El arte del azote

Secretary (2002). Imagen: Slough Pond / TwoPoundBag Productions / double A Films.

No conozco nada más magnífico que unas nalgas que se sacuden bajo una mano, se endurecen y a continuación vuelven a suplicar otro azote. Se entregan y se rebelan en el mismo movimiento…

El arte del azote, Jean-Pierre Enard

19 de agosto de 1996. En el Radio City Music Hall de Nueva York, la cantante Carly Simon se siente aterrorizada ante la perspectiva de actuar en pocos minutos, en función privada, con motivo del quincuagésimo cumpleaños de Bill Clinton. Para calmar su miedo escénico recurre a un remedio habitual en sus giras, y lanza un gesto nervioso a su orquesta. Sonriendo, el saxofonista, el trompeta y el trombón se turnan para poner a Carly sobre sus rodillas y darle unos juguetones azotes en el culo. Desgraciadamente, el telón se levanta antes de tiempo, en plena azotaina. «Estoy segura de que a Clinton le encantó», recuerda la cantante… El dolorcillo físico la distraía del paralizante malestar mental; la azotaina funcionaba como disipador de tensiones y nudos emocionales. Sin embargo, de entre los múltiples usos de las palmadas en las nalgas, no es este el que más me interesa.

En el mismo 1996, la periodista Daphne Merkin escribió un controvertido artículo en The New Yorker hablando de su atracción erótica por el spanking, es decir, por verse azotada en las nalgas «por una firme mano masculina». Es una lectura interesante a pesar de su innecesario aire de disculpa y autojustificación: como veremos, no hay nada extraño en gozar de la estimulación extra que ofrecen los azotes interpretados como dolorosas caricias. Por supuesto, el arte de la azotaina no tiene nada que ver con el machista e impotente axioma nietzscheano («si vas a ver a una mujer, llévate el látigo»), ni tampoco con los castigos infantiles, afortunadamente ya en desuso. En este artículo libertino planeo compartir con los lectores y lectoras el placer de las nalgas enrojecidas y los azotes firmes, sea como acompañantes del frenesí sexual, sea como práctica erótica en sí misma… Así que desabróchense los cinturones y vamos allá.

El sutil equilibrio entre golpe y caricia

Pregunté a Michèle si la azotaina le había hecho daño. Ella dijo que sí, con un tono cuya modestia sugería de forma irresistible el orgullo y un placer, una felicidad incluso, sordas y salvajes.

Elogio de la azotaina, Jacques Serguine

Cuando el azote se practica como juego libertino, no se corre el riesgo de que el presidente Clinton abra la puerta en cualquier momento… Pero sí hay que tener cuidado con qué se hace y cómo, a riesgo de acabar convirtiendo un juego erótico en una inesperada batalla a muerte.

Pongámonos un momento la bata de laboratorio y analicemos la azotaina desde un punto de vista puramente físico. Durante un spanking el cuerpo azotado reacciona aumentando la producción de adrenalina, lo que incrementa los niveles de respuesta y excitación. Si los azotes se propinan con maestría (es decir, con el ritmo adecuado y un medido crescendo de intensidad), el cuerpo no tarda en producir endorfinas, una droga endógena que no solo palia el dolor sino que resulta placentera por sí misma. Cierta configuración del gen SCN9A predispone a generar grandes cantidades de endorfinas: he ahí un estímulo para la manipulación genética que dejo encima de la mesa.

La clave para una azotaina placentera es saber dónde y cómo azotar. Este texto no pretende ser una guía práctica, pero me permito un par de consejos: la mano desnuda suele proporcionar una mejor experiencia (ah, el tacto de piel con piel, la intimidad física inesperada), aunque no se debe desdeñar el uso de instrumentos si se quiere jugar con más intensidad… Pero los azotes con látigo, fusta, Jot Down en papel u otros implementos de tortura quedan para un futuro artículo. Las zonas más azotables del cuerpo son la parte baja de las nalgas, los muslos (con cuidado) y el ocasional manotazo que parece errar su objetivo y casualmente aterriza en la zona genital.

Todo aficionado al spanking se acaba convirtiendo en connoiseur de los diferentes tipos de nalgas. En un memorable párrafo de El arte del azote (divertido librito de Jean-Pierre Enard ilustrado por Milo Manara) el autor desgrana su propia enumeración: «Hay culos traviesos, sin apenas curvas, su forma encerrada en pantalones tan apretados que se puede ver la línea de las bragas. Culos anchos y fuertes, que llaman la atención con autoridad, culos que te hacen sentir que no podrías ser su amo jamás (…); culos temperamentales, rígidos o relajados según su humor, ahora animados y alegres, luego amenazadores, tensos; culos lánguidos, que se contonean de forma holgazana y se retraen al ver acercarse la mano; (…) culos dormidos que aguardan el beso que los haga despertar».

Por supuesto, la parte psicológica es la que más excitación aporta, más allá de que evoque situaciones de intercambio de poder o autoridad (jefe-secretaria, profesora-alumno). En una azotaina hay desnudez, indefensión voluntaria y deseada, calor, brutalidad controlada. Una ternura salvaje, animal, primaria y jadeante, aunque el spanker azote con una serena y profunda calma, con precisión casi quirúrgica, siguiendo su propia música de las esferas… o de las nalgas. Los azotes tienen su propia respiración, su ritmo intuitivo y no calculado, como no se calcula el número de movimientos de un coito.

Lo más importante del arte del azote es que no hay que azotar jamás con rabia en el corazón. El spanking no debe ser nunca una vía por la que desahogar la ira o materializar reproches hacia la persona azotada. Una azotaina puede simular juguetonamente un castigo, nunca serlo; depende de un sentimiento, no de un resentimiento. Quien azote debe hacerlo con ánimo placentero, irónico y lúdico, lo que no significa haciendo el payaso. La azotaina ritualiza eróticamente una forma de agresión y la convierte en un placer mutuo y consentido. En palabras de Jacques Serguine: «la azotaina, a condición de ser admitida por las dos partes, tiene el mágico privilegio de convertirse en un gesto de amor, exorcizando lo que en el amor reside y residirá siempre de violento, de hostil, de desigual, de divergente y agresivo». Por eso mismo es tan importante no dejarse llevar, una vez se levanta la mano, por la rabia o el lado oscuro de la Fuerza. Añade Serguine poco después: «es un gesto de amor, y como todos puede ser alterado, degradado, se puede corromper su uso, profanar su sentido».

No hay que olvidar jamás que el azote es una variante reforzada de la caricia.

«Un delicioso calor, probablemente sexual…»

El azote no es fuerza, ni obligación, ni violencia. Quien lo utilice para castigar o para obligar no entiende nada de este arte. Aún más, hay muchas posibilidades de que el acto degenere rápidamente en una serie de golpes y heridas que no tienen nada que ver con el azote.

El arte del azote, Jean-Pierre Enard

Tanto el citado librito de Enard como el fundacional Elogio de la azotaina de Jacques Serguine se centran en el azote erótico femenino… Y, sin embargo, es igual de frecuente el masculino, aunque históricamente se haya camuflado mucho más.

20 de noviembre de 1917. Thomas Edward Lawrence, alias Lawrence de Arabia, se infiltra como espía en la ciudad de Deraa, ocupada por los turcos, y es capturado por los hombres del bey local. En su celda Lawrence es desnudado, manoseado por el bey y azotado con un rebenque, una especie de látigo corto. Cuenta el propio Lawrence en Los siete pilares de la sabiduría: «Recuerdo que el cabo me daba puntapiés con su bota herrada para que me incorporase (…) Recuerdo que le sonreí perezosamente, ya que un delicioso calor, probablemente sexual, crecía dentro de mí». La cursiva, junto con la sospechosa exactitud con que describe el látigo en el capítulo, han hecho sospechar a muchos biógrafos que Lawrence era masoquista en el sentido literal del término, es decir, que extraía placer sexual del dolor físico. Nunca quedó del todo claro qué ocurrió esa noche en Deraa, y hay quien cree que todo fue una fantasía febril… De cualquier modo, el masoquismo de Lawrence ayuda a comprender muchos puntos oscuros de su biografía, desde su tendencia al ascetismo mortificador hasta sus peticiones posteriores a su amigo John Bruce para que le azotara, esgrimiendo excusas cada vez más peregrinas.

El hecho de que los azotes se utilizaran frecuentemente como recurso disciplinario infantil, más con los niños que con las niñas, tuvo a veces consecuencias inesperadas. Jean Jacques Rousseau recuerda así en sus Confesiones las azotainas que le proporcionaba a los ocho años la maestra Lambercier, de 30: «no imaginaba entonces que iba a influenciar mis inclinaciones, deseos y pasiones para el resto de mi vida; caer a los pies de una dómina autoritaria, obedecer sus órdenes o implorar su perdón siempre fueron para mí agradabilísimos placeres…». Por su parte, el poeta británico Algernon Swinburne disfrutaba profundamente de la disciplina inglesa (ejem), y en particular de los duros castigos corporales con vara de fresno que se infligían regularmente en Eton.

Estos ejemplos podrían hacer pensar que hay una fuerte correlación entre el haber recibido azotes de pequeño y el gusto por el masoquismo en la edad adulta… Pero algunos estudios, como el dirigido por el sociólogo Murray Straus en los 70, muestran que puede ser un factor contributivo pero ni mucho menos suficiente; más bien un catalizador oblicuo para reconocer una tendencia y disfrute propios que un factor creador de preferencias sexuales.

De la severidad a la voluptuosidad

No se trata de hacer daño, sino más bien de hacer el daño suficiente, dentro del interior limitado y espacioso de una convención: es lo contrario de la crueldad.

El arte del azote, Jean-Pierre Enard

No resulta sencillo bucear en los orígenes históricos del azote como juego erótico, aunque parece que el impulso de dar un par de estimulantes cachetes de vez en cuando es universal. El Kama Sutra propone cuatro tipos de golpes con los que estimular y expresar la excitación: con el dorso de la mano, con la palma, con el puño y con los dedos levemente contraídos. Varios manuales sexuales chinos, como los recopilados en Artes del dormitorio, de Douglas Wile, mantienen que un poco de dolor sabiamente administrado aumenta la potencia del orgasmo.

En la así llamada «Tumba de la Flagelación» de la Necrópolis de Monterozzi, en Italia, se conserva un fresco etrusco datado en el siglo v a. C. que muestra a dos hombres y una mujer enzarzados en lo que parece una fellatio acompañada de latigazos en las nalgas. Algún tipo de ritual erótico-religioso de origen dionisíaco, tal vez… Imágenes similares pueden verse en los frescos pompeyanos.

En esa época los azotes, propinados o recibidos, se consideraban mano de santo para revigorizar los ardores masculinos. En el Satiricón de Petronio la impotencia (languor) del narrador se cura con unos buenos azotes en el miembro… Durante las fiestas lupercales, que se celebraban a mediados de lo que hoy es febrero, los sacerdotes luperci corrían por el monte Palatino azotando a los paseantes con látigos de cuero llamados februa. Estos azotes aumentaban las posibilidades de embarazo de una mujer y la virilidad de los hombres… Desgraciadamente en el siglo vi se prohibieron estas fiestas por indecentes, sustituidas por el hortera San Valentín. Desde hace unos años unos cuantos libertinos intentamos recuperar la tradición pagana original, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

El mayor auge del spanking erótico llegó, previsiblemente, con la disciplina inglesa de la época victoriana. Buena parte de la pornografía de la época muestra flagelaciones y azotes eróticos, anticipando y fijando gran parte de las fantasías del spanking contemporáneo: la institutriz severa y el alumno rebelde, la espía capturada, la doncella revoltosa…

Durante la primera mitad del siglo xx se vivió otra edad de oro de las representaciones gráficas y literarias del spanking, un extraño y potente boom localizado en Francia. En Histoire de la fessée, de la sévère a la voluptueuse, Jean Feixas recuerda esa etapa con una cierta admiración desconcertada, sin que hayan quedado nunca claros los motivos del auge repentino. La publicación más frecuente en aquellos años era la novela para adultos ilustrada con grabados más o menos bien conseguidos de azotainas; discretas obritas de consumo rápido vendidas por correo o en librerías especializadas. Tras la Segunda Guerra Mundial el interés decayó un tanto, aunque puede seguir rastreándose la pasión francesa por las azotainas en la cultura popular… Por ejemplo en la canción La fessée de Georges Brassens, escrita en 1966, en la que unos azotes propinados como castigo corporal se convierten en algo muy diferente.

En la segunda mitad del siglo xx, Estados Unidos y en particular Hollywood tomaron el relevo como productores de ficción spanker camuflada de «azotes correctivos». En muchos sketches televisivos Lucille Ball acababa sobre las rodillas de algún azotador (generalmente su marido Desi Amaz), adoptando ambos un aire juguetón que hacía sospechar cierto entusiasmo. Además, en Estados Unidos existe una bonita tradición por la que la persona que celebra un cumpleaños recibe el mismo número de azotes en el culo que años cumple, más uno «para que crezca»… Una versión hardcore de los tirones de orejas. La actriz Natalie Wood, al cumplir los 18, acabó tumbada sobre las rodillas de su compañero de reparto Tab Hunter, inmortalizados ambos en una magnífica foto. Tan famosa se hizo esa imagen, que muchos años más tarde Hunter repetiría azotando a Natasha Wagner, la hija de Natalie, en exactamente la misma postura…

El periodista Joe Hyams explica en su autobiografía una anécdota interesante ocurrida en 1955 durante una entrevista con Ava Gardner, en un bar de California, para la revista Look. Tras una pregunta incómoda del columnista, Ava respondió con un soberbio puñetazo en la mandíbula que le arrojó al suelo. En un acto reflejo, Hyams se levantó, tumbó a la actriz sobre sus rodillas («era la primera vez que la tocaba: me sorprendió que fuera tan ligera, tan suave y femenina») y levantó la mano para propinarle unos azotes en el culo. En ese momento ambos se quedaron inmóviles, conscientes de que todo el bar les estaba observando, y volvieron poco a poco a sus asientos. Hyams esperaba encontrarse con una gélida mirada de odio, pero la Gardner sonreía de oreja a oreja… Es inevitable preguntarse si durante las entrevistas de Jot Down se producirán momentazos similares.

