Libros que no leerás jamás

Fotografía: Marco Verch (CC).

Estas son las historias de algunos grandes libros perdidos o un elogio de las virtudes del libro electrónico, como usted prefiera verlo. Admítanos este consejo: al orfeón de cursis que canta coplillas al libro impreso no le haga usted ni caso. Que si el tacto del papel, que si el aroma embriagador de la tinta de un libro nuevo… Pues sí, muy bonito. Y de lo bien que arden, ¿qué me dice usted? Porque no hay cosa más frágil que un libro impreso. Es inflamable, pero el agua también lo destruye; no puede estar a la intemperie, pero en interiores sucumbe al moho; se desencolan, se descosen, pierden páginas… Si es que existen hasta polillas especializadas en comérselos, por el amor de Borges. ¿De verdad me va a decir que esas son las cualidades ideales de algo que tiene por enemigo natural a los dictadores, los puritanos, Marie Kondo, la mayor parte de los bebés y ciertos perros? Para que se convenza le ofrecemos esta lista incompleta no, incompletísima, con algunas de las víctimas más lamentables de la historia de la literatura. Algunas se perdieron y otras fueron destruidas, pero eso da igual. El caso es que usted, por hache o por be, no leerá estos libros jamás.

Las Memoirs de lord Byron

Sabemos cuándo ocurrió y lo sabemos perfectamente: el 17 de mayo de 1824, apenas un mes después de la muerte de lord Byron. También sabemos dónde pasó: en la mansión que ocupa el número 50 de Albemarle Street, una de las calles más distinguidas del ya de por sí distinguido barrio londinense de Mayfair. Todavía se abre al público de cuando en cuando y algún visitante afortunado consigue hacerse una foto frente al sitio donde pasó, en la chimenea del salón del segundo piso. Allí se arrojaron aquel día las dos únicas copias que existían de las Memoirs de lord Byron, una autobiografía con reputación de enorme tocho que el poeta había dejado escrita para que fuese publicada después de su muerte. En el mundo angloparlante es frecuente calificar aquel suceso, coja aire, como The Greatest Crime in Literary History, el mayor crimen literario de la historia. Si no lo fue, cerca le anda.

En el aquelarre tomaron parte seis personas, entre las que se contaban el editor de Byron, los mejores amigos del poeta y dos abogados, uno en nombre de su hermanastra y otro en nombre de su exmujer (1). Todos estuvieron de acuerdo en que había que quemarlas. La única excepción fue su mejor amigo, Thomas Moore, a quien Byron había confiado físicamente el manuscrito y del que se dice que hasta quiso batirse en duelo para salvarlo. Ni siquiera él es inocente. Al final consintió que se destruyera a cambio de una regalía: el derecho a escribir la primera biografía de Byron (2), con la condición, eso sí, de omitir todo aquello con convertía las Memoirs en un texto impublicable. Moore transigió, las Memoirs fueron incineradas allí mismo y todos los que conocían su contenido se llevaron el secreto a la tumba. Se cree que llegaron a leerlas veinte personas aproximadamente, entre las que se cuentan William Maginn, William Gifford, Mary Shelley y Washington Irving (3).

Si va a poner el grito en el cielo, nuestro consejo es que se lo piense. Es fácil, y se hace con frecuencia, escandalizarse por la actitud que tuvieron todos los involucrados en aquel crimen, en particular si se da por bueno el pretexto que ellos mismos pusieron: que estaban salvando la reputación y la gloria de lord Byron. En la destrucción de las Memoirs, sin embargo, pesaron más factores que ese y el mayor de todos era uno bastante menos abstracto. Al quemarlas en aquella chimenea, le estaban salvando la vida no a Byron, que ya estaba muerto, pero sí a todos los hombres, y se cree que fueron muchos, que pasaron primero por su lecho y más tarde por sus páginas. Entre ellos figuraban, seguramente, muchos miembros de la alta sociedad inglesa, personas muy jóvenes todavía, como lo era Byron cuando murió, de forma tan prematura, a la edad de treinta y seis años. Quizá también lo hiciera alguno de los presentes aquel día en el número 50 de Albemarle Street, o quizá parientes o conocidos suyos. En aquel entonces la homosexualidad se castigaba con penas de muerte en todos los territorios del Reino Unido y las ejecuciones no cesaron hasta bastantes años después. Para comprender la persistencia de aquel clima terrorífico baste recordar que Oscar Wilde fue encarcelado por ello en 1895, setenta años después, y Alan Turing, en 1952, ciento treinta años más tarde. Si usted no lo piensa, allá usted, pero aquí lo tenemos claro: salvar la vida de inocentes bien vale cometer el mayor crimen literario de la historia.

El Margites de Homero

El Margites no era una obra cómica, sino la gran obra cómica de la Antigüedad. Era un clásico, algo parecido a lo que son en nuestro tiempo las películas de Chaplin y los hermanos Marx. Se compuso, seguramente, entre los siglos V y VII antes de Cristo y llegó a ser tan popular que incluso aportó una palabra a la propia lengua griega: μαργιτομανής (margitomanēs, ‘tan loco como Margites’). Igual que en castellano usamos las palabras donjuán, quijotesco y lazarillo, que derivan de obras literarias muy influyentes, los antiguos griegos caracterizaban con este adjetivo a las personas imprudentes y faltas de entendederas.

El Margites formaba parte del corpus homérico tradicional, es decir, era una de las cuatro grandes obras que los antiguos griegos atribuían a Homero: la Ilíada y la Odisea, que eran dos epopeyas trágicas, y la Batracomiomaquia y el Margites, que eran dos epopeyas cómicas (4). Las segundas constituían una parodia de las primeras y entre las dos se consideraba que el Margites (la parodia de la Odisea) era la mayor. Curiosamente, la enorme reputación que tuvo el Margites ha contribuido a que sepamos tan poco sobre ella. Al igual que solían hacer con la Ilíada y la Odisea, muchos autores mencionaron los pasajes del Margites sin detallar la acción que transcurría en ellos, dando por sentado que el lector los conocía. Aristóteles comenta en su Poética, y lo comenta como una gran obviedad, que «lo que la Ilíada y la Odisea son para las tragedias, lo es el Margites para las comedias».

Del Margites han sobrevivido cuatro versos, nada más. Solo sabemos que su protagonista se llamaba de esa forma, Margites, y que era natural de Colofón, la misma ciudad en la que se decía que había nacido Homero. En parte, al Margites le pasó lo inevitable: que las comedias envejecen peor que las tragedias. Aunque fue un texto muy popular durante la etapa clásica griega, en tiempos de Roma tenía ya varios siglos de antigüedad y el propio lenguaje en el que estaba escrito empezaba a resultar inaccesible y menos vivo. Por añadidura, Plutarco declaró en el siglo I que la Batracomiomaquia no era un texto de Homero, sino de Pigres de Halicarnaso, un autor con muchísima (pero muchísima) menos reputación, y poco a poco caló la idea de que Pigres también era el auténtico autor del Margites. La comedia dejó de considerarse homérica, los eruditos bizantinos pusieron poco interés en ella y alguien, en algún momento, sostuvo sin saberlo la última copia del libro y se dijo que no merecía copiarse o mandarse copiar. Se cree que los últimos ejemplares circularon hasta el siglo X.

Double Exposure, de Sylvia Plath

Los lectores de Sylvia Plath esto lo saben bien: con ella nunca se sabe con certeza si algo está perdido o no. Plath solo publicó dos libros en vida (una colección de poemas titulada El coloso y la novela La campana de cristal), pero desde su suicidio en 1963 han aparecido un sinfín de relatos breves, cartas, dibujos, ensayos, diarios y poemarios suyos, entre ellos el que le granjeó en 1982 el primer Pulitzer de poesía concedido de forma póstuma. Los lectores de Sylvia Plath también saben que en esto tuvo mucha responsabilidad, o toda, el también poeta Ted Hughes, su viudo a efectos legales, de quien Plath se separó poco antes de suicidarse pero de quien no llegó a divorciarse, y que heredó, por tanto, los derechos de toda su obra escrita.

Lo que no ha aparecido nunca es Double Exposure, la novela que Plath estaba escribiendo cuando decidió quitarse la vida. Ted Hughes no habló de ella hasta después de que varias personas cercanas a Plath confirmasen que la obra existía (5) y cuando lo hizo fue para decir escuetamente que ese manuscrito «había desaparecido». Varios años más tarde, y solamente después de que la madre de Sylvia Plath muriese por complicaciones derivadas del alzhéimer, Hughes rectificó y dijo que probablemente hubiese sido ella, la propia madre de Plath, quien se había hecho con el manuscrito. Sea como sea, no puede sorprender. Plath también escribió un diario ininterrumpido desde que tenía once años hasta el momento de su muerte y también han desaparecido los dos últimos tomos, los que simultaneó con la escritura de Double Exposure. Corresponden a los últimos meses de su vida, cuando descubrió la infidelidad de Hughes y su matrimonio se vino abajo. Hughes dijo que el penúltimo tomo de los diarios, al igual que la novela, «había desaparecido», y luego admitió que el último lo había destruido él mismo (6). Es pertinente reseñar que en 2019 se publicaron parte de las cartas inéditas que Plath enviaba regularmente a su psicóloga, que se conservaron en Estados Unidos sin que Hughes pudiese reclamarlas, y que en esta correspondencia, que abarca hasta la misma semana de su muerte, Plath vierte acusaciones muy graves contra su marido y describe al menos un episodio de maltrato físico (7).

¿Existe todavía el manuscrito de Double Exposure? Quién sabe. En su momento muchos pensaron que Hughes también había destruido varios poemas de Ariel, la colección que ella escribió por aquellas mismas fechas y que dejó prácticamente acabada. Aunque Hughes extrajo varios poemas antes de publicarlo, los más oscuros (8), y los cambió por otros mucho menos amargos que él mismo eligió, lo cierto es que muchos de esos poemas perdidos han acabado reapareciendo. Además, existen al menos dos grandes archivos en manos de universidades estadounidenses en los que abundan el material inédito, uno en el Smith College (donde se graduó Sylvia Plath) y otro en la Emory University (que obtuvo el archivo personal de Hughes tras su muerte en 1998). En este segundo archivo, que consta de ciento ochenta y siete cajas, ya se han encontrado dos capítulos de una novela de Plath completamente desconocida, Falcon Yard. Eso sí: sobre él pesa una cláusula (9) que restringe el acceso a ciertos documentos hasta el año 2022.

El Cardenio de William Shakespeare y John Fletcher

Shakespeare y Fletcher escribieron The History of Cardenio en la misma época en la que firmaron juntos varias obras para la compañía King’s Men de Londres, entre ellas Enrique VIII y Los dos nobles caballeros. En el Cardenio asistíamos a un enredo amoroso protagonizado por Cardenio y Luscinda y una pareja de amigos suyos, don Fernando y Dorotea. La historia, que se representó por primera vez en el año 1613, había sido extraída de un libro poco conocido que se había traducido al inglés solo un año antes de aquello. Se titulaba The History of the Valerous and Wittie Knight-Errant Don-Quixote of the Mancha.

El personaje de Cardenio aparece en el primer libro del Quijote, en el arranque de las aventuras del hidalgo por Sierra Morena, y la historia que cuenta entonces a los protagonistas es fundamentalmente la misma que llevaron Shakespeare y Fletcher a las tablas (10). La última copia del Cardenio de la que tenemos noticia se remonta a 1653, pero en 1727 un dramaturgo y editor, Lewis Theobald, anunció que había conseguido acceder a unos manuscritos del puño de Shakespeare y Fletcher y que la había reescrito con el título de Double Falshood. Muchos cuestionaron sus afirmaciones (la obra es significativamente más corta que cualquiera de las de Shakespeare y la historia carece de subtramas, algo inaudito) y acusaron a Theobald de tomar la trama directamente del Quijote y de haberla escrito impostando el estilo literario isabelino. Hoy, en cambio, algunos expertos sí dan crédito a Theobald. Double Falshood, dicen, bebe directamente del Quijote, pero contiene pasajes, aunque pocos, atribuibles a Shakespeare y Fletcher. En todo caso constituye un debate enconado que está muy lejos de quedar cerrado (11).

Lo más probable es que aquellos manuscritos a los que se refirió Theobald, tanto si llegó a leerlos como si no, formasen parte del famoso archivo de documentos históricos del anticuario John Warburton, responsable de una de las mayores tragedias de la historia cultural inglesa. Después de pasar media vida atesorando textos como aquellos, de un valor incalculable, Warburton apiló una enorme cantidad de ellos y los posó en la cocina de su mansión, a donde no regresó para buscarlos hasta un año más tarde. Para entonces, ya no quedaba ninguno. Su cocinera había dado por sentado que se trataba de basura y los había usado, uno a uno, para encender los fuegos de la cocina.

Los papeles de Walter Benjamin

Walter Benjamin escapó de París el 13 de junio de 1940, solo un día antes de que los nazis entrasen en la ciudad, y lo hizo acarreando una misteriosa maleta negra. Su objetivo era llegar con ella hasta Lisboa y embarcar desde allí a Estados Unidos.

Después de llegar al sur de Francia, Benjamin puso rumbo a España con la ayuda de Lisa Fittko, una húngara que se dedicaba a guiar a los refugiados a través de un sendero poco conocido que atravesaba los Pirineos (12). Lo poco que sabemos sobre el contenido de aquella maleta lo sabemos por la propia Fittko, que lo dejó por escrito en su libro de memorias (13). Aparentemente, se trataba de una maleta voluminosa y pesada, algo muy difícil de acarrear por aquellos riscos y con lo que le resultaría imposible emprender la carrera si acaso necesitaba huir. Benjamin no consintió dejarla atrás y solo cuando estuvo demasiado exhausto dejó que Fittko y un joven español se la llevasen por turnos, y ni siquiera entonces le quitó el ojo de encima. Cuando la guía le preguntó qué contenía, Benjamin le dijo que era su último manuscrito, y cuando ella le preguntó que por qué arriesgaba algo tan valioso en un viaje como aquel, Benjamin le respondió que precisamente por eso, porque tenía demasiado valor. No podía confiárselo a nadie ni dejarlo en ningún lugar de Europa. Sus palabras fueron: «Este manuscrito debe salvarse. Es más importante que yo mismo».

No sabemos qué manuscrito era aquel. Antes de escapar de París, Benjamin le había entregado a Georges Bataille una copia de su Libro de los pasajes, todavía inconcluso, y en Marsella le había entregado a Hannah Arendt el texto de Sobre el concepto de la historia. Algunos creen que aquellos papeles eran los manuscritos originales de los Pasajes o incluso un borrador definitivo distinto de la copia inconclusa que entregó a Bataille; otros sostienen que no tendría sentido arriesgar la vida de aquella forma por un contenido que ya había puesto a salvo.

Lo cierto es que la guardia civil interceptó al pequeño grupo en el que viajaba Benjamin y sus miembros fueron conducidos a un hotel de Portbou, donde se les obligó a permanecer temporalmente. Benjamin se quitó la vida aquella misma noche. En los documentos relativos a su muerte su nombre se consignó mal (se dio por sentado que su nombre era Benjamin y que su apellido era Walter, y no al revés), así que los historiadores no encontraron su rastro hasta muchos años después. Y aunque existe incluso un registro completo de los efectos personales que se encontraron en su habitación, incluyendo el contenido de la maleta, solo se dice que eran «papeles», sin más. Los propios papeles nunca han aparecido y muchos creen, en todo caso, que no eran el propio manuscrito al que se había referido Benjamin. Pista: la habitación tenía chimenea (14).

(Continúa aquí)


Notas

(1) Decimos exmujer porque lord Byron e Isabella convivieron solamente diez meses, al término de los cuales no volvieron a verse nunca, y acabaron firmando una separación legal, lo más parecido que había al divorcio. La única hija que tuvieron, por cierto, fue la eminente matemática Ada Lovelace.

(2) Esa es la famosa Letters and Journals of Lord Byron, with Notices of his Life que Moore publicó en 1830.

(3) A quienes se sabe con certeza que leyeron las Memoirs hay que sumar quienes lo hicieron posiblemente, entre ellos Samuel Rogers, Percy Bysshe Shelley y John William Polidori. Conocemos muchos de estos detalles a través del diario de John Hobhouse, uno de los amigos de Byron que participaron en la reunión y el que defendió con más beligerancia la quema de las Memoirs. Hobhouse se sintió horrorizado cuando supo que John Murray, el editor de Byron, había prestado el manuscrito a varias personas de la alta sociedad para que le aconsejaran qué hacer con él. El diario puede leerse en la página web de Peter Cochran, uno de los mayores biógrafos de Byron de nuestro tiempo.

(4) Además de estas cuatro obras, en la Antigüedad también se atribuían a Homero los Himnos homéricos y ocasionalmente se consideraron suyos varios poemas más. Hoy se piensa que solo la Ilíada y la Odisea son verdaderamente homéricas.

(5) Lo hizo Diane Kroll, la autora del clásico Chapters in a mythology: The poetry of Sylvia Plath (Harper & Row, 1976). La madre de Sylvia Plath también confirmó que su hija trabajaba en Double Exposure cuando se quitó la vida. Ted Hughes se refirió a la novela escuetamente en el prólogo de Johnny Panic y la Biblia de sueños, la colección de cuentos de Plath publicada en 1977. Sus palabras fueron: «Después de La campana de cristal [Plath] escribió unas ciento treinta páginas de otra novela, titulada provisionalmente Double Exposure. Ese manuscrito desapareció en algún momento de 1970».

(6) Hughes se refirió a esos dos últimos tomos en el prólogo de The journals of Sylvia Plath (Anchor Books, 1982). Lo que dijo fue: «Lo destruí [el último] porque no quería que sus hijos lo leyesen (en aquellos días yo pensaba que la capacidad de olvidar es una parte esencial de la supervivencia). El otro desapareció». Más tarde se supo que la universidad en la que había estudiado Plath, el Smith College, adquirió varios de los diarios restantes, pero Hughes puso como condición que dos de ellos no se publicasen hasta que hubiesen pasado cincuenta años de la muerte de Plath.

(7) Las cartas aparecen en The Letters of Sylvia Plath. Volume II: 1956-1963 (Harper, 2018), editado por Peter K. Steinberg y Karen V. Kukil.

(8) Entre esos poemas descartados por Hughes están The Jailor, A Secret, The Other y Barren Woman, por mencionar solo algunos. Es imposible obviar que se trata, en casi todos los casos, de piezas en las que Plath habla de infidelidad, servidumbre sexual y brutalidad en el contexto del matrimonio, entre otros temas muy amargos.

(9) La cláusula dice literalmente: «Durante un periodo de veinticinco años (2022) o hasta la muerte de Carol Hughes [la tercera mujer de Ted Hughes], lo que ocurra más tarde».

(10) Eso sí: esta clase de trasvases eran algo común en la época, que no le tiente pensar en plagios y otros conceptos modernos. Fletcher escribió más piezas teatrales que adaptaban textos de Cervantes, entre ellas The Chances (basada en La señora Cornelia, una de las Novelas ejemplares) y Love’s Pilgrimage (basada en otra novela cervantina, Las dos doncellas).

(11) Una lectura muy recomendable para profundizar en esta historia es Cardenio entre Cervantes y Shakespeare, de Robert Chartier (Gedisa, 2012). También hay una entrada muy completa sobre el Cardenio en The Lost Plays Database.

(12) El sendero conecta Banyuls-sur-Mer, en Francia, y Portbou, en España. En España se llamaba camino Líster en alusión a Enrique Líster, a quien se atribuye su popularización como ruta de salida de refugiados republicanos al terminar la guerra civil española. En el resto del mundo se acabó conociendo como ruta F en alusión a Varian Fry, el periodista norteamericano que estableció una red de rescate para sacar de la Francia de Vichy a judíos y miembros de la resistencia. Lisa Fittko formaba parte de esta misma red. Hoy lo más habitual es llamarlo camino o ruta de Walter Benjamin.

(13) Mein Weg über die Pyrenäen (Hanser, 1985). En español se publicó como Mi travesía de los Pirineos (El Aleph Editores, 1988).

(14) Eso sí: Giorgio van Straten detalla en su Historia de los libros perdidos (Pasado & Presente, 2016) que «parece que no se encendieron fuegos» en aquella habitación, aunque no precisa cómo conocemos ese detalle.


«Enfermedad, desenfreno, locura, infierno»: del amor y la melancolía en los tiempos antiguos

Melancholy, por Constance Marie Charpentier, 1801.  (Clic en la imagen para ampliar).

La melancolía amorosa ha sido objeto de reflexión en todo lo que va de Platón y Aristóteles a Camilo Sesto y —quizá por eso mismo— lo más llamativo es que no se haya resentido nunca su prestigio. Todavía, en efecto, identificamos más el amor con el absolutismo adolescente que con una vida cumplida, como si la maladie d’amour diera un aval de autenticidad a quien la siente. No es algo ajeno a nuestra educación: con modulaciones muy diversas, la melancolía erótica está lo mismo en la Celestina que en el Werther, en Pavese y en Cervantes, en Mann y Leopardi y Ausiàs March. La padecieron Stendhal y «la monja portuguesa», Berlioz y Alain Fournier. La vemos actuar en Píramo y Tisbe, Tristán e Iseo y Romeo y Julieta. La pensaron Rousseau y Plotino, Avicena y León Hebreo, Burton y Ortega y Huarte de San Juan. Y aun fue moda lo mismo entre los vates del Romanticismo que entre los laudistas isabelinos, los pintores de entreguerras o —ahora mismo— los cantantes de la sacarocracia latina.

