Novak Djokovic, Angelique Kerber y todo lo que nos dejó Wimbledon 2018

Novak Djokovic tras ganar la final masculina de Wimbledon 2018 Foto: Cynthia Lum / Cordon.

Han vuelto. Djokovic y Kerber, Kerber y Djokovic. El serbio ya había apuntado maneras en Roland Garros, perdiendo medio lesionado en cuartos de final, y se había quedado a un punto de ganar en Queen’s, pero pocos esperaban que consiguiera su cuarto triunfo en Wimbledon y el decimotercero en un torneo de Grand Slam. Igual que Federer y Nadal fueron el relevo de Djokovic, Djokovic lo ha sido del suizo y el español, que venían de repartirse los seis últimos grandes. De hecho, Nole fue el semifinalista más joven de esta edición a sus treinta y un años, pero de eso hablaremos —de nuevo— un poco más tarde.

En cuanto a Angelique Kerber, dominadora absoluta del circuito en 2016, se apunta su tercera gran corona derrotando ni más ni menos que a Serena Williams en la final, un plus. Para la estadounidense queda el dato casi heroico de haber sido finalista con casi treinta y siete años y después de disputar solo cuatro torneos desde que ganara la edición 2017 del Open de Australia. Si no es la mejor tenista de todos los tiempos, desde luego lo parece. Son ya veinte años de éxitos sin apenas decepciones de por medio. Llega el momento de analizar un torneo algo previsible pero que nos dejó partidos para el recuerdo.

1- Empecemos por el cuadro masculino y por el campeón: Novak Djokovic. Cuando logró completar a su manera el Grand Slam en 2016 —ganó los cuatro grandes seguidos, aunque no en el mismo año natural— pocos dudaban de que la cosa no iba a quedar ahí y que pronto superaría a Federer y a Nadal en la lista de tenistas más laureados. Por entonces, el serbio llevaba doce majors por catorce del español y diecisiete del suizo. Dos años después, Nole se presentaba en Londres con solo una final disputada en este periodo —el US Open de 2016, con derrota ante Wawrinka—, después de una molestísima lesión de codo, tras haber cambiado varias veces de entrenador y con una edad —treinta y un años— a la que las resurrecciones solían ser misión imposible. Mientras él seguía anclado en los doce grandes, Nadal ya sumaba diecisiete y Federer, veinte. No era exactamente un «ahora o nunca», pero los expertos tampoco parecían dispuestos a esperarle mucho más.

2- Ahora bien, lo consiguió. Pasó rondas ante rivales como Edmund o Nishikori sin atascarse más de lo aconsejable y viéndose relegado en ocasiones a la Pista 2, hasta que llegó a la semifinal contra Rafa Nadal. Después de años y años de dominio serbio, Nadal había ganado los dos últimos enfrentamientos y partía como número uno del mundo. Una victoria del español habría consolidado una tendencia más que peligrosa para Novak. El partido fue un espectáculo en todos los sentidos, probablemente el mejor del año: a la tensión del momento se le sumaron dos jugadores en estado de gracia y una emoción superlativa. Dos veces estuvo a punto Nadal de romper el servicio de Djokovic y sacar para ganar el partido pero fueron las dos únicas en las que no pudo conseguirlo. Nole aguantó y aguantó, y de repente se encontró con un 9-8 a favor y 0-40 sobre el saque del balear. De las tres oportunidades, le sobraron dos.

3- En cualquier caso, a Nadal poco hay que reprocharle: se pasó cinco horas en la pista contra Djokovic, divididas en dos días, después de jugar durante otras cinco horas contra Juan Martín del Potro en cuartos de final. Todo esto, a los treinta y dos años y después de la paliza que se pegó en primavera durante la gira de tierra batida. Tampoco jugó a su favor el hecho de que el partido se disputara con el techo cerrado. El español se medio quejó, con esa manera suya de «decir pero no decir pero a la vez decir». Wimbledon es un torneo al aire libre, así está catalogado, y así debería haberse jugado. Otra cosa es que sea justo que los cuatro torneos del Grand Slam sean en cubierto, que igual no lo es.

4- Una vez más, la resistencia mental de Nadal destacó sobre la de todos sus competidores. Es un atleta extraordinario en ese sentido. No sé si el mejor de la historia, pero por ahí debe de andar. No se rinde nunca, bajo ningún concepto y hace fácil lo difícil: ganar los puntos que cuentan. Si el partido ante Djokovic se fue a cinco sets y estuvo tan cerca de ganarlo fue por una sencilla razón: mientras el serbio había amenazado con el break en nueve de sus saques, consiguiéndolo solo en tres, él rompió las cuatro veces que tuvo oportunidad. Es cierto que esta fiabilidad le falló en el momento clave, pero para llegar al momento clave hay que pasar por muchas etapas antes y esas etapas también cuentan.

5- Hemos dicho que la semifinal entre Nadal y Djokovic fue la verdadera final porque la final duró más bien poco: Kevin Anderson llegó completamente agotado después de su maratón del viernes ante John Isner, con un 26-24 incluido en el quinto set y más de cien aces entre ambos jugadores. El partido reabrió el debate sobre la necesidad de acortar estas quintas mangas con un tie-break, como ya hacen en el US Open. Tiene toda la lógica del mundo, porque pasarse casi siete horas sacando y sacando no parece lo más sensato. Quizá se podría buscar un término medio, como ampliar ese posible tie-break a diez puntos o realizarlo a partir del 8-8 o incluso el 10-10.

6- Sea como fuere, a Anderson le pasó factura el esfuerzo y apenas fue competitivo en la final. Era de esperar porque el sudafricano tampoco es ningún niño, aunque extrañó la diferencia en condición física teniendo en cuenta que Djokovic también se había pasado cinco horas y media en pista ante Nadal, acabando menos de veinticuatro horas antes. El torneo de Anderson fue majestuoso, en línea con lo que está siendo su inesperada segunda juventud. Apoyado en su saque, como siempre, derrotó en octavos a un sólido Gaël Monfils, que venía haciendo su mejor torneo en Londres, y fue capaz de remontarle dos sets en contra a Federer en cuartos de final, sin duda la gran sorpresa del campeonato.

