Míchel: «Al que no le pitan en el Bernabéu es porque no ha estado lo suficiente»

Haber jugado en la elite del fútbol en el equipo de tu ciudad debería ser como un cuento de hadas, pero tras dos horas escuchando a Míchel (Madrid, 1963) uno acaba estresado. La presión que sufrieron él y muchos de sus compañeros bajo la premisa de la máxima exigencia es desasosegante. Sin embargo, él no cambiaría absolutamente nada de su carrera. Ni los aciertos ni los errores, porque ambos le han hecho ser quien es. Parece un tópico, pero a muchos les lleva toda una vida entenderlo. Míchel admite que llegó tarde a pasar del qué dirán, pero llegó.

Tu padre era uno de tantos pluriempleados que había en aquella época en España.

Éramos una familia de raíces modestas. Mi padre trabajaba en tres sitios porque éramos cuatro hermanos, seis personas en casa. Fue un momento difícil. Por eso tuvo que dejar de jugar al fútbol profesional. Pudo haber ido al Córdoba siendo muy joven, pero siendo muy joven también era padre. Le llegó el momento de decidirse y optó por lo más estable en ese momento para la familia, que era el trabajo. Luego se rebeló toda su vida contra esa circunstancia y quizá por eso me transmitió el amor por este deporte.   

Tu primer equipo fue el Sporting Lillo.

Vivíamos en la calle Lillo, en Ciudad de los Ángeles, al sur de Madrid. Éramos un grupo de amigos de entre diez y doce años. Jugábamos con las camisetas del equipo de la empresa de mi padre, unas verdes catalogadas. Nos quedaban anchas y largas, pero era una satisfacción poder jugar con un color diferente al de los demás, que iban todos de blanco y azul o de rojo y azul. Nosotros de verde y blanco nos sentíamos los reyes del mambo. 

La vida en ese barrio era absolutamente distinta a lo que puedas ver hoy. Entonces existían los barrios. Ahora se intenta recuperar esa forma de vida, pero todavía no es lo mismo. La verdad es que eran barrios de trabajadores, pero teníamos una vida muy confortable, con estabilidad. La vida de barrio de siempre. 

Tus ídolos eran Argote y Kaltz.

Lo que pasa con Argote es que me fijaba mucho en cómo centraba. Era extremo izquierda y tenía un pase excepcional. Igual que Kaltz, un lateral derecho, que llegaba y la ponía en el área. Pero mis ídolos siempre han sido un italiano que se llamaba Antognoni y Vicente del Bosque. Yo jugaba en la posición de Vicente al principio, y me llamaba mucho la atención que fuese capaz de estar siempre cerca del balón sin tener velocidad física ni mucho recorrido. Siempre sabía llevar el ritmo del juego y eso tiene que ver con su inteligencia. 

¿Por qué cambiaste de posición?

Dentro de lo que es el fútbol, he intentado adaptarme a las necesidades que tenía. En el fútbol y en la vida. En el Real Madrid, había jugadores muy buenos en ese puesto: Ricardo Gallego, Lozano, Manolo Sanchís, Isidoro San José… Me tuve que reciclar, una palabra que entonces no se llevaba, y me busqué la vida en la banda mis dos últimos años en el filial. Cuando entré en la cantera del Madrid con trece años, veía que todos eran muy buenos y me preguntaba qué hacía yo ahí. Sin embargo, de esa primera generación, al final solo llegué yo. A lo mejor eso tiene que ver con que fui el que más ilusión le puso.

En algún momento, a cada jugador de la Quinta se le consideró el mejor de su generación. En tu caso fue al principio, cuando ganas el premio al mejor jugador en un torneo juvenil en Mónaco.

No había tanta información como ahora. A los dieciséis años no te televisaban. Pero al haber pasado por todas las categorías inferiores, estabas como predestinado a llegar al primer equipo. Todo lo llevé con naturalidad, mi objetivo era ser futbolista, no necesariamente del Madrid, y es ahora cuando empiezo a darle la importancia, ahora me doy cuenta del valor que tuvo ¡y sin redes sociales! Entonces no te dabas cuenta de nada, vivías muy deprisa. 

Altafini dijo de ti tras ese torneo: «Parece un viejo profesional, lleno de recursos para salir airoso en momentos difíciles». Eras viejoven. 

Era un chico de barrio, siempre hemos tenido recursos para todo, para ganarnos la vida y, obviamente, en el fútbol también. Luego, creo que he tenido la virtud, en el plano anímico, de haber querido siempre ser futbolista y, al mismo tiempo, saber ocultar mis defectos. Como los gatos. Ser listo para que no se vean tus carencias. 

El que terminó de esculpir la Quinta antes del gran salto fueron Amancio y su preparador físico, Miroslav Vorgic.

Fue una época de transición del deporte en España. Venían muchas figuras extranjeras, como Vorgic, que era serbio, de la antigua Yugoslavia. La faceta física era la gran carencia del fútbol español, no poder estar nunca a la altura de los alemanes o los rusos. Vorgic era un comandante implacable. Te hacía sufrir, te ponía al límite. Nunca habíamos pasado por nada igual. Martín Vázquez, por ejemplo, traía un físico increíble del colegio, pero los demás lo tuvimos que ir cogiendo. Al principio, la tendencia era machacarse en el gimnasio, pero luego nos dijeron que solo había que tocarlo de manera leve. Recuerdo que, antes de los partidos a las cuatro de la tarde, nos hacían comer ensalada, sopa y pescado. Se entendía que esa comida era la importante de la competición. Sin embargo, a lo largo de los años se ha comprobado que la comida importante es la del día anterior. Se sabía lo que eran los hidratos, carbohidratos y proteínas, pero no se aplicaba. 

¿Cómo te recibió la plantilla del primer equipo?

Con normalidad, que es lo mejor que se puede decir. Tú los ves arriba, pero ellos están pendientes de cada detalle contigo. No te ponían ningún cartel, te enseñaban a llevar el día a día. Era una sociedad absolutamente democrática, de igualdad, excepto para dar la cara, que era algo que hacían ellos, cosa que agradecías porque te protegían. Ahora hay mucho menos sentimiento de pertenencia a un club. Ahora es muy raro que un jugador se pase muchos años en el mismo equipo, cada vez vamos a menos. Y antes, con los extranjeros limitados, al final muchos jugadores de cada club éramos de su cantera. 

En tus primeros años son míticas las remontadas que hizo el equipo: al Anderlecht, al Borussia Mönchengladbach…

Es una sensación de vértigo la que recuerdo, mucha inestabilidad, pero algo muy excitante al mismo tiempo. Se creó una situación en la que, pasara lo que pasara, todo tenía solución. El duende de los sorteos hizo que jugáramos las vueltas en casa y ahí lo resolvíamos todo. Yo soy de jugar el primero en casa, pero se creaba siempre un escenario en aquellas vueltas del Bernabéu, un teatro, que no es que nos lo creyéramos nosotros, es que el rival lo percibía y lo sentía. Era increíble que equipos que te habían ganado 5-1 quince días después se vieran inferiores a ti, y eso es lo que ocurría. 

Molowny ¿qué papel tenía ahí?

Era un integrador y una referencia. No era un hombre de grandes discursos ni de grandes gestos, pero transmitía calma y serenidad. Para gente joven como nosotros, sin una formación de la vida, era fundamental. Cada vez que había un problema de cualquier tipo, todo el mundo recurría a él. 

Ahora estos años se recuerdan como buenos, pero la afición os criticaba mucho. A Santillana y Juanito ya les daban por amortizados, y con estas remontadas se reivindicaron a sí mismos. De hecho, años después, tú dijiste que la afición le había amargado la vida a Juanito en algunos momentos.

Eso es ley de vida en el madridismo, el no pararse, el estar inquieto. En este club, si no estás al 100 %, tienes que dar un paso a un lado, porque si no todo te arrolla. Si les ha pasado a los ilustres, ¿por qué no te va a pasar a ti? Yo tomé varias veces la decisión de irme porque veía que ya no podía competir a ese nivel que pedían. Cuando ves esto con veinte años, lo apuntas rápidamente, porque ves que eso, al cabo de un tiempo, te va a pasar a ti. 

Os plantasteis con dos copas de la UEFA, ganasteis la primera liga… ¿Cómo era esa época?

A mediados de los 80 en España se podía percibir un cambio social y político, generacional. Empezamos a salir del cascarón. Mucha gente no ha sufrido lo que vivimos aquella generación. No lo digo para marcarme un «pues yo más», sino porque era una realidad. Era difícil aprender idiomas, costaba salir del país con cierta seguridad. Cuando nosotros, futbolísticamente, pudimos asomarnos a Europa y enseñarles a los alemanes que también podíamos pasarles por encima, fue como volver a situarnos en el mundo. Algo que estaba pasando en el país, donde no paraban de surgir pintores, diseñadores, cineastas… Entonces, aquella Europa estaba dominada por jugadores como Rummenigge, de un excelente nivel. Apareció Schuster. En Italia recalaban todas las estrellas, como Maradona. Todo eso lo mirábamos de lejos y empezamos a verlos cara a cara. 

Llegó México 86 y te llevaron.

Teníamos una selección magnífica. Les diría a los mileniales que vieran esos partidos, y cómo caímos en los penaltis, porque era una selección para ser campeona del mundo. Lo dices ahora y piensan que chocheas, pero es verdad. 

México fue una concentración muy larga, estuvimos 52 días apartados de todo, de la familia, los amigos y la información. No sabíamos nada de lo que pasaba. Te enterabas de algo por la llamada telefónica que hacías a casa cada día. Aquello fue como un Gran Hermano, pasó de todo. Hubo diferencias entre las dos generaciones que había. En el medio solo estaban Gallego y Gordillo, y por un lado estaban Maceda, Camacho, Goicoechea y Víctor Muñoz, y los demás éramos jóvenes, como Salinas, Setién, Reñones o yo. Y estaba Calderé, que no era joven, pero llevaba pocas internacionalidades. No obstante, no fue mala la amalgama que se hizo. 

Se quedó para siempre tu no gol a Brasil.

Hace poco fui con un equipo de juveniles del Madrid al mismo campo. Me senté en el banquillo y tuve un flashback de ese día. Eran las doce de la mañana en Jalisco, recuerdo estar escuchando el himno y pensar: «estoy entre los mejores de España», y mirar al banquillo de enfrente y ver a Zico, Falcão, Toninho Cerezo… Jugadores que no es que los hubieras visto ya en la televisión, es que te sentías como si estuvieses en una película. Recuerdo muchísimo ese instante. Es uno de los momentos más emotivos de mi carrera. 

Sócrates estaba escuchando el himno a mi izquierda. Recuerdo que se puso una cinta reivindicativa en el pelo, algo sobre la selva, creo que era. Fue increíble, que un mito como Sócrates se atreviera a hacer eso no era normal. Por eso, igual los jóvenes deberían repasar estas cosas, porque no ha cambiado tanto el fútbol, pasaban las mismas cosas, solo que con menos difusión mediática. 

Tengo la camiseta de Sócrates de ese partido. Cuando me la dieron, lo típico es echarla al cesto de lavar. Te podrá parecer escatológico, pero no lo hice. Quise mantener la esencia. A los dos días coincidimos en un hotel, subimos en el ascensor y me dio la mano. ¡Me conocía!

Con el golazo que les metiste, cómo no te iba a conocer…

Ya, ya, pero pensabas que no sabría ni quién eras. Aunque en lo que me estuve fijando fue en el pie tan chiquitito que tenía, un 36. Lo que sería ese hombre hoy en día, que luego ha llegado a ser político en su país. Era un tío comprometido, culto. Creo que hoy también los hay así, lo que pasa es que la prensa solo pregunta por el fútbol. El futbolista puede tener una conversación como cualquier otra persona, pero solo interesa lo deportivo. Aparte, cuando uno realiza alguna acción solidaria, suele hacerlo más desde el silencio que desde la notoriedad.

Fue mejor que el gol no entrase.

Fue cojonudo.

Estaban Francia, la RFA y Argentina…

No, no por eso, sino porque igual los brasileños se hubieran enfadado [risas]. Lo que sí pasó es que fue un no gol más llamativo que un gol. 

Cayó Dinamarca.

Que habían ganado a Alemania 2-0. Quedaron primeros de grupo, por eso nos tocaron, y eran la sensación del torneo. Pero fuimos de menos a más en los resultados, no tanto en el juego, porque nadie pensaba en nosotros. 

Aquel día fue quizá el más importante en la carrera de Butragueño.

Emilio siempre ha sido un teórico del fútbol, hablaba mucho de sus posibilidades. Por aquel entonces, le gustaba mucho tocar el balón, jugar. Estuvimos hablando la víspera, porque estábamos siempre juntos en la habitación, y le dije: «Emilio, vive en el área, que es donde marcas la diferencia, fuera eres un canuto, en el área te paras, driblas, es muy difícil detenerte, ahí es donde nos vas a dar la vida y tú vas a ser mejor». Esto lo ha contado él, porque luego metió los cuatro goles y dijo: «Ahí, Míchel ya empezaba a ser entrenador». Metió cuatro goles de todos los calibres. 

¿Cómo gestionaba Muñoz ese grupo?

Valorando lo que yo ahora aplico como entrenador, tanto Muñoz como Molowny no eran tan tácticos, no trabajaban tanto el sistema de juego y las habilidades de los jugadores, pero tenían una o dos grandes cualidades: sensatez, tranquilidad, darnos la iniciativa a los jugadores y saber elegir a los que son mejores para un partido concreto. Muñoz venía de sus años dorados con el Madrid y te llamaba la atención porque era muy poco intervencionista. Si elegía a alguien era porque veía que tenía capacidad para desarrollar lo que él quería aplicar. Nada más. 

¿Fue un palo muy grande perder así?

Para mí, sí. Para mí, esa y la del PSV fueron dos derrotas que supusieron un antes y un después. Es muy difícil hacer las cosas tan bien y que salgan tan mal. Fuimos mejores que todos los rivales que nos encontramos, pero luego el fútbol es un juego, algo banal, pero es así, y no me refiero al factor suerte, hay algo que no se puede controlar. Se dice que los penaltis son una lotería, pero no, no lo son, porque el que gana es el que los mete. Sin embargo, hay un factor que no sabes por qué aparece, pero surge, te quedas fuera y tienes que aceptarlo. 

La siguiente que nos venía era Argentina. Habíamos jugado un partido ante Bélgica para clasificarnos. Lo que tuvo Casillas contra Italia no lo tuvimos nosotros. Ese punto de inflexión, que estuvo a punto de cruzarse ahí, se tuvo que dilatar mucho más para el fútbol español, que entonces era muy bueno. Hicimos ese buen papel en México y antes, en el 84, España ya había jugado la final de la Eurocopa. 

Al volver, al primer fallo que cometiste en el Bernabéu, te pitaron.

En Madrid, a los futbolistas que más tiempo están en el club y más se les quiere se les acaba pitando. Hay que aceptarlo. Casi nunca es por el juego, sino por lo que piensan de ti. Puedes intentar romper esos prejuicios, pero al final el único prejuicio que no va a existir es tu rendimiento en el campo. He estado 14 temporadas, todavía soy de los diez jugadores que más partidos ha jugado y tengo un reconocimiento, y puedo decir que al que no le pitan en el Bernabéu es porque no ha estado lo suficiente. Hemos pasado todos. Raúl, Guti, y antes que yo Del Bosque, Velázquez… todos. Hasta Butragueño. Bajito, pero le silbaron. 

Ahora me hace gracia, porque cuando voy por la calle o al estadio, noto el cariño. Mi hijo, con veintisiete años, no vivió todo aquello, y me dice: «¿Dónde están los que te silbaban?». Ahora se hacen encuestas sobre los mejores y siempre estoy ahí. Pero la afición del Madrid es singular, solo le vale ganar y lo colateral les importa poco. Si no ganas, buscan un culpable. Y en aquella época, si ibas ganando, se te exigía jugar bien, jugar al ataque. No podías ser conservador. El aficionado del Madrid quiere fardar al día siguiente en el trabajo y, si no puede hacerlo, esa frustración la paga contigo. Eso es lo que tiene ser jugador del Madrid. Si llegas ahí ya sabes cómo va. Es agresivo, exigente, te desgasta y encima es importante seas tú quien decida cuándo te vas. 

En los 80 hacíais sindicalismo balompédico.

Hubo reivindicaciones con la idea de agremiarnos como trabajadores, porque al final éramos un trabajador más. También tuvimos problemas con la Federación española, porque se supone que se comprometía a hacer un seguro para cubrir los gastos de un jugador que se lesionase con la selección, pero luego no era así. Los clubes querían que alguien se hiciera cargo de los contratos de los jugadores que se les habían lesionado mientras estaban cedidos al equipo nacional. Lo que pasó fue que la Federación no lo hizo, y nuestros compañeros Gordillo y Maceda se quedaron sin cobrar. No era justo. 

En la huelga general del 88, tuvisteis un encontronazo con Txiki Benegas, que dijo que no sabía por qué ibais a hacer huelga Butragueño y tú, si cobrabais cien millones.

Le explicamos muy bien lo que había. Teníamos detrás a un noventa y tantos por ciento de futbolistas que no cobraban lo que nosotros. Eso le costó más a Txiki Benegas entenderlo. Era una incongruencia ideológica por su parte que nos acusase de ponernos del lado de los trabajadores, cobrásemos lo que cobrásemos. Benegas creía tratar con el futbolista de toda la vida, con el que no se podía tener una discusión ni un debate, y no le salió bien. 

Jugasteis contra el Nápoles de Maradona, que en su camino hacia la Copa de Europa se estrelló contra vosotros.

Antes había que ser campeón para poder jugar la Copa de Europa, y luego no había ni grupos ni cabezas de serie en los cruces. Te podía tocar con el Nápoles de Maradona en la primera eliminatoria. Ya era un problema que te saliese un equipo italiano para empezar: pues encima era este. Teníamos el estadio cerrado por unos incidentes del año anterior. Nos tuvimos que jalear los unos a los otros para que hubiese un poco de tensión y poder jugar sin público. Estaba Camacho en el banquillo, no jugó ese día de titular, y pegó voces a todos. Tenía unos pulmones como para 40 000, llegaba a todo el campo. Es un megáfono andante. Los que lo vieron por la tele se dieron cuenta de la cantidad de comunicaciones que hay en un partido, algo que solo se puede notar en un caso así, cuando se escucha todo. Aquel partido tuvo algo de regreso al pasado, de cuando juegas de chaval sin público, aunque estábamos ante un monumento para 80 000 personas que se encontraba vacío. No sé si habría unas 500 personas nada más. 

Fue un partido épico, también. Maradona no estaba bien por una lesión, pero era impresionante ver lo que hizo por esa ciudad. Ahora es maravilloso ver a Messi, pero juega en un club increíble como el Barça, con unos compañeros de primer nivel. Maradona en ese momento era otra cosa. Uno de los jugadores más comprometidos y reivindicativos, aunque fuese a su manera, que recaló en una ciudad que parecía que no existía en Europa, ni en Italia, ahí en el sur, y cuando ibas, alucinabas con cómo lo adoraba la gente. Le querían tanto, de hecho, que le hicieron mal. Si los demás vivimos estos años de nuestra carrera en una burbuja, él vivía en una burbuja acorazada. Eso marcó mucho su vida como hombre, su estancia en Nápoles. 

Pero Maradona es un tío excepcional. A mí me llamó a raíz de unos problemas que tuve en el Madrid. Me llamó él personalmente, cogió el teléfono mi mujer y me dijo: «Oye, que te llama Maradona». Me quedé mirándola: «¿Cómo?». Y Diego me hizo una oferta: «Sé qué salir del Madrid no es fácil, pero me gustaría que considerases la opción de venirte aquí con nosotros». Luego he coincidido con él en varios sitios y me cae muy bien, me da mucha rabia que se le haya usado tanto, y digo usado, no utilizado. Porque humanamente, como digo, era excepcional. 

¿Ese fue el día del caño de Chendo a Maradona?

Dijo Valdano que parecía como si los pajaritos disparasen a las escopetas. En el fútbol de la época, al mejor del rival lo marcaba el compañero con más energía. En este caso, era Chendo. El marcaje que le hizo fue increíble. Maradona, desde entonces, le respetó muchísimo. Le dio alguna, pero fue un marcaje muy limpio y le cortó los cables. Gran parte de esa eliminatoria se le debe a Chendo. Lo secó en Madrid y allí. 

En el 87, la mitad de los goles del Madrid ya habían pasado por tus botas.

Hace poco me dijeron que, si Messi daba un pase más de gol, igualaba mis asistencias en la Liga. Antes no se era tan escrupuloso con las estadísticas, pero oye, está muy bien ¿no? Les dije a mis hijos: «¿Veis? Este tipo ha estado siempre detrás de mí» [risas]. Ya no [risas]. 

¿Cómo era la liga española en aquel entonces?

Siempre he creído que era muy competitiva. Ganar fuera de casa era tremendamente complejo. Los estados de los terrenos de juego igualaban mucho todos los partidos. Era una competición top. Teníamos menos publicidad que la liga inglesa o la italiana, pero era un gran campeonato. El Atlético de Madrid era como el de ahora, no te querías enfrentar a él nunca. El Barcelona siempre tenía las grandes estrellas, siempre eran los mejores de Europa. El Valencia era muy competitivo, el Sevilla, el Betis… Había ocho equipos que, igual no podían ser campeones, pero sí te podían hacer mucho daño. 

Había que ver jugar a Gordillo en el Betis. El Valencia te venía con Kempes y Fernando. El Atlético de Landáburu y Da Silva, y la cantera que tenían, con Quique Ramos, Rubio… muy duros de pelar. Y luego te ibas a Cádiz y tenían a Mágico González, al que ya me enfrenté en segunda cuando estaba en el Castilla. La verdad es que era un jugador para esa ciudad, con duende. La primera vez que le vi hacer su regate en carrera, con esa torsión de rodilla que hacía en el aire, fue a Chendo, aunque no contó con la potencia y velocidad de Miguel, pero ojo lo que intentaba. Yo creo que solo podía haber jugado en el club en el que jugó. Si hubiera hecho esos trucos con regularidad, si hubiese entrenado con regularidad y si se hubiese cuidado con regularidad, pues no se llamaría Mágico, sino Pepito lo que fuera. A los futbolistas hay que aceptarlos como son en el entorno y hábitat en que se mueven. 

El Madrid fue ganando ligas, como si se ganasen solas, y la prensa empezó a centrarse en los melodramas. En tu caso, que hubo una oferta del Inter fuerte por ti. Dijo Mendoza: «Míchel es imprescindible en el Madrid, pero si ofrecen una locura, todos podemos enloquecer».

Pues era una locura. Ofreció 12 millones de euros, que entonces era una barbaridad. Me quintuplicaban lo que ganaba e incluso más. Pero apliqué una máxima: si todo el mundo quiere jugar en el Madrid, ¿por qué me voy a ir? Seguramente hoy tendría mucho más patrimonio, pero nadie me haría hoy una entrevista como esta, si no me hubiera pasado 25 años, desde la cantera, vistiendo la camiseta del Madrid. Eso para mí tiene más valor que el dinero. Cuando era chaval no tenía dinero, y ahora tampoco, porque lo tiene mi mujer, pero jugar en el Madrid es impagable. 

Hoy, cuando me preguntan si cambiaría algo de mi carrera, digo que no cambiaría ni un punto ni una coma. Incluso dejaría los errores, que he cometido muchos y me perjudicaron, pero me beneficiaron también, porque aprendí de ellos. Es muy buen aprendizaje pegársela contra un muro. 

Abril del 88, el PSV…

Es un resultado y tienes que aceptarlo. He llorado tres veces en el fútbol. Cuando nos eliminó Bélgica en el Mundial, la del PSV y cuando me retiré y me despedí del Bernabéu, que fue más nostalgia que dolor. Lo del PSV fueron las semis y habíamos empatado en casa. Volví a ver el partido hace poco y lo repito: no se puede jugar mejor al fútbol. Hay que aceptarlo. ¿En qué nos equivocamos? Creo que en nada. Si no aciertas, tendrá que ver con algo que no controlas. Pero lo controlable lo controlamos bien. 

Te pegó el árbitro y todo.

No había tantas cámaras que lo vigilaran y podían tener una mano izquierda más reservada. Fui a darle la mano, no quiso dármela y en el gesto de quitarla me dio. Además de perjudicarnos, porque el público fue cantando los segundos que quedaban para el 90 y, cuando llegó, pitó. Como en el baloncesto. No añadió nada. 

No tocó ganar, y aunque quieras pasar la página, es de plomo, no de papel. Ahí me di cuenta de que no me iba a tocar la varita de ganar la Copa de Europa. Fue una sensación que me invadió, y al menos me acomodó para lo que venía. Vi que no bastaba con hacerlo muy bien y tener el mejor equipo. Parecía haber un azar al que nosotros no podíamos acceder. 

Koeman dijo que fue el día más importante del PSV en su historia.

Dieron la sorpresa porque veníamos de hacer una competición maravillosa. Tuvieron la suya y la aprovecharon. De hecho, luego ganaron la final por penaltis. Pero Koeman no jugó esa vuelta por un comentario que había hecho en la prensa en la eliminatoria anterior. Dijo que había lesionado a un jugador a propósito, que había saltado al campo con el objetivo de lesionar a Jean Tigana, del Girondins de Burdeos. Lo dijo públicamente en una entrevista y la UEFA le sancionó para el partido de vuelta, no para el de ida, y luego le dejó jugar la final. 

Pese al naufragio, la Quinta le dio otro aire al fútbol español.

Antes éramos La Furia. Desde entonces, los equipos de referencia para la selección pasaron a ser los que veían el balón como primer recurso y, además, admitían a los pequeñines. Xavi, Iniesta y Villa en nuestra época hubiesen sido sospechosos.

En la selección hubo problemas: los del Madrid queríais más ataque y Muñoz más disciplina defensiva. Luego con Luis Suárez cambiaron los esquemas.

El fútbol se aclimató a los jugadores. Tanto en el Madrid como en el Barcelona coincidimos jugadores para los que el protagonista era el balón. También, yo pensaba que era lógico que los jugadores que íbamos a la selección jugásemos como en nuestros equipos. De hecho, ahora pasa. 

Cuando triunfó el tiquitaca entre 2009 y 2012, ¿sentiste algún tipo de resarcimiento o conexión con vuestra generación?

Creo que fue la consecuencia lógica. En México, todos los españoles, los emigrantes, iban con pancartas que decían: «Ya está aquí La Furia», y nosotros mirábamos a Butragueño en la ducha y pensábamos: «Joder, ¿qué furia?» [risas]. Nuestra delantera era Butragueño y Eloy, que medía todavía menos que Emilio, 1,67. ¿Dónde íbamos con lo de «La Furia»? El paso del tiempo ha hecho que se haya ido imponiendo que el juego español es más de combinación, de asociación, eso que se llama la posesión. Lo del tiquitaca no me suena muy bien, porque parece sinónimo de dormirte teniendo el balón y no atacar. 

La Quinta fuisteis los primeros jugadores celebrity.

Nos perseguían los paparazzi. A veces estábamos en algún sitio y veíamos al fotógrafo escondido y le saludábamos, le preguntábamos cómo quería que nos pusiésemos y se quedaba a cuadros. Luego fue evolucionando el mercado y nos convertimos en eso que has dicho, celebrities, pero sin redes sociales, que tiene más mérito. Tuve un juego de ordenador, cuando me lo propusieron me pareció alucinante. Hace poco, un amigo se lo encontró en una tienda de objetos vintage y me lo regaló.  

Al mismo tiempo, en algunos terrenos de juego os caían botellazos, barras de hierro…

Al principio, cuando ganas, hay admiración y sorpresa, luego reconocimiento, y al final la gente ya estaba como diciendo que ya estaba bien. Se generó un sentimiento de competencia contra nosotros, pero no nos vino mal, porque nos excitaba. Queríamos seguir ganando porque veíamos que competíamos contra el mundo. No solo en el campo, en general. Se decían muchas mentiras sobre nosotros en la prensa. No cambiamos nuestra forma de ser y tal vez eso generó antipatía. 

También había efervescencia política en aquella España. Se marcaban las identidades por comunidades, y en muchos campos esto se transformaba en agresividad y reivindicaciones políticas innecesarias, que se salían de lo que era el deporte. Además, veían que les era útil, porque se empezaban a retransmitir los partidos y cualquier lío se comentaba y tenía una trascendencia inmediata. Estaba todo lleno de pancartas políticas. Hubo muchas situaciones realmente extremas y la competición se pudo volver un poco desagradable, pasaban demasiadas cosas. Y como nadie quería hacer enfadar a nadie, todo esto se permitía y nosotros nos quedamos con el papel de conejillos de indias. 

Sufrimos faltas de respeto constantes. Se premiaba la puntería, si te tiraban una botella y no te daba, no pasaba nada, no se cerraban los campos. Íbamos a los estadios protegidos por la policía, rodeados de agentes, cambiando de autocar a la mitad. Teníamos una táctica para jugar al fútbol en el campo y otra estrategia para salir vivos del estadio. Lo que ha pasado con la final entre el Boca y el River en la Libertadores es lo que vivíamos todas las semanas. Cuando vi esas imágenes, sentí que volvía a treinta años atrás en España. 

«Prefiero perder un partido a perder la vida», dijiste en una ocasión.

Recuerdo que pensé muchas veces que había que plantarse. Tener que ir al estadio cambiando la ruta, rodeados de policía, con agentes encapuchados dentro del bus… ¿qué necesidad había de eso? Los políticos, ahí, que podían ser brillantes y atravesaron una época muy difícil, en este caso no estuvieron a la altura. Debieron ser más enérgicos. 

En la Eurocopa del 88 el verdugo fue Vialli.

Nos tocó en un grupo con Dinamarca, Alemania e Italia. Las competiciones eran un cara y cruz constante. Dos de estas tres selecciones habían jugado la final del Mundial del 82. Era muy difícil y, aunque veníamos de tener mucho éxito con nuestros clubes, en la selección todavía no estábamos muy cocidos. De hecho, creo que ese año perdimos un punto con respecto a México. Así que fuimos inferiores y, con una final cada tres días, tuvimos el resultado que tuvimos. Pero a esa Eurocopa solo fueron ocho selecciones y se hizo con dos liguillas. Fue un poco raro, de todos modos.

Leo Beenhakker.

Fue un innovador. En sus entrenamientos se hacía todo con balón, la preparación física era colateral. Las sesiones de esta manera eran más entretenidas y didácticas. 

Había mucho interés en Italia por la liga española y se hacían comentarios, se opinaba desde allí. En una entrevista, Giovanni Trapattoni dijo que Butragueño estaba en un momento clave de su carrera porque se había truncado su progresión, quizá, pensaba, porque había triunfado demasiado pronto.

Creo que Trapattoni se equivocó. Emilio no es que hubiese triunfado demasiado joven, es que empezó a jugar al fútbol profesional a los dieciocho años. No había tenido una base, como el resto de sus compañeros. Llegó con dieciocho y a los diecinueve estaba en el primer equipo. Había entrenado en su colegio, no tuvo formación deportiva. Era un talento natural. Es más, una de las ventajas que él tenía era que jugaba como se jugaba en su colegio o en su barrio. Mantuvo siempre esa esencia como futbolista. Tenía la misma tensión que cuando jugaba en el patio, la responsabilidad no le atenazaba. Eso tenía ventajas y desventajas. La sangre fría que tenía la vimos todos. En cambio, cuando hizo falta un poco de autoridad, eso no iba con él. 

Tras el PSV, el Milán.

Sacchi rompió una barrera en un momento en el que había una emergencia alrededor del balón. Él metió el sistema, los entrenamientos colectivos, de movimiento funcional entre todos, y además tenía tres holandeses que eran una maravilla. No te dejaban respirar en un trabajo colectivo y con el balón resolvían con unas cualidades técnicas increíbles. Hizo que fueran perfectos. 

¿No te gustaba su sistema? 

Me gustaba la organización, la idea que tenían de juego y que puso al servicio del colectivo las características físicas de los jugadores. Iban al extremo. Ahí había algo que tú no podías detectar, pero era imposible superarlos. Jugaban los partidos del domingo igual que los del miércoles y siempre eran los mismos once o doce jugadores. Era un equipo tan mecanizado que ahí está, su obra todavía perdura. Yo no he visto un equipo igual en mi vida. 

Era muy complicado aquel fútbol, tenías que ganar la liga para jugar la Copa de Europa, y al año siguiente competir en esas eliminatorias europeas, pero ¡ay de ti como se te ocurriera tirar la liga mientras! Aparte de que, si lo hacías, no volvías a la Copa de Europa al año siguiente.

Eso te llevaba a un estrés permanente. No había un solo momento de descanso. Yo gané seis ligas y perdí dos en la última jornada. Ahora Sergio Ramos tiene menos ligas que yo, pero más Champions. Por eso, muchas veces llegábamos fundidos. Era un estrés competitivo y mediático y no había rotaciones, el entrenador siempre ponía a los mejores posibles, a no ser que estuvieran lesionados o sancionados. Ahora el jugador descansa, hay entrenamientos, productos y alimentación para recuperarse. Cuando veo los partidos de la época, no me creo que pudiéramos correr tanto, si veníamos de jugar otro partido igual dos días antes. Yo jugué un año 86 partidos sin contar amistosos. No estábamos preparados ni física ni mentalmente para eso. 

¿Cómo afectaba José María García?

Mucho. En la época, era la red social, era el Twitter. La gente se ponía por las noches a escuchar lo que decía y su discurso iba a misa. Aunque al final le pasó como a la misa, que la gente dejó de ir. 

Cuando llegó Schuster, dijiste que tu juego se resintió.

Batimos el récord de goles y yo metí 14 o 15. Creo que Bernard era un organizador de juego estupendo. No sé en qué me resentí. Estuvo muy bien. Schuster era un tío sencillo, muy diferente de todo lo que se comentaba de él. Quizá era tímido y le habían dado muchas leches, pero era como un compañero más. Sin embargo, se hablaba mucho de su vida personal. Venía de Barcelona y tuvo una salida traumática de la selección. Todas esas cosas le afectaban. En aquella época, el periodista te investigaba, sacaba detalles y lo que decía creaba opinión. 

Toshack había dicho que, con vuestra defensa y con Buyo, nunca seríais campeones de Europa y, de repente, fue nombrado entrenador del Madrid.

Venía de una educación mediática distinta a la nuestra. En Inglaterra, lo que se les pasaba por la cabeza lo decían y no pasaba nada. Aquí es distinto. A mí la libertad de expresión y no tener pelos en la lengua me parece muy bien, pero hay que aplicarse el cuento. Él tuvo su fórmula, que también forma parte del papel de un entrenador. Creo que Toshack era muy bueno, pero nosotros le pedimos discreción y que las críticas nos las dijera a nosotros antes que a los medios. 

Esa temporada el melodrama llegó al delirio. Dijiste en prensa que a Butragueño se le quería más que a ti; se dijo que no te hablabas con Hugo; Martín Vázquez estaba con lo suyo, que acabó fuera del equipo… Dijiste: «No es normal que cuando se gana los méritos sean para dos, y cuando se pierde la culpa sea de tres», en referencia a Gallego, Martín Vázquez y tú.

Es lo que supone el Madrid. Además, en esa época teníamos que hacer declaraciones cada día. A la salida del entrenamiento, tenías a quince medios pidiéndote que dijeras algo. Si decías que no hacías comentarios, empezaban a gritar: «¡Nos ha vetado, nos ha vetado!». Era una vorágine constante que, como no te aislases, te comía. Por lo demás, la afición siempre tuvo sus ídolos y sus culpables, y a veces eso se daba la vuelta. Siempre lo supimos y no era un problema. 

Sobre Hugo, dije que donde tenía que coincidir con él era en el puesto de trabajo, y ahí coincidíamos. Es sorprendente que, si nuestra relación era mala o inexistente, fuese yo quien le diese los balones para que marcase. De hecho, somos amigos. Lo que había eran especulaciones sobre malentendidos, sobre egos también; sobre situaciones que se dan en todos los trabajos y familias, que en el mundo del fútbol siempre se llevan al extremo, porque es un entorno en el que se vive más de la parafernalia que de la realidad. 

Has sido generoso cuando has dicho que el éxito de tu carrera se debe a haber tenido de compañeros a rematadores como Santillana, Hugo Sánchez y Zamorano.

No soy generoso, soy sincero. 

Dijo Martín Vázquez que con Toshack se empezó a jugar muy bien, pero después de Navidades, y el Milán fue a caer por segunda vez en noviembre.

El 1 de septiembre ya tenías que estar a tope y Toshack necesitaba algo de tiempo para establecer sus métodos y su sistema de juego. Ahora hay tiempo para aclimatarse, en la liguilla de la Champions te ponen dos equipos que son dos marías, pero entonces no podías pinchar un miércoles ni una sola vez. 

Un compañero muy especial ese año —lo digo por la maravilla que es escucharle ahora en la televisión argentina— era Ruggeri.

Era una parte necesaria para nuestro vestuario porque se habían ido líderes. Era listo e inteligente y supo ver ese hueco y ocuparlo. Se aclimató bien, venía del Logroñés, y aparte los argentinos en España saben aclimatarse muy bien, tanto que no se van. Para ellos este país es confortable. 

Contaba que cuando tuvo problemas con Toshack en los entrenamientos se dedicaba a tomar el sol en mitad del campo.

El club decidió que con Hierro, Sanchís y Tendillo su posición estaba cubierta. Solo se podían tener dos extranjeros y decidieron sustituirlo, pese a su buena temporada. Por eso tuvo un pique con Toshack, porque había jugado bien y no lo entendía. Al final se le buscó un acomodo. Mientras tanto, iba al entrenamiento, pero no entrenaba, el club no se lo permitía, y él aprovechaba para afeitarse delante de nosotros e ir al gimnasio. Toshack le decía: «¿No tienes jardín en casa?», y él contestaba: «Estoy mucho mejor aquí» [risas]. 

Cuando perdisteis ese año en la Copa del Rey contra el Barça, ¿ya se veía que Cruyff venía apretando?

No, porque ese día Cruyff salvó el puesto con esa victoria. Si hubiese perdido estaba fuera. Hay mucha parafernalia. No vamos a decir que Cruyff no sea un buen entrenador, pero parece que se ha empezado a jugar al fútbol desde que llegó él. Antes de su llegada ya se jugaba bien al fútbol en España, empezando por el Real Madrid. Se dice que ganó cuatro ligas, pero tres fueron perdidas por los demás. Está claro que fue excelente, que tenía una gran idea del fútbol, pero pasó muchas dificultades. Una de ellas fue esa final en la que ya tenía un pie fuera. 

Jugaba muy bien, pero quizá sí era un poco irregular.

Jugaban muy bien, pero eran menos competitivos por lo bien que lo hacían. Tuvieron muy buenos extranjeros a su disposición, ahí había muy buenos mimbres, aparte de Guardiola, Bakero y demás. Cruyff fue un innovador, un precursor, pero tuvo buena materia prima. Jugaron en la liga española con el ánimo o el espíritu holandés, y eso no se compensaba muy bien. Creo que era más fácil perder con el Barça, pero también era más fácil ganarle al Barça que al Atlético de Madrid. El Atlético siempre ha sido duro, de contraataque. En la época de Luis Aragonés, era muy difícil superarlo, y en las contras te mataban. Para mí, ellos siempre han sido el rival. Quizá porque somos de la misma ciudad y me he pasado la vida jugando contra ellos en las categorías inferiores. 

Italia 90.

Éramos una selección con buenos futbolistas, pero sin cuajar. Era tener todo de calidad: huevos, cebollas, patata de la buena y, sin embargo, no cuajaba. Algo había que hacía que no fuésemos una buena amalgama. Jugábamos muy bien, pero no competíamos, por eso nos eliminaron. 

Luis Suárez estuvo muy nervioso todo el mundial. ¿Fue por la prensa?

La prensa era muy intervencionista por el bipartidismo, o eras de De la Morena o eras de García, y eso influía en todo. Hubo una situación previa en la que Luis Suárez llegó a un acuerdo con De la Morena, y no con García, y este se dedicó a hacer un ataque constante sobre el seleccionador y, por ende, la selección española. Iba contra nuestra estabilidad como equipo, aunque estuviésemos lejos. Pero no perdimos por eso, eso no fue lo más importante. El problema estaba en que no éramos una selección cuajada. 

¿El «¡Me lo merezco!» fue por todo lo que te había hecho pasar la afición del Madrid?

Por muchas cosas. En parte era por esa frase de que cuando ganábamos era mérito de dos, y si perdíamos era culpa de tres. Uno se acostumbra a la presión, pero cuando es tanta, no es fácil soportarlo. Cada día era una historia nueva. Invenciones. Tenía que salir a decir que no, que no era homosexual. Que no, que no tengo tres hijos ocultos. Que no, que no le he sido infiel a mi mujer. Que no, que no le he dicho al presidente que eche al entrenador. Así era todo el día. Aquella reacción fue una descarga, pero más que por mí, lo fue por los que me rodeaban, por mi familia. Yo podía actuar en el campo, centrar, meter goles, jugar bien. Pero mi familia y mis amigos sufrían una barbaridad, porque cuando me acusaban a mí de algo, ellos también tenían que justificarse. 

Todo esto sin redes sociales.

Mira, llegamos a un acuerdo con la prensa en el mundial: si más de tres medios te pedían entrevista, tenías que hacer rueda de prensa. Los periodistas, entonces, lo que hacían era ponerse de acuerdo para subirte al estrado. Después del primer partido, contra Uruguay, me hicieron dar rueda de prensa al día siguiente. Era como un juicio sumarísimo. Me dijo un periodista: «Se dice de usted que es una vaca gorda, que es un buey durmiendo. ¿Qué tiene que decir sobre eso?». Esa fue la primera pregunta. 

Además, en aquella época, a los entrenadores se les dejaba al margen. La culpa era de los futbolistas. A los entrenadores no se les cambiaba con tanta frecuencia ni se les culpaba obligatoriamente del mal juego del equipo. Éramos los jugadores y nada más. 

Yugoslavia nos eliminó con esos dos goles de Stojković.

Jugamos muy bien. Recuerdo a un Martín Vázquez estelar. 

Pero se le fueron por un palmo…

Siempre pasa algo. Incluso jugando bien nos pusimos por detrás, empatamos muy merecidamente y en la prórroga metieron esa falta, en la que también se me acusó de que quité la cabeza, que físicamente era imposible. 

¿Qué pasó ahí, entonces?

Me daba igual como hubiese puesto la cabeza. 

¿Fue entonces un efecto de la imagen?

No, fue un efecto de que, como te digo, me tenía que justificar de no ser homosexual, de no tener amantes, de ser un mal compañero. Yo ya no podía justificar más lo que era mentira. Ten en cuenta que era después del «Me lo merezco»: hubiese pasado lo que hubiese pasado, habrían ido a por mí. 

Para que te hagas una idea, el día de Corea, antes de jugar, tenía que salir un artículo sobre mí muy crítico, pero no lo publicaron porque no llegó a tiempo o no entraba en máquinas o no sé qué. Pues se publicó al día siguiente. Se titulaba «El 21», y me mataba. Pero me mataba el mismo día que había metido tres goles. Fue el propio periodista el que vino a darme explicaciones y me dijo cómo había sido todo, pero lo mantuvo.

Eso ha formado parte de mi vida. De mí se han dicho muchísimas cosas, incluso algunas verdades. Pero lo aprendí tarde. Me di cuenta tarde de que no se puede luchar contra eso. Al que le caes mal… Tengo muchos amigos y pocos enemigos, pero estos no descansan, no me dejan en paz. 

En perspectiva, volviendo al Madrid, Mendoza fue un gran presidente.

Sí. Fue un innovador, pero para mí tuvo dos errores muy puntuales y muy graves. Uno fue no saber rodearse de gente fiable. El otro fue que, con lo inteligente, lo listo y lo superviviente que había sido siempre, no supo adecuarse a los tiempos que corrían. Mendoza hoy en día hubiese sido, igual que en la época, un gran presidente, pero también fueron sus grandes virtudes las que lo derribaron. 

En un periodo ganó las cinco ligas y a punto estuvo de llegar a una final de Copa de Europa, y en la segunda fase, la de los 90, es muy fácil denostarlo. Pero si lo miras con detenimiento, sobre el papel, el equipo que dibujó con los dos mejores centrocampistas del este de Europa, Hagi y Prosinecki, salió mal, pero pudo salir muy bien.

Eso además en una época en la que no había tanta solvencia económica como la de ahora. Hay cosas que la gente no sabe. Nosotros estuvimos un año y medio sin cobrar. 

¿Qué año fue?

Entre el 90 y el 92, más o menos.

Hagi no cuajó del todo, pero luego se convirtió en uno de los grandes de Europa.

Era un jugador excelente, pero han pasado por el Real Madrid muchos jugadores de gran nivel que no soportan lo que supone jugar en este club. Eso le pasó. 

¿Con qué no podía él? ¿También con el público?

Hay algo, la presión. Te afecta si no sabes llevarla. Si no has nacido aquí, es una presión muy opresora. Aparte, tuvo muchas lesiones, no se recuperaba. Tenía que ser el faro del equipo, pero le faltaba continuidad por las lesiones y no podía soportarlo. Nos sentíamos mal por él, porque era una excelente persona y le veíamos sufrir mucho. 

Dejó buenos goles.

Sí, sí, era de gran nivel, era indudable. Pero al final eso no se podía mantener. Gica se esforzaba, pero no salían las cosas, y cuando empezaban a salir, se volvía a lesionar. Tuvo siete u ocho lesiones. 

Cuando Di Stefano cogió el equipo, se ganó al Barça la Supercopa con el gol de Aragón, y parecía que el equipo volvía por sus fueros, que solo había sido un bache. 

La verdadera explicación es que el equipo no daba el nivel. Llegaba a aparecer porque éramos muy competitivos, pero no teníamos el nivel que se requiere para ser el Real Madrid de toda la vida. No cumplíamos con las expectativas porque no teníamos las condiciones, y vuelvo a que, en aquellos años, el calendario era mucho más exigente. 

La bestia negra que devolvió la realidad fue el Spartak de Mostovói, Rádchenko, Karpin…

Sí, todos emigraron y todos jugaron en buenos clubes, equipos que además acabaron haciendo buen fútbol. A nosotros nos pegaron un repaso, pero fue la constatación de que solamente teníamos el nombre. No funcionábamos. Que un equipo ruso te ganase con esa solvencia en Madrid era escandaloso. 

Con Antić volvió a haber orden, y durante unos meses todo parecía volver a funcionar mejor.

Antić nos dio la importancia que no nos quería dar ya nadie en ese momento. Puso orden y empezamos otra vez a competir, íbamos primeros. Lo destituyeron yendo primeros porque a la gente no le gustaba su fútbol…

Fue un día muy curioso cuando lo echaron, se ganó al Tenerife contigo de portero.

Dos a uno. Metí yo los dos goles, uno de penalti y otro de falta, y luego me tuve que poner en la portería. En esa época, la gente decía que nosotros poníamos y quitábamos a los entrenadores, pero nosotros estábamos con él en público y en privado. Estábamos superagradecidos a Antić, que es un sentimiento extraño en un futbolista, que somos egoístas, pero decidieron despedirlo. Fue un shock para nosotros. 

A nosotros nos dijo Antić: «Los problemas fueron subterráneos. José María García tuvo un papel determinante en lo que pasó. Decía que yo era demasiado joven para entrenar al Real Madrid. Atacaba a Míchel con asuntos de una chica o no sé qué. Hicimos una reunión para vetarlo, pero alguien lo sacó a la luz y empezaron las hostilidades a lo bestia».

La noche anterior de jugar un partido de UEFA, estábamos en Bratislava. En Eslovaquia no nos daba por ponernos a García, pero por lo que se ve, estuvo desatado durante una hora. Recuerdo que el presidente habló con Sanchís, le dijo que había que pensar una solución, que eso no se podía aguantar más. También había tenido a Santi Aragón en la radio, un chico joven, y lo puso en una situación comprometida. Éramos 17 futbolistas, y se votó si vetarlo. Curiosamente, la Quinta del Buitre nos abstuvimos. Pensábamos que los chicos jóvenes no tenían que hacer la guerra porque se metiera con nosotros. Yo fui el primero que lo expliqué. Hubo cuatro abstenciones y trece votos a favor de vetarlo. Pero a García le llegó al revés, trece abstenciones y cuatro vetos. Creo que ese fue el principio del fin de García, que creía que podía pasar por encima del bien y del mal y al final se destruyó él solo. 

¿Y Prosinecki?

Fue un caso parecido al de Hagi. Un jugador con unas condiciones muy buenas. Era campeón de Europa con el Estrella Roja. Pudo intentar relanzar al Madrid, que estábamos sin cobrar, sin ganar títulos y habíamos perdido la hegemonía. Mendoza se fue a por él porque era el jugador top de Europa en ese momento. Sin embargo, no salió bien. Pensaban que venía el hombre que iba a hacer que el club emergiera, y era un chico tremendamente joven, con unas costumbres y una cultura absolutamente distintas a las de aquí, y volvió a pasar lo mismo. Teníamos a Hagi y a Prosinecki y estuvieron constantemente lesionados. Creo que a veces se lesionaron solo por la tensión. 

Las imágenes que protagonizaste con Valderrama aquí fueron mucho, pero tengo entendido que en Colombia fueron cien veces más.

Y perdura en el tiempo. Son 26 o 27 años, y sigue. Intervinieron ministros, opinó todo el mundo en la calle, pero eso ya me pilló mayor. 

Muchas opiniones impublicables hoy en día.

Creo que los ataques que he sufrido por todo esto —personales, domésticos y públicos— fueron un escándalo. Y no hubo ninguna vuelta atrás ni ninguna rectificación de nadie. Era gente que veía como algo injustificable la homosexualidad. Por la calle me decían algo de vez en cuando, pero también me llamaban por teléfono a casa y me enviaban cartas diciéndome que estaba enfermo. 

¿Qué me puedes contar de las tragedias de Tenerife?

Un avión que iba perdiendo combustible y al final se cae. En las dos ligas que perdimos así, en el último partido, ya veníamos mostrando síntomas. Lo peor es que teníamos la obligación de ganar, y hacerlo fuera de casa no era fácil. Un año el Tenerife venía mal, pero tenía necesidad porque había remontado el vuelo. Y en el segundo año, el Tenerife era muy buen equipo, no era un club como para tenerte que ir a jugar la liga con ellos. 