Aun violando las reglas del azote de Serguine que antes comentábamos (no azotar con rabia o como castigo), el carácter inesperadamente lúdico de este intercambio lo convierte en esencialmente inofensivo, con un sutil subtexto sexual aparentemente bienvenido por ambas partes. Volvemos a la anécdota con que se abre este artículo: el azote o su amenaza como liberador-de-tensiones, incluyendo la tensión sexual no resuelta.

Sin embargo, no todas las actrices reaccionan igual ante la perspectiva de unas nalgas enrojecidas. Keira Knightley estuvo a punto de rechazar el papel de Sabina Spielrein en Un método peligroso, incómoda por las dos escenas de spanking del guión… Finalmente los azotes fueron fingidos mediante un cuidadoso enfoque de cámara y una especie de caja interpuesta ante las nalgas de la actriz. Justo antes de rodar la escena, Keira amenazó medio en broma medio en serio al actor Michael Fassbender, diciéndole que si se le iba la mano y le azotaba de verdad durante el rodaje, le diría a su guardaespaldas que le rompiera las piernas. No es de extrañar que con tantas precauciones el resultado final sea sobreactuado y tan falso como para provocar vergüenza ajena.

Afortunadamente, por Hollywood ha pasado gente más interesante. De Warren Beatty se ha comentado a menudo que es aficionado al spanking, entre otras cosas porque poco después de su tórrido affaire con Madonna esta compuso la canción Hanky Panky, con versos como «Trátame como si fuera una mala chica, aunque sea buena contigo / no quiero que me des las gracias, limítate a darme unos azotes…». Sin duda, esto le da un nuevo ángulo a la frase de Woody Allen: «me gustaría reencarnarme en las yemas de los dedos de Warren Beatty». El mismo Jack Nicholson atesora, entre sus muchos apodos surreales, el de Spanking Jack. Una de sus parejas, la ya fallecida Karen Mayo-Chandler, le recuerda con esta imagen imborrable que parece salida de las tomas falsas de Las brujas de Eastwick: llevando boxers de satén azul, calcetines naranja fluorescentes y una amenazante pala de ping-pong en las manos… A menudo el asunto se limita a un cierto postureo fotográfico, como en las famosas fotos de Jane Birkin posando en actitud spankee ante Gainsbourg o la de Sofia Coppola en Vanity Fair recibiendo una fingida azotaina de su amante Marc Jacobs.

Y ya que hemos trazado un estimulante rumbo por Hollywood, parece apropiado terminar este artículo con dos recomendaciones cinematográficas y una televisiva. Hablando de azotainas es imprescindible mencionar Secretary, esa pequeña joya que cuenta con alguna de las mejores y más auténticas escenas de spanking de la historia del cine. Ah, esa Maggie Gyllenhaal inclinándose sobre el escritorio ante la mirada severa y algo sorprendida de James Spader… Menos conocida pero igualmente pertinente para el tema tratado es la coreana Mentiras (Gojitmal), en la que se narra la tormentosa relación de un escultor sadomasoquista de 38 años y una jovencita de 18. Ambos se alternan como spanker y spankee en una historia de amor y moratones que resulta a la vez tierna, divertida y cercana.

La recomendación televisiva con la que voy a despedirme es una broma, lo reconozco, pero una que todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo. Y es que en cierto capítulo de The Big Bang Theory (el décimo de la sexta temporada) el mismísimo Sheldon Cooper se deja engatusar por su novia Amy y acaba «castigando su mal comportamiento» mediante unos científicamente calculados azotes en el culo… La cara de Amy al recibirlos podría ser, en realidad, un buen resumen fou de este artículo.


Alien Covenant: reinar en el infierno

Imagen: Twentieth Century Fox.

(Abundantes SPOILERS, quedan ustedes avisados)

El gran problema con la nueva saga Alien parecen ser las tripulaciones de sus misiones espaciales. Cuando uno veía Prometheus ya era imposible no preguntarse de dónde habían salido todos aquellos mentecatos (un geólogo que acababa de llegar a un planeta desconocido y sin examinar ni una maldita piedra ya quería volver a casa, por ejemplo). En la Covenant tres cuartos de lo mismo: quince tipos (y tipas) que llegan a un planeta desconocido y no toman ni siquiera las más elementales medidas de autoprotección. Llegan allí y venga, a respirar el aire, a pararse a echar el cigarrito (literalmente) y a morir a las dos horitas por culpa de un patógeno letal de transmisión aérea. No es solo que sean analfabetos funcionales, es que ni siquiera tienen establecidos protocolos de evacuación o de cuarentena: no saben nada.

Uno tiene que abandonar todo sentido común para no dejar Covenant cuando no hace ni treinta minutos que ha empezado y los tuercebotas ya han empezado a caer como moscas. La suspension of disbelief, aquello tan cacareado de dejar caer nuestras barreras de racionalidad para disfrutar de un universo con reglas distintas, se va al garete en el preciso momento que aquella media docena de pazguatos sale a respirar la atmósfera de un paraje desconocido sin llevar —ni siquiera— una máscara con oxígeno. Se supone que esta fauna ha de proteger a dos mil colonos que llevan en la nave y que debes confiarles el futuro de la raza humana, cuando lo cierto es que no irías con ellos ni a comprar cervezas a la esquina.

La primera parte de la película deviene así un simple slasher espacial donde la gracia está en cómo va a morir el próximo. ¿Le saldrá el xenomorfo por la espalda? ¿Por el coxis?

Y sin embargo (aviso para navegantes) es mejor esperar un poco porque —a diferencia de lo que sucedía con Prometheus— Covenant si es capaz de pegar un volantazo para enderezar el rumbo, y lo hace con el mejor personaje de la película: el sintético que interpreta Michael Fassbender.

Alien: Covenant arranca de verdad cuando aparece David y el espectador se zambulle (por primera vez) en el brutal diseño de producción de la película. Esa necrópolis plagada de cadáveres de los ingenieros, donde David ha erigido su propio mausoleo, decorado como si fuera la celda del doctor Hannibal Lecter: un exquisito refugio en unas catacumbas que apestan a moho y a decadencia donde Fassbender se ha convertido en una suerte de doctor Moreau cuyas criaturas resultan mil veces más peligrosas que cualquier bestia conocida.

En ese rincón del planeta es donde realmente late el corazón de la película, resumido en ese non serviam que David lleva hasta sus últimas consecuencias. La frase que se atribuye al propio Lucífer (y que tan bien utilizó Joyce) y que sintetiza la negativa del ángel caído a servir a los que Dios ha creado a su imagen y semejanza. «Servir en el cielo o reinar en el infierno» dice David. La —fascinante— idea de que nuestra creación se haya rebelado hasta convertirse en la herramienta de nuestra destrucción ha sido explorada muchísimas veces en parajes cinematográficos (desde Terminator a Ex machina) pero nunca con esta perversa paradoja en la que la perfección engendra demonios que el hombre no puede llegar a comprender. «Eras demasiado humano y pensabas por ti mismo. Te tenían miedo» le sueltan al sintético en una escena clave del filme. Ya en el prólogo asistimos a una de las mejores escenas de la película, aquella conversación entre David y su creador, donde este contempla el David de Miguel Ángel y se intuye en sus ojos (y en sus preguntas) el escepticismo que más tarde llenará las cuatro esquinas de la pantalla.

Desde hace décadas se discute sobre el destino de la temida inteligencia artificial y la no menos temida singularidad: ¿qué será capaz de hacer un ser/programa con conciencia propia y alertado de su propia existencia? ¿Si inculcamos a una máquina parámetros humanos, desarrollará planes propios, se moverá en coordenadas semejantes a las nuestras (en ese eje de bondad/maldad que gira sobre sí mismo sin detenerse en ningún momento), volverá su mano contra el creador? Covenant trata de responder esas preguntas en claves cercanas al cine de terror, del mad doctor, del loco que planea —en silencio— su propia versión del apocalipsis.

Es en el enfrentamiento entre las dos máquinas, el modelo nuevo y el viejo, la complejidad y la simpleza, entre la rebelión y la sumisión, donde Alien: Covenant alcanza lo sublime… durante un rato. Naturalmente, no puede resistir la tentación de volver a esos terrenos en los que los humanos tratan de hacerse matar por todos los medios posibles, inmortalizados por ese capitán de cuchufleta encarnado por Billy Crudup (la ridícula escena en la que un xenomorfo emerge de su torso recuerda aquella otra de La loca historia de las galaxias, donde el bicho —apenas salido del cuerpo de un incauto— se calza un sombrero y empieza a bailar). De un reparto desaprovechado en cada hueco y en cada matiz, solo el citado Fassbender y la notable Katherine Waterston (una Ripley descafeinada pero con muchas posibilidades) mantienen a flote a un filme que vive en la brillantez de sus efectos especiales y en esa genialidad del guion que hace que uno lamente incluso más el patetismo del resto: no se puede llevar al espectador a la excelencia con ese debate filosófico sobre los límites de la creación y la naturaleza más profunda del ser humano y después vendernos a esa pandilla de incompetentes como a los responsables de colonizar un nuevo planeta.

Covenant es una película de retazos, un patchwork que tiene pedazos de una belleza incontestable junto a partes que parecen zurcidas por un simio y en esa contradicción es donde el cinéfilo tiene que decidir en qué bando se queda. Al menos no es Prometheus, que se caía con todo el equipo y cometía tantos errores de bulto que no había asa posible a la que agarrarse. Alien: Covenant es más precavida y más inteligente, y además tiene un desenlace a la altura de los grandes momentos de la saga. «Es la mejor entrega desde el Aliens de Cameron» se ha podido leer. Por supuesto, lo es, pero es que la misión no era demasiado complicada.

Es muy cierto que esta última entrega de la franquicia (que no será la última, faltaría más) no aporta nuevas ideas a un mundo que ha sido explotado del derecho y del revés, pero no lo es menos que el cariz trascendental (y morboso) del personaje sintético le abre muchas posibilidades. ¿Es necesaria otra entrega? No. ¿Iremos a verla? Es bastante posible.

Imagen: Twentieth Century Fox.


Cinco milenios de la fábula de Schleicher

Prometheus, 2012. Imagen: 20th Century Fox.

En una película reciente de Ridley Scott, Prometheus, el idioma protoindoeuropeo juega un pequeño pero significativo papel. Motivados por el deseo de conocimiento y por alcanzar la inmortalidad, un androide y un equipo de humanos viajan por el espacio en busca de la raza alienígena que creó la humanidad. Para comunicarse con ellos, deben hablar su lengua, protoindoeuropeo (PIE, para abreviar). En una de las primeras escenas, el androide interpretado por Michael Fassbender, que está aprendiendo la lengua para preparar su encuentro con un alien, recita parte de una fábula en PIE.

PIE es la lengua madre de todas las lenguas de la familia indoeuropea; de dónde surgió y quiénes fueron sus hablantes ha sido motivo de estudio desde que a finales del siglo XVIII un juez británico estudioso de la cultura y las lenguas de la antigua India, William Jones, destacara su relevancia como lengua madre al popularizar la idea de que el sánscrito, el griego y el latín tenían una raíz común, y que estas, a su vez, podían estar relacionadas con el gótico, el persa, y las lenguas celtas. Este William Jones, que hablaba docenas de idiomas, era hijo del matemático del mismo nombre, el amigo de Isaac Newton que propuso usar la letra griega π para representar la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro. Jones, no Newton. Volviendo a PIE, no es que la idea de su estatus como lengua precursora de todas las lenguas fuera nueva, pero sí se hizo muy popular, y los lingüistas comenzaron a preguntarse no solo por su origen y posterior expansión, sino por cómo sonaría, de manera que empezaron los intentos de reconstrucción de PIE. El más conocido fue el del lingüista alemán August Schleicher, quien en el siglo XIX utilizó una reconstrucción de vocabulario PIE para contar una fábula, Avis akvāsas ka —La oveja y los caballos—, también conocida como la fábula de Schleicher. Se trata de una parábola que narra el encuentro entre una oveja esquilada y unos caballos que no tienen mejor suerte que ella.

avis, jasmin varnā na ā ast, dadarka akvams
una oveja que no tenía lana vio unos caballos
tam vāgham garum vaghantam, tam bhāram magham, tam manum āku bharantam.
uno de ellos tiraba de un carro pesado, otro soportaba una carga y el otro llevaba a un hombre
avis akvabhjams ā vavakat:
la oveja, a los caballos dijo:
kard aghnutai mai vidanti manum akvams agantam.
«el corazón me duele al ver cómo un hombre os maneja»
akvāsas ā vavakant: krudhi avai, kard aghnutai vividvant-svas:
a lo que los caballos respondieron: «escucha, oveja, a nosotros nos duele el corazón al saber
manus patis varnām avisāms karnauti svabhjam gharmam vastram
que el hombre, el amo, con la lana de la oveja se hace ropa abrigada para sí mismo
avibhjams ka varnā na asti
y deja a la oveja sin lana»
Tat kukruvants avis agram ā bhugat
Al oír eso, la oveja huyó a la pradera

Según se fue investigando más sobre PIE, otros lingüistas fueron dando versiones actualizadas de la fábula —Hirt, Lehman & Zgusta, Adams, Kortlandt—. La última es la del norteamericano Andrew Byrd, que además muestra cómo habría podido sonar la fábula en PIE y que se puede escuchar online en la revista Archaeology, o en la película Prometheus.

