Vidas en conflicto

Al final de este pasillo de la mayor prisión de América Latina, el penal de Lurigancho en Lima (Perú), un preso sin nombre echa su mano a la cabeza, donde otros muros y prisiones atrapan su desesperación. Fotografía: © Juan José Arévalo Varela.

Una nicaragüense a bordo de «la Bestia» —el tren que arrastra migrantes en pena hacia los Estados Unidos— regala su cuerpo para evitar que la maten. «Sexo a cambio de protección». Unos padres somalíes rumbo a Yemen a bordo de una barca ven como su bebé se hunde para siempre en el fondo del mar. En esas pérfidas aguas, es el castigo que imponen los traficantes por llorar a destiempo. Cuando el padre intenta zambullirse en mitad de la nada para rescatarlo, recibe una puñalada en el abdomen. En un rincón del Congo, los humanitarios más valientes del mundo se juegan el pellejo en una «lucha frenética, al milímetro, contra vómitos, sudores, orines [y] sangrías». Se desviven por poner coto al virus del ébola. Mientras, en Oriente Próximo, un larguísimo muro de hormigón, tan sólido como vergonzoso, «el Segavidas», separa a miles de palestinos de sus familias y les impide el acceso a sus medios de subsistencia. En Mogadiscio, un hombre juega con sus dos hijos en el salón, bendita inocencia, hasta que un mortero irrumpe en la habitación y convierte sus cuerpos en carne picada. La sangre y los vestigios viscerales se esparcen por uno de los pocos muros que ha quedado en pie tras la explosión. Una madre iraquí refugiada en Siria se prostituye para alimentar a sus cuatro hijos, que Alá la perdone. Un guatemalteco muere de sida e indiferencia estatal. Y podríamos seguir, ay, porque esto no es más que una muestra de la miríada de historias que componen Vidas en conflicto, el jarro de agua fría con el que Alfonso Verdú (Ibi, 1975) espolea la conciencia de sus lectores.

Se trata de uno de esos libros que hacen que tu propia existencia parezca aburrida y nimia, aun cuando hayas viajado algo más que la media o trabajado en algún que otro país en guerra. No en vano, su autor acumula quince años de labor humanitaria en una veintena de países, y ha sido coordinador de Médicos Sin Fronteras, quizás la organización no gubernamental más noble y encomiable sobre la faz de esta triste Tierra nuestra. Son galones de los que no todo el mundo puede jactarse. Galones que, dicho sea de paso, Verdú luce no solo en el hombro, sino también en las mismísimas entrañas. Por las atribuladas páginas de su recién publicado ensayo pulula un narrador que se aflige junto a las víctimas, que sufre «cuchilladas» en su propio estómago al presenciar injusticias y que a menudo se siente «sacudido» por las limitaciones de su quehacer humanitario. Un narrador que blasfema a causa de la frustración. Un narrador que llora. Esta empatía constituye, sin lugar a dudas, una de las grandísimas virtudes del libro. Agudeza y pasión se dan la mano a lo largo de los quince capítulos que lo componen (uno por cada año que Verdú ha pasado dando tumbos por países que se desangran), tornando sus páginas en crónicas lacerantes, necesarias y estremecedoras.

Esta mujer, que está siendo ingresada como paciente sospechosa de Ébola, tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Será víctima del virus, sí, pero también de una epidemia igualmente mortífera que se extiende por la República Democrática del Congo: la del miedo. Fotografía: © Sylvain Cherkaoui.

La obra de Verdú es también un fascinante retrato del mundo de la ayuda humanitaria. La premisa de esta «industria» (si me puedo tomar la licencia de llamarla de este modo) es bien sencilla: asistir a las personas más vulnerables del planeta, como las víctimas de la guerra, la violencia, las epidemias o los desastres naturales. «Un enfoque de mínimos… salvar vidas y aliviar el sufrimiento». Sin embargo, pese a la aparente simplicidad de los objetivos, se trata de un ámbito cada vez más especializado, en el que —como reconoce el autor— «cualquier organización medianamente seria pedirá un máster en la materia, un mínimo de dos idiomas aparte del nativo y, lo más difícil, una experiencia previa que permita afrontar los retos de escenarios complicados». En ocasiones, estas exigencias, junto a las muchas otras fallas del sistema, dan pie a la proliferación de una cohorte de neohumanitarios que jamás han puesto un pie en el terreno. Mujeres y hombres vestidos con elegantes trajes de chaqueta que redactan sus informes desde pomposas oficinas en Ginebra o Nueva York. Neohumanitarios que nos hablan de la neutralidad, la imparcialidad y la independencia, pero que, contrariamente a Verdú, jamás entrarían en la prisión de Lurigancho en el Perú, o se patearían la selva colombiana, o estrecharían la mano de presuntos criminales de guerra en Darfur, o recorrerían el corazón de África en moto o avioneta. El autor de este libro no solo ha hecho todo lo anterior —y mucho más—, sino que mantiene siempre presente, recordándonoslo, el más primordial de los dogmas humanitarios, el que debería cimentar y regir cualquier acción, el que sustenta la propia etimología del sector: el principio de humanidad. Así, Verdú se adentra con nosotros en «las maquinarias del horror», en sus ponzoñosas tinieblas, y nos hace emerger de ellas siendo mejores seres humanos, hombres y mujeres menos ciegos a la realidad que nos rodea, incluso si puede que para algunos esta lucidez no sea más que el obscuro regusto de la buena literatura.

Literatura, sí. Porque este ensayo, este conjunto de parches humanitarios para mitigar las consecuencias de asesinatos, violaciones, masacres, pillajes, desplazamientos forzados, bombas, hambrunas y enfermedades, está escrito por alguien que sabe valerse de la realidad para construir un relato sobrecogedor, absorbente y eminentemente literario, plagado de personajes densos y dilemas morales. Las miserias son muchas, y leerlas produce esa curiosidad amarga (y a veces morbosa) que se siente al descubrir los crímenes de Santa Teresa narrados por Bolaño en 2666. El capítulo que Verdú dedica a México, titulado «Las bestias», es un excelente ejemplo de lo que se ha dado en llamar «facción» («facto»/«hecho» + «ficción»), un género que en España se asocia de inmediato al genial Javier Cercas.

La mirada de este transmigrante centroamericano se pierde en un entorno aparentemente inocuo —una estación de tren en México—, pero lleno de peligros: traficantes, secuestros, extorsión… en el mayor eje de migración del mundo: el que lleva al Mc-paraíso de los Estados Unidos. Fotografía: © José Luis Mitxelena / MSF.

Siempre me ha sorprendido (y no me cansaré de repetirlo) que los escritores de mi generación sigan empeñados en escribir novelas sobre la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial, postergando al olvido las decenas de conflictos que asolan el planeta en este siglo XXI que nos ha caído en suerte. En esas injusticias, las de ahora, es en las que deberíamos centrar nuestra atención. Verdú lo hace. Y lo hace, además, con pleno conocimiento de causa.

Lo último que uno piensa al cerrar las tapas de este libro es, quizás, lo más importante, a saber, que las historias que cuenta Verdú deberían ser lectura obligada para los ciudadanos del mal llamado Occidente. El epílogo interno de quien suscribe fue inequívoco, y ya lo esbozó Gonzalo Fanjul en las páginas de El País: deberíamos poner nuestras miserias (incluidas nuestras miserias políticas) en su justa perspectiva. Sí: en vez de empecinarnos en banalizar la realidad, o regodearnos en nuestros problemas primermundistas, en vez de salir a la calle con banderas de tal o cual ideología decimonónica, mi frontera, la tuya, deberíamos organizar manifestaciones para pedir que no haya más mujeres vendiendo su cuerpo con objeto de esquivar una muerte violenta o dar de comer a sus hijos, ni más enfermos ninguneados por la industria farmacéutica, ni más muros que separen a familias, ni más bombas que sesguen la vida de padres e hijos, ni más indigentes muriéndose de hambre, o de cólera, en un campo de refugiados, ni más presos en cárceles insalubres. Estas son las cosas que deberían preocuparnos, y cuyo conocimiento debería ayudarnos a construir un mundo mejor, a convertirnos en ciudadanos que luchan por proyectos colectivos que suman, en lugar de esperpentos andantes que se desgañitan en pos de individualismos ególatras que restan. Por suerte, aun cuando es un magro consuelo, muchos de los retos que nos aguardan han sido ya identificados por gente como Verdú. Están ahí, en la desgarradora aventura de Vidas en conflicto.

Panorama habitual en ciudades como Mogadiscio o Galkayo (Somalia). Junto al omnipresente fusil AK-47 o kalashnikov, un technical al fondo: vehículo civil equipado de forma «artesanal» con una ametralladora de gran calibre. Los intentos por dialogar en estos entornos alcanzan otra dimensión. Fotografía: © Juan Carlos Tomasi.


Fernando León de Aranoa: «El creador tiene que ser capaz de crear sin lastre en las alas de ningún tipo»

Fernando León de Aranoa para Jot 0

Licenciado en Imagen y Sonido por la Universidad Complutense de Madrid, Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968) es dibujante, exguionista de Martes y Trece, documentalista, escritor, productor, director de cine. Es un contador de historias que no entiende de formatos. Su sexta película es Un día perfecto, un viaje a la guerra de los Balcanes en el que retrata el trabajo de los cooperantes en zonas de conflicto. Esta entrevista se desarrolla en una cafetería cercana a las oficinas de su productora, Reposado, bautizada así por el tequila. Hoy bebe agua y no para de sonreír.

