríada de películas y documentales sobre la guerra y el nazismo va amontonándose en nuestra memoria, así que se hace necesaria una narración fundamental en la que encajen todos ellos. De todos los libros que he leído sobre el tema, yo diría que la descripción más rigurosa, matizada y atenta a todas las variables es la formada por La llegada del Tercer Reich, El Tercer Reich en el poder y El Tercer Reich en guerra, muy bien escrita por el profesor de Cambridge Richard J. Evans. Una monumental obra de más de dos mil setecientas páginas en total, calificada por los principales historiadores de ese ámbito como «brillante», «obra maestra» y «magistral», que nos permite comprender qué pasó y por qué ahora el mundo es así.

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Postguerra, de Tony Judt

libros cfm (4)Donde termina el anterior es justo donde comienza este recorrido por la posguerra en Europa, entendida como la segunda mitad del siglo XX al completo, pues hasta ahí llegó la onda expansiva del conflicto. Mil doscientas páginas de un libro que no lo explica todo, pero poco le falta. Por él van desfilando De Gaulle, el Muro de Berlín, el IRA, los Beatles, Tito, el sindicato Solidaridad, el Real Madrid, el Partido Comunista Italiano… todo encuentra su hueco en la que fue la gran obra de un excepcional historiador que tuvo un final muy doloroso.

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La CIA y la guerra fría cultural, de Frances Stonor Saunders

libros cfm (8)Entre creerse la versión oficial de que existían armas de destrucción masiva en Irak que justificaban ir a la guerra y pensar que los reptilianos intentan controlar nuestras ondas cerebrales hay un saludable término medio de escepticismo… ¿Pero dónde situarlo exactamente? ¿En qué casos hemos de inclinarnos hacia las verdades oficiales o hacia las explicaciones conspiratorias? Si supiera la respuesta no estaría aquí contándolo, lo que sí puedo hacer en su defecto es recomendar esta obra rigurosamente documentada y atravesada por un fino humor, que nos muestra el mundo como un gran teatro donde la mentira es la norma y los intereses políticos y económicos se disfrazan bajo las causas más nobles e inocentes. Mientras tanto esperaremos a que sucesivos documentos secretos vayan desclasificándose, para que dentro de tres o cuatro décadas otra Frances Stonor Saunders nos cuente cómo nos manipulaban en 2016 desde los medios de comunicación, la clase política o, quién sabe, hasta Eurovisión.

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El cisne negro, de Nassim Nicholas Taleb

libros cfm (1)Nuestro cerebro es una herramienta tan defectuosa para conocer la verdad que tal vez fuera mejor extirpárselo: confundimos constantemente correlación con causalidad, caemos en el autoengaño mediante el sesgo de confirmación y prestamos más atención a las anécdotas que a los promedios estadísticos. Por si fuera poco nuestras predicciones se basan en lo que ya ha ocurrido y menosprecian los sucesos improbables pero altamente decisivos, a la manera del pavo que el Día de Acción de Gracias cree confiado que el granjero también lo alimentará, pues es lo que ha hecho todos los días anteriores. Ser conscientes de la incertidumbre, de que hay cosas que sabemos que no sabemos y, por encima de todo, que también hay otras que no sabemos que no sabemos. Eso es lo que nos enseña este filósofo y corredor de bolsa neoyorquino de origen libanés.

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Por qué fracasan los países, de James A. Robinson y Daron Acemoğlu

libros cfm (5)¿Qué hace que un país sea rico o pobre? Otra de esas preguntas sencillas que terminan moviendo montañas. Para responderla estos dos profesores de Harvard y del MIT respectivamente recogen lo mejor de la tradición del pensamiento económico, aplicándolo a diferentes lugares y épocas con un resultado bastante convincente.

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Las trampas del deseo, de Dan Ariely

libros cfm (17)Imagine que quiere comprarse un televisor de pantalla plana pero no tiene idea de cuál es su rango de precios. Visita una tienda y los ve por cuatrocientos, seiscientos, ochocientos euros… sí, el de seiscientos parece una opción razonable. Pero tal vez en lugar de esa tienda pudo haber ido a otra donde conocían el efecto señuelo y ve expuestas pantallas por cuatrocientos, seiscientos, ochocientos… y cuatro mil quinientos euros, caramba, aquí diría que la de ochocientos es la mejor opción, ¡hasta parece un chollo! Tal vez la de cuatro mil quinientos nunca se venda, pero en realidad su única función es hacer parecer baratas a las demás. Vivimos en una economía de mercado, se nos considera consumidores antes que ciudadanos y sin embargo nadie nos enseña esos trucos de psicología del consumo que quienes nos venden las cosas desde luego sí conocen.

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La física de los superhéroes, de James Kakalios

libros cfm (7)Las películas protagonizadas por superhéroes son cada vez más frecuentes en nuestras carteleras, pronto llegará un momento en que cualquier película de mafiosos, un biopic de Gandhi o un remake de Ben Hur también los incluirán. Así que ir al cine sin haber leído antes este libro es como presenciar un deporte cuyas reglas se desconocen, de la misma forma que nadie debería ver una película de monstruos gigantes sin estar familiarizado con la ley del cubo cuadrado. Saber qué superpoderes o mutaciones son factibles y qué inconvenientes presentan nos proporciona una experiencia mucho más enriquecedora. Ahora entenderemos qué estamos viendo y tendremos, de paso, una percepción más exacta de la realidad física que nos rodea.

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Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson

libros cfm (6)Ya solo por el título no podía quedarse fuera de una selección así. El contenido efectivamente está a la altura de lo que promete y supone un repaso muy ameno por los conocimientos fundamentales que toda persona debería manejar sobre física, química, biología o paleontología, así como por la historia de esas disciplinas. Su autor es un personaje que merece un artículo propio y aquí se lo dediqué.

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El gran libro de la mitología griega, de Robin Hard

libros cfm (3)Desde que Herbert Jennings Rose publicara en 1928 su Manual de la mitología griega llegó a convertirse en una obra de referencia en los países anglosajones. Ochenta años después el escritor y editor Robin Hard lo tomó como referencia para ampliarlo con nueva información hasta crear este formidable tocho de casi mil páginas que alguien tan leído como Luis Alberto de Cuenca recomienda enfáticamente. Con él en la mano, asegura, «hasta podríamos presentarnos a un concurso de televisión sobre mitología con enormes posibilidades de éxito».

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La Biblia

libros cfm (16)Y el mejor para el final. No es que sea exactamente un ensayo contemporáneo, aunque por él no pasa el tiempo. Tal como ocurre con el libro anterior aquí encontraremos infinidad de historias, frases hechas, nombres y referencias de toda clase que nos resultarán familiares: por fin podremos ubicar exactamente su origen y comprender el conjunto. Leer ambos es como retroceder en el tiempo y poder contemplar una construcción antes de que explotara en un millón de fragmentos esparcidos a lo largo de toda la cultura occidental. En el caso de la Biblia hay quien además la toma en el sentido más literal como «el libro definitivo que lo explica TODO», eso ya va según las creencias de cada uno… Aunque viendo la enorme cantidad de sexo, ebriedad, violencia y locura que contiene desde luego sus autores tenían bien tomadas las medidas al ser humano.

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Cuatro lecciones de un estrepitoso fracaso

Imagen: Editorial Taurus.
Imagen: Editorial Taurus.

Imaginad que una mañana de domingo tres desconocidos se presentan en vuestra puerta y os proponen gobernar Canadá. Esto es lo que le ocurrió a Michael Ignatieff.

En octubre de 2004, Ignatieff era el intelectual arquetípico: profesor de Harvard, y exprofesor de Oxford y Cambridge, célebre por sus libros y conocido por sus columnas de opinión y sus apariciones televisivas. Era un académico prestigioso y casi famoso. Pero no era un político.

No tenía experiencia y por eso la propuesta era surrealista. Además llevaba tres décadas fuera de Canadá —ese país del que querían que fuese primer ministro—, circunstancia también un tanto chocante. Y sin embargo, aquellos tres desconocidos hablaban en serio: ¿Estaría Ignatieff dispuesto a liderar el Partido Liberal, el de Pierre Trudeau y Lester Pearson, el partido gubernamental por antonomasia y por aquel entonces el más grande del parlamento de Ottawa?

* * *

Ignatieff aceptó la propuesta, desoyendo a muchos amigos que le tildaron de loco. El resultado es la historia de una iniciación brutal a la política de alguien que la conocía en teoría pero no en la práctica. Ignatieff logró liderar su partido y ser el candidato a las elecciones, pero su viaje acabó en un sonoro fracaso: cosechó los peores resultados del Partido Liberal en toda su historia.

Persiguió el fuego del poder y acabó contemplando sus cenizas.

Pero como ninguna derrota es completa, de aquel estrépito salió un libro fascinante: Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Un libro sobre política, inteligente y bello, que recoge las lecciones que solo alguien como Ignatieff podía extraer de su propia decepción.

I. En política cualquier cosa que digas será interpretada en el peor sentido

Como le ocurre a tantos políticos novatos —véase el caso de Toni Cantó, Guillermo Zapata o cualquier otro—, Ignatieff descubrió pronto que hacer declaraciones es un deporte de riesgo. Lo expresó así:

Cuando entras en política dejas atrás el mundo amable en el que la gente te concede un cierto margen de error, acaba tus frases por ti y acepta que en realidad no querías decir lo que has dicho, para entrar en un mundo de literalidad hasta extremos impensables en el que solo cuentan las palabras que han salido de tu boca. También dejas atrás el mundo en que los demás perdonan y olvidan, dejan de lado las ofensas y se reconcilian… Cada tuit, cada publicación en Facebook, artículo periodístico o fotografía embarazosa permanece en el ciberespacio para siempre, listos para que tus enemigos las utilicen contra ti.

Ignatieff aprendió esto con unas declaraciones sobre la guerra del Líbano de 2006. Preguntado por el asunto, afirmó que las bajas en áreas controladas por Hezbolá no le quitaban el sueño. Su intención era decir es que Hezbolá había empezado la guerra y tenía que asumir las consecuencias, pero sus palabras se escucharon como fría indiferencia hacia el sufrimiento de civiles. Al intentar reparar el daño dijo que las tropas israelíes al atacar Qana habían cometido un «crimen de guerra», y entonces sobrevino otra crisis mediática del lado contrario. Ignatieff había logrado la hazaña de molestar a los votantes judíos, musulmanes y libaneses la misma semana. No sirvió de nada lo que opinase realmente, ni lo que hubiese escrito antes ni las explicaciones que intentó dar después.

Tras el incidente, uno de sus asesores más veterano se le acercó y le dijo: «Michael, cada político tiene nueve vidas; en este lío te has gastado ocho».

II. Un político debe imponer su propia narrativa

Ignatieff descubrió pronto que todo político debe tener una historia sobre sí mismo, una razón que explique por qué ha elegido dar el salto al vacío. El éxito de un candidato depende de eso más que de cualquier otra cosa.

En uno de sus primeros eventos públicos, reunido con unos empresarios en Montreal, un asistente le preguntó a Ignatieff por qué quería ser primer ministro. «Porque es el puesto más difícil de todo el país, y me gustaría averiguar si estoy a la altura» respondió mientras el auditorio enmudecía. Ignatieff se dio cuenta de su error antes de acabar de hablar: los empresarios no estaban allí para financiar sus aspiraciones personales, sino para saber qué tenía él que ofrecerles a ellos.

La principal tarea de un candidato es imponer su historia, porque de lo contrario lo harán sus rivales, que es lo que le pasó al propio Ignatieff. Desde su regresó a Canadá, sus oponentes le etiquetaron de diletante advenedizo y jamás pudo desprenderse de esa narrativa. En un anuncio del Partido Conservador que quedó para la historia y los manuales de comunicación política, un narrador repetía dos ideas: primero, Ignatieff llevaba treinta y cuatro años fuera de Canadá y era un forastero; segundo, no había vuelto al país para servir, sino para satisfacer su ego. El anuncio se cerraba con el eslogan oficial contra él: «Michael Ignatieff, just visiting».

III. El arte de la política es el arte del oportunismo

Ignatieff era un intelectual que había dedicado su vida a interesarse por las ideas y las políticas en sí mismas. Sin embargo, durante su aventura descubrió que el valor de un político no estaba ahí, sino en reconocer cuándo a una idea le había llegado su momento. Esa es la gran virtud del político: saber aprovechar las circunstancias. Lo sabía bien el premier conservador Harold Macmillan, que la pregunta de qué era lo más difícil de gobernar, respondió: «Los acontecimientos, hijo, los acontecimientos».

Por eso un buen político debía dominar el arte del oportunismo. Los oportunistas torpes dan la impresión de haberse aprovechado de una situación para su propio beneficio, mientras que los oportunistas astutos hacen creer al resto que ellos mismos han creado la oportunidad.

Lo que Ignatieff observó, pensando seguramente en sí mismo, es que las habilidades que necesita un político no son las de un intelectual. De ahí que muchos estudiosos de la política fueron antes políticos frustrados. Ese es el caso de Cicerón, James Madison, Stuart Mill o Max Weber. O del propio Maquiavelo, que escribió El Príncipe en el exilio, ya despojado de su poder político por los Medici. Al florentino le dedica Ignatieff una frase memorable, que resume su fracaso: «Enseñé a Maquiavelo pero me di cuenta de que jamás le había entendido».

IV. La política no es para pieles sensibles

Ignatieff había estudiado a los políticos toda su vida, ¿pero significaba eso que estaba preparado para convertirse en uno de ellos? Concluyó que no, por las razones que ya hemos visto. No dominaba el arte del oportunismo, no entendió el peligro de las expresiones desafortunadas y no impuso su propio relato. Pero fue precisamente descubrir esas debilidades lo que hizo aumentar su respeto por la política como profesión.

