Shyamalanazo (1)

Shyamalan
He aquí un jpg que puedes escuchar en tu cabeza. El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

M. Night Shyamalan es ese director que gracias a El sexto sentido se convirtió en la gran promesa del cine fantástico y hoy en día, más de veinte años después de aquel éxito, sigue siendo la gran promesa del cine fantástico. Un realizador cuya producción tiene alma de balancín, por atreverse a combinar chispazos de genialidad con ramalazos de payasada y quedarse tan ancho. Alguien capaz de filmar, en Señales, una escena fabulosamente aterradora utilizando como excusa un vídeo casero de un cumpleaños, pero al mismo tiempo, también alguien al que se le ocurre insertar en dicha secuencia a Joaquin Phoenix gritándole a los niños de la tele un «vámonos» (en español en la versión original) que bordea lo ridículo. Un director capaz de lo mejor y de lo peor, con una obra emperrada en remarcar que el hombre tiene mucho potencial pero le hace falta encauzarlo. Shyamalan también es alguien que acabó cayendo en su propia trampa: el shyamalanazo final. 

De vida, milagros, un sexto sentido, gente irrompible y marcianos

M. Night Shyamalan nació como Manoj Nelliyattu Shyamalan en Mahé, un distrito de Puducherry en la India. Cuando tan solo contaba con unas pocas semanas de vida, sus padres, médicos ambos, emigraron a Norteamérica para asentarse en Penn Valley, un pueblecito perdido en tierras pensilvanas, en la zona suburbana de Filadelfia, esa tierra de príncipes raperos. El chico creció en Estados unidos y su interés por el oficio de director le sobrevino siguiendo el cliché clásico: a los ocho años alguien le regaló una cámara Super-8 y descubrió que era bonito observar el mundo a través de aquel objetivo. A la altura de la adolescencia, el chaval ya acumulaba en su cuarto más de cuarenta peliculillas caseras propias y tenía muy claro que lo suyo era contar historias desde las pantallas.

Shyamalan se sacó la carrera escolar entre las aulas de escuelas cristianas, territorios ligeramente hostiles donde la gente le miraba de lado por ser hindú: «Los profesores nos recordaban constantemente que aquellos que no estuviésemos bautizados iríamos al infierno», apuntaba el futuro director, «así que yo andaba en plan “Chicos, a mí no me han bautizado, por lo que supongo que nos veremos todos allí más tarde”». Demostró ser muy buen estudiante, haciendo rabiar a sus profesores al sacar las mejores notas de su clase en la asignatura de religión sin ser cristiano, y acabó aterrizando en la New York University Tisch School of the Arts de Manhattan para ilustrarse sobre las artes cinematográficas.

En aquellos años universitarios fue cuando decidió adoptar «Night» como segundo nombre en sustitución de «Nelliyattu». Una buena jugada, teniendo en cuenta que los norteamericanos se hacían lazos en la lengua tratando de pronunciar correctamente su verdadero nombre. Y también porque llamarse «Night» en el fondo es algo que mola bastante. En 1992, con veintiún años y recién graduado, escribió, protagonizó y dirigió su primera película, Praying with Anger. La historia de un indio americanizado que se reencuentra consigo mismo a nivel espiritual visitando la India en busca de sus raíces. O lo que es lo mismo: una cinta de bajo presupuesto que huele a tostón a kilómetros y que por eso mismo no llegó a estrenarse en salas, limitándose a pasear por algunos festivales indies a los que va la gente que se mesa mucho la barba.

La segunda película que firmaría, Los primeros amigos, le proporcionó el salto a la industria de Hollywood, pero se antojaba igual de poco apetecible que su ópera prima al presentarse como una comedia con toques dramáticos donde un niño católico decidía, tras la muerte de su abuelo, buscar a Dios. La historia incluía la aparición de un ángel celestial, sin alas y con el decepcionante aspecto de un niño rubio, aunque lo único que le acercaba realmente al género fantástico, aquel que haría famoso a su director en el futuro, era tener en el reparto a Rosie O’Donnell haciendo de monja. Shyamalan salió escaldado de aquel rodaje, tuvo que soportar los berridos en el set del miserable de Harvey Weinstein, que pagaba el asunto, y la postproducción de la obra fue tan problemática como para alargarse durante tres años. La película acabó dándose un batacazo descomunal en la taquilla, costó seis millones de dólares y solo recaudó trescientos mil billetes.

Tras el trastazo, Shyamalan comenzó a moverse por la parte trasera del mundo del cine ejerciendo como escritor de cualquier cosa que le pusieran delante. Se encargó de elaborar el libreto de Stuart Little, esa cinta con un ratón asquerosamente adorable que, por alguna razón arcana e insondable, en España tenía la voz de Emilio Aragón. Y también ejerció de escritor fantasma para rehacer gran parte del guion de Alguien como tú, una tontada romántica de finales de los noventa. Este último fue un trabajo que a Shyamalan le daba tanto apuro reconocer, ni siquiera aparece en su ficha oficial de IMDB, como para que el caballero tardase unos nada desdeñables catorce años en confesar su participación como guionista de aquello. Tenía cierta lógica, porque es probable que nadie te vaya a tomar en serio en Hollywood si en tu currículo figura una película protagonizada por Freddie Prinze Jr. Entretanto, su cabeza había comenzado a fraguar nuevas historias originales, relatos que él mismo definía como «más oscuros y profundos» y cuyo tono achacaba al tremendo bajonazo que le produjo el fracaso de Los primeros amigos.

Shyamalan
Estas son las cinco primeras películas en las que estuvo implicado Shyamalan. A la sagacidad del lector le corresponde adivinar cuál de ellas es la que lo convirtió en estrella.

Entre aquellas ideas se encontraba el guion de una película con niño y fantasmas, El sexto sentido, una historia que se le ocurrió a Shyamalan tras ver un episodio de El club de medianoche (Are You Afraid of the Dark?), la popular serie de terror para adolescentes de Nickelodeon. Más concretamente, lo que hizo Shyamalan fue adaptar la premisa del capítulo «La historia de la chica soñada» de la tercera temporada de El club de medionoche, un cuento protagonizado por un zagal que acababa descubriendo, en el desenlace del episodio, que estaba muerto y no era más que un fantasma que solo podía ver su hermana. Inspiraciones y fusilamientos narrativos aparte, el libreto de El sexto sentido propició un bonito follón cuando el indio comenzó a moverlo entre los despachos de los grandes estudios. Porque desató una pequeña guerra entre varias compañías que querían atrapar los derechos de algo que olía a bombazo. Finalmente, un productor de Disney, David Vogel, decidió comprar el guion a lo loco, sin consultar a sus superiores, desembolsando tres millones de dólares de golpe y ofreciendo a Shyamalan la dirección de la película. Vogel tuvo buen ojo, pero la osadía de sacar la cartera sin recibir la aprobación de su compañía le costaría el puesto de trabajo a la larga.

La historia de El sexto sentido arrancaba con un psicólogo infantil, llamado Malcom Crowe e interpretado por Bruce Willis, sufriendo un desagradable asalto en su propia casa a manos de un expaciente al que no fue capaz de ayudar años atrás. Y continuaba meses más tarde, con el terapeuta aceptando tratar a un niño de nueve años, Cole Sear, interpretado por Haley Joel Osment, que sufría un trastorno similar al de aquel agresor que allanó su piso. Lo jugoso del asunto es que el pequeño rapaz padecía un mal singular: aseguraba ser capaz de ver fantasmas.

Era un punto de partida fantástico para facturar una cinta de horror competente, pero Shyamalan fue un poco más allá y fabricó un artefacto redondo. La película se estrenó con menos bombo del habitual, pero se convirtió en un taquillazo descomunal, en gran medida gracias a un público que recomendaba ir a verla a sus conocidos antes de que algún desalmado les contase el final. Y es que aquellos últimos minutos de película contenían la jugada maestra de Shyamalan, un giro final inesperado que le daba la vuelta a toda la historia: el protagonista, Malcom, descubría que en realidad había fallecido en el prólogo del film, durante el asalto inicial, y no había sido consciente hasta entonces, al igual que la audiencia, de que en realidad era un fantasma.

¿Esto era un spoiler? Difícilmente a estas alturas, porque El sexto sentido hoy en día es famosa por su sorpresa final, hasta el punto de que dicha revelación es conocida incluso por quienes no han visto la película. Aquel twist ending fue tan efectivo como para convertirse en un elemento popular y representativo de la película, algo muy difícil de esquivar. Es el equivalente al plano final de El planeta de los simios, a la identidad del asesino en Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie, al destino de Romeo y Julieta o al «Yo soy tu padre» de El imperio contraataca. Un espectador tendría que haber vivido aislado de la sociedad durante los últimos veinte años para sentarse completamente virgen ante esa cinta. Joder, si ni siquiera la banda sonora de la película se molesta en guardar el secreto: la última pista de la partitura firmada por James Newton Howard se titula «Malcom está muerto», así, a pelo y sin rodeos, casi parece una troleada del compositor.

Shyamalan
El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

El truco de El sexto sentido no era novedoso, pero estaba muy bien ejecutado. Porque Shyamalan lo aplicaba con precisión, tejiendo la historia a medida de la sorpresa y valiéndose de estratagemas para jugar con el espectador. Gracias a ello, existen dos formas de ver El sexto sentido: por primera vez, y en una segunda vuelta donde todo encaja mientras la historia se reescribe de manera diferente. Ahí residía la genialidad de aquel guion, en ser capaz de desviar la atención con habilidad y, al mismo tiempo, salpicar el relato con decenas de pistas que resultaban obvias una vez conocido el secreto.

Para hacerlo, el director tiró de todo tipo de argucias. Planteaba situaciones donde la ausencia de interacción de Malcom con otros personajes (que no podían verle al ser un fantasma) no era evidente a primera vista. Deslizaba detalles como vestir al psicólogo exclusivamente con la ropa que había utilizado la noche en que falleció, insinuar su naturaleza fría y fantasmal con secundarios que se abrigaban cuando lo tenían cerca, o mostrar el color rojo en pantalla solo cuando el mundo de los vivos se cruzaba con el de los muertos. Incluso se atrevía a juguetear con la educación visual preconcebida de la audiencia: una escena, en apariencia trivial, mostraba a Malcom intentando abrir la puerta del sótano donde guardaba sus pertenencias, pero al no conseguirlo, el hombre rebuscaba las llaves en sus bolsillos. La película cortaba en ese momento la secuencia para reubicarse inmediatamente en otro plano donde aparecía Malcom en el interior sótano. Parecía un simple trabajo de montaje, pero realmente era otra artimaña simpática: en la historia, el espíritu de Malcom era incapaz de abrir aquella puerta, que estaba bloqueada en el mundo de los vivos, y por eso Shyamalan no podía mostrarlo haciéndolo, pero el público, acostumbrado a esas ediciones en el cine, daba por sentado que lo había hecho. Entretanto, el relato también aprovechaba para soltar por sus fotogramas unos cuantos fantasmas y situaciones aterradoras. Todo era un gran truco, sí, pero uno bien orquestado.

El sexto sentido fue un éxito tremendo que encumbró el nombre de su creador. Recibió seis nominaciones a los Óscar (mejor película, mejor director, mejor guion, mejor actor de reparto, mejor actriz de reparto y mejor montaje) aunque no se llevó ninguno a casa, y se convirtió en la segunda película más taquillera del año, por detrás de aquel Episodio I de Star Wars protagonizado por Jar Jar Binks. El único problema de la película era paralelo a ella y solo se manifestó a posteriori: cuando su creador decidió convertir ese giro final que torcía culos en las butacas, ese shyamalanazo, en su firma personal.

Shyamalan
Nick Fury on motherfucking wheels. El protegido. Imagen: Buena Vsta Pictures Distribution.

Shyamalan se convirtió de golpe, con tan solo veintinueve años, en la gran esperanza india del cine norteamericano. Tras la desmesurada fama amasada de El sexto sentido, o la primera película en la que Bruce Willis hacia el fantasma sin pegar tiros, el director se encontró con Disney besándole los pies, George Lucas y Steven Spielberg llamándole al móvil para ofrecerle colaborar en el guion de una nueva entrega de Indiana Jones y los productores ofreciéndole cheques locos para convertir más ocurrencias de las suyas en películas.

Aprovechando el impulso, Shyamalan escribió y dirigió El protegido (2000). Una película protagonizada por Bruce Willis y Samuel L. Jackson que partía de una premisa la mar de llamativa: Willis interpretaba a David Dunn, el improbable único superviviente de un accidente de tren, alguien que inexplicablemente no presentaba ni un solo rasguño tras la desgracia acontecida. La principal sorpresa de la trama fue descubrir que en realidad se trataba de un cuento de superhéroes de cómic reubicado en un entorno realista. En cambio, lo que no resultó tan novedoso fue toparse con otro giro final, uno que esta vez era más flojo y menos elaborado que el de El sexto sentido. Además, en aquella película Shyamalan ya daba muestras de renquear al cometer uno de los grandes pecados del mundo del cine: rematar la historia con textos sobreimpresos en la pantalla a modo de resumen, como si aquello fuese una teleserie chusca de los ochenta.

Curiosamente, Disney decidió promocionar la cinta como un thriller sobrenatural, en contra de los deseos del productor, para esconder que en realidad la película versaba sobre superhéroes. Porque en aquella época, alejada del cansino fenómeno Marvel actual, los tebeos en el noveno arte eran un repelente de para el público. «Eso solo le interesa al tipo de gente que va a las convenciones» le dijeron los ejecutivos de Mickey Mouse a Shyamalan cuando se le ocurrió mentar los tebeos, «y vas a cabrear a todos los que estamos en esta habitación si vuelves a utilizar esa palabra [cómic]». El protegido era un producto bastante decente, que no brillante, pero su paso por las salas de cine sería discreto. Con el tiempo, una parte del público se dedicó a rescatarla y a dar tanto la brasa con ella como para que haya acabado convirtiéndose en una de esas películas con cierto culto detrás. 

La siguiente ocurrencia de Shyamalan fue Señales (2002). Una invasión alienígena, mucho más minimalista que aquellas a las que nos tiene acostumbrados el cine, donde Mel Gibson (interpretando a un exsacerdote, je) y Joaquin Phoenix se las veían con hombretones verdes from outer space en una granja perdida en algún lugar de Pensilvania. En esta obra, nuestro fantasioso indio-americano ya no incluía un twist ending como tal, sino una perversión de ese concepto en forma de inexplicables pistolas de Chéjov. Señales recaudó mucha pasta y legó a la humanidad aquella utilísima imagen de los gorritos de papel de plata, pero con ella el público comenzó a sospechar que en las creaciones de Shyamalan existían algunos elementos que bordeaban la tontería. 

Shyamalan
Nunca podremos agradecerle a Señales lo suficiente esta estampa, en especial durante las épocas de magufadas. Imagen: Buena Vista Pictures.

Un par de años más tarde, en 2004, ocurrió algo inquietante. La cadena Sci-Fi Channel anunció el estreno de un documental titulado The Buried Secret of M. Night Shyamalan (El secreto escondido de M. Night Shyamalan). Un reportaje que había surgido de manera accidental: durante el rodaje de un making of de la inminente nueva película de Shyamalan, titulada El bosque, los responsables de filmar lo que ocurría entre bastidores intuyeron que el director ocultaba un secreto importante. No solo se mostraba esquivo, por lo visto en el set existía la norma de no mirarle a los ojos, sino que además a su alrededor sucedían cosas raras, fallos técnicos sobre todo, que atufaban a presencias paranormales.

A base de indagaciones y entrevistas, el documental acabó descubriendo que Shyamalan, siendo niño, había estado clínicamente muerto durante media hora al (casi) ahogarse en un lago helado. Y por lo visto, tras recuperarse de forma milagrosa, desde entonces poseía capacidad de comunicarse con los espíritus, algo que, fíjate, alimentó su obsesión por lo sobrenatural. Los días previos a la emisión del programa, el propio Shyamalan mostraba públicamente un notable cabreo con aquel especial filmado sin su consentimiento.

The Buried Secret of M. Night Shyamalan duraba dos horacas, había sido dirigido por Nathaniel Kahn, un documentalista nominado en dos ocasiones al Óscar, y en su metraje incluía sesiones de ouija, adolescentes turbios encapuchados que adoraban al cineasta y entrevistas a famosetes como Adrien Brody o Johnny Depp. Pero olía a tostada chamuscada desde el planeta más cercano. Y con razón, porque en realidad todo aquello era un timo. Una farsa ideada por Shyamalan y compañía para darle más publicidad al lanzamiento de El bosque. La treta no duró demasiado, Sci-Fi Channel tuvo que admitir que todo era un hoax y los ejecutivos de la NBC (hogar del Sci-Fi Channel) pidieron disculpas y se fustigaron públicamente. En sus casas, los espectadores norteamericanos comenzaron a pillarle verdadera manía al realizador y sus fantasmas.

El bosque se presentaría en 2004 con un reparto tremendo compuesto por Bryce Dallas Howard, Joaquin Phoenix, Adrien Brody, William Hurt, Sigourney Weaver, Judy Greer, Michael Pitt, Frank Kranz, Jesse Eisenberg y el propio Shyamalan en un cameo simpático reflejado en un cristal. Pero el estreno de la película, una fábula sobre un pueblo de colonos del siglo XIX que vivía acosado por monstruos extraños, no ayudaría demasiado a disipar las sospechas sobre el talento del creador.