En el siglo XII, Andreas Capellanus, tratadista del fin’amors trovadoresco, define muy hermosamente la pasión amorosa en calidad de «immoderata cogitatione». Más crudos o más impíos, los expertos contemporáneos no dejan de afirmar lo mismo al subrayar que la experiencia del enamoramiento es lo más cercano a la enfermedad mental que una persona estándar padecerá en su vida. «Odi et amo», «hielo abrasador» o «fuego helado», la percepción shakesperiana de que «mi amor es una fiebre» es tema que está ya en la lírica egipcia y —ante todo— en una tradición que, por espacio de milenio y medio, mezclará filosofía y medicina, fisiología y psicología, desde tiempos de Galeno. «El mejor filósofo» hace ahí «el mejor médico» para esos presos de locura amorosa cuyo destino pasa por «o enloquecer o morir». Y si la teoría humoral de estirpe hipocrática aborda la cuestión del amor insanus como un desequilibrio de los humores constitutivos del hombre —sangre, flema, bilis y bilis negra o atrabilis—, su naïveté precientífica no dejó de propiciar poderosas intuiciones sobre la persona y sus afectos. Ante todo, sobre esos pasadizos siempre oscuros que mueven a un mismo tiempo cuerpo y alma.

Curiosamente, la tradición galénica afirmaría desde antiguo una cierta superioridad moral —vigente hasta hoy— en la personalidad del melancólico. Los tocados por un temperamento saturnino dispondrían de raras armas de sabiduría para «entender e indagar» y tender puentes entre genialidad y locura. De ahí el continuo ascendiente de la melancolía como hondura o lucidez, también en lo atinente al amor. Y de ahí también, paradójicamente, que la propia materia amorosa —«esa deliciosa enfermedad»—, con su capacidad de alteración de los caracteres más moderados, fuera permanente objeto de disquisición para sanar o al menos encauzar esos afectos. A tales fines se iban a consagrar pensadores del Medievo islámico y cristiano hasta alcanzar su eclosión con compiladores como Burton, Bright, Alonso de Santa Cruz y Jacques Ferrand a partir del siglo XVI. Son gentes cuya erudición pasma y cuya lucidez sorprende, al tiempo que —por inocentes o incorrectos— no dejan de movernos hoy a una cierta hilaridad. En todo caso, fueron quienes pensaron en la melancolía amorosa con mayor sistema y mayor fruición. Vayan aquí, por tanto, sus observaciones sobre el amor y sus catástrofes, sus tentaciones, sus remedios y —por supuesto— su gloria[1].

«Esta poción amarga, esta agonía, esta plaga»

Quien todavía no se haya inclinado hacia el amor, hará bien en recordar cómo «subvierte reinos, destruye ciudades, pueblos y familias; arruina, corrompe y masacra a los hombres» e incluso, en sus peores extremos, nos lleva a olvidar «las convenciones del comportamiento civilizado». Baste pensar en aquel Estrátocles que, el día de su boda, «sin despedirse de nadie ni probar bocado, se lanzó a toda prisa al tálamo nupcial». La suya fue conducta poco gentlemanesca. Con todo, por graves que sean las faltas de urbanidad, tampoco se han de soslayar otras calamidades no menores anejas a la flama erótica, como pueden ser «derramamientos de sangre, desenfrenos, gasto inmoderado, mendicidad, ruina o enfermedades repugnantes». Es la potencia de daño de la locura amorosa, y a los españoles parece tocarnos ahí la peor fama: Ferrand refiere como verdad bien sabida que «cuando un español se ha ganado a una mujer (…), la prostituye por dinero».

Ni siquiera esta felicidad de la anhelación cumplida, en efecto, librará de males al enamorado: si, desgraciada y malencónica, Safo se arrojó desde la roca Léucade para matar su desdicha, siempre es pertinente pensar en casos tan famosos como los de Policrita de Naxos o Diágoras de Rodas, muertos ambos de amor, pero de gozo de amor. Será que, feliz o infeliz, el enamorado —como afirma la autoridad de Boehme— se atrae «la atención preferente del diablo»; en cuanto al objeto de su afecto, las perspectivas tampoco resultan estimulantes: no en vano, «siendo los hombres como son —escribe Jerónimo— todos relinchan por la mujer del vecino». Así es «esta poción amarga, esta agonía, esta plaga» del amor: peor incluso —de creer a Burton—  que «la Inquisición española». Por ello, frente a las acometidas de la aegritudo amoris, lo indicado es atemperar las pasiones y recordar la vieja verdad revelada por Teofrasto: si los hombres no somos una cosa misma con las mujeres, es para poder «dedicarnos al conocimiento y otras acciones más nobles que la procreación». Lo demás es rendirse a Dame Merancolye y su mezcla de furor y lasitud.

«No brinquéis tanto, alegres muchachas…»

La sabiduría de Salomón se extinguió en el fuego de la lujuria, la fortaleza de Sansón se debilitó, las hijas de Lot olvidaron su piedad (…) y Amnón echó a perder el amor fraterno hacia su hermana». Conviene, por tanto, que el más casto se ande vigilante para someter sus torpezas al «yugo dulce y ligero de la razón». Miremos apenas que al amor se le representa «dulce, hermoso y gordito porque así se le aprecia antes», pero cuando se excede «deja de ser amor para convertirse en ardiente lujuria, enfermedad, desenfreno, locura, infierno». Experto crede: los mismos peces, que «languidecen y empalidecen por amor», pueden dar fe de sus devastaciones, y sabemos que incluso «el agua de un baño frío comenzó a echar vapor cuando Celia, desnuda, se sumergió en ella». El corolario es claro: si esto ocurre con los objetos inanimados, ¿qué no ocurrirá con esa cosa, carnal y precaria, que es el hombre? Téngase, por tanto, bien avisado, pues difícilmente se verá usted libre de las acometidas de la pasión. Más aún si se cuenta entre esos «jóvenes y lujuriosos que viven regaladamente, bien alimentados (…), como ganado en un fértil pasto.

Fisiatras de todo tiempo han estudiado diversos modos de enfriar la tentación. Una medida de prudencia preventiva, por ejemplo, aconseja trasladarse a vivir a Escitia, cuyos habitantes, según numerosos testimonios, parecen ajenos a todo ardor. A cambio, deben evitarse con todo celo los lugares «cálidos y sureños», y aquí no es ocioso recordar «un hecho confirmado a diario por la experiencia», como es que «egipcios, moros y españoles» son gentes lujuriosas como los mismos mandriles. Especialmente connotadas por su atmósfera fornicatoria son ciudades como «Valencia, Capua o Chipre», en tanto que Florencia, con todas sus bellezas, ¿qué es sino «un enorme lupanar»?

Mudados a un lugar benéfico y templado, cabe asimismo endurecer el régimen para purgar los apetitos genésicos. A nadie se le oculta que una dieta recurrente en «habas, jaramagos, electuarios y testículos de animales» constituye por sí misma una puerta abierta a la concupiscencia. Cabe igualmente, renunciar a «carnes picantes, especiadas, flatulentas y melancólicas». Y aun cuando la patrística calla sobre los efectos del Jägermeister o las caipiroskas en la afectividad humana, sabemos por Jerónimo que «ni el Etna ni el Vesubio arden como las entrañas de los jóvenes cuajadas de vino». «Cosa lujuriosa, el vino», corrobora Agustín, que —experientia docet— había comprobado cómo «un vientre inflamado se descarga rápidamente en la lascivia». Y, en verdad, mezclar «juventud, vino y noche» en materia amorosa es convocar «al lobo famélico a cuidar una tierna cordera».

Elegy, de Apollinary Vasnetsov.

Si la frugalidad no es suficiente para domeñar la pasión, Guainieri prescribe recurrir con diligencia a otros medios no por drásticos menos habituales: ante todo, «vestir un cilicio sobre las carnes, andar descalzo y con las piernas desnudas en invierno y darse disciplinazos de vez en cuando». Es terapia harto efectiva. Sin embargo, a efectos de evitar la llamada de la carne, el dominio de la propia genitalidad sería incompleto de no verse acompañado por la mortificación de la imaginación. Ahí, la tradición sugiere figurarse «a la amada con los harapos de una vil pordiosera (…), manchada de hollín o perfumada de opopónace, sagapeno o asa fétida»; del mismo modo que, sin violentar las leyes del pudor, es útil proceder a una circunspecta observación del cuerpo deseado en busca de «piernas gotosas», «dientes cariados» o «un esqueleto tullido». Ya lo dejó dicho Calítrades: «si consideras con atención qué sale de su cuerpo, seguro que no has visto estercolero más repugnante». Y, en efecto, «aunque su cabeza venga de Praga, sus senos de Austria, su vientre de Francia y tenga un andar español», no se tardará en reparar que el ser adorado esconde unos adentros, como nos advierte el Crisóstomo, «llenos de repugnante flema». De tal manera podemos convertir a una Venus en una Erinia. Si estas precauciones no bastaren, siempre cabe, en última instancia, reconvenir a la tentatriz a través de la lectura de manuales edificantes como De mercede meretricis, más hábil para restaurar castidades perdidas que mano de virguero. Como cantó Teócrito, el del dulce caramillo, «No brinquéis tanto, alegres muchachas, que, si no, / viene el macho cabrío dispuesto a brincar sobre vosotras».

«Agitado por suspiros y sollozos»

Si anda usted «suspicaz, circunspecto, triste, lleno de temores, envidioso y celoso»; si propende «a la soledad, el duelo, los lloros y la risa melancólica» (sin olvidar «los suspiros y lamentos»); si huye «de la luz y del gentío» y prefiere estar «aislado y en la oscuridad», es muy posible que, a despecho de sus cautelas, usted esté experimentando ya los primeros síntomas. Considérese a sí mismo ante el espejo para perfeccionar el diagnóstico: ¿Aparece su rostro «desalentado y ceñudo», como alerta Bright? ¿Ve cómo «su nariz gotea, la boca babea, los labios tiemblan y todo su pecho se ve agitado por suspiros y sollozos»? ¿Padece usted de la «palidez y sequedad» de que habla Santa Cruz? ¿Ha notado ya —algo es algo— la súbita «delgadez» sobre la que nos ilustra Capellanus? Si la respuesta es sí, usted es reo —vayan por delante las condolencias— de melancolía amorosa. Y no lo dude: todo el mundo se habrá apercibido, pues —como apunta Angífanes— cualquier cosa puede disimularse menos el amor y la ebriedad. A nadie, en verdad, se le habrá escapado cómo da usted de cuando en cuando en «caminar sonriendo para sí mismo como si viera u oyera algo deleitoso», y tampoco es discreta esa manera suya de «pasear siete u ocho veces al día a lo largo de la calle donde ella vive».

Ciertamente, este lamentable estado puede tener —en apariencia— sus bendiciones: si los italianos son tan excelentes poetas y pintores es porque «cualquiera de ellos que esté a la moda tiene a una amada». El amor heroico invita, casi empuja, a pulsar la lira. Y, sin duda, hay un noble sentimiento en esa añoranza de «adorar el viento que sopla sobre la orilla en que estuvieron juntos tiempo atrás». Con estas mieles y con esta dulce embriaguez comienza toda pasión desordenada. Sin embargo, en materia de ardor no cabe engaño, y ya leemos en Proverbios de lo acerbo de su fin: cualquier joven necio da en seguir a una prostituta hasta que una flecha le atraviesa el hígado. Por eso los tratadistas urgen a poner pronto término a estas inmodestias y «extinguir las llamas salvajes de la pasión». De lo contrario, de perseverar en su postración amorosa, se arriesgará usted «al insomnio, la estupidez y la temeridad, la irreflexión, la inmodestia, la extravagancia y la pereza», como ya cifró Plauto siglos atrás. E incluso puede darse el caso de que llegue usted «a despreciar la muerte, a desearla»: ¿o acaso hay que recordar cómo Pedro Abelardo «perdió sus testículos» por su locura de amor por Eloísa?

«Malva, meliloto y ungüento de brionia»

En lo referente a la melancolía amorosa, la observación clínica asegura, según recoge Van de Velde, que «la eyaculación, o bien elimina completamente la enfermedad», o al menos «la mitiga». Por eso, de acuerdo con la epístola paulina, «más vale casarse que abrasarse». De ser imposibles el matrimonio y subsiguiente ayuntamiento, diversos filósofos y médicos recomiendan no obstante —erubesco referens— «la lascivia y la fornicación» como cura de la afectación melancólica, pero eran gentes paganas y a las que no hay que hacer caso. Ítem más: en lo tocante a sanar la pasión, ciertamente no hará falta imitar a Faustina, hija de Antonino Pío, que dio en beber la sangre de un gladiador. Los remedios, al contrario, pueden ser de la mayor sencillez: para poner en olvido a su belle dame sans merci, nada como «las decocciones simples de fumaria, betónica, politpodio y cuscuta de tomillo»; de no tenerlos a mano, siempre puede recurrir al «epitoma» o a «distintos tipos de culantrillo». También suelen tener óptimos efectos purgativos «las fomentaciones de malva, meliloto y ungüento de brionia».

Más allá de la inducción al vómito y la necesaria evacuación de las heces, contra el amor suele hacerse precisa la sangría, ante todo de las hemorroides: «hay que abrirlas, aplicando una cebolla roja o encebollándolas con jugo de ajo o bilis de toro». Alternativamente, pueden «frotarse con una hoja de higuera o con sanguijuelas»: lo importante, en cualquier caso, es «sacar nada inferior a nueve o diez onzas de sangre». Así repuestos salud y ánimo, el paciente deberá fortalecer su vigor revistiéndose de piedras preciosas conocidas por su virtud, como la calcedonia, «capaz de eliminar el miedo y el desaliento del corazón», o la cornalina, que es mano de santo «para los melancólicos furiosos». Como sea, los esfuerzos para sofrenar la pasión han de tener continuidad para esquivar la recaída: recordemos, con los clásicos, que es peor luchar con el amor que «con un león o un ciervo o con el jabalí de Etolia». De ahí que sea siempre necesario evitar «la risa, arma de Cupido», esa ociosidad que es «madre del deseo», unas miradas femeninas que no son sino «como poner una trampa a las perdices» y esa dulzura de la conversación que, según Cipriano, será siempre más alarmante que «oír el silbido de un basilisco».

«Amare et amari»

Nadie puede dudar de que los enamorados, por lo común, «no son mejores que las bestias»: prueba de ello es que, con igual regularidad, «derrochan, roban y comenten incestos, adulterios (…) y devastan pueblos y países con tal de satisfacer su lujuria». Todos lo hemos visto. Y, sin embargo, en ciertas ocasiones hay que conceder, con Cardano, que el amor puede en igual medida «convertir a los locos en sabios, a los cobardes en valientes (…) y a los perezosos en ágiles y dispuestos». Y aun los más eminentes teólogos y filósofos lo han reconocido como «causa de todo bien», «puntal de justicia, templanza, fuerza y sabiduría», y «autor de la medicina, la poesía y la música y las artes liberales». No extrañe, por ende, que —como leemos en Plutarco— el alma de un hombre enamorado pueda rebosar de perfumes y dulces olores y de toda suerte de gratos sonidos y músicas. Porque si es veneno, también puede ser triaca y obrar como «un placer que atenúa la pena interior y la timidez» del melancólico, «aclara su sangre y dilata su corazón». ¿No es querencia común del corazón, al cabo, amare et amari, amar y ser amado?

«Como la materia busca la forma, así la mujer al varón». En verdad, el matrimonio, como recordaba Escrivá de Balaguer, es vínculo «para la clase de tropa», pero no podemos dejar de reconocerlo como «pasión común y honesta», como «una honorable, una santa llamada (…) que alimenta la verdadera paz, la tranquilidad, el contento y la felicidad». «Tres veces felices, y más aún», proclama el poeta, «aquellos a quienes unen con firmeza los lazos del amor». Véase, en fin, cómo sus bien sazonados frutos proclaman su grandeza: «fundar pueblos», «engendrar y preservar a la humanidad» y, por supuesto, «propagar la Iglesia». Porque, en última instancia, ese «impetuoso furor», ese «esforzado quebranto», esa «miel amarga y dulce castigo» es el mismo amor que, pese a todo, todavía «mueve el sol y las demás estrellas».


[1] Para la redacción de este artículo se han extraído, entre otras obras, citas de la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton; Un tratado de melancolía, de Timothy Bright; Sobre la Melancolía, de Alonso de Santa Cruz, y Saturno y la Melancolía de Raymond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl.


Una lectura del azar

Paul Auster. Foto: Cordon Press.

Con el recorrido que trazan los pasos de una persona por la gran ciudad, se van formando letras; invitaciones a la lectura de una historia que da comienzo en Brooklyn, aunque, de momento, su protagonista no lo sepa. Se trata de un escritor que persigue sombras y lo hace envuelto en una piel tan suave al tacto como la niebla. Por ahora, desconocemos su nombre real; se muestra tan poco satisfecho consigo mismo que siempre anda a la búsqueda de otras identidades bajo las que ocultarse. Algo le dice que caminar con su verdadero nombre impediría sus movimientos. Por eso se hace llamar con nombres inventados, seudónimos que le van a dar libertad de acción por las calles de una ciudad que se renueva a cada paso.

De la misma manera que las novelas de caballería le fueron útiles a Cervantes para escribir su parodia, nuestro escritor se sirve de la novela negra para poner en marcha la suya. Se va a titular La ciudad de cristal y la culpa de que todo empiece la va a tener una llamada de teléfono en mitad de la noche.

—¿Quién es? —pregunta Quinn, el protagonista de la novela; un hombre que no merece que nos detengamos mucho en él.

—¿Oiga? —salta la voz al otro lado de la línea telefónica.

—Le estoy escuchando. ¿Quién es? —vuelve a preguntar Quinn.

—¿Es usted Paul Auster? —pregunta la voz—. Quisiera hablar con el señor Auster.

—Aquí nadie se llama así.

—Paul Auster, de la agencia de detectives Auster —vuelve a decir la voz, al otro lado de la línea telefónica.

—Lo siento, debe de haberse equivocado de número —dice Quinn, antes de colgar.

La idea de equivocarse de número de teléfono es, por sí misma, toda una intriga propia de las novelas policiacas que Quinn escribe bajo el seudónimo de William Wilson y que están protagonizadas por el detective Max Work. Por lo mismo, a Quinn no le será difícil comprender que se mueve dentro de un mundo ficticio donde nada es real, excepto el azar.

La suerte está echada y, con el impulso de unos dados sobre el tapete de juego, la novela se entrega a la casualidad. Unas noches después volverían a llamar por teléfono. Pero, esta vez, Quinn no vacila. Descuelga el teléfono y dice:

—Al habla. Yo soy Auster.

A partir de este momento, Quinn acepta un caso que está lleno de trampas y de lenguajes secretos. Un juego de espejos que, por sí mismo, se muestra vacío; el valor lo obtiene por el resultado de imágenes que el espejo contiene. Porque cada espejo es, en sí mismo, lo más parecido a una novela; el único lugar del mundo donde los desconocidos pueden encontrarse con total intimidad. Algo así ocurre cada vez que Quinn se asoma al cuaderno rojo donde va apuntando las observaciones que le salen al encuentro. Ha aceptado el caso y con ello también ha aceptado la irrealidad que lo envuelve. 

Llegará un momento en que la imaginación de Quinn será negada pero no suprimida, es entonces cuando se presenta en el piso de Auster, buscando al detective privado que le ayude a resolver el caso, a ganar el juego, a vaciar el espejo.

—Me temo que ha encontrado al Paul Auster equivocado —le asegura el propio Paul Auster cuando abre la puerta.

—Usted es el único que viene en la guía —replica Quinn.

—Puede ser —dice Auster—, pero yo no soy detective.

—¿Quién es usted? ¿A qué se dedica? —pregunta Quinn.

—Soy escritor —responde Auster.

Cuando Quinn se encuentra con Paul Auster en la novela, Paul Auster está ocupado escribiendo un ensayo acerca del Quijote; investiga acerca de su autoría. Como sabemos, y como sabe todo el mundo, aunque no se lo haya leído por completo, el Quijote empieza con una de las frases más conocidas de la literatura universal, donde la primera persona se muestra desde el arranque, aunque el «yo» aparezca escondido.

«En un lugar de la Mancha de cuyo nombre (yo) no quiero acordarme…».

De esta manera tan magistral para ocultar la primera persona, Cervantes se nos muestra como autor de su novela desde el principio de la misma. Pero, llegados al capítulo IX de la Segunda parte del primer libro del Quijote, la cosa se va complicando cuando Cervantes se introduce a sí mismo en las páginas para seguir jugando con sus lectores. Es cuando Cervantes finge recordar mucho más de lo que en realidad recuerda para contarnos que, estando un día en un mercadillo de Toledo, encontró por azar unos papeles viejos escritos en lengua árabe. Con ayuda de un morisco que andaba cerca, Cervantes se enteró de que aquellos papeles contenían la historia de un caballero andante llamado don Quijote de la Mancha. La historia venía firmada por un tal Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. 

A partir de este momento, en las andanzas del personaje más universal de todos los tiempos van a intervenir dos personas. Una real, Miguel de Cervantes, y otra ficticia, Hamete Benengeli, a la que se va a sumar también la figura inventada del morisco de Toledo encargado de traducir el texto. De esta manera Cervantes ya no es el autor, sino el recopilador de una novela que sobrepasa los límites de la misma para convertirse en un juego. «¿Dónde se esconde la bolita?».

