Sonría a la cámara, por favor

Bill Murray ante la cámara en Lost in Translation. Imagen: Focus Features.

Una de las faltadas más memorables de la historia de la tele se produjo cuando la marca de colchones Flex utilizó a Alberto Contador como imagen promocional en uno de sus spots. Especialistas en descanso, decían. Y Alberto aparecía ahí, tan sonriente, con su maillot amarillo y todo, como si ningún buen amigo se hubiera acercado a advertirle de que aquello era un error. Que por ahí no, Alberto.

En el anuncio veíamos a una familia entera en el sofá, completamente frita, una de esas siestas veraniegas de ronquido y baba. En la tele daban el Tour, claro. Entonces aparecía Alberto en pantalla y decía su frase: «Nada relaja tanto como el nuevo colchón de Flex… Bueno, casi nada», mientras seguía pedaleando con resignación hacia la cima. El antihéroe. La antigloria. El anuncio cerraba con un primer plano de la abuela sobando con la boca abierta. La primera vez que lo vi me tuve que frotar los ojos para comprobar que era verdad.

La campaña, por cierto, fue un éxito —al menos para Flex— y aquel anuncio lo daban mucho. Pero cada vez que lo veía yo siempre me preguntaba hasta qué punto Contador estaba avisado cuando firmó el contrato. En mi candidez, construí una realidad en la que un Alberto Contador inocentísimo se presentaba en el rodaje completamente vestido de carrera y, con una sonrisa enérgica, preguntaba: «¿Qué, cuál es mi texto?».

Cada vez que un famoso protagoniza un anuncio es difícil no acordarse del insigne actor Bob Harris (Bill Murray) en Lost in Translation (2003). En una escena de la película, Bob regresa a la habitación del hotel después de un largo y complicado día de rodaje —en el que, por cierto, presta su imagen para un anuncio de whisky—. Mientras zapea aburrido por los canales, tal vez preguntándose qué demonios está haciendo en Tokio, algo capta su atención. En mitad de una retahíla de concursos histriónicos, cintas de samuráis y videoclips epilépticos, Bob Harris se ve a sí mismo en una de sus antiguas películas, doblada ahora al japonés. Él, que lleva días sin entender ni una palabra más allá de arigatō o konnichiwa, se descubre hablando la lengua de Mishima con una voz que ni siquiera es la suya. Y frunce el ceño, con la suspicacia de quien devuelve el saludo a un extraño: no se reconoce. Al fin y al cabo, prestar algo, aunque sea tu propia imagen, significa dejar de ser el propietario.

Máquinas de matar

Hay en la cámara un magnetismo hechizante que hace que todos queramos mirar hacia ella. Un hipnótico pilotito rojo que parpadea, como si Tommy Lee Jones estuviera a punto de borrarnos la memoria en cualquier momento, ese ligero ruido de cinta transportadora, la profundidad cóncava e infinita de un espejo negro. Miramos a cámara como polillas miran hacia la luz. Y aunque no nos fría de un chispazo, la de la cámara es otro tipo de muerte. La muerte en tanto que quietud, en tanto que suspensión del tiempo. En la imagen grabada serán siempre las doce en punto, siempre el mismo día. Hablamos entonces de una muerte leve, casi agradable, que, como todas las otras muertes, tiene la facultad de repetirse hasta la eternidad.

Lo confesaré sin miramientos: tengo la impresión, la terrible sospecha, de que las cámaras son en realidad máquinas de matar. O digamos mejor de crear fantasmas, que para el caso, convendrán ustedes conmigo, viene a ser casi lo mismo pero con menos punch. Piensen en aquellos espejos deformes de los parques de atracciones, esos que le hacen a uno más grueso o más alto según el caso. Entramos por un lado del espejo y, cuando somos devueltos, ya somos otros. Ahí está: nuestro fantasma. Ahora imaginemos que ese alter ego suyo no desaparece cuando usted se va del espejo sino que, muy al contrario, permanece, pudiendo adquirir vida propia.

Una imagen que puede echar a andar, replicarse, resignificarse, robarse e incluso aprender japonés, como le sucedía al fantasma de Bob Harris. Un punto de inflexión en este asunto llegó a principios del siglo pasado, cuando descubrimos que estas imágenes fantasmales, como casi todo lo demás, también se podían vender.

Maradona y Julio Alberto. (DP)

El gobierno de lo invisible

Probablemente uno de los primeros en darse cuenta no fue otro que Edward Bernays. Este americano hijo de vieneses, cuya vida y obra dan para otro artículo entero, fue el primero en acuñar el término «relaciones públicas», disciplina de la que es considerado padre fundador. Que la revista Life lo nombrara como uno de los cien americanos más influyentes del siglo XX, créanme, no es ninguna casualidad. Que se tratara del sobrino de Sigmund Freud, tampoco.

En los años veinte, el joven Ed, agrónomo de formación, se saca de la chistera dos libros pioneros en la materia: Cristalizando la opinión pública (1923) y Propaganda (1928) —obras que, por cierto, más tarde serían de cabecera para Joseph Goebbels—. En ellos se nutre de las ideas de su tío acerca del inconsciente para retratar a una sociedad de consumo aborregada que no compra por necesidad, sino movida por impulsos primitivos e irracionales que conectan con su lado más animal. En una era de abundancia como fueron los Roaring Twenties, sumen a este cóctel psicoanalítico un ecosistema cultural donde los recién estrenados mass media ejercen un poder sin precedentes sobre la opinión pública —seguro que no les cuesta mucho trabajo hacerse a la idea— y ya lo tienen: es el siglo de Edward Bernays. El hombre que instrumentalizó la semiótica.

En el fecundo palmarés de Bernays se encuentran algunos logros que harían sonrojar al mismísimo Maquiavelo. Entre ellos, asociar los coches a la masculinidad, poner de moda los relojes de muñeca o colaborar como asesor de la Casa Blanca. Caso paradigmático el de Calvin Coolidge, 30º presidente de los Estados Unidos y un tipo más soso que mascar una goma de borrar. Apodado Silent Cal, digamos que Coolidge no era el alma de las fiestas. ¿Qué hizo el bueno de Ed para mejorar su marmórea imagen? Organizar desayunos en la Casa Blanca con estrellas de Hollywood: al día siguiente, los periódicos abrían con magníficas fotografías del presidente luciendo una desacostumbrada sonrisa y rodeado de celebrities de la época. Tal vez Ed Bernays no era el tipo más creativo del mundo pero, desde luego, era efectivo.

Ahora, desde la atalaya de nuestro tiempo, la fórmula nos puede parecer sencilla y hasta evidente, pero cabe ponderar que en su momento supuso un verdadero seísmo en las reglas del juego. Hasta entonces, la publicidad se había centrado puramente en la dimensión funcional del producto. Si había que vender un coche, pongamos, se daba por supuesto que había que hablar de kilometraje, de potencia, de carrocería… Bernays fue el primero en comprender que todo aquello era pura hojarasca. Para que la persuasión resultara determinante, la tecla que había que tocar debía ser emocional, sugerente, intangible. Antes de Eco, antes de que Barthes nos hablara de Mitologías, lo que Edward Bernays supo ver antes que nadie es que la publicidad no comercia con objetos sino con símbolos. Y aquel hallazgo cambiaría el devenir de la comunicación de masas hasta nuestros días.

DP.

Tan solo un ejemplo más. Cuando la American Tobacco Company contrata a Bernays para conquistar el mercado femenino, este lo tiene claro. Hay que apelar a la dimensión sexual del cigarrillo (al menos eso es lo que le dice el psicoanalista Abraham Brill al ser consultado). Hasta ahora, las mujeres fuman solamente en espacios privados y existe un tabú a que lo hagan en público, como los hombres. Es hora de emanciparse. En términos freudianos —a mí no me miren—, ha llegado el momento de que las mujeres tengan sus propios penes. De modo que, aprovechando un multitudinario desfile en Nueva York, Bernays convence a un grupo de chicas jóvenes —entre ellas, la escritora y activista Ruth Hale— para que escondan cigarrillos debajo de la ropa y, a su señal, los enciendan. Sin saberlo, están a punto de convertirse en las primeras influencers. Acto seguido Bernays avisa a unos fotógrafos de que unas sufragistas se han propuesto boicotear el desfile: «¡He oído que van a encender antorchas de libertad!». Torches of freedom!, dice. Por supuesto, la frase está tan preparada que huele a chamusquina, pero eso no impedirá que aparezca en portada del New York Times al día siguiente ni que, más importante aún, logre cumplir su cometido simbólico: fumar se ha convertido en un gesto de empoderamiento femenino. Edward Bernays lo ha vuelto a hacer.

Suya es la frase: «La propaganda es el órgano ejecutivo del gobierno invisible». Cinismos aparte, lo revelador de la cita es el término invisible. Después de todo, no es extraño que su idea de la persuasión se cimentara en todo aquello que no era dicho, lo que no era visto, lo que subyace agazapado debajo de cada signo.

Si se han quedado con ganas de más Bernays, les recomiendo que echen un vistazo a The Century of Self (2002), interesantísima serie documental producida por la BBC y dirigida por Adam Curtis.

El fantasma y yo

Cada objeto del mundo puede pasar de una existencia cerrada, muda, a un estado oral, abierto a la apropiación de la sociedad, puesto que ninguna ley nos impide hablar de las cosas. (Roland Barthes)

La mirada de la cámara nos redimensiona. No porque nos haga más gordos, que también, sino porque nos nutre de nuevas potencialidades significativas. Se quiera o no, en el momento en que uno participa de lo público, de lo ajeno, deja de ser propietario exclusivo de su imagen. Ya somos otros.

Borges
Jorge Luis Borges. (DP)

¿Pero qué ocurre cuando el individuo, el objeto, se ve obligado a convivir con su otro, su símbolo? No podemos obviar que existe un juego de espejos que se establece entre el original y la copia. Entre la faz y la máscara. Entre el ser viviente y el fantasma. Porque convertir a los muertos en símbolos, como estamos acostumbrados a hacer, debe de ser relativamente fácil de sobrellevar —al menos para el finado—. Lo difícil es soportar el peso de esa presencia espectral estando uno en vida.

Borges lo expresa mejor en un texto precioso titulado «Borges y yo», recogido en el volumen El Hacedor (1960). Si bien él no era propenso a ser víctima de cámaras y flashes, el suyo, en tanto que escritor, fue un enfrentamiento contra su propio nombre. Así, en el citado texto se distinguen dos entidades: Borges —el célebre escritor, acusado de actor vanidoso que todo se lo atribuye— y un yo tenue y difuso, una voz imposible de apresar, en constante huida del otro.

Y es digno de mención que precisamente sea el falseador quien está destinado a prevalecer. Es ese Borges a quien hoy recordamos, no al original. Un dictador, en toda la amplitud de su sentido, que sometió al viviente bajo un yugo implacable:

Yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura. […] Yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.

La magnitud del personaje ejerce una fuerza gravitatoria de la que es imposible escapar. El fantasma de Borges es para él una presencia sofocante y ubicua que acecha hasta el último de los rincones, de ahí el final inmejorable, la duda definitiva: «No sé cuál de los dos escribe esta página».

Si bien Borges vivió esta duplicidad con una cierta resignación, no siempre es así. Hay todo un episodio de la celebrada serie documental The Last Dance (2020) dedicado a cómo Michael Jordan soportó, enfrentó y, finalmente, sucumbió ante la imagen inalcanzable que se había creado de sí mismo.

Corría la temporada 92-93 y las colas se multiplicaban en los pabellones de todo el país, los jingles de la tele cantaban Be like Mike! y el mundo entero estaba como loco por rozarle un pelo del bigote al chico de oro. Sin embargo, lo que se estaba librando a espaldas de la multitud, en la solitaria habitación de algún hotel de lujo, era un descarnado uno para uno. Jordan versus Jordan, el superhéroe contra el humano. Incluso él, el tipo más competitivo de toda la NBA, sabía que se trataba de un partido perdido desde el principio.

La primera finta del fantasma se produjo cuando esa misma temporada el libro Jordan Rules, que retrataba a un tirano en el vestuario, se situó entre los más vendidos. Apenas un paso en falso, una ligera pérdida de equilibrio. Él no se cansaba de repetir que la suya no era una vida envidiable, pero nadie parecía querer escuchar. Poco después, en mitad de los play-offs, salió a la luz su faceta de apostador compulsivo, y aquello fue el drible que definitivamente dejó a Michael con los tobillos clavados. Por más que lo intentara, era una jugada imposible de defender. La prensa fue inclemente. A finales de ese mismo año, cansado del asedio mediático, Jordan dejaría el baloncesto. Nadie podía llegar tan alto, ni siquiera un tipo al que llamaban Air.

Fantasma
Imagen: Netflix.

Por suerte, no todos los tratos entre Doppelgänger son fratricidas. También los hay simbióticos. Idilios de correspondencia. De todos ellos, el caso de Rick Astley es especialmente fascinante.

Astley se dio a conocer en la escena pop de los años ochenta con canciones como «Whenever You Need Somebody» o «Together Forever», aunque, sin duda, ninguna sonaría tanto como «Never Gonna Give You Up» (1987), un éxito internacional inmediato. Tenía Astley una de esas caras de niño inglés que lo mismo te vende una caja de galletas que te pega una patada en la espinilla, y una voz profunda y negra, que contrastaba con su encendida pelambrera naranja. Nada podía salir mal.

Los primeros años fueron felices, pero también fugaces. Tal vez porque tocó una cima demasiado temprana, porque decidió virar hacia sonidos más soul o porque su pelo naranja se oscureció, el caso es que sus álbumes posteriores no alcanzaron las expectativas, y la caída fue dura. Cada vez era más claro que todo tiempo mejor quedaba ya a sus espaldas, y en 1994, con apenas veintisiete años, Rick Astley se retiró de la música.

Entonces, ¿por qué recordamos a Rick? Pues porque, más de una década después de su retirada, sin comerlo ni beberlo, Astley —o, para ser más precisos, su fantasma— se convirtió en un meme. Ya saben: los caminos de internet son inescrutables. Por gracia y ventura de los cenagosos foros de 4chan, allá por 2007, la canción «Never Gonna Give You Up» se convirtió en la forma última del troleo, hasta el punto de ganarse un nombre propio: rickrolling. Si vive usted en las afueras de Plutón y todavía no sabe en qué consiste la broma, en esta página se lo ilustrarán mejor.

Nadie podía explicárselo. Al menos no desde la lógica. Veinte años y cientos de millones de visualizaciones después, aquel niño pelirrojo de Lancashire volvía a ser el fenómeno global que fue, aunque probablemente no como él esperaba. Forzosamente, tenía que tratarse de una broma. La verdadera noticia, sin embargo, la que en este artículo nos ocupa, es la de su regreso a los escenarios. Porque durante los últimos tiempos, Astley ha vuelto a dar conciertos y, más recientemente, después de lustros de silencio, ha estrenado tres nuevos discos. Maldita sea, ha llegado a aparecer en El Hormiguero. Tómense unos segundos para pensar en esto detenidamente. En cómo el fantasma, una imagen que vagaba sin dueño por los callejones de internet, a fuerza de replicarse, ha dado por resucitar al vivo —a su carrera musical, al menos— dos décadas más tarde. Por más que lo intente, no se me ocurre un efecto bumerán más impresionante que el de Rick Astley.

Rick Astley. Imagen: AMRA.

Y por último hay relaciones que, como todas las relaciones, sencillamente se acaban. Fantasmas que, como todos los fantasmas, desaparecen. Tan solo déjenme decirles que, si por casualidad alguna vez se quieren deshacer de su imagen pública y tirar de la cadena, piénsenlo dos veces, pues nunca saben cuándo la podrán necesitar.

Siempre he pensado que todo puede explicarse a través del ajedrez y, en este caso, como no podía ser de otra manera, existe una fantástica anécdota de Bobby Fischer al respecto. La cuenta el gran maestro sirio-estadounidense Yasser Seirawan.

Estamos en Bruselas, en una época en la que las radios ponen las canciones de Rick Astley a todo trapo. Ya ha llovido desde que, en 1974, Fischer se negara a defender el título de campeón mundial frente a Kárpov, y desde entonces la imagen del americano ha pasado de héroe a villano tantas veces que ya no sabe ni por dónde vienen los tiros. De convertirse en un icono de Occidente a la altura de Muhammad Ali a que la policía de su país lo detuviera tras confundirlo con un vagabundo. Bobby Fischer ha desaparecido del tablero por completo, y tan solo algunos amigos ajedrecistas le guardan una suerte de lealtad más a su talento que a otra cosa.

El genio no quiere saber nada de nadie. No ha jugado ninguna competición ni ha concedido entrevistas desde que se hiciera con la corona mundial en el 72 y eso son muchos, muchos años. Demasiados. Su paradero es siempre desconocido, y su personalidad da síntomas de escorarse de lo excéntrico hacia lo directamente paranoide. La gente está empezando a olvidar. Olvidar a Bobby Fischer. Ojalá él pudiera hacer lo mismo.

Estamos en Bruselas, decíamos, donde Bobby se encuentra visitando al empresario y organizador Bessel Kok. Él, que siempre ha sido un anacoreta, no está dispuesto a alojarse en un hotel cualquiera a estas alturas de la película por miedo a ser reconocido, de modo que acuerdan que se hospedará en casa de su amigo. Casa de la que apenas saldrá en varios días. La sorpresa de Kok es mayúscula cuando, tras una semana de hermética clausura, Fischer suelta, como quien no quiere la cosa: «Oye. ¿Sabes de algún bar donde podamos conocer chicas?».

Así que ahí están. Fischer y Kok, que ni siquiera han pisado la calle juntos para partirse un gofre, en un bar de Bruselas, espalda con espalda, frente a sendas mujeres.

—¿Y a qué te dedicas? —dice ella.

—Verás, es difícil… Soy el campeón mundial de ajedrez.

—¡Venga ya! ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Robert James Fischer. Bobby Fischer.

Ella levanta una ceja, escéptica.

—Ahora que lo dices, sí, me suena ese nombre. Pero voy a necesitar algo más para creerte.

La ironía es perfecta. Tras dieciocho años huyendo de su propio nombre, escondiéndose de los demás pero, sobre todo, de sí mismo, ahora Bobby necesita una prueba. Algo que acredite que en efecto es él. Bastaría con un pasaporte, un carnet de conducir, una tarjeta de crédito. Nada. Bobby no lleva encima ninguna de esas cosas. Y de poco sirven los esfuerzos de su socio Kok por corroborar su historia. Desesperado, Bobby tiende la mano hacia su fantasma, como quien pide ayuda a un viejo amigo, pero el fantasma ya no está, se ha esfumado al fin.

—Hagamos una cosa —tercia ella—. Fingiremos que te creo, pero primero me tendrás que pagar otra copa.

Bobby Fischer. Foto: Wikicommons (DP).


The Last Dance: el puro, el bate y Michael Jordan

The Last Dance. Imagen: Netflix

Cuando comenzó la emisión del estupendo documental The Last Dance se asumía que la secuencia clave iba a ser el último minuto del sexto partido de la final de 1998. Rodada con una combinación de imágenes de archivo, entrevistas de actualidad y metraje inédito grabado dentro de la intimidad de la plantilla en la temporada 1997-1998 (la llamada «el último baile» que da nombre a la serie), en realidad no ha aportado mucho a lo que ya sabía la mayoría de seguidores de la NBA de los ochenta y noventa… aparte, eso sí, de inundarnos de nostalgia y de comprobar cómo ha tratado el tiempo a algunos entrevistados, como la sensata madurez de B. J. Armstrong o Toni Kukoc y el pacto con el diablo de Carmen Electra, pasando por el preocupante color de ojos de Michael Jordan o el formidable tono de negro del pelo de Scottie Pippen, y dejando en el aire cuestiones como por qué se está transformando Dennis Rodman en Paco Clavel o si los hombros de Phil Jackson los ha diseñado Volvo.

Aunque en especial en los primeros capítulos se entraba en detalle en otros elementos clave del éxito de los Bulls (como Pippen o Rodman), a medida que se iba desarrollando la serie fuimos descubriendo que el enfoque de la misma gravitaba, como sospechábamos, en torno a Jordan. En fin, es ridículo entrar en la polémica sobre los destripes porque hace ya más de diez años de aquello y copó portadas y muchos minutos en los medios, así que todos sabemos ya lo que hizo Jordan en toda su carrera, en especial durante la temporada 97-98 y, en concreto, en los últimos segundos de la final. Pero eso es la punta del iceberg: bajo esa finta a Bryon Russell y el tiro en suspensión con pose para la historia se encuentra una mole monolítica de mentalidad ganadora que coquetea con la psicopatía. Y esa característica queda reflejada a la perfección con una sola escena de todo el metraje, incluida en el episodio VIII. Es reveladora, cinematográfica, por momentos da la sensación de estar guionizada, pero es imposible que lo sea porque cualquiera que haya visto Space Jam sabe que las habilidades actorales de Jordan, a diferencia de las baloncestísticas, son terrenales.

The Last Dance: La Escena. Imagen: Netflix

La secuencia en concreto tiene lugar el día después de que Charlotte Hornets empatara la serie a 1 en la primera ronda de playoff de la temporada 97-98. Jordan está en el vestuario, con ropa de entrenamiento, jugueteando con un bate de béisbol, silbando y con un tremendo puro entre sus dedos. En mitad de uno de los hitos deportivos mundiales de cada año, el en aquel momento ya indiscutible mejor baloncestista de todos los tiempos está fumando en vestuario justo antes (o después, no está situado temporalmente) de una sesión preparatoria. Uno de los reporteros que han conseguido el permiso para grabar a los Bulls durante ese año pregunta al escolta:

—¿Estás cabreado por lo de anoche?

—¿Por qué? ¿Debería?

MJ intenta disimular con una sonrisa, quitarle importancia. No lo consigue. Su lenguaje corporal está diciendo «te reviento con el bate; te piso el cuello, hijo de puta», pero su boca murmura:

—Perdimos un partido, nada más.

Añade:

—Mañana entraremos a matar. No pasa nada.

Y pone cara de psicópata; a pesar de transmitir cierta contrariedad, también parece estar encantado con esta situación. Frunce el ceño. Aferra el bate con las dos manos, lo balancea. Comienza a reflexionar en voz alta, iniciando un monólogo que deja ver su filosofía al respecto:

—Veremos si nos vacilan cuando estemos los dos cero a cero en lugar de ellos llevándonos ventaja. Ahí es donde empieza.

Sin dejar de balancear el bate, dice:

—Así demuestras lo que vales, si vacilas cuando estáis empatados. O cuando vas perdiendo. Cuando vas ganando es más fácil hablar.

Vuelve a sonreír. Sopesa el bate. Está macerando la rabia. Sabe que va a acabar con ellos. Todos sabemos que va a acabar con ellos. Fin de la escena.

La obsesión competitiva de Jordan se ha reflejado en numerosas ocasiones en el documental (otra escena inédita muy elocuente es la repetida apuesta con un miembro de seguridad a ver quién deja la moneda más cerca de la pared), pero esta vez es la más visual. Casi se adivina el mecanismo mental de un competidor enfermizo, de qué maneras busca motivarse. Hemos visto algunas de ellas, como crear afrentas inexistentes (el «buen partido, Mike» que supuestamente le dijo LaBradford Smith pero resulta que se lo inventó) o nimias («George Karl no me saludó en un restaurante»). A muchos ha sorprendido esta faceta, como si no la hubieran detectado hasta ahora. Hay infinidad de anécdotas aparte de las incluidas en The Last Dance: durante la universidad perdió una partida al billar con un entrenador y se marchó cabreado gritando que la mesa no era reglamentaria (en una entrevista, veinticinco años más tarde, lo recordaba perfectamente y recalcaba que después le ganó varias partidas).

También se ha podido constatar que era tan tenaz en su afán por ganar que la exigencia rozaba el límite de la humillación a sus propios compañeros. Por ejemplo, durante su etapa en North Carolina apuntaba en una pizarra del vestuario, en una lista con todos los jugadores, las veces que machacaba por encima de ellos. ¿Alguien imagina trabajo más ingrato que ser el escolta suplente de los Bulls durante el reinado de Jordan? No solo tus minutos de juego serían muy escasos, sino que en los entrenamientos tienes que defender al mejor jugador del mundo… y también es él quien te defiende a ti cuanto tú atacas. Incluso esta forma de afrontar la competición caló en todo su entorno y se potenciaba en sus anuncios publicitarios («Dime que estoy viejo. Dime que ya no puedo volar»). También es verdad que se puede haber diluido en la memoria porque Nike extendió este tipo de eslóganes de manera artificial y que chocaba ver, con el mismo espíritu, a Iván de la Peña diciendo «si yo juego en él, el partido es mío». No, no es lo mismo.

¿Cómo un chaval de Wilmington, Carolina del Norte, que nunca había estado en Chicago, consiguió que «el circo ambulante de cocaína» que eran los Bulls a principios de los ochenta se convirtiera en una máquina de ganar con seis títulos en ocho años? Es decir, ¿cuál fue de verdad la «cerilla para prender todo ese fuego»? El origen de esa competitividad se intuye en la serie. No hace falta ser muy perspicaz para detectar que la relación con su padre le marcó muy profundamente. Para mal, incluso. Sin ir más lejos, hasta el gesto de sacar la lengua mientras jugaba fue heredado o más bien copiado a su padre, quien lo hacía cuando trasteaba con las herramientas. James Jordan contaba que cuando Michael era un niño le mandaba literalmente a la cocina con las mujeres porque era muy poco habilidoso en los trabajos manuales y chapuzas domésticas. Ser el cuarto hijo de cinco, el menor varón, y con esa imagen que tenía su padre sobre él daría para desarrollar al menos dos actos de un drama griego.

La forma de destacar y atraer la atención de su progenitor fue el deporte, tanto dentro del hogar (jugando en la canasta del patio trasero contra su hermano Larry, uno de los que le robaba la atención de su progenitor) como fuera del mismo, primero en el béisbol durante su etapa escolar y después en el baloncesto. Es decir, un ámbito en el que poder hacer sentirse orgulloso a su padre ya que no opinaba lo mismo de sus habilidades «masculinas«. Y vaya si lo hizo. En todos sus triunfos ahí estaba al lado James. Durante cada una de las celebraciones del primer three-peat había dos constantes en las imágenes de Jordan en esos momentos: el puro y su padre. Tras su muerte, y si asumimos la versión oficial, MJ dejó el baloncesto para jugar al béisbol, su primera pasión competitiva… y el deporte favorito de su padre. Ya le había comentado en vida que lo haría, pero tras el asesinato de James se antoja una obligación moral para un hijo que expresaba una devoción sin límite por su padre. Fue una presencia apabullante en la vida de Jordan, condicionando fuertemente su personalidad desde la infancia, apoyándose en él durante toda su carrera y teniéndolo presente siempre, en especial durante la consecución del cuarto anillo en el día del padre, rompiendo a llorar desconsoladamente en el suelo del vestuario.

El puro como emblema de la victoria, el bate de béisbol como el símbolo de la influencia de su padre y Michael Jordan compartiendo sus ideas competitivas y métodos para motivarse. Todo estaba en esa escena. Un documental extraordinario para poder admirar, una vez más, al mejor y más plástico competidor de la historia del baloncesto.

Cómo que «competidor». Imagen: Netflix


No hay negocio como el negocio de los deportes (I)

Rush, 2013. Imagen: Entertainment One.

—Para conseguir un patrocinador para la próxima temporada.
—¿Y?
—El plazo acabó y no tenemos ninguno.
—¿Y qué? No buscamos patrocinadores. Ya lo dijiste: condones y tabaco. Es vulgar.
—Cierto. Pero cometimos, cometí, un pequeño error de cálculo. La economía de la Fórmula 1 no tiene nada que ver con las categorías inferiores.

(Rush, 2013 Ron Howard)

«There is no business like show business» es el título de una obra maestra de Walter Lang (1954) protagonizada por Marilyn Monroe, conocida en español como Luces de candilejas. Pero también es una frase robada del título de una canción del musical Annie Get Your Gun de Irving Berlin, creador también de las composiciones de la película anterior. Y es totalmente cierta. La industria del entretenimiento es apasionante, no tiene nada que ver con ninguna otra y en ella hay una componente que empieza a extenderse a otros ámbitos de la vida poco a poco. Es una industria basada en la emoción, el talento y la gestión por proyectos. 

Siendo en tamaño muy inferior a otras industrias más poderosas, la industria del entretenimiento y los contenidos ha contado con el interés de la gente gracias a construirse sobre un sólido star system. Estrellas a menudo malditas, como Hunter S. Thompson, creador del periodismo gonzo1, palabra de jerga irlandesa del sur de Boston que se refiere al último hombre en pie después de un maratón nocturno de beber. Thompson pasó a la posteridad también por su ya famosa y definitoria frase: «La industria de los deportes es una trinchera de dinero cruel y superficial, un largo pasillo de plástico donde los ladrones y los proxenetas campan a sus anchas, mientras los hombres buenos mueren como perros. También tiene un lado negativo». Bueno, no fue exactamente así, hay quien la refiere a la industria de la música, otros a la del cine, pero en general nos puede dar una idea de que tras las bambalinas de este mundo del entretenimiento vamos a encontrar mucho más que el glamur que nos muestra. A fin de cuentas, uno de sus objetivos es escapar de la realidad.

Dentro de la industria del entretenimiento, el deporte es el rey. Los contenidos deportivos son los más demandados, las cifras de venta de los derechos de la NFL o de la NBA son abrumadoras. Y todo en una industria caracterizada hasta no hace mucho por un 60 % de bancarrotas a los cinco años de dejar «el deporte más bello del mundo», o por la famosa frase de conocido como «el quinto Beatle», George Best: «He gastado muchísimo dinero en juergas, mujeres y coches rápidos. Y el resto lo malgasté». Los intentos de redención en este negocio son también definidos con claridad meridiana por el genio de Belfast: «En 1969 dejé las mujeres y el alcohol… fueron los veinte peores minutos de mi vida». Desde la época de Milón de Crotona en los Juegos Olímpicos las historias de deportistas famosos y reconocidos han sido una constante en nuestras vidas, superando los vaivenes de otros ídolos y superhéroes.

Para comenzar a entender el mundo del deporte nada mejor que hacer como Tom Cruise en Jerry Maguire (Cameron Crowe, 1996) y gritar bien fuerte «show me the money», o «enséñame la pasta» como decía su personaje en español. La famosa frase que los profesores «viejenials» utilizan cada dos por tres en clases de economía y MBA, sin que los jóvenes alumnos sepan de dónde sale o qué significa. Pero es complicado dejarlo, una de las primeras particularidades de estos negocios son las principales fuentes de ingresos: patrocinios y publicidad. Si Cristiano Ronaldo ganaba cien millones de euros en un año, noventa venían por endorsements. Incluso Phil Mickelson, el golfista, tuvo un año bueno en el que, sin ganar ni un solo torneo, se embolsó más que Tiger Woods gracias a los cincuenta millones de dólares de sus patrocinadores. ¿Por qué?

En un negocio típico convertimos insumos en productos o servicios por los que nuestro cliente paga. El modelo de negocio de la publicidad funciona de un modo un poco diferente. El primer objetivo es crear contenidos (o comprarlos) que tengan interés como para generar una audiencia, y la atención de dicha audiencia se venderá posteriormente a los anunciantes. Moormann dixit

Conseguida una audiencia suficiente, el modelo de patrocinio publicitario de venta de impactos se vuelve una fuente importante de ingresos. Salvo que YouTube cambie el reparto del pago de publicidad. O que el canal en concreto decida modificarlo. Así que entra en juego la otra principal fuente de ingresos, los patrocinios. El resultado es que una cantidad creciente de deportistas ganan más dinero con los patrocinadores y la publicidad que con lo que les pagan por su trabajo. Incluso existen deportistas que pagan por participar, como los «pilotos de pago» en la Fórmula 1. Sí, efectivamente, la ilusión máxima de algunos empresarios. Además de los pilotos que cobran por jugarse la vida al volante, tenemos otros que pagan por poder hacerlo. Justin Wilson fue un piloto de Jaguar que medía 193 centímetros. Entrar en un coche de carreras ya era una odisea, pero conseguir financiación para correr en el gran circo era otra más. En su caso fue creativo. Consiguió crear un modelo financiero en el que vendía «acciones de sí mismo» para poder competir. O, dicho de otro modo, acciones sobre sus ingresos futuros como piloto. El tema de los patrocinios es tan importante que incluso una película como Turbo (Dreamworks, 2013) tiene como parte importante de la historia cómo el pequeño caracol encuentra un patrocinador inesperado en un vendedor de tacos (en las dos acepciones de la RAE, «defender, proteger, amparar, favorecer» por un lado, «apoyar o financiar una actividad, normalmente con fines publicitarios» por el otro).

Por ejemplo, con un salario de 3,2 millones de dólares Pastor Maldonado quizá no hubiera competido en F1 en su momento si Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) no hubiera aportado 36 millones de dólares al año a su escudería. Aproximadamente la mitad de los pilotos de la parrilla han sido «pilotos de pago» en esta última década, principalmente porque los equipos pequeños necesitaban imperiosamente este tipo de ingresos atípicos para sobrevivir. Incluso hay padres que no solo pagan 80 millones de dólares a un equipo para que corra su hijo, sino que también se animan a comprar un equipo entero ya puestos. Por un hijo como Lance Stroll se hace lo que haga falta. Pero la duda es, ¿por qué querría alguien pagar para subirse a un monoplaza, que en el fondo es una moderna forma de tortura, si no va a ganar dinero ni, probablemente, títulos ni carreras? ¿Hay algo más? Sí. En la primera división del motor la clave son los ingresos publicitarios y por patrocinadores. Hablamos de un deporte que ha generado alrededor de 1800 millones de dólares cada ejercicio en los últimos años, dinero del que reparte algo menos de 1000 entre los equipos. Al igual que la creciente Fórmula E, que se mueve alrededor de los 200 millones de dólares, los ingresos vienen de patrocinios, televisión y las licencias de los organizadores para poder tener una carrera en su ciudad o circuito. En este caso las ciudades que buscan darse a conocer, conseguir también «venderse» asociadas a un evento deportivo.

Esta importancia del patrocinio no ocurre únicamente en el mundo del motor. LeBron James firmaba en la temporada 2014/2015 un contrato con los Cleveland Cavaliers de la NBA, volviendo a su casa cual hijo pródigo tras pasar cuatro años peleando por el título en los Miami Heat. El montante de su salario el primer año era de 20 644 400 dólares. A finales de 2015 se anunciaba un contrato de por vida con Nike que le generaría un mínimo de 30 millones de dólares anuales, más un porcentaje de las ventas de sus productos. ¿Quién era el «empleador» principal de LeBron James? ¿Los Cavaliers o es Nike? Curiosamente el contrato de Nike no hubiera llegado sin la NBA o los Cavaliers de por medio. Ahora en los Lakers de Los Ángeles comprobamos cómo LeBron diversifica sus negocios con un acuerdo con Warner para hacer una serie de entrevistas, que se une a su serie animada y la posible participación en Space Jam 2. Película que por cierto nos lleva al origen de todo esto: Michael Jordan, la leyenda que redefinió totalmente las reglas del juego de las marcas. Jordan, que estuvo cerca de firmar con otras marcas que prefería, finalmente lo hizo por Nike porque apostaron por él tanto como para sacar una línea con su nombre, Air Jordan. Michael Jordan tiene una fortuna superior a los 1000 millones de dólares según Forbes (es decir, es billonario) y sigue obteniendo más de 100 millones de dólares de ingresos anuales a pesar de estar retirado. La marca Jordan (Brand Jordan), subsidiaria de Nike y nacida en 1984 con la firma del acuerdo entre ambos, genera ingresos de alrededor de 3000 millones de dólares anuales, lo que sitúa al retirado deportista entre los que más ganan, año tras año. LeBron es el líder en activo, pero las ventas de zapatillas relacionadas con él generan cientos de millones de dólares, alejados de las cifras de Jordan. El 23 de Chicago obtuvo algo más de 90 millones de dólares de ingresos como jugador en la NBA durante toda su carrera, aunque es cierto que la temporada 1997-1998 le supuso 33 millones de dólares, más de un tercio del total.

Deberíamos traer esos millones al presente para comparar correctamente, pero la diferencia es tan sustancial que no hace falta entrar en el detalle: en ambos casos (carrera y año de máximo salario), es notablemente inferior a lo que gana actualmente cada año por los royalties relacionados con la venta de zapatillas con su nombre. Y por supuesto es mucho más que lo que firmó como salario LeBron. La única diferencia, si acaso, es que LeBron ha sido el primer jugador en firmar un contrato de por vida con Nike. Quizá por la aparición de un nuevo competidor, Under Armour, que ha conseguido presionar a jugadores como Kevin Durant (que renovó con Nike) y Steph Curry, que sí ficho con esta marca, para después convertirse en MVP de la NBA y batir récords en triples y porcentajes de tiro. Quizá como resultado de los cambios realizados por David Stern en la NBA (gracias, Gonzalo), que provocaron que el producto fuera más atractivo para marcas y anunciantes. Y es que si somos capaces de entender qué puede llevar a las marcas y las empresas a pagar estas cantidades, quizá podemos replicarlo en otros sitios, o saber mejor cuánto valemos en este negocio. Y para ello debemos comprender si realmente existe un retorno que haga que merezca la pena para una marca invertir en nosotros o en esta industria. Hay varias claves para entenderlo. Una viene de las historias que podemos contar, el famoso storytelling. Y esto no siempre se consigue ganando o siendo el mejor, a veces basta ser diferente o simplemente una buena persona. El otro es transmitir valores y una visión a una determinada audiencia. Nada como este imprescindible hilo de José Luís Antúnez sobre la NBA para entenderlo.

Foto: Cordon.

En primer lugar, analizando el retorno de la inversión, es un hecho que, para algunas empresas y marcas, y si lo hacen correctamente, sí que existe. Por cada euro invertido en el patrocinio de la Fórmula 1 el Banco Santander recuperó cinco euros brutos. Este titular lo dejaba Emilio Botín durante unas jornadas organizas por el IESE sobre patrocinio deportivo. El fallecido presidente del banco aseguraba que el retorno de la inversión había superado todas las expectativas. Pero no solo era el retorno directo de la inversión. El artífice del gran crecimiento internacional del banco más grande de España comentaba que no podrían haber conseguido dicha internacionalización con éxito sin el patrocinio deportivo de la Fórmula 1. Había sido «fundamental» en sus propias palabras. Es más, afirmaba que patrocinar a Ferrari era «la mejor acción de marketing de los ciento cincuenta y siete años de historia del grupo Santander» ya que gracias a este acuerdo podían acceder a clientes y entornos no financieros, como gasolineras, jugueterías que vendían réplicas de los coches o los pilotos con la marca, o incluso supermercados. Dese el punto de vista competitivo el resultado podría parecer pobre, ya que invertían cuarenta millones de euros en patrocinar a Ferrari, y Fernando Alonso no ganaba campeonatos. Pero la realidad era que obtenían el mismo resultado pese a haber realizado una reducción del presupuesto. En 2007 invertían el 12,7 % y en 2013 había sido únicamente el 8 %. La marca del Santander había mejorado en un 25 % entre los clientes y más de un 40 % entre los que no lo eran.

¿Por qué? En este negocio la clave es tener buenas historias. Fernando Alonso dejaba la F1 considerado uno de los mejores de la historia, pese a no ganar, por su increíble nivel competitivo con un coche que a menudo no era ni uno de los seis mejores en la parrilla. Una gran historia, que completó después en la Indy 500, ganando Le Mans y el mundial de resistencia o jugándosela participando en el Dakar. Un LeBron perdedor en los Cavaliers, como un Fernando Alonso en Ferrari, eran noticia. Mantenían el interés. Generaban audiencia, transmitían emoción, promovían valores. Ganar importa, pero también es clave el storytelling. Iván de la Peña, exjugador del Barcelona, llegó a tener varias compañas en activo en televisión nacional gracias a su imagen de rebelde, con la cabeza rapada y un estilo moderno. Y esto combinado con su enfrentamiento con el entrenador, Johan Cruyff, que de fútbol algo sabía. Pero esa historia precisamente le convirtió en una imagen atractiva para marcas que querían transmitir esos valores. 

Emilio Botín impartió aquel día una clase magistral sobre por qué las empresas invierten en deporte y espectáculos. ¿Quieres entrar en el Reino Unido y te compras un banco allí? Nada como invertir en McLaren, ya que asociando tu marca a la suya puedes conseguir pasar a que te conozca un 92 % del público en 2013 aunque únicamente el 20 % lo hiciera en 2007. ¿Hemos comentado ya que hablamos de un banco? ¿Cuánta pasión generan los servicios financieros? ¿Cuántos somos muy del Santander y discutimos con los del BBVA? Hablar de ciertas marcas con pasión sería prácticamente imposible sin deportes por detrás. Analizadas estas cifras se ve todo un poco más claro, ya que el Grupo Santander no estaba únicamente ligado al motor; Copa Libertadores o Copa América le han permitido llegar a un público potencial de cientos de millones de personas, en mercados donde había entrado y competía por liderar como Brasil, Argentina, México, Chile o Colombia entre otros.

Citamos el vínculo del Santander, pero la historia de la Fórmula 1 es inseparable de sus patrocinadores: Shell, Marlboro, Tag Heuer, Vodafone… marcas que buscan visibilidad en grandes eventos pero que también quieren que se las relacione con un público cuyo estatus socioeconómico es elevado. La relación entre marcas y deporte es de pura simbiosis. Para hacer crecer el deporte hace falta recursos, dinero, inversión para crecer, como se necesita en cualquier actividad económica. Pensemos en la época dorada de la pintura holandesa con Rembrandt (encarnado magistralmente por Charles Laughton en la película del mismo nombre filmada por Alexander Korda en 1936) o Vermeer y su joven de la perla (con Scarlett Johansson en la versión fílmica de Peter Webber en 2003). «No es casual que la revolución artística y cultural que viven los Países Bajos coincida con su revolución financiera. Un país que atrae a Descartes y a Spinoza es lo suficientemente genial para lanzarse a especular con tulipanes y perder con ello todas las ganancias que ha conseguido con sus incontables expediciones a Asia», se lee en Ulises y la comadreja. De hecho, en la Fórmula 1 resulta crucial la figura de un mentor que patrocine y apoye en los entrenamientos, desde las categorías inferiores, para poder tener la oportunidad de llegar a ser alguien. Alguien tiene que creer en el potencial de un niño que corre en un karting para dedicarle el necesario presupuesto. Un karting digno, más los necesarios complementos a nivel de seguridad y el mantenimiento, nos llevan a una cantidad de cinco dígitos que vamos a invertir en un niño de seis a ocho años. Si queremos además que tenga opciones de ganar, serán cinco dígitos altos, y si queremos que compita en pruebas internacionales, es decir, en la cuna del karting que es Italia, la cifra pasa al siguiente orden de magnitud. Es como si fuese una startup con potencial que seduce a un inversor, dado que el riesgo es muy alto y cada vez es más complicado llegar a la máxima categoría. Ambos se benefician, porque los costes que acarrea la competición serían inasumibles sin la presencia de un patrocinar. Esa es la situación que refleja este otro fragmento de la película Rush (2013, Ron Howard) en la que se relata parte de la vida del piloto austriaco Niki Lauda en los años setenta.

(Continúa aquí)


1  Whitmer, Peter O. 1993. When the going gets weird: The twisted life and times of Hunter S. Thompson. New York: Hyperion.


La cruzada de los chicos malos

Michael Jordan de enfrenta a los Detroit Pistons, 2001. Foto: Cordon Press.

«Fueron buenos soldados», eso dice Jack McCloskey al recordar los viejos tiempos. Su memoria abarca una década entera de batallas encarnizadas contra hombres y leyendas, una larga campaña que terminó por reportarles gloria y fama mundial pero también un pasaje de ida para los infiernos del deporte, el lugar donde se consumen las memorias de los equipos más odiados del planeta. Él, que había sido uno de los oficiales más jóvenes de la Marina de los Estados Unidos en la guerra del Pacífico, reconoció enseguida las señales del desgaste, el peso de la lucha sin cuartel sobre las espaldas de sus muchachos, la amargura de aquellos titanes que se resistieron a hincar la rodilla incluso después de saberse muertos. Lo supo en cuanto los vio abandonar la cancha, todavía con unos cuantos segundos por jugarse en el marcador y bajo la mirada despectiva del último gran enemigo: Michael Jordan. Aquel fue un gesto que los moralistas del deporte profesional americano utilizaron como prueba de cargo definitiva contra quienes, a su juicio, habían puesto en serio riesgo las virtudes de una competición concebida como un simple espectáculo, los mismos puritanos que nunca les perdonaron haber interrumpido la época más glamurosa de la NBA convirtiendo los cuarenta y ocho minutos de cada partido en una cruzada a vida o muerte.  

Cuando McCloskey aceptó el cargo de jefe de operaciones y aterrizó en Detroit, a finales de la década de los setenta, los Pistons eran uno de esos equipos en los que ningún jugador ambicionaría jugar, un vagón de tren al que los viajeros se subían con apatía y abandonaban dando saltos de alegría, a la primera oportunidad. La ciudad, antaño símbolo de la orgullosa américa industrial, se ahogaba para entonces entre los escombros que habían dejado tras de sí los disturbios raciales de 1967 y la casi inmediata crisis del sector automovilístico. La segregación, salvaje, complementaba un panorama dantesco que poco o nada podía ofrecer a una estrella consagrada de la NBA, de ahí que los intentos de McCloskey por reforzar el equipo se estrellasen ante la negativa reiterada de quienes no deseaban vivir sobre un polvorín.  

Las cosas empezaron a cambiar en 1981, gracias a ese resorte del que se proveen las ligas profesionales americanas para insuflar cierta esperanza a las franquicias más modestas. La lotería del draft supuso la llegada de Isiah Thomas, un talentoso director de juego que había conducido a la Universidad de Indiana hacia el título de la NCAA. Esperanzado en regresar a su ciudad natal y formar parte de los Chicago Bulls, el joven Isiah no se lo puso fácil a McCloskey. Durante las entrevistas previas a la gran noche, Thomas se esforzó en mostrarse como una pieza poco apetecible para un equipo profesional pero sus artimañas no le sirvieron de mucho. «¿Sabes qué? No me importa nada de lo que me digas: si eres el número 2, te voy a seleccionar». Como todos los expertos vaticinaban, los Dallas Mavericks empeñaron su primera elección en asegurarse los servicios de Mark Aguirre e Isiah Thomas aterrizó en Detroit entre el escepticismo de quienes lo consideraban demasiado frágil para triunfar en la NBA y su propio desencanto. El único feliz con todo aquello parecía Jack McCloskey, convencido de que había encontrado al mariscal de campo idóneo para su nuevo ejército. 

Isiah Thomas se había criado en el oeste de Chicago, la zona más deprimida y peligrosa de la ciudad del viento. Sobrevivir y cohabitar con el dolor se convirtieron en dos constantes de su infancia que luego trasladaría a su manera de entender el juego. Tras aquel rostro angelical y su sonrisa de diplomático negro se escondía una naturaleza desafiante y despiadada, el instinto feroz que distingue a los supervivientes, a quienes no advierten diferencia alguna entre perder y morir. Desde su primer partido con la camiseta de los Pistons superó todas las expectativas y ahuyentó, de un plumazo, cualquier duda sobre su físico y adaptabilidad a la liga. El equipo logró más victorias de las que nadie se había atrevido a vaticinar y el brillo de la nueva estrella invitaba a la esperanza, pero Jack McCloskey se mantuvo con los pies en el suelo, ajeno a la euforia colectiva: para presentar batalla se necesita mucho más que un brillante mariscal. 

Desde aquel mismo instante, McCloskey se puso manos a la obra con un único objetivo: rodear a Isiah Thomas con las piezas idóneas para complementar su juego. El primero en llegar fue Bill Laimbeer, un jugador secundario en la rotación de los Cleveland Cavaliers que llamó su atención por la extrema dureza y el espíritu combativo que mostraba sobre la cancha. «Era algo fuera de lo común», recuerda. «Su equipo perdía por treinta puntos y él seguía luchando como si el partido dependiese del siguiente balón». Laimbeer también se había criado en Chicago, pero su entorno había sido muy diferente al de su nuevo compañero. Hijo de un exitoso empresario, el sustento económico nunca fue problema para un Laimbeer que suele presumir de que su padre seguía ganando más dinero que él incluso después de haber firmado sus primeros contratos en la NBA. McCloskey había unido a dos animales competitivos que apenas compartían mucho más que una extraordinaria aversión a la derrota, dos propulsores atómicos para llenar de razones a los que, como él, creían que el miedo al fracaso es el mejor de los motores. 

Aquella sociedad arrancó a los Pistons del anonimato y los convirtió en un equipo desagradable y peligroso a ojos de sus rivales. En 1984, los de Míchigan regresaban a los playoffs e Isiah Thomas era elegido jugador más valioso del All-Star (también lo sería en 1986). Fue, además, el primer curso de Chuck Daly como entrenador jefe de la franquicia. «Entrenar es como realizar una venta cada día. Todos los jugadores tienen una idea de lo que es bueno para ellos y tú tienes que venderles otra que parezca buena para todos», solía decir el apodado por sus propios pupilos como Daddy Rich. Más allá de su elegancia en el vestir y su cabello impecable, Daly destacaba por su extraordinaria capacidad de motivación y una personalidad arrolladora. Pese a su escaso bagaje en la NBA (solo había entrenado a un equipo y logrado nueve victorias), Jack McCloskey estaba convencido de que su viejo compañero en la Universidad de Pensilvania era el hombre adecuado para guiar al equipo, y su instinto, una vez más, no le decepcionaría. 

Sin dejar de pelear un solo partido durante el proceso, la rotación del equipo fue engordando con el paso de los años, buscando el perfecto encaje de unas piezas con otras como quien construye un maquiavélico mecano con una sola intención: triturar rivales. Además de Thomas y Laimbeer, en la plantilla de los Pistons ya figuraba algún que otro jugador importante como Vinnie Johnson, el más famoso de los microondas. Procedente de los Washington Bullets llegó Ricky Mahorn, la definición exacta del perfecto hijo de puta sobre una cancha de baloncesto. Directamente de la universidad fueron incorporados Joe Dumars, John Salley o Dennis Rodman. La guinda al pastel la puso el fichaje de Adrian Dantley procedente de los Utah Jazz, uno de los mejores anotadores de la NBA pero de un perfil muy diferente al de aquellos mercenarios despiadados que se ganaron el apodo de los Bad Boys. Los engranajes de combate se fueron ajustando de manera natural, la plantilla desarrolló un vínculo especial basado en el malditismo que se trasladaba a la cancha como un ciclón. En la temporada 86/87, los Pistons ya aporreaban las puertas del Boston Garden con intención de derribarlas: el equipo de los chicos malos estaba preparado para la acción. 

Una revisión de aquellos enfrentamientos entre Pistons y Celtics podría resultar letal para cualquier aficionado de espíritu frágil y tierno corazón. De la dureza habitual en los partidos de playoffs se pasó a la violencia desatada y la rivalidad que se forjó entre ambos equipos sobrepasó los límites de lo deportivo. Acostumbrados a destrozar mentalmente a sus rivales y arrastrarlos al fango, lograr que Larry Bird y compañía olvidasen sus principios de juego y bajasen a las trincheras se convirtió en la mejor demostración de que sus tácticas funcionaban. «Cuando vi la sangre en sus ojos supe que habíamos ganado», explica Laimbeer. Tras varios intentos, los Detroit Pistons jugarían su primera final de la NBA en 1988 y su rival sería el equipo del glamour, las estrellas de Hollywood y Magic Johnson. Rozaron la gloria con la punta de los dedos, pero la inoportuna lesión de Isiah Thomas y una decisión arbitral desafortunada terminaron por coronar como campeones a Los Angeles Lakers. 

La siguiente campaña aparecieron los primeros obstáculos insalvables dentro del vestuario. Adrian Dantley, disconforme con su rol y enfrentado con Daly, fue traspasado a los Dallas Mavericks a cambio de Mark Aguirre, el mismo jugador que había arrebatado a Isiah Thomas los honores en el draft de 1981. El cambio parecía arriesgado pues el carácter egoísta de Aguirre ya había ocasionado graves problemas en su anterior equipo, pero no pudo resultar más beneficioso para unos Pistons a los que cada día odiaba más gente mientras se recreaban en el papel de villanos. El propio Aguirre sugirió a Chuck Daly la posibilidad de comenzar los partidos desde el banquillo y dejar su sitio en el equipo titular a Dennis Rodman, y la cosa funcionó: los Detroit Pistons se convirtieron en una fuerza imparable y cuando llegó la oportunidad de tomarse la revancha contra los perfectos Lakers no la dejaron escapar. Aquel equipo de guerreros diseñado por Jack McCloskey se había convertido en el nuevo campeón de la NBA y todo Detroit se echó a la calle para celebrarlo mientras el mundo entero se echaba las manos a la cabeza. 

Al año siguiente volvieron a ganar y por el camino, como no podría ser de otra manera, se agenciaron un nuevo enemigo de enjundia: Michael Jordan y sus Chicago Bulls. «Son nocivos para el baloncesto», aseguró el 23 todavía con el cuerpo dolorido por el maltrato al que lo sometieron Laimbeer y compañía durante la final de la Conferencia Este. El mejor jugador de la historia había recibido una lección que jamás olvidaría, quizás la más importante de cuantas haya aprendido a lo largo de su carrera: no se puede ir a la guerra confiando, únicamente, en el propio talento. Jordan se preparó a conciencia durante el verano siguiente y el resultado fue el insinuado al comienzo del presente texto: en la final de Conferencia de 1991, los Pistons se marchaban al vestuario cuando al partido definitivo todavía le restaban 7,9 segundos por jugarse, sabiéndose derrotados pero demasiado orgullosos como para quedarse a felicitar al enemigo. «No hubiésemos sido lo que fuimos si no nos hubiésemos enfrentado contra ellos: aprendimos mucho de todo aquello», declaró Jordan años después con las manos llenas de anillos y aclamado como mejor jugador de la galaxia. Los chicos malos de McCloskey no solo reinventaron el baloncesto a través del arte de la guerra, sino que empujaron los límites de Michel Jordan más allá de lo humanamente posible. Y es que, como solía decir Bill Laimbeer, «así hacemos aquí los negocios». 


El «Seven» de los Juegos Olímpicos: una historia de pecados capitales

Donde hay competición, hay pecado. Parece casi una obviedad. De todas las competiciones deportivas, con sus casos de dopaje, apuestas, trampas, peleas… hemos decidido echar un vistazo a siete historias de los Juegos Olímpicos que parecen sacadas de la mente de un enfermo Kevin Spacey. Son siete como podrían ser setenta, pero estas son las nuestras.

Gula

En el Estadio Olímpico de Londres se dan cita unas cien mil personas, posiblemente más. De todas las pruebas programadas en los Juegos de 1908, esta es probablemente la más prestigiosa, la que une directamente la modernidad del siglo XX con la Antigüedad griega. Incluso la princesa Alexandra, esposa del rey Eduardo VII, está tan emocionada con el evento que obliga a los organizadores a adelantar unos metros la línea de salida para que sus hijos la puedan ver desde el castillo de Windsor.

La épica de esta carrera de algo más de cuarenta y dos kilómetros ha estado trufada en anteriores ediciones por las trampas y la confusión: en 1904, Alice Roosevelt, la mujer de Theodore, se comió el papelón de felicitar y entregar su título de campeón a John Lorz justo antes de descubrir que Lorz había recorrido los últimos treinta kilómetros en coche. En París, 1900, no hubo más trampas que las que la organización tendió. Durante horas se vio a corredores perdidos por la ciudad como si aquello fuera el rally Dakar, sin manera de saber cuál era exactamente el recorrido a seguir.

Todo va a cambiar en estos cuartos Juegos Olímpicos de la era moderna. Mientras los espectadores que han pagado entrada disfrutan de las carreras de obstáculos y las pruebas de natación —la piscina se ha colocado en medio del anillo de atletismo—, por megafonía van anunciando los distintos cambios en el liderato de la maratón: primero, para euforia local, dos ingleses; después, un sudafricano y por último, a pocos kilómetros de la entrada al estadio, un italiano, el desconocido Dorando Pietri.

Pietri, de veintidós años y poco más de 1,60 m de altura, avanza entre síntomas de agotamiento hasta que de repente choca con la multitud. Al cansancio se le une entonces algo parecido al ataque de pánico. Antes de entrar en el estadio, cae por primera vez. Una vez dentro, en la vuelta final, cae de nuevo, se levanta como puede y vuelve a caer. Cuando los comisarios ven entrar en el estadio al estadounidense Johnny Hayes, la simpatía hacia Pietri aumenta: las relaciones entre ambos países son más que tensas y tener que aguantar a otro estadounidense con una medalla de oro sería la gota que colma el vaso patriótico.

Entre todos ayudan a Pietri a pasar la línea como campeón, pero Pietri no recuerda nada, solo que le dijeron que se alimentara mucho para desayunar: un buen filete, dos huevos, una taza de té y una tostada. «Tiene que ser la carne», comenta Pietri a quien le quiera escuchar, descartando la copa de brandy que se ha tomado a cinco kilómetros del final. «Demasiada carne», insiste… mientras se lleva la mano al costado. Por supuesto, Dorando es descalificado y por supuesto gana el estadounidense para enfado monumental de la princesa Alexandra, que le regala al italiano un trofeo exclusivo acompañado de un sonoro «Bravo», la única palabra que Pietri entiende de todo el discurso.

Llegada de Dorando Pietri en la Maratón de los Juegos Olímpicos de Londres, 1908. Fotografía: DP.

Ira

El 1 de noviembre de 1956, el primer ministro húngaro Imre Nagy declara la salida de su país del Pacto de Varsovia y pide a las Naciones Unidas que reconozcan su condición de Estado neutral. Son tiempos de revolución reformista en Hungría, celebraciones en la calle, un cierto aire de libertad que pronto será aniquilado por los tanques soviéticos. Ese mismo 1 de noviembre parte rumbo a Yugoslavia, primera parada de un larguísimo viaje de casi tres semanas, el equipo nacional de waterpolo dispuesto a participar en los Juegos Olímpicos de Melbourne.

Cuando salen de Budapest, su país está a un paso de conseguir la autonomía y desarrollar un proyecto propio; cuando llegan a Australia, el 20 de noviembre, Nagy es un fugitivo, la URSS controla de nuevo toda Hungría y la represión llega a límites extremos para evitar una nueva extravagancia. Los jugadores se quedan atónitos. Ninguno habla inglés salvo Miklos Martin, que les va traduciendo las noticias de los periódicos. España, Suiza y Holanda retiran sus delegaciones como protesta y los propios deportistas húngaros consideran hacer lo mismo, pero saben que eso se vería como una provocación y no está el horno para bollos.

Por lo demás, es un buen equipo, con un punto adelantado a su época, como la selección de fútbol que perdiera dos años antes el Mundial ante la República Federal de Alemania. Ganan sus partidos de primera fase y llegan a las semifinales, donde les espera… la Unión Soviética. La tensión es enorme. Miles de exiliados húngaros pueblan las gradas rodeados de centenares de policías australianos. Desde el principio, la táctica húngara está clara: «Vamos a luchar por nuestro país y vamos a sacarles de sus casillas». Así, expulsión tras expulsión, bronca tras bronca, los húngaros se adelantan 4-0 para deleite de los aficionados.

La humillación es total y, para asegurar el resultado, el entrenador húngaro ordena a un joven de veintiún años, Ervin Zador, que defienda a Valentin Prokopov, una de las estrellas soviéticas. A Zador no se le ocurre otra cosa que meterse con la madre de Prokopov, reivindicar la Hungría libre, llamarle asesino y toda la retahíla habitual de provocaciones. Prokopov aguanta, aguanta, aguanta… y cuando suena el silbato del árbitro para señalar una falta, aprovecha que Zador está despistado para explotarle la ceja de un puñetazo.

A partir de ahí, el caos. Zador queda desconcertado en un agua llena de sangre. Los jugadores de los dos equipos empiezan a soltar puñetazos mientras la policía retiene como puede a los aficionados magiares. El árbitro, un hombre sabio, declara el final anticipado del partido y se va corriendo. Queda después de todo la reivindicación, el orgullo, la ira desatada en la piscina… y el pase a la final olímpica. Una final que Hungría ganará 2-1 a Yugoslavia, el otro país que intenta salirse del control de Kruschev.

Pereza

El grave accidente de moto del soviético Valeriy Brumel, deja la prueba del salto de altura de México 1968 sin un favorito claro. Por supuesto, está el llamado a ser su sucesor, Valentin Gavrilov, y el dominador de la disciplina en Estados Unidos, Ed Caruthers, pero junto a ellos hay un buen montón de aspirantes que dependen del día que tengan sus piernas. Todos utilizan la técnica del molinillo, que se ha acabado imponiendo con los años a la de la tijereta: un salto con relativamente poca carrera en el que hay que pasar primero una pierna y, justo antes de caer, la segunda, siempre de frente al listón.

Solo uno se sale de la norma: el desconocido de veintiún años, Dick Fosbury. Que Fosbury esté ahí ya es una tremenda sorpresa. Cinco años antes, cuando empezaba en el instituto, apenas era capaz de saltar un metro y medio. Ni siquiera en la Universidad de Oregón consiguió destacar: la técnica del molinillo le resultaba tremendamente antinatural, no tenía suficiente coordinación para algo así y poco a poco decidió cambiar algunos elementos. Primero, la carrera, que sería más larga. Segundo, el movimiento de la cadera, que se convertiría en la clave para el salto, y, por último, la curvatura de la espalda, lo que le permitiría un salto más ágil, más fácil, superando el listón con la cabeza, dejando deslizar la espalda y, solo en último lugar, levantando las piernas con un giro de cadera para acabar cayendo en la colchoneta.

Cuando a partir de 1966 los progresos de Fosbury y su excéntrico salto le llevan a campeonatos nacionales, los periódicos no hacen sino reírse de él. «Parece un pez que salta del agua», dicen algunos; «supera el listón como si le hubieran lanzado desde lo alto de un rascacielos», dicen otros. Un medio, incluso, se limita a poner una fotografía suya con el siguiente comentario: «Aquí tienen al atleta más perezoso del mundo».

Nada más lejos de la verdad. Fosbury, de naturaleza tímida, solo entiende de esforzarse, mejorar y ganar. Es casi una obsesión. Perfecciona el método hasta el punto de que sorprende en las pruebas de selección para los Juegos de México consiguiendo la tercera plaza en su último salto. Cuando llega a la villa olímpica prefiere no mezclarse con los demás saltadores, ni siquiera entrenar, y se pasa casi dos semanas descubriendo la ciudad como un detective salvaje.

Eso hace que en la final olímpica a Fosbury se le vea simplemente como un «bala perdida»… solo que el «bala perdida» salta a la primera los 2,03 m, los 2,09 m, los 2,14 m… y así, sin cometer un solo fallo, llega a 2,24 m. Todos sus competidores menos Caruthers están ya eliminados y el público, que al principio se ha limitado a reírse de él, ahora le apoya con un entusiasmo inusitado. Falla los dos primeros saltos sobre esa altura, pero Caruthers hace lo propio. Necesita acertar a la tercera o que su rival no lo consiga y acaban sucediendo las dos cosas: Fosbury salta 2,24 m y se proclama campeón olímpico. Caruthers tiene que conformarse con la plata.

La pereza cambia de bando: los inmovilistas siguen con su estilo tradicional —un estilo que aún le daría al soviético Juri Tarnak el oro en Munich 72—, los innovadores estudian cómo mejorar aún más la técnica de un Fosbury que no volvería a conseguir ningún gran éxito después de México. 

Dick Fosbury, México, 1968. Foto: Cordon.

Lujuria

Olga Korbut, la adorable niña Olga Korbut, a sus diecisiete años, tan frágil, tan vulnerable, tan lejana del tópico soviético del atleta-robot que no deja ver sus emociones. Korbut convertida en un icono en su país, Bielorrusia, y en el mundo entero después de ganar tres medallas de oro, llorar con las derrotas y celebrar las victorias como una adolescente.

Olga Korbut y detrás, gesto hierático, Renald Knish, su entrenador. Knish celebrando sin celebrar, Knish controlador total de su rebaño de pequeñas gimnastas, Knish entrando a la habitación de Korbut a escondidas una noche en plena preparación de los Juegos para obligarla a beber un whisky tras otro y después violarla. Lo mismo que hace con casi todas sus pupilas.

Korbut, mientras, intentando olvidarlo todo pero sin conseguirlo, quizá de ahí el miedo atroz a perder y la reivindicación al ganar. «No solo éramos máquinas deportivas sino esclavas sexuales», afirmaría casi veinte años más tarde en su autobiografía. «Cualquiera de nosotras podía ser la siguiente». Knish, capaz de amedrentarlas a todas, mantenerlas cerradas en su puño durante años y años de abusos, hasta que por fin sale el juicio y le declaran inocente «por falta de pruebas».

Korbut, cuatro años después, en Montreal, luchando contra lo imposible, es decir, contra Nadia Comăneci. Según los cánones explosivos de la gimnasia artística ahora es ella la veterana, con solo veintiún años, mientras la rumana, a los quince, es la niña de todos, la nieta perfecta, la adolescente que tendrá que enfrentarse a su vuelta a Bucarest con las insinuaciones y la violencia de Nicu Ceaușescu, el hijo del dictador, que quiere convertirla en una más de sus amantes. Una más de sus esclavas, vaya. Al parecer, sin conseguirlo.

Avaricia

A menos de un año de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, el único problema de Zola Budd es su pasaporte. Sudafricana de nacimiento y de residencia, Budd ha conseguido a sus diecisiete años batir el récord del mundo de los cinco mil metros que está en posesión de la mítica Mary Decker, solo que la IAAF decide no homologarlo porque la carrera no es «oficial».

Es lógico: desde años atrás, ningún deportista sudafricano puede participar en competiciones oficiales. Ni en atletismo ni en ningún otro deporte. Es el precio que pagan todos porque unos pocos mantengan su apartheid vigente. Visto el panorama, los padres de Budd se toman la cosa con tranquilidad y organizan un plan a medio plazo: dada su ascendencia británica, es posible que para los Juegos de Seúl, en 1988, la niña ya haya podido conseguir la nacionalidad y compita libremente bajo la bandera del Reino Unido.

Es un plan conservador que llega por casualidad a los oídos de un hombre muy avaricioso: el director del Daily Mail, David English. Mira la foto de esa frágil niña de poco más de 1,50 m y ve una gallina de huevos de oro. Inmediatamente, se pone en contacto con sus padres: «Puedo conseguir que sea británica en una semana», les dice. «Tengo el poder suficiente para eso y más». Los Budd prometen pensarlo pero la oferta es escandalosa: cien mil dólares, más los pasajes de avión a Londres, más la colaboración en forma de diario olímpico de la propia Zola durante los Juegos.

Por supuesto, aceptan y, por supuesto, English consigue presionar a la mismísima Margaret Thatcher para que un proceso que debería durar años se resuelva en apenas quince días. Como ciudadana británica, Budd compite en las pruebas de selección olímpicas, las gana y se perfila como una clara candidata a luchar por las medallas en Los Ángeles. El problema es que, a cambio, se ha convertido en una reclusa del Daily Mail: siempre hay redactores acompañándola, ellos dirigen su agenda, ellos llevan su imagen pública…

La niña consigue clasificarse para la final de los tres mil metros y competir por fin contra Mary Decker. Está como un flan y completamente desubicada. Las atletas africanas la tratan con desprecio. Sus compatriotas británicas la miran con recelo, especialmente Wendy Sly, la gran estrella del medio fondo europeo, y el público oscila entre la simpatía —tan frágil, tan pequeña, tan descalza— y la hostilidad, pues no deja de ser una sudafricana enchufada por un periodista.

La carrera va bien y Budd se distancia junto a Decker, la rumana Marijica Puica y su íntima enemiga Wendy Sly. Cuando quedan solo tres vueltas, Mary Decker, quizá demasiado pegada a Budd, tropieza con los pies de la británica una y dos veces. Mantiene el equilibrio como puede pero al final acaba cayendo y queda tirada en la hierba doliéndose de la pierna. Budd se queda de piedra. ¿Ha sido culpa suya? La televisión no lo deja claro, la adrenalina mucho menos. Duda si parar a ayudarla o si seguir hacia adelante pero ya está perdida. Quedan tres atletas para tres medallas pero lo único que puede sentir Budd es el odio de las decenas de miles de estadounidenses que la culpan de la caída de su ídolo.

Silbidos y abucheos. Silbidos y abucheos mientras la carrera sigue y Budd pega un pequeño acelerón sin llegar a distanciarse ni de Sly ni de Puica. «Quería ir lo más rápido posible para acabar cuanto antes y desaparecer de ahí». Así hasta que, en la última vuelta, llega el cataclismo: Budd pierde metros y posiciones hasta quedar séptima, según ella a propósito: «Tenía que acabar la carrera por dignidad pero no podía hacerme a la idea de tener que lidiar con la prensa después». La prensa. En algún lugar de Londres, David English se desespera mientras ve en la televisión cómo su saco se rompe.

Tonya Harding. Foto: Cordon.

Envidia

Shane Stant recibe el encargo y viaja inmediatamente a Massachusetts, donde Nancy Kerrigan suele entrenar durante el invierno. Son las Navidades de 1993, primeros días de 1994, y Kerrigan no está en casa sino en Detroit, entrenando para el campeonato estadounidense de patinaje artístico. Stant no sabe quién es Kerrigan ni le interesan los detalles. No le importa que su víctima haya sido medallista olímpica en 1992 y del mundo en 1991. Su trabajo es su trabajo. Punto.

Otra cosa es que lo vaya a cumplir con la limpieza que esperan sus pagadores. Stant será un hombre decidido pero desde luego no es prudente ni tiene demasiadas luces. El 5 de enero viaja a Detroit, donde Kerrigan está practicando para los campeonatos nacionales. A la salida de una sesión en el Cobo Arena, justo mientras la gran favorita camina hacia los vestuarios, Stant la asalta con un palo de goma, de los que suele utilizar la policía. El objetivo es la rodilla, pero el golpe queda un poco alto, justo debajo del muslo, lo que no evita la lesión pero sí la fractura.

Kerrigan queda en el suelo gritando: «¿Por qué?, ¿por qué?», mientras Stant huye de cualquier manera, dejando las imágenes del asalto grabadas en una cámara de seguridad.

Su falta de profesionalidad tiene un precio: en pocas horas, todo Estados Unidos se estremece ante el ataque a su campeona y pide justicia. La policía detiene a Stant e intuye que no puede ser cosa suya sino que hay alguien detrás. Cuando le ofrecen un trato, el matón no lo duda y da dos nombres: Shawn Eckhardt y Jeff Gillooly. ¿Quiénes son Eckhardt y Gillooly? El guardaespaldas y el exmarido respectivamente de Tonya Harding. ¿Quién es Tonya Harding? La máxima rival de Kerrigan sobre el hielo, la que pocos días después se proclamaría campeona de Estados Unidos ante la ausencia de su gran oponente.

El nombre de Harding, medalla de plata en los Mundiales de 1991, una patinadora en decadencia pero aún entre la élite, pronto sale en la investigación. Su exmarido la involucra y la policía la detiene. Durante unas semanas es la persona más odiada del país. Niega haber ordenado el ataque pero reconoce que sabía lo que estaba pasando y no hizo nada por impedirlo. La Fiscalía pide cárcel y la Federación la aparta de la selección que va a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer.

Sorprendentemente, Harding se revuelve como gato panza arriba y consigue que el juez le dé la razón: no le pueden quitar la plaza olímpica sin que haya una sentencia antes. En una de las situaciones más absurdas de la historia del olimpismo, víctima y verdugo no solo comparten competición sino que comparten bandera y equipo. La prueba supone uno de los picos televisivos en la historia de los deportes de invierno: todo Estados Unidos y medio planeta están delante del televisor a ver si el culebrón tiene un nuevo capítulo y si la mala malísima esta vez gana o pierde.

Pierde. Harding no pasa del octavo puesto mientras Kerrigan acaba segunda, detrás de la adolescente ucraniana Oksana Baiul. Todo esto para esto. Pocos meses después, Harding acepta una reducción de condena a cambio de declararse culpable: tres años de libertad condicional y trabajos para la comunidad. Pérdida de todos sus títulos deportivos y sanción de por vida. Después de pasar por la lucha libre y el porno amateur acaba como boxeadora profesional y comentarista de realities.

Soberbia

Desde que el baloncesto entra oficialmente en el calendario de los Juegos Olímpicos, allá por 1936, hasta los Juegos de Seúl en 1988, los Estados Unidos solo pierden un partido: la polémica final de 1972 que acabara con canasta de Alexander Belov después de repetir tres veces la última jugada. De hecho, los americanos no reconocen esa derrota: ante la imposibilidad de que la FIBA les reconozca el oro, lo que hacen es negarse a aceptar la plata y dejan las doce medallas esperando en un almacén a que alguien las recoja.

Para ellos, su baloncesto sigue invicto. Por supuesto, ha habido derrotas menores en torneos menores como el Campeonato del Mundo, donde la Federación nunca manda a sus mejores jugadores universitarios sino a una mezcla de amateurs de distintas procedencias… pero los Juegos son otra cosa y por si alguien tiene dudas, ahí está, reciente, el abrumador paseo militar que los Jordan, Perkins, Ewing, Mullin y compañía se dieron en Los Ángeles.

Esto no quiere decir que el resto del mundo no se haya dado cuenta de que la cita de 1988 es diferente: de entrada, están los soviéticos de Sabonis, después del boicot de 1984, y los yugoslavos de Petrovic y el joven Kukoc. Incluso habría que contar con una gran selección de Puerto Rico y los problemas que siempre pueden causar selecciones de rachas como Brasil, Australia o España. El equipo no es tan bueno como el de Los Ángeles pero tampoco es malo: en Seúl se juntan Mitch Richmond, Charles Smith, Danny Manning, Dan Majerle, Stacey Augmon y, sobre todo, David Robinson.

«El Almirante» está llamado a ser la gran estrella de la NBA en la siguiente década y, aunque el entrenador de Georgetown, John Thompson, no es precisamente un experto en el baloncesto internacional, a nadie le cabe duda de que esa plantilla basta para traer un nuevo oro a casa. Los primeros partidos no cambian la sensación: España cae 53-97 para empezar, a Brasil le caen 102 puntos y lo de China y Egipto mejor ni contarlo. Solo Canadá, el incómodo vecino, es capaz de plantar cara, llegando al descanso con dos puntos de ventaja y aguantando hasta un digno 70-76.

Con todo, la mayor muestra de superioridad está por llegar: en cuartos, el rival es Puerto Rico, capaz en la primera ronda de ganar a Yugoslavia y llegar a la prórroga con la URSS. Los boricuas de Piculín Ortiz son cosa seria pero los chicos de Thompson no dan ni una sola opción y ganan 94-57. Casi cuarenta puntos de diferencia contra un rival que los resultados ponen al nivel de soviéticos y balcánicos.

El sentimiento de superioridad es inmenso e inunda a todos los miembros del equipo estadounidense, incluido al entrenador. Cuando se confirma que su rival en semifinales es la URSS, la táctica está clara: dejarles que tiren y fallen. El talento propio hará el resto. Como la línea de tres puntos está unos centímetros más lejos en el reglamento FIBA que en el de la NCAA, a los técnicos y jugadores americanos les parece imposible que esos bigotudos vayan a acertar y les dejan hacer: dejan hacer a Kurtinaitis, dejan hacer a Marčiulionis, dejan hacer a Vólkov… y dejan hacer al lesionado Sabonis, que juega con Robinson como si fuera un niño.

