Del odio considerado como una de las Bellas Artes

Foto: Bifalcucci (CC)
Foto: Bifalcucci (CC)

El hombre de conocimiento debe ser capaz no solo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos. (Friedrich Nietzsche)

Ya sé que la apología del odio es delictiva, no sufran que no van por ahí los tiros.

Pero en una sociedad empapada de odio hasta el tuétano merece la pena hacerse preguntas sobre el origen del aborrecimiento, su cercanía o lejanía con el amor, su valor adaptativo si lo hubiera. Tengo más preguntas que respuestas… ¿Es lo mismo el odio que la ira? ¿Hay algún valor en la misantropía? ¿Es legítimo odiar a los malvados? ¿Decir «te odio» es una buena manera de empezar una conversación? ¿Qué significa «fóllame como si me odiaras»? Leemos en el Eclesiastés 3:8 que «hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar». Lo dice la Biblia, no puede ser tan malo: sumerjámonos en una piscina de burbujeante antipatía.

¿Qué es el odio? Odio eres tú

Disfruto mi odio más de lo que he disfrutado nunca el amor. El amor es temperamental. Cansado. Exigente. Te usa y cambia de opinión. Pero ah, el odio lo puedes utilizar, esculpir, blandir. Es duro o suave, según lo que necesites. El amor te humilla, pero el odio te acuna. (White Oleander, Janet Fitch)

Una pregunta obsesiona desde hace décadas a millones de personas: ¿quién es más fuerte, Hulk o la Cosa? Otra cuestión le sigue muy de cerca: ¿qué es más fuerte, el amor o el odio? Robert Frost se hizo una pregunta similar en el poema que inspiró la Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin (aquí una traducción de Agustí Bartra):

Some say the world will end in fire,
Some say in ice.
From what I’ve tasted of desire
I hold with those who favor fire.
But if it had to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.

Tanto el rencor helado como el deseo ardiente son apocalípticos, aunque no es tan evidente que el odio sea una emoción fría. En la teoría triangular de Sternberg y Sternberg se le asignan tres componentes: negación de intimidad (quita, bicho), pasión (rabia, pánico ante una amenaza) y compromiso (devaluación y desprecio). Combinando estos elementos tenemos siete tipos de odio a diferente temperatura de cocción, aquí los tienen junto a la frase que imaginaba al leerlos:

  1. Odio fresco o asco si solo hay negación de intimidad: «lárgate».
  2. Odio frío o disminución si solo hay desprecio: «eres imbécil, no sabes ni hablar».
  3. Odio cálido o rabia/miedo si solo hay pasión: «¡Imbécil!»
  4. Odio hirviente o revulsión si se juntan negación de intimidad y pasión: «¡Lárgate, imbécil!»
  5. Odio a fuego lento o aborrecimiento si se juntan negación de intimidad y desprecio: «sería mejor que te fueras, tu imbecilidad me altera».
  6. Odio bullente o injuria si se juntan pasión y desprecio: «¡No sabes ni hablar, imbécil!»
  7. Odio quemante o necesidad de aniquilación si se junta todo: «¡Lárgate o te mato, imbécil, que no sabes ni hablar!»

Foto: Juha-Matti Herrala (CC)
Foto: Juha-Matti Herrala (CC)

Propongo un experimento: la próxima vez que tengan ganas de mandar a alguien a la mierda saquen un termómetro rectal del bolsillo y comprueben si sienten repulsión hirviente o aborrecimiento a fuego lento. Yo suelo visualizar el odio como una joya gélida e impersonal que al calentarse muta convirtiéndose en algo más cercano: rabia, desprecio o incluso amor. En el libro II de la Retórica de Aristóteles se distingue entre ira y odio: la ira se siente hacia personas concretas cuyas acciones o existencia afectan al iracundo, mientras que el odio puede aparecer sin motivos personales y dirigirse hacia actitudes o males genéricos que se desea aniquilar. El odio «no tiene cura ni fin», la ira sí. Pero ¿por qué querría «curarme» del odio a la injusticia, al austericidio o a los traficantes de armas? ¿No será el odio un arma neutra, cuya valoración moral dependerá de a dónde sea apuntada?

Descartes sostiene que el odio es dañino para el alma incluso cuando está justificado, ya que va acompañado de tristeza y es heraldo del dolor. Resulta gracioso comprobar que define la indignación como el odio sorprendido hacia los que cometen maldades, distinguiendo entre las personas virtuosas, que reservan su rabia e indignación para cosas importantes, frente a los posers que se indignan por chorradas. Como tuits de hace cuatro años, hubiera añadido Descartes de nacer unos siglos más tarde.

En cualquier caso, los avisos de que el odio es pernicioso suelen venir con un disclaimer para el odio «justo». Pero el problema de fondo es obvio: ¿es lo mismo «el mal» para usted que para un señor del Estado Islámico? ¿La maldad es objetiva o subjetiva? Tal vez lo más ecuánime sea odiar a todo el mundo por igual, como muestra el Filósofo del Odio. Dejen que se lo presente. Es un exmarine y experiodista reconvertido en vagabundo vocacionalmente cabrón: Mark Hawthorne, alias Hate Man.

