Mamá, quiero ser ministro de Cultura

Exposición sobre Lorenzo Lotto en el Museo del Prado. Fotografía: Cordon.

Jot Down para la Fundación Iberoamericana de las Industrias Culturales y Creativas

Imaginarse un futuro en el que todas tus decisiones modelen, impulsen y creen entornos propicios para fomentar las artes y las letras. Hasta convertir la industria cultural en un motor de desarrollo económico y social. Hasta que tu nombre figure junto al de los artistas inmortales, quienes, sin los promotores adecuados, seguirían siendo completos desconocidos. Si Màxim Huerta imaginó este escenario para sí al ser nombrado ministro de Cultura, la brevedad de su mandato nos dejó con la incógnita de qué hubiera conseguido. Lo que sí puso de manifiesto su elección fue que la sociedad demanda dejar la gestión cultural en manos de profesionales formados para ello. No todos reconocían tal mérito en la doble condición de escritor y periodista de Huerta, pero al menos su currículum tenía algo que ver con su cartera. Algo que ha sido la excepción, más que la regla, en la historia del ministerio.

Repasemos. Pío Cabanillas, primer ministro de Cultura de la democracia, notario. A Ricardo de la Cierva, catedrático e historiador, le podemos considerar más idóneo por su formación, pero era abierto defensor de algunos aspectos de la dictadura. Eso mejoró con Soledad Becerril, filóloga, y primera mujer en ocupar el cargo desde la República. Tampoco estuvo mal lo de Javier Solana, doctor en Ciencias Físicas, y hoy asiduo asistente a las reuniones del Club Bildeberg. Se sospecha que de la evolución cultural se habla también en esas reuniones tan opacas. La condición de Jorge Semprún, por escritor, intelectual, y superviviente al campo de exterminio nazi de Buchenwald ya empezó a estar más acorde a las exigencias de este ministerio. Aunque fue un jurista, y padre de la Constitución, Jordi Solé Turá, quien llevó a cabo los dos hitos más relevantes, culturalmente hablando, de esta cartera. Convertir el Reina Sofía en museo de arte contemporáneo, trasladando allí el Guernica, y conseguir que la sede del Thyssen-Bornemisza se estableciera en Madrid.

El cambio de mentalidad iniciado en los años noventa lo revela el nombramiento de Carmen Alborch, profesora de Derecho Mercantil. La cultura comenzó entonces a ser considerada un negocio de explotación, con el caso más visible en los museos, cuyas exposiciones puntuales y organización de colecciones estaban destinadas a conseguir grandes ingresos. Este modelo, consolidado hoy, contrasta con una herencia de siglos, donde el Estado o los reyes proporcionaban fondos y recursos del Tesoro a fondo perdido para conservar el patrimonio. Como liberales económicos, profundizaron en esta idea los siguientes ministros, cuya formación estuvo otra vez alejada del propio ámbito cultural. Esperanza Aguirre, licenciada en Derecho y técnica de información y turismo del Estado. Mariano Rajoy, registrador de la propiedad. Con Pilar del Castillo, catedrática de Ciencia Política, volvieron a producirse logros visibles, las ampliaciones del Museo del Prado y del Reina Sofía, y la creación del Museo del Traje.

Luego llegó Carmen Calvo, doctora en Derecho Constitucional y ministra polémica por autorizar la devolución de parte del Archivo de Salamanca a la Generalitat de Catalunya. Tampoco fue muy popular su Plan Antipiratería, aunque por primera vez el ministerio identificaba un problema de calado en el ámbito cultural. Atendía además la gestión económica de estas industrias, con una reducción del IVA al sector editorial, la Ley del Libro y la Ley del Cine, medidas todas ellas que siguen vigentes, al menos en su esencia. En su mandato parecía haber calado por fin la idea de que la cultura es un ámbito para cuya adecuada gestión son imprescindibles unas capacidades técnicas orientadas a ella. Y a la vez, que su peso en el PIB del Estado puede ser tan relevante como la de sectores tradicionalmente mejor considerados por el gobierno. La formación de los ministros comenzó también a reflejar esta realidad. César Antonio Molina, licenciado en Derecho y escritor, había sido director del Instituto Cervantes. Ángeles González-Sinde, filóloga y cineasta, promovió una ley antipiratería que se aprobó en el mandato del PP, y que adelantó las directrices ahora contenidas en la Ley de Copyrigth de la UE.

Con José Ignacio Wert, licenciado en Derecho, volvió a cambiar el tercio. No solo por su ideología, sino porque como Mariano Rajoy cuando ocupó esta cartera prefirió centrarse en las reformas educativas. El siguiente, Íñigo Méndez de Vigo, era jurista. A Màxim Huerta ya hemos aludido. Y así es como llegamos al último, José Guirao, quien, si por currículum fuese, señalaríamos como el ministro mejor formado para el cargo de la democracia. Y también como el primero al que podemos llamar propiamente gestor cultural, algo que le reconocen desde todos los ámbitos culturales.

Guirao comenzó desarrollando importantes proyectos en Andalucía, entre ellos la creación del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. Ha sido director de Bellas Artes y Archivos, y del Museo Nacional Reina Sofía. También dirigió el experimento cultural La Casa Encendida en Madrid, que se mantiene como éxito permanente y referencia de gestión internacional. Su nombramiento como ministro ha dado a conocer su nombre, pero es su trayectoria la que atrae el interés de quienes desean hacer de la cultura su profesión. Independientemente de que aspiren, siquiera sea en sus sueños, a ocupar algún día el ministerio.

Tampoco es desdeñable ser director de un gran museo, una fundación, convertirse en promotor de las artes escénicas, o hacer viable tu sostenimiento como artista a través del emprendimiento. Esas son solo algunas de las actividades que se enmarcan dentro de esa profesión, relativamente nueva, de gestor cultural. Para definirla y hacerla posible han sido necesarias una batería de experiencias de formación, cooperación e investigaciones en los ámbitos de la cultura, el arte y la creatividad. Algo que la Fundación Iberoamericana de las Industrias Culturales y Creativas, FIBICC, lleva años haciendo, y con las que ha extendido su influencia a Europa, Iberoamérica y África.

CC0.

Ese conocimiento acumulado ha sido trasladado de manera específica a la formación, mediante el Instituto de Gestión Cultural y Artística, la primera escuela de negocios especializada en esta industria. Que imparte tanto el Máster de Dirección y Gestión de Industrias Culturales como una serie de cursos ideados para profesionales, estudiantes y personas relacionadas con el sector cultural. Su éxito responde a haber sido diseñado acorde las medidas sugeridas por la Unesco para la enseñanza en el ámbito de las industrias culturales y creativas. Además de eso, FIBICC ha establecido un convenio de colaboración con la Universidad Europea Miguel de Cervantes, que respalda la calidad de sus programas y expide las titulaciones oficiales.

