Cada loco con su tema

loco
Anthony Perkins en el set de rodaje de Psycho en 1985. Fotografía: Getty.

1. El malecón

Este verano contemplaba un malecón y los solitarios que paseaban por él. En realidad, yo era uno de esos solitarios: me fijaba en los que iban como yo, en su burbuja, con el mar a los lados, con el mar en la punta, sin hablar con nadie. Pensé en cómo íbamos aislados en nuestros pensamientos, y en que en ese momento éramos estrictamente unos locos. Pensé también en los que viven solos, sin nadie que los limite. Y pensé en la importancia de esos límites, que son los límites de nuestro delirio. «Acote el goce», me decía hace años un amigo lacaniano. Al final, de la locura nos salva la conciencia de los otros. Que los otros nos consten, al menos. En el malecón nos veíamos los unos a los otros. Cada uno aislado, pero sabiendo que había otras islas.

En las discusiones, en las emisiones verbales políticas o filosóficas, el pluralismo es fuente de salud mental. Todos tendemos a enroscarnos en nuestras ideas, en nuestras retóricas; casi toda mente es un círculo vicioso. Prácticamente nadie le da la razón al otro. Pero si el otro está, es posible que vaya calando su semilla, quizá ya sin él, mientras nos alejamos, o al cabo de un tiempo. Y en cualquier caso su mera presencia es salutífera. En las sociedades plurales, variadas, las locuras particulares se contienen entre sí. Aunque me cierre a los otros, los otros están. Aunque me niegue a salir de mi obcecación, al menos compruebo que ella no gobierna el mundo, que hay resistencias. Hay otros casos además del mío.

2. Efecto enloquecedor de la mentira

La locura —hablo del uso cotidiano del término, sin precisión psiquiátrica— tiene que ver con el desajuste entre la percepción (o la conciencia de lo que se percibe) y la realidad (o al menos lo que considera «realidad» la percepción mayoritaria de las personas). El caso prototípico de loco es, en este sentido, don Quijote, que ve gigantes donde hay molinos. Es muy interesante, a propósito, esta reflexión de Harry G. Frankfurt en su libro Sobre la verdad, sobre el efecto enloquecedor de la mentira:  

Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir «en su propio mundo», un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislada en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.

El asunto, naturalmente, está en el atractivo de la «locura» en cuanto huida de esa «experiencia común». Cuando esta se considera sosa, aburrida, limitadora, la locura puede suponer una liberación. No en vano, de una vida común, aprisionada, obligatoria, sin estímulos, se dice que es «alienante»: enajenada, precisamente.

3. Partidarios de vivir 

Se suele recurrir a una inversión de los términos para expresar esta paradoja: frente a una falsa vida cuerda, la verdadera vida sería la vida loca. Hay muchas canciones que lo expresan. En la de Joan Manuel Serrat «Cada loco con su tema» la conclusión de sus preferencias «locas» es: «Antes que nada soy / partidario de vivir». En otro de sus clásicos, los niños instalados en la vida con su afán de juego y libertad son «Esos locos bajitos». En la música brasileña, que es la que me gusta, abundan los ejemplos: el brasileño, pueblo vitalista, es muy sensible a las propuestas de felicidad desafiante. Así Caetano Veloso en «O último romântico»: «Tolice é viver a vida assim sem aventura / Deixa ser pelo coração / Se é loucura, então melhor não ter razão». O la «Balada do louco» de Os Mutantes: «Dizem que sou louco por pensar assim / Se eu sou muito louco por eu ser feliz / Mas louco é quem me diz / E não é feliz / (…) Eu juro que é melhor / Não ser o normal». No ser «el normal», o no ser normal: he ahí la clave. Ese era el imperativo de André Breton: «Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos».

4. El amor loco

Íntimamente relacionado con lo anterior está la locura amorosa. Un «dulce tormento» para los trovadores y toda la tradición deudora del amor cortés. Un bien absoluto para Breton, hasta el punto de que termina El amor loco con estas palabras para su hija pequeña: «Te deseo que seas locamente amada». En nuestra lengua, ningún poema es más explícito que el fabuloso soneto de Antonio Machado cuyo primer cuarteto dice: «Huye del triste amor, amor pacato, / sin peligro, sin venda ni aventura, / que espera del amor prenda segura, / porque en amor locura es lo sensato». Relacionado con la alucinación amorosa está también este verso de agradecimiento de Borges: «Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad». Que a su vez podría asociarse a la «locura divina» de los rapsodas: percepciones de una vida más amplia, menos chata.

5. Cuestión de medida

Al final, todo es cuestión de medida. Del mismo modo que el veneno en manos del sabio es medicina y la medicina en manos del necio es veneno, podría decirse que la locura en manos del sabio es cordura y la cordura en manos del necio es locura. Antonio Escohotado, al que le leí la primera idea, suele citar a Paracelso: «Solo la dosis hace de algo un veneno». Incluso en el vitalismo moderado, la locura suele figurar como ingrediente. El epicúreo Horacio recomendaba: «Mezcla a tu prudencia un grano de locura». Y el más arrojado Ernst Jünger: «Para que los dioses nos sean propicios, para tener a la suerte de nuestro lado, se requieren dos cosas: no exhibirse demasiado como buena persona y tener un cierto grado de locura».

Friedrich Nietzsche, investigador del fondo oscuro, irracional, de la cultura griega, y de la cultura en general, relacionó genialmente dos grandes máximas griegas de sabiduría: «Conócete a ti mismo» y «De nada demasiado». O sea: conócete a ti mismo, pero no demasiado.

6. Salud mental

Nietzsche decía de las Conversaciones con Goethe de J. P. Eckermann que era «el mejor libro alemán que existe». Yo que lo he leído recientemente creo saber por qué: el Goethe de esas páginas encarna el ideal de la salud mental absoluta. El propio Nietzsche se aproximaba a ese ideal, solo que de un modo menos sereno, más pugnaz y compulsivo, más entrecortado, y sin estar completado por el placer (o al menos el bienestar) físico, el amor y la felicidad (aunque a cambio de esta Nietzsche tuvo mucha alegría). Sin embargo, su filosofía es una explosión de cordura, una dinamitación de los resortes que la impiden, y conduce definitivamente a la sabiduría: a la real, la que aprecia (y se instala en) «el sentido de la tierra». Los enemigos de ella —los religiosos de todo tipo, los teológicos e ideológicos, o los resentidos sin más— han pretendido utilizar la locura de los últimos años de Nietzsche como una consecuencia de su filosofía sana: como si esta estuviera enferma desde el principio y la locura fuese su verdadera cara, la confirmación; o como si, pensando así, se acababa inevitablemente loco. Podríamos responderles nietzscheanamente que se acogen a ese razonamiento mezquino solo porque les excede la salud mental.

7. Nuestro loco

Los locos están en el misterio de un modo aún más abrumador que los cuerdos; o quizá lo estén para los cuerdos, cuando los miran o piensan en ellos. Yo pienso a veces en el Nietzsche loco, o en el Nietzsche ido. Y en el Hölderlin loco también: en otra orilla ya.

Nuestro loco (literario) ha sido Leopoldo María Panero. Era risible y era verborreico (Jaime Gil de Biedma le llamaba Blablapoldo Panero). Pero estaba en contacto con «lo otro» y ha sido nuestro último maldito. Cuentan que Octavio Paz, precisamente por su interés por la otredad, quiso conocerlo en un viaje a España en los años setenta del pasado siglo. Mientras Paz intentaba entablar conversación, Panero no paraba de decir: «¡Octavio Paz es más tonto que de aquí a Tijuana!». La única vez que lo encontré en persona tuvo su gracia. Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV y una mañana lo vi en el bar tomando coca-colas: pedía una, se la bebía y pedía otra. Me dijeron que iba como invitado a un programa de entrevistas que tenían Lola Flores y su hija Lolita, Sabor a Lolas.

Pero mi amigo Curro, el mejor lector de poesía (y filosofía) que conozco, es devoto de la de Panero. Y mis amigas con mayor sensibilidad poética, Cristina y Araceli, estuvieron en conexión con él. Cristina lo encontró enjaulado, literalmente, en una caseta de la Feria del Libro. Se miraron, pero sus guardianes no la dejaban acceder. Al final logró acercarse, en un descuido de estos. Panero le escribió como dedicatoria: «Cuando rrrruge la marabunta». Y Araceli se lo encontró en un bar de Las Palmas. Pasaron toda la tarde charlando y Panero la bautizó como «Andros». No volvieron a verse ni a escribirse. Años después se cruzaron en Córdoba. Tras un recital en que armó uno de sus líos, se lo estaban llevando entre unos cuantos. Entonces la vio y le dijo: «¡Andros!».

8. Al borde siempre

Lo cierto es que siempre estamos al borde de la locura. Hay veces en que nuestro teatro mental, que es el teatro del mundo, parece desmoronarse. No solemos caernos, pero sí constatar qué frágil es el límite. Estas cosas pensaba por el malecón. 


Mentirosos y mentidos

Le avventure di Pinocchio, storia di un burattino, de Carlo Collodi, 1902. Ilustraciones de Carlo Chiostri y A. Bongini.

El mentiroso desvía la realidad, el hipócrita la pervierte. Esa, quizás la mayor diferencia entre una y otra especie, se disimula cuando la víctima del engaño mastica bilis, intenta que la quina supere la laringe o se resigna sin golpearse el pecho. Apenas se apacigua la sensación de revés que sigue al descubrimiento de lo falso, el incauto podría reflexionar qué es lo que tanto le ha afectado. Pero, por lo común, tampoco lo hace.

No es una opción resolver por qué indigna la mentira, que está tan difundida como el agua. Habrá tantas razones como indignados, y es vano tratar de clasificarlas. También lo es el intento de establecer tipos de falsedades, una empresa que, por más que su fracaso se vea como obvio, fue obviamente intentada muchas veces. Agustín de Hipona, más conocido por su nombre artístico de santo, desglosó ocho categorías en su (para seguir con obviedades) Sobre la mentira. En ese catálogo, cinco son reprobables sin miramientos y tres no lo son tanto. Parece decisivo, para él, qué tanto daña la mentira y cuánto beneficia (salvo, naturalmente, que se trate de una cuestión de religión). Su colega Tomás arriesgó una variante más intensa y sostuvo que miente aun quien dice la verdad sin tener intención de hacerlo. Antes, Platón había sido más permisivo, y gustaba de presentar al mito como una variante de mentira piadosa, aprovechable por los políticos sin consecuencias éticas. Después, Kant fue terminante al descartar toda excepción al deber moral de no mentir, aun si cumplirlo a rajatabla comportara hacer el mal.

La mentira siempre tuvo mala prensa, y es probable que por eso nos resulte así de atractiva. Lo supo bien Carlo Lorenzini, quien se ocultó bajo el topónimo Collodi en honor al pueblo de su primera niñez. El toscano redactó las historias por entregas de su Pinocchio inspirado en partes de la vida de un tamborilero del ejército italiano que resultó herido en la cara y usaba una prótesis de madera para disimular la ausencia de nariz. El Tolstói menos famoso, Alekséi Nikoláyevich, tradujo Las aventuras de Pinocho al ruso y convirtió al muñeco animado en uno de los símbolos educativos más relevantes de la Unión Soviética. El Tolstói notorio, Lev Nikoláyevich (quien, por cierto, fue el autor de la primera versión moderna del cuento «Pedro y el lobo»), insistió en que el principal perjudicado por la mentira es quien la profiere. De esto sabía el médico británico Richard Alan John Asher cuando echó mano a la historia de Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, para dar nombre a la enfermedad que conlleva fingir síntomas para pasar por enfermo. El síndrome de Münchhausen no se llama así porque el barón lo padeciera, sino porque él era un fabulador fabuloso que no vacilaba en hacerse protagonista de hazañas fastuosas. Entre muchas otras, y con su labia como único aval, cabalgó balas de cañón, se valió del estómago de una ballena como medio de transporte subacuático, pudo salir de una ciénaga trepando por su propia trenza y visitó la Luna más de una vez. Con una hache de menos y sin diéresis, Munchausen cumplió su destino de personaje de ficción gracias a la prosa del bibliotecario angloalemán Rudolf Erich Raspe. El libro de Raspe se llamó Relato que hace el Barón de Munchausen de sus campañas y viajes maravillosos por Rusia. La historia de Münchhausen fue llevada al cine en, al menos, seis oportunidades a lo largo del siglo xx. Pero su versión más hermosa, aunque oblicua, se la debemos a Tim Burton y su Big Fish.

El barón viajero fue entrañable. Sin embargo, el lugar del más simpático entre los mentirosos ilustres se lo disputa el poeta Epiménides. Eso, como mínimo, por tres razones. Para empezar, su propia existencia es debatida. Para seguir, su anécdota más épica es de entidad dudosa: se cuenta que durmió durante cincuenta y siete años (de los ciento cincuenta y seis o doscientos noventa y ocho que habría vivido, según la fuente) en una cueva oscura y que, al salir, toda la sabiduría del mundo era suya. Por último, su aporte más relevante para la ciencia es una falsedad bien especial. En una tarde soleada parecida a aquella en la que comenzó su siesta legendaria, Epiménides se paró sobre una roca enorme para dirigirse a sus conciudadanos y pronunció su frase más célebre: «Todos los cretenses son mentirosos». La cuestión problemática para él fue que su público era cretense. La cuestión problemática para la lógica es que él también lo era: había nacido en Cnosos, la ciudad ubicada en la costa boreal de la isla donde Teseo se dejó orientar en procura del Minotauro. Por lo primero, el filósofo salvó apenas su pellejo. Por lo segundo, ocupó la boca de profesores y los oídos de alumnos de filosofía durante más de veinticinco siglos. Es que, si lo afirmado por Epiménides fuese verdadero, entonces sería falso: él, en tanto cretense, estaría mintiendo. Si, en cambio, fuese falso, estaría proclamando una verdad, y su afirmación sería un ejemplo de sí misma. Por lo común, se toma este caso como una paradoja: un razonamiento que sorprende porque, a pesar de su apariencia sólida, conduce de manera inevitable a una conclusión contraria al sentido común. No falta quien sostiene que la frase de Epiménides es una paradoja falsa. Esto, con seguridad, la hace más interesante.

Con todo, parece legítimo preguntarnos si la sinceridad es ya no probable (que lo es poco), sino posible. Hoy se cree que el cerebro es el primer mentiroso, capaz de crear sucesos pasados que nunca sucedieron para empujarnos a sobrevivir. La psicóloga conductista, matemática y polemista angelina Elizabeth F. Loftus ha estudiado de sobra la maleabilidad de la memoria. Sus ideas y sus experimentos son tan controvertidos (han llegado a costarle una posición en la Universidad de Seattle) como movilizadores (asegura que es posible implantar recuerdos). Si algo está claro es que, en tiempos de hologramas de bolsillo, ya no cuenta eso de ver para creer.


La defensa de la mentira

Imagen: Warner Bros.

It’s not a lie, if you believe it. (George Costanza)

Se abre el telón y aparece Ricky Gervais impecablemente vestido acudiendo a una cita a ciegas. Le recibe en su apartamento Jennifer Garner, le ofrece una copa mientras ella termina de arreglarse y le dice que irá a cenar con él solo para no decepcionar a su madre, la pobre ya empieza a estar desesperada con el hecho de que a su edad aún no tenga pareja, pero que se olvide de cualquier otra pretensión porque está demasiado gordo.

La cena transcurre como un desastre esplendoroso, los camareros no pueden evitar opinar acerca de lo inconveniente de que una mujer tan guapa estropee su ADN con un tipo tan por debajo de su nivel. Cuando la madre de ella llama por teléfono para saber cómo va la noche, Jennifer le comenta que su cita es demasiado gordo y que no siente por él ningún tipo de atracción. Para ella es obvio que juegan en ligas distintas.

Gervais vuelve a su vida gris noqueado, recorre cada día una ciudad idílica que parece el escenario de un musical, tan inmaculada que resulta inquietante. En algún momento se cruza con un autobús lleno de personas sonrientes que lleva rotulado en un lateral: «Pepsi, cuando no haya Coca-Cola»

La premisa de The invention of lying (en español, Increíble pero falso) es una sociedad donde aún no existe la mentira. Un mundo que debería ser ideal, pero que seguramente porque decir siempre la verdad es uno de los actos más sobrevalorados que existen, se hace insoportable desde los títulos de crédito. No hay lugar para las metáforas, ni para la ironía, ni ningún tipo de sutileza. La literalidad de los hechos lo abarca todo como una luz cegadora que anula cualquier matiz. La obsesión por la exactitud nubla cualquier mínimo raciocinio y los juicios de valor son devastadores. La vida transcurre en un presente continuo porque los habitantes no tienen ninguna inquietud más que aquello que es observable, y se expresan con la felicidad robótica de quien cree que tiene el control de todo.

El resto de la película no es gran cosa, se enreda en una trama de comedia romántica bastante obvia que amortigua un principio tan fuerte, pero bastan estas pocas escenas para demostrar que aunque pontifiquemos diariamente acerca de la sinceridad, vivimos rodeados de mentira. Y así debe ser. La necesitamos como se necesita un mecanismo de defensa, cuestión de pura supervivencia.

Sin ella la vida se vuelve insoportable, una sucesión de escenas aburridas que se repiten hasta morir.

Aun así, lo cierto es que nos han enseñado —y todo a nuestro alrededor nos repite constantemente— que la mentira es lo malo y la verdad es lo bueno, lo deseable, lo puro. Una especie de contraprogramación constante que no nos deja decir relajados algo que no se ajuste a la pura verdad. En nuestra desesperación por hacer lo correcto llevamos esta máxima hasta límites tragicómicos, concretamente hasta el arte, el único lugar donde todo debería estar permitido y donde la mentira es imprescindible para llegar a desvelar una verdad.

Antes de caer en la tentación de protestar porque hoy en día nos condiciona la corrección política, es necesario recordar que el padre y defensor de la idea de la mentira artística, Oscar Wilde, vivió en el Londres victoriano. Cualquier cosa de la que nosotros hoy en día nos quejemos resultará ridícula, mejor ni intentarlo.

A los inmaculados valores morales puritanos les resultaba aterrador y fascinante al mismo tiempo que alguien pudiese hacer de su profesión algo considerado pecado y asociado claramente con el caos. Si lo que era necesario creer ya estaba perfectamente delimitado en la iglesia y en el orden público, no podía haber sorpresas.

A la vida real, por desgracia, le importan muy poco nuestras teorías y se limita a repetirse como una broma perversa, por eso los mismos que se escandalizaban eran los que hacían cola en los teatros para ver sus obras, y fueron también los mismos que se felicitaron por el deber cumplido cuando lo condenaron por sodomía.

De pequeños jugábamos a partir lombrices con los palitos del helado y de mayores asistimos impávidos a linchamientos públicos, porque la crueldad con aquello que nos entretiene la traemos de serie.

En La decadencia de la mentira, Wilde articula la idea de que el arte no debería imitar a la realidad, sino que la obligación del verdadero artista, en su caso del escritor, es inventar otra realidad exquisita.

Mentir. La obligación del artista es mentir.

Crear mentira tan buena que no necesite ser explicada ni probada, porque evidentemente en tal caso no estaría suficientemente bien hecha, y que no debe ser objeto de pura inspiración momentánea sino que requiere entrenamiento. Así los escritores y los poetas deberían ser, antes que otra cosa, artistas de la mentira.

Pensemos si no por un momento, ¿por qué La metamorfosis de Kafka sedujo a la humanidad? ¿Por qué fue el primero en decir que se sentía alienado, que odiaba su propia vida? La Europa del principios del siglo XX debía de estar llena de individuos muchísimo más desgraciados que él, sin embargo fue el primero que puso ante nosotros una metáfora tan sencilla y tan potente que aún hoy sigue funcionando: el hombre que se despierta una mañana y es un insecto, la sensación de extrañamiento del bicho. Sin explicaciones, sin justificaciones, una mentira perfectamente articulada en la que se ha visto reflejada más de un siglo de humanidad y que consigue destapar la verdad profunda de lo que somos.

Por otra parte no hay como leer su Carta al padre o algún fragmento de los diarios, donde no hay ni una pizca de ficción, para darse cuenta de que Franz, la persona real detrás de la figura de Kafka, era un vulgar niño rico de Praga lleno de complejos. La mayoría de sus notas no se diferencian de tuits hoy en día, completamente intrascendentes, caducos e irrelevantes. Si lo analizamos detenidamente seguro que hemos conocido unos cuantos individuos parecidos a él y hay un alto porcentaje de posibilidades de que no nos cayesen bien. La suya suele ser una pose bastante irritante.

La vida privada de Kafka solo es interesante en la medida que alimenta la leyenda y nos aproximamos a ella con curiosidad morbosa, reconocerlo como un tipo vulgar es una especie de anticlímax y al mismo tiempo un alivio. Por otra parte, que un privilegiado como él sea recordado en la literatura por crear la gran metáfora del marginal es de una ironía maravillosa.

La lección detrás de poder observar a un autor desdoblado de esta manera es darnos cuenta de que la obra artística no tiene nada de casual y sí un distanciamiento premeditado de la realidad. Una intención de ficción y un ejercicio de imaginación sólido y concreto.

La mentira exquisita.

Sin ella no somos nada más que una colección de vulgaridades, de aquello que llamamos naturalidad pero que en realidad solo es un catálogo de vicios y lugares comunes.

Wilde comentaba como novedad en 1885, el hecho de que el ansia de realidad estaba devorando el terreno de la ficción, ocupando un lugar que no le correspondía. Habla de la escuela de estos «nuevos novelistas» obsesionados con la exactitud de los hechos, con insertar recuerdos personales en el medio de las historias o incluso sus propios puntos de vista para aportar una dimensión más real al relato. Con una buena dosis de rencor les señala que hacen trampa intentando ganarse al público contándoles historias carentes de imaginación, «material crudo» como él mismo le llama. Para Wilde es la vida la que debe imitar al arte y no al revés y aquel que quisiese contar la realidad o hacer una denuncia social no debería ser escritor ni poeta, sino periodista.

Como en el caso de Kafka, hay una ironía efervescente en que el creador del personaje de Dorian Grey, el símbolo del Narciso en la literatura moderna, arremeta contra los autores que pretenden sin pudor hacerse a si mismos protagonistas de sus propias obras.

El personaje de Ricky Gervais en The invention of lying dice la primera mentira del mundo en un momento de desesperación, cuando todo a su alrededor está a punto de romperse, y desde ese mismo momento su propia vida y cómo lo ven los demás cambia para siempre.

La madurez en el siglo XXI es nuestro propio medio hostil siempre en un equilibrio impreciso, nos consagra a las tareas más absurdas del ser humano: prevenir el colesterol, ir a buscarnos a nosotros mismos donde sabemos perfectamente que no hemos estado nunca, correr sobre una cinta sin movernos del sitio o esperar colas en Correos. Necesitamos que la ficción venga a salvarnos, a convertir nuestra rutina en otra cosa y a hacernos creer que podemos ser algo más que esta sucesión de sinsentidos que se repetirán hasta el último día.