Tras un día particularmente aburrido en su trabajo, Hawthorne decidió dejarlo todo, convertirse en homeless y fundar una corriente filosófica llamada «oposicionalidad». Se estableció en la plaza Sproul de Berkeley, California, y se hizo famoso por espetar cada día a los transeúntes: «que tengas un día de mierda». Le encanta charlar, y todos sus diálogos empiezan con un «te odio» directo, carente de rabia o amenaza: su teoría es que hay que ser sincero sobre los sentimientos negativos antes de poder tener una auténtica conversación. Sus seguidores, los hate campers, reproducen este comportamiento y eligen el empujón como modo de comunicación no verbal, pero también son personas muy majas que se cuidan entre ellas. Dice el Filósofo del Odio: «odiar nos permite ser desagradables y sin embargo permanecer cercanos, cuidarnos y ayudar. Así podemos aguantar toda esta mierda».

En defensa de la misantropía

There’s no time to discriminate / Hate every motherfucker that’s in your way («No hay tiempo para discriminar / Odia a todo cabrón que se interponga en tu camino»). (Marilyn Manson, «The Beautiful People»)

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

Desde un punto de vista intelectual el odio indiscriminado resulta enormemente relajante porque evita o aplaza los juicios morales. ¿Por qué elegir entre vegetarianos o carnívoros, cuando es tan satisfactorio ponerlos a caldo a ambos? ¡Malditos vegetarianos hipócritas, malditos carnívoros despiadados! ¿Y qué me decís de los predicadores veganos? ¡Muerte a los veganos! ¡Y a los que no lo son, también! ¿Por qué no odiar tanto las incoherencias argumentativas antitaurinas como la prepotente chulería protaurina? ¿Significa eso que el misántropo se queda siempre entre dos alternativas, como un tibio equidistarra? ¡Claro que no! ¡Hay que aborrecer también a los tibios y golpearles con un ejemplar en tapa dura del Odio a los indiferentes de Gramsci! Rebélate y serás un utópico iluso, no lo hagas y serás un asqueroso conformista. Hagas lo que hagas, pierdes. No es tarea fácil odiar igualitariamente.

La misantropía es un gran zanjador de debates. La objeción más evidente a la misoginia y la misandria es que se quedan cortas: ¿por qué limitarse a odiar a media humanidad cuando puede extenderse el desprecio a su conjunto? ¿No se hizo acaso popular el protagonista de House? Es muy agradecido ser un cínico bastardo que odia a la humanidad pero que en el fondo tiene un corazón de oro, o eso al menos cree todo el mundo sin que haga mucha falta demostrarlo. «No puede ser tan malo», pensamos, y los misántropos acaban convertidos en imanes sexuales para mujeres con ánimo redentor u hombres con espíritu de mártir. Los llamamos antihéroes por no llamarlos hijos de puta.

Pero no se puede negar que la sinceridad misantrópica es refrescante. Analicemos a Alceste, el protagonista de El misántropo de Molière; un tipo inteligente que rechaza las convenciones sociales y la obsesión con la politesse hipócrita. Quiere nada menos que «en toda circunstancia aparezca en nuestras palabras el fondo de nuestro corazón, que sea él quien hable». Así se enemista con todos. Según su ética, si aborreces a alguien y ese alguien te pregunta si le odias, tu única respuesta válida es «sí», y luego ya en todo caso los paños calientes. Alceste desafía tanto a los humanos dañinos como a los complacientes que no odian lo suficiente a esos malvados, permitiéndoles medrar. Y claro, todo le va mal. Detesta las mentiras blancas del flirteo, es un crítico literario destroyer y su cinismo le hace consciente de que «aunque se tengan otras bellas cualidades, se mira siempre a las gentes por su lado malo». Por un perro que maté, mataperros me llamaron.

El misántropo acaba abrumado por la injusticia que define (¡define!) la sociedad, y su única salida es hallar «un apartado lugar donde se pueda ser hombre de honor libremente». Como la cabaña de los bosques del Walden de Thoreau. O la de Unabomber, para el caso: huir de la sociedad o hacerla volar en pedazos. El escritor Albert Caraco, rey de la melancolía rabiosa, odia a cualquier grupo humano de más de dos personas. Leo en Breviario del caos: «¿para qué predicar a estos miles de millones de sonámbulos que caminan hacia el caos con igual paso, bajo la batuta de sus seductores espirituales y el garrote de sus amos? Son culpables porque son innumerables».

No es necesario irse hasta ese extremo. La misantropía puede usarse de modo más constructivo, como un medio para expresar la belleza sorda de la inadaptación y el fracaso. Pero para ello no basta con ser destructivo, hay que saber bailar en el filo entre la ironía y la causticismo. Como Dorothy Parker, por ejemplo, famosa (a su pesar) por su lengua afilada. Mi hermano me puso hace poco en la pista de Los poemas perdidos, publicados por Nórdica en 2013. Allí aparecen las magníficas Canciones del odio, en que reparte bofetadas a todo bicho viviente. Los hombres la irritan y las mujeres la ponen de los nervios; las fiestas sacan lo peor de ella y los libros le cansan los ojos… Y mi definición favorita y culpable: odia a los escritores, «los agentes de prensa del sexo».

En Fedón, Platón pone en boca de Sócrates una explicación sobre el origen de la misantropía que suena a la vez lúcida e insuficiente: una excesiva confianza propia de la inexperiencia. Cuando se confía en que una persona es sincera pero acaba resultando mentirosa, y esa ruptura de la confianza ocurre una y otra y otra vez con diferentes personas, especialmente en el círculo íntimo, se puede llegar a la conclusión de que nadie es bueno, sincero o bienintencionado. Ahí nace la misantropía, del error en darse cuenta de que muy poca gente es completamente buena o malvada, sino que está en un punto intermedio.

