Ciclismo sobre nieve: Milán-San Remo 1910

Eugène Christophe compitiendo en ciclocross. (DP)

Es el 3 de abril de 1910 y el norte de Italia está siendo azotado por una corriente de frío ártico. En el paso del Turchino, cruzando los Apeninos, un ciclista avanza penosamente sobre la nieve al límite de sus fuerzas, arrastrando los pies mientras se apoya en la bicicleta, cuando sufre un desgarrador calambre abdominal y se desploma sobre una piedra al lado de la carretera. Exhausto por el esfuerzo y agarrotado por el frío no puede mover más que la cabeza de un lado al otro. No hay nadie presente que pueda socorrerlo. Su nombre era Eugène Christophe. Esta es su historia y la de Milán-San Remo.

Eugène Christophe nació en París el 22 de enero de 1885 y a los dieciocho años empezó a participar en competiciones ciclistas profesionalmente, tanto en ruta como en ciclocross, disciplina con la que sería uno de sus pioneros. En 1906 participó por primera vez en el Tour de Francia, finalizando en una muy prometedora novena posición. En 1909 se coronó como campeón francés de ciclocross y al año siguiente se inscribió por primera vez en la Milán-San Remo.

Milán-San Remo fue ideada por la Unione Sportiva Sanremese para reemplazar una decepcionante carrera automovilística siguiendo el mismo recorrido, y la organización corrió a cargo de la Gazzetta dello Sport, el diario deportivo italiano por excelencia. Siguiendo el ejemplo francés, según el cual las carreras importantes deben bien empezar o finalizar en París, en San Remo optaron por un recorrido llegando a la preciosa localidad de la Riviera italiana partiendo de la ciudad más pudiente del país, Milán. Para trazar la ruta a seguir debían cruzar los Apeninos septentrionales que separan el valle del Po y Milán de la rica costa del golfo de Génova y San Remo, y así se dio con el que sería el único obstáculo montañoso de la carrera: el paso del Turchino.

De inmediato la carrera se erigió como una de las pruebas más duras de su tiempo. La primera edición se celebró el 14 de abril de 1907 y ya entonces el clima fue adverso. Con lluvia y frío, solo treinta y tres de los sesenta y dos ciclistas que se inscribieron iniciaron la carrera, de los cuales fue el vencedor el francés Lucien Petit-Breton, completando la carrera en poco menos de once horas. El año siguiente el vencedor sería el belga Cyrille van Hauwaert y en 1909 completaría la carrera en primera posición Luigi Ganna, originario de Induno Olona, a sesenta kilómetros de Milán.

Llegamos al 3 de abril de 1910. El clima, que ha sido benévolo en los días anteriores a la carrera, ha dado un giro brusco y es ahora decididamente frío, sumado a un viento gélido que azota a los sesenta y tres ciclistas que se agrupan en la línea de salida en Milán a las seis de la mañana, entre ellos los vencedores de los dos años anteriores, van Hauwaert y Ganna, junto a Eugène Christophe, el protagonista de nuestra historia. Se da la señal de salida y los ciclistas arrancan.

Al poco de partir corre la noticia entre el pelotón de que una fuerte nevada ha empezado a caer en el paso del Turchino y su travesía parece imposible. Son varios los ciclistas que deciden abandonar la carrera en ese momento, dando la vuelta para volver a Milán. El resto de participantes, no obstante, solo tiene los ojos puestos en la victoria, especialmente van Hauwaert, que lanza repetidos ataques hasta lograr descolgarse y llegar a Ovada, ya a las faldas de los Apeninos, con tres minutos de ventaja sobre el segundo ciclista, Octave Lapize, cuatro sobre Ganna y diez minutos por delante de Christophe.

Al acercarse a los Apeninos las carreteras no son tales sino caminos de tierra, ahora una mezcla de lodo y nieve que dificulta en extremo el avance y la ventisca se intensifica hasta el punto en que los ciclistas empiezan a temblar sobre las bicicletas. Llegados a Masone, ya a solo 3.3 kilómetros del paso del Turchino, las condiciones son tan horrendas, la nieve tan abundante y el viento tan feroz, que la treintena de participantes que aún siguen en la carrera se ven obligados a bajar de las bicicletas y empujarlas al ser imposible el avance pedaleando sobre ellas. Christophe pronto empieza a deteriorarse. Los dedos de sus manos están rígidos, no siente los pies, tiene las piernas agarrotadas y el tiriteo se aproxima a la convulsión. Sin embargo abandonar no es una opción. Sigue adelante.

Van Hauwaert, el belga campeón de la edición de 1908, cruza el paso del Turchino en primera posición. Lapize ha abandonado antes de coronar el puerto, siendo segundo Christophe, aún a diez minutos, y cayendo Ganna a la cuarta posición, ya a veintidós minutos del líder.

Al poco de coronar Christophe alcanza a van Hauwaert a la salida de un túnel, con la bicicleta en su mano y un abrigo cubriéndole los hombros. Le dice el belga al francés que ha decidido abandonar la carrera, dejando al segundo más que contento y así, con la victoria entre ceja y ceja, empieza el descenso por el otro lado de los Apeninos.

Ciclista cruzando el paso del Turchino en la edición de 1910. (DP)
Ciclista cruzando el paso del Turchino en la edición de 1910. (DP)

La nevisca del norte de la cordillera es aquí reemplazada por un cielo despejado, si bien el frío sigue siendo intenso y la nieve cubriendo la carretera supera en tramos los veinte centímetros de espesor. Christophe se ve forzado a subir y bajar de la bicicleta constantemente, tornándose la prueba de golpe en algo muy parecido al ciclocross, disciplina en la que aventaja a todos sus competidores, pero el esfuerzo le pasa factura. De repente sufre un punzante calambre abdominal y no puede avanzar más. Se desploma sobre una roca en el lado izquierdo de la carretera y, paralizado por el frío y el agotamiento, fija la mirada en una casa a lo lejos en la que podría ser auxiliado, pero sabedor de que es incapaz de llegar hasta la misma. Ajeno al peligro que corre, piensa en la victoria que se le escapa, la gloria evaporándose, el botín escabulléndose entre sus dedos.

Su mente empieza a nublarse cuando se da cuenta de que un hombre se le acerca y le habla en italiano, idioma del que Christophe apenas conoce unas pocas palabras. Al no poder mover más que su cabeza, dirige la mirada hacia la casa lejana y murmura casa. El hombre comprende, lo ayuda a incorporarse y lo lleva hacia allí, el francés con un brazo sobre él y el otro en la bicicleta.

La casa resulta ser una pequeña posada y el dueño de la misma, al ver a Christophe en tan mísero estado, de inmediato lo desnuda y cubre con una manta. Este murmura acqua caldo [algo así como agua caliento] mirando en dirección a las botellas de ron. Al poco empieza a recuperar la movilidad y empieza a llevar a cabo pequeños ejercicios. Cuando considera que está lo suficientemente repuesto, decide volver a salir, pero el dueño se niega enfáticamente señalando al exterior de la ventana; la nieve vuelve a caer afuera y salir en bicicleta es prácticamente un suicidio. Al poco van Hauwaert entra a la posada, tan helado que nada más entrar corre a poner sus manos sobre el fuego. Le sigue algo después Ernest Paul, tercero en la carrera, tan conmocionado que ha perdido un zapato por el camino y no se ha dado cuenta.

Christophe está pegado a la ventana y cuenta pasar lo que parecen ser cuatro ciclistas, o por lo menos cuatro montones de lodo, y le dice al dueño de la posada que tiene que volver afuera y en principio recibe una rotunda negativa, aunque al final acepta a regañadientes cuando Christophe le dice que ha decidido abandonar y va a ver si alguien lo puede llevar hasta San Remo en coche o por lo menos dejarlo en la estación de tren más próxima.

Por supuesto esa es la última de sus intenciones. Christophe vuelve a la carrera y ora pedalando, ora andando, continúa su arduo camino puerto abajo, con las condiciones metereológicas mejorando a cada metro de descenso. Aún no lo sabe con certeza, pero efectivamente las cuatro figuras que había contado pasar desde la posada eran ciclistas, poniéndolo en quinta posición. Pronto adelanta a dos de ellos y llega al control abajo del puerto justo cuando lo deja Ganna, el vencedor de la edición del año anterior. El terreno es ahora llano, el Mediterráneo se extiende a su izquierda, la temperatura es mucho más agradable y Christophe se ve repleto de fuerzas; al poco alcanza y supera a Ganna, para hacer después lo propio con el líder, Pierino Albini. Pedalea con determinación y llega por fin al control de Savona, a noventa y ocho kilómetros de meta. El gentío esperando a los ciclistas está confundido en primer lugar porque llega un ciclista en solitario y en segundo lugar porque no lo conocen. Esperaban a uno de los italianos, o quizá a van Hauwaert, pero Christophe es aún desconocido en Italia.

Al volver a ponerse en marcha tras el control Christophe es ya imparable: la idea de cruzar la meta en solitario, tras el suplicio por el que acaba de pasar, le sirve de combustible con el que volar sobre la carretera, ahora ya en llano hasta la meta, que cruza pasadas las seis de la tarde.

Luigi Ganna finaliza treinta y nueve minutos después pero será posteriormente descalificado al conocerse que hizo parte del trayecto montado en coche. El que finalmente será segundo es Giovanni Cocchi, que llega a una hora y un minuto de Christophe, tercero es Giovanni Marchese, con dieciséis minutos adicionales de retraso, y el último en completar la carrera es Enrico Sala, a dos horas y seis minutos del vencedor. Van Hauwaert y Paul, sus dos compañeros de morada, han abandonado la carrera como tantos otros. Solo cuatro de los sesenta y tres ciclistas que partieron de Milán han logrado llegar a meta por sí mismos.

El ciclismo ha cambiado mucho desde entonces, aunque no tanto Milán-San Remo, considerada a fecha de hoy uno de los cinco monumentos del ciclismo junto al Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja-Bastoña-Lieja y el Giro de Lombardía, las más prestigiosas pruebas de un día. La organización de la prueba siempre ha intentado mantenerse lo más fiel posible al recorrido original, con lo cual apenas se han incorporado cambios excepto en su parte final, con la adición de dos cortas pero exigentes cotas cerca de meta, el Poggio y la Cipressa. Con 298 kilómetros de distancia, es la carrera de un día más larga del circuito profesional.

Dos nombres sobresalen en cuanto a palmarés, el primero Constante Girardengo, que logró entre 1917 y 1928 hacer podio once veces, seis de ellas con victoria. El segundo es, cómo no, Eddy Mercx, el extraordinario ciclista belga apodado el Caníbal, un gran aficionado a la prueba y que venció en siete ocasiones. 

Tras cruzar la meta victorioso en San Remo, Eugène Christophe fue ingresado durante un mes en el hospital para recuperarse de la congelación en sus manos y el daño que el frío había causado a su cuerpo. Tuvieron que pasar dos años hasta que volvió al estado de forma anterior a ese domingo.

Eugène Christophe. (DP)

En 1912 participó en el Tour de Francia, donde fue el ciclista más fuerte consiguiendo tres victorias de etapa, incluyendo una tras una escapada en solitario de 315 kilómetros, una auténtica barbaridad nunca igualada. Finalmente, no obstante, terminó en segunda posición, al ser entonces el vencedor decidido por un sistema por puntos que le perjudicó. Al año siguiente la organización volvió a la clasificación por tiempos que continúa a día de hoy.

En 1913 Christophe estaba en muy buena posición para ganar el Tour de Francia. Iba escapado en los Pirineos con dieciocho minutos de ventaja sobre el segundo en la clasificación general cuando la horquilla de su bicicleta se rompió. Por aquel entonces los ciclistas tenían negada cualquier ayuda externa y eran los responsables de reparar sus propias bicicletas, de modo que llorando de rabia, sabedor de que la carrera se le escapaba de nuevo, anduvo durante dos horas con la bicicleta al hombro hasta una forja y se puso a reparar la horquilla de marras, lo que llevó tres horas más. Podría haber abandonado pero no lo hizo: continuó hasta finalizar la etapa y completó el resto del Tour logrando una muy meritoria séptima posición.

Su carrera como ciclista quedó paralizada por la Primera Guerra Mundial, en la que participó siendo parte de la infantería ciclista. En 1919 volvió al Tour, donde fue el primer portador del maillot amarillo, novedad ese año para identificar al líder de la clasificación general que continuaría en la carrera hasta fecha de hoy. Si bien es un gran honor para el portador hoy día, Christophe confesó posterioremente que detestó llevar el maillot amarillo entonces, ya que los espectadores se mofaban de él y le gritaban que parecía un canario. No duraría mucho con él, ya que terminaría el Tour en tercera posición. Siguió volviendo a la carrera, sin éxito, aunque sí cosechó victorias en el terreno del ciclocross y en prestigiosas carreras de un día como la París-Tours y la Burdeos-París por partida doble.

En 1965, contando ochenta y un años de edad, recibió la medalla de vencedor del Tour de Francia de manos de Jacques Anquetil, el gran campeón francés. Cinco años después Eugène Christophe falleció en la comuna parisina de Malakoff, donde nació y residió toda su vida. Su victoria en Milán-San Remo es todavía, por supuesto, la más lenta jamás conseguida con doce horas y veinticuatro minutos de sufrimiento, épica, esfuerzo y determinación.


Paninaro: una revolución consumista

Fotografía: Paninaro.

El capitalismo moderno es tan subversivo como el marxismo. (Julius Evola)

En 1980, Italia tenía una de las economías más fuertes del mundo. La lira, que por entonces aún era moneda nacional, se había asentado, y el llamado «milagro económico» se consumó por fin. Atrás quedaba una década marcada por gobiernos efímeros, protestas callejeras y lucha armada, que los partidos en el Gobierno zanjaron con un puñado de durísimas leyes antiterroristas que convirtieron a Italia en un Estado policial. Así acabaron los anni di piombo y empezó una nueva era de bonanza económica, estabilidad política y paz social. El clima que los Estados Unidos estaban esperando para acelerar el proceso de colonización cultural que venían desarrollando, sin prisa ni pausa, desde los años cincuenta.

No es casualidad que, también en 1980, eclosionara el proyecto televisivo que el magnate Silvio Berlusconi llevaba años gestando: Canale 5 se convirtió en la primera televisión privada italiana de alcance nacional, rompiendo el monopolio de la pública. Con la emisión de Dallas, Alf, Star Trek y otras series norteamericanas trufadas con decenas de spots publicitarios, el canal fue la principal puerta de entrada del american way of life a los hogares italianos, divulgando unos valores basados en el consumismo extremo y la autoafirmación a través de la adquisición de símbolos de estatus. No contento con esto, il Cavaliere abrió en 1982 otro canal, Italia 1, dirigido a un target de entre diez y veinticinco años, donde se emitían películas, series, dibujos animados, videoclips y telecomedias norteamericanas. Paralelamente, las pantallas de cine vomitaban películas propagandísticas para todos los públicos: por un lado, panfletos reaganianos como Rambo, Depredador o Top Gun, exhibían el poderío militar norteamericano. Por otro, teen movies como Todo en un día, Admiradora secreta o Papá Cadillac enseñaban a la juventud que no basta con ser: sobre todo, hay que tener.

Joven aunque sobradamente americanizado

Los paninari fueron una subcultura juvenil integrada por adolescentes de familias bien. Tenían unos quince o dieciséis años, estudiaban en colegios privados y recibían generosas pagas de sus padres, que en su mayoría eran profesionales acomodados. Vestidos con llamativas prendas de marca, los paninari empezaron a congregarse de forma espontánea en torno a Al Panino, una cafetería sita en el número 6 de la Via Agnello que dio nombre al movimiento. Pero, aunque despachaba sándwiches, el local era demasiado autóctono para estos cachorros hambrientos de todo lo que veían en las producciones audiovisuales yanquis. Así que en cuanto la cadena de comida rápida Burghy abrió su primer local, los paninari se trasladaron allí, donde podían emular a los ídolos zampando hamburguesas. Corría 1982 y, en Italia, comer genuina fast food no era ninguna guarrería, sino algo exótico y moderno. Casualidad o no, el Burghy estaba en la Piazza San Babila, tradicional lugar de encuentro de los grupos juveniles de extrema derecha desde los años sesenta. Otros céntricos locales frecuentados por los paninari fueron el gimnasio Doria y el salón de belleza Rino, símbolos del culto al cuerpo que profesaba esta subcultura.

Para diferenciarse aún más de «la masa», los paninari tenían su propio slang, construido con palabras sacadas del dialecto del norte de Italia, pero también del español, del latín y, por supuesto, del inglés. Por ejemplo, un gallo era un tío guay; una sfitinzia, una tía guay; un cucador era un tío guay que se ligaba a muchas tías guays; y los sapiens eran los viejos, o sea, los padres. También se estilaba mucho el italish, con frases tipo «Very original, il mio boy». Claro está que las conversaciones paninaras eran más dialécticas que sustanciales, evitando siempre temas políticos, sociales, filosóficos o culturales serios. Según un seminal manifiesto de la tribu publicado en la revista Paninaro, «el gallo debe manejar con soltura un amplio abanico de módulos expresivos divertidos e inmediatos». Así, en lugar de «mangiare avidamente un panino» (o sea, «zamparse un sándwich con gula») el paninaro de pro diría «sparare un paninzzo nel gargarozzo». Capisci?

Imagen: Paninaro.

Pero pese a la relativa complejidad de sus códigos, la rivoluzione paninari era tremendamente simple. Consistía, básicamente, en vestir ropa de marca, comer hamburguesas, escuchar música pop y salir por ahí. Una vez forrado el estómago con comida basura, se iban de discotecas a bordo de sus lustrosas motos alemanas, modelo Zündapp 175. Los estudiantes de los sesenta y los setenta habían militado en la izquierda (o en la derecha), pero en los paninari el compromiso político brillaba por su ausencia. Como apunta el expaninaro Remo Ruffini, «en aquella época todo era colorista y feliz. La política ni se nos pasaba por la cabeza. Solo estaba el sueño de América y de un estilo de vida que pasaba por ir a hacer surf a California o visitar Nueva York». Pero ese apoliticismo reflejaba en el fondo una absoluta comunión con los intereses del Nuevo Orden Mundial. Recordemos que en 1981 los países anglosajones más importantes estaban regidos con mano de hierro por dos titanes del neoliberalismo: en Inglaterra, Margaret Thatcher llevaba más de dos años de demoledor mandato y, en los Estados Unidos, Ronald Reagan acababa de llegar a la Casa Blanca y ya hablaba de instalar escudos en el espacio para proteger a América de ataques nucleares. A los paninari todo esto les sonaba a chino: para ellos, el único escudo que existía era el del águila de Emporio Armani. Y mientras vivían una narcisista juventud que parecía eterna, el Gobierno italiano se sumía en unas cotas de corrupción que no se destaparían hasta 1993, año en el que se llevó a cabo la Operación Manos Limpias.

Enamorados de la moda juvenil

El principal signo de identidad del paninaro era, sin duda, su atuendo, que no dejaba de ser una versión italiana del estilo preppy yanqui. Enrico Pirondi, expaninaro e hijo del fundador de la firma Best Company, recuerda que «la ropa de los paninari era como un uniforme. Prendas muy brillantes, de muchos colores y cada una con su etiqueta, con la marca bien visible». Los elementos fundamentales que componían el look paninaro eran los jeans de marcas como Armani o El Charro, las botas Timberland y las bambas Superga, las camisas y polos de Best Company, los cinturones de hebilla grande de Levi’s, los relojes Swacht, mochilas Mistral, gafas de sol Ray-Ban Wayfarer (popularizadas por Tom Cruise en Risky Business), cazadoras de Stone Island, calcetines Burlington… Pero la prenda estrella de todo paninaro que se vistiera por los pies era un flamante plumas Moncler. Según Remo Ruffini, capo de la casa Moncler, «a mediados de los ochenta se vendieron unos cuarenta mil plumas en todo el mundo y, de ellos, treinta mil se despacharon en la ciudad de Milán». Y eso que el plumas no era una prenda precisamente cómoda: al estar diseñada para protegerse de la nieve, se empapaba cuando llovía, pudiendo llegar a pesar hasta diez kilos con el peso del agua. Pero molaba, y había que llevarlo aunque cayeran chuzos de punta.

