Ángel Cappa: «Los entrenadores tienen esperanzas, alegrías, dudas… los directivos solo tienen miedo»

Fotografía: Begoña Rivas

Mantiene una lucha desde que empezamos a saber de él en España contra el fútbol especulativo. Sostiene firmemente que ganar no lo es todo, que lo que importa es el juego. Fue recibido con división de opiniones, pero tras la irrupción del Barça de Guardiola y la selección española campeona del mundo, Ángel Cappa (Bahía Blanca, 1946) tuvo que sentir un placer íntimo. Él ya lo había dicho. En sus textos publicados en los noventa ya elogiaba un fútbol al que denominaba tiqui-tiqui. Ahora ya no quiere entrenar, se encuentra en un plácido retiro, y es un buen momento para comentarlo todo en perspectiva.

Le he tenido que llamar a un fijo. ¿No tiene móvil?

No, no tengo. No me hace falta, es simplemente por eso. Me parece que es un elemento muy útil para la vida, pero si yo no lo necesito, para qué lo voy a tener.

¿Cómo era su barrio, Villa Mitre, en Bahía Blanca?

Un barrio obrero, de gente trabajadora y humilde, donde el fútbol ocupaba el centro de todas las actividades y todas las aspiraciones. También era un lugar plural. En mi generación, todos nuestros abuelos eran extranjeros, los míos españoles e italianos. Una vez a mi mujer, que es española, le hice un repaso de todos los vecinos de mi barrio y uno era catalán, el otro gallego, otro siciliano… solo uno tenía un abuelo argentino y, de críos, no le creíamos. Nos lo aseguraba y le decíamos: «Nooo, mentira» [risas]. Porque era una cosa extrañísima.

También había árabes, judíos… Nosotros compartíamos todo con una familia judía que vivía al lado de mi casa. Nos invitaban a sus fiestas y nosotros éramos católicos, más de forma rutinaria que otra cosa, pero lo éramos. Los árabes también nos llevaban a su casa cuando celebraban sus fiestas, pero era algo natural. No lo veíamos como un suceso excepcional. Era nuestra convivencia diaria. Me acuerdo de un español que iba muy encorvado porque en la Guerra Civil le habían pegado un tiro en la columna. Él nos contaba cosas de España.

En resumen, para mí, el significado de la palabra extranjero solo lo sentí cuando vine a España. Cuando tenías una discusión de tráfico y te decían: «¡Vete a tu país, indio!». Era extraño, porque este era el país de mi familia. Creo que tuve una educación muy sana, porque un entorno como en el que me crie en Argentina te quita la idiotez del nacionalismo. Esa tontería de considerar que tienes más derechos en tu país que un extranjero, lo cual es estúpido.

Su familia española era pobre.

Mi abuela me contaba muchas cosas de su vida. Ella había asumido lo que la ideología dominante quiere que la gente piense, que era un hecho de la naturaleza que fuese un ser inferior a sus patrones, a sus jefes. Sus experiencias nunca me las contó como una cuestión de rebeldía o como algo injusto. En Argentina tenía que trabajar, por ejemplo, hasta el momento del parto. Tuvo mellizas, cosa que no sabía porque no iban al médico, y cuando salió la primera hija la comadrona se fue. Mi abuela le gritaba: «¡Que todavía tengo algo!». Y le contestó: «Lo que tienes es un tumor». Y se fue. Mi abuela le dijo a su marido: «No te muevas de aquí que tengo otro hijo». Y así tuvo a la segunda melliza, con su marido. Sobrevivían porque eran muy sanos, orgánicamente muy fuertes. Porque en estas condiciones tuvo ocho hijos y todos crecieron sanos y sobrevivieron.

En el barrio, la pelota para ustedes era como una deidad.

Jugábamos con pelotas de trapo. Para conseguir una de cuero, lo que hacíamos eran rifas con los últimos números de la lotería nacional. Hacíamos los boletos y regalábamos una botella de vermú y cuatro vasos, pero nadie lo cobraba. Quién iba a reclamar eso… todos los vecinos compraban un número para que pudiéramos tener pelota. Una sola vez reclamaron el premio; una señora cruzó al terreno baldío, que nosotros llamábamos portrero, y nos exigió el premio. Tuvimos que ir a comprar la botella y los cuatro vasos [risas].

Todo esto teníamos que hacer para tener pelota, que era un lujo, un privilegio. Luego íbamos a la carnicería a que nos diesen grasa para echarle en las costuras. La llevábamos al campo envuelta en papel de periódico, engrasada, y nadie la tocaba hasta que hacíamos los equipos. Era como un rito que indicaba el amor que teníamos por la pelota. Porque la pelota era un instrumento que nos daba la felicidad, pero también gracias a ella teníamos identidad. Eso que hacíamos con la pelota nos pertenecía, era nuestro y nos daba prestigio. En el barrio, el tipo más respetado era el que mejor jugaba al fútbol. Al matón lo que le teníamos era miedo, el respeto siempre iba al mejor futbolista.

Por aquel barrio luego te encontrabas con personajes como el Manco Gamero, que era un extremo derecho de una habilidad extraordinaria. Cuando jugaba, tiraba los centros levantando la pelota. La subía y te enviaba el centro de volea. Y era manco, le faltaba una mano. Cuando ya era mayor, le gustaba la bebida e iba a los bares, le tiraban una moneda, la levantaba con el pie, la iba subiendo dando toques, hacía jueguito y se la metía en el bolsillo de la camisa. Todo a cambio de un vaso de vino.

Su padre era peluquero y en su peluquería usted escuchaba a la gente hablar de fútbol veinticuatro horas.

Las discusiones eran muy puristas. Supongamos que el 9 tiró a puerta e hizo gol. Y discutían si era correcto, o si se la debería haber pasado al 10 en lugar de tirar a puerta, porque la jugada era esa, el pase. Se estaban una hora con eso. No he vuelto a ver nada igual hasta que vine a España y vi a gente hablar de toros. A mi suegro le gustaban mucho y miraba si el diestro había levantado bien la barbilla, cómo tenía el codo, porque no solo era el valor del torero, también la estética.

Cuando le leo a usted escribir sobre fútbol, me recuerda a los taurinos que van a San Isidro y les dan igual los triunfos, las orejas que se han cortado; se quedan con un derechazo, un natural. Solo un detalle les vale por toda la feria.

Esa analogía es correcta. Una vez aquí fui a ver una corrida de toros con un extorero que iba al gimnasio conmigo y me lo explicó todo. Lo entendí, vi el arte que encerraba eso, pero a pesar de haber ido sin ningún tipo de prejuicio, me impactó mucho cuando maltrataron al toro picándolo y cuando lo mataron. No anuló lo otro, pero me conmovió. Lo que me pareció más curioso es que salió un toro y lo devolvieron porque no era bueno. Solamente con verlo correr ya sabían que no estaba bien. Para mí era algo insólito.

Ahí hice una analogía con el fútbol, como cuando ves a un jugador controlar un balón y ya sabes que no es bueno. Lo que me dio pena es que me alegré porque pensé que ese toro iba a sobrevivir y me dijeron: «No, lo matan adentro». Vaya.

En nuestro club, el Villa Mitre, teníamos a gente como esos taurinos. Recuerdo al Tintín Prieto. Un señor que iba siempre con sombrero y puro, un Humphrey Bogart de los barrios. Todo un personaje. Era un sabio de los que ahora no tendrían lugar, porque con internet y un teléfono se sabe quién ha hecho cada gol que se ha marcado en la historia del fútbol, pero él lo recordaba todo por sí solo. Todo el mundo le consultaba y le preguntaban qué tal era cada jugador nuevo. Tenía dos frases. Una: «Ponele un sobretodo». Un abrigo, porque era un tipo muy frío. Y la otra: «Dale un sándwich», porque parecía famélico. Era de los tipos que tenían prestigio porque nunca les agradaba nada. Como si hubieran visto en otra época algo celestial. ¿Qué habrá visto este tipo que no le gusta nada?, te preguntabas. A lo sumo, si aparecía alguien tipo Messi o Maradona decían: «Juega bien». Y ya [risas].

Eran caballeros, pero luego en la grada…

Había uno, el Garfa Cortina, que era amigo de mi padre desde niño. A mí me había visto debutar en Villa Mitre, pero luego me pasé a Olimpo, que era el enemigo. Un equipo del centro, de la gente que tenía dinero. Una vez nos pintó la casa y cada vez que venía yo le abría la puerta y desayunábamos juntos. Una semana yo jugaba contra Villa Mitre, vino a casa como de costumbre, no lo mencionamos, el domingo salté al campo y me cayó una lista de insultos, «la puta que te parió, la concha de tu madre». Miré y era él. Pero el lunes volvió a casa tan pancho y me dijo «¿Qué hacés, negrito?», que así me llamaban, como si no hubiera pasado nada, y desayunamos. El tipo me quería, pero no podía evitar putearme porque me había ido al máximo rival.

¿Cómo fue ese debut en Villa Mitre?

Tenía solo once años, pero fue la emoción más grande de mi vida. Esta y cuando debuté en primera. Que te elijan entre doscientos niños ya te daba un estatus distinto y un respeto. En ese partido tuve gripe y no se lo dije a nadie, ni a mis padres. Ponerme la camiseta de Villa Mitre era lo más. He vivido muchas emociones en el fútbol, pero ninguna superior a esa. No aspiré a otra cosa que a jugar en ese equipo.

Pero luego, como ha dicho, fichó por el máximo rival.

Porque en Villa Mitre en esa época no cobrábamos. Fue el dinero, el vil metal. Me dieron un departamento solo por firmar. Y un sueldo, que alcanzaba justo para vivir, pero ya eras profesional.

Un día se dio cuenta de que no era una estrella.

Sí, fue con una selección de Bahía Blanca. Venían a jugar equipos de Buenos Aires en verano y nos enfrentamos a River. Estaban dirigidos por Renato Cesarini y había grandes figuras, Amadeo Carrizo o Ermindo Onega, gente de esa época. En un momento me dieron una pelota, yo era volante central, mediocentro, y entré para hacer gol; vi que Carrizo se tiró hacia mí, la crucé y le dio en los pies. Luego perdimos con dos goles de Lallana, un delantero que tenían. Yo tenía que haber amagado. Solo con no tirar, Carrizo se habría caído y habría hecho el gol. Ahí me di cuenta, me dije que si yo no amagué fue porque no estaba en ese nivel. Ese era mi tope.

Después de eso no pude ni volver a casa por mi padre, que era muy crítico conmigo. Sabía que me estaría esperando y me quedé en un bar hasta las tres de la mañana o las cuatro. Pensaba que ya estaría dormido cuando entré, pero nada más poner un pie en casa se encendió la luz y escuché: «Cómo fallás ese gol, tenés que amagar ahí» [risas]. ¡Yo lo sabía! Pero la emoción de hacerle un gol a Carrizo me pudo, era un ídolo, era como marcarle a Casillas.

Se retiró por una lesión.

Me rompí los ligamentos internos de la rodilla derecha. No me operé y debería haberlo hecho, entonces dije que para qué seguir.

Y se pone a estudiar Filosofía. ¿Por qué?

Ya había empezado a estudiar Pedagogía, pero yo quería encontrarle razones a la injusticia que había vivido y que vivía en mi barrio. Entonces, en los sesenta, en Argentina y en toda América Latina estábamos en un proceso de liberación, de construir una sociedad más justa. La carrera era Filosofía y Psicopedagogía y me ayudó mucho. Por ejemplo, yo era agnóstico, pero conseguí aprender y respetar la religión. Tuve contactos con el Movimiento de los Curas del Tercer Mundo y me di cuenta de lo lejos que estaba la gente de derechas de seguir el cristianismo.

El fútbol argentino que usted dejó atrás al retirarse estaba cargado de valores, usted alguna vez ha hablado de Rosario.

Cuando Menotti jugó en Boca, una vez iban perdiendo y Rattín, un ídolo local, le dijo: «Flaco, corré que nos matan». Y le contestó: «Lo único que falta es que yo para jugar al fútbol tenga que correr». Menotti proviene de Rosario [risas].

Es una ciudad que tiene un concepto de buen juego por encima de todas las demás. En todas partes te pedían que no tirases el balón a cualquier lado, que fuera a un compañero, pero en Rosario más, eran los puristas. Era la escuela del Trinche Carlovich, que nunca llegó a primera, pero que es un ídolo porque jugaba muy bien.

Otro día a Menotti con Boca le dieron una patada. Él, que tenía fama de frío, como he explicado, se dio la vuelta, salió corriendo detrás del tipo, se tiró a sus pies, le quitó la bola, recuperó, y luego Boca ganó. Fue el figura. Entonces Menotti volvió a Rosario, a su quiosco de siempre, a comprarse la revista, y el quiosquero no lo miraba. Le dijo Menotti: «¿Qué pasa? ¿No jugué bien?». Y le contestó: «Andate, ¿ahora tú también te tirás a los pies?». Tirarse a los pies del rival en Rosario era una traición al estilo. No lo permitían. Era una grosería.

En Bahía Blanca yo ya había vivido episodios similares. Recuerdo por ejemplo a Angelito Strano. Jugábamos un partido de la Copa Competencia, por eliminatorias. En el último minuto, no me acuerdo si íbamos empatados o perdiendo, pero nos pitaron un penalti que era decisivo. Nadie quería tirarlo y él se fue a por el balón. Angelito era un atrevido, no jugaba casi nunca porque no iba a entrenar. No iba con él. Y no lo ponían. Aquel día faltó alguien y salió. Y quiso tirar el penalti, pero lo hizo suavecito, muy despacio, a las manos del arquero. En el vestuario luego lo querían matar todos: «¡Qué hiciste, animal!». Y entonces el tipo recurrió a un concepto que era una forma de entender el juego. Era tartamudo, además, y dijo: «Co, co, co, con penales no se ga-ganan los par-partidos».

Eso era verdad; existía, ganar de penalti o de falta era ganar, te alegrabas, pero no estaba muy bien visto. Había que ganar con un gol de jugada. Ahora, nunca supimos si dijo eso porque lo creía o como excusa porque falló el penalti [risas].

Pero, años atrás, sí que existió Armando Galluci, yo era niño cuando jugaba en primera división en Bahía Blanca, pero tenía la particularidad de que tiraba los penaltis de rabona. Años después le preguntaron: «¿Armando, vos por qué tirabas los penaltis de rabona?». Y contestó: «Qué querés, de penalti…». Como diciendo que era mucha ventaja. Como si un Tyson peleara con un chico de quince años. Y luego con el tiempo leí a Di Stefano decir que ellos los goles de penalti no los celebraban. Levantaban la mano, no se iban a poner a llorar, pero no había euforia por respeto al rival. Esos eran los valores que existían en el fútbol. Podría parecer que un tío que se tiraba los penaltis de rabona fuese un pedante, pero no, era respeto.

Su ídolo era Ernesto Grillo.

Fue el que marcó el día que por primera vez Argentina le ganó a Inglaterra en 1953. Fue un gol de pillo; entró en el área por un lado, el portero se pensó que haría un pase y se la coló por el primer palo. Fue un 14 de mayo, que desde entonces es el Día del Futbolista Argentino. Grillo jugaba en Independiente, con las medias caídas. Yo tenía un póster que te daban comprando mermeladas Cirio. Me acuerdo hasta del eslogan: «Confitura Cirio, qué ricas que son y qué fuerzas que dan, confituras Cirio para toda edad» [risas]. ¡Estaba harto de comprarlas por el póster! No sé cuántas tuve que comprar hasta que el póster me salió de Grillo. Lo puse en el ropero, por la parte de dentro, y al ir a la cama, abría le ropero y me dormía mirando a Grillo.

El día que marcó Grillo, un periodista tituló: «Perón nacionalizó los ferrocarriles y Grillo el fútbol». Su juego era muy particular. Yo solo lo vi en Boca, donde decían que su forma de jugar ya había cambiado tras su paso por el Milan. Pero decían que iba corriendo y se paraba, subido con los dos pies encima de la pelota. Era una cosa… También era muy gambeteador, hacía goles… Su Independiente vino a España, con la famosa delantera de Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz, que era la delantera de la selección argentina, jugó contra el Real Madrid y le metió 0-6. Durante veinte años el Madrid envió telegramas para jugar la revancha e Independiente no la quiso jugar nunca [risas]. Grillo era el símbolo de ese equipo.

¿Y Antonio Sastre?

Sastre estuvo en Independiente en los años treinta y cuarenta. Yo lo recuerdo por los cromos. Era Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla. Arsenio Erico era el ídolo de Di Stefano, un centro delantero paraguayo. Y Sastre era muy talentoso, muy de academia. Jugaba en todos los puestos, decía que tenía tanta pasión por el fútbol que le daba igual dónde le pusieran. Incluso llegó a jugar de portero.

Un fotógrafo argentino, Fredy Grunberg, me contaba siempre una historia de Reinaldo Merlo, de River, el Mostaza. Tras un partido en el que corrió por todo el campo, un periodista le preguntó «Pero vos, Mostaza, ¿cuántos pulmones tenés?». Y le contestó: «Uno, uno, como todo el mundo».

Sí, se equivocó, ¡pero lo dijo con toda humildad! Quería decir que no era mejor que nadie… [risas]. Me gusta mucho leer sobre los jugadores antiguos y he tenido la suerte de poder conversar con Di Stefano, con Pedernera, con Sívori… y de España con Chus Pereda, con Luis Suárez… para que me contaran. Creo que es importante conocer de dónde venimos. Mi padre nunca paraba de hablarme de esta gente.

Hubo un entrenador brasileño, Osvaldo Brandão, que dijo que Sastre les enseñó a ellos a jugar al fútbol cuando pasó por el São Paulo. Era la época de los «wines», los extremos, que los llamaban a todos «el Loco»: el Loco Bernao, el Loco Corbatta, el Loco Carro de mi ciudad; a todos les decían «loco» porque eran anárquicos, arbitrarios. Y eran «wines» de wing. Nosotros conservamos la terminología inglesa, aquí no porque Franco nacionalizó los nombres. Decíamos half, inside, el volante central era central half, que acabó siendo «centro has». O como órsay, que finalmente la Academia ha aceptado.

Se habla también de que Maradona es el mejor de Argentina con permiso de René Houseman, que luego también tuvo sus problemas, con la bebida en este caso.

Era un jugador de esos que salen y no sabes por qué. Menotti le entrenó en el Huracán, que salió campeón en el 73. Le pregunté al Flaco qué le decía antes de jugar y me dijo que nada, que a un jugador así no le podías decir nada, porque todo lo hacía por intuición. Este te gambeteaba en el aire, algo que solo se lo he visto hacer después a Mágico González. Saltaba y, cuando parecía que la iba a parar, hacía una cosa y te gambeteaba. Estaba al nivel de Garrincha y todos estos tipos. René no vivía el fútbol como nosotros, no le daba esa importancia. Se lo gastaba todo. Venía de una gira por Europa y le estaban esperando al llegar todos los amigos del barrio porque le había comprado una radio a uno, otra cosa a otro… Igual que Mágico.

Menotti me contó que una vez no fue a una concentración. Si no estaba Houseman era como si no estaba Messi. Se fueron a buscarlo al barrio y se lo encontraron jugando un partido en la calle por dinero. Eso se hacía mucho, y apostabas con tipos muy bravos. A Obdulio Varela, el uruguayo, le preguntaron si tenía miedo en Maracaná cuando ganaron allá y dijo: «¿Cómo voy a tener miedo? Miedo me da jugar en mi barrio por dinero». Entonces cuando llegó el Flaco vio que René no estaba jugando, estaba en el banquillo. Se acercó, le tocó el hombro y le dijo: «René, ¿qué hacés acá?». Y le contestó: «¿Que qué hago acá? Fíjese en el titular, es un fenómeno» [risas]. Pensó que le recriminaba que no estaba jugando.

Se dejó usted bigote nada más retirarse.

Las modas. Los que estábamos en la militancia de izquierda llevábamos o barba o bigote, era una manera de identificarse. Una vez que me lo dejé, me escondí detrás. Nunca me preocupó, pero yo sé que no soy Paul Newman y el bigote me viene bien para taparme la cara.

¿Cómo vivió el golpe de Estado?

Militaba en el peronismo de base. Esto lo conté una vez en México y el periodista escribió «terrorismo de base». Casi muero cuando lo leí. Nosotros éramos un movimiento de izquierdas que cuestionaba el liderazgo de Perón. En aquella época el golpe se veía venir, pero lo que no esperábamos fue su brutalidad.

Fue parte de un contraataque del poder económico en toda Sudamérica impulsado por Estados Unidos y también por las oligarquías autóctonas. El golpe en Argentina lo prepararon los civiles y los militares fueron el instrumento para imponer unas medidas económicas que venían de la escuela de Chicago.

La brutalidad la vimos enseguida. Los militares agarraban a uno, lo mutilaban y lo dejaban en un lugar bien visible. Era una campaña para aterrorizar a la gente. Estabas en una cafetería, aparcaba un coche en doble fila, salían unos vestidos de civil, se llevaban a alguien y la gente seguía como si nada. Pensaban la famosa frase «algo habrá hecho», estaban todos aterrorizados.

Usted ha dicho que estos días el fútbol le salvó la vida.

Es cierto. Llevaba unos panfletos en mi Citroën 3CV. No sé qué ponía, «abajo la dictadura», «militares asesinos». Nos subíamos a algún edificio o lugar estratégico y los lanzábamos. Un día me pararon en un control. El militar que me pidió la documentación me dijo: «Ah, sos Cappa, el futbolista». Dije que sí y me dejaron pasar sin revisar el coche. Ahí me dije: «Una como esta más no voy a tener». Y me fui del país.

Comentó en Público que guarda más rencor a los civiles que organizaron todo eso que a los militares, que no eran más que «mamarrachos que se creían patriotas».

No, a ver. Sí que les guardo rencor, porque además eran criminales, ladrones. Se constituyeron en una mafia al margen de las torturas. Cuando detenían a alguien después se llevaban los electrodomésticos. Antes de matar a alguien le hacían firmar una escritura por la que le daba la casa a un militar. Luego estaban esperando a que las embarazadas tuvieran el niño para quedárselo y matarlas a ellas. Lo que quería decir es que fueron el instrumento de un poder económico. No fue un golpe de cuatro locos militares.

Llegó a Madrid en 1976, al barrio de Canillas.

Lo que encontramos fue una solidaridad enorme de la gente. Fue conmovedor. Después de vivir en un hostal alquilamos una casa vacía, que no tenía nada. No me quedaba mucho dinero y los vecinos nos trajeron colchones, con mantas, con sábanas, comida… Tengo un recuerdo espléndido.

Luego trabajé de todo. Fui negro. Me mandaban ir a la Biblioteca Nacional a resumir libros. No sabía ni para quién ni para qué. Generalmente, eran capítulos referidos a lo sexual. Supongo que luego aparecían en los quioscos como libritos de bolsillo sobre sexo. Después iba a vender lámparas y vidrieras, vendí enciclopedias.

También estuve de contable. Trabajaba ocho horas. Entraba a las nueve y muchos días a las nueve y veinte ya había acabado mi trabajo, pero me tenía que estar hasta las ocho de la tarde. Me obligaban. Era terrible. Me veía ahí toda la vida y me daba algo… Les dije que me daba igual que no me pagasen la Seguridad Social, que la necesitaba para que me dieran la nacionalidad, que solo pedía poder irme de allí cuando acabase mi trabajo, pero no. Tenía que estar las ocho horas [risas].

Y al poco de establecerse se encontró con los asesinatos de Atocha.

Para mí fue como: «¿Y ahora dónde voy?». Si se interrumpía el proceso democrático y volvía la extrema derecha la cosa era peligrosa para todos nosotros. Por otro lado, en Argentina, con la Triple A, estábamos ya habituados a estas matanzas.

Aquí se unió a otros argentinos para pedir el boicot al Mundial.

Hicimos una revista, El Correo Argentino, para denunciar la dictadura. En el 78 pedimos el boicot al Mundial, pero luego nos juntábamos para ver los partidos, cantar los goles y festejar. Pero fíjate una cosa, en Argentina, mientras tanto, me enteré años después de que en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, la ESMA, el centro de torturas más importante, los presos veían los partidos junto con sus torturadores y gritaban los goles.

Igual es indecente decirlo, pero es que parece un sketch de Monty Python.

Se dieron casos muy raros, para estudio de psicología. También salieron parejas. Torturadores que terminan casándose o viviendo con una torturada, violada. Increíble.

¿Su amigo Menotti cómo llevó dirigir esa selección siendo comunista?

Me dijo que lo consultó con el partido y que le dijeron que no lo dejara, que ese era un momento de alegría de la gente. No le estaba haciendo el juego a la dictadura, sino que les facilitaba la posibilidad de reunirse. Y es verdad, la gente salió a la calle, se juntaron, cosa que estaba prohibida. La dictadura trató de aprovechar el deporte, lo hacen todos los Gobiernos.

Tiempo después, me fui a ver un Argentina-Holanda a Berna, en Suiza, para ver a Maradona, aunque era como la revancha, y estuve con unos amigos que llevaron una pancarta que decía: «Videla Asesino». Esa pancarta la taparon en la televisión argentina con un anuncio de la próxima actuación de Les Luthiers.

¿Cómo empezó a colaborar con Menotti?

Menotti necesitaba a alguien en Europa para pasar informes, a alguien a quien no conociera nadie. Un amigo común me recomendó y empecé a trabajar para la AFA. Nos conocimos en persona en Wembley, el día en que Maradona hizo ya la jugada en la que regateó a todos, pero esta vez se le fue fuera por poco. Por cierto, que Diego cuenta que su hermano le dijo después del partido que tenía que haber gambeteado al portero y que luego en el 86 se acordó, lo hizo y ahí sí la metió.

Cuando regresó a Argentina también se fue a verlo.

En el 81 la dictadura estaba en las últimas. Me estaba esperando mi padre con una entrada para un River-Boca; estaban Brindisi, Maradona, Kempes, Alonso… Empataron con goles de Kempes y Maradona. Recuerdo que le cayó la bola a Alonso, que era muy hábil, y escuché gritar a un hincha: «¡Humille, Beto!». Ahí me di cuenta de que estaba en Argentina. Le pedían que no solo ganase al rival, no bastaba, había que humillarlo jugando bien, con algún caño, alguna jugada.

En el Mundial del 82 ya trabajó para Menotti viendo a los posibles rivales.

Por suerte me tocó Brasil y disfruté como un loco. Argentina no tuvo la ambición del 78 y tuvo mala suerte de perder el primer partido contra Bélgica, el cual, por cierto, vi junto a Serrat en el Camp Nou. Parece increíble, pero a Francia después de ganar Mundial y Eurocopa le pasó igual. O a España… Se desinflan. Pasa un ciclo y…

Cuando Menotti llegó al FC Barcelona siguió contando con usted como ojeador. ¿Qué tenían de particular sus métodos, sus entrenamientos? Se dice que lo cogió todo de su época como futbolista en el Santos de Pelé.

Tomó cosas. Menotti era un tipo muy observador. De los que son entrenadores ya cuando son jugadores, como Guardiola. En el Santos jugó una temporada. Estaba en The Generals, en Estados Unidos, y se enfrentaron al Santos. Pelé le vio y le dijo: «Qué hacés acá, vente con nosotros». Pero Menotti jugaba en su puesto, de 10. Cuando llegó al Santos el entrenador le preguntó dónde quería jugar y le contestó que de 10. Y el entrenador le dijo: «Bueno… acá lo va a tener difícil» [risas]. Estuvo de suplente, porque jugaban Dorval, Mengálvio, Coutinho, Pelé… y sacó muchas cosas viéndoles, en los partidos y en los entrenamientos.

Al Barcelona le hacía jugar sin balón… pero como si lo tuviera. Con un balón imaginario.

Sí, iba él diciendo por dónde iba la bola y les hacía desmarcarse, moverse, achicar. Era un creador en los entrenamientos. Improvisaba cosas de acuerdo a cómo veía a los jugadores. Lo veías desde fuera y parecía que respondía a algo muy planificado, pero lo que tenía preparados eran los conceptos, no la forma de trabajarlos. Aquí iba diciendo «¡La tiene Migueli!». Y Migueli hacía como que tenía la pelota. «Se la pasa a Julio Alberto, ¡la perdimos! Achican ahora, vamos a recuperarla». Iba relatando el partido.

Pero lo que estaba haciendo era utilizar la pizarra para explicar algo, solo que en el mismo campo. Entonces el público barcelonista no era como ahora, no tenían la cultura de la posesión, había que ir hacia delante, te silbaban si pasabas la pelota para atrás. Para Menotti era mejor una pelota hacia atrás segura que dividida hacia delante, y eso no se entendía.

Yo, como ojeador, lo que pasé fue frío. Una vez en un Osasuna-Cádiz me tuve que ir a casa. Era en diciembre, me acuerdo que Mágico González estaba con guantes y leotardos sin moverse en el campo, quieto. Hacía un frío tremendo. Me tuve que ir al hotel corriendo a tomarme una sopa. Años después fui entrenando al Tenerife y aguanté porque la gente que estaba al lado me pasaba el Pacharán. Pero ser ojeador me sirvió para conocer a Valdano. El Barcelona jugaba con los rivales que iba dejando el Zaragoza y entonces me encontraba siempre con él.

A Menotti le ganó Clemente con su Athletic de Bilbao luchador.

No, no, tenía muy buenos jugadores. Nadie gana con equipos luchadores solamente. Sarabia, Argote, De Andrés… eran muy buenos. Sin Clemente habrían jugado mejor al fútbol, no me cabe duda. No ganaron porque Clemente fuese rácano, sino porque eran buenos. Menotti tuvo mala suerte. Maradona se contagió de hepatitis y luego se le lesionó, y Schuster se dislocó un dedo y se quedó dos meses fuera. Menotti decía: «Con todos los jugadores que tengo se me lesionan dos: Schuster y Maradona».

En el 86 Argentina ganó el Mundial con Bilardo.

Bilardo tuvo una virtud muy importante, convocó muy buenos jugadores. Batista, Burruchaga, Enrique, Maradona, Valdano… Eran muy buenos, y Maradona estaba en su esplendor.

Su primera experiencia como entrenador fue en Banfield. Puso en marcha un sistema que le criticaban llamándolo «tiqui-tiqui», del que decía usted: «Hay que diferenciar el tiqui del toque».

Teníamos que quedar entre los cuatro primeros para entrar en lo que iba a ser la segunda división nacional, que se estaba creando. Íbamos últimos, el presidente me llamó y me dijo: «Aquí hay mucho tiqui-tiqui, mucho pase, y hay que ganar los partidos». Luego salimos primeros y nos clasificamos. Entonces el presidente, como ocurre, ya fue muy amigo mío. Ahí empezó el tema del tiqui-tiqui. Después, en el Real Madrid también nos lo decían como algo peyorativo. Nos acusaban de tener mucho pase.

Hay tópicos en el fútbol muy difíciles de derribar. Se cree que la posesión es un lujo que tú te das. Como si les dices a los jugadores que no pueden tirar a puerta si no han dado equis pases. Eso es una tontería. Si se juega con la pelota, vamos a tenerla para crear una situación de gol. Si se puede en dos toques, mejor que en cinco. Pero la ocasión tendrá que llegar en los toques que sean necesarios. No es una opción estética, que sería válida de todos modos, es eso.

Supongo que cierta satisfacción sí sentiría cuando el Barça y España ganaron todo haciendo lo que aquí se dio en llamar tiquitaca.

Lo más fácil es la lucha, el coraje… Cruyff me lo dijo un día claramente. Le pregunté: «Johan, ¿por qué hay tan pocos entrenadores que se adhieran a esta manera de jugar?». Y me respondió: «Muy fácil, porque hay que saber». Lo otro es «Venga, luchar» y ya está. En cambio, para jugar al fútbol bien hay que saber, y eso es más difícil. Y luego está el periodismo, que siempre vio mal ese juego. La crítica periodística vive de etiquetas, como «vertical», «primera etapa», «intensidad». Un equipo pierde y es que no tuvo «intensidad». Si gana, «es intenso». De pronto llegaba el Barça tocando, dos, tres veces, y salía Iniesta solo por la banda y les pilló de sorpresa a todos. No lo esperaban.

