Miguel Iríbar: El picante

Me caen bien los mexicanos. Me intriga su relación con el dolor y la muerte. Suelo decir en los monólogos que las chicas a las que les gusta el picante son más cañeras sexualmente que las que no, ya que el picante no es exactamente un sabor, sino un dolor, por lo que deduzco un cierto gusto por la violencia consentida. Esta teoría también afecta a los hombres, pero estos me preocupan menos. Son solo tribulaciones de alguien con mucho tiempo libre, pero me gusta pensar que llevo razón.

Sea como fuere, me fascina que los mexicanos puedan desayunar algo que haría explotar el esófago de cualquiera, referirse a todo con diminutivos naif, mientras ven en el periódico fotos de personas decapitadas por los narcos y decoran su casa con calaveras. Me encanta que por las noches sea más fácil encontrarte a un tipo que cobra por darte descargas eléctricas con dos cilindros metálicos, antes que a uno que vende rosas. Un mexicano prefiere jugar a ver quién resiste estar más «enchilado» después de ingerir un chile asesino, antes de ponerse a jugar a Apalabrados. Una comida sin picante es vista por muchos mexicanos como una pérdida de tiempo. Con la comedia me pasa algo parecido: el humor sin picante me deja la sensación de que falta algo.

El dolor y el sufrimiento, bien dosificados, poseen un poder de atracción superior al de lo dulce y lo empalagoso. El dolor sabe a reto, lo dulce a recompensa. Hay quienes gozan más de los retos que de los triunfos, y la comedia, muy útil para endulzar nuestra vida, también sirve para amargarla alegremente, cual Campari, o para darle ese toque doloroso o picante que busca la risa, pero que rasca un poquito más adentro. En un test proyectivo sobre la comedia que uno ve, mi perfil sería el de espectador masoquista. Como cómico, eso sí, prefiero dar antes que recibir.

Por mi trabajo, asociado a ver monólogos cada día, he terminado rechazando el monólogo amable y buscando el de tono más desagradable o incómodo. No hablo de provocar gratuitamente, o de buscar el lado negro de las cosas sin gracia. Cualquier cosa tiene que estar bien escrita y bien dicha, y por mucho que el tema sea jugoso, un gag mal escrito echa por tierra la mejor y más transgresora de las intenciones cómicas.

Hace poco leí una entrevista a Chris Rock, un cómico negro y guapete con pinta de simpático. La realidad es que su segundo monólogo para HBO, Bring the pain, grabado en 1996, y que copia el título de una canción de rap, supone toda una declaración de intenciones. «I came to bring the pain, hardcore from the brain», decía Method Man en ese tema, inspirando a Rock, que después de un año preparando su especial, vio que la frase encajaba perfectamente con lo que quería contar. Casi 20 años después de esa grabación, Chris Rock es uno de los reyes de la comedia en Estados Unidos y en el mundo. Influido por clásicos como Richard Pryor, Eddie Murphy o Bill Cosby, y ayudándose con el visionado de los discursos de oradores como Malcom X, Luther King y JFK, este señor consigue hablar de lo que le apetece con un tono que engancha desde el minuto uno. Aquí, una ración de crítica a la industria de los medicamentos.

Vamos con otra de mis debilidades. Lo presentan en la BBC como «un cómico americano y un borracho alienado: Doug Stanhope». En esta serie de colaboraciones para la cadena británica, Doug hace monólogos sin público, sin mirar a cámara, sentado en una caravana o en mitad de la carretera, en una butaca vieja, siempre con una cerveza o un cóctel en la mano, intercalando imágenes de archivo de programas sonrojantes. De mayor querría ser Doug Stanhope, de no ser porque ya soy bastante mayor.

El discurso adulto es algo que se echa de menos en la comedia española, sobre todo en televisiones generalistas. Aquí todo suele estar pensado para que lo entienda esa famosa «señora de Cuenca» a la que aluden los grandes productores cuando buscan llegar a la mayor franja de público posible, y esto condiciona la política audiovisual de nuestro país desde que las cajas tontas empezaron a llenar nuestros salones. Hasta que la señora de Cuenca no se aburra de ser la diana de todos los contenidos, seguiremos escuchando las mismas cosas en los programas que las grandes cadenas dedican al género del monólogo. Mientras tanto, no busquen algo muy diferente, porque no va a llegar.

Personalmente disfruto cuando veo a este tipo con pinta de tarado y supuestamente alcohólico (su discurso está demasiado hilado para serlo tanto como presume) miccionando sobre cada uno de los pilares de la sociedad. Da gusto observar su punto de vista crítico, informado, nada simplista. Quizá demasiado oscuro por momentos, aunque es justo ese matiz exagerado el que lo hace divertido y casi entrañable.

Sigamos con un poco de Holocausto, un tema tabú con el que no se debe jugar. Si no, que se lo pregunten a Nacho Vigalondo, que de un día para otro se vio expulsado de un medio tan aparentemente abierto como El País por unos cuantos tuits irónicos sobre el tema. Una muestra más de que mucha gente junta termina teniendo mucha fuerza, sobre todo cuando se trata de fastidiar las cosas y crear alarmas innecesarias. El encargado en este caso de bromear sobre el asunto es, como no podía ser de otro modo, Ricky Gervais. Sin sentir especial predilección por él como cómico, es cierto que ha ayudado a allanar el camino de lo políticamente incorrecto. Gracias a lo que representa, hoy en día mucha gente tolera ciertos chistes que antes no habrían pasado por el aro.

Y como no solo de genocidios vive el hombre, vayamos con un poco de porno, publicidad y leyes. Para eso, para denunciar hipocresías con un tono inteligente, nadie mejor que Bill Hicks, ese joven metido en el cuerpo de un crápula, que murió a los 32 años de un cáncer de páncreas. Siempre que veo sus vídeos me parece mucho más mayor. Su mensaje, eso sí, no tiene edad.

Solo ustedes pueden decidir si les gusta el picante y en qué cantidad, o si les gusta echarle un poquito a cada comida para darle «el toque» o prefieren comerlo una vez al mes y reventar. Lo bonito es no quedarse con las ganas de probar.

 


Las tías no tienen gracia, el tópico

Autor: Joan Garvin

 

En su carrera de obstáculos hacia la igualdad, las mujeres tienen bastantes frentes abiertos, y el mundo del humor no es una excepción. Son muchos los dueños de locales que prefieren programar hombres en sus salas, porque las mujeres “no funcionan igual”, o “al público no le gusta tanto ver a una mujer subida a un escenario como a un hombre”. Estos tópicos no están ahora tan arraigados como hace unos años, pero sí representan una realidad de la que bastantes chicas no pueden escapar. En todo caso, es bueno preguntarse por qué hay muchos más cómicos que cómicas en el circuito nacional de locales.

Para empezar, ser cómico es un trabajo asociado a kilómetros de coche en solitario, a llegar a un hotel, a veces de mala muerte, tras pelearse cinco horas con el GPS, y recorrer calles oscuras hasta localizar ese bar donde muchos señores o chavales, con aliento a cerveza, te pueden dar la chapa durante mucho rato. Ser cómico termina siendo un trabajo más de chicos que de chicas, porque los bares están más llenos de chicos que de chicas, y porque los dueños de las salas suelen ser hombres. Por supuesto que hay cómicas, como Sara Escudero, Carolina Noriega o Raquel Sastre, que se patean el circuito más y mejor que muchísimos cómicos, y seguro que alguna de ellas podría tumbar a cervezas a un estibador polaco. Pero la realidad nos enseña que no es lo habitual, y que las chicas no siempre se sienten cómodas en un entorno tan masculino. Por no hablar de lo desagradable que puede ser estar interpretando un monólogo y que te griten que sería mejor que te desnudases si lo que buscas es entretener.

En lo que concierne a que exista una temática propiamente “de chicas”, es un asunto muy cuestionable. A menudo se acusa a las cómicas de hablar sobre hombres como si fueran hombres hablando sobre mujeres, es decir, de manera sexista y simplista. Esto sucede bastante, pero al final es lo de siempre: se puede ser simplista y sexista y ser muy gracioso, y viceversa. En todo caso solo es criticable si el tono resulta impostado y antinatural. Si la chica piensa así y quiere expresarlo así, es asunto suyo.

Según Carolina Noriega, una posible explicación a la poca presencia femenina en comedia es que las chicas, a lo largo de su vida, no han necesitado tanto hacer reír como los hombres para resultar atractivas social y sexualmente. Es cierto que siendo guapa es más fácil conseguir compañía sin ser graciosa, casi lo mismo sucede con los chicos. Y es cierto que el tipo gracioso que conquista por su labia está más extendido que su equivalente femenino. Podríamos unir estos tópicos a los de “gordita graciosa y buena gente”, o “las chicas valoran mucho que las hagan reír”, para tratar temas aledaños. Son teorías llenas de sentido común, pero difíciles de demostrar.

Aunque suene algo raro, una parte de la culpa del machismo hacia las cómicas la tienen algunas —y digo solo algunas mujeres que asisten como público, y que tuercen el gesto ante el protagonismo de una chica, que además de ser guapa y graciosa, capta la atención de su novio durante una hora. ¿O acaso alguien cree que el odio al “forastero listillo” es solo propio de hombres? Estas agresivas espectadoras son minoría, pero existir, existen, no lo duden, y no hace falta ser de pueblo ni de ninguna clase social en concreto para comportarse así.

Y tenemos, claro está, un argumento puramente estadístico: se lanzan al escenario muchos más hombres que mujeres, por lo que es normal que salgan más cómicos buenos que cómicas buenas. No hablamos de actrices que aparecen en series de humor, o de presentadoras de televisión con perfil cómico. Hablamos de hacer monólogos, de enfrentarse cada noche a un público extraño, de pasar años así hasta crear un personaje cómico mínimamente desarrollado. A esto se une el hecho de que muchos chicos se ven atraídos por el escenario para compensar en parte la falta de éxito, sobre todo sexual, que tienen cuando no están encima de él. Como dice Ernesto Sevilla, hay dos tipos de cómicos: los que ya follaban antes de subir al escenario y los que no.

¿Hay diferencias innatas en la capacidad de hacer reír de hombres y mujeres? También sería imposible demostrarlo. Ya se dan suficientes cabezazos los científicos para afirmar que unos están más dotados para resolver problemas espaciales y otros para la argumentación verbal, como para añadir leña al fuego con el componente genético del humor.

Hay más preguntas que podemos hacernos, y que no es necesario contestar en público: ¿vemos primero si la cómica es atractiva, ya seamos chicos o chicas los que miramos, y esto nos condiciona de alguna manera? ¿Lo femenino nos resulta menos “potente” a la hora de captar nuestra atención? ¿Damos la misma credibilidad a una chica diciendo barbaridades que a un chico? ¿Las chicas son más presumidas y menos proclives a autohumillarse en público, y esto las hace menos graciosas? ¿Tienen algunas mujeres un “techo de cristal” que les dificulta mostrar la suficiente seguridad y falta de miedo ante una audiencia cruel? La realidad es que, a la hora de la verdad, estas cuestiones están instaladas, en mayor o menor grado, en todas nuestras cabezas de espectadores prejuiciosos. Eso es, prejuicios.

Me gustaría ilustrar esta entrada al blog con un fragmento de monólogo de Sarah Silverman, quizá la más conocida de las cómicas norteamericanas en nuestro país. No es el mejor fragmento, les recomiendo buscar mucho más de ella, pero lo escojo porque representa una figura que hace callar las bocas de hombres y mujeres con un texto y un personaje trabajados, con unas líneas muy cínicas y una presencia más que notable, todo ello sin renunciar a su lado femenino. Y también porque es de lo poco que aparece subtitulado en Youtube.

Dicho y visto esto, la única sugerencia que puedo ofrecerles es que la próxima vez que asistan a un local de monólogos y al escenario suba una chica, aparquen sus ideas preconcebidas y se dejen llevar todo lo que puedan.


La religión y otros chistes increíbles

theres probably no god

La religión, ese asunto tan “serio” que a menudo los cómicos evitan porque “la gente es muy sensible” es, justamente por eso, uno de los tópicos más apasionantes que pueden tratarse en un monólogo. Como ateo practicante, celebro cada intento de cuestionar la religión de forma seria a través del humor, delatando el fraude de ese invento tan antiguo, que aún tiene fuerza, seguidores y una casilla en la declaración de la renta.

Miles de explicaciones intentan justificar que haya tantas religiones y todas ellas sean respetables: es algo presente en todas las culturas, ayuda a la gente a soportar la dureza de la vida, forma parte de nuestra esencia interior, etc. Cuando uno se atreve a decir que cualquier religión es simplemente un cuento y una invención, algo obvio a poco que uno investigue el origen de todas ellas, parece que está socavando la integridad moral de todos los creyentes. Ser creyente es una especie de carta blanca que te permite no dar explicaciones por las flagrantes estupideces que salen de tus labios, no hacer transfusiones a tu hijo, creer que Dios te regaló un trozo de tierra, amputar el clítoris de tu hija, apedrear a una chica por ir con un tipo en un coche o llamar puta a la vecina del quinto. Ser creyente te permite mirar por encima del hombro a millones de personas que viven en pecado y no van a salvarse, aparte de considerar que el refrito de tus valores morales es mejor que el refrito de cualquier otra persona, especialmente si esa otra persona no cree en ningún dios. Desde los megalómanos faraones de Egipto hasta los zumbados aztecas, pasando por las Cruzadas, el fundamentalismo islámico y una serie casi infinita de religiones, siempre ha habido unos cuantos elegidos que habrían arrasado al resto de la humanidad sin piedad alguna, sabiendo que hacían el Bien. Desde luego, hay pocas que no lo hayan intentado. No hay ningún tipo de ateísmo que tenga la caradura de pedir esos u otros derechos por el hecho de no profesar ninguna creencia, y por supuesto no existe ningún estado con leyes que se lo permita.

Guste o no guste, esto se está terminando. Puede que sea así, en gerundio, es un proceso largo y no podemos permitirnos el lujo del participio, pero la ciencia, las comunicaciones, y el creciente espíritu crítico de una mayoría suficiente de cabezas pensantes acabarán con esta etapa supersticiosa y crédula del ser humano. Quizá no suceda en este siglo ni en el próximo, pero las horas están contadas, y en la parte que concierne a este blog, muchos cómicos, sobre todo americanos, llevan mucho tiempo metiendo el dedo en la llaga.

Justamente en Estados Unidos, ese país repleto de creacionistas afines al Tea Party, de antiabortistas asesinos, de retrasados con estudios que creen que Obama es el Anticristo y donde la frase “In God we trust” corona cada billete de dólar, se produce la mejor comedia antireligiosa del mundo. Para empezar, un “básico” que seguramente ya conozcan pero que no está de más repasar: George Carlin.

Todos tenemos gente conocida, querida, que cree en cosas que nos parecen absurdas. Hay grandes peleas en torno al fútbol, a la política o al modo de alimentarnos. Al menos sabemos que, para bien o para mal, la política, el fútbol y el tofu existen. No ocurre lo mismo con la idea del “Más allá” que cada religión vende a sus fieles. En todo caso, y aceptando lo intangible de su pensamiento y de la irrefutable prueba interior que funda cada fe personal, uno tiene la sensación de que en el fondo del corazón de cada creyente hay una gran duda inasumible. Y a ellos, sobre todo a los más flexibles, a los que critican al Papa pero siguen yendo a misa, a los que detestan la condena del Vaticano al preservativo en África y apuestan por la religión de base y los misioneros, ignorando lo que hacen sus jefes en Roma, y en definitiva, a todos los que modelan una religión a su medida, va dedicado este fragmento de Doug Stanhope.

Siguiendo con el entrañable Doug, añadamos este vídeo de apenas un minuto sobre el Papa, uno de los mejores gags que he escuchado en los últimos meses.

Hace poco se estrenaba The Master, una supuesta recreación de la vida de L. Ron Hubbard, padre de la Cienciología. Aparte de lo que les parezca como película esta historia de Paul Thomas Anderson, que tampoco ha querido hacer un trabajo exhaustivo ni documental sobre el tema, la trama se centra en un aspecto interesante: la creación de una nueva religión es algo muy complicado, que a menudo se confunde con la estafa. La Cienciología, que muchos llaman secta, cuando en el fondo cualquier religión es una secta venida a más, es otro cuentecito más, un nuevo fraude moderno. De ella, del cristianismo, de los mormones, y de muchas más cosas, nos habla Bill Maher, tal vez el cómico y presentador actual más concienciado con el tema religioso al otro lado del Atlántico. Cuando tengan tiempo, busquen su documental Religolous en Youtube. Mientras tanto, disfruten de estos seis minutos y medio de verdades como puños.