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Imagen: Paninaro.

En un momento en el que la industria de la moda italiana estaba en pleno auge, la aparición de los paninari dio lugar a decenas de colecciones de ropa deportiva juvenil. La artista plástica Ludovica Gioscia, responsable de una serie de collages y artefactos elaborados con parafernalia paninaro, explica que «los nombres de las marcas, por ejemplo CP Company, reflejaban una procedencia americana, pero la mitad de las prendas estaban fabricadas en pequeñas fábricas alrededor de Mantova, en el norte de Italia. Cualquiera que mirara con atención esas prendas se daría cuenta de que no podían estar producidas en un país de habla inglesa, porque tenían en sus etiquetas un montón de errores gramaticales».

El pop os hará libres

Si la base del Imperio romano era «pan y circo», el imperio anglosajón narcotizó a la juventud italiana con «burgers y videoclips». Eso sí, los paninari preferían los sofisticados hits del new pop británico a los más mostrencos soniquetes del pop-rock yanqui; y por encima de todo aborrecían la música italiana, de la que solo salvaban un puñado de canciones de Gazebo, Tracy Spencer o Taffy chapurreadas, cómo no, en inglés. Formaron parte de la banda sonora paninari éxitos como «Word up» de Cameo, «The edge of heaven» de Wham!, «Each time you break my heart» de Nick Kamen, «Don’t leave me this way» de los Communards, «Big in Japan» de Alphaville, «Der Kommissar» de Falco, «True» de Spandau Ballet y, muy especialmente, «Wild Boys» de Duran Duran, que se convirtió en su himno. Los paninari se volvían locos con estas canciones, cuyos videoclips eran repetidos ad nauseam en el programa Deejay Television de la cadena Italia 1 y en Videomusic, el primer canal europeo especializado en contenidos musicales.

La comunión de los paninari con el novísimo pop británico fue tan intensa que, en un momento dado, recibieron un inesperado feedback. En 1986, los Pet Shop Boys lanzaron una canción titulada, precisamente, «Paninaro», que celebraba el movimiento con no poca ironía. Al parecer, el dúo británico de techno-pop visitó Italia en 1986 para promocionar Please, su debut discográfico, y quedó profundamente fascinado con los paninari. Según confesó Neil Tennant, voz cantante del dúo, «lo que nos gustó de esa cultura juvenil es que era mainstream, en oposición a los góticos, que eran más underground. Los paninari se ponían pantalones remangados por el tobillo y jerseys de Armani. Era todo muy fashion». «Paninaro», la canción, es un disparo de synth pop hipnótico, lacónico, flemático y casi industrial que se editó como single de edición limitada para el mercado italiano, mientras en el resto del mundo se imprimió en la cara B de del eurohit «Suburbia». Promocionada por un videoclip en el que aparecían auténticos paninari, la canción fue un éxito a pesar de que no es Neil Tennant, sino Chris Lowe, quien canta o, mejor dicho, quien recita una serie de palabras y marcas, a modo de mantra posmoderno. Traduzco: «Pasión, amor, sexo, dinero, violencia, injusticia, muerte. Chicos, chicas, artes, placer. Comida, coches, viajes, comida, coches, viajes, viajes. Nueva York, Nueva York, Nueva York. Armani, Armani, Armani, Versace, Cinque». Como toda la obra de los Pet Shop Boys, «Paninaro» es muy ambigua: podría parecer una apología del consumismo juvenil, pero la inclusión de palabras como «violencia», «injusticia» o «muerte», de alguna manera, era como una advertencia de que ese inmenso mall en el que se estaba convirtiendo Italia llevaba implícita la semilla de su propia destrucción.

Morir de éxito

Fotografía: Paninaro.

A partir de 1986, los paninari brotaron como setas por toda Italia. Dada la variedad dialéctica del país, en cada localidad recibieron un apelativo diferente: en Bolonia, zanari; en Verona, bondolari; en Roma, tozzi; en Nápoles, chiatilli. La cosa se salía de madre. Y si hasta ahora los paninari habían imitado a la tele, ahora la tele empezaba a imitarlos a ellos. No en vano, en el programa Italian Fast Food, el cómico Enzo Braschi se hizo famoso gracias a su parodia de un paninaro. Fue el principio del fin: si todo el mundo llevaba plumas y comía hamburguesas, eso de ser paninaro ya no tenía ninguna gracia.

A rebufo de la masificación, salió de debajo de las piedras todo tipo de merchandising paninaro. Por ejemplo, Il Paninaro, un videojuego para Commodore 64, donde podías manejar muñequitos con plumas a bordo de motocicletas. O revistas como Zippo Sandwich, Wild Boys y, sobre todo, Paninaro, en cuyas viñetas se produjo un disparatado enfrentamiento entre punkis y paninaris. En 1987, un número de esta publicación llegó a despachar cien mil ejemplares. En ese momento, la tendencia explotó y, poco a poco, los paninari empezaron a desaparecer como por arte de birlibirloque. La mayoría, se reciclaron en fighettos, es decir, pijos corrientes y molientes, y tras moderar su look, se dejaron de gaitas y se embarcaron en prometedoras carreras.

La impronta de los paninari, sin embargo, se extendió por toda Europa, inspirando tendencias globales que han llegado hasta nuestros días: desde formas de ocio nocturno (y diurno) hasta colecciones casual. Como ocurre con todo lo referente a la dichosa década de los ochenta, cada cierto tiempo hay pequeños flashbacks paninari. ¿Algunos ejemplos? En 1995, los Pet Shop Boys sacaron una nueva remezcla y un nuevo videoclip de «Paninaro», ambos mucho más flojos que los originales. En 1996, McDonald’s compró todos los establecimientos de la cadena de fast food Burghy, incluido el antiguo cuartel general de los paninari. En 2005 se volvieron a reunir en Milán gran parte de los expaninari para celebrar el vigésimo aniversario de la extinta subcultura. Desde 2009, Princide Shop vende discos y accesorios vintage para nostálgicos de lo paninari. Y de un tiempo a esta parte, revistas como GQ, Vogue o Vanity Fair han anunciado varias veces el regreso del estilo paninaro. Sí, claro, su estilo podrá volver una y otra vez, pero, como subcultura, los paninari serían inviables en un país devastado por la crisis, con una tasa de paro juvenil que supera el 40 %. En los últimos tiempos, el clima en Italia se empieza a parecer al de los anni di piombo: disturbios juveniles, violencia política, fuego en las calles. Lo único que podría tomar la actual juventud italiana de los despreocupados y flamboyantes paninari es cierta frase del himno «Wild Boys» de Duran Duran: «Los chicos salvajes, temerarios y hambrientos, han caído lejos de la gloria».

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El mejor de los caminos que llevan a Roma

Roma ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

22 de abril de 1765

Mi muy estimada Elizabeth,

Por fin hemos llegado a Milán. El trayecto desde París ha sido agotador, pero no tanto como el tiempo que estuve allí alojado. Lo que es una lástima, porque París sería un lugar encantador si no estuviera tan lleno de franceses. Aun así no soy el único que se siente destrozado: el carruaje ha quedado totalmente desvencijado tras cruzar los Alpes. ¡Qué locura, Elizabeth! ¡Nos desmontaron las ruedas, las transportaron en mulas y a nosotros en palanquines! Espero que esto no sea una metáfora de la brutalidad de estas gentes: ya sé que en estas tierras se forjó el Senado romano y el Renacimiento, pero que ni una simple rueda sirva aquí para algo es una imagen que tardará en olvidárseme. Ahora tengo el firme propósito de descansar dos o tres semanas antes de proseguir el viaje. Así tendré ocasión de acercarme a los lagos y de conseguir algo más de dinero en alguno de los bancos en los que desde Londres me aseguraron que tendría crédito.

Milán ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

No voy a negarte que todos estos meses han sido una aventura extraordinaria, pero aún no termino de comprender el encanto que tiene para tantos caballeros ingleses este llamado Grand Tour. Me sería infinitamente más grato estar todo este tiempo a tu lado preparando nuestro enlace en lugar de estar rodeado de salvajes. No sé, Elizabeth: los profesores en Oxford siempre nos insistían en lo necesario que es para un joven aristócrata como yo conocer de primera mano el continente europeo y en especial Italia, cuna de la civilización. En el principio fue Grecia, claro; pero hay que estar muy chiflado para acercarse a ver unas ruinas que llevan siglos en manos de los turcos. Por si fuera poco, mi padre estaba tan ilusionado con mi viaje como cuando él mismo lo hizo en su juventud y no tengo otro remedio que seguir el camino. Al menos tengo la suerte de que para ello me dota con fondos casi ilimitados para visitar estas tierras cálidas pero de momento hostiles. Digo «de momento» porque en cuanto tenga ocasión pretendo acercarme al Teatro Regio Ducal de Milán para asistir a alguna de esas extraordinarias óperas de las que se habla con tanto entusiasmo. Imagino que me aburriré tanto como en cualquiera de los escasos momentos en que no rememoro tu dulce sonrisa. Pero ya te haré saber mi opinión cuando tenga más tiempo.

Recibe todo mi afecto,

Charles.

6 de julio de 1765

Querido James,

Sé que prometí escribirte antes, pero tú que conoces Italia mejor que yo sabes que aquí el ritmo de vida es muy distinto. La vida social no es tan ajetreada como en Londres, y sin embargo parece que no da tiempo para nada. Pero no escribo para disculparme sino para que sepas que sigo vivo. ¡Si supieras qué verano tan extraordinario ha sido este! Cuando dejábamos Milán y la serenidad de sus lagos pensaba que sería difícil encontrar un lugar más apropiado para mi carácter. ¡Qué engañado estaba! Nada más llegar a Cremona pasamos por la plaza y me quedé allí petrificado casi una hora. Yo por aquel entonces no había conseguido aprender una palabra del idioma, pero eso no fue impedimento para admirar a toda aquella gente congregada en el mercado, delante de esas hermosísimas construcciones renacentistas. ¡Cómo huelen los mercados en Italia, James! ¡Y qué distinta la comida por aquí, qué sabor tan intenso tiene! Es cierto que nosotros tenemos mejores carnes, pero jamás he visto tal variedad de frutas y verduras tan sabrosas. En Parma, unos días después, visité el teatro Farnese. ¿Qué decir de él, aparte de que ojalá nuestro Shakespeare hubiera podido gozar de un teatro tan bello? ¿Y ese tamaño? No me extraña que apenas haya sido utilizado tres o cuatro veces desde que se construyó hace casi ciento cincuenta años. He ahí una gran diferencia entre Inglaterra e Italia: nosotros tenemos una concepción más práctica de la vida, entendemos lo material como una herramienta al servicio de la humanidad y por tanto abominamos de la ostentación —ese absurdo capricho tan de moda entre los franceses— mientras que creamos unas practiquísimas redes de comunicación. Aquí, en cambio, ¡qué hermosamente saben aprovechar la ostentación en las ciudades y qué infames y monstruosas son sus carreteras! ¿Y sabes qué? Me parece que ese modo de entender la vida es más adecuado para la felicidad. ¿Es que acaso la belleza no es un fin tan deseable como el progreso de la sociedad? Algo similar pensé recorriendo las calles rojas de Bolonia, pero donde he caído rendido ha sido en Florencia.

Florencia ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Fue un amor a primera vista. Aún antes de entrar a la ciudad, desde lo alto de la colina el Arno nos saludaba satisfecho y embriagador. ¿Y qué te podré decir de la majestuosa cúpula de la que el propio Miguel Ángel ya dijo que era la más bella del mundo? Llevo aquí varias semanas e intuyo que aún me quedaré algunas más: comienzo a defenderme notablemente con el toscano y gracias a eso he conocido a gente muy interesante dispuesta a enseñarme algunos de los mejores rincones de esta extraordinaria ciudad. Podría llenar cientos de hojas con mis experiencias aquí, pero ahora he de dejarte porque me esperan para una fiesta en casa del señor Mann, el célebre ministro británico que está aún más enamorado de esta ciudad que yo mismo.

Un fuerte abrazo,

Charles

9 de octubre de 1765

Querido padre,

Le escribo esta vez no solo para solicitarle más dinero, sino para agradecerle de corazón su insistencia en enviarme a estas tierras. Como sabe, me encuentro en Roma y no creo que pueda existir sobre la faz de la tierra otro lugar en donde mejor puedan entenderse las lecciones que la historia está dispuesta a enseñar al que sabe escuchar atentamente. Esta es tierra de virtud y moral verdadera, padre, y estoy satisfecho de haberla conocido de primera mano. Entiendo ahora que esta ciudad ha transformado mi carácter: usted sabe bien que quizás debido a mi juventud jamás me he considerado muy devoto, pero la sola contemplación de los ritos religiosos me ha hecho considerar que no somos más que hijos de nuestro Señor y que su presencia a nuestro lado es la mejor de las bendiciones posibles. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible grandeza de la iglesia de San Pedro, me siento más afín al delicado asombro que se respira en templos más pequeños. Es tanta la variedad de iglesias la de esta ciudad que cada día procuro acercarme a una distinta y aun así sé que jamás conseguiré conocerlas todas. Pero hay un lugar especial en mi corazón para Santa María della Vittoria, cuya célebre imagen de santa Teresa me recuerda a esta conversión que estoy sintiendo.

Roma ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Pero hay algo más de lo que debo hablarle, y es que he comprendido que no hay mayor mal que la vanidad del mundo. No cabe duda de que Inglaterra tiene el prestigio suficiente como para convertirse en un grandísimo imperio, pero me basta pasear por el foro o por el Coliseo para entender que de aquellos grandes emperadores hoy no queda más que un vago recuerdo y un puñado de piedras bellísimas pero corroídas por el paso del tiempo. Deberíamos todos aprender la lección, padre, y desear que cuando no seamos nada ojalá estemos tan cerca del cielo como al mirar hacia él desde el interior del Panteón.

Le envío todo mi afecto y le reitero mi agradecimiento, extensible a mi adorada madre. No quiero que se preocupen por este cambio tan repentino en mí, sino que se alegren de saber que regresaré siendo una persona completamente nueva y transformada gracias a este Grand Tour. Si puede, no olvide hablar con el banco para que den la orden de ampliar mi crédito en Roma: son muchas las obras pías que pueden hacerse aquí y quisiera, en la medida de lo posible, ser recordado como un notable benefactor de esta ciudad que tanto ha hecho por mi humilde persona.

Atentamente,

Su hijo Charles

12 de enero de 1766

Carissimo James,

Come stai? Scusa si al escribirte se me cuela alguna parola, pero el alma y el vino della bella Italia son tan parte de mí como el aire que respiro ogni mattina. Estoy de vuelta en Roma y no sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Si fuera posible, tutta la vita! Ah, Roma, chè bella puttana! ¿Sabes? Me gusta aún más esta ciudad tras haber recorrido estos meses Nápoles y Sicilia. No tengo nada que objetar de ellas, claro, pero Roma es como una experta amante a la que se le toma más cariño cuanto más vuelves a ella. ¡Qué delizia de ciudad! Todos los caminos llevan a Roma, sí, pero este Grand Tour es sin duda el mejor de todos ellos. A ti te puedo decir todo esto, James, porque nos conocemos lo suficiente como para no escandalizarnos el uno al otro con nuestros vicios, a los que deberíamos llamar virtudes de los sentidos. Afortunadamente este invierno está siendo más fresco de lo habitual y es fácil convencer alle ragazze para riscaldarsi un tanto. ¡Qué carnes tan prietas tienen las italianas, y cuánto les gusta hacer y dejarse hacer! ¡Y cómo gritan quando sono in letto! También hay por aquí algunas compatriotas nuestras que se han animado a hacer este viaje, pero no me interesan lo más mínimo. Nunca se sabe si van a ser lo suficientemente discretas, aunque ellas mismas son las primeras en disfrutar de los encantos degli italiani. Esto es lo que siempre me dice Stefano, mi cicerone particular desde hace meses: que las inglesas son puritane hasta que llega un italiano susurrando y les quita la sílaba ri. Fue él quien me convenció para visitar las ruinas recién descubiertas de Pompeya, donde me determiné del todo a disfrutar de la vida.

Pompeya ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Te seré sincero: ya había tenido mis primeros escarceos en Milán, pero en Pompeya comprendí que en cualquier momento podemos ser polvo y cenizas. No sabemos lo que seremos mañana, así que no hay más verdad que el cuerpo y sus placeres. ¡Ay, James! ¡Ojalá pudieras conocer a Stefano! Apuesto a que te parecería un joven lo suficientemente interesante como para que los tres juntos pudiéramos retomar aquellos divertimentos privados que tú y yo compartíamos entre clase y clase. Sicilia sería un lugar encantador para ello: apenas llegan los británicos tan al sur por miedo a los piratas, pero es una isla en la que uno puede encontrar lo que quiera: los mejores templos de la Magna Grecia, buena comida, naturaleza…  ¡No me digas que no te atrae la idea de subir a la cima de un volcán!

Te dejo ya, porque hay un baile de disfraces en un palacete privado y aún tengo que asearme para ir debidamente preparado, porque ya sabes que aquí cuando termina el baile empieza «la fiesta». Mi padre sigue creyendo que soy uno de esos beati aburridos que tanto le gustan y no parece tener problema en seguir manteniéndome. Y si en algún momento descubre mi verdadera vida… Pazienza! No hago más que imitar sus faltas de juventud, así que ¿quién sabe? Quizás también logre imitar sus virtudes cuando tenga su edad.

Tuyo siempre,

Charlie

27 de abril de 1766

Elizabeth,

Llevo ya más de un año en Italia y aún no dejo de sorprenderme. He recorrido casi todo el país: tras Roma he pasado por Rimini, Mantua, Padua… Ciudades bellísimas todas ellas que merecen ser descritas con más detalle. Pero ahora estoy en Venecia, una ciudad que parece haber sido construida para que la belleza se adueñe violentamente de cada una de las almas que la pueblan. Se habla mucho del carnaval veneciano, pero nada de lo que se diga jamás podrá hacerle justicia. Y esto no sucede solo con el carnaval: San Marcos, los canales, Murano, Santa Maria dei Miracoli…  Es imposible visitar esta ciudad sin quedarse sin habla.

Venecia ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

He tenido el privilegio de entablar cierta amistad con el pintor más célebre de la ciudad: Giovanni Antonio Canal, al que aquí llaman Canaletto. Se dedica a pintar cuadros de Venecia para que los viajeros del Grand Tour tengan un buen recuerdo de la ciudad al regresar a casa. Yo he adquirido cierta soltura con el dialecto veneciano, pero puedo conversar con él en inglés porque vivió varios años en Londres. Hace unos días estábamos en el patio de uno de los cientos de palazzi que hay por aquí. Le pregunté si echaba de menos Inglaterra. Sin dejar de pintar, me sonrió y dijo claramente: «Ni por todo el oro del mundo volvería a ese país tan grandilocuente». Fue extraño, ¿sabes? Mi padre me envió aquí para adquirir habilidades sociales y diplomáticas, aprender idiomas y desarrollar una personalidad culta para poder ejercer mi carrera una vez de vuelta en Londres. Pero he descubierto que yo tampoco quiero volver.

De eso quería hablarte, Elizabeth. Hay un rincón al que acudo siempre que tengo ocasión: el teatro San Benedetto. Como sabes, durante este año me he convertido en un verdadero aficionado a la ópera. Durante el carnaval se estrenó una muy divertida de Paisiello, un compositor del que posiblemente no hayas oído hablar pero que aquí es muy admirado. Se titulaba Le nozze disturbate. Las bodas interrumpidas. No creo que se me olvide ese título porque yo, Elizabeth, voy a interrumpir la nuestra. Quizás debiera decirte que lo hago con todo el dolor de mi corazón, pero no quisiera continuar con esa hipocresía tan afectada que tanto nos caracteriza más allá del Canal de la Mancha. No soporto la idea de volver allí y no puedo pedirte que hagas tú el viaje hasta aquí. Es más, no estoy seguro de que quiera pedírtelo.

De camino a Venecia entramos en Verona. Una ciudad notable y famosa en el mundo porque entre sus calles transcurre la obra de amor más grande jamás escrita. Hace un año pensaba que cuando llegara a esa ciudad no dejaría de sollozar con tu recuerdo. Pero una vez allí, lo único que me venía a la cabeza era que mi viaje estaba llegando a su fin y no podía imaginarme la vida en el húmedo y próspero Londres sin el rojo de estos ladrillos, sin este olor a pescado, sin este vino que acaricia al tragar. Parecerá una locura, pero sin locuras solo somos un puñado de huesos de esos que se describen en los manuales de anatomía.

Verona ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Rompo contigo, Elizabeth, igual que rompo con mi vida anterior. Quien ha conocido este bel paese sabe que es difícil no enamorarse de estas tierras. Llevo aquí más de un año y siento que no os amo tanto como a ellas. Espero que puedas comprenderlo, igual que te deseo la felicidad que yo no podría darte lejos de este sol que me abraza y esta gloria en los ojos cada día.

Tu amigo,

Carlo


Marco Van Basten, el mago de los tobillos de cristal

Partido de la Europa de Alemania entre Holanda y Eire

Estamos en el minuto 86 de la final y Capello decide efectuar el cambio. Quizá ha esperado mucho. Quizá nunca debió haber apostado por Van Basten como titular, para empezar, eso nunca se podrá saber. En la derrota siempre hay culpables. El holandés se retira del campo visiblemente cojo pero lo más rápido que puede. El poderoso Milan pierde 1-0 ante el Olympique de Marsella, esa burbuja futbolística que se sacó Bernard Tapie de la chequera a base de amañar partidos y fichar todo lo fichable. Van Basten se sienta en el banquillo derrotado, todos sus esfuerzos para llegar a ese partido frustrados por una actuación mediocre, en lo individual y en lo colectivo.

Tiene solo 28 años pero el cuerpo de un veterano y un tobillo que le ha dejado varias veces al borde de la retirada. El dolor no engaña, esta vez va en serio. La final de la Champions League de 1993 se apaga mientras el delantero por antonomasia de la década de los 80 mira los intentos desesperados de su equipo, de los Baresi, Rijkaard, Maldini, Donadoni, Albertini, Massaro, Papin… chocar una y otra vez contra la muralla negra del Olympique: Desailly, Angloma, Boli, Pelé… y detrás de todos el joven calvo Fabien Barthez, un pigmeo en tierra de gigantes.

Es otro fútbol, piensa. Un fútbol físico, demasiado físico incluso para un equipo italiano. Rijkaard ya no puede ni con Deschamps. Los conceptos han cambiado y su tobillo sigue hinchado como un tomate. Nadie le pregunta. Todos esperan a que el árbitro pite, para bien o para mal. La temporada 1992/93 acaba de una manera totalmente inesperada, porque el Milan, tras su año de sanción europea, volvía a parecer imparable. Berlusconi había fichado a Papin, a Savicevic, a Boban, a Lentini, a Eranio… El propio Van Basten había tenido una temporada más que aceptable hasta su lesión a finales de 1992, poco antes de recibir su tercer Balón de Oro de manos de la revista France Football.

Meses de recuperación de un tobillo destrozado que culminan en un regreso apresurado, un último gol al Ancona y este sufrimiento absurdo en el Olympiastadion de Munich. Los jugadores franceses abrazándose y Van Basten que saluda a Rudi Völler, viejo compañero de batallas ochenteras, y se mete a recibir su sesión de hielo, masaje y lágrimas. En rueda de prensa, Capello se limita a decir sobre el holandés: “Está lesionado”, sin advertir aún de que esa lesión es algo más, que ese intento desesperado por jugar su tercera final de la Copa de Europa le costará perderse la siguiente, pasar un año en blanco, volverse a operar y tener que retirarse definitivamente un 18 de agosto de 1995, sin llegar a cumplir los 31 años, dos después de casarse en muletas, de vivir en muletas, de luchar por llegar a un Mundial que su propio club le impidió jugar en 1994. Retirarse sin retirada, lo más triste para un deportista de élite.

El recuerdo de Munich como postre amargo de una carrera espectacular que le vio ganar, aparte de los tres Balones de Oro, dos Copas de Europa con el Milan, una Eurocopa con Holanda —el único título de prestigio para esa selección en su historia y multitud de títulos nacionales con el Ajax y el equipo de Berlusconi, Sacchi y Capello. Aquellos cuatro últimos minutos de dolor en el banquillo como resumen injusto de una década de estrellato, desde que debutara en el Ajax al lado de Johan Cruyff hasta su último Pichichi en el Scudetto, con 25 goles en 31 partidos durante la temporada 1991/92.

Llega un momento en el que cualquier cosa es mejor que el dolor, cualquier cosa es mejor que sentirse inválido. Ahora estará en paz consigo mismo”, dirá su mujer, Liesbeth, al acabar la rueda de prensa. Tenía razón, pero no bastaba. A los aficionados no nos bastaba, eran demasiados años disfrutando de su fútbol total desde aquella primera temporada profesional en Ámsterdam con 17 años.

El goleador adolescente. Los años del Ajax a la sombra de Cruyff

Aquel verano de 1981 no se hablaba demasiado de Marco Van Basten. Había destacado con las selecciones inferiores de Holanda y viajaba de Utrecht a Ámsterdam para probar con el equipo juvenil a sus 16 años. El Ajax era un buen equipo para hacerse un nombre como adolescente, pues los años gloriosos de los 70 habían pasado y, pese a seguir dominando junto a Feyenoord, AZ Alkmaar y PSV Eindhoven, la Eredivisie, el nivel de exigencia había bajado. Marco, un delantero alto y espigado con una calidad técnica envidiable, estaba destinado a pegarse con los chavales antes de dar el gran salto.

Aquel verano, de quien se hablaba en todos lados era de Johan Cruyff, que volvía al club de toda su vida a los 34 años.

Lo de Cruyff fue una auténtica sorpresa porque el Ajax ya le había hecho partido de homenaje y todo. Tras varios años perdido en la liga estadounidense, con una excursión puntual al Levante incluida, “El Flaco” parecía más que acabado, pero aun así tuvo tiempo para dejar unas cuantas joyas, incluyendo el famoso penalti indirecto en combinación con Jesper Olsen. Cruyff era un ídolo y un ídolo ganador y alrededor de él, quisiera o no el presidente, se fue configurando un equipo que se llevó dos ligas y una Copa de Holanda mientras crecían nuevos talentos. No solo Van Basten, sino también Frank Rijkaard, un defensa central de 19 años que poco a poco se fue haciendo un hueco en la plantilla junto a los Lerby, Vanenburg y Wim Kieft.

Aquellos dos años fueron ideales para Van Basten: primeros minutos, primeros goles, primeros títulos. Su debut con la camiseta ajacied fue un tres de abril de 1982 frente al NEC, sustituyendo precisamente a Johan Cruyff en un partido que acabaría 5-0 y encarrilaría aún más el título para los de Ámsterdam. Al poco de salir al campo, aprovechando una falta lateral, Van Basten marcaría su primer gol como profesional: un cabezazo impecable entre dos centrales despistados, picado al palo contrario, impresionante en el salto y en la celebración, un ataque de locura, un sueño cumplido nada más empezar a dormir.

Aquel fue el único partido que jugó esa temporada. La siguiente llegó hasta los 20 y demostró que era cosa seria. Rijkaard y él triunfaban en el Ajax mientras Ruud Gullit lo hacía en el Go Ahead Eagles. Holanda volvía a apuntar maneras aunque su selección siguiera fracasando clasificación tras clasificación. Los nueve goles de Marco hicieron pensar al presidente que la presencia de Cruyff era prescindible. Aquel fue un error mayúsculo que el equipo pagaría con creces en uno de los episodios más impresionantes del fútbol moderno: a los 36 años, Johan se marcharía al eterno rival, el Feyenoord, y se convertiría en el mejor jugador de la liga, llevando al equipo al doblete Liga-Copa casi una década después de su último título.

El éxito de Cruyff eclipsó un año espectacular de Van Basten. Su primer año espectacular. Debutó en Copa de Europa a los 19 años pero la experiencia solo duró dos partidos, los que tardó el Olympiakos en eliminar al Ajax en primera ronda. En liga, Marco empezó como un tiro, marcándole tres goles al Feyenoord de Cruyff (y Gullit, recién fichado) en un 8-2 que prometía un nuevo paseo en la liga holandesa. Las declaraciones de Johan después del partido: “Me da igual el resultado, vamos a ganar la liga igual” resultaron ser proféticas. Pese a los 28 goles que marcó Van Basten en esa temporada, registro solo superado en Europa por el galés Ian Rush y que le valdría la Bota de Plata siendo aún un adolescente, la temporada del Ajax fue una cuesta abajo imparable con Cruyff como bestia negra: les eliminó en la Copa y les derrotó con dos goles en el partido de vuelta de liga, el que prácticamente sentenciaba el campeonato.

Van Basten ya era titular en la selección de su país y uno de los mejores delanteros de Europa. Las ofertas empezaron a lloverle, pero eran tiempos en los que los grandes equipos solo podían contar con dos extranjeros y no con quince, lo que les hacía ser algo conservadores a la hora de elegir sus fichajes. Marco estaba cómodo en el Ajax y más aún al saber que al año siguiente llegaría de nuevo Cruyff, ya retirado, a ejercer de director deportivo. La temporada fue excelente: otro título de máximo goleador para acompañar al campeonato de liga. Cruyff se cargó a De Mos al acabar el año y puso a Bruins Slot como títere para allanar su camino como entrenador la temporada siguiente, la mejor, por cierto, de la vida de Van Basten en Ámsterdam, la que le puso, ya definitivamente, en el disparadero internacional.

Y es que Marco empezaba la temporada 1985/86 aún con 21 años recién cumplidos pero tres títulos de liga ya a sus espaldas. La espina clavada de la Copa de Europa no consiguió sacársela, pues el equipo volvió a caer eliminado a primeras de cambio frente al Oporto de Madjer y Futre, pero el juego del Ajax fue espectacular: hasta 120 goles marcó aquel equipo de ensueño encabezados por los 37 que anotó su joven estrella en tan solo 26 partidos. Una barbaridad y un espectáculo que, sin embargo, no sirvió para ganar la liga. El Ajax estaba haciendo un equipo de jóvenes prometedores con Ronald Koeman y Frank Rijkaard compatibilizando defensa y medio del campo y Van Basten y Van’t Schip como delanteros. Ninguno de ellos se acercaba a los 25 años.

El problema es que, silenciosamente, y al calor del dinero de la Philips, en Eindhoven se estaba construyendo un equipo menos glamouroso, más veterano, con un juego híbrido de ataque y defensa liderado desde el banquillo por Guus Hiddink y que acabaría birlándole el título esa temporada y de paso llevándose a Ronald Koeman en el verano de 1986, el mismo en el que Berlusconi no pudo esperar más y se lanzó al fichaje de Van Basten, el delantero que le faltaba para reconstruir al Milan desde la nada. Años después, como veremos, se le unirían Rijkaard y Gullit, formando uno de los mejores equipos de la historia.

El acuerdo con el Milan quedó firmado ese mismo verano pero no contemplaba la incorporación a filas hasta la temporada siguiente, en septiembre de 1987. Fue un año muy raro para el Ajax, que cogió una ventaja muy rápida en liga pero la fue perdiendo poco a poco por centrarse demasiado en Europa. Koeman se había ido, sí, pero apareció Aron Winter y con 17 años hacía su debut un jovencito rubio llamado Dennis Bergkamp mientras Rijkaard pasó a jugar de 4, esa extraña posición en el esquema de Cruyff que alternaba las posiciones de líbero y organizador.

Van Basten tuvo otro año espléndido, con 31 goles en 27 partidos. Su dominio del campeonato era total, pero las molestias en las articulaciones, especialmente en el tobillo, comenzaron durante esa temporada y el jugador llegó a un extraño acuerdo con Cruyff: no jugaría los partidos de liga cuando hubiera un partido de Recopa en medio. El acuerdo salvó la salud de Van Basten y su traspaso a Milán pero acabó con las posibilidades del equipo en liga, cediéndole el campeonato de nuevo al todopoderoso PSV. En Ámsterdam no pareció importar demasiado: ligas habían ganado muchas, pero títulos europeos, no tantos. Desde la Copa de Europa de 1973, el equipo no había levantado un trofeo continental y esta vez la Recopa se estaba poniendo a tiro. Tras eliminar al Bursaspor, vengarse del Olympiakos, imponerse al Malmoe in extremis y superar con suficiencia al Zaragoza en semifinales, el Ajax estaba de nuevo en una final y su rival no daba demasiado miedo: el Lokomotiv Leipzig, de la República Democrática Alemana.

Pocos días después de perder el campeonato de liga, los jóvenes ajacieds se enfrentaban a su gran reto, el que culminaba cinco años de formación conjunta, el mejor escaparate para demostrar que sus éxitos no eran producto solo del bajo nivel de la liga holandesa. Aquel día, Cruyff formó con su clásico 3-4-3: Menzo; Silooy, Verlaat, Boeve; Rijkaard, Wouters, Winter, Mühren; Van’t Schip, Robert Witschge y Marco Van Basten. Se preveía una goleada pero el partido fue infumable. A los 21 minutos, Van Basten marcó su sexto gol de la competición. Su último tanto con el Ajax tuvo un aire de familia con el primero. Contraataque por la banda derecha, centro medido y el delantero se anticipa a los centrales para cabecear al palo contrario. Gol de 9 puro obra de un jugador que desconcertaba por su repertorio y su capacidad de remate, incluyendo uno de los mejores goles de la historia: la tijereta que le metió al Den Bosch en partido de liga en noviembre de 1986. No se pierdan el vídeo.

A partir de ahí, el Ajax competió mal, sin saber si ir a por más o conformarse. Esos ataques de indefinición que le daban a Cruyff en sus primeros años. Los minutos pasaron y el Lepizig lo intentaba pero le faltaba talento. En el minuto 66 salía Bergkamp para completar un equipo recordado durante años. Menzo salvó un par de jugadas peligrosas y todo acabó así: 1-0, Cruyff manteado, el Ajax de nuevo campeón… y Van Basten rumbo a Milan con Rijkaard de la mano, aunque el centrocampista tendría que esperar un año más para debutar con Arrigo Sacchi, año que aprovechó para pasar por Zaragoza.

El encuentro con Sacchi. El primer año en Milán

El primer año de Berlusconi en el Milan había sido anodino, que es lo peor que se puede decir de algo con Il Cavaliere de por medio. Después de hacerse con las riendas del equipo en marzo de 1986, los conflictos con el entrenador Nils Liedholm acabaron con el técnico en la calle y un jovencísimo Fabio Capello como interino. Bajo la dirección de Capello, el equipo consiguió remontar hasta ganarle a la Sampdoria un puesto para jugar la siguiente Copa de la UEFA después de empatar a puntos en la quinta posición, detrás del mítico Verona de los 80 y los clásicos Inter y Juventus. Como campeón, por primera vez en su historia, quedaba el Nápoles de Diego Armando Maradona, recién llegado de su exhibición en México y dominador absoluto de liga y copa.

El campeonato al que llegaba Van Basten no tenía nada que ver con el que dejaba en Holanda: nada de tecnicismos, nada de goleadas, nada de tiempos muertos. En 1987, prácticamente todos los buenos jugadores internacionales jugaban en Italia y ahí les hacían correr, vaya si les hacían correr. Tiempos de Conconi y asociados. Musculaturas sorprendentes y resistencia inagotable. En su primera temporada, Van Basten compartió estadios con Maradona, Careca, Laudrup, Völler o Rush. Platini acababa de dejar la Juventus y en los años venideros llegarían los Caniggia, Matthaeus, Klinsmann, Bergkamp y compañía.

El duelo Nápoles-Juventus, sur-norte, polarizaba el campeonato con intervenciones puntuales del Inter. El Milan no ganaba el título desde 1979 y la elección de Berlusconi para guiar su nueva nave fue sorprendente: un casi desconocido entrenador llegado del Parma y llamado Arrigo Sacchi. Fue una apuesta que cambió el rumbo del club y del fútbol contemporáneo. Sacchi rechazó la idea tradicional de defender en su área y subió la línea varios metros para ahogar al equipo contrario. Franco Baresi se convirtió en el eje del equipo: a un grito suyo todos subían o bajaban. El fuera de juego dejaba de convertirse en un recurso para convertirse en un arma central y los rivales caían una y otra vez. Al “achicar” así el campo, Sacchi conseguía que la presión fuera más sencilla. Para eso estaban los Ancelotti, Colombo, Evani, Donadoni… capaces de crear juego y a la vez destruirlo si era necesario.

Si el eje de atrás lo formaba Baresi ayudado por Filippo Galli, el de ataque giraba en torno a Ruud Gullit, el excompañero de Cruyff en el Feyenoord que había llegado también ese verano a Milán y que deslumbraba por su capacidad para estar en todos lados. Un jugador indetectable y a la vez ubicuo. En la delantera, Van Basten, y junto a Van Basten, el veterano Virdis uno de los tres únicos jugadores mayores de 27 años, los otros dos eran Ancelotti y el portero Giovanni Galli o el siempre eficaz Daniele Massaro. En ocasiones, Evani podía jugar también en esa posición o incluso Gullit ejercía de falso 9.

El debut de Marco fue el soñado. Primer partido contra el Pisa y primer gol, aunque fuera de penalti. Lo que se esperaba del chico. Ahora bien, pocas semanas después, se lesiona del tobillo y lo que parece un simple esguince se convierte en un problema que le tiene fuera prácticamente todo el año. En la temporada 1987/88 solo disputará 11 partidos, marcando tres goles. Sin embargo, su papel fue decisivo en la remontada que el Milan de Sacchi, tras un inicio lleno de dudas, le hizo al Nápoles de Maradona. De regreso con el resto del equipo en marzo, Van Basten marcó al Empoli el único gol de un partido clave en la jornada 25, manteniendo a su equipo a cuatro puntos y volvió a marcar en el partido que decidía la temporada, en un San Paolo lleno, antepenúltima jornada de liga en total eran 30 y victoria 2-3 del Milan con doblete de Virdis para complementar.

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Precisamente Virdis fue, para muchos, el mejor jugador de aquella temporada y ya había acabado como máximo goleador la temporada anterior, pero se trataba de un jugador limitado en lo técnico y con 31 años a sus espaldas, pedía un reemplazo a gritos. Sirvió para quitar presión a Marco en su primer año y ayudó a ganar la Copa de Europa el siguiente, pero ahí ya fue traspasado ante la imposibilidad de competir en un equipo muy joven y que superaría cualquier expectativa.

Con solo dos derrotas en 30 partidos, el Milan quedaba campeón de liga aunque todos lo atribuyeran al bajón del Nápoles. Su fútbol aún no enamoraba pero al menos ya se hacía notar. Berlusconi estaba contento, Sacchi respiraba aliviado ante tamaña presión. Van Basten sentía una espina clavada por su lesión. Una espina que se arrancaría apenas un mes y medio más tarde.

El sueño holandés: La Eurocopa de 1988

Pese a su explosión en los años 70, Holanda llegó a la Eurocopa de Alemania en 1988 con sus vitrinas vacías. Doble finalista de los Mundiales de 1974 y 1978, con Cruyff y sin Cruyff, los holandeses se habían ganado fama de aplicados, divertidos, competitivos… pero poco fiables en los momentos clave de los campeonatos. La trayectoria de Marco Van Basten con la selección no había sido sencilla: debutó el siete de septiembre de 1983 ante Islandia, un cómodo 3-0 con goles de Gullit, Houtman y Erwin Koeman, el hermano de Ronald. No se esperaba mucho de aquel grupo por su extrema juventud, pero sus victorias consecutivas ante Eire (2-3, con dos de Gullit y uno del propio Van Basten a sus 19 años), España (2-1, con otro gol de Houtman) y Malta (5-0, con doblete de la otra “perla”, Frank Rijkaard) le colocó a un paso de la clasificación. Lo único que tenía que pasar es que España no ganara por 11 goles de diferencia a Malta en el último partido.