Aunque el primer año sufrimos un perjuicio arbitral clarísimo, que hoy en día no se hubiese producido. Nos quedamos con 10 jugadores ganando 1-2 y nos anularon el 1-3 en un fuera de juego que era imposible, porque había un jugador de ellos en el palo. Cuando dicen que al Madrid siempre se le ha beneficiado, es cierto que con los equipos grandes los árbitros son más condescendientes, pero también nos han perjudicado. En cualquier caso, perdimos porque no éramos un equipo estable y regular. 

Había una gran diferencia entre cómo jugaba el Barça y cómo competíamos nosotros, pero fíjate hasta dónde estiramos el chicle, hasta la última jornada. Hicimos un esfuerzo descomunal para que ese gran Barça acabase ganando las ligas empatados a puntos con nosotros. 

Con Benito Floro, parece que Mendoza quiso introducir algo parecido a Sacchi en el Milán y todo lo que marcaba la diferencia del fútbol italiano: equipos metódicos, ordenados…

Benito introdujo la táctica y el trabajo colectivo, lo que se llevaba entonces con Sacchi. En ese apartado creo que lo hizo muy bien. 

Esos años tienen muy mala prensa, y a fe mía que esos partidos eran aburridos, pero los números de la 91-92 eran números de campeón. Veinticuatro partidos ganados y ocho empatados. Las ligas en esa época se ganaban con 25 partidos ganados. Hasta la primera que ganó Schuster, que lo hizo con 27, el Madrid ganó todas las demás ligas con 24 o 25. Solo Toshack con 26. Y solo encajó 28 goles, lo que no se ha repetido. 

Hicimos un trabajo defensivo muy bueno, aunque era un entrenador que le quitaba la iniciativa al jugador por esa forma mecánica de situarte en el campo y de ejercitar el trabajo que tenía. Era muy intervencionista. Algo que, de todos modos, era lo que había aplicado siempre, y siempre le había ido bien. Sin embargo, el personaje no caía bien. No caía bien por sus cualidades pedagógicas, instructivas y educativas y así… pues date por jodido. A la afición del Madrid siempre le ha caído más simpático el demagogo que el que realmente haya trabajado y producido bien. 

¿Qué pasó con Clemente, que no te llevó a la selección? A nosotros nos dijo: «La Quinta, para los partidos en casa, todavía estaba bien, pero cuando había que ir fuera y había hule, ya no estaban para tantos trotes».

Por eso ganábamos ligas. Clemente no tenía por qué justificar sus decisiones. Si lo ha hecho es porque siempre se ha escondido del fútbol que realmente le gustaba: el patadón, la segunda jugada y el juego directo. Cosa que me parece muy respetable, pero esa forma de pensar la podría haber tenido antes, porque nos convocó a seis partidos. Nos podría haber dejado de convocar desde el principio. Para mí eso indica que no era una cuestión de estilo, sino una situación en la que influyeron varios medios, incluido García. Pero es respetable su elección, me parece fenomenal todo si tienes argumentos y los desarrollas. 

Esos años fueron malos para el Madrid, pero tú rendiste a un nivel óptimo y la afición volvió a estar de tu lado.

Ya fueron tantas las críticas que la mayoría silenciosa se puso de mi parte. Después del 90 y el 91, la gente empezó a reconocerme más, aunque no fuera a la selección, y mi rendimiento fue altísimo. Eso creó una corriente de partidarios que se hizo notar. 

Los números del 87, en los que casi la mitad de los goles del equipo pasaban por tus botas, en el 94 eran similares, el 40 %. 

Ese fue un dato indestructible. De hecho, la selección buscó un sustituto para ese puesto y se probaron seis o siete jugadores: Ferrer, Aldana, Goikoetxea, Amor, Manjarín, Felipe… Aún así, el seleccionador entendió que no debía ir a la selección. Qué le vamos a hacer. No hice ni una sola declaración contra el seleccionador. A cada convocatoria que llegaba contesté igual que te estoy contestando a ti, pero se montaba lío. Y yo nunca le pedí a Clemente que se justificase. Con que dijera que mi fútbol no le gustaba estaba bien. 

Con Valdano volvió un fútbol que era otra vez vistoso, pero te rompiste en Anoeta.

En el centro del campo estábamos Martín Vázquez, Redondo, Laudrup y yo, pero en la decimotercera jornada me rompí la rodilla. Gracias a esa lesión me fui preparando, porque ya vi que eso se acababa. Con 33 años ya era bastante veterano para seguir jugando. Estar parado me hizo pensar en la perspectiva del futuro. 

Al año siguiente lo dejaste.

Sí, volví, jugué toda la temporada, pero me quedaba un año de contrato y decidí que había que dejarlo así, que ese era el momento de marcharme. 

Se pasó de ganar la liga, metiéndole 5-0 al Barça, a un año desastroso. Cappa nos dijo: «La situación en el club era muy complicada. Querían reemplazar a Mendoza y para ello lo cercaron económicamente». 

¿Una conspiración contra quién? 

Que al club no le dieron más créditos en los bancos y Valdano y Cappa no pudieron fichar, y por eso trajeron lo más barato que había: Petković y Rincón. Cappa decía que había que renovar la plantilla, lo que se hizo un año después, pero ellos no pudieron por esa falta de liquidez, y encima se dieron cuenta los jugadores. Así que se quedaron sin fichajes y con la plantilla de uñas.

Creo que es una teoría de la conspiración que sube dos o tres pisos. Yo soy gente de fútbol y te lo puedo explicar en términos futbolísticos. No sé si harían falta fichajes, que seguramente sí, pero se venía de un año en el que se había hecho un fútbol de épocas anteriores. Para mí existió un intervencionismo por parte del cuadro técnico en querer cambiar algo que funcionaba, y allí es donde yo creo que se equivocaron, más allá de todas esas lecturas conspirativas. Creo que eso es ir demasiado lejos. Lo más importante era el equipo en el terreno de juego, y dejó de funcionar porque se generó una competencia innecesaria, pero es tan solo una opinión. El equipo había funcionado el año anterior, y con muy buen gusto. Querer sustituir a Laudrup no sé si era culpa de que no había dinero. Querer discutir a Luis Enrique… Ocurrieron varias cosas desde el punto de vista técnico que afectaron al equipo. De hecho, Valdano no acabó la temporada. 

Hay un momento simbólico cuando se va Mendoza. Dimitió el 16 noviembre del 95, y el 22 viene el Ajax de visitante en la Champions y os mete un repaso importante.

Te has quedado corto con lo del repaso. 

Era Van Gaal, un técnico con mucha proyección entonces.

Y jugadores de alto nivel, todos muy jóvenes: Kluivert, Seedorf, los De Boer, Overmars, Litmanen, Van der Sar de portero, Blind, Reiziger, Davids

¿Se puede decir que ahí llegó el fútbol del siglo XXI a Madrid?

Había menos información que ahora, y de repente, cuando llegó el Ajax y jugó a ese nivel nos dejó a todos epatados. No a los que estábamos en el fútbol, pero sí a todos los demás: «Joder, cómo juega esta gente». Tenían nivel, destreza para mover el balón, progresaban con pocos toques… Recuerdo que perdimos 0-2, y no puedo decir que jugando en el Real Madrid y en casa te puedas ir contento con ese resultado, pero mamma mía… Veíamos correr a Overmars con Chendo y no nos lo creíamos. Quedaron campeones de Europa, no haciendo un fútbol como contra nosotros, pero sí muy llamativo. 

Te jubilaste en México, reeditando la Quinta en el Celaya con Butragueño y Hugo.

Me lo pidió Emilio. Creo que fue una buena bajada de la escalera. Seguía disfrutando, no al nivel competitivo que había en España y sobre todo en Madrid, pero fue una buena manera de desinflarme. A mis hijos, con ocho años que tenían, les vino bien para ponerse al día y ver otra cultura y otra manera de vivir. Estuvimos tremendamente a gusto allí. Me ofrecieron seguir dos años más, pero preferí trabajar en los medios. Sabía que me faltaba la adrenalina para competir y era mejor dejarlo. Pero metí 14 goles. 

Ese equipo desató pasiones.

Era una localidad de 500 000 habitantes, y en México eso es un pueblecito. Tener presencia en los medios era maravilloso para ellos. Se empezaron a televisar los partidos en aquella época. A nosotros nos trataban de forma increíble, muy familiar. Nos lavábamos la ropa en casa, recuerdo. La llevábamos en una bolsa, y nos limpiábamos las botas nosotros. Era lo que habíamos hecho siempre, desde que éramos chavales. Fue muy bonito y muy entrañable. 

En «Fiebre Maldini», dijiste, haciendo balance, que ni eras rápido ni tenías regate.

No…

Manejabas las dos piernas…

Eso sí.

Pero lo bueno habían sido los rematadores con los que jugaste.

Y una cosa que no tiene nada que ver con el juego: que tenía siempre ilusión. Para mí, ir a entrenar era una fiesta. Hacer que a lo que juegas con tus amigos en el barrio se convierta en tu profesión es algo idílico. Así me he sentido siempre. No me he levantado ni un día pensando que iba a trabajar, sino a jugar al fútbol. De hecho, mi profesión era jugar. 

¿Qué sentiste al ver a Manuel Sanchís levantar la Copa de Europa en 1998?

Sanchís no se podía ir y entregar el testigo sin ese reconocimiento, más allá de la alegría o la satisfacción. Recuerdo que al final del partido dijo que esa Copa también tenía que ver con nosotros. Fue una mentira piadosa, pero se la agradezco mucho. Él sabe cuánto nos hubiese gustado estar a su lado ese día. Aunque estuviéramos moral o anímicamente, no tiene nada que ver. El único que sintió el tacto fue él. 

Tú lo estabas retransmitiendo, y en el gol de Pedja Mijatovic dices, cuando va a tirar Roberto Carlos: «¡No, no tires!».

No era un tiro muy factible, mira cómo salió la jugada. Lo que más recuerdo es que el Madrid no llegó como favorito y eso le pudo permitir jugar con más relax. 

Tras el paso por TVE, te hiciste entrenador.

Empecé en el Rayo Vallecano, luego pasé al Castilla y fui director de la cantera hasta que dimití. 

En el Castilla estaban De la Red, Mata, Valero y Sergio Sánchez, nombres que llegaron lejos.

Nos dicen ahora que teníamos un equipazo, pero eran niños de dieciocho años. Tuvimos un mal competitivo, que es que descendimos, pero le fue bien a la generación, a los valores formativos de la cantera, porque vimos a esos chicos y los pusimos a jugar. Antes de llegar nosotros, no jugaba ninguno. 

Te fuiste quejándote de las intromisiones de Ramón Calderón.

Querían que la cantera fuese un escenario más que una fábrica. Ahí no conectábamos. Si quieres un buen deportista, tienes que darle una estricta formación humana, y eso no lo entendían. Preferían que jugase «el hijo de» a que pusiese a otro que se lo había trabajado y era de Móstoles o de Parla. Además, en esa época, cuando rebatías una idea, escuchabas dos cosas: «Aquí mando yo» y «Usted no sabe con quién está hablando». Me sonaba a otra época. Ahí sí sentí que cada mañana iba a trabajar, dejó de satisfacerme. 

Luego pasaron por ahí Zidane y Solari, y tuvieron ambos la oportunidad de coger al primer equipo.

Yo también estuve a punto. Un día me llamó el presidente para destituir a Capello, pero le contesté que esa no era la solución. Me dijo que estaba decidido en caso de perder en San Sebastián, y preguntaba si estaba preparado y capacitado para coger yo al primer equipo. Le contesté que se esperase al partido. El Madrid empató con un gol de Beckham a falta de dos minutos y eso impidió que yo fuese entrenador del Real Madrid. Curiosamente, ese año el Madrid fue campeón de liga. Sin embargo, querían echar a Capello. Para que veas los impulsos y la vehemencia de la gente que no es de fútbol. Los de dentro lo vemos de otra manera, con más naturalidad. 

En el Getafe, te llevaste a Parejo de la cantera del Madrid y lo clasificaste para la UEFA.

Entramos a falta de pocas jornadas y salvamos al equipo. Sustituimos a Granero, que tenía que volver al Madrid, por Parejo, y fichamos a Pedro León. Mantuvimos a Soldado, Del Moral, etc. Era prácticamente el mismo equipo, pasamos de quintos por la cola a clasificarnos para la UEFA. En la historia ha quedado como que Di Stefano iba a ver a Parejo a la Ciudad Deportiva, pero si iba a verlo es porque nosotros lo poníamos con dieciséis años. 

Has repetido durante toda la entrevista que te gustan los entrenadores poco intervencionistas. ¿Cómo contrasta esto con el Míchel entrenador en una época donde hay tantos sistemas y tácticas? Quique Sánchez Flores nos dijo que tenía no sé cuántos mil ejercicios para sus entrenamientos…

Todos los tenemos, pero yo soy un fiel creyente del futbolista, de la persona. Cuando llego a los sitios, intento empaparme de cómo es cada uno. Inicio una relación con cada jugador porque pienso que no se les puede tratar a todos igual. Y luego veo cómo juegan e intento desarrollar un estilo a partir de eso. Pero si me dice un entrenador cómo se hace para que un jugador se regatee a tres y la meta por la escuadra, me ceñiré a ese método. Soy meticuloso con el trabajo colectivo, pero es el jugador el que tiene que tener la responsabilidad y la iniciativa. Lo que más ayuda es que el jugador sea bueno. Cuando hablamos de un entrenador top como es Guardiola, si hubiera estado en el Getafe, en el Sevilla en el que estuve yo o en el Olympiacos, a ver qué hubiese ganado. 

Cuando llegaste al Sevilla y le metiste cinco al Betis, estaban contentos porque creían que había llegado ese espíritu del Madrid ochentero que pasaba por encima a los rivales, pero luego no salió bien.

Fue una época complicada en Sevilla. Había una gran inestabilidad social. Cuando acabó ese año, salieron 16 futbolistas y el presidente ingresó en prisión. Ganamos partidos, pero el ambiente estaba más centrado en los problemas del presidente. Suelo ir a equipos en depresión, más que en ebullición. 

Igual que en el Olympique que cogiste después de Bielsa.

Bielsa jugó dos y perdió los dos. Al llegar yo había fallecido el dueño, detrás de mí se marchó el presidente… Soy un rango de entrenador que no llega a los sitios donde hay éxito. Y al estar afiliado al Real Madrid moralmente, mucha gente ya no me ve en otros equipos, a veces solo por la región donde están. Lo tengo difícil, pero aún así disfruto. 

Has entrenado a tu hijo Adrián. Sus números muestran que ha rendido lo mismo contigo que sin ti. ¿Cómo has llevado esta situación, que ahora está de actualidad por lo que hace Zidane, que ha puesto de titular en algún partido a su hijo Luca?

La relación entre ambos casos no existe. Yo no he hecho debutar a mi hijo en un club como el Real Madrid. El caso de mi hijo ha sido como el de mi homosexualidad y mi paternidad fuera del matrimonio. Ni siquiera son capaces de reconocer a mi hijo, que lleva diez años como profesional y ha jugado con todos los entrenadores que ha tenido. Aparte, yo nunca lo he fichado. O estaba cuando yo he llegado, o la dirección deportiva lo había fichado antes de llegar yo, como ha pasado en Málaga. Mi conciencia está bastante tranquila. En el caso de Zidane, no veo al portero del Real Madrid como «el hijo de». Zidane le habrá visto las cualidades necesarias. No le veo poniendo a un jugador para no querer ganar. 

No te gusta en lo que se está convirtiendo el fútbol, has dicho alguna vez.

Ya no es presente continuo, ahora es en lo que se ha convertido. El negocio pasa por encima de todas las circunstancias. Se va demasiado rápido, a veces vertiginosamente. El rigor no existe. Ahora se lleva el periodismo de bufanda. Antes, las críticas y la investigación eran más voraces, pero ahora son de un equipo o de otro, y eso es lo que defienden o atacan. La objetividad del periodista ha disminuido. Además, algunos escriben en medios y luego les llevan las redes sociales a jugadores. De esa manera, su objetividad está un poco en entredicho. 

Tampoco hay respeto, hay demasiados intereses. Se ha perdido la esencia del deporte y el juego y se ha convertido en otra cosa. De hecho, cada vez quedan menos aficionados y hay más gente que va de visita a los estadios. No hay nada más nocivo que, en una acción de gol, ver a los espectadores con el teléfono. No me imagino estar viendo un partido en el campo a través del teléfono. Me llamó mucho la atención, en un partido de Champions en el Bernabéu al que fui hace poco —pagando mi entrada, por cierto—, que del 90 % que me rodeaba nadie era español. Me llamó muchísimo la atención, quizá porque soy un tío antiguo.


Cuando un gol no es un gol

Geoff Hurst chuta para marcar el tercer gol de Inglaterra en la final de la Copa Mundial de Fútbol de 1966 entre Inglaterra y Alemania Federal. 

Víctor Muñoz saca un córner algo largo, al segundo palo, buscando la cabeza de Maceda en lo que parece una jugada ensayada en los entrenamientos. Hace poco que empezó la segunda parte del primer partido de España en el Mundial de México 86 y el resultado ante Brasil, la aún temida Brasil de Sócrates, Careca, Zico o Falcao, sigue siendo un meritorio 0-0, demostrando la fortaleza de la vigente subcampeona de Europa con Miguel Muñoz en el banquillo.

Maceda, algo forzado, cabecea como puede hacia atrás, a la frontal del área. El balón cae sobre el pecho de Míchel, que consigue controlarlo para que bote justo delante de su pierna derecha y, antes de que lleguen los dos defensas brasileños, casi como en un capítulo de Campeones, suelta una volea brutal que vence al portero, golpea en la parte interior del travesaño y cae sobre la línea, saliendo disparado hacia fuera. Sinceramente, no hay manera de saber si ha sido gol o no. Los propios jugadores españoles se muestran tímidos en sus protestas hasta que Maceda decide que esto no puede quedar así y que al menos hay que meter presión al árbitro, convencerle de su error… a ver si en la siguiente se lo piensa dos veces antes de pitar en tu contra.

La jugada sigue y acaba en otro saque de esquina. Minutos después, en un contraataque y tras un nuevo rechazo del larguero, Sócrates marcará el definitivo 1-0, posiblemente en fuera de juego.

Yo era un niño de nueve años poco familiarizado con el fútbol, pero muy influenciable por el ambiente y con una vaga idea de la justicia. Cuando vi la repetición del tiro de Míchel y cómo la pelota botaba dentro de la portería sin que nadie corriera al centro del campo celebrando el gol, mi escándalo fue mayúsculo. Al día siguiente llenamos la parte de atrás del autobús del colegio con la portada del Marca y nuestro propio folio garabateado con una réplica de la jugada y una pregunta que no admitía dudas: «¿A que fue gol?». Los conductores asentían o elevaban el pulgar o simplemente pitaban en medio del atasco para mostrar su propia indignación.

Y es que hay pocas cosas más injustas que un gol fantasma. Todo lo demás puede perdonarse: el fuera de juego, la ayuda con la mano, la falta en el remate, el penalti fuera del área… pero si algo tiene claro el aficionado del fútbol, como diría Gertrude Stein, es que un gol es un gol es un gol. Verlo con tus propios ojos y saber que la realidad no sirve de nada, que no es atendida, supone un choque inaceptable con cualquier concepción racional del mundo. Quizá de ahí el adjetivo «fantasma», quién sabe.

En busca del primer «gol fantasma»

Por supuesto, los goles fantasma empezaron mucho antes de junio de 1986. Es complicado bucear en su etimología. Consultando la Wikipedia, ese cajón de sastre, encontramos una referencia al Phantomtor alemán, pero fecha su origen en un partido entre Bayern de Munich y Núremberg de 1994, cuando a Thomas Helmer le concedieron un gol en una jugada en la que la pelota ni siquiera se acercó a la línea. El escándalo fue tal que hubo que repetir el partido entero.

En Inglaterra, al parecer, la expresión ghost goal o phantom goal se empezó a utilizar a raíz de la semifinal de Champions League de 2005 entre Liverpool y Chelsea, cuando en el minuto cuatro Luis García adelantó a los reds con un remate que nunca llegó a entrar del todo en la portería. Ese gol les daría la eliminatoria a los de Rafa Benítez, que semanas después acabarían ganando la competición al Milan en los penaltis tras remontar el 3-0 con el que llegaron al descanso.

Teniendo en cuenta que el entrenador del Chelsea aquella temporada era José Mourinho y que Mourinho había pasado tres años en el equipo técnico del Barcelona, lo más probable es que el entrenador portugués se limitara a traducir del español, para deleite de la prensa inglesa, que acogió el término con entusiasmo. Por fin tenían una manera de referirse al hasta entonces conocido como «Wembley goal», es decir, aquel de Geoff Hurst que les diera el Mundial de 1966 en casa ante Alemania Occidental, al que volveremos más tarde.

Parece, por tanto, que hay que buscar en España y, consultando hemerotecas, tampoco es fácil salir de dudas. En el ejemplar del 4 de marzo de 1948 de La Vanguardia se hace referencia, con motivo de la previa de un Atlético de Madrid-Barcelona, a un «caso del gol fantasma» sin especificar. Dos meses más tarde se utiliza de nuevo la expresión pero en el contexto de un partido de hockey donde, al parecer, habría tenido lugar «el clásico gol fantasma».

El ABC nos lleva más atrás, al 25 de noviembre de 1943. En el resumen de la jornada del fin de semana anterior, el cronista comenta lo siguiente:

Hasta aquí teníamos innumerables definiciones, y ninguna capaz de convencer al respetable, del gol fantasma. Desde el martes, y gracias a la enérgica actitud del jugador madridista Barinaga, ya tenemos la nueva definición, corregida y aumentada y autorizada oficialmente. Se dirá así: «Gol fantasma es el denominado cuando la pelota entró una o dos veces en el marco en un santiamén, a pesar de la oposición de su defensor. Cuando el árbitro se llame Arribas, el gol fantasma puede llamarse penalti, pero no importa: también se llamará gol».

El comentario parece claramente irónico, así que es de suponer que las polémicas en torno a los «goles fantasma» eran tan habituales en la posguerra como pueden ser ahora las repeticiones obsesivas de posibles penaltis. ¿Quién dio con el término exacto? Imposible saberlo. ¿A qué gol en concreto se refería? Más difícil aún. Valga un dato: desde ese año 1943 a 1966, año en el que Hurst marca su gol en Wembley, el ABC recoge hasta cincuenta y tres artículos en los que se habla de distintos goles fantasma.

Del insigne Tofik Brakhmarov al derechazo de Lampard

Con todo, hay que reconocer que hay goles y goles. Errores y errores. El citado gol de Míchel o el de Hurst son casi invisibles al ojo humano. Durante décadas, alemanes e ingleses se han dedicado a reconstruir informáticamente el gol hasta que en 1996 la Universidad de Oxford pareció llegar a una conclusión de consenso: el disparo del centrocampista inglés habría botado justo en la cal, con seis centímetros de su circunferencia fuera de la portería. El gol, por consiguiente, no debería haber subido al marcador, aunque a favor de Inglaterra hay que admitir que aquella prórroga fue un baño y que, en cualquier caso, el partido acabó 4-2, con otro gol de Hurst en el descuento, cuando los aficionados ya estaban empezando a invadir el campo.

Precisamente Alemania e Inglaterra fueron protagonistas también de la jugada polémica que cambió, al menos en las grandes citas, la historia del «gol fantasma». Fue en el partido de octavos de final del Mundial 2010, el que acabaría ganando España. Los alemanes, con Özil al mando, se adelantaron 2-0, pero Inglaterra marcó el 2-1 y poco antes de llegar al descanso, Lampard lanzó un obús que pegó en el larguero, como mandan los cánones, y botó al menos medio metro dentro de la portería alemana.

Fue tan obvio que incluso a un espectador neutral le podía resultar escandaloso. Sí, el juez de línea de 1966, el soviético Tofiq Brahmarov, a quien por cierto dedicaron una estatua en Baku y cuyo nombre preside el estadio nacional de Azerbayán, pudo equivocarse… pero igual podría haber acertado por una cuestión de seis centímetros, como le pasó al australiano Bambridge en 1986. Esto era otra cosa. La FIFA decidió tomar cartas en el asunto: primero, colocando dos «jueces de portería», con escaso efecto, y, posteriormente, implantando un sistema de cámaras parecido al «ojo de halcón» del tenis, que el árbitro podía utilizar en caso de duda.

El sistema se implantó por primera vez en el Mundial de 2014, para confirmar que un gol de Benzema contra Honduras era legal. Desgraciadamente, su uso no se ha extendido demasiado por las grandes ligas, aunque es cierto que el número de escándalos, sea por casualidad o por una mayor pericia visual de los jueces de línea, se ha visto muy reducido en los últimos años.

Stefan Kiessling y la historia universal de la infamia

En España, por ejemplo, aparte de un gol de Carlos Vela en un derbi Athletic de Bilbao-Real Sociedad que no fue concedido y otro posible de Luis Fabiano al Real Madrid en una eliminatoria de copa, ha habido pocos casos recientes de goles fantasma y ninguno decisivo. En otras ligas podemos decir lo mismo, con una salvedad: el estrambótico gol de Stefan Kiessling, jugador del Bayer Leverkusen, en campo del Hoffenheim, año 2013.

Aquí no hay travesaños de por medio ni botes irregulares ni confusión alguna: el Bayer saca un córner y Kiessling lo remata fuera, claramente fuera. Tan claramente que el propio jugador se lamenta del error y todos parecen volver a sus posiciones para empezar la siguiente jugada. ¿Todos? No, un par de compañeros ven titubear al árbitro y deciden celebrar el gol, incluso abrazando a un Kiessling que no sabe de lo que le están hablando.

Poco a poco, los demás jugadores del Bayer se unen al festejo ante el estupor de sus rivales. Un compañero le hace gestos claros al «goleador» de que él también festeje, que si no les van a pillar. Que no pregunte, que se dedique a alegrarse sin medida. ¿Por qué? Porque, tras colarse por un hueco de la red, el balón ha acabado dentro de la portería, confundiendo al árbitro, al juez de línea, al comentarista del partido y provocando que el 0-2 suba al marcador.

Los jugadores del Hoffenheim corren como locos cuando ven al árbitro señalando el círculo central. Le hacen ir a la portería a comprobar que hay un hueco en las redes, pero no basta. El colegiado, por si acaso, habla con Kiessling, que le dice lo mismo que dirá a la prensa: «No sé si entró o no, me di la vuelta nada más rematar y no sé qué pasó con la pelota». Es falso. Se da la vuelta precisamente porque sabe que el balón ha ido fuera, pero ¿quién va a renunciar a la gloria de un gol y una victoria?

La injusticia en el deporte tiene un punto de lado oscuro. Es difícil resistirse. Y si la trampa ni siquiera es tuya, sino del árbitro, ¿quién es nadie para hacer de Tristanbraker y ponerse a molestar a los espíritus? Después de todo, sin trampas de este tipo, ¿de qué demonios iban a hablar los niños al día siguiente en el autobús que les lleva al colegio?


Rafael Martín Vázquez: «Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Para los entendidos era el jugador más completo de la Quinta del Buitre. Su último año en el Real Madrid de Toshack fue atómico, pero ocurrió lo nunca visto. Una estrella del Madrid, de la casa, de la cantera, se fue en su mejor momento a otro club; club que venía de segunda. El Real cayó en barrena al año siguiente y Rafael Martín Vázquez (Madrid, 1965) nunca recuperó el nivel exhibido en los ochenta en sus sucesivos clubes. La mala suerte hizo el resto. Pero, en la memoria del aficionado, si un papel tiene Martín Vázquez es el del what if ¿Qué hubiera pasado en los noventa si no se hubiese marchado? ¿Hasta dónde habría llegado España en Italia 90 si el jugadón que le hizo a Yugoslavia no se hubiese ido lamiendo el palo? Las certezas que dejó convirtiéndose en uno de los cinco mejores jugadores de Europa solo arrojaron preguntas. Nos vemos en una cafetería de su barrio antes de que se vaya a una reunión de veteranos a Valdebebas.

¿Cómo fue tu infancia en Pozuelo?

Nací en Carabanchel y al poco tiempo nos mudamos a Pozuelo, estábamos entre la estación y Aravaca. Había una fábrica de ladrillos y lo demás era todo campo. Y también había un campo de fútbol con unos postes de madera oscura como los de las vías del tren. Eran tan grandes que era difícil no darles. Éramos una pandilla enorme, no sabes cuánto aprendí de los mayores. Y al lado de la fábrica había una montaña enorme de arcilla, que se iba consumiendo, y nosotros nos colábamos para subirnos y jugar. Era increíble. También jugábamos en la vía del tren, con su peligrosidad, poniendo monedas, esas cosas. Estábamos todo el día en la calle. También teníamos escopetas de perdigones y nos íbamos a matar pajarillos. Lo recuerdo todo como algo maravilloso.

Decía Clemente algo así como que en las escuelas de fútbol se enseña a jugar a la pelota, que a jugar al fútbol se aprende en la calle.

Yo jugaba en el patio del colegio, de tierra, por supuesto, donde había montones de gente. Estaba todo el mundo en medio jugando a otras cosas, todo el colegio. Tenías que jugar distinguiendo quién estaba jugando y quién no, corriendo con ojo para no chocarte. No había ni petos ni nada. Eso creo que a mí me dio una visión del espacio muy útil. Ahora, en las escuelas actuales, los chicos se encuentran con entrenadores más que con educadores. Los jugadores que vienen de países pobres o zonas marginales tienen recursos que, en la actualidad, a los chavales se los quitan en las escuelas. Les cohíben, les dicen que no hagan esto, no hagan lo otro, y les coartan su libertad, les quitan el juego innato, el instinto. Siempre digo que un futbolista tiene que aprender a equivocarse.

Empezaste en los Escolapios.

Empecé en la calle. Tengo recuerdos ya de jugar en Aluche, en una explanada que había al lado de los pisos donde vivíamos. En los Escolapios empecé con diez años en equipos federados. Recuerdo cómo me cogieron. Un día estaba viendo un partido en el patio, y el cura, el hermano Irineo, se me acercó y me preguntó si sabía jugar. Dije: «Un poco». Entré, me vio y años después me confesó que se quedó alucinado, que se fue al comedor y les dijo a los demás curas: «¡Tenéis que ver a este chaval, cómo juega con las dos piernas!».

Me metieron en futbito. Nos llevaban a jugar los partidos por Madrid en una furgoneta, nos lo pasábamos de cine. Y por la tarde nos íbamos a Vallehermoso a hacer atletismo, saltar vallas. Hacía muchísimo deporte.

Durante toda esa época, fui un quebradero de cabeza para mi padre. Solo le veía por las noches, cuando venía de trabajar, y le pedía que me llevase a hacer la prueba en el Real Madrid. Le traía loco con el tema. Un amigo de clase nos había vendido la moto de que pasó por las categorías inferiores del Madrid y para mí se convirtió en una obsesión. Al final, me tuvo que llevar. Detrás de un mostrador estaba Miguel Malvo, responsable de la cantera, y me dijeron que era muy joven todavía. Entré años después y tuve mucha suerte, porque me tocó con Laborda, un entrenador con mucha paciencia que me enseñó mucho.

Jugaste un Mundialito con quince años en Buenos Aires.

En la 80-81, mi primer año en el Madrid. Gracias a ese viaje salí por primera vez de debajo de las faldas de mi madre. Estuve un mes en Argentina, mucho tiempo. Quedamos terceros y a mí se me dio muy bien. Me marcó. Piensa lo que era para un chaval de esa edad jugar en el Monumental de River…

Tuviste un ascenso meteórico.

Subí directamente al juvenil con dieciséis años, un cambio bastante brusco. Me encontré ahí con Sanchís. El entrenador se llamaba Alonso y tenía un carácter muy fuerte, se excitaba mucho en el banquillo. Yo venía, con Laborda, de todo lo contrario. Y eso me hizo espabilar. Luego estuve con Toni Grande, que durante muchos años ha sido el segundo de Del Bosque, y que también tenía un carácter más pausado. Al cabo de un año hice la pretemporada con el Castilla de Amancio. Fue muy dura, recuerdo. En Cabeza de Manzaneda teníamos un preparador físico yugoslavo, Miroslav Vorgic, que venía del voleibol y era durísimo. No te lo puedes ni imaginar. Tres entrenamientos al día…

En esa época, con el Castilla, eliminamos al Valencia y al Betis en Copa del Rey. Un hito. De ese equipo subieron a Pardeza y Butragueño y, aun así, fuimos campeones de liga en segunda división, algo que no ha vuelto a pasar.

Se decía que iba más gente a ver al Castilla que al Real Madrid al Bernabéu.

Efectivamente. Fíjate hasta qué grado sentía complicidad con ese equipo que, cuando me llamaron para entrenar con el primer equipo, que llegué a debutar en primera, en Murcia, me dio pena no jugar contra el Bilbao Athletic en segunda el partido que teníamos pendiente.

¿Cómo fue incorporarse al vestuario del primer equipo?

Estaban Juanito, Santillana, Stielike, Gallego… Te sentías como el hijo que llega, les mirabas con respeto, sin abrir la boca. Escuchando. Ellos nos ayudaron a sentirnos a gusto, pero en esa época había que guardar las distancias. Casi les tratábamos de usted. Recuerdo que Juanito era una persona que te lo daba todo, te daba la vida. Aunque tuviese ese pronto en los partidos, por lo que lo podía echar todo a perder. Sobre todo con los jóvenes era muy cercano. Fue una pena su pérdida.

Se mató volviendo del partido que jugué yo contra el Madrid en el Torino. De hecho, ese día, nada más acabar el partido, bajó al vestuario y pasó a verme, estuvimos hablando. Fue muy cariñoso. Yo regresé en un chárter con mi equipo a Italia y cuando escuché en la radio al día siguiente que se había matado en un accidente esa noche no me lo podía creer.

Luego, cuando hice el curso de entrenador, conocí a una persona que iba en el coche con él. Me dijo que Juanito había ido ese día a Madrid a entrevistarse con alguien que le ofrecía una oportunidad profesional, estaba entrenando al Mérida por aquel entonces, y le estaban saliendo cosas. Como entrenador, estoy seguro de que hubiese dado mucho de sí y habría llegado al Real Madrid seguro.

Di Stefano apostó por ti.

En mi vida resultó ser alguien fundamental. Era también un hombre cercano a los jugadores jóvenes, nos dio muy buenos consejos. Si no hubiera estado Alfredo, quizá la Quinta del Buitre no hubiera jugado en el Real Madrid. Su apuesta no era fácil en un club como este.

Tardaste en consolidarte.

Tuve que irme a la mili. También me perdí el Mundial juvenil que se jugó en la URSS, con Rafa Paz, Marcelino, Losada y Fernando, el del Valencia… una generación muy buena, fueron subcampeones. Pero a mí el Madrid no quiso dejarme ir. Ese año fue muy complicado, porque debuté con el Madrid, jugué con la sub-18 y la sub-21, y me bajaron a jugar la Copa del Rey con el Juvenil A. Llegó un momento en el que estuve un poco desorientado y encima me fui a la mili voluntario.

El Madrid tenía sus contactos para facilitarnos ir a entrenar durante el servicio militar. Me fui a hacer el campamento a Móstoles y me asignaron en el Cuartel General, en Cibeles, pero cambiaron al coronel. Cortó por lo sano y perdimos los pequeños privilegios que teníamos para entrenar. No sé si estuve un mes o dos meses sin ir hasta que todo se fue arreglando y pude compaginar la mili con el Madrid. Pero cuando hice las maniobras en Tarancón, el equipo estaba jugando la UEFA y yo estaba haciendo una guardia en una tienda de campaña, escuchando el partido por la radio, mientras me caía una chupa de agua encima que alucinas.

Además, tampoco me llevaron al Mundial de México. Sanchís pudo ir porque pidió prórrogas por los estudios y Butragueño ya había hecho la mili porque era mayor. Me dio mucha rabia, porque en el Mundial del 82 el club nos puso a trabajar a los niños, o a colaborar, y nos ocupábamos de darles las alineaciones a los periodistas en el Bernabéu. Siendo niño, al vivir un Mundial desde dentro, sueñas con jugarlo. Fue una pena perdérmelo.

Mi primera experiencia fue la Eurocopa del 88; nos echaron de primeras, nos había tocado con Italia y Alemania. Contra Alemania, con Matthäus, recuerdo que nos pasaban como aviones. Se me quedó grabado.

Con Luis Suárez se decía que había que «dejar atrás la furia», y Míchel elogiaba al seleccionador porque decía que por fin se jugaba con el balón por el césped.

Creo que en el fútbol todo es necesario. No vale solo toque, o tiquitaca como está ahora en boca de todo el mundo. Hace falta también mordiente, corazón.

¿Qué recuerdas del par de Copas de la UEFA que ganó la Quinta?

El Videoton húngaro, al que le ganamos la primera, era muy bueno, había eliminado al Manchester United. Pero lo mejor de esos torneos fueron nuestras remontadas en el Bernabéu, como la del Borussia Mönchengladbach. Si ves una imagen que sacan mucho de Juanito, que le cambian y sale del campo dando saltos de alegría, yo soy el que entra en el cambio por él. Faltaban diez minutos, íbamos 4-0 y habíamos remontado el 5-1 de la ida, y él ya lo estaba celebrando dando brincos mientras se retiraba.

Esos partidos eran maravillosos. La final contra el Colonia la jugué de titular en la ida, que quedamos 5-1, con Schumacher de portero y Klaus Allofs, que era espectacular; un zurdito con una clase… Luego en Berlín, que se jugó allí en lugar de en Colonia, casi nos remontan ellos; perdimos 2-0. Estas cosas pasaban con Luis Molowny, que era de la casa y tenía ángel. Se proponía esas hazañas y las conseguíamos. Nos sacaba la bestia de competir, y eso que no era un hombre de muchas palabras.

De ahí en adelante, se ganaron cinco ligas consecutivas.

El equipo de la Quinta conectó mucho con el público. Hubo una conjunción de veteranos con jóvenes que llegábamos con mentalidad de comernos el mundo. Me acuerdo de que me decía la gente: «Joder, como llegue al estadio diez minutos tarde ya vais 2-0». Y era verdad. Teníamos una forma de jugar que se ha perdido, eso ha cambiado en el fútbol. Nosotros íbamos con la mentalidad de hacerle ver al rival desde el primer minuto que se le iba a hacer muy largo el partido. Eso ahora, salvo momentos puntuales en alguna eliminatoria, ya no pasa.

No creo que ahora el fútbol sea más previsible, pero se parece más al ajedrez. Está todo muy estudiado. Entonces no es que no hubiera un plan, pero si querías ganar el partido ibas a por él desde el primer minuto. Un poco como la selección de Luis Enrique contra Croacia. Habría que mirar muchos partidos actuales para encontrar uno de ida y vuelta como ese. En los ochenta el fútbol era así, como más alocado. En ese sentido ha cambiado bastante.

Tampoco se ve ya el juego por bandas que hacíamos, siempre buscando el centro y el remate en el área. No se ha perdido, obviamente, pero no se ve tanto. El fútbol inglés, con centros al área y que se lanzasen ahí los delanteros con todo, ya ha pasado; ha evolucionado. Fíjate la noticia que salió el otro día, que el Liverpool ha fichado a un especialista en saque de banda…

Sin embargo, el público no os aplaudía todo. Había críticas, muchas veces os quejabais de que no os sentíais queridos.

Es que el público del Bernabéu era muy exigente. Eso también ha cambiado. Había partidos que íbamos ganando 4-0, faltaban diez minutos, y nos pitaban por no ir a por el quinto. Querían el quinto y después el sexto. Solo con que dieras un pase para atrás la gente se ponía a murmurar.

¿Cómo era jugar con las plantillas de aquel Real Madrid?

Tuvimos suerte de ser buenos compañeros unos de otros en lo personal y en lo deportivo. Manolo Sanchís era un jugador con el que estuve desde los catorce años. Tenía unas condiciones… Empezó como delantero porque le gustaba mucho chupar. Le llamábamos «Chupetín». Luego pasó al medio campo, en el Castilla jugó de medio centro defensivo hasta que le pusieron de central y ahí se quedó. Sacaba bien el balón, era muy fuerte, gran marcador, se anticipaba bien, buen remate de cabeza. Era muy completo. Pero, además, para mantenerte en la élite tantos años como hizo él, solo puedes lograrlo con la cabeza muy bien amueblada, y él la tenía.

Decía Quique Sánchez Flores, que era su compañero de habitación en la selección, que mientras todos los futbolistas estaban con el Marca o con la radio deportiva, a Sanchís le daba igual todo eso: él se leía el ABC entero todas las mañanas.

Sí, estaban siempre juntos en la selección. Menuda parejita eran, llegaban siempre tarde a todo. Se quedaban dormidos… Sanchís ha sido siempre muy dado a tener otras inquietudes. No obstante, cuando pasan los años, te das cuenta de que has tenido muchas horas muertas como futbolista y no las has aprovechado bien. A algunos les da por la lectura, pero a la mayoría, con veinte años, se nos escapa la posibilidad de aprovechar el tiempo.

Míchel.

De los mejores centrocampistas que ha dado este país, no solo por su calidad, también por cómo manejaba el balón con las dos piernas. Además, tenía un desplazamiento de balón extraordinario, un centro con rosca del que se beneficiaron mucho Butragueño, Hugo Sánchez y Santillana. Tenía gran visión de juego. Mucha personalidad, liderazgo.

Pero estuvo cuestionado, recuerde lo que pasó en el Mundial con el «Me lo merezco».

Sí, es verdad, aunque lo del Mundial tenía más que ver con los periodistas. La época que viví en la selección era… Se nos criticaba mucho y nos afectó. Parece una tontería, pero si no hay una conjunción buena entre periodismo y un grupo crea malestar. Quieras o no, eso se refleja en el campo. En la selección viví momentos de enfrentamientos de jugadores con periodistas que fueron muy perjudiciales.

Butragueño.

Es el jugador más diferente que había, por eso tuvo tanto éxito. Por su juego y por su imagen, con esa cara de niño. Nadie hacía lo que hacía él. Cuando se paraba dentro del área, desequilibraba al portero o al defensa y definía al hueco sin chutar fuerte, lo hacía como si estuviera jugando al golf, o le metía un pase a un compañero que nadie esperaba. Las paredes que te devolvía eran extraordinarias. Con Hugo Sánchez se complementó muy bien, siendo los dos muy diferentes.

Era la época de la beautiful people y fuisteis celebrities.

Pero no había tanta conexión como hay ahora. Nuestras parejas no eran artistas o iconos del mundo de la moda.

Salían los juegos de ordenador: el Butragueño, el Míchel

En eso sí que fueron los primeros. Emilio también sacó un futbolín. Pero me acuerdo de que le regalaron un Fiat y se quedó con él, en una época en la que estábamos la mayoría deseando comprarnos un coche bueno. Nos reíamos de él y todo, le decíamos: «Nene, que no te gastas el dinero». Pero cada uno se lo gasta en lo que le gusta.

¿Y Hugo?

Vino después de Santillana y Valdano. Como rematador, creo que Hugo habrá sido de los mejores del mundo, si no el mejor. Treinta y ocho goles de primer golpeo no lo ha hecho nadie. Además, era muy listo, conocía sus virtudes y sus limitaciones. Sacaba provecho de todo, minimizaba a sus marcadores. Pero, fundamentalmente, lo que tenía era algo solo al alcance de los números uno, que era capacidad de abstracción. Cuando llegaba el momento clave, se concentraba y solo estaba a muerte en lo que tenía que estar, no le afectaba nada. A mí eso me cuesta, me afectan los sentimientos.

Compartí con él habitación muchos años. Él era su mejor representante. Llevaba siempre una carterita con fotografías suyas, en las que por detrás ponía sus logros, «máximo goleador», tal… Cuando le pedían un autógrafo, no firmaba un papel, sacaba su foto del taco que llevaba encima. En aquella época los jugadores no teníamos ni fotos oficiales, los retratos individuales de cada jugador llegaron bastante después.

También recuerdo que tenía dos secretarios jovencitos. Eran detalles a los que no estábamos acostumbrados. Me acuerdo de que en cada entrevista que daba él ponía su propia grabadora para que no tergiversaran lo que había dicho. Además, en la habitación recuerdo que llevaba un diario. Cada día registraba en cintas con una grabadora lo que había hecho, lo que le había pasado. Creo que hubiera sido muy interesante para mí haber hecho lo mismo, porque no me acuerdo de nada. Sobre todo, de los detalles.

Cuando nos juntamos antiguos compañeros, Sanchís tampoco se acuerda, pero Butragueño y Míchel es de locos todo lo que recuerdan. Yo no me acuerdo ni de mis goles. El otro día zapeando caí en Real Madrid TV y estaban echando un partido contra el Atlético en el que metí dos goles. Al verlos, me acordé de que los había metido, pero ya los tenía completamente olvidados. Y eso que uno era de cabeza, que yo de cabeza iba… [risas] he metido pocos.

Beenhakker y Toshack fueron los entrenadores de ese equipo. Tú brillaste más con el galés.

La diferencia de mi rendimiento con ambos está solo en un aspecto: el gol. Con Toshack metí catorce goles, y en las anteriores igual hacía cinco o media docena. Toshack me pidió que, si veía oportunidad, me fuera más directo a puerta. Yo tenía un gran sentido de equipo, no fui un jugador egoísta dentro del campo. Hay jugadores que meten dos goles, su equipo pierde, pero se van muy contentos porque han sido protagonistas. Yo nunca he pensado así.

Te pidió ambición.

Sí, más presencia en los metros finales. Esa fue la única diferencia. También me afectó que tenía más confianza en esa época, mi estado anímico era mejor. Soy una persona que necesita estar bien anímicamente. En mi relación con las personas es muy importante estar bien. Si me iba al colegio y había discutido con mi madre, me pasaba todo el día jodido. Necesitaba la liberación de no tener ninguna cuenta pendiente con nadie y la tuve ese año.

Pero cuanta más polémica hubo ese año con tu renovación, mejor jugaste. No sé si hasta se llegó a decir que estabas provocando con esos golazos.

Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento. Tomé mi decisión con todas las consecuencias, pero en condiciones normales, siendo un jugador de la casa, en el momento de juego en el que me encontraba, no tenía que haber salido.

¿Qué tuvo Toshack para batir el récord de goles?

Tenía otra mentalidad. Con él, si todo iba bien, vivíamos muy bien. Daba mucha libertad. Ganabas y te daba tres días de descanso. Eso sí, si las cosas no iban bien, cambiaba: te ponía a entrenar según aterrizase el avión en Madrid.

Toshack experimentó también, hizo sus pruebas con el equipo. Por ejemplo, puso a Chendo de medio centro, por delante de la defensa, y a Schuster lo metió de líbero atrás. Yo, cuando tenía a Schuster por detrás, sabía que iba a recibir un pase preciso a cualquier desmarque que hiciera. Me compenetraba muy bien con él. Y tenía un sentido del humor… no parece alemán, tiene ese punto de retranca…

Las Copas de Europa fueron la asignatura pendiente de ese equipo. La eliminación con el Bayern fue inmisericorde, la del PSV fue muy igualada aunque se perdiera, pero luego lo del Milan…

El año que más la merecimos y que estuvimos a un paso fue el del PSV Eindhoven. Pero hay que ver qué equipo era; estaba Koeman, Van Breukelen, Soren Lerby, Gerald Vanenburg… Encima, ficharon a Romario. El problema, lo doloroso, es que, si tú juegas contra un equipo que te pasa por encima, como el 5-0 del Milan, te quitas el sombrero. Pero con el PSV fue amargo, porque en la ida quedamos 1-1 metiéndonos el gol que nos metieron, y en Holanda, jugándonoslo todo, hicimos un partidazo, que el mejor de ellos fue el portero y… nada. Hablo por mí, pero para mí fue la derrota más dura. Estuve deprimido una semana entera o más. Nos dejó muy tocados.

En la actualidad, con los cambios que se hicieron en la Champions, creo que se favorece a los grandes, pueden tener algún fallito. En nuestra época era sorteo libre, te podía tocar cualquiera en cualquier ronda. Así nos pasó, que después del 5-0 del Milan, al año siguiente nos volvieron a tocar en segunda ronda. Y fue una pena, porque Toshack estaba probando cosas con el equipo que le dieron resultado en primavera, cuando mejor jugamos. En noviembre, cuando nos cruzamos con el Milan, todavía estábamos un poco verdes y probando. Aun así, perdimos 2-0 en Milan y ganamos 1-0 en Madrid. Sin embargo, luego jugamos un amistoso, el homenaje a Camacho, y les ganamos 2-1 haciendo un partidazo. Nos quedamos con la duda de que, si ese Milan nos hubiese tocado en marzo, otro gallo habría cantado.

¿Cómo fue lo del 5-0? Os habíais cargado al PSV en el segundo año, con gol tuyo, llegó el Milan, empate 1-1 en Madrid y, en la vuelta, el desastre bíblico.

Fue un accidente, no había tanta diferencia entre los dos equipos, no era normal ese resultado. Igual que en el España-Croacia tampoco ha habido diferencia como para un 6-0. Lo que sí es cierto es que Rijkaard, Gullit y Van Basten tenían un poderío físico impresionante, eran muy fuertes… Y ahora todo el mundo habla de los holandeses, pero ¿y los italianos? Los que estaban alrededor de los extranjeros eran espectaculares. Donadoni, Baresi, Maldini, Costacurta, Tassotti, Ancelotti… La forma de jugar como bloque también era increíble, cómo presionaban, cómo robaban…

El año siguiente fue el de la polémica de la renovación y tu última temporada en tu primera etapa en el Madrid. ¿Por qué renovabas por periodos tan cortos?

Contaba con superarme a mí mismo y ganar más dinero. Lo hice durante toda mi carrera, no solo con el Madrid. En el 87 tuve que renovar y coincidió que no era titular en el equipo. Me querían el FC Barcelona y el Atlético, yo no me quería ir, pero quería jugar, porque tenía veintidós años. Y mira lo que es el fútbol. Jorge Valdano, después del Mundial 86 era el titular, pero le detectaron una hepatitis y de la noche a la mañana dejó de jugar al fútbol. El entrenador optó por meter a Juanito. Pero coincidió que jugamos en Alemania y, en una acción en la que Matthäus pisó a Chendo, Juanito, con ese pronto que tenía, le pisó la cabeza. Le expulsaron y le metieron una sanción de un año. A raíz de esas dos coincidencias, pasé yo a jugar. Eso fue clave para que me renovasen, me asenté como titular y llegaron mis mejores años.

En el 90, las circunstancias hicieron que no pudiera quedarme, porque el club no valoró el jugador que yo era en un aspecto afectivo, algo más allá de lo económico. Esa decisión para mí fue dura, pero me fui al fútbol italiano, que en aquel momento era el fútbol por excelencia.