El partido se mantiene en una tónica de igualdad hasta que, mediada la segunda parte, la URSS se coloca diez puntos arriba. No es una casualidad: los europeos son mejores. Estados Unidos intenta una presión en toda cancha pero no sirve para nada. Nadie se ha preocupado de estudiar a sus rivales, de medir de verdad el nivel europeo y por primera vez en la historia, ya sin excusas, los inventores del baloncesto se quedan fuera de una final olímpica, la que la propia URSS se llevaría ante Yugoslavia.

El impacto es tal que la NBA decide enviar a sus mejores jugadores para la siguiente cita, en Barcelona, con el resultado que todos conocemos. De John Thompson, a nivel internacional, no se vuelve a saber nada.


Audie Norris: «Me aburre el baloncesto de ahora, para mí es muy blando»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 14

Si vienes al mundo con seis dedos en cada mano, aunque dos de ellos sean apéndices que un médico te extirpa de pequeño, el destino tiene algo preparado para ti. Si encima eres negro, naces en Mississippi el mismo año de las revueltas por los derechos civiles y tu hermano mayor es bueno metiendo el balón en el aro, está claro que lo tuyo es pelearte en una cancha de baloncesto. Audie James Norris fue de los mejores pívots que jugaron en Europa, en una época en la que el baloncesto era otra cosa. Sus enfrentamientos con Fernando Martín en la pintura están en la retina de todos los amantes de este deporte. Fueron dos de los protagonistas de la gran época dorada de la canasta a finales de los ochenta. Un deporte que se hundió en la indolencia hasta que llegaron los «Juniors de Oro». Ahora, con cincuenta y cinco años, sin poder doblar las rodillas, se dedica a enseñar a bailar en la zona a futuros pívots y presume de hija adoptiva, Sasha Goodlet, campeona de la WNBA en 2012.

Naciste en Jackson, estado de Mississippi, en 1960. ¿Cómo era jugar al baloncesto en el sur de Estados Unidos?

Jackson, Mississippi. Allí el baloncesto no es el deporte rey. Allí se juega al fútbol americano. Yo era bastante bueno, pero mi hermano mayor, Sylvester, tenía futuro en el baloncesto y me enganchó. En el barrio no había ni una canasta. Teníamos que construirla. Mi padre era carpintero y nos trajo una tabla de madera para hacer el tablero y usamos la llanta de una rueda de bicicleta. Le quitamos los radios y ya teníamos una canasta. Al principio la montábamos encima de un árbol en el jardín y… ¡basket, tío! Sobre la hierba, pero era nuestro basket.

Entonces, el culpable de que terminases jugando al baloncesto es tu hermano Sylvester.

Sí. Él estaba en el instituto cinco cursos por delante. Mide 2,13 m y la prensa local ya le señalaba como futura promesa. A mí lo que me gustaba era estar en la calle con mis amigos, y no me tomaba en serio el baloncesto. Cuando entré en junior high [enseñanza secundaria de doce a quince años] vi por primera vez el baloncesto organizado. Un equipo, entrenamientos… ¡pero yo era malísimo! Yo tenía envidia de mis compañeros, porque eran más altos que yo y mucho mejores. Yo era lamentable. No sabía botar la pelota, tiraba muy mal, sin mecánica; pero aprendí gracias a mi hermano. Siempre me llevaba al parque a jugar con sus amigos. Yo iba casi obligado, no quería estar allí y todos los días me pegaban una paliza jugando.

¿Por aquel entonces, con trece años, ya eras tan guerrero como lo fuiste después?

Sí. Eso viene de mi padre. Yo siempre veía a mis padres luchando por nosotros. Tengo cuatro hermanos y luchar siempre ha sido algo natural en mi familia. No teníamos mucho dinero, pero mis padres hacían lo imposible por nosotros para que tuviéramos lo suficiente. Yo quería ser un buen jugador, como mi hermano y el resto de sus amigos. En esa época fue cuando empecé a ver el baloncesto en la televisión. Lakers, Portland Philadelphia, San Antonio, Celtics. Me pegaba a la pantalla para aprender movimientos de algunos jugadores.

¿En qué jugadores te fijabas? ¿Quién era tu referencia?

El primer póster que tuve fue de George Gervin [Gervin fue el jugador franquicia de San Antonio a finales de los setenta, fue All Star doce veces y tuvo el récord de puntos anotados en un solo cuarto, con treinta y tres puntos, hasta que, en 2015, se lo arrebató Klay Thompson]. En la fotografía se veía a Gervin con unos bloques de hielo y con dos balones. Le llamaban Ice Man y para mí era un dios. Con el tiempo, llegamos a ser amigos [sonríe]. Cuando mi hermano fue escogido en el draft por los Spurs, yo tuve la oportunidad de jugar contra él en el campus de verano. Entonces me dijo: «Pequeño Norris, en un año nos vemos en la NBA. Te espero allí». Me quedé tan alucinado que lo único que pude decirle fue: «Ok. Vale». Por entonces, yo cursaba el tercer año universitario, pero en ese momento supe que podría jugar en la NBA.

Elegiste Jackson State University. ¿Por qué, si no destacaba por su equipo de baloncesto?

Elegí Jackson porque quería jugar con mi hermano; pero él se fue a la NBA antes de terminar la universidad y, joder, ahí me quedé. Tuve ofertas de otras universidades más grandes: Kentucky, Georgia, pude jugar con Dominique Wilkins, Universidad de Detroit, Louisiana State… Pero me quedé en Jackson. Allí podía ser una estrella, porque no había nadie mucho mejor que yo. Mi filosofía era muy simple: haz tu trabajo y las cosas saldrán bien.

Mi estilo de juego era muy agresivo y cogía muchos rebotes. El último año universitario, durante el primer tramo de la liga, fui el máximo reboteador de la NCAA pero, como era demasiado duro en defensa, hacía muchas faltas. Estuve mucho tiempo en el banquillo y mi promedio de rebotes bajó de diecisiete a trece, que tampoco estaba mal. La verdad es que me encantaba jugar así.

Terminas tus cuatro años de estudios universitarios en 1982. Acabas la carrera de Fisioterapia y entonces decides dar el salto a la NBA.

Llegar allí no fue fácil. Mi último año en la universidad tuve una lesión, casi al final de temporada. Una fisura pequeña. En verano fui a los campus de la NBA sin entrenar y todavía con muchos dolores. Le eché muchos cojones. Mi objetivo era llegar a la NBA como fuese, así que, a pesar de tener la pierna derecha jodida, jugué muy bien. El torneo de verano fue en Virginia. Dos partidos. Destaqué y los directivos de la NBA me llevaron a Hawái para jugar otro torneo. Allí volví a jugar de cojones, a pesar de mi pierna derecha. Los ojeadores mostraron bastante interés por mi juego. Estando en Jackson State, uno de los peores equipos de la liga, muchos ni me conocían y se preguntaban de dónde había salido. De Hawái me fui a Chicago. Era el primer campus de la NBA, NBA pre draft camp, y allí mi pierna no aguantó más. Un ojeador de Don Nelson, que entrenaba por entonces a los Bucks, me dijo: «Para. No entrenes más. Sabemos que estás jugando lesionado. No tienes que enseñarnos más. Eres bueno. Vamos a enviarte a nuestros médicos para ver qué pasa con tu pierna». Y en la revisión médica no encontraron nada serio.

Recuerdo que antes de marcharnos del campus, Jack Ramsay, el entrenador de Portland, nos dio una charla a los jugadores. Dijo que estaba orgulloso de nuestro trabajo y del esfuerzo de algunos que, estando lesionados, habían trabado muy duro.

Y llegó el draft.

Yo estaba seguro de que Milwaukee me iba a escoger en la primera ronda. No fui a Nueva York al evento, preferí quedarme en casa para disfrutarlo con mi gente. Hice una fiesta e invité a toda mi familia y mis amigos. Como número uno salió James Worthy; luego no recuerdo bien, creo que fue Dominique Wilkins. En el turno de los Bucks, eligieron a Paul Pressey. Cuando terminó la primera ronda, yo estallé. Me largué de la fiesta llorando, destrozado, con una cara de pena de narices. Me senté en un parque al lado de mi casa, triste, realmente jodido. Minutos después vinieron todos mis amigos, gritándome: «¡Te vas a Portland, te vas a Portland!». En ese momento yo no me enteraba de nada, estaba muy jodido, muy jodido. Fue un momento agridulce para mí; segundos antes pensaba que no iría a la NBA, y ahora estaba dentro. Una locura. Al final salí del shock y nos pusimos a celebrarlo. Una hora después me llamó Jack Ramsay para felicitarme.

Haces las maletas y dejas Mississippi para irte a Oregón.

Sí. Un frío de cojones, tío. Otra mentalidad. En Mississippi, durante mi época de instituto, existía el racismo todavía, y yo solo conocía ese mundo. Un cambio, un cambio total aunque yo siempre he tenido la mente abierta. Allí vi montañas, nieve, cosas que no había en Mississippi. Había mucha gente mezclada en la ciudad. Muchas relaciones entre blancos y negros y me quedaba alucinado. «Joder, tío, ¿qué mundo es este?». Era muy diferente y me gustaba mucho. Yo nunca he tenido problemas con otras razas porque, de verdad, yo no veo color. Hay gente buena y gente mala. Claro que no todo el mundo es igual.

¿Qué te encontraste en Portland?

En Portland ese año había muy buen rollo. Mychal Thompson [sí, el padre de Klay Thompson, el mismo que posee el actual récord de anotación en un solo cuarto], Jim Paxson [hermano mayor de John Paxon, el tirador que ayudó a Michael Jordan a ganar sus tres primeros anillos], Wayne Cooper, Calvin Natt. Mychal tenía la taquilla junto a la mía y me adoptó como su rookie. La verdad es que aprendí mucho con él.

De hecho, fue él quien te bautizó como Atomic Dog, un apodo que te siguió durante toda tu carrera.

Lo de Atomic Dog viene porque reventaba el balón haciendo mates. Machacaba con toda mi alma. En un partido contra los Mavericks, en Portland, cogí el balón en la línea de tiro libre, boté y, entre Kurt Nimphius y Mark Aguirre [uno de los futuros Bad Boys de Detroit], hice un mate brutal. El pabellón explotó. Después, mientras algún compañero atendía a la prensa, Mychal, que siempre estaba vacilando cuando nos hacían entrevistas, se coló, agarró el micrófono y dijo: «¿Has visto a Atomic Dog con su mate atómico?».

Desde entonces, toda la gente de Oregón me llama así, y hasta ahora sigo siendo el perro atómico. [«Atomic Dog» era el título del single más vendido por entonces en Estados Unidos. Uno de los temas más conocidos de George Clinton, el padre del funk, con permiso de James Brown].

En la NBA juegas ciento ochenta y siete partidos en tres temporadas. Tu primer año es casi irrelevante, solo juegas trescientos once minutos, pero en los dos siguientes sí empiezas a participar más. Juegas unos quince minutos por partido, con cinco puntos y más de tres rebotes de media. Ahí tu rodilla te empieza a dar problemas.

Sí, pero el problema no solo era mi rodilla. Cada equipo tenía dos o tres jugadores de 2,10 m y que pesaban 125 kilos. Y a mí siempre me tocaba enfrentarme a ellos. A los más grandes y a los más pesados y, en esa época, el baloncesto era mucho más físico. La dureza de los partidos se juntó con la genética de mi rodilla. Aun así, jugué muy bien. En mi tercer año en Portland jugaba unos quince o veinte minutos. Pensaba que estaba haciendo un buen papel y que me merecía más tiempo. Hablé con mi agente sobre la posibilidad de ir a Europa. Quería más minutos, mejorar y volver a la NBA, más adelante, con otro equipo. No quería estar más tiempo en el banquillo.

Tu hermano Sylvester estuvo en Italia, así que tú te plantas en la Benetton de Treviso.

Sí, fue mi primer club y me trataron muy bien. Estuve dos años y la verdad es que me costó marcharme de Treviso. Me pagaban un buen sueldo y yo estaba en un momento fenomenal de mi carrera, jugando a un nivel muy alto. Estaba in my prime. El problema era la falta de competitividad. Cuando llegué a Benetton estaba en A2, en la segunda división. Conseguimos subir a la A1, pero la Copa de Europa estaba lejos. Por entonces, yo no sabía nada de la Eurocup [la Euroliga actual] y, viendo basket por la tele, aluciné con un partido de un equipo griego, el Aris de Salónica. Tenían a un jugador enano que las clavaba todas. Yo no sabía ni su nombre ni nada, pero metía puntos como un animal. No tenía ni idea de qué liga era esa, solo sabía que no era la italiana. Le pregunté a mi entrenador y me dijo que el «tipo ese» era Nikos Galis y la competición era la Eurocup. Desde entonces, me hice fan de Galis y le dije a mi agente que quería jugar esa competición.

Y entonces aterrizas en España. Pero muchos no saben que antes de fichar por el Barça, hiciste una prueba con el Real Madrid.

Sí. Como decía, mis números en Treviso eran muy buenos: veinte, veintiún puntos y diez, doce rebotes por partido. Yo tenía claro que quería jugar en esta competición donde estaban los grandes: Aris, Maccabi, Madrid, Barcelona. Me llamó mi agente para decirme que el Madrid estaba muy interesado, que quería hablar conmigo, y nos trajeron aquí, a hacer una visita, a hablar con el entrenador y a ver al equipo.

Por aquella época el entrenador era Lolo Sainz.

Sí, estaba Lolo. Vine con mi agente, Miguel Paniagua, y hablé con él. Me quería en el equipo. Estaba dispuesto a ficharme ya. Estuve en el pabellón y vi a los jugadores entrenando. Por primera vez vi a Romay, a Fernando Martín, a Llorente, a todos. Y dije: «Hostia, esto es un equipo grande. No me importaría jugar con ellos». Cuando salí de Madrid camino a Treviso, todo estaba bien encaminado. Estábamos de acuerdo en las cifras, pero cuando llegué a Italia, mi agente me llamó y me dijo que no querían pagarme tanto dinero. Yo no me lo podía creer, eran solo diez mil dólares más de lo que cobraba en la Benetton.

¿Cuánto dinero cobrabas entonces por temporada?

Unos ciento ochenta mil dólares. Era un buen sueldo por aquella época, pero no excesivo. Yo siempre digo «por diez mil dólares no estoy en el Madrid». Y la culpa fue de Mendoza. Lolo quería ficharme, el general manager quería ficharme, pero el presidente no.

¿Qué le habías hecho a Mendoza?

No lo sé. La verdad es que no tengo ni idea. Desde entonces, Lolo siempre que me ve me dice que yo era su jugador. «Yo te traje a España. Ni Aíto, ni el Barcelona».

Y empieza tu época dorada en el Barça. En total, seis años de éxitos en Barcelona.

Sí, fue brutal. Cuando llegué no sabía que la rivalidad con el Madrid fuera tan grande. Me recordaba a los piques entre Lakers y Celtics. Cuando llegué a Barcelona me dijeron que el Madrid siempre ganaba la liga. El Barça había conseguido el título el año anterior a mi llegada, pero el Madrid llevaba como diez años seguidos ganando. Dije: «Esto tiene que cambiar». [sonríe]. Ya estaban Epi, Jiménez, Solozábal, pero creo que el cambio en este club se logró gracias a un cambio en la mentalidad de los jugadores. Yo no era un americano típico.

¿Cómo era el americano típico?

«Dame el balón, los quiero todos para mí, quiero tirarlo todo, meter treinta puntos por partido; yo tengo el balón, yo tiro y del resto me olvido». No. Yo no era así. Yo quería que mis compañeros me ayudaran a ganar partidos. Era muy buen pasador y siempre buscaba el tiro más fácil. En los primeros entrenamientos con Aíto, Jiménez y Epi no esperaban que yo los buscara para que tiraran ellos. No se creían que hubiera americanos así.

¿Recuerdas a Manel Comas? Él hablaba de los NAF. Un acrónimo que se había inventado para definir a esos americanos: Negros Atléticos Fraudulentos.

No, no me acuerdo de eso. Hostia con Manel [risas].

Aíto ha dicho de ti que eres el mejor extranjero que ha entrenado en su carrera deportiva.

Para mí, Aíto era un avanzado. Con su mentalidad, su filosofía de baloncesto. Él nos dejaba hacer cosas como profesionales. Había varios equipos, aquí en España, que funcionaban como la universidad norteamericana, no como profesionales. Y, para mí, Aíto tuvo esa visión. Nos dejaba hacer las cosas como hombres, como profesionales, y yo creo que eso ha influido en nuestro juego. Epi, Jiménez, Solozábal, Chicho Sibilio, Joaquín Costa. Todos eran jugadores de la selección española, y sabían mucho de baloncesto.

Con el Barça ganas tres ligas y dos Copas del Rey, pero se os resiste la Copa de Europa. La Jugoplastika se cruza en tu camino dos veces, en el 90 y en el 91.

No recuerdo nada estos partidos [sonríe irónicamente]. ¡Joder, me acuerdo como si fuera ayer! Siempre digo «un partido más, dame un partido más contra ellos y ganamos seguro». La Eurocup de entonces era muy, muy dura. Había equipazos como Macabbi, Limoges, los griegos, la Jugoplastika.

Kukoc, Radja, Savic…

Para jugar contra la Jugoplastika tenías que tener la cabeza al cien por cien. Era muy buen equipo. Esos tipos tenían mucho talento, sabían jugar. Además, estaban muy bien entrenados por Maljkovic. En Zaragoza tuvimos una gran oportunidad de ganar, pero Solozábal y Epi estaban un poco tocados. Aunque, sin duda, la mejor oportunidad de ganar fue en París. Si no hubiera tenido mi lesión en el hombro hubiéramos ganado ese partido, seguro. Las lesiones siempre nos perjudicaron en los momentos clave. Bad luck, man.

¿Qué tal con Maljkovic? Luego te entrenó dos años en el Barça.

Muy bien. Yo entrené con los dos mejores de Europa. Me hubiera gustado pasar más tiempo con Bozidar, porque me gusta su estilo de entrenar, un poco más duro que Aíto. Sacaba muy buen rendimiento de sus equipos.

En 1993, el 29 de mayo, el Barcelona anuncia que no seguirás con ellos. El número 14 aún no ha sido retirado en el Palau Blaugrana, y el único homenaje que has recibido ha sido en 2015 cuando ibas como segundo entrenador del Sevilla.

El número 14 no está retirado y no veo que lo vayan a retirar en el futuro. La directiva del Barça de hoy es diferente, y no sé si tienen el mismo amor, el mismo sentimiento sobre nuestra época, porque también Sibilio o De la Cruz se merecen tener las camisetas en el techo del Palacio. Son unos directivos modernos, tienen otra mentalidad. No la entiendo, porque hemos luchado mucho por este club y sí, me pagaron por mi trabajo, pero yo he dado mi sangre por el Barça. A pesar de todas mis lesiones, yo siempre he jugado al máximo nivel, nunca me escondí. ¿Que si quiero ver mi número retirado algún día? Sí. Cualquier jugador que te diga que no le importa, te miente.

¿Te lo mereces?

Yo creo que sí. Jugamos seis años espectaculares, y he formado parte de la historia de este club, de esta ciudad, de este país. Creo que los combates entre Fernando Martín y yo han cambiado la historia del baloncesto. Durante esa época, la gente se enganchaba mucho más al baloncesto que en el resto de la historia de este deporte, hasta la llegada de Gasol y Navarro.

Antes de preguntarte por esos enfrentamientos con Fernando Martín, me gustaría enseñarte un vídeo. [Le ponemos uno de los muchos vídeos que hay en YouTube con las imágenes de sus enfrentamientos con Fernando Martín, N. del R.].

Nadie juega así ahora. Nadie. Eso es contacto. Dicen que hoy en día hay contacto en el baloncesto, pero no es verdad. Un rival, tío. Este sí que es un rival. Cuando veo esto, pienso que fue un cambio en el baloncesto en España, porque no había choques, combates o rivales tan grandes. Ni el fútbol tenía tanta rivalidad en esa época. Lo único comparable eran las finales entre Celtics y Lakers. La misma energía, el mismo sentimiento, el público caliente, los fans. Hoy en día, veintitantos años después, voy por cualquier ciudad de España y alguien me llega a contar cosas de esta época como si fuera ayer. Cosas que yo ni recordaba. La pasión que tiene la gente cuando me cuenta estas historias… Les miras a los ojos, su cara y están casi llorando.

Joe Arlauckas aseguraba en una entrevista que eras muy sucio en la cancha. ¿Te acuerdas de los golpes con Fernando?

Yo no quería que el Madrid nos ganara nunca, nunca. La guerra, la lucha, el derbi, era personal y brutal. ¿Si me acuerdo de los golpes con Fernando? Hombre, ahora siento todos los dolores de esas hostias. Era muy físico, muy físico. Él era el luchador de su equipo, la estrella de su equipo y yo era el enforcer [la traducción literal sería el ejecutor, el encargado de hacer cumplir las reglas] que tenía que pararle.

¿Y cuando acababa el partido?

Mi hermano siempre me decía que hiciera mi trabajo en la pista y viviera la vida fuera de ella. Muchos jugadores no podían separar estas dos facetas, y no tenían amigos de equipos rivales. Yo siempre ponía las cosas en su sitio. Me gusta vivir, conocer gente. Mi trabajo es mi trabajo y está en su sitio, pero fuera de la cancha yo quería saber cómo era Fernando Martín. Pocos saben que quedábamos, aquí en Madrid, y nos íbamos a cenar y a charlar con su hermano. «¡Hostia, cabrón! Vaya codazo que me metiste». «Sí, y tú a mí, tío»; y cosas así, pero nunca había nada negativo fuera de pista.

Lo pasaste mal cuando murió Fernando.

Fue muy duro, porque Fernando era un amigo. No era un jugador típico, ¿sabes? Era más que un rival. Me tocó y me dolió mucho cuando murió. Pero no solo me pasó a mí, ¿eh? Yo vi a compañeros míos del Barça destrozados ese día.

¿Contra quién era más duro jugar?

Sin duda, contra Sabonis. Era dificilísimo de defender. No solo porque fuera muy grande. El tío era muy inteligente jugando y eso es mucho más peligroso que un tipo alto. Yo he jugado contra muchos tipos enormes, pero que no sabían jugar. Sabonis sabía de baloncesto. Sabía hacer todas las cosas muy bien.

Antes Aíto, Lolo; ahora Laso, Pascual, Plaza. ¿Ha cambiado mucho el baloncesto? Me refiero a la forma de jugar, a la forma de ser de los jugadores.

Sí, ha cambiado. Durante mi época, los jóvenes estaban en el banquillo sentados con las estrellas y el público nombraba de carrerilla la alineación. Había una conexión con los jugadores. Tú le preguntas a alguien que veía el basket en mi época y te nombra a todos los jugadores del Madrid, del Barça, del Valladolid, del Estudiantes. Si le preguntas quién está en su equipo hoy en día, no te pueden responder porque cada año el equipo cambia. Cada año viene gente diferente.

Además, las reglas también han cambiado. Antes se permitía mucho más contacto bajo el aro. Había muchos más jugadores muy buenos cerca del aro, que sabían jugar con su espalda. Los sistemas de los entrenadores han cambiado y ahora se juega mucho más por fuera. Dicen que no hay jugadores de la vieja escuela, pero yo digo que no es verdad. Simplemente no se entrenan. Ahora, a los jugadores altos no les piden contacto debajo del aro. Los sistemas están diseñados para juego exterior, y los jugadores grandes están adaptando su juego para conseguir trabajo en un equipo. Muchos jugadores de mi época no sabían tirar de cuatro o cinco metros. Solo anotaban debajo del aro o con un gancho. Ahora todo es tiro exterior y, si no estás acostumbrado a jugar con contacto, es difícil, es muy difícil. A mí me gusta lo que ha hecho Scariolo con Pau. Para ganar este Eurobasket ha tenido que pasar el balón dentro, a Pau. Pau sabe jugar con su espalda y tiene mucho más éxito jugando en la pintura que tirando de cinco o seis metros.

¿Crees que es justo que le llamaran Pink Panther?

Hombre, se parece un poco. Pau nunca ha sido un jugador de pegar. Nunca ha sido así.  Marc sí me parece de la vieja escuela. Para mí es el mejor pívot de la NBA.

Todo el mundo coincide en eso.

Porque no hay más pívots puros. Howard no es un cinco y no juega duro siempre. Tim Duncan es más un cuatro, pero sabe jugar de cinco. ¿Quién más? Kevin Garnett, con cuarenta años. No hay jugadores como Shaquille O’Neal o Kareem Abdul-Jabbar o Hakeem Olajuwon. Ya no existen. Marc es el único.

¿Sigues viendo la NBA?

Me aburre el baloncesto de ahora. Para mí es muy blando. El juego es blando y las reglas son muy restrictivas. Si tocan a un jugador, pitan falta. Cuando se empieza a correr, te paran con una falta. Es muy predecible.

Denunciaste actos racistas en Sevilla. ¿Sigue siendo el racismo un gran problema en la actualidad?

Hay idiotas en todo mundo. Hay idiotas, pero no todos los seguidores del Sevilla han sido así. Había un grupo que no aprecia su deporte. Siempre hay gente que degrada el baloncesto con sus tonterías.

No me refiero solo al baloncesto. Hace tiempo que pasó la época de la segregación racial, pero siguen ocurriendo revueltas por la discriminación de razas. Los disturbios de Ferguson o el asesinato de Walter Scott en Carolina del Sur movilizaron a la comunidad negra en EE. UU. En Europa ahora vivimos un repunte del racismo con la llegada de refugiados sirios.