El resto es historia.

En cualquier caso, aquella generación iba en serio… o eso parecía. Pese a contar ya en el equipo con los Van Breukelen, Vanenburg, Van’t Schip, Koeman, Witschge, Gullit, Rijkaard, Van Basten… Holanda solo pudo ser segunda de su grupo en la clasificación para el Mundial de 1986, superada por Hungría, y caería después en el desempate con Bélgica, la selección que precisamente amargaría en México el sueño español en cuartos de final. En el partido de ida, Bélgica se impuso 1-0 y en el de vuelta Holanda solo pudo ganar 2-1. Van Basten no era de los favoritos del seleccionador y la verdadera estrella, curiosamente, era Wim Kieft, un delantero mucho más torpe pero que acabó como máximo goleador de la fase de clasificación.

Los dos años que pasaron entre 1985 y 1987 le hicieron mucho bien al equipo: el Ajax se estableció como referencia europea ganando la UEFA en 1987 y repitiendo final en 1988. El PSV, por su parte, ganó contra todo pronóstico la Copa de Europa de 1988 a base de empatar partidos y defender con todo. Eran dos estilos que se necesitaban el uno al otro: el espectáculo desmadejado del Ajax y el orden calculado del PSV. Además, Van Basten y Gullit ya habían dado el salto a Italia, Koeman tenía un acuerdo con el Barcelona, Rijkaard también se incorporaría inmediatamente al equipo de Sacchi y la tensión competitiva de los jugadores no tenía nada que ver con la de los chavales de las anteriores fases de clasificación.

Holanda se paseó en su grupo frente a la misma Hungría que le había eliminado camino del Mundial de México, ganando siete partidos y empatando dos. En total, anotó 23 goles en nueve partidos, con cinco obra de Ruud Gullit y dos de Marco Van Basten, incluido el decisivo en Budapest. Recordemos que buena parte de la clasificación la pasó el delantero del Milan lesionado del tobillo. Su puesto lo ocupó John Bosman, que se desató ante Chipre, marcándoles ocho goles en solo dos partidos.

Con un equipo formado por Van Breukelen; Van Tiggelen, Koeman, Rijkaard, Van Aerle; Mühren, Wouters, Gullit; Van’t Schip, Bosman y Van Basten, Holanda empezó la Eurocopa de Alemania como máxima favorita aunque con su estrella aún recuperándose de su lesión de tobillo, por lo que no pudo terminar el primer partido. Por entonces, la competición se dividía en dos grupos de cuatro equipos. Los dos primeros de cada grupo pasaban a semifinales y Holanda tenía unos rivales asequibles: Inglaterra, Eire y la Unión Soviética. El primer partido lo jugaron en Colonia frente a los soviéticos. Fue un desastre mayúsculo. Con Rinat Dassaev parándolo todo, los holandeses fueron un manojo de nervios que acabaron cayendo 0-1 con gol de Rats. Rinus Michels no podía creérselo y la prensa cayó encima como buitres anticipando un nuevo fracaso en el momento decisivo.

Para el segundo partido, ante Inglaterra, Michels introdujo varios cambios clave: Van’t Schip se quedó fuera de la convocatoria y Bosman se sentó en el banquillo. Como sustitutos, Erwin Koeman y Vanenburg. Aquello fue mano de santo: pese a los nervios iniciales, un gol de Van Basten al filo del descanso dio inicio a una auténtica exhibición: un hat-trick demoledor en apenas 31 minutos para inutilizar el gol de Brian Robson. El primero fue una obra de arte: Van Basten recibe un pase desde la banda de Gullit, acomoda el balón de espaldas dentro del área, se gira, regatea con un toque sutil a su defensor y cruza al otro lado de la portería de Peter Shilton. El segundo llega tras otro pase de Gullit, esta vez en profundidad, para que Van Basten defina con una velocidad endiablada, con la izquierda. El tercero lo marca a la salida de un córner, acechante en el segundo palo después de que un compañero peine en el primero para fusilar con su pierna buena, la derecha.

La conexión Gullit-Van Basten funcionaba a pleno gas, pero eso no serviría de nada si no ganaban a Eire en la última jornada y aun así difícil sería quedar primeros de grupo y evitar a la temible anfitriona Alemania en semis. Eire había ganado a Inglaterra previamente y había conseguido empatar ante la URSS, así que el empate le valía para clasificarse. Aquella selección irlandesa como todas las que vendrían después se basaba en la defensa continua, balón largo y tío de dos metros que bajara el balón para ver qué hacía con él. Rudimentario pero eficaz. Toda la sutileza de Holanda no sirvió para derrumbar el muro irlandés impuesto por Jackie Charlton y durante 82 largos minutos, los aspirantes a suceder a “La Naranja Mecánica” estuvieron fuera de la Eurocopa, eliminados en la primera ronda. Tuvo que ser Wim Kieft, la antaño estrella del equipo, el que salvara a los suyos con un cabezazo improbable lleno de efecto que batió al mítico portero Pat Bonner.

Por los pelos, pero Holanda estaba en semifinales y, efectivamente, ahí su rival fue Alemania. Con Gullit como capitán y mariscal de campo, los holandeses se impusieron por 1-2 en un partido para el recuerdo jugado en Hamburgo. Alemania se adelantó en el marcador en el minuto 55 gracias a un gol de Lothar Matthäus y hubo que esperar hasta el 74 para que Ronald Koeman empatara de penalti tras un piscinazo de escándalo de Van Basten. El partido parecía dirigirse a la prórroga cuando, en el minuto 88, Wouters encontró un pase imposible en profundidad a Marco, que volvió a usar su zancada imbatible para superar a Kohler y batir medio cayéndose a Immel.

Así era Van Basten: podía guardar el balón si el equipo lo necesitaba, podía rematar de cabeza como el mejor, dominaba todos los primeros toques… y era imparable en carrera. Su actuación en la final ante la URSS y sobre todo el majestuoso gol por el que será recordado toda la vida, esa volea imposible al palo contrario de Dassaev tras un balón a la olla centrado por Arnold Mühren, le valieron el premio a mejor jugador del torneo y la primera y única Eurocopa que ha ganado Holanda en su historia. A finales de año, sorprendentemente pues había pasado meses lesionado, France Football le premió con el primero de sus tres Balones de Oro.

Los años mágicos: el 5-0 al Madrid y las dos Copas de Europa

Van Basten se fue de Milán como un cojo cuya carrera corría peligro a los 24 años y volvió como el mejor jugador del mundo. Cosas que pasan en el fútbol. La conexión que había mostrado con Gullit parecía imbatible y ese año se les unió otro holandés, Frank Rijkaard, quien, en un gesto táctico de Arrigo Sacchi, dejó de ser central para pasar a ser mediocampista defensivo, un movimiento que marcó época, pues el cambio a la inversa lo habíamos visto antes y lo vemos muy a menudo ahora: mediocampistas que por su fortaleza pueden jugar de centrales, pero lo de un central pasando a jugar en el centro del campo no era tan común y le dio un plus de físico al equipo que no tenía con Ancelotti como organizador.

El Milan mostró desde inicio de temporada un desinterés absoluto por la competición doméstica: eliminado en segunda ronda de la Copa de Italia y muy lejos del Inter en liga (los de Sacchi solo ganaron 16 de los 34 partidos disputados), todas sus fuerzas se centraron en recuperar la Copa de Europa después de 20 años exactos. Marco Van Basten tuvo un buen año en lo personal: marcó 19 goles en liga, que en Italia eran una barbaridad por la época, quedando como segundo máximo goleador de la competición detrás de Aldo Serena, empatado con Careca y justo por delante de la estrella emergente del calcio, Roberto Baggio, aún en las filas de la Florentina.

Sin embargo, el holandés se comportó como un tirano en Europa, donde anotó diez tantos en nueve partidos, incluyendo cuatro entre las semifinales y la final.

Fue precisamente en las semifinales cuando tuvo lugar el que probablemente sea el partido más recordado de la época gloriosa del Milan de Sacchi y “los holandeses”. El rival era el Real Madrid, que estaba a punto de ganar su cuarta liga consecutiva y había caído en semis los dos años anteriores, ante Bayern de Munich y PSV Eindhoven. El Madrid era un equipazo. A la famosa “quinta del Buitre” había que añadirle jugadores como Hugo Sánchez, Rafa Gordillo o Bernd Schuster. Sin duda, era el máximo favorito para ganar la competición, pero el primer partido en el Bernabéu ya fue una piedra de toque importante: el Madrid no estaba acostumbrado a ese ritmo de juego, esa presión, esa velocidad en la circulación de balón que permitía al Milan pasar de su área a la contraria en segundos. Algo parecido al Real Madrid de estos años con Mourinho.

Pese a todo, antes del descanso, a la salida de un corner y tras error de Baresi a la hora de tirar el fuera de juego, Hugo Sánchez marcaría el 1-0, un resultado excelente para los madridistas. ¿Se vino abajo el Milan? Todo lo contrario. Con Gullit jugando de todocentrista, los italianos empezaron a dominar el partido y se sobrepusieron incluso a un gol increíblemente anulado al propio Ruud. El empate llegó, cómo no, de la cabeza de Van Basten: un balón que llega desde ningún lado, sin peligro aparente y que el holandés remata en escorzo hacia atrás desde más allá del punto de penalti, bombeando la pelota lo suficiente como para que dé en el travesaño, Buyo se la coma y acabe botando dentro de la portería. Un gol improbable, maravilloso, que dejaba la eliminatoria de cara para los italianos.

Ahora bien, nadie imaginaba lo de la vuelta. Primero, porque el Madrid era un señor equipo. Segundo, porque en liga el Milan estaba jugando horrorosamente mal. Aquel 19 de abril de 1989 se juntó todo: desde el gol maravilloso de Ancelotti que abría el marcador hasta una nueva exhibición conjunta de Gullit y Van Basten. Enfrente, un equipo blanco que no ofrecía solución alguna, incapaz de llegar al área contraria, con Beenhakker apurando sus últimos días en el banquillo.

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La temporada terminó como todo el mundo esperaba, con un nuevo doblete de Van Basten en la final ante el Steaua de Bucarest en el Camp Nou, partido que sirvió de homenaje al mítico Virdis, que jugó la última media hora antes de ser traspasado al modesto Lecce. La exhibición de Van Basten y el Milan les llevó a un nuevo triunfo absoluto en la votación del Balón de Oro. Si en 1988, Marco había superado a Rijkaard y Gullit; en 1989 volvería a triunfar, acompañado por Baresi y el propio Rijkaard.

La temporada siguiente tuvo de todo: la mejor versión del Milan volvió a eliminar al Real Madrid de la Copa de Europa, esta vez en octavos de final, y dominó el campeonato de liga durante siete meses hasta que empezaron a suceder cosas muy raras: al Nápoles de Maradona le dieron un partido ganado en Bérgamo contra el Atalanta pese a ir 0-0 por un lanzamiento desde la grada contra Alemao que el brasileño y sus cuidadores se encargaron de exagerar lamentablemente, como el propio presidente del Nápoles reconocería posteriormente. Milán y Nápoles llegaron empatados a la penúltima jornada y a los de Sacchi les valía la victoria ante el casi descendido Verona. Lo que sucedió fue un escándalo: a Van Basten le birlaron un penalti clarísimo y el árbitro se encargó de expulsar a tres jugadores milanistas, Marco incluido. El campeonato se había convertido en una cuestión de odio político, norte-sur, Milan-Nápoles, y el fútbol parecía haber dejado de importar.

En lo personal, Van Basten cumplió de nuevo: 19 goles en 26 partidos de liga y tres goles decisivos en la Copa de Europa: ante el Madrid en octavos, ante el sorprendente Malinas en la prórroga de la vuelta de cuartos y ante el Bayern de Munich en la ida de semifinales. A diferencia del año anterior, todo el pasaje del Milan fue un suplicio: para eliminar al Madrid necesitaron la ayuda de un árbitro generoso que pitó un penalti, precisamente sobre Van Basten, por una falta claramente fuera del área. Ante el Malinas, como decíamos, necesitaron la prórroga después de empatar a cero los dos partidos. En semifinales, contra el Bayern, más de lo mismo: prórroga después de que ambos partidos acabaran 1-0, idéntico resultado que les dio su segunda Copa de Europa en la final ante el Benfica, gol de Rijkaard en las postrimerías del partido.

Algo había cambiado: el Milan ya no era una máquina imbatible y los jugadores parecían sentir un cierto hartazgo táctico de Sacchi. Las cosas para el equipo y para Van Basten no irían sino a peor el siguiente año.

El principio del fin: de Sacchi a Capello. Del Mundial 90 al tercer Balón de Oro

Después de ganar la Eurocopa de 1988, Holanda partía como una de las grandes favoritas en el Mundial de 1990 junto a Alemania y la anfitriona Italia. Poco se esperaba de Argentina, con Maradona medio cojo, y menos de Brasil, que había elegido a Lazaroni de técnico, apostando por una europeización del juego que defraudó a muchos de sus seguidores.

Holanda se clasificó primera de un grupo de clasificación que incluía a Alemania aunque su juego no enamoraba. Van Basten pasó casi desapercibido en toda la fase de grupos pero seguía siendo la gran referencia europea y se le esperaba, como en todas las grandes citas. Si alguien ha sabido aparecer cuando debía, ese ha sido el delantero de Utrecht. Además, la primera fase del Mundial les deparó unos rivales bastante asequibles: a sus viejos conocidos, Inglaterra y Eire, había que sumar la desconocida Egipto. ¿Cómo iba a tener problemas un equipo que contaba con Gullit, Van Basten, Rijkaard, Koeman, Roy, Winter, los dos Witschge, Wouters, Kieft, Vanenburg, Danny Blind o el mítico Van Breukelen?

Pues vaya si los tuvo. Su primer rival, Egipto, se adelantó en la segunda parte y solo un gol del eterno Wim Kieft pudo nivelar la balanza. Pésimo comienzo que se prolongaría en el segundo partido, un 0-0 contra Inglaterra. Llegaba Holanda a la última jornada con un gol en dos encuentros y la posibilidad de quedar eliminada si perdía o ser primera de grupo si ganaba a Eire. En la primera parte marcó Gullit pero en la segunda empató el gigantón Quinn. El resultado clasificaba a los dos equipos y dejaba fuera a Egipto así que así quedó la cosa… aunque el precio a pagar fuera un enfrentamiento con Alemania en octavos, una Alemania que había marcado 10 goles en sus tres partidos y que parecía el ogro de la competición tras las dos finales perdidas en 1982 y 1986.

La eliminatoria de octavos se vivió como una final anticipada y una revancha de las semifinales de dos años antes. Probablemente fue el mejor partido de Holanda, pero no bastó: en un partido marcado por el escupitajo de Rijkaard a Völler en el minuto 21 y la posterior refriega que dejó a ambos jugadores en los vestuarios, Alemania se adelantó por mediación de Jurgen Klinsmann y sentenció con un gol de Brehme en el 85. Ronald Koeman puso el 2-1 ya casi en el descuento, demasiado tarde para ninguna remontada. Holanda dejaba el Mundial sin ganar un solo partido y Van Basten no consiguió marcar ni un solo gol, algo que parece increíble mirado en perspectiva y que imposibilitó la consecución de un tercer Balón de Oro.

Aquel torneo fue el anticipo de un año horrible en el Milan, con molestias constantes en las articulaciones, partidos insulsos y una inferioridad manifiesta frente a la Sampdoria de Vialli y Mancini, en el mejor momento de sus carreras. Van Basten anotó tan solo 11 goles en toda la temporada y se vio involucrado en el gran escándalo de Marsella, el equipo que volvería a cruzarse más tarde en su carrera de forma fatal como ya hemos visto al inicio de este artículo.

La historia es la siguiente: el doble campeón de Europa, después de sufrir lo indecible para eliminar al Brujas, tiene que enfrentarse en cuartos de final con el Olympique de Marsella de Martín Vázquez y Bernard Tapie. En el partido de ida, jugado en San Siro, el resultado es de 1-1. En la vuelta, el Milan pierde 1-0 y el tiempo se acaba cuando de repente se apagan todas las luces en el Velodrome. Los jugadores se van a los vestuarios a esperar que se solucione la situación. Quedan pocos minutos para el final y el Milan está a punto de perder su primera eliminatoria en tres años. Cuando las luces vuelven, el árbitro está dispuesto a reanudar el partido… pero falta un equipo. Los jugadores y técnicos del Milan se quedan en el vestuario, convencidos de que han sido víctimas de una conspiración, que nada de lo que está pasando es casual.

Ante la negativa milanista, el árbitro suspende el partido y será la UEFA la que les castigue con un 3-0 en contra, la consiguiente eliminación y una sanción que les impedirá jugar en competición europea al año siguiente. Una pérdida de papeles impropia de un equipo campeón y que manchará este último año de Sacchi, quien, harto ya de la convivencia de cuatro años y, curiosamente, con solo una liga en su haber, decide dejar el equipo y aceptar la oferta de la Federación Italiana para encargarse de la selección de su país, a la que llevará a la final en el Mundial de Estados Unidos 1994.

La horrible temporada exige cambios y los nombres de los entrenadores de prestigio llueven sobre los periódicos lombardos. Sin embargo, Berlusconi vuelve a recurrir a su hombre de confianza por excelencia, el mismo que le salvó en su primer año de presidente, aquel año sin holandeses, sin títulos y sin glamour alguno. El elegido es Fabio Capello, técnico de 44 años que solo tiene la experiencia como primer entrenador de aquellos pocos partidos de la temporada 1986/87. Obviamente, todos piensan que fracasará, para empezar su antecesor, Sacchi, quien asegura a la prensa que “se ha exprimido la plantilla al máximo y ya no queda nada”.

Capello no pide gran cosa. Básicamente es un verano de continuidad: tenía claro que Van Basten sería de nuevo su estrella, algo en lo que Sacchi, cuya relación con Marco nunca fue del todo buena, no coincidía. Muchos apuntaron de hecho a los enfrentamientos constantes entre ambos como uno de los detonantes de la marcha de Arrigo pero lo cierto es que no era el único jugador con el que el técnico no se llevaba bien. Sus métodos obsesivos se habían hecho insoportables para la plantilla. Capello no es que se relajara demasiado en eso, pero al fin y al cabo era un exjugador, internacional con la selección italiana, y por lo tanto más capacitado para meterse en la cabeza del jugador.

Pese a la imagen que se tiene de él hoy en día, aquel primer Capello era un entrenador valiente, agresivo, que mantuvo la presión de Sacchi y la perfeccionó con una alternancia de marcajes en zona y al hombre que ahogaban al rival. El único gran fichaje de aquel verano fue el de Aldo Serena, para complementar a Van Basten y a Massaro. Simone se asentó en el equipo y Albertini empezó a jugar minutos de calidad. Junto a la explosión definitiva de Maldini, la consolidación de Rossi en la portería y la constancia de los veteranos Ancelotti, Baresi y Donadoni, aquel equipo, centrado solo en la liga, jugó el mejor fútbol que se recuerda en Italia. Un fútbol de otro mundo, de otra época.

Por primera vez en la historia, el Milan ganó la liga sin perder ni un solo partido: 22 victorias y 12 empates, con 74 goles a favor y solo 21 en contra. El cuestionado Van Basten se reencontró con su mejor forma y asombró a todos con su habitual combinación de controles, remates de primera, cabezazos, carreras explosivas… Marcó 25 goles y fue por tercera vez en su carrera el máximo goleador de la liga, con siete goles de ventaja sobre Roberto Baggio, ya en la Juventus.

A los 27 años, Marco parecía haber encontrado la madurez y se esperaba lo mejor de él en el futuro: lejos de la disciplina férrea de Sacchi, lejos de las lesiones de rodilla y tobillo. A finales de año y pese a la enorme decepción de la Eurocopa 92, en la que Holanda fue eliminada en semifinales por Dinamarca tras una tanda de penaltis en la que él fue el único jugador que falló su lanzamiento, Van Basten recibiría su tercer Balón de Oro como mejor jugador europeo. Aquel sería su canto del cisne.