Y es que hay algo meritorio en que una persona ponga su vida del revés persiguiendo un sueño improbable mientras se somete a una supervisión y un bombardeo continuo. Meterse en política es «vivir en un mundo dual, el mundo real de contacto con unos ciudadanos que eran, por lo general, educados y agradables, y el mundo virtual de internet, donde todo vale». Es someterse al escrutinio público, para bien y para mal, y estar siempre a la defensiva ante cualquier flanco que pueda abrirse. Por supuesto, la atención es recíproca, y el político tiene que estar pendiente de la opinión pública. Es un «plebiscito constante donde uno evalúa, cada segundo del día, cómo le miran a uno por la calle, cómo lo saludan, qué tipo de miradas recibe cuando uno camina por el pasillo de un avión en busca de su asiento».

Ignatieff aprendió que los insultos y las calumnias —por otra parte inevitables— debían tomarse con resignación y con humor. Tomarlos como algo personal era un acto de vanidad.

* * *

Hay decenas de libros sobre el éxito aunque no sabemos si estudiarlo sirve de algo. Quizás un triunfador es un triunfador a pesar de las que él piensa que son las diez razones de su éxito. O quizás un triunfador es la excepción, el único éxito entre cien réplicas que nadie conoce porque naufragaron.

Las historias sobre el fracaso son más valiosas porque son más escasas. Son las aventuras sin glamour de gente que persiguió un sueño e intenta averiguar qué salió mal. Y decimos intentar porque ese es el significado de cualquier ensayo: un intento de explicar una idea o una experiencia. En el caso de Ignatieff esa experiencia es la del fracaso político, algo que muchos han sufrido pero que muy pocos han contado. Reside ahí la principal virtud de su libro: es un relato único de un viaje a la vorágine política, de alguien que se estrelló sin paliativos pero que conserva la lucidez para mirar y mirarse.

La otra gran virtud de Fuego y cenizas aparece entre líneas: es un tributo a lo mejor de la política —ese intento imposible por gobernarnos todos de la mejor forma posible—, que resulta más convincente de lo habitual porque no lo escribe uno de sus paladines, sino una de sus víctimas.

Hubo ocasiones en las que notaba que estaba influyendo en los acontecimientos, y otras en las que me limitaba a observar con impotencia cómo esos acontecimiento escapaban a mi control; disfruté de momento de felicidad al pensar que iba a ser capaz de hacer grandes cosas por los demás y ahora vivo con la pena de que nunca seré capaz de hacer nada. En resumen, viví esa vida. Pagué un precio por lo que aprendí. Perseguí el fuego del poder y contemplé cómo la esperanza quedaba reducida a cenizas. (Michael Ignatieff, Fuego y Cenizas)


José Ignacio Wert: «A los quince años el 45% del alumnado ha repetido al menos una vez. Esto supone un coste para el sistema brutal»

José Ignacio Wert para Jot Down 0

José Ignacio Wert (Madrid, 1950) es licenciado en Derecho, sociólogo, políglota, profesor universitario y ministro de Educación, Cultura y Deporte. Es el ministro más tecnócrata del Gobierno y el peor valorado. Aunque lo notamos cansado —viene de una reunión importante— nos atiende con una sonrisa y se pone completamente a nuestra disposición. 

Ahora que en lugar de hacer encuestas es ministro, ¿ya no tiene que hacerse pasar por pianista de un burdel? [El contexto que pide el ministro Wert, y la excusa para esta pregunta, es un artículo suyo de 2002: «No le contéis a mi madre que hago encuestas políticas. Ella cree aún que soy pianista en un burdel» N. d.R].

No llegué a hacerlo nunca, hay que contextualizar esto. El chiste se lo había tomado prestado al que era el publicista de cabecera de Mitterrand, que presidía una de las agencias más importantes de Francia en aquella época: «No le contéis a mi madre que me dedico a la publicidad; decidle que soy pianista en un burdel».

En ese artículo usted comenta que los desaciertos más importantes en las encuestas se producen en elecciones de mayor resonancia pública. Las elecciones americanas de 2012 tuvieron un ganador inesperado: Nate Silver y sus modelos estadísticos, que predecían el resultado de las elecciones basándose en las encuestas en estados clave. ¿Es aplicable este tipo de metodología a las elecciones generales de nuestro país?

No, no es aplicable. La razón tiene mucho que ver con la diferencia de sistema electoral. EE. UU. tiene un sistema mayoritario por estados. En realidad, al presidente no lo eligen directamente los ciudadanos, sino un colegio electoral, en el que cada estado, en función de su población, cuenta con con un bloque de  delegados o compromisarios. Rige el principio «The winner takes all», es decir, el que gana en un estado obtiene todos los compromisarios. Hay estados rojos y Estados azules en los que, pase lo que pase, van a votar republicano o demócrata, y hay «switch States», estados que pueden cambiar. El número de estos varía, oscila entre un tercio y la mitad de los estados. En el resto no hace falta hacer encuestas.

Y, limitadamente, pasa esto en España. Realmente aquí, si uno quisiera ser muy eficiente en el empleo de los recursos, y en un panorama partidario más o menos estable, habría unas veinticuatro provincias españolas donde no sería necesario hacer encuestas. En todas las que son de menos de cinco diputados tiene que darse una situación muy excepcional para que el reparto no sea 2/1 en las de 3, y 2/2 en las de 4 y 3/2 en las de 5. Es decir, en las provincias donde se eligen cinco diputados o menos, el coste relativo para un tercer partido de entrar en reparto es muy elevado. Ahora, en una situación tan fluida como la que hay, probablemente, si a mí me asignaran la tarea de hacer la muestra más eficiente posible, y eso incluyera la posibilidad de dejar de hacer encuestas en algunas provincias, no sé si me atrevería.

Hablando del sistema electoral, hemos visto algunas sorpresas en los resultados de las recientes elecciones europeas, donde tenemos una única circunscripción. Cuando decimos que estos resultados no son extrapolables a unas elecciones generales, ¿es por la circunscripción única?

Creo que los resultados de las elecciones europeas no son extrapolables no tanto por el distrito único como por la participación. Es decir, una participación del 45%, que es básicamente la misma que la que hubo en el 2009, evidentemente limita mucho el utilizar los datos para otras elecciones.

Piensa más en esto que no en un voto estratégicamente diferente, digamos.

Las elecciones europeas, que los electores las perciben no ya como de segundo orden, sino como de tercero, son oportunidad para emitir lo que se llama un «voto expresivo». Incluso, si uno mira la encuesta postelectoral del CIS, se ven movimientos de retoque que parecen más bien regidos por una lógica browniana de partículas moviéndose sin sentido por el espacio. La profundidad, digamos, de la sacudida del mapa político que sugeriría si fuera extrapolable la elección europea no es razonable presumir que se vaya a mantener. Y hasta aquí puedo leer…

Usted estuvo en el nacimiento del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

No, no. El CIS es incluso más viejo que yo. Antes se llamaba Instituto de la Opinión Pública, se fundó en los sesenta. Yo estuve entre el 79 y el 81.

Tenemos entendido que no existen este tipo de centros de opinión en otros países, y menos dependiendo del Ministerio de la Presidencia, sino que lo que se hace es sacar encuestas a concurso.

Sí, suele ser así. En Francia sí lo hay, depende del Ministerio del Interior. En la mayor parte de las democracias europeas —en EE. UU., por supuesto, no hay nada parecido— lo que hay es un sistema de convenios con centros universitarios, o no hay nada.

¿Y le gusta ese modelo? Que haya una institución pública que se encargue de hacer esas encuestas.

Yo soy muy poco objetivo hablando del CIS. Cuando has estado trabajando en un sitio… Me parece que a veces se da excesiva  importancia al hecho de que una encuesta venga del CIS o venga de cualquier otro sitio; el CIS trabaja con criterios profesionales, y es muy transparente en su gestión. Es decir, cualquier investigador tiene acceso a las bases de datos originales, puede acceder a los microdatos sin ningún requisito.

Quizá lo más delicado es cuando hay preguntas de naturaleza electoral y se hacen estimaciones. Ocurre que no hacerlo sería incluso más delicado: lo que quiero decir, para la gente que no tenga conocimientos sobre la materia, un dato bruto en relación con una estimación de lo que puede suceder en una elección está demasiado lejos. La verdad es que si uno examina el recorrido del CIS, que lleva haciendo encuestas durante todo el periodo democrático, se llega a la conclusión de que no hay relación entre los resultados de las encuestas y el partido en el poder en ese momento.

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Más adelante impulsó y presidió Demoscopia.

Me ha gustado lo de impulsar… Demoscopia existía como marca, pero no como empresa, cuando yo me hice cargo de ella. Demoscopia consistía en mí mismo y una secretaria. Cuando me fui la plantilla era de más de doscientas personas.

¿Qué diferencia hay entre trabajar en Demoscopia y en el CIS? ¿Se utilizan técnicas diferentes?

Demoscopia fue la primera empresa que en España utilizó industrialmente el teléfono asistido por ordenador, CATI, como técnica de recogida de información. Teléfonos asistidos por ordenador. Luego fue la primera empresa que, también industrialmente, utilizó el Computer Assisted Personal Interview, CAPI, es decir la entrevista cara a cara sin papel, con tablet.  

La diferencia mayor, y muy importante, es que en una empresa privada todos los meses tienes que pagar la nómina. En el otro lado, en el CIS, está el capítulo I de los Presupuestos Generales del Estado. Y en una empresa como Demoscopia, que estaba y sigue estando especializada en opinión pública, la verdad es que los trabajos estrictamente de naturaleza política no representaban más del diez o el quince por ciento de la facturación y había que vender muchos estudios de otro tipo: financieros, de consumo…

En el año 2000 escribió un artículo en Claves de la razón práctica: «Internet y España: reflexiones impertinentes», en el que abogaba por políticas activas que facilitasen la incorporación a la sociedad del conocimiento de quienes tuvieran algún tipo de hándicap en el acceso. ¿Es una asignatura superada? ¿Estamos al mismo nivel que el resto de los países de la Unión Europea?

Estamos un poquito atrasados, aunque ha habido mucho catch up con Europa. La información más sólida sobre el acceso a internet de carácter periódico, que es la del Estudio General de Medios, lo que nos muestra es que estamos en un rango que podríamos llamar mediterráneo, que es el de los países del sur de Europa, caracterizado por una mayor distancia que la de los países centroeuropeos y del norte, muy retrasado por la gente de más edad. Ahora mismo hago memoria, y usuarios regulares, en el sentido de que todos los días realizan alguna actividad a través de internet, estimo que está entre el sesenta y el sesenta y cinco por ciento. Que es menos que la media europea. La distancia, no obstante, se va acortando. Pero sí que hay gente a la que le cuesta usar el correo o tener una charla por Skype.

España también tiene una sociedad más envejecida.

Sí, eso influye. No solo el porcentaje de población envejecida, sino el nivel educativo, sobre todo de la gente de más de setenta años.

En el mismo artículo trabaja con un neologismo anticipado a su tiempo —hace catorce años— que cada vez tiene más relevancia, lo que usted llama lo glocal: el hecho de que las tendencias globales se articulan y modulan en función de factores locales. ¿Es la denominada «tasa Google» el factor local con la que el Estado quiere modular de forma intervencionista la relación entre los lectores y los medios?

Lo primero es rechazar la etiqueta. No es tasa Google, es la posibilidad de que exista una remuneración a cargo de los agregadores hacia los medios cuyos contenidos agregan.

Creo que las intervenciones en favor de la protección de datos y la propiedad intelectual tienen mucho menos que ver con el intervencionismo y concepción lineal, si se quiere poner en esos términos, que con la protección de los titulares de los derechos (editores, autores, etc.). La solución a la que aquí se ha llegado, que es una solución relativamente similar a la que se ha buscado en Francia y Alemania respecto a tener derecho a una compensación por parte de los agregadores de noticias. Creo que es una solución, como casi todas las que se dan en este terreno, discutible. Aquí no hay absolutos. Pero, a nuestro juicio, supone un punto de equilibrio razonable entre la retribución que puede esperar quien agrega y la retribución que puede esperar quien produce.

Antes de que se aprobara esta ley, en Francia ponían en marcha la Ley Amazon, también proteccionista, en la que obligan a Amazon a cobrar por el envío de libros. Amazon ha reaccionado poniendo un precio de 0,01€. ¿Cuál es el mensaje? ¿Se le pueden poner puertas al campo?

Creo que no se pueden poner puertas al campo, pero hay que intentar que esa transición, que en este caso es una transición puramente comercial dominada por el intermediario digital, se produzca sin que se derrumbe totalmente la red comercial tradicional. Al principio pensábamos en los libreros, pero ahora ya la condición de Amazon, que entra a todo… Ahora ya se trata de todo el comercio.

Yo no creo en las barreras proteccionistas, pero sí creo que hay que intentar influir, de la misma forma que se ha intentado que la entrada de Amazon en España se hiciera a través de las librerías, por ejemplo. Las librerías participan. Evidentemente internet, en su conjunto, lo que hace es reducir costes de transacción, por tanto cuantas más barreras proteccionistas menos eficiente es la transacción. Pero, al mismo tiempo, una revolución tecnológica de este tipo, que en sí misma es muy buena para el consumidor, hay que intentar que no arrastre a todo el sector, o por lo menos que no lo haga desordenadamente, que se obligue al comercio tradicional a ser más eficiente. Lo que no se puede es proteger la ineficiencia.

Volviendo a la tasa Google, la nueva ley obliga a que quienes agreguen contenidos de terceros tengan que pagar un canon a los editores de los contenidos y estipula que esta compensación es un «derecho irrenunciable». Es decir, que los editores no podrán renunciar a recibir esa compensación aunque así lo quisieran. ¿Qué motivo hay para que sea un derecho «irrenunciable»?

En general se considera que los derechos de propiedad intelectual tienen esa nota de irrenunciabilidad. Lo que pasa es que yo creo que esto es compatible con permitir Creative Commons o Copyleft u otra estrategia de ese tipo.

No sé cómo acabará el tema de los agregadores, pero tengo la impresión de que se llegará a un acuerdo entre los agregadores principales y los medios, también agrupados, y que eso dejará espacio para la gente que trabaja bajo Creative Commons u otras.