Con estas cosas, en La ciudad de cristal, Paul Auster se nos muestra a sí mismo escribiendo acerca del enredijo que propone Cervantes y lanza la hipótesis a Quinn de que Cide Hamete Benengeli no es otro que Sancho Panza, el fiel escudero de don Quijote y testigo ocular de los hechos que a este le suceden. Lo que ocurre es que Sancho Panza es analfabeto, por lo cual Auster propone que Sancho Panza fue el encargado de dictar la historia a los amigos de don Quijote: el barbero y el cura que, a su vez, se lo pasaron al bachiller Carrasco para que este lo tradujese al árabe. Cervantes encontraría la traducción en el mercadillo de Toledo y con ayuda de un morisco la vertería de nuevo al castellano.

La razón de todo este vuelco, según explica Paul Auster a Quinn, es curar a don Quijote de su locura y uno de los trucos que utilizan para ello es el libro que han compuesto entre todos. De esta manera, el Quijote se convierte en algo más que un libro; es lo más parecido a poner un espejo delante de la locura de su protagonista como tratamiento de choque para que él mismo viese el ridículo de sus acciones. Sin embargo, el asunto no acaba aquí para Auster, que descubre a don Quijote como hombre vanidoso y, como tal, le preocupa pasar a la posteridad. Para dar cuenta de sus hazañas, ha elegido a un cronista que no es otro que Sancho Panza. Según Paul Auster, es don Quijote quien organiza todo este lío, incluso fue don Quijote quien tradujo el manuscrito árabe al castellano. Llegados aquí, Auster le propone a Quinn imaginarse a don Quijote bajo el disfraz del morisco que descifra a Cervantes su propia historia en el mercadillo de Toledo. Con estas cosas lo que quiere don Quijote, sobre todo lo demás, será poner a prueba la credulidad de sus semejantes, jugar con ellos y a su vez seguir jugando con nosotros por los siglos de los siglos.

Resulta curioso comprobar cómo el mismo juego que nos propone Cervantes nos lo está proponiendo Paul Auster en La ciudad de cristal, una novela cargada de trucos donde presenta la causa primera que llevará a su protagonista hasta su destino final, que quedará escrito en un cuaderno rojo al que el escritor Paul Auster va a dar forma. Pero no solo en La ciudad de cristal ocurren estas cosas; lo de colocar espejos a lo largo de un camino que recorre las calles de Brooklyn va a ser una constante en las novelas de Auster, el sello de la casa.

Sin ir más lejos, en otra de sus novelas, la que lleva por título La noche del oráculo, subyace una estructura parecida. Vamos con ella, pues, mientras Auster nos va descubriendo el misterio de su escritura; uno de sus personajes, que lleva el nombre de Trause —anagrama del apellido Auster—, hace una pequeña digresión al principio de la novela para contar una anécdota que sale en El halcón maltés de Dashiell Hammett y que, a su vez, es una parábola que cuenta su protagonista, el detective Sam Spade, sobre un hombre llamado Flitcraft que abandona la vida metódica y ordenada que lleva hasta entonces para desaparecer por completo. Lo hace tras darse cuenta de que el azar gobierna el mundo. La revelación le surge un buen día cuando va andando por la calle y una viga se desploma desde un décimo piso y le pasa rozando, lo que le va a hacer sentir «como si le hubiesen quitado la tapadera que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo», escribirá Dashiell Hammett en una novela cargada de ecos cervantinos desde su arranque, cuando nos presenta al detective Sam Spade, alter ego del mismo Hammett que, antes de dedicarse a la novela, ocupó su vida trabajando como detective en la agencia Pinkerton en Baltimore.

Llegados aquí, valga la digresión, para volver a La ciudad de cristal, en cuya traducción al castellano por parte de Maribel de Juan, en una nota a pie de página nos dice que, en argot norteamericano, al detective privado se le denomina private eye —‘ojo privado’— y que a su vez la palabra eye se pronuncia igual que la letra i, que escrita en mayúscula significa ‘yo’, que a su vez, en castellano, se corresponde con la primera persona del singular y que contiene dos letras que separadamente son excluyentes, pues la y suma y la o resta. Tal vez por este motivo, su uso, el uso del yo, resulte tan difícil en castellano, de ahí el magisterio de Cervantes al ocultar el yo sin hacerle perder significado en la primera frase del Quijote a la que hacíamos alusión unos párrafos atrás.

«En un lugar de la Mancha de cuyo nombre (yo) no quiero acordarme…».

Ahora sigamos con La noche del oráculo, pues en ella, ayudado con diferentes planos narrativos, Auster escribe la historia de un escritor, de nombre Sidney Orr, que a su vez está escribiendo la historia de Nick Owen, un hombre al que Sidney abandona en un antiguo refugio antiaéreo. Porque llega un momento en el que Sidney Orr se queda atascado y le es imposible seguir escribiendo. Con esto, más que practicar el exorcismo con el fantasma personal de todo escritor —el bloqueo ante la página en blanco—, lo que nos muestra Paul Auster es algo todavía más sólido, pues se trata de los muros que rodean a las personas cuando los pensamientos nos atrapan dentro de nosotros mismos. Por decirlo con las mismas palabras de Auster en una de las entrevistas concedidas a I. B. Siegumfeldt: «El mundo está en mi cabeza. Mi cuerpo está en el mundo».

Tiempo después de publicar La ciudad de cristal y en uno de los capítulos de un libro posterior titulado El cuaderno rojo —una recopilación de historias sobre extraños sucesos que han ocurrido en la realidad—, Auster recordaría que un número equivocado había inspirado su primera novela. Ocurrió una tarde en la que, estando solo en su apartamento de Brooklyn, sonó el teléfono y al otro lado de la línea una voz masculina preguntó si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton, a lo que Auster contestó que no, que se había equivocado.

Al día siguiente volvieron a llamar. Era la misma voz y preguntaba lo mismo. ¿Agencia Pinkerton? Paul Auster volvió a contestar lo mismo, que se había equivocado, pero esta vez, después de colgar, Auster sintió que había perdido una ocasión única y se quedó dándole vueltas a la cabeza con los condicionales. ¿Qué hubiese pasado si le hubiera respondido que sí? ¿Qué hubiese pasado si hubiese aceptado el caso detectivesco que sin duda le habría propuesto aquella voz al otro lado del hilo telefónico? Condicionado por los interrogantes, Paul Auster esperó a que llamara de nuevo, pero la esperada llamada nunca se produciría. Este error va a poner en marcha su novela La ciudad de cristal.

Años después, cuando la estrella de Paul Auster empezaba a brillar, otra llamada equivocada le dejaría sin palabras por unos segundos cuando, al otro lado de la línea telefónica, una voz con acento hispano preguntó por el señor Quinn. Al principio, Auster pensó que se trataba de una broma y así se lo hizo saber a la voz anónima. Pero no, no era una broma; aquel hombre quería hablar con el señor Quinn y le rogaba a Auster que le pasase el teléfono. Más que una casualidad, lo que sucedió es un ejemplo del poder de la literatura, la sustancia diabólica que cargan las buenas novelas que hacen posible que las historias continúen escribiéndose a sí mismas, sin contar ya con el autor que las hizo veraces, como esos espejos mágicos que conservan dentro —y para siempre— las imágenes que alguna vez han reflejado.


La lengua perdida de Cervantes

Cautiverio de Cervantes. Interior de la prisión llamada Baño Real donde amontonaba sus cautivos el Rey de Argel. Imagen: Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad se Sevilla. (Clic en la imagen para ampliar).

No es más que una gruta, aunque no tiene la profundidad suficiente para acomodar todo lo que la palabra sugiere. Dejémoslo en cueva. Fue en este pequeño y lóbrego espacio con vistas al Mediterráneo donde Cervantes esperó hasta ser rescatado. Cinco años preso en la Berbería habían sido más que suficientes. 

No pregunten a los locales: a todos les suena el lugar, sí, pero lo más probable es que acaben llevándole a los jardines del Museo Nacional de Antigüedades, o a los de Tifariti, o vaya usted a saber a qué rincón de la capital de Argelia. Total, que uno llega allí, a la Grotte Cervantes, y comprueba que sigue tan sucia como cuando estaba habitada; que a los argelinos todo esto les importa un pito. Eso sí, la decepción inicial se esfuma cuando damos con el siguiente párrafo escrito sobre azulejos pintados:

Me dijo en lengua que en toda la Berbería y aun en Constantinopla, se habla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas, en la cual todos nos entendíamos.

Este extracto del Quijote es el relato que comparte, en una de esas posadas castellanas, un prisionero que logró huir de una prisión morisca. Ciertamente, Cervantes sabía de lo que hablaba, pero no aporta más que una simple pincelada sobre una lengua que se habló en el Mediterráneo entre los siglos XIV y XIX. Árabes, turcos, genoveses, españoles, portugueses, italianos, sardos, catalanes y hasta griegos; esclavos o sus traficantes, comerciantes o mercachifles, piratas, capitanes de fragata, todos hacían uso de él para que el Mediterráneo siguiera haciendo honor a su nombre. En Le Bourgeois gentilhomme, el propio Moliére resumía así tanto el origen de este habla como su sentido:

Se ti sabir (Si tú sabes)
ti respondir (tú respondes)
se non sabir (si tú no sabes)
tazir, tazir (cállate, cállate)

Queda ya explicado por qué a la lengua se la llamó «sabir».

Magia

El sabir no era la lengua de cuna de nadie sino una mezcla de varias, uno de esos híbridos que han engrasado la comunicación entre pueblos distintos que comparten un espacio común. Es lo que se conoce como un pidgin. Resulta imposible calcular cuántos han surgido desde que el ser humano goza de la capacidad del habla, pero se sabe que han de cumplirse tres requisitos básicos para que se produzca el milagro: un contacto continuado, una necesidad de comunicación (el comercio es la más poderosa) y que no haya ninguna otra lengua (latín, inglés, etc.) a la que se pueda recurrir. Respecto a su funcionamiento, encontramos léxico de aquí y de allá, pero volcado sobre la gramática de la lengua dominante (en el Mediterráneo era la base latina de la mayoría la que se imponía). Y que se recurra a los infinitivos simplifica mucho las cosas. La apabullante eficacia de los pronombres demuestra que la conjugación es, a menudo, un lujo innecesario (Yo sabir, ti sabir, él sabir…). 

Por razones obvias, el Mediterráneo fue siempre un campo abonado para los pidgins, pero también damos con especímenes fascinantes en el Atlántico más boreal. Durante los años en los que Cervantes se las apañaba entre berberiscos y turcos, los balleneros vascos hacían lo propio con islandeses o indios algonquinos (Canadá). Comprueben cómo se cerraban tratos en los fiordos más occidentales de Europa:

Christ Maria presenta for mi balia, for mi presenta for ju bustana. («Si Cristo y María me dan una ballena, yo te daré la cola», o lo que es lo mismo: déjame pescar por aquí, que luego ya haremos cuentas. Los más observadores habrán notado la presencia del inglés, pero hay mucho más, vean: For ju mala gissuna («Eres un hombre malo») donde, por cierto, el «malo» del castellano se cuela sustituyendo al vasco gaizto. Esa ha sido siempre la magia de los pidgins, que al final todos acaban entendiéndose.  

Un retazo de una lengua perdida, o no, en Berbería. Fotografía: Karlos Zurutuza.

La base de datos Ethnologue da una lista de dieciocho pidgins aún vivos en el mundo, la mayoría de ellos en África o en el sudeste asiático. Probablemente serán muchos más y, como todos, también tendrán los días contados. Y es que los pidgins surgen de la nada, y allí es donde vuelven cuando ya no se los necesita, aunque hay que leer hasta el final para comprobar que esto último no es del todo cierto. El sabir es un caso único de duración en el tiempo dado que la mayoría no supera un puñado de décadas de existencia. También es verdad que el chinglish aguantó durante tres siglos (hasta que los chinos se decantaron por el inglés estándar), pero insistimos en que se trata de casos excepcionales. El ruso-manchú se evaporó cuando aquellos colonos eslavos se fueron de Manchuria, lo mismo que el chinook (francés, inglés y nootka), el franco-vietnamita, el italo-eritreo… A veces ocurre el fenómeno contrario: el pidgin se consolida y evoluciona hacia eso que llamamos «lengua criolla». Sin ir más lejos, el chabacano es un híbrido entre el español y las lenguas de filipinas que aún se habla. Existen hablantes nativos de chabacano, los cuales, por cierto, desconocen la connotación negativa de su glotónimo por nuestras latitudes.

Todo es política

Además de ser un buen ejercicio intelectual, lo de los pidgins y los criollos también ayuda reflexionar sobre cómo se forman las lenguas en general, y sobre los difusas que son las líneas entre lo que consideramos una lengua y una jerga; «jerigonza», que diría Cervantes. Al fin y al cabo, ¿qué lengua está libre de contacto con otras? ¿Acaso no son el francés, el español o el portugués los hijos bastardos del latín y las lenguas (ibero, lusitano, galo…) habladas en sus respectivas regiones geográficas? De acuerdo, es simplificar mucho las cosas, pero no olvidemos que sermo vulgaris («latín vulgar») era el término genérico empleado para definir a aquellos variantes locales vernáculas de las que nacieron las tres lenguas románicas mencionadas.

Y sigue pasando. Piensen en el spanglish, o en esa fascinante simbiosis entre el español y el guaraní que puede ser el embrión de lo que un día acabaremos llamando «paraguayo». Intenten ver Cajas sin subtítulos y sabrán de lo que hablamos. Lenguas, dialectos, jergas… Palos de ciego intentando clasificar lo inclasificable. Pensemos en el maltés, de base semita pero léxico latino e inglés al sesenta y vente por ciento respectivamente. Es como si intentáramos camuflar el árabe tunecino con vocablos extraños y envolviéndolo en el alfabeto latino. ¿Un criollo? ¿Un pogadolecto? ¿Jerigonza? Mientras nos ponemos de acuerdo, seguirá siendo una lengua oficial de la UE que se usa en el Parlamento, en los tribunales y en las escuelas. 

Al final, todo es política; «Una lengua es un dialecto con un ejército y una marina», que decía Max Weinreich, lingüista de otro mulato maravilloso como el yiddish. Aún nos sorprende la facilidad con la que un sueco, un noruego y un danés pueden compartir tertulia en sus respectivos idiomas. De no tratarse de tres países con sus banderas diríamos que hablan «escandinavo», pero son entidades políticas diferenciadas. Los nórdicos lo resumen de forma lapidaria: «El noruego es danés pronunciado a lo sueco». De hecho, en lingüística se prefiere hablar de «variedades lingüísticas», no tanto por lo políticamente correcto como por lo políticamente neutral. No existen criterios científicos para determinar cuándo dos variedades deben ser consideradas como la misma lengua o dialecto, o lenguas o dialectos distintos. Y es aquí donde tropezamos con el concepto del «continuo dialectal». En el caso de la familia romance, por recurrir al ejemplo más cercano, podríamos caminar desde Galicia hasta Normandía escuchando gallego, asturleonés, castellano, aragonés, catalán y occitano en ese orden, así hasta dar con las lenguas de oil al norte de Francia. Ya que hemos llegado hasta allí, sigamos el camino a través de tierras germánicas. ¿Dónde acaba el flamenco y empieza el holandés? ¿Cuál es el puente que he de cruzar para pasar de este último al bajo alemán? ¿Qué es lengua y qué dialecto? ¿Dónde hago los cortes? Esa es la idea del continuo.

Pero volvamos al Mediterráneo. Que el sabir era un habla con todas las letras queda demostrado por el hecho de que los soldados enviados a exterminarla llevaban consigo un diccionario básico sabir-francés. Corría el siglo XIX cuando el gobernador otomano argelino se negó a tragar con las draconianas condiciones comerciales que le imponía el rey francés. Es fácil adivinar que se optó por las medidas más expeditivas, pero ni siquiera la apisonadora de más de ciento treinta años de tiranía colonial que llegaría después acabaría del todo con el sabir. Dicen que parte de él sobrevive en ese argot argelino que aún retumba en el laberinto de la casbah, el mismo en el que se rapea desde sus azoteas. 

Cervantes estaría orgulloso.

Historia del reyno de Argél : su gobierno, fuerzas de mar y tierra, sus rentas, policía, justicia, política y comercio / escrita en francés por Mr. Laugier de Tasi ; y traducida é ilustrada por Don Antonio de Clariana.– Madrid : En la Oficina de Pantaleón Aznar, [1750?].– [8], 347 p. : [4] map. pleg. ; 8º (19 cm). Imagen: CSIC.


Guía para huir de donde se parte

Carretera rumbo a Mezquitillo, México. Fotografía: Antonio Garamendi (CC).

Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte. Miguel de Unamuno.

Barataria y Comala

El día que Cervantes imaginó Barataria tuvo que ser un día complicado, pues significaba algo más que una simple ínsula perdida en medio de un océano imaginativo. Por supuesto que era algo más que eso. Barataria era el símbolo de toda la codicia que el pueblo español había acumulado durante siglos, con media península fracasada (esta sí, real), muerta de hambre por un ponme aquí o un quítame allá este imperio. Se me antoja difícil no creer que Sancho existió y que realmente deseó ese trozo de tierra con todas sus fuerzas. Porque desde tiempos inmemoriales los españoles han querido tierra y tierra es lo que les da Cervantes. Pero no menos complicado tuvo que ser el día en el que el manco dejó de creer en la célebre isla, ya que la ficción siempre supera a la realidad. «Y, ¿a quién llaman don Sancho Panza?», cuestionó el fiel escudero al ser dignificado durante la toma de posesión del gobierno de la ínsula. «Yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas», apuntilló. Porque tan español es codiciar un trozo de tierra como olvidarse de él. Y fue en ese momento, al olvidar, cuando Cervantes eligió ese nombre para designar todas las codicias que ya nunca recordaremos: Barataria.

También quería tierra Rebeca Montiel, la hija adoptiva de José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo. Ah, Macondo… Sospecho que también Gabriel García Márquez suspiró el día que abandonó este hermoso paraje. Atrás dejaba a Melquíades y a sus queridos gitanos bailoteando al son de cualquier invento traído desde allende los mares. También dejaba a sus espaldas las fobias que había contraído por culpa de (o gracias a) la propia Rebeca Montiel que, no contenta con tragar tierra, había obligado al Gabo a etiquetar todos los objetos por miedo a olvidar sus nombres. Por eso la obra de García Márquez supone abandono. Pero no confundan abandono con olvido. No se trata de eso. Él lo define mejor que nadie:

En cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

Para dejar atrás Macondo hacen falta pelotas porque dejar atrás Macondo es dejar atrás lo efímero. ¿Y más allá? Más allá dicen que soledad, y en porciones de cien años.

El País de las Maravillas y Nunca Jamás

Por eso emprendemos la huida. Porque necesitamos intuir el rastro del conejo blanco sin tener la obligación de abrazarlo. Uno se encuentra con ese bichejo de chaleco hortera y reloj de Conan Doyle y, sin saber por qué, corre. Y corre y corre. Nadie supo nunca si el conejo terminó llegando tarde a algún sitio, pero lo que sí supimos es que Lewis Carroll llegó demasiado pronto a su edad madura. Tan pronto que si hubiera esperado alguna década no habría tenido que escribirle poemas a Alice Liddell, la niña de doce años que inspiró ese extraño lugar donde las lágrimas forman mares y las cartas de póquer la guardia real. Más tarde llegarían las misivas de los padres de Alice pidiéndole al bueno de Carroll que se alejara de su hija. Una especie de orden de alejamiento literario. Como recuerdo quedaron unas cuantas fotos que Lewis le robó a la cría y un nombre: «el País de las Maravillas». Mucho me temo que, más que escapar, lo que el autor pretendía era quedarse allí para siempre.

Dicen que también «para siempre» quiso quedarse J. M. Barrie en el País de Nunca Jamás, aunque las dos expresiones sean contradictorias. Yo, particularmente, no lo creo. El tiempo, en forma de conejo o no, se anticipa ante el deseo de demora y se demora ante el deseo de anticipación. Partiendo de esta premisa y viendo cómo se las gastaba el propio Barrie, creo que lo que el autor pretende decirnos es que lo importante es el pedigrí del tiempo más que la rapidez del mismo. Y nos lo transmite a través de las pupilas de Wendy, una niña maravillosamente educada bajo los preceptos anglosajones. El tiempo, aquí, se empeña en acallar la voz de Wendy, una voz con marcado acento victoriano a la que nadie quiere escuchar. El problema viene cuando la educación y el corazón se enfrentan alrededor de ese pretexto llamado «Peter Pan». Es entonces cuando Barrie, Wendy y la rebeldía de ambos, Peter, deciden viajar. ¿Viajar a dónde? Viajar al sitio donde esa voz es escuchada. Por tanto, aquí Nunca Jamás representa la revolución de lo humano, la búsqueda de lo no establecido. Wendy se percató de que el tiempo importaba poco junto a la puerta de embarque. «Pensamientos maravillosos» y «polvo de hadas», le dijeron. Al darse cuenta de que no encontraba pensamiento alegre alguno, quiso escuchar esa voz también ella.

México, ca. 1900. Fotografía: USC Digital Library.

Comala y el infierno

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre». Con esta frase comienza Rulfo su adorable Pedro Páramo, una novela que esconde todos los secretos del México del siglo XX. Pero ¿qué es Comala? Mucho más que un municipio mexicano del estado de Colima, eso seguro. Comala es ese lugar donde se dan cita todas las almas que Rulfo quiso hacer suyas, una especie de «última cena» literaria. Porque a medida que por las páginas se van deslizando las supersticiones, los actos revolucionarios, los asesinatos, las reyertas ligadas al reparto poco equitativo de la tierra o las reprimendas religiosas, uno comprende que estos términos pertenecen a la triste historia del ser humano de manera personal e intransferible. Poco importa si México, España, Rusia o Hong Kong. Por eso, Comala fue abrazando la fama de ser una tierra plagada de inmigrantes. Era lógico. Primero, porque se trata de una novela que habla de injusticia. Segundo, porque solo puede ser leída por víctimas de la injusticia. Y tercero, porque todas las víctimas de la injusticia acaban allí. Dicho de otro modo, Comala no es más que el punto en el que convergen todas esas víctimas que, de una manera u otra, vinieron porque acá les dijeron que vivían sus padres.