La agonía final. El maldito tobillo

El Milan empezó la temporada 1992/93 como dejó la anterior. Imparable. Al equipo se le conocía como “los invencibles de Capello” y llegaron a sumar más de 50 partidos sin perder un solo partido en liga. Aquel era año de Copa de Europa y había que recuperar el trono perdido dos años antes. Berlusconi puso toda la carne en el asador y se trajo a Boban, Savicevic, Eranio, De Napoli, Lentini por entonces la gran esperanza del fútbol italiano y el jugador más caro del mundo y sobre todo a Jean-Pierre Papin, balón de oro en 1991 y goleador impenitente.

Eran los tiempos pre-Bosman y viendo la plantilla, con seis extranjeros que se turnaban para jugar según los partidos, parece increíble que hubiera la más mínima química entre los jugadores. Los holandeses se sintieron desplazados, Papin no encontró su puesto y llegó a decir aquello de “Si el juego de Capello parece aburrido visto desde fuera, imaginaos si te toca estar dentro del campo”, algo que al italiano no le sentó nada bien, como es lógico, y enturbió una relación que acabaría abruptamente al año siguiente. Pese a todo, el equipo arrasaba. En Italia y en Europa. Líder indiscutible de la Serie A e invicto en Europa llegaría en la final aquel año ganando todos sus partidos con un balance de 23 goles a favor y uno en contra, el único problema que se cruzó en el camino de aquel equipazo fue el tobillo de Van Basten.

Todo empezó con unas pequeñas molestias, parecidas a las del año anterior, pero Marco no le dio mucha importancia porque seguía goleando. De hecho, acabó la temporada con 14 goles en liga y 20 goles en total pese a disputar solo 22 partidos. Sus tres primeros meses fueron impresionantes… pero en un partido contra el Ancona ya no pudo más y tuvo que parar. Los médicos decidieron que pasara por el quirófano por cuarta vez en su carrera y dieron un período de recuperación de unos cuatro-cinco meses. Eso le dejaba fuera de la temporada y conforme continuaba el dominio del Milan en Europa, Van Basten se intentaba convencer de que podía acortar plazos y jugar la final, fuera contra quien fuera.

Se trató de un enorme error. Efectivamente, pudo reaparecer en abril y volvió a marcar, porque eso no se olvida nunca, pero la precipitación solo empeoró la lesión y las patadas de Desailly hicieron el resto. El tobillo le obligó a pasar de nuevo por el quirófano al acabar la temporada y a partir de ahí, sufrimiento, incomprensión y metas imposibles: no pudo jugar el Mundial de 1994 compartiendo estrellato con su excompañero del Ajax, Dennis Bergkamp y ni siquiera pudo volver a jugar un partido profesional antes de su homenaje en agosto de 1995 entre sus lágrimas y las de Capello. Como sabemos, solo tenía 30 años, una edad impropia. Su legado son las dos Copas de Europa, la Recopa con el Ajax, la Eurocopa con Holanda, sus tres Balones de Oro… y, lo más importante, que cada vez que sale un delantero que aúna contundencia y calidad técnica se dice de él “Recuerda a Van Basten”. Pasó con Fernando Torres, ha pasado ahora con Lewandowski y pasará con muchos más todavía. Ahora bien, para ser como Van Basten hay que hacer todo esto que verán a continuación y eso, fácil, no parece.


Louis Van Gaal, elogio de un bicho raro


A Van Gaal le daban fuera y en casa. Le daba El Mundo Deportivo y le daba el Sport y ni siquiera el paraguas que suponía José Luis Núñez servía para algo porque aquel hombre estaba condenado desde el momento mismo en que resultó no ser Johan Cruyff. En el Camp Nou sacaban pañuelos y gritaban decenas de miles de gargantas: “Fora Van Gaal, Fora Van Gaal” cada vez que marcaba Shevchenko. El Barcelona ganaba ligas y copas pero eso daba igual, todo lo que quedaba en el imaginario colectivo eran la libreta, los holandeses y la interpretación siempre negativa, nunca positiva.

Una tarde, en el Carlos Tartiere de Oviedo, las cámaras de Canal Plus recogieron la imagen de Nicolas Casaus entre lágrimas pidiendo desgarrado a unos aficionados que retiraran una pancarta. No era gran cosa: “Van Gaal, vete a tu casa y llévate a Hesp contigo”, decía, después de un noviembre negro que llegaba tras tres años sin ganar la liga. Era la primera temporada del holandés en el club y no recuerdo si aquellos aficionados eran del Oviedo o del Barcelona o simpatizantes de ambos clubes, me inclinaría por lo tercero. Casaus, a sus 86 años, les repetía: “Su madre acaba de morir, por favor, acaba de morir”.

Los seguidores retiraron la pancarta, al menos delante de las cámaras, que luego los partidos duran 90 minutos y ya sabemos que son molto longos, pero, para salvar su imagen, Van Gaal habría necesitado a Casaus, Serrat y La Moreneta recorriendo cada grada de España entre lágrimas. Era un caso perdido. Injusto, pero perdido. Los guiñoles le dibujaron como un ladrillo y él mismo se empeñó en convertirse en su caricatura. Por el camino han ido quedando una Copa de Europa con el Ajax, dos ligas con el Barça, un amago de triplete con el Bayern de Munich y un título con el modestísimo AZ Alkmaar. Los debuts de Xavi, Víctor Valdés, Iniesta o Puyol con el primer equipo. La adaptación definitiva de un 3-4-3 fantasioso a un 4-3-3 casi científico, del que Guardiola tanto se aprovecharía años después, pasando por el a veces confuso 2-3-2-3.

El Barcelona perdería aquel partido del Tartiere, su tercera derrota en cuatro partidos de noviembre después de ganar en el Bernabéu por primera vez desde 1994. Acabaría campeón de liga. Van Gaal se puso a celebrar el título en la Plaza de Sant Jaume con un entusiasmo que denotaba cualquier cosa menos naturalidad. No encajaba y nadie se molestó en ocultárselo.

Esta no es sino la historia de un cuerpo extraño, en definitiva. Puede, eso sí, que se trate del cuerpo extraño más importante de la historia reciente del fútbol europeo.

De asistente de Beenhakker a campeón de Europa

Después de acabar su periplo exitoso con el Real Madrid, al que dejó tres años consecutivos en semifinales de la Copa de Europa, ganando tres ligas al frente de la Quinta del Buitre, Leo Beenhakker fue reclamado por el Ajax de Amsterdam. El Ajax pasaba por un momento complicado en Holanda, a la sombra del omnipotente PSV. Aquello era toda una novedad porque el rival natural de los “ajacied” era el Feyenoord de Rotterdam, pero fue llegar la Philips a Eindhoven y ponerlo todo patas arriba con la ayuda de Hiddink, Koeman y Romario.

El reto de Beenhakker era lograr lo que ni siquiera Cruyff había sido capaz: ganar la liga holandesa después de cuatro años. Johan, sin título de entrenador, sí consiguió un par de Copas y la Recopa de 1987, la que le daría el pasaporte el año siguiente al Barcelona. Leo, mucho más moderado y práctico, acabaría ganando la liga a la primera, con un asistente compulsivo, Louis Van Gaal, tomando notas como loco, proveniente del AZ Alkmaar y ex canterano del equipo, en el que militó durante los años dorados de los setenta, viendo a sus ídolos desde la distancia, antes de tenerse que ir a Bélgica para tener su oportunidad como jugador.

Beenhakker y Van Gaal formaron pareja un par de temporadas, con Dennis Bergkamp como gran estrella del equipo acompañado por el eterno Danny Blind. La alegría del primer campeonato duró muy poco porque en seguida el PSV recuperó el trono de la Eredivisie a base de goles de Romario. El Ajax era un equipo joven y poco trabajado, con ese punto fantasista que había implantado Cruyff y que hasta cierto punto irritaba tanto a Van Gaal, incapaz de hacer entender a Beenhakker la necesidad de un método, entre otras cosas porque Beenhakker estaba con la cabeza en otro sitio: el Bernabéu.

Cuando en 1991 se confirmó su vuelta a Madrid como “manager general”, es decir, verdugo en la sombra de Radomir Antic, a Van Gaal le tocó asumir la responsabilidad del cuerpo técnico como primer entrenador. Su apuesta quedó clara desde el principio: extremos abiertos, muchos canteranos, renovación de la plantilla a partir de la jerarquía de Bergkamp y un sacrificio defensivo que no se veía habitualmente por Amsterdam. Van Gaal había sido un jugador muy limitado y no entendía el fútbol como una explosión de talento puro sino de esfuerzo continuado. Van Gaal no era Cruyff, no era “jueguen y diviértanse”, sino orden, orden y orden. Y dentro del orden, ya sí, el talento.

Sus primeros años fueron irregulares, pero suficientemente esperanzadores: en 1992 el PSV repitió campeonato, pero el Ajax le ganó la Copa de la UEFA al todopoderoso Torino de Martín Vázquez y Lentini, algo así como el Manchester City de principios de los 90. En aquella plantilla seguían los Winter, Van’t Schip, o Jonk pero ya aparecían jóvenes como Frank de Boer, una especie de “nuevo Koeman”, capaz de jugar de central y pivote, todo elegancia con el balón en los pies, el velocísimo Bryan Roy, o el espigado portero suplente, Edwin Van der Sar, esperando que Menzo por fin diera un paso al lado.

El equipo jugaba a tirones: podía arrasar en el Trofeo Santiago Bernabéu en verano y acabar tercero en la liga. Podía ganar la copa de Holanda y naufragar en la defensa de su título europeo… Bergkamp se fue al Inter y el equipo se quedó huérfano de líder. La solución de Van Gaal fue montar una cooperativa: un equipo que se abasteciera a sí mismo, sin una figura por encima de las demás, todos trabajando por una misma causa: el balón, su posesión y, sobre todo, su recuperación.

En 1994, cuando el Ajax recuperó el título de liga cuatro temporadas después, la plantilla ya no tenía nada que ver con la de dos años antes. El equipo jugaba un 4-3-3 con muchos matices, pues uno de los centrales solía adelantarse para sacar el balón, los laterales eran más bien defensivos, formando a menudo una línea de tres, y el delantero era más un poste de referencia que dejaba el hueco para las llegadas de los interiores, generalmente goleadores como Litmanen o Ronald de Boer. En las bandas, dos balas: el jovencísimo Overmars, llegado del Willem II y George Finidi, un nigeriano completamente desconocido que había enamorado a Van Gaal con su potencia.

El año de la consagración fue 1995. La temporada empezó con una victoria contra el Milan en Copa de Europa, dando una exhibición de primera y de ahí fue para arriba. La llegada de Frank Rijkaard al equipo como pivote, en el final de su carrera, le dio un punto de calma y orden que el equipo necesitaba. Junto a él crecerían los Davids, Seedorf y compañía. Mientras mantenía su dominio en la competición nacional, el Ajax fue pasando rondas en Europa: primero de grupo en la liguilla, sendas goleadas ante Hadjuk Split y Bayern de Munich en los partidos de vuelta le sirvieron para plantarse en la final por primera vez en veinte años. El rival sería precisamente el Milan, cerrando por completo el círculo, el sueño de Rijkaard.

Los italianos habían aplastado al Barcelona el año anterior en Atenas con un 4-0 de escándalo y por supuesto eran los máximos favoritos para repetir título en Viena, con Capello en el banquillo y los eternos Baresi, Maldini, Albertini, Donadoni, Simone, Massaro… sobre el césped. El Ajax planteó una alineación completamente inesperada, plagada de centrocampistas: Van der Sar ya era el portero titular; Reiziger, Blind y De Boer cerraban la defensa intercambiando posiciones, con Rijkaard un poquito por delante, ayudando a Davids y Seedorf, que a su vez podían presionar al contrario y llegar arriba, juntándose en paredes con Ronald de Boer y Jari Litmanen, otros dos centrocampistas reconvertidos esta vez en delanteros. En las alas, abiertos, Finidi y Overmars. La media de edad no llegaba a los 25 años.

Aquel partido no fue el mejor de los años gloriosos del Ajax de Van Gaal, pero sí fue un buen ejemplo de lo que eran sus coordenadas de juego: presión constante, para empezar; intercambio de posiciones a partir del balón con “falsos nueves” y extremos abiertos… cuando el rival parecía cansado, el entrenador no especuló con una prórroga y unos penaltis: metió a dos delanteros centros, Kluivert y Kanu, que apenas contaban con 20 años. Más madera. Precisamente, el primero marcó el gol definitivo en el minuto 85 en una jugada de trompicones, de más entrega que calidad.

Era el inicio de un ciclo desgraciadamente corto.

El desmantelamiento del Ajax y los coqueteos con el Barça

Muchos de mi generación tenemos a ese Ajax de Van Gaal como el mejor equipo que hemos visto en nuestra vida. Entre ellos, Pep Guardiola, que veía en la construcción de defensa y ataque, esfuerzo y talento, centrocampistas que jugaban de centrales o delanteros, el futuro del fútbol. La fascinación por el Ajax llegaría a su punto más alto el año siguiente, con Rijkaard ya retirado y Seedorf en la Sampdoria. Aquel Ajax era imperial, arrollador, un rodillo que te iba moliendo poco a poco y acababa goleándote en cualquier respiro. Todos los jugadores parecían estrellas de primer nivel aunque sus carreras en otros equipos a menudo lo desmentirían. Van Gaal consiguió su objetivo de que nadie sobresaliera y que el colectivo estuviera por encima de todo. En 1995, era el rey del mundo justo cuando a Cruyff le estaban preparando el finiquito en Barcelona.

De aquella temporada recuerdo un 0-2 en el Bernabeu entre los aplausos de la grada, satisfecha porque solo hubieran caído dos cuando pudieron ser muchísimos más. Recuerdo la presión, la manera de recuperar inmediatamente el balón y perderse en posesiones larguísimas, machaconas. Litmanen acabaría como máximo goleador de la Champions League llegando siempre de segunda línea. En cuartos de final, el poderoso Borussia de Dortmund caería en los dos partidos; en semifinales, un despiste contra el Panathinaikos con derrota 0-1 en la ida obligó a una exhibición ofensiva en la vuelta. Al Ajax se le criticaba su poca contundencia cara a la portería contraria pero se plantó en Atenas y metió tres goles casi para empezar, dejándose llevar luego hacia su segunda final consecutiva.

Pocos días después de ganar su tercera liga en Holanda, Van Gaal se plantó con sus guerreros en Roma, precisamente para enfrentarse a un equipo italiano, la Juventus de Marcelo Lippi, que intentaba recuperar sus galones ochenteros después de una década eclipsado por Milan y Nápoles. Esta vez el favorito era el Ajax, aunque contaba con una baja importantísima para ese partido: el extremo Marc Overmars, con sus rodillas de cristal. Su lesión dio paso a un inexperto Musampa y el equipo lo notó, estrellándose una y otra vez contra la sólida defensa turinesa. El resto de la alineación era prácticamente la misma de Viena con la inclusión de Silooy por Reiziger y Winston Bogarde por el retirado Rijkaard. En punta jugaría Kanu, otra novedad como titular. Por una vez, Van Gaal parecía rendirse a la ortodoxia: un 4-3-3 como dios manda. Le salió horriblemente mal: Ravanelli marcó al poco de empezar el partido y aunque Litmanen empataría en la primera parte, esta vez sí que la final se iría a la prórroga y a los penaltis con victoria italiana.

La sorpresa fue aún mayor que la del año anterior. El Ajax, insisto, parecía imbatible si se ponía a jugar en serio, en una competición importante. Sí, podía perder un partido de ida contra un rival menor, pero, ¿una final? Imposible. Aquel partido supuso el principio de una desbandada: Blind se retiraría ese mismo verano, Davids y Reiziger se marcharían al Milan —un año más tarde se les unirían Kluivert y Bogarde— mientras Finidi fichaba por el Betis. La “ley Bosman” y el dinero del boom de las televisiones desmantelaba a un equipo maravilloso, que aún tendría un último momento de esplendor en el Vicente Calderón en los cuartos de final de la Champions de 1997, cuando gracias a un golazo del portugués Dani conseguía eliminar al Atleti en cuartos y plantarse en semifinales por tercer año consecutivo. Fue un destello fugaz: la Juventus, de nuevo, evitaría la rebelión.

Aquel año, el Ajax solo pudo ser tercero en su propia liga y ante la previsible huida de lo poco que quedaba, incluidos los jóvenes talentos como el propio Dani o el veloz Babangida, Van Gaal decidió aceptar una oferta de José Luis Núñez, que llevaba tiempo intentando ficharlo para enterrar definitivamente al fantasma de Cruyff, convencido de que con su mano de hierro en el banquillo y su estilo de juego ofensivo, el Camp Nou se rendiría a sus pies, viendo caer una Champions tras otra.

No podía estar más equivocado.

Holandeses y libreta

El problema no fue que Núñez presentara a Van Gaal como redentor del barcelonismo sino que el propio Van Gaal se lo creyera. Entró en el club como si fuera su casa sin tomarse ninguna cautela de invitado y enlazó una serie de ruedas de prensa en las que abusó de una prepotencia mal medida, enfrentándose a todos los que le criticaban un fichaje o una decisión técnica. No contento con eso, se sentaba en el banquillo armado con una peligrosa libreta. Los periodistas enloquecieron, ¡una libreta, hasta dónde íbamos a llegar! Van Gaal apuntaba cosas y se las pasaba a Mourinho para cruzar datos y juntos mantenían al equipo y al entorno controlado, tal y como le gustaba a Núñez.

El Barcelona venía de dos marchas traumáticas: poco antes del verano de 1996, el presidente decidió despedir a Johan Cruyff, harto de sus continuos pulsos públicos y privados. Su sustituto fue Bobby Robson, un inglés simpático y demasiado bonachón, que se comió unas críticas despiadadas pese a ganar dos títulos, la Copa del Rey y la Recopa de Europa. Fue el gran año de Ronaldo, aparecido del PSV para meter 34 goles en su primera temporada. Ronaldo se convirtió en la gran esperanza de la afición culé, la promesa de años y años de triunfos. Sin embargo, bastaron cuatro reuniones de noche con sus agentes para que todo acabara como el rosario de la aurora, relaciones rotas y el brasileño rumbo a Milán por una cantidad obscena de dinero.

La relación entre directiva y afición estaba muy deteriorada. Veinte años de “nuñismo” habían acabado cansando al socio y no había margen para decisiones tan impopulares. Van Gaal se dijo “esto lo arreglo yo por las bravas” pero no era tan fácil. De alguna manera, él era el hombre del “establishment”, era el cabeza-ladrillo que se empeñaba en quitar minutos a la Quinta del Mini —De la Peña, Celades, Óscar, Roger…— para dárselos a sus malvados holandeses. Para compensar la marcha de Ronaldo, Núñez fichó a Rivaldo in extremis, a Sonny Anderson, a Dugarry… y a Hesp, un portero desconocido que le hacía la competencia a Vitor Baía. También llegaron, por petición expresa del entrenador, Reiziger y posteriormente Bogarde.

Todo fue más o menos bien hasta noviembre. El clima era tenso, aquel hombre resultaba en ocasiones insufrible, De la Peña jugaba demasiado poco entre lesiones y decisiones técnicas… pero el Barcelona encadenó seis victorias consecutivas para empezar la temporada, incluyendo un 0-3 en Valencia y culminó un inicio esplendoroso con la victoria 2-3 en el Bernabéu, corte de mangas de Giovanni incluido. La victoria calmó la decepción europea: después de dos pinchazos europeos ante el PSV y el Newcastle, el Barça visitaba Kiev un 22 de octubre y se llevó tres goles que complicaban muchísimo su clasificación. Quedaba un margen de esperanza: dos partidos en casa y solo una salida, en principio asequible, a Eindhoven.

Pero, entonces, surgió el caos.

La victoria ante el Madrid había llegado un 1 de noviembre. Cuatro días después, Shevchenko tomaba el Camp Nou con una exhibición que acabaría en goleada (0-4) y primera oleada de pañuelos y silbidos, Van Gaal siempre con el ceño fruncido aguantando con empaque y saliendo gallito a los medios. El holandés había venido a ganar la Copa de Europa y no conseguía meter al equipo ni en cuartos. Los palos cayeron por todos lados, pero no acabó ahí la cosa: en pleno enfrentamiento con los hermanos García Junyent y con Stoichkov, que terminó siendo despedido por indisciplina, Van Gaal se empeñó en fichar a Bogarde, un lateral muy limitado que funcionaba en el Ajax porque era parte de un engranaje perfecto.

