Forges: «Uno de los grandes problemas de la enseñanza no son los alumnos, son los padres»

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Antonio Fraguas, Forges, nació en Madrid en 1942 y lleva 50 años haciendo una crónica personal de España. Sus personajes (el soñador Blasillo, la temible Concha, los múltiples Romerales, los náufragos, las viejas informatizadas, los burócratas, los pijos) constituyen un destilado sociológico del país. Como se deduce de sus viñetas, Forges es un hombre bueno, amable, disconforme con muchas cosas y extremadamente agudo. Esta conversación se desarrolla en el Café Espejo de Madrid, durante una mañana soleada de primavera.

¿Blasillo estaría más optimista ahora que en 1973?

Según muchos historiadores y astrofísicos, la historia es una repetición de hechos idénticos. En estos momentos nos encontramos en un punto depresivo. En aquella época, por el contrario, el sustrato general de la sociedad era más bien expansivo y optimista. Pertenecemos a una cultura que ha funcionado siempre en crisis. Hemos ido de crisis en crisis. Ya no la cultura occidental, sino la ibérica: si no hay crisis, no funcionamos. Además estamos en la periferia de la historia. Y cuando digo periferia no me refiero a la geografía. Ahí es donde siempre damos mejores frutos los viejos íberos, los viejos celtas, los viejos fenicios, los viejos cartagineses, los viejos romanos, los viejos griegos… Incluso a la hora de pensar, cantar, contar, dormir, soñar, rezar, tenemos una cultura específica que coincide con una de estas civilizaciones, lo que es una gran ventaja. Tenemos un toque fatalista que nos une a todos. Es esa frase de «no, si ya verás tú como…», que no existe en italiano ni en alemán ni en francés, pero en las lenguas ibéricas sí existe. Por ejemplo, en la época en la que íbamos a organizar los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla yo estaba totalmente asustado: «Ya verás tú la que vamos a armar aquí, verás como el pobre arquero (que lo hizo perfectamente) se tropieza o le dan un golpe, la flecha se va a hacer gárgaras…». Un amigo holandés, Robert, me decía que los españoles tenemos tal crisol de culturas que, inconscientemente, hacemos la cosas de manera que no proteste ninguna de ellas. Y bueno, aquello salió muy bien.

Pero ahora sale todo mal.

Ahora estamos en otro ciclo. Vosotros sois muy jóvenes, pero cuando tú eras un crío y debías de tener diez años recuerdo que hubo una crisis económica brutal que no se cerró ni cuando se murió Franco, hubo otra en 1996… Y hablo de las recientes. No te digo ya tu padre, que ha visto 35.000, pero yo he visto nuestra posguerra, que fue una crisis tremenda: hasta 1957 no se recuperó el nivel de vida que había en España en 1936. ¡21 años de retraso! Esos 21 años tienen mucha culpa de lo que está pasando ahora porque no ha habido tiempo para estructurar una economía auténtica «de mercado», socialdemocráticamente hablando, que era la forma en que se funcionaba entonces en Europa. Nos afecta lo mismo que ocurrió en Italia, porque Italia no se asentó hasta los años 50, y no te digo ya de Grecia, que tuvo una guerra civil posterior a la mundial. Los cuatro países (porque Salazar, el dictador portugués, otro que tal), con 20 años de retraso, ahí estamos.

Da la impresión de que desandamos lo andado.

Sí, eso se llama historia. Es un poco como «La Yenka»: izquierda, izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un, dos, tres. La historia es ir hacia delante para volver atrás, pero generalmente cuando se vuelve no se llega al punto inicial, sino un poco más acá. Todo esto, por supuesto, es una teoría interpretativa.

Lo que no recuerdo haber visto, desde luego no en la Transición, es el desánimo que percibo ahora. En los 70 podía haber desconfianza o angustia, pero desde luego se era mucho más optimista.

Tú estabas viviendo fuera, aunque tuvieras información de primera mano de lo que pasaba aquí. Lo que hubo fue una cosa curiosísima: Franco y el franquismo empiezan a deteriorarse, y todos estamos juntos en la labor de que eso se acabe como sea. Pero cuando se acaba y ocurre el famoso hecho sucesorio se abren una serie de divisiones políticas cada vez mayores dentro de la sociedad. Recuerdo que el pobre Ricardo Utrilla, el que fue director de Cambio 16, me decía: «Antonio, espérate porque ahora vamos a ponernos cada uno en nuestro sitio». Y tenía más razón que un santo. Incluso dentro de las tendencias políticas se suceden rupturas letales, como la de UCD, y luego otras no tan comentadas pero igualmente importantes. Dentro del PSOE, por ejemplo, hay una ruptura oficial, que es la de cuando Felipe González plantea que o marxismo o él, pero hay otra ruptura que es, diciéndolo en tono humorístico, la de todos aquellos que esperaban ser directores generales o ministros con el PