¿Cuál es la banda sonora ideal para Halloween?

Fieles a la tradición, Halloween es tras las Navidades nuestra fiesta favorita. Solo le faltan los regalos y un discurso del rey vestido para la ocasión. Ojalá llegue el día. Mientras tanto únicamente nos queda prepararnos para la noche que está al caer: ya tenemos listo nuestro disfraz, hemos elegido una película acorde al momento y… la música, eso tenemos pendiente aún. Aquí va entonces una selección para que escojamos la que merecería ser el himno de semejante acontecimiento, voten su favorita o, como la lista sería interminable, añadan las que consideren oportunas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Werewolves of London», de Warren Zevon

No es posible hablar de terror y que no aparezca mencionado en algún momento Stephen King, así que empecemos por él. Una de sus últimas novelas, Doctor Sueño (continuación de El resplandor) está dedicada a quien fue gran amigo suyo, Warren Zevon, basta leer la letra de este tema para descubrir la afinidad entre ambos. Seguro que más de una vez habrá canturreado esa bonita aliteración de «Little old lady got mutilated late last night»… La inspiración de la canción provino de uno de los componentes de los Everly Brothers, que vio la película Werewolf of London la noche anterior y se la comentó a los músicos que por entonces le acompañaban en su gira, Zevon y Waddy Wachtel. Este último lanzó un aullido que formaría parte de la composición, mientras bromearon sobre un hombre lobo con el menú de un restaurante chino en la mano. Para la parte musical Zevon tampoco se complicó la vida, teniendo a mano el tema «Shambala» de Three Dog Night, y muy especialmente la conocidísima «Sweet Home Alabama». Que si es sincronizada con «Werewolves of London» cuesta distinguir donde empieza y termina cada una.

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«Halloween», de Helloween

Cómo podríamos olvidarnos del metal alemán en general y de este grupo en concreto, cuyo nombre además de aludir a esta festividad incluye en su logo una Jack-o’-lantern, las características calabazas con rostro maléfico y una luz en su interior previamente ahuecado. Del repertorio de este grupo hamburgués valdrían muchas, pero la que ven sobre estas líneas es evidentemente la más apropiada.

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«I Want Candy», de Bow Wow Wow

Muchos de nosotros crecimos siendo advertidos por nuestras madres de señores que repartían caramelos con droga en la puerta de los colegios. Unos personajes que adquirieron un aura siniestra comparable a la de fantasmas, vampiros y zombis, todos ellos capaces de robarnos el alma. Luego crecimos y descubrimos con decepción que la droga no solo no se regalaba sino que salía carísima, por lo que resultaron ser tan ficticios como aquellas otras criaturas de terror. Pero en un nuevo giro de guion llegó internet para mostrarnos que tal leyenda urbana sí tuvo una base real, aquí está. «Su distribución se ha cortado a tiempo y no se cree probable que la droga que contiene haya alcanzado a provocar la adicción en las personas que puedan haberlos consumido», informaban, aunque para tranquilizar a los padres se añadía que «conforme a los resultados de los análisis, el consumo de estos caramelos en pequeñas cantidades no es nocivo y solo provoca un poco de sed». Ah bueno. Un momento… ¿Qué clase de análisis hicieron para concluir que provocan sed? Muy raro todo. El caso es que en Estados Unidos deben ser menos aprensivos y en estas fechas mandan a los niños de casa en casa al grito de «trick or treat» en busca de dulces. Qué mejor banda sonora entonces que el tema de The Strangeloves que esta banda punk inglesa versionó en los ochenta.

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«The Witches Promise», de Jethro Tull

Tal como nos anuncia el título de esta canción de 1970 la letra nos cuenta la historia de una bruja y sus artimañas para confundir a al incauto con el que se cruzó. Pero lo verdaderamente inquietante es en realidad el aspecto que luce Ian Anderson y sus muecas extraviadas. En el 3:07, por ejemplo, nos indica que necesita urgentemente un exorcismo.

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«Ghostbusters», de Ray Parker Jr.

En una década tan generosa en canciones rematadamente pegadizas como la de los ochenta, esta destacó por encima de la media en ese aspecto. Estuvo además perfectamente adaptada a la película, al recrear aquellos anuncios televisivos con los que se daban a conocer los Cazafantasmas. Solo le faltaba ser original. Pero no se puede tener todo, de manera que «I Want a New Drug» de Huey Lewis and the News nos muestra de dónde sacó la inspiración Ray Parker Jr. Una inolvidable película que protagonizó la portada de este número de nuestra revista en papel, en el que encontrarán todo lo que necesitan saber sobre los fantasmas.

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«Halloween», de Siouxsie And The Banshees

Inspirada en su adolescencia por un David Bowie que, a sus ojos, parecía llegado del futuro o de otro planeta, Susan Janet Ballion se cambió el nombre por el mucho más artístico Siouxsie Sioux y acabaría formando esta banda de post-punk que a su vez ejercería una considerable influencia en otros muchos grupos posteriores. Una canción cargada de lirismo que forma parte del álbum Juju, del año 1981.

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«Mi novio es un zombi», de Alaska y Dinarama

Nacho Canut y Carlos Berlanga fundaron a comienzos de los ochenta el grupo Dinarama, al que poco después se sumaría Alaska. Duraron hasta 1989, año en que publicaron uno de sus temas más recordados. Es una canción desenfadada a la que poco se le puede objetar… Miren, no es por ser puntillosos pero vemos durante la actuación a uno disfrazado de Freddy Krueger, cuando este personaje NO es un zombi. Cada criatura de terror tiene su personalidad, sus características individuales, no caigamos en generalizaciones injustas y tengamos un poco de cultura de ultratumba.

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«Scary Monsters (and Super Creeps)», de David Bowie

Cómo no iba a ganarse fama de rarito del espacio alguien que no desaprovechaba la ocasión de cantar sobre hombres de las estrellas, marcianos, astronautas o, como en este tema, monstruos espantosos y supergrimosos. Si quieren leer en más detalle sobre él, aquí tienen este artículo.

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«Black Sabbath», de Black Sabbath

«Black Sabbath» fue un sencillo del disco Black Sabbath, del grupo británico abuelo del metal Black Sabbath. Se diría que no dedicaban mucho tiempo a pensar títulos, pero en realidad el nombre de la canción precedió al del grupo. Después de que su guitarrista Tony Iommi pasara un tiempo con los mencionados Jethro Tull, regresó el mismo año, 1969, en que descubrieron que su nombre previo, Earth, era usado por otra banda. De forma que tras copiar el título de una película de terror de Boris Karloff para dicha canción, decidieron que así es también como serían conocidos. Su letra se inspiró en la experiencia de Geezer Butler, bajista del grupo, que de tanto hacer cosas satánicas en su casa un día se le terminó apareciendo aquello que describe como «una gran silueta negra con ojos de fuego».

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«No es serio este cementerio», de Mecano

Pocas cosas resultan más espeluznantes en este sombrío mundo que los ripios de Mecano. Te asaltan repentinamente, como una niña japonesa del más allá, y una vez que oigas uno ya no podrás olvidarlo jamás: «Y aunque hay buenas tumbas / Están mejor los nichos / Porque cuestan mas baratos / Y no hay casi bichos». En definitiva, una gran canción imprescindible para estas fechas.

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«This Is Halloween», de Danny Elfman

Danny Elfman es el compositor de la banda sonora de prácticamente cualquier película que puedan imaginar. Las ha hecho todas. Desde Hombres de negro, pasando por Misión Imposible hasta Cincuenta sombras de Grey. La melodía de Los Simpson también es obra suya. Una constante a lo largo de su trayectoria ha sido su cercanía a Tim Burton, para quien ha creado la música de casi todos sus filmes. Una de las más conocidas es esta para Pesadilla antes de Navidad, repleta de pavorosas imágenes en su letra: «I am the one hiding under yours stairs / Fingers like snakes and spiders in my hair». Tuvo además una versión de Marilyn Manson.

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«Return Of The Phantom Stranger», de Rob Zombie

En 1978 John Carpenter dirigió una de de las obras cumbre de su carrera artística y del cine de terror en su conjunto, Halloween. Conoció desde entonces tantas secuelas que a partir de la sexta ya perdimos la cuenta. Casi treinta años después llegó el inevitable remake, que estaría a cargo del cineasta y músico Rob Zombie, quien dos años después dirigió también la secuela de ese remake. Estamos por tanto ante todo un experto en lo que a Halloween se refiere, alguien cuya música se distingue por sus connotaciones tétricas y sobrenaturales. Esta canción pertenece al álbum con el que debutó en solitario en 1998.

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«After Dark», de Tito & Tarantula

Hay escenas que salvan películas, que logran incluso independizarse de ellas y seguir su propio camino. Es el caso de la escena del baile en el Titty Twister. No quitaremos méritos a Hayek, gran economista y mejor actriz, pero es indudable que su magnífica banda sonora tuvo mucho que ver en ello. Tito Larriva ya había colaborado con el director en Desperado, tanto en su banda sonora como actuando, y aquí repitió con inmejorable resultado. Como la escena es de sobra conocida merece la pena escuchar esta versión en directo del tema.