Por un lado, porque la errónea promoción de El bosque, que vendía la cinta como una historia de horror cuando realmente era un drama de misterio, engañó a muchísimos espectadores que acabaron saliendo del cine disparando sapos por la boca. Por otra parte, porque el guion aquí también se marcaba de nuevo un shyamalanazo, un giro que pretendía reescribir la película como hizo El sexto sentido. Pero en este caso el twist ending era tan absurdo como para que la mayoría de la audiencia fuese incapaz de tomárselo en serio. El crítico Roger Ebert resumió el sentir general al apuntar a ese shyamalanazo como culpable de todo en su reseña de la película:

‘El bosque’ es un error de cálculo colosal. Una cinta basada en una premisa que no la puede soportar, una premisa tan transparente que sería objeto de risa si la película no fuese tan mortalmente solemne […] Llamar a su final un anticlímax no es solo un insulto para los clímax, sino también para los prefijos. Es una sorpresa cutre, que en la escalera de la originalidad narrativa tan solo está un peldaño por encima del «Todo era un sueño». De hecho, el secreto es tan tonto que nos hace desear el poder ser capaces de rebobinar la película para no descubrirlo nunca.

Lo cierto es que, a pesar de la tormenta de palos que ha llovido sobre ella, es posible defender El bosque, porque la película tiene ciertas virtudes, contiene escenas más que dignas y un tono interesante. Su revelación es tontorrona, sí, pero si uno se la toma con ligereza, como si fuese un capítulo inflado de alguna serie de cuentos fantásticos tipo En los límites de la realidad o Historias asombrosas, la cosa no está ni tan mal, eh. Años más tarde, otro crítico llamado Carlos Morales revisitaría El bosque y daría en la diana al sentenciar que «el verdadero giro de guion aquí es que la película que el público quería ver no era la que Shyamalan había rodado».

(Continúa aquí)

Shyamalan
El bosque. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.


Hollywood contra la advertencia Miranda

Infiltrados en clase. Imagen: Columbia Pictures.

Es una escena que gracias al cine y las series norteamericanas hemos contemplado un gritón de veces: la policía detiene al criminal y mientras lo esposa y le pasea la cara por el capó de algún coche le recita de memoria sus derechos, una parrafada que siempre es la misma: «Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga puede y será utilizada en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a hablar con un abogado y que dicho abogado esté presente durante cualquier interrogatorio. Si no puede pagarse un abogado se le asignará uno de oficio». Un discurso tan asentado en el imaginario popular, y reiterado durante centenares de producciones audiovisuales, como para que pueda ser recitado de memoria por una señora de Murcia que no salga muy a menudo de casa. Y al mismo tiempo una fantasía hollywoodiense en la gran mayoría de los casos. Porque la policía norteamericana sí que tiene la obligación de leer exactamente esos mismos derechos a ciertos detenidos, pero no lo hace como Hollywood refleja en pantalla.

Tiene derecho a guardar silencio

La «advertencia Miranda» (o «derechos Miranda», o «reglas Miranda») es como se conoce formalmente a esa lista de derechos de los que dispone y ha de ser informado un detenido. Pero, a diferencia de lo que dictan las películas y las series de televisión, la enumeración de las reglas Miranda no es algo que la policía se vea obligada a cantar siempre que toque vestir con las esposas al sospechoso. Porque en el mundo real, los derechos deben ser leídos al detenido únicamente en caso de que este vaya a ser interrogado con la intención de utilizar su testimonio en el juicio posterior. Dicho interrogatorio ni siquiera tiene que acontecer en unas roñosas oficinas policiales al estilo de las de Policias de Nueva York, sino que puede tener lugar en cualquier lugar y situación, incluso en el momento en que se realiza la detención, como sucede siempre en las películas. Aunque esto último en realidad no suele ser lo más común, porque lo habitual en la práctica es que al interesado se le lean sus derechos justo antes de llevar a cabo el interrogatorio, para que todo quede bien claro antes de empezar a disparar preguntas. 

Tarjetita-chuleta con las reglas Miranda.

Otro detalle que tiene algo de leyenda urbana es la idea de que los derechos son recitados de memoria por los encargados de hacer cumplir la ley. En lugar de eso, lo habitual es que se requiera que el agente los lea directamente de una tarjeta, para regatear cualquier tipo de alteración o error en el enunciado y evitar que el interrogatorio pueda ser declarado no válido posteriormente. El texto, eso sí, es idéntico al que se enuncia en las ficciones policiacas, aunque puede variar ligeramente según la normativa del estado: en algunas jurisdicciones se incluyen párrafos como «Si usted decide responder a las preguntas ahora sin la presencia de un abogado, tiene el derecho a dejar de contestar en cualquier momento», «Conociendo y entendiendo estos derechos que le he comunicado, ¿está usted dispuesto a contestar a mis preguntas sin un abogado presente?» o «¿Entiende los derechos que le han sido leídos? Con ellos en mente ¿desea hablar conmigo o hacer algún tipo de declaración?». En el caso concreto de ciertos territorios de Nevada, Nueva Jersey, Oklahoma y Alaska se sustituye la sentencia donde se asegura que se proveerá de un abogado de oficio por un «No tenemos forma de designarle un abogado pero uno le será asignado, si lo desea, en el momento de ir a juicio». O lo que es lo mismo: un modo de insinuarle al detenido que solo le colocarán a su vera un letrado en el momento de sentarse ante el tribunal, y tras haber confesado antes. Todas estas lecturas de los derechos Miranda requieren, para ser interpretadas como válidas y evitar marrones, que la persona informada confirme que lo ha entendido todo, de manera oral o por escrito, respondiendo inequívocamente a una pregunta del tipo «¿Entiende estos derechos?». Ante dicha cuestión, el silencio a modo de respuesta no es considerado como una contestación afirmativa.

Un policía leyendo los derechos, tarjetita en mano, en 1984. Imagen: J. Ross Baughman, CC.

Otra estampa típica de las ficciones es aquella que tiene al recién esposado espetando un agresivo «¡Conozco mis derechos!» y provocando que el policía interrumpa la exposición de la advertencia Miranda. Pero eso mismo no ocurriría en la vida real, por ser obligatoria y necesaria la lectura completa del texto. Lo cierto es que, en numerosas ocasiones, la policía no tiene la necesidad de recitar las reglas Miranda. Porque realizar una ronda de preguntas no siempre es indispensable para afianzar una condena: si un criminal es detenido cometiendo un crimen ante los ojos de la policía, el interrogatorio no será necesario al tener como prueba válida el propio testimonio de aquellos agentes que han presenciado la fechoría.

La denominación «Miranda» de todo esto no es, evidentemente, fruto del azar. Sino algo que nació a raíz del caso Miranda contra Arizona, una bonita movida que tuvo a un delincuente entrando y saliendo de la cárcel allá por los años sesenta.

Miranda contra Arizona

Ernesto Arturo Miranda (1941, 1976) fue un cabronazo durante prácticamente toda su existencia. A los trece años sería arrestado por la policía por primera vez y a partir de entonces encadenó una envidiable carrera, que incluyó un tour por reformatorios y cárceles, salpicada de crímenes entre los que se encontraban el robo de vehículos, el asalto a mano armada y numerosos delitos sexuales. El 13 de marzo de 1963, dos agentes del departamento policial de Phoenix se encararon con Miranda tras comprobar que la descripción y matrícula del vehículo coincidían con la escasa información que poseían sobre el agresor de Lois Ann Jameson, una chica de dieciocho años que había sido secuestrada y violada en el desierto. Miranda acompañó voluntariamente a los policías hasta la comisaría y tras una rueda de reconocimiento y un interrogatorio acabó confesándose culpable del raptar y violar a Jameson. La víctima reconoció la voz de Miranda como la del hombre que abusó de ella.

Miranda dejó su confesión por escrito, en una serie de hojas encabezadas por el texto «Esta declaración se ha hecho voluntariamente y por decisión propia. Sin amenazas, coacciones o promesas de inmunidad. Y con pleno conocimiento de mis derechos, entendiendo que cualquier declaración que haga puede y será utilizada en mi contra».  A pesar de ello, a Miranda no se le llegó a informar en ningún momento de su derecho a guardar silencio o a tener un abogado presente durante los interrogatorios. Tres meses después se celebró el juicio contra Miranda y se asignó su defensa a un abogado septuagenario llamado Alvin Moore. Durante el proceso, Moore intentó sin éxito que no se admitiese la confesión escrita como evidencia, pero finalmente la declaración firmada por su defendido pesó lo suficiente como para condenarle por secuestro y violación con una sentencia de veinte a treinta años de prisión por cada uno de los crímenes. Su abogado apeló la decisión pero no logró nada.

Ernesto Miranda posando para la foto (izquierda) y luciendo el dorsal número uno (derecha). Imagen: Dominio público.

A mediados de junio del 65, Miranda solicitó una revisión del caso al Tribunal Supremo de Justicia de los Estados Unidos amparado por una nueva pareja abogados defensores (John J. Flynn y John P. Frank), porque el letrado que le habían asignado de oficio estaba muy ocupado intentando no morirse a causa de la edad. Y la corte suprema accedió a revisar el asunto como consecuencia de una época donde se comenzaba a cuestionar el correcto cumplimiento de los derechos en situaciones similares. Durante el caso, conocido como Miranda contra Arizona, Flynn y Frank culparon a la policía de Phoenix de no haber informado debidamente a Miranda sobre sus derechos, violando la Quinta Enmienda de los Estados Unidos. El juez Earl Warren les dio la razón, sentenciando que la confesión escrita del acusado no tenía validez y estableciendo que «La persona detenida debe, antes del interrogatorio, ser informada claramente de que tiene derecho a permanecer en silencio, y que todo lo que diga será usado en su contra en el tribunal. Se le debe informar claramente de que tiene derecho a consultar con un abogado y tener al abogado con él durante los interrogatorios, y que, en caso de ser indigente, se le designará un abogado para que lo represente». Aquello anuló por completo la condena de Miranda, y al mismo tiempo estableció las normas indispensables a tener en cuenta a la hora de interrogar a un sospechoso.

El estado de Arizona volvió a juzgar a Ernesto Miranda y, aunque su confesión no se presentó como prueba en esta ocasión, fue condenado a una sentencia de veinte a treinta años de encarcelamiento gracias a los testimonios de terceros. En 1972, Miranda pisaría la calle al ser puesto en libertad condicional, pero no tardaría demasiado en volver a meterse en líos, ser arrestado y acabar sentando el culo en prisión durante una nueva temporada tras haber violado la condicional. Lo curioso es que durante el tiempo que estuvo libre se dedicó a hacer negocio de su estatus de celebridad vendiendo tarjetas con la advertencia Miranda autografiadas por su persona, a un dólar y medio el ejemplar. Miranda terminó, como no podría ser de otro modo, palmándola durante una pelea de bar allá por el año 76. Al registrar su cadáver, se encontró entre sus enseres un puñado de tarjetas con los derechos Miranda impresos. 

El caso Miranda contra Arizona instauró el procedimiento oficial a seguir en todos los interrogatorios policiales posteriores. Gracias a ello, Miranda llegó a formar parte de los diccionarios oficiales al convertirse en verbo: «Mirandize» («Mirandizar») es el término con el que se denomina la acción de leerle la famosa ristra de derechos al detenido.

Miranda popular

En el caso Dickinson contra Estados Unidos, el presidente del Tribunal Supremo William Rehnquist apuntó que la popularidad de los derechos Miranda como elemento ineludible de la rutina policial los había convertido en «parte de la cultura nacional». Y la culpa de aquello la tenían los grandes pilares educativos de la civilización moderna: el cine y la televisión.

En las pantallas, la advertencia Miranda se presenta como un procedimiento indispensable durante cualquier detención policial, un acto que normalmente acompaña al delincuente esposado durante su trayecto hacia el asiento trasero del vehículo policial. En numerosas ocasiones los derechos Miranda también se utilizan como recurso narrativo para darle la vuelta al guion al estilo del caso Miranda contra Arizona, invalidando la condena o juicio en torno a la que gira la trama cuando se revela que al acusado no le han sido leídos convenientemente sus derechos.

Ley y orden: Unidad de víctimas especiales. Imagen: NBC.

Las series policiales siempre han usado y abusado del recurso de la lectura de derechos, algo que ocurría con mucha frecuencia en CSI, Boston Legal, The Closer, NCIS, Bones, Castle o Expediente X. En Ley y orden, y por extensión en los spin-offs que nacieron bajo sus ramas, la advertencia Miranda se utilizaba con frecuencia para enmarcar el final de un acto narrativo y dar paso a la publicidad: la pantalla se fundía a negro mientras los oficiales estaban a medio camino de leerle todos sus derechos al malhechor capturado y el show se ausentaba durante unos minutos para volver, tras los anuncios, con una segunda parte de la historia que habitualmente implicaba interrogatorios y juicios varios.

Dos policías rebeldes. Imagen: Columbia pictures.

La buddy movie Dos policías rebeldes tenía a Marcus (Martin Lawrence) gritándole sus derechos, desde un coche y durante una persecución, a un villano que difícilmente hubiese podido oírlos al pilotar otro vehículo diferente en plena huida loca. Un recital absurdo que en dicho caso era justificado por el personaje de Marcus aclarando que así «se lo ahorraba luego». Chuck Norris enumeraba los derechos Miranda en Walker Texas Ranger ante unos malhechores que al interrumpirle la cháchara legal acababan merendado una buena hostia. En Los Simpson, el jefe Wiggum arrestaba a Krusty realizando la lectura de los derechos más perezosa posible: «Tiene derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que diga bla bla bla bla bla bla». En otro episodio de la misma serie, a Homer Simpson le daba por berrear para llevar la contraria a una Marge metida a policía que le espetó un «Tienes derecho a guardar silencio» tras encasquetarle las esposas. Spider-Man (Tom Holland) intentó recitar el texto durante la gresca en el aeropuerto de Capitán América: Civil War, pero no tuvo mucho éxito porque los participantes en el follón eran más amigos de pelearse que de aguantar la verborrea del hombre araña. En la comedia Los otros dos, el personaje de Mark Wahlberg se burlaba de su compañero, interpretado por Will Ferrer, por ser incapaz de recordar el texto a pronunciar («Nunca he mirandizado a nadie», se justificaba). En Harry el sucio, al protagonista (Clint Eastwood) le caía una bonita bronca por pasarse los derechos de los detenidos por lo que venían a ser sus pelotas de acero cuando su superior le reprendía con un «Tienes suerte de que no te acuse por asalto con intención de asesinato. ¿Dónde dice que tienes derecho a derribar puertas, torturar a los sospechosos, negarles atención médica y consejo legal? ¿Dónde has estado? ¿Escobedo te suena de algo? ¿Miranda?». 

Harry el sucio. Imagen: Warner Bros.

La fabulosa Infiltrados en clase utilizaba la advertencia Miranda a modo de mecanismo para disparar la trama principal: al recién graduado agente Greg Jenko (Channing Tatum) se le escapaba un criminal arrestado porque su cabeza no le daba para recordar las cuatro líneas esenciales para lidiar con sus labores: «Nos hemos visto forzados a retirar los cargos porque se te olvidó leerle sus derechos Miranda. ¿Cuál es la razón para no hacer la única cosa que tienes que hacer al arrestar a alguien?», le echaba en cara un superior cuyo conocimiento de las leyes oficiales navegaba en la lógica fantástica del cine. Como consecuencia del gambazo, Jenko y su compañero (Jonah Hill) eran destinados a una misión de infiltración en un instituto para localizar a los camellos del lugar, que conformaba el grueso del film. En el desenlace de la historia, los personajes se redimían de su metedura de pata al detener al malo de la peli y vociferarle sus derechos mientras la banda sonora se dedicaba a elevar la épica del momento. 

En ocasiones, el texto Miranda original recibía variantes mutantes por el bien de la comedia. En Arma letal 3, Riggs (Mel Gibson) espetaba «Tienes derecho a permanecer inconsciente» a un personaje que se había quedado medio muñeco. Little Tokyo: ataque frontal tenía a un Johnny Murata (Brandon Lee) utilizando «Tienes derecho a permanecer muerto» a modo de one-liner molona. En Dos sabuesos despistados, Tom Hanks no se conformaba con mencionar los derechos Miranda y optaba por rapearlos. Y en Loca Academia de Policía 2: su primera misión, Mahoney (Steve Guttenberg) improvisaba un «Tiene derecho a cantar el blues, tiene derecho a televisión por cable, tiene derecho a realquilar, tiene derecho a pintar las paredes. Pero no con colores chillones» tras quedarse sin ideas para extender el discursillo mientras enjaulaba a una tropa de delincuentes. 

Arma letal 3. Imagen: Warner Bros.

Las situaciones en las que el procedimiento ha sido llevado a cabo con cierto realismo resultan de lo más escasas: en Juegos de guerra, Cadena perpetua y la serie Colombo, la enumeración de los derechos que no se le mentaron a Ernesto Miranda sí que era leída directamente de una tarjeta. Pero lo habitual para Hollywood siempre ha sido tomarse la fidelidad con algo de cachondeo: en Dos sabuesos en la isla del edén un asesino demandaba la lectura de sus derechos durante el arresto, y con ello tan solo lograba que el personaje de Dan Aykroyd se riese de él al simular rociar polvo de hadas sobre su cabeza mientras murmuraba las palabras «Miranda, Miranda, Miranda».