Tu última película es Un día perfecto, un largometraje sobre el trabajo de los cooperantes en zonas de conflicto, pero es una película que choca con el concepto de cine de guerra: no es una película oscura, no hay bombas, suena música rock… ¿Tenías necesidad de huir de los clichés del cine bélico?

Algo de eso hay, creo que hay muchos clichés que no me parece interesante repetir, sobre todo cuando sientes que tampoco se acercan del todo a la realidad. Dentro de estos trabajos que he hecho con cooperantes el primero fue en la guerra de Bosnia, en febrero o marzo del año 1995, cuando todavía estaba la guerra en marcha y visualmente uno de los recuerdos que tengo está en la película, que es esa luz tan brillante, ese contraste entre el azul del cielo, entre lo increíble del paisaje, el brillo de la luz y el color en contraste con todo lo dramático que estaba pasando allí. Ese contraste que no es habitual en películas bélicas me parecía más interesante, más fuerte, más chocante, y con el director de fotografía de la película, con Álex Catalán, hablamos de intentar llevar eso a la película.

También tiene mucho de road movie, ¿no?

Sí, tiene mucho de road movie porque es un cine que sale de la experiencia. He estado tres o cuatro veces en lugares así, te pasas la mitad del tiempo subido a un coche. Los desplazamientos son largos, las esperas son largas… Una de las ideas que tengo muy asociada al trabajo de los cooperantes es la espera. Hay mucho trámite administrativo, burocrático. En los controles militares, sean de organismos internacionales o sean de bandos locales, tienes que presentar salvoconductos, te tienen allí tres horas. A veces simplemente por el placer de tenerte allí esperando o por razones que no te explican, en esos escenarios nada está argumentado ni aceptado. Tienes que aceptarlo porque te toca. Pero es verdad que son elementos que no estaba acostumbrado a ver en las pelis.

La película está basada en Dejarse llover, una novela de Paula Farias que, además de escritora, es la responsable de operaciones de Médicos sin Fronteras en el Mediterráneo, alguien que conoce el trabajo de cooperante de primera mano. ¿Qué te dijo Paula cuando vio la película terminada?

Ella participó en el guion y chequeábamos con ella, también trajo algunas aportaciones que ya no eran de su novela, sino que procedían de otras experiencias suyas en conflictos. Digamos que teníamos a mano a la mejor fuente de información para decidir si algo era creíble o no. Vino la última semana al rodaje y luego vio la película casi terminada y el montaje y allí la discutimos… También era una reunión de trabajo. Sobre el resultado final le tendrías que preguntar a ella, pero yo creo que está contenta. Si no lo estuviera lo diría, lo tengo muy claro.

Un día perfecto está ambientada en los Balcanes, pero en realidad podría estar ambientada en cualquier parte del mundo…

Pretendía ser eso, un microcosmos donde están presentes todos los elementos de la guerra y donde domina algo que pertenece a cualquier conflicto: esa sensación de irrealidad, de falta de sentido común. Quería contarla como un laberinto en el que es fácil entrar, pero de donde es muy difícil salir. Y yo creo que eso sirve para casi cualquier conflicto armado. De hecho me lo planteé, dónde emplazar la acción, porque se podía desarrollar en cualquier otro lugar. En la novela de Paula aunque la acción varía, no es exactamente igual, el pretexto argumental es el mismo… Esa novela está ambientada en Kosovo porque es allí donde ella realizó su primera misión.

¿Y tú te la llevaste a Bosnia porque habías estado en Bosnia?

Sí, me sirvió para aportar cosas a la historia de mi propia experiencia. La película toma de la novela el principio, el final y algunos elementos en medio. Luego se separa, la novela era más reflexiva y yo quería que la película tuviera más acción. Hay tramas y personajes que no existen en la novela y es verdad que el hecho de trasladarla a Bosnia era por añadir cosas interesantes que yo había vivido, pero sobre todo porque a la hora de dirigir a los actores y al equipo en general la experiencia de haber estado te ayuda también a estar conectado con el material.

Al final tengo la sensación de que tienes la necesidad de llevarte las películas a cosas que has visto, que has vivido…

Yo creo que aunque sean cosas un poco ajenas como este caso, que aunque haya estado cuatro veces en conflictos no deja de ser una cosa ajena a mí, tienes que encontrarte en ella, tienes que encontrarte en el material que vas a filmar, encontrar una conexión para poder defender ese trabajo. Al menos a mí me pasa para poder hacerlo bien y defenderlo. Si me sintiera muy desvinculado del material que estoy rodando no sería capaz de dedicar tres años a una historia con la que no conecto.

La trama de la película gira en torno a la necesidad que tienen los cooperantes de sacar un cadáver de un pozo para que la población local vuelva a tener agua potable. ¿En una guerra el agua es un arma?

El agua es el primer objetivo de los conflictos armados, porque el agua es vida y sin ella no se puede sobrevivir. De hecho, esta práctica que cuenta la película de corromper el agua de los pozos con cadáveres o con animales es algo que viene de muy atrás y se practica en muchas guerras, también en las africanas. No deja de ser una guerra bacteriológica muy primitiva. Había una imagen que para mí era importante, que es esa imagen subjetiva del cadáver desde el fondo del pozo donde se ve el círculo de cielo y nubes como un objetivo que representa la esperanza de salir del pozo, no tanto para el cadáver sino para los cooperantes y para la gente que está viviendo esa guerra.

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Sin desvelar nada, en Un día perfecto los que no salen muy bien parados son los cascos azules de la ONU. ¿Qué papel juega la burocracia en un conflicto armado?

Los cascos azules y Naciones Unidas en la película son un obstáculo más en el trabajo que intentan hacer estos cooperantes. Pero en realidad para mí en la película forman parte de un paisaje, que es ese paisaje en el que es como si todo el sentido común estuviera corrompido, como si el eje de coordenadas estuviera desplazado y nada es como debería ser, como era antes de la guerra. Elementos como una cuerda o una pelota a los que la situación dota de otro significado. En Un día perfecto la pelota pasa de ser un juguete a un salvoconducto. Todo ese juego me interesaba mucho y viene condicionado por esa idea de explicar cómo todo el sentido común está trastocado, cómo la primera víctima del conflicto es el sentido común y la razón. Y dentro de ese microcosmos está también Naciones Unidas.

Después de haber hecho varios documentales sobre el trabajo de los cooperantes en zonas de conflicto, ¿por qué tenías la necesidad de rodar una película de ficción sobre el tema? ¿Te faltaba algo por contar?

La convicción no surge hasta que no leo la novela de Paula. Ahí encuentro una manera muy eficaz y muy eficiente de contar una historia que incluye todo lo que se vive ahí, las dificultades para hacer su trabajo. Sobre el absurdo que es al final una guerra. Sobre esas sensaciones que yo me había traído en el 95 sobre aquella guerra, que tienen que ver con confusión e irrealidad, con que todo es una especie de mal sueño. La gente que la vivió no sabía explicarla. Son sensaciones que creo que se encarnan en el relato de Paula y ahí es donde surge la necesidad de hacer la película.

Un día perfecto es tu sexta película como director, pero es la primera con un reparto internacional (protagonizada por Benicio del Toro y Tim Robbins) y la primera rodada en inglés. En el Festival de Cannes no convenció a la crítica. ¿Uno se prepara para que una película a priori muy ambiciosa no funcione?

Uno se prepara para todo, tú trabajas para el público, es aquello de los comercios pero con mucha mayor atención. Al final el que tiene razón es el espectador, que es para el que trabajas. Y del paso en Cannes, aparte de la première que fue el primer termómetro para la película, también es el momento en que la película empieza a viajar internacionalmente. La carrera comercial de la película en principio está asegurada y es grande. Empieza ahora. El único momento previo aparte de Cannes importante ha sido su presentación en Bosnia, en Sarajevo. Me parecía un lugar muy importante donde estar, yo siempre imaginaba el momento en que se proyectara allí, en enseñársela a la gente que había vivido esa guerra de los Balcanes. Es una especie de listón que te pones y quieres que a la gente que le afecta, que lo ha vivido, le resulte bien contado. Y fue un pase bastante espectacular, al aire libre y para cuatro mil personas. Entraron muy bien en la película, se rieron con ella. Me dijeron que tenía un sentido del humor bosnio, cosa que me recordó a la primera secuencia de la película y les dije que creo que su sentido del humor y el nuestro se parecen. Algo que ya pensé cuando estuve allí hace veinte años, seguramente porque somos pueblos con un origen similar, de mezcla de culturas. Y la acogieron con muchos aplausos.

Te voy a leer una crítica que se ha publicado sobre tu última película: «Está bien contada, pero le falta algo; huye del maniqueísmo, pero me resulta fría; dispone de muchos elementos y situaciones para conmover, pero la veo y la escucho distanciado. Es honrada, pero no brillante». ¿Sabes quién la ha escrito?

No tengo ni idea.

Carlos Boyero…

Pues no tenía ni idea, es posible que lo leyera en Cannes, pero no lo recordaba.

