La culpa fue del sexofón

sexofón
Es una foto de un corto de Tex Avery, pero se escucha el saxo desde aquí. Imagen: MGM.

Es una de las artimañas más burdas del terreno del entretenimiento. Una tan sobada como para que el mero hecho de mentarla, o hacer algo tan estúpido como dedicarle un artículo, sea un gesto recibido entre rosarios de bufidos y jetas asqueadas con los ojos en blanco. La jugarreta audiovisual más tosca y evidente: el sexofón. Esa sensual melodía de saxo que anuncia, en series y películas, la inminente entrada en cámara de un personaje sexi, o la entrada de un personaje sexi en el interior de otro personaje sexi con el que anda encamado. Es una triquiñuela bufa y pasada de moda, un sonido nacido para subrayar con torpeza el folleteo inminente. Pero al mismo tiempo, es una tonadilla que nuestro cerebro interpreta de manera similar al coconut effect, porque estamos tan acostumbrados a escuchar los saxofones insinuándose en la pantalla que hemos acabado aceptándolos y asimilándolos como algo natural.  

Lo interesante es la propia existencia del sexofón como concepto. Un recurso de orígenes inciertos y efectividad cuestionable que, a pesar de ello, ha demostrado ser tan popular como para que miles de creadores lo consideren el método más efectivo con el que lubricar una escena. Y la culpa de todo esto a lo mejor la tiene el jazz que hace cien años alegraba el fornicio en los peores burdeles, George Michael cantando compungido mientras se frota la patata contra una soga, el rostro de palo del legendario músico Johnny Hodges, o un moldavo sacudiendo la pelvis de manera demasiado efusiva durante un guateque europeo.

Let’s talk about sax, baby

«La película comienza utilizando de manera muy generosa de algo que a mí me gusta llamar el «Fuck Sax». Si escuchas una buena, larga y orgásmica ráfaga de «Fuck Sax» ten por seguro que alguien está intentando que se lo follen, que alguien está follando, o que alguien está recordando en sueños cómo se lo follaron en el pasado. 

Nathan Rabin, crítico de cine en su reseña de ‘Una disparatada bruja en la universidad’.

Los títulos de crédito de esa gema cinematográfica que es Una disparatada bruja en la universidad probablemente supongan la concentración más pura de la esencia del sexofón conocida por la raza humana. Estamos hablando de cuatro minutos y medio muy intensos donde una zagala, vestida y cardada para anunciar colonias, se contonea azuzando un gigantesco fular de seda y desafiando las potentes embestidas de energía sexual que emanan de un Risky Business marca blanca. Un cortejo, donde ambos participantes disimulan con elegancia y poses de revista chusca el hecho de ir cachondos como perricos, que resulta lustroso por estar enmarcado con todo lo que era sexi en los ochenta: la noche, los neones, las miradas golosonas, el skyline de una ciudad norteamericana en la terraza, la camisa por dentro del pantalón, los zapatos de tacón rojo y el encanto que tiene el humo artificial de dudosa procedencia.

Pero, ante todo, se trata de una secuencia que viene precedida por el uso completamente traicionero y gratuito de un saxofón. Aquella escena, que la trama revelaría como un sueño de la protagonista, se desarrollaba al ritmo del tema «Never Gonna Be the Same Again» de Lori Ruso, una canción que ya incluía un saxo entre su composición. A pesar de ello, los responsables del film tuvieron el buen ojo de añadir en el metraje un solo adicional de sexofón a modo de preliminar gratuito para calentar a tope a la audiencia. Porque esa es la manera más efectiva que existe para convencer al público de que lo que está a punto de ver será asquerosamente sexy. Un saxo juguetón es la señal subconsciente de que la pasión anda desbocada, aunque en pantalla los personajes destinados a restregarse los apios proyecten tanta tensión sexual como un par de geranios pochos. El sexofón es la vaselina sonora para las fricciones dentro de ficciones, la trompeta de caza, el grito gutural de guerra del caballero de casco púrpura que galopa hacia la gruta del dragón con la lanza enhiesta, la bocina de los coches de choque del amor, el bramido del cuerno vikingo que alerta del desembarco inminente.

El Ciudadano Kane de la sensualidad ochentera.

Lo cierto es que la palabra «sexofón» no es un término demasiado popular, tan solo se ha utilizado en un par de rincones de internet y poco más. Pero en este texto abrazaremos el vocablo y su interpretación como «melodía de chingar» porque, joder no haría falta ni explicarlo, suena muy gracioso y es muy certero. Aunque Aldous Huxley nos adelantó a todos en el juego de palabras al colar en la versión original de su novela Un mundo feliz a una banda de músicos especializados en tocar el «sexofón», un aparato que en dicho libro no tenía nada que ver con lo que nos ocupa. Los lectores en castellano ni siquiera olimos la broma porque la traducción transformó los instrumentos en aburridísimos saxofones clásicos.