Siempre vamos a tener que luchar contra el racismo porque cada país, cada pueblo, cada deporte tiene ese problema. No es solo en Sevilla, en Barcelona, en Estados Unidos, es un problema mundial y cuando hay una oportunidad, hay que luchar contra ello. La vida puede ser maravillosa. No creo que se pueda erradicar el racismo, pero siempre hay que luchar contra ello.

Tuviste la oportunidad de volver al Barcelona, cuando Joan Laporta te hizo una propuesta de cara a ser presidente del club. Él presenta un equipo para la sección de baloncesto en el cual estabas incluido.

Sí. Al final no salió.

Laporta tiene una idea muy clara sobre la independencia de Cataluña. Cuando tú jugabas en el Barça, ¿ese sentimiento de independencia estaba tan extendido como ahora?

No, ahora es mucho más profundo, mucho más avanzado, con más movilizaciones. Es algo que los catalanes sienten. No entro en muchas discusiones políticas, pero entiendo la mentalidad de los catalanes. Yo tengo que vivir en todas las regiones de España. Es posible que un día venga a Madrid a trabajar, o a Vitoria, o a Galicia, y a mí me gusta este país en todos los sentidos.

No tienes muchos enemigos.

No. Bueno, alguno en Sevilla [sonríe]. Yo trato a la gente como me gustaría que me trataran a mí. No tengo tiempo en mi vida para hablar mal de nadie o para tener mal rollo. Cuando las cosas van mal, siempre tengo una sonrisa en mi cara. Están muriendo muchos amigos míos: Darryl Dawkins, Anthony Mason, Moses Malone… y, más que nunca, tengo claro que la vida es demasiado corta, es ya [chasquea los dedos] y hay que disfrutarla a tope.

Cuando miras atrás, ¿cambiarías algo?

Me hubiera gustado volver a jugar en la NBA después de un par de años en Europa. Tuve la oportunidad después del primer año en el Barça. Habíamos ganado la liga y en verano me fui a Portland, a mi casa de verano. Me dijeron que entrenase con ellos, nos fuimos a la liga de verano a Los Ángeles. Y allí empezó a dolerme la rodilla de nuevo. Con una sola pierna hice unos entrenamientos muy buenos. Tenía contrato con el Barcelona un año más y veía que me dolía mucho la rodilla, así que agradecí al general manager de Portland la invitación para jugar con ellos pero, con la rodilla jodida como la tenía, preferí dejar el equipo y hacer la rehabilitación durante el resto del verano para volver al Barça. Dos días después de hablar con él, mis problemas con la rodilla desaparecieron. ¡Podía hacerlo todo! Desde entonces, no volví a pensar en la NBA. Mi destino era quedarme en el Barça.

Cambiar cosas [piensa unos segundos]… Ganarle a la Jugoplastika. Uno de los partidos, al menos. En serio, me gustaría saber qué hubiera pasado si no hubiera tenido problemas con mi hombro en París. Ahí tuvimos alguna oportunidad de ganar, más clara que en Zaragoza. Pero, con mi hombro, yo estaba más para animar que para jugar. Metí ocho puntos con la mano izquierda en ese partido, pero era mucha Jugoplastika.

Y cuando miras adelante, ¿qué crees que te depara el futuro?

Tengo mi campus de verano para los chavales en Hospitalet. Es un campus para aprender inglés, cómo ser jugador y cómo comportarte fuera de la pista. Les enseño a ser hombres fuera de la pista y a jugar duro dentro. También doy charlas tipo coaching a empresas, para formar a directivos. Tengo que hacer una mezcla de español e inglés, porque no hablo español perfectamente, pero la gente me entiende y funciona. Es muy divertido, porque empresa y deporte son muy parecidos. Se trata de jugar en equipo y no tener egos.


Božidar Maljković: «Una final de la Copa del Rey de la ACB es mejor que cualquier partido de la NBA»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot DownSmart número 9

No para de sonarle el teléfono ni de saludar a gente. Estamos en un restaurante en el centro de Belgrado y lo mismo se abraza efusivamente con Zoran Filipovic, delantero del Estrella Roja y el Benfica, que pasaba por ahí, como nos señala con mucha discreción al actor que ha interpretado a Radivoj Korac en una película reciente sobre el genio balcánico. Tampoco falta un camarero que aprovecha el momento para pedir consejo porque un hijo suyo está empezando a jugar bien al baloncesto. Es Božidar Maljković (Otocac, Croacia, 1952), uno de los entrenadores más laureados de Europa, y el artífice de la Jugoplastika de Kukoc y Radja que no deja de aparecerse en nuestras pesadillas. Pedimos unas rakijas y un cordero y junto a Jordi Sampietro, formador de jugadores y entrenadores en Serbia en los campus de Belgrado Basketball, repasamos toda una vida dedicada no solo al baloncesto, sino a competir a cara de perro contra lo que se ponga por delante.

Cuáles son sus orígenes, de dónde era su familia.

Soy un caso muy difícil de explicar. Mi familia nació en Croacia y los mejores años de mi vida los pasé en Split entrenando a la Jugoplastika. Mi mujer es serbia, pero también con orígenes croatas. De modo que soy serbio, pero Croacia es fundamental en mi vida. Yugoslavia está dentro de mi corazón todavía. Era un gran país. Siento mucha nostalgia. A Belgrado llegué en el año 66. Mi madre aún vive, tiene ochenta y siete años, estamos cada día con ella. Y mi padre era militar, coronel. Lo que más recuerdo de él es que cada vez que me explicaba cómo llegar a algún lugar en coche me daba las coordenadas, como hacen en el ejército, y yo siempre me perdía con esa información, no la entendía. Acababa perdido en el campo. Siempre me peleaba con él por eso. Pero en realidad mi padre no tenía mentalidad castrense, era como un poeta. Muy buena persona. No era duro, como yo. De niño jugaba mucho al ajedrez con él, hasta que le gané; no quiso enfrentarse más a mí (risas).

Aunque una cosa que me trató de inculcar sí que me marcó. Trabajar duro, decía, ocurre solo cuando te sudan las muñecas, por la parte donde pasan las venas. Solo por ahí. Si te esfuerzas de verdad, sudas por esa parte. En serio. Lo comprobé una vez que construimos una casa de verano cerca de Split, trabajé como un animal en verano. No teníamos mucho dinero y yo soy hijo único, así que me deslomé para levantar esa casa. Llevaba tantos kilos encima que me temblaba todo el cuerpo, pero de repente lo vi, me estaban sudando las muñecas, y me puse a gritar a mi padre: «¡Milan! ¡Milan! ¡lo he conseguido!» (risas).

A mis jugadores se lo he dicho siempre: no es un buen entrenamiento si no sudas por las muñecas. Años después recuerdo que estaba jugando contra el Breogan y me llamó un amigo para decirme que mi padre se había dado un golpe en la cabeza. Me dijeron que no era grave, pero sentí que iba a morir. Estaba con Unicaja y los chicos jugaron para mí, sabían que estaba triste, y ganaron. Cogí un coche alquilado directo a Madrid, un avión, escala en Frankfurt, y llegué a Belgrado. Mi padre aguantaba con vida solo para poder tocar mi muñeca. Lo hizo y murió. Pudo haber vivido más, pero estaba cascado por su experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Fue partisano, luchó contra los nazis y le habían metido dos balas en la espalda. Se me fue con setenta y siete años.

Usted jugó al baloncesto solo hasta los diecinueve años.

Solo tenía tiro. Un tiro excelente que aún conservo, pero no daba más de mí. Mi preparación física era cero. Defensa, cero. ¿Correr al contraataque? Sí, si soy yo el que mete la canasta (risas). El Boza Maljkovic entrenador nunca hubiera fichado al Boza Maljkovic jugador. Teníamos un entrenador en aquel equipo que se tuvo que ir a la mili y nos quedamos todos llorando. Entonces un amigo me eligió para que fuese yo su sustituto. Pasé una noche entera sin dormir, tenía que demostrar que valía.

Para la salud no es bueno hacerte máximo responsable de un club siendo tan joven. Como entrenador, pase lo que pase, el culpable eres tú. El jugador entrena cinco horas, pero tú trabajas veinticuatro. Cuando empecé me pasaba noches enteras en vela fumando cajetillas de tabaco. Pero me fue bien, logramos que el equipo ascendiera de categorías.

Y se convirtió en profesional.

Me fichó el Estrella Roja como jefe de la cantera cuando el primer entrenador era Bata Djordjevic, el padre de Sasa Djordjevic. Estuve tres años, luego entrené al Radnicki, que significa «el trabajador», y me convertí en el segundo entrenador más joven de toda Yugoslavia. Aquí nunca teníamos dinero, no podíamos hacer preparación física, entrenábamos en un parque. Los demás tampoco es que fuesen muy allá. Radja y Kukoc, por ejemplo, tenían un Golf; cobrarían alrededor de cincuenta mil marcos alemanes.

Pero aquí ocurría una cosa muy a tener en cuenta. El piso te lo daba el Gobierno. Gratis. Los asignaban los ayuntamientos, y el dinero de tu salario era todo para ti. Eso motivaba a la gente para jugar mejor. Un entrenador en España dijo una vez que nosotros jugábamos tan bien porque teníamos hambre de salir del país. Tuve que ir a hablar con él para explicarle que no tenía razón.

Hizo la mili con Dalipagic.

Coincidimos un mes en la Armada. Lo vi jugar en un campeonato que se organizaba para los soldados. Es uno de los mejores jugadores que ha dado este país. Saltaba en suspensión que le ponía las zapatillas en la boca a los que le defendían. Ahora es un apasionado del tenis. Me acuerdo que el profesor Nikolic, uno de los padres de nuestro baloncesto, me dijo: «Este es un fenómeno». Le contesté: «Sí, es uno de los mejores…». Y me interrumpió: «No, no por eso. Le puedes dar una zapatilla del 40 o del 47; se las pone y juega, arrasa con lo que sea que le calces en los pies» (risas). Imagina a los de ahora…

Fue asistente de Ranko Zeravica en el Estrella Roja, otro de los padres del baloncesto yugoslavo.

Sí, aprendí mucho a su lado. Una vez estábamos en Salónica en un torneo contra la selección griega y North Carolina. Cuando llegaron los americanos nos dejaron alucinados. Eran todos treinta centímetros más altos que nosotros. El base medía 2,07, por ejemplo. Solo con ver el equipaje, de un metal especial, ya daban miedo. Llevaban no uno, sino dos curas. Rezaban antes de comer. Nosotros mirando… madre mía ¿Qué es eso? ¿Otro mundo? Tenían una disciplina increíble.

El Estrella Roja jugó contra ellos el mejor partido de toda su historia, probablemente. Faltaban seis segundos de la prórroga, íbamos uno arriba, la robó uno que… ¿Quién era? Se llamaba Michael Jordan, metió canasta y con la mano nos dijo adiós a todos. La cogió el animal y no pudimos hacer nada. Luego tuve oportunidad de charlar con él de esto y se acordaba perfectamente de cómo nos dijo bye bye.

Me lo contó años después en el Buddha-Bar de París, cuando entrené al PSG en el 97. Yo estaba enfadadísimo aquel día. Habíamos perdido contra Chicago Bulls, pero eso me daba igual, el problema era que nuestra afición iba con ellos. Veinte mil personas, en tu pabellón, y todos animando al rival. Hay que entender que París es multinacional, pero me enfadé mucho. Le di al L’Equipe unas declaraciones en las que dije: «Quiero pensar que la mejor parte de los parisinos se ha quedado en casa». Quería insultar a los que habían ido a vernos (risas). Pero la fascinación por Jordan y los Bulls alcanzó hasta a mis jugadores. Llevaron a la familia, se hicieron fotos, todos estaban pensando en poderle decir a sus nietos que jugaron contra los Bulls de Jordan.

Pese a todo, lo que me pareció increíble fue que luego, cuando estuve tomando algo después con él y Toni Kukoc, le pedí un autógrafo para mi hija Marina y ni de coña. Jordan tenía un contrato con una empresa que le daba seis millones limpios y le prohibía firmar autógrafos. En cualquier caso, lo pasamos muy bien. Kukoc por entonces empezaba a hablar mucho de golf. Y ahora, después de retirarse, digamos que solo habla de golf. Se va con Jordan, ponen mil dólares cada uno, y se pasan el día jugando. Cuando he hablado con la mujer de Toni no hace más que quejarse: ¡ocho horas cada día se pasa jugando con Jordan!

En este equipo Zeravica era el poli bueno y usted el poli malo, y luego se quedó usted para siempre ejerciendo solo de poli malo.

Ranko estaba mayor entonces. Aprendí muchas cosas de él, pero sobre todo porque era un amigo para toda la vida. Yo he pasado más tiempo con Ranko que con mi padre. Por mi temperamento, cuando los jugadores no querían trabajar bien, le decía a Ranko que no se preocupara que ya me encargaba yo.

Años después, de mayor, él se fue a vivir a Zaragoza. Le llamé hace poco y le dije: «¿Qué tal estás?». Contestó: «Bien, bien», Y yo: «No, no estás bien». Y ya reconoció: «Bueno, ando fastidiado…». Nunca te decía que algo iba mal, pero entonces su corazón trabajaba al veinticinco por ciento. Tenía miedo de venir a Belgrado porque no hay vuelos directos y yo llamé inmediatamente al presidente de la federación, Dragan Djilas, y le dije de hacer una buena acción ante Dios y ante el pueblo: pagarle un avión privado a Zeravica. Lo conseguimos, y cuando se lo comenté a Ranko, me soltó: «¿No puedo yo pagar los pilotos?» (risas).

Cuando llegó al aeropuerto a Belgrado, casi llorando, me dijo: «Gracias, es mi último vuelo». Y lo fue. Yo tenía la intuición de que estaba mal, pero es que nunca lloraba. Hice un discurso en su entierro y lloró todo el mundo. Nos pidieron traducirlo al español desde Argentina, donde pasó gran parte de su vida trabajando.

Mira, para hacerse una idea de su nivel. Una vez estábamos en un avión para ir a Israel a enfrentarnos al Hapoel Haifa y los jugadores empezaron a decir que en la pista del aeropuerto estaba Maradona. Se lo comenté a Ranko, que estaba muy enfadado porque habíamos perdido dos partidos, y me respondió: «¿Que dicen que está Maradona? Sabía que mis jugadores eran gilipollas pero no que también eran imbéciles?». Entonces vi que iba a subir al avión y grité: «Que sí, que sí, que es Maradona». Y él: «Así que tú también eres imbécil, Boza». Ranko era muy aficionado al fútbol. Veía varios partidos por semana. Seguía hasta la segunda división italiana… Al final subió Maradona al avión y ya me dijo él: «¡Coño! Sí que es él, ve ahora mismo a pedirle un autógrafo para mis hijos». Me acerqué a Maradona, se lo pedí muy amablemente: «¿Podría firmarle un autógrafo a nuestro entrenador, Ranko Zeravica?». Maradona giró la cabeza, le miró y gritó: «¿Zeravica? ¿Ranko Zeravica? ¡Usted es Dios! ¡Usted es Dios!».

Ese era Ranko Zeravica. También recuerdo que el sobrecargo del avión llegó para preguntar si íbamos a tomar menú kosher, nosotros dijimos que nos podían poner todo lo que quisieran. Luego el tío llegó a donde estaba Maradona, y le dio en el hombro preguntando: «Señor, ¿cuál es su apellido?». Y Diego contestó: «Soy Maradona». El azafato se dio la vuelta y nos dijo a todos riéndose: «Anda, este dice que es Maradona». Y siguió: «¿Me hace el favor de decirme su nombre?». Entonces se giró el argentino y le dijo a la cara: «Dieeego Armaaando Maraaadona» ¡El hombre estalló! Se puso a llamar a los pilotos como un loco, todos pidiéndole autógrafos. Zeravica se partía.

En el Estrella estuvieron a punto de fichar al otro Maradona, el del baloncesto: Drazen Petrovic.

Fue por una canasta que no lo logramos. Nos arbitraron muy mal en la final de la liga contra la Cibona, en el 84. Estábamos vendidos. Habían comprado al árbitro, seguro. Esto lo hemos sabido después. Y en los últimos segundos, Mihovil Nakic metió un churro que yo no sé si fue la única canasta que metió en todo el año. Un gancho de izquierda… Y nos ganaron. Yo conocía muy bien a la madre y al padre de Drazen, teníamos su palabra de que ficharía con nosotros, pero se fue con la Cibona porque nos ganó. A él le daba igual el equipo, su único objetivo era jugar la copa de Europa y se fue con el club que la disputó al año siguiente.

Fue una pena. Le conocía desde crío porque yo tenía una casa de verano en Croacia. Años antes, ya me habían dicho que había un chico que sobresalía, pero que tenía problemas con las caderas, no caminaba bien y tenía un tiro muy malo. No obstante, era un animal. Partiendo de esa situación, todas sus cualidades fueron fruto del trabajo. Se levantaba una hora antes para ir a la escuela y aprovechaba para tirar. Yo esto lo he visto. Cuando iba a comprar pescado a Sibenik le veía trabajando solo. Tirando y tirando. Creo que no hay jugadores que hayan trabajado más que él y Dusko Ivanovic. Lo suyo no era ser trabajador, sentía perversión por el trabajo. Ni siquiera podía vivir sin pesas. Quizá podría haber tenido una mejor defensa, pero… (risas).

Moka Slavnic nos contó que fue muy importante para Drazen que él fuera su entrenador-jugador en su primer año.

¡Claro que sí! Le dio, aparte de la oportunidad de jugar, confianza en sí mismo. Le decía: «Tira. Si metes, bien, y si no, no pasa nada». Con eso no basta, pero a partir de ahí si había que tirar algo, Petrovic lo tiraba. Ese control, confianza, Slavnic sabía hacerlo. No solo con él, también con otros jugadores que tuvo.

Hablemos de la Jugoplastika. Llegó en el 86. Hotel Park, habitación 101.

Mi entrada fue complicada. Estaba en esta habitación, que era la suite de Tito, y casi me asfixio. Tengo alergia al polen y me desperté en mitad de noche ahogándome. Estaba preocupado, la gente andaba quejándose de que habían contratado a un entrenador anónimo y tuve que dar mi primer entrenamiento con la cara hinchada por la alergia.

Radja había dicho a la prensa que mi fichaje no tenía sentido. Yo llegaba de Belgrado a Split, había mucha rivalidad. No fue nada, nada fácil. Sin embargo, a los pocos días toda la plantilla estaba trabajando sin que tuviese que dar una sola voz ni un mal gesto. Los jugadores saben cuando alguien sabe de baloncesto. A la semana, Radja se acercó a pedirme perdón; me dijo que no sabía quién era, que le habían preguntado los periodistas y dijo lo que dijo. Lo bueno fue que me dieron las llaves de la casa. Poder absoluto. Y funcionó.

¿Por qué le ficharon si no le conocían?

Los de la Jugoplastika llamaron a Ranko Zeravica y él me recomendó, dijo que era mejor que él. Imagínate qué clase de persona era, qué categoría. Luego llamaron al profesor Nikolic, que fue el fundador del baloncesto aquí, creó nuestra escuela, y también me recomendó. Dijo que era ideal para la Jugoplastika. Y ahí estaban tíos que sabían, como Jerkov o Skansi, pero con estas credenciales apostaron por mí y, bueno, qué decir, fueron cuatro años inolvidables. Porque la primera vez que ganas en Europa es inolvidable, pero la segunda vez ya no es la primera (risas).

Cuando la Jugoplastika ganó la Final Four de Munich se habla de que lo hizo «un equipo de imberbes».

No he visto en mi vida algo como el recibimiento que nos hicieron en Split al volver. Pero antes de eso, en febrero, nos había dado una paliza el Barça. Creo que fue la primera vez en mi vida que he sentido vergüenza como entrenador de baloncesto. Nos mataron. Solozábal, Costa, Epi… quería que se me tragase la tierra. Desde ese día, en cada entrenamiento les recordaba este partido. Les ponía el vídeo y le decía a Kukoc: «Macho, mira el bíceps de Jiménez. Bien, ahora mira el tuyo» (risas). A Dusko Ivanovic le puse de los nervios. Terminó rabioso. Y así salimos a la cancha en la Final Four.

¿Sabes, de todas formas, qué nos falló ese día de febrero? Antes de jugar en Barcelona fuimos a ver el museo del club y el Camp Nou. Nos impresionó mucho y nos empequeñecimos. Es algo que no he vuelto a hacer en mi vida cuando he vuelto a jugar contra ellos allí. Ves el campo de fútbol para ciento veinte mil personas, y luego te ves a ti, con un palacio para tres mil personas… Te ganan la guerra psicológica. Te quedas sin garra. Eso fue lo que nos pasó y de lo que aprendimos.

En la final contra el Maccabi Aza Nikolic acudió para darle una charla a su plantilla.

En el hotel dio un discurso muy emocionante. Les dijo que no tenían ninguna posibilidad de ganar, para que se relajasen, pero que íbamos a hacer nuestro mejor baloncesto para pasarlo bien. Nikolic estaba mayor, tenía ya párkinson, intentaba llevarse el cigarro a la boca entre palabra y palabra y no acertaba, el pobre. En el partido se sentó detrás de mí con un puñado de pastillas de nitroglicerina en la mano para no morir de un infarto.

Recuerdo que el pobre Kukoc tenía encima una presión tremenda. Falló todo lo que tiró al principio. Los hinchas de Split, que los tenía detrás, me gritaban: «¡Cambia a este desgraciado, vamos a perder por su culpa!». Quise apoyarle, le mantuve, se tiró el séptimo o el octavo, tocó los aros, una vez, dos, tres, cuatro y dentro. Empezó a jugar y ganamos.

Estábamos celebrando en el vestuario, todos locos, y me llamó Aza Nikolic: «Compañero, escucha. A partir de ahora vas a tener muy pocos amigos». Y es verdad, ha sido tal cual en mi caso. Lo gracioso es que después de ganar, me fui a ver a mi padre. Me tomé con él una rakija de ciruela, vimos los periódicos, donde habían escrito juegos de palabras con mi nombre: «Regalo de Dios». Mi padre solo me dijo: «Bueno, Bozidar, y ahora, dime: ¿cuándo vas a trabajar en algo serio?» (risas).

Aquellos jugadores aún tienen pesadillas con los entrenamientos.

No creo que nadie haya trabajado como nosotros, ni en horas ni en intensidad. Y encima, Zeravica tenía la teoría de que no nos lesionábamos mucho porque tomábamos todos los días chorba, la sopa típica de aquí, que tiene verduras y minerales.

Ivanovic y Perasovic terminaron obsesionados por lo que trabajaron, pero luego lo han intentado aplicar en los equipos que entrenan y hay un problema: no hay tiempo. Nosotros estábamos un mes sin jugar. La selección se iba a Estados Unidos, donde aprendía muchísimo, y nosotros seguíamos trabajando, trabajando y trabajando.

Pero por muy bien que entrenes y por mucho que trabajes, sin talento no vas a ningún sitio. Aquí, en tres regiones yugoslavas, Dalmacia, Herzegovina y Montenegro, hemos tenido la mejor cantera. Solo en Dalmacia, entre Split, Sibenik y Zadar, hay ciento cincuenta kilómetros, y han salido los mejores jugadores del mundo. En el sur de Serbia se acaba. En Nis, por ejemplo, ya no tenemos gran baloncesto. Y en el norte, en Eslovenia, tampoco. Tienes a los hermanos Dragic, pero son hijos de serbio, igual que Rasho Nesterovic. ¿Y por qué? Porque está todo en ese triángulo.

También, detrás de la Jugoplastika, estaba Joza Blasic. Un coronel del ejército que era como nuestro padre. Había sido asistente de Tito para primeros auxilios, por si le daba un infarto. A mí, cuando me veía nervioso, me metía en la sauna. Antes de los grandes partidos, me ponía como loco y él me relajaba con unos ejercicios. Fue también como un padre para Radja, para Ivanovic… Tenía manos de oro. Nunca he visto a nadie igual. Cuando se estaba muriendo fui a verle al hospital a Ljubliana y le di la mano poco antes de que falleciera. Me dijo: «Maestro, sabía que iba a venir».

Cuando Vinny Del Negro vino a Italia, a la Benetton, tenía la espalda jodida y le llamó. Le dio tal masaje que dijo: «Este tío no se vuelve a separar de mí» (risas). Y lo ficharon. Recuerdo que cuando íbamos en bus con él y todos dormíamos, el coronel estaba despierto vigilando. Si nos despertábamos, se dormía él. Luego hemos estado en otros países, pero siempre que teníamos mal la espalda nos íbamos a Treviso a que nos la pusiera él bien. Este hombre tiene tanto mérito como el mejor jugador de la Jugoplastika. Les ponía unos estiramientos a los jugadores que yo les veía las caras y me daba pena, de verdad. Sudaban como decía mi padre, por las muñecas.

Luego me partía de risa con Savic, cuando fichó por el Barcelona, que vio a todos los jugadores catalanes en el vestuario enchufados a modernos aparatos eléctricos para recuperar. Nosotros en cuatro años de Jugoplastika no habíamos usado nada más que las manos de Joza. No tuvimos más que una luxación del hombro de Kukoc.

¿Y eso que se decía de Kukoc, que tenía los brazos tan largos por los pesos que le hacía usted llevar?

