Veinte años en Matrix

Matrix. Imagen: Warner Bros.

Parece que no, pero hace veinte años que se estrenó Matrix. Y ese es un dato que confirma dos temores modernos: que vamos a morir todos más temprano que tarde y que el único que probablemente quede en pie en este planeta sea Keanu Reeves por todo eso de acumular genes de vampiro. Cuando las (1) hermanas Lana y Lilly Wachowski estrenaron en cines Matrix, aquello se convirtió en un bombazo que, además de exprimir taquillas, influyó sobre todas las cintas de acción (y por extensión sobre medios cercanos como los videojuegos) posteriores. La segunda película de las realizadoras afianzó el tiempo bala como parte del espectáculo, le quitó momentáneamente el polvo al rollito ciberpunk y volvió a poner de moda las coreografías al repartir tortazos o al pegar tiros entre volteretas. En la trama, un programador llamado Thomas Anderson (Keanu Reeves), que en sus ratos libres ejercía de hacker bajo el alias «Neo», descubría que el mundo que habitaba no era real sino una creación de las máquinas para mantener controlada a la humanidad y utilizarla como si fuesen pilas Duracell. ¿Esto era un spoiler enorme? Sí, pero a estas alturas el que no sepa de qué va Matrix probablemente ande demasiado desconectado de la realidad como para estar ahora mismo leyendo sobre el cumpleaños del film.

Al hablar de sus influencias, las Wachowski eran tan audaces como para señalar a básicamente todo lo que habían consumido a lo largo de su vida hasta finales de los noventa: el anime de Ghost in the Shell, Akira, Speed Racer o Ninja Scroll, el cine de Stanley Kubrick, John Huston, Billy Wilder, George Lucas, Fritz Lang, John Woo o Ridley Scott y las letras de Herman Hesse, Kevin Kelly, Homero, Lewis Carroll, Cornel West o Fyodor Dostoyevsky. Pero todo empezó con viñetas fantásticas y un libro sobre la vida y milagros de Roger Corman.

Matrix. Imagen: Warner Bros.

Lazos ardientes entre Clive Barker y Asesinos

Tras la universidad, las hermanas Wachowski montaron un negocio de pintura y carpintería, aunque su verdadera vocación era construir mundos ficticios sobre el papel y lejos de las astillas. De algún modo, acabaron compaginando su empresa de bricolaje con encargos para guionizar un puñado de cómics de Marvel: Ectokid, Hellraiser y Razas de noche. Tebeos alejados de los superhéroes, forrados con monstruos y apadrinados por el famoso escritor de terror Clive Barker. Mientras rellenaban bocadillos para las viñetas, se merendaron la autobiografía de Roger Corman (How I Made a Hundred Movies in Hollywood and Never Lost a Dime) encontrándola tan inspiradora como para decidir que el futuro estaba en los guiones cinematográficos, y que sería bien bonito venderle alguno a las productoras. Su primer intento de elaborar un libreto para la gran pantalla fue Carnivore, una historia donde la gente sana y en forma era acosada por una tropa de caníbales. El relato nunca llegó a convertirse en película, pero consiguió que las hermanas comenzaran a llamar la atención entre los ojeadores de futuras promesas.

Asesinos. Imagen: Warner.

Lana y Lilli redactaron el guion original de Asesinos (1995), aquel mojón con Sylvester Stallone y Antonio Banderas de la que lo único salvable es un famosísimo meme de internet en forma de GIF animado, pero su texto no tenía demasiado que ver con lo que finalmente ocurrió en pantalla. El productor Joel Silver les había comprado el libreto por un millón de pavos, se lo había arrojado a Richard Donner para que lo dirigiera y aquel se lo había remitido al guionista Brian Helgeland con la orden de reescribirlo por completo. El resultado final les daba tanta a grima a las hermanas Wachowski como para que intentasen eliminar sus nombres de los créditos del film y evitar así los futuros linchamientos, algo que el sindicato de guionistas de Estados Unidos no les permitió hacer («Y ahora nuestros nombres están escritos ahí para siempre» lamentaban). A partir de entonces, ambas decidieron enfocar sus esfuerzos en encontrar sitio detrás de las cámaras a bordo de un guion propio. Escribieron Lazos ardientes y Dino De Laurentiis, coproductor de Asesinos, les financió la peli tras enterarse de qué iba el asunto: «Estábamos un poco nerviosas a la hora de explicarle la trama», explicaba Lana, «porque creíamos que De Laurentiis tenía esa mentalidad de viejo patriarcado italiano y no sabíamos cómo se iba a tomar el asunto de las lesbianas. Le dijimos “Vale, tenemos a una mujer, y también hay otra mujer” y nos interrumpió con un “Espera ¿esa primera mujer es lesbiana? ¿Y la otra también?”. Le contestamos con un “Uh, yeah” y entonces dio una palmada y exclamó “Vale, tenemos un trato”». Lazos ardientes se estrenó en 1996 con un reparto encabezado por Jennifer Tilly, Gina Gershon y Joe Pantoliano. Y resultó ser una ópera prima más que admirable, un thriller en donde el componente erótico era evidente, pero todo lo demás estaba bastante bien llevado.

Lazos ardientes. Imagen: Warner Bros.

Lo bonito es que el patinazo de las realizadoras con el desastre que fue Asesinos también tuvo más consecuencias colaterales. Porque el productor Joe Silver en su momento defendió el guion original made in Wachowski (lo describió como algo «Realmente brillante, un texto ingenioso y una película de acción muy inteligente») y aquello animó a las directoras a presentarle otro libreto, el de una historia de ciencia ficción titulada Matrix que habían escrito unos cuantos años antes. Silver desembolsó otro millón de dólares para hacerse con los derechos del texto, y las Wachowski aprovecharon la inercia de la fama proporcionada por Lazos ardientes para ponerlo en marcha. O al menos así cuenta el propio Silver que ocurrió todo, porque la otra versión sobre los precalentamientos para Matrix es que Warner, y concretamente su presidente Lorenzo di Bonaventura, se habían hecho con los derechos de Lazos ardientes y Matrix mucho antes, de una tacada junto al guion de Asesinos.

Precalentando Matrix

El problema para darle luz verde a Matrix es que en Warner no tenían nada claro lo de invertir una suma importante de dinero en un guion plagado de divagaciones filosóficas, que se antojaban demasiado profundas para el devorador de palomitas medio, y en una producción apoyada en unos efectos especiales que todavía estaba por verse si podrían llevarse a cabo. Para vender el producto con más brillo, las Wachowski decidieron contratar a un par de dibujantes de cómics, Steve Skroce (Cable, X-Man, The Amazing Spider-Man, Gámbito o aquella Ectokid que guionizaron las realizadoras) y Geof Darrow (Hardboiled, The Big Guy and the Rusty Robot), a los que encargaron elaborar un storyboard de seiscientas páginas detallando plano a plano todo lo que ocurriría en el film. Aquel tochazo logró aflojar las corbatas de unos productores que en un principio no las tenían todas consigo.

Inicialmente, las realizadoras decidieron proponerle el rol principal (Neo) a Will Smith con la idea de fichar en el papel de su mentor (Morfeo) a Val Kilmer. Pero el primero se agobió un poco al leer la historia, que encontraba demasiado complicada, y se puso mucho más nervioso cuando en la reunión con las directoras le hablaron de congelarle mientras pegaba patadas en el aire para hacerle girar 360 grados. El príncipe de Bel-Air decidió rechazar el proyecto y en su lugar aceptó protagonizar Wild Wild West, esa extraordinaria hez de ciento setenta millones de dólares. El propio Will Smith contó todo esto con muchísima más gracia en su canal de YouTube (atención durante la historia al maravilloso consejo de Steven Spielberg):


El resumen: en el fondo nos hizo un favor.

Pero los mandamucho de Warner Bros tenían el control sobre el casting de la película y comenzaron a tantear actores para cubrir los puestos. Ewan McGregor rechazó el rol de Neo en favor de Star Wars: la amenaza fantasma, David Duchovny tampoco quiso convertirse en el Elegido y se fue a rodar la película de Expediente X, Russell Crowe declinó el papel de Morfeo («No pillaba de qué iba todo eso. No pasé de la página cuarenta y dos del guion. Aquel mundo simplemente no me interesaba»), Chow Yun-Fat también dijo no a lo de sujetar las pastis y Jean Reno desestimó ponerse en la piel del agente Smith porque no tenía muchas ganas de viajar a aquella Australia donde se rodaría la película. A Janet Jackson le ofrecieron interpretar a Trinity pero al no cuadrarle con la agenda de conciertos tuvo que desestimar la oferta. El mismo personaje también fue ofrecido a Sandra Bullock, a Michelle Yeoh y a Gillian Anderson, pero todas tenían mejores cosas que hacer. El caso curioso fue el del rol de Switch: Belinda McClory se presentó a las pruebas del casting pero solo para representar medio papel, porque en la historia original Switch iba a ser una mujer en el interior de Matrix y un varón en el mundo real (de ahí el nombre del personaje). Finalmente, se descartó la idea y la mujer se quedó con el pack completo.

Desde Warner, y tras tantear a Johnny Depp y Brad Pitt, finalmente propusieron a Keanu Reeves como estrella de la película, dejando algo confusas a unas Wachowski que se preguntaban si el chaval encarnaría a un buen Neo: «Se preguntaban ¿el de Las alucinantes aventuras de Bill y Ted? ¿Ese tío podrá darnos lo que necesitamos?», apuntaba un amigo cercano a las directoras. Aquel actor todavía no tenía condición de megaestrella, venía de reformularse como héroe de acción en Speed, pero también de patinar en Reacción en cadena y de protagonizar otra trama de temática ciberpunk que se escoñó en taquilla: Johnny Mnemonic. Reeves acabó acomodándose con soltura en el papel de Neo (un personaje que solo tenía ciento sesenta y cuatro líneas de diálogo en el film, de las cuales más de la mitad eran preguntas), Carrie-Anne Moss en el de Trinity, Laurence Fishburne en el de Morfeo, Hugo Weaving en el de agente Smith y Joe Pantoliano (que ya salía en Lazos ardientes) en el de Cypher.

Con el reparto en su sitio las Wachowski se pusieron exquisitas y, antes de permitir a los actores memorizar el guion, les obligaron a estudiarse el ensayo filosófico Simulacres et simulation de Jean Baudrillard, el libro Out of Control de Kevin Kelly (que versaba sobre utopías tecnológicas en la ciencia y el filosofar modernos), y los ensayos sobre psicología evolucionista de Dylan Evans. Y tras dejar el cerebro frito al casting los metieron en un gimnasio a darse de hostias: las Wachowski contactaron con Woo-Ping Yuen, un legendario coordinador de escenas de sopapos, actor y director que lleva repartiendo galletas en el cine de Hong-Kong desde los años setenta. A Yuen le gustó la historia de Matrix, pero estaba en modo vago y optó por solicitar una suma exagerada de pasta, el control total sobre las secuencias de tortas y entrenar a los actores durante cuatro meses, suponiendo que tantas demandas exigentes sería rechazadas y se libraría del curro sin tener que decir que no. Se equivocaba por completo, las Wachowski (fans de su trabajo) le dijeron que sí a todo y el hombre entró a formar parte del equipo.

Matrix. Imagen: Warner Bros.

Empaquetando Matrix

Uno de los grandes aciertos estéticos de la película fue idear la lluvia Matrix a modo de seña de identidad, un diluvio de caracteres verdosos y extraños sobre fondo negro que representaban el código informático del mundo virtual. Los segundos iniciales de Matrix mostraban los logos corporativos (sumergidos en un filtro que simulaba las pantallas de fósforo verde de los ordenadores prehistóricos), seguidos de un chaparrón de aquel código misterioso que daba paso al título del film. Un aguacero digital de símbolos diseñados por el británico Simon Whiteley a partir de versiones volteadas de letras del alfabeto latino, números girados, caracteres reducidos del silabario katakana y algo de inspiración entre las páginas de los cocinillas orientales: «Me gusta decirle a la gente que el código de Matrix está hecho a base de recetas de sushi» comentaba el propio Whiteley al explicar que muchos de aquellos signos habían sido inicialmente escaneados de un libro de cocina de su mujer japonesa.

A la hora de hablar de las pintas de los personajes ocurre una cosa curiosa: todo el mundo tiene grabada en la memoria la imagen de Neo vistiendo chulesco una chaqueta larga de cuero cuando aquello no ocurría en ningún momento. Kym Barret, encargada de vestuario, explicaba: «El look de Neo no fue nada caro. Consistía en una chaqueta de lana que compré en un rastrillo neoyorquino por unos tres dólares, pero era el material perfecto y nos vino muy bien, cumplió perfectamente su función [Los directores buscaban ropa que ondease teatralmente durante las escenas de acción]. Aun así, la gente sigue preguntándome: “¿Y qué pasa con la chaqueta de cuero de Neo?” A ver, realmente él nunca ha vestido en Matrix una chaqueta de cuero». Barret también aclaraba que de dineros iban muy justos, y que a la hora de envasar a Moss en licra optaron por tirar de los materiales más baratos. El tema de los anteojos tintados fue un caso aparte: Richard Walker, fundador de la compañía de gafas de sol Blinde, estaba tan interesado por ataviar con sus productos a los protagonistas que se presentó ante los directores con diseños exclusivos para cada personaje realizados según sus nombres. A las Wachowski aquello les robó el corazón y ficharon sus servicios por delante de Ray-Ban o Arnette. Walker viajó a Australia para tirarse los meses de rodaje fabricando a mano las gafas de sol del reparto. En la pantalla, el agente Smith no se quitaría sus gafas en ningún momento.

Matrix. Imagen: Warner.

Rodando Matrix

Matrix se filmó entre marzo y agosto de 1998 en Sidney para abaratar costes y con el equipo rebuscando callejones que tuviesen tufo a urbe norteamericana. Aunque buena parte del rodaje aconteció en los estudios que Fox acababa de inaugurar en la ciudad australiana, colgando a los actores de cables para azotar patadas y reutilizando material que otras producciones se habían dejado tirado por ahí: la persecución inicial sobre los tejados está filmada en un set que perteneció a aquella Dark City de Alex Proyas. Reeves llegó al entrenamiento bastante cascado tras una operación, pero se dedicó a ponerse en forma a lo bruto, y Moss se desgració el tobillo durante las escenas de piñas aunque no lo comentó en voz alta por si acaso le otorgaban la baja definitiva. La leyenda dice que el estudio inicialmente solo concedió un presupuesto de diez millones de dólares, y que las Wachowski se los fundieron todos en una escena inicial que sorprendió tanto a los productores como para que desembolsaran cincuenta kilos más. Pero dicho rumor es falso: en realidad las realizadoras montaron aquella secuencia cuando los de arriba comenzaron a insinuar que a lo mejor metían mano en la producción exigiendo cambios. Tras ver que la cosa tenía pintaza, los de Warner les dejaron hacer con el resto del filme lo que les diese la gana.

Matrix. Imagen: Warner Bros.

Lo más llamativo del proceso de producción fue el afianzamiento oficial del famoso «tiempo bala» (bullet time), aquellos momentos donde la acción se ralentizaba hasta casi congelarse y la cámara giraba alrededor del protagonista mientras este esquivaba balas o pegaba patadas en el aire. No era una ocurrencia totalmente novedosa: Eadweard Muybridge ya jugueteó con lo de convertir una serie de imágenes estáticas en secuencias a finales del siglo diecinueve elaborando discos de fenaquistoscopio donde la acción se movía con gracia. En los sesenta, la serie Speed Racer (unos dibujos que las Wachowski acabarían trasladando al cine) ya incluía un fugaz momento que recordaba a los efectos de Matrix cuando el protagonista saltaba del vehículo durante la cabecera. En el 80, Tim Macmillan inventó el time-slice al fabricar una cámara que podía hacer cosas tan espectaculares como estas. Y en el 81, una chusca cinta sudafricana titulada Mata y mata otra vez presentó al abuelo del bullet time, una toma donde la cámara perseguía en slow motion a una bala recién disparada. Michel Gondry dirigió en el 96 un anuncio de vodka que tiraba de un muy vistoso tiempo bala, pero también firmó un vídeo para The Rolling stones encadenando entre morphings digitales fotografías estáticas («Like a Rolling Stone») y otro para Björk («Jóga») donde utilizaba una técnica similar. Y películas como Blade, Buffalo ’66 o Perdidos en el espacio incluyeron escenas con algo parecido al tiempo bala antes siquiera de que las Wachowski inaugurasen su mundo verdoso. John Gaeta, encargado de los efectos en Matrix, cita como inspiración principal para su bullet time a las mencionadas ocurrencias de Gondry, pero también al imaginario visual de Otomo Katsuhiro, el creador de Akira.

Gaeta junto a Bill Pope, director de fotografía, inicialmente trataron de lograr aquel efecto montando la cámara sobre una dolly que se desplazase a velocidades demenciales alrededor de los actores. Pero las pruebas fueron bastante desastrosas y acabaron optando por mezclar FX digitales y fotografía clásica: colocaron un ejército de cámaras de fotos en círculo en torno a la acción, las programaron para que fotografiasen la escena en orden (dejando intervalos de tiempo muy pequeños entre una instantánea y otra) y rellenaron por ordenador los huecos necesarios para que las imágenes encajasen formando una secuencia a cámara lenta donde la cámara parecía flotar libre.

Sí, en su momento esto fue la hostia en patinete.

Desde entonces, decenas de películas y series de televisión imitaron, parodiaron, o se inspiraron en el tiempo bala: Operación Swordfish, Superman Returns, Scary Movie, Los Ángeles de Charlie, Los Ángeles de Charlie: al límite, Los Simpson, Sherlock, Deadpool, X-Men: días del futuro pasado, Kung-Pow, Returner, Shrek, FLCL, Watchmen, Piratas del Caribe: el cofre del hombre muerto,Spider-Man o el cortometraje Carousel entre muchísimos otras producciones. Entretanto, los videojuegos lo convirtieron en recurso tras ver que las cabriolas con disparos de Max Payne resultaban divertidísimas: la primera, segunda y tercera entrega de dicha saga combinaron Matrix con la cámara lenta del cine de John Woo para utilizar el tiempo bala como mecanismo. También lo hicieron otros juegos como F.E.A.R., la saga Call of Juarez, la serie Red Dead Redemption, TimeShift, My Friend Pedro, The Hong-Kong Massacre, Mirror’s Edge, las recientes entregas de Fallout, los disparos a través de la mirilla en los Sniper Elite, Strangehold, Total Overdose y básicamente cualquier cosa en la que hubiese tiroteos. Entre ellos destacaba SuperHOT por llevar el truco hasta el extremo al plantear un videojuego donde la acción se desarrollaba siempre en bullet time gracias a una ocurrencia genial: que el tiempo solo avanzase cuando se movía el jugador.

Verde que te quiero verde

Las Wachowski también procuraron diferenciar estéticamente las escenas de la película según el mundo en donde transcurriera la acción. Las secuencias emplazadas en el universo virtual de Matrix se filmaron con objetivos de distancia focal corta, una decisión que permitía colocar a los personajes en estampas y entornos profundos. Y las escenas ubicadas en el mundo real tiraron de lentes de distancia focal larga, separando visualmente a los humanos de los escenarios, como si los primeros existiesen por derecho propio y no a causa del mundo que los rodea. El otro truco técnico para marcar diferencias implicaba jugar con las coloraciones: las luces se tiñeron de tonos verdosos cuando la historia tenía lugar en los terrenos de Matrix (una idea inspirada por los antiguos monitores de PC de fósforo verde), y de colores azules cuando los protagonistas zascandileaban por el mundo real. Aquella paleta, si bien no era especialmente sutil, funcionaba en la pantalla pero lo doloroso llegó años después, en 2008, cuando las hermanas fueron poseídas por el espíritu de George Lucas y decidieron meterle mano al metraje original para lanzar una nueva edición en DVD y Blu-ray. Y al hacerlo se pasaron en exceso con la brocha y la pintura: para acercar la estética de la original a la vista en las dos secuelas (Matrix Reloaded (2002) y Matrix Revolutions (2003)) en la reedición de Matrix optaron por acentuar a lo bestia los tonos verdes y azules, tiñéndolo todo con un aspecto muy alejado de la versión vista en cines y bastante criticado por los fans del film. El latigazo cromático era tan notable que no solo todo parecía estar sumergido en un filtro verdoso bastante molesto, sino que hasta Morpheus era más negro. Para alivio de todos los entusiastas de las aventuras de Neo, en 2018 se editó una nueva versión 4K en Blu-ray comandada por el director de fotografía de la cinta original, Bill Pope, una edición que daba marcha atrás y rebajaba el exagerado cóctel de verdes invasivos.

