Y Bilbao se oscureció

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Las calles de Bilbao en las inundaciones de 1983. Foto: Archivo Histórico BBVA.

Las tragedias no tienen medida. No distinguen entre mucho o poco. Simplemente suceden, rompen la estabilidad del ser burlando esa línea de seguridad que creemos permanente a nuestro alrededor. Son de hecho las experiencias que con mayor intensidad nos hacen cuestionar el mundo y toda esa presunta dimensión trascendente de la vida.

Hay una sorda distancia entre ellas y nosotros cuando no nos afectan directamente. Y para ese muro no hay edad. La percepción es unánime de por vida. Una tragedia ajena, no nuestra, es como un silencio. En cambio una tragedia vivida, padecida en carne propia, figura un alarido que solo el tiempo es capaz de atenuar pero nunca de desaparecer. 

Tiende nuestra semántica a identificar los excesos con la ebriedad, como banquetes que proponer a la existencia, como paréntesis a la anodina tibieza que también es vivir. Y sin embargo nada más excesivo que una tragedia y su repentina agresión a la vida. 

Hay sin embargo en la tragedia la posibilidad de ocupar una extraña provincia. Un lugar intermedio entre la distancia remota de la tragedia ajena y la carnal de la propia. Un tramo a medio camino que permite, al superviviente, haber pasado por allí sin daño físico, lo que dota a la experiencia de un valor no menos absurdo pero a la memoria de una huella imborrable.  

Por eso el viernes 26 de agosto de 1983 es una fecha que nunca podré olvidar. Aquel fatídico día viví junto a mi familia una situación que para un chiquillo a dos semanas de los diez años queda grabada para siempre. Mis padres, mi hermana y yo regresábamos de unas vacaciones por Galicia y lo hacíamos en el Talbot Horizon que un año antes relevó al viejo Simca 1000 rojo que cada verano, así como en El Puente (1976), tomaba el pulso a la geografía de la transición. Para evitar los habituales mareos de los hijos mi padre había eludido volver por la costa tomando, como llamaba, la carretera de Castilla. A medio camino paramos a comer unos bocadillos, tras lo cual retomamos la marcha. Hasta que a eso de las cuatro de la tarde, cerca de Vitoria, el cielo se hizo noche y la lluvia, una lluvia persistente y cerrada, se nos echó encima apoderándose de la carretera. 

Poco después los coches se detenían en todos los carriles, parecía imposible avanzar y la lluvia arreciaba cada vez con más fuerza. «Vaya, hay tormenta», lamentaba mi padre, a quien antes de partir mi abuela había informado desde Barakaldo de que llevaba toda la semana cayendo un tozudo sirimiri que parecía aprontar el final del verano. Pero aquello, qué pronto lo supimos, no era una tormenta normal. 

Recuerdo con cruda nitidez cómo me pegué a los asientos delanteros y hasta donde se divisaba en la dirección que seguíamos el cielo era negro, completamente negro, como si nos aguardase el infierno. Dentro del coche los nervios de mi madre no ayudaban y hubo un momento en que pareció que cogíamos algo de velocidad, como para poder meter tercera. Pero fue un espejismo. Enseguida nos detuvimos otra vez en colas interminables bajo una lluvia sin medida. El cielo más tenebroso imaginable descargaba agua a chorros que rompían en las lunas del coche amenazando con aplastarnos y el miedo, un miedo contagioso, nos invadió de veras. Por Altube el agua caía por las laderas con tal virulencia que formaba cataratas que en algunos tramos caían directamente a la autopista, por una de cuyas orillas pudimos ver cómo la fachada de un caserío corría a la deriva por la riada. Recuerdo que mi padre encendió la radio, que nos devolvía chirridos por el enjambre de relámpagos que nos asolaban como a nuestra misma altura. Temiendo que las aguas fueran a tragarnos a todos poco podíamos hacer salvo apretarnos contra los asientos, avanzando apenas unos metros cada quince o veinte minutos. Cada vez que tronaba mi madre perdía los nervios y, no sé si obra del miedo, yo me orinaba sin poder aguantar hasta tener que hacerlo dentro de un pequeño termo de café. 

Lo que menos puedo olvidar es ver a gente fuera de los coches, hombres histéricos llegando a suplicar gasolina. «Los túneles de Malmasín están anegados. ¡Repetimos! ¡La carretera está cortada!», informaba la radio. Supimos que las autoridades, el Gobierno Civil o quien fuese decidieron abrir el peaje de Amorebieta y dejar paso a los  vehículos que en la A-8 sufrían serio riesgo de ser arrastrados. En uno de aquellos coches viajábamos nosotros.

Con motivo del veinticinco aniversario de lo ocurrido, el diario El Correo habilitó un blog abierto a los ciudadanos que tuvieron la desgracia de sufrir aquel infierno. De entre los cientos de comentarios el más próximo a mi experiencia lo firmaba alguien bajo el nombre de Unai. «Había cumplido cinco años, venía de vacaciones con mis padres de Burgos, y nos tuvimos que quedar toda la noche y parte del día siguiente en el peaje de Llodio de la A-68. Yo estaba muerto de miedo porque la gente que estaba en el peaje estaba loca. Abandonaban los coches y se iban corriendo hasta Llodio entre gritos y sollozos». El lehendakari Garaikotxea, de vacaciones en Zarauz, expresaba algo parecido de regreso urgente en un todoterreno: «Durante el trayecto fui testigo de escenas desesperadas, con gente perdida que no sabía dónde ir». 

Se me agolpan las imágenes, algunas ya muy frágiles, pero recuerdo las siguientes horas cerrando los ojos y rogando al destino que nos liberase de aquel abismo hasta que, por fin, cerca de las once de la noche, conseguimos llegar a Barakaldo. Seguía lloviendo con fuerza, como si nunca fuese a parar. Pero cuando abrimos la puerta de casa un alivio sin medida nos invadió a todos. Mi abuela (q.e.p.d), que vivía en la calle Zaballa, había llamado a la familia de mi padre en Lugo, de donde veníamos, más de veinte veces. Y ellos trataban de calmarla por lo que repetían los boletines de radio, que aún no hablaban de víctimas. No pude dormir. Y a eso de las cuatro de la madrugada, tras un atronador relámpago, sentí que el cielo descargaba con más fuerza que nunca, como si algo muy grande se hubiera conjurado contra el rincón que ocupábamos en el mundo. 