¿El cine español le tiene miedo a una mala crítica de Boyero?

No sé, no lo creo, la crítica es parte de tu oficio. Yo recuerdo que Boyero habló muy bien de alguna película mía cuando se estrenó, de Los lunes al sol, extremadamente bien incluso. Y es algo que celebras, pero yo creo que al final colocas todo en su sitio. Las críticas buenas y las malas. Si te crees mucho las buenas estás tan perdido como si te crees mucho las malas. Tú tienes también que seguir tu camino y recibir las cosas, no digo que ser impermeable a ellas, pero saber dónde colocarlas. Es como los premios, porque si no este puede ser un trabajo donde te zarandeen mucho, hay muchas fuerzas soplando en muchas direcciones y es bueno tener muy claro cuál es tu raíz. Recibir las cosas, escucharlas.

O sea, que tú no le tienes miedo a Boyero.

Miedo no. Si querías un sí o un no, la respuesta es no. Le tengo respeto a sus opiniones, me gusta leerle. Pero no le tengo miedo.

Fernando León de Aranoa para Jot 3

Si buscas Fernando León de Aranoa en Google en uno de cada dos artículos definen tu cine como cine social, ¿por qué no te gusta esa etiqueta?

En general tengo una lucha contra las etiquetas que sé que nunca venceré, contra esa etiqueta y contra cualquiera porque me parecen simplificaciones y yo no me encuentro cómodo dentro de ninguna simplificación, pero también te diré que aunque luche contra las etiquetas puestos a sostener una la de cine social no me parece mal en absoluto. Entiendo por qué es así. Pero más allá de ese retrato de lo social a mí me interesan mucho los personajes, hablar de personas, no de contextos sociales y me gusta mucho inventar personajes, que cobren vida y luego ponerlos en la pantalla. Y creo que ahí caben muchos otros temas que van más allá de los problemas sociales, incluso en películas como Los lunes al sol, que hablaba de un problema social como el paro, yo me reservo mucho el derecho a inventar, no me gusta quedarme pegado a la realidad, no me interesa. Para eso ya hay otros géneros. Yo creo que el cine tiene que trascender eso y formar un relato que se entienda dentro de veinte, treinta, cuarenta años… Y para eso la ficción tiene herramientas maravillosas que van más allá de lo inmediato, de lo social, de lo coyuntural. Cuando hablo de la realidad me gusta pisar el otro lado de la línea porque creo que en lo real hay mucho de surreal.

Hablas de crear un relato que trascienda y has hecho una película que habla sobre la prostitución como Princesas, una película que habla del drama del paro como Los lunes al sol, una película que habla de inmigración como Amador… ¿Tienes la sensación de que las películas de Fernando León de Aranoa podrían conformar el álbum de fotos de la España reciente?

No, de hecho siempre he creído que para que exista un álbum de fotos de la España reciente, el álbum de fotos en realidad o el mejor álbum no serían mis películas ni las películas de nadie. Sería el total de las películas que se producen, yo creo que al final difícilmente una película puede ser el retrato de una sociedad o de un momento que vivimos, sino que todas las películas que se produzcan ese año conformarán ese retrato, creo que al final no es tanto un retrato como un mosaico que conforman también las películas más comerciales, los thrillers, las comedias y también mis películas, claro.

Entre película y película siempre trabajas en documentales y no solo sobre temas de cooperación. Ahora mismo estás trabajando en un documental sobre Podemos, ¿la idea es vuestra o es Podemos quién os reclama?

Es un planteamiento nuestro que nace al terminar el rodaje de Un día perfecto, justo habían pasado las elecciones europeas y viendo lo que había pasado sentimos que era algo que podía llegar a coger tamaño, que era algo inimaginable y que un par de años atrás nadie habría pronosticado que iba a pasar. De hecho, yo me pregunté si alguien estaba contando eso y cuando me dijeron que no nos propusimos para contarlo nosotros. Empezamos a contarlo incluso antes de que se construyeran como partido, empezamos a grabar en verano de 2014, cuando todavía eran un movimiento.

En estos meses que lleváis grabando las encuestas se han ido desplomando para Podemos, parecen haber perdido fuerza en ese viaje de movimiento social hasta convertirse en un partido político. ¿Cómo se va a reflejar eso en el documental?

La intención de nuestro documental es documentar todo ese proceso, todas esas fluctuaciones son parte del relato y eso es lo interesante. Todo lo que está pasando tiene de manera natural una estructura narrativa muy intensa, algo que nos ofrece la realidad y que ahora estamos siguiendo. Pensamos rodar hasta las elecciones.

Desde el principio les contamos que nos interesaban los momentos buenos y malos y nos interesan los actos públicos, pero sobre todo los momentos privados. Queremos mostrar la cocina, cómo se monta un partido político desde dentro. No queríamos mostrar la mesa puesta.

¿Conocías antes a los dirigentes de Podemos?

No, apenas… quizá algún cruce por el barrio de Lavapiés donde yo vivo y por donde hemos deambulado todos durante muchos años. Pero no, no los conocía.

Otro proyecto inconcluso es un documental sobre Joaquín Sabina, ¿esa idea nace más por la necesidad de contar algo o por lo que significa para ti?

Es un proyecto que aparece y reaparece como el Guadiana, y que vamos grabando en los huecos que encontramos, ahora mismo por desgracia está parado. A mí me gusta Sabina desde que era muy joven, lo escuchaba con dieciséis, diecisiete años, y después de hacer Los lunes al sol nos conocimos y ya era muy fan antes, pero después de conocerlo soy más fan aún, porque me gusta mucho y me cae muy bien, es un tipo de una generosidad enorme. Siempre estamos diciendo «deberíamos hacer tal cosa, tal otra» y al final nunca la hacemos. Este documental era un intento de hacer algo y ahí está, en algún momento lo terminaremos

Por si eso no fructifica, ¿en algún momento utilizarás una de sus canciones en la banda sonora de tus películas?

A lo mejor, pero es verdad que, hablando de la música en general y no solo de la de Joaquín, cuando las canciones son muy narrativas —y esto ocurre con las de Sabina, las de Springsteen o tantos otros— son muy difíciles de utilizar en una película porque están contando otra historia. Y eso es muy difícil de encajar en tu propia historia.

Hablando de narrativa, tú también escribes. Publicaste hace un par de años un libro de cuentos, Aquí yacen dragones (Seix Barral).

Y también escribo las películas, en realidad empiezo a hacer cine como guionista, que es en lo que trabajé muchos años. Luego ya empiezo a dirigir, aunque durante muchos años dije que no lo haría. Pero me gustaba mucho y me sigue gustando mucho el trabajo de escribir el guion sobre todo. Y junto con eso, en paralelo, he ido escribiendo relatos porque a la novela no solo le tengo mucho respeto, sino que hace falta mucho tiempo y hasta ahora no lo he tenido. Entonces he publicado algún libro de cuentos, pero la novela es algo que voy a hacer, que lo quiero hacer, estoy casi convencido. No me perdonaría no hacerlo.

Y ese libro, Aquí yacen dragones, ¿te ha dado más o menos satisfacciones que una película?

Ese libro solo me ha dado satisfacciones, cosa que no se puede decir de las películas, pero ya solo por el proceso… Las películas en general son una lucha, el libro solo me ha dado satisfacciones porque se trataba de la parte más divertida, que es la de inventar, también tiene reescritura, pero por el tipo de piezas que son no tanto como una novela o una película. Y además es un libro que se recibió muy bien.

Fernando León de Aranoa para Jot 4

Ahora mismo tenemos una generación de gente del cine publicando buenas novelas. Hablo de David Trueba, de Manuel Gutiérrez Aragón… ¿Se os queda corto un medio como el cine y tenéis la necesidad de abordar otros formatos?

Siempre he pensado que no son oficios tan distintos. Hacer películas consiste en contar historias, lo más irrelevante es con qué lo hagas, que sea con un lápiz o con una cámara. Con lo que más disfruto es contando una historia y creo que al final tiene sentido, somos narradores también. Parece que por hacer cine estuvieras especializado en contar de otra manera, pero Trueba, Gutiérrez Aragón, yo mismo, somos guionistas, somos contadores de historias.

Sé que algunos de tus cuentos los has escrito en bolsas de mareo para los aviones; Nick Cave acaba de publicar un libro escrito en esas bolsas, ¿te ha dado eso alguna idea?

[Ríe] He visto lo de Nick Cave y me ha fastidiado, porque tengo yo alguno escrito de hace doce años… Cuando lo leí me hizo gracia, pensé «otro loco, otro zumbado que va en los aviones escribiendo en bolsas de mareo y el pasajero de al lado pensando “a este tipo qué le pasa”», que es un poco lo que a mí me pasa. Una vez, que creo que fue la primera vez que escribí en una de esas bolsas, hice el ejercicio de escribir qué escribiría si supiera que el avión se iba a caer, que me queda poco tiempo de vida. Era un cuentito que se llama Historias de aviones que se caen y era una ficción sobre las últimas palabras… Y en un ejercicio de escritura automática es lo que quise hacer, y la persona que estaba a mi lado lo vio y estaba un poco… Imagino que diría: «este tipo sabe algo que yo no sé».

En el último cuento de Aquí yacen dragones escribes: «No temas a las palabras, son como pequeños milagros».