A la izquierda, imágenes de la edición en DVD de 1999, similar en sus colores a la versión exhibida en salas. A la derecha, la edición teñida editada en DVD y Blu-ray durante 2008.

Analizando Matrix

Durante la preproducción de la película aquel guion circuló por las oficinas de Warner con el sambenito de ser una historia sesuda y rebuscada que nadie entendía del todo. A los actores se les atragantaba (excepto a Fishburne, que lo encontró «muy inteligente») y los productores exigían meter más diálogo para que el público no se hiciese la picha un lío con tanto universo virtual y tanta divagación. En el fondo ni la historia era tan compleja ni las ínfulas filosóficas tan elevadas, el libro Simulacres et simulation que las directoras exigieron a los actores que se leyeran aparecía de manera evidente en el metraje (aunque el capítulo «On nihilism» por el que Neo lo abría estaba erróneamente colocado, porque en realidad pertenece a la parte final del tomo), pero al propio autor de la obra, Jean Baudrillard, la película le provocaba bostezos y cierta rabia. Baudrillard aseguraba que la cinta no tiene nada que ver con las ideas vertidas en su texto, que las Wachowski lo habían entendido todo mal y que en el fondo «Matrix es la película que las máquinas de Matrix hubieran producido», es decir, que en un mundo dominado por Matrix la cinta sería la propaganda ideal del enemigo mecánico para controlar a los humanos.

Matrix. Imagen: Warner Bros.

Lo cierto es que Matrix es envidiable como blockbuster. La historia iba más allá de la clásicas excusas para balaceras, sabía encajar los logros técnicos en la trama y, sobre todo, condensaba las escenas de acción en set pieces que se sentían como consecuencia de lo que desarrollaba y no como excusa: el entrenamiento en el dojo, el tiroteo en el vestíbulo, las balas esquivadas en la azotea o el rescate de Morfeo a bordo de un helicóptero eran momentos en los que la trama desembocaba en lugar de plantarlos sin justificación. Pero al mismo tiempo es cierto que las ínfulas filosóficas que le pretendían las Wachowski tampoco iban más allá de una capa superficial, algo así como revisitar la alegoría de la caverna de Platón otorgándole un arsenal (y superpoderes) al prisionero antes de liberarlo para que salga a liarla. La cosa fue más evidente en las secuelas, donde los guiones ya no sabía qué coño hacer para justificar lo listos que se creían.

Secuelas de Matrix

En la industria, las secuelas de Matrix se manifestaron con un bonito montón de productos jugando a imitar la estética y maneras de las aventuras de Neo (Equilibrium, Underworld, El único) y un montón de videojuegos transformándose en extensiones de las escenas de acción. Pero lo peor de todo fueron las verdaderas secuelas que generó la cinta: Matrix Reloaded, pese a fallida, todavía resultaba medianamente entretenida, pero Matrix Revolutions fue un mojón considerable. Además, ambas pecaban de rebozarse en monsergas filosóficas que ni estaban bien hiladas ni nadie había pedido. Al final, lo más destacable de la expansión del universo Matrix tras la primera película fue una antología de cortometrajes animados convenientemente titulada Animatrix .  

La carrera posterior de las directoras también ha sido bastante desastrosa: tras dirigir la disparatada Speed Racer (una cosa tan loca que o se ama o se odia), se pegaron un costalazo considerable en taquilla con El atlas de las nubes y filmaron una El destino de Júpiter que no había por dónde cogerla. El año pasado Netflix les canceló su serie Sense8 tras dos temporadas a pesar de que se había ganado un grupo de fans fieles, y unos meses más tarde las hermanas le echaron el cierre a sus oficinas en Chicago al no tener producciones en marcha. A día de hoy, los rumores sobre una cuarta entrega de Matrix no paran de saltar de tanto en tanto y los estudios siguen preguntándose si lo virtual no sería el talento que demostraron inicialmente quienes firmaron Lazos ardientes y Matrix hace ya veinte años. Wake up, Neo.

Matrix. Imagen: Warner Bros.


(1) A estas alturas todo el mundo sabe que Lana y Lilli Wachowski nacieron como Larry y Andy Wachowski y completaron su transición al género opuesto durante los dos mil. Dedicarle más líneas a ese detalle o ir saltando a lo largo del texto entre determinantes masculinos y femeninos sería amarillista e irrespetuoso teniendo en cuenta el celo con el que las realizadoras protegen su intimidad. Da hasta rabia escribir una nota al pie para recordarle a los posibles futuros listillos de los comentarios que sí, que estamos hablando de dos mujeres.


Cuentos asombrosos, Radiohead y los monstruos perfectos

Amazing Stories. Imagen: Amblin Entertainment.

Cuentos asombrosos

Cuentos asombrosos es una serie de antología que se emitió a mediados de los ochenta, una colección de relatos fantásticos concebida por un Steven Spielberg que optó por contagiarle su estilo hasta el punto de que el programa podría considerarse como un Alfred Hitchcock presenta o un The Twilight Zone embadurnado en el espíritu de Amblin. Cuentos asombrosos tomaba prestado el nombre de la primera revista de ciencia ficción de Estados Unidos (Amazing Stories), aunque las historias que se desplegaban en la pequeña pantalla gravitaban lejos de la sci-fi y cerca de la fábula de fantasía. Relatos que se presentaron con una cabecera de CGI prehistórico y con el propio Spielberg haciendo de maestro de ceremonias al dirigir el primer episodio: «Ghost Train». Un cuentecillo, protagonizado por un joven Lukas Haas y ese eternamente viejo Roberts Blossom que abrió testas a palazos en Solo en casa, que repasaba todos los tics del director de E. T. en menos de media hora mientras contaba una historia eficiente, pero poco sorprendente, sobre un tren fantasma.

Kevin Cotsner en «The Mission», Amazing Stories. Imagen: Amblin Entertainment

Las cuarenta y cinco historias que construyeron las dos temporadas de Cuentos asombrosos oscilaban bastante en cuanto a calidad, y lo cierto es que andaban lejos de los soberbios libretos de aquella The Twilight Zone que firmaba Rod Serling, pero resultaban curiosas por sus premisas fantásticas y lo estelar de los nombres implicados. Joe Dante (Gremlins, El chip prodigioso) se divirtió sobre terreno conocido al liberar a un monstruo hambriento y tocacojones en «The Greibble», pero también metió a una estrella porno y su marido en una casa encantada en «Boo», para tormento de los fantasmas que la habitaban. Brad Bird (El gigante de hierro, Ratatouille) orquestó un episodio de dibujos animados titulado «Family Dog» protagonizado por un perro nacido de los garabatos de Tim Burton (un chucho que era clavado al héroe canino de aquella Frankenweenie que Burton estrenaría veintisiete años después). Robert Zemeckis utilizó un disco de rock para maldecir a un profesor cabrón (Christopher Lloyd) en «Go to the Head of the Class». Martin Scorsese firmó un relato, «Mirror, Mirror», donde un escritor de novelas de terror era acosado por un monstruo fantasmagórico (Tim Robbins) que solo era visible en los reflejos. Tobe Hopper (La matanza de Texas) utilizó «Miss Stardust» para organizar un concurso alienígena de belleza con Weird Al Yankovic haciendo de repollo extraterrestre. Y el mismísimo Clint Eastwood dirigió a Harvey Keitel y Sondra Locke en una historia de cuadros que cobraban vida («Vanessa in the Garden»).

En la serie había hueco para todo tipo de ingredientes del género fantástico: mandos de televisión que arrastraban a los personajes de la caja tonta hasta el mundo real, viajeros del tiempo, niñeras que utilizaban vudú para contener a los niños a su cargo, peluquines malditos, un Patrick Swayze con poderes en el corredor de la muerte, gente capaz de hacer loops con el tiempo o Danny DeVito armado con un anillo maldito. Spielberg también se encargó de otro episodio, uno de los más recordados de todo el show: «The Mission», un relato ambientado en la Segunda Guerra Mundial y protagonizado por Kevin Costner junto a Kiefer Sutherland, que tiene pinta de drama pero se guarda para su desenlace un truco sorprendente al estilo de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?

«The Greibble», Amazing stories. Imagen: Amblin Entertainment

Cuentos asombrosos funcionó con solvencia en la televisión (en la actualidad Apple planea producir una nueva temporada), generó un spin-off animado poco recomendable (Family Dog) y algunas de las historias que se quedaron fuera del programa acabaron convirtiéndose en productos muy solventes: tanto la película Nuestros maravillosos aliados (1987) como el videojuego The Dig (1995) nacieron inicialmente como posibles capítulos de la serie. En España, y en algunos otros países europeos, se realizó un movimiento comercial bastante extraño al fusionar tres capítulos («Mummy Daddy», «Go to the Head of the Class» y «The Mission») para estrenarlos en cines como si fuesen una película. Algo inusual teniendo en cuenta que la propia serie danzaba por la parrilla televisiva.

Nuestros maravillosos aliados (1987), The Dig (1995).

Lo verdaderamente interesante es que Cuentos asombrosos contenía una historia donde habitan los monstruos perfectos: el noveno episodio de su segunda temporada, un relato titulado «Thanksgiving».

Radiohead

A mediados de los ochenta, en la Abingdon School de Oxfordshire, cinco chavales decidieron matar el tedio montando una banda a la que bautizaron sin mucho esfuerzo como On a Friday, en honor al día en el que se congregaban para ensayar. Los ejecutivos de EMI no tardaron demasiado en fijarse en ellos y les invitaron a arrancar los noventa con un contrato en el regazo que llegaba acompañado de la sugerencia de buscar una denominación menos cochambrosa para el grupo. Meses más tarde, aquellos jóvenes ingleses entraron en el estudio para grabar su primer disco convertidos en Radiohead, el nombre que tomaron prestado del tema «Radio Head» de Talking heads. En 1992, la banda comenzó a armar cierto follón con el single «Creep», una canción que el mundo parecía amar y odiar en similar medida: la BBC Radio 1 se negó a emitirla por considerarla demasiado deprimente mientras en tierras estadounidenses e israelíes el mismo tema se convertía en un éxito.

A su álbum de debut, Pablo Honey (1993), le siguió The Bends (1995) y sobre todo un Ok Computer (1997) que los elevó a los altares; cuando toda la crítica se calzó las rodilleras ante ellos de manera unánime, repitieron la jugada con un Kid A (2000) que también destacó por cultivar multitud de loas. Amnesiac (2001) y Hail to the Thief (2003), un álbum con el que ni siquiera la propia banda andaba muy convencida, salieron bien parados pero no coronaron cumbre como sus antecesores. In Rainbows (2007), The King of Limbs (2011) y A Moon Shaped Pool (2016) fueron álbumes notables y reverenciados que remataron algo tan poco común como una discografía sin patinazos apreciables. Radiohead se afianzó como uno de esos extraños casos donde el alma de la banda de culto confluía con el éxito a gran escala, algo curioso para una agrupación que no renunció a su propia personalidad ni a hacer lo que le venía en gana: cuando finiquitaron sus deudas contractuales optaron por pasar de las compañías y autoeditarse sus propios discos. Con la publicación de In Rainbows incluso se atrevieron a dejar que el propio comprador decidiese el precio a pagar por el álbum.

Radiohead en Barcelona, 2008. Imagen: Alterna2 CC

La formación también se demostró muy preocupada por el arte que tejía su universo personal: pescaron a creadores como Stanley Donwood para ilustrar sus trabajos, borraron su presencia en internet (su página oficial se tiñó de blanco al mismo tiempo que desaparecían sus tuits y posts en redes sociales) para simbolizar un renacer junto a la publicación de un nuevo disco, escondieron melodías ocultas y secretos que traen de cabeza a sus seguidores, pasearon una canción por sus directos durante más de veinte años («True Love Waits») para grabarla finalmente como regalo a los fans e incluso editaron una versión de Ok Computer acompañada de una cinta de casete que, al ser cargada en uno de aquellos vetustos ordenadores ZX Spectrum, mostraba esto de aquí. Tanta dedicación a lo suyo también los convirtió en pedantes y ñoños para muchos oídos: el personaje de Alicia Silverstone en Clueless: fuera de onda se defecó en su música etiquetándolos de sensibleros.

Entre tanto, en el mundo real, la cara de Thom Yorke, un hombre que nació con el ojo izquierdo paralizado y visitando quirófanos por sus problemas de visión, adornó sin permiso la portada de un libro iraní sobre la impotencia y un anuncio ruso sobre el insomnio. Porque la jeta del cantante parece haberse convertido en la stock image definitiva para representar a alguien que o ha pasado una mala noche o le ha pasado un camión por encima. Y en los juzgados, Radiohead hace dos días que se ha convertido en noticia al demandar a Lana del Rey por plagio porque, a pesar de la dicción de la cantante y las ganas que le pone a esto de entonar, por lo visto no es difícil confundir su «Get Free» con el «Creep» de los ingleses. La situación resulta especialmente graciosa porque hace unos años los chicos de The Hollies señalaron que la banda inglesa había plagiado su «The Air that I Breathe» en «Creep» y acabaron recibiendo parte de los royalties y el reconocimiento de su coautoría.

Si en algún momento crees que haces mala cara piensa que por lo menos no eres Thom Yorke.

Lo que nos interesa es que a la hora de invadir el medio visual lo hicieron con mucho estilo y una colección de videoclips extraordinarios. Los seis minutos de su «Paranoid Android», un corte nacido tras fusionar tres canciones diferentes, llegaron envueltos en las extrañas aventuras animadas de Robin, una creación del animador sueco Magnus Carlsson. «Knives Out» se convirtió en uno de los trebejos traviesos de Michel Gondry, que incluía una versión gigante del Operación de MB. «Pyramid Song» mostraba una criatura poligonal como la única superviviente de un mundo devastado. «Lotus Flower» logró que los extrañísimos bailoteos de Yorke se convirtiesen en meme. «Fake Plastic Trees» llegó firmado por el hijo de Ridley Scott, Jake Scott, y le cantaba a la muerte entre colores brillantes. «Burn the Witch» era un remake de The Wicker Man en stop-motion. Jonathan Glazer ideó una pesadilla de venganza motorizada en el sobresaliente vídeo de «Karma Police». Y «No Surprises» consiguió algo imposible: que todo el mundo se angustiara de verdad con un videoclip. La culpa la tenía un cantante, aquel con cara de no haber dormido lo suficiente, cuyo ahogamiento parecía inminente.

Y luego está lo de «Just». Porque el videoclip de «Just» contiene una monstruosidad perfecta.

Destripando un cuento

«Thanksgiving» no había sido ideada originalmente para la serie Cuentos asombrosos. En realidad, se trataba de la adaptación de una historia corta titulada «Hey, You Down Here!» («¡Eh, los de abajo!») escrita por Harold Rolseth en 1971 y publicada en revistas y recopilaciones de corte fantástico como Yankee, Alfred Hitchcock Presents: Stories to Be Read with the Lights on, The Young Oxford Book of Nasty Endings, Twister o Eerie, Weird and Wicked. Su traslado hacia la pequeña pantalla tampoco suponía la primera adaptación del relato a otros medios, porque un francés llamado Stéphan Holmes ya lo había convertido en un cortometraje llamado Ceux d’en Bas un par de años antes. La historia de Rolseth era capaz de llamar la atención de mucha gente, pero cuando decidió visitar los mundos de Spielberg lo hizo como un producto capaz de dar lecciones. Porque la grandeza de «Thanksgiving» se encuentra en demostrar que es posible crear una historia de fantasía redonda utilizando tan solo a dos personajes y un elemento del escenario. Y a partir de aquí se avecinan SPOILERS bien gordos, porque las siguientes líneas destripan la trama por completo y sin pudor alguno.

El capítulo de Cuentos asombrosos sigue casi al pie de la letra la historia que Rolseth había escrito catorce años antes, aunque modifica el parentesco entre los dos personajes principales. Sobre el papel, la pareja protagonista es un matrimonio desavenido, pero en la adaptación televisiva una joven llamada Dora (Kyra Sedgwick) malvive en medio del desierto junto a Calvin (David Carradine), su padrastro cabronazo. Aunque tanto en «Hey, You Down Here!» como en «Thanksgiving» el verdadero protagonista es otro, uno muy inusual: un agujero en el suelo.

En la versión televisiva, Dora y Calvin descubren que un pozo de su propiedad, cuyo suelo se ha derrumbado mientras excavaban en busca de agua, se comunica directamente con un mundo subterráneo. Con la idea de averiguar qué se cuece en sus profundidades, el padrastro ata una linterna a una cuerda para hacerla descender de manera controlada a través de la galería. El hombre es incapaz de echarle una ojeada al fondo porque el boquete es tremendamente profundo, pero al recoger la soga descubre una cosa mucho más insólita y estremecedora: que algo habita en lo más hondo de aquel pozo. Algo que se ha tomado la molestia de sustituir la linterna anudada a la cuerda por una bolsa de piel que contiene una carta escrita en un lenguaje indescifrable junto a un pedazo gordo de oro. Aquello enciende una bombilla en la avaricia de un Calvin que abandona a su hijastra, bajo orden expresa de no acercarse al pozo ni dejar que nadie lo haga, para salir disparado con su camioneta en busca de más cacharrería que intercambiar por piezas de oro con lo que fuese que viviese en las profundidades.

Dora decide aprovechar la ausencia de su tutor para comunicarse con los habitantes del hoyo y tirando de cuerda les remite un diccionario y un pedazo de carne embolsados, recibiendo a cambio un puñado de joyas junto a una nueva nota, escrita en un inglés con la tipografía y los códigos de un diccionario, que agradece el «tosco libro de códigos» y la comida antes de despedirse con un «¿Qué más tienes?». Flipando con la misiva de la Gente del Agujero, la chica decide atar a la cuerda una cesta que descenderá con un par de pollos desplumados y ascenderá rellena con más sortijas y otra nota donde se alaba la carne de pollastre al tiempo que se pregunta por nuevos manjares. Pero todo futuro trueque se veía truncado de golpe con la reentrada en escena de un Calvin que aparecía conduciendo una grúa con el maletero repleto de linternas. El plan que había trazado aquel padrastro paleto consistía en enviar a las profundidades un bidón repleto de linternas razonando que aquello le proporcionaría una montaña de oro.

David Carradine colgando en tus manos. «Thanksgiving», Amazing Stories. Imagen: Amblin Entertainment

Pero, tras hacer descender el tonel con la mercancía hasta el fondo e izarlo una hora más tarde, lo único que el hombre obtuvo con la maniobra fueron un montón de linternas mordisqueadas por unos seres subterráneos descontentos. Bastante encabronado con la situación, el padrastro decide utilizar la grúa y una plataforma para descender hasta el fondo, cubierto de pies a cabeza con un uniforme militar y empuñando una escopeta, con la idea de aniquilar a los habitantes del pozo y volver con los bolsillos repletos de su oro. Dora se queda sobre la superficie controlando la grúa mientras Calvin se descuelga por el agujero, pero no tarda demasiado en izar de nuevo a su padrastro al intuir que algo ha salido mal allá abajo. Cuando la plataforma llega de vuelta, la chica se encuentra de nuevo con la silueta de Calvin erguida en posición firme y sujetando el arma. Pero en realidad, lo que contempla tiene poco de Calvin: se trata de un uniforme militar relleno de oro y joyas junto a una nueva carta que aplaude lo exquisito de aquella ofrenda de comida, que suponen que se trata de carne de «un pavo», y finaliza con un «¿Qué más tienes?».  

Destripando un vídeo

En el 95, Radiohead contrató a Jamie Thraves, tras contemplar varios de sus cortometrajes experimentales, para dirigir un vídeo con el que vestir el tema «Just» del álbum The Bends. El resultado fue maravilloso, porque el realizador utilizó aquel single como excusa para desplegar una ocurrencia que en realidad era un cortometraje fabuloso.