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«Hocus Pocus», de Focus

¿Es esta la canción más espeluznante jamás interpretada? Evoca a espectros deambulando por psiquiátricos abandonados, a demonios atrapados en dimensiones ignotas, a criaturas deformes salidas de alguna pesadilla. Es una cosa de locos. No es de extrañar que la utilizaran en uno de los episodios de Supernatural.

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«Thriller», de Michael Jackson

Tras una ardua lucha contra la tentación de dejarlo fuera, finalmente ahí va este tema que no se entendería sin su vídeo. John Landis había estrenado Un hombre lobo americano en Londres (cuyos actores protagonistas mostraron posteriormente su extrañeza porque no incluyera en la banda sonora la citada «Werewolves of London»), film que entusiasmó a Michael Jackson y recurrió a él para rodar un videoclip que superase todo lo visto hasta entonces. Han pasado treinta y tres años y ahí sigue esta maravilla en lo más alto de la cultura pop. Sobre la canción, el vídeo y la trayectoria musical de tan peculiar artista ya publicamos en su día este artículo.

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«Halloween», de The Misfits

Es muy interesante ver cómo un mismo tópico, en este caso la fiesta de Halloween, es interpretado por cada grupo de forma que cada uno aporta su estilo, su particular mirada. Eso es el arte. Así que aquí tenemos de nuevo una canción con el mismo título de otras incluidas en esta lista y también, una vez más, a una banda en la que las fronteras entre la música y el cine resultan muy difusas. Para este conjunto de horror punk originario de Nueva Jersey el género de terror de serie B ha sido una fuente inagotable de inspiración, cuyas canciones a menudo llevan el mismo título que esas películas: «Abominable Dr. Phibes», «Night of the Living Dead», «Astro Zombies», «Return of the Fly»… etc.

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«Somebody’s Watching Me», de Rockwell

Si en plena noche oímos crujir algún mueble podríamos creer en un primer momento que se trata de la madera contrayéndose debido a la bajada de temperaturas… ¿Pero no es mucho más lógico pensar que se trata del espíritu de nuestra abuela muerta que ha recorrido unos cuantos kilómetros para meterse en nuestra casa y hacer esos ruiditos a las tres de la mañana sin otro fin que jodernos? Es de sentido común. Así que, quizá por cercanía a nuestra experiencia, pocos tópicos del género de terror avivan más nuestra imaginación que el de las casas encantadas en las que acecha alguna presencia sobrenatural. De eso trataba este himno a la paranoia en el que también cantaba Michael Jackson, que alcanzó un gran éxito por las mismas fechas que el anterior. Cabe señalar que en buena parte está rodado en primera persona, unos cuantos años antes de que «Smack My Bitch Up» pusiera de moda esa perspectiva en los vídeos musicales.

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La sombra más allá de Lovecraft

Lovecraft
Fotografía: Eric Kilby (CC).

Es preciso que alguien escriba estas líneas. No nos queda mucho tiempo. Se multiplican señales por el mundo como pústulas sobre un cuerpo enfermo. La luna se tiñó de rojo y sin duda es el preludio a la alineación de los astros en el orden correcto. Desde hace ocho décadas Lovecraft y su legado han estado advirtiéndolo. Disfrazándolo de ficción para no ser tomados por locos, pero ¿no es la mayor locura pensar que la existencia del ser humano tiene algún sentido y propósito ante la inmensidad salvaje y lóbrega del cosmos? Terrores incognoscibles que en un universo ordenado no deberían existir aguardan su momento. Pero en el universo no hay orden, no hay Dios ni moral y las leyes físicas que apenas conseguimos atisbar no son sino frágiles velos que aguantan en pie porque los primigenios no han querido todavía rasgar. Somos polvo muerto a la espera de que poderes inefables nos barra por capricho, si acaso una emoción tan humana como esa fuera achacable a Azathoth y su corte en el caos primordial. El momento se acerca, las señales están claras y alguien debe intentar desentrañarlas aun a costa de su cordura. Porque no está muerto lo que puede yacer eternamente, y la influencia de las revelaciones de Lovecraft y su círculo están más vivas que nunca.

En la literatura

Desde la irrupción de Lovecraft no hay prácticamente obra en la literatura de terror que no beba de alguna de sus ideas o las de Poe, el otro gran abuelo del horror moderno. El miedo se construye alrededor de lo desconocido y extraño, y no hay nada más ajeno que ese cosmos en el que no tenemos papel ninguno y tratamos de adaptar a nuestros conceptos morales de bien y mal. Si bien su aportación más importante es el horror cósmico, la soledad y la insignificancia humana en un universo caótico y sin moral, azaroso y hostil, carente de significado y angustiosamente ajeno a nuestras cavilaciones, en sus cuentos primerizos Lovecraft recurría a los clásicos macabros encuentros con cadáveres, monstruos, brujos o espíritus.

Hay algo de Lovecraft en esas realidades subyacentes a la nuestra que describe Clive Barker. Y hay mucho en la obra del más grande escritor contemporáneo del género, Stephen King. La corrupción de toda una comunidad bajo el influjo de un monstruo indefinible en It, las criaturas ciclópeas y tentaculadas de otra dimensión en La niebla, ese señor Gaunt de La tienda que bien podría ser una máscara de Nyarlathotep, el homenaje directo con libro de saberes prohibidos incluido en Los misterios del gusano.

El que llamaban el secreto mejor guardado de la literatura de terror, Thomas Ligotti, quizá sea el máximo exponente de la tradición lovecraftiana. Ya no tanto en lo meramente literario, sino en lo filosófico. Si había un paso más allá en lo fútil del ser humano, en el error de existir por nada y para nada, en el nihilismo y pesimismo más exacerbado, lo ha dado él.

La sombra del caballero de Providence se extiende incluso sobre la literatura fantástica y humorística de Terry Pratchett en las criaturas amorfas de sus Dimensiones Mazmorra, siempre a la espera de devorar la vida del Mundodisco. Ni Borges, en principio reacio a su literatura, a la que acusó de parodia de Poe, pudo resistirse a seguir su estilo en There are more things.

En la literatura española

Y como vemos no solo cubre la literatura anglosajona. Rafael Llopis fue el primero en popularizar su obra en España y crear aquí algún cuento a la manera lovecraftiana. Hoy es una legión de dementes adoradores de Cthulhu la que se ocupa de mantener viva y renovada esa tradición en nuestro país, pero destacan Jesús Cañadas, Emilio Bueso y Daniel Ausente. En Los nombres muertos Cañadas convierte al propio Lovecraft, con la compañía de Frank Belknap Long, Robert E. Howard y Sonia H. Greene en los protagonistas de una historia narrada en excelente tono pulp sobre la búsqueda del Necronomicón. Emilio Bueso traslada los Mitos de Cthulhu a la actualidad, con un estilo que es la vez contemporáneo y homenaje al de Providence, por extraño que resulte, entrecruzando las trágicas vidas de un grupo de niños abandonados de las calles de El Cairo con una pareja de Barcelona y la amenaza de la destrucción absoluta del mundo a manos (o seudópodos) de Azathoth en Extraños Eones, quizá la mejor reelaboración de los Mitos que ha dado nuestro tiempo. Daniel Ausente, por su parte, con Mataré a vuestros muertos, construye un fenomenal artefacto que oscila entre el horror cósmico, la literatura pulp y el cine quinqui. Arquetipos de la Barcelona más marginal del Barrio Chino contra horrores innombrables. Algunos capítulos de su libro, especialmente los dedicados a los animales «totémicos» de la ciudad funcionarían perfectamente como relatos independientes, sin perder ritmo con la historia. En concreto el capítulo «Lo que cuentas las ratas» podría y debería ser incluido como cuento en cualquier antología de lo mejor del género lovecraftiano.

En el cine y la televisión

Lovecraft
Fotografía: Travis Isaacs (CC).

Dejemos de lado las olvidables películas basadas directamente en las obras de Lovecraft, salvando quizá, por cariño, tanto Re-Animator como aquella Dagón, la secta del mar que fue el último trabajo de Francisco Rabal y que tenía el acierto de trasladar la acción de la lovecraftiana Nueva Inglaterra a Galicia, y el hallazgo de convertir el corrompido pueblo de Innsmouth en un tan carpetovetónico como acertado Inboca.

No hablemos de adaptaciones, sino de influencias. Además de la presencia del Necronomicón en la trilogía Posesión infernal de Sam Raimi, las más evidentes las encontramos en John Carpenter, por dos veces. Una de las películas quizá más terroríficas de la historia del cine, La cosa, debe tanto a El enigma de otro mundo como al relato o novela corta Las montañas de la locura. Un grupo de científicos en el vacío y aislamiento de la Antártida enfrentados a un horror ajeno, antiguo, ominoso, informe y casi omnipotente. Y más tarde En la boca del miedo, mala traducción del original In the mouth of madness que hace referencia clara también al de At the mountains of madness. De nuevo horrores informes, esta vez a la espera de que un escritor abra las puertas a nuestro mundo para desatar la locura y la ruptura de la realidad tal y como la conocemos.