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En 2009 escribió otro artículo: «Los medios en España», en el que se hacía eco de las palabras de un gurú americano que literalmente decía que había que exterminar a los parásitos en referencia a los agregadores de contenidos. ¿Estaba en su hoja de ruta?

Es fascinante cómo conectáis las cosas [risas]. No recuerdo ese artículo.

Hay una nota de prensa que indica que la tasa Google no se aplicará a las redes sociales. Si no hay definición de las mismas en el derecho español, ¿qué significa ese concepto para el Ministerio? ¿A quién no va a afectar?

A quien no lo hace con fines comerciales, lógicamente.

Facebook gana dinero con la publicidad, Twitter lo mismo… ¿Les afectaría? ¿Tendrían también que compensar?

La verdad, no es ese el propósito. Luego vendrán los especialistas en propiedad intelectual a cortar un pelo en cuatro, pero la idea no es esa. Los grandes mamuts de las redes sociales, como estos que citas, ahora valen mucho dinero, su capitalización bursátil es muy alta, en función más que de un negocio solidado en una expectativa de negocio fundada en la capacidad de generar tráfico. Pero, realmente, no sabemos cómo de negocio va a ser. Sería intentar responder antes de que la pregunta esté totalmente formulada.

Es decir, no se excluyen, que era lo que decía la nota de prensa.

No, no están comprendidas. Lo que yo decía es que las redes sociales tienen dos tipos de personalidad: son una herramienta de empoderamiento de la relación social, digamos gratuita, y luego una parte que es un negocio. Y los negocios, todos, tienen una cierta fiscalidad, sea el negocio del tipo que sea.

Ahora bien, si la pregunta es si las redes sociales están afectadas, la respuesta es no.

Con respecto al IVA cultural, parece que el lobby de galeristas y falleros es más potente que el de los actores y productores. ¿Por qué se optó por bajar el IVA a los primeros? ¿Está previsto que baje el IVA del cine? ¿Y de los libros electrónicos?

Respecto al IVA, cada sector intenta que sus productos estén gravados con el tipo más bajo, y luego hay una cierta presión por parte de la Unión Europea que nos dice que tenemos demasiados tipos reducidos y superreducidos. Y, además, hay unas necesidades recaudatorias. Esto ha llevado a lo que ha llevado; quien toma este tipo de medidas, que es el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas, no lo hace por gusto. Ahora el tema de la reforma fiscal que va mañana al Consejo de Ministros, en principio el IVA no está tocado. Habrá una discusión parlamentaria y ya se irá viendo. Yo estoy seguro de que en el momento que la tensión por la consolidación fiscal baje considerablemente esta será una de las primeras cosas que se revisen, pero  cuando sea fiscalmente viable.

Usted declaró en 2012 que el Ministerio era partidario de homologar el IVA del libro digital al del papel, pero que no se había aplicado la medida por problemas con una directiva comunitaria. ¿Han renunciado a impulsar ese tema? Desde un punto de vista cultural, y medioambiental, mantener esa diferencia entre un producto y otro parece un sinsentido.

Hoy todavía, el libro digital, respecto al libro en papel, representa unas cifras muy pequeñas, no llega al 6% del negocio del papel. Lo que ocurre es que la industria del libro digital tiene una facilidad para deslocalizarse mayor: no tiene costes de transporte, ni de distribución. En principio, el Ministerio de Hacienda mantiene regímenes fiscales separados. Creo que, probablemente, habrá una normativa europea para que esa fiscalidad converja.

Hemos entrevistado a muchos científicos y la mayoría coincide en señalar que los tres grandes problemas de la universidad española son la endogamia, el parasitismo y cierto cainismo. ¿Coincidiría en aplicar alguno de estos términos?

Los problemas que tiene la universidad española son de distinto tipo. En lo que se refiere al profesorado y la selección del profesorado, el sistema lleva a que la movilidad sea muy escasa y eso es un problema.

La reforma que proponen desde el Ministerio toma alguna medida en ese sentido, sobre la forma de reclutar el profesorado. ¿Es cierto?

Que afecte a la selección no digo, pero sí a la acreditación del profesorado, hay una reforma que lleva a cabo la ANECA que, en principio, respecto al sistema actual, da más peso a la investigación del que actualmente tiene, y valora menos la gestión dentro de la propia universidad; valora más la experiencia profesional fuera de la propia universidad.

Al final, la autonomía universitaria daría lugar a que, idealmente, hubiera un margen mayor por parte de las universidades para decidir sobre la manera en que van a seleccionar a su personal, habría una cierta garantía de que la gente de fuera pudiera entrar, y, sobre todo, lo que es importante, eso tendría un efecto sobre la internacionalización, puesto que no se trata solo de los estudiantes, sino de atraer a profesores.

Hemos leído que lo que proponen es una nueva acreditación del profesorado que pasará a ser más «cualitativa». ¿En qué consiste?

En las áreas de conocimiento no es lo mismo el valor que tiene la publicación en una revista de referencia o la cantidad de cosas que se publican en un área como biología que en un área de humanidades, como la de historia. Así, lo que hay que hacer es especializar más y utilizar un benchmark internacional. Esto implicaría que un elemento de valoración de la producción de investigación —sea el que sea— dentro de ese campo de especialización, esté internacionalmente acreditado. Quiero decir que si estamos hablando de biología, en que el número de revistas de primer cuartil están muy consolidadas y se sabe cuál es la media de papers de un profesor, se utilice esa referencia antes que otra que no es cualitativa, que se refiere al número de trabajos y que quizá tiene un componente más burocrático y atiende menos al impacto y a la calidad de la producción investigadora.

La necesidad de especificidad parece razonable, pero el sistema puede seguir siendo cuantitativo. Son todo números.

Claro, como el índice H, el i10 o cualquier otro factor de impacto.

¿Se han planteado valorar también la divulgación como mérito, algo que se hace en otros países?

Como tal no. Lo que pasa es que lo que entienden los franceses por divulgación es también producción de investigación.

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Federico Mayor Zaragoza le hacía dos preguntas retóricas a usted y la LOMCE cuando le entrevistamos. ¿Por qué el ministro Wert no consulta en lugar de fiarse de estos informes terribles de la OCDE, que es una institución económica? ¿Por qué no consulta a los maestros e incluso a los maestros jubilados?

(Risas). Es que… A él quién le ha dicho que no se ha consultado a los maestros, ¿se ha consultado a los marcianos? Luego, la OCDE es, de lejos, de lejos, la organización multilateral que de forma más sistemática, continuada y  con mayor calidad trabaja sobre resultados educativos. De manera que esa pregunta lo que sugiere es que el señor Mayor no está muy al día de lo que hace la OCDE.

Cuando se observan otros sistemas universitarios, uno encuentra que el modelo anglosajón es muy privado y el nórdico muy público.

Bueno, a ver, creo que esto es importante… La gente se cree que la universidad anglosajona —EE. UU., Inglaterra, Australia, etc— es básicamente privada, lo cual no es cierto. La universidad anglosajona es esencialmente pública, las grandes universidades inglesas, el Russell Group, son en su totalidad universidades públicas, y las que son privadas, por ejemplo la London School of Economics, no es pública en el sentido de que no lo es su titularidad, pero lo es porque en su actividad académica es una organización de carácter no lucrativo. Y es verdad que en EE. UU. hay grandes universidades privadas como Harvard o Stanford, pero también hay enormes universidades públicas, como todo el sistema de University of California.

Ocurre que no hay grandes diferencias de financiación entre las públicas y las privadas. Cambridge tiene un presupuesto de mil quinientos millones de libras; de ese presupuesto el 15% son fondos públicos, pero no fondos públicos como los entendemos aquí, no, se trata de proyectos competitivos, y todo el resto de la financiación es la que proviene de los fees que pagan los estudiantes y, sobre todo, de los proyectos de investigación de la propia universidad. En ese sentido una universidad privada tiene el mismo acceso a los fondos del REF —Research Excellence Framework— que una universidad pública. Técnicamente hablando, en realidad, el sistema universitario inglés es todo público, porque todos tienen acceso de la misma manera a los fondos públicos, cosa que aquí no sucede.

Pero algo que sí tienen en común estos otros sistemas universitarios es, precisamente, esa independencia de las universidades.

Desde el punto de vista de la financiación, hay básicamente tres modelos en Europa. El anglosajón que es un sistema público, pero en el que la contribución privada es dominante, incluyendo las tasas que pagan los estudiantes que en los estudios de grado oscila alrededor de nueve mil libras al año (unos doce mil euros).

Y luego hay otros dos modelos, que están más extendidos. Uno sería el de Francia, Alemania y la mayor parte de los países nórdicos, en el que prácticamente no hay tasas, es decir, todo es financiación pública, más o menos competitiva entre universidades (más bien menos que más). Se entiende aquí que en vez de cobrar al estudiante el coste de la formación universitaria ya lo pagará luego al tener más ingresos y pagar por tanto más impuestos. Estos sistemas tienen dos características fundamentales: una carga impositiva alta y, el más importante y en el que menos se repara, un sistema de filtros mucho más selectivo. Es decir, en Alemania no llega a la universidad el que quiere. No digo que el sistema no sea equitativo. Es un sistema de acceso con sistemas selectivos muy restringidos, se le deja al estudiante menos libertad para elegir lo que quiere estudiar. ¿Por qué? Pues porque la lógica del sistema supone que lo que ha estudiado le va a servir para encontrar un trabajo lo suficientemente bien retribuido como para que le devuelva a la sociedad el esfuerzo que la sociedad ha hecho para su formación.

Luego está el tercer sistema, que es el de España, que reposa básicamente en la financiación pública, en el que hay tasas, pero que no cubren sino una parte muy pequeña del coste y en el que, a su vez, la mayor parte del coste se cubre con recursos públicos, más o menos selectivos, en esto hay diferencias entre países.

A veces se piensa que, por definición, un sistema de tasas más elevadas es menos equitativo que uno de tasas bajas o tasas inexistentes. Y esto, realmente, no soporta un análisis un poco riguroso. Porque lo que se quiere decir es que si la probabilidad de acceso a la universidad no se distribuye equitativamente entre las distintas categorías sociales, no parece justo que a aquellas categorías sociales que tienen más facilidad de acceder a la universidad, la sociedad, con los impuestos de todos, les pague una parte mayor de su formación. Pero esto es una discusión a la que esta sociedad es extraordinariamente resistente a entrar. Cada vez que se dice alguna cosa en este sentido hay reacciones en contra desde los sitios más inesperados, por cierto. Sindicatos de izquierda, partidos de izquierdas ponen el grito en el cielo. Creo, sinceramente, que una reflexión sobre la equidad en este terreno habría que abordarla con menos prejuicios y un poco más de racionalidad.

Desde este punto de vista, si lo que se pretende es fomentar la igualdad de oportunidades, lo que habría que hacer es dedicar más gasto a las primeras etapas educativas.

Esto es una discusión diferente. Donde la inversión en equidad es más importante es al final de la etapa obligatoria. Porque, de hecho, cuando ya han acabado la secundaria obligatoria, y sobre todo al acabar el bachillerato, las diferencias de rendimiento en función de la clase social han desaparecido. Ha desaparecido, probablemente porque quien viene de un estrato menos favorecido ha hecho un esfuerzo mayor. Es decir, porque el filtro se ha producido antes.

¿No debería por tanto intervenirse antes?

Creo que sí, y ese es el sentido de buena parte de la reforma que hemos puesto en marcha.

Respecto a lo que hablaba de la financiación, la nueva fórmula del 3+2 que potencia los másteres, ¿puede resolver esos problemas de financiación?

La experiencia internacional nos enseña que hay un buen número de grados en los que el estudiante, una vez consigue el grado, no sigue el máster. Hay excepciones globales: los másteres que dan acceso al ejercicio de profesiones reguladas, lo que se llaman másteres profesionalizantes. El máster en este caso está integrado en el paquete formativo a través del cual se consigue el empleo. Esto hay múltiples grados en que no sucede.

La posibilidad de grados de 180 ECTS surge de la observación de la realidad. ¿Qué países tienen exclusiva y obligatoriamente grados de 240 ECTS? Armenia, Azerbajan, Turquía, Georgia, Rusia y España. ¿Qué países tienen mayoritariamente grados de 180? Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Bélgica  y Holanda. Y luego hay muchos países que tienen ambos. Y, además, es que es muy lógico que sea así, porque el modelo de Bolonia, básicamente, es un modelo que señaliza una formación básica y muy troncal en el grado y una formación muy especializada en el máster. Hay profesiones que no requieren esa especialización y otras que no la requieren necesariamente, y otras en las que sin estar especialmente requerida, es un escalón de progresión natural. Por eso son sistemas más flexibles.

Desde el Ministerio no imponemos a ninguna universidad los grados de tres años, por eso me sorprende la reacción que ha provocado en los rectores. Es la propia universidad la que decide. Así, no se entiende que la propia universidad a la que se le da la posibilidad de tomar la decisión diga, como ha dicho un rector cuyo nombre no diré, que es «una barbaridad». Según esa idea, los bárbaros son Francia, Reino Unido, Bélgica, etc. Y los civilizados Armenia, Azerbaján… No tiene sentido. Se ha planteado con carácter selectivo y optativo, que cada uno piense cuándo quiere introducir el cambio, si es que lo quiere introducir.

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Siguiendo con la financiación, ha hablado de modelos de financiación respecto de los estudiantes. ¿Y con respecto a la financiación de la universidad en España? El anglosajón se diferencia mucho porque percibe dinero en función de los resultados.

Claro, claro. En España hay una financiación basal, que gira en más del 90%, según el número de estudiantes, y que realmente es ciega a los resultados.

¿Esto no va a cambiar con la reforma?

La financiación es cosa de las Comunidades Autónomas. Por tanto son estas las que deciden. Nuestra capacidad de intervención es nula. Creo que lo más importante es que si la financiación no se liga a los resultados, la propia oferta no se liga a nada. Y si el único incentivo es tener más estudiantes se corre el riesgo —no digo que sea la realidad— de que la oferta se sesgue hacia los estudios de menos coste, y al final se tiene lo que se tiene, un 50% de la oferta en ciencias sociales y jurídicas.