Entre eso y poner a Hesp de portero, el tipo empezó a quedar como un excéntrico y los resultados dejaron de acompañarle: el 9 de noviembre, volvía a caer en casa, 1-2, ante el Valladolid. El 12 recibiría una goleada en San Mamés (3-0) y dos semanas después, llegaría la derrota en el Tartiere a la que me refería al principio del artículo. El equipo se mantenía en el liderato pero no jugaba a nada. Ni rastro de la contundencia o la presión del Ajax más allá de partidos sueltos. La lesión de Guardiola le dejó sin timonel en la cancha y se tuvieron que encargar entre Celades, Amor y Nadal. La diferencia se dejó notar.

Sus esfuerzos por aprender español cuanto antes —Sir Bobby Robson no se molestó en tomar ni una lección— no le ayudaron, al contrario. Sus ruedas de prensa eran confusas, demasiado contundentes, sin matices, reforzando la idea de hombre cuadriculado que la prensa vendía de él. Por las tardes se pasaba por La Masía y veía entrenar a los chavales, intentaba recopilar información e incluso celebraba el ascenso del filial en pleno Bernabéu, con Lorenzo Sanz pidiéndole calma, pero el público no le perdonaba que no pusiera más a Óscar o que colocara a De la Peña en la banda. Aquella temporada acabó con título de liga y de copa, gracias a unos enormes Rivaldo y Figo, que tomaron la responsabilidad del equipo y acabaron con la escasa resistencia de Athletic y Real Sociedad, segundo y tercero respectivamente, a una buena cantidad de puntos del campeón. El desencuentro, pese a todo, continuaba.

Si aquel primer año había sido complicado, el segundo fue una montaña rusa. De entrada, era el centenario del club, una temporada importantísima en la que la Champions volvía a ser el objetivo número uno. El verano confirmó una tendencia que no gustó nada en Can Barça: De la Peña fue traspasado a la Lazio por muchísimo dinero, rompiendo por tercer año consecutivo los corazones culés. Ferrer, Amor y Pizzi, otros tres ídolos de la afición, dos de ellos canteranos, también abandonaron el club. A cambio, llegaron Frank de Boer, después de unas larguísimas negociaciones que incluyeron a su hermano meses después, Bolo Zenden, Cocu y Kluivert. Probablemente, todos ellos tenían nivel para jugar en el Barça, pero la aglomeración de holandeses no le hizo ningún favor a Van Gaal, que llegó a poner a ocho compatriotas suyos en el campo.

Parecía no entender que no se le había fichado para recrear el Ajax pieza por pieza sino para adaptar el sistema al propio del Barça. “Mi sueño es ganar la Copa de Europa con once canteranos”, llegó a decir en un ataque de euforia, y, sí, el trabajo se estaba haciendo en las categorías inferiores, con Xavi Hernández como gran novedad de la temporada junto al prometedor Rosas o Luis García, pero el mensaje no acababa de llegar a un aficionado que no veía más que holandeses y holandeses, cada vez más alejado de lo que había sido su equipo.

El Barcelona empezó la liga de manera muy irregular: empató en Santander y en casa contra el Salamanca y el Celta de Vigo, con los correspondientes silbidos. Salvó los muebles en el Bernabéu con un buen empate a dos y ganó en Valencia, 1-3, antes de que el Piojo López le tomara la medida. En Europa, bien. Sin excesos, pero bien, en un grupo terrible: empate a tres en Old Trafford ante el Manchester United, victoria ante el Brondby, derrota por la mínima en Munich contra el Bayern. Así hasta que volvió a llegar noviembre: el mes empezó con una derrota en casa de nuevo ante el Bayern que volvía a dejar al equipo fuera de la Champions en primera ronda, después llegarían sendas derrotas ante Oviedo y Mallorca antes de afrontar el partido de inicio de los actos del centenario, el 28 de noviembre, en casa, ante el Atlético de Madrid.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Con un Camp Nou a rebosar y Serrat cantando el himno antes del partido, los jugadores vestidos con esa preciosa camiseta de dos colores, sin rayas verticales, y el 1899-1999 serigrafiado en oro, el Atleti le dio un buen repaso al Barça, con un gol de Jugovic que bastó para llevarse la victoria. Pañolada, silbidos, “Fora Van Gaal”. Núñez encogido en el palco, pensándose la huida. Las cosas no mejorarían: la visita a Coruña se saldaría con una nueva derrota, la cuarta en cinco partidos y para rematar la faena, el Villarreal, que por entonces era un equipo sin apenas presupuesto, un milagro llegado de Segunda con una afición entusiasmada, profanó también el Camp Nou con un 1-3 sonrojante. El Marca, siempre comedido, tituló a toda página: “TITANIC”.

El Barcelona estaba eliminado de Europa y undécimo en la clasificación después de catorce jornadas. Eso significaba que Van Gaal estaba en la calle, directamente en la calle. La directiva buscaba sustituto, algo siempre complicado con la temporada a la mitad, y la agonía se prolongó al último partido antes del parón navideño, en Valladolid. Cuenta la leyenda que los jugadores estaban tan hartos de su entrenador y las broncas públicas que decidieron no poner ningún empeño en ganar ese partido, convencidos de que otra derrota suponía un despido inmediato. A mí me cuesta mucho creer esas cosas y a Xavi se conoce que también, pues a sus 18 años marcaba de cabeza, en un rechace, el gol que permitió a Van Gaal comerse el turrón en Barcelona pese a la presión de todo el entorno.

No fue mala decisión: el Barcelona encadenó ocho victorias consecutivas, incluido un 3-0 ante el Real Madrid, y se colocó líder. Pinchó en Vigo y sufrió la picadura del Piojo en un desconcertante 2-4 que presagiaba tiempos terribles ante el Valencia. Tras ese partido, volvió a ganar seis veces más y sentenció la liga. Sin brillo pero con oficio. El equipo estaba roto —los holandeses iban por su cuenta, los españoles por la suya, Rivaldo se quejaba de tener que jugar por la banda, Anderson montó en furia cuando se vio suplente…— pero era campeón por segundo año consecutivo.

Probablemente, ahí tendría que haberse acabado la historia.

Y es que la temporada 1999/2000 fue una locura. Empezó con aquello de la “interpretación siempre negatifa, nunca positifa”, en respuesta a un periodista holandés que le hablaba de problemas en el vestuario y terminó en blanco, eliminado el equipo en semifinales de la Champions ante el Valencia con un 4-1 sonrojante en Mestalla, e incapaz de remontarle la liga al Deportivo en las últimas jornadas como había hecho Cruyff en 1994. A Van Gaal no se le ocurrió otra cosa que cuadrar el círculo fichando a Litmanen y echando a Óscar. Litmanen no era holandés, pero era de su Ajax. La decisión no se entendió y el rendimiento del finlandés fue paupérrimo. Hasta trece jugadores abandonaron el club y llegaron Simao, Dani y Dehù, un central con buena planta pero una lentitud exasperante.

Ese último año de Van Gaal, como sucediera con Cruyff en 1996, fue el de su gran apuesta por la cantera. Había estado monitorizando la evolución de los chavales durante mucho tiempo y aquella temporada debutarían Nano, Puyol, Santamaría y Gabri, aparte de la consolidación de Xavi en la primera plantilla como suplente de Guardiola. No sirvió para nada. El público y la prensa le veían como un enemigo de lo catalán y un hombre empeñado en cargarse el legado de Cruyff, travistiendo el 3-4-3 por un 2-3-2-3 que a veces resultaba algo confuso. Para culminar el descrédito, el holandés, junto a Núñez, decidió que su equipo no se presentara a la vuelta de las semifinales de Copa ante el Atlético de Madrid por no poder ofrecer un once de garantías. La Federación había cometido un error gravísimo pero no presentarse después de perder 3-0 en la ida y hacer el papelón de que todo el equipo formara en la línea y Guardiola le explicara a Díaz-Vega que no iban a jugar fue bochornoso.

Cuando se convocaron elecciones para julio, ningún candidato quiso llevarle en su candidatura. Era un apestado. De rey de Europa a apestado en tres años a pesar de sus tres títulos. Como si en Barcelona hubieran sobrado títulos en los 70 y 80… Aquel verano marcó un antes y un después en la historia contemporánea del Barcelona. No solo se fueron Núñez y Van Gaal, sino que con ellos marcharon Figo, al Real Madrid, más Hesp, Bogarde y Ronald de Boer. Curiosamente, su sustituto en el banquillo, Serra Ferrer, eligió como nueva estrella a un holandés, Marc Overmars. Inmediatamente, se lesionó.

El segundo advenimiento

El destino de Van Gaal fue la selección holandesa. Aquel grupo estaba formado básicamente por su Ajax de los noventa y venía de jugar en casa una Eurocopa a la altura de su historia: tres victorias en la fase previa, 6-1 frente a Yugoslavia en cuartos… y derrota por penaltis ante Italia en semifinales después de dominar el partido de principio a fin. El maldito gen competitivo. De Van Gaal se esperaba, como siempre, que impusiera método y mano dura y recordara a sus estrellas —con tendencia a la dispersión— que tenían que estar al servicio del equipo. Fue un desastre. Los años en el Barcelona habían convertido a aquel hombre en alguien inestable, molesto por todo, con serios problemas de comunicación, casi recluido en sí mismo.

El reto de clasificarse para el Mundial de 2002 —Holanda había sido una de las sorpresas en 1998, el último aliento del gran Bergkamp con su selección— se complicó de entrada con un empate en casa ante Irlanda y se terminó de torcer en la tercera jornada con una derrota, también en casa, ante Portugal. Estas dos selecciones acabarían primeras de su grupo, relegando a Holanda a una tercera posición que la dejaba fuera del Campeonato de Japón y Corea. El fracaso para esa generación dorada que iba atravesando la treintena fue descomunal y, obviamente, su técnico se fue a la calle. Durante meses pareció que su destino sería el Manchester United pero finalmente Sir Alex Ferguson decidió no retirarse, como había anunciado, y Van Gaal acabó de nuevo, por sorpresa, en Barcelona.

¿Qué pasó por la cabeza de Joan Gaspart para decidir repescarlo en la primavera de 2002? Es imposible saberlo. El Barcelona no había vivido mejor sin Van Gaal que con él. Los holandeses seguían casi todos, el equipo se había gastado millonadas en jugadores tipo Petit, Alfonso, Gerard, De la Peña, Rochemback… y la idea de un buen canterano era Thiago Motta. La derrota en semifinales de la Champions contra el Real Madrid, con un 0-2 en el propio Camp Nou, cortesía de Zidane y McManaman, escoció muchísimo. Ya eran tres años en blanco, dos con un presidente que tampoco se entendía muy bien qué hacía ahí, completamente superado.

Por otro lado, en algunos sectores se mantenía el convencimiento de que el estilo de juego de Van Gaal estaba hecho para el Barcelona. Con matices, Guardiola demostró años después que era así, que lo único que le fallaba al estilo Van Gaal para triunfar en el Barça era el propio Van Gaal, un hombre impaciente con problemas para manejar la impaciencia ajena. La última rueda de prensa del técnico holandés en su primera etapa había acabado con un “Felicidades” a los periodistas, que le esperaban con el cuchillo entre los dientes justo dos años después, mayo de 2002, en su presentación oficial.

Todo fueron buenas palabras: he cambiado, no podía olvidar este club, lamento la relación con la prensa y los aficionados, no volverá a pasar… pero no había empezado casi la liga y ya se estaba peleando con Riquelme, el fichaje estrella de aquel verano. El segundo advenimiento de Van Gaal a Barcelona fue un desastre de resultados y juego, aunque es cierto que la plantilla no daba para mucho más: Mendieta, el otro gran fichaje, pasó completamente desapercibido aquel año y ninguno de sus porteros, ni Bonano ni Enke ni Dutruel, que acabó traspasado, le daban garantías, hasta el punto de que decidió colocar al portero del filial, un tal Víctor Valdés, como titular.

A Valdés se le subió tanto a la cabeza que cuando Van Gaal decidió mandarlo de nuevo al B se declaró en rebeldía. Todo eran facilidades en Can Barça en aquellos tiempos convulsos.

No fue el único canterano que subió Van Gaal al primer equipo, sin duda sabedor de que su trato a la gente de La Masía había influido en la opinión de la grada durante su primera etapa como entrenador. Junto a Valdés, subió a Iniesta, un jugador insignificante, al que parecía que cualquiera podía derribar con un soplido. Recordemos que estos eran los tiempos de Vieiras y Makeleles, y que el primero en juntar a Xavi e Iniesta en un equipo fue Louis Van Gaal. Aparte, Puyol y Gabri ya estaban asentados en la plantilla, y los Oleguer, Navarro o Sergio García empezaron a tener sus primeros minutos a lo largo de aquella temporada, combinando el Mini Estadi con el Camp Nou.

El problema de Van Gaal no fueron esta vez los canteranos sino los consagrados: Riquelme y Saviola naufragaron por completo; Kluivert, Overmars y Frank de Boer estaban un escalón por debajo de sus mejores años; Mendieta fue una decepción colosal y Luis Enrique rindió sus últimos servicios con bravura pero obvias limitaciones a los 32 años. Los laterales, Reiziger y Sorín, no tenían nivel suficiente y tampoco lo tenían Andersson, Christanval, Geovanni, Rochemback y compañía. Con todo, nadie esperaba un batacazo como el que se pegó el pobre Louis, que solo duró una vuelta, suficiente tiempo para acumular ocho derrotas —incluido el tradicional 2-4 ante el Valencia— y dejar al equipo en la duodécima posición de la tabla, a pocos puntos del descenso.

Su sustituto sería Radomir Antic, siempre fiable, que llevó al equipo a la UEFA con una meritoria segunda vuelta mientras Van Gaal aseguraba entrevista tras entrevista que él podría haber hecho lo mismo, que era solo cuestión de tiempo, y Riquelme preparaba las maletas para Villarreal mientras Laporta pensaba en Rijkaard para seguir la conexión holandesa en el banquillo blaugrana.

De vuelta a los principios

En el fútbol, dos fracasos seguidos son muchos fracasos. Van Gaal quedó marcado por su mal carácter y sus malos resultados hasta el punto de volverse al Ajax como director técnico y tener que dimitir también por problemas con el resto del cuerpo técnico. Estaba desatado. Tanto que necesitaba recuperar el placer por el juego, volver a los orígenes, hacer algo parecido a lo que hizo Wittgenstein cuando abandonó los círculos académicos y se refugió en el campo a dar clases a niños. Recuperar el lenguaje normal, el del día a día.

Tras dos años sabáticos, decidió aceptar la oferta de un modesto, el AZ Alkmaar. No era un equipo desconocido para él: en aquel pequeño equipo había acabado su pequeña carrera como jugador y había iniciado la de entrenador asistente allá por 1987, poco antes de que coincidiera con Beenhakker en el Ajax. Nadie esperaba nada del AZ, un club que solo contaba con una liga en sus vitrinas, la ganada en 1981, y en esa falta de expectativas, Van Gaal se manejó a las mil maravillas: a rebufo de las inversiones de Dick Scheringa, el carismático propietario del club, el equipo volvió a labrarse un nombre en Holanda y Europa. En su primera temporada, Van Gaal quedó subcampeón, detrás del PSV. En la segunda llegó líder a la última jornada además de clasificarse para la final de Copa.

Aquel era el gran año del AZ Alkmaar y tenía que ser la gran venganza de Louis Van Gaal. Lo único que tenía que hacer era ganar al Excelsior, colista de la liga. No pudo ser. Pese a los intentos de los Arveladze, De Cler y compañía, el AZ perdía ese partido decisivo y acababa la liga tercero. En copa, perdió por penaltis contra el Ajax, equipo que también le “birló” la plaza de Champions con la que habían soñado toda la temporada. Para Van Gaal fue un momento terrible. Nadie esperaba que colocara al AZ en una posición así, pero una vez allí, tampoco esperaba nadie que se fuera con las manos vacías. Su tercera temporada en el club pudo ser la última: aún tocados por el desastre del año anterior y tras un verano con demasiadas bajas, Van Gaal llegó a presentar una dimisión que ni los jugadores ni la directiva aceptaron.

Por una vez se dio cuenta: era un hombre querido y respetado. En la tranquila Alkmaar era una institución, igual que lo es el entrenador del equipo universitario en una ciudad estadounidense.

Llegó la temporada 2008/09 y por fin logró su objetivo: después de una racha de 28 partidos invicto y 11 sin encajar ni un solo gol, el AZ se convirtió en campeón holandés por primera vez en casi treinta años, la primera vez, de paso, que un equipo que no fuera ni PSV ni Ajax ni Feyenoord conseguía la hazaña desde 1981. Van Gaal había cumplido, como cuando cogíamos un equipo en la Segunda B del PC Fútbol y lo hacíamos campeón de Europa. Estaba preparado para volver a la primera línea del fútbol mundial, y, por evitar el carácter latino con el que tan poco simpatizaba, decidió irse a Alemania, a rescatar a un grande en apuros: el Bayern de Munich.

Rozando la gloria contra Mourinho

El Bayern había dominado gracias a Ottmar Hitzfeld la primera década del siglo XXI con una cierta solvencia. En 2008, después de ganar una nueva Bundesliga, a Beckenbauer le dio por fichar a Klinsmann, que había dejado una buena impresión como técnico de la selección alemana en el Mundial de 2006. La decisión fue mejorable. Klinsmann naufragó en la competición local, que se llevaría el sorprendente Wolfsburgo, y rozó el ridículo ante el Barcelona en la Champions, con un 5-1 en el Camp Nou que dejó a los alemanes fuera de las semifinales y al rubio ex delantero del Inter fuera del Bayern, sustituido momentáneamente por Juup Heynckes.

Cuando llegó Van Gaal a Munich, en la plantilla había un ambiente difícil, lleno de clanes y luchas de poder. El fichaje de Robben se percibía como una amenaza para el otro extremo del equipo, su estrella, Ribery, mientras los jóvenes —Schweinsteiger, Müller, Lahm, Olic…— aún tenían que dar un paso adelante tras su magnífica Eurocopa 2008. Por si eso fuera poco, nada más llegar, el holandés se las tuvo tiesas con Luca Toni, relegándole al segundo equipo y obligándole a marcharse a Italia. Con un juego coral, en el que nadie destacaba más que nadie, y sacando lo mejor de Thomas Müller, hasta el punto de convertirlo en una estrella mundial, el Bayern recuperó cómodamente su título nacional y le añadió días después la copa alemana, ante el Werder Bremen de Mesut Özil, con un contundente 4-0.

Había algo en aquel Bayern del viejo Ajax: un medio del campo contundente y a la vez creativo liderado por un veterano, en este caso, Van Bommel. Dos extremos bien abiertos como Robben y Ribery y varios centrocampistas con llegada que podían alternarse como falsos nueves, junto a algún cazagoles típico al que recurrir si las cosas iban mal. El doblete liga-copa estuvo a punto de convertirse en triplete justo un año después de que el Barcelona de Guardiola, con un juego que también recordaba mucho al del Ajax de los 90, consiguiera el suyo: tras imponerse a Fiorentina, Manchester United y Olympique de Lyon en los distintos cruces, el Bayern se plantó en la final de la Champions. Enfrente no estaría el Barça, como muchos esperaban, sino el Inter de Milán, un equipo que nos tenía acostumbrados a fracasar en Europa y que había llegado al éxito gracias a una buena legión de veteranos, estrellas como Eto´o o Sneijder y un técnico que lo eclipsaba todo, José Mourinho.