Nuestro sexofón audiovisual es mucho más divertido y habitualmente suele presentarse en dos formatos. Por un lado, como una breve melodía que acompaña la entrada en juego de un personaje femenino atractivo. Una estratagema que en numerosas ocasiones acontece de la forma más babosa posible, con las notas del saxo acompañando a una cámara que recorre las piernas de la chavala antes de que su rostro sea siquiera visible. Por otra parte, el sexofón también se aplica como melodía de fondo para dar empaque a las fantasías eróticas y las escenas de cama. En la pantalla, tradicionalmente las cortinas bailando con la brisa nocturna y los fundidos a negro son quienes insinúan coitos con delicadeza, pero el murmullo de un saxo es la verdadera confirmación de que se avecina mambo salvaje. Algunas producciones también optan por dejar descansar al saxofón y tiran de suplentes con otros instrumentos de viento, generalmente la trompeta con sordina o el trombón, para causar el mismo efecto.

Con faldas y a lo loco. Imagen: United Artists.

Una disparatada bruja en la universidad data de 1989, pero el sexofón no es exclusivo de dicha era ni suele presentarse rodeado de tanta parranda. Décadas atrás, los dibujos  animados de Tex Avery ya anunciaban la llegada de las curvas de nenas entre bufidos de saxofón, algo que también ocurría en los Tom y Jerry más añejos. Con faldas y a lo loco utilizaba la trompeta con sordina para subrayar la voluptuosidad de un personaje interpretado por Marilyn Monroe que hacía doble combo al afirmar que era muy de liarse con saxofonistas. La saga Bond lleva varias generaciones escoltando entre sensuales soniquetes a los intereses románticos de los distintos cerocerosiete: el sexofón acompañó a Sean Connery en James Bond contra Goldfinger y Diamantes para la eternidad, a George Lazenby en 007 al servicio secreto de su majestad, a Timothy Dalton en 007: Alta tensión y a Roger Moore en Octopussy. Este último caso era especialmente significativo porque en él se utilizaba el solo del instrumento para calentar unos títulos de crédito llenos de mozas libertinas posando frescas y parejas haciendo el molinillo. Jessica Rabbit en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y Lola Bunny en Space Jam presentaron sus contoneos animados en la pantalla a golpe de saxo. El recurso también ha sido utilizado en cintas, series o cosillas tan diversas como Loca academia de policía, Yo y el mundo, Planet Terror, Naruto, Padre de familia, El señor de las ilusiones, Las aventuras de los Tiny toons, Batman y Robin, diversas encarnaciones de Star Trek, One Piece y El pato Darkwing. Ni siquiera los directores y artistas con renombre se han librado de utilizarlo y también es posible encontrar saxo-sexis en La maldición del escorpión de Jade de Woody Allen o Malena de Giuseppe Tornatore.

Ocurre que las obras que mejor han entendido lo ridículo de todos estos affaires con el sexofón son aquellas que jugaron a masticar el tropo para regurgitarlo como una alegre coña. Aterriza como puedas plantaba en la pantalla un par de piernas de mujer acompañadas de una sensual ráfaga de trombón, y ascendía por dichas carnes hasta revelar que su dueña era la misma persona que le estaba dando caña al instrumento. Distracción fatal colocaba un secundario saxofonista a la vera de la chica guapa para proporcionarle una voluptuosa banda sonora personalizada. Agárralo como puedas 33 y 1/3 ejecutaba un eterno leg shot de la despampanante Anna Nicole Smith que convertía sus piernas en dos zancas imposibles e infinitas con varios pares de rodillas. Tango y Cash, ese clásico de las buddy movies de sudor y cerveza, subvertía el tópico con un plano que escalaba seductoramente por dos piernazas a ritmo de saxo, para acabar revelando que el muslamen y el tipazo pertenecían a un Kurt Russell travestido para pasar desapercibido

sexofón
Tango y Cash. Imagen: Warner Bros.

El terreno de los videojuegos tampoco se han librado de las trazas de sexofón. Sagas respetadísimas como Metal Gear, Persona o Mass Effect han recurrido al tropo sin sonrojarse demasiado. Y otras como Deadly Premonition, Bully, Trauma Center o Saints Row lo ha utilizado siendo algo más conscientes de su naturaleza risible. Spore, ese simulador de jugar a ser dios creando vida y moldeando seres con forma de penes, utilizaba una tonada de saxo para anunciar el (bastante inofensivo) bailoteo de apareamiento entre sus criaturas. Pero el uso más infame de una tonadilla sensual en los videojuego sucedió en el producto menos evidente, uno parido por la inocente y familiar Nintendo: Paper Mario: Color Splash. La aventura de Mario en la que alguien decidió que era buena idea añadir música sugerente cada vez que un gigantesco desatascador bombeaba algún elemento del juego, convirtiendo dichas secuencias en algo muy incómodo y muy retorcido.

Por alguna razón, esto ocurrió (varias veces) en un juego family friendly sin que nadie levantase una ceja.

I want to defy the logic of all sax laws

El uso y abuso del sexofón es evidente en el mundo del entretenimiento. Lo que resulta más brumoso son las auténticas raíces del asunto. El cómo, el por qué y el cuándo alguien decidió que lo ideal para engalanar el fornicio eran los gimoteos de un saxo. Los amigos de investigar orígenes de tropos apuntan a que esa percepción del saxofón como algo lascivo quizás nació durante en los orígenes del jazz, un estilo musical que se presentó chapoteando en su propia subcultura underground y ejerciendo como hilo musical de numerosos burdeles. En urbes como Nueva Orleans, los virtuosos músicos que cocinaron el género lo hicieron tocando en distritos y locales donde la prostitución y las gentes de mal beber componían el ecosistema por defecto. Aquello propició que la sociedad biempensante asumiera el jazz como algo primitivo y salvaje, a sus intérpretes como depravados altavoces del pecado y a su público como el tipo de personas que considera que las bombillas rojas y el olor a lubricante son señales inequívocas de que un bar es elegante.