De acuerdo a las directrices Unesco, se ha eliminado tanto la necesidad de acudir a las aulas de forma presencial como la obligatoriedad de cumplir unos horarios. Condiciones difícilmente compatibles con el ejercicio de la actividad profesional, o con la proximidad geográfica al centro docente, con sede en Valladolid. Gracias a lo cual los alumnos matriculados proceden de muy diferentes países, abarcando la mayoría de los latinoamericanos, todas las regiones españolas, muchos europeos como Italia, Francia, Alemania y Portugal, y también China.

La formación se imparte a través de una plataforma de aprendizaje electrónico, el campus virtual. Los inscritos pueden acudir a las clases cuando lo deseen, y de forma ilimitada. También les permite trabajar en red, realizar tutorías con sus profesores, plantear dudas, enviar sus trabajos y recibir calificaciones. Cuentan además con materiales y bibliografía técnica, así como foros de debate. La formación es impartida por doctores y por expertos acreditados en el ejercicio de profesiones culturales. La carga de trabajo es flexible, de tal forma que el alumno puede adaptarla a sus circunstancias a lo largo del año, hacerla compatible con otra actividad, y pedir prórrogas en aquellos casos en que se le presenten imprevistos. La única parte presencial la constituyen las prácticas, garantizadas al finalizar la formación, en un amplio abanico de empresas e instituciones del mundo empresarial, con las que FIBICC mantiene acuerdos de forma permanente.

Los cursos del instituto permiten ampliar conocimientos mediante una combinación de teoría y práctica, en programas de entre treinta y cincuenta horas de duración. La variedad de ámbitos contemplados incluye la gestión y el management, la comunicación y el marketing, la gestión musical y los aspectos jurídicos y fiscales. Además imparten gestión del turismo cultural y patrimonio, de archivos y bibliotecas, de la industria musical, de empresas audiovisuales, culturales, editoriales y fundaciones.

Y es que el gestor cultural encuentra hoy día una amplia variedad de campos en que desarrollar su carrera laboral. A diario estos profesionales son requeridos para museos, orquestas, teatros, galerías de arte, montaje de exposiciones, desarrollo rural y festivales. Y sin bien esas áreas son las más solicitadas, las fundaciones, compañías de artes escénicas, centros culturales, empresas de videojuegos, cine y cooperación al desarrollo demandan cada vez más estos perfiles.

Porque nadie duda ya de que la cultura y la creatividad son bienes que pueden proporcionar beneficios, y un medio de vida a muchas personas. Algunas iniciativas desarrolladas por FIBICC se han demostrado especialmente exitosas, como La Harinera, un lugar para el intercambio de proyectos y la colaboración entre profesionales y no profesionales. Conjunto de museo y espacio cultural con alojamiento para sus usuarios, y de dimensión internacional, recupera el patrimonio industrial y fomenta el desarrollo del ámbito rural. Fábrica de la Memoria, por su parte, se dedica a la divulgación de contenidos relevantes sobre las luchas individuales y colectivas de las mujeres hacia la igualdad, sus logros y conquistas, hasta formar un museo virtual y un importante archivo documental.  

FIBICC es socio además de numerosos proyectos, como Up Skill, dedicado a mejorar y actualizar las habilidades y competencias de los gestores culturales, conectando su formación con las necesidades del mercado de trabajo, e integrado por asociaciones de Italia, Hungría, Reino Unido y Dinamarca. CultUp  destinado a fomentar las vocaciones en el ámbito del emprendimiento cultural o la Cátedra Iberoamericana de Patrimonio Cutural e Industrias Culturales que han creado junto a la Universidad de Granada.

Desde estas experiencias y su desarrollo, la Fundación Iberoamericana de las Industrias Culturales y Creativas puede responder con programas de excelencia en la formación, tanto práctica como teórica, y adaptarse a las demandas del mercado. Solo en España existen ya ciento quince mil empresas de ámbito cultural, y casi seiscientos mil trabajadores, un crecimiento que se está dando también en toda Iberoamérica. Ese ministro o ministra de Cultura que superará las máximas aspiraciones de todos quienes integramos el ámbito cultural ya se está formando. Felizmente para él, o para ella, tiene por delante todo un abanico de salidas profesionales que le permitirán dedicar su vida profesional a la cultura. Sin necesidad de llegar al ministerio, o quizá soñando con ocuparlo. El futuro ha comenzado a escribirse ahora, y además de los sueños de los creadores necesita como nunca la gestión de los profesionales. Quienes ya cuentan con una escuela de negocios específica donde formarse.


La cena: Volumen I

Fotografía: Begoña Rivas

¿Quieres estar en la siguiente cena? Basta con suscribirte aquí y cruzar los dedos.

«Caballeros: Traje de etiqueta negro y máscara negra. Señoras: Traje de noche, negro o blanco. Máscara blanca. Abanico». Esa fue la llamada con la que Truman Capote atrajo a lo más selecto de la sociedad estadounidense hace algo más de medio siglo. El 28 de noviembre de 1966 se dieron cita en el Hotel Plaza de Nueva York Andy Warhol, Frank Sinatra, Mia Farrow, Marlene Dietrich o Lauren Bacall. Bautizada como Black & White, dicen que fue la fiesta del siglo.

Ahora, viajen en el tiempo hasta una noche de febrero de 2019, en el Club Matador de Madrid. Con pretensiones mucho más modestas que las de Capote, Jot Down Magazine reúne a un grupo de músicos, artistas, actrices, escritores y periodistas en una suerte de cita a ciegas con un puñado de suscriptores de la revista. Aquí no hay dress code, solo la determinación de pasarlo bien.

El primero en llegar es Alberto García-Alix, referencia de la fotografía española y alérgico a dejarse fotografiar. Después continúa un incesante goteo. Iván Ferreiro y Leiva acuden juntos y en la puerta tropiezan con otro Iván, uno de los suscriptores de la revista: «mezclémonos ya, compañero», le dice el excomponente de Pereza. Ana Milán llega sola, como Leonor Watling, pero rápido se unen a Javier Cansado. Màxim Huerta, Marta Fernández, Elvira Lindo o James Rhodes se presentan también puntuales.

Son las nueve y media de la noche, y en la barra del Club Matador se reparten besos y un cóctel especial de bienvenida. Coque Malla aparece por sorpresa y con los allí presentes uno empieza a plantearse que el próximo evento Jot Down puede ser un concierto en lugar de una cena. Yago, Juancho, Laura o Daniel son algunos de los suscriptores, «somos los otros», apuntan entre risas. Vienen de Galicia, Sevilla, Bilbao o Ávila y Leiva, Ferreiro o Marta Fernández son los que más hacen por fusionar ambos ambientes.

El hielo está roto a la hora de pasar al comedor, y Watling propone que los comensales se sienten mezclados: «un famoso y un no famoso, para que nos sintamos un poquito incómodos». Todos cumplen de buena gana, salvo Rhodes y Leiva que se han convertido en uno solo y ya no se separarán. La mesa la presiden Màxim Huerta y Elvira Lindo. Hay ejemplares de la revista y muy buen rollo. Las conversaciones giran en torno a temas tan variopintos como la maternidad o la nueva temporada de Paquita Salas.