¿Y cómo criticar a Guardiola si ganaba todos los días? ¿Cómo criticar a España si ganó lo imposible jugando así? Pero fíjate que perdieron contra Suiza en Sudáfrica y ya saltaron. Yo siempre digo que la inteligencia está bajo sospecha. El inteligente perturba. Mira lo que le costó a Iniesta ser titular. Y a Xavi, que estaba ya por irse del Barça. Dos jugadores que pasarán a la historia del fútbol como dos de los más importantes. Iniesta tuvo que marcar en Wembley a Inglaterra para ser aceptado. Recuerdo que en aquella época en la que yo defendía a Iniesta, una vez contra Irlanda salió Albelda, que me parece un gran jugador. Pero yo no lo entendía. Para mí había mucha diferencia futbolística entre él e Iniesta. Y alguien, que no voy a decir quién, me dijo: «Para luchar, Ángel, que Irlanda es muy luchadora». Entonces le contesté yo: «Si va a jugar solo Albelda va a perder, porque son once luchadores contra uno. ¿Por qué no jugamos mejor al fútbol y ya está?».

Mira cómo critican ahora a Guardiola, y Mourinho, que va por detrás en la tabla, les parece normal. Está más aceptado lo que hace. A mí esto me cuesta entenderlo.

Ese Banfield marcó el gol de su vida.

Salimos jugando desde el fondo. Había dos jugadores, Benítez y García, que fueron subiendo la pelota tocándola. Según subían, la gente se iba levantando de sus asientos. Fue uno de esos momentos mágicos que ocurren también en el fútbol, como en el teatro y en el cine, en los que se para el tiempo. Cuando uno se instala en la eternidad. La jugada siguió, uno recibió el pase, se abrió de piernas y la dejó pasar; otro la recibió, regateó al portero y marcó. La gente deliraba. Yo me quedé sin palabras. Después me dieron la grabación del gol donde un locutor decía: «Si somos respetuosos con el fútbol, aquí tiene que acabar el partido». Uno aspira a esos momentos mágicos. Vale lo mismo si lo metes con el culo, pero no es lo mismo.

Luego dirigió la cantera del Boca de Menotti, pero cogió al primer equipo.

Menotti tuvo una urgencia, una brida, una oclusión intestinal, y me hice cargo del equipo cuatro partidos. Menotti entonces era como Guardiola en el Barcelona. Si le decía a un jugador: «Hola, cómo andás», el futbolista se conmovía. «Andá, mirá lo que me dijo Menotti» [risas]. Yo tuve que llegar a la concentración y dar la charla al día siguiente. Jugaban Gatti, Higuaín, Tapia, Rinaldi… tenían entidad. Afortunadamente, ganamos. Dejé el equipo en la final y ahí se lo devolví a Menotti.

Gatti seguía ahí y ya tenía cuarenta años.

Cuatro porteros me han deslumbrado. Carrizo, de River. Gatti, Ubaldo Fillol e Iribar. Gatti, concretamente, por el dramatismo que le quitaba al juego. Y por cómo se anticipaba a la jugada. En el entrenamiento, cuando le tiraban, decía por dónde iba a ir la bola para ver si acertaba. Y era un portero que jugaba, no atajaba. En una entrevista le pusieron una parada de Fillol que era imposible. Le cabecearon, voló y la paró. El periodista le preguntó a Gatti: «¿La habría atajado usted?». Porque Gatti no era de volar. Y dijo: «Yo no, pero a mí no me cabecean» [risas].

Iribar también se anticipaba. Todos los disparos los recibía quieto, parecía que era fácil, pero estar ahí no lo era, plantado donde iba el tiro.

Cuando luego fue a Huracán, les puso como ejemplo a los delanteros a Hugo Sánchez.

Al Toti Iglesias, concretamente. Yo en Madrid veía que Hugo Sánchez definía todos los goles a un toque. No me lo podía creer. Así que me fui al Bernabéu una temporada a ponerme detrás de la portería a mirar solamente a Hugo Sánchez. Del mismo modo que antes ya había ido a mirar solo a Butragueño, pero para disfrutar. Hugo se ubicaba en el lado contrario del que venía la jugada. Le permitía estar siempre de cara a la jugada, perfilarse muy bien. Cosa que hace de manera excepcional ahora Luis Suárez. Siempre está perfilado para el gol, una virtud que no tiene Diego Costa, por ejemplo. Lo de Hugo se lo enseñé a Toti Iglesias y lo incorporó.

Del Mundial de Italia, del que se criticó su juego, usted siempre dice que no le gustó ni a Kissinger.

Porque escribió un artículo en El País criticándolo. Lo tengo guardado. Como buen representante de los explotadores, que eso es lo que era, además de un asesino —ahí están los documentos desclasificados donde se prueba cómo mataron a Letelier, o a los generales que no se sumaron al golpe de Pinochet—, a Kissinger le acabó gustando el fútbol porque lo veía como un buen instrumento de dominación. En el Mundial del 90 se dio cuenta hasta él de que era un desastre. Decía que Argentina no tiró a puerta en la final y que el fútbol así no podía ser.

¿Cómo se gestó la dupla que hizo con Valdano en Tenerife?

Hay un poema de Benedetti que dice «con tu quiero y con mi puedo vamos juntos, compañero». Yo tenía experiencia y él no, pero yo jamás habría accedido a esos equipos sin su nombre. Hicimos esa dupla tan productiva no por los triunfos, sino por las vivencias, porque fueron cuatro años en los que nos lo pasamos muy bien.

En Tenerife teníamos muy buenos jugadores. Estaba Redondo, que era extraordinario. Fue de los mejores que yo he visto en ese puesto. Tenía una convicción futbolística a prueba de balas. Le gustaba la pelota. Se cuidaba. Jugaba para ser el número uno. Decías: «Con este voy a cualquier lado, en cualquier cancha y contra cualquiera». También estaban Pizzi, Chano, Estebaranz… era una gran plantilla.

Y le dio dos noches negras al Real Madrid.

El primer partido lo perdió el Madrid, nosotros jugamos mal. Si lo ves ahora y le quitas los goles crees que ganó el Madrid, pero estaban tan nerviosos que se hicieron dos goles ellos solos. El de Rocha y la jugada famosa de Sanchís y Buyo. En el segundo no, el Tenerife jugó mucho mejor que el Madrid y eso que no estaban ni Redondo ni Chemo del Solar. Pero ellos no perdieron la liga en estos partidos, ya se habían dejado un montón de puntos antes. De hecho, nosotros el primer año también ganamos al Barcelona. Se ha quedado la leyenda de que le quitamos las ligas, pero no fue exactamente así. Además, en el segundo año nos jugábamos la UEFA.

También recuerdo que el Madrid vino con un psicólogo que les había dicho a los jugadores que no pensasen que el año anterior habían perdido el partido, sino que imaginasen que se les había muerto un familiar y fueron a su funeral. Entonces les dijimos a nuestros jugadores que, en el campo, les recordaran que no se había muerto nadie el año anterior, que habían perdido como les iba a volver a pasar.

Esa temporada, la atención estaba en Madrid y Barcelona, mientras se libraba una batalla mucho más dura por la UEFA que involucraba no solo al Sevilla y al Tenerife, sino a dos filosofías: el bilardismo y el menottismo.

En Sevilla nos ganaron 1-0 y en Tenerife les metimos tres. Fíjate lo que es el bilardismo, recuerdo que iban perdiendo 3-0, tomaba la pelota Simeone y Bilardo le gritaba «No, pará, pará», porque lo que no quería era que le metieran más goles.

El escritor sevillista José Lobo se queja de que, si las victorias hubiesen valido tres puntos, habrían ido ellos a la UEFA, que ustedes llegaron gracias a los empates.

No lo sé. Hubo mucha rivalidad en el primer partido que jugamos, tuvo mucha repercusión. Echaron a Maradona porque Redondo y Pizzi se le tiraron a los pies y el árbitro le sacó tarjeta amarilla a Pizzi, pero Maradona le dijo que había sido el cinco, Redondo, que ya tenía tarjeta, y echaron a Maradona por protestar. Para mí, ese día, con lo que me quedé fue con la primera vez que, en una falta, vi que la tirasen por abajo.

Maradona se esperó a que la barrera saltase y se la coló por debajo de los pies. Luego lo han hecho otros, creo que Messi la ha metido, pero Maradona, aunque estuviera de vuelta en Sevilla, seguía siendo descomunal.

En la 94-95 ficharon por el Real Madrid.

Me vino bien por mi suegra, que no cenaba si perdía el Madrid. Después de lo de Tenerife, que se le quedó el champán en la nevera, a mis hijos les daba miedo ir a su casa [risas].

Tenían que acabar con la hegemonía de Cruyff.

Nunca lo vi así, es la primera vez que lo escucho. Solo pensábamos en ser campeones.

Pero fue con una propuesta más parecida a la de Cruyff después de que «el nuevo Sacchi», Benito Floro, no resultara.

Programamos un centro del campo con Míchel, Redondo, Laudrup y Martín Vázquez. Entones muchos periodistas nos preguntaban: «¿Y quién se la quita al rival?». Yo no entendía, les replicaba: «Pero ¿por qué les dan la pelota a los rivales si la vamos a tener siempre nosotros?».

Les recibieron con pintadas en el Bernabéu que decían «no queremos ni rojos ni sudacas».

Fue una parte de extrema derecha del Fondo Sur. Todavía cuando opino hay fascistas que, diga yo lo que diga, me critican por la ideología de izquierdas que tengo. Yo lo que dije en aquel momento fue que los ladrillos sobre los que ellos insultaron a un sudaca estaban ahí puestos por un sudaca. Por Di Stefano.

La Quinta iniciaba el declive.

Míchel todavía estaba bien. Butragueño ya no estaba tan vigente, pero él lo tomó bien. Por dentro estaría mal, pero lo asumió con naturalidad, como un caballero, que es lo que es.

¿Redondo interrumpió la trayectoria de Milla?

Posiblemente, no lo sé. Los jugadores de primera para mí se dividen en buenos, muy buenos, excelentes y cracks. La diferencia entre Milla y Redondo es que Milla era excelente y Redondo, un crack. Pero cuando Redondo no estuvo, Milla jugó de forma notable.

Ustedes han cargado siempre con que no querían a los jugadores que fueron los más destacados ese año: Amavisca y Zamorano.

Es un mito que no hay manera de destruir. Yo estaba empeñado en traer a Cantona, lo que me dejaba fuera a Zamorano, que no quiso irse. Dijo que se iba a quedar a ganarse el puesto. Y lo hizo de cara, de buenas maneras. Pero Amavisca nunca fue cuestionado. En ningún momento. No sé por qué se le incluyó, será cosa de algún dirigente.

Usted escribió de Amavisca al final del año: «Fue clave todo el año, pero será mejor cuando agregue pausa».

Amavisca tal vez con un poco de pausa habría jugado un poco mejor, pero ahora con el paso del tiempo creo que tal vez no era un jugador de pausa. Si se paraba, jugaba peor. Amavisca era mejor con carrera. Seguramente el equivocado fuese yo.

Martín Vázquez jugó mucho ese año, pero para usted siempre buscaba la opción más complicada.

Es cierto, porque tenía mucha calidad para hacerlo, y la más complicada es la que desconcertaba al rival. Si tenía un pase fácil para el lateral derecho, él ya había visto que el izquierdo estaba entrando entre dos rivales y se la ponía. Esa era la más complicada y la hacía por su exuberante calidad.

Hierro y Sanchís le producían deleite.

Yo había sido defensor y me ocupaba de la línea de atrás. Nunca he visto una pareja de centrales mejor. Todo es opinable, igual un mourinhista me mata, pero creo que mejor que Hierro y Sanchís no ha habido nada. Los dos se compenetraban. Hierro se anticipaba al espacio, porque, como no era rápido, buscaba cortar el juego porque sí era rápido mentalmente. Sanchís era rápido en tramos cortos y en el mano a mano, infranqueable.

Cuando teníamos el partido ya definido me gustaba que los rivales encarasen a Sanchís solo por el placer de ver que nadie podía pasarle. Además, con la pelota era muy hábil porque había sido centrocampista. Luego Quique Flores también era notable atrás. Decían que no marcaba bien, lo que se dice de todos los defensas que son buenos con la pelota, y sí era buen marcador. Era intuitivo, de los laterales más completos que vi. Chendo por su parte era extraordinario en la marca.

Chendo, que le tiró un caño a Maradona.

El fútbol al revés, dijo Valdano. Los pajaritos se tiraron a las escopetas. Pero es cierto, le tiró un caño y le sacaron tarjeta a Maradona porque le hizo falta. Todo al revés.

Hicieron debutar a Raúl. Citó a Miguel Hernández para describirlo en su día: «es como el niño yuntero, masculinamente serio».

Fíjate los niños yunteros, lo que describe esa poesía, lo que tenían que hacer. Raúl era así, ponía cara de hombre siendo un niño de diecisiete años. Salió de una ocurrencia que traje de Argentina de hacer una selección con los mejores de la cantera, entrenarlos y jugar con ellos una vez por semana. Ahí apareció, con una capacidad goleadora que le va a durar hasta que tenga ochenta años. En dos amistosos vimos que estaba a la altura de cualquiera, por eso lo incorporamos. Luego fue creciendo, como les ocurre a todos los jugadores inteligentes, van incorporando el conocimiento del juego a sus virtudes naturales. Lo único que pudo vencer a Raúl fue el tiempo.

Lo del Odense fue un mazazo.

Tengo el partido grabado y lo veo de vez en cuando. Allí fue facilísimo y en Madrid tuvimos, sin exagerar, quince ocasiones de gol. Ellos en un contragolpe hicieron uno. A pesar de perder, estábamos clasificados. Hubo un córner. Valdano y yo nos desesperamos gritando que no subieran a rematar. Pero con ese espíritu de querer ganarlo todo, subieron y en el rebote nos hicieron el segundo. Después, en el vestuario le dije a Valdano que íbamos a salir campeones. No por subir la moral, sino porque solo nos quedaba la liga.

Una liga coronada por el 5-0 al Barcelona.

La jornada antes habíamos ganado 0-5 al Valladolid, el equipo tenía mucha confianza. Nunca nos planteamos hacerle cinco al Barcelona, pero el equipo jugó bien y en el primer tiempo, 3-0, tres goles de Zamorano. Cuando entramos al vestuario había una euforia incontrolable. Todos gritaban. Los jugadores sí que se acordaban del 5-0 que habían sufrido en contra en año anterior. Míchel, que estaba con muletas, bajó al vestuario, tiró las muletas, se puso a abrazarse a todos. Nosotros no podíamos ni hablar.

Quique Flores, que había recibido una falta fuerte de Stoichkov, estaba en la camilla y gritaba: «¡Yo sigo, yo sigo, estoy bien!». Había una locura. No me dieron bola a decirles que había que ganar el partido. Y salí convencido de que les metíamos cinco. Cuando hay esa locura, cuando hasta Laudrup gritaba… Luego, al final del partido, se me acercó, así como era él, serio, y me dijo: «Yo gané diez a cero» [risas]. Para mí fue el día de Zamorano. Hizo tres, y luego en el cuarto tiró al palo y la empujó Luis Enrique, y el quinto fue otra vez un pase de Zamorano, que esta vez remató Amavisca.

El año siguiente empezó mal, perdiendo la Supercopa contra el Deportivo, y la temporada fue un desastre.

La situación institucional del club era muy complicada. Querían reemplazar a Mendoza y para ello lo cercaron económicamente. Mendoza dijo que se iba si le perdonaban el aval que había puesto para ser presidente, y ahí estaba la lucha. Dentro del club no le dejaron dinero para fichar y los bancos no le dieron crédito. Tuvimos que traer jugadores lo más baratos posible.

Ustedes pagaron el pato de esa situación en la oportunidad de su vida.

Podíamos haber salido campeones cuatro años seguidos. Sabíamos que había que renovar la plantilla, cosa que se hizo al año siguiente. Nosotros lo intentamos, no pudimos hacerlo y los jugadores se enteraron. Así que nos quedamos sin fichajes y a malas con la plantilla. Petkovic y Rincón, que no eran malos jugadores, vinieron porque costaron muy baratos.

Rincón se encontró con las pintadas también: «Negros no».

Fíjate la cantidad de negros que vinieron al Madrid después. Aparte de esto, a él le afectó la situación que se vivía, que no era normal. Todo eran nervios, un clima que no era el adecuado. Pero Rincón era un jugador extraordinario.

El Ajax de Van Gaal les dio un baño en Champions.

En Ámsterdam no, incluso diría que estuvimos mejor, pero en Madrid nos dieron un baile extraordinario. El Bernabéu en silencio, recuerdo que se oía el ruido de la pelota: tac, tac. Nos ganaron 0-2, pero porque les anularon dos goles que nadie sabe por qué. Perdiendo 0-2 yo estaba mirando la hora. No existimos.

Su sociedad con Valdano se rompió ese año, él dijo que ustedes dos no eran «hermanos siameses».

Hice unas declaraciones que fueron error mío porque comprometí a todos los demás. Dije que no me quedaría en caso de que no hubiera un proyecto y que en ese momento no lo había. Cosa que era verdad, pero comprometí al resto del cuerpo técnico. Si se quedaban, mal. Si se iban, yo lo había provocado. Yo era un tipo muy calentón, entonces. Reflexioné y me eché atrás. Luego en la comisión directiva les hubiera dicho de todo por lo hipócritas que eran, porque sabía cuáles querían que el equipo fuera mal para echar al otro ¡porque me lo habían dicho en privado! Y con Valdano también hubo diferencias, naturalmente. Diferencias lógicas, porque no se puede pensar exactamente igual siempre. El grupo bicéfalo que éramos, que había funcionado hasta ese momento, ahí se rompió. Él desde ese día tuvo su forma de ver las cosas y yo otra distinta.

El mayor enemigo del Madrid muchas veces es él mismo con sus intrigas palaciegas.

Suele ocurrir. Tampoco es un hecho extraordinario en el fútbol…

El Rayo les echó ganando en el Bernabéu.

Ahí la situación ya estaba rota. Era complicadísima. De lo que me acuerdo es de Ezequiel Castillo encogiéndose de hombros, diciéndonos que lo sentía. Sabía la situación que estábamos viviendo, pero tenía que ganar su partido.

Reapareció usted con Las Palmas de Valerón y el Turu Flores.

Valerón era un crack, verdaderamente. Dominaba todas las facetas del juego y como persona es más bueno que el pan. Pero al tercer o cuarto partido se rompió el menisco. Hay que tener mala suerte. El Turu era extraordinario también, pero había que verlo con un bote de aspirinas al lado, porque te volvía loco en cada jugada con sus ocurrencias, pero, de repente, cuando estabas a punto de sacarlo del campo, te hacía un gol maravilloso, un gol que ni Pelé. Era así el Turu.

Y le echaron tras perder con el Valencia de Valdano.

Otro mito, ya me habían avisado de que no seguía antes de ese partido. Recuerdo que esa directiva también… me dijo uno: «Mire, yo no entiendo de fútbol, pero…». Al salir de esa reunión ya le dije a mi mujer que hiciera las maletas. Pero fue un error mío. Lo manejé mal. No debí haberlo hecho desde el conflicto. Teníamos que haber hecho el equipo el primer año y tratar de ascender el segundo. Pero había urgencias. Los directivos están todos cortados por el mismo patrón. Los entrenadores tienen esperanzas, alegrías, temores, dudas, certezas. Los directivos solo tienen miedo, nada más.

Después de una mala racha en México y en el Tenerife, ganó su primer título como entrenador en Perú.

Ya lo gané en Madrid.

Me refiero como primer espada.

Éramos dos espadas, esto lo voy a defender porque era verdad. Valdano y yo éramos una dupla. No es por presumir ni por nada: es que éramos dos.

En Perú tuve una experiencia maravillosa. Nos pagaron solo dos meses y los directivos se marcharon. Nos dejaron a jugadores y cuerpo técnico solos sin cobrar. Poníamos dinero nosotros para ir pagándole algo a los chicos porque no tenían ni para el autobús. Hicimos una reunión, decidimos no marcharnos, pero si seguíamos tenía que ser a muerte. Y salimos campeones. Todavía se recuerda allí ese campeonato. Salíamos diciendo que jugábamos por la hinchada. Fue hermosísimo. Y cuando estábamos celebrando el título aparecieron de nuevo todos los directivos. En el hotel les dijimos que les obsequiasen con algo a los jugadores para celebrar, y ni las cervezas pagaron. Las tuvimos que pagar nosotros.

En Huracán, se apodó al equipo «Los Ángeles de Cappa». Según encuestas en prensa argentina, el equipo favorito de los aficionados en los últimos años.

Lo más bonito fue que ese equipo demostró que el fútbol argentino tiene una identidad y la gente celebra cuando se juega como ellos lo sienten, se gane o no. Todavía voy a Buenos Aires y la gente de Huracán se baja de los coches y me abraza. Tuvieron que apelar a lo más turbio de la corrupción del fútbol argentino para quitarnos el campeonato. Jugábamos contra Vélez en su campo en el último partido, donde nos jugábamos los dos el título. Tengo indicios de que el árbitro y los jueces de línea cometieron errores decisivos y no fue de forma involuntaria.

Se interrumpió el partido por el granizo, hubo un gol de Huracán válido que se anuló y después ellos le hicieron falta al portero en un choque, perdió la pelota, le cayó a uno de ellos y gol. Fue un partido con pocas ocasiones y el árbitro tuvo que aprovechar esto alevosamente porque no tuvo más oportunidades, si no, empatábamos y ganábamos el campeonato. Hubo un periodista que hizo una nota que tengo guardada donde le agradecía a Brazenas, el árbitro, que nos robase, porque haber ganado habría sido vulgar, estarías a la altura de cualquiera que ganó, escribió. Nosotros merecimos ganar y nos robaron el campeonato, por lo tanto, seguimos siendo románticos. Me llegó, aunque era irónico todo, por supuesto.

Los hinchas de Vélez le gritaban despectivamente «subcampeón».

Fíjate cómo esta sociedad solo valora y respeta el triunfo, el éxito. Ser subcampeón es una deshonra.

Dice que, en la actualidad, peor que se juega en Argentina no se juega en ninguna parte.

Se perdió la identidad. Los jugadores están simplemente para irse. El campeonato es un escaparate para venderlos. Y lo de los dirigentes es un caos absoluto y una corrupción total, un desastre. Ahora han surgido entrenadores jóvenes que vuelven a defender el fútbol. Pero salen jugadores, como Pastore, que estuvo en veinte partidos en primera y se marchó. Como Higuaín, como Aimar, cualquiera que nombres. Es muy difícil hacer nada. Es un campeonato para vender jugadores. Además, ahora irá a peor, porque quieren privatizar los clubes, convertirlos en empresas, en esta oleada privatizadora de Macri.

Usted habla de que existe fútbol de derechas y fútbol de izquierdas. Yo, la verdad, si quisiera transmitirle a mi hijo los valores del sindicalismo a través del fútbol, le pondría a la Grecia que ganó la Eurocopa. Un equipo que teniendo menos que los demás, por su solidaridad entre ellos, su compromiso, lograron imponerse a todos.

El compromiso colectivo es una virtud destacable, el compromiso con una idea, pero también se puede tener compromiso para asaltar un banco. Hay que ver para qué es ese compromiso. Si tienes una banda y atracas un banco, tienes un compromiso para el mal. Estados Unidos también tuvo un compromiso en las Azores para invadir un pueblo y quitarle el petróleo. El compromiso en el juego es para jugar bien o para jugar mal. Se puede tener un compromiso, como el del Celta de Vigo, que con un equipo modesto juega bien al fútbol. Porque no hay ninguna receta que me diga que yo voy a ganar con este juego o con el otro. Lo más racional es que se gana jugando lo mejor posible. Siendo defensivo también, pero con un fútbol modesto ser campeón es muy difícil.

También se puede comprometer uno con grandes jugadores para que el rival no juegue, que lo respeto, pero yo creo que uno debe comprometerse para jugar bien. Porque no se trata solo de ganar, el fútbol también es para disfrutar. El fútbol es un animal de dos cabezas, la eficacia y la belleza. Si le quito la belleza, también puedo ganar. Y si le quito la eficacia, me queda la belleza. Pero también podría perder quitando la belleza, y habría perdido dos veces. Y si gano jugando bien, como dice Xavi Hernández, gano dos veces. Yo apuesto por eso. La izquierda le da valor a la belleza y la derecha no, en términos generales, a ellos les importa la eficacia, el dinero y punto. Lo importante es tenerlo. Aunque destruyas el planeta. Como Bush, que no firmó Kioto porque la economía no podía parar. Podía romper el planeta, pero no la economía.

¿Cómo logra un entrenador hacer causa con los jugadores?

No hay una norma. Lo principal de un entrenador es crear un compromiso colectivo sobre una idea. Esta es la idea y nos comprometemos todos a defenderla. El mérito extraordinario que tiene Simeone es eso. Estableció una idea y los jugadores cumplen esa idea a rajatabla. Ahora, ¿cuál es la receta? No la hay. ¿Cuál es la receta para conquistar a una persona, a un hombre o a una mujer? Hay quien lo hace con la fama, otros con el dinero, otra opción es el conocimiento… En mi caso, hablo mucho [risas]. Pero no hay receta. Para el entrenador es igual. No voy a decir el nombre, pero había un entrenador en Argentina, uno de los que más triunfos logró en el país y con distintos equipos, que era muy hábil para elegir los jugadores, y después se hacía querer por ellos. En las concentraciones estaban hasta las cuatro de la mañana jugando a las cartas, con whisky, fumando, jugando al billar. Era increíble. Y la charla que les daba era solo «Venga, vamos, vamos». ¡Y se mataban por él los jugadores! ¡Lo amaban! Lo querían como a un hermano. Luego otros son rígidos y también les responden, o no. Porque es que no hay una norma.

Para insultarle a usted le llaman filósofo.

Claro, o poeta. Porque para la ideología dominante los filósofos y los poetas sobran. Yo jamás traicioné lo que pienso. Me equivoqué, muchas veces, pero nunca renuncié a lo que pienso para sacar ventaja.


Julio Salinas: «Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15.

Desgarbado, falto de equilibrio, heterodoxo, de la forma de jugar de Julio Salinas (Bilbao, 1962) se ha dicho de todo. Su apellido llegó a ser un calificativo en las canchas de barrio cuando alguien metía un gol de aquella manera o fallaba uno claro. Sin embargo, siempre que tuvo minutos, metió goles. Algunos de ellos inverosímiles. Muchos, decisivos. Cuestionado desde los inicios y sometido a alguna que otra campaña de desprecio mediático, a la hora de repasar su carrera deja que sus números hablen por él. Registros que alcanzó, explica, por una sola razón: determinación y confianza en uno mismo. En esta temporada se cumplen veinticinco años de la Copa de Europa de Wembley, la primera en la historia del FC Barcelona. Dejemos que Julio nos cuente el relato completo.

Naces en 1962, barrio de San Adrián, en Bilbao.

Entonces era un barrio humilde, ahora está catalogado como barrio alto y es donde está situado el pabellón de basket de Bilbao y el frontón. En mi época no llegaba ni el autobús. Mi padre había nacido en Bilbao, pero mi madre era de Torrelavega (Cantabria) y llegó con dos años al Bocho. Vivíamos todos en un quinto sin ascensor. Creo que subir las escaleras todos los días nos hizo fuertes. El piso era de cincuenta metros cuadrados. Tenía dos habitaciones, un baño normalito, un salón y una cocina, donde hacíamos la vida. Teníamos una Telefunken con un canal, que era TVE. No teníamos UHF, si echaban alguna película que nos gustaba nos teníamos que ir a casa del vecino. Mis hijos ahora se ríen de esto y les digo que no son conscientes de todo lo que tienen.

Para ir a entrenar teníamos que ir en autobús y volver en tren. Antes de ir, pasábamos por la estación a buscar por el suelo billetes sin picar para la vuelta. Si no, teníamos que ir entre los vagones con cuidado de que no nos cogiera el «pica». Llevábamos una bolsa con todas las cosas llenas de mierda, porque las botas te las tenías que limpiar tú, o sea, mi madre, y era la hostia. La estación estaba en El Arenal y teníamos que ir hasta San Adrián andando. No había luz, era un descampado y por donde íbamos no pasaba nadie. Acojonaba.

Y todo esto sin que el Athletic nos pagara el transporte. Solo financiaba el de los de fuera. Yo, para sacar dinero, hacía cada sábado el reparto de una carnicería donde sacaba veinticinco pesetas por cada entrega más la propina que nos daban las señoras. También, cada jueves descargaba un camión. Como solía llegar a las cuatro de la tarde, muchas veces no iba al colegio para descargarlo. Y vendíamos lotería o directamente papel, que en aquella época se cotizaba. Hasta cobre he vendido. Nos buscábamos la vida en todo porque la paga de los abuelos no eran más que dos duros y, además de lo fundamental, teníamos vicios: las cartas, el futbolín y el billar, al que jugábamos con tres bolas y una caja de cerillas en medio y había que hacer veinticinco carambolas. Ahora veo a los niños con sus teléfonos móviles de mil euros y no sé ni qué pensar.

De tu barrio eran las Vulpes.

En esa época pegaron muy fuerte. Eran un grupo revolucionario. Nuestro barrio era pequeño y hasta ese momento no había habido nada. Se consideraba un lugar problemático. Al lado estaba Errekalde y abajo La Peña, todo eran bandas y peleas. Subían los de La Peña y te decían: «A ver, tú, Julio, te tienes que pegar con este y tú, Patxi, con este». Y había que pegarse. Era irreal. Otro mundo. Estuve hace poco en el barrio y me hizo mucha ilusión. Todavía seguía la tienda de chucherías de María Jesús, que se iba a jubilar dentro de poco. Me acuerdo de los Flash que nos tomábamos y los Jariguay de naranja. Jugábamos al fútbol en los bancos. Éramos tan callejeros que hasta mi madre me obligaba de vez en cuando a subir a casa. Ahora a los hijos no les dejan andar ni un kilómetro. Te dicen: «¿Y si le pasa algo al niño?». Pues en aquella época vivías en la calle, cada día subías con un chichón o una brecha, era algo habitual y daba igual. En cambio, ahora están todo el día jugando a la Play, están agilipollados.

En Navidad yo salía a la calle, me preguntaban qué me habían regalado y decía: «Nada». Un indio, como mucho. Jugábamos con el tiragomas, a la pelota, al chorro-pico, al escondite… Me acuerdo de mi bicicleta BH que me compraron cuando tenía trece o catorce años y era para los dos hermanos. Teníamos discusiones para usarla porque éramos de la misma edad y salíamos con la misma gente, pero fuimos siempre uña y carne.

Con once años te cogieron en el Athletic.

La vida me arrastró a jugar en el Athletic. No fue algo buscado. Yo jugaba en el Corazón de María, que ahora se llama Askartza Claret, uno de los mejores colegios de Bilbao, en el barrio de San Francisco; de los barrios más problemáticos entonces. Para llegar, todos los días pasaba por Las Cortes, donde estaban las putas. Abríamos puertas para ver si veíamos alguna teta. Y por Zabala, donde vivían los gitanos. Si pasaba un camión nos subíamos a la rueda de atrás y si podíamos robábamos alguna cosilla del remolque. Mi infancia ha sido muy bonita. Éramos muy humildes, mi padre trabajaba en la recepción de un hotel y mi madre era una curranta de la hostia, trabajaba limpiando fuera y luego en casa.

El caso es que mi madre entró a limpiar a un polideportivo y me colocó en administración, sustituyendo a un tío que iba a hacer la mili. Me encantaba ese trabajo. Siempre he sido un tío de números. Con diecisiete años me creía el jefe de la empresa. Creo que hasta los empleados me tenían manía de lo serio y puntual que era. Iba todos los días con mi madre en autobús, nos levantábamos a las seis de la mañana. No teníamos coche. Mi madre tuvo un seiscientos, pero un cabrón nos lo robó y lo tiró por un barranco.

