¿Qué éxito del pop español ha envejecido peor?

El tiempo no perdona, ni siquiera al pop. Y todos hemos sido conscientes de ello al descubrir que algunas de aquellas canciones que coreábamos en los bares, aquellos ritmos que se apilaban en nuestra colección musical en la era pre-Spotify, y aquellas melodías ante las que sacudíamos los cuerpos lozanos en las farras, en realidad tenían una fecha de caducidad estampada. Una que con el paso de los años acabarían siendo evidente y transformaría lo que otrora fue un hit en un par de minutos de absoluta vergüenza ajena. En el terreno patrio gozamos de una excelsa colección de éxitos que han envejecido de manera terrorífica, y por eso mismo la encuesta de hoy apuesta por desempolvar baúles musicales y abrazar el horror al intentar responder a la pregunta: ¿qué éxito del pop español ha envejecido peor? Como viene siendo habitual, el número de candidatos es tan elevado como para que resulte inviable enumerarlos a todos en esta entrada y, por eso mismo, todos los lectores están invitados a contribuir con más propuestas en la sección de comentarios, situada al final del texto. 

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


«20 de abril» – Celtas cortos

La primera vez que alguien pinchó esto durante el vigésimo día del cuarto del mes del año, la tontería tuvo gracia por aquello de hacer coincidir un título y una fecha en el calendario. Pero, teniendo en cuenta el año en el que se lanzó el disco Cuéntame un cuento del que formaba parte, eso significa que «20 de abril» ha sonado como mínimo unas veintisiete veces a lo largo de la historia. Y eso son veintiséis ocasiones más de las que cualquiera se merece escuchar a Jesús Cifuentes escribiendo una carta e invocando al bajón, como ya sentenció Joaquín Reyes, al hacerse el penas ante una chavala que probablemente ya ni le recuerde a él, ni al monte en el que estaba plantada la dichosa cabaña del Turmo. Y todo eso obviando lo pasado de moda del concepto, porque hoy en día lo de firmar cartitas es una tradición propia de salvajes y reencontrarse con compañeros de juergas perdidos es tan sencillo como conectarse a Facebook y dejar que el algoritmo diabólico de Mark Zuckerberg haga su magia. Eso sí, la canción tuvo su pequeña redención, no oficial, gracias a internet: ocurrió cuando algún genio la agarró y la cosió a unas cuantas escenas de Evil Dead fabricando uno de los mejores videoclips de la historia.


«Atrapados en la red»  ̶  TamTam Go!

En la época de Tinder, OkCupid, Meetic, Grindr y Badoo, no tiene ningún sentido cantarle al ligar por internet tirando de correo electrónico («Mándame un email que te abriré mi buzón / y te hago un rinconcito en el archivo de mi corazón»), del mismo modo que tampoco lo tiene utilizar la arroba hoy en día si uno no está redactando un comunicado de Unidas Podemos («Te di todo mi amor @ love punto com / Y tú me has roba roba robado la razón»). Así que oficialmente podemos considerar que a este monstruito escrito a medias entre Nacho campillo y Ada Viola (Naomí Ruiz de la Prada) se ha pasado de la fecha recomendada. Que la canción se rematase con estrofas de lírica tan arriesgada como «Ciberpirata de amor / Me has abordado a traición» tampoco ayudaba mucho.


«Sola» – Olé Olé

Ojo a esto: Una jovenzuela Marta Sánchez está sola en casa por la noche porque sus padres han salido y no tienen pinta de regresar  pronto. De repente, suena el teléfono y al descolgarlo la chavala escucha cómo un varón desconocido le anuncia que ya puede ir apagando las luces, dejando la ventana abierta y metiéndose en la cama porque él está a punto de presentarse en breves en su habitación para, presuntamente, hacerle de todo menos cantarle nanas. Y si lo anterior suena terrorífico y muy jodido, es porque era exactamente eso: «No me convencerás, ¿qué dices? ¿cómo? / ¿Que vas a entrar por la ventana / que apague toda la luz / y que me meta en la cama? / ¿Crees que estoy loca o qué? / No te conozco / no insistas más o me convencerás / Y apago la luz / Era una voz desconocida por mí. Ah, ah, ah / era una voz tan masculina y viril. Ah, ah, ah / era una voz que proponía venir a mi casa esa misma noche». Al final del tema se descubría que la insensata y zumbada de la Sánchez le había seguido el rollo al stalker pervertido y se había encamado con él sin ni siquiera verle la jeta. Aunque, role models retorcidos aparte, lo peor de todo era que la canción se atrevía a incluir entre la melodía un inserto de la voz varonil («¿Hola?») que daba auténtica grima.


«Duro de pelar» – Rebeca

Cuando tu tema estrella sigue con vida por culpa de haber digievolucionado hasta convertirse en tonada para un anuncio de neumáticos, la cosa pinta mal. Cuando el anuncio para neumáticos consigue invocar a Mario Vaquerizo, ya no existe salida de emergencia a la vista.


«La raja de tu falda» – Estopa

A estas alturas, lo peor del hitazo de Estopa no es ni lo terrorífico de su lírica («Y al pasar por tu calle allí estabas tú / esperando en la parada del autobús / comiéndote con gracia aquel chupachups / ¡Qué vicio, qué vicio! […] Por la raja de tu falda yo / tuve un piñazo con un seat panda») ni lo espantoso de su videoclip oficial. Sino el hecho de que escuchar hoy en día «La raja de tu falda» produce el mismo efecto que beber del cáliz equivocado al final de Indiana Jones y la última cruzada. Porque de lo que estamos hablando es de una máquina del tiempo que catapulta al oyente hasta los pasillos del colegio donde le planchaban a collejas, hasta las vacaciones con sus padres en coche con la radio puesta, hasta el disco-pub del pueblo en fiestas, hasta los chiringuitos cutres y hasta el garrafón del bar a las tres de la mañana, multitud de recuerdos añejos vividos con los hermanos Muñoz atronando de fondo. En cierto modo es una canción mágica por su capacidad para evocar una conga de flashbacks horripilantes, producir canas instantáneas y lograr que los rostros más tersos se conviertan en circuitos de arrugas repentinas. «La raja de tu falda» es lo que escucharían en la cabaña del Turmo un grupo de colegas que se estuvieran «haciendo unas risas», cuidado con eso. 


«Risk» – Tontxu

Existe mucho alarmismo ante lo supuestamente peligroso del trap y su visión romántica de la delincuencia y las drogas. Pero en su momento nadie intuyó la maléfica influencia que supondría la moda del cantautor musical. Aquellos desalmados que arrastraron a miles de jóvenes a deslizarse por una espiral de perdición y decadencia, aquellos músicos que inspiraron a la juventud a llevar una guitarra a cualquier fiesta para «Tocarse algo».


«La mataré» –  Loquillo

«La mataré» tuvo una existencia complicada, fue un éxito a finales de los ochenta, y Loquillo dejó de interpretarla durante los noventa porque su letra provocó numerosas denuncias de asociaciones feministas y gente que opinaba que aquello era una oda a la violencia de género. Sabino Méndez, autor de la letra, aclaró en una columna que en realidad el tema era todo lo contrario, una denuncia a ese tipo de actitud, y que nadie parecía estar pillando de la misa la media. Con el tiempo, Loquillo recuperó la canción en su repertorio e hizo las paces con el asunto «Me parece una exageración lo que ocurrió con esa canción. Posiblemente si hubiera cantado esa canción con cuarenta y cinco años hubiese hecho otra cosa, pero es que nos cogió como unos críos»1. Y hoy en día, dependiendo de cómo se lo tome uno, todo esto es una desgracia, o no: o asumes que la gente debería de ser lo suficientemente lista como para entender que las canciones tienen barra libre a la hora de construir ficciones, o interpretas que resulta poco elegante darle bombo a algo así en un clima actual donde cuatro payasos de Vox acuden con una pancarta reclamando casito al homenaje en honor a una víctima de la violencia de género. 


«Lobo-hombre en París» – La Unión

A Rafa (AKA «de La Unión») nadie le dijo que hay tres cosas que nunca debes de hacer: movimientos bruscos delante de un T-Rex, dar de comer a un gremlin pasada la media noche y aullar en una canción. Aullar. Todo mal. Todo peor.  Aunque Shakira diga lo contrario.


«Devil Came to Me» – Dover

Tras la supuesta edad de oro del pop español, hubo un momento en la historia de la música de este país en el que a todo el mundo se le metió en la cabeza que para petarlo musicalmente había que entonar en la lengua de la pérfida Albión. Un drama lingüístico que propició que un montón de grupos se lanzasen al inglés sin paracaídas, sin miedo alguno y con resultados aterradores. Dover arrasó con su «Devil Came to Me» gracias a un anuncio de Radical Fruit Company, aquellas bebidas de frutas a las que a veces se les escapaba un poco de zumo en el mejunje, en forma de spot televisivo en donde sonaba un pedazo de la canción. Y sorprendentemente, a nadie pareció molestarle mucho que el inglés de la banda se columpiase entre el de las mascotas de Oceanix y el de las Baccara. Lo más extraño de todo fue la deriva posterior del grupo, de meterse con los Dj desde su posición guitarrera pasaron a producir temas electrónicos descaradamente poppies, rebarnizar sus éxitos anteriores con el nuevo estilo discotequero, grabar en el idioma bambara hablado en Malí y a acabar retomando de nuevo el sonido rockero de los inicios tras ver que lo último no había colado.


«Moving» – Macaco

Si Dora la exploradora tuviese un hijo con Manu Chao les saldría con una camiseta sin mangas, un gorrito de lana y, con total seguridad, cantando esto.


«Quédate en Madrid» – Mecano

Aquí es donde se traza la línea roja entre generaciones, entre los dramas millennials y la indiferencia carroza. La chavalada amiga de mear con un fajo de papel de liar a mano se ofendió muchísimo en el programa Operación Triunfo cuando a una de participantes le tocó pronunciar «mariconez» en un tema de Mecano, una palabra que la intérprete de karaoke consideraba extremadamente homófoba. Entretanto, Ana Torroja y los hermanos Cano se rascaban la cabeza preguntándose de qué coño estaban hablando los niños, y al final el propio José María Cano acabaría prohibiendo sustituir la palabrita de la discordia. En general, los dos bandos parecen un poco tontos: los críos por pensar que Mecano (los de «Mujer contra mujer») tienen algo en contra del colectivo LGBT, y los puretas altivos por no entender que nada está tallado en mármol y tampoco es un pecado imperdonable que las nuevas generaciones toqueteen lo que consideran incómodo. Aunque lo peor es que la canción tampoco daba para tanto, el tsunami de mierda habría sido mucho más divertido si todo esto hubiese ocurrido con «Stereosexual».


«Aquí no hay playa» – The Refrescos

Los madrileños son esa casta afable que gracias a las redes sociales ahora pueden mantener informado constantemente al resto del país sobre la cantidad y frecuencia de precipitaciones en la capital, sobre lo que aprieta el calor en verano en la Plaza Mayor y sobre lo conveniente de dejar que las compañías telefónicas patrocinen el nombre de las paradas de metro. Pero en el 89 los madrileños no poseían Twitter ni modo alguno de comunicarse con el resto de españoles que vivían más allá de sus fronteras, esa gente que tampoco tenía muy claro en qué letra terminaba el nombre de la ciudad más poblada de España. Y por eso recurrieron a la música para explicarnos que aquella urbe plantada en medio del país no tiene la costa cerca, una información que agradecimos, aunque la canción fuese infumable por su naturaleza de himno de pijerío borrachuzo, e imposible de bailar por lo acelerado de su ritmo. A todo lo anterior habría que sumarle que las menciones a Los 40 principales, Juan Barranco o Enrique Tierno Galván se han convertido en un sudoku de datos prehistóricos para las nuevas generaciones.