Videoclip Just. Imagen: Parlophone

En el videoclip de «Just», la banda aparece interpretando la canción en un apartamento elevado dentro de un bloque de edificios. Pero lo realmente importante sucede en la calle, varios metros por debajo de los bailoteos y convulsiones de Yorke, con la figura de un hombre que decide tumbarse sobre la acera sin motivo aparente. Una actitud extraña que comienza a atraer a diversos transeúntes, personas que inicialmente se muestran preocupadas por la integridad del hombre, al creer que se ha caído o está borracho, pero que acaban teniendo verdadera curiosidad por descubrir por qué aquel individuo está recostado sobre el pavimento a pesar de que la propia persona advierte continuamente que es mejor no saberlo. Thraves favorece la narración empastando subtítulos sobre las imágenes para que el espectador pueda presenciar los diálogos sin que las palabras pisoteen la música, y remata el clip de la manera más brutal posible: con el hombre tumbado resignándose a confesar ante una marabunta el secreto que le lleva a yacer sobre el suelo. Durante dicha revelación desaparecen los subtítulos a propósito (es posible ver los labios del personaje moviéndose pero no saber lo que está diciendo) privando conscientemente al espectador de la explicación que escucha el resto de personajes. Tras la confesión del secreto, el clip se cierra con una toma aérea de la acera donde, junto al individuo tumbado, aparecen tendidas sobre el suelo todas aquellas personas que han escuchado la explicación del hombre.

Los monstruos perfectos

«Thanksgiving» proponía una situación terrorífica rebozada en humor negro, la existencia de una tropa de criaturas del subsuelo que se comían accidentalmente a una persona pensando que formaba parte de la merienda. Era un cuento que contenía a los monstruos perfectos, seres que habitaban el fondo de un pozo y nunca llegaban a asomar la cabeza. Manteniendo el horror a la sombra, negándose a ofrecer una imagen del mismo, se ofrecía una barra libre de pesadillas para las cabezas del público. Porque la imaginación del propio espectador, deseoso por dotar de forma a las criaturas culpables, se encarga en estos casos de rellenar los huecos nutriéndose de las pesadillas personales. Y, de ese modo, aquel capítulo lograba que cada miembro de la audiencia construyese una imagen mental de la Gente del Agujero tan espantosa como sus temores dictasen, porque el enemigo que no se ve pero se imagina es el más horrible y perfecto de todos. El propio Steven Spielberg lo sabía, y por eso mismo optó por anunciar la presencia del escualo en Tiburón con unos barriles flotantes, que el animal llevaba enganchados con un arpón al lomo, en lugar de utilizar un tiburón robótico que hubiese roto la magia y hundido la tensión. En la irlandesa A Dark Song las dos escenas más terroríficas utilizan una voz conocida hablando al otro lado de una puerta y la silueta de una sombra indescifrable que fuma un cigarro acomodada en un sillón.

En general, todo monstruo que quiera asomar la jeta por la pantalla necesita tener carisma suficiente para aguantarle el tipo a la cámara, como ocurre en el caso de los Gremlins, E. T., los puñeteros Critters o el ejército de bichos que comanda Guillermo del Toro. En ocasiones incluso las criaturas más fotogénicas juegan a envolverse en sombras para aterrar: durante las primeras proyecciones del Alien de Ridley Scott la gente más acojonada abandonaba la sala antes de que el extraterrestre se llegase a presentar formalmente. Attack the Bock jugó una baza sorprendente y fantástica: sus monstruos se paseaban por la luz pero eran literalmente sombras peludas que lucían dientes fluorescentes. Y el Juez Doom de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? resultaba mucho más espeluznante cuando la audiencia descubría que, más allá de un par de ojos rojos, no había llegado a conocer nunca su auténtica forma. Entre tanto J. J. Abrams parecía no acabar de entender del todo de qué iba esto, porque tanto el alienígena de aquella Super 8 que dirigió como el bicharraco de aquella Monstruoso que ideó eran criaturas con un diseño tan soso y aleatorio como para que todo el público se olvidase de la pinta que tenían a la media hora de ver la película.

La historia contenida en el Just de Radiohead también jugaba en el mismo campo que los seres agazapados en las sombras. En este caso, lo espeluznante era una revelación, una frase que condenaba a un grupo de personas a tumbarse por iniciativa propia en el suelo y no volver a levantarse jamás. No todo el mundo entendió por qué los subtítulos desaparecían cuando parecían más necesarios y hubo quien se dedicó a leer los labios del personaje para decepcionarse al comprobar que murmuraban un galimatías. En realidad, la monstruosidad que revelaba el hombre tumbado era capaz de dar miedo porque el espectador no podía hacer más que suponerla. Thraves, el director del vídeo, contesta con total sinceridad cada vez que alguien le pregunta qué es lo que confesaba aquel hombre tumbado: «Si te lo dijese no solo amortiguaría el impacto de la historia, sino que además haría que deseases tumbarte en el suelo también». Estaba de coña, porque en realidad los monstruos perfectos habitan en nosotros.

Videoclip Just. Imagen: Parlophone


Brigsby Bear y que viva Suecia

Brigsby Bear. Imagen: Sony pictures classics.

Brigsby Bear es una película de Dave McCary protagonizada por Kyle Mooney, Mark Hamill, Michaela Watkins, Greg Kinnear y un afable oso con pinta de haber salido directamente de las pesadillas de Five Nights at Freddy’s. Un film que cuenta con la producción del grupo cómico-musical The Lonely Island, aquellos chalados que provocaron orgías con la boombox (el loro de toda la vida), metieron el pene de Justin Timberlake en una caja de regalo, se arrimaron a Michael Bolton para cantarle a Jack Sparrow y firmaron un divertidísimo mockumentary titulado Popstar: never stop never stopping. Brigsby Bear se presentó en el festival de Sundance a principios de 2017 y el buen recibimiento que tuvo animó a los ejecutivos de Sony a lanzarse sobre ella para adquirir los derechos a cambio de cinco millones de dólares, una cantidad superior al presupuesto total con el que había contado el film. Los responsables aceptaron el cheque con una condición: que la campaña promocional no revelase la trama de la película.

Lo cierto es que la mejor forma de sentarse ante Brigsby Bear es hacerlo sin saber nada más allá de lo que reza la llamativa sinopsis oficial: «Las aventuras de Brigsy Bear es un programa infantil de televisión que se emite para una audiencia compuesta por una única persona: James. Pero cuando el show se interrumpe de manera abrupta, la vida de James cambia para siempre, y él toma la decisión de finalizar la historia por su cuenta». La de McCary es una película sin aspiraciones elevadas pero con una sinceridad que funciona de manera estupenda. Sobre todo, porque se trata de una de las pocas películas que consigue emocionar al espectador sin rebozarse en las tragedias que la sobrevuelan. Porque Brisgby Bear parte de una situación disparatada pero espeluznante, y a partir de ahí decide tomar el camino que se aleja del drama artificial. Sabe conmover y su mayor virtud está en cómo lo hace: defendiendo la amistad y la ilusión por encima de todo, pasándose por la funda de las gónadas todas las implicaciones jodidas y dramáticas que exprimiría un telefilm vespertino de domingo y apuntalando algo mucho más realista. Es una película capaz de emocionar al espectador con un diálogo tan sencillo como este:

—¿Y si no les gusta?
—Oye, James ¿qué más da lo que piensen?

Kevin Smith se asomó a Twitter para elaborar la crítica más conmovedora de la película, un vídeo donde el hombretón de Nueva Jersey aparecía riendo y llorando como una Magdalena mientras contemplaba una escena de la película. Donde Brigsby Bear brilla especialmente es en su manera de encumbrar el valor de la amistad, y en la forma de contemplar la relación que hoy en día mantienen las personas con la cultura pop que consumen, unos productos que acaban definiéndolos. Y esto es algo que pocas películas se toman tan en serio y con tanto estilo, porque Brigsby Bear no es uno de esos elogios rancios del consumismo descerebrado, pero tampoco una crítica de ello. Lo que hace la historia es valerse del modo en el que la sociedad mastica esa cultura pop hasta convertirla en una pasión personal, en una emoción que a su vez es capaz de crear algo. Kevin Smith se había metido en esto del cine con una película independiente rodada de manera casera, una simpática Clerks rodada entre amigos y financiada por el propio director tras vender su abundante y personal colección de cómics. Brigsby Bear habla sobre la belleza de construir lo que te haga feliz, aunque el detonante de ello sea un ridículo programa de un oso. Trata sobre lo hermoso de erigir algo que sea importante para ti y que, mientras seas feliz haciéndolo, te la sople que el resto del mundo piense que eres un tarado.

Kyle Mooney en plan furry en Brigsby Bear. Imagen: Sony pictures classics.

Hecho en casa

En el interior de un bar de Brooklyn, durante una jornada especialmente borrascosa, Zachary Oberzan se presentó en la proyección de su película dirigiéndose a los asistentes con un «Gracias por venir. En una noche lluviosa como esta sé que resulta difícil salir del piso. De hecho, nadie lo sabe mejor que yo». Era una afirmación que se convertía en un chascarrillo bastante cachondo teniendo en cuenta lo que estaba a punto de exhibirse: Flooding with the love for the kid (2007), una obra que el propio Oberzan había rodado en su apartamento de veinte metros cuadrados. Una nueva versión de la historia de Rambo que optaba por adaptar escrupulosamente la novela original, First Blood, de David Morrell, y donde el propio director se encargaba de interpretar a todos los personajes de la historia, perros incluidos.

Flooding with the love for the kid era una producción que su creador nunca había pretendido mostrar al gran público. Pero lo insólito de la misma, un remake de Rambo a cargo de un hooligan fatal de la novela, filmado en el interior de un zulo de Manhattan y con un presupuesto de 95,51 dólares, provocó que acabase llegando a manos de los críticos de cine. Aquellos estudiosos la juzgaron como una criatura que rebosaba ilusión y pasión a pesar de lucir pintas de vídeo casero de YouTube, sentenciando que por encima del cutrerío imperante Oberzan era capaz de elaborar una historia de corazón. Uno de esos críticos, Gregory J. Smalley, apuntó: «No es la película más entretenida del año, pero probablemente es la más impresionante, porque el hecho de que sea entretenida es un milagro. No he mirado el reloj ni una sola vez durante toda la película, y eso es más de lo que puedo decir de muchas otras cintas elaboradas con —literalmente— diez mil veces más presupuesto».

En Rotten Tomatoes, esa web dedicada a recopilar y hacer media de las críticas, la película tiene una calificación del 100% basándose en ocho análisis profesionales. Es decir, que una película donde un hombre interpreta a unos perretes utilizando como disfraz un pasamontañas, unos calzoncillos y un par de orejas de fieltro, tiene la misma nota media que Ciudadano Kane de Orson Wells, Eva al desnudo de Joseph L. Mankiewicz o Los siete samuráis de Akira Kurosawa. El propio director, una persona que ya había tonteado con versiones personales de Rambo en el teatro, recibió ese éxito con bastante regocijo: «Imagina que todo el mundo creyese que Hamlet es una historia estúpida protagonizada por personajes estúpidos, y que dicha creencia se debiese a que nadie se ha tomado la molestia de leer el libro. Lo que ocurre aquí es lo mismo, y he sido capaz de mostrar la profundidad y humanidad de Hamlet. Ejerciendo de mensajero, mi apego y amor por First Blood ha crecido más y la gente entiende estos proyectos por lo que son y por la pasión que contienen. A ellos no les importa nada Rambo, pero pueden apreciarlo como un vehículo para narrar historias. Puedo vivir con ello porque me he convertido para siempre en parte del mundo de Rambo y First Blood, un mundo de tremendas batallas sangrientas pero también de amor sin límites». Para Oberzan, Rambo era su Brigsby Bear.

A la izquierda del Rambo de Rambo: acorralado. A la derecha el Rambo de Flooding with love for the kid. Separados al nacer. Imágenes: Orion Pictures y Zachary Oberzan.

Durante los demasiado reverenciados ochenta, un niño llamado Garth Jennings se hizo con una cámara de vídeo y comenzó a rodar sus propias películas caseras. Años más tarde, Jennings se acomodaría tras una cámara menos casera y fabricaría maravillas para el universo de los videoclips convirtiendo el «Imitation of life» de R.E.M. en un cuadro en movimiento encerrado en un bucle infinito, enviando a un cartón de leche de paseo en el «Coffe and TV» de Blur o batallando contra un piano demoníaco entre los «Demons» de Fatboy Slim. Pronto acabaría dando el brinco a los largometrajes con Guía del autoestopista galáctico (2005),  ¡Canta! (2016) o un El hijo de Ranbow (2007) que tiene mucho de homenaje a ese cine casero con el que el propio realizador tonteó de pequeño. El hijo de Rambow cuenta, durante la década ochentera, las desventuras de un chiquillo llamado Will cuya familia es fiel a una congregación muy especialilla donde está completamente prohibido ver cine o televisión. Un niño que, tras contemplar Rambo: acorralado y hacer amistad con otro chaval artísticamente inquieto, decide destilar su propia versión casera de «Rambow» (la letra adicional es consecuencia de un Will poco familiarizado con la cultura pop). La trama de aquella película parecía un reflejo del chalado de ese Oberzan que rodó Rambo en su propio apartamento, pero en realidad retrataba la infancia de Jennings. Y de cualquier chico con una cámara que tras ver una película se haya contagiado de las ganas de montarse la suya propia.

Son of Rambow. Imagen: Celluloid Dreams

En 1981, tres chavales se sentaron en las butacas ante En busca del arca perdida y dos horas después salieron de la sala de cine brincando y agitando látigos invisibles. La proyección modificó su mundo por completo hasta obligarles a replantearse sus objetivo vitales inmediatos y reducirlos a uno solo: rehacer plano a plano aquella película de Steven Spielberg protagonizada por un héroe con fedora y nombre de perro.  Aquellos tres chicos se llamaban Eric Zala, Chris Strompolos y Jayson Lamb e iniciaron su alianza cinematográfica en 1982 con el objetivo de rodar una fotocopia casera de las aventuras de Indiana Jones. Como la cinta de Spielberg no se había editado en formato doméstico los chicos se vieron obligados a rodarla tirando de memoria y de todo el material que les fue posible recopilar: artículos de prensa, el guion publicado en librerías, muñecos de acción, fotografías del rodaje e incluso una grabación pirata de la banda sonora obtenida tras colar un micrófono durante el reestreno de la película. Los chavales tenían doce primaveras cuando comenzaron a filmar, pero en la película final su aspecto variaba notablemente de una secuencia a otra; la culpa la tenía el hecho de que el rodaje se hubiese prolongado durante siete veranos seguidos: en las escenas elaboradas durante los primeros meses Strompolos lucía una barba de arqueólogo aventurero confeccionada a base de vaselina y ceniza, pero en las últimas semanas de producción ya alardeaba en pantalla de vello facial legítimo.

Documental sobre «El mejor fan film jamás hecho». Imagen: Drafthouse films

El largometraje resultante se exhibió por primera vez en 1989, en un auditorio de Gulfport  (Mississippi) y ante un público formado por familiares, amigos y miembros del equipo de rodaje. Tras aquel pase de cortesía, los tres amigos encaminaron rutas diferentes y se olvidaron de sus aventuras persiguiendo el arca de la alianza. Mucho más tarde, Eli Roth (director de Cabin Fever o Hostel) y Harry Knowles se hicieron con una copia y la proyectaron en 2002, durante un festival llamado Butt-Numb-a-Thon, para rellenar el hueco libre antes del preestreno mundial de El Señor de los Anillos: las dos torres. El éxito entre los presentes de aquella ingenua encarnación de Indiana fue tan grande que cuando se detuvo la proyección, para dejar paso al esperado preestreno de hobbits y anillos, el público abucheó la interrupción. La pasión con la que aquellos niños habían sacado adelante el asunto conquistó a la audiencia. «Tras cada momento clave, los aplausos sacudían la sala. La gente intentaba adivinar qué ocurrencia se sacarían de la manga esos niños para reproducir la siguiente escena mítica, y siempre lo hacían mejor de lo que podíamos imaginar», apuntalaba el propio Knowles. La cinta llegó a manos de un Steven Spielberg que invitó a los realizadores, a esas alturas ya maduritos, a su oficina para felicitarlos y conocerlos en persona. En 2015, se estrenó un documental que recapitulaba la hazaña de ese rodaje casero: Raiders!: the story of the greatest fan film ever made. Entretanto, la adaptación de En busca del arca perdida elaborada por aquellos niños acumula un 100% de votos positivos según Rotten tomatoes, la misma puntuación que Flooding with love for the kid. Para Zala, Strompolos y Lamb la silueta de Indiana Jones era su Brigsby Bear.

Que viva Suecia

Michel Gondry (el niño grande  detrás de La espuma de los días u ¡Olvidate de mí!) estrenó en 2008 Rebobine, por favor. Una comedia irregular sobre un par de colegas llamados Mike (Yasiin Bey) y Jerry (Jack Black) donde el segundo borraba accidentalmente todas las cintas VHS del videoclub en el que trabajaba el primero. Para arreglar la catástrofe, ambos optaban por sustituir las películas desaparecidas por versiones filmadas por ellos mismos de manera amateur y sin más medios que un montón de trastos cotidianos. Y era ahí donde brillaba el asunto, porque si bien Rebobine, por favor como film era un producto flojo, su corazón albergaba una ocurrencia tan genial como para propagarse mucho más allá de sus fotogramas: las películas suecadas. En la trama, los protagonistas optaban por alquilar a la clientela del videoclub sus propias versiones caseras de las películas famosas, alegando que se trataba de remakes suecos. Unas adaptaciones que podría haber parido cualquiera en su casa utilizando ingenio y todo tipo de manualidades para combatir la falta de medios y la ausencia de un presupuesto.

Robocop suecado en Rebobine, por favor. Imagen: New Line Cinema.

Lo peor de todo es que el espectador llegaba al final del film con ganas de ver muchas más de aquellas películas suecadas, con las que el propio director parecía divertirse muchísimo: la propia campaña de promoción no solo vino en forma de tráiler oficial, sino que también presentó otro tráiler que suecaba el oficial, una versión rodada y protagonizada en solitario por el mismo Gondry. Por fortuna, la película inspiró a muchos otros seres fabulosos que acabaron fabricando sus propios remakes suecados y compartiéndolos en internet: Jurassic Park plagado de velociraptores con pinta de ser personas adultas envueltas en cinta de embalar, Jurassic World con saurios compuestos por bolsas de basura, Thor: Ragnarok con los abdominales de Hulk pintados sobre una caja, Terminator 2 con una calavera de juguete sobre una parrillada y una muy pilosa Sarah Connor, los tráilers de Los Vengadores: la era de Ultrón y Pacific Rim fardando de robots ensamblados con cartones y cinta americana, una versión divertidísima de Dragon Ball Z, Iron Man 3 embadurnado en pintura saltando entre coches de juguete, Tiburón con FX basados en un croma cutre y un señor Potato, Star Wrs: el despertar de la fuerza con pinta de Art Attack elaborado, El resplandor con torrentes de sangre en forma de serpentinas, El Caballero Oscuro: la leyenda renace, Muholland Drive, Predator, Dune,o la fabulosa idea de convertir Los pingüinos de Madagascar en un festival de peluches y  marionetas. Hasta la saltarina lámpara de Pixar ha visitado el filtro sueco, y es muy sencillo toparse con toneladas de ejemplos con tan solo introducir en término «sweded» en cualquier buscador de internet.

En Lucasfilm, lugar de nacimiento de Indiana Jones, han amparado cosas como Star Wars Uncut y Empire Strikes Back Uncut, dos Frankensteins creados gracias a gente ilusionada por vivir en otra galaxia y unas entregas centradas en reconstruir La guerra de las galaxias y El Imperio contraataca a base de creatividad y manualidades. En YouTube las películas suecadas siguen brotando diez años después del estreno de Rebobine, por favor. En el mundo entero hay un montón de amigos construyendo sus propias aventuras espaciales, arqueológicas o fantásticas sin que les importe lo más mínimo lo que opine el resto de la gente. Y que viva Suecia.


YouTube mató a la estrella del celuloide

Michel Gondry durante el rodaje de Rebobine, por favor, 2008. Fotografía: Cordon.