Quizá sea este un buen momento para aclarar un frecuente malentendido: no soy una buena persona. Probablemente tampoco usted lo sea, aunque cumplamos el requisito básico: no dañar adrede a otras personas para el propio beneficio, a diferencia de tanto economista sociópata. Pero dañamos mintiendo o diciendo la verdad… Vivir daña, vivir perjudica a otros, y queramos o no, somos un receptáculo adecuado para el odio. Merecemos ser odiados, del mismo modo que merecemos ser amados.

El misántropo protagonista de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, es empujado al odio por repetidos encontronazos con oficiales gilipollas, antiguos compañeros de clase que se ríen de él, una dolorosa conciencia de su propia mediocridad… Y a menudo se pregunta qué ocurriría si se pasara al Lado Oscuro de la Fuerza: «¿y si le partiera la cara a este compañero de trabajo? Traería consecuencias, extrañas, incluso fatídicas, ¡sobre todo para su cara!». Ah, pero esto abre una compuerta peligrosa. El odio es refrescante como una cerveza en un día veraniego, pero puedes despertar a la mañana siguiente con un cuchillo de cocina ensangrentado en la mano, como Varg Vikernes, y darte cuenta de que has vivido un remake de Un día de furia. Putos misántropos… Hay que odiarlos. Al fin y al cabo, si son coherentes ya se odian a sí mismos.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

Somos lo que aborrecemos

Si odias a una persona, odias algo de ella que es parte de ti. Lo que no forma parte de nosotros mismos no nos molesta. (Herman Hesse, Demian)

No solo los misántropos coherentes deberían odiarse a sí mismos. También aquellos más selectivos deberíamos hacerlo: es sano ponerse a uno mismo en cuarentena de vez en cuando y recordar el proverbio de «dime lo que más odias y te diré en qué te convertirás». Es lo que tiene combatir monstruos, que te conviertes en uno al topar con el puñetero abismo nietzscheano que te devuelve la mirada. A veces lo de convertirse en monstruo es literal (en la mitología japonesa, si matas muchos yōkais te acabas convirtiendo en uno), y a veces metafórico. En el capítulo «El espejo» de La dimensión desconocida, un guerrillero centroamericano vence a un odiado dictador. Una vez tomado el poder, se olvida del pueblo que le ha aupado («¡Zapatero, no nos falles!»), y no tarda en oprimir a la población y eliminar stalinianamente a sus viejos compañeros.

Una polémica teoría respecto al maltrato habla de transmisión intergeneracional, es decir, que los que han sido maltratados de pequeños tienen un riesgo mayor de repetir ese patrón maltratando a sus propios hijos. La teoría está en revisión, pero las relaciones paternofiliales son en cualquier caso complejas: basta con que tu padre muera en la guerra combatiendo contra los nazis para que te conviertas en neonazi tras una crisis psicótica (no sé si ocurre muy a menudo, pero al menos sí en The Wall). A menudo el desprecio hacia un grupo ajeno esconde el odio hacia lo que uno mismo es: homófobos secretamente homosexuales, nazis de ascendencia judía.

Foto: Jamieadams99 (CC)
Foto: Jamieadams99 (CC)

Es necesario en cualquier caso disponer de un depositario viable para el odio antes de que te explote encima. Lo clavó Chuck Palahniuk en Monstruos invisibles: «cuando no sabemos a quién odiar, nos odiamos a nosotros mismos». Casi todo el mundo es consciente de ello intuitivamente, y para esquivar el autoodio muchas sociedades incorporan una válvula de seguridad, recurso útil para la gente ni lo suficientemente valiente para convertirse en misántropa ni lo bastante sincera como para odiarse (o aceptarse) a sí misma. Una de esas válvulas se llama Twitter. Reúne las condiciones ideales para generar chivos expiatorios: mensajes breves, encapsulados en unidades fácilmente manipulables sacadas de contexto. Twitter es un arma cargada esperando decidir a quién le toca recibir el tiro. Y no todo el mundo recibe los ataques con la misma entereza que Dawkins leyendo en voz alta su hate mail: los escapes ardientes de odio reconcentrado suelen cobrarse víctimas propiciatorias. Cada día hay alguien a quien odiar.

En La próxima vez el fuego, James Baldwin dice: «la gente se aferra a sus odios con tozudez porque sienten que, una vez el odio haya desaparecido, se verán forzados a lidiar con su dolor». El odio es una mezcla eficacísima de anestésico y anfetamina. Calma (o al menos esconde) el sufrimiento propio y proporciona una energía demente y desmesurada. ¿Tiene un poder que pueda resultar útil sin dañar desmesuradamente a otros o a uno mismo? Es sin duda peligroso, ¿pero no lo es también la radiactividad y puede ser sin embargo controlada?

En La larga marcha, de Richard Bachman (la mitad oscura de Stephen King), se celebra cada año una carrera de resistencia en EE. UU. Cien concursantes se echan a andar como mínimo a seis kilómetros por hora: si en tres ocasiones bajan de esa velocidad, un soldado les ejecuta. La carrera continúa hasta que solo quede un participante vivo… Los corredores emplean varias técnicas para aguantar: algunos se cierran en un hosco silencio, otros confraternizan buscando apoyo. Un participante utiliza la rabia para mantenerse en pie: insulta a los espectadores, provoca incidentes, «funciona a base de odio de alto octanaje». Y no le va mal: se convierte en uno de los corredores que más tiempo dura en pie. ¿Es posible usar el odio como combustible y fuente de energía? Y si la respuesta es sí, ¿cuánto tardará el Gobierno en crear un impuesto al odio para satisfacer a las compañías eléctricas?