«Marta tiene un marcapaso» – Hombres G

Existen cosas que suponen cárcel y resultan menos dañinas que la letra de esta canción: «Marta tiene un marcapasos que le anima el corazón / no tiene que darle cuerda es automático […] Ha salido el marcapasos / entre vísceras y sangre / Mírale que ojitos tiene / es idéntico a su padre». Pero ocurre que además David Summers y compañía aquí tuvieron los huevazos de colarnos un plagio descaradísimo del «At the Zoo» de Simon & Garfunkel


«No sopor… no sopor» – Joaquín Sabina y Manu Chao

Lo suyo sería listar la mayor parte de la discografía de Sabina, pero vamos a tener clemencia porque algo tendrán que cantar sin sentirse culpables los divorciados que se creen canallitas cuando se arrastran de nuevo a casa a las siete de la mañana. Y porque los chavales de Tu madre es puta ya desvelaron en un vídeo tutorial que la técnica de composición del de Úbeda tampoco tenía mucha ciencia. Pero lo de este «No soporto el rap» (o «No sopor… no sopor» tal y como figura en el Yo, mi, me, contigo de 1996) era especial porque para perpetrarlo no solo se alió con Manu Chao, ensamblando un dream team del cansinismo, sino que ambos lograron parir una canción que envejeció en cuestión de horas. Una que remataba la faena incluyendo versos tan de enfangarse en el tópico como aquellos «Tienes pinta de buena persona / en busca de un poco de rollito canalla / ¿Verdad que me vas a invitar a una raya?». A raperos como El Chojin, Tote King, Kase.O, Zatu o Frank T aquella pullita al género no les sentó nada bien y se dedicaron a devolverle la hostia al cantante en sus cortes. El asunto no dejaba de resultar gracioso, porque si hay algo que ha envejecido realmente mal en este país es el rap de aquellos noventa.


«Sé lo que hicisteis» – Melendi

Porque jugar a intentar adivinar si lo que sonaba era Melendi o Estopa tuvo gracia única y exclusivamente durante los tres primeros singles


«Te entiendo» – Pignoise

Si hay una moda musical que nació condenada a envejecer fatal esa es la del pop punk chicloso norteamericano y canadiense de finales de los noventa y principios de los dos mil. Ese adobo en el que se fraguaron cosas como Simple Plan, Fall Out Boy, Avril Lavigne, Blink-182, Sum 41, Smash Mouth y similares amigos del pantalón corto, el monopatín, la gomina y las pintas de no aguantar ni tres minutos en pie durante un pogo de los Dead Kennedys. Si todos aquellos ya nos llegaban, desde sus países de origen, con pinta de que iban a quedarse anticuados con una rapidez envidiable, el lector puede imaginarse lo que ha ocurrido con nuestra fotocopia Hacendado y pija de aquellos lodos.


«Macarena» – Los del Río

Los one hit wonders solo tienen una ventaja, que tienden a morir rápido y a formar parte del pasado con una celeridad fabulosa. Pero, desgraciadamente, en el caso de la «Macarena» de Los del Río ocurre lo contrario, la cabrona aguanta año tras año y se resiste a despegarse de la actualidad: la bailó Bill Clinton en público, la cantó la cerdita Peggy en la banda sonora de El tour de los Muppets, se convirtió en un éxito al ser versionada por Alvin y las ardillas, se remakeó en Bollywood, forma parte del setlist para agitarse en los videojuegos Just Dance y en Hotel Transilvania 3 era utilizada como arma durante el combate musical final. Es, simple y llanamente, un demonio inmortal que nos sobrevivirá a todos.


Nota

1 Entrevista a Loquillo en Efe Eme.



Ignatius Farray: «La comedia es lo más similar que hay al amor»

Aún no ha tocado la cerveza cuando un tipo se arroja sobre él con la intención de abrazarlo. «Eh, tío, tú eres este, sí. Este, el de… Este. ¡Qué grande eres! Venga campeón, una selfi», le dice mientras le golpea la espalda con entusiasmo. «Este» es Ignatius Farray (Tenerife, 1973) que accede solícito y desquicia el gesto para que el fan le inmortalice. En la foto sale también «el loco de las coles», el señor del «grito sordo» que chupa los pezones del público, el cómico loco con fachas de hipster desaseado.

Regresa a la mesa Juan Ignacio Delgado Alemany, un cómico desconcertado por la comedia: el tipo que desencaja la mandíbula de pura ansiedad, el hombre preocupado por no ofender. Repite a cada rato «te lo juro», como si sospechara que no nos lo terminamos de creer; «es en serio» cuando habla de poesía, de política o sus referentes; «es coña» cuando teme que acaba de decir algo que se pueda malinterpretar. La ironía es una cosa muy complicada, ya se sabe.

Pero a veces se olvida aclarar previamente en qué tono se desenvuelve y «este» es Ignatius de veras. El dueño de un ingenio feroz, que succiona las pechugas del espectador en sus shows y mantiene el tono underground incluso desde la radio más escuchada, en el programa La vida moderna. Lo más parecido a un Louis CK que ha parido el humor patrio, que se humilla a sí mismo en la serie El fin de la comedia. Charlamos con «este», que iba para jardinero loco.

En todas las entrevistas hablas de tu etapa en Londres, pero cuentas poco de tu estancia allí.

Igual siempre cuento lo mismo. Estuve casi dos años. No fui con la intención de convertirme en cómico, pero fue revelador. Fui a la aventura, trabajaba en un hotel haciendo turno de noche. Tuve la suerte de que me cogieron en el último sitio donde pensaba que me iban a coger, que era un hotel que pertenece a los terrenos de Buckingham Palace. Era una cosa muy aristocrática: la reina madre iba a comer allí por las mañanas, la boda del hijo de Lady Di con su prometida… la chica, la noche antes, la pasó allí. Me cogieron, por supuesto, sin preparación ninguna. En mi turno eran todos eran africanos, así que realmente alguien de las Islas Canarias les pegaba. Aquello era un mundo. Había un compañero que acababa de llegar de Nigeria que creía en las brujas, y me decía todas las noches que él creía que en Londres había muchas brujas. Era todo muy exótico.

Normal que cayeras en la comedia, casi por sobrevivir.

Así fue. La suerte fue que este edificio quedaba al lado de otro donde se quedaba todo el personal. Era un lujo poder ir a Londres a la aventura y no vivir en un barrio del extrarradio, sino estar en todo el centro. A lo mejor yo empezaba a trabajar a las doce de la noche, pero antes de esa hora me daba tiempo a ir caminando hasta el centro, hasta el Soho. Había varios comedy clubs por esa zona, pero había uno en concreto al que me aficioné a ir, el Amused Moose. Todavía sigue funcionando. Ahora tienen otro local más guay, en aquella época era bastante sórdido, no porque fuesen gais [risas], pero no tenían local propio todavía, sino que en un local de ambiente gay ellos reservaban sus horas y lo montaban en plan comedy club.

¿Y te enterabas de algo al principio?

No me enteraba realmente. Por eso llegó la dueña, que vio que siempre estaba allí pero que nunca me reía, y me preguntó que qué pasaba conmigo. Y yo le dije que realmente no entendía los chistes; que me encantaba estar allí pero que no entendía lo que decían los cómicos. Y le di tanta ternura a la mujer que me empezó a hacer mitad de precio. Que tampoco era mucha entrada, pero fue un detalle.

Hay clubs allí muy guays. Imagínate: está el Comedy Store que es un sitio histórico, de actuar allí Robin Williams y tanta gente. Alguna vez me pasé. Hay que pagar una entrada bastante cara, pero me di el lujo. Antes era muy underground pero habían montado un ambiente superguapo de gente joven. De hecho, ese año que yo estuve la revista Time Out les dio el premio de mejor comedy club pequeño de la ciudad. John Oliver actuaba ahí todas las noches. Tenía un dúo con un tipo que se llamaba Andy Zaltzman, y John Oliver para mí no era el gracioso: el gracioso era el otro. Y ahora le veo a Oliver petándolo en Estados Unidos. Y más gente que ahora son cómicos de referencia en Reino Unido (nadie lo ha petado tanto como Oliver) y que en aquella época los veías ahí todas las noches. A fuerza de verlos no te diré que éramos amigos, pero sí colegas de saludarnos, invitarnos a una pinta, charlar un rato. Yo me fui ilusionando y cada vez que salía una conversación con ellos les decía «pues cuando vuelva a España lo voy a intentar».

¿Pensaste que podía funcionar ese formato (o ese modelo) en España?

Bueno, de hecho, ya estaba empezando. Estamos hablando entre 2001 y 2002. Fue la época del boom inicial d El Club de la Comedia y de Paramount Comedy, hay una diferencia de unos meses solo. Pero Paramount surgió de una manera más genuina, pienso, contando con cómicos jóvenes que querían hacer esto, y El Club de una manera más bastarda.

Bastarda lo digo en el sentido en que es ilegítimo. Porque este tipo de comedia de una manera muy alternativa. En Estados Unidos, en los años setenta, surgen unos cómicos muy contestatarios, gente como Eddie Murphy, Steve Martin, Robin Williams… nacen de la calle, y luego se convirtieron en estrellas de cine. Pero el nacimiento fue así. En Reino Unido igual, en los años ochenta, en la época muy dura de thatcherismo, los cómicos que salieron eran muy de izquierdas, muy contestatarios, muy antisistema; una alternativa a la comedia más estándar, más vodevil de cómicos que siempre ha habido, aquí también. «Cuentachistes».

En España surge justo al revés: nace como un producto prefabricado. Nace pervertido en el sentido en que era un producto artificial. Con toda la buena intención del mundo. Aquí, por ejemplo, Felipe Mellizo era colega de José Manuel Contreras. Felipe se fue al Paramount Comedy y Contreras al Club de la Comedia. Era gente que había vivido en Estados Unidos, que vivía esto con pasión. Fans de Seinfeld a los que de repente les apeteció montar algo así en España. Con toda la buena intención del mundo decidieron montar un producto que triunfara y entonces, quizás, como no había tantos cómicos con los que contar, decidieron contar con actores famosos a los que un grupo de guionistas les escribiera su rutina. Por eso es artificial, porque nace de una manera prefabricada: premeditadamente.

Pero luego lo reconducimos y acabó tomando el mismo camino que hubo en Reino Unido o en Estados Unidos. De repente pasan los años, mucha gente ya ha visto a muchos cómicos, y empiezan a gustarle cómicos que ven distintos, o más alternativos. Y de una manera como que la vida se abre camino, surge esa vía de comedia como alternativa a algo más estándar o más convencional.

¿Te parece que una comedia alternativa puede aguantar en medios de masas?

En todos sitios es igual. Los cómicos mejores ahora en el Reino Unido no son los más famosos, y tampoco en Estados Unidos. Eso pasa en cualquier lado, por eso es alternativa. Habrá mucha gente que la pueda apreciar, pero no son las superestrellas mediáticas que le gustan a todo el mundo, en plan familiar. A lo mejor hay un cómico que de repente sí. En el Reino Unido hay un caso, Steward Lee, un cómico alternativo que se ha convertido en estrella. Es un poco el más veterano, surgió en los noventa y venía del thatcherismo. Ahora mismo es como el gurú de la comedia alternativa. Claro, ¡es tan bueno! Ahora hace programas propios y mucha gente le sigue. No todos tienen esa suerte. Hay peña muy guay sin tanta fama, como una chica que se llama Josie Long y otro chico que se llama Daniel Kitson, los más geniales que hay. Ni son los más famosos ni pretenden serlo. Por eso el rollo alternativo tiene otra historia. No por hacerse el guay, sino porque cada uno tiene sus prioridades. Kitson, probablemente el mejor del país, es un tío que ni siquiera quiere que le hagan entrevistas, y en YouTube hay a lo mejor tres vídeos de él. ¿Sabes? Eso por otro lado le ha dado como una dimensión de culto muy grande.

En Estados Unidos hay un tío como Doug Stanhope, que el mismo Louis CK admite que es el mejor cómico del país. Incluso sale en un episodio de su serie, claramente un homenaje. Es tan marginal que hace unos años pedía dinero entre sus fans porque necesitaba una operación dental. También Louis CK empieza como cómico alternativo, aunque luego llega HBO y le dice: haz lo que quieras. Llega al mainstream y sí hay encaje, pero no es un cómico tan al límite como Stanhope.