¿Qué fue ese aspecto afectivo?

Fue una cosa muy rara que a día de hoy todavía no me la explico. Estábamos mi padre y yo reunidos con Mendoza, mes de octubre o noviembre, lo teníamos todo acordado; duración del contrato de tres años y unas cantidades económicas. De repente, le llamaron para que saliese de la reunión.

A los cinco minutos volvió, entró en el despacho y era como si le hubieran cambiado el chip. Cambió de opinión completamente. Dijo que de lo que habíamos hablado, nada, y puso otras condiciones.

Mi padre no se lo podía creer, intenté apaciguar un poco, le dije que hacía un momento estábamos de acuerdo y ahora estaba diciendo todo lo contrario, pero no atendía a razones y me contestó con unas palabras que se me quedaron grabadas: «Esto es lo que hay; si lo quieres, bien, si no, ahí tienes la puerta y ya te puedes ir».

No tenía sentido ninguno, no me lo creía, cinco minutos antes lo teníamos y de repente no. Dejé de contestar preguntas de los periodistas sobre la renovación y, en todo ese tiempo, no hubo ni un acercamiento del club para cambiar la situación. Tomé la decisión de que no iba a jugar en el Real Madrid bastante antes del final de temporada. Fue una decisión complicada, porque dejar el Madrid es muy difícil por todo lo que te da, pero al final tomé esa decisión y, como te decía, no me arrepiento. En Italia fueron dos años muy buenos, en un fútbol más duro y defensivo, pero muy competitivo.

Maurizio Casasco dijo que tenían un infiltrado en el Madrid y que por eso pudieron ficharte. «Nos informaba a diario por teléfono, por eso estaba todo controlado». Lo dijo él y lo publicaron los medios en 1991.

Este era el director deportivo, la mano derecha del presidente, Gian Mauro Borsano. No tenía ni idea de esto, pero podría ser.

En el Mundial del 90 eras la estrella de la selección y, cuando nos echó Yugoslavia, tuviste una ocasión que se fue por poco.

Hice una jugada muy buena, me metí hacia dentro, chuté y se fue por nada. Ese partido fue una decepción enorme, porque íbamos de menos a más. El primer gol de Stojkovic, el del amago, me lo hizo a mí. Soy yo el que se va al suelo. Nos quedamos fuera del Mundial cuando mejor estábamos. Hizo además un calor esa tarde en Verona… Nos pesábamos siempre antes del partido y yo ese día perdí cuatro kilos. Es una pena cuando te eliminan y ves que no son mejores que tú, que se lo han llevado por pequeños detalles. Se te queda una cara. Como en el último Mundial ante Rusia.

¿Por qué fuiste al Torino, un equipo que venía de segunda?

A lo largo de mi vida, para bien o para mal, me he guiado por la afinidad con las personas. El Madrid jamás pensó que me iba a marchar, creyeron que iba a dar mi brazo a torcer y pasar por el aro. Por este motivo, determinados equipos no se plantearon ficharme. Mendoza era muy amigo de Berlusconi y Agnelli, hablarían, y él tendría claro que no me iba a ir porque estos no me iban a fichar. Pero el Torino mostró verdadero interés, era un equipo histórico y tomé la decisión con todas las consecuencias.

Tenía más socios que la Juventus.

Es un club muy querido en Italia por la tragedia de Superga, cuando en 1949 se estrelló contra una colina el avión que llevaba al equipo y murieron dieciocho jugadores. En Torino hay más aficionados del Toro que de la Juve, que es el equipo más apoyado en toda Italia. Todo esto lo viví en los derbis, que fueron como pocos habrá.

¿Se hizo un buen proyecto?

Sí, estaban Lentini, Cravero, Marchegiani… sigo teniendo contacto con todos ellos. El año pasado, en abril, fui al 25 aniversario de la final de la Copa de la UEFA que perdimos con el Ajax. Estuvimos en una velada en un auditorio con muchos aficionados. El campeonato italiano de entonces era la élite, estaba el Milan de los holandeses, el Inter de los alemanes, la Sampdoria, el Parma tenía a Brolin y a Asprilla, el Nápoles a Careca, Maradona y Alemão. Era el campeonato por excelencia. Y en mi primera temporada en el Torino quedamos cuartos. Éramos un gran equipo. Cuando llegué yo estaba Skoro, un delantero bosnio, y Müller, el brasileño. Al segundo año, vinieron Scifo y Casagrande, quedamos terceros y jugamos la final de la UEFA.

UEFA en la que os cargáis al Madrid.

Sí, cuando vine a jugar al Bernabéu casi me confundo de vestuario.

Te cantaron de todo.

Fue impresionante. Me acuerdo de que nos quedamos en el Ritz, la llegada con el autobús al estadio fue… nos rompieron varias lunas. Y al salir al campo, Pasquale Bruno, que venía de la Juventus y era un tipo muy particular y con mucho carácter, le hizo un gesto al público y provocó a los aficionados. El partido para mí fue duro por estar enfrente de mis excompañeros y por la tensión.

Vi hace poco la vuelta y la verdad es que al menos ahí se te ve con ganas de ganar.

Sí, sí. Yo nunca he visto esos partidos, ni la ida ni la vuelta, pero tenía ganas de ganar como profesional, aunque el Madrid para mí fuese lo más grande y lo siga siendo, porque es un club que te marca en todos los aspectos. Pero en ese partido de vuelta tenía cierta rabia, aunque yo no soy rencoroso. También quería llegar a la final, cosa que conseguimos y que desgraciadamente perdimos contra un Ajax que era un equipazo.

Con Bergkamp y Van Gaal de entrenador.

Sí, pero si ves los dos partidos… en la ida empatamos 2-2, pero el primer gol nos lo metió Wim Jonk desde el medio campo por un extraño que hizo el balón, porque Luca Marchegiani es de los mejores porteros que he tenido de compañero. Luego en Ámsterdam hicimos un partido increíble, quedamos 0-0, con dos tiros al palo y un penalti que pudo ser. Fue una pena. Esa fue otra de las amarguras de mi carrera.

Y, al finalizar este año, el club fichó a Aguilera del Génova, otro extranjero, éramos cuatro y sobraba uno. Yo había tenido problemas con el entrenador, en un partido en Cagliari me dejó en el banquillo. Había salido en prensa la posibilidad de que el Torino fichase a Aldair y yo irme a la Roma, pero apareció el Olympique de Marsella y fiché.

En la prensa italiana se dijo que estabas acostumbrado al fútbol español y que en Italia había que defender más.

Yo me adapté, éramos un equipo con un perfil defensivo, pero como todos los equipos italianos.

Tenías de compañero a un Vieri de diecinueve años.

Estaba él y Dino Baggio. Entrenaban de vez en cuando con nosotros. Veías que Vieri era un chico joven, con poderío físico, pero no te imaginabas que iba a llegar a ser lo que fue. Por cierto, he leído hace poco que se ha arruinado.

Te ibas a cazar con Roberto Baggio.

Coincidí una vez. Le gustaba mucho la caza y por medio de amigos comunes, no sé si fue Cravero, fuimos un día juntos. Comprobé que era un tipo muy particular, era muy reservado.

La del Olympique es de las mejores plantillas en las que has estado. Con Alen Boksic, Rudi Völler, Deschamps, Desailly…

También estaban Barthez, Angloma, Abédi Pelé… tan buena plantilla era que fuimos campeones de Europa, aunque yo solo jugué la primera eliminatoria, y marqué, al Glentoran norirlandés.

Estuviste solo unos pocos meses, ¿qué pasó?

El Olympique ya me quiso fichar tras mi primer año en Turín. Tuve una reunión en el aeropuerto de Pisa, en la propia pista, con la mano derecha de Tapie, que vino en un avión privado a ficharme, y les dije que no. Al año siguiente lo lograron y firmé por tres temporadas. Pero, inexplicablemente —me llevaré la duda a la tumba—, prescindieron de mí y me vendieron rápidamente.

Tuve un debut extraordinario, el mejor posible, toda la prensa hablaba de mí y empecé como titular. Era una gozada, ganábamos fácil, el equipo iba sobrado. Con el entrenador tenía trato, hablaba conmigo cada día. Pero al mes y algo me dejó de hablar y me llamó un directivo para decirme que existía la posibilidad de irme al Madrid y que el club quería que me fuera.

Había estado un mes en un hotel viviendo, ya había cogido una casa con mi mujer, estaba en el periodo de instalación y me dijeron eso. Contesté que no, que además había dicho que nunca volvería al Real Madrid.

Empezaron a empeorar las cosas, me dijo otro directivo que se habían dado cuenta de que no era el jugador que pensaban. Era una excusa, milongas, para pedirme que aceptara la oferta y me marchara.

Me dejaron en el banquillo y me acuerdo de que un día íbamos al hotel en el autocar, se subió Tapie y se sentó a mi lado. Medio en italiano, me dijo que le habían contado que no me quería ir. Le expliqué que yo quería seguir, que estaba aprendiendo francés, que me quería quedar muchos años en Marsella y me soltó: «Mira, piénsatelo bien, te tienes que marchar porque, si no te marchas, te puedo hundir la carrera». Mafia total.

Benito Floro había pedido mi fichaje a toda costa y coincidió que una persona muy cercana a mi mujer y a mí tenía una enfermedad terminal. Estaba claro que la solución entonces solo era volver al Madrid, que era mi casa, y poder estar cerca de esa persona en sus últimos momentos. Eso me llevó a tomar la decisión de regresar, pero fue difícil para mí, mucho, porque un sector del público radical no vio con buenos ojos mi vuelta.

Marca tituló: «Vuelve el salvador».

El reencuentro con mis compañeros fue extraordinario. Además, el Madrid llevaba meses sin ganar fuera de casa, algo muy extraño. Fuimos a jugar a Logroño, marqué el primer gol. El segundo partido fue en casa, ganamos y me acuerdo de un pase que le di a Zamorano con el exterior, que se la puse en la cabeza y fue gol. Deportivamente fue muy bueno mi inicio, pero con la afición tuve problemas.

Había gente que no me quería y tuve algún encontronazo con aficionados a la salida de algún entrenamiento. Después de los partidos, con Floro, entrenábamos en el campo. El entrenador pensaba que así recuperaríamos mejor. Cuando el estadio se había vaciado, nos poníamos a dar vueltas. Algún día tuve mis más y mis menos con algunos que se habían quedado solo para increparme. Recibí llamadas telefónicas a mi casa. Fueron unos meses muy jodidos en ese aspecto, aparte, con el problema familiar que te he dicho, estando de hospitales… Mira lo que le ha pasado a Sergio Ramos con lo de Salah, que ha recibido amenazas de muerte. Hay gente que con el fútbol…

Esa temporada se volvió a perder la liga en Tenerife.

Hay datos que a la gente se le escapan. Veníamos de jugar la semifinal de Copa del Rey contra el Barcelona, con prórroga, y los eliminamos. Eso fue un miércoles, el domingo tuvimos que ir a Tenerife. Solo tres días después. No se ha hablado mucho de esto, pero para ir con mayor comodidad, Mendoza alquiló un par de aviones privados con la mejor intención del mundo. Pero a uno de esos aviones se le estropeó el aire acondicionado.

Casi se mueren de calor. Tuvieron que dar la vuelta en pleno vuelo y volver a Madrid. Se arregló el avión y al final llegaron de madrugada. Al día siguiente jugamos, a las cinco de la tarde, también con un calor increíble. Todo eso nos afectó.

Al poco de empezar el partido, en un saque de banda, recibí el balón por detrás y no sé quién vino, pero me dio un rodillazo justo en la rabadilla, en la espalda, como el que le hicieron a Neymar, que casi le retiran del fútbol, y me destrozó.

Luego jugamos la final de Copa en Valencia, que yo no pude jugar porque arrastraba problemas en el recto, pero ganamos. Fue una pena; solo ganamos la Copa del Rey, pero esa fue una gran temporada.

Hombre, no convencía mucho ese juego.

Floro fue un entrenador adelantado a su tiempo. Nos puso un psicólogo, que entonces era una novedad; ni siquiera ahora está plenamente asentado. Cuidaba mucho la estrategia, que le había dado muy buen rendimiento en Albacete. Era un equipo que no era muy vistoso, pero estaba bien estructurado. Nos marcó esa derrota en Tenerife.

Prosinecki.

Tenía unas condiciones extraordinarias, lo que pasa es que no tuvo suerte con esas lesiones. Le operaron, me acuerdo de que tenía una cicatriz enorme en la pierna. Lo que pasó, al margen de eso, era que su estilo no se adaptaba mucho al del Madrid. Robert retenía mucho el balón. Si hacíamos una jugada, por ejemplo, en banda, le llegaba el balón y, en lugar de meter el centro, hacía un amago. A veces el equipo pedía otra cosa, más rapidez, soltar más rápido el balón. Quizá el problema fue que en el Estrella Roja comandaba las pausas del juego y todos jugaban para él, y en el Madrid es otra historia. Pero algo nos fuimos entendiendo con el tiempo y poco a poco estaba más acoplado.

Clemente te dejó de llamar para la selección.

Cuando cogió el equipo yo estaba en Marsella, hablé por teléfono con él alguna vez y contaba conmigo. Jugamos en Santander, ganamos 1-0 a Inglaterra. Me acuerdo de que tuve que ir en un avión privado. Pero luego coincidió que en mi regreso al Madrid me lesioné, me fracturé el quinto metatarsiano, y dejó de contar conmigo.

Con la llegada de Valdano y Cappa te adelantaron en el once Amavisca y Raúl.

Con Amavisca no contaban mucho, pero tenías que ver qué pretemporada hizo. Al final se quedó y jugó muchos minutos, fue titular. En mi caso, perdí la titularidad porque estaba Laudrup, luego apareció Raúl y yo fui el desplazado. Son cosas que ocurren. Pero jugábamos muy bien al fútbol ese año.

El 5-0 al Barcelona.

Estuve lesionado el año anterior, cuando ellos nos metieron un 5-0. Además, creo que se lesionó Alfonso, nos salió todo mal. Pero al año siguiente yo entré por Raúl en el 65 e hice la jugada, un autopase, metí el balón hacia atrás, la tocó Luis Enrique y fue el cuarto. Luego el quinto lo metió Amavisca y la verdad es que estábamos como para meter también el sexto. Un resultado así con el Barcelona es difícil que te salga, es cosa de una vez en la vida, pero fue muy satisfactorio porque el año pasado había habido mucho cachondeíto con la manita. Ese año también ganamos en casa un partido muy importante al Deportivo, un 2-1, que nos sirvió para ser campeones, aunque, al año siguiente, era yo el que estaba en el Dépor.

Fue curioso, el Real Madrid logró levantar el vuelo después de un inicio de la década lamentable, pero, cuando la cosa funcionaba, resultó que el club estaba en la ruina.

De hecho, durante esa temporada la prensa nos preguntaba si estábamos dispuestos a rebajarnos la ficha. Nunca en el Madrid había habido retrasos de pagos y ese año hubo.

Te ofrecieron un 25 % de tu ficha para seguir.

Mi representante entonces era Zoran Vekic. Le dije que estaba dispuesto a bajarme un 50 %, y él me contó, porque no tuve contacto con el club, que me iban a pagar por debajo de mi pretensión. Estaba dispuesto a cobrar la mitad y no me dieron opción, ni siquiera negociaron. Feo. Esos detalles, además, solo se hacen con la gente de la casa. Para los de fuera siempre hay dinero. Y no pasa solo en el Madrid, es en todos los clubes. De los jugadores de la casa intentan aprovecharse siempre. Así que me fui al Deportivo, entre otras cosas, porque estaba Toshack.

Llegaste al Deportivo diciendo que habías tenido mala suerte en el Madrid y el primer día te hiciste la triada.

Llevaba cinco días en el club. Fue un amistoso contra el Oporto. Se me cayó el alma a los pies. Nueve meses para volver a jugar. Pasé una noche… estaba en la habitación con Adolfo Aldana y le di una nochecita al pobre… estuvimos toda la noche hablando, yo con la rodilla metida en hielo. Al día siguiente me llevaron en coche de Oporto hasta A Coruña. Tumbado en la parte de atrás del coche, con la pierna estirada, cinco o seis horas de viaje, con los baches… le di muchas vueltas a la cabeza. Tenía veintinueve años y a ver cómo me quedaba de una operación tan grave. Luego en silla de ruedas. Fue mucha comedura de coco, un calvario hasta que volví a jugar.

La temporada siguiente Toshack apostaba mucho por mí, me metía siempre que podía en el equipo, pero tuve muchas lesiones musculares. Sobre todo, en el bíceps femoral. Fue horrible. Estaba un mes parado, salía, jugaba un partido, otro, y me volvía a lesionar. Era un sufrimiento, sobre todo, mental. Tampoco tuve opciones de continuar, no me ofrecieron la renovación. Me vine a Madrid sin equipo, se cerró el mercado y mi representante no me había buscado ningún club, no se portó nada bien conmigo. Durante la lesión no fue capaz ni de llamarme. Y me quedé en paro. Eso sí que fue una situación muy jodida. Me tuve que ir a entrenar con el Leganés, que estaba en segunda B, y curiosamente estaba allí Eto’o cedido por el Madrid, que tenía dieciséis años.

Acabaste en México.

Entonces me llamó Michel, que venía de estar en México con Butragueño, y me convenció para irme al Celaya. Jugué el torneo de clausura. Estuvo bien y recibí una oferta del Karlsruhe, que acababa de bajar a la segunda división alemana. Firmé solo un año, cuando podía haber firmado tres, pero no pensé en mí, no tuve egoísmo, y un año duré. Echaron al entrenador al poco tiempo de empezar la temporada, pusieron al que estaba de segundo, que solo había entrenado a nivel amateur, y lo primero que dijo es que no contaba conmigo.

Volví a Madrid, me puse a entrenar con el Getafe, que estaba también en segunda B. Intenté irme a jugar a Estados Unidos, pero no salió. Me llegaron ofertas del fútbol árabe, de Brasil y Argentina, pero estaba mi mujer embarazada y tomé la decisión de dejarlo. Por una parte, sentía necesidad de seguir jugando, pero, por otra, no me convencía.

¿Truncó tu carrera salir del Madrid en el 90?

No sé lo que hubiera pasado. Cuando echas la mirada atrás, con la cabeza fría, lo que ves es que la vida son circunstancias y las decisiones se toman en función de esas circunstancias. Las que yo tomé, en función de lo que había y de las personas que te encuentras por el camino, creo que fueron las correctas.

Dijo Paco Jémez en la entrevista que le hicimos que lo que recuerda de ti es que cuando le dabas al balón sonaba bonito, «era agradable hasta el sonido del chut».

Somos muy amigos. Eso que dice a mí me pasó con Maradona. En la temporada 83-84, antes de que Goikoetxea le partiera el tobillo, le vi dando toques en el Bernabéu calentando con Schuster, otro que tal, y me llamó muchísimo la atención. Cómo la tocaba, cómo salía el balón de sus pies, suave… Era impresionante.

¿Quiénes más te han sorprendido?

Van Basten era espectacular. Romario. Schuster. Laudrup, que era exquisito, cómo conducía el balón, qué visión tenía para ver al compañero desmarcado. Aunque valoramos más lo de fuera que lo de dentro, no creo que Míchel o Butragueño tuvieran nada que envidiar a nadie de su época. Fran, por ejemplo, también me llamó mucho la atención. Lo sufrí como rival, pero cuando le vi entrenar en el día a día, tenía un cambio de ritmo y una zurda espectaculares. Por su carácter, quizás no llegó a lo que pudo ser.

Estuvo a puntito de fichar por el Madrid.

Sí, lo sé, lo sé. Pero no lo hizo, y con la selección tampoco tuvo la implicación que yo creo que debería haber tenido.

Este año has tenido tu primera experiencia como entrenador profesional con el Extremadura en segunda B.

Ha sido una experiencia muy enriquecedora, aunque no haya ido acompañada de los resultados. Me encontré un equipo muy estresado. La categoría está muy igualada y perdí a jugadores titulares por lesiones y sanciones, sobre todo en defensa. Un entrenador siempre tiene que modificar sobre la marcha, pero yo no pude. Llevaba a los jugadores que tenía disponibles para ir convocados, no tenía ni para dejar a alguno fuera. Tenía ya hechas las listas por las circunstancias. Hice debutar a un chaval, que luego fue uno de los mejores, y hubo tramos en los que jugamos muy bien. Dominamos partidos en segunda B, que se juega un fútbol mucho más directo.

¿Cuál es tu filosofía?

Dominar al rival y tener el balón, supongo que como todos los entrenadores. Mi idea es tener preponderancia sobre tu rival, mandar. Aunque luego todo eso depende de lo que tengas.

Ahora, los veteranos de la Quinta hacéis vinos y jamones.

Lo de los jamones lo tuvimos que cerrar. Por algunas personas, que delegas y al final hay cosas que no salen bien. En el vino participamos Míchel, Butragueño, Sanchís y yo, pero también están Alfonso Pérez y Karanka. Antonio Martín del baloncesto y Pato Clavet, tenista. Elaboramos un vino, Casalobos se llama, en la denominación de origen Montes de Toledo, en un pueblo que se llama Picón. Yo la verdad es que no soy entendido, pero una comida o una cena sin vino no la contemplo.


Quique Sánchez Flores: «Los españoles generamos mucho más drama en torno al fútbol que los ingleses»

Con un inicio de carrera fulgurante como entrenador, ahora mismo Quique Sánchez Flores (Madrid, 1965) reconoce que se ha encontrado «estancado» en su último año en el Espanyol. Pero su legado merece ser abarcado desde que formara parte de un Valencia legendario en los ochenta a las órdenes de Víctor Espárrago, solo superado por el Madrid de Toshack, y sus dos años junto a Laudrup, Redondo, Raúl y compañía en el Bernabéu. Un testigo privilegiado, historia viva de la evolución de este deporte década tras década.

Eres hijo de Isidro Sánchez, futbolista del Real Madrid, Betis y Sabadell durante los sesenta, y de la cantante Carmen Flores, hermana de Lola Flores.

Era contracultural.

¿Contracultural?

Sí, porque estando mi padre en el Real Madrid se aconsejaba que los futbolistas no se casasen con artistas. Esa era la cultura del club, no mezclar una cosa con la otra. Fíjate ahora, es casi obligatorio [risas].

Lola Flores predijo que serías entrenador cuando eras un crío.

Eso fue en Madrid, hasta los cinco años viví en Barcelona. Cuando mis padres se separaron nos fuimos a vivir con mis abuelos, que eran de la generación que había vivido la Guerra Civil y la posguerra. Con sesenta o setenta años ya se merecían la tranquilidad y les invadimos su casa mi madre, mis dos hermanas, mi hermano, una señorita que nos ayudaba y yo. Mi madre tuvo que volver a trabajar, volver a cantar. Y nos educaron mis abuelos. Él tenía una actitud muy recia, muy rígida, todo era disciplina. Pero al menos eran los dos andaluces y en mi abuela encontrábamos el desahogo, ese respiro.

Yo, con doce o trece años jugaba a las chapas. Lo hice hasta bastante mayor, incluso seguí cuando mi hermano me abandonó y dejó de hacerlo porque creció. Vivíamos en una casa pequeña en la calle Povedilla en Madrid, y ponía el campo, las porterías artesanales y tal, en la entrada de casa. Un día estaba jugando y abrió la puerta mi madre, había venido mi tía Lola, y al pasar se encontró todo eso. Mi madre dijo: «Hay que ver este chiquillo dónde pone estas cosas del fútbol». Y Lola contestó saltando por encima: «¡Tú déjalo! ¡Tú déjalo! Porque cuando él hace todo esto es porque tiene algo en la cabeza». Se me quedó grabado.

¿Cómo era ese ambiente en el que te criaste rodeado de artistas, toreros…?

No podría explicarlo. Puedo decir que, por ejemplo, en diciembre del 94 fue la última Nochebuena de mi tía Lola. Ella murió en mayo del 95, igual que mi primo Antonio. Fue una Nochebuena como siempre, en la casa de La Moraleja, solo con los más cercanos, y luego iban apareciendo los famosos y los amigos, sobre todo amigos, porque todos eran amigos además de famosos. Invité al periodista Elías Israel, que vino con su novia, que ahora es su mujer. Cuando acabó, me dijo que lo que había vivido era lo más maravilloso que le había pasado en la vida. Y lo que él conoció no era lo que había sido en los buenos tiempos.

Eso era una locura. Mi amigo vivió una mezcla generacional, con Rocío Jurado, Marujita Díaz, Antonio Gades, la Paquera de Jerez… y con los amigos de mis primos. Todo eran palmas, guitarras, Joaquín Cortés bailando en dos metros cuadrados, rodeado de gente que estaba en las sillas, por el suelo, andabas dos pasos y estaba Alejandro Sanz haciéndose un punteo con la guitarra. Era maravilloso.

Cuando yo era pequeño era lo mismo, pero con Faico, Rocío Dúrcal, Picoco… Con la presencia de Alfredo Di Stefano, que era el único invitado al que recibía mi tía. Cuando la gente venía a casa, tiraban los abrigos en un sofá amontonados, que luego al salir, en muchos casos, muchos se llevaban abrigos de otros sin darse cuenta, se pasaban luego días intercambiándoselos de nuevo, pero cuando llegaba Alfredo, venía la chica y decía: «Doña Lola, Alfredo». Y mi tía iba a la puerta, le cogía el abrigo a Alfredo y se lo colgaba ella aparte. Alfredo venía siempre con su gorra y su bufanda, y Sara, su mujer, a la que llamaba «la Thatcher», que era maravillosa. Para mí ese era un momento brutal, eran dos genios que se admiraban el uno al otro. Iba siempre, desde pequeño, a ver cómo llegaba Alfredo, asistir al encuentro mágico entre dos genios.

Di Stefano fue tu padrino, ¿por qué?

Por amistad pura y dura en la plantilla del Madrid. El padrino de mi hermano era José Emilio Santamaría y su madrina Sara Di Stefano. Mi padrino fue Alfredo Di Stefano y mi madrina, Nora, la mujer de Santamaría. Y se portaron muy bien con nosotros siempre. Mi familia quedó desestructurada por el divorcio, que en aquella época era un drama. Una burla social. Si encima tu familia era conocida, ya no era solo el barrio, era más. Eso nos pasó. Pero mi madre lo hizo muy bien, volvió a trabajar. Y sigue, con ochenta y dos años, mira que le hemos dado oportunidades para que lo deje, pero sigue haciendo sus galitas, yéndose a Argentina…

Siempre sentimos que Alfredo, Sara, Santamaría y Nora estaban ahí. Fueron un apoyo brutal para mi madre, en todos los sentidos, económico, emocional y presencial. Yo me hice del Valencia desde muy pequeño porque Sara, cuando Di Stefano les entrenaba, no paraba de mandarnos bufandas, balones firmados por la plantilla, camisetas, y me entregué al club. Con Alfredo el contacto más cercano fue cuando luego terminó siendo mi entrenador en el mismo Valencia, que eso era como una atracción artística.

En una entrevista en 1987 dijiste que a tu tía Lola Flores el franquismo la benefició tanto como la perjudicó.

Mi tía era tan generosa y tan anárquica que no pertenecía a nadie ni a nada. La gente de la época la adoraba, quizá porque encarnaba muy bien valores de esa España, la pasión en el arte flamenco, que al final, si te sientes de aquí, sientes que te representa. Pero ella no pertenecía a nadie. Ni siquiera trabajó en ella misma, no inventó un personaje, era así. Creativa, impulsiva, natural y absolutamente generosa.

Y tu tío, el Pescaílla, uno de los padres de la rumba catalana

Él apartó su carrera para apoyar a su mujer, a Lola, pero los que le hemos visto sabemos que era la bomba. Asumió el eclipse de su figura y no le importó. Era un genio con la guitarra y cantaba diferente. Recuerdo en el 90 que me fui a Marbella con mi hermano y unos amigos y estaba en su casa mi tío Antonio con el Beni de Cádiz. Fueron como unos cincuenta minutos maravillosos de los que nunca me voy a olvidar, tocaban la guitarra y cantaban mientras iban contando cosas que les habían pasado en la vida, cuando empezaban sus carreras, que no tenían ni para comer. Esto lo puedo contar, pero es difícil entenderlo. Al verlo pensaba que algo así no se iba a repetir nunca en mi vida.

Tu primer ídolo, Iribar.

Tengo fotos con el Chopo que me hice cuando vino a jugar a Sabadell. Me parecía diferente. Ahora estoy más orgulloso de haber sido fan de Iribar que entonces, me parece que tiene una humildad brutal, y porque era un portero moderno, quizá por eso me atraía cuando tenía seis años. Era elegante, salía fino y, sobre todo, tenía la cualidad que más valoro de mis porteros y lo que les pido por favor siempre: que no exageren. Lo que más energía le quita a un rival es que tu portero no exagere al parar. Si estás bien colocado y la paras sin moverte, el rival se desespera. En los últimos años veo que para meterle un gol a Oblak o se la metes en los ángulos o no se la metes. Al Courtois del Atlético de Madrid le pasaba lo mismo. Neuer… con los mejores pasa eso. Lo difícil te lo puede hacer un portero mediocre, pero lo fácil no es tan fácil.

Empiezas a jugar en el Pegaso, con el 2, como tu padre, en su misma posición y con las mismas características, lateral ofensivo.

Estuve de los siete a los nueve años en el Madrid. Coincidí con Sanchís. Mi primo Antonio también jugaba con nosotros.

¿Han coincidido Manolo Sanchís y Antonio Flores en un once?

Seguro que sí, fueron cuatro años, habría que revisarlo, aunque Antonio venía cuando quería. Si se levantaba y decidía que tenía que jugar, jugaba. Pero lo hacía como un portento físico. Era un centrocampista muy fuerte, muy rápido. Con una capacidad para correr brutal. Puro nervio. Atrevido, valiente.

Lo que me pasó es que nos fuimos a vivir a Sevilla con mi padre y, cuando volví, los chicos del Madrid eran más grandes y jugaban mejor. A las dos semanas dije que no volvía. Entonces, Sara Di Stefano nos consiguió una prueba en el Pegaso. Debuté en tercera con dieciséis años.

¿Cómo era tercera en los ochenta?

Magnífica. Fue una de las mejores épocas de mi vida. Todavía estamos en contacto los jugadores, tengo un grupo de WhatsApp con los veteranos.

¿Había estopa?

Había mucho nivel. Ahora hay estopa, poco fútbol y mucha estopa. Antes eran más profesionales, el nivel tenía más que ver con la segunda y segunda B de ahora que con la tercera actual. Jugábamos contra el Getafe, el Leganés, Alcorcón, todos muy cuajados y algunos en primera actualmente. Veía a gente que era tan buena que preguntaba por qué estaban en esa categoría, y me decían: «No, es que tiene que alimentar a su familia, se ha tenido que quedar en casa y no pudo fichar por tal equipo. Este otro se fue a la mili y al volver era todo diferente. Al otro le gusta salir por las noches».

Había mucho jugador que podía haber sido un gran profesional, pero fundamentalmente por razones sociales no había podido. El filtro siempre era algo social. Era muy difícil debutar, tuvieron que poner un reglamento que obligaba a que de entrada en el once inicial tenía que haber dos menores de veintiún años que jugasen al menos veinte minutos. Te sacaban de entrada, pero tenías a los veteranos calentando en la banda desde el principio, y justo en el minuto 20 te cambiaban.

Eras del Valencia desde niño y fichaste por el Valencia.

Pude ir al Mallorca. Yo era internacional sub-18 y había jugado una Eurocopa en Inglaterra. Pero no lo vi. Habían firmado con Zubiría del Barcelona, con Izquierdo, del Rayo Vallecano, y creía que no me iban a poner. Mi madre me decía que era una oportunidad única, pero le contesté: «Las oportunidades no son únicas y los trenes no solo pasan una vez». Se lo dije con diecisiete años, era un joven viejo o un viejo joven [risas], pero estaba convencido de que merecía más la pena estar preparado para cuando viniese el tren acertado, y al año siguiente vino el Valencia. Un entrenador, Roberto Gil, que apostó por la gente joven y me puso de titular desde el principio.

En ese Valencia ochentero defendías junto a Arias, Tendillo y Voro.

Voro el primer año estaba en Tenerife cedido, se tuvo que ir allí porque le tocó de destino en la mili y encima se murió su madre. Cuando llegué todo el mundo me hablaba de él, que se había tenido que ir en unas circunstancias muy dolorosas, pero que volvería. A Arias y Tendillo los admiraba de antes, Tendillo era mi ídolo. Su edad engañaba, jugó un Mundial con dieciocho años y cuando fue al Madrid, que parecía el final de su carrera, era joven aún, tenía veintiséis años. Llevaba diez años en la élite. El equipo lo completaba luego gente como Castellanos o Saura, de los que aprendí mucho. Y Sempere, al que llamaban el Mudo, porque no se comunicaba con nadie, pero era un tipo muy profesional y le queríamos mucho.

¿Por qué bajó ese equipo a segunda?

El fútbol no perdona y hay muertes anunciadas. El equipo ya se había salvado antes de milagro en el último minuto ganando 1-0 en casa, con el gol de Tendillo que le quitó una liga al Real Madrid y se la dio al Athletic de Clemente. Se veía una falta de organización, de recursos… No creías que el equipo fuese a bajar, pero bajó. Como le pasó luego al Atlético de Madrid. Ese tipo de descensos son como las arenas movedizas de las películas de Tarzán, que te atrapan, te tiran para abajo y te van hundiendo poco a poco y no te terminas de creer tu destino hasta que pasa.

¿Qué recuerdas de aquellas ligas?

El fútbol de los ochenta tenía mucha menos organización que el actual. El método no había hecho aparición. Los entrenadores evolucionaban más por intuición que por método. El que marca la diferencia en esa época es Sacchi. Habla de un fútbol que no solo es jugar con el balón, también se plantea cómo y dónde recuperar el balón. Era diferente, te asfixiaba, no dejaba espacios, era un fútbol complejo y que sorprendía, que es lo que es la innovación. Con cualquiera que hablaras de la gente que había jugado contra ellos, del Madrid o del Barcelona, te decía lo mismo, que era imposible. Se sentían acosados, sufrían. Milla me dijo una vez que jugó contra ellos con el Barça y tuvo la sensación de que no pasaban del medio campo.

Al principio de la década hubo ligas muy competidas, con el Madrid entrenado por Di Stefano, Maradona luego en el Barça, los equipos vascos, tan luchadores…

Los equipos vascos me encantaban. Hacían algo que debe apreciarse en el fútbol actual, no se trata de tener muchas herramientas de juego si no las tienes. Ellos tenían pocas, pero las utilizaban muy bien. El Athletic y la Real eran enorme presión, mucho físico, mucho centro lateral en ataque y mucho remate dentro del área. Vivían de tres o cuatro recursos. Y un compromiso y un deseo que es lo que queremos todos siempre, hace cien años y ahora. Hicieron época, aunque luego sí es verdad que la llegada de Schuster, por ejemplo, fue como un rayo de luz, porque era excepcional.

Con Maradona me enfrenté en un amistoso antes del Mundial de Italia. Creo que nos ha dado tanto que hay que quererlo como es. No siento ninguna afinidad con el personaje, pero el futbolista nos ha hecho disfrutar tanto, nos dado cosas tan distintas, que lo adoro. Además, el año que estuvo en el Barcelona, mi tía y mi madre actuaron allí y él las invitó a su casa a una fiesta. Mi madre le dijo: «Esa foto que tienes ahí quiero que se la dediques a mis hijos Quique e Isidro». Y lo hizo. Creo que ha debido de ser siempre muy generoso. Cada vez que pienso en él siento cariño y amor.

Cuando tuve que marcarlo con España nos lo repartimos entre Sanchís y yo. Era un mediapunta que caía a la derecha o iba al medio. De hecho, tengo una foto que guardó mi madre en la que estamos Sanchís y yo enfrente de él esperando como «a ver qué pasa». Esa foto lo dice todo. Lo impresionante es que treinta años después sigamos discutiendo si es el mejor de la historia o no.

Maradona hizo algo que Messi no ha hecho, con jugadores que no eran sobresalientes consiguió el Mundial y la final de un Mundial. Messi eso no lo ha logrado, solo una final. Aunque en el día a día, temporada tras temporada, Messi ha hecho cosas que no estaban al alcance de Diego. Cuando veo que un entrenador se pone a hablar de cómo parar a Messi, desconfío. Messi ha desmontado ya tantos sistemas para parar a Messi que es imposible que ganes al Barça porque le has parado. Parar a Messi no depende de ti, depende de Messi. No hay mordazas para Messi, si no ya se habrían hecho. Y si uno la hubiese creado, todos la habríamos copiado.

¿Qué rivales te sorprendieron?

Ir al Bernabéu en los ochenta era difícil. Veías cómo tus propios entrenadores cambiaban cosas para ese partido, lo que no te generaba mucha confianza. La Quinta del Buitre tenía muchas soluciones, mucha alegría en su juego, y se nos daba mal. A Lineker lo admiro mucho, que ha sido capaz de ser un gran jugador y después un gran analista. Futre era dificilísimo, él y Stoichkov han sido los que más me ha costado frenar.

A Hristo le gustaba que Laudrup se la metiera en diagonal al espacio y tú tenías que improvisar todo, era un jugador incómodo. El contacto ya no le gustaba tanto, si recibía de espaldas ya no estaba a gusto. Futre lo que tenía era una arrancada brutal. Si corrías por correr, te ganaba siempre, tenías que empezar a correr antes que él y así podías tener alguna posibilidad.

Mágico González me parecía distinto a todo. Era un tío que improvisaba sobre la improvisación. Inventaba sobre lo que se estaba inventando. Normalmente, sabes lo que va a hacer un rival, y si inventa algo sabes más o menos lo que va a ser, porque nos conocemos, pero este chico era capaz de sacar cosas nuevas constantemente. Salía de rincones de donde era imposible salir, sobre todo con ese cuerpo y con ese espíritu, que solo le gustaba jugar, nada de entrenar ni obligaciones.

Te perdiste la Eurocopa del 88 y el Mundial de Italia 90 por lesiones.

Lo de la Eurocopa me dio pena porque me entrenaba Muñoz, que ya había entrenado a mi padre en los sesenta. Era un entrenador que no preparaba los partidos estratégicamente, ya lo había ganado todo, solo pedía los mejores jugadores. Por el contrario, Suárez, de alguna forma, tenía más conocimiento. Quiso compaginar lo de Muñoz con los jóvenes que veníamos de ganar la Eurocopa, Martín Vázquez, Pardeza… Luis Suárez nos maravillaba no solo por cómo nos lideraba, también se ponía a jugar con nosotros y era un tipo flaco, con cuarenta y pico años —hoy con esa edad eres joven, entonces no—, y tenía un fútbol de seda que nos encantaba.

Su problema es que para Italia hubiésemos necesitado más tiempo o más músculo o más experiencia, pero no haber estado entre esos dos modelos. No teníamos equipo suficiente para hacer cosas importantes. Así nos fue.

Pero si ves la plantilla y te caes para atrás, había mucha calidad. Bakero, Beguiristain, Míchel, Butragueño, el mejor Martín Vázquez que hubo jamás…

Sí, pero al mezclar tanto no hubo una sintonía. A veces ponía una alineación y le faltaba fútbol por fuera, si sacaba otra no se la quedaba arriba, hacía otro cambio y no tenía fluidez en el centro del campo. Dimos demasiadas vueltas sin encontrarnos. Yo me lesioné un mes y medio antes, pero Luis Suárez, como había jugado toda la fase de clasificación, me llevó y se lo agradecí mucho.

Sin embargo, el Mundial, desde una perspectiva personal, a mí me dejó dudas. Si hoy, tantos años después, pudiera haber elegido estar en esa competición, creo que no habría pasado nada por no estar. No me dejó grandes recuerdos ni grandes momentos, ni pistas para más adelante.

Y el «me lo merezco» de Míchel.

Míchel ha sido siempre un tipo muy juzgado. Ha tenido que soportar mucha presión siempre. Lo que hizo entonces era una novedad, pero ahora es completamente normal.

Nos echó Yugoslavia.

Con Bélgica ya tuvimos la sensación de que fue muy duro, mucho desgaste. Nunca llegamos a crear esa atmósfera positiva que te va dando el ganar partidos. Con Yugoslavia hubo un jugador que marcó la diferencia: Dragan Stojkovic. Habíamos jugado un amistoso contra ellos en Vigo, antes de ir a Italia, y les ganamos, pero luego hablamos de que jugaban mucho mejor. Cuando nos volvieron a coger, nos demostraron que eran mejores.

Pero ellos estaban más deprimidos que vosotros, venían de jugar un amistoso en casa, en el Maksimir, donde el público, croata, había animado al rival, Holanda, y pitado el himno yugoslavo. Al seleccionador le acusaban de alcohólico…

No había nadie que mirase cómo venía un rival. Esas cosas no se hacían. Ahora todo es distinto con la selección. España ha logrado unos jugadores en los últimos diez años de un nivel como nunca ha tenido. Aunque también hay que tener en cuenta que las rondas de clasificación, e incluso las primeras fases de los campeonatos, han perdido competitividad. A nosotros nos dejó Francia sin ir a la Eurocopa del 92.

El Valencia de Víctor Espárrago quedó segundo en la liga tras el Madrid del récord de goles de Toshack.

Su método era muy simple, pero te llamaba la atención porque él lo veía todo. En los partidos se daba cuenta de todo lo que pasaba en el campo. Te llegaba y te decía: «Quique, en la jugada en la que nos tiraron al poste, estaba usted en la parte derecha y debía cerrar cinco metros más». ¡Todo esto sin vídeos! Cuando Espárrago nos resumía el partido ibas tembloroso a ver qué te caía, que ya lo anticipabas, porque si te habías distraído lo sabías. Pero te hacía estar siempre atento. Ese Valencia no llegó a la Champions porque había reglas diferentes, y es una pena porque jugaba muy bien al fútbol.

Luego llegó Penev.

Era un adelantado, aparte de un físico brutal y una velocidad extraordinaria, era un tipo que llegaba una hora antes que todos al vestuario. Era un tipo frío, pero aprendió muy rápido el español. Iba siempre con su diccionario. Salía por la calle e intentaba hablar con la gente ayudándose con su diccionario. Buscaba aprender el idioma y lo logró. Su adaptación fue extraordinaria. Y encajó en el once a la perfección, un nueve que se la quedaba, que recibía de espaldas, que te quería regatear y se iba, que chutaba bien. Extraordinario. Se lució Arturo Tuzón, que es el que lo trajo.

Tenía fama de salir de noche y gustarle las chicas, qué problema ¿no? Si eres joven, alto y guapo… Todo lo que vemos ahora que hace Cristiano, ya lo hacía Penev. Llegaba una hora antes, se metía en el gimnasio, de ahí se iba al entrenamiento y lo acababa el último.

Quizá fuera porque su tío era el entrenador del CSKA de Sofía, donde empezó y, con lo que es Bulgaria, se sentiría obligado a demostrar el doble.

Eso ayuda, ¡me pasó a mí con Di Stefano! Llevaba tres años en el Valencia y llegó Di Stefano, que es mi padrino, de entrenador. Me sentí apretadísimo, aunque esa temporada, que fue la de segunda, metí nueve goles siendo defensa. Me propuse que nadie pensase que yo estaba ahí por mi padrino y al final jugué mejor.

Una pena el accidente que se llevó a Rommel Fernández.

Jugó poco con nosotros. Cuando se fue al Albacete fui alguna vez a visitarlo. Era una persona extraordinaria, no le salieron las cosas en Valencia, pero era bueno y excelente persona. Cuando recibí la noticia me hizo meditar. Volver a la realidad y pensar un poco en la existencia. Reflexioné sobre por qué estamos aquí, que somos muy frágiles, que en cualquier momento puedes dejar de existir. Me repensé todo mucho… mis prioridades.

Hiddink.

Un tipo fantástico. Lidió con mi peor versión, tuve un proceso asmático contra el Mallorca que se me reprodujo contra el Burgos y estuve parado. Me perdí muchos partidos esos tres años, pero en cuanto me recuperaba, me volvía a poner. Los entrenadores me dieron mucha libertad siempre, quizá porque entendieron que de medio campo para arriba les era muy útil.

Se negó a jugar un partido si no quitaban una esvástica de la grada.

Fue en casa. Dijo: «Si no quitan esto, no jugaremos». Estaba muy sensibilizado con todo. Era muy alegre, no le gustaban los conflictos, y lógicamente la esvástica significa conflicto, provocación. Ese era él. Tenía mucha paz interior. Se iba con los periodistas a invitarlos a paellas. Venía al entrenamiento en moto. Era un tío diferente. Me lo encontré en Inglaterra y me di cuenta de que yo había pasado de los veintitantos a los cincuenta y él seguía igual. Ha envejecido muy bien [risas].

Llegó un niño que se llamaba Mendieta.

Solo estuve un año con él. Lo conocí de crío. Era muy atleta, era más atleta que futbolista, de hecho. Le gastábamos muchas bromas en pretemporada. A veces pasaba miedo. Una vez en Holanda apagamos todas las luces de su habitación y entramos tres o cuatro encapuchados a llevárnoslo. Estaba el tío contra la pared, blanco [risas]. Es un tío excepcional. Llegó para dar kilómetros y desgaste físico en el medio campo, acabó convirtiéndose en el eje del equipo, la referencia del juego. Cada balón pasaba por él o por Farinós. Incluso decidía en los penaltis. Los tiraba mirando al portero para que se tirase antes. Resistía hasta el último instante y chutaba. Era increíble.

Y Pedja Mijatovic.

El día que debutó le metió dos goles al Oviedo, recuerdo que Fernando y yo nos miramos y nos dijimos: «Sí, así es más fácil». Nadie sabía quién era Pedja, cayó en el equipo y no sabíamos nada de él, no había ni Google ni YouTube. Pero descubrimos rápidamente, en los entrenamientos, que pensaba más rápido que los demás. Aunque a veces te pasa que hay gente que se sale entrenando y luego a la hora de la verdad no está, pero este no fue el caso. Una vez ya me pasó con un entrenador de los ochenta, no voy a dar su nombre, que criticó a un compañero que en los entrenamientos se iba de todos, pero en los partidos de nadie: «Mire, usted se tira pedos pero nunca caga», le dijo [risas].

Pedja vino con las ideas muy claras: quería triunfar. También aprendió español muy rápido, la gente le quiso mucho. Antes de él había mucha sintonía entre el Madrid y el Valencia y eso se perdió con el caso Pedja, creó una fractura difícil de cerrar. Era un jugador que estaba siendo muy importante y se rompió un contrato para llevarlo a Madrid. La gente no olvida.

Estuviste en el partido en el que el Deportivo de la Coruña perdió la liga, ¿cuánto os pagó el Barça?

Creo que estimular el esfuerzo está bien. Lo hacen los propios clubes con sus jugadores, es una hipocresía importante censurar que lo hagan con otro equipo. Ahora, con el paso del tiempo, casi hubiese preferido que hubiera ganado el Deportivo porque se lo merecían. Nosotros fuimos a competir y éramos muy buenos, no nos podemos sentir culpables por competir ni porque nos estimularan la competencia. Tuvieron la gloria en ese penalti, pero en el fútbol la línea que separa la gloria de lo otro es tan delgada…

González, el que paró el penalti, ¿qué decía?

Estaba radiante. Igual que todos. Hizo lo que tenía que hacer. Hubo una serie de decisiones que propiciaron ese destino. Donato, el que metía los penaltis, había salido del campo. Bebeto no quiso tirarlo. Entonces le tocó a Djukic y… Al final las decisiones son muy importantes. El único detalle que recuerdo es que el público cantó un gol del Sevilla y, como no cantaban los del Barcelona, nos pensábamos que iban ganando en el Camp Nou. Hubo una falta a nuestro favor, que yo me tomé tiempo para sacarla, pero Bebeto vino corriendo desesperado a darme el balón y le dije: «Pero tranquilo, que va el Barcelona perdiendo». Comentarios que se hacen dentro de un partido. Y me contestó [pone acento brasileño]: «No, no, no, va ganando».

Si ganabais vosotros y el Barcelona no, ¿os daban el regalo igualmente?

No he hablado de regalos [risas]. El estímulo era siempre y cuando el Barcelona quedara campeón. No recuerdo mucho más.

Fichas por el Real Madrid.

He sido toda la vida del Valencia, aunque cuando juegas como profesional todas esas cosas varían mucho. Ves el fútbol de otra manera. Pero mi padre me había explicado lo que era el Real Madrid: el santo grial del fútbol mundial. Entonces, ser elegido para ir al Madrid, más allá del momento que atravesara el club, fue un privilegio. Lo que agradezco es que me pasara con veintinueve años, porque me lo tomé con mucha serenidad. Es mucho más de lo que puedes percibir cuando estás dentro.

Mi primer año fue excelente. Había buenos jugadores que habían ganado muchos títulos —Sanchís, Hierro, Butragueño, Martín Vázquez—, pero llegamos Laudrup, Redondo, Amavisca y yo que, de alguna forma, teníamos muchas ganas de que todo fuera diferente al año anterior. Estaba Jorge Valdano y la figura de Redondo gobernando, porque fue así, él fue el que mandó para que se ganase esa liga, al menos para mí. Dominaba dentro del campo, fuera no tenía intención de mandar en nada, pero sobre el césped era el macho alfa, todo pasaba por él y todos se la dábamos a él. El liderazgo dentro del vestuario no le interesaba, si lo tuvo después, se lo daría el tiempo. Tenía un imán, hacía que todos los balones llegasen a él. Es algo que en el fútbol pasa tanto en las pachangas con los amigos como al más alto nivel. Si no lo haces bien, no confían en ti y no te la pasa nadie. Y al revés. Es tan sencillo como eso.

Hierro era un tipo muy serio, siempre estaba pendiente de que todo estuviese en orden. Sanchís al revés. Llevaba compartiendo habitación con él desde que éramos sub-18 y lo que hacía por la mañana cuando se levantaba era leerse el ABC enterito, no tocaba ni el Marca ni el As. Le importaban otras cosas, en el campo sabía perfectamente lo que tenía que hacer y no tenía que preocuparse de nada más. Zamorano era pura vida, felicidad, compromiso, lo mismo que veías en el campo.