Sorprende, aun sabiendo que se trata de una minoría en su país, ver que el público aplaude y vitorea cada crítica a las religiones, cada referencia al sentido común. En España cada vez es más habitual tratar estos temas y sentir que la gente agradece cierta irreverencia, aunque habría que fletar cincuenta autobuses y hacer cinco castings para juntar a mil personas que reaccionaran así. Muy recomendables son también los grandes bloques de Rick Gervais, Bill Hicks, Dara O’Briain, Lewis Black y un largo etcétera de cómicos, sobre todo angloparlantes, que tienen por costumbre destripar las falacias de la religión. Y si reclaman algo más serio, lean Dios no es bueno, de Christopher Hitchens, o El espejismo de Dios de Richard Dawkins, tipos brillantes que no escatiman en sentido del humor. Hitchens, que murió hace poco más de un año, iniciaba una conferencia diciendo: “Ok, no sé si realmente me tomará diez minutos refutar la existencia de Dios”. Dawkins impulsó una célebre campaña a favor del ateísmo, colocando carteles en los autobuses del centro de Londres, con la frase que encabeza esta entrada del blog.

Criticar la religión puede ser incómodo, pero no es gratuito. Si algo ha caracterizado a las religiones a lo largo de la historia, es su odio al sentido del humor. Nunca te matan por llorar por algo, pero sí por reírte de ese algo. Está bien recordar que muchas religiones, cuando podían, cuando eran fuertes, exterminaban a quienes se reían de sus creencias. Y lo siguen haciendo en muchas partes del mundo. El resto viene con la sonrisa amable, con el chupito gratis de la caridad, con el flyer del amor al prójimo y el dos por uno de la Salvación, pero su local sigue lleno de represión, supersticiones y deseo de poder. Aprovechemos que ahora es nuestro turno, y consolémonos con el célebre “quien ríe el último, ríe mejor”.


Louis C.K., mi gordo pelirrojo favorito

Es razonable pensar que “la gente”, así, en general, no es buena, ni guapa, ni inteligente; tampoco tonta o fea. Son adjetivos que señalan cualidades que destacan frente al resto, como algo es negro por ser negro, pero sobre todo por no ser verde o amarillo. La media sería lo que llamamos normal, habitual, mediocre, o sea, pura estadística, sumada a nuestro propio subjetivismo, que también tiene su punto estadístico. En televisión pasa igual: el talento suele demostrar una carencia, y lo que consideramos bueno se ve reforzado por el contraste con la media, en este caso EL HORROR.

Esto viene a cuento por lo buena y lo inteligente que me parece la serie Louie, premiada este año con el Emmy al mejor Guión de Comedia. Ya no sé si es que es tan brillante, o la televisión habitual tan lamentable. La cuestión es que este tipo regordete, pelirrojo y cuarentón llamado Louis C.K. (que la dirige, escribe, edita y protagoniza) me tiene fascinado desde hace un tiempo, y la industria parece estar de acuerdo con el asunto. Hasta la revista Time lo incluye en la lista de los más influyentes de 2012. Para que luego digan que ser cómico no es un trabajo.

Louis Szekely (su padre era húngaro judío) acaba de ganar, además del citado Emmy, otro más al Mejor Espectáculo de Variedades por su monólogo en el Beacon Theatre, estrenado y distribuido, con un éxito impresionante, por cierto, en Internet. Tomen nota los que afirman que en la red no hay negocio y que la gente siempre será reacia a dejarse dinero en ella.

Mientras algunos cómicos se ven obligados a perder la dignidad en programas que aborrecen, o a mantenerla a condición de no decir nunca lo que piensan, este señor ha conseguido ser famoso, ganar dinero y subir su caché a partir de hacer prácticamente lo que ha querido, sin perder un ápice de integridad. Llamarle para que haga su show en un teatro costaba hace unos meses unos cien mil dólares. Es probable que ahora sea bastante más. Asegura que la principal motivación para hacer televisión fue su madre. La veía siempre mirando porquerías, y decidió hacer algo para cambiarlo. No se lo cree ni él, pero está bien que lo diga.

Louis se subió por primera vez a un escenario en 1984, a los 17 años, en un bar de Boston. Se dio tanto asco que abandonó la idea de ser cómico durante dos años, y siguió como mecánico de coches. Consigue que HBO emita su primera especial de comedia doce años después, en 1996. Poco a poco, ya instalado en Nueva York, se convierte en “el hombre que siempre estuvo allí”, escribiendo a lo largo de su carrera para talentos como Chris Rock, David Letterman o Conan O’Brien. Siempre en la órbita de cómicos como Dave Attell, Sarah Silverman o Doug Stanhope, es decir, de lo mejorcito de la comedia americana, también ha sufrido la “gira del OVNI”, como llamaba Bill Hicks al circuito de salas por rincones ignotos de EEUU: “vas a esos lugares en los que te sientes un OVNI. Llegas, hablas a gente analfabeta que no entiende lo que ha visto, y desapareces”. Hicks, que merece un post aparte para él solo, hablaba de zonas como Alabama. Aquí la fama se la llevan, con más o menos justicia, Murcia y Almería.

Lo mejor de la serie Louie no es que sea muy graciosa, es que es muy buena. Una mezcla de creíble, crítica, bien escrita, sólida, sorprendente, surrealista, personal y original. Diría, sin haber estado mucho en Nueva York, que también es muy neoyorquina, signifique lo que signifique ese término, y no resulta tan evidentemente esclava de lo incómodo y lo incorrecto como todo lo que sale de la enfermiza y genial cabeza de Ricky Gervais o Larry David, algo que al final se agradece, aunque es clara deudora del trabajo que estos señores han hecho en los últimos años. No siempre encuentras las mismas sensaciones al ver un episodio de Louie. Puedes salir algo deprimido, asombrado, muerto de risa o enternecido, todo en capítulos de veinte minutos. El tipo se maneja en bastantes registros, cosa sorprendente para un cómico que hasta ahora no se había ganado la vida como actor.