Pero fíjate otro tema interesante: lo que Louis CK es actualmente, que puede ser lo que Seinfeld era en su época, y date cuenta del distinto perfil que tiene cada uno. Seinfeld es un tío que lo petó… Hay un libro superguay —para mí es el mejor libro que hay sobre stand-up comedy—, Comedia al límite. Igual que existe este libro de moteros salvajes de la generación de cineastas de los setenta, este libro podría ser el paralelo de los cómicos de los setenta y cómo la cosa evolucionó hasta encausarse en el mainstream. El libro termina precisamente con Seinfeld, en cómo recoge la tradición de toda esta gente y lo convierte en algo que a mucho público le podría gustar. No es que Seinfeld sea un traidor ni mucho menos. El tío hizo una serie de culto, con Larry David al lado. Pero la actitud que tiene, que es a lo que iba, es una actitud de estrella. De mira qué guay soy… Eran los noventa también, la gente lo flipaba más. Había mucho dinero y el público no tenía, a lo mejor, otra manera de pensar. Ahora compáralo con Louis CK. Es otra historia. El tío es el cómico de referencia en Estados Unidos y en el mundo actualmente, y en vez de ir de estrellita de repente te hace una serie como Horace and Pete.

Que se ha arruinado con ella, por cierto.

Sí, porque él no lo hacía tampoco para ganar dinero. ¡Es una cosa tan bonita! Alguien a quien de repente no le importe perder dinero por hacer una cosa así de bonita, experimental incluso, al mismo tiempo que clásica. Y un tío como Seinfeld tiene unas piecitas en internet que se titulan Comedians In Cars Getting Coffee que van en grandes coches, tomando café con estrellas, con Obama. Ahí ves un poco la evolución de los tiempos. Siempre hay comedia alternativa y siempre hay comedia convencional. Pero hay casos en los que alguien que sale un poco de lo alternativo tiene una dimensión popular realmente grande.

¿Qué tal la transición entre actuar en bares a salir en la SER? Porque entiendo que te tienes que adaptar: el público no es el mismo.

Mi sensación, de verdad, nunca es de que he tenido que adaptarme. Siempre he hecho lo que he podido. Realmente nunca estoy especialmente contento de lo que hago. De verdad, no te creas que estoy orgulloso de lo que he hecho. Intento hacerlo lo mejor que puedo, pero no estoy contento de lo que sale. Ojalá un día pasen los años y lo vea así. Te lo juro, no te lo digo por ir de guay. Ojalá algún día me salga bien y diga: «joder, estoy orgulloso, esto salió guay». De momento la sensación es que lo voy haciendo como puedo y manteniéndome a flote. Por eso te digo que nunca he sido tan guay de decir: «es que tengo tanto volumen aquí de talento que puedo dosificarlo según la situación o adaptarme al mundo». He ido pegándome golpe tras golpe.

Muchos días sales decepcionado pensando que esto podría haber salido mucho mejor. Y de repente notas que a la gente le ha gustado, y eso es un apoyo. Piensas: al menos hubo algo que a la gente le llamó la atención o le pudo gustar. Pero la sensación día tras día (no te hablo de un momento puntual) es que no me sale bien.

Me acuerdo de Richard Pryor, que decía que él no encontró su auténtica voz hasta quince años después de estar actuando. Yo lo nombro mucho, para mí es una especie de héroe. Es que no es tan fácil. Con el tiempo acabas siendo más tú mismo, siendo más natural, pero no es tan fácil que te salga, al principio, ni siquiera después de varios años. No sé si este año en concreto o el año anterior se cumplen quince del fenómeno stand-up comedy en España… Yo siempre hablo de stand-up, la palabra «monólogo» me resulta un poquito repelente.

¿Por qué?

Sí, porque «monólogo» ya te refiere mucho al mundo teatral. Y aunque estamos todos juntos, pienso que no es para nada lo mismo. El rollo teatral es muy distinto. De hecho, se notan las dificultades que tiene la gente del teatro cuando intenta hacer stand-up comedy. Se supone que el stand-up debe tener algo de espontaneidad, o crear la ilusión, que es muy distinto al mundo del teatro, donde está todo muy medido. Mucha gente del teatro que viene con su texto muy bien preparado se descoloca cuando alguien del público les dice cualquier cosa y claro…

¿Y ser cada vez más conocido no te quita espontaneidad? Empezaste chupando pezones para descolocar a la gente y llega un momento en que el público va a tu espectáculo queriendo que le chupes el pezón. O, como poco, sabiendo que puede pasar.

Realmente me ayuda. Siempre bromeo con la idea de que a mí me molaba que al principio fuese una puta locura. De repente proponerlo y crearse una tensión en la sala… Pero no es que yo haya renunciado a eso. De hecho, en la cadena SER, en el programa de La vida moderna, es una cosa habitual, y notas que las personas se quedan encantadísimas. Realmente eso mola mucho. Yo bromeo con que en realidad esa gente no me ayuda, que lo que quiero es crear una provocación y una tensión, pero es falso. Te lo juro. Tengo esa fama, pero lo que más remordimientos me causa y lo que menos me gusta es notar cuando alguien se siente incómodo. Eso lo odio, y no sabes las veces que al terminar el show, y durante el día siguiente y el siguiente, tengo remordimientos de pensar: «hostias, esta persona no se lo pasó bien por algo que yo pretendía hacer». Eso, te lo juro, a mí me quita la vida, lo paso muy mal. Bromeas con que eso es lo que quieres, ser provocativo y tal, pero realmente lo paso muy mal. Lo guay es que la gente te dé esa complicidad como para poder hacer esas cosas digamos, entre comillas, locas, de una manera natural.

Sí que has llegado al punto en que una madre y una hija pusieron una hoja de reclamaciones en uno de tus shows, ¿no?

Eso sucedió en el Beer Station, donde suelo actuar. Allí las primeras actuaciones eran más al límite, en el sentido de que yo era, por supuesto, peor cómico todavía y menos conocido también. La gente no venía con esa actitud, sino que era algo que les pillaba fuera de juego y había algunos que se sentían incómodos. A mí me disgustaba mucho cuando pasaba. Por eso te digo que con el tiempo mola que la gente venga con confianza. Ese caso puntual fueron dos chicas que se levantaron y pidieron la hoja de reclamaciones, y luego, cuando tuvieron que rellenarla…

¿Qué pusieron? ¿Que se habían sentido ofendidas?

Claro. Está el hecho chulo en que te levantas y pides la hoja de reclamaciones, pero luego tienes el momento en frío en que debes rellenar esa hoja y eso es muy gracioso. Estas chicas pusieron que la actuación estaba anunciada como comedia y ellas consideraban que lo que yo hago no se puede considerar comedia, y por tanto el local había incurrido en publicidad engañosa.

Casi una discusión ontológica.

La última vez que alguien me pasó una hoja de reclamaciones fue hace poco. Uno espera que esta época ya ha pasado, pero siempre aparece alguien. Esta vez fue muy curiosa, porque muchas veces el problema surge entre las parejas del público sobre las que bromeas. De repente, imagínate, veo que hay mucha confianza por parte de ella, se ríe, se descojona y sin problema. Así que me veo diciéndole un par de cosas más. Y la tía responde de manera estupenda. Pero claro, el papel del tío no es el mismo. Ahí se nota muchas veces la diferencia entre parejas. Hay tíos que de puta madre, disfrutan del momento, se abrazan a ella, lo ven como algo guay. Y hay tíos que quieren hacerse el machito y de repente actúan como que la tienen que proteger.

La última vez pasó algo muy gracioso. Le digo algo a la tía y el chico se levanta, mirándola a ella en plan «vámonos». Me dice: «No tienes derecho a hablarme de esta manera, nos vamos. Hasta este punto te hemos aguantado». Cuando tú te levantas, supones que tu pareja se tiene que levantar. La tía se quedó sentada y le dijo a su novio «no, no, yo me lo estoy pasando bien». Claro, él no se va a sentar otra vez. Pues claro, sale a la barra fuera, monta el pollo, pide la hoja de reclamaciones. La novia, viendo el panorama, se tuvo que levantar y salir también.

Y el caso de la mujer de los pezones, la única a la que se los he chupado en un escenario, fue una cosa muy especial.

¿Los pezones eran especiales?

Es verdad que tenía dos buenas tetas [risas], pero no por eso. Fue en el Hebe, en Vallecas, tuve la suerte de que me llamaron para actuar en el aniversario. Donde yo actuaba había una tarta gigante para repartir entre toda la gente. Ese día no solo iban los heavies habituales, sino era una cosa de barrio, de apoyar al garito.

Entre ellos había una señora que veías que no era habitual, pero era la persona más graciosa que me he encontrado nunca en mi show. Cualquier cosa que yo decía ella me respondía supergraciosa. Una crack. Estaba todo el mundo a tope con ella. Y aquella noche estaban sus hijas entre el público también. De repente, algún espabilado, desde el fondo, desde las sombras, la compromete, y dice «que suba ella y que Ignatius le ponga nata de la tarta en los pechos y que le coma las tetas…». No sé qué. Bueno, pues esta mujer no se corta dos pelos, sube al escenario, nos abrazamos, y yo le digo al oído: «Muchas gracias por ayudarme con el show y ser tan guay todo el tiempo». Todo esto, la gente aplaudiendo y ella y yo hablando como abrazados. Y ella me dice: «No te preocupes, ponme un poco de nata por encima del vestido y hacemos el paripé». Digo: «Ah, muchas gracias, qué guay».

Me doy la vuelta a coger nata de la tarta y según estoy de espaldas escucho la ovación más grande que he escuchado en mi puta vida. Me vuelvo a dar la vuelta y la mujer se había sacado las tetas… Y claro, dime tú, ahí, ¿qué haces? Claro, si ella da ese paso yo le tengo que comer las tetas. La madre mirando a las hijas como diciendo: «OLRAIT». Las hijas mirando a la madre como diciendo: «No, mamá, esto no es lo que hace la juventud». La madre con cara de: «Mira, para que veáis que yo también sé vacilar». Pues le estuve comiendo las tetas treinta segundos y fue el momento culminante. Si yo hubiera tenido dos dedos de frente ahí me hubiera retirado de los escenarios, porque lo que me ha quedado después de esa noche son bueno, pues jovencitos confusos, gigolós con piercings… Me tenía que haber retirado de la comedia [risas].

¿Habías pensado que algo así podría pasar? ¿Estaba dentro del horizonte?

Yo por lo menos nunca tengo un horizonte de a ver hasta dónde esto puede llegar. Simplemente se te ocurre esa locura. Qué sé yo. Lo de los pezones surgió en La escalera de Jacob, en Lavapiés, donde solía llegar bastante tocado ya. Actuaba ahí los domingos, después de haberme pegado la semana viajando, con unas cuantas noches encima. Llegaba hecho una mierda y en una de esas debió ocurrírseme «pues le chupo los pezones a uno». Nace como una locura y luego se termina convirtiendo en una especie de bandera de tu comedia. Muchas veces tuve que perseguir a gente para chuparle los pezones. Aquello era muy denunciable [risas].

De hecho, ahora lo que me flipa es que la gente a la que le chupo los pezones me pide cosas. «Oye, ¿me puedes poner esta música?» o escogen un lado, «mejor este, que el otro no…». Yo lo flipo, como si fuera un momento guay para ellos, de disfrutarlo. Ha llegado hasta tal punto en que me encuentro a gente que me dice «eh, tú me chupaste el pezón». Claro, yo no me acuerdo de ellos y quedo mal por no acordarme de gente con la que he tenido ese grado de intimidad.

Por salir de la complicidad, hablábamos antes de comenzar la entrevista de que en algunas de tus intervenciones en Late Motiv, con Buenafuente, se percibía un momento incómodo en que el público no estaba entendiendo absolutamente nada.