Manual para comprarse una isla privada

Strombolicchio, Italia, 2015. Fotografía: Kuhnmi (CC).

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista trimestral número 19.

«Here and now, boys; here and now, boys». The words pressed a trigger, and all of a sudden he remembered everything. Here was Pala, the forbidden island, the place no journalist had ever visited. And now must be the morning after the afternoon when he’d been fool enough to go sailing, alone, outside the harbor of Rendang-Lobo. Island, Aldous Huxley.

Bienvenido a este mundo alejado de la industrialización y del progreso inútil. El mundo de lo imprescindible, la huida definitiva de lo que el ser humano ha creado. El cierre del círculo. Progresar, llegar a lo más alto del edificio más alto de la principal ciudad, destrozar el planeta si hace falta, para tener tanto dinero como para volver todo lo cerca que se pueda del taparrabos.

Si no quiere arriesgarse a buscar por sus propios medios su particular Pala o no entra en su sueño cargar con una civilización establecida por avanzada que sea, puede comprarse su propia isla o al menos una parcela. Esto no es un lujo exclusivo de cuentas a partir de seis ceros, dicen los intermediarios, y las islas privadas no tienen por qué ser remedos de El lago azul, aunque las baratas mucha infraestructura no tienen. Hay trozos de tierra esparcidos por el mar con precios de apartamento en Marina d’Or. Dice Knight Frank en su último informe al respecto que en los últimos años han sido habituales las transacciones de islas privadas en la costa oeste de Escocia e Irlanda por unos 350 000 euros, pero lo cierto es que es posible encontrarlas en las páginas web de mediadores incluso por bastante menos. Muy por debajo de ese precio es posible comprarse la parcela de una isla en Canadá (solar en Hemlow Island, Nueva Escocia, 218 530 metros cuadrados, 26 485 dólares, es decir, unos 25 000 euros) o incluso una isla entera en el mismo país (Sweet Island, British Columbia, 12 140 metros cuadrados, 72 900 dólares). Incluso es posible hacerse con una parcela en Fiji (Mavuva Island, solares al borde del mar por 125 000 dólares y con vistas al mar desde 75 000 dólares, 169 968 metros cuadrados, a diez minutos en ferri desde Vanua Levu, accesible desde el aeropuerto de Labasa).

Llegados a este punto, si ya se ha planteado que podría empezar a echar un vistazo al mercado isleño, conviene tener en cuenta algunas recomendaciones antes de dar el paso.

Primera. Antes de comprar, vaya a ver la isla. El primer reto es lograr que le lleven con todos los gastos pagados. Por lo menos los de ida. No se achante. Le puede parecer lejano emular a Richard Branson porque Obama haya visitado su isla tras dejar el botón rojo en manos de Donald Trump o por los cinco mil millones de dólares que atesora el magnate británico según la lista Forbes o porque alojarse en una de sus instalaciones cueste a partir de cuatro mil quinientos dólares por noche. Sin embargo, el fundador de Virgin Records no tenía dinero ni para pagar un dos por ciento de lo que le pedían la primera vez que visitó Necker, la isla paraíso fiscal que ha convertido en su residencia y en un resort de lujo (dos veces, la segunda tras el incendio que sufrió la isla en 2011). La primera vez que la vio no pensaba ni comprársela. Como él mismo ha escrito, el objetivo era impresionar a una mujer de la que se había enamorado y el cerebro de Branson, que desconocía por completo dónde estaban las Islas Vírgenes pero a quien le molaron porque se llamaban como su empresa (tal es su ego), pensó que un recorrido en helicóptero sobre las aguas turquesas y las arenas blancas de uno de esos paraísos era definitivo como argumento de conquista. El caso es que no fue mal. Pasearon imaginando crear allí el cielo de los músicos, dice Branson. Era jueves. 1978. Virgin Records hacía unos años que había dejado de ser solo una tienda de discos y había lanzado Tubular Bells, su estreno como discográfica (1973). Llevaba cuatro álbumes de Genesis e incluso había salido victoriosa de su affair con la justicia por poner los Bollocks en la portada de los Sex Pistols. Aquella portada. Pero Branson aún no era millonario.

Cuando el mediador le dijo que el vendedor pedía seis millones de dólares por la isla, Branson contraofertó con lo que podía, dice: cien mil dólares. Allí les despidió el bróker. Branson y la mujer de la que se había enamorado, que se casaron once años después acompañados de sus dos hijos, tuvieron que encontrar el modo de volver de la isla por sus propios medios. Un año después otro bróker visitaría a Branson en Londres. Aún no había nadie que hubiera hecho una oferta por Necker Island. Nadie salvo Branson. Con la cartera algo más llena para entonces, el empresario británico aceptó pagar ciento ochenta mil dólares por Necker y el compromiso de construir un complejo en ella en un plazo máximo de cuatro años. Quería esa isla. Lo sabía porque la había visto.

Segunda. Una vez sea suya, tiene que poder llegar. Sea volcánica o un trozo de tierra aislado por la subida del mar, lo que caracteriza a una isla es básicamente una cosa: está rodeada de agua por todas partes. Para llegar y para huir de ella tendrá que hacerlo por mar o por aire en la inmensa mayoría de los casos. Si quiere causar buena impresión al otro lado del teléfono, cuando llame para interesarse por una isla privada en venta pregunte qué embarcaciones pueden fondear en ella. No es un chiste. Los intermediarios del mercado de las islas privadas reconocen que empiezan a tomarse en serio a un posible comprador cuando les preguntan este tipo de cosas. Pero, además, tenga en cuenta que si adquiere una isla lo más lógico es que quiera ir y puede que hasta volver. Y no todas están a la distancia adecuada para viajar hasta ellas y regresar en lo que dura un puente.

Las islas del estado de Florida, por ejemplo, con sus aguas azules y turquesas, sus delfines y su cercanía a lugares como Tarpon Springs, la «ciudad de las esponjas», pueden estar en la lista de opciones atendiendo a los estándares de isla paradisíaca. Lo primero que debe tener en cuenta es que esta zona barata no es. Actualmente hay solares en venta por precios en torno al medio millón de dólares. En la isla de Sunset Key, por ejemplo, se vende un solar de 20 234 metros cuadrados por 595 000 dólares. No tiene infraestructura alguna pero al menos tiene ya el permiso estatal para construir y el de la Armada de los Estados Unidos para hacer un pequeño embarcadero. Vaya sumando costes. Si todas estas inconveniencias no le hacen rendirse de su intención de hacerse con uno de estos trozos de tierra, vamos a la segunda recomendación: calcule lo que tardará en llegar. De Madrid a Orlando, que está a dos horas de Tarpon Springs, hay vuelos directos que llegan en unas trece horas, porque si es con enlace ya serán en torno a veinte horas al menos. Y hay que volver. Si opta por Bali, haga un ejercicio similar desde Singapur, y así con cada isla a la que le eche el ojo.

Lo más asumible en lo que a tiempo se refiere es sin duda el Mediterráneo, pero para esta opción debe tener en el bolsillo uno o varios millones de euros. Incluso si se opta por comprarse un terreno en una isla compartida con otros, no es fácil encontrar algo por debajo del millón. Una parcela de quince mil metros cuadrados en la isla Trstenik, en el archipiélago croata de Dalmacia, ya cuesta 1,2 millones y no está para entrar a vivir. Habría que adaptar el edificio centenario, actualmente en ruinas, o construir una casa desde cero, recomienda el intermediario que la comercializa.

Desde luego, si al pensar en su propia isla se ve a sí mismo en uno de los seis mil pequeños paraísos griegos, prepare la chequera. Cuando la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo decidieron hacer pagar a los griegos por los rotos que habían permitido durante años a sus gobernantes, aquellos tiempos en que los políticos alemanes salieron a pedir a la nación helena que vendiera sus islas y sus obras de arte si hacía falta pero que pagara sus deudas, se pusieron en venta un buen número de propiedades. El impuesto al patrimonio establecido por el Gobierno griego, recuerda Knight Frank, aumentó la tendencia. Pero los precios de las islas griegas no están al alcance de la inmensa mayoría de los bolsillos.

Isla Media Luna, Shetlands del Sur, 2012. Fotografía: Jørn Henriksen (CC).

Aristóteles Onassis sabía lo que hacía cuando compró Skorpios por tres millones de los antiguos dracmas en 1962 (14 500 dólares de aquella época), la isla donde se casó seis años después con Jackie Kennedy. Onassis transformó por completo aquella roca estéril aunque rodeada de aguas transparentes plantando miles de árboles y trasladando toneladas de arena para formar playas. Su nieta y única heredera, Athina Onassis Roussel, trató de vender la isla donde están enterrados su abuelo, su madre (que murió cuando Athina tenía tres años) y su tío Alexander a la multimillonaria rusa Ekaterina Rybolovlev en 2013. Pero Onassis había dejado en su testamento establecida la obligación de preservar la isla en manos de la familia mientras pudiesen mantenerla y, en todo caso, devolverla al Estado griego cuando esto ya no fuese posible. Por este motivo abogados de Atenas y Ginebra acabaron por dar forma a un contrato de arrendamiento por noventa y nueve años capaz de sostener ante la justicia que los deseos del abuelo se habían mantenido.

Athina Onassis no fue la única que puso en venta la isla familiar en 2013 ni Rybolovlev la única que se interesó por Skorpios. En ese año se hicieron otras transacciones sonadas, como la compra de seis islas griegas en el mar Jónico por el exemir de Catar, Hamad bin Jaliga Al Thani, por 8,5 millones de euros. El emir había intentado antes llegar a un acuerdo con Athina, pero no se entendieron en el precio. Por otro lado, el catarí se topó con otra de las cuestiones a tener en cuenta en este tipo de transacciones: las leyes locales y la burocracia. Según declararía a The Guardian el alcalde de Ítaca, Ioannis Kassianos, «Grecia es ese lugar en el que, aunque te estés comprando una isla, incluso aunque seas el emir de Catar, te costará año y medio superar todo el papeleo». Entre las normas griegas con las que chocó el emir se incluía la que dice que, sea cual sea el tamaño del terreno, la edificación de una casa privada no puede tener más de doscientos cincuenta metros cuadrados. «Ese era el tamaño que el emir quería dar a cada cuarto de baño y mil metros cuadrados más a la cocina, porque de otro modo no podría alimentar a todos sus invitados», añadió Kassianos. Por su parte, uno de los vendedores, Denis Grivas, comentó: «Estas islas han pertenecido a mi familia durante ciento cincuenta años, pero no somos lo bastante ricos para conservar propiedades de tanto valor. (…) Estamos muy, muy felices de deshacernos de ellas», aludiendo a los nuevos impuestos implantados por el Gobierno.

Tercera. Teniendo en cuenta la cuestión de la distancia y si es de los que ha desechado ya la opción del Mediterráneo, por el precio o por no acabar viendo pasar por sus orillas el resultado del incumplimiento de Europa de sus propias normas en materia de refugiados, la tercera recomendación es tener en cuenta el clima y en qué medida se ajusta a lo que se espera de la isla. No todas son aptas para mojitos y hamacas. Si lo que se busca es un lugar rodeado de un increíble paisaje, es posible conseguir una isla en medio del lago Derg, en Irlanda. La isla Bushy no es para tomar el sol durante gran parte del año, no es mar abierto y el equipaje deberá incluir una buena rebequilla aunque se vaya en agosto, pero a cambio tiene el encanto de estar rodeada a un mismo tiempo de agua y de montañas, y se vende por 223 115 dólares. Algo más al sur, sin edificio ni infraestructura alguna pero con algún rayo de sol más, está la isla de Mannions, por 167 336 dólares. Y, puestos a renunciar al clima caribeño, se puede dar el salto a las islas irlandesas del Atlántico. Inishbigger se vende por 83 668 dólares. Nadie le pedirá un recuerdo cuando vuelva porque allí no hay nada más que tierra y océano, pero tiene la ventaja de que, en caso de emergencia, está a solo doscientos metros de tierra algo más firme.

Cuarto. La mayoría de las islas a precio asequible no tienen de nada. Incluso muchas de las que tienen un precio asumible por pocos no están desarrolladas y es una inversión que, como ya se ha comentado, hay que considerar. Los intermediarios tranquilizan recordando que las energías limpias, los paneles solares o los aerogeneradores han puesto las cosas más fáciles, pero es una inversión añadida a tener muy en cuenta. Para cuando se tenga todo listo puede que la isla ya no se ajuste a los planes personales. James Biden Jr, hermano del exvicepresidente de Estados Unidos Joe Biden, y su esposa Sara compraron la isla Keewaydin, en el Golfo de México junto a la costa suroeste de Florida, en el año 2013, por 2,5 millones de dólares. Como, según Naples Day, no estaba en muy buen estado, tuvieron que poner otro millón para arreglarla. En 2016 la pusieron en venta.

Hasta el ilusionista David Copperfield se siente superado por la realidad en su isla privada. El propietario de Cayo Musha, entre otras islas en las Bahamas, anfitrión de bodas como la del cofundador de Google Serguéi Brin o la de Penélope Cruz y Javier Bardem, se viene abajo cuando se le rompe una tubería, porque repararla no es sencillo como cuando vives en Nueva York. Y con los precios que cobran, hay que lograr que el agua siga corriendo. Según declaraciones de Copperfield a Hollywood Reporter, «hay que tener cuidado con lo que se desea», porque tener una isla puede ser «como cuando ves bailar a Fred Astaire y dices yo quiero bailar como Fred Astaire. Desde fuera parece que no hay esfuerzo, pero por dentro los dedos pueden estar sangrando y llevar una tobillera para aguantar un esguince».

Los ricos no andan como locos buscando una isla que sumar a su patrimonio, aunque sus operaciones sean las más sonadas dado ese gusto humano por zambullirse en los cuentos de otros. Marlon Brando compró su isla en los sesenta, Tetiaroa, en la Polinesia Francesa, tras enamorarse de ella durante el rodaje de Mutiny on the Bounty. Johnny Depp compró Little Halls Pond mientras grababa Piratas del Caribe en 2004 (3,6 millones de dólares). Leonardo DiCaprio se compraba un año después su isla Blackadore en Belice por 1,75 millones de dólares. Y Mel Gibson pagó ese mismo año 9 millones de dólares por la isla Mago, en Fiji. Pero según Knight Frank, con la llegada de la recesión, los ricos empezaron a sentir que la incertidumbre se cernía sobre el valor de sus paraísos y los más jóvenes, los salidos de garajes de Silicon Valley, optaron por pasarse al alquiler.

La moda ha cambiado entre los multimillonarios con respecto a lo que buscaban hace una o dos décadas. Aunque en el último lustro se hayan visto operaciones de vértigo, como la compra por Larry Ellison de la práctica totalidad de la isla hawaiana de Lanai (comprada para edificar un resort de lujo de Four Seasons) o los 16 millones de dólares invertidos por Shakira, Alejandro Sanz y Roger Waters (Pink Floyd) en el cayo Bonds (también como inversión), ahora es más habitual ver compras de parcelas en lugar de adquisiciones de islas completas. El ejemplo es Mark Zuckerberg con la compra de setecientos acres en Kauai en 2014 por más de cien millones de dólares, aunque el fundador de Facebook se encontró con uno de los problemas de no ser el dueño de toda la isla. Según Forbes y Huffington Post, hay una docena de pequeñas parcelas heredadas por lugareños que no dudaron en organizar manifestaciones en contra de lo que consideran un vecino problemático que ha venido a perturbar la paz de la isla hawaiana pretendiendo impedirles el paso hasta sus tierras.

Descartando que usted vaya a hacer una inversión del estilo de las mencionadas, sus competidores en el camino a hacerse con su propia isla privada pueden no ser quienes usted podría imaginar. Desde 2005, los Gobiernos, las ONG y los conservacionistas se lanzaron a comprar islas con la intención de protegerlas, una tendencia que se ha disparado en la última década, según Vladi Private Islands. Entre 2010 y 2014, este tipo de compradores adquirieron cerca de cincuenta islas (en su mayoría compradas por los Gobiernos y organizaciones de Estados Unidos y Canadá, seguidos de Europa), cuando una década antes, en el periodo 2000 a 2004, no llegaron a las quince transacciones.

Otros detalles a tener en cuenta: no se vaya tan lejos como para no poder pedir ayuda ni tan cerca de países desde los que pueda verse invadido por un ejército. Procure tener el dinero en efectivo, porque los bancos no tienen por costumbre hipotecar islas, entre otras cosas, porque se ven incapaces de tasar su valor. Plantéese la posibilidad de hacer negocio con su isla, alquilándola toda o por partes, porque eso es lo que hacen la mayoría de los famosos mencionados. Compruebe si la isla tiene espacios protegidos y consulte cómo puede afectarle el cambio climático y la subida del nivel del mar. Y si es usted español y le dicen que hay cosas que nunca bajan de precio, ya sabe, ni caso.


Basado un poco regular en hechos reales

Braveheart, la película que introdujo la minifalda. Imagen: Paramount Pictures

En mayo del 2003, Martin Savidge entrevistó en el programa CNN Sunday Morning al autor de un libro que llevaba varias semanas encaramado a los primeros puestos del top de los más vendidos. En un momento dado, Savidge inquirió al escritor sobre la veracidad de los numerosos datos históricos que salpicaban su relato:

—En la historia que narra tu libro, ¿cuánto es cierto y cuánto es inventado?