También estaba la espontaneidad de Raúl, que debutó. Luis Enrique, que se puso de interior cuando se lesionó Míchel. Muchas cosas que fue arreglando Jorge Valdano sobre la marcha. Teníamos a Redondo y Laudrup en el centro, con pausa, pero con dos jugadores como Luis Enrique y Amavisca en las bandas que eran pura velocidad y pura carrera, si a eso le sumas Zamorano y Raúl, una pareja que era la culminación perfecta… Teníamos siempre la pelota y cuando no la teníamos achicábamos como nadie. Cappa nos decía que cuando el rival tirase el balón a nuestra espalda, echásemos dos pasos para adelante, lo que era una sorpresa para los rivales, que de repente el Madrid achicara como el Milan de Sacchi. Lo ensayamos mucho y, como teníamos la mayor parte de la posesión, durante la poca que tenía el rival se encontraba con esto. No era nada fácil ganarnos.

Os dejó fuera de Europa el Odense.

Eso sí, fue complicado. Pero ese año nadie nos pudo contrarrestar. Cosa que sí hicieron la temporada siguiente.

¿Quién mandaba más en la dupla Cappa-Valdano?

Creo que era un binomio extraordinario y complementario. Se reían mucho, en las cenas y las comidas en las concentraciones lo pasábamos muy bien, Cappa era muy inteligente, muy gracioso y muy punzante. Tenían bien repartidas las tareas. Cappa dirigía defensivamente y organizaba la salida del balón y Jorge estaba siempre muy pendiente del asunto ofensivo. Yo, por primera vez, disputé una liga sin saber nada de los rivales, que creo que es una experiencia que se nos ha olvidado casi a todos.

El 5-0 al Barcelona fue histórico.

No había un ánimo de revancha. Queríamos ganar el partido, pero durante el encuentro se fueron abriendo las diferencias. Empezamos a notar que podíamos hacer mucho daño y sobre la marcha nos dimos cuenta de que podíamos darle la vuelta a lo que había pasado el año anterior, aunque yo no había estado.

¿A veces pasa en el fútbol lo de cortarse para no golear demasiado a un rival por pudor?

Antiguamente no. Cuando estuve en el Watford, en una merienda, el lateral Nyom, que venía del Granada, me dijo: «Míster, aquí la gran diferencia es que si no estás bien, al cien por cien, se lo tienes que decir al entrenador, porque aquí no paran de correr y si flojeas te dejan en ridículo, no es como en España, que si juegas contra el Madrid y luego tienen partido de Champions, ya les oyes entre ellos que dicen “tranquilos, tranquilos” y paran». En mi época, el ánimo de acabar con un rival era superior a cualquier cosa. Ahora hay muchos más factores en cada partido, muchos se preparan pensando en el siguiente.

Vaya viaje te metió Stoichkov en ese partido.

No lo viví muy amargamente. Noté muchísimo dolor y me di cuenta de que se había equivocado, fue una plancha abajo. Supe que lo iban a expulsar inmediatamente. Pero mi historia con él venía de largo ya. Como él era un revolucionario en todo, pues yo también lo era con él. Yo dejaba que se expresara como era, lo que propiciaba que se extralimitara, que cometiera errores. Le tenía medido psicológicamente y él a mí. Nos buscábamos flaquezas el uno al otro. Tampoco le hacía gracia que yo fuera ofensivo.

Mi problema con él era cuando tiraba diagonales, pero si recibía de espaldas era mi momento. Eran duelos divertidos. Cuando me dio el golpe este, me preguntó Valdano en el descanso si estaba para seguir y le dije que yo no me perdía eso ni loco. Su expulsión, además, nos vino muy bien porque nos hizo el segundo tiempo muy cómodo.

Son cosas que pasan. Yo tuve quince años de profesional y también algún día no me controlé. Una vez con el Valencia recuerdo que fuimos al campo del Rayo, partido a las doce de la mañana, un frío que pelaba; el extremo de ellos, Andrés Lucero, me dio tres patadas espectaculares en los primeros minutos y en una de ellas me revolví, le di y me echaron a la media hora. Normalmente te controlas, pero mira también Zidane en la final de la Copa del Mundo. Siempre puede llegar un día en el que no te contienes.

¿Hubo mucha fiesta después?

Pues mira, lo que recuerdo perfectamente es que a las doce y algo estaba en mi casa, solo, sentado en la cocina, hablando por teléfono con José Ramón de la Morena.

La consecución de esa liga fue un momento agridulce para ti, Buyo te abrazó de forma conmovedora cuando se logró el gol que daba el título.

Había muerto mi tía Lola y poco después mi primo Antonio. Los jugadores del Madrid lo entendieron perfectamente. Recién fallecida mi tía jugué contra el Barcelona, habían sido días de funerales, entierros. Yo dije que necesitaba jugar. Pero hubiera cambiado sin dudarlo esa liga por que mi tía hubiese vivido unos años más y mi primo hubiese seguido vivo, joven y sano. No me compensó. Fue muy triste. Tuve el calor de los compañeros y de la afición, pero al final…

Teníais pasión por el PC Fútbol.

Laudrup, Míchel, Luis Enrique y yo estábamos enganchadísimos, siempre que podíamos jugábamos. Yo era muy pesado porque de los cuatro el único que quería ver el visionado del partido era yo [risas]. Estábamos horas y horas jugando a eso y curiosamente los cuatro hemos sido luego entrenadores. También jugaba al primer FIFA, una vez en mi casa Luis Enrique se cayó para atrás, se dio con una mesa de cristal y se cortó. Nos llevamos un susto importante.

El Periódico de Catalunya publicó que os peleasteis, Luis Enrique y tú, porque, según él, le dijiste a Valdano que pensaba irse al Barça.

Si él llegó a pensar eso me parece una historia increíble. Cuando los jugadores dejan de jugar o no se encuentran bien, aparecen demasiados fantasmas en nuestras cabezas. Siempre buscamos razones a esa situación y nos solemos pasar de frenada dándole vueltas. En una situación así te puede pasar cualquier cosa por la cabeza. Yo pensaba que con el paso del tiempo mi relación con él sería normal, nos saludamos en la Copa de Cataluña sin problemas, con toda normalidad, pero luego decidieron que no habría fotos juntos antes de los partidos. Pensar que los personajes son más importantes que los clubes es una equivocación, si los clubes dicen que tiene que haber una foto debería haberla. No somos tan importantes.

No se pudo mejorar el proyecto en el segundo año de Valdano.

No hubo dinero, vino Rincón, al que recordamos más por lo gracioso que era y la alegría que metió en el vestuario que por lo que nos dio. No acabó de romper. Ese año fue muy complicado, empezó raro, perdiendo la Supercopa. Todo lo que hacíamos bien que he comentado, al año siguiente nos lo pillaban todos. No éramos tan rápidos, dejábamos tiempo para pensar y se quedaban solos delante de Buyo a menudo. Fue una repetición constante del mismo partido.

El fútbol moderno llegó en forma de meneo del Ajax en casa.

Sí, porque la Juventus, que fue la que nos eliminó, era un equipo parecido al nuestro. No tenían un estilo definido, era muy italianos, pero el despertar de la realidad fue el Ajax. En el túnel de vestuarios, cuando salíamos, ya los vimos y nos quedamos alucinados con su físico. Veías a Kluivert y a Finidi, con esas piernas tan largas de ébano, que parecían figuras, nos quedamos… ostras, esto es otra cosa. Luego en el campo nos dimos cuenta de que éramos el Real Madrid, pero no la tocábamos. Llegábamos siempre un segundo tarde a todo, nos sacaban constantemente de nuestros lugares de seguridad para generar profundidad. Sacchi estaba por ahí, vio los entrenamientos de ambos y dijo: «Mañana gana el Ajax». Y vaya si ganó. Luego entre nosotros hablamos de que lo habíamos pasado mal. Mal, mal.

Igual le vino bien al Madrid, ¿no?, que fichó a Roberto Carlos, Seedorf, etcétera, ese mismo verano.

Fue una bofetada, sí, un despertar.

Te retiraste en el Zaragoza.

Me lesioné en el segundo partido, en Sevilla. Una entrada me activó una lesión crónica del tobillo y ya nunca me recuperé. Cuando vi los entrenamientos, llamé a Pedro Cortés, presidente del Valencia entonces, y le dije que había dos jóvenes muy buenos. Uno, Morientes, que acabó en el Madrid. Y otro, Dani, que llegó al Barcelona. No me hizo ni caso, no compró a ninguno [risas]. Después de esa lesión, sentí que corría menos, saltaba menos, no me vi con fuerza y, tras trece años, decidí que era el momento de dejarlo.

Fuiste periodista.

Lo quería desde mi juventud. En mi adolescencia, jugaba bien al fútbol, pero dormía todos los días con la radio en la almohada. Me interesaban todos los deportes, me gustaba explicarlos. Cuando luego estuve en la Cadena Ser, en Onda Cero, en la COPE, Valdano me decía que se notaba que me gustaba, pero que el gusano me iba a pedir otra cosa. Y era verdad. Ya tenía hechos cursos de entrenador desde antes del Mundial de Italia. Pero ser analista de fútbol es muy difícil. Alguna vez, cuando escribía para Marca, tenía que trampear, escribir antes de los partidos lo que veía que iba a pasar, y luego decoraba el texto con el resultado. Había que ir así, después del partido solo tenías treinta minutos para enviar el artículo [risas].

Benito Floro te dio clase de entrenador.

Es un tipo interesante. Iba por delante de muchos en ganas y entusiasmo. Tenía sus vídeos, su modo de enseñanza muy estricto, muy serio. Generaba respeto. Aprendí cosas. Nos daba táctica.

En cuanto me saqué el carné, en el División de Honor del Real Madrid mostraron interés, les gustaba lo que opinaba en medios, cómo analizaba, y me ficharon. Pude ir al Ciudad de Murcia, pero preferí empezar desde abajo. Tuve a Rubén de la Red, a Borja Valero, a Kiko Casilla en la portería. Tébar de central, que tuvo una lesión y no lo pude explotar, pero era buen jugador. A Granero y Javi García los subí. A Balboa también lo tuve y años después me lo llevé a Lisboa.

Fue una experiencia muy buena, cogí dos libros, una carpeta de ejercicios de la escuela de fútbol ofensivo del Ajax y otra de fútbol defensivo de Sacchi con la selección de Italia, y con esas herramientas me encerré en un piso en Madrid y empecé a desarrollar el método. Ahora tengo una metodología de 1437 elementos.

Empecé en una época en la que estaba de moda Benítez, si no sabías dibujar una línea defensiva o un 4-4-2, no estabas en la onda, y luego se puso de moda Guardiola, con sus espacios y sus superioridades, la posesión, etcétera. Ahora hay una mezcla de todo un poco rara.

Tu debut como entrenador en primera fue con el Getafe.

Uno de los años más divertidos que tuve. Recuerdo en la pretemporada en Segovia que programé carreras largas los primeros días, y me dijo el doctor que Craioveanu mejor si no se ponía las zapatillas de correr. Y le tuve que decir: «No, no, que se ponga las zapatillas y a correr» [risas]. Era un veterano de treinta y cuatro años que quería unos días antes de ponerse a correr y acoplarse. Ahora, en cuanto se comprometió con el equipo, fue clave. Le ganamos al Sevilla de Juande, al Madrid de los galácticos, con Zidane. Al principio empezamos mal, tres derrotas, creo recordar, y Ángel Torres bajó al vestuario y dijo a todos delante de mí: «Hacedlo como queráis, pero Quique va a ser entrenador todo el año y, si bajamos, lo tendrá que subir él». Sabía lo que quería y cómo hacerlo.

Ángel Torres te ofrece la renovación, lloras y te vas al Valencia.

Sí, porque fue un año divertido. Vi que la plantilla merecía la pena, tenía un recorrido. Luego con Laudrup y con Schuster les fue muy bien, llegaron a la UEFA, compitieron en cuartos contra el Bayern de Múnich, que les echó, pero no pudo ganarles ninguno de los dos partidos.

En Valencia: Albelda, Ayala, Villa, Aimar…

Era un equipazo, un auténtico equipazo. Estuvimos siempre muy estables, a dos puntos por partido íbamos, pero el presidente permitió que se creara una distancia entre Carboni, el director deportivo, y yo que fue visible por todo el mundo. Ahora, con distancia, creo que a ninguno de los dos nos convino lo que pasó, pero pienso que se eligieron mal los cargos. El cisma afectó tanto en la grada que no importaron ni los resultados, que eran buenos.

Venías de ser su entrenador y él se convirtió en tu jefe.

Y venía de no jugar. Me traía jugadores que… No sé si lo que faltaba era experiencia, y por parte de los dos. Porque yo siempre he querido tener referencias personales de los jugadores, porque al final creas un grupo humano, no es solo un equipo de fútbol, tiene que haber convivencia, las mismas ambiciones y deseos. Y, sobre todo, la misma manera de sentir la profesión. Por eso, jugadores con un nombre más importante que su categoría como persona… a mí no.

Una vez Carboni no pudo entrar al vestuario y se puso a gritar diciendo que se lo impedían tus «cuatro banderilleros».

No me acuerdo, pero pudo ser. Eso te da la idea de hasta qué punto se degradó la situación y el error que cometió la presidencia permitiéndolo.

Tuviste una buena tangana contra el Inter.

Me estaba metiendo en el túnel de vestuarios, empecé a oír ruido, salí, y vi una catástrofe. No sabía que lo que estaba pasando, era un barullo, pero vi que solo podía perjudicarnos. Empecé a buscar gente para frenar ímpetus, y la imagen que tengo grabada es, en la parte derecha del campo, estar yo con una mano en el pecho de Ibrahimovic y otra en el de Cruz, que eran los dos de 1,95 m. Estaba yo con todas las venas del cuello hinchadas, de tres centímetros de grosor cada una, gritándoles: «¡Tranquilos!».

Aquello fue una guerra que parecía que no iba a tener final en la vida. Siguió en los vestuarios, fue tremendo. Perdimos un par de jugadores, pero pasado el tiempo empezamos a reírnos de lo que pasó. Hasta el punto de que nos poníamos los vídeos en el autobús del equipo porque eran delirantes. En plena pelea, se ve a Pepito, uno de los masajistas, con la bolsa sanitaria, uno del Inter que iba persiguiendo a otro le pasa al lado y sin que lo roce se tira al suelo con gestos de sufrimiento. Era un descojono…

Joaquín fue el fichaje más caro de la historia del Valencia.

Había otras opciones, no recuerdo cuáles. Cuando vino nos pareció bien porque sabíamos que era muy bueno, pero pensábamos que en el Betis le había faltado regularidad. Luego fue un jugador divertidísimo, en los viajes en avión siempre cogía el micrófono y se ponía a contar chistes, le daba igual que estuviera el presidente.

Te destituyeron.

Pude haberme ido antes, lo pensé, pero no lo hice. La toma de decisiones es muy importante en un entrenador. Yo me siento muy identificado con Fernando Alonso. Todos los colegas reconocen que es un buen piloto, a mí me pasa lo mismo, me dicen que soy bueno. El motor de Alonso no es suficiente, y a mí me pasa igual. Watford no lo es, el Espanyol tampoco. Me siento corto de motor. Luego siento pasión por mi trabajo, pero eso no es suficiente si no tengo las herramientas.

Proyectos incumplidos tengo un montón. El Espanyol me hizo un proyecto perfecto, once jugadores nuevos, pero luego, cuando hablamos de Banega, Albiol, Valero, Mariano y Darder, al final solo vino Darder. Y me dijeron: «Es que ya no tenemos dinero». Pues… así te quedas estancado.

Por eso empatizo con Alonso, porque ha tomado malas decisiones y yo también, creo que desde que me fui del Atlético de Madrid a Emiratos Árabes tomé malas decisiones. Me precipité, me fui a Emiratos, a un proyecto de ocho meses y me quedé tres años. Luego con el Watford volví al mercado, pero me fui al Espanyol a un proyecto que se estancó en un año. Volví a decidir mal.

Después del Valencia pasas al Benfica, el club con más socios del mundo.

Fuimos primeros medio año, pero el Oporto, que tenía mejor plantilla, se terminó imponiendo. Allí dentro te das cuenta de lo grande que es el Benfica. Es un club grande, poderoso y bonito. Me llevé a Reyes y a Aimar. José Antonio Reyes vive el fútbol de forma diferente, para él la bola es una prolongación de su cuerpo. Si hubiera querido, habría sido el mejor de lo mejor. Su carácter le lleva a no exigirse siempre y en esta profesión eso es indispensable. Pero no es un mal profesional, no ha hecho daño a nadie, solo a sí mismo.

Y en el Atlético de Madrid ganas la Europa League.

Llegué y había protestas en la calle. No sé ni por qué fui, si lo llego a pensar en frío no hubiera ido. La situación era escandalosamente difícil. Encima, yo era alguien que había jugado en el Madrid y se me relaciona muchísimo con el Madrid. Ir yo a arreglar la situación era una locura. Al principio perdimos casi todo, pero había equipo. Por eso fui. Decidí ser valiente solo porque vi que había equipo. Pero al principio estaban muy deprimidos, no llegaban a dar dos pases. Me llamaba Cerezo y hablábamos hasta las dos de la mañana. Empezamos así, pero luego jugamos tres finales.

¿En esa victoria de Europa League empieza el germen del nuevo Atlético?

Eran cuarenta y ocho años sin ganar en Europa y catorce sin ganar ningún título. Creo que la afición necesitaba más ganar un título que clasificarse para la Champions. No elegimos, queríamos progresar en las dos competiciones, pero salió así. Y en la Europa League fue complicado todo: Galatasaray, Valencia, Liverpool… Eso fue la final, luego el Fulham fue lo de menos.

¿Qué pasó con Forlán?

Estuvimos bien, pero llegó un momento en el que vi que Diego Costa tenía una implicación muy grande y pensé que su energía nos iba a dar cosas diferentes. Me volqué más por el menos conocido, por el menos famoso, porque pensé que podía ser mejor para el Atlético. Dicho esto, creo que Forlán, junto con Villa, ha sido el mejor rematador que he tenido nunca y posiblemente lo sean ambos del fútbol mundial. Pero bueno, los jugadores quieren jugar. Ahora, pasado el tiempo, si volviera atrás no sé cuál hubiera sido mi decisión final, pero el proceso lo habría hecho de forma diferente.

Ese año el único partido que perdió en liga el Barça de Guardiola fue contra tu Atlético.

Recuerdo perfectamente ese partido. Me quedó la sensación de que para ganarlos había que quitarles mucho y tú hacer un gran partido con la pelota. Lo ganamos haciendo ataques inteligentes y rápidos. Los tres o cuatro detalles fundamentales de ese partido los hicimos muy bien. Ese Barcelona no perdía la pelota casi nunca, pero, si lo hacía, la recuperaba en cinco segundos. No pasabas del medio campo.

Cuando jugamos en Barcelona, Guardiola me invitó a su despacho para charlar. Fue muy interesante. Me dijo: «¿Sabes qué vídeo les ponemos esta semana a los chavales de la cantera?». Y le contesté: «Sí, te lo voy a adivinar, la carrera de Agüero y Messi». Hubo un contraataque de Agüero en el que Messi le siguió hasta el final y le quitó la bola. Una carrera defensiva. Y siguió Guardiola: «Eso es lo que queremos transmitir, cómo juega Messi lo sabe todo el mundo, pero que se meta esta carrera defensiva, ¡estos son nuestros valores!».

Te llamó Cannavaro y te fuiste a Emiratos Árabes Unidos a entrenar.

No quería esperar para entrenar. Pensé que no habría ningún problema para volver, pero estando allí, al mes, me llamó Monchi para ir al Sevilla. No pude ir por la cláusula.

Te enfrentaste a un equipo entrenado por Maradona, al menos.

Y me dieron un puñetazo. Fue una semifinal de copa. Ganamos 1-0 y, saludando a los árbitros, me di cuenta de que me habían dado una hostia por detrás que pensé que era una cámara. Me di la vuelta y vi que era el portero, se le fue la pinza. Era el mejor portero de Emiratos Árabes, pero parece que Maradona le dijo en el descanso que yo protestaba a los árbitros porque se adelantaba demasiado el balón para sacar y ganaba muchos metros, y era verdad. Maradona le comió la bola al portero y mira lo que pasó. Pero la liga le obligó a ir al hotel a pedirme perdón con cámaras delante, y al año siguiente… lo fichamos [risas]. Es un encanto de tío.

Vuelves al Getafe, pero no estás más de un mes, te vas, dices, para dignificar la profesión de entrenador.

Fui a ayudar, se hizo bien. Se enderezó la situación que llevaban, pero luego no es que no pudiesen fichar, es que me vendían lo que tenía. Nada más tener al equipo estabilizado, vendieron a Sammir, el brasileño. Así no.

Entonces Mourinho te recomendó ir a Inglaterra, fuiste al Watford.

Mourinho me dijo que Inglaterra era el paraíso por la forma que había allí de vivir la profesión. Por la forma de vivir el fútbol, por el respeto, el ambiente festivo que le dan a cada partido, lo entienden todo de forma diferente. Los españoles generamos mucho más drama, estrés y nerviosismo en torno al fútbol que los ingleses, y eso que nos gusta mucho. Allí van a ver un espectáculo, van a ver cómo compiten los equipos. Valoran detalles del partido importantes, como un cambio de juego de cuarenta metros, cuando se hace escuchas a la grada «Oooh». Luego detestan el juego horizontal, les gusta que juegues al fútbol, porque eso se ha introducido hace unos años, pero, ojo, siempre y cuando avances. Les encanta que se corra de lado a lado, box to box, las segundas jugadas… Son culturas totalmente diferentes. Allí ves un partido de sub-18 y está todo el mundo callado, viendo a los chavales. Vete en España a lo mismo, verás.

O a uno de benjamines.

Y eso es lo que enseñamos.

El presidente del Watford es Elton John.

A mí musicalmente me ha encantado siempre. Un día en el club me dijeron que me iba a llamar. Iba a ser desde un número desconocido, una historia. Yo, después de ganar al Stoke City 0-2, me fui a pasear con mis hijos por Londres y fuimos todos juntos a cortarnos el pelo, cosas que hacen las familias. En la peluquería, se me olvidó que me tenía que llamar alguien. Y, mientras me están cortando el pelo, me llama. Dije: «Oh, sir Elton, qué tal, bla, bla». Y, conforme hablaba con él, el peluquero empezó a fliparse escuchando. Elton me dijo que le encantaba mi trabajo, le contesté que gracias y tal, que a ver si lo veía un día. Y, justo al colgar, me dice el peluquero: «Pues yo conozco a Plácido Domingo» [risas]. Luego Elton vino a un partido, lo conocí, hablé un minuto con él y, bueno… interesante.

Y tu última parada ha sido el Espanyol.

Debería tener más capacidad para entender los proyectos, distinguir cuándo es un proyecto fantasma. La sensación de estancamiento es lo peor que te puede pasar. Este es el primer año como entrenador que tengo sensación de frustración. El año pasado teníamos el objetivo de no bajar y quedamos octavos, pero como se vendió mal el proyecto, todavía había gente quejándose de que no habíamos entrado en Europa.

Ellos no cumplieron con su parte de lo que iba a ser el proyecto, no me trajeron lo que habíamos quedado que iban a traer, pero nadie salió a dar la cara por el proyecto, a decir que el objetivo ya no era el mismo dadas las circunstancias. Como la cara visible era yo, fui yo el que quedó como un conformista. Se lo dije: «Me vais a hacer como a Pochettino, quemarme al máximo y al final, echarme». Se lo escribí en un papel en la reunión: «Pochettino y Quique».

Yo no es que me vea para estar entre los cinco primeros, es que ya lo he estado con el Atlético, con el Valencia y con el Benfica, pero luego tomé malas decisiones. Jugar bien es desarrollar tu plan, el Atlético de Madrid, por ejemplo, juega muy bien, aunque hay quien dice que no. También el Liverpool de Klopp, pero jugar como el Barça o el Madrid es muy difícil, necesitas jugadores que no fallen, tú cuando los ves es que no fallan un control, no se les va la pelota. Copiar eso es muy complicado. Al Espanyol, el año pasado, se le temía por nuestra velocidad, pero este, sin Reyes, con Piatti lesionado, teníamos que inventar otra forma de jugar. Aunque hayamos ganado al Madrid, al Barcelona y al Atlético, éramos una mezcla rara. No podíamos jugar a correr, pero tampoco al pie, porque algunos fallaban, y al final es un sufrimiento estar indefinidos.

El punto de inflexión vino con el nombramiento de Óscar Perarnau que, por lo que sea, que no lo sé, hizo que Mr. Chen ya no tuviera ningún tipo de conexión con el director deportivo y el entrenador. Todo lo que el primer año eran conversaciones cada quince días, videoconferencias, este año desapareció. Todo se quedó entre ellos y lo percibieron hasta los propios jugadores, que la fuerza de su entrenador no era la misma. No se puede hacer que los proyectos parezcan lo que no son. Llegué a un equipo que había recibido setenta y cuatro goles, cambiamos la columna vertebral y recibimos treinta menos, pero…

Siempre se ha hablado de la presión de los medios en el fútbol, pero ahora están también las redes sociales.

Yo estoy absolutamente alejado de las redes. Algunas ni las he pisado, como Twitter. Cada vez que pienso en las redes sociales me acuerdo de El Planeta de los simios, de esa escena en la que a Charlton Heston los simios le tiran la red y lo atrapan. Las redes sociales son algo que nos invade, nos penetra y nos cambia. Una locura. A los jugadores les afecta mucho. Siendo niños de veinte o veintidós años no saben controlarlo. A esa edad ni siquiera han aprendido a controlar su vida. La figura del psicólogo nunca ha llegado a introducirse del todo en el fútbol, pero la veo más necesaria que nunca. Están demasiado entregados a las redes. El fútbol son sentimientos, emociones, y esto te las descarga. Solo expones, expones, expones. Se les va la fuerza por el Twitter.


Radomir Antic: «Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo»

Fotografía: Ivana Todorovic

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 13

Viajamos a las montañas de Zlatibor, en Serbia, donde Radomir Antic tiene su casa de veraneo. Está rodeado de su familia. Mientras hablamos, viene a visitarle Milan Jovanovic con su mujer, el delantero de la selección serbia en el Mundial de 2010 y ex del Liverpool. Tiene una casa cerca. Como muchos deportistas, algunos retirados de la NBA y otros viejos conocidos de la liga española. Comemos todos juntos. Rado me explica que en España nos fijamos en el menú del restaurante y en Serbia en lo que van a cantar los músicos. Metidos en el repaso a su carrera, noto emoción y miradas vitriólicas cuando relata los episodios más complicados de su currículum. Antes de irnos, no quiere que nos marchemos sin ver su gol con el Luton en YouTube, en un portátil. Fue en 1983, pero sus nietos lo viven como si lo hubiera marcado ayer. Él les besa uno por uno. Tengo la sensación de que ese fue el mejor momento de toda su carrera deportiva. Al menos en el que fue feliz de la forma más inocente y pura. Luego todo fue, digamos, complicado.

Hábleme de su familia.

Mis padres eran de Bosnia, se conocieron en la II Guerra Mundial, fueron partisanos. Mi tío fue héroe de guerra. Yo nací en un pueblo, Zitiste, en 1948, porque mi madre quiso dar a luz cerca de su madre, pero no viví allí nada, solo algún verano. Era un sitio duro; un invierno los vecinos tuvieron que hacer túneles para comunicar sus casas por la nieve que cayó. Después estuvimos en Uzice, en Belgrado… Mis padres, al ser militares, cambiaron mucho de destino.

En aquella época en mi casa siempre se hablaba de los sacrificios que se realizaron durante la guerra en defensa de unos valores y unas ideas. Valores, los del socialismo, que me siento muy orgulloso de haber recibido. Por ejemplo, en el colegio un profesor nos hizo una vez un cuestionario sobre qué queríamos ser de mayores y qué no. Yo puse que quería ser ingeniero mecánico y que no me gustaría barrer la calle. En la siguiente clase vino enfadado y gritó: «Sentaos todos menos tú, Radomir». Pensé: «¿Qué habré hecho?». Y me explicó: «Puedes llegar a ser ingeniero mecánico porque eres inteligente y buen alumno, pero lo que has dicho sobre que no quieres limpiar las calles es una vergüenza. Cada trabajo honesto hay que valorarlo, y lo único que no deberías querer ser es un criminal».

Otro ejemplo. Mi padre, cuando se jubiló, tuvo una depresión. «Pero si lo tienes todo; has formado una familia, tienes a tus hijos encarrilados y ahora puedes disfrutar de la vida», le decía, y él me respondía: «Me he pasado toda la vida luchando, peleando, y ahora que tengo cuarenta y cuatro años, que es cuando mejor estoy, cuando más puedo dar porque ya no tengo problemas de sacar adelante una familia ni nada, la sociedad me rechaza».

Cuando se mudó a Belgrado fue la primera vez que le vi llorar. En Yugoslavia, al jubilarte, podías elegir dónde querías vivir. Él decidió ir a la capital por mí, para que tuviera un futuro, pero yo no quise marcharme con él porque me acababa de fichar el Sloboda, el equipo de Uzice. Sin embargo, poco tiempo después, el fútbol nos reunió. Fiché por el Partizan y volvimos a estar juntos.

También hizo deporte. Tengo una lista: baloncesto, boxeo, ajedrez, tenis de mesa…

De boxeo llegué a tener un combate, pero amateur. Fui campeón de ajedrez y el baloncesto me gustaba mucho. De hecho, me llegaron a seleccionar para jugar en un equipo serbio, pero lo rechacé para dedicarme al fútbol porque con mi altura veía que tendría más oportunidades en este deporte. Esa decisión marcó mi vida. La Ingeniería Mecánica que empecé también le dejé por el fútbol. ¿Sabes qué me dijo mi madre cuando me empezó a ir bien como futbolista?

Cuénteme.

Cuando empecé como profesional di una entrevista al Vesti, que es un periódico de Uzice, en la que salía mi foto. Cuando salió publicada, compré dos periódicos y los tiré sobre la mesa al llegar a casa. Le dije a mi madre: «Mira, mamá, a dónde ha llegado tu hijo». Ella lo miró, lo remiró y me contestó: «Hijo mío, has llegado muy lejos. Ahora todo el mundo puede limpiarse el culo con tu cara».

¿Era para que no se le subiese a la cabeza el éxito?

Sí, era la forma de vivir y educar a un hijo en aquella época. La filosofía de mi pueblo siempre ha estado enfocada hacia lo colectivo, no a la individualidad, tanto en la cultura como en el deporte, como en cualquier otra cosa. Aquí siempre hay que sacrificarse a favor del grupo. Además, estábamos en Uzice, que fue la primera ciudad de Europa liberada de los nazis por las armas en 1941. Los partisanos establecieron una república que duró seis meses, pero ahí quedó la hazaña. Eran otros tiempos. Recuerdo cuando nos fuimos a la nueva casa y tuvimos baño por primera vez. Antes de eso solo nos podíamos bañar los sábados y para tener agua caliente había que ponerla al fuego en la cocina. También me acuerdo de un discurso que dio una vez un cura en la inauguración de una fábrica…

¿Un cura?

Sí, era un cura que había ayudado a los partisanos en la guerra. Dijo: «Ojalá que tengáis muchos niños y muchos animales, y que en la vida, como en una montaña, vayáis siempre cuesta arriba y nunca cuesta abajo». Todo muy bien, se inauguró la fábrica, se fueron todos los obreros a beber y comer para celebrarlo y un paisano se le acercó al cura y se atrevió a decirle: «Es muy bonito esto que nos has contado de que todo nos vaya bien, pero eso de marchar toda la vida cuesta arriba… ¡Parece que dices que tenemos que sufrir siempre!». Y él le contestó: «Hijo mío, cuando en la vida empiezas a ir cuesta abajo ya no habrá nadie que te frene». [Risas]

¿Cómo fueron sus primeros años como futbolista?

En el Sloboda empecé de extremo y luego pasé al centro del campo. En el Partizan ya me pasaron a la defensa, donde me quedé, pero creo que en mi carrera he participado en todas las posiciones. Mi ídolo era Omar Sívori, un italiano que jugó en la Juventus y en el Nápoles. Cuando empecé a ganar dinero como futbolista todavía no había terminado el colegio y ganaba más que mis profesores. No les gustaba y me criticaban: «Para ti todo es fácil, ganas más que nosotros». Pero en realidad mi vida no era mucho mejor que la suya y yo, además, no le daba más importancia al dinero que a mis valores. Otra cosa que me inculcaron en casa. En Belgrado, cuando fiché por el Partizan, como me había casado, el club me tuvo que dar una casa, porque lo estipulaba en el contrato. Fue una de cuarenta y cuatro metros, pero ahí empezamos a vivir.

¿Cómo eran los derbis entre Partizan y Estrella Roja?

Una vez tiré desde lejos en el último minuto. El portero del Estrella, Ratomir Dujkovic, despejó, le cayó a Nenad Bjekovic y marcó el 2 a 1 para nosotros. Fue una explosión en el estadio que no te puedes ni imaginar.

Su primer contacto con España fue un viaje a Valencia con el Partizan.

Fue un torneo de verano. Como éramos comunistas, nos dieron una especie de charla antes de viajar. Nos dijeron que teníamos que tener mucho cuidado, porque España era un país fascista en el que no había libertades. Yo solo tenía veintiún años y de verdad que fui muerto de miedo. Estábamos en un hotel en el centro y yo salía, andaba diez metros en una dirección y volvía. Andaba diez metros para el otro lado, y volvía de nuevo. Sin embargo, lo que me encontré fue que estaba toda la gente sonriendo por la calle. Me preguntaba: «¿Cómo es esto posible?». Pensé que por la noche se recogería todo el mundo y saldría la policía. Pero tampoco. Llegó la noche y todavía había más gente, más jaleo y más risas. Me quedé… Esto no es como me lo han contado. Desde ese día, decidí que cualquier cosa que me contaran en los medios de un país, si no la veo yo con mis propios ojos, no me la creo.

Cuando cumplió veintiocho años y pudo salir de Yugoslavia, fichó por el Fenerbahçe turco.

Otra experiencia, porque aquello era una cultura completamente distinta. Estambul en aquel momento era la ciudad más bonita del mundo, entre dos continentes, entre dos mares… Preciosa. En el Fenerbahçe no me fue mal, fui elegido mejor jugador y ganamos la liga. Conservo en la cara esto [se señala una cicatriz] del gol que le marqué al Galatasaray. Salté con el lateral izquierdo, Erdogan Arica, para rematar, y me dio un cabezazo. Marqué, ganamos 2-1, nos proclamamos campeones de liga y yo me fui inmediatamente al hospital para que me cosieran la cara. Imagina la repercusión de aquello, en las tiendas no me cobraban porque me convertí en Dios para ellos. Era la época en la que Besiktas, Galatasaray y Fenerbahçe compartíamos estadio. Cuando había partido, el campo se empezaba a llenar desde las diez de la mañana y se pasaban todo el día cantando. Si ganábamos, el presidente venía al vestuario y nos iba metiendo dinero en la ropa a cada jugador. Y luego había salidas que eran como ir al Oeste, en serio. En Diyarbakir, entre la frontera de Irán e Irak, nunca lo olvidaré, la gente iba por la calle con pistolas. Creo que ahora sigue siendo así. Era la parte de Turquía más lejana de Ankara, de Esmirna y de Estambul y se vivía de esa manera. Nos entrenaba Kaloperovic, que es de aquí, de Serbia, y aquel día nos confesó: «Menos mal que nos han empatado al final; si ganamos no salimos con la cabeza pegada al cuerpo».

Decidió entonces fichar por el Zaragoza.

Tenía un año más de contrato, pero hubo un golpe de Estado en Turquía, el del general Evren, y como yo tenía familia e hijos tuve miedo. Casualmente, Boskov estaba haciendo la pretemporada con el Zaragoza en Pirot, Serbia, me dijo que me pasase, jugué un partidillo y ahí me ficharon, firmando en una servilleta.

¿Cómo era Boskov?

Más que un entrenador, para mí fue un profesor. Vivía el fútbol de otra manera. Me aconsejó sobre todos los aspectos de la vida. Me recomendó a qué colegio llevar a mis hijos en Zaragoza, cómo invertir el dinero que ganase con el fútbol. La amistad con él era más allá de jugador-entrenador.

Nos legó la famosa frase «fútbol es fútbol».

Y la de «penalti es cuando pita el árbitro». Tenía muchas.

¿Qué tal le fue en aquel Zaragoza setentero?

La llegada fue dura. Entramos en Aragón en coche después de pasar por Lleida y cuando mi mujer vio el desierto de Los Monegros y todo eso empezó a gritarme: «Pero ¿dónde me has traído? ¡Eres un irresponsable conmigo y con tus hijos!». Se puso a llorar. Pero luego la ciudad resultó inmejorable. Me acuerdo de las convocatorias en Zuera antes de cada partido. Comíamos todos juntos y cada uno tenía un vaso de vino, pero como en Yugoslavia los futbolistas no bebíamos alcohol, Camus siempre se sentaba a mi lado, se bebía el suyo y luego me lo cambiaba y se bebía el mío. Las comidas en España me dejaban alucinado. Siempre he dicho que en España se vive para comer y en la antigua Yugoslavia para vivir, que es muy distinto. Aunque pensaba que no había ningún país del mundo como España, pero después de mi experiencia en China puedo decir que los chinos dan todavía más importancia a la comida que los españoles.

Sus compañeros eran Amorrortu, Pichi Alonso, Víctor Muñoz…

Y Pedro Camus, Irazusta… Me acuerdo de toda la plantilla. Marqué gol, el de la victoria, el día de mi debut, contra el Celta de Vigo. Salí como el extranjero más rentable de toda la liga, pero teníamos un equipo con mucha personalidad. De hecho, Pichi y Víctor terminaron en el Barcelona. A mí me pudo fichar el Madrid después de esa temporada, pero tenía treinta y un años.

Al año siguiente llegó Valdano.

Y casi muere. Vino con Badiola, que era también del Alavés, y al llegar a Zaragoza se hospedaron en el Hotel Corona de Aragón, que se quemó, no se sabe si por un atentado. Badiola saltó desde el segundo piso y se hizo un traumatismo craneoencefálico. Valdano entonces era un jugador joven, con mucho porvenir, y como buen argentino tenía mucho pico [risas]. Fue una época muy bonita y me hubiera gustado quedarme en Zaragoza, pero de repente me enteré por la prensa de que prescindían de mí. Trajeron a un argentino, Trobbiani, en mi lugar. La gente hizo pancartas y octavillas a mi favor, pero no les hicieron caso. No les guardo rencor, mi siguiente parada en Inglaterra también fue una experiencia maravillosa.

Fue en el Luton Town, allí le conocen como «Raddy».

Mi estancia allí fue como la universidad. Aprendí inglés, valores familiares y una cosa muy importante: planificación. Algo que no sabíamos hacer ni los españoles ni los yugoslavos, nosotros vivimos al día. También me cambiaron la forma de pensar. Yo venía de jugar de libre y le preguntaba al entrenador que por qué no me ponía de esa posición, y Pleat contestaba: «Raddy, yo entiendo que en Europa todos lo hacen y que Beckenbauer ha sido el mejor jugador de la época, pero cuando tenemos el estadio lleno, no tengo derecho a cambiar el sistema de juego y poner un hombre atrás de libre porque significa que admitimos que somos inferiores al rival». Eso me lo llevé al Atlético. No nos sentimos nunca inferiores a nadie.

El gol que marcó allí contra el Manchester City fue el de su vida.

Le marqué también uno a Peter Shilton, pero el del Manchester City fue de leyenda. Íbamos empatados a cero, en su campo, un resultado que les mantenía en primera. Yo estaba de suplente, entré a quince minutos del final, hicimos una jugada por la derecha, Brian Stein centró, ellos rechazaron la pelota, que me vino a la pierna derecha en la frontal del área, y la metí por la izquierda. Quedaban cuatro minutos para el final y les mandé a segunda. Pleat nos dijo que lo superarían, porque eran un club grande, pero les costó siete años volver. La celebración desde Manchester hasta Luton fue increíble.

Se retiró y empezó una nueva vida en Yugoslavia intentando ser entrenador.

Tuve problemas con los entrenadores serbios. Traía mentalidad inglesa y chocaba con la forma de hacer los entrenamientos, con la forma de vida, etc. Eran de corte clásico y no estaban preparados para incorporar ideas nuevas. Me pusieron de ayudante de Fahrudin Jusufi en el Partizan, él también era exjugador y ya en la pretemporada lo tuve que dejar porque teníamos ideas diferentes. Tuve un equipo cadete y luego con Bjekovic cogí por fin al Partizan como segundo entrenador. Ahí incorporé a Pantic, que jugaba en segunda o en tercera. También traje a Goran Bogdanovic, que luego acabó en el Espanyol.

Tuvo en ese equipo a Srecko Katanec.

Eslovenia es país de esquiadores más que de futbolistas, y cuando vino la gente desconfiaba, pero mira a lo que llegó. Era un jugador completamente novedoso, con esa altura y esa fuerza, que chocaba con cualquiera, la presión que hacía, cómo hablaba en el campo, porque tenía carácter. Ahora es el seleccionador de su país.

Ganaron la liga con el Partizan, pero porque se la concedieron años más tarde en los juzgados. ¿Qué pasó?

Historias burocráticas. No me gusta recordar esa época. Fue cuando empezó a haber problemas en Yugoslavia, cuando visitábamos Zagreb, Split o Sarajevo había peleas entre los aficionados. El ambiente se volvió raro…

Regresó a España, como técnico del Zaragoza, y se encontró una huelga de entrenadores en protesta por su llegada y la de Cruyff.

El problema era Cruyff, yo tenía el diploma de entrenador. Nos metieron en el mismo saco, pero no era así. A mí me pidieron que terminase un curso más en España, pero al final eso quedó en nada y entrenamos los dos.

Su portero era el paraguayo José Luis Chilavert.

Cuando llegué me encontré a Cedrún, que era un portero con prestigio y cuyo padre también había sido portero en el Athletic de Bilbao, pero desde el principio quería un guardameta que no solo valiese para estar bajo palos, sino que también saliese y jugase con el pie. Paco Santamaría, que trabajaba en el club, me habló de un paraguayo que reunía estas características con el que podríamos jugar con la defensa adelantada. Por eso le fichamos. Y luego descubrimos que era todo un carácter que chocaba con los rivales, con los compañeros y con su cuerpo técnico. Siempre quería imponer su ley. Pero fue algo novedoso saliendo de su portería, tirando faltas. A veces incluso quería tirar los penaltis.

El Madrid de la Quinta, en el Bernabéu, les metió cuatro un año y siete al siguiente.

Pero no nos achicamos. Todo lo contrario. Aunque recuerdo lo pequeño que me sentí cuando miré a la grada desde el banquillo. «Como bajen todos me aplastan», pensé. Lo que se siente estando ahí es una sensación única. El Bernabéu es imponente, muchos equipos pierden antes de empezar el partido. Me he dado cuenta perfectamente cuando he llevado a otros equipos a jugar ahí. Entiendes lo importante que es el ambiente para jugar al fútbol.

Sin embargo, la gente se queja de que animan poco.

No, no es eso. No sé cómo te lo podría explicar. El público de Madrid tiene su jerarquía. Antes se hablaba de Juanito, de esa fe suya, de su lucha. Pues va de eso. El público del Madrid no deja que su equipo sea inferior a nadie.

Su Zaragoza llegó a la UEFA en la 88-89.

Llenábamos La Romareda en cada partido. Incorporé a gente de la tierra: Pablo Alfaro, Salillas, Salva, Belsué… Trajimos al búlgaro Sirakov, uno de los mejores pichichis de Europa entonces, pero se nos lesionó. En la UEFA perdimos contra el Hamburgo en octavos. Me expulsaron a Higuera y a Pablo, a Pardeza le anularon un gol y nos eliminaron en la prórroga. Al volver teníamos a siete mil personas en el aeropuerto esperando a sus héroes, pero en aquel año, el segundo, ya empezaron los problemas con el nuevo presidente. Me quería imponer sus fichajes, como a Redher, un peruano. Yo no quería imponer los míos, pero al menos sí discutirlos. ¿Ahora por qué está el Zaragoza como está? Porque se ha convertido en un cementerio de elefantes, siempre fichan a jugadores en el final de su carrera, a los que no puedes revender. Cuando luego fui al Madrid fiché a Lasa y a Luis Enrique, los dos de dieciocho años. No pensaba solo en el «hoy», pensaba en el futuro.

Víctor Fernández era profesor de aerobic, ¿por qué se fijó en él para que fuera su asistente?

Da igual. El fútbol es un proceso de aprendizaje. Yo buscaba un entrenador joven. Alguien que no solo te ayude con tu trabajo, sino que también sea como una apuesta de cara al futuro, que aprenda de ti como técnico. Víctor fue uno de ellos. En el Real Madrid elegí a Rafa Benítez

Llegó al Real Madrid para acabar una temporada lamentable, quedaban diez jornadas e iban séptimos.

Echaron a Toshack, y luego Di Stefano y Camacho no pudieron remontar. Mendoza había dimitido cuando quedaban trece partidos para el final de liga y llegué yo. Me pidieron que recuperara al club con los jugadores que teníamos.

A Butragueño, por ejemplo, le dije: «Mira, esto que te insistían de que presiones en la salida del balón, yo no lo quiero. Cuando lo perdamos quiero que te retires y descanses, yo quiero al Emilio Butragueño que todos reconocen, al que es único en el mundo, el que cuando entra en el área todos tienen taquicardias. Ahí quiero que recortes y pongas el balón donde no está el portero». La única vez que ha sido pichichi fue conmigo. En aquella época, Emilio terminaba los entrenamientos y se quedaba en el campo haciendo yoga, porque estaba de moda; yo siempre le picaba y le decía que él era un tipo inteligente, que se dejase de historias.

A Chendo le dije «sabía que eras buen jugador, pero no me imaginaba que tanto. La forma en la que defiendes al rival me parece fenomenal, pero eso de estar siempre por delante de Míchel y centrar desde detrás cuando tienes el balón… Mejor quédate un poco y deja a Míchel centrar alguna vez». Todo fueron risas y solucionamos los papeles en esa banda derecha.

Gheorghe Hagi no se separaba de mí, era como mi hijo. ¿Y por qué? Porque Toshack y compañía lo querían jugando pegado a la banda izquierda, y él se preguntaba: «¿Por qué me han fichado por tanto dinero para ponerme en una posición que no es la mía?». A él le llamaban el Maradona de los Cárpatos, quería tener libertad de juego. ¿Recuerdas el gol que le marcó al Osasuna desde cuarenta metros? Esas son el tipo de cosas que yo conseguí, logré que estuviese contento y jugase a gusto.

A Míchel también le animé para que subiera al segundo palo a rematar de cabeza, él me decía que no lo había hecho en la vida, pero un día le metió uno al Athletic. Entonces dijo: «Vaya, míster, no sabía ni que tenía cabeza».

Y luego Fernando Hierro. Soy el único entrenador con el que jugó de centrocampista. Marcó muchísimos goles. Me llamó el otro día, ahora está en Oviedo, para hablar conmigo porque he tenido un problema de próstata y me han operado. Me confesó: «Nunca he estado tan a gusto en el campo como contigo». Me decía: «Para mí era fácil jugar hacia delante porque el espacio siempre quedaba cubierto por Milla». Sin embargo, luego llegó Beenhakker y le ordenó a Milla «en lugar de jugar diez pases cortos, tienes que jugar seis cortos y cuatro largos». Y Milla desapareció como jugador porque le exigieron algo que no iba con él, que era un jugador de cubrir espacio y equilibrar al equipo.

¿Solo bastaba con aplicar sentido común?

Sí, pero cuando lo consigues todos piensan que es fácil. Me acuerdo del maestro croata Tomislav Ivic, entrenador del Atlético entonces. Visitamos una vez juntos el diario As para comentar la previa de un derbi y, como tenía experiencia, era mayor que yo, me dijo: «Radomir, por favor, no hables tanto porque nos vas a dejar sin trabajo, luego piensan que esto es fácil» [risas]. En mi caso en Madrid, lo cierto es que el trabajo en la parcela física que habían realizado Toshack y luego Di Stefano y Camacho no había sido el adecuado. Conmigo se mejoró esa faceta y empezaron a funcionar como grupo.

¿Y Spasic?

Era un jugador que se fichó antes de llegar yo y, claro, le pidieron que jugase el balón, algo que él nunca había hecho. Spasic se fue del Bernabéu entre aplausos porque conmigo por fin pudo jugar como lo que era: un marcador, un stopper, no un jugador de balón. Con Sanchís al lado hacía una buena pareja, porque Manolo jugaba el balón y Spasic marcaba al hombre, y te garantizaba que al que cubriera, al más importante, lo borraba del partido. En su lugar se fichó a Rocha, que era internacional con Brasil, jugaba en el Sao Paulo y tenía una gran trayectoria. Yo estaba por la labor de que se quedara Spasic, pero decidió el club, como siempre.

Logró un hecho significativo: que Butragueño, Míchel, Buyo… toda la plantilla hablase bien de usted y le considerase el artífice de la recuperación.

Me llevé bien con ellos porque soy de los pocos entrenadores que emplea la comunicación en las dos direcciones. Valoraba a las personas y me gustaba saber qué opinaban. Nunca impuse nada, todo fueron acuerdos. Hice siempre trabajo de grupo con los capitanes y todos los acuerdos había que cumplirlos porque no eran solo decisiones mías, también lo eran de ellos.

Tras la recuperación del equipo, el problema es que habían contratado a Maturana, un entrenador famoso por el juego zonal, por crear espacios. Yo llegué de Belgrado y Mendoza me invitó al restaurante Jockey. Nos sentamos y me dijo: «Radomir, en esta mesa nunca nadie me ha rechazado una propuesta», y le respondí «Será porque nunca has tenido a un serbio enfrente». Me ofrecía ser director técnico, argumentaba: «porque hablas idiomas, eres un hombre que está integrado, sabes hacer cosas… no hay nadie mejor, le dejamos a él de entrenador y tú te quedas en la dirección». Dije que no, que conmigo no contase. El día de la presentación del equipo en el Bernabéu no tenía contrato, pero me hicieron ir.

Hicieron la pretemporada en Italia.

Nos fuimos a Udine, cerca de la montaña. Hice tres o cuatro entrenamientos diarios y descubrí que esos jugadores nunca en toda su carrera habían pasado por algo semejante. Rocha me decía recostado en una silla, sin poder respirar, «míster, mucha agua mata a las plantas». Le respondí: «¡Calla y trabaja!». No podía ni hacer un rondito después del entrenamiento físico. Hasta que me llamó Mendoza y me dijo que los jugadores se habían quejado. Yo me defendí y dije que sabía lo que hacía.