De las veces que he ido a recitar poesía a Buenafuente algunas ha salido mejor, otras no tanto. Pero es verdad que yo también lo he notado, que de repente no había conexión y la gente no me seguía. Y yo, bueno, terminé de hacerlo… El equipo que tienen ahí en el programa es muy guay y me siento apoyado. Pero es verdad que yo también he notado que a veces llega un momento en que la gente no te sigue. Sí, he hecho varias poesías. Alguna quizás quedó como que sí la gente se reía más. Claro, la risa es siempre el momento de enganche base. Y de repente notas que la gente ya no te sigue con la risa y ya no sabes si es que…

¿Y qué haces ahí? Cuando notas que no hay conexión

En el fondo es una cosa bastante arriesgada: hacer poesía hoy en día, en televisión, y soltarte tres minutos de poesía en un programa así es bastante arriesgado. Solo por eso Late Motiv y Andreu Buenafuente, haber apostado por eso…

Realmente no lo piensas demasiado. Tú, si has hecho eso, y si has escrito esa poesía, es porque de alguna manera tienes confianza, porque es eso lo que te gusta. Y en el fondo es eso a lo que te abrazas. Esto es lo que yo quería contar, no porque yo vea que no está funcionando exactamente bien me tiene por qué dejar de convencer, y esto es lo que yo quiero contar. Y hay mucha gente que a lo mejor no está en el plató esa noche y no está dando feedback, pero que cuando lo vean grabado en la tele a lo mejor les mola y lo aprecian. Te abrazas a eso. Por eso la televisión siempre tiene ese puntito de artificialidad.

Te hemos leído en ese blog que tienes abandonado que no solo eres muy lector de poesía sino que habías escrito mucha poesía antes de empezar con la comedia.

Bueno, eso fue un farol. Yo escribía en plan de sentirme superimportante, muy pedante y muy guay. Pero claro, si ahora alguien lo lee, lo natural es que piense que lo escribí con todo el corazón del mundo. Todas las entradas que puse en ese blog son cosas muy grandilocuentes.

Con muchas mayúsculas.

Ahí se ve lo puto loco que estoy. Y el texto ese ya está rebajado. El texto original son siempre tres signos de exclamación, todo con mayúscula, barras. Realmente era algo de esquizofrénico. El tono del blog era ese: como un extraterrestre que viene de otro planeta donde ya ha hecho stand-up comedy. Un poco lo que David Bowie (ahora estoy siendo pedante también) con el Ziggy Stardust. De repente viene un extraterrestre flipado y empieza como a molar mucho. Yo había inventado para ese blog el término «Stand Up Comicón». «Nuestro oficio tenía que ser el de standapcomicones». «El standapcomicón tiene que ser de esta manera o de la otra». Una guía moral. Algo bíblico, como un monolito.

O sea, que lo de hacer poesía no venía de ahí.

A mí siempre me ha gustado la poesía. Soy aficionado y sí que me hacía ilusión escribir textos de esta manera. Reconozco que es algo muy pedante. De repente me hizo ilusión, pero que de una puta locura como esa a que alguien me hiciera caso, como los de Late Motiv… Es verdad que fue a pie de lo de Donald Trump, de ahí surgió. Tuvo mucha repercusión por el personaje. Pero de verdad es una cosa que me mola. Me mola mucho la generación beat. Y bromear con que la gente me confunde con Allen Ginsberg.

Con él o con Mocito Feliz, ¿no?

[Risas] Sí, tengo esos dos referentes. También tengo una convicción: pienso que el stand-up comedy nace de un momento americano muy especial. Para mí es un género estadounidense, igual que el cine. Tiene sus precursores, igual que Mark Twain. Pero la generación beat para mí es la precursora de generaciones contestatarias que, de la manera que tuvieran de expresarse, ya sea con música, con poesía o haciendo comedia tenían esa referencia. Lenny Bruce históricamente es el pionero del stand-up comedy, porque aunque había más cómicos en su época, nadie tiene el carisma que él tenía. George Carlin lo tuvo, pero es posterior.

Si ves vídeos de ambos, te das cuenta de que Carlin incluso siendo más joven y posterior a Bruce tenía esa teatralidad, ese acting. Tenía su manera de actuar, de hacer una inflexión en esta palabra. Es más teatral. Bruce es un tío que de repente sale ahí desnudo. Hasta el punto de que sus actuaciones eran salir ahí y leer sentencias que los jueces le habían puesto. A lo mejor no era muy profesional, también te lo digo, porque ya llega a un punto en que no estás entreteniendo a la gente, sino que ya estás con tu paranoia personal de contar tu movida. Quizás en ese sentido no era el mejor profesional, ni el más gracioso, pero era el más carismático. Era un tío que se había criado en ese ambiente de jazz, si quieres llamarlo bohemio, alternativo, como sea; que viene de la literatura beat y de la música del bebop. Y gracias a esas influencias de gente como Charlie Parker o John Coltrane, coge las fuerzas para dejar la tradición del vodevil (su madre era una actriz de vodevil) y decir «pues ahora voy yo a dejar todo esto a parte y voy a salir a hablar ahí y lo que pase». Es un tío que da ese paso de gigante, alocado y fuera de sí. Y resulta el punto de partida para el stand-up comedy.

Quería volver al asunto de Trump. ¿Cómo de responsable te sientes del triunfo de Donald Trump?

Me siento responsable en el sentido de que lo he apoyado, pensaba que eso iba a ser irónico, que la gente iba a coger la ironía. Yo pensaba que si un tío como yo apoyaba a Donald Trump, eso le quitaría votos. Pero se ve que le tuve que apoyar más. Faltó que lo apoyara más para destruirle: no le apoyé lo suficiente. Ese fue el fallo.

Hay un momento en el que tú dices algo así como: Donald Trump es el tipo de personaje que hay que fagocitar desde la izquierda para hacernos más fuertes. Y ha resultado ser al contrario.

De alguna manera sí que pienso eso. Actualmente un tío tan nefasto como Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. Un tío que él mismo decía: «Soy antisistema, me importa todo una mierda, voy a cambiarlo todo». Vale, es populista, es una mierda de tío, como político y como presidente. Pero luego da rabia que gente de la izquierda, que tiene ideas, que tiene su background, que viene de luchar, la que se supone que en España es la izquierda radical, tiene miedo de decir que son antisistema. Temen perder votos con la palabra, que eso les condicione. Ese miedo es lo que me da vergüenza de la izquierda. ¿Por qué tiene que resultar incómodo decir que eres antisistema? Un tío tan nefasto como Donald Trump lo ha dicho. Realmente la izquierda sí que tiene motivos para decir «somos antisistema». ¿Y nadie de izquierdas se atreve a decir «somos antisistema» porque eso les puede quitar un puñado de votos?

Por supuesto que todos somos antisistema. Por supuesto que todos queremos que esta mierda cambie y sabemos que esto no es manera de funcionar una civilización o un mundo. Y, pues mira, luchar contra eso es ser antisistema.

Cuando alguien como Esperanza Aguirre dice: «Esta gente representa una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos». ¡Pues claro que somos una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos! Es que eso es lo que queremos. Precisamente eso es lo que nos une. Ese orgullo de decir: sí, por supuesto que queremos terminar con este sistema. La izquierda en el fondo es una ilusión, y eso es lo que vale. Otra cosa es que luego se puedan cambiar las cosas. Pero por lo menos tener la dignidad de proclamar: esta es mi ilusión, esta es mi manera de pensar, soy antisistema, ojalá algún día esto cambie. Pero no estar especulando con tu ideología, con hasta qué punto digo mi pensamiento…

Parece que la gente de derechas tiene más facilidad para salirse del tiesto. La radicalidad le sienta mejor a la derecha que a la izquierda.

La radicalidad para la derecha es sexy. «Soy de derechas, soy así, pero mira qué guay soy. Puedo soltarte aquí mi burrada». En cambio, como la izquierda ya es eso, precisamente lo que se supone ser de izquierdas, ya no queda como una sorpresa. Eso es lo que yo echaba de menos: que alguien de izquierdas tuviera la actitud de Donald Trump: soy de izquierdas, estos son mis valores, pero mira qué puto chulo soy. A lo mejor eso para la izquierda sí que sería alguien sexy.

Donald Trump ha estado de gira por todos los programas cómicos de Estados Unidos. ¿No crees que hacer comedia con él lo ha terminado convirtiendo en un personaje amable?

Totalmente. De hecho creo que existe esa confusión con la comedia. Por supuesto que hay obras satíricas, en plan: voy a criticar esto o voy a hacer mofa y a ponerte en ridículo con mi comedia. Pero pienso que esa no es la fuerza de la comedia.

La comedia es lo más similar que hay al amor. Es una fuerza conciliadora, porque cuando estás haciendo comedia estás uniendo posturas. Tú, a lo mejor, eres el más puto facha que a mí se me pueda ocurrir, en plan Donald Trump, pero si hago comedia contigo en el fondo estoy acercando posturas. Casos como el del Saturday Night Live con Alec Baldwin y tal. Eso convertía a Donald Trump en un personaje gracioso —no sé si decir adorable—, de ficción. Mucha gente pensó, después de ver ese sketch, «mira qué gracioso es». Al ser representado en un sketch te hace la ilusión de que es de ficción. Que es de mentira. Y, ¿a quién no le gustaría que su presidente fuera Homer Simpson?

Si no quieres que un tío llegue a ser presidente de tu país, la comedia no sirve para eso. Si yo te conozco en un show y empiezo a meterme contigo, y lo hago mal, lo voy a notar. Seré el primer arrepentido en decir: «hostias, he metido la pata, le dicho una cosa a esta mujer y la he hecho sentir incómoda». Y tú te ibas a sentir mal también. Pero imagínate que de repente yo te estoy diciendo lo mismo pero de una manera cómica que es asumible. Ahí estás haciendo buena comedia y surge la risa. «¿Hostias, me estás diciendo esta burrada y me estás haciendo reír? ¿Se las ha ingeniado de tal manera que sea graciosa? Y realmente me está insultando». A veces existe ese equilibrio. Puedes meter la pata, pero a veces tienes suerte y dices las cosas con cierto equilibrio.

Bueno, pues a esa persona tú le estás diciendo la mayor mierda en su cara, pero no se va a sentir opuesta a ti. Va a sentir que tiene algo en común contigo y que de repente comparte: y es la risa. Y es que la risa, en el fondo, es conciliadora.

O sea, que no nos deberíamos haber reído de Donald Trump.

Pues de verdad no. Tendríamos que haber tenido mejores políticos capaces de decir mejores cosas y gente más valiente que en vez de apostar por Hillary Clinton hubiese apostado por Bernie Sanders o lo que sea. George Bush fue notorio en su época porque toda la comedia que se hizo con él también lo ayudó.

Esto no lo digo como algo peyorativo de la comedia, sino para mostrar su grandeza: está por encima de cualquier utilitarismo que tú le quieras dar. Y si lo piensas, es mucho más grandioso saber que su fuerza es conciliadora que disgregadora.

Te hemos leído en alguna parte que emplear la vida privada como material para hacer comedia sirve porque crea una empatía con el auditorio. ¿Hasta qué punto son real las cosas que cuentas? Tanto si exageras para darle empaque o si marcas las distancias para protegerte.

Todo el mundo tiene una historia. En el fondo se basa en eso: en una reivindicación de la dignidad de cada persona. De repente un puto desconocido se sube al escenario y cuenta su historia. En realidad nadie tiene una vida plana. Todo el mundo tiene sus cosas que contar: «voy a explicarte esto porque yo lo he sentido de corazón». Y pienso que ese es el punto inicial de la comedia verdadera. Ahora, por ejemplo, tú has dicho la palabra «servir». Como te acabo de decir, la comedia no tiene ese grado de utilitaridad. Detrás de eso realmente hay un corazón —me siento avergonzado de decir esto porque no tengo tanto talento, ni lo consigo—. Pero hay cómicos que consiguen estar hablándote con naturalidad y te están hablando de su vida. Y pienso que si cualquier persona dice las cosas de esa manera, la risa se abre paso. Cuando tú no tiene coartada, cuando te muestras vulnerable, acabas haciendo risa.

¿No depende más de cómo lo cuentes que del material en sí mismo? Porque por ejemplo, en uno de los episodios de tu serie El fin del comedia hay un personaje (un camarero) que cuenta una historia que vende como graciosísima, y en realidad es una mierda. Pero quizás otra persona, tú u otro cómico, con ese mismo material puede sacar algo superhilarante.