En 1981 Eric Zala, Chris Strompolos y Jayson Lamb tenían doce años, una Betamax y el largo y lánguido verano sureño por delante. Vivían en Biloxi, a orillas del Mississippi, donde las magnolias. Pocos meses antes se había estrenado En busca del arca perdida, el gran taquillazo de una década de la que aún seguimos tirando como un chicle Bazooka. Los chavales vieron la película de Spielberg y se quedaron tan pasmados que decidieron hacer un remake por su cuenta, algo que todos hemos soñado alguna vez, hacer una peli a  lo loco y a ver qué pasa. Pero ellos lo hicieron de verdad. En su pueblo y sin un céntimo. Como la película no salió en VHS hasta el año siguiente, consiguieron el guion, se hicieron con fotos en revistas de cine, buscaron carteles, reunieron todo lo que encontraron y la reprodujeron enterita. De memoria. Plano por plano. Metieron en la movida a toda su familia (un hermano de Zala hizo hasta doce papeles), prendieron fuego al sótano de la casa de la madre, rompieron con novias, se pelaron entre sí. El rodaje les llevó seis años. Cuando empezaron en el 81 tenían que ponerse vaselina con ceniza para simular la barba de tres días, y cuando acabaron eran unos muchachotes de dieciocho con pelo por todas partes. La peli se llamó Raiders of the Lost Ark: The Adaptation, y es probablemente la suecada más larga de la historia.

Veinte años después, en 2008, Michel Gondry estrenó Rebobine, por favor (Be kind, Rewind) en Sundance y Berlín. Be Kind, Rewind es una peli muy buenista, muy blanca y muy adorable sobre el amor al cine en la que quizás lo mejor sea Jack Black con unas gafas como las de Soraya Sáenz de Santamaría y un aspecto inquietantemente retromoderno (¿ya se llevaba lo retro hace diez años?) y su punto asustaviejas de siempre. Recordemos que al empezar la peli Jack Black está un poco desquiciado porque cree que la planta eléctrica en la que trabaja le provoca migrañas. Así que se le ocurre sabotearla pero algo le ocurre porque al día siguiente, al ir a la tienda de alquiler de vídeos donde trabaja su amigo (Mos Def), desmagnetiza los vídeos. Aparece una clienta, Mia Farrow, que quiere alquilar Ghostbusters, y qué pueden hacer. Pues un remake con una cámara de andar por casa y cero presupuesto. Y rapidito. A Mía Farrow le gusta tanto el remake que Black y Def  deciden repetir (además no quieren que el dueño de la tienda se entere de que los vídeos están en blanco). Se lían a hacer remakes de toooodas las pelis de la tienda: El Rey León, Paseando a Miss Daisy, 2001: una odisea del espacio. Como les lleva un par de días rodar cada cinta dicen al cliente en cuestión que la película «viene de Suecia (Swede)», y por eso tarda en llegar (y cobran veinte dólares el alquiler). Embarcan a amigos, a la familia, al barrio entero a hacer las pelis «de Suecia» (suecadas), con las chorradas que todos tenemos por casa, cartones, bolsas de plástico, ingenio, y ganas.

La peli de Gondry funcionó bien, tiene ese encantador aire de juguete parcheado de todo lo que hace, quizás en algunos momentos un aire falsamente ingenuo que puede rechinar algo. Michel Gondry, ese sí que viene de una familia rarita. Su abuelo inventó el clavioline (una especie de sintetizador) y su familia vive en el campo, todos alrededor de una septuagenaria tía maestra; hay por ahí un primo cuarentón que vive con la mamá, gatos, geranios, tazas rotas. Fue con ese primo solterón con quien Gondry de pequeño inventó una máquina para hacer dibujos animados, así lo cuenta en L´Épine dans le Coeur (2009) en la que explica los pequeños trucos de animación que se le ocurrieron entonces y a los que ha seguido recurriendo al hacer películas ya de adulto, como en Rebobine (y que en ocasiones resultan más caros de producir que si se hicieran por ordenador, todo hay que decirlo).

Con motivo del estreno de Rebobine, por favor la galería de arte Deitch Projects del SoHo cedió su espacio para que Gondry montara pequeños sets de rodaje. La galería prestaba también cámaras a los asistentes con la intención de que hicieran su propia peli (de no más de quince minutos) en los sets. El evento duró unas pocas semanas pero la iniciativa  de préstamo de sets ha continuado rulando por otros países y pelis tipo Rebobine de autores amateur se han montado desde el Gorky Park de Moscú hasta Buenos Aires, donde el año pasado se llevó a acabo en La Usina del Arte. Hay un puñado de festivales anuales como el Swede Fest que se celebra en diciembre en Fresno, California, y otro en Tampa y en Palm Beach. La consigna del festival es muy sencilla: pelis sin presupuesto, de no más de cinco minutos y para todos los públicos.

Lo cierto es que la mayoría de las suecadas que se presentan son muy blancas o muy nerds o de adolescentes con mucho tiempo libre, aunque hay un puñado de colegas que se hacen llamar Dumb Drum que hacen remakes muy currados, con algo más criterio y un punto de ambición cinematográfica que, si bien no es lo que esperas en una suecada, las hace más entretenidas. Pero por alguna razón, las suecadas no acabaron nunca de cuajar. Al menos no como Gondry esperaba. Y es que algo ocurrió en el zoo de San Diego en abril del año 2005. Dos amigos, Jawed Karim y Steve Chen sacaron una camcord y rodaron un viídeo frente a la jaula de los elefantes. Karim, de veintipocos años entonces, miró a cámara, hizo una broma sobre lo larga que eran las trompas de los elefantes, luego dijo que no tenía nada más que decir y eso fue todo. El vídeo duraba menos de un minuto, era sosísimo, había mucho ruido de fondo (¡cabras!), la luz era regulera. El 23 de ese mismo mes colgaron el vídeo en la plataforma que junto con otro colega, Chad Hurley, acababan de fundar dos meses atrás: YouTube. Y ese fue el primer vídeo que se subió nunca en YouTube.

En realidad la intención de los tres amigos era algo diferente de la que imaginaría cualquiera, intención sobre la que corren tres leyendas urbanas. Los tres amigos se habían conocido cuando trabajaban en PayPal, y una noche de fiesta a Karim se le ocurrió que estaría bien montar una página de citas en la que la gente subiera vídeos de sí mismos y los otros usuarios las calificaran (probablemente de ahí viene el chiste tontito de las trompas de los elefantes). Según otra versión, el tema se les ocurrió al ver a Janet Jackson sacarse la pechuga con pezonera en la Superbowl del 2004; cuando todos fueron corriendo a compartir el vídeo cayeron en la cuenta de lo complicado que resultaba. Y la tercera versión cuenta que se les ocurrió durante una fiesta de empresa de PayPal. Alguien grabó un vídeo de la  jarana y al día siguiente se dieron cuenta de que no había forma de compartirlo (por cierto que a PayPal han acabado por llamarla la «PayPal Mafia» porque de ahí han salido megasuperempresarios como Elon Musk —fundador de Tesla— o Reid Hoffman —fundador de Linkedin—).

A los pocos días de lanzar YouTube se dieron cuenta de que la gente la usaba para todo tipo de historias, no para citas ni guarradas (YouPorn salió muy, muy poco más tarde) pero qué más da, la cosa funcionaba. Y muy bien. Tanto que empezó a salirse de madre y en apenas seis meses Nike colocó un anuncio con Ronaldinho. En seis más las visitas eran unas dos mil millones diarias. Google no tardó en comprar YouTube, claro. Y el resto ya sabemos cómo ha sido. Los gatos, los unboxing, los tutoriales de maquillaje, los bebés, las charlas TED, los vídeos virales, gente cantando fatal, gamers, Barbie.avi. Y, como era de esperar, las películas de bajo presupuesto. Quién va hacer un corto casero o no o lo que sea ahora si no es para colgarlo en YouTube y no en un Festival de Suecadas. Cuatro gatos. Cuatro.

En 2015 se rodó Raider!: The Story of the Greatest Fan Film Ever Made de J. Coon y T. Skousen, sobre los chavales que hicieron la adaptación de la peli de En busca del arca perdida allí en el sur. Los chavales aparecen treinta años después, algunos de los amigos de la peli original llevan esos mismos años sin verse. Se han reunido para rodar la única escena que no pudieron cuando eran niños, la escena de la pelea en el avión. Entonces no tenían dinero y ahora, después de conseguirlo mediante un crowdfunding, se proponen rodar la escena y rematar, por fin, la peli de sus vidas. Zala recuerda cómo el beso que le da a la chica en la película fue el primero que dio en su vida. Cuentan a cámara el lío que fue todo aquello, las peleas entre ellos, los castigos de los padres, mientras preparan la secuencia del accidente de avión. Con el mismo entusiasmo que treinta años atrás. Están mayorcitos, son ya padres de familia, cuarentones, pero todavía les quedan las ganas de hacer cine, de currarse el tema, de hacer un homenaje, de dejar algo bien hecho. De buscar el arca perdida. Encontrarla es lo de menos.


Te amaré cuando no estés

John Lennony Yoko Ono after, 1968. Foto: Cordon.

Nadie tiene ni puta idea de lo que es el amor. Quizá sea por eso que casi todo el mundo lo persigue a ciegas, chocándose contra las paredes del mundo. De toda la vorágine de constructos sociales que nos envuelven, que nos revisten como si fuésemos cuerpos desnudos ávidos de ser cubiertos por cualquier cosa, no hay ninguno tan complejo, tan inaccesible, tan sórdido como el amor. Se trata de una cuestión impermeable a las generaciones, a las vidas y las muertes. Es el mástil, el epicentro de todos los temas que existen. La cumbre de la conversación, el pensamiento último.

El amor, esa cosa invisible, es la columna vertebral del arte. Se extiende a través de él como una mano enorme, una mano de dimensiones desproporcionadas. Uno puede pensar que una obra escapa a su yugo, para encontrarse entonces con el perfil desdibujado de su sombra eterna, por el vértice carcomido de sus restos, de las huellas que deja en la espalda de cualquier creación. Alrededor de él han pivotado movimientos completos tanto en el campo de las artes plásticas como en el de la literatura. Es algo común a todos los creadores del mundo, a lo largo de todo el tiempo y el espacio: hacer lo que decía Lennon en el arranque de «Julia» (half of what I say is meaningless, but I say it just to reach you, «la mitad de lo que digo no significa nada, pero lo digo solo para llegar a ti»). Todos han escrito, han pintado, han compuesto a ese ente inconquistable, esa cima imposible de coronar.

Las derivaciones temáticas del amor son infinitas. De sus raíces surgen todas las ramas posibles; de ellas brotan la pérdida, la memoria y la identidad. De ellas nace la muerte. Nadie ha enfrentado jamás la muerte como una cuestión ajena al amor. Como línea de creación se la vincula, de hecho, con el romanticismo. Morir es un desgarro, la culminación eterna de los amores extraviados. El adiós es el último adversario del amor, o su consecuencia. Trabajan ambos siempre en consonancia, indisolubles. Escribió García Márquez en El amor en los tiempos del cólera que lo único que le dolería de morir es que no fuese de amor. Ahí, en esa frase, se recoge todo lo que se ha escrito sombre ambos temas; de ella se deduce que el amor es una vía lícita (de hecho, la única) para alcanzar la muerte. Morir nunca estaría justificado de otro modo, sería algo banal, estúpido.

Florentino Ariza, protagonista de la novela, pasa medio siglo esperando al amor conocido, el único amor. Gabriel García Márquez construye su romanticismo en una historia de ausencias, de imaginar. Nadie podría imaginar que su vínculo, el de Ariza con Fermina Daza, pudiese haber llegado a ser lo mismo, a contar con ese vigor invencible, de haberse consumado su relación tras su primer encuentro, al pie de los almendros. Sería absurdo plantear la posibilidad de que ambos, ya sobrepasados los setenta años, viviesen empapados en pasión noches y noches al borde de un barco de haber sumado medio siglo en común. Es lo malo del tiempo: es incompatible con el amor. Uno avanza y el otro retrocede, y se tiene la sensación de que una persona solo puede amar más a otra en caso de perderla, de crearla y recrearla en su mente todos los días, con el esmero y la dedicación con que uno vuelve siempre a las cosas que no querría perder.

Se ha extendido a nivel social la idea de que el amor perdido es algo a superar, una especie de valla que habría que saltar. Está todo por correr tras esa valla, nadie podría atravesar su mundo futuro sin sobrepasarla. Esa idea, sin embargo, todo ese pragmatismo, colisiona de forma frontal con las grandes historias de amor que componen nuestro imaginario cultural, con la concepción que cualquiera de nosotros puede llegar a tener de la idea de amar. Desde luego, García Márquez lo tuvo claro al contar el viaje de Florentino Ariza a través de las décadas, con su amor primigenio atado a las vísceras para siempre. Para el nobel colombiano, todo se reducía a eso; a esperar cada día, durante toda la vida, a una única persona, aun con la consciencia hábil de que ese momento pudiese no llegar jamás.

El amor se desvirtúa conceptualmente cuando se entiende de forma múltiple. En Alta Fidelidad, Nick Hornby realiza un repaso de todas las relaciones románticas de su atormentado protagonista para acabar reduciéndolas todas a la misma: la única que importa, la corona de todas las demás. Multiplicar al objeto amado hacer perder fuerza romántica al concepto. Lo hace porque implica suponer dos vías diferentes, ambas igualmente traídas a lo terrenal. La primera, que el amor tiene fecha de caducidad. Si pudo morir una vez, podrá hacerlo de nuevo, y así sucesivamente. De lo contrario, la segunda: que el amor ha de ser repartido entre su reciente receptor y todos aquellos que lo precedieron, como si de una reubicación se tratase. Como si hubiese lugar para las matemáticas en la habitación.

Blue Valentine, 2010. Imagen: Karma Films.

Las historias que conmueven son las historias de amor perdido, amor eternamente no correspondido, no asimilado, no traído a la rutina. El día a día es territorio vedado al enamoramiento, es el hogar del desamor. Ahí se mueve Blue Valentine, esa película de Derek Cianfrance en la que se nos explica por qué dos personas que pretendan encerrar la intensidad intacta de la primera pasión entre cuatro paredes están destinadas a destrozarse, a matar al amor, a asesinarlo a cuchillazos y empapar el papel pintado con su sangre. La sangre visceral del amor que no quiere morir pero tiene que hacerlo. García Márquez y Florentino Ariza habrían querido que los dos protagonistas de Blue Valentine muriesen intentándolo, que no se rindiesen nunca en su propósito de sostener en los cielos ese sentimiento de pertenencia, esa cosa inmortal que todo lo justifica. Cianfrance, sin embargo, evita la tragedia y mata al amor para salvar a sus personajes, para cubrirlos de lógica, de ese pragmatismo adquirido que, de haber nacido previamente en sus conciencias, les habría evitado la ridícula idea de siquiera conocerse.

El amor solo vive en la ausencia. En la esperanza. En el dolor. Se puede utilizar la breve pero contundente discografía de Damien Rice, compuesta por tres únicos álbumes, para comprenderlo. En el primero de ellos, O, el músico irlandés canta a lo que nace. En él, el amor crece como una enredadera que escala por su voz. En «The Blower’s Daughter» repite la frase I can’t take my eyes off you no puedo apartar mis ojos de ti») tantas veces que uno acaba creyéndoselo, acaba imaginándose a Rice mirando a Lisa Hannigan sin parar, con sus ojos ahí parados, inamovibles, fijados por un soporte atornillado al suelo. Es lo mismo de lo que habla García Márquez al comienzo de El amor en los tiempos del cólera, cuando Florentino Ariza se desvive por arrancarse música de los adentros, música que llegue al corazón de Fermina Daza, el único destino que podría jamás anhelar.

En su segundo disco, 9, Damien Rice habla de la muerte por contacto. Pasa lo mismo que en Blue Valentine: las cosas explotan por los aires. Del I can’t take my eyes off you se pasa al Fuck you, it’s hell when you’re around que te jodan, el infierno es estar cerca de ti») de «Rootless Tree». Precisamente «Rootless Tree» fue una de las últimas canciones a las cuales Lisa Hannigan puso los coros. Aunque ella no lo hubiese explicado en repetidas ocasiones, podríamos hacernos una idea bastante nítida del motivo. Si uno escucha Odetenidamente, parece imposible pensar que esa misma persona llegaría a escribir, cuatro años después, una canción tan dolorosa, tan rota como «The Animals Were Gone». También resulta ridículo colocarla en el mismo plano que «Rootless Tree», pese a que pertenezcan al mismo disco. Desde luego, no es difícil imaginar el orden en el que fueron compuestas.

«The Animals Were Gone» es, precisamente, un preludio anticipado a su tercer álbum, publicado ocho años después que 9 y llamado My Favourite Faded Fantasy. En él, la figura amada está más idealizada de lo que podía haber llegado a estarlo en cualquier otro plano de posibilidades. Desde luego, lo está más que en O, a pesar de que aquel disco describía un amor palpable y este no habla más que de memoria, de recuerdos, de papel mojado. Pero, una vez más, el amor vive y arde en la ausencia, y muere cuando llega, cuando se convierte en parte material de la realidad.

My Favourite Faded Fantasy es un álbum de fácil vinculación con Blood on the Tracks, el disco que Bob Dylan vomitó tras su separación con Sara Lownds y uno de los trabajos de un romanticismo más desaforado de la historia de la música. No existe un amor más vivo que el de «If You See Her, Say Hello» o «You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go», y lo paradójico es que ambas canciones hablan de un amor ya muerto, de un amor que no existe más allá de la mente del creador, de la mente de un músico roto por el dolor que sucede a su pérdida. Con la definición del término en la mano, podríamos decir que Bob Dylan nunca estuvo más enamorado de Sara Lownds que cuando acabó por separarse de ella. Su amor, igual que el de Damien Rice, volvió a nacer nada más morir.

La única vía sostenible para la permanencia de un sentimiento vivo a lo largo de un vínculo real la ofreció Charlie Kaufman en Olvídate de mí, esa parábola sobre el amor dirigida por Michel Gondry y protagonizada por Jim Carrey y Kate Winslet que lo deconstruye absolutamente todo acerca de una relación real entre dos personas. El problema está en su conclusión; en que esa solución es inverosímil, inviable, puesto que uno no puede, en ningún caso, eliminar a una persona de su cerebro, extraerla como si fuese un virus del que despojarse. Kaufman presenta ese mundo ideal en el que dos personas se encuentran y se enamoran para adivinar, a posteriori, que ya lo han estado antes, y que ese amor que ahora les resulta atractivo, seductor como ningún otro que hayan conocido antes, es un amor que ya han vivido. Uno que ya han roto y lanzado al desagüe con pavor, ambos derruidos por su efecto.

¡Olvídate de mí!, 2004. Imagen: TriPictures.

En el momento álgido de su conexión, en su punto máximo de felicidad, el personaje interpretado por Carrey dice todo aquello que se podría decir sobre el amor. Recostado sobre la nieve, dejando la marca de su silueta sobre la misma y con su amada incipiente (el personaje de Kate Winslet, entiéndase), dice: «Podría morir ahora mismo, Clem». Podría morir. Esa sentencia, tan aparentemente banal, tan repetida por cualquiera de nosotros de forma inconsciente, es un continente universal. Contiene la idea de que ya no quedan peldaños en la escalera; se está arriba, tan arriba como se podría estar. Se ocupan unas alturas a las que uno solo podría volver en soledad, en retrospectiva, como Dylan cuando dice eso de she might think I have forgotten her, don’t tell her it isn’t so ella podría pensar que la he olvidado, no le digas lo contrario»).

Así que se abraza esa idea de la muerte como perpetuadora del estado de enamoramiento, se le proporciona a ella la posibilidad de extender en el tiempo algo que la vida, a buen seguro, acabará por asesinar a sangre fría. La muerte es el único candado posible para el amor, el único paraguas que existe. La única forma de que este sobreviva es que el individuo muera enamorado. Charlie Kaufman, en Olvídate de mí, otorga a su personaje principal el anhelo de elegir ese momento, casi como quien se entrega a un acto de exacerbada heroicidad.

