El sexo de las máquinas

Anne Francis y Robby el robot en el Planeta prohibido (1956). Imagen: MGM / Cordon Press.

Las religiones abrahámicas definen a Dios y a los ángeles como espíritus puros; pero tanto Jehová como Alá son inequívocamente masculinos, y el Dios de los cristianos es el Padre Eterno, cuyo hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, es un varón que, por si cupiera alguna duda, incluso fue circuncidado. En cuanto a los ángeles, y pese al aspecto andrógino de sus representaciones habituales, se llaman Gabriel, Miguel, Rafael… En consecuencia, los demonios, ángeles caídos, también son masculinos, e incluso era frecuente representarlos con ostensibles atributos viriles.

Puede que la famosa discusión bizantina sobre el sexo de los ángeles no fuera, después de todo, tan ociosa como para convertirse en emblema de las controversias absurdas e improcedentes. Improcedente, tal vez, de ser cierto que los doctores de Constantinopla se extraviaban en ella mientras los turcos se disponían a tomar la ciudad; pero no tan absurda como podría parecer a primera vista. Porque el verdadero quid de la cuestión, hoy como en 1453, no es el sexo de los ángeles en sí, sino nuestra delirante vocación sexualizadora. El Sol y el dinero son (poderosos) caballeros. La Luna y la muerte son damas (aunque no para todos: en alemán Mond y Tod son nombres masculinos). Y el/la mar es hermafrodita. Y que nadie se asombre de que Rimbaud viera el color de las vocales: un famoso matemático me aseguró que conocía el género de los dígitos; según él, el 1, el 2, el 3, el 5, el 6 y el 8 eran masculinos; el 4, el 7 y el 9, femeninos; y el 0, naturalmente, era neutro.

El antropocentrismo es difícil de superar, y en una sociedad patriarcal, el androcentrismo también. Podemos discutir sobre el sexo de los astros o del mar; pero si, en última instancia, la discusión sobre el sexo de los ángeles es ociosa, es porque en el fondo «sabemos» que son masculinos, igual que Dios y el diablo. Y algo similar ocurre con los robots.

Uno de los primeros y más famosos robots del cine, el entrañable Robby de Planeta prohibido (1956), tiene voz y nombre masculinos, y por más que, cuando le preguntan si es chico o chica, diga que la pregunta carece de sentido, a nadie se le ocurriría llamarlo Roberta. El caso es análogo al de los ángeles, que son espíritus puros y por tanto asexuados, pero para el imaginario patriarcal son claramente (oscuramente) masculinos.

Y sin embargo hay diablesas 

Hay diablesas, sí, pero no hay ángelas (tan es así que ni siquiera existe el término y el corrector automático lo subraya en rojo). La demonización (nunca mejor dicho) de la sexualidad no procreativa y la misoginia de las religiones patriarcales, que ven en la mujer una incitación al pecado, explica que haya súcubos, pero no amantes angélicas. Y, por análogas razones (o sinrazones), los primeros robots femeninos son maléficos instrumentos de perdición: súcubos mecánicos, como la muñeca danzarina Coppelia, o Doppelgängers metamórficos, como la robotriz de Metrópolis, precursora de los androides nanotecnológicos de la saga Terminator.

Metropolis, 1927.

En las antiguas mitologías había diosas y otros seres femeninos, tanto benignos como malignos: ninfas, sirenas, lamias, musas, arpías, valkirias… Pero la apoteosis patriarcal de las grandes religiones monoteístas las relegó al submundo de los cuentos y las leyendas. Todo es masculino en las religiones del libro: Dios, los ángeles y, por supuesto, los sacerdotes.

En principio, la inteligencia artificial (IA) es incorpórea; aunque tiene un soporte material —un hardware—, no requiere un cuerpo sensible en interacción física con el entorno. Pero solo en principio. HAL 9000, el superordenador de 2001: una odisea del espacio, ve, oye y actúa: la propia astronave es su cuerpo. Y en el momento en que una IA avanzada se instale en un robot (algo que está a punto de suceder si no ha sucedido ya) e interactúe con el mundo físico de forma autónoma, se producirá un salto cualitativo de consecuencias imprevisibles.

En principio, un robot dotado de IA, como Robby, no tendría sexo. Pero se podría darle forma humana y programar en él (o ella) una simulación convincente de la sexualidad masculina o femenina (o cualquier otra). Hace mucho que los androides sexualizados nos inquietan desde los relatos y filmes de ciencia ficción, y pronto lo harán (ya están empezando a hacerlo) desde las sex shop.

Según las religiones del libro, Dios creó primero a los ángeles, espíritus puros, parte de los cuales se convirtieron en demonios, y luego creó a los humanos, cuerpos con alma, espíritus encarnados, un poco angélicos y un poco diabólicos. Siguiendo los pasos de nuestro supuesto creador, hemos generado inteligencias inmateriales y estamos a punto de darles cuerpos de metal y plástico. Si ese cuerpo es una astronave, el robot podrá tener voz y nombre masculinos, como HAL, o femeninos, como Madre en la saga Alien. Si ese cuerpo es antropomorfo, le atribuiremos automáticamente un género, tenga o no atributos sexuales. Y si es un androide programado para la sexualidad, será él o ella quien redefina la nuestra.

(Continúa aquí)


Los hombres que odiaban las vaginas

Detalle de la cubierta de Obscenidad, de Rokudenashiko.

Cualquier cosa que venga de Japón, por estrafalaria y contradictoria que nos parezca, ha dejado de sorprendernos. Se ha convertido, como lo fueran los Estados Unidos el pasado siglo, en la «tierra del todo vale». En el país del sol naciente Occidente y Oriente chocan de formas inimaginables: por un lado se dice que los japoneses admiran el sistema capitalista y su gusto por el ocio, la cultura pop y la modernidad. Por el otro, que han llevado esto al extremo, lo han sobrepasado y han vuelto para contárnoslo.

Para unir Japón, penes, vaginas y cárceles vamos a tener que centrarnos en la figura de Megumi Igarashi (Shizouka, 1972) y su alter ego, Rokudenashiko (una palabra que significa algo así como «inútil»). Por sí misma, Igarashi es una artista plástica y autora manga que ha pasado su vida fascinada por la doble moral de su país. Lo que no sabía es que en 2014 sería encarcelada por su arte, que sería denominado «obsceno». De ahí que el manga autobiográfico que publica la editorial Astiberri en castellano se titule, precisamente, Obscenidad. La narración de estas páginas pone de relieve la misoginia y el doble rasero que la cultura japonesa tiene para con sus mujeres.

La definición oficial de «obsceno» nos dice que se trata de algo «ofensivo al pudor o la moral sexual» (Real Academia Española); esto por sí mismo podría aplicarse a la pornografía, ya sea explícita o no, y a cualquier cosa relacionada con el sexo que sea capaz de ofender la moralidad de alguien. Algo sencillo en estos tiempos. El problema viene cuando lo «ofensivo» del trabajo de esta artista es que expone los genitales femeninos como obras de arte. Tras una educación típica japonesa, la artista Rokudenashiko se dio cuenta del tabú que supone en Japón hablar de las partes íntimas femeninas, censurando palabras como manko, que viene a significar «chichi». Tal y como nos narra en las páginas de su manga Obscenidad, esta censura del lenguaje para algo que todas las mujeres tienen resultaba dolorosa. Y la mejor manera de combatir el dolor es con la belleza. Por eso Rokudenashiko centró sus esfuerzos en realizar obras de arte con forma de manko. Y tuvo lo peor que una persona que pone el dedo en alguna llaga moral o social puede tener: éxito.

A través de una campaña de financiación colectiva la artista creó una enorme barca con forma de manko y la utilizó en el agua, la compartió con sus mecenas y les dio a todos, como recompensa, un archivo digital de su vagina escaneada para que cada uno pudiera hacer objetos graciosos y artísticos con ello. Ese fue el principio del calvario. La artista fue encarcelada ese mismo año por «obscenidad» y difusión de pornografía. En Japón los genitales deben estar pixelados en todo momento en las películas pornográficas, y la divulgación de un archivo digital de una vagina escaneada puede llegar a considerarse difusión ilegal de pornografía. Tal y como narra de forma satírica en el cómic, la policía registró su casa, incautó todo el material artístico relacionado con su vagina y detuvo a la artista, encerrándola durante más de un mes en una prisión estatal.

Tratar de explicar lo que es el arte manko o cómo funciona una campaña de crowfunding a las autoridades fue otra odisea particular que se narra magníficamente en este manga. Todo lo demás es la historia de cómo uno de los países que más y más variada pornografía produce teme a sus vaginas.

En palabras de la autora, desde que comenzara con su curiosa labor artística recibió algunos comentarios de lo más negativos por parte de hombres conservadores, y comentarios sexuales de hombres que veían en ese tipo de arte la provocación de una adicta al sexo. Por otro lado, al momento de su detención se lanzó una campaña en change.org para pedir su liberación. ¿Qué le pasa a Japón con estas dicotomías? La más grande de todas es la contraposición entre la detención de una artista que usa el cuerpo femenino como lienzo y la celebración anual del Kanamara Matsuri Festival. Una celebración anual sintoísta dedicada por entero el pene.

Literalmente, significa «Fiesta del Falo de Acero».

Y se sacan a las calles enormes representaciones de penes erectos.

¿Es esto muy diferente a crear una funda para el móvil con forma de vagina o una barca y realizar una performance remando con ella? La diferencia, a todas luces, es que una cosa es un pene y otra una vagina. Las partes masculinas indican fertilidad, vigor y aun orgullo; mientras que la vagina es algo vergonzoso, que debe esconderse y de lo que no se debe hablar. Censura al manko, no sea que algunos se den cuenta que todos, sin excepción, hemos salido de uno.

La doble moral de algunos sectores japoneses no sorprende a estas alturas; lo que sorprende es la persecución a una artista que acepta su cuerpo y se enorgullece de él. ¿Cuál es el mensaje, exactamente, que se lanza con una detención así? ¿Que las niñas deben avergonzarse por tener vagina? ¿Que el sexo femenino es un asunto que debe mantenerse en silencio? La fiesta del pene de acero se celebra anualmente en Kawasaki y la veneración alrededor del pene no se centra solo en los ídolos de papel maché: se hornean dulces con forma fálica, chucherías, ilustraciones y se vende y regala cualquier cosa a la que se le pueda dar forma de pene.

Y hay un montón de opciones.

Ni el país oficial de la excentricidad se libra de este miedo a la vagina. Según Jean Laplanche (París, 1924), destacado psicoanalista que estableció y defendió la teoría de «envidia del pene», el descubrimiento de las diferencias anatómicas en la infancia hace que las niñas sienta la ausencia de un falo, como tienen los niños, adoptando ciertas actitudes patológicas a causa de esto. Viene a decir que las mujeres quieren tener pene. Y aunque esta teoría ha sido denostada, contradicha y ridiculizada hasta su mínimo exponente y el psicoanálisis definido como seudociencia, el hombre sigue orgulloso de su falo, pero incomoda que las mujeres estén orgullosas de sus vaginas. La amenaza del chichi.

¿Cuál es la tesis detrás de esto? Rokudenashiko no ha sido la primera artista en tener problemas por culpa de su mentalidad abierta en lo que a género y asuntos del cuerpo se refiere. Como daño colateral, también la escritora Shimanko Iwai fue investigada por su defensa del arte manko y por apoyarlo prestando su vagina para un molde. Y, si nos remontamos a las mujeres que han sido encarceladas, o incluso ejecutadas, por mostrarse abiertamente orgullosas de su naturaleza, no acabaríamos. La lectura de Obscenidad deja una desazón difícil de eliminar si pensamos en lo injusto que es que la mitad del género humano tenga que soportar la persecución de su condición. Esto va más allá del machismo; supone esconder parte de la naturaleza y negarla.

La edición de Obscenidad en castellano se completa con una conversación entre la artista y el director de cine Sion Sono, célebre, peligroso y radical al mismo tiempo dentro de sus fronteras, autor de la controvertida cinta El club del suicidio (Sion Sono, 2002). En este interesante intercambio de impresiones, el cineasta asevera: «Japón es un país muy atrasado en lo tocante a pollas y chochos».

Actualmente, Megumi Igarashi (alias Rokudenashiko), disfruta de libertad relativa. La de poder caminar por la calle y ser reconocida por unos como una criminal, por otros como un objeto sexual, pero para otros muchos como una valiente. No goza de la misma libertad para continuar con su labor artística entorno a eliminar los estigmas centrados en la visión de la vagina.


Mona Eltahawy: «Quiero complicar la visión que Occidente tiene de las musulmanas»

Fotografía: Begoña Rivas

La piel de Mona Eltahawy (Puerto Said, 1967) está decorada con ofrendas a sí misma. Tatuajes que celebran que está viva, pero pudo no ser así. En el brazo derecho se perfila la silueta de la diosa egipcia Sejmet, cuyo aliento cuentan que creó el desierto. La deidad del sexo y la justicia cubre con tinta una de las cicatrices de la violación que sufrió cuando participó en las protestas que derrocaron a Hosni Mubarak. En el brazo izquierdo, que también le fracturaron, tendrá para siempre el nombre de la calle donde se originó la revuelta, junto la palabra «libertad», en árabe. El pelo, rojo sangre, otro manifiesto: «Que os jodan, sobreviví».

Es musulmana, feminista y una de las voces más influyentes en favor de los derechos de las musulmanas. Dispara proyectiles a discreción contra los progres de izquierdas, los radicales de derechas y los integristas musulmanes. A todos les hace cómplices, de una u otra manera, de la opresión. «El odio islamista hacia las mujeres se ha propagado como el fuego por toda la región y arde con más fuerza que nunca», dice. Sus pulseras tintinean al pronunciar los eslóganes que adivina convertidos en titulares: «Si no eres una mujer musulmana, cierra la puta boca y escucha», repite. Presenta en España El himen y el hiyab: Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual (Capitán Swing), un ensayo del que pocos salen bien parados. Una antología de desafíos a nuestras certezas. Viene de ver el Guernica y se confiesa obsesionada por la guerra civil española. Pero es una obsesión menor. La otra, la batalla mayúscula, ansía derrocar la dictadura que asfixia a las musulmanas, en tres frentes: la calle, el Estado y la cama. Sin revolución sexual da igual que caigan tiranos, dice.

Recorre con el índice el último tatuaje. Una frase de la poeta June Jordan: «We are the ones we are be waiting for». Las que sobrevivieron.

«Soy musulmana, soy feminista y estoy aquí para confundiros». Así empezaste una TED Talk hace casi una década, ¿Sigue siendo confuso para la gente que esos dos términos no sean contradictorios entre sí?

Aún confunde mucho a la gente. En las redes sociales me lo preguntan mucho, realmente sorprendidos: ¿Cómo puedes ser musulmana y feminista? ¿No es una contradicción? Y en las entrevistas también suele ser un asunto recurrente, intentan hacerme ver que no son compatibles. Lo que ocurre es que yo no soy una feminista islámica, porque el feminismo islámico basa el feminismo en la reinterpretación del Corán, o de los dichos del profeta Mahoma. Reintepretan esas interpretaciones (que son fundamentalmente de hombres) para hacerlas más feministas. Yo no hago eso, mantengo las dos áreas separadas porque soy una feminista muy secular. En lo que afecta a mi feminismo, cualquier cosa que haga daño a las mujeres y niñas, la combato. Cualquier cosa. Estamos en 2019, y no me importa si esas cosas vienen del Corán, de la Biblia o de la Torah, o las escrituras indias, cualquier cosa que perjudique a las mujeres y niñas, tiene que acabar.

¿A qué te refieres con que mantienes los dos mundos separados?

Aunque no sea mi doctrina, reconozco el feminismo islámico como un arma poderosa contra el patriarcado. Una de las cosas más sencillas que la gente te dice es «¿y por qué no, simplemente, abandonas el islam, dado que es tan patriarcal? Y esto último es cierto: todas las religiones son patriarcales, todas son misóginas, especialmente las religiones abrahámicas. Cuando miras aquí el catolicismo en España, por ejemplo, también ves su larga historia de control sobre las mujeres en beneficio del hombre. Son religiones hechas para los hombres, al igual que el islam, el judaísmo o el hinduismo. Las únicas que, por lo que tengo entendido, no son tan misóginas son las religiones cosmológicas del continente africano.

Cuando la gente se pone tan expeditiva, y les dice a las mujeres que simplemente abandonen su fe, no están teniendo muchas cosas en cuenta. Primero: esa afirmación se dice desde un lugar muy privilegiado, no tienen ni idea de cómo esas mujeres viven su religión, cuáles son sus circunstancias, ¿cómo se atreven a decirlo? La religión te puede fortalecer o te puede debilitar, ambas cosas son posibles. Yo no sé cuál es la relación de esas mujeres en particular, así que ¿quién soy yo para decirles que la abandonen? Segundo: pueden perder todo lo que conocen si la abandonan. Su familia, sus amigos, su comunidad… quizás no tengan el coraje para dar ese paso, no lo sé. Así que «Mr. Hombre» que va lanzando recomendaciones: plantéate que ni siquiera llegas a imaginar el tipo de lucha que están atravesando. Y en tercer lugar: hay patriarcado en la religión y hay patriarcado también fuera de ella. Y ambas hay que combatirlas. Para luchar contra la que está dentro de la religión necesitamos al feminismo islámico. Porque si el patriarcado utiliza todas sus armas contra mí, yo también usaré todo a mi alcance. Cuando las mujeres se me acercan y me dicen «necesito saber lo que la religión dice sobre las exesposas», o cualquier otro ejemplo, les recomiendo que lean a Amina Wadud, la mujer que en 2005 revolucionó al mundo islámico en una oración mixta a favor de los matrimonios homosexuales, el imanato femenino y demás. O les refiero a las líderes del movimiento Musawah que nació en Malasia, sobre la igualdad de deberes y derechos entre hombres y mujeres en las familias musulmanas. Así que lo realmente importante para mí es darles las herramientas para que decidan por ellas mismas. Porque eso las ayudará a convertirse en feministas dentro de su fe. Mi lucha se libra en ambos campos, fuera y dentro.

¿Crees que sería más fácil que calara tu mensaje si fueras una desertora del islam?

Sí, definitivamente. De hecho hay un grupo muy potente de mujeres que se hacen llamar así, «exmusulmanas», y conozco todos los problemas que tienen, porque en muchos casos incluso sus vidas están en riesgo por haber renegado de la que era su fe. No es fácil para nadie abandonar el islam. Pero yo nunca hablo de mi relación personal con el islam, no en entrevistas. Es una pregunta que nunca respondo, me da igual que sea la BBC o el New Yorker. A nadie.