Imagen: Signet Books.
Imagen: Signet Books.

Spider Jerusalem, el periodista gonzo del futuro creado por Warren Ellis, se mantiene vivo gracias al odio y la indignación que le invaden al mirar por cualquier ventana de la ciudad: su trabajo estrella se llama Odio todo esto (I hate it here en el original). El odio te mantiene en pie, proporciona un propósito y objetivo a tu trabajo… Pero quien no sea capaz de entender sus mecanismos acabará siendo fácilmente manipulado. En el ejército se ha empleado para crear espíritu de grupo y deshumanizar al contrario como paso previo a su exterminio: la Masacre de Nanking solo es uno entre mil ejemplos. Faulkner habla en Una fábula del propósito del odio castrense: «es función de todo comandante hacerse odiar por sus soldados, para que cuando acometan una orden en batalla la ejecuten con todo ese odio extremo que reservan para ti». El aborrecimiento es una herramienta creativa pero profundamente peligrosa y a menudo desagradable: basta asomarse al mundillo de la hate music y pensar en la gente que bailaba hace años coreando el «Puto» de Molotov y su «matarile al maricón» sin pararse a considerar qué estaban cantando. Acabamos volviendo a lo mismo: ¿hay objetivos legítimos para el odio? ¿Es adecuado por ejemplo odiar al 1% de opresores si formas parte del 99% oprimido? Volvamos al misántropo Caraco: «debemos golpear hoy a aquellos que mañana golpearían, (…) debemos armarnos de su barbarie para estar a la medida de su desmesura». ¿Barbarie contra barbarie?

Pero ¿no es acaso un error muy común dirigir el odio a quien no se lo ha ganado? ¿Extrapolar los comportamientos individuales al colectivo, cayendo en los crímenes de odio (o más bien prejuicio) de raza, religión, orientación sexual? ¿Creer que todo musulmán es radical por culpa de las acciones de los terroristas? ¿No muestra La Haine al fin y al cabo una espiral de odio fuera de control? ¿Son la incomprensión o el miedo a lo desconocido quienes hacen nacer el odio? Eso parece deducirse del hecho de que en el límite del odio llegamos a la comprensión. Scott Card pone en boca del protagonista de El juego de Ender la paradoja del buen militar: «En el momento en que entiendo verdaderamente a mi enemigo, cuando le entiendo lo suficiente como para derrotarlo, en ese instante también le quiero. Es imposible entender realmente a alguien, saber lo que quiere y lo que cree, y no amarlo como él se ama a sí mismo. Y entonces, en ese preciso momento en que le amo… Le destruyo». Al pobre Ender le carcome la paradoja del infiltrado. ¿Cómo puede destruir Donnie Brasco el mundo de la mafia? Convirtiéndose en mafioso. Pero ¿es posible mantener el odio hacia algo que has comprendido?

Foto: John Lemieux (CC)
Foto: John Lemieux (CC)

Tal vez el paso necesario y definitivo sea entender el odio como un proceso natural e inevitable (¿cómo no aborrecer lo que nos hiere o amenaza?), pero dar los pasos necesarios para no quedarse instalado en él. Quizá encauzándolo hacia la rabia, por definición pasajera: el odio es un pantano estancado y la ira agua corriente. Y puedes acabar incluso amando a quien odiabas… O follándotelo. Que no es lo que quería decir Gandhi con lo de odiar el pecado y amar al pecador, pero en fin, veámoslo.

Fóllame como si me odiaras

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris / Nescio, sed fieri sentio et excrucior (Odio y amo. Quizás te preguntes por qué. / No lo sé, pero así ocurre y me torturo). (Catulo)

Sean testigos del rugido de apareamiento klingon y de su rito sexual, que incluye lanzamiento de objetos pesados, mordiscos y mucho forcejeo. Un buen polvo klingon acaba con ambos partenaires en la enfermería, y una clavícula rota en la noche de bodas se considera un magnífico presagio. Dejando de lado la posible e hilarante versión klingon del BDSM, lo cierto es que incluir una cierta hostilidad consensuada en el sexo puede resultar marcadamente erótico.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

A veces dos personas que se odian acaban follando como si no hubiera un mañana, con una ferocidad, pasión y energía literalmente brutales: busquen referencias al hate sex y verán cuántas exparejas acaban picando con esto. Les empuja la tensión freudiana entre Eros y Tánatos, las pulsiones de amor y muerte, creación y destrucción, una tensión sexual beligerante no resuelta. El odio es una fuerza de atracción, del mismo modo que el amor puede serlo de repulsión. «No sabía odiar de verdad hasta que descubrí el instinto sexual», dijo Junichiro Tanizaki, el autor japonés que mejor entiende la penumbra dual: su visión del triángulo amor-sexo-odio empapa La llave, novela erótica de belleza tiránica y cruel. Spinoza razona que el amor que procede de un odio previo es mayor que si el odio no hubiera existido antes…

No es tan raro que amor y odio colisionen de forma volcánica. Lean este estudio científico sobre las zonas del cerebro que se activan al ver caras de personas odiadas y amadas. Odio y amor romántico presentan patrones cerebrales distintos pero varias áreas en común, en particular el putamen (relacionada con el movimiento voluntario), y la ínsula (que asocia contextos emocionales a las experiencias). No es lo mismo amar y odiar, peeeeero… En el libro Deséame como si me odiaras y el corto Ámame como si me odiaras, ambos de Erika Lust con Venus O’Hara, se exploran los cortocircuitos de ambas emociones. ¿Por qué no combinar dolor y placer, repulsión y atracción, rabia y amor? ¿No será un cóctel explosivo y lleno de ricos matices?