7- Nos paramos ahí un momento porque la oportunidad lo exige. Federer no solo cedió una ventaja de dos sets a cero por solo quinta vez en su carrera, sino que perdió el partido después de tener match point a favor en el tercer set. Según apunta @OnlyRogerCanFly basándose en las estadísticas del mítico foro Tennis Warehouse, esta es la vigésima vez que algo así sucede. Si aún no sabe si veinte veces son muchas o pocas, cabe decir que a Djokovic solo le ha pasado tres veces en su carrera, a Murray cinco y a Nadal, siete, aunque cuatro de ellas son anteriores a 2006.

Roger Federer en el partido contra Kevin Anderson. Foto: Kevin Quigley / Cordon.

8- Tras el partido, Roger afirmó en rueda de prensa que era una derrota muy dura: «Lo mismo tardo meses en recuperarme como me olvido a la media hora». Ver el nivel de Djokovic de alguna manera le habrá aliviado. Aunque Federer empezó el torneo de maravilla —llegó a sumar treinta y cuatro sets ganados de manera consecutiva si sumamos los de 2017—, la derrota ante Anderson no fue una casualidad: le habíamos visto torpe en Stuttgart, aunque se llevara el título, y algo incómodo en Halle, aunque llegara a la final. Está a días de cumplir treinta y siete años y, por muy campeón vigente que fuera del torneo, esa es una edad a la que es un poco injusto que te exijan la victoria. Viendo que no hay relevo digno de tal nombre, las posibilidades de Federer de seguir ganando grandes y luchando por el número uno dependerán exclusivamente de si Djokovic vuelve a su nivel de hace dos años.

9- Hemos pasado muy de puntillas por la actuación de John Isner y es un poco injusto, pero también es reflejo del nivel actual del circuito: que un jugador así haya ganado este año en Miami y dispute una semifinal de Wimbledon cuando debería haber empezado su declive indica que el nivel medio es mucho más bajo que hace cinco o diez años. Isner sigue siendo el jugador que siempre ha sido: un gran sacador, con un revés cortado decente y una derecha errática. En toda su carrera eso no le había servido más que para llegar a cuartos de final del US Open de 2011. Encontrárselo en semifinales sobre hierba es hasta cierto punto decepcionante, por mucho que nos alegremos por él.

10- Isner se impuso en cuartos de final a Milos Raonic, que pese a sus lesiones sigue dando guerra en Wimbledon año sí y año también. El canadiense, a sus veintiocho años, era el más joven de los ocho cuartofinalistas. De la tan esperada next generation solo cumplieron Stefanos Tsitsipas (perdió en octavos), Karen Jachánov (también en octavos) y Álex de Miñaur, que cedió en tercera ronda ante un avasallador Rafa Nadal. El resto, un desastre: Borna Coric, ganador en Halle, perdió en primera ronda ante Daniil MedvedevDominic Thiem se retiró lesionado también en primera ronda contra Marcos Baghdatis; Denis Shapovalov se quedó en segunda ronda ante un rival —BenoîtPaire— con el menisco desgarrado, y Francis Tiafoe cayó en tercera ante el citado Jachánov después de ceder dos sets de ventaja. Tampoco duró mucho más la aventura del ruso, que cedió en tres rápidas mangas ante Djokovic en octavos.

11- La gran decepción del torneo fue sin duda, una vez más, Alexander Zverev. Cabría esperar de su actuación en Roland Garros, con unos batallados cuartos de final, que por fin el alemán empezara a demostrar su talento en un grande, pero habrá que esperar al menos dos meses más. Zverev ya estuvo a punto de perder en segunda ronda ante Taylor Fritz y al final lo hizo en tercera frente al renacido Ernests Gulbis. Es imposible saber qué pasa con este chico. Ha ganado torneos importantes en tierra, en dura y en hierba… pero solo ha pasado una vez de tercera ronda en un Grand Slam. En cuanto a Gulbis, habrá que ver si ha sido flor de un día o si su recuperación va en serio. Sería una excelente noticia.

12- En el terreno negativo, destacaron también Grigor Dimitrov y Marin Cilic. Dimitrov perdió en primera ronda ante Stanislas Wawrinka. Si fuera sobre tierra y en 2015, lo entenderíamos, pero Wawrinka nunca ha destacado sobre hierba y en 2018 está casi retirado del tenis por sus continuas lesiones. Todos los avances del búlgaro el año pasado, incluyendo su Masters 1000 y las World Tour Finals, parecen haberse quedado en nada. Por su parte, Cilic, finalista el año pasado y campeón diez días antes en Queen’s, cedió contra el argentino Guido Pella en segunda ronda. Una enorme ocasión perdida para el croata, que al menos tuvo todo el tiempo del mundo para ver el Mundial a gusto.

13- En nuestra sección «¿Qué hacemos con Nick Kyrgios?» de nuevo tocan lamentos. Perdió en tercera ronda contra Nishikori después de enfrentarse públicamente con Marion Bartoli, la campeona de 2013. La francesa le reprochaba su actitud excesivamente despreocupada en pista y Kyrgios decidió burlarse de ella en Twitter. Todo venía a cuento de la multa de quince mil euros que le puso la ATP por fingir que estaba masturbando una botella durante las semifinales del torneo de Queen’s. Los esfuerzos de Kyrgios por convertirse en una continuación de Bernard Tomic no dejan de ser preocupantes.