En general, en España, y no solo en España, hay un nivel de relación, tanto en el nivel de transferencia como en lo que se refiere a participación en la vida universitaria, muy escaso. Y luego el sistema es pésimo a la hora de enviar señales de valor a los estudiantes. Algunas son muy obvias. Por eso las notas de corte.

Evidentemente, en los sistemas universitarios más avanzados se está produciendo un gran cambio, una especie de explosión cámbrica. Hace cuatro o cinco números The Economist traía un artículo que básicamente pivotaba sobre lo absurdo que resulta que en un momento en el que la tecnología permite una reducción formidable de costes por los Massive Open Online Courses, los famosos MOOCs,  la universidad sea cada vez más cara. Se refería a la norteamericana. Y cada vez menos eficiente a la hora de proporcionar ventajas competitivas. Hablaba de que había una burbuja universitaria que podría explotar y arrastrar el modelo. Quizá era un poco excesivo en el planteamiento. Pero sí que es verdad que hoy la diferencia entre tener una formación universitaria y no tenerla, en términos de empleabilidad, calidad del empleo, y salario, se ha reducido, y, en cambio, hay unos factores cuantitativos que pesan más que el tener o no tener, que son el tener buenas notas, el haber ido a una buena universidad, y el haber adquirido experiencia laboral mientras estudiabas.

¿Pero cree que esto se aplica al caso español? ¿Que se premia a los mejores estudiantes?

Creo que no. O creo que muy selectivamente, sería una respuesta más justa. Primero porque la percepción de calidad entre las distintas universidades es muy pequeña, en algún caso incluso inexistente. Depende también de la titulación. En ciencias de la salud, donde la competición es muy fuerte, por el propio carácter potente de la competición, se crean más diferencias entre las universidades. En el fondo son diferencias entre hospitales universitarios. La formación en medicina es una formación muy especial, más de la mitad es formación práctica.

En el ámbito de los estudios de posgrado que tienen más que ver con gestión empresarial, finanzas, marketing… también se da, pero ya se sale del sistema en el sentido de que son escuelas de negocio.

Decía en un artículo en El Mundo que había demasiadas universidades en España. Eliminando el requisito que establece la actual normativa por el que cada nueva universidad debe ofrecer ocho tipos de estudios diferentes, incluyendo uno de ciencias experimentales, ¿se está favoreciendo la creación de universidades privadas?

Al final la creación de universidades depende casi exclusivamente de una decisión política que toman las CCAA. No recuerdo haber hecho esa afirmación. Si hay muchas o pocas es opinable, a la postre. Lo que sí se puede decir es que hay poca especialización de las universidades. En ese sentido, lo que se ha intentado es flexibilizar los requisitos de cantidad de cobertura que tiene que prestar una universidad para permitir que puedan crearse universidades especializadas.

Hablemos ahora de la educación preuniversitaria y la reforma que supone la LOMCE. La calidad del profesorado es uno de los factores más importante en educación, de ahí la importancia de atraer y formar a los profesores más talentosos. Al respecto, tanto PSOE como UPyD se han mostrado partidarios de una suerte de «MIR para profesores». ¿La LOMCE propone algo en esa dirección? ¿Les gusta esa idea?

Es un sistema muy reconocido y en el que yo creo que hay consenso. Ahora bien, lo que sucede es que, después de una limitación en la oferta de empleo público que dura ya cuatro años, las bolsas de interinos son muy numerosas… Sí creo que tendencialmente hay que ir hacia ese sistema. Este es uno de los elementos que habría que contemplar en un plan más global de no sé si decir «mejora de la calidad del profesorado», no me parece justo, porque sí que hay profesores muy buenos.

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A pesar de no salir España muy bien parada en los informes PISA y en los rankings de universidades y demás, resulta que a los estudiantes españoles les va fenomenal cuando salen de aquí.

Nosotros en PISA no tenemos en la parte de abajo peores resultados que la media. Donde tenemos un problema es en la proporción de excelentes. Creo que el sistema es objetivamente ciego a los resultados, no diferencia, ni asocia incentivos al rendimiento; es un sistema que no propicia la excelencia. Eso lo llevamos viendo en PISA desde el año 2000, que nuestra proporción de excelentes está en la mitad. No quiere decir que no haya excelentes, sino que hay pocos.

Uno de los problemas graves que tenemos y que es una de las ineficiencias con mayor coste económico asociado es la tasa de repetición. A los quince años el 45% del alumnado ha repetido por lo menos una vez. Esto supone un coste para el sistema brutal.

¿Repetiría ese alumno en Francia?

Bueno, hay gente en la OCDE que piensa eso. Lo que pasa es que si los instrumentos de medida los aceptas para una cosa los tienes que aceptar para todas. No hablo solo de PISA, también PIAC. Y ese instrumento lo que te dice es que en  los distintos grupos generacionales el nivel de competencia medio es más bajo que el esperado. Y ahí se compara con la misma prueba al niño francés, o al adulto si es PIAC, con el niño español y queda peor que el francés. Pero esto tiene que ver menos con el nivel de conocimientos que con la capacidad de convertir los conocimientos en competencias, de aplicar lo que se ha aprendido a hacer cosas prácticas sobre problemas complejos.

Lo que nos baja la media no es que tengamos una proporción mayor de estudiantes rezagados, sino que tenemos una proporción menor de estudiantes aventajados.

Una de las características de la nueva ley educativa, la LOMCE, es la estratificación escolar a edades más tempranas de lo que había.

Sí, pero sin pasarnos. En realidad lo que hay es un pequeño atisbo de itinerario en tercero de la ESO y ya más definidos a partir de cuarto. Aquí, y sinceramente creo que sin mala fe por parte de nadie, el sistema educativo ha trasladado la idea de que la formación profesional era, primero, un camino de segunda y, segundo, un camino irreversible. Esto ha dado lugar a que muchos estudiantes que normalmente, de haber visto que ese camino llevaba algún sitio, lo hubieran seguido, pero al tener esa percepción han decidido no seguir ningún camino, abandonar. En ese sentido lo que la LOMCE intenta es reducir ese abandono escolar estableciendo itinerarios formativos alternativos. No todo el mundo está inclinado hacia lo mismo. El tema está en trasladar que la Formación Profesional no es una trampa, desterrar la idea de que no tiene empleabilidad. Primero porque no es cierto. Y segundo porque el deteriorar la imagen de la FP no supone que haya más alumnos que estudien bachillerato, y sí que haya más que abandonen.

De Podemos a Ganemos. ¿Nos negará que los nuevos partidos están trabajando muy bien sus campañas?

Uno de ellos todavía no se ha medido en las urnas. Creo que el fenómeno de Podemos tiene cierto interés politológico porque supone una forma no convencional de hacer política. Otra cosa es que con la propuesta política no podría estar en mayor desacuerdo.

¿Cree entonces que la campaña de Podemos ha sido una campaña no tradicional? 

Es una campaña no tradicional, fuera del circuito de los partidos instalados, muy imbricada con los social media y con la nueva forma de proyectarse a través de los medios convencionales como la televisión. Lo más notable es que se ha producido bajo el radar. Es decir, que el establishment político se enteró de Podemos cuando se hizo el escrutinio del 25 de mayo. Había mucha gente en el PSOE, en el PP, y me atrevería a decir que hasta en Izquierda Unida, que no se ha estado enterando de lo que estaba pasando. Las últimas encuestas, menos la del CIS, que estaba hecha muchísimo antes, tenían registrado perfectamente el fenómeno. Yo, a la vista de esas encuestas, pensaba que iba a sacar cuatro escaños, algo menos de lo que obtuvo, así que para mí no fue una sorpresa.

Una de las razones de que no tengamos datos del CIS más cerca de las elecciones es que la ley electoral prohíbe que se publiquen encuestas a partir de cinco días antes de que se celebren, algo sobre lo que usted se ha manifestado en contra en alguna ocasión en el pasado.

Sigo estando absolutamente en contra de esa idea. Además, se la salta todo el mundo. La ley en realidad lo que prohíbe no es que se hagan encuestas, si no que se difundan. Ahí los partidos políticos en general son bastante reacios a tocar nada.

¿Quizá porque ellos sí tienen esa información?

Quizá porque ellos sí tienen esa información… Y sobre todo porque les da cierta tranquilidad que en los cuatro últimos días, por lo menos, no haya sustos.

¿Es cierto que trabajó en comunicación política y comunicación con Adolfo Suárez?

Sí, es cierto. Pero, vamos, con un papel menor. Llevé la parte de encuestas de las dos campañas del 79. Las locales y generales.

En el mundillo de la comunicación se dice siempre que con Suárez llegaron a España la comunicación política y la gestión de campaña modernas.

Las estructuras de campaña eran bastante simplotas y primitivas. Yo me encargaba básicamente de seguimiento de opinión pública, muy en colaboración con el equipo de comunicación. El director de campaña era Federico Ysart.

Tendrían que ver cómo era aquello. Cero tecnología. La comunicación era toda en papel, y además en motorista. Como el ser humano se acostumbra en seguida, tan mal, a usar las cosas que le facilitan la vida, cuando pienso en aquella época me parece un milagro que salieran las cosas. Todo era manual.

Se ha llegado a contar que, para evitar escuchas, el equipo se reunía en un «piso franco» junto a la sede de la Conferencia Episcopal y se comunicaba con el presidente a través de hojas manuscritas.

Sí, era un edificio distinto, donde por cierto estaba también el Partido Comunista. La calle Santísima Trinidad, una muy estrechita que acaba en José Abascal.

¿Lo de moverse con secretismo era realmente por miedo a las escuchas?

No recuerdo eso especialmente, la verdad. Tengan en cuenta que el ministro del Interior era Martín Villa.

José Ignacio Wert para Jot Down 6

Sin embargo, en 1987, tras diez años de diferentes militancias, después de ser concejal y después de solo un año como diputado, abandonó su escaño y la actividad política. ¿Cuáles fueron sus motivaciones? ¿Tuvieron más peso las personales o las políticas?

Fue una decisión claramente política. Estaba en el partido PDP, que se había presentado con lo que entonces era AP a las elecciones. Aquello no tenía viabilidad ninguna. Habíamos cometido un error grave, y me parece que en cualquier ámbito de la vida uno tiene que ser consecuente y si ha cometido un error debe plantearse hacer otra cosa. Aquello realmente era muy poco estimulante, y además era evidente que no íbamos a ningún sitio. De hecho, la mayor parte de los integrantes del PDP se integraron luego en el PP que se creó un poco después, en el 89. Pensé que lo lógico era dejar la política. Y no me arrepiento de haberlo hecho así.

Después de dejar la política en 1987 ha regresado a esta súbitamente, para formar parte del gobierno de Mariano Rajoy en 2011. ¿Cómo se toma uno la espera cuando sabe qué quizá lo nombren ministro?

Pues no tengo la menor idea, porque yo no tenía la menor intuición de que me iban a ofrecer la cartera. Así que no tengo ni idea. No tuve ni un segundo de espera, porque a mí me llamó el presidente del Gobierno el mismo día que me nombró ministro.

¿Cómo se lleva la sorpresa, entonces?

Mal. [Risas]. En este caso la sorpresa implicó la necesidad de tomar una decisión arriesgada en un tiempo mínimo. Y eso es lo que se lleva peor.

¿Se arrepiente?

No, en absoluto. Lo cual no quiere decir que no sea consciente de los costes, pero no me arrepiento. Creo que cuando uno se arrepiente ha de irse, y yo no me he ido.

Sobre eso, hay una regularidad en los políticos que me sorprende. A menudo los políticos se manifiestan con total rotundidad y casi infalibles. Pocas veces vemos a un dirigente mostrarse ambivalente, reconocer dudas sobre una cuestión, o asumir algo tan obvio como que a menudo no sabemos los efectos precisos que tendrá una decisión. ¿Qué cree que les empuja a actuar así y manifestarse tan rotundamente?

La política exige ser muy decidido. Este año se cumple, creo, el centenario de las dos conferencias famosas de Max Weber, La política como vocación y La ciencia como vocación. El científico tiene que dudar, porque la duda es su método. El político tiene que asegurar porque la seguridad es su meta. A lo mejor íntimamente no está tan seguro, pero el político es un dirigente y tiene que mostrarse convencido.

Ahora bien, yo creo que a veces, en política, un poco de duda no va mal. Hay una frase de Azaña, sobre Miguel Maura, que fue ministro de Gobernación en el primer gobierno de la República. Azaña decía: «El problema de Maura es que primero dispara y luego apunta». A veces lo he pensado aplicándomelo a mí mismo. No nos vendría mal a veces tomarnos un tiempo para apuntar.

La duda existe, pero la sociedad no parece premiarla en los políticos. ¿Por qué cree que no se manifiestan públicamente esas dudas?

A la gente no le gusta que sus dirigentes duden. Hay otra frase, de Walter Lippman, es un libro de los años veinte del siglo pasado: «A la gente le gusta ser dirigida, si es posible decentemente, idealmente de forma democrática, pero en todo caso, dirigida». Creo que hay algo de eso. Bien es verdad que tenemos que ver cómo queda influido todo esto por la política 2.0.

¿Cuál es su novela favorita de la adolescencia?

Depende de dónde pongamos el límite de la adolescencia… Recuerdo que me gustaba mucho Proust. Es que va a quedar superpedante, me gustaba mucho. Leí muy joven En busca del tiempo perdido.

Y, por último, ¿qué debemos leer según usted para saber hacia dónde se dirige la civilización?

A mí me gustó mucho, aunque no sé si sirve para esto exactamente, uno de los libros póstumos de Tony Judt, Aquí lo han traducido como El refugio de la memoria. Más por la parte económico-política, hay un un librito de hace un par de años, de Niall Ferguson, que se llama The Great Degeneration: How Institutions Decay and Economies Die. Y ahora estoy leyendo un libro absolutamente fascinante, Fire and Ashes de Michael Ignatieff, sobre su experiencia fallida como aspirante a primer ministro de Canadá.