Cabe destacar, como curiosidad, un sorprendente filme del sub-subgénero found fotage (tan querido en el terror) titulado The borderlands. Lo que empieza en apariencia como típica historia de una iglesia tal vez encantada o poseída por fuerzas demoníacas termina con uno de esos giros sorprendentes que aquí no es forzado ni tópico, sino valiente y efectivo, y se aleja de las típicas posesiones infernales o cuentos de fantasmas para descubrirnos un fondo lovecraftiano, o más bien influido por Robert E. Howard, amigo y parte de su círculo. Quienes hayan leído relatos como Los gusanos de la tierra lo verán claro.

Y True Detective, claro. La primera temporada, olvidemos la segunda. Precisamente gran parte de la fuerza que mostraba aquella primera temporada se debía al elemento vagamente y nunca confirmado elemento sobrenatural que remite, si no a Lovecraft en puridad, sí a elementos creados por Robert W. Chambers e incluidos en su mitología: el Rey Amarillo y Carcosa.

En la música

Podría decirse que en el mundo del metal hay todo un subgénero dedicado casi en exclusiva a Lovecraft, hasta en el nombre de los grupos. No hay estilo musical más interesado en la literatura oscura y el arte macabro que este. El grupo de metal alemán Rage, sin ir más lejos, dispone en su catálogo de canciones con algunos ejemplos, y destaca «In a Nameless Time», cuya letra reescribe el relato «La sombra más allá del tiempo». Los ejemplos son interminables y darían para artículo propio, subgénero por subgénero. ¿Queremos doom metal? Pues aquí está «Supercoven», la invocación a Yog-Sothoth de Electric Wizard. Y así hasta el infinito o el trono de los Dioses Exteriores en el centro del universo. Pero de mayor importancia por su colosal proyección como una de las más grandes bandas de metal de todos los tiempos tenemos a Metallica y dos canciones concretas: «The Call of Ktulu», una instrumental cuyo título lo dice todo, y «The Thing That Should Not Be», incluida en ese non plus ultra y cumbre del género metálico que es el Master of Puppets. Nuestro amado y nunca olvidado Cliff Burton era admirador de la obra de Lovecraft, e influyó en James Hetfield a la hora de escribir una canción que nos habla del relato «La sombra sobre Innsmouth».

Y como no solo en la pura música influye el hombre, un dato: en la portada del Live after death de Iron Maiden podemos ver una lápida inscrita con los más famosos versos del Necronomicón: «That is not dead which can eternal lie / And with strange aeons even death may die».

En los juegos

Sobre una mesa y con unos dados todo empezó con el juego de rol La llamada de Cthulhu, creado por Sandy Petersen. Son incontables como las máscaras de Nyarlathotep los juegos posteriores, pero destacan El rastro de Cthulhu (con un componente mayor de investigación en la mecánica) en el rol y Arkham Horror y sus variantes y ampliaciones en los juegos de tablero. Estupendos para pasar una larga tarde con los colegas ofreciéndose como víctimas propiciatorias a los primigenios en un intento por salvar al mundo que rara vez termina en victoria. Ese es el espíritu, y es una muestra de respeto a las historias originales, en las que los protagonistas de las historias cthuloides terminan muertos, corrompidos, dementes, o algo peor.

Existen experiencias aún más inmersivas en la lucha contra la locura y el horror: la aventura en vivo. Varias empresas organizan juegos en vivo similares a las famosas supervivencias zombi, aunque con ambientación lovecraftiana e historias de fondo más trabajadas. Entre las recientes iniciativas destaca en España Pueblo Maldito, donde decenas de jugadores pasan toda una noche en un pueblo interactuando con el ambiente y los actores, encontrando pistas y resolviendo pistas para frustrar los planes de la Orden Esotérica de Dagon. Una experiencia imprescindible si uno desea llevar el juego más allá de la mesa. 

Frente a una pantalla, quizá el inicio de la popularidad está en el Alone in the dark de Infogrames. Luego llegarían homenajes directos como Shadow of the comet o Call of Cthulhu: Dark Corners of the Earth. Y cientos de referencias tangenciales: ¿no es esa efigie que provoca locura, mutación y muerte en las distintas entregas del moderno Dead Space una clara muestra?

En el cómic

Lovecraft
Fotografía: Eric Kilby (CC).

Conan. Así, a la brava. Un personaje creado en la literatura por Robert E. Howard, miembro del círculo de Lovecraft. Antiguas civilizaciones en un tiempo olvidado, dioses monstruosos de morfología tentacular y alienígena. Adaptaciones de muchos de sus relatos por Richard Corben, Alberto Breccia y quien quieran imaginar. Los Siete Dioses del Caos en Hellboy, de Mike Mignola, de evidente inspiración lovecraftiana. Hans Rodionoff, Keith Giffen y Enrique Breccia narrándonos en el cómic Lovecraft la gran verdad: que nada de esto es ficción y que el escritor tuvo contacto con los horrores que escribió, y enloqueció y murió por ellos. Todo empieza a encajar.

En el sexo

Lo cierto es que en la obra de Lovecraft el amor no existe: si somos hormigas a la espera de que una lupa azarosa nos fría sin remordimiento, no hay fuerza humana conocida, ni fe ni amor, que tenga la menor importancia. Y el sexo tampoco. O apenas. El sexo solo aparece como herramienta de corrupción para traer al mundo engendros híbridos desde los vientres humanos. No sorprende entonces que la mejor aproximación que Alan Moore haya concebido (mediante el cómic) en los Mitos de Cthulhu gire en torno al sexo perverso y enfermizo. En The Courtyard y Neonomicón desarrolla un argumento casi psicoanalítico en torno a lo que lo que Lovecraft no mostró pero puede subyacer en su obra.

Menos trascendente y más en lo de romper a follar tenemos en Japón cierto tipo de hentai que incide furiosamente en los monstruos con cientos de pollas tentaculares, claro. Y hasta juguetes sexuales siguiendo el concepto.

En la ciencia

¿Qué demenciales e insensatos horrores habrá descubierto la sonda New Horizons en el planeta Yuggoth, mal llamado Plutón por nosotros, los insignificantes humanos? Si queremos conservar la cordura es mejor que nunca lo sepamos.

En la política

«Cthulhu for president: why chose the lesser evil?». Es imposible saber cuántas veces hemos visto estos carteles cada vez que unas elecciones se aproximan. Cthulhu presidente, y equivoquémonos a lo grande. Al menos tenemos la certeza de que sería el único en cumplir a rajatabla sus promesas electorales: devorar a la humanidad y destruir el mundo.

Y una reflexión inquietante: ¿acaso el Mercado no será, más que un entre abstracto e incomprensible, un verdadero primigenio? Un sultán idiota que roe y babea y ruge en el centro del caos primordial, adorado por sectarios dementes y amorales surgidos de las más lóbregas estancias de la escuela económica austríaca y de la de Chicago para ofrecerle nuestras vidas en sacrificio. Cthulhu, Subb-Niggurath, Azathoth, Yog-Sothoth, Mercado… Entes primordiales devorando una existencia sin razón. ¿Y no esconderá el casquete capilar de Donald Trump un cerebro injertado de mi-go, hongo de Yuggoth, presto a despertar a los primigenios y los antiguos?

Me llamarán loco, pero las señales están claras. El momento se acerca y ya apenas nos queda tiempo. Estrépitos de succión babosa corroen mi puerta. Es demasiado tarde y no podré cerrar estas líneas. ¡ESTÁN ENTR…


Gastronomía extrema y gusto adquirido

El casu marzu, delicioso queso típico de Cerdeña, conocido por el uso de larvas vivas de mosca para su fermentación. Foto: Shardan (CC)
El casu marzu, delicioso queso típico de Cerdeña, conocido por el uso de larvas vivas de mosca para su fermentación. Foto: Shardan (CC)

Antigastronomía. Apúntenlo quienes tengan unos impulsos emprendedores que ninguna práctica terapéutica seria haya sido capaz de reprimir. Y ya que resulta inevitable que estos emisarios del mal tomen posesión de bares, tascas, cantinas y restoranes —siempre atentos a la oportunidad de presentar cuentas de importes legendarios a una clientela que aún se encuentra enfrascada en una lucha sin sentido con unas vajillas de formas geométricas venidas de mucho más allá de Kandor, o de Otoh Gunga, o de donde moran y esperan Todos Aquellos—, ya que no hay manera de evitar que dilapiden parte de su capital y todo el que hayan podido reunir mediante las clásicas argucias de oveja negra de la familia, unos sablazos que incluso contabilizándolos echando mano de la notación exponencial necesitan más de un cero para ser medidos con exactitud, aconsejémosles que lo hagan a lo grande y arrasen lo que queda de nuestra empobrecida cultura occidental con este concepto ganador. La antigastronomía es la tabula rasa que llevamos esperando desde al menos 1917.