¿Por qué? Has hablado de aspectos muy íntimos y personales tuyos, ¿por qué dejar esto al margen?

Porque es la forma más rápida para que la gente que quiere meterme en una caja, categorizarme, pueda hacerlo. Tildarme de «buena musulmana» o «mala musulmana». Y no voy a concedérselo, que les jodan. Por eso nunca respondo este tipo de preguntas, porque son irrelevantes para mí. La cuestión es que soy feminista y combato el patriarcado en cualquier parte. Dentro y fuera del islam. Es todo lo que tienes que saber.

Es decir, que renuncias a apropiarte del término de «mala musulmana», al estilo de lo que hace Roxane Gay con el feminismo. Entonces, ¿cómo te describes?

La forma en la que yo me describo, en la que me identifico, es que soy feminista y tengo ascendencia musulmana, o egipcia. Y todas estas cosas me han hecho la mujer que soy. Y como digo en el libro mi historial religioso y cultural me ha convertido en quien soy. Donde quiera que hable sé que puedo hacerlo de un modo que conecte con las jóvenes musulmanas, que es lo más importante para mí. También hay un montón de exmusulmanas que me escriben, y que entienden la importancia de lo que estoy haciendo. Así que no quiero estar encarcelada en una etiqueta que provoque en la gente un rechazo, una sensación de que no podrán hablar conmigo.

Para mí es muy importante establecer mi propia identidad, y definirla. Lo único que necesitas saber sobre quién soy es lo que yo escojo contar. Una vez estaba en la BBC, justo en Ramadán. Había muchos más invitados, era uno de esos programas en los que tú hablas entre la emisión de las noticias. Ya en antena me dijeron que tenían un reportaje de una periodista musulmana de la cadena, sobre lo difícil que era hacer el Ramadán este año por la coincidencia con el verano. «¿Cómo ha sido para ti?», me preguntaron. Y expliqué que yo no respondía preguntas sobre religión, ni sobre si ayuno, rezo… Nunca.

¿Qué ocurriría si lo respondieras?

Pues… tan pronto como respondiera esas cuestiones empezarían a instalarse ciertas suposiciones, que no tienen porqué ser ciertas. Si ayuno o no, porqué lo hago… Eso se convertiría en algo que distraería la discusión del trabajo que estoy haciendo. Y para lo que quiero, necesito que mi trabajo activista sea lo más importante de mi discurso.

Escribiste El himen y el hiyab en 2015. En los pies de página de la edición española puede verse cómo han cambiado las cosas en el mundo musulmán para las mujeres en este lapso de tiempo. Cuatro años después de viajar con él por todo el mundo, porque se ha traducido a once idiomas, ¿has repensado alguno de los asuntos que se abordan? ¿Nada de lo que has visto o discutido te ha hecho cambiar de postura?

Esencialmente escribiría el mismo libro. No quitaría nada, pero sí creo que habría incluido algo en el capítulo de arranque sobre la derecha política. Añadiría más énfasis en conectar a la derecha radical con la islamofobia, porque en cada entrevista que he dado desde entonces me han preguntado si estoy preocupada porque los racistas y los islamófobos puedan usar lo que digo sobre el islam contra mí. En el libro sí digo que existe esa derecha islamófoba, que usará cualquier cosa que yo o cualquier otra mujer musulmana diga contra la religión. Y también reconozco que dentro de la comunidad musulmana hay misóginos que quieren silenciarme a mí, y a otras mujeres, para que no les dé munición a los radicales de derechas. Pero claro, ahora Donald Trump está en el poder, y entiendo que eso ha colocado a la derecha en otra posición con respecto a las mujeres y al islam. Es un asunto que estoy abordando en el que será mi nuevo libro, The 7 Necessary Sins for Women and Girls. Pero respondiendo a tu pregunta: en El himen y el hiyab habría aumentado el énfasis sobre cómo la derecha coloca a las mujeres musulmanas entre la misoginia y la islamofobia; igual que hice énfasis en cómo la izquierda es culturalmente relativista con ellas, y muy paternalista. En el fondo, quiero decirles «¡Jódete!» a los dos [Risas].

Otra cosa que cambiaría, que no incluí en el libro es un mensaje sobre el hiyab. En él hablo del burka, el niqab… todo el asunto de «velarse», mencionando las leyes que existen en países europeos sobre la prohibición o no de llevarlos, intentando diferenciar los contexto en Europa de los del norte de África. Ahora habría incluido un mensaje muy claro: a menos que seas una mujer musulmana, cállate y escucha. Shut the fuck up! Porque este es nuestro debate, nuestra discusión. También he de reconocerte algo: de alguna manera, considero El himen y el hiyab como última vez que hablo sobre hiyabs, burkas o niqabs. Estoy harta.

Tu posición está clara: estás en contra del niqab y el burka.

Sí, de lo que suponga cubrir la cara. Porque estoy en contra de la «cultura de la modestia o del pudor» que lleva aparejada. Mi libro se llama así no porque hable sobre el velo, sino todo lo contrario: reivindico que las mujeres musulmanas somos mucho más que lo que haya en nuestra cabeza o entre nuestras piernas.

El libro es previo al estallido del MeToo, y también previo al movimiento que tú encabezaste sobre el MosqueMeToo. ¿Por qué dices que el MeToo fue especialmente angustioso para las mujeres musulmanas?

Aunque luego se convirtiera en otra cosa, el MeToo lo inició una mujer negra en 2006, la activista Tarana Burke. Ella lanzó este movimiento focalizado, sobre todo, a las mujeres negras de Estados Unidos, que eran marginadas por muchas partes del feminismo. Sus casos de acoso sexual eran frecuentemente ignorados. A nadie le importaba, fundamentalmente porque las víctimas eran jóvenes negras y Estados Unidos aún arrastra muchísimo racismo. Y donde más se nota es en ese nicho: en las jóvenes negras y también las indígenas. Cuando en 2017 las actrices blancas empezaron a usar el término MeToo fue muy poderoso, porque son personas con una proyección masiva. El mundo escuchó y es genial que así fuera. Fue muy valiente que se lanzaran a compartir sus historias, porque ya sabes que es durísimo para nosotras, aunque seas famosa o rica, hablar de acoso sexual. Fue positivo que se expusiera a los hombres poderosos, como Harvey Weinstein y otros. También las más de doce mujeres que acusaron a Trump. Fue muy valiente… pero todas ellas eran, básicamente, blancas y ricas, y acusaban a otros blancos poderosos. Para las demás, como yo, se empezó a convertir en un movimiento muy blanco, centrado exclusivamente en eso. Así que me preocupaba mucho que a la gente a la que estaba dirigido originalmente, con Tarana Burke, fuera marginada de nuevo. Y que brindara a los hombres una excusa: «Yo no soy poderoso como Weinstein, esto no va conmigo». Que solo pusiera en la picota a los productores de Hollywood, porque se convirtió en un círculo muy estrecho.

Pero el debate que lanzó fue mucho más allá de eso, no se quedó solo en Hollywood. ¿No crees que abrió una discusión más amplia?

No. Nadie prestaba atención a lo demás. Es cierto que animó a más gente para hablar acerca del acoso sexual, pero el MeToo no ha derivado en cambios reales. No conozco el panorama mediático español, pero en EE. UU. hay muchísimas historias de hombres diciendo que no quieren que una mujer trabaje a su lado en la oficina, porque temen ser falsamente acusados de acoso. Todo eso de la caza de brujas y demás. Así que mucha discusión, pero pocos cambios. Yo quiero saber cómo ha afectado esto a las mujeres que trabajan en fábricas, a las de la clase trabajadora. ¿Está ayudando a las negras, a las latinas, a las musulmanas? Por eso surgió MosqueToo. Porque estaba preocupada por esa marginación que sufrían las mujeres que no tenían acceso a un altavoz, que no estaban siendo escuchadas. Teníamos que convertirlo en algo más universal

En enero de 2018 alguien me mandó un artículo sobre una joven pakistaní, Sabica Khan, que contó en Facebook cómo había sido abusada sexualmente en la peregrinación a La Meca. Escribí sobre ello en The Washington Post. Su texto se había compartido muchísimo, lo que me sugirió que muchas mujeres se identificaban con la situación, aunque también estaba siendo brutalmente insultada. También me recordó mi propia experiencia en el mismo contexto. Tenía quince años, vivía en Reino Unido, y unas semanas antes de mudarnos a Arabia Saudí fuimos de peregrinación a La Meca, donde me atacaron sexualmente dos veces: otro peregrino y un policía saudí. En ese momento, con esa edad, nunca había sido tocada así. Nunca. Estaba avergonzada, me quedé petrificada y solo pude llorar, que es una reacción muy natural. Me llevó años poder contarle a la gente lo que me había ocurrido.

Antes de leer el caso de Sabica Khan, en 2007, compartí mi experiencia en Egipto, en una charla que dí en la que había sido mi universidad en El Cairo. Cuando abordé el tema una mujer egipcia me reprendió: «¡No hables sobre esto, harás quedar mal a los musulmanes!». ¡Yo no les hacía quedar mal! ¡Los hombres que me acosaron eran los que se hacían quedar mal a sí mismos! Poco después me invitaron a la televisión egipcia cuando me mudé de nuevo allí. Era un show en directo y conté lo que me había ocurrido en La Meca, en árabe. Era la primera persona que confesaba algo así jamás, que durante el peregrinaje ocurrían casos de abuso sexual. Eran tan tabú que el productor que me invitó al programa casi pierde el trabajo. Un escándalo. Decidí incluirlo también en el libro, porque quería dar testimonio de lo que ocurría en el corazón mismo del islam.

A raíz de esto me escribieron muchísimas mujeres con casos similares. Pensaban que eran las únicas, y estaban avergonzadas. Y eso está en el núcleo del abuso sexual: el patriarcado aduce que son solo casos aislados, mientras que se siguen produciendo una y otra vez. Impone el silencio, para que las mujeres creamos, individualmente, que somos las únicas a las que nos ha pasado.

En 2018 retomé el tema, cuando comenzó el peregrinaje a La Meca. Publiqué un hilo en Twitter, porque quería alertar a esas mujeres que se dirigían allí de lo que podía ocurrir. Quería advertirlas, porque van a los lugares sagrados pensando que están seguras en un lugar espiritual, pero no lo están en absoluto. De ahí nació MosqueMeToo: como un espacio para que las musulmanas, como habían tenido las actrices blancas, tuvieran una forma de discutir públicamente lo que ocurría en La Meca. Básicamente lo que quería decirles era que si se sentían capaces de hablar sobre lo que les ocurría, porque no es fácil, compartieran su historia bajo el hashtag. En Indonesia (el país con mayor población musulmana del mundo) se volvió viral en pocas horas. Y mucha gente empezó a compartir historias suyas, de sus madres, en Túnez, en Malasia, en India, Pakistán, Turquía… En dos días, había miles de historias parecidas. Y continúa vivo.

¿Esto tiene que ver con desacralizar espacios? Porque también se solía pensar que la familia era un lugar seguro, sagrado, donde no ocurrían cosas así.

Exacto: no hay lugares libres de abuso sexual. Pero la conclusión final es que los lugares no son sagrados, lo que es sagrado es mi cuerpo. También evidencia el modo en el que el patriarcado socializa a los hombres, los habilita y los protege de la misoginia. Porque estos hombres que abusaron de mí y de las demás en La Meca sabían que como se había producido en un lugar sagrado para el islam ellas callarían. Se aprovechan de la vergüenza, se sienten protegidos en ella. El cuerpo de la mujer es sagrado, los lugares de la fe no.

Dices que en libro que nos hemos centrado tanto en repetir el mantra de que el abuso sexual «trata sobre el poder y no sobre el sexo», que por el camino hemos olvidado algo fundamental: también trata del sexo en sí mismo.

Esto está especialmente dirigido a las mujeres musulmanas. A todo el tabú que rodea al sexo. Entiendo por qué el movimiento feminista en su primera ola se concentró tanto en explicar que la violencia sexual tenía que ver con el poder, porque no querían proporcionarle pretextos a los hombres. En muchos países conservadores el sexo continúa siendo un tabú. Así que, si incidías en la idea de que la violación tenía que ver con el poder, les quitabas la excusa a los hombres para decir «es que estoy sexualmente frustrado». Pero al mismo tiempo hay que hablar de sexo. Debemos hacerlo. Porque si lo mantenemos como tabú, como causa de vergüenza, dejamos a la gente más vulnerable expuesta a toda clase de violencia y vulnerabilidades añadidas. Las mujeres jóvenes, el colectivo LGTBi, y la gente no binaria. ¡Por eso tenemos que hablar de sexo! Hay circunstancias donde la mujer y el hombre no pueden expresarse sexualmente con libertad, pero incluso ahí es más duro para las ellas. Por eso el subtítulo de mi libro dice revolución «sexual», no revolución a secas.

De hecho, dices que esa es una de las causas por las que la «Primavera Árabe» (aunque no te guste el término) en muchos países no supuso un avance para las mujeres, sino un retroceso.

Sí. Nosotros empezamos una revolución política en el norte de África y Oriente Medio, contra los dictadores en los palacios presidenciales. Pero esa revolución estará siempre condenada al fracaso si no va acompañada de una revolución social que acabe con el domino masculino de las calles, del espacio público. Necesitamos una revolución sexual contra los dictadores del dormitorio, los que poseen nuestros cuerpos y nuestro sexo. Sacamos al dictador del palacio presidencial, no de nuestras camas. Lo que yo llamo los tres factores de la misoginia, el triángulo: el Estado, la calle, el hogar. Todos esos dictadores se fueron a casa, pero para las mujeres los dictadores más peligrosos y poderosos están en casa.

Cuando les digo a los hombres que necesitamos una revolución social y sexual, feminista, siempre me dicen: «Este no es el momento». Porque en Egipto, por ejemplo, nadie es libre. Los hombres tampoco, porque el Estado oprime a todos. Pero el Estado y la calle y el hogar, todos juntos, solo oprimen a las mujeres. La lucha de los hombres es contra el Estado, pero si esa es la única revolución que tenemos, no deja de ser un grupo de hombres luchando contra otro grupo de hombres. Eso no es una revolución. ¡No voy a arriesgar mi vida para que tú puedas entrar en el palacio presidencial! ¿Qué hay de mí? Frecuentemente mucha gente dice eso de «cuando liberemos la política, después liberaremos todo lo demás…». Pero no. No es así como funciona. Si liberamos a la sociedad y al dormitorio estaremos listos para liberar la política. Porque el dictador más poderoso está en el dormitorio. Esa debería ser la prioridad, pero siempre se nos pide que esperemos. ¿Cómo vas a tener libertad política, cuando la mitad de tu sociedad no es libre? No tiene sentido votar en una circunstancia así. ¿A quién voy a votar? ¿Al que me oprima menos?

Tu historia es testimonio, también, de lo arraigado que está el tabú sobre el sexo en el islam. Cuentas que hasta los veintinueve años no fuiste capaz de liberarte al sexo fuera del matrimonio, y no verlo como un pecado. ¿El sexo fue el último escalón en tu revolución personal?

Es exactamente así. Fui capaz de muchas otras cosas antes, pero el sexo me costó mucho, fue lo más duro. Por eso insisto en hablar tanto de él ahora. Es mucho más sencillo salir ahí fuera y gritar: «Mubarak es un dictador y debe de irse, dejar de regir nuestras vidas», mucho más que decir «yo soy dueña de mi cuerpo. Es mi elección practicar sexo con quien quiera, donde quiera, y como quiera». Para mí esa es la declaración de la revolución sexual. Nadie posee mi cuerpo: ni la mezquita, ni la fe, ni las calles, ni mi hogar o mi familia. Por eso lucho contra todo eso, contra la violación en el matrimonio, los matrimonios concertados o la violencia doméstica. Pero lo más revolucionario, para mí, es el sexo, es mi historia personal. Hablaré más profundamente de ello en mi próximo libro. Sobre lo libres que somos de practicarlo cuando queramos, con quien queramos y con consentimiento, con mujeres, hombres, o todo a la vez. Para mí la liberación sexual es luchar contra el patriarcado, contra la heteronormatividad, la monogamia… Porque reclamo ser libre. No quiero ser igual a un hombre, porque eso no es suficiente. ¡Los hombres tampoco son libres de todo esto! A ellos también les oprime la heteronormatividad, o la mononormatividad o el capitalismo.

Dices en el libro que nada prepara (la educación, la música, la cultura) a los hombres para asimilar el concepto de «consentimiento» sexual. ¿Te refieres a que eso es más acusado en los hombres musulmanes?

Bueno, eso es así en general. Justo antes de venir aquí se lanzó la campaña de Amnistía Internacional denunciando que solo ocho países de la Unión Europea incluyen en su legislación que sin consentimiento el acto sexual es violación. Y aquí tenéis el caso de la Manada, que me lleva a concluir que, a no ser que la mujer luche por su vida, el sexo que practiquen con ella será consentido. Y eso es terrible. Porque la reacción normal de tu cuerpo ante una violación es quedarse petrificado. Lo sé, me ha ocurrido. ¡Eso no significa que lo quieras! Así que hay veinticuatro países en Europa que ponen la obligación de luchar sobre la mujer si no quieren ser violadas. Por eso creo que sea un problema solo del mundo musulmán, va más allá. Digo mucho esto, pero es así: no vengo a los países occidentales para haceros sentir mejor contando las atrocidades que se cometen en el mundo musulmán. Porque entiendo que es muy fácil para vosotros decir «¡pobres mujeres musulmanas! ¡Las tienen tan jodidas allí…! Somos muy afortunados de vivir aquí». No: hay mierda aquí y hay mierda allí. Hay violaciones en todas las sociedades: en EE. UU. al menos tres mujeres al día son asesinadas por sus parejas o exparejas. No es como para sentirse orgulloso. Así que los chicos y los hombres no han sido educados para entender el consentimiento en ninguna parte. Nadie les prepara para esta idea.

Ahora está cambiando, lentamente, en parte gracias a la cultura queer, que puede ayudarnos mucho en este aspecto porque se libra de los patrones de cómo tiene que actuar una mujer o un hombre. Son simplemente dos personas. No quiero decir que no exista violación el la comunidad queer, claro que la hay. Pero los discursos y los debates que se producen en esas comunidades son muy enriquecedores, porque las revoluciones siempre empiezan en los márgenes, no en lo mainstream. Mucho de lo que hemos aprendido sobre consentimiento, sexo y revolución se lo debemos a la gente en los márgenes. No binarios, transexuales, queer… Todos los que rechazan la heteronormatividad. El mainstream es un statu quo, y el statu quo es, por definición, contrarrevolucionario. La revolución siempre pertenece a las minorías. Deberíamos aprender de ellos, los más vulnerables, que han desarrollado modos más sofisticados de hablar de consentimiento.