No todos tuvieron nuestra suerte. Por eso yo no soy el protagonista de esto. Lo son los miles de personas que de verdad padecieron un infierno aquella madrugada, las decenas de ellas que perdieron la vida y las decenas de miles que ayudaron a reconstruir una ciudad ahogada por el diluvio

Entre las tardes del 26 y 27 de agosto de 1983 Euskadi sufrió la ruina y la desolación a un extremo sin paralelo en tiempos modernos. Se tardarían años en levantar lo que las aguas destrozaron en unas pocas horas, durante las cuales la ría de Bilbao no pudo soportar los más de tres mil metros cúbicos de agua por segundo que recibió. En menos de un día cayeron más de quinientos litros por metro cuadrado. En el triángulo formado por Bilbao, Durango y Llodio, el área más castigada, tres tormentas consecutivas descargaron con increíble virulencia mil quinientos millones de toneladas de agua. En unas horas cayó sobre Euskadi cien veces más volumen de agua que el que contiene toda la bahía de la Concha. Sobre Bilbao se abatió en veinticuatro horas más agua que toda la que se precipita sobre Vizcaya en un año de lluvias. El fenómeno meteorológico conocido como «gota fría» debió de adquirir entonces un alcance insólito. «Llegó una corriente de aire cálido mediterráneo y entró desde Francia al golfo de Vizcaya, que es una fuente de calor y humedad —explicaba en la prensa un especialista—. Se topó con una masa de aire subpolar en altura especialmente fría, de unos 61 grados bajo cero. El aire frío es más denso y pesa más, por lo que cae empujando hacia arriba a la masa cálida de la superficie —ese día hubo entre 18 y 25 grados—, que se enfría al ascender. Entonces se produce la condensación, se forma la nube, que crece y alimenta otras cargándolas de agua. (…) Porque aquí se mezcla la temperatura alta del aire y del agua con la humedad que aporta el mar y una orografía que retiene la tormenta». Paradójicamente hasta aquel mes de agosto el año 1983 había sido en Vizcaya el más seco de los últimos cuarenta años.

Aquel mes de agosto la Aste Nagusia, en su tierna sexta edición, se había iniciado con lluvia, una fina lluvia que como sirimiri regó la ciudad hasta la violenta irrupción de aquel viernes maldito. Por entonces las txosnas se montaban como de costumbre en la plaza del Arenal y el entorno del Arriaga. Hay algo profundamente macabro, algo que las imágenes ratifican, en que el epicentro de lo ocurrido tuviera lugar allí, en el corazón mismo de la fiesta. 

A eso de las cuatro la lluvia dejó de tener gracia comenzando a inquietar en El Arenal a los comparseros que como cada jornada se habían dado cita alrededor del Arriaga. «Era viernes de disfraces; íbamos de punkis con la cara pintada, las crestas y demás; de repente vimos cómo se nos emborronaba la cara. Y seguía lloviendo. Nos dimos cuenta de que a lo mejor nos teníamos que empezar a preocupar», recordaba Juan Carlos de Rojo, de Radio Bilbao. «El primer aviso llegó cuando estábamos comiendo. Fue la Policía Municipal la que alertó de la gravedad de la situación. Salimos del restaurante Mandoya donde comíamos y vimos cómo se desbordaba la ría a la altura del mercado de La Ribera. El agüilla no tardó en llegar hasta donde estábamos nosotros. Nos aseguraron que la cosa iba a ser gorda y empezamos a desalojar el recinto ferial» (Andoni Olivares, programador festivo Ayto. Bilbao). Pero de fiesta es difícil tomar algo en serio. Por eso en las txosnas, aquellas embrionarias y flacas de mecanotubo, la fiesta, aunque empapada, seguía a lo suyo. «Seguíamos con la fanfarria haciendo risas de cómo llovía. Nos reíamos de que el agua nos llegase a los tobillos. Pero cuando comprobamos que seguía subiendo y que nos cubría por la rodilla…» (Leonero Bilbao, miembro de Txomin Barullo).

«Nos comunicaron que el desbordamiento de la ría era inminente y que teníamos que evacuar cuanto antes a la gente de las txosnas. Claro, vestidos de comparseros te puedes imaginar el caso que nos hicieron» (Txema Amantes, Moskotarrak). Como a las cinco y media el nivel de la ría era tal que el agua bajaba amenazadora golpeando las orillas de La Naja y el Arenal. Y la música y el júbilo se apagaron. La gente comenzó a acudir al puente y aledaños, elevados a prudente altura, seducidos por un espectáculo que pronto presentaría su rostro más aterrador. 

Cuando la oscuridad lo cubrió todo el cielo seguía descargando sin piedad. En La Peña las aguas llegaron a alcanzar los doce metros de altura, el mayor nivel de todo Bilbao. En Galdakao el agua alcanzó los casi diez metros, destruyó edificios y puentes, y durante días la Policía rastreó la zona con un cañón de luz y un megáfono en busca de vecinos aislados. En Basauri el agua alcanzó los nueve metros; en Etxebarri, los once. Sondika, Bakio, la parte baja de Barakaldo y así hasta más de cien localidades quedaron a merced de las aguas. 

Una de las imágenes arquetípicas de aquella tragedia tuvo lugar la misma tarde: las aguas rompieron las amarras del buque Consulado. Durante unos minutos interminables el buque quedó a la deriva y se temió lo peor: que impactara contra el puente de Deusto y lo derribara. Antes de llegar al puente de La Salve, a la altura del Edificio Albia, el buque se hundió. El mercado de la Ribera quedó bajo las aguas. En la plaza de Santiago, junto a la catedral, tuvo lugar uno de los fenómenos más increíbles de aquella tragedia. El agua alcanzó en este punto, el más bajo del Casco Viejo, los seis metros de altura. Allí confluían todas las calles de alrededor y se formó un espectacular remolino que a modo de vórtice lo absorbía todo. 