Hay quien se ríe de esa famosa máxima que cuelga en un lugar prominente de todo buen hogar cristiano y español, unas veces bordada en hilo de oro y otras grabada en mármol y otras piedras incluso preciosas, y que proclama con sano orgullo que «como en casa, no se come en ninguna parte». Otros, mucho más civilizados, más instruidos, más viajados, publican en notorias publicaciones especializadas artículos científicos combatiendo esta tradicional verdad (1), y por tanto no hay que dudar de la caída del pedestal que más pronto o más tarde va a sufrir la cocina de la abuela. Esos, los que miran con burla un plato de macarrones con tomate mientras enseñan fotos muy bien enfocadas de algún mercado de Rangún o Tegucigalpa, son el público objetivo. Los cosmopolitas, los ciudadanos del mundo, los que han sustituido la internacionalización de la lucha de clases por el ataque a las fronteras gastronómicas. Los amantes de la naturaleza monitorizada y los degustadores de tofu y sake, que a su vez son capaces de experimentar la no siempre explícita satisfacción que puede ofrecer un concierto de bongos. Esos serán los clientes potenciales en un lado del espectro social, mientras que, en el extremo opuesto, aquellos que luchan por mantener las tradiciones y se aferran a un plato de morcilla de Burgos como un zarigüeya a la entrepierna de un oso pardo tampoco podrán resistir la tentación de acudir a sus establecimientos con el ansia de reforzar su verdad. Que, como ya habrá adivinado el menos avispado de los lectores, es la misma, pues estamos afrontando las diferencias que separan un plato de escorpiones au vin de un zurullo de sangre coagulada con arroz. ¡Relativismo! Una apuesta que los consultores más cualificados no dudarán en denominar One Hundred Percent Win (OHPCW) justo antes de que mueran asfixiados al tragarse involuntariamente su propia lengua.

¿Qué debe incluir una carta de un espacio antigastronómico? ¿Qué hitos de la idiocia humana o la glotonería desmedida no deben faltar, ya sea en menús contradegustación cerrados ya en pequeños y delicados bocados —merde brûleé en miniatura, la bautizará algún crítico— que de cualquier modo bastarán para repugnar al más atrevido de estos catequistas del ecumenismo culinario? ¿Debemos seguir las pautas marcadas por un sabor u olor objetivamente repugnante? No son pocos los relativistas absolutos (2) que niegan la existencia de cosa semejante. «Gusto adquirido», proclaman ciertos antropólogos a sus auditorios en todas las universidades de la Ivy League. ¿Quizás sería necesario restringirse entonces a aquellas recetas que resultan repelentes debido a la materia prima utilizada en su elaboración? «Todo es cultural», siguen dando la tabarra los mismos eruditos ¿Debemos fijarnos en la textura? Mmmmh, eso suena a alta gastronomía. Desconfiemos ¿Y los alimentos tabú? Podría ser, pero un propuesta caníbal entraña riesgos inadmisibles tanto si resulta un éxito como si termina en fracaso, así que mientras esperamos a conseguir fondos para levantar la némesis del inefable Basque Culinary Center y fijar un programa de estudios que le dé cierta pátina científica a la cuestión, mientras diseñamos un organigrama complejísimo que impida seguir con claridad los desvíos de fondos que ya tenemos programados y buscamos una localización para levantar el horror arquitectónico de turno —un lugar que hasta el momento todos coinciden en situar en el altar mayor de la catedral de Burgos— les dejamos unas pistas sobre cómo iniciarse en este fascinante mundo y hacerse de oro y diamantes al mismo tiempo que, siguiendo una práctica comercial bien asentada, se descojonan de sus clientes.

Balut

Foto: Nepenthes (CC)
Foto: Nepenthes (CC)

La manera suave de describir el balut es decir que se trata de un huevo cocido fecundado, ya sea de pato o de oca. La verdad es que se trata de un huevo con un feto dentro; en todos los casos, independientemente de la latitud del sudeste asiático en la que se haya aterrizado o desembarcado, se podrán apreciar la textura y sabor de plumas, pico y huesecillos más o menos desarrollados. En las Filipinas les gusta de diecisiete días, mientras que los vietnamitas no se acercan a uno de estos manjares si no tiene al menos tres semanas de protovida. Este plato, como es natural, supone una dura prueba para los negacionistas de la perfidia característica de la mente oriental, que durante tantos y tantos años nos dio una serie de malvados inigualables en crueldad, compromiso con el mal e inefable mala leche. Ya saben, Fu Manchú, Tojo, el Doctor Infierno, el general Francisco Franco (3)… Por no hablar del cortocircuito neuronal que provoca en, por ejemplo, un proabortista vegetariano.

Los debates sobre la correcta manera de consumir este manjar son interminables. Arde tuiter en el Trópico de Capricornio defendiendo la verdad de consumir primero los jugos del huevo y después masticar el feto, para terminar con la clara y la yema, o bien seguir el orden inverso. No falta quien lo toma en adobo —el adobo es mejor, el adobo es más alegre—, frito o como relleno de unos pasteles que, suponemos, serán el elemento estrella del ágape de cumpleaños de ese hijo cabrón que antes o después siempre acaba por aparecer en todas las familias.

Así pues la mejor apuesta para darse a conocer y generar debate es servir un menú que se abra con raciones de balut en distintos estadios de gestación. Una cata de baluts con eminentes embrionistas dando las indicaciones oportunas y repartiendo tobas entre la concurrencia a diestro y siniestro, con la excusa de que se trata de una antigua tradición china bien representada en todos los jarrones policromados de la dinastía Ming, e incluso en alguno anterior. Pronto la carrera de Embriología Gastronómica será tan solicitada como la de chef, DJ, politólogo o LET, y cualquier gobierno aprenderá la lección y, del mismo modo que en los colegios de las Filipinas se obliga a los niños a diseccionar y posteriormente consumir un balut como parte de la formación del espíritu nacional y unos traumas inenarrables, aquí se gastaría el importe de varios presupuestos de sanidad en investigar y desarrollar una receta potencialmente asquerosa que deje al Misterio temblando y vertebre la identidad nacional. La gastronomía como herramienta política.

De momento en España no se encuentran baluts, al menos a un precio definido en moneda de uso corriente; quien quiera atravesar esta última frontera de la razón siempre puede desplazarse a Nueva York y apuntarse al concurso anual que organiza el restaurante Maharlika. El récord actual es zamparse veintisiete de estos fetos en cinco minutos. Corran.

Huevo centenario

Foto: Kowloonese (CC)
Foto: Kowloonese (CC)

Si el balut resulta asqueroso por lo que contiene, el huevo centenario —típico de la China; en algunas regiones se dan más ínfulas y lo denominan milenario— se aparece repugnante a la mente occidental tanto por su color verde parduzco, un color que le resultaría sucio a la Cosa del Pantano, como por su inconfundible aroma a pis de caballo. No es una figura retórica; durante muchas generaciones de chinos corrió el rumor de que además de enterrar durante meses los huevos de pato, gallina o codorniz bajo capas de arcilla, cal viva, cenizas, cáscaras de arroz, sal y otros minerales alcalinos, se ponía la guinda al pastel acercando un jamelgo para que rociara todo ese pifostio con varios litros de meados de distinto color, dependiendo de lo que hubiera comido el percherón y de la hora a la que le diera por aliviarse. De momento, y hasta que algún chef estrella no tome cartas en el asunto, no es verdad.

Al parecer, allá por el siglo XV, cuando un natural de la China interior encontró unos huevos enterrados bajo el mortero que estaba empleando para la construcción de su casa, comprobó que el pH había superado el 12 y se habían roto ciertas proteínas y grasas complejas e insípidas, produciendo otras más sencillas pero con un sabor y olor más fuerte, como por ejemplo a queso fuerte, amoníaco y azufre. Otra versión es que al encontrar los huevos no pudo resistir la tentación de putear a un cuñado especialmente odioso, y aprovechando que la frase «no hay huevos» le venía que ni pintada le planteó un reto que, con el paso de los años, tornó en tradición. Es el mismo mecanismo que hará que dentro de varios siglos, cuando lo único que se conserve de nuestra malhadada sociedad sean los vídeos de L.A. Beast (4), se considere el consumo del Tabasco como una delicatessen y la consecuente peritonitis endémica logre la extinción de la humanidad, planteando un dilema biológico a cualquier raza extraterrestre futura que aparezca posteriormente por aquí, quienes no tendrán más remedio que acudir a la ciencia y la caída de un meteorito compuesto por heces estelares para explicarse todo lo que encuentren bajo sus pies.

El huevo centenario se puede probar en el restaurante Royal Cantonés de Madrid, aunque no cuesta encontrarlo en cualquier restaurante chino del mundo.

Kopi luwak

Foto: Wibowo Djatmiko (CC)
Foto: Wibowo Djatmiko (CC)

A ciertas civilizaciones les atribuimos una sabiduría milenaria y un conocimiento científico incompatible con ella. Un ejemplo práctico es el de estos granos de café cagados por una especie de ardilla malaya llamada civeta. Al parecer las enzimas digestivas de la civeta, si bien no digieren el grano del café, sí lo modifican químicamente, rompiendo las proteínas que producen el amargor —recuerden, el amargor es peligroso— y añadiendo un sabor al que nadie todavía se ha atrevido a dar nombre. Los granos cagados se lavan y tuestan muy ligeramente para no estropear los sabores adquiridos por la digestión, y finalmente se ponen a la venta a un precio que nunca baja de los cuatrocientos dólares el kilo. Además, estos simpáticos animales tienen unas bolsas rebosantes de algalia alrededor del ano; la algalia es una sustancia untuosa que se utiliza como base en la perfumería más selecta y que de paso aporta una contribución impagable para el desarrollo de la humanidad al cambiar el sentido de la expresión «oler como el culo».