En eso creo, hay una cosa en el libro que es muy particular, que empieza con una epidemia de palabras y termina con un diagnóstico. Para mí, dentro de lo anárquico que puede ser un libro como ese, intentaba que tuviera una cierta estructura por debajo. Y es verdad que es un libro que habla de las palabras y que las cuida mucho, yo las he cuidado mucho e intentado elegirlas al escribir. No ponerlas, sino buscarlas. Y al final en ese último cuento era importante dar esa imagen de las palabras. Al final habla de la comunicación, de lo importante que es explicar las cosas y ese miedo que le tenemos a veces a explicar lo que sentimos.

Y eso que dice la Wikipedia de que fuiste guionista de Martes y Trece, ¿es verdad?

Todo cierto… Y aquello era, como te puedes imaginar, muy divertido. Son esos comienzos escribiendo como guionista, empecé muy pronto y lo hice escribiendo para Martes y Trece, de hecho empecé en Un, dos, tres… responda otra vez y justo a la vez con Martes y Trece y era muy divertido. Para mí fue una escuela fantástica, yo tenía veinte años y era un poco la mascota del grupo de guionistas. Estaba recién llegado y me divertía mucho. Aparte, trabajar con Ibáñez Serrador o con Millán Salcedo era muy interesante. Aprendías mucho.

¿Ese humor de Martes y Trece está presente en tus películas?

Yo es que siempre he escrito mucho humor, sobre todo en esa época. Lo que te pedían en la tele era eso. Luego empecé a hacer cine y escribía guiones por encargo y la mayoría de lo que se hacía en aquel momento era comedia, escribí mucha comedia. Es verdad que no era exactamente lo que yo quería hacer, porque no quería hacer género. Así que cuando yo empecé a dirigir empecé a mezclar otros géneros, pero también está presente el humor. Y seguro que algo ha influido.

Tú hablas de la televisión como una escuela, pero ¿por qué se ha denostado tanto el medio? ¿Es culpa de la propia televisión, del público…?

No lo sé, supongo que también estaba denostada en aquella época. Al final es un medio de comunicación de masas y eso es como cuando haces esas películas que dicen que están dirigidas al gran público. Eso obliga a veces, la tele obliga teóricamente a bajar el estándar porque no se tiene fe en el espectador. Está esa gran duda de cuando se dice «es que la gente no quiere ver eso», a mí eso siempre me hace mucha gracia cuando lo escucho en una reunión porque pienso «qué sabrás tú lo que quiere ver la gente». No sé, en realidad la pregunta es si haces la televisión que quiere ver la gente o si tú formas a la gente haciendo ese tipo de televisión. Entonces yo creo que es un debate interesante y confío mucho en la inteligencia del espectador y creo que hay que hacer cosas, tanto en televisión como en cine, bajo la bandera de que sean accesibles pero que no sean cualquier cosa.

¿Tú harías televisión ahora mismo?

Por qué no, a mí me gusta mucho la ficción. Si encontrara la historia perfecta para hacerla en televisión, por qué no… No digo yo que no a casi nada, me gusta mucho experimentar y probar cosas. Cuando con veinticinco años me voy a Bosnia a hacer un documental no digo que no tampoco y nunca había hecho documental. Tengo un poco ese impulso como guionista, como contador de historias tienes que probar cosas.

Ese espíritu zascandil que te lleva, y volvemos a lo mismo, a romper clichés…

Yo creo que lo más aburrido que puedes hacer es hacer una película convencional. Es mejor hacer una mala película que una película convencional, mejor es hacerla buena y no convencional, por supuesto. Pero creo que contar una cosa que ya se ha contado cien veces o hacerlo de una forma que ya se ha hecho antes es algo que no me interesa, para eso prefiero irme a mis dragones y escribir cuentos tranquilamente. Pienso sobre todo en el cine, porque hacer una película es un esfuerzo de años, les dedicas dos o tres años y tienes que invertirlos en hacer algo que te interese.

Fernando León de Aranoa para Jot Down

Películas, documentales, libros de cuentos… Y todo esto es porque llegaste un día tarde al examen de ingreso en Bellas Artes, ¿no?

Bueno, eso tiene mucho que ver, seguramente ahora estaría haciendo otra cosa más relacionada con el dibujo que es lo que me gustaba hacer. Y pasé a perder la oportunidad de entrar en Bellas Artes porque llegué tarde al examen, efectivamente, pero no fue culpa mía, me dieron mal la fecha de ingreso… Yo llegué con mis carboncillos y mis papeles y mis cosas y me pasé un verano completo dibujando figura humana, y cuando llegué ya había sido el examen. Y dije «¿entonces ahora qué hay?», y me dijeron «cine», bueno, Imagen y Sonido. Y empecé a estudiar esa carrera. Y es verdad que tampoco es que en ese momento fuera lo que más me interesaba en el mundo, pero hice un taller de guion de tres semanas fuera de la universidad en el que daban clase tres grandes guionistas como Joaquín Oristrell, Manolo Machi y Lola Salvador, que son un poco a los que yo considero mis padres profesionales. Y en ese taller tuve una especie de flechazo con la escritura y empecé a escribir un poco con ansiedad, tratando de recuperar el tiempo perdido. Pero seguí dibujando, de hecho trabajé cuatro años en una agencia de publicidad como dibujante, haciendo ilustración. Pero en cuanto sentí que empezaba a trabajar como guionista, en esos programas como Martes y Trece, que tenía un trabajo y podía permitírmelo, pues dejé el dibujo.

¿Haces los storyboards de tus películas?

Los he hecho, sí. No siempre completos, el de Princesas sí. En Un día perfecto, por ejemplo, solo he dibujado diez o doce secuencias, pero sí lo hago yo.

¿Y con un libro de dibujos o un libro ilustrado no te atreves?

Fíjate que eso no, si escribo yo prefiero que otra persona lo interprete. Me parece más interesante. Aparte de que hay ilustradores buenísimos y no me veo yo con esa capacidad, lo que me encantaría es, si eso sucede, contar con otra persona.

Sabina hace libros ilustrados, igual es vuestra oportunidad de confluir por fin.

No lo sé, no lo sé… Pero lo entiendes, ¿no? Si escribes tú algo lo interesante es que alguien dé otra perspectiva, lo que tengo claro es que sería muy endogámico ilustrarme a mí mismo.

¿Por qué tenemos la necesidad en España de que la gente de la cultura se signifique ideológicamente?

Yo no haría esa generalización.

Te lo pregunto de otra manera: ¿Tú crees que la gente de la cultura tiene que posicionarse ideológicamente?

Yo no creo que nadie tenga que hacer nada que no quiera, eso lo primero. Uno debe hacer lo que quiera hacer. Del mismo modo que tampoco habría que prohibírselo, a veces está esa tentación de decir: «los del cine no deberían expresar sus ideas políticas», me parece una aberración tan grande como lo contrario. Hay un escrito de Cortázar que define esa idea de maravilla, habla de que el creador tiene que ser capaz de crear sin lastre en las alas de ningún tipo, no adquirir compromisos que no quieras o que no seas capaz de cumplir. Siempre he dicho que mi primer compromiso es con mi trabajo, con mi oficio, que es la ficción, y creo que una película tiene que apelar a la emoción del espectador, tiene que agarrarle por algún sitio, emocionarle, hacerle reír, hacerle pasar miedo, llorar… Esa es la base, si no tienes eso ya puedes contarle cosas de política que no vale para nada.

Entonces digamos que son dos ámbitos distintos: uno es tu trabajo y el otro es lo que tú opines como ciudadano, lo que quieras decir.

Fíjate que para mí es indisociable. Lo que tú haces, lo que tú escribes, es tu forma de ver el mundo y cómo piensas es parte de cómo ves el mundo. Es eso que decía Chéjov de que el autor lo que tiene que hacer no es contar las cosas como son sino como él las ve y al final eso es inevitable. Y de hecho yo, en general, siempre he querido expresar más mis ideas a través de mi trabajo que en una entrevista, por ejemplo. Me siento más cómodo haciéndolo en mis películas o en mis cuentos.

Pero hay momentos como la gala de los Goya de 2003 —en la que tú triunfaste con Los lunes al sol—, que se convirtió en un acto de reivindicación política contra la guerra de Irak.

Hay momentos que son así, sí. Que sientes las ganas, la necesidad o lo que sea de expresar lo que piensas y lo haces y no creo que nadie deba limitar eso. Pero es curioso que me preguntes si sentimos esa necesidad de identificar ideológicamente cuando en esta entrevista tú me has hecho varias preguntas sobre política. En realidad es un poco qué genera qué, creo que los medios son muy dados a preguntar ese tipo de cosas, filiación política… El otro día me llegaron a preguntar que a quién iba a votar y eso es un descaro, no me parece muy profesional. Creo que también son los medios los que tiran del hilo, yo no te habría sacado el tema y te habría dicho «por cierto, quiero añadir una cosa sobre la situación política en España», pero tú me preguntas por ella y yo contesto.

En Un día perfecto trabajas con un actor muy comprometido como es Tim Robbins, ¿cómo llegaste a él?