Y así terminamos, ite missa est, podéis odiar en paz. Pero que sea con el odio creativo, sincero y en el fondo amable que el vagabundo Hawthorne nos predica.

La noche del cazador. Imagen: United Artists.
La noche del cazador. Imagen: United Artists.


Grandes misántropos

1
Varg Vikernes en 2009. Fotografía: Rustem Adagamov (CC).

El diccionario de toda la vida (que no la Wikipedia) dice que el misántropo es una «persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano». Una definición que resulta un tanto obsoleta y hasta cómica, si tenemos en cuenta las cotas que ha alcanzado la insociabilidad en nuestros días. Si nos guiáramos por ella, la mayoría de los habitantes del mal llamado primer mundo podríamos ser tachados de misántropos. Somos legión los que vivimos aislados en cuevas de hormigón, esquivando a nuestros desconocidos vecinos como si tuvieran la peste bubónica e interactuando con el prójimo a través de maquinitas, sin rozarlo salvo para la cosa sexual y a veces ni eso.

Y los comportamientos insociables son más extremos cuanto más sofisticada es la sociedad en cuestión. En Japón, por ejemplo, brotan como setas los hikikomoris, modernos anacoretas que solo se comunican con el mundo exterior a través del ordenador, los videojuegos on line y otros inventos. En Occidente tampoco somos mancos y desde que las redes sociales son los nuevos bares, poco nos falta para ser autistas. También los guionistas de la tele, de ahí la proliferación de personajes de ficción tan bordes como Sheldon Cooper (The Big Bang Theory), Rust Cohle (True Detective) o Bender Bending Rodríguez (Futurama). Personajes que pese a su presunta misantropía (o precisamente por ella) nos caen muy simpáticos.

Pero en esto de la misantropía también hay clases, grados y tamaños. Y hoy vamos a hablar de misántropos como la copa de un pino de grandes. Ases del pensamiento egoísta que viven o vivieron de espaldas al mundo rumiando un rencor mayúsculo. Genocidas en potencia que a veces (solo a veces) cruzan la línea del pensamiento hostil para caer directamente en el crimen. Apóstoles de la revolución antihumana. Estetas que transformaron su odio indiscriminado en arte bruto. Por separado no constituyen una gran amenaza y, dado que son gentes de pocos amigos y no todos pertenecen al mismo segmento espacio-temporal, es poco probable que se junten en un supergrupo de supervillanos. Si lo hicieran, como lo hago yo en este artículo, podrían ser la avanzadilla que desencadenara el temido Fin de los Tiempos.

«Detesto al género humano y sus fingimientos y suciedades». H. P. Lovecraft

El nihilista, misógino, islamófobo, gabacho y, en definitiva, misántropo escritor Michel Houllebecq da en el clavo al definir a Howard Phillips Lovecraft (Providence, 1890 – Ibídem, 1937) como «un misántropo amable y un materialista visionario. El mundo le enfermaba y no veía ninguna razón para creer que mirando las cosas con mejor perspectiva pudieran parecer diferentes».

lovecraft2
H. P. Lovecraft (DP).

En realidad, la obra de Lovecraft nace de un odio-asco-miedo que no se limita al mundo, sino que va más allá de las fronteras de la Vía Láctea. Para destilar esta aversión, el autor de En las montañas de la locura creó una mitología plagada de todopoderosos y aberrantes seres que solo buscan la merecida ruina de nuestra especie.

No es extraño, pues, que Lovecraft fracasara estrepitosamente en su único conato de relación amorosa y que pasara la mayor parte de su vida solo entre cuatro paredes, durmiendo, leyendo, escribiendo o papando moscas. Eso no quita para que tuviera un raro sentido del humor, muy palpable en su obra, y algunos camaradas de letras con quienes se comunicaba por correspondencia.

Pero cualquiera que se lea la biografía de Lovecraft escrita por L. Sprague de Camp, comprobará que la animadversión de H.P. por sus congéneres era genuina. Y de ello dan fe parrafadas como esta: «Estoy tan bestialmente cansado de la humanidad y del mundo que nada me puede interesar a menos que contenga un par de asesinatos en cada página u ofertas de horrores innombrables e inexplicables más allá de los universos externos».

«La humanidad es un parásito». Nicolas Claux

Pocos misántropos han llegado tan lejos como Nicolas Claux (Camerún, 1972), «Nico» para sus no-amigos y «el Vampiro de París» para la historia. Y eso que, más que un vampiro, era lo que el foclore árabe llamaría «gul» o demonio necrófago.

nicolas-claux
Nicolas Claux. Fotografía: Murderpedia.org.

Greñudo, tatuado, satanista y con pinta de heavy, Nico fue detenido por robar sangre de un hospital, profanar tumbas y matar a tiros a un homosexual. Los agentes que registraron su apartamento encanecieron con lo que allí encontraron: dientes humanos por el suelo, vértebras y huesos colgando del techo, la nevera llena de bolsas de sangre, un tarro con cenizas humanas encima de la tele, revistas y vídeos sadomasoquistas por todas partes. Debajo de la cama, el arma homicida y una mochila con instrumental quirúrgico. Le cayeron doce años.