Como es poco probable que un indígena de Java o Sumatra de hace doce siglos intentara describir la complejidad que se encierra detrás de una enzima sin terminar él mismo dentro de una cazuela, o bien toda esta parafernalia científica que se oculta detrás de un grano de café le fue revelada por una raza alienígena, cuyos actuales descendientes serían los grandes chefs y los aficionados al yoga, o bien tenemos aquí, una vez más, una muestra de los beneficios del humor escatológico. Alguna mente preclara llevaría al extremo la sentencia «este café está hecho con mierda» para beneficio de aquella parte de la humanidad que se pueda pagar lo que le salga del ano a un bicho tropical. Bien por él.

En contra de lo que se suele discutir en los foros más exclusivos de cafeterías como Embassy o Gregory’s, el kopi luwak no es el café más caro del mundo. Semejante honor recae en el Black Ivory, que es lo mismo pero usando el tracto intestinal de un elefante como elemento modificador de las propiedades de los granos de café. Como el elefante sí mastica y machaca los granos, y como el volumen de una cagada de elefante supera en varios órdenes de magnitud el de cualquier otro animal terrestre, es fácil adivinar que el implacable funcionamiento de los mercados aprovechará las circunstancias para sacar a la venta este manjar por no menos de mil cien dólares el kilogramo.

El kopi luwak no es difícil de encontrar, y se puede comprar aquí y en otros muchos comercios especializados en café y otras incongruencias alimentarias.

Hákarl

Foto: Chris 73 (CC)
Foto: Chris 73 (CC)

Como el ansia de ir más allá superando retos no es exclusiva del lejano oriente, también en las latitudes nórdicas se aplican con esmero a la elaboración de alimentos repugnantes, ofreciendo así pruebas irrefutables del axioma que establece que el desarrollo social de una civilización es inversamente proporcional a su envergadura gastronómica. La gula hundió al Imperio romano, y no es fácil entender que una sociedad dedicada a profundizar en los vericuetos de la fenomenología o el idealismo no tiene tiempo de esferificar merluzas. Si prestan atención a este principio y a todo lo que hemos expuesto sobre la ciencia, las enzimas y los habitantes del Timor oriental primitivo, encontrarán no pocas contradicciones y, al mismo tiempo y dada la excelencia de la gastronomía española y el contenido de este artículo, una prueba concluyente y definitiva, iniciando un bucle infinito al que solo podemos poner fin hablando de tiburones que son sacos de uretra submarinos.

De entre todos los animales árticos, la cabezonería islandesa se propuso convertir en su plato nacional al tiburón boreal y, en caso de que semejante bicho escaseara por esas costas del fin del mundo, al tiburón peregrino. El alto contenido en ácido úrico de estos animales los hace mortalmente venenosos si se consumen frescos; es terrorífico pensar la cantidad de muertes que debió de causar su ingesta hasta que algún héroe vikingo sin cerebro pensó que puestos a morir, por qué no hacerlo con hombría y dignidad comiendo un pedazo de pescado podrido. Así que se entierra la parte oportuna del tiburón en un hoyo lo más alejado posible de cualquier asentamiento humano hasta que, después de doce semanas, se ha desecado y podrido, momento en el que se procede a colgarlo del techo durante unos cuantos meses como si fueran a formar parte del delirante atrezzo del Museo del Jamón. Todo este proceso desprende un aroma que eleva la peste que suelta una fábrica papelera a la altura del frescor de las cumbres del Tirol. La descripción más precisa del olor y sabor del hákarl listo para ser comido es aquella que lo describe como similar a un producto de limpieza industrial modificado convenientemente para desprender un olor desagradable que mantenga alejado a todo intruso sin acceso permitido a las instalaciones, como pueden ser las ratas, las cucarachas y los hijos putativos de Yog-Sothoth. Si hay un alimento en el mundo que se ajusta a los parámetros del gusto adquirido, sin duda es este. Por razones obvias, no es fácil de conseguir fuera de Islandia.

Vegemite

Foto: Tristanb (CC)
Foto: Tristanb (CC)

En el otro extremo del mundo encontramos una de las muestras más brillantes de las aptitudes del homo economicus, capaz de comercializar como alimento nacional un subproducto del proceso de fabricación de la cerveza dotado de un sabor que ni siquiera los gastrónomos más cínicos podrían apreciar. El Vegemite es un chiste, un chiste gracioso y adictivo del que, ojo, es difícil prescindir una vez que se ha experimentado. Hay gente que vuelve de Australia encandilada por maravillas naturales como la barrera del coral, Ayers Rock, Bondi Beach y los Radio Birdman, y hay quien retorna con los ojos desorbitados, ensangrentados, sin poder cerrarlos un momento ni siquiera para dormir el sueño de los justos, sin otra misión en la vida que localizar a quien le pueda proporcionar un frasquito diminuto de la repugnante pasta que en estas latitudes septentrionales ha sido imitada burdamente por asquerosidades de medio pelo como el Marmite —la metadona de los vegemitómanos, que no logra ni de lejos alcanzar ni la textura ni el sabor requeridos a la hora de untarlos sobre una tostada de mantequilla— y a los que se puede ver arrastrándose por las esquinas de los bares preferidos de la comunidad australiana de Londres, el único lugar del hemisferio norte donde se puede encontrar la preciada pasta. Oh, queremos tanto al Vegemite.

Gallinejas y entresijos

Foto: Yolanda Gándara.
Foto: Yolanda Gándara.

El asunto de esta especialidad ya se abordó científicamente en esta publicación. La vigencia de ese paper, merecedor de una subvención, una beca y la medalla al mérito civil y militar, no es discutible, y a él nos remitimos.

Perro

Foto: DP.
Foto: DP.

Si «hay algo intrínsecamente malo en un país que no tiene caballos», como dice Dallas en La chaqueta metálica minutos antes de que le revienten el abdomen, no queremos ni pensar los niveles de maldad o hambre que desarrolla una nación capaz de tomarse al pie de la letra la receta del perrito caliente. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en que el afecto que muestran los perretes hacia sus amos, las muestras de amor incondicional y alegría muchas veces injustificada, son un mecanismo de autodefensa desarrollado con el propósito de generar compasión y otros sentimientos que impidan su empleo, ya sea como ingrediente principal o como guarnición, en la elaboración de un estofado, curry o algo peor aún. Comer perro denota una carencia de humanidad que automáticamente clasifica como alimento con fecha de caducidad a quienquiera que fomente esa práctica. Comer perros deja al canibalismo como una extravagancia culinaria similar a la de comer sushi. No lo hagan, por muchas ansias de multiculturalismo que se sientan obligados a fingir.

Heavy metal alemán

 Foto: Darz Mol (CC)
Foto: Darz Mol (CC)

El peor heavy metal alemán es un alimento para el alma. Un día amargo, uno de esos días en los que te sientes solo, desgraciado y con ganas de comer perro, solamente te lo arregla una buena dosis de heroína y siete horas seguidas de Gamma Ray. Nadie te quiere porque te huele el aliento a escamoles y tienes manchurrones de Vegemite en los calzones. Te han copiado la idea del restaurante de comida nauseabunda y ahora en Madrid Fusión y otros templos de la villanía dan lecciones de cómo preparar el lutefisk más vomitivo mientras hacen rodar ejemplares de varias toneladas del queso casu marzu sardo, fermentado no con larvas de la mosca del queso, sino con auténticos tábanos de vientre multicolor, las famosísimas moscas de la mierda suelta. Por todas partes se abren cadenas de comida rápida sirviendo hamburguesas de kimchi aderezadas con tofu. Piensas en el suicidio como la única salida honorable. Y entonces descubres que si hay gente que le encuentra un sentido a la vida comprando discos de Metalium, tú bien puedes dedicarte a lo que más te apetezca; a pintarte la cara con maquillaje cadáver, a hacerte socio del Real Madrid, a socializar lobos de la estepa siberiana, a lo que sea, a lo que quieras. A tumbarte en el sofá a sobarte la entrepierna para después pasarte la mano por debajo de la nariz sin darle explicaciones a nadie y sentirte libre de toda responsabilidad, como si fueras un albatros, un guepardo, un delfín o un ministro de Sanidad. El metal alemán me hizo así.

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(1) E. Filardi, «Como en España se come en muchos sitios», Jot Down Magazine nº7, especial «derribando mitos», p. 12 y ss, Barcelona, 2014. Aunque este artículo sea el segundo en el índice de la publicación, pocos dudan de que sea el más importante de todo el número.

(2) Algún día debería tratarse el asunto de la verdad absoluta del relativismo, una cuestión obvia que sin embargo parece haber sido ignorada por todas las mentes preclaras del momento.

(3)Un viaje hacia oriente que parta de la Península ibérica terminará en El Ferrol debido a la curvatura de la superficie terrestre, definiendo este extremo del mundo como punto más oriental del planeta, y por tanto atribuyéndole al dictador un origen chino que ya todos habíamos adivinado al escuchar su voz atiplada.

(4) De este caballero pronto tendrá que hablar alguien largo y tendido en esta revista.