Tim Robbins llega a través de Benicio del Toro, se cruzaron en un aeropuerto y Benicio me cuenta que habían estado hablando de la película y entonces Benicio me preguntó a mí si yo consideraría a Tim Robbins para la película y me pareció una oferta de oro. A los veinte minutos le estábamos enviando el guion a Tim Robbins, yo todavía no me había acercado con el guion a nadie, no había hecho ninguna propuesta.

Tú insistes mucho en la idea de que tu cine es un cine de personajes; cuando escribes, ¿piensas en el actor que va a interpretar a ese personaje?

Intento no hacerlo y esto es deformación profesional de guionista, no piensas en los actores. Primero porque como guionista no te está permitido, son los directores los que luego eligen a los actores, y yo después de tantos años como guionista sigo pensando así. Y creo que es lo mejor, porque si escribes pensando en alguien y luego no quiere hacer la película o no puede hacerla no tiene mucho sentido. Y hay otro riesgo añadido, creo que cuando escribes para alguien corres el riesgo de escribir cosas que ya le has visto hacer antes muy bien, porque hay un actor que te fascina porque le viste hacer en una película algo que te encantó y es muy fácil caer en la tentación de escribir eso mismo o algo muy parecido para ese actor. Es decir, buscar un registro en el que ya le has visto hacerlo muy bien. Lo mejor es hacer tu propia historia.

Cinematográficamente hablando, ¿te han dado muchas calabazas?

Algunas, algunas… por supuesto. Un día perfecto es de las películas en que menos.

Fernando León de Aranoa para Jot 6

Tú has escrito guiones para otros, pero ¿dirigirías el guion de otro?

Yo creo que eso me costaría hacerlo, no digo que no. Igual pasaría por ese proceso de hacerlo tuyo, ver en un guion algo que te interesa pero que no es como tú lo contarías y rehacerlo, reescribirlo trayéndolo un poco a tu terreno. En realidad lo ideal sería encontrar un guion perfecto, rodarlo sin tocar una palabra. Pero sí, me cuesta imaginarme rodando material totalmente ajeno.

Escribes las películas, las diriges, controlas hasta el cartel de la película. ¿Es la promoción lo más agotador?

Es cansado, pero yo me divierto. Al final cuando haces una película estás tres años de media contando la misma historia y estás obligado a reinventar constantemente la pasión por la historia que estás escribiendo. No es un trabajo creativo por destello, es un trabajo creativo por resistencia, somos más corredores de maratón los que hacemos películas, frente a los corredores de cien metros lisos que son los que hacen canciones y en tres minutos ya lo tienen. Nosotros estamos alumbrando durante tres años y eso te obliga a reconectarte con la historia, a tener que volver a enamorarte de ella.

¿Y te has desenamorado de algún guion después de mucho tiempo tratando de conectar con él?

Tengo algún guion que he dejado. Me viene a la cabeza una historia concreta que he escrito como diez veces y que he dejado no tanto porque me haya aburrido, me enamora mucho la historia, pero no he encontrado la mejor manera de contarla en un guion. Y esto es un clásico pero seguro que en algún momento la retomo o se la doy a alguien, que es algo que no he hecho mucho, pero tal vez sea la manera, dársela a alguien que puede encontrar la llave, la manera de cómo entrar.

Tu próximo proyecto es una película sobre el narcotraficante Pablo Escobar en la que te reencuentras con Javier Bardem. ¿Qué se puede contar ya de esa historia?

Se ha publicado que es un biopic, pero no lo es. Hemos decidido contar un periodo amplio de su vida pero no es un biopic. Es pronto porque estoy reescribiendo el guion y los planes son hacerla ojalá el año que viene. No se puede contar mucho porque no tiene forma, más allá de que es algo que queríamos hacer Javier y yo hace tiempo. Es algo de lo que hemos hablado desde que hicimos Los lunes al sol, un proyecto que nos apetecía hacer juntos.

Y es un guion escrito pensando en quién lo va a interpretar, pudiendo caer en esos vicios de los que hablabas antes…

En este caso sí, pero aquí hay otra figura que manda mucho en la historia que es don Pablo Escobar, con lo cual no tiene tanto problema. Pero tienes razón que no es lo mismo que cuando haces un personaje en el aire, que te lo puedes llevar donde quieras. Aquí está el personaje real.

¿A partir de ahora vamos a ver a Fernando León de Aranoa rodando en inglés o en castellano? ¿Un día perfecto, rodada en inglés, marca un punto de inflexión?

Escobar aún no sé si se rodará en castellano o en inglés. Dependerá un poco de la historia, pero me gusta mucho rodar en español. Además, yo no escribo en inglés. El guion de Un día perfecto lo escribí en castellano y después se tradujo. Trabajo con Toni, que es un gran traductor con el cual puedo trabajar después mano a mano. Yo me siento más seguro reescribiendo un guion ya traducido al inglés que escribirlo directamente en inglés. Prefiero escribir en castellano porque puedo ser más preciso y luego que un buen traductor haga su trabajo.

Con Bardem vas a repetir, pero si en la próxima carta a los Reyes Magos pudieras pedir un actor con el que trabajar, ¿qué nombre escribirías?

Hay muchos actores muy buenos. Pero por decirte uno, Marion Cotillard me parece una actriz increíble y me gustaría trabajar con ella, supongo que es difícil. También Jake Gyllenhaall. Decir dos es una lástima.

Una mente tan creativa como la tuya, que no para de trabajar, que incluso tiene el impulso de escribir en bolsas de mareo, ¿cómo consigue desconectar?

La verdad es que depende del momento, por ejemplo este último año ha sido muy difícil desconectar, y tienes razón en eso de que uno ve un posavasos o una bolsa de mareo y se pone a escribir, y no es sano. De hecho, me gusta conducir porque me ayuda a relajarme, me gusta escuchar música también. Y desde luego lo mejor para sacarme de mis historias es meterme en otras historias, leer o ver cine. Pero es cierto que cuando estás muy metido en algo la historia tiene que ser muy buena para que tire de ti. Ahora estoy leyendo a Nabokov, que sin duda lo consigue. Julio Ramón Ribeyro es un cuentista que me encanta y que me permite leerle en momentos sin adquirir el compromiso de una novela. Me gusta también Richard Ford, una novela como Canadá.

Fernando León de Aranoa para Jot 7

Fotografía: Lupe de la Vallina


Alberto Rojas: Mis monstruos favoritos

Mis monstruos favoritos

Mercado de Kitoga, en las montañas de Haut Plateaux, República Democrática del Congo, sobre las 12 de la mañana un día de octubre de 2011. «Hace una semana se liaron a tiros en este lugar, así que ni una puta broma», nos dice a Fernando y a mí el guía y traductor. «Y haced el favor de guardar las cámaras». Bajamos la ladera de la colina y vemos los tenderetes de madera a lo lejos, casi vacíos. De un lado vemos a unos cuantos adolescentes armados. «Son de la milicia Mai Mai. Allí enfrente tenéis a los chicos del FDLR», y el guía señala un grupo de gente mirando a medio kilómetro de distancia. FDLR, o sea, Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda, o sea, los hutus de las milicias Interahawe que mataron en 100 días de la primavera de 1994 a 800.000 tutsis, y que malviven aquí, en estos mismos bosques. Pocas mujeres, algunos niños, ninguna sonrisa. Sobre todo hombres en un mercado dominical, con el Kalasnikov sin seguro y canana llena de balas como morcillas. «Con los Mai Mai tened cuidado, pero a los ruandeses ni los miréis. Aquí comienza su territorio».

¿Pero cómo no los vamos a mirar? El grupo armado más infame del este del Congo, con un historial de violaciones y matanzas solo a la altura de los Jemeres Rojos, las SS o los escuadrones de la muerte en El Salvador, está delante de nosotros. Claro que vamos a mirarles. Yo al menos no hago otra cosa. Pero culebreamos entre los puestos con la sensación de que son ellos los que no nos quitan los ojos de encima. A alguien se le ocurre comprar caramelos para los niños que nos siguen. Eso relaja algo el ambiente. Me llama la atención uno de los FDLR, con un gorro de lana verde en la cabeza y parka militar. Es mucho más alto que los demás y, por su actitud dominante, parece el jefe. Cojo el paquete de tabaco que siempre llevo en estos sitios y le ofrezco un cigarro. Pilla todo el paquete, claro. «Venga, vamos que esto se va a animar», dice nuestro guía. Y nos piramos antes de que se monte la balancera.

Esa fue la primera vez que estuve en eso que llaman tierra de nadie, es decir, en uno de esos lugares donde la única autoridad es un rifle con balas y alguien capaz de dispararlo. Como en el Far West o en el Caribe del capitán Morgan, donde la ausencia de leyes y de gente para aplicarlas provocó el nacimiento de mitologías literarias como los piratas o la conquista del oeste. Es cierto que los señores de la guerra congoleños tienen mucho menos glamour que Toro Sentado o los corsarios de isla Tortuga, pero el contexto de impunidad y de vida al límite está también aquí, con su guerra por las minas de oro, borracheras épicas, raptos de mujeres, asaltos a las aldeas enemigas y uso y abuso de pociones mágicas. Son el general tutsi Makenga, criminal de guerra; el coronel Cheka, señor del coltán, responsable de 300 violaciones en cuatro días a las órdenes de su milicia Mai Mai; o Sylvestre Mudacumura, líder de los genocidas hutus ruandeses y por el que EE. UU. ofrece 55 millones de dólares por los crímenes que comete contra la población civil. Galácticos de la guerrilla en la selva, estrellas de la champions league en la no man land junto a los charlies vietnamitas o las FARC colombianas.