Esa misma heroicidad es la que se entrega a la muerte de Gatsby, el personaje central de la literatura de Fitzgerald y uno de los símbolos más expresivos de la idea del amor en la ausencia. Gatsby, al igual que Florentino Ariza, sostiene su voraz sentimiento en los hombros de la esperanza durante años, y convierte la conscecución de un amor que él mismo sabe improbable en su redifinido sueño americano. Se trata de un personaje, como canta Springsteen, nacido para correr, para hacerlo eternamente en busca de esa luz verde que siempre está a una bahía de distancia, por mucho que uno crea acercarse, por mucho que la sensación de proximidad engañe.

Daisy Buchanan, el anhelo de Jay Gatbsy, es un personaje de mayor cinismo que Fermina Daza, quizá porque ambas habitan contextos diferentes, y porque las circunstancias de la primera la obligan a someterse a ciertas reglas sociales que la segunda puede permitirse ignorar. Sin embargo, ambas comparten ese pragmatismo absurdo, ajeno al deseo y la voluntad propia. Es curioso que García Márquez y Fitzgerald construyesen seres amados tan similares, tan lejanos, tan inaccesibles, curioso aunque comprensible, ya que es el único modo mediante el cual el enamorado puede sostenerse en la ausencia, sin llegar nunca a conseguir su objetivo.

Tanto para Gatsby como para Florentino Ariza, todo se reduce a una cuestión de expectativas. Ambos generan su propio universo mental de futuras posibilidades, los dos se aproximan ligeramente a la idea de lo que querrían conseguir. Tanto uno como el otro someten su éxito profesional a la romántica idea de que el amor que nunca muere pueda llegar a justificarlo en alguna ocasión, y de hecho lo hace en ambos casos; lo hace en el barco que navega por el Caribe, lo hace en ese encuentro definitivo con Daisy en el salón de estar de Nick Carraway.

A priori, parece obvio que la resolución de El amor en los tiempos del cólera es más optimista y vitalista que la de El Gran Gatsby. La primera termina con los amantes, septuagenarios, inmersos en la idea de viajar para toda la vida entre puertos, sin pisar nunca la tierra firme, ese lugar que siempre los mantuvo separados, sin llegar a tomar nunca consciencia de un mundo real en el que las cosas mueren, en el que las cosas terminan. La segunda, por su parte, lo hace con Gatsby muriendo solo, abandonado por el amor que fue combustible de su vida. Sin embargo, leyendo los últimos pensamientos que cruzaron su mente, en su última conversación con Carraway, uno entiende que Gatsby murió realmente esperanzado, convencido de que aquello por lo que había esperado durante años, el sueño americano de su propia vida, estaba finalmente al alcance de su mano.

Para Florentino Ariza el amor era el olor de las almendras, mientras que para Jay Gatsby lo era la luz verde. Al final, el amor acabó siendo para ambos una cuestión de ausencias, un constructo solitario, una batalla personal por la supervivencia de un sentimiento frente a todo lo demás. Nadie en su sano juicio habría luchado tanto por una persona presente, por alguien que sí está, como ellos lo hacen por quien solo habita, aunque inmensamente, las habitaciones de la memoria. Quizá el amor no sea eso, quizá no implique lucha ni sacrificio y deba ser algo sencillo, hogareño, que no duela. Es posible que no sea más que la justificación más romántica que se ha podido dar al hecho de morir, también al de vivir. La vida sin amor sería menos vida, la gente sin amar perdería determinación, se disiparía la fuerza de voluntad. O quizá no. Quién sabe. Al fin y al cabo, todo el mundo habla de amor, pero nadie tiene ni puta idea de lo que es.


Las mejores películas sobre el sentido

Una escena de La gran belleza. Imagen: Wanda Visión.

Es probable que si han pagado ustedes la entrada para ver La gran belleza en un cine pertenezcan a uno de estos dos grupos: el de los que roncaban a pierna suelta y con toda la potencia de la que eran capaces sus pulmones o el de los que se pasaron las dos horas y media de la película con la piel de gallina. Y es que si una película ha marcado durante los últimos años la frontera entre seres humanos y mostrencos con la sensibilidad de un cactus cholla esa es La gran belleza. Por supuesto, no tengo ningún argumento racional para defender tal afirmación: estas cosas se pillan o no se pillan y no tiene mucho sentido intentar convencer a nadie de lo contrario. Mi consejo, eso sí, es mantenerse alejado de todo aquel que diga haberse aburrido como una ostra durante el pase de la película. Es mala gente, no tengan ni la más mínima duda. Empezará hirviendo a su gato por placer, continuará leyéndose un libro de Paulo Coelho y acabará riéndose a mandíbula batiente mientras suena el Alina de Arvo Pärt.

Lo interesante de La gran belleza es precisamente lo que NO es. No es una película religiosa. No es una película cristiana. No es una película metafísica. Y no es una película filosófica. Es todo eso al mismo tiempo. La gran belleza es, en definitiva, una película sobre el sentido. No sobre el sentido de la vida. Sobre el sentido. Que no es exactamente lo mismo.

Así que la siguiente no es una lista de películas estrictamente religiosas, cristianas, metafísicas o filosóficas, aunque todas ellas lo sean en cierta medida. Es una lista de películas sobre el sentido. Y por eso han quedado fuera de la selección elecciones obvias como La pasión de Juana de Arco (Carl Dreyer), Diario de un cura rural (Robert Bresson), El evangelio según San Mateo (Pier Paolo Pasolini), Matrix (Andy y Lana Wachowski), El séptimo sello (Ingmar Bergman) o Pi (Darren Aronofsky), entre muchas otras. No cabían todas y la lista la hago yo.

30. Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004).

30

Resulta raro leer en las críticas de cine el término «romántico» acompañado del sustantivo «comedia». Tanto hemos banalizado el amor, quizá el sentimiento más trágico, desesperado y absoluto jamás inventado por el hombre moderno, que ya no somos capaces de soportar su visión si no es acompañado de unos cuantos chistes de mariquitas, putas y cojos. Pero el amor contemporáneo, ese amor torpe, infantiloide y egoísta nada tiene que ver con el amor de los siglos XVII, XVIII y XIX. Que era un amor tiránico y atormentado pero aun así inocente y esperanzador. ¿Lo pillan? ¡Es la definición exacta de la fe! Pero no desesperen. Aunque parezca mentira, se han cantado canciones de amor que no avergüenzan el alma. Por ejemplo Ne me quitte pas, de Jacques Brel, que a fin de cuentas es la historia de un calzonazos. Así que hacerse, se puede. En el terreno cinematográfico, ni Cuando Harry encontró a Sally, ni Casablanca, ni Annie Hall. La película romántica por excelencia es Olvídate de mí. Inevitabilidad, arrebato, rutina, despecho, memoria y vuelta a empezar. En el punto exacto en el que lo dejaste e, idealmente, con la misma persona: amor verdadero.

29. Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957).

29

Veinteañeros, ni os molestéis: nadie que no haya cumplido como mínimo los cuarenta va a entender ni siquiera los títulos de crédito de esta película. Que, a fin de cuentas, habla del tiempo perdido durante la juventud y de la amargura que comporta esa pérdida una vez llegada la vejez. Paradójicamente, es una película optimista. Pero eso tampoco se entiende antes de llegar a los cuarenta (los adolescentes suelen confundir el optimismo con las expectativas).

28. Sacrificio (Andrei Tarkovski, 1986).

28

Otras dos películas de Tarkovski podrían aparecer en esta lista (Stalker y Solaris) pero la escogida es Sacrificio por su bizarra mezcla de surrealismo y misticismo. En realidad, el título español malinterpreta el mensaje de la película. Porque lo que Alexander, el protagonista de Sacrificio, lleva a cabo para evitar el exterminio de la humanidad no es un sacrificio sino una ofrenda. Que por algo es el título original de la película en sueco (Offret). Aunque puestos a enmendar la plana, lo de Alexander no es tanto una ofrenda como una renuncia. A su familia, su casa y su vida. Acérquense con cautela porque si alguna vez se ha filmado una película densa e impenetrable hasta decir basta esa es sin duda alguna Sacrificio.

27. Up (Pete Docter, 2009).

27

Rondaba yo hace una semana por la FNAC de Barcelona cuando un grupo de chavales que debían rondar los quince o dieciséis años se acercó vacilón a la sección de cine de autor. El primero de ellos leyó el rótulo en voz alta, se lo pensó un segundo y dijo: «Esto es…». Las opciones en mi cabeza para el final de la frase, teniendo en cuenta la edad del zagal y el hecho de que hubiera varias chicas en el grupo, eran varias: «…un puto coñazo», «…una puta mierda», «…un puto horror». Pero el chaval remató «…cine». Y añadió: «Esto es cine y el resto son películas». Por poco le doy un abrazo. El caso es que los primeros quince minutos de Up son cine y el resto solo una (excelente) película. Que ya es mucho. Porque ese cuarto de hora inicial que cuenta la historia de amor del sobrio Carl y de la aventurera Ellie, la pérdida de su hijo, la muerte de ella y la posterior decisión de él, a sus setenta y ocho años y decenas de corbatas más tarde, de arrancar por primera vez en su vida los pies del suelo y echar a volar son los más conmovedores que un servidor ha visto en mucho tiempo. Harían bien en ver Up con ojos de adulto porque la lección que encierra merece la pena.

26. Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (Kim Ki-duk, 2003).

26

Solo un hotentote con la sensibilidad de un canto rodado podría confundir esta preciosa fábula budista sobre la culpa, la redención y el eterno ciclo de la vida con un curso de autoayuda para adictos a las espiritualidades orientales. Pero de todo tiene que haber en la viña del señor: uvas, pámpanos y agraz.

25. Shutter Island (Martin Scorsese, 2010).

25

Scorsese, perro viejo, plantea en Shutter Island el reverso oscuro de la cuestión neurálgica de Matrix. Dada la posibilidad de elección, ¿quién no optaría por el mentiroso consuelo de la locura frente a una realidad atroz?

24. Una historia verdadera (David Lynch, 1999).

24

Bienvenidos a la película más malinterpretada de los últimos veinte años. «La menos lynchiana de todas las películas de David Lynch», decían muchos. Pues no: la más lynchiana y cruel de todas ellas. ¿Es Una historia verdadera una tierna fábula protagonizada por un abuelo entrañable que, tras avistar el final de sus días, decide recorrer centenares de kilómetros a bordo de una segadora para reconciliarse con su hermano? Pues no. Una historia verdadera es el retrato de un hombre malvado atormentado por la culpa, un alcohólico violento que destrozó a su familia y provocó su desbandada, que causó el incendio en el que uno de sus nietos fue abrasado (una constante en el cine de Lynch) y que más tarde logró que los servicios sociales arrebataran de las manos de su hija al resto de sus nietos. Un hombre que niega su pasado y que explica su historia, convenientemente mutilada de detalles claros, concretos e inculpatorios, a todos aquellos desconocidos con los que se encuentra. Y de ahí la ironía del título.

23. La carretera (John Hillcoat, 2009).

23

La carretera tiene varios niveles de lectura pero el que me interesa por lo que respecta a este artículo es el siguiente: aun en un mundo atroz abandonado a su suerte por dios es posible encontrar minúsculos destellos de bondad. Quién les iba a decir que fuera posible hacer una lectura medianamente optimista de ese pozo de cenizas físicas y morales que es La carretera, ¿cierto?

22. Conan el bárbaro (John Milius, 1982).

22

A estas alturas de la vida a nadie le va a pillar por sorpresa conocer que Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Solo diré, para que se entienda de dónde vienen los tiros, que el personaje interpretado por John Goodman en El Gran Lebowski es una parodia, bastante fiel a la realidad por cierto, de John Milius, guionista de Harry el Sucio y Apocalypse Now y director de Amanecer Rojo, probablemente la película más filosóficamente derechista de la historia del cine. Pero por si acaso alguien ha vivido en la inopia durante los últimos treinta años, ahí va la noticia bomba: Conan el bárbaro bebe del código ético samurái (el bushido) y del concepto del Übermensch nietzschiano. Obviamente, ni el bushido ni el Übermensch de Nietzsche tienen excesivo sentido para el hombre occidental del siglo XXI, pero si anda usted buscando el sentido de la vida en espacios intelectuales, digamos, peculiares, Conan el bárbaro es su película.

21. El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970).

21

Andarle buscando el sentido a una película abiertamente surrealista es en cierta manera como aprender a nadar por YouTube: una subversión del concepto original. Pero puestos a divagar, digamos que El topo es la historia de un Jesucristo pagano a la búsqueda del sentido de su vida. El mejunje de cristianismo, filosofía oriental y otros desvaríos macarrónicos es de órdago. Pero, más de cuarenta años después de su rodaje, El topo sigue siendo considerada una de las grandes películas de culto de la historia del cine, así que algo debe de tener el agua cuando la bendicen.

20. Umshini Wam (Harmony Korine, 2011).

Difícil saber si el corto Umshini Wam, que por cierto es el nombre de una canción de protesta zulú, es una tomadura de pelo o algo bastante más complejo. Pongamos una historia de amor bizarro a cargo de una pareja de dementes (Ninja y Yolandi de Die Antwoord) abandonados por Dios a su suerte y cuya filosofía vital se resume en «si eres lo suficientemente vieja como para tener la regla y procrear eres lo suficientemente vieja como para reventarle los dientes al prójimo con un ladrillo mientras duerme». Si acaso, échenle un ojo y decidan ustedes mismos.

19. Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1979).

19

En realidad la muy atmosférica Picnic en Hanging Rock no es tanto una película sobre el sentido sino sobre el misterio. Su peculiaridad es que ese misterio, como suele ocurrir en la vida real, queda sin resolver al final de la película. Lo cual, por cierto, provocó cabreos sin precedentes entre la audiencia de la época y dio pie a su aura de película de culto. Si buscan mensaje en Picnic encontrarán algo muy parecido a esto: no hay sentido, solo misterio.

18. Waking Life (Richard Linklater, 2001).

18

La pretenciosa, en el buen sentido de la palabra, Waking Life es el equivalente de El mundo de Sofía para la generación de los nacidos durante la década de los ochenta. Aunque, en realidad, la película de Linklater está más bien a medio camino de la filosofía y el psicoanálisis. A disfrutar en una sesión doble de cine de animación con pretensiones metafísicas junto a la también muy onírica Paprika, de Satoshi Kon.

17. El club de la lucha (David Fincher, 1999).

17

La versión nihilista de La gran belleza. ¿O es que pensaban que El club de la lucha habla de otra cosa que no sea del sentido? Eso sí: el de La gran belleza es el camino de la cruz (la esperanza) y el de El club de la lucha el de la espada (el nihilismo). Lo que por cierto emparenta esta película con la siguiente de la lista…

16. La misión (Roland Joffé, 1986).

16

El mensaje de La misión está resumido en ese plano final en el que un grupo de niños indígenas que han sobrevivido a la masacre de su pueblo carga un instrumento musical en una canoa. Dicho de otra manera: algo queda. Pero por el camino hasta ese final Joffé ha reflexionado sobre la culpa y la redención a través de la historia de dos personajes basados en el misionario peruano Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652) y que optan por dos caminos distintos, el de la violencia y el de la fe, para la consecución del mismo fin. Y es que ya lo dijo el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo: la pólvora contra los infieles es incienso para el Señor.

15. Rompiendo las olas (Lars von Trier, 1996).

15

Ninguna de las ideas legadas por el cristianismo supera en belleza a la del sacrificio por amor. Que, por cierto, y por aclarar dudas, nada tiene que ver con el martirio, la abnegación y la tortura (ideas heredadas de ese tenebrismo católico al que tanto y tan eficazmente aportamos los españoles en su momento). Por resumir: Rompiendo las olas es a los melodramas de Douglas Sirk, la filosofía de Søren Kierkegaard y la filmografía de Dreyer lo que Mark Millar a Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby: un más rápido, más alto y más fuerte a cargo del alumno aventajado de la clase.

14. Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

14

No es Blade Runner el primer nombre que viene a la cabeza cuando se piensa en películas religiosas. Pero los simbolismos abundan. Especialmente en el personaje de Roy Batty, ese ángel caído que tras rebelarse contra sus creadores osa cometer el crimen supremo: el deicidio. Su búsqueda de la fecha de su muerte (el conocimiento prohibido) no es más que una metáfora de la rebelión del hombre contra la arbitrariedad de Dios. Al final de su huida, y tras adquirir consciencia de la imposibilidad de escapar del destino programado para él, Batty muestra la compasión de la que carecen sus perseguidores humanos. Blade Runner, en definitiva, se pregunta qué es lo que nos hace humanos. Y se responde: la empatía… y la memoria.

13. De latir mi corazón se ha parado (Jacques Audiard, 2005).

13

Si se fijan con atención en las películas de esta lista encontrarán un rasgo común a todas ellas. Es la dualidad. El bien y el mal, el escepticismo y la fe, lo atroz y lo sublime, la violencia y la mansedumbre, la naturaleza y la civilización… En De latir mi corazón se ha parado esa dualidad se encarna en las manos del protagonista, que tan pronto sirven para tocar el piano con exquisita sensibilidad como para partirle el alma a un moroso. En palabras de Lupe de la Vallina, que es quien me sugirió este título para la lista, De latir mi corazón se ha parado es «aconfesional y muy sutil, además de una gran película. Trata de la búsqueda del sentido a través de la belleza». No encontrarán mejor definición.

12. La vida de Brian (Terry Jones, 1979).

12

Incluir La vida de Brian en esta lista es el equivalente de ponerse a tocar la zambomba en medio de un concierto de Le Mystère des Voix Bulgares. Pero no incluirla sería hacerse trampas al solitario. A fin de cuentas, ¿hay algo más nihilista que el humor?

11. Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975).

11

El Dersu Uzala real era un cazador de la tribu china hezhen que profesaba el animismo y que se relacionaba con la naturaleza de su entorno en un hipotético plano de igualdad. Y, de hecho, en la película de Kurosawa puede verse a Dersu llamar «personas» a las plantas, los animales e incluso al fuego, al que ordena callar cuando crepita con fuerza. Quizá la principal diferencia de la película con el libro del explorador ruso Vladimir Arseniev de 1923 en el que se basa es que Kurosawa pone el acento en el contraste entre civilización y naturaleza hasta el punto de que hace responsable a la primera, en forma de un rifle de mira telescópica, de la muerte de Dersu. Y es que de buenas intenciones está el infierno empedrado. La metáfora es poderosa, pero van a tener que ver la película para entender el mensaje completo.

10. American Beauty (Sam Mendes, 1999).

10

Si resumo la película en una sola frase me va a salir un preocupante ramalazo a escritor de libros de autoayuda, pero ahí va y que sea lo que dios quiera: afortunado aquel que ha desistido de perseguir sus sueños porque ha sido capaz de encontrar la belleza en todo lo que le rodea. Hala, ya lo he dicho.

9. Hasta el fin del mundo (Wim Wenders, 1991).

9

Supongo que la elección obvia para esta lista habría sido El cielo sobre Berlín, pero el mensaje de Hasta el fin del mundo, una película criminalmente infravalorada desde el mismo día de su estreno, me convence mucho más: a ese futuro en el que la sobredosis de estímulos visuales se ha convertido en la norma estamos llegando mucho más rápido de lo que nuestra endeble naturaleza humana puede asimilar.

8. Adiós muchachos (Louis Malle, 1987).

8

Aquí no digo nada excesivamente original, pero Adiós muchachos es la película que debería analizarse en todas las escuelas de cine para incrustar en la mollera de los estudiantes la diferencia entre ñoñez y sensibilidad. Como la mayoría de las películas de esta lista, Adiós muchachos habla de un mundo en el que los viejos valores, en este caso los de la fidelidad o la solidaridad, aún no habían muerto. Es decir de un mundo que jamás ha existido. Pero como bien explica Albert de Paco en este (imprescindible) artículo, lo que importa no es tanto el hecho de que ese utópico mundo con valores haya existido o no en algún momento de nuestro pasado, sino el horizonte moral que suponían esos valores. Y eso sí es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

7. Arizona Dream (Emir Kusturica, 1993).

7

Me voy a limitar a traducir unas declaraciones de Emir Kusturica sobre su película porque lo explican todo mucho mejor de lo que podría hacerlo yo: «Está película trata de un hombre joven que deambula por el infierno existente entre dos mujeres de vida trágica. Quizá esta película es mi visión de la civilización occidental. Surge de la filosofía que he desarrollado después de treinta y cinco años viviendo en este planeta. Yo creo que los seres humanos pertenecen a la naturaleza, no a la civilización. Veo a los seres humanos como peces que cruzan una gran ciudad. El pez no entiende nada de la gran ciudad, simplemente flota a su través».