Llevaba ese curro a rajatabla y por ahí vino mi primer palo en la vida. Ganaba catorce mil pesetas y cinco mil en comida. Con veinte mil pesetas me sentía el rey del mundo. Y mis padres me lo dejaban todo para mí, aunque luego les compré un piso y ayudé en casa. Pero vino el chaval de la mili y decidieron que me tenía que marchar. Eché unas lagrimotas que no te puedes imaginar. Estaba entonces jugando en el Athletic juvenil. Si me hubiera salido el curro habría dejado el fútbol. Pero me llamó el Athletic una semana después para que entrenara mañana y tarde. Como solo había hecho 3.º de BUP y no era muy buen estudiante, tampoco tenía más opciones.

Todos los días a las ocho de la mañana tenía que estar en San Mamés. Venían a recogerme Goikoetxea y Ángel María Villar. Goiko con un 131 y Villar con un Renault 5. Yo me montaba y decía: «Egun on», y no volvía a hablar hasta que me bajaba y me despedía: «Eskerrik asko, agur». Ellos iban a lo suyo, hablando de cosas de abogados. Yo me iba al campo y entrenaba solo tiros a puerta, remates y toda esa historia y luego comía en un bar de Lezama con todos los porteros. Iribar, Cedrún… eran ídolos. Veías llegar a Alexanco con su Supermirafiori como si fuese un dios. Les teníamos un respeto increíble. Luego a nosotros nos venía Pizo Gómez de chaval y te decía: «Hey, tronco, dame el champú» [risas].

Un entrenador te dijo: «No te preocupes, estoy seguro de que serás delantero del Athletic».

En el juvenil a veces no me sacaban. Lo pasé mal y entonces Irizar me dijo eso. Pero yo me preguntaba cómo iba a suceder si no me sacaban. Al final empecé a jugar y salí de los juveniles, pero decidí irme a la mili. El Athletic ese problema lo tenía muy mal organizado, eludirla. Había dos maneras, o pagabas dos millones de pesetas y te librabas, o el Athletic te colocaba en Arellano. Yo tuve suerte porque una prima mía se casó con un militar y nos colocó a mi hermano y a mí en un buen destino. Pero fue complicado, porque entonces no querían vascos en telecomunicaciones. Era en los ochenta, años muy duros de ETA, muy jodidos, y todos los días con manifestaciones en Bilbao.

¿Cómo vivías ese ambiente, erais ajenos a lo que sucedía?

No eras ajeno porque estabas conviviendo con las personas y la situación económica tampoco era boyante, que eso era lo que recrudecía los problemas. La gente lo que quiere es vivir bien. Al final en la mili me pusieron en correos y mi hermano Patxi tenía que ir una vez por semana y estar ahí veinticuatro horas encerrado, durmiendo y todo. Tuvimos mucha suerte, aunque fueron dieciocho meses. Y el mes de campamento nos coincidió con la semifinal de la Copa del Rey y nos dejaron ir, por eso jugamos calvos el partido ese en el Bernabéu en el que Míchel metió un gol por fuera de la red.

En YouTube está la prueba.

Para nosotros fue… habíamos salido en la prensa, íbamos a jugar una final contra el Real Madrid, televisada, con toda la ilusión del mundo. Después de una temporada fantástica, en la que en casa les habíamos metido 3-0, llegas allí y pierdes por un gol que sabes que ha entrado por fuera de la red. Dices: «¡Me cago en la madre que me parió!». Estuvimos buscando media hora y no vimos el agujero. Nunca he hablado con Míchel de esto, pero hubo unos lloros impresionantes.

No fue la única polémica con el Castilla.

No, en la 82-83 quedé pichichi de 2.ª B y subimos a 2.ª A, jugué muchos partidos con el Athletic. Y tuve ocasión de jugar el último, además, que fue en el que ganamos la liga en Las Palmas. Un año perfecto. Pero en la 83-84 nos volvieron a robar Míchel y compañía. Quedamos igual de puntos que ellos, pero tres semanas antes nos hicieron repetir un partido que habíamos ganado 3-1 al Cartagena. Decían que fue con alineación indebida porque mi hermano había jugado diez partidos de liga con el primer equipo, ¡pero no habían sido de liga, sino de Copa! Tuvimos que repetir el partido en Vallecas y empatamos a uno. El año siguiente, 84-85, ya estuve en el Athletic y me designaron mejor jugador. Trofeos que te hacen una ilusión de la hostia y a mis padres una satisfacción enorme. Guardaban los recortes del periódico.

Las celebraciones de esos títulos de liga que consiguió el Athletic con Clemente fueron espectaculares.

¿Sabes qué pasa? No te das cuenta de lo que has logrado, me pasó igual con el Barça. En aquella época estaba acostumbrado a ganar. En los cuatro años del Athletic fueron dos de ganar, dos terceros puestos, una Copa y una final perdida, que era lo normal, porque solo teníamos al Madrid y al Barça por encima. Pero ahora cuando veo los vídeos de lo que hicimos, que había un millón de personas celebrándolo, ¡me cago en la hostia! Fue impresionante. Y nunca lo volverán a conseguir.

Sin embargo, alguna vez has dicho que el propio Athletic no reconoce lo suficiente vuestro mérito.

El Barça, al Dream Team, lo tiene ya de por vida. En Madrid la Quinta del Buitre es respetada y querida. En el Athletic, no sé cómo se llamará a nuestra generación, pero no mantiene ni a la gente dentro del staff. Está Artiaga como director de la estructura de la casa, por así decirlo, con Gallego de utillero y De Andrés de ojeador, pero a los demás no ha sabido meterlos cuando es gente muy cualificada que en la estructura base da sentimiento a ese equipo, ¡joder! Fue un equipo único por lo que consiguió.

Acabó como el rosario de la aurora con el enfrentamiento entre Sarabia y Javi Clemente, ¿no?

Acabó mal y fue una putada. A Javi Clemente lo llevamos en el corazón, para nosotros lo era todo. Lo que pasó con Sarabia me afectaba, yo era un poco el salpicado en esa historia porque aquel año pasé a ser titular. De una delantera de Dani – Sarabia – Argote, pasó a ser Dani – Salinas – Argote y se formó un follón que ni te va ni te viene ni se sabe a santo de qué cuando el equipo es ganador. Yo era internacional ya, pero también un poco niño todavía y lo viví todo desde la sombra. Intentamos convencer a Javi para que volviera al equipo, pero nos dijo que él no podía dejar de ser Javi.

Qué carácter.

A mí me ayudó mucho. Me subió al primer equipo. Recuerdo que antes de que le echaran tuve una charla con él. Entonces me impresionaba. No es como la relación entrenador-jugador de ahora, que el jugador manda y si no te manda a tomar por saco porque tiene un contrato de ocho millones de euros en cualquier lado. Yo estaba acojonado, me llamó a su despacho y me preguntó por qué no renovaba. Le dije que ganaba tres millones de pesetas, mientras otros de la plantilla estaban entre nueve y veinte, y no quería renovar por cinco que me ofrecían, sino por nueve. Javi se descojonó al escucharme. Me estaban intentando engañar.

Jugaste contra el Barça de Maradona el día de la lesión.

Fue una de las peores experiencias de mi vida. Nos metieron 4-0 y a la salida del campo nos apedrearon el autobús. Pasé miedo. En el hotel se armó otra tangana con gente que vino a por nosotros y hubo peleas entre los aficionados. La polémica estuvo coleando hasta la final de la Copa del Rey, en la que se montó otra pelea entre los jugadores. Luego hubo un partido en San Mamés en el que me anularon un gol, arbitraba el gallego García de Loza, que era muy polémico, y se montó la de dios. La policía pegó tiros con balas de goma, peleas, barricadas en la calle, invasión del terreno de juego… Se pasó miedo de verdad. La relación llegó a ser muy tirante entre Barcelona y Athletic. Cuando los vascos aterrizamos en el Barça cambió todo, pero pasamos momentos muy difíciles.

Debutaste con España contra la Unión Soviética.

Sí, el 22 de enero de 1986. Después de aquella conversación con Clemente tuve la suerte de empezar el año, debutar con la selección y marcar un gol a Dassaev. Era muy joven y fue la hostia. En el siguiente me volvieron a llamar y le metí un gol a Bélgica. De modo que me convocaron por tercera vez y otra vez hice un gol, esta vez a Polonia. Esa racha me abrió las puertas del Mundial de México.

Ese verano fue cuando fichaste por el Atlético de Madrid, lo cual fue interpretado en Bilbao como una traición y tu familia llegó a pasarlo mal.

Sí, en aquella época era impensable que alguien se pudiera marchar del Athletic. Nadie lo hacía. Pero yo me fui al Mundial, era el único internacional de la plantilla junto con Goikoetxea y con Zubi, y quería una ficha como los demás. Al principio ellos no valoraron el problema porque tenían a Dani, a Noriega, a Sarabia y a Endika. Julio Salinas era uno más. Pero ¿qué pasó? Dani se hizo entrenador, Endika no siguió con la progresión que parecía que iba a tener y Sarabia estaba en el ocaso de su carrera. Cuando quisieron darse cuenta tenían un problema en la delantera.

Vendieron en los medios la idea de que yo era un pesetero. Lo que les interesaba de cara al aficionado. Imagínate a mi familia, que se quedó en Bilbao. Fue tan grave que no me quisieron entregar la insignia de oro y brillantes y un cuadro que daban de Pichichi, Rafael Moreno Aranzadi, el futbolista, por haber jugado cien partidos con el Athletic. Cuando mi hermano fue a renovar les puso como condición indispensable que me dieran lo que me correspondía. Pero el mensaje a los aficionados para que me machacaran ya estaba enviado y mi madre sufrió mucho. Escuchaba a José María García hasta las dos de la mañana y lo pasaba fatal. Decían de todo porque no lo entendían, era el primer jugador que se marchaba del Athletic sin dejar un duro, me fui libre.

Un año después quisieron que volviera. Yo dije: «¡Joder! Encantado de volver». Solo pedí que me pagaran lo mismo que estaba cobrando en el Atlético y me contó el gerente un lío de que en Bilbao la vida era más barata y cobrando menos era como si cobrase igual. Contesté que no me vinieran con historias. Yo era un delantero internacional de veinticinco años y me quisieron quitar dinero en el cambio. Engañarme otra vez.

Antes de eso fue el Mundial de México.

Fue una gran experiencia, pero muy dura. Cuarenta y cinco días estuve en Tlaxcala, una montaña a tomar por saco. Solo había un futbolín y un ping-pong para todos. Era insoportable. No había teléfono, jugábamos a las cartas. Días largos, largos. Luego en Guadalajara lo pasamos mejor, pero el seleccionador, Miguel Muñoz, nos metía unos viajes que eran la madre que lo parió. Cuando fuimos a jugar contra Dinamarca estuvimos en un hotel en el que salían arañas que parecían tarántulas de lo grandes que eran. Era como leones, joder. Y encima veías que los daneses habían podido llevarse a sus mujeres, estaban muy a gusto, y tú decías, pero ¿qué es esto?

Así les fue (España les ganó 5-1).

Sí, les salió un partido redondo [risas].

El primer partido fue el famoso gol de Míchel que no dieron contra el Brasil de Sócrates, perdimos 1-0.

Entraba dentro de lo previsible perder, aunque fuese gol. No fui consciente de tener enfrente a Sócrates, solo puedo recordar que me tocó de marcador un negro de dos metros de alto por dos de ancho. No sabía qué hacer.

Le marcaste a Irlanda del Norte en el siguiente, ¿no te emocionó?

Me emocionó, primero, porque no nos quedaba otra que ganar, si no, estábamos muertos, ya que pasaban dos por grupo. El tercero era Argelia, el único que teníamos seguro que podíamos ganar. Fue un orgullo enorme meter ese gol. Con la izquierda, además.

¿La convivencia con la Quinta?

Bien, muy bien. Era una selección mitad veteranos, mitad jóvenes. Mi generación era la de Míchel, Butragueño, Tomás, Chendo… los mayores eran Julio Alberto, Carrasco, Goikoetxea, Maceda, Señor, Gordillo, Víctor… Los problemas vinieron porque Carrasco, Marcos y Rincón estaban mosqueados porque no jugaban. Arriba éramos Butragueño y yo, dos chavalitos.

Y el Buitre marcó esos cuatro goles a Dinamarca.

Ese partido a Butragueño le catapultó. Era muy buen futbolista, pero con ese encuentro subió mucho. Ahí rompió la barrera salarial y se convirtió en un ídolo nacional. Yo sentí una alegría enorme conforme los iba enchufando. Dinamarca era el rival más difícil hasta el momento e iban de favoritos, tenían a los Laudrup y compañía. Contra Bélgica lo veíamos más fácil. Con esos goles del Buitre sentíamos que ya casi estábamos en semifinales y encima con el pichichi, que por eso tiró el último penalti.

Contra Bélgica, el disgusto.

Fue un palo. Nos falló que Goiko estaba sancionado y Maceda ya no jugaba. Fuimos a penaltis y eso es cara o cruz. Con el Athletic y el Barcelona sí que tuve suerte de campeón, ese empujón necesario para llevarse los títulos, pero con la selección no tuve ninguna fortuna.

¿Cómo fueron los dos años en el Atlético de Madrid de Jesús Gil?

Cuando Gil se metió en el fútbol creía que esto era llegar y besar el santo. Pensaba: «Hago esto, esto y esto y gano; traigo a Futre y seis jugadores y gano con la boina». En realidad, es mucho más complicado. Creo que le faltó paciencia, aunque montó un Atlético que era un equipazo. Necesitamos un poco de tiempo y tuvimos la mala suerte de que Luis Aragonés se puso enfermo en pretemporada y hubo que cambiar al entrenador nada más empezar… Luego, seis entrenadores en dos años. Lo divertido fue que Gil nos llevaba a Marbella, todos vestidos impecables, a fiestas con la jet set. Pensábamos: «Pero ¿qué hacemos aquí, macho? Como vengamos mucho no vamos a jugar al fútbol».

Pero no iba a ser así ni mucho menos. Lo que más me sorprendió del Atlético fueron los entrenamientos. Eran brutales. No he corrido nunca tanto. Por la montaña, en series, la madre que los parió. Mira que una de mis cualidades era la forma física, pero esto era insoportable. Correr por el campo en Segovia en verano. Me encontraba a Da Silva y demás, escondidos detrás de un árbol, diciendo: «Vete, sigue, no nos mires». El preparador físico era Ángel Villanova, que luego se vino conmigo al Barcelona con Cruyff y cambió como de la noche al día, ya hizo todos los entrenamientos con balón, rondo, posesiones…

Compartiste vestuario con don Juan Carlos Arteche.

Vestuario y habitación. Era un fenómeno, me ayudó mucho. Tampoco lo pasó bien ese año. Gil se metía mucho con él porque vendía zapatos, aunque se metía con todo dios cuando perdía. Arteche era un tío de pueblo en el mejor sentido, un hombre con una nobleza y unos valores impresionantes. Tenía sus limitaciones técnicas, pero a nivel táctico estaba no solo para jugar en un equipo grande, sino para ser el buque insignia. Era un líder, un tío autoritario en el campo que sabía aprovechar muy bien sus cualidades.

Tuve buenos compañeros. El primer año viví con Juan Carlos y Uralde, el segundo con Eusebio. Íbamos mucho a casa de Quique Setién, que tenía una máquina para jugar al ajedrez. Era un enfermo del ajedrez, hasta el punto de que hizo tablas con Kaspárov en una partida de él contra cien personas.

El segundo año llegó Paulo Futre, recién proclamado campeón de Europa con el Oporto.

Como jugador era una alegría. Griezmann, Messi o Ronaldo me recuerdan a lo que él daba. En el uno contra uno era impresionante, aunque luego regateara demasiado y le faltara ser un poco de equipo. Cuando llegó, yo lo primero que hice fue ir a hacerme una foto con él. Como persona era un gran compañero también.

Menotti fue el entrenador ese segundo año.

Siempre estaba con lo de achicar espacios, el «achique». Nunca olvidaré una frase suya: «Chavales, pelead, no me digáis que estáis cansados. Si se quema tu casa y estás cansado, ¿a que sacas fuerzas de flaqueza para entrar ahí y buscar a tu hijo?». Fue un entrenador diferente en sus planteamientos, aunque tampoco le dio tiempo a nada porque Gil se lo cargó rápido. Si no se ponía a los que él quería, se cargaba al entrenador. Y aquel año quedamos terceros, no sé qué quería, los otros eran el Barça y el Madrid y estuvimos peleando por la liga hasta el final.

Al menos le disteis un 0-4 en el Bernabéu.

Es el partido que más recuerdo. Metí un golazo, y ganar así en el campo del Madrid fue… debías haber visto la cara de Jesús Gil diciendo: «Dejadme, dejadme que disfrute este momento».

La Eurocopa del 88, desastrosa. Recuerdo las fotos de Vialli a toda página en el Don Balón destrozándonos.

Fue el peor torneo internacional de todos los que he jugado. Ganamos a Dinamarca otra vez, pero perdimos con Italia y Alemania en la fase de grupos. Ganó Holanda esa Eurocopa, con Gullit y estos, pero podría haber ganado Alemania perfectamente, con Völler o Matthäus, o la Italia de Vialli, eran equipazos. Y nosotros teníamos un equipazo, pero… Fue el último año de Miguel Muñoz. En México no estábamos bien y luego el equipo no terminó de coger la onda.

Al Barça llegaste justo después del motín del Hesperia, fuiste uno de los primeros fichajes que hicieron.

Entramos trece nuevos. Yo iba con Eusebio, también del Atlético. Cuando llegué me reuní con Gaspart y con Núñez, y este me dice: «Está usted aquí en contra de mi voluntad, usted es un jugador problemático, de montar revoluciones, ha venido solo porque Cruyff le ha considerado indispensable». Tenían la experiencia del motín del Hesperia y estaban obsesionados. No querían saber nada. Fíjate que tenía una inmobiliaria y nunca nos ayudó a buscar piso.

En realidad, ese equipo lo había montado Javi Clemente, era muy amigo de Núñez. Recuerdo que un día en el Atlético fuimos a Valencia y Luis nos dijo que había que jugar bien, que en la tribuna estaba Johan Cruyff. Yo jugué horrible. Supongo que el Barça, dentro de lo que podía fichar, quería algún internacional y no había mucho más que reuniese las características. Extranjeros solo podías tener tres.

La prensa también estaba en contra de tu llegada a Barcelona.

Fui a Mundo Deportivo, donde trabajo hoy día, y me soltó Andrés Astruells: «Te lo digo sin problema a la cara: te he criticado siempre, me parece que un jugador como tú, después de Kubala, Cruyff y Maradona, no pinta nada en un club de prestigio como el Barça. No sé qué haces aquí». Contesté que esperaría a que me criticara por lo que viera en el terreno de juego.

¿Cómo fueron los revolucionarios planteamientos tácticos de Cruyff?

Cruyff estaba por delante de su tiempo. Llegó con una metodología completamente nueva, planteamientos que eran impensables, no estábamos acostumbrados. La gente decía que estaba loco, pero él estaba tan seguro y tan convencido… Todos los entrenamientos físicos los mandó a tomar por saco. Todo era posesión. Jugamos con tres defensas en esa época, con rondos, con los espacios… Era Johan, el mejor jugador del mundo; si te lo llega a decir otro ni de coña.

Sufrimos mucho, nos hicieron muchos goles y nos pitaron muchos penaltis en contra porque sufríamos muchas contras, pero el juego encandiló desde el primer día. La gente disfrutaba. Pero el Madrid tenía un equipazo, la Quinta del Buitre, acompañada de unas estrellas que no veas, y había que tener paciencia. Lo mismo que debía haber tenido Jesús Gil. La paciencia es un valor en el fútbol.

¿Qué tal con Lineker?

Muy bien, era un fenómeno. Venía como el mejor jugador del Mundial y era mi ídolo con Inglaterra. El mejor delantero centro del mundo en aquella época, pero a Cruyff no le acababa de gustar. Lo puso en la banda y él en la banda estaba muerto, igual que yo. Eso sí, en la final de la Recopa contra la Sampdoria marqué por un centro suyo desde la banda.

Veo en la hemeroteca que en esa época ya te tenías que reivindicar constantemente, como nunca dejó de ocurrir en tu carrera. Decías: «No me importa ser discutido mientras siga marcando goles», «Los pitos me ponen nervioso», «Esto de la técnica es un tema muy controvertido, hay quien cree que tener técnica es coger un balón y regatear a cinco y eso no es así, porque cuando yo jugaba de 9, siempre devolvía el balón al primer toque y la dejaba lista para rematar». En resumen, que metías muchos goles empujándola a puerta vacía, pero había que saber estar ahí.

Creo que he sido un jugador que ha tenido una técnica muy buena, porque, ¿qué es la técnica? Si la técnica es dominar la pelota yo lo paso mal. Cuando en los equipos me fichaban y me hacían la foto el primer día siempre me ha costado horrores. Cuando fui a Japón me pusieron a dar toques con unos niños al lado y yo fui al primero que se le cayó, y ellos seguían y seguían. Acabé aburrido de verles dar toques, e intenté darles un empujoncito a ver si se les caía: «¡Que me estás dejando en ridículo, chaval!».

Pero yo he sido rentable en todos los equipos en los que he estado. Todos han ganado pasta conmigo, menos el Athletic, aunque les fui muy rentable porque tampoco les costé dinero. Al Barça le costé, pero estuve seis años a un gran nivel. Al Dépor no le costé y les dieron cuarenta kilos. En el Sporting jugué como los dioses y encima les dieron más pasta de la que ellos pagaron por mí. Luego en Japón estuve bien y en el Alavés, de puta madre.

Tengo buena aclimatación. He jugado en todos los sistemas posibles, con un delantero, con dos, en la banda, como quieras, y he marcado siempre goles. Nunca he estado lesionado. Llegué a un Dépor que nunca había ganado títulos y se llevó dos en un año. Al Barça del Hesperia y salí del Dream Team. El Athletic, el mejor de toda su historia. Al Alavés lo cogí último, lo dejé en UEFA y casi nos metemos en Champions. Me retiré a los treinta y siete años para hacer treinta y ocho, y por aburrimiento, porque podía haber continuado, era el máximo goleador del Alavés.

¿Fui discutido? Sí, pero por intereses, que en mis tiempos había muchos. Hubo una guerra contra el seleccionador que fue brutal. Antes, si Marca estaba a favor, As estaba en contra. Si Sport estaba a favor, Mundo Deportivo estaba en contra. Si José María García estaba a favor, De la Morena estaba en contra. Y viceversa. Y todos los que estaban en contra te mataban. Por estos motivos fui discutido, no por lo que haya demostrado con juego y con goles. Los goles que he marcado nadie me los puede rebatir.

Jugaste contra Stoichkov antes de que viniera a Barcelona, cuando estaba en el CSKA de Sofía.

No me acuerdo mucho. Solo sé que cuando cruzábamos el telón de acero me daba mucha pena. Una vez en Polonia le dimos un plátano al intérprete y parecía que lo guardaba para el día de su cumpleaños. Había una pobreza, una necesidad… En esos viajes aprovechas para comprar un abriguito de piel y llevárselo a tu madre, pero parecía todo tercermundista y encima hacía un frío que pelaba.

Final contra la Sampdoria, le marcas a tu amigo Pagliuca.

Aquel gol supuso mi primer título europeo. Fue importante para que tuvieran paciencia con el proyecto, porque aquel equipo estaba ya con la soga al cuello. Aquel partido fue el principio del principio.

Al siguiente año se incorporaron Koeman y Laudrup.

En aquel Barça mandábamos los vascos. Éramos los veteranos y los internacionales. Zubi y Alexanco eran los capitanes. Bakero, Begiristain, Rekarte… Entonces los tres extranjeros pasaron de ser Aloísio, Romerito y Lineker a ser Koeman, Laudrup y Stoichkov, y una cantera de chavales catalanes de puta madre: Amor, Milla, Chapi, Sergi, Guardiola, Busquets… Así se gestó el Dream Team.

Koeman era un jugador extraordinario. Tenía poca velocidad para jugar de central, que encima era complicado en el esquema de tres con Guardiola por delante, pero era muy bueno en el toque de balón; tenía un desplazamiento increíble y una inteligencia táctica que le convertían en un jugador vital. Además, marcaba de falta o de penalti siempre en los momentos difíciles. Era un jugador top. Además, se integró muy bien. Y Laudrup era diferente a Koeman, pero también se integró perfectamente, hasta estuvieron en la canción esa que hicimos, un rap y un tema en catalán.

Uno de los goles más bonitos de tu carrera se lo hiciste al Madrid a pase de Urbano. Te diste la vuelta y la enchufaste de volea en un partido que ganasteis 3-1.

Sí, uno que recibí por la espalda. Me di la vuelta con Sanchís y se la metí a Buyo. Fue un golazo que no paraba de salir en televisión. Ganar al Madrid siempre ha sido una satisfacción, un partido diferente.

La Quinta dominó durante cinco años el campeonato, parecían imbatibles.

Tuvimos suerte de ganarles una Copa del Rey, luego nos la ganaron, pero nosotros nos hicimos con la Recopa. Y al tercer año, ya con Stoichkov y Nadal, unos fichajes con los que arrasamos porque la supremacía era brutal, por fin nos impusimos. Dicen que ganamos tres ligas en los últimos quince minutos, pero no es así. En realidad, regalamos esa posibilidad. Creo que aquel Barça debió haberlas ganado mucho más sobrado.

Llegamos al Mundial del 90, con Luis Suárez de seleccionador.

El centro del campo, con Míchel y Martín Vázquez, era todo garantías. Sigo pensando que tuvimos mala suerte. Perdimos en la prórroga, también con mucha histeria acumulada, porque el primer partido, contra Uruguay, fue bastante malo y Luis Suárez ya estuvo muy nervioso todo lo que quedaba de torneo. Al principio no contó conmigo para estar arriba con Butragueño, siempre estábamos con el debate de buscar el complemento al Buitre. Pero me sacó contra Corea, cuando metió los tres goles Míchel, y el seleccionador contó conmigo para el resto de partidos.

Ese triplete de Míchel es el del famoso «me lo merezco, me lo merezco». ¿Se lo merecía?

Se lo merecía. Nos estaban dando palos por todos los lados. Yo me hubiera sentido igual si hubiese metido los tres goles. Desgraciadamente, en el partido contra Yugoslavia pasó lo mismo que en el Mundial anterior; éramos mejores, pero se adelantaron ellos y se nos hizo muy cuesta arriba. Marqué yo el empate, pero luego, ya sabes, Míchel se agacha en la barrera y nos la clavan. Una pena, porque este Mundial no tuvo nada que ver con el de México. En Italia estábamos como en casa, fuimos a Venecia, tuvimos días de descanso, fue otro tipo de campeonato.

Martín Vázquez estaba llamado a ser el héroe de la selección y del Mundial, pero no le entraron.

No tuvo mucho tiempo de explotar. Nos eliminaron en octavos, una pena, porque en la siguiente ronda nos habría tocado Maradona. Igual que en México, que de pasar frente a Bélgica nos habríamos enfrentado a él. Contra la Argentina de Maradona al menos sí jugamos algún amistoso. Para mí siempre ha sido el mejor. No se puede comparar con Messi, en aquella época te mataban en el campo. Messi está muy protegido. Cualquier falta fuerte que recibe sacan tarjeta. Las patadas que le dieron a Maradona…

Como persona no le conozco, pero tampoco comparto cómo le han criticado. Algo habría que le llevara a meterse en lo que se metió. Maradona era una persona de orígenes muy, muy, muy humildes. La presión que tuvo después… en fin, hay que mirar el contexto antes de llamarle drogadicto y polémico. Porque una cosa es indiscutible: no hay ningún compañero de Maradona que haya hablado mal de él.

En la temporada 90-91 el Barça iba como un avión y casi se trunca en febrero, cuando Cruyff sufrió un infarto.

Fumaba mucho y, ya sabes qué tipo de situaciones suelen provocar los infartos: el estrés. Fumador empedernido y la presión… Estuvo un tiempo fuera, le tuvieron que operar y poner un marcapasos.

La sorpresa de ese año fue Stoichkov.

El búlgaro, ay, el búlgaro. La gente no le conoce. Supongo que los de Madrid dirán «este tío es subnormal», pero hay que conocerlo. Stoichkov es como un niño. Es un trozo de pan. Aunque luego se le acerque un periodista y le conteste a gritos o le diga «déjame en paz». Estuve hace poco en su homenaje, en Bulgaria, es un tío único. En su país manda más que el presidente. Confieso que le quiero mucho. De todos los extranjeros con los que he jugado es con el que más amistad tengo. Es muy diferente, es todo nobleza.

Recuerdo que estábamos siempre apostando. Veíamos a los chavales de Canal Plus pelotear antes del partido y apostábamos a ver cuál chutaba más lejos. En el vestuario, cogíamos una bola y a ver quién la encestaba en la bolsa de basura. Apuesta. Hubo un partido en Pamplona, en El Sadar, en el que les aposté cincuenta mil pesetas a que no metían dos goles a Stoichkov y a Romario. Uno cada uno. Era una buena apuesta porque en un partido fuera de casa no era tan fácil marcar, pero los cabrones marcaron. Stoichkov uno y Romario ¡dos! Se vinieron a celebrarlo al banquillo para decirme: «¡Hey, cincuenta mil!», vacilándome. Y yo: «Cabrones, que se va a enterar todo dios. A jugar, joder, que os alegráis más de ganar que por los dos puntos».

Wembley, 20 de mayo de 1992.

Es el inicio de la historia del Barça. Fue un año muy duro porque íbamos mal clasificados en la liga, a un montón de puntos del Madrid. En la Copa del Rey estábamos eliminados en enero y todo era un desastre. El míster nos veía tan mal que nos dijo que estábamos todos renovados si ganábamos un título. Lo hicimos en Wembley, y eso nos dio alas para coger con fuerza la liga. Nos dio una moral impresionante. Sobre todo, después de haber perdido aquella Copa de Europa en Sevilla, que fue un palo. Una oportunidad única como esa, porque antes tenías que ganar la liga para poder jugar la competición, no es como ahora. Y todo eran eliminatorias, sin liguillas, te podía ganar cualquiera. Con tres extranjeros por equipo estaba más igualado. Por eso para nosotros fue como una cita con la historia, habíamos ganado la Copa y la Liga, también la Recopa, el título que nos faltaba.

Fuiste titular, contra pronóstico.

Creo que me puso porque soy un ganador. Él sabía que yo no me acojonaba. En los partidos importantes y las finales que había jugado había marcado goles siempre. Cruyff sabía que yo daba la cara en esas citas. Y en un partido de ese calibre lo que te hace falta es gente que no se arrugue. Me llamó el viernes y me pidió que no saliera de chufla el fin de semana. Pensé que se le había ido la olla, pero él sabía que yo iba a dar la cara.

Campeones de Europa y, meses después, Tenerife.

Lo que fue impensable en Tenerife era que hubiésemos dejado escapar esa liga. Éramos un equipazo. Antes del partido estábamos tristes por esto, puesto que considerábamos que el Real Madrid no dejaría pasar una ocasión como esa contra un equipo que no se jugaba nada. Perdió, fue una sorpresa y una alegría inmensa.

La segunda vez, al año siguiente, sabíamos que teníamos pocas opciones, pero ya lo vimos un poco más abierto. Lo impensable era que algo así le pudiera ocurrir dos veces a un equipo como el Real Madrid. Claro que, si ha pasado una, ¿por qué no iba a pasar dos veces? Fue impresionante, como te imaginarás.

Y ya la que fue la hostia fue la tercera, la del Deportivo. Un equipo en casa, que se juega la vida, que era una oportunidad única para ellos, por muy primado que esté el rival no te puedes imaginar que no ganen y… Yo ese año no jugué casi nada, estaba hablando con Txiki y me dice: «Penalti». En el último minuto. Te quedas: «No, por favor». Y va y lo falla. En la vida hay que tener suerte, y Johan tenía flor. Hay gente que la tiene. Mira Zidane. Es muy importante tener flor.