En el este de la República Centroafricana sobrevivía Yanik. Él se ofreció a contarnos cómo había sido capturado por el Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony y cómo aquella experiencia le había marcado de por vida. Era solo un niño, pero le obligaron a comerse a cuatro o cinco de sus compañeros, a matar a bebés recién nacidos, a violar a mujeres. Su vuelta a la vida cotidiana, según reconocía, era ya imposible. Estaba haciendo terapia, pero durante dos años la muerte para él había sido una forma de vida. Estaba en su mano decidir quién vive y quién muere y no le temblaba el brazo a la hora de aplicar su ley. «Cuando me enfado tengo ganas de matar, y eso puede pasarme varias veces a la semana». Cuando terminamos la entrevista, Raquel verbalizó algo en lo que yo no quise ni pensar: «¿Y si este tipo se enfada con nosotros y quiere liquidarnos esta noche?». Debimos caerle bien, porque las paredes de cañizo de la casa de Médicos Sin Fronteras en Zemio no hubieran sido problema para que Yanik viniera a trocearnos con un machete. Ese era su territorio. Y en su territorio los hombres como él matan a cuchillo y luego limpian el filo con la lengua como si fueran el conde Drácula.

La historia de Kony es tan vieja que aún le crece el pelo, pero no hay quién le ponga el punto y final. Un señor de la guerra con casi 60 años sobreviviendo en la jungla a cinco ejércitos persiguiéndole, incluyendo el estadounidense, secuestrando niños, con un séquito de 60 esposas y una fama de hechicero loco que le ha dado un aura de inmortal.

Yanik nos enseñó una cicatriz en el brazo donde Kony había vertido una especie de aceite mágico que hacía que se comportaran como animales en los asaltos de conmoción y espanto. Todos los miembros de su milicia llevaban esta marca igual que los presos de Auschwitz llevan números tatuados. Ahora su presente es buscar trabajo en un estado fallido, intentar comer a diario, integrarse en la nada. Pero Yanik nos confiesa que no estaría tan mal que Kony volviera a capturarle. «Vivir en la selva no estaba tan mal. Había comida, alcohol, mujeres». La vida pirata, la vida mejor.

Aunque si se habla de warlords y tierras sin ley hay que hablar de los somalíes. El islamismo radical ha hecho del cuerno de África un vertedero maloliente con hedor a Yihad y a animales muertos. Allí mueren de hambre miles de personas y allí, entre sus ruinas, administran la miseria los jefes de los clanes, los tipos más corruptos e inhumanos que uno haya conocido. Si toda la energía que han puesto en 20 años de guerra la hubieran canalizado de otro modo, Somalia tendría luz eléctrica para los próximos siglos.

Recuerdo a los chicos del clan Daroq, que controlaban el casco viejo de la capital, mascando la hoja de kat al atardecer, esa droga de efectos similares a la cocaína, dicen. Solo que estos no estaban eufóricos, sino sentados frente al mar, tranquilos, saludando al periodista blanco con educación exquisita mientras sus compañeros descargaban el pescado, todos con su arma a la distancia de su brazo. No vaya a ser qué. No hay que dejarse engañar. Son los mismos que violarían y matarían a una mujer blanca y luego pondrían precio a su cadáver. Cosa que ya ha sucedido. Son los mismos que asesinan sin escrúpulos a cualquiera que ose discutirles el negocio del puerto, el cobro de comisiones, la piratería del Índico, los vertidos químicos pactados con la camorra, la venta de camellos a Yemen, el pago puntual de los secuestros. De vuelta al hotel, atravesamos el checkpoint de los tullidos, una barrera en la que los mutilados de guerra intentan sacar algo para sobrevivir a los incautos que atraviesan Mogadiscio.

Aunque mis monstruos favoritos, los pobladores de las pesadillas que me llevaría a una isla desierta no son ni los hutus del machete ni los somalíes, ni siquiera Kony y su chamanismo asesino. En mi último viaje al Congo me hablaron de unos tipos muy curiosos: los profanadores del Raïa Mutomboki, literalmente, «los ciudadanos indignados». Lo de volverse loco viene en la letra pequeña del contrato de la guerra, pero lo de estos tipos es demasiado. Este grupo, de reciente aparición, sin agenda política alguna y formado por civiles, ha conseguido armas para combatir a todas aquellas milicias extranjeras que operan en el este del Congo, que no son pocas. Lo que pasa es que estos tipos se han convertido en fundadores del club de fans del holocausto caníbal.

Hace poco me contaba un miembro de una ONG que tuvo que negociar con ellos algunas pinceladas sobre su brutalidad. Cortadores de cabezas, destripadores, violadores de mujeres, de hombres, de niños. Profanan las tumbas, celebran rituales con los cuerpos, atacan a civiles con una furia apocalíptica. En Occidente nos escandalizamos porque unos soldados orinan en el cadáver de sus enemigos, algo tan antiguo como la guerra de Troya. En el este del Congo pueden obtener un extenso catálogo de espantos, pero en la selva no hay Youtube.

Son tipos que juegan a montar su propio congoleño por piezas, el horror de Kurtz hecho milicia. Beben un licor mágico que, según dicen, les hace invisibles, así que los chicos de Médicos Sin Fronteras tienen que hacer como que no les ven cuando les esperan en un control de carretera. La orden es «no les miréis». Y pasan de largo. Ahora, estos profanadores combaten con dureza al FDLR, los hutus del machete. «Si algún día te los encuentras», me dice el cooperante, «no les des la mano. Creerán que quieres robarles su fuerza».

Fotografía: Alberto Rojas


Marie Elene y el ejército fantasma

Amanece en el kilómetro cero de África. La lluvia, que siempre es un buen presagio, nos despierta al golpear con fuerza el techo de chapa. Hora de ducharse con un cubo de agua calentada al fuego, tomar un café bien cargado y subir al Landcruiser con las chicas de Médicos Sin Fronteras, que ya llevan un buen rato despiertas. El pequeño hospital al que vamos se levanta en medio de la selva como una caja azul cielo, un lugar que aquí marca la diferencia entre vivir o morir de algo que en España se trata con una pastilla.

Uno de los dos niños desnutridos de la etnia Peul, cuya leyenda dice que pueden cambiar de sexo varias veces en su vida, ha muerto al salir el sol, según nos dice Florentina, la doctora austriaca. La niña, en cambio, está cada vez mejor. Marie Elene, que ya nos saluda por nuestro nombre, le prepara un caldo a su madre enferma en una pequeña hoguera. Yeda, una niña de 11 años, acaba de llegar de una larga caminata con su hermano y ya espera a ser atendida mientras le hago unas fotos a su peinado. Jean de Diem lleva ya un buen rato trayendo niños al mundo en su maternidad y Costance, una guapa soldado con una herida de bala en la pierna, hace esfuerzos por ponerse de pie. Una mañana cualquiera de un día cualquiera.

Aunque nadie lo dice, todos ellos tienen algo en común: son víctimas de un horror sin nombre. “Tongo tongo“, lo llaman. Literalmente, en sango, significa “Mañana, mañana” o “Al amanecer”, por la hora en la que perpetran sus ataques. Son la milicia invisible de niños secuestrados, el Ejército de Resistencia del Señor. Ninguno de ellos lo nombra, como si fuera un mal espíritu al que no conviene convocar. Pero lo que hay ahí fuera es la armada apocalíptica de Joseph Kony, “El chamán del Nilo”, el hombre más buscado del mundo. Le preguntamos a la soldado Costance, ahora solo una adolescente desarmada, qué recuerda del ataque de hace tres días. No levanta la cabeza del suelo, avergonzada. Cuando le preguntamos si es posible que capturen a Kony esboza una sonrisa nerviosa. “¿Cómo vamos a cogerle? Él está ahí, en la selva, ahí él es el rey. Siempre va por delante de nosotros”.

Aquí todos saben que venimos buscando testimonios de víctimas de ese “Tongo tongo” que todos temen. François Beda, de MSF, nos acompaña a la periodista Raquel Villaécija y a mí en las entrevistas. Jean de Diem habla de un ejército al que las balas no le tocan, seres sobrehumanos que nunca mueren, fantasmas ocultos en la selva contra los que ningún país puede combatir. “¿Por qué creéis que nadie ha sido capaz de capturar a Kony?” “Él no es como nosotros. Él oye rumores, intuye los movimientos del resto de ejércitos. Jamás podrán encontrarle”. No lo dice un campesino inculto, sino un enfermero con estudios universitarios en la capital, Bangui. Lo repetirá después Aminata, una doctora tuareg procedente de Níger: “Vosotros los europeos no creéis en todo esto, pero hay cosas que no pueden explicarse”. Y se encoge de hombros. “Recuerdo a un criminal llamado Angelo que, como Kony, tomaba pociones mágicas. El ejército centroafricano rodeó su casa, él se negó a rendirse y comenzaron a disparar. Horas después, entraron en aquella vivienda. No había nadie. Angelo escapó como un fantasma. Hoy se pasea por el pueblo a la vista de todos”.