En 1918, se llegó a leer lo siguiente en un artículo aparecido en el periódico The Times-Picayune: «Sobre ciertos temperamentos, el sonido estrepitoso y carente de sentido ejerce un efecto embriagador, como el de los colores rudimentarios y los perfumes fuertes, la visión de la carne o el placer sádico de la sangre. Para ellos la música jass [sic] es una delicia». El legendario Jelly Roll Morton, un pionero del jazz cuyo propio nombre artístico ya de por sí era una referencia grosera a los genitales femeninos, comenzó ganándose los cobres como pianista en un puticlub. Cuando la bisabuela de Morton se enteró de su oficio, y de dónde lo ejercía, no solo lo echó de la casa en la que le daba cobijo, sino que además le advirtió que aquella «música del diablo» le conduciría a la perdición. La teoría es que todos estos prejuicios ayudaron a que la sociedad estampase en el sonido del saxofón, uno de los instrumentos más representativos del jazz, la etiqueta de «material sexi».

Existe la creencia de que la posterior adopción del sexofón en el cine y las series ocurrió en los años ochenta. Evidentemente no es cierto, aunque dicho equívoco resulta comprensible porque durante dicha década lo de utilizar saxofones seductores en la ficción se extendió tanto como para dar la impresión de que bajo todas las camas de todas las películas siempre se escondía un Kenny G en modo horny. El pop de la época también ayudó lo suyo, la gente ya venía caliente tras haber escuchado en el 78 el legendario saxo de la incombustible «Baker Street» de Gerry Rafferty, una melodía que resulta familiar a cualquier persona con oídos funcionales que viva en este planeta. Pero fueron los años posteriores los que descargaron sobre la plebe una tormenta incontrolable de hitazos con saxo loco en su interior: «Who Can it Be Now?» de Men at Work, «Urgent» de Foreigner, «Maneater» de Daryl Hall y John Oates (un tema tan sexofónico como para tener un videoclip que arranca con un plano de las piernas de la femme fatale), «True» de Spandau Ballet, «Harden My Heart» de Quarterflash, «You Belong to the City» o «The One You Love» de Glenn Frey, el tremendo «Smooth Operator» de Sade, «Rio» de Duran Duran (ojo, que aquí el instrumento estrella entra a flote y en balsa al tercer minuto del vídeo), «I Wanna Go Back» de Eddie Money, «Foolish Beat» de Debbie Gibson, «Will You?» de Hazel O’Connor, «Drifting, Falling» de Ocean Blue, «Don’t Walk Away» de Rick Springfield y probablemente varios gritones de canciones más, porque si ha existido algo más contagioso que el puto COVID en nuestra historia eso han sido las modas durante los ochenta.

Cuando a Vangelis le encargaron componer la banda sonora para Blade Runner (1982), el músico griego firmó una partitura extraordinaria en donde habitaba una pista titulada «Love Theme» que era básicamente una barra libre de sexofón. Entre tanta copla, destaca el año 1984 como año estrella porque ser la época en la que George Michael lanzó su «Careless Whisper», o la canción que está oficialmente considerada como el sexofón de destrucción masiva definitivo. Un tema que canturreaba sobre infidelidades y venía empaquetado en un videoclip repleto de tópicos exquisitamente rancios, donde George Michael se restregaba de manera dramática y muy sentida con sogas de atrezo. Pero sobre todo, «Careless Whisper» fue la pista que bendijo nuestra existencia con uno de los riffs de saxo más sugerentes y pegajosos jamás creados. No fue el primer sexofón de la historia, pero sí el que agarró la idea y la pulió con más estilo hasta convertirla en lo que es: una espléndida gema de la sensualidad garrafonera. 

Todo lo anterior ha ayudado a asentar hasta nuestros días la percepción de los ochenta como un terreno plagado de saxos salvajes. En 2013, la compañía Ubisoft publicó un spin-off del exitoso videojuego Far Cry 3, una de sus franquicias estrella, titulado Far Cry 3: Blood Dragon. Se trataba de un FPS cachondísimo construido como una parodia enorme de todo el entretenimiento ochentero de acción y dibujos animados: un héroe de nombre imposible (Rex Power Colt), neones por todos lados, bases enemigas con pinta de castillo de Greyskull, escenarios con apariencia portada de disco, ciencia ficción de mercadillo, escenas animadas al estilo G.I. Joe, patriotismo y one-liners de chichinabo, ninjas, slime verde fluorescente, diálogos de peli cutre de videoclub, dinosaurios que disparaban rayos láser por los ojos, guerras nucleares y soldados robot que fardaban de tener pelotas de acero. Para planchar una banda sonora sobre tanto desmadre, los creadores del juego contrataron al dúo australiano Power Glove especializado en synthwave, ese género moderno basado en imitar la música de sintetizadores que embellecía las pelis de acción/ciencia-ficción/terror de los ochenta. El resultado fue una partitura estupenda que calcaba con acierto el ambiente ochentero, hasta el punto de recordar a la banda sonora del primer Terminator de James Cameron. A la hora de componer el tema romántico para la historia, «Love Theme», los chicos de Power Glove lo hicieron del único modo posible: metiendo a mitad del corte unos cuantos tonos de sexofón electrónico. Porque eso eran los ochenta.