«Te pareces a Ariel Rot», le suelta Rhodes a Ferreiro desde el otro lado de la mesa. Y el gallego replica con un «no, no, no. I’m sorry», entre las bromas de los presentes. Alguno se escapa a fumar entre plato y plato. Verduras y pescado regados con vino y cerveza. Es curioso, pero durante mucho rato nadie desenfunda el móvil para hacerse una selfi. Alberto García-Alix confiesa que él no hace fotos con el teléfono: «no sé mirar con el móvil». Ferreiro va pertrechado con una cámara y, él sí, inmortaliza cada momento. Más de uno tiene cara de estar en First Dates, pero Cansado es capaz de acabar con cualquier incomodidad. Explica que lleva años estudiando Historia y alguno se sorprende al saber que es «licenciado en Psicología, que no psicólogo».

El postre y los cafés van poniendo fin al segundo acto de la cena. El tercero se desarrolla en el Clandestino, un maravilloso reservado que esconde el Club Matador. Hay una barra, un par de cocteleros sirviendo Gin Fizz y la vergüenza se ha esfumado. La gente se aprieta para fotografiarse, brindan. Algunos de los invitados se han ido a la francesa. Entre los irreductibles están Màxim Huerta, Marta Fernández, Iván Ferreiro y Leiva, los últimos en despedirse. El Clandestino terminan cerrándolo los fieles suscriptores de Jot Down. Y en el aire queda una afirmación rotunda de Javier Cansado: «¡Ha sido la mejor cena de mi vida… pero por la compañía!».

Chúpate esa, Capote.


La Cena: Volumen I

¿Recordáis este tuit? Hay más de dos mil respuestas, decenas de nombres propuestos.

Hicimos una lista y empezamos a llamar a los nominados. Les contamos que necesitamos a nuestros lectores para seguir adelante, y que se nos había ocurrido organizar una cena. Una mesa para veinte en la que se sentarán doce personalidades del mundo de la cultura y ocho suscriptores. La respuesta de todos ellos fue emocionante.

Quedaba lo más complicado: conseguir cuadrar la agenda de esas doce personalidades, tenerlos en Madrid el mismo día y a todos libres a la hora de cenar. Y, bueno, muchos sudores fríos después tenemos, al fin, la primera mesa organizada (habrá más, sí).

Será el 20 de febrero a las 21:30 en un reservado del Club Matador; acabará la velada con copas en el Clandestino.

Ocho de nuestros suscriptores compartirán mantel con Elvira Lindo, Javier Cansado, Leiva, Màxim Huerta, Leonor Watling, Isabel Coixet, Ana Milán, Iván Ferreiro, James Rhodes, Marta Fernández y Alberto García-Alix (queda uno por confirmar).

¿Cómo conseguir optar a un cubierto?

1.—Debes tener la certeza de que podrás estar en Madrid el día 20 de febrero.

2.—Debes ser suscriptor de Jot Down Magazine (web o papel).

3.—Debes escribir un mail a [email protected] (indicando nombre y número de suscripción) diciéndonos que quieres que te invitemos a esa cena y a todas las copas posteriores.

El día 18 de febrero se hará el sorteo entre todos los suscriptores y anunciaremos a los ocho ganadores.

¡Remad, malditos!

 

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La orgía moral

Màxim Huerta el día que recibió la cartera de ministro de de Cultura y Deporte. Fotografía: Cordon.

Un ministro, cuando no solo no era ministro, sino que no tenía nada que ver con la cosa pública, decidió hacer caso a un asesor fiscal y constituyó una sociedad. Buscaba pagar menos impuestos. Curiosamente esto, algo que todo el mundo admite cuando se trata de uno mismo, está mal visto si introducimos el factor ideológico: los de izquierdas te hablan de lo importante que es que todo el mundo pague SUS impuestos —como si no fuera discutible la cifra— y que son los de derechas los que creen que el dinero está mejor en sus bolsillos y no a disposición de los necesitados, mientras que los de derechas dirán que los de izquierdas son unos cínicos que siempre hablan de impuestos a los ricos hasta que empiezan a serlo, momento en el que descubren el proceloso mundo de las contradicciones vitales.

La pregunta que podría desactivar esta guerra es la siguiente: ¿es malo pagar menos impuestos? Para responderla hay que partir de un malentendido previo: todo el mundo puede usar su dinero para ayudar a los demás. Incluso para dárselo al Estado. Pero los impuestos se caracterizan porque se imponen, porque son obligatorios. Y como lo son, su configuración es legal. Es la ley y no la moral la que nos dice cuánto tenemos que pagar. Pero la ley a veces está mal hecha —incluso mal hecha a propósito— y nunca puede prever todos los supuestos. La realidad económica es tan compleja, la libertad es un factor tan esencial para la prosperidad y la simplicidad lo es para la eficacia, que es imposible que no exista un margen de ambigüedad. Así que, siendo como son los impuestos una obligación, es perfectamente admisible interpretarla para pagar lo menos posible. No hay nada amoral en ello; insisto, si quieres usar lo que te queda en el bolsillo para la filantropía, nadie te lo impide.

La cuestión, sin embargo, es más compleja. El Estado debe preocuparse porque los impuestos se paguen. Y no cumpliría con esa misión si no introdujera incentivos. Por esta razón, se consideró delito el fraude fiscal a partir de una cifra. Sucede que fraude es algo más que no pagar, y no solo porque todos los delitos hayan de ser dolosos, sino porque el fraude exige una conducta mendaz o el uso de artificios destinados a engañar. El delincuente sabe y asume que paga menos porque miente, ocultando información o, por ejemplo, incluyendo gastos inexistentes para rebajar su cuota. Para proteger a la Hacienda Pública —que no somos todos, no se crea la propaganda— se decidió castigar a los que dificultaban el acceso a la realidad sobre la que se calcula el tributo.

La ley no se paró aquí. También para incentivar el pago creó las infracciones tributarias. No constituyen un delito, pero sí se deriva de ellas la imposición de una sanción. El funcionario de Hacienda tiene derecho a interpretar la ley de forma diferente a la tuya y, si estima que has declarado menos de lo que debes, a exigirte lo que no pagaste con intereses. También puede ir más lejos: si piensa que tu comportamiento es negligente o doloso, te puede sancionar. Aquí ya se admite que la negligencia sea causa para sancionarte, no como en el caso del delito. No eres negligente si la discrepancia se basa en una «interpretación razonable de la norma». Pero sucede que, aunque tu interpretación sea negligente, conforme a ese estándar, o dolosa, la sanción puede ser leve, grave o muy grave, y se da la circunstancia de que solo puede ser leve si no se oculta información, si no se utilizan facturas o contabilidades falseadas —aunque no sean fraudulentas— o si no se usan «medios fraudulentos».