Te fuiste quedando relegado del equipo, sobre todo tras la llegada de Romario, pero, por ejemplo, en esa 93-94, que acabó con empate a puntos y resuelta por la diferencia de goles, hubo un partido contra el Albacete que ganaste tú solito que resultó crucial.

Jugaba poco sin Romario, imagínate cuando llegó. Mi declive de azulgrana se ve en mis goles por temporada, que van: veinte, quince, once, siete, cinco y dos. Bajando cada año. Mi problema con Cruyff fue que dio su palabra de que si ganábamos un título renovábamos todos. Esto lo dijo en noviembre, cuando no había posibilidades de ganar. Luego falló Djukic, le dimos la vuelta a la tortilla y yo me quería quedar, pero Johan incumplió el trato. Ganamos la liga, pero al perder la Champions contra el Milan de Capello se pilló un mosqueo impresionante y me dijo que me tenía que marchar. Y yo no había jugado esa final. Le dije: «No, yo me quedo, me lo has prometido».

Me acababa de echar novia en Barcelona, tenía treinta y dos años y me veía fenomenal. Confiaba en mis posibilidades. Le insistí en que teníamos un trato y al final lo resolvió así: «Pues sí, yo cumplo mis promesas: te puedes quedar, pero con la ficha de Escaich». Dije que me quedaba, como mínimo, con la ficha que ya tenía, y ahí me la hizo para que me marchara.

El Dream Team no duró mucho más, al menos estuviste y participaste en un equipo histórico.

Fíjate Amor, que venía del fútbol base, con un carácter diferente, tenía el sentimiento de la gente de la casa. Bakero, que fue un jugador discutido, siempre jugaba al ras, tenía alternativas, carácter, gol y ponía un pundonor imprescindible para el equipo. Guardiola, que era un chavalín, que fue yendo a más y a más. Begiristain, que como Bakero marcaba la diferencia sobre todo por la inteligencia. Nadal, la familia Nadal podría hacer lo que quisiera con esa genética; este salió futbolista, pero podría haber sido lo que quisiera. Goiko, un artista, con esa velocidad, regate y buen centro. Sergi y Ferrer, que eran dos moscas cojoneras y además muy rápidos…

Fuiste al Mundial de Estados Unidos en el 94 habiendo jugado poco ese año, pero la clasificación en parte se debía a tus goles.

Los de Irlanda. Teníamos que ganar, estábamos prácticamente fuera. Veíamos el Mundial muy lejos, había que ganar a Dinamarca, campeona de Europa, en Sevilla, y a Irlanda allí. Era muy complicado. Recuerdo las charlas de Clemente diciendo que confiaba y estaba a muerte con nosotros, que lo que dijeran le daba igual. Ganamos con el gol de Hierro, con Cañizares parando un penalti y Zubi expulsado. ¡Cómo sufrimos!

Y ese Mundial fue el mejor en el que he estado. Estados Unidos es un país maravilloso. Teníamos días libres para irnos a Chicago, por ejemplo. Había un cocinero, el ambiente era de piña. Fue nuestro Mundial, con un Caminero que se salió, que estaba en racha. Yo marqué contra Corea en el primer partido. He marcado en tres mundiales, creo que Villa también tiene ese récord. Luego arrasamos a Suiza, a Italia le metimos un meneo, pero salió la famosa Italia de siempre.

Y tu famosa ocasión.

Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces, me la sigo poniendo en YouTube, donde he visto que hay un vídeo que pone «Pícala Julio, pícala». [risas] Fue una jugada complicada, en el pase la pelota venía botando. En primera instancia sí la quise picar, pero iba en carrera, botando el balón y el portero se me quedó a media salida, con lo que ya no podía regatearle, con la pelota apenas controlada, no tuve otra alternativa que tirar. No le pegué muy bien, porque le di con el interior, pero sí que engañé a Pagliuca, él se tiró para un lado y la pelota iba para el otro, con tan mala fortuna que le pegó en una pierna; tan mala suerte, además, de que en la siguiente jugada nos metieron gol, joder… Es que se dieron todas las circunstancias para decir: «Hostia, no puede ser, no puede ser». Fuimos al vestuario y nos encontramos a las infantas allí, nosotros con unas caras… y ellas diciendo: «Lo sentimos mucho, ánimo». A mí me llegó Javi, que tenía que estar destrozado el que más, y vino a darme ánimos, diciéndome que por lo menos había tenido una ocasión. Y yo: «Joder, pues mejor no haberla tenido» [risas]. Fíjate ese gol lo que hubiera supuesto… En fin, es lo que hay.

Imagino que solo puedes tener buenas palabras para Javi.

Sí, yo ya pensaba que mi ciclo se había acabado, me fui a Coruña, jugué muy bien y me dijo que para seguir en la selección tenía que demostrar que era el mejor delantero de España, y para eso tenía que marcar goles y jugar. Por eso me fui al Sporting, donde rendí a un altísimo nivel y volví a la selección en la Eurocopa de Inglaterra en el 96. Otra vez, con tan mala suerte que nos robaron el partido contra el anfitrión, en el que marqué un gol que era legal y me lo anularon. Y de esto no se habla, ¿eh? La gente se acuerda solo de lo de Italia.

En A Coruña debiste llegar a un vestuario marcado por ese penalti fallado de Djukic.

Sí, estaban muy jodidos. Con lo que cuesta ganar una liga a cualquiera, imagina lo que le suponía al Dépor. Encima lo tenían todo montado, una mariscada, una celebración por todo lo alto, y… todo se echó a perder. Pero tenía mucho mérito hasta dónde llegaron, porque ese equipo no tenía nada. Eso era otro mundo. El Deportivo era un piso de cien metros en mitad de Coruña, esa era la oficina con dos ancianos y Lendoiro, y ya. Te ibas a entrenar y te recogía un autobús en Riazor para llevarte a la Torre de Hércules. No tenía nada que ver con nada.

Nos contó Paco Jémez en su entrevista que compartió vestuario contigo ese año, que te cuidabas mucho el pelo para no quedarte calvo.

[Risas] Yo en aquella época tenía un negocio, que era Svenson, con el que se suponía que no te quedabas calvo y luego no hacía nada. Me birlaron un montón de pasta, fue ruinoso. La gente me decía «Tú tienes bien el pelo por Svenson», y yo: «No, no te equivoques, tengo un buen pelo por naturaleza, no por Svenson». Paco recuerdo que tenía una melena de la hostia y luego se quedó calvo. Pero mira, le pasa como a Guardiola que, sin pelo, como entrenador parece que tiene más carisma y es más interesante [risas].

La plantilla del Dépor era top.

A mí me parecía que los extranjeros estaban al nivel de los del Barça. Bebeto, Mauro Silva y Djukic, uno por posición y todos cojonudos. Bebeto era el mejor delantero centro junto con Romario. Y Mauro Silva era un fiera. Lo de fichar exjugadores de Madrid, Atlético y Barcelona, Aldana, Donato, Alfredo, Nando, Rekarte, Elduayen… fue muy buena estrategia. Eran tíos de treinta años, que es la mejor edad, pero con la que en los grandes ya te enseñaban la puerta. Encima estaba Fran, que era un monstruo. El ambiente en el vestuario era como el de un equipo de barrio. No tenía nada que ver con la filosofía de Barça o Madrid. Además, Arsenio era como un padre. Te decía: «Chavalines, una copita de vino solo». Y cuando llegaba a la mesa de los vascos, decía: «Bueno, a vosotros os dejo la botella». Luego iba por las habitaciones para que nos acostáramos pronto: «Hay que dormir, ¿eh?, hay que dormir».

¿Por qué te fuiste después de haber marcado doce goles? Solo metió más que tú Bebeto, dieciséis.

Por Toshack. Yo renovaba por una cláusula que decía que si marcaba más de diez goles renovaba automáticamente. Pero al volver en el mes de julio, Toshack me hacía el vacío. A los suplentes nos hacía entrenar aparte, vi que conmigo no contaba para nada. Ganamos la Supercopa al Madrid, pero no jugué nada, no me dio ni bola. Javi me había dicho que solo sería internacional si marcaba goles, como te he dicho antes, vi que me quería el Sporting, pregunté y me dijo «Te puedes marchar mañana mismo, pero hay que pagar». Cuarenta kilos tuvo que poner el Sporting.

Ahí hiciste dupla con Eloy, otra delantera de «casi jubilados».

Creo que jugué más con Lediakhov que con Eloy. Ese Sporting también era un buen equipillo, con Ablanedo de portero. Sinceramente, creo que ha sido donde mejor he jugado. Me salía todo, macho. Y eso que cuando llegué pasé vergüenza. Vino a buscarme Quini, que era mi ídolo de pequeño, llegué a Mareo y en la presentación estaba todo lleno. Tiene cojones, pensé, ni que fuera yo Romario. Un tío de treinta y dos años, que van a pensar que vengo a robar, pero empezaron a cantar: «Bota de oro, Salinas, Bota de oro». Yo me decía: «Esto no puede estar pasando. ¿Se estarán riendo de mí, se estarán descojonando?». Eso sí, cuando fuimos a otros campos me coreaban «Bota de mierda, Salinas, bota de mierda». Pero empezó esa temporada y lo metí todo. Unos golazos, que decía «Madre mía, me sale todo, macho». Fueron dieciocho goles y sin tirar los penaltis. Mi mejor año y el club donde mejor me han tratado con diferencia.

Y al año siguiente, lo mismo que en A Coruña, no te quiere el nuevo entrenador, en este caso Floro.

Me llegó una oferta de Japón y se la trasladé a Floro, pensando que iba a decir que no. Pero cuando se lo comuniqué me dijo: «Sí, te puedes marchar; vete a la directiva a anunciarlo». Me llevé una sorpresa… Luego averigüé que quería a Luna, por la razón que fuese. El Sporting pagó doscientos cincuenta kilos, lo que supuso la ruina del club, y encima bajaron a segunda.

En Japón fueron dos años en el Yokohama Marinos.

Fue una experiencia acojonante, aunque al principio fui con miedo. Me casé allí, por cierto, en la embajada española y tuve allí un hijo. Me fui forzado, yo no quería. Tuve problemas con un catalán, Antonio de la Cruz, sustituto de Xabier Azkargorta, el que me trajo. De la Cruz quiso implantar el sistema del Barça de Cruyff en Japón y empezó a no contar conmigo ni con Goiko, que también se vino a Japón.

La primera vez que me cambió —yo era el máximo goleador—, me dijo: «Te quito para dar más velocidad en ataque». La jornada siguiente jugamos contra el equipo de Floro, que ya no estaba en el Sporting [risas], y me volvió a quitar. Le dije: «Joder, si me cambias a mí perdiendo 2-0, al delantero estrella, la gente se va a preguntar qué pasa conmigo». Luego me lesioné y ya no quiso sacarme más. Un día que perdimos 0-4 y no nos puso en el campo nos cabreamos que no veas. Fui a por él, nos dijimos de todo y casi llegamos a las manos. No nos dimos por un pelo. Los japoneses estaban acojonados, flipando, no entendía nada. Y como allí es todo jerarquía, nos apartaron del equipo a Goiko y a mí.

Y en el Alavés, otra resurrección.

Tenía treinta y seis años y ya había dejado el fútbol, pero me llamó Mané para ir al Alavés, que iba último. Le dije: «Venga, Mané, ¿para bajar a segunda? Me va a quedar una mancha de la hostia en el currículum». Hasta mi madre me dijo que era una locura. Pero el míster no paraba de insistir y le dije, para quitármelo de encima, que iría un día a entrenar a ver qué tal. Y mira, me lo pasé muy bien y me animé. En el último partido le metí un gol con la mano a la Real y nos salvamos. Tenía treinta y siete años, me encontraba de puta madre, y quise jugar un año más, pero ¡entonces ya no me querían!

Decían que iban a rejuvenecer el equipo, que venía Kodro. Amenacé al presidente, le dije que o me renovaba o le decía a la prensa que yo habría seguido un año más por cero euros solo a cambio de dos millones en el caso de ser el máximo goleador del equipo. Se puso nervioso y me renovó. Pues fui el máximo goleador del equipo [risas] Entramos en la UEFA y si no perdemos el último día en San Mamés, 2-1, gol mío, quedamos segundos. En Vitoria me hice muy amigo de Javi Moreno. Éramos uña y carne. Me alegré mucho cuando le fichó el Milan. Le enseñé que en cada penalti cogiera el balón y se lo tirase él, que no se la quitase nadie. Un día estando yo en el banquillo vi que se lo hizo a Kodro y me dije: «Así me gusta chaval, así me gusta, tira todo que son goles» [risas].

Después del fútbol, destacó tu etapa de locutor con Andrés Montes.

Cuando cuelgas las botas hay tres maneras de seguir en esto: secretario técnico, entrenador o comentarista. Estuve seis años de comentarista en Radio Nacional y en Televisión Española comentando Champions con José Ángel de la Casa, Juan Carlos Rivero y Paco Grande. Muy bien. Entonces me llamó La Sexta en 2006 y era un palo, porque solo me proponían hacer el Mundial y, de aceptar, perdía lo de TVE, que estaba muy bien pagado, todo lo contrario que La Sexta. Pero por el gusanillo de hacer un Mundial, egoístamente, acepté. Nada más llegar me dijo Montes: «Chaval, esto es diferente, olvídate de José Ángel de la Casa, hay que seguir el juego».

Dije que era como un camaleón, que me adaptaba a todo, como a los sistemas de juego. Hicimos ese Mundial con mucha desventaja. Canal Plus tenía de todo, mientras que nosotros estábamos, por llamarlo de algún modo, en una barraca con gente muy joven. Ellos tenían a Maradona. Pero creo que salimos ganadores porque al final todo el mundo se quedó con lo de «jugón», «tiquitaca», «tiburón Puyol», «¿Dónde están las llaves?»…

Andrés era diferente a todo, era único. Tenía sus rarezas y creo que le caía mal a mucha gente porque era muy exigente. Su forma de dirigirse a los demás a veces sonaba mal y siempre pidiendo, en plan: «¡Tenemos los mejores comentaristas y hay que darles el mejor catering, me cago en la hostia!». Yo era como su pareja, iba de la mano de él. Tuvimos la suerte de que la liga se quedó en La Sexta y tuve suerte con la apuesta que había hecho. Estuvimos dos o tres años y al final nos despidieron a los dos.

¿Por qué?

No le encuentro explicación, porque Andrés era único. Servía para fútbol, para basket, para cualquier cosa. El problema es que era independiente. No se dejaba manipular por nadie. Y en este mundo… Te cuento un caso. Una vez, había un vídeo en el que criticaban a Ramón Calderón, expresidente del Real Madrid, y le dijeron que antes de darle paso criticara a Calderón. Y él decía: «¿Por qué tengo que criticarlo si no veo motivo para hacerlo? Meto el vídeo, pero yo no critico a nadie». Fui testigo de un par de sucesos como este y él iba muy fuerte. No era un cualquiera, era muy inteligente y muy culto, leía mucho, sabía de política, de filosofía, de música… era un tío muy, muy preparado.

¿Y ahora qué haces?

Sigo en el periodismo deportivo, pero lo que más hago, mi pasión, es coleccionar placas de botellas de cava, sobre todo. Tengo veintitrés mil. Hace ocho años más o menos que me metí en esto. Hay una web donde puedes hacer intercambios, pero necesitas moneda de cambio y las que encuentras en los bares son todas las típicas. Al principio no sabía bien qué hacer, hasta que se me ocurrió diseñar mis propias chapas para los coleccionistas. Encontré una bodega buena, bonita y barata y hacen cavas con mis chapas, dedicadas, por ejemplo, a los equipos donde he jugado o a la final de Wembley.

Mi hermano, por ejemplo, colecciona camisetas. Tiene setecientas. Pero solo las auténticas, no le valen las que se venden en la tienda. A mí me las ha quitado todas. Creo que solo tengo seis mías, una por cada equipo en el que he estado. Tiene de Maradona, de Ronaldo, de Messi… Yo le conseguí de Sergi en el Atlético, de Aimar en el Valencia…

Está con las camisetas igual que yo con las placas. Es una frikada porque te obsesionas, vives con ellas, piensas en ellas, duermes con ellas. Es como cuando va un tío a cazar y cobra una buena pieza.

Como ser un goleador.

No, no, como meterle un gol al Madrid no hay nada.


Canciones sobre fútbol

Andrés Iniesta, 2013. Foto: David Aliaga / Cordon.

Si algo envidio a Rob Fleming, el propietario de una tienda de discos que protagoniza Alta fidelidad, es su capacidad para elaborar listas. Bueno, quien dice capacidad, dice obsesión. El personaje creado por Nick Hornby ordena sus cinco preferencias en casi cualquier materia. En mi caso, sucede lo contrario; estoy mentalmente imposibilitado para acotar mis predilecciones. Como mucho, tras años de ardua reflexión, soy capaz de hacer algo parecido con las películas de Scorsese (cronológicamente, Taxi Driver, Toro salvaje, El rey de la comedia y Uno de los nuestros). Sí, solo son cuatro. Una duda lastimosa me bloquea antes de elegir la quinta.

Por tanto, esto no es una lista. Si acaso una selección de canciones que versan sobre fútbol, confeccionada tras aplicar varios filtros arbitrarios. Para empezar, nada de referencias puntuales. No sirve que Quique González cite el gol de Iniesta, o que Mendieta haya marcado un gol realmente increíble. La canción ha de tratar aspectos futbolísticos de principio a fin. Y la letra, escrita en algo que se hable en España (advertencia: me salto mi propia norma con el italiano). Otra condición es que no valen canciones pensadas para convertirse en himnos oficiales. Y, por supuesto, nada de esas infamias que nos intentan meter con calzador los veranos de torneos internacionales.

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«1986» – Tachenko

Pop indie zaragozano. Tercer corte de Las jugadas imposibles, su segundo disco. La canción se apoya en una melodía elegante, que busca acomodarse de inmediato en el cerebro, como es habitual en el grupo. El título responde al año de celebración del segundo Mundial de México. Y precisamente con el resultado de aquella final arranca la letra: la Argentina de Bilardo venció 3-2 a Alemania Occidental en el Azteca. El texto prosigue con un agridulce repaso a mundiales anteriores, como el de España 82, que fue a parar a manos italianas.

A continuación, se destacan las figuras más importantes de los campeonatos previos. Es decir, Mario Alberto Kempes (nombrar al vicealmirante Carlos Lacoste quedaría regular) y Johan Cruyff. A partir de ahí, se repite un estribillo más pegadizo que comprensible y que habla de tirar a puerta. No es la única canción del grupo con referencias, más o menos veladas, al fútbol. Aunque también son habituales sus alusiones a otros deportes. Sin ir más lejos, toman su nombre de Vladimir Tkachenko, aquel pívot más alto que los mamotretos de hormigón de la arquitectura soviética.

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«Iturralde González» – Estúpida Erikah

No tengo ni idea de por qué esta canción, incluida en el primer álbum de la banda catalana, se titula con los apellidos del polémico colegiado vasco. Sea como fuere, la nostalgia casi siempre da resultado. Prueba de ello es la letra, que funciona a la perfección con esa envoltura folk. Construyen un hábil relato que describe el paso del tiempo para Ramon y Antònia, un matrimonio de aficionados al Fútbol Club Barcelona. Se desgranan sucesos reconocibles: la primera tele en color, los achaques de la edad, los hijos que se van de casa o los familiares que fallecen. Todo combinado con innumerables referencias futbolísticas en clave blaugrana. Les Corts, Migueli, Xavi o las ligas de Tenerife aparecen por los versos de una canción emocionante. A ello contribuye el remate, cuando Ramon se pregunta si ella también estará pensando que lo mejor de ser del Barça es serlo a su lado.

Otra composición en ese idioma es la que Serrat le hace a Kubala. Además de mentar a estrellas del balompié, usa un silbato para los arreglos y dedica gran parte de la letra a describir una jugada con una verosimilitud pocas veces vista en una canción. Incluso, si mi catalán de Cádiz no me falla, llega a decir que el húngaro «se mea en el central».

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«Athletic» – Distorsión

El trío de Barakaldo, mítico en la escena punk vasca, puso fin a un largo periodo de inactividad con un recopilatorio que celebraba el vigésimo quinto aniversario de la banda. Sin abandonar el «hazlo tú mismo», regrabaron algunas de sus canciones más conocidas, incluyendo, cómo no, la dedicada a su equipo.

Tras un inocente arpegio, el grupo hace honor a su nombre. Convenientemente equipados, inician el camino hacia la Catedral. La letra resume a la perfección, sin ningún tipo de alarde literario, el sentir del aficionado durante la previa: «los equipos que nos vengan a visitar serán derrotados, y después a vacilar». Ya habrá tiempo para pensar en el golaveraje, la quinta amarilla del central o la opción de compra del delantero. Lo único importante en ese momento es tomarse algo con los colegas. Por eso, Distorsión sigue respondiendo a la pregunta de cómo coño está el Athletic de la misma forma que lo hacía en 1996: «Bien, bien. No te jode, muy bien».

Similar espíritu y estilo musical se encuentra en «La del fútbol», del grupo madrileño Porretas. Bota de vino, bocata de salchichón, y a ver el partido. Mención a Ruiz-Mateos disfrazado de Superman incluida.

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«Sueño merengue» – Las Escarlatinas

A veces, las productoras arman grupos tras detectar un hueco por el que tirar en el mercado. Eso hizo Siesta Records con Las Escarlatinas, cuatro chicas que grabaron dos discos del pop más colorista que se pueda imaginar. Voces dulces, coros finos y portadas luminosas. Todo pensado para triunfar. Como curiosidad, entre las integrantes se encontraba la hija de Miguel Ríos.

En una de esas canciones mezclaron su estética naíf con la etapa galáctica del Real Madrid, aquella de los Zidanes y Pavones, ambos mencionados en la letra. También hay sitio para Figo, Solari, Beckham o Casillas. Incluso aparece la frase que acuñó el periodista Manolo Lama para referirse a Raúl. En el estribillo de este tema, Las Escarlatinas se definían como una hooligan muy coqueta y aspirante a modelo de Kenzo, la exclusiva marca de ropa japonesa. La combinación es, cuanto menos, curiosa.

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«Nueva ola Guardiola» – Los Directivos

Un dúo de nombres ficticios (Claudio McKinsey e Iñaki Andersen) que no da conciertos. Canciones creadas a base de teclados y cajas de ritmo. Pop sintetizado. Y la promesa de lanzar su disco por internet cuando España cayese eliminada del Mundial que terminó ganando.

A la canción le basta la primera estrofa para transmitir su mensaje. La letra, mordaz, arranca con la transformación del fútbol ilustrada en dos personajes: de Ramón Mendoza a Pep Guardiola. El estribillo (que cuenta con los coros de La Bien Querida) añora cuando las chicas se masturbaban pensando en estrellas de rock, y no en futbolistas. El texto cita a Cruyff y al Marca, y recalca la crítica al fútbol espectáculo, a la preponderancia de la imagen. Los Directivos también tienen una canción con el nombre de un árbitro: nada menos que Japón Sevilla.

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«Dieguitos y Mafaldas» – Joaquín Sabina

Abracemos el mainstream. Esta canción de Sabina, que pertenece al majestuoso 19 días y 500 noches, está repleta de guiños porteños. El de Úbeda suele bordar la combinación de lenguaje coloquial y académico. Prueba de ello es que da cobijo a expresiones lingüísticas tan populares como el lunfardo (junar significa mirar a alguien con ganas de mambo) y el vesre (jermu por mujer). Así narra el desvelo futbolero de Paula, fiel hincha de Boca Juniors, y su trayecto en autobús a la Bombonera. Lo inicia en González Catán, una zona muy castigada al oeste del Gran Buenos Aires. Desde su casa en el suburbio, pasando por Laguna, le separan casi treinta y cinco kilómetros. Efectivamente, tiempo de sobra para soñar que ganaban el partido. Sabina recoge el término bostera, que era despectivo hasta que los aficionados lo adoptaron con orgullo. También aparece la barra brava y la doce, vocablos argentinos para los ultras y la afición.

Musicalmente, la canción arranca tranquila, pero luego abandona la milonga para convertirse en salsa. Cuando dice que es el turno de Palermo, se refiere al famoso gol contra Talleres de Córdoba. Si Boca vence, campeón. Pero empata a uno bajo el diluvio. Es la primera temporada de Carlos Bianchi en el banquillo, que arrancó con el reto de ganar un título tras seis años de sequía. Cuando parece que habrá que postergar el canto del alirón, emerge Palermo (máximo anotador de aquel campeonato, con más goles que partidos). En el minuto noventa, Martín mete el pie, la pelota entra y la grada casi se cae. Y ese año Boca, como concluye Sabina, sale campeón en la Bombonera.

En la categoría de canciones escritas por aficionados del Atlético a clubes extranjeros, cabe incluir al grupo oscense Less. José Antonio Martín, Petón, puso letra a «Héroes de Superga», homenaje a la tragedia aérea que acabó con el gran Torino, considerado mejor equipo del mundo de la época.

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«Simplemente fútbol» – Ignacio Copani

En Sudamérica son mucho más habituales estas canciones. Quizás porque allí la identificación popular de este deporte, el sentimiento de pertenencia, soporta mejor el paso del tiempo. No lo sé. Ese es otro debate, otro artículo. Lo que no resiste duda es la abundancia de composiciones musicales sobre fútbol. Además, sin importar el género, puesto que va desde el cantautor al rock barrial pasando por la cumbia.

Una de tantas es la de Ignacio Copani, hincha tan reconocido de River Plate que hasta le pusieron su nombre a una peña. El prolífico cantante ha dedicado multitud de temas (incluso discos enteros) a su equipo. No obstante, también trató este deporte de manera genérica con una canción que pone al mismo nivel al aficionado y a la figura. Habla de una ola que cubre al continente y hace olvidar, por un rato, las heridas. Todo aderezado con referencias a jugadores de diferentes épocas como Pelé, Valderrama, Zamorano, Chilavert, Jorge Campos, Ronaldinho, Garrincha o Menotti.

Por citar a otro cantautor rioplatense, Jorge Drexler compuso «La vida entera», un delicado canto a su pasión carbonera, apodo para los aficionados de Peñarol.

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«La leva calcistica della classe ’68» – Francesco De Gregori

Este romano es una debilidad personal. Bueno, mía y de media Italia. De Gregori disfruta, aún hoy, dejando letras poéticas y ambiguas, de esas cuyo significado es una incógnita. El título refleja cómo se refieren a la edad de un futbolista en el país transalpino: primero classe y luego los dos últimos dígitos del año de nacimiento.

Introducción a piano, igual que en tantos clásicos que llevan su firma. Y en el paisaje en obras aparece la figura de Nino, que tiene doce años, unas botas malas y el corazón lleno de miedo. Pero no le da miedo tirar el penalti, porque sabe que eso no decide la carrera de un jugador. No obstante, aquí De Gregori introduce a los futbolistas que se quedaron en el camino, a los que se retiraron sin ganar nada. A los que ahora ríen dentro del bar y llevan diez años con una mujer que nunca han amado.

El chaval marcó un gran gol y el entrenador parecía contento. Pero regresa el penalti como metáfora del momento clave en la vida. Uno en el que se puede fallar. El niño vestirá la camiseta número siete y luego se convertirá en hombre, sí. Pero cómo, y a qué precio. El texto acaba, aunque la música continúa durante un minuto y cada uno elige su final para Nino. Hay quien ve en esta canción la ilusión perdida del adulto, y quien, directamente, le otorga un significado político: el desencanto de aquella generación de italianos.

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«Betis» – Silvio

El rockero sevillano Silvio Fernández Melgarejo es un personaje idolatrado en la capital de Andalucía (donde incluso aparece en el callejero) y prácticamente desconocido más allá de Despeñaperros. Su figura se agranda gracias a las recopilaciones de frases ingeniosas y a su infinito anecdotario, repleto de leyendas urbanas. Una de ellas esclarecería cómo un reconocido sevillista le dedicó una canción al otro equipo de la ciudad, algo que se atribuye a la pérdida de una apuesta. Sin embargo, la explicación más factible dista mucho de esa versión.

Silvio componía de manera peculiar: extraía de su disco duro cerebral alguna melodía, sobre la que colaba palabras incoherentes o remotamente parecidas al inglés y al italiano, y el grupo le daba cuerpo a aquello como podía. En este caso, unos acordes de Elvis. El coro acabó siendo algo parecido al nombre del conjunto verdiblanco, y el resto de la banda, que era bética, aprovechó para reivindicar a su equipo. Para grabarla en un álbum, tuvieron que medio improvisar el texto (en directo, Silvio se preocupaba más de vigilar su vaso que de recordar cualquier letra) y así se incluyó una inexplicable mención a la Real Sociedad, y hasta a lo verde que es el césped del Sánchez-Pizjuán.

Silvio jamás completaba el estribillo, prefería omitir el inicio y dejarlo en «etis». Llegó a ser multado por su mánager, ya que durante una actuación en el mismísimo estadio bético, cuando el grupo le coreaba el nombre del rival, él iba replicando «a segunda, a tercera».

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«La mano de Dios» – Rodrigo

La número diez era obvia. Sobre Maradona hay más de un centenar de canciones, tantas que justificaría otra selección. De entre las más famosas, la de Calamaro y la de Los Piojos. Durante el rodaje del documental Maradona by Kusturica, el director serbio organizó una sorpresa: Manu Chao le esperaba para interpretar una canción. El astro argentino escucha atento. Poco después, su rostro parece emocionarse bajo las gafas de sol, pero desconocemos si responde a la sobreactuación constante del Diego o a tener que soportar la mierda de canción que le ha escrito Manu Chao (que, para rematar el cuadro, canta apoyado en una pared donde se lee un intrigante mensaje: «Lolo puto»).

La canción sobre Maradona la escribió Rodrigo. La popularidad del Potro en Argentina era mayúscula, sus canciones sonaban a todas horas en todos lados. Batía récords de asistencia en templos de la música. Pero aquello se truncó con su muerte a los veintisiete años por conducción temeraria. Incluso levantaron un monumento en el lugar del accidente. Y, si alguna composición se le recuerda por encima de todas, es la hagiografía maradoniana. La archiconocida letra repasa su niñez en el potrero, el debut, la conversión en mito, el enfrentamiento con el poder futbolístico y hasta su adicción a la cocaína (algo que compartía con el propio Rodrigo). El coro del estribillo es prácticamente imposible que no retumbe cuando la canción suena en una reunión animada.

Para encontrar la versión más emocionante, toca regresar al documental de Kusturica. Maradona, que siempre quiso ser cantante, interpreta el tema. Pero lo hace con la letra adaptada a la primera persona, y con su familia delante. Dalma y Gianinna, sus hijas, aún son muy jóvenes. A mitad de la actuación, suben al escenario con más vergüenza que orgullo. Poco después, acaban coreando su apellido. Por si faltaba algo, en el montaje del documental se insertan imágenes de archivo. Maradona trata de entonar: «Si Jesús tropezó, ¿por qué no habría de hacerlo yo?». El Diego cantando su propia vida. El mayor exponente de cómo se juega a este deporte, haciendo suya la mejor canción que le escribieron. La unión perfecta entre música popular y fútbol.


A la revolución por el fútbol: activismo y equipos raros

Dos seguidores del F.C. St. Pauli alzan el puño en Hamburgo, 2017. Fotografía: Cordon Press.

Los más veteranos llevamos padeciendo con rigor estoico el devenir de las últimas ligas de fútbol. Nos hemos intentado acostumbrar sin éxito a nombres como la Liga de Las Estrellas, la Liga Adelante o la Liga 1, 2, 3. Nosotros, que sobrevivimos a la moviola de Estudio Estadio, Supergarcía y Fútbol en Acción, pero también disfrutamos de temporadas en las que el fútbol parecía hasta un deporte… Bueno, sí, un deporte de aquella manera, como cuando Juan Gómez, Juanito, le pisó la cabeza a Matthäus en un Bayern de Múnich-Real Madrid, incidente que se solventó con el regalo de un capote de torero al alemán por parte del jugador de Fuengirola. O aquella final de Copa del Rey entre Barcelona y Athletic de Bilbao que terminó con un combate de patadas voladoras y golpes de kung-fu entre Maradona, Paco Clos, nuestro admirado Tarzán Migueli, Goikoetxea, Sarabia y De Andrés.

