Unamuno en Fuerteventura: historia de una rendición 

isla viento unamuno
La isla del viento, 2015. Imagen: MGC. unamuno

Hay en Fuerteventura una invitación constante a rendirse. El atractivo de la nada, de la mentalidad horizontal. Algo más que un desierto, algo más que un paisaje lunar. Extensiones y extensiones de algo que no es exactamente lava como en la vecina Lanzarote pero se le parece. Dunas y arena negra. Un lugar sin límites, donde los problemas no rebotan constantemente contra paredes y vagones de metro, sino que se pierden en la distancia.

Hasta la invasión turística, una invasión relativamente reciente, Fuerteventura tenía además el encanto de lo desconocido. Después, se ha convertido en otra cosa. Ellos y nosotros. Los lugareños, en su sitio, y toda una construcción ficticia de restaurantes Waikiki, urbanizaciones fantasmas y señales de «Apotheke» para los que vienen de fuera. Por las noches, se dice, son habituales las reuniones para avistar algún ovni. Uno se pregunta: si realmente alguien llegara de otro planeta y bajara a esa isla, ¿qué harían con él? Mandarle a un hotel con pulserita para que deje de molestar con sus historias.

Fuerteventura es eso. Es calma. Es una canción de Pink Floyd que suena de repente en alguna esquina mientras desde la terraza se ve un mar verde cristalino, como el de los sueños. Un lugar de fugitivos, en cierto modo, de gente que ya ha tenido bastante con su vida anterior y fantasea con empezar de cero. Una isla de segundos actos. Entre las playas del norte y las playas del sur median cientos de kilómetros. Entre las del este y las del oeste poco menos de cincuenta. Tras Tenerife, es la isla más grande del archipiélago y su único gran núcleo de población es a su vez su capital, Puerto del Rosario, en su día llamada Puerto de Cabras.

Puerto del Rosario pone, hasta cierto punto, la cordura dentro de lo imprevisible de la isla. La burocracia, las exposiciones, incluso los cines. Entre sus edificios emblemáticos está la Casa Museo Miguel de Unamuno, que honra los cuatro meses que pasó el filósofo vasco desterrado en la ciudad. Se percibe en toda Fuerteventura una profunda admiración por Unamuno, la admiración hacia quien vino lleno de prejuicios pero no dejó que los prejuicios le arruinaran la fiesta.

Con todo, esa casa museo, plagada de recuerdos y de fotografías donde Unamuno, siempre de un escrupuloso negro, monta en camello o se esposa de broma a Rodrigo Soriano, su compañero de condena, esconde algo extraño: la tensión de quien intenta hacer un chiste pero lo hace reflejando tristeza en cada gesto. En esas fotos están la distancia, la melancolía, el retrato perfecto del agónico que gritaba «yo» a los pozos en busca de que el eco le reafirmara su identidad. El sobrio bilbaíno-salmantino que se encuentra de repente alejado del mundo, en un lugar impensable y que aún no sabe si le gusta o no. Un hombre que no era Gauguin en una isla que no era Tahití.

Y es que, por mucho que Unamuno intentara sobreponerse, la tristeza iba de suyo. No era un invitado, era un exiliado. Para un hombre que había hecho de su individualidad una marca distintiva, el hecho de estar donde no quería estar, lejos de toda la actividad política, social, intelectual… tuvo que ser a la fuerza penoso, al menos en sus inicios. Al fin y al cabo, ese era el objetivo del destierro. Según justificaban la condena las autoridades de la época: «Si Unamuno ha promovido estos años tantas zarabandas políticas, es porque tenía espectadores». Difícil encontrar una frase más acertada: Unamuno vivía para sí mismo, pero también para el eco. Unamuno necesitaba el aplauso o la crítica, necesitaba al otro, al espectador, por ponerlo a la manera de Ortega.

Mandándole a Fuerteventura, el Directorio de Primo de Rivera no solo condenaba al intelectual, sino que de alguna manera le trataba de cómico. El árbol que no hace ruido al caer porque no hay nadie que lo escuche. Pronto, Unamuno aprendería a vivir sin público, a cancelar funciones, a rebajar las expectativas y conformarse con lo justo: el viento, el silencio, el mar. La temida rutina que, a fin de cuentas, no era para tanto. La isla como lugar de alejamiento, como etapa de un viaje, tiene una larga tradición política y literaria, pero hay islas donde pasan muchas cosas, como las que visita Odiseo en su viaje —y, si no pasan, se marcha y punto, que se lo digan a Calipso—, y hay islas donde pasan más bien pocas, como Fuerteventura.

No sería Unamuno el último en ser recluido en esa misma isla magnética para separarle de su claque, para impedir la performance. Si don Miguel llegó en febrero de 1924, apenas ocho años después, enviado esta vez por la II República, lo haría el revolucionario Buenaventura Durruti, después de instaurar durante cuatro días el anarquismo revolucionario en Figols. Todavía en los años sesenta, Franco se encargó de enviar a Puerto del Rosario a varios de los participantes en el Congreso de Múnich de 1962, llamado «contubernio» por la prensa oficialista. Entre ellos, el monárquico Joaquín Satrústegui y el liberal Fernando Álvarez de Miranda, piezas clave en la posterior transición al régimen democrático.

El adalid del reformismo, esa curiosa amalgama

Ninguno de ellos, sin embargo, tiene casa museo en Fuerteventura. Solo Unamuno. De alguna manera, el prestigio del filósofo ayudó al prestigio posterior de una isla que siempre se había sentido olvidada. Su libro de sonetos De Fuerteventura a París, publicado al año de abandonar la isla y llegar a la capital francesa de manera estrambótica, fue toda una declaración de amor. De amor a la nostalgia, como todo en Unamuno, pero amor a fin de cuentas.

¿Cómo casar ese cariño con la tristeza referida de las fotos en camello? Apelando a la rendición, o, si se quiere, a la tregua. En Fuerteventura, por fin, Unamuno se rindió, que es lo que debería hacer todo el mundo en algún momento de su vida. Entregarse. Aquí me quieren y aquí estoy. El proceso fue lento dentro de lo vertiginoso: Unamuno llegó en barco a finales de febrero de 1924, unos diez días después de que el Consejo de Ministros, presidido por el propio dictador Primo de Rivera, decretara su exilio forzoso. A principios de julio ya se había marchado.

No era aquel su primer enfrentamiento con las autoridades. Sus críticas a la monarquía ya le habían costado en 1914 el puesto de rector de la Universidad de Salamanca, pero de aquello había salido adelante gracias a su enorme popularidad, producto tanto de su revisión del existencialismo cristiano con ribetes de exaltación nietzscheana de la vida y el individuo como de su prolija actividad novelística. Nombrado de nuevo vicerrector en 1921, además de decano de la Facultad de Filosofía y Letras, don Miguel era a sus cincuenta y nueve años la referencia de ese movimiento difuso que en España siempre ha sido «el reformismo», una mezcla por entonces de liberales, radicales, republicanos y algún que otro socialista moderado.

En plena descomposición interna del Gobierno liberal de Manuel García Prieto, ahogado por la enésima crisis en Marruecos y los pronunciamientos anarquistas en todo el país, el ejército decidió salvar de nuevo la patria el 13 de septiembre de 1923, siguiendo la tradición que había dominado todo el siglo XIX. El encargado esta vez fue el citado Miguel Primo de Rivera, gobernador militar de Barcelona, que tuvo desde el primer momento el apoyo de Alfonso XIII. Quizá de esta manera el rey pretendía salvar su trono de las amenazas progresistas. Unir su futuro al de Primo fue a medio plazo un enorme error: en cuanto cayó el dique, el agua se llevó todo por delante en estampida.

El golpe de Estado apelaba, como siempre, a la vieja España. A la virilidad, a la esencia, a la concepción fascista del pueblo. Un golpe con Mussolini en lontananza contra la inteligencia y sus riesgos: contra los Manuel Azaña, los Gregorio Marañón, los Melquíades Álvarez, incluso contra el exaltado Lerroux, a quien probablemente no le hubiera importado ser él mismo un duce. Todas las esperanzas de la nueva oposición se pusieron en Unamuno, el hombre que no sabía callarse, y Unamuno esperó doce días exactos para dar señales públicas de vida. El 25 de septiembre, con motivo del inicio del curso académico en Salamanca, escribió las siguientes palabras, dirigidas a sus estudiantes: 

Sea vuestro ideal el discreto y casto Don Quijote y no el botarate de Don Juan Tenorio, peliculero y héroe de casino. Es la inteligencia lo que ha de salvar la patria.

Ya estaba en esa afirmación la semilla del famoso enfrentamiento con Millán Astray al poco de iniciarse la guerra civil de 1936. A Primo tampoco le hizo ninguna gracia. De manera completamente consciente, compraba Unamuno el primer pasaje para su posterior destierro.

Aprender a amar la distancia

Cabe preguntarse de dónde venía este odio de Unamuno a los valores más rancios del ejército, vinculados en España al catolicismo y a la brutalidad. Basta con leer su novela Paz en la guerra para entenderlo: la liberal Bilbao, la que mira al futuro, la que respeta las libertades individuales, asediada y bombardeada por los carlistones, los facciosos, los del «Detente, bala» y el rezo diario. El pueblo en su peor expresión, esperando agazapado el momento de lanzarse desde el monte.

En cualquier caso, si el progresismo esperaba que Unamuno tomara las riendas de la oposición intelectual al Directorio, no sería el filósofo quien se negara a complacer, de nuevo, a su público. El tono de sus artículos, publicados sobre todo en periódicos de Buenos Aires, fue subiendo y culminó cuando salió a la luz la historia de la Caoba. Viudo desde 1909, a Primo de Rivera, adalid de la moralidad, le gustaban las faldas y los ambientes dudosos. Actrices, bailarinas… y prostitutas. Entre ellas, la llamada Caoba, conocida por su afición a la cocaína y por la que el dictador incluso llegó a expulsar de la carrera a un juez que pretendía encarcelarla.

El escándalo, que mezclaba lo profesional con lo personal, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Primo. El 20 de febrero de 1924, en el citado Consejo de Ministros, ordenaba no solo el destierro de Unamuno a Fuerteventura sino su expulsión del vicerrectorado de la Universidad de Salamanca y la suspensión de sus funciones como docente y catedrático. No quedó ahí la cosa: junto a Unamuno se enviaba a la isla también a Rodrigo Soriano, polemista de primera, viejo enemigo de Primo y una de las autoridades del Ateneo madrileño, institución que quedaba oficialmente clausurada hasta nuevo aviso.

El Unamuno que llegó a Fuerteventura en febrero de 1924 era, por tanto, un hombre abatido no solo en lo personal —estaba lejos de su familia, lejos de sus amigos, lejos de la actualidad y sus intrigas— sino en lo intelectual: sus enemigos de siempre, los del cerco de Bilbao cuando él no era más que un niño, habían vuelto a vencer sin necesidad de convencer a nadie. La inteligencia quedaba de nuevo derrotada y ante él se cernía aquel espectáculo vacío de camellos y casas derruidas. «Unas Hurdes marítimas», como él mismo definiría a Fuerteventura al poco de su llegada.

De ahí, por lo tanto, el enfado, o, más bien, la tristeza… Solo que una tristeza terapéutica, una nostalgia redentora. Unamuno no parece feliz en las fotos porque no lo era… pero hizo todo lo posible por serlo y es probable que acabara consiguiéndolo. Simplemente, tuvo que olvidarse de sí mismo hasta donde eso era posible en hombre con tamaño ego. Los días pasaron y, con los días, las visitas a las autoridades, las charlas en los casinos, las tardes en La Oliva o en Jandía. La presencia constante del mar y del horizonte, que tanto le recordaban a su mar y a su horizonte de la infancia aunque fueran tan distintos, tan calmos, tan apacibles, tan acogedores, tan lejanos en ese sentido al Cantábrico siempre crispado.

Unamuno aprendió a disfrutar la apatía, la pausa, la distancia. Las noticias llegaban con dos semanas de retraso. Tanto mejor. Más tiempo para digerirlas —«rumiarlas como un camello», en palabras del propio filósofo—, más tiempo para pensar en ellas y no ser esclavo de lo inmediato. Mentalidad horizontal y no vertical. En Fuerteventura no hay un «¿y ahora qué?», no hay una siguiente escena, un propósito, una necesidad. Así, Unamuno, disfrutando de la soledad de su modesto Hotel Fuerteventura, escribiendo sonetos y diarios, leyendo los únicos tres libros que llevó a la isla: el Nuevo Testamento, la Divina comedia y las Poesías de Giacomo Leopardi.

Fue un tiempo fecundo creativamente hablando. Aparte de la poesía, que culminaría en el nombrado De Fuerteventura a París y en Romancero del destierro, es complicado no ver una relación entre ese tiempo de introspección y de lectura de san Pablo y la publicación el año siguiente de La agonía del cristianismo, ese abandono de los hombres por parte de Cristo gestado ya en tierras francesas y que remite a su vez a una de sus obras menores pero paradójicamente más populares merced al sistema educativo español: San Manuel Bueno, mártir.

Rendido, o cuando menos declarado en tregua, Unamuno era feliz. Tenía claro, eso sí, que aquello no podía durar.

De Fuerteventura a París

Y es que, ante la enorme presión interior y exterior, el Directorio de Primo de Rivera decidió ese mismo verano levantar la pena a Unamuno y sacarle de Fuerteventura. Incluso sin actor en el escenario, el público se seguía revolviendo en las butacas. La marcha del filósofo se producirá apenas cuatro meses después de haber llegado y de forma harto rocambolesca y teatral: una huida preparada por Henri Dumay, director del Le Quotidien francés, que llevaba tiempo viendo la manera de sacar a Unamuno de la isla.

La versión romántica de la fuga habla de un yate privado, de una escapada nocturna, de un camino ininterrumpido hasta aguas francesas mientras la guardia civil intentaba buscar al subversivo desaparecido. La versión más probable parece ir por otro lado: el 4 de julio, Alfonso XIII firma el decreto por el cual tanto Unamuno como Soriano pueden volver a la península, un decreto del que tiene noticia oficial el interesado cinco días más tarde. Se marchara o no en el barco de Dumay, está claro que aquello no era una huida como tal. Estaba en su derecho de ir adonde quisiera.

De hecho, todavía el 22 de julio de 1924, Unamuno seguía en Las Palmas esperando un barco que le transportara a Cherburgo, donde llegaría el 26 de julio después de hacer escala en Lisboa, rueda de prensa incluida. Su primer destino, cortesía de Dumay, es París, pero el contraste le resultó excesivo: «El hombre del vapor y la electricidad prefiere saber pronto a saber bien», había escrito en sus diarios, y en París todo era inmediatez, pretensión de grandeza, expectativas… No tardaría en marcharse a Hendaya con su buen amigo Eduardo Ortega y Gasset, hermano de José, su gran rival filosófico de la época. Allí, en su País Vasco, pasaría cinco años más, hasta la muerte de Primo de Rivera, momento en el que decidió volver a España.

El resto es historia: en 1933, a los sesenta y ocho años, fue nombrado rector vitalicio de la Universidad de Salamanca. Apoyó a la República frente a la monarquía y apoyó a Franco frente a la República, convencido de que era precisamente la manera de salvarla. Curiosamente, el mismo error de Alfonso XIII. Puesto al tanto de las atrocidades del bando sublevado, Unamuno quedó en tierra de nadie, situación que se agravaría tras su disputa con Millán Astray en el paraninfo de la Universidad, con su famoso «Venceréis, pero no convenceréis».