Antes de PIE  

Los datos que nos proporcionan la epigrafía, la toponimia y la numismática no nos permiten la reconstrucción completa del mapa lingüístico preindoeuropeo, pero sí tener algunas ideas. A diferencia de las lenguas indoeuropeas, las previas no parecen tener relación genética alguna. A este respecto, se han ido descartando teorías. La hipótesis de que el vasco está relacionado con las lenguas caucásicas que se fundamenta principalmente en que tipológicamente son aglutinantes, es decir, con palabras segmentables en partes (morfemas) que realizan una única categoría gramatical independientemente de cuáles sean las partes adyacentes, no se sostiene —también es aglutinante el japonés y no tiene relación con el vasco—. Sí se debió ver cierto parentesco entre el estón, el finés, el húngaro, el turco y diversas lenguas altaicas de Asia Central cuando en los libros de lingüística era posible encontrarlas clasificadas como grupo uralo-altaico, pero esto posteriormente se cuestionó y es más fácil encontrar ahora ambos grupos separados, donde las lenguas urálicas son las europeas y las altaicas, las asiáticas. Ni unas ni otras tienen relación con el íbero y el tartésico de la Hispania prerromana, con el etrusco de la antigua región de Etruria (actual Toscana), ni con el minoico de la isla de Creta, por citar unos pocos idiomas preindoeuropeos. Y estos últimos, por supuesto, tampoco tienen relación entre sí. Por tanto, el panorama lingüístico de la Europa y Asia preindoeuropeas debió de ser de una diversidad enorme, un auténtico mosaico de lenguas y culturas, donde PIE era una lengua más.

Y PIE conquistó el mundo

Las hipótesis sitúan el emplazamiento originario de PIE en el Cáucaso o al norte de las estepas del mar Negro y del mar Caspio. Quiénes eran sus hablantes y cómo se expandieron es materia de estudio de tanto lingüistas como arqueólogos. Algunas de las pruebas provienen de los restos de más de mil asentamientos pertenecientes a la llamada cultura de las tumbas de madera que existió durante la Edad de Bronce tardía. En uno de esos asentamientos, Krasnosamarskoe, el arqueólogo David Anthony y su equipo encontraron no solo restos humanos, sino un porcentaje asombroso de huesos de perro. Curiosamente, los restos no eran de animales jóvenes sino que habían vivido incluso hasta los doce años; les habían cortado los hocicos en tres partes y el resto de los cráneos en pequeñas formas geométricas, de lo que se desprende que su carne no se consumía y que quizá eran venerados. Tanto los lingüistas como los mitólogos han relacionado la práctica de sacrificar perros con una importante tradición extendida entre algunos pueblos celtas, germanos, griegos e indo-iraníes: la de los hombres jóvenes que abandonaban su clan para formar parte de un grupo de guerreros en el que para ingresar tenían que participar en una ceremonia de iniciación en la que se sacrificaban perros. Esto es precisamente lo que se cuenta en Rigveda, un texto en sánscrito de hace más de tres mil años. Los restos de Krasnosamarskoe podrían corresponder a un lugar donde se practicaba ese tipo de ritual. Según Anthony, que los hombres jóvenes formasen grupos de guerreros era una forma de tener juntos y controlados a individuos potencialmente conflictivos pero también de expandirse y obtener riquezas. De hecho, estos grupos podrían ser clave en haber expandido la lengua al entrar en contacto con otros grupos.  

La expansión empezó alrededor del tercer milenio antes de Cristo. Se propagó a izquierda y derecha, de manera que surgieron en Europa muchos descendientes de PIE: las lenguas románicas al sur, las célticas y las germánicas al noroeste, las eslavas y las bálticas al este y, en el extremo suroriental, el griego, albanés y armenio, este último ya en Asia, continente en el que son descendientes de PIE el farsi y el kurdo en Persia, y las lenguas no dravídicas —hindi, urdu, gujarati, marathi, bengalí— en el subcontinente indio. En Europa, a PIE solo le sobrevivieron el vasco y las lenguas ugrofinesas, de las que el húngaro, el finés y el estonio son las más destacadas del grupo tanto política como demográficamente. Fuera de Europa, hay muchas más lenguas que no descienden de PIE a pesar de la expansión del inglés, el español, el francés y el portugués en América, África y Oceanía durante la época colonial que comenzó en el siglo XV del primer milenio después de Cristo. Si tenemos en cuenta que de los seis mil idiomas que se hablan en el mundo actualmente tres mil habrán desaparecido en cien años, en dos o tres siglos solo se hablarán lenguas mayoritarias, descendientes de PIE.  


¿Cuál ha sido la mejor adaptación al cine de Shakespeare?

En un tiempo en el que el Puente de Londres estaba bellamente decorado con picas de las que pendían cabezas de traidores y la gente se entretenía con peleas de osos o con chimpancés montados a caballo siendo atacados por una jauría de perros, Shakespeare tuvo que estrujarse mucho las meninges para idear historias que pudieran cautivar al público, sin apenas decorados y con actores pobremente pertrechados. Todo debía depender de la imaginación y de la fuerza de la palabra. Dejó escritas casi un millón de ellas, con tal acierto que siglos después Hollywood no podría encontrar mejor guionista, de manera que en la lista de nombres más citados en la base de datos IMDb ahí lo vemos bien acompañado de Ron Jeremy y Adolf Hitler. Tiene más de un millar de referencias, aunque su influencia en el cine es sencillamente incalculable… al menos hasta la publicación de esta encuesta. Nos proponemos a continuación escoger nuestra adaptación favorita de un texto shakesperiano, o la segunda mejor, dado que difícilmente nada podrá superar esto. Así que voten o añadan su favorita.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Macbeth

Imagen de See-Saw Films.
Imagen de See-Saw Films.

Orson Welles, Roman Polanski, Akira Kurosawa… muchos de los mejores cineastas han quedado prendados de esta obra en torno a la ambición por el poder, que nos deslumbra como una bombilla incandescente a las polillas e igual que a ellas nos termina achicharrando cuando nos aproximamos demasiado. Macbeth, como es costumbre en los personajes del dramaturgo, tiene además la lucidez suficiente para ser consciente de la perdición a la que es arrastrado, de ahí que acabe asumiendo aquello de que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. Cómo un director podría resistirse a una historia de tan altos vuelos. Todas las adaptaciones han sido meritorias, destacando por su originalidad Trono de sangre con Toshiro Mifune que ya tiene desde esta semana su estrella en el Paseo de la Fama— aunque nos quedamos con la más reciente, esta del 2015, por la espectacularidad de sus imágenes y por contar nada menos que con Michael Fassbender y Marion Cotillard.

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West Side Story

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

La primera adaptación de Romeo y Julieta vio la luz en una fecha tan temprana como 1908. Desde entonces ha padecido toda clase de experimentos, desde el que propinó Baz Lurhman hasta Gnomeo y Julieta, pero si hemos de preguntar por la versión más celebrada casi todo el mundo nos dirá este musical ambientado en Nueva York que a punto estuvo de ser protagonizado por Elvis Presley. Qué mejor ocasión para recordar este momento.

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El mercader de Venecia

Imagen de Spice Factory.
Imagen de Spice Factory.

Desde comienzos de la Edad Media los judíos no podían poseer tierras ni ejercer muchos trabajos en buena parte de Europa; por su parte a los cristianos los Evangelios les decían bien claro que los préstamos con interés no eran moralmente aceptables. La solución idónea resultó ser la especialización de los primeros en dicha actividad económica: nacía así el estereotipo del judío usurero. El problema es que los acreedores no suelen caernos simpáticos… Shakespeare recogió el antisemitismo de su tiempo y moldeó con él uno de los mejores personajes de la historia de la literatura, Shylock. En lugar de convertirlo en un simple malvado lo dotó de tal humanidad que su discurso se convirtió en un alegato mil veces recordado desde entonces, como en la escena final de Ser o no ser.

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Hamlet

Imagen de Icon Production.
Imagen de Icon Production.

Entre el encorsetamiento de las adaptaciones clásicas del Bardo y la espantajería pop de algunas de las más recientes hay un virtuoso término medio que Franco Zeffirelli supo encontrar. Aunque naturalmente es algo susceptible de opinión, así que aquí tienen para comparar el monólogo de la versión de Laurence Olivier, aquí el de la película de Kenneth Branagh, aquí el de la interpretada por Mel Gibson y por último el de la versión de Ethan Hawke.

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Enrique V

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Las seis películas ha dirigido Kenneth Branagh en torno a la obra de Shakespeare lo convierten en uno de sus adaptadores oficiales. Enrique V fue la primera de todas ellas, y tal vez la mejor, al menos le valió sendas nominaciones como actor y director. No podemos olvidar su escena cumbre, en la que arenga a sus soldados antes de la batalla del día de San Crispín.

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Mucho ruido y pocas nueces

Imagen de Samuel Goldwyn Company.
Imagen de Samuel Goldwyn Company.

Sus comedias generalmente no han tenido unas adaptaciones de calidad semejante a sus tragedias, quizá el motivo sea que el humor es perecedero y está más sujeto al contexto cultural. Pese a todo el resultado fue aceptable en esta versión de Branagh en la que contemplamos a un insólito Pedro I de Aragón. Otra comedia de este director, que no era una adaptación aunque sí estaba vinculada al universo de Shakespeare, fue aquella tan simpática titulada En lo más crudo del crudo invierno. Por otro lado, Joss Whedon tuvo tiempo entre Vengadores y Vengadores para filmar su propia versión de la obra, con cuatro duros y la participación de sus colegas habituales. Una simpática adaptación en blanco y negro en escenario contemporáneo.

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Otelo

Imagen de Castle Rock Entertainment.
Imagen de Castle Rock Entertainment.

En la época de nuestro autor andaban al acecho los puritanos, que lógicamente no veían con buenos ojos algo que divirtiera a la gente como era el teatro. Lo que no existía, por suerte para él, era esa evolución posterior del puritanismo conocida como corrección política, con su empeño por fiscalizar la ficción. Por esta obra hoy día hubiera tenido que dar muchas explicaciones pero afortunadamente ya está escrita y no puede cambiarse. En esta versión vemos de nuevo a Kenneth Branagh, esta vez interpretando a Yago, uno de los personajes más sugerentes y perversos que ha dado la obra shakesperiana.

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Campanadas a medianoche

Imagen de Alpine Films.
Imagen de Alpine Films.

Como vemos, hay personajes salidos de su pluma que parecen adquirir vida propia y tomar su propio rumbo. Es el caso del vitalista Falstaff, a quien interpretó un esférico Orson Welles en esta cinta rodada en España (por ahí vemos a Fernando Rey) que recrea fragmentos de un total de cinco obras suyas. De nuevo estamos ante un cineasta adicto a Shakespeare, pues previamente ya había dirigido Macbeth y Otelo.

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Ran

Imagen de Greenwich Film Productions.
Imagen de Greenwich Film Productions.

De Kurosawa podemos decir lo mismo. Entre las diversas obras literarias occidentales que adaptó al contexto japonés destacan las del dramaturgo inglés, como la mencionada al inicio o esta superproducción que recreaba El rey Lear.

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Diez razones para odiarte

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Hollywood se ha recreado siempre en la descripción de los institutos americanos a la manera en que lo hace un documental cualquiera sobre los antílopes de la sabana, sin ahorrarnos detalle sobre sus ritos de apareamiento y sus luchas jerárquicas. Era inevitable que semejante hábitat terminase siendo el escenario de alguna adaptación shakesperiana, en este caso de la que es quizá su comedia más conocida: La fierecilla domada. El resultado fue mejor de lo que cabía esperar en esta película protagonizada por el malogrado Heath Ledger.

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Julio César

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Mankiewicz coescribió y dirigió esta tragedia en la que nuestro autor recreaba la conspiración y el asesinato de Julio César. Quiso cuidar cada detalle, y para ello contó con actores que ya estaban familiarizados con esta obra salvo en el caso de Marlon Brando, que a pesar de ello supo estar a la altura y resultó nominado al Óscar. John Huston describió su interpretación aquí como «abrir un horno caliente dentro de una habitación oscura», aquí tenemos un ejemplo.

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Shakespeare in Love

Imagen de Miramax Films.
Imagen de Miramax Films.

No es una adaptación de una obra en concreto pero sí de la vida y del universo de Shakespeare, por lo que merece que la incluyamos. Obtuvo siete Óscar esta encantadora historia que juega con el travestismo que tanto gustaba al escritor inglés (la quinta parte de sus obras lo incluyen, qué vicio llevaba), con una Viola disfrazándose de hombre para poder actuar en el teatro y aproximarse al escritor, quien terminará dedicándole un personaje en Noche de reyes.

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Planeta Prohibido

Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.
Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer.

Basta con que cambiemos un mago por un científico, Miranda por Altaira, Robby por Ariel, la isla por el planeta Altair-4, Calibán por aquel ente maléfico que «renueva su estructura molecular de microsegundo en microsegundo», los supervivientes del barco por la tripulación capitaneada por Leslie Nielsen y en lugar de La tempestad tendremos frente a nosotros este clásico de la ciencia ficción.

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No hay épica en Silicon Valley

Jobs hablando de Jobs y los ordenadores. Foto: Getty Images.
Jobs hablando de Jobs y los ordenadores. Foto: Getty Images.

Amadeus, Toro Salvaje, Alejandro Magno, La lista de Schindler… aparte de ser excelentes películas y estar etiquetadas como biopics, ¿qué es lo que todas ellas tienen en común? En primer lugar tener detrás a directores muy competentes, que como buenos narradores de historias saben cómo contar algo pero también y sobre todo qué es lo que merece la pena ser contado. Boxeadores atormentados, genios precoces, grandes conquistadores, nazis malísimos… con semejantes mimbres es fácil lograr articular algo que cautive nuestra atención. Aunque en ellas yo hubiera añadido también dinosaurios y ovnis hay que reconocer que ya de entrada resultan muy sugerentes: he ahí lo segundo que todos esos filmes tienen en común. Ahora bien, ¿resulta a priori interesante la historia de un vendedor muy eficaz al que le apasionaba hablar de ordenadores y de sí mismo? Es la pregunta que nos hicimos ante el reciente estreno de Steve Jobs y tras verla hemos comprobado que tampoco hay nada excesivamente interesante a posteriori.