Sin saber muy bien cómo se las arregla, en un episodio Louie puede ir al dentista, sufrir un abuso sexual mientras está bajo los efectos de la anestesia, aprovechar su estado onírico para visitar el desierto de Afganistán y tener una charla con Bin Laden sobre el terrorismo islámico. También puede perder todo un episodio en acompañar a su amiga especial (que no quiere sexo con él) al aeropuerto, mientras ella no para de decirle que se vaya, haciendo una increíble parodia de las “declaraciones de aeropuerto” de las comedias románticas americanas, riéndose a la vez del género y de sí mismo. Por el camino, Louie es padre de dos niñas, como en la vida real, y actúa en un club, retratando de forma sincera la vida de un cómico y sus problemas cotidianos, como en el capítulo dedicado a la “heckler” (la típica persona que interrumpe y fastidia tu espectáculo gritando y participando a destiempo mientras hablas). Después de humillarla desde el escenario por ser una maleducada, se encuentra con ella en la puerta del local. Él está junto a otros cómicos, la mayoría de más de cuarenta años. Ella le reprocha que la insultase así, y él le responde (y NO cito textualmente): “perdona, ¿ves a estos tipos? Esta gente tiene una vida de mierda, son unos desgraciados, su único momento de alegría en toda la semana sucede en esos quince minutos en los que agarran ese micrófono. Y de repente llegas tú, arruinas ese momento y luego te vas a tu casa tan tranquila. Creo que te lo mereces”. Lo bueno de representar a un álter ego tan parecido a ti mismo es que se nota que sabes de lo que hablas.

Uno investiga sobre su trayectoria y encuentra algunas buenas lecciones de humildad. Cómico durante casi la mitad de su vida, C.K. define el material de sus primeros quince años de carrera como “una mierda”. Al parecer un día, después de actuar, estaba en su coche pensando en lo mal que se sentía, después de lustros repitiendo un material con el que no se identificaba, y escuchó en la radio una entrevista al ya consagrado George Carlin, en la que contaba que cada temporada tiraba su show del año anterior y empezaba desde cero a probar y escribir una hora nueva. Según esta versión, Louis se sintió tan dejado y tan culpable, que algo cambió en su manera de enfocar sus temas. Comenzó a escribir desde dentro, a rascar donde más le dolía, su divorcio, su crisis de los cuarenta, su labor como padre, el problema de encontrar pareja cuando estás fuera del mercado y te da asco mirarte al espejo. Y empezó a triunfar. La bola de nieve, entonces pequeña, inició un camino de descenso que terminó, o hizo escala, en el momento en que recogía sus premios frente a Jimmy Kimmel y Rick Gervais, que lo definió como “el segundo mejor cómico del mundo”.

Aparte de que la serie es muy recomendable, gente como esta nos hace ver lo importante de ser coherente con la verdad que tengas escondida en algún lugar de tu cabeza. Puede que esa verdad no te dé de comer jamás, pero si no la sacas, es probable que de tu plato de comida caliente salga un inconfundible y decepcionante olor a fracaso. Ahora busquen enlaces de él en Youtube, pillen la serie en Amazon o compren su especial en el Beacon Theatre. Merece la pena que esas niñas coman bien porque su padre, ese tipo gordo y pelirrojo que viste camisetas color marrón y se ve obligado a llevar americanas para recoger premios, ha hecho un buen trabajo.


Miguel Iríbar: Diez temas que no deberíamos tratar como cómicos (ni aplaudir como público)

La comedia y la cocina manejan variables parecidas. Se necesitan buenos ingredientes, capacidad de innovación y la mano de un laborioso cocinero, además de una buena presentación. Al igual que en las cocinas de un gran número de bares, en comedia encontramos mucha fritanga, mucha casquería, mucha oreja plancha y mucho aceite reutilizado. No se trata de menospreciar un buen plato de callos, sino de no conformarse con que nos den gato por liebre, o con que todos los días nos den patatas con tomate. Hay gustos para todos, sí, pero este blog tampoco nace con vocación de universalidad, así que ahí van los diez temas que me resultan, como cómico y espectador, más indigestos y repetitivos del panorama nacional. A los que vean esto como un insulto, y suelten un “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra sobre mi gag”, solo decirles que lo siento mucho y que se relajen; todos tenemos material bueno, regular, malo y muy malo… y ser tolerante, correcto y respetuoso con todas las tendencias es mortalmente aburrido.

  1. Novia tonta y fea: Un clásico. Tu novia es tonta o es muy fea. Tienes ocho o diez frases muy graciosas y muy exageradas para demostrar que eres muy listo, además de compasivo, al estar con una idiota. Aunque las comparaciones e hipérboles sean brillantes, el tema está manido, sobado y agotado. Ahórraselo al público de esa noche. Asumiendo que la “guerra de sexos” es y será un tema lleno de posibilidades, la novia tonta es la corteza de cerdo del humor.

  1. Tiendas de ropa: A veces el problema no es que el tema no tenga gracia, sino que ya lo han tratado cien cómicos antes que tú. ¿De verdad cuando vas al Bershka (con tu novia tonta) escuchas música disco, ves a esas dependientas y te apetece pedirte un Ron Cola? ¿En serio te aburre ir de compras con ella? Cállatelo. Déjaselo a los que llevan diez años contándolo con bastante gracia. Puede que ya no esté de moda, pero el tema fue explotado por ellos, y tu obligación es buscar cosas nuevas, o lo próximo será coger un teléfono y hacer como que hablas con el bando enemigo.