Desde entonces, quedó recluido, ya anciano, en su domicilio. El 31 de diciembre de aquel mismo 1936 se acercó a visitarle y charlar con él el falangista Bartolomé Aragón. La conversación fue subiendo de tono y llegó un momento en el que el filósofo, apelando a la salvación de España, cayó fulminado por un infarto. Viéndose como único compañero y posible sospechoso, Aragón salió corriendo de la casa gritando: «Yo no lo he matado, yo no lo he matado».

Nadie tuvo dudas al respecto. Unamuno había dado suficientes muestras a lo largo de su vida de que la muerte —la última rendición, la definitiva— solo le llegaría cuando él así lo dispusiera. 


Unamunícese

DP.

Querido lector intelectualoide, le traigo un consejo: unamunícese. Odie, falte, sea desagradable. Si alguien aparece por sus reflexiones, por sus análisis, por sus tribunas, por sus ensayos, haga lo que haría don Miguel de Unamuno y Jugo con él: descuartícelo. ¿Que se trata de un amigo? No importa, más confianza para estamparle sus debilidades a la cara. ¿Que ya no le quedan amigos? Estupendo, ha cumplido con el objetivo de este texto. En cualquier caso, insisto, clave usted el pendón del yo en las tertulias, no deje títere con cabeza en los cafés del centro, déjeles claro a sus alumnos que su cociente intelectual es superior, monte una masacre en cada prólogo. Pero no lo haga por simple carnaza para el ego, sino como condición indispensable para alcanzar la puerta de la sabiduría. Odie como odió Unamuno.

Es cierto que nuestras acomodadas posiciones del siglo XXI no animan a forjar ese carácter huraño, pero debemos esforzarnos. Unamuno lo había hecho en las tripas del XIX, bajo los bombardeos guerracarlistas contra el Bilbao sitiado de su infancia. Desde entonces, ya no le abandonó. Ya sin el estruendo de los proyectiles liberales y sin el ruido de los asaltos carlistas, Unamuno abandonó su querido País Vasco para recalar en Madrid con el objetivo de estudiar Filosofía y Letras primero, y de sacar adelante unas oposiciones a la cátedra de Románicas en la Universidad Central de Madrid después. A don Miguel, por supuesto, ese Madrid ruidoso y vivo le resultó despreciable. Aquellas oposiciones (que perdió, por cierto, contra un joven desconocido llamado Menéndez Pidal) las preparó junto a otra mente brillante: el granaíno Ángel Ganivet. Cuentan que, visitando ambos la ciudad de la Alhambra, un Unamuno ya residente en Salamanca sugirió: «Mi cátedra por no volver a escuchar una guitarra». La hurañía ya estaba lo suficientemente macerada como para sacudirse a sus doctos parásitos.

Así que, lector, busque usted hurañizarse cuanto antes según el ejemplo unamuniano. Si lo que desea es limpiarse de sus compañeros de patria chica para poder escapar al universalismo reinante, fíjese en cómo Unamuno hizo lo propio con Sabino Arana, paisano con quien había tenido ya sus disputas a propósito del supuesto españolismo de don Miguel. Así que este, aprovechando el adjetivo «maquetos» que Arana le había colocado al resto de españoles, llegó a asegurar: «Sabino Arana, aunque no de talento, carece en absoluto de sentido histórico, a pesar de las historias de que tiene atiborrada la mollera, y se muestra en sus escritos ayuno por completo de cultura científica en cuestiones sociales». Pero no solo del problema vasco podrá alimentarse su misantropía. Si quiere hacerlo con asuntos literarios, hágalo como dicta el precepto unamuniano: císquese primero en los poetas, soldados del género canónico. El propio Miguel lo hizo con Rubén Darío, el versificador más famoso del momento. Fue Unamuno quien difundió la burla que afirmaba que Darío tenía buena pluma, pero buena pluma de indio. Valle-Inclán recogió la susodicha burla y la convirtió en carne de imaginario, hasta que todo el mundo terminó por conocerla. Pero no se quede ahí. Abra fronteras. Unamuno lo hizo y también cargó contra el maestro de Darío, Paul Verlaine, de quien le parecía infumable su musicalidad: «la columna de humo se disipa entera / algo que no es música es la poesía».

A la hora de unamunizarse, procure cambiar de género. Váyase al teatro, por ejemplo, y odie a todos allí. Hablaba este texto poco antes de Valle-Inclán, cómplice de Unamuno en su guerra contra Darío y espada de la reforma teatral del XX con su esperpento. Pues bien, cuentan que, en cierta ocasión, paseaban Baroja y el bilbaíno por Madrid cuando se encontraron con el gallego. Fue tal la discusión entre Unamuno y Valle, por lo visto a cuenta del auge del alejandrino en la poesía modernista, que cuando esta hubo terminado, con don Ramón María a punto de desenfundar el bastón en varias ocasiones, Baroja se encontró solo ante la huida de los dos escritores. Y si con el teatro no se contenta su odio, pásese a la novela, género popular por excelencia. Nuestro prócer Unamuno odió a los dos más grandes del momento. Del propio Pío llegó a decir que deseaba recibir sus obras completas, pero, a ser posible, encuadernadas con su propia piel. Y con el otro gigante del momento, más icónico si cabe, don Benito Pérez Galdós, no fue más simpático: «Es un novelista inferior a otros de su tiempo como Pardo Bazán o Blasco Ibáñez, y su único mérito fue la laboriosidad con fines económicos».

Sea rancio con todos aquellos que osen pasearse por su capacidad analítica como así hizo don Miguel. Haga que sufran las consecuencias. Si este análisis incluye política, pues política toca. En ese plano sufrieron su mordacidad Alfonso XIII («pretoriano imperialista»); Primo de Rivera padre, quien lo desterró a la por entonces perdida isla de Fuerteventura; Azaña, al que tildó de «monodialoguista»; y por supuesto Millán Astray, de cuya polémica con el vasco quieren retirar los historiadores la frase que sí le otorgó la historia: «Venceréis, pero no convenceréis». Y no se olviden de odiar también en el plano filosófico. De hecho, dentro de este decálogo del odio unamuniano, me he reservado el último apartado para su más enconado enemigo: don José Ortega y Gasset. Con él discutió durante años, con dardos certeros desde la tribuna del periódico de turno, defendiendo (en palabras de Joaquín Costa) el africanismo frente al europeísmo de Ortega, y más tarde obviando la ciencia extranjera —que tanto remarcó el filósofo madrileño— para elevar la mística y la metafísica hispánicas. Para Unamuno, no solo se alcanza la sabiduría inventando ferrocarriles o haciendo lucir bombillas, a la manera europea; también se alcanza la sabiduría a través de la lúcida irracionalidad del Quijote, por ejemplo, exclusiva de esta tierra celtíbera. El vasco cerraría su polémica con el madrileño propinándole el que para mí es el mejor insulto de los aquí expuestos: «Bachiller Carrasco del regeneracionismo europeizante».

Así que, querido lector, unamunícese cuanto antes. Unamunicémonos todos, de hecho. Recluyámonos en la cárcel de nuestras propias reflexiones, odiemos, faltemos, seamos desagradables. Visto lo visto, es la única manera de acceder a la puerta trasera de la más alta inteligencia.


El juicio por rebelión a José Antonio Primo de Rivera

José Antonio Primo de Rivera. Foto: DP.

Con el cuerpo de Franco trasladado del Valle de los Caídos se puso fin a un culebrón de una magnitud considerable, pero la historia quedó incompleta. José Antonio Primo de Rivera sigue enterrado en el Valle de los Caídos en un lugar central. Parece que solo se le cambiará de sitio, aunque hubo un amago de debate sobre si el líder falangista era una víctima de la guerra civil o, como el repudiado caudillo, uno de sus promotores. Por lo pronto, lo que es un hecho es que él fue juzgado por rebelión y por ese motivo abandonó el mundo de los vivos, porque la sentencia dijo que era culpable. Las garantías de ese juicio, que duró dos días, ya son harina de otros costal.

Antes, como presentación del personaje, nos valen las palabras de Unamuno en el diario Ahora el 19 de abril de 1935: «Es un muchacho que se ha metido en un papel que no le corresponde. Es demasiado fino, demasiado señorito y, en el fondo, tímido para que pueda ser un jefe y ni mucho menos, un dictador. A esto hay que añadir que una de las cosas más necesarias para ser jefe de un partido ‘fajista’ es la de ser epiléptico».

En José Antonio: realidad y mito de Joan Maria Thomàs se apunta a que el escritor estaba molesto porque uno de los motivos para que no le dieran el Nobel pudo ser haber ido a un mitin de Falange. El socialista Luis Araquistáin iba por los mismos derroteros, le calificaba de «señorito», «un mozo criado entre mimos y comodidades», algo que le limitaba como líder fascista porque «el lenguaje demagógico no es posible aprenderlo en los libros». Él mismo dijo, tajante: «serviría para todo menos para caudillo fascista».

En Guerras y vicisitudes de los españoles, las memorias de Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación de Negrín, el socialista consideraba que la ejecución de José Antonio había sido «algo peor que una injusticia, un error». Hubiese sido una baza preciosa para la República haberlo enviado a zona nacional, canjeándolo o dejándolo huir sutilmente, como hizo el ministro Manuel de Irujo con Ramón Serrano Suñer.

Algo que se olvida es que Franco, además de participar en el golpe contra la democracia, también dio un golpe dentro de los golpistas, con el eufemismo de Decreto de Unificación y la fundación de la Falange Española Tradicionalista de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, siglas que le costaron la vida, por fusilamiento, a algunos de los suyos que se opusieron. De hecho, como consecuencia, se fundó acabada la guerra en 1939 la Falange Española Auténtica. En la clandestinidad, pero con un acrónimo que desafiaba el marketing incluso entonces: FEA

Esa lucha por el poder desembocó en una reyerta sangrienta entre los dos grupos rivales, lo cual fue aprovechado por Serrano Súñer para silenciar cualquier foco de resistencia a la unificación (…) En realidad, las estructuras jerárquicas de falangistas y requetés desaparecían también porque el supremo jefe, a partir de ese momento, era Franco. (…) Hedilla pasaba a ser un simple vocal de la Junta Política y no solo no aceptó, presionado por los «camisas viejas» (…) El 25 de abril, Hedilla fue arrestado junto con otros falangistas disidentes (…) Hedilla compareció dos meses después ante dos consejos de guerra sumarísimos (…) Hedilla, acusado de «adhesión a la rebelión» y de resistencia al cumplimiento del decreto de unificación, fue condenado a muerte (…) Franco le indultó, pero pasó cuatro años en la cárcel y, según Javier Tusell, «el resto de su vida lo viviría Hedilla en una situación de ostracismo oficial, pensando en una Falange independiente que siempre resultaría imposible». (Julián Casanova, Historia de España en el siglo XX

Franco a Manuel Hedilla se lo pudo hacer, pero a José Antonio no habría sido tan fácil. Para la República, lanzarlo a él en mitad de la zona sublevada hubiera sido más efectivo que cualquier bomba por la división que habría sembrado. De hecho, consta que Primo de Rivera no deseaba en modo alguno una guerra. Le dijo a un periodista estadounidense que le entrevistó en la cárcel que lo que estaba haciendo Franco era «un error».

Pero no fue posible comprobar la hipótesis de si hubiera enfrentado a los cabecillas de la rebelión, la condena a muerte lo impidió. Para Zugazagoitia, el único que salió ganando de quitarle la vida fue Franco, porque se quedó «sin competidores». Además, para él, «la sentencia fue excesiva». Escribió: «El delito de que debía responder Primo de Rivera se había producido con anterioridad a la insurrección de los militares. Se le condenó, no por lo que había hecho, sino más bien por lo que se suponía que hubiese hecho de encontrarse en libertad».

En cualquier caso, misiones del mismo tipo, como el canje posterior, en 1937, de Raimundo Fernández Cuesta, habían fracaso. Al llegar a la zona sublevada se plegaban a las órdenes de Franco, como dejó escrito en sus memorias Azaña.

Ángel Viñas en ¿Quién quiso la Guerra Civil? revela que José Antonio ya pudo estar en las primeras conspiraciones que se iniciaron desde el mismo 14 de abril para destruir el Estado democrático, aunque por esas fechas no fuese todavía un fascista propiamente dicho. Su conversión fue más adelante, cuando fue recibido por Mussolini y financiado a través de su agregado en la embajada en París y el conde Ciano. Se había visto también con Hitler en mayo de 1934 y lo reconoció durante su juicio en Alicante. Aparece, además, en la solicitud de Von Engelbrechten para entrar en las SS, lo anotó como mérito, haber presentado al hijo del general Miguel Primo de Rivera al Führer. No obstante, no hubo grandes relaciones hispano-germanas a través de los falangistas.

Antes de la contienda, sus hombres tomaron parte en lo que Antonio Goicoechea, conspirador de Renovación Española, describió como «necesidad ineludible de organizar un ambiente de violencia». Sus militantes fueron protagonistas de la famosa violencia callejera del 36. En ocasiones como víctimas, en otros momentos como protagonistas de represalias con muertos. Como cuenta Tusell, en las fichas de afiliación se anotaba quién tenía «bicicleta», esto es, «pistola». Sin embargo, sostiene Viñas que con Falange solo se contó en la etapa final de la conspiración y para que aportara la «carne de cañón». Entonces la Falange era un movimiento marginal y nadie pensó en ella como órgano de poder de un nuevo Estado. Según Tusell, «era un partido político de jóvenes universitarios sin fuerza electoral propia ni menos aún implantación en medios sindicales o proletarios».

Alfonso García-Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera en la fundación de Falange en 1933. Foto: DP.

En noviembre del 35, Primo de Rivera ya planteó la necesidad de un golpe de Estado para hacer frente a «una amenaza de un sentido asiático, ruso, contradictoria con toda manera occidental, cristiana y española de entender la existencia», pero, mientras que Calvo Sotelo defendía abiertamente «una reforma totalitaria del Estado», José Antonio en sus últimos textos lo criticó. Escribió: «La enfervorización religiosa de los pueblos no es tarea política». Desde ese año 1935, en los mítines que había dado el pequeño partido hubo un denominador común, la estrategia propagandística era la de explicar su política como «ni de izquierdas ni de derechas». Cuando la derecha hizo la reforma de la reforma agraria, como apunta Ramiro Trullén en España trastornada, Primo de Rivera sorprendió a propios y extraños criticando la medida en el Congreso: «Teniendo en cuenta que la vida rural española era absolutamente intolerable tendrían que atenerse a las consecuencias». En síntesis, su pensamiento lo que sostenía era la necesidad de encauzar las revoluciones porque motivos no faltaban para que se desencadenasen.

No obstante, desde el primer día de la sublevación los falangistas estuvieron ahí. En las órdenes que dio Yagüe en Marruecos se les tenía bien en cuenta: «Conferir el mando del orden público y seguridad en las ciudades a elementos de Falange». En La columna de la muerte de Francisco Espinosa, está documentado que elementos falangistas ya habían recibido el 16 de julio órdenes para actuar en Extremadura.

Él no. Desde el 14 de marzo estaba detenido. Azaña estaba decidido a atajar la violencia ultraderechista y clausuró la sede de Falange por tenencia de armas el 27 de febrero, once días después de ganar las elecciones. El 5 de marzo la policía se incautó de Arriba, su semanario, y no volvió a publicarse. Siguieron medidas de este tipo que expulsaron al partido a la clandestinidad donde, paradójicamente, empezó a crecer en afiliación. El 19 de mayo el presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga, proclamó:

Se han acabado las contemplaciones con los enemigos, claros o encubiertos, de la República (…) Hace algún tiempo yo dije que no estaba dispuesto a tolerar una guerra civil. Pues bien, cuando se trata de un movimiento fascista —digo fascista sin determinar esta o aquella organización, pues todos sabemos qué es el fascismo y cuáles son las organizaciones fascistas—, cuando se trata de atacar a la República democrática y las conquistas que hemos logrado junto al proletariado, ¡ah! Yo no sé permanecer al margen de esas luchas y os manifiesto, señores del Frente Popular, que contra el fascismo el Gobierno es beligerante.