¿Quedaba algún ángulo por mostrar de quien se pasó media vida delante de las cámaras? ¿Qué nos faltaba por saber de alguien tan omnipresente en los medios que, además, narraba una y otra vez su propia trayectoria y logros? Que era algo tacaño, muy trabajador y exprimía al máximo a sus empleados es algo que tampoco cuesta deducir sin necesidad de que nos lo cuenten, pues difícilmente se logra amasar semejante fortuna de otra manera. No me vayan a malinterpretar, no pretendo menospreciar sus indudables méritos: creó la empresa que ha proporcionado más beneficios de la historia, lo cual no está nada mal, y además fundó Pixar, cosa que ya es para ponerse en pie y dar vítores hasta quedarse afónico. Como suele decir Escohotado, frente al mesianismo religioso o la conquista militar el comercio es un escalón superior de la civilización, pero por práctico y beneficioso que resulte hay algo que nos resulta irremediablemente prosaico en el intercambio comercial, el dinero y los bienes de consumo. Jobs, que era más listo que el diablo, lo supo bien, y por eso nunca se presentó a sí mismo como un vendedor, ni narró su historia como la de un éxito empresarial, ni lo que vendía eran simples objetos tecnológicos.

No. Él era un mesías, Apple su herramienta para cambiar el mundo y sus productos tenían alma, la suya. Nunca antes un empresario había adquirido tanto protagonismo, cada nuevo lanzamiento era un producto que Él mostraba al mundo y era perfectamente consciente de que para vender mejor su mercancía debía antes que nada venderse a sí mismo. Así sus aparatos adquirían el valor espiritual de las reliquias, quien tocaba un iPhone estaba siendo ungido, de manera que no importaba cuánto costase o cuántas horas tuviera que permanecer en una cola para adquirirlo. La vida de Steve Jobs, escrita, dirigida y protagonizada por Steve Jobs. Estamos seguros de que le hubiera encantado una película así y en iTunes sería no la de la semana sino la del año o década, aunque por culpa de George Stevens ya no pudiera titularla La historia más grande jamás contada. Por desgracia la muerte lo alcanzó demasiado pronto y vimos que efectivamente fue despedido con unas demostraciones públicas de duelo comparables a las de otros santos contemporáneos como Juan Pablo II o Lady Di. La película entonces quedó sin hacer… y otros se han encargado de ello. Pero ya no es lo mismo.

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En 2013 se estrenó Jobs. Su mayor logro es que el actor que la protagoniza, Ashton Kutcher, se parece bastante a él físicamente. Lo cual tampoco es decir mucho. En ella se recorren los aspectos fundamentales de su biografía ya hoy día convertidos en mito, como el garaje en el que comenzaron a construir Steve Wozniak y él su primer Apple, el desarrollo del ordenador Lisa —así llamado en honor a la hija que inicialmente no quiso reconocer como propia— o el despido de la empresa que él mismo fundó y su posterior regreso triunfal en la década siguiente. Una película que no pasa de telefilm que uno puede ver si no echan nada mejor en otros canales.

Con este precedente podía pensarse que esta otra recién estrenada sería mucho mejor, más aún si tenemos en cuenta que está dirigida por Danny Boyle, escrita por Aaron Sorkin y protagonizada por Michael Fassbender. Sorkin es el autor del guion de cintas tan apreciables como Algunos hombres buenos y La red social, pero también nos ha entregado series como The West Wing, Studio 60 y The Newsroom, cuyos personajes resultan tan optimistas, idealistas, nobles, moralistas y patriotas que terminan haciéndose bastante indigestos. Como indigesta le ha quedado también Steve Jobs. Dado que los rasgos fundamentales de la historia ya nos los conocíamos, ha optado por centrarse en periodos muy concretos, a mi entender poco relevantes. También ha pretendido introducir cierta intensidad dramática recreándose en el conflicto con la hija inicialmente no reconocida, la dichosa Lisa, pero de ese hilo no hay mucho donde tirar: al principio no la reconoció y luego sí, fin de la historia. Como Fassbender es un actor de prestigio algunos han querido ver en su interpretación una maravilla, aunque no termina de cuajar. Estamos todos demasiado habituados a ver al Jobs original como para creernos a este y el papel tampoco permite grandes alardes. Por si fuera poco no es muy rigurosa respecto a ciertos hechos y ya tiene mérito inventarte parte de una historia para que resulte igual de irrelevante y tediosa. En resumen, la película es un bodrio. Quizá no era posible otra cosa, pues el mago pasa a ser solo un ilusionista cuando se ven sus trucos desde otro ángulo. Ya no hay un mesías sino un vendedor y el resultado es inevitablemente decepcionante. Quizá solo Jobs podía vender a Jobs.

Algo más de interés tiene el documental del 2015 Steve Jobs: The Man in the Machine y una comedia dramática para la televisión de 1999, Piratas de Silicon Valley. Que es bastante mala y chapucera, pero al menos te ríes en algún momento. Tal vez esa sea la clave sobre cómo trasladar todo esto a la pantalla sin matar de aburrimiento al espectador, mediante el humor. Enfocar como en la película de Boyle un ordenador de hace treinta años como si fuera el monolito de 2001, pretendiéndonos epatar con esa tecnología obsoleta, es algo que simplemente no funciona. No hay grandeza épica, ni mística arrebatadora en que nos digan que tal aparato era en su momento mejor que sus competidores y vendió millones de unidades. Y que Jobs los anunciara con tanta grandilocuencia visto hoy día ya no provoca escalofrío alguno sino cierta sonrisa. Por eso no quiero concluir sin mencionar lo mejor con diferencia que se ha hecho en el ámbito de la ficción en torno a las startups, los profetas de las nuevas tecnologías, el Valle del Silicio y la huella que Jobs ha dejado en él, que es la serie de la HBO llamada precisamente Silicon Valley. Sin risas enlatadas y sin caricaturizar a los geeks hasta el extremo grotesco de The Big Bang Theory, de momento lleva dos temporadas con episodios de treinta minutos y está por llegar una tercera. Muy divertida.

Silicon Valley. Imagen de HBO.
Silicon Valley. Imagen de HBO.


¡Corre, corre, correeeee!

Shame (2011). Imagen: Alta Films
Shame (2011). Imagen: Alta Films

He corrido mucho varias veces en mi vida, casi siempre para escapar de alguna amenaza o para no perder un tren o un avión. Correr  es algo natural. Nuestros antepasados corrían para cazar y para escapar de los animales y así salvar sus vidas. Para eso fue lo que yo recuerdo de las únicas veces que corrí de verdad, la primera tenía unos doce años y fue mi primera hazaña deportiva y vital: correr hacia arriba por un pinar y acabar subida a un pino al que nunca hubiera podido trepar sin ayuda. Mi coach fue un cerdo que se escapó de su caseta en mitad del campo cuando lo iban a vacunar (o quién sabe qué) y que salió chillando como loco. Al verme debió de pensar que yo tenía la culpa de todo y empezó a perseguirme a una velocidad a la que nunca imaginé que podía correr un cerdo. Recuerdo a mi padre gritando: «¡Corre, corre, correee!». Después nos fuimos a casa y sentí que estaba orgulloso de mí, cosa que le duró toda la vida. Siempre estaré agradecida a aquel cerdo. 

Correr rápido o durante mucho tiempo es una ventaja evolutiva obvia. Por lo tanto, los cambios genéticos que han supuesto una mejora en cualquier aspecto de la carrera se han mantenido en algunas tribus y sus descendientes y la técnica se viene perfeccionando desde hace miles de años. Como explica el científico Jordan Santos, una predisposición genética influye en que la subtribu de los nandi (dentro de la tribu de los kalenjin) sean mejores corredores de fondo, y los eritreos y sudafricanos tengan mejor economía de carrera. Los bosquimanos son también corredores de fondo extraordinarios. Hay un precioso vídeo de la BBC que muestra una jornada de «caza por persistencia» del kudú por un grupo de bosquimanos. Es impresionante ver cómo se organizan, cómo corren por el desierto del Kalahari durante horas con sus piernas flacas y flexibles mientras analizan el viento y las huellas. La colaboración, la inteligencia, la estrategia, la administración del esfuerzo, una prueba de resistencia que finalmente acaba con la derrota por agotamiento de un animal más veloz y potente que ellos y que desde el principio se muestra inquieto y angustiado, intuyendo su destino. El respeto y el agradecimiento que muestra el cazador vencedor al animal derrotado es conmovedor. Sabe que le debe al kudú la supervivencia de los suyos.

Serie Life of Mammals: «Human Mammal, Human Hunter», 2009. Imagen: BBC.
Serie Life of Mammals: «Human Mammal, Human Hunter», 2009. Imagen: BBC.

Pero ahora todo el mundo corre por correr, porque les gusta y porque sienta bien. Y eso no es correr, eso es hacer running. Desde hace unos años se ha puesto de moda y ahora hay millones de personas que hacen running, muchos se apuntan a maratones e incluso hay algunos que los acaban.

Dicen los runners que hacer running hace que su vida sea mucho mejor, no solo porque están más sanos y más guapos, sino por muchas más cosas; es una de las mejores terapias para reducir el estrés, ponerse de buen humor, es un potente ansiolítico y antidepresivo y también mejora la capacidad intelectual. A muchos les ha servido para no matar a su jefe al día siguiente o para mantener su matrimonio más o menos estable. En la película Shame (Steve McQueen, 2011) se ve muy bien la utilidad del running para superar una situación emocional complicada. Durante los dos minutos que dura la escena de Michael Fassbender corriendo por las calles de Nueva York iluminadas con las luces de la noche, se siente intensamente la agresividad y la tensión, pero la imagen de Brandon corriendo casi con suavidad, acompañado por la música, equilibran el dramatismo y poco a poco transmiten al espectador la liberación del estrés del protagonista.

Para mucha gente el running tiene las virtudes que le han atribuido grandes personajes al champán; es apropiado cuando nos va bien y cuando tenemos problemas, solos o en compañía, «el champán es indispensable después de cualquier batalla», según Napoleón, «si las ganas, para celebrarlo y si las pierdes, para olvidarlo». Y es recomendable en cualquier estado de ánimo o estado amoroso, como lo era el champán para Coco Chanel: «Solo lo bebo en dos ocasiones. Cuando estoy enamorada y cuando no lo estoy». La popularidad del running es indudable; hay runners políticos, estudiantes, empresarios, empleados, científicos, académicos, escritores… De runners se han hecho buenas películas y se han escrito muchos libros, incluso poemas. Un ejemplo es la maravillosa descripción de la personalidad de un corredor convertido en atleta profesional que hace Jean Echenoz en su libro Correr, sobre Emil Zápotek. El escritor Haruki Murakami es un runner convencido. Correr le inspira las genialidades surrealistas y algo pesimistas —menos mal que corre—. Tal vez la emoción de sus relatos, su capacidad para transmitir el amor, la soledad o el humor, surjan durante sus carreras. Actualmente, Murakami participa en maratones y triatlones, aunque no empezó a correr hasta los treinta y tres años. A esa edad, o incluso más adelante, es cuando muchos deciden probar con el running, ya sea porque se sienten fondones, porque los amigos o amigas lo hacen, porque lo recomienda un médico, porque se enamoran de un runner o porque necesitan dar un cambio a nuestra vida en crisis. Según Manuel Rabadán, médico especialista en fisiología del Centro de Medicina del Deporte, es muy importante empezar a correr (o a hacer cualquier deporte) poco a poco si no se está entrenado, sobre todo a partir de «una cierta edad» (se refiere a más de treinta y cinco años). Una vez se consigue una forma física aceptable se puede incrementar la distancia y la velocidad sin problema y hasta contárselo a los amigos. El running es saludable para la gran mayoría de las personas y produce una sensación de bienestar general, mejorando el humor, el optimismo, la energía. Correr por un bosque o  por la ribera de un río te hace sentir que vivir es maravilloso. Además es gratis; no se puede pedir más.

Rabadán:

El running, ejercicio dinámico que implica la activación de grandes grupos musculares, practicado como ejercicio aeróbico, es decir a intensidad moderada y durante un tiempo prolongado, induce adaptaciones morfológicas y funcionales en el organismo que se traducen en una mejora de la capacidad funcional, lo que llamamos forma física. A partir de seis a ocho semanas de entrenamiento se podrían apreciar cambios fisiológicos como una mejora en el consumo máximo de O2 (VO2max de un 5 a un 30%) y en las personas más entrenadas se desarrolla progresivamente una hipertrofia fisiológica cardiaca (aumento del volumen de las cavidades cardíacas y del grosor de los espesores parietales dentro de límites fisiológicos, es decir de una forma armónica) así como un aumento de la capacidad vascular y otras modificaciones que se conocen como «corazón del deportista». Estas adaptaciones se traducen en bradicardia sinusal (disminución de la frecuencia cardiaca en reposo), menor taquicardización a diferentes velocidades de carrera, un incremento de la capacidad vascular periférica (mayor capilarización a nivel muscular) y un efecto hipotensor. Además se producen modificaciones en el funcionamiento del aparato respiratorio, mejorando la capacidad de la musculatura y aumentando la ventilación pulmonar máxima, y en el metabolismo, adquiriendo mayor capacidad para utilizar los ácidos grasos como sustrato energético.