Por eso entregaremos nuestro amor eterno al embustero que nos cuente lo extraordinario que no hemos vivido y nos desvele el secreto que explica quiénes somos, un mentiroso brillante que cambie nuestro modo de vernos a nosotros mismos y de mirar alrededor.


El árbol del espagueti y otras bonitas mentiras

Panorama, 1957. Imagen: BBC.

Richard Dimbleby era uno de los periodistas más respetados del Reino Unido en los años cincuenta. Había sido el primer corresponsal de guerra de la BBC, emitiendo desde las históricas batallas de El Alamein y Normandía e incluso desde los bombarderos de la Royal Air Force en pleno ataque sobre Berlín. Previamente había trabajado como reportero para un par de periódicos y, a su regreso de la Segunda Guerra Mundial, condujo las noticias en la cadena pública británica. Entre 1955 y 1965, año en que falleció, fue el presentador del histórico espacio de documentales Panorama, que todavía hoy sigue en parrilla.

En 1957, el programa dedicó uno de sus reportajes a «La cosecha del espagueti en Suiza». Mientras se proyectaban imágenes de una familia del cantón del Tesino recolectando espaguetis en una plantación doméstica, Dimbleby iba comentando las ventajas de la labranza tradicional del árbol del espagueti en comparación con su cultivo a nivel industrial: «La cosecha de espagueti aquí en Suiza no tiene nada que ver con la que se realiza a gran escala en Italia. Muchos de ustedes habrán visto fotos de las vastas plantaciones de espagueti en el Valle del Po. Para los suizos, por el contrario, tiende a ser un asunto más familiar».

Su tono era serio y profesional. El tema era tratado con el rigor periodístico habitual del programa. Dimbleby continuaba explicando las imágenes aportando interesantes datos sobre la cosecha: «Otra razón por la que este año podría ser extraordinario está relacionada con la desaparición del gorgojo del espagueti, la diminuta criatura cuyas tropelías han causado tantas preocupaciones en el pasado». Uno de los colaboradores del programa se preguntaba con escepticismo cómo era posible que, tratándose de un alimento que crecía naturalmente en los árboles, todos los espaguetis tuviesen la misma longitud, a lo que Dimbleby respondía que era el resultado de muchos años de esfuerzo por parte de los cosechadores del pasado, quienes habían logrado producir el espagueti perfecto.

El famoso presentador incluso incidió en la frágil situación en la que se encontraban los granjeros a finales de marzo, ya que las heladas tardías podían arruinar sus cosechas o, como mínimo, perjudicar el sabor del espagueti, dificultando su venta a un buen precio en los mercados mundiales. Para finalizar el programa, comentó, dirigiéndose a la audiencia: «Para todos aquellos que amen este plato, no hay nada mejor que unos buenos espaguetis cultivados en casa».

Las llamadas telefónicas al programa comenzaron a sucederse esa misma noche y arreciaron durante todo el día siguiente. Por aquel entonces la pasta no era un alimento habitual en la dieta de los británicos, y fueron cientos los espectadores —de los ocho millones que vieron el programa— que quisieron asegurarse de que los espaguetis, en efecto, crecían en los árboles. Muchos otros, sin embargo, llamaban para averiguar cómo cultivar sus propios espaguetis en casa, a lo que los telefonistas de la BBC contestaban siempre lo mismo: «Coloque usted una ramita de espagueti en una lata de salsa de tomate y espere lo mejor».

Ante el revuelo generado, Richard Dimbleby apareció de nuevo en las pantallas de los británicos al día siguiente para aclarar que se había tratado de una broma con motivo del April Fool’s Day. Charles de Jaeger, el cámara del programa, le había comentado unas semanas antes a su director, Michael Peacock, que uno de los profesores que había tenido de niño en Viena solía meterse con sus alumnos acusándolos de ser lo bastante tontos como para creer que los espaguetis crecían en los árboles. Una idea que sirvió de inspiración a Peacock para llevar a cabo el primer falso documental de la historia.

Imagínense la decepción del pueblo inglés al descubrir que el ingrediente principal de un plato tan exótico podía fabricarse ahí al lado, en cualquier nave industrial del condado de Warwickshire, como si fuese vulgar comida británica. Los espaguetis, lejos de ser recolectados directamente de los árboles en bonitas plantaciones alpinas, no eran más que masa de cereal estirada y cortada en tiras. No muy distinta, en realidad, de su porridge o cualquier otro mejunje de trigo o avena. Lo que Dimbleby había hecho era contarle a su país una bonita mentira para, tan solo veinticuatro horas después, tirarla al suelo y pisotearla con la punta del zapato. Con lo fácil que habría sido respetar la ilusión de los británicos y mantener el engaño para siempre.