Había sido detenido en marzo por posesión ilícita de armas. Su estancia en prisión se alargó cuando le fueron encontradas en la cárcel dos pistolas. En mayo intentó eludir la justicia por la vía de recuperar la inmunidad parlamentaria, al tener que repetirse las elecciones en algunas provincias pensó que podría presentarse y sacar un escaño, pero la Junta Electoral no aceptó nuevas inclusiones en las listas de febrero. Fue trasladado a Alicante en junio.

Recibió cientos de visitas en su cautiverio, con las que trató el proyecto de la rebelión militar. Pero consta que, iniciada la conflagración, desde su «mesianismo», según Thomàs, José Antonio se propuso parar la guerra desde la cárcel. Abogó por un gobierno de unidad nacional con socialistas, intelectuales, conservadores catalanes y que abordase la reforma agraria y, por otro lado, permitiese la educación católica, para satisfacer a ambos bandos enfrentados. Era agosto del 36 y se ofreció para convencer a los generales golpistas. El Gobierno envió al subsecretario Leando Martín Echevarría a la prisión para entrevistarse con él, pero el plan se rechazó.

En 1963, Franco ordenó borrar todo esto del libro que el falangista José María Mancisidor publicó sobre el juicio. El mito que se había construido no iba, precisamente, en esa dirección. En los sesenta, con los veinticinco años de paz, cundió la preocupación en el régimen por su responsabilidad a la hora de haber iniciado la guerra. Es ahí donde surgen todas las teorías ahistóricas e incluso antitéticas para justificar el 18 de julio, o cargarle la responsabilidad a las víctimas. Falsificaciones que aún circulan hoy.

Paradójicamente, mientras José Antonio barruntaba proyectos para unir a todos los españoles, los militantes de su partido dirigidos con entusiasmo por sus jefes provinciales estaban exterminando a los rivales políticos de cualquier nivel. El propio Hedilla tuvo que pedirles un poco de orden y organización a la hora de matar, con escaso éxito.

El 3 de octubre de 1936 la Sala de Gobierno del Tribunal Supremo nombró a Federico Enjuto Ferrán juez instructor del sumario «por supuestas responsabilidades en la actual rebelión militar» de José Antonio Primo de Rivera. El fiscal era Vidal Gil Tirado, que el 12 de septiembre había condenado a muerte a cincuenta falangistas que habían intentado liberar al preso. Gil sustituyó a Juan Navarro Serna, que pretendía pedir una pena de dos años por conspiración al entender que no podía acusársele de rebelión por estar preso durante el golpe. Un bombardeo sobre Alicante precipitó el relevo, hubo intentos de la población de entrar en la cárcel a lincharle. El propio juez Enjuto tuvo que dormir dentro de la prisión frente a su celda.

La clave del juicio fue que, desde la cárcel de Alicante, José Antonio escribió a mandos militares «animándolos a la acción», en palabras de Tusell. Consta que Rafael Garcerán Sánchez, el 1 de junio de 1936, ofreció a Mola las milicias del partido. En Los fascismos españoles, Thomàs cita que en junio un boletín clandestino de la organización ya decía:

La guerra está declarada y ha sido el Gobierno el primero en proclamarse beligerante. No ha triunfado un partido más en el terreno pacífico de la democracia; ha triunfado la Revolución de Octubre; la revolución separatista de Barcelona y la comunista de Asturias (…) Estamos en guerra (…) El gobierno se da prisa en aniquilar todo aquello que pueda constituir una defensa de la civilización española y de la permanencia histórica de la Patria: el Ejército, la Armada, la Guardia Civil… y la Falange. 

José Antonio Primo de Rivera en 1935. Foto: Cordon Press.

Primo de Rivera se defendió a sí mismo y a su hermano Miguel y su cuñada Margarita, que también estaba detenida desde la sublevación. El domingo 15 de noviembre tuvo acceso al sumario. El lunes 16 comenzó la vista oral, el 18 fue condenado y el 20 fusilado.

El Tribunal Popular (antes Especial) Provincial de Alicante estaba presidido por tres magistrados y un jurado con representantes de partidos y sindicatos. Su estrategia de defensa pasó por seducir a ese jurado con miembros del PSOE, CNT, UGT y PCE, entre otros. Para ello habló del carácter revolucionario de Falange y dedicó horas a explicar su ideario distanciado del conservadurismo y de tintes sociales. Afirmaba que los preparativos de la sublevación se habían hecho «cuidando especialmente que yo no la conociera», pero mientras esto sucedía, sus hombres desde el 18 de julio estaban asesinando sin control. Su teoría era que para que esto sucediera primero tuvieron que ponerle a él en fuera de juego. La culpa era de la República.

La política de las derechas respecto de mi partido ha sido siempre la misma; querer aprovechar el brío combatiente de mis muchachos (…) Eso sí, querían impedir a toda costa, pero a toda costa, que a estos muchachos los dirigiera yo. ¿Por qué? Porque dicen que estas cosas que yo decía de la tierra y demás eran señuelo que yo utilizaba para atraer a las clases obreras, porque las derechas tienen el error de creer que a las clases obreras se las atrae con señuelos (…) Las derechas tienen esa actitud respecto de mí, pero en cambio dicen: «Esos miles de chicos valerosos, arrojados, un poco locos si queréis, esos son utilísimos. Con estos tenemos que contar nosotros». Y entonces me maquinan disensiones dentro de mi movimiento. (…) surge mi encarcelamiento y la ocasión es «pintipirada»: ahora sí que es fácil levantar el coraje de estos chicos magníficos, valerosos y un poco ingenuos, sin que se nos interponga el majadero ese que nos viene con la cosa de la reforma agraria y del Movimiento-Nacional-Sindicalista.

También se apoyó en que en ninguna de las listas que se habían incautado a los militares detenidos en las zonas donde fracasó el golpe figuraba su nombre. Pero añadió:

De mí, por ejemplo, no os voy a decir hipócritamente que no me hubiera sumado a la rebelión. Creo que en ocasiones la rebelión es lícita y la única salida de un período angustioso.

Y posiblemente metió la pata, en el caso de que no estuviera sentenciado de antemano, que lo estaba. Además, negó las noticias que llegaban de los suyos:

Las ferocidades de que el señor fiscal me da ahora la primera noticia; atrocidades que por otra parte me va a permitir que ponga en cuarentena, porque sé que mis camaradas no son capaces de cometerlas. 

Luego su estrategia pasó por exigirle al Tribunal «alguna prueba positiva» de su participación en el golpe de Estado y sus palabras pasaron a ser más dramáticas:

Os digo que prefiero con mucho no morir (…) Si yo no he tenido parte en esto, si no he participado en esto ,¿para qué voy a venir aquí y hacer el papel de víctima? 

Thomàs señala que fue clave para su condena el cambio de gobierno en el que Largo Caballero colocó al anarquista Juan García Oliver como ministro de Justicia. Este convocó al juez para exigirle la condena. Al mismo tiempo, sentencia el historiador: «José Antonio había participado en la gestación del golpe y había implicado a la Falange de pleno en él, aunque judicialmente fuese difícil de probar… ante un tribunal ordinario, dada la endeblez de las pruebas. Pero el Tribunal Popular no era un tribunal ordinario, sino político, y el veredicto condenatorio estaba asegurado».

El jurado deliberó durante cuatro horas y aceptó todos los cargos del fiscal. Cuando se le comunicó, «conmovido», pidió que se le conmutase la pena de muerte por la cadena perpetua. El jurado volvió a deliberar y se lo denegó. El acusado entró en una crisis nerviosa. Largo Caballero firmó el «enterado». Prieto quiso evitar la condena, pero tuvo más peso García Oliver y el socialista acató la sentencia.

Un año antes, en 1935, en un reunión en el Parador Nacional de Gredos, ya hizo planes de golpe de Estado, que luego él mismo presentó en un informe al gobierno fascista italiano que le financiaba. Otro plan que le mostró más adelante a José Moscardó y Franco, jefe del Estado Mayor de la República en ese momento, fue desechado. El 4 de mayo de 1936 escribió su Carta a los militares de España que circuló por los cuartos de banderas pidiendo a los oficiales que se unieran al golpe. En lo relativo a romper la disciplina y subvertir el orden, decía:

¿Habrá todavía entre vosotros —soldados, oficiales españoles de tierra, mar y aire— quien proclame la indiferencia de los militares por la política? Esto pudo y debió decirse cuando la política se desarrollaba entre partidos. No era la espada militar la llamada a decidir sus pugnas, por otra parte harto mediocres. Pero hoy no nos hallamos en presencia de una pugna interior. Está en litigio la existencia misma de España como entidad y como unidad. El riesgo de ahora es exactamente equiparable al de una invasión extranjera. 

(…)

… lo permanente de España que servíais, ha desaparecido. Este es el límite de vuestra neutralidad: la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la varia suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora —ha dicho Spengler—, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.

(…)

En las demás naciones el Estado no estaba aún en manos de traidores; en España, sí. Los actuales fiduciarios del Frente Popular, obedientes a un plan trazado fuera, descarnan de modo sistemático cuanto en la vida española pudiera ofrecer resistencia a la invasión de los bárbaros. Lo sabéis vosotros, soldados.

(…)

Medid vuestra terrible responsabilidad. El que España siga siendo depende de vosotros. Ved si esto no os obliga a pasar sobre los jefes vendidos o cobardes, a sobreponernos a vacilaciones y peligros. El enemigo, cauto, especula con vuestra indecisión,

(…)

Jurad por vuestro honor que no dejaréis sin respuesta el toque de guerra que se avecina.

(…)

Si así lo hacéis, como dice la fórmula antigua del juramento, que Dios os lo premie; y si no, que os lo demande. ¡ARRIBA ESPAÑA!

Desde la cárcel, el citado Antonio Goicoechea era el que llevaba sus mensajes a los militares. También pidió una donación a Mussolini de un millón de pesetas para sobornar a oficiales indecisos, que le fue negada, apunta Thomàs. En junio escribió artículos quejándose de que los conspiradores querían utilizar a Falange como tropa para el golpe. «¿Pero qué supone esa gentuza? ¿Que la Falange es una carnicería donde se adquieren, al peso, tantos o cuantos hombres? ¿Suponen que cada grupo local de la Falange es una tripa de alquiler a disposición de empresas?». Entendía que lo que estaba en marcha contaba con ellos, en sus palabras, «como comparsa». En una circular de veintisiete puntos ordenó que nadie tomase parte en un levantamiento.

Al final, sus peores temores se hicieron realidad. Cuando llegó el golpe, las bases de su partido se sumaron a él sin dudarlo. Eso sí, de manera subordinada al mando militar, nunca dirigiendo las operaciones. El único lugar donde el golpe tuvo verdadero apoyo civil fue en Navarra, con los miles de voluntarios tradicionalistas de Mola detenidos en Somosierra por milicianos madrileños. Si en ese momento José Antonio había cambiado su postura manifiesta o no y por qué, es un interesante debate histórico. Por lo pronto, solo queda el testimonio del oficial de prisiones, Abundio Gil, citado por Ian Gibson en su obra En busca de José Antonio, que observó que los días 16 y 17 de julio, José Antonio, en su celda, estaba haciendo las maletas.

Entierro de José Antonio Primo de Rivera, 1936. Foto: Cordon Press.


Bohemia, luz y un nuevo gato en el Barrio de las Letras

Foto: Federico Jordá. (CC)

Jot Down Magazine para Room Mate Hotels.

Junto a la Plaza del Ángel, en Madrid, hay una construcción bajita, que parece casa de una sola planta, rodeada de árboles, macetas, tiestos y flores, y separada de la calle por una rejería. Si uno decide entrar se encontrará entre plantas, como en un vivero, y mecido por el sonido de los carillones que mueve el viento. Será como si lo hubieran transportado a otro mundo, muy distinto al de ese nervioso apresuramiento que se respira en el resto de la ciudad. Tiene truco. A esta floristería la ha contagiado la paz que emana de su suelo, antiguo cementerio de los artistas que dieron nombre al Barrio de las Letras. 

Sobre este mismo punto, la noche de un 23 de abril, un escritor desesperado acudió por la calle Huertas, para llegar al camposanto. José Cadalso, autor de Los eruditos a la violeta, quería dar un último adiós a su amada, la actriz María Ibáñez, muerta el día anterior. Llegó acompañado de un sirviente, una pala y un farol, porque el barrio, sin alumbrado público, era especialmente oscuro en el siglo XVIII. Solo pararon de cavar cuando Cadalso, desenterrando la mano de ella, la tomó entre las suyas, admirándose de que la blancura de su piel, a la luz de la luna, fuera aún mayor. Puede que su frialdad al tacto, o el hedor, le devolvieran la cordura. O puede que fuera la guardia de noche quien detuviera su sacrilegio. Cualquier opción sirve, porque la historia no es más que un invento del propio autor, destinado a vender mejor su nuevo libro, las Noches lúgubres

Pícaros y precarios como Cadalso, así fueron los habitantes del Barrio de las Letras. Venían a buscar fortuna aquí porque es donde estaban los alquileres más baratos de todo Madrid, el mentidero en que se contrataban actores, y las tabernas o tertulias en que charlaban los autores. Por esa razón fue juntando a escritores, dramaturgos, gente de la farándula, toreros y demás ralea, gente que sobrellevaba la pobreza y soñaba con el dinero que les traería el triunfo. Como Cervantes, forzado a cambiar de casa cuando le subían unos alquileres que no podía pagar, y sujeto al cachondeo del resto de escritores, que le acusaban de prostituir a su mujer e hija para ir viviendo. Las ventas de su Quijote, al que despreciaba, no le daban para vivir, y mientras decía a todo el mundo que estaba trabajando en una novela que le traería fama eterna.

Imagen de Cervantes en el Barrio de las Letras, Madrid. Fotografía: Emilio Rappold / Getty.

 

Y es que de sueños como el de Cervantes, pero sobre todo de imposturas, se hicieron las calles que rodean Huertas. Valle-Inclán, cuando salía de su casa en el callejón Álvarez Gato, elegía con qué imagen presentarse. Como el bohemio que pidió a su criado cortarle el brazo para tener carne que echar al cocido. O como el aventurero que se lo cortó para echárselo a un león que le perseguía. Luego, tras el cierre de la Cervecería Alemana, donde participaba en su tertulia junto a Unamuno, Benavente, Solana y Zuloaga, se iba con unos pocos amigos hasta la estatua de Cervantes que hay frente a las Cortes. Muy erguido, muy cerca, sus acompañantes se preguntaban si sería esta noche en la que mearía el pedestal. Pero no, lo único que hacía erar murmurarle al rostro de bronce «mancos los dos, pero qué grande ocasión la tuya para perder el brazo». Uno en Lepanto y en batalla, el otro en una pelea callejera a bastonazos en este mismo barrio.