Muchas veces has criticado que se minimice el concepto de «revolución», dices que la mayoría de la gente no está realmente dispuesta a afrontar las consecuencias de los cambios que desean.

Sí, tienes que estar listo para morir. Mucha gente muere en las revoluciones. Cuando la gente me pregunta qué me ocurrió en Egipto, cuando me rompieron los brazos y me violaron, parece que me echen en cara que hable de ello «fácilmente». Hablo de ello abiertamente, libremente, porque creo que tengo suerte de estar viva porque me salvó mi situación privilegiada. Si hubiera sido una mujer de clase trabajadora, anónima, posiblemente estaría muerta. La gente sabe quién soy, soy famosa, por eso cuando me las apañé para mandar un tweet diciendo «Golpeada y arrestada en el Ministerio del Interior», la gente empezó a luchar por mí. ¿Pero si hubiera sido anónima? Habría desaparecido, como las otras doce mujeres a las que les ocurrió lo mismo ese día. Por eso, porque tengo suerte de estar viva gracias a mis privilegios, estoy obligada a luchar diez veces más fuerte que esos que no lo tienen. Así que mi altavoz, mi fama, la gente que escucha lo que digo; me obliga a contar lo que me ocurrió. Y hacerlo bien alto.

¿Qué cambiaron en ti esas violaciones?

Me enseñó las consecuencias. Si quieres ser parte de la revolución tienes que entender que pagarás un precio. ¿Estás listo para pagarlo? Yo lo hice, y no puedo decir que me alegre haberlo hecho, ni mucho menos, pero pagué ese precio y me ató aún más fuerte a la revolución. Tengo estas cicatrices, un precio que no pedí pagar, por eso me tatué encima. Como un regalo a mí misma por sobrevivir. Tú escribes, eres periodista y usas las palabras para vivir. Sabes que las palabras son poderosas e inspiran acción. Pero en la revolución tienes que actuar, no solo hablar, no solo escribir.

Al principio yo también me serví solo de las palabras, pero creí que haría falta algo más. Iba a volver a vivir a Egipto unas semanas después de que la protesta estallara. Cuando ocurrió estaba en Marruecos, fui de vacaciones después de una charla. Y estando en Marrackech vi las noticias y me conmovió muchísimo lo que estaba ocurriendo, la valentía de la gente que salía a las calles, con francotiradores apostados en los tejados, disparándoles a los ojos. Los niños pequeños se escribían en los brazos los números de teléfonos de sus madres para que si morían en las protestas y su cuerpo acababa en la morgue pudieran avisarlas. Era increíble. Así que simplemente pensé que tenía que volver, y honrar el coraje de esa gente, siendo parte de la revolución. Se suponía que desde Marruecos tenía que irme al Parlamento Europeo a hablar del papel de las mujeres en las revoluciones, me habían pagado el billete para ir. Pero pensé que no tenía que hablar de esas mujeres, tenía que ser una de esas mujeres. Lo cancelé. Y ahí experimenté eso: las consecuencias. Tienes que estar preparado para el riesgo, porque no existe revolución sin riesgo. Lo viví en mis carnes, y estoy agradecida de haberlo hecho, porque ahora, cuando tengo que hablar sobre procesos revolucionarios, lo hago desde la experiencia. Es fácil escribir sobre ello, pero tienes que vivirlo y experimentarlo.

En el libro detallas pormenorizadamente cómo fue esa violación, cómo pudiste salir del Ministerio del Interior. Pero no ha sido la única vez que has sido detenida, ¿no? También te detuvieron en EE. UU., ¿por qué volvió Twitter a salvarte la vida entonces?

Es una historia que cuento menos, porque en gravedad no tiene nada que ver, pero sí, ocurrió. Suelo rechazar el término «Primavera Árabe» porque no creo que sea una estación, porque no es algo que pasa estacionalmente y a otra cosa. Por eso lo llamo revolución, porque defiendo que la revolución vive dentro de ti y va contigo donde vayas. Mis objetivos son siempre los mismos, contra la opresión. Una de las formas de opresión que usa el patriarcado es el racismo, la islamofobia. Y dependiendo de dónde viva en cada momento lucho contra la opresión de cada lugar, porque veo al patriarcado como un pulpo, los tentáculos son las diferentes opresiones: homofobia, transfobia… En EE. UU. tenemos mucho de eso. Así que mi revolución en Egipto fue luchar contra la dictadura militar, contra el fundamentalismo de los Hermanos Musulmanes, contra la misoginia en la sociedad… Y en EE. UU. lucho contra el racismo y la islamofobia.

Escuché que se iba a colocar un anuncio en el metro de Nueva York que decía «En la guerra entre los hombres civilizados y los salvajes, siempre elige a los civilizados. Apoya a Israel, derrota a la yihad». Incluso el propio metro rechazaba el anuncio, porque pensaba que era muy provocador y que ofendería a mucha gente. Para mí el mensaje era problemático en muchos sentidos. La palabra «salvaje» es terrible en sí misma, porque siempre se usa para deshumanizar a la gente, para permitirte matarlos. Se ha usado durante la época colonial contra los indígenas, o los afroamericanos, durante la época de la esclavitud. Y esta vez se estaba usando contra los palestinos y contra los musulmanes. Y lo de «apoya a Israel, derrota a la yihad». ¿Por qué son dos términos opuestos? ¡No defiendo ni a Israel ni a la yihad, no quiero ninguna de ellas! ¿Esas son las dos únicas opciones?

Total, que como el metro rechazó colocar el mensaje, la gente que estaba detrás del anuncio les llevó a los tribunales. Un grupo que en EE. UU. está clasificado como un «hate group», por cierto. Liderados por Pamela Geller. Cada uno de esos anuncios costaba seis mil dólares, y pensaban poner muchísimos, así que imagínate el capital del que disponen. Como no tengo seis mil dólares, pensé que lo mejor que podía hacer era protestar. Soy una gran fan de las protestas. Compré un spray rosa, porque me gusta el rosa como a mis sobrinas, y porque creo que es un color poderoso. Todo lo asociado con las mujeres y la femineidad se asocia al rosa y a la debilidad, por eso quise apropiarme del color en este contexto: no violento pero también poderoso. Mi intención era dibujar la palabra «racista» sobre el anuncio en una de las estaciones, pero resultó que era más difícil de lo que creía [risas]. Lo traté de esparcir y solo conseguí manchurrones. Grabaron un vídeo, así que puedes verlo. Cuando me detuvieron pedí que me explicaran la causa exacta, los cargos por los que se me arrestaba. Y no me lo decían, por mucho que lo hayamos visto en las películas «Mona Eltahawy, estás bajo arresto por…». Pero no, no lo hicieron. Me llevaron a una comisaría de policía y allí me dijeron que otra gente que había protestado por ese anuncio, arrancándolo o poniendo pegatinas encima, fueron liberados ese mismo día. A mí me dejaron allí a pasar la noche, porque el fiscal del distrito de Nueva York había visto el vídeo de la pintada, que lo publicó el New York Post. Yo no les llamé, de hecho ni siquiera sabían quién era, fueron porque ya había gente revoloteando por allí, organizando protestas por el dichoso anuncio. Cuando lo publicaron en las redes sociales se hizo viral, así que el fiscal estaba muy cabreado conmigo.

A la mañana siguiente, antes de ir a la vista preliminar ante el juez, apareció un abogado. Me dijo «no sé quién eres, pero doscientas personas del Occupy Movement me escribieron ayer por redes sociales, y me dijeron que viniera a representarte». Por eso digo que Twitter me salvó la vida otra vez [risas]. Este abogado me representó gratis durante dos años. Poco después de que me arrestaran me ofrecieron un acuerdo con la Fiscalía: doscientas horas de servicio comunitario. Yo no tenía problema con eso, pero también incluía una multa de ochocientos dólares por pintar en los muros del metro, y —esto en serio— por salpicar a las gafas Gucci de una mujer que se interpuso entre el anuncio y yo. ¿Ochocientos dólares? No acepté el acuerdo, por eso fui a juicio. Cuando me mudé a Egipto tuve que estar yendo a Nueva York cada cuatro meses para los procesos correspondientes. Hasta que dos años después el juez decidió retirar los cargos «en el interés de la justicia».

Un matiz: tú no querías censurar el anuncio. No pediste que se retirara en ningún momento.

No. exacto. Yo estoy en contra de la censura, incluso aunque el acto en sí sea altamente ofensivo. Yo creo firmemente en el derecho a ofender. No quería censurar la ofensa. Porque, igual que creo que existe el derecho a ofender, creo que existe el derecho a protestar ante esa ofensa. El juez de Nueva York dijo que ese anuncio estaba protegido por la libertad política, y yo creo que mi protesta también estaba protegida por exactamente lo mismo. Como mujer de ascendencia musulmana también quería rebelarme contra este anuncio islamófobo y antipalestino, porque siempre que alguien protesta contra ello son hombres musulmanes. Quería que la gente viera a una mujer musulmana, con mi aspecto, yendo a protestar. También tiene que ver con los privilegios, de nuevo. Justo el año anterior me habían concedido el pasaporte estadounidense, pero si te detienen teniendo solo la ciudadanía permanente en EE. UU. puedes ser deportado. Así que pensé que no podían deportarme, porque era ciudadana estadounidense, y por tanto, privilegiada. Desde el 11-S los musulmanes han sido acosados constantemente en EE. UU.: «¡Disculpaos, vosotros hicisteis esto!». Solo una semana después de mi pequeña protesta un hombre prendió fuego a la mezquita a la que acude mi hermano, en EE. UU. Hacía pocas horas que mis sobrinas y sobrinos habían salido de allí, de la escuela. No estaba conectado, por supuesto. Era islamofobia sin más. Pero tras el 11-S, especialmente los musulmanes jóvenes, los que tenían cinco años cuando ocurrió, han crecido con la reclamación constante de que se disculpen por lo que hicieron. Imagínate lo que es eso, que te llamen terrorista. Creo que es importante combatirlo, porque la islamofobia no solo es real, es que tiene un impacto diario.

Hablas de usar tu «privilegio» para hacerte oír, pero pones un gesto extraño cuando alguien te dice eso de que eres «la voz de los que no tienen voz».

[Risas] Sí, la verdad es que no puedo esconderlo. Lo odio. «Le estás dando voz a los sin voz» [hace una mueca]. ¡Todo el mundo tiene voz! Pero si no les escuchas, tienes que preguntarte porqué. O no les escuchas, o se les está privando de tener un altavoz.

O no quieren hablar.

Sí, por miedo.

Has vivido en Estados Unidos, Arabia Saudí, Londres y Egipto. Conoces ambos mundos. ¿Cuál crees que es el estereotipo que occidente tiene, respecto al islam, más arraigado?

Uno de ellos es que el islam es monolítico, que solo hay un islam que practican mil quinientos millones de personas en todo el mundo. Pero es que hay muchos. No hablo de las facciones, de suníes, chiiíes… hablo de las realidades diarias. La manera en la que el islam determina las vidas de la gente es diferente en Malasia que en Arabia Saudí, o en Nigeria. O en EE. UU. En todos esos sitios está arraigado a esos países, y esos países son muy diferentes. Eso quiere decir que los musulmanes entre sí son muy diversos, y la gente cree que todos piensan lo mismo, o se comportan de la misma manera. Simplemente no es cierto. Es un estereotipo peligrosísimo, muy reductivo, que los deshumaniza monolíticamente. En Malasia viven con hindúes y con chinos confucionistas, por ejemplo. Es diferente que convivir entre el cristianismo e islam, como en Egipto. O en Palestina, con los judíos. En algunos son mayoría, en otros una minoría, pero todos tienen una historia muy distinta. Vosotros también tenéis una historia islámica en el pasado, y ahora viven aquí como una minoría. Las cosas cambian. El islam es un ente vivo, que cambia y se transforma, aunque muchas veces no se vea de esa manera. Así que los occidentales, muchas veces, miran a Arabia Saudí y piensan que eso es el estándar. También ha sido un aprendizaje para mí, porque yo misma viví lo diferente que era el islam allí de lo que era en Egipto.

En el libro dices que en ese aprendizaje acudiste a teóricas como Leila Ahmed para aclararte a ti misma, por ejemplo, si el Corán decía explícitamente que las mujeres tenían que cubrirse, que velarse. Y descubriste que no. ¿Crees que la gente está al tanto de eso? ¿O que la mayoría de gente piensa que en el propio libro impone velar a las mujeres?

Es curioso, porque la gente me da lecciones del Corán constantemente, y sospecho que muy pocos de ellos lo han leído. Es como un «muslim explaining» [risas], ¡o «infidel explaining», gente de fuera de tu religión viniendo a explicarte tu propia religión! No, estoy bromeando. Fatima Mernissi fue quien dijo que en ninguna parte del Corán se dice que haya que imponer el hiyab a las mujeres. Lo descubrí cuando yo misma estaba luchando con mi hiyab, me costó ocho años quitármelo. El trabajo de Leila Ahmed fue también revelador, porque fue ella quien explicó que el hiyab es incluso anterior al islam, que las mujeres en Mesopotamia y en la Arabia antes del islam ya cubrían su pelo. Eso no es algo que introdujera la religión. Mernissi añadió que no hay nada en el Corán que diga las palabras «debes cubrir tu cabeza si eras mujer». La gente suele pensar que solo el islam comete atrocidades contra las mujeres, pero se olvidan de que todas las religiones son patriarcales y también han impuesto esa cultura de la modestia sobre nosotras.

Pero hay niveles, gradaciones. No es lo mismo que condenen a una abogada a latigazos que…

De acuerdo, de acuerdo. Los hay, pero los hay en todas partes. En un pueblo muy conservador de España entiendo que tampoco es lo mismo que en Madrid. En El Cairo no es lo mismo que en el campo, o en Beirut, o Riad. Yo combato el estereotipo y el reduccionismo. Arabia Saudí no es el islam. Y vuelvo a insistir en esto: en Occidente la derecha trata de salvar a las mujeres del islam, y la izquierda quiere salvar el islam de las mujeres, no vayan a parecer islámofobos. Y en el fondo a ninguno de los dos les importamos una puta mierda. De la misma forma que la derecha dice eso de «el Corán dice que debéis cubriros la cabeza», la izquierda dice «tienes que respetarlo porque es tu religión y tu cultura». Y ninguno de los dos tiene ni idea, están siendo racistas ambos.

¿Qué es el «racismo de bajas expectativas»?

Lo que practica la izquierda occidental con respecto al islam. Porque nos miran, miran las cosas horribles que pasan dentro del islam, y dicen «oh, pobres, es solo su cultura, déjales». El miedo a ser tachados de islamófobos les ha hecho cómplices de los radicales árabes más salvajes. Mira, uno de los ejemplos del libro es el de una mujer marroquí residente en Alemania, que pidió un divorcio rápido porque su marido la maltrataba. Y el juez alemán le dijo «en tu libro sagrado se explicita que tu marido tiene derecho a pegarte». ¿Qué? ¿Qué? ¡No es cierto! Y aunque lo fuera, que no lo es, ¡estoy en Alemania! ¡La ley tiene que protegerme! El problema es que Occidente no ve a los musulmanes como personas complicadas. Y uno de mis objetivos es que esa visión cambie, quiero complicar la visión que Occidente tiene de los musulmanes, especialmente de las musulmanas. Porque cuando complicas, humanizas. La derecha piensa que todas las musulmanas están oprimidas, y la izquierda cree que el islam es maravillo, que no hace daño a nadie. Ninguna es verdad, ambos están simplificando, reduciéndonos a estereotipos. Por eso cuento tantas historias personales en el libro, tantas experiencias de tantas mujeres muy diferentes. Mi objetivo es complicar la narrativa de las mujeres musulmanas.

Para ti el descubrimiento del feminismo se hizo a través de figuras y referentes de mujeres musulmanas, muchas de las que mencionas en el libro: Alifa Rifaat, Huda Shaarawi, Doria Shafik, Nawal Saadaei, Fatima Mernissi… ¿Por qué el feminismo musulmán no ha construido iconos con ellas, como ha hecho el feminismo occidental? ¿No es eso una cuenta pendiente, lo que necesita toda revolución?

Es curioso que menciones esto, porque es algo en lo hago mucho hincapié: yo no necesité importar ningún icono occidental para convertirme en feminista. Hay gente del mundo musulmán que se opone al feminismo, y gente de la fuera que reclama el relativismo cultural, son muy similares también. Sostienen que el feminismo es una idea occidental. Unos dicen que no quieren la «invasión» de conceptos extranjeros, otros sostienen que el feminismo no es adecuado para Oriente, en oposición con Occidente. Pero sí que tenemos nuestra propia historia feminista, en 1923 ya había mujeres quitándose el velo antes de que en Occidente se quemara ningún sujetador. Es importante que reconozcamos esos movimientos, porque son nuestra herencia histórica. Tenemos iconos. En 1954, Doria Shafik, con quinientas mujeres más, invadió el parlamento egipcio para reclamar el derecho a votar, que consiguieron dos años después. Cuando descubrí esos libros sobre feminismo escondidos en la biblioteca de mi universidad en Yedda, digo que llegué «traumatizada» al feminismo, porque fue muy difícil vivir en Arabia Saudí después de haber vivido en Reino Unido. En Arabia Saudí me convertí en feminista porque vi que todo lo que pasaba a mi alrededor estaba mal, pero aún no conocía la palabra «feminista». Hasta que a los diecinueve años hallé estos libros, y esa palabra. Me aterrorizó lo que leí. Es como esas veces que sabes que hay algo que necesitas de verdad, pero inconscientemente sabes que te va a cambiar para siempre.

¿Pero por qué no se convierten esas mujeres en iconos?