Todo depende. Porque son muchas capas la que tiene una persona. Louis CK lo decía a propósito de George Carlin, que es una especie de maestro para él. Decía que puedes salir ahí y contar lo que te sucedió la última vez que volaste en un avión, y eso es una capa. Pero luego puedes decir cómo te sientes con tu perro o tu gato, y eso es otra capa. Después, puedes hablar de los sentimientos reales que tienes con tus padres, otra más. Hay muchas capas en una persona. Y es un fenómeno que surge sin premeditarlo: si alguien delante de un grupo de personas se muestra vulnerable y cuenta su verdad, hay una tensión ahí que de alguna manera tiene que sublimarse por la risa. Ese es el rollo de todo. Que una persona esté en el centro de esas cien personas, mirándole, y se muestra de corazón… Crea una tensión, y te sientes tan acorralado y tan indefenso, ante cien personas muy protegidas. Si trabajas con esa tensión de una manera genuina, la risa surge como una manera de sublimar el miedo. La manera de solucionar esa movida es decir: «mira, nos vamos a reír».

En la serie, como también hace Louie, expones ciertas partes de tu vida de una manera evidente y muy franca. ¿Hay miedo al hacer eso? ¿A sobreexponerte?

Claro, tienes muchas dudas, porque es verdad que comprometes a más personas. Hasta tal punto que yo en la serie decidí decir que tengo una hija, pero en realidad tengo un hijo. Quise crear un poco de distancia no por hacerlo más falso, sino por salvaguardar cierta intimidad, para no comprometer a nadie. Es una precaución. Pero al margen de eso, la ilusión era crear una serie en la que las cosas que se contaran tuvieran un anclaje en la realidad, contándolas de manera muy natural. La labor de guion de Raúl Navarro, de Esteban y mía era quitar los chistes. A nosotros se nos ocurrían las historias y automáticamente se nos ocurrían también cosas chistosas, como si fuera un árbol. Así que quitábamos todos los chistes, y lo que quedaba era eso. Es la labor más trabajosa, porque estás viendo el chiste y diciendo «joder, es que tiene gracia», pero había que quitarlo. Para que quedara todo con esa naturalidad, sin pretender ser chistoso, simplemente contando algo que le sucede a una persona fuera del escenario. No queríamos convertirlo en un show. Porque la gente, por la misma situación, ya le ve la gracia, no hace falta que tú remates. El propio espectador mete los chistes en su propia cabeza, no hace falta que tú se lo cuentes.

Qué putada, por cierto, darle a Cansado un personaje tan rancio.

Sí, sí [risas]. Es que a Cansado, que es la persona más maravillosa del mundo, le costaba mucho ponerse en ese plan tan borde. Pero entendíamos que eso podía ser una broma en sí misma, que él fuera la clase de vecino borde que te da la lata. Pero en las escenas que hacíamos a veces me miraba de una manera que me acojonaba [risas]. Para él era muy incómodo, aun así. En las series estadounidenses o británicas es más normal que alguien se interprete a sí mismo en clave casi de hijo de puta, o dejándole mal. Aquí no es así, aunque a fuerza de la ampliación de la cultura ya empieza a ser más asumible, pero hasta ahora no lo era. En la segunda temporada también hay cameos muy guapos. En la primera temporada, que alguien como Willy Toledo se prestara, con toda su actitud de izquierdas, a interpretarse de esa manera… No es fácil que accedan.

¿Cómo de extraño te resulta interpretarte a ti mismo?

Pues sí es extraño, la verdad. Más raro de lo que podría explicar. Siempre que hacemos los rodajes, es verdad que es muy cansado, pero… ¡yo me acabo sintiendo guay! En el sentido de «joder, ya me conozco un poquito más». Es una terapia, casi, porque estás analizándote todo el rato, y acabas comportándote de una manera muy natural. Reconozco que la serie tiene un tono muy distinto del que tengo arriba de un escenario. Por eso digo que soy muy mal cómico. En el escenario nunca he conseguido tener un tono normal, como soy yo; me he dejado llevar por el nerviosismo, por la ansiedad, comportándome de esa manera no porque lo tuviera premeditado. Por los nervios y la ansiedad me siento indefenso y «ARRGGASD» [interjección: el grito sordo, N. de R.] y palante, para salvar la situación, tirando como pollo sin cabeza. Pero en un entorno más controlado como un rodaje, consigues encauzarlo de manera más natural.

De hecho, el propio «grito sordo» surge de esa misma ansiedad, ¿no? ¿La ansiedad es lo que ha condicionado tus actuaciones, más que la voluntad de hacer reír?

Sí, exactamente, y cada vez me doy más cuenta. Al principio siempre tienes la justificación «no, es que es mi estilo» [risas]. «Es que yo me he inventado esta manera de hacer stand-up comedy». Pero luego te das cuenta de que no, de que realmente son faltas que tienes, que no eres nada guay, y que la única manera que tienes de salir adelante es esa.

¿Y hay un momento en el que te sientes cómodo y las integras, o simplemente no te puedes librar de ellas?

Ya te digo, te acabas conociendo a ti mismo y eso es lo que te ayuda a calmarte. Al principio te sientes más desorientado, pasan los años, y cada vez estás más desorientado a la hora de hacerlo. Hay un momento que ya lo asumes «sé que esto va a pasar. Por lo visto encima de un escenario a mí me da esta mierda». Así que, como sabes que ha sucedido tantas veces, ya lo ves como algo natural. Si te fijas, todo son carencias. Todo lo que acaba siendo un abanderado de lo que se supone que es Ignatius Farray son carencias. Una suma de carencias que ha dibujado un personaje: el grito sordo, chupar pezones… Son cosas que te faltan.

La pasta que has ahorrado en terapia…

Sí, sí, sí. Yo no me quiero imaginar a lo que habría llegado si no llego a tener la comedia. Cuando digo esa frase de «la comedia salvó mi vida» lo digo con mucha convicción. Lo juro. Fíjate que yo soy un tío muy cobarde, y mi primera actitud es «ni de puta coña. Ni de puta coña yo me subo ahí arriba para que me mire todo el mundo». Pero no sé por qué tu vida llega a cierto extremo, y hostia, ahora si no lo hago ya va a ser peor, voy a ser más mierda de tío todavía. Te comprometes a ti mismo, te haces la pinza, y dices «ahora tengo que hacerlo porque sino me voy a sentir más mierda». Y en esa encrucijada, me sale ir para adelante, y lo que sea. Ahora mismo soy incapaz de imaginarme sin que la comedia me hubiera pasado, como oportunidad.

Estudiaste Ciencias de la Información, así que quizás tendríamos a un periodista dando gritos sordos por los platós…

[Risas] Sí, estudie Ciencias de la Información e Imagen y Sonido. Es que joder, podría haber pasado una mierda muy grande, imaginad. Esto me ha servido de terapia totalmente. Si no hubiera sido cómico, no sé por qué siempre me imagino de jardinero, como un jardinero muy loco. El típico que tienes en tu comunidad, pero jodiéndola todo el rato. Un jardinero antisistema.

Wittgenstein, cuando se quedó tarumba, se quiso hacer monje. Se fue a una comunidad de benedictinos, pero viendo que estaba muy para allá, le dijeron: «Mira, los hábitos no te los vamos a dar, pero puedes cuidar las rosas». Y después del trauma de la Primera Guerra Mundial, ahí se pasó unos años, cortando rosales.

Pues qué historia más bonita. Yo ya te digo, cuando me imagino la historia alternativa de mi vida, digo: jardinero. Ahora diré «jardinero como Wittgenstein». La vida es así, vas encontrando cosas en las que te ves reflejado, y las incorporas como una justificación. Lo de chupar pezones, por ejemplo. Hace poco me enteré de que en la antigua Irlanda era un rito celta de coronación. Si lo buscas en Google: «chupar pezones cultura celta» o algo así, lo verás. Se ha descubierto que en las colonias celtas, cuando alguien iba a ser rey, el rito de coronación consistía en que sus inmediatos súbditos le chupaban el pezón. Hasta el punto de que se han encontrado restos de gente con los pezones amputados, y eso, según los antropólogos, significa que eran gente que la habían liado mucho y…

No me lo creo.

¡Que sí, búscalo! Los que los tenían amputados era por la que habían liado, para que la sociedad descartara que pudieran llegar a ser rey. «Los pezones no te lo vamos a chupar», querrían decir. Así que ahí yo me amparo para decir, cuando chupo pezones, que en realidad el soberano es el público. De alguna manera todo acaba encajando.

Esto es una tendencia que viene de la música jazz e incluso de la literatura beatnik. Ellos son los primeros que incorporan el error, diciendo que equivocarse no tiene nada de malo. Si das una nota mala, lo único que va a hacer es que te apoyes en la siguiente, pero vas a seguir construyendo igualmente. Son gente que en su arte incorporan el error. Así que cuando cuentas historias siempre encuentras una cosa o la otra para que te justifique: «No estaba yo tan equivocado con chupar pezones». O lo que sea. Y al hablar, un cómico del stand-up, utiliza esa técnica de hablar y hablar, porque te vas a equivocar. Pero cuando lo haces, siempre encuentras otra manera de decir lo que querías decir. Y al final construyes un discurso igualmente, que no tienes por qué soltar del tirón, perfecto. Es una manera igualmente válida de construir. Por eso desde el mundo teatral del monólogo cómico, donde todo lo tienen más cuadrado, es más difícil incorporarse a la técnica del error y la improvisación.

Y hablando de ese mundo del monólogo teatral, tipo Club de la comedia, más guionizado. Podría pensarse que es una fórmula agotada, la de seguir con el rollo «el otro día iba en el autobús y mi novia me dijo…», un formato inalterable, más monótono. Pero la realidad es que eso sigue funcionando.

Sí, pero si te das cuenta, la gente que estaba más a tope con ello, consideran la etapa dorada de El Club de la comedia, la del principio. Cuando era una cosa que sorprendía y quedaba fresca. Es verdad que sigue siendo un producto que se puede vender, pero su frescura, si somos sinceros, la ha perdido. Mucha gente que vio comedia ahí la ha empezado a buscar ya en otros sitios.

Como ya has dicho, defiendes la existencia de esa «comedia estándar» para que podáis existir vosotros. Es decir, ¿tiene que existir Pablo Motos para que podáis existir vosotros? ¿Es REALMENTE necesario ?

Claro.

Pues joder.

Ya, ya, es un sacrificio muy fuerte [risas]. No es que tenga que existir una cosa para que la otra suceda, pero inevitablemente acaba siendo así. De los quince años que llevamos en España con la stand-up comedy, realmente estamos cubriendo los pasos naturales que se han dado en Estados Unidos y en otros sitios. Por ejemplo, una estrella de cine como Dani Rovira es alguien que surgió haciendo stand-up con nosotros. Eso es una prueba objetiva de que está funcionando, porque está cubriendo todos esos aspectos, de una manera natural. Y no solo Rovira, que es el caso más llamativo. Muchos de nosotros estamos haciendo programas de radio en la Cadena SER, o Joaquín Reyes o Ernesto Sevilla, que empezaron en La Hora Chanante, ahora están en prime time y lo petan. Vamos cubriendo todo lo que la industria del espectáculo necesita. Gente que empezó de una manera muy alocada, actuando en bares, está cubriendo todo lo que la industria necesita. Aunque siempre hay cosas como La que se avecina, también [risas].

Dijiste una vez que ibas a hacerte una camiseta que rezara «Ya no hay Moranco bueno», porque ya son solo un espejismo, y somos incapaces de dilucidar qué bueno había en ello…

[Risas] Sí, sí. Es que ya no lo hay.

Pero tú no atacas frontalmente a ese tipo de comedia, no crees que exista una lucha.