Cráneo privilegiado, como le habrían llamado los borrachos de su obra Luces de Bohemia. Es el mejor resumen del distrito, un acertado retrato de sus habitantes, precarios con estilo. Habitaron los locales, terrazas, tiendas y hoteles que hoy como entonces mantienen su carácter propio en un mundo de franquicias. Es una de las razones por las que siguen reuniendo a tanta gente en torno a la charla y la bebida. Hasta que les da por pensar y proponer, y surgen los cambios sociales, la revoluciones políticas, y los movimientos literarios. Los ha habido recientes, como el 15M, o un poco más lejanos, como la movida madrileña, porque el barrio se empeña en pensar y proponer. Lo hizo en la Revolución de 1854, que trajo una constitución liberal, hoy diríamos progresista, e hizo arder las Letras con grandes hogueras. La turba entró en las casas de los conservadores, arrojó sus muebles y enseres por las ventanas, y les pegaron fuego. Así lo hicieron en la calle del León con el periodista y presidente del Consejo de Ministros José Luis Sartorius, un tanto hartos de su periódico, el Heraldo, y de sus pucherazos manipulando resultados electorales para que su partido saliera siempre vencedor. En otro de estos rincones, la Plaza del Ángel, un siglo antes, se produjo el motín de Esquilache, con parecidos fuegos, y la intención de volver atrás, a lo conservador. A las cadenas. 

Pero las luces de la bohemia también son las de la razón, y aquí está el Ateneo para demostrarlo. Se fundó con unas palabras proféticas, «sin instrucción pública no hay verdadera libertad». La sentencia le sentó como un tiro a Fernando VII, y sus catedráticos afines la contestaron: «lejos, muy lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir». Nacida en un clima hostil al pensamiento, la institución tuvo que cambiar su sede de una casa a otra del distrito, fue perseguida, cerrada y enviada al exilio en Londres. Pero como la misma luz de la razón regresó finalmente a su sede actual. Por su biblioteca y salones han pasado presidentes del gobierno, premios nobel, las generaciones del 98, 14 y 27, Manuel Azaña, Podemos, y hasta un acto de Falange este octubre, que acabó con el canto del himno franquista «Cara al sol». Como en las revoluciones, el vaivén y la diversidad son parte inseparable del barrio, y contagia a los que vienen a vivir aquí, y a los propios edificios. 

Barrio de las Letras, Madrid. Fotografía: Carlos Alvarez / Getty.

Las Letras es un imán para la cultura, y también para el paseante, a cualquier hora se puede comprobar que es un distrito muy pisado, de noche y de día. A la luz del sol y entre fachadas de edificios que corresponden a los siglos XVII, XVIII y XIX, hay siempre cosas en que detener la vista. Placas cerámicas con los nombres de las calles, recordatorios de dónde los grandes autores tuvieron casa, las puertas de granito de los portales, el encanto de tiendas y locales con fachadas que recrean tabernas, cafés de tertulia, las librerías de viejo, y los lugares donde se venden cosas insólitas. Como si siguieran aquí los artesanos que compartieron con la bohemia sus espacios. De noche se convierte en un babel de lenguas, servir de cervezas, tapas y vinos, y bamboleos de perjudicados, que leen a gritos los párrafos metálicos del suelo en la calle Huertas. «En un lugar de La Mancha, miré los muros de la patria mía, pero no es verdad ángel de amor, que con diez cañones por banda, ande yo caliente y ríase la gente». Siguen sonando bien, hasta en balbuceos ebrios y descoordinados.  

Pero no solo literatura, también ha albergado ciencia y técnica. Cuando aún no existían fotografías ni realidad virtual, la atracción más demandada en la calle del Prado fue el Diorama. Al entrar en uno de sus edificios podías ver proyectado en la oscuridad todo el interior de la basílica de El Escorial, su panteón, la iglesia de Atocha, y el coro de capuchinos de Roma, mediante un juego de óptica. Los visitantes, fascinados por lo que para ellos era un gran avance tecnológico, culminaban el paseo en la terraza, decorada al estilo oriental, y entre cuyas vidrieras de colores, como en un rascacielos, podían divisar todo Madrid. Instalaciones análogas solo existían entonces en Londres y París.

Barrio de luces y sombras, las Letras sigue tan vivo y cambiante como siempre. Ahora ha llegado un nuevo inquilino a su corazón mismo, a su calle más emblemática, para instalarse en Huertas 16. En el caserón del siglo XVII por el que se cruzarían a menudo Cervantes y Lope de Vega, renegando el uno del otro, por donde pasó José Cadalso con su pala y su farol, está el hotel Room Mate Alba. Es el quinto hotel boutique que Kike Sarasola abre en Madrid, y por su decoración interior, está llamado a convertirse en un atractivo más del distrito. Sus espacios, con carácter y personalidad propia, han sido diseñados por el interiorista y anticuario Lorenzo Castillo, que además de respetar el estilo arquitectónico del propio edificio, le ha incorporado además ese exotismo que caracterizó los años del Diorama, de la Misericordia de Galdós, y de Luces de Bohemia

El hotel incorpora una ecléctica mezcla de estilos, turco, chino, indio, alfonsino, decimonónico, con lámparas de latón dorado de los años setenta, suelos de mármoles geométricos, detalles Op Art de los setenta y Art Decó. La fachada, escalera y zaguán del XVII se han mantenido, y la decoración, más sobria en sus ochenta habitaciones, se permite excesos creativos en las zonas comunes. Como el salón comedor, recreando el interior de una caja de oro envejecido. Hay detalles muy internacionales, como los cuartos de baño, que transportan al visitante a la Secesión Vienesa, a Klimt, Hoffman y Schiele, o los cabeceros de madera con su aire Bauhaus. El interior es, en fin, un marco acompasado a lo que hay fuera, al propio Barrio de las Letras, mezcla de siglos, estilos, corrientes, influencias y bohemias. 

Room Mate Alba ha captado el espíritu mismo del distrito, que es el del Madrid que más nos gusta. El multirracial, multicultural, el integrador: el de los gatos. A los madrileños nos pusieron ese apodo por un soldado ágil, que con una daga como piolet escaló la muralla árabe, en una de esas batallas de conquistas medievales. Lo mejor es que nadie sabe dónde nació ese primer gato, que desde luego no era de aquí. Por algo seguimos afirmando que gato no naces, gato te haces, y que de esta ciudad es quien decide serlo. Este nuevo vecino de Huertas 16 así lo ha decidido. Y solo podemos decirle bienvenido al barrio de la bohemia, gato.

Hotel Room Mate Alba.


Guía para huir de donde se parte

Carretera rumbo a Mezquitillo, México. Fotografía: Antonio Garamendi (CC).

Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte. Miguel de Unamuno.

Barataria y Comala

El día que Cervantes imaginó Barataria tuvo que ser un día complicado, pues significaba algo más que una simple ínsula perdida en medio de un océano imaginativo. Por supuesto que era algo más que eso. Barataria era el símbolo de toda la codicia que el pueblo español había acumulado durante siglos, con media península fracasada (esta sí, real), muerta de hambre por un ponme aquí o un quítame allá este imperio. Se me antoja difícil no creer que Sancho existió y que realmente deseó ese trozo de tierra con todas sus fuerzas. Porque desde tiempos inmemoriales los españoles han querido tierra y tierra es lo que les da Cervantes. Pero no menos complicado tuvo que ser el día en el que el manco dejó de creer en la célebre isla, ya que la ficción siempre supera a la realidad. «Y, ¿a quién llaman don Sancho Panza?», cuestionó el fiel escudero al ser dignificado durante la toma de posesión del gobierno de la ínsula. «Yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas», apuntilló. Porque tan español es codiciar un trozo de tierra como olvidarse de él. Y fue en ese momento, al olvidar, cuando Cervantes eligió ese nombre para designar todas las codicias que ya nunca recordaremos: Barataria.

También quería tierra Rebeca Montiel, la hija adoptiva de José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo. Ah, Macondo… Sospecho que también Gabriel García Márquez suspiró el día que abandonó este hermoso paraje. Atrás dejaba a Melquíades y a sus queridos gitanos bailoteando al son de cualquier invento traído desde allende los mares. También dejaba a sus espaldas las fobias que había contraído por culpa de (o gracias a) la propia Rebeca Montiel que, no contenta con tragar tierra, había obligado al Gabo a etiquetar todos los objetos por miedo a olvidar sus nombres. Por eso la obra de García Márquez supone abandono. Pero no confundan abandono con olvido. No se trata de eso. Él lo define mejor que nadie:

En cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.

Para dejar atrás Macondo hacen falta pelotas porque dejar atrás Macondo es dejar atrás lo efímero. ¿Y más allá? Más allá dicen que soledad, y en porciones de cien años.

El País de las Maravillas y Nunca Jamás

Por eso emprendemos la huida. Porque necesitamos intuir el rastro del conejo blanco sin tener la obligación de abrazarlo. Uno se encuentra con ese bichejo de chaleco hortera y reloj de Conan Doyle y, sin saber por qué, corre. Y corre y corre. Nadie supo nunca si el conejo terminó llegando tarde a algún sitio, pero lo que sí supimos es que Lewis Carroll llegó demasiado pronto a su edad madura. Tan pronto que si hubiera esperado alguna década no habría tenido que escribirle poemas a Alice Liddell, la niña de doce años que inspiró ese extraño lugar donde las lágrimas forman mares y las cartas de póquer la guardia real. Más tarde llegarían las misivas de los padres de Alice pidiéndole al bueno de Carroll que se alejara de su hija. Una especie de orden de alejamiento literario. Como recuerdo quedaron unas cuantas fotos que Lewis le robó a la cría y un nombre: «el País de las Maravillas». Mucho me temo que, más que escapar, lo que el autor pretendía era quedarse allí para siempre.

Dicen que también «para siempre» quiso quedarse J. M. Barrie en el País de Nunca Jamás, aunque las dos expresiones sean contradictorias. Yo, particularmente, no lo creo. El tiempo, en forma de conejo o no, se anticipa ante el deseo de demora y se demora ante el deseo de anticipación. Partiendo de esta premisa y viendo cómo se las gastaba el propio Barrie, creo que lo que el autor pretende decirnos es que lo importante es el pedigrí del tiempo más que la rapidez del mismo. Y nos lo transmite a través de las pupilas de Wendy, una niña maravillosamente educada bajo los preceptos anglosajones. El tiempo, aquí, se empeña en acallar la voz de Wendy, una voz con marcado acento victoriano a la que nadie quiere escuchar. El problema viene cuando la educación y el corazón se enfrentan alrededor de ese pretexto llamado «Peter Pan». Es entonces cuando Barrie, Wendy y la rebeldía de ambos, Peter, deciden viajar. ¿Viajar a dónde? Viajar al sitio donde esa voz es escuchada. Por tanto, aquí Nunca Jamás representa la revolución de lo humano, la búsqueda de lo no establecido. Wendy se percató de que el tiempo importaba poco junto a la puerta de embarque. «Pensamientos maravillosos» y «polvo de hadas», le dijeron. Al darse cuenta de que no encontraba pensamiento alegre alguno, quiso escuchar esa voz también ella.

México, ca. 1900. Fotografía: USC Digital Library.

Comala y el infierno

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre». Con esta frase comienza Rulfo su adorable Pedro Páramo, una novela que esconde todos los secretos del México del siglo XX. Pero ¿qué es Comala? Mucho más que un municipio mexicano del estado de Colima, eso seguro. Comala es ese lugar donde se dan cita todas las almas que Rulfo quiso hacer suyas, una especie de «última cena» literaria. Porque a medida que por las páginas se van deslizando las supersticiones, los actos revolucionarios, los asesinatos, las reyertas ligadas al reparto poco equitativo de la tierra o las reprimendas religiosas, uno comprende que estos términos pertenecen a la triste historia del ser humano de manera personal e intransferible. Poco importa si México, España, Rusia o Hong Kong. Por eso, Comala fue abrazando la fama de ser una tierra plagada de inmigrantes. Era lógico. Primero, porque se trata de una novela que habla de injusticia. Segundo, porque solo puede ser leída por víctimas de la injusticia. Y tercero, porque todas las víctimas de la injusticia acaban allí. Dicho de otro modo, Comala no es más que el punto en el que convergen todas esas víctimas que, de una manera u otra, vinieron porque acá les dijeron que vivían sus padres.

Allí donde se acaban todos los caminos, sea en Comala o no, comenzó Dante su Divina comedia. El Infierno, ese con el que se identificó hasta el punto de visitarlo en compañía de su querida Beatriz, se aleja de los estándares habituales para presentarse como un lugar donde se concentra el pecado sin prisa por ser purgado. Y digo sin prisa porque Dante sabía muy bien que las ganas de hincarle el diente a la manzana nos acompañarán para siempre, por mucho que el peaje se pague en ese lugar cónico e icónico donde lo mismo te encuentras con Averroes que con Helena de Troya. Porque la, para mí, obra más importante de la historia tiene en el Infierno su particular motor, su única razón. A pesar de concebir cada uno de los nueve círculos como un sentimiento reprobable, creo que Dante admira a la mayoría de personajes que pasean por allí, sintiéndose atraído por ese juego que plantea la serpiente. Además, se dejará guiar por Beatriz y Virgilio, dos de las personas que más amó, como si su presencia estimulase la atracción. Por tanto, Dante presenta el Infierno como un lugar sufrido pero deseable. Ambiguo y sincero. Hasta Satanás, que comete la desfachatez de torturar a personajes tan entrañables como Judas o Bruto, tiene varias caras. Esto demuestra que no siempre te puedes fiar de su Infierno… como tampoco te podrás fiar más tarde de su Paraíso.

Pero el Paraíso por antonomasia para cualquier poeta responde a una expresión que deslumbra solo con ser pronunciada: la Arcadia. Esta región griega fue utilizada en la época clásica como un patio de recreo para las historias bucólicas, para los cuentos con final feliz. Por ella pasean pastores sencillos que solo pretenden vivir en armonía con la naturaleza y con el propio mito. Y digo lo de mito con todas las consecuencias. La literatura, ya entonces, era un medio para escapar de la vida. Porque la literatura es mejor que la vida y así lo reflejó Virgilio en sus Bucólicas. El concepto, aunque en desuso, supo escapar a ese agujero negro llamado Edad Media que amenazaba con merendarse el resplandor de la cultura clásica. Curioso, la Arcadia desaparece cuando más falta hace. Pero gracias entre otros al propio Dante, volvió al escaparate durante el Renacimiento. Aquí aparece Sannazaro, que pasa por ser el hombre que colocó Arcadia en la mente de todos. Más tarde, hasta dos enemigos feroces como Lope y Cervantes se pondrían de acuerdo para compartir este retiro espiritual donde, por cierto, tampoco se llevaron bien. Poco a poco se fue apagando y solo el genio de Goethe provocó un último pero débil fulgor. El alemán no sabía que su único hijo, el Romanticismo, sería uno de los que más empeño pondría en cerrar la puerta de la Arcadia para dar paso a la ruina y la destrucción. El siglo XXI condenó al olvido a este lugar mágico, arrojando la llave al mar. Curioso, la Arcadia vuelve a desaparecer cuando más falta hace.

Utopía, Liliput, Crusoe y Arkham

Prima hermana de Arcadia fue Utopía, la ínsula que Tomás Moro descubrió gracias al explorador Hitlodeo. Paseando por ella uno puede encontrar la modernidad que no tenían las repúblicas allá por 1516, año en el que la isla fue colocada en el mapa. Utopía es la certeza de que un sueño puede tener sentido si se le da la importancia adecuada. Esto es relevante. De la mitad de los sueños no nos acordamos y de la otra mitad no nos queremos acordar. Moro sabía que el sueño de Utopía podía traer consigo un cabeza más para la colección de Enrique VIII. Sin embargo, creyó en él, y nos habló de lo que allí vio: elección popular del gobernante, uso equitativo de la tierra, libertad religiosa… Pero el viaje de Hitlodeo, el marino que tiempo atrás acompañó a Colón y a Vespucio, desencadenó una injusticia todavía vigente hoy: se adoptó el término «utopía» como símbolo de lo irrealizable. Pero, como decíamos, Tomás Moro no quiso expresar un imposible y sí un sueño. Porque él sí creyó en ella. Creyó en una sociedad felizmente instalada en su particular ínsula, fuese Utopía o cualquier otra. De cualquier manera, su cabeza terminó rodando a los pies de Enrique arrastrando con ella sueños y aspiraciones. Un triste final. Por cierto, en nuestro país la obra fue traducida por Francisco de Quevedo. ¿Quién mejor para hablar de sueños?