Orgulloso de sus peripecias, en la cárcel redactó textos como «El manifiesto vampírico» (publicado en castellano por Valdemar, dentro de la antología Nueva Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey), donde afirma que el homo sapiens es una plaga letal para el planeta, y que le corresponde a «superdepredadores» como él, bendecidos con un ADN neanderthal, equilibrar la balanza: «Mi tarea es regular la raza humana. Mi programación genética me dice que cace, mate y coma ganado humano».

En la actualidad, Nico está libre y vive en Dublín, donde sublima sus impulsos homicidas pintando cuadros de asesinos, crímenes y autopsias. Su lista de fobias permanece intacta: «Odio los coches, los deportes de equipo, la tecnología, la superpoblación, los gilipollas, los gordos, la gente maleducada, la gente que se cree guay porque lleva anillos en los pezones…». Y un largo etcétera.

«Saborea el sufrimiento, disfruta del infortunio de los demás». Boyd Rice

boyd-rice
Boyd Rice. Fotografía: Boydrice.tumblr.com.

Artista, fotógrafo, músico, escritor, cineasta, actor, orador, pinchadiscos, diseñador… Podríamos considerar a Boyd Blake Rice (Lemon Grove, California, 1956) como un renacentista apocalíptico. Ha tocado todos los palos, siempre con ánimo de hundir a la humanidad en la miseria. Su prosa, derramada en libros como No o Standing in two circles insulta a la gente y escupe al establishment. Botón de muestra: «A medida que los inferiores marcan los planes, todo el mundo queda reducido a ser tratado igual que el escalón más bajo de este idiotizado estado niñera».

En cuanto a su música, Rice ha grabado decenas de discos, que van desde el noise rompetímpanos al spoken word suicida. Su ira alcanza cumbres insospechadas en «People» (pieza incluida en el disco Music, Martinis and Misanthropy, 1990), donde propone exterminar a todos los lentos, idiotas, mentirosos y feos del mundo, mediante un «jardinero de acero» que, como Genghis Khan, Hitler, Nerón, Mussolini o Vlad el empalador, se encargue de «podar» al mundo de la gente que sobra.

Pero todos envejecemos. Y en los últimos tiempos este gran misántropo ha aflojado un poquito su aversión por el prójimo. En una reciente interviú para la revista Vice asegura que «antes sentía mucha rabia. Me encantaba incomodar a la gente. Hoy aún puedo ser cruel, pero un señor de mi edad no se va a levantar cada día y hacer que otra persona se sienta como una mierda. Ya no es divertido».

«La tragedia del mundo se sirve en mi fiesta». Varg Vikernes

Por si aún queda algún bendito que no lo sepa, Varg Vikernes (Bergen, 1973), alias Conde Grishnackh, es el fundador y único miembro de la «banda» de black metal y dark ambient Burzum, cuyo primer disco fue publicado por el sello Misanthropy Records. Sus letras son una mezcla de nacionalsocialismo, paganismo, ultraviolencia, ufología, nihilismo y ocultismo, berreadas con horrísonos y macabros shrieks.

Varg Vikernes. Fotografía: Rustem Adagamov (CC).

En «War», por ejemplo, Varg chilla «estoy en un terreno invernal rodeado por cientos de cadáveres y de heridos que se arrastran impotentes por todas partes en el suelo nevado manchado de sangre». Parece un buen plan para el fin de semana, ¿no?

Lo cierto es que Burzum ha grabado grandiosos discos de black metal, pero no sería una leyenda si no hubiera quemado tres iglesias y matado a un compinche que atendía por Euronymous. Por estos delitos, la ley noruega, que quería escarmentar a toda la escena blackmetalera, condenó a Vark a veintiún años de cárcel, de los que cumplió quince. En el trullo, el atormentado artista de ojos azules se entretuvo escribiendo el ensayo Vargsmal donde, entre otras cosas, se caga en todas las personas de ojos marrones: «Si miro unos ojos marrones, bien podría estar viendo un culo; el marrón es el color de la mierda».

Ahora, Burzum vive en el bosque con su familia, pero sigue en sus trece, como demuestran sus dos últimas obras, el disco de electrónica pagana Sol austan, mani vestan y el ensayo tradicionalista Sorcery and religion in ancient Scandinavia. En una de las entrevistas concedidas a Michael Moynihan y Didrik Soderlin para su libro Señores del caos (publicado en España por Es Pop), Burzum explica que «puedo ser muy brutal, pero también muy cariñoso. Por una parte, puedo cargarme a esos idiotas con solo chascar los dedos y sin que me importe un pijo; por otra parte, puedo jugar con mi hija».

«Los seres humanos no somos sino recintos de tripas tibias a medio pudrir». Louis-Ferdinand Céline

¿Puede un médico, cuyo fin existencial es salvar vidas, ser un misántropo de campeonato? Pregúntenle a Gregory House, a Josef Mengele o a Louis-Ferdinand Destouches «Céline» (Courbevoie, 1894-Meudon, 1961), matasanos metido a juntaletras (o viceversa) que ejerció ambos oficios con idéntico escepticismo.

Louis-Ferdinand Céline. Fotografía: Meissure / BNF (DP).

En su descomunal novela Viaje al fin de la noche, el protagonista (su alter ego Ferdinand Bardamu) es un médico cuya profesión no le impide sentir una visceral repugnancia por sus pacientes y el mundo todo. Escrito con un lenguaje sórdido, sin escatimar palabrotas y exabruptos, el libro es un demoledor mazazo a la humanidad.