Como era el más joven, según mis reglas, llevaba las maletas. Las bolsas y el equipaje. Era buenísimo, pero me daba igual. Una vez me encontré con él cuando era entrenador del Barça y me dijo: «Míster, ya no llevo las bolsas, ahora las lleva Tabak». Estaba todo contento. Creo que si quieres que la cosa funcione tienes que controlarlo todo. Yo no permitía por ejemplo que se movieran treinta kilómetros de la ciudad donde estuviera el equipo sin avisarme por teléfono. Les ponía multas.

También influye el carácter, en Balcanes es duro.

Lo comenté hace poco en una charla que me invitó a dar la UEFA en París. En la antigua Yugoslavia somos muy duros con los críos. Espartanos. Si un niño tira un triple en el último segundo, no entra y el equipo no gana, no puede dormir en su casa. Su padre le recomendará de mala manera que se busque otro deporte. «¿Por qué no haces ballet?», le dirá. Porque le ha humillado y no va a poder hablar con nadie en varios días.

Un perro y un lobo son la misma familia en el reino animal, pero el perro está calentito en casa, bien alimentado, y el lobo está buscándose la comida, peleando con otros animales. Pero como se enfrente un lobo a un perro, se lo come vivo. Esto es lo que hay aquí. En España se comete un error y todo el mundo te dice «no pasa nada», «mañana será otro día»… Aquí te matan. Metes la pata y tu familia, tus padres y tus compañeros te dirán: «¿Tú trabajas o no trabajas?».

Por ejemplo, Novak Djokovic es un lobo. Su padre vendió todo lo que tenía para invertir en él. En Francia fallas una canasta y ne se passe rien, no pasa nada. Aquí te machacan. El mejor ejemplo que puedo poner es la Final Four de Estambul. Morales, después de que la metiera Jofresa, cogió el balón y en vez de ponerlo en el suelo, porque entonces no se paraba el tiempo, ¡le dio el balón Koprivica!, que sacó rápido, recibió Djordjevic, triple y perdieron. ¡El mérito del famoso triple fue de Morales! Por eso lloraba el pobre al final del partido. Yo estaba viendo el partido con Bata, el padre de Djordjevic, que estaba eufórico, y se lo dije ahí mismo: «Dale la gracias a Morales». Todo por no pensar un segundo. Eso diferencia a un lobo y a un perro.

La Jugoplastika le ganó la liga al Partizan de Vlade Divac.

Divac como jugador es muy vago. Como talento, increíblemente bueno. Solo Kukoc tenía más talento que él. Pero como persona no me gusta nada. Es presidente de nuestro comité olímpico, van a empezar ahora en Belgrado el torneo preolímpico clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Río. ¿Y dónde está Divac? En Sacramento. Luego ha tenido problemas por vender Gucci falsificados en su tienda… Todos sabemos que es así. Está metido en política y le defienden determinados políticos. A mí me das a elegir para confeccionar una plantilla a dos jugadores como Divac o a uno como Radja y cojo a Radja, que era un gran trabajador y mejor persona, una condición que también hay que tener para ser un número uno.

¿Crees que Nikola Jokic, que está ahora en la NBA con veinte años, puede llegar a ese nivel?

Puede ser incluso mejor. Entiende el juego mejor que Divac, trabaja más que Divac, corre, participa en los contraataques. Puede ser mejor. Como persona no le conozco, pero talento le sobra.

Esa final contra el Partizan se suspendió precisamente por un monedazo a Divac.

Abandonaron por ese supuesto monedazo. Aquello fue teatro y del malo. Ya en su momento dije que algún día sabríamos todos que eso fue una pantomima. Djordjevic, honesto como es, ya ha dicho que sí. El médico que le atendió ha dicho que sí… Ellos sabían que en Split no podían ganarnos. Era muy difícil. Imposible. Y se retiraron de la final cuando nos pusimos dos partidos a cero con el pretexto del monedazo. Eran grandísimos jugadores, pero muy malos actores.  

Aun así, a pesar de un bochorno así, la liga yugoslava era tremenda.

Si hubiese dependido de la gente del baloncesto no hubiese habido una guerra aquí con miles y miles de muertos. La gente del baloncesto en todos los países, Eslovenia, Bosnia, Croacia, Macedonia… era gente muy inteligente y todos se sentían yugoslavos, no eran separatistas. Me duele mucho haber perdido Yugoslavia, vivíamos muy bien. En la época de Tito no había gente escandalosamente rica, todos teníamos más o menos lo mismo, y en el baloncesto era lo mismo; estábamos todos a un mismo nivel, había mucha competitividad y era una liga excelente. Ahora hablo con la gente del baloncesto a la cara y me lloran, recuerdan los grandes tiempos de Yugoslavia, pero en cuanto aparece alguien alrededor ya no dicen nada, están calladitos. Yugoslavia era un gran país, como España, a la que quiero tanto. La gente de estos dos países entendemos la vida de forma muy parecida.

En 1990 fichó por el FC Barcelona.

Entendí que se había acabado un ciclo. Todos los grandes de mi país se habían marchado a demostrar que tenían clase y calidad también fuera. Lo anuncié un año antes. Me ofrecieron cincuenta mil dólares menos que en Barcelona; acababan de vender a Radja, con un contrato vitalicio, en el que yo decidía cuántos años. Pero preferí salir.

En Barcelona al principio solo tuve un problema. Yo notaba que los jugadores me escuchaban, pero algo pasaba. Había como una barrera. Tenía un traductor, Ljubo Rikic; le pregunté si me estaba traduciendo bien y se enfadó: «¡Hablo español mejor que estos, hasta hablo catalán mejor!». Estaba casado con un catalana. Pero seguían raros, y lo que pasaba es que en serbocroata la traducción de «veces» es «puta», y yo, al dar instrucciones, decía todo el rato «puta, puta, puta» (risas). Esa tontería la solucioné, pero luego con Aíto tuve problemas desde el primer día.

Quería demostrar a todos que el mejor fuera de España no podía trabajar con el Barcelona, que solo él era capaz. Pregúntale a Epi, a Norris, a Solozábal, hasta a Salvador Alemany… todos te dirán lo mismo de él. Llegué a tener un precontrato firmado con Toni Kukoc y él lo destruyó. Pudo haber jugado en el Barça.

¿Entonces no fue por dinero?

Aíto tenía dinero de sobra. Aguanté todo lo que pude y se lo dije a la cara: «Quiero ganar aquí y tú haces todo lo posible para que no lo consiga». Aíto me dejó sin jugadores, hizo que muchos se operaran. Me lo dijeron grandes entrenadores: «Este te va a perjudicar». Y era cierto. Tú miras las plantilla de cada año y la mía era la más floja. Y aun así gané la Copa del Rey, me ganó la liga el Joventut en la final y llegué también a la final de la Final Four. Con el Joventut perdimos por un error en el pase de Montero. Al día siguiente tuve que llamarle para darle un abrazo y un beso, al pobre.

Eso es lo contrario que se hacía en Yugoslavia.

Ya, pero es que a Montero lo estaban machacando todos. Estaba todo el mundo contra él y le estaba afectando. Quise darle mi apoyo. Porque un cirujano comete un error y no se entera nadie, pero nuestro trabajo es público, todos nuestros errores los ven miles de personas por televisión. Yo soy duro, pero intento serlo solo en el momento. Y cuanto más experto sea el jugador, más. Epi me decía que le hablaba peor que a todos los compañeros juntos. Ahora nos hemos encontrado y nos hemos abrazado. Si haces un equipo con Solozábal de entrenador  y Epi de director yo pongo el dinero.

¿Si Aíto fue así desde el primer día por qué no se marchó?

Porque era mi primera salida fuera. Imagina cómo me sentía. Dimitir hubiese sido como decir que no era capaz de trabajar solo. Luché todo lo que pude. Como entrenador Aíto es muy bueno. Como persona, no. El único del mundo del baloncesto con quien no me hablo. Solo se llevaba bien Montero porque tenían negocios juntos. Aíto tenía mucho poder en el club y fuera. Tenía árbitros. Por ejemplo, cuando le ganó la liga al Real Madrid de Petrovic el árbitro les crujió. Fue una vergüenza verlo, incluso hoy.

En Europa solo Mike D’Antoni y usted implantaron la zona 1-3-1.

Más él que yo. Yo hice otro tipo que parece 1-3-1, pero no lo es. Es una zona-hombre. Nadie ha jugado ni antes ni después esta zona. Por ejemplo, con la Jugoplastika se la apliqué al Barcelona en la final de la Final Four de Zaragoza. Y a su vez con el Barcelona al Estudiantes, grandísimo equipo, en la Copa del Rey que se jugó también en Zaragoza. Al final fue mi ciudad talismán.

El Estu en unos minutos nos metió un parcial de doce puntos. Fue uno de esos momentos en los que el entrenador tiene que reaccionar o lo matan. Puse esa defensa que es zona man to man. Este sistema no es como juegan muchos en España de triángulo más dos man to man, el mío depende de tus movimientos. Solo se puede hacer con jugadores listos. Trabajamos mucho esto desde el primer día, meses y meses. Y ganamos al final por seis puntos, cosa que nadie esperaba porque nos faltaban jugadores importantes. Nunca olvidaré la cara de Aíto cuando debía estar contento.

En el 91 estalló la guerra en Yugoslavia. ¿Le afectó?

Lo pasé muy mal. No conozco a nadie más yugoslavo que yo. Ahora mismo debo de ser el único entrenador en Serbia que defiende la liga adriática. Llamaba por teléfono a mis amigos croatas y… ¡llorábamos! Estuve muchas noches sin dormir, la gente me llamaba con problemas, yo creo que envié un millón de dólares a personas que lo necesitaban. Y a los dos lados, a amigos serbios y a amigos croatas.

Con Johan Cruyff tuvo algún cruce de declaraciones.

Empecé muy mal con él. Salió en la prensa diciendo que no entendía a su club, que la sección de baloncesto tuviese a un fichaje como Montero, que ganaba no sé cuánto, y sus jugadores mientras la mitad. Decía Johan que él llevaba a ciento y pico mil personas y nosotros a menos de la mitad. Nos afectó. Y tenía razón, pero dije: «Un hombre que piensa que entiende del trabajo ajeno muchas veces el que no entiende es el suyo». Empezó una guerra de dos meses en la que, aunque nos pinchábamos, también había respeto mutuo. Luego le dio el infarto y fui a verle al hospital, olvidamos todo y quedamos para comer. Fue increíble.

Me acuerdo de que nos reunimos y estaba Ronald Koeman dándole lecciones a su hijo Jordi de cómo tirar faltas. Tenían una barrera de hierro de estas. Y de repente se levantó Johan Cruyff, que le acaban de dar el alta del infarto, salido de la UCI, gritando «no, no, así no». Y se puso él a tirar las faltas diciendo «quitad, que no tenéis ni puta idea». Cenamos muchas veces y lo pasamos muy bien. Era un tío muy listo. Especialmente inteligente.

La siguiente parada fue Limoges.

Yo odiaba Francia, no quería ir. Habíamos jugado años atrás contra el Limoges, vinieron a Split y llegaron con una lista de peticiones. Pedían agua embotellada. Y en aquella época no había en Yugoslavia, se bebía del grifo. Pensaron que les queríamos joder, pero es que no había. También se querían llevar la llave del vestuario al hotel, como si les fuésemos a robar. Tuve que darles mi palabra de que nadie iba a entrar.

Juré que nunca iría a jugar allí. De hecho, al principio, quería irme a Estados Unidos, pero el dueño del Limoges me llamó y me dijo que venía a verme en avión privado. Les contesté: «No voy a fichar nunca por un club francés, si quieres venir a verme como amigo, ven». El caso es que vino y me ofreció tal cantidad de dinero, el triple de lo que había cobrado en el Barça, y ya no era yo, tenía que pensar en mis hijos. Así que fiché.

Fui para allá en coche y cuando llegué, con el Opel lleno de barro, nieve y hasta arriba con todas mis cosas de Barcelona, alucinaron. Luego en Limoges una ventaja que teníamos era que no paraba de llover, podías estar encerrado en el pabellón muy a gusto. Vino Zeljko Obradovic un día y me dijo: «¡Coño, Boza, cómo puedes vivir aquí!». Ahora dicen que ha cambiado el tiempo. Aquello era increíble.

Logró la copa de Europa con muy poco.

Michael Young era el mejor atacante que he tenido en toda mi vida. Ganamos cinco títulos y el milagro de la Final Four. Un milagro, pero a mucha gente se le olvida que luego volví a meter al Limoges en la del 95 que ganó el Real Madrid.

El entrenador de la Benetton, Petar Skansi, tras la derrota del 93, dijo que el baloncesto iba a morir si se seguía jugando así.

Él con la Benetton tenía mucho dinero y los mejores jugadores, pero perdieron contra nosotros. En el vestuario, después, Kukoc estaba llorando como un niño. Le dije: «Toni, macho, el año pasado me ganaste tú a mí y yo no lloré». Me dio toda su equipación para mi hija Marina. Había perdido la primera final en toda su vida. Quería irse a Estados Unidos sin haber perdido ninguna.

Luego apareció Luciano Benneton. Me había querido fichar un año antes y no acepté. Les dijo a todos: «Levantad la cabeza, la familia Benetton y yo estamos contentísimos por todo lo que habéis logrado este año. Hay que perder alguna vez, hombre. No pasa nada. Vais a cobrar todas las primas de este partido». ¡Un señor!

Y nada, me fumé un cigarro con Skansi y nos fuimos a la rueda de prensa. De camino, me dijo: «Oye, Boza, tengo que decir algo para defenderme: voy a declarar que tu baloncesto es muy feo». Y yo: «Vale, no te preocupes». Y soltó: «Esto no es baloncesto, tal…» (risas). Entonces es cuando yo contesté que si me daba a mí a Toni Kukoc iba a verme jugar de manera distinta. Qué iba a hacer él, lo entiendo.

Me pueden decir lo que quieran de que soy defensivo, no hay más que ver los atacantes que he tenido: Savic, Perasovic, Naumoski… Ahora incluso me llaman para hacer seminarios de ataque. Pero qué opciones tenía con el Limoges. Podía jugar un baloncesto abierto, perder y quedar como un tío muy simpático, o defender, con muy buena preparación física, double team, defensa de botella, como dicen en España, cambios y ganar. Eso hicimos. Mejor, ¿no?

Nos marchamos de allí en aviones privados y en el aeropuerto Kukoc seguía llorando. Le abracé y lágrimas y lágrimas, pero ojo, yo tengo la teoría de que solo los hombres más valientes lloran así. Kukoc ni como cadete, ni como junior, ni sub-20 ni profesional había perdido una final en Europa. Se tuvo que ir a Chicago sin esta. Pero pese a esta ambición era una gran persona. Era de la filosofía de que una canasta hace feliz a uno, pero una buena asistencia a dos. A mí me gusta eso.

Después fue al  Panathinaikos.

Me dijeron: solo queremos ganar la copa de Europa, todo lo demás nos da igual. Fue muy interesante, porque en ese vestuario hablábamos seis idiomas. Lo que pasa es que el baloncesto griego es muy difícil, hay muchas cosas sucias fuera del campo. Siempre pasa algo. La prensa es muy mala, hay tres periódicos a favor del Panathinaikos y tres en contra. Los arbitrajes eran penosos, los partidos siempre parecían peleas callejeras. Y luego el dinero. El baloncesto griego empezó a bajar cuando llegó el euro. Ya no pudieron blanquear el dinero negro y hubo un pequeño declive.

Giannakopoulos, por otro lado, era tan rico que no sabía ni cuánto dinero tenía. En esa Final Four le dije de broma que nuestro avión privado para volver a Atenas como campeones de Europa era muy pequeño y rápidamente compró un jet con caviar y de todo. No me lo podía creer.

¿Cómo fue su relación con Dominique Wilkins?

Nunca hubo una mala palabra entre nosotros, pero jamás en su vida había trabajado en verano. En la primera sesión me lo encontré tirado detrás de la canasta. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que tenía asma. «Mira» —le dije—, «estás cobrando tres millones y medio netos, no tienes derecho a tener asma». Pero fueron solo tres o cuatro meses tontos, luego jugó como un animal; robaba balones, contraataque, saltaba por encima hasta de Vrankovic. Era un superjugador.

Él dijo que usted nunca podría entrenar en la NBA con sus  métodos.

Lo ha dicho él y me lo han comentado también Radja y Kukoc. En Estados Unidos no tienen autoridad. No te dejan trabajar como tú quieres. El arte de un entrenador allí es acercarse a los jugadores, ser su amigo. Yo no sé hacer eso, no soy capaz. Me puedo hacer amigo de los jugadores después, pero no sé ir de tío simpático. Quizá sea un error mío. Obradovic sí que lo hace. Sale con la plantilla, se toma un vino con ellos. Es una cualidad que yo no tengo.

En esa Final Four se encontró con el Barcelona de Aíto y no faltó polémica.

De este partido yo sabía que el Barça iba a hacer una presión importante sobre el árbitro, sobre Pascal Dorizon. No pitaron muchas faltas que eran para nosotros, debimos ganar sin ningún problema. Llamé al árbitro en mitad del partido y le advertí que lo que estaba haciendo no estaba bien, que el encuentro iba a ser un desastre y él lo iba a pagar.

Así que los que dicen que en la última jugada se decidió por el árbitro, que se pongan el partido completo. Lo de Montero eran pasos limpios. Clarísimos. Porque si no los hubiera hecho, habría fallado. Seguro que el balón se le hubiera ido a la izquierda, era un tiro con muchos nervios. Y el tapón no sé si era legal o ilegal. Solo sé que me llegó Salvador Alemany, una grandísima persona, la mejor persona que conozco del baloncesto español junto con Portela, y me dijo: «Boza, es muy difícil para mí, pero enhorabuena». A Aíto, que estaba triste, como es normal, se le acercó uno de Canal +, le contó no sé qué y fue entonces cuando empezó a quejarse, que si había un ángulo en el que se ve no sé qué. Estas cosas ilegales en los partidos pasan mil. Era imposible ver nada ahí, hombre.

A Unicaja llegó en el 99.

Cuando me fui de Málaga un periódico tituló: «Se va el que nos hizo grandes». Empecé con muy poco dinero, pero en cuatro años fuimos subiendo. Ganamos una copa Korac al Hemofarm aquí en Belgrado. Al día siguiente me llevé a todo el equipo al cementerio a la tumba de Korac antes de salir para Málaga. Estaban todos encantados. Pude quedarme más años, pero en cuanto me enteré de que el presidente me quería cambiar, me fui por orgullo.

Estuvo a punto de fichar a Sabonis.

Esto me molestó mucho. Hablé con Arvydas, que vive en Torremolinos. Tenía muchas ganas de jugar conmigo. Es una historia larga, nos conocemos y hemos jugado varias veces, perdió con el Real Madrid contra el Limoges. Yo hablo ruso y siempre hemos charlado. Salimos con las mujeres al restaurante favorito de Sabas, un gallego, y me dijo que quería acabar su carrera conmigo. Estaba todo listo, pero al final alguien en Unicaja se metió en medio para cargarse el fichaje diciendo que era un inválido, que no tenía piernas. Pues después se echó dos años en Portland en la NBA. Esta fue la primera herida que me hicieron en Málaga. Después de tres años maravillosos, ¿no tenéis confianza en mí?

Luego fue al Real Madrid, leemos que le recomendaron ir Mijatovic, Radomir Antic, Djordjevic… todos.

El Madrid es un gran club. Entre Barça y Madrid no sabría decirte, ambos tienen grandes virtudes. Tengo una excelente relación con todos los presidentes. Con Florentino hablo por teléfono de vez en cuando, con Núñez muy bien, y ahora ha venido Joan Laporta a dar una charla aquí a Belgrado y he estado con él.

En el Real Madrid quise modernizar un poco el club, pero fue muy difícil. Para empezar, quise traer a Joan Plaza, porque nos conocimos en Francia y le prometí que si volvía a España le ficharía; soy un hombre de palabra. Y en el club: «Qué pasa, no hay entrenadores en Castilla que tienes que traer a un catalán». Ahora Joan me parece uno de los mejores y lo ha demostrado.

Luego quería más dinero para fichar, se lo dije a Florentino; el último jugador de la plantilla de fútbol, que chupaba banquillo toda la temporada, cobraba más que todos nosotros juntos. Eso no podía ser. Luego vinieron Calderón y Divac y preferí irme.

Pero a Florentino le dejé a cuadros. Cuando jugamos la final de la ACB, quedaba un minuto y medio y perdíamos de nueve contra el TAU de Dusko Ivanovic. Fue muy divertido. Estaban Querejeta y Portela en el palco, bajaban para entregar las medallas, hay veintidós escalones, y cuando llegaron se encontraron con que los del TAU estaban llorando y nosotros celebrando. Metimos triple en el último segundo, el de Herreros.

Florentino bajó al vestuario con su mujer, Pitina, que murió, y con su hijo; estaba absolutamente emocionado. Me dijo que nunca había estado tan contento. Nos abrazamos de tal manera que le hice una fisura en las costillas. Hubo una foto en el Marca donde salía llorando por la costilla rota. Y al volver a Madrid Florentino vio con sus propios ojos que ganar una liga de baloncesto no era una mierda. Estaba todo el mundo loco de alegría. Habíamos ganado en el País Vasco, lo que tenía también su rollo político, y además el equipo de fútbol había fracasado. Pero en Madrid tuve a la prensa en contra desde el primer día. El Marca fue a por mí a muerte, parecía un periódico griego. Todo muy sucio. Fue una campaña contra mí, y no sé por qué.

Se habla mucho de que los entrenadores y los agentes cogen dinero de los fichajes.

No me gustan los agentes. Estoy muy decepcionado con muchos de ellos. Son gente que tiene millones de euros y no paga ni una Coca-Cola. Yo nunca he tenido agente. Me intentaron poner uno en Barcelona y no quise. Lo hice todo con un abogado, el que ahora le lleva todo a Zeljko Obradovic. Después de eso, Giannakopoulos me llamó personalmente y hubo una persona que solo por darle mi teléfono le cobró cien mil dólares. Le dije que estaba loco por pagar eso. A día de hoy hay deal entre los directores de clubes, agentes de jugadores y demás. Es muy difícil comprobarlo; uno te paga en Gibraltar, el otro en Andorra, y aquí no ha pasado nada. Muchos de mis colegas hacen más dinero con esto que con su contrato.

¿Usted cómo fichaba? ¿No estaba en estas redes?

¡Que diga uno que conmigo ha hecho deal! Nadie. Yo antes de robarle el dinero a un jugador me voy a la iglesia y me llevo el cepillo. Para fichar solo he estado atento a los detalles. En Split lo gané todo y fiché a Savic, que estaba jugando en un pueblo. Al macedonio Petar Naumoski y a Aramis Naglic. Los directivos me preguntaban para qué íbamos a traerles si ya lo habíamos ganado todo, y yo contestaba que cuando me fuera quería que el club siguiera ganando sin mí. Al año siguiente de irme de Split jugaron contra mí en el Barcelona y Savic nos metió veintisiete puntos. Por cierto, qué emocionante. Nombraron a Kukoc MVP y cuando tuvo que dar su discurso dijo que gracias, pero que el MVP había sido Savic.

Como seleccionador de Eslovenia logró derrotar a España.

Sí, pero lo de España es increíble. Toda mi vida he dicho que Sabonis era el número uno, luego Gasol y después Radja. Ahora creo que Gasol es el número uno. No me cabe duda. Nadie ha sido tan importante como él lo fue para España en el último europeo. ¡Madre mía!

¿Qué le parece la NBA a día de hoy?

Cada dos años voy para allá. El año pasado estuve viendo los entrenamientos de Phoenix Suns con Igor Kokoskov, el seleccionador de Eslovenia de ahora. Cuando acabó la sesión me dijo: «Boza, perdona por ver este entrenamiento». Es que no hay entrenamiento. ¡No entrenan! Veías a algunos jugadores pasando directamente del preparador. Y el entrenador: «¡Vamos! Let´s go!». Y nada. Ni caso. Solo hay glamur. Y no hay nada más, no hay competición. Hasta el playoff nada. No trabajan más que dos semanas. Lo respeto, eh. Es un gran país del baloncesto. No paran de surgir ideas nuevas.

Igual por ese caos surgen.

Sí, todas las ideas nuevas llegan de América. Lo que pienso es que Radja y Kukoc aquí tuvieron ciento y pico partidos por año. En Estados Unidos en la universidad son treinta con la misma edad. Los míos maduraban antes, más rápido, pero terminaban la temporada con inyecciones de calcio gigantescas. Al final de temporada aquí estaban machacados. Pero quiero decir una cosa, y yo estoy siempre detrás de mis palabras: para mí una final de la Copa del Rey de la ACB es mejor que cualquier partido de la NBA. Y si la final de la ACB es en Málaga, cerca del mar, con boquerones y carabineros, ¡mucho mejor que en Los Ángeles! (risas).

Ahora su hija continúa su legado.

Estoy muy orgulloso de mis hijos. El chaval tiene una empresa de marketing y ha trabajado con Kusturica, nuestro mejor director de cine, en su película Gato negro, gato blanco. Y Marina es una gran entrenadora. Cuando me dijo que quería entrenar le dije que no debía, pero ella quería, quería y quería. Me decía que si yo no escuché a mi padre por qué iba a tener que hacerlo ella, y siguió. Yo, como el padre de Djordjevic, que nunca se metió en la carrera de su hijo, nunca me he metido en la de ella. Nunca he estado en un entrenamiento y me he pasado diez años sin pisar un partido en el que ella fuera la entrenadora. Lo ha logrado todo ella sola. Una medalla de oro en el Europeo del año pasado. No tengo palabras.