Pero no hay ínsula que se precie que no haya soñado con parecerse algún día a Liliput, el terreno que Gulliver tuvo que reconocer durante uno de sus viajes. En ella, la inocencia consigue que todos hayamos soñado con ser liliputienses alguna vez. Porque sus habitantes, lejos de ampararse en su aspecto diminuto, demuestran una altitud moral que no alcanzamos los que medimos más de seis pulgadas. La primera prueba es que ellos dieron de comer al náufrago cuando ni siquiera el náufrago lo esperaba. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros? La segunda llega cuando el creador de esta tierra, Swift, decide enfrentar al pueblo de Liliput con cualquier otro, qué más da. El escritor siempre tiene ganas de sangre, pero no siempre sus personajes quieren saciarlo. Por eso los liliputienses, rebeldes aun en la paz, lejos de utilizar esa arma de destrucción masiva llamada Gulliver en perjuicio de su enemigo, terminan aceptando una paz que, según cuentan las crónicas, todavía dura hoy.

No sabemos si Gulliver naufragó al salir de Liliput. Lo que sí sabemos es que, de haber naufragado, con toda probabilidad habría terminado en la isla que Robinson Crusoe colonizó para todos nosotros. En ella, Defoe consiguió algo que no consiguen el resto de parajes aquí analizados: la simbiosis entre el viajero y el medio. Más tarde, James Joyce, experto conocedor de la obra, afirmaría que la manera en la que Crusoe se afianza en la isla es un reflejo del colonialismo británico. Me temo que Viernes no estará de acuerdo con la enajenación del borrachín irlandés. En la isla de Crusoe hay espacio para la amistad, para el arrepentimiento, para el perdón. Y, por cierto, también para una crítica feroz hacia la conquista española de América. Algo que refuta la teoría de Joyce pues, al fin y al cabo, a la colonización española y a la inglesa solo les separa una cosa: el cristal con el que observas al que coloniza. Por tanto, el Crusoe de Defoe no tiene nada de guerra colonial porque no tiene nada de pretencioso salvo, quizá, en el terreno religioso. Por lo demás, la ínsula de Robinson es la literatura hecha causa ganada, pues el náufrago queda en paz consigo mismo y con aquello que representa el indígena Viernes. He aquí la simbiosis que no encontró Joyce. Esto, me temo, no pueden decirlo todas las potencias de la Edad Moderna.

Sí puede decir Lovecraft que no todos los parajes han de ser utópicos. En Arkham, las historias tienen sabor a suspense. Cuando la emoción se viste de negro, un hombre de mentón profundo resucita para dejárnoslo claro: si habéis venido a ser felices, largo. Por mucho que los estudiosos lovecraftianos se hayan pateado los mismos caminos que él se pateó, visitando las mismas paradas de autobús que él visitó, ninguno ha podido precisar de dónde salieron estas extrañas ciudades porque ninguno experimentó la sensación Lovecraft. Adolescente comatoso, joven escéptico, maduro fracasado, viejo sin ser viejo. Para cuando quiso deshacerse de las garras de su madre, ya habían aparecido los tentáculos de Cthulhu. Así que me atrevo a citar al genio de Providence: «No hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos». En el caso de Lovecraft, esa correlación sí podía encontrarse, por mucho que a él le diera pánico encontrarla. Si quieres encontrar Arkham no pasees en autobús buscando cuevas en Providence. Si quieres encontrar Arkham bucea en tus propios miedos, en tus inseguridades, en tu fracaso. Porque no se viaja para buscar el destino sino para huir de donde se parte.


Cómo se hace un periodista

Fotografía: Florian Klauer (CC0).

Un periodista es un nombre y una pose, no más. Usted puede apellidarse García y en el negocio de los papeles periódicos llegará, como mucho y con suerte, a ejercer de escudero de un Cavia. Conviene pues disponer de un apellido sonoro, rotundo, exótico, impar, un apellido categórico, por ejemplo, con la x de Bonafoux o con la w de Sawa. No crea que basta con agarrar el alfabeto por el final: la z concluyente no sirve. Ella es la consabida cola del abecedario y en el cabo de un patronímico, el ramplón remate de la carrera periodística de cualquier postulante. La z es de una vulgaridad irremisible e incapacita de forma severa para el ejercicio profesional. ¿Qué periodista se ha llamado Gómez? ¿Acaso alguno? El periodista Gómez es un sujeto inverosímil. Imaginemos su presentación en público: «Mi nombre es Gómez. Váyanse familiarizando con él, porque me dará mucho que escribir y a los demás mucho de que hablar». Semejante petulancia sería completamente absurda. 

Por el contrario, hay apellidos que autorizan la prosopopeya, que contienen en sus dos sílabas un proyecto periodístico afinado. Nakens solo tuvo que escribir las invectivas contra la plaga infesta de cavernícolas y sotanas que le dictaba la tremenda k, cismática y extranjerizante. Ni que decir tiene que un nombre castizo nunca jamás valdrá tanto como uno de importación. La ascendencia gabacha del periodista siempre ha estado muy cotizada, recuérdese el caso, sin ir más lejos o más cerca, de Antonio Dubois. O el de Saint-Aubin Bonnefon, aunque quizás este ejemplo esté mal traído y el personaje no debiese su fulgurante carrera al prestigio franchute de la onomástica, sino al empujoncito que, como cuñado de Canalejas, recibió de su familia política. Un toque de distinción british también resulta elegante, al extremo de ofrecer dispensa a la albísima redundancia de Blanco White. El liberal anglicismo quedó tan perfectamente incrustado en la personalidad del heterodoxo sevillano que pasa de matute y no parece lo que es, uno de los sobrenombres de nombradía del periodismo patrio. 

Los seudónimos vienen, en efecto, al socorro de las vocaciones burladas por la nomenclatura genealógica. Emilio se consagró como Fray Candil. No le quedó otra. Urgía borrar la signatura que convertía cualquier artículo en la pánfila ocurrencia de un badulaque apellidado… Bobadilla. Sin llegar a alcanzar las cotas de tan tremenda chufla, hay nombres propios que exigen perentoria sustitución, como hay identidades periodísticas que no se acomodan al nombre inscrito en la partida de nacimiento del registro civil. En ambos casos resulta forzoso abjurar del nom de famille y agenciarse un nom de plume. Si este connota cierta beligerancia, ayudará a amedrentar al enemigo y dispensará mejor apresto para la brega periodística. No lo dudó Francisco Martín Llorente: sin la fortuna de llevar al cinto del apellido ni una espada que desenvainar ni un máuser que empuñar, rubricó sus muy germanófilos comentarios de re bellica como Armando Guerra. Carmen de Burgos recomendaba mayor circunspección y votaba por «un nombre novelesco o histórico de buena sonoridad». Turbas de plumillas se han acogido a esta solución. Así, Álvarez Arránz firmó sus crónicas de tribunales con el nombre del legislador Licurgo; Eusebio Jiménez fue Espartaco, y Juan José Morato asumió la identidad corsaria de El arráez Maltrapillo. Ernesto López tomó prestado a Victor Hugo el nombre de uno de sus personajes, el archidiácono Claudio Frollo; Francisco Alcántara fue armado caballero con pescozada, espaldarazo y el nombre de Esplandián; Anastasio Anselmo González y Fernández no estaba, desde luego, para ponerse tiquis, pero ¿por qué no miquis?, y se puso Alejandro Miquis, como el hidalguete galdosiano, y Carlos Luis Álvarez decidió vestirse con el pesimismo escéptico del Cándido de Voltaire. Por su parte, Antonio Sánchez Ruiz quiso convertirse en Hamlet. Quizás algo pretencioso, debió de pensar. Y con la muy plausible intención de no pasar por un fatuo adosó al nombre shakespeariano el apellido Gómez. Error garrafal. No olvidemos que lo que hay que procurar, bajo cualquier concepto, es esquivar el muy pedestre Gómez. Y como recordatorio ahí está el destino de nuestro rebautizado Hamlet, exactamente el mismo que le hubiese aguardado perseverando en el Sánchez Ruiz del pecado original: triste, muy triste, tristísimo. Si finalmente el periodista no termina de encontrar abrigo en la semántica literaria, puede inventarse un nombre vacío y colonizarlo. Eso hizo Raimundo García Domínguez, llenar de significado su magnífico hallazgo dadaísta: Borobó. 

Una vez asumido el seudónimo, lo único que cabe es perseverar en él. Sostenello y no enmendallo, contra toda refutación. Así lo creía Sobaquillo, quien no estaba dispuesto a prestar atención al crítico que objetaba que el suyo era un nombre maloliente: «¡Ya será mejor llamarse uno Oppoponax o Patchulí!». Ni siquiera transigía con desodorizar el tufo colocándole detrás el apelativo con que fue inscrito en el registro civil, y reprobaba ese tipo de veleidades: «Hay literato tan distinguido como el autor de La Regenta, que pone, o deja de poner en las portadas de sus libros y folletos Lepoldo Alas (Clarín), o bien Clarín (Leopoldo Alas). Nunca he comprendido ese procedimiento. Si rejas, ¿para qué votos? Si votos, ¿para qué rejas? ». En efecto, si el sobrenombre dice lo mismo que el nombre, la redundancia sinónima atenta contra la economía periodística; y si el sobrenombre entraña una identidad distinta a la del nombre, la contradicción ontológica confundirá al lector. O votos o rejas. Y porque Sobaquillo tenía toda la razón del mundo no se dirá aquí el nombre que ocultaba el seudónimo maloliente. 

Pues bien, el periodista ya se ha agenciado un nombre. La siguiente tarea, no menos peliaguda, será encontrar una pose para comparecer en público. Porque trabajar para un periódico consiste en escribir a la vista de todo el mundo, exactamente igual, según Julio Camba, que lo hacían aquellas muchachas que vio en los escaparates londinenses para la reclame de unas plumas estilográficas. Ahí está también el periodista, expuesto tras el mínimo parapeto de una vidriera, publicitando su plumilla. Las inquisitivas miradas de los clientes no sospechan qué paciente mimo el maniquí ha invertido en planchar los pingos, cepillar las pelusas de la chaqueta y repeinar las greñas, qué escrupuloso cuidado ha puesto en acicalar la figura, qué concienzudo estudio fisonómico ha dictaminado cuál es su mejor perfil. Delante del espejo ha ensayado una y mil veces el gesto con el que posará en sus escritos y para el trasunto de la foto. Sí, los periódicos son una galería atestada de efigies fotografiadas. Las crónicas y columnas vienen con el sello lamido de una carita, que es el timbre de la autoría y la gloria. Hubo un tiempo en que solo los próceres del periodismo tenían derecho a ver su facha en la estampilla; luego, las estafetas comenzaron a democratizar su filatelia; y, al fin, el uso degeneró en esta inflación de figuritas que se creen dueñas de un semblante original, de un temperamento singular, de un estilo privado, aunque en realidad, tantas veces, resulten ser solo cromos pretenciosos y anodinos, intercambiables casi siempre. 

La única novedad es el desenfreno con el que el periodismo ha terminado por entregarse a la pulsión exhibicionista que, en realidad, le es connatural. Basta visitar la vetusta hemeroteca del siglo XVIII. Allí subsiste el personaje que se inventaron en 1781 Cañuelo y Pereira, o quienes quiera que fuesen los ilustrados que decidieron denunciar errores y necedades a través de un sujeto ficticio incapaz de morderse la lengua: «Censuro en la ciudad y en el campo, censuro despierto, censuro dormido, censuro a todos, me censuro a mí mismo y hasta mi genio censor censuro». Se llamó, lógicamente, El Censor. Y antes de ponerse a desahogar su bilis amarilla, creyó oportuno informar al público de sus facciones: «Es esta una cosa que puede dar mucha luz para la inteligencia de sus obras y, además, no se puede negar que causa cierta desazón esto de escuchar las razones de un hombre sin verle la cara». Encargó un retrato suyo y el retrato salió muy pinturero, pero terminó guardado en un cajón por una muy buena razón: «Unos ojos, una nariz, unos labios como otros infinitos que se ven todos los días por esas calles, satisficieron muy poco mi amor propio, que me había lisonjeado de una fisonomía más extraordinaria y más digna de un escritor». Burlar la curiosidad del público sólo contribuyó a espolearla y en las tertulias se convirtió en asunto de acalorada discusión si El Censor era el dueño de una planta «majestuosa, aunque algo austera» o, por el contrario, no era más que «alguna figura ridícula, algún hombrecillo de codo y medio, abotijado, metido de hombros, encendido de cara, con pequeños ojos que no podían ser sino azules, no otro que rojo el color de mi cabello». El debate no era baladí: «Cada partido daba sus razones. Alegaban los del primero, que la figura que ellos me atribuían era más conveniente a mi dignidad censoria. Oponían los otros que esta otra fisonomía era más propia de un genio ardiente e impetuoso como el mío».

Fotografía: Florian Klauer (CC0).

El periodismo y sus clientes comparten la atávica superstición de que existe una íntima equivalencia entre los rasgos del estilo y los de la fisonomía. Por eso mismo y por poca vanidad que gasten, los presumidos figurines consideran un ultraje el retrato que afea su perfil natural, y directamente homicida, el que corrige el clisé de la personalidad periodística que ellos mismos han acuñado. Joaquín Dicenta padre no admitía atenuantes para el criminal atentado de que fue víctima, en cierta ocasión, durante una estancia en Galicia. La prensa local se hizo eco de su presencia: «Fue completo el honor. Interview  y retrato». Corría el año 1908 y el grabado, la fotografía o la caricatura constituían un privilegio, la patente de la admiración y el respeto. ¿Cuál fue, entonces, el problema? Pues el desaguisado que «un ingenioso periodista y un notabilísimo dibujante […] realizaron conmigo al reproducirme física y moralmente en un diario coruñés»: «El dibujante me hizo más viejo aún de lo que soy por derecho propio. ¡Joven, no hay que abusar! El periodista la tomó con estos ojos de mi cara. […] Con tales ojos —sigue el decir suyo— no es posible que tome yo en serio los ideales que proclamo. ¡Compañero, no hay que abusar tampoco! […] ¡Lo que habré perdido en el concepto de las coruñesas por culpa del retrato! Cuando pienso en ello me entran ganas de arrojarme al mar de cabeza. ¿Para ahogarme? ¡Quiá!… Para volver nadando a Coruña y gritar apenas haga firme en tierra: “¡Señoras, fíjense ustedes bien; fíjense y verán que yo no soy el tío del retrato!”». El empaque del galán, discutido; la sinceridad del periodista, cuestionada. La primera puñalada la asestó Máximo Ramos dibujándole la cara de un higo paso; la segunda, la mortal, el reporter anónimo y cáustico que se ensañaba sin rebozo con aquellos «ojillos de vieja regocijada» que, decía, entibiaban el calor del discurso anarquista de su interlocutor: «La cara de este radical español se parece en algo a las de dos ultraconservadores franceses, el dramaturgo Sardou y, sobre todo, el poeta Coppée». La semblanza apareció en la portada de la edición de El Noroeste del 9 de junio de 1908. Dicenta salió maltrecho, mucho más de lo que estuvo dispuesto a admitir en el artículo que publicó en El Liberal el 4 de agosto. Habían transcurrido dos meses desde el fatal lance coruñés. ¡Dos meses! ¡Se había pasado dos meses rumiándolo!