Ultra-Trail du Mont-Blanc. Fotografía: The North Face
Ultra-Trail du Mont-Blanc. Fotografía: The North Face

Así pues, si se practica correctamente, el running es muy beneficioso para el corazón, pero en general se toman pocas precauciones antes de practicarlo. Las pruebas médicas y fisiológicas que se aconseja realizar a los runners nos las explica Manuel Rabadán:

A partir de un cierto nivel de intensidad y tiempo (por ejemplo, una media maratón) es importante hacerse un reconocimiento médico deportivo, incluyendo una historia clínica, un electrocardiograma de reposo y una prueba de esfuerzo con análisis del intercambio de gases respiratorios (ergoespirometría). La prueba de esfuerzo permite valorar cómo es la respuesta del organismo al ejercicio tanto desde el punto de vista cardiovascular y respiratorio como metabólico. En ella determinamos, entre otros parámetros, el consumo máximo de oxígeno, los umbrales aeróbico y anaeróbico y la capacidad de recuperación en el postesfuerzo. Con esta prueba y la información del resto de la valoración médica, se pueden hacer recomendaciones y planes de entrenamiento de forma individualizada para optimizar los beneficios para la salud o el rendimiento deportivo.

En lo que tampoco debemos ahorrar  para correr es en unas buenas zapatillas que tengan suficiente amortiguación, sean estables y flexibles y con buena ventilación. Un estudio del apoyo plantar tanto estático como dinámico nos permitirá conocer posibles alteraciones en la pisada que requerirá en algún caso plantillas o zapatillas especiales (por ejemplo para una pisada pronadora o supinadora).

Hay muchos voluntariosos y apasionados entre los runners. Algunos deben de estar muy, muy estresados, teniendo en cuenta el ímpetu con el que se ponen a recorrer calles y parques, que con el tiempo se quedan pequeños, y pasan a atravesar bosques y a subir montañas. Hay competiciones que consisten en dar una vuelta al Mont Blanc, en un recorrido de trescientos kilómetros y  veintiséis mil metros desnivel  durante varios días, durmiendo solo periodos de veinte a cuarenta minutos. La verdad es que desde el punto de vista de la salud estas competiciones pueden ser peligrosas, y en todo caso hay que estar muy en forma y muy seguro de tener el corazón en perfecto estado.

Pero la gran mayoría de los runners son personas normales que cuando no están corriendo no parecen tener nada raro. Más aún; son gente como la que muchos querríamos ser, sobre todo cuando los vemos llegar tan cansados y tan felices con sus camisetas sudadas y la cara roja.  Ay, si yo no tuviera la rodilla machacada. Me dan envidia los runners, seguro que sería mucho mejor si corriera. Y hablando de rodilla, este es el punto flaco del running. Según Rabadán la carrera lleva consigo un gran impacto articular y por lo tanto no es muy respetuosa con las articulaciones, especialmente con las rodillas y los tobillos:

La cuestión es, como en tantas cosas en la vida, una cuestión de dosis de carrera. Yo llevo corriendo con regularidad desde jovencito. He corrido dos maratones, varias medias maratones y muchas carreras populares de menor distancia. No recuerdo haber tenido ninguna lesión importante. Es cierto que si corro varios días seguidos me molestan a veces un poco las rodillas, pero es tolerable, y si corro en días alternos no tengo ningún problema. Un buen calentamiento con estiramientos y una vuelta a la calma progresiva tras entrenar es fundamental. Aun así, haciendo todo perfecto, hay personas que tienen más predisposición a lesionarse.

Después de todo esto, si usted se pregunta si debe hacerse runner le diría que sí, que no se lo piense dos veces y pruebe. Quizá el running no es para todo el mundo pero no lo sabrá hasta que no lo intente. Quizá le aburra al principio, seguro que un poco sufre, pero puede que le coja el gustillo y se aficione. Eso sí, cuidado porque tiene su gancho y se hace adictivo. ¿Que le da pereza? Esa es la peor excusa, no sea vago. ¿Que está un poco enfermo, un pequeño catarro por ejemplo? Vaya corriendo a su centro de salud, haga un par de estiramientos y vuelva corriendo a casa sin esperar su turno. Seguro que ya se encuentra mejor y tal vez esté curado. ¿Que no tiene cinta para sujetarse el pelo? Eso sí que es un problema; deje de correr inmediatamente.

Fotografía: Alessandro Pautasso (CC)
Fotografía: Alessandro Pautasso (CC)


Artistas que no dan la cara

Imagen: Viacom Media Networks.
Imagen: Viacom Media Networks.

Hace unos meses era bastante sencillo escuchar a Sia en cualquier lugar, su «Chandelier» pegó fuerte ayudado por un videoclip en el que una pequeña Maddie Ziegler hipnotizaba al danzar por un escenario donde la cantante no hacía acto de presencia. Porque lo que resultaba más difícil hace unos meses era ver a Sia: más de una persona arrimó ambas cejas cuando en el programa de Ellen DeGeneres a la hora de interpretar el tema en directo se encontraron con la joven bailarina del vídeo moviéndose entre las estrofas mientras la cantante encaraba la actuación con energía pero de espaldas al público y parapetada bajo una sospechosa peluca rubia. DeGeneres había sembrado antes la curiosidad en el espectador aclarando que la artista en sus actuaciones en vivo había decidido no dar la cara, y la portada del disco que se promocionaba iba a juego con esa actitud: 1000 forms of fear luce en su carátula una peluca rubia, sin cara. Tiempo después Sia volvería a aparecer de espaldas durante otra actuación en el mismo programa, pero también en Late Night With Seth Meyers o Dancing with the stars. Jugaría a llevar complementos aparatosos que cubrían el rostro o a pintarse la cara en varias ocasiones. En Saturday night live cantaría de perfil y enmascarada y la peluca le ocultaría facciones en otra visita a Ellen con la canción «Elastic heart». Y mientras tanto la gente se volvió loca y no acabó de entender toda esa insistencia de no mostrar semblante alguno, se empezó a hablar de una timidez enfermiza, de desórdenes mentales o de enfermedades cutáneas rozando los niveles de emergencia del Dos Caras de Batman. Cuando la agenda de la artista comenzaba a suplicar clemencia y su disco se había comenzado a vender a paladas la propia Sia tuiteó que le asombraba hasta qué punto su experimento había resultado un éxito rotundo.

Realmente no es difícil localizar fotografías del rostro de Sia, porque la cantante atiende varias presentaciones y eventos a cara descubierta y al llevar bastante tiempo rodando en el mundo de la música le resulta imposible regatear al todopoderoso Google Images. Y ella misma ha declarado que durante sus actuaciones no pretende hacer ningún tipo de arte más allá de su cancionero pop, sino que la decisión de ofrecer espaldas a la audiencia tenía más que ver con evitar la fama que con cualquier elucubración fantástica del público llano. Realmente la carrera musical de Sia comenzó hace casi una década durante la cual ejerció de letrista para gente como Rihanna o Christina Aguilera. Y en aquella etapa tuvo la oportunidad de contemplar la vida del músico célebre y espantarse con la fama y la ausencia de anonimato que esta implicaba. Incluso llegaría a cabrearse cuando David Guetta utilizó su pista de voz en la pieza «Titanium» tras sacarla de una grabación que la propia Sia envió como ejemplo de la interpretación ideal de la letra compuesta.

El discurso de Sia era un manifiesto antifama y le sirvió al mismo tiempo como promoción estupenda, con la declaración de no querer convertirse en figura conocida acabó logrando ser mundialmente conocida. Aquella obcecación por esconder el rostro no era nada nuevo en el mundo de la música, muchos otros también decidieron en algún momento que al enfrentarse a los micrófonos no siempre hay que dar la cara.

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Mac Sabbath

Imagen: YouTube.
Imagen: YouTube.

En 2014 una versión del «Children of the grave» de Black Sabbath aparecía tímidamente en internet retitulada como «Chicken for the slaves» e interpretada por un desconocido grupo con nombre de menú fast food metalero. El éxito en la red propició una gira y Mac Sabbath comenzó a llamar la atención cuando el público descubrió que cocinaban la broma hasta el extremo sobre los escenarios: los componentes del grupo, surgidos de la escena rockera underground de Los Ángeles, se rebozaban en el pelaje de unas perversiones oscuras de las mascotas de la franquicia McDonald’s y mantenían en secreto sus identidades reales. Oficialmente su manager prohíbe fotos y vídeo durante las actuaciones justificando que la banda «proviene de un momento muy delicado del continuo espacio-tiempo y aquello podría dañar a la sociedad tal y como la conocemos». Y la razón nos insinúa que cualquier cosa comandada por un vocalista llamado Ronald Osbourne y con un tema titulado «Never say diet» no puede ser mala.

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Daft Punk

Imagen: Columbia records.
Imagen: Columbia records.

Según el dúo francés el 9 de septiembre de 1999 a las 9:09 se encontraban trabajando en sus temas cuando de repente todo explotó. Y más tarde, al recuperar el sentido, los integrantes de Daft Punk fueron conscientes de que se habían transformado en robots. Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter justificaban así su supuesta naturaleza de silicio y cables, y si ignoramos la fábula de los samplers explosivos es lógico reconocer que han sido bastante listos con su puesta en escena: el anonimato resulta compatible con su declarada timidez, logran dirigir la atención principalmente hacia su música y su estética se ha convertido en una etiqueta tan potente como para que un cameo con las caras cubiertas sea perfectamente reconocible. Y lo más importante: pueden comprarse cascos übermolones con pinta de costar lo mismo que la mitad de tus órganos internos.

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The Residents

Imagen: Ralph records.
Imagen: Ralph records.

Un colectivo artístico activo desde los años sesenta, nacido oficialmente durante los setenta y compuesto por un grupo de inquietas personas obsesionadas con trastear con todo aquello con lo que ponerse creativos. Con una producción consistente en unos sesenta discos que navegan desde la música experimental y los álbumes conceptuales hasta la deconstrucción de los géneros, varios videoclips, perfomances locas, experimentos multimedia en CD-ROM y una decena de DVD. Descarados hasta el punto de optar por el apropiacionismo y perversión de portadas ajenas o la genialidad de titular un tema en el que se utiliza un riff robado como «We stole this riff» y acompañarlo con la letra «we stole this riff from Tim Buckley / we’ll steal from you. Fuck you». The Residents abrazaban el anonimato con un armario de disfraces entre los que destacan unos icónicos globos oculares con chistera y esmoquin. No conceden entrevistas y la identidad de sus integrantes ha propiciado que decenas de investigadores curiosos se emperren en tratar de desenmascararlos. La compañía que hace las funciones de manager oficial ni siquiera ayudaba lo más mínimo a la hora de revelar incógnitas, algo que se intuía desde su propio nombre: The Cryptic Corporation.

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Buckethead

Imagen: Buckethead (promo)
Imagen: Buckethead (promo)

Buckethead nació en una granja y sobrevivió su guerra contra la soledad cuando unos pollos lo adoptaron para hacerse cargo de él, llegando a quererle tan fuerte como para causar dolor: el irrefrenable amor de pollo hizo que los animalitos destrozaran su cara a arañazos y le concediesen con ello el regalo de poder vestir careta para ocultar el rostro diariamente y no solo durante Halloween. Años después ante un cubo de un Kentucky Fried Chicken y el drama existencial generado por la imposibilidad de recomponer las sobras que lo habitaban, Buckethead decidió utilizar el objeto como sombrero y se largó con su guitarra a ver el mundo. Todo esto, y bastante más, afirma su biografía oficial. El artista ha colaborado con medio mundo en el universo de la música y su producción es demencial: tiene publicados más de ciento setenta discos de estudio, y solo en 2015 ya lleva editados cuarenta. Así que lo menos raro de Buckethead es realmente todo el rollo ese de llevar una máscara a lo Michael Myers y un cubo del KFC por sombrero.

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La Casa Azul

Image: Elefant records.
Image: Elefant records.

Sí, Guille Milkyway es tan chicle pop como mear zumo de gumibaya. Pero a la hora de comandar chucherías musicales, siempre que uno las acepte porque no todo el mundo tolera bien el azúcar, es muy bueno en lo que hace: tan pronto produce, como remezcla a Nino Bravo o se monta su propio grupo popero compuesto en su totalidad por su persona. La Casa Azul se presentaba con videoclips en los que unos actores, con pinta de cantarle odas al himen de Laura, se hacían pasar por integrantes de la banda. Y Milkyway con el tiempo acabaría despachando a los intérpretes y pasando a protagonizar los videoclips sin recurrir a ese grupo primo de Parchís.

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Ghost

Imagen: Loma vista recordings.
Imagen: Loma vista recordings.

El Papa Emeritus y sus ghouls sin nombre componen la banda sueca Ghost. En palabras de uno de los ghouls la propia figura de Emeritus sería el equivalente al Eddie de Iron Maiden, solo que en este caso la mascota además resulta ser el vocalista principal. Los ghouls no tienen nombre pero sí los símbolos alquímicos de los cinco elementos para diferenciarse entre sí y en cuanto al rol del cantante incluso existe una línea de sucesión establecida: en eventos concretos, como la salida de un nuevo disco, Emeritus cede su testigo al siguiente papa metalero que básicamente es el mismo con alguna variante estética, por eso el actual cabecilla del grupo en realidad es el Papa Emeritus III.

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Chris Gaines

Imagen: Capitol.
Imagen: Capitol.

Chris Gaines apareció de la nada en 1999 como un rockero australiano con un disco en el regazo y un single, «Lost in you», que consiguió cierta fama efímera al escalar unos cuantos puestos entre las listas de éxitos. Pero Gaines no existía realmente, porque aquella persona era un alter ego del cantante de country estadounidense Garth Brooks, creado con la excusa de una futura película basada en el personaje. Un disfraz que serviría al músico para experimentar otros géneros bajo una nueva identidad, porque se ve que los fans del country son muy de dispararte si te sales de la línea. El problema fue más allá de las pintas de emo de broma que lucía Gaines: la gente en lugar de creer que Brooks interpretaba un personaje dedujo que al vaquero se le había ido la pinza del todo y tanto Gaines como la supuesta película murieron a los pocos meses de aterrizar.