¿Cuál fue el problema entonces por el que le cuestionaron desde el inicio de la 91-92?

En el Teresa Herrera en A Coruña, Mendoza llegó en su yate y Beenhakker, que estaba allí con el Ajax, le dijo que no podíamos aspirar a algo teniendo solo a Butragueño como delantero centro. Por eso, cuando empezamos la liga, le contrataron como director técnico.

Fichó a Eduardo Esnáider, un niño.

No fui yo, lo ficharon ellos. La primera vez que estuvo convocado jugábamos contra Osasuna y salíamos de la Ciudad Deportiva a las diez de la mañana. Era la hora y Esnáider no estaba, así que le dije al chófer: «¡Vámonos!». Los jugadores empezaron «Pero, míster, ¿no esperamos a Esnáider?». Y dije: «Que le den por el culo, siendo la primera vez que va convocado debería estar aquí a las ocho de la mañana esperando, no que estéis vosotros esperándole a él». Nos fuimos y luego nos tuvo que seguir en taxi.

¿Estaba muy verde?

Tenía diecisiete años. Los fichajes sudamericanos siempre vienen con historias. Siempre se dice que es el mejor negocio que puedes hacer si los compras por lo que valen y los vendes por lo que ellos piensan que valen. Siempre están sobrevalorados, especialmente los argentinos.

Pero luego él demostró que era un gran futbolista.

Sí, en aquel momento fue por su edad y su carácter, pero nunca tuvo regularidad.

Pudo incorporar a aquel Real Madrid a Caminero, pero usted dijo que no.

Sí, y él sabe perfectamente por qué. Cuando quisieron ficharlo, él venía de jugar en el Valladolid de central, pero en ese puesto ya teníamos a Sanchís y a Fernando Hierro. Ese fue el único motivo, no era nada personal. Y te digo que lo sabe porque hablamos más de una vez sobre esto.

La incorporación estrella fue Robert Prosinecki.

Tenía veintitrés años en aquella época y había sido elegido el mejor jugador de la competición en el Mundial Juvenil del 87, que ganó Yugoslavia con aquella famosa selección que luego no pudo ser por la disolución del país. Era el jugador con mayor porvenir de la época, pero luego… Como todo jugador con talento, lo quieras o no, necesitaba continuidad y por los problemas físicos no la tuvo. Es verdad que como fumaba tuvo muchos problemas musculares. Además, la guerra entre Serbia y Croacia le afectó mucho. Su padre era croata y su madre, serbia. Vivía cada día pensando qué podía ocurrir, pendiente del teléfono. Los bombardeos eran diarios y le podía tocar a tus seres queridos o a tu familia en cualquier momento.

Usted era serbio, ¿de qué hablaba con él?

Entre compañeros de trabajo no teníamos problemas políticos. De verdad que no. Aquella situación cada uno la vivió a su manera, nos afectó mucho, pero a un nivel personal. Yo nunca he tenido ningún problema en la vida con ningún croata. Nunca he sido nacionalista. Desde muy pequeño, como he explicado, mis valores han sido universales como para preocuparme por de dónde es uno o de dónde es otro. Prosinecki en Madrid no salía de mi casa y en Oviedo conmigo hizo la temporada de su vida.

¿Cómo se gestó su destitución de un Real Madrid que iba líder en la tabla?

Hicimos un buen inicio de liga, aunque nos pasó factura la lesión de Hugo Sánchez. Los problemas fueron subterráneos. José María García tuvo un papel determinante en lo que pasó. Decía que yo era demasiado joven para entrenar al Real Madrid. Atacaba a Míchel con asuntos de una chica o no sé qué. Hicimos una reunión en el vestuario para vetarle, pero alguien lo sacó a la luz y entonces empezaron las hostilidades a lo bestia. Decía que teníamos que jugar de otra manera, esas cosas que se dicen siempre que quieres romper un equipo. En realidad, batimos muchos récords jugando así.

La ironía es que le destituyeron justo después de ganar al Tenerife en la primera vuelta.

Con diez jugadores y Míchel de portero porque expulsaron a Buyo, pero cuando llegué a casa me llamaron por teléfono y me dijeron que estaba despedido. Estaba tranquilo porque había hecho todo lo que tenía que hacer. Me arroparon mis amigos de Zaragoza y después ya sabemos cómo acabó todo. En todos los clubes grandes pasan cosas de estas. Yo siempre he querido tomar mis propias decisiones en todas partes. Algunas veces he salido perjudicado por este motivo, pero me da igual, soy así.

Cuando perdieron en Tenerife en la segunda vuelta, ¿qué se le pasó por la cabeza?

Estuve en el partido. Desde el principio sabía que iba a ocurrir algo porque se notaba al equipo muy nervioso. En el descanso ya le dije a Mendoza que lo veía muy mal. Me dijo que había que tener fe y… bueno. El Real Madrid de aquel año fue un club que regaló la liga en todos los aspectos.

Pasó página y fichó por el Oviedo.

Había pocos recursos, pero buena cantera y los fichajes que dejó Irureta eran muy buenos: Lacatus, Jankovic, Jerkan

Tengo grabada una imagen de Irureta, antes de que le cesaran, de cómo le escupían los aficionados, una lluvia de saliva.

Ya sabes cómo es el fútbol. Y en el Tartiere todavía más, porque los aficionados estaban junto detrás de ti, muy cerca.

En tres años reunió una buena plantilla, al tercero se quedó fuera de Europa por pocos puntos.

No renovamos a Lacatus porque tenía el ego tan característico de la mayoría de los rumanos: siempre creen que tienen razón. Había que convencerlo de todo lo que se quería cambiar por el bien del grupo, como el trabajo de recuperación. Todos los rumanos que he tenido, como Prodan o Hagi, eran parecidos. Con Jerkan y Jankovic tuve una gran relación. También me traje a Slavisa Jokanovic del Partizan, que aportó cosas realmente importantes. Pedí a Onopko porque era un ganador, tenía carácter de líder. Luego tuve a Carlos, a Oli, Losada, Suárez, Amieva… muchos jóvenes de la cantera y de Asturias que empezaron su carrera conmigo.

Incorporó a Prosinecki, apostando por su resurrección.

Fue una oportunidad, porque en el Real Madrid no jugaba y nosotros teníamos buena relación, así que le ofrecí la posibilidad y él encantado de venir. Yo diría que esa fue su mejor temporada en España.

Un partido con morbo fue cuando con Prosinecki sobre el campo logró vencer al Real Madrid de Valdano. Teniendo en cuenta que el año anterior también había ganado al Tenerife de Valdano con el Oviedo, fue una especie de venganza.

No era por venganza [risas]. Soy un entrenador que siempre sale con la intención de ganar. Mira la portada del diario NIN que tengo ahí colgada en la pared, es de cuando fui seleccionador de Serbia. El titular dice: «Nunca vamos a reconocer ninguna debilidad». Esa es la filosofía de nuestro pueblo. Por eso nos bombardearon, por no aceptar las reglas de la OTAN, pero es nuestra mentalidad. Yo nunca me he rendido. Ahora te cuento por qué me fui al Atlético de Madrid teniendo un precontrato por más dinero con otro club.

¿Por qué eligió al Atlético de Madrid?

Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo y yo quería demostrarme a mí mismo que era capaz de funcionar en esas circunstancias.

¿Con quién tenía el precontrato?

Con el Valencia. Luego el presidente Roig decía de mí: «Este es el único hombre que me ha puesto los cuernos».

El Atlético era una máquina de despedir entrenadores.

Allí era todo. Hasta el Calderón tenía aluminosis y se le caían las gradas, pero luego hicimos un campo de cinco estrellas. Con la plantilla fue complicado al principio. Tenía treinta y tres jugadores y no había equipo. Tuve que ponerme frente a más de veinte jugadores con contrato en vigor y anunciarles que no iban a seguir. No fue nada fácil. Y fichamos a jugadores sin tener un duro. Por ejemplo, Molina, al que en la promoción para bajar a segunda con el Albacete le metieron siete goles en los dos partidos. Igual que Santi. A Penev lo trajimos gratis…

Lo primero que me pregunté en el Calderón fue cómo era el aficionado del Atlético de Madrid. Vi que era un hombre de clase media que igual tenía problemas para llegar a fin de mes, pero que nunca iba a reconocer ninguna inferioridad con nadie. Por eso nuestro equipo jamás salió a un partido buscando el empate, sino a pelear para ganar. La filosofía de un equipo ganador. Además, jugando a un ritmo que para el fútbol español era toda una novedad.

¿Porque el fútbol español era más lento?

Era un fútbol de marcaje hombre a hombre, muy distinto al fútbol de contraataque que hacíamos nosotros.

Se da una carambola muy curiosa ese verano que permite la llegada de Milinko Pantic. Inicialmente, usted quería a Prosinecki, pero le dio una larga cambiada al Atlético y se fue al Barcelona.

Quería tanto a Prosinecki como a Jokanovic, pero ninguno de los dos se atrevió a venir porque era un club muy inestable. Robert prefirió irse al Barcelona que, vale, es un club grande, pero Jokanovic antes que al Atlético se fue al Tenerife. Nadie quería ir al Atlético entonces. Habían pasado diez entrenadores en dos temporadas o algo así.

Pero eso fue bueno. Que no quisieran ir sirvió para que llegara Pantic y se quedara Simeone.

Sí, Simeone había llegado el año anterior del Sevilla. También puse en su sitio a Caminero, que antes estaba en otra posición. Toni fue fundamental. Todos estos jugadores empezaron a funcionar desde el primer entrenamiento. Pero, fíjate el ambiente, cuando nos llevamos el Carranza en verano, Jesús Gil dio una cena y pidió que algún jugador se levantara y diera un discurso. Se puso de pie Biagini y no le salió ni una sola palabra. Le imponía la situación. No te puedes imaginar cómo era eso.

Pidió a Michael Robinson como ayudante.

Sí, es verdad. Tuvimos una reunión con Gil. Yo estaba encantado porque no solo le quería como ayudante, también para promocionar al Atlético y darle una nueva imagen. Pero Robinson al final no se atrevió.

¿Cómo llegó Pantic?

Fue un poco fortuito. Un día vi un partido de Grecia, estaba él y marcó un gol de falta. En cuanto lo vi, dije: «¡Ese es Pantic! ¿Está en el Panionios?». Lo analicé todo y vi que era la pieza que necesitaba. Primero, porque sabía que con Penev y Kiko jugando de punta y mediapunta íbamos a tener unas cinco o seis faltas al borde del área cada partido y por eso necesitaba a un especialista. Pero encontré resistencias al principio. Gil me dijo medio en broma: «Lo que quieres es traerte a tus amigos, como todos». Y le contesté: «Si tú no quieres pagarlo, lo hago yo de mi bolsillo». Cuando vino, nada más aterrizar, le metió un gol de falta al Talavera y dijo Gil: «Joder, qué jugador».

Tuvo un inicio fulgurante en liga.

El sistema de juego que creamos fue algo totalmente nuevo para el fútbol español. Una defensa adelantada, pero éramos muy compactos, jugábamos al primer toque… tengo vídeos maravillosos de goles que marcamos. En pretemporada lo ganamos todo. En liga empezamos 4-1 a la Real Sociedad, 0-4 al Racing, 0-2 al Athletic…

Cappa en el Madrid declaró que usted tenía suerte, Toshack en el Deportivo también sugirió lo mismo.

Todos lo decían. Éramos el equipo que mejor fútbol jugaba y pensaban que llevábamos un ritmo imposible de mantener, que bajaríamos el pistón al final de temporada. Yo a aquellas críticas repliqué que eran mentira y que cada uno mirase a su plato y no al del vecino. Aquel año tuve pelea con todos; con Serra Ferrer, con Bilardo, que echaba sal a la salida de los jugadores del equipo visitante para darles mala suerte.

Kiko y Penev metieron veintisiete goles en liga.

A Kiko le dije que de cada diez jugadas que hiciera, cuatro o cinco fueran fáciles y las otras cinco a su manera. Quería buscar un equilibrio en su forma de jugar y acerté. Por otro lado, con los goles de cabeza, le pasó lo que a Míchel: se dio cuenta de que tenía una. Se compenetró muy bien con Penev, que como buen búlgaro también era muy orgulloso, y había tenido una enfermedad muy dolorosa para un hombre, cáncer de testículos. Si vino con nosotros fue porque el Valencia no quiso renovarle. A mí me encantaba, era un delantero que podía estar en el área, valía para la estrategia, para proteger el balón… era un jugador perfecto. Respondió muy bien y se hizo dueño y señor de la posición de delantero centro. Luego tenía detalles como que, mientras los demás jugadores del Atlético venían a Boadilla con coches normales, él traía un Porsche. Hacía esas cosas. [Risas] Y tenía la manía de ser siempre el último en subir al autobús. Se quedaba en una esquina esperando para poder hacerlo. Supersticiones.

Simeone.

Por su carácter y por su forma de presionar la salida del balón, Simeone fue muy influyente en nuestro juego. Y en la estrategia siempre atacaba al primer palo. Esa temporada marcó doce goles por primera vez en su carrera. Pero tuvimos un equipo en el que todos los jugadores, excepto Molina, marcaron goles. Marcamos más del 60 % de los tantos de estrategia. Esa fue la clave del triunfo. Me empeñé en que todo el mundo supiera por qué se hacía cada cosa. Una vez entró Jesús Gil en el vestuario y había un papel en el que ponía: defensa, ataque, córneres, faltas, barrera… Y dijo: «¿Esto qué es? No había visto algo así en mi vida». Claro que no lo había visto nunca. Era fruto de un acuerdo entre toda la plantilla, saber qué tenía que hacer específicamente cada uno en cada una de esas situaciones y evitar así cualquier imprevisto.

La Copa del Rey la ganó en Zaragoza, su querida ciudad, y con gol de Pantic.

En el viaje del Calderón a La Romareda les puse un vídeo de cada jugador para motivarles, con sus goles, cosas buenas, celebraciones. Las chirigotas de Kiko también ayudaron a relajar el ambiente. Éramos una familia. Todos los viernes nos íbamos a tomar unas cervezas y unos pinchitos. Con Simeone hacíamos barbacoas en Boadilla.

La liga se ganó, pero no sin agonía.

El partido decisivo contra el Barcelona, Simeone no lo quiso jugar. Se tenía que ir con la selección y, ya sabes los argentinos, a eso no renuncian por nada del mundo. Luego también había unas historias, pero no quiero hablar demasiado… Intentamos prepararle un avión y se negó. Pero puse a Roberto y ganamos 1-3. En la ida les habíamos metido 3-0 y era el Barça de Cruyff. A todos los que dijeron que no íbamos a aguantar así todo el año, con esa intensidad, les demostramos lo que es la confianza en uno mismo.

La celebración la recuerdo como algo maravilloso. Nunca lo olvidaré. En el paseo por Madrid había más de un millón de personas. Iba en una especie de carroza y desde ahí vi a una mujer, una abuela, de unos ochenta años, sentada en una silla y aplaudiendo. Pensé: «Por esto el fútbol es grande». Miguel Ángel Gil me quiso dar una sorpresa y se trajo a mi padre sin yo saberlo. Estuvo muy discreto, pero muy orgulloso de su hijo. Me hizo muy feliz.

Por estas fechas, en una entrevista en El Mundo, llamó nazi al periodista Hermann Tertsch y él le denunció.

Su padre durante la Segunda Guerra Mundial era nazi. Y el hijo atacó a Serbia por todas partes. Yo, por supuesto, no pude aguantar eso. Me denunció y sí, tuve que pagar una multa.

Su Atlético campeón se quedó atrás al año siguiente del doblete, cuando la ley Bosman revoluciona la liga.

Antes de eso hubo otros problemas. Cuando ganas algo, siempre te aparecen tíos en el club a traerte jugadores con los que yo no estaba de acuerdo. No pude traer a Ronaldo, que ya lo seguía en el PSV. Perdí a Solozabal, que yo estaba totalmente a favor de que se quedase y no sé qué ocurrió ahí arriba, pero se fue y me trajeron a Andrei, que era bastante lento. Me dijeron los Gil que tiraba buenas faltas, pero yo quería a alguien que defendiera bien, ya tenía gente que sabía tirar faltas. Bueno, cosas que pasan…

Pero hicimos una Champions maravillosa, fuimos el primer equipo que ganó al campeón de Alemania en su feudo, al Borussia Dortmund, que luego ganó la Champions. Y el partido contra el Ajax en casa… fuimos muy superiores y nos marcaron ese gol en la prórroga. Dani desde fuera del área, que en la vida había metido algo así.

Esnáider falló el penalti.

Sí, eso es.

¿Se adaptó a su equipo el argentino?

Prefiero no hablar de aquello. Solo te puedo decir que le quitamos un lastre al máximo rival, porque la temporada anterior solo había jugado siete partidos.

¿Y por qué dejaron marchar entonces a Penev?

Porque ya era mayor. Ya que teníamos aspiraciones de Champions queríamos mejorar en ese sentido. Pensábamos que ya había dado lo máximo de sí mismo y que iba a ser difícil que se superase. A Pantic también le buscamos un recambio, porque iba a tener que jugar miércoles y domingo cada semana y ya estaba en una edad en la que no podía rendir a buen ritmo con un calendario así. El año anterior fue maravilloso, pero los refuerzos del siguiente no rindieron como pensábamos. Y luego te das cuenta de que en el fútbol el entrenador no manda siempre en este aspecto.

En su tercer año en el Atlético la prensa destacaba que tenía muchos problemas de vestuario.

No era cierto. Lo que pasó fue que Bogdanovic tuvo problemas musculares y hubo que cambiarlo por otro jugador a mitad de temporada. Y lo de Juninho, la lesión que le hizo Míchel Salgado fue clave. Encima era penalti y expulsión y no pitaron nada. Le rompió el tobillo, ahí se acabó su temporada prácticamente y perdimos a un jugador muy valioso.

Otro personaje conflictivo pero que también jugó muy bien fue Vieri.

Christian vino precisamente porque era un jugador joven y con gran porvenir. Tuvimos muchas conversaciones porque él venía de un club grande con Lippi, y nos costó mucho cambiar un poco su forma de jugar. Queríamos que tirase los desmarques en contra del sentido en el que se juega porque así tenía toda la portería para sí, pero nada. «A mí me dijo Lippi que tengo que ir siempre al primer palo», se me quejaba. Y yo: «¡Si te vas al primer palo vas a tener una portería así de pequeña!». Cuando logramos que entrara en razón metió veinticuatro goles en una temporada. La primera vez que lo hizo en su carrera, y solo logró igualar esa cantidad un año más con el Inter cinco años después.

¿Y él no lo veía?

No, porque su carácter era un poco de ir de guapo, de italiano [risas].

Usted le acusó públicamente de cerrar discotecas.

¿A Vieri? Bueno, tuvo algunas historias con unas chicas italianas y también tuvo problemas de lesiones.

Pero la afición le quería a usted y cantaba lo de «Radomir, te quiero».

Cada vez que voy al Calderón lo escucho. En todos los clubes que he estado me he portado como si fuese mi casa. Tenemos un dicho en Serbia: «Nunca cierres una puerta con el culo».

¿Por qué salió del equipo en la 98-99?

No fue cosa mía. Había otras historias. Recuerdo un partido contra la Lazio en Roma, los Gil estaban sentados en el palco con Arrigo Sacchi.

Le estaban haciendo la cama, que se dice.

Hombreee…

¿Cómo es que no fichó por ningún otro equipo?

Me quedé un poco tranquilo en casa con mi familia, que también lo merecía. Y, ¿sabes lo que pasa? Yo nunca en mi carrera he tenido representante y a veces los clubes imponían a sus representantes para fichar. Cosas que pasan.

¿Por ese motivo no salió al mercado?

[Risas] Había de todo. En aquella época había otras circunstancias en la forma de pago y esas cosas que no quiero desvelar.

¿Pero se refiere al Atlético o a los demás equipos?

Todos los equipos.

Y a usted eso no le gustaba.

Por supuesto, yo velaba por mis derechos.

¿Con los Gil cómo era?

No voy a decir nada. Solo te puedo decir que hubo muchos cambios en el fútbol español con el paso de los clubes a Sociedades Anónimas.

Volvió al Oviedo.

Sí, también en una situación de transición a Sociedad Anónima y problemas internos. Aposté por Collymore, pero no cumplió y la gente se enfadó. Nunca olvidaré las declaraciones de Cruyff: «El equipo que mejor fútbol ha hecho ha sido el Oviedo, y puede descender». Y nunca se habla de qué manera ganó el Osasuna a la Real Sociedad en la última jornada.

Ha visto mucha suciedad en el fútbol español.

Bastante [risas].

¿En otros países es igual?

No lo sé, lo desconozco. Solo creo que le hicieron al Oviedo cosas que nunca deben hacerse en el fútbol.

¿Lo del Osasuna o durante todo el año?

Lo del Osasuna.

Sin embargo, luego logró fichar por el FC Barcelona. Aunque fuese cogiendo al equipo a mitad de temporada, se convirtió en el único entrenador que ha estado en Madrid, Atlético y Barça.

Gaspart me dijo: «Estamos en situación de descenso. Por favor, a ver si nos puedes ayudar». Dije que por supuesto, pero me encontré al llegar con muchos problemas. Aquellos seis meses para mí fueron seis años. Había cuatro presidentes y cada día se hablaba de uno de ellos, del nuevo fichaje estrella, del nuevo entrenador. Siempre estaban en campaña.

En la Champions di bola a jóvenes, como Gabri e Iniesta. Puyol venía cada día al despacho a preguntarme «¿Qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?», pero nos echó la Juventus… Fue increíble la que falló Luis Enrique delante del portero, era casi a puerta vacía.

¿Sabes cuáles eran los problemas? Le dije al capitán, a Luis Enrique, de hacer una convivencia cada viernes, y el primer día que la hicimos vi que los cinco holandeses estaban jugando a las cartas, los argentinos hablando entre ellos y me dije… «aquí está el asunto». Terminó la primera convivencia y le dije a Luis Enrique: «Esto es una vergüenza, la cerveza estaba fría y la tortilla inmejorable, pero también me he dado cuenta de por qué estáis donde estáis y por mí no vamos a hacer ninguna convivencia nunca más». Luis Enrique me pidió que por favor les diéramos otra oportunidad. Contesté: «Por mí no, si vosotros queréis podemos repetirlo, pero convivir de esta manera no os lleva a ningún sitio». En la siguiente ocasión empezaron a hablar entre ellos y, mira, ganamos todos los partidos hasta el final. Siempre he tenido la filosofía de que los buenos jugadores no hacen un buen equipo como el buen ambiente.

Cambié a siete jugadores de puesto y Xavi fue uno de ellos. Le llamé un día y le dije: «Xavi, amigo, vamos a ver, esto no va con tus virtudes». «¿Cómo, míster?», replicó. Él tenía complejo de Guardiola, de jugar por delante de la defensa. Le dije: «Mira, tienes un buen tiro desde media distancia, tienes un gran pase al espacio, tienes un gran sentido de combinación. ¿Eres capaz de añadirle a tu posición treinta metros hacia la portería del rival? Porque tenemos a Overmars y tenemos a Saviola, que son rápidos. Necesitamos a un jugador que pueda poner balones al espacio». Entonces se excusó: «Sí, míster, pero a los centrales les gusta que yo empiece a jugar desde atrás». Y yo: «No te preocupes, esto lo voy a arreglar con los centrales. Vamos a probarlo». Al primer partido vino Gaspart y me dijo: «Míster, este es el partido más importante de mi vida. Jugamos con el Espanyol y si nos gana en su campo se pone por delante de nosotros y yo tengo que irme del Barcelona». Y, justo a los diez o quince minutos, Xavi, por primera vez en su vida, termina una jugada, entra en el área del rival y marca un gol. Una fiera. En ese momento empezó a ser el mejor centrocampista del mundo y el mejor en su posición.

Decían que con Van Gaal el equipo estaba un poco machacado de táctica y usted les dio más libertad.

No fue exactamente así, aunque hice cambios, claro. Por ejemplo, me dijeron que Frank de Boer era más lento que su madre, así que yo puse a su lado a Puyol, que era mucho más rápido, para adelantar la defensa y corregir el problema. También hablamos con Overmars, que era un diestro pero jugaba por la derecha; era muy rápido, pero siempre que llegaba a la zona de ataque tenía que recortar y era muy predecible. Yo lo pasé a la otra banda. Al final terminamos en la zona UEFA, pero ganó Laporta las elecciones y tenía a su gente. Begiristain me dijo que estaban encantados conmigo, pero que «nuevo presidente, nuevo entrenador». Me agradecieron que no pusiera problemas a mi salida.

Y después otro fichaje igual, a salvar al Celta.

Ha sido mi vida. Coger equipos al borde del desastre y dejarlos en mejor situación. Pero ¿por qué? Porque nunca tuve un representante. El problema con el Celta fue que, además de estar por abajo, tenían que jugar Champions y nos las vimos con el Arsenal de Henry, Vieira… El equipo estaba agotado y había jugadores con unas costumbres antideportivas muy serias.

Ser entrenador de los tres grandes de España es algo que no ha hecho nadie. ¿En qué se diferencian Madrid, Atleti y Barça?

En todo. El fútbol es un espejo de la sociedad. Catalanes y madrileños ya sabemos que son muy diferentes, pero es que el Atlético también es muy especial y distinto al Real, no tiene esa arrogancia.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando murió Jesús Gil?

Esto es algo que ya he repetido más de una vez y que es una enseñanza vital para mí: Jesús Gil tenía todo para ser feliz; una finca preciosa, Valdeolivas, mucho dinero. Y, sin embargo, se fue de la vida con pena y con muchos problemas. Con todo lo de Marbella… De verdad, todo el dinero que ganó no le hacía feliz. Seguramente Gil fue la persona que más disfrutó con los títulos que ganamos. Nunca olvidaré cuando fuimos al Vaticano a ofrecer el trofeo al papa. Fue su mujer y también su madre, doña Guadalupe. Ella era una mujer muy firme, no dejaba que nadie la ayudase con sus maletas en el aeropuerto, ni siquiera yo mismo, y eso que Gil le dijo, refiriéndose a mí: «Pero que sin este señor no estaríamos aquí» [risas]. Estas cosas te marcan muchísimo, de verdad.

Te voy a contar otra cosa sobre Gil. Él tenía su oficina en el estadio y mandó construir un baño para poder ducharse, porque decía que necesitaba limpiarse de las cosas malas que le habían pasado, de su tiempo en la cárcel cuando lo de Los Ángeles de San Rafael [se derrumbó un restaurante de su propiedad y murieron cincuenta y ocho personas, fue condenado por ello]. Recuerdo también que una mañana, en Liga de Campeones, vi a todos sus guardaespaldas saliendo del hotel cargados hasta arriba de almohadas del propio hotel. Gil dijo: «Es que nunca he dormido tan bien como en este hotel con estas almohadas». [Risas] Él iba al casino y gastaba y gastaba, ganaba mucho dinero, aunque lo que de verdad le hacía feliz, ¿sabes qué era? [risas]. Jugar al parchís. En serio.

¿Qué le parece el Atlético actual de Simeone?

Creo que ha ganado solidez. También ha solventado sus problemas económicos, que, quieras que no, estos éxitos en Liga de Campeones, llegar a las finales y tal, les dan mucho dinero. Ciento cuarenta millones de euros de derechos de televisión, otros sesenta por llegar a la final…

¿Y el estilo de juego?

Ya sabes que los resultados son lo único que no se discute en el fútbol. Pero si tengo que opinar personalmente, a mí me parece que Simeone tiene todo el derecho a hacer lo que hace, pero su equipo no juega con autoridad de campeón: siempre está replegándose, defendiéndose muy atrás, jugando al contraataque. Él es quien ha hecho que el equipo juegue de esta manera, aunque es cierto que también trabaja la estrategia y marca goles por ahí. Por otro lado, Simeone ha sabido generar una relación casi simbiótica con el grupo y con los aficionados. La gente está con él.

¿El Madrid de Florentino?

Sigue siendo el club más rico del mundo, con las mayores posibilidades. Y, sin embargo, los últimos años se han salvado de milagro con las dos victorias en la Liga de Campeones porque llevan cuatro años sin ganar la liga española. Les he visto en muchos partidos de Champions y han ganado, pero no me han convencido en absoluto.

¿El Barça de Messi?

Te voy a decir una cosa que me encanta del Barça y que no veo en el Madrid: salen a calentar las estrellas juntas. Neymar, Messi y Suárez. Y, además de marcar goles, dan asistencias. Es algo de lo que se beneficia el Barcelona, son jugadores que normalmente serían egoístas, pero trabajan mucho unos para otros. Este año creo que tienen un poco de overbooking en el centro del campo, hay ocho para dos puestos.

Pudo clasificar a Serbia para el Mundial de Sudáfrica.

La situación del fútbol serbio era calamitosa, de los veintitrés jugadores que tenía doce no jugaban en sus equipos. Hubo que devolver la autoestima al grupo, pero cambiamos la mentalidad de la plantilla y la de los aficionados, tuvimos el campo siempre lleno. Nos clasificamos por delante de Francia y le metimos un 5-0 a Rumanía.

Javi Clemente, que fue seleccionador de Serbia, dijo en su entrevista en Jot Down que los serbios, ante los equipos grandes, salían a muerte, pero contra los que eran inferiores a ellos salían desmotivados.

No. Es que él siempre ha intentado jugar contrarrestando el juego del rival y buscar su oportunidad. Siempre desde la defensa y desde la pelea. Contra los grandes, bien, pero contra equipos pequeños no podía porque no dominaba. Es el problema de siempre de los equipos que salen siempre a defenderse.

¿Qué pasó en Sudáfrica que no pasó de primera ronda?

Perdimos con Ghana por un penalti absurdo de Kuzmanovic, una mano tonta. Luego ganamos a Alemania, hacía veintiocho años que un equipo de Yugoslavia no podía con ellos, y contra Australia hicimos nuestro mejor partido, pero perdimos. La suerte que tuvo España en ese mundial nos faltó a nosotros.

¿Tuvo suerte España?

Sí, porque España tampoco tuvo autoridad en el juego, en los momentos claves tuvo suerte.

¿Cómo ha sido su última etapa entrenando en China?

He estado en el Shandong, donde hicimos una ciudad deportiva que para mí es la mejor del mundo. Le pusieron un río artificial alrededor, trasplantaron árboles de cincuenta años y sobrevivieron. Solo puede pasar en China, son extraordinariamente meticulosos y trabajadores. Nos superan en todo; en trabajo, jerarquía, comportamiento. Son maravillosos. Luego estuve en el Hebei, que lo compró un magnate, un constructor, pero que no construye casas, construye ciudades. Empezamos desde cero y conseguimos subir a primera división, pero como siempre, aunque tenía más de un año de contrato, me lo pagaron y me despidieron.

¿Por qué?

Porque pusieron un chico joven chino. Como siempre, pensaban que esto de entrenar lo hace cualquiera. A mí me ocurre siempre.


Julio Salinas: «Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15.

Desgarbado, falto de equilibrio, heterodoxo, de la forma de jugar de Julio Salinas (Bilbao, 1962) se ha dicho de todo. Su apellido llegó a ser un calificativo en las canchas de barrio cuando alguien metía un gol de aquella manera o fallaba uno claro. Sin embargo, siempre que tuvo minutos, metió goles. Algunos de ellos inverosímiles. Muchos, decisivos. Cuestionado desde los inicios y sometido a alguna que otra campaña de desprecio mediático, a la hora de repasar su carrera deja que sus números hablen por él. Registros que alcanzó, explica, por una sola razón: determinación y confianza en uno mismo. En esta temporada se cumplen veinticinco años de la Copa de Europa de Wembley, la primera en la historia del FC Barcelona. Dejemos que Julio nos cuente el relato completo.

Naces en 1962, barrio de San Adrián, en Bilbao.

Entonces era un barrio humilde, ahora está catalogado como barrio alto y es donde está situado el pabellón de basket de Bilbao y el frontón. En mi época no llegaba ni el autobús. Mi padre había nacido en Bilbao, pero mi madre era de Torrelavega (Cantabria) y llegó con dos años al Bocho. Vivíamos todos en un quinto sin ascensor. Creo que subir las escaleras todos los días nos hizo fuertes. El piso era de cincuenta metros cuadrados. Tenía dos habitaciones, un baño normalito, un salón y una cocina, donde hacíamos la vida. Teníamos una Telefunken con un canal, que era TVE. No teníamos UHF, si echaban alguna película que nos gustaba nos teníamos que ir a casa del vecino. Mis hijos ahora se ríen de esto y les digo que no son conscientes de todo lo que tienen.

Para ir a entrenar teníamos que ir en autobús y volver en tren. Antes de ir, pasábamos por la estación a buscar por el suelo billetes sin picar para la vuelta. Si no, teníamos que ir entre los vagones con cuidado de que no nos cogiera el «pica». Llevábamos una bolsa con todas las cosas llenas de mierda, porque las botas te las tenías que limpiar tú, o sea, mi madre, y era la hostia. La estación estaba en El Arenal y teníamos que ir hasta San Adrián andando. No había luz, era un descampado y por donde íbamos no pasaba nadie. Acojonaba.

Y todo esto sin que el Athletic nos pagara el transporte. Solo financiaba el de los de fuera. Yo, para sacar dinero, hacía cada sábado el reparto de una carnicería donde sacaba veinticinco pesetas por cada entrega más la propina que nos daban las señoras. También, cada jueves descargaba un camión. Como solía llegar a las cuatro de la tarde, muchas veces no iba al colegio para descargarlo. Y vendíamos lotería o directamente papel, que en aquella época se cotizaba. Hasta cobre he vendido. Nos buscábamos la vida en todo porque la paga de los abuelos no eran más que dos duros y, además de lo fundamental, teníamos vicios: las cartas, el futbolín y el billar, al que jugábamos con tres bolas y una caja de cerillas en medio y había que hacer veinticinco carambolas. Ahora veo a los niños con sus teléfonos móviles de mil euros y no sé ni qué pensar.

De tu barrio eran las Vulpes.

En esa época pegaron muy fuerte. Eran un grupo revolucionario. Nuestro barrio era pequeño y hasta ese momento no había habido nada. Se consideraba un lugar problemático. Al lado estaba Errekalde y abajo La Peña, todo eran bandas y peleas. Subían los de La Peña y te decían: «A ver, tú, Julio, te tienes que pegar con este y tú, Patxi, con este». Y había que pegarse. Era irreal. Otro mundo. Estuve hace poco en el barrio y me hizo mucha ilusión. Todavía seguía la tienda de chucherías de María Jesús, que se iba a jubilar dentro de poco. Me acuerdo de los Flash que nos tomábamos y los Jariguay de naranja. Jugábamos al fútbol en los bancos. Éramos tan callejeros que hasta mi madre me obligaba de vez en cuando a subir a casa. Ahora a los hijos no les dejan andar ni un kilómetro. Te dicen: «¿Y si le pasa algo al niño?». Pues en aquella época vivías en la calle, cada día subías con un chichón o una brecha, era algo habitual y daba igual. En cambio, ahora están todo el día jugando a la Play, están agilipollados.

En Navidad yo salía a la calle, me preguntaban qué me habían regalado y decía: «Nada». Un indio, como mucho. Jugábamos con el tiragomas, a la pelota, al chorro-pico, al escondite… Me acuerdo de mi bicicleta BH que me compraron cuando tenía trece o catorce años y era para los dos hermanos. Teníamos discusiones para usarla porque éramos de la misma edad y salíamos con la misma gente, pero fuimos siempre uña y carne.

Con once años te cogieron en el Athletic.

La vida me arrastró a jugar en el Athletic. No fue algo buscado. Yo jugaba en el Corazón de María, que ahora se llama Askartza Claret, uno de los mejores colegios de Bilbao, en el barrio de San Francisco; de los barrios más problemáticos entonces. Para llegar, todos los días pasaba por Las Cortes, donde estaban las putas. Abríamos puertas para ver si veíamos alguna teta. Y por Zabala, donde vivían los gitanos. Si pasaba un camión nos subíamos a la rueda de atrás y si podíamos robábamos alguna cosilla del remolque. Mi infancia ha sido muy bonita. Éramos muy humildes, mi padre trabajaba en la recepción de un hotel y mi madre era una curranta de la hostia, trabajaba limpiando fuera y luego en casa.

El caso es que mi madre entró a limpiar a un polideportivo y me colocó en administración, sustituyendo a un tío que iba a hacer la mili. Me encantaba ese trabajo. Siempre he sido un tío de números. Con diecisiete años me creía el jefe de la empresa. Creo que hasta los empleados me tenían manía de lo serio y puntual que era. Iba todos los días con mi madre en autobús, nos levantábamos a las seis de la mañana. No teníamos coche. Mi madre tuvo un seiscientos, pero un cabrón nos lo robó y lo tiró por un barranco.

Llevaba ese curro a rajatabla y por ahí vino mi primer palo en la vida. Ganaba catorce mil pesetas y cinco mil en comida. Con veinte mil pesetas me sentía el rey del mundo. Y mis padres me lo dejaban todo para mí, aunque luego les compré un piso y ayudé en casa. Pero vino el chaval de la mili y decidieron que me tenía que marchar. Eché unas lagrimotas que no te puedes imaginar. Estaba entonces jugando en el Athletic juvenil. Si me hubiera salido el curro habría dejado el fútbol. Pero me llamó el Athletic una semana después para que entrenara mañana y tarde. Como solo había hecho 3.º de BUP y no era muy buen estudiante, tampoco tenía más opciones.

Todos los días a las ocho de la mañana tenía que estar en San Mamés. Venían a recogerme Goikoetxea y Ángel María Villar. Goiko con un 131 y Villar con un Renault 5. Yo me montaba y decía: «Egun on», y no volvía a hablar hasta que me bajaba y me despedía: «Eskerrik asko, agur». Ellos iban a lo suyo, hablando de cosas de abogados. Yo me iba al campo y entrenaba solo tiros a puerta, remates y toda esa historia y luego comía en un bar de Lezama con todos los porteros. Iribar, Cedrún… eran ídolos. Veías llegar a Alexanco con su Supermirafiori como si fuese un dios. Les teníamos un respeto increíble. Luego a nosotros nos venía Pizo Gómez de chaval y te decía: «Hey, tronco, dame el champú» [risas].

Un entrenador te dijo: «No te preocupes, estoy seguro de que serás delantero del Athletic».

En el juvenil a veces no me sacaban. Lo pasé mal y entonces Irizar me dijo eso. Pero yo me preguntaba cómo iba a suceder si no me sacaban. Al final empecé a jugar y salí de los juveniles, pero decidí irme a la mili. El Athletic ese problema lo tenía muy mal organizado, eludirla. Había dos maneras, o pagabas dos millones de pesetas y te librabas, o el Athletic te colocaba en Arellano. Yo tuve suerte porque una prima mía se casó con un militar y nos colocó a mi hermano y a mí en un buen destino. Pero fue complicado, porque entonces no querían vascos en telecomunicaciones. Era en los ochenta, años muy duros de ETA, muy jodidos, y todos los días con manifestaciones en Bilbao.

¿Cómo vivías ese ambiente, erais ajenos a lo que sucedía?

No eras ajeno porque estabas conviviendo con las personas y la situación económica tampoco era boyante, que eso era lo que recrudecía los problemas. La gente lo que quiere es vivir bien. Al final en la mili me pusieron en correos y mi hermano Patxi tenía que ir una vez por semana y estar ahí veinticuatro horas encerrado, durmiendo y todo. Tuvimos mucha suerte, aunque fueron dieciocho meses. Y el mes de campamento nos coincidió con la semifinal de la Copa del Rey y nos dejaron ir, por eso jugamos calvos el partido ese en el Bernabéu en el que Míchel metió un gol por fuera de la red.

En YouTube está la prueba.

Para nosotros fue… habíamos salido en la prensa, íbamos a jugar una final contra el Real Madrid, televisada, con toda la ilusión del mundo. Después de una temporada fantástica, en la que en casa les habíamos metido 3-0, llegas allí y pierdes por un gol que sabes que ha entrado por fuera de la red. Dices: «¡Me cago en la madre que me parió!». Estuvimos buscando media hora y no vimos el agujero. Nunca he hablado con Míchel de esto, pero hubo unos lloros impresionantes.

No fue la única polémica con el Castilla.

No, en la 82-83 quedé pichichi de 2.ª B y subimos a 2.ª A, jugué muchos partidos con el Athletic. Y tuve ocasión de jugar el último, además, que fue en el que ganamos la liga en Las Palmas. Un año perfecto. Pero en la 83-84 nos volvieron a robar Míchel y compañía. Quedamos igual de puntos que ellos, pero tres semanas antes nos hicieron repetir un partido que habíamos ganado 3-1 al Cartagena. Decían que fue con alineación indebida porque mi hermano había jugado diez partidos de liga con el primer equipo, ¡pero no habían sido de liga, sino de Copa! Tuvimos que repetir el partido en Vallecas y empatamos a uno. El año siguiente, 84-85, ya estuve en el Athletic y me designaron mejor jugador. Trofeos que te hacen una ilusión de la hostia y a mis padres una satisfacción enorme. Guardaban los recortes del periódico.

Las celebraciones de esos títulos de liga que consiguió el Athletic con Clemente fueron espectaculares.

¿Sabes qué pasa? No te das cuenta de lo que has logrado, me pasó igual con el Barça. En aquella época estaba acostumbrado a ganar. En los cuatro años del Athletic fueron dos de ganar, dos terceros puestos, una Copa y una final perdida, que era lo normal, porque solo teníamos al Madrid y al Barça por encima. Pero ahora cuando veo los vídeos de lo que hicimos, que había un millón de personas celebrándolo, ¡me cago en la hostia! Fue impresionante. Y nunca lo volverán a conseguir.

Sin embargo, alguna vez has dicho que el propio Athletic no reconoce lo suficiente vuestro mérito.

El Barça, al Dream Team, lo tiene ya de por vida. En Madrid la Quinta del Buitre es respetada y querida. En el Athletic, no sé cómo se llamará a nuestra generación, pero no mantiene ni a la gente dentro del staff. Está Artiaga como director de la estructura de la casa, por así decirlo, con Gallego de utillero y De Andrés de ojeador, pero a los demás no ha sabido meterlos cuando es gente muy cualificada que en la estructura base da sentimiento a ese equipo, ¡joder! Fue un equipo único por lo que consiguió.

Acabó como el rosario de la aurora con el enfrentamiento entre Sarabia y Javi Clemente, ¿no?

Acabó mal y fue una putada. A Javi Clemente lo llevamos en el corazón, para nosotros lo era todo. Lo que pasó con Sarabia me afectaba, yo era un poco el salpicado en esa historia porque aquel año pasé a ser titular. De una delantera de Dani – Sarabia – Argote, pasó a ser Dani – Salinas – Argote y se formó un follón que ni te va ni te viene ni se sabe a santo de qué cuando el equipo es ganador. Yo era internacional ya, pero también un poco niño todavía y lo viví todo desde la sombra. Intentamos convencer a Javi para que volviera al equipo, pero nos dijo que él no podía dejar de ser Javi.

Qué carácter.

A mí me ayudó mucho. Me subió al primer equipo. Recuerdo que antes de que le echaran tuve una charla con él. Entonces me impresionaba. No es como la relación entrenador-jugador de ahora, que el jugador manda y si no te manda a tomar por saco porque tiene un contrato de ocho millones de euros en cualquier lado. Yo estaba acojonado, me llamó a su despacho y me preguntó por qué no renovaba. Le dije que ganaba tres millones de pesetas, mientras otros de la plantilla estaban entre nueve y veinte, y no quería renovar por cinco que me ofrecían, sino por nueve. Javi se descojonó al escucharme. Me estaban intentando engañar.

Jugaste contra el Barça de Maradona el día de la lesión.

Fue una de las peores experiencias de mi vida. Nos metieron 4-0 y a la salida del campo nos apedrearon el autobús. Pasé miedo. En el hotel se armó otra tangana con gente que vino a por nosotros y hubo peleas entre los aficionados. La polémica estuvo coleando hasta la final de la Copa del Rey, en la que se montó otra pelea entre los jugadores. Luego hubo un partido en San Mamés en el que me anularon un gol, arbitraba el gallego García de Loza, que era muy polémico, y se montó la de dios. La policía pegó tiros con balas de goma, peleas, barricadas en la calle, invasión del terreno de juego… Se pasó miedo de verdad. La relación llegó a ser muy tirante entre Barcelona y Athletic. Cuando los vascos aterrizamos en el Barça cambió todo, pero pasamos momentos muy difíciles.

Debutaste con España contra la Unión Soviética.

Sí, el 22 de enero de 1986. Después de aquella conversación con Clemente tuve la suerte de empezar el año, debutar con la selección y marcar un gol a Dassaev. Era muy joven y fue la hostia. En el siguiente me volvieron a llamar y le metí un gol a Bélgica. De modo que me convocaron por tercera vez y otra vez hice un gol, esta vez a Polonia. Esa racha me abrió las puertas del Mundial de México.

Ese verano fue cuando fichaste por el Atlético de Madrid, lo cual fue interpretado en Bilbao como una traición y tu familia llegó a pasarlo mal.

Sí, en aquella época era impensable que alguien se pudiera marchar del Athletic. Nadie lo hacía. Pero yo me fui al Mundial, era el único internacional de la plantilla junto con Goikoetxea y con Zubi, y quería una ficha como los demás. Al principio ellos no valoraron el problema porque tenían a Dani, a Noriega, a Sarabia y a Endika. Julio Salinas era uno más. Pero ¿qué pasó? Dani se hizo entrenador, Endika no siguió con la progresión que parecía que iba a tener y Sarabia estaba en el ocaso de su carrera. Cuando quisieron darse cuenta tenían un problema en la delantera.

Vendieron en los medios la idea de que yo era un pesetero. Lo que les interesaba de cara al aficionado. Imagínate a mi familia, que se quedó en Bilbao. Fue tan grave que no me quisieron entregar la insignia de oro y brillantes y un cuadro que daban de Pichichi, Rafael Moreno Aranzadi, el futbolista, por haber jugado cien partidos con el Athletic. Cuando mi hermano fue a renovar les puso como condición indispensable que me dieran lo que me correspondía. Pero el mensaje a los aficionados para que me machacaran ya estaba enviado y mi madre sufrió mucho. Escuchaba a José María García hasta las dos de la mañana y lo pasaba fatal. Decían de todo porque no lo entendían, era el primer jugador que se marchaba del Athletic sin dejar un duro, me fui libre.

Un año después quisieron que volviera. Yo dije: «¡Joder! Encantado de volver». Solo pedí que me pagaran lo mismo que estaba cobrando en el Atlético y me contó el gerente un lío de que en Bilbao la vida era más barata y cobrando menos era como si cobrase igual. Contesté que no me vinieran con historias. Yo era un delantero internacional de veinticinco años y me quisieron quitar dinero en el cambio. Engañarme otra vez.

Antes de eso fue el Mundial de México.

Fue una gran experiencia, pero muy dura. Cuarenta y cinco días estuve en Tlaxcala, una montaña a tomar por saco. Solo había un futbolín y un ping-pong para todos. Era insoportable. No había teléfono, jugábamos a las cartas. Días largos, largos. Luego en Guadalajara lo pasamos mejor, pero el seleccionador, Miguel Muñoz, nos metía unos viajes que eran la madre que lo parió. Cuando fuimos a jugar contra Dinamarca estuvimos en un hotel en el que salían arañas que parecían tarántulas de lo grandes que eran. Era como leones, joder. Y encima veías que los daneses habían podido llevarse a sus mujeres, estaban muy a gusto, y tú decías, pero ¿qué es esto?

Así les fue (España les ganó 5-1).

Sí, les salió un partido redondo [risas].

El primer partido fue el famoso gol de Míchel que no dieron contra el Brasil de Sócrates, perdimos 1-0.

Entraba dentro de lo previsible perder, aunque fuese gol. No fui consciente de tener enfrente a Sócrates, solo puedo recordar que me tocó de marcador un negro de dos metros de alto por dos de ancho. No sabía qué hacer.

Le marcaste a Irlanda del Norte en el siguiente, ¿no te emocionó?

Me emocionó, primero, porque no nos quedaba otra que ganar, si no, estábamos muertos, ya que pasaban dos por grupo. El tercero era Argelia, el único que teníamos seguro que podíamos ganar. Fue un orgullo enorme meter ese gol. Con la izquierda, además.

¿La convivencia con la Quinta?

Bien, muy bien. Era una selección mitad veteranos, mitad jóvenes. Mi generación era la de Míchel, Butragueño, Tomás, Chendo… los mayores eran Julio Alberto, Carrasco, Goikoetxea, Maceda, Señor, Gordillo, Víctor… Los problemas vinieron porque Carrasco, Marcos y Rincón estaban mosqueados porque no jugaban. Arriba éramos Butragueño y yo, dos chavalitos.

Y el Buitre marcó esos cuatro goles a Dinamarca.

Ese partido a Butragueño le catapultó. Era muy buen futbolista, pero con ese encuentro subió mucho. Ahí rompió la barrera salarial y se convirtió en un ídolo nacional. Yo sentí una alegría enorme conforme los iba enchufando. Dinamarca era el rival más difícil hasta el momento e iban de favoritos, tenían a los Laudrup y compañía. Contra Bélgica lo veíamos más fácil. Con esos goles del Buitre sentíamos que ya casi estábamos en semifinales y encima con el pichichi, que por eso tiró el último penalti.

Contra Bélgica, el disgusto.

Fue un palo. Nos falló que Goiko estaba sancionado y Maceda ya no jugaba. Fuimos a penaltis y eso es cara o cruz. Con el Athletic y el Barcelona sí que tuve suerte de campeón, ese empujón necesario para llevarse los títulos, pero con la selección no tuve ninguna fortuna.

¿Cómo fueron los dos años en el Atlético de Madrid de Jesús Gil?

Cuando Gil se metió en el fútbol creía que esto era llegar y besar el santo. Pensaba: «Hago esto, esto y esto y gano; traigo a Futre y seis jugadores y gano con la boina». En realidad, es mucho más complicado. Creo que le faltó paciencia, aunque montó un Atlético que era un equipazo. Necesitamos un poco de tiempo y tuvimos la mala suerte de que Luis Aragonés se puso enfermo en pretemporada y hubo que cambiar al entrenador nada más empezar… Luego, seis entrenadores en dos años. Lo divertido fue que Gil nos llevaba a Marbella, todos vestidos impecables, a fiestas con la jet set. Pensábamos: «Pero ¿qué hacemos aquí, macho? Como vengamos mucho no vamos a jugar al fútbol».