El lastimado Dicenta se conformó con gimotear en la gacetilla de marras. Pero no todos los temperamentos consuelan su disgusto con una facilidad tan mansa. La reacción de Valle-Inclán ante una caricatura que le hizo Bagaría fue algo menos comedida: quería matarlo. «Cómo nace, crece y se desarrolla un grande hombre» era la leyenda que figuraba al pie de las tres viñetas, publicadas en el diario madrileño La Tribuna el 5 de marzo de 1912, que ilustraban los tres estadios de una prodigiosa metamorfosis: el tronco enjuto, tieso y seco de un árbol comenzaba por calarse el sombrero de ala ancha modernista; se agenciaba una napia postiza, superlativo sostén de las gafas de aro quevedesco y carey; finalmente, se dejaba crecer las luengas barbas, las negras guedejas y la manga hueca de un gabán escurrido. ¡Voilà, el grande hombre! No, no era cierto lo que diría Gómez de Barquero, aquello de que «la Naturaleza le ha dado la máscara que convenía a su espíritu». Era el escritor el que estaba fabricando su careta y Bagaría delataba los avíos del artificio. Valle-Inclán, fulminante, responde a través de una esquela, «Cómo se hace un caricaturista», mordiente hasta el libelo, que terminaba retando a duelo al dibujante. Luego, se tomó la molestia de enviar copia a las redacciones de los periódicos. Uno de ellos puso titular a la polémica: «A lápiz y a florete». Sin embargo, el del lápiz, ya fuese por civilizada convicción o por acobardados escrúpulos, se negó al juego de esgrima y la sangre no llegó al río. Con el tiempo Bagaría incluso se atrevió a caricaturizar de nuevo al escritor, pero con las debidas precauciones: nunca jamás reincidió en la irreverente iconoclastia con que había tratado al grande poseur.

La sospecha de que el retratista basa siempre su trabajo en la traición es la que hace tan incómoda la posición de plumillas y plumones en el trance de posar. Allá va Rafael Cansinos Assens, con la mosca detrás de la oreja, de camino al estudio de Manuel Tovar en la madrileña Cuesta de San Vicente para que le haga la caricatura que se publicará en la revista Flirt. Llega, se sienta dócil, ofrece el perfil más favorable y el dibujante comienza a trabajar hasta que, de repente, se para en seco: «Querido amigo, todo en usted son curvas, caracoles… No tiene usted aristas…, elude la caricatura…». Cansinos Assens hace un gesto de disculpa e insinúa: «¿Falta de personalidad?». Cuando el caricaturista termina, el caricaturizado se marcha bajando «a saltos la escalera, ligero y alegre, como después de una confesión». Francamente, es muy poco verosímil la escena de un alegre Cansinos Assens echándose a la calle. Podía huir del escrutinio de Tovar, pero le perseguiría el ojo clínico de Johann Caspar Lavater o de Franz Joseph Gall. En fin, viviría acosado por la terrible aprensión de carecer de personalidad fisiognómica. El caricaturista le había arrancado su inconfesable pecado. 

Las extracciones fotográficas no resultan menos dolorosas que los dibujines y caricaturas: «¿Habéis visto —preguntó Unamuno— nada que se parezca más al gabinete de un dentista que el gabinete de un fotógrafo? En el uno sacan muelas; en el otro sacan retratos». El paciente escribía todavía dolorido: acababa de atender la petición de «un redactor de L’Intransigeant, el cual, muy cortésmente, pero en el fondo con la intransigencia de la publicidad, me dijo si “en vista de cualquier eventualidad” no me prestaría a ir a casa de un fotógrafo, para que me sacasen unos retratos»: «Transigí ¿cómo no? ¿Quién se opone a la publicidad?». Él, desde luego, no. Él era un hombre público, un escritor que tenía buenas razones para dudar de que sus libros fuesen leídos por unas mil personas, que sabía que toda su fama se la debía a las cuartillas que mandaba a periódicos y revistas por toneladas, así que podía ponerse muy estirado y quejarse de las servidumbres que le infligía su notoriedad, pero a la hora de la verdad se arrugaba, aparcaba la pluma, ponía el tapón al tintero y se marchaba al estudio fotográfico, a estereotipar esa imagen suya tan calculada y que, según a quién se le preguntase, era la de un pastor protestante, un beato indígena o un monje de la inteligencia. En cierta ocasión, durante la visita a un psiquiátrico, le dicen que un interno desea conocerlo: «El joven recluido, con acento marcadamente catalán, me preguntó: “¿El señor don Miguel de Unamuno? ”. “El mismo”, respondí; y él entonces: “Pero el auténtico, ¿eh?, el de verdad, y no el que viene retratado en los papeles?…”. “El auténtico”, contesté sin pararme a pensar la contestación porque si la pienso…». La pensaría más tarde, porque se marchó con el comecome: «¿Estaba loco el recluido del Manicomio de las Corts de Sarriá? ¿No encerraba su pregunta un sentido profundo? No pregunté si aquel incomprendido no habría sido teósofo antes de ingresar en aquella casa de salud, y aun si no seguía siéndolo. ¿Por qué le contesté al pensionado de Sarriá que sí, que yo era el auténtico Unamuno? ¿Estaba yo mismo seguro de ello? ¿No será auténtico el otro, el que viene de vez en cuando retratado en los papeles?».

Con menos metafísica y más sentido práctico, Julio Camba lidió con el problema de la disociación de personalidades: no se dejaba fotografiar, nunca, bajo ningún concepto. Dada la penosa circunstancia de que el tipo que nació en Vilanova de Arousa y el célebre periodista compartían jeta, no podía arriesgarse a que un retrato descuidado desdijese la pose que tanto trabajo le había costado componer, así que evitó sin excepciones la ocasión improvisada y el objetivo de los amateurs. Como, de todas formas, la publicidad exigía un retrato, solía recurrir al que le hizo Alfonso, aquel en el que lucía una media sonrisa de «ni completamente en serio, ni completamente en broma» que era la que le cuadraba al autor de sus artículos. 

En fin, pueden decir, como Emilia Pardo Bazán, afectando olímpica indiferencia ante el maltrato misógino que recibió de dibujantes y fotógrafos, que «ni mis retratos ni mis caricaturas forman parte de mi “yo”». O pueden aparentar quejarse, como Manuel Vázquez Montalbán: «¿Por qué ese empeño en “fotografiarme” bajo, gordo, calvo?». La pregunta era el pie que le servía, a quien siempre quiso pasar por el anodino vecino del 4.º izquierda, bajo, gordo y calvo, para despejar balones como aquel que le lanzó Libération cuando se interesó por las razones que lo habían llevado a escribir: «Porque quería ser alto, rico y guapo. Gracias a la escritura he conseguido ser alto y guapo. No vivo mal, bastante bien si he de ser sincero». Digan lo que digan, no hay que hacerles caso. Son rarísimas las excepciones de sinceridad profesional. Francisco Umbral, preguntado en cierta ocasión si lo primero que leía en el periódico era su columna, contestó, sin miedo a ser tachado de narcisista y para quien quisiera entender: «No. Es lo primero que miro, para ver la foto». Por supuesto, no era una boutade.


Fernando León de Aranoa: La sola camisa limpia para siempre

Fotografía: Lupe de la Vallina

Nuestra sola camisa limpia para siempre. Claudio Rodríguez.

Fue un debut ciertamente brillante. Hace veinte años, un tipo que en su haber fílmico solo tenía un cortometraje, estrenó una película llena de ingenio, con una historia original, sorpresiva, humor fínísimo, sin brochazos ni escatologías, y con una estructura narrativa que, sin embargo, remitía a la mejor tradición barroca española. Familia, de Fernando León de Aranoa, proyectó imágenes aseadas, alegres, suavemente melancólicas acompañadas de la inimitable, pero tantas veces imitada, música de Stéphane Grappelli confiriendo tono, atmósfera y carácter a los personajes.  Por encima de todo contaba el guion. Había lecturas en su andamiaje: Cervantes, Borges, Bioy Casares, Pirandello, Unamuno, quiero pensar que Manganelli y Monterroso. Y una mano hábil y un cuidado naturalísimo en los diálogos. Ese gusto por la escritura queda demostrado en el hecho de que, según contaba el propio director, se le resquebrajaba el corazón cada vez que un actor rompía y tiraba las páginas del libreto que ya se habían rodado.

León de Aranoa empezó con el dibujo (destacables sus limpios y concretos storyboards), pero luego se decantó por el cine. Como buen introvertido, probó con el guion. Primero en publicidad y tele. Mucho dice deberle a Narciso Ibáñez Serrador. Luego dio el paso al cine. Un corto tanteo (que además serviría como punto de partida de la posterior Princesas) antes de probarse en las distancias largas. Y así se convirtió en aquello que los gacetilleros llaman una revelación. Además de la cuidada escritura en unos tiempos de congestión visual y analfabetismo rampante, sorprendió una dirección de actores serena y cuidada en un elenco eminentemente intergeneracional. Desde el magisterio de Juan Luis Galiardo (lo más parecido a Marcello Mastroianni que hemos tenido en España), pasando por la experiencia de Raquel Rodrigo, la recuperación de Amparo Muñoz y Ágata Lys, o el trampolín de Elena Anaya. No hay que olvidar los nombres con empaque que empaquetaron el proyecto: la fotografía de Alfredo F. Mayo y la producción de Elías Querejeta.

En este primer film, y tal vez de manera excepcional en la filmografía de un director que ha preferido desarrollar un cine con más apego a la realidad inmediata, la ficción es presentada como una (re)creación de la realidad burlesca, tal vez con el prurito revanchista del que sabe de las imperfecciones hirientes de la vida, pero al mismo tiempo consolidando una mirada única frente al mundo. Dejo que lo explique el propio director en la introducción de Contra la hipermetropía, un compendio de apuntes, pequeñas ficciones, artículos y entrevistas, cuando relata las representaciones teatrales de las que fue testigo en los campos de refugiados del norte de Uganda:

Cada sábado, en una explanada de tierra desolada, dos docenas de hombres y mujeres suben la dura realidad que les rodea y la recrean para los habitantes del campo. A las cuatro en punto de la tarde, cientos de desplazados se concentran ante una precaria tarima de madera levantada para la ocasión. Sus obras hablan de lo que hablan sus preocupaciones: de la guerra que desde hace más de veinte años asola el país, de los ataques de los soldados a las comunidades, de los secuestros, del peligro de las minas y los daños que producen entre la población civil (…) Y es que el arte, la ficción, sube para ellos la realidad a un escenario y se burla de ella. Allí arriba se siente expuesta, pierde su trascendencia, su pomposa gravedad, y se hace pequeña. Ya no es ella la que manda; no son sus leyes las que rigen, sino las de la ficción. La que escucha a sus personajes, la que, en lugar de llevarse vidas, las salva; la que cada sábado por la tarde, a las cuatro en punto de la tarde, reta a la realidad sobre un escenario y la avergüenza, devolviendo a los agraviados, a los tantas veces ofendidos, la esperanza, que acaso sea, de todas, la forma más perfecta y bella de la ficción.

La ficción de esta manera se convierte en un ritual. Una liturgia. La esperanza de los ofendidos, el refugio de los desamparados. Así como el hombre solitario se inventa una familia y huye, mediante la construcción de una farsa, de la desamparada realidad. Está presente la burla en su componente más infantil y lúdico; en la creación gratuita de la imaginación liberada. Como en el caso de la secuencia de las nubes, que remite, en un juego metaficcional, a la infancia del propio León de Aranoa:

Cuando uno es pequeño, mirar las nubes es un juego, no una asignatura. Un juego al que se jugaba tumbado en la hierba del parque, con los amigos al lado mirando hacia arriba, hacia el cielo; en realidad un juego muy parecido a ir al cine. Porque en el cine pasa lo mismo. Aunque todos vemos las mismas nubes, cada uno interpreta una cosa distinta.

Todo eso tiene que ver con la mirada. La mirada que tenemos sobre las cosas es lo más importante, más importante incluso que las propias cosas. Es lo que vemos en ellas lo que tiene importancia, no lo que son.

La mirada que (re)crea una realidad encuadrada en la ficción para convertirla en una epifanía, una súbita revelación. Esa sería la misión del artista, del hacedor de filmes. Como señala a propósito del cine de Alexander Payne: «Esa es, creo, la excelencia del narrador. Revelarnos lo inesperado en aquello que creíamos conocido». Las imágenes, por ejemplo, que proyectamos en las nubes. O la función improvisada de una jornada familiar.

En este primer León de Aranoa se palpa su gusto por la comedia italiana. Especialmente por la amable nostalgia que envuelve las películas más preciadas de Ettore Scola. No se considera un cinéfilo militante ni un culo pétreo de filmoteca. Parece clara la apuesta por la visualización discreta y una puesta en escena transparente, que sirve al actor y no al revés, como puntales de un cine que se inclina por el factor humano, pues a partir de Familia la realidad apegada a la inminencia ha sido una de las constantes de la filmografía de León de Aranoa.

La mala hierba en los márgenes de los caminos

Esta es una historia de barrio. No sería necesario añadir más a la lacónica sinopsis de Barrio, una película que empieza como la aventi marginal de tres chavales atrapados en la grisura de hormigón y asfalto caliginoso del extrarradio madrileño en plenas vacaciones veraniegas. León de Aranoa consolida pulso, tono, dirección de actores, escritura de historias entretejidas en el mismo cansancio vencido y sudoroso que, sin embargo y como es norma de la casa, esconde intensos fogonazos de esperanza. Pero, a diferencia de Familia, en este caso la vida va en serio y la tragicomedia gana en dureza y pierde la liviana amabilidad de la fábula excéntrica. Aquí ya estamos ante la voluntad expresa de una poética cinematográfica. Y nada mejor que apelar a una tradición para situar las propias ambiciones creativas.

Me gustan las películas que crecen como la mala hierba, en los márgenes del camino embaldosado de los géneros; las que eligen los caminos secundarios, que invitan a detenerse y respirar, y evitan las autopistas de la industria y sus peajes. Me gustan las películas sabias, las que te hablan al oído, las que eligen la sugerencia y la duda; las que saben que, en el cine, como en la vida, importa lo que se calla más que lo que se dice.

Creo que el cine que ha alcanzado una comprensión más exacta de la condición humana ha sido el que hicieron los italianos en los años cincuenta, sesenta y setenta. Su mirada generosa y crítica sobre la realidad, tierna y ácida a la vez, ha sabido desentrañar con acierto el complejo misterio de nuestra naturaleza, abrir los solemnes cajones de la tragedia con la llave del humor, de la esperanza.

Siempre el humor como antídoto que atenúa el dolor circundante y espolea la leve esperanza. Por otra parte, la combinación de ternura y acidez, generosidad urgente y crítica sobre la realidad marcarán, a partir de Barrio, las ficciones (aunque también en la labor documental se mantiene cierto tono de combinado emocional) rubricadas por León de Aranoa. Princesas, Amador o Un día perfecto.  