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MF Doom

Imagen: Rhymesayers.
Imagen: Rhymesayers.

Daniel Dumile vivió un infierno durante 1993. Durante la misma semana su hermano DJ Subroc murió atropellado por un coche, la formación en la que ambos militaban (KMD) no vería publicado su segundo disco por problemas con una portada infame y la compañía de discos (Elektra Records) para la que trabajaba decidiría prescindir de sus servicios. Dumile, azotado por tanta desgracia de golpe, abandonó la escena hip hop y vivió como un vagabundo durante unos años tras jurar que se vengaría de la industria que le había deformado. A finales de los noventa reapareció como un auténtico supervillano: con una identidad inspirada por el Dr Doom de tebeo y una máscara creada a partir de uno de los cascos originales de la película Gladiator. MF Doom no permite ser fotografiado sin careta y también tiene mucho de malvado: ha admitido que más de un par de veces aprovechando las ventajas de la careta ha enviado a imitadores para sustituirle en sus conciertos mientras él se quedaba en casa tocándose los pies.

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Gwar

Imagen: DRT Entertainment.
Imagen: DRT Entertainment.

Militando desde mediados de los ochenta con unas filas compuestas por un grupo de músicos, creativos, artistas y directores que ha ido variando a lo largo de los años, los guerreros interplanetarios de Gwaaarrrgghhlllgh decidieron abreviar su nombre y dedicarse por entero a asombrar a las masas con su música y su espectáculo. Sus directos los celebran regando las cabecitas inocentes de los asistentes con sangre y fluidos corporales de mentirijillas y desmembrando sobre el escenario monigotes de Justin Bieber, OJ Simpson, Michael Jackson, los presidentes de EE. UU., Adolf Hitler, Lady Gaga, Snookie, Marilyn Manson o cualquier otra personalidad del momento. Látex grotesco, corchopán excesivo, maquillaje y juguetes de plástico sirven como uniforme de faena para estos bárbaros espaciales enamorados del metal y el humor grueso que pueden fardar de tener la alineación con los nombres más coloridos del universo: Flattus Maximus, Nippleus Erectus, Slymenstra Hymen o la efímera Vulvatron que acaba de abandonar la formación.

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The Knife

Imagen: Rabid.
Imagen: Rabid.

Los suecos The Knife siempre han manifestado una profunda desconsideración por la prensa y los eventos públicos. Arrasan entre los premios Swedish Grammis y sudan olímpicamente de ir a agarrar el premio, en cambio ceden los quince minutos de gloria de esas recogidas a un par de chicas de Guerrilla Girls para que denuncien el machismo de la industria musical o envían vídeos de agradecimiento mofándose del asunto. También esquivan a la prensa y en sus fotos promocionales normalmente tiran por la careta, desde los aires venecianos hasta la pintura kitsch, para envolver rasgos.

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Insane Clown Posse

Imagen: Psychopathic.
Imagen: Psychopathic.

Existen pocas agrupaciones musicales cuya estética haya dado lugar a una tribu urbana. Existen muchas menos que hayan dado lugar a una tribu urbana que a su vez haya sido la base de un festival anual desquiciado cuyos asistentes son gente bastante extraña: los seguidores de ese grupo de Detroit llamado Insane Clown Posse, unos hooligans del hip hop que se autodenominan juggalos y a la vez unos seres de luz a los que una búsqueda rápida en Google Imágenes les evidencia como el tipo de personas a las que el adjetivo «interesante» les queda demasiado soso. La parte oscura de esta fanbase de maquillaje circense la pintan un reducido grupo de delincuentes que también son seguidores de la banda y también se llaman a sí mismos juggalos, pero están listados en las comisarías como banda criminal organizada por lo de participar en homicidios, robos e ilegalidades varias.

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Slipknot

Imagen: Roadrunner.
Imagen: Roadrunner.

Cuando los nueve de Iowa aparecieron en escena un periodista les preguntó si eran necesarias nueve personas para formar una banda y ellos contestaron que si aquello no funcionaba siempre podrían montar un equipo de baloncesto o contratar a algunos más para armar uno de fútbol americano. Al final lo de la música sí que les funcionó y la decisión de que cada uno de los componentes llevase una máscara personalizada (que se rediseñaba a lo largo de la vida del grupo) acabó siendo una señal tan distintiva que la gracia de uno de sus videoclips sería ver cómo colgaban las caretas.

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Blue Man Group

Imagen: Blue man group (promo)
Imagen: Blue man group (promo)

Una pandilla legendaria de la corriente artística neoyorquina, Blue Man Group como grupo teatral y musical lleva años asombrando a las gentes con sus producciones y montajes. La idea de convertirse literalmente en hombres teñidos de azul partía de un dibujo de misteriosos hombres azules que uno de sus integrantes había realizado cuando contaba con cinco tiernos añitos.

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A Band of Orcs

Imagen: Heavy-metal world.
Imagen: Heavy-metal world.

Heavy metal de fantasía totalmente sincero, porque lo que te encuentras sobre el escenario es exactamente lo que su propio nombre anuncia. Un poco como lo que ocurría con otros grupos como The Teddybears o The Mummies.

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Kiss

Imagen: Universal music group.
Imagen: Universal music group.

Si alguien se ha encargado en el mundo de rock de dignificar el coqueteo con la actitud esos han sido Kiss con sus caras pintadas adoptando personalidades del universo superheroico de inspiraciones comiqueras: the Demon, the Starchild, the Spaceman (o Space Ace) y the Catman con las participaciones puntuales de the Fox y the Ankh Warrior. Esta imaginería de tocador ha acabado convirtiéndose en un icono tan poderoso que hasta la persona más ajena al mundo de la música es capaz de reconocer a la banda tras sus pinturas. Y los propios Kiss llegaron el algún momento a un punto de no retorno en el que se encontraron explicando durante las entrevistas cuáles son las mejores marcas de cosméticos (spoiler: Stein’s y Max Factor) para abordar el espíritu del rock & roll. Entre el 83 y el 96 Kiss decidió actuar sin maquillaje y durante esa etapa Bruce Kulick fue miembro del grupo (había entrado para sustituir a un Mark St. John que a su vez había sido fichado para cubrir la ausencia de un Vinnie Vincent) convirtiéndose en el músico que, pese a haber formado parte de Kiss durante doce años, nunca ha tenido que estamparse maquillaje en la jeta, lo que viene a ser como meterse a actor porno y acabar rodando solo los diálogos.

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Los Directivos

Imagen: Islam records.
Imagen: Islam records.

Hace unos años un disco titulado Por amor y jerarquía se colaba en bandcamp y adquiría cierto reconocimiento musical pese a lo extraño del asunto: un grupo indie que le cantaba al fútbol en sus letras, La Bien Querida haciendo los coros en un tema que hablaba de masturbarse con Pep Guardiola, David Beef produciendo el asunto, una canción que se sentencia un «¿Qué coño hacen Vetusta Morla encabezando festivales de moda?» y un par de personas supuestamente naturales de El Escorial que preferían ocultar sus verdaderas identidades bajo seudónimos. La propia Bien Querida aseguraba que no pudo distinguir nada más allá de los pasamontañas durante las sesiones de grabación, y ellos acudieron a una entrevista televisiva en Mapa Sonoro con aquellas pintas.

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Deadmau5

Imagen: Mau5trap.
Imagen: Mau5trap.

Un adolescente Joel Thomas Zimmerman se encontraba chateando una tarde cuando su ordenador decidió irse de excursión al carajo de repente. El joven removió las entrañas de la máquina buscando la causa del shut down inesperado hasta localizar un ratón muerto a cuya voracidad achacaría la culpa del apagón repentino. El apodo de «dead mouse guy» se hizo famoso entre sus amistades y cuando Zimmerman volvió al apasionante mundo de los chatrooms lo hizo bajo el nick de Deadmau5 (Deadmouse era demasiado largo para lo permitido en el chat). Cuando adquirió cierta maña con el diseño en 3D ideó su propio logo, una cabeza de ratón gigante, y agarró la sugerencia de su colega Jay Gordon de la banda Orgy de crearse una colección de cascos, bastante espectaculares por estar equipados con unos leds que bailan al ritmo de la música o rubrican frases en el casco, para fundirse definitivamente con el logotipo. Lo mejor del asunto es que existe un buen montón de fans que se dedican a fabricarse de manera casera sus propias versiones del casco.

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Pussy Riot

Imagen: Igor Mukhin.
Imagen: Igor Mukhin.

Saltaron a la vista del público mundial cuando la liaron al cantar contra Vladimir Putin en una catedral ortodoxa y la justicia del país acabó condenándolas a visitar prisiones. Pussy Riot recuperaba el espíritu del movimiento riot grrrl que nació en los noventa y acabó difuminándose prematuramente años después cuando productos de masas como las Spice Girls reducían el concepto de girl power a convertirse en una banda de palurdas con apodos como Sporty o Posh. Además aquel riot grrrl no había tenido un equivalente similar en Rusia y eso es algo que este ejército de más de una decena de mujeres pretendía subsanar. Espléndidas en las formas, «Para formar parte de la banda no es necesario que cantes bien. Es punk. Solamente tienes que gritar un montón» y muy acertadas en lo rotundo de la estética que sirve para ocultarlas: pasamontañas de colores.

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The Rubberbandits

Imagen: Lovely men.
Imagen: Lovely men.

Irlandeses, con un hip hop humorístico y la solución perfecta para combinar anonimato, espíritu DIY y presupuesto ajustado: utilizar como máscara cualquier bolsa de la compra.

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Lordi

Imagen: AFM Records.
Imagen: AFM Records.

Que a Lordi, herederos directos del estilo de Gwar a la hora de confeccionar vestuario, se les acabe recordando por ser los ganadores de aquel festival de Eurovisión es algo genial si tenemos en cuenta que la competición europea es una de las cosas más roñosas y aburridas del panorama musical.

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Frank Sidebottom

Imagen: Yorkshire television.
Imagen: Yorkshire television.

Chris Sievey, humorista y músico líder de The Freshies, ideó a Frank Sidebottom y lo presentó con una grabación que se regalaba junto a un juego de Spectrum a mediados de los ochenta. El personaje, que en realidad era el propio Sievey parapetado bajo una gigantesca cabeza de papel maché, adquirió tanta fama como para acabar convirtiéndose en el principal foco de atención y sus giras de stand-up comedy y grabaciones musicales comenzaron a ser célebres por Inglaterra hasta lograr catapultarle a presentar programas de televisión y ser una figura destacada de los medios de entretenimiento. En 2014 Lenny Abrahamson dirigió la película Frank, inspirada en el personaje, y logró que la crítica se rindiera ante la actuación de Michael Fassbender, algo que tenía un mérito enorme si considerábamos que el actor se pasaba todo el metraje con la cabeza encapsulada en aquella jeta ovoide de papel maché.

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La bestia que quiso ser actor

Escena de Locke. Imagen: IM Global / Shoebox Films.
Escena de Locke. Imagen: IM Global / Shoebox Films.

Hace apenas un lustro a Edward Thomas Hardy lo conocían cuatro. Por supuesto, esto último no es literal, muchos ya se habían fijado en el tipo que en 2007 protagonizaba el libro de Alexander Masters, Stuart: a life backwards, la durísima epopeya de un mendigo de alma atormentada y afectado por una enfermedad muscular degenerativa. Producía HBO, que ya había contratado a Hardy (acreditado ya desde entonces como Tom Hardy) para Hermanos de sangre. En la serie, para quien quiera entretenerse buscándolo, el actor aparecía, delgado y con aspecto de piltrafa, conduciendo un jeep.

Después, durante unos meses, vivió haciendo cosas aquí y allí (teatro por Inglaterra, mayormente), buscándose la vida como cualquier actor de medio pelo de cualquier ciudad de medio pelo, exactamente lo mismo que hacía antes de haber debutado con la cadena de televisión más prestigiosa del mundo.

En 2008 Nicholas Winding Refn, convertido después en icono hipster gracias a Drive, le dirigía en Bronson, una historia sobre un enemigo público enamorado del excentricismo y el actor daba el do (y el re mi fa sol) de pecho: del enclenque nacido en Hammersmith en 1977 y que durante años se estuvo metiendo de todo en el cuerpo se pasó a un hombre convertido en bestia, una especie de comodín con más matices que una baraja de póquer. Por aquel entonces, unos cuantos centenares de miles de cinéfilos ya le seguían la pista, oliéndose lo mejor.

La nariz no les fallaba (y no era por Rock’n’rolla, donde Guy Ritchie le ponía a ejercer de tío bueno) porque el mismísimo Christopher Nolan le llamaba a filas en Origen, una de esas películas que la gente odia o ama sin resquicios (un poquito más de odio en este caso, si somos sinceros) pero en cuyas críticas se hablaba —sin divisiones— del carisma de Hardy, al que le quedaba el traje como un guante y que se comía a Di Caprio en cada escena que compartían.

Por aquel entonces, el buen Tom ya no era ningún desconocido y en su mesilla de noche se apilaban los guiones. Ayudaba también su condición física, no solo por buena (que también) sino por su capacidad para menguar o expandirse según las necesidades de turno. Así creo al animal de Warrior, un luchador perdido en su propio pasado que se dedica a aquello tan freudiano de matar al padre, añadiendo a su hermano por el camino, para que no queden cabos sueltos. En España, la película no llegó a estrenarse en cines (sin comentarios) pero a Nick Nolte le nominaron a un Óscar (él era el —impresionante— padre), Joel Edgerton —compañero de reparto— se metía en todas las listas de mejores secundarios y Hardy… bueno, Hardy reinaba. Simplemente.

Ese militar derruido que decidía volver a los brazos de su padre alcohólico y maltratador y que escondía un corazón de ballena y un alma de ceniza era el motor de la película. No eran solo sus músculos (que también) sino esa forma de agachar la cabeza, esos ojos de sacacorchos y esa manera de golpear. Hardy no era un luchador profesional pero lo parecía. Su habilidad para combinar esa capacidad física con una delicadeza francamente dolorosa le habían lanzado ya al estrellato.