Deberían serlo, eso es verdad. Pero ha empezado a cambiar, también hay que reconocerlo. Dos años después de que Mubarak fuera echado del cargo, yo aún vivía en Nueva York, pero volví a El Cairo para el Día Internacional de la Mujer. Para manifestarme junto a las demás aunque la libertad de manifestación estuviera prohibida por Al Sisi. Y ahí, en esa gran marcha de 2012, vi los primeros carteles con Huda Shaarawi, Doria Shafik… Iconos de los cincuenta y de los noventa, un reconocimiento de las etapas que había pasado el movimiento. Son iconos, y deberíamos erigir museos para ellas. Tenemos que enseñarlas en el colegios, tener estatuas, libros. Huda Shaarawi tiene una calle, pero no es suficiente. Son historias que se han ocultado, que no se han querido contar y por eso las incluyo en el libro, para que las conozcan no solo los occidentales, también los propios musulmanes, que a menudo son muy inconscientes de su propia historia. No necesitamos imitar a Occidente, como mucha gente me echa en cara. Esto también es nuestra cultura. La mujer que se quitó el velo en 1923 era egipcia y musulmana: es mi cultura y el historial de mi fe. Mira, dentro de poco va a ser el cumpleaños de Gloria Steinem, la conoces, ¿verdad? ¡Todo el mundo sabe quién es! Todo el mundo debería conocer exactamente igual a Doria Shafik. Y mi trabajo va en esa dirección, también en el próximo libro: descubrirle al mundo otras feministas alrededor del mundo que todos deberíamos conocer. Tenemos que mostrar nuestra solidaridad.

Por otro lado, ¿qué ocurre con los iconos del feminismo occidental, en tu opinión? ¿Crees que le han dado la espalda a las mujeres musulmanas?

No todas. Hay muchas en EE. UU., como Gloria que es mi amiga, o Robin Morgan, que no lo han hecho. Ella, como fundadora y editora de Ms.Magazine, ha publicado tres libros en colaboración con feministas de todo el mundo. En esas antologías incluyó a mujeres de todo el mundo, como Nawal Saadawi. Así que muchas feministas occidentales tienen una gran solidaridad…

¿Pero?

Pues que también creo que es importante que las feministas occidentales no hablen en nombre de las mujeres de otras partes del mundo, más bien deberían amplificar sus voces. Ahí es donde tienen que hacer un esfuerzo mayor. Necesitan señalarlas, pedir que las escuchen. Y hacerlo ellas, claro. Mucha gente de izquierdas sigue teniendo esa noción de que tienen que venir a «rescatarnos», pero yo no quiero que nadie nos rescate, quiero que nos rescatemos a nosotras mismas. Debido a que existe un legado de gente blanca, de imperios, fingiendo que se preocupan por otras partes del mundo al rescatar a las mujeres… como Bush, cuando dijo aquello de que invadía Afganistán para liberar a las mujeres del burka. Debido a eso, especialmente en Oriente Medio y el norte de África, tenemos una historia penosa de instrumentalizar el feminismo y los derechos de las mujeres como una vía para entrar en esos países. Por eso hay mucha gente en esa parte del mundo preocupada por el feminismo blanco. Es muy complicado.

Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Callarnos también? Porque a las mujeres occidentales también se nos echa en cara que «desatendamos» la situación de las mujeres en Irán, por ejemplo, cuando se protesta por cualquier desigualdad que juzgan menor que esa. Aquí también sois un arma arrojadiza.

Lo sé, lo sé. Pero mira, a la gente que me pregunta cosas así les suelo decir que lo mejor que se puede hacer para luchar contra la misoginia, contra el patriarcado, la supremacía blanca es, por ejemplo, protestar ante el hecho de que tu gobierno venda armas a mi régimen. Hay cosas que podéis hacer aquí que ayudarían a muchas otras partes del mundo. Pero la lucha feminista la tenemos que luchar nosotras mismas.

Cuando la ministra sueca de asuntos exteriores, Margot Wallström, empezó a hablar de políticas feministas internacionales, decidió criticar —y debe hacerlo— a Arabia Saudí. Así que el régimen saudí canceló su discurso en la Liga Árabe, y retiró al embajador de Suecia. Y otros países lo hicieron detrás de ellos. Los hombres de negocios suecos se lanzaron contra la ministra, porque eso perjudicaba sus tratos con Arabia Saudí, y no querían perder ese dinero. Dinero que procedía de la venta de armas, porque Suecia le vende armas al régimen. ¡Armas que usan en Yemen! Hace un par de semanas fue la segunda sesión del juicio contra diecisiete mujeres activistas en Arabia Saudí, que fueron encarceladas en mayo de 2018 . El mismo príncipe que se denomina a sí mismo «emancipador de las mujeres», menuda gilipollez. Las han torturado de maneras inimaginables. Y las detuvieron seis semanas antes de que este príncipe, Mohamed bin Salman levantara la prohibición de conducir a las mujeres. ¿Por qué hace eso? Esas mismas mujeres habían protestado a favor de esto mismo. Lo hace por una razón muy sencilla: quiere demostrar que ellas obtienen ese derecho de él. El mensaje es que no puedes demandarme derechos, solo yo puedo dártelos cuando así lo decida. La realidad es que las detuvo, las torturó y ahora las enjuicia porque desafiaron al dios de su sistema, que es la fundación de su patriarcado. Así que lo que yo le pido al feminismo occidental es que condene esto y que le exija a sus gobiernos que dejen de convertirlo en algo explicable. Que deje de vender armas, que boicotee a Arabia Saudi, y que, como Canadá, reclame la inmediata liberación de esas mujeres. Cuando la ministra de asuntos exteriores canadiense lo hizo, Arabia Saudí expulsó al embajador de su país. Así de sensible es para ellos. Quieren poder hacer lo que les de la gana a los activistas.

Cuando hablas de tu propia experiencia con el hiyab, reflexionas sobre cómo, cuando escogiste llevarlo, pensabas que lo escogías libremente pero luego descubriste que quizás no era una elección tan libre. ¿Deberíamos en Occidente cuestionar la libertad de la mujer que escoge llevarlo?

Si eres una mujer blanca occidental debes callarte y escuchar a las mujeres musulmanas. Ese es mi mensaje. Porque es muy complicado, hay luchas que ocurren entre las mujeres musulmanas que son imposibles de entender si no vienes de un entorno musulmán. En mi propia familia, por ejemplo, mi madre suele llevar hiyab. Cree que es un requerimiento religioso. Yo también lo llevé al principio, pero muy pronto decidí que no lo quería. Porque me miraba al espejo y no me reconocía, y echaba de menos el aire en mi pelo, quería quitármelo. Pero no podía, había mucha presión. Me llevó ocho años quitármelo. La cuestión que planteo es: ¿por qué es más fácil escoger ponérselo que la elección de quitártelo? Mi hermana, que es diecinueve años más joven que yo, escogió llevarlo al principio por unas razones, y ahora lo quiere llevar en EE. UU. para decirle a los racistas «que te jodan». Como un acto de desafío. Ojalá pudiéramos hacer algo más que luchar con nuestros cuerpos. Siempre se trata sobre nuestro cuerpo. Mi madre tiene un doctorado en medicina, mi hermana en literatura… ¡Son mujeres con gran cantidad de pensamiento! Y sin embargo estamos en desacuerdo en esto. Completamente. Han pensado por sí mismas y han escogido algo completamente opuesto a lo que he elegido yo. Y somos familia.

Así que lo que quiero es que la gente abandone esta conversación, y dejen liderarla a las mujeres musulmanas o de ascendencia musulmana. Dejarlo para nosotras. Ponednos en un panel y dejarnos argumentar, escuchadnos, así al menos podréis atisbar la complicación. Muchas llevan el hiyab porque les da miedo ser la única en el vecindario que no lo lleva, otras creen que es porque les da libertad… A mí me encantaría que se sintieran libres sin necesidad de cubrir sus cabezas, pero esa es la realidad de sus vidas. Otras lo llevan incluso con la prohibición de sus maridos, y los desafían. Otras al revés: tienen que luchar con ellos porque no quieren llevarlo. El otro día en Barcelona, en la presentación del libro, se me acercó una mujer de Yemen. Me dijo que le encantaba lo que hacía y demás, y no llevaba la cabeza cubierta. Nos hicimos una foto y la colgué en Twitter. Me mandó un mensaje pidiéndome que la quitara, porque su familia no sabía que se lo había quitado. ¡Hay tantísimas historias! ¿Cómo tú, que no provienes de este entorno, crees que comprendes lo complicado que es realmente esto? Es imposible.

Dices que muchas mujeres te piden consejo sobre esto, sobre qué deberían hacer. ¿Qué les dices?

Pues te voy a contar otra historia, de cuanto estaba en El Cairo hace unos tres años. Alguien me llamó en mitad de la calle, y me dijo que estaba encantada de conocerme en un día como aquel. Iba hacia su casa, a contarle a sus padres que se iba a quitar el hiyab. Me quedé impactada, porque conocía ese sentimiento perfectamente, me costó muchos años conseguirlo. Y me dijo que a ella le había contado once, y que le había inspirado mucho mi propia lucha, porque nos habíamos conocido en 2005, aunque yo no lo recordara. Encontrarme ese día en la calle le pareció que había sido una señal. Me puso la piel de gallina porque recordé lo difícil que había sido para mí. Le dí un abrazo y le deseé buena suerte.

¿La felicitaste?

No. Eso no. Solo la abracé. Hubo otra mujer, con la que di un taller de redes sociales, antes de la revolución. Entonces llevaba hiyab. Años después la reencontré en Twitter y se había descubierto. Me contó que lo había llevado durante treinta años. Así que es imposible para mi decir «felicidades» ante eso. Cuando me escriben y me dicen que lo van a hacer, o que lo acaban de hacer, lo único que les digo es que las entiendo. Y que acudan a mí si necesitan alguien con quien hablar. Porque recuerdo que cuando yo lo hice la gente reaccionó de dos maneras: o diciéndome que hacía quedar mal a los musulmanes, o diciéndome que se alegraban porque me veía fatal con hiyab. Eso no ayudó, ninguna de esas cosas. Así que simplemente me ofrezco como ayuda. Es imposible para la gente entender que para cada mujer el hiyab representa algo muy distinto, y no siempre es sumisión. Yo estoy en contra del hiyab, estoy en contra de ese pudor, esa modestia, porque solo se aplica como una virtud de las mujeres y niñas. No de los hombres. Me opongo a eso. Pero por otro lado entiendo que mi hermana lleve algo que la hace sentir orgullosa. Para mí fue algo que me sofocaba, y somos hermanas. ¿Cómo le explicas esto a alguien?

Por otro lado, cuando digo que al menos que seas una mujer musulmana, cállate y escucha, muchísimas mujeres blancas se molestan y me dicen: «¿Cómo te atreves a mandarme callar?». Creen que que te manden callar es algo pasivo, pero no lo es. Cuando escuchas es un acto muy activo. Pero muy frecuentemente me dicen también: «Es asunto mío, porque cuando voy por la calle y veo a una mujer con hiyab me hace sentir mal». Es decir, que va sobre ellas. Vienen a mis eventos, y me cuentan que, en pleno verano, vieron a una mujer en niqab o en hiyab, y le dio ganas de acercarse y preguntarles si no tenían calor. ¿Qué te da el derecho a hacer algo así, acercarte a una mujer con la que no tienes ninguna relación, y preguntarle si tiene calor? ¿Te estás quedando conmigo? ¡Métete en tus asuntos! Otras dicen cosas como [parodia la voz]: «He luchado muchísimos años como feminista y ahora tú vienes a mi país y me haces esto». ¿Así es como se promociona tu feminismo? ¿El velo va sobre ti, porque a ti te hace sentir incómoda? Venga, hombre. Es una aproximación supernarcisista. Porque tú conoces mucho más el patriarcado en tu país de lo que lo conoces en el mío, por mucho que creas que es al contrario.

Alguna vez has contado la anécdota de cuando llegaste a Reino Unido y una profesora te minusvaloró (a ti y a tu familia) por ser mujer musulmana. Tuviste que explicarle que tus padres eran médicos, y que no erais una panda de ignorantes. Dices que ahí descubriste «lo poco que se espera de las mujeres musulmanas». ¿Qué espera ahora la gente de ti? ¿Cómo ha cambiado eso con los años?

Depende de donde esté.

En Occidente.

Aquí la gente espera que solo ataque el islam, o que renuncie a él, o simplemente venga aquí a quejarme de las pobres mujeres musulmanas. Pero en lugar de eso vengo cargada de muchísimas historias complicadas. Y no esperáis tanta complicación. Cuando vengo y digo que «cierra la puta boca y escucha» la gente se queda noqueada. Lo hace más difícil para ellos. Cuando exijo, tanto a la Hermandad Cristiana de EE. UU. como a la Hermandad Musulmana de Egipto, que se mantengan lejos de mi vagina al menos que yo los quiera ahí, no esperan que ponga al mismo nivel ambas hermandades religiosas. Ellos creen que los musulmanes son mucho peores, pero los evangélicos que votaron por Trump también son muy conservadores. El hombre es el líder de la familia, la mujer está siempre por debajo de ellos… y votaron por un depredador sexual. Así que cuando hago estas comparaciones la gente se enfada muchísimo. Especialmente en EE. UU. me preguntan mucho por qué las mujeres musulmanas son tan sumisas, por qué son sumisas a la misoginia. Pero ahora, después de la elección de Trump, con la mayoría de votantes blancas mujeres, yo me pregunto: ¿por qué son tan sumisas?

En el libro dices: «El reino de Arabia Saudí no se avergüenza de venerar a un dios misógino». ¿Dios es misógino? ¿Alá es misógino?

[Reflexiona] Es una reflexión interesante. Depende. Mira, cuando en el libro digo eso, nombro a dios con minúscula. Es intencionado, para distinguirlo de Dios con mayúscula. Hay muchísimos dioses en minúscula, a los que la gente adora como sus dioses reales, y pueden convertir a ese dios en minúscula en un misógino. De la forma que quieran. Solemos decir que la gente tiene los líderes que se merece, y también puedes aplicarlo a esto: la gente tiene los dioses —con minúscula— que se merece. Los saudíes veneran un dios con minúscula que es misógino, porque lo usan como parte del patriarcado. Usan el poder que les confiere tener en su territorio dos lugares sagrados, la manera en la que manipulan la religión dentro de su sistema, para poder decir «dios quiere que las mujeres no conduzcan, dios quiere que tengan un guardián masculino». Es una mierda y lo rechazo totalmente. Lo primero, porque muy cerca de Arabia Saudí están países como Egipto, también musulmanes, que no usan a dios de esa manera. En la siguiente entrevista podremos hablar sobre Dios con de mayúscula.


PJ Harvey: réplica a Telémaco

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PJ Harvey, 2004. Fotografía: Dave Mitchell (Plastic Jesus) (CC).

Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible trabajo de dar a luz el porvenir. (Marguerite Yourcenar)

Tenemos al micrófono a una mujer muy joven que empuña una telecaster. Los rasgos de su cara son grandes como los de un ninot, y a pesar del pintalabios, los tacones y el vestido de lentejuelas doradas el conjunto de su imagen tiene cierta rebaba adolescente. Alguien del público la llama por su nombre. Ella responde con una sonrisa musculosa y masticatoria mientras araña las primeras iteraciones de un riff. Empieza: «Átate a mí, a nadie más». Está sola en el escenario. «No te has librado de mí», salmodia. Hace falta una determinación canina para resistir el horror vacui, un talento especial para que una canción como esta no se te atragante. No es que los acordes sean complejos o las notas vocales difíciles de alcanzar, pero hay que tener arrestos para vestirla bien: triturar los versos, encarnarla hasta las últimas consecuencias. Terminar a capella es la prueba definitiva de nervio y coraje.

El encantamiento que resulta es inestable: da la sensación de que la estás viendo caminar en la cuerda floja y se puede matar en cualquier momento, lo cual despierta admiración y morbo a partes iguales, pero la funambulista aguanta como una jabata y completa el paseo con aplomo. La respuesta del público está a la altura del sacramento que ha presenciado: PJ Harvey acaba de ofrecer una de las versiones canónicas de «Rid of Me» (la versión definitiva, como todo el mundo sabe, tuvo lugar en el Big Day Out de Sydney, ocho años después). Pero su intervención de esta noche todavía no ha terminado. En la breve entrevista que sigue a la función, Jay Leno le pregunta por la granja que gobiernan sus padres en Dorset. Una cosa lleva a otra y PJ termina contando en uno de los programas de mayor audiencia de Norteamérica cómo se aplica un torniquete para castrar un borrego.

Era 1993. Habría que verlo desde la perspectiva de entonces para comprobar si la impresión tiene algo de cómico o alienígena, si de verdad su aparición resultó tan incómoda, tan intempestiva como registraron los titulares de la prensa especializada. En resumen: una inglesita estrafalaria y pueblerina se pone toda trascendente para airear intimidades con su croon humeante. Lo de PJ Harvey da para una tesis doctoral sobre fundamentos gravesianos. Ha sido tomboy, hiperfémina, chamán y Befana, y en todas las encarnaciones ha mudado la piel antes de permitir que el icono se enfriara. Empezó conquistando plazas pequeñas con un atuendo funcional, de combatiente: chupa de cuero, botas de monte y el moño bien prieto en el cogote; después, los primeros noventa se contagiaron de la intensidad de sus paroxismos escénicos, la exuberancia de su máscara de geisha y la impertinencia fabulosa de su vello axilar. Sus modos desacomplejados fueron y siguen siendo una inspiración para unas y otros, prueba (otra más) de que en cuestiones de identidad lo mejor es no dejar que ciertos límites fragüen. En retrospectiva, vista desde una cultura popular que sirve la transgresión precocinada y a temperatura ambiente, la Polly Harvey de Dry y Rid of Me sigue siendo una rockstar muy poco convencional. Tímida a pesar de todo y frágil en apariencia la Gibson ES-335 color cereza parecía una señal de stop en sus manos, sus letras y su carisma desbordaron trasnochadas expectativas de Sofrosina y compostura hembral sin mellar el prestigio de su oficio. No es un logro que esté al alcance de cualquiera.

Cuando Polly se trasladó de Corscombe a Londres tenía veintiún años y una candidez rural muy genuina. La naturalidad con que escribió sobre sexo y su escabrosa periferia para sus dos primeros discos se debe, paradójicamente, a cierta falta de conciencia acerca de los tabúes relacionados con la verbalización de la libido femenina. Sus letras no reflejan el clásico anhelo modoso propio de una moza formal, sino un deseo que siempre parece urgente y a ratos entra en erupción. La de Reeling, por ejemplo, incluye una invitación a Robert De Niro para que tome asiento en su cara. En el segundo single de Dry se compara con las Sheela-na-gigs de la iconografía celta, mujeres de piedra que se abren la vulva con las manos para espantar demonios y malos espíritus. «50ft Queenie» es una algarada demencial acerca de una megalómana de quince metros de altura y apetitos proporcionales. «Me parece que es así de grande porque come muchos hombres, que son una buena fuente de proteínas», bromea en una entrevista. En otra menciona un bolo en el que los amplificadores estaban distribuidos de tal manera que Steve Vaughan, su bajista, le mandaba vibraciones «directas a la zona media» cada vez que pulsaba un la. Dice que fue una buena noche porque tocaron muchas canciones en la. Aunque no todas las veladas son tan satisfactorias, cantarle a una vagina mal lubricada le parecía igualmente divertido («Me dejas seca», dice en  «Dry»). Las fotografías incluidas en estos álbumes también generaron cierto revuelo por culpa de algunas desnudeces parciales y otros detalles que algunos tacharon de escatológicos o perturbadores. Harvey las consideraba completamente inofensivas y le costó creer que pudieran molestar a alguien.