Céline nació en la más absoluta pobreza y sufrió graves lesiones en la Primera Guerra Mundial que lo torturarían de por vida, agriándole el carácter. La cosa no mejoró en la Segunda Guerra Mundial, tras la cual el escritor fue acusado de colaborar con los nazis. Exiliado en Dinamarca, se volvió cada vez más conservador, huraño y antisemita. En el panfleto «Bagatelas para una masacre» tacha a los judíos de «racistas, hipócritas, cortos de luces, frenéticos, maléficos».

De vuelta en Francia, absuelto pero repudiado por sus compatriotas, Céline se instaló en el extrarradio parisino junto a tres perros, dos gatos, un loro y una mujer. Allí siguió escribiendo, alimentado por el odio que recibía de sus congéneres, un odio que él regurgitaba sobre papeles y grabadoras. Las siguientes frases corresponden a una de sus últimas entrevistas, concedida a Marc Hanrez en 1959: «Siéntese en una terraza, observe a la gente: desde el primer vistazo descubrirá todas las especies de distrofia, incapacidades groseras. ¡Son repugnantes, da lástima verlos! Además son feos en todos los países».

«Es tu naturaleza, el máximo placer: matar, matar, matar». William Bennett

William Bennet. Fotografía: MACBA (CC).

En 1980, un adolescente llamado William Bennett (Londres, 1962) fundó Whitehouse con el objeto de «crear un sonido que pudiera obligar a la audiencia a la sumisión». Tras juntarse con Philip Best (de catorce años) lo logró con creces. Y cualquiera que haya asistido a un concierto de Whitehouse sabrá de lo que hablo: más de una hora de ruido blanco, frecuencias subsónicas graves y efectos electrónicos que castigan hasta el aparato auditivo más curtido. En medio del caos, los alaridos de William Bennett gritando cosas que harían sonrojar al mismísimo Marqués de Sade. Cosas como (traduzco) «vas a morir, basura, sangre chorreando de tu culo, te voy a quemar con mi follada, joder debo matarte, caerás, so puta, mientras como tus tripas follaré tus heridas, tu chocho mea sangre, so guarra, follando sangre. Joven clítoris, joven cadáver». En fin, más que un concierto, una sesión de sadomasoquismo auditivo.

En los años noventa, el dúo se convirtió en trío al incorporarse el polémico escritor y creador del fanzine Pure Peter Sotos, que aguantó hasta 2002.

A lo tonto, Whitehouse han grabado más de veinte discos y continúan en activo, aunque Bennett anda más volcado en su proyecto paralelo Cut Hands, una mezcla de ruido y percusiones africanas bastante menos cruel con el oído humano.

«Si hubiera un botón que pudiera apretar, me sacrificaría sin vacilar si eso significara la muerte de millones de personas». Pentti Linkola

petti-linkola2
Pentti Linkola. Fotografía: Soppakanuuna (CC).

Según los últimos informes filtrados de la ONU y la NASA, la civilización occidental se hundirá «en algunas décadas». ¿Las causas? El calentamiento global, la sobreexplotación de recursos, las enfermedades ligadas a la mala alimentación, la desigual distribución de la riqueza… la superpoblación.

Verdad o mentira, todas estas cosas lleva décadas diciéndolas el pescador y escritor ecofascista Kaarlo Pentti Linkola (Helsinki, 1932), que piensa que «el mayor enemigo para la vida es el exceso de vida». Entre 1955 y 2004, escribió una decena de libros en los que analiza el desesperado estado de la Tierra y expone las medidas que, a su juicio, acabarían con todos los problemas. A saber: reducir el número de seres humanos a un 10% de lo que es ahora (a través de la eugenesia, el genocidio y el aborto), desmontar la democracia (que el llama «religión de la muerte» por traernos el libre mercado), repoblar los bosques, desindustrializar el mundo y, por último, ponerlo en manos de una élite intelectual que administre los recursos renovables para que los pocos supervivientes puedan gozar de un nivel de vida similar al del Medievo.

Los libros de Linkola solo pueden leerse en finés, aunque están trabajando en su traducción. Entretanto, hay una selección de textos suyos en inglés en www.penttilinkola.com Por lo demás, el tiempo no pasa en balde y el bueno de Pentti es ya un pensionista de ochenta y dos años, pero sigue pescando, escribiendo y soñando con el estallido de la Tercera Guerra Mundial.

«Todo dios es mi enemigo. Joder. Odio a todo el mundo». GG Allin

Es curioso: el punkarra más burro que ha caminado sobre la faz de la tierra fue bautizado por su santo padre como Jesus Christ; un nombre que su madre, una vez divorciada, le cambió por Kevin Michael para evitar la mofa, la befa y el escarnio. Pero él se quedó con la abreviatura GG, que es como le llamaba su hermano.

GG-Allin
GG Allin.

Desde crío, GG Allin (Nueva Hampshire, 1956 – Nueva York, 1993) se dedicó a delinquir y a tocar la batería. Cuanto más crecía, más se torcía, con continuos episodios violentos, líos de drogas y visitas al calabozo. Hacia 1984, harto de tocar en grupos, se lo montó en solitario, fiel a su filosofía misántropa: «No creo en amistades o relaciones, solo convierten a una persona en alguien débil. Odio a la gente. No soy sociable. Soy una serpiente, fría y dura». Fue entonces cuando se empezó a forjar ese fétido personaje que no se bañaba, se alimentaba de droga y componía canciones como (traduzco) «Legaliza el asesinato», «Zámpate mi diarrea» o «Brutalidad y baños de sangre para todos». En sus conciertos se automutilaba y tomaba laxantes para cagarse y revolcarse sobre su propia mierda. Normalmente, la policía lo sacaba del escenario antes de la cuarta canción.