Volvamos al ministro: basándose en una interpretación de la ley, decidió crear una sociedad que contratase y facturase con terceros por trabajos que hacía él. No inventó facturas, ni falseó contabilidades. Esa sociedad compró un inmueble y decidió deducir como gasto las facturas relativas a la adquisición y la parte que podía amortizar. También dedujo la sociedad como gasto lo que pagaba al ministro por sus servicios —una suma muy inferior a la que cobraba la sociedad—. El ministro no falseó los documentos. No inventó contratos, ni facturas. Los servicios eran reales y se especificaban en los contratos. También lo eran la compra del inmueble y los gastos que se deducía. No ocultó ingresos, ni creó un entramado dirigido a ocultarlos. Tampoco innovó: era una práctica inveterada y consentida y, aunque existían signos y cambios legislativos que anticipaban lo que vino, no tengo por qué pensar que el ministro tuviera que conocerlos. Hablo de lo que había, no de lo que yo, por ejemplo, he pensado sobre estas prácticas: siempre he sostenido que eran una fraude de ley. Aclaro, fraude de ley, no fraude fiscal.

El funcionario de Hacienda decidió que la interpretación de la ley que hacía el ministro no solo no era correcta, sino que era negligente. Más aún, declaró que no había buena fe, que la sociedad no contaba con medios humanos y materiales independientes que añadieran valor al trabajo personalísimo del ministro y que las deducciones de gastos por ese inmueble no tenían que ver con la actividad de la sociedad. No levantó el velo, afirmando que la sociedad no existiera: de hecho, corrigió la suma que la sociedad debía pagar al ministro al alza (con lo que esto suponía de declaración por IRPF), pero no lo hizo hasta el punto de llegar a la diferencia entre el ingreso de la sociedad y los gastos sí imputables a la actividad. Es decir, la sociedad era real y se admitía un margen de ganancia, pero se corregía este margen atribuyéndoselo personalmente al ministro.

De ahí salió la cuota. Lo interesante es que la sanción que se le impuso al ministro no lo fue por la deducción de gastos del inmueble playero. Se le impuso por el cálculo de lo que la sociedad —que controlaba el ministro, único socio y único administrador— debía pagarle. Es decir, eso que tanto ha escandalizado a muchos, la deducción de gastos de la casa de vacaciones por su dueña, la sociedad, ni siquiera dio lugar a una sanción. El inspector, simplemente los eliminó. La negligencia no estaba ahí, sino en la cifra de retribución pactada al no contar la sociedad con medios personales o materiales que le hubieran permitido fijar una retribución inferior al mercado. Le hubiera bastado, posiblemente, al ministro, con haber creado una estructura con algún empleado, unas oficinas, trabajos de apoyo, para poder aplicar esa presunción entonces vigente en la ley. Y, en todo caso, la sanción fue leve: es decir, no hubo ocultación o uso de medios fraudulentos. ¿Se puede hablar de fraude fiscal cuando no hay ocultación, Hacienda tiene acceso a toda la información y coincide con la realidad, no se utilizan medios defraudatorios y la discrepancia se refiere a una forma de entender la ley tributaria?

El ministro no estuvo de acuerdo con la decisión y recurrió. Imagino que, en esto, se dejó guiar por completo por el consejo de su abogado. Para hacerlo tuvo que pagar o avalar. La fase judicial de su recurso se inicia con una demanda que interpone él. El tribunal no podía condenarle, como han dicho tantos medios, a nada. Ya había sido sancionado. El tribunal solo podía estimar la demanda o desestimarla. De hecho, la única condena es la relativa a las costas del proceso. El tribunal, en suma, solo establece que la decisión del funcionario fue correcta. También la sanción.

El ministro no solo no era ministro. Tampoco era diputado o alcalde. Ni tenía visos de serlo hace diez años. El ministro no ha mentido siendo ministro como sí mintió otro que dio tres explicaciones diferentes sobre sus sociedades en paraísos fiscales. Y todos sabemos por qué el ministro ganaba ese dinero: por trabajar en televisión presentando un programa y haciendo publicidad. No se trata de un dinero que le cae de golpe, pagado por un gobierno extranjero, por realizar un informe sobre algo que no domina; informe que ni siquiera muestra.

¿Dónde vamos a parar? ¿Vamos también a pedir a los políticos que nos enseñen toda la información sobre su vida privada previa? Por ejemplo, ¿les pediremos que nos enseñen sus pleitos civiles o laborales? ¿Si un ministro pleiteó temerariamente con un hermano sobre la herencia de sus padres solo para joderlo, vamos a pedir que dimita? ¿También vamos a investigar sus relaciones personales? ¿Exigiremos saber si trató bien a sus padres o a sus hijos, o si fue buen vecino? No hablo de conductas con consecuencias penales. ¿Vamos a pedir que nos den un listado de parientes y amigos para entrevistarlos y juzgar? Por poner un ejemplo: hace poco, un amigo me dijo de una ministra del actual Gobierno, a la que conoce por razones personales y profesionales, que es muy capaz, pero que es una trepa y un bicho de cojones, más mala que la quina. ¿La incapacita esto para ser ministra? ¿O quizás la consecuencia es justo la contraria?

Vivimos tiempos excesivos, cargados de un énfasis enfermizo y de la imposición de un cínico puritanismo civil. Las prisas y la mala fe han sido la gasolina. Al final, más que la bondad de las políticas públicas y de las leyes que se aprueban, lo importante es el titular, la imagen o la etiqueta. La simplicidad se impone porque vende, y es instantánea y manejable. El Torquemada de turno pega fuego a cualquier intento de mostrar la complejidad y los matices se convierten en anatema. Todo es igual a todo, y solo se admite un modelo inhumano —por eso más falso que Judas— que consiste en un currículum que nos muestra a robots inmaculados que maravillosamente cumplían desde que nacieron con los requisitos que exige la corrección política actual, aunque se refiera a la conducta de hace décadas. Estos extraños seres que alimentan nuestra parafilia de entomólogos de insectos morales se muestran como si ya estuvieran en la lista de los elegidos por Dios para la salvación. Pero como somos imperfectos, a muchos el juicio les empieza a titubear cuando el pecador es de los nuestros, e inventamos justificaciones estúpidas para intentar ocultar la incoherencia con nuestra conducta previa del día ese en que linchamos a aquel facha o aquel rojo. Todo mejor que admitir que nos hemos pasado.

Esta deriva, además, lo ha infectado todo. Ya no solo exigimos a un cargo público que cumpla estándares éticos a menudo disparatados —salvo que queramos que nos gobiernen tipos que rocen lo psicopático o lo heroico, aunque de hecho sean auténticos inútiles— sino que hemos terminado extendiéndolos al universo mundo. Si eres conocido, un actor, un presentador de televisión, un empresario de éxito, también has de ajustarte al modelo, o pagarás las consecuencias. La masa ha adquirido el derecho a juzgarte, en juicio sumarísimo y casi siempre inane, y la pena es siempre la misma: el destierro. Es lo mismo ser un violador o que una mujer afirme que hace años le miraste las tetas demasiado rato. Como mucho, y ya veremos lo que dura, se te permite pedir perdón. Perdón a un montón de seres anónimos que creen estar libre del escrutinio y que actúan como pequeños nerones, subiendo o bajando el dedo pulgar. Lo creen, pobres diablos, como si esto no pudiera ir a más. Como si esta carrera hacia la total confusión entre la denuncia y la condena tuviera una meta.