Allí donde se acaban todos los caminos, sea en Comala o no, comenzó Dante su Divina comedia. El Infierno, ese con el que se identificó hasta el punto de visitarlo en compañía de su querida Beatriz, se aleja de los estándares habituales para presentarse como un lugar donde se concentra el pecado sin prisa por ser purgado. Y digo sin prisa porque Dante sabía muy bien que las ganas de hincarle el diente a la manzana nos acompañarán para siempre, por mucho que el peaje se pague en ese lugar cónico e icónico donde lo mismo te encuentras con Averroes que con Helena de Troya. Porque la, para mí, obra más importante de la historia tiene en el Infierno su particular motor, su única razón. A pesar de concebir cada uno de los nueve círculos como un sentimiento reprobable, creo que Dante admira a la mayoría de personajes que pasean por allí, sintiéndose atraído por ese juego que plantea la serpiente. Además, se dejará guiar por Beatriz y Virgilio, dos de las personas que más amó, como si su presencia estimulase la atracción. Por tanto, Dante presenta el Infierno como un lugar sufrido pero deseable. Ambiguo y sincero. Hasta Satanás, que comete la desfachatez de torturar a personajes tan entrañables como Judas o Bruto, tiene varias caras. Esto demuestra que no siempre te puedes fiar de su Infierno… como tampoco te podrás fiar más tarde de su Paraíso.

Pero el Paraíso por antonomasia para cualquier poeta responde a una expresión que deslumbra solo con ser pronunciada: la Arcadia. Esta región griega fue utilizada en la época clásica como un patio de recreo para las historias bucólicas, para los cuentos con final feliz. Por ella pasean pastores sencillos que solo pretenden vivir en armonía con la naturaleza y con el propio mito. Y digo lo de mito con todas las consecuencias. La literatura, ya entonces, era un medio para escapar de la vida. Porque la literatura es mejor que la vida y así lo reflejó Virgilio en sus Bucólicas. El concepto, aunque en desuso, supo escapar a ese agujero negro llamado Edad Media que amenazaba con merendarse el resplandor de la cultura clásica. Curioso, la Arcadia desaparece cuando más falta hace. Pero gracias entre otros al propio Dante, volvió al escaparate durante el Renacimiento. Aquí aparece Sannazaro, que pasa por ser el hombre que colocó Arcadia en la mente de todos. Más tarde, hasta dos enemigos feroces como Lope y Cervantes se pondrían de acuerdo para compartir este retiro espiritual donde, por cierto, tampoco se llevaron bien. Poco a poco se fue apagando y solo el genio de Goethe provocó un último pero débil fulgor. El alemán no sabía que su único hijo, el Romanticismo, sería uno de los que más empeño pondría en cerrar la puerta de la Arcadia para dar paso a la ruina y la destrucción. El siglo XXI condenó al olvido a este lugar mágico, arrojando la llave al mar. Curioso, la Arcadia vuelve a desaparecer cuando más falta hace.

Utopía, Liliput, Crusoe y Arkham

Prima hermana de Arcadia fue Utopía, la ínsula que Tomás Moro descubrió gracias al explorador Hitlodeo. Paseando por ella uno puede encontrar la modernidad que no tenían las repúblicas allá por 1516, año en el que la isla fue colocada en el mapa. Utopía es la certeza de que un sueño puede tener sentido si se le da la importancia adecuada. Esto es relevante. De la mitad de los sueños no nos acordamos y de la otra mitad no nos queremos acordar. Moro sabía que el sueño de Utopía podía traer consigo un cabeza más para la colección de Enrique VIII. Sin embargo, creyó en él, y nos habló de lo que allí vio: elección popular del gobernante, uso equitativo de la tierra, libertad religiosa… Pero el viaje de Hitlodeo, el marino que tiempo atrás acompañó a Colón y a Vespucio, desencadenó una injusticia todavía vigente hoy: se adoptó el término «utopía» como símbolo de lo irrealizable. Pero, como decíamos, Tomás Moro no quiso expresar un imposible y sí un sueño. Porque él sí creyó en ella. Creyó en una sociedad felizmente instalada en su particular ínsula, fuese Utopía o cualquier otra. De cualquier manera, su cabeza terminó rodando a los pies de Enrique arrastrando con ella sueños y aspiraciones. Un triste final. Por cierto, en nuestro país la obra fue traducida por Francisco de Quevedo. ¿Quién mejor para hablar de sueños?

Pero no hay ínsula que se precie que no haya soñado con parecerse algún día a Liliput, el terreno que Gulliver tuvo que reconocer durante uno de sus viajes. En ella, la inocencia consigue que todos hayamos soñado con ser liliputienses alguna vez. Porque sus habitantes, lejos de ampararse en su aspecto diminuto, demuestran una altitud moral que no alcanzamos los que medimos más de seis pulgadas. La primera prueba es que ellos dieron de comer al náufrago cuando ni siquiera el náufrago lo esperaba. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros? La segunda llega cuando el creador de esta tierra, Swift, decide enfrentar al pueblo de Liliput con cualquier otro, qué más da. El escritor siempre tiene ganas de sangre, pero no siempre sus personajes quieren saciarlo. Por eso los liliputienses, rebeldes aun en la paz, lejos de utilizar esa arma de destrucción masiva llamada Gulliver en perjuicio de su enemigo, terminan aceptando una paz que, según cuentan las crónicas, todavía dura hoy.

No sabemos si Gulliver naufragó al salir de Liliput. Lo que sí sabemos es que, de haber naufragado, con toda probabilidad habría terminado en la isla que Robinson Crusoe colonizó para todos nosotros. En ella, Defoe consiguió algo que no consiguen el resto de parajes aquí analizados: la simbiosis entre el viajero y el medio. Más tarde, James Joyce, experto conocedor de la obra, afirmaría que la manera en la que Crusoe se afianza en la isla es un reflejo del colonialismo británico. Me temo que Viernes no estará de acuerdo con la enajenación del borrachín irlandés. En la isla de Crusoe hay espacio para la amistad, para el arrepentimiento, para el perdón. Y, por cierto, también para una crítica feroz hacia la conquista española de América. Algo que refuta la teoría de Joyce pues, al fin y al cabo, a la colonización española y a la inglesa solo les separa una cosa: el cristal con el que observas al que coloniza. Por tanto, el Crusoe de Defoe no tiene nada de guerra colonial porque no tiene nada de pretencioso salvo, quizá, en el terreno religioso. Por lo demás, la ínsula de Robinson es la literatura hecha causa ganada, pues el náufrago queda en paz consigo mismo y con aquello que representa el indígena Viernes. He aquí la simbiosis que no encontró Joyce. Esto, me temo, no pueden decirlo todas las potencias de la Edad Moderna.

Sí puede decir Lovecraft que no todos los parajes han de ser utópicos. En Arkham, las historias tienen sabor a suspense. Cuando la emoción se viste de negro, un hombre de mentón profundo resucita para dejárnoslo claro: si habéis venido a ser felices, largo. Por mucho que los estudiosos lovecraftianos se hayan pateado los mismos caminos que él se pateó, visitando las mismas paradas de autobús que él visitó, ninguno ha podido precisar de dónde salieron estas extrañas ciudades porque ninguno experimentó la sensación Lovecraft. Adolescente comatoso, joven escéptico, maduro fracasado, viejo sin ser viejo. Para cuando quiso deshacerse de las garras de su madre, ya habían aparecido los tentáculos de Cthulhu. Así que me atrevo a citar al genio de Providence: «No hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos». En el caso de Lovecraft, esa correlación sí podía encontrarse, por mucho que a él le diera pánico encontrarla. Si quieres encontrar Arkham no pasees en autobús buscando cuevas en Providence. Si quieres encontrar Arkham bucea en tus propios miedos, en tus inseguridades, en tu fracaso. Porque no se viaja para buscar el destino sino para huir de donde se parte.


Jesús Carrasco: «Busco lo nuevo braceando en las profundidades de lo conocido»

Tarde lluviosa de abril. Jesús Carrasco acaba de aterrizar en Madrid, viene de Edimburgo y dice que allí hacía mucho mejor tiempo que aquí. Han cambiado las tornas. Delgado y con un bigote llamativo, es austero de expresiones. La dulzura la lleva dentro, y la descubre como si fuese una cinta que deja resbalar ante su interlocutores, estos la van viendo deslizarse y ofrecerse, lo hace al ritmo que exige la amistad. Así la conversación va haciéndose cordial, con sosiego y delicadeza, sin precipitaciones. Entonces sí se puede ver su sonrisa y su fuente oculta: el aprecio sincero por personas y cosas. Todo sin alharacas. Comenzamos la conversación en la cafetería del restaurante Mutis, en la calle López de Hoyos. Nos sentamos en una mesa del comedor, cara a cara. Él sin papeles. Está acostumbrado a la precisión y no dice ni una palabra de más ni una de menos, casi no hay que corregir nada de la grabación. Como su físico es escueto, también lo son sus palabras, acertadas y claras. Solamente después en la cena distendida, ríe, cuenta, anuncia, dice de sí, sin dejar de preguntar a los que tiene delante. Sus gestos nacen de la mirada de un hombre que ama lo familiar y aprecia las cosas sencillas. La velada se hace corta.

¿Quién es Jesús Carrasco?

Pues este que veis.

Hace unos meses publicabas un artículo en El País confiando algo de tu infancia.  Contabas cómo tus padres se dedicaban a encuadernar libros para ganar algo más y poder sostener la familia numerosa que erais. Los encuadernaban con trozos del vestido de novia de tu madre. ¿Era este artículo una forma de agradecimiento? ¿Un reconocimiento?

Todo eso y, además, un encargo. Me pidieron un artículo, busqué varias alternativas y, después de manejar varios temas, encontré este que, digamos, flotó. Porque es una historia que a mí siempre me ha enternecido, me pareció hermosa y al mismo tiempo muy triste, muy dramática porque contiene muchos elementos de la vida del país, de la historia reciente de España, de cómo las personas, la gente normal y corriente, se han tenido que manejar en un momento en el que nuestros padres venían de la guerra y nosotros llegábamos a la democracia. En esta pequeña anécdota familiar, que para mí es muy hermosa y dura también, se recogen todos esos elementos del contexto. Me pareció que era rica y también bella. Y es absolutamente cierta. Casi podría parecer un relato de pura ficción, pero es real, el vestido de mi madre terminó hecho trocitos. Ese ha sido mi entorno familiar, yo he crecido entre esos libros, libros deshechos, cubiertas, herramientas de encuadernador, los olores de los materiales que empleaba mi padre, que eran muy humildes. Me acuerdo de que el adhesivo que utilizaba era engrudo, un pegamento absolutamente básico, harina cocida, con un olor muy particular.

¿Y eso funcionaba?

Sí, sí. Utilizaba eso y cola de carpintero o de caballo. Pero, cuando había que pegar una gran superficie de papel, una guarda, por ejemplo, empleaba engrudo y eso tenía un olor muy especial. Me acuerdo del taller de mi padre, que también lo construyó él. Era un lugar sin calefacción en invierno y que en verano se caldeaba mucho; el vapor y el vaho eran lo común porque el engrudo se tenía que calentar. Era todo muy precario, porque la época era así para todos. Así que sí, es una pequeña memoria, es un homenaje a mi madre y a mi padre fallecido. Sé que a mi madre le gustó, me lo dijo. Le pedí permiso para publicarlo. Sé que le gustó y me alegro.

Lógicamente aquellos libros no los podías leer tú porque tenían que ir luego al dueño, al propietario que había ido comprando los fascículos para encuadernar.

Sí, pero daba tiempo a ojearlos.

¿Fueron esos tus primeros libros?

Físicamente hablando, sí. Esos y los pocos libros de mi padre, que era el único lector de la casa y que básicamente leía autores cristianos. Leía, sobre todo, los títulos de la Biblioteca de Autores Cristianos. Los libros de esa colección, con el ciervo en el lomo, son parte del paisaje familiar. Santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, fray Luis de León, san Francisco, san Agustín, tratados de filosofía y de teología que, evidentemente, yo no intentaba leer. De esa lluvia de títulos me quedó siempre el gusto por san Juan de la Cruz. Y luego conecté esos lomos y esos títulos que veía en casa con el trabajo de Amancio Prada. Y a través de su música terminé en el texto original, el Cántico espiritual. Recuerdo visitar con mi padre el cautiverio toledano de san Juan. Quedó siempre como una figura muy querida, muy conectada con mi padre y de gran riqueza literaria y espiritual.

¿Pero no has escrito poesía? ¿O sí?

No, no.

Y, sin embargo, una de tus primeras lecturas fue san Juan de la Cruz…

No exactamente. No fue de mis primeras lecturas, pero siempre estuvo cerca. Cuando llegó el momento, cuando maduré lo suficiente como para entender lo que ahí había, lo leí. Primero me llegó por la música, su voz y su guitarra, y luego ya por el texto, pero no fue de mis primeras lecturas, ni mucho menos. Las primeras lecturas son lecturas muy dispersas. Son las que me llegan a través de la primera biblioteca municipal de Torrijos, el pueblo en el que me crié. Hasta entonces, lo que había en casa eran, como decía, tratados de teología que no me interesaban. No había libros infantiles, salvo una enciclopedia para niños de los años sesenta, alemana si no recuerdo mal. Antes de la biblioteca de Torrijos, hay un paso previo. Creo que lo he contado alguna vez. Yo tenía un primo que vivía en Maqueda, un pueblo muy pequeño cerca de Torrijos. Era tan pequeño que la Diputación de Toledo enviaba allí el bibliobús. Pero a Torrijos no llegaba el bibliobús, por lo que yo recuerdo. Tampoco había bibliotecas salvo la escolar, que cabía en un armario. Yo le pedía a mi primo, que venía todos los días a la escuela de Torrijos y comía en nuestra casa, que me trajera Astérix. Y es Astérix el primer libro, el primer contacto con la palabra escrita y, seguramente, algunos de mis mejores recuerdos lectores tienen que ver con ese personaje. Me acuerdo leyendo en el patio de la casa familiar cuando todavía había sesión de mañana y de tarde en el colegio. Recuerdo acabar de comer, recoger la mesa y bajarme al patio en busca del poquito sol, con mi Astérix. Para mí era un momento delicioso, un momento inaugural de la lectura. Y luego, poco después, llegó la biblioteca municipal a Torrijos y ahí ya vino una especie de tsunami de libros. Todo lo que no estaba en casa, estaba ahí. Había de todo. Ahí leí un guion de una película de Indiana Jones, leí Cementerio de animales de Stephen King, conocí a Stevenson a Salgari, libros de psicología, la colección Gran Angular. No tenía ningún prejuicio. No sabía lo que leía y lo leía todo.

¿Tu padre era maestro?

Era maestro de escuela.

¿Y no sabía lo que leías?

No. Para mí la lectura era una actividad al margen de la casa. No recuerdo a mi padre en ningún momento animándome a leer, como hacemos ahora los padres, y tampoco recuerdo que me molestara diciéndome léete esto o no te leas lo otro. Yo, simplemente, me iba a la biblioteca. La relación que teníamos los padres con los hijos era mucho menos intensa. Yo no recuerdo a mi padre recomendándome nada.

La novela Intemperie está dedicada a Nicolás Carrasco Royano, tu padre, ¿por qué?

Porque murió poco antes de que se publicara y sé que le habría gustado. Su hubiera sentido orgulloso de que su hijo se hubiera dedicado a la escritura. Era muy austero en sus expresiones, pero sé que se hubiera sentido satisfecho.

¿El viejo de Intemperie tiene algo de tu padre?

Mucho. El silencio de ese viejo es el silencio de mi padre.

¿Y los gestos?

Sí, parte de los gestos también. Las manos son las de mi padre. Dedos largos, nudosos, hábiles. Mi padre era muy hábil con las manos y siempre nos transmitió a todos los hijos y, por supuesto, mi madre también, un fuerte apego a la habilidad manual. El trabajo siempre ha sido una actividad muy dignificada en mi familia. Trabajo manual o ser capaz de apañarte, como él decía. Con lo que sea: con la bicicleta, encuadernando un libro, cosiendo o arreglando un enchufe. Eso siempre estaba muy arriba en la escala de nuestra vida familiar y yo lo agradezco mucho.

El mundo que describes en tus novelas es un mundo que no existe. ¿O sí existe?

Supongo que cada vez existe menos, pero es cuestión de cómo evoluciona la gente, la sociedad, hacia lo más tecnológico. Hay una menor necesidad del trabajo en el campo, todo está mecanizado. En el sentido de que los oficios que aparecen en el libro, muchos de ellos ya no existen. Quiero creer que muchos de los valores que aparecen en el libro sí existen. Tienen otras formas, pero sí existen.

¿Qué valor tiene en nuestro mundo la cultura?

Yo soy trabajador en la cultura y un creyente de la palabra, un disfrutador porque el lenguaje es algo disfrutable. Para mí, es algo esencial del ser humano. Es decir, una vez que has satisfecho las necesidades fundamentales, el alimento, la seguridad, el agua, el bienestar, el cobijo, la salud, la educación, entramos en una siguiente fase en la que el ser humano tiene un campo de enriquecimiento y de percepción compleja de la realidad en la cual la cultura tiene gran importancia. Yo creo que la cultura no es solo un disfrute, también es un modo de conocimiento. Es un modo de penetración en la realidad. Entretiene leer, entretiene ver una película, pero también contiene todos los elementos beneficiosos de la ficción, ese espejo que se nos pone delante para que seamos capaces de vernos y de ver el mundo desde otro punto de vista y ese otro punto de vista es el que verdaderamente nos enriquece. A mí, por lo menos. Si yo siempre sigo mirando según la óptica que se me ha dado, por mi nacimiento o por mi educación, mi vida pierde una gran cantidad de caminos alternativos que podría tomar y ese es mi objetivo en la vida. Yo quiero enriquecerme. Yo he probado las mieles de esa riqueza, como muchísima gente, y quiero seguir expandiendo mi percepción de la realidad, mi contacto con la realidad que tiene que ver con todo. Con el dolor, con la empatía, con el disfrute de la vida, en fin, con todo eso. Y ahí está la cultura, esa forma de percepción de la realidad más rica, más gozosa, más compartida.

Hoy se compra y se vende todo. Tú has trabajado en publicidad y lo sabes bien. Esto, ¿qué ventajas y qué desventajas tiene?

Bueno, el comercio es un motor de desarrollo. El ser humano viene comerciando, trasegando, intercambiando, trocando bienes desde que existe. Es casi consustancial al ser humano. Yo creo que el problema está en el valor de esa transacción, quién se beneficia y quién no, cuándo está inflada y cuándo no, cuándo está mercantilizada y cuándo no, pero en sí el trasiego, el intercambio de bienes me parece que es algo positivo y, como decía, consustancial al ser humano. Ha posibilitado, por ejemplo, los viajes. Todo el recorrido del Mediterráneo y la exploración de los nuevos mundos tiene que ver con el comercio, básicamente. Colón no se fue a buscar playas de arena, tenía razones comerciales de peso y eso tuvo una enorme repercusión. Eso ha sido así a lo largo de la historia. El problema viene con la hipertrofia del comercio, es decir, cuando se convierte en consumismo, en un fin en sí mismo. El otro día tomaba un avión a las cinco de la mañana y pasé el control de seguridad y automáticamente entré a la zona de las tiendas y a esa hora estaban llenas de gente comprando perfumes, comiendo bocadillos, probándose ropa. ¿Y esto? A las cinco de la mañana, ¿por qué? Era una expresión clarísima de cómo funciona ese comercio. Todo es una cuestión de medida, creo yo.

Llevas varios años viviendo en Escocia.  Lees y escribes en inglés. ¿Qué significa entrar en contacto con otra lengua?

Enriquecimiento. Mucho enriquecimiento. Entrar en una nueva lengua es entrar en un mundo cultural diferente. La lengua explica la cultura, explica la civilización de la que procedes. Eso me pasa con el castellano y aunque, evidentemente, no aspiro conocer el inglés como conozco el castellano, también me pasa con esa lengua que no es la mía. Para mí, además, es un disfrute el aprendizaje en sí. El aprendizaje de cualquier cosa. Soy una persona curiosa y me encanta aprender. Y me gusta mucho aprender inglés. Ayer charlaba con un amigo, un compañero escocés que habla castellano, y comentábamos lo maravilloso que es conocer nuevas lenguas. El simple juego del desciframiento de esas nuevas puertas que parecen cerradas y que poco a poco vas abriendo. Hasta que llega un momento que lees el periódico o un texto original y disfrutas de los matices y de las particularidades de, en este caso, la lengua inglesa. Sus ventajas o sus inconvenientes comparándola con el castellano. Y viceversa. Lo pones todo en contexto, también el castellano. Hasta dónde llega el español, hasta dónde el inglés. Para mí es un juego divertidísimo que quiero seguir practicando el resto de mi vida. Me gustaría mucho hacer lo mismo con otras lenguas pero no tengo capacidad para más. De momento no voy a empezar a estudiar francés porque no tengo tiempo para tanto, pero seguiré profundizando en el inglés. Una de las cosas que hago en ese proceso de aprendizaje es traducir con asiduidad, algo que me ha enseñado mucho. Traduzco a nivel de aficionado, en casa, no de forma profesional. Ese ejercicio me ha hecho aprender mucho de ambas lenguas. También he comprendido mejor la dificultad enorme del trabajo del traductor. Es una responsabilidad enorme que me daría miedo asumir.