La carretera de San Ignacio sufría multitud de cortes. El puente de Rontegi, erigido aquel año para unir las dos márgenes de la ría, no pudo padecer peor estreno. En Llodio, apurando las fiestas de San Roque, las aguas llegaron hasta el segundo piso. A media tarde se habían cortado las comunicaciones telefónicas y cinco horas después ya no se podía salir ni entrar del pueblo. Pero ninguna área sufrió más que El Peñascal. Sobre el barrio dormitaba una vieja cantera en desuso que vomitó ladera abajo miles de toneladas de peñascos, rocas, escombros y lodo. 

Muchos de los jóvenes que horas antes habían entrado en el Casco Viejo ya no pudieron salir. Quedaron totalmente aislados y la gran mayoría fue alojada por los vecinos antes de que el Casco se convirtiera en un foso que en lugar de siete calles era de siete ríos. A su paso por Erandio la enfurecida ría destrozó el puente. Además de árboles y bidones los recodos que las aguas habían abierto en la carretera estaban atestados de caballos y vacas muertas. La noche iba a ser un infierno.

En la calle Tendería tuvieron que formar cadenas humanas para poder salvar a la gente. En la calle Jardines un bloque entero se vino abajo. Al fondo de la calle Somera, que finaliza en una curva, ocurrió algo que pudo terminar en una desgracia mucho peor. Allí se formó un tapón con ramas, troncos, basuras, enseres y mobiliario. A ello se sumó una gigantesca bombona de gas propano que primero chocó contra la iglesia de San Antón y luego fue navegando hasta detenerse en los escombros. Los vecinos asustados daban el aviso con linternas. Y pasó una eternidad hasta que, coordinándose a gritos desde las ventanas, consiguieron deshacer a golpes el tapón por uno de los lados de la calle. Cabe imaginar el terror de aquella operación improvisada que despidió a la bombona entre la oscuridad. Aquel gigante de propano no era el único. Había miles de bidones de cianuro, carburo y ácidos, la mayoría rotos, navegando libres corriente abajo. Durante la riada innumerables pequeñas y medianas industrias fueron arrasadas y muchos de sus productos tóxicos quedaron a la deriva. 

Radio Bilbao fue la única emisora que pudo emitir noticias y llamadas de auxilio aquella fatídica jornada. Hasta que a las cuatro de la madrugada estalló una tormenta aún mayor que parecía concentrarse en el bajo Bilbao, desde la parte alta del muelle de Urazurrutia hasta Zorroza, con brutal intensidad sobre el Casco Viejo. Y la radio quedó muda. 

Horas después, sin luz, agua ni teléfono, no había noticias de Bermeo, Bakio o Mundaka, y en los alrededores de Bilbao sobrevolaban rumores inquietantes. Uno de ellos afectaba directamente a la ciudad. Al parecer había expresa orden de dinamitar el puente del Arenal si las aguas hacían tapón allí, lo que habría sido definitivo para el Casco Viejo. Otro hablaba de evacuar Barakaldo, la localidad más poblada del Gran Bilbao, por el riesgo que entrañaba la ruptura de una presa. Pero el rumor más delirante de aquellas trágicas horas sugería que la localidad pesquera de Bermeo podía haber desaparecido bajo las aguas. A la mañana siguiente dos navíos de la Armada consiguieron llegar a su bahía. La dimensión de la catástrofe en Bermeo era indescriptible. La emisora de la Cruz Roja marítima había lanzado un SOS que recogieron en el puesto de voluntarios de la Cruz Roja en Zumaia. Cuando llegaron por mar una gigantesca masa de coches se apilaba en el puerto. Para evitar infecciones las autoridades decretaron que tan solo en Bermeo se enterraran en cal viva ciento cincuenta mil toneladas de bonito. Los miles de voluntarios que participaron en el desescombro fueron vacunados contra el tifus y el tétanos.

Eran los años del plomo, cuando el terrorismo apretaba con mayor intensidad. Y sin embargo la respuesta nacional fue conmovedora. El Gobierno de Felipe González delegó en Carlos Garaikotxea y su Lehendakaritza la organización de las labores de auxilio en todo el territorio vasco. En multitud de puntos los alimentos básicos no llegaron hasta el tercer día. Camiones y helicópteros llevaron a numerosas localidades los víveres: una barra de pan y un litro de agua por persona era el racionamiento establecido. Uno de los símbolos de aquellos fatídicos días, obra del alcalde de Miravalles, aparecía escrito en una pizarra que presidía el pueblo. «A quien se sorprenda saqueando o aprovechándose de la lamentable situación que padecemos será objeto del más enérgico castigo que la ley permita». Porque como en una de esas pesadillas apocalípticas los actos de pillaje en los días siguientes se sucedieron y patrullas vecinales, fuertemente armadas, se vieron obligadas a proteger sus bienes en numerosos puntos de Bilbao y alrededores. «Cuando llegamos a La Peña una patrulla de vecinos nos recibió con escopetas en mano. Nos informaron de que allí no había llegado ninguna ayuda» (Juan Carlos de Rojo, Radio Bilbao).

La Armada trasladó por mar alimentos y antibióticos. Dos destructores llegaron desde Santander para trasladar provisiones hasta el muelle de Abando. Aunque se cifraron entre doscientos mil y quinientos mil millones de pesetas, las pérdidas fueron con seguridad mucho mayores. Incluso las treinta y nueve pérdidas humanas se antojaban una cifra corta ante la magnitud del desastre. Los miles de voluntarios que se sumaron a la reconstrucción volvieron a demostrar que tal vez lo más valioso del ser humano despierta en las catástrofes.

En agosto de 2008 Bilbao conmemoraba los veinticinco años del desastre. Una serie de gigantescas fotografías fueron colocadas en diversos puntos de las Siete Calles, varios programas de radio y la emisión de dos documentales en ETB, especiales en El Correo, Deia y El Diario Vasco, vinieron a recordar el espanto de aquellos días. El Ayuntamiento de Bilbao se sumó a la iniciativa con una recogida de fotografías y testimonios sin precedentes desde la tragedia. Sin embargo fue la exposición en la planta baja del Edificio del Ensanche, convertida en improvisado museo, la que con mayor hondura y precisión inmortalizaba los hechos: fotografías, crónicas, testimonios escritos por los ciudadanos, documentos sonoros y un sinfín de archivos hacían de la visita una experiencia estremecedora. Nada como escuchar a los veteranos visitantes con los que uno tenía la suerte de coincidir allí, abuelos con txapela y alma de hierro, bilbaínas arrugadas que suspiraban cuando aquellos hombres evocaban la desventura que encerraba cada imagen, a cual más siniestra. Fue hora y media de profunda emoción. 