Los puticlubs de principios del siglo XX dieron cobijo al jazz en sus inicios y los años ochenta estimularon la incursión del saxo en las teles y los videoclubs. Pero ninguno de esos periodos confirma cuándo se decidió formalizar el tropo como concepto o el instrumento como voz sensual. Probablemente, la respuesta a tanta duda sobre los orígenes del sexofón la tenga Johnny Hodges. Y dicha respuesta no es la que buscamos.

El corazón del legendario saxofonista Johnny Hodges dejó de trotar un once de mayo de 1970. Duke Ellington tenía fama de no pisar jamás los funerales, pero en el caso de su colega Hodges, compañero sobre el escenario durante décadas, decidió no solo asistir a su despedida en el Harlem Masonic Temple, sino también dedicarle la siguiente elegía durante la ceremonia: «No fue el showman más animado del mundo, ni tenía una personalidad arrebatadora sobre las tablas, pero en ocasiones su tono era tan hermoso como para lograr que se te llenasen los ojos de lágrimas. Esto fue John Hodges. Esto es John Hodges». Es verdad que, durante una despedida de ese tipo, sonaba raro mencionar que la presencia escénica del finado fuese similar a la de un ficus. Pero Ellington lo único que hacía era señalar lo obvio: su querido amigo fue un músico que acostumbraba a interpretar los temas más conmovedores luciendo un semblante imperturbable.

Fernando Trueba glorificó lo hermoso de las actuaciones de Hodges, de quien se declaraba admirador absoluto, al mismo tiempo que apodó al artista como «el Buster Keaton del jazz» por lo inexpresivo de su rostro. Era una dicotomía curiosa, porque tras aquel señor de gesto terriblemente soso existía alguien capaz de producir una música que removía a la audiencia por dentro y la atravesaba de un lado a otro. Y ese es el detalle más importante de todo esto, la verdadera respuesta sobre el origen del tropo: descubrir que el entorno no moldea el carácter del sonido del saxofón, sino que el sonido de un saxofón tiene un carácter propio que moldea el entorno que lo rodea. El instrumento no se ha convertido en trovador oficial de la lujuria por culpa de su pasado regentando los burdeles, ni por la sobreexplotación que ha sufrido entre las sabanas de los ochenta, ni por «Careless Whisper» y tampoco por acompañar las babas del zorro de Tex Avery ante la visión de una hembra dibujada. El sexofón existe simple y llanamente porque el timbre de un saxofón suena sexi. Es algo inevitable al tratarse de su propia naturaleza, del mismo modo que una flauta suena revoltosa, un órgano solemne y una tuba parece el acompañamiento ideal para un paquidermo que ha bebido demasiado. El revestimiento audiovisual moderno que se le ha endosado al sonido del saxofón es tan solo un curioso daño colateral. Algunos creadores utilizaron lo melancólico de ese tono para vestir historias noir de detectives (la serie Mike Hammer abusaba de él en sus créditos) y otros para el fornicio. No tiene mayor secreto.

Stay on the scene, like a sax machine

Tim Cappello aterrizó en este planeta en un pueblecito a las afueras de Manhattan, a mediados de los años cincuenta. Hijo de un profesor y director de orquesta siciliano, Cappello comenzó a estudiar solfeo antes de cumplir siquiera cuatro veranos. Al estrenar la adolescencia, abandonó el instituto para presentarse ante la puerta del New England Conservatory of Music de Boston, uno de los conservatorios más prestigiosos del mundo, logrando que lo admitieran como alumno tras demostrar valía con teclados y tambores. Al finiquitar su formación, se convirtió en discípulo de su idolatrado Lennie Tristano, un músico de jazz que le instruyó en los secretos del saxofón. Y tras ello, su carrera artística despegó rápidamente, permitiéndole cumplir todos los sueños de cualquier músico: trabajar musicalizando las actuaciones de Billy Cristal, grabar álbumes con Peter Gabriel, cobrar un montón de pasta al embarcarse en giras con Eric Carmen, engancharse a la heroína, actuar junto a Garland Jeffreys, desengancharse de la heroína, gatear con un tanga de piel sobre el escenario siendo arrastrado por una correa de perro de la que tira Carly Simon, obsesionarse con el culturismo, montar un grupo e inventar el género musical porn pop, y convertirse en miembro oficial de la banda de Tina Turner para currar junto a ella durante quince años.

Y entonces, a la altura de 1987, se estrenó en cines la película Jóvenes ocultos de Joel Schumacher, una aventura de vampiros que contenía la breve secuencia de un exótico concierto muy llamativo por culpa del músico que presidía la actuación: un culturista semidesnudo de un metro ochenta de alto y cien kilos de carne, embadurnado en aceite, armado con un saxofón, con cadenas a modo de abalorios, embuchado en un tanga de cuero, y cantando su propia versión del «I Still Believe» de TheCall. Una criatura que entre berrido y berrido se las apañaba para tocar el saxo y sacudir la pelvis de forma lasciva. Aquella persona era el mismísimo Tim Cappello en un papel secundario y fugaz, de apenas unos segundos en pantalla, pero tan llamativo como para catapultarle a la fama de manera instantánea. 

sexofón
Ha nacido una estrella. Imagen: John Keaveney.