14- Por cierto, Tomic se apuntó a la previa, se sacó su plaza en el cuadro principal, ganó un partido e incluso le arrebató un set en segunda ronda a Kei Nishikori. También ganó un partido —es decir, más que Dimitrov y Coric juntos— el veteranísimo Ivo Karlovic, que a sus cuarenta años parece más fuera que dentro del circuito. Lo de Karlovic fue especialmente doloroso porque cayó a continuación ante Jan-Lenard Struff después de cinco sets y un 11-13 en el quinto, incluyendo punto de partido a favor. En el camino dejó sesenta y un aces, la segunda mejor marca del campeonato después de los sesenta y cuatro de Isner ante Ruben Bemelmans.

15- Los españoles. Aparte de las semis de Nadal, lo único mínimamente celebrable fue el récord de Feliciano López de torneos de Grand Slam consecutivos disputados (sesenta y seis, desde Roland Garros 2002). La fiesta duró un partido porque en segunda ronda cayó contundentemente ante Del Potro, que cuajó un excelente torneo. Ferrer, Ramos, Carreño y Verdasco cayeron en primera ronda. García-López y Feliciano, en segunda. A las chicas no les fue mucho mejor.

Angelique Kerber en el momento en el que se proclama vencedora de la categoría femenina de Wimbledon 2018. Foto: Cynthia Lum / Cordon.

16- Vamos, pues, al cuadro femenino. Angelique Kerber estuvo fantástica durante todo el torneo. Ya el año pasado estuvo más cerca de lo que pareció de haber logrado un buen resultado, pero se le complicó el partido contra Muguruza cuando parecía tenerlo controlado y al final ella se quedó en octavos y la española acabó levantando el trofeo. Este año se aprovechó de la masacre de favoritas —de entre las diez primeras cabezas de serie, solo Karolina Pliskova llegó a octavos de final y ahí se quedó— para conseguir su tercer grande tras los triunfos en Australia y el US Open de 2016. Lo más impresionante de su victoria fue la manera de manejar a Serena Williams en la final. Una cosa es ganar a Serena y otra cosa es arrollar a Serena. Lo segundo está al alcance de muy pocas.

17- Por cierto, la menor de las Williams entró en el torneo rodeada de dudas: hundida en el puesto 181 de la WTA después de un año y medio casi sin competir por su reciente maternidad, tras tener que retirarse de Roland Garros con una lesión en el pectoral y con turbios problemas con la USADA, pocos confiaban en que la estadounidense fuera capaz de llegar tan lejos. La suya es una historia increíble. Ganó su primer grande en los años noventa y creo que eso lo dice todo. Es cierto que se benefició de un cuadro muy asequible, pero, como siempre digo en estos casos, la culpa no es suya, sino de quien pierde antes de que ella gane.

18- Gran torneo el de Jelena Ostapenko, que llegó a semifinales con cierta contundencia después de un decepcionante Roland Garros. La letona apenas le dio guerra a Kerber, pero se va consolidando como una jugadora hábil en todos los terrenos pese a su juventud. También destacó Julia Görges, aunque dio la sensación de que en la semifinal contra Serena podría haber hecho un poco más, como sí hizo Camila Giorgi en cuartos, por ejemplo. En cuanto a las sorpresas positivas, recalquemos la de Kiki Bertens, que por fin rompió el muro de los octavos de final sobre hierba.

19- En cuanto a sorpresas negativas, todas las que quieran: Kvitova, Sharapova, Caroline García, Sloane Stephens y Elina Svitolina perdieron en primera ronda; Muguruza y Wozniacki lo hicieron en segunda; Halep, Mertens, Barty, Keys y Venus Williams se quedaron en tercera. También cayó en dicha ronda Carla Suárez Navarro, pero me temo que tampoco se esperaba mucho más de ella en este torneo.

20- Nos quedamos con Garbiñe Muguruza por aquello de que era la campeona vigente y que venía de hacer semifinales en Roland Garros. Cayó ante Alison van Uytvanck de la manera más inopinada, después de ganar el primer set y sin oponer resistencia en los dos siguientes: 6-2 y 6-1. Digo ahora lo mismo que dije después de Roland Garros. Hablamos de una mujer que ya ha ganado dos grandes y que ha sido número uno del mundo. Todo lo que venga de más será un regalo y así habrá que tomarlo.

21- El momento emotivo de la quincena lo protagonizó la propia van Uytvanck cuando, después de vencer en tercera ronda a Anett Kontaveit, se lanzó a las gradas para besar a su novia, la también profesional Greet Minnem. Ver a dos mujeres besándose en una pista de tenis debería ser lo más normal del mundo, pero desgraciadamente no lo es. Que se recibiera, en medio de las manifestaciones del orgullo gay en todo el mundo, con alborozo es una excelente noticia. Sobre todo porque para ella fue importante, que es lo que cuenta. Hay que tener en cuenta que hablamos de un deporte en el que la jugadora con más títulos de Grand Slam —Margaret Court-Smith— es una conocida homófoba.

22- ¿Qué pasa con Elina Svitolina? No hablo ya de sus resultados deportivos, que son más que preocupantes, sino de su aspecto físico. Ha perdido muchísimos kilos en pocos meses o eso parece y uno empieza a preguntarse si no habrá algún tipo de enfermedad detrás de un proceso que sin duda está afectando a su tenis. La rusa no parece excesivamente preocupada, así que esperemos que la cosa quede en nada y pueda recuperar su mejor nivel cuanto antes.

23- Una de las grandes alegrías del cuadro femenino fue volver a ver a Belinda Bencic disfrutando del tenis y jugando a un gran nivel. Aunque ya no nos acordemos, Bencic llegó a ser top ten hace apenas un par de años y desde entonces no se ha vuelto a saber de ella, afectada por una plaga de lesiones. En Londres recuperó su versión más ilusionante, derrotando a García, Riske y Suárez antes de caer contra la campeona en octavos y dando guerra. Confiemos en su recuperación. También sorprendió gratamente Eugénie Bouchard, de la que tanto se había hablado para mal últimamente y que se apuntó a la previa, consiguió pasar al cuadro principal y ganó su primer partido antes de caer frente a Ashleigh Barty. Esta semana, de nuevo a los torneos ITF.