Es probable que muchos nativos rescataran entonces el recuerdo a través de estos actos y, sobre todo, del doble documental emitido por ETB. Pero de seguro otros muchos lectores ni sabrán de aquellos días en los que Bilbao estuvo al borde de la muerte. Basta subir al monte de Artxanda para echar un vistazo desde allá arriba y comprobar que Bilbao, nuestro adorado Bilbao, es tal y como reza su apodo de Botxo, un agujero.  

Han pasado casi cuarenta años. En algún momento del día siguiente la lluvia cesó. El recuerdo nunca lo hará. 


El arado que desató el Apocalipsis

Tormenta de polvo en Rolla, Kansas. 6 de mayo de 1935. La foto fue enviada al presidente Franklin Roosevelt. Fotografía tomada desde la torre de abastecimiento de agua de Rolla [Library of Congress].

Si se combinan los factores suficientes se pueden catalizar reacciones catastróficas. Episodios que se incorporan al imaginario colectivo y se perfunden, como la sangre entre las vísceras, amamantando nuestros miedos ancestrales e imbricando con ellos muchos pasajes de nuestra historia. Como si de vez en cuando el Apocalipsis hiciera ensayos recordándonos su vigor. Eso fue lo que sucedió en los años treinta en el corazón mismo de los Estados Unidos de América.

Cuando, en 1862, los congresistas presididos por el eximio Abraham Lincoln promovieron las Homestead Acts (Leyes de Asentamientos Rurales) no podían atisbar algunas de las consecuencias que generarían al retar, ilusamente, los principios complejos que rigen el caos. En confluencia con otros elementos desatarían una de las mayores catástrofes ecológicas, y por ende sociales, que ha conocido el ser humano en tiempos cercanos.

Como en un mantra histórico la población mundial continuaba creciendo. Estados Unidos había pasado de treinta y ocho millones de habitantes en 1870 a ciento treinta y dos millones en 1940. Todas esas personas tenían algo en común, necesitaban alimentarse. El cereal era el oro agrícola y se demandaban nuevas tierras para cultivar trigo, maíz o cebada. Si algo tenía esa nación feraz, esa tierra prometida, era superficie, tanta que pareciera no acabarse nunca. Si eras un varón mayor de veintiún años con una familia que mantener, y no habías levantado las armas contra el país, por pobre que fueras, podías invocar las leyes de asentamientos rurales para comenzar a cumplir tus sueños y poseer tu propia homestead (propiedad familiar). Gracias a la generosidad de papá Estado se cedieron unos 270 millones de acres (más de un millón de kilómetros cuadrados). Si la magnitud no resulta muy representativa en una imagen mental, imagínese el diez por ciento de la superficie total de los Estados Unidos de América; o si lo prefiere, dos veces la superficie de España. Eso fue lo que se repartió entre 1,6 millones de colonos llegados en varias décadas de casi todos los rincones del mundo. Los mejores terrenos volaron. En pocos años prosperaron formidables granjas en ellos. Granjas que producían buenas y valiosas cosechas. Cosechas que se usaban como reclamo para seducir a nuevos colonos, porque se necesitaba más y más. Era el capitalismo, era el hombre.

Para hacer la promoción más atractiva las Homestead Acts habían sufrido algunas enmiendas y ampliaciones. En 1909, la Administración de Theodore Roosevelt las modificó para permitir el desarrollo de la agricultura en las Grandes Llanuras. Eran zonas muy extensas y relativamente secas en el centro del continente. La meseta que define las Grandes Llanuras transcurre desde México a Canadá, pasando por muchos estados: Oklahoma, Kansas y Nebraska, entre otros. Esas tierras nunca se habían cultivado. Mantenían su equilibrio ecológico gracias a las especies herbáceas autóctonas que crecían allí desde hacía miles de años. Especies que se encontraban adaptadas al clima que las cobijaba y sus escasas lluvias. Especies que habían trenzado un profundo y eficaz sistema radicular para aprovechar al máximo la valiosa humedad del subsuelo, y consolidar así la capa que las soportaba.

Los congresistas no estaban locos, los desorientaba una anomalía climática positiva que había provocado que la pluviosidad en las Grandes Llanuras estuviera, durante unos años, muy por encima de lo que los lugareños podían recordar, pero era solo una anomalía. Esa fue la segunda pieza que puso en marcha el desastre perfecto. Lo que antes no era más que una infinita superficie de pastos, se había transformado en un fructífero vergel gracias a esas milagrosas lluvias y a la llegada de miles de colonos con sus modernos aperos, hasta el punto de que algunos estudiosos del clima repetían que «la lluvia seguía al arado». El arado tradicional, el tirado por bestias, estaba a punto de convertirse en una reliquia. Los nuevos tractores con sus rejas de acero multiplicaban el poder de roturar la tierra hasta límites jamás soñados por un agricultor. Las labores que antes necesitaban semanas para concluirse se podían practicar en pocos días, incluso en horas, aprovechando así los momentos más propicios para la producción. Las máquinas y sus rastras pasaron una y otra vez sobre los terrenos domesticados, desmoronando la delicada capa fértil de tierra vegetal, y dejando el suelo desnudo a merced de las inclemencias meteorológicas. Cuando el ciclo de lluvias singulares cesó, llegó la sequía y, tras de ella, llegaron los vientos. Para entonces las Grandes Llanuras estaban repletas de familias.

Las estaciones se sucedían sin que la lluvia regresase, pero el viento sí lo hizo; y con él, el polvo. El suelo, carente de vegetación que le diera estructura, volaba alimentando voraces y colosales nubes, nubes rojas inyectadas de polvo y arena, enormes muros que se alzaban hasta el cielo ocultando el sol, arrasando todo lo que encontraban en su camino, llegando a enterrar, literalmente, casas enteras. Despojando a los colonos de todo cuanto tenían. Era el apocalipsis, era el Dust Bowl.

Tormenta de polvo en Hugoton, Kansas, 1936 [Library of Congress].