Los espectadores quedaron fascinados con su aceitosa presencia, lo apodaron «Sexy Sax Man» y lo convirtieron en una leyenda que perdura hasta el día de hoy. El músico sigue siendo asaltado por sus admiradores en la calle, visitando festivales de cine de terror y siendo muso para multitud de ilustraciones, fanarts y oficiales, que inmortalizan su paso por la gran pantalla. John Hamm en un corto de Saturday Night Live le fusiló el look para fabricar una maldición donde el saxofonista acaba embadurnado en otro tipo de aceite. La adaptación al cómic de Jóvenes ocultos de 2017 no solo lo estampó en la portada, sino que también convirtió a ese Sexy Sax Man en un personaje importante en la trama. En 2018 participó en el programa de humor TheBreak with Michelle Wolf en la sección «Saxophone Apologies». También colaboró con la banda de synthwave Gunship en el tema «Dark All Day» (cuyo videoclip convierte a Cappello en dibujo animado) y se atrevió a lanzar su primer disco en solitario, «Blood on the Reed». La conclusión lógica de este fenómeno es que aquel oleaginoso saxofonista BDSM era lo que ocurría cuando el sexofón se hacía carne.

sexofón
Portada en series de cómic y disco propio, Cappello petándolo. Imágenes: Vertigo, Cappello.

La carrera de Sergey Stepanov es una de esas historias ejemplares que evidencian la importancia de perseguir los sueños propios para hacer del mundo un lugar mejor. Stepanov era un sencillo moldavo de etnia rusa enamorado de la música desde pequeño. Un alma inquieta que comenzó a fantasear con la fama cuando militaba, junto a su amigo Anton Ragoza, entre las filas de las fuerzas armadas de la República de Transnistria. Durante una jornada de servicio en dicho ejército, mientras ambos divagaban sobre un futuro como estrellas adineradas, su colega Ragoza sufrió una insolación y el incidente se convirtió en inspiración para formar un grupo musical bautizado SunStroke Project en honor al sofocón producido por el golpe de calor. Los compañeros de armas ficharon a un tercero, Sergei Yalovitsky, como vocalista y aquella nueva agrupación nació apoyándose en los referentes más ilustres y elegantes: Ragoza admiraba a Michael Jackson y Justin Timberlake. Stepanov idolatraba a saxofonistas modernos como David Sanborn, Igor Butman o Eric Marienthal, pero también sentía fascinación por compositores clásicos como David Guetta o Tiësto. Yalovitsky venía de cantar en cruceros para octogenarios y ningún periodista se ha preocupado nunca por preguntarle sobre sus influencias, así que con ese estamos en blanco. SunStroke Project se creó con idea de colarse en el emergente (ja)  género del eurodance, probablemente porque otros moldavos como O-Zone ya lo habían petado a escala global con el puñetero «Dragostea Din Tei» y aquello proporcionaba la impresión de que en ese campo musical cualquier mono podría ser coronado. 

Inicialmente, al trío le fue regular con sus tropelías sonoras, hasta que fueron seleccionados en 2010 como representantes de Moldavia en el festival de Eurovisión. Participaron en el certamen, junto a la cantate Olia Tira, con el tema «Run Away», una pieza que no desentonaría en cualquier Noséquépollas Mix noventero de aquellos en donde alguien llamado DJ Rulas remezclaba éxitos dance con chascarrillos de Esta noche cruzamos el Mississipi. Desgraciadamente, SunStroke Project no tuvieron suerte en la competición y terminaron por hacer algo tan español como acampar al final de la cola, colocándose en la posición número veintidós de las veintiséis posibles. Pero en aquella gala ocurrió algo mucho más valioso que cualquier premio, porque la interpretación de «Run Away» incluyó un par de momentos mágicos con los que los moldavos resquebrajaron los fríos corazones del público eurovisivo: dos teatrales solos de saxo de Stepanov. Treinta segundos donde el artista hacía el canelo con el instrumento, luciendo pintas de camarero de chiringuito playero y agitando salvajemente la cadera hasta casi desencajársela, percutiendo el ozono con su masculinidad al ritmo de un soniquete pegadizo. Un elegante contoneo tan intenso como para enamorar la audiencia y propiciar que internet, ese informe ser en el que siempre debéis confiar, inmortalizase la actuación convirtiéndola en meme. Bastó medio minuto, un saxofón y una canción de mierda para transformar a Stepanov en parte de la historia, encapsularlo en cientos de gifs y vídeos de YouTube que repetían en bucle la perfomance, convertir la actuación en un tremendo éxito viral y rebautizar popularmente al caballero como Epic Sax Guy.

sexofón
Qué coño está pasando aquí. Imagen: CC.