Hasta ahora has publicado dos novelas Intemperie y La tierra que pisamos. ¿Se puede preguntar por una tercera?

Se puede preguntar, claro. Pero no sé si se puede contestar. No hay ningún secreto en ello, pero no me gusta mucho detallar lo que estoy haciendo. No quiero pillarme los dedos, porque es un proceso muy cambiante. Tengo cosas muy avanzadas pero prefiero mantenerme cauteloso. Sí puedo decir que estoy escribiendo más que nunca. Además de novela estoy escribiendo relato, algún artículo para prensa. Pero, sin duda, los que más escribo es material de deshecho.

¿Qué significa eso?

He empezado a escribir caóticamente, a lo loco.

¿Eso sirve para algo?

A mí sí.

¿No te da pena después tirar lo que has escrito?

No, porque en el fondo sabes que algo quedará. Pero la idea es precisamente la contraria, no escribir pensando en que permanecerá. En estos años, desde que publiqué Intemperie, en cierto modo me he visto preso de la escritura profesional. Me había creído que era un profesional de la escritura porque vivía de ella. Y eso ha sido un enorme, no sé si error, pero desde luego es algo que no me ha venido bien. Ahora intento escribir de una manera más generosa, abundante, con menos pretensiones, no mirando solo a la publicación. También al disfrute de la escritura cotidiana, del hábito. Un hábito como el de quien estira cada mañana o de quien se va a nadar. Para mí  es un hábito saludable escribir cada día y hacerlo independientemente de si se va a publicar o no. Además, hacerlo, como decía, de manera caótica, combinando novela, relatos, un diario, artículos.

Parece un desorden, pero tu prosa está muy cincelada.

Es un antídoto contra eso. Cincelar, esa artesanía con la palabra, me ha llevado al bloqueo. Eso puede acabar con la frescura del texto, con la espontaneidad, que también es un valor literario.

¿Qué nace primero en tu mundo imaginario: la historia, los personajes, el espacio, la estructura?

Depende. Mi camino ahora va por la vía que te comentaba. Decía Villalobos, el compositor brasileño, que lo que importa es la cantidad, no la calidad. Es algo bastante contracultural. Tendemos a pensar que un creador tiene que producir obras de calidad. Y por supuesto que tiene que ser así, pero él decía que la calidad no es algo que determina el autor o compositor, en su caso, sino que es el tiempo, la tradición, el contraste con otras obras, con las su tiempo, con las de otros tiempos, con otros autores, con otras tradiciones. Por ahí se va colocando la obra en un sitio. Lo que yo entiendo a partir de esa idea es que es una apuesta por la libre expresión, por ese exprimir la capacidad creativa del autor y luego ver cuáles de esos materiales tienen sentido. Cuáles son significativos y cuáles no. O cuáles son simplemente personales. ¿Por qué no hacerlo así? A mí me está viniendo muy bien trabajar de ese modo. ¿Qué pasará luego? No lo sé. Pero prefiero arriesgarme a que nada de lo escrito sirva que a no ser capaz de escribir una sola palabra o a pensar que todo lo que tengo que escribir tiene que ser significativo. No puedo ser tan presuntuoso.

En cierto modo se entiende que te haya pasado eso porque es difícil igualar Intemperie

Es una obra impremeditada. Si tiene algún valor literario, mana de ahí.

¿Es un acontecimiento?

No lo sé. El libro parte de esa impremeditación, de cierta locura, de no mirar a donde he mirado después.

¿Fue imprevista?

No fue exactamente imprevista, ni tampoco fue exactamente impremeditada. Uno no escribe una novela según se levanta, de repente. A lo que me refiero es a que yo no tenía las intenciones ni apuntaba a los lugares que luego he pretendido apuntar con otros textos míos. No pensaba en lectores, evidentemente, ni en editores, ni en traducciones, ni en críticos. No pensaba en nada de eso. Tenía el sueño de publicar una novela, pero ya está. Bregaba con el texto tratando de construir una historia que me importara y que estuviera bien escrita, por supuesto, y que se pareciera a la literatura que me gustaba leer y que me gusta leer. No fue un disparo al aire a ver lo que pasaba. Fue lo mejor que yo podía hacer y lo hice sin pensar en ninguno de esos elementos externos con los que luego sí que me he enfrentado y que posteriormente me han condicionado a la hora de escribir

¿A qué atribuyes que haya ya veintitantas traducciones de Intemperie?

No lo sé muy bien, aunque tengo mi propia teoría. No le voy a quitar valor al texto. El libro tiene sus valores literarios y entiendo que a un texto mal escrito no le sucede eso. O eso espero. Al menos escribí el mejor texto que pude, guste o no guste. Y luego hay un hecho en la propia historia que se cuenta que para mí es determinante y es que es la historia de un niño que sufre. La mayoría somos sensibles al sufrimiento de los demás y, particularmente, al sufrimiento de un ser desvalido, de un niño indefenso. En ningún momento lo pensé como un posible gancho literario, no iban por ahí los tiros, pero luego pensando y recibiendo lecturas de muchos lectores he llegado a la conclusión de que todos empatizan con el niño y con esa relación paterno filial que se establece entre el niño y el viejo, entre el que se va y el que llega, el que deja la mochila y el que la recoge, el que pierde el oficio y el que lo gana. Ese ciclo de la vida es muy fácilmente comprensible porque todos lo experimentamos. Todos tenemos vivencias de la pérdida, el encuentro, el aprendizaje, el error, el camino errado, el encuentro afortunado, la esperanza, el odio.

La novela está llena de esos elementos tan humanos y yo creo que eso interviene mucho, hace que la historia sea universal. Es decir, no es la historia de un ejecutivo de Nueva York en 1984, en el hotel Waldorf Astoria con una serie de elementos culturales muy específicos, no. Es algo que se abre mucho más. Todo eso está en la novela y yo creo que ha sido percibido claramente por los lectores. Y luego hay un tercer elemento que es la fortuna. Tuve la suerte de entrar en contacto con Seix Barral, que es una de las editoriales literarias más prestigiosas de España y del mundo hispanoamericano, con una tradición dilatadísima, con un catálogo de altísima calidad y con un equipo humano extraordinariamente comprometido con lo que hacen. Desde su directora editorial, Elena Ramírez, a todo el equipo que trabaja con ella. Seix, a su vez, pertenece a un grupo editorial muy grande que es Planeta; y Planeta tiene las herramientas necesarias para que el texto llegue a unos lugares que a veces no son fáciles de alcanzar para una editorial independiente o más pequeña. Eso también ayuda, y mucho. ¿Se habría abierto paso el libro en otra editorial, con otro perfil, más pequeña? Pues no lo sé. Quizás no. Igual llegaría alguna traducción, con fortuna, pero no sé si llegaría a las veintisiete o veintiocho que ha alcanzado el libro.

En el capítulo inicial de la novela describes al chico metido en el agujero, enroscado en la madre tierra y como esperando un segundo nacimiento. Nuestra cultura está muy endurecida y muy formalizada en ciertos aspectos, ¿estamos necesitados de volver a nacer?

Esa imagen de renacimiento yo tampoco la había premeditado. Me la reveló un lector al señalar una idea que yo no había visto. Me dijo que ese hueco en el que el niño comienza su aventura funcionaba como un segundo útero, caliente, húmedo, oscuro. El niño destapa las ramas, ve la luz, el mundo exterior, es un mundo agreste, como supongo ve un recién nacido la luz del hospital y se encuentra con esos seres que hay ahí y todas esa máquinas, con esa sequedad en el aire, con ese extrañamiento. Al niño le pasa lo mismo. Para él lo que hay ahí es, supongo, lo que encuentra un niño que nace. Una incógnita, está todo por aprender. Y en cuanto a la idea del segundo nacimiento sí, yo creo que es la idea básica de la esperanza. Todos sentimos el peso de la vida que maltrata en muchas ocasiones y supongo que todo tenemos la esperanza de renacer. Podemos coger los elementos que se nos han dado: deshacernos de aquellos que no nos sirven y coger aquellos otros que nos sirven y caminar por nuestra cuenta. Eso es una experiencia común para todos los seres humanos, para casi todo el mundo. No sé quien lo dijo, pero la vida también puede ser entendida desde la idea de desaprendizaje, de deshacerte de aquello que te han enseñado y que no te sirve o que te hace mal y hacer tu nueva vida, renacer con otro oxígeno o con otras piernas o con otros ojos, otras manos.

¿Qué piensas de que tu texto haya pasado a una novela gráfica espléndida? ¿Y la adaptación al cine?  ¿Cómo te sientes con estos transportes a otros medios de tu texto literario?

Muy bien. Me siento muy bien, muy agradecido. La película no la he podido ver todavía.

Es como un hijo que empieza a andar por su cuenta, de repente se te va.

Si te digo la verdad, me supera. Está mucho más allá de lo que yo podría haber soñado en cualquier momento. Ya te dije que este libro pretendía llegar a lugares mucho más cercanos. Me sigue sorprendiendo. En el caso de la película, no la he podido ver entera todavía. El director me ofreció enseñarme el montaje final, pero les faltaba todavía el trabajo de luz y de sonido y preferí verlo en mejores condiciones porque ya habíamos esperado mucho tiempo y quería ver el resultado final en todo su esplendor. Sé que todavía están ultimando detalles de color y cosas así. Supongo que en breve podré verlo. Con el que he trabajado de cerca es con Javi Rey y estoy muy satisfecho con su novela gráfica. Enriquece el texto. Por ejemplo, me gusta mucho cómo ha trabajado las pesadillas del niño, con otro color, con viñetas sin marco. Ha creado un lenguaje, un código diferente para las pesadillas que son en el fondo mis pesadillas de infancia. Y también ha tomado decisiones narrativas muy acertadas. Evidentemente, no puedes reproducir el texto de la novela porque para eso está la novela, y hay que seleccionar elementos y hacerlos funcionar en el lenguaje gráfico. Él ha tomado decisiones narrativas muy interesantes que yo creo han hecho que la novela gráfica funcione muy bien, que respete el texto pero que también lo enriquezca, que también es muy difícil. Creo que Javi Rey tiene un talento increíble.

Cuando se publicó la novela se habló que parecía vinculado al estilo tremendista de la posguerra, hoy se habla de las narrativas de la España vaciada. ¿Te sientes vinculado a estas literaturas?

No, no particularmente. Siento que tengo una sensibilidad hacia lo rural porque soy un hombre de pueblo. He migrado a la ciudad, pero he nacido y me he criado en un pueblo hasta que tenía diecinueve años. Mis referentes culturales y emocionales están muy atados al pueblo y también al paisaje. Mi familia no era agricultora ni ganadera. Mi padre era un maestro de la escuela de un pueblo. De ahí procede mi sensibilidad para ese mundo. Aunque no me siento atado a ese marco estético. Lo que estoy haciendo ahora no tiene que ver con lo rural. Intemperie es un intento de escritura que viene después de otro intento de escribir otra novela que finalmente terminé, pero que no se publicará, por fortuna. Intemperie es la reacción a una primera novela que no tenía nada que ver conmigo, ni con el mundo en el que yo había vivido, ni el que conocía. Por eso la novela no funcionaba. Cuando la acabé, tras años de trabajo y vi que no funcionaba me dije: «¿por qué no funciona?». Me respondí: «Porque es ajena a mí». «Y, ¿qué tengo que hacer para que mi próxima novela esté próxima a mí? Escribir de aquello que conozco, del paisaje que he vivido, de aquello que me emociona». Entonces me fui al lugar más cercano posible. Quizá por eso la novela respira —no sé si la frescura es la palabra porque la novela no es fresca—, pero quizá cierta autenticidad, porque lo que cuento me es próximo. Yo nunca he despellejado una cabra, pero sí he ordeñado cabras; tengo relación con pastores, con cabreros y con muchos de los oficios que he descrito en la novela. Algunos por pura documentación y otros por curiosidad, por ganas, porque me interesa todo eso.

Se ha criticado que tu obra era demasiado dura: la vejación y la profanación de la infancia de un niño. ¿Es solo eso Intemperie?

No. Yo diría que no.

¿Por qué?

Porque contiene la otra cara de esa moneda también. La cara de la esperanza y la dignidad, el encuentro con el otro.

¿Cómo y dónde se encuentra esa esperanza y dignidad en la novela?  

Podemos intuir que el personaje del viejo ha vivido muchas cosas antes de su encuentro con el niño. Por otra parte, como es obvio, está en el final de su vida. Es un hombre mayor maltratado desde luego por el paisaje, pero también por la vida y él ha respondido a ese maltrato de una forma muy particular. Él no se ha dejado doblegar, ha preferido el aislamiento al sometimiento, ha tomado decisiones morales. El marco ético en el que las ha tomado es, en su caso, el cristianismo. Pero es mucho más, diría yo. Él toma como fuente la Biblia, aunque es un hombre que lee con dificultad. No es una persona cultivada, pero dispone de ese marco o de ese fondo religioso, para tomar las decisiones que han dado como resultado la dignidad de su figura. Creo que el diccionario de la Real Academia dice algo así como que la dignidad es el decoro en la postura o el decoro en la forma de estar. Tiene que ver con la forma, con la forma de alguien erguido, física y espiritualmente. Alguien que sabe que más allá del padecimiento hay otra cosa más profunda que nos sostiene. En su caso es la fe en el ser humano, por ejemplo, o en que el niño no es un niño malogrado. Otro hubiera tomado al niño y hubiera abusado de él porque es un ser débil, pero el viejo ve la esperanza en el niño, ve la posibilidad de auxiliarlo, sobre todo al nivel moral. Y luego, lo que viene después, es el resultado natural de esa dignidad, de esa bondad y de su armazón moral. Le entrega un oficio, le defiende, le protege, se juega la vida por él, le regala un pequeño rebaño con el que poder iniciar un futuro, hace posible ese renacimiento que el niño necesita. Todo eso lleva la novela a un lugar más allá de lo que decíamos antes, del hecho violento que origina y desencadena la historia. Yo diría que sí, que la dignidad está en la postura.

El viejo es un maestro y la novela tiene en el centro un proceso de aprendizaje. A su vez el cabrero vive solo y a la vez en una especie de «conversación» con una presencia, la de Jesús. Lee la Biblia y algunos de los episodios recuerdan a los evangélicos: el cuerpo torturado del viejo es como el de un Ecce Homo y el gesto de sacrificio a favor del chico es como el de la pasión descrita en lo evangelios. Esos pasajes ¿son una forma de pintar la hondura que tiene el amor del viejo por el niño?

Sí, desde luego eso le otorga al niño la llave de la vida, de la nueva vida, del amor que por primera vez recibe y, además, de forma desinteresada. El viejo no forma parte de su familia, de su círculo afectivo, si lo tuviera, sino que es un desconocido quien se lo da. El que le muestra el amor. La novela trascurre en muy pocos días, jornadas cruciales en la vida del niño y en la vida del viejo también. Son muy pocos días en los que el aprendizaje se acelera, se comprime, las decisiones son radicales y de ahí surgirá lo peor o lo mejor, la solución o la derrota. En esa apretura del tiempo, del clima, de la persecución, hay que tomar decisiones aceleradas, no sé si apresuradas, pero decisiones radicales y el niño se deja llevar por la entrega que le ofrece el cabrero y sus pequeños gestos. El más afectivo de ellos es un abrazo. En esos pequeños gestos hay una gran significación para el niño porque está sediento de amor y de protección. Cualquier cosa que no sea una agresión la absorbe como una esponja seca en un cubo de agua. El impulso que recibe el niño en la última página, cuando le vemos marchar, al terminar la novela es enorme. Podemos suponer que tiene camino por delante, que tiene una mejor vida frente a él, que se ha armado con unas herramientas que su familia no le ha procurado.

Eres un gran admirador de la obra de Cormac McCarthy, el escritor americano. ¿Qué has encontrado en él?

He encontrado poder. Poder literario y humano. He encontrado una belleza que resuena mucho en mí. Yo creo que cada libro es un zapato que encaja en un pie, y a mí McCarthy me encaja de una manera muy particular, muy especial. Por el mundo que describe, por sus referentes estéticos, esa crudeza, el paisaje, el descarnamiento de las emociones, ese salvajismo, esa frontera entre lo civilizado y lo animal. Su literatura me parece vida pura. Y además una riqueza y una belleza en su prosa que he leído en pocos autores. Me emociona, me gusta mucho. No me canso de leerlo como no te cansas de leer a Cervantes. Es un autor al que siempre quieres volver y que siempre te ofrece una nueva esquina, un nuevo espacio, una nueva luz, un nuevo detalle, una adjetivación, algunas veces sobrecogedora, con muy pocos elementos. Todo eso me impresionó mucho desde el principio y me costó empezar con McCarthy porque a veces son textos que pueden resultar repetitivos, pero esa prosa que tiene, esa capacidad tan suya para introducir entre líneas un aliento poético, un ritmo en la palabra, la belleza en el texto. Hay novelas que me gustan más y otras que me gustan menos, pero es uno de mis autores de cabecera, sí.

Una cosa que me gusta mucho de McCarthy y que él tiene por norma, es que no usa adjetivos para denotar emociones. Nunca dice cómo se siente un personaje, pero, como lector, lo experimentas. Puedes sentir el cansancio, la frustración, el dolor, la humillación o cualquier emoción, pero él nunca dice cómo se siente un personaje. Eso me gusta mucho, esa narración tan indirecta y también la utilización del paisaje, el detalle con el que describe el paisaje. Eso sí que está en Intemperie. Es curioso porque hace poco leía un artículo sobre escritura. Hablaba, por ejemplo, del caso de Tolstói, cuando él emplea dos o tres páginas en describir un caballo que es un animal trivial que todos conocemos, no es un dragón, es un animal cuya figura nos es familiar. Y el autor decía: «¿qué está haciendo aquí Tolstói?». Esta pregunta se puede trasladar a McCarthy. Cuando él describe de una manera tan detallada ese animal, lo que está haciendo es poner una lupa que lo deforma, nos hace verlo desde otro punto de vista. Es como cuando a través de un microscopio vemos una mosca. Ya no vemos una mosca, vemos un paisaje marciano, pero es una mosca. Con esa lupa que la literatura pone sobre la realidad se genera un efecto de extrañamiento que para mí es una de las aportaciones fundamentales de la literatura. Lo decíamos antes, nuestra capacidad de ver lo común desde otro punto de vista, un punto de vista extrañado, atravesado. Habla de esa capacidad que tiene la literatura para refrescar la vida.

Y esto me recordaba a una cita de Baudelaire que me ha acompañado toda mi vida. La leí en un libro de Sánchez Dragó cuando era muy joven. Decía Baudelaire, si no recuerdo mal: la tarea del héroe consiste en buscar lo nuevo braceando en las profundidades de lo desconocido. Pero yo desde principio invertí esa frase, con permiso de Baudelaire, porque me resultaba mucho más útil creer que esa es la tarea del héroe, así que busco lo nuevo braceando en las profundidades de lo conocido. La profundidad está ahí, desde mi punto de vista. La riqueza está en ser capaz de ver una servilleta arrugada con ojos nuevos. Como hizo Sam Mendes con una bolsa de plástico en America Beauty. El personaje ve una bolsa de plástico dando vueltas atrapada en un remolino en la esquina de un garaje. La escena nos habla de eso, de la mirada nueva sobre algo que es absolutamente familiar y cotidiano. Yo creo que ahí está la exploración, desde luego la que a mí me interesa. Y regresando a Intemperie, ese trabajo sobre el paisaje o sobre ciertos elementos conocidos, ese gusto, para muchos es exceso, de ciertas descripciones tiene que ver con eso. Tampoco lo sabía, lo he descubierto después, pero tiene que ver con esa nueva mirada sobre algo que es conocido.

¿Qué significa la frase «Le hubiera gustado conocer el nombre del viejo»?

Supongo que significa que le hubiera gustado entrar en él, le hubiera gustado quedarse con él, le hubiera gustado saber quién es, de dónde viene, cuál es su estirpe, conocerle más, abrazarle de una manera más profunda, hacerle suyo.

¿Tú sabes más del viejo de lo que nos has contado?

Sí, creo que sí, pero no tiene más valor que lo que sepa cualquier lector. Mi versión del viejo no es canónica. He escrito más sobre él, pero cualquier añadido al viejo que cualquier lector haga en su cabeza o en su cuaderno me parece tan bueno como la que yo pueda aportar.

Hablemos sobre La tierra que pisamos. Es tu segunda novela, una novela que combina muchas cosas porque en ella hablas de grandes catástrofes, de episodios de nuestra historia más reciente: la guerra civil española, los totalitarismos europeos, la colonización. Acontecimientos que no tienen nombre en la novela, pero que pesan mucho en la historia. ¿Por qué traes todos estos torbellinos de mal a una novela? ¿Le duele el mundo y la historia a Jesús Carrasco?