Los adictos a la ciencia ficción habrán disfrutado más de una vez de Interstellar, dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por Matthew McConaughey, Jessica Chastain, Anne Hathaway, Michael Caine y Matt Damon. La película revela un futuro distópico en el que una plaga fitopatógena (posiblemente una prima canalla de Xylella fastidiosa) acaba de forma inexorable con todos los cultivos y plantas salvajes, dejando el suelo sin cubierta vegetal, a la población mundial sin alimentos, enferma y condenada a su extinción. Este retrato apocalíptico (y las impresionantes imágenes de las nubes de polvo que exhibe) remite a los sucesos de los años treinta en Norteamérica. Al comienzo de la película aparecen una serie de ancianos describiendo el horror que vivieron. Podría parecer un falso documental, pero con la excepción de la actriz Ellen Burstyn (que interpreta a una anciana heroína Murphy Cooper) todos son supervivientes reales del Dust Bowl: «Mi padre era granjero, como todos por aquel entonces. Nos habíamos quedado sin trigo. Aún nos quedaba el maíz, aunque lo que más teníamos era polvo». «No puedo describirlo, era continuo, esa incesante tormenta de polvo». «Llevábamos trozos de sábanas para cubrirnos la nariz y la boca, y así no inhalar demasiado». «Cuando poníamos la mesa, siempre poníamos los platos boca abajo, los vasos, las copas, todo lo poníamos boca abajo»… Todos estos hombres y mujeres aparecen también en el documental The Dust Bowl, dirigido por Ken Burns y estrenado en el año 2012. Nadie mejor que ellos para darle voz veraz a un apocalipsis cualquiera.

Una ventisca negra se alza sobre Texas. Foto de marzo de 1936. Arthur Rothstein [Library of Congress].

Volviendo al relato histórico y al drama real, cientos de miles de familias tuvieron que abandonarlo todo y emigrar en un severo éxodo para poder sobrevivir. En 1934 Oklahoma perdió más de cuatrocientos mil habitantes (casi el 20% de su población), Kansas más de doscientos mil. En total los estados afectados por la catástrofe ecológica perdieron más de dos millones y medio de personas. Se les bautizó como okies. El término okie lo acuñó el periodista Ben Reddick, y se extendió pronto entre la prensa y la sociedad americana. Hacía referencia al origen de muchos de ellos, Oklahoma, y a las dos letras con las que comenzaban las matrículas de ese estado: «OK», que señalaban los  vehículos atestados de enseres en los que infortunados okies recorrían el país de este a oeste.

Una granja enterrada bajo el polvo. Dallas, Dakota del Sur en 1936 [Library of Congress].

Algunos buscaron trabajo en las grandes ciudades, pero la mayoría fueron carnaza como mano de obra barata en la recogida de naranjas y uvas en California. En la práctica no había salario mínimo. La Gran Depresión, que corría paralela al Dust Bowl, no hacía más que agravar la catástrofe. John Steinbeck retrata como nadie el drama humano de los okies en su obra Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath), publicada en 1939 y por la que recibió el Pulitzer un año después. La palabra okie aparece unas treinta veces en la novela, y siempre en contextos negativos: «—¿Okie? —preguntó Tom—. ¿Qué es eso?» «—Antes significaba que eras de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda». Okie se convirtió en una injuria una vez que la masa de desplazados comenzó a montar campamentos de chabolas, o llegaban a pueblos y ciudades con nada que llevarse a la boca y dispuestos a trabajar por lo que fuera, poniendo en peligro los puestos de trabajo de los nativos. Quienes no tienen nada son siempre una amenaza para el resto, y la nación que más ha presumido de proteger a los suyos rememoró el odio fraternal de Caín. En la obra de Steinbeck la palabra «polvo» o sus derivados aparecen más de ciento cincuenta veces (nos hemos entretenido en contarlas) e inundan la novela de una atmósfera sucia y sápida, capaz de hacerte masticar la tierra en más de una ocasión. Sin embargo, la delicadeza del escritor al retratar a sus personajes recubre su historia de ternura en una contradicción constante de sentimientos. Debería ser una lectura obligada.

¡Se rompió, bebé enfermo y problemas con el automóvil! Fotografía de 1937 de Dorothea Lange de una familia atrapada cerca de Tracy, California [Library of Congress].

Años más tarde, el trabajo de Steinbeck tuvo eco en la singular obra de Edward Abbey. Un popular escritor ambientalista autor de libros que alentaban la utopía romántica y golfa de la contracultura americana. Historias con un trasfondo de desobediencia civil y lucha (cuasi terrorista) contra las grandes corporaciones industriales que ocupaban los espacios naturales, exprimiéndolos como a naranjas californianas antes de destruirlos. Algunas de sus obras más conocidas son La banda de la tenaza (The Monkey Wrench Gang), ilustrada por el maestro del cómic Robert Crumb, Hayduke vive (Hayduke Lives) o El vaquero indomable (The Brave Cowboy), protagonizando la versión cinematográfica (Lonely Are the Brave) el inolvidable Kirk Douglas.

Otros testigos de excepción del Dust Bowl fueron la fotógrafa Dorothea Lange (sus instantáneas crearon escuela en el fotoperiodismo y nos siguen conmoviendo. Gracias a ella la Gran Depresión y los okies tienen hoy rostro), y Woody Guthrie, el okie creador de las Dust Bowl Ballads, que se convirtieron en la banda sonora de la tragedia ambiental y humana (retratado fantásticamente por Fran G. Matute en otro artículo de Jot Down).

Este no es, ni mucho menos, un alegato contra la agricultura o la tecnología. La agricultura, de la mano de la ciencia, nos ha traído hasta aquí. La domesticación de especies animales y vegetales ha sido una obra titánica. La obra más importante de la humanidad. Todo, absolutamente todo lo que comemos hoy, proviene de especies vegetales o animales domesticadas. Especies y razas adaptadas a nuestras necesidades. Gracias al aliento de la agricultura se ha desarrollado la civilización. Nuestra esperanza de vida es mayor que nunca, y disponemos de un arsenal de calorías interminable a nuestro alcance por muy poco dinero. Tampoco podemos juzgar las decisiones del pasado con criterios actuales, no sería justo, y menos sabiendo las consecuencias de ellas. Sin embargo, hay algo bueno en esta desgracia: el Dust Bowl nos enseñó muchas cosas. Nos enseñó que intervenir en un sistema estable puede tener efectos inesperados. Nos recordó que cuando la naturaleza desata su fuerza, nada puede pararla. Y nos mostró que el equilibro ecológico es más frágil de lo que pueda parecer a simple vista. Muchas prácticas agrícolas cambiaron radicalmente, otras lo hacen de forma lenta, pero en el buen camino.