Soy perfectamente consciente de que es inútil pretender parar esto. Tampoco es nuevo. Años atrás, en un artículo que se publicó en esta revista, escribí:

El libertinaje era una «riqueza de lujo». Al entrar en los palacios, revolvimos en los arcones, nos pusimos sus pelucas y comimos hasta hartarnos. Al menos así lo hicieron los que se atrevieron. Eso fue la revolución sexual. No podía basarse en la violencia o la dominación porque la arbitrariedad había muerto, pero ¿lo demás? ¡Lo demás era maravilloso! Despojado del lado turbio, parecía una vuelta a un edén desordenado.

Ahora, tras esa comilona, ha vuelto la normalidad. Vivimos en un deseo de pequeño potlatch permanente. Creemos que podemos aspirar a hacer lo que queramos y que no hay nada que no esté a nuestro alcance porque tenemos el catálogo a mano. Que podemos derrochar como aquel marqués de Osuna que tiraba los platos de oro al Neva para asombrar al zar de todas las Rusias. Pero no, la «moralidad» se está recomponiendo bajo las leyes de lo políticamente correcto. No podrás tirar tus platos al Neva, aunque sean de hierro, porque la propiedad está limitada por su utilidad social; no podrás excederte en tu comportamiento sexual, no sea que alguien vea en ello una cosificación del otro, sobre todo si es mujer; no podrás comer demasiadas grasas porque la obesidad será un vicio; no podrás pensar nada que vaya contracorriente, porque serás un apestado; no podrás autodestruirte, en alguna forma que te haga felizmente desgraciado, porque la sociedad tutela tu bienestar.

No se está recomponiendo. El golem está vivo y manda.


Màxim Huerta: «La auténtica basura no está en la televisión, sino en internet»

Es puntual, en eso se le nota el oficio. Y se inclina por la sintaxis precisa, en eso también se le nota. Màxim Huerta (Utiel, Valencia, 1971) sale a diario en la televisión pero, cuando le pedimos que ordene él mismo las etiquetas, pone primero la de escritor. Ha publicado cuatro novelas, la última galardonada con el Primavera de novela 2014, además de en prensa, teatro y cine. La tele, dice, «no son más que cinco minutos al día». Y así, de cinco minutos en cinco minutos, lleva dieciocho años haciéndola. Nos sentamos con él a hablar de eso mismo, de televisión, pero también de Ana María Matute y Woody Allen, de manipulación informativa y del método infalible para no pasar de moda: no estar previamente de moda.

Periodista, escritor o presentador. Elige.

¿Cuál prefieres tú? Diga lo que diga vas a poner presentador.

Yo pondría presentador y escritor.

Yo escritor y presentador.

Entonces la primera pregunta es para el escritor: ¿es cierto que te has leído todo, absolutamente todo, de Ana María Matute?

Me lo he leído todo y además varias veces. En general leo mucho. Es que soy hijo único, de niño no tenía más remedio que leer. En casa siempre me han regalado libros, sobre todo mi madre. He leído mucho por parte de madre (ríe). Y a Matute mucho. Las aristas de sus universos coincidían con las de los míos, digámoslo así.

Hablemos de esas aristas.

Huy, no. De las aristas de uno se habla en la consulta del psicólogo.

Hablemos de Matute, entonces.

Para mí fue una gozada que el Primavera me lo diera ella. Ese fue el premio, conocerla. Todas las tardes que me pegué con ella de vinos, hablando primero de su novela inacabada, luego sobre sus vértigos y al final sobre Errol Flynn y Ava Gardner. Ese fue el verdadero regalo.

¿Ya podemos ver algo suyo en tu primera novela, Que sea la última vez que me llamas reina de la tele?

Algo habrá, aunque en realidad no la considero mi primera novela. Para mí, mi primera novela es más bien la segunda.

¿Y eso?

Que sea la última vez… es una novela que hice por divertimento. Ya escribía, pero de pronto no me apetecía escribir, sino jugar y divertirme. Tiene mucho que ver con la época profesional que atravesaba. ¿Sabes cuando ves las fallas por detrás, que no son más que andamios feísimos? Con la tele ocurre un poco lo mismo. Aquella fue la época en la que me di cuenta de eso, de que la magia de la tele no existe. En el borrador, la novela se llamaba algo así como Amarga victoria, pero creo que en el título definitivo se nota la influencia de Dunia Ayaso y Félix Sabroso, a quienes quiero, porque ponían títulos muy largos. Seguramente ahora no le pondría ese título.

Simplemente con ojear el libro…

¿Ojear con hache o sin hache?

Ojear sin hache.

Vale, entonces sí. Prosigue (ríe).

Simplemente con ojear el libro se ve un poco de Garras de Astracán, de Terenci Moix, y un poco de la primera Maruja Torres, en particular de ¡Oh, es él! ¿He acertado?

Sí, de hecho me he divertido un montón con Terenci. Recuerdo cuando decía «hay un chico por las noches que me encanta, lo veo en la tele porque me excita» (ríe). Y recuerdo una noche en la que Boris (Izaguirre) me llamó y me dijo que le diese una sorpresa, cosa que hice. Se murió a la semana siguiente, pobre. Me he leído todo de Terenci y supongo que el libro es heredero de eso como lo es de Bridget Jones y en fin, de muchos libros. De cualquier divertimento literario, libros sin fundamento para quien tiene ganas de reírse. Incluso de los que no te acabas de leer, fíjate.

Inciso necesario: ¿cuál es el último libro que no has acabado de leer?

Te lo digo: Así empieza lo malo, de Javier Marías.

Volviendo a la novela, imagino que acabarías harto de desmentir…

… que Ana Rosa (Quintana) sea la protagonista.

Sí.

Pues sí, acabé harto. Es otra cosa que hoy no haría, escribir algo que dé pie a ese tipo de comparaciones. Si fuera el caso, todavía, pero no lo era. Además, creó tensiones innecesarias entre ella y yo.

Después de Que sea la última vez… vinieron El susurro de la caracola, Una tienda en París y La noche soñada, premio Primavera. Uno cada dos años, aproximadamente. ¿Cómo se escribe libros con tanta frecuencia?

Siendo muy alemán. Escribo todas las tardes, después de comer y de quedarme algo traspuesto (ríe). Escribo, corrijo, borro, releo… Pero hago algo todos los días. No es un ritmo tan frenético, ¿eh? Creo que Kafka hizo La Metamorfosis en dieciocho días o algo así. E Isabel Allende hace uno todos los años y, si no le gusta, no lo publica. Además, en la tele no invierto tanto tiempo. Soy como Victoria Abril, me pagan más por esperar que por actuar. Desde que estoy allí hasta que me toca entrar voy con mi libretita apuntándome cosas y pensando, que al final es un poco aprovechar la cama de otro para follar.

¿Crees que hay quien no te lee por salir en la tele?

Sí, seguramente.

¿Y quien te lee por salir en la tele? Porque habrá un poco de las dos cosas.