Eso mismo me preguntó mi madre. Si no podría haber escrito una comedia. Yo intento no perder de vista nunca la historia del siglo XX europeo porque es todavía muy reciente, ahora se celebra el 75 aniversario del desembarco de Normandía. Es muy poco tiempo el que ha pasado desde que Europa se hundió en uno de los hoyos más profundos, de una destrucción material, pero también moral que todos conocemos bien. Yo quisiera no perder nunca de vista ese siglo XX porque creo que todavía tenemos su aliento detrás y haríamos muy mal —el tiempo nos lo ha demostrado— en darle la espalda a ese conocimiento de la historia. Quería poner a mi personaje en esta novela en ese contexto tan convulso, de violencia y de degradación humana y social, que fue el siglo XX. Supongo que si nos siguiésemos yendo hacia atrás, hasta las cruzadas y Atapuerca, pues cada vez sería más feroz, solo que tenemos menos noticia de ello. La Segunda Guerra Mundial y el genocidio lo vimos, vimos las imágenes, las filmaciones, tenemos una visión de ese siglo. Pero lo que pasó en África en el siglo XIX por ejemplo, que es espeluznante también, no nos llega del mismo modo. El Congo era propiedad privada de Leopoldo II y lo que ahí pasó, el genocidio que supuso, representa la otra cara de la Europa floreciente.

Cuando veo Sevilla o Londres, veo ciudades majestuosas que están levantadas sobre la sangre de América o de África. Cuando paseo por Edimburgo, una ciudad impresionante, o Glasgow, con su pujanza industrial, veo el tráfico de esclavos con Jamaica y las plantaciones. Es decir, esa riqueza no ha llegado ahí de cualquier manera. Visitar Londres es visitar el -imperio británico.  Los memoriales bélicos están por todas partes en Reino Unido y sabes que aquello también fue un desastre para muchos seres humanos. No se trata de corregir la historia. La historia sucedió, pero nuestra obligación es entender de dónde surge ese esplendor que vive Europa o que Europa disfrutó. Me parecía interesante que eso apareciera en la novela también porque quería llevar el personaje de un extremo a otro. Es un hombre muy atado a la tierra, un agricultor casi analfabeto de un pueblo, en una colonia apartada, en España y quería someterle a un recorrido, a un tour de force. Ese personaje hace un recorrido que muchos seres humanos hicieron en el siglo XX. Primo Levi, por citar solo a uno.

Tengo la impresión de que hay una complementariedad, una diferencia entre la novela Intemperie y La tierra que pisamos porque Intemperie se abre al final a un destino incierto, o mejor, a un destino abierto porque el niño ha adquirido una serie de certezas que antes no tenía, evidentemente ha madurado en todo el proceso de aprendizaje con el viejo y se abre al mundo, esa tierra incógnita del primer capítulo. La tierra que pisamos, de manera inversa, es la vuelta a la morada, la vuelta a la casa ¿Se podría ver así?

No me había propuesto que las novelas dialogaran entre sí. Pero sí que la idea del retorno en la segunda novela es clave. De hecho, es la historia de un retorno a un lugar de origen, que es físico por supuesto, es geográfico, pero también es existencial. Es alguien que tiene que ver con esa tierra, algo que yo he visto desde pequeño en mis abuelos. Esa necesidad de ser enterrados en su pueblo, en el pueblo en el que nacieron. Es una cosa que ya no se hace, se ha perdido, pero antes era algo imperioso. Los restos tenían que volver al lugar del origen, que es una cosa muy primaria por otra parte. Quería sobre todo reflexionar sobre la pertenencia, la relación con la tierra. Eso es algo que también pertenece al pasado ya, ahora que vivimos en sociedades más liquidas, más fluidas, mas móviles y que ya ese vínculo con la tierra es mucho menos frecuente, es casi exótico en algunos casos. Es algo que yo he vivido muy de cerca con mi familia, en Extremadura, con esas imágenes de mis abuelos, esa idea de visitar la familia, el enterramiento, los ancestros.


Nuccio Ordine: «La corrupción no se combate solo con buenas leyes, también con buenas escuelas y buenas universidades»

Fotografía: Edu Bayer

Profesor de orígenes humildes, entusiasta de los clásicos, Nuccio Ordine (Diamante, Calabria, Italia, 1958) pasó de ser maestro en el sur de Italia a ejercer en universidades estadounidenses. Sin embargo, el trato con él es muy cercano. Se aprecia en la conversación su mente abierta. Con este tono amigable hace su gran defensa de los clásicos de la cultura y las humanidades. Cree que sin ellos estamos perdidos y nuestro pensamiento cada vez será más estrecho.

Viene de una familia donde nadie había estudiado, de una casa sin libros en un pequeño pueblo sin librería ni biblioteca. ¿Cómo surgió su interés por la cultura?

Fue un milagro de la escuela. En un lugar sin bibliotecas, teatros u otros estímulos, la escuela era lo único que había. Merece una reflexión. Porque a mí hacerla me ha convencido de que la verdadera tarea del profesor es cambiar la vida de los estudiantes. Sin embargo, este no es el programa de la escuela o de la universidad actual. La educación hoy en día va en otra dirección, está más enfocada a la burocracia, al mercado. A tantas cosas que no tienen en cuenta la importancia de cambiar la vida del estudiante.

Cada persona, si cierra un momento los ojos y piensa cuál ha sido la persona que ha logrado cambiar algún pequeño aspecto de su vida, o incluso algo importante, todo el mundo tiene la misma respuesta, todos tienen el nombre de algún profesor. Ese es el milagro. En sitios pequeños, lugares recónditos, hay profesores que nadie conoce que hacen que esto sea posible. Un ejemplo lo tenemos en la carta que Albert Camus escribió a su profesor el día que recibió el premio Nobel. He publicado esa carta en mi libro Clásicos para la vida porque creo que es muy importante entender que la escuela moderna no es el ordenador o el móvil, sino que es sobre todo la fuerza del profesor, sus palabras son las que pueden hacer vibrar las cuerdas del corazón.

En su libro La utilidad de lo inútil me parece muy interesante la contraposición que hace con la deuda económica de Grecia con los bancos alemanes frente a la deuda de Europa con la cultura griega.

Es una locura. Hoy, la idea de identidad europea no se construye sobre siglos de literatura, de arte, de filosofía o de música. No, hoy el parámetro para establecer si eres europeo o no es si pagas tu deuda. Es demencial. Hay una frase muy hermosa de Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano que yo he empleado en Clásicos para la vida como epígrafe que dice que las mejores cosas que se han dicho, se han dicho en griego; las mejores cosas que tenemos hoy están dichas en griego porque el griego lo es todo. Es la idea de literatura, de democracia, de lengua, la idea de filosofía, la idea del arte. No podemos pensar una Europa sin Grecia. ¿Podemos pensar una Europa sin España, sin Italia, sin Francia, si no pagan la deuda? Eso es una locura.

Escribe usted «tenemos necesidad de lo inútil como tenemos necesidad para vivir de las funciones vitales esenciales». Y cita usted al biofísico Pierre Lecompte du Nouy, que dice que «en la escala de los seres solo el hombre realiza actos inútiles». Hace poco estuve hablando con una divulgadora canadiense, Zoe Cormier, que dice que el hedonismo, que aparentemente es inútil, es fundamental en la evolución de la especie humana. Calificaba el hedonismo de ventaja evolutiva.

No podemos pensar en el desarrollo de la humanidad solamente en términos económicos. Victor Hugo, en su discurso maravilloso en el parlamento de París, dijo que le gustaba mucho la reivindicación del obrero de pedir pan. Es muy importante, dijo. Pero junto al pan, siguió, existe también el pan del pensamiento porque sin él no existe el desarrollo. No construyes una humanidad fuerte. También hay un discurso muy conmovedor de García Lorca en la inauguración de una biblioteca que repetía la misma idea. No es importante pedir solamente pan, hay que exigir pan y libros. Él dijo: «medio pan y un libro». Porque la humanidad tiene que nutrirse de la dos cosas. Montaigne tenía citas maravillosas sobre esto, decía que hay que alimentar el cuerpo y el espíritu porque somos cuerpo y espíritu, no podemos ser ni solo espíritu ni solo cuerpo.

Habla en su libro La utilidad de lo inútil de una paradoja de la historia que pone en evidencia la importancia del arte y la literatura: «Cuando prevalece la barbarie, el fanatismo se ensaña no solo con los seres humanos, sino también con las bibliotecas y las obras de arte, con los monumentos y las grandes obras maestras». Y luego da ejemplos de quema de bibliotecas, libros y obras de arte percibidas como un peligro por el simple hecho de existir.

La intolerancia y la ignorancia son hermanas. Siempre es así en la historia, porque el intolerante piensa que posee la verdad y la verdad no se puede poseer. La verdad es solamente una búsqueda. Hay muchos ejemplos en mi libro sobre este tema, porque hoy en día tenemos muchos traficantes de verdades. Gente que te vende su verdad como una verdad universal y la paradoja, en la religión por ejemplo, es que la violencia siempre es el instrumento que emplea la persona que cree de poseer la verdad para conseguir el bien de la humanidad, para hacer comprender a los otros cual es la verdad. Toda la historia es así, pero la gente culta sabe que la verdad no se puede poseer. La verdad se tiene que buscar toda la vida; se tiene que dedicar toda la vida a buscar la verdad en la conciencia. No es la posesión de la verdad la que te hace mejor, sino su búsqueda.

Pero en esto hay una contradicción si miramos la situación actual. Tenemos toda la cultura del mundo disponible en internet y, sin embargo, estamos viviendo un auge de racismo, del nacionalismo y la ultraderecha, se aboga por el aislamiento…

Eso es fruto de la ambigüedad, porque hoy en día es muy importante distinguir entre información y conocimiento. Son dos cosas diferentes. Puedo tener muchas informaciones, pero si no tengo los instrumentos para pensar, para comprender, para elegir o para seleccionar, soy un ignorante. Un ejemplo: escribí hace unos meses un artículo en el Corriere della Sera sobre una página de publicidad que me encontré en el periódico en la que se citaban versos de Shakespeare contra el asesinato de mujeres. Me quedé un poco confundido, porque yo he editado cuatro volúmenes de la obra completa de Shakespeare y nunca había leído ninguno de ellos. Me dije entonces: «bueno, necesito documentarme». Entré en internet y encontré varias webs que decían que esos versos eran de Shakespeare. Hablé con otros expertos en Shakespeare y verificamos que esos versos no existían, que eran fake news. Se trata solo de un ejemplo, pero hay muchos. El primer ministro de Italia hizo una visita oficial a Argentina y en el discurso oficial recitó una poesía de Borges sobre la amistad, pero él no la había escrito. Todo el mundo le preguntó qué estaba haciendo, pero en toda internet aparecía como poesía de Borges. ¿Cuál es el problema entonces? Que internet está hecha para la gente que sabe, no para la que no sabe. Si sabes, internet es una mina de oro, pero si no, es un peligro porque no tienes instrumentos para elegir, separar y comprender.

Habla también de Georges Bataille, que dice que «la producción industrial moderna eleva el nivel medio sin atenuar la desigualdad de las clases y solo palia el malestar social por casualidad». Es curioso. Ahora, la ropa, los coches, las cosas materiales en general se han vuelto más accesibles que antiguamente, sin embargo, la educación y la sanidad están cada vez más caras. ¿Qué es ahora lo útil y qué lo inútil? ¿Para qué quiero unos vaqueros por diez euros si la universidad me va costar ciento cincuenta mil?

Ese es el problema. Esta civilización tiende a formar consumidores pasivos. Los estudiantes lo son. Hay una cosa que no la digo yo, sino Amartya Sen, el premio nobel de economía, sobre Kerala, el estado más pobre de la India. Una serie de gobiernos invirtieron ahí mucho dinero en sanidad y en cultura. Hoy, Kerala es el estado de la India con la mejor renta per capita. Eso significa que invertir dinero en educación y sanidad, en la dignidad del hombre, puede provocar un desarrollo económico muy importante. Los gobiernos no comprenden esto.

Señala que hoy en día «aparentar cuenta más que el ser», que prevalece «una supremacía del tener sobre el ser». ¿No es tan viejo como el hombre? En la literatura española del Siglo de Oro ya aparecen los hidalgos que se echan migas de pan en la barba para que parezca que han comido, aunque se estuvieran muriendo de hambre.

El héroe de lo inútil por excelencia es Don Quijote, pero es un héroe. ¿Cuál es la paradoja? Que en una sociedad, la de la época de Don Quijote, donde las únicas cosas que importan son el dinero y el poder, una vida sin fuertes valores, Cervantes defiende la figura de una persona que sí que los tiene. Esa es la mejor lección que podemos aprender de Don Quijote, que una derrota puede ser gloriosa, porque después de ella se puede tener una visión del mundo completamente diferente.

Ahora que hay tanto odio a los musulmanes, un aspecto que hay que destacar es que Cervantes cuando cuenta la historia del Quijote dice que está traduciendo un manuscrito árabe, de Cide Hamete Benengeli. Esa es la ironía de los grandes clásicos, que te permite comprender que la humanidad es una.

Se refiere usted en su ensayo a la diferenciación que hacía Sócrates entre esclavos y hombres libres, siendo los esclavos los que estaban atrapados por la clepsidra, el reloj, para sobrevivir. En la actualidad, esta visión ¿no es un poco elitista?

La tarea de la escuela y de la universidad debería ser hacer comprender a los estudiantes que la dignidad del hombre no reside en estudiar para tener un trabajo, sino en estudiar por uno mismo, para ser mejor. Aplicar esto sería una manera de decir que uno es un hombre libre. En cada época se puede aplicar de una manera diferente porque no son lo mismo los tiempos de Sócrates que ahora, aunque yo creo que sus enseñanzas sirven para dar una idea de resistencia frente al utilitarismo actual.

También dijo que buscar la verdad conducía al sacrificio y la desgracia. ¿Sigue siendo así? ¿Se puede ser filósofo hoy y tener éxito o terminan todos como Tales?

El éxito no es para mí un parámetro de mesura. Tú puedes tener éxito y  escribir cosas que no son importantes en el mundo del pensamiento y puedes no tener éxito escribiendo cosas muy importantes. No podemos evaluar la literatura solamente pensando en el éxito. Hay muchas novelas que tienen mucho éxito y después de diez años nadie las recuerda. Y hay novelas que no tienen éxito y que después de doscientos años todavía se leen. Ese es el discurso. Es el tiempo el que puede hacer de una obra un clásico. Nunca el éxito.

Hay varios estudios recientes que demuestran que a actividades creativas solo pueden dedicarse los hijos de familias ricas, solo ellos pueden permitirse perseverar en el mundo del arte o la literatura, incluso hacer doctorados. Solo los que tienen un respaldo económico familiar. ¿Está el mundo de lo que llama inútil reservado a las clases altas?

Es más o menos así. Hoy la gente que puede permitirse el Erasmus son los hijos de familias con dinero, porque a Italia no puedes ir solo con una beca de seiscientos euros. Te tiene que pagar la familia. Si puede, vas. Y si no, no puedes hacerlo. Es una selección terrible, es una escuela de clase, una que no permite a todos acceder a las mismas oportunidades.

Pero hay excepciones, de todos modos, si existe una fuerte motivación. Yo, por ejemplo, lo veo cuando los estudiantes de Calabria vienen de familias que no son ricas, pero tienen un entusiasmo y una motivación diferentes. En esos casos, tienes que trabajar mucho, el doble, tienes que hacer sacrificios muy grandes, pero puedes lograrlo. En mi caso, en la situación que yo tenía, era imposible pensar en una profesión intelectual. En esa realidad no me podía permitir el objetivo de ser profesor de universidad. No era posible. Pero lo he conseguido. Lo imposible siempre es posible si hay amor. Si hay pasión. Si hay fuerza para trabajar duro. He conocido a muchos estudiantes que con mucha pasión han logrado metas como esa.

Usted recomienda a sus alumnos estudiar y dedicarse a lo que les apasione y no a lo que les vaya a dar beneficios. Es muy bonito, pero de nuevo ¿quién se lo puede permitir sin respaldo económico?

Un regalo que me ha hecho este librito que he escrito es que he podido dar muchas conferencias por el mundo y he tenido la posibilidad de conocer a mucha gente y muchas culturas. En todas partes siempre tengo estudiantes que me preguntan qué tienen que hacer. Mi respuesta es que lo primero es la pasión, la curiosidad que sientes por las cosas. He hablado en mi vida con mucha gente que se dedica a una profesión que no ama y que gana mucho dinero, pero no son felices. Hacer todo el día una cosa que no te gusta solamente por ganar dinero no es una conquista vital muy, muy tenaz.

¿No siente usted una responsabilidad o vértigo dando ese consejo a la gente?

Entiendo que muchas personas puedan llamarme irresponsable, pero mi pensamiento, mi verdad, es la de decirle a los estudiantes que hagan las cosas que aman. En mi vida, muchas veces he conocido a estudiantes pobres que partían con entusiasmo y fuerza y que en este momento trabajan con mucha felicidad. El problema es la motivación. En la vida no hay nada seguro, vives siempre en la incertidumbre, pero si no asumes ese riesgo tu vida es diferente. A mí, mi padre me dijo «tienes que ser abogado», cosa que a mí no me gustaba. Aunque tengo amigos abogados que son muy ricos y muy felices.

Se queja de la desaparición de asignaturas como el latín y el griego en la enseñanza por no ser, según dicen, útiles. Hoy en día todo está centrado en el inglés, lamenta. En los últimos años en partes de España se intenta corregir el problema de las generaciones anteriores con el desconocimiento de idiomas y se están dando clases íntegramente en inglés, una enseñanza bilingüe. ¿Qué opina de estas prácticas? ¿Se puede alcanzar el mismo conocimiento aprendiendo en un idioma que no es tu lengua materna?

No, esto es una gran locura mundial. El verdadero pensamiento es siempre en la lengua materna. Los científicos hacen esto porque piensan que es mejor tener un solo idioma para todas las disciplinas, pero no es buena idea, porque el inglés que se habla es un inglés muy pobre. Es un inglés sin profundidad. Cuando escucho a mis colegas hablando en inglés comprendo inmediatamente que no es una buena solución para expresar el pensamiento, porque necesitas elocuencia.

Un profesor que enseña tiene que ser elocuente porque la seducción pasa también por la palabra. Un profesor que sabe hablar es un profesor que puede hacer vibrar las cuerdas del corazón de los estudiantes. Esa es la idea. Ahora, crear una lengua bastarda, un inglés de conversación técnica-comercial y convertirlo en una lengua universal es una locura. Lo que creo que tenemos que hacer es aprender muchas lenguas, ahí está el esfuerzo que hay que hacer, en la multiplicidad, no en reducirlo todo a una lengua.

Un ejemplo, la lengua española. El español es muy importante para la cultura europea, como lo es la lengua italiana, como lo es el francés. Olvidar todas estas lenguas en favor de una lengua de comunicación básica que no sirve para nada porque reduce la capacidad de pensamiento y la capacidad crítica… ¿Y por qué pasa eso? Porque los rankings mundiales te lo piden. Si tú tienes ese inglés, te eleva en la clasificación. Hay que aprender ese inglés, pero dominando siempre una lengua como el italiano, el español o el francés. No puede existir una lengua universal.

Se queja en su libro y en las entrevistas de que en los institutos y en las universidades no se leen íntegros los clásicos de la literatura.

Antes, en la universidad, estaban las disciplinas fundamentales, hoy tienes muchas pequeñas cosas para aprender nada. Es como el zapping en la televisión. Cinco minutos de una película, cinco de otra y al final ¿qué has visto? Nada. Creo que es mejor una película y no veinticinco sin comprender nada. Si obtengo instrumentos para analizar, si aprendo a leer, puedo leer todo, a todos los clásicos. Es una cuestión de método, no de trabajo.

Su principal queja es que los profesores ya no tienen tiempo de enseñar y de preparar sus clases porque se les bombardea con trabajos administrativos. Dice: «la universidad no se puede manejar como una empresa».

Sí, es el mismo discurso de lo que hemos hablado ahora, de la importancia de educación y sanidad como dos columnas de la dignidad humana. Cuando para un médico el paciente o el enfermo es un número, igual que cuando el estudiante es un número, todo se acaba. Por ejemplo, hoy el médico de cabecera no es un señor que habla con la gente, es una persona que tiene su ordenador para firmar recetas. Igual el profesor, que firma exámenes y notas. Se ha perdido mucho de la profesión del médico y de la profesión de profesor que tienen que hablar con una persona, no con un número.

¿Conoce los casos de corrupción que ha habido en España en torno a los másteres que obtenían políticos sin pasar exámenes ni presentar trabajos?

Sí. Y no es solo aquí, es en todo el mundo. Por ejemplo, ahora hay un escándalo de Estados Unidos y grandes universidades como el Stanford y Yale de alumnos que han pagado para sacarse el título. Eran hijos de famosos. No comprenden que no es el título lo que te modifica la vida sino lo que has hecho para obtenerlo. Hoy nada de lo que se ha hecho tiene importancia, es todo apariencia.

Hay corrupción en España, pero en Italia es igual. Se vende todo. Le Monde ha explicado la corrupción en torno a las revistas científicas. Pagas a las publicaciones para que aparezca tu artículo, se establece después un sistema de citas intercambiadas y obtienes un impacto. Se te ofrecen, por ejemplo, mil quinientas citaciones que ellos pueden crear en internet. Es una locura. Todo está al servicio del dinero. Es terrible además porque se produce precisamente en el lugar que tendría que servir de resistencia a todo esto. ¿Cómo pensamos combatir la corrupción? En Italia se ha cifrado la corrupción en setenta mil millones anuales. Con ese dinero se pueden hacer universidades, sanidad, ayudar a los discapacitados… todo. Pero la corrupción no se combate solo con buenas leyes, se combate también con buenas escuelas y buenas universidades.

Tocqueville habló del peligro de las democracias comerciales y su belleza fácil en referencia  a Estados Unidos. Usted dio clases allí ¿Cómo fue su experiencia?