  1. Te ha parado la Guardia Civil: Basta ya. Sabemos que es un tema muy gracioso, y que el hecho de que te pare la Benemérita provoca una hilarante identificación con el público. Pero mucho te lo tienes que currar para no quedarte en la enésima versión de los chistes de “Gitanos en burro y Guardia Civil” que te contaba tu abuela de pequeño. Mete el bloque en el baúl pre-franquista que tienes enterrado en el jardín y no lo saques nunca más.

  1. Gritar “PUTA” / Puticlub: Sí, es verdad, esto funciona, todos caemos. Decir “puta” es el comodín perfecto, el que convierte una triste pareja de doses en un trío. Haces un diálogo normal, hay una discusión entre tú y —adivina— tu novia tonta, o una cajera de supermercado, y cierras con el grito de “puta”. El público hace el flaco favor de aplaudirte, crees que tu bloque es muy divertido y sigues haciéndolo, como el niño de ocho años que fuma en las fiestas. La prostitución es, junto a la Guardia Civil y las peleas con tu novia, el mayor topicazo entre los monólogos, el auténtico calamar churretoso que colapsa las arterias de tu texto. Llegas a un pueblo, y preguntas al dueño del local cómo se llama el puticlub. En medio de la actuación lo dejas caer, y después de la carcajada general acusas a primer “pintas” que veas entre el público de haber ido, provocando la risión entre todos sus amigos. Vale, lo hacemos para calentar un poco el ambiente en salas complicadas, pero asumamos que no es ingenioso, y que a la tercera vez de haberlo dicho empieza a resultar triste, el gesto de un viejo payaso que ya no hace reír a los niños.

  1. Paquirrín, Falete, etc: Uno de los grandes triunfos de la telebasura ha sido crear mitos urbanos que todo el mundo conoce. Esta patada en los morros de la atención colectiva, recibida con gusto en el momento en que sintonizamos el cinco en nuestro televisor, provoca que decir “Falete” o “Paquirrín” dé mucha más risa que decir “Bryan Cranston”. No hace falta ser muy elitista ni cultureta para reconocer que si nuestros mejores chistes cierran con menciones a famosetes medio retrasados, tenemos un problema.

  1. La Madre y su zapatilla: Las madres son el sustitutivo ideal de la “novia tonta y fea”. Volvemos al asunto de siempre: Hay cómicos —modernos— como Raúl Cimas, Álex Clavero o Nacho García que han sabido hablar de sus madres de forma brillante. Hoy en día, hablar de que tu madre te pegaba de pequeño, o de que has llegado borracho a casa, solo rememora los mejores momentos de los monólogos grabados por ellos. Busca tu propio familiar conflictivo, habla de tu cuñado, o de la prima de tu abuela, y deja a tu santa madre en paz.

  1. La Droga: Has usado tus comodines “puta” tres veces en la noche y no sabes qué hacer. Tranquilo, aún te quedan algunos cartuchos más. ¿No quieres hablar de que fuiste de fiesta y había mucha farlopa? ¿Quieres contar que has dejado la droga, pero no sabes dónde? Por desgracia, los chistes sobre drogas no son tan divertidos como las drogas mismas. Si tienes uno muy bueno, no te lo guardes, solo evita el regusto a chiste fácil. Evitemos también parecer un pringado que quiere hacerse el “drogata”. Solo conseguirás caer mal a los fiesteros del lugar, esa gente que deberías tener a tu favor durante la actuación.

  1. Chistes populares disfrazados: Estás atascado en un bloque. No sabes bien cómo cerrarlo. Has contado algo, tal vez sobre cualquiera de los temas antes mencionados, y te acuerdas de aquel chiste tan gracioso que te contaron en las fiestas de Fregenal de la Sierra, o de ese grupo de Facebook que tenía ciento cincuenta mil “me gusta”. Es lícito hacerlo, pero no es Stand Up y, sobre todo, no es nada original. Sin menosprecio a la gente que tiene la virtud de contar chistes muy bien, el cómico del que hablamos no es un “cuenta-chistes”, es otra cosa. Hay bares que buscan un tipo de humorista y bares que buscan el contrario; existen el Peggy Sue, La Gran Muralla y la Tasca Pepe. Cuanto antes se definan locales y cómicos, antes se definirá el público que asiste a cada espectáculo.

  1. La sorpresa barata: Casi peor que el “chiste popular disfrazado” es la sorpresa barata. Cuentas que discutiste con una mujer en términos de pareja, y acabas con un “me cobró y me fui”, o un “pero no me rayes, mamá”. Solo faltan unos platillos que hagan “tachán”. Usarlo de vez en cuando está gracioso. El hecho concreto de que sea tu madre o una prostituta lo convierte en una albóndiga que lleva dos semanas en la nevera: se puede calentar y comer, pero nadie debería pagar un duro por ella.

  1. Panchitos y rumanos: La comedia de club, siempre atenta a los cambios sociales, no ignora las nuevas realidades que llegan a nuestros pueblos y ciudades. Un buen chiste sobre rumanos que entran en tu casa, porteros de discoteca búlgaros y “panchitos” de medio metro de estatura puede hacer las delicias de niños y mayores, pero, salvo excepciones, se queda en el insulto gratuito a una comunidad que no merecía ser castigada por tus pocas ganas de escribir algo decente.