Hace dos años estuve firmando en Sant Jordi junto a un autor muy conocido, no diré quién, y antes de empezar me dijo: «Joder, qué tarde de marujas me vas a dar». Yo me callé, muy prudente. A lo largo de la tarde yo firmé mucho y nadie venía por la televisión, la mayoría me conocía como autor y por las redes sociales. Y cuando acabamos me dijo: «Te invito a un gin tonic». Le pregunté por qué y me respondió: «Porque quiero pedirte disculpas».

En redes tienes muchos seguidores, de eso me he dado cuenta documentando esta entrevista. Y es cierto que los comentarios que recibes son para el autor, no para el presentador. Me parece muy curioso.

A mí es algo que me sorprende. Hace poco estuve en París y saqué un montón de fotos, pero estuve solo el fin de semana y volví. Luego he ido colgando fotos en Instagram y la gente que lo sigue hace comentarios del tipo «a ver si vuelves ya». Piensan que sigo en París, ninguno ha puesto la tele por la mañana y ha visto que no, que estoy en España y saliendo por la tele. Y mira que, además, opino mucho y digo cosas sobre política y critico a políticos y ese tipo de cosas, pero luego en Twitter la gente me habla de los libros, no de la tele.

¿Qué fue lo primero que hiciste? ¿Radio?

No, prensa. Prensa en mi pueblo.

¿En Utiel?

Utiel y Buñol, sobre todo Buñol. Nadie me dio ninguna beca y ni ninguna oportunidad al principio, pero afortunadamente soy de pueblo y pude empezar por ahí, poco a poco. Estuve también en la radio de mi pueblo y luego en prensa comarcal. Acabé llevando veintiséis pueblos, imagínate. Veintiséis pueblos en el año 1993.

¿Y de ahí a la tele?

No. Antes estuve en Valencia como redactor jefe en un semanario de política, pero me quedé en paro. De ahí pasé a Canal Nou como reportero y porque mentí en el currículum, puse que hablaba con fluidez más idiomas de los que hablaba con fluidez y lo pagué más tarde, cuando me mandaron a Francia como enviado especial (ríe). Lo de presentar llegó por azar. Alguien dijo «el chico este que hace los directos, que baje a plató». Me cortaron el pelo, me dejaron aspecto de buen chico y ahí me quedé.

Primero en Metropolità y luego en el Informatiu de última hora, si no me equivoco. ¿Tienes buenos recuerdos de tu época en Canal Nou?

Personales sí.

¿Y de los otros?

Bueno, también. Fue la época en la que perdí todos los miedos. Aprendí a hacer noticias, a hacer directos… Y también aprendí a ver cómo se manipulaba.

A eso vamos. Antes de consumarse el cierre de Canal Nou hace un año, en noviembre de 2013, la cadena batió todos sus récords de audiencia emitiendo espacios de denuncia en los que algunos trabajadores explicaban detalladamente el control político al que venían siendo sometidos.

Tarde. Llegaron tarde. La dignidad no sirve de nada cuando no hay nada que perder. Admiro a los compañeros, sé que tienen que pagar sus hipotecas, y el medio se cerró por culpa de la gestión, que nunca es culpa de los periodistas. Pero a nosotros también nos toca entonar el mea culpa por haber callado.

Es un debate muy viejo. La manipulación tiene lugar con la participación necesaria de los periodistas de base.

Por eso hay que salir y negarse a hacer algo. En su momento, yo me negué y me apartaron como presentador.

¿A qué te negaste?

No lo he contado nunca en prensa, pero bueno. En una ocasión, durante una campaña electoral, me encerraron en un despacho a minutar el discurso que estaba dando Antoni Asunción, entonces candidato del Partit Socialista del País Valencià, en un mitin. El objetivo era pasárselo al momento a Eduardo Zaplana, que en esos momentos estaba a punto de salir en televisión, y que así supiese qué estaba diciendo Asunción para poder replicarle en directo. Y me negué.

¿Te lo plantearon así, tan a las claras?

No, pero hombre… Encerrado en una pecera de cristal, a puerta cerrada… «Luego nos lo das, ¿eh? Es para el informativo, para tenerlo yo». Era joven, pero tampoco era imbécil. Y los que dirigían Canal Nou muy listos no eran.

Desde luego. O no habría cerrado.

En todo caso, el cierre de Canal Nou no fue responsabilidad de los redactores, que no se nos olvide. No puedes culpar a los periodistas si se contrata a más personal de la cuenta. La culpa que tienen es la de ser la voz de su amo. Empezando por mí, que también tendré mi parte.

Ese es otro debate también muy viejo. Tú eras presentador de noticiarios, eso que a veces llamamos «busto parlante», y cuando hablamos de tele y manipulación nunca está muy claro hasta qué punto se debe responsabilizar a los presentadores, a aquellos que ponen voz y cara, pero nada más.

Depende. Hay cadenas en las que sí, el presentador simplemente se maquilla y habla, porque tiene una buena voz y o porque tiene credibilidad y es lo que quieren de él. Era el caso de Olga Viza o de Rosa María Mateo, que no escribían pero tenían una credibilidad brutal, algo admirable. En mi caso, cuando era presentador de informativos me hacían escribir y editar mis entradillas. En mi caso y en mi época, porque en Telecinco ocurría con todos. También Àngels Barceló, Juanra Lucas, Juan Pedro Valentín y Montse Domínguez se redactaban y editaban sus propias entradillas. Así que muy bustos parlantes no éramos. Yo no lo he sido nunca.

Imagino que eso se nota a la hora de improvisar.

Para mí, en informativos ocurría como en el sexo: lo más divertido llega cuando se rompe la rutina, cuando pasa algo. Cuando se hunde el submarino Kursk o cuando se muere Arafat es cuando de pronto se ve si el presentador es también periodista.

Y la mera resistencia física. Me quiero acordar de aquel directo de ocho horas que hizo Matías Prats durante el 11S.

A mí me pilló también. Estaba con Àngels Barceló.

¿Y cuántas horas estuvisteis haciendo informativos?

Desde las dos de la tarde hasta el informativo de madrugada, que acabó conmigo cerca de las cuatro de la mañana. En directo estuve como unas tres horas por la noche, el informativo de más audiencia que he tenido en mi vida. Un cincuenta y tantos por ciento, algo brutal.

Sigamos repartiendo culpas, que es algo muy sano. ¿No culpas también al espectador por la manipulación en los contenidos políticos?  

Yo nunca he considerado al espectador gilipollas. No creo en ese espectador pasivo que se traga todo lo que le echen. El espectador no es tonto y cuenta con el arma más poderosa, que es zapear. Por eso me gusta que haya muchas teles, muchos informativos, muchos periódicos y muchas radios: porque me gusta pasear por todas. Hasta por las que son absolutamente caverna, también por esas.

Pero no hablo de espectadores tontos, sino espectadores que toleran la manipulación. Algo que el espectador ha normalizado, por ejemplo, son los cambios de caras y las sustituciones en la televisión pública cada vez que se renueva el gobierno, y sin embargo eso mismo ya es sintomático.