A veces la sinceridad es una forma de traición. Uno vive feliz contemplando un mundo falso y perfecto a través de un cristal amañado y de repente alguien aparece y lo rompe de una pedrada. Como si, de antemano, todos prefiriésemos saber la verdad en lugar de vivir equivocados. En 1998, por ejemplo, miles de personas acudieron a los restaurantes de la cadena Burger King para solicitar la nueva hamburguesa especialmente diseñada para zurdos que habían visto anunciada el día anterior a toda página en USA Today. Cómo se les debió de doblar el orgullo al averiguar que la Left-Handed Whopper era una farsa del tamaño del lago Míchigan. Qué les costaba a los dependientes venderles una hamburguesa cualquiera y fingir que la vida es boba y amable.

Miles de clientes pidieron aquel día «la hamburguesa normal para diestros». El anuncio de Burger King estaba dirigido a los treinta y dos millones de zurdos que vivían en Estados Unidos en aquel entonces, pero no había motivos para que un diestro se comiese una hamburguesa que estaba construida al revés. Porque en eso consistía el invento, precisamente. Se trataba de la Whopper original, con lechuga, tomate, cebolla, pepinillo y carne, pero tenía la particularidad de que su interior había sido rotado 180 grados, «con lo que se redistribuye el peso del sándwich de modo que la mayor parte de los ingredientes se desvía hacia la izquierda, reduciendo así el riesgo de que la lechuga y otras coberturas se derramen por el lado derecho de la hamburguesa». El anuncio especificaba que incluso las semillas de sésamo habían sido meticulosamente dispuestas para garantizar la distribución de pesos de tal forma que la hamburguesa no se desequilibrase mientras uno se la estaba comiendo. Pocas verdades se me ocurren más completas que semejante mentira.

Y es que hay engaños que son mucho más admirables que la verdad. En los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, un joven alemán llamado Norbert Sudhaus se incorporó a la maratón poco antes de que Frank Shorter, el estadounidense que corría en primer lugar, finalizase la prueba. En pantalones cortos y con un dorsal falso colocado en la espalda, Sudhaus entró victorioso en el estadio, siendo jaleado al instante por el público asistente. Estaba a punto de ganar una maratón olímpica recorriendo apenas trescientos metros al trote; sin sudar. En mi opinión, el mero hecho de intentarlo le hacía merecedor de la medalla de oro. Los jueces, sin embargo, no pensaron lo mismo y lo interceptaron poco antes de que lograse cruzar la línea de meta. Unos metros más atrás aparecía entonces Shorter, el auténtico campeón, que observaba atónito cómo se llevaban de la pista a un corredor que nadie sabía de dónde había salido. Cuál sería la sorpresa del atleta estadounidense cuando el público, que había comprendido lo que sucedía, comenzó de repente a aplaudir a Sudhaus y a abuchearle a él, cuyo único pecado había sido recorrer los cuarenta y dos larguísimos kilómetros de la maratón en lugar de saltar a la carrera en las cercanías del estadio. Los alemanes, que sabían que algunas mentiras son mejores que la verdad, consideraban mucho menos meritorio el sacrificio de Shorter que la estratagema de Sudhaus. Por ridícula e irrealizable que fuese.

En otros casos, la mentira es tan razonable y sólida que, en realidad, es una verdad indiscutible. Algo así debieron de pensar los responsables de la industria del huevo en Holanda en el año 1973, cuando, ante una evidente caída en las ventas, llegaron a la conclusión de que la causa residía en la excesiva pulcritud con la que se presentaba el producto. Aquel aspecto impoluto, casi cerámico, proyectaba una imagen tan artificial que desmotivaba al comprador. La solución no podía ser ignorar los procedimientos de higienización del huevo, ya que se pondría en peligro la salud de la población, pero sí podía simularse que todos provenían directamente del gallinero. Bastaba con presentarlos como si así fuese. Se añadió, por tanto, una nueva fase al proceso de fabricación que consistía en pegar a la cáscara algo similar al estiércol y el barro una vez se había llevado a cabo su obligatoria limpieza, de tal forma que el producto final parecía completamente natural, ajeno al tratamiento industrial. Era el único modo de que aquellos huevos aparentasen ser tan reales como eran, a pesar de su aspecto artificial. Toda aquella porquería de mentira los convertía en los huevos caseros que más escrupulosamente cumplían con la normativa sanitaria industrial. En los huevos caseros falsos más auténticos de la historia.