Queda mucho por hacer, pero la población mundial continúa creciendo y demandando alimento. Siempre habrá negacionistas, pero también falsos profetas; y aunque si se combinan los factores suficientes se pueden catalizar reacciones catastróficas, la agricultura es la única herramienta capaz de alimentarnos y conducirnos con vida hasta el próximo siglo. Cómo la usemos será cosa nuestra, porque el apocalipsis, vigilante, seguirá observándonos siempre de reojo y la ciencia, como hasta ahora, será nuestra mejor aliada.

La ocupación de tierras finalizó en 1976. La única excepción a esta nueva política fue el remoto y salvaje estado de Alaska, para el cual la ley permitió el homesteading hasta el año 1986. Ken Deardorff fue el último ciudadano estadounidense que se benefició de un programa que había iniciado Lincoln ciento veinticinco años atrás. Obtuvo sus ochenta acres de tierra en el río Stony, en el sudoeste de Alaska. Cumplió con todos los requisitos en 1979, pero no recibió su escritura hasta mayo del año 1988. Quizá, como algunos de los protagonistas de Doctor en Alaska, quisiera comenzar de nuevo en un lugar lejano e indómito donde no ser juzgado. Quién, como los okies, no ha soñado con un nuevo comienzo alguna vez.


Cuando llueven ranas

Charles Fort
Charles Fort.

«A las cinco de la tarde, el cielo sobre la ciudad de Londres estaba en calma. De repente, sin previo aviso, comenzó a soplar un fuerte vendaval que hizo volar sombreros y toldos por doquier. El sol se ocultó y una densa oscuridad cayó sobre las calles. La vista apenas alcanzaba dos pasos. En ese momento, desde el cielo, empezó a caer una abundante lluvia de agua y peces. Durante casi una hora cayeron miles y miles de peces de unos quince centímetros de longitud, de color plateado y grandes aletas. Más tarde, los expertos examinaron aquellos peces pero no lograron identificarlos. Se enviaron muestras a todas las universidades de Inglaterra, pero nadie pudo aclarar a qué especie pertenecían. Finalmente llegó una carta firmada por el decano de la facultad de ciencias naturales de El Cairo, informando de que los peces pertenecían a una especie de agua dulce, que proliferaba en el Mar de Galilea, en Palestina. Nadie pudo explicar cómo habían llovido sobre Londres aquellos peces que los palestinos llaman Pez de San Pedro.»

La extraña lluvia de peces que dejó perplejos a los londinenses un 5 de mayo de 1848 no es ni mucho menos un acontecimiento único. Por todo el mundo y en diversas épocas existen crónicas de lluvias de colores, diluvios de animales —a veces vivos, a veces muertos— y la caída de todo tipo de objetos inusuales, algunos reconocibles, otros extraños y de origen indeterminado.

Charles Fort fue el primer hombre que, entre finales del siglo XIX y principio del XX, comenzó a recopilar recortes de periódicos y crónicas varias sobre lluvias improbables y otras clases de fenómenos sin explicación clara: hoy se conoce a este tipo de sucesos como “fenómenos fortianos” en su honor. Bien es cierto que Fort se limitó a reunir todas las historias bizarras que pasaban por sus manos sin filtrarlas o desechar las más improbables, por lo que la validez científica de su trabajo es prácticamente nula. Es más: el propósito de Fort era precisamente combatir lo que él consideraba un “excesivo dogmatismo científico” presentando un amplio rango de acontecimientos que escapaban a las explicaciones de la ciencia de su tiempo. Pero aunque un buen número de las noticias que recopiló —leídas hoy— resultan inverosímiles o son evidentemente el resultado de meras leyendas populares, no es menos cierto que un porcentaje de aquellos “fenómenos fortianos” ha vuelto a suceder en épocas más recientes y algunos de ellos, incluso, han sido explicados o están en proceso de ser entendidos por la ciencia.

Chaparrón de alimañas

Lluvia de peces
Chuzos de punta.

Las ocasionales lluvias de animales acuáticos no voladores —peces, ranas, cangrejos, sapos, renacuajos, hasta en alguna ocasión cocodrilos pequeños— han saltado periódicamente a las páginas de los diarios en diversos países, incluso en años recientes. Por más que pueda parecer un fenómeno digno de un cuento de hadas, la ocurrencia de estas lluvias es, hoy día, tenida por algo cierto. Si bien no se conoce el mecanismo exacto que las produce, parece lógico pensar que se trata de la consecuencia de algún fenómeno similar a un tornado, que absorbe grandes cantidades de agua en alguna zona húmeda —incluyendo los animales que la pueblan— para después soltarlo todo en forma de inesperada precipitación en alguna otra parte. En algunas ocasiones los animales han llegado a estar vivos, lo cual parece indicar que suele tratarse de un fenómeno relativamente rápido. Aunque, cómo no, cuando los animales son transportados por el vendaval durante mucho tiempo y en capas de aire muy frío, el resultado puede ser muy distinto: que se lo pregunten a aquel pescador coreano que, mientras faenaba en los caladeros de las Malvinas, recibió un insólito regalito del cielo en forma de calamar congelado en mitad del cráneo.

Estas lluvias adquieren a veces un formato casi de pesadilla, especialmente para quienes sean especialmente sensibles a la presencia de ciertos animales o sustancias. Se han registrado, por ejemplo, lluvias de arañas —o una especie de nieve formada por grandes cantidades de telaraña— y de medusas. O también la caída de unas inquietantes babas que resultaron ser, según se cree, huevas de peces o de anfibios. También se han producido lluvias de pedazos de carne y sangre que cabe pensar son producto de un vendaval especialmente violento que no sólo absorbía animales en su embudo huracanado sino que los destrozaba al mismo tiempo. El hecho de que casi siempre se trate de animales acuáticos o de pequeño tamaño, susceptibles de haber sido absorbidos fácilmente por un tornado, fue lo que hizo que muchos científicos terminasen por aceptar las lluvias de animales como algo más que una mera leyenda, especialmente cuando han seguido sucediendo hasta nuestros días, si bien con relativa escasez.