Y ahora, ¿espera ofertas para volver o está fuera?

No. Quiero volver. Tengo ofertas y al final elegiré la que más miedo me dé (risas). Me he pasado un tiempo descansando y no he hecho más que leer. Muchísima literatura española, por cierto. Leo mucho de la Guerra Civil. Mi hija me roba los libros, ella habla español mejor que yo. Pero lo mejor que me ha pasado últimamente es conseguir que los pabellones de baloncesto de Belgrado lleven el nombre del profesor Aza Nikolic y Ranko Zeravica. Se lo pedí al expresidente de Serbia, Boris Tadic, y me engañó dos veces. No me hizo caso. Con Vucic no tuve que insistir, se lo sugerí y lo hizo.

Conseguir ponerle el nombre de mis maestros a los pabellones de baloncesto de esta ciudad ha sido muy importante para mí. Ha estado cargado de significado. Ha sido como ganar mi quinto título europeo. Me río porque la hija de Aza ahora me quiere regalar una pistola de su padre. Una preciosa, pequeña, que le dieron en el Ignis de Varese. ¿Pero para qué quiero yo una pistola? ¡Si ya tengo cuatro! Pero para mí es muy emocionante. Estoy muy orgulloso de haber conseguido un monumento para los que fueron mis profesores. Ahora todo el mundo por la calle viene y me abraza por esto, gente a la que no conozco de nada.


El deporte entendido como una de las bellas artes

Londres, 1967. Fotografía: Larry Ellis / Getty.

En 1986, el escritor estadounidense Richard Ford publicaba la magnífica novela The Sportswriter en torno a la atormentada figura del periodista Frank Bascombe, cuya vida va rompiéndose a jirones a lo largo de la narración sin dramas ni tragedias, con un estoicismo propio de la tradición del realismo sucio. Probablemente, eso explique que el propio Raymond Carver considerara a Ford el mejor escritor de su generación.

El primer problema que debieron de tener los editores españoles cuando compraron los derechos del libro fue, sin duda, el título. ¿Cómo se traduce en español the sportswriter? Lo más literal sería algo parecido a ‘el escritor deportivo’, pero, ¿qué demonios era un escritor deportivo en la tradición española, mucho más a finales de los ochenta y principios de los noventa? Lo más lógico, lo más claro, era dejarlo en El periodista deportivo y que cada uno pensara lo que quisiera.

Sin embargo, había algo peligroso en esa traducción, algo que se ha mantenido durante los años. El que se acercara al libro podría pensar que trataba de alguien que iba vestido con un anorak color butano a los campos de fútbol o que se pasaba doscientas páginas repitiendo como loco «¡Ay, mi madre, el bicho!». El periodismo deportivo en nuestro país no tiene nada de estético, nada de glamuroso, nada de Norman Mailer viajando a Zaire para narrar los combates de Muhammad Ali, ni de Frank Deford contándonos la vida de Bill Tilden, ni de David Halberstam —premio Pulitzer por sus crónicas de la guerra de Vietnam— hablándonos de los oscuros Portland Trail Blazers de la temporada 1980/81. Ni siquiera de un Gay Talese viajando a China para entrevistarse con la jugadora que falló el penalti decisivo en el Mundial de 1999. Siempre que esa parte Talese no se la haya inventado también, claro.

En España, el deporte siempre ha sido carne de barra de bar, de exabrupto, de almohadilla arrojada al campo, de insultos al árbitro. De hecho, su mayor hito poético consiste en rimar la palabra «millones» con «cojones», un prodigio de originalidad. En Estados Unidos, sin embargo, la conciencia de que había algo más allá de la competición ha estado presente desde los orígenes de las grandes ligas y los combates de los años treinta con Joe Louis de protagonista. Es normal que su apogeo coincidiera con el del llamado «nuevo periodismo», porque las bases eran similares: la historia detrás de la historia. ¿Qué queda detrás del quarterback de éxito, hasta qué punto una bola mal lanzada puede cambiar una vida, cómo vive un boxeador las horas de angustia anteriores a la pelea que marcará su carrera?

El sportswriter se dedica a eso, con mayor o menor éxito. En ocasiones, cae en el pecado del exceso, de intentar contar incluso lo que no sabe, pero eso también lo hacía Truman Capote. Como ejemplo de esa búsqueda de lo, en principio, marginal, Frank Bascombe se marcha a mitad del libro a hacer un reportaje sobre Herb Wallagher, una imponente figura retirada del fútbol americano cuyo futuro pasa por una silla de ruedas. Por supuesto, la elección del personaje es una elección de Richard Ford, en su intento de captar la Norteamérica tras los neones, es decir, de hacer lo mismo que lleva haciendo la mayoría de escritores estadounidenses desde los tiempos de El gran Gatsby… pero también es consecuente con la figura de Bascombe, con la figura de cualquier escritor deportivo.

El escritor deportivo es, en esencia, el que se queda cuando los demás han mandado ya sus crónicas. El solitario, el enigmático, el que no busca llegar el primero, sino que prefiere tomarse una copa con el desahuciado para completar el relato.

En ningún sitio mejor que en Estados Unidos se ha entendido la máxima de Albert Camus: «Todo lo que sé sobre la moralidad y las obligaciones del hombre, lo aprendí del fútbol», y quien dice «fútbol» bien podría decir «deporte», en general. La frase se repite mucho en Europa porque es ingeniosa y porque de alguna manera dignifica una pasión, pero se lleva muy poco a la práctica. Para el escritor deportivo, efectivamente, en cada partido, en cada enfrentamiento, en cada combate, lo que se juega no son tres puntos ni un título, sino dos maneras de entender el mundo, la moral y las obligaciones del ser humano. Puede equivocarse, puede caer en el exceso de la narrativa, pero sus ojos no van a estar en el marcador, desde luego, sino en las causas y las consecuencias de ese resultado.

El deporte como género literario

Frank Bascombe es un escritor. O más bien un aspirante a escritor cuyas novelas encuentran difícil publicación. Puede que casi todos los periodistas deportivos en la tradición anglosajona sean eso: aspirantes a otra cosa que han acabado ahí, hablando de Joe DiMaggio. En cualquier caso, comparten el gusto por las palabras, por la historia bien contada, por la narrativa. En España, lo más parecido a una narrativa deportiva surgió a raíz de las entrevistas a Valdano o a Juanma Lillo en los años ochenta y noventa y ha culminado con la figura de Pep Guardiola en la última década… con una diferencia: Guardiola es, con todo, algo parecido a un arcano, alguien inaccesible salvo para unos cuantos amigos y cuyos discursos son carne de hermenéutica más que de literatura propiamente dicha.

En Estados Unidos siempre ha sido así, quizá porque en Estados Unidos siempre se permitió que el deportista fuera algo más que un patán con talento para la pelota. La relación abierta con la prensa también ha sido decisiva en ese sentido… y algo habrá hecho bien la prensa para ganarse esa relación. Casi desde principios de siglo, el deporte ha sido un género literario de éxito y calidad en las librerías americanas, un motivo de colección y de comprensión del mundo. La gran novela americana estaba tanto en Holden Caulfield huyendo de su internado y perdiéndose en Central Park como en las luchas entre Jim Bouton y Mickey Mantle a lo largo del año 1969 reflejadas en Ball Four, uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura deportiva.

Lo mismo se pueden entender las envidias y la competitividad insana de principios de los noventa leyendo a Bret Easton Ellis que devorando el sensacional The Jordan Rules de Sam Smith, el retrato sin piedad del gran icono del deporte y la publicidad estadounidense de la época, la cara B del famoso anuncio de Spike Lee en el que todos los niños querían «ser como Mike».

Junto al escritor deportivo ha convivido siempre la tradición del deportista metido a escritor. Por supuesto, sería demasiado inocente pensar que los grandes deportistas han escrito sus autobiografías ellos mismos. Normalmente, estas cosas se hacen con periodistas armados con grabadoras que se dedican a dar forma al relato. Aun así, tiene que haber primero esa voluntad de que alguien convierta tu vida en una historia con sentido, tiene que haber un deseo de mantener el diario de tal o cual temporada y la tentación de que ese diario se haga público. Que los demás entiendan, que tú mismo entiendas quién eres más allá de los focos y los publicistas.

La autobiografía —o la biografía a secas, sin vaselina— sigue siendo el género más atractivo, un género que a menudo cruza fronteras. En el Reino Unido, por ejemplo, donde el periodismo deportivo se mueve en un término medio entre el tabloide y la intelectualidad, siempre ha habido fascinación por los personajes extremos que nos cuentan sus vivencias. Los libros de Gary Neville, de Rio Ferdinand o de Alex Ferguson han batido récords de ventas en los últimos años, aunque no haya en ellos demasiada voluntad literaria. Las andanzas entre factuales y ficticias de Brian Clough en Leeds dieron pie a uno de los más famosos libros de los últimos treinta años: The Damned United, novela escrita por David Peace. Y no hay que dudar de que, si Mourinho se decidiera en serio a contar sus verdades, los derechos del libro se venderían por millones de libras.

Aun así, el libro deportivo británico por excelencia sigue siendo Fiebre en las gradas. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La propia figura de Nick Hornby como autor consagrado en otros campos le da al fútbol esa pátina de aceptabilidad que tantas veces busca. Por otro lado, lo atractivo de la historia para el aficionado, el recurso a la primera persona para contar los altibajos de una vida según los altibajos del Arsenal han convertido a este libro en un paradigma que quizá ha ensombrecido a otros libros mejores. La literatura deportiva es mucho más que Fiebre en las gradas, pero rara vez cruza el océano Atlántico. Cuando lo hace, puede llegar a convertirse en un éxito tan inesperado como el de Open, la autobiografía del tenista Andre Agassi que arrasó por toda Europa precisamente por su estilo descarnado, su honestidad brutal, su voluntad de desnudarse por encima de los Grand Slams y las actrices y modelos que se cruzaron en su vida.

Los escasos intentos españoles

Precisamente el éxito de Open en España puede que abra por fin la puerta a la literatura deportiva de calidad, más allá de la biografía exprés del último fichaje del Madrid o del Barcelona. Desde luego, y coincidiendo precisamente con el apogeo de la figura de Guardiola, el gusanillo de querer contar las cosas bien, con sentido, yendo más allá de lo obvio, ha empezado a calar al menos entre muchos periodistas deportivos que a menudo ni siquiera son periodistas y no está nada claro que quieran dedicarse al deporte, o al menos no en exclusiva. Los nombres los conocemos todos: Manuel Jabois, Juan Tallón, Enrique Ballester… todos beben de maestros anteriores como Manuel Alcántara, lo más parecido a un sportswriter que hemos tenido en España durante décadas, aunque centrado casi siempre en el mundo del boxeo.

Se ha puesto de moda que al escritor con talento se le adjudique la columna de deporte como en su momento se le adjudicaba la de televisión. Es un avance, desde luego. La aparición de editoriales como Libros del KO, con sus «Hooligans Ilustrados», el compromiso de la Editorial Contra o de la Editorial Debate de publicar libros deportivos de calidad, o el éxito que ha tenido Córner con los libros de Martí Perarnau en los últimos años nos hacen ser optimistas con respecto al futuro del libro deportivo en España. Salvaje, de Iván Castelló, la narración de los excesos de Jesús Gil, es un ejemplo de lo mucho que hemos estado perdiendo el tiempo en nuestro país durante estos años: teníamos ahí a Gil, delante de las narices, y nadie se atrevía a escribir un buen libro al respecto, todo porque al fin y al cabo no era más que el presidente del «Atleti».

Hay toda una nueva generación de periodistas, de escritores, que han bebido el periodismo americano de primera mano gracias a internet. Periodistas acostumbrados a los perfiles de Sports Illustrated, a comprar por Amazon los libros que jamás llegarán a las librerías españolas y que ninguna editorial traducirá nunca. En ese sentido, es inevitable destacar el trabajo del que, para mí, es el sportswriter español por excelencia: Gonzalo Vázquez. Vázquez no es un periodista, o, al menos, no es más periodista que escritor, y eso se nota. De entre sus muchísimos libros, cabe destacar 101 historias de la NBA, publicado por la editorial JC, otro ejemplo de entrega al deporte, en este caso al baloncesto. El libro es una recopilación de artículos publicados en medios más o menos underground que retratan lo que ha sido Estados Unidos durante los setenta años de existencia de la NBA. La gran novela americana, pero escrita por un chico de las afueras de Bilbao.

Gonzalo es un apasionado de la escritura y de la lectura, y eso se nota en sus crónicas, en su cuidado por los detalles, por los personajes y por los contextos. Pocos como él pueden pasar sin excederse de la anécdota más o menos divertida al drama más sombrío. Mostrar sin explicar, como exige el minimalismo. Detrás de cada una de esas ciento una historias no solo hay una voluntad de estilo, sino un universo por abrir: el conservadurismo de los años cuarenta y cincuenta, las luchas sociales de los años sesenta, los estragos de la heroína y la cocaína en los setenta y ochenta, el culto desmedido al ego en los noventa, y así sucesivamente…

Porque, al fin y al cabo, esa es la tarea del sportswriter y lo que le diferencia de «los Manolos»: buscar más allá y, de alguna manera, trascender. Lo que separa al reportero del periodista y, sobre todo, del escritor. Algo más que el minuto y resultado, porque eso puede hacerlo cualquiera. Lo de siempre, de acuerdo, pero contado de otra manera, de manera que parezca otra cosa. Con sus riesgos, siempre quedó claro, con su trabajo a menudo poco reconocido y en ocasiones con sus injustificadas pajas mentales… pero con la conciencia de que ese es el camino y no otro. Su camino, al menos, más largo y tortuoso, pero el único transitable.


La demoledora historia del actor y exjugador de baloncesto Charles Maina

Una tribu en la cancha (1994). Imagen: Buena Vista Pictures.

Desde hace décadas, las universidades e institutos de los Estados Unidos peinan África en busca de talentos para sus equipos de baloncesto. Quien dice talento, dice físico y centímetros. Casi cualquier chivatazo puede justificar la inversión de un largo viaje por explotar, un poquito más, el tan exótico continente. Podemos tomar como principal referencia, por aquel 1980, el caso real del ya fallecido Manute Bol. Un cazador de leones que provenía de una tribu del Sudán, la Dinka. Bol acabó siendo jugador de baloncesto profesional, su hijo va de camino. Cuando Bol fue divisado medía 2,31 m, pero pesaba menos de 90 kilos. Dicen sus descubridores que su abuelo andaba por allí y que era más alto pero, claro, el hombre ya no estaba para muchos trotes. Bol jugó durante diez años en la NBA y causó furor por sus dimensiones, valentía y carisma. También por sus triples y tapones. Sobre todo por estos últimos, y es que el sudanés tiene el mejor promedio de tapones por minuto de la historia de la mejor liga del mundo. Entiendo que esa fue la historia que quiso trasladar el escritor y novelista Max Apple en el guion de la noventera producción hollywoodense Una tribu en la cancha (Air up there). Allí, como actor principal, habían conseguido la firma de Kevin Bacon, que venía de secundar a superestrellas en la cinta —¿me dejan decirlo así?— Algunos hombre buenos. Bacon encarnaba a Jimmy Dolan, en el papel de la típica vieja gloria del baloncesto universitario que por prematuras lesiones no probó las mieles del profesionalismo. Para seguir en el mundo de la canasta, intenta adaptarse a las esclavizadas tareas que deben asumir los entrenadores asistentes. Aquellas que poco tienen que ver con la destreza del que ha despertado pasiones encestando canastas. Dolan es un soñador con instinto, que se empeña en convencer a su universidad de que ha encontrado a un nuevo gran fenómeno baloncestístico africano. A partir de aquí, la pelota en el tejado de los productores. La piedra angular del proyecto era el personaje ‘Saleh’. El diamante en bruto a descubrir en el largometraje y en la historia que habían creado. Debían hacerse con algún chaval africano que fuera muy alto, jugara bien al baloncesto, hiciera mates espectaculares, tuviera buena planta y que fuera capaz de coprotagonizar con solvencia la película junto a todo un TOP como Bacon. Una locura.

Y entonces apareció Charlie. Al puro estilo de cualquier gran producción yanqui, se hizo una minuciosa y completa selección. Alrededor de cincuenta personas pasaron por el casting en cuestión hasta que dieron con Charles Gitonga Maina. Un keniata de diecisiete añitos que rozaba los dos metros. Por supuesto, en la película no escatimarían en hacer los trucos necesarios para que pareciera mucho más alto. Maina había ganado el concurso de mates de Nairobi, tenía una sonrisa deslumbrante, era de constitución atlética y… tenía un morro que se lo pisaba. Natural y fresco. Charlie era Saleh como Saleh era Charlie. Posible preludio del éxito y fracaso de su efímera carrera como actor.

The air up there se estrenó en 1994. Tenía poca ‘chicha’ y los críticos fueron duros con ella, pero a los basketmaniáticos nos llegó al corazón. Dicen que es una de las ‘pelis’ favoritas de Shaquille O’Neal, un tipo con especial olfato para el business. Para el film se contrató a Bob McAdoo, una leyenda NBA retiraba de la práctica del baloncesto que ejercía de entrenador asistente en los Miami Heat. Él se encargaba de la supervisión de las escenas en las que se jugaba al baloncesto y, obviamente, también entrenó a Maina durante meses para pulir su técnica individual. «Vi algo de talento pero estaba muy verde, aunque realmente podía machacar de forma contundente. Pensé que tendría una buena oportunidad jugando en América. Aprendía rápido y yo tenía la esperanza de que pudiera convertirse en otra historia como la de Hakeem Olajuwon o Dikembe Mutombo​». Por cierto, un hercúleo hermano de Mutombo llamado Ilo también aparece en la película como máximo rival de Saleh en la cancha.

Aquello era un sueño para Maina, además de conseguir la oportunidad de hacer un largometraje norteamericano, tenía la ocasión de mejorar entrenando al baloncesto junto a un maestro. Pasaban las horas, pero el chico no se cansaba. «Sé que a Charlie le encantaba actuar y jugar al baloncesto, aunque pienso, que si hubiera tenido que elegir una cosa, habría sido jugar a baloncesto​», me explicaba Nigel Miguel, un exjugador universitario de la prestigiosa UCLA que interpreta el papel del hermano de Saleh. En la vida real, Nigel llegó a ser considerado uno de los mejores jugadores de instituto de los Estados Unidos, llegando a ser seleccionado en 1981 para jugar el prestigioso McDonald’s All American, donde se reunía a los mejores jugadores de high school del país. Entre los muchachos elegidos para aquella edición en la que participó Nigel, también había un tal Michael Jordan. La trayectoria de NM es muy parecida a la de Nolan, el personaje interpretado por Bacon, con la diferencia de que el beliceño no siguió en el mundo del baloncesto y optó por el camino de la interpretación y producción.

Acabó la película y con ella se desvaneció el personaje de Saleh, pero le continuó uno de carne y hueso, Charlie. Y la realidad prometía más que la ficción, el premio podía ser por partida doble. McAdoo hizo de puente y se instaló en los Estados Unidos. Así podría estudiar y también practicar el baloncesto. Mientras no acababa de encajar en algún instituto de Kansas, por edad le hubiera tocado estar en la Universidad, Maina acabó creciendo un buen puñado de pulgadas más alcanzando los dos metros y siete centímetros. Como no podía ser de otra manera, la residencia de Maina acabó siendo Miami, lugar donde McAdoo entrenaba. Gracias a Bob, el africano solía acudir asiduamente a los entrenamientos de los Heat y a sus partidos. Curiosamente, Bol llegó a jugar una temporada en los Heat, la 1993-94, por tiempo estuvo a punto de coincidir con Maina en la exótica ciudad costera. Tal vez, McAdoo los puso alguna vez en contacto. Quién sabe. La pasión por el baloncesto crecía en Charlie día a día mientras veía jugar a los Tim Hardaway, Mourning, Mashburn… Las propias expectativas del chico, en ocasiones, estaban por la nubes. ¿Ser actor en Hollywood o jugador profesional de baloncesto? ¿Ambas cosas? Los papeles no llegaban tras su aparición en 1995 en un capítulo de la serie Seaquest, que protagonizaba el ya fallecido Roy Scheider y que seguía su andadura cinematográfica acuática tras la saga que nos traumatizó a muchos críos en su momento, Tiburón. Fue en el capítulo trece de la segunda temporada de la serie, llamado «La tierra perdida». Allí Maina daba vida a un poco convincente profesor Obatu. Les hago spoiler y les confieso que ese mismo título, tristemente, podría haber encajado para este artículo. Principio y, prácticamente, fin de su carrera como actor. Según Pearl Wexler, agente suyo entonces, la gran altura de CM fue lo que más limitó sus oportunidades. Pero Charlie estaba contento. Entre otras becas aceptó la de la Universidad de Lynn, un college internacional con prestigio en el mundo audiovisual que está ubicado en Boca Ratón, a menos de una hora en coche de Miami. Además de la posibilidad de jugar al lado de casa a su deporte favorito (NCAA II), también podía estudiar Comunicación e Interpretación y prepararse mejor en esa faceta. Jeff Price, entrenador del equipo de baloncesto de Lynn, explicó en Solobasket.com que, tras reclutarlo, fue un espectáculo contar con él en muchos sentidos: «Charles fue uno de los mejores taponadores de la historia de la Universidad de Lynn y nos ayudó a llevar a  nuestro equipo al éxito. Una vez que a la gente del campus se le pasó la novedad de verlo como una ​celebrity se dieron cuenta de que era una persona genuinamente agradable. Fue muy bien recibido en el campus desde el principio y será recordado como uno ​de los jugadores más impactantes que pusieron nuestra universidad en el mapa del baloncesto​». ¿Exagera? Las palabras de Price llegan desde el bajón, pues contacté con él hace seis años, cuando Charlie estaba en paradero desconocido. Cuando el coach lo reclutó en 1997, Price no dudó en reconocer con euforia en el Sun Sentinel, uno de los diarios más importante del estado de Florida, que estaba al corriente de que en los institutos donde había jugado había roto varios récords en tapones. También aseguraba que era un atleta tremendo pero que no sabía que «tuviera cualidades anotadoras. Era una gran tirador con gran toque​». Hasta donde yo sé, Maina sigue siendo el jugador que más tapones ha puesto en un partido en la historia de Lynn, once en total. También es el segundo jugador que más tapones ha sumado, tantos como ciento setenta y tres, en toda la historia del college, a pesar de disputar tan solo dos cursos. El keniata reunía otra cualidad muy preciada para un interior, acierto en los tiros libres. Lynn rehacía su propia historia y llegaba hasta las semifinales nacionales de la NCAA II.

Imagen: Buena Vista Pictures.

Maina estaba cumpliendo el sueño americano y, en una escala más común, el de cualquier adolescente en los Estados Unidos, ser muy popular en la universidad. Price, incluso llegó a reconocer que, a priori, no sabía cómo debía gestionar haber reclutado a un famoso para su equipo. Como apuntaba su mentor, McAdoo, era un chico de «naturaleza despreocupada​». Muy divertido, singular y con la ingenuidad de un ‘jovenzuelo’ de clase media de Nairobi que aterriza bajo los focos de los Estados Unidos. Su madre era enfermera y su padre también tenía un buen trabajo. «Se abrió un nuevo mundo para mí. Mi vida dio un giro​», explicó Maina en aquellos momentos de gloria. En pocos años había dado un salto vertiginoso desde la fértil pero casi mundana experiencia de ir a la universidad de Nairobi a otra alucinante… ser un famosete en el vivaracho estado de Florida. En pocos años, esa magnética vivencia se convertiría en un salto sin red. Su concurso baloncestístico en el equipo de Lynn destacaba por su intimidación, mates bestiales y buena mano. Su mayor hándicap era que tenía poco peso para la posición que ocupaba, colocación y le costaba fajar a sus pares más voluminosos, asegurar el rebote y anotar consistentemente debajo del aro. Sin embargo, todos los entrenadores con los que hablé coincidieron en una hipótesis, Maina tenía facultades y potencial suficiente para ser un pívot interesante en Europa, en ligas menores de los Estados Unidos o Latinoamérica. Sus medias en Lynn se redondearon en ocho puntos, seis rebotes, tres tapones y un porcentaje de tiros libres que sobrepasaba el 70%. Solo llevaba un par de años jugando en serio. El chico tenía mucho margen de progresión. De hecho, parece que Charles no daba la espalda a su gran sueño, la NBA. Guarismos discretos para una ilusión colosal. En verano del 99, una vez finiquitada su relación con Lynn, acudió al campus de los Heat. Es evidente quién le extendió la mano. Tenía veintitrés años, tenía envergadura y había ganado musculatura. Quería ser profesional. Lo tenía todo, bueno… casi todo. Aquel mismo verano le expiró el visado como estudiante. Hablé con muchas personas pero ninguna me supo o me quiso explicar por qué no pudo conseguir otro con otra condición que le permitiera estar en los Estados Unidos en situación regular en el instante más importante de su vida. Si hubiera gobernado Trump, habríamos hecho un rápido encaje de bolillos. Bill Clinton era el homónimo de turno. Si salía de los Estados Unidos ya no tenía garantizado poder volver a entrar, si se quedaba, no podía optar a un trabajo legal, eso incluía la posibilidad de firmar un contrato con algún equipo de baloncesto. ¿Qué ocurrió? «Mejor le preguntas a él, si… lo encuentras​», me respondió Steve Tucker. Tucker intentó fichar para sus Texas Tycoons, por todos los medios, a Maina. Los Tycoons eran un equipo de la ABA, una liga menor norteamericana pero que remuneraba a sus jugadores y que podía ser un trampolín hacia un profesionalismo de más alto nivel. Pero, después de cinco años, el bloqueo con su visado continuaba y Maina ya residía en Nairobi. «En el 2004 nosotros contactamos varias veces con Charlie Maina para que se uniera a los Texas Tycoons y así ser miembro de la American Basketball Association. Nuestra organización estaba muy interesada en Charlie. Era un jugador con mucho talento para nosotros, que había tenido una excelente carrera en la universidad de Lynn. Sin embargo, cuando fuimos a reclutarlo y a hacerle un oferta, nos informaron de que Charlie no había podido conseguir una visa de trabajo en Estados Unidos aún y que le llevaría varios años más​». Cuando insistí a Tucker en si sabía los motivos por los que Maina no había podido resolver los problemas con el papeleo, me encontré de nuevo con un muro: «No estoy al corriente de todas las circunstancias que rodearon este suceso, pero entiendo que la razón principal fueron algunos problemas fuera de la pista durante aquella época, verano de 1999, mientras Charlie había estado intentando conseguir una oportunidad para jugar en la NBA con los Miami Heat justo después de acabar la universidad. Debo decir que las veces que contacté con él fue muy profesional y siempre tuvo mucha clase en todo el trato. Me pareció una persona muy agradable. Yo hubiera deseado traerlo a Texas para jugar con nosotros, porque yo sentía firmemente que él lo habría hecho muy bien gracias al deseo que tenía de triunfar en la élite​».