La final de Madrid juntaba a los inquilinos de banquillo del Barcelona en la temporada 1997/98, la primera de Van Gaal en el Camp Nou. Desde entonces, sus roles se habían invertido por completo: el holandés ya no era la referencia europea sino que lo era “The Special One”, coronado en el Oporto, vencedor de la liga inglesa con el Chelsea, y que también se disponía a completar su triplete en el Bernabéu con el Inter. Todos esperaban que el Bayern tomara la iniciativa del juego y buscara abrir las bandas mientras los italianos preparaban la contra para Diego Milito.

Exactamente eso es lo que pasó. Incapaz de salirse de sus esquemas incluso cuando se vio que no funcionaban, Van Gaal acabó enredado en la tela de araña de su otrora asistente. Dos goles de Milito, que ya había marcado en los partidos decisivos de liga y copa y que incomprensiblemente no apareció en ninguna lista de los mejores jugadores de esa temporada, hicieron el resto. Catorce años después de perder con la Juventus, Van Gaal volvía a ceder una final europea ante un equipo italiano. Aquello no solo afectó al Bayern, que cedió las dos ligas siguientes al Borussia Dortmund, sino al propio Van Gaal, que volvió a las andadas: a la altanería, las broncas con el vestuario y la mala relación con prensa y directiva. En abril de 2011, con la clasificación para la Champions en peligro, Beckenbauer y Rummenigge decidieron despedirle. Su legado: un buen montón de canteranos y jóvenes estrellas que jugarían —y perderían— otra final de Champions un año después ante el Chelsea.

Al rescate de la “oranje”

La selección holandesa llegó a la Eurocopa 2012 como uno de los favoritos junto a Alemania y España. Los de Van Marwijk no solo habían sido subcampeones del mundo dos años antes en Sudáfrica sino que habían ganado todos los partidos de su grupo de clasificación, con una defensa impecable y ágiles movimientos en la delantera. A los tres partidos estaba eliminada. Es cierto que el grupo tenía un nivel impresionante, pero la sorprendente derrota ante Dinamarca para empezar lastró todas sus posibilidades. Holanda acabó última, con cero puntos, y el seleccionador se vio obligado a dimitir ante tal ridículo.

Al equipo le faltaba disciplina y le sobraban egos, decía la prensa holandesa. ¿Adivinan a quién han llamado para que solucione ese eterno problema del fútbol moderno? Efectivamente, a Louis Van Gaal.

Van Gaal es un hombre de 61 años y unos vicios muy asentados. Ya sabe que nunca será Cruyff, que nunca alcanzará su legado pero puede conseguir algo que “El Flaco” nunca logró: ser campeón del mundo, aunque sea como entrenador. El reto es tremendo. La experiencia hasta el momento nos dice que las segundas partes de Van Gaal nunca fueron buenas, es más, fueron desastrosas. Lo bueno de esta vez es que coge a un equipo que ha caído tan bajo que todo será bienvenido. El grupo de clasificación no presenta grandes peligros más allá de la imprevisible Turquía. Ni Rumanía, ni Estonia, ni Hungría, ni Andorra deberían ser rivales para la potente “oranje”. Eso le da a Van Gaal dos años de margen para inventar nuevos talentos e intentar no pelearse demasiado con las actuales estrellas. Si las cosas le van como deberían, será bonito verle en Brasil aspirar al Campeonato del Mundo. Para entonces tendrá 63 y puede que sea el final de su carrera como entrenador. Nunca se sabe. Este hombre en cualquier momento se planta en Barcelona y se pone a fichar medio Ajax. Su acompañante en la aventura mundialista será Danny Blind, su capitán de los 90.

El antipático Van Gaal, el grosero Van Gaal, el altivo Van Gaal se encuentra ante su penúltima oportunidad de pasar a la historia. Solo un hombre ha conseguido ser campeón de Europa con un club y con su selección y ese hombre es Vicente Del Bosque. Más allá de los resultados, una buena actuación serviría para rehabilitar el nombre de un entrenador que revolucionó el fútbol en los 90 y sin el cual no se entenderían muchas de las tendencias actuales. Nunca ganará un concurso de popularidad pero seguirá sacando a Xavis o Iniestas cuando nadie confíe en ellos. Y quizás alguno de estos Xavis se lo agradezca marcando un gol que le libre de un despido mientras sus compañeros refunfuñan.


Javier Gómez: El último homenaje de Jess el Bandido

Esta historia sucedió hace unas semanas, así que los adictos a la actualidad pueden volverse a elmundo.es a seguir dándole al F5 con cadencia esquizo. Es más, en realidad sucedió un 27 de febrero de 1958, pero primero pasemos por el funeral de Giorgio Bocca, el pasado 27 de diciembre en Milán.

Bocca fue uno de los últimos periodistas que han contado la historia mojando la pluma en el tintero de su retina, no en el de la CNN. Fue partigiano en los valles occidentales del alto Po y siempre escribió con esa convicción, tan bonita, quizá tan antigua, de que los periódicos son las columnas jónicas de la moral de un país.

Junto a su ataúd, en la Basílica de San Vittore al Corpo, había un anciano. Emocionado. Pétreo. Nadie lo conocía, hasta que uno de los muchos periodistas allí presentes recordó sus rasgos, ablandados por la flacidez de la edad: Jess el bandido. El viejo Gesmundo. Uno de los líderes de la banda del furgón de Via Osoppo.

Ahora sí, vayamos al 27 de febrero de 1958 en una Milán aterida y neblinosa. ‘San Paganino’, o como se conocía con sorna al día de paga. Los bancos, a rebosar de verde. Siete hombres con mono azul, pasamontañas y un mitra cada uno consiguen interceptar un furgón de transporte de dinero en la via Osoppo, junto a Piazzale Brescia. Se hacen con un botín de 594 millones de liras sin disparar un solo tiro.

En el paraíso de la ‘crónaca nera’, un país que hace de los sucesos mito y literatura (interesados, lean a Dino Buzzati), el golpe se convirtió en portada durante meses. Los siete de via Osoppo, ricos de golpe sin una gota de sangre, se convirtieron en ídolos populares. Hasta el punto de que el viejo Gesmundo, con su cara de aceite y su acento milanés, esas ‘e’ interminables, se convirtió en Jess il bandito, título italiano de la película de Henry King sobre Jesse James, al que da vida Tyrone Power. Un Lute de gama alta.

En San Siro, cuando se quería protestar por un ‘robo’ arbitral, la curva gritaba “Via Osoooooppo, Via Osooooooppo”, y Paolo Ferrario, delantero centro del Milan, era conocido como “il Ciappina”, el cerebro del golpe, por su capacidad para robarle la cartera a defensas y porteros en el área.

Giorgio Bocca no. Él se negó siempre a mitificar a unos vulgares ladrones que luego se demostraron una panda. No entendía a sus compatriotas capaces de anteponer el dinero a la legalidad. No sería la única vez en su vida. Años después, Bocca se convirtió en uno de los azotes periodísticos de Berlusconi. Los siete de Via Osoppo, tras inspirar hasta películas como Sette uomini dóro, fueron cazados en menos de dos años. Lanzaron sus famosos monos azules al río Olona, sin saber que de vez en cuando se seca y se reduce a un canalillo de agua. Los uniformes salieron a la superficie y uno de ellos incluso dejó una pistola en un bolsillo. Todos acabaron entre rejas.

Y medio siglo después, ahí estaba, emocionado, pétreo, el viejo Gesmundo, Jess el bandido, junto al féretro de Bocca. “Escribió contra mí con dureza, pero siempre honesto. Qué le íbamos a hacer. Yo era un bandido. Y he venido aquí para rendirle homenaje”. Como un viejo guerrero que acude a la tumba de su encarnizado enemigo. No se me ocurre mejor tributo a un muerto. Ni a un periodista.


Balotelli, príncipe de la extravagancia

‘‘Profesionalidad, esfuerzo y humildad”. Esas eran las tres palabras que aparecían grabadas en el colgante de oro que su señora madre le regaló a Mario Balotelli (Palermo, Italia, 12 de agosto de 1990) para inculcarle los valores que debían acompañarle en su nueva experiencia en la Premier League, después de su escandalosa y traumática salida de Italia. Profesionalidad, esfuerzo y humildad. Tres asignaturas pendientes para un goleador tan carismático como excéntrico, tan irrespetuoso como potente, tan caprichoso como especial. Él, a cambio, correspondió el cariño de su madre obsequiándole con un gato. (‘¿Veis cómo, en el fondo, soy un buen chico?’). Así comenzaba la aventura inglesa de ‘SuperMario’ Balotelli, a razón de 3.5 millones de euros netos al año. Nada más aterrizar en la Premier, su fichaje conmocionó Inglaterra y dividió a la opinión pública. Carlo Ancellotti, técnico del Chelsea, fue explícito con las posibilidades de un talento tan extravagante en Las Islas: ‘No está bien de la azotea, diría que está un poco loco, pero con su fichaje, el City puede ganar la Premier’. Su entrenador, Roberto Mancini, fue más diplomático: ‘Si trabaja con seriedad será unas de las grandes figuras del campeonato, estoy seguro. La respuesta es suya’. Balotelli respondió con goles, pero sin seriedad. ‘No sé tomarme la vida en serio, es demasiado corta como para ser un tipo serio’. Sus estrafalarios cortes de pelo (look rubio platino, rapado con motivos maoríes, cresta con signos de la cultura china, y el más famoso, su peinado cepillo estilo mohicano), su dudoso gusto por la fama (su gorro-guante, sus camisetas pro-violentas), sus accidentes de tráfico y sus multas (más de 10.000 libras y subiendo), sus tórridos romances (modelos, cantantes y actrices porno), su extravagancia en el césped (se pasó diez minutos peleándose con un peto), su fama de pendenciero (pregunten a Micah Richards o a los hinchas del Dinamo), su relación de amor-odio con los entrenadores (Mourinho es el mejor, pero tiene que aprender modales’) y su ilimitado ego (‘Sólo hay un futbolista algo mejor que yo, Messi, los demás están por debajo’). Amado y odiado, siempre en el ojo del huracán y pésimo relaciones públicas de sí mismo, Mario Balotelli es un icono del fútbol mundial que trufa su carrera de show y goles. Huye de esos valores que su madre le quiso recordar, la profesionalidad y el esfuerzo. Y si la humildad le persiguiera, él sería mucho más rápido. Así es ‘SuperMario’, el chico malo que promete enderezarse y ser bueno, sin conseguirlo jamás. Encantado de haberse conocido, Mario Balotelli no deja indiferente a nadie. Forbes le dedicó un reportaje especial donde decía que era ‘el hombre más interesante del fútbol, porque asegura goles y escándalos’.

Con apenas 24 meses de edad, sus padres, Thomas y Rose Barwuah, supieron que su hijo no sería un niño como el resto. Mario sufría graves problemas intestinales, con una infección muy seria que ponía en riesgo su vida. Su familia, en el umbral de la pobreza, no disponía de los suficientes recursos económicos para combatir una enfermedad que amenazaba con llevarse al pequeño Mario al otro barrio. Pero Mario, acostumbrado a luchar desde el primer minuto de vida, superó su infección y salvó la vida. Impulsados por la necesidad de encontrar un futuro mejor, los Barwuah decidieron viajar hasta Italia, instalándose en Brescia. Allí tampoco les fue mucho mejor. Malvivían en condiciones penosas y pasaban penurias económicas, por lo que tomaron la decisión de entregar a su hijo a los servicios sociales italianos, con la esperanza de que alguna familia se hiciera cargo de su pequeño. Así fue. Los Balotelli entraron en escena y se hicieron cargo de aquel niño de color y lo adoptaron, como un miembro más de su familia. Tras la intervención de los tribunales locales de Brescia, Mario Barwuah pasó a ser Mario Balotelli, el hijo legal de Francesco y Silvia, que le dieron su apellido. En el hogar de los Balotelli encontró amigos, disfrutó de un plan de estudios y descubrió su irrefrenable pasión por el fútbol, deporte nacional italiano. Su potencia, su calidad y su planta de atleta le sirvieron para destacar sobremanera con apenas 14 años. Sin embargo, su condición de inmigrante le cerró las puertas de las convocatorias de la selección azzurra en categorías sub-15 y sub-17. En esa época, el Barça puso sus ojos en él, pero no acabó de dar el paso definitivo para poder contratarle cuando apuntaba a estrella emergente, a pesar de que llegó a posar con una camiseta azulgrana tras un recital goleador. Años después, cuando sus padres biológicos aparecieron en escena y contactaron a varios abogados para recuperar la custodia de su hijo, fueron rechazados por Mario, que llegó a insinuar que el repentino interés de sus padres ghaneses era puramente económico. Cuando alcanzó la mayoría de edad, se nacionalizó italiano, a todos los efectos, y pudo formar parte de la squadra azzurri, a pesar de las súplicas que su país de origen, Ghana, le hizo llegar para formar parte de su combinado nacional.

Catalogado como uno de los delanteros con más futuro del mundo, Mario Balotelli vivió una relación de amor-odio con el entrenador del Inter, José Mourinho. Nada más llegar, el luso puso el acento en la enorme calidad de su delantero y en las prestaciones que podía darle al equipo si mantenía la cabeza sobre los hombros. No fue así, porque Balotelli tuvo la cabeza en todos los sitios, menos donde reclamaba un entrenador tan ganador y profesional como Mourinho. Prueba de ello, uno de sus episodios más grotescos y disparatados, cuando fue detenido por los carabinieri por ir disparando a los transeúntes con una pistola de juguete mientras conducía su lujoso Audi por la ciudad de Il Duomo. O aquella bronca pública con el capitán de la Roma, Francesco Totti, al que llegó a decirle: ‘Abuelo, estás acabado’, defendiéndose de una presunta provocación anterior de tipo racial, según versión de Balotelli. Su futuro en el Inter se truncó cuando Mourinho intentó enterrar su carácter infantil a base de mano dura. Cansado del díscolo ‘SuperMario’, Mou le instó a trabajar más y hablar menos. El conflicto abierto se agravó cuando Balotelli acudió a Striscia la notizia, un programa satírico Canale 5, propiedad de Silvio Berlusconi. El presentador entregaba un premio a ‘SuperMario’ y una camiseta del Milán. La sorpresa llega cuando Balotelli, de golpe y porrazo, decide colocarse la camiseta del Milan, enemigo acérrimo del Inter, el equipo que le paga. Toda Italia sabía que Balotelli siempre se había declarado seguidor rojinegro, pero la estampa del delantero del Inter con la elástica de los de Berlusconi provoca sarpullidos en la afición interista, que reniega de su estrella. Todo empeora cuando Balotelli, según varios periódicos locales de Milán, apaga el fuego con gasolina: tras una acalorada discusión con Mourinho en el vestuario, ‘Locatelli’ hace honor a su apodo y se dedica a cantar, en voz alta y con aspavientos, en la cara de su entrenador, el himno… del Milán.

Decenas de pancartas con el lema ‘traidor’ pueblan las gradas del Giusseppe Meazza y Mourinho le hace la cruz. ‘Mario tiene un carácter que le hace perder el respeto por los demás’. La atmósfera se vuelve irrespirable cuando el delantero, en su enésima salida de pata de banco, vuelve a arremeter contra su entrenador: ‘No pienso pedirle perdón por nada de lo que he hecho o dicho’. Sólo 24 horas después de su órdago, el Inter publica un comunicado oficial donde Balotelli, apartado del equipo y fuera de las convocatorias, se desdice y pide, por primera vez (y quizá última), perdón. ‘Me disculpo por la situación. Soy el primero en sufrir por ello porque adoro el fútbol y querría jugar. Ahora espero en silencio para poder volver a ser útil a mi equipo’. Mourinho le devolvió a la disciplina de grupo días después, pero el club ya sabía que tenía una bomba de relojería en su vestuario. Y detonó en semifinales de la Champions, donde el Inter derrotaba al Barça, en una noche en la que Balotelli entró cuando restaban quince minutos para el final. Después de perder un par de balones absurdos, la hinchada comenzó a increparle y ‘Locatelli’ respondió a su manera. Cuando acabó el partido, se quitó la camiseta del Inter y la tiró al césped. El gesto, recogido por todas las cámaras, provocó la reacción de Marco Materazzi, capitán interista y uno de los jugadores más sucios y violentos del Calcio, que persiguió a Balotelli hasta los vestuarios, con el ánimo de agredirle, por su comportamiento ante la afición. ‘Jamás vi tan fuera de sí a Marco (Materazzi), creímos que iba a matar a Balotelli’. El asunto se zanjó con una frase lapidaria de Mou: ‘Este chico, Balotelli, ha perdido la cabeza’. Sus días en Milán estaban contados. Había que traspasarle como fuera. Ni los jugadores ni Mourinho querían saber nada más de sus faltas de respeto continuas. Entonces apareció el Manchester City. Un nuevo rico que, a golpe de talonario y petrodólares, estaba dispuesto a ser una Torre de Babel fastuosa, una colección de cromos capaz de aspirar a ganar la Premier League. Un ejecutivo del City sondeó el mercado y levantó el teléfono para preguntar al nuevo dueño, el magnate Mansour bin Zayed Al Nahyan, máximo accionista del Abu Dhabi United Group. El jeque fue explícito: ‘¿Balotelli? Nos lo quedamos’. Y se lo quedaron, por 28 millones de euros.

En agosto de 2010, Balotelli recibía su primera llamada de la selección italiana absoluta, después de varias actuaciones con la Sub-21. Cesare Prandelli le convocaba para un amistoso ante Costa de Marfil y debutaba en el Upton Park de Londres, convirtiéndose en el tercer jugador de origen africano en jugar para Italia, junto a Favio Liverani y Matteo Ferrari. Prandelli, como Mourinho, también pudo comprobar cómo las gasta Mario. Ante Islas Feroe, en Torshavn, en partido valedero para la clasificación para la próxima Eurocopa, Balotelli fue suplente. Y mientras sus compañeros de selección trataban de ganar el partido, ‘SuperMario’ se pasó todo el partido jugando, como un escolar, con su recién comprado Ipad, ante la atónita mirada del seleccionador nacional, Prandelli, que no dio crédito y decidió no pensar en él como posible permuta. ‘Tampoco es tan grave, estaba pasando el tiempo’. Cuando recibió el ‘Golden Boy’, que premia al mejor jugador europeo menos de 21 años, ‘SuperMario’ también demostró que no tiene, digamos, un don natural para la diplomacia. ‘Sólo hay un jugador mejor que yo, Leo Messi. El resto están por debajo’. Después volvió a olvidar los consejos de su madre (profesionalidad, esfuerzo y sobre todo, humildad), para hacer gala de su particular sentido de la modestia: ¿Quién habría ganado este premio si no era yo?. Alguien le sugirió el nombre de Jack Wilshere, una de las perlas del jardín de infancia de Wenger en el Arsenal, y Balotelli remató sus ocurrencias: ‘¿Jack quién? ¿Wils…qué? No le conozco, no sé quién es. Pero si jugamos contra el Arsenal, me acercaré mucho a él y así podré enseñarle el trofeo del Golden Boy, para que pueda verlo de cerca’. La rumorología, incesante cuando se trata de Balotelli, cuenta que, cuando se cruzó en el campo con Wilshere, el 45 del City (dorsal que le tuvo que ceder Greg Cunningham, una promesa del club) dio al jugador del Arsenal su más sincera ‘enhorabuena por participar’.