PJ Harvey. Ilustración: Alejandro Basteiro.
PJ Harvey. Ilustración: Alejandro Basteiro.

Las impertinencias no se hicieron esperar mucho (un periodista de Puncture le preguntó si creía que tenía que desnudarse para triunfar en el mundo del espectáculo), pero ella jamás aceptó la etiqueta de súcubo o alborotadora que algunos insistían en colgarle. Educada en la voluptuosidad del blues, epígono con botas del espíritu de Woodstock, PJ entendía que el sexo era un elemento más de la biografía de un artista y por tanto consustancial a su trabajo, y en cualquier caso consideraba que el tono de sus canciones estaba lejos de ser escandaloso en comparación con algunas de las que Willie Dixon o Howlin’ Wolf habían grabado medio siglo atrás. Crear controversia no formaba parte de sus planes, ella se limitaba a hablar de temas que le importaban y hacer cosas que le apetecían. «A lo mejor es porque soy una mujer», dijo una vez con el mismo aire inocente con que inició a millones de norteamericanos en el arte de segar testículos. Como si no hubiera caído en que ahí podía descansar alguna diferencia.

Y no solo hay diferencia, sino que la ha habido (lo dice Mary Beard en su artículo «La voz pública de las mujeres») «desde el mismo momento en que tenemos pruebas por escrito de una cultura occidental». Esto es, desde Homero. Beard cita una escena de la Odisea en la que Penélope toma la palabra en su propia casa, que está invadida por los pretendientes que la cortejan durante la ausencia de Ulises, para pedirle a un bardo pelmazo que cambie el tema de sus canciones. Su hijo Telémaco, apenas un mocoso, la manda callar y le dice que vaya a ocuparse de sus tareas, porque hablar (el muthos, el habla pública y constructiva en oposición al cotilleo y la cháchara intrascendente) es cosa de hombres. Las mujeres griegas que se hacían oír en el espacio público eran consideradas ingobernables y andróginas, con toda la carga despectiva que pueden almacenar esas palabras según quién las pronuncie. Sus voces eran comparadas con el mugido de un animal. La superstición de que la voz femenina y por extensión los tonos agudos representan una infección del espacio público se ha perpetuado hasta nuestros días a través de una deriva histórica, social y cultural tan evidente que no es necesario detallarla aquí. El rechazo se vuelve todavía más visceral cuando una mujer osa utilizar su voz como vehículo de contenidos subversivos.

La historia de Casandra, registrada en las epopeyas de Homero y Virgilio, también alimenta la idea de que nuestra cultura es intolerante a la intervención de las mujeres en política y misógina desde la raíz. El dios Apolo concedió a Casandra el don de predecir el futuro, pero después de que ella le diera calabazas la maldijo para que nadie creyera una palabra suya. Lo hizo, atención, escupiéndole un salivazo en la boca. Los troyanos, incluida su familia, empezaron a tratar a Casandra de orate y no hacían ni puñetero caso de sus predicciones, ni siquiera cuando advirtió que la yegua que los griegos habían dejado en la puerta estaba preñada de catástrofe. La consecuente destrucción de Troya también desencadenó el final de Casandra, empezando por su violación y secuestro. No conviene olvidar que la caída en desgracia de un héroe de la mitología clásica rara vez obedece al azar. Hablando rápido y mal, Casandra fue castigada por lenguatera.

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La violación de Casandra, 1886, y San Jorge. Imágenes: DP.

El pintor inglés Solomon Joseph Solomon ofreció su visión de esta historia en el lienzo La violación de Casandra (sugiero que se acompañe la lectura de los siguientes párrafos con el corte 12 del disco Rid of Me de PJ Harvey, titulado «Me-Jane»). El cuadro de Solomon recrea el asalto de Ajax el Menor sobre la princesa de Troya, que hace un intento desesperado por no perder contacto con la efigie de Atenea para permanecer bajo su protección. La obra es espectacular, aunque algo disparatada desde el punto de vista de la física: tanto el asentamiento de los pies del soldado griego como el del brasero volcado de la parte inferior son deficientes. El escorzo del paño enganchado al pie de la estatua tampoco es muy verosímil. Pero lo más interesante de esta pintura es el contraste entre el físico de Ajax y su cara de pánfilo irredento. La pose se adelanta varias décadas al estereotipo superheroico de los comic-books americanos: el tórax erizado y el ángulo del puño derecho, junto con los pies mal anclados y el remolino de la capa, le dan ese aire clásico (ahora, no entonces) de Superman aparcado en gravedad cero. Su gesto, sin embargo, es de aburrimiento, como el de una mula que ha pasado el día allombando sacos de cemento. Sorprende esa distensión burocrática, casi oligofrénica, pero sobre todo ofende que la obra sirva para glorificar la anatomía masculina cuando sabemos que esta viñeta se resuelve con una violación. Curiosamente, la mise en scène se repite en otra obra principal de Solomon, que años después pintó un san Jorge en plena faena, rejoneando al dragón con la mano derecha mientras aúpa a una mujer, otra princesa, con la izquierda. A pesar del paralelismo, podría parecer que no hay lugar para una comparación moral entre los dos cuadros: en uno sale un héroe, en el otro un villano. San Jorge está rescatando a Sabra mientras que Ajax se dispone a abusar de Casandra en presencia de su diosa, pero os animo a observar la actitud idéntica de los dos supermachos y el papel de bulto transportable de ambas damiselas, y después a buscar similitudes entre uno y otro desenlace.

El riff de «Me-Jane», contundente y flexible como una fusta, es uno de los mejores que ha escrito PJ Harvey. El color tribal de la percusión y la voz que aparece por detrás del último estribillo son solo dos de muchos elementos memorables que adornan la canción. La letra relata los esfuerzos de una mujer doblada de dolores menstruales por mantener a raya a su correspondiente Tarzán, un Maciste sobreexcitado e incapaz de ensillar sus instintos. Mientras Tarzán se columpia («Aparta de ahí, ¿no ves que estoy sangrando?») Jane dibuja una línea en la arena: no intentes domarme como si fuera un animal. No soy un potro de gimnasia para que me saltes encima («Estoy intentando encontrarles sentido a tus gritos»). Hace tiempo que asocio el gesto de desconexión del Ajax de Solomon con la pesadez machuna del Tarzán de PJ Harvey, y ambos con la retribución de humildad debida a la mujer por una afrenta tan vieja como la palabra escrita (mínimo) y la responsabilidad que tienen músicos, escritores y artistas contemporáneos de hacer aportaciones cabales en favor de una narrativa popular más equilibrada. La Jane de PJ Harvey es un recordatorio muy eficaz de que la oposición activa es necesaria para que el privilegio se haga visible incluso ante los ojos de necios y tarzanes.

Desde algunos frentes se defiende que la militancia feminista no es cuestión de carné sino de conciencia, pero PJ Harvey siempre ha rechazado de forma explícita su adhesión. En consecuencia, hay gente que se ha sentido inspirada por su personaje y su obra para criticarla a continuación por sus palabras. Es interesante, sin embargo, considerar su aportación desde fuera del perímetro ideológico, como alfa de una generación de músicos en la que la visibilidad, como casi siempre, estaba muy cara para las mujeres. Ella fue el talento natural que cortó el nudo gordiano sin romper a sudar, la aspirante que se ganó el derecho a reinar sacando la espada de la piedra como si fuera un cuchillo hincado en un melón. «Prefiero hacer cosas en vez de pensar en ellas», decía durante aquellos primeros años. Con el paso del tiempo se ha convertido en una figura de culto, con una puesta en escena mucho más sobria y un discurso más sosegado, pero su muthos sigue siendo claro y preciso. Hace poco lo demostró recitando el poema Ningún hombre es una isla, de John Donne, como comentario personal a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. A pesar de lo engañoso del contexto (caben muchos matices), no son tantas las oportunidades que tenemos de ver a una mujer siendo ovacionada por un statement de contenido político. El miasma sexista todavía es una realidad y las afecta a todas de una u otra forma, pero en el contexto de una industria especializada en banalizar todo lo que toca pocas voces demandan tanta atención y respeto del público como la de Polly Jean Harvey.


Sí, todas las mujeres lo son

En la que se ha convertido en una de las citas más célebres de Joss Whedon, el director y guionista norteamericano dice: «Hazlo oscuro, hazlo sombrío, hazlo duro, pero entonces, por el amor de Dios, mete algún chiste». Seguramente Whedon tiene razón, pero quizá hay un momento en el que no caben los chistes ni la ironía ni el sarcasmo.

Porque hay temas que deben leerse sin aligerar. Porque hay temas donde nos estamos jugando la supervivencia de nuestra dignidad como seres humanos.

Porque el machismo hace un daño terrible a todo el mundo, incluso a los hombres

Hace unas semanas, Lara Monrosi e Ignacio Tudela publicaban un artículo en el que, de alguna manera, denunciaban los métodos y las prácticas de Álvaro Reyes, autodenominado «gurú de la seducción». Reyes se gana la vida escribiendo libros, grabando vídeos e impartiendo seminarios por todo el país, en los que explica a otros hombres las técnicas adecuadas para solucionar sus «problemas de inseguridad y de acercamiento con las mujeres». En definitiva, que nos enseña a ligar. Como el artículo, los contenidos de sus clases se acercan peligrosamente —cuando no se asientan de lleno— en los territorios del acoso y la violencia de género: «No esperes su permiso. Siéntete con derecho para hacer lo que quieres. Pedir permiso es síntoma de inseguridad», «No te inclines hacia ella cuando ella está hablando. Mantén una postura corporal erguida y dominante» o «Tu reto es aprender qué es un “NO” de verdad y qué es un “NO” que significa que sí» son algunas de las frases de presentación del ínclito.

Puede que estas actividades nos resulten sorprendentes en España, pero lo cierto es que los expertos en conquistas, o como les gusta llamarse a ellos, Pick Up Artists («artistas del ligue»), son un fenómeno razonablemente frecuente en la cultura anglosajona y especialmente en los Estados Unidos. Algunos de sus más famosos representantes como Ross Jeffries o Zan Perrion llevan dedicándose a esto desde hace más de diez y veinte años y forman parte estructural de un negocio enormemente lucrativo que incluso tiene su propia asociación internacional: la IDCA, International Dating Coaching Association. Y casi todos ellos basan sus prácticas en la consideración de la mujer como mero objeto de conquista. Y al final, como mero objeto.

Piensen en el lema que emplea Frank T. J. MacKey, el personaje interpretado por Tom Cruise en Magnolia y que es el epitome de la pick up culture: «Respeta la polla. Domina el coño». Sin embargo, si han visto el formidable filme de Paul Thomas Anderson, sabrán que bajo la sudorosa cáscara misógina de MacKey se esconde un enquistado rencor hacia los hombres. Y por eso se lleva su dinero.

Hace dos años, la periodista Katie J. M. Baker destapaba en Jezebel la existencia de una peculiar subcultura de Anti-Pick Up Artists. Los miembros de esta comunidad son hombres resentidos tanto con las mujeres que no quieren estar con ellos, como con los gurús del ligue que les habían prometido éxito, pero que, en última instancia, no se lo han proporcionado. Se sienten estafados económica, pero también moralmente, por ellos.

De alguna manera, aciertan en la sintomatología —los gurús del ligue estafan a hombres—, pero se equivocan en el diagnóstico. Para ellos, las mujeres siguen siendo las enemigas que les niegan su «legítimo» acceso al sexo o incluso al amor; y los gurús que les han engañado son, sencillamente, otros enemigos que se han aprovechado de su baja autoestima y su ingenuidad a la hora de enfrentarse al «juego de la seducción». De lo que no se dan cuenta, y fíjense bien, es de que es precisamente la objetificación de la mujer, el considerar que ellas no son nada más que un trofeo, lo que les ha llevado a creer a unos charlatanes que vieron en ellos las víctimas propiciatorias de su discurso falaz. Si tu comprensión de la sociedad te hace considerar el amor como una suerte de acoso y derribo, como un asalto al castillo, entonces, efectivamente eres una víctima. Pero no solo una víctima de los que te estafan en primer grado, sino de tu propia concepción del mundo. Y sí, eres un hombre y eres una víctima del machismo.

Ser blanco es la hostia, porque puedes viajar a cualquier punto del tiempo y te van a tratar como un rey. Si eres negro, lo tienes jodido. Eso sí, los blancos podemos viajar a cualquier punto del pasado, porque en el futuro lo vamos a pagar con creces. Nos van a dar bien por el culo por todo lo que hemos hecho. Y desde luego que nos lo mereceremos. (El humorista Louis C. K., congratulándose de ser blanco).

Escuchando a Louis C. K., me pregunto si los hombres ya estamos empezando a pagar por los milenios de una sociedad machista. Y si es el propio machismo el que nos lo está cobrando, aunque no nos demos cuenta.

Con cierta frecuencia se acusa a determinados anuncios televisivos de ser feministas, hembristas o feminazis. Sin duda, la imagen que proyectan de los hombres es la de unos incapaces, unos inútiles en lo que respecta a las labores domésticas. Seguramente conocen a más de un hombre que es así, de igual manera que conocerán a más de una mujer. Y también conocerán a muchos hombres y mujeres perfectamente competentes en el hogar. Ahora, ¿realmente creen que esa imagen estereotipada del hombre como palurdo doméstico es feminista? ¿Que es una contestación a los innumerables anuncios machistas que ha habido en el último siglo?

No.

No lo es. Ese anuncio hace exactamente lo mismo que el anuncio de Ponche Caballero: discriminar qué cosa es de hombres y qué cosa es de mujeres. Y además perpetúa exactamente los mismos roles de género: los hombres no tienen que hacer el trabajo de la casa porque ese es un asunto mujeres. Porque han sido esos siglos, esos milenios de sociedad discriminatoria los que han asentado una separación de intereses que es, por otro lado, absolutamente ridícula, de lo que pueden dar fe todos esos hombres y mujeres capaces y autónomos que ustedes conocen y que hemos mencionado antes.

Evidentemente, que la publicidad nos considere a los hombres como unos inútiles superficiales que solo estamos preocupados por el fútbol y los coches es una chorrada comparado con la discriminación laboral, la desigualdad salarial o la violencia sexual a la que se enfrentan muchas mujeres. Sin embargo, sin llegar a tanto, el machismo social también tiene algunas consecuencias graves para los hombres.

Según afirma la abogada Sofía Maraña en ABC, los datos del Consejo General del Poder Judicial de 2012 dicen que, en situaciones de divorcio con hijos, la custodia de los mismos se otorga en un 84% a las madres, en un 9% compartidas y en un 7% a los padres u otros tutores. Las asociaciones de padres separados que, en general, buscan el, a priori loable, objetivo de la custodia compartida, a menudo esgrimen estos datos para demostrar la desigualdad de las sentencias judiciales y la flagrante discriminación a favor de la mujer que ellos padecen. Como ocurre con los antigurús de la seducción, de nuevo aciertan en la sintomatología —las mujeres se benefician de una evidente discriminación positiva en el otorgamiento de custodias—, pero en este caso ni siquiera emiten un diagnóstico. Ellos tan solo quieren que desaparezca la discriminación para dar paso a una situación más igualitaria.

Y es que cuesta creer que los parámetros que debe tener en cuenta el juez a la hora de dictar su sentencia favorezcan a las mujeres en 84 de cada 100 pleitos; pero aún cuesta más creer que el juez haya decidido desatender estos parámetros de manera consciente para firmar así una resolución discriminatoria e injusta.

Lo que no cuesta nada creer es que, tras siglos de machismo social, la jueza o el juez no sean inconscientemente parciales. Porque si los roles de género han establecido durante eones que el hombre debe salir a trabajar y las mujeres deben quedarse en casa como encargadas del cuidado de los hijos, entonces es muy difícil que un juez, por muy imparcial que deba ser, no se vea influido dramáticamente por la sociedad en la que está inmerso. Y no me malinterpreten, por supuesto que no hay nada malo en las labores domésticas ni en el cuidado de los hijos; es un trabajo a veces arduo pero a menudo muy satisfactorio y gratificante. Lo malo es establecer que solo a la mitad de la población le corresponde llevar a cabo ese trabajo arduo. Porque entonces, la gratificante satisfacción que suele conllevar también le corresponderá solo a esa mitad. Y es el machismo el que nos la quita a los hombres.

Pero el machismo es mucho peor, incomprensiblemente peor para las mujeres

Fotografía: Man Alive! (CC)
Fotografía: Man Alive! (CC)

Si son ustedes mujeres, es posible que le hayan pedido alguna vez a un hombre —un amigo o su pareja, si son heterosexuales— que les acompañe a la puerta de su casa para no ir sola. Quizá especialmente si esa noche llevan puesto un vestido corto o una minifalda. Cuando a los hombres nos piden dicha ayuda, la solemos ofrecer sin pensar en las implicaciones que tiene que una mujer, por firme y dura que sea, pida caminar acompañada. Y es que nosotros nunca sentiremos lo que sienten ellas cuando oyen pasos tras de sí en la noche. Nunca prestaremos especial atención a si nuestra ropa enseña demasiado los hombros o los muslos o la espalda. Nunca tendremos que elegir si cruzar o no por una calle solitaria por miedo a que nos violen.

Como dijo Neil Gaiman: «Todas estas situaciones son duras, tristes y terribles. Puedo empatizar con ellas y puedo intentar entenderlas, pero sé que nunca lo haré por completo».

Porque jamás comprenderemos lo que significa ser una mujer.

Seguramente recuerden la polémica que se levantó durante las fiestas de San Fermín de 2013, en las que se vieron imágenes inexcusables y absolutamente inimaginables en cualquier otro ámbito. La discusión pública se concentró en dos puntos muy peligrosos: que algunas mujeres reían y disfrutaban con los tocamientos, y que si no querían que las tocasen, que no hubiesen enseñado las tetas e incluso que no hubiesen ido a San Fermín.

No, miren, las cosas no funcionan así. O mejor dicho, no deberían funcionar así.