Al contrario, si es que somos compañeros. Cuando digo que una cosa es alternativa a la otra, no lo digo de un modo hostil. Somos compañeros porque en el fondo entre nosotros tenemos más cosas que ver que con un grupo como León Benavente, por muy indie y alternativa que sea su música. Lo que hacemos es lo que hacemos. Me siento más próximo a Arévalo que al cantante de León Benavente o Lori Meyers [risas]. Por otro lado, también te digo otra cosa: la conexión entre la música indie y la comedia en España es mucho mayor de lo que se piensa. Gente como Ernesto y Joaquín son muy fans de estos grupos, y muchas bandas acaban teniendo de referencia a cómicos como ellos. Cuando nos encontramos tenemos sintonía personal a tope. Yo en el SOS una vez me puse muy borracho y le terminé tirando minis al cantante de León Benavente. En plan Arévalo. Luego me sentí muy avergonzado.

¿Fuiste a confesarle que eras tú el que tiraba minis al escenario?

Qué va, él ya lo sabía. Se daba cuenta de quién le estaba tirando los putos minis y estaba aguantando como un campeón. Años después, a través de una amiga nos saludamos, porque nos encontramos por el barrio, y de una manera natural nos sentimos conectados. Pero eso es a nivel personal. Pero por oficio, por supuesto que yo tengo más cosas que ver con Arévalo.

Ya que hablas del indie. Una vez dijiste «mis cojones se llaman Belle & Sebastian» y luego pediste perdón. ¿Por qué?

¿Pedí perdón?

Sí, remarcando «eh, que era bromi».

Pues era un titular cojonudo, no me acordaba: «Mis cojones se llaman Belle & Sebastian», una pena que me retractara. Os lo dejo poner de titular. Otra cosa que quería decir al respecto de la música indie y la comedia. En Estados Unidos y Reino Unido el stand-up surge de una manera contestataria, y después surge el mainstream. Pero justo un poco después surge también una conexión muy grande con el indie. En Estados Unidos sucede en los noventa, cuando muchos cómicos como David Cross empiezan a actuar en salas indie, rockeras… Y este fenómeno se empezó a dar porque había una conexión natural. A muchos seguidores de esas bandas estos eran los cómicos que les molaban, y a los productores les pareció una buena idea combinarlo. En el mundo inglés sucedió igual, incluso con Belle & Sebastian, que el mismo Daniel Kitson se declara superfan. Y claramente comparten el mismo público.

Y en España pasa parecido. A mí me ocurrió gracias a la que era mi pareja, Irene Serrano, de las Despechadas Pinchadiscos, que suelen actuar mucho en ese ambiente. Empezó a ser mi representante y mánager, y pensamos que podríamos abrir un circuito que no existía todavía. Inspirados por el tema del indie y de la comedia, Irene me proponía para actuar no en sitios del circuito de la comedia, sino en salas. El Planta Baja en Granada, el Jimmy Jazz en Vitoria… Sitios que nunca habían programado a cómicos. De repente tenía la suerte de que me conocían por La Hora Chanante, y acabaron siendo los lugares en los que me he encontrado más guay actuando para esa gente. Empezamos a abrir ese circuito que ya existe de una manera natural, porque el público es el mismo. Los que van a esas salas no van a ver a un cómico más estándar de El Club de la comedia, pero a otros como yo, sí. Miguel Noguera en ese sentido es un fenómeno, porque abre un camino completamente al margen de lo que había. Y el público que le va a ver es ese público, el «moderneo».

Pero tú te rebelas mucho con que te encasillen ahí, ¿no? Dices eso de «no, si yo no soy moderno, yo ya llevaba barbas y camisas de flores antes».

[Risas] Sí, sí, digo que «el primer hipster del mundo fue un chavalito miope y gordo de Canarias». Hay muchas cosas paradójicas ahí. Porque mucha gente sigue esa moda por postureo, y a ciertas personas eso les molesta un poco. Es la lucha del quién llegó primero. Es normal que nos rebelemos un poco cuando sientes que te están copiando…

Nadie quiere ser parte del rebaño.

Sí, eso. Pero ese público en concreto creo que era gente que en su momento les podía gustar El Club de la comedia y con el tiempo se fueron desencantando y llegaron ahí. Mucha gente que se desconectó acabaron encontrando a otros cómicos.

En La vida moderna estáis integrando a gente como Andrea Levy o el propio Arévalo. ¿Qué tal llevas esto de integrar a gente que parece tan lejos de tus intereses?

Pues ha salido como algo supernatural, no ha sido buscado. Entre Quequé y David Broncano y yo hay una gran complicidad, y somos de izquierdas, claramente. Pero pienso que tampoco hay por qué hacer de eso algo más, ¡bastantes cosas políticas soltamos en el programa! Pero de repente surge gente como Andrea Levy , que nos decía por Twitter que a ver cuándo la llevábamos al programa. Y nosotros unas semanas antes habíamos hecho la broma de «¡que venga un facha!» y joder, pues de puta madre [risas]. Fue ella la que nos tiró los trastos. Lo mismo pasó con Arévalo, que fue él quien nos lo pidió.

¿Y Bertín Osborne? ¿Cuándo? ¿O eso es la última frontera?

Hostias, Bertín. Sería muy grande. Tenemos una sorpresa que estamos preparando con alguien de izquierdas que va a entrar haciendo una cosa que… No os la puedo contar. Pero si sale, ya te aseguro que va a ser un puto bombazo.

¿Pedro Sánchez?

No lo puedo decir.

Bueno, Pedro Sánchez no, que has dicho de izquierdas y saldría «haciendo cosas».

[Risas] No me insistáis. Solo os digo que es una locura que se nos ocurrió en un coche, y como surja, va a ser la bomba. Pero os vais a acordar. No va a pasar desapercibido.

No sería la primera cosa que hacéis en plan destroyer. Como lo de hacer el programa de la radio desde el Valle de los Caídos….

El encanto del programa es que en ningún momento ninguno de los tres hemos tenido un objetivo. Nunca hemos dicho «vamos a hacer esto», han sido todo coñas que surgen de la manera más arrastrada, y decimos «pues no hay cojones». Eso surgió un día tomando una cerveza y que dijimos «no hay huevos de ir al Valle de los Caídos y hacer el programa desde ahí». Acaba enredándose todo y acaba saliendo, pero premeditadamente no queremos tener ningún tipo de tono concreto. Es como una bola de nieve que va rodando. Surge como una parida y de repente te lías, y lo haces.

De hecho hacéis mucho humor con eso de «espero que nadie de la SER esté escuchando esto».

Sí, de alguna manera hemos conseguido el equilibrio perfecto entre el underground chungo, que todo el mundo sabe que ahí hay alguien haciendo eso, pero no es muy notorio. Si diéramos más la nota nos cortan el cuello. Pero lo hacemos todo en una epidermis muy concreta. Y nosotros lo flipamos. Solemos decir «menuda burrada hemos dicho hoy en el programa».

Si fuéramos un programa más objetivamente político no podríamos soltar ciertas cosas. Pero con la tontería puedes hacerlo. Somos tres tontos, ahí soltando historias, cuelas un comentario político de lo más alocado u ofensivo, y lo cuelas. Porque son tres tontos contando sus historias. Imagínate alguien en un programa político soltando esas cosas, pasaría a estar en el foco.

Hay una coña que haces en el programa, que ya hacías antes en el stand-up, la de «Hitler y Pau Donés, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre al otro». ¿No cambia nada el hecho de que, diciéndola en una radio como la SER, es probable que el propio Pau Donés lo escuche?

Pues posiblemente lo escuchó, sí. Lo conté en la radio, así que si no se había enterado de que era yo… Aunque yo con Pau Donés no he tenido ningún problema. Lo que me pasa es que soy muy alocado y no soy nada sensato. Lo suelto y después no disfruto nada de ello, te juro que lo que pienso a continuación es «mierda, por qué tuve que decir esto, no quiero que esta persona se sienta ofendida…» pero en ese momento se te ocurre la gracia, te vienes arriba… Y no lo hago con ningún tipo de ambición. Pero en caliente, surge, y palante. No es un «voy a por ti». Es verdad que ahora hay más probabilidades de que se enteren, pero yo qué sé.

Melendi, por ejemplo, va contando por ahí que yo le costé un divorcio. Cuando empecé a actuar, hace muchos años, actuaba también en el Rincón del Arte Nuevo, en la calle Segovia. Un sitio mítico que se ha conservado desde los ochenta, donde también actuaban Faemino y Cansado, Pedro Reyes y toda esta gente. Pues actuaba los viernes a las cinco de la mañana, el horario más after en el que he actuado en mi vida. Una locura. De repente un día entró Melendi, y yo estaba en el escenario a esas horas superborracho, y cuando lo veo entrando con una chica empiezo a bromear: «Joder, una estrella como tú aquí, con el pibón que se encuentra, no se qué. Seguro que te la has ligado esta misma noche…». Pues se ve que era su pareja, y eso fue la gota que colmó el vaso, porque ya tendría más discusiones o lo que sea. Y me he enterado a posteriori de que Melendi se acabó separando de esta mujer y que él va contando la historia de que fue mi culpa. Como que todo fue por aquella noche donde ella le dijo «hasta aquí».

Tienes una oportunidad de oro para, solemnemente, aclarar las cosas.

«Nunca fue mi intención provocar el divorcio de Melendi» [risas]. Aunque la que más ha trascendido en este sentido fue la de Juan Echanove, sobre todo porque se le dio muchas vueltas. Si yo hubiera dicho eso y ahí quedara, pues mira. Pero claro, al responder él, se fueron juntando muchas cosas que lo hicieron la bola más grande.

¿Cuánto ha durado esta polémica? Porque da la sensación de que se alargó muchísimo…

Mucho. Pero os voy a contar algo nuevo, que quizás no sepáis. Por esa época estuve programado en un teatro, en el Bellas Artes de Madrid. Tenía cuatro fechas y solo me dieron dos, me llamaron y me dijeron que suspendíamos. Y dije que perfecto. Pero de rebote me enteré de que Echanove es socio del teatro, y habían pedido que me echaran. Por mí perfecto, no soy un tío rencoroso ni nada. Qué gracia, qué guay. Son cosas que me resbalan. Como me hacía gracia la historia, la empecé a contar en los shows, y de repente una pareja en el Beer Station levanta la mano para hablar. Cuentan que ellos habían comprado la entrada para esos shows que finalmente se suspendieron, y les pregunto: «¿Qué os dijeron cuando llegasteis a la taquilla del Bellas Artes?». Y me responde «nos dijeron que Juan Echanove te había echado» [risas]. El propio taquillero que estaba en la ventanilla se lo contaba la peña, en lugar de inventarse una historia tipo «por motivos personales».

¿Pero no te llama la atención que un señor que pertenece a un circuito asentado se violente tanto por una cosa así? Porque tú mismo has dicho que como aquello era tan abiertamente exagerado, tenías la esperanza de que nadie se lo tomase en serio.

Claro. Por supuesto reconozco que llamar a una persona «hija de puta» sin conocerla es muy injusto. Pero pensaba que la gracia, precisamente, era esa. Era tan obvio… ¡En los tuits anteriores acababa de llamar hijo de puta a Leonard Cohen! Pensé que se iba a entender, pero no. Para mí la gracia es que había una ironía muy injusta, obviamente, y que era una sobrada fuera de lugar. Si alguien que tú conoces te insulta públicamente, se entiende que tiene que tener sus razones. Pero si alguien que no te conoce te insulta así… Y yo no tuve problema en pedir perdón. A mí me molesta mucho que una persona se sienta incómoda, y si pidiéndole perdón puedo arreglarlo un poquito, pues perfecto. No tengo ninguna intención de ser provocador, y transgresor sí, pero en otros sentidos. En el sentido de provocar y pasarme de la raya, no. Si una persona se siente incómoda y triste por algo que yo he dicho, te lo juro que no me siento bien para nada. Pero yo ahí ni pensaba que leería el tuit. Pasaron meses, y alguien después de una actuación me dijo que Echanove me había respondido. Y ni me había enterado.

En realidad lo más gracioso del asunto fue que Echanove habló de ti diciendo que eras «un cobarde que se escondía detrás de un avatar». Y en realidad no era un avatar… era una foto tuya.