24- En cuanto a las demás categorías, breve recuento de ganadores y ganadoras: Mike Bryan se impuso en el dobles masculino, pero sin hacer pareja con su hermano, sino con su compatriota Jack Sock, cuya crisis en individuales sigue vigente desde que se impusiera en el Masters 1000 de París. En los dobles femeninos ganaron las checas Barbora Krejcikova y Katerina Siniakova. Los dobles mixtos fueron a manos de Alexander Peya y Nicole Melichar, que derrotaron en la final a los grandes favoritos, Jamie Murray —el hermano de Andy— y Victoria Azarenka.

25- ¿Quieren mirar al futuro con un poco de esperanza, visto lo visto? Bien, apunten de nuevo el nombre del taiwanés Tseng Chun-hsin, el mismo que ganó en Roland Garros y fue finalista en Australia. Llegó a la final sin ceder un solo set y acabó derrotando al local Jack Draper, que estaba ante la posibilidad de ser el primer británico en ganar la competición júnior desde 1962. Tseng tiene dieciséis años y un futuro esplendoroso por delante. Sobre todo porque, para cuando empiece a ser competitivo, igual Federer, Nadal y Djokovic ya han decidido retirarse… En el júnior femenino, la campeona fue la polaca Iga Swiatek, una apasionada de Jane Austen a sus diecisiete años. Toma así el relevo de las hermanas Uwe y Agnieszka Radwanska, que no están pasando precisamente por su mejor momento como profesionales.


Roger Federer, Serena Williams y veinte cosas que aprendimos de este último Wimbledon

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Roger Federer tras perder contra Milos Raonic en Wimbledon 2016. Fotografía: Cordon Press.

A la tercera fue la vencida. Después de dos finales de Grand Slam perdidas este año, Andy Murray y Serena Williams consiguieron alzar el título en Wimbledon y, todo hay que decirlo, con bastante holgura. A los treinta y cuatro años, el dominio de «la pequeña de las Williams» en los grandes torneos de la WTA es abrumador. Baste con decir que entre 2015 y lo que va de 2016 suma cuatro títulos, dos finales y una semifinal. De acuerdo, no es perfecta, pero su estatus ya está prácticamente a la altura de las más grandes campeonas. Su vigésimo segundo slam la iguala con Steffi Graf, solo por detrás de Margaret Smith Court, aunque la australiana apenas tuvo competencia durante sus años de esplendor.

Otra cosa es lo de Murray, porque todos sabemos que el gran dictador del circuito masculino es Novak Djokovic. Tan dictador que casi habíamos pasado por alto la excelente temporada del escocés. Pasado el ecuador de la temporada, Murray queda a menos de mil puntos del serbio en la clasificación anual, es decir, si consigue mantener la concentración y la ambición aspira a acabar 2016 como número 1 del mundo ante un tipo que acaba de igualar un récord de 1969.

El camino de Andy hacia su tercer Grand Slam, el segundo en Wimbledon, fue prácticamente un paseo excepto por ese partido que siempre se le atraganta en cada torneo y que esta vez le pilló en cuartos de final contra Jo-Wilfried Tsonga. Murray ganaba dos sets a uno y tenía break a favor en el cuarto. De repente perdió cuatro juegos seguidos, se fueron a la quinta manga y el francés llegó a tener bola de break sobre el servicio de Murray en el primer juego. Quizá de haber aprovechado esa oportunidad ahora estaríamos hablando de otro ganador… pero no lo creo, la superioridad de Murray ahora mismo sobre cualquier rival que no se apellide Djokovic es tal que algún recurso habría encontrado para darle la vuelta al desaguisado.

Con todo, un torneo como Wimbledon da para mucho análisis, vamos a intentar resumirlo todo en veinte párrafos:

  1. Igual que los triunfos de Novak Djokovic no tendrían que haber eclipsado la enorme temporada de Andy Murray, hay que intentar que el triunfo de Murray no eclipse el enorme torneo de Milos Raonic. El canadiense ha conseguido ser el primer jugador nacido en la década de los noventa en llegar al menos a una final de Grand Slam. Estando en 2016 me parece una barbaridad. Ya solo queda que algún noventero dé el paso adelante y gane por lo menos un Masters 1000, que de momento ni eso.
  1. Por cierto, la final entre Murray y Raonic fue solo la segunda de Grand Slam desde el Australian Open de 2005 sin Djokovic, Federer o Nadal. La otra excepción se dio en el US Open de 2014, cuando Kei Nishikori y Marin Cilic se jugaron el trofeo. En Wimbledon hay que remontarse hasta 2002, la final entre Hewitt y Nalbandian. De 2003 en adelante, siempre había estado presente alguno de los tres grandes.
  1. De hecho, no faltó mucho para que Federer estuviera el domingo en la pista central. Faltó poco más de un punto, el que le hubiera dado el break casi definitivo en el cuarto set ante Raonic las tres veces que tuvo oportunidad. No pudo ser. El suizo acabó entregando la manga tras desaprovechar un 40-0 con su servicio en el último juego —dos dobles faltas y un millón de decisiones tácticas inexplicables— y llegó al quinto set sin gasolina, como si tuviera casi treinta y cinco años y llevara todo el año sin enganchar dos meses seguidos de competición.
  1. Le mando un mensaje a Carlos Moyá, el entrenador de Raonic, para felicitarle y lo primero que me dice es: «Derrota durísima para Roger». Esto tiene tres explicaciones: 1) Que sabe que yo soy un forofo de Federer como no lo soy de nadie más en este mundo, 2) que él también, en cierto modo, siente ver a una leyenda perder de esa manera y 3) que los dos sabemos que este, ahora sí, pudo ser su último baile en un Grand Slam. En semifinales, sin Djokovic en el cuadro, con ventaja de dos sets a uno, en un torneo que ha ganado siete veces… El escenario era inmejorable, pero a la vez llegaba en el peor momento. Federer venía de jugar dos torneos de preparación horribles y uno no pasa de la nada al todo en dos semanas así como así. Salvo que seas Pete Sampras y estés en el US Open de 2002.
  1. ¿Qué pasó con Djokovic? Bueno, pues que perdió. Ya saben para qué hacen estas cosas, para que unos ganen y otros pierdan. Sería absurdo decir que a Novak le daba igual ganar este Wimbledon porque a nadie le amarga un dulce, pero después de ganarlo todo y sabiendo que tiene los Juegos Olímpicos a un mes de distancia, es normal que su preparación física y mental esté destinada a otros retos. Que la derrota fuera ante Sam Querrey quizá resultó lo más sorprendente.