En 1989, GG torturó y violó a una fan y tuvo que pasar una temporada a la sombra. Aburrido, aprovechó para escribir El manifiesto de GG Allin, donde acusaba a los Sex Pistols, a Iggy Pop y a los Ramones de vendidos, y soltaba cosas como «la única carrera que me importa es la criminal. Que se joda la ley y el gobierno. Nunca me someteré a esos jodidos cerdos. Todo lo que tengo cabe en una maleta y no tengo dirección. Nada me ata. No hay reglas para mí».

En cuanto lo soltaron, GG se afeitó la cabeza y el cuerpo. Los únicos pelos que conservó fueron los de un trozo de bigote, que se tiñó de rojo. Se volvió más loco que nunca. Pero al sistema capitalista le tiras una piedra (o una caca) y te la devuelve con su etiqueta y su precio. Y GG Allin acabó saliendo en la tele y cobrando mil dólares por concierto. Ya solo le quedaba reventar. Y así lo hizo: se lo llevó un caballo llamado muerte.

«¿Puedes imaginar una aspiración moral más alta que destruir los sueños de alguien con una bala?». Jim Goad

Jim Goad. Fotografía: Jimgoad.net.

Con las revistas ya escleróticas e internet aún en pañales, los años noventa fueron la edad de oro de los fanzines. Uno de los más peculiares fue ANSWER Me!, publicado por Jim Goad (Ridley Park, Pennsylvania, 1961) y su esposa Debbie, un matrimonio fascinado por las patologías. En las páginas de su criatura solo cabían temas como el suicidio, la violación, la pedofilia, la deformidad, la amputación o el asesinato, cosa que les trajo más de un problema con la justicia y tuvo una malsana influencia en sus lectores. Tras leer el «Especial suicidio» del fanzine, tres neonazis ingleses se quitaron la vida. Y la policía detuvo en Washington a un tipo que disparaba contra la Casa Blanca y llevaba en el bolsillo un recorte de ANSWER Me!

Goad era periodista y montó el fanzine para publicar las machadas que no tenían cabida en Playboy, Details y otras revistas en las que colaboraba. Pero su obsesión con la locura y la violencia se le fue de las manos. Empezó a maltratar y amenazar de muerte a su mujer, mientras mantenía una relación paralela con Anne «Skye» Ryan, una lectora de su fanzine que él mismo describió como «quince años más joven que yo y cien veces más jodida». El desquiciado juntaletras tardó poco en cambiar a Debbie por Anne, la horma de su zapato, que solía decirle que «follas tan fuerte como escribes». Y tan salvajes eran sus polvos que acababan como el rosario de la aurora. En su bronca definitiva, Anne acabó en urgencias con la cara machacada y el cuerpo lleno de moratones, heridas y mordiscos. Goad se declaró culpable y fue a la cárcel, donde parió el texto «Atropellada», que reconstruye y celebra la paliza que le pegó a su ex con frases como «Tu cara es el lienzo. Mi puño es el pincel» o «¿Mereció la pena? Por supuesto. Por el miedo en tus ojos».

Tras salir de la trena, escarmentado pero no arrepentido, Goad formó una familia y retomó el periodismo profesional. Sus obras más cafres continúan reeditándose y tienen fans tan ilustres como Chuck Palahniuk.

«Desde el principio de los tiempos hasta el fin de la humanidad… yo follo y yo mato». Jun Hayami

Jun-Hayami
Una viñeta de Jun Hayami.

Dentro del hentai (cómic guarro japonés) el subgénero más desviado es el ero-guro, que plasma en sus viñetas orgías de torturas, sangre, mutilaciones y desfiguraciones con todo lujo de detalles, en una suerte de snuff movies de tinta y papel.

En España se han publicado muchas cosas del experimental Shintaro Kago y del granguiñolesco Suehiro Maruo, pero la obra del hikikomori Jun Hayami (Hiroshima, 1978) solo es accesible a través de webs piratas tipo www.guromanga.com. Puede que Hayami no sea tan sofisticado e innovador como sus colegas, pero es bastante más hijoputa. Títulos como «Un buen día para morir», «Trozo de carne de dieciséis años» o «Una hija fea como yo» tienen en común la plasmación de tortuosos y brutales actos de violencia sexual con una estética guarrísima y una ética que brilla por su ausencia. Pornografía misántropa que, página a página, nos viene a decir que el mundo es un gurruño de papel higiénico usado donde solo existen presas y depredadores.

En la mayoría de los mangas de este señor no hay ni gota de humor, aunque sí cierta melancolía en los rostros de las víctimas. Solo en la serie Jun no Koufuku na Hibi, utiliza cierta guasa sardónica para retratar a un pervertido que se llama como él y que consigue placer de las formas más excéntricas y retorcidas. Este toque autobiográfico dice mucho de su autor y, por extensión, de todos los grandes misántropos. Como dijo el visionario J.G. Ballard sobre uno de sus personajes, «su profunda misantropía era solo un reflejo del imperecedero desprecio que sentía por sí mismo».