El fenómeno gozó de largo recorrido, los clips de Epic Sax Guy se convirtieron durante un tiempo en sustitutos del «Never Gonna Give You Up» de Rick Astley a la hora de trolear en internet, la gente ociosa comenzó a montar cosas tan necesarias como vídeos de diez horas con Stepanov tocando en un loop continuo (como este que acumula ya treinta y siete millones de visualizaciones), la comunidad gamer se apropió de la melodía para embellecer las repeticiones de sus mejores jugadas y en general el bailoteo fue parodiado en infinidad de ocasiones. El videojuego Mortal Kombat 11 incluso le rindió homenaje en forma de un movimiento especial divertidísimo llamado «sexi Jax-A-Phone». Aprovechando la inercia de la fama, los chicos de SunStroke Project sacaron un single titulado «Epic Sax» cediéndole más protagonismo a la nueva estrella viral. En 2017 volvieron a presentarse a Eurovisión y lograron pisar podio al coronarse como terceros en la clasificación. En la edición de 2021 del mismo festival, Stepanov ejerció como portavoz de Moldavia, apareciendo con el saxofón en mano y dispuesto a dar guerra tras ser presentado ante el público como el legendario Epic Sax Guy. De seguir a este ritmo, probablemente en 2030 ese moldavo a un saxofón pegado se corone como Presidente de Todo el Universo Conocido.

Sobre las espaldas de Sergey Stepanov pesa el legado de décadas enteras de endiosamiento de un instrumento como símbolo sexual definitivo, «Escúchalo a él y a su saxofón / Nuestro unicornio genital musical / está muy bien dotado con su cuerno de oro» que cantaba Leonard Cohen. Tim Capello fue la primera manifestación física conocida del concepto, pero el moldavo debería de considerarse como su evolución lógica. Una cimentada en la horterada, pero tan capaz de maravillar como para generar vídeos de diez horas que acumulan millones de visualizaciones y considerar a su artífice algo épico y sexi. Como un accidente en la carretera o un perro con tres patas a la carrera, algo que sabemos desgracia pero a lo que no podemos dejar de mirar. Porque lo que representa Epic Sax Guy es algo más inmenso, quizás forma final del sexofón.

sexofón
Cappello en versión animada durante el videoclip «Dark All Day». Imagen: Gunship.

 


¿Qué canción transmite más alegría?

Si los sinsabores y dificultades de la vida han terminado haciendo mella en su estado de ánimo, si tanto escuchar canciones tristes le han dejado melancólico y mohíno o si el machacón estribillo de «Happy» de Pharrell Williams le ha perseguido durante meses allá donde fuese con tal insistencia que en su mente extraviada ya solo cabe saltar frenéticamente sobre un cesto de gatitos mientras oye black metal noruego a un volumen insano… quizá entonces sea el momento de recordar aquellas melodías que sí logran transmitirnos una difusa sensación de optimismo y nos hacen recuperar la alegría de vivir. Estas son algunas con las que se vienen arriba nuestros corazones, voten o, como evidentemente no caben todas, antes de tirarnos verdura podrida añadan sus favoritas.

_____________________________________________________________________________________________

«Louie Louie», de The Kingsmen

Richard Berry fue en el año 1955 el intérprete original de este tema sobre un pescador jamaicano que quiere ver a su novia. Aunque la canción tuvo que esperar unos años para que el grupo The Kingsmen le diera el empujón definitivo en la que tal vez sea la versión más conocida aunque desde luego no la única. Ha alcanzado tal reconocimiento que incluso cuenta con el Día Internacional Louie Louie, que cae en 11 de abril, y se estima que ha sido adaptada en más de mil quinientas ocasiones, entre las que podemos destacar las de The Clash, Motörhead, Julie London y la de Iggy Pop, aunque algunos la primera vez que la escuchamos fue en la intro de California Games.

_____________________________________________________________________________________________

«In the summertime», de Mungo Jerry

Este grupo británico de los años setenta compuso una de las melodías más distinguibles y pegadizas de la historia de la música y según dijeron en alguna entrevista no les llevó más de diez minutos. Por su parte, tanto la letra —«we love everybody but we do as we please / we’re always happy / life’s for livin’ yeah, that’s our philosophy»— como ese peinado y patillas del cantante que enamoran a cualquiera los distinguen nítidamente como unos hippies. Ya saben, esa clase de personas que fuman droga y hablan mal de su país.

_____________________________________________________________________________________________

«Walk Like an Egyptian», de The Bangles

El paso del tiempo lo mitifica todo, hasta la música de los años ochenta. Distinguir entre la audacia creativa y la falta de sentido del ridículo traería un apasionante debate que podríamos abrir pero mejor dejamos para otro momento, que ya habrá tiempo. El caso es que este grupo californiano fue uno de los más genuinos de la época y nos regaló varios grandes temas, entre ellos este que da ganas de bailar a un moribundo y que según parece se inspiró en las dificultades que tenían los pasajeros de un ferry para mantener el equilibrio.

_____________________________________________________________________________________________

«People Got A Lotta Nerve», de Neko Case

La música de esta grandiosa mujer no se caracteriza precisamente por su alegría y de hecho sabemos de una persona de esta santa casa que rompió a llorar como una Magdalena en uno de sus conciertos, pero esta pieza es la gran excepción. Aunque la letra sea un tanto oscura, a quien no se le arregle el día escuchando esa limpia melodía de guitarra ya puede ir preparando unas oposiciones a notarías, pues ha olvidado la alegría de vivir.