Párrafo propio merece una de sus más reconocidas películas: Los lunes al sol. Partiendo de la inspiración directa de la Naval de Gijón, el director imagina el futuro truncado de unos hombres despedidos después de las negociaciones sindicales. El film fue un éxito rotundo y despertó encendidos debates sociales antes del estallido de la crisis económica de 2008. Consolida, además, a un cineasta con una mirada eminentemente de izquierdas y lo sitúa en una tradición de cine europeo que mantiene vivo el ardor marxista. Tal y como destripa el crítico e historiador de cine Casimiro Torreiro en Realismo, compromiso, poesía. El cine de Fernando León de Aranoa: «Como ocurría con el trío protagonista de Barrio, aquí cada personaje responde, de hecho, a una tipología concreta de obrero que, de un día para el otro, ve desaparecer aquello que, desde que existe el trabajo remunerado, constituye su razón de ser como clase social: la venta a un empleador de sus adquiridas capacidades profesionales; en términos marxistas, la venta de su fuerza de trabajo para que otro obtenga de ella una determinada plusvalía. En qué se convierte ese ser humano desde entonces ha sido el tema abordado por algunos de los cineastas europeos de izquierdas en los últimos años, desde Full Monty (1997) de Peter Cattaneo o Tocando el viento (1997) de Mark Herman, hasta nutridas propuestas de Ken Loach (La cuadrilla/The Navigators, 2001), los hermanos Dardenne o Robert Guédiguian. El telón de fondo de esta anulación profesional está hecho, claro está, de angustia y de miedo».

Pero, más allá del entroncamiento con postulados engagés, la brújula que sirvió de guía en el rodaje fue la poesía de Claudio Rodríguez. Tal y como confiesa el realizador, su cine busca la atmósfera precisa, el tono justo, el equilibrio de la historia y sus personajes en elementos artísticos, en apariencia, desligados del cine. «Pero tú oye, déjame decirte que, / a pesar de tanta vida deplorable, / a pesar y aun ahora, que estamos en derrota, nunca en doma, / el dolor es la nube, / la alegría, el espacio; / el dolor es el huésped, / la alegría la casa». Y así Los lunes al sol: huéspedes del dolor, resguardados en una casa donde, a fogonazos, es posible la alegría. La esperanza titubeante. «Y bien, al cabo/ así nosotros, ¿qué otra cosa haríamos / sino tender nuestra humildad al raso, / secar al sol nuestra alegría, nuestra / sola camisa limpia para siempre?».

Esa humildad que sigue en pie pese a las hostias inmisericordes de la vida la vemos directa y desnuda en sus documentales. Ahí donde León de Aranoa se atreve sin la red de la escritura del guion elaborado y lejos de la realidad conocida: en Caminantes (México) e Invisibles (con el capítulo «Buenas noches, Ouma», en el que retrata la terrorífica cotidianidad de los niños perseguidos por el RLA en la interminable guerra de Uganda). También sus inquietudes sociales le llevaron al rodaje de Política, manual de instrucciones, que husmeó en todos los debates, reuniones y rincones ideológicos que dieron pie a la creación de Podemos. En este documental está todo lo que fue, no fue y pudo haber sido. Solo hay que leer/mirar entre líneas.


La España que bosteza: Ganivet, Unamuno y la degeneración del 78

Ángel Ganivet. Fotografiado por Compañy en Madrid, 1903.

De este, pues, formidable de la tierra
bostezo el melancólico vacío…

Góngora.

Acaban de cumplirse ciento veinte años de la prematura muerte de Ángel Ganivet, que vio en el «alma española» la confluencia del estoicismo grecorromano, el cristianismo y el legado cultural árabe. Durante los últimos meses de su vida, Ganivet mantuvo un apasionado debate epistolar con su amigo Unamuno, una reflexión a dos voces fundamental para comprender los orígenes y la evolución de una crisis de identidad nacional que, como demuestran los acontecimientos políticos más recientes, está lejos de haber sido superada.

El tema de España

La breve pero intensa relación entre Ganivet y Unamuno ejemplifica de forma especialmente clara y temprana las preocupaciones, los temas recurrentes y las contradicciones de la Generación del 98, un movimiento literario —pero no solo literario— que, a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre él, aún no ha sido comprendido en toda su amplitud y complejidad.

Para empezar, ni siquiera hay un consenso pleno sobre sus integrantes. Ateniéndose a criterios meramente cronológicos y estilísticos, algunos incluyen en el elenco a autores como Benavente, Blasco Ibáñez o Arniches; pero la Generación del 98 no se define solo por su ruptura con la retórica decimonónica —una ruptura que la aleja tanto del romanticismo como del realismo al uso—, sino también, y sobre todo, por sus preocupaciones políticas y filosóficas, que se centrarían en lo que se denominó el «tema de España»: la angustiada búsqueda de una identidad nacional tras la larga decadencia y la abrupta desaparición del Imperio español. De acuerdo con este criterio más restrictivo, los componentes del núcleo duro de la Generación del 98 serían, por orden alfabético, Azorín, Baroja, Ganivet, Machado, Maeztu, Unamuno y Valle-Inclán.

Aunque algunos consideran a Ganivet un precursor de la Generación del 98 más que un miembro propiamente dicho, puesto que murió el mismo año de referencia en que se sitúa la eclosión del grupo, no tiene mucho sentido, como señaló el propio Unamuno, llamar «precursor» a alguien estrictamente coetáneo de los autores a los que supuestamente precede. Ganivet es un miembro de pleno derecho, y uno de los más representativos, además; solo que su muerte prematura le impidió, a diferencia de sus compañeros de generación, desarrollar su obra y contrastarla con la turbulenta realidad histórica del primer tercio del siglo XX.

De hecho, es Ganivet el que nos ofrece, con su Ideariun español, la más explícita y sistemática exposición del «tema de España». Unamuno, que lo sobrevivió cuatro décadas, profundizaría mucho más que él en la materia; pero el Idearium, con todos sus defectos —y sus excesos—, sigue siendo el libro de referencia para obtener una visión de conjunto de los tópicos e inquietudes de la Generación del 98.

En la primera parte del Idearium, afirma Ganivet que los tres elementos constitutivos del «alma española» son el estoicismo grecorromano, el cristianismo y la influencia árabe, un riquísimo patrimonio que se desperdició en la aventura imperial. «Si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente en que nos puso —dice al final de la primera parte—, lo mismo que la fuerza nacional se transformó en acción, hubiera podido mantenerse encerrada en nuestro territorio, en una vida más íntima, más intensa, y hacer de nuestra nación una Grecia cristiana».

En la segunda parte, y tal como anuncia la frase anterior, propone Ganivet la reconstrucción interior de la nación: «Una restauración de la vida entera de España no puede tener otro punto de arranque que la concentración de todas nuestras energías dentro de nuestro territorio». Y en la tercera y última parte invita a «un acto de contrición colectivo» para superar la pasividad y el sometimiento a las influencias exteriores, esa abulia que para Ganivet es el gran vicio nacional, y que sería uno de los temas recurrentes de la Generación del 98, como nos recuerdan los versos de Machado: «Hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza/ entre una España que duerme/ y otra España que bosteza».

El porvenir de España

Miguel de Unamuno, 1925. Fotograafía: Agence de presse Meurisse / Bibliothèque nationale de France.

Algunos de los temas y conceptos del Idearium habían sido abordados también por Unamuno hacia la misma época, sobre todo en La España moderna En torno al casticismo, y la idea unamuniana de «intrahistoria» armonizaba con la «reconstrucción interior» propugnada por Ganivet, lo que llevó a ambos autores a mantener en 1898 un cordial debate público sobre los temas de interés común, en forma de cuatro extensas —e intensas— cartas abiertas que aparecieron en El Defensor de Granada bajo el epígrafe El porvenir de España. Pero la relación Ganivet-Unamuno venía de antes: se remontaba a 1891, cuando, con motivo de unas oposiciones, coincidieron en Madrid y durante un par de meses se vieron casi a diario. Ganivet tenía a la sazón veinticinco años y Unamuno aún no había cumplido los veintisiete. Y sin duda estas conversaciones juveniles sentaron las bases de su posterior relación epistolar, que duraría hasta la prematura muerte de Ganivet.

En 1912 El porvenir de España se publicó en forma de libro, con unas «Aclaraciones previas» de Unamuno en las que nos advierte: «Como han pasado cerca de catorce años desde que estas cartas abiertas se publicaron y en estos años he cambiado no poco en mi manera de ver y apreciar muchas cosas, yo, por mi parte, habría condenado a no ser jamás reeditada la parte que en este volumen me corresponde, y si he accedido a ello es solo para que así resulte más claro y más justificado lo de Ganivet que a lo mío se refiere, como lo mío a lo suyo». Y acaba diciendo: «Me felicito de poder contribuir a que sea mejor conocido aquel hombre de pasión, de pasión más que de ideas, aquel gran sentidor, sentidor más que pensador en esta tierra en que es pasión y sentimiento y entusiasmo más que ideas y doctrinas lo que falta». Al conocedor de la obra de Unamuno no le sorprenderán estas advertencias preliminares, pues, efectivamente, algunas de sus afirmaciones de 1898 contrastan vivamente con su pensamiento posterior.

En su primera carta abierta, que básicamente es un comentario-respuesta al Idearium español, denota Unamuno un esencialismo cristiano que lo lleva al extremo de negar la importancia de las influencias pagana y árabe, que compara a las tempestades que alborotan la superficie del mar sin alterar sus profundidades. Todavía está lejos del escepticismo subyacente a obras como La agonía del cristianismo San Manuel Bueno, mártir. Pero lo más interesante de esta primera carta es su impugnación de la España una e imperial impuesta a sangre y fuego por los Reyes Católicos y sus herederos. «Nuestro pecado capital fue y sigue siendo el carácter impositivo y un absurdo sentido de la unidad», son sus contundentes palabras. Y más adelante añade: «Más de una vez se ha dicho que el español trató de elevar al indio a sí, y esto no es más que una imposición de soberanía. El único modo de elevar al prójimo es ayudarle a que sea más él cada vez, a que se depure en su línea propia, no en la nuestra».

En su respuesta, Ganivet se acerca a la posición antiimperialista y antiunitarista de Unamuno: «Si existe un medio de conseguir la verdadera fraternidad humana, este no es el de unir a los hombres bajo organizaciones artificiosas, sino el de afirmar la personalidad de cada uno y enlazar las ideas diferentes por la concordia y las opuestas por la tolerancia». Y nos sorprende luego con una observación de extraordinaria actualidad: «El socialismo tiene en España adeptos que propagan estas o aquellas doctrinas de este o aquel apóstol de la escuela. ¿No hay acaso en España tradición socialista? ¿No es posible tener un socialismo español?». El triunfo de la revolución cubana y su emancipación del modelo soviético, así como los recientes procesos transformadores autóctonos de Venezuela, Bolivia o Ecuador, han demostrado —pese a todos sus defectos y excesos, o precisamente por ellos— que no hay una única y preestablecida vía al socialismo: se hace socialismo al andar, y en cada país y momento la andadura tiene características propias; en este sentido, las palabras de Ganivet son proféticas. Y también lo son cuando dice: «España es una nación absurda y metafísicamente imposible. Su cordura será la señal de su acabamiento».

En su segunda carta abierta, Unamuno muestra su desacuerdo con lo que denomina el idealismo de Ganivet: «Lo que cambia las ideas —dice—, que no son más que la flor de los estados del espíritu, es la organización social… En diferentes obras, algunas magistrales, como las de Marx y Loria, está descrita la evolución social en virtud del dinamismo económico». E insiste en su antiunitarismo: «No me cabe duda de que una vez que se derrumbe nuestro imperio colonial surgirá con ímpetu el problema de la descentralización, que alienta en los movimientos regionalistas… Nada dificulta más la verdadera unión de los pueblos que el pretender hacerla desde fuera, por vía impositiva, o sea legislativa, y obedeciendo concepciones jacobinas, como suelen serlo las del unitarismo doctrinario».

Su segunda carta, la última de la serie, la inicia Ganivet con otra frase profética: «Poco a poco, sin pretenderlo, vamos a componer un programa político». Por desgracia, Ganivet moriría trágicamente ese mismo año, y no pudo seguir participando en ese trabajo programático; pero Unamuno y los demás miembros de su generación sí lo harían; poco a poco, a lo largo de cuatro décadas confusas y turbulentas, a veces pretendiéndolo y otras sin pretenderlo. No es un programa explícito y pormenorizado, el de la Generación del 98; pero su constante preocupación política y filosófica se traduciría en un corpus literario y ensayístico de extraordinaria influencia sociocultural, permanentemente recorrido por las angustias y contradicciones que desembocarían en la impropiamente denominada Guerra Civil.

La histeria se repite

Desde el punto de vista ideológico, la Generación del 98 supone el cuestionamiento del trinomio tradicional —y tradicionalista— Dios-patria-rey. Un cuestionamiento titubeante y confuso al principio, pero que con el tiempo daría lugar a posturas definidas y en ocasiones enfrentadas, desde el fascismo explícito de Ramiro de Maeztu hasta el republicanismo militante de Antonio Machado. Un cuestionamiento del que fue hija la Segunda República, y que provocó la brutal reacción armada de la derecha.

Tras el triunfo del golpe fascista, el trinomio Dios-patria-rey adoptó la forma nacionalcatolicismo-españolismo-franquismo, y tras la autodenominada «transición» se mantuvo vigente con algunas variaciones ostensibles pero insuficientes: el franquismo dio paso al borbonismo, el nacionalcatolicismo perdió presencia pero no poder y el españolismo siguió —y sigue— imponiéndose por todos los medios, incluido el tolerado auge —la resistible ascensión, como diría Brecht— de la derecha más extrema. Si algo bueno había en el «espíritu del 78», la España que duerme sumida en el sueño de la razón, que vuelve a engendrar los mismos monstruos (la historia no se repite, pero la histeria sí, es pura repetición irracional), lo ha degradado con la abúlica complicidad de la España que bosteza.

«Por Dios, por la patria y el rey lucharon nuestros padres; por Dios, por la patria y el rey lucharemos nosotros también», proclama el himno tradicionalista, cuyos ecos resuenan de nuevo con fuerza. Por el laicismo, la descentralización y la república lucharon nuestros padres intelectuales de la Generación del 98; ¿lucharemos nosotros también o seguiremos bostezando?


Cartas desde la colina: Jiménez Fraud y la España dividida

Alberto Jiménez Fraud y José Moreno Villa, 1930. Fotografía: Residencia de Estudiantes / CSIC.

En pleno centro de Madrid hay un trozo de la historia artística y científica de España. Unos edificios de rojizo color; con persianas de madera color verde y rodeados de jardines. Entre esos mismos chopos y adelfas pasearon Salvador Dalí, García Lorca, Luis Buñuel, Miguel de Unamuno, entre otras muchas personalidades. La Residencia de Estudiantes de Madrid, un proyecto de la Institución Libre de Enseñanza impulsado por una figura clave en la historia de la cultura y la pedagogía española: Alberto Jiménez Fraud.

Primer director de la Residencia, nacido en 1883, se exilió en 1936 tras el golpe de Estado de Francisco Franco; mismo año en que la Segunda República inició su final y en que la Residencia de Estudiantes detuvo su labor durante medio siglo. Muchas son las cosas que se llevó la guerra civil. Y, como todas las guerras, no aportó nada bueno. Paseando hoy entre los chopos de aquella colina, en la segunda etapa de este lugar, iniciada en 1986, es difícil poner en orden la secuencia histórica del escenario que se convirtió durante un breve periodo en referencia cultural europea y latinoamericana en el corazón de la ciudad de Madrid. La reciente publicación del completo epistolario de Alberto Jiménez Fraud (Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Fundación Unicaja, 2018) sirve como hilo conductor de la crónica de uno de los momentos con más luz de nuestro país.

Y, también, de uno de los momentos con más sombras.