  1. Raonic aparte, no se puede decir que los jóvenes aspirantes hayan tenido un gran torneo (y Raonic, ojo, tiene veinticinco años, no es ningún adolescente). Thiem hizo la típica de jugar todos los torneos previos para caer desfondado en segunda ronda del que verdaderamente cuenta. Ya sé que en Roland Garros le salió bien, pero como táctica es un suicidio. Zverev pasó un par de rondas, que es lo que uno puede considerar un éxito a los diecinueve años, y Fritz tuvo la enorme mala suerte de enfrentarse a Stan Wawrinka en la primera. Aun así le ganó un set. Viéndole jugar en Sttutgart ante Federer da la sensación de que este chico va a ganar en Londres más de una y de dos veces, pero nunca se sabe.
  1. Nick Kyrgios es un caso aparte. Llegó a octavos de final, sí, pero su actitud volvió a ser bochornosa. Ha llegado un momento en el que el jugador australiano parece irrecuperable para la competición… y eso que solo tiene veintidós años. Todo son quejas, todo son burlas, todo son distracciones. Como alguien comentaba en Twitter, si es verdad que no le gusta el tenis quizá debería hablar con Agassi, pero ni creo que Agassi tenga tiempo para hacer de Hermano mayor ni creo que Kyrgios tenga la humildad suficiente para aceptar ningún consejo.
  1. La gran historia de la primera semana fue la de Marcus Willis, el desconocido profesor de tenis que consiguió clasificarse pasando por interminables rondas previas y ganar su partido de primera ronda contra Ricardas Berankis. Hablamos de un hombre de veinticinco años que da clases a treinta libras la hora y que ocupa el puesto 772 del mundo, que es como nada. ¿El premio por esa victoria? Un cheque de cincuenta mil libras y un enfrentamiento en segunda ronda contra Roger Federer, donde además consiguió ganar siete juegos.
  1. Tres buenas noticias y dos decepciones para acabar con el cuadro masculino: empezando por lo primero, hay que destacar a Thomas Berdych, que parecía acabado y se coló en semifinales, a Lucas Pouille, que no había ganado un partido en Wimbledon en toda su carrera y llegó este año a cuartos de final, cayendo en cinco sets ante el propio Berdych, y a Marin Cilic, otro hombre que parecía desaparecido desde su victoria en Nueva York hace casi dos años y que se quedó a tres match points de eliminar a Federer y meterse en semifinales.
  1. ¿Las decepciones? Stan Wawrinka y David Ferrer. Lo de Wawrinka cayendo en la primera o segunda ronda de un torneo para acabar ganando el siguiente es algo a lo que ya nos tiene acostumbrados. Más preocupante parece lo de David Ferrer. Con treinta y tres años, viene de encadenar muchas temporadas con demasiados torneos jugados. Es como si de repente todo ese cansancio físico y mental se le hubiera echado encima en apenas seis meses. Decir que su carrera a alto nivel está acabada sería mucho decir, pero volverle a ver en las últimas rondas de los grandes torneos sería una enorme sorpresa. Lo que nos lleva a…
  1. El tenis español. En Roland Garros, tuvimos a Muguruza y la tuvimos como campeona. En Wimbledon volvimos a los tiempos de «la hierba es para las vacas». Solo Carla Suárez consiguió llegar a la segunda semana y volvió a caer en octavos ante una rival cuando menos asequible. Parece que su límite está ahí y no es poca cosa si se compara con el resto: sin Nadal y Ferrer no hay nada que hacer. Feliciano ganó un partido heroico contra Fognini, pero a su edad es complicado pedirle grandes gestas. De los menores de veinticinco años seguimos sin saber absolutamente nada.
  1. Por cierto, la derrota de Garbiñe Muguruza entra dentro de lo esperable. Creo que el sentimiento común entre toda la prensa especializada cuando ganó Roland Garros fue algo así como «cuidado, no vayamos a meterle demasiada presión». Tiene todos los golpes pero le falta la concentración y la mentalidad para decir «voy a dar lo mejor de mí en cada punto, en cada juego, en cada set… y así cada semana». Su victoria en París no era un pasaporte a la gloria eterna, su derrota en Londres tampoco debería alarmar a nadie.
  1. Quien, desde luego, sí tiene esa mentalidad ganadora y es la única que parece tenerla con cierta regularidad en el circuito femenino es Serena Williams. Verla ganar y arrollar año tras año es espectacular. Hablamos de una chica que ganó su primer Grand Slam en 1999, es decir, hace diecisiete años. Algunas de sus rivales no habían nacido o llevaban aún pañal. A su título individual le añadió el de dobles con su hermana Venus, un doblete que llega a pocas semanas de los Juegos de Río.
  1. A sus treinta y seis años —se dice pronto, teniendo en cuenta que debutó con catorce, en partido contra Arantxa Sánchez-Vicario—, Venus Williams no solo logró la victoria en dobles —la decimocuarta de su carrera, todas junto a su hermana Serena— sino que se plantó en semifinales del cuadro de individuales, asegurándose así seguir unas cuantas semanas más entre las diez mejores del mundo. No solo llegó a la penúltima ronda sino que se lo puso muy complicado a Angelique Kerber, de vuelta tras el fiasco de Roland Garros.
  1. Y es que, de hecho, si en alguien debe fijarse Muguruza es en Kerber: ganó Australia, cayó en primera ronda en Roland Garros y ahora de nuevo finalista en Wimbledon, recuperando el número dos del mundo. Es decir, triunfó, cayó y se volvió a levantar. De todos los tópicos del mundo del deporte este es el más inevitable: sobreponerse es todo, que diría Rilke. Kerber lo ha hecho. Veremos Garbiñe.
  1. Las aspirantes seguirán un año más siendo eso: aspirantes. Y entre todas sigue destacando Agnieszka Radwanska, probablemente la mejor jugadora del circuito en torneos fuera del Grand Slam. La polaca nos dejó al menos el mejor partido del torneo, una maratón ante la eslovaca Dominica Cibulkova que acabó con 9-7 en el tercer set después de salvar innumerables puntos de partido. Tiene veintisiete años y por lo tanto habrá margen para más oportunidades. Pero conviene que las vaya aprovechando.