6. Gattaca (Andrew Niccol, 1997).

6

En una lista como esta habría sido obligatorio incluir alguna película arquetípicamente uplifting, una de esas palabras sin traducción sencilla al español (sería una mezcla de edificante, optimista, inspirador y estimulante). Por cierto: que uplifting no tenga traducción directa ya dice mucho de nuestra filosofía vital, ¿no es cierto? En cualquier caso, la película uplifting por excelencia es Qué bello es vivir. Pero incluirla aquí habría sido comodón. Una manera como otra cualquiera de remolonear en esa zona de confort por la que suelen moverse los periodistas perezosos. Así que en su lugar he escogido Gattaca, el Qué bello es vivir de la década de los noventa. ¿Su tema? La batalla contra el determinismo biológico. ¿Y qué tiene eso de uplifting? Pues muy fácil: la idea de que esa batalla puede (y debe) ser ganada.

5. El día de la marmota (Harold Ramis, 1993).

5

La versión amable, que no diluida, de las películas de Tarkovski, Bergman y Dreyer. ¿Exagerado? Ni de lejos. Mencionen otra película que incluya las ideas de que 1) a vivir se aprende, la de que 2) ni el hedonismo ni el nihilismo ni el cinismo justifican nuestra existencia, y la de que 3) solo mediante la renuncia a la batalla contra nuestras circunstancias se puede avanzar por el camino del conocimiento. De uno mismo y de los demás. Y de ahí a la empatía, la sabiduría ¡e incluso la felicidad! Si alguna vez desean recomendarle a alguien una película humanista en el sentido más profundo del término, escojan El día de la marmota.

4. 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968).

4

«Moralmente pretenciosa e intelectualmente oscura». Así definió el historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger Jr. 2001: Una odisea del espacio tras su estreno. Se le olvidó lo de provocadora: difícil pensar en otra película en la que se defienda tan explícitamente la idea de que el motor del progreso y la vía de acceso a estados evolutivos superiores no es otro que la inteligencia… aplicada a la violencia.

3. La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013).

3

«Fauna humana grotesca». «Seres perdidos en sus propias mentiras y vidas impostadas». «Excentricidad superficial». «Frívola existencia». Esto se ha escrito en los medios de este país sobre La gran belleza. Pues sí y no, caballeros: grotescos y perdidos y ridículos y superficiales… pero también bellos. Y fascinantes y entrañables. Pero sobre todo humanos. Que de eso va La gran belleza. Lo que, por cierto, emparenta de un modo bizarro a Sorrentino con Eric Rohmer e incluso con Sofia Coppola. Directores para los que la superficialidad más banal e intrascendente es una de las dos caras de la moneda de la belleza. La otra es, por supuesto, la búsqueda de Dios. Que ambas caras, la del sentido y la de la cháchara, son no solo compatibles sino también complementarias es la lección de Jep Gambardella. A fin de cuentas, ¿qué sería de la trascendencia sin la intranscendencia? Y si no se entiende esto es que no se ha entendido La gran belleza. Lástima: igual no estaban ustedes destinados a la sensibilidad.

2. La palabra (Carl Theodor Dreyer, 1955).

2

Incluida en la lista de las cuarenta y cinco mejores películas de la historia del cine según el Vaticano (en la lista también figura, agárrense que vienen curvas, 2001: Una odisea del espacio), la confrontación entre fe formal, fe verdadera y razón científica de la que habla La palabra puede parecer caduca a los ojos del espectador moderno, ese cuyas preocupaciones cotidianas andan tan lejos de las ideas de Søren Kierkegaard como de los agujeros negros de la galaxia Andrómeda. Se estarán perdiendo ustedes una de las grandes películas metafísicas de la historia del cine si caen en ese error.

1. El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011).

Inabarcable y oceánica, ninguna otra película ha reflexionado de una forma más exquisita sobre la verdadera naturaleza de ese dios cristiano dual encarnado en una madre tierna, compasiva y de extraterrenal belleza, pero también en un padre autoritario, feroz e inclemente, aunque justo en su aparente arbitrariedad. Y quizá esa reflexión, la de El árbol de la vida, sea más estética que filosófica, pero si han leído esta lista con atención ya habrán advertido que la belleza es uno de los posibles caminos hacia la divinidad, si no el principal. Mención aparte para esos sublimes quince minutos en los que Malick muestra la creación del universo (y de la vida) a los sones del Lacrimosa de Zbigniew Preisner y mientras una voz le pregunta al vacío «¿qué somos para ti?». Y, por supuesto, para la escena del dinosaurio agonizante: el nacimiento de la piedad, la compasión y la moralidad. De la capacidad de elección entre el bien y el mal. El momento en el que un ser vivo se proyecta más allá de los confines de sus instintos primarios y muestra, por primera vez en la historia del universo, amor por un semejante. La huella de dios.


Trece joyas de 2013

arcadefire

2013 nos trajo a Mumford & Sons permitiendo que cuatro actores los sustituyeran para mofarse de todos los clichés del folk, a FIDLAR convirtiendo a Nick Offerman en un cautivador aspersor de orina, a una nueva versión de Papá Topo que arrojaba meteoritos en un Hawai de ocho bits, a Thom Yorke intentando convencernos otra vez de que eso que hace es bailar para Atoms for peace, a Yo la tengo riéndose de la naturaleza de los textos en pantalla (y de la regla jamás dictada de que es necesario leerlo todo), a un bombazo animado, a Django django documentando a los zumbados death riders indios y a Bat for lashes cubriendo la dosis anual de marionetas de felpa. Pero también al hijo de Alfonso Cuarón trás la cámara, a un Cameron Dutra jugando a ser Wes Anderson al dirigir con pulso a Foxygen y a David Fincher encuadrando a Justin Timberlake y Jay-Z.

Existe vida más allá del falsete de Robin Thicke y los regateos de la difunta MTV España a la cultura del vídeo que una vez fue su esqueleto. Y en ese caldo de cultivo han nacido estas trece pequeñas joyas que ni serán las únicas ni probablemente las mejores. Pero que merecen todas nuestras atenciones.

___________________________________________________________________________________

bittingelbows

Biting Elbows | «Bad Motherfucker»

Director: Ilya Naishuller

La macarrada de los punkos rusos de Biting Elbows comenzaba con un punto de vista en primera persona, matones de traje empuñando pistolas y pestazo a vídeo casero. Medio segundo después pisaba el acelerador y tras cuatro minutos de montaña rusa necesitábamos asistencia para cerrar la boca. La creación de Naishuller es un autentico desbarre que explota en una fiesta de imposibles, una locura imposible. Rizar el rizo, untarlo de gasolina y prenderle fuego.

Bonus: Biting Elbow dos años antes rodaron junto a Ilya Naishuller la que sería la primera parte de la historia: «The Stampede» menos espectacular, pero con la leche igual de pasada de vueltas.

___________________________________________________________________________________

dancinganymore

Is Tropical | «Dancing anymore»

Director: Megaforce.

Si dejamos completamente solo a un adolescente durante cierta cantidad de tiempo existen muchas posibilidades de que decida pasar el rato jugando con la consola que le viene de serie. Pero existen muchas menos posibilidades de que decida combinar el imaginario masturbatorio con una infografía de videoconsola delicisosamente salpicada de clipping y glitches gráficos. «Dancing anymore», el primer videoclip porno-CGI en el que un chaval sodomiza a un extra del GTA ante la mirada de Lara Croft, eso tiene que significar algo.

___________________________________________________________________________________

katachi

Shugo Tokumaru | «Katachi»

Director: Kijek/Adamski

¿Para qué necesita alguien extras, escenografía, coreografías locas y maneras cinematográficas de superproducción cuando tiene a mano una sierra controlada por ordenador, dos mil chapas de plástico y suficiente tiempo libre?

___________________________________________________________________________________

sacrilege

Yeah yeah yeahs | «Sacrilege»

Director: Megaforce

Los Yeah yeah yeahs presentaron este año un maravilloso mosquito infográfico que se volvía funky a través de la succión de la hemogoblina de un niño presentado en polivisión. Pero también encargaron a Megaforce un videoclip. Y estos ficharon a la morbosa Lilly Cole, azotaron con potentes ráfagas de montaje invertido y ensamblaron una historia para «Sacrilege». El resultado: una pieza perfecta, rotunda, a bocajarro.

___________________________________________________________________________________

james

James Blake | «Overgrow»

Director: Nabil

Nabil renunciaba en «Overgrow» a contarnos una historia o a tejer un mecanismo ingenioso, para optar por algo mucho más elegante: mimetizar la canción y la imagen hasta edificar a su alrededor una atmósfera. Moldear un tono, dar forma a una belleza oscura.

___________________________________________________________________________________

vampireweekend

Vampire Weekend | «Diane Young»

Director: Primo Kahn 

We are standard decidieron convertir a Jesucristo en una modelo rubia, y David Bowie, el eterno rey de los goblins, embelleció su single «The next day» con una colección de blasfemias cerradas con un impagable «Thank you Gary, thank you Marion» (dedicado a Oldman y Cottillard, coprotagonistas de la función) y con la asimilación de la naturaleza del propio Bowie como nuevo mesías. Pero los que de verdad reinventaron a Cristo fueron Vampire Weekend cuando a alguno se le ocurrió sentar a la notable figura en la mesa de la última cena con un pasamontañas, absorto en el móvil choni y sudando de todo su alrededor. Que uno de los invitados al evento apareciera fumando sustancias ilegales utilizando un saxofón como pipa solo servía para sumar puntos al conjunto global.

___________________________________________________________________________________

pursuit

Gesaffelstein | «Pursuit»

Directores: Fleur & Manu

Más de uno dijo que lo de Gesaffelstein era tecno de mazmorra y más de dos lo encontrarán doloroso musicalmente hablando. Bailar sus oscuros temas da igual cuando se presenta con un vídeo tan engrasado como este «Pursuit»: con el objetivo en huida constante, a golpe de puño dorado, circulando entre cuadros de poder y tecnologías. Fabricando con un culo desnudo, un ejército de clones y decenas de ametralladoras ingrávidas una joya de la orfebrería visual.

___________________________________________________________________________________

tameimpala

Tame Impala | «Mind mischief»

Director: David Wilson

And here’s to you, Mrs. Robinson,
Jesus loves you more than you will know
Wo wo wo

Eso mismo, pero en un colegio, con una descarada y faltosa persecución a las nalgas de una profesora que retuerce cuellos a su paso y un polvo en un coche coronado por orgasmos alucinógenos.

___________________________________________________________________________________

beachhouse

Beach house | «Wishes»

Director: Eric Wareheim

Desde el momento en el que ese Ray Wise armado con un micrófono abre la boca uno tiene la sensación que algo grande está ocurriendo aquí. Y si alguien se arrimase a David Lynch para encargarle una ración de high school americana el resultado no estaría muy lejos de esto, aunque probablemente con un mayor porcentaje de enanos involucrados.

___________________________________________________________________________________

passionpit

Passion Pit | «Carried Away»

Directores: Ben Brewer y Alex Brewer.

A lo mejor no hace falta sufrir hora y media de metraje con toneladas de pastelería arrojada contra los morros para crear una comedia romántica decente. A lo mejor.

___________________________________________________________________________________

dream

Cold Mailman | «My Recurring Dream»

Director: André Chocron

Asimilar el tono y convertir una canción que invoca la fantasía del ensueño en una colección de retazos evocadores. Chocron guía un paseo preciso e impecable a través de cementerios de coches, de miradas encendidas, monopatines trajeados, hospitales transitados y profundidades de piscinas. Un espectáculo visual de escenas cosidas en las que los propios personajes de las estampas se atreven a saltar de un escenario a otro encerrados en ese bucle infinito, en ese sueño recurrente.

___________________________________________________________________________________

jasoncomputerband

Jackson and His Computerband | «G.I. Jane (Fill Me Up)»

Directores: Mrzyk & Moriceau

Un vídeo que comienza con una dentellada a un pene no puede ser malo, esto es así. El seudónimo del parisino Jackson Fourgeaud deleitaba estómagos selectos con una animación popera y chillona mezclada con el alma mangaka. Y falos malvados, como tiburones, como tentáculos, como tablas de surf. Falos everywhere.

___________________________________________________________________________________

rollingstone

Bob Dylan | «Like a rolling Stone»

Director: Vania Heymann

La piedra rodante de Dylan data de 1965 y tras tantos años de camino no gozaba de videoclip oficial, aunque es cierto que Michel Gondry se llevó una cámara de fotos a una fiesta de los Rolling Stones y tras barnizar el resultado con el ordenador se marcó una asombrosa marejada de imágenes, pero aquello era 1995 y el videoclip utilizaba la versión de los propios Stones.

Para subsanar algo que ni siquiera era necesario, Vania Heymann concibió un clip cuya única posibilidad para estar a la altura residía en maximizar las dimensiones y la inventiva. Un juguete interactivo que simula la programación televisiva y permite al espectador zapear a voluntad entre dieciséis canales (utilizando los botones del panel) mientras suenan las letras de Dylan. La puntilla de genialidad: todos los personajes de la parrilla catódica están recitando la letra de la canción. Una joya hipnotizante plagada de cameos de personalidades televisivas y agradecida con el replay por su propia naturaleza (es imposible verlo todo a la primera, segunda, tercera, cuarta vez o quinta vez) y un experimento sobre cuya cabeza flota una idea evidente: todo el universo se sabe la letra de Like a rolling stone.

___________________________________________________________________________________

Menciónes especiales: Mejores no-videoclips 2013.

Los hermanos Ylvis idearon un ridículo videoclip para su programa de televisión cuyo objetivo era fracasar y la sociedad se la devolvió convirtiéndolo en un éxito de youtube demencial; Simon & Schuster’s Children’s Publishing ha acabado comprando los derechos para convertir el jocoso asunto en un libro infantil.

Kanye West ideó la manera de convertirse en una cara de Bélmez around the world. En lugar de presentar un videoclip para su tema «New slaves» el caballero protagonizó una serie de proyecciones repentinas de su jeta sobre las paredes de sesenta y cinco lugares públicos en diferentes puntos del planeta, sorprendiendo y acojonando al mismo tiempo al desprevenido. Justamente por eso lo que nos encontramos a la hora de rastrear su existencia son fabulosos vídeos desde el punto de vista de los espectadores.

Arcade fire presentó un lyric video curioso para Afterlife y unas cuantas semanas después lanzó un segundo videoclip para el mismo dirigido por Emily Kai Bock. Pero lo más importante de todo es que entre la publicación de ambos vídeos se celebraron los YouTube Music Awards y en ellos Spike Jonze demostró de nuevo (lo había hecho antes en «Praise you» y en «Weapon of choice») que es mejor realizador a la hora de sacar en pantalla a gente bailando. Y lo hizo perpetrando esta portentosa pieza rodada en directo que abría la gala con la encantadora Greta Gerwig sacudiéndonos con la única verdad universal: necesitamos bailar. Necesitáis bailar. 


Lost 4×05: La constante

Era una rutina semanal: conseguir el nuevo capítulo, descargar los subtítulos en Lostzilla y cruzar los dedos para ver si aquel era uno de esos días (pocos) en los que nos aportaban más respuestas que incógnitas. Visto en perspectiva, el éxito de Lost se basaba en una continua huida hacia delante mientras nos iban dejando por el camino miguitas de diversos tamaños, desde pedacitos pequeños hasta sus buenos panes de Burgos: un accidente aéreo predestinado, isleños esquivos y susurrantes, números malditos, iconografía egipcia, personajes con trasfondo turbio, flashbacks tramposos, un villano adorable, un monstruo vaporoso y letal, viajes en el tiempo… Inocentes como éramos, pensamos que todos los enigmas iban a quedar explicados al mismo nivel que fueron planteados. No fue así, claro. Es más: no es que fuera difícil, era imposible que la Finale estuviera a la altura de los mejores capítulos de la serie. Sobre todo, cuando algunos episodios fueron tan grandes como mi favorito, el quinto de la cuarta temporada titulado La constante. O el que todos recordamos como “el de Desmond telefoneando a Penny”. Y ¿qué tiene de especial un episodio intermedio de una cuarta temporada (sobre seis en total) para que pueda ser considerado en tal alta estima?

Los puentes de Madison meets Primer

O cuando una pastelada de libro se mezcla con contenidos de ciencia-ficción relativamente duros. Una fusión que en cierto modo se experimentó en la película ¡Olvídate de mí!, de Michel Gondry, donde se puede considerar un relativo éxito que acabes el film satisfecho y con más ganas de estrangular al estilista de Kate Winslet que a Jim Carrey.

La constante puede ser visto para alguien ajeno a Lost como una historia de ciencia ficción autoconclusiva inmersa en la mitología de la serie. El capítulo arranca con el viaje en helicóptero hacia el carguero de dudosas intenciones. Una súbita tormenta sirve de detonante para un desfallecimiento de Desmond, que de repente se despierta en Inglaterra, en el ejército y en 1996. Sin tener tiempo de asimilar lo sucedido, recobra el sentido en el helicóptero pero está muy confuso: no reconoce a Sayid ni entiende qué hace ahí.

Así, el primer punto a favor de este capítulo reside en que el protagonista es Desmond, probablemente el único personaje de la serie que es apreciado unánimemente porque, siguiendo esta misma línea de razonamiento, el segundo punto positivo es que no aparecen en todo el capítulo ni Locke (el dramático calvo cargante), ni Kate (la chica de la eterna carita triste), ni Sawyer (un tipo que es incapaz de bañarse sin pantalones vaqueros). Lamentablemente, la felicidad no puede ser completa, porque Jack tiene presencia en la trama: está en la playa con un grupo integrado por Juliet, Charlotte y Faraday, siendo este último el único capaz de explicar tanto por qué un trayecto en helicóptero de menos de una hora ha supuesto 3 días en tiempo de la isla, como lo que le está pasando a Desmond, que al parecer ha empezado a vivir en dos líneas temporales donde la actual (2004) se comienza a diluir con la pasada (1996). El problema es que el conflicto entre presente y pasado evoluciona en una progresión exponencial que finaliza en aneurisma cerebral.

Al explicar por teléfono qué es lo que está ocurriendo, a Faraday se le ocurre que Desmond vaya a visitarlo… en su línea temporal de 1996, donde además de mostrarnos que ha recibido sus buenas dosis de radiación incontrolada, deduce que lo que necesita Desmond es un ancla que lo afiance al presente, algo que realmente le importe y que exista en ambas líneas de tiempo (una constante) para conseguir estabilizarlo. Y esa constante es Penny, la exnovia que Desmond dejó por las presiones del inquietante padre de esta, Charles Widmore, al que intercepta en 1996 en una subasta del diario de viaje de La Roca Negra (miguita de pan).

La explicación basada en anomalías electromagnéticas que generan saltos temporales resulta un tanto opaca, aunque dejen caer alguna fórmula de refilón en la pizarra y en las anotaciones de Faraday. Supongo que la justificación del fenómeno físico haría llorar sangre a nuestro compañero Juan José Gómez Cadenas, pero en fin, funciona en la narración del capítulo. Y como se ubica en un cómodo punto intermedio entre lo científicamente explicable y un condensador de fluzo, a mí me vale.

Con los saltos temporales alternándose a ritmo galopante, Desmond comienza a tener hemorragias, al parecer la antesala del aneurisma. Según la teoría de Faraday, solo puede salvarlo contactar con Penny en el presente, en 2004. Mientras Sayid intenta arreglar el transmisor del barco (que ha sido saboteado –miguita de pan–) para intentar la comunicación, Desmond visita a Penny en 1996 a quien le pide el número de teléfono y que, si aún cree en su relación, responda a su llamada dentro de 8 años (WTF!). Desmond vuelve al presente murmurando el número y el iraquí, que cuenta con habilidades mcgyverianas, consigue hacer un apaño y permite realizar a Desmond La Llamada.