Lluvias de colores y pedazos de hielo

Hielo
Un buen motivo para contratar seguro de lunas.

La precipitación de líquidos de todos los tonos y texturas imaginables también puede responder a explicaciones relativamente razonables, dado que es fácil que la lluvia se mezcle con sustancias en suspensión en la atmósfera. Las lluvias negras y pestilentes debidas probablemente a nubes de hollín ocurrieron alguna vez durante el siglo XX, así como las lluvias con apariencia de sangre que, examinadas más atentamente, parecían contener determinados tipos de tierra o altas concentraciones de óxido.

En cuanto a los grandes pedazos de hielo que caen súbitamente del cielo, no hace falta remontarse a los libros recopilatorios de Charles Fort para encontrar ejemplos sonoros: muchos recordarán la fiebre de los mal llamados “aerolitos” que sacudió España a finales de los noventa. Aunque lógicamente hubo mucho fraude y mucha broma destinada a atraer a las cámaras de televisión, no fue ni la primera ni la última ocasión en que enormes fragmentos de agua helada caían en zonas pobladas antes testigos. El cómo se forman exactamente es algo que sigue siendo objeto de discusión, pero periódicamente se produce la caída de estos imponentes témpanos en alguna parte del mundo y los científicos no discuten la veracidad del fenómeno.

Más discutibles por lo general, aunque también más divertidas, son las crónicas sobre lluvias de objetos bizarros de todas clases. Uno de los ejemplos más clásicos, si hacemos caso a lo que se contaba en las noticias del momento, son las lluvias de monedas antiguas. En la URSS se publicó la noticia de una repentina lluvia de dinero en metálico procedente del siglo XVI. Incluso en plenos años sesenta, en Alemania, un hotelito de montaña fue repentinamente bombardeado por un chaparrón de ¡rupias y maravedíes! Evidentemente, esta clase de lluvias despiertan bastantes mas sospechas sobre su autenticidad, aunque la idea de que un tornado absorba monedas de un galeón hundido en vez de simplemente llevarse peces y medusas, tiene su gracia. También en Alemania, aunque casi cien años antes, se había producido una lluvia de lo que en un primer momento parecían pepitas de oro. Para desencanto de los lugareños, las supuestas pepitas no eran tales: no sólo tenían un extraño olor, como de algún animal, sino que una vez analizadas demostraron ser meros conglomerados de nitrógeno y amoníaco.

Combustión espontánea y otras excentricidades

Combustion
La combustión espontánea perjudica seriamente la salud.

Contra todo pronóstico, algunas de las lluvias extrañas que Charles Fort narró para intentar poner en aprietos a los científicos han sido aceptadas por la propia ciencia, pero eso no ocurre con otros fenómenos que en su época se consideraron posibles. La “combustión espontánea” era tal vez el más inquietante de todos ellos: hablaba de la posibilidad de que un ser humano ardiese repentinamente y quedase reducido a cenizas sin motivo alguno. En una época donde el estudio de los procesos químicos aún resultaba novedoso para la gente de a pie, muchos llegaron a creer que por diversas causas —altibajos emocionales, fiebre, etc.— un cuerpo humano podía desencadenar un mecanismo de auto-ignición: un momento estabas tranquilamente leyendo el periódico, y al momento siguiente eras pasto de las llamas. Hoy sabemos que tal cosa es completamente imposible, pero en tiempos de Fort se pensaba que la combustión espontánea no era tan improbable y contribuyó bastante el que algunos autores sensacionalistas falsificasen fotografías escalofriantes en donde se veía una mano o un pie junto a un montón de cenizas.

También las desapariciones espontáneas (individuos que ante testigos simplemente se disolvían en la nada) eran un fenómeno popular en la época que ha quedado relegado al campo de la leyenda, así como la bilocación (personas que eran vistas a un mismo tiempo en diferentes lugares), los “viajes atrasles” o la levitación. Hoy no son fenómenos científicamente aceptables, pero en aquellos tiempos no eran pocos quienes intentaban buscarles una explicación física racional.

Más ambiguos son los avistamientos de extraños objetos celestes —lo que hoy llamaríamos OVNIs— de los que Fort también daba buena cuenta en su tiempo, incluso antes de la fiebre por los platillos volantes desencadenada en plenos años cuarenta. Obviamente, los avistamientos de objetos voladores no identificados son a menudo reales y han continuado siendo un fenómeno popular, pero generalmente se deben a que el observador no sabe identificar ese objeto, que la mayor parte de las veces es un fenómeno u objeto completamente explicable por causas naturales o humanas. Por si alguien tiene dudas de hasta qué punto puede ser extraña la naturaleza, está uno de los fenómenos más fascinantes recopilados por Fort: las esferas luminosas.

Los “rayos en bola”

Rayo globular
Supuesta fotografía de un rayo globular.

Imagine el lector que camina tranquilamente por el campo y aparece a baja altura una extraña esfera de luz, extremadamente brillante, que se mueve de un lado a otro de una forma que por momentos parece seguir patrones casi inteligentes. El lector, asustado, empieza a correr para huir de la aparición y de repente a la esfera le da por perseguirlo. Sí, suena extremadamente fantástico y en principio parece una de las muchas leyendas fortianas que carecen de una base racional.

Sin embargo, los rayos globulares no son un mito de épocas pasadas. No sólo han sido observados con posterioridad a los registros de Fort, sino que en alguna ocasión han llegado a ser registrados en video. Aunque no existe una explicación definitiva de cuál es el proceso que los origina, los científicos han aceptado su existencia y saben perfectamente que se trata de un fenómeno eléctrico aberrante, producto por lo general de un clima tormentoso, o pre-tormentoso.  De hecho los rayos globulares, o fenómenos muy similares, han sido reproducidos en laboratorio. Incluso algunos de sus inquietantes patrones de movimiento resultan fáciles de explicar: por ejemplo, cuando persiguen a alguien se debe únicamente al efecto de succión del aire que provoca el movimiento brusco de la persona: un efecto que conocerá bien quien haya jugado con petardos deslizantes de pequeño.