¿Qué cantante o grupo no debería regresar jamás?

Estos últimos días ha sido noticia una clara amenaza para el orden constitucional, la unidad de España y la cristiandad en general: nos referimos cómo no al regreso de Miguel Bosé. El malestar ciudadano que reflejan las encuestas no debe parecerle suficientemente elevado, así que el eterno autor de «Don Diablo» ha decidido regalar al mundo otro disco. Tal acontecimiento nos ha hecho pensar en torno a la pregunta que encabeza esta encuesta; tanto en aquellos que supieron irse cuando estaban en lo más alto dejándonos un buen recuerdo que estropearían irremediablemente como también en los que nunca debieron dedicarse a la música y cuyo regreso supondría reavivar un tormento hasta entonces felizmente olvidado. Así que voten uno de los seleccionados o añadan otros si lo desean.

Dover

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Hace poco nos llegó una visita a la web de alguien que había escrito en Google «cual es la canción de los beatles que una parte dice a goru now evi no y she algo asi», tal mezcla de inglés y chiquitistaní no pudo más que hacernos sospechar que se tratase de la mismísima Cristina Llanos preparando las letras del nuevo disco de Dover. Su lanzamiento —esperamos que bien lejos— estaba anunciado para finales de 2014 y en él prometen un regreso a los orígenes roqueros después de haber ido a no se sabe dónde con temas como este. Que sean los lectores quienes den su veredicto.

Backstreet Boys

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Este grupo alcanzó un portentoso éxito en los año noventa vendiendo la friolera de ciento cuarenta millones de discos gracias a esos inolvidables temas que nos regalaron (no nos pongan en un apuro preguntando cuáles). Protagonistas de innumerables sueños húmedos y poluciones nocturnas entre los redactores de esta encuesta, al llegar a la madurez en lugar de caer en la droga o entrar en alguna secta evangelista optaron por el mal camino de iniciar carreras en solitario. Un problema común a esta clase de grupos una vez anuncian su disolución, cual criatura abisal a la que despedazas y cada una de sus partes pasa a adquirir vida propia. Con lo bonito que es simplemente abandonar en el mejor momento y dejar un buen recuerdo.

Isabel Pantoja

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Hizo de puente con el antiguo régimen al responder al tópico de la tonadillera que se casa con un torero. Luego abrazó los cambios del país al convertirse en la Viuda de España, la mujer que sale adelante con hijos a su cargo. Abrazó la modernidad del AVE y las Olimpiadas gracias a una serie de amores prohibidos. A finales de los noventa se subió a otro tren, el de la corrupción urbanística. Con su entrada en la cárcel cumple su particular ciclo de ser un reflejo exacto de la historia reciente de la Piel de Toro, dando a luz (o adoptando) y lanzando a la vida pública a los dos mayores símbolos nacionales que han existido: Paquirrín y Chabelita. Como una hormiga reina lo ha hecho todo, incluida la crianza de esas dos reinas más evolucionadas y panhispánicas (península y Sudamérica). Solo queda abandonar el hormiguero recibiendo el último aplauso de la concurrencia, pero a ser posible sin que le acerquen un micrófono.

U2

Foto: Zachary Gillman (CC)
Foto: Zachary Gillman (CC)

Con la llegada de internet a nuestros hogares todo fue alegría e ilusión para los amantes de la música. Ya fuera por medios legales o ilegales un mundo casi infinito de experiencias musicales se abría ante nosotros a solo un par de clicks de distancia. Pero nadie sospechaba la amenaza que se cernía sobre nosotros: mirar al abismo de iTunes y que el abismo de iTunes te devuelva el retorno de U2 con su nuevo disco sin reclamarlo. El todo gratis al final se paga de alguna manera. Desde aquí pedimos a Bono que se conciencie también con esto y tome serias medidas, como por ejemplo quedarse quitecito.

El Canto del Loco

Foto: livepict.com (CC)
Foto: livepict.com (CC)

Celebramos que hace cinco años se produjera la disolución de la banda, pero el hecho de que no entregaran los instrumentos, no pidieran perdón y que el cantante siga en activo como célula independiente mantiene vivo el terror de una posible reunión y vuelta a la lucha para reivindicar derechos de amplio calado social como que los pijos, ese estamento terriblemente oprimido, puedan entrar en garitos sin cumplir las normas de estricta etiqueta. Estremecedor.

Jarcha

jarcha

Últimamente está de moda criticar la Transición, así que no nos quedaremos fuera. El tertuliano agazapado en el interior de cada español siempre lo ve todo muy claro a toro pasado, pero en este caso es algo que clama al cielo: ¿Jarcha? ¿De verdad? ¿No pudo haber sido otro grupo la banda sonora de este periodo histórico? Alternativas como Vino Tinto y su Habla, pueblo, habla quizá no fueran mucho mejores, cierto, pero por aquella época también teníamos a los Sex Pistols, por poner un ejemplo. Sea como fuere, en el caso de Jarcha un hipotético regreso a primera plana no es una mera especulación, pues esta banda no ha sido disuelta oficialmente y de forma incondicional.

Locomía

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En el año 1989, un grupo de diseñadores afincados en Ibiza se renovaban, convirtiéndose en uno de los más grandes grupos musicales con abanicos de la historia. La clave de su éxito sorprendía por su sencillez: poses de las Fuerzas Especiales Ginyū de Freezer, vestidos que rememoraban a una disparatada corte francesa dieciochesca que habitase en una plaza de toros psicotrónica-goyesca y unos vídeos de espectacular dirección y elaboradísimas coreografías. Su canción homónima se cuenta en el top ten de mejores canciones pésimas pegadizas de todos los tiempos. Tras varios intentos de retorno a los escenarios, actualmente podrán encontrarlos en carnavales con otra formación, donde se combinan los nuevos efebos con los carita de viejo en cuerpo de joven. Uno de sus miembros fundadores, quizá el único digno, está en la cárcel por tráfico de drogas. El previsible intento de actualizar el éxito de «Rumba, samba, mambo» con «Zumba, bamba, tango» hace que prefiramos tenerlos en la memoria, eternos donceles en un sonrosado ámbar.

Oasis

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

No contentos con legarnos una buena colección de plagios memorables, las noticias sobre las peleas entre los hermanos Gallagher llegaron a hacerse tan cansinas que acogimos su separación con sincera alegría. Ya era hora. No se soportaban mutuamente y cada vez más seguidores tampoco a ellos con sus constantes desplantes, así que una vuelta del grupo podría directamente acabar en tragedia. Y no queremos que eso pase.

El que compone los villancicos tradicionales

Imagen: Corbis.
Imagen: Corbis.

En toda lista sobre música los lectores siempre nos reclaman algo de metal alemán y los redactores por su parte black metal nórdico, subgénero que cuenta con grupos como Immortal que según leemos «cantan a la majestuosidad del invierno». O sea, como villancicos pero vestidos de negro y dando voces. Precisamente ahora que ya estamos en plena temporada navideña —al menos según los centros comerciales— volvemos a oír estas composiciones tradicionales en nuestro día a día. No sabemos quién fue el que les puso letra pero mejor por su propio bien que no regrese.


Cassettes

Fotografía: Pascal Terjan (CC).

Hace unos días albergué en mi casa a un par de chavales muy guapos que venían a ver mi ciudad; chicos guapos de los que piensan que el tobillo es bello. Íbamos a dar la primera vuelta por Madrid cuando, mientras nos maqueábamos antes de salir, me percaté de que uno de ellos llevaba un bolso blanco con la imagen serigrafiada de una cinta de cassette.

Ya me había dado cuenta, puesto que tengo ojos en la cara, de que las cintas se han convertido en una especie de adorado icono popular. El otro día en la exposición de Pop Art del Museo Thyssen, vi en la tienda de souvenirs el paradigma de este culto. Vendían un cinta de cassette llena de latas de Campbell de Warhol. El no va más.

Fotografía: Álvaro Corazón Rural.

Lo gracioso de este tema es que, antes de la oleada de pasión por las cassettes como concepto, como unos siete u ocho años atrás, recuerdo haber visto también tatuajes de cintas de cassette. Tatuajes, dibujos sobre piel humana para toda la vida. Eran los inicios del siglo XXI y la gente guay se estaba tatuando lo primero que había quedado obsoleto con la llegada del futuro. Es como si se tatúa usted ahora un móvil de los antiguos con un sugerente SMS en la pantalla. ¿Que le parece una gilipollez? Pues tiempo al tiempo.

Aunque si bien cambian las costumbres y las manías, el ser humano sigue siendo el mismo. Un fenómeno semejante al de los tatuajes de cintas lo contó muy bien Mauro Entrialgo en una historieta de 1994, «Budamanía», publicada en el álbum El efecto solomillo de la Factoría de Ideas.