  1. Creo que ya se puede decir oficialmente: Belinda Bencic tiene un problema. Después de un 2015 estelar como adolescente se ha encontrado con un 2016 en el que no deja de encadenar lesiones. Ese tipo de lesiones que no te inhabilitan pero hacen que te retires a los pocos juegos de la primera ronda. Un continuo «sí pero no» que recuerda a lo que le pasó a Eugenie Bouchard tras su portentoso 2014. Solo esperamos que la crisis le dure menos a la suiza que a la canadiense, que se sostiene entre las cincuenta mejores del mundo por los pelos.
  1. La lluvia obligó a la organización a hacer una minijornada de recuperación el sagrado Middle Sunday. Pocos partidos y muchísimos aficionados. Wimbledon sigue siendo una religión y uno no deja de preguntarse por qué es tan complicado añadir una gira de hierba al circuito ATP. Una gira decente, quiero decir, algo más de tres semanas y un Grand Slam. Entiendo que es una cuestión de dinero: para que algo entre, algo tiene que salir y nadie está dispuesto. ¿Se imaginan lo que sería la ATP si ahora, en vez de volver al cemento norteamericano que ya frecuentamos en febrero y marzo, tuviéramos al menos un mes más de Masters 1000 en hierba? Una delicia.
  1. Y, sin embargo, hay que centrarse en el futuro, sea el que sea. Los Juegos de Río hacen que la gira norteamericana se adelante, así que en nada estará ya todo el circo de camino a Canadá y a Cincinnati. ¿Con Nadal? Aún no está claro aunque se supone que sí. Una lesión de muñeca no es algo con lo que haya que tener prisa y si no que le pregunten a Juan Martín del Potro (por cierto, Delpo llegó a tercera ronda, derrotando precisamente a Wawrinka, poco a poco le vamos teniendo de vuelta). Puede que se pruebe en uno de los dos torneos y de ahí vaya directamente a los Juegos, donde será el abanderado español.
  1. ¿Quién es el favorito para ese torneo? Djokovic, sin duda. Y si de camino pilla Cincinnati, mejor que mejor, así completa su palmarés con TODOS los torneos de Grand Slam, TODOS los Masters 1000, el oro olímpico y la Copa Davis. Ahora bien, no es fácil volverse a enganchar cuando uno ha desconectado mentalmente un par de meses. Es complicado pensar en alguien que no sea Murray como rival, pero, ojo, en los Juegos los partidos son al mejor de tres sets y ahí los torneos se abren. No es casualidad que en el palmarés haya gente como Marc Rosset o Nicolás Massú, con todos mis respetos. Si la caída de Federer en el quinto set ante Raonic no le ha provocado una nueva lesión y llega al cien por cien, me costaría mucho descartarle de entrada.

File photo dated 05/08/2012 of Great Britain's Andy Murray with his Olympic Gold and Silver Medals at Wimbledon.
Andy Murray en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Fotografía: Cordon Press.


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.


Marin Cilic y el nuevo fracaso de los noventeros

Marin Cilic con el trofeo US OPEN. Foto: Cordon Press.
Marin Cilic con el trofeo US OPEN. Foto: Cordon Press.

Antes de empezar el US Open de 2014 se daba en el circuito una situación realmente insólita: ningún jugador menor de veinticinco años había sido siquiera finalista de un torneo de Grand Slam ni había ganado un Masters 1000. De hecho, solo cinco de los cincuenta primeros de la clasificación ATP habían nacido en la década de los noventa: Milos Raonic, Dominic Thiem, Jerzy Janowicz, Grigor Dimitrov y Vasek Pospisil. Un sexto lo hizo a finales de diciembre de 1989: el japonés Kei Nishikori.

Si esto no les parece raro, puede que no sean conscientes de que los que nacieron en 1990 tienen ya veinticuatro años, que no es poco para un deportista y menos en el mundo del tenis. Si comparamos con otras décadas, los resultados son elocuentes: el primer jugador nacido en los ochenta en ser finalista de un Grand Slam fue Marat Safin, campeón del US Open en 2000; el primero nacido en los setenta fue Michael Chang, campeón en Roland Garros en 1989, y el primero nacido en los sesenta fue Ivan Lendl, finalista en Australia en 1981. Todos en plena posadolescencia.

Para encontrar un fenómeno parecido hay que remontarse al principio mismo de la Era Open, cuando veteranos exprofesionales copaban prácticamente el palmarés y John Newcombe establecía récords de longevidad. Tuvieron que pasar cuatro años de la década de los setenta para que alguien nacido en los cincuenta —concretamente en 1953— consiguiera ganar en Australia a los veinte años. Se trataba del mítico Jimmy Connors.