La Residencia de Estudiantes de Madrid se fundó en 1910 y, tal y como podemos leer en el Epistolario, donde se recoge la correspondencia con personalidades de la talla de Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset o Manuel de Falla, se concibió como un espacio de apertura intelectual y artística que mirara hacia Europa. El viejo continente de los primeros años del siglo XX, en que tantas y revolucionarias ideas se estaban dando cita; la Europa de profesionales de tantas ramas que habrían de pasar a la historia y que terminarían por darse cita, de una u otra manera, en la misma Residencia. Sería fácil enumerar las personalidades que coincidieron en aquella primera etapa, que va desde 1910, año de su fundación, primero en las instalaciones de la calle de Fortuny, y a partir de 1915 en la Colina de los Chopos, actual lugar donde la historia de este lugar continúa. Del mismo modo, sería fácil hablar de que entre sus paredes cultivaron su labor, como residentes, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Federico García Lorca, Severo Ochoa o Juan Ramón Jiménez. Que en el piano que aún se encuentra en el salón de actos tocaba Manuel de Falla las noches relajadas de jolgorio. Lo difícil es hablar de la labor que la Junta para Ampliación de Estudios, presidida por Santiago Ramón y Cajal, llevó a cabo en esa primera etapa. Tal y como se destila de la lectura de las cartas citadas, el proyecto de Jiménez Fraud ponía el foco de atención en el avance científico y artístico de Europa, trayendo algunas de las ideas pedagógicas más punteras a una España que encaraba el ascenso hacia la Segunda República y el fin del reinado de Alfonso XIII.

Pero ya con el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923 quedó claro que las ideas y aspiraciones de la Residencia chocaban con una España convulsa; anclada en el absolutismo y recelosa por los grandes estamentos y nobles que componían las altas esferas de abrirse a ideas peligrosas.

Tras su exilio, en una carta datada el 20 de Febrero de 1937, el director de la Residencia expone:

[…]Como usted sabe, yo no he intervenido nunca en política. Por eso pude sacar adelante la obra de la Residencia, en tiempos tranquilos y en momentos agitados, teniendo siempre a mi lado lo mejor de España en todos los grupos sociales. De todas las amistades hechas por mí para mi obra (entre las cuales cuento a usted) he estado y estaré siempre, cualesquiera que sean las circunstancias, superlativamente orgulloso. Desgraciadamente, a algunas de ellas solo puedo pagar ya un tributo de fidelísima memoria íntima oral, y si puedo, escrita: dos de los más verdaderos, más leales y más íntimos amigos míos y de la Residencia, Silvela y Beceña, han sido asesinados en esta terrible guerra.

Durante los dos meses que pude sostenerme en Madrid, después de estallar la guerra civil, las Residencias, sus directores y yo sostuvimos, como siempre, sus altos principios de colaboración académica y de respeto de la personalidad humana. Fuimos acusados de fascistas porque defendimos la libertad de todas las personas que estaban bajo nuestra custodia y porque permanecimos inmutablemente fieles a nuestros amigos […]

(Alberto Jiménez Fraud: Epistolario, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Fundación Unicaja, edición de James Valender, José García-Velasco, Tatiana Aguilar-Álvarez Bay y Trilce Arroyo)

Esta fue la consecuencia directa de la conspiración militar que se puso en marcha en 1936, mientras Manuel Azaña formaba gobierno con una alianza de izquierdas republicanas, y que habría de cambiar el curso de la historia de España y, por ende, el destino y la meta de la Residencia de Estudiantes. El exilio sería la única salida posible para muchos de los intelectuales, la mayoría simpatizantes y políticos republicanos, que vieron caer con la guerra su ambicionado proyecto de colocar a España a la cabeza de la innovación intelectual. Alberto Jiménez Fraud, krausista, abandonó la Colina de los Chopos y Madrid en 1936 junto con su familia y se exilió en Oxford, donde fue docente hasta jubilarse y terminar sus días en 1964. El futuro de la Residencia fue igualmente triste: en 1936 se convirtió en un hospital durante la guerra, para ser cerrada desde 1939 hasta 1986, momento en que comenzó su segunda etapa y volvió la vida al lugar que albergara tantos futuros artistas y científicos que han terminado por pasar a la historia.

En una carta de 1963, de Alberto Jiménez Fraud a Jesús Bal y Gay, decía el antiguo director:

[…] Quién sabe si muy pronto podremos dar un gran impulso a esa continuidad de la Residencia que todos ansiamos, impulso que no tiene más espera, al menos de parte mía, que aunque me encuentro ahora muy bien de salud y con ánimos quizá excesivamente juveniles, me quedan ya muy pocos años de actividad creadora, la cual me urge emplear en la iniciación de cosas, que antes de cesar yo, tendría la alegría de ver asegurada su continuación ¡para mayor gloria de nuestra Casa!

(Alberto Jiménez Fraud Epistolario, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Fundación Unicaja, edición de James Valender, José García-Velasco, Tatiana Aguilar-Álvarez Bay y Trilce Arroyo)

Como tantos otros intelectuales y políticos de la época que abandonaron la España derrotada y sometida por el fascismo de la dictadura de Franco, Jiménez Fraud y sus compañeros no abandonaron nunca la idea de volver a la Colina de los Chopos y continuar donde lo dejaron el proyecto de la Residencia de Estudiantes.

Me va a permitir ahora el lector que rompa la cuarta pared para hablar de tú a tú. En este caso no como periodista, sino como becario de la Residencia. Desde que se me concedió una beca de creación artística por parte del Ayuntamiento de Madrid, que junto con otros ministerios e instituciones conceden un número limitado de becas de carácter anual, vivo en esta misma colina de los chopos, desde donde ahora escribo estas palabras. El mismo lugar en que enormes personalidades vivieron sus vidas, tuvieron sus fiestas, sus alegrías y sus dolores. El mismo lugar que quedó abandonado en el momento en que España se partió en dos, y hoy, por mucho que algunos se nieguen, aún vemos esas mismas heridas: la lucha entre fascistas y republicanos; entre monárquicos y comunistas, entre los que dicen que antes se vivía mejor y los que tuvieron que marcharse a otros países solo para vivir. Entre ellos, parte de mi propia familia. Por eso fue importante leer estas cartas con atención; porque más allá de los tintes políticos, de las ideas krausistas o comunistas y de la doble moral de lo burgués, que no faltaba en un bando y en otro, se atisba el intento de hacer algo bueno. Algo importante. De criar una generación de intelectuales a los que no hagan sombra en el mundo; de aportar algo imperecedero como el arte puro, como los avances científicos, la medicina. De recordar al mundo que en España hay gente que vale y que la juventud no es excusa para no ser brillante. En estas mismas cartas que al fin han visto la luz con una publicación que hace honores a su legado, se ven la impotencia y el dolor al cortarse de raíz todos esos sueños.

Y la misma historia se siente al caminar por estos pasillos; al ver atardecer Madrid desde la colina, siguiendo el legado de quienes lo dieron todo por esta causa y los que se exiliaron o murieron cuando una guerra acabó con los sueños de toda una nación. Y ahora, esa misma guerra, quizás ahora más fría, continúa cada vez que se habla de buscar a los muertos y darles una digna sepultura; de exhumar al dictador y quitarle la gloria y la veneración que no merece; cada vez que hay un partido de fútbol y cada vez que alguien habla en un idioma que no sea el castellano. La misma guerra que esta España partida sigue librando desde hace más de medio siglo. Pero aquí, desde la colina, como le pasara a Alberto Jiménez Fraud y tantos otros amigos de la Residencia, parece que aún hay esperanza.


Guerra al calco anglicista

Benito Pérez Galdós, 1901. Imagen: Blanco y Negro (510) (DP).

La guerra del siglo XXI será lingüística o no será. Son numerosos los frentes abiertos alrededor de esta confrontación gramatical, que lo mismo incluye una tilde en un adverbio que una coma entre sujeto y verbo. Entre ambos fuegos se sitúa el castellanohablante, que ve cómo las balas sobrevuelan su cabeza, sin saber si será un proyectil en forma de imperativo o de posesivo el que se adentre en su corazón podrido por las clases de Lengua. No habrá paz hasta que los nazis gramaticales perezcan, ni fumaremos de su pipa hasta que los anarquistas ortográficos acaten la ley. Pero tranquilo, españolito que vienes al mundo. El día que una de las dos ortografías deje de helarte el corazón, solo podrá ser por dos motivos: o se ha extinguido la raza humana, o alguien con criterio le ha pegado fuego a la torre de Babel. Ya se ha dejado caer por el párrafo que el castellanohablante tiene más frentes abiertos que las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Bien, pues de entre todos esos frentes hay uno con el que debe tener especial cuidado si no quiere perecer en el campo: la llegada descontrolada del calco semántico procedente del inglés. Decía Unamuno que la llegada de nuevas palabras debe servir para añadir nuevos matices e ideas al idioma… cuán equivocado estaba el viejo.

El problema de esta llegada irracional de nuevos términos originarios de la lengua de Shakespeare es que, a menudo, no aportan nada. ¿A qué se puede deber entonces este desembarco masivo de anglicismos innecesarios? Primero, a que España siempre ha observado las islas británicas con admiración. Desde que Fraga volvió de Londres con bombín hemos colocado a Dickens por encima de Galdós; a Clapton por encima de Paco de Lucía; a Churchill por encima de Hernán Cortés; a Beckham por encima de Raúl. Por otro lado, nuestro acomodo en el autobús capitalista ya es un hecho, y conducimos a gusto sobre esta american way of life mientras entonamos canciones de Rihanna a todo trapo. El anglófono ha colonizado nuestra otrora lengua dominante, y solo nos queda doblar la cerviz servilmente para no quedarnos atrás en este mundo globalizado.

Ahora bien, una cosa es dejar la puerta del préstamo lingüístico abierta para enriquecer nuestra lengua con novedades llegadas allende los mares, y otra muy diferente es que en esta guerra se cuele un término como «bizarro». Sí, el horror. Según la RAE, este palabro ya puede utilizarse para referirse a la «rareza». Hasta hace no mucho, la Academia decía esto: «En español significa “valiente, esforzado” […] debe evitarse su uso con el sentido de raro o extravagante, calco semántico censurable del inglés bizarre». Sucumbimos a la moda anglófona y el pueblo ya utiliza «bizarro» para referirse a lo raro cuando antes ya contaba con maravillas como estrafalario, extravagante, esperpéntico, peculiar, estrambótico, insólito, infrecuente, inusual… Todas ellas formas hermosas, con sus pequeños matices. ¿Quién necesita bizarros en esta lengua?

Luego está el asunto informático. Es un hecho que la tecnología nos ha secuestrado las meninges y ha añadido cookies, webs, links, routers, users, passwords, hackers y quién sabe cuántos términos demoníacos más a nuestro imaginario. Sin embargo, cada vez que la palabra «remover» es utilizada con el significado «borrar», en un calco horripilante del inglés to remove, la guerra recrudece, los cañones resuenan estruendosos, las banderas se agitan al aire y el apocalipsis bélico alcanza su cota más alta. ¿Quién demonios decide utilizar «remover» en lugar de borrar, suprimir o eliminar sin que su alma se vuelva negra como el retrato de Dorian en la bodega? ¿De verdad añade algún tipo de matiz esta relación semántica? ¿No le bastaba a «remover» con su sempiterna definición: «Mover algo, agitándolo o dándole vueltas, generalmente para que sus distintos elementos se mezclen»?

Como en toda guerra, el asunto sexual tiene mucho peso en el correcto desempeñar de los quehaceres bélicos. Troya fue arrasada por una mirada de Helena, la Península fue ocupada por los musulmanes gracias a un lío de faldas y todos sabemos cómo acabó Egipto después de que el Senado de Roma se hartara de los favores que Marco Antonio le dispensaba a Cleopatra. En esta guerra ortográfica, el sexo también tiene mucho que decir. ¿En qué momento de la línea cronológica del castellano, alguien decidió que podemos «tener sexo»? Parece que este calco horrible (del inglés to have sex) no sabe que todos tenemos sexo, a menos que alguien haya perdido sus órganos genitales por mutilación o malformación, o quizás nos tomen a todos por maniquíes de la calle Preciados, con nuestra entrepierna difuminada por el pudor. Menos tener sexo y más follar, castellanohablantes, o habrán ganado ellos la guerra sin paliativos.

En este mismo plano también habrá que censurar la aparición del adjetivo «excitante» cuando alguien quiere referirse a algo emocionante, apasionante, emotivo, conmovedor… Este calco del inglés exciting le roba la identidad a nuestro viejo verbo «excitar», que cuenta con definiciones tan maravillosas como «Ocasionar o estimular un sentimiento o pasión» y «Despertar deseo sexual». Definitivamente, cuando en las series americanas un padre encuentra «excitante» la actuación de su hijo en el último partido de béisbol del curso, no se está refiriendo al mismo tipo de excitación que hemos conocido aquí durante todos estos años de paz lingüística hoy quebrantada. Fuera del terreno del sexo, empiezan a surgir por el campo de batalla aquellos que, sin morir al cometer semejante atrocidad, se deciden por el término «colapsar» para referirse al verbo «derrumbar» (to collapse). Para derrumbe o, esperen, que voy a lucirme, derribo, demolición, destrozo, destrucción, hundimiento o ruina, ya tenemos este idioma que se oculta famélico detrás de las trincheras. No sé si colapsado, pero seguro que sí harto de ver cómo se despersonaliza en favor de la lengua global. Otro crimen se produce cuando en cada capítulo de CSI los científicos encuentran «evidencias» en lugar de «pruebas». El detective Pepe Carvalho se revolverá en su tumba previendo que serán evidencias y no indicios, pistas o señales aquello que marque sus novelas. Lo único que evidencia este batiburrillo de calcos, dicho sea de paso, es que pronto terminará la guerra y dará con nuestros huesos en el calabozo.

Otro asunto, este ya desde el frente sintáctico, es la utilización de «esperar por» en vez del castellanísimo «esperar a». Este calco, triunfo del anglicista wait for, consigue que ahora espere por ti en lugar de esperarte a ti, que es como se ha esperado aquí toda la vida desde que Sara Montiel esperara fumando quién sabe a quién en alguna película de los años cincuenta. La preposición «por» en esta construcción hace tanto daño que casi obliga a retroceder hasta la fortaleza buscando víveres. Algo parecido ocurre con el verbo «aplicar». Verbo transitivo donde los haya (el DRAE aporta hasta siete acepciones diferentes, todas ellas transitivas), de un tiempo a esta parte se ha ido utilizando de manera intransitiva, calco del inglés apply. De esta forma, los castellanohablantes se inclinan por decir, ahora, que tal o cual cosa no aplica. Solo queda, cielo nublado mediante, beber té sobre una pradera del Saddleworth. En este mismo plano, no es menos humillante el último de los calcos. Ya me he encontrado varias veces con pancartas dirigidas al corazón del idioma en las que puede leerse «Vota Rajoy» o «Vota Pdro», en lugar de la clásica construcción sintáctica «Vota por Rajoy» o «Vota a Pdro». Ni siquiera en la política, vicio inmutable que el hispano carga sobre sus espaldas, nos mantenemos originales.

Al otro lado del fuego, la guerra sigue. El calco continúa avanzando y sus ráfagas se sienten en el frente cada vez con más fuerza. Es muy probable que pronto gane la batalla y el ejército pureta, cautivo y desarmado, vea cómo las tropas anglicistas alcanzan sus últimos objetivos militares. Solo queda esperar (no sé si aquí cabe «esperar por») que en el resto de frentes la cosa vaya mejor. Porque la guerra del siglo XXI será lingüística o no será.