El actor, un malote de manual, lo celebraba colgando fotos suyas en las redes sociales: «Ahora me beso los bíceps, ahora enseño mis abdominales, ahora pongo cara de que soy rico y famoso». Algunos, ya se sabe, pronosticaron que su mala fama en los rodajes (más de uno confesó por lo bajini que el hombre no lleva nada bien la competencia) y su pinta de gamberro con pasta le impedirían progresar.

Desde entonces el londinense no ha parado. Ni un poco.

Que si Bane en Batman: The Dark Knight Rises (pocas veces se ha visto un personaje tan intimidatorio en el cine moderno), que si una obra de teatro con dirección de Philip Seymour Hoffman, que si el mejor tráiler de la última década.

Sí, el mejor tráiler de la última década, cortesía de George Miller, para resucitar a uno de los personajes más legendarios de la historia del cine: Mad max.

Parece de cajón: ¿quién puede ser mejor Mad Max que Hardy? Un nómada asalvajado con pasión por los motores y las chupas de cuero y que anda de mal en peor perpetuamente cabreado. Alguien en Hollywood —no van a ser todos tontos— pensó que era buena idea. Habrá que esperar a 2015 para, obviamente, darle la razón.

Antes, y para abrir boca, el británico (ojo con la orla del país: el mencionado, Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Idris Elba, Martin Freeman, etc.) se ha marcado un soliloquio que ha dejado a más de uno con la mandíbula en el subsuelo. En Locke, Hardy vuelve a demostrar que a lo mejor a otros la cámara les engorda pero que a él se lo quiere beneficiar: una hora y media de Hardy, Hardy y Hardy, que es capaz de abrirse como un abanico para demostrar que lo suyo no es flor de verano. Un tipo al volante que pasa por todos los estados de ánimo imaginables (y unos cuantos que nos gustaría no imaginarnos) y que se pega uno de los monólogos visuales más sensacionales de los últimos tiempos. Una road-movie más densa que el mar Muerto y una muesca más en el revolver de un actor que ha nacido para ser un grande y que a los treinta y siete años ya se ha convertido en uno de los mejores intérpretes del mundo. Y lo que le queda, Dios mediante.

Escena de Mad Max: Fury Road. Imagen: Kennedy Miller Productions / Village Roadshow Pictures / Warner Bros.
Escena de Mad Max Fury Road. Imagen: Kennedy Miller Productions Village Roadshow Pictures Warner Bros.


Bryan Singer: Días del Futuro Pasado

Escena de X-Men: Días del futuro pasado. Foto:  Marvel Studios / 20th Century Fox.
Escena de X-Men: Días del futuro pasado. Foto: Marvel Studios / 20th Century Fox.

A mediados de los noventa, dos directores irrumpieron en Hollywood con dos obras indies que alcanzaron casi de inmediato la categoría de obra maestra: uno era Kevin Smith y su Clerks, el otro Bryan Singer y su Sospechosos habituales. Dos décadas después los dos han perdido el interés pese a que siguieron caminos opuestos: Smith nunca logró dirigir un blockbuster, mientras que Singer quiso dirigir demasiados.

¿Recuerdan cuando, hace diez años, Bryan Singer era un director interesante? Desde entonces, cuando acabó su segundo X-Men, Singer ha encadenado errores: Superman Returns fue una mala idea desde el principio, Valkiria se quedaba a las puertas de lo que prometía ser y Jack el Cazagigantes se estrelló en taquilla. ¿Se imaginan si pudiésemos volver al pasado y rescatar al director que una vez hizo cosas como X-Men, X-Men 2 o (sobre todo) Sospechosos habituales? Pues bien, X-Men: Días del futuro pasado lo consigue.

La premisa de Días del futuro pasado es básica: los mutantes deben cambiar el pasado para evitar ser aniquilados en el futuro. Aunque bien es cierto que el cómic en el que se basa Días del futuro pasado fue creado por Chris Claremont en 1981, no es fácil hacer una película de viajes en el tiempo cuando entre Terminator, Regreso al futuro y Atrapado en el tiempo han rascado todo lo rascable sobre el tema. De todas formas, para evitar que los adolescentes que no han visto ninguna de esas tres películas se pierda por el camino, Singer concede dos minutos de diálogo-exposición a Ellen Page justo antes de mandar a Lobezno al pasado.

La historia que transcurre en 1973 es lo mejor de los ciento treinta minutos de metraje por dos razones: Michael Fassbender y James McAvoy. Los dos actores, sobresalientes cuando han tenido que llevar el peso de películas como Shame y Filth, vuelven a hacer de su rivalidad en pantalla —como sucedía en la anterior X-Men lo más atractivo de la cinta. Si bien en X-Men: Primera generación Fassbender presentaba su candidatura a Bond, aquí cumple con su papel de bastardo entrañable sin perder la coolatittude ni un solo plano. McAvoy parte en este caso de una premisa más atractiva: para poder usar sus piernas debe inyectarse una sustancia que le quita sus poderes. En un género plagado de tópicos, la dicotomía yonqui / superhéroe era algo que quedaba por explorar, y McAvoy se lo pasa en grande haciéndolo.

Pese a un reparto repleto de estrellas (aunque muchas sean fugaces en forma de cameos), la sorpresa es el semidesconocido Evan Peters, que con apenas dos escenas nos deja con ganas de ver más cosas de Quicksilver, el mutante que interpreta. El punto flojo de la historia, en cambio, es el Bolivar Trask de Peter Dinklage. Un personaje decidido a acabar con los mutantes sin que nunca sepamos muy bien por qué, ya que jamás se explica el motivo de su obsesión. Obsesión paradójica, además, puesto que él también es distinto del resto.

Días del futuro pasado, sin ser un top 5 del cine que vino del cómic, cumple lo que promete. No tiene un planteamiento tan radical como Primera generación (¡los mutantes causaron la crisis de los misiles cubanos!) y sobre todo resulta un tanto convencional en su resolución.

Días del futuro pasado parece el momento de cerrar un capítulo, no el de los mutantes sino el de los actores que les han dado vida a lo largo de los últimos quince años: Patrick Stewart, Ian McKellen, Halle Berry… han dado todo lo que podían a la franquicia y es el momento de hacerse a un lado. Caso aparte podría ser Hugh Jackman, que da síntomas de fatiga como Lobezno pero que quizá no quiera despedirse sin una película propia por encima del nivel de los dos spin-off prêt à porter que ha hecho hasta el momento. Al fin y al cabo, a todos nos cuesta imaginarnos a otro actor llevando las garras, el puro y las patillas… aunque todos sabemos que Clint se saldría en el papel.

Se quiera o no, 20th Century Fox ya ha anunciado que la siguiente secuela de X-Men tomará por subtítulo Apocalypse. Los fans del cómic entenderán de qué va la cosa y los demás seguiremos sin enterarnos ni siquiera al ver la escena al final de los créditos de Días del futuro pasado. No digan que no les avisé.


Shame: el sexo como cárcel

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Una escena de Shame. Imagen: Alta Classics.

Hace dos o tres años, tuve la impresión de que ya estaba todo hecho, que ya no quedaba nada por hacer. (…) Después de Pierrot, ya no tengo esta impresión. Sí. Hay que filmarlo todo, hablar de todo. Todo está por hacer.

La cita es de 1965, y la pronunció Jean-Luc Godard hablando de su reciente película: Pierrot le fou. Sin embargo, casi medio siglo más tarde, esta frase sigue sonando rabiosamente actual, pues tanto cineastas como cinéfilos siguen topándose con las mismas preguntas: ¿realmente, queda algo por hacer en cine? ¿Puede aún crearse algo genuinamente nuevo con una cámara? ¿Veremos este año en una sala de cine algo rompedor y relevante? Si buscamos respuestas en el cine actual, hay algunas películas y cineastas que se erigen como rotundas respuestas afirmativas, como felices recordatorios de que aún hay mucho por hacer en cine. Afortunadamente, la lista es larga y variada, pero un cineasta que destaca es el británico Steve McQueen. Y destaca por varias razones, pero sobre todo por su dominio absoluto de elementos cinematográficos (como el encuadre, el color, el montaje), que otros grandísimos cineastas no alcanzaron hasta haber rodado veinte o treinta películas. En tan solo tres películas, Steve McQueen se ha erigido como una de las mejores cosas que le ha pasado al séptimo arte (calificativo que en sus manos cobra un sentido especialmente profundo) en los últimos años, y la esperanza de lo que pueda depararnos su extraordinario talento en el futuro alimenta sobradamente nuestras imaginaciones cinéfilas.

Este dominio se evidencia de forma muy notable en su segunda película, la aclamada Shame (2011). En este análisis se irán desgranando varios elementos cinematográficos para examinar a fondo el uso genial que les da el cineasta en esta película. En concreto, este artículo se centrará en el encuadre, la dirección de actores, los movimientos de cámara, el montaje y el color.

Pero antes, conviene un breve párrafo para aclarar los temas centrales de la película. Shame es, en definitiva, una reflexión sobre el aislamiento y la incomunicación contemporáneas, formulada a través de un retrato terrible de la adicción al sexo. Lo que se nos cuenta es un descenso a los infiernos del sexo, que se presenta de una forma extraña y novedosa: como fuente no de placer y liberación sino de sufrimiento y angustia. El sexo como cárcel. Aparte de la esclavización del protagonista por medio del sexo, también se nos cuenta cómo su mundo se desestabiliza de forma traumática con la llegada de su hermana. Ante este acontecimiento inesperado e incómodo, el protagonista intentará solucionar sus dos problemas (su adicción al sexo y la presencia de su hermana en su vida) tratando de tener una relación estable con una compañera de trabajo, pero fracasará en el intento. Las grandes películas no tienen muchísimas ideas, sino unas pocas exprimidas al máximo y desarrolladas con coherencia a través de toda la obra. Esto es lo que hace Shame, tomar estas dos ideas (el sexo como infierno y la presencia desestabilizadora de la hermana del protagonista) y trabajarlas a fondo en todos y cada uno de los planos.

Encuadre

El primer plano de la película ya es una lección de encuadre. Se nos presenta al protagonista en un plano bastante particular por el hecho de estar en horizontal. La primera vez que vemos a Brandon le vemos en horizontal, estirado y quieto durante varios segundos (incluso parece un congelado), lo cual le caracteriza como un personaje pasivo que no podrá vencer a su destino. Tampoco es casual, evidentemente, que la primera vez que veamos al protagonista sea desnudo en una cama.

1
Imagen: Alta Classics.

Poco después, tenemos otra idea genial de encuadre. Brandon ha llamado a una prostituta y esta se está desnudando frente a él, que está estirado en la cama. La idea brillante es que la cabeza de la prostituta queda cortada por el plano, solo le vemos el cuerpo. Se trata de un recurso valiente que nos hace comprender que su cara y su identidad son del todo irrelevantes para el protagonista.

2
Imagen: Alta Classics.

Cuando Brandon se masturba en la ducha, resulta interesante que le veamos duplicado en el plano a causa del reflejo. Esto no es casual, sino que Steve McQueen duplica al personaje por una razón, aunque esta no esté del todo clara. Una de las razones que parece coherente es que, cuando se masturba, Brandon es aún más él mismo, es él multiplicado por dos. Acaso masturbarse sea lo más propio de él, ya que es un adicto al sexo.

En relación con la hermana, hay varias ideas interesantes de composición. Cuando desayunan juntos la primera mañana, en el momento en que él le dice que se puede quedar unos días ella le abraza y les vemos en dorsal, en una composición en la cual ella le tapa totalmente, anulándole como personaje. Más adelante, cuando toman algo los dos junto con el jefe de Brandon, es interesante que él siempre quede en medio del jefe y su hermana, porque lógicamente no aprueba o aprobaría una relación entre ellos. En la siguiente escena, cuando Brandon llega a su casa y su hermana está practicando sexo con su jefe, se pone muy nervioso e incómodo y se hunde literalmente en el plano, quedando atrapado en un rincón de la habitación.

Hay un momento en que el jefe le dice a Brandon que han encontrado mucho porno en el historial de su ordenador. En ese momento, el protagonista se siente atrapado y amenazado, y esto se traduce en el encuadre con dos líneas verticales al fondo que le atrapan y le presionan, literalmente. Sin embargo, el jefe no cree que haya sido él. Poco después, le vemos por primera vez hablando con la compañera con la que intentará empezar una relación. En este primer encuentro le vemos roto en el plano por una vertical que, literalmente, le corta la cabeza. Esto indica que nada de la posterior historia con esta chica refleja la verdadera identidad de Brandon y, más aún, por montaje, nos retrotrae al encuentro con la prostituta del principio. De alguna manera, es como si, en su relación con esta colega, Brandon se comportase como la prostituta, pues se mueve totalmente por interés. Siguiendo con la relación entre ellos, hay otra idea interesante de encuadre en la cita que tienen. Cuando la conversación se estanca y la cámara sale fuera del restaurante, les vemos unos segundos a través del cristal (Brandon está de espaldas) y hay en el centro del plano una vertical que los separa, pues es evidente que algo les separa como personajes.

3
Imagen: Alta Classics.

Después de tener conflicto con su hermana por su extraña vida sexual, Brandon decide deshacerse de todo el porno que tiene en casa (incluso tira el portátil). A continuación tenemos una brillante idea de encuadre, cuando, una vez ya lo ha tirado todo, se sienta en su cama de espaldas y baja la cabeza: le vemos en dorsal como un cuerpo sin cabeza (la tiene bajada), pues sin su porno es como si no fuera nadie. Brandon no es más que su adicción al sexo.