Trataba de un hombre que había coleccionado muñecos de dinosaurios toda su vida, una cosa molona, hasta que con el estreno de Jurasic Park ahora parecía bobo. «El sobrino de Spielberg», se lamentaba él. También era un tío que iba con el pelo largo, desaliñado y con perilla desde que le salió la barba, pero que con la llegada del grunge de pronto parecía un niñato apuntado a la última moda. Y en lo que nos ocupa, los tatuajes, contaba que se había tatuado el escudo de Batman, entonces un cómic que leían los pocos que leían cómics o la lejana en el tiempo y entrañable serie de televisión de los sesenta de los mamporros onomatopéyicos, el caso es que con el estreno de la película de Tim Burton en 1988, que hasta yo recuerdo toda Madrid empapelada con carteles del murciélago, se lo tuvo que tapar avergonzado con un parche.

Imagen: Mauro Entrialgo / Factoría de ideas.

Lo que enseña esta historieta para mí es idéntico. La peña que a principios de la década anterior se hiciera un tatuaje de una cinta de cassette no sé qué sentirá ahora cuando se pase por un mercadillo y vea que hay gorros, bolsos, camisetas y toallas con dibujos de cintas de cassette. De tener cogido por los huevos al mundo de las tendencias a pasar a ser equiparable a un caballero de mediana edad con una camiseta de la selección y unos pantalones pirata, media un abismo. También salió una vez en El País Semanal alguien hace la tira de años con un toro de Osborne tatuado, un actor o algo, y menos mal que he olvidado su nombre porque me gustaría preguntarle qué tal lo lleva ahora que el símbolo es tan popular y se agita en lo alto en reuniones tan elegantes e ilustradas.

Pero no hemos venido a hacer sangre. Lo que queremos es aprovechar estas paradojas del mundo moderno como excusa para recordar las cintas de cassette, un artilugio alrededor del cual giraba nuestra vida. No es una exageración.

De la cinta sabemos que vino al mundo a competir con el cartucho, un formato olvidado y del que cuentan los viejos del lugar que sonaba de putifa. El fin último del cartucho o la cinta era escuchar música en el coche. Cualquier venerable anciano de la generación Mirinda habrá ido de vacaciones a Torremolinos en coche escuchando música del momento, Los Amaya, Joan Baez… en cartucho. Los de Barrio Sésamo, en cambio, viajábamos con cintas y seguramente todos estemos de acuerdo en afirmar lo mismo: la probabilidad de que una cinta en un coche se jodiera es igual a uno.

Hay que tener en cuenta que tanto los equipos reproductores de nuestros temidos y potentes Talbot Horizon, 127 y compañía, como las propias cintas, eran una porquería. De hecho, si la cinta desplazó al cartucho fue porque era «más económica», que en términos capitalistas se traduce por más basura.

Encima, los reproductores se robaban que daba gusto. De ahí el frontal extraíble, tan publicitado, que estuvo precedido no poco tiempo de la radio entera extraíble. Cómo olvidar esa imagen de señores con bigote yendo a hacer sus cosas, saliendo de sus respectivos curros o de domingo con los sobrinos, con la radio del coche asida con la mano que ya parecía un apéndice inseparable. Faemino y Cansado lo llamaron el hombre Túporaqui.

El riesgo de no ir por la vida con la radio del coche en la mano era que te encontrases la luna rota con una piedra de granito o un ladrillo y que te hubieran robado la radio. O peor. A un vecino mío, como no pudieron sacársela de su Citröen CX, le destrozaron el cuadro de mandos con el destornillador, como en Instinto Básico con el picahielos, y luego se cagaron en el asiento del conductor dejando ahí el pino a la mayor gloria de Dios. El ciudadano español de entonces no aceptaba la derrota como un sueco democristiano, precisamente.

El caso es que el hecho de que los cassettes girasen en torno a los vehículos convirtió a las gasolineras en tiendas de música. Y que en las gasolineras se vendiera música a los camioneros y otras gentes de camisa desabotonada y anhelos de libertad motivados por una breve estancia en prisión por un delito que no había cometido, sirvió para que a esa música se la denominara «música de gasolinera». Pero este término es falaz. A las gasolineras me iba yo a comprar cintas de Judas Priest o los dos Keeper de Helloween, o Eskorbuto, Kortatu y La Polla Récords. También, por qué no, Triana y Medina Azahara, puesto que costaban 495 pesetas, que era un precio asumible para un niño. No como en la tienda de discos del barrio que te ponían una navaja al cuello solo para entrar.

Imagen: Agneta Von Aisaider (CC).

Aunque a las masas del siglo XXI lo que les mola recordar de las gasolineras son las cassettes del Payo Juan Manuel y compañía. Son kitsch. Son España profunda y su cine de quinquis, algo de lo que gusta reírse el joven moderno de hoy siempre y cuando se halle, la España profunda y sus quinquis, muy lejos en el espacio y en el tiempo. Cuando un menda con tatuajes talegueros atraca a tu madre en el portal de tu casa con un cuchillo, el tatuaje taleguero, el expresidiario y sus tonadillas preferidas no son cosas que quieras abrazar en clave de pop al grito de «¡uaoh, cómo se nos va la olla, tíos!».

Con todo, cuando empezó a cachuflar esto de internet, todos nos volvimos majaretas con la página Caviar del Caspio. Era una recopilación de portadas y títulos de cintas de gasolinera inenarrable. Tuve la fortuna de conocer en su día al buen hombre que la creó, que trabaja alejado del mundanal ruido en una estación meteorológica y es un eslavófilo de pro, pero hoy, harto de tanta tontería, no ha querido brindarme sus palabras para este texto más por aburrimiento que por otra cosa. No se lo echaremos en cara. Pero no queda más remedio que reciclar una entrevista que le hice para Ruta 66 hace diez años.

La cosa comenzaba preguntándome yo si no articularía Sabino Arana su doctrina al contemplar su colección de musicassettes —era la época del Plan Ibarretxe aunque él prefería denominar su tesoro «abisales flores de estercolero», para pasar a hablar de la creciente fiebre por las llamadas «cintas de gasolinera». Empezaba:

Sí que detecto cierta moda, pero, por definición, el punto de vista que defiendo ante la basura musical es marginal y minoritario. Sí que hay interés y proliferación, creciente además, de fenómenos basura, a mi juicio grasas saturadas, en términos asimilables por el mercado, pero me temo, con el debido respeto y sin ánimo de sentar cátedra, que es la propia industria del ocio la que los genera y alimenta con productos diseñados para satisfacer esa demanda.

Y a la hora de enumerar los reyes de la casssette hispana, decía:

Hubo una época en que escuchar el Payo Juan Manuel, aún enterrado y oculto para la marabunta, supuso una veta inagotable de tremebundas experiencias en cascada. No solo por sus ripios verduscos, que eran lo de menos; era sobre todo por su visión del mundo, su cosmogonía cafre. Me dejaba turulato. Pero luego vino el Pelos y los Marus ¡qué mullets, tíos! O Tony el Gitano, ¡qué arte de combinar chaqueta y pantalón! O Joan Josep cantando el «Himno de la petanca», o Dulce Vega y sus jadeos eróticos, o el mismísimo Leo Rubio, «el gabacho pitiminí», cantando a la construcción como si le fuera la vida en ello.

Los más blandos y comerciales Beatles se asimilarían a nuestros impertérritos Chunguitos y los más salvajes y peligrosos Rolling Stones devendrían en nuestros afilados, por las filomenas, Chichos; con el Jeros como mártir de la causa en contraposición al inexplicable y mefistofélico pacto del Jagger.

Para los Judas Priest, haciendo abstracción del heavy en su conjunto, pondría la Charanga del Tío Honorio, un experimento del gran Honorio Herrero nunca justamente valorado. Sería cambiar los pelos por la boina.

Dylan, cantautor eterno, sería Emilio el Moro. Espejo de generaciones y letrista extraviado de nuestra historia musical. El virtuosismo convulso de Hendrix a lomos de su Stratocaster, solo lo he avistado en Cecilio Serrano García «el ruiseñor verato», de Madrigal de la Vera, se entiende, al mando de su célebre Casiotone C-500 adaptado.

Y una biografía de un grupo gasolinero cualquiera, para hacernos idea, una composición de fondo:

Podría hablar del auge y caída de los Pillo’s Boys, de Tiétar, Cáceres. Durante sus buenos años una institución en la escena top-gasolineras meseteña. Comenzaron al tran tran, hacia 1992, en su pueblo rifando un jamón en medio de la actuación hasta llegar, en sus buenos tiempos, a alcanzar un caché de trescientas mil pelas por gala. Barra aparte. Junto con Cecilio, Toni y Susi, Antonio y Jesús, para los amigos, y Deme «el castellano», el dandi montaraz, han copado el circuito habitual de festejos mayores en la Extremadura rural contemporánea. Virguerías como el «Garabirubí», «Corazones peregrinos» o, mismamente, su ajustada revisión de «Paquito el Chocolatero», aunque un poco monocordes en su compás simple de teclado de primera generación y arropadas en una, en mi humilde opinión, restrictiva puesta en escena, han hecho las delicias de grandes y chicos en sus recordados bolos. Desgraciadamente para sus seguidores, el éxito se los comió y, por desavenencias artísticas y personales, recientemente pleitearon de malas formas. Hoy por hoy el ideólogo musical y estético de la pareja, el Pillo gordo para entendernos, mantiene el testigo y la marca de la casa en solitario, deleitando a la concurrencia con joyas del calibre de «Man robao el coche».

¿Y a qué huelen las cassettes?