Knock-knock. Penny. Knock-knock. Penny. Knock-knock. Penny

O cuando llamar a Penny es un instant classic de las teleseries del siglo XXI. La subtrama romántica de baja intensidad que ha estado sobrevolando todo el capítulo nos estalla en las manos con una potencia inesperada cuando los tonos de llamada se funden con los primeros los acordes del emotivo score que Michael Giacchino compuso para este capítulo. Una escena que en otras circunstancias podría haber sido reivindicada por Meg Ryan se transforma en emoción pura.

He visto este fragmento varias veces intentando descubrir por qué funciona tan condenadamente bien porque no hay nada fuera de lo común: una música acertada que encajada correctamente en el desarrollo del diálogo, unas líneas de guión simples y naturales, interpretaciones bastante creíbles, primeros planos… Tal vez el secreto reside en algo tan sencillo y la vez tan complicado, como recogía la anécdota del guionista soñador que contó Alfred Hitchcock a Francois Truffaut: relatar la historia del chico enamorado de la chica. Sea como sea, es un capítulo de viajes en el tiempo sensacional y uno de los episodios más moñas de la historia de la televisión. Grande, en definitiva.

Y apenas repuestos de la montaña rusa emocional, el capítulo finaliza mostrando una anotación del cuaderno de Faraday: un pan de Burgos.


42 videoclips que tendrías que haber visto en 2011 (y II)

(Viene de la primera parte)

El uno de agosto de 1981 a las doce y un minuto, un canal llamado MTV inauguraba su emisión con un videoclip con bastante sorna: se trataba ni más ni menos que de Video kills the radio star de The Buggles. La profética canción marcaba el advenimiento de una nueva era marcada por el aterrizaje de los músicos en el universo catódico. A partir de ese momento la música vendría ilustrada y sus creadores se quitarían el burka radiofónico.

Treinta años más tarde, la MTV se ha convertido en un canal para adolescentes que emite documentales sobre los hábitos de cópula de los canis italoamericanos y el videoclip en un arma mainstream de propaganda básica: coreografías mongólicas, espectacularidad impostada e ídolos de plástico. Pero aun así un nutrido grupo de bandas y realizadores se esfuerzan en demostrarnos que, más allá de la mera promoción, el matrimonio entre imagen y melodía es capaz de engendrar auténticas joyas.

Continuamos en este rincón el repaso a la lista de clips más selectos por ingeniosos, eficaces, cómicos o excelsos que nos proporcionó el recién abandonado año 2011.

________________________________________________________________________________________________________

The Weeknd – The knowing
Dirección: Mikael Colombu

Siguiendo con revelaciones, no podemos olvidar a The Weeknd, el proyecto del jovencísimo Abel Tesfaye que consiguió que la critica especializada, los artistas más consagrados y el público más exigente de la música negra se rindieran a los pies de la vuelta de tuerca que su álbum debut ha dado al género R&B. Compartiendo con Adele una alergia a los videoclips, medio año después de haber lanzado su disco y que este obtuviera alabanzas a nivel internacional nos vino con un clip de casi 8 minutos para el tema que cierra el disco que, a mitad de camino entre la estética de anime nipón y de aventura gráfica futurista, nos cuenta el rapto de un hombre al que literalmente arrancan el corazón. Mezclándolo todo con la derrota del dictador etíope Haile Selassie, considerado un Mesías Negro tras la revuelta del 74 y la mitología que rodeaba el movimiento rastafari, historia con su propia conspiranoia al no haber quedado claras las circunstancias de la muerte de este. Y La Zona de Tarkovski, ese director que aparece en todas partes, con extraterrestre propio y todo.

________________________________________________________________________________________________________

Emmy the Great – Paper Forest
Dirección: Lucy Needs

Ejemplo perfecto de cómo con un buen tema y una buena puesta en escena, sin necesidad de artificios, se puede fabricar una pequeña, dulce y austera gema. Emmy the Great entona su triste Paper forest mientras Lucy Needs nos cuenta una historia que parece abierta a la interpretación. En el fondo da igual si Emmy interpreta al pasado de esa mujer que parece bailar eternamente por tiempos pretéritos con mejor fortuna, o si en realidad es su conciencia, su amiga o su hija. Incluso da igual si uno quiere creer que todo ocurre al revés y la expresión ausente e impertérrita de la cantante es contrarrestada por una mujer que danza a su alrededor en forma de personificación metafórica.

El vídeo es cojonudo, y esa escena en la que la otrora hábil bailarina se desmaquilla tan poderosa que resulta extrañamente escalofriante.

________________________________________________________________________________________________________

St. Vincent – Cruel
Dirección: Terri Timely

La formación de Annie Clark, que ya nos habían sorprendido con esa maravilla de videoclip que fue Actor out of work,  han vuelto este año con su nuevo LP y para su primer single han grabado esta canción en la que se compadecen, con cierta sorna, de alguien al que han abandonado de manera miserable. El videoclip, con estructura in media res, muestra a la solista, esa mujer que nunca parpadea, descendiendo a un pozo y a la vez nos cuentan su secuestro, su convivencia y su abandono debido a pequeños errores cotidianos y unas expectativas que no se cumplieron. Junto a un delirante riff de guitarra en el maletero de un coche que consigue dar un toque de humor a tan horrible falta de escrúpulos.

________________________________________________________________________________________________________

Major Lazer – Original Don
Dirección: Kyle Frere

Nunca hemos tenido muy claro qué coño pensar de Major Lazer, al fin y al cabo además de portadas de discos que deberían ser consideradas crímenes contra la humanidad estos caballeros engendraban videoclips muy, pero que muy jodidos. Que su música estuviese a medio camino entre lo bizarro, lo curioso y lo ¿pero-que-cojones? tampoco ayudaba a despejar dudas. Y este vídeo de Original Don mucho menos.

Un patio de una casa cualquiera. Con su perrito, su abuela disecada en una silla, su boombox sonando y su chavalada haciendo coreografías absurdas con katanas y navajas de mariposa. Dos momentazos para el recuerdo: la tensión (digna del más milimetrado thriller) que genera el incierto paseo de la abuela y ese minuto 2:16 donde el perro casi se convierte en animal divisible en entregas.

________________________________________________________________________________________________________

Woodkid – Iron
Dirección: Yoann Lemoine

Un vídeo rodado en b/n y en cámara lenta para mostrar sobre fondo gris a diferentes culturas antiguas intentando alcanzar las puertas del cielo sin éxito: bárbaros, la modelo Agyness Deyn y su lechuza como una suerte de Atenea moderna, Gengis Kan, vikingos… todos ellos pereciendo al tiempo que un predicador lee la Biblia y desata un bombardeo antes de que lleguen a cumplir su objetivo.

________________________________________________________________________________________________________

Klaus & Kinski – El rey del mambo y la reina de saba
Dirección: Nacho Rodríguez, Gina Thorstensen y Emma Kidd

El rey del mambo y la reina de saba además de un título Almodovariano también se jactaba de tener un precioso vídeo de animación con raíz de verbenas rurales, exquisito diseño de surrealismo instrumentalizado, aires de Salvador Dalí de pueblo profundo, muñecos de trapo y acuarelas entintadas. Y un carácter muy en la onda del estilo que han cultivado Klaus & Kinski, ese mismo que consigue que contemplar como toca la guitarra un extraño personaje de piernas frondosas con las uñas de los pies pintadas nos parezca, contra todo pronóstico, algo enternecedor.

________________________________________________________________________________________________________

Katy Perry – Last friday night
Dirección: Marc Klasfeld & Danny Lockwood

Si tuviéramos que dar un premio al peor videoclip del año pasado, Firework de Katy Perry se llevaría la palma. Aquel festival de la vergüenza ajena en el que en un balcón de Budapest mientras ella soltaba fuegos artificiales por las tetas un niño padecía leucemia explosiva, una mujer se ponía a parir una mascletá y una chica entrada en carnes provocaba un Big Bang al tirarse en bomba a la piscina. Nunca hubo tantos tópicos en tiempo tan reducido, y sobre todo, nunca fallaron de forma tan estrepitosa. Por no hablar de la absurda frase que abría el tema “¿Alguna vez te sentiste como una bolsa de plástico?” que ya está graffiteada con letras mayúsculas y faltas de ortografía en la historia del pop comercial.

Sin embargo, en un momento en que las popstars lanzan tres videoclips por mes, enlazan un lanzamiento de disco con otro y los fans sitúan cada video de su ídola a la altura de El gran masturbador de Salvador Dalí, apareció su quinto single para calmar un poco el agotamiento del público más consumidor, y definió por fin el estilo de esta mujer que aún no sabíamos dónde meter: toda una reivindicación del pop fácil sin pretensiones. Y no podemos estarle más agradecidos por tal respiro.

Siguiendo la estela de las comedias adolescentes de los 80, en la línea de Las chicas solo quieren divertirse, una fiesta repleta de colores y sobreactuaciones con la ayuda del minusválido de Glee, Debbie Gibson y Corey Feldman como los padres de la cantante, Kenny G y los hermanos Hanson repartiéndose la parte instrumental de la canción y, sobre todo, el acierto de incluir a la pequeña Rebecca Black. Los fenómenos youtube y las estrellas pop, mano a mano cantando juntos por el amor al viernes. El mundo es un lugar maravilloso.

________________________________________________________________________________________________________

Fleet Foxes – The shrine/An argument
Dirección: Sean Peckinold

Un tema de ocho minutos transformado en una aventura crepuscular animada. Unas garras rasgan unas cuerdas. Un antílope recorre un mundo de sol palpitante entre extrañas texturas añejas. Unas insólitas criaturas realizan rituales cuando la noche muerde el bosque. Una tumba acuática despierta a un dragón bicéfalo cuyas cabezas se pelean por el bocado entre chillidos de clarinete enloquecido.

Sean Peckinold, hermano de Robin Pecknold, (el vocalista de Fleet Foxes) ya se había encargado con anterioridad de dirigir un videoclip para los chicos de Seattle (el estupendo White winter Hymnal). En este caso se atreve a recoger el tema más experimental de la formación y reinterpretarlo en forma de vigoroso cuento anaranjado. Un poderoso universo meciéndose al compás de la melodía.

________________________________________________________________________________________________________

South Central – The day I die
Dirección: Steve Glashier

La salvajada del año viene por parte de este dúo electrónico con un vídeo en el que una única cámara, con visor de francotirador, va matando indiscriminadamente a todos los estudiantes del parking de un campus universitario. Este Columbine en clave techno cuenta, según palabras del propio director, un mensaje ya demasiado manido: la complicidad de los espectadores con la violencia, cosa que, por ejemplo, Henry, retrato de un asesino nos enseñó mejor en su día, hace ya 21 años. Sin embargo, y pese a los efectos chungos de la sangre, el mal cuerpo que deja la mira telescópica segundos antes de cada disparo permanece a lo largo de las revisiones de vídeo. Como curiosidad, los propios South Central salen en el vídeo, siendo ellos los dos únicos supervivientes de la masacre. Y como es costumbre en el género, salen con los rostros cubiertos.

________________________________________________________________________________________________________

Beastie Boys – Make some noise
Dirección: MCA

Para conmemorar los 25 años desde el mítico (You gotta) Fight for your right (to party) los Beastie Boys rodaron un minifilm de treinta minutos, y de ese mismo extrajeron bocados para montar el clip de Make some noise, una peliculilla que es en realidad una secuela de ese vídeo del 86 objeto de la conmemoración. Comienza donde aquel lo dejaba, con los chicos saliendo de la fiesta y continuando su cabalgata alcohólica por las calles.

Si el Figh for your right era amateur, ochentero y cutrelux, esta celebración cumpleañera es la una de las más colosales y megalomaníacas fiestas de cameos (la mayoria de apenas medio segundo): Seth Rogen, Danny McBride y Elijah Wood interpretan a los propios Beastie Boys; y en su camino se cruzan Kirsten Dunst, John C. Reilly, Will Ferrell armado con la legendaria cowbell de SNL, Rashida Jones, Will Arnett, Mary Steenburgen, Ted Danson, Rainn Wilson, Jason Schwartzman como una especie de Van Gogh escupidor de té, Zach GalifianakisAmy Poehler, Chloë Sevigny, Jack Black, Orlando Bloom haciendo de yonki limpia cristales, Maya Rudolph, David Cross o Steve Buscemi entre otros. La versión extendida (Fight for your rigth revisited) incluye incluso a más stars en plantilla.

Brillante ejercicio excesivo de ¿Donde está Wally? para el espectador. Y por si todo esto fuera poco rematan con un Delorean. Con viajeros temporales.

________________________________________________________________________________________________________

Björk – Crystalline
Dirección: Michel Gondry

Uno de los regresos más sorprendentes del año fue el del tándem Björk – Michel Gondry. Justo cuando parecía que ambos descendían en caída libre desde principios del nuevo milenio, lejos de la producción y del mimo, tanto en el apartado musical como en el visual de Hyperballad o Bachelorette. Ni él lograba repetir en cine el éxito de crítica de ¡Olvídate de mí! ni ella volver a rozar la acogida que tuvo su disco Vespertine.

Sin embargo, ahora que Biophilia ha salido victorioso al balance de las reseñas, cabe recordar la presentación del álbum, en el que una Björk atrapada en un satélite descarga su música, en forma de rayos fluorescentes, a la superficie de un planeta que modela a su voluntad, con efectos rodados en stop-motion. Y como colofón una traca final epiléptica en la que Björk comienza a bailar dentro de la lluvia.

________________________________________________________________________________________________________

World Order – Machine civilization
Dirección: Genki Sudo

Genki Sudo dejó las artes marciales y se encauzó en otros métodos de expresión más artísticos; una de las formaciones más locas de las que forma parte es el robótico grupo musical World Order. El concepto de este vídeo para el tema Machine civilization no es nuevo, Sudo y su ejército de maniquís autómatas ya habían paseado por otras calles con anterioridad, pero no deja de ser tremendamente perturbador ver a unos hombres adultos trajeados circular por el paisaje urbano trotando a cámara lenta o efectuar coreografías bastante espectaculares a estilo robot. Mimos modernos mecánicos que provocan fascinación en el espectador y no instintos asesinos como era la norma.

________________________________________________________________________________________________________

Superchunk – Crossed wires
Dirección: Whitey McConnaughy

Imagínese el lector que tiene un gato cariñoso y entrañable. Imagínese que un buen día por curiosidad decide atarle una cámara digital al cuello para ver por dónde pulula el animal cuando sale fuera de casa, y que al volver el gatito al hogar y comprobar lo que hay grabado en la memoria del aparato descubre que lo rodado es ni más ni menos que una versión felina del Smack my bitch up de Prodigy, aquel polémico clip filmado en primera persona en el que un protagonista se iba de farra, regaba con vómitos discotecas, se liaba a hostias, robaba un coche y se lo pasaba teta.

Deje de imaginárselo, el descharrante vídeo de Superchunk rodado por Whitey McConnaughy es exactamente eso.

________________________________________________________________________________________________________

Justice – Civilization
Dirección: Edouard Salier

Es difícil hacer música electrónica en Francia y escapar a las comparaciones con Daft Punk. Y más difícil es aún cuando ya con dos discos en el mercado parece que sólo serás recordado por tu primer hit. Para su segundo álbum el dúo utilizó como primer single este Civilization que, tras protagonizar una millonaria campaña de Adidas, no alcanzó las calificaciones deseadas. El irregular ritmo, la excesiva distorsión en las partes lentas y la mala conexión de estas con el estribillo hacen imposible de considerar este tema un rompepistas. Sin embargo, sí que han sabido adaptar un gran videoclip a la inconexa melodía de la canción.

Una semiesfera en la que un nimio accidente causa una ruptura del equilibrio y la destrucción de los restos de nuestra civilización por simple acción de la gravedad, dando paso a la llegada de la civilización siguiente. Todo ello, con unos pobres bisontes como testigos del desastre que, ajenos a ello, corren asustados a donde bien pueden.

Rodado con unas impresionantes técnicas de animación, destacan por encima de todo los efectos de sonido añadidos: el ruido de las avalanchas al comenzar el estribillo, el galope de los animales y caída dela bóveda celestial que sujeta la estatua de Atlas, añadiendo un efecto de vacío al trepidante conjunto.

________________________________________________________________________________________________________

The Shoes – Wastin’ time
Dirección: Yoan Lemoine

Melancolía visual luminiscente. Un chico presumiblemente aquejado de una tristeza apática encuentra refugio y alivio persiguiendo al astro rey y toda partícula de luz en general. Arropadas por el suntuoso tema Wastin’ time del dúo francés The Shoes, las imágenes que ha fabricado Yoan Lemoine tienen también una narrativa de alma lumínica: aparecen tímidamente, se despliegan con calma, alcanzan su cénit en una escena inesperada y brillante (literalmente) y finalmente se apagan poco a poco mientras nuestro protagonista se lleva las manos a la cabeza.

________________________________________________________________________________________________________

Fucked Up – Queen of Hearts
Dirección: Scott Cudmore

Uno de los personajes musicales más odiados del año —que desde aquí me permito reivindicar públicamente— es Damian Abraham, vocalista de Fucked Up. Coincidiendo con el lanzamiento de su tercer disco David comes to life, rápidamente apareció en el radar de las principales publicaciones musicales debido, sobre todo, al tinglado que monta en sus directos. El hombre, bien entrado en carnes, no duda en desnudarse, lanzarse al público, pegarse con sus fans y detractores, desgañitarse, revolcarse en barro, golpearse la cabeza hasta sangrar, simular prácticas sadomasoquistas y, como quien no quiere la cosa, sacar a sus hijos a saludar al público. De hecho, en muchos links de youtube relacionados gran cantidad de comentarios lo nombran como “el gilipollas ese que me jodió el concierto de los Foo Fighters”.

Además del escándalo que monta en directo, sí que ha tratado de presentar un álbum conceptual bien avenido, tratándose de una ópera rock que narra la historia de David, un obrero de fábrica que se enamora de una desconocida. Ese es el pie de la historia que queda contado en el corte Queen of Hearts, para el que ha rodado este vídeo que es una sucesión de bromas y desconciertos con un resultado impecable.

Lo que empieza con una profesora mirando a lo lejos un incendio, en una clase que parece de otra época y en la que intenta distraer a los alumnos hablándoles de la esperanza, continúa con la puesta en marcha de un radiocassette, de niños cantando hard rock a grito pelado, vueltas y más vueltas de cámara, la maestra intentando marcar el ritmo y las niñas impasibles y adorables. Como colofón, una salida del desconcertante marco al entrar en escena el equipo de rodaje. Todo con las voces de los niños, sin playback y sin escucharse en ningún momento la versión del álbum.

Y Abraham, tan ancho.

________________________________________________________________________________________________________

Broken Social Scene – Sweetest kill
Dirección: Claire Edmondson

Todo iba bien.
Todo era muy tierno y bonito.
Hasta que ella sacó el hacha.

________________________________________________________________________________________________________

M83 – Midnight city
Dirección: Fleur & Manu

Y otra entrada más venida de Francia. El dúo M83 ha sido una de las bandas en recibir mejores críticas este año por su vuelta al redil electrónico tras su aventura pseudo-shoegaze con aquellas  fotos promocionales plagadas de filtros vintage, delicia de hipsters.

Midnight city, una de la canciones del año, abriendo el álbum –Hurry up, We’re Dreaming– cuenta con este video en el que un chaval es recién llegado a un internado de niños con poderes y gracias a él, de manera muy similar a una escena de Akira, logran huir de la cárcel en la que les someten a controles para llegar a una fábrica abandonada en la que juegan libremente.

Ligeros toques de efectos especiales para rematar con un desenlace con moraleja en el que se nos explica que, para desatar el potencial interno, mejor liberar a las criaturas y no perturbar su inocencia. Sea como fuere, en los últimos quince años una puesta de sol a golpe de saxo no había resultado efectiva hasta ahora.