Pero no iba a ser así ni mucho menos. Lo que más me sorprendió del Atlético fueron los entrenamientos. Eran brutales. No he corrido nunca tanto. Por la montaña, en series, la madre que los parió. Mira que una de mis cualidades era la forma física, pero esto era insoportable. Correr por el campo en Segovia en verano. Me encontraba a Da Silva y demás, escondidos detrás de un árbol, diciendo: «Vete, sigue, no nos mires». El preparador físico era Ángel Villanova, que luego se vino conmigo al Barcelona con Cruyff y cambió como de la noche al día, ya hizo todos los entrenamientos con balón, rondo, posesiones…

Compartiste vestuario con don Juan Carlos Arteche.

Vestuario y habitación. Era un fenómeno, me ayudó mucho. Tampoco lo pasó bien ese año. Gil se metía mucho con él porque vendía zapatos, aunque se metía con todo dios cuando perdía. Arteche era un tío de pueblo en el mejor sentido, un hombre con una nobleza y unos valores impresionantes. Tenía sus limitaciones técnicas, pero a nivel táctico estaba no solo para jugar en un equipo grande, sino para ser el buque insignia. Era un líder, un tío autoritario en el campo que sabía aprovechar muy bien sus cualidades.

Tuve buenos compañeros. El primer año viví con Juan Carlos y Uralde, el segundo con Eusebio. Íbamos mucho a casa de Quique Setién, que tenía una máquina para jugar al ajedrez. Era un enfermo del ajedrez, hasta el punto de que hizo tablas con Kaspárov en una partida de él contra cien personas.

El segundo año llegó Paulo Futre, recién proclamado campeón de Europa con el Oporto.

Como jugador era una alegría. Griezmann, Messi o Ronaldo me recuerdan a lo que él daba. En el uno contra uno era impresionante, aunque luego regateara demasiado y le faltara ser un poco de equipo. Cuando llegó, yo lo primero que hice fue ir a hacerme una foto con él. Como persona era un gran compañero también.

Menotti fue el entrenador ese segundo año.

Siempre estaba con lo de achicar espacios, el «achique». Nunca olvidaré una frase suya: «Chavales, pelead, no me digáis que estáis cansados. Si se quema tu casa y estás cansado, ¿a que sacas fuerzas de flaqueza para entrar ahí y buscar a tu hijo?». Fue un entrenador diferente en sus planteamientos, aunque tampoco le dio tiempo a nada porque Gil se lo cargó rápido. Si no se ponía a los que él quería, se cargaba al entrenador. Y aquel año quedamos terceros, no sé qué quería, los otros eran el Barça y el Madrid y estuvimos peleando por la liga hasta el final.

Al menos le disteis un 0-4 en el Bernabéu.

Es el partido que más recuerdo. Metí un golazo, y ganar así en el campo del Madrid fue… debías haber visto la cara de Jesús Gil diciendo: «Dejadme, dejadme que disfrute este momento».

La Eurocopa del 88, desastrosa. Recuerdo las fotos de Vialli a toda página en el Don Balón destrozándonos.

Fue el peor torneo internacional de todos los que he jugado. Ganamos a Dinamarca otra vez, pero perdimos con Italia y Alemania en la fase de grupos. Ganó Holanda esa Eurocopa, con Gullit y estos, pero podría haber ganado Alemania perfectamente, con Völler o Matthäus, o la Italia de Vialli, eran equipazos. Y nosotros teníamos un equipazo, pero… Fue el último año de Miguel Muñoz. En México no estábamos bien y luego el equipo no terminó de coger la onda.

Al Barça llegaste justo después del motín del Hesperia, fuiste uno de los primeros fichajes que hicieron.

Entramos trece nuevos. Yo iba con Eusebio, también del Atlético. Cuando llegué me reuní con Gaspart y con Núñez, y este me dice: «Está usted aquí en contra de mi voluntad, usted es un jugador problemático, de montar revoluciones, ha venido solo porque Cruyff le ha considerado indispensable». Tenían la experiencia del motín del Hesperia y estaban obsesionados. No querían saber nada. Fíjate que tenía una inmobiliaria y nunca nos ayudó a buscar piso.

En realidad, ese equipo lo había montado Javi Clemente, era muy amigo de Núñez. Recuerdo que un día en el Atlético fuimos a Valencia y Luis nos dijo que había que jugar bien, que en la tribuna estaba Johan Cruyff. Yo jugué horrible. Supongo que el Barça, dentro de lo que podía fichar, quería algún internacional y no había mucho más que reuniese las características. Extranjeros solo podías tener tres.

La prensa también estaba en contra de tu llegada a Barcelona.

Fui a Mundo Deportivo, donde trabajo hoy día, y me soltó Andrés Astruells: «Te lo digo sin problema a la cara: te he criticado siempre, me parece que un jugador como tú, después de Kubala, Cruyff y Maradona, no pinta nada en un club de prestigio como el Barça. No sé qué haces aquí». Contesté que esperaría a que me criticara por lo que viera en el terreno de juego.

¿Cómo fueron los revolucionarios planteamientos tácticos de Cruyff?

Cruyff estaba por delante de su tiempo. Llegó con una metodología completamente nueva, planteamientos que eran impensables, no estábamos acostumbrados. La gente decía que estaba loco, pero él estaba tan seguro y tan convencido… Todos los entrenamientos físicos los mandó a tomar por saco. Todo era posesión. Jugamos con tres defensas en esa época, con rondos, con los espacios… Era Johan, el mejor jugador del mundo; si te lo llega a decir otro ni de coña.

Sufrimos mucho, nos hicieron muchos goles y nos pitaron muchos penaltis en contra porque sufríamos muchas contras, pero el juego encandiló desde el primer día. La gente disfrutaba. Pero el Madrid tenía un equipazo, la Quinta del Buitre, acompañada de unas estrellas que no veas, y había que tener paciencia. Lo mismo que debía haber tenido Jesús Gil. La paciencia es un valor en el fútbol.

¿Qué tal con Lineker?

Muy bien, era un fenómeno. Venía como el mejor jugador del Mundial y era mi ídolo con Inglaterra. El mejor delantero centro del mundo en aquella época, pero a Cruyff no le acababa de gustar. Lo puso en la banda y él en la banda estaba muerto, igual que yo. Eso sí, en la final de la Recopa contra la Sampdoria marqué por un centro suyo desde la banda.

Veo en la hemeroteca que en esa época ya te tenías que reivindicar constantemente, como nunca dejó de ocurrir en tu carrera. Decías: «No me importa ser discutido mientras siga marcando goles», «Los pitos me ponen nervioso», «Esto de la técnica es un tema muy controvertido, hay quien cree que tener técnica es coger un balón y regatear a cinco y eso no es así, porque cuando yo jugaba de 9, siempre devolvía el balón al primer toque y la dejaba lista para rematar». En resumen, que metías muchos goles empujándola a puerta vacía, pero había que saber estar ahí.

Creo que he sido un jugador que ha tenido una técnica muy buena, porque, ¿qué es la técnica? Si la técnica es dominar la pelota yo lo paso mal. Cuando en los equipos me fichaban y me hacían la foto el primer día siempre me ha costado horrores. Cuando fui a Japón me pusieron a dar toques con unos niños al lado y yo fui al primero que se le cayó, y ellos seguían y seguían. Acabé aburrido de verles dar toques, e intenté darles un empujoncito a ver si se les caía: «¡Que me estás dejando en ridículo, chaval!».

Pero yo he sido rentable en todos los equipos en los que he estado. Todos han ganado pasta conmigo, menos el Athletic, aunque les fui muy rentable porque tampoco les costé dinero. Al Barça le costé, pero estuve seis años a un gran nivel. Al Dépor no le costé y les dieron cuarenta kilos. En el Sporting jugué como los dioses y encima les dieron más pasta de la que ellos pagaron por mí. Luego en Japón estuve bien y en el Alavés, de puta madre.

Tengo buena aclimatación. He jugado en todos los sistemas posibles, con un delantero, con dos, en la banda, como quieras, y he marcado siempre goles. Nunca he estado lesionado. Llegué a un Dépor que nunca había ganado títulos y se llevó dos en un año. Al Barça del Hesperia y salí del Dream Team. El Athletic, el mejor de toda su historia. Al Alavés lo cogí último, lo dejé en UEFA y casi nos metemos en Champions. Me retiré a los treinta y siete años para hacer treinta y ocho, y por aburrimiento, porque podía haber continuado, era el máximo goleador del Alavés.

¿Fui discutido? Sí, pero por intereses, que en mis tiempos había muchos. Hubo una guerra contra el seleccionador que fue brutal. Antes, si Marca estaba a favor, As estaba en contra. Si Sport estaba a favor, Mundo Deportivo estaba en contra. Si José María García estaba a favor, De la Morena estaba en contra. Y viceversa. Y todos los que estaban en contra te mataban. Por estos motivos fui discutido, no por lo que haya demostrado con juego y con goles. Los goles que he marcado nadie me los puede rebatir.

Jugaste contra Stoichkov antes de que viniera a Barcelona, cuando estaba en el CSKA de Sofía.

No me acuerdo mucho. Solo sé que cuando cruzábamos el telón de acero me daba mucha pena. Una vez en Polonia le dimos un plátano al intérprete y parecía que lo guardaba para el día de su cumpleaños. Había una pobreza, una necesidad… En esos viajes aprovechas para comprar un abriguito de piel y llevárselo a tu madre, pero parecía todo tercermundista y encima hacía un frío que pelaba.

Final contra la Sampdoria, le marcas a tu amigo Pagliuca.

Aquel gol supuso mi primer título europeo. Fue importante para que tuvieran paciencia con el proyecto, porque aquel equipo estaba ya con la soga al cuello. Aquel partido fue el principio del principio.

Al siguiente año se incorporaron Koeman y Laudrup.

En aquel Barça mandábamos los vascos. Éramos los veteranos y los internacionales. Zubi y Alexanco eran los capitanes. Bakero, Begiristain, Rekarte… Entonces los tres extranjeros pasaron de ser Aloísio, Romerito y Lineker a ser Koeman, Laudrup y Stoichkov, y una cantera de chavales catalanes de puta madre: Amor, Milla, Chapi, Sergi, Guardiola, Busquets… Así se gestó el Dream Team.

Koeman era un jugador extraordinario. Tenía poca velocidad para jugar de central, que encima era complicado en el esquema de tres con Guardiola por delante, pero era muy bueno en el toque de balón; tenía un desplazamiento increíble y una inteligencia táctica que le convertían en un jugador vital. Además, marcaba de falta o de penalti siempre en los momentos difíciles. Era un jugador top. Además, se integró muy bien. Y Laudrup era diferente a Koeman, pero también se integró perfectamente, hasta estuvieron en la canción esa que hicimos, un rap y un tema en catalán.

Uno de los goles más bonitos de tu carrera se lo hiciste al Madrid a pase de Urbano. Te diste la vuelta y la enchufaste de volea en un partido que ganasteis 3-1.

Sí, uno que recibí por la espalda. Me di la vuelta con Sanchís y se la metí a Buyo. Fue un golazo que no paraba de salir en televisión. Ganar al Madrid siempre ha sido una satisfacción, un partido diferente.

La Quinta dominó durante cinco años el campeonato, parecían imbatibles.

Tuvimos suerte de ganarles una Copa del Rey, luego nos la ganaron, pero nosotros nos hicimos con la Recopa. Y al tercer año, ya con Stoichkov y Nadal, unos fichajes con los que arrasamos porque la supremacía era brutal, por fin nos impusimos. Dicen que ganamos tres ligas en los últimos quince minutos, pero no es así. En realidad, regalamos esa posibilidad. Creo que aquel Barça debió haberlas ganado mucho más sobrado.

Llegamos al Mundial del 90, con Luis Suárez de seleccionador.

El centro del campo, con Míchel y Martín Vázquez, era todo garantías. Sigo pensando que tuvimos mala suerte. Perdimos en la prórroga, también con mucha histeria acumulada, porque el primer partido, contra Uruguay, fue bastante malo y Luis Suárez ya estuvo muy nervioso todo lo que quedaba de torneo. Al principio no contó conmigo para estar arriba con Butragueño, siempre estábamos con el debate de buscar el complemento al Buitre. Pero me sacó contra Corea, cuando metió los tres goles Míchel, y el seleccionador contó conmigo para el resto de partidos.

Ese triplete de Míchel es el del famoso «me lo merezco, me lo merezco». ¿Se lo merecía?

Se lo merecía. Nos estaban dando palos por todos los lados. Yo me hubiera sentido igual si hubiese metido los tres goles. Desgraciadamente, en el partido contra Yugoslavia pasó lo mismo que en el Mundial anterior; éramos mejores, pero se adelantaron ellos y se nos hizo muy cuesta arriba. Marqué yo el empate, pero luego, ya sabes, Míchel se agacha en la barrera y nos la clavan. Una pena, porque este Mundial no tuvo nada que ver con el de México. En Italia estábamos como en casa, fuimos a Venecia, tuvimos días de descanso, fue otro tipo de campeonato.

Martín Vázquez estaba llamado a ser el héroe de la selección y del Mundial, pero no le entraron.

No tuvo mucho tiempo de explotar. Nos eliminaron en octavos, una pena, porque en la siguiente ronda nos habría tocado Maradona. Igual que en México, que de pasar frente a Bélgica nos habríamos enfrentado a él. Contra la Argentina de Maradona al menos sí jugamos algún amistoso. Para mí siempre ha sido el mejor. No se puede comparar con Messi, en aquella época te mataban en el campo. Messi está muy protegido. Cualquier falta fuerte que recibe sacan tarjeta. Las patadas que le dieron a Maradona…

Como persona no le conozco, pero tampoco comparto cómo le han criticado. Algo habría que le llevara a meterse en lo que se metió. Maradona era una persona de orígenes muy, muy, muy humildes. La presión que tuvo después… en fin, hay que mirar el contexto antes de llamarle drogadicto y polémico. Porque una cosa es indiscutible: no hay ningún compañero de Maradona que haya hablado mal de él.

En la temporada 90-91 el Barça iba como un avión y casi se trunca en febrero, cuando Cruyff sufrió un infarto.

Fumaba mucho y, ya sabes qué tipo de situaciones suelen provocar los infartos: el estrés. Fumador empedernido y la presión… Estuvo un tiempo fuera, le tuvieron que operar y poner un marcapasos.

La sorpresa de ese año fue Stoichkov.

El búlgaro, ay, el búlgaro. La gente no le conoce. Supongo que los de Madrid dirán «este tío es subnormal», pero hay que conocerlo. Stoichkov es como un niño. Es un trozo de pan. Aunque luego se le acerque un periodista y le conteste a gritos o le diga «déjame en paz». Estuve hace poco en su homenaje, en Bulgaria, es un tío único. En su país manda más que el presidente. Confieso que le quiero mucho. De todos los extranjeros con los que he jugado es con el que más amistad tengo. Es muy diferente, es todo nobleza.

Recuerdo que estábamos siempre apostando. Veíamos a los chavales de Canal Plus pelotear antes del partido y apostábamos a ver cuál chutaba más lejos. En el vestuario, cogíamos una bola y a ver quién la encestaba en la bolsa de basura. Apuesta. Hubo un partido en Pamplona, en El Sadar, en el que les aposté cincuenta mil pesetas a que no metían dos goles a Stoichkov y a Romario. Uno cada uno. Era una buena apuesta porque en un partido fuera de casa no era tan fácil marcar, pero los cabrones marcaron. Stoichkov uno y Romario ¡dos! Se vinieron a celebrarlo al banquillo para decirme: «¡Hey, cincuenta mil!», vacilándome. Y yo: «Cabrones, que se va a enterar todo dios. A jugar, joder, que os alegráis más de ganar que por los dos puntos».

Wembley, 20 de mayo de 1992.

Es el inicio de la historia del Barça. Fue un año muy duro porque íbamos mal clasificados en la liga, a un montón de puntos del Madrid. En la Copa del Rey estábamos eliminados en enero y todo era un desastre. El míster nos veía tan mal que nos dijo que estábamos todos renovados si ganábamos un título. Lo hicimos en Wembley, y eso nos dio alas para coger con fuerza la liga. Nos dio una moral impresionante. Sobre todo, después de haber perdido aquella Copa de Europa en Sevilla, que fue un palo. Una oportunidad única como esa, porque antes tenías que ganar la liga para poder jugar la competición, no es como ahora. Y todo eran eliminatorias, sin liguillas, te podía ganar cualquiera. Con tres extranjeros por equipo estaba más igualado. Por eso para nosotros fue como una cita con la historia, habíamos ganado la Copa y la Liga, también la Recopa, el título que nos faltaba.

Fuiste titular, contra pronóstico.

Creo que me puso porque soy un ganador. Él sabía que yo no me acojonaba. En los partidos importantes y las finales que había jugado había marcado goles siempre. Cruyff sabía que yo daba la cara en esas citas. Y en un partido de ese calibre lo que te hace falta es gente que no se arrugue. Me llamó el viernes y me pidió que no saliera de chufla el fin de semana. Pensé que se le había ido la olla, pero él sabía que yo iba a dar la cara.

Campeones de Europa y, meses después, Tenerife.

Lo que fue impensable en Tenerife era que hubiésemos dejado escapar esa liga. Éramos un equipazo. Antes del partido estábamos tristes por esto, puesto que considerábamos que el Real Madrid no dejaría pasar una ocasión como esa contra un equipo que no se jugaba nada. Perdió, fue una sorpresa y una alegría inmensa.

La segunda vez, al año siguiente, sabíamos que teníamos pocas opciones, pero ya lo vimos un poco más abierto. Lo impensable era que algo así le pudiera ocurrir dos veces a un equipo como el Real Madrid. Claro que, si ha pasado una, ¿por qué no iba a pasar dos veces? Fue impresionante, como te imaginarás.

Y ya la que fue la hostia fue la tercera, la del Deportivo. Un equipo en casa, que se juega la vida, que era una oportunidad única para ellos, por muy primado que esté el rival no te puedes imaginar que no ganen y… Yo ese año no jugué casi nada, estaba hablando con Txiki y me dice: «Penalti». En el último minuto. Te quedas: «No, por favor». Y va y lo falla. En la vida hay que tener suerte, y Johan tenía flor. Hay gente que la tiene. Mira Zidane. Es muy importante tener flor.

Te fuiste quedando relegado del equipo, sobre todo tras la llegada de Romario, pero, por ejemplo, en esa 93-94, que acabó con empate a puntos y resuelta por la diferencia de goles, hubo un partido contra el Albacete que ganaste tú solito que resultó crucial.

Jugaba poco sin Romario, imagínate cuando llegó. Mi declive de azulgrana se ve en mis goles por temporada, que van: veinte, quince, once, siete, cinco y dos. Bajando cada año. Mi problema con Cruyff fue que dio su palabra de que si ganábamos un título renovábamos todos. Esto lo dijo en noviembre, cuando no había posibilidades de ganar. Luego falló Djukic, le dimos la vuelta a la tortilla y yo me quería quedar, pero Johan incumplió el trato. Ganamos la liga, pero al perder la Champions contra el Milan de Capello se pilló un mosqueo impresionante y me dijo que me tenía que marchar. Y yo no había jugado esa final. Le dije: «No, yo me quedo, me lo has prometido».

Me acababa de echar novia en Barcelona, tenía treinta y dos años y me veía fenomenal. Confiaba en mis posibilidades. Le insistí en que teníamos un trato y al final lo resolvió así: «Pues sí, yo cumplo mis promesas: te puedes quedar, pero con la ficha de Escaich». Dije que me quedaba, como mínimo, con la ficha que ya tenía, y ahí me la hizo para que me marchara.

El Dream Team no duró mucho más, al menos estuviste y participaste en un equipo histórico.

Fíjate Amor, que venía del fútbol base, con un carácter diferente, tenía el sentimiento de la gente de la casa. Bakero, que fue un jugador discutido, siempre jugaba al ras, tenía alternativas, carácter, gol y ponía un pundonor imprescindible para el equipo. Guardiola, que era un chavalín, que fue yendo a más y a más. Begiristain, que como Bakero marcaba la diferencia sobre todo por la inteligencia. Nadal, la familia Nadal podría hacer lo que quisiera con esa genética; este salió futbolista, pero podría haber sido lo que quisiera. Goiko, un artista, con esa velocidad, regate y buen centro. Sergi y Ferrer, que eran dos moscas cojoneras y además muy rápidos…

Fuiste al Mundial de Estados Unidos en el 94 habiendo jugado poco ese año, pero la clasificación en parte se debía a tus goles.

Los de Irlanda. Teníamos que ganar, estábamos prácticamente fuera. Veíamos el Mundial muy lejos, había que ganar a Dinamarca, campeona de Europa, en Sevilla, y a Irlanda allí. Era muy complicado. Recuerdo las charlas de Clemente diciendo que confiaba y estaba a muerte con nosotros, que lo que dijeran le daba igual. Ganamos con el gol de Hierro, con Cañizares parando un penalti y Zubi expulsado. ¡Cómo sufrimos!

Y ese Mundial fue el mejor en el que he estado. Estados Unidos es un país maravilloso. Teníamos días libres para irnos a Chicago, por ejemplo. Había un cocinero, el ambiente era de piña. Fue nuestro Mundial, con un Caminero que se salió, que estaba en racha. Yo marqué contra Corea en el primer partido. He marcado en tres mundiales, creo que Villa también tiene ese récord. Luego arrasamos a Suiza, a Italia le metimos un meneo, pero salió la famosa Italia de siempre.

Y tu famosa ocasión.

Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces, me la sigo poniendo en YouTube, donde he visto que hay un vídeo que pone «Pícala Julio, pícala». [risas] Fue una jugada complicada, en el pase la pelota venía botando. En primera instancia sí la quise picar, pero iba en carrera, botando el balón y el portero se me quedó a media salida, con lo que ya no podía regatearle, con la pelota apenas controlada, no tuve otra alternativa que tirar. No le pegué muy bien, porque le di con el interior, pero sí que engañé a Pagliuca, él se tiró para un lado y la pelota iba para el otro, con tan mala fortuna que le pegó en una pierna; tan mala suerte, además, de que en la siguiente jugada nos metieron gol, joder… Es que se dieron todas las circunstancias para decir: «Hostia, no puede ser, no puede ser». Fuimos al vestuario y nos encontramos a las infantas allí, nosotros con unas caras… y ellas diciendo: «Lo sentimos mucho, ánimo». A mí me llegó Javi, que tenía que estar destrozado el que más, y vino a darme ánimos, diciéndome que por lo menos había tenido una ocasión. Y yo: «Joder, pues mejor no haberla tenido» [risas]. Fíjate ese gol lo que hubiera supuesto… En fin, es lo que hay.

Imagino que solo puedes tener buenas palabras para Javi.

Sí, yo ya pensaba que mi ciclo se había acabado, me fui a Coruña, jugué muy bien y me dijo que para seguir en la selección tenía que demostrar que era el mejor delantero de España, y para eso tenía que marcar goles y jugar. Por eso me fui al Sporting, donde rendí a un altísimo nivel y volví a la selección en la Eurocopa de Inglaterra en el 96. Otra vez, con tan mala suerte que nos robaron el partido contra el anfitrión, en el que marqué un gol que era legal y me lo anularon. Y de esto no se habla, ¿eh? La gente se acuerda solo de lo de Italia.

En A Coruña debiste llegar a un vestuario marcado por ese penalti fallado de Djukic.

Sí, estaban muy jodidos. Con lo que cuesta ganar una liga a cualquiera, imagina lo que le suponía al Dépor. Encima lo tenían todo montado, una mariscada, una celebración por todo lo alto, y… todo se echó a perder. Pero tenía mucho mérito hasta dónde llegaron, porque ese equipo no tenía nada. Eso era otro mundo. El Deportivo era un piso de cien metros en mitad de Coruña, esa era la oficina con dos ancianos y Lendoiro, y ya. Te ibas a entrenar y te recogía un autobús en Riazor para llevarte a la Torre de Hércules. No tenía nada que ver con nada.

Nos contó Paco Jémez en su entrevista que compartió vestuario contigo ese año, que te cuidabas mucho el pelo para no quedarte calvo.

[Risas] Yo en aquella época tenía un negocio, que era Svenson, con el que se suponía que no te quedabas calvo y luego no hacía nada. Me birlaron un montón de pasta, fue ruinoso. La gente me decía «Tú tienes bien el pelo por Svenson», y yo: «No, no te equivoques, tengo un buen pelo por naturaleza, no por Svenson». Paco recuerdo que tenía una melena de la hostia y luego se quedó calvo. Pero mira, le pasa como a Guardiola que, sin pelo, como entrenador parece que tiene más carisma y es más interesante [risas].

La plantilla del Dépor era top.

A mí me parecía que los extranjeros estaban al nivel de los del Barça. Bebeto, Mauro Silva y Djukic, uno por posición y todos cojonudos. Bebeto era el mejor delantero centro junto con Romario. Y Mauro Silva era un fiera. Lo de fichar exjugadores de Madrid, Atlético y Barcelona, Aldana, Donato, Alfredo, Nando, Rekarte, Elduayen… fue muy buena estrategia. Eran tíos de treinta años, que es la mejor edad, pero con la que en los grandes ya te enseñaban la puerta. Encima estaba Fran, que era un monstruo. El ambiente en el vestuario era como el de un equipo de barrio. No tenía nada que ver con la filosofía de Barça o Madrid. Además, Arsenio era como un padre. Te decía: «Chavalines, una copita de vino solo». Y cuando llegaba a la mesa de los vascos, decía: «Bueno, a vosotros os dejo la botella». Luego iba por las habitaciones para que nos acostáramos pronto: «Hay que dormir, ¿eh?, hay que dormir».

¿Por qué te fuiste después de haber marcado doce goles? Solo metió más que tú Bebeto, dieciséis.

Por Toshack. Yo renovaba por una cláusula que decía que si marcaba más de diez goles renovaba automáticamente. Pero al volver en el mes de julio, Toshack me hacía el vacío. A los suplentes nos hacía entrenar aparte, vi que conmigo no contaba para nada. Ganamos la Supercopa al Madrid, pero no jugué nada, no me dio ni bola. Javi me había dicho que solo sería internacional si marcaba goles, como te he dicho antes, vi que me quería el Sporting, pregunté y me dijo «Te puedes marchar mañana mismo, pero hay que pagar». Cuarenta kilos tuvo que poner el Sporting.

Ahí hiciste dupla con Eloy, otra delantera de «casi jubilados».

Creo que jugué más con Lediakhov que con Eloy. Ese Sporting también era un buen equipillo, con Ablanedo de portero. Sinceramente, creo que ha sido donde mejor he jugado. Me salía todo, macho. Y eso que cuando llegué pasé vergüenza. Vino a buscarme Quini, que era mi ídolo de pequeño, llegué a Mareo y en la presentación estaba todo lleno. Tiene cojones, pensé, ni que fuera yo Romario. Un tío de treinta y dos años, que van a pensar que vengo a robar, pero empezaron a cantar: «Bota de oro, Salinas, Bota de oro». Yo me decía: «Esto no puede estar pasando. ¿Se estarán riendo de mí, se estarán descojonando?». Eso sí, cuando fuimos a otros campos me coreaban «Bota de mierda, Salinas, bota de mierda». Pero empezó esa temporada y lo metí todo. Unos golazos, que decía «Madre mía, me sale todo, macho». Fueron dieciocho goles y sin tirar los penaltis. Mi mejor año y el club donde mejor me han tratado con diferencia.

Y al año siguiente, lo mismo que en A Coruña, no te quiere el nuevo entrenador, en este caso Floro.

Me llegó una oferta de Japón y se la trasladé a Floro, pensando que iba a decir que no. Pero cuando se lo comuniqué me dijo: «Sí, te puedes marchar; vete a la directiva a anunciarlo». Me llevé una sorpresa… Luego averigüé que quería a Luna, por la razón que fuese. El Sporting pagó doscientos cincuenta kilos, lo que supuso la ruina del club, y encima bajaron a segunda.

En Japón fueron dos años en el Yokohama Marinos.

Fue una experiencia acojonante, aunque al principio fui con miedo. Me casé allí, por cierto, en la embajada española y tuve allí un hijo. Me fui forzado, yo no quería. Tuve problemas con un catalán, Antonio de la Cruz, sustituto de Xabier Azkargorta, el que me trajo. De la Cruz quiso implantar el sistema del Barça de Cruyff en Japón y empezó a no contar conmigo ni con Goiko, que también se vino a Japón.

La primera vez que me cambió —yo era el máximo goleador—, me dijo: «Te quito para dar más velocidad en ataque». La jornada siguiente jugamos contra el equipo de Floro, que ya no estaba en el Sporting [risas], y me volvió a quitar. Le dije: «Joder, si me cambias a mí perdiendo 2-0, al delantero estrella, la gente se va a preguntar qué pasa conmigo». Luego me lesioné y ya no quiso sacarme más. Un día que perdimos 0-4 y no nos puso en el campo nos cabreamos que no veas. Fui a por él, nos dijimos de todo y casi llegamos a las manos. No nos dimos por un pelo. Los japoneses estaban acojonados, flipando, no entendía nada. Y como allí es todo jerarquía, nos apartaron del equipo a Goiko y a mí.

Y en el Alavés, otra resurrección.

Tenía treinta y seis años y ya había dejado el fútbol, pero me llamó Mané para ir al Alavés, que iba último. Le dije: «Venga, Mané, ¿para bajar a segunda? Me va a quedar una mancha de la hostia en el currículum». Hasta mi madre me dijo que era una locura. Pero el míster no paraba de insistir y le dije, para quitármelo de encima, que iría un día a entrenar a ver qué tal. Y mira, me lo pasé muy bien y me animé. En el último partido le metí un gol con la mano a la Real y nos salvamos. Tenía treinta y siete años, me encontraba de puta madre, y quise jugar un año más, pero ¡entonces ya no me querían!

Decían que iban a rejuvenecer el equipo, que venía Kodro. Amenacé al presidente, le dije que o me renovaba o le decía a la prensa que yo habría seguido un año más por cero euros solo a cambio de dos millones en el caso de ser el máximo goleador del equipo. Se puso nervioso y me renovó. Pues fui el máximo goleador del equipo [risas] Entramos en la UEFA y si no perdemos el último día en San Mamés, 2-1, gol mío, quedamos segundos. En Vitoria me hice muy amigo de Javi Moreno. Éramos uña y carne. Me alegré mucho cuando le fichó el Milan. Le enseñé que en cada penalti cogiera el balón y se lo tirase él, que no se la quitase nadie. Un día estando yo en el banquillo vi que se lo hizo a Kodro y me dije: «Así me gusta chaval, así me gusta, tira todo que son goles» [risas].

Después del fútbol, destacó tu etapa de locutor con Andrés Montes.

Cuando cuelgas las botas hay tres maneras de seguir en esto: secretario técnico, entrenador o comentarista. Estuve seis años de comentarista en Radio Nacional y en Televisión Española comentando Champions con José Ángel de la Casa, Juan Carlos Rivero y Paco Grande. Muy bien. Entonces me llamó La Sexta en 2006 y era un palo, porque solo me proponían hacer el Mundial y, de aceptar, perdía lo de TVE, que estaba muy bien pagado, todo lo contrario que La Sexta. Pero por el gusanillo de hacer un Mundial, egoístamente, acepté. Nada más llegar me dijo Montes: «Chaval, esto es diferente, olvídate de José Ángel de la Casa, hay que seguir el juego».

Dije que era como un camaleón, que me adaptaba a todo, como a los sistemas de juego. Hicimos ese Mundial con mucha desventaja. Canal Plus tenía de todo, mientras que nosotros estábamos, por llamarlo de algún modo, en una barraca con gente muy joven. Ellos tenían a Maradona. Pero creo que salimos ganadores porque al final todo el mundo se quedó con lo de «jugón», «tiquitaca», «tiburón Puyol», «¿Dónde están las llaves?»…

Andrés era diferente a todo, era único. Tenía sus rarezas y creo que le caía mal a mucha gente porque era muy exigente. Su forma de dirigirse a los demás a veces sonaba mal y siempre pidiendo, en plan: «¡Tenemos los mejores comentaristas y hay que darles el mejor catering, me cago en la hostia!». Yo era como su pareja, iba de la mano de él. Tuvimos la suerte de que la liga se quedó en La Sexta y tuve suerte con la apuesta que había hecho. Estuvimos dos o tres años y al final nos despidieron a los dos.

¿Por qué?

No le encuentro explicación, porque Andrés era único. Servía para fútbol, para basket, para cualquier cosa. El problema es que era independiente. No se dejaba manipular por nadie. Y en este mundo… Te cuento un caso. Una vez, había un vídeo en el que criticaban a Ramón Calderón, expresidente del Real Madrid, y le dijeron que antes de darle paso criticara a Calderón. Y él decía: «¿Por qué tengo que criticarlo si no veo motivo para hacerlo? Meto el vídeo, pero yo no critico a nadie». Fui testigo de un par de sucesos como este y él iba muy fuerte. No era un cualquiera, era muy inteligente y muy culto, leía mucho, sabía de política, de filosofía, de música… era un tío muy, muy preparado.

¿Y ahora qué haces?

Sigo en el periodismo deportivo, pero lo que más hago, mi pasión, es coleccionar placas de botellas de cava, sobre todo. Tengo veintitrés mil. Hace ocho años más o menos que me metí en esto. Hay una web donde puedes hacer intercambios, pero necesitas moneda de cambio y las que encuentras en los bares son todas las típicas. Al principio no sabía bien qué hacer, hasta que se me ocurrió diseñar mis propias chapas para los coleccionistas. Encontré una bodega buena, bonita y barata y hacen cavas con mis chapas, dedicadas, por ejemplo, a los equipos donde he jugado o a la final de Wembley.

Mi hermano, por ejemplo, colecciona camisetas. Tiene setecientas. Pero solo las auténticas, no le valen las que se venden en la tienda. A mí me las ha quitado todas. Creo que solo tengo seis mías, una por cada equipo en el que he estado. Tiene de Maradona, de Ronaldo, de Messi… Yo le conseguí de Sergi en el Atlético, de Aimar en el Valencia…

Está con las camisetas igual que yo con las placas. Es una frikada porque te obsesionas, vives con ellas, piensas en ellas, duermes con ellas. Es como cuando va un tío a cazar y cobra una buena pieza.

Como ser un goleador.

No, no, como meterle un gol al Madrid no hay nada.


De la sinvergonzonería considerada como una de las bellas artes

Bildnummer: 05671956 Datum: 18.05.1994 Copyright: imago/Sven Simon Romario (FC Barcelona, Mitte) vs Marcel Desailly (li.) und Paolo Maldini (beide AC Milan); Vdia quer Aufmacher Champions League 1993/1994 Finale Athen Fußball EC 1 Herren Mannschaft Gruppenbild Aktion Personen Image number 05671956 date 18 05 1994 Copyright imago Sven Simon Romario FC Barcelona centre vs Marcel Desailly left and Paolo Maldini both AC Milan Vdia horizontal Highlight Champions League 1993 1994 Final Athens Football EC 1 men Team Group photo Action shot Human Beings
Romario en la final de la Champions (1993-1994) contra el AC Milan. Fotografía: Cordon Press.

Al poco tiempo de fichar por el Valencia, Romario ya había sido sancionado económicamente en un par de ocasiones debido a su vida dispersa. Lejos de reconducirse o de amilanarse por la aplicación del régimen interno, apareció un día en el vestuario con más de un millón de pesetas, mostró el dinero a sus compañeros y dijo: «Aquí tenéis el pago, por adelantando, de mis multas por todas las noches que voy a salir de farra durante lo que resta de temporada». Detesto al caradura sin gracia, pero me entrego incondicionalmente al caradura con clase. Sirvan estas líneas como pequeño homenaje a los futbolistas que han hecho de la sinvergüencería un arte.

Deberíamos censurar, de entrada, al deportista cantamañanas, al que tiende a la insubordinación y al desapego hacia lo que le rodea. Entre otras cosas porque en las disciplinas de equipo hay una máxima sagrada: el respeto a los compañeros. Y dependiendo del grado de profesionalidad, a un club y a una afición. Además, si no reprobásemos a los cantamañanas no existiría cantamañanas meritorio: es muy sencillo mostrarse descarado cuando a nadie parece molestar la insolencia. Por ejemplo, estamos cerrando las puertas del olimpo de los descocados ilustres a Messi y a Cristiano Ronaldo, a quienes nadie osa contradecir y hagan lo que hagan obtendrán —al menos de puertas cara afuera— el respaldo del resto de la plantilla, entrenadores y directivos. Es muy difícil ir contra la corriente cuando todo tu entorno conspira para que la corriente te siga a ti.

Volviendo a O Baixinho, cuando los periodistas le echaban en cara sus juergas nocturnas por la falta de respeto a sus compañeros, el brasileño, con la mirada de indiferencia y el sosiego que Flaubert identificaba en aquellos que satisfacen diariamente sus pasiones, contestaba «los compañeros que se jodan». Interpelado en una ocasión sobre su presencia en una discoteca el mismo día en el que había justificado su falta al entrenamiento por un dolor de garganta espetó «yo bailo con las piernas, no con la garganta». Recordemos su profecía recién aterrizado en la ciudad condal para incorporarse al Barcelona: «marcaré treinta goles en esta liga». Después de treinta y ocho jornadas acabó pichichi de la competición, no con veintinueve o treinta y uno, sino con la cantidad exacta de tantos que había prometido diez meses antes. No fue un pronóstico, sino una decisión, como la que uno puede tomar acerca de la cantidad de comida que va a cocinar para una cena navideña. De un tipo que hace esto no se puede esperar que se pasee por el purgatorio de los seres corrientuchos y se comporte como dicta el protocolo.

Los hay que intentaron bravuconadas parecidas a la del jugador carioca y salieron escaldados. Loco Gatti, controvertido portero argentino, retó a Maradona en la previa de un partido: «A mí ese gordito no me mete un gol». Le cayeron cuatro. El Pelusa (el único que, como Romario, podía planificar los tantos que iba a anotar) dijo posteriormente que tenía pensado marcarle dos goles a Gatti, pero como le llamó gordito le dejó dos de propina.

Otro brasileño ilustre fue Ronaldo Nazario, el mejor futbolista que he visto junto con Maradona —indiscutible número uno en los últimos cuarenta años— y Messi. La mayor parte de su carrera profesional jugó mermado físicamente por varias lesiones gravísimas (siendo aun así superior al resto), por lo que la suya se puede catalogar como una sinvergüencería terapéutica. Sus polémicas fiestas de cumpleaños, fuentes de leyendas sobre jugosas bacanales en las que según parece jugaban «todos contra todos» constituyeron el tratamiento paliativo contra el dolor en sus articulaciones. Sentía el fútbol de una manera que tantos adalides de la disciplina —jugadores que con ademanes grandilocuentes y afectados presumen de entregar su vida por unos colores— jamás comprenderían. Sus lágrimas, sin atisbo de teatralización, durante la rueda de prensa en la que comunicó su claudicación ante los problemas en la rodilla que le impedían seguir jugando al fútbol, son una oda al deporte rey. Igual que lo fueron sus impresionantes regates a toda velocidad, dentro y fuera del campo; como el que le hizo a Florentino Pérez cuando este trataba de convencerle sobre los beneficios del recogimiento monacal: «Roni, ¿por qué no sigues el ejemplo de Figo, que siempre se queda en casa por las noches?». A lo que respondió: «Presi, si yo tengo una mujer como la de Figo no salgo de casa de noche ni de día».

Capítulo aparte merece el noctívago salvadoreño «Mágico» González, sobre todo durante su etapa en ese Cádiz que tantos futbolistas emblemáticos ha aportado a nuestra liga. Mágico aprovechaba las explicaciones tácticas en los entrenamientos para compensar su falta de descanso nocturno. Incluso provocó que se retrasase el comienzo de la segunda parte de algún partido. El utillero o el delegado tenían que bajar al vestuario y despertarlo para que se incorporase al envite después de que, a punto de reanudar el árbitro el encuentro, alguien se percatase de que faltaba un jugador. Estuvo a punto de fichar por el Barça de Maradona. Durante su periodo de prueba deslumbró futbolísticamente, pero el equipo blaugrana se vio obligado a desechar su adquisición debido a su apego a la postura horizontal, como dejó patente cuando en una concentración del equipo sonó la alarma de incendios del hotel y, después de ser desalojado el edificio, hubo que entrar a rescatarlo de entre las sábanas; aunque cuentan que en esa ocasión en vez de durmiendo estaba en brazos de alguien que no era Morfeo. Recomiendo que no se vean vídeos de este jugador para no echar por tierra el buen concepto que tenemos de los futbolistas actuales, chatarreros del deporte la mayoría si comparásemos sus habilidades con las de Mágico. Un día que David Vidal lo dejó fuera de la convocatoria el salvadoreño golpeó la puerta del vestuario del cuerpo técnico y, cuando su entrenador la abrió, le mostró un paquete de tabaco y le empezó a dar toques con los pies hasta que consiguió que uno de los cigarros cayera directamente en el bolsillo de la camisa. Recogió tranquilamente el pitillo, se lo puso en la boca, lo encendió y se fue diciéndole a su perplejo entrenador: «Cuando encuentres a uno que haga esto me lo cuentas, míster».

Jorge «Mágico» González en 2013. Fotografía: Cordon Press.
Jorge «Mágico» González en 2013. Fotografía: Cordon Press.

Hubo otros que profesaron el descomedimiento pero sin el talento de los tres magníficos citados. Algunos empezaron la tarea y no la supieron refrendar: Mostovoi, jugador ruso que llegó a formar parte de la mejor plantilla de la historia del Celta, vivió unos principios difíciles en el conjunto vigués. El «Zar», magnífico mediapunta, llegó a un club que en ese momento no tenía un nivel acorde a su calidad. Durante un partido en el Molinón, cuando su equipo ya no tenía opción de realizar sustituciones, abandonó el terreno de juego. De sus ademanes, semblante y actitud se descodificaba fácilmente el siguiente mensaje: «Con esta banda de picapedreros no me apetece jugar». Mientras toda la afición celtiña asistía atónita e indignada a la deserción, yo, que escuchaba el partido por la radio, interpreté el incidente como un prodigio. Sin embargo, mis altas expectativas se vinieron abajo. El mito Mostovoi duró diez segundos, lo que tardaron otros iracundos compañeros, entre ellos el carismático Patxi Salinas, en cogerlo en volandas y devolverlo al terreno de juego mientras el ruso se señalaba la pierna, excusando su repentino plantón con una supuesta lesión. Si acometes el acto de sinvergüencería es mejor que llegues hasta el final. No imagino a Romario, Mágico o Ronaldo reculando en una situación semejante.

Otra espantá sin ápice de glamour la protagonizó Míchel en el Bernabéu. El público del coliseo madridista silbaba al componente de la mítica Quinta del Buitre, quien, haciendo pucheros infantiles y con gesto de adolescente consentido, enfiló súbitamente el túnel de vestuarios en medio del encuentro. En una entrevista posterior se coronó al manifestar que había decidido llevar a cabo este acto de rebeldía en el partido anterior. El desaire, chocarrero, no fue consecuencia de una mala jugada de la espontaneidad incontrolable, hubo premeditación. Si noventa mil almas te abuchean, lo que tienes que hacer es algo parecido a marcar tres goles, pedir un megáfono prestado y desde el medio del campo gritar proclamas irrespetuosas al muy respetable público, arriesgándote con ello, eso sí, a la excomunión del paraíso de los favoritos de tu afición; no puedes buscar la aprobación por el camino fácil de la compasión. O, si no quieres llegar tan lejos, ejecutas un penalti a lo Panenka en la tanda de unas semifinales de un Campeonato de Europa, como hizo Sergio Ramos —espécimen con luces y sombras en este campo de la insolencia—, callando (callándonos) con distinción y gallardía a todos los que nos habíamos burlado de su tremendo error desde el punto fatídico apenas unas semanas antes.

También hay insurrectos que han ido un paso más allá y se han excedido. Aun haciendo un gran esfuerzo por comprenderlos y justificarlos, se nos complica sobremanera la defensa de episodios violentos. Sin embargo, dentro de estas censurables conductas agresivas hay gradaciones. Yo me quedó con Eric Cantoná y su intento de imitación de Bruce Lee con una brutal patada a un aficionado que, según alegó el jugador francés, le había arrojado té caliente. Reprochemos su acción, quedémonos con la estética del gesto y lo inusual de su reacción y rompamos una lanza en favor de los futbolistas que se pasan la vida aguantando las garrulerías de los aficionados, quienes se amparan en el pago de una entrada para creerse con derecho a todo. El genial exjugador del Manchester United afirmó posteriormente que su agresión fue poco menos que un acto de altruismo. «Creo que para muchas personas es un sueño poder patear a este tipo de hooligans. Así que lo hice por ellas, para que se sintieran felices». Ocho meses de sanción y la condena social unánime tuvo que soportar el jugador francés. Ya se sabe que el pájaro que se separa de la bandada es el primero al que disparan.

Vale que la disciplina y una conducta adecuada son fundamentales en la alta competición, pero qué aburrido sería todo sin la porción de desfachatez que nos recuerda de vez en cuando que lo genuino todavía puede brotar en este mundo que irremediablemente se inclina cada vez más hacia el gregarismo. Mágico reconocía: «Soy un irresponsable y quizá esté desaprovechando la oportunidad de mi vida, pero tengo una tontería en la cabeza: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Solo juego por divertirme».

Alguien tan auténtico no merece que se le recuerde como un vago. Se demuestra mucha fuerza de voluntad al sacrificar la posibilidad de convertirse en el mejor futbolista del mundo por querer seguir siendo uno mismo.


Miguel Pardeza: «Para los jugadores sin un físico poderoso como yo, Maradona era una escuela»

Miguel Pardeza para Jot Down 0

Se puede ver en la hemeroteca y lo cuentan los sabios y/o viejos del lugar. De la Quinta, el que prometía de verdad era Miguel Pardeza (La Palma del Condado, Huelva, 1965). Luego los caprichosos designios de este deporte le llevaron a triunfar en el Real Zaragoza, fue el capitán de un equipo de rango histórico que jugaba como los ángeles, aunque el gol que les dio su mayor éxito, la Recopa, fue de ejecución puramente baturra. Y al margen de estos datos balompédicos, Pardeza es de esos futbolistas ilustrados. Filólogo de formación, su pasión es la literatura. Allá donde ha viajado por el deporte, le ha acompañado un camión lleno de libros. No es el perfil habitual.

¿Cómo era tu vida en Huelva?

Soy de un pueblo que se llama La Palma del Condado. Está entre Sevilla y Huelva, pertenece a una zona en el interior de la provincia donde ha habido siempre mucho vino. Es un pueblo característico de Andalucía. Tuvo una gran relevancia a principios de siglo por la producción del vino, hubo muchas bodegas. En los años veinte fue uno de los mayores exportadores de vino. Mi padre tenía un taller mecánico y mi madre era ama de casa. Mi vida no se diferenció mucho de la vida de cualquier niño.

¿Fuiste un lector precoz?

Siempre he leído. Lo que pasa es que la posibilidades lectoras de mi familia eran bastante reducidas. Mi padre trabajó desde los diez años. Era un niño de la guerra, nació en el 37 y se tragó la larga y dura posguerra. Pero fue una experiencia compartida, cualquier persona de esa generación te contaría lo mismo, menos los pocos que estuvieron en una situación privilegiada. De modo que en mi casa no había muchos libros, pero a mí se me despertó el hábito muy joven. Tuve la suerte de que justo cuando empezaron mis inquietudes lectoras se abrió una biblioteca pública en mi pueblo y eso me ayudó mucho a satisfacer mis anhelos como lector. Y por otro lado también guardo un gran recuerdo de los cómics. La irrupción, la llegada de gran cantidad de superhéroes de la factoría Marvel a mí me terminó convirtiendo en un lector. Luego mis posibilidades lectoras se ampliaron y diversificaron a medida que fui creciendo.

En tus primeros años del fútbol, hubo un entrenador llamado Martínez que os tenía fascinados porque tenía un 127 tuneado y fumaba Winston.

Fue un grandísimo jugador de mi pueblo, con muchísimas posibilidades, que para los chicos de nuestra edad representaba el símbolo de lo que significaba llegar a ser futbolista, aunque en su caso no terminó triunfando. Era la referencia más cercana del fútbol profesional que teníamos. Tenía una serie de símbolos, como fumar Winston y tenía un 127 tuneado que aquello era como una forma de entender el éxito. Él fue quien nos llevó al programa de televisión Torneo que presentaba Daniel Vindel.

Llegas a Madrid al Hostal Ideal, que no hacía honor a su nombre, tras diez horas de viaje.

Era un hostal que estaba en la plaza Matute, entre la calle Huertas y Atocha. No era una residencia, pero entonces los de fuera siempre terminábamos en hostales. Hoy afortunadamente ha cambiado. Aunque fue una experiencia, algo que te pone en contacto con los otros, con la realidad. Creo que fueron tiempos heroicos para todos los chicos que veníamos de provincias y queríamos dedicarnos algún día al fútbol profesional. Las condiciones no eran las más cómodas, por decirlo de alguna manera, pero te fortalecía enfrentarte a la realidad desde parámetros mucho más realistas que desde los que hoy en día pueden vivir los jóvenes que empiezan a jugar en clubes importantes.

Madrid era un mundo desconocido lleno de peligros y sugerencias. El contraste de un pueblo con la capital a finales de los años sesenta era tremendo. Los avances tecnológicos, las infraestructuras… todo era distinto. De Sevilla a Madrid no había AVE. No había autovías. Ir del pueblo a la ciudad era un esfuerzo inmenso. El contraste era absolutamente brutal, sobre todo a ciertas edades cuando ni la experiencia ni los acontecimientos te permitían hacer un análisis de la realidad mucho más ajustado.

Ahora las distancias ya no son las que eran. Los hábitos y las costumbres de los españoles están mucho más cerca que en los años setenta y más atrás ya no te quiero contar. Ser de pueblo te marcaba una serie de rasgos.

Con quince años te llamaban el «Maradona a la española» y casi te ficha el Barcelona.

El motivo por el que vine al Madrid es porque estaba más cerca. Cuando vine a probar aquí mi padre se quedó encantado por una serie de circunstancias y por eso me quedé. El Barcelona estaba interesado desde que me di a conocer en ese programa de televisión, en Torneo. También me quisieron el Sevilla y el Recreativo.

Te consideraron el mejor jugador de Europa en tu categoría.

Es posible [risas], ya no me acuerdo.

Pero sí recuerdas un 8-1 al Barça en juveniles.