En primer lugar, porque puede que algunas de las mujeres disfrutasen con los tocamientos, pero lo cierto es que, en 2013, se registraron cuarenta denuncias por agresión sexual durante las fiestas. Y en segundo lugar porque nos estamos saltando un paso fundamental: el consentimiento. Que alguien enseñe las tetas no da derecho a que nadie se las toque, es el consentimiento de la poseedora de esas tetas el que nos lo concede. Por supuesto, enseñar las tetas en un lugar público puede tener consecuencias, pero son consecuencias legales. Es decir, quizá te pueden detener por desórdenes o escándalo público si la legislación así lo regula; pero esa, y solo esa, es la responsabilidad que debe asumir quien se desnude en público. La responsabilidad del abuso es de quien abusa y solo de quien abusa.

Y no comprender esta clara división de las responsabilidades nos puede conducir a una asunción aún más terrible: que las mujeres no pueden disfrutar en paz de una fiesta. Y que es culpa suya.

Afortunadamente, el propio Ayuntamiento de Pamplona pareció entender la gravedad de estos hechos y, lejos de defender las agresiones como propias de la fiesta, lanzó una campaña para este año 2014 en la que, entre otras cosas, decía que «Hemos vivido en una cultura que protege al agresor, pidiendo condescendencia a las chicas o las mujeres para aceptar piropos, babosos intentos de ligue, molestias o acosos porque estamos de fiesta, porque no pasa nada, porque es la costumbre, porque eres mía o porque quiero que lo seas, aunque tú no quieras».

Sin embargo, el Ministerio del Interior no parece tener claro quién debe asumir las responsabilidades de una agresión, y hace apenas unas semanas, ha publicado en su web unos consejos para la «Prevención de la violación». Entre estos consejos incluye no hacer autostop, no transitar por calles oscuras y solitarias o no poner el nombre de pila en el buzón de correos si la mujer vive sola.

Esto se llama terror.

Porque genera un estado de miedo constante y sostenido, y transmite una desconfianza universal al identificar a todos los hombres como potenciales agresores. Pero sobre todo, porque los consejos van dirigidos solo a las mujeres, haciéndolas responsables de las posibles agresiones que puedan sufrir si no los siguen. Y además, estos consejos limitan libertades esenciales: si eres mujer no puedes caminar sola, no puedes subirte a un autobús casi vacío y tienes que renunciar a tu nombre de pila. Por si acaso.

Lo siguiente sería limitar las agresiones sexuales impidiendo que las mujeres vistan con minifalda o con tacones. O incluso obligándolas a no salir de casa. Ya saben, la mejor manera de que no te roben un coche es no sacarlo jamás del garaje.

Pero, ¿saben cómo se reducirían las violaciones a una mínima expresión? Enseñando a los hombres a no violar.

Por supuesto, la sociedad nunca se verá completamente libre de violaciones, como nunca dejará de haber asesinatos o robos. Pero si la cultura social deja de jalear y de alentar los comportamientos abusivos y discriminatorios, si se responsabiliza a los verdaderos agresores y se rechazan sus actuaciones desde todos los ámbitos, incluyendo los privados, entonces créanme, las mujeres —todas las mujeres, incluso las que nunca han sufrido ni sufrirán agresiones— serán más felices y la sociedad —toda la sociedad, los hombres y las mujeres— vivirá en igualdad y en libertad. Vivirá en paz.

Este es el vídeo que el joven de veintidós años Elliot Rodger subió a YouTube la mañana del pasado 23 de mayo. Al cabo de una hora había matado a seis personas y herido a otras trece. Regó de cadáveres el campus de Santa Bárbara de la Universidad de California en Isla Vista. Dos mujeres y cuatro hombres. Después se suicidó.

El vídeo se llama «Elliot Rodger’s Retribution», la represalia de Elliot Rodger. En él, el joven se considera un hombre amable y considerado. Y sin embargo, acusa a todas las mujeres que no le han correspondido, a todas las mujeres que, según él, le han condenado a seguir virgen precisamente por ser «un buen chico». Y también a los hombres, a los «chicos populares» que sí han tenido éxito con ellas. Y les advierte de que van a pagar por ello.

Tras los asesinatos, el portavoz de la familia Rodger indicó que Elliot siempre había sido un chico con problemas psicológicos y psiquiátricos y que había acudido durante varios años a terapia. Como dije antes, nunca podremos estar libres de asesinatos o agresiones, y fue el propio Rodger el responsable último de sus crímenes; pero sería peligroso obviar la influencia del machismo social, lo que los anglosajones llaman rape culture, en la formación de su personalidad. Como recogió Alan Duke en la CNN, Elliot Rodger formó parte de la comunidad Pick Up Artists y, en vista de su «fracaso», acabó en la Anti-Pick Up Artist. Su vídeo y su diario estaban salpicados con frases de resentimiento y odio misógino: «¡Cómo se atreven todas esas chicas a evitarme así! ¡Cómo se atreven a insultarme así! Merecen un castigo y se lo voy a dar», «Cuando dejé las clases, dejé al fin de ver a todas esas preciosas chicas que no podía tener», «¿Por qué las chicas me odian tanto?», «Le di a todo el género femenino una última oportunidad para concederme los placeres que yo merecía».

Tras los asesinatos, en Twitter aparecieron cientos, quizá miles de mensajes de repulsa no solo de los crímenes, sino de toda la rape culture que había conducido a ellos. Y también de apoyo no solo a las víctimas, sino a todas las mujeres.

El hashtag se llamó #YesAllWomen, y venía a decir que todas las mujeres tenían derecho a tomar sus propias decisiones, fuesen correctas o equivocadas. Que todas las mujeres podían vestirse como les viniese en gana sin temor a ser insultadas, vejadas o agredidas. Que todas las mujeres debían ser libres de elegir con quién acostarse o a quién amar: altos, bajos, gordos, flacos, ricos, pobres, listos, tontos, hombres o mujeres. Que todas las mujeres merecían el mismo respeto por su condición de mujer que un hombre por su condición de hombre.

Sí, que todas las mujeres son personas.

Porque si olvidamos que todas las mujeres son personas, olvidaremos que todas las personas son personas. Y por supuesto que hay mujeres cuyos actos u opiniones no merecerán nuestro respeto, pero precisamente por sus actos y opiniones, no por el hecho de ser una mujer. Exactamente igual que debemos hacer con los hombres.

Y si olvidamos que las personas son personas, creeremos que nos deben algo y les quitaremos su capacidad de decisión. Les quitaremos su libertad. Les convertiremos en objetos de los que disponer y, en última instancia, a los que romper. Y entonces, perderemos nuestra dignidad como seres humanos. Nuestra dignidad como especie.

Así que permítanme cerrar el artículo con una recomendación. Una recomendación a toda aquella persona que, aun después de leerlo, todavía esté pensando en tomar una represalia violenta contra esa otra persona que le abandonó. Esa persona que prefirió a otro o a otra, quizá más alto o más guapa o más rica o más feo o más simpática o más grosera o más limpio o más pobre o más sucia. Esa persona que no le correspondió y no se dio cuenta de lo romántico o lo divertida que es. De lo buen tipo o lo buena chica que es. Si lo han meditado bien y el rencor que sienten hacia esa persona no les deja más alternativa que castigarla, si solo se ven capaces de aliviar su dolor infligiendo aún más dolor y luego planean suicidarse; entonces les sugiero que inviertan el orden de las acciones. Les recomiendo que sigan los pasos de ese otro gran exponente del Romanticismo que fue Mariano José de Larra, que cuando no pudo soportar más el desamor de Dolores Armijo, decidió matarse.

Fotografía: Charlotte Cooper (CC)
Fotografía: Charlotte Cooper (CC)


Gonzalo Vázquez: El telepibón deportivo

De un tiempo a esta parte el agitado panorama audiovisual, y especialmente el deportivo, subraya una tendencia cada vez más acusada. Lo ha hecho además sin disimulo ni cita previa, extendiéndose con la sibilina rapidez del contagio.

Mientras en las redacciones la proporción de mujeres y hombres no ha variado gran cosa se podría admitir una mayor presencia femenina en pantalla. Pero incluso ese posible repunte no explica el nuevo fenómeno que consiste, básicamente, en el aspecto, en exhibir un tipo de mujer muy definido, en la preferencia por un canon, o mejor, por un molde que antes asomaba, como el florero en decoración, y ahora además presenta. No es que la información haya pasado por el bisturí de la cirugía plástica. Es que información y cirugía empiezan a compartir el mismo principio. De ahí que nunca como ahora hayamos visto tanta chica mona en los espacios deportivos. No es otra la realidad a considerar.

Para avistar con mayor claridad el contraste, cuya cresta atravesamos, basta echar un vistazo a una televisión anterior.

Entre la fiebre del destape en el cine y su resurrección por los canales privados en los años noventa, con la Telecinco de Lazarov en incesante desfile mudo de hembras danzantes, de carne a la parrilla, hubo en la pantalla española, que es lo mismo que decir TVE, unos años de tregua donde tal vez lo último a denunciar era esa ampolla conocida como sexismo.

Por aquel entonces, en ese como periodo de calma, la presencia femenina en televisión, de peso gradual y tono discreto, no tenía nada de género y sí de natural fusión con el medio. La mujer era en pantalla lo mismo que el hombre, un elemento básico de la comunicación, a su entero servicio, de manera que el sexo de los profesionales y su genuina forma eran accidentales y no fundamentales. Mensaje y contenido primaban en los programas por ellas presentados. Y que las elegidas fueran guapas o feas resultaba, como el género, cosa incidental. Que pudiera haber una preferencia, que la había, no desalojaba en ningún caso una competencia anterior. De ahí que hasta los ensayos por embellecer lo femenino en pantalla, como las azafatas en Ibáñez Serrador, vinieran precedidos de una rigurosa selección artística al modo de las actrices. Aquellas chicas podían ser hermosas. Pero tanto lucían muslamen como voz y resolución, de la vis cómica al arte dramático.

En el fondo, y ayuda mucho la perspectiva, fueron años de aparente inocencia felizmente a salvo de retorcidos yugos de audiencia o paridad. La mujer fluía en pantalla y su aspecto lo hacía al gobierno de la comunicación y no al revés.

Detrás del discurso filocomunista de La Bola de Cristal se ocultaba el cerebro creador de Lolo Rico así como la promoción del respeto al público infantil veía su encarnación en la enternecedora figura de María Luisa Seco. Aquel periodo cercano a la década es tan femenino como presentador, artístico o directivo. De ello dieron cuenta mujeres como Sandra Sutherland, Beatriz Pécker, Mayra Gómez Kemp, Verónica Mengod, Sonia Martínez, Isabel Tenaille, Mercedes Milá, Rosa León, María Teresa Campos, Rosa María Sardá, Victoria Prego, Mari Cruz Soriano, Marisa Abad, Tina Sáinz, Marta Angelat, Eva Nasarre, Paloma Chamorro o María Casanova. Y en deportes, donde más escueta era la cosa, Mari Carmen Izquierdo y Olga Viza.

Andando el tiempo el flanco posterior al 11 de septiembre, que también alteró la televisión, vendría vertebrado por un batiburrillo de formatos y pastiches donde lo informativo volvía a primer plano y la guerra al terrorismo como nuevo mundo servía de coartada para la escorada politización de las cadenas. El resto, a grandes rasgos, lo formaban el género ya fallecido del testimonio, la emergencia del reality, los shows de alto presupuesto bajo el hegemónico Noche de Fiesta, que rescataba en tono satén a bailarinas que luego hacer desfilar en lencería, la epidemia totalitaria del llamado corazón que todavía padecemos con fuerza y la futbolización del deporte, siempre el deporte.

Y es precisamente bajo el gigantesco manto deportivo que se asiste de unos años acá al género más reciente, un género televisivo en sí mismo: el telepibón deportivo, esto es, la incorporación a los espacios de deportes de una o más bellezas sin mayor prioridad que su mera exposición. Es crucial el matiz. No se incorporan especialistas mujeres. Lo hacen modelos.

No deja de sorprender que fuesen los medios más ligados a la izquierda, donde el feminismo anidó siempre, quienes tomaran la delantera en esta radicalización de la cosmética informativa que rápidamente absorbería el resto del espectro televisivo. Y la sorpresa proviene de la presunción en la izquierda teórica de unos principios donde el valor de lo profesional debiera preceder al aspecto exterior, donde el presumible talento y el espíritu de sacrificio quedaran como muy por encima de la simple belleza.

De hecho ninguna cadena actuó con igual fuerza detonante y animó más el contagio que LaSexta, la selección de cuya nutrida plantilla de presentadoras y colaboradoras apenas dista de la que Zara, Bershka o cualquier otra cadena de moda promueve con sus dependientas.

Para la perspectiva futura incluso es posible establecer un efecto llamada en el programa Sé lo que hicisteis, una porción nada insignificante de cuyo éxito reposaba en la espectacular puesta en escena de ejemplares como Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado, Cristina Urgel, Paula Prendes o Cristina Pedroche. Y como en un plano de aparente mayor rigor pero en el seno de la misma estrategia se añadían en informativos Mamen Mendizábal, Cristina Saavedra, Cristina Villanueva o Helena Resano. El pastel lo coronaba un equipo de deportes que incluía a Sandra Sabatés, Sara Carbonero, Susana Guasch, Carlota Reig o Karina Kvasniova.

Al amparo de la nueva ola Marca TV presentaba de golpe y porrazo un plantel de pasarela formado por Ana Cobos, Lara Álvarez, Carolina Bueno, Marina Palmero y Alba Lago. La llamada Televisión del deporte absorbía así la nueva estrategia y se animaba a llevarla incluso más lejos. Una corte de pibones sin trampa ni cartón.

Antes, durante y después se habían venido sumando al entero espectro audiovisual nuevos encantos de cámara en los nombres de Mónica Martínez, Noemí de Miguel, Fe López, Carolina Alcázar, Nira Juanco, Ainhoa Arbizu, Desirée Ndjambo, Lourdes García Campos, Marta Solano o Irene Junquera entre otras. En suma, no queda cadena que no se precie de ellas.

Se abre así con periodos anteriores una fractura reseñable, un salto cualitativo, como una revolución estética de la presentación, eso sí, exclusivamente femenina. Allá donde el hombre puede ofrecer una mayor diversidad de aspecto se encuentra el molde de la mujer cada vez más encorsetado y uniforme, más a salvo de alternativas.

Es evidente que todo ha cambiado mucho y nada cabal habría en recular a ningún sitio. Pero mucho más flagrante aún el reciente y como repentino ascenso del criterio estético, su total predominio sobre cualquier otra consideración, incluida la competencia profesional, en relativo suspenso en el proceso de selección.

No se trata de desgranar la capacidad de cada una de las profesionales citadas, que sería como hacerlo con la de sus homólogos hombres. Como en ellos las hay buenas y malas. Se trata de poner en la diana el denominador común, especialmente en las meras lectoras del prompter, de su cosmética poderosa, de la primacía del atractivo radiante, inmediato y gomoso, formando todas en conjunto una nueva generación, un género televisivo paradójicamente no basado en el género como ingenuamente pudiera parecer. Sino en la salvaje selección de género. Porque donde antaño pudiera haber una ligera inclinación ahora no cabe alternativa.

Es evidente que en televisión se cumple como en ningún otro sitio aquella máxima de Berkeley según la cual “ser es ser visto”. Ante la proliferación de canales y la fragmentación de las audiencias los directivos promovieron diferentes estrategias comerciales una de cuyas manifestaciones más compactas ha dado en el telepibón deportivo, un intento por redoblar la atención del espectador y hechizarlo a base de rostros bonitos, mejor cuanto más llamativos.

De la desvergonzada puesta en escena de las mamachicho a estas muñecas de la información puede haber, y de hecho hay, un mundo de distancia. Se ha pasado de la glotona carne muda en movimiento a la maquillada locución de estilismo patrocinado. El cuerpo femenino se ha visto, pues, cubierto por esta sorda filigrana. Y sin embargo la raíz del fenómeno dista de aquellos lodos mucho menos de lo que pudiera presumirse.

En el fondo de la percepción directiva reposa, en términos de audiencia, la certeza de que a la atracción de la colosal manada de machos es posible sumar cierto magnetismo femenino a la belleza femenina, sea cual fuere su reacción espectadora, de la morbosa expectación ante Carbonero al primitivo recelo misógino de la competencia natural al finísimo examen que en ellas causa el estilismo. El caso es quedarse. Y la belleza parece que lo consigue.

Hace tiempo que la televisión suplantó al medio de comunicación por el medio de exhibición, a la estantería por el escaparate. El cinismo y una calculada presunción demagógica han conseguido que enunciar esto, tan solo enunciarlo, suene a como represivo y anticuado. Y sin embargo nada explica mejor lo ocurrido en estos últimos tiempos que la cosmética actualización del espíritu del destape a través de esta como playmateización deportiva y su plétora indumentaria en generosos escotes, labios pronunciados, curvas definidas y cabellos de anuncio.

No importa si hay algo que decir. Porque igual que los sucesos despolitizan la realidad los pibones desustancian el mensaje. La banalización es así extrema: se banalizan ellas, se banaliza la información, se banaliza el espectador, se banaliza el medio. Y todo ello en un contexto donde el deporte encuentra en la futbolización su ideal banalizado.

En un informe realizado conjuntamente por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF), la Universidad Politécnica de Madrid, el Consejo Superior de Deportes y el Instituto de la Mujer (El Deporte Femenino en los Medios de Comunicación, nov. 2009) se establecían una serie de objetivos preliminares y conclusiones. De los seis que vertebraban el primer punto uno refería “la influencia que los medios de comunicación tienen en la visibilidad de las mujeres en el deporte” más allá del deporte. De las nueve conclusiones la cuarta denunciaba “el efecto fagocitador del fútbol en los medios”; la sexta el tratamiento “impregnado de estereotipos de género y la información” propensa “a resaltar más a la mujer que a la deportista, una creciente tendencia a presentar a las mujeres deportistas como iconos eróticos más que como ídolos deportivos en sentido estricto”, un debate aparte. Y la octava, en clave lapidaria, “la aplicación de una mirada androcéntrica”, esto es, una política de hombres.

En el fondo, deportivamente hablando, esto siempre ha sido así dada la condición incorregible de la genética masculina, inflamada para colmo por las urgencias del mercado y las cuotas de pantalla. Pero mientras antaño esta selección hormonal de mujeres quedaba en petit comité y se obraba, en última instancia, con arreglo a criterios de mayor peso profesional ahora el criterio de mayor peso, tal vez ya el único operativo, es el estético. Y todo ello sin el menor disimulo. Dicho en claro: “Usted está buena, adelante; usted no lo está, fuera”.

La exclusión salta pues a la vista.