Marie Elene, la sonrisa de Zemio, habla con nosotros cuando termina la comida familiar. Nos cuenta cómo ella llegaba a su aldea cuando escuchó disparos. Desde su escondite en un árbol vio como quemaban todas las chozas, sacaban a la gente a culatazos y secuestraban a unos cuantos niños para que llevaran toda la comida que habían robado, entre ellos uno de sus hermanos. “Nos robaron todo. Hablaban en un idioma extraño y eran muy violentos. Al que se negaba a cooperar lo mataban al instante. Desde entonces ya no podemos vivir allí”. Ella, como el resto de 10.000 refugiados que se arraciman en torno a ese pequeño lazareto y la mínima protección que ofrecen los chancleteros soldados centroafricanos, solo quieren que alguien atrape al chamán que bebe agua de las colinas sagradas, el que se esconde en la selva, secuestra a niños, camina 80 kilómetros diarios, habla más lenguas que el diablo y sobrevive a los ataques de cuatro ejércitos de cuatro países distintos. “La gente dice que toman algo que les hace inmortales”, dice Marie Elene. Y recuerdo lo que me contó nuestro amigo Elvis, de Médicos Sin Fronteras, sobre los niños soldado en Liberia: “Primero les hacen una herida sangrante en la cabeza y les echan el brown sugar, es decir, una mezcla de cocaína y pólvora. Así la droga llega antes al cerebro. Luego les dan a beber alcohol pero les dicen que es una bebida mágica. Uno de los comandantes coge un arma con balas de fogueo y dispara un cargador entero contra los niños para hacerles creer que han quedado bendecidos por el conjuro”. Espera, Marie Elene, no te vayas todavía. Ponte ahí, que te quiero hacer una foto. Si, delante de esa pared roja como la sangre. Click.

Al caer el sol nos retiramos con la sensación de tener cerca el espíritu de Kony, cuya presenta tangible en las suaves colinas que rodean Zemio ensombrece una de las zonas más aisladas y bellas de África. El corazón, nada menos. Y recuerdo las palabras de Jean de Diem. “Él lo ve y lo oye todo”. Al día siguiente, cerca de la frontera con el Congo, hemos quedado con otro grupo de víctimas. Mujeres violadas, viudos, huérfanos. Y Yanick. Pero es que Yanick es otra historia.


Alberto Rojas: El segundo gol de Iniesta

Nació en una tormentosa noche de verano, como son casi todas las noches de verano en el kilómetro cero de África. Tanto calor se acumuló durante el día 11 de julio de 2010 que el crepúsculo fue pura pirotecnia eléctrica. Andrés Iniesta recibía el balón ante el portero holandés en Johannesburgo mientras la matrona tiraba del niño. Fue gol. Su llanto llegó casi en la total oscuridad, en la pequeña maternidad de Batangafo, en República Centroafricana, casi frontera con Chad. Jean, que se confiesa madridista, estaba viendo el fútbol en la única tele del pueblo. Le llamaron porque su mujer había alumbrado a su bebé, así que salió corriendo al hospital. Cuando vio a la criatura, le puso el nombre del goleador de aquella noche. “Iniesta”, le dijo a la madre. “Le llamaremos Iniesta”. Iker Casillas levantaba la copa del mundo y en ese mismo instante, pero sin confeti, Jean levantaba a su hijo, a miles de kilómetros de allí. Fue bajo el cielo más estrellado que puedan disfrutar los hombres. Iniesta de mi vida.

Dos años después de aquello, el niño anda enfermo por una malaria de la que se recupera a pocos metros de la sala donde nació. A media tarde, entre un bullebulle de risas y saludos, las madres salen a preparar la cena, que constituye el único plato del día por estas tierras. No es que sean pobres. Se es pobre cuando se ha sido pudiente y tienes un listón para medir tu propia miseria. Pero aquí la pobreza es igual para todos y no hay más referencias que las del vecino, que cena a tu lado insípida mandioca, un simple quitahambres.

Al día siguiente Iniesta juega bajo la mosquitera, que dignifica el vulgar camastro como un velo blanco a una novia fea. Es señal de que se recupera, que las medicinas que le proporciona la gente de Médicos Sin Fronteras están haciendo efecto. Dentro de este hospital de los milagros la gente permanece ajena al último desarme del enésimo grupo rebelde, que entrega las armas a la ONU a 30 dólares por cada AK47 en una población y compra tres por ese precio en el pueblo de al lado. Pero de eso nadie parece saber nada y a nadie parece importarle. Hay pico de malaria y eso significa 600 niños ingresados en pediatría, unas camas junto a otras y dos tiendas supletorias en el exterior con olor a camarote de tercera clase. El perfume a tierra mojada vuelve a inundarlo todo. Y de nuevo el sonido de los truenos se mezcla con el llanto de un niño que abre sus ojos en este olvidado rincón del planeta mientras que otros padres siguen viendo el partido de fútbol en la única tele del pueblo.

Fotografía: Alberto Rojas


Alberto Rojas: Ulises nació en Camerún

“Si quieres conocer mi historia, vas a necesitar muchas libretas como esa”. Bertin apoya la cabeza sobre el respaldo y suspira. Cierra los ojos durante unos instantes, como si necesitara todas sus fuerzas para palpar en la oscuridad de su memoria. Y comienza como comienzan las grandes novelas: “Ya era adulto para buscar una vida mejor”. Se acerca una tormenta eléctrica por el horizonte de Batangafo, República Centroafricana, y Bertin sube su radio con la que escucha las noticias de Camerún, aunque de su multibandas solo sale un chisporroteo inaudible y, de vez en cuando, una voz telefónica en francés que va y viene como una psicofonía. “¿En serio quieres que te lo cuente todo?” Si, claro que quiero que me lo cuentes todo. Estamos en el corazón de África, es de noche, ya no hay luz ahí fuera, tenemos tiempo.   

“Salí de mi casa en Yaundé hace ya más de ocho años. Era miércoles. Viajé hasta el norte de Camerún en tren y desde allí pasé en autobús hasta el sur de Nigeria. Del sur de Nigeria hasta la ciudad de Kano fui en coche. De allí también por carretera a Níger. Pasé la noche en Maradí y luego fuimos hasta Agadez. Todo eso en una semana. Y en Agadez empieza la auténtica aventura”. No le gusta contar lo que viene a continuación. Por eso lleva tres días esquivándome en el hospital, porque no quiere revivirlo.  

“Agadez es un cruce de caminos para la inmigración subsahariana, el tráfico de drogas y armas y las mafias de la prostitución, que usan esa ruta para llevar a grupos de mujeres desde Nigeria. En ese viaje te cruzas con mucha gente. A algunos vuelves a verlos, a otros ya no los verás jamás”. Y vuelve a cerrar los ojos. “Subimos a un camión grande lleno de gente y mercancías hacia Durku, en el macizo del Teneré, bajo un calor del infierno”. ¿Cuál era el destino? “El destino siempre fue Libia, pero el camión nos dejó tirados en el desierto, en medio de ninguna parte, y se dio la vuelta. Una condena a muerte en un lugar sin agua, sin pozos, sin sombra. Tuvimos que caminar nueve días hasta la primera población más allá de la frontera Libia”.

¿Cómo se sobrevive a nueve días caminando por el desierto? “Tienes que beberte tu propia orina. La mayoría no sobrevive.  Comenzamos a caminar 34 personas pero no sé cuántos llegamos. El guía dejaba atrás al que no podía caminar porque ponía en peligro al resto. El que queda atrás muere”. ¿Por qué te cuesta tanto recordar todo esto? Tu historia acaba bien… “No, puede que mi historia acabe bien, pero no la de muchos que viajaron conmigo. Esas mujeres, las que iban destinadas a la prostitución, por ejemplo, sufrían graves maltratos de sus captores, las violaban, las dejaban embarazadas y, cuando nacía el niño, se lo quitaban de sus narices, le retorcían el cuello y lo mataban. Sí, eso es lo que hacían. Yo lo vi”. 

Tilleri, la primera ciudad Libia, escondía como un tesoro un vaso de agua para cada uno de los viajeros. Y a seguir la ruta: “Una de las mafias nos metió en un coche hasta Saba. De los 34 que salimos de Agadez, llegamos a ese punto dos ghaneses y yo mismo”. Bertin, explícame dónde dormías… “En la ruta vas encontrándote comunidades de viajeros de tu país. Hay redes de apoyo para cameruneses en toda la ruta. Duermes allí. Ellos te proporcionan pequeños trabajos para ahorrar algo y seguir viaje. Yo, por ejemplo, estuve trabajando de ayudante de fontanero en Trípoli durante dos meses. Después seguí en coche hasta Gadamez, luego un día caminando por el desierto argelino hasta Depdep, donde la mafia que nos llevaba de nuevo nos dejó tirados. Imagínate, avanzando a ciegas por el desierto, con las luces del coche apagadas para que no te vean los agentes de la frontera, en una noche sin luna, sin saber hacia dónde vas, sin brújula, sin nada”.      

Bertin habla español afrancesado con aroma africano. A veces para, se deleita en las palabras, casi las paladea: “Vendí el pasaporte para sacar unos dólares y llegué a Orán ya indocumentado. A partir de ahí, todos los movimientos ya eran de noche, en la oscuridad, y siempre fuera de las ciudades”. 