Pero el espectador se comporta como los votantes. España ha votando siempre para quitar a otro. Para quitar a González, para quitar a Aznar… Siempre votamos para quitar, nunca por confianza. Nunca. Y eso mismo se acaba trasladando a la televisión. Además, siempre hay quien vota tres veces seguidas al corrupto porque quiere. Igual que hay votantes masoquistas, hay espectadores masoquistas.

Cuando se trata de informar sobre política, ¿hay más libertad en la televisión privada?

Sí. Cuando pasé a Telecinco estuve como seis o siete años en informativos, primero en la Comunidad Valenciana, luego en el Entre hoy y mañana de Telecinco y después en el informativo de la noche, y nunca, nunca tuve una consigna. La única la puse yo, porque pedí no poner deportes ni sucesos, a no ser que fueran noticia.

Te pregunto ahora como miembro que eres de la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión…

Soy miembro pero no sé muy bien para qué. Me apuntaron, o me apunté, en realidad no lo sé ni sé para qué. Recibo muchos e-mails en el buzón del correo, eso sí. Supongo que debe ser algo interesantísimo, pero no voy a ningún acto.

Te pregunto como profesional del ramo, entonces. Más allá de la información, ¿cuál es el primer pecado de la televisión pública española?

El miedo al riesgo. Y a innovar. Hay miedo a hacer productos dignos que, sin embargo, pierdan en la competición por la audiencia. ¿Por qué? La pública debe buscar la calidad, no la audiencia. Ese ha sido, y es, su gran error. Ha querido competir como una frutería más, siendo una privada más, y no lo es. La televisión pública es un servicio público, y un servicio público debería ofrecer buenos productos.

Vuelvo a tu biografía. En 2005, siendo ya una cara conocida en la tele nacional, te pasaste de los informativos a un espacio de mañana, algo que en la época no ocurría demasiado. ¿Te tienes por un pionero?

Huy, no. Después, esto mismo, lo han hecho casi todos.

Sí pero, ¿antes?

Antes lo había hecho Juanra Lucas con un programa que se llamó De buena mañana y Pedro Piqueras, pero nadie se acuerda.

Es que hombres por las mañanas, complicado.

Eso ahora, y no sé por qué. Acuérdate de Hermida, que ha sido un grande de las mañanas, y de Pepe Navarro, que también tuvo un programa matinal.

Entonces, ¿por qué ahora solo vemos mujeres en los magacines?

Porque las teles no tienen imaginación. Cuando una mujer triunfa en un tipo de espacio todos quieren una mujer en ese tipo de espacio; cuando triunfa un programa de debate, todas quieren un programa de debate; cuando hay un programa de concurso que arrasa, todas quieren un programa de concurso. Las teles actúan por imitación.

Al menos concédeme que tu experiencia fue singular, porque no te fuiste a presentar un espacio tú solo. No te fuiste a hacer el programa de Màxim Huerta, sino como colaborador en el programa de otra persona.

Sí, eso es más particular. Pero fui como presentador, o eso pone en el contrato: copresentador (ríe).

Copresentador, sí, pero en un programa que se llama El programa de Ana Rosa.

Sí. Cuando el programa lleva el nombre de la protagonista tú, obviamente, parece que estás siempre a la sombra del ciprés. Y es muy alargada, en su caso (ríe).

Al final el nombre y las siglas, las famosas «AR», son simplemente una marca. Una que, por cierto, ha funcionado muy bien.

Hombre, de entrada llevamos diez años, o sea que vamos funcionando. Y el nombre no es más que por comodidad. De nuevo, acuérdate de Hermida, que todo lo que hacía llevaba su nombre. Y a los redactores les resulta muy útil cuando llaman a los sitios. Se llame como se llame tu programa, al final acabas llamando en nombre del informativo de Piqueras o del programa de Ana Rosa. Personalmente me parece mejor que «El quinto A», «A toda mañana» y todo ese tipo de títulos absurdos que se le acaban poniendo a la mayoría.

¿No te seduce el protagonismo?

Estoy cómodo en un lugar secundario. Mira: estar de moda significa pasar de moda. En la cadena en la que trabajo ocupo un lugar discreto y prefiero que siga siendo así.

En la televisión española los late night van y vienen, los talk shows nunca acaban de arraigar, las sitcoms nunca han sido realmente sitcoms… Y sin embargo este formato, el magacín de mañana, lleva instalado desde la aparición misma de la televisión privada. Después de pasar casi diez años en el gran magacín de la televisión española, ¿a qué factores crees que se debe el éxito del formato?

A que nadie lo ve entero (ríe). Y a que es un programa muy flexible, consigue ir cambiando y por eso no sufre tanto desgaste como otros. El programa que hacemos hoy no tiene nada que ver con el que hacíamos hace cinco años, por ejemplo. Hoy casi todo es tertulia política y debate social y se habla mucho de problemas, de desahucios, de injusticias, etcétera. Casi no hay corazón, aunque en su día sí lo hubo.

¿No crees que en el formato se abusa de la crónica negra?

Hoy se hace mucho suceso, es cierto. Pero es algo que ocurre en todos los programas, en toda la televisión.

Aunque hoy llamemos «telebasura» a la televisión que simplemente no nos gusta, sabrás que el término nació a raíz del tratamiento televisivo de los crímenes de Alcàsser. ¿No temes que este crescendo de la crónica negra lleve al mismo sitio, a que un día alguien pierda el norte y vuelva a hacer alguna burrada?

No, porque el espectador ahora reacciona. Es cierto que se presta más atención que antes a los sucesos, pero también lo es que existen más límites. Yo soy muy crítico con todo esto, de todas formas. No quiero excusarme con que el resto lo haga. Si me preguntas por lo mío, respondo por lo mío.

Tengo que preguntarte. Esta misma mañana, en tu programa, habéis sacado en exclusiva imágenes del colchón en el que presuntamente violaron a las niñas de Ciudad Lineal.

Sí. Con una frase que a mí me ha chirriado: «fíjense en el colchón, ahora volveremos a él». Realmente no era necesaria, no hacía falta. Y luego una redactora ha leído parte de una declaración de una de las víctimas poniendo voz de niña. Te digo lo que ha pasado: Ana Rosa ha dicho en directo «esto es» y yo he contestado: «esto es morboso». Y a la persona responsable se le ha dicho que, por favor, esto ni una sola vez más. Pero con la televisión en directo, y en programas tan largos, ocurren cosas así: te enteras de lo que va a salir cuando sale. Es muy complicado que una sola persona, quien sea, tenga el control sobre absolutamente todo lo que se hace.

En eso te doy la razón. El problema es que el tono, que es algo fruto del trabajo colectivo, se va de las manos. Ocurre también en prensa escrita.

En prensa escrita, por ejemplo, la misma foto es mucho más limpia. Y el texto. Si nos parásemos a leer en alto muchas de las crónicas de prensa que se publican cada día, nos taparíamos los oídos. Pero no me quiero excusar, porque soy el primero al que la sección de hoy le ha chirriado. Insisto en lo que decía antes: si eres consciente de lo que vas a sacar y no te gusta, debes negarte a hacerlo. No ha sido el caso de hoy, pero yo mismo me he negado a sacar cosas en la tele porque no me gustaba no que se dieran, sino cómo se iban a dar. Por eso no tengo complejos a la hora de trabajar en este medio, porque en muchas ocasiones he dicho «yo estoy no lo doy», y no lo doy. Y porque si algo no me gusta, lo digo. Detrás de la cámara y en directo.