El caso de Sara Carbonero, por enconada intensidad, es tal vez el más representativo del fenómeno. Para empezar el problema de Carbonero, como el de todas estas jóvenes, no es suyo. Es que a través de ella ha estallado por fin la raíz misma de la ofensiva, resumida en que una jovencita mona es colocada a dedo por directivos cuyo único interés reside en absorber la atención de una audiencia mayoritariamente masculina, caldearla y extraer un rédito comercial de todo ello. Que las presuntas cualidades pesaran algo en su selección, incluso merezcan ser reseñadas sobre su aspecto, es un atentado a la veracidad.

En el caso Carbonero interviene además un añadido explosivo. Su presencia algo distante y fría, como una endémica falta de gracia natural y un tono de princesona aburrida podrían resultar válidos, en términos televisivos, en el borde de un sofá de programa matinal en, pongamos, sección de moda. Pero ocurre que esta figura de aspecto delicado ha sido arrojada al campo de batalla más masculino de todos, a la trinchera del fútbol y su sanguínea simbología vociferante, enérgica y grosera. Incorporar a esta joven de cristalinos ojos manga que susurra aristocrática mientras se mesa el cabello equivale a colgar una lámpara de palacio en una cuadra. Es tal el contraste que difícilmente el fondo del debate debiera ser distinto si Carbonero luciera un aspecto menos afortunado. Mientras no habría la menor disonancia en otros formatos de pantalla su artificial admisión por el fútbol insulta al sentido de la proporción.

Así ha ocurrido, para desgracia de la chica, que la española costumbre de la inquina, la infecciosa envidia, su natural tendencia al linchamiento y la espantosa potencia de las redes sociales han llegado a convertir a Carbonero, en el peor caso, en mártir de una causa que no merece. Hasta sería digno de reflexión el connivente silencio del género femenino, que termina viendo en ella a la quintaesencia del nepotismo estético y el desprecio al criterio profesional; una niña bonita colocada a dedo bajo retribución astronómica, una reina de la noche a la mañana, como una Letizia del fútbol.

Hay algo aún peor en todo esto. Un fenómeno también típicamente español que Bordieu denunció hace ya tiempo: “Incluso puede suceder que periodistas de televisión alcancen posiciones muy importantes en la prensa escrita, lo que pone en tela de juicio la especificidad misma de la escritura, de la profesión: si una presentadora de televisión puede convertirse de la noche a la mañana en directora, por fuerza hay que preguntarse en qué consiste la competencia específica del periodista” (Sobre la Televisión, Bourdieu, Anagrama, 1997, p. 72).

Y es el caso. Porque la misma Carbonero, de quien se ignoraba todo escrito, aparece de súbito firmando columnas en un diario nacional, otra maniobra puramente comercial que actúa como contrapeso, un artificio revestido de compensación de la belleza, como una patética justificación de presuntas facultades.

Cabe preguntarse también por qué razón ocurre todo esto en el llamado periodismo deportivo. Una de las respuestas llega indirectamente de otra mujer, una periodista animal de la información, Àngels Barceló, recién entrevistada en estas mismas páginas. Preguntada por el fenómeno Carbonero la veterana periodista, a quien la dictadura estética le llega tarde, respondía por el desliz de Sara con el penalti de Iniesta. Y lo hacía a la presunta gravedad del error en contraste con otras esferas de la información: “Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente”.

Curiosamente, en un momento avanzado de la Eurocopa 2008, Barceló asumió el mando de la mesa que presentaba el especial Zona Cuatro desde la plaza de Colón. Una figura de informativos se colaba de pronto en el espacio deportivo de la cadena. Y lo hacía con rotundo acierto dada la poderosa versatilidad de la presentadora. Pero es el intercambio de escenarios lo que merece consideración. Porque resulta impensable en sentido contrario. Impensable que alguna de estas sports ladies ocupe de pronto papel prioritario en, pongamos, Internacional o Economía ante un evento de gran magnitud al modo en que Barceló lo hizo en la Eurocopa. La lectura de algo así pone en entredicho el presunto examen de cualidades y desciende el periodismo deportivo a su escala omnívora más baja, al ambiente del bar Manolo tras cuya barra parece admitirse todo: de Ronceros a Carboneros.

España no se ha abismado aún en algún ejemplo extranjero donde la presentadora de informativos o el tiempo va desnudándose frente a la cámara. Y tampoco el fútbol ha colado, de momento, una Marika Fruscio. No quepa duda de que si se diera el caso algún directivo, periodista orgánico o cualquier otro secuaz corporativo defenderían la maniobra en términos de imagen reiterando, como suelen sin más, que “es televisión”. Como si el lenguaje televisivo admitiera los hechos consumados como el militarismo los daños colaterales. Es lo que tiene la indiferencia ética.

La misma polémica Carbonero palidece ante ejemplos como los de Erin Andrews o la mexicana Ines Sainz. Pero en estos casos se observa cómo interviene lo peor masculino sobre lo frágil femenino. Cómo el encendido del negocio primario aplasta a un tiempo la entidad del valor profesional y del consumidor como sujeto inteligente.

Llevado esto a la realidad considere el telespectador cada vez que tenga frente a él a una de estas monadas lo verdaderamente ocurrido. Piense que en un momento de la selección que dio con una de ellas en pantalla, el momento decisivo, alguien a espaldas de la chica, alguien seguramente hombre, de traje, corbata, esposa, niños y buena reputación en el gremio, exclamó a otro igual o subalterno algo así como: “Ésta es la más guapa”, un mero formalismo que con seguridad se enunció al modo: “Joder, qué buena está”. Si esto es así, y lo es en, pongamos, la información deportiva, es de imaginar qué no ocurre cuando, sin restricción informativa por medio, la presa de caza tiene un cometido meramente ornamental.

Aquí es donde el sexismo de pantalla se dio siempre los mayores banquetes. Un fenómeno crudamente trazado por la socióloga Lorella Zanardo en el espeluznante documental Il Corpo Delle Donne (El Cuerpo De Las Mujeres) sobre las terribles consecuencias de la berlusconización de la TV en Italia.

Contra todo lo antedicho podrá alegarse que nada malo hay en disfrutar de una simple vista agradable con las informadoras de pantalla. Es posible. Pero entonces urge preguntarse dónde queda el sentido de la profesión, dónde el valor de la experiencia —Doris Burke o Jackie McMullan no cabrían en el modelo ibérico actual— y, dónde, he aquí lo grave, el derecho profesional de las menos agraciadas físicamente. Si no ha podido llegar para todas la fatídica hora de suplantar la Facultad por la Agencia de Modelos.


Gonzalo Vázquez: El drama tardolescente

Tiene casi treinta años. Podría tener veinte o cuarenta. En lo esencial nada ha cambiado ni lo hará. En algún momento su carácter y posición en el mundo se detuvieron, como el aire de las cuatro paredes que lo encierran. Son muchos. En realidad demasiados. No se les oye ni ve. Viven ocultos, palpitan en secreto y como perciben la existencia a solas se deslizan como espectros a la intemperie social, que con disgusto deben cruzar a diario.

Una ramplona perspectiva material los ha venido explicando por el retraso en su independencia. Viven en casa de sus padres como si algo dramático fuese a variar de hacerlo fuera, en el alquiler de una habitación que comparten con otros iguales, donde a lo sumo cambiará el marco pero difícilmente el cuadro, en cuyo tenue interior apenas se ha reparado.

En el alma de ese eterno joven dormita una vida afectiva que sigue enfermando. Muy temprano asumió que su emoción no era permeable, que del intercambio amoroso universal había sido descartado y que sentimentalmente habría de bastarse a sí mismo. Que mejor le sabría renunciar a la vida social que seguir deambulando por ella y castigar así la conciencia con la privación que mayor tormento le causa.

Nada más decidió que resignarse. Y los años de rutina solitaria fortalecieron los barrotes que le separan del mundo exterior, el abismo que subraya su vulnerable condición.

Hubo un tiempo en que agrupado sentía algún calor. De noche se entregaba con otros al alcohol y hasta empleaba su primera lucidez en cruzar la orilla y acercarse a ellas. Eran momentos de una valentía instantánea, de una ingenuidad sin nombre que atenuaba el sinsabor de las negativas hasta la noche siguiente, como creyendo que siempre habría una más.

Ese tiempo ha pasado. Voló en un suspiro. Ahora apenas encuentra arreglo entre los mortales. Se siente ridículo en cualquier bar, un pasmarote sin sombra en corrillos que no le apetecen. Alguna vez se anima y entre compañeros más que amigos disfruta un ligero cosquilleo. Pero de reojo no pierde ocasión en descubrir un rostro bello, unas piernas suaves o unas formas glotonas y lamentar que algún otro las goce. Por eso de un trago vuelve en sí para acabar matando la noche en su refugio consumiendo a solas cualquier cosa de la FNAC, el comercio que más frecuenta y del que se atiborra a ritmo endiablado.

Porque careciendo de vida afectiva afirma la vida culta, motivo por el que su conciencia le recuerda sin piedad qué le lleva a matar su tiempo entre románticos y foreros que como él dieron la espalda a la luz. Y en penumbra encuentra un sordo placer en ignorar el ardor de las pasiones y hasta en masturbar aprisa sus brotes, cuya insistencia maldice.

La distancia al otro sexo ha tornado ya infranqueable. Lo hizo en el momento de justificarla. No se identifica con el vulgar escaparate de bíceps y berzas. Tampoco con el cargante 15-M, de cuya tribal estética sospecha. Y nada repudia más que el veneno conservador de las niñas bien, de ninguna de las cuales disfrutó jamás una mirada. En esta terrible simplificación del mundo femenino, deformado en molde político, cree así agotada su fauna. Pero no su añoranza. Desea entonces una chica normal pero no sabe dónde encontrarla. Y su orgullo, ese gusano que devora sus entrañas, ha inflamado tanto que descarta entregarse a la red. La solución es, pues, la renuncia. La vuelta al ovillo sin haber dado un paso.

Pero el tormento vuelve enseguida a la carga. Porque la vida en quietud orbita en un bucle sin meta. Y porque sigue siendo un hombre. Solo que aún no ha tenido oportunidad de comprobarlo.

Por eso un encuentro sexual le viene grande. Ve el cielo abierto a su posibilidad. Pero se va nublando a medida que la inseguridad lo posee. No entiende cómo es posible haber deseado tanto lo que ahora le aterra. Así ocurre que la noche en que el azar del destino lo elige descubre con ingrata extrañeza la hediondez de un coño, la torpeza en acertar su diana a oscuras, las reacciones indescifrables de ella, su sospechoso silencio y como un terrible guión cuyo orden ignora de raíz. Habituado a la vida mental, al placer cognitivo, esta violenta sobrecarga de los sentidos dificulta su erección. Descubre entonces que la experiencia in situ nada tiene que ver con el atletismo sexual de que su sobredosis de porno le creyó convencido.

Admite así con horror la remota distancia entre el consumo y la escena protagonista. Es un novicio. Y la dictadura genital y el imperativo de satisfacción femenina con que ha sido bombardeado en vida le impiden el goce y hasta entender las razones por las cuales lo sexual era el último y como más importante plano de conquista. Aterrado desea entonces huir, desaparecer del fracaso, regresar al único espacio que comprende, al muelle de la obesidad solitaria.

Hasta podría enamorarse sin saber qué le ocurre. Y desatender ensimismado todo cuanto no concentra su objeto amado. No siendo correspondido su frustración aumenta y una de las primeras consecuencias es renegar de aquellas sensibilidades atribuidas a la feminidad. Antes bien se convence de su naturaleza diabólica. Habrá cruzado entonces una peligrosa frontera. Ya no verá mujeres. Solo enemigos envueltos en seductora forma de presa sexual. Una visión envenenada al punto de percibir la belleza que no hace suya como un calvario, peor cuanto más irresistible aquélla.

El desarrollo de la misoginia es más lento y silencioso de lo que su perspectiva histórica sostiene. No es tanto origen como desenlace. No medra tanto en el subconsciente y albores de la vida cuanto en las vívidas decepciones sufridas en los años de flor y conquista. La coartada biológica de Aristóteles o la genética en Schopenhauer palidecen ante la definición alfonsina de la mujer como la fuente de confusión del hombre, el peligro que no guarda medida. Esto lo sabe bien tanto el misógino como el que se quedó a las puertas de padecerlo antes de entregarse.

Misoginia y misandria son males del alma. Males adquiridos que nada podrá combatir si la experiencia de la víctima es verdadera. No será otro el motivo de futuras cautelas en el terreno que más libre debiera verse de ellas. De ahí que Russell lamentara la cautela en el amor como la más letal para la felicidad auténtica.

El sujeto tardolescente vive en silencio su drama interior. Ese joven nació y creció sin un solo defecto. No congénito. Tres décadas después sigue sin haberlo. Y sin embargo nada siente con más fuerza que el defecto de su vida, fuente de todos los demás.

Cabe incorporar este proceso paradójico al derecho de inadmisión a que la masculinidad ha sido sometida en el último cuarto de siglo.

Ningún fundamento arquetípico ha sido más despreciado por la cultura moderna que la noción clásica de hombre. Hace tiempo que la publicidad norteamericana se sacudió los complejos de beatificar a mujeres y negros por una especie de atávica culpa que compensar la cultura popular. Hoy día informa esa mercadotecnia un desbordante sentido del humor libre por fin de morales reparaciones a presuntas víctimas del pasado. Dominada por vehículos, seguros y comida la publicidad norteamericana no se mete en líos. Elude así dar motivos al sediento enjambre de papanatas dispuestos a saltar a la mínima.

En España el proceso publicitario de la compensación, que culpaba al hombre deificando a la mujer, ha remitido notablemente. Pero hasta hace bien poco un hombre valía menos que una lavadora y ninguna asociación ponía el grito en el cielo. En el mundo comercial, el pilar simbólico sobre el que se sostiene la sociedad de consumo, el hombre ha venido encajando todos los golpes sin rechistar.

La cultura popular en los Estados Unidos no ha fortalecido tanto la figura femenina como en España, que acomplejada sigue dando saltos sin orden ni concierto. Del destape al porno a una cultura tan hiperfeminizada como para hacer del gay un icono de modernidad. El prototipo saliente de esa huida de la vergüenza presentaba a una mujer firme, poderosa, liberada y autónoma. Pero al mismo tiempo insensible, material y superflua, un ente algo sádico que sobrevolaba al hombre cuando no lo pisaba con saña en su escrotal masculinidad reduciéndolo con moroso deleite a erótico delantal, a primario objeto sexual. Al fervor de la culpa masculina ocurrió que ni siquiera podrían darse mujeres frígidas. Solo falos incapaces. Así toda humillación encajaba para solaz de la nueva mujer, una estúpida caprichosa que ha venido triunfando en el discurso simbólico como preferible a toda mujer anterior.

Por el contrario el hombre no encontró un nuevo molde más allá de la erosión y desguace del anterior. No se repuso el cadáver. Admitir la congénita idiocia masculina y como una etérea superioridad del otro sexo pasó a formar parte del orden natural. La cultura devino así hermafrodita. Y cuanto más elevadas sus presunciones, cuanto más celestes sus metas, más lejos del empedrado masculino.

La campaña de Loewe por ejemplo, una oda al exterminio del publicismo indolente, exhibe en términos surreales a una pueril patulea de disfrazados con un único denominador común: la exclusión del hombre. Ni uno solo hace acto de presencia y cuanto lo sugiere es de plástico. Es el hombre, al margen de nociones, la figura de que huir, el polvo que sacudir bajo la alfombra. El hombre es lo primitivo y mostrenco, la realidad prosaica y velluda sin tacto ni cabida en esos bolsos que figuran una sexualidad difusa de la que únicamente se desprende que las sutilezas de estilo y diseño, los alardes del arte, no están al alcance de lo masculino real.

En su desbocada provocación erraba así Umbral refiriendo mujeres de piscifactoría. Más bien al contrario, es su orbe el sexo intacto siendo el hombre el nervio confuso, zarandeado, anómico y errante.

El peaje de un feminismo activista y una deplorable interpretación del correctismo político vapulearon –en términos de Hayward– al varón, que en adelante sufriría una grave crisis de identidad como impelido a renunciar a lo más sagrado de su ser.

En medio de la confusa renovación, dominada por represalias en lugar de ideales, admitió el sexo masculino un nuevo tipo de hombre menos superior que deseable. No era nada definido. Solo retales con que ir cubriendo sus vergüenzas cosiendo de paso a flechazos el cuerpo del guerrero, el alma del héroe, el hombre rampante. La solución pasaba por un tipo comprensivo, tierno y sensible. Que llorase si así procedía. Un hombre frágil como al servicio de la maternidad. Nadie tuvo en cambio el valor de advertir a los nuevos jóvenes que la bondad es a ellas la menos erótica de las cualidades. Y que más que deseo inspirará compasión.

El nuevo hombre se veía así abocado, lo quisiera o no, a amistar con ellas antes de dar otro paso.

Los efectos de la oleada pueden sentirse hoy día en una masa invisible. La primera generación que sucede al asesinato del hombre, la generación de jóvenes varones más inocente que ha conocido el sangrante pueblo español, padece hoy de improvisadas exigencias que nuevamente asestan golpes a su tierna medular. Un realismo exacerbado potencia al macho que en el corazón de la noche sigue triunfando muy por encima de las sutilezas presumiblemente efectivas. Y hasta la fecha no se conoce índice más fiel a la temperatura erótica de un pueblo.

El tardolescente solitario sufre la inercia de llegar a creer que fuera de su refugio, en el mundo exterior que ya no respira, se libra un festín de desenfreno sexual cuya exclusión llega a padecer como un condenado. No hace falta esa condición para hacer propia esa miopía. Un ciudadano de a pie puede experimentar igual desolación al incesante desfile de putas y futbolistas. Pero la pesadumbre que invade al primero será mucho mayor, tendrá una raíz más honda y poética.

Ese chico incapaz de disfrutar su juventud, que ha renunciado a ella, está preparado, es inteligente, hábil y adaptable. Sus valores no han sido enseñados sino asumidos. Es moralmente más justo que toda generación anterior. Y sin embargo es víctima de algo que no comprende. Sufre así arrebatos en maldecir su independencia llegando a codiciar la unión ajena y hasta su denostada figura del matrimonio, que vio formar uno a uno a sus antiguos amigos.

Se apresuró en España un tiempo de engaño donde la primera institución a derribar era el matrimonio. Qué terrible fracaso. Nadie reparó en la gigantesca torpeza de concebir el ensayo al mezquino espíritu español, combativo en lo vulgar y sin mayores ambiciones que las domésticas. Fromm no pensó en la piel de toro como el mejor laboratorio para el miedo a la libertad. Y sin embargo no habría encontrado ejemplo más ideal.