Lo recuerdo sobre todo porque vino a verlo Di Stefano y todo nos salió absolutamente redondo. Yo jugué bien, metí goles, provoqué penaltis. Fue uno de mis mejores partidos como canterano.

Comentaste que entonces tenías que «usar los codos y las manos» para superar los marcajes, porque eras un jugador pequeño y si no se entendía no había «más que mirar a Maradona».

Siempre fui pequeño y tenía que intentar desarrollar habilidades distintas. Esa era mi forma de jugar y Maradona en esos momentos representaba algo único, era deslumbrante en todos los sentidos. Para los jugadores sin un físico poderoso como yo, Maradona era una escuela de información. Pero yo era fundamentalmente rápido, mi mejor cualidad era que tenía la capacidad de llegar un segundo antes que los demás. Mi juego se basaba más en eso.

Al primero que conociste de la Quinta fue a Sanchís.

Lo conocí en La Chopera, jugaba, por cierto, de extremo derecho. Nos seleccionaron a los dos para el mismo equipo. Empezó como delantero y luego fue evolucionando hacia zonas más retrasadas. Manolo en aquella época ya parecía una persona madura, aunque era un niño. Siempre lo fue. Tenía una inteligencia extraordinaria y las ideas muy claras. Eso es lo que más recuerdo: sus ideas firmes. Algo que nos desconcertaba porque no parecía muy propio de la edad, pero lo ha seguido teniendo siempre, como digo. Es uno de los grandes valores que ha tenido Manolo. Luego también se sacó la carrera de Empresariales muy pronto.

Miguel Pardeza para Jot Down 1

Has dicho que de la Quinta se quedaron fuera algunos que eran muy buenos, ¿quiénes?

En el artículo de Julio César Iglesias que inaugura toda la leyenda solo se habló de cinco jugadores. Julio César cuando decidió hacer aquel reportaje y eligió a unos lo que estaba haciendo era sencillamente una selección que tenía sus ribetes de injusticia. Había muchos buenos que hubieran merecido estar ahí. Francis luego jugó en el Español y en el Tenerife. Juanito se lesionó. Pérez Durán no hizo mucho recorrido. De las Heras terminó en el Málaga. Juliá, que era hermano del Juliá que estaba en el Barcelona, también jugó en diferentes equipos.

Bueno, pero tan mal ojo no tuvo Julio César Iglesias, lo clavó.

La verdad es que estaban los que tenían que estar, pero posiblemente podría haber aparecido alguno más.

Se decía que la Quinta jugaban como dioses, pero apenas intimaban entre ellos.

No, seguimos manteniendo contacto y el cariño durante todos estos años. Lo que pasaba de críos es que éramos dos bandos, Míchel y Butragueño eran mayores que Martín Vázquez, Sanchís y yo. Míchel venía siendo promesa desde infantiles, Martín Vázquez surgió algo más tarde. Éramos chicos de Madrid, cada uno de su barrio. Eso era todo. En el caso de Míchel ya era una promesa rutilante, ya se veía. Se hablaba de que era un candidato firme a llegar al primer equipo. Se veía que respiraba fútbol, que iba a ser un animal de fútbol por cómo lo jugaba y cómo lo vivía. Luego Rafa en cambio era mucho más tranquilo. Era un chico de una bondad extraordinaria, un jugador inmenso. Estuve con él además en las selecciones castellanas de aquellos años.

¿Cómo era con vosotros Amancio Amaro, vuestro entrenador?

Fue importante porque de alguna manera articuló aquel equipo. Una leyenda del Real Madrid que transmitía experiencia por el fútbol. Hizo un equipo en el Castilla que marcó una época, cosa que no era nada fácil porque surgió del otro Castilla mítico que había jugado la final de la Copa del Rey contra el primer equipo. Como entrenador tuvo un papel fundamental. Como lo tuvo Di Stefano a la hora de dar el último paso y subirnos al primer equipo.

Aquel Castilla consiguió llenar el Bernabéu.

En un partido contra el Athletic, que íbamos primero y segundo, ganamos 1-0 y metimos más de setenta mil personas en el estadio. Coincidió que en ese momento el primer equipo no se lucía lo suficiente y al Castilla la gente se enganchó de tal manera que venía mucho a vernos.

Alguna vez has dicho que representabais «el nuevo fútbol», ¿qué era eso?

Aquella generación de futbolistas no se puede explicar sin hacer cierto repaso histórico. El Mundial del 82 fue clave en todo aquello. España era un país que estaba muy desorientado, cada cuanto parecía cambiar mucho de estilo y de propuesta. Creo que España sí tenía una identidad definida, pero nunca terminaba de dar con la tecla. En aquel Mundial hicimos un papel muy pobre y hubo una cierta necesidad de cambio. Y hay que vincularlo también a la serie de cambios que hubo en el país. En 1981 habíamos tenido un golpe de Estado que suponía una regresión terrible desde el punto de vista político y social. Y la Quinta fue un impulso hacia el cambio definitivo. Ese cambio, como las ondas expansivas que se producen en el agua cuando tiras una piedra, creo que terminó afectando a la sensibilidad del fútbol. La gente quería ver otras cosas y se empezó a apostar, no sé si de una manera consciente o inconsciente, por una mirada diferente a la que había. Que coincidiera con nuevos jugadores, pues ahí ya tiene que ver el azar y la suerte. De la misma manera que el éxito del fútbol español de los últimos años tiene que ver con una propuesta clara de un estilo de juego, pero también con la suerte, la coincidencia de que se haya dado con jugadores que han sabido interpretarlo.

Cómo era el Real Madrid entrenado por Di Stefano al que ascendiste.

Para Di Stefano solo puedo tener palabras de agradecimiento, hacia mí siempre mostró un cariño extraordinario. Como entrenador era muy intuitivo, tenía un carácter tremendo y, evidentemente, no pertenecía a la escuela de los entrenadores modernos en los que la formación es otra, indudablemente. Pero tampoco era un hombre que necesitase mucho argumento para convencerte de lo que tenías que hacer. El fútbol lo tenía metido en la sangre y era una persona que con pocas palabras te transmitía lo que tenías que hacer y lo que no.

Luego me encontré un equipo en el que la distancia entre los noveles y los que ya estaban consolidados eran enormes. Hoy en día las distancias que tienen que ver con la edad se han acortado. Entonces no podías hablar en el vestuario si eras un joven recién llegado. Tenías que ver, oír y callar. Ir aprendiendo hasta que te ganaras el derecho a poder levantar la voz. Llegamos, estuvimos callados, aprendiendo y adaptándonos.

A mí me vino muy bien Santillana. Siempre me hacía quedarme con él una media hora para tirarle centros y que los rematara. Para mí era una delicia. Creo que era uno de los mejores rematadores o seguramente el mejor que ha tenido el fútbol español. Tanto con la cabeza como con las dos piernas. Siempre me quedaba con él a hacer esa especie de ejercicios extraescolares para mejorar. Hoy en día eso también se ve, pero de manera menos recurrente. Antes a los jugadores jóvenes que querían mejorar algún aspecto de su juego no les importaba quedarse más tiempo para intentar desarrollarlo. Y Santillana eso lo seguía haciendo incluso con treinta años.

Y también estaba Juanito, con esa personalidad volcánica que tenía. Era todo pasión, visceralidad. Ese carácter le llevaba a desmanes no del todo comprensibles, pero luego era muy cariñoso. A mí me acogió con muchísimo aprecio porque yo era andaluz, todavía tenía acento aunque luego con el tiempo lo he ido perdiendo. Había además una afinidad por el hecho de que yo fuera pequeño y también delantero. Siempre tuvimos mucha complicidad. Y él siempre estaba haciendo bromas. Era difícil que lo vieras triste. Permanentemente estaba haciendo chascarrillos. Tenía una personalidad contagiosa.

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Te ceden al Zaragoza y le ganas la Copa del Rey al Barça en el Calderón.

Estábamos allí varios del Madrid: García Cortés, Fraile, Pineda y yo. El Barcelona aquel año había hecho una temporada muy buena y la semana siguiente a este partido iba a jugar la final de la Copa de Europa contra el Steaua. Recuerdo los comentarios en la prensa catalana describiendo nuestro partido con ellos como un aperitivo para lo que se iba a vivir. Y luego nosotros hicimos un partido ajustadísimo, conseguimos un gol pronto. Marcó Sosa de falta a Urruticoechea, que pegó en la barrera y entró. Y desde ese momento nos pusimos a defender todos colgados del larguero. Tenían un gran equipo, estaba Schuster, Carrasco, Marcos… pero nos tocó ganar.

Rubén Sosa era un delantero extraordinario.

De los jugadores que mejor he visto golpear el balón en carrera. Vino muy joven, los dos llegamos a la vez a ese equipo que se estaba gestando. Jugábamos de extremos, cada uno por un lado, y recuerdo que tuvimos que correr mucho. No estábamos acostumbrados a correr tanto, pero el entrenador que teníamos, Luis Costa, que consiguió armar un buen equipo, nos obligaba a defender más de lo que nos hubiera gustado. Pero a Sosa se le veía que iba a ser un jugador importante. Rápido, potente, con disparo. Y sin lugar a dudas es uno de los grandes del fútbol uruguayo. En lo personal era un chico con un nivel cultural justo, pero con un gran corazón, y tenía cierta retranca cuando a veces quería ser inteligente.

¿Sabías que Venables, el entrenador del Barça, luego escribió novela negra?

Sí, sí, pero no he leído ninguno.

Y luego marcaste en el Nou Camp en la Copa de la Liga.

Ese año fue muy curioso porque había jugado cedido en el Zaragoza y el Madrid luego me reclamó para jugar la Copa de la Liga. Recuerdo que metí un buen gol [risas].

También jugaste en la ida con la selección sub-21 la final del europeo contra una Italia en la que ya estaban Zenga, De Napoli, Mancini…

Sé que tenían un gran equipo pero no recuerdo nada en particular, que ganamos. Es uno de los títulos que tengo: campeón de Europa sub-21.

En la vuelta, que se ganó por penaltis, el héroe fue Ablanedo.

Era un portero de una agilidad inmensa. No sé si saldría hoy con tan poca altura, ahora tienden a ser más altos. Igual si hubiera jugado, posiblemente. Le habría costado, porque no llegaba al 1,80, pero era muy potente de piernas, tenia muchísimos reflejos. Era un portero extraordinario.

Estabas ahí cuando el Bayern echó al Madrid de la Copa de Europa, ¿cómo fue aquello, como chocarse contra un muro?

Entonces los equipos alemanes eran palabras mayores, algo que cambió con el tiempo, pero jugar en Alemania era un dolor para cualquier equipo español, esa era la realidad. La diferencia desde el punto de vista físico era casi humillante. El Bayern además tenía jugadores muy buenos. En la ida fue cuando Juanito le pisó la cabeza a Matthäus. Fue una situación, digamos, embarazosa. Pero los partidos contra alemanes siempre han sido muy calientes, ellos son también muy especiales. No hacen del ambiente algo muy dócil. Hay más tensión que con otro rival. Y siendo dos históricos como el Madrid y el Bayern, lógicamente, no iba a ser un ambiente templado. Ahí estaba gente de mucho carácter, como Augenthaler. No lo hacían fácil para que el partido discurriera de una manera muy deportiva. Si hubo un detalle que recuerdo de cuando viajamos a Alemania fue que el Madrid fichó a Jankovic y todos nos quedamos sorprendidos, era un fichaje inesperado. Le conocíamos de cuando habíamos jugado contra el Estrella Roja también en la Copa de Europa, que jugaban fenomenalmente al fútbol. Y esa fue la noticia de la concentración. Los jugadores siempre estamos pendientes de quién viene y quién se va.

En España también se jugaba fuerte en los ochenta.

El fútbol desde entonces ha cambiado muchísimo. Jugar fuera de casa era un compromiso verdaderamente serio. Pero no es que fuera más duro, es que estaba menos vigilado. Hoy en día hay actitudes que te afean rápidamente los medios de comunicación, hay mil cámaras. Con lo cual los jugadores han terminado autocensurándose en ese sentido. Pero en los años setenta y ochenta… solo hay que recordar la lesión de Amancio contra el Granada. Había un abuso del juego duro lamentable. Se marcaba al hombre, cosa que se ha perdido con los años, que eran marcajes rayanos en la violencia. Así se entendía el fútbol y, con las zonas, se fue perdiendo. Marcar al hombre era una fuente de golpes y encontronazos seguros. Yo tuve la suerte de que me solían poner marcadores pequeños y rápidos, como yo. Era raro que me pusieran a un tío alto con la cintura más dura y que le costara más moverse. Especialmente difícil se me hacía Chano, del Málaga, que era bajito como yo. Tomás, del Atlético, especialmente pegajoso.

Coincidiste con Rijkaard.

No sé qué problemas tuvo con el Ajax que acabó yéndose al Sporting de Lisboa y de ahí vino al Zaragoza cedido. Era un jugador que en nuestra plantilla a alguno les sonaba y a otros no, vino cedido pero acabó luego en el Milan, donde coincidió con Van Basten y Gullit para armar uno de los mejores equipos de la historia. Con nosotros jugó relativamente poco porque vino lesionado y tardó en recuperarse. Tampoco llegó a jugar nunca de mediocentro, lo hizo como segunda punta. Tenía un físico espectacular, se le veía con unas posibilidades inmensas, pero si te soy sincero a nosotros tampoco nos decía gran cosa porque era un desconocido y no fue el jugador que luego llegó a ser en Italia. Fueron tres o cuatro meses nada más lo que convivimos con él.

¿Qué tal con Chilavert?

Ese era un caso. Es curioso porque Chilavert pertenece a esa estirpe de portero que se le recuerda más por sus condiciones de jugador que por las de portero. Tenía un buen golpeo de la pelota, tiraba penaltis. En los entrenamientos fuera de la portería a veces jugaba mejor que algunos compañeros de campo y encima paraba mucho. Tenía una tremenda personalidad y un carácter muy particular. Nunca olvidaré un partido contra la Real Sociedad en que metió un penalti, se puso a celebrarlo en el centro del campo, la Real sacó rápido y creo que fue Goikoetxea, que todavía estaba en la Real, y le metió un gol desde su campo que fue, no sé, un poco ridículo, ¿no? Por la escena que se montó, quiero decir. Porque encima pretendió que el gol no era válido, pero estábamos todos en nuestro campo y lo era. Recuerdo mucho también que mantenía un diálogo permanente con la grada. O bien animándola, o bien reprochándole actitudes. Era hiperactivo, interactuaba permanentemente con los aficionados. En el terreno personal era un poco complicado. No le gustaba callarse lo que pensaba, más bien al contrario, decía todo lo que pensaba en cada momento. Y eso a veces, evidentemente, propició situaciones incómodas. Está claro. De hecho, después se ha visto que ha sido un jugador que nunca ha eludido una polémica sea del tipo que sea. Entonces ya era así un poco, tampoco tuvo situaciones que le dieran pie a más, pero…

Fuisteis los primeros pupilos en España de Radomir Antic.

Vino en la misma época que Cruyff a España. Fueron protagonistas los dos porque tuvieron algún problema con la homologación del título de entrenador. A Antic le pusieron como segundo entrenador para que le habilitara Víctor Fernández, que terminó sucediéndolo. E hizo dos muy buenas campañas con un equipo que, bueno, tenía una calidad justita. Pero era un tío con una vitalidad y un optimismo extraordinarios. Sobre todo era un gran pedagogo. Tenía una predisposición para el trabajo extraordinaria. Era también muy cercano al jugador, sobre todo a los que eran más jóvenes. Siempre ponía trabajo extraescolar, siempre ponía deberes. Apostaba por el espíritu de superación de cada jugador. Eso terminó contagiándolo a los jugadores.

Hiciste la fase de preparación y fuiste al Mundial de Italia 90 con Luis Suárez.

Antes del Mundial jugamos contra Yugoslavia, que luego nos echó. En Eslovenia hubo un amistoso y ahí estaban sobre el campo Prosinecki y Stojković, que eran extraordinarios. Tenían una plantilla de gran talento, como casi siempre. Aunque los partidos preparatorios del Mundial no es que sean aburridos, pero uno ya lleva muchos partidos a la espalda y lo que quiere es que empiece lo importante cuanto antes. De aquella fase me quedé con la calidad de estos dos jugadores.

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Suárez intentó poner un estilo como el que planteó Luis Aragonés que nos hizo campeones, recuerdo declaraciones de Míchel diciendo que por fin se jugaba el balón por el suelo…

Aquella selección era mucho más heterogénea. Podías tener a Martín Vázquez, pero luego tenías a Villarroya, que era de una técnica más limitada. Creo que todo eso se ha ido puliendo. Pienso que el fútbol, jugarlo, es como hablar un tipo de lenguaje, me da igual el que sea. En ese debate sobre si hay que jugar de una manera o de otra prefiero ser respetuoso, todas me parecen válidas. Pero lo que sí tiene que haber es coherencia en la selección de los jugadores. Y aquel equipo nacional sí que adolecía de aquella diversidad de animal futbolístico al que no se le permitía desarrollar una idea de forma más pura. Pero por las características de Míchel, de Martín Vázquez, de Roberto, había un equipo que ya quería jugar de una manera que ya se adaptaba a la personalidad de estos jugadores. No sé si se llegó a jugar tan bien, porque el Mundial no salió muy allá, pero se intentó eso. También, Luis Suárez, por su propia personalidad, porque había sido un gran jugador, su forma de entender el fútbol iba en esa dirección.

Para mí ir al Mundial fue una experiencia rica en lo personal. Esforzada, porque son muchos días los que hay que estar concentrado. La espera es muy larga. Yo no estaba en el equipo titular, con lo cual mi forma de vivirlo fue distinta. Pero lo tengo como uno de los mejores recuerdos de mi carrera profesional. La expectativa que se montó alrededor de un torneo de esa naturaleza, todas las esperanzas depositadas, el aluvión de medios de información, las expectativas de un país. Es único, no hay nada como vivirlo desde dentro. Aprendí muchísimo y me dio la posibilidad de convivir con compañeros un periodo muy largo. En cuanto a nuestra trayectoria, se habían depositado muchas esperanzas en esa generación, se pensaba que la Quinta estaba en su mejor edad para lograr un triunfo, pero quedó claro que a España todavía no le había llegado su hora. Luego la relación entre el aparato informativo con la selección nunca es fácil. Tiene sus buenos momentos y sus desencuentros inevitables. En esta ocasión metieron demasiada presión, el propio seleccionador iba a las ruedas de prensa a cada comparecencia incómodo. En fin, recuerdo que eran situaciones poco ventajosas para crear un clima relajado y tranquilo como para poder hacer algo más. No sé qué pasó al final, tanto desencuentro y malentendidos.

¿De ahí vino el «me lo merezco, me lo merezco» de Míchel?

No lo sé. Me imagino que fue porque el partido contra Uruguay fue muy malo, no sé ni si pasamos del centro del campo o llegamos a tirar a la portería. Los partidos inaugurales siempre son difíciles y supongo que recibiría críticas y esa fue su manera de desahogarse.

Te quiso fichar Cruyff después del Mundial.

Hubo rumores. Algún contacto. Pero al final aquello no se  consumó. Antes la movilidad de un jugador no era como ahora. Era muy corriente que un jugador empezara con veinte años en un equipo y acabara ahí su carrera.

Dijo, textualmente, que le «apasionabas».

Yo estaba muy tranquilo en Zaragoza, muy cómodo, y el Dream Team era un equipo complicado. A cualquier jugador le hubiera gustado por la calidad de esa plantilla, pero sinceramente, no me lo planteé. También me quiso el Atlético cuando estaba Maguregui, pero estaba a gusto, me sentía bien en Zaragoza. Sinceramente, nunca tuve ganas de cambiar. Los maños me acogieron muy bien. Me trataron genial. Hice amigos fuera del fútbol con los que compartía inquietudes, algo que en este mundo no es fácil de conseguir. Tuve relación con mucha gente del mundo de la cultura. Mi amigo Javier Barreiro, profesor de literatura que ha publicado no menos de veinte libros. José Antonio Labordeta. Ignacio Martínez de Pisón. Luis Alegre. Me dejo a muchos, pero tuve la suerte de coincidir con mucha gente, círculos con los que podía compartir inquietudes, que también eran futbolísticas, porque eran todos grandes aficionados al futbol. Me resultó una ciudad muy agradable para vivir. Tuve suerte de coincidir unos años con un equipo extraordinario que llegó a finales y ganó un título internacional, la Recopa. Uno elige un destino, pero a veces el destino se convierte en algo agradable o no por motivos que no puede controlar, que pertenecen al azar.

Habías empezado Filología en Madrid.

No, en Madrid, en la Autónoma, empecé Derecho. Hice dos años, luego me fui a Zaragoza, donde mis condiciones personales habían cambiado, me acababa de casar, etcétera. Y tercero lo saqué, pero cuando estaba empezando cuarto me di cuenta de que nunca iba a ser abogado, decidí dar el paso y cambiar a lo que de verdad me gustaba que era la Filología Hispánica, la carrera en la que me acabé licenciando. Yo veía que en la abogacía iba a tener poco recorrido y como siempre me había gustado leer, tenía amigos profesores de universidad y catedráticos de Filología, me dije que para licenciarme en algo mejor que fuera de lo que más me gustaba. Al fin y al cabo, cada vez veía más difícil desarrollar una actividad profesional al margen del fútbol. Puestos a estudiar prefería hacer algo que me llenase.

Hubo un reportaje en El País, no sé si por Italia 90, en que decían de ti: «le gusta encerrarse en su habitación a leer a Proust con la música clásica a tope». Tengo muchos amigos que no se olvidan de esto.

Lo de Proust es una licencia del periodista, lo leí de más mayor. Pero sí que leía en las concentraciones, porque son muchas horas las que pasas ahí y para mí es la mejor forma de pasar el tiempo. Para mí la literatura y los libros siempre han sido grandes compañeros de viaje. Un libro es como un amigo para consolarte en los momentos malos. Siempre hay un libro para cada estado de humor que tengas. Con esta costumbre me siento muy afortunado, porque pocas cosas hay mejores para acompañarte en la vida que la literatura, no protesta, no te dice nada, está siempre dispuesta. Hay pocos entretenimientos que te den tanto y te pidan tan poco, más allá de tiempo para que leas un poco.

¿Hay muchos futbolistas lectores como tú?

Los hay, aunque tampoco me he encontrado muchísimos, eso tengo que decirlo. Valdano es un ejemplo. Butragueño sé que lee bastante. Sanchís me consta que también. No conozco un centenar, pero los hay.

Cuando te fuiste del Madrid dijiste que no podías competir con Butragueño, con un «mito».

Me hubiera gustado seguir en el Madrid, esa es la verdad. Mendoza, entonces presidente, no quería dejarme marchar de ninguna manera. Pero tenía a dos jugadores como Butragueño y Hugo Sánchez delante de mí, con edades todavía que hacían pensar que les quedaba una eternidad, y no quería un papel secundario. Podría haberme quedado, pero siempre fui impaciente y no quise darle tiempo para ver si cambiaba la situación. Dije que Butragueño era un mito, y era verdad. Lo dije para explicar la situación, me tenía que ir porque tenía por delante a un jugador que había revolucionado el fútbol español. Se ha dicho, él cambió la forma de ver el fútbol de los espectadores españoles que venían arrastrando prejuicios sobre la furia y el pundonor. Butragueño hizo cosas que no se habían visto y fue educando al aficionado español. A Emilio no se le puede explicar desde el punto de vista exclusivamente futbolístico, fue algo más que eso. Luego, en lo personal, tengo debilidad por él. Además, soy amigo suyo. Somos tan amigos que incluso en el Mundial, estando yo ya fuera del Madrid, nos pusieron en la misma habitación. Siempre hemos tenido mucha afinidad y cercanía. No puedo ser objetivo con él. Pero la importancia que ha tenido en el fútbol español es absolutamente indiscutible. Es una referencia en la historia de nuestro fútbol, eso es indudable.

Engonga nos dijo que le daba pena darle en el campo.

Sí, inspiraba ternura [risas]. Es una de las ventajas que tuvo como jugador, con esa cara angelical. Algunos ante la expectativa de tener que golpearlo, pensarían que mejor no… [risas].

Miguel Pardeza para Jot Down 4

¿Cómo se fue gestando ese gran proyecto que fue el Zaragoza de Víctor Fernández?

Fue determinante la gran relación que existía en aquel momento con el Real Madrid, nos jugamos varios que habíamos pasado por la cantera blanca. Juanmi, Solana, Aragón, Esnáider, yo… estábamos cuatro o cinco que veníamos del mismo sitio. Por otro lado, el cambio de los clubes en sociedades anónimas nos benefició. Alfonso Solans, el dueño de Pikolin, compró el equipo y lo impulsó. Víctor, además, era un apasionado por un fútbol de determinado estilo y terminamos siendo un equipo brillante. Jugamos muy bien, tres finales en tres años no es nada fácil. Durante unos años creo que daba gusto vernos jugar.

El Paquete Higuera metía todos los goles que le daba la gana.

Es uno de esos jugadores a los que nunca se les ha reconocido del todo el talento que tenían. Era muy inteligente. De los que mejor he visto jugando sin balón. Hoy en día ya no se habla mucho de esto, de jugar con balón o sin balón, pero él era el que mejor hacía diagonales, jugaba a la espalda de las defensas, era rápido constante, personalidad firme. Uno de los mejores compañeros con los que he jugado y tal vez no se le haya reconocido.

Poyet.

Tuvo un gran mérito. Porque vino de la segunda división francesa como delantero centro, se le reconvirtió a interior, porque si tenía algo bueno era su llegada a la segunda línea y remataba muy bien de cabeza. Era muy listo, se sabía explotar al máximo y dio un gran rendimiento. Luego mira qué carrera hizo, después de Zaragoza se marchó a Inglaterra y se adaptó perfectamente. Tenía muchísima personalidad, era de los que interactuaba con la grada.

¿Qué pasó con Brehme?

Que vino muy mayor, básicamente. Con más resabios que otra cosa, vino. Éramos un equipo menor, llegaba del Inter, después de haber sido campeón del mundo. Todo se le quedaba pequeño. Pretendió jugar de centrocampista cuando siempre lo había hecho de carrilero, tuvo diferencias con Víctor, y salió de forma precipitada. Pero para mí fue un auténtico placer. Era un ambidiestro perfecto, no sabías si era diestro o zurdo pero de ninguna de las maneras. Por más que te decía que era zurdo, no te lo creías viéndole como jugaba con las dos piernas.

El Dream Team os dio algunos repasitos.

Era sorprendente, nos dejó marcados. Se ponía a jugar, a tocar la pelota una barbaridad, contra el Madrid no era muy distinto, tenían tanta calidad técnica que jugaban su partido y tú hacías de sparring. Si estaban inspirados era muy difícil jugar, te dejaba la pelota muy poquito tiempo. Contra ellos te terminabas desmoralizando y se te hacía el partido un trámite muy doloroso.

Tuvisteis dos años al mejor Esnáider.

Era inteligente, con chispa. De una tremenda fortaleza mental. También era muy pícaro. Era muy apasionado, transmitía muchísimo a la grada y a sus compañeros. Se notaba que era joven, tenía toda la carrera por delante y se quería comer el mundo. Quizá fue esto lo más llamativo de él, esta ambición sin límite.

El Zaragoza y Aragón se encontraron el uno al otro.

Todo clase. Un organizador de un talento inmenso, de una calidad técnica extraordinaria. Sabía jugar en corto, sabía jugar en largo. Tiraba faltas. Rápido, pero entendiendo muy bien el juego. Fue una pieza clave. En el Madrid también podría haber jugado, pero triunfar en un Madrid no es fácil. Los canteranos si no consiguen afianzarse desde el principio luego les resulta muy complicado. Ese es el gran dilema de todos los canteranos de un equipo grande, si seguir ahí una temporada tras otra sin tener seguro que vas a jugar o por el contrario intentar buscarte la vida en cualquier otro equipo.

¿Cómo vivisteis aquella Recopa?

El partido clave, se diga lo que se diga, fue el del Feyenoord. Un equipo muy duro. Perdimos 1-0 en Holanda y nos costó muchísimo levantarlo con un 2-0 en casa. Pero fue clave porque ahí nos dimos cuenta de que realmente podíamos hacer algo en esta competición. Y la resolvimos bastante bien. El Chelsea que nos encontramos no tenía nada que ver con el que ha sido después. Hicimos un buen partido, 3-0, en Zaragoza y allí, aunque lo pasamos mal un poco, porque nos descuidamos, creo que lo pasamos bien. Fue mucho peor el Feyenoord.

Y a la final llegamos algo cansados, el Arsenal era fuerte. Y los nervios, de estar en París, en una final europea, que para muchos de nosotros que ya estábamos en los veintinueve años sabíamos que era nuestra última oportunidad de conseguir algo importante. Igual la única final que íbamos a jugar en nuestra vida. Un punto de no retorno. Pero, como en todas las finales, hace falta algo de suerte y nosotros la tuvimos. Con el 1-1 íbamos directos a los penaltis, estábamos todos cansados, alguno estaba rezando para que llegara ese momento. Ellos iban mucho más fuertes y… llegó el gol de Nayim.

Gol muy baturro

Un gol soñado en el último minuto, con esa factura y lo que se consiguió. Fue un gran cierre para iniciar el final de la carrera de muchos que ya estábamos iniciando la cuesta abajo. Empezar el final de esta manera fue mucho mejor. Nayim iba por ahí diciendo que si el gol lo había metido Dios, porque era la única manera de explicar lo inexplicable. Creo que fue el típico gol del cansancio, de ya no saber qué hacer. Esa misma jugada en otro tramo del partido no hubiera hecho eso. Es una jugada que haces cuando no tienes fuerzas de hacer nada mejor, te la juegas de forma irreflexiva, que es un método que a veces da buenos resultados [Risas].

Acabaste en México, en el Puebla, con el gran Carlos, del Oviedo.

Una experiencia buena. Estuve con Carlos y el Paquete Higuera. Fueron dos años. Siempre viene bien tomar distancia de lo que han sido tus dinámicas naturales. Para cobrar distancia y para ver el futuro, porque ese sí que es un tránsito difícil para cualquier jugador, abandonar la que ha sido tu actividad principal a lo largo de muchísimos años. En algunos casos, como el mío, después de haber comenzado muy jóvenes. Yo, con catorce años. En México, en Puebla, pues desde la distancia vislumbras tu futuro y puedes tomar decisiones sobre qué quieres hacer o no. Estas salidas al final de la carrera de un jugador sirven más para readaptación que para otra cosa, no nos vamos a engañar. Es una especie de tránsito, de periodo de prueba.

Puebla fue una experiencia, de todas formas, muy agradable. Era entonces una ciudad de tres o cuatro millones de personas, con una gran colonia de españoles. Tuve la suerte de ir con Higuera, con el que había jugado en el Zaragoza muchos años, y ese apoyo siempre viene bien. Me siento muy contento de haber ido. Como te explico, tomar distancia sirve para comprender mejor tu país, entenderte a ti y vivir experiencias que te enriquecen como persona.

¿Hablaba Carlos de la pena de que no le llevaran al mundial del 94 después del temporadón que había hecho ese año?

Son de esas cosas que se te quedan marcadas en una carrera, pero no le oí hablar demasiado del tema, no te creas.

Miguel Pardeza para Jot Down 5

Como director técnico del Zaragoza, y después de haber estado después en el Madrid, igual nos puedes revelar qué pasó realmente con Milito.

Lo que pasó en Madrid no tengo datos. Después de unos análisis médicos determinaron que no era posible su fichaje. Solo te puedo decir que a nosotros nos vino muy bien porque llevábamos tiempo detrás de su fichaje. Nos dio unos años extraordinarios. Tenía una personalidad magnífica.

¿Traer a Ewerthon fue cosa tuya?

Yo estaba en la dirección técnica. También nos hizo muy buen trabajo.

Y Villa… grandes aciertos, Miguel.

Pero en una decisión deportiva como esa nunca se está solo. Yo tenía un gran compañero de trabajo que era Pedro Herrera, padre por cierto de Ander Herrera, y que tenía muchísima experiencia. La verdad es que formamos un buen equipo en el Zaragoza los dos por aquella época. Primero porque teníamos gustos futbolísticos muy similares, y eso es clave. Teníamos claro cómo teníamos que operar y eso nos dio algunos aciertos, también hubo errores. Está claro que el trabajo en dirección deportiva de un equipo está plagado de buenas decisiones y equivocaciones, pero creo que más allá de eso, que son circunstancias inherentes al cargo, lo importante es cómo quieres trabajar. Saber qué quieres hacer y qué línea vas a seguir.

Has comentado que internet ayuda a conocer mejor a un futbolista que se quiere fichar ¿antes se producían algunos fichajes a ciegas?

No, lo que pasa es que las herramientas tecnológicas que tiene cualquier club son inimaginables con respecto a las que había antes, que tenías que fichar a un jugador después de haber ido a verle dos o tres partidos y jugártela con lo que habías podido detectar ahí, teniendo en cuenta la información que te hubiera llegado verbalmente de conocedores del jugador en el terreno. La metodología era completamente distinta. Hoy tienes herramientas con las que puedes seguir a alguien todos sus partidos de una temporada. Las estadísticas de todo, informes sobre el terreno. Las decisiones ahora son mucho más fiables.

De tu última etapa en el Madrid no quieres hablar.

Ha sido una grandísima experiencia, he aprendido muchísimo, un paso más en mi aprendizaje como hombre de despachos, y poco más puedo decir. Siempre voy a estar eternamente agradecido. No es fácil ocupar un puesto de responsabilidad en el Real Madrid…

Y menos en la época de Mourinho.

[Sonríe] No, fue un entrenador con sus peculiaridades, del que se puede aprender como de todo el mundo.

¿No había muchos terremotos?

[Risas] No, no, bueno, es un hombre intenso y apasionado.

Cuando fichaste por este cargo por el Madrid, en tu mudanza a la capital, te trajiste contigo tu biblioteca de quince mil volúmenes…

El libro es un buen compañero, más que nada. Con los libros se pueden hacer muchas cosas, uno puede orientar sus gustos en una dirección o en otra, pero el acto en sí de leer ya es consolador. Hay tantos temas que se pueden abordar con un libro… Y yo soy muy ecléctico. De la literatura española he leído mucho a Baroja, a Valle Inclán, he leído algo menos a la generación del 27, pero me gustan Cernuda, Alberti y Lorca, por supuesto. Leí mucho en una época a Cela. También mucha literatura internacional, porque esto va por épocas, he leído a Cortázar, a Borges, Adolfo Bioy Casares, Vargas Llosa… del XIX he leído mucho a Stendhal, Flaubert… En general, he leído un poco lo que hay que leer, y muchísimos autores menores que a nadie le interesan, pero que me gustan. Por ejemplo, Emilio Carrere, los autores relacionados con la bohemia…

¿Por qué este movimiento?

Por influencia de Javier Barreiro, mi amigo. Siempre ha sido un hombre aficionado a los movimientos literarios de principios de siglo y uno de ellos ha sido la bohemia. Hemos tenido tanta amistad que por contagio terminamos buscando libros y autores de esta época y escribiendo alguna cosa sobre ellos.

Miguel Pardeza para Jot Down 6

Cuando reeditó Valdemar a Carrere hablaban de que la historia de la literatura al final es muy arbitraria, que hay un selecto club de «sabios» que eligen a los que tienen que estudiarse y movimientos como este, el de la bohemia, se quedan relegados al olvido por culpa de esos criterios academicistas

Ya. Cualquier literatura, no solo la española, se cuenta en función de ciertos determinismos ideológicos, eso está claro. Aquí siempre se ha dicho que la historia la escriben los ganadores. Es verdad que la historia no siempre responde a la realidad de los hechos. En la literatura hay mucha gente que merece la pena que queda en el olvido. Es raro que un tipo que no merece la pena perdure, pero muchísimos autores podían haber permanecido y no lo han conseguido. También hay un proceso de selección natural, de la del 27 podían haberse recordado muchos, pero solo han prevalecido unos determinados. Son gente de calidad, pero muchos otros bien porque fueron independientes, bien porque fueron por libre, porque su obra no fue del todo comprendida, pues perdieron el tren de la historia de la literatura. Pero oye, ahí hay un campo que es muy bonito de descubrir para la gente que guste. Yo creo que cada uno tiene que ir construyendo su propia tradición, y no solo en la literatura.

¿Puedes describir el ambiente de la bohemia para quien no lo conozca?

Duro y difícil. Era una España un poco dura. Este es un país que ha mejorado muchísimo con los años, la situación de los escritores de principios de siglo… no es que escribir fuera llorar, como decía Larra, era muchísimo peor. Aparte que el analfabetismo del país era grandísimo, la situación política era lamentable, tanto que terminamos llegando donde llegamos. La diferencia de clases era abismal, el caciquismo no había renunciado a su influencia, las instituciones políticas estaban terriblemente corrompidas y desfasadas, no se había superado nuestro prejuicio histórico colonial. Una serie de circunstancias que hacían la convivencia muy difícil. Las diferencias entre pueblo y ciudad entonces eran horribles. Y Madrid era una ciudad complicada también. Ahí salieron una serie de personajes que eran el gallofo, el bohemio, que se venían a la capital a buscarse la vida y muchos terminaban en el arroyo. Es difícil de asimilar. Esa época no era fácil para nadie, pero especialmente para la gente de letras. Grandes desconocidos de esa época eran Pedro Barrantes, Xavier Bóveda, Pedro Luis de Gálvez… escritores de esta estirpe había muchos y era muy pintoresco. El libro que mejor describe el ambiente es La novela de un literato, tres tomos que puede leer cualquiera, de Rafael Cansinos Assens, que retrata perfectamente el clima y el ambiente.

Para tu tesis doctoral, ¿por qué elegiste a Ruano?

Porque nadie lo había trabajado de forma académica. Porque yo lo conocía, me gustaba mucho cómo escribía. Porque había cierta facilidad para investigarlo, porque la Fundación Cultural Mapfre había recopilado su legado, ahí conocí a mi amigo Pablo Jiménez, director de la Fundación cultural. Me pareció un personaje interesante sobre todo para leerlo. Ya que tenía que trabajar mucho, lo mejor era coger a alguno que te gustase mucho.

Alguna vez le has descrito como «anarquista de derechas», pero en términos más crudos podríamos decir que fue admirador del nazismo.

Indudablemente, él se alineó con el franquismo y la rebelión en la Guerra Civil. Es cierto que colaboró con el aparato de propaganda del nazismo, eso no se puede negar. Pero yo sigo pensando que además de esas circunstancias, que no son admirables evidentemente, creo que a lo largo de su vida lo que predominó fue un escepticismo político. Lo siguió manteniendo más allá de que tuviera relaciones poco aconsejables, esa es la verdad.

Dices que para entenderle hay que emplear la máxima de Jacinto Benavente de que «en España solo se habla bien del éxito sin mérito o del mérito sin éxito».

Creo que es una gran frase porque es verdad. Creo que la sensación que dejó Ruano fue la de un escritor que podría haber dado mucho más de sí. Tenía un talento innato para escribir, era un literato de los pies a la cabeza, pero las prisas o lo bien que vivía gracias al periodismo quizá le privó de la paciencia y de la perseverancia que se necesitan para hacer una obra que realmente merezca la pena. Pero escribió poesía, novela, reportaje, era un literato total. Aunque, quizá, salvo en las poesías y en sus memorias, en el resto de sus escritos adolece de una cierta precipitación, falta de tiempo para madurar una obra que fuera realmente perdurable.

¿Por dónde vas a tirar ahora, por la literatura o por el fútbol?

No lo sé. Es lo que tengo que decidir. Pero ya sabes lo que dijo aquel, la vida es lo que te va pasando mientras te empeñas en llevar adelante tus planes. Así que ya no hago planes. Soy un hombre de fútbol, pero tengo la gran suerte de que me gusta el mundo de los libros. Por eso cuando trabajo en el fútbol, dejo un poco de lado los libros, y cuando dejo el fútbol, pues sencillamente me centro más en los libros. Como en este momento.

Miguel Pardeza para Jot Down

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Gonzalo Vázquez: Figurantes y traidores

Poco hay más respetable que el sacrificio de unos padres en la educación de un hijo. Menos aún si el chaval corresponde con la ilusión por alcanzar algún día su meta. En medio del marasmo social este pequeño núcleo sigue obedeciendo un postulado según el cual estudiar, formarse, es el único medio para asegurar un futuro.

Pongamos que a ese joven le dio por estudiar periodismo. Y que su pasión, fresca y veraz, es la deportiva, por lo que pretende algún día ejercer de periodista deportivo. Así el muchacho anda ya en cuarto de carrera y décimo de deporte, que lleva consumiendo compulsivamente desde sus primeros recuerdos. Dos años atrás decidió abrir un blog para dar forma a su abundante conocimiento, alentado además por uno de esos consejos que no pasan en balde: “Ábrete un blog, escribe y date a conocer”.

Añadió después una cuenta de Twitter con la esperanza de obtener algo de la megafonía. Hoy ronda el centenar de seguidores, la mayoría amigos y estudiantes como él. Ha enviado decenas de enlaces a tipos famosos, periodistas de renombre, a la espera de algún guiño. Jamás obtuvo respuesta. Pero su arrojo y la seguridad de que sus textos no palidecen ante lo que ve publicado a diario le impiden desfallecer.

Un perfil así se cuenta por miles en nuestro país y decenas de miles si añadimos los titulados en paro.

Ya contamos cuánto distan las ensoñaciones del joven estudiante de la realidad que le aguarda. Incluso en el caso de que el aspirante sea una chica. Tal vez falte un tercer capítulo, destinado también a desmentir ese viejo credo a cuya fe se entregan padres e hijos: que la preparación es el camino más recto al trabajo, la especialización el atajo a una nómina y la calidad, lo bien hecho, como una anfetamina al salario.

En los años tiernos, cuando el desencanto no ha invadido la vida, no queda más remedio que creer en este orden. Porque del otro nada sabemos.

Como metáfora coloquial llamaremos pastel al volumen total de empleos en una profesión. Esto significa que antes de proponerse al mercado laboral el estudiante entiende que el sector al que quiere acceder tiene unos límites, un número de plazas, como un pastel a repartir entre los invitados. Y la invitación, como vemos, hay que trabajársela.

Una de las presunciones más ingenuas de ese joven reposa en la confianza de que los encargados de distribuir el pastel serán, como él, periodistas. Incluso que los gestores de arriba seleccionarán profesionales de la información igual que el tráfico absorbe conductores.

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El origen de esta presunción nace también entre libros. Cuando el adolescente decide entre ciencias o letras presiente que el mercado laboral hará también esa distinción, que respetará el campo de estudio del que los licenciados provienen. Igual que el capital humano de un laboratorio lo forman técnicos y de un despacho jurídico abogados, confía en que el periodismo buscará periodistas. Y que toda excepción será incluso enriquecedora, como esos jueces que precisan de genetistas o criminólogos para casos complejos.

A ese joven, que tira de sentido común, no le cabe esperar otra cosa.

Pero la realidad comienza pronto a humillarle. Cada vez que diariamente abre un periódico comprueba que salpican sus páginas un total de, pongamos, doce columnas de opinión. Si se anima a un sencillo examen repara que tan solo cuatro de los doce columnistas son propiamente periodistas. El resto, exdeportistas, que aquí llamaremos figurantes y a los que alguien entregó una sección permanente.

Puede que un día se preguntase qué hacían ahí. Pero como ahí siguen y acostumbra a leerlos no pasa página sin padecer una incómoda perplejidad por la pobreza, obviedad o trivialidad de los contenidos, cuyo presunto rasgo diferencial no logra encontrar. Y cuanto peores son con más fuerza le acuden a la cabeza las palabras de uno de sus profesores de Facultad: “Uno de los géneros periodísticos más difíciles es la columna bien escrita, la brillante, la deliciosa. En un diario nacional la columna es la guinda, el rincón sagrado de los mejores escritores. No olvides que Clarín, Unamuno o Galdós lo fueron”. Creencia que el alumno absorbió arrojándose a la lectura de los mejores como combustible para embellecer su escritura. Sin saberlo enardecía además su espíritu crítico y, de paso, la alergia a lo vulgar.

Ocurre que con otras lecturas no le pasa lo mismo. Observa que los diarios generalistas, los semanarios y otros formatos han preservado como un formal respeto a esos rincones de firma, donde la calidad y sustancia preludian la fama porque carece de lógica el camino inverso.

Lamenta entonces que el periodismo deportivo vulnere en solitario este derecho de admisión. He aquí una de los primeros desengaños que padece el aprendiz.

Un buen día, uno de tantos que siguen a la licenciatura sin empleo, durante un partido de Champions junto a su padre, éste atinó a denunciar las estupideces que salían de pantalla con esa conciencia que parece hoy de otro tiempo. “Con la de millones que habrá ganado este tío (un exfutbolista al micrófono) qué coño hace ahí quitando el trabajo a la gente joven”.

En el fondo inquietaba a ese hombre lo que de verdad importa. Que el dinero empleado para la educación de un hijo, que el sacrificio conjunto del núcleo familiar, se estampara luego de bruces contra una realidad que el contrato social, la dura escalada al trabajo, no refería por ningún lado. Actuaba también la mentalidad obrera de otra generación, como sabiendo que aquel tipo se estaría embolsando en un par de horas lo que a él llevaría meses en el taller. Sin embargo no piensa en él. Sino en su hijo. Por alguna razón, que nadie cocinó desde abajo, lo que hace poco era una evidencia se ventila hoy como demagogia.

El fenómeno del figurante parece ya natural, como caído del cielo y sin vuelta de hoja. No es posible que las nuevas generaciones se sorprendan ante la televisión y la radio con las que han nacido. Siquiera preguntarse por qué en una retransmisión de fútbol o baloncesto la titulación valga únicamente para el narrador.

Fuera de los directos, en esos nuevos corrillos en torno a una mesa donde el número de comensales aumenta, la ecuación apenas sufrió variación. Si bien ahora, que no hay un céntimo, la mesa de Estudio Estadio se ha llenado de pronto de periodistas. De haber dinero para figurantes ni un asiento ocuparían.

El caso es que si alguno de esos universitarios tuviera acceso a los libros de cuentas comprobaría que los figurantes pueden llegar a cobrar, por término medio, diez veces más que el redactor por un volumen de trabajo veinte, cincuenta, cien veces inferior.

Esta ocupación sistemática, de especial incidencia en radio y televisión, reduce drásticamente el tamaño del pastel para los nuevos periodistas, que agazapados esperan a que el banquete entre gestores, directores y figurantes permita al menos la existencia de restos.

A estas alturas el muestrario es tan abundante en el último cuarto de siglo, más o menos el rato que lleva en España esta importación americana, que más que enumerar nombres se trata de recordar un estado de cosas contra el que prima el silencio. Hubo un tiempo en que los pasillos murmuraban de cómplice indignación. Pero cuando la supervivencia está en juego los últimos de la cola recelan de los que vienen detrás, concentrando sus aspiraciones en sumarse a esas camarillas de poder, a los causantes de la penosa situación que ahora atraviesan.

El fútbol es de largo el que más ejemplos ha dado. De aquellos Juanito y Di Stéfano en el Mundial del 90 se ha pasado a la aparente profesionalización del figurante en casos como los de Michael Robinson, Kiko Narváez, Poli Rincón o Santi Cañizares. De entonces a hoy Butragueño, Míchel, Sánchez Flores, Camacho, Sanchís, Amor, Zubizarreta, Ferrer, Salgado, Martín Vázquez, Bakero, Hugo Sánchez, Julio Salinas, Fernando Hierro, Manu Sarabia, Rafa Alkorta, Pichi Alonso, Guti, Lopetegui, Eto’o, Eusebio, Morientes y un larguísimo etcétera han sido incorporados a la comunicación a los precios más altos que los medios se han querido permitir.

El baloncesto ha dado también buen número de figurantes. De la generación del 59, la de la plata de Los Angeles, no queda prácticamente ninguno que no haya pasado por caja. Incluso alguno persiste hoy por la ley de la gracia y el mínimo esfuerzo allá donde el baloncesto se mueva. Pasada la primera fiesta se fueron colando Antonio Martín, Ferrán, Rogers, Antúnez, Arlauckas o Biriukov. Y a punto está de echarse encima la nueva generación, tan nutrida como la anterior y de logros como diez veces superiores. En cuanto vuelvan los cuartos habrá pescozones por ellos, para los que siempre habrá sitio.

Haremos una concesión: seremos modernos, que es lo mismo que tragar con esa tiránica banalización de lo deportivo que tiene como mantra el entretenimiento. Así se entiende que la radio absorbiera pronto el show business de pantalla y su lenguaje festivo al grado lógico de quien puede rascarse los huevos mientras pela la cáscara del once contra once, al modo de Guti en la COPE o Hugo Sánchez en el Mundial de Sudáfrica. Si en algún momento, en alguna mesa, en alguna cabeza, por cualesquiera razones, se reclamó fama en nombre del entertainment ahí la tienen a espuertas.

Pero el asunto cobra otra dimensión cuando pasamos a la prensa escrita, allá donde la matriz americana, contrariamente a lo ocurrido en pantalla, ha respetado eso que algún teórico llamaba “la especificidad misma de la escritura y la profesión”. Aquí también la fama se adelanta a la única porción donde al periodismo, desde el primer día de Facultad, se le exige una técnica. Aquí también hay espacio reservado para los figurantes, que de la noche a la mañana pueden contar con su columna al precio que ningún redactor olerá jamás.

La parte pública más numerosa, la masa acrítica, la misma que arremete contra el periodismo deportivo que nada como ella ha configurado a golpe de audiencia, suele defender la presencia de los figurantes por dos motivos: uno, por su visceral oposición al periodismo que paradójicamente consume a diario; y dos, en la peregrina idea de que los figurantes tienen mucho que aportar como resultado de su nutrida experiencia en primera persona, un valor contra el que ningún plumilla podrá jamás rivalizar.

De ser esto cierto, de verse ratificado entre páginas o micrófonos, el público al que los figurantes se deben habría acumulado en todos estos años, qué menos que alguna vez, riquísimas ponencias, discursos impecables, revelaciones a salvo de los mortales y hasta trabajos que conservar en estantería. Bien al contrario lo que nos deja el fenómeno es una retahíla de muletillas que han pasado a la sorna popular. Y todo por esa absurda presunción de creer que Indurain valdrá al micrófono lo mismo que a la bicicleta, que Gatti será al papel lo que fue bajo palos.

Y mira que dieron repetidas muestras en activo. Porque cuando a muchos deportistas socorre un “no tengo palabras”, efectivamente no las tienen, a pesar de la emoción.