¿Se siente reflejado en algún sentido con Ignatieff?

En alguno, sí. Mucho. Probablemente por eso me gusta tanto. Lo mejor es que una persona como él, un triunfador en los ámbitos mediáticos e intelectuales, es capaz de enfrentarse con lucidez a su fracaso como político, identificando sus responsabilidades y sobre todo manteniendo una visión positiva de la política como una de las actividades más nobles a las que puede dedicarse el hombre.

José Ignacio Wert para Jot Down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


La democracia según Max Weber

Max Weber (DP)
Max Weber (DP)

¿Podemos escapar del control de los burócratas y tecnócratas en las sociedades complejas? ¿Se puede frenar de alguna manera la tendencia de los partidos a la oligarquía? ¿Vivimos en una partitocracia? Estas preguntas, que están de plena actualidad, fueron planteadas hace décadas por el conocido sociólogo alemán Max Weber (1864-1920). El autor de la obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo dedicó incontables páginas a reflexionar sobre estas preguntas y, en fin, sobre la esencia misma de la democracia.

Max Weber, al igual que Schumpeter, pensaba que la vida política dejaba poco margen para la participación directa. Su obra tiende a afirmar un concepto de la democracia como un medio para escoger a los encargados de adoptar las decisiones y fijar contrapesos para limitar sus excesos. En sus escritos reflexiona de modo recurrente las condiciones de la liber­tad individual en una época en la que muchos desarrollos sociales, económicos y políticos estaban minando la esencia misma de la cultura política liberal.

El nervio de la obra de Weber es cómo encontrar un equilibrio entre la fuerza y el derecho, el poder y la ley, el gobierno de expertos y la soberanía popular. La reflexión de Weber sobre estos problemas supuso una revisión fundamental de las doctrinas liberales. Además, también constituyó uno de los retos teóricos más coherentes y  convincentes para el marxismo, especialmente en el campo anglosajón. Esto explica por qué su pensamiento ha tenido una influencia capital en muchos pensadores y académicos que llegaron después, quienes, en gran medida, repitieron como un eco muchos de los postulados del sociólogo alemán.

Racionalización y desencanto

Que con frecuencia se haya opuesto Karl Marx a Max Weber no significa ni mucho menos una total divergencia entre ambos pensadores. Weber aceptaba bastante de lo que Marx dijo sobre la naturaleza del capitalismo aunque rechazara categóricamente las ideas políticas marxistas. Si el capita­lismo era en algunos aspectos un sistema socioeconómico problemático, especialmente en el equilibrio igualdad y libertad, existían a su juicio aún menos razones para recomendar el socialismo como solución.

Weber  aceptaba que las intensas luchas de cla­ses habían tenido lugar en varias fases de la historia. Aceptaba que la rela­ción entre capital y trabajo asalariado era de importan­cia para explicar las características del capitalismo in­dustrial. Sin embargo, Weber rechazó que el análisis del conflicto pueda reducirse al análisis de las cla­ses. Para él las clases constituyen tan solo un aspecto de la distribución de recursos y de la lucha por el poder. Lo que él denominaba «grupos de estatus», los partidos políticos y los estados-naciones los consideraba al menos igual de importantes. El fervor de la solidaridad grupal, comunidad étnica, el presti­gio del poder o el nacionalismo eran absolutamente vitales. Aunque el conflicto de clase es importante, para Weber no es el motor de la historia.

Además, también a diferencia de Marx, Weber veía el capitalismo industrial como un fenómeno distintivamente occidental en sus orígenes. De ahí que incorporase sus propios valores. Para el autor el rasgo occidental más importante del capitalismo es lo que denominaba la «ra­cionalidad», algo que iba más allá de la esfera económica.

Para Weber la racionalidad significaba la extensión de las actitudes de carácter técnico a más y más esferas de la vida. La especialización, la ciencia y la tecnología habían pasado a jugar un rol fundamental en la vida moderna, lo que tuvo la inevitable consecuencia del «desencanto». Ya no existen visiones del mundo de acuerdo porque las bases tradicionales de la sociedad se han debilitado. Como decía de manera cruda Weber, no existe una justifica­ción última, más allá de la elección del individuo, acerca de a «cuál de los dioses rivales deberíamos servir». Es responsabilidad de cada uno decidir qué valores es más conveniente defender. Es «el destino de una época que ha comido del árbol de la sabiduría».

En un mundo de valores contrapuestos, en la que ninguno puede considerarse objetivamente válido, ya no se puede sostener que la vida política se funde en una sola moral. En estas circunstancias, la política liberal solo puede de­fenderse, sostenía Weber, sobre la base de los procedimientos. Para él, esto implica enfatizar su importancia como mecanismo para promover la competencia entre los valores. La libertad de elec­ción en un mundo racionalizado. De ahí que la democracia fuera un componente vital de los arreglos instituciona­les necesarios para el manteni­miento de una cultura política liberal.

Weber pensaba que la racionalización iba ine­vitablemente acompañada de la extensión de la burocracia. Cuando Marx y Engels escribían sobre la burocracia, tenían en mente la administración pública. Pero We­ber aplicaba el concepto de forma mucho más extensa: el Estado, las empresas industriales, los sindicatos, los partidos políticos o las universidades. Estaba de acuerdo con Marx en que la burocracia no es demo­crática porque los burócratas no son responsables ante la población afectada por sus decisiones. Sin embargo, insistía en que el problema de la dominación burocrática es omnipresente; no existe ninguna forma de trascenderla salvo limitando su extensión. Después de todo, no hay modo de trascender el Estado.

El papel de la burocracia

La concepción de la organización burocrática como parásito de la sociedad es una postura que han expuesto Marx y muchos otros marxistas, especialmente Lenin. Pero para Weber las administraciones centralizadas eran ineludibles, en especial tras su consideración de la democracia directa como algo impracticable.

Weber no creía que la democracia directa fuera imposible pero sí que no podía funcionar en organizaciones tan extensas, numerosas y complejas como los estados contemporáneos. La democracia directa requiere la igualdad de todos los participantes y una comunidad relativamente homogénea. De ahí que ejemplos de esa forma de gobierno pudieran encontrarse entre las aristocracias de las ciuda­des-estado de la Italia medieval, entre ciertos municipios de los Es­tados Unidos o entre grupos profesionales muy selectos, por ejem­plo, los profesores universitarios (cof cof). Sin embargo, el tamaño, la com­plejidad y la total diversidad de las sociedades modernas hacían para el autor que la democracia directa sea inapropiada como modelo.

La complejidad de la sociedad, justamente, es lo que hace al Estado insustituible. En opinión de We­ber, Marx, Engels y Lenin mezclaban la naturaleza clasista del Estado (al servicio de la burguesía) con la cuestión de si una administración burocrática centralizada era necesaria de la organización política y social. Y Weber tenía claro que no había una forma plausible de que el ciudadano moderno cree administraciones no-burocráticas.

Conforme la vida económica y política se hace más compleja y diferenciada, la administración burocrática es cada vez más impres­cindible. Esto se relacionaba con los problemas de los sistemas económicos modernos y la sociedad de consumo. Es esencial para el desarrollo de las empresas un medio político y legalmente prede­cible; sin él, no pueden administrar con éxito sus asuntos y sus rela­ciones con los consumidores. La eficacia y estabilidad organizativa, que a largo plazo solo la burocracia puede garantizar, era (y es) ne­cesaria para la expansión del comercio y la industria.

Las masas todavía aceleraron más este proceso arrancado por presiones del capitalismo. La extensión de la ciudadanía llevó al incremento de las demandas al Estado, tanto de tipo cuantitativo como cualitativo. Los que acababan de adquirir el derecho al voto pedían más del Estado en áreas como la educación y la sanidad. Cuantas más demandas, más necesaria es una administración especializada y si bien el gobierno de los funcionarios no es inevitable, estos tienen un poder considerable en base a su infor­mación y acceso a los secretos. Un poder excesivamente dominante que puede colocar a los políticos en una situación de dependencia.

Una cuestión central para Weber eran las posibles formas de controlar el poder burocrático. Estaba convencido de que en ausencia de con­troles la organización pública caería presa de funcionarios o de poderosos intereses privados (entre otros, capita­listas organizados y grandes terratenientes). Más aún, en momen­tos de emergencia nacional, habría un liderazgo ineficaz: los buró­cratas, al contrario que los políticos en general, no pueden tomar una postura firme. No tienen la formación para la consideración de criterios políticos, técnicos o económicos.

De ahí que fuera tan crítico con el socialismo. Creía que la abolición del capitalis­mo privado significaría simplemente que la máxima dirección de las empresas nacionalizadas o socializadas se burocratizaría. La abolición del mercado supondría acabar con un contrapeso clave al Estado. Lejos de acabar con la dominación del capital, el socialismo la transformaría en una forma burocrática impermeable, que al final suprimiría toda expresión de los intereses en conflicto en nombre de una solida­ridad ficticia donde el estado burocrático gobernaría solo. Y si bien Weber argumentaba que el desarrollo capitalista fomenta el estado burocrático, creía que este mismo desarrollo, asociado al gobierno parlamentario y al sis­tema de partidos, proporcionaba el mejor obstáculo a la usurpación del poder del Estado por los funcionarios.

El Reichstag en 1889. Foto: Julius Braazt (DP)
El Reichstag en 1889. Foto: Julius Braazt (DP)

Parlamentarismo y democracia

Weber consideraba que el creciente protagonismo de las masas en la política no modificaba la realidad de la dominación de la minoría. De nuevo, en esto no era muy diferente de Schumpeter. Para él la acción política se rige siempre por el principio del pequeño número, esto es, el de la superior capacidad política de maniobra de los pequeños grupos dirigentes. Ahora bien, la llegada de las masas a la política pasaba a suponer un cambio en los métodos mediante los cuales esta era seleccionada.

La justificación weberiana de la democracia se basaba en que el papel de las masas adoptaba, gracias a la democracia, una forma ordenada de participación. Por más que la extensión del sufragio universal fuera inevitable, ello no significaba necesariamente que las masas asumieran el protagonismo. Weber, que en general tenía poca estima por el electorado, consideraba que este tenía pocas oportunidades signifi­cativas de participar en la vida institucional. En su famoso ensayo La política como vocación (lectura obligada para cualquier estudiante de Ciencias Políticas) hacía referencia a su carácter emocional, de ahí que fueran poco adecuadas para comprender o juzgar los asuntos pú­blicos.

Sin embargo, el fenómeno que Weber consideraba más importante para analizar el devenir político de las sociedades de su tiempo no era tanto la extensión del sufragio. Para él lo central era la creciente burocratización del aparato del estado y la progresiva oligarquización de las organizaciones políticas. Por tanto uno de los problemas fundamentales de la política moderna es cómo mantener la burocracia bajo control. Tal control solo era posible, en su opinión, mediante un parlamento fuerte. Sin él, la democracia estaría condenada a transformarse en un gobierno de funcionarios, como ejemplificaba la Alemania de su época.

El cese de Bismarck como canciller del Reich en 1890 había dejado el gobierno en manos de funcionarios. El Canciller de Hierro había acabado con todos sus rivales y posibles sustitutos, con lo que había creado un absoluto vacío en la dirección del Estado. A ello se unía la débil posición constitucional del parlamento. La constitución alemana establecía que el Reichstag no era el responsable de la elección del gobierno (como ocurría en las monarquías parlamentarias de su entorno). Sus poderes eran presupuestarios, esencialmente. Además, todo líder de partido que fuera designado para ocupar un ministerio tenía que renunciar a su puesto en el Reichstag, vaciando la cámara de las líneas partidistas. Si a eso se suma la tendencia a nombrar funcionarios para ocupar los puestos de ministros, el gobierno resultante era muy funcionarial, carente de responsabilidad política.

¿Cómo podía ser posible preservar el individualismo y la libertad frente a este poderoso ímpetu de la burocracia? Para Weber la única alternativa para evitar la dominación burocrática incontrolada era el desarrollo del parlamentarismo. La existencia de un parlamento fuerte no solo era necesaria para reclutar a los líderes políticos. Además, pensaba que era el lugar en el que los líderes contarían con los medios necesarios para su formación gracias al debate político.

Weber dio varias razones para justificar por qué el parlamento era vital. En primer lugar, el parlamento garantiza un grado de acceso al gobierno. Como foro para el debate de la política pú­blica, asegura una oportunidad para la expresión de las ideas e inte­reses rivales. Esto es capital si estamos en el tiempo del pluralismo de valores. Además, la discusión parla­mentaria y el requisito de la oratoria que para ser persuasivo hacía al parlamento un buen campo de pruebas. Los aspirantes debían ser capaces de movilizar la opinión y de ofrecer un programa político plausible.

El parlamento también proporciona un espacio para la negociación de posturas atrincheradas. Los representantes políticos pueden mostrar las alternati­vas políticas a los individuos o grupos con intereses contrapuestos. Dan así la oportunidad de buscar un compromiso, de avanzar hacia un término medio. Por lo tanto, los líderes en el parlamento podrían formular objetivos que respondan a las presiones cambiantes de la ciudadanía y que se correspondan con las estrategias para el éxito electoral y nacional. En suma, para Weber el parlamento es un meca­nismo esencial para preservar la competencia entre los valores.

La oligarquización de los partidos y el liderazgo

Sin embargo, pese a su fe en el parlamentarismo, Max Weber también se preocupó por la creciente oligarquización de los partidos políticos. La extensión del sufragio, con el consiguiente incremento del número de votantes, convertía la disputa por sus votos en una lucha encarnizada. De ahí partidos generasen organizaciones cada vez más complejas para atraerlos. Esta burocratización suponía la aplicación de férreas normas de cohesión interna que obligaban tanto a sus afiliados como diputados en el parlamento y minaban cualquier posibilidad de auténtico debate.