[Risas] Sí, sí. Yo no digo que los cómicos no puedan meter la pata, por supuesto que sí. Por eso pienso que la comedia tiene límites, claro que sí. Por eso la comedia es un arte, porque tienes que caminar en ese equilibrio. Un cómico se puede pasar de la raya y meter la pata, pero pienso que en esto en concreto no era el caso. Todavía pienso que decir a alguien que no conozco «hijo de puta» no es ofensivo, y esto fue hace años. A lo mejor en la Cadena SER no lo habría dicho ni de coña. Yo era un tío que estaba intentando hacer comedia, medio borracho en su casa y escribí  en Twitter: «Juan Echanove, hijo de puta». Pues vale.

Cada vez que hay un pequeño follón como esto, surge el mismo (y cansino) debate sobre los límites del humor. ¿Esto lleva a alguna parte? Porque parecemos atorados.

Sí, sí, es agotador. Se convierte en un cliché. Pero personalmente creo que hay límites, insisto. Un cómico puede meter la pata y ser muy desagradable y muy injusto con alguien, yo mismo lo he hecho muchas veces. No sabes la cantidad de gente inocente que un cómico ha tenido que ofender injustamente para aprender a medir eso.

¿Eso te ha ocurrido? ¿Te has disculpado alguna vez con alguien del público?

Ahora mismo no recuerdo ningún caso. Pero vamos, si no me he disculpado en persona durante la actuación, sí que ha habido muchas veces que después del show la he buscado para pedirle perdón. Y cuando ya no está en la sala me he sentido muy mal. La comedia tiene que ser conciliadora. Lo que decía George Carlin es que un cómico tiene el privilegio, pero también el deber de pasarse de la raya. El equilibrio está en caminar por este límite.

Sobre el tema de la comedia y las mujeres. O las mujeres en las comedia. Cuando te han preguntado sobre el tema de por qué hay tan pocas en escena, no te has sumado a la opinión biempensante y condescendiente. Tienes una explicación que va un paso más allá, y dices que a la mujer se la trata peor en este círculo.

Sí, lamentablemente la mujer en la comedia lo tiene mucho más difícil, igual que en otros muchos campos profesionales. Eso funciona así, y es lamentable. Es verdad que hay cómicas geniales, y ahora mismo en España ha destacado mucho Patricia Sornosa por su tono feminista y también hay otras chicas como Valeria Ros, que son una pasada también. En el Picnic nos solemos juntar y no sabes cómo lo petan. Uno echa de menos que no haya más mujeres en la comedia.

Pero es verdad que a la hora de hacer un programa cómico, tienes la sensación de que si hay una mujer entre el grupo está ahí no con un papel protagonista que merecería, sino para «cubrir el cupo». Como decir «mira qué guays somos que integramos mujeres». Notar eso siendo mujer tiene que ser horrible y muy jodido.

Por otro lado también pienso una cosa, y no sé cómo va a quedar. En mi experiencia, las personas más graciosas que conozco son mujeres. A nivel personal e íntimo. Pero pienso que para muchas que son tan graciosas no es un reto tener que hacer eso en público. Hay muchas mujeres que tienen esa seguridad, y a lo mejor un tío no. A lo mejor alguien como yo es todo lo contrario, que a la gente con la que hablo íntimamente no puedo hacerles sentir que soy gracioso, y por eso me subo a un escenario para que todo el mundo vea que soy capaz de hacer reír. Te lo tomas como un reto. Porque en el fondo, hacer reír es un poder y eso da un estatus. Y quizás hay muchas chicas que ni se lo plantean. Entiendo que mi pensamiento es sexista, pero no machista. Pienso que una mujer, por su manera de ser, tiene más sentido de la intimidad que un hombre. Una mujer valora más los momentos íntimos que un hombre, para ella es más guay ser graciosa a un nivel íntimo y para un hombre lo es ser gracioso en público. Es una sensación que tengo.

Esta es mi explicación un poco a bote pronto, pero sinceramente echo de menos más mujeres en la comedia. A mí me molesta mucho cuando hay cómicos que dicen eso de que vosotras no os lo curráis, porque me parece injusto. Una chica lo intenta con las mismas fuerzas que un chico. Pero reconozco que es más complicado, porque existen muchos clichés por medio. Cuando sale una chica al escenario hay muchos matices que no existen cuando sube un chico, y se le pone más difícil. Y eso es injusto. Me da rabia que cuando las chicas se proponen ser cómicas no tengan las mismas facilidades que un chico.


Violencia lírica: edición en español

Mecano. Imagen: BMG Ariola.
Mecano. Imagen: BMG Ariola.

(La versión internacional aquí)

Hay que tener el alma muy negra para rimar «boca» con «loca», y eso es una verdad universal que no impidió que en el año 2000 un artista llamado Raúl, que decidió que los apellidos artísticos eran para los cobardes, atronase el verano con «Sueño su boca», una canción que ya amenazaba con la rima forzada en su propio título. Años más tarde, un protoblog llamado Neuronas muertas, administrado por un tal Juan, que decidió que los apellidos eran para aquellos que buscaban la fama, se agazapa entre los pliegues y recovecos de internet dando cobijo a una recopilación fabulosa de otro tipo de horrores poéticos y musicales: una lista de canciones que, demostrando poseer unas gónadas de titanio forradas de adamantio, se atrevían a rimar «coche» con «noche». Como apuntaba John Tones en Canino lo más meritorio del asunto era que Nosoträsh casaban aquellas dos palabras malditas en hasta tres canciones diferentes.

Letras del averno

Hace unos días Dani Martín aseguraba en Twitter que en caso de tener que elegir entre componer un reguetón o fenecer, su opción inmediata era abrazar a la Parca muy fuerte. Resultaba un gesto muy digno por la parte que le toca a un exintegrante de El Canto del Loco que en algún momento interpretó esto:

Yo soy Sperman y he nacido en un local de ambiente
quiero tener el control de tu mente
quiero sentir que no soy el único indecente
te voy a robar la fantasía sexual
de la gente, de tu mente
¿Quién es? ¡Sperman!

(Tema: «Super héroe»)

Lo cierto es que resulta hasta lógico razonar que sentarse ante ciertas demostraciones líricas quizás supone un destino peor que la muerte inmediata. Y para demostrarlo la música en español se ha tomado la molestia de ofrecer a lo largo de su historia abundantes ejemplos de atentados poéticos. Amaia Montero se reveló como una beta de Turista En Tu Pelo al canturrear aquel «Quiero ser una emigrante de tu boca delirante / de deseos que una noche convertiste en mi dolor». El Arrebato entonaba un muy cuestionable «Búscate un hombre que te quiera / que te tenga llenita la nevera» que parecía condenar a la querida a la cocina y Rebeca, célebre por ser prima de Benicio del Toro, llevaría los escenarios un «Tú siempre fuiste duro de pelar, duro de pelar / Yo siempre en casa loca por amar, loca por amar» que digievolucionaría en anuncio de neumáticos.

En el fondo estamos tratando con una sociedad que ha vivido una etapa pop, que muchos insisten en bañar en oro, donde de algún modo retorcido se consideraban románticos versos como «Besarte es como comer palomitas de maíz / Corazón de melón, Venus salida del mar / del negro de un mejillón son tus ojos en su punto de sal» («Sabor de amor» de Danza Invisible). Y un panorama musical donde el «Quiero ser un bote de Colón / y salir anunciado por la televisión» de Alaska y los Pegamoides logró llegar más allá del estudio de grabación. Durante la época en la que Depeche Mode estaba alegrando los trastornos depresivos de todos los suicidas del mundo, en este país teníamos nuestro equivalente playero en un par de trovadores modernos de Badalona:

Tu piel morena sobre la arena
nadas igual que una sirena
tu pelo suelto moldea el viento
cuando te miro me pongo contento

(Viceversa – «Ella»).

Incluso sería conveniente señalar que a día de hoy Tam Tam Go! aún no ha pedido perdón por lo de «Atrapados en la red», aquella canción que hablaba como el geek noventero de la serie Nada es para siempre:

Te di todo mi amor arroba love punto com
y tú me arroba-roba-robado la razón
mándame un e-mail que te abriré mi buzón
y te hago un rinconcito en el archivo de mi corazón.

Jarabe de Palo asentó el fenómeno hater antes siquiera de que hubiese un nombre en inglés para describirlo gracias a cosas tan elaboradas como aquel «Bonito, todo me parece bonito / Qué bonito que te va cuando te va bonito, qué bonito que te va». Ainoha Cantalapiedra ganó la segunda edición de la fábrica de churros conocida como Operación Triunfo y acabó perpetrando «Tu mejor animal», una tierna baladita que contenía esto:

He limpiado los platos y de comer al gato,
nuestra última follada de ayer
dime qué tal.
[…]
Mi mayor deseo es estar en tu casa
atenta a todas las «cositas» que te pasan
lamer tu mierda como si me interesara
saber si te has ido con otra a pasear.

Dentro de ese burbujeante ecosistema musical la categoría erotismo completamente errado gozaba de participantes muy entregados cuyos esfuerzos solían provocar más complejos de avestruz que humedades en la ropa interior:

Me gustas tú, me pones a cien
y en tienda de campaña me levanto por tu piel

(Javi Cantero – «Me pones a cien»)

Ahora te debes callar
y vas a saborear
el exquisito manjar
que pongo en tu boca
sé que me harás disfrutar
que te vas a esmerar
como siempre lo harás, muy bien muy bien
[…]
Pero cariño no pares, tú sigue y no hables
que Dios te lo pague que lo haces muy bien
y mientras yo me concentro,
chúpala más adentro
que ya llega el momento y lo has hecho muy bien

(Semen Up – «Lo estás haciendo muy bien»).

[Actuación que incluye el bonus antierótico de ver a Alberto Comesaña poniéndose en el micrófono en el pito e invitando al público a arrimarse].

El columpio asesino. Imagen: Mushroom Pillow
El Columpio Asesino. Imagen: Mushroom Pillow

La rama indie tampoco se libraba de pelear por medalla en la competición de la vergüenza ajena. El tema «Toro» de El Columpio Asesino suele ser un habitual en las listas de canciones que provocan bochorno de manera instantánea:

Maraca loca piano ardiente
nunca fuimos delincuentes
gafas negras en la noche
vamos niño sube al coche
[…]
Con amigos y extraños
coincidimos en los baños
siempre te gustaron largas
amarga baja, amarga baja

Y mientras tanto la lírica a pie de calle del rap en castellano también ha sabido demostrar que no se quedaba corto en cuanto a cantera prometedora:

Parto, como parte tu cerebro la heroína
que me piden muchos yonquis por ser negro en cada esquina
soy un camello de ingredientes ilegales metalíricos
obviamente acompañados de sampleados metarrítmicos
[…]
No es una pintura, ni es una escultura
simplemente rima pura y dura
es la gran obra maestra

(Frank T  – «La gran obra maestra»).

Y ahora veo en la Fnac un nice price
yo tengo un flashback o me siguen las Girl Spice
la marca de guay es una fuerza que hay
bebidas light hay un joven nice
que sonríe a la life
la marca de guays de nuestra ropa el clímax
es una mancha de pis que todos adoramos

(Gris Medina – «Publicity»).

No entiendo lo que dices
no me toques las narices
da igual lo que me rimes
Vo-ca-li-za
¡Yo! vengo a darte un par de frases
de esas que me han hecho conocido en parte
por cuidar mi dicción El Chojin comparte
con todos los otros los que viven rap ¿o no?
(El Chojin – «Vo-ca-li-za»).

Aunque en la actualidad todas esas gemas del rap patrio palidecen ante la nueva corriente de trap en castellano alumbrado en chándal en los callejones más selectos. De las divagaciones de Kinder Malo:

Mi polla entre tus tetas es una cubana
Banana con arroz, arroz a la cubana
Si tú has nacido en Cuba eres una cubana
Cuando vas como una cuba eres una fulana
Una manzana grande no es la gran manzana
Yo follo con tu puta y me pone el pijama
Las putas te putean cuando tú las amas.

(Kinder Malo- «La ley de Eddie Murphy»).