De estudiarse en profundidad el origen de la mayor parte de matrimonios jóvenes de este país, de cómo se formaron y qué cualidades condujeron al acuerdo, los pilares sobre los que se asienta esa institución tendrían el grosor de un lápiz. Porque apenas se hallarían pruebas más veraces que el miedo a la castración vital de ellos y a la soledad en ellas, privación del mandato biológico. Con deplorable frecuencia el hombre asume la mano del primer coño que toma. Ella, del primer interesado en tomarla. Así cumplen la trampa de Nietzsche de reproducir la especie sin la más remota intención de mejorarla ni divisar un horizonte de común felicidad.

Como hace tiempo que el lenguaje español perdió el mando de su destino, de bautizar a sus nuevos hijos, el nerd, el geek o el freak representan un tipo de inepto social que nutre el tejido en infinito mayor grado del que se presume. Pero a diferencia del idiota doméstico rendido al yugo forzoso este nuevo soltero, que pasó de ideal a denigrado, no entregó su vida a la primera carta y puede seguir jugando en libertad en torno a una pasión, una ambición, un especialismo en sana barbarie.

Es por ello que el tardolescente solitario puede ser el más digno de los infelices. Su alma está herida. Pero sigue siendo suya. No la vendió a la presión de un entorno que en el fondo nunca deseó así.



Cómo golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza

Malleus Maleficarum, traducido como Martillo de las brujas. Para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza, fue escrito por dos inquisidores germanos del siglo XV con la airada motivación que expone su título y definido por Carl Sagan como “uno de los documentos más aterradores de la historia humana”. Es, también, mi libro de cabecera junto con el Mein Kampf. Dos lecturas reconfortantes para aclarar las ideas al final del día y dormir plácidamente abrazado a mi peluche.

En estos tiempos de incertidumbre no hay mejor cosa que revisitar a los clásicos en busca de buen consejo. Hoy en día ya no se escriben libros como los de antes, como bien dice Sánchez Dragó mientras lanza una severa mirada por encima de sus gafitas. Y como toda campaña ministerial insiste en que leer es intrínsecamente bueno, parece que sin importar el qué, abordemos entonces este tomo de más de seiscientas páginas pues seguro que alguna sana enseñanza extraeremos.

El martillo de las brujas fue publicado en 1486 por Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, dos inquisidores a los que el Papa Inocencio VIII concedió una bula. La obra no gustó a la iglesia por no coincidir con su demonología, pero el éxito del libro fue arrollador. Pasó a convertirse en el manual de todo buen inquisidor durante el Renacimiento y fue el mayor best-seller durante los siglos XVI y XVII, sólo superado por La Biblia.

Como era costumbre en la época, lo importante no era la originalidad del autor sino la fidelidad a la tradición, de ahí que esté conformado por numerosas citas de autoridades, desde La Biblia a Ciudad de Dios de San Agustín. Pero tanto en la elección de esas citas como en las aportaciones propias del autor (que sería, según algunas fuentes, Kraemer casi en su totalidad, aportando Sprenger el prestigio de su nombre), se aprecia una mente erudita, rigurosa y volcada en el estudio… pero también sujeta a una desquiciada obsesión por el sexo y por las mujeres. Es, en definitiva, un alarde de crueldad, superstición y fanatismo sencillamente espeluznante. Lo cierto es que este libro no acaba en boda, y siento el spoiler.

El contenido y propósito es el de desenmascarar y destruir a las brujas, mujeres que habían pactado con el diablo para obtener poderes con los que dañar a sus vecinos y extender la herejía en la Cristiandad. Una vez son identificadas y detenidas las sospechosas de acuerdo a los indicios descritos por ellos, Kraemer y Sprenger establecen el proceso judicial al que deben ser sometidas, que generalmente concluía con ellas ardiendo en la hoguera en obediencia al precepto bíblico: “No dejarás que viva una bruja” (Éxodo 22.18).

¿Pero cuáles eran los indicios que les hacían sospechar de la existencia de la brujería y de la amenaza que representaban? “Las confesiones de los brujos en los tormentos nos han dado una tal certeza de los crímenes perpetrados, que no podemos, sin riesgo de nuestra propia salvación, cesar en nuestra actividad inquisitorial contra ellos”. Véase la lógica circular del argumento: se tortura a uno sospechoso hasta lograr que confiese crímenes que justifican el sistema inquisitorial de detención y tortura de más sospechosos.

¿Y quienes son sospechosos? Aquí la cosa se pone interesante, porque dedican cientos de páginas a explicar que prácticamente toda mujer es una bruja. No seré yo quién diga que andaban completamente equivocados, pero vaya, que tampoco es como para quemarlas en la hoguera. Eso ya es excederse un poco y perder las formas, en mi opinión.

Una mujer que piensa sola, piensa mal

En la tercera viñeta puede verse a la bruja cometiendo torpezas carnales con el demonio

Qué otra cosa es la mujer sino la enemiga de la amistad, la pena ineludible, el mal necesario, la tentación natural, la calamidad deseable, el peligro doméstico, el perjuicio delectable, el mal de la naturaleza pintado con buen color”. Según la docta opinión de estos eruditos la naturaleza inferior de la mujer la hacía más propensa a ser tentada por el diablo, de ahí que la gran mayoría de los actos de brujería estén cometidos por estos seres de “lengua mentirosa y ligera”, a los que no se puede dejar solos dado que “una mujer que piensa sola, piensa mal” pese a lo difícil que acaba resultado, dado que “es un defecto natural en ellas no querer ser gobernadas”.

Y es que la cosa ya viene de lejos: “cabe destacar que hay un defecto intrínseco en la formación de la primera mujer, dado que fue hecha de una costilla doblada, es decir la costilla del pecho, que se curva en una dirección distinta a la del hombre. Y así, con esta malformación, es una animal imperfecto, siempre traiciona”.

Las imágenes y metáforas se suceden en torno a la misma idea: “Este monstruo [la mujer] toma una triple forma: se presenta bajo la forma de un león radiante; se mancha con un vientre de cabra; y está armada de la venenosa cola de un escorpión. Lo que quiere decir: su aspecto es hermoso; su contacto fétido; su compañía mortal”. Vamos, que no son partidarios.

Citan también el Eclesiastés: “encontré a la mujer más amarga que la muerte; es un lazo de cazadores, una red su corazón, y sus brazos son cadenas. Quien agrada a Dios, la huye”. ¿Y por qué las mujeres no pueden evitar ser tan rematadamente malas? “es insaciable la boca de la vulva, de ahí que, para satisfacer sus pasiones, se entreguen a los demonios”. Ah, vale, tiene sentido. Aquí llegamos entonces al otro elemento que como antes señalaba distingue a este libro junto a su ardiente misoginia: la omnipresencia del sexo.

Penes que viven en nidos de pájaros y se alimentan de avena

La Cuestión VIII del libro trata de dar respuesta a la pregunta “¿Pueden los diablos impedir la potencia genital?”, mientras que la Cuestión IX se dedica íntegramente a reflexionar en torno a “¿Pueden ilusionar las brujas hasta el punto de hacer creer que el miembro viril ha sido separado del cuerpo?”, un tema al que le dedican también íntegra la Cuestión VII de la Parte II. La respuesta es sí. Aunque prefieran recrearse varias páginas en ello: “Gregorio cuenta de una monja que comió una lechuga; ésta, empero, tal y como enseguida confesó el diablo, no era una lechuga, sino el diablo en forma de lechuga o metido en la misma lechuga”. Por eso hay que pasarlas bien por debajo del grifo antes de hacerse una ensalada, que si no mira.

Entonces ella se puso a 20 uñas, el demonio la agarró por las caderas y…

Pero Kraemer y Sprenger, al gozar  de un intelecto mucho más agudo que el mío, van más allá e infieren de esa anécdota que el miembro viril puede ser ocultado a su dueño por una ilusión de los sentidos, provocada por las brujas en su colaboración con el diablo. La solución: matar a la bruja para acabar con el encantamiento. Como luego veremos, matar a las brujas era la solución que se les venía a la mente a estos dos inquisidores para resolver casi cualquier problema. Algunos de ellos particularmente extraños:

Queda la cuestión del juicio que nos merecen esas brujas que coleccionan miembros viriles en gran número (veinte o treinta) y van a colocarlos en los nidos de los pájaros o los encierran en cajas donde continúan moviéndose como miembros vivos, comiendo avena o alguna otra cosa”.

Curiosa imagen, especialmente porque está descrita con sincera preocupación (todo el libro tiene una tremenda seriedad, otra cosa es que logre trasmitirla al lector). Pero como si del adolescente protagonista de Supersalidos se tratase, esta peculiar fijación con los penes continúa:

Un hombre relata que había perdido su miembro y que para recuperarlo había recurrido a una bruja. Esta mandó al enfermo trepar un árbol y le concedió que cogiera el miembro que quisiera de entre los varios que allí había. Cuando el hombre intentaba tomar uno grande, la bruja le dijo: no cojas ese, que pertenece a uno de los curas”.

Ignoro si el manuscrito original tenía dibujos de pollas en los bordes de las páginas, no me atrevería a negarlo. En este otro breve episodio relatan cómo alguien:

“Realiza el acto venéreo que los hombres acostumbran a realizar ante las mujeres , una y otra vez, por sí mismo y sin que los gritos ni las instancias de su mujer le hagan desistir de volver a empezar cada vez. Cuando lo ha hecho tres o cuatro veces tiene por costumbre decir estas palabras: “vamos allá otra vez”. Y ocurre que tras de una enorme cantidad de asaltos de estos cae redondo al suelo completamente agotado y sin fuerzas”.

Suena a película de Ozores, ciertamente. Su interés por el sexo continúa por otras vertientes fisiológicas, al explicarnos como “la sede de la lujuria en los hombres se encuentra en los riñones, desde donde desciende el semen, como en las mujeres se encuentra en el ombligo”  o que “el semen en la polución nocturna proviene de un humor superfluo que lógicamente no conlleva una potencia generatriz tan grande”. Pero siendo las poluciones nocturnas un tema candente del que podrían decirse muchas cosas, resulta mucho más sugerente este otro que abordan un poco después: “De si la delectación venérea resulta mayor con los íncubos que con los hombres”. A elucubrar sobre ello dedican una apreciable cantidad de palabras. Es decir, sentados ante sus mesas en el scriptorium estos dos monjes pasaron un tiempo imaginándose en la piel de brujas fornicando con diablos para dilucidar cuán placentero podría resultar. Por lo que escriben no llegaron a una conclusión demasiado clara, pero debieron pasar un rato entretenido al menos. Y es que a juicio de nuestros dos inquisidores las brujas parecían estar pensando siempre en el sexo. Vamos, como ellos.

Así nosotros hemos conocido a una bruja, que vive todavía, defendida por el brazo secular, que en el curso de la misa, cuando el sacerdote saluda al pueblo diciendo “dóminus vobiscum” añade en lengua vulgar ‘méteme la lengua en el culo’.

Qué mujer más impertinente y cochina, vive Dios. Es comprensible que tal  comportamiento en misa les disguste, aunque ese “que vive todavía” suena contrariado, como murmurando entre dientes “si de nosotros dependiera…”.

Cómo torturar a una acusada hasta que diga lo que queremos oír

Porque en lo que de ellos dependió mandaron con entusiasmo al tormento y la muerte a las que luego despectivamente llamaban “mujercillas quemadas”. Sin que se les crease la menor mala conciencia, muy al contrario:

Muchas otras cosas nos han ocurrido a nosotros, como inquisidores, en el ejercicio de nuestro cargo. Como es poco elegante alabarse a sí mismo, es mejor pasarlas en silencio que incurrir en reputación de fanfarronería“.

Pero si bien no parecían tener ningún remordimiento, su equilibrio mental bajo los parámetros actuales tal vez podría cuestionarse:

Cuántas veces, tanto de día como de noche, nos han asaltado las brujas no sabríamos decirlo. Unas veces como monas, otras como perros o cabras, por sus gritos e injurias, nos turbaban cuando por la noche nos levantábamos a rezar, con el fin de que lo hiciéramos sin devoción“.

También les asaltaban inspiradas revelaciones sobre el mundo si acaso el mal les ganaba la partida en su infatigable lucha contra –a ver si no me dejo nada- la brujería, oniromancia, necromancia, pitonicia, geomancia, hidromancia, aeromancia, piromancia, horoscopia, haruspicia, aufures, interpretación de los sueños, quiromancia, y espatulomancia. Sin su vigilancia de estos males:

Allí donde el profeta predice la destrucción de Babilonia y la presencia en ella de monstruos: allí vivirán las avestruces, allí danzarán los sátiros. Los peludos son los hombres de los bosques; hirsutos, íncubos, sátiros, especies de demonios“.

Toma nota, Tolkien. Para ellos, las brujas eran enemigos con los que no se negocia y sus pecados superaban a los de los malos ángeles. Tenían el hábito de despedazar y comer niños, podían provocar un aborto con sólo tocar a una mujer embarazada, dejar a un niño fascinado, desataban tormentas sin dificultad -la última bruja quemada en Inglaterra fue culpable de provocar una al quitarse las medias- entregarse a torpezas carnales con el demonio y transportarse de un lado a otro por el aire. Aunque no mencionan que lo hagan a bordo de una escoba, si hacen referencia a que pueden servirse para ello en un trozo de madera o una silla, a la que previamente han barnizado con un ungüento extraído de haber hervido a un bebé. Curiosamente al ser detenidas perdían su poder, explican. Lo cual las hacía vulnerables al peculiar sistema judicial teorizado en esta obra y tan frecuentemente puesto en práctica durante los siglos XVI y XVII.

Aunque una acusada en principio podían disponer de abogado, este sólo debía aceptar el caso si su causa era justa. Si, de lograr abogado, éste la defendía con mucha vehemencia era señal de que podía haberlo embrujado, lo que demostraría que ella era una bruja. Ni el abogado ni su defendida debían ser informados del nombre de los acusadores, lo cual como es lógico dificultaba notablemente su tarea y daba carta blanca a acusar indiscriminadamente a quien lo deseara, al no tener que rendir cuentas ni exponerse a consecuencia alguna.

Podían ser utilizados testigos que sean esposo o esposa o hijos, pero sólo como testigos de cargo, no de descargo. Cualquier testimonio en contra de la acusada era bienvenido para Kramer y Sprenger, incluso el de mujeres, pues si bien “son pendencieras y realizan sus deposiciones por envidia, no cuentan con la astucia de los magistrados”, que sabrán discernir qué parte hay de verdad en su deposición.

Pero si pese a todo no lograban encontrar ningún testigo, eso no absolvía a la acusada, dado que “el diablo no obra a la descubierta”. En tal caso se debía torturar a las acusadas para que confesaran. Aunque añaden piadosos que los verdugos debían hacerlo no con alegría, sino con turbación interior. Si durante la tortura la acusada no lloraba, entonces era bruja. Pero si lloraba no significaba que fuera inocente, puesto que “cuando la mujer llora, está intentando engañar” y las brujas tiene mil estratagemas para fingir las lágrimas.

El juez podía engañar a la acusada prometiéndole el perdón si confiesa culpabilidad, e incluso le era permitido compincharse con amigos o verdugos para que estos ofrecieran dejarla huir si reconocía ser una bruja. Pero no vaya a creer el lector que estas maneras fueran mezquinas, arbitrarias y que entonces ya valiera cualquier cosa. El procedimiento legal exigía que para que tales trucos tuvieran validez hubiera un escriba tomando nota, generalmente escondido tras la puerta de la celda.

Otro recurso al alcance del juez era preguntar a la acusada si para probar su inocencia estaba dispuesta a sufrir el tormento del hierro candente. Si respondía que sí entonces quedaba demostrado que era una bruja, dado que una inocente no querría exponerse a semejante tormento, mientras que una bruja sí lo haría al saber que el demonio la protegerá del dolor.

Si pese a semejante evidencia el juez aún dudase, entonces se realizaba esta prueba. Consistía en poner en contacto con la piel de la acusada un hierro al rojo vivo. Si la piel se quema entonces estamos ante una bruja. Pero si se diera el insólito caso de que la piel quedase intacta ello no sería prueba de inocencia, advierten, puesto que la acusada podría contar con la ayuda del demonio para protegerla.

Y si finalmente una bruja no era hallada culpable entonces sería liberada, que por lo que llevamos viendo debía ser tan probable como llegar a la prueba final de Humor Amarillo sin una sola mancha de barro en la ropa. Pero cuidado, eso no significaba que esa mujer fuera inocente -se apresuran a aclarar- sino que simplemente todavía no había podido ser declarada oficialmente culpable. Existiendo la posibilidad de realizar posteriores juicios donde por fin quedase demostrado lo bruja que era.

Viendo lo anterior, parece que estos dos inquisidores hayan sido los fundadores del Estado de Derecho por la vía negativa: la arbitrariedad de los procedimientos, la presunción no de inocencia sino de culpabilidad, la acusación sin pruebas, la nula capacidad de defensa del acusado, la imposibilidad de éste de no testificar contra sí mismo (“me acojo a la quinta enmienda” como dicen en las películas americanas), la tortura como medio lícito para obtener información… un compendio de todo lo que no debe hacerse si se aspira a aplicar justicia. De forma que simplemente basta con darle la vuelta como un calcetín a las enseñanzas de Kramer y Sprenger y ahí tenemos la legalidad de las democracias contemporáneas. Sería interesante conocer hasta qué punto a los teóricos de la Ilustración, constitucionalistas y legisladores de siglos posteriores les sirvieron como referencia para poder hacer lo contrario. Puede que en cierta forma debamos estar en deuda con ellos…

Tal como decíamos al comienzo, el divulgador Carl Sagan se refería a El martillo de brujas en términos muy poco halagadores, como buen humanista partidario de la razón y la ciencia. En su libro El mundo y sus demonios cita parte de una lista del año 1598 de la ciudad alemana de Wurzburgo, con aquellos que fueron quemados tras tan grotesco proceso. Lejos de la frialdad y el rigor burocrático de los registros civiles contemporáneos, la curiosa forma en que está escrito permite atisbar el paisanaje de la época y acercarnos a algunas de las muchas víctimas de las enseñanzas de Kramer y Sprenger:

El administrador del senado, llamado Gering; la anciana señora Kanzier; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Mengerdorf; una extranjera; una mujer extraña; Baunach, un senador, el ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una vieja; una niña pequeña, de nueve o diez años; su hermana pequeña; la madre de las dos niñas pequeñas antes mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más guapa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos niños de la iglesia, de doce años de edad cada uno; la hija pequeña de Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; una anciana; el hijo pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor Schuitz; una chica ciega; Schwartz, canónigo de Hach…