El desarrollo de los parti­dos políticos de masas (los comunistas, los socialdemócratas, los democristianos) minaba la concepción liberal clásica del parlamento como lugar donde la reflexión racional. Si bien for­malmente el parlamento era el único cuerpo con legitimidad para promulgar la ley y definir la política nacional, en la práctica la polí­tica de partidos predomina.

Con el fin de lograr influencia, esas fuerzas necesitan movilizar recursos, reclutar seguidores y tratar de ganar personas para su causa. Pero, al organizarse, pasan a depender de los que traba­jan de forma continuada en el nuevo aparato político: el político profesional. Esto a su juicio pervierte la naturaleza del parlamentarismo. Las máquinas de partido desechan la afiliación tradicional y se estable­cen como centros de lealtad. Crece la presión para defender la lí­nea del partido, incluso sobre los representantes electos. Como llegó a decir Weber, los repre­sentantes se vuelven por lo general unos borregos, votantes perfec­tamente disciplinados impermeables al buen juicio del debate.

Finalmente, el problema del liderazgo también marcó el pensamiento político de Weber. Sin embargo, a lo largo de sus escritos no siempre fue claro. Al principio sostuvo que el líder tenía que surgir necesariamente del parlamento. Solo un sistema parlamentario podía suministrar líderes políticos cualificados que se convirtieran luego en los cargos directivos de la administración del Estado. Por el contrario, más adelante en La forma futura del Estado alemán (1918), Weber argumentó que el presidente debía ser plebiscitario, elegido por la masa de la población puesto que «un presidente del Reich elegido por el parlamento sobre la base de determinadas constelaciones y coaliciones de partidos es un hombre políticamente muerto cuando tal constelación se disgregue».

Esta cita ilustra claramente la diferencia existente entre el líder poderoso, elegido con la participación de toda la población, y el parlamento, como lugar en que encuentran su expresión los intereses grupales. Weber, en su campaña en favor de que el presidente tuviera un mandato directo, llegó incluso a defender que este sistema, y no el parlamentario, constituía la verdadera democracia. Así, parece que Weber llegó a considerar la democracia como una reinterpretación antiautoritaria del liderazgo carismático. El señor legítimo es ahora jefe libremente elegido —y también depuesto por sus subordinados, y el carisma solo existe si es validado democráticamente en las elecciones.

Algunos comentarios finales

Weber logró condensar en su obra algunos dilemas que siguen siendo pertinentes hoy día. Es indudable  que vivimos en sociedades cada vez más plurales. También que la democracia tiene mucho de procedimiento para hacer que esos valores compitan libremente ahora que tenemos tantos dioses a los que podemos servir. Esto, en gran medida, es lo que justifica su constante preocupación por la expansión de las formas de gobierno burocráticas. En sociedades complejas, donde la ciudadanía espera mucho de sus poderes públicos y en España es el caso este no es un tema menor, siempre que entendamos la burocracia en un sentido amplio de la palabra.

Ahora que discutimos sobre el papel del Estado frente a instancias técnicas supranacionales, no deberían caer en saco roto las advertencias de Weber. Ni su inevitabilidad como forma de organización ni la necesidad de moderarla para evitar que sea captada por intereses de parte, especialmente visto que son irresponsables políticamente. ¿Cuáles son los límites de la técnica y la política? Son temas que todavía estamos discutiendo. De hecho, toda una rama de la ciencia política solo se dedica a estudiar las siempre complejas relaciones entre los burócratas y los cargos electos para cumplir un mandato.

Es cierto que Max Weber tenía un exceso de confianza en el papel que jugaba el parlamento en la vida política, y quizá demasiada alarma por la llegada de los nuevos partidos de masas. En cierta medida Weber estaba asistiendo a la muerte de la política liberal la de los notables y el nacimiento del mundo de las grandes ideologías. Una nueva política que en su Alemania natal tendría un efecto desgarrador. De ahí que probablemente su giro hacia la figura del líder carismático de carácter plebiscitario es una evolución tras el inevitable desencanto  de unos usos políticos que cada vez eran más lejanos a su tipo ideal; el de una política moderada y plural desde las instituciones parlamentarias.


Cómo mejorar tu vida con Benjamin Franklin

Un político, científico y humanista muy querido hoy día por los estadounidenses

Estaba yo el otro día en La Casa del Libro leyendo con gesto absorto la contraportada de un ensayo de política internacional, mientras con el disimulo de costumbre buscaba frotarme accidentalmente con alguna chica próxima —siguiendo a una que no dejaba de apartarse— cuando acabé frente a la sección de autoayuda. Ya que estaba ahí, empecé a ojear los títulos y, repentinamente, un mundo de posibilidades se abrió ante mí.

Fui a coger Cómo mejorar la atención pero de inmediato me distrajo otro de título mucho más contundente: Cómo triunfar en su vida. Sí, ése es el que necesitaba. Cómo ganar amigos quizá también me fuese de ayuda, pero probablemente sólo si antes me leía Autoestima: comprensión y práctica. Vive Dios que estuve a punto de comprar este último, pero me imaginé a la cajera leyendo el título y a continuación lanzándome una mirada de desprecio —así como riéndose de mí para sus adentros— y finalmente no me atreví. Me alejé cabizbajo con las manos vacías, rumiando la paradoja de que uno de los ejemplares en venta pueda titularse Aprende a pensar por ti mismo sin que arda por combustión espontánea.

No sé hasta qué punto resultarán efectivos, quizá esté aún por escribir un Cómo lograr que los libros de autoayuda funcionen, porque esto de ayudarse a uno mismo me recuerda al Barón de Münchhausen tirándose del pelo para salir del agujero en que había caído. Además hay gente que sencillamente no puede cambiar, ahí está Tony Soprano. Pero en cualquier caso, sean útiles o no…  ¿De dónde ha salido este género? ¿Quién propinó a la humanidad el primero de los muchos que ahora hay?

Veamos, El arte de amar de Ovidio y El arte de la guerra de Sun Tzu parecen más dirigidos a dar una serie de consejos sobre un ámbito de la vida pero sin proponerse transformar la personalidad del lector y sus rutinas. Mientras las consolaciones escritas por los autores latinos dedicaban más atención a afrontar la muerte que la vida, así que tampoco. Nos queda entonces el fascinante Oráculo manual y arte de la prudencia de Baltasar Gracián, pero no faltan autores sosteniendo que se trata en realidad de una feroz sátira de la vida cortesana.

Por tanto la obra que podría ostentar el glorioso título de primer libro de autoayuda jamás escrito es El libro del hombre de bien, del que fue uno de los denominados Padres Fundadores de Estados Unidos, Benjamín Franklin (en realidad esa obra es un extracto de su autobiografía, luego explicaremos ese detalle). Su estilo era sencillo y dirigido a las masas, no para iniciarlas en profundas consideraciones filosóficas ni religiosas, sino con el fin de proporcionarles unas pautas para transformar diariamente los hábitos, objetivos vitales y vicios de cada persona con ese optimismo tan típicamente americano que caracteriza al género. Pero no es posible comprender los escritos de Franklin sin conocer antes su vida y circunstancias.

De las gafas bifocales a la Declaración de Independencia

Nacido en Boston en 1706, Franklin tuvo 16 hermanos y fue bajo las severas órdenes de uno de ellos cuando comenzó a trabajar como aprendiz en una imprenta, publicando el periódico The New England Courand. Esa fue la primera y más decisiva influencia que tuvo en su vida, porque Franklin fue muchas cosas pero por encima de todo, periodista. Gozaba sin embargo de una notable inteligencia. Tanta, que siendo aún un adolescente comenzó a escribir él mismo bajo pseudónimo alguno de los artículos de opinión del periódico, en los que decía cosas como:

“Sin libertad de pensamiento la sabiduría no puede existir, así como tampoco puede existir la libertad pública sin libertad de palabra, que es el derecho de todo hombre, siempre que por ella no pisotee o disminuya el derecho de los demás. (…) Este privilegio sagrado es tan esencial a los gobiernos libres que la seguridad de propiedad y la libertad de palabra van siempre juntas, y en esos malhadados países en lo que un hombre no puede llamar suya a su lengua, difícilmente pondrá llamar suya a ninguna otra cosa. (…) Y así como es de la incumbencia e interés del pueblo, a cuyo único favor se tratan, o al menos deberían tratarse, todos los asuntos políticos, comprobar si éstos están bien administrados es, y debería ser, la ambición de todo gobernante honesto que sus obras sean examinadas libremente e indagadas públicamente: sólo los gobernantes aviesos temen lo que se dice de ellos.”

No está mal para un chaval de 16 años de comienzos del siglo XVIII. Apenas un año más tarde, debido a las disputas que mantenía con su hermano, se trasladó a Nueva York y poco después a Filadelfia, donde viviría buena parte de su vida. Allí convivió entre cuáqueros, lo que unido a su educación presbiteriana marcó los valores que guiaron su vida y que reivindicó constantemente en sus escritos: la libertad individual, el trabajo y la austeridad. Volcado en su negocio como impresor, publicó El almanaque del pobre Ricardo donde daba consejos a modo de refranes (que llegarían a incorporarse al lenguaje y la sabiduría popular estadounidense) que le darían gran fama y buen dinero:

“La pereza hace que todo sea difícil; el trabajo lo vuelve todo fácil; el que se levanta tarde se rebulle todo el día, y apenas principia sus negocios, cuando ya le anochece. Una cocina abundante crea una voluntad débil. Las mujeres y el vino, el juego y la falsedad, disminuyen la riqueza y aumentan la necesidad. La pereza marcha con tanta lentitud que la pobreza no tarda en alcanzarla. Haz marchar tus asuntos antes que ellos te espoleen. Acostarse temprano y levantarse bien de mañana proporciona salud, fortuna y sabiduría.”

Sabios consejos, tal como me ha enseñado mi empeño en incumplirlos. El caso es que una vez cumplidos 42 años había acumulado suficiente riqueza para vivir holgadamente el resto de su vida y se retiró de los negocios, para dedicarse a los “estudios filosóficos y al esparcimiento”. Fundó hospitales, bibliotecas, universidades, foros de debate, cuerpos de bomberos, el servicio de envío postal, encabezó la lucha contra la esclavitud, realizó investigaciones científicas sobre la electricidad y el clima, inventó el pararrayos, la estufa que lleva su nombre, las gafas bifocales, las aletas de nadador y un aparato para coger libros que estén en lo alto de las estanterías. No paró quieto un segundo, el cabrón.

Pero siendo los anteriores unos logros más que notables, lo que realmente le hizo pasar a la posteridad fue su actividad política. Participó en la asamblea de colonias que supuso el origen de Estados Unidos y redactó junto a John Adams y Thomas Jefferson la Declaración de Independencia. Posteriormente ejercería de representante americano en París, donde demostró una extraordinaria habilidad diplomática explotando las rivalidades entre las potencias europeas para garantizar la aún frágil independencia del nuevo país. Respecto a todo esto resulta muy recomendable la serie John Adams de la HBO que —para variar en esta cadena— cuenta con una cuidadísima ambientación, unos guiones elaborados fieles a los hechos históricos y unos actores muy competentes, desde Paul Giamatti hasta el que interpreta al propio Benjamín Franklin, que tiene un aire a Chiquito de la Calzada.

Cualquier parecido de este cuadro con la realidad es pura coincidencia, según John Adams, uno de los presentes

El libro de contabilidad moral

Como señaló Max Weber, la ética protestante contribuyó al desarrollo del capitalismo al valorar el trabajo y la austeridad como fuentes de toda virtud, pues el que trabaja no tiene tiempo para pecar. Si se trabaja mucho y se gasta poco la consecuencia es la acumulación de una fortuna, que es por tanto un signo de santidad y que al no ser gastada en lujos se reinvierte en el negocio, que pasa así a generar más dinero, el cual a su vez… etc. Como hemos visto, nuestro hiperactivo Franklin encarnó como nadie a la burguesía protestante anglosajona, su estilo de vida y sus valores.

Hasta tal extremo llegó, que en determinado momento de su vida se planteó que si los libros de contabilidad servían para controlar la rentabilidad de los negocios… ¿Por qué no aplicarlos también a la moral de las personas? Ahí da comienzo su “Plan de mejora moral”, un proyecto que aplicó en su propia vida y que ofrece a los lectores para su perfeccionamiento personal en un capítulo de su autobiografía e incluido también en la selección de artículos que forman El libro del hombre de bien, disponible en Google Books al carecer de copyright.

Así que para organizarlo primero escogió 13 virtudes u objetivos estratégicos de la empresa/individuo:

1. Templanza. No comáis hasta entorpeceros, ni bebáis hasta perder el sentido.
2. Silencio. No habléis sino de lo que puede ser útil a los otros o a vosotros mismos. Evitad las conversaciones ociosas.
3. Orden. Que en vuestra casa cada cosa tenga su lugar, cada negocio su tiempo.
4. Resolución. Resolveos a hacer lo que debéis, y no dejéis de hacer lo que hubiereis resuelto.
5. Economía. Los gastos que hagáis sean únicamente para el bien ajeno o para el vuestro: es decir, no disipéis nada.
6. Trabajo. No perdáis el tiempo, ocupaos siempre en alguna cosa útil. Absteneos de toda acción que sea innecesaria.
7. Sinceridad. No uséis de inicuos artificios; pensad con sencillez y justicia; y hablad como pensáis.
8. Justicia. No hagáis mal a nadie, ya sea perjudicándole, ya omitiendo el hacerle el bien que os obliga vuestro deber.
9. Moderación. Evitad la cólera; guardaos de resentiros de las injurias tan vivamente como os parecen merecerlo.
10. Limpieza. Sed limpios en vuestro cuerpos, en vuestros vestidos y en vuestra habitación.
11. Tranquilidad. No os incomodéis por pequeñeces, ni por ocurrencias ordinarias o inevitables.
12. Castidad. Usad con comedimiento de los placeres del amor, y solamente para cuidar la salud o tener hijos, sin llegar al extremo de caer en la estupidez o en la debilidad, ni comprometer vuestra conciencia, paz y reputación o la de vuestro prójimo.
13. Humildad. Imitad a Jesús y a Sócrates.