Como ven, la precocidad en el tenis es más la regla que la excepción, pero el deporte profesional, por razones que desconozco, tiende en los últimos años a estancarse y la generación de los ochenta sigue dominando en muchas disciplinas sin relevo aparente a la vista: Purito, Contador y Valverde siguen disputándose las grandes vueltas, Gasol y Navarro dirigen la selección española, Cristiano Ronaldo y Messi se repartirán un año más el Balón de Oro y el de Plata… y no hay nadie que se acerque ni de lejos a Usain Bolt o Mo Farah.

Volviendo a la previa del US Open, el gran noventero que aparecía en el horizonte era Grigor Dimitrov. Dimitrov, búlgaro de enorme talento, ganador de todo lo ganable en su etapa como junior, ha conseguido este año meterse por fin en el Top 10 de la ATP y alcanzar sus primeras semifinales de un torneo de Grand Slam, concretamente Wimbledon. El problema de Dimitrov es que ya tiene veintitrés años, una edad a la que todos los grandes campeones ya habían repetido finales y campeonatos. Incluso un genio tardío como Federer, al que se le estuvo esperando durante bastantes años hasta que estalló por fin, ya tenía tres Wimbledons, un US Open y un Open de Australia antes de cumplir los veinticuatro. De Nadal, Borg o McEnroe, por poner algunos ejemplos, mejor ni hablamos.

Junto a Dimitrov, el otro candidato a romper la hegemonía ochentera era Milos Raonic, campeón en Washington y protagonista de una gira veraniega, en general, más que aceptable. Raonic es otro caso de maduración tardía que por fin, a sus veintitrés, ha alcanzado los primeros puestos de la ATP. Los dos parecían destinados a dar un golpetazo sobre la mesa pero el caso es que ninguno llegó ni a cuartos de final. Dimitrov cayó en octavos ante Gael Monfils y Raonic lo hizo en la misma ronda ante Kei Nishikori, una decepción que a la larga ha ido sabiendo más dulce.

Kei Nishikori, ¿un Michael Chang a la japonesa?

A Kei Nishikori se le echa en cara a menudo su fragilidad. No es un tío de dos metros con brazos como mazas. Sin embargo, resiste, a la manera de su entrenador, Michael Chang. Difícil de batir, lleva años pululando por el Top 20 sin conseguir dar ese paso adelante que ya insinuó en Madrid, cuando estaba venciendo con mucha comodidad al mismísimo Rafa Nadal sobre tierra batida antes de lesionarse la espalda y acabar retirándose en el tercer set.

Nishikori es un miembro destacado de la primera «generación perdida», la de finales de los ochenta, y principios de los noventa, es decir, la de los Dolgopolov, Gulbis, Tomic, Donald Young y compañía. Todos aparecieron más o menos a la vez en torno a 2010-2011 y todos han ido fracasando en sus intentos por llegar a la élite, una élite copada por el llamado «big four» —Djokovic, Nadal, Federer, Murray— desde hace seis años y que solo ha tenido algún motivo de inquietud con jugadores como Ferrer, ya en sus treinta y dos, o Del Potro, el único en ganar un torneo de Grand Slam aparte de los cuatro mencionados durante todo el período que fue del Open de Australia de 2005, victoria de Safin, al Open de Australia de 2014 que ganó Wawrinka.

Que Nishikori iba en serio lo suponíamos desde principios de temporada pero fue precisamente la lesión en la espalda la que rompió por completo su preparación. Sus resultados desde entonces no habían sido lo que se dice ilusionantes, pero llegó Nueva York y las cosas cambiaron: no solo venció a Raonic en cinco sets sino que volvió a hacerlo contra Wawrinka en cuartos. Enfrentado a Djokovic en semifinales, superó el decisivo tie break de la tercera manga y acabó ganando en cuatro. Fue una enorme sorpresa. Al fin y al cabo, Djokovic había sido finalista en Flushing Meadows los cuatro años anteriores.

¿Cómo le fue al resto de jóvenes en el torneo? Regular tirando a mal. Dominic Thiem, veintiún años recién cumplidos, consiguió meterse en octavos de final pero apenas pudo ganarle siete juegos en todo el partido a Thomas Berdych. Con todo, no fue mal resultado, como tampoco lo fue el del australiano Nick Kyrgios, derrotado en tercera ronda por el treintañero Tommy Robredo. Kyrgios, a los diecinueve años, es el adolescente de moda. En Wimbledon echó a Nadal del torneo a base de aces y se metió en cuartos de final. En Nueva York se quedó a un partido de llegar a la segunda semana. Si será un nuevo Tomic —Bernard es uno de sus grandes amigos del circuito— o perseverará hasta convertirse en una versión mejorada de Raonic aún no lo sabemos.

Thiem y Kyrgios, en cualquier caso, fueron un oasis de juventud dentro del desierto neoyorquino: de los ocho cuartofinalistas, seis tenían veintisiete años o más. Excepto Cilic y Nishikori todos rondaban los diez años como profesionales.

Marin Cilic y su escandaloso caso de dopaje

Es difícil trazar una línea clara y precisa entre la juventud y la madurez en el deporte profesional. Podemos ponernos de acuerdo en que Federer, con treinta y tres años, está en el segundo grupo o que el mencionado Kyrgios, con diecinueve, está en el primero, pero, ¿con veinticinco años, qué eres? Depende de tu trayectoria. Por ejemplo, Andy Murray nació en mayo de 1987 y deslumbró al mundo ya en 2006, cuando llegó a octavos de final de Wimbledon y US Open. Hemos oído hablar tanto de él o de Djokovic, nacido un par de semanas más tarde, que nos parecen veteranos cuyo rendimiento tarde o temprano tiene que declinar.