________________________________________________________________________________________________________

Foo Fighters – Walk
Dirección: Sam Jones

Dave Grohl y compañía utilizan como excusa el tema Walk para remakear Un día de furia, aquella película de Joel Schumacher en la que a Michael Douglas se le cruzaban un par de cables y entraba en modo berserker al ver el Mcmenú del día. En este caso la cosa no es seria, y la coña tiene bastante gracia cuando las primeras escenas con Grohl atrapado en un atasco nos muestran cómo se incrementa el desasosiego del cantante no sólo por la inmovilidad del momento, sino sobre todo por las estúpidas pegatinas de los coches de alrededor que citan a Justin Bieber, George Bush y a Coldplay (impagable). El vídeo incluía un número de teléfono en uno de los planos al que los fans podían llamar para comentar qué es lo que les ha resultado más cachondo. Y un gag final que condensa la apología por el humor del absurdo, porque estamos empezando a olvidar que los clips pueden también dedicarse a la comedia y dejar aparcado el espíritu hipster tan de moda de vez en cuando.

________________________________________________________________________________________________________

Lykke Li – Sadness is a blessing
Dirección: Tarik Saleh

El vídeo de la sueca Lykke Li se remitía a los emails acompañado de una imagen promocional en la que una servilleta escrita explicaba la situación.

En pantalla un restaurante mortalmente silencioso, con extraños comensales donde padre (Stellan Skarsgård) e hija (la propia Lykk Li) se sientan enfrentados cara a cara en la misma mesa. Un prólogo de copas cargadas es todo lo que necesitara la chica para ponerse a bailar en el centro de la habitación mientras los responsables intentan en vano pararle los pies y las dolorosas letras de Sadness is a blessing enfundan toda esta función grácilmente rodada por Tarik Saleh en tiempos lentos y con muchísimo buen pulso. Poderosa elegancia desatada.

________________________________________________________________________________________________________

The Sound of Arrows – Wonders
Dirección: Mattias Johansson & The Sound of Arrows

Todos, absolutamente todos los videos de estos herederos de Pet Shop Boys son maravillosos. No en vano, el dúo sueco siempre da fe de su mimo por la estética en clips con unas imágenes con colores vivos, cuidadas al mínimo detalle, casi palpables.

Tras tres largos años desde su disco debut (aquel electrizante Danger! que consiguió que su popularidad ascendiera como la espuma en myspace, que en 2008 era el escaparate mundial de la música independiente) por fin se materializó el dichoso nuevo álbum bajo el nombre de Voyage. Y como cuarto single, pasando más desapercibido que los tres anteriores, llegó Wonders. Su, a la vez, mejor y más sencillo vídeo hasta la fecha. Y no sólo el suyo, sino también probablemente de los más sencillos de esta lista.

Sólo les hizo falta coger al tísico cantante, una cama y una máquina de niebla. Lo demás se hizo en postproducción al recopilar una infinidad de esas imágenes que hemos visto en los documentales de ciencias que nos pasaban en el instituto. ¡Pero qué imágenes! Es sorprendente lo que en una canción todo este vídeo evoca: los paisajes de Canadá, las playas de Australia, el Himalaya, el Sáhara, la Guerra Fría, la carrera espacial, la explotación de recursos, las catástrofes naturales y todo el cosmos en su enorme esplendor.

Acompañando a un tema que cuenta cómo una desgraciada alma en pena recuerda los buenos momentos que pasó con su ex-pareja, viene a resumirnos, con ese juego de luces en la última parte de la canción, que el peso del universo siempre termina aplastando los dramas personales. Resumiendo toda la descarga emocional del conjunto en ese plano certero, precioso, simple y magistral, del cierre de la cadena al cuello, a corta distancia de la cámara. Algo que Terrence Malick intentó contarnos este año con El Árbol de la Vida y aquí lo hacen en poco más de cuatro minutos.


42 videoclips que tendrías que haber visto en 2011 (I)

En el crepúsculo de 2011, la dirección de Jot Down llegó a la conclusión de que era más que conveniente darle un repaso a las alegrías dadas por el videoclip musical durante el año. Para tal propósito contactó con una pareja de exquisitos y notorios connoisseurs del mundillo artístico-musical para la construcción de una guía fastuosa de clips imperdibles.

Ante el rechazo de ambos, Jot Down decidió encerrar a dos de sus redactores en una sala con un proyector y esperó pacientemente. Cuatro semanas más tarde llegaron con la piel pálida, la glucosa por los suelos y la lista definitiva de los 42 vídeos que tenías que haber visto en 2011.

Sí, 42.

Disfruten.

________________________________________________________________________________________________________

Battles – My machines
Dirección: Daniels

Con la película Mallrats aprendimos varias cosas: Que Kevin Smith no era la gran esperanza blanca, que hay muchas preguntas pendientes acerca de los penes de los superhéroes y, la más importante, que las escaleras mecánicas son una amenaza para la integridad física. El vídeo de My machines de Battles no hace más que reforzar esta última de manera memorable: un hombre comienza por accidente a rodar por las escaleras mecánicas de un centro comercial mientras la cámara se desquicia por completo, documentando una puesta en escena que es un bestial e imposible salto mortal grabado en un solo plano que rebusca los ángulos una y otra vez. Todo ello coreografiado de manera milimetrada al ritmo de lo que sucede en pantalla. O cómo utilizar los FX para crear algo realmente espectacular que además consigue reflejar la agonía de un bucle dañino en una trampa mecánica. Sobresaliente o más.

________________________________________________________________________________________________________

QG – Bomb
Dirección: Pierre Teulières

El vídeo de terror del año corresponde a este grupo francés que, siguiendo la estela del cine gore venido del Hexágono en los últimos años —À l’interieur, Haute Tension, los intentos de Gaspar Noé en Irreversible—  nos sumerge en una fiesta celebrada en un matadero en la que un niño bien de París queda plantado y decide montarse el fiestón por su cuenta. Dejándose llevar por los alucinógenos y sin poder marcharse, acaba presenciando un sacrificio con canibalismo incluido de la mano de una criatura que parece salida de un videoclip del gran Chris Cunningham, de tal belleza que emana. La sensación de imposibilidad de escape, junto con la estresante música, hace de este uno de los clips más tensos del año.

________________________________________________________________________________________________________

Living Sisters – How are you doing?
Dirección: Michel Gondry

Michel Gondry es uno de los más geniales ilustradores de videoclips, y por eso mismo es de celebrar que vuelva a pisar este terreno con un nuevo ingenio visual. La canción de Living Sisters no es que sea el colmo del buen gusto (en realidad es bastante moñas) pero a su rescate llega Gondry reciclando parte de la idea de una de sus obras maestras (Sugar water de Cibo Matto), añadiéndole una ventana más y creando un clip malabarista con personajes que saltan de un plano a otro, terremotos, accidentes de aviones y destrucción variada en forma de juguetes formados con artesanías precarias. Y lo consigue.

________________________________________________________________________________________________________

Yelle – Safari Disco Club / Que Veux-Tu
Dirección : Jérémie Saindon

La figura del tecktonik, la Lio de nuestros tiempos, presentó su segundo álbum de estudio con este díptico en el que, cual bestia salvaje, es perseguida por sus dos compañeros de grupo hasta que lanzándose por una madriguera llegan al mencionado Safari Disco Club en el que los animales bailan.

Acto seguido —previa pausa para cambiar el escenario— aparecen nuevos muñecos y comienza un segundo número en el que se juega con imágenes simétricas, movimientos bien marcados y ese ente de amor que es Tchiki-Tah Man. Un homenaje al mítico Around the World de Daft Punk en donde, al igual que en el vídeo de Gondry, se van añadiendo personajes al conjunto según avanza la canción.

________________________________________________________________________________________________________

It’s tropical – The greeks
Dirección: Megaforce

Probablemente el vídeo más bestia y salvaje a la vez que infantil e inocente jamás rodado. Un grupo de niños juegan a la guerra armados con Nerfs y demás pistolas de plástico, y una post-edición en montaje se encarga de utilizar los dibujos animados para pintar sobre ellos las balas disparadas, los humos del tiroteo y sobre todo la sangre a borbotones que salpica de los pequeños soldados. Torturas electrificadas, bazookas, lanzallamas, festival de sadismo balístico heredero del anime con una buena muestra de headshots en cabezas infantes y cuya mayor gracia es la percepción de que por muy cafres que sean las imágenes (ametrallar a un enemigo herido a quemarropa en un sofá o simular una ejecución al estilo yihad loca) todo esto no es más que un juego de niños, la droga es harina, las barbas de los terroristas son de tela y el C4 es plastilina amarilla. Kabooom.

________________________________________________________________________________________________________

Metronomy – She wants
Dirección: Jul & Mat

Si hay una banda cuyas canciones no llegan a la suela del zapato de sus vídeos, sin duda hablamos de Metronomy. Aquel grupo del fascinante videoclip de la bola de karaoke golpeando a gente —A thing for me— nos contó este año una historia rutinaria del día siguiente a una juerga: el momento de ir recopilando recuerdos hasta el instante en que viene a la mente un pequeño golpe que desata una reacción en cadena que consigue que te des cuenta hasta qué niveles la has liado parda. Claro, que más grave es cuando la protagonista consigue casi perpetrar una masacre en una boda que, como guinda, tiene el cabreo de la propia novia empujándola a la cama. Hasta que se le pase la tontería.

________________________________________________________________________________________________________

High Places – Sonora
Dirección: Keith Musil

Mary Pearson (el cincuenta por ciento de High Places, siendo la otra mitad Rob Barber) interpreta una retorcida revisión gore de Popeye. El héroe se transforma ahora en heroína, utiliza un bote de espinacas para mutar su brazo y, con media cabeza abierta, supuestamente por culpa de una paliza con un palo de golf, emprende haciendo autostop el camino hacia la venganza. Sangrienta adaptación del personaje con un Bluto que se olvida de Olivia para secuestrar al novio de la protagonista, un tal Angus Andrews, ese mismo que es vocalista de Liars.

________________________________________________________________________________________________________

iamamiwhoami – john
Dirección: Iamamiwhoami

El proyecto de Jonna Lee, revolución audiovisual del 2010, sacó este año un vídeo de ocho minutos y no le importó a absolutamente nadie. Sin embargo no decaía en cuanto a calidad respecto a sus piezas anteriores. Así, en John vemos la impecable factura de la sueca con ese contraluz tan estudiado mientras ella baila ridículamente sobre la cama de papel higiénico de un prostíbulo en el que es prisionera. Ironías de la vida, mientras la canción habla de lo sucia que se siente, el vídeo enfoca unos numerosos primeros planos del camel-toe de la cantante. Aunque podía ser peor, podía masturbar árboles, como en sus primeros clips. En realidad aquella obra también fue un videoclip fuera de serie, así que bienvenido sea todo el trabajo de esta mujer.

________________________________________________________________________________________________________

Mujeres – Reyerta
Dirección: Tom Kingsley

¿Alguna vez has entrado en la peluquería y le has señalado al barbero una foto de revista para explicar cuál es el resultado que deseas? Nosotros no. Pero porque somos unos jodidos snobs. Eso sí, en caso de que tuviéramos que vernos obligados a hacerlo tendríamos muy claro que la única opción posible consiste en visitar al loquísimo peluquero del videoclip Reyerta, del cuarteto barcelonés Mujeres. Vídeo  que eleva el concepto de cambio de look al extremo, sustituyendo el corte de pelo por el cambio de cara a lo Face/off pero en modo fastforward y manual, con producción a cargo de Blinkink y rodado con muchísima gracia en forma de genial y cómica locura de garaje rock y pura-dura alma cartoon.

________________________________________________________________________________________________________

The Go! Team – Apollo Throwdown
Dirección: James Slater

La banda de Brighton volvió con su tercer álbum de estudio al mercado nada más comenzar el año. Fieles a su sonido, sacaron este tema de ritmo frenético y con sonido enlatado. Y fieles a su imagen, crearon este vídeo lleno de efectos coloristas y psicodélicos intercalado con las imágenes del grupo y de la solista Ninja haciendo lo que presuponemos que es bailar mientras la invitada Dominique Young Unique rapea. Todo un despliegue de efectos técnicos sobre fondo negro.

________________________________________________________________________________________________________

Manel – Aniversari
Dirección: Roger Padilla y Àlex Pastor

El grupo catalán Manel se cubre de gloria con el clip de Aniversari. Detrás de la cámara, el guitarrista del grupo y uno de los directores de Infectados. Y delante de la misma se montan su propio Cluedo con Sergi Lopez como detective fantasioso y una incógnita en forma de tragedia en la celebración de un aniversario. Biel Durán y Ona Casamiquela protagonizan una historia de amor en los años treinta con velas, bebidas espirituosas que convierten a la gente en liliputienses, katanas, armaduras, sirvientes escalando por el vestido de la amada y bastante fantasía de carácter mágico. Y con cameos incluidos: Jaume Sisa como fotógrafo de una fiesta playera de extraños personajes entre los que se camuflan los integrantes del grupo Mishima.

Como si Lewis Caroll le cantara a El increíble hombre menguante en medio de la Rambla.

________________________________________________________________________________________________________

Dënver – Los Bikers
Dirección: Milton Mahan

Los chilenos Dënver, la revelación del año pasado en Sudamérica, tras un año repleto de reconocimientos por su disco y los altercados con la aduana en su gira española, sacaron una de las baladas del repertorio como single hace apenas mes y medio. El vídeo consiste en una coreografía ejecutada por el ballet del Teatro Nacional de Santiago de Chile en el Museo de Bellas Artes de la misma ciudad. A medio camino entre la danza y el Saló de Pier Paolo Pasolini, ponen imagen a una canción acerca de la sumisión total en el acto sexual bien cargado de homoerotismo y prácticas sadomaso.

________________________________________________________________________________________________________

Radiohead – Lotus Flower
Dirección: Garth Jennings

Thom Yorke aquí es como aquel parroquiano del peor bar de tu ciudad que a las siete de la mañana, inspirado por los alcoholes, no solo se niega a abandonar la pista de baile sino que realiza el baile de “suene lo que suene, yo bailo lo que escucho en mi cabeza”, mientras efectúa una extraña sucesión de movimientos espasmódicos en el centro de un círculo formado por el resto de despojos del disco-bar que le jalean y palmean la hazaña. Así de patético, así de hipnótico, así de genial. El ducho Garth Jennings dirige una idea simple: Yorke con sombrero “bailando” mientras canta el tema. El resultado acaba convertido en un meme de internet con cientos de montajes en youtube, espasmos que harían parecer paralítico a Ian Curtis, la sensación de estar viendo al cantante siendo controlado por un cruel titiritero y la mejor coreografía desde aquel fabuloso grupo bailongo del Praise You de Fatboy Slim.

________________________________________________________________________________________________________

Supersubmarina – Puta vida
Dirección: Luis Germanó

Sin duda estamos viviendo el mejor momento de la productora BoogalooFilms. Viendo a las actrices lamiendo la crema de cacahuete, revolcándose por el suelo, llorando y, sobre todo, ese culo en pompa en pleno cunnilingus, uno se da cuenta de que esas escenas con la nitidez descuidada forman un involuntario homenaje al  Luis Buñuel de El fantasma de la libertad o Belle de jour. Siendo más directo que el clip de los Scissor Sisters y que el homenaje al director español que Garbage hizo en el burdel del clip de Tell me where it hurts, y contando además con una ínfima parte del presupuesto de ambos. Además, todos sabemos que los vídeos con gatitos puntúan triple en youtube, así que no cabe ulterior discusión. Pena que, salvo el tipo baboso de las cucharadas, los componentes de la banda no sepan actuar tan bien como sus acompañantes femeninas por no ser lo suficientemente sórdidos. Creo que bien se defiende por sí solo, más allá de las críticas de pornografía gratuita, de machismo o incluso, ya ven ustedes qué drama, de radiofórmula.

________________________________________________________________________________________________________

Duck Sauce – Big Bad Wolf
Dirección: Keith Schoffield

Tras el petardazo mundial que pegaron Duck Sauce con el hit Barbra Streisand, reaparecieron con un segundo –y esperemos que último– single consistente en un lobo aullando sobre una base demasiado simplona de cuya baja calidad ellos mismos debieron sospechar. Así decidieron sacar como acompañamiento visual este clip en el que tres trabajadores con una cabeza en la entrepierna salen de caza un sábado noche. No sabemos qué aspira a ser con más énfasis: desagradable, surrealista o divertido. El caso es que es de agradecer en parte que haga olvidar completamente ese horror de canción.

________________________________________________________________________________________________________

Herman Dune – Tell me something I don’t know
Dirección: Toben Seymour

Un videoclip en el que un yeti de peluche de color azul, que disfruta con el tacto del salpicadero de un coche y el viento en la cara, hace autostop para ser recogido por John Hamm (de quien habéis oído hablar gracias a Mad men) merece y merecerá siempre una mención  aquí. Que la extraña pareja después se vayan a un concierto de Herman Dune quizá no tanto. Pero eh, es un yeti. De peluche. Azul.

________________________________________________________________________________________________________

No Age – Fever dreaming
Dirección: Patrick Daughters

No Age dotaban de imágenes a un tema del álbum Everything in Between con una de las ideas más brillantes que hemos visto este año en el mundo del videoclip: convertir los bordes de la propia pantalla en una puta trituradora psicópata. Y entretanto los chicos de la banda se dedicaran a desatar Fever dreaming sin preocuparse demasiado por la integridad física propia o por ese mobiliario que comienza a volatilizarse a lo bestia.

________________________________________________________________________________________________________

Best Coast – Our Deal
Dirección:  Drew Barrymore

Drew Barrymore, el único juguete roto que volvió del infierno del rehab por la puerta grande, dirige el videoclip de la banda californiana de moda con la ayuda de la interpretación de la adorable Chloe Moretz. Para ello cuenta en menos de cuatro minutos la película de entretenimiento perfecta. Mitad Romeo y Julieta, mitad The Warriors. El amor adolescente, graffitti de Julio Cortázar y la mala suerte de no calcular bien el espacio al escribir.

________________________________________________________________________________________________________

Cut Copy – Blink and you’ll miss a revolution
Dirección: Emile Sornin

Una secta formada por simios con aspecto humanoide rescata una serie de baúles donde se guardan diversos miembros de Cut Copy. Pero miembros, miembros. Es decir brazos y cabezas de los integrantes del grupo que los monos utilizarán para montarse en su cueva su propio concierto delirante. Como si El planeta de los simios inspirara la deconstrucción de la banda australiana por parte una peludísima y muy animada fanbase. Atención al mono líder (o lo que sería un Albus Dumbledore simiesco) guiñándole el ojo a Jimi Hendrix al prenderle fuego a la guitarra en la escena final. Ape Rockstar.

________________________________________________________________________________________________________

Adele – Rolling in the deep
Dirección: Sam Brown

La artista del año sacó en enero este single que absolutamente nadie sospechaba que fuese a pegar tanto. No en vano ha sido la canción más galardonada y vendida del 2011, y además la mismísima Patti Smith incluyó una versión del tema en su gira considerándola  su “canción del verano”. La historia del dolor que la muchacha siente al verse abandonada por su ex la ha llevado a superar los 10 millones de copias vendidas en los días de bajas ventas que corren, y comenzó tal éxito con este vídeo en el que ella se queda sentada en una habitación semivacía, su batería en el hueco de la escalera, un ninja envuelto en harina y alguien que no vemos rompiendo una vajilla. No nos atrevemos a buscar el significado por no caer en el más absoluto de los ridículos, pero las caras tapadas por las sombras y la mirada perdida de la cantante aportan el toque de desazón imperante en el disco y el travelling de la cámara al compás de la canción consigue aumentar el ritmo de la misma, lográndose como conjunto un clip sencillo y potente, que son los dos adjetivos que mejor definen el triunfo de Adele. Luego, casi obligada y a destiempo tuvo que grabar en París el vídeo de su segundo single, Someone like you. Un bonito homenaje a la nouvelle vague que merece también mención en estas líneas.

________________________________________________________________________________________________________

Wiley – Numbers in action
Dirección: Us

Wiley y el colectivo Us se divierten lo suyo creando un plano fijo en el que se descuartiza el tema Numbres in action en diferentes y juguetonas pequeñas piezas mecánicas visuales que no son ni más ni menos que otros Wileys multiplicados gracias a la magia de la edición imaginativa (y donde cada uno de los Wileys adicionales lleva una camiseta con su número de encarnación clonada), actuando en pequeños bucles de movimiento, jugando con pelotas, números, globos y cajas al compás del tema. Ingeniosa propuesta en forma de patio de recreo y circo del play/rewind.

________________________________________________________________________________________________________

(Continúa)