Visto así, no le faltaba razón al premio Nobel islandés de literatura Halldór Laxness cuando escribía en su novela Bajo el glaciar que una buena mentira es a menudo mucho más significativa que cualquier verdad dicha con toda sinceridad. Aunque esta máxima sea, en esencia, una trola muy gorda, que es de lo que se trata. De ahí que unos huevos ensuciados a propósito resulten más convincentes que unos huevos impecables: porque una buena mentira tiene más consistencia y disposición que cualquier verdad mustia, por muy cierta que sea. En 1925, la realidad era que París no podía afrontar los gastos de mantenimiento de la Torre Eiffel, un monumento temporal que se había levantado a propósito de la Exposición Universal de 1889 y que las autoridades llevaban desde 1909 queriendo trasladar a otra parte. Cuánto más creíble sonaba, sin embargo, que el Gobierno prefería vender la gigantesca torre como toneladas de chatarra.

El estafador Victor Lustig encontró su oportunidad hojeando las páginas del periódico, donde se relataba el problema que comenzaba a suponer para París la torre del Campo de Marte. Al enterarse de que el Gobierno francés pensaba deshacerse de ella, pensó que tampoco hacía daño a nadie si él obtenía algún beneficio en la operación. Así que se hizo pasar por el subdirector general del Ministerio de Correos y Telégrafos y citó en el Hotel de Crillon a seis conocidos comerciantes de la industria metalúrgica, negocio muy provechoso por aquel entonces. Les comentó que se trataba de una reunión confidencial porque nadie debía enterarse de que el destino de la torre era el desguace, y procedió a ofrecer el cadáver de la misma al mejor postor.

En la calle les esperaba una limusina que les conduciría a la Torre Eiffel, donde se cerraría el acuerdo. Lustig aprovechó el viaje para comprobar cuál de los seis era el más ingenuo y decidió que su presa sería André Poisson, el menos experimentado de todo el grupo de empresarios y el que más deseaba apuntarse un tanto en el competitivo mundo de los negocios parisinos. Organizó otra reunión con Poisson y le explicó que su posición en aquella operación era la de un funcionario mal pagado al que le había correspondido la responsabilidad de adjudicar la adquisición de la torre, no teniendo inconveniente en que su decisión se viese incentivada de alguna forma. Poisson captó el mensaje y entregó a Lustig una cantidad de dinero a modo de soborno, además de abonarle el total por la compra de la Torre Eiffel.

A las pocas horas, Victor Lustig y la persona que en todo momento se había hecho pasar por su secretario, el estafador estadounidense Robert Arthur Tourbillon, se estaban subiendo a un tren con dirección a Viena y efectivo suficiente para varios años. Poisson, timado y humillado, jamás acudió a la policía. ¿Qué podría contarles, al fin y al cabo? ¿Que un tipo más listo que él lo había estafado con una mentira mucho más creíble que la triste verdad?

Poisson ignoraba que hay mentiras tan elaboradas, tan redondas y perfectas que, en el fondo, no son mentira. Como que los holandeses prefieren huevos sucios o que Francia, en 1925, quería vender la Torre Eiffel. Otras mentiras, sin embargo, se alejan mucho más de la verdad, pero vale la pena sostenerlas en el tiempo, aunque sea por puro placer. Como la de los niños pequeños y los Reyes Magos, la de Ricky Martin y la mermelada o la de aquel italiano que decía vender ralladura de queso parmesano pero en realidad eran mangos de paraguas triturados. Si es que aquello resultó ser falso.

Otra gran mentira que su autor mantuvo hasta el final fue la que se le ocurrió a Graham Chapman, célebre miembro de los Monty Python —para que se ubiquen: interpretó a Brian en La vida de Brian—, y que su compañero John Cleese rememoró entre risas durante su funeral. Como cuentan el propio Cleese y Terry Gilliam en Monty Python: casi la verdad, durante sus últimos años de vida, el aspecto físico de Chapman era cada vez peor. Parecía más cansado, más viejo, definitivamente enfermo. Él solía apaciguar los temores de sus amigos recordándoles que era médico y que, por lo tanto, si su salud no fuese buena, él lo sabría.

Poco tiempo después, cuando ya no pudo ocultarlo más, terminó reconociendo públicamente que sufría un cáncer terminal, pero decidió gastar su última broma. El perfecto ejercicio de humor negro. Algo que se podía permitir porque el que se estaba muriendo no era otro, sino él. Se puso en contacto con uno de los principales periódicos del Reino Unido y les explicó que había logrado curarse y que estaría dispuesto a revelar cómo lo había hecho a cambio de una cuantiosa suma de dinero. En el periódico aceptaron, colocaron a Chapman en portada, le dedicaron una entrevista a doble página e ingresaron un buen pellizco en su cuenta bancaria. Con cierta nostalgia, Cleese contaba durante el funeral cómo Chapman describía en la entrevista el método que había seguido para superar la enfermedad y lo fantástico que era su estado de salud una vez había logrado curarse.

«Murió un mes después», dijo Cleese al terminar de contar la historia. Y todo el mundo en la iglesia se partió de risa.

Monty Python. Foto: Cordon.