Una vez escogidos, organizó una tabla con las virtudes en filas y los días de la semana en columnas (qué bien le hubiera venido el Excel) marcando una raya en la casilla correspondiente si ese día creía haber cometido una falta en dicha virtud. Pero como atender a todas simultáneamente podría ser muy arduo, el siguiente paso fue establecer un calendario de objetivos: cada semana dedicaría especial atención a entrenar una virtud en concreto. De esa manera una vez dominada podría pasar a la siguiente y en 13 semanas se hacía con todas las virtudes. Lo que suponía rellenar cuatro libros al año, puesto que cada uno tenía 13 páginas con cada tabla. Este es el ejemplo de una:

Pero ahí no acaba el asunto. Se estableció una agenda diaria con las tareas a realizar en cada hora (esto hoy día se ha vuelto una práctica tan común que no provoca extrañeza) y por otra parte para tomar decisiones ideó otra forma igual de metódica de manejarse:  lo que denominaba “álgebra moral“. Consistía en hacer una lista de pros y contras en una hora de papel dividida en dos columnas. Si encontraba dos motivos de valor equivalente como opuestos entonces tachaba ambos. Si encontraba que un pro era tan valioso como dos contras, entonces borraba los tres. La columna en la que quedasen mayor número de anotaciones pasaba a ser la opción elegida.

Pero una vez pasado el tiempo “cierta cosa que parecía ser la razón me sugería que la suma exactitud, tal cual yo la exigía de mí,  sería tal vez una simpleza en lo moral que habría hecho reír a costa mía, si hubiese sido conocida”. Su empeño ilustrado en aplicar la razón a la moralidad, a la vida cotidiana, había acabado por volverse disparatado, tal como sugiere aquel célebre grabado de Goya sobre que el sueño de la razón produce monstruos. Su relación con otras personas tampoco quedó al margen de su entusiasmo ilustrado por el progreso y la racionalidad, como describe un poco más adelante:

“Me prescribí abstenerme de toda expresión que denotase un modo de pensar fijo y decisivo, como “ciertamente”, “ sin duda alguna”, etc, y adopte en su lugar, “presumo” , “imagino”, “me parece que tal cosa es así”, o bien “por ahora esto me parece así”. Cuando alguno adelantaba una proposición que me parecía errónea, me privaba del placer de contradecirle duramente y manifestar en el acto lo absurdo de sus palabras.”

¿Cabe una manera de pensar y expresarse más antiespañola? ¿Qué carrera podría esperarle a un tertuliano de radio o televisión en nuestro país que hablase así? Sólo se le podría describir de una manera: MA-RI-CÓN. Pero el caso es que parecía funcionarle:

“El tono modesto con que proponía mis opiniones les daba una acogida más pronta y con menos contradicciones. Experimentaba menor mortificación cuando me equivocaba, y conducía con más facilidad a los otros a abandonar sus faltas y a hermanarse conmigo cuando tenía razón. (…) A esta costumbre creo que debo el crédito que he obtenido entre mis conciudadanos, cuando he propuesto nuevas instituciones o modificaciones de las antiguas, como también mi gran influencia en las asambleas públicas.”

Me ha convencido, la verdad. Sí, seamos a partir de ahora más cautelosos y modestos al expresar opiniones y sopesemos las ajenas con mayor respeto. Y si alguien no quiere seguir este consejo… pues será un hijoputa y un fascista. Hombre ya. Pero bueno, como dice el pobre Ricardo se puede dar buen consejo, pero no buen juicio. Y buen juicio desde luego no le faltó, porque su interés por la moral —aunque a ratos pintoresco— lo que muestra es por encima de todas las cosas a un hombre libre, a una conciencia autónoma dictándose normas a sí misma. Y qué mejor manera de concluir que con un epitafio, el que el propio Benjamin dispuso para su tumba, buena muestra de su humor y su devoción profesional:

El cuerpo de B. Franklin, impresor, parecido a la cubierta de un viejo libro privado de su contenido y despojado de su título y de su dorado descansa aquí, pasto de los gusanos. Pero no se perderá la obra pues según él mismo creía reaparecerá en una nueva y más elegante edición revisada y corregida por el Autor.


Antonio Escohotado: «La cruzada contra las drogas acabará entre susurros»

Es imposible resumir la vida y obra del filósofo Antonio Escohotado (Madrid, 1941) en unas pocas líneas sin dejar fuera lo fundamental, pero intentemos un esbozo: tras pasar su infancia en Brasil, se licencia en Derecho a finales de los sesenta y comienza a trabajar en el Banco Español de Crédito. Poco después lo deja todo para irse a vivir a una cabaña en Ibiza, donde traduce a Marcuse y Hegel, escribe sobre metafísica y comienza a experimentar con las drogas. En los ochenta pasa dos años en prisión acusado de tráfico de estupefacientes y allí culmina la monumental obra Historia general de las drogas, que lo convierte en una autoridad mundial en el tema y un personaje público siempre envuelto en la polémica. Posteriormente muestra interés por la física cuántica y escribe Caos y orden, que obtiene el Premio Espasa de Ensayo. Durante los últimos once años se ha volcado en la economía, pasión de la que da cuenta su impresionante Los enemigos del comercio, libro del que publicará en septiembre una segunda parte. Parece gozar de una salud indestructible —ha tomado tantas drogas que casi nos deja al resto del mundo sin ninguna—, una curiosidad intelectual insaciable y una fecundidad digna de un sultán (es padre de ocho hijos). Pero si algo hay que destacar es su carácter cordial y profundamente empático. Antonio Escohotado nos recibe en su casa:

En tu libro Los enemigos del comercio trazas el recorrido histórico del comunismo, remontándote hasta hace 2.000 años, con aquellos que consideraban la propiedad privada “un robo y el comercio su instrumento”. ¿Te  definirías como anarcocapitalista?

No lo sé, todo el trabajo que hago últimamente es intentar evitar etiquetas y simplificaciones. Anarcocapitalista parece ser la obra de Nozik y aún más la obra de Hayek. Anarquismo es rechazar el autoritarismo, un invento feliz y atractivo para cualquier persona que tenga respeto por los demás y por la inteligencia. Lo que pasa es que esta formulación tan sencilla —«el anarquista es el que frena al autoritario»— en la práctica resulta en otra cosa. Sale una pandilla de rusos muy raros que están deseando es destruirlo todo —los nihilistas— que piensan que tras esa destrucción, de repente, va a emerger una racionalidad y un sentido nuevo de las cosas. De modo que no podemos declararnos anarquistas si nos atenemos a los precedentes prácticos (risas). Respecto al capitalismo: el capital es trabajo acumulado, así que capitalistas somos todos y siempre lo seremos. Lo que pasa es que algunos no han podido acumular su trabajo de manera que les permita vivir mañana y a esos desdichados los podemos llamar no-propietarios, o proletarios. Dentro del capitalismo, están el capitalismo de Estado —que es el que aplicaban los romanos o el Sha de Persia— y el capitalismo privado. El cual comienza con una serie de personas que, en la disyunción entre el más allá y el más acá, dijeron: «a mí me basta con mi profesión». Centraron su fervor en una maestría que les permitiese trabajar por cuenta propia. A esto lo podríamos llamar el alma puritana.

En ese sentido suele relacionarse el auge del capitalismo con la ética protestante, como en la obra de Max Weber.

Sí, por ejemplo en el tomo segundo de Los enemigos del comercio desarrollo un aspecto que Weber no ha estudiado y que me parece muy interesante: el cómo las sectas puritanas en Estados Unidos crean el capitalismo específicamente norteamericano. Porque da la casualidad de que son sectas comunistas. Son siete —cuatro de ellas alemanas y dos inglesas— apoyadas en los recursos que tienen los cuáqueros, otra secta importante. Porque cuáquero fue William Penn, el gobernador de Pensilvania, que decidió no quedársela sino hacer un estado; luego, los estatutos de Pensilvania son un 80% de la constitución norteamericana. Pues bien, aprovechándose de que los cuáqueros poseían el Merchant Adventurers —que era una compañía que llevaba bienes y personas a uno y otro lado del atlántico— se compadecieron de unas iglesias reformadas, independentistas, que no eran comunistas cuando vivían en Europa pero cuando llegaron a Estados Unidos y viendo las dificultades enormes que tenía que sacar adelante, se hicieron comunistas. Todo esto no es conocido pero es muy interesante: ver cómo un comunismo que no es obligatorio, que no quiere doblegar al otro, que es un comunismo instrumental, puede ser una fuente inexorable de prosperidad, paz y respeto mutuo. Aún ahora, cuando inspeccionas el panteón fundacional del capitalismo norteamericano, lo que aparecen son los «shakers», los rapitas, los zoaritas, los amanitas… esas sectas comunistas originales.

Sueles criticar duramente la revolución francesa y reivindicas la revolución norteamericana como la auténticamente liberal.

Es que en la Revolución Francesa se produce una oposición entre conseguir la autonomía personal y conseguir la autonomía nacional, por eso llega Robespierre y, con él, el Terror. Porque dice que la libertad debe ser el cumplimiento colectivo, la satisfacción general del pueblo. Vale, pero ¿por qué demonios excluye los derechos civiles? ¿Por qué coincide el establecimiento de la libertad con que se llame «liberticida» al disidente? ¿Por qué «libre» significa «patriota»? La Revolución Americana, en cambio, se consuma sin sangre. La única sangre derramada está en la Guerra de Independencia. Pero cuando se vence, los muchos realistas que quedan son gentilmente invitados a respetar la nueva Constitución, a irse a Canadá o a volver a Inglaterra.

En esa línea es curioso como Estados Unidos en su día compró Alaska en vez de haberla invadido militarmente, que es lo que siempre se había estado haciendo.

Y lo mismo hizo con la Luisiana, en la famosa compra de Jefferson a Napoleón. Yo intento documentarla con detalle, porque Jefferson dice de él que no sólo es un payaso, sino un muerto de hambre. Ellos querían comprar el puerto de Nueva Orleans y de repente Napoleón estaba tan mal de dinero —como siempre les pasa a estos señores que andan haciendo guerras— que ofreció toda la Luisiana que acababa de robarle a los españoles. Y Jefferson le dijo al embajador «¡Compra!».

Pero, por otro lado, también se asocia el capitalismo con el imperialismo. El imperialismo europeo decimonónico, suele decirse, fue consecuencia del desarrollo capitalista.

Hobson, que luego influiría mucho en Keynes, es quien más estudió el momento dramático inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando Alemania intenta abrirse camino estableciendo colonias por el mundo. Ante su poder intelectual e industrial, sus universidades y sus fábricas, a Alemania le resulta absurda la situación de no tener posesiones en el extranjero, a diferencia de Francia o Inglaterra. Ahí es cuando se plantea el vínculo entre imperialismo y capitalismo.  Hobson, a mi juicio, es un pensador al que no se le concede ahora el mérito que tiene. En parte porque Lenin lo aprovecha para sus propios fines y lo combina con un libro que acababa de publicar Rosa Luxemburgo acerca del capitalismo, que no se podría mantener sin convertirse en imperialismo. Cuando lees a Hobson te das cuenta de que él no dice eso, sino que el capitalismo sufre una crisis interna recurrente –eso ya lo había visto Sismondi un siglo antes—, tratando de conseguir un estímulo del consumo basado en que no se extreme el ahorro. Y esto lo podemos llevar a las sectas puritanas en las que el dogma ha sido «trabaja y ahorra». Lo que Hobson reclamó, como hizo antes Sismondi y luego Keynes, es «trabaja, pero parte de tu ahorro empléalo en el consumo o si no esto no se podrá mantener».

Esto, en la sociedad actual ocurre de manera más acentuada.

Ahora es evidente; ha habido tantísima liquidez que para que las ratas no se comiesen los almacenes de efectivo la solución ha sido invertir. Y claro, «la inversión de la inversión de la inversión» ha llevado a esta ingeniería financiera. Yo dedico en Caos y orden dos capítulos a la ingeniería financiera de los que estoy satisfecho, porque el libro es de 1999 pero, leídos ahora, se ve que son una descripción de lo que pasó con Lehman Brothers. Se empieza a hacer lo que llaman ellos «productos garantizados» en base a unos cálculos supuestamente sofisticados e infalibles, sobre que si inviertes en bonos del tesoro coreano y luego inviertes también en General Electric… etc. Y que si haces una diversificación de cartera quedas absuelto de riesgo. ¡Mentira! Lo que haces es aumentar la volatilidad de esos productos al máximo. Pero date cuenta de que esto es inevitable.

Según algunas voces esto habría sido consecuencia de la desregulación bancaria, de un exceso de liberalismo.

Pero estas personas deberían estudiar el caso para ver cómo lo regularían ellos. Igual que hablan de neoliberalismo y no saben lo que dicen —porque no saben distinguir neoliberalismo de liberalismo— tampoco son capaces de identificar cuáles son los mecanismos de regulación a los que aspiran. ¿Significa esto que no pueden hacerse transacciones a través de Internet, por ejemplo? Esto es lo que en el fondo se está pidiendo. La velocidad de traslación de capitales que Internet permite… si quieren decir esto, que lo digan. Pretender que el liberalismo saca al Estado de la actividad económica es ignorancia.

¿Y aquellos que defienden por ejemplo la Tasa Tobin?

Lo mejor en esos casos es leer lo que decía el propio Tobin cuando los anti-globalización pretendieron imponer dicha tasa. Y él decía «lean mis libros, entérense de lo que realmente hablo». Es un poco absurdo que se estén citando unos consejos escritos antes de que apareciese Internet, cuando él no defendía eso. Señores, infórmense. Que es, por lo demás, lo que me pasa a mí, que a los cuarenta años me tuve que poner a estudiar matemáticas, a los sesenta me tuve que poner a estudiar física de partículas y ahora a los setenta estudio economía política. Con todo lo mal que va el mundo en muchos sentidos, en este ámbito de la información disponible va fenomenal. Para las personas que quieren informarse, es un momento idóneo.