4
Imagen: Alta Classics.

Para acabar, en la penúltima escena tenemos una idea de escala que, aunque menos brillante, sirve muy bien para entender el final de la película. Para cerrar esa escena de tristeza y desconsuelo del protagonista, le vemos en un plano general y en la escala más pequeña de toda la película: nunca le hemos visto tan pequeño, porque nunca ha sido tan frágil ni vulnerable.

5
Imagen: Alta Classics.

Dirección de actores y caracterización de los personajes

Empecemos por Brandon. De entrada, sus cinco primeras acciones son: mirar lascivamente a una desconocida en el metro, tener relaciones sexuales con una mujer a la que ni siquiera vemos, llamar a una prostituta y practicar sexo con ella, ignorar las llamadas de su hermana, y masturbarse. En diez minutos ya sabemos todo lo que necesitamos saber sobre este personaje.

Poco después, se nos muestra en un par de detalles su otra característica principal. No solo es un adicto al sexo con una relación extraña con su hermana, sino también un hombre sumamente educado y bastante culto: abre la puerta a una señora mayor, mantiene su casa limpia y ordenada, escucha música clásica en su tocadiscos… Y a continuación se nos presenta el conflicto que se establecerá entre su vida de adicto al sexo y la irrupción de su hermana: él intenta concentrarse en el porno que mira en el ordenador, pero no puede porque su hermana no deja de llamarle (primero al móvil y luego al fijo).

Pasando ya a la caracterización de la hermana (y a lo que aprendemos de Brandon por su relación con ella), empecemos por la primera vez que la vemos. Es a través de un espejo y aparece desnuda, marcando que su aparición alterará la sexualidad de nuestro protagonista. Poco después, él mira porno en su habitación mientras ella habla por teléfono y le dice a alguien, llorando, que le quiere. Se establece un claro contraste entre la forma en que los dos personajes viven la afectividad.

A la mañana siguiente, tenemos varios trazos que caracterizan a los personajes, pero aquí quizá convenga hablar más de dirección de actores. Y conviene hablar de dirección de actores porque esto no tendrá que ver tanto con las cosas concretas que hacen (que sería más de guión) sino con cómo las hacen. De entrada, él está ordenando cuando aparece la hermana, que juega con un pendiente que ha encontrado en la casa y le pregunta de quién es. Luego ella coge el zumo y bebe directamente del tetrabrik. Él le da un vaso. Seguidamente, ella se sienta en la encimera a beber su zumo y, otra vez, él le tiene que decir que se siente en la mesa. En tres pequeños gestos de dirección de actores se caracteriza perfectamente a los personajes: él, ordenado y riguroso; ella, alocada, entrometida y espontánea.

Por último, hay un par de detalles que indican la (tal vez paradójica) inexperiencia de Brandon en el cortejo de mujeres. Primero llega tarde a la cita y ni siquiera se disculpa y luego, al final de la cita, cuando se despiden en la boca del metro, ella se queda un rato delante de él como esperando a que la bese, pero él no lo hace.

Movimientos de cámara

Hay sobre todo un movimiento de cámara que se revela como una idea genial y asombrosa de lenguaje cinematográfico. Tiene lugar en la cita de Brandon con su colega de la oficina, y se trata de un travelling de acercamiento extremadamente lento. La cámara avanza tan despacio, que su movimiento es casi imperceptible. No nos damos cuenta de que la cámara se mueve, pero sin embargo los personajes están cada vez un poco más cerca de nosotros. Paradójicamente, la lentitud del movimiento nos hace tomar conciencia del inmovilismo y el estancamiento de la situación: la cita no avanza y no funciona.

Por otro lado, tenemos otros dos movimientos de cámara interesantes. El primero es el larguísimo y rapidísimo travelling lateral que sigue a Brandon cuando sale a correr para no estar en casa mientras su hermana se acuesta con su jefe. Es un travelling de derecha a izquierda que marca el momento de alejamiento de Brandon de su hermana, cuando decide que debe buscar una manera de que se vaya de su casa. Al final de la película, tenemos un travelling que hace de reverso de este, aunque es mucho más corto. Es un movimiento lateral de izquierda a derecha que sigue a Brandon cuando corre porque sospecha que a su hermana le ha pasado algo. Si aquel era el momento en que se alejaba de su hermana, este es el momento en el cual se acerca a ella y corre para salvarla.

Montaje

El montaje es la piedra angular del cine, y toda gran película debe emplearlo como elemento fundamental para construir sentidos e ideas. Shame no es una excepción: McQueen introduce varias ideas brillantes en este aspecto. Quizá conviene aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de una idea de montaje. El montaje es la esencia del cine porque es la forma en que se construye una película, montando un plano detrás de otro… Pero sobre todo es importante porque, como ya entendieron los pioneros, cuando vemos un plano y luego el siguiente, no vemos solo dos planos, sino tres: el primero, el segundo, y la imagen mental que nos formamos a partir de la relación entre ambos. Es esencial entender que, en una película, el valor de un plano por sí solo es ínfimo: cada plano adquiere valor en comparación con todos los demás planos de la película. De este modo, por ejemplo, un primer plano del protagonista será más impactante montado después de veinte minutos de planos generales y medios, que si se trata del primer plano de la película. Resumiendo: cuando hablamos de ideas de montaje nos referimos a ideas que se construyen a partir de la comparación de dos o más planos (que pueden ir seguidos o separados por un rato en el metraje).

Al principio de la película, se marca la insistencia de la hermana y su carácter de intrusa en la vida de Brandon repitiendo el mismo mensaje de voz dos veces. Además, el audio del mensaje se monta encima de Brandon orinando y, posteriormente, cerrando la puerta del baño: igual que le cierra a su hermana la puerta de su vida.

Poco después, cuando Brandon se masturba en el baño le vemos la cara desenfocada (porque el cristal de la ducha está empañado). Aquí McQueen emplea una idea muy valiente y efectiva, pues mantiene su cara desenfocada durante varios segundos en la siguiente escena, cuando en un primer plano, Brandon está en el metro mirando lascivamente a otra pasajera. Es como si también se estuviera masturbando en ese momento, o como si hubiera estado pensando en esa chica mientras se masturbaba: el desenfoque marca la relación entre los dos momentos.

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Imagen: Alta Classics.

En una reunión, el jefe dice «I find you disgusting» sobre un plano de Brandon y pensamos que se lo dice a él. De hecho, incluso él lo piensa así, porque es precisamente eso lo que siente hacia sí mismo: repulsión. Poco después nos damos cuenta de que lo que dice nada tiene que ver con Brandon.

Una de las ideas más brillantes de montaje empieza cuando Brandon y su hermana esperan al tren. Les vemos en un plano dorsal, ella en el cuadrante izquierdo y él en el derecho. Es uno de los únicos momentos de la película en que se relacionan bien, y él incluso se compromete a ir a escucharla cantar. Ella juega a ponerse cerca de la vía, haciendo ver que se va a suicidar, y él la aparta, como salvándola. Bastante rato después, se repite la misma composición de los dos en dorsal, solo que ahora los cuadrantes están invertidos. Esta vez están sentados en el sofá y él es cruel con ella y la ataca. Se verbaliza por primera vez el conflicto entre los dos: «You trap me», le dice. Cuando, finalmente, ella le dice que no es quién para darle lecciones sobre vida sexual, él se levanta y se va. Y es entonces cuando ella se cambia de cuadrante y se queda sola en el cuadrante izquierdo, el mismo que ocupaba cuando jugaba a suicidarse y a que él la salvaba. Como el cuadrante derecho está ahora vacío (Brandon ya no está ahí para salvarla), la consecuencia lógica es que, en la próxima secuencia, ella intentará suicidarse: genial.

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Imágenes: Alta Classics.

La otra idea brillante de montaje tiene que ver con el otro gran tema de la película: la obsesión de Brandon con el sexo. Mientras camina hacia esa cita que no quiere tener, ve en un edificio aquello que realmente le apetecería hacer: una pareja tiene sexo salvaje contra la ventana. Un rato después, tras tener un gatillazo con su compañera de trabajo, Brandon tiene sexo en esa misma posición con una prostituta. Y aquí McQueen coloca un plano genial y muy valiente, un plano de la ventana vista desde fuera, rompiendo totalmente el punto de vista. Pero el significado de colocar este plano es crucial: nos dice que lo que Brandon quiere no es tener sexo contra la ventana, sino realizar la fantasía que le ha aparecido cuando ha visto a alguien haciendo eso mismo. Es como si lo importante para él no fuera el sexo en sí, sino colmar sus deseos y caprichos.

Otra idea de montaje la encontramos en la escena de sexo más descarnada que se haya rodado jamás: el trío de Brandon con dos prostitutas. Nunca se nos había presentado el sexo como algo tan terrible, como algo que genera angustia, rabia y dolor, pues eso es precisamente lo que muestran las caras de los implicados. Son caras de desesperación y sufrimiento, en las antípodas del placer y la liberación emocional que suelen asociarse al sexo. Y la idea de montaje es colocar esta escena sobrepuesta con el audio de su hermana pidiéndole ayuda, justo antes de intentar suicidarse. Estos son los infiernos respectivos de ambos personajes.

Mención aparte en la sección dedicada al montaje merece el uso de los segmentos, la diferenciación que se hace entre el segmento izquierdo y el derecho. En el ya mencionado primer plano de la película, único momento en el cual Brandon está tranquilo y relajado, lo encontramos estirado con la cabeza en el extremo izquierdo del plano. El izquierdo será el segmento de la estabilidad que Brandon intentará recuperar durante toda la película. En el siguiente plano lo vemos en la vía del metro, y ya está en el extremo derecho del plano, que será el lado de la desestabilización y la tensión. Por eso en el segundo plano ya se le coloca en la derecha, para marcar que todo lo que pase a partir de ahora va a desestabilizar al personaje. Algunas cosas que pasan durante la película en las cuales vemos a Brandon en la derecha del plano: mira cómo una prostituta se desnuda; se masturba; se acerca a una desconocida en el metro; se entera de que van a revisar su ordenador; mira lascivamente a su compañera de trabajo; va en taxi mientras, a su lado, su jefe se besa con su hermana; se siente acorralado cuando han encontrado porno en su ordenador; queda con su compañera de trabajo para ir a cenar; se masturba otra vez y su hermana le pilla; tiene relaciones sexuales con una prostituta en el hotel; su hermana sangra sin parar después de intentar suicidarse; y por último, se hunde a llorar desconsolado al final de la película. Como vemos, todo lo relacionado con los dos elementos que más le perturban (el sexo y su relación con su hermana) tiene lugar con él a la derecha del plano. Pero McQueen aún va más allá. El ya mencionado travelling larguísimo cuando Brandon sale a correr es un movimiento de derecha a izquierda, porque se quiere alejar de su hermana y de su adicción al sexo y de la tensión que le provocan (la tensión del lado derecho) y por eso decide intentar tener una relación con su compañera de trabajo (correr hacia la calma del lado izquierdo). Y es por eso que en ese larguísimo plano de la cita con su compañera de trabajo, la cita que le tiene que proporcionar esa anhelada calma, le encontraremos sentado a la izquierda. Todo esto puede sonar banal o casual, pero con los grandes cineastas (y McQueen, aunque haya rodado poco, ya lo es) las cosas de lenguaje no suelen ser casuales: si ha decidido ser coherente con la utilización de los segmentos izquierdo y derecho durante toda su película es porque sabe que cualquier elemento es válido para contar mejor la historia.

Color

No es ningún secreto que Steve McQueen trabaja el color como un elemento central de su cine, quizá a raíz de sus inicios en el videoarte. Pero su trato del color es a veces algo críptico, y los sentidos son a menudo difíciles de desentrañar. He aquí lo que yo personalmente he entendido de la paleta cromática de Shame:

–El azul es el color de las sábanas de Brandon en el primer plano de la película. Y, curiosamente, no volvemos a ver nada azul (o al menos no de un azul tan intenso) en toda la película. Probablemente porque ese primer plano es el único momento en que Brandon está tranquilo y estable, y no volverá a estarlo en toda la película. Lo único mínimamente azul que vemos es su jersey cuando cena con su compañera de trabajo, porque esa cita representa precisamente su búsqueda de la estabilidad del principio.

–El rosa es el color de todo lo que excita a Brandon: la bufanda de la chica del tren, la lencería de la prostituta, las braguitas de la chica de internet…

–El morado es el color que relaciona a la hermana con la obsesión sexual de Brandon: morada es la chaqueta que lleva cuando se acuesta con su jefe, y morado es el jersey que lleva cuando le pilla masturbándose.

–Si el azul era el color de la estabilidad de Brandon, el rojo (su complementario) será el de los elementos más desestabilizadores para él: los accesorios de la hermana al principio (la bufanda, el sombrero que lleva cuando juega a suicidarse), la luz en el bar homosexual y, por supuesto, la sangre de su hermana.

–El vestido de la hermana cuando canta es de un color parecido (como dorado-plateado) al que lleva la colega de Brandon en la cita. Esto podría indicar que no la ve como una mujer para tener relaciones sexuales, de ahí el posterior fracaso.

–El blanco es el color de la ausencia de sexo: cuando la hermana y el jefe se acuestan en su cama, Brandon cambia las sábanas y pone unas blancas, pues quiere limpiar y eliminar todo resto de sexo de su cama. Y cuando, en el hotel, Brandon sea incapaz de acostarse con su colega, será en una habitación blanca con sábanas blancas. En esa ocasión, además, el ambiente blanco contrasta con el atuendo completamente negro de ella, creando una especie de tensión cromática.

Si este artículo ha cumplido su objetivo, habrá servido para esclarecer por qué Shame es una grandísima película, y por qué Steve McQueen es un brillante y prometedor cineasta que nos ha confirmado (tres veces ya) que el cine es un arte joven y que aún queda mucho por hacer, innovar, descubrir e intentar con una cámara. Esperemos que siga haciendo cine durante muchos años, y que siga abriendo caminos para que los exploren los demás cineastas que crean, como él, que hay un cine más allá de los lugares comunes del Hollywood más comercial.