Sus actuaciones brillantes pero esporádicas, su carácter indomable, su tensa relación con sus compañeros de vestuario (peleas con Kolarov o Lescott) y sus continuos pulsos con su entrenador han conseguido que los hinchas del City le consideren ‘un animal especial’. La grada así lo reconoce: [‘Oooooo Balotelli, he’s a striker, he’s good at darts, an allergy to grass but when he plays he’s fuckin’ class, he drives around moss side with a wallet full of cash!’*]. Recibe toneladas de cariño de la afición, aunque él, enfadado con la humanidad sin motivo aparente, como un rebelde sin causa, decidió no celebrar los goles. Preguntado acerca de por qué no festejaba los tantos que conseguía, ofreció una explicación surrealista para el periodismo, pero satisfactoria para los hinchas: Los hinchas del City deben saber que cuando escucho que cantan mi canción, me provocan un fuego interior. No me hace sonreír por fuera, pero estoy sonriendo por dentro’. Más lágrimas que sonrisas ha provocado su relación con Mancini, que convive con un delantero que vive al filo de la navaja, que se toma su profesión de un modo singular y que lleva al límite sus relaciones personales. Confía en la calidad de Mario, pero no puede evitar sentirse desesperado por sus continuas payasadas: Todos los días estoy peleando con Mario. Hay ocasiones en las que me gustaría darle un puñetazo (Balotelli respondió a su estilo: No podría hacerlo. Hago Tahi-Boxing). Eso sí, confía en su descomunal talento y en su potencial para alcanzar el campeonato porque ‘con él en el campo, cualquier cosa puede pasar. Pero ese carácter…’. Otro futbolista habría cedido ante las peticiones y reproches públicos de su entrenador y su club, pero Balotelli no es de esos. Él responde a todos y tiene para todos. Que se lo digan a Wayne Rooney, que tras anotar el gol del año de chilena para el United, tuvo que escuchar unas ‘cariñosas’ palabras del afro-italiano. Wayne Rooney es un gran jugador de fútbol, pero no es el mejor jugador de fútbol que vive en Manchester. O a Cristiano Ronaldo: ‘A este chico le diría que lo puedo hacer mucho mejor que él, la verdad’. Mancini, frustrado desde hace tiempo, trata de aceptarle tal y como es, con sus múltiples defectos, a pesar de que sus desencuentros, en público y en privado, se han convertido en una especie de ‘reality’ de la Premier League. Eso sí, Balotelli siempre ha puesto a Mancini por delante de Mou. Como persona, Mancini está 10 kilómetros por delante de Mourinho, que decía muchas cosas sobre mí porque no podía controlarme. Mancini está haciendo lo que Mourinho no pudo hacer. Discutimos, pero siempre me apoya’. Padre, psicólogo, confesor, psiquiatra y entrenador, Mancini sabe que no hay nadie capaz de meter en cintura a Mario Balotelli, una estrella que presume de ello. Ambos están condenados a entenderse.

El Manchester City tampoco está precisamente feliz cuando tiene que lidiar con el comportamiento inestable y gamberro de Balotelli, una estrella que soluciona problemas al mismo tiempo que los crea. En su día tuvo que incoarle un expediente sancionador. Tenía motivos para hacerlo: días antes, mientras los juveniles del equipo ‘citizen’ estaban entrenando en la Ciudad Deportiva, ‘SuperMario’ se dedicó a lanzarles dardos, impactando varios de ellos en el cuerpo de los jugadores. El club admitió la irresponsabilidad del italiano en los hechos y le sancionó a través de un régimen de disciplina interno, aunque un portavoz aseguró: ‘Estamos convencidos de que Mario no quiso dañar a nadie con esto de los dardos’. Él lo ‘arregló’ a su manera. A lo Frank Sinatra, en My Way. Preguntado por su gamberrada, respondió: ‘Me aburría mucho’. Y como el aburrimiento tiene cura si existen amigos que ayudan, Balotelli recurrió a los suyos. Fue divertido al principio, pero se desmadró, como siempre, al final. El aburrido ‘SuperMario’ y cuatro de sus amigos se encerraron en la lujosa casa del futbolista y comenzaron a encender fuegos artificiales a través de una ventana abierta, en el baño de la vivienda. Las toallas, en un momento determinado, se prendieron y comenzaron a arder. En cuestión de segundos, el fuego se extendió por todo el edificio y ‘Locatelli’ y sus compinches tuvieron que salir de najas, asustados por el incendio. Dos dotaciones de bomberos tuvieron que sofocar el incendio, utilizando un gran ventilador, dos mangueras y varios aparatos de respiración en los trabajos de extinción, apagando el fuego después de media hora de trabajo. Pero mientras su casa era pasto de las llamas y los bomberos se empleaban a fondo, un reportero de The Guardian fue testigo de la reacción de Balotelli. Penetró, a la carrera, en el interior de su hogar, que aún se consumía entre las llamas, para recuperar una maleta con pertenencias personales y un buen fajo de dinero. Con la pasta a salvo y días después, tras verse portada de los tabloides británicos por su penúltima travesura, declaró: ‘Juro que yo no le he prendido fuego a mi casa, fue un amigo’. Lo mejor del asunto llegó cuando el periodismo descubrió, con estupor, que el delantero del City había sido el elegido para protagonizar una campaña publicitaria… de prevención contra los incendios. La estrella menos ejemplar del momento, el menos indicado para prevenir la lucha contra el fuego y enviar un mensaje a los niños, se plantó delante de la cámara y con una sonrisa de oreja a oreja, exclamó: ‘Este es un mensaje muy importante para los jóvenes. Tienen que tener cuidado con los fuegos artificiales (sic), porque puede ser muy peligroso… si no se utilizan de una manera correcta’.

Días después del incendio en su residencia, sita en Mottram St. Andrew, un residencial de lujo en el barrio de Cheshire, los vecinos detectaron la sospechosa actividad de un individuo que tenía ‘una pinta muy rara’ y que estaba sacando electrodomésticos de la casa, metiéndolos en el maletero de su coche. Llamaron a la policía y los agentes se presentaron de inmediato en el barrio. Cuando procedieron a la detención del sospechoso, la policía se llevó una buena sorpresa: el presunto ladrón era… Mario Balotelli. Había vuelto a su casa y estaba salvando algunas de sus pertenencias después del incendio. La confusión, por supuesto, fue primera plana de los diarios al día siguiente. Así que tras el fuego en su casa –él no quería, ‘fue un amigo’– tras convertirse en un poco creíble paladín mediático de la lucha contra los incendios y tras ser confundido con un ‘caco’, Balotelli zanjó la semana con un mensaje a la prensa. Lo hizo con una declaración de intenciones, una reivindicación, un desafío público para sus detractores. En un contexto sagrado (el césped), el punta del City volvió a demostrar que no sólo se siente único y especial, sino que no está dispuesto a cambiar, ni a enterrar su peculiar carácter. Friedrich Hebbel dijo que en este mundo ‘hay personas que se consolarían hasta del fin del mundo, con tal de que ser ellos los que pudieran anunciarlo’. Balotelli es ese tipo de persona. Después de que su equipo humillara al Manchester United en el derbi (1-6 en OldTrafford), ‘SuperMario’ dejó su huella tras marcar un gol y festejarlo, como si el mundo le debiera dinero, con una leyenda esclarecedora bajo su camiseta: ‘Why always me?’ (‘¿Por qué siempre yo?’).

Pues porque Balotelli tiene un don innato para estar en el sitio equivocado, a la hora equivocada y con gente equivocada. Como en junio de 2011, cuando ‘simplemente por curiosidad’, agrandó su leyenda urbana y su currículum de escándalos al visitar el barrio de la Scampia, en la periferia de Nápoles. Su visita acabó en el servicio de inteligencia italiano, que reportó un informe que decía así: ‘El jugador del Inter, Mario Balotelli, visto en Scampia con dos conocidos mafiosos, Salvatore Silvestri y Biagio Espósito. Los carabinieri realizaron sus pesquisas y el asunto salió a la luz pública, aunque su agente Mino Raiola (famoso por sus gases verbales) se esforzó en disculpar la actitud de su representado: ‘No sabía con qué gente estaba charlando y tirándose fotos, claro’. Esa ‘gente’ son dos archiconocidos capos de la camorra napolitana, perseguidos por las autoridades. La versión de ‘Locatelli’, faltaría más, no tuvo desperdicio: ‘Hace poco había visto la película Gomorra y pensé que sería una buena idea pasarme por allí para ver qué pasaba en ese lugar. Al poco tiempo yo mismo pedí que nos fuéramos porque me di cuenta de que la situación podía ser peligrosa’. Otra situación comprometida llegó el día que el City conquistó la FA Cup ante el Stoke City (primer título celeste en 35 años), cuando Balotelli correteaba feliz por el césped de Wembley, despojado de su camiseta, con un repertorio de gestos y bromas a sus compañeros. Un periodista de la televisión británica le detuvo, a pie de césped, para recoger sus impresiones después de ganar su primer título en Reino Unido. ‘Locatelli’ fue directo al grano: ‘No he jugado nada bien esta temporada y hoy lo he hecho para el equipo. Podría decir que toda mi temporada ha sido una puta mierda ¿podría decirlo, verdad? Sí, una mierda’. Atónito, el periodista devolvió la conexión al plató y la cadena que poseía los derechos recibió cientos de quejas telefónicas por el lenguaje soez empleado por el italiano. Cuando le pidieron que rectificara los tacos que había empleado para definir su temporada, Balotelli entró en combustión: ‘¿Excusas, tengo que pedir excusas? Pedir perdón no sirve para nada’. Y no sirvió para nada porque, a pesar de la irritación de parte de la audiencia inglesa, ‘SuperMario’ se negó a excusarse.

Tampoco pidió perdón por una polémica entrevista para un canal italiano, donde no tuvo pelos en la lengua para dejar por los suelos la ciudad de Manchester: ‘No estoy contento en esta ciudad, no me gusta Manchester, es aburrida. Estoy bien con los chicos y con el entrenador, pero la ciudad no es de mi gusto’. De su boca no salió ninguna disculpa, a pesar de recibir numerosas peticiones de cientos de hinchas. Pero no se disculpó. Ni siquiera cuando varias asociaciones pacifistas le criticaron, abiertamente, por su vestimenta a comienzos de julio, cuando acudió a la Ciudad Deportiva de Carrington con motivo de un entrenamiento de pretemporada del City. ‘Balo’ se presentó luciendo una camiseta que glorificaba la violencia, cuyos dibujos plasmaban un mosaico compuesto por con una ametralladora, una pistola, un machete, un cuchillo y la boca de una niña sangrando. Gary Trowsdale dijo: ‘No me sorprenden este tipo de comportamientos tan reprobables en este chico’. Balotelli salió del embrollo con su particular sentido del humor. ‘Varios de mis compañeros me han preguntado por la tienda que vende la camiseta, no estará tan mal ¿no?’.

A caballo entre escándalo y escándalo, Balotelli también cultiva una veta personal menos conocida. Es un filántropo convencido, un personaje solidario con los más desfavorecidos. Colaborador de varias publicaciones destinadas a combatir el racismo (que tanto tuvo que sufrir en Italia, donde hinchas fascistas le coreaban ‘negro de mierda’) y financista de Médicos sin Fronteras, el delantero del City siempre tiene una sonrisa hacia los que no tienen una vida color de rosa. Destinó toda la recaudación de un spot televisivo como donación personal para construir una escuela secundaria en una aldea de Sudán (‘Así estos niñós tendrán una alternativa a las armas’) y visitó personalmente diferentes favelas de Brasil, adoptando a cinco niños en un proyecto que prevé la ayuda a más de cincuenta críos que, como él en su infancia, no lo tienen nada fácil para cumplir sus sueños. Su buena obra más conocida se produjo el día que, tras haber pasado la noche en el Casino y habiendo ganado una fortuna, decidió regalarle 1000 libras a un indigente que dormía protegido entre los cartones. O cuando decidió acompañar al colegio a un niño que sufría acoso escolar por parte de sus compañeros, a los que obligó a pedir perdón a su joven amigo.

Su vida sentimental es, si cabe, más agitada que la profesional. Ha mantenido tórridos romances con una Miss Italia (Emilia Melissa), con una conejita de Playboy (Sophie Reade) y con una modelo (Faye Evette), y todos han acabado como el rosario de la aurora, para disfrute del papel cuché. Con la exuberante Castagnoli rompió a través de un programa de televisión, con la conejita de Playboy acabó tras engañarla con su mejor amiga, Faye. Lo hizo a su modo, de manera directa, sin dar rodeos. A través de twitter: ‘Me voy de farra con Faye Evette hasta el próximo año’. Así es la rosa, así es el cardo, así es Balotelli. Su último idilio sonado fue el pasado noviembre, tras ser pillado, in fraganti, junto a Holly Henderson —una famosa actriz porno— a la salida de un hotel, fumando y riendo. Y eso que él se considera un tipo ‘muy celoso de mi vida privada’. Menos mal. Ahí radica su fobia por los periodistas, a los que considera los culpables de publicitar sus famosas y extravagantes correrías. ‘No me gustan los periodistas nada y difícilmente pierdo el tiempo hablando con ellos’. Su aversión hacia el periodismo es de tal calibre que hasta su familia la ha sentido en sus propias carnes. ‘Cuando discuto con mi hermana y no me da la razón, le digo: que sepas que hoy, para mi, eres un periodista. Y le retiro la palabra’. De hecho, si él pudiera, desintegraría al periodismo. Su opinión acerca de los que escriben sobre él no es precisamente buena: ‘Inglaterra está por delante del resto de países en estadios, pero muy a la zaga en cuando a sus medios de comunicación. Son basura’. Y punto.

Un día Balotelli encontró el sentido común y sorprendió al mundo cuando dijo: ‘Conozco a jugadores a los que les gusta ser el centro de atención. Yo era así, me gustaba la fama, pero eso sólo duró tres meses’. El sentido común le duró un par de días y ese ramalazo de autocrítica quedó reducido a cenizas tras airearse su historial automovilístico. Protagonista de varios accidentes desde que se sacó el carnet, Mario siempre recuerda sus incidentes al volante de una manera peculiar. ‘Cuando conseguí el permiso para quedarme en Inglaterra, mi madre me dijo que me comprara un coche… con el volante a la derecha. Yo, claro, seguí conduciendo mi coche, que tenía el volante… a la izquierda’. Después de su accidente —normal—, dijo haber aprendido la lección: ‘Ahora voy con más cuidado ¿eh? Y con el volante a la derecha, como dicen mis padres’. Unos padres que se quedaron en estado de shock al conocer, vía prensa inglesa, que su querido Mario acumulaba multas de tráfico por valor de más de 10 000 libras esterlinas y que la policía local le había retirado su Maserati de lujo más de 27 veces de las calles de la ciudad. Su permanente costumbre de aparcar en zona prohibida y su desinterés por recoger el coche del depósito después de que se lo llevara la grúa fueron atenuantes. Los problemas de Balotelli con las multas trascendieron cuando fue parado por la policía por estacionar su coche en doble fila y en una zona no habilitada, su norma de la casa. Al inspeccionar su vehículo, los agentes preguntaron a Balotelli cómo era posible que llevara escondido, en un compartimento del asiento delantero de su deportivo, un fajo de billetes de unas 25 000 libras. Al ser preguntado acerca de cómo era tan irresponsable de llevar tamaña cantidad de dinero ahí escondida, Balotelli personificó el significado de la palabra arrogancia: ’Porque puedo’.

Si a la arrogancia se le suma la visceralidad, todo resulta un coctel Molotov. Eso ocurrió cuando el Manchester Ciy cayó ante el Dinamo de Kiev, en un partido donde Balotelli lanzó una coz a la altura del pecho a Popov. ‘SuperMario’ fue expulsado con tarjeta roja directa y provocó un cabreo monumental de su entrenador, Roberto Mancini, que montó en cólera: ‘Cuando hace estupideces como la de esta noche, nos deja en mal lugar al equipo y a mí’. Pero la estupidez fue a mayores una vez acabado el partido, cuando Balotelli arrancó su coche para dar una vuelta. Entonces, al ver que algunos hinchas del Dinamo le increpaban y le gritaban, ni corto ni perezoso, salió disparado de su deportivo y decidió perseguirlos para pegarles una buena paliza. Tuvieron suerte, Mario no tenía muchas ganas de correr… Aunque si considera que tiene que esprintar por alguna buena causa, lo hace. Que se lo digan a su compañero Sergio ‘Kun’ Agüero, que durante un partido trató de ajustarse los cordones de las botas y dejó sus guantes, por un segundo, en el césped. Balotelli, testigo de excepción, comprendió que ese sí era un buen momento para correr. Esprintó, se colocó a la altura de ‘Kun’ y aprovechando que éste no miraba, le robó los guantes y corrió hacia el otro extremo del campo, para enfundárselos mientras no paraba de vacilar al argentino, provocando las carcajadas de buena parte del público y de la prensa inglesa, que escenificó la broma de Balotelli en un vídeo que se emitió al finalizar el partido. Faltaría más, su travesura fue lo más descargado de la semana en la Premier.

La penúltima de Balotelli llegó a finales de la pasada semana, cuando la emprendió a golpes con su compañero de equipo, el defensa Micah Richards, durante un entrenamiento, teniendo que ser separado por el resto de los jugadores del City. Después del intercambio de puñetazos, Mancini se dirigió a Balotelli parafraseándole: ¿Why always you? (¿Por qué siempre tú?). Minutos después, ante la prensa, el entrenador italiano decía: Balotelli es el rey de este tipo de situaciones, tiene imán para los problemas, pero ya está todo olvidado y se ha dado la mano con Micah. La versión del incidente por parte de ‘Locatelli’ fue digna de un niño de siete años: ‘Nos dijimos algunas cosas y yo estaba muy enfadado. Micah no me pasaba la pelota’. Tras la escaramuza, a mediados de diciembre y como cada año, el Manchester City celebró su habitual cena de disfraces en Navidad. A la cita, en una céntrica sala de fiestas mancunian, acudieron Agüero (disfrazado de Harry Potter), Manicini (como Ozzy Ousbourne), Joe Lescott (caracterizado como Iron Man), Owen Hargreaves (Batman) o Gareth Barry (con un disfraz de ¿Dónde está Wally?), que causaron sensación entre los presentes por sus originales disfraces. Balotelli llegó tarde. Bajó de su flamante deportivo, se protegió de la fina lluvia de la noche con un paraguas y entró en la sala disfrazado de bandido del lejano Oeste, con un pañuelo tapándole la boca. ‘Todo el mundo sabe quién es el pistolero más rápido, acaba de llegar a la fiesta. Pero tranquilos, no he traído la pistola’. Algunos respiraron aliviados. Otros le insistieron: ‘Nada de fuegos artificiales, haz el favor’

Amado y odiado, Balotelli ha irrumpido en el fútbol como un elefante en una cacharrería. Es un tobogán de show y goles, una montaña rusa de pasiones encontradas y el dueño de un cerebro del tamaño de un guisante. Un ‘bad boy’ con pose de maldito y genio, que se ha ganado, con sus payasadas y extravagancias, la condición de ídolo y fetiche de buena parte de la comunidad de los hinchas del planeta. Filippo Rizzi, uno de los mejores periodistas italianos de la actualidad y columnista de La Gazzetta dello Sport, define a Balotelli como ‘un crack con una infancia complicada y una cabeza amueblada de fantasmas. Es un talento con enorme pasión por la autodestrucción’. Guillermo Uzquiano, referente de Canal Plus y comentarista de Estudio Estadio, considera que estamos ante ‘un talento que quizá no tenga tantas condiciones como se le atribuyen, pero tiene esa estrella y esa impronta que tienen los cracks’. Guillem Balagué, una eminencia en el periodismo británico, colaborador del diario As y de Sky Sports, cree que Balotelli es ‘un genio que sólo entiende de lo suyo. Es un futbolista-tuit, de sólo 140 caracteres. Es un talento en una cajita, sin visión de grupo, como el brasileño Ronaldo. Gaby Ruiz, experto en fútbol internacional en Canal Plus y uno de los periodistas más reputados del país, etiqueta a ‘SuperMario’ como ‘un delantero rápido, potente, técnico y veloz, con gran disparo. Un rebelde sin causa. Parece que la vida le debe algo’. Y Julio Maldonado, Maldini, el gurú del fútbol internacional de Canal Plus, piensa que ‘es muy complicado saber hasta dónde llegaría si disfrutase más con el fútbol. Balotelli nació enfadado con el mundo, pero tiene un talento descomunal’. Mientras su hermano Enoch intenta pasar el corte en el Stoke City (‘Mi hermano va a ser bueno, pero no tanto como yo’), Mario está convencido de que 2012 será el año de su explosión definitiva. Si el rey es Messi, él se autoproclama el príncipe. El de los goles y las extravagancias. Dentro y fuera de los terrenos de juego. Con el 45 a la espalda y un ego del diez, se autodefine como un hombre que ha alcanzado la cima: ‘Estoy en el ‘top’ mundial, no puede ser de otra manera. ¿Qué esperaban? Soy Mario Balotelli’.