Naturalmente, cabe imaginar el asombro de los testigos de semejante fenómeno en tiempos previos a la comprensión de los fenómenos eléctricos: incluso en tiempos de Fort, la existencia de un rayo globular se consideraba científicamente imposible. No es de extrañar que hubiese gente que identificase esas esferas de luz con espíritus, demonios o seres sobrenaturales. A quien suscribe le mostraron una vez la filmación de un rayo en bola —era una cinta de vídeo antigua, no digital—y la verdad es que, aunque resultaba evidente su naturaleza eléctrica, no es menos cierto que su aspecto y su forma de desplazarse eran francamente inquietantes. Un rayo globular dura bastante más que un relámpago, y tan pronto se desplaza como permanece inmóvil, lo cual es algo que no asociamos mentalmente a una descarga eléctrica normal: por eso solía causar asombro e incluso pánico.

El padre de los fenómenos paranormales

Fortean Times
Revista Fortean Times

Aunque de forma algo exagerada, es así como se bautizado a menudo a Charles Fort. Lo que sí es cierto es que fue el primero en recopilar exhaustivamente crónicas de todos estos fenómenos, aunque como decíamos lo hacía sin ningún rigor científico, ni aun siquiera un mínimo rigor periodístico. Simplemente reunía todo el material que pudiese obtener sin importarle demasiado la credibilidad o verosimilitud de las fuentes.

Pero no es de extrañar que emplease un método tan acientífico cuando su propósito fundamental era el de poner en evidencia a la propia ciencia. Si bien parece que Fort no se inventaba fenómenos, tampoco se molestó nunca en comprobar la veracidad de los mismos. Era un coleccionista, no un investigador. Y su credulidad no tenía límites, dándole como le dio crédito a la mencionada combustión espontánea, la levitación, la “teleportación” (término inventado por él), etc. De todos modos, su trabajo sirvió de base o al menos de antecedente para el desarrollo de toda una serie de disciplinas “paranormales” de diverso pelaje, como la ufología o la criptozoología (el estudio de animales raros cuya existencia se considera improbable desde la ciencia). Hasta existen algunas sociedades “forteanas” dedicadas al estudio de estos fenómenos, e incluso se publican algunas conocidas revistas como Fortean Times.

Como suele ocurrir en estos casos, el hecho de que algunos —sólo algunos— de los fenómenos descritos por Fort hayan sido aceptados por la ciencia moderna, hace que algunos quieran extender la validez a otros fenómenos. Sin embargo, dada la enorme cantidad y diversidad de asuntos recopilados en sus libros era simple cuestión de probabilidad el que alguno de esos temas tuviese una base real y científicamente aceptable. En futuros episodios analizaremos algunos más de estos fenómenos: desde los fraudes flagrantes hasta ciertos hallazgos que, aunque parecían contradecir toda lógica, resultaron tener fundamento científico. Mientras, y ya que estamos en otoño, asegúrese de llevar un paraguas hecho de una tela consistente: ya sabe, en cualquier momento podría empezar a llover ranas.


Pablo Mediavilla Costa: El país del tiempo

Después del terremoto del otro día en la cocina hoy he sabido por el Weather Channel, una institución nada relativista, que el huracán Irene viene lamiendo la costa este del país y que golpeará Nueva York en la noche del sábado. Ante tal crisis, he redactado de urgencia una lista de la compra que ejecutaré mañana o pasado para poder encerrarme en casa durante el fin de semana. Luego he pensado en George Kuchar. El cineasta norteamericano, nacido en el Bronx, presentó en 1986 la primera entrega de sus Weather Diaries —Diarios del tiempo, en su acepción meteorológica—. A simple vista, los Diarios de Kuchar me parecieron basura posmoderna filmada mal a posta, con la peor cámara a mano y todas esas decisiones de autor tan infames, pero pasados unos minutos y acostumbrado ya al horror del VHS digitalizado empecé a vislumbrar lo que Kuchar se traía entre manos: emboscado durante tres semanas en una caravana en mitad de Oklahoma, tierra desapacible, nuestro hombre documentó la violencia meteorológica en el corazón del país y, mediante una serie de trucos intelectuales, dejó monda y lironda la centralidad que el mal tiempo ha tenido en la construcción psicológica de la Unión. Si Estados Unidos fuera un votante español, sería alguien que cuenta entre sus héroes a Paco Montes de Oca.

En Europa, la misma Europa que queda inundada con calabobos y empieza a tener desiertos como para edificar muchos casinos se ridiculiza la obsesión meteorológica de los norteamericanos, sus medidas desproporcionadas ante posibles emergencias —olvidando el desastre que sufrió la decadente Nueva Orleans con el Katrina y las últimas desgracias en forma de tornados— y, en suma, se acusa al amigo americano de ser pusilánime ante las tormentas. Qué injusticia más penosa. Creo que Michael Moore coló algo de eso en Fahrenheit 9/11. Qué traidor. Cualquiera que haya conducido por este país, cualquiera que lo haya sobrevolado o caminado, puede levantar la mano, subir al estrado y tratar de describir la línea de sombra que se extiende más allá de los horizontes del Valle de la Muerte. Como en ningún lugar conocido —y nunca he estado en China, ni en Brasil, ni en Rusia—, el pecho se sobrecoge ante las dimensiones materiales de este país tan vasto. He aquí mi argumento: esta piel de bisonte es un laboratorio de truenos y ventiscas, de nieve y de sol. Y viven con y a pesar de ello.

Todo esto es muy curioso, toda esta historieta de Irene y de Kuchar y de la América catastrófica, pero hay algo más enigmático en el hecho de que la experiencia, el paso de los años y la vida hacen que uno vaya abrazando la meteorología como una ciencia imprescindible para encarar los asuntos del día a día. Los gráficos bellísimos del Weather Channel, con todos esos puntos y esas rayas y esas nubes de colores degradados por intensidad son pura poesía de extracción de datos. El conocimiento de la meteorología es perentorio. Lo es en la vejez, en el momento de la lucidez definitiva. Un hombre preocupado por el tiempo, experto en mareas y vientos, es alguien que, de alguna forma, ha entendido de qué va esto. Es un genio, no me cabe duda, y ahora me pregunto si ha existido algún genio en esta tierra que no haya prestado atención al cielo.