Prueba de la deliberada estafa que las empresas promueven es que el campo donde estas figuras podría resultar más eficaz es, curiosamente, el más vacío. Las noticias y exclusivas que pudieran derivar de sus contactos y fuentes primarias es un terreno excluido por completo de su tarea. Es como si los figurantes preservaran un código ético hacia el mundo del que provienen, una prudente distancia con los que ahora son lo que ellos fueron, un respeto hacia sus verdaderos compañeros, a los que por nada del mundo quisieran molestar.

Bien al contrario los gestores del periodismo no guardan ningún código ético hacia los suyos, alfombrando la entrada de figurantes en los presupuestos de los que barren porciones enteras de esos jóvenes periodistas que, es de suponer, algún día fueron ellos.

Y si al figurante no se le exige informar su sentido pasa entonces al terreno de la opinión, ese campo donde la experiencia tanto vale y donde poder justificar el presunto ojo clínico motivo de su alto coste. Pues ocurre que tampoco. Su perfil le compromete. Y otra vez por su relación con los protagonistas. “Fue compañero de González, tuvo de técnico a Bermúdez, tiene el mismo representante que Langone, está casado con la hermana de Bianchini y es amigo de decenas de colegas”. Así la opinión, que “se entrega a quienes menos opinan”, zozobra como el acróbata en el alambre. Es lo que Jorge Barraza, en esas mismas líneas, llamaba “la opinión blandita”. Cómo van a reprobar a un colega.

Desechadas entonces la información y la opinión de las exigencias al figurante asoma ese otro terreno vagamente referido como análisis, que en prensa escrita debe articularse y suele anidar en el molde columna.

Puede que no lo sepan. Pero una de las tareas más indignantes y silenciadas de esta profesión consiste en que los jornaleros del teclado rehagan los textos en bruto enviados por los figurantes. No es difícil imaginar lo que ocurre. Toca al redactor ojear lo recibido, callar ante la infame flaqueza del contenido como también a los errores (ortográficos, sintácticos o semánticos).

Hubo una primera vez, antes de que esa tarea —de la que nada dice su contrato— pasara a recargar aún más su trabajo, en que informó de ello a un superior. A la siguiente supo que le tocaría en adelante rehacer los textos, dándose penosos extremos en los que la pieza final es más firma del redactor que del colaborador. Este automatismo se halla tan instalado en la rutina mediática diaria como repicar sin lectura las notas de agencia por falta de tiempo.

Porque al figurante, que es adonde queremos llegar, no se le exige más que figurar. Y si no fuera así Clemente, Indurain o Di Stefano escribirían —del verbo escribir— las columnas que firman y por las que cobran.

El facultado siente entonces pisoteada su dignidad. Pero carece de valor para denunciarlo.

A diferencia del periodismo (deportivo) hay algo de honorable en ese código según el cual el deporte vela deportistas y se nutre de ellos durante la carrera en activo y, más allá, en instituciones y organismos. En cambio, no consta equipo de fútbol que haya contratado periodistas entre su cuerpo técnico. Lo que no parece lógico en un sentido encuentra fácil acomodo en el otro.

La tensión permanente entre prensa y futbolistas durante la vida profesional de estos encuentra después, curiosamente, un caldo de encuentro, una aparente amistad previo pago.

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No es necesario mencionar los más monstruosos extremos, como el millón y medio de euros que Televisa ofrecía a Guardiola y Mourinho por comentar la Eurocopa, ni los 300.000 a Luis Figo por hacer lo propio en el Mundial de Sudáfrica. Sino de casos más cercanos, como los 6000 euros por velada de Champions a Manolo Sanchís, cobrados con dinero público comentara o no su jornada, es decir, trabajara o no.

Hasta hace bien poco, antes de que la crisis lo asolara todo, uno de estos columnistas podía embolsarse centenares de euros por pieza o un comentarista miles por partido. El parentesco echa además un cable. A este último grupo pertenece un caso que lo tuvo tan fácil como tirar de suegro, también figurante en la casa, para colarse a comentar NBA en una lengua ajena cuando de esa competición se le ignoraba trazo alguno en vida. La dolce vita del retirado aburría y decidió que su sitio estaba allí.

Poco antes, en uno de esos asientos, vimos a un exjugador —que ejercía entonces como cuerpo técnico— cuidarse muy mucho de pronunciar nombres de jugadores durante los partidos que comentaba. Porque se admitía como analista NBA a alguien que no la seguía, que tal vez nunca la hubiera seguido (600 euros se embolsaba por noche). Durante las Finales de 2006 entre Miami y Dallas uno de los invitados en plató, jugador profesional, urgió a un trabajador de la cadena una plantilla de los Heat para enterarse así de quiénes la formaban.

Estas cuitas y cifras palidecen ante lo que ha venido ocurriendo en el fútbol. Hablamos, por ejemplo, de los 9000 euros a Santi Cañizares por edición de El Día Después o de los 108 millones de pesetas para Míchel por sus comentarios en TVE. A nivel interno, incluso hubo algún sorprendido al ver cómo Pichi Alonso abandonaba TV3 (camino de Sogecable), donde las cantidades eran igualmente desorbitadas.

En España la principal fuente de trabajo fue siempre el enchufe. Pero en el asunto que nos concierne cobra también importancia el nepotismo del figurante, otra suculenta fuente de ingresos para esos pocos elegidos.

Vaya por delante que la columna o el micrófono de un figurante no hurta trabajo a un periodista. Es el precio del figurante lo que encubre el homicidio. Y el coste de todos, un verdadero genocidio a la profesión.

En septiembre de 2012 el paro registrado en el colectivo de periodistas alcanzó los 27.443 individuos. Únicamente el registrado. Son cifras que no recogen, por ejemplo, al periodismo zombi, un cuarto del colectivo que lleva en paro más de tres años y que ha renunciado por completo al empleo en su sector. La otra parte, la más numerosa, sigue buscando mejorar el perfil profesional con cursos de posgrado y de idiomas. Hay un alto grado de actualización profesional entre los parados de la información. No constan, en cambio, figurantes que aprovechando la coyuntura resolvieran titularse, bien por correlación, por ansia de conocimiento o por pura vergüenza. No debe de proceder cuando el trinque es automático.

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Se ha desestimado emplear la noción de intrusismo porque suele abusarse de ella. Y porque hay profesiones cuyo ejercicio opera en márgenes muy vagos y poco definidos, tal es el caso del periodismo deportivo. Su matriz, el periodismo generalista, admite regularmente las entregas del científico, del catedrático, del lingüista, del político o del economista con resultados espléndidos. Se admite en todo ello la presencia del especialista. En cambio su homólogo deportivo no cumple con los figurantes ninguno de estos requisitos y así hemos tragado con perfiles como Leticia Sabater, Gonzalo Miró, Fran Rivera o Bertín Osborne.

Obvio que la contratación de los figurantes corre a cargo de la elite directiva. Pero asimismo de los subalternos que actúan de enlace con la parte baja de las redacciones. De la salud financiera de cada medio, como también de lo que se publica, ambas partes son responsables.

Sin embargo la motivación de cada una no tiene por qué coincidir. Mientras el gestor directivo compite con otros medios en la adquisición y exposición de estrellas, de lo que ellos entienden como prestigio derivado de esos nombres, la de los directores y jefes de sección lleva tiempo infectada de humana vanidad. Para estos secuaces de mando, que soltaron la herramienta en cuanto ocuparon un despacho, nada más seductor que codearse con los figurantes, que compartir a diario con ellos lujos de mesa y mantel, que sumergirse en las intrigas y favores de poder propios de los estómagos agradecidos. Nada como los placeres del interiorismo para esta aristocracia que dirige con mano de hierro la industria del periodismo deportivo.

En cargos intermedios, ese español arquetipo de los espabilados de redacción, nada como fingir aparente amistad con los figurantes, como lucir esas llamadas al teléfono frente a los jornaleros del teclado, a quienes toca sostener todo ese entramado de figurantes y traidores.

El fenómeno ha avanzado lo suficiente para encontrar rasgos diferenciales. Mientras el diario Marca viene optando desde siempre por figurantes de raíz y calado profundamente ibéricos, de calientes toro y bandera, PRISA, en una aparente sofisticación de diseño, lleva años erotizado por los figurantes de origen extranjero. Como ejemplo, El País Digital. Su sección de firmas deportivas presenta un total de doce analistas siete de los cuales son figurantes. Tres de ellos ocupan presencia en deportes de prioritario peso como fútbol, baloncesto y motos: Santiago Solari, Paul Shirley y Randy Mamola.

Al margen de la presumible solvencia de cada uno de ellos, el mensaje admite una doble lectura. De un lado, no parece haber especialistas titulados en España —más de 75.000 desde 1976— que para los responsables de El País puedan ocupar esos puestos. Y dos, un ejemplo revelador acaecido hace unos meses. Un especialista de fútbol, periodista titulado con más de 25 años de profesión a sus espaldas, fue reclamado a escribir allí de fútbol internacional, su principal fortaleza. El gesto habría sido loable de no ser que la demanda no viniera acompañada de hacerlo de manera gratuita, esto es, sin cobrar un céntimo.

Algo así, como es fácil imaginar, resulta impensable entre los figurantes.

Así pues no parece darse coherencia entre la línea editorial del diario, beligerante contra la actual situación de paro entre la generación mejor preparada, y su política interna de actuación. Dicho en claro, la masiva presencia de firma extranjera apenas puede ocultar el maquillaje y pose de un vergonzante esnobismo, de cosmética similitud al caso Amy Martin.

De la imparable oleada de Expedientes de Regulación de Empleo los últimos en abandonar el barco serán además los figurantes. No saldrá uno sin que antes las redacciones hayan quedado diezmadas. Por cada Raúl Ruiz Benito vivo hay centenares de redactores muertos.

A estas alturas urge preguntarse cómo es posible haber llegado a esta aberrante postración. Qué razón condujo a la industria de la información deportiva a contemplar el inmenso yacimiento de sus facultados como grano estéril. Cuándo la dignidad de la profesión, sensu stricto, mereció el más profundo desprecio de quienes presuntamente debían velar por ella.

En Estados Unidos, paradigma del que somos precario eco, el star system funciona en televisión a niveles sin parangón. Son los padres de esta cultura. Sin embargo su prensa escrita, y en igual medida la radio, han sabido preservar el debido espacio a la profesión, como un último terreno que justifica la especificidad propia del periodismo, la primera y última razón de los suyos. Allí la especialización no ha perdido un ápice de importancia. Aquí en España más de la mitad de los especialistas —un 52.7% según el Informe Anual de la Profesión Periodística 2012— reparte su trabajo entre diferentes secciones. Y a menudo, sin ejercer la suya, cosa que corresponde al figurante, la única entidad de potencial valor para vender especialismo.

Ahora que en España bancos y corporaciones sostienen los pilares de grandes medios regulan también con cada vez menor disimulo quién y qué publicar. En una de esas reuniones con los inversores, parte de cuyo dinero publicitará la marca que patrocina contenidos, el grano de las conversaciones repite sin falta un estribillo:

—Bueno, tenemos varios especialistas…

—No queremos especialistas. Queremos nombres, caras que la gente conozca.

Acompañan los papeles de la mesa comercial un registro de nombres que recoja bien listado el número de seguidores en Twitter, esa nueva Agencia que ha suplantado a la Facultad. Así ocurre que aquel joven nonato, el blogger cercano a licenciarse, como el titulado en paro, no son para estos señores más que otro par de átomos condenados a agitarse inútilmente en el inmenso vertedero de Internet.

No es propósito de esta pieza cuestionar la capacidad de figurantes concretos, algunos de sobrada solvencia. Se denuncia la sonrojante claudicación a ellos en detrimento de porciones enteras de profesionales que entregaron algunos de los mejores años de su vida a cristalizar una ilusión, una preparación, siguiendo además el orden socialmente reglado, según el cual a ellos tocaría la transmisión, interpretación y entretenimiento en la industria informativa. O al menos, con razonable prioridad.

Naturalmente que es posible una feliz coexistencia entre figurantes y periodistas. Pero difícilmente parece justificable en los términos vigentes.

Viñeta de Forges

Para los responsables de esta industria la especialización pura, como una cátedra deportiva reflejo del masivo ejemplo americano, queda prioritariamente invalidada para el producto de las Facultades, mano de obra cada vez más barata condenada a procesar la información al teclado sin mayor ventana que la pantalla. Y las excepciones, que las hay, no hacen regla.

No pocos aprendices sufren muy pronto este primer revés. En 1991 un puñado de ellos formaba paciente cola en la planta baja de uno de los edificios de la UPV para entregar la matrícula. La fila llegaba hasta el parking. De pronto vieron llegar un coche, del que se bajaron dos tipos, uno de los cuales era Julen Guerrero, que también venía a echar la suya y aguardó junto al coche. Mientras la cola daba algunos bandazos por el revuelo armado, el otro sujeto corrió delante de ella hasta plantarse en la ventanilla y colar allí la matrícula no sin antes pronunciar en voz alta en nombre de quién lo hacía. La oficinista cogió los papeles y le devolvió una sonrisa. Acto seguido el tipo volvió al coche y ambos desaparecieron. Nadie dijo nada y la cola volvió a su sitio.

Fue una impecable ocasión de descubrir cómo la realidad, la de todos aquellos futuros periodistas, alfombra el paso de estos famosos. A decir verdad, apenas nadie vio a Julen por clase en los siguientes años. Pero al segundo o tercer curso el futbolista ya tenía su propio programa en ETB, uno de animales que duró más bien poco.

No corren los mejores tiempos para defender algo en esta profesión. Menos aún, en el gremial deportivo. Pero no deja de llamar la atención que los caudillos del entertainment, la máscara bajo la que se ocultan auténticos pirómanos de masas, sean precisamente los responsables de que el periodismo deportivo haya descendido al peor índice de valoración pública jamás conocido en España.

Entre ellos y el inmenso graderío que aún sostiene el negocio han condenado al redactor base, al recién titulado, al jornalero invisible, a la licenciatura misma, a la derrota más grave que haya sufrido nunca la figura del periodista deportivo. No en vano esa expresión ha dejado de sonar seria.

Es fácil intuir el sumarísimo juicio que puede promover en una mayoría neutra el objeto de esta denuncia. “Para hablar o escribir de fútbol no hace falta una carrera”. Entonces también hay aquí otro buen número de ciudadanos estafados. Y entre figurantes y traidores la culpa no pertenece a los primeros.

 


Esteban Granero: “Los jóvenes prefieren Twitter o la Play, yo soy más de leer un libro”

Un futbolista del Real Madrid de las Galaxias que estudia Psicología. Tendríamos que echar la memoria atrás sin pensar mucho, como salvas de artillería, para imaginar que lo más parecido sería una mezcla entre Pardeza, que era filólogo, y Butragueño, que hacía yoga, algo que le sirvió por lo menos para tener la mejor elasticidad de la plantilla cuando quedaba último en todos los test de forma física. Pero este no es el caso de Granero. Alto, de espalda ancha, Esteban es fuerte, potente, sutil en la asistencia y contundente en el disparo. Un caramelito de la cantera, bien parecido, como le gustan a su presidente los jugadores de cara a la imagen comercial del club, que afronta su cuarta temporada sin haberse consolidado definitivamente en el once titular pero sin que a nadie se le ocurra tampoco prescindir de él.

No obstante, su entrenador, José Mourinho, es capaz de abrir la caja fuerte del Banco de Inglaterra o con el láser más vanguardista o con un sacacorchos oxidado. Le da igual. Su fórmula de la Coca-cola es tirar de jugadores con alma. Y es ahí donde Granero, desde que era pequeño en el Real Madrid, tiene una nota al margen que dice: muy apto.

Nos cita en la Biblioteca Nacional. Vil estratagema para poder visitarla hasta la cocina. No había podido hacerlo la última vez que vino. Cuando nuestro cicerone se sonríe porque es la primera vez en la que un futbolista se interesa por este lugar, Granero no le cede un palmo de terreno: “¿Y bomberos, vienen muchos?” No está cómodo en el estereotipo de tarugo en calzoncillos millonario pateando sobre césped tripa de vaca cosida. Pero menos aún en el rollito filosófico cultureta que no escasea precisamente tampoco en este deporte. Este chico transmite la sensación de que, para bien o para mal, sólo confía en lo que diga su propia mente.

Contesta a las preguntas de Jot Down concentrado. Desprecia la incomodidad del silencio en una entrevista. Medita mucho, calibra lo que dice. Es preciso en el lenguaje. No torea. No hay ambages. Nos lo compramos, parece honesto. Así fue el encuentro:

Uno de los primeros psicólogos que aparecen en la Historia del fútbol, si no el primero, es el que se llevó Brasil al mundial de Suecia 58. Este doctor, tras la preparación, hizo un informe en el que aconsejaba prescindir de Garrincha, quien a la postre fue decisivo en el campeonato que se llevó su país.

Lo desconocía. Seguramente al ser el primero querría empezar teniendo el protagonismo. Típico golpe de efecto que todos los que somos nuevos en una materia queremos dar para significarnos. Menos mal que no le hicieron caso. Pero creo que han pasado más de cincuenta años y ha cambiado mucho la cosa. Ha habido muchos psicólogos que han dado consejos buenos y más que buenos.

Los psicólogos que trajo Benito Floro al Real Madrid fueron muy polémicos. El primero, Emilio Cidad, le planteó a los jugadores ejercicios como imaginar comerse una fruta —que fue portada del Marca con Butragueño tragándose un limón imaginario— y pasará a la historia por haberle hecho a la plantilla recitar poesía con los pantalones bajados.

Lo de la fruta lo conozco. Son terapias que parece que no se adecúan al perfil del futbolista, pero seguramente tenían su fundamento. De hecho lo tienen. Lo de recitar poesía con los pantalones bajados es una forma de acercar a las personas. Ridiculizarte, entre comillas, delante de tus compañeros te hace más humano, más cercano. Muchas veces en el vestuario de un equipo de fútbol existe cierto distanciamiento entre los jugadores, y más en un equipo como el Madrid, en el que cada uno viene de una zona del mundo y cada uno tiene unas ambiciones muy grandes. Ese distanciamiento es malo para el equipo. Una terapia de acercarte a tu compañero haciendo el ridículo es importante. Que funcionara o no, pues no lo sé, no tengo la información. Desde luego los futbolistas somos a veces muy reservados para este tipo de cosas o demasiado prepotentes, en el buen sentido de la palabra, y nos cuesta abrir los brazos a otras nuevas.

En aquella plantilla, Prosinecki dijo que él no hablaba con un psicólogo, que estaba lesionado pero no loco. Mientras que Míchel venía de haber estado viendo a uno a escondidas en los ochenta, Rosa Guisasola, la de la Federación de Atletismo.

¡Eso Míchel no me lo ha contado! Creemos que el fútbol es un deporte que tiene poco recorrido de mejora, sobre todo en los métodos de entrenamiento y demás, cuando en el terreno psicológico tiene más de lo que pensamos.

Más tarde, Iván Campo sufrió crisis de ansiedad cuando fichó por el Real Madrid. Y en otros clubes, ha trascendido que Gerard, a su regreso al Barça, se moría de miedo por no dar el nivel que tuvo en el Valencia, que Julen Lopetegui entró en crisis también de azulgrana; Valerón en el Atlético de Madrid tuvo una depresión terrorífica, como el portero Toni; Guerrero durante sus últimos años en el Athletic estaba completamente estresado, o Giner, en el Valencia, que se sentía obsesivamente culpable por todos los goles que le metían a su equipo… por no hablar de los entrenadores, con Luis Aragonés a la cabeza, que tuvo que abandonar tres equipos por ansiedad fóbica, o Cruyff y sus problemas de miocardio… el idolotrado Sacchi no pudo nunca con la presión de no igualar los éxitos de su revolucionario sistema con el Milan….

Esos jugadores que has nombrado pasaron por situaciones de estrés que son muy habituales. El 95% de los futbolistas de alto nivel tienen esos problemas. Yo los he tenido muchas veces. Es natural, este es un deporte con mucha exigencia. Te exigen por todas partes. Además a los futbolistas también se les señala como iconos, como responsables de la educación de los niños. Y todo esto teniendo que rendir en el campo donde se nos permiten pocos fallos porque estamos a un nivel muy alto. Esta atmósfera crea una situación de estrés que en algunos casos estalla y en otros casos estalla un poco menos, pero todos tenemos esos problemas. Es muy raro que alguien no haya pasado por eso. No sólo por casos similares a los que citas, incluso se pueden padecer todos a la vez. Hay jugadores que han podido lidiar mejor con ello y otros que al final la situación ha terminado yendo muy lejos y su problema sale a la luz.

Rosana Llames, psicóloga del Sporting de Gijón a principios de los noventa, dijo que era fundamental para su responsabilidad saber de fútbol.

Desde luego, igual que un militar, por muy buen estratega que sea no puede ser un buen entrenador, pues lo mismo, [¡Un recuerdo al fallecido Valeri Lobanovsky, coronel del Ejército Rojo y entrenador del Dinamo de Kiev!; Nota del Redactor] es algo parecido. Las diferencias entre los problemas psicológicos que atraviesa una persona en su vida con los que atraviesa un futbolista, en cuanto a intensidad y precisión, tienen poco que ver. Por eso, el psicólogo cuanto más sepa de fútbol, mejor. Si ha sido futbolista o ha practicado un deporte de equipo como el baloncesto también puede funcionar. Son problemas que le resultarán familiares y los podrá identificar mejor.

En el Madrid ahora no tenéis psicólogo, pero en las categorías inferiores sí.

Hasta hace tres sí que había, pero no estoy seguro de que sigan. Yo estuve con Chema Buceta y José Beirán, dos buenos psicólogos. Dábamos charlas cuatro o cinco veces al año. Charlas grupales y alguna charla personalizada según ellos vieran las necesidades de cada jugador. Luego hacían un seguimiento estadístico de los factores psicológicos de los jugadores mediante tests. Sobre todo medían la motivación, el cansancio mental, reacciones en situaciones de estrés, que cuando eres joven en la cantera muchas veces te ves excesivamente exigido por el equipo, pero también por la familia, por el ambiente, por los amigos. Estar cerca de un objetivo importante causa demasiado estrés y ellos lo tenían controlado. Como las reacciones en situaciones adversas, tanto como en los momentos positivos. Identificaban cómo sabíamos analizar una situación y cómo resolverla. Nos ayudaban a discernir bien, en definitiva.

Muchos medios hicieron mofa del uso de psicólogos en el fútbol, pero la selección que fue a la olimpiada de 1992 llevó uno, José Lorenzo González (Del Sporting y Atlético de Madrid, entre otros deportes de elite), y luego Luis Aragonés también apostó por esta figura cuando fue seleccionador (sólo en el Mundial de Alemania). Ambos terminaron siendo equipos campeones.

No creo que tenga tanto que ver. También habrá que contar con el equipo que había. El psicólogo es importante para un equipo, pero hay que saber utilizarlo. Hay que saber escogerlo. Para mí sí es importante. Hay un recorrido de mejora ahí que no se trabaja demasiado, o no se trabaja prácticamente nada. E igual que se mejoran la técnica o la táctica, la faceta psicológica creo que también se puede entrenar y mejorar. Y todo el mundo está de acuerdo en que ésta es un factor determinante en el rendimiento de un equipo y de un futbolista. Creo que es importante, pero no creo que ganasen porque llevasen un psicólogo.

Posteriormente, en el Madrid, el preparador físico Walter di Salvo trajo de Massachusetts una máquina para entrenar la mente, el llamado “Módulo de entrenamiento mental del Real Madrid Tec”. ¿Sigue por ahí?

Sí, la he probado. Ya no está en funcionamiento. La probé sólo por curiosidad. No sé hasta qué punto puede funcionar. Era una máquina de subir o bajar tu activación mental a través de sonidos e imágenes en una pantalla, se incrementaba o se relajaba.

Sin embargo, hay futbolistas, auténticas estrellas, que están como unas maracas. ¿En este caso podríamos hablar de que la locura o una personalidad excesiva, incluso desequilibrada, puede favorecer la práctica del balompié?

Sí, seguro. Ese tipo de futbolista no creo que pueda ser de otra forma. Es decir, no existe Balotelli en versión niño bueno. Esa posibilidad no existe. Hay un carácter que se aprende; él, con 25 años, poco puede cambiar. Además, hay un temperamento que viene en los genes. No digo que estar así, o ser así, le haga mejor futbolista, pero tampoco el hecho de no ser así le va a convertir en mejor. No podemos pensar en Mágico González acostándose a las diez de la noche, levantándose, desayunando y yendo al partido. Esa persona no existe. Tenemos que disfrutar del que era tal y como era: un fenómeno. Igual que George Best Maradona… ¿Tendrían que haberse cuidado más? ¿Por qué? Disfruta de lo que ves, de lo que tienes delante, y ya está.

Mijatovic dijo de ti que no podías aguantar la presión psicológica de estar en el primer equipo.

Ya, se han dicho tantas cosas que… Pero es curioso porque él firmó mi contrato con el primer equipo. No sé si es algo que Pedja pensó luego, pero yo ahí sigo. Y cada vez mejor, la verdad. Y ese problema no creo que sea mío. Al revés, creo que es uno de mis puntos fuertes: llevar bien la presión y superar esa situación de un canterano, que sabe que cada año van a venir los mejores jugadores del mundo a pelear por su puesto y tiene que hacerse un hueco en el equipo. Llevo tres años aquí, ahora empiezo el cuarto y quiero estar… ¡todos! Creo que hasta ahora he dado un buen rendimiento con el club y creo que puedo dar mucho más. La presión no es un problema para mí.

¿Cómo llevas la licenciatura de Psicología?

Voy poco a poco, sin prisa y disfrutando. Mi primer año en la Complutense fue muy bueno, pero por temas de horarios y según crecía mi carrera futbolística, tuve que cambiar a una universidad privada. En fechas de exámenes y temas así me es más cómodo, pero tengo buen recuerdo de la Complutense. Mi primer año allí hice un montón de asignaturas e hice muchos amigos, fue un año bueno.

Como ‘casi psicólogo’, ¿ves muchos cocos dignos de estudio a tu alrededor?

Creo que el fútbol es toda una escuela. El Real Madrid es una escuela mucho más importante que cualquier universidad de Psicología a la hora de dar consejos psicológicos en el ámbito futbolístico. Yo he recibido consejos que me han ayudado mucho de muchos compañeros. De Casillas, de Raúl, de Guti, que son gente que ha estado muchos años ahí. Han tenido que lidiar con muchos más problemas que cualquiera de los que acaban de licenciarse en Psicología. Me fijo mucho en ellos. Ahora sobre todo en Xabi, en cómo resuelve las dificultades. Le admiro mucho en ese sentido. También admiro a Cristiano Ronaldo por la ambición que tiene, cómo se comporta cuando está en la cima de la montaña y parece que no puede subir más, cómo busca otro paso más hacia arriba.

¿Cristiano se baja de la montaña cuando está fuera del campo?

Él está en la montaña porque es un jugador que vive en la cima. Tiene esa exigencia. Es tan bueno y tan determinante que está ahí y es su sitio. Es una persona cariñosa, comprensiva, amigo de sus amigos y compañero de sus compañeros. La imagen que se tiene fuera lamentablemente no se corresponde con la realidad. Sobre todo porque las envidias tienden a desprestigiar a un futbolista cuando está muy arriba. Pero él no se tiene que bajar de la montaña. Está ahí por méritos propios. Y que siga. Desde ahí arriba se puede ser un buen tío y se puede ser humilde. Y la humildad no es sólo agachar la cabeza. Él es bueno y lo sabe, por eso lo dice, la humildad la demuestra cuando sabiendo que es tan bueno quiere más, eso te lo da en cada entrenamiento, en cada partido. Nunca se conforma, eso también es humildad. Cuando dicen que Cristiano no es humilde, me río. Es de los tíos más humildes que conozco.

He echado un vistazo al timeline de los jugadores de la selección olímpica española. En su Twitter uno puede encontrar lo que hacen cada minuto, quiénes son sus parejas, qué hacen con ellas, cuándo… queda claro que también están enganchados a la Play. ¿Qué opinas de este fenómeno contemporáneo?

Esto no le pasa sólo a los futbolistas, aunque igual el futbolista sí que tiene más tiempo libre y también al ser personas públicas se ve más lo que hacen, pero no es algo exclusivo de futbolistas. A mí personalmente no me atrae, no significa mucho para mí. Entiendo que la gente que pasa su tiempo en eso le llene, que los jóvenes prefieran publicar cada minuto de su vida en Twitter, o jugar a la Play, pero yo soy más de leer un libro. Las redes sociales son algo tan nuevo, ha llegado de forma tan explosiva, que es normal que esté acaparando un montón de tiempo sobre todo a la gente joven.

Tú empezaste fuerte en Twitter pero luego te desinflaste.

He ido seleccionando un poco más. Tuve un par de malas interpretaciones que me obligaron a pensar un poco más lo que escribía. También he crecido y hay cosas que las disfruto más guardándomelas para mí que compartiéndolas. Pero como todo, son gustos. Yo tengo el mío, cada uno tiene el suyo. No me creo mejor que nadie.

Twitter tiene su importancia. Por ejemplo, se puso en duda una crónica de Diego Torres en El País que te situaba en el vestuario del Bernabéu aguantando gritos de Mourinho. Que si eras su amigo y le habías traicionado, porque tuiteaste ese día que estabas en casa sancionado… (Granero tuiteó ese sábado 16 de abril de 2011 que estaba en su casa, pero horas antes del partido; Nota del redactor)

Sí, dentro de un vestuario, y menos en el vestuario del Real Madrid, no nos gusta que alguien hable como si estuviera dentro cuando no lo está. Primero porque hoy en día la información tiene mucho poder y lo que una persona lee en el periódico es “la verdad”. Por mucho que acabes desmintiéndola, termina siendo “la verdad”. Y muchas veces ese poder que tienen los medios de comunicación no tiene ningún control. Estamos un poco indefensos ante la posibilidad de que alguien pueda escribir algo que no sea verdad y pueda perjudicar a un grupo como el nuestro, con unos objetivos importantes, y no nos podemos permitir esa clase de problemas. Por eso, a veces también nos tenemos que proteger de alguna forma. En ese caso era cierto que yo tenía tarjeta y estaba sancionado, aunque no creo que esa sea la forma correcta de defenderse, a través de una red social. También fuimos una vez a cenar un grupo de compañeros y un periódico decía que habían ido los españoles, todos menos yo. Que a mí no me habían invitado porque como era amigo del entrenador ya no formaba parte del grupo. Imagínate, al día siguiente salió una foto en la que estábamos todos. Al tener que llenar tantos periódicos todos los días muchas veces tienen que crear historias y a veces esas historias perjudican. Que estamos acostumbrados, sí, pero no nos gusta.

¿Cómo fue tu relación con el anterior entrenador, con Pellegrini?

Fue un hombre que confió en mí. Un hombre cercano, un buen entrenador de fútbol. Yo venía del Getafe, el Real Madrid tenía seis estrellas en mi posición, y le pregunté si iba a ser tratado con las mismas oportunidades que todos o si tenía algún tipo de reticencia. Me dijo que no, que éramos todos iguales y que iba a contar con el que mejor estuviera. Ese año jugué treinta y muchos partidos y era mi primer año, así que en ese sentido cumplió su palabra y tengo un buen recuerdo.

Luego has tenido a lo largo de tu carrera entrenadores que parecen diametralmente opuestos, como Laudrup y Mourinho.

No son tan opuestos. Tienen patrones distintos de trabajo. Es verdad que tienen una trayectoria distinta y una experiencia muy distinta. Pero tenían similitudes. Michael era un tío muy ambicioso. En ese sentido muy parecido a nuestro entrenador. Y aunque Laudrup no lo aparentaba tanto, era un tío muy perfeccionista, igual que Mourinho. Pero claro, no se pueden comparar, uno es el mejor entrenador del mundo y el otro acaba de empezar. Los hay más opuestos.

El Madrid ha hecho fichajes de aparente relumbrón que luego se han pasado la temporada sin jugar. ¿Esto desmoraliza a los canteranos?

Cuando haces un fichaje lo haces convencido. Los canteranos madridistas de verdad quieren que al Real Madrid vengan los buenos. Yo prefiero que el equipo se refuerce aunque eso signifique más competencia para mí. Cuando era aficionado quería que el Real Madrid fichara a los buenos y que jugase el mejor. Prefiero que vengan y pelear con ellos. Si lo que traigan me sirve a mí para mejorar como futbolista, o para aprender de ellos, o que el hecho de superarles sea un aliciente para mí, mejor. Además, el club tiene muy buen criterio y lleva dos años haciendo fichajes muy acertados. Cuantos más jugadores buenos vengan, mejor. Nietzsche decía que los enemigos son los que hacen que mejores, que debes tenerles cariño. Cuando llega un jugador bueno en tu posición es un aliciente.

Qué sentimiento cunde en la cantera, ¿se cree que se confía en ellos?

Se confía en el que se lo merece. En ese sentido nuestro entrenador es justo. Ha dado muchas oportunidades. El año pasado han debutado muchos jugadores con él. En la mayoría de entrenamientos hay gente del Castilla y eso son oportunidades que ya habría querido yo tenerlas en mis tiempos jóvenes. Claro que se confía, pero esto es el Real Madrid y no puedes darle la responsabilidad a alguien que no está preparado. Por su propio bien. No se puede decir a la ligera eso de canteranos sí porque sí.

Qué opinas de esa teoría de que Xavi Hernández gozó en el Barça de oportunidades que se le hubieran negado de no estar su club durante aquellos años tan importantes para su desarrollo en una crisis económica.

No estoy de acuerdo. Eso son cábalas. A lo mejor si el Barça hubiese fichado a otro futbolista, Xavi hubiese jugado en otro equipo donde hubiese explotado, o a lo mejor no hubiese explotado por otra razón. No puedes decir qué hubiera pasado si hubiésemos tomado otro camino. Eso nunca se sabe. A lo mejor Xavi en otro equipo hubiese sido incluso mejor jugador. Es difícil de saber. Creo que Xavi era un jugador con un gran potencial y se encontró con la plataforma ideal para desarrollarlo, convirtiéndose en un futbolista muy bueno.

Un compañero tuyo en el filial, Javi García, se encontró con Emerson y con Diarra, luego con Van der Vaart, Gago, Lass… ahora le va bien en el Benfica. ¿Hablas con él?

No hablamos mucho (sonríe). Hemos sido compañeros varios años. En la cantera, compañeros y rivales, porque éramos de posición parecida con los mismos objetivos. Y aunque éramos compañeros teníamos, por ascender a la vez, una cierta rivalidad. Siempre me alegraré de que le vaya bien y creo que es así. Además, es muy ambicioso. Al final a las personas con las que has peleado, entre comillas, es a las que guardo cariño.

Los responsables de la cantera del Madrid decían que tú, desde crío, te diferenciabas de tus compañeros por tu obsesión por jugar en el primer equipo. A la hora de regresar al Madrid ¿te planteaste recalar en un club donde hubieras podido tener la titularidad más firme o asequible?

Para mí el éxito es el Real Madrid. Este equipo significa éxito, no se puede tener más en ningún sitio. ¿En otro equipo hubiera podido desarrollar más? ¿En qué otro equipo, dónde me pongo el límite? ¿Hasta dónde tengo que bajar para pensar que un equipo es mi tope? No lo sé, no sé si en un equipo de segundo nivel, en uno de segunda división o en uno de segunda B o en uno de tercera. ¿Hasta dónde llego? ¿Si no es el Madrid y es el Valencia a lo mejor ya me encaja más? ¿Si es un equipo de la mitad de tabla, si es un equipo que lucha por permanecer en primera? No sabría ponerme un techo que no fuera el más alto. No sería justo conmigo mismo y no sería justo con haber estado toda mi vida desde que era muy pequeño entrenando y dedicándome al fútbol, que era mi mayor pasión. Si tuviera una oportunidad de jugar en el sitio más alto, por muy difícil que fuera, y renunciar a eso por tener más oportunidades, no. Claro que quiero las oportunidades, pero en el Real Madrid, que es el mejor sitio. Y pudiendo, teniendo esa posibilidad, optar por otra es una locura. Y más si llevas toda tu vida entrenándote y soñando con ser futbolista de alto nivel. Si cuando tienes la oportunidad te da miedo y coges algo más seguro, entre comillas, has perdido el tiempo.

¿Crees que hay otros canteranos a los que sí que les ha ido mejor fuera del Madrid?

No te sé decir casos, cada futbolista toma sus decisiones. Has dicho antes que yo tenía más obsesión que cualquiera de mis compañeros de las categorías inferiores por jugar en el primer equipo del Real Madrid. Puede ser. Pero siempre lo he visto tan lejos que he remado con todas las fuerzas. Si lo hubiera visto cerca, a lo mejor habría calibrado más mis esfuerzos. Pero para mí siempre ha estado tan lejos, siempre ha sido tan complicado, tan onírico estar en este club, que no me podía permitir dejar de hacer un mínimo esfuerzo por ir en esa dirección. No soy un sabio, pero una de las razones por las que he llegado es por pensar que era imposible llegar. Como lo veía imposible, iba a tope. Si no lo hubiera visto así, igual hubiera perdido la oportunidad.

¿Conociste el Bernabéu cuando tenía grada de pie?

Sí, iba con los compañeros del filial.

Aquello era una locura, de gritos, de saltos; había botellas de vino, bocadillos volando por los aires, era demencial. Ahora está todo el mundo sentado, lleno de turistas japoneses. ¿Crees que es mucho más frío?

Ha cambiado el mundo, no ha cambiado el Bernabéu. Antes al Real Madrid iba a verlo la gente de Madrid, los madridistas. Ahora el Madrid, gracias a nuestro presidente, que se ha esforzado mucho en ello, es el club más universal que hay. Tiene repercusión en todo el mundo, lo conocen en todo el planeta. Las comunicaciones, los medios, han cambiado, y el Madrid se expande por todo el globo. Entonces el Bernabéu ya no es el mismo, pero también porque el Real Madrid ya no es el mismo de los años 70 y 80, no tiene nada que ver con el del siglo XXI, que está adaptado a la globalización. Para nosotros no es lo mismo que en el estadio esté la gente que está ahora que la gente que estaba antes. Lo entendemos. Pero también sabemos que depende de nosotros que se muevan más o menos. Y también sabemos que en los partidos importantes el Bernabéu siempre nos ha ayudado. El año pasado hubo tardes muy importantes para nosotros y la grada ha estado ahí como en los mejores días que recuerdo. Lo que pasa es que no podemos pretender que el Real Madrid crezca, a la velocidad que está creciendo y la dimensión que está tomando, y no surjan ese tipo de cambios que son naturales. Yo prefiero que haya japoneses y que en Japón la gente sea del Madrid. He estado en Japón este verano y está lleno de madridistas y de gente con la camiseta del Madrid. Normal entonces que haya japoneses en el estadio…

Bueno, no es una cuestión étnica o xenófoba con los japoneses, es que hay quien se queja concretamente de que el público no anima como antes. A la afición la han bautizado como “piperos” (C) Fans del Madrid.

Es normal que se cansen de celebrar goles. Hemos marcado ciento y pico este año. Hemos hecho una temporada increíble y yo creo que se lo han pasado de miedo. Ya me gustaría a mí ser un aficionado del Madrid e ir ahora todos los días a disfrutarlo. Con jugadores de un nivel de otro planeta, con números brutales. Hemos hecho partidos muy grandes. No les ha dado tiempo a comer muchas pipas (risas).

La prensa dijo que Mourinho había conseguido que estuvierais con él a muerte, hasta que tú protestaras constantemente al linier en la final de la Copa del Rey del año pasado.

No soy protestón. No me gusta meterme con el linier. El pobre está de espaldas y es un poco cobarde darle caña, está haciendo su trabajo. Pero Mou, por su parte, sí que consigue que estemos con él a muerte. Es una de sus virtudes y lo consigue por medio de la honestidad. Y esa es la diferencia. Es un entrenador que ha ganado todo, que quiere seguir ganando, tiene una ambición que se contagia. Te hace estar al 100% constantemente todos los días del año. Y eso el futbolista ambicioso lo agradece.

En cualquier caso, al Barcelona de los últimos años no se le pueden añadir muchos elogios, ha sido un equipo increíble y lo ha ganado todo. ¿Cómo ha digerido este hueso el madridismo?

No creo que haya que digerirlo. No creo que el madridismo y la cultura madridista se tenga que limitar a ver los éxitos del Barcelona para luego digerirlos. Nosotros estamos acostumbrados a ser el número uno, que es el lugar que nos corresponde, y tanto los aficionados como los futbolistas no queremos digerir nada. Lo dejamos ahí y peleamos por volver a nuestro lugar, el que hemos vuelto a conquistar el año pasado. El nivel de los últimos tres años de ellos ha sido muy alto, la verdad, pero eso da más mérito a lo que hemos conseguido nosotros. Ahora tenemos un reto importante que es mantenernos ahí y volver a recuperar la hegemonía. Todo el mundo habla del mejor equipo de la historia y otro equipo le ha ganado por nueve puntos cuando no paran de hablar maravillas de ellos ¡Pues nosotros hemos estado muy por encima en esta Liga! ¡Y hemos ganado en su estadio! Hay que entender que el Madrid no es un equipo que se conforme, que se limite a digerir lo que ve; se rebela y que quiere volver al lugar que yo creo que le pertenece.

En un sueño húmedo, imagina, ¿crees que te iría mejor el juego del Barça por tus características?

¡No!, ¡no!, ¡no! ¡Me da exactamente igual cómo jueguen! Como madridista no podría jugar en el Barcelona jamás, ni en las mejores condiciones ni por todo el oro del mundo. No podría por principios. Sería incapaz.

Tras ganar esta liga apareció en Twitter, y destacada en algunos medios, una foto tuya besando a Ramos; también otra en la que tenías el torso desnudo en el vestuario. Esa hoy inevitable imagen extrafutbolística más, digamos, pop, ¿cómo la llevas?

Me niego a adoptar ese papel. Me niego. Soy futbolista, ¿vale? Los futbolistas nos dedicamos a jugar al fútbol y mi trabajo es jugar al fútbol y hacerlo bien. No se le puede exigir a los futbolistas que además de jugar bien se comporten de forma ejemplar pensando en… los niños. No creo que sea algo que tenga que ir inherente a tu profesión. La única diferencia clara que sí que veo es cuando juegas en el Madrid. Una vez que juegas en este equipo, si tienes este escudo en el pecho, tienes que ser un ejemplo. Como si llevaras la camiseta todo el día. Porque la gente no te ve a ti, ve a un futbolista del Real Madrid y el Real Madrid es una imagen que no se puede manchar. Yo me he criado aquí, me han enseñado unas cosas que creo que tengo que divulgar, ellos me han enseñado a jugar al fútbol, pero también me han enseñado muchas más cosas. Debo respeto a esta institución. Es una cuestión de dignidad. Pero no me gusta que se les exija a los personajes públicos, ya sea un cantante, ya sea un deportista, que den ejemplo los niños, que eduquen a los niños. No, a los niños les educan sus padres.

Has publicado una foto con muchos libros: Valle Inclán, Maupassant, Gil de Biedma, Bukowski, Carver, Kafka, Miguel Hernández… ¿Los has leído ya todos?

Los he leído todos. El de Valle Inclán, bien. Hay que hacerse al lenguaje, yo por lo menos. Algunas cosas hay que leerlas un par de veces. No estoy hecho a un lenguaje tan de otra época, tan literario, he tenido que usar el diccionario. Pero el esperpento está más presente casi ahora que antes. Creo que es una buena época para leérselo, tan complicada…

¿Cómo veis esta época los jugadores del Real Madrid?

La gente está enfadada y es normal. Estamos en una situación muy difícil. Con familias y personas que lo están pasando muy mal. Mientras, nosotros tenemos una situación privilegiada, no nos tenemos que avergonzar de ello, pero tenemos que ser responsables para conocer la realidad por lo menos y ser conscientes de lo que está ocurriendo.

¿El sindicato de futbolistas cómo anda?

Peleando por los futbolistas que lo necesitan. La gente piensa que el fútbol es fama y millones, pero hay muchísimos futbolistas que no cobran. Y el fútbol es un trabajo, la gente vive de ello y necesita un sindicato también para defender sus derechos igual que cualquier trabajador.

Volviendo a los libros que has leído este verano… Xabi Alonso nos contó que te tiene loco Kafka.

Lo dice porque me pilló en algún viaje con él. Sí, me gusta. Es diferente. Es de los escritores que te está contando una historia que parece que no te está llegando mucho hasta que paras de leer, te quedas tranquilo unos minutos y te das cuentas de que te ha cambiado el cuerpo. En ese sentido es como Carver, lees uno de sus cuentos, parece una historia normal y corriente y cuando la terminas te quedas con una sensación… Con La Metamorfosis también me quedé con angustia, no la sentía durante la lectura. Es un libro que se lee bien, que está escrito incluso con dulzura aunque hable de un bicho, pero después de acabarlo te queda una sensación de angustia importante. Y con Carver algo parecido, son situaciones cotidianas muy bien contadas y resulta que hay algo que no está en las letras. Bukowski, en cambio, es todo lo contrario. Es realismo puro y duro. Lo bueno es que te lo crees tanto que es así y ha sido así. Su personaje, su alter ego, Henry Chinaski, es real. Te puedes identificar con él veinticuatro horas aunque sea un supuesto perdedor. Incluso llegas a admirarle. Y esa es la parte positiva de todo eso. Luego Gil de Biedma es mi poeta favorito. He hablado mucho de él con amigos, era un gran personaje, la verdad. Tiene cosas muy precisas, me gusta mucho. De Maupassant me he leído tres cuentitos y poco más. Lo que pasa es que me ocurrió una cosa. Estaba en el mercado de las Pulgas en Bogotá, que tiene muchos libros antiguos, encontré este de Maupassant que tiene el relato de Bola de Sebo, el que más me gustó, lo compré y lo guardo con cariño como recuerdo de allí. Por otro lado, de Miguel Hernández no te puedes creer que escribiera eso en la situación en la que lo escribía. Me cuesta meterme en su pellejo. Decir: cómo este tío, con lo que ha pasado, es capaz de expresarse así, de hablar de la forma que habla. Es admirable. Es algo más que admirable, por eso me gusta.

Tienes un gusto muy variado en comparación con Xabi, que reconoció estar entregado a la novela negra.

También me gusta la novela negra. Pero a mí lo que me gustan son los libros buenos. Tanto en la música como en los libros tengo especial predilección por los clásicos. Porque siempre pienso que los clásicos lo son por algo, y siempre pienso que eso es algo que tienes que leer. Y también me gusta leerme un best seller. No tengo el best seller tan estereotipado, para mí la mala fama que pueden tener en los ámbitos más culturetas y yo no estoy muy de acuerdo. A veces no los he leído enteros pero sí tres capítulos o así, o cuatro frases, y creo que suelen ser escritores con mucha calidad.

¿Tenéis tertulia literaria en el Real Madrid?

No, no mucha (risas). Estamos concentrados en el partido. Con Xabi sí hablo más de estas cosas, pero no se comentan demasiado, cosa que es normal.

Has visto cuatro veces Annie Hall.

Me gusta mucho. Tengo también el guión. Soy bastante fan de Woody Allen, la verdad. Me parece muy bueno, pero también me parece muy bueno que se haya inventado lo que hace. Hacerlo es difícil, pero inventárselo es más difícil todavía.

¿Más gustos cinematográficos?

El Padrino. Antes era más fan de Stanley Kubrick… (Piensa mucho) También me gusta aquella película que hizo Sofia Coppola, la de Lost In Traslation.

Sé que te gusta también leer a Haruki Murakami. ¿Has visto Tokio Blues?

Vi la peli, sí. No me parece mala, pero no está a la altura del libro, aunque también me esperaba menos de lo que luego vi. El libro lo leí muy joven y me impactó mucho. Creo que es un libro para leer con 18 años. Por lo menos a mi nivel. Son libros que tienes que leer haciéndote mayor, que te hacen un poco mayor. Como El guardián entre el centeno, Demian, los lees cuando te estás haciendo mayor y te dan un empujón hacia arriba.

Alonso también nos susurra lo de tus guitarras.

No es un gran vicio, pero me gusta tocar la guitarra. Ahora me obligo más porque tengo un amigo que me regaló una que significaba mucho para él y ahora lo significa para mí, por eso me obligo a tocarla de vez en cuando. Es como todo, cuesta, pero cuando funcionan las cosas me siento bien.

Lo que me llama la atención de la lista de músicos que has citado alguna vez que te gustan es que aparezcan Ryan Adams, Lucinda Williams, Wilco, Josh Rouse y, de repente, zas: Pereza.

Me gusta todo tipo de música. También escucho música clásica. De Brahms soy muy fan. Aunque la música electrónica todavía no me ha llegado o no la acabo de comprender muy bien. Me gusta la guitarra y la música americana, sí, y también me gusta mucho Pereza, desde pequeño. Les conocí y son dos tipos geniales. Con Leiva mantengo la amistad. Ahora está en solitario, tiene un talento brutal y es un buen amigo, me ha ayudado mucho con mil cosas. Le tengo muchísima admiración. Y Pereza tiene mucha inspiración americana. Estoy seguro de que Leiva también escucha Wilco y le gusta. También me gusta la música en directo. Aunque sólo sea un tío con una guitarra en un bar. También el jazz, no sólo la música sino el ambiente, que es muy literario… estoy a gusto ahí, la verdad.

Para terminar, te voy a hacer el Test Soylent Green. ¿Has visto la película?

No.

Es una película en la que el Gobierno hace galletitas con los ancianos para el resto de la población. Cuando estos van a morir, acuden a unos centros donde les ponen la música que les gusta, les dan la última comida, ven un vídeo agradable y así, plácidamente, dejan de respirar. Quiero que me digas qué comida, música e imágenes querrías si te vieras en esa situación.

¡Saldría corriendo! Me gusta demasiado vivir, huiría hasta que me ahorcaran. Pero si no tuviera escapatoria… me pondría a Quique González, una canción que no está editada todavía, estará el año que viene, él aún no tiene claro el nombre… pero no puedo decir de qué va… ¡Voy a cambiar de canción! Pondría Tan joven y tan viejo, de Sabina. Y en la pantalla, pediría un vídeo en Super 8 que tengo grabado de hace muchos años de mi madre con mi hermano de pequeño; mi madre tiene 23 años y mi hermano 2. Me gusta mucho. De última comida, un café.

Las galletitas Soylent Green ‘Granero’, pues, sabrían a café.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina — Agradecimientos: Biblioteca Nacional