Nadie quiso decirme, ni probarme, de qué problemas se trataban. Charlie estaba desesperado. No podía aceptar la oferta de equipo de los Estados Unidos. Veía que el tiempo se le estaba echando encima, ya tenía veintiocho años. Iba a perder, de nuevo, su sueño. Pero… ¿Que qué hacía en África? Rebobinemos. En 1999, Charlie no aguantó más e intentó aprovechar una oportunidad para jugar en Europa, concretamente en Grecia. Nunca más podría volver a los Estados Unidos. Último cartucho baloncestístico, ‘All in’, debió pensar un confuso Charlie. Dicen que McAdoo le aconsejó que no se marchara. Bob, buen conocedor del baloncesto en Europa, pues tras su paso por la NBA se convirtió en una leyenda en Italia, sabía que allí se piden resultados inmediatos en los jugadores foráneos que se contratan. Si nos remontamos a aquel fatídico verano del 99, nos encontramos a un Maina sin experiencia, sin visado y con la efervescencia de un tío que sabía que podía jugar por encima del aro… ¿Salir de Estados Unidos era una oportunidad o un suicidio? En la moneda salió cruz. Maina estaba hundido, avergonzado, sin dinero… ¿cuál era el siguiente paso? Desaparecer. En el 2013 acabé una búsqueda de más de dos años tras no encontrar a nadie que supiera algo sobre su paradero. El e-mail que me facilitaron no funcionaba, no aparecía en las redes sociales y no había ninguna noticia suya ni medio reciente por Internet. A día de hoy, ni siquiera encontré una foto suya jugando en Lynn, pese a haber sido un hombre récord allí. ¿Había más gente que también prefería que desapareciera? Un día me llegó un rumor que no iba nada mal encaminado. Le habían visto por algún bar de Nairobi. No pude averiguar más y, agotado, el 21 de mayo del 2013 publiqué en Solobasket.com un artículo sobre él con todo el material que había recogido. «El misterio del exactor y jugador Charles Maina», lo titulé. Necesitaba poner punto y final a aquella pequeña obsesión. El chico necesitará paz. Para qué seguir, pensé. Maina había decidido desconectar del mundo cortando con todos sus amigos de los Estados Unidos… quise creer que podía servir como final medio feliz. Volver a tus orígenes. Apreciar lo que tenías, quién eres. Yo mismo, el escritor del artículo, hacía un claro ejercicio de autocomplacencia.

Seis meses después de mi publicación, una tal X —la llamaré así porque no estoy seguro de que quiera aparecer en este artículo— leyó mi publicación y se puso en contacto conmigo. X me explicaba que su ​pareja fue más que un buen amigo para Charlie. Pude asegurarme de que ambos habían jugado juntos. Decía que fueron como hermanos, en el periodo que él vivió allí en los Estados Unidos. Que eran compañeros de equipo en Lynn University y pasaban mucho tiempo juntos. Incluso, que llegó a vivir con ellos por un tiempo después de que dejara Lynn en 1999. Luego Charlie les dejó para ir, como les apuntaba, a Grecia para intentar fichar por un equipo de allí pero se encontró con problemas con su VISA. De hecho, les llamó para decirles que había sido detenido y que iba a ser deportado a Kenia. Los flashes que debieron pasar por la cabeza de Maina, durante todas aquellas horas de viaje en condición de ilegal, pulverizaron la autoestima de aquel gran tipo. ¿Qué había sido de su primer viaje a Los Ángeles para participar en la prueba definitiva? ¿Y los que ilustraban su participación en la película? ¿Qué había sido de la alfombra roja en el estreno junto a Bacon? ¿Qué había sido de haber conocido a grandes estrellas de la NBA en persona? ¿Qué había sido de todas aquellas chicas y chicos que enloquecían cada vez que se colgaba del aro o le jaleaban por cada rincón del campus universitario?

Según me siguió explicando X, desde entonces (1999) nunca volvió a oír hablar de él de nuevo. A pesar de que le estuvo buscando durante los diez años siguientes. Llamando a Kenia, colocando carteles allí o contactando de todas las formas con gente, pensando que podría encontrarle a él o a alguien de su familia. Habló con la embajada en Kenia así como con otros amigos de los Estados Unidos o de los Texas Tycoons. Temían que pudiera estar muerto o en la cárcel. Sin embargo, ahora, después de tanto tiempo, él les había llamado desde Kenia. ¡No se lo podían creer, por fin le habían encontrado! Parecía tan ilusionada como preocupada. Estaba decidida a llevar de nuevo a Charlie a los Estados Unidos.

Imagen: Buena Vista Pictures.

No pude evitar preguntarle por la cuestión que vertebra este artículo: ¿Por qué tuvo problemas con el visado? ¿Por qué estaba tan desamparado después de su corta pero destacable trayectoria? Según me contó, tan solo fue un tema de papeleos, Charlie estaba con una visa de estudiante y cuando acabó su etapa en la universidad tuvo que afrontar su vuelta a Kenia. No tenía recursos ni dinero. Según parece, la familia de Charlie en Kenia se había quedado con la mayor parte de las ganancias que hizo en la película. Charlie había vivido con nuestra improvisada protagonista y su marido en el sur de Florida por un tiempo después de la universidad. No tenía adónde ir ni recurso económico alguno. La situación política y económica en Kenia y su ciudad, Nairobi, eran malas. Según ella, él no tenía ninguna razón para querer volver y quería permanecer en los Estados Unidos e intentar jugar al baloncesto aquí o, al menos, en algún lugar de Europa. Charlie intentó encontrar formas de reunir algún dinero para ver si podía afrontar las condiciones de su visa y alargar su estancia allí. Y ahora es cuando les describo el epicentro de parte del problema. Según X, él tenía una agente en Florida, a la cual conocieron y sabían que no era una persona de fiar. Esta le garantizó un equipo en Grecia donde jugar como profesional. ​Me asegura ​X que ella y su marido le aconsejaron que no debía confiar en ella. Pero su agente insistió prometiéndole que, además de jugar al baloncesto, podría reunir suficiente dinero como para luego solucionar los trámites de su visa y así luego se ocuparía de que volviera a entrar en el país. La agente en cuestión, aunque ella pone en duda hasta que lo fuera oficialmente, le proporcionó algún documento pero nada que ver con un contrato o algo que garantizara realmente que el equipo le ficharía. Charlie se agarró a la esperanza y dejó la casa de sus amigos. La siguiente vez que supieron de él fue cuando les llamó desde Grecia, ya bajo la custodia de la policía helena. Les dijo lo que temían, en las oficinas del club griego no se encontró con ningún contrato garantizado. Es más, el club había decidido hacer recortes en el presupuesto del equipo y no iban a fichar a nadie más. No había un hueco para Charlie. Cuando él intentó pedir ayuda a la agente, ella básicamente se desentendió. Game over. En Grecia no conocía a nadie y no tenía dinero ni visa para volver a los Estados Unidos. Justo lo que le habían dicho sus amigos. Era deportado a Kenia. Durante años, no oirían hablar de él, a pesar de que eran su única familia en los Estados Unidos. Después de tanto tiempo pensaron lo peor.

Tras aquellos e-mails, X y yo desconectamos durante tres años. Así de simple. La distancia, otras ocupaciones o, al menos en mi caso, el peso de aquella historia durante tanto tiempo, formaron parte de aquel distanciamiento. Un día, otro usuario que había leído mi artículo me hizo llegar un link del prestigioso Sports Illustrated. Era de 2016 y en él había un reportaje («Charles Gitonga Maina’s life is no Hollywood tale») escrito por Greg Groggel. Explicaba que había contactado con Charlie tras un viaje a Buruburu, el barrio residencial de Nairobi donde Maina se crió. Ya tenía cuarenta  años, su deteriorado aspecto le añadía, como poco, una década más. Con muy poco peso y con un gorro que ocultaba una importante cicatriz en la cabeza daba vida a la típica imagen de un sintecho. Según explica en el artículo del norteamericano, Maina vivía con su padres y pasaba los días bebiendo en bares de la zona. Según Groggel, lo localizó un par de veces bajo los efectos del alcohol. Su reportaje repasa de forma acertada y amplia la trayectoria de Maina, pero no consigue profundizar en algunos importantes detalles ni tampoco rescata aquellas respuestas sobre Charlie que podrían haber resuelto las dudas que arrojo en tantas líneas. Pero no lo debió tener fácil. Estaba ante un hombre que creyó tenerlo todo. Seguía exhibiendo aquella aduladora sonrisa, pero ahora era frágil y la acompañaba de una mirada esquiva. Pretendiendo ocultar lo que piensa, que era una persona sobre una montaña de sueños rotos. Sumido en la ambigüedad que abraza la vergüenza y el orgullo por haber vivido una gran experiencia. «En África, cuando alguien consigue una oportunidad de estudiar y trabajar en los Estados Unidos se da por hecho que te has hecho rico. Muchos no lo entienden de otra manera. Es posible que piensen que Maina aún tiene mucho dinero​», me explica el exjugador africano ACB Anicet Lavodrama, formado en la Universidad de Houston Baptist y con el que he hablado muchísimas veces sobre Charlie. Anicet, en su momento, me intentó ayudar a localizarlo preguntando a varias embajadas y contactos. En las declaraciones que recoge un curioso Groggel, Maina dice que tenía dinero y que dejó y dio mucho a los amigos porque no sabía decir que no. Que trabaja como freelance. Pero, según explica el propio entrevistador, llegó a la conclusión de que aquellas reflexiones eran contradictorias. Que seguía sin móvil, que no utilizaba de forma regular el e-mail. Maina, en sus declaraciones, se expresa de forma superficial y escueta. Tal vez intentaba hablar pero no podía. Tal vez intentaba mostrar algo de dignidad pero sentía que era incapaz de encontrarla.

Vuelvo a contactar con X y me cuenta que ahora ella y su pareja tienen un contacto más fluido con Charlie por la redes y que también se llaman por teléfono. No obstante, la situación sigue siendo la misma, sigue luchando por reunir dinero y sacar a Charlie de Kenia. «Él sigue luchando​». Según el reportaje en cuestión de Groggel, en el 2003 le acuchillaron y le golpearon con una piedra en la cabeza para intentar robarle. Si recuerdan, al año siguiente fue cuando los Texas Tycoons le hicieron una oferta para jugar al baloncesto profesional. Su corazón se fracturaría aún más. Desde aquella extradición desde Grecia su vida se resume en cómo no estar en el sitio  adecuado ni en el momento adecuado. Unos diez años después, Charlie se armó de valor y publicó una foto espeluznante. Aparecía con toda la cara y cabeza inflamada y varios cortes. Entre ellos una terrible brecha cosida en su cabeza y otra en una mejilla. Incluso, diría que le falta algún diente. Él mismo reconoce que todo apuntaba a que iba a morir. Explica que le acuchillaron cerca de casa y que, además, también le dieron una paliza. Charlie ha sido atacado y robado varias veces. Alguna gente de allí sigue pensando que es rico debido a la película que hizo.

Entre tanta locura, también hay noticias agradables: averiguó que tiene un hijo de diecinueve años en los Estados Unidos y que se parece mucho a Charlie. Más cosas buenas. Charlie, en momentos de lucidez, trabaja con adolescentes y chavales, de entre seis y dieciséis años, intentando enseñarles y difundir el baloncesto. X y su pareja le han proporcionado balones y zapatillas para que puedan jugar. Sin embargo, cuando todo parecía ir por buen rumbo, Charlie volvió a desconectar; tampoco X y otras personas cercanas a él contestan a mis mensajes.

En diciembre del 2017 Charles Gitonga Maina expuso la siguiente cita:

Acepta tu pasado sin lamentarte.
Maneja el presente con confianza.
Y afronta tu futuro sin miedo​.

En algunas fotos de hace un año le vi de nuevo con un balón de basket en sus manos. Rodeado de chavales. Intentando que los niños y chicos de su barrio se enganchen al deporte de la canasta y no se metan en problemas.

Probablemente, esa lucha podría ser la única que salvara su propia vida.


Hoop Dreams: el documental que cambió los Óscar

William Gates en Hoop Dreams (1994). Imagen: Fine Line Features.

Cuando se estrenó en 1994, Hoop Dreams dejó estupefactos a los críticos. Sobre todo en los Estados Unidos, donde no estaban aún demasiado acostumbrados a que les mostrasen el reverso del famoso «sueño americano». Concebido inicialmente como un documental de media hora para la televisión pública, la versión final terminó durando tres horas (hoy hubiese sido convertido en serie) y siendo estrenado en festivales y salas de cine. Pese a su ritmo lento, su larguísimo metraje y una total ausencia de requiebros sensacionalistas, fue un éxito de público —para lo que era de esperar de un documental como este, claro— y terminó recaudando once millones de dólares. Desde entonces se le considera uno de los mejores documentales de todos los tiempos.

Es difícil condensar en una frase qué es lo que tiene este documental que ha encandilado a tantos críticos y espectadores a lo largo de los años. No esperen una sucesión de imágenes impactantes o momentos climáticos. Tampoco es un festival de personajes extravagantes como Grey Gardens o Crumb, ni narra sucesos tan enfermizos como Jonestown: Paradise Lost o The Keepers, ni tiene un pulso tan endiabladamente electrizante como un largometraje de Michael Moore. No hay grandes secuencias de melodrama ni montajes efectistas.

Creo que la clave reside en que fue producto de un trabajo muy serio y muy intenso. Su filmación duró cuatro años; solamente así podía conseguirse el efecto de involucrar al espectador en las vidas de un pequeño puñado de personas. Durante los primeros minutos la perspectiva distante y un tanto fría del documental engaña por completo; al final, consigue que sintamos por los protagonistas una simpatía que nos hace alegrarnos y padecer con ellos de una manera que no imaginábamos al principio.

Durante aquellos años los cineastas Steve James y Simon Schumann siguieron las andanzas de dos adolescentes llamados Arthur Agee y William Gates. Eran dos críos muy normales procedentes de los barrios más desfavorecidos de Chicago, cuya principal afición —y uno de los pocos estímulos positivos en sus vidas— era jugar al baloncesto. Cuando tenían catorce años fueron descubiertos por ojeadores que recorrían las canchas callejeras buscando a chavales con talento. Ambos fueron fichados, beca escolar mediante, para jugar en el equipo de un instituto situado en una zona acomodada en las afueras de la ciudad. Los dos chicos empiezan a acudir al nuevo instituto, para lo que han de viajar tres horas todos los días. En esos cuatro años de instituto, Arthur y William terminan recorriendo caminos distintos —uno de ellos cambiará de escuela—, pero seguirán afectados por la circunstancia común de tener que responder a las presiones de quienes esperan de ellos que se conviertan en grandes jugadores universitarios y, después, en profesionales de la NBA.

Hoop Dreams significa «sueños del aro» o «sueños de la canasta», pero en realidad no es un documental deportivo, ni gira exclusivamente en torno al baloncesto. Usted no necesitará entender una sola palabra sobre baloncesto para entender las claves de la historia que se le va a contar. Es verdad que describe la feroz competitividad a la que se enfrentan los deportistas estadounidenses ya desde que están cursando los estudios secundarios. Es verdad que describe cómo el deporte escolar estadounidense es una fábrica de campeones y también una trituradora de sueños y esperanzas. Pero el baloncesto es el telón de fondo, no el verdadero núcleo de la narración. Es la excusa para hablar de muchas otras cosas.

Los dos chavales —sobre todo William— son comparados con la leyenda local de Chicago, Isiah Thomas, dos veces campeón de la NBA, y esto marcará el futuro de ambos. Por entonces la estrella del principal equipo de la región, los Chicago Bulls, era Michael Jordan y Thomas, que jugaba en Detroit Pistons, era uno de sus principales rivales. Pero Jordan era un fichaje «foráneo», nacido y crecido en Carolina de Norte, mientras que Isiah Thomas sí era natural de Chicago y, de hecho, había empezado a destacar en el mismo instituto en que juegan Arthur y William. Era el ejemplo natural a seguir por los jóvenes que empezaban a jugar en una ciudad obsesionada con el baloncesto. En la mitología particular de esa escuela —católica—, Isiah Thomas ocupa un lugar tan destacado como el propio Jesucristo. Es un icono cuya omnipresente figura llena las paredes de los pasillos. Y esto no es cualquier cosa. Los jugadores del instituto son material habitual en los programas deportivos de las televisiones y la prensa de Illinois; a cada partido acuden miles de espectadores.

En mitad del revuelo que se organiza en torno a ellos, ambos chavales sueñan con un futuro en que los sueldos millonarios de la NBA los saquen a ellos y a sus familias de la pobreza. Y tenían motivos para la esperanza; por las imágenes que vemos de ellos dos jugando, está claro que les sobraba el talento. Sin embargo, y esto es algo que supongo ni los mismos documentalistas esperaban, el camino hacia el éxito es muy duro; no tanto por lo deportivo, sino por las circunstancias en que viven los protagonistas.

Es difícil señalar un tema central y quizá lo más cercano a un núcleo conceptual es la reflexión sobre las dificultades añadidas que, para conseguir cualquier mínimo avance en sus vidas, encuentran esos dos chavales criados en un entorno disfuncional. Esto quizá suena a cliché, pero la película evita los clichés y no insiste en ninguna faceta escabrosa o melodramática. El documental sigue el estilo del cinéma vérité y no juzga ni emite opiniones. Apenas hay fragmentos de entrevistas. Se limita a filmar lo que sucede, dejando que el espectador lo vea con sus ojos y lo juzgue por sí mismo. Que extraiga información de las reacciones y gestos de los protagonistas y que deduzca aquello que no ve, porque se insinúa mucho más de lo que se muestra. De las muchas oportunidades que se presentan para caer en el sensacionalismo, el documental jamás se deja llevar por la tentación de intentar aprovecharlas en pro de un mayor dramatismo.

Somos nosotros, los espectadores, quienes nos vamos dando cuenta de la carga que suponen las circunstancias vitales de Arthur y William. Hoop Dreams, decía, muestra la cara oculta del «sueño americano»; es como el negativo fotográfico de la aureola deslumbrante que desprenden figuras casi mitológicas como Michael Jordan o LeBron James, o cualesquiera otros deportistas y profesionales de éxito. Frente a la idea preconcebida —mucho más indiscutida entonces— de que el sistema estadounidense ayuda a que el talento ascienda de manera automática con independencia del origen de cada cual, Hoop Dreams muestra cómo los protagonistas han de recorrer un camino repleto de obstáculos no solo económicos y sociales, sino también psicológicos. A dos chavales de catorce años se les carga con la responsabilidad de responder a unas elevadísimas expectativas mientras intentan gestionar sus sentimientos ante los problemas de sus familias y sus barrios.

Muy lejos de la vida despreocupada que se le supone a un adolescente, estos dos chicos empiezan a darse cuenta de que otros en su entorno —familiares, entrenadores— intentan cumplir sus sueños fallidos a través de ellos. Empiezan a descubrir que son tratados como meras herramientas para satisfacer las ansias de grandeza de equipos juveniles y la codicia profesional de ojeadores profesionales, o para compensar las frustraciones que algunos de sus familiares tienen con respecto a sus propias vidas. Arthur y William son dos buenos chicos cuya inocencia empezará a hacerse añicos al comprobar que el mundillo deportivo funciona a base de hipocresía e intereses creados. El sistema les ofrece y retira oportunidades según lo bien o mal que les vaya sobre la cancha, sin que nadie en ese sistema se preocupe por su educación y formación más allá de cumplir unos requisitos mínimos legales impuestos, precisamente, para intentar impedir que se pudiera progresar en el sistema educativo gracias únicamente a las becas deportivas.

Vemos cómo los protagonistas se dan cuenta de que lo único que se espera de ellos es que metan canastas y ganen unos trofeos amateur cuyo fin último es justificar los presupuestos de las secciones deportivas de instituciones que deberían preocuparse más por el desarrollo de unos alumnos a los que han decidido becar. Los dos chavales experimentan un proceso de cambio (y, a veces, de resistencia al cambio) que ayuda a entender por qué no siempre los talentos son aprovechados. La lenta caída en un estado de desencanto va haciéndose patente. El documental los sigue hasta que cumplen los dieciocho y están a punto de iniciar otra etapa de cuatro años, la universitaria, que es paso obligado para llegar a convertirse en jugadores profesionales. Hoy sabemos —algo que no se sabía cuando se estrenó la película— que ambos, desencantados, terminaron abandonando el baloncesto antes de acabar la universidad. Aunque uno volvió y estuvo a punto de probar en la NBA por mediación del mismísimo Michael Jordan, hasta que una lesión le fastidió la oportunidad. Ambos salieron adelante gracias a los royalties del documental (sus autores les cedieron doscientos mil dólares en ese concepto); uno se convirtió en pastor evangélico y otro empezó a dirigir una fundación para intentar ayudar a chavales de barrios pobres. También sabemos que algunos de sus familiares, a quienes vemos en la película, terminaron pagando un alto precio por vivir en un entorno social turbulento: años después del documental, el padre de Arthur fue tiroteado en plena calle por unos atracadores y el hermano de William fue asesinado por un asunto de celos.

El estreno de Hoop Dreams, además, suscitó una controversia sobre los Óscar. Hoy Hoop Dreams sorprende menos, pero en 1994 era un tipo de documental que no era habitual, en especial por su sorda crítica del american way of life. Los críticos, como digo, lo ensalzaron como una de las mejores películas del año. Resultó, casualmente, que también en 1994 se estrenó un documental que entusiasmó a los críticos y es hoy incluido en la lista de los mejores de todos los tiempos, Crumb, el fascinante retrato del famoso dibujante de cómics Robert Crumb y su extraña familia. Pues bien, ninguno de los dos fue nominado para los Óscar del siguiente año. Para que nos entendamos, es como si en 1973 no hubiesen sido nominadas El Padrino ni Cabaret.

Muchos críticos empezaron a airear sus sospechas de que no había juego limpio en los premios y se montó tal lío que el director de la academia estadounidense de cine, que siempre se había mantenido al margen del sistema de votaciones (subcontratado a una empresa externa para que no se dudase de la neutralidad de la institución y de la libertad que dejaba a sus miembros) se vio obligado a romper el protocolo y pedir las tablas de puntuaciones. Descubrió que Hoop Dreams y Crumb habían recibido muchísimas puntuaciones, pero que algunos miembros de la academia repartían sus puntos de manera que determinadas películas quedasen fuera de los nominados y no perjudicasen a sus favoritas. Es decir, que varios de ellos habían dado cero puntos a esos dos documentales para bajar su media y dejarlos fuera de la competición.

Al saberse esto la prensa atacó a unos premios que ya sufrían una tremenda crisis de credibilidad. El Óscar al mejor documental llevaba años despertando recelos. Por ejemplo, los críticos ya habían expresado su asombro cinco años antes al ver que no era nominado Roger & Me, el apoteósico debut de Michael Moore. El que en una misma edición se quedasen fuera los dos favoritos de la crítica y del público, que ya entonces eran calificados como clásicos instantáneos, era demasiado. La revista Entertainment Weekly afirmó al poco tiempo que «robarle la nominación a Hoop Dreams ha sido uno de los más vergonzosos episodios en la historia de la academia». Meses después dicha academia anunció un cambio en el sistema de votaciones, cambio destinado a evitar que los académicos pudiesen dinamitar las opciones de películas que habían recibido muchísimos votos pero que a ellos no parecía interesarles ver nominadas.

En cualquier caso, Hoop Dreams no aparece en las listas de mejores documentales por casualidad. Más allá de la aparente sencillez de su estilo da pie a toda clase de lecturas sociales e incluso políticas sobre la manera en que el sitio que ocupas por nacimiento determina lo difícil que va a ser tu camino en la vida. Quien nace arriba solo necesita limitarse a no estropear lo que hereda. Quien nace abajo tendrá que esforzarse más, pero también dependerá de la suerte, de los intereses ajenos y de una pléyade de circunstancias que, en buena parte, no dependen de la persona. En definitiva, un gran documental sobre la vida.