Un deporte raro. En cualquier caso, el fútbol no era un programa de cotilleos de televisión y tertulianos como recién salidos de la sala vip de un discotecón de los años noventa. De lo que rodeaba al fútbol, eso sí, había lo mismo que ahora, incluso más y mejor: noticias sensacionalistas, escándalos sexuales, robados posados, reportajes en revistas del corazón y campañas publicitarias más o menos afortunadas. Vamos a ver, que no es cuestión de que exijamos que los jugadores se presenten en los actos públicos como en los años cincuenta, vestidos con el chándal reglamentario (muchos desearíamos, incluso en un sueño acorde con estos tiempos totalitarios, que algunos tuviesen una cláusula en el contrato que les obligase a guardar silencio durante la temporada, norma que podría extenderse a algunos entrenadores). Lo que echamos de menos es el propio deporte, o sea, el fútbol.

Sobre la idoneidad o no de ser aficionado, existe múltiple variedad de tonos: va desde la irracionalidad de Pepe el Hincha a la absoluta indiferencia de Carlos Marx y Federico Engels, que ni se molestaron en mencionarlo en su popular libro. Ni siquiera cuando los autores despotricaban contra los productos que son opio del pueblo. Las autoridades intelectuales también llevan mucho tiempo divididas entre el hooligan militante, el observador despectivo y el fan con complejo de culpa. La transformación del fútbol en un multipantallazo con oscuros intereses internacionales y venta de carísimos objetos no está ayudando a mejorar su imagen, pero, por si acaso, sirva este artículo para recordar por qué y cómo nació.

Los equipos de la no-liga

La práctica de juegos con una pelota tiene un origen eminentemente popular y muy poco civilizado. Fue su codificación y uso en determinadas escuelas y universidades anglosajonas lo que lo convirtió en lo que conocemos como fútbol, pero esas reglas, que encubrían una orden política contra la formación de «turbamultas descontroladas» y la invasión de terrenos cercados, se extenderían a las escuelas públicas del xix, donde los críos jugaban a la pelota en el recreo, y dieron lugar a la fundación de los primeros clubs. Unos nacieron en colegios religiosos, de la mano de estudiantes sportsmen de clases adineradas; otros en fábricas, con obreros aficionados, pero sufragados por los propietarios de las mismas. El fútbol no tiene en realidad ese origen obrero que muchos reivindican, pero sí ha sido el pasatiempo preferido de las clases populares en los últimos cien años. Mucho más que un pasatiempo: estar en la grada de tu equipo tiene carácter de testimonio, de afirmación de la colectividad y, en ocasiones, de resistencia, no solo contra el rival, sino de afirmación contra el mundo. Pero esto no significa necesariamente que tu equipo preferido sea el más decente o intachable. Este sentimiento irracional es mucho peor que una religión.

Por eso es mucho más difícil abandonar los colores de tu equipo que cambiar de credo religioso. Aun así, el mercado inmoral en el que se mueven clubs y ligas profesionales ha provocado una decisión sorprendente. Algunos hinchas, sin olvidar al equipo de sus amores, han decidido dar una oportunidad a otras iniciativas más en consonancia con el espíritu original del juego, sobre todo cuando no hay dinero para pagar las entradas de tus hijos a los partidos. Recuperar conceptos como el de la comunidad, negarse a participar del insano consumismo, mantener una ideología respetuosa con las personas y no abrirse la cabeza en las gradas o la calle. Al mismo tiempo, luchar contra todos aquellos que van directos a destrozártela, bien sean las empresas y organismos abarca-y-devora, bien los grupos de hooligans perfectamente organizados para ello.

En Inglaterra lo llevan haciendo unos cinco años. El Clapton F. C., que juega en las ligas preferentes, tiene el honor de ser el primer equipo del país en haber jugado en Europa continental, allá por 1890. Su campo, el Old Spotted Dog, recibe últimamente, además de a los Tons Ultras, a muchos fans desencantados del West Ham United, equipo vecino del East End, que fue fundado por gerentes y empleados de la industria del acero y ahora se ha convertido en otra empresa multimillonaria con precios disparatados en los abonos y un patrocinador bien raro. El Clapton ha sido recobrado como símbolo político y plataforma de ayuda para el barrio, en lucha contra el deterioro urbano y los grupos neonazis. Llámenme descreída, pero la posibilidad de beber botellines de cerveza a precio muy asequible y sin ninguna restricción durante los partidos puede haber animado también a más de uno.

Al Arsenal le ha pasado lo mismo. Se creó en 1886 dentro de una fábrica de artillería del sudeste de Londres, y, aunque sus titulares son los mismos del comienzo, la mayoría de sus acciones son ahora propiedad de un magnate estadounidense, y una exótica compañía de vuelo le ha cambiado el nombre al estadio (dentro de poco veremos un estadio madrileño con simpático nombre de emporio chino). Aficionados de los gunners y de otros equipos de la Premier, como el Manchester, se juntan ahora en Champion Hill, el estadio del Dulwich Hamlet, otro equipo con más de cien años de antigüedad, para animarlo con sus colores, rosa y azul, en un movimiento que los más veteranos de la zona no se explican, salvo por la gentrificación del sur de Londres y el deseo de volver a disfrutar del fútbol en otros términos. La hinchada The Rabble (‘la chusma’) acude a los partidos vestida con boas de plumas y barbas postizas. A las autoridades deportivas esta actitud hipster, de momento, no les molesta, pero sí la de otros hinchas de equipos pequeños que protestan contra el racismo y la xenofobia. Ha sido el caso de The Inter Village Firm (nombre humorístico a costa de los ultras más reaccionarios del West Ham), fans del Mangotsfield United, quienes fueron apercibidos el pasado diciembre por sus banderas antifascistas. Esgrimía la autoridad que la política debía estar totalmente al margen del fútbol. Ignoro qué pensará la FIFA británica (FA) acerca de asociaciones como Reds Against the Nazis, del Manchester United, los hinchas Brigada 1874, del Aston Villa, o los Holmesdale Fanatics, del Crystal Palace. O sobre la doble moral, la hipocresía ideológica, etc.

Fútbol o barbarie

Seguidores del FC St. Pauli, 1999. Foto: Elisenda Roig / Getty.

Las relaciones entre fútbol, movimientos obreros e ideologías de izquierdas son numerosas. En Sudamérica hay una larga serie de equipos nacidos bajo el ideario anarquista y comunista a principios del siglo xx. Los Argentinos Juniors, uno de los clubs más importantes del país, se fundó en Buenos Aires un 1 de mayo de 1904, tras el partido entre dos equipos aficionados, el Sol de la Victoria y los Mártires de Chicago. Lo mismo que el Club Atlético Colegiales, originalmente llamado Club Atlético Libertarios Unidos, fundado en 1908. Los jugadores de la selección nacional de Uruguay, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1924, participaban en la Federación Roja de Fútbol, una liguilla organizada por el partido comunista del país, donde jugaban equipos con nombres como La Comuna, Soviet o Leningrado, como preparación para las Espartaquiadas de 1928, los juegos olímpicos obreros.

Desde 1974 lleva jugando en las categorías inferiores el Club Deportivo y Cultural Ho Chi Minh, creado por varios estudiantes de la Universidad de Huamanga, en Ayacucho, Perú, como trabajo de integración para la comunidad, que tuvo sus épocas de riesgo durante la dictadura militar. Mucho más reciente, de 2006, es el Club Social Atlético y Deportivo Che Guevara, en Córdoba, Argentina (cuyo lema es, como no podía ser de otra manera, «Hasta la victoria siempre»). El fútbol sudamericano ha dado ejemplo no solo de equipos y jugadores extraordinarios, sino de conductas y gestos admirables. El Vasco de Gama de Río de Janeiro se negaba a obedecer las leyes que prohibían la inclusión de jugadores negros y mulatos, ya en 1924. Recordamos en los años ochenta el desafío del Corinthians de São Paulo a la junta militar, con Casagrande y Sócrates y sus camisetas donde rezaba «Democracia». El gesto del gran César Luis Menotti tras haber ganado el Mundial del 78 con Argentina, negándose a subir a la grada para saludar a los militares de Videla. Los holandeses, finalistas, hicieron lo mismo en solidaridad.

El fútbol rojo tuvo gran repercusión. En 1923 nacía el Club de la Revolución de Octubre, conocido mundialmente como Lokomotiv, debido a su origen en los empleados «voluntarios» (bueno, elegidos voluntariamente por el ministerio) del ferrocarril de Moscú. Los tres equipos con el nombre de Dinamo (Kiev, Leningrado y Tiblisi) se convirtieron en leyenda dentro de la URSS, y ya en los setenta, en unos equipos temibles en las competiciones europeas. El de Tiblisi protagonizó un episodio nefasto en la historia del fútbol. El Spartak de Moscú, el equipo favorito de la ciudad (frente al CSKA, que era el de los militares), le ganó en la semifinal de la Copa Soviética de 1939. Pero el mariscal Lavrenti Beria era forofo del Dinamo y no se tomó nada bien la derrota. Ordenó detener al árbitro y repetir el partido. El Spartak volvió a ganar. Beria mandó al gulag a los presidentes del Spartak, los hermanos Stárostin, por haber estado planeando supuestamente la muerte de Stalin. Los Stárostin, que estaban obsesionados con la figura de Espartaco, resistieron en el gulag organizando partidos de fútbol entre los prisioneros. Lo mismo que sucedió en Sudáfrica con los presos de la isla Robben: aliviaban su horrible situación con partidos durante las dos horas libres que tenían a la semana. Nelson Mandela estaba entre ellos.

En Alemania, los jugadores del Schalke 04 fueron utilizados como imagen del deporte ideal para el Partido Nazi. El Borussia Dortmund, sin embargo, sufrió la muerte de varios de sus dirigentes por repartir propaganda antinazi. Tras una época de penurias económicas, el equipo ha recuperado la propiedad del club, ha conseguido abaratar los precios y devolver el orgullo a su hinchada. El Bayern de Múnich, por su parte, no cedió en su tradición de tener jugadores y empleados de origen judío. Los franceses, que vieron en una selección nacional a uno de los colaboracionistas más feroces de la Gestapo, Alex Villaplane, también tuvieron sus propios ídolos de la resistencia futbolística frente a los alemanes: Étienne Mattler, el héroe del Sochaux durante los años treinta, fue detenido y torturado por la Gestapo. Sobrevivió, no así Rino Della Negra, la vertiginosa promesa del Red Star 93, que abandonó el club parisino para unirse a la Resistencia y murió ejecutado con veinte años.

Hay ejemplos a patadas (con perdón) de jugadores que han arriesgado la vida por ideales políticos y patrióticos. Fue muy sonado el equipo de fútbol argelino formado por jugadores árabes del equipo nacional francés, que abandonaron el Mundial del 58 en protesta, o ese combo egipcio que llegó a la semifinal de los Juegos Olímpicos de 1928, dando un ejemplo a sus excolonos ingleses. Un momento muy emocionante se dio en la clasificación para la Copa del Mundo de 1998 entre las selecciones de Irán y Australia. Cuando ganaron los primeros en un agónico 2 a 2 en el segundo partido, las mujeres iraníes invadieron el estadio donde se estaba retransmitiendo el encuentro por pantalla gigante, contraviniendo la orden de no asistir a estos espectáculos. Orden que sigue vigente hoy en día.

En España, aparte de los partidos de folclóricas contra yeyés o de tenistas contra toreros, también ha habido futbolistas que se la jugaron defendiendo ideas complicadas en momentos muy difíciles. Tenemos para elegir, pero el gesto de dos jugadores del Racing de Santander, Aitor Aguirre y Sergio, que saltaron al campo con brazaletes negros el domingo 28 de septiembre de 1975 para protestar por la última ejecución firmada por Franco, es mucho más que significativo. En los años noventa, el bosnio Predrag Pašić, jugador de la selección de la antigua Yugoslavia, quien decidió permanecer en su Sarajevo natal durante la guerra de los Balcanes. Mientras la ciudad ardía en un asedio pavoroso, él organizó la Escuela de Fútbol Bubamara, un equipo infantil con chicos de todas las etnias, llegando a reunir a casi trescientos, que jugaban mientras fuera silbaban las balas. Ahora son más de cinco mil.

Y permítanme mencionar un encuentro prohibido durante diez años por cuestiones militares. En otoño de 2016,  al sur de Colombia, los guerrilleros de las FARC celebraban las negociaciones de paz jugando al fútbol en el barro de la selva del Yarí.

Guerrilleros de las FARC juegan al fútbol durante la Conferencia Nacional previa a la firma de paz con el Gobierno de Colombia en El Diamante, Colombia. Foto: Mario Tama / Getty Images.

La playa está bajo el césped (o el cemento)

El equipo de fútbol alternativo más famoso del mundo no está en Londres ni, como algunos pudieran suponer, en un espacio de la Feria de Montjuic. Se trata del FC St. Pauli, en el distrito rojo de Hamburgo. Es un fenómeno desde que en los años setenta consiguió llegar por primera vez a la Bundesliga. Con el desarrollo del barrio y una afición muy militante, ligada a movimientos okupas y antifascistas, su popularidad ha crecido muchísimo y cuenta con peñas repartidas por todo el mundo. Fue con su portero de los ochenta, el famoso activista Volker Ippig, que saltaba al campo puño en alto, cuando se extendió la leyenda del equipo antisistema, que hacía de sus partidos frente al FC Hansa Rostock, apoyado por grupos de ultraderecha, un duelo político. Se denominan a sí mismos el «equipo punk de fútbol» y ondean la bandera pirata, pero, tranquilos, son anticapitalistas a quienes no les tiemblan las piernas: comienzan cada partido con «Hells Bells» de AC/DC y después de cada gol suena una de Blur. Ah, y Nike ya les fabricó unas zapatillas con calavera.

Para equipo punk ya está el Republica Internationale FC, de la ciudad de Leeds. Desde el 83 y con cambios en el nombre, inspirados por el grupo Spizzenergi o Athletico Spizz 80, mantienen una posición contraria al mercantilismo de las ligas profesionales y juegan con dos equipos, masculino y femenino, con su lema «A la libertad mediante el fútbol» en la Liga del Domingo, el torneo amateur de los equipos ingleses, que se organiza contra el profesional de los sábados. Uno de los «clásicos» de esta liga es el que se celebra entre el Internationale y los Easton Cowboys and Cowgirls de Bristol, otro club muy popular por sus agrupaciones femeninas y de jugadores veteranos.

El Lunatics FC de Amberes es otro de los clásicos en esta clasificación de equipos alternativos. Estos tampoco han pasado de los campeonatos de aficionados y mezclan los partidos con conciertos musicales y fiestas. Llevan desde principios de los años ochenta paseando por Europa su uniforme inspirado en la bandera jamaicana, su carpa y los barriles de cerveza belga.

En Estados Unidos tenían hasta no hace mucho un torneo alternativo a la liga cada vez menos minoritaria de soccer, formado por dos equipos que representarían a los colectivos de feministas, pacifistas, gais y militantes de sector más radical de la izquierda, todos ellos procedentes de San Francisco y el mundo universitario. Para reivindicar sus ideas, recaudar fondos y dar publicidad, plantearon un partido entre el Kronstadt FC, anarquista, y el Left Wing FC, comunista.

Estas iniciativas son cada vez más frecuentes. Hay una Copa América Alternativa desde hace años, y en 2010 ninguno de nosotros prestó atención al Mundial de los Pobres que un colectivo celebró en Ciudad del Cabo para protestar por la política urbanística que había desalojado a muchas familias de sus casas y contra el elevado precio de los partidos. Las regiones y países que no tienen reconocida su soberanía también tienen su propio campeonato (amateur) de fútbol, en la VIVA World Cup: están territorios como Groenlandia, Laponia o Dos Sicilias, y esperan contar con los palestinos y los kurdos.

«Fútbol para los futbolistas»

Unidos volveremos a convertir el fútbol en lo que nunca debería haber dejado de ser: el deporte de la alegría, el deporte del mundo de mañana que todos los trabajadores han comenzado a construir.

Internacional Situacionista, 1968.

Con una pancarta que rezaba así, «Le football aux footballeurs!», un grupo de jugadores ocupó la sede de la Federación Francesa de Fútbol en París durante seis días de mayo de 1968, exigiendo mejoras en los contratos de los trabajadores Es un poco difícil que veamos algo así de nuevo. Sí, hace un par de años fuimos testigos de una huelga fantasma de los futbolistas españoles contra el decreto del Gobierno del PP, siempre tan popular, de vender los derechos de emisión de los partidos en la tele. Aquello tan confuso terminó precipitadamente y con sanción multimillonaria, como una jugada de las que nos gustan a los aficionados: salir un jugador de córner entre un barullo de gente y entrar rodando con el balón en la portería. Siempre nos imaginamos a los futbolistas vendiendo productos, participando en una chirigota o, como mucho, haciendo una declaración sobre proyectos de caridad. En realidad, nadie pide al fútbol que deje de ser eso. No vamos a convertir en eco-friendly a los dirigentes de Primera División en dos patadas y motivarlos a que pongan paneles solares en los estadios. Estaríamos desafiando la comprensión lógica del mundo. Pero sí queda patente el hastío de muchos aficionados ante proyectos absurdos y un sentido del show business que no encaja con lo que ha sido este deporte (¡y lo que ha sido!). Bueno, siempre nos quedarán los androides en la Liga de las Galaxias.


Mágico González, futbolista al sur del sur

Jorge «Mágico» González, 2013. Foto: Cordon.

En un fútbol dominado por la economía de mercado y, lo que es peor, por el deporte, en el que ya solo compiten verdaderos atletas, hay muchos fenómenos de otros tiempos que son absolutamente irrepetibles. Quizá el más paradigmático de todos ellos sea el extraño caso de Jorge «Mágico» González. No solo porque hoy se habría tolerado menos la indisciplina de la que hizo gala durante toda su carrera o porque sus salidas nocturnas, por obra de las redes sociales, habrían sufrido marcajes más duros que sus internadas en el área, sino porque hoy día resulta imposible de imaginar, incluso de concebir, un futbolista que, pudiendo situarse fácilmente entre la élite europea, pasa de todo porque ser millonario no está entre sus prioridades y, según sus palabras, tampoco le gusta mucho destacar.

Dicen los testigos presenciales de sus hazañas y fechorías que no se puede entender a Mágico González viendo YouTube nada más. Hay un contexto, hay un espíritu, hay una ciudad, Cádiz, que hay que conocer previamente para hacerse a la idea de la dimensión que alcanzó el salvadoreño.

Enrique Alcina Echeverría, que hace un par de años trató de reunir en su libro La leyenda (Editorial Dayla, 2015) todos los detalles que configuran el universo «Mágico», se quejaba de que «el fútbol a cámara lenta es una estafa inmobiliaria». Fue este periodista, veintiséis años en el Diario de Cádiz le contemplan, que acuñó el término «submarino amarillo» para describir el legado de un equipo que todavía, en 1991, con la salida de Mágico y el debut de Kiko, se aferraba a la primera división encomendado a fuerzas que no eran de este mundo, quien más ha investigado la figura del personaje en cuestión.

El primer punto a tener en cuenta en sus páginas no es que haya cambiado el fútbol, sino los espectadores. En los ochenta, al estadio Ramón de Carranza acudía un público que se caracterizaba, digámoslo educadamente, por su exigencia.

Eran muy críticos e incluso crueles. Si el equipo no jugaba, se le coreaba «cubatas, cubatas». Solo animaban con banderas y otro tipo de cánticos las Brigadas Amarillas, pero también tenían marcado su signo de los tiempos. En sus propias palabras, citadas en el libro: «Éramos como los hooligans ingleses, pegábamos a todo bicho viviente que se pusiese por delante, fueran catalanes, vascos o lo que fuesen. Con la edad hemos madurado».

Las que se liaban podían acabar con intervenciones policiales a gran escala. En una, tras un partido contra el Castellón, un peatón perdió un ojo por el impacto de una pelota de goma. Y era el día a día, Cádiz en la época aludida estaba sumida en los conflictos de los astilleros. En la lucha de miles de familias por su supervivencia.

Mágico aterrizó en el aeropuerto de Jerez de la Frontera un 27 de julio de 1982. En su primera aparición ya marcó la diferencia. Bajó las escaleras del avión con un enorme radiocasete estéreo de alta fidelidad en el hombro.

En sus dos primeras temporadas, ganó la liga española el Athletic de Bilbao de don Javier Clemente Lázaro. Triunfó la entrega sobre la técnica y el dinero que acumulaban los grandes. Alcina explica que nada de aquello recuerda al fútbol actual, con jugadores que se mueven como si estuvieran teledirigidos. Antes ni siquiera estaba permitido que el entrenador se pusiera de pie a dar instrucciones, tenía que permanecer todo el encuentro sentado en el banquillo.

Mágico provenía de la colonia Luz, uno de los barrios más pobres de San Salvador, un lugar lleno de chabolas. Se crio con su abuela en una pequeña habitación, dormía en un catre tirado en un suelo de tierra. Con siete u ocho años ya fumaba marihuana.

En la escuela no se enteraba de prácticamente nada y le querían echar, pero el director del centro lo impedía por el bien del equipo de fútbol del colegio. Mágico llegó a la escuela con todo lo que necesitó saber en su vida aprendido fuera de ella: «Nos hacíamos futbolistas en terrenos baldíos, en plena calle».

El periodista Rosalio Hernández le bautizó años después con el apodo de Mago, pero cuando el salvadoreño disputó el Mundial de España, nuestros compañeros le pusieron Mágico, con una explicación filológica que el jugador, en el programa de Ángel Casas de TVE, reconocía no haber llegado nunca a comprender. Ni nosotros.

A nuestro torneo llegó El Salvador llevándose por delante al México de Hugo Sánchez en la última liguilla de la CONCACAF en Tegucigalpa, Honduras, país con el que habían tenido un conflicto armado en 1969 llamado precisamente «guerra del fútbol».

De la magnitud del logro da cuenta que su selección no pudo ganar a Cuba y afianzó el segundo puesto tras vencer a Haití por la mínima. Una alegría inmensa, pero El Salvador vino al Mundial de Naranjito y salió escaldado.

Hungría les metió 10-1 en la mayor goleada de todos los tiempos en este torneo. Sin embargo, el detalle de calidad para la posteridad lo dejó Mágico yéndose de dos defensas para meter el balón al área del que saldría el único tanto salvadoreño.

No fue lo único que hizo, jalonó la errática travesía de su equipo con un catálogo de controles y regates fuera de serie. Eso sí, no se enteraron las masas, porque entonces no se retransmitían todos los partidos. No obstante, como ahora en los tiempos de YouTube, aquello lo vio todo el mundo. Concretamente, toda Cádiz.

Alcina explica que al llegar a la bahía Mágico quiso ser lo que todo gaditano aspira a ser: alguien que hace lo que le da la gana en cada momento. Hay una frase lapidaria del delantero que lo certifica: «Yo no pienso, yo tengo música en la cabeza».

Su comunión con la ciudad sureña fue instantánea. Cuando quiso ficharlo el Atalanta italiano, preguntó, confiesa Kiko en un documental de ESPN, que si allí había pescado frito porque en caso contrario no querría ir.

Hizo una prueba en Bérgamo, en Lombardía, norte del norte en Italia, pero jugó mal a propósito. Lo confesó años después. No se quería ir de Cádiz. Cuando le hablaban de pasta, contestaba: «Dinero, ¿qué es el dinero?».

Lo mismo le ocurrió con el PSG, dejó plantada a su directiva en un hotel cuando estaba todo listo para firmar. Les dejó tirados. Confesó en este caso que París estaba «muy lejos». La lección que dio es bien conocida en Cádiz. En palabras de Alcina: «la felicidad no reside en el futuro».

La gracia es que en el Cádiz no se hizo rico, no porque cobrara poco, sino por las multas que le pusieron por indisciplina. Dice Mágico que al final del año no le quedaba «ni para calcetines». Y no exageraba. En su segunda temporada, en octubre, enero y marzo le cayeron tres multas de un millón de pesetas cada una. Pero era incorregible. Le tenían que poner sanciones en el club hasta por abandonar el hotel de concentración para irse de juerga.

Llegó a quedarse hasta tal punto sin dinero que en una ocasión la plantilla tuvo que organizar una comida con sus mujeres con la única intención de que el Mago comiera caliente al menos un día. Lo subraya Alcina: uno de los mejores jugadores de Europa del momento «no tenía para comer».

Y tampoco es que fuera de buen yantar: un día, invitado a comer en casa de su compañero Alfonso Castro y su mujer, se presentó a la hora del aperitivo, picoteó unos cacahuetes, unas aceitunas y se marchó del tirón, diciendo que ya había comido suficiente.

Lo que sí que nunca se le había ocurrido comprar era ropa de invierno. Se la tenían que dejar sus compañeros, revelan en el documental de ESPN, y a los pocos días veían que el chaquetón en cuestión o el abrigo lo llevaba otra persona. No le costaba nada regalar ni lo ajeno ni tampoco lo propio:

Una tarde el gitanito Botigas se quedó prendado de los zapatos que lucía el Mago y este, sin conceder respiro, se los quitó, se los regaló del tirón y se marchó descalzo.

Hasta prestaba las llaves de su casa a desconocidos. Luego llegaba de entrenar y se encontraba fiestones montados. A veces, tenía que dormir en el sillón de su propio hogar. Metía a gente en casa, les daba de comer y luego no había quién los sacase de ahí.

A un cartero de Bilbao, José Andrés López, que se ofrecía a los futbolistas para llevarles las maletas y el material deportivo hasta el hotel, Mágico le pidió unas revistas porno. El vasco se las llevó al hotel y, en señal de agradecimiento, el futbolista le invitó a pasar un par de meses en su casa del Puerto de Santa María. Allí acudió. Solo tuvo que abandonarla momentáneamente cuando Mágico llegaba acompañado de alguna mujer.

Imagen: Moritz Barcelona (CC).

Prestó, además, mucho dinero. Muchas copas se tomaron a su cuenta, sin él saberlo. Se aprovechaban, pero él también dejaba que se aprovecharan. El año que estuvo cedido en el Valladolid le daba hasta pereza subir a cobrar. Se lo tenían que pedir por favor, que llevaba ahí el dinero no sé cuántos días.

En otras ocasiones fue al revés, pedía que le enseñasen el dinero prometido antes de jugar. Una vez lo tuvo que poner el dueño de un restaurante. Solo para que viese que había billetes, que existían, porque si no se negaba a saltar al campo.

Y quizá en lo que más gastó fue en inofensiva ropa. Tuvo que organizarse para ir de compras acompañado porque se le iba la cabeza y necesitaba que alguien le frenara en esos momentos. Así iba, que parecía sacado de Miami Vice, con sus americanas y sus chupas, que se le acumulaban en casa. Llegaron a ponerle a un chico gay, un tal Juan, de ayudante para que le ordenara las cosas, le lavara la ropa, le hiciera la cama…

Afortunadamente, el único presidente de todo el planeta preparado para tutelar a tamaño personaje había nacido y estaba en Cádiz, era el exbanderillero Manuel Irigoyen. Su relación fue fluida. Por fuerza mayor. Firmaron infinidad de contratos y cláusulas en servilletas, normalmente en la Venta de Vargas, donde Camarón, o en la Venta Los Tarantos.

El presidente tenía que llegar a acuerdos con él casi en cada partido. Y cada vez que le preguntaban a Mágico por qué no se cuidaba más para jugar como él sabía y convertirse en el rey de Europa, esto es, hacer mucho dinero, contestaba siempre algo parecido:

Vengo de un país del que no tenemos dónde caernos muertos. Ahora tengo dinero en los bolsillos, mujeres, amigos y quiero disfrutar de la vida a tope. Mi máxima ilusión cuando cuelgue las botas es trabajar de taxista.

No iba con él cierta tensión competitiva. De hecho, es que ni siquiera cantaba los goles que metía. De su indolencia da cuenta la leyenda urbana de que se durmió en el vestuario del Vicente Calderón mientras recibía un masaje y el técnico daba instrucciones. Para Alcina «caer rendido, como un tronco, ante los masajes de Rovira no era tan raro».

Pero el rumor no era casualidad precisamente. Sabemos que el entrenador argentino Héctor Rodolfo «el Bambino» Veira le regaló un reloj despertador del Pato Donald a modo de indirecta. Y como no sirvió de nada, recuerda, empezó a enviarle orquestas de gitanos a que le tocasen flamenco en la puerta de su casa y se despertara. Un día, comentan por ahí que dijo al abrir la puerta: «Me levanto, pero porque me gusta la música».

Suerte que la oía, en el documental de ESPN explican que para irse a la cama a dormir se anudaba una toalla a la cabeza con la intención de no escuchar ningún ruido ni ver ninguna luz.  

Encima, tenía sueño profundo. En una discoteca, escondiéndose del entrenador David Vidal, que salía a buscarlo por las noches, se metió en la cabina del DJ hecho un ovillo en una esquina. Tan bien escondido estaba que se quedó dormido y se lo encontró por la mañana la señora de la limpieza cuando la sala de fiestas ya había echado el cierre.

Su excusa en España fue que El Salvador estaba a diez horas y costaba aclimatarse. Padeció un jet lag de nueve años de duración, por lo visto. Pero en la selección de su país ya se la sabían y por eso le pusieron de compañero a Ramón Fago, con la intención de que le despertara cada mañana a cualquier precio. A veces le echaba agua helada, otras se lo llevaba a rastras directamente: «Se enfadaba mucho, pero yo era tan fuerte que no podía pelear conmigo», explica el salvadoreño.

En la famosa gira norteamericana promocional que realizó con el Barça de Menotti y Maradona, se quedó dormido y perdió el avión que tenía que llevarle con los azulgrana. David Vidal tuvo que recogerle al segundo intento. Nada más verle, Mágico le dijo al de Portosín: «Como hemos quedado tan pronto, he creído mejor no acostarme».

En Estados Unidos siguió en su línea, llenando los estadios y liándola fuera de ellos. Maradona y él congeniaron, qué casualidad, bastante bien. Pero a Mágico le sentenció ante el organigrama catalán un incidente en un hotel. Sonó la alarma antiincendios y el único que no salió del edificio fue Mágico. Estaba en la habitación con una camarera. No obstante, el futbolista asegura que si no llegó a fichar finalmente por el Barça fue porque se marchó Menotti.

En un partido de la AFE, un amistoso entre la selección española y un combinado mundial en cuyo once estaba Mágico, Alfredo Di Stefano entrenaba al plantel de estrellas internacionales. Por supuesto, el Mago no bajó de su habitación a la hora fijada y el astro hispanoargentino le dijo a Chico Linares, su compañero: «Ya puede usted ir a buscar a Mágico. Suba y dígale que no me toque las pelotas, que para un puto partido que lo tengo en mi equipo no me vaya a joder».

La fama le precedía. Se lo dijo a Ángel Casas en su famosa entrevista: «Divertirse es muy importante para desenvolverse, para mantener tus responsabilidades en condiciones», dicho esto con rictus serio y mirada penetrante. La traducción era que en Cádiz los bares cerrados se abrían cuando llegaba él y los que estaban abiertos nunca cerraban hasta que él se fuera.

En el 85, el míster Benito Joanet le dijo a Irigoyen que o Mágico o él. Tuvieron que mandarlo como castigo a Valladolid, a Siberia. Admitió que se merecía el trato puesto que había hecho durante el inicio de esa temporada «todo lo que no es debido».

Como dijo Hugo Vaca, el problema extradeportivo que tenían aquellas plantillas gaditanas era que lo hacían todo a la luz del día. Así, cuando alguien veía a un futbolista en una discoteca, al día siguiente toda la bahía hablaba de que estaba borracho y engrifado.