_____________________________________________________________________________________________

«I Wonder», de Sixto Rodríguez

Searching for Sugar Man era un documental con más trampas que una película de chinos, pero no se le puede negar el mérito de habernos dado a conocer a Sixto Rodríguez. De todas las canciones contenidas en Cold Facts cada uno tendrá su favorita, aunque estaremos de acuerdo en que esta era la de tono más festivo (y a juicio de quien esto escribe también la mejor). «I wonder how many times you’ve had sex, and I wonder do you care who’ll be next…» buena pregunta, algún día haremos una encuesta al respecto pero solo con voto anónimo, descuiden.

_____________________________________________________________________________________________

«Я очень рад, ведь я, наконец, возвращаюсь домой», de Eduard Jil

El intérprete de la canción conocida como «Trololo» no era el muñeco de un ventrílocuo sino un ser humano, uno que fue nombrado nada menos que «Artista del pueblo de la URSS» en 1974, así de hinchado iba. La letra era el inevitable resultado de un régimen poco respetuoso con la libertad de expresión y aprendérsela no entraña muchas dificultades, así que basta escucharla una sola vez para luego ir por ahí tarareándola con creciente entusiasmo. Puede estar uno a las ocho de la mañana en el metro rodeado de caras tan largas que parece que fueran a despegarse, que si dentro de la cabeza empieza a sonar el trololololo el ánimo rápidamente se viene arriba.

_____________________________________________________________________________________________

«Ding-Dong! The Witch Is Dead», de Barbra Streisand

¿Es posible que la canción más alegre de todos los tiempos celebre el homicidio de una persona, por cierto de cuerpo presente? Porque, diga lo que diga este tema, la bruja no murió: a la bruja la mataron. Con una casa y un tornado. Pero, en la versión original —compuesta por Harold Arlen con letra de E. Y. Harburg para El mago de Oz—, eso no impide al entrañable pueblo de los munchkins abundar con entusiasmo en los detalles del deceso. Canta hasta el alcalde del pueblo y el forense que le ha hecho la autopsia, con eso queda dicho todo. Con el tiempo y las versiones, «Ding-Dong! The Witch Is Dead» se ha convertido casi en un himno a la alegría, entre cuyas muchas versiones destacamos la de Barbra Streisand con el mismo Arlen.

_____________________________________________________________________________________________

«Bottle Rocket», de The Go! Team

Este grupo originario de Brighton tiene influencias de Sonic Youth, así como de las bandas sonoras del cine blaxploitation y de Bollywood. Una cosa muy variopinta, colorida y multicultural, vaya, pero más allá de las etiquetas lo que tenemos es una gran canción más euforizante que lo que sea que tome Nicolas Cage antes de rodar una escena.

_____________________________________________________________________________________________

«Streams of Whiskey», de The Pogues

En una lista así no podía falta esta legendaria banda tan estrechamente asociada a la música tradicional irlandesa con actitud punk, a agradables cantidades de alcohol y a la exaltación de la amistad: «Me voy, me voy / Donde las corrientes de whisky están fluyendo / ¡Oh las palabras que dijo! / Parecía el más sabio de la filosofía (…) Cuando el mundo es demasiado oscuro / Y necesito la luz dentro de mí / Voy a entrar en un bar / Y beber quince pintas de cerveza».

_____________________________________________________________________________________________

«Surfin Bird», de The Trashmen

Este grupo de Minneapolis era punk aunque ellos no lo supieran y la etiqueta aún no estuviera inventada. Sacaron este tema en 1963 inspirándose en «Papa Oom Mow Mow» y aparte de que el ritmo es electrizante y el baile a partir del 1:25 el único que sabemos imitar a la perfección ante la admiración de los presentes, también hay que mencionar que la canción ha quedado ya vinculada para siempre a la escena de La chaqueta metálica que Kubrick rodó. No se pierden tampoco la magnífica versión de los Ramones.

_____________________________________________________________________________________________

«I say a little prayer», de Aretha Franklin

Aunque este tema dio el pelotazo gracias a la portentosa voz de Aretha Franklin, lo cierto es que Burt Bacharach y Hal David lo escribieron para Dionne Warwick en 1967. Con el tiempo, una prima de Warwick se cobraría la revancha —simbólica— entonando una versión de la canción que compite con la de Franklin entre las más recordadas: era Whitney Huston.

_____________________________________________________________________________________________

«Brimful of asha», de Cornershop

Estos descendientes de inmigrantes en Gran Bretaña se hicieron llamar así porque al parecer es el estereotipo que se atribuye allí a los indios, el de tener una tienda de la esquina. Con ese grupo compusieron una canción en homenaje a una cantante de Bollywood, que fue a continuación versionada por Fatboy Slim convirtiéndose en un tema marchoso y dicharachero como él solo.

_____________________________________________________________________________________________

«Galicia Canibal (fai un sol de carallo, de Os resentidos

Antón Reixa es un personaje público con una trayectoria tan amplia y variopinta que le ha dado hasta para ser Presidente de la SGAE, una organización que ha sabido ganarse el cariño de la ciudadanía gracias a su tenaz labor filantrópica. Pero mejor recordemos su papel de fundador de Os resentidos, el grupo que dio a conocer en 1986 esta canción inolvidable.