Debo aclarar que muchas veces me río más con cómicos que abusan del tópico que con otros más originales, depende de su presencia, del material, del enfoque… Todos abusamos de ciertos temas para caer mejor, para solucionar una mala noche o para que el dueño de una sala piense que somos más graciosos. No está mal, pero ya que el público suele respetar al tipo que se sube a un escenario, deberíamos hacer lo propio, cambiar el aceite de la freidora, ir al mercado, elegir buenas materias primas. De lo contrario, a la larga, la gente se dará cuenta y el bar se quedará vacío.

 

 

 


Miguel Iríbar: El vaso

 

 

Hay gente que ve el vaso medio lleno. Otros lo ven medio vacío. Yo soy más del tipo “me da asco beber de ese vaso”. Creo que tiene que ver con la infancia, quizá con que mis padres cantaban demasiadas sevillanas en los viajes Huelva – Sevilla cada fin de semana, con que fui un niño gafotas o con la muerte de mi primer gato, no lo sé. Por suerte no hablamos de nada grave, pero sí diría que para dedicarse a la comedia es bueno tener un punto de intolerante inadaptado, algo muy común en cualquiera que escriba, o que desarrolle alguna actividad más o menos creativa en soledad. No hace falta estar postrado en una cama, ser esquizofrénico, drogadicto ni “maldito” para tener una época en la que no “encajas”. Basta con haber sido muy tímido, tener un pequeño defecto físico, ser más sensible de la cuenta, que no te pillasen en el equipo de fútbol, o que simplemente fueras un “bicho raro”. Vale cualquier cosa que te hiciese preferir estar solo que aguantar a los demás. Una vez situado en ese punto externo, todo se enfoca de otra manera. Después, tienen que pasar muchas cosas, claro. Si no, todo el mundo sería cómico, o escritor, o artista contemporáneo, o imbécil, y tampoco es así. Pero el caldo de cultivo es que, durante un tiempo al menos, beber de ese vaso te diese asco, y que tu ego se permitiese reírse de ello sin sentirse culpable.

A veces, el vaso está lleno de cerveza. El cómico es, por regla general, buen bebedor, aunque raramente alcohólico. Salir al escenario borracho termina siendo contraproducente, sin mencionar la cantidad de horas de coche que conlleva este trabajo. Hay muy pocos casos de cómicos que suban muy bebidos o colocados al escenario, y a todos les pasa factura. El mismo Toni Moog cuenta siempre cómo tuvo que elegir entre la comedia y el vicio, porque las dos cosas no eran compatibles. Hoy es un tipo que además de llevar tattoos, acaba de ser padre y no bebe más que redbulls.

Precisamente Lenny Bruce, el cómico cuya foto ilustra este portal, era un gran “pasado de rosca”. Para ser exactos, la foto es de Dustin Hoffman, protagonista de Lenny, la película sobre la vida de este cómico excesivo que marcó una época y una tendencia: la de tener problemas adultos, en gran parte marginales, y contarlos de forma explícita.

Lenny, nacido en 1925, hijo de una actriz sin futuro y criado por varios señores que no eran su padre, tenía todas las papeletas para acabar mal o regular, y nunca dio muestras de querer adaptarse. Fue a la guerra en el 42, con 17 años, y salió en el 45 tras contarle al médico de la Armada que sentía impulsos homosexuales. Poco después empezó a buscarse la vida como cómico en Nueva York y se casó con una stripper de Baltimore (posterior Meca de cualquier fan de The Wire). Con la sana idea de sacar a su princesa de los bares se vistió de cura y organizó una estafa pidiendo una falsa subvención para una leprosería.

Se libró por los pelos de la cárcel. Más tarde se mudaron a Los Ángeles, y la chica, de nombre Honey, consiguió un trabajo estupendo en un célebre club de burlesque, mientras Bruce aprovechaba sus contactos para actuar en otros locales de striptease de la zona y seguir fomentando su gusto por la bebida. Hacer monólogos ante audiencia tan selecta le sirvió para soltarse y eliminar casi todas las barreras, hablando de religión (“Si Jesús hubiera sido ejecutado hace veinte años, los niños católicos irían a la escuela con sillitas eléctricas en sus cuellos en lugar de cruces”), de racismo, de sexo, del aborto, de jazz, de drogas… En este fragmento de la película sobre su vida faltan muchos temas, pero da una idea de lo que comentamos.

Dustin Hoffman. Lenny (1974)

Casi al mismo tiempo en que Lenny empezaba a tomar morfina de forma compulsiva y a ganarse esas primeras detenciones policiales por decir “cocksucker” (chupapollas), ser acusado de “obscenidad”, estar vigilado en todas sus actuaciones, y seguir soltando burradas en avanzado estado de descomposición, otro tipo particular, un chaval desgarbado y con gafas de origen judío (otro día hablaremos del humor y los judíos) se subía al escenario del Blue Angel de Nueva York para estrenarse en esta cosa de los monólogos, después de que en la Universidad le recomendaran dejar los estudios y buscarse un psiquiatra. Era Woody Allen, ya por entonces un gran guionista, y precisamente uno de los que más apoyaron en público a Bruce cuando se anunció su condena en el 64. Allí, protestando, estaban figuras de la talla de Bob Dylan, Norman Mailer o Allen Ginsberg, además de un montón de compañeros de profesión. Da la sensación, tal vez falsa, de que los cómicos se llevaban mejor entonces que ahora. Aquí es más común esperar a que alguien muera para decir que era un grande o, a lo sumo, hacer las paces en un anuncio de Campofrío.

Veamos uno de los pocos vídeos subtitulados que he encontrado de Mr. Allen haciendo Stand-up:

Woody Allen. El Alce (1965)

Es bonito ver a este gigante dudar un poco, asentir nerviosamente, como buscando la aprobación del público, y asistir a los inicios de lo que sería, años después, una leyenda viva de la comedia. Como curiosidad, para los que no mienten en su currículum y no necesitan subtítulos, escuchen a este Woody sesentero contando que va de viaje a Europa y se encuentra con artistas como Hemingway, Picasso, Dalí, Scott Fitzgerald o Gertrude Stein… bloque-chistera del que sacó casi medio siglo después la estupenda Midnight In Paris.