Ahora con Internet parece que las posibilidades son enormes, pero es difícil distinguir la información veraz entre todo lo que se escribe…

Evidentemente. En la Wikipedia puedes encontrar una información perfecta si buscas Carlay o Epicuro, y muy discutible si te hablan de derivados financieros. Porque en un caso hay propaganda y en el otro no. Es función del entendimiento individual. Lo que hay que entender es aquello que decía Holderlin: “donde crece el peligro, crece la salvación». Cuando alguien viene y nos ofrece una situación segura, hay que preguntarle inmediatamente: ¿qué me vas a ordenar a cambio de esta seguridad que me ofreces?

El comunismo tradicionalmente ha gozado de mucho prestigio intelectual y moral. ¿Por qué?

Porque proviene del cristianismo y detrás tiene la constelación mesiánica, la gran promesa de superar el estado de cosas. Es lo que Marx llama «Ley general de desarrollo», donde las clases sometidas expulsan a las clases sometedoras: el proletariado expulsa a la burguesía en una versión actualizada de «los último serán los primeros». El mesianismo es algo que tiene un pie en la consciencia y otro en la inconsciencia, es un arquetipo universal. El Mesías es el chivo expiatorio racionalizado y el chivo expiatorio está tan conectado con nuestro sistema nervioso como la tendencia humana a desplazar el mal de un lado a otro, la transferencia del mal. Si lees a Marx verás cómo desprecia esas tonterías del paraíso de Adán y Eva, que no son nada en comparación con las comodidades efectivas que ofrecerá el comunismo una vez aplicado.

El profesor de psicología de Harvard, Dan Gilbert, dice que mucha gente no comprende realmente el funcionamiento del mercado. Según él, un error muy frecuente es considerar el precio de las cosas como una esencia invisible del objeto y no como una relación dependiente del contexto, de la oferta y la demanda. Es decir, muchos creen que una hamburguesa debería costar siempre y en todo lugar tres euros, y si te cobran más, aunque estés en medio del desierto, es un robo.

¿Gilbert se llama?, qué gracia. Oferta y demanda es lo que en derecho se llama autonomía de la voluntad. Cada vez que decimos que hay que superar el mercado lo que se quiere decir es: queremos que nos digan qué producir. Es bastante gracioso que se personalice, igual que Marx a veces pone «Capital» con mayúscula y pasa a llamarlo «Monsieur le Capital». Él, que tanto habla de los fetiches, fetichiza el capital, que no es nada más que trabajo acumulado. El gran problema del comunismo es intentar medir el valor como trabajo por unidad de tiempo. Eso es tan disparatado como imaginar que Picasso pinta una paloma y le toma tres segundos, y eso vale tanto como la pintura que hagamos tú o yo de una paloma. Pues no es así, lo sentimos mucho (risas).  ¿Por qué demonios ciertos trabajos son enormemente valiosos, como los poemas de Verlaine, y lo que escribió El Tostado no vale nada? Porque hay autonomía de la voluntad. Si no reinase el deseo, reinaría la planificación.

¿Esa oposición a la planificación de un poder centralizado frente a la existencia de múltiples agentes autoorganizándose, podría ser lo que inspira las protestas de Sol?

Vendría bien que estas personas de Sol releyeran la dialéctica del amo y el siervo tal y como la plantea Hegel en su Fenomenología del espíritu. Se darían cuenta de que no puede interrumpirse el movimiento. Las cosas son producto de la evolución y para evolucionar necesitan atravesar etapas de contradicción. Sin contradicción no hay progreso. Que un planificador central dé paso a una autoorganización localizada es algo inevitable y además deseable. Pero fíjate tú que ahora mismo el problema de España es tener que pagar el Estado central y el autonómico. Eso no quiere decir que no debamos tener autonomías, quiere decir que hemos de ser humildes y admitir que no vamos a encontrar ninguna solución definitiva. Vamos hallando remedios al problema fundamental de la vida en sí, que tiene que alimentarse de otra vida. En el momento en que descubramos el fusor, que requerirá una temperatura de millones de grados para tirar ahí una piedra y extraer dos megavatios cambiará la situación. Hasta entonces, hemos de tener todos los días mil millones de pollos mantenidos en condiciones atroces, incompatibles con la dignidad que deberíamos otorgar a otras formas de vida. Pero lo fundamental es que no vamos a encontrar soluciones definitivas, eso es lo que hay que decir a los chicos de Sol. No se trata de romper lo establecido, sino de perfeccionarlo. Les diría también que igual que antes fue necesario separar a la Iglesia del Estado, ahora es necesario separar a la clase política de la economía. Esa es la asignatura pendiente de nuestro tiempo, ya hemos visto lo que ha pasado por ejemplo con las cajas de ahorros.

Respecto a la clase política, parece que critican su separación de la ciudadanía.

La clase política es imprescindible en las democracias representativas con densidades de población muy grandes. Es inevitable que algunas personas sean descargadas de otros trabajos para dedicarse a funciones legislativas, ejecutivas y judiciales. Es imprescindible, pero manteniendo un control sobre su crecimiento. Nos encontramos con una clase política que en el pasado nos liberó de los salvadores tipo Hitler, Stalin y otros totalitarios, pero ahora esa clase política ha crecido demasiado y hay que controlarla para que no asfixie al poder judicial, para que no corrompa al poder legislativo y no aumente su poder hasta extremos absurdos su poder, como por ejemplo en la cruzada contra las drogas.

En tu libro Sesenta semanas en el trópico cuenta que en los años sesenta intentaste ingresar en el Vietcong para combatir en la selva vietnamita a los marines americanos.

Claro que sí, es que era indignante. Yo me despertaba cada mañana indignado con las noticias de que estaban bombardeando con Napalm a aquella pobre gente que solamente tenía su coraje y un AK-47 para resistir al invasor. Creo que si volviese a producirse una situación así y no tuviera setenta años volvería a ofrecerme voluntario. Por fortuna, el cónsul vietnamita dijo que aquello era muy duro y que ningún europeo lograría sobrevivir, pero también me dijo que hubo miles de europeos y americanos que pasaron por su consulado parisino para ofrecerse voluntarios.

En ese libro da la impresión de que acabaste realmente harto de los tailandeses.

Es que son personas que no están acostumbradas a recibir residentes, acogen al turista una semana y ya está. Pero si vas allí y pides que te traten como a uno más, como se trata a los inmigrantes en Europa, entonces la cosa se torna muy dura. Ellos se llaman orgullosamente «gitanos», no se dan cuenta de que en Europa no es un término de exaltación o prestigio. Y tienden a tratar a los visitantes de una forma un tanto expoliatoria, obligándote por ejemplo a renovar el visado todos los meses para sacarte más dinero. Si en Europa se pidiese algo equivalente a los inmigrantes, los arrasaríamos por completo. La idea es que haya reciprocidad. El trato al extranjero es muy duro, he visto en las comisarías de Tailandia a birmanos encadenados en muy malas condiciones sanitarias, simplemente por haber entrado ilegalmente al país.

Narras también un viaje a Brasil, organizado por una pequeña agencia de viajes española, que consiste en tomar ayahuasca en una cabaña en medio de la selva durante una semana. ¿Lo recomendarías a nuestros lectores?

La ayahuasca es un fármaco del mayor interés. En primer lugar es sana, es increíble pero es como un purificador orgánico. La gente que toma Prozac o antidepresivos toman la mitad de la ayahuasca, la beta-carbolina. Si comes algo mientras tomas ayahuasca sufrirás una tremenda diarrea y vomitona, sin embargo al día siguiente te sientes nuevo y estimulado. Si además tomas una dosis suplementaria, tendrás un viaje. Ese viaje es como el de LSD y tiene todos los peligros para quien se lo tome trivialmente. El que va allá para aplacar el aburrimiento se encontrará con un genio como el de Aladino que le aplastará como a una colilla, porque su finalidad es incorrecta y merece ser castigada. Pero si no, tiene la ventaja respecto al ácido de que mientras un viaje con éste puede durar veinte horas, el de ayahuasca no dura más de dos. Sin embargo es igual de profundo, incluso más sentimental. Yo creo que deben estar convenientemente guiadas por personas competentes, capaces de decir «mira chico, yo a ti te veo neurótico, mejor no tomes esto» y al otro «te encuentro preparado, pero antes debes formarte un buen criterio y prepararte un cuadro de preguntas que te vas a hacer a ti mismo durante el viaje psíquico». En esas condiciones puede que aproveche a nueve de cada diez personas.

El contacto con la naturaleza juega una parte importante del proceso, ¿no?

Claro, en este caso estábamos en un afluente del Amazonas, en el centro de una naturaleza tan vivaz que durante la noche era de un estruendo comparable a estar en plena Times Square, en Nueva York. Había que ponerse tapones en los oídos para poder dormir. Yo estaba aterrorizado porque acababa de separarme y pensé que viajar me iba a matar. Estaba muriéndome orgánicamente pero además iba a morirme psíquicamente. Me intenté resistir a tomarlo durante un par de días, pero al final me dije «no seas cagueta» y me vino bien. No recomendaría tomar LSD más que en condiciones muy restringidas, en cambio con la ayahuasca, al requerir otras condiciones y por su propio rigor, los peligros se reducen.

¿Y con estas drogas existen peligros para la salud mental, riesgo de acabar en un psiquiátrico?

Yo no he conocido a nadie que no estuviera loco de antes de tomar estas cosas. He sido muy amigo de Albert Hoffman, que me llamaba su hijo espiritual, y me dijo que tampoco conoció a nadie que hubiese perdido la salud mental con el uso de estas cosas. También me lo dijo Ernst Jünger. Si sumas la experiencia de nosotros tres a lo mejor equivale a la de varios miles de personas, no es una inducción completa, pero es relativamente válida.

Sueles hablar de las drogas como una vía de conocimiento. ¿Qué te han enseñado?, ¿es algo que puede ser descrito con palabras?

Aprendiendo de las drogas es como se titula uno de mis libros. Sucede una cosa graciosa con él. Se publicó originalmente en Mondadori como El libro de los venenos —que me pareció una forma irónica de describirlo— y vendió en total quinientos ejemplares. Una vez caducó el contrato con esa editorial, Jorge Herralde de Anagrama sugirió cambiar el título y al llamarlo Aprendiendo de las drogas pasó a vender cien mil ejemplares.

Creo que algo parecido debió pasar con su otro libro Realidad y substancia…

(risas) Algunas personas creyeron que ese tratado de metafísica, que es tan insufrible como los Elementos de Euclides —porque los tratados no están para entretener— era sobre drogas.

Además en la portada aparece una piedra oscura que parecía de hachís.

¡Qué va, es una roca de la luna! (risas). El caso es que es el único tratado de metafísica que ha vendido dos ediciones. Porque Fenomenología del espíritu, a mi juicio el libro más inteligente y profundo jamás escrito, vendió quinientos ejemplares en los primeros cincuenta años de su publicación. Pero nos habíamos quedado en qué es lo que puede aprenderse de las drogas. A priori sería abusivo perfilar qué tienen las drogas de enseñanza. Salvo un punto, el de la introspección. Es posible nos ayuden a ver cosas del exterior, pero a mi juicio es absolutamente evidente que las drogas  —las de paz, viaje o estimulación— siempre te van a decir algo sobre tus abusos, tus puntos fuertes, y sobre todo sobre tus puntos débiles. Siempre van a demostrarte quién eres, te van a decir «mira chico, no te sigas mintiendo, a lo mejor eres un pelele».

¿Y para las relaciones personales?

A veces pueden ayudar, a veces estorbar. A priori es muy difícil decir nada.

¿Qué opinas la prohibición de fumar en lugares públicos con la que comenzó el año?

Esto es un ensayo del Estado Clínico, que decía Thomas Szasz. La nueva clase política está comprometida con un proyecto de condicionamiento tipo Gran Hermano, que podemos retrotraer a la ética utilitarista: Bentham, Stuart Mill… que es placer del mayor número, que importan más los fines que los medios. Son formas refinadas de autoritarismo. En este caso se trata de ver hasta dónde se puede condicionar al personal. Por este camino se puede llegar a imponer que las personas tomen ciertas drogas para conducir mejor o llevarse mejor con la pareja… son seudópodos, tentativas del nuevo Estado para ver hasta dónde puede crecer.

Los partidarios de esa ley argumentan que no se trata de proteger a los fumadores de sí mismos, sino a los no-fumadores.

Ya, esto es curioso. Siempre se habla de las víctimas, como cuando Robespierre impone el Terror como atajo para la virtud pública: es para defender al pueblo francés de los saboteadores y liberticidas. Cada vez que se quiere mandar a una persona sin su consentimiento se busca la idea de que hay un tercero victimizado o de que es por el bien del propio obligado.

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, se ha mostrado partidario de la legalización de las drogas. Por otra parte, en California ha habido un referendo para legalizar la marihuana, y los resultados estuvieron bastante igualados. ¿Son hechos anecdóticos o hay un cambio de tendencia en el mundo?

En el caso de California se perdió el referéndum, según dicen sus promotores, porque al ser domingo la gente joven se quedó durmiendo en casa. Si fuese así, qué triste, porque es precisamente la gente joven la que hace de esto una bandera y una seña de identidad, un símbolo. Porque igual que la heroína simboliza el malestar y la cocaína la prosperidad, el cáñamo simboliza el ser progre… (risas) es una forma curiosa de proyectar nuestros valores sobre entes objetivos.

¿Crees que esto cambiará en el futuro?

La guerra contra las drogas se terminó hace unos quince años. Eso se nota en la reducción del presupuesto de las diversas brigadas de estupefacientes de diferentes países. Se ha impuesto de forma más o menos explícita la política de reducción de daños en materia de drogas. La cruzada contra las brujas no se acabó con un decreto diciendo «nos hemos equivocado», se acabó entre susurros. Y así es como se acabará la cruzada contra las drogas, entre susurros. Nunca se ha conseguido que una cruzada del tipo que fuere contra el librepensamiento, la homosexualidad, la brujería o las drogas terminase explícitamente.