_____________________________________________________________________________________________

«Down Under», de Men At Work

En un libro absolutamente recomendable como En las antípodas, el escritor Bill Bryson ya nos mostró lo rematadamente raro, fascinante y entrañable que es el país-continente australiano. Este grupo fundado en 1978 fue capaz de recoger esa esencia en lo que se convirtió en un éxito mundial inmediato y en todo un himno nacional con el paso de los años del que los australianos se sienten muy orgullosos. El vídeo que la acompaña está a la altura y rebosa un buen humor contagioso.

_____________________________________________________________________________________________

«Happy», de The Rolling Stones

¿Es el Exile On Main St. el mejor disco de la historia del rock? Pues podríamos decir que sí metiéndonos en un gran jardín, porque se les ocurrirán otros cien a la misma altura. Pero eso sería objeto de otra encuesta; a efectos de esta les dejamos una canción que ya lleva la felicidad en el mismo título. Y en boca de Keith Richards, así que para los oídos del aficionado esto solo puede resultar en luz y amor.

_____________________________________________________________________________________________

«Chaiyya Chaiyya», de Dil Se

«La canción de los indios bailando en un tren» es como se la conoce habitualmente y corresponde a una película llamada Dil Se (aunque luego también escuchamos en Plan Oculto) y es interpretada por Sukhwinder Singh y Sapna Awasthi. Sin duda la composición india más conocida fuera de sus fronteras.

_____________________________________________________________________________________________

«Crash», de The Primitives

De nuevo otra banda de un solo éxito, esta vez originaria de la ciudad inglesa de Coventry. Se formó en 1984, cuatro años después tuvo un formidable éxito con este tema y ya en 1992 se disolvió.

_____________________________________________________________________________________________

«Steal my sunshine», de Len

La industria musical esta repleta de grupos y cantantes de un solo éxito, una cuestión que ya abordamos en su día. Esta banda canadiense formada por los hermanos Costanzo es otro ejemplo de ello, pero bueno, mejor un solo éxito que ninguno en absoluto tal como suele ocurrir más a menudo. La buena combinación entre la voz masculina y la femenina que van alternándose, ese ambiente californiano y juvenil… como dijo un crítico musical: «si esta canción fuera la última que escuchara en este mundo, moriría feliz».

_____________________________________________________________________________________________

«Que me coma el tigre», de Lola Flores

Aventuras y desventuras de una mujer perseguida por un tigre que se sube a la loma, se sube en el árbol, se tira en el río, solo para después bajar de la loma, bajarse del río, meterse en su casa. Casi parece una estrofa mística de San Juan de la Cruz, pero no: son Lola Flores y Antonio González El Pescaílla en «Que me coma el tigre», compuesta por Eugenio García Cueto e inmortalizada en El taxi de los conflictos, de 1969. Un hito de la edad de oro de la canción ligera para que usted lo pase bien con la rumba catalana.

_____________________________________________________________________________________________

«La vida», de Mano Negra

De Manu Chao podríamos haber incluido pro ejemplo «Me gustas tú», pero por su mensaje optimista pero no ingenuo, llamando a sobreponerse a la adversidad, encaja mejor en esta selección esta otra perteneciente a su etapa en Mano Negra.

_____________________________________________________________________________________________

«Abagala Ssebabi», de Ssebabi

A la luz de lo que mostraba este artículo, en Uganda hay mucho talento artístico intentando abrirse paso y una naciente industria del entretenimiento con pocos medios pero muchas ganas. En el ámbito musical parece ocurrir lo mismo con una gran cantidad de cantantes como Diana Nalubega o el singular Ssebabi. Este zapatero de profesión luce con orgullo el premio al hombre más feo de Uganda y está alcanzando una notable popularidad como músico en su país, como muestra este tema que irradia ilusión y ganas de vivir. Casado en dos ocasiones y padre de siete hijos, parece que nada se le resiste y no nos extrañaría que incluso pudiera caminar por las paredes.

_____________________________________________________________________________________________

«The River of Dreams», de Billy Joel

El gospel a menudo ha sido capaz de proyectar una alegría y esperanza contagiosas, capaces de atraer a una iglesia hasta al más escéptico con tal de poder participar en esa celebración de la comunidad. La música comercial lógicamente no ha ignorado este filón y aunque han sido muchos, desde U2 hasta Madonna, quizá sea esta canción de Billy Joel la que mejor supo integrarla. El estupendo vídeo que la acompaña, grabado en la localidad de Middletown, es también otro punto a su favor.

_____________________________________________________________________________________________

«Freezing Moon», de Mayhem

Hemos escogido las anteriores como eficaz antídoto contra la desesperación y la furia, pero… ¿Y si acaso hay quienes realmente encuentran la felicidad en saltar sobre un cesto de gatitos mientras escuchan black metal noruego a un volumen insano? Hay gente para todo y los caminos hacía la alegría, el bienestar y la auténtica salud son inescrutables, así que no podemos concluir sin mencionar esta filigrana musical de un peculiar grupo del que ya hablamos brevemente en su día y al que dedicamos un extenso artículo en nuestro número 8. Aunque la letra no se entiende con mucha claridad creemos que trata sobre la emoción del primer beso y lo agradable que es recibir regalos el día de tu cumple, algo así.

_____________________________________________________________________________________________