—El noventa y nueve por ciento es cierto. Toda la arquitectura, el arte, los eventos históricos, los rituales secretos y los evangelios gnósticos. La acción y el protagonista son ficción, por supuesto, pero el trasfondo es completamente real.

El libro del que estaban hablando era El código Da Vinci, el escritor entrevistado era Dan Brown, y en un futuro cercano nadie se explicaría cómo un hombre con ese volumen de huevos había logrado entrar por la puerta del estudio sin encallar con el marco. Sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de la persona que aseguró que el CERN había inventado internet y que los cristianos plagiaron el ritual de la comunión de los aztecas (en Ángeles y demonios), y también el caballero bien informado que confundió a los siete dioses de la fortuna del folclore japonés (en La conspiración) y describió Sevilla como una ciudad peligrosísima donde la gente la palmaba subiendo a la Giralda, a un autobús urbano o a la camilla de un hospital (Fortaleza digital). El código Da Vinci, el libro que presentaba en aquel programa, ya era una colección envidiable de disparates, desde los falsos secretos en los cuadros de Leonardo Da Vinci hasta la afirmación de que el canon bíblico cristiano fue establecido en el Concilio de Nicea del 325. Que Brown se sacase del papo datos falsos era lo de menos, porque al fin y al cabo trabajaba en la ficción, pero que vendiese sus creaciones asegurando que partían de una investigación profunda era algo que rechinaba demasiado.

Basado en hechos reales

Los historiadores han crucificado tantas veces a Dan Brown que sus patinazos históricos se consideran ya parte de su estilo. Incluso existe gente que utiliza la expresión «ser Dan Browneado» para referirse al momento en el que un lector se come una trola importante travestida de hecho real. Brown nunca ha estado solo en esto, los eruditos disfrutan señalando los errores de las novelas de Ken Follet desde que este anunció que le suponían un arduo trabajo de investigación. Y de Tom Clancy nadie supo muy bien cuándo fiarse: en sus novelas a veces todo parecía ser inventado sobre la marcha y en otras ocasiones se desvelaban secretos militares con tanta precisión como para que el Gobierno de EE. UU. se presentase en su casa apuntándole a la cara con una lámpara y un montón de preguntas. Para complicar las cosas, el hombre convirtió su nombre en franquicia y dejó que otros le escribiesen los libros.

Pero las inexactitudes históricas siempre han rechinado mucho más cuando trotan por el celuloide. Y gran parte de la culpa la tiene la frase promocional más utilizada del mundo del cine: «Basada en hechos reales». En la pequeña pantalla, el discursito de la trama inspirada en un hecho real suele invocar domingos regados con escritoras de milfismo latente y recién divorciadas que se mudan a la Toscana para vivir románticas aventuras junto a su vecino misterioso, eso o thrillers de chichinabo con exceso de adjetivos en el título. En las salas de cine, la misma etiqueta, «Basada en hechos reales», puede significar cualquier cosa.

This is history

El escritor John O’Farrell apuntó que Braveheart no podría ser más históricamente inexacta ni añadiendo un perro de plastilina y retitulándola William Wallace & Gromit. No andaba desencaminado, porque la cinta de Mel Gibson es una de las películas que más esmero ha puesto en sodomizar la propia historia en la que se basa. En realidad, William Wallace no fue un aldeano pordiosero sino un terrateniente, no vistió una falda escocesa (el kilt no se inventaría hasta tres siglos después), no recibió el apodo Braveheart (ese sería en realidad el mote impuesto a Roberto I de Escocia) y definitivamente no había dejado embarazada a una Isabel de Francia cuyo hijo, Eduardo III, nació siete años después de que Wallace la palmase. El historiador Seán Duffy apuntó que la batalla del puente de Stirling mostrada en la película podría haber sido mucho más disfrutable si el director se hubiese molestado al menos en poner un puente en ella. Lo cierto es que Gibson le pillaría el gusto a lo de descoyuntar la historia: los romanos hablaban en latín en La pasión de Cristo porque al espectador medio eso le suena a Roma vieja, pero en realidad la lengua franca de la zona era el griego. Y Apocalypto se sacaba de la manga que los mayas eran seres sanguinarios capaces de arrasar sus propios pueblos para obtener víctimas que sacrificar, en unos rituales que en realidad era propios de los aztecas.

Gladiator. ¿Un tigre?¿En África? Imagen: DreamWorks pictures

Ridley Scott quiso hacer Gladiator tan fiel a la realidad como fuese posible y con ese fin contrató a un dream team de eminentes historiadores a modo de asesores. Y, justo después de hacerlo, se dedicó a driblar sus consejos cuando le salió del papo. Como consecuencia, uno de aquellos asesores dimitió agobiado por la vergüenza y otro prohibió expresamente que su nombre apareciese en los créditos finales. Entre tanto, la cinta apiló todo tipo de inexactitudes: a lo largo de la historia real, la mayoría de los gladiadores no fueron esclavos y raramente la palmaban en la arena durante unos combates que estaban más cerca del show televisivo que de la lucha a muerte. Marco Aurelio ni pretendió reinstaurar la República romana ni fue asesinado. A Cómodo lo estranguló un luchador en su baño. Lucilla no lucía vestidos de diseño contemporáneo y nadie en todo el Imperio romano había visto un tigre vivo en su vida. El propio protagonista, Máximo Décimo Meridio (Russell Crowe) nunca existió, e incluso su nombre estaba compuesto por una remezcla tan aleatoria de palabras que hubiese resultado irreal: Máximo era un apellido, Décimo un numeral que debería ir en cabeza y Meridio un nombre (que no un apellido) muy poco común. Poseer aquel nombre durante aquella época hubiese resultado igual de sospechoso que llamarse Pijus Magnificus.

A 300 se le podían perdonar los patinazos históricos por apoyarse en el cómic del zumbado Frank Miller, pero eso no evitaba que al público le rechinase demasiado lo de vestir a guerreros espartanos con capas de superhéroe y Speedos de cuero en lugar de las mucho más eficientes armaduras. Shakespeare in Love se inventó un 1593 alternativo donde el afamado escritor era un muerto de hambre sin mucho talento, la gente bebía en vasos de cerveza contemporáneos y la reina Isabel I de Inglaterra asistía a obras de teatro públicas en lugar de programar funciones privadas. Roland Emmerich aterrizó en la prehistoria de 10.000 como una apisonadora: convirtió a los mamuts en mano de obra para la construcción de pirámides que no se erigirían hasta ocho mil años más tarde, presentó al tigre dientes de sable como un monstruo gigantesco y proporcionó a los hombres prehistóricos herramientas que la humanidad aún tardaría otros seis mil años en manufacturar. Sofia Coppola optó por no engañar a nadie y dejó bien claro que su María Antonieta estaba lejos de ser una lección de historia, mientras en la pantalla la reina de Francia se calzaba unas Converse.

Todo es falso, salvo algunas cosas

La cuarta fase, una de ciencia ficción con ovnis y Milla Jovovich, se promocionó como la historia real de varias abducciones documentadas en Alaska durante el año 2000, pero a la hora de la verdad la cinta no era más que un bulo sobredimensionado, un mockumentary tramposo. La psicóloga cuyas investigaciones aireaba el film nunca existió y el FBI confirmó que las desapariciones del lugar tuvieron más que ver con gente muy borracha, perdiéndose por caminos muy angostos a temperaturas mortales, que con marcianos secuestrando terrestres despistados. En la CNN apedrearon al film por considerar poco ético vender la ficción como si fuese un hecho real. La matanza de Texas se estrenó en 1974 asegurando ser la recreación de unos terroríficos hechos reales, pero dicha afirmación era totalmente falsa y la cinta solo se hacía la interesante para exprimir más taquilla. Sus creadores tan solo se habían inspirado ligeramente en el psicópata Ed Gein, un asesino en serie del mundo real que llegó a hacerse un cinturón con pezones humanos.

Los extraños, una película de horror donde tres desconocidos enmascarados invadían una casa ajena, se anunció inspirada por hechos reales, pero la afirmación era un truco ramplón: se refería a un suceso insignificante de la propia infancia del director y guionista (Bryan Bertino) que se puede resumir en que un buen día se acojonó cuando unos extraños llamaron a la puerta. Open Water partía de una noticia real, una pareja de submarinistas abandonados por error en medio del mar, pero se inventaba todo lo demás, añadiendo tiburones a la historia. El exorcista alimentó, a base de Regan rociando papillas y poniéndose cerda en la cama, los miedos de las personas más impresionables al anunciarse como la reconstrucción de un incidente real. Pero William Peter Blatty, autor de la novela en la que se basaba la película, acabó confesando que en realidad se lo había inventado todo tras leer de pasada en 1949 un artículo de dudosa veracidad sobre un niño con el demonio acampado dentro. Cuarenta años después ocurrió lo mismo con The Possession: el origen del mal, otra cinta sobre posesiones donde los guionistas habían fantaseado con los hechos tras leer la noticia de cómo una caja Dybbuk presuntamente maldita y vendida por eBay había dado problemas a una familia.

El exorcista. Imagen: Warner Bros.

Océanos de fuego narraba la participación del supuesto mejor jinete del lejano Oeste, Frank T. Hopkins (Viggo Mortensen) en una carrera legendaria llamada Océano de Fuego que atravesaba el desierto de Arabia, un evento al que habría sido invitado por un eminente jeque árabe (Omar Sharif). El guionista, John Fusco, y el propio Mortensen juraron y perjuraron que la cinta era absurdamente fiel a la realidad, pero no tuvieron en cuenta que aquella realidad la habían sacado del propio Frank T. Hopkins, un tipo que mentía más que hablaba: la carrera Océano de Fuego mostrada como una tradición milenaria nunca ha existido, Hopkins se había autoproclamado mejor jinete del mundo por sus cojones morenos y sus zapatos nunca habían llegado a pisar Arabia. Una de las directoras ejecutivas de Disney (productora del filme) lo dejaba todo bien claro: «A nadie aquí le importan los aspectos históricos. Y no creo que a la gente le preocupen mucho, se trata de un film familiar, tiene poco que ver con la realidad».

La única semejanza que guardaba Elegidos para el triunfo con la historia real del equipo de bobsleigh jamaicano es que existió en algún momento un equipo de bobsleigh jamaicano. Atrápame si puedes se inventó el personaje de Tom Hanks para tener un antagonista peliculero y embelleció la captura del estafador Frank Abagnale Jr., una persona que realmente fue detenida, sin fanfarrias o costosas operaciones policiales peliculeras, cuando alguien lo reconoció en la cola del súper mientras hacía la compra diaria. La verdadera historia detrás de Evasión o victoria no tenía nada que ver con un grupo de aliados prisioneros en un campo de concentración y mucho con algunos miembros del FC Dinamo de Kiev, un equipo de fútbol profesional, montándose una pachanga contra la Wehrmacht (fuerzas de defensa nazis) en la Ucrania ocupada durante la Segunda Guerra Mundial. El destino de los ucranianos, que golearon a los nazis, fue tan negro como para que el encuentro acabase siendo conocido popularmente como el «Partido de la muerte».

Y aunque sus creadores aseguraron lo contrario, la mayor parte de lo que sucede en El vuelo, aquella película de Robert Zemeckis centrada exclusivamente en ver a Denzel Washington haciendo un barrel roll, era completamente falso. El propio protagonista del film ni siquiera existió, nadie sobrevivió al accidente aéreo relatado y lo único cierto es que el vuelo 261 de Alaska Airlines realizó una maniobra disparatada, se volteó por completo, antes de estrellarse en el océano Pacífico.

No eres el hombre que conocí

El cartel de Un sueño posible (The Blind Side) anunciaba orgulloso que se trataba de un relato «basado en una extraordinaria historia real»: la de un joven negro sin hogar, llamado Michael Oher (Quinton Aaron), adoptado por una familia blanca que le apoyaría en su carrera como jugador de fútbol americano. La cinta recaudó más de trescientos millones de dólares y Sandra Bullock se llevó un Óscar por su participación. A todo el mundo parecía gustarle el film excepto a una persona: el auténtico Michael Oher, alguien que no acababa de entender por qué la película le dibujaba más tonto de lo que era. Dallas Buyers Club presentó a Ron Woodroof, un enfermo de sida que comenzó a tomar AZT en 1986, como si fuese un cowboy homófobo cuando el verdadero Woodroof era bisexual y no tenía nada de vaquero. Los guionistas reconocieron que lo habían convertido en cowboy para hacerlo más cercano al público americano y, de paso, que se habían inventado por completo los personajes de la doctora Eve Saks (Jennifer Garner) y Rayon, una mujer trans interpretada por un Jared Leto, que se llevó el Óscar a casa gracias a este papel.

Foxcatcher. Imagen: Sony Pictures Classics

El biopic sobre Jimi Hendrix titulado Jimi: All Is by My Side y protagonizado por André Benjamin presentó a Hendrix como un hombre violento que abusaba de su novia Kathy Etchingham, a pesar de que la propia Etchingham aseguró que aquello se lo habían inventado para aliñar el drama. A la viuda de Billy Tyne no le hizo ninguna gracia cómo La tormenta perfecta retrató a su marido en el personaje de George Clooney: «Es todo un montón de mentiras». En general, toda aquella película de Wolfgang Petersen se basaba en suposiciones sobre lo ocurrido que ayudasen a lucir efectos especiales. A Mark Schultz le jodió tanto que la película Foxcatcher insinuase que existió algún tipo de relación gay entre su persona y John du Pont que acabó explotando en las redes sociales: «Las personalidades y las relaciones entre los personajes de la película son pura ficción y algo ofensivas. Dejar a la audiencia con la sensación de que de alguna manera podría haber existido una relación sexual entre Du Pont y yo es una mentira enfermiza e insultante».

Marc Schiller acusó a Michael Bay de retratarlo como un absoluto gilipollas en el personaje interpretado por Tony Shalhoub en Dolor y dinero, un desmadre de película que falseó las partes más disparatadas de su trama pese a insistir constantemente en la veracidad de lo narrado. El libreto de Patch Adams exageró las payasadas del personaje real para darle cancha a Robin Williams y transformó a un compañero masculino de trabajo del verdadero Hunter Adams en una mujer para poder meter un interés romántico en la historia. El auténtico DJ que inspiró Good Morning Vietnam aclaró que la mayor parte de lo que se veía en pantalla se lo habían inventado, y que él no molaba ni la mitad que Williams. La película 21, basada en las aventuras de un grupo de amigos del MIT especializado en desplumar los casinos de Las Vegas a base de contar cartas, cometió el pecado de hacerle un profundo whitewashing al equipo real de asiático-americanos que la había inspirado, que sustituyó por caucásicos en la mayoría de los roles protagonistas.

Make America Great Again

Matthew McConaughey, Bill Paxton, Harvey Keitel y Jon Bon Jovi protagonizaron U-571, un film que narraba cómo, en 1942 y bien metidos en las harinas de la Segunda Guerra Mundial, unos valientes miembros de la Marina de los Estados Unidos abordaron un submarino enemigo, haciéndose pasar por soldados alemanes, con la idea de apoderarse de una de las máquinas Enigma que utilizaban los nazis para codificar mensajes. Pero aquella era una versión mangoneada de lo que sucedió en realidad, porque los auténticos héroes que capturaron la máquina Enigma eran de nacionalidad británica y ninguno tenía cara de Bon Jovi. La verdadera gesta había sido llevada a cabo por los tripulantes del H91, un destructor de la Marina Real británica, quienes se hicieron con la máquina Enigma del submarino alemán U-110 varios meses antes de que los americanos se sumasen al conflicto. En total, trece de las quince Enigma arrebatadas a los alemanes durante la guerra fueron capturadas por británicos, y para cuando la Marina de Estados Unidos se hizo con el control de un submarino enemigo, los aliados ya llevaban bastante tiempo descodificando esos códigos cifrados con los pies. Aquel menosprecio de la intervención inglesa hizo que hirviera la sangre del primer ministro del Reino Unido de entonces, un Tony Blair que llegó a calificar la película como una afrenta a los soldados británicos. Bill Clinton tuvo que aclarar que todo aquello era una obra de ficción, y el guionista David Ayer (el mismo que años más tarde escribiría Training Day y dirigiría el petardo de Escuadrón suicida) declaró sentirse avergonzado por haber manipulado tanto la historia para que los americanos se sintiesen mejor consigo mismos.

Argo. Imagen: Warner Bros. Pictures

En 2012, Ben Affleck, aquel tío que era la bomba en Phantoms, se presentó acunando la película Argo. Un film dirigido e interpretado por el propio Affleck, con Bryan Cranston y John Goodman en el reparto, construido sobre un guion firmado por Chris Terrio y basado en el libro The Master of Disguise de Antonio J. Mendez y el artículo «The Great Escape» de Joshuah Bearman. Argo relataba la participación de un agente de la CIA en el rescate de varios diplomáticos estadounidenses durante la crisis de los rehenes en Irán de 1979. La película fue aplaudida por la crítica, llegó a los Óscar con siete nominaciones y salió de la gala con tres galardones: mejor película, mejor montaje y mejor guion adaptado. El problema fue que la cinta optó por minimizar extremadamente el papel de Canadá en el asunto para glorificar el papel estadounidense. Hasta Jimmy Carter, el 39.º presidente de los Estados Unidos, opinó sobre el asunto: «El 90% de la ideas y la puesta en marcha del plan fueron canadienses. Y la película da crédito casi por completo a la CIA estadounidense. Si exceptuamos eso, la película es muy buena, pero el héroe principal, en mi opinión, fue Ken Taylor, el embajador canadiense que orquestó todo el proceso».

¿Basado en hechos reales?

Fargo comenzaba mostrando un texto muy solemne: «Esta es una historia real. Los eventos reflejados en esta película tuvieron lugar en Minnesota en 1987. A petición de los supervivientes, los nombres han sido modificados. Por respeto a los muertos, el resto ha sido contado exactamente como ocurrió». Todo eso era mentira.

Los hermanos Coen son muy amigos de adobar con pequeñas bromas todas sus creaciones, la propia Fargo colaba el símbolo de El-artista-anteriormente-conocido-como-Prince entre sus créditos finales, y a los realizadores en general les gusta juguetear con ciertas ocurrencias estilísticas. En el caso de aquella comedia negra de 1996, a Joel y Ethan se les ocurrió utilizar el texto inicial para darle más empaque al asunto: «Si los espectadores creen que algo está basado en un incidente real, tienes la ventaja de poder hacer cosas que de otro modo no aceptarían como creíbles». Tras unos cuantos años, durante los cuales los hermanos se divirtieron ofreciendo una respuesta diferente cada vez que se les preguntaba por la naturaleza de los hechos reales, Joel confesó: «En realidad, hay dos pequeños elementos basados en hechos reales. Uno de ellos fue la existencia de un tío en los sesenta o los setenta que defraudó, sin secuestro ni muertes de por medio, a la GM Finance Corporation. El otro fue un crimen ocurrido en Connecticut, donde un hombre mató a su mujer y metió el cadáver en una trituradora de madera. Aparte de eso, todo lo demás nos lo inventamos nosotros».

Entre tanto, en Bollywood daban lecciones de cómo hacer las cosas al estrenar en 2007 la película Shootout at Lokhandwala con una frase promocional muy sincera: «Basada en rumores reales».

Fargo. Imagen: Gramercy Pictures


Está usted entrando en la Zona Tyson

Mike Tyson. Imagen: Brian Brizer (CC).

Hace poco, un artículo de TMZ sobre Charlie Sheen incluía las palabras «maletín lleno de cocaína», «fiesta de treinta y seis horas», «connoisseur porno», «crítica pornográfica», «sala de cine», «fumar coca sin parar», «llamar al 911» y «Maloof» . Si llega a tener además la palabra «tigre», habría sido la mejor historia en la Zona Tyson jamás contada. 

Bill Simmons.

La Zona Tyson es es un lugar mágico que escapa a la comprensión humana, un territorio cuya posición acotó el periodista deportivo Bill Simmons un día que las musas le soplaban los vientos adecuados mientras contestaba a una remesa de preguntas de sus fans. Desde entonces la Zona Tyson se ha establecido oficialmente como un emplazamiento indómito bordeado con una aduana de férreas reglas que solo permite el acceso a un tipo de personas: aquellas que están tan mal de la puta cabeza como para que absolutamente nada de lo que hagan pueda ya resultar sorprendente. Lo que Simmons había creado era una reserva donde la sociedad podía enviar a todas aquellas celebridades que con sus actos y palabras se habían pasado de largo la vida, el universo y todo lo demás sin haberse molestado en encender el intermitente para adelantar. La zona Tyson es el lugar imaginario donde habitan aquellas caras conocidas cuyas excentricidades y excesos han alcanzado niveles extraordinarios de locura. Es el lugar exacto donde Mike Tyson tiene plantada una hermosa mansión con vistas a la demencia.

FAQ

En 2004, durante una ronda de preguntas variadas, un lector llamada Brendan Quinn le lanzó a Bill Simmons, columnista de la ESPN (Entertainment and Sports Programming Network), la siguiente consulta: «Creo que Ron Artest habita en la actualidad en un lugar de aire enrarecido. Oficialmente es el tipo de persona sobre la que alguien podría decirme “¿Has oído lo de que [nombre de celebridad] ha [orinado sobre un policía/comenzado a criar unicornios/etcétera…]?” y yo no tendría ningún problema en creer que eso es verdad. Creo que cohabita ese espacio que está ocupado por Mike Tyson, Michael Jackson, Courtney Love y el último Ol’ Dirty Bastard. ¿Se te ocurren algunos otros?».

Simmons contestó a Quinn demostrando fascinación por el concepto: «Es una teoría fantástica. Creo que deberíamos llamar a eso la “Zona Tyson”». Y enumeró una lista de personajes que consideraba dignos de residir en aquel lugar, gente entre la que se encontraban: Dennis Rodman, Omarosa, R. Kelly, Najeh Davenport, Suge Knight, Flavor Flav, Brigette Nielsen, cualquier miembro de G-Unit, Andy Dick, Anna Nicole Smith, el padre de Lindsay Lohan, Margot Kidder, Tara Reid, Lil Jon, Gary Busey, Paris Hilton, Bison Dele en sus últimos años, Henry Winkler (¿?) o Liza Minelli. Al periodista aquella idea le hizo bastante gracia y se la llevó consigo a futuros shows radiofónicos y columnas deportivas donde el concepto caló bastante bien entre sus seguidores. Simmons siempre ha tenido buena mano para popularizar ocurrencias similares y es el culpable de que también se hayan extendido cosas como la Teoría Edwing, una hipótesis basada en el baloncestista Patrick Edwing donde se sentencia que un equipo con un jugador extremadamente popular comenzará a obtener mejores resultados cuando dicha superestrella esté lesionada, sancionada sin poder jugar o retirada.

Ron Artest, aquella persona que mencionaba el lector como posible candidato para anidar en la Zona Tyson, era una criatura curiosa y con suficientes méritos como para anidar en territorio Tyson. Se trataba de un jugador y entrenador profesional de baloncesto (a lo largo de su carrera ha militado en  los Chicago Bulls, Sacramento Kings, Houston Rockets, Los Angeles Lakers o New York Knicks entre otros) que en el 2004 transformó un partido entre los Indiana Pacers y los Detroit Pistons en una batalla campal. Aquella pelea gigantesca, tan importante como para tener su propia entrada en la Wikipedia, fue detonada por una falta de Artest cometida con mucha mala leche sobre Ben Wallace. Un incidente que dio pie a enfrentamientos sobre la pista entre un montón de jugadores cabreados y degeneró hasta ofrecer una imagen espantosa: la de un Artest desquiciado que junto a sus compañeros de equipo, y tras haber sido golpeado por un vaso de plástico arrojado desde el patio de butacas, trotaba por las gradas repartiendo hostias entrre la gente del público. El espectáculo terminó con la cancha invadida y el jugador volviendo al vestuario junto a sus compañeros de equipo y bajo una lluvia de palomitas, refrescos y vasos que les arrojaban los espectadores enervados.

NBA: Where BIG happens.

El resto del currículo de Artest es no menos meritorio: se presentó en un entrenamiento en bata, apareció en el programa de Jimmy Kimmel en calzoncillos y con el nombre del presentador rapado en la cabeza, se llevó por delante una cámara y un monitor después de perder un partido contra los Knicks, participó en el reality Dancing with the Stars (el Mira quién baila estadounidense) quedando en último lugar, confesó que se metía copazos de coñac Hennessy en el vestuario durante los tiempos muertos de los partidos, publicó su propio álbum de rap (con colaboraciones de gente como P. Diddy, Mike Jones o Juvenile), se presentó en una rueda de prensa gritando «¡Tengo Wheaties!» porque le habían traído una caja de cereales, aseguró que había crecido entre cucarachas y a uno de sus amigos le habían asesinado durante un partido clavándole la pata de una mesa en el pecho, dio las gracias a su psiquiatra en una entrevista tras ganar las finales de 2010, se apuntó a irse de fiesta con los fans random que se topaba por la calle (o a jugar con ellos al Monopoly en la playa), fue acusado de maltratar a sus perros, condenado por violencia doméstica y cambió legalmente su nombre por algo mucho más evocador: desde 2011 ya no se llama «Ron Artest» sino «Metta World Peace», siendo «Metta» (una palabra budista que podría traducirse como «amor») su nombre oficial y «World Peace» (paz mundial) su apellido legal.

Metta World Peace, el artista anteriormente conocido como Ron Artest. Imagen: Keith Allison (CC).

Pero las sugerencias de Bill Simmons sobre celebridades que habían penetrado en la Zona Tyson tampoco se quedaban atrás: Najeh Davenport es un jugador de la NFL que había sido condenado en su juventud por entrar en el dormitorio de una chica de la católica Barry University y cagar en su cesta de la ropa, algo que el propio Davenport negaba («¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde están los excrementos?»). El productor musical Suge Knight casi ha disparado tantos tiros como los que ha recibido y en la actualidad está siendo juzgado por asesinato tras atropellar a un amigo suyo y darse a la fuga. El cómico Andy Dick lleva años siendo despedido de películas y programas por presentarse en el lugar pasado de alcoholes y drogas, orinando en público, prometiendo felaciones y metiendo mano a toda mujer y hombre que se encuentra por el camino (una broma recurrente entre sus conocidos es decir que su nombre le sienta como un guante, pues «A. Dick» podría traducirse como «Un imbécil»).

Flavor Fla acabó en la cárcel tras disparar a su vecino. Liza Minnelli supo conservarse muy bien a base de mantenerse sumergida en alcohol la mayor parte del tiempo posible. A Margor Kidder la encontraron en 1996 hecha unos zorros tras vivir entre arbustos durante días como consecuencia de un ataque de nervios. Gary Busey ha llegado a esnifar cocaína del lomo de su propio perro. De Tara Reid se rumorea que perdió uno de sus dientes mientras estaba de party hard pero fue capaz de localizarlo y autoimplantárselo con pegamento para continuar la fiesta. Paris Hilton tan pronto protagonizaba una sex-tape como un anuncio de hamburguesas donde lavaba un coche refrotando el culo contra la carrocería o se montaba su propio reality show para buscarse una Best friend forever.

Dennis Rodman, alias The Worm, el jugador de la NBA que llamó la atención por sus pintas (pelos de colores, piercings y tatuajes numerosos) en una época (mediados de los noventa) donde la gente era más recatada, es de esas personas que gusta de acumular excentricidades como quien colecciona cromos: ha comisariado la Liga en Lencería de Rugby (donde se organizaban eventos que incluían «chicas, fuego, jaulas y… lencería»), le ha regalado un cabezazo a un árbitro, se ha presentado vestido de novia la promoción de su autobiografía, se ha convertido en estrella de acción para protagonizar películas espantosas como Double Team (coprotagonizada junto a Jean-Claude Van Damme) o Rescate explosivo, se ha ennoviado con gente como Carmen Electra o Madonna (quien, según el propio jugador, tenía tantas ganas de un Rodman Junior como para cruzar el país en avión durante sus días fértiles en busca de embarazo), se ha declarado bisexual para casarse consigo mismo, ha tenido su propio talk show, ha estado a punto de suicidarse con un rifle y se ha roto el pene en al menos tres ocasiones distintas.

También ha hecho carrera en el otro gran deporte que los americanos aman con pasión desbocada: la lucha libre, un terreno donde se alió con sus colegas Hulk Hogan, Kevin Nash y Scott Hall para formar un dream team de luchadores chungos conocidos como New World Order. En 2012, el periódico Los Angeles Times explicaba que su casa frente al mar podía ser fácilmente confundida con una estación de policía por culpa de las continuas visitas de los agentes del orden a los fiestorros desmedidos que organizaba Rodman. Aunque la más sorprendente de sus extravagancias sería hacerse colega del líder norcoreano Kim Jong-Un, una persona con la que asegura «haber compartido karaoke y salido a cabalgar juntos». Una relación extraña que le ha llevado a visitar Corea del Norte en varias ocasiones (en viajes patrocinados por una criptomoneda para comprar cannabis) y ha propiciado momentos tan vergonzosos como aquel monumental cabreo emitido en directo en la CNN donde fue entrevistado desde el país oriental demostrando que de políticas y actualidad el jugador no entiende mucho, un episodio bastante triste por el que acabaría disculpándose y echando la culpa al alcohol. Los cercanos a Rodman aseguran que cuando alguien le recuerda que en Corea del Norte hay gulags, el jugador contesta con la lógica de un niño de cuatro años: «Yeah. Pero yo no los he visto».

Dennis Rodman en Double Team. Imagen: Columbia Pictures.

Vecinos de la Zona Tyson

Evi Quaid confesó que ella y su marido habían intentado huir a Siberia para salvar sus vidas, pero finalmente no lo habían logrado porque «no fueron capaces de descubrir cómo se llegaba hasta allí». Unas declaraciones realizadas a una periodista del Vanity Fair, Nancy Jo Sales, a través de un teléfono de prepago porque el matrimonio había dejado de utilizar móviles temerosos de que una banda misteriosa de personas rastreasen su pista. El marido en cuestión era Randy Quaid, el hermano mayor de Dennis Quaid y un actor que ha participado en más de noventa películas (entre las que figuran cosas tan variadas como El último deber, Los fantasmas de Goya, Vaya par de idiotas, Locos de amor, Independence Day, No es otra estúpida película americana o El expreso de medianoche), ha ganado un Globo de Oro y ha sido nominado al Óscar y al BAFTA. Y las personas que supuestamente les seguían la pista eran los miembros de una asociación secreta llamada The Star Whackers que se dedicaba a asesinar estrellas de Hollywood.

Una organización que, según los Quaid, habían asesinado a David Carradine y Heath Ledger y pretendían hacer lo mismo con Lindsay Lohan, Britney Spears y Mel Gibson. Desde 2009 el matrimonio Quaid ha sido perseguido por la ley tras defraudar con una tarjeta de crédito, ocupar una casa que no era suya y pasar olímpicamente de todas las citaciones al juzgado. En 2010, ambos vivían y dormían en un coche, entre montañas de comida basura y los meados de su perro. Al final consiguieron huir de los Estados Unidos para establecerse en Vancouver, Canadá, y en cada una de las entrevistas y apariciones televisivas que han perpetrado desde entonces han dado la impresión de estar más tarados. En su visita a Good Morning America, la periodista Andrea Canning llegó a preguntarles directamente si eran mentalmente inestables, esquizofrénicos o habían ido drogados al programa y si realmente no estaban fingiendo toda esa payasada.

Randy Quaid. Imagen: James Jeffrey (CC).

Lindsay Lohan convirtió las clínicas de rehabilitación en su segunda residencia y tuvo ocurrencias tan acertadas como disfrazarse de Sharon Tate el día del cumpleaños de Charles Manson y contárselo a internet. En 2007, a Britney Spears se le fue la pinza por completo, se metió en una peluquería para raparse la cabeza a sí misma y poco después atacó a los paparazzi que la perseguían con un paraguas. En 2010, Mel Gibson descubrió que alguien había filtrado en internet una colección envidiable de conversaciones telefónicas donde el actor gritaba y amenazaba a su expareja como un completo desquiciado.

Uno de los relatos más fascinantes sobre gente acostumbrada a moverse por territorios absurdos y excéntricos es una anécdota del cantante Ninja del grupo Die Antwoord, una persona que directamente parece haber nacido en la Zona Tyson. Una crónica extraordinaria sobre cómo una llamada de Paris Hilton desembocó en una invitación de Kanye West para jugar un partido en casa de Drake, una persona que odiaba a Ninja, y acaba con Kim Kardashian preparando un pudding de banana. Una maravilla delirante que Julien Jourdain de Muizon tuvo a bien animar para Vice:

La ocasión en la que Ninja de Die Antwoord jugó al baloncesto en la casa de Drake.
Incluye testículos frotándose por la cara de raperos («aunque eso nunca ocurrió»).

Charlie Sheen directamente ha decidido plantar sus propios cultivos en la Zona Tyson. El actor de Wall Street, Conspiración en la sombra o Hot Shots! lleva desde 1998 tanteando el abrazo de las sobredosis y desde 2009 con el modo turbo activado. Ha sido detenido por destrozar habitaciones y golpear a su esposa, la policía le ha quitado la custodia de sus hijos, ha convertido en una rutina las visitas al hospital por pasarse con las drogas al mismo tiempo que se ha opuesto a vacunar a sus hijos «porque eso significa envenenarlos», ha logrado que lo despidan de la serie que le había convertido en el actor mejor pagado de la televisión estadounidense (Dos hombres y medio) por ciscarse en su productor, ha dado entrevistas para declarar que es un hechicero con sangre de tigre, ha decidido dedicar su vida a amorosa a coleccionar pornstars, ha subido vídeos a internet fumando cigarrillos por la nariz, ha reconocido ser VIH positivo pero no saber cómo lo contrajo y ha declarado «Estoy cansado de tener que hacer como que no soy especial. Estoy cansado de tener que hacer como que no soy una puta rockstar de Marte».

Charlie Sheen desayunando. Imagen: Warner Bros. Television.

«¿Deberíamos rebautizar la Zona Tyson con el nombre de Sheen?», se preguntó Simmons en una ocasión. «A lo mejor esto podría funcionar como la presidencia y que nadie tuviese permitido mantener el título durante más de ocho años. Además, Tyson es una persona que llega a justificar su estancia en la zona tres veces al año, pero Sheen lo hace tres veces al mes. Y hemos visto que Tyson durante los últimos años se ha ido tranquilizando, mientras que Sheen ya no puede etiquetarse como “libertino” porque eso menospreciaría lo que está haciendo», reflexionaba el columnista antes de llegar a la conclusión de que algunas convenciones son inamovibles: «¿A quién quiero engañar? La mantendremos como la Zona Tyson. Ese tío le arrancó de un mordisco parte de la oreja a Evander Holyfield durante un combate. Si Charlie quisiera arrebatarle el título a Tyson tendría que ir a un partido de los Lakers junto a tres estrellas porno, meterle un puñetazo en los morros a Jack Nicholson, lanzar una bolsa de coca en medio de la pista y arrojarse a esnifarla mientras mira porno en su iPad».

Al César lo que es del César

Si aquella región fantástica apadrinada por Simmons ha heredado la denominación Tyson es porque existen verdaderas razones para hacerlo. Y a la hora de la verdad es imposible vencer al rey en su terreno: Mike Tyson es el boxeador que utilizaba un pene falso repleto de orina para pasar los controles antidroga, aquel que confesó haber combatido en el 2000 contra Lou Savarese «completamente fumado y encocado». La persona que le arrancó de un bocado parte de la oreja a Evander Holyfield, amenazó con comerse a los hijos de Lennox Lewis, dijo que estaba preparado para pelear contra el mismísimo Jesucristo y le dio una paliza a siete prostitutas mientras andaba relleno de vodka, morfina y cocaína. Un despojo humano que ha sido condenado por violación, ha recurrido al vudú para intentar evitar la cárcel, ha embarazado a una funcionaria de prisiones mientras cumplía condena, ha comentado que estaba «decepcionado por no haber matado a nadie en el ring» y ha admitido que había hecho «de cinco a siete» cosas más graves que violar a una persona. Alguien que tenía tigres de bengala por mascotas, intentó sobornar al empleado de un zoo para que le dejase entrar en una jaula a darle una paliza a un gorila, se tatuó media cara con un tribal, estuvo encerrado con Steve-O tres horas en un lavabo metiéndose cocaína, le rompió la nariz a ese mismo Steve-O sin ni siquiera moverse durante un numerito en homenaje a Charlie Sheen, protagonizó un programa de televisión (Taking on Tyson) de seis episodios centrados participar en una competición de carreras de palomas y apoyó a Donald Trump en su candidatura a presidente de los Estados Unidos de América.

En 2012 un usuario de Reddit preguntaba a la comunidad sobre celebridades que hubiesen hecho méritos suficientes como para entrar la Zona Tyson.

Alguien contestaba: «Donald J. Trump. Ojalá se hubiese presentado a las elecciones para presidente».


Por qué es una estupenda noticia que Wonder Woman sea un filme mediocre

Wonder Woman, 2017. Imagen: Warner Bros.

No se puede creer: resulta que el nuevo Doctor de Doctor Who ya no va a ser Doctor sino Doctora. Con esta indigna ofensa, la BBC ha arruinado las infancias de millones de fans de uno de sus productos más longevos, plegándose así a esa patulea de voceros de la corrección política que nos invade. Y encima de una manera totalmente injustificable, porque todo el mundo sabe que los viajeros del tiempo extraterrestres transdimensionales son siempre hombres, vamos. ¿Cuánto más van a sufrir nuestras prístinas masculinidades como sigamos por este camino de decadencia y degeneración? ¿Qué será lo próximo? ¿Una mujer cruzando el mar a lomos de dragones? ¿Una mujer encabezando una rebelión armada con arco y flechas? ¿Una mujer a hostias contra alienígenas de sangre corrosiva? A poco que bajemos la guardia, son capaces de hacer un blockbuster de superhéroes protagonizado por una de estas advenedizas arpías; y eso ya sí que sería el acabose.

Exacto. Y además, para rematar la afrenta, parece ser que la peli en cuestión está dirigida también por una mujer. Así que allá que nos vamos para el cine a ver Wonder Woman, no sin antes habernos calado nuestros gayumbos de acero no sea que se caigan los alfileres con los que mantenemos sujeta nuestra virilidad. Espero que, al menos, la entrada sea más barata que la de los testosterónicos filmes que Mel Gibson rueda con su polla.

[No sigan leyendo si les asustan las mujeres protagonistas o si no quieren saber nada de la película porque, a partir de ahora, vienen unos cuantos SPOILERS]

Más de lo mismo

La cinta se desarrolla a principios del siglo XX pero comienza en la actualidad, con una elegantísima Diana Prince, a la sazón conservadora del Louvre parisino, haciendo referencia a lo único salvable de ese subproducto agresivamente estúpido llamado Batman v Superman, y que era, precisamente, el personaje de Wonder Woman. Se supone que el filme tiene que prepararnos para la futura Justice League porque forma parte del universo cinematográfico extendido que DC está construyendo para competir con Marvel —un fenómeno al que también se ha apuntado Universal con sus monstruos y que, como tengan éxito, me temo que acabaremos viendo hasta en las pelis de Michael Haneke.

Sea como fuere, la cosa enseguida cambia el foco temporal y se adscribe a la estructura de todas estas cintas sobre el origen de un superhéroe. Podemos entender la decisión porque el cine llega a un público bastante más amplio que el de los cómics y no es plan de colocarles delante al tío en mallas así sin más, por mucho que algunos ya estemos aburridos de ver caer el collar de perlas de Martha Wayne o a la simpática araña clavando sus fauces en el pizipireto Peter Parker. En este caso es incluso más comprensible porque, pese a que Wonder Woman forma parte del olimpo de DC, es un personaje mucho menos famoso que sus contrapartes masculinos, quién lo iba a decir. Además, el canon de los tebeos situaba la primera aparición de la superheroína del lazo en la II Guerra Mundial y, sin embargo, el filme de Patty Jenkins transcurre durante la guerra del 14.

Ahora bien, lo que quizá no era tan necesario es alargar la infancia, preadolescencia y adolescencia de la princesa de Temiscira. Sí, es importante para los acontecimientos venideros conocer las vicisitudes de su crecimiento, enseñarnos esa sociedad de amazonas inmortales que vive en una idílica isla del Mediterráneo separada del resto del mundo por una niebla que no sale en el pronóstico del tiempo, mientras se entrenan día y noche para hacer frente al mal entre mitológico y terrenal que se les avecina. El problema es que, cuando el mal de marras aparece en forma de apuesto piloto americano y malosos soldados alemanes, más de un espectador se había resignado a que Wonder Woman fuese un péplum.

Una vez las amazonas derrotan a los alemanes en la playa, no sin cierta dificultad, Diana decide que esa  «guerra que va a acabar con todas las guerras» de la que le habla el capitán Steve Trevor no es más que la ominosa profecía para la que la han preparado, además de obra de su archienemigo, el dios Ares. Así que se pira a Europa junto con nuestro piloto-espía de carismáticas —y pobladísimas— cejas, a demostrar que las carabinas, las ametralladoras y las armas químicas poco pueden hacer contra un buen escudo y una buena espada (además de fuerza y velocidad sobrehumanas, unos brazaletes mágicos y un lazo fluorescente que obliga a decir la verdad a quien se ve atrapado por él).

A partir de este momento tampoco tiene mucho sentido contar el resto del metraje porque sigue unas pautas tan eficaces como predecibles. A saber: la princesa llega a Londres, no entiende el mundo moderno porque es una mierda, va al frente occidental al que tampoco entiende porque es todavía más mierda pero, al menos, le sirve para hacer lo que mejor se le da hacer, que es proteger a los inocentes y liarse a mamporros contra los malos como buena superheroína de cómic que es. Luego, tras un par de intentos infructuosos y algún sacrificio trágico, Diana, ya definitivamente convertida en Wonder Woman, se enfrenta en combate épico al malvado final,  el cual, por cierto, no era quien nos habían insinuado que era sino un señor que había puesto cara de bueno siempre que había salido en el filme, lo despacha y tatachán, final de la peli; la Gran Guerra se acaba, los créditos suben, las niñas salen del cine deseando ponerse una coraza griega para luchar contra la injusticia, y los niños, bueno, los niños también porque la tía mola que te cagas.

Nada de esto es necesariamente malo y, de hecho, desde La reina de África hasta Kingsman, pasando por Terminator 2 o Aliens, hay un montón de magníficas cintas de acción y aventuras que siguen patrones clásicos sin ninguna otra ambición ni alarde estructural o lingüístico más allá de contar bien una historia y hacerla lo más disfrutable posible. Lo que pasa con esta Wonder Woman es que, comprendida como artefacto aislado, es una película muy irregular. Contiene secuencias formidables, como la batalla en las trincheras donde, con la mejor tradición superheroica, Diana se despoja de su gabán para enseñar no solo el traje de heroína sino su sentido de la dignidad y la justicia. También incluye algunos alivios cómicos bien divertidos, algo extraordinario en los enfurruñadísimos filmes de DC; y un par de esclarecedores mensajes para navegantes, con mención especial a la definición que Diana hace de lo que es una secretaria. Además, Chris Pine sabe arquear la mirada hasta el punto justo para ser un secundario perfecto, sin robar la mínima fracción de protagonismo a la verdadera estrella, una Gal Gadot que sostiene  todo el peso del metraje con una interpretación que mezcla candor y empoderamiento en una aleación tan robusta e indestructible como sus brazaletes.    

Wonder Woman, 2017. Imagen: Warner Bros.

En el lado torpe de la balanza, el guión de Allen Heinberg incurre en notables defectos de ritmo, alargando situaciones hasta lo pegajoso y contrayendo otras que merecían más tiempo en pantalla, lo cual da como resultado unos cuantos personajes descorazonadoramente desaprovechados, como los genéricos compañeros de armas de los protagonistas o, sobre todo, el interpretado por Elena Anaya, esa Doctora Veneno que apuntaba mucho más de lo que nos ofrece la película.

En definitiva, que Wonder Woman, considerada como blockbuster de superhéroes, es una cinta mediocre, al menos según la primera acepción de la RAE. Es decir, no es el tordo perpetrado por incapaces cognitivos que la precedió en el universo DC pero se queda a una buena distancia de la resplandeciente Los Vengadores. Pero, ¿saben una cosa? Esto es noticia estupenda.

El mundo necesita que el relato sea completo

Aquí es donde no podemos analizar a Wonder Woman de forma aislada, no podemos obviar que es un filme dirigido al público masivo, de un género dominador en el panorama hollywoodiense, con un presupuesto de ciento cincuenta millones de dólares, y que está protagonizado por una mujer y dirigido por una mujer. Todas estas circunstancias convirtieron a  la película en una cuestión simbólica desde varios meses antes de su estreno, desde el mismo momento en que se anunció. No podía ser un fracaso: tenía que ser buena, tenía que ser divertida  y, por encima de cualquier otra condición, tenía que reventar la taquilla. Es decir, por su propia naturaleza, tenía que demostrar más que otras películas similares. Una presión añadida que, de algún modo, sonará a millones de mujeres en todo el mundo.

Entonces, si Marshall McLuhan tenía razón y el medio es el mensaje, el mensaje último de Wonder Woman es que las mujeres pueden rodar taquillazos veraniegos tan bien (y tan mal) como los hombres. Sí, ha habido más filmes de acción exitosos protagonizados por mujeres y también ha habido más filmes de acción exitosos dirigidos por una mujer, pero es que la cinta de Jenkins lleva recaudados casi ochocientos millones de dólares en todo el mundo. No es solo la película dirigida por una mujer más taquillera de la historia sino que es la tercera película producida por Warner Bros. que más ha recaudado en los Estados Unidos, por delante de, lo han adivinado, Batman v Superman.

¿No significa esto que la verdadera buena noticia es que sea un éxito de público? Es razonable pensar que si Wonder Woman no hubiese conquistado la taquilla por mucho que sea casi idéntica a tantos otros filmes, las productoras, cuyo motor último es el dinero, se habrían fijado en lo único que la diferenciaba y, por tanto, serían aún más reticentes a colocar a una mujer en la silla de dirección. Pero también es razonable pensar que, con la enorme cantidad de dinero que pusieron en la promoción y el marketing de la película, el riesgo de fracaso económico era virtualmente despreciable. Es decir, que ya habían confiado en la batuta de una mujer. La única variable real, pues, era la calidad de la cinta; y si la cinta hubiese sido impecable, es igualmente razonable pensar que la presión a la que estuvo sometida se replicase a cualquier filme de género que, a partir de ese momento, fuese a dirigir una mujer.

Sin embargo, al firmar una película poco más que pasable, Patty Jenkins y por extensión, Warner Bros., abren (aunque sea levemente) la puerta a que otras mujeres puedan operar de manera similar a como lo hacen sus colegas hombres. Si Zack Snyder ha rodado estruendosos fracasos de crítica y público como Sucker Punch pero sigue al frente del universo cinematográfico de DC, y la última obra de Joss Whedon fue esa mediocridad llamada La era de Ultrón pero le siguen lloviendo ofertas, ya va siendo hora de que Jenkins y las que continúen su camino tengan las mismas oportunidades. Porque no sé si lo saben, pero la última película de Jenkins antes de Wonder Woman fue la multipremiada y multinominada Monster, y se estrenó  hace nada menos que catorce años.

Idealmente no necesitamos más películas pasables en el cine comercial pero, siendo realistas, eso es algo que va a seguir sucediendo. Si por cada cinco filmes mediocres aparece uno brillante, es difícil que esa proporción vaya a mejorar de forma ostensible. Pero, parafraseando a la cineasta Leticia Dolera, lo que sí necesitamos es que el relato sea completo; y sin las mujeres que guionizan, que dirigen o que son jefas de equipo, la narrativa del mundo de la cultura seguirá siendo parcial. Es ingenuo pensar que el foco de la industria va a girar por sí solo hacia las mujeres que hacen cine, pero si estas mujeres son más visibles, si se les permite hacer cine más visible y, en definitiva, si su número es mayor, el mundo no tendrá más remedio que acabar fijándose. El camino es muy largo pero es posible que Wonder Woman, siendo un éxito y siendo mediocre, ayude a que más mujeres se animen a intentar ocupar puestos de responsabilidad sin la presión sobrevenida. En todas las ramas de la industria y en todos sus géneros.

Además, ¿cómo sabemos que el relato no solo será más completo sino que será mejor? ¿Se han preguntado alguna vez cuántos genios de la cultura nos habremos perdido a lo largo de la historia solo porque eran mujeres, o de raza negra, o del país equivocado? ¿Cuánta gente fue invisibilizada, apartada o convertida en «anónimo»? ¿Cuántas personas con un talento inmenso ni siquiera se llegaron a plantear dedicarse a la disciplina para la que tenían ese talento porque sabían que nadie les tendría en cuenta? Es bastante probable que Patty Jenkins no sea el próximo Billy Wilder, pero la sociedad ya no se puede permitir perderse a alguien tan bueno como Wilder únicamente porque haya nacido mujer.

Patty Jenkins durante el rodaje de Wonder Woman, 2017. Imagen: Warner Bros.


Gloriosos bastardos

Fotografía: Ryan J. Quick (CC)

Hollywood

El origen de las nueve letras que sirven de diadema al monte Lee tiene poco de cartel de bienvenida al cosmos cinematográfico y mucho de banner publicitario inmobiliario. Cuando el gigantesco letrero fue plantado allí en 1923 su texto rezaba HOLLYWOODLAND y una montaña de bombillas lo cercaban con parpadeos incómodos, hermanándolo con la sordidez clásica del neón promocional. Aquellas letras eran en realidad el anuncio promocional de una urbanización con el mismo nombre.

El espectador suele imaginar a las estrellas como divinidades sin verrugas, acostumbradas a un mayordomo cuyo acento viste con corbata, a limusinas cuyo interior se recorre en quad, a localizar el baño de la mansión tirando de Google Maps y a una placentera vida dedicada a bucear en el jacuzzi en busca de las tarjetas de crédito y las bragas de débito. La meca del cine fabrica a la estrella impoluta, a prostitutas con la cara de Julia Roberts haciendo agostos en Hollywood Boulevard cuando cualquier persona de bien sabe que la carne a la venta acampa realmente en Sunset Boulevard y tiene cara de haber sido atropellada por una furgoneta conducida por la tragedia. El público es ajeno a la infame realidad de sus estrellas y nunca descubrirá en la gran pantalla que a Daryl Hannah le falta medio dedo de la mano izquierda, porque eso estamparía la perfección de la leyenda contra el suelo de lo mundano.

La única persona conocida a la que Sean Connery sería capaz de matar es al James Bond interpretado por el propio Sean Connery. El desprecio del escocés por el agente de tres dígitos desconcertaba. Pero su caballeresca figura se despeinaba mucho más con la onda expansiva provocada por la hostia a palma descubierta que eran sus declaraciones en 1965 a la revista Playboy: «No creo que haya nada malo en golpear a una mujer, aunque no recomiendo hacerlo de la misma manera en la que golpearías a un hombre. Una bofetada a mano abierta se justifica si las otras alternativas fallan y han existido advertencias. Si una mujer es una puta, o una histérica, o muy difícil, entonces lo haría. Creo que un hombre tiene que estar ligeramente avanzado, por delante de la mujer». Veintidós años más tarde Barbara Walters le sentaría en un plató para replantearle a bocajarro la desacertada afirmación y Connery pilotando su patinete de misoginia reafirmaría su opinión. A John Wayne otra entrevista le destapó ciertos prejuicios: «Creo en la supremacía blanca hasta que los negros sean educados para alcanzar cierto punto de responsabilidad. No creo en dar autoridad y posiciones de liderazgo y juicio a las personas irresponsables». Pero curiosamente llegó a resultar más escandaloso otro dato desconocido de su vida: odiaba montar a caballo.

En algún momento Errol Flynn pronunció la frase «Me gusta el whisky viejo y las mujeres jóvenes» y en 1942 dos chicas menores de edad lo acusaron de violación; del popular juicio su figura saldría inocente y su imagen vapuleada. Sammy Davis Jr. promocionaría la Iglesia de Satán entre Hollywood luciendo distinguidas uñas pintadas de rojo que lo revelaban como simpatizante del colectivo. Mel Gibson y Christian Bale sufrirían grabaciones furtivas que los revelarían como granadas de mano humanas. Randy Quaid pasaría de optar a Globos de Oro, BAFTAs y Óscar a opositar por una plaza en un centro de salud mental: tras anunciar que unos misteriosos asesinos de estrellas de cine, llamados Hollywood star whackers persiguen su trasero con oscuros propósitos, decide refugiarse en Canadá donde suplica que lo adopten.

El caso de sir Christopher Lee tiene sombras más afiladas. En pantalla vistió capas y cruzó exitosamente a un gremlin con Batman, pero su pasado en el plano terrenal resultaba incluso más tenebroso: participó en la Segunda Guerra Mundial con el ejército británico y fue parte del Special Operations Executive, un dream team de agentes secretos y operaciones confidenciales ideado por Winston Churchill (y conocido popularmente como «Los irregulares de Baker Street» o «Churchill’s Secret Army»). En cierta ocasión un periodista intentó sonsacar a Lee algún detalle sobre esas misiones misteriosas: «¿Sabes guardar un secreto?» le inquirió Lee. «Sí» respondió el periodista, «Yo también» sentenció el actor. La verdad sobre aquel ejército solo la conoce el propio Lee y la imagina ligeramente Peter Jackson: durante el rodaje de El retorno del rey el director neozelandés precalentaba la muerte de Saruman instruyendo al inglés sobre los gritos con los que debería adornar su apuñalamiento, cuando de repente fue interrumpido: «Peter, ¿alguna vez has oído el sonido que hace un hombre al ser apuñalado en la espalda?», inquirió Lee; «No», respondió Jackson. «Bueno, yo sí. Sé lo que tengo que hacer», sentenció el actor al tiempo que la temperatura de la habitación decidía que era el momento oportuno para desplomarse de golpe.

No era el único legendario que vería nazis más allá de las salas, Lee Marvin sobrevivió a una masacre en la que casi todos sus compañeros promocionaron a picadillo. Mel Brooks vivió el conflicto desactivando bombas enemigas. Y la tierna Audrey Hepburn camuflada bajo un nombre falso (Edda van Heemstra) no solo tuvo coraje para escapar del camión en el que la arrojaron las tropas alemanas, sino que aprovechó sus artes como bailarina para realizar black-perfomances, funciones a puerta cerrada (donde los asistentes no aplaudían para no llamar la atención del exterior) en las que recolectaba dinero y transportaba correo secreto para la resistencia holandesa. El día que la guerra finalizó decidió dedicarse a algo más coherente con su futura imagen popular: enfermar por sobredosis de azúcar.

Hullywood

Durante los setenta si el visitante dirigía la vista hacía el monte del Parque Griffith se encontraba con un extraño mensaje: HuLLYWOOD. La parte superior de la segunda letra había decidido independizarse tras años de malos tratos. A Hugh Hefner le fastidiaba no ver la rotulación correcta en la montaña cada vez que levantaba la cabeza de sus colinas de silicona, y organizó una campaña para restaurarla. Cada una de las letras fue costeada por donantes distinguidos, Alice Cooper pagó la segunda O en honor a su colega Groucho Marx. Es importante esto, porque Alice Cooper podría aparecer cualquier día y llevarse la segunda O al jardín de su casa.

La degradación como medio de vida es un clásico de las bambalinas de Hollywood. Oliver Reed vomitó media barra libre sobre Steve McQueen y su afición por la gresca le llevó a partirse la cara en un bar para luego partírsela de nuevo con el taxista que le llevaba desde el bar a casa. Angelina Jolie visitaba a su camello tres veces a la semana para mantener una saludable receta de coca y heroína. Daniel Radcliffe cambió frascos de pociones por botellas de Jack Daniel’s. El insoportable Tim Allen vivió dos años de cárcel por tráfico de drogas. Hugh Grant demostró que se la mamaba su imagen de galán romántico cuando contrató los servicios de una prostituta en su coche. Gary Busey, con su cara de zumbado de la vida y dentadura de teleñeco, relataba cómo su perro se revolcó sobre un montón de cocaína desparramada y él no pudo evitar esnifar el polvo directamente del lomo del chucho. Nick Nolte era arrestado colocadísimo de GHB y legaría al mundo una famosa foto del momento en la que su alborotado pelo lo convertía en una mitológica medusa moderna. Sus declaraciones sobre el asunto acompañaron en estilo: «Llevo años metiéndome esto y nunca me han violado».

También están quienes han decidido convertir su vida real en una extensión de la ficticia. Robert Downey Jr. interpretó en Golpe al sueño americano a un joven deslizándose por un tobogán de drogas y después definió ese papel como «la visita del fantasma de las Navidades futuras». Downey haría turismo por rehabilitaciones, apuntalaría sillas en juzgados, asaltaría casas de vecinos e incluso firmaría por proyectos (Ally McBeal) cuando ni siquiera tenía claro si el rodaje le pillaría en prisión. Charlie Sheen supo llevarlo mejor, juró públicamente fidelidad a las drogas, la bebida, las actrices porno y los excesos, esputó sobre los productores de la serie (Dos hombres y medio) que le convirtió en el actor mejor pagado de la televisión y embelleció toda entrevista asegurando que era un «brujo con sangre de tigre». Aunque para hacer justicia habría que señalar que Sheen solo ha pasado por un periodo grave de adicciones ilegales: el que comenzó en los ochenta y dura hasta la actualidad.

Y por último existen dos personajes que han sido especialmente hábiles a la hora de engañar al público con su imagen proyectada. El primero es Dolph Lundgren, aquel al que Roger Moore definió con un «es más grande que Dinamarca»: en el ecosistema fílmico era una mole de músculos con problemas para componer frases complejas sin autoinducirse el coma. En la vida real era un estudiante superdotado licenciado en Ingeniería Química que hablaba varios idiomas, coleccionaba becas prestigiosas y salía de fiesta con Andy Warhol, Iman y Keith Haring. Y el segundo es Pal, el único actor que se hizo pasar por actriz durante ocho exitosas películas sin que el público sospechara nunca nada raro. Aquel intérprete que en la pantalla grande respondía al nombre de Lassie.

Hollywoodland

Un viernes 16 de septiembre de 1932 Peg Entwistle, una joven actriz de veinticuatro años que había pisado Broadway, decía en casa que salía un rato a comprar tabaco y a saludar a un par de amigos, pero estaba mintiendo. En realidad Entwistle se dirigió hacía el gigantesco cartel que coronaba el monte Lee, trepó por la letra hache y desde lo alto de la capital se arrojó al vacío dejando tras de sí una nota de suicidio y una carrera que no llegaría a despegar. Ese mismo año había participado en su primera película, Thirteen women una producción de la RKO aún por estrenar, en la que tenía un pequeño papel al que la sala de montaje recortaba las puntas. La furia con la que la prensa cinceló aquella imagen de actriz fracasada y suicida superaría cualquier legado fílmico que ella hubiese construido. La gloria bastarda convirtió a la persona en leyenda invirtiendo los papeles de la fama. Entwistle localizó dónde se encontraba el punto exacto que separaba a la persona del mito cinematográfico: en lo más alto de esas letras gigantescas que anunciaban un sueño. Y justo después sus huesos chocaron contra el suelo.


¿Cuál es el beso definitivo visto en cine?

Una película buena es aquella que termina en boda. Ese es el exigente criterio que usaba mi abuela, y aunque siempre me pareció digno de tener en cuenta resulta problemático, al dejar fuera prácticamente todo el género zombi y la filmografía al completo de Steven Seagal. Tal vez una historia que acabe en boda sea el broche de oro para la carrera de este fornido actor ruso. Y si además contiene zombis, mejor. Mientras tanto, parece más razonable valorar una película en función de si incluye beso, que no es tanto como casarse pero supone una expresión de afecto y de compromiso mutuo que va mucho más allá del apretón de manos o la palmadita en la espalda. A lo largo de la trama hemos visto incrementarse la tensión sexual entre los protagonistas, desde lo que a menudo suele ser un malentendido inicial, pasando por una evaluación crítica de la otra parte mientras viven juntos toda clase de aventuras hasta que, en lo que acostumbra a ser el desenlace, con ese gesto sellan su visto bueno y dan a entender que terminarán follando y —ahora sí, aunque ya no se nos muestre en pantalla— incluso contrayendo matrimonio. Es el final feliz que estábamos esperando. A continuación mostramos los más memorables para que voten o añadan su favorito.

(La caja de voto se encuentra al final del texto)

_______________________________________________________________________

El Imperio contraataca

A la princesa Leia le gusta Han Solo porque era un sinvergüenza, admitía, pero Luke Skywalker resultaba ser todo lo contrario y tampoco le hacía ascos, todo vale para el convento (y eso sin contar las escenas eliminadas). Con tanta consanguinidad en aquel universo normal que en la cantina de Mos Eisley no hubiera uno medio normal, así que mejor nos quedamos con la relación entre los dos primeros y ese beso interrumpido por C3PO.

_______________________________________________________________________

El planeta de los simios

Durante el rodaje de esta película en 1967 ocurrió un hecho curioso, tal como contaban en Planet of the Apes Revisited. Los actores que interpretaban a chimpancés, gorilas, orangutanes y humanos se reunían entre ellos para comer en mesas separadas, sin interactuar cada uno con los restantes grupos. El actor James Franciscus llegó a percatarse de este tribalismo inconsciente: «Mirad alrededor. ¿Os dais cuenta de lo que está pasando? Esto es un microcosmos de lo que probablemente ocurre en todo el mundo». Efectivamente. Es lo que en biología llaman especiación y es lo que terminó llevando precisamente a que existieran chimpancés, gorilas, orangutanes y humanos como especies distintas. Claro que esa deriva de poblaciones a veces puede verse interrumpida cuando se entremezclan genes de grupos diferentes, que es lo que el personaje de Charlton Heston anda aquí con ganas de hacer con Zira, un tanto reacia al comienzo aunque luego parece quedarse con ganas de más.

_______________________________________________________________________

Casablanca

«Bésame. ¡Bésame como si fuera la última vez!» le decía Ingrid Bergman a Humphrey Bogart cuando estaban en París, intuyendo que cada uno seguiría su propio camino aunque luego se reencontrasen momentáneamente en la ciudad de Casablanca.

_______________________________________________________________________

E.T.

Recordando su infancia solitaria, Steven Spielberg imaginó una historia que describiera el vínculo tan estrecho que adquiría un niño con un alienígena, de tal forma que lo que uno pensaba, sentía o bebía afectase al otro. La idea tuvo una acogida extraordinaria y la película llegó a recaudar más de un gritón de dólares. Esta es una de sus escenas más recordadas, con un Elliott que repite lo que E. T. ve por televisión y no con una escogida al azar de su clase, que estaría ebrio pero tonto no era, sino con Erika Eleniak, quien más tarde sería modelo Playboy y actriz en Los vigilantes de la playa.

_______________________________________________________________________

Star Trek

Puede que Spock no sea el primero que se nos venga a la mente al escuchar el término «galán», pero sabe hablar de la lógica con tal apasionamiento que acaba conquistando el corazón de Uhura, a quien llega a tocarle el arpa cual Cupido para sofocar sus últimas resistencias. No obstante —y a riesgo de poner celoso al vulcano hay otro beso de Uhura que también nos interesa: el que le dio a Kirk en un capítulo de la serie emitido en 1968, convirtiéndose así en el primer beso interracial de la historia de la televisión. Aquí lo cuentan.

_______________________________________________________________________

Vértigo

La cinta tuvo una acogida inicialmente tibia por parte del público, cosa que decepcionó a Hitchcock, pues él pretendía siempre agradar a los espectadores antes que a la crítica. Pero con el paso de los años ha ido ganando prestigio y se ha convertido en todo un clásico del cine. Esta historia de la obsesión del personaje de James Stewart por la atractiva rubia de moño hipnótico culmina con esta visión alucinada de su sustituta, a quien termina dando por buena con ese beso.

_______________________________________________________________________

Brokeback Mountain

Aunque en esta película que narra la difícil relación amorosa de dos cowboys Ang Lee filmó las escenas sexuales de una manera en la que predominaba el amor sobre el erotismo, el beso de reencuentro fue tan apasionado que Heath Ledger estuvo a punto de romperle la nariz a Jake Gyllenhaal.

_______________________________________________________________________

Pompeya

Si tuviéramos que cantar las alabanzas de este filme acabaríamos bastante rápido, digamos que cumple con lo que se podía esperar del responsable de Mortal Kombat y la saga Resident Evil. Ahora bien, este momento final —que forma parte del cartel, no hay spoiler que valga— compensa todo lo anterior, así es como Michael Bay filmaría una escena romántica. Jon Nieve le planta tal ósculo a la chica mientras el mundo explota a su alrededor que la deja petrificada para la posteridad.

_______________________________________________________________________

Lo que el viento se llevó

La cobra es una de las plagas de nuestro tiempo, la reacción ineludible a buena parte de los intentos que uno atina a dar. ¿Cómo es posible que tenga tan poco reflejo en la pantalla? Porque sencillamente es algo muy poco cinematográfico. En el terreno de la ficción la mayor parte de los besos son correspondidos y si por exigencias del guion algunos deben ser rechazados, tiene mayor fuerza dramática que reciban por respuesta una sonora bofetada como la que aquí se lleva Rhett Butler. Pero como Clark Gable es todo un señor sabe mantener la compostura, ya tendrá más adelante ocasión de vengarse.

_______________________________________________________________________

El diario de Bridget Jones: Sobreviviré

En otras ocasiones, como vemos en esta secuela, el beso es aceptado aunque a continuación se rechace la sentida declaración de amor que lleva unido. Al menos le queda la vaga promesa de ser la primera en caso de que algún día cambie de orientación.

_______________________________________________________________________

Match Point

No es frecuente ver a Woody Allen rodando escenas tan arrebatadoras como la que ven sobre estas líneas, pero le animamos a que siga por este camino porque le quedó realmente bien.

_______________________________________________________________________

El Padrino II

En el Evangelio de Marcos se describe la traición de Judas, quien se hizo acompañar de una turba armada al encuentro de Jesús, dándoles previamente esta contraseña: «Al que yo le dé un beso, ese es; arréstenlo y llévenselo bien asegurado». De ese beso de Judas proviene la costumbre mafiosa llamada «beso de la muerte», con la que se marcaba a algún miembro de la familia acusado de traición. Eso es lo que hace Michael con su hermano mientras se encuentran en La Habana, momentos antes de que un Fidel Castro que ahora es noticia por su muerte se hiciera con el poder obligándoles a huir. La amenaza sobre el bueno de Fredo en cualquier caso terminaría ejecutándose en territorio estadounidense.

_______________________________________________________________________

La teoría del todo

Stephen Hawking lleva los últimos años profetizando la extinción de la humanidad con tanto énfasis que parece que no anhela otra cosa que vernos muertos a todos. Pero en ese negro corazón hubo en otro tiempo sitio para el amor y eso es lo que nos cuenta este magnífico biopic. Con este conmovedor beso su novia une su destino al suyo, aunque previamente le hubieran diagnosticado una enfermedad degenerativa por la que no le daban más de dos años de vida.

_______________________________________________________________________

Spiderman

De todos los miles de besos que hemos visto en pantalla, bajo casi todas las formas imaginables, este fue el primero en emplear semejante postura. Es por tanto digno de ser incluido esta selección.

_______________________________________________________________________

El año que vivimos peligrosamente

Al presidente de Indonesia, Sukarno, le gustaba usar la expresión italiana «Vivere pericoloso» y de ahí surgiría el título de la novela que un cineasta de enorme talento como Peter Weir llevaría al cine. Tuvo además la suerte de contar con Mel Gibson y Sigourney Weaver de protagonistas y con Vangelis en la banda sonora. La combinación de todos ellos resultó inmejorable, siendo esta escena un buen ejemplo de ello.

_______________________________________________________________________

Desayuno con diamantes

George Peppard alcanzó la fama en dos épocas, primero en los sesenta con películas como Con él llegó el escándalo o esta otra, y luego en los ochenta con la serie El Equipo A, además se casó en cinco ocasiones, bebió hasta el alcoholismo y fumó hasta morir de cáncer. Puede decirse que aprovechó el tiempo. Aquí interpretaba a un escritor frustrado que vivía a costa de una amante rica hasta que conoce a su alma gemela, una cazafortunas con bastantes pájaros en la cabeza encarnada por Audrey Hepburn. Tras decirle un par de cosas la deja atrás junto con el anillo para ir en busca del gato, ella duda en ponérselo y cuando ya sabemos qué futuro ha escogido se reencuentran bajo la lluvia mientras suena «Moon River».