Pero Mágico iba más allá. Tras un mal partido en el que la afición volvió a entonar lo del «cubatas, cubatas», al término del encuentro se dirigió a la cantina del estadio y delante de los periodistas y todos los presentes se pidió un cubata.

Fumaba y bebía, pero yo no me metía en su vida, Era un infeliz, un incauto, pero también buena persona, nunca alzaba la voz. Lo que pasa es que de treinta días que tenía al mes se entrenaba quince. De repente, se pasaba ocho días sin ir por los entrenamientos. Cuando llegaba, le preguntaba dónde se había metido. Me decía que había tenido muchas cosas que hacer y que no podía entrenarse. (David Vidal)

Todos coinciden, no obstante, en que no era un gran bebedor. Le daba unos sorbos al combinado en cuestión y lo dejaba siempre casi entero. Lo suyo era picotear de flor en flor. Confesó Chico Linares: «Es que no paraba en ningún lado, no estaba tranquilo ni en las discotecas, iba de una a otra para ver cómo estaba el ambiente en todas». Sobre este fenómeno dejó otra buena máxima: «La noche me alucina. Además, se la recomiendo a todo el mundo, aunque también hay que hacer cosas durante el día».

Solo hay una voz discordante en toda la leyenda, la de Pepe de Casa Manteca, un local en cuya trastienda, sentado en una caja de cervezas puesta del revés, Camarón de la Isla hacía lo suyo con las platitas.

En el libro, Pepe da el retrato menos romántico de Mágico. No le duelen prendas al revelar: «Jorge se reía mucho. Le gustaba un vaso, pero se moría por un coño (…) le gustaban las risas y se gastaba todo lo que tenía de un tirón (…) Bebía un montón, lo que pasa es que no se le notaba mucho porque apenas hablaba, se quedaba mirando con cara de angelito, le gustaba reírse (…) Tenía muchas novias y algunas novias todos los días». Aún le recuerdan en todas partes rodeado, normalmente, de un séquito de mujeres.

En la propia Venta de Vargas, el recuerdo es más simpático. Rememora Manuel Gallego: «Yo lo he visto en plena juerga flamenca con los labios pintados y con todos los papeles perdidos, bailando subido a los tacones de una mujer». Fue amigo de Camarón. No era raro, ambos se parecían mucho. Genios en sus respectivas profesiones que nunca afrontaron como tales, impredecibles y muy tímidos.

Un aficionado, Bosco, explica que un día paró su coche enfrente de él y un amigo, que se estaban fumando un porro, y les dijo: «Nos lo fumamos dentro». Ahí se desencadenó una noche loca que acabó al día siguiente en el partido, con Mágico en el césped y él en la grada. Pues fue uno de sus encuentros más memorables, pero Bosco pensaba: «Si yo tengo resaca, cómo estará este hombre».

Peor fue en Vallecas. Uno de las Brigadas Amarillas, durante el calentamiento previo al partido, le pidió que si le podía pasar un porro a su primo. Mágico lo cogió delante de un policía, que por lo visto se hizo el sueco, cruzó el campo y se lo dio a su destinatario. No había tantas cámaras, que hubieran sido, la verdad, por una vez muy necesarias fuera del terreno de juego. Cuenta la leyenda que en la discoteca Las Pérgolas le dio mil toques a un limón. Así, hay miles:

Un día en una tasca en Pamplona, el camarero le pidió que ensayara sus toquecitos al aire, los malabarismos, y Jorge se puso a levantar la naranja, se emocionó y pegó tal empalme que la estampó contra un espejo. Le dejó la naranja estrujada delante del mostrador.

Pero todas estas historias pudo taparlas a base de fútbol. De destellos de calidad, pero también de goles y asistencias. El charro que le metió al FC Barcelona arrancando desde el centro del campo es el de Maradona en México, pero dos años antes.

Metió catorce goles esa temporada, algunos como ese, pero bajaron a segunda. Y también hizo el tanto que durante muchos años fue el más bonito de la liga española, cuando no eran normales ciertas cosas. Fue el que le hizo de vaselina al Racing de Santander. El portero, Pedro Alba, se fue andando hasta el centro del campo aplaudiéndole para felicitarle.

Su compañero Onésimo Sánchez González señala que «si le hubieran cogido de pequeño, como a Messi, sería uno de los tres grandes de la historia sin ninguna duda». En los entrenamientos, le anunciaba: «Voy a meter diez goles de córner». Y los metía.

Con su regate, «la culebra macheteada», ponía en vilo al Carranza. La recibía, se hacía el silencio, y todo el estadio esperaba a que la hiciese. Se escuchaba un murmullo «ahora, ahora»… Si lo hacía era más que gol. Parte del público iba solo a ver a Mágico. Si lo cambiaban, abandonaba el estadio. A David Vidal le estuvo dieciocho días sin ir a entrenar, no lo llevó convocado y le sacaron pañuelos por no contar con Mágico.

El técnico gallego elogia la velocidad del salvadoreño, «Se ponía de cero a cien, pero luego frenaba de cien a cero». Aunque le acusaron de hacer carrera gracias a Mágico. Persiguiéndole, intentando meterle en vereda, se logró una fama de tipo duro a su costa. «Lo utilizó para trepar», opina Alcina, «gracias a la polémica le colgaron la careta de “Hombre de hierro”». Pero nunca logró intimidar a Mágico, según palabras del propio Vidal:

Un día me faltó al respeto, «Tú no tienes ni idea de futbol», me dijo. Él nunca decía tacos. Sacó el paquete de Winston y le dio siete, ocho, quince toques al aire, madre mía, hijo puta.

Con Fernando Redondo en Valladolid fue tres cuartos de lo mismo. Cuando no salía literalmente morado de un entrenamiento por las bajas temperaturas, iba a entrenar con pasamontañas, se negaba a rematar de cabeza porque, se excusaba, «hace daño». Claro que luego se ganaba el respeto subiendo los peldaños de la grada dándole toques al balón sin que se le cayera ni una sola vez. Los compañeros flipaban.

Con quien mejor rindió fue con el uruguayo Víctor Espárrago, que también tenía orígenes humildes y supo entender al jugador:

Tenía la cabecita loca, pero me impactó como futbolista. No supo compaginar la vida deportiva y social, pero aquí se le adora. Era rápido, preciso, tenía salida y freno. Pero el fútbol es mucho más que un deporte, llegas a un estatus de vida muy peligroso si no estás preparado, hay que recuperar los valores (…) Conmigo triunfó, pero también fue suplente. Jamás me dio problemas, era sensible y genial, coqueteó con ciertas cosas pero era muy grande. No le interesaba el dinero. Quería jugar.

El problema de esa temporada, la mejor en la historia del Cádiz, es que, al estar en la zona media de la tabla todo el año, no fue ni dios al campo. Encima Espárrago, si lo veía mal al Mago, prefería no convocarlo porque entonces la gente iba al estadio a pedir que saliera del banquillo.

Su compañero Pepe Mejías, que se consideraba interlocutor entre el equipo y Mágico, amén de que fue el encargado de ir a casa a despertarlo cada mañana, ardua tarea, fue quien mejor conocía e interpretaba su juego:

Mágico y yo llevábamos el peso de los partidos, pero en realidad, cuando él cogía el balón y actuaba de esa forma tan impredecible y genial, todos dependíamos de él; digamos que nosotros, los otros diez, peleábamos como jabatos para mantener la portería a raya a la espera de que Jorge hiciera alguna diablura, un golazo de los suyos o se inventase la jugada individual más hermosa. Una falta, un saque de esquina, qué sé yo. Era así. Jorge fue un jugador emblemático, fuera de lo común, y no le podías pedir que tuviera disciplina de equipo.

También otras palabras atribuidas a Hugo Vaca dan cuenta de un estilo sobre el césped cuyo legado hoy es más oral que otra cosa, por desgracia:

Yo sabía que darle la pelota al Mago era dejarla a buen recaudo y que era tan inteligente que jamás comprometía a un compañero; cuando el balón salía de las botas del Mago hacia un compañero significaba que este tenía todas las ventajas del mundo. A Jorge la pelota le podía llegar sucia, le podía llegar a trompicones, pero él se encargaba de domarla, y cuando salía de sus botas era un regalo o era gol.

Su puesto en el equipo lo ocupó Dertycia, llegado de la Fiorentina, y cuando Mágico se marchó, sin hacer ruido, en 1991, debutaba Kiko. De modo que tampoco se le pudo echar mucho de menos. Llevaba tiempo de capa caída por un incidente que manchó su reputación ahora ya en serio. Ya dijo Pepe Manteca que Mágico «cambió a peor». Lo que pasó es que fue acusado por una mujer de veintidós años de un intento de violación.

Esta fue la versión de lo ocurrido que dio Jorge González en el juicio, tal y como lo reprodujo el diario ABC:

Tras tomar unas copas en una discoteca de Cádiz, decidimos marchar a mi apartamento en El Puerto de Santa María (les acompañaba su compañero del Cádiz Quevedo y otra chica). Una vez en el apartamento, Quevedo y Cristina se fueron a un dormitorio y nosotros nos quedamos en el salón. Le conté mi vida y nos besamos y acariciamos. Le insinué marchar al otro dormitorio y una vez allí, tras varias caricias, hubo un rechazo por parte de ella. Me dijo que tenía novio, pero intenté no creérmelo y entonces hubo un rechazo mayor y la empujé contra la cama, pero no hubo violencia ni la pegué. Ella se marchó para avisar a su compañero (sic) y cuando salí de la habitación ya se había ido a la calle. La llamé desde el balcón pero no hizo caso.

La denunciante negó que hubieran existido ni caricias ni besos, y dijo que no tenía novio:

Quería marcharme a casa, pero ellos insistieron en que fuéramos a tomar una copa al Puerto, ignorando yo que íbamos a casa de Mágico. Cuando estábamos abajo le dije a Cristina que no quería subir, y ella me pidió por favor que subiera porque no quería estar sola con Quevedo. Yo acepté y le dije que tampoco me dejara sola a mí. Tras servir unas copas, Quevedo y Cristina se fueron a una habitación y Jorge y yo nos quedamos en el salón. Me dijo que me iba a enseñar algo en la cocina y me metió en el dormitorio, allí me pegó, me tocó por todo el cuerpo e intentó quitarme la ropa. Grité y llamé a Cristina, pero no me escuchó. Salí corriendo a la calle y una mujer me acompañó a comisaría a denunciar el hecho después de haber tomado el café en casa de su novio.

 La amiga de Quevedo negó esta versión:

Yo no le dije que subiera para hacerme compañía y menos por soledad. Sabía perfectamente a lo que íbamos al apartamento. No escuché gritos y cuando salí de la habitación Mágico me dijo que se había ido porque se había puesto histérica.

La médico, que atendió a la denunciante en una clínica en la que trabajaba su hermana como auxiliar, añadió:

En el examen que le hice se le apreciaban hematomas en el ojo izquierdo, hombro, muñeca izquierda y mandíbula.

Y el policía de la comisaría del Puerto que se encontraba de guardia en el momento de poner la denuncia explicó:

Llegó muy nerviosa y con la cara roja, pero no aprecié que tuviera hematomas o que hubiera sufrido daños.

En mayo del 91, el Juzgado de lo Penal número 2 de Cádiz sentenció a Jorge González a la pena de seis meses y un día de prisión menor y una multa de cuatro mil pesetas. No ingresó en prisión porque la pena fue menor a un año y carecía de antecedentes. La multa se la tuvieron que ayudar a pagar sus compañeros.

Siguió jugando hasta los cuarenta y cuatro años de edad en su país. Ahora recibe un sueldo vitalicio y le dieron una casa. Ante las críticas de que había gente que necesitaba asistencia del Estado más que él, pidió un referéndum para que decidiera el pueblo salvadoreño. No hubo más historia.

Tras colgar definitivamente las botas, vagó por ahí.

Me pasé un año sin hacer nada. Me la pasé en Tijuana como ido. Me gasté el dinero. Me quedé a mi rollo. Me regresé a El Salvador a estar en la casa sin hacer nada. Ese año para mí fue fatal, fue horrible, pero lo disfruté.

Pasó por Estados Unidos, donde fue segundo entrenador del Houston Dynamo, y alcanzó su sueño de trabajar de taxista. Sostiene Alcina que en Texas. Luego se reenganchó como asistente técnico de su selección, pero nunca paró de dar sus clásicas espantadas. Una, por ejemplo, en el Mundial sub-20 de Turquía, al que no acudió cuando le esperaban en el avión.

Pero la prueba de que sigue siendo un símbolo legendario en El Salvador es que las autoridades le regalaron al papa Francisco en su visita una camiseta de Mágico González.

Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco, no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Solo juego por divertirme.

Ya nadie lo hace.

Jorge «Mágico» González, 2013. Foto: Cordon.


Óscar Ruggeri, a la camiseta servir hasta morir

Rudi Völler y Óscar Ruggieri. Foto: Corbis.
Rudi Völler y Óscar Ruggeri. Foto: Corbis.

La lógica de los niños es aplastante. Verano de 1990. Cromos de Panini. Selección de la República Argentina, vigente campeona del mundo. En la página par de las dos que tenían —no como los equipos del tercer mundo, que venían dos tíos en cada cromo estaba nuestro protagonista, a la izquierda del albiceleste Néstor Ariel Fabbri. Era el de Néstor un cromo muy popular porque el defensa salía con la boca abierta de par en par al igual que el portero belga Preud´Homme parecía que estaban dándole al juego de la rana y alguien les iba a lanzar una moneda en el llamado síndrome del himno, que te inmortalizasen para los cromos mientras lo cantas, un problema que nunca hemos tenido en España porque con muy buen criterio hemos decido que nuestro himnos se cante con el silencio de la vergüenza o el de la discreción, dos sentimientos muy nobles y bellos.

Era donde tenía que estar un jugador del Real Madrid, según la aludida lógica de un niño. En el mismo grupo de Maradona, autor en activo del gol más gol de todos los tiempos y no solo eso, también bestia negra del Milan esa misma temporada en la liga italiana, el club que una año atrás había dado al Madrid la bienvenida al fútbol moderno con un destrozo equiparable a que te saquen un ojo con un tenedor que no pincha bien o cualquier otra bucólica escena de ese cariz. La que ustedes quieran.

Era sencillo. Al Milan, el mal, le había dado para el pelo Maradona, el bien. Y Maradona tenía un amigo, Ruggeri, que jugaba en el Madrid, la luz de Trento. Todo encajaba, excepto una cosa. Durante aquel verano no se paraba de especular con la salida de Ruggeri del Madrid. Era la época de los tres extranjeros, cuando fichar era un verdadero arte, como bien saben los que jugaron al PC Fútbol hasta la versión 4.0.

Al final el argentino se fue del equipo. Una salida que muy bien podría haber pasado desapercibida de no ser porque fue sustituido por una excelente persona, Predrag Spasic, pero de infausto recuerdo por diversos motivos que ya comentamos. Además, en ausencia de Ruggeri las noticias que fueron llegando a España mientras el Madrid de la Quinta tocaba fondo submarino eran que él seguía ganando títulos como un señor. Copas América, Confederaciones… hasta estrellarse con todo su equipo en el Mundial del 94 por el positivo de Maradona. Una cortina de humo fastuosa para no reconocer los méritos de la Bulgaria de Stoichkov y la Rumanía de Hagi, que parece como que eran el Talavera y el Cacereño B metidos en la Champions por un malentendido burocrático.

Mucho hemos fantaseado con Ruggeri desde entonces los madridistas de mal. Ay, Fernando Hierro y él en un mismo equipo, cuando al fútbol se jugaba con pocas cámaras y cierta predisposición entre los españoles para apreciar el balompié cubista por la exitosa emisión de Pressing Catch aquellos años en la cadena amiga. En fin, cuántos sueños rotos.

Por eso muchos nos preguntamos por qué se fue, qué pasó. Y buscar la respuesta, fácilmente localizable, tenía premio. Sí, porque resulta que Óscar Ruggeri se ha convertido en uno de los exfutbolistas con un repertorio de anécdotas y vivencias más descojonantes de todo el orbe. Y no solo eso, sino que las comparte con los medios argentinos parece que noche sí noche también. Youtube está lleno de cortes del «Cabezón« contando barbaridades ante una concurrencia que se parte la caja.

Y sí, se fue porque querían «consolidar la defensa«. Eso contó Radomir Antic en su día. Ruggeri habría tenido que operarse del pubis al volver del Mundial y hubiera estado tres meses de baja. Pero la versión que ha dado el argentino en el siglo XXI es, digamos, más colorida, rica en matices. Ha dicho que José María García tenía enfilado a Valdano y que, por tanto, a los que venían detrás de Jorge Alberto Francisco les metió caña como solo él era capaz. «La ligábamos de rebote», declaró a El Gráfico. Pero también añadió cierta anecdotilla:

Un día nos dio mal un muchacho, lo encaré en el aeropuerto y le pegué con un bolso. Mendoza, el presidente, me la facturó. Después me arrepentí.

Un detallito que no es moco de pavo y que en aquellos tiempos en el que las gentes no depositaban sus cinco sentidos en el móvil y pasaban de vivir a través del aparato, pues no pudo quedar registrada como hubiese pasado ahora.

Pero ahora, en televisión, le ha echado toda la culpa a Toshack. El galés parece que no contaba con él. Tenía celos profesionales porque Ruggeri fue originalmente una petición de Leo Beenhakker. Cuando le dijo que tenía que irse, el argentino contestó que vale, con todo su pesar, pero que quería que le abonasen todo su contrato, porque tonto no era. Como no estaba dispuesto a marcharse por menos, boicoteó al entrenador. Si este daba una charla en el vestuario del tipo vamos a morir todos, él aprovechaba para afeitarse tranquilamente ante el descojono general. En el campo, mientras los demás entrenaban, él salía en albornoz y se ponía a tomar el sol medio desnudo en mitad del césped. Le decían los compañeros «¿tú no tienes casa?» partiéndose el culo. Aunque Ruggeri no presume, se justifica: «Estaba muy enfadado, Toshack me hizo eso de la nada». El argentino cree que se hubiera consolidado en el equipo con un año más.

Siempre se ha dicho que la lógica del Real Madrid es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. La decisión técnica de cepillárselo tampoco era tan demencial en su momento, pero el funcionamiento interno del club sí que apuntaba maneras en 1989. Los futbolistas todavía no se depilaban las cejas pero ese vestuario se podría aparecer en las pesadillas postraumáticas de la guerra de Vietnam que sufría John Rambo entre sudores. Ruggeri, que estuvo en el vestuario de la mismísima Argentina de Carlos Salvador Bilardo y Diego Armando Maradona, alucinó con el del Madrid. Nunca había visto nada igual en toda su vida:

El primer día, abrí la puerta y estaban todos sentados. Martín Vázquez, Butragueño, Míchel, Sanchís, Hierro… entré rápido y me senté en un huequito. Y yo era campeón del Mundo con la selección y con River. No se hablaban entre ellos. Había tres o cuatro grupitos. Te gritaban: «jugá vos, que firmaste no sé cuántos millones». Un día hubo una reunión. Yo pensé que lo había escuchado todo en el fútbol y no. Todas las barbaridades habidas y por haber las escuché ahí. La pelea más grande era entre Míchel y Hugo Sánchez, por el ego.

Es importante subrayar un detalle. Lo mismo que pasaba con Maradona en los equipos donde jugó, Ruggeri acabó bien con todos sus compañeros. Se lleva, incluso actualmente, bien con todos sus excompañeros blancos, que nunca ha sido muy fácil, y los visita cuando viene a Madrid. Pero eso es lo de menos, lo jugoso son los criterios profesionales con los que fue dirigida esa plantilla, de los que da buena cuenta otra anécdota sobre Toshack:

Íbamos a Bilbao, donde te tiraban centros por todos los lados, allí solo sabían cabecear y cabecear. Le dije que en esa situación deberíamos tirar el fuera de juego. Yo lo sabía todo sobre eso de todos los entrenadores que ya había tenido. Hablé con él: «Aquí hacemos el fuera de juego y les dejamos en todas». Y me contestó: «Practíquelo usted». ¡No quería entrenarlo! Así que lo practicamos nosotros y lo hicimos.

Ese era el ambientazo. Por eso no es de extrañar que cuando ganaran la Liga, la de los récords, solo Ruggeri quisiera dar la vuelta al campo: «Los del Madrid se metieron todos adentro y me dejaron solo, era porque ya habían sido cinco veces campeones». Este es el fútbol frío y sin alma que se encontró Ruggeri en el Real Madrid por muchos récords que batiera ese equipo en su quinta liga ochentera consecutiva.

Tal vez sea exagerado tachar situaciones como la comentada como propias de un fútbol sin sangre, pero cuando uno escucha al argentino relatar qué le pasó cuando ganó la Liga con River después de haber jugado en Boca, alta traición, pues uno se lo piensa. Dice así:

Salimos campeones con River, y cuando volvía a casa vi a los bomberos, había también ambulancias, en la zona mía. Hasta que pude ver que mi casa estaba ardiendo. Habían prendido todo el portón del garaje, mis padres no podían salir. Tuvieron que venir los vecinos a apagarlo. Cuando todo se solucionó me fui a casa del Abuelo —líder de los aficionados de Boca—, era una carnicería, vivía con sus padres, y le pregunté «¿me quemaste la casa?». Dijo: «Mi gente no fue, fueron de Boca, pero no los míos, pero te lo voy a averiguar». Tiempo después me dijo que los que lo habían hecho volvían en un tren de no sé donde, en el techo, y se mataron en un puente.

Precioso todo.

Básicamente porque esta es la anécdota light con los aficionados ultras de la época. En la que realmente temió por su vida fue en un encontronazo con el citado Abuelo en 1981, cuando jugaba junto a Maradona en Boca. Volvemos a su entrevista en El Gráfico:

Cayó el Abuelo a La Candela con una banda, con pistolas. A Perotti, que estaba hablando por teléfono, le hicieron «pin» y le cortaron. Nos metieron en un rincón: «Hoy les venimos a hablar; mañana, a las seis de la tarde, no hablamos más». Las seis era cuando terminaba el partido. Fue apretada grossa. Nunca había visto a los tipos así, transpirados, con revólver, yo estaba atrás de todo, escuchando. Quiso hablar Maradona y le dijeron: «Callate, con vos no es». Por eso, hoy me da risa cuando hablan de que la barra apretó a los jugadores. Apretadas eran las de antes.

Y tampoco estaban mal los cargos federativos. En el programa El show del fútbol confesó que el presidente de la AFA, Julio Grondona, le había dicho a Diego Maradona que le iba a «pegar un tiro en las piernas» a Ruggeri en la época en la que el 10 fue seleccionador.

Jürgen Klinsmann y öscar Ruggeri. Foto: Cordon Press.
Jürgen Klinsmann y öscar Ruggeri. Foto: Cordon Press.

Pese a todo, con lo que un servidor más disfruta es escuchándole hablar de las instrucciones en el campo que recibía de Bilardo. Era su stopper. Posiblemente la posición más hermosa del balompié, ya en desuso, como es lógico en un deporte en decadencia y prácticamente sin interés a día de hoy. Ruggeri salía al campo a que no jugase alguien. Bilardo, de esta manera, restaba a uno de los suyos, pero también al mejor de los rivales. Aritmética sin contemplaciones.

En una entrevista en Fox Sports él mismo lo explicaba sobre el césped a un periodista:

Ser stopper es estar siguiendo todo el día a un jugador, hasta cuando se iban a la banda a beber agua les seguía. Klinsmann me llevaba de lado a lado sin parar. Yo no jugaba, pero me encantaba. Bilardo me dijo que el stopper hacía todo esto y me preguntó «¿vas a jugar de stopper?» y le dije «sí, me encanta». Esto era en la selección, mientras tanto en River jugaba en zona, pero es que en River estaba Menotti. Bilardo me motivaba pues ofreciéndome mil quinientos dólares si, por ejemplo, Lineker no metía gol. Nos lo metió. Para ser stopper había que estar fuerte, físicamente bien, y saber cabecear. Nada más porque solo había que seguir al tipo, ni siquiera tenías que sacarla bien. Bilardo decía, si el 9 hace todos los goles, ese no juega, vos tampoco jugás. De todos los que defendí así, Klinsman fue el más difícil, nunca me hizo gol ¡pero lo que me hizo correr ese pibe! Físicamente era un animal, metía, le podías hablar, hacerle de todo, que no se arrugaba.

No fue el único jugador tan duro como él que se encontró en su carrera. Con el mismísimo don, todos en píe, Aldo Serena, tuvo un problemón porque le pisaba pero no le hacían daño. Aquello fue una duda metafísica para Óscar Ruggeri:

Me frotaba los tacos contra la pared antes de salir al campo para que… (risas) y lo pisaba en el córner, pero él me hablaba y no entendía, le pregunté a Pedro Troglio qué decía, que le tenía al lado y sabía italiano, y me contestó: «Que es de hierro, que lo sigas pisando que le da igual».

Vialli, sin embargo, era más diplomático, le pedía por favor «oiga, juguemos al fútbol», pero así, reitero, hacía los emparejamientos defensivos este entrenador, asegurándose: «No juega Ruggeri, pero no juega Vialli». E iba descartando. Todo lo demás lo dejaba a la superstición, como explicó el protagonista en ESPN, tenía todo el banquillo y el vestuario llenos de sal. Pero peor era Pasarella como jugador, que untaba mierda de perro en los picaportes de las puertas de las habitaciones de los hoteles. Buen ambiente.

La situación sobre el campo, seguir a un jugador hasta el final, en realidad era mejor que los entrenamientos. Bilardo le hacía un ejercicio de coger la bola, correr y echar el pelotazo a los delanteros. Simple, pero cuando lo haces hasta cien veces cada tarde, era como una tortura. «Volvías a tu casa mareado», explica. Y luego lo mejor es que Carlos Salvador le podía llamar para ir a su casa a ver vídeos: «Íbamos a entrenar a las seis y a las diez de la noche te podía poner un vídeo de un partido de África; vídeos de dos horas, metía la cinta, se callaba y tú tenías que decirle los errores que veías. Si no decías nada, te ponía el partido entero otra vez. Tenías que tener una concentración…». Pero así salieron campeones. En México, Bilardo le ordenó parar a Hoeness a cualquier precio y así lo hizo: «Al final pude con él, pero acabé sin una manga de la camiseta y con la sensación de haber ido a la guerra».

En el siguiente mundial, el de Italia 90, tras la derrota contra Camerún en el primer encuentro, una auténtica catástrofe, Bilardo se hundió. Así lo cuenta el defensa:

Hizo una reunión en la concentración, con los ojos llenos de lágrimas. Ahí dijo que prefería que se cayera el avión a la vuelta. A los pocos días, empezaron los chistes entre nosotros. Decíamos: «Imaginate que nos volvemos a Buenos Aires, nos empieza a hablar el comandante y, de repente se da vuelta… y es Pipeta el que está manejando».

De los compañeros y rivales también cuenta maravillas. Detalles como recibir un golpe en la cabeza con una moneda cogida entre los dedos. A su compañero Colorado Suárez, que dejó un jugador sangrando, le preguntaron qué le hizo y contestó: «Le clavé una aguja y que creo que le atravesé el pulmón». A Canigga, en los entrenamientos, cuando era solo un chaval, lo crujían: «Después de entrenar con él lo veías lleno de arañazos, con la ropa rota, pero no lo podíamos parar y mientras tanto él no sabía ni contra quién se jugaba el fin de semana siguiente».

Lo que sí que es cierto es que el problema con todas estas historias es que a medida que aumenta el metraje de los vídeos revisados empezamos a verlo, más que recordando, manteniendo polémicas estériles de corte televisivo muy parecidas a los de las programas españoles que todos sabemos. Por ejemplo, con el siempre delicado y cuidadoso guardameta paraguayo José Luis Chilavert tuvo sus más y sus menos, a raíz de que intentara lesionarle de una patada porque el portero le había escupido, y Chilavert le espetó que se había terminado convirtiendo en «un payaso mediático».

Dios nos libre de sobrepasar esa línea explorando al personaje. Nosotros nos quedamos con un defensa que supo ser contundente gracias a, él mismo declaró, las palizas que le daba su madre. Que el hincha que llevaba dentro se murió el mismo día en que se hizo profesional, ya que desde entonces solo fue hincha de la camiseta que llevase puesta en ese momento. Y que, muy importante, posee un récord que no tienen ni Maradona, ni Platini, ni Pelé, ni Cristiano Ronaldo ni Messi. En sus diecisiete años como profesional, tuvo un 100% de eficacia en lanzamientos de penalti. Uno tiró, uno metió. Fue con Lanús en los minutos finales de su último partido como profesional. Ahí queda eso.

La selección Argentina celebra el título del Mundial Italia 90. Foto :Cordon Press.
Foto :Cordon Press.


Fútbol, paranoia y dolor: Argentina 1978

Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.
Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.

Cada Mundial, cada gesta deportiva de universal trascendencia, deja en el imaginario colectivo una imagen, un fotograma que pervive, generación tras generación, y acaba por sustituir a nuestros propios recuerdos.

En el caso del Mundial de 1978, el de Argentina, la imagen que pervive en la historia del fútbol es la de Mario Alberto Kempes, «el matador», corriendo exultante con los brazos abiertos mientras, desde el suelo, lo contemplan, humillados y derrotados, los jugadores holandeses de «la naranja mecánica», huérfanos de Cruyff, bajo una lluvia albiceleste de confeti.

Con el paso del tiempo esa imagen se ha ido emborronando y oscureciendo, la vergüenza nacional y la llegada del dios del fútbol, Maradona, acabó por eclipsar la primera victoria mundial del combinado argentino que hoy, tras tantos años, suscita más sombras que nunca.

El 25 de junio de 1978 se celebró en el estadio Monumental de Buenos Aires, la cancha recién remodelada de River Plate, la esperada final del Mundial de Argentina 1978, entre las selecciones de Argentina y Holanda.

Los holandeses se enfrentaban al recuerdo de la derrota contra Alemania en la final de 1974 y los argentinos buscaban, tras tantas décadas, resarcirse del fracaso de 1930. En el minuto 37 el héroe, Kempes, remató casi desde el suelo un balón que superaría al veterano arquero holandés, Jan Jongbloed. El 1-0.

Durante el segundo tiempo los tulipanes empatarían a solo unos minutos del final, de la mano de Dick Naninga, que remataría un centro preciso desde la derecha de Van der Kerkhof. Las gradas enmudecieron.

Apenas a un minuto del final del tiempo reglamentario un disparo a la madera del holandés Rensenbrink hizo recordar a muchos el drama del Maracanazo, dejando a la selección holandesa a solo unos centímetros de la gloria.

La prórroga arrojó una titánica lucha física que acabó con un nuevo gol de Kempes y otro, ya con una Holanda derrotada, de Daniel Bertoni, sellando el definitivo 3-1 del final.

Daniel Alberto Passarella, capitán de la albiceleste, recogía la Copa del Mundo de la mano del presidente de la Junta Militar, el general Jorge Rafael Videla, mientras los gritos de la enfervorizada multitud tapaban los gritos de los torturados en la tristemente famosa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a solo diez cuadras del estadio, menos de un kilómetro. «Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados», diría Estela de Carlotto, de las Abuelas de la Plaza de Mayo, en el documental La historia paralela.

Dos años antes una junta militar presidida por Videla, junto con el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti, había alcanzado el poder derrocando a la presidenta María Estela Martínez de Perón, iniciando un llamado «Proceso de Reorganización Nacional».

La misión de la junta era la de acabar «con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo», como recuerda Carlos Toro en La aventura de la historia. Esta misión se materializó en la organización de un terrorismo de Estado que se entregó a la eliminación sistemática de todo disidente, o cualquiera que pareciese que pudiese serlo en un futuro.

Miles de ciudadanos, incluyendo niños, fueron víctimas de asesinatos, torturas y secuestros, muchos de los cuales aún no han podido resolverse, ante la impávida mirada del resto del mundo y la complicidad de muchos países.