Hay aspectos maravillosos de Estados Unidos. Por ejemplo, las bibliotecas. Están abiertas las veinticuatro horas. Para mí, que venía de una pequeña universidad donde la biblioteca cerraba a las dos del mediodía, con un horario de nueve a dos y sábados y domingos cerradas, fue muy sorprendente. En las grandes universidades americanas las bibliotecas están siempre abiertas. Los problemas vienen porque los alumnos escogen sus estudios, el curso o la universidad, siempre con la idea del mercado en mente. Siempre tienen la idea de ganar dinero. Y no es culpa de ellos, es consecuencia de un sistema de corrupción general en el que te hacen pensar que todo eso es muy importante en tu vida. He tenido estudiantes en Yale o en la Universidad de Nueva York que eran muy buenos, pero solo pensaban en qué había que hacer para ganar más dinero. ¿Y cuál es la publicidad de la universidad? Que un año después de obtener el diploma puedes ganar cien mil dólares.

Claro, para ellos es muy importante porque cada uno tiene que pedir un crédito del banco para poder estudiar y luego tienen que devolverlo.

Ese es otro problema. No creo que los sistemas estadounidenses puedan ser un modelo para todo el mundo. Creo que la educación y la sanidad tienen que ser del Estado, todo el mundo debe tener las mismas oportunidades. El que destaca merece luego distinción, pero todos debemos partir de lo mismo y hoy en día no es así, hay importantes diferencias de clase.

Hace poco vi un documental sobre la enseñanza en Estados Unidos y los profesores explicaban que trabajan en el colegio como si fuera una multinacional. Les grababan en las clases y tenían que competir entre ellos. Se les podía echar por cualquier queja de un alumno o padre. Los profesores, digamos, también tenían que examinarse. ¿Puede enseñar un profesor sin autoridad?

Creo que hay una diferencia entre autoridad y autorevolezza [influencia, aprox]. La autoridad del profesor es independiente de la persona, yo no ejerzo una autoridad por ser profesor, sino que soy profesor porque tengo influencia en los estudiantes. Significa que tengo que conquistar la autoridad, no que la vaya a conseguir por el hecho de ser profesor. Si solo la tienes por tu cargo no es buena. Soy contrario a esa forma de verlo. Si quieres enseñar al estudiante a llegar a la hora a clase, tú tienes que estar ahí diez minutos antes todos los días. Autorevolezza es la conquista de autoridad, porque la autorevolezza viene de la persona y no de la función que desempeña.

¿Le han dicho alguna vez algo en su universidad por criticar tanto el sistema universitario?

Hay profesores que no han comprendido nada de mi libro. Es muy interesante porque los estudiantes lo han entendido mejor. Algunos profesores me han dicho: ¿Cómo podemos defender las humanidades si nosotros decimos que son inútiles? Es una locura, porque no han leído el libro o porque no comprenden nada. Quizá sea que no tienen mucho interés, esa es la razón. Los profesores son cada vez más burócratas y se pasan los días haciendo lo mismo, papeleo. No hacen investigación. Los estudiantes comprenden mejor esto. Cuando he dado conferencias hay casos de estudiantes que lloran, que me abrazaban, porque los profesores están corrompidos.

Se queja usted también de la dificultad de las editoriales para editar los clásicos porque hoy en día solo se venden los estudios o análisis de los clásicos.

En Italia, cuando yo estaba en la universidad, había dos manuales de literatura, los más grandes. El Sapegno, por ejemplo, que era muy importante. Pero existían también muchas colecciones de clásicos. Hoy tenemos cuarenta o cincuenta manuales y las colecciones de clásicos cierran. ¿Cuál es la paradoja? Que tú aprendes hablar de los clásicos que nunca has leído. ¿Cómo te puede apasionar el Quijote leyendo un resumen; leyendo un ensayo sobre la novela? No es posible porque la palabra de Cervantes es mejor que la palabra de un profesor que habla de Cervantes.

Las editoriales hoy están pensadas solo como empresas. Hay jefes de editoriales que vienen de vender agua mineral, por ejemplo. Les da lo mismo vender un libro que cualquier otra cosa, porque lo que importa es el beneficio. Las editoriales independientes son otra cosa, pero no se pueden comparar a las grandes, como Planeta o Mondadori, que no dejan de crecer.

Los clásicos hacen la historia de una editorial. Por ejemplo, a mí me gusta mucho trabajar con Acantilado porque es una editorial independiente. Jaume Vallcorba ha editado muchos clásicos y lo aprecio. En Italia es igual. Hay pequeñas editoriales independientes que hacen un trabajo muy importante, no es solamente vender al publico lo que el publico te pide. La idea es también estimular el publico en otra dirección y las editoriales hoy no hacen ese trabajo y es una manera de orientar el pensamiento.

Cuando usted dice que no puede haber un consumismo de la cultura, ¿a qué se refiere?

Es el mismo mecanismo para todos. Acantilado tiene que vender mi libro para hacer dinero y poder publicar otros libros. Pero la cultura tiene que estar en la frontera de ese mercado. Entre una cultura que tiene relación con el mercado y una editorial que piensa solamente en el mercado hay una diferencia enorme.

Una editorial no puede estar fuera de los mecanismos, no puedes pensar que vas a acabar con el capitalismo totalmente. Pero hay una diferencia entre el capitalismo de Adriano Olivetti y el agresivo de las multinacionales actuales. Olivetti pensaba que una empresa tenía que ganar, el empresario tenía que embolsarse un beneficio, pero los obreros también y la ciudad en la que trabajaba esa empresa debía desarrollarse. Olivetti dijo que la diferencia de salario entre el obrero y el empresario no puede ser más de veinte veces mayor, pero hoy tenemos empresas que pagan diez mil veces más el salario de un obrero a sus directivos. Con lo de una sola persona da para diez mil familias. Esto para mí es inmoral. Como lo es que multinacionales como Google, Amazon o Apple no paguen impuestos, yo pago un 46% por todo lo que gano. Es una violencia enorme.

En su libro habla el caso de Giacomo Leopardi y de su intento de publicar un periódico semanal inútil en un siglo enteramente dedicado a lo útil. Pero lo que llama la atención de este caso es que vio a las mujeres como destinatarias de su semanario.

Sí, porque Leopardi pensaba en la época que las mujeres no tenían esa idea empresarial de los hombres. Es un momento muy importante y en Italia estaba Leopardi y en Francia Gautier, que decía lo mismo. Gautier se quejaba de que se quitasen los campos de tulipanes para cultivar patatas, eso le parecía terrible. La flor solo era bella, no valía para nada, pero ¿te podrías imaginar un mundo sin flores? Pues Leopardi lo que entendía era que las mujeres todavía no tenían una idea corrompida de lo que era el dinero y podían comprender la belleza más que los hombres.

Ha destacado el feminismo de textos como el del Orlando furioso de Ludovico Ariosto. Sus versos hablan de una mujer condenada por adúltera y, sin embargo, cuando es el marido el que engaña, a él no le pasa nada. Un autor del Renacimiento que ya denunciaba que no había igualdad entre hombres y mujeres.

También Antoine de Saint-Exupéry escribió en Ciudadela una página muy hermosa. Decía que el amor es un sufrimiento. ¿Y por qué es un sufrimiento? Porque el amor te hace sufrir, porque es una violencia física… pero el sabio del desierto contesta: «No, no es verdad, el amor es sufrimiento cuando tú piensas en poseer el cuerpo de una mujer y el alma de una mujer». El amor no puede ser la posesión de nadie. La gente que hoy mata las mujeres dice «El amor que yo tenía por ella…» ¡¡No!! Tú no sentías amor por ella, tú tenías ganas solamente de poseerla. Son cosas diferentes.

Es muy importante aprender que en esta vida no hay que aprender a poseer, sino aprender a gozar, que es una cosa muy diferente. ¿Y cómo? Pues con el arte. Si yo miro Las Meninas de Velázquez me provocan un placer enorme, pero para mí no es importante tener el cuadro en mi casa. Esto no se comprende en nuestra sociedad. Mucha gente que posee una cosa no es capaz de disfrutar. Tienen mucho dinero, pero son incapaces de gozar. Es el dinero por el dinero, no el dinero para mejorar la vida o para hacer cosas.

Ariosto, cuando hablaba de la mujer, tenía una estrofa importante donde se preguntaba por qué un hombre podía ir con muchas mujeres y ser admirado y si una mujer hacía lo mismo con hombres era una puta. Ariosto señala todo esto con una claridad típica de la literatura, la de decir las cosas que no se pueden decir, la de hacer ver lo que no podemos ver.

No obstante, en la actualidad creo que es muy difícil hacer una definición objetiva de feminismo, porque con esa palabra entendemos muchas cosas diferentes. Por ejemplo, tenemos a feministas ideológicas y a feministas que están en contra de esas feministas ideológicas. Hay un debate dentro de las mujeres mismas para entender la palabra feminismo con posiciones muy diferentes en torno a esa palabra.

Si el feminismo es ideológico no es bueno. En Nueva York una vez hablé con una estudiante que me decía que Conrad no era un buen novelista. Le pregunté por qué y me dijo que porque no hablaba de las mujeres. No sé si este es un parámetro para medir la calidad de una obra. Otra cosa es reflexionar sobre los aspectos machistas de la sociedad. ¿Por qué en la ciencia solo ha habido hombres? Porque durante mucho tiempo en las familias se pensaba que el trabajo más propio de una mujer era enseñar en una escuela. Preguntarse esas cosas ayuda a comprender y a abrir la sociedad, pero tomar una posición muy ideológica lleva a crear un machismo de signo contrario. Pero tengo mucho respeto por las reivindicaciones de la mujer y pienso que son muy importantes en una sociedad, sobre todo en la sociedad del sur, donde el machismo es un verdadero problema.

En Italia, en clase, tengo mayoría de mujeres. Un día una me dijo que le había enseñando a su madre esta estrofa de Ariosto porque ella le decía que cuando se iba a comer pizza con un amigo que no era su novio, la gente la iba a ver e iba a hablar mal de ella. No podía salir un día con un chico y otro con otro. Sin embargo, la madre no pensaba igual de su hermano. Es una forma de emplear la literatura como reivindicación dentro de una familia.

Contra el nacionalismo, dice que la cultura propia tiene que servir para derribar muros, no para levantarlos.

Hoy, el nacionalismo en todo el mundo es egoísmo. Los eslóganes de America First, La France D´abord o Prima gli Italiani son estupideces, tonterías. Estos partidos son lo que yo llamo empresarios del miedo, lo necesitan para reunir votos. La gente está desesperada porque la crisis la han pagado las clases medias y las populares, es normal que haya una reacción irracional. Pero hacer creer que hay invasores es un crimen terrible, porque la culpa de lo que ha pasado no es de los migrantes, es de los políticos.

¿Cómo podemos resolver ahora este problema? En Italia antes decían que la gente del sur eran unos ladrones y hoy Salvini, que ha creado un partido nacional, tiene como chivo expiatorio al que viene aquí a buscarse una vida digna. Es terrible. Xenofobia y fascismo, y es en todo el mundo igual. Giordano Bruno decía que para él su patria era el lugar donde tenía sus libros, bibliotecas y gente para hablar con un poquito de pan y libertad de pensamiento. Esa es mi patria, que puede ser Barcelona, Roma o París. La Biblioteca Nacional de París, donde por primera vez leí estos textos de Bruno, y las clases que recibí allí de los mejores profesores franceses, eso, la Francia de aquel momento, era mi patria. Tenemos que eliminar las barreras nacionales y no crear más.


Acercamiento teórico a la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento

Fotografía: Geerd-Olaf Freyer (CC).

Quién no recuerda esa descripción difusa de un lugar de La Mancha y ese señor montado a caballo que posteriormente embestiría a un molino confundiéndolo con un gigante. Gustave Doré ayudó a perpetuar la imagen del ingenioso hidalgo volteado por un molino gracias a su popular grabado, reproducido hasta la saciedad. Siendo niño me asaltaba la duda: ¿tan fuerte te podía pegar el aspa en funcionamiento? Porque viendo la ilustración, el impacto dejaba a Alonso Quijano y a Rocinante en escorzos solo al alcance del Spider-Man de Todd McFarlane: únicamente le faltó vestirlos de torero. Si se ve de cerca un molino de viento a pleno rendimiento sí parece que te puedes ganar un buen golpe, pero ¿cómo de fuerte?

El viento es aire en movimiento

Como diría el personaje de Breaking Bad Jesse Pinkman: «science, bitch!». Y ese aire en movimiento es susceptible de ser aprovechado desde el punto de vista mecánico. Si consideramos un cilindro imaginario de diez metros de diámetro conteniendo aire moviéndose a 25 km/h, la potencia eólica que posee es, en números redondos, de unos 20 caballos (CV) o 15 800 vatios (w); es decir, similar a la de un Seat 600 de finales de los años cincuenta o a unas cuarenta bombillas de 40 w. Si el viento de ese mismo cilindro estuviera soplando a 80 km/h ya estaríamos hablando de unos 700 CV o 520 000 w, la potencia de un superdeportivo tipo Lamborghini Murcielago o de en torno a trece mil bombillas de 40 w. Esta importante diferencia se debe a que la potencia eólica depende de la velocidad del viento elevada al cubo, por lo que varía rápidamente. Pero toda esa potencia no es aprovechable: para que eso sucediera, la velocidad del aire tras pasar por las aspas del molino debería ser nula; es decir, toda la energía cinética del viento se habría transformado en hacer girar las aspas. Y ya saben lo que dijo Homer Simpson: «En esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica». Según demostró el físico Albert Betz, solo es aprovechable como máximo en torno a un 59% de la potencia eólica (lo que se denomina límite de Betz), que teóricamente se produce cuando las aspas son capaces de reducir la velocidad del viento a sotavento a una tercera parte de la incidente. Ahora que ya sabemos qué potencia tiene el viento, solo queda el pequeño detalle de aprovecharlo.

El molino de viento manchego

Intuitivamente todos conocemos cómo funciona un molino de viento. En efecto, las aspas giran respecto a su eje de rotación, un madero de unos 60 o 70 cm de diámetro denominado «eje del molino», debido a las fuerzas aerodinámicas que se generan al encontrarse en un fluido en movimiento (el aire). La imagen icónica de los molinos manchegos cuenta con cuatro aspas… ¿y por qué cuatro? Los aerogeneradores más habituales se han diseñado con tres aspas, la configuración considerada más eficiente a la que se ha llegado tras profundos análisis técnicos pero también económicos: a partir de ciertas dimensiones (las hay de más de 70 metros de longitud), construir una pala extra es mucho más costoso tanto a nivel económico como de puesta en obra y mantenimiento. El diseño con cuatro aspas de los molinos manchegos responde a varias cuestiones prácticas fruto de la experiencia (estamos hablando de hace más de cuatrocientos años, olvídense de simulaciones por ordenador). Por un lado, las aspas estaban unidas dos a dos con una especie de anillo fijado al eje. Unir las cuatro aspas (o incluso tres) en un único anillo concentraba demasiado sus pesos y ponía en riesgo la resistencia tanto del eje como del propio anillo. Y por otro lado, colocar un número de aspas impar complicaba la ejecución y el equilibrio del conjunto, que no estaba fabricado con los exhaustivos controles actuales. Además, si se disponía otro par de aspas para elevar el número total a seis, el tramo del eje del molino en voladizo sería más largo (soportaría tres «anillos» de dos aspas), implicando más esfuerzos para el eje que dificultarían el funcionamiento (más diámetro del madero del eje, más rozamiento, más peso).

El eje del molino suele formar unos 15º con la horizontal tanto por motivos de eficacia aerodinámica (el viento a poca altura no es totalmente paralelo al suelo por la rugosidad de este) como constructivos (así se puede equilibrar mejor el peso de las aspas). Propulsadas por el viento, las aspas constituidas por maderos y listones y revestidas de lona comienzan a girar, perdiéndose parte de la energía por el rozamiento del eje con la piedra de apoyo, la «piedra bóllega», que está engrasada. A partir del apoyo en la piedra, el eje ya se encuentra dentro de la edificación. En el eje del molino está incrustada la rueda catalina, que como su propio nombre sugiere actúa de forma similar al plato de una bicicleta, engranándose (sin cadena, eso sí) a la linterna, otra rueda situada en un eje vertical. La relación entre una y otra multiplica por cinco los giros. O dicho de otra forma, por cada vuelta de las aspas, la linterna da cinco: un desarrollo duro para subir el Tourmalet. La eje de la linterna también está unido a una de las proverbiales «ruedas de molino», grandes discos de piedra de metro ochenta de diámetro y unos 1200 kilos de peso (como para comulgar, vamos), y es ahí donde, entre una rueda móvil y otra fija, se obra el milagro de transformar el grano en harina.

Fotografía: Zoi Koraki (CC).

La imagen icónica de un molino manchego se compone de un gran cilindro de piedra encalada coronado por una cubierta de madera de donde emergen tanto las aspas como otro madero, denominado gobierno, que está anclado al suelo y sirve para que el molino se oriente hacia el viento. La cubierta cónica, llamada caperuza, está diseñada de tal forma que puede girar sobre la estructura de piedra. Tirando del gobierno se mueve lentamente la caperuza, que pesa más de cinco toneladas (por eso las paredes del molino son del orden de metro y medio de grosor), hasta que quedan enfrentadas las aspas al viento. Una vez colocado en posición, se ancla el gobierno a unos hitos fijos del suelo ya preparados, puesto que se conocen de antemano los vientos dominantes en la ubicación de cada molino. La forma cilíndrica del cuerpo principal del edificio es así, por tanto, para facilitar la orientación de la caperuza y minimizar el vuelo del eje del molino. Además, la rueda catalina se mantiene, en cualquier posición de la caperuza, engranada con la linterna. Todo está pensado.

Estos engranajes, puntos de giro y elementos de madera, piedra y lona ejecutados de manera artesanal hacían que, según diversos estudios, bajo un viento de unos 25 km/h, los molinos dieran una potencia de unos 20 CV (recuerden, como un 600), mientras que sus aspas, de casi 8 metros de longitud, completaran unas doce vueltas por minuto. Estos estudios concluyen que se aprovecha en torno al 30-35% de la potencia eólica. Por establecer una comparación, los aerogeneradores de última generación elevan esta cifra al 46%, a medio camino entre un molino de viento manchego y el límite de Betz.

Aspa de molino pegar, ingenioso hidalgo bailar

Ahora que ya conocemos aproximadamente la velocidad a la que giran las aspas (si dan doce vueltas por minuto y miden unos ocho metros, el extremo se mueve a unos 36 km/h), solo nos queda el contexto. Si seguimos dentro de la ficción, por ejemplo en Los Caballeros del Zodiaco, los caballeros de bronce eran capaces de repartir tortazos a la velocidad del sonido (unos 1224 km/h), mientras que los caballeros de oro te ponían mirando para la constelación de Sagitario repartiendo estopa a la velocidad de la luz (unos 300 000 km/s). Pobre don Quijote si le llega a calzar un meteoro el caballero de Pegaso. Son cifras muy alejadas de las aspas del molino. Vayamos a algo más real: los boxeadores. Si un directo del mejor Mike Tyson te llegara a la cara, lo haría a unos 10 m/s; lo que sucedería después no te sorprenderá. Curiosamente, 10 m/s son aproximadamente 36 km/h, lo mismo que nuestro extremo de aspa, lo cual nos sirve bastante bien para situarnos. Se calcula que los puñetazos de los boxeadores profesionales, entrenados para transmitir la máxima fuerza en la pegada, equivalen a cinco veces su propio peso. Si tenemos en cuenta que el macho del aspa pesa en torno a tonelada y media, sin entrar en análisis físicos profundos, el topetazo podría asimilarse al directo de un Tyson que pesara quince veces más que el que muerdeorejas. En definitiva, te comerías un hostión como un castillo.

En el Quijote se relata que «dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo». Vamos, que no hubo impacto directo como tal. Si le llega a pegar el madero, Cervantes debería haber acabado la historia en dicho capítulo VIII, bien porque Alonso Quijano doblaba la servilleta o porque el tremendo golpe le devolvía la lucidez.


Amor barroco, sexo rococó

L’amore frivolo, Nicolas Lavreince, ca.1780 .

¡A follar todo el mundo! —permitió entonces el regente, harto y cansado.

Como contamos hace unos años a raíz del extraordinario ensayo de Elizabeth Roudinesco Nuestro lado oscuro (Anagrama. 2009), con la Revolución francesa la burguesía echó mano del higienismo para promover un tipo de sexualidad que sería eminentemente romántica. Atrás debían quedar todos los imaginativos excesos sexuales cometidos por la aristocracia en sus palacios impenetrables. Había llegado lo racional, que aplicado al sexo, un impulso ciertamente animal, abrió una nueva etapa de represión.

Si tomamos como ejemplo un pequeño extracto de Sade que citaba la filósofa francesa, podemos apreciar someramente el nivel al que había llegado la fiesta de la nobleza en el último par de siglos:

El libertino deberá disfrutar de ellas inventando hasta el infinito el gran espectáculo de las posturas más irrepresentables. Deberá encular al pavo y cortarle el cuello en el momento de la eyaculación, luego acariciar los dos sexos del hermafrodita, arreglándoselas para tener entre la nariz el culo de la vieja mientras esta defeca y en su propio culo al eunuco follándolo. Tendrá que pasar del culo de la cabra al culo de una mujer, luego al culo del niño mientras otra mujer le secciona el cuello al pequeño. Me follé al mono, de nuevo al dogo pero por el culo, al hermafrodita, al eunuco,  a los dos italianos, al consolador de Olympe: todos los demás me masturbaron, me lamieron y salí de tan nuevas y singulares orgías tras diez horas de los más estimulantes goces.