Yo celebro más lo segundo. Si lo haces pero llamas la atención sobre la forma en que se hace, estás desactivando el artefacto. Menos es nada.

Exacto. Es que si tú no lo haces lo hará otra persona, pero se hará.

Te pongo un ejemplo extremo: Entre todos, el magacín de Toñi Moreno en Televisión Española. Acabó siendo cancelado después de recibir un aluvión de críticas por hacer un espectáculo con la necesidad. ¿Es el magacín un formato más propenso a este tipo de riesgos?

Ese programa recibió muchas críticas pero lo quitaron porque no tenía audiencia. Si llega a tenerla, aguanta. Cuidado.

Seguramente tienes razón. Estoy pecando de ingenuo. 

Cuestión de audiencia, como siempre. Que también somos muy hipócritas.

Hablando de audiencias: Sálvame. Para muchos, el paradigma mismo de la telebasura, aunque su pecado sea ser intrascendente. ¿No penalizamos demasiado esto mismo, la irrelevancia, al meterla en el mismo saco de la telebasura?

Sí. Y luego nos encanta John Waters, ¿eh? Que luego vamos de listos.

Cuando entrevistamos a Josep Maria Mainat nos decía que «el entretenimiento, el puro entretenimiento, es muy raro que sea telebasura».

Sálvame y los programas como Sálvame son un vodevil, pero en otra época. Cuando no había tele había vodevil, teatro que era cutre, intrascendente. Y había un cine que se dedicaba solo a entretener, a ser un espectáculo, y revistas satíricas que solo hablaban de tonterías. Todo esto es tan viejo como las corralas. Es una forma de voyeurismo, una forma inocente de mirar al otro, solo que ahora se televisa.

Cuando preguntamos a Mainat por la expresión «caja tonta» nos respondió que «la caja no es tonta: es generalista, que no es igual. Y al ser generalista no puede mantener un nivel muy distinto del de la media, que es el que es, nos guste o no». No sé si tú eres tan derrotista.

Hombre, eso tiene muchos ángulos. La caja obviamente no es tonta, porque entonces llamaríamos tontos a los espectadores, que ven programas malos, programas regulares y programas fantásticos. Pero sí, la televisión generalista acaba siendo un reflejo de su país. No creo en esta idea de que la televisión engañe a los espectadores, de que refleje algo irreal: la televisión siempre devuelve un reflejo fiel de lo que está ocurriendo. En épocas de bonanza y de risas hay Un dos tres, y concursos, y en otras hay programas de preguntas porque a la gente le gusta ver personas inteligentes en la pantalla. ¿Eso es basura? Yo creo que no. En mi opinión, hoy la auténtica basura no está en la televisión, sino en internet.

Esta entrevista se va a publicar en internet. No me des titulares así que me deshago.

Pero es verdad. En todo internet. Entras y pones: «polla», «teta», «sexo», «pornografía», «crítica a tal», «escándalo de no sé qué» y ya está, ahí lo tienes. Nadie te lo sirve, eres tú el que lo busca. No lo critico, ojo, pero creo que el auténtico contenido sin desarrollo, barato, la auténtica fast food de contenidos, abunda mucho más en internet.

Estoy de acuerdo pero pienso que internet no es un medio, sino un gran continente. La televisión, por el contrario, es un flujo, algo unidireccional, y eso la convierte más en un medio.

¿Ves? Ya te estás quedando antiguo (ríe). Dentro de cinco años pensarás otra cosa. De cualquier manera, damos demasiada importancia a la televisión.

¿Y no la tiene?

No tanta. ¿Sabes dónde está la gente? En la calle. No está viendo la tele. Cada vez que alguien se da un golpe de pecho y dice «fijaos, hemos conseguido tanta audiencia», luego es un millón. ¡Un millón, y este país tiene cuarenta y siete millones! Y eso en el mejor de los casos. Nosotros tenemos una gran cifra, en torno a los seiscientos mil, pero al final hay que darse cuenta de que son seiscientos mil entre cuarenta y siete millones. Hay cuatro gatos viendo la tele. Cuatro gatos. Se le da demasiada importancia a la televisión. No es más que un electrodoméstico.

Me acabas de dar otro titular.

(Ríe) A lo mejor es una percepción mía, quién sabe. Es que yo no la tengo ni sintonizada. Tengo La Sexta en el canal cuarenta y dos, Telecinco en el veintiuno, y así todos. Y al lado un cartoncito, como mi abuela con los números de teléfono. Pero es lógico: estoy en la tele a las siete de la mañana y llego a casa a las dos, todos los días. ¿Tú crees que me voy a poner a ver la tele?

Podrías, para comentarla por internet, que se hace mucho. Es uno de los fenómenos más raros que nos ha dejado la revolución digital.

La necesidad de comentar la tele por internet viene de que hoy la tele aburre. La gente habla de un programa por Twitter no porque le guste, sino porque le gusta pero también le aburre un poco. Y no me extraña. Hay muy poca imaginación, funciona lo clásico, y mucha gente empieza a estar cansada. Por eso acuden a otros soportes.

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Te voy a hacer elegir entre papá y mamá. Pedro Almodóvar o Woody Allen.

¡Ay! No puedo elegir.

Tienes que elegir.

Pues mira, por el universo y por el punto Berlanga, me quedo con Pedro Almodóvar.

Te repito una pregunta que le hicimos a Berto Romero en la edición impresa de Jot Down. ¿Woody Allen ha vuelto?

Ha recuperado público.

Pero no piensas que haya vuelto.

No.

Romero nos decía que él se lo perdonaba todo a partir de Desmontando a Harry, que «a un señor que nos ha dado tanto, vamos a dejarle envejecer tranquilo».

Allen hoy es la semana fantástica El Corte Inglés. Le salió muy bien Blue Jasmine y todo esto ¿eh? Pero está haciendo películas de semana fantástica, para gustar.

¿Dirías que hay algo de Almodóvar en tus libros?

Lo hay, tanto en El susurro de la caracola como En la noche soñada hay dos escenas que recuerdan al mundo de Pedro. El mundo señoras, el mundo tías, el mundo mortaja, el mundo duelo, todo eso me parece fascinante. A lo mejor es porque mi parte materna es de La Mancha y lo llevo en el ADN.

Y porque son estampas y escenas muy españolas, a fin de cuentas. Por alguna razón le atribuimos la etiqueta de «almodovarianas», pero son algo que todos hemos conocido en cierto grado y que todos podemos comprender.

Es algo verdaderamente español, es verdad. Pero es el único que las retrata, el único que ha mostrado interés por ellas durante toda su carrera. Igual que Lorca puso su foco en un tipo de universo femenino que llamamos «lorquiano», pero que él no se inventó. En realidad, es algo muy español.

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Fotografías: Guadalupe de la Vallina