La noche ya ha caído sobre las chozas de Batangafo y los mosquitos se quedan a vivir en nuestra piel. Los truenos están cerca. La tormenta amplifica la sensación de bochorno. “En Marruecos, la parte más dura del viaje, dependes de tu capacidad física y mental. Tras dos semanas caminando a oscuras llegamos a una montaña cerca de Nador y de la deseada valla de Melilla. Íbamos 15 personas sin zapatos, sin abrigo, en pleno invierno de 2003, bajo el acoso de la policía marroquí. Cuando llegamos al bosque, un lugar en el que se escondían más de 1.000 personas de diferentes países, descubrí mi verdadera vocación”.

Bertin estudió biología en Camerún y tiene conocimientos de medicina. Previamente a esta conversación, sus compañeros de Médicos Sin Fronteras ya me habían contado su historia. Pero yo quería que él mismo me la contara. “Nada más llegar construyes tu tienda, te buscas un grupo de tres o cuatro para saltar, afinas la estrategia y montas una escala con maderas. A partir de ahí, cada día que te levantes, creerás que el día para saltar al primer mundo ha llegado. Cada día es el elegido. En aquel bosque que yo dejé hace años aún hay amigos míos que cada día lo intentan”. 

Lo que pasa es que ese día perfecto que es cada día que amanece al final no es, y no es el siguiente, ni el siguiente tampoco. En el bosque hay que comer y dormir. “Sacábamos la comida de lo que nosotros llamábamos el supermercado, que no era otra cosa que un vertedero. Con las sobras nos alimentábamos más de 1.000 personas. Allí empecé a encontrar también medicinas caducadas y a intentar, en la medida de lo posible, curar a aquellos que padecían enfermedades, o cortes al saltar la valla, o disparos de la policía marroquí. Las circunstancias me convirtieron en un cirujano de urgencias”.

Médicos Sin Fronteras apareció por aquel desastre humano y conocieron a Bertin, que les avisó de que había un chico muy grave, con convulsiones de malaria. A partir de entonces, Bertin descubrió que ese debía ser su destino y la ONG, que podía contar con aquel camerunés que ejercía de médico sin consulta, de cirujano sin quirófano, de psicólogo sin diván. “Después me cansé de ir de bosque en bosque y me refugié en Rabat. Allí trabajé de mediador comunitario con MSF y para Cáritas ya con un salario. Pero no me olvidé de mi primer objetivo. Saltar la valla. Fue en 2007, cuatro años después de salir de casa. Nunca lo olvidaré”. 

Ya en España, después de tres meses en un centro de acogida, “trabajé de vigilante de obras, de limpiador en las fiestas del Rocío y saqué el carnet de manipulador de alimentos y un título de educador social. Gracias a eso, conseguí trabajo en un centro para menores en Oviedo. Es entonces cuando me llama MSF, aquellos tipos que me habían ayudado en el bosque, para formar parte de su misión en Irak. Les dije que sí, claro. Cuando llamé a aquellos que se quedaron en el bosque, no podían creérselo. Me llamaron loco. ¿Cómo alguien puede preferir Irak a los bosques de Marruecos?”. 

Bertin volvió a Camerún ocho años después de su diáspora, ya con su propio relato por fin iniciado, por mucho que empezarlo costara cuatro años de viaje. Su sueño es volver algún día a su país, a ayudar a su gente. No queda lejos ahora, en República Centroafricana, donde puede escuchar las noticias de su país cada noche. 

En todo este tiempo, cada vez que salvaba una vida, Bertin agrandaba la suya. “He asistido a muchos partos, he cosido muchos balazos, he intentado ayudar a todas aquellas mujeres que las mafias traían a Europa para prostituirlas. Ellas me confiaban sus historias, que pesan en mi memoria. Antes lo hacía gratis. Hoy me pagan por ello. He sido afortunado”. 


Pablo Mediavilla Costa: El médico de Bukavu

Zarpaba solo al amanecer más bello del mundo, con una mochila sucia, el estómago como una lavadora vacía, una acreditación falsa y el ánimo a ras de suelo. En mi cinturón mágico guardaba trescientos y pico euros y como quiera que en el este de Congo no hay cajeros, pero sí una economía histérica y muchos sobornos cotidianos e imprescindibles, es como decir que viajaba sin blanca. Al llegar al puerto de Bukavu, a orillas del lago Kivu, con el sol de mediodía taladrando coronillas, me di cuenta de que, una vez más, nadie me esperaba en el muelle. Era un imposible pues yo no había anunciado mi llegada, pero estar solo en el mundo es algo que siempre me sobrecoge.

Salí a la calle por entre los porteadores, las familias y los niños del muelle y me dejé llevar como un corderito hacia el taxi por el primer chófer que me abordó. Le di la dirección en mi penoso francés, bajé la ventanilla y volví a preguntarme muy seriamente qué coño hacía yo allí, en Bukavu, en una ciudad como de pesadilla de rico, con sus mansiones colgadas sobre el lago y sus calles carcomidas por el tráfico de camiones con tropas, minerales y vidas. La Mónaco del otro lado del espejo.

En la puerta de la casa de Médicos Sin Fronteras di un nombre y la fortaleza se abrió. Un par de todoterrenos aparcados en el patio de hormigón donde me recibió una mujer joven —he olvidado cómo se llamaba y todos los demás nombres de esta historia—, una compañera de unos amigos míos de Kampala, también médicos, que me habían dado su contacto por si las moscas. Le conté mi situación y me dijo que podía quedarme con ellos unos días con la condición de no andar contándolo por ahí, en un blog o lo que fuera que estuviera haciendo con mi vida. Le dije que sí, que no se preocupara, que, de todas formas, nadie me leía.

En el salón me presentó al resto del equipo, gentes de varios países viviendo en la casa grande, en un régimen de convento de clausura, con sus tensiones soterradas y sus problemas de generadores, vacunas y llamadas de skype a la familia o novios lejanos que se cortaban siempre en el momento más inoportuno. Por orden de la empresa, no podían poner el pie en la calle y sus movimientos dependían de un intrincado sistema de walkie-talkies y los dos todoterrenos de arriba a abajo todo el día. De entre los habitantes de la casa destacaba un tipo de unos cuarenta y largos, perfectamente afeitado y peinado, vestido como si saliera de una tienda de mocasines de la calle Serrano y ajeno al trajín del lugar. Cuando hablaba lo hacía con autoridad y en las tres palabras que cruzó conmigo antes de comer fue un poco cortante. Era uno de los fundadores de MSF España o eso me dijo y estaba allí unos días para evaluar la labor de la jefa de la misión, una francesa (luego me contó que, en realidad, estaba allí para cargársela y ponerle un billete de ida en la mano). Un cabrón que va al centro de las cosas, pensé. Me gustó al instante.

Por la noche estaba invitado junto al resto a una barbacoa en casa de unos médicos italianos o alemanes, no recuerdo bien o quizás esté anotado en una libreta que he perdido. El cabrón elegante —Javier creo que se llamaba— me dijo que como éramos los únicos que no teníamos nada que hacer, nos fuéramos a hacer tiempo a una terraza con vistas al Kivu. Subidos al todoterreno, pasamos frente al cuartel de las Naciones Unidas y me contó cuatro cosas de la misión de cascos azules que me dejaron helado y que, al mismo tiempo, me sonaron a viejas.

La terraza estaba en una colina y transportada en helicóptero a Barcelona o Los Ángeles se hubiera convertido en el lugar de moda. La lumbre en la chimenea para reforzar el fantasma africano omnipresente del safari, blancos disfrazados de Robert Redford, el diseño de interior de líneas rectas y pintura nueva, los camareros locales de punta en blanco y los butacones encarados a un sol que se derretía en la marmita del Kivu. Javier pidió dos cervezas Tembo, la mejor africana, según él, hecha en Congo. Empezamos hablando de mí, del viaje y de los motivos, pero luego pasó a hablar de su vida y sus batallitas, algo que, secretamente, llevaba un rato esperando.

Me dijo que había estado en Ruanda en el 94 y que, en otra ocasión, a tumba abierta en un todoterreno por las arenas que separan Marruecos y Argelia, con un escuadrón de helicópteros marroquíes volando bajo a su alrededor para cazar a chavales negros y perdidos y sedientos que días antes habían tratado de saltar la maldita valla, había tenido al teléfono satélite a María Teresa Fernández de la Vega mientras ella se hacía fotos en Melilla y le había amenazado con contar lo que estaba viendo. En sus historias de aquella noche, como la del señor de la guerra con el que se reunió en una carretera de Somalia que llegó con un ejército de 300 niños en pickups con misiles tierra-aire, armados como marines y mascando kat, estaba la verdad que yo no me sabía expresar de lo que estaba viendo aquellos días. Una verdad miserable, con finales terribles, héroes bajo tierra, villanos en traje de raya diplomática y desesperanza por doquier.

El punto cínico y pasado de rosca con el que me habló de su vida me encandiló, me pareció real, verdadero, confiable, alejado de tanta monserga y ética de andar por casa. Un tipo de una pieza y un hijo de puta cuando tocaba serlo. Me vi a mí mismo con veinte años más. Le dije que quería entrevistarle con más calma, tal vez escribir un librito o algo así. Me respondió: “¿Y a quién cojones le importa todo eso?”. Ya era noche cerrada y los mosquitos acechaban.