No sé ustedes, pero yo leo estas cosas y me entran ganas de haber estado allí a ver si la creatividad de Sade tenía base en la sociedad que habitaba, la cual ha sido erotizada hasta la extenuación en la imaginación contemporánea. Para satisfacer algunas de estas dudas podemos consultar un libro que salió hace un par de años, Una historia erótica de Versalles, de Michel Vergé-Franceschi y Anna Moretti (Siruela, 2017).

El capítulo relativo a la época que nos interesa comienza recordando el estribillo de una canción popular de 1701 entonada a la muerte de Felipe, duque de Orleans. Decía así: «Felipe ha muerto con la botellla en la mano. / El proverbio que dice que el hombre muere como ha vivido / es muy poco cierto. / Él nos muestra todo lo contrario, / Porque si hubiera muerto como vivió, / habría muerto con un pene en el culo».

Durante su célebre regencia, un amigo suyo de la infancia, el abate de Choisy, dejó su huella en los textos de la época. Era un cura al que le gustaron los hombres y las mujeres y que le encantaba travestirse. También Ninon de L’Enclos, dama que a los setenta y cuatro años se acostaba con los hombres de dos en dos «porque el tiempo empezaba a apremiarla y veía que era necesario tomar los bocados de dos en dos». Esas eran las celebrities.

El duque solo era un homosexual, como muchos había en la corte y en una situación de discreción, pero con tolerancia y aceptación entre la aristocracia. Entre aquella nobleza la bisexualidad era habitual. Aquello se llamaba «el vicio italiano». Según testimonios de la cuñada de Luis XIV, en 1701, «se ocultan todo lo que pueden para no ofender al vulgo. [Pero] entre gente de calidad se habla de ello abiertamente. Estiman que es una gentileza y no se cansan de decir que, desde Sodoma y Gomorra, nuestro Señor no ha vuelto a castigar a nadie por ese motivo».

Durante esta maravillosa regencia el ambiente de las fiestas que se organizaron en Vesalles se puede percibir por muchos testimonios, como este del duque Saint-Simon:

Las cenas del regente eran siempre con compañías muy extrañas: con sus amantes, a veces con jovencitas de la Ópera, a menudo con la duquesa de Berry, algunas señoras de dudosa virtud y algunas gentes sin apellido, pero que brillaban por su ingenio y su libertinaje (…). [Se veía allí] una libertad que era licencia desenfrenada. Las galanterías pasadas y presentes de la corte y de la ciudad (…), no faltaba nada ni nadie […]. Se bebía mucho, el mejor vino; se acaloraban, se decían palabras soeces a voz en grito, impiedades cada vez mayores, y cuando ya habían hecho ruido y estaban bien ebrios, iban a acostarse y volvían a empezar al día siguiente (…) Todo el mundo está desnudo. Hasta la hoja de vid está prohibida en estas bacanales. Todos hacen el amor. Todos se acuestan con todos. Las parejas se intercambian alegremente.

Entre esta jet destacaba un personaje: María Luisa Isabel de Orleans, apodada Joufflote «rellenita». Era la hija del regente. Las coplas populares la convirtieron en amante de su padre. Era bien conocida del populacho, pues se hacía anunciar con trompetas cuando paseaba por París. De niña había posado desnuda para su padre. Cuando se estableció en el palacio de Luxemburgo su comportamiento escandaloso llevó a Voltaire a referirse a ella como «esa Mesalina», por lo que fue encarcelado en la Bastilla en 1717 y bien le estuvo, por cotilla. En su propia clase social se la veía como «alta hasta la locura, baja hasta la última indecencia». Cuando murió, con solo veinticuatro años, Moufle d’Angerville, escribió que su padre «lloró su muerte más como amante desesperado que como un padre afligido».

Jeune femme à sa toilette, de Nicolas Lavreince, ca.1780. Cubierta de Una historia erótica de Versalles.

Más adelante, otra trayectoria destacada fue la de Jeanne-Antoinette Poisson, la marquesa de Pompadour, apodada en vida «la primera puta de Francia» o «Ramera subalterna» en las coplas populares. Mientras el rey la colmaba de regalos el pueblo encrudecía sus sátiras sobre ella. El rey le obsequió con el palacio de Crécy, seis hectáreas en Versalles, el palacio de la Celle, el palacete de Évreux —que es el actual palacio del Elíseo—, el palacio de Menars y la tierra de Nozieux. Su mérito: simplemente disfrazarse para el rey de todas sus fantasías: criada, soldado, granjero, oriental…

Antes, en el Vaticano, según cuenta Enric Frattini en Los papas y el sexo (Espasa, 2011) había también una mujer al nivel de Jeanne-Antoinette. Era el caso de Olimpia Maidalchini, amante de Inocencio X. Tanto la quería el pontífice que el donativo que tras ser elegidos los papas donaban a los pobres se lo dio a ella. Fueron quince mil coronas. En algunas iglesias se borró el nombre de Inocencio y se escribió el de su amante para protestar por su influencia.

Tal era la situación que, cuando Clemente XI se convirtió en papa, dio orden de albergar en edificios religiosos a las personas que se habían quedado sin hogar tras el terremoto de Roma de 1703. El sexo entró pues de forma masiva en la iglesia: «Muchas quejas de fieles se sucedieron durante ese año, debido a que algunos sacerdotes exigían sexo a cambio de techo y comida».

Después, en el papado de Benedicto XIII, era el propio Vaticano quien mostró preocupación por la conducta de los frailes y sacerdotes. Un teólogo cercano al pontífice escribió:

Bastante malo es ya lo que se ve a la luz del día. El sentido del pudor me impide reflejar el modo de vida de las monjas. Las esposas de Dios son reclutadas por los nobles y las relaciones sexuales entre príncipes y monjas tienen una gran tradición. En la mayor parte de los conventos los viajeros disfrutan de una hospitalidad como la que puede encontrarse en cualquier burdel. Muchos conventos son antros de corrupción en toda regla y a veces son convertidos en casas de placer.

Ya en el papado de Pío VI, iniciado en febrero de 1775, se consumó uno de los mayores escándalos de esta época, cuando el arzobispo de París —tenía que ser París, que diría Fabio McNamara—, protestó por en lo que se habían convertido las asociaciones del movimiento de flagelantes, el que preconizaba que se podía uno salvar al margen de la Iglesia solo con el propio martirio. En los círculos donde se supone que debía encontrarse la más entregada devoción lo que había era desparrame:

«Extrañas asociaciones de flagelantes donde, principalmente mujeres casadas, aburridas del convencionalismo del matrimonio y de la fría indiferencia que por lo general conlleva, han resuelto revivir el éxtasis que experimentaban al principio de su vida conyugal». En cada reunión, seis mujeres de la nobleza se encargaban de flagelar a otras seis mujeres. El castigo se infligía con una gruesa vara «hasta que la piel blanca como la leche se tornaba rojiza». «Estoy seguro de que estos castigos no se hacen como penitencia, sino como un simple y desvergonzado placer sexual».

Donde se supone que todas estas prohibiciones se tomaban en serio era en España. Cerrada a cal y canto por la Contrarreforma, el país se habría mantenido libre de perniciosos escándalos como los citados. Sin embargo, según cita Juan Eslava Galán en su Historia secreta del sexo en España, (Temas de hoy, 1991) un viajero inglés, Francis Willughby, que recorrió el país en 1673, escribió: «En fornicación e impureza los españoles son la peor nación de Europa».

Para tomar el pulso a la sociedad del momento se cita a Amaro Rodríguez. Un forjador que enloqueció cuando descubrió que su mujer le era infiel. Fue ingresado en el hospital San Marcos de Sevilla, pero cogió la costumbre de improvisar sermones contra los religiosos y algunos de ellos se recogieron por escrito. Uno decía así:

Solo digo, señoras, que aunque seáis putas, aunque tengáis seis maridos como la samaritana, si os arrepentís y os dejáis de putear, os podéis salvar (…) lo digo de parte de Dios; y tú, cornudo que te ríes, di: Me pesa de haber tenido más cuernos que el almacén del matadero.

Según Marañón, sigue la obra, la vida sexual española de esa época fue puro sadomasoquismo como el que apasionaba a la aristocracia francesa a causa de la implacable represión que ejercía la Iglesia sobre los placeres. En las procesiones había lujuria. En un informe que adjuntaba el libro se decía:

Lo que menos se trata o se piensa es de Dios y lo que más de ofenderle. Salen a ver dicha procesión muchas mujeres enamoradas y compuestas y llevan meriendas (…) y las mujeres hacen señas a los cofrades (…) y hay mucho regocijo en un día tan triste y en cuanto anochece hay muchas deshonestidades (…) Los cofrades habían concertado un Viernes Santo a dos rameras muy hermosas que salieran a la procesión en el ejido de la Coronada y que saldrían con ellas a las huertas y se las llevaron a una acequia y allí se habían metido y habían tenido acceso carnal con ellas, pues en cuanto anochece hay muchas deshonestidades.

Joven recostada —probable retrato de Marie-Louise O’Murphy, amante de Luis XV— de François Boucher, 1751

La mujer, recluida en casa, para escapar de la lacerante soledad de su encierro lo que hacía era multiplicar la asistencia a misas y devociones varias donde se encontraba con tanto personaje deshonesto. Inventamos el cruising. Según Galán, otro viajero, esta vez francés, se escandalizó, lo que tiene mérito por nuestra parte, y escribió: «No se avergüenzan de servirse de las iglesias para teatro de vergüenzas y lugar de citas para muchas cosas que el pudor impide nombrar».

Y la sociedad no era ciega. La burla de lo decente, a la imposición, no faltó. Pedro José Echevarría, un estudiante, se las tuvo que ver con la Inquisición por escribir sobre el adulterio que «si Dios no perdona este pecado, podría llenar el cielo de paja». Quevedo bromeó con que se podía fundar una orden para la redención de mal casados, como las que había para liberar cautivos. Y Cervantes, un excautivo, opinó «en las repúblicas bien ordenadas había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer y confirmarse de nuevo».

La prostitución estaba extendida a todos los niveles, aunque se diera orden de clausurar todos los burdeles en 1623. Lo que es más llamativo es la existencia de consoladores para las mujeres, como atestiguan documentos de la Inquisición, y gigolós.

Otras preferían reclutarlos personalmente. En los Avisos de Barrionuevo correspondientes a 1657 leemos: «Detuvieron a un hombre por maltratar a una mujer y declaró ante el juez: Señores, soy casado y con seis hijos. Salí anteayer desesperado de casa, por no tener con qué poderles sustentar y paseando por la calle de esta mujer me llamó desde una ventana y diciéndome que le había parecido bien me ofreció un doblón de a cuatro si condescendía con ella y la despicaba, siendo esto por decirla yo que era pobre. Era un escudo de oro el precio de cada ofensa a Dios. Gané tres, desmayando al cuarto de flaqueza y hambre. Ella me quiso quitar el doblón y no pudo, y a las voces llegó este alguacil que está presente».

En Inglaterra las instituciones se desesperaron por acabar con la prostitución. En 1700 había en Londres más de una docena de grupos organizados que perseguían «el vicio», detalla Faramerz Dabhoiwala en The Origins of Sex: A History of the First Sexual Revolution (Penguin, 2012). Entre 1694 y 1707 se publicaron listas negras con los delitos que había cometido cada «delincuente sexual» completamente detallados. Lo que tenía que ser muy interesante de leer.

Una situación mucho mejor que la que se debía vivir, por ejemplo, en Escocia, donde Julie Peakman, según publicó en Pleasure’s All Mine: a History of Perverse Sex (Realtion Books, 2013) encontró documentación de que en 1732 hubo sociedades secretas de hombres para masturbarse. Quedar de adultos para hacerse pajas como actividad insurgente contra el orden establecido. Una sociedad amena.

Era una época de conmoción e inestabilidad, porque la Reforma había creado debates sobre si existía pecado o fornicación si un soltero dormía con una mujer. Lo mismo que llegó a discutirse en la incipiente prensa la oportunidad del amor libre. Se entendía que las normas morales del cristianismo provenían del hombre, y no de Dios. Todo debía tener una  base lógica y verificable.

Es curioso, porque revisando todas las citas de este libro sale que ya existían visiones claras e inequívocas que serían exportables para hoy en día. Un ejemplo definitivo fue el consejo que le dio el reverendo Charles de Guiffardière, que luego fue favorito de Jorge III, a un chaval. Si eliminamos la coletilla final, que haría referencia a la pregunta que hubiera hecho el muchacho,  podríamos decir que este hombre era todo un arquitecto del sentido común.

Créeme, la moral de nuestros corazones es la única moral que tenemos para guiarnos, y esa asquerosa masa de preceptos que la gente ya no lee, que se derivan de no sé qué principios absurdos, está hecha solo para aquellas almas groseras, torpes e incapaces de alcanzar esa delicadeza del gusto que permite a un alma bien nacida sentir todo lo que es digno de ser amado en virtud y odioso en el vicio, independientemente de las ridículas razones expuestas por nuestros sabios… Sobre todo, dedícate a las mujeres.

Pero si por algo es llamativo este fragmento es porque hasta bien entrado el siglo XX no cobró verdadera relevancia un mensaje de estas características. Incluso nos tendríamos que remontar a muy pocas décadas atrás para hacerlo extensivo a las mujeres. Ni siquiera hoy se puede decir que la abundante literatura popular de consejos sexuales abogue por la independencia y autonomía personal como el padre Guiffardière en esta alocución. Sin duda se trataba de un sabio, esa palabra que tanto asco le daba, precisamente porque lo era.


Palabras mayores y otras menores en el Quijote

El hombre que mató a Don Quijote (2018). Imagen: Kinology / Amazon Video.

Hijo de puta, el insulto en castellano por antonomasia, aparece en el Quijote en todas las formas posibles (hideputa, hijo de puta, hi de perro, etc.), utilizado tanto en sentido negativo como positivo e incluso con el tratamiento don antepuesto.

El don como refuerzo en expresiones insultantes se utilizaba ya desde la Edad Media, al igual que señor. Ambos tratamientos habían sufrido una desviación semántica que hoy pervive en el adverbio so [señor degeneró en seor, seó y so (so gandul, so pícaro del actual lenguaje vulgar)] (1). Don solo conserva un uso irónico en expresiones como don perfecto.

Cervantes usa señor en algunos casos —tanto con valor irónico (señor barbero) como de intensificación del insulto (señor ladrón)— y don con mayor frecuencia: don bellaco, don villano, don patán rústico y mal mirado, don tonto y varios casos más entre los cuales cabe resaltar el que podríamos considerar el colmo de los insultos: don hijo de la puta, pronunciado por don Quijote a Ginés de Pasamonte en el episodio de los galeotes:

«Pues voto a tal —dijo don Quijote, ya puesto en cólera—, don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas». (I-XXII)

También podemos encontrar ejemplos que ponen de manifiesto que ya en tiempos de Cervantes existía la dicotomía entre el uso ofensivo y el halago, que perdura en nuestros días. Encontramos un uso prolijo del insulto como piropo en casos muy similares a la descripción de Aldonza Lorenzo por parte de Sancho:

«¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz!». (I-XXV)

Además, Cervantes introduce una justificación de este uso en boca de Sancho:

«—Digo —respondió Sancho— que confieso que conozco que no es deshonra llamar “hijo de puta” a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle». (II-XIII)

Esta circunstancia nos da una idea de la cotidianeidad del término en nuestra lengua desde antiguo, lo que ha provocado un cambio léxico-semántico hasta perder la referencia a la madre para significar simplemente «mala persona», según el diccionario actual. Muy mala o admirable, diría yo, aunque el sentido laudatorio no está recogido y su uso tiene muchas limitaciones.

También tiene doble uso y también se ha relativizado la carga ofensiva del considerado uno de los mayores agravios, según advierte Sebastián de Covarrubias (2) en la definición de cabrón:

«Llamar a uno cabrón en todo tiempo y entre todas naciones es afrentarle. Vale lo mismo que cornudo, a quien su mujer no le guarda lealtad, como no la guarda la cabra, que de todos los cabrones se deja tomar […] Y también porque el hombre se lo consiente, de donde se siguió llamarle cornudo, por serlo el cabrón (según algunos)».

El mismo autor señala más claramente la gravedad injuriosa en la definición de cornudo:

«El decir a uno cornudo es una de las cinco palabras injuriosas, que obligan a desdecirse de ellas en común, fuera los que excepta la ley, como se dispone en la ley 2, tít. 10, lib. 8, de la Nueva Recopilación».

El entusiasmo de Covarrubias se mantiene en 1729 en la definición del Diccionario de Autoridades: «Metafóricamente el que sabe el adulterio de su mujer y le tolera o solicita. Esta palabra se tiene por muy injuriosa en España y en otras naciones de la Europa, y es una de las de la ley». El diccionario incluye además una entrada para cabronazo, que viene a ser lo mismo que cabrón, con el agravante de haber perdido la vergüenza y hacer gala de ello. Esta falta de aprensión apuntaba maneras para convertirse en piropo.

El Diccionario de la lengua española actual mantiene como segunda acepción: «Dicho de un hombre: que padece la infidelidad de su mujer, y en especial si la consiente», que convive con la más extendida, «que hace malas pasadas o resulta molesto». Así pues, aún en nuestros días, no se ha desprendido de su primer sentido o al menos así lo registra el Diccionario.

Cervantes lo usa con mucho recato, mediante un truco que hoy nos puede parecer pueril: recurrir al juego de palabras entre cabrito y cabrón. Tres veces aparece en el Quijote el término de forma similar a este párrafo del diálogo, cuajado de pullas, que mantienen el duque y Sancho Panza a propósito del vuelo de Clavileño.

«—Decidme, Sancho —preguntó el duque—: ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón?

—No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna». (II-XLI)

Bien porque cabrón no fuera un insulto tan familiar como hijo de puta, obviando la consanguineidad, bien por su mayor carga ofensiva, Cervantes lo utiliza muy poco y de forma solapada, nunca dirigido a alguien directamente.

Descendiendo unos escalones en la gravedad agraviante, si se me permite la tontería, encontramos un improperio muy popular en la época: harto de ajos. El olor de ajos y cebollas era considerado propio de villanos, como explica el propio don Quijote en los consejos segundos que dio a Sancho Panza:

«No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería». (II-XLIII)

Cervantes pone este insulto en boca de varios personajes, sobre todo de don Quijote referido a Sancho. El ingenioso hidalgo parece tener un olfato muy desarrollado para la villanía, pues detecta «un olor a ajos crudos» en la aldeana del Toboso a la que toma por Dulcinea.

La baja estofa inspira muchos más apelativos (gañán, faquín, belitre, ganapán, patán rústico, destripaterrones, pelarruecas, etc.) y es una de las dianas a las que apunta para insultar con frecuencia don Quijote, aunque no es el único, junto a la ignorancia o falta de cultura (bellaco, mentecato, sandio, menguado, mostrenco o el frecuentemente usado por Sancho porro para autodenominarse «tonto») y el espíritu burlón, que produce varios improperios curiosos como mentecato gracioso, socarrón y mentecato, truhan moderno y majadero antiguo.

De difícil clasificación son numerosas expresiones insultantes que podemos encontrar como ojos de machuelo espantadizo (mochuelo en algunas ediciones), desuellacaras, echacuervos (alcahuete), silo de bellaquerías, cuesco de dátil (hueso), corazón de mantequillas, ánimo de ratón casero y un largo etcétera de términos más livianos que el contundente hijo de puta con el que abríamos fuego y que, sin embargo, no se encontraba entre esas cinco «palabras mayores» (frente a otras palabras menores y  livianas) de la Nueva Recopilación que menciona Covarrubias, que no son otras que gafo, somético, cornudo, traidor y hereje. A las cinco palabras mayores se añadió posteriormente puta (3), siempre y cuando se dirigiera a una mujer casada. Resulta llamativo que puta, a pesar de haber registros abundantes de su uso injurioso, no mereciera tal consideración y que uno de los mayores agravios fuera gafo. Covarrubias dedica varios párrafos a esta curiosa palabra, incluso se justifica por ello arguyendo la necesidad de explicar su gravedad, lo cual nos indica que ya era un tabú insondable.  Significaba «leproso» y, por extensión, «tullido» (la enfermedad provocaba la contracción de los nervios y tendones, dándoles forma de garra). Como la mano de Cervantes a causa de las heridas de batalla. Con la otra escribía:

«—Mucho —replicó don Quijote—, porque de trecientos y sesenta grados que contiene el globo del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo, que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a la línea que he dicho.

—Por Dios —dijo Sancho—, que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o no sé cómo». (II-XXIX)

Sancho Panza saca gafo de cosmógrafo, puto de cómputo y meo de Ptolomeo. Un juego de palabras que podría hacernos cuestionar el título de Príncipe de los Ingenios. A no ser que imaginemos el eco del pensamiento de los lectores coetáneos clamando: «Ha dicho gafo».

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(1) Rafael Lapesa, Historia de la lengua española, 1981

(2) Tesoro de la lengua castellana o española, 1611

(3) Novísima Recopilación de las Leyes de España, 1805, Título XXV: De las injurias, denuestos y palabras obscenas. «Cualquiera que á otro le dixere: gafo  o sodomético, o cornudo, o traidor, o herege, o puta á muger que tenga marido, o otros denuestos semejantes, desdígalo ante el Alcalde y ante hombres buenos, al plazo que el Alcalde le pusiere; y pague trescientos sueldos…».