Una de las primeras medidas del régimen fue ratificar la organización del Mundial del 78, con el apoyo de la FIFA. «Argentina está ahora más apta que nunca para ser la sede del torneo», afirmó el presidente del organismo, Joao Havelange. Videla designaría al vicealmirante Carlos Lacoste, mano derecha del jefe de la Armada, Emilio Massera, como responsable del deporte argentino y como encargado de mostrar al exterior un país moderno, alejado de la represión y la violencia que denunciaban algunos medios internacionales.

Solo Amnistía Internacional llamó a boicotear el evento, que obtuvo la respuesta del Parlamento de Holanda, que conminó a sus jugadores a no participar en actos oficiales. Las figuras futbolísticas más destacadas ausentes del mundial fueron el holandés Johan Cruyff y el alemán Paul Breitner, pero también sorprendió una en la propia albiceleste. Jorge Carrascosa, capitán histórico de la selección de Menotti, abandonó el equipo por «cuestiones de conciencia».

Varios jugadores de la selección sueca apoyaron abiertamente a las víctimas y acompañaron en una marcha a las Madres de la Plaza de Mayo, como se reflejó en el diario francés Le Monde, pero el balón siguió rodando sin importarle a casi nadie las más de treinta mil víctimas de la dictadura.

Dentro de la misma selección nacional argentina también se desvió la mirada hacia otro lado. Osvaldo Ardiles comentaría treinta años después: «Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades». Menotti declararía en varias entrevistas: «Fui usado. Lo del poder que se aprovecha del deporte es tan viejo como la humanidad».

Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.
Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.

El caso del seleccionador argentino fue sin duda el más paradigmático del cinismo que mostraron muchos argentinos. Hombre de izquierdas reconocido, no quiso renunciar a la oportunidad de ganar un título que la calidad del combinado y los tejemanejes del régimen hacían probable.

Mientras apretaba la mano ejecutora de miles de compatriotas, la de Videla, Menotti arengaba a sus jugadores de la siguiente manera: «Cuando salgan al pasto, no miren al palco. Miren a la grada: ahí está el pueblo».

Menotti se convirtió, sin duda sin quererlo, en un aliado de la dictadura, que prohibió criticarle desde meses antes del comienzo del campeonato. El torneo estaba en la agenda del nuevo régimen desde su instauración: todo debía salir perfecto.

Para ello, además de contar con un equipo excelente, Videla se preocupó de que el evento lavara la imagen exterior de Argentina y, de puertas adentro, uniera y exacerbara el nacionalismo de la sociedad argentina. Para ello contrató a una empresa de comunicación y no dejó ningún detalle al azar, con un presupuesto de más de setecientos millones de dólares.

Momento especialmente sospechoso fue el tránsito de la albiceleste hacia la final del mundial. Tras pasar la primera fase, los argentinos vencieron a Polonia (2-0) y empataron con Brasil, en un partido de dureza extrema de los anfitriones que fue consentida por los árbitros.

Los encuentros Polonia-Brasil y Argentina-Perú, del grupo B, decidirían quién se enfrentaría en la final frente al primero del grupo A.

La diferencia de goles podría ser decisiva, así que la FIFA se puso del lado de los argentinos adelantando, por primera vez en el campeonato, el partido de los brasileños.

Brasil vencería a Polonia con un 3 a 1 y Argentina le endosaría nada más y nada menos que seis goles a un portero peruano, Quiroga, que, para más sospechas, era natural de Rosario (Argentina). Quiroga siempre defendería su inocencia, pero veinte años después señalaría a muchos de sus compañeros, acusándolos directamente de recibir sobornos. Por el vestuario argentino pasaría el mismísimo Videla, acompañado por Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano y cómplice de la represión en muchos países latinoamericanos, para arengar al combinado argentino.

Más de treinta años después surgen nuevos datos que llevan a sospechar del resultado de este mundial, el único realizado bajo una dictadura junto al de Mussolini en 1934.

La vergüenza de todos, libro del periodista y abogado argentino Pablo Llonto o el documental antes mencionado, La historia paralela, apunta nuevos datos escalofriantes, como la presencia de detenidos llevados a la fuerza a festejar el triunfo albiceleste, periodistas obligados a hacer preguntas favorables a la situación del país en las ruedas de prensa o la del torturador Jorge «Tigre» Acosta, gritándole «¡Ganamos!» a los prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada, desde dónde muchos partirían hacia los «vuelos de la muerte».

«Nos usaron para tapar las treinta mil desapariciones. Me siento engañado y asumo mi responsabilidad individual: yo era un boludo que no veía más allá de la pelota», declaró no hace mucho el jugador Ricardo Villa, resumiendo el sentir de muchos argentinos respecto al Mundial de 1978, una victoria que dejaría un sabor amargo en toda una generación de argentinos, la trágica paranoia de una nación que se asesinaba a sí misma mientras gritaba de júbilo.

Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial del 78,
me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor.

Crímenes perfectos», de Andrés Calamaro)


Pep Guardiola: En el interior del juego

Hay dos escenas aparentemente antiguas, pero muy vigentes, que definen a Pep Guardiola como un predestinado. La primera data del 16 de abril de 1986, fecha en la que el Barça le remontaba al Gotebörg un 3-0 para meterse —por penaltis— en la desastrosa final de Sevilla. Barbilampiño y con la misma cara que uno se imagina a David Copperfield, Guardiola, el recogepelotas, arengaba a Julio Alberto y celebraba los goles del Pichi Alonso, enfundado en un chándal Meyba. Ese adolescente parecía reunir todo el optimismo de un club acostumbrado a vivir en el trauma perpetuo.

En la otra secuencia el tiempo ha pasado como un rayo: Guardiola ya se ha convertido en el volante del Barcelona de Cruyff y maneja el equipo con su regla precisa y su aire desgarbado, como desgarbado era ese número 3 que vestía en sus inicios, ese dorsal improbable que lo convertía definitivamente en el futbolista contracultural. Y en ese contexto hay un vídeo donde se ve a Guardiola hablando con Cruyff y Rexach (mejor dicho: hablando a Cruyff y a Rexach) en un entrenamiento en el Mini Estadi. Les da instrucciones, ofrece argumentos, señala con las manos, se ayuda de gestos para armar dibujos tácticos en el aire. Y lo escuchan. Vaya que si lo escuchan. Charlie Rexach lo mira concentrado; Cruyff, el hombre con más ego del mundo, va abandonando su gesto profano para concentrarse en las explicaciones del centrocampista. Y el entrenamiento va pasando, mientras los dueños del estilo del Barça siguen quitándose la palabra de la boca.

Se podría decir que ya estaba en marcha la parábola del recogepelotas, pero el viaje acababa de comenzar. En 2001 se despide del Camp Nou con el Barça en plena crisis institucional, suena irónicamente el With or without you y el campo está semivacío. Guardiola se va maltrecho o doliente, como un exilio de Blas de Otero. Ya lleva años vistiendo el número 4, mucho más jerárquico, y saluda derrengado a los espectadores del Camp Nou mientras sus compañeros lo elevan como si fuera un cristo pintado por Botticelli que aguanta el chaparrón, saludando con desgana o con timidez, diciendo un hasta pronto fatigado entre dientes.

Evidentemente en esa despedida había dolor, el dolor del centrocampista divorciado con la institución, agitado por el mal momento deportivo del equipo. Pero no solo eso. También hay avidez; avidez y entusiasmo. Es aquí donde Guardiola declara con más energía su amor por el juego del fútbol, que supera incluso su amor por el Barcelona. No es de extrañar que uno de los conceptos que más reivindique Guardiola es el carácter de juego del fútbol, con todo el placer que lleva detrás este axioma, con la complejidad y el compromiso que acarrea la necesidad de comprender el juego y el envés del juego.

El viaje a la pizarra

Guardiola deja el Barça. Deja el estilo del Barça (del cual es un ferviente acólito) para ampliar su campo visual, para no convertirse en un dogmático. Se va a Italia y firma por el Brecsia. Aprehende el juego desde una cosmovisión diferente: la de un equipo menor en un campeonato donde el juego se traza de otra manera, donde lo físico se impone y donde la construcción defensiva y el rigor táctico deviene en otra forma de belleza futbolística.

La pasión de Guardiola por el juego es innegable. Es el epicentro de su creatividad. En Qatar se lo imagina uno analizando cómo afecta la luz del desierto al desenvolvimiento en el campo. En México cumple su promesa de no retirarse como jugador antes de ser dirigido por Juanma Lillo, al que admira profundamente, y firma por los Dorados de Culiacán. Conversan hasta que se les seca la boca muchas veces. Tienen una pasión común: analizar el fútbol como si fuera un mecano, desmenuzar su estructura como hacen los científicos curiosos con los aparatos eléctricos que no acaban de entender y necesitan desmontar todas sus piezas para saber su función determinada en todo el proceso. Sobre todos hay un concepto que les intriga especialmente, el más difícil de entender: el espacio. Guardiola analiza mentalmente todos los sistemas que ha conocido buscando aquél que puede generar más pasarelas para sus atacantes, pasarelas más definitivas para su equipo, que a la postre le puedan ayudar a generar situaciones de ventaja a sus jugadores.

Juanma Lillo parece evocar en todas las retrasmisiones de Gol TV esas conversaciones. No hay más que escuchar cuántas veces se refiere al espacio cuando comenta las jugadas del Barça, sea por dentro o sea por fuera. Escuchando a Lillo parece que ver un partido de fútbol del Barcelona es lo más parecido a resolver una ecuación de Leibniz.

En su etapa en México quiere conocer a La Volpe, que está entrenando a la selección de nacional, pero no se da la ocasión. De La Volpe admira su manera de uniformar los movimientos de su defensa, de coordinar los movimientos de cada uno de sus jugadores más retrasados para comenzar la construcción del juego tirando de artesanía y aprovechando la armonía de un equipo que avanza al unísono.

El acento del juego

Como en todo relato de un predestinado siempre tiene que haber un viaje iniciático. En este caso es el famoso viaje a Argentina que David Trueba y el entrenador hicieron para conocer a Menotti y a Bielsa. No es accesorio que Guardiola viajara con un creador, porque en ese momento se podría pensar que Pep necesitaba intelectualizar el fútbol, generarle una retórica, un relato, a toda esa amalgama de conceptos técnicos y de experiencias personales. Podría haber un aire mitómano o tal vez el incipiente entrenador necesitaba la fuerza del acento que mejor explica este juego para definir su última posición antes de entrar en el banquillo. Se cuenta que Menotti le animó. Bielsa, por su parte, le habló de la sangre, del negocio sucio de todo el tinglado, asunto que Guardiola ya había vivido en sus carnes después de que se conociera su positivo por dopaje en Italia. Hablaron de periodismo, como recuerda David Trueba, de cine, de literatura, de la moral dentro del deporte, es decir, de la ética de las cosas sencillas, que son, sin duda, las grandes filosofías de la vida.

Pareciera que Guardiola entendió que todo lo que existe se acaba reduciendo a la materia de una historia. Todo lo conocido no es otra cosa que un relato más: toda la esencia acaba siendo material con capacidad para ser narrado. El fútbol apasiona tanto por su narratividad, por su capacidad para golpear el inconsciente emocional, por su espíritu esencialmente subjetivo. Cada partido de fútbol puede ser la historia que mejor se ha contado jamás. El fútbol es un discurso que se describe con argentinismos.

Fue un largo viaje el de Guardiola al banquillo del Barcelona. Desde los fosos del Camp Nou con el chándal Meyba, hasta el perímetro de la medular. Desde su infructuosa renovación final hasta ser spot favorito de Bassat. Desde los maestros de la Masía hasta los chupachups de Cruyff. Había recorrido Pep toda la circunferencia emocional del Barcelona. Evidentemente conocía su destino, pero también conocía el juego. Sobre todo conocía el juego. Y sabía que la única vez que el Barça había sido feliz en su historia había sido con sus extremos muy abiertos, cambiándose de banda de tanto en tanto, con la defensa adelantada —fuera de tres o de cuatro—, defendiendo con una presión eléctrica y empaquetando el juego del equipo en la precisión de las diagonales, en la posesión y en la necesidad de la sincronía para el fuera de juego rival. Sabía que el Barça del falso nueve volvía loco a todo el mundo, porque el Barça del falso nueve tenía seis centrocampistas tocando el balón como si fuera la pelota de un pinball. El Barça del falso nueve jugaba con doce jugadores.

Ciertamente conocía que ese juego era irrevocable en Can Barça y sabía que Rikjaard había dado con la tecla, pero que el método se podía evolucionar. Conocía la filosofía del Club —su internacionalidad y su localidad—, conocía la importancia de tener una marca, sí, como la propia ciudad de Barcelona, que tiene una marca basada, qué sé yo, en los disgustos de los genios, en las curvas de los edificios, en los turistas con la sudadera abrochada a la cintura, en Juan Marsé o en Vázquez Montalbán, en el mar Mediterráneo.

En Tercera División se había convertido en un modelo de Custo pateando la banda, con verborrea gestual, incandescente siempre. Y daba la sensación de que se lo había pasado en grande. Pedro jugaba con él. Busquets jugaba con él. Ambos jugadores marcaban su estilo. Uno el referente de la divisoria, el punto de fuga perpetuo donde todo puede comenzar de nuevo; el otro, todo lo contrario, la insistencia, el brío, la oportunidad y, sobre todo, la pieza pegada a la cal.

Velocidad

En su presentación con el Barcelona conminó a los espectadores del Camp Nou a que se abrocharan los cinturones. Él ya presentía la velocidad que estaba por venir. Seguramente nunca pensó que el legado sería tan profundo. Tenía la obsesión de evolucionar el sistema de juego del equipo. Necesitaba piezas a las que poder timbrar y Ronaldinho y Deco eran jugadores sin hambre, sin capacidad de ser reseteados. Pensaba que Eto’o también. Y ahí se equivocaba, porque Samuel es indomable y corrió como un negro más que nunca.

Muchos analistas coinciden en que el partido del Barcelona en Gijón (después de perder en Soria y empatar en casa con el Racing en su primer inicio liguero), Guardiola se reivindicó: siguió apostando por Busquets, un recién llegado, espigado, hijo de un portero discutido. Fue más metijón que nunca con su equipo y sus planteamientos. El runrún —claro— sonaba ya como una cascada, pero el técnico sabía lo que se hacía. Tenía un plan. Y tenía una certeza: no iba renunciar a su plan a las primeras de cambio.

Su idea era volver al Barça de Cruyff, sí, pero para trascenderlo e ir más atrás: a la Holanda de Michels y seguir viajando en el tiempo para llegar a un tipo de fútbol antiguo, donde el juego volviera a recuperar la ingenuidad con la que se jugaba antaño. Y fue así como fue generando su constelación propia. Una constelación que tuviera la capacidad de moverse con ambivalencia: mitad danza, mitad marabunta. Un ballet hermosísimo que se convierte en carcoma para el rival.

La posesión entretejía el movimiento, la sincronía del movimiento, que debía ser gradual y armónico, desgastando mentalmente al contrario, agotándolo, como hace un ejército de hormigas, para encontrar los espacios buscados y desde ahí filtrar la pelota para cambiar la velocidad del partido, pero no sólo la velocidad, sino también la dimensión del partido, que era algo así como cambiar la partitura, el ritmo, el palo musical: invertir la sinfonía de Bach en una tamborada tribal.

Los éxitos llegaron mientras se iba gestando la excelencia, mientras se iba retrocediendo al origen del juego. Llegaron los éxitos con las casualidades y las pasiones con las que siempre llegan, determinando mitos y modas, generando modelos de coaching, haciendo pesada la figura de Guardiola (que ante todo es un pensador del juego), que aparece convertirlo en la quintaesencia de las escuelas de negocios, el logotipo de un banco, el ejemplo del líder icónico. Los ejecutivos querían ser como él y los entrenadores de Preferente también querían ser como él. Y Zapatero quería ser como él.

Los jóvenes jugadores de la Masía representaban los valores del Guardiolismo, pero también eran los preferidos por su capacidad virginal para acompañar al técnico en su viaje al origen del fútbol. Y cada pretemporada Guardiola se ilusionaba con nuevos conceptos, con pequeños detalles que daban sentido a su idea, que la iban perfeccionando: “este año vamos a dar pequeños saltitos en los córners antes que el rival los lance”, y los grandes defensores de nuestro tiempo comenzaban a saltar casi con sectarismo. Empezaremos a atacar la zona: “este año vamos a defender diferente, vamos a empezar más arriba, para empezar damos un paso al frente”. Y el ejército daba un paso al frente.

Algunos movimientos o conceptos vería en Chygrynskiy para firmarlo por aquel pastizal, al igual que antes lo vio en Busquets o en Pedro. Igual que luego lo vería en Thiago, Tello, Cuenca. Con el fracaso de Ibrahimovic se dio cuenta definitivamente que Messi tenía que convertirse en el núcleo del sistema, en el vértice indetectable, asistido y nutrido siempre, indefinido, generando un nuevo concepto de acracia a través de su talento. Su talento para el equipo, el equipo para su talento, es decir, otra forma de ver el despotismo ilustrado.

Cuatro años hasta Yokohama

Así han pasado los años en el Barcelona. Cuatro años haciendo un rondo por el mundo. De eso se trataba. Por eso Guardiola dijo en su despedida que lo que más placer le daba había sido ver reflejadas en el campo jugadas previamente ideadas: asistir a la realización de su propia obra volátil. Al fin y al cabo el fútbol es una obra de arte abstracta.

Se han levantado un montón de trofeos mientras tanto. Han coincidido los tiempos: la evolución del juego ha contado con la mejor generación de futbolistas posibles que han sacrificado su ego por una idea. Ha hecho suya esa sentencia que Bielsa lee a sus jugadores y con la que termina su perfil narrado en Informe Robinson: “Éramos todos muy amigos, nos gustaba jugar juntos, la pasábamos bien reunidos, intentábamos hacerlo lo mejor posible, atacar mucho y luego recuperarla con la ilusión de volver a atacar y esperábamos la compañía de la suerte”.

Se ha impuesto el canto al juego, a la hermosura del juego. La travesía hacia los orígenes, sobrevolando hacia Cruyff y llegando a Rinus Michels, el gran inventor de la Naranja Mecánica. Un hombre que acabó enseñando Educación Física en un colegio para sordos. El viaje de Guardiola tuvo su punto culminante en el partido que el Barça hizo el pasado 18 de diciembre ante el Santos en Yokohama. Puede que ahí fuera cuando Guardiola empezó a pensar en su salida: la obra parecía casi definitiva.

No sería descabellado pensar que Guardiola deja el Barça porque sus ritmos de creación ya no coinciden con los ritmos y las presiones del club. El partido contra el Real Madrid en el Camp Nou volvió a mostrar la faceta más creativa del técnico, apostando por Thiago y Tello, terminando con cinco puntas, sin embargo el experimento ya no funcionó. Nadie le recriminó. Contra el Chelsea la fortuna le fue esquiva. Y sin la fortuna el método, el estilo, el juego, se emborrona en el imaginario público, porque se tiñe de derrota. La visión creativa de Guardiola, siempre inquieto, empezaba a ser contraproducente, porque las tensiones mediáticas y sociales entre Real Madrid y Barcelona (con todas las ponzoñas) habían carcomido la virtud del juego. Y esto sí que irritaba al técnico, que se veía a él mismo públicamente defendiendo cosas muy diferentes a los conceptos que seguramente le apetecía defender.

Otra de las lecciones que aprendió Guardiola de Cruyff fue la de no empecinarse antes de que llegue el desastre. Cruyff se había enamorado tanto de su sistema que asumió que independientemente de los jugadores que lo ejecutaran, daría espectáculo y éxito. En su última etapa eran frecuentes en sus alineaciones jugadores de segunda fila como Jose Mari, Sánchez Jara, Korneiev o su propio hijo. Pero se ha demostrado que para que funcione el sistema la capacidad técnica de los jugadores es esencial, la capacidad de entender el espacio, la velocidad mental. Ese delirio del holandés acabó con su marcha traumática y con la orfandad en Can Barça durante casi una década.

Guardiola ha querido evitar esa situación. Sabía que su imparable evolución, su frenético intervencionismo, podía no ser lo más adecuado para el equipo. Y la velocidad cansa. Ha estado a sólo un palmo de hacer realidad su sueño de verdad: ver a su alineación del equipo de Tercera División convertida en la primera alineación del FC Barcelona, pasándose la pelota por el placer de pasarse la pelota, mientras el rival mira el cronómetro del estadio. Y resulta que los segundos no pasan, porque el tiempo —durante el juego— es igualmente una dimensión inexplorada.


Jorge Valdano: “En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas”

Jorge Valdano (Las Parejas, Argentina, 1955) es igual de cerca que de lejos: culto, formal, educadísimo. Quizá de cerca se aprecia más su sentido del humor. Ha sido campeón del mundo como futbolista, entrenador, directivo, comentarista y escritor, casi todo lo que se puede ser en un ambiente que, según él, trastorna de forma inevitable a las personas más racionales. Pero Valdano parece haber sobrevivido bastante bien a la locura. Se le cita en un hotel de Madrid y acude puntual, con un aspecto impecable. Es un placer charlar con él sobre fútbol o sobre cualquier otra cosa.

Tú que estás a caballo entre Europa y América Latina, ¿cómo ves la situación en Europa? Especialmente en España se ha pasado en los últimos años de un optimismo eterno a un pesimismo feroz.

Es la situación más difícil que yo he percibido en los 36 años que llevo en España. Por un lado está el problema real y por el otro el problema percibido. Este último afecta tremendamente a la confianza de la gente. Hay un clima de pesimismo que está condicionando el humor nacional. Si algo había caracterizado a España frente a cualquier otro país europeo es que equilibraba muy bien los tiempos del placer y del deber. Era un país que sabía vivir. Y la crisis empieza a ser tan grande en términos emocionales que condiciona seriamente la parte del placer.

¿Esto va a acabar repercutiendo en el fútbol?

Ya lo está haciendo, y creo que nos falta por vivir lo peor. Hay dos clubes que están a reparo porque tienen como mercado el mundo entero y eso les va a ayudar a sobrevivir, son dos grandes unidades de contenidos televisivos que ahora resultan imprescindibles no sólo para los españoles, sino también para los asiáticos, americanos, africanos… El Madrid y el Barcelona, por esto de las identidades difusas, ya tienen clientela en todo el mundo, y eso económicamente tiene consecuencias positivas. Todos los demás clubes, que tienen como mercado su comunidad o su ciudad, van a sufrir problemas que irán agravándose.

Ahora que hablabas de las identidades, ¿de qué identidad pueden hablar clubes como el Barcelona o el Madrid cuando su mercado se ha expandido y su naturaleza se ha diluido? Ni el Madrid es el Madrid que yo conocía de pequeño ni el Barça es el Barça que yo conocía de pequeño. ¿Qué afinidad puede sentir un tipo de Hong Kong o de Méjico respecto a Madrid o Barça?

Fundamentalmente tiene que ver con los héroes. En la sociedad actual no hay más héroes que los deportistas, o al menos son los héroes de mayor tamaño. Y el futbolista, por su fuerza popular, se ha convertido en una celebridad. Hoy, cualquier cosa que diga Casillas para la educación de un chico tiene más potencia que cualquier cosa que diga el mayor intelectual del mundo, que tampoco sabemos quién es, porque también se ha acabado ese tipo de referentes. Y eso ha provocado lo de las identidades remotas que uno no acaba de explicarse, porque lo cierto es que uno va a Méjico y se encuentra con un niño de diez años con la camiseta del Madrid, y que sufre realmente la incertidumbre de un resultado. De los héroes se pasa al escudo: el único carné de identidad del hincha es el escudo. Eso se percibe muy bien en los países que han sido devastados por la economía. En Argentina la gente intenta evitar enamorarse de un jugador joven, porque saben que ese chico se va a ir mucho más temprano que tarde. Generalmente un gran talento no sobrevive en el país después de los 20 años. Y no remito a Messi, sino a Gago, a Higuaín

¿A ti mismo?

Bueno, yo fui un caso excepcional en mi época, pero ahora lo excepcional hay que catalogarlo como normal. Hablamos de jugadores que con 17 o 18 años, sólo por ser especiales, ya saltan a Europa, de forma que los aficionados sólo concentran su orgullo en la camiseta, y ahí el escudo se agiganta. ¿Por qué en el fútbol? Eso es mucho más difícil de entender, pero creo que el siglo XX, que ha consagrado el individualismo, y el siglo XXI, que lo está exacerbando, requieren algún tipo de compensación. Hay una nostalgia de la tribu que compensamos con cuestiones menores, como un equipo de fútbol; considerando mayores la patria, por ejemplo. Algo de eso tiene que haber.

Antes, ese tipo de fidelidades estaban relacionadas con sensaciones físicas. Por ejemplo, ¿tú sigues siendo leproso? [así se denomina a los seguidores de Newell’s Old Boys]

Lo sigo siendo. Los lunes me interesa saber cómo salió Newell’s el día antes, es lo primero que busco en el periódico. Me pasa con el Alavés y el Zaragoza, son casi reflejos condicionados.

Alguien de Rosario tiene las sensaciones físicas del ruido, del estadio, del olor…

Hace 35 años que no voy a ver a Newell’s y, sin embargo, sigo manteniendo algún tipo de vínculo sentimental que, en mi caso, tiene que ver también con el agradecimiento porque fue la escuela que me formó. Son auténticos milagros.

¿Qué tiene Newell’s para tener esta cantera? Entrenadores como Pocchettino y Bielsa, jugadores como Batistuta, Gallego…

Tenía una muy buena escuela de fútbol en una ciudad que mantiene una relación claramente exagerada con el fútbol y en una zona que es un gigantesco campo de fútbol. Yo salía de mi casa y me encontraba con un campo de fútbol de mil kilómetros cuadrados: una llanura sólo interrumpida por alguna vaca y algún árbol, todo lo demás era campo de fútbol. Y una zona muy bien alimentada, que también cuenta, porque hay otras más deprimidas donde el problema de la nutrición no favorece el surgimiento de grandes futbolistas. Pero creo que lo esencial fue una escuela de fútbol creada y proyectada por Jorge Griffa, uno de los gurús de la formación en Argentina, y eso ha colocado a Newell’s en un lugar de honor en la proyección de futbolistas. Y se terminó cuando se terminó Griffa. En los últimos años han ocurrido auténticas perversiones. Por ejemplo, que los barras bravas [seguidores ultras] sean dueños de los jugadores de las divisiones inferiores. Sólo con contar esto ya se habla de la pobreza ética en la que cayó el club, felizmente recuperada ahora con una nueva dirección. Pero Di Stéfano siempre dice que para destruir sólo hace falta un martillo y que para construir hace falta mucha inteligencia y esfuerzo. Los martillazos fueron muy duros y ahora llevará tiempo para recuperar el terreno.

Dejaste aquello muy joven, a los 20 años, y te fuiste a un segunda división español.

Era un momento muy caótico del fútbol argentino, había una desorganización tremenda. Yo me había propuesto aprovechar la primera oportunidad que se me presentara para venirme a Europa. Llegué a Newell’s con 18 años y mucha suerte, porque Newell’s fue campeón por primera vez en su historia en 1973, y yo llegué a participar en siete u ocho partidos de ese campeonato, lo que sentí como un privilegio. Jugué también con la selección juvenil que ganó el Mundial. Luego debuté en la selección mayor contra Uruguay, ganamos 3 a 2 y yo marqué dos goles. Si completamos todo el relato de mi llegada al fútbol de primera división, tenía picos como los que acabo de nombrar, pero también mesetas muy deprimentes: podía pasarme diez partidos sin meter un gol… En cualquier caso, llamé la atención de los directivos del Alavés. Zárraga, que era amigo de Griffa, le pidió consejo sobre a quién pudiera contratar. Griffa me recomendó a mí y, como yo ya tenía la decisión tomada, no me importó que se tratara de un equipo de segunda división. Me hicieron una oferta a las diez de la noche y tenía que contestar al día siguiente a las diez de la mañana. Yo estaba en Rosario y mi familia vivía a 100 kilómetros, así que después de recibir la oferta tomé el coche y me fui a casa a comunicarle a mi madre que me iba a España. No fui a compartir la decisión, sino a decir cuál era. Fue, sin duda, la decisión más trascendente de mi vida, porque es un movimiento que te modifica absolutamente todo: en España encontré a mi mujer, de España son mis hijos, en España desarrollé la carrera profesional, en España me terminé de formar… y fue una decisión mal tomada. No la comenté con ningún adulto, fue la primera y quizá la única vez que sentí la ausencia de mi padre. Mi padre falleció cuando yo tenía cuatro años. No sentí el golpe, porque ni siquiera tenía formada la idea de la muerte, pero cuando uno tiene 18 o 19 años y está ante un cruce de caminos tan peligroso necesita de la palabra de un adulto. A ser posible masculino, porque el fútbol es un territorio de hombres. Dicho esto, nunca me arrepentí de la decisión tomada.

¿Ni cuando empezaste a lesionarte en el Alavés?

Tuve muchas dificultades, sobre todo con el clima y el estado del terreno de juego. Siempre cuento que en mi tiempo en Argentina era motivo de suspensión del partido la amenaza de lluvia, y cuando llegué al Alavés el día que no llovía llamaban a los bomberos para que embarraran el campo porque se suponía que el Alavés, como todo equipo norteño, sacaba ventaja de un campo embarrado. Y seguramente era cierto con respecto a todos los demás jugadores, pero no con respecto a mí. Yo estuve allí cuatro años, y uno de los entrenadores daba la alineación los sábados. Terminaba siempre de la misma manera: “…y de delantero centro, si no llueve Valdano, y si llueve Aramburu.” Yo soy una persona delgada, pero en aquella época aún tenía diez kilos menos que ahora, con unas piernas muy flacas. De hecho el primer año sufrí diez lesiones musculares, un poco por el frío y otro poco por el barro. Pensaba que no estaba dotado físicamente para jugar en el barro hasta que un día jugamos contra el Barakaldo y me encontré con uno más flaco que yo y que caminaba por encima del agua; se llamaba Sarabia y me arruinó la teoría: desde ese día ya no supe qué pensar. Luego descubrí que es un problema de gimnasia, si uno juega en territorio seco terminas estando hecho para jugar en ese tipo de campo y para acostumbrarse a otro tipo de superficie hace falta tiempo. Aquella dureza fue necesaria para terminar de formarme. Como había aterrizado en primera división y a los tres días ya me había puesto la camiseta de Argentina pensé que iba a llegar a Alavés y que, un año después, me iba a poner la camiseta del Real Madrid.

Y tardaste un poco más.

Tardé diez años. Pero el camino fue muy formativo. Y no solamente el clima, sino la soledad. Si algo recuerdo de aquella época es la soledad. Vivir en un hotel. Las tardes se hacían larguísimas porque en el invierno de Vitoria el tiempo a las cinco de la tarde te pedía pijama; y en una habitación de un hotel se hace duro.

¿Qué hacías?

Escuchaba música, escribía, leía… leía mucho. Me encontré en el hotel con un argentino que era un auténtico erudito, una persona mayor, que empezó a recomendarme lecturas. Comencé a relacionarme con España a través de sus escritores. Recuerdo perfectamente que la primera recomendación fue la de Francisco Umbral, con Mortal y rosa y todo eso, y la lectura fue un refugio importante en ese momento. La otra posibilidad era la primera o segunda cadena de Televisión Española, no había más. Para hablar por teléfono con mi familia tenía que llamar por la mañana a una centralita y me daban cita para las cuatro de la tarde. Y a las cuatro de la tarde había que estar al lado del teléfono… y muchas veces la comunicación llegaba a las siete. Eran tiempos en los que había que armarse de paciencia.

¿Es verdad eso de que un futbolista que lee era y es una anomalía?