Por qué hay tanta gente —norteamericana— riéndose a carcajadas ante semejantes referencias, sigue siendo un misterio, además de provocar bastante envidia.

Woody Allen. Lost Generation

Lenny Bruce murió en 1966, tirado en un baño, desnudo y con una jeringa en el brazo. Le perdonaron la condena a título póstumo. Woody Allen todavía rueda largometrajes de “bajo presupuesto” mientras disfruta a sus 76 años de las vistas de su piso en Central Park, y se sienta junto a su hijastra coreana, también esposa, a ver películas europeas. A veces, ser inadaptado puede tener un final casi feliz.


Miguel Iríbar: El grito

Si aceptan ustedes que la comedia no es solo un género, sino una actitud, podríamos decir que este blog irá sobre comedia en general y sobre la vida en particular. Y comienza con un post dedicado al “grito”, porque la comedia tiene mucho de eso, de grito, de queja, sobre todo esa en la que una sola persona se sube a un escenario para decirle a otras que todo lo que parece que está bien, en el fondo está mal.

Es lógico que en un mundo inundado de estímulos suela ganar el que más grita. Pasa en los mercados callejeros, donde los verduleros justifican su fama; sucede en los programas de televisión, donde la mayor audiencia coincide casi siempre con el programa con más gritos por minuto, incluyendo los partidos de fútbol. Pasa en el porno, donde a la sobreabundancia de silicona y centímetros de falo se une una sobredosis de gritos que tampoco se corresponde con la realidad del ciudadano medio. A menudo, la mala comedia se apoya en el grito. En ocasiones, la buena, también. El grito es una llamada de atención. Se grita cuando algo te duele, o te molesta, se grita para pedir ayuda, para abroncar a alguien, para mostrar enfado o desesperación. Se grita para que la gente se entere de que pasa algo. Hay quien menosprecia el grito por asociarlo a la vulgaridad, a lo gratuito. El grito, efectivamente, puede hinchar lo banal, pero también marca la realidad con un rosa fluorescente de lo más eficaz. Todos los cómicos recurren de un modo u otro al grito en algún momento de sus carreras. Algunos puristas lo consideran el camino fácil, como decir mucho “follar” o “puta”, o hablar de por qué las mujeres van juntas al baño. Otros hacen de él su distintivo. En todo caso, es inevitable cierto grado de decibelios al hacer un monólogo. Normalmente el Stand Up se hace en un local de copas, donde solo tienes un micro y un taburete, a veces ni siquiera un escenario. Cuarenta, sesenta, cien personas que llevan un par de horas bebiendo no tienen por qué haber acudido al bar para ver un monólogo, y mucho menos el tuyo. Hay que hacerse notar. Puedes llevar un texto trabajado, pero si no entonas, si no fuerzas la voz y sacas el feriante que llevas dentro, es probable que el local se llene de murmullos de gente distraída que quiere que termines para seguir la noche en otra parte.

El monologuista tiene algo de predicador, que grita para convencer y para intimidar. Como ejemplo evidente tenemos al norteamericano Sam Kinison. Antiguo predicador pentecostal (profesión que ejercían sus padres, no se le ocurrió a él solo), Kinison se divorció, dejó su compromiso con la iglesia, se convirtió en cómico, y adaptó el estilo gritón y apocalíptico a un discurso de lo más incorrecto que, entre susto y susto, soltaba perlas contra el pensamiento dominante. Hablamos de los años ochenta, pero su texto es actual, ya que el pensamiento dominante entonces es el que sigue dominando ahora. Muerto en accidente de coche en 1992, su grito es quizá el más famoso del Stand Up mundial.

Como dijo David Letterman al presentarlo en su late show, “agárrense, no estoy de broma, denle la bienvenida a Sam Kinison”

En España los monologuistas también gritan, y muchos bastante bien. Hacer reír no es solo cuestión de ritmo, de gestos o de texto; es también tono, volumen y contraste, un apretar y soltar cuerdas vocales cuando toca. Solo hay que ver monólogos de Kaco, Don Mauro o Miguel Esteban, maestros del control de agudos y graves para sacar risas. Y si alguien escenifica el complemento y reverso perfecto de Kinison en nuestro país, ese es Ignatius Farray, el loco que ha puesto de moda el “grito sordo”.

Grito Sordo de Ignatius

Ignatius es uno de los monologuistas más comprometidos con el género del monólogo. Favorito de jevis, punkis, colgados, chicas duras y sibaritas de lo distinto, es casi entrañable ver a este animal de escenario gritando “Se acerca el Apocalipsis, y la prueba más clara es que yo esté aquí arriba diciendo esto”, o “La comedia salvó mi vida cuando su Dios me tocó con varios tentáculos”. Mi momento preferido es cuando, ya sin camiseta, sudado, desde detrás de sus gafas de miope enajenado, espeta a alguien del público: “¡Mírame!¡Yo soy tu futuro!”. Si aún no lo conocen, vean su Especial Pata Negra en Youtube. Si quieren algo más fino, pero no menos interesante, vean a Ricardo Castella, que no grita por fuera, pero sí por dentro (ver su monólogo sobre el sótano del ser humano, no tiene desperdicio). A los puristas del volumen bajo, solo decirles que están muy bien esas silenciosas tiendas Gourmet, pero también es bonito bajar al mercado de vez en cuando y pelearse con el verdulero.