Pero claro, todo esto, por muy gasolinera que fuese, serían cassettes originales. Alrededor de lo que giraba nuestra vida, al menos la vida de los que nunca nos habían quemado un camión los franceses, era de las cintas vírgenes. De hecho, llegó un momento en el que los LP traían un aviso mu serio mu serio que rezaba «Tape trading is killing music». Es decir, intercambiar cintas grabadas con discos, el pirateo de toda la vida de dios, iba a acabar con la música. Y así ha sido, como todo el mundo sabe, en España ya no hay festivales de música, cuando en los setenta y ochenta había decenas cada verano. Tampoco hay grupos, ni comercios con la música a todo trapo, ni niñatos en el metro con sus engendros sónicos a tope en el teléfono. La música ha muerto y como penitencia tenemos un músico por cada tres habitantes pidiéndonos que vayamos el viernes a verle rascar la guitarra o pinchar en no sé dónde.

Fotografías: Happy Days Photos and Art (CC).

Y todo por culpa de las cintas. ¿Pero qué eran las dichosas cintas? Pues artilugios de plástico con una tira de óxido férrico, óxido de cromo… yo qué sé, un montón de cosas que vienen en la Wikipedia. Lo importante es ¿se podían comer? No. ¿Se podían oler? Sí. ¿A qué olían? Señores, en mi humilde opinión, olían a cacahuetes. A estas alturas de la vida ni me enorgullezco ni me avergüenzo de nada y digo las cosas como las pienso: a cacahuetes me olían. Y si les extraña huélanlas, por donde estaba la cintilla marrón, y me dicen. Las TDK preferiblemente.

En mis tiempos todo esto era campo e internet no existía pero era mejor

Aparte de para olerlas, las cintas servían fundamentalmente para grabar discos. A tu amigo le compraban un disco por navidades y tú te lo grababas de él. Simple. Cuanto más guais eran tus amigos, mejores cintas te podían grabar. Cuanto menos cerca estuvieses de la persona guay, menos calidad tendría tu cinta, pues perdía en cada grabación. ¿Entonces el tema de la cinta te empujaba a salir a la calle a hacer amigos y era un rollo mucho más saludable y auténtico que la fría internet? Podríamos decir que sí y luego masturbarnos mutuamente los que hemos nacido hace más de treinta años, pero no. Es que no tenía por qué ser así. Internet, tal y como la conocemos en cuestiones musicales, ya existía. ¿U os creéis que en el pasado éramos gilipollas, niñatos?

Lo que pasa es que era distinta. No había ordenadores ni circuitos. Cuando tú querías cambiar cintas con alguien, escribías una carta a otra persona que podría haberse anunciado en un medio, revista o fazine. Os enviabais listas de cintas y discos mutuamente, elegíais y os grababais. El proceso, llamadlo tiempo de descarga, tardaba de tres a seis semanas. Era lo único malo, pero teníamos de todo menos prisa.

Luego la navegación también existía. Cada programa de radio, fanzine, grupo o amigo del intercambio de cintas tenía un flyer con su dirección del que hacía miles de copias. Tú, en cada carta, metías todos los flyers que te habían llegado en otros intercambios, de modo que la función de ese papelucho tristemente fotocopiado con el nombre de «Luna negra de la noche con sangre de doncella derramada en el pecho desnudo a las cuatro de la mañana con menos diez grados» y su dirección debajo hacía la misma función que puede hacer hoy en día un banner. Cada día recibías más flyers desconocidos, de cada rincón del mundo y escribías y recibías más y más cartas con más y más cintas. ¿La bandeja de entrada llena de emails? ¿Muchas notificaciones de Facebook? ¿Menciones en Twitter? Todo eso es de pobres. La auténtica y verdadera alegría social es haber tenido el buzón de casa lleno de cartas y paquetitos cada mañana y cada tarde —mi cartero, como el de la película, pasaba dos veces al día—.

Pero ¿cómo? ¿que mandar cartas y paquetitos es caro y los emails ahora son gratis? No. Eso son chorradas y mentiras. Enviar paquetes antes también era gratis. Completamente gratis. Solo había que hacer una pequeña inversión inicial, como cuando das de alta tu conexión, y comprar una serie de sellos de diferentes valores. Ejemplo: diez de cien pesetas, veinte de cincuenta pesetas, otros tanto de veinte pelas, etc… Y luego, a la hora de enviar a tu amigo «Ano que sangra en la penumbra» un piratito de los Manowar que no tiene ni dios, hacías el paquete y rendías pleitesía a su majestad el rey Juan Carlos I.

¿Cómo que rendir pleitesía? Sí, igual que los periodistas independientes, lo enjabonabas. Pero en sentido literal. Cogías un pegamento de barra Print, le ponías una fina película de pegamento en la superficie al sello, en la cara de Juancar concretamente, y luego le decías a tu amigo que te los devolviera en su siguiente envío. Al recibirlos de vuelta, les pasabas un poquito de agua por encima y el matasellos se iba con suma facilidad. Ya solo había que dejarlos secar y vuelta a empezar. Así durante años. Ahora dime tú cómo enviar por email algo que pesa doscientos cincuenta gramos y que te salga gratis. Desgraciadamente, los nuevos sellos postales digitales, con códigos de barras y todo el copón, acabaron por hacer desaparecer estas prácticas por las que tanto cariño le teníamos al rey. Por pequeños detalles como este dicen que Felipe VI lo va a tener difícil.

Fotografía: Kevin Simpson (CC).

Así lográbamos acumular montones de cintas. Montañas. Y entonces empezaba el desarrollo del espíritu, te hacías tus propias portadas a mano. Todavía no he visto ninguna web que recopile portadas de cinta hechas a mano, a saber, portadas de los Maiden, de Metallica. Esos logotipos copiados con mucho sufrimiento. Ese Eddie que parecía Cobi. Un horror. El espanto. Tenebroso todo. Viendo creaciones de algunos familiares y amigos entraban ganas de gritar eso que dice Don Drapper en la primera de Mad Men: «¡¡¡Tenemos más intelectuales y artistas fracasados que el III Reich!!!»

Intercambiando, intercambiando, al final uno lograba reunir joyitas de difícil catalogación. Por citar una, mi favorita de todo lo que acumulé fue un grupo panameño que hacía ruido básicamente mezclado con fragmentos de películas porno sudamericanas o dobladas por actores latinos. Era una auténtica delicia. Pero ya ven, sexo y violencia, la programación diaria de cualquier televisión privada generalista. Mucho underground, pero teníamos un gusto de lo más vulgar. Al final los únicos excéntricos de verdad son los que se escuchan sinfonías del tirón del Mozart ese.

Por otro lado, las cassettes se podían escuchar tanto en casa como en el coche como en la calle en un artilugio llamado walkman. Sin querer extendernos en este particular, tan solo señalaremos que no se podía cambiar de canción con apretar un botón, como ahora, pero sinceramente yo creo que las cintas, pese a sus evidentes limitaciones técnicas, sonaban mejor que los mp3. A mí con los mp3 me ha pasado de pararme un momento en mitad de la calle y decirme que no me iba a engañar a mí mismo. Preguntarme: ¿me puedes explicar qué estás escuchando? Y contestarme: pues la batería, bajo y guitarra, la verdad, seamos honestos, parecen un ventilador de peli de cine negro en el medio oeste americano, y luego hay una voz y algún punteo que se intuye, que se siente más que se escucha. Y estamos hablando de mp3 de algún grupo de power pop, nada de ruidistas japoneses. Por eso mi opinión es que los mp3 sin padre ni madre que se descargan o te pasan suenan como el culo, francamente. Es lo que tiene la democracia digital, que los Allman Brothers suenen como los Cramps en el reproductor portátil y tú feliz porque es gratis. Algún día alguien se grabará golpeando con el glande sobre la mesa cantando por encima, nombrará el mp3 como Dead Kennedys y pasará totalmente desapercibido.

También, como detalle simpático, cabe señalar que para ahorrar pilas del walkman rebobinábamos las cintas con un bolígrafo Bic. Un fenómeno muy recordado. Es decir «walkman, cinta de cassette en el instituto» y que automáticamente alguien conteste «rebobinar con boli Bic». Asquerosa nostalgia pavloviana.

Pero bueno. Al final, todos hemos pasado por el aro del mp3 y si hay alguien escuchando cintas por ahí es que está en riesgo de exclusión social o es de un esnob que, sinceramente, lo que se merece es que le den dos hostias bien dadas. No obstante, una vez pasada la era, la putada fue ver qué hacía uno con tanta cinta que no servía para nada. Una idea que surcó internet en su momento fue hacer muebles. Pero con cajas de cinta y de cedé le hice yo una casita al gato y pasó de ella con el pasotismo aristocrático que solo los gatos saben tener.

En otros ámbitos, sin embargo, las cajas de las cintas fueron muy apreciadas para llevar de un lugar a otro dobladito el papel de plata de chinos de heroína sin terminar. Una pequeña revolución en la movilidad urbana. Momento en el cual algunas gentes de vanguardia, como decía al principio, decidieron tatuarse cassettes en la piel. Y así está el círculo.

Fotografía: Víctor Adrián (CC).