Sin embargo, aparece un Wawrinka, nacido dos años antes, al borde de la treintena y lo festejamos como «aire nuevo». Aparece un Marin Cilic, nacido solo un año después, y se habla de la rebelión de los jóvenes.

El caso de Marin Cilic es particularmente extraño, propio de un jugador errático. Ganador de su primer torneo antes de cumplir los veinte años, Cilic lo tenía todo para triunfar en el tenis: con un físico privilegiado que combinaba altura —casi dos metros— con agilidad, sus continuas lagunas mentales que le convertían en una decepción constante. Su puesto más alto a final de año había sido el decimocuarto, repetido en 2009 y 2010. Cuando no estaba lesionado, sencillamente se venía abajo. Imposible olvidar aquellos cuartos de final del US Open de 2012 contra Murray en los que arrasó al británico durante set y medio… para acabar cediendo las dos últimas mangas por 6-2 y 6-0.

Quizá buscando en otro lado lo que tenía que buscar en su cabeza, Cilic protagonizó el verano de 2013 uno de los episodios más escandalosos que se recuerdan. Un episodio del que, por supuesto, apenas se volvió a hablar hasta esta pasada semana. Después de llegar a Wimbledon como cabeza de serie y finalista en Queen´s, una extraña lesión impedía al croata disputar su partido de segunda ronda. Fue un año algo raro en Londres, así en general: hasta siete jugadores y jugadoras tuvieron que retirarse en segunda ronda, la misma en la que Federer perdía con Stakhovsky. Antes, Nadal lo había hecho frente a Steve Darcis y Serena Williams lo haría algo más tarde ante Sabine Lisicki.

Un torneo loco lo tiene cualquiera y es hasta de agradecer, pero pocas semanas después supimos que lo de Cilic no era una lesión de rodilla sino una investigación por dopaje que se acabaría confirmando. Según la ITF y la ATP, Cilic había ingerido niquetamida, un estimulante que incide en el sistema nervioso central. Lo escandaloso no es si realmente había querido doparse o si había sido un accidente, como él mantenía, al no darse cuenta de que la niquetamida era uno de los componentes de las pastillas de glucosa que estaba tomando. Lo escandaloso es que le obligaran a mentir y a retirarse para ocultar el positivo hasta que se confirmase. «Suspensión voluntaria», lo llaman, y algo así hace que inmediatamente salten las alarmas cada vez que un tenista no se presenta a un torneo o a un partido por lesión.

Cilic apeló al TAS y el TAS consideró en parte su defensa, algo que no hizo en otros casos que conocemos muy de cerca. La excusa de las pastillas de glucosa hizo que la suspensión de siete meses pasara a cuatro y el croata pudiera iniciar la temporada 2014. En ningún momento se le exoneró del positivo, como se ha dicho, simplemente se consideró que la sanción era exagerada y debía rebajarse al no apreciar intención.

Después de la sanción, Cilic volvió a por todas y en febrero de 2014 sumó dos títulos y una final. A partir de ahí, un nuevo bajón: de los ocho siguientes torneos solo alcanzó los cuartos de final en uno, Madrid, cayendo ante Kei Nishikori. Revivió en Wimbledon, donde llegó a ir ganando a Djokovic por dos sets a uno también en cuartos de final y si las cosas no le fueron mejor en Toronto y Cincinnati fue entre otras cosas porque se cruzó con Wawrinka y Federer, respectivamente, en tercera ronda. El talento, parecía, estaba al acecho.

Los hombres con los que nadie contaba: una final impensable

En resumen, al empezar el US Open, Cilic no era ni mucho menos un favorito como no lo era Nishikori. A punto de salir del Top 20 de la ATP, el croata consiguió un par de victorias fáciles para empezar, superó el escollo de Kevin Anderson, que no es poca cosa, y en octavos de final se cruzó con el francés Gilles Simon. Simon es otro ejemplo de jugador trabajador que empezó a destacar relativamente joven y que sin darse cuenta va a cumplir los treinta en apenas dos meses sin ningún resultado realmente memorable en su palmarés, algo parecido a lo que le sucede a su compatriota Gael Monfils, aunque este es dos años más joven.

Si Monfils estuvo a punto de dar la campanada y derrotar a Roger Federer en cuartos de final —dispuso de una ventaja de dos sets y dos puntos de partido en el cuarto—, Simon se vio en una situación parecida ante Cilic, cuando se impuso en el primer set y estuvo a punto de hacerlo en el segundo. El encuentro se fue a cinco mangas y acabó imponiéndose el croata, pero le costó una barbaridad. Algo debió de cambiar ahí porque Cilic no volvió a perder un set en todo el torneo: ni contra Berdych en cuartos, ni contra Federer en semifinales ni contra Nishikori en la final. Solo uno de estos nueve sets llegó al tie break.

¿Suponen el triunfo de Cilic y la final de Nishikori un cambio generacional? Es absurdo plantearlo así. Cilic, como decíamos, lleva ganando torneos desde 2008 y Nishikori va a cumplir ya veinticinco años. Lo cierto es que es un alivio ver que al menos esta generación empieza a ganar algo ya y no se pierde por completo. Con todo, seguimos esperando al nuevo Becker, Kuerten, Hewitt o Del Potro, al tipo que, desde la arrogancia adolescente, aparezca de la nada y acabe ganando un grande o rozándolo con los dedos. He mencionado esos nombres por no mencionar los de Sampras, Agassi, Nadal o el gran campeón que se les ocurra que ya fuera una estrella mundial antes de los veinte años.

No pedimos eso. No exigimos grandes estrellas que nos conmuevan. Simplemente, más competencia. Tal y como va el año, nada indica que Djokovic, Federer y Nadal no vayan a acabar los tres primeros de la clasificación ATP. Igual que en 2007. Si eso no es un estancamiento, Cilics, Wawrinkas o Nishikoris aparte, que baje Dimitrov y lo arregle.