Que un futbolista leyera no era frecuente. Era como si fueran universos distintos. Por un lado estaba la mente y por otro lado estaba el cuerpo. Y el fútbol representaba más al cuerpo. Ahora empezamos a volver al ideal griego de armonizar la mente y el cuerpo. Pero en ese momento un futbolista provocaba algún tipo de desconfianza intelectual, igual que los intelectuales la provocaban a los futbolistas. La primera vez que encontré el vínculo entre la mente y el cuerpo fue en un artículo de Vázquez Montalbán. Desde ese momento el fútbol empezó a significar para mí algo distinto, me ponía los pantalones y la camiseta pensando que lo que iba a hacer tenía mucha más trascendencia de lo que yo había pensado siempre. Y la evolución de las cosas parece demostrar la teoría.

Eran unos años en los que Manolo Vázquez reinventó el fútbol.

Exactamente, se inventó un cuento que a mí me interesaba mucho.

Es que era un cuento, pero ahora funciona como la realidad, todo el mundo da por buena su reinvención del asunto.

Más que su reinvención del fútbol, su reinvención del Barcelona. Lo que pasa es que yo descubrí al Barcelona a través de Vázquez Montalbán, y entonces no lo sé ver en perspectiva y qué había sido antes.

Nadie puede, ni quien lo ha vivido. Es imposible. Esa teoría de lo que es la representación de Cataluña… fue extraordinario.

Es la fuerza del relato cuando se termina imponiendo; y hoy esa realidad imaginada se percibe, incluso en lugares remotos, como parte de una realidad incuestionable.

Ya que hablas del relato: prácticamente todo lo que se ha escrito sobre fútbol es metafútbol. Un cuento tan mítico como el del viejo Casale, por ejemplo, de hecho no habla de la famosa palomita con la que Poy marcó en aquel partido Newell´s-Central. Fontanarrosa habla del viejo Casale, la expedición, el infarto final… pero no del juego. Es muy difícil escribir sobre el juego en sí.

Es muy difícil escribir y también recrearlo cinematográficamente, creo que resulta imposible.

En cambio, el entorno se presta mucho. Tú eres uno de los que ha escrito profusamente sobre eso que hay alrededor y que hace del fútbol algo especial.

Ahora estamos alcanzando ya una distancia con respecto al fenómeno que nos permite hacer incluso ficción sobre él. Hay algunos personajes, y el principal es el “Negro” Fontanarrosa, que han conseguido llegar al final de la cuestión. Todo cuento o viñeta de Fontanarrosa tiene una carga simbólica que incluso te llega a sobresaltar. Explica el amor del hincha como nadie, por eso era un admirador tremendo de Hornby. Incluso fue a Inglaterra para conocerle porque Fiebre en la grada le pareció algo que conectaba muy bien con su sentimiento, y quería ver cómo un tipo inglés podía haber conectado de una manera tan directa con un tipo de Rosario. La única explicación es que las emociones nos igualan a todos, y los dos sentían emociones parecidas por el fútbol y, sobre todo, por sus equipos.

¿Cómo se maneja un profesional en ese mundo en el que hay una parte material, evidentemente, y luego toda esa cantidad de emociones incontrolables y fidelidades ciegas, el componente irracional del asunto?

Hoy el futbolista tiene muchas más posibilidades de confundirse que en mi tiempo, porque entonces el fútbol era lo único que teníamos, por lo tanto era muy difícil confundirse. El fútbol traía aparejado dinero y fama, que son deformadores de la personalidad, pero no en la dimensión de ahora, donde el futbolista está rodeado de gente que se especializa en sacarle de la realidad. Desde el representante, pasando por su jefe de comunicación y siguiendo por su novia. Todos son adoradores profesionales que contribuyen a sacar al futbolista de la normalidad, y eso es muy difícil de gestionar. Si por algo son héroes es por sobrevivir a tanta adulación.

¿Cómo maneja eso el que está más arriba, en la gestión?

El gestor es siempre un intruso en el fútbol, porque intenta poner racionalidad en un mundo donde no la hay. El héroe es el jugador. Ni siquiera el exjugador. Quizá hay una deuda emocional que los aficionados siempre están dispuestos a pagar homenajeándote con un elogio, un agradecimiento y, en algunos sitios, con la idolatría, como Maradona en Argentina. Para los argentinos Maradona será siempre jugador, hasta que se muera, porque la deuda emocional es gigantesca. Pero el verdadero héroe es el que juega hoy. El gestor lo sabe, y por eso no le interesan nada los futuros futbolistas y los exfutbolistas, le interesa el futbolista. Y la gente que va al fútbol también considera al gestor como un intruso. Cuando se implantaron las sociedades anónimas alguien dijo que eran un intento de ponerle una camisa de fuerza al loco, pero que el loco seguía estando loco. Y el tiempo demostró que es verdad, las sociedades anónimas no han contenido al loco. Es más, el loco se sacó la camisa de fuerza, pasó por encima de las sociedades anónimas y ya le estamos pidiendo un nuevo auxilio al Estado para ver si es capaz de sacarnos de esa crisis en el mundo del fútbol que, si no es terminal, poco le falta.

¿Esto tendrá que ser siempre así?

A lo largo de mi vida he conocido a mucha gente inteligente que ha llegado al mundo del fútbol a poner racionalidad, y lo único que logra es demorar un poco más el desquiciarse, pero se acaba desquiciando. La desesperación por el resultado trastorna a la gente, y eso en este mundo da la sensación de que es hasta obligatorio. Es muy difícil escapar al hechizo que produce el fútbol. Alrededor hay mucha pasión partidista que condiciona muchísimo. Estar en un estadio mirando un partido en un momento de crisis con todo eso en ebullición produce una angustia muy especial. Y si eso lo multiplicamos por el alboroto que producen los medios de comunicación, que es cada día más ruidoso, te da la sensación de que el fútbol te persigue a todos lados y no hay escondite posible. Eso te llama a la acción, uno piensa que hay que tomar decisiones. Cualquier cosa menos la calma, la tranquilidad y la paciencia. Da la sensación de que si uno no se mueve comete un pecado de dejadez. Y así es como se van tomando decisiones apresuradas que casi nunca se revelan como salvadoras si las miramos en perspectiva.

¿Qué lectura filosófica recomendarías a directivos y técnicos? ¿O aconsejarías directamente la religión?

Algo que nada tenga que ver con el fútbol. Decía Hipócrates que el que sólo sabe de medicina ni de medicina sabe, y el que sólo sabe de fútbol ni de fútbol sabe. Eso lo dijo una vez Menotti con toda la razón del mundo. Uno tiene que saber ubicar el fútbol exactamente en el escalón social que le corresponde, y si se obsesiona ya pierde perspectiva. La obsesión sólo deja lugar en la mente para los prejuicios y todo lo que termina por enfermar.

¿Te has sentido así a veces?

Sí, totalmente. Una de las mejores decisiones que tomé en mi vida es la de acercarme y alejarme del fútbol permanentemente.

¿Cuánta autonomía tienes para dejar el fútbol?

No, es el fútbol quien te rechaza y te acepta. Pero cuando te rechaza hay que aprovechar la oportunidad para alejarse y recuperar la perspectiva.

¿Es fácil? Debe de ser bastante adictivo.

Es mucho más fácil alejarse que estar dentro de ese conflicto permanente que propone el fútbol. Pero es muy absorbente, sobre todo en determinadas personalidades adictivas. Cuando jugaba sólo miraba mi ombligo, y una rotura muscular se convertía en el centro del mundo. Era despertar y preguntarme: “¿Me duele más o menos que ayer? Ahora me voy al fisioterapeuta, luego al hospital…” Es vivir en una obsesión que provoca perversiones tan extraordinarias como la de poner a tus hijos en un lugar secundario. En mi casa, cuando era futbolista y tenía hijos pequeños —a los 23 años ya era padre— y mi hijo lloraba, cogía la almohada y le decía a mi mujer “lo siento, pero vivo del cuerpo”, y me iba a otra habitación. Ahora, treinta años después, cada vez que doy mi opinión sobre cualquier cosa en mi casa me dicen que me calle, que yo vivo del cuerpo. Me ha hecho perder autoridad para toda la vida y me parece justo. Pero cuando uno está en un puesto de gestión pretende hacerse cargo de todas las variables, y eso te lleva directamente a la melancolía. Es absolutamente imposible, porque hay una variable, muchas veces determinante en el fútbol, que es la del azar, y nadie la atiende. Pensamos que esto depende meramente del mérito o del árbitro, pero hay otros elementos totalmente casuales y que tienen una influencia muy grande, porque al final un tiro que pega en el palo y sale o pega en el palo y entra no significa sólo un gol, sino también el desplazamiento del estado de ánimo hacia un lugar o hacia otro. La cadena de consecuencias del tiro en el palo es mucho más grande de lo que creemos.

Qué importa, ¿jugar bien o que el balón entre?

Es un juego competitivo, por lo tanto que el balón entre es esencial. El gol es el objetivo. Lo que ocurre es que hay gente que cuando piensa en el gol no piensa como objetivo meterlo, sino que no se lo metan, y ahí empezamos a condicionar el juego. Considero un error poner el triunfo antes que el juego, porque el juego es el cómo accedo al triunfo. Me ha parecido siempre una estupidez lo de elegir entre jugar bien o ganar. Si me lo pones así prefiero ganar, pero ¿cómo lo hacemos para ganar? ¿Qué preferimos, un imbécil bueno o un hijo de puta malo? Son cosas de una naturaleza tan distinta que está muy mal compararlas. ¿Prefiero jugar bien o mal? Pues jugar bien. ¿Y ganar o perder? Pues prefiero ganar. Pero si mezclamos el color de los calzoncillos con manzanas o peras nos confundimos. Uno de los episodios que me resultaron más gratificantes este año fue el partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona en San Mamés: un extraordinario partido con lluvia que tuvo todos los ingredientes, desde el poético hasta el épico. El Athletic iba ganando hasta dos minutos antes del final. Hubo un empate que frustró a ambos equipos. Después del partido estuve con Guardiola y con Bielsa y los dos estaban felices por haber sido protagonistas de un gran partido. Fue una de las escasísimas ocasiones que vi a dos protagonistas del fútbol anteponer el juego al resultado. Y eso cinco minutos después del partido, porque cinco días después es más fácil pero cinco minutos después, cuando el humor está tan condicionado por esa emotividad fresca que deja el duelo, me pareció que estaban cerca de la verdad.

Hablas de dos personajes bastante atípicos, sobre todo Bielsa.

Los dos tienen algo en común, y es que a través del fútbol buscan la grandeza. Eso me parece muy meritorio, porque es un medio tan presionante que te vuelve mezquino. Pero cuando se dan dos búsquedas tan nobles por el resultado está implícita la grandeza. El fútbol es un lugar donde eso resulta posible. Cabe todo: las mayores miserias y las mayores grandezas. Cuando uno se encuentra con la grandeza se reconcilia con el fútbol.

Hablando de grandeza, ¿recuerdas el momento en que Maradona toma el balón y empieza a driblar ingleses?

Perfectamente. Recuerdo que cuando la pelota entró supe al momento que para Maradona habría un antes y un después de ese gol. Y, de hecho, se lo dije en la ducha: “Ya está, te acabas de sentar en el mismo lugar que Pelé”. Y entonces me empezó a explicar cosas de la jugada. Siempre digo, en broma, que tuve la virtud de sacar la pelota que Diego metió. Yo fui el que recogió la pelota de dentro del arco. Nadie le asigna el mismo valor a eso. Curiosamente, fui donde él estaba y se la di, porque era una jugada tan suya que el cuerpo, más que ir a abrazarle, me pedía hacer algo útil.

Eso pasó en el momento crucial de un Mundial. ¿Qué efecto tuvo ese gol y ese partido en ti y en el equipo?

Fue aumentando en importancia a medida que ha ido pasando el tiempo. En ese momento teníamos un problema y él lo resolvió. Fue el peor partido de Argentina en el Mundial, y creo que el único que, sin ninguna duda, no habríamos ganado sin Maradona. Los demás teníamos alguna posibilidad de ganarlos sin él, pero ese no. Tuvo una importancia simbólica por toda la carga emocional que traía el partido. Para los argentinos era algo así como “con bombarderos nos pueden ganar, sin ellos ganamos nosotros.” Y ese día Diego, con la fuerza de su personalidad y de su genio futbolístico, se convirtió en el nuevo general San Martín.

¿Sigues tratándole?

Últimamente no, se enfadó por un comentario que hice antes de que asumiera el cargo de entrenador de Argentina. Esas ofensas…

Personaje peculiar.

Es que no resulta nada fácil ser Maradona. Hace poco estaba en Bariloche, Argentina, y me encontré con una bandera donde estaban el Che Guevara, Evita, Gardel y Maradona. Claro, si uno está muerto sale indemne de todo eso, pero ser un mito viviente es incomodísimo.

En cambio, ¿por qué parece tan fácil ser Messi?

Son personalidades distintas. Diego era muy volcánico, y eso lo convirtió en un producto de consumo informativo permanente, dentro y fuera de la cancha. Lo fui a visitar alguna vez a Nápoles y era como un carnaval permanente. Él salía en coche de su casa y abajo lo esperaban veinte o treinta chicos con motocicletas que lo iban acompañando, alguno lo adelantaba e iba gritando “Arriva Maradona!”, y entonces salía el almacenero, el del bar… todos los días se daban situaciones que sólo se podían dar con un personaje como Maradona. No me imagino un episodio parecido con Messi en Barcelona, a pesar de que el fútbol no ha hecho más que crecer desde hace veinte años hasta ahora. Todos sabemos que Messi no podrá tomar un café en una terraza cerca de la Sagrada Familia, pero en ningún caso atrae tanta expectación cuando no juega a fútbol. La atrae desde que empieza el partido hasta que acaba, y luego deja de interesar.

¿Eso es por él o por el entorno, porque no está en Nápoles o Argentina?

Creo que también es por él. Maradona ha tenido opiniones sobre todas las cosas, y eso lo fue transformando cada vez más en un personaje de dimensión mundial. En la Copa del Mundo de 1986, a medida que las selecciones caían eliminadas los futbolistas se volvían a casa. Pero los periodistas se quedaban. Al final, cuando hace una rueda de prensa cualquiera de los dos equipos que van a luchar por el campeonato al día siguiente, llegan a una concentración 2.000 periodistas. La última rueda de prensa de Maradona en aquel Mundial fue algo impresionante: él, tras una valla de alambre, caminando, y todos los periodistas intentando llamar su atención para conseguir algún tipo de complicidad que hiciera que él se detuviera y le dedicara una respuesta. Y ahí estábamos Burruchaga, Passarella y yo siendo espectadores del espectáculo como si fuéramos hinchas y no protagonistas del mismo partido al día siguiente. La fama, sobre todo en esa dimensión, tiene un efecto hipnótico. Pero además Maradona tuvo una enorme carga simbólica en Argentina, porque coincidió con un momento de un país al que se le fue cayendo el relato histórico. Argentina, se decía desde siempre, es un país donde nunca va a haber hambre. Y aparecieron problemas de desnutrición gravísimos. “Estamos lejos de cualquier conflicto y aquí no habrá guerra nunca”, y llega la guerra de las Malvinas… Iban derrumbándose mitos nacionales cuando surgió Maradona, que gana a Inglaterra y se convierte en una celebridad mundial. Fue una manera de decir: “Argentina existe, estoy aquí. El relato no es el mismo, pero seguimos siendo un país que cuenta en el mundo.”

¿Qué relación tiene el Mundial del 86 con el del 78? Porque, desde fuera, el del 78 no tuvo buen aspecto.

El mayor cómplice del Mundial del 78 fue la FIFA, porque le dio un certificado de autenticidad a la dictadura argentina, y el que padeció esa injusticia fue el equipo, porque jugaba muy bien al fútbol. Esos jugadores se sentían representantes de la gran pasión popular argentina. Lo que pasa es que cuando hay que levantar la copa el que capitaliza la fuerza de esa imagen es el dictador. Y esa foto ha condicionado el aprecio al campeón.

El 86 fue el momento de decir que se podía ganar sin Videla y fuera de casa.

Campeonato de visitante, una figura indiscutible, el gran héroe de esos tiempos con la camiseta de Argentina y ninguna sospecha en el camino. No hizo falta ni una prórroga.

Ni porteros peruanos que se dejan golear.

Ni porteros peruanos.

¿Crees que las circunstancias que rodearon a ese Mundial del 78 perjudicaron la figura histórica de Kempes como futbolista?

No creo. Kempes es uno de los jugadores más humildes que he visto en mi vida y fue él mismo el que se escondió de la celebridad que proponía el momento. Era el mejor jugador del mundo, y al día siguiente estuvo ilocalizable porque se fue a su pueblo a cazar perdices por el placer de caminar por el campo y estar solo.

Lo digo en el sentido de que si se hubiera ganado el mundial del 78 sin esas sospechas, ¿no estaría Kempes más reconocido?

Creo que tiene que ver con el impacto que producen las personas, y Mario era un tipo muy particular en ese sentido. Cuando se juega el Mundial del 82 Menotti da las camisetas por abecedario, y a Kempes le toca el 10. Maradona, entonces, le pide el 10 y Kempes se lo da sin ningún problema. Era un tipo que nunca se dio importancia a sí mismo, y fue un talento superior, aunque no de niveles maradonianos.

Y cuando se marca un gol en la final… ¿qué?

Es algo que te supera. Es como un relámpago, un “esto no me está pasando a mí, no puede ser verdad. Ahora vendrá mi mamá, me despertará y me dirá que hay que ir a colegio, como a Felipe, el de Mafalda.” La felicidad tiene un límite y ese es un episodio que supera ese límite. Desde que nací hasta que metí el gol pasó más o menos el mismo tiempo que desde que metí el gol hasta hoy, y puedo decir que fue mucho más bonito soñarlo que recordarlo. Cuando veo el gol veo a un tipo que mete un gol, no me veo a mí metiéndolo; es una cosa extrañísima, no me produce ninguna emoción distinta al gol que metió Diego contra Inglaterra, que también veo de vez en cuando.

¿Sigues soñando con marcar goles?

Ahora sólo dormido, pero cada vez fallo más. El subconsciente sigue ahí, entreteniéndose con los goles. Y hay otro sueño recurrente, que es que estoy jugando un partido pero ya estoy viejo, y quizá ese sea el último partido, y es una sensación horrible porque lo que intento durante todo el partido es que los demás no se den cuenta de que ya no sirvo para eso. Creo que es el miedo al final, que el futbolista sufre los últimos tres o cuatro años de su carrera, y que ha quedado en algún lugar.

Tú no tuviste ese final agónico.

No, una hepatitis me ayudó a no tomar la decisión. Fue el cuerpo el que decidió por mí.

Pero aún te quedaba fútbol.

Tenía apalabrado un contrato para irme al Nantes tres años, por lo que ni siquiera veía la inminencia del final y, de pronto, llegó impuesto.

¿Cómo lo llevaste?

Bien, porque empecé a escribir en El País, empecé a hablar en la Ser, empecé a hacer comentarios en Canal Plus… y de pronto descubrí que del otro lado también había vida.

Pero vida sin goles.

Sí, pero con noches, con salsa, con un cierto desorden a la hora de vivir… Yo me había tomado la vida de futbolista con mucho rigor y seriedad, y sentí aquello como un alivio vital. Ya podía distenderme y abandonarme un poco. Podía salir una noche y estar hasta las tres de la mañana sin sentirme vigilado por un socio del Madrid que dijera: “Mira este por qué falla lo que falla, no me extraña.”

Como persona relacionada con el deporte y como lector, ¿te satisface el periodismo deportivo tal y como está ahora?

Al periodismo deportivo le pasa lo mismo que al fútbol: que exagera. Y lo hace para los dos lados posibles, porque hay un muy buen periodismo deportivo, gente que convierte una crónica en un cuento y, en ocasiones, la crónica supera en belleza al partido del que se habla; y luego hay otro tipo de periodismo que no bastardea el fútbol pero sí bastardea el debate. Se concentra mucho en la polémica arbitral y en las declaraciones de los protagonistas, y envuelve todo eso en un debate interminable que da la sensación de que contamina la pureza del juego.

¿Hasta qué punto es inevitable que la tendencia sea hacia lo malo?

El fútbol se ha convertido en un producto de consumo, y todo aquello que se transforma en un negocio termina perdiendo valores de referencia. Es inevitable. Además, el mismo devenir del periodismo provoca esta especie de conexión salvaje entre la opinión pública y el fútbol. La sociedad se ha infantilizado, estamos en la sociedad del espectáculo… el fútbol consagra todo eso, y hay que contarlo en el lenguaje que sea. Lo que pasa es que la sociedad del espectáculo no convierte en célebres solamente a los jugadores, sino que para sobrevivir el periodista tiene que convertirse en célebre o, por lo menos, en visible. Y para ser visible, como me dijo un periodista de televisión hace poco, o se está buena o se dicen burradas. Él lo culminó diciendo “yo buena no estoy”, así que la opción que había elegido quedó claramente expresada. Pero en alguna parte del periodismo hay una consciencia de que sin decir burradas, sin ponerle mucho acento a la polémica, sin emplear palabras muy fuertes… se hace difícil hasta conservar el trabajo.

Parece lógico que si el fenómeno es claramente irracional porque está envuelto en sentimientos, forzar la irracionalidad te lleve a las conspiraciones, las paranoias, las fantasías…

Es un deporte altamente opinable… Están las estadísticas y las opiniones, por eso ganar es cada vez es más importante, ya que es como un martillazo sobre la mesa: “He ganado, luego tengo razón. No importa cómo, tengo razón.” Pero luego está todo lo opinable, y ese es un mundo con tantas variables posibles que da pábulo a cualquier barbaridad. Hay quien ve conspiraciones judeo-masónicas hasta en un Calahorra-Zaragoza B. Es una cosa que el fútbol admite hasta con naturalidad. Además es un medio donde los buenos son los míos y los malos los demás, y ese maniqueísmo se lleva hasta las últimas consecuencias.

Cuando uno lo ve desde arriba porque está en un peldaño de gestión, ¿sigue existiendo ese maniqueísmo? ¿Sigues pensando en “los míos” y “ellos” o hay una conciencia de clase, de que estamos todos en el mismo negocio?

Creerte el cuento es una cuestión de supervivencia porque al fin y al cabo estás defendiendo los intereses de un club con obsesiones muy particulares. Cuando entras en un club tienes que entrar convencido de que los buenos somos nosotros.

¿Puedes autoconvencerte?

Cuando uno es profesional de esto durante mucho tiempo ha de tener un poco de flexibilidad y generosidad. Hay que tener en cuenta que el fútbol debe estar siempre por encima de nuestra obsesión particular, que es nuestro equipo, porque a fin de cuentas del fútbol vivimos todos, así que debemos cuidarlo. Todo tiene un límite.

Pero es que incluso a quien intenta mantener ese límite, y estoy pensando en Guardiola, que no hace declaraciones espectaculares y procura respetar al contrario, se le critica, se dice que es un falso.

Existe un deseo de que Guardiola sea malo, y como no representa ese papel, entonces está simulando porque él, en esencia, es malo. Es un juego que tiene que ver con esta historia de buenos y malos. Para disfrutar del fútbol en toda su plenitud hay que querer a un equipo y hay que odiar un poco a otro. Eso a veces se lleva demasiado lejos y termina creando un clima pre-violento que debiéramos cuidar porque nunca sabemos dónde está la raya roja. Hay gente, y uno eso lo descubre en los foros, que vive al límite. Uno lee comentarios y piensa: “Espero no encontrarme con este tipo en ninguna esquina porque eso no puede terminar más que mal.”

¿El Valdano aficionado todavía es tan aficionado como para odiar a algún equipo?

No, para odiar a un equipo no. A eso no llego. No soy un buen hincha, soy capaz de admirar al enemigo.

¿Incluso a “los canallas”?

Bueno, eso es mucho decir. Pero si Messi fuera “canalla” trataría de disfrutarlo. Tengo a un amigo de Newell’s que no ha leído nunca al “Negro” Fontanarrosa porque era de Central. Y es profesional, así que la pregunta está bien traída, porque podría ser perfectamente posible.

Paralelamente al fútbol te has dedicado a la didáctica sobre formación de equipos empresariales. ¿Realmente se extraen experiencias válidas del fútbol?

Muchas. Dentro del mundo del fútbol he pasado por todos los sitios: jugador, entrenador, director deportivo, director general, medios de comunicación… y ser un protagonista central de un medio tan abrupto inevitablemente te contamina y te hace mirar todo desde un lugar diferente. Lo único que no he perdido es la fe en el deporte como vehículo de formación. Primero, porque entiendo que de la exageración siempre se vuelve con enseñanzas, y el fútbol es un mundo de exageraciones; en segundo lugar, porque en estos momentos se hace muy difícil captar la atención de un niño, y el deporte es una excusa perfecta. Cuando uno atrae hacia el juego a un niño lo predispone de una manera muy positiva, y hay que aprovechar esa predisposición para meterle en la cabeza la mayor cantidad de valores y mensajes edificantes posible. No es que considere que el fútbol puede cambiar al mundo, pero sí puede ser un instrumento para ayudar a cambiar al hombre. ¿Qué es lo que en estos momentos cuesta mucho con los chicos? Hacerles creer que el esfuerzo es un valor, por ejemplo. A través del deporte eso se lo hacemos entender de una manera apasionada, recreativa y placentera. Y ahí me parece que hay un arma de formación muy potente.

¿Qué puede aprender del fútbol un empresario?

Cualquiera, en cualquier ámbito profesional, tiene que creer en un producto: en un café, en un teléfono móvil, en un coche… La excelencia de ese producto hace más fácil la venta, y su mediocridad la dificulta. En los equipos deportivos el producto es el equipo, por lo que es un medio exageradamente humano, y la materia prima del equipo son los seres humanos con sus debilidades y fortalezas. Además son gente sin mucha formación que juegan y tienen miedo.

Esto es diabólico.

No, no es diabólico. Digamos que son tres elementos que te ayudan a ver la naturaleza del hombre. En un vestuario, si uno mira con cierta atención, ve lo que se ve en otro lado: el líder, el vice-líder, el melancólico, el sindicalista, el generoso, el mezquino, el valiente, el cobarde… Se descubre muy fácilmente. De ahí se pueden extraer lecciones que son perfectamente aplicables a otro mundo. Si yo le digo a un directivo que el genio de una persona nos hace mejores como grupo, el concepto hará más o menos fortuna, pero si lo acompaño con unas imágenes de Maradona con el suficiente impacto, ese concepto pegado a una imagen o una anécdota es mucho más fácil que quede registrado. Quizá no el concepto, pero seguramente la anécdota sí, y la anécdota tirará del concepto. Ese es el instrumento del que me valgo y en el que creo seriamente.

¿Cuál es el mejor líder que has conocido?

Camacho. Un tipo elemental que no te decía catorce cosas, te decía tres, pero estaba tan convencido de las tres que no te permitía dudar. Sobre todo de una: que el domingo íbamos a ganar. Y eso lo transmitía como si se tratara de un imperativo. Te despertaba a las siete de la mañana y te preguntaba cómo ibas a saltar esa noche. Te tenías que levantar de la cama, saltar y sólo entonces se iba y te dejaba seguir durmiendo. Era muy eficaz para este mundo, que es un poco primitivo pero requiere de un estímulo permanente, ya que, al fin y al cabo, cada tres días hay un nuevo reto y tiene que parecer único, aunque sea parte de la rutina del profesional.

¿Nunca has sentido que estabas en un mundo demasiado primario, demasiado provisional?

No, siempre me he sentido y me siento muy cómodo dentro del mundo del fútbol, y he conocido a gente muy inteligente. No instruida, pero sí muy inteligente. Generalmente, el crack es un tipo muy inteligente y lo disimula porque no quiere proyección mediática. Son gente que tienen la intuición, que es la velocidad punta de la inteligencia, y la tienen muy afilada para descubrir quién es bueno, quién es malo, quién se acerca para utilizarlo, quién para ayudarlo… Ese tipo de lectura la hace casi instantáneamente.

No hablamos de Maradona.

Maradona por ahí te dice una frase en la que te reduce un mundo. Va a jugar a Nápoles en el Mundial de 1990 y les dice a los napolitanos: “Napolitano, te utilizan 364 días al año y ahora te piden ayuda.” Y terminó siendo editorial de La Repubblica y del Corriere de la Sera, porque metió los dedos en el enchufe nacional. No hay que subestimar la inteligencia salvaje de los futbolistas.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina — Vídeo: Javier Villabrille

 


Frases de Fútbol: Y el fútbol se hizo verbo

Frases de fútbol
Miguel Gutiérrez
Córner ediciones

Mitos, ritos, leyendas y símbolos. Miguel Gutiérrez ha conseguido recopilarlos, licuarlos, limarlos y ordenarlos sin pretensiones enciclopédicas pero con una brillante selección, hasta conseguir un producto final más que atractivo. Frases de fútbol (Editorial Córner) consigue su objetivo desde la primera línea: transmitir que el fútbol, desde hace años, se hizo verbo. A través de un viaje apasionante y atemporal el lector puede descubrir, analizar y comparar las diferentes personalidades de futbolistas, presidentes, entrenadores y periodistas. Personajes que, de una u otra manera, han contribuido a la grandeza del fútbol dejando su particular sello. El kilómetro cero del libro nos lleva, de manera ineludible, al jamón con patas cuya zurda era capaz de reventar cualquier domingo. Diego Armando Maradona (‘La pelota no se mancha’) es el origen de un relato que nos transporta hacia el camino de un genio atrapado en la botella como George Best (‘Si hubiera nacido feo, no habríais oído hablar de Pelé), que nos refresca la personalidad de Cruyff y particular estilo español-comanche, comanche-español (‘Gallina de piel’) y nos ilustra acerca de extravagantes pasajeros del palco como Jesús Gil (‘Me dan ganas de coger una metralleta y bajar al vestuario’). También hay sitio para los diferentes modelos y personalidades de de los inquilinos del banquillo donde, a caballo entre Perogrullo y Zarathustra, descubrimos egos tamaño XXL y personalidades arrolladoras. La del venerable y entrañable Bill Shankly (‘el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más importante ‘), la del mítico y arrogante Brian Clough (‘No diré que soy el mejor entrenador, pero estoy en el ‘top one’), la del lírico Valdano (‘Ganar queremos todos, pero sólo los mediocres no aspiran a la belleza’) o la del popularísimo Mourinho (‘Si Jesucristo no caía simpático a todo el mundo, imagínate yo’).

Frases de fútbol también contiene un maravilloso apéndice dedicado a Menotti y Bilardo (‘Se parecen más de lo que parece, a uno le gusta Mercedes Sosa y al otro, los Wawancó’) y un apasionante capítulo titulado El reformatorio del fútbol, dedicado a ilustrar las correrías y las gamberradas salvajes del Wimbledon, ‘The Crazy Gang’, liderados por un futbolista que no era, precisamente, Bambi. Un angelito llamado Vinnie Jones, del que ya hemos hablado en Jot Down: ‘En casa tenemos un cartel que dice No tengas cuidado con el perro, pero sí con el dueño’.

Prologado por Vicente Del Bosque, un hombre bueno al que no le gusta que le recuerden su bonhomía, Frases de Fútbol se ha ganado su hueco en el panteón de la literatura futbolística por su estilo directo, ameno y desenfadado. Se trata, en opinión del seleccionador nacional, de una colección de ‘frases memorables’ a través de las cuales el autor ‘teje un relato de la vida y personalidad de sus protagonistas, su historia, sus circunstancias, sus éxitos y sus fracasos’.

Es un diario íntimo de los protagonistas del balón, cuya genética y personalidad se acentúa en base a citas polémicas, ácidas y brillantes. Aforismos históricos del deporte rey que, como sostiene el autor, son autorretratos involuntarios de la fauna pelotera. Reflexiones filosóficas, bravuconadas y meteduras de pata que han pasado a la historia conviven en una Biblia futbolística de doscientas páginas.

Frases de fútbol completa la trilogía literaria futbolística ideal junto a Senda de Campeones de Martí Perarnau (Editorial 10 Books) y Un partido de leyenda de Carlos Marañón (Editorial Barullo en el área). Si ama el fútbol y también la literatura, cómprelos.