_______________________________________________________________________

Cinema Paradiso

Qué mejor manera de concluir que con una de las escenas más recordadas de la historia del cine, cualquier ocasión es buena para volverla a ver. Giuseppe Tornatore quiso homenajear a su profesión con esta historia de un director que regresa a su Sicilia natal para acudir al funeral del proyeccionista que le inculcó esta pasión. Allí recibirá como legado una bobina con el montaje de todos los besos censurados décadas atrás.

_______________________________________________________________________


¿Cuál ha sido la mejor adaptación al cine de Shakespeare?

En un tiempo en el que el Puente de Londres estaba bellamente decorado con picas de las que pendían cabezas de traidores y la gente se entretenía con peleas de osos o con chimpancés montados a caballo siendo atacados por una jauría de perros, Shakespeare tuvo que estrujarse mucho las meninges para idear historias que pudieran cautivar al público, sin apenas decorados y con actores pobremente pertrechados. Todo debía depender de la imaginación y de la fuerza de la palabra. Dejó escritas casi un millón de ellas, con tal acierto que siglos después Hollywood no podría encontrar mejor guionista, de manera que en la lista de nombres más citados en la base de datos IMDb ahí lo vemos bien acompañado de Ron Jeremy y Adolf Hitler. Tiene más de un millar de referencias, aunque su influencia en el cine es sencillamente incalculable… al menos hasta la publicación de esta encuesta. Nos proponemos a continuación escoger nuestra adaptación favorita de un texto shakesperiano, o la segunda mejor, dado que difícilmente nada podrá superar esto. Así que voten o añadan su favorita.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

_______________________________________________________________________

Macbeth

Imagen de See-Saw Films.
Imagen de See-Saw Films.

Orson Welles, Roman Polanski, Akira Kurosawa… muchos de los mejores cineastas han quedado prendados de esta obra en torno a la ambición por el poder, que nos deslumbra como una bombilla incandescente a las polillas e igual que a ellas nos termina achicharrando cuando nos aproximamos demasiado. Macbeth, como es costumbre en los personajes del dramaturgo, tiene además la lucidez suficiente para ser consciente de la perdición a la que es arrastrado, de ahí que acabe asumiendo aquello de que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. Cómo un director podría resistirse a una historia de tan altos vuelos. Todas las adaptaciones han sido meritorias, destacando por su originalidad Trono de sangre con Toshiro Mifune que ya tiene desde esta semana su estrella en el Paseo de la Fama— aunque nos quedamos con la más reciente, esta del 2015, por la espectacularidad de sus imágenes y por contar nada menos que con Michael Fassbender y Marion Cotillard.

_______________________________________________________________________

West Side Story

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

La primera adaptación de Romeo y Julieta vio la luz en una fecha tan temprana como 1908. Desde entonces ha padecido toda clase de experimentos, desde el que propinó Baz Lurhman hasta Gnomeo y Julieta, pero si hemos de preguntar por la versión más celebrada casi todo el mundo nos dirá este musical ambientado en Nueva York que a punto estuvo de ser protagonizado por Elvis Presley. Qué mejor ocasión para recordar este momento.

_______________________________________________________________________

El mercader de Venecia

Imagen de Spice Factory.
Imagen de Spice Factory.

Desde comienzos de la Edad Media los judíos no podían poseer tierras ni ejercer muchos trabajos en buena parte de Europa; por su parte a los cristianos los Evangelios les decían bien claro que los préstamos con interés no eran moralmente aceptables. La solución idónea resultó ser la especialización de los primeros en dicha actividad económica: nacía así el estereotipo del judío usurero. El problema es que los acreedores no suelen caernos simpáticos… Shakespeare recogió el antisemitismo de su tiempo y moldeó con él uno de los mejores personajes de la historia de la literatura, Shylock. En lugar de convertirlo en un simple malvado lo dotó de tal humanidad que su discurso se convirtió en un alegato mil veces recordado desde entonces, como en la escena final de Ser o no ser.

_______________________________________________________________________

Hamlet

Imagen de Icon Production.
Imagen de Icon Production.

Entre el encorsetamiento de las adaptaciones clásicas del Bardo y la espantajería pop de algunas de las más recientes hay un virtuoso término medio que Franco Zeffirelli supo encontrar. Aunque naturalmente es algo susceptible de opinión, así que aquí tienen para comparar el monólogo de la versión de Laurence Olivier, aquí el de la película de Kenneth Branagh, aquí el de la interpretada por Mel Gibson y por último el de la versión de Ethan Hawke.

_______________________________________________________________________

Enrique V

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Las seis películas ha dirigido Kenneth Branagh en torno a la obra de Shakespeare lo convierten en uno de sus adaptadores oficiales. Enrique V fue la primera de todas ellas, y tal vez la mejor, al menos le valió sendas nominaciones como actor y director. No podemos olvidar su escena cumbre, en la que arenga a sus soldados antes de la batalla del día de San Crispín.

_______________________________________________________________________

Mucho ruido y pocas nueces

Imagen de Samuel Goldwyn Company.
Imagen de Samuel Goldwyn Company.

Sus comedias generalmente no han tenido unas adaptaciones de calidad semejante a sus tragedias, quizá el motivo sea que el humor es perecedero y está más sujeto al contexto cultural. Pese a todo el resultado fue aceptable en esta versión de Branagh en la que contemplamos a un insólito Pedro I de Aragón. Otra comedia de este director, que no era una adaptación aunque sí estaba vinculada al universo de Shakespeare, fue aquella tan simpática titulada En lo más crudo del crudo invierno. Por otro lado, Joss Whedon tuvo tiempo entre Vengadores y Vengadores para filmar su propia versión de la obra, con cuatro duros y la participación de sus colegas habituales. Una simpática adaptación en blanco y negro en escenario contemporáneo.

_______________________________________________________________________

Otelo

Imagen de Castle Rock Entertainment.
Imagen de Castle Rock Entertainment.

En la época de nuestro autor andaban al acecho los puritanos, que lógicamente no veían con buenos ojos algo que divirtiera a la gente como era el teatro. Lo que no existía, por suerte para él, era esa evolución posterior del puritanismo conocida como corrección política, con su empeño por fiscalizar la ficción. Por esta obra hoy día hubiera tenido que dar muchas explicaciones pero afortunadamente ya está escrita y no puede cambiarse. En esta versión vemos de nuevo a Kenneth Branagh, esta vez interpretando a Yago, uno de los personajes más sugerentes y perversos que ha dado la obra shakesperiana.

_______________________________________________________________________

Campanadas a medianoche

Imagen de Alpine Films.
Imagen de Alpine Films.

Como vemos, hay personajes salidos de su pluma que parecen adquirir vida propia y tomar su propio rumbo. Es el caso del vitalista Falstaff, a quien interpretó un esférico Orson Welles en esta cinta rodada en España (por ahí vemos a Fernando Rey) que recrea fragmentos de un total de cinco obras suyas. De nuevo estamos ante un cineasta adicto a Shakespeare, pues previamente ya había dirigido Macbeth y Otelo.

_______________________________________________________________________

Ran

Imagen de Greenwich Film Productions.
Imagen de Greenwich Film Productions.

De Kurosawa podemos decir lo mismo. Entre las diversas obras literarias occidentales que adaptó al contexto japonés destacan las del dramaturgo inglés, como la mencionada al inicio o esta superproducción que recreaba El rey Lear.

_______________________________________________________________________

Diez razones para odiarte

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Hollywood se ha recreado siempre en la descripción de los institutos americanos a la manera en que lo hace un documental cualquiera sobre los antílopes de la sabana, sin ahorrarnos detalle sobre sus ritos de apareamiento y sus luchas jerárquicas. Era inevitable que semejante hábitat terminase siendo el escenario de alguna adaptación shakesperiana, en este caso de la que es quizá su comedia más conocida: La fierecilla domada. El resultado fue mejor de lo que cabía esperar en esta película protagonizada por el malogrado Heath Ledger.

_______________________________________________________________________

Julio César

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Mankiewicz coescribió y dirigió esta tragedia en la que nuestro autor recreaba la conspiración y el asesinato de Julio César. Quiso cuidar cada detalle, y para ello contó con actores que ya estaban familiarizados con esta obra salvo en el caso de Marlon Brando, que a pesar de ello supo estar a la altura y resultó nominado al Óscar. John Huston describió su interpretación aquí como «abrir un horno caliente dentro de una habitación oscura», aquí tenemos un ejemplo.

_______________________________________________________________________

Shakespeare in Love

Imagen de Miramax Films.
Imagen de Miramax Films.

No es una adaptación de una obra en concreto pero sí de la vida y del universo de Shakespeare, por lo que merece que la incluyamos. Obtuvo siete Óscar esta encantadora historia que juega con el travestismo que tanto gustaba al escritor inglés (la quinta parte de sus obras lo incluyen, qué vicio llevaba), con una Viola disfrazándose de hombre para poder actuar en el teatro y aproximarse al escritor, quien terminará dedicándole un personaje en Noche de reyes.

_______________________________________________________________________

Planeta Prohibido

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

Basta con que cambiemos un mago por un científico, Miranda por Altaira, Robby por Ariel, la isla por el planeta Altair-4, Calibán por aquel ente maléfico que «renueva su estructura molecular de microsegundo en microsegundo», los supervivientes del barco por la tripulación capitaneada por Leslie Nielsen y en lugar de La tempestad tendremos frente a nosotros este clásico de la ciencia ficción.

_______________________________________________________________________


¿Qué escena nos obligó a taparnos los ojos?

En aquella pequeña joya que fue En busca del fuego hay una secuencia en la que uno de los protagonistas, subido a un árbol, deja caer una piedra sobre la cabeza de su compañero de aventuras. Cuando le ven la cabeza empapada en sangre todos empiezan a reír con ganas y, lo mejor, es que los espectadores también lo hacemos junto a ellos. Hay cosas que nunca cambian. Según su crudeza la violencia nos puede divertir u horrorizar, pero en este último caso dejamos un hueco entre los dedos al taparnos los ojos, que una cosa es mostrar nuestro rechazo moral y otra quedarse sin verla. Claro que hoy día, con la dura competencia de internet y sus vídeos de accidentes en algún ascensor chino que quitarían el apetito al forense más curtido, directores y guionistas han tenido que subir la apuesta en su afán por impresionarnos. Para lograrlo a veces no es preciso verter litros de sangre ni mostrar kilos de casquería, una crueldad refinada o imaginativa puede conseguir el mismo efecto. Así que aprovechando que Halloween está al caer a eso iremos en esta encuesta, a qué serie o película de cine comercial ha logrado mostrar la escena más espeluznante y sádica sin pertenecer al género de terror, del que ya hablamos recientemente. De manera que voten o añadan algún otro ejemplo de los muchos que dejamos fuera.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

__________________________________________________________________________________

Deadwood

alkid

Esta serie de la HBO retrató a los pioneros del Oeste de una manera intuimos que bastante próxima a como fueron realmente. Sobre ese gran lodazal sin ley donde se sacaban los ojos unos a otros tenía su pequeño reino Al Swearengen. Su falta de escrúpulos al manejar los hilos de esa localidad habría escandalizado a Maquiavelo, pero lo compensaba con una elocuencia y un sarcasmo con el que terminaba ganándose nuestra simpatía. Así que cómo no conmoverse cuando después de haber acabado con tantos enemigos son unas piedras en el riñón las que casi se lo llevan a él por delante. Qué mal rato.

__________________________________________________________________________________

Misery

El refranero y las citas célebres nos advierten siempre de cuidarnos de los más cercanos pues son, precisamente, los que más daño puede causarnos. ¿Qué no será capaz de hacer entonces quien se define como nuestra «fan número uno»? Pues aquí lo vemos, en el momento más recordado de la adaptación del libro de Stephen King. Una solución un tanto drástica cuando alguien no logra estarse quieto con la que más de un profesor, padre o vecino ha fantaseado alguna vez.

__________________________________________________________________________________

Seven

Si el asesinato fuera una de las bellas artes entonces estaríamos aquí ante un genio renacentista y como hipotéticos críticos de tal disciplina tendríamos muy difícil decantarnos por la mejor de sus obras. Cada una de las muertes que vemos aquí es increíblemente retorcida, perversa y cuenta con una cuidadísima puesta en escena. Puestos a escoger quizá nos quedásemos con la referida al pecado de la pereza por la dedicación requerida, tormento para la víctima y efecto estético alcanzado en el cuerpo. Puro virtuosismo. Por lo demás, de la película ya hablamos más extensamente en este artículo.

__________________________________________________________________________________

El silencio de los corderos

Todo en el doctor Hannibal Lecter se ha convertido en icónico y casi cada una de sus frases forma parte de la cultura popular, pero la quintaesencia de su crueldad y su inteligencia malévola la hallamos en la escena de su fuga. Es destacable esa capacidad de mostrar una violencia considerable y al mismo tiempo utilizar elipsis para los detalles en los que algún director asiático se recrearía, como el de la elaboración de la máscara.

__________________________________________________________________________________

La cinta blanca

De Michael Haneke la elección más obvia sería Funny Games, que además la rodó en dos ocasiones. Pero esta película refleja mejor un insano sadismo sin necesidad de recurrir al thriller. No hace falta llenarlo todo de psicópatas torturadores, sangre y cadáveres esparcidos para mostrar una brutalidad extrema, y un buen ejemplo de ello lo tenemos en este diálogo.

__________________________________________________________________________________

Hard Candy

Continuando con una crueldad que no lo deje todo perdido, otro ejemplo imprescindible es la secuencia de la castración en esta cinta. Una operación angustiosa y que termina no siendo tal pero el mal rato ya no nos lo quitan.

__________________________________________________________________________________

La pasión de Cristo

>

Aquí sí podemos ver unos cuantos litros de sangre y tiene su mérito dado que no es el recurso que cabía esperar en este género. Acostumbrados al solemne y anticuado cine religioso con decorados de cartón piedra, trajes que parecen disfraces recién comprados y Charlton Heston mirando al horizonte aunque tenga una pared delante, Mel Gibson combinó el péplum con el slasher durante ciento veintiséis minutos de tortura dignos de LiveLeak, pero alguna escena hay que escoger, así que nos quedamos con la de los latigazos.

__________________________________________________________________________________

Reservoir Dogs

Al ritmo de «Stuck in the Middle With You» Victor Vega le corta una oreja al policía que tiene secuestrado sin que lleguemos realmente a verlo. Pese a que quede fuera de cámara, el efecto es similar y el detalle de humor negro hablándole al trozo remata el momento. Tarantino en todo su esplendor.

__________________________________________________________________________________

Casino Royale

La anteriormente mencionada es una de las más recordadas de entre las innumerables escenas de tortura que hemos tenido ocasión de ver en una pantalla. Curiosamente cuando es el protagonista quien la sufre suele ser bastante convencional y limitarse a puñetazos y aguadillas, quizá porque nos gusta que llegue al final sin que le falten partes del cuerpo. En el caso de esta de James Bond hay que reconocerle originalidad, aunque sigue siendo ineficaz e incluso hay quien le ve un punto de erotismo.

__________________________________________________________________________________

Casino

En esta otra, como no es el protagonista el método de tormento es más expeditivo, con explosiones de globo ocular incluidas. Y es que Joe Pesci da mucho juego en las películas de Scorsese, siempre dispuesto a explorar nuevos caminos en esto de hacer daño a terceros.

__________________________________________________________________________________

Banshee

basss

De esta serie ya hablamos recientemente en este artículo, y si alguien está interesado en seguirla mejor que no vea esta recopilación de todas sus muertes (algunas realmente inspiradas) ni la pelea sobre estas líneas, un momento que nos ha regalado la televisión de los últimos años difícilmente superable.

__________________________________________________________________________________

Los Soprano

fuiro

En una serie en la que abundaban las expresiones más crudas de violencia, esta escena de Furio estrenándose en su puesto a hostia limpia es la que primero se nos viene a la mente si hubiera que seleccionar una.

__________________________________________________________________________________

American History X

Conocida entre otros muchos nombres como enjuague bucal ruso, sonrisa de California o beso de Chicago, esta práctica de hacer a alguien morder el borde de la acera para a continuación pisarle la cabeza es sin duda el momento más escalofriante y difícil de olvidar de toda la película.

__________________________________________________________________________________

Deliverance

Según la web Movie Body Counts El Señor de los Anillos: el retorno del rey ostenta el récord de muertos con nada menos que ochocientos treinta y seis cadáveres, mientras que la película japonesa de samuráis Lone Wolf and Cub: White Heaven in Hell tendría el de víctimas causadas por un solo personaje, con ciento cincuenta. Son datos que no está mal conocer y que seguro que podrán soltar en alguna conversación, pero que en realidad nos dicen poco sobre su violencia; de hecho la primera está clasificada como para mayores de trece años. Pues bien, no es el caso de este film de John Boorman, que no amontona demasiados fiambres pero desde hace cuatro décadas que se rodó sigue siendo una de las mayores salvajadas que se han rodado nunca, muy especialmente esta secuencia de la violación.

__________________________________________________________________________________