Pasando por las jornadas playeras de La Zowie:

Besis
Pa toas mis bitches
Pa toos mis goonies
Yo soy pobre pero voy con veinte yolas
todas bonitas expertas liando bolas
Tamos fumando porro en la playita
comiendo molly como pica-pica
[…]
Bitch, quiero money
y tengo un montón de goonies
si tú quiere uno pay me
No tengo na pero toy pimpin
En mi casa toas tus bitches
yo haciendo tortelini
pa poner fuertes a mis goonies
(La Zowie – «Baby come n get it»)

El logro de la Zowie es cantar en uno de los lenguajes más difíciles de aprender, aquel que se sitúa por encima del alemán y por debajo del furbish: el suyo propio.

Hasta aterrizar delicadamente sobre esa sensibilidad refinada de los alegres jovenzuelos que conforman Pxxr Gvng:

Tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
[…]
Te entro con otro tema
pero tú sabe quiero droga
en la mirada me se nota
yo lo que quiero es tota
tu coño me produce fucking drogadicción

(Pxxr Gvng – «Tu coño es mi droga»)

Pero los incombustibles héroes patrios siempre serán Mecano, aquella milicia formada por Ana Torroja y los hermanos Jose María y Nacho Cano que llegaría a coronar cumbres en la historia de la poesía castellana encadenando composiciones maravillosas:

No hay marcha en Nueva York
ni aunque lo jure Henry Ford
no hay marcha en Nueva York
y los jamones son de York

(Tema: «No hay marcha en Nueva York»)

Ay dalái lama dalái lama dalái
ay dalái lama ay dalái dalái
Ay dalái

(Tema: «Dalái lama»)

Cuando me desperté y vi a otro tío acostao
De espaldas a mi lao. Me dije: ¿El pavo este? ¿Quién es?
Luego ya razoné, la culpa es del alcohol
Debí mezclar ayer hasta volverme maricón
[…]
Y por otro lao (Por el lao de atrás)
No debe estar tan mal (Pero si es lo más)

(Tema: «Stereosexual»)

Hawaii-Bombay, tumbado en mi hamaca
Hawaii-Bombay, toco una maraca
pachin, pachin, canto una de MachÍn.
Hawaii-Bombay a la luz del flexo
Hawaii-Bombay nos damos un beso

(Tema: «Hawaii Bombay»).

Mención especial para el dramático y rompedor desenlace del tema «Esto no es una canción»:

Con la mierda del caballo no hay quien pueda
si estás enganchao te quedan dos de dos
robar pa comprar o venderla y sisar
y las dos terminan antes o después
con el culo roto y el sida en Carabanchel

La canción del verano

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Georgie Dann. Imagen: TVE.

Por encima del punk escatológico que ofrecieron gourmets ilustres como GG Allin, e incluso más arriba de aquel metal noruego cuyos miembros tiene por hobby quemar iglesias y apuñalarse entre ellos, se acomoda el subgénero que más horrores innombrables ha generado en la historia musical: la canción del verano. Una epidemia propagada entre chiringuitos playeros y antros donde consideran normal poner sombrillas diminutas en las copas, una variedad musical que parece impensable que pueda ser disfrutada en la intimidad del hogar sin estupefacientes de por medio: la imagen de una persona civilizada sentada en el sillón de su casa escuchando por decisión propia «Mi vida. Los micrófonos. Las tetas. Los micrófonos. Los culos. Los micrófonos» es probablemente una evidencia clara de cierto nivel de psicopatía. Y si bien es cierto que biológicamente el ser humano parece demostrar un acercamiento innato hacia el ritmo, los bebés bailan antes de saber andar y el propio cuerpo tiene un metrónomo de serie llamado corazón, es difícil sacudirse ante un «Bomba (sensual) / un movimiento sensual (sensual ) / un movimiento muy sexy (sexy) / un movimiento muy sexy (sexy)» sin tener la sensación de que se están haciendo malabarismos con las leyes de la naturaleza.

Aquellas aberraciones sonoras estivales acabaron demostrando que toda canción que incluya un «este ritmo nuevo que traigo» entre las estrofas es indiscutiblemente un instrumento del mal, que cualquier inepto puede acabar sonando en una discoteca, que contra toda lógica es posible escribir «Quiero montarme en tu velero / ponerte yo el sombrero / y hacernos eso, ay ay ay ay» sin que se te pudran las manos, que ni siquiera es necesario que la propia letra tenga coherencia mientras muevas la cabeza mencionando un montón de banderas para que todo el mundo se sienta identificado, que a alguien que no ha salido de Vallecas en su vida le han colado que tiene un montón de sangre latina en plena ebullición y que en general es posible execrar una canción sobre la gilipollez más ridícula posible y acabar barriendo billetes:

Lo paró con una mano, lo paró que yo la vi.
cho-cho-cho-fer para el taxi,
cho-cho-cho-cho-cho-fer para el taxi
Ella está pa un accidente
no me importa si está crazy
no me importa si hace vino por ahí.

(Omani García, Pitbull y Sensato – «El taxi»).

O driblar las neuronas de la audiencia extrayendo de la chistera un idioma propio:

Chinga chinga a pelo piqué
bicho malo pillé
minga chunga ladilla pillé
chichi chungo trinqué
iba bolinga capucha no usé
chati mangui pringué
pica pica cocos y minga
lavo nabo con gel

(La Banda del Capitán Canalla – «Bicho malo pillé»).

Uepa
Wata negui consup
yupi pa ti Yupi pa mi
luli ruami wanaga
[…]
wata negui consup
wata negui wanaga
Si tú quieres bailar,
Sopa de caracol
(Banda Blanca – «Sopa de caracol»)

Ouyea
sea son yo macarron
yee macarron no
chacarron chacarron chacarron
nmygudlmnglmne
nmnmw nglmdmlmgmdmme gdlmn nmnlm
Chacaron chacarron tiniminin ron
chacarron chacarron tiniminin ron

(El Chombo – «Chacarron macarron»)

Lo de Georgie Dann ya era una titulación de grado superior en artes arcanas que el resto de mortales no alcanzábamos a comprender. Ese übermensch era capaz de dedicarle una canción a una escobilla de váter y lograr que las caderas se desintegrasen en Benidorm en pleno desenfreno, y cosas como aquel vídeoclip de «Kumbo» engalanado con comentarios solo existen en este mundo para demostrarlo. El propio Dann, consciente de cómo su mera existencia interfería con este plano de la realidad, llegaría a intentar estabilizar el equilibrio entre el bien y el mal con la metaflagelación de «Mecagüento», un tema donde se bajaba los pantalones y hacía de vientre sobre la época estival que le daba de comer y también, de manera poco discreta, sobre lo que vendría a ser toda su carrera musical. En el fondo todos los grandes genios tienen ese punto de locura.

Y entonces llegó Lorna y «Papi chulo» causó más estragos que la peste negra, el cólera y las actualizaciones del Avast juntas. Y el infierno en la tierra dejó de ser monopolio del black metal:

Tú quieres mmm,
te gusta el mmm,
te traigo el mmm,
y Lorna a ti te encanta el mmm,
que rico el mmm,
sabroso mmm
y a ti te va a encantar el mmm
[…]
Todos con las manos al cielo
no piense en el suelo
mujeres vírgenes que se quiten los pelos
como dice el barbero: pelo, pelo, pelo
(Tema: «Papi chulo»).

En la actualidad aún se espera que a Pitbull, King Africa, Enrique Iglesias y a los cabrones que estuvieron batiendo mayonesa durante todo el verano del 2000 se les juzgue por crímenes contra la humanidad, y mientras tanto al otro lado del charco se generan mutaciones de lo que aquí entendemos por ritmos veraniegos formando locuras difíciles de asimilar: Delfín Quishpe ideó el homenaje más espeluznante que se podía hacer a las víctimas del 11-S con «Torres Gemelas», una canción que le cantaba a un amor perdido que trabajaba en el WTC y cuyo videoclip también incluía el número de teléfono del artista para contrataciones varias.

Sé que te quedas
ya sepultada,
en los escombros
de Torres Gemelas
Cuanto quería
estar contigo,
nunca pensaba
que vas a morir
Diosito lindo
no puede ser,
solo llorando
podré olvidar

(Delfín Quishpe«Torres Gemelas»).

Perversiones

Haciendo la cobra al propio título del artículo, y dejando la puerta abierta algún tonteo con la lengua extranjera de artistas que normalmente cantan en español nos topamos con un Ramoncín que en su momento lo intentó con el «Come As You Are» de Nirvana y lo mejor que se puede decir de aquella actuación televisada es que la banda que lo acompañaba resultaba muy profesional al aguantar tan bien la risa. Pitingo también se ensañaría con la banda de Kurt Cobain al darle una paliza al «Smells Like Teen Spirit» y sin tener la decencia de llamar a una ambulancia tras el atropello (aunque lo cierto es que todo lo de Pitingo habitaba un plano de conocimiento superior al nuestro). El «Angie» de The Rolling Stones interpretado por Melendi haría desear que el asturiano incluyese la guitarra en su dieta habitual.

Enrique Iglesias sacó a pasear los gallos en un directo de «La chica de ayer», Seguridad Social no tuvo piedad con el «Wish You Were Here» de Pink Floyd y nadie en todo el planeta estaba preparado para el «Nothing Else Matters» de Metallica sonando a través de la nariz de Shakira. Los escalofríos llegaron con los Hermanos Calatrava surcando el cosmos y abusando del «Space Odditty» de David Bowie.

Aun así, todo lo anterior palidecía ante las versiones amateur de ciertos políticos latinoamericanos, desde Cúcuta un tal Jorge Acebedo despedazaría el «Gangnam Style» para su campaña con la profesionalidad de alguien cuyo único contacto con la música ha sido jugar al Sing Star. Y Walter Wayar proyectaba su luz interior a través de una minuciosa coreografía al contonearse sensualmente ante aquella revisión posmoderna, y absurdamente pegajosa, de «Voyage, Voyage».

Da igual si representa a una coalición entre Sauron, Lord Voldemort, Darth Vader, Satán en un mal día, tres profundos de Y’ha-nthlei y una conga de reptilianos. Mi voto lo tiene desde la primera estrofa.

Los madrileños Sándalo se convirtieron en semidioses del rumbakalao a principios de los noventa al encadenar una ristra soberbia de adaptaciones de éxitos internacionales. El «Informer» de Snow mutaba en un «Te informo» de letra profunda («Mira a esa rubia que buena que está, y la morena que viene detrás. Oye morena qué forma de bailar, como no pares me voy a desmayar») y «Tribal dance» de Two Unlimited renacía como un combinado de techno, rap y flamenco llamado «Ritmo tribal». La festiva formación llegó incluso a atreverse con Ace of Base, versionando «The Sign» por un lado y transformando su «All That She wWants» en un romántico «Desnúdate» («Desnúdate, y hagamos el amor, que ya no aguanto. Desnúdate, ya no puedo escapar a tus encantos»).

El tonteo de Azúcar Moreno con estilos ajenos a su carrera resultaría especialmente trágico cuando decidieron agarrar el «Paint it Black» de The Rolling Stones para untarlo con sintetizadores y palmeados flamencos transformando de manera instantánea un clásico en el hilo musical ideal para celebrar una misa negra.

No sé qué pasa que lo veo todo en negro / porque cualquier color se me convierte en negro.

Y por último, dos grandes artistas ofrecieron una lucha a muerte por crear el tema en inglés más glorioso: El Príncipe Gitano y su EX-QUI-SI-TA versión del «In the Ghetto» de Elvis Presley capaz de invocar la lágrima más sincera (la humanidad aún no ha agradecido lo suficiente que aquel vídeo incluyera subtítulos incorporados) y la FA-BU-LO-SA «The Age of Aquarius» a cargo de Raphael, un tema tan poderoso como para convertir a Muzzy en un amasijo de pulpa verde agonizante.

Es como Wagner, lo escuchas y te dan ganas de invadir cosas. Para empezar, la casa de Raphael. Con un lanzallamas.

Subjetividad y objetividad aplicada

En realidad todo lo que antecede a este párrafo nunca ha pretendido acomodar cualquier tipo de cátedra o verdad universal. Lo cierto es que es exactamente aquello a lo que le cantaban Los Punsetes en, esta vez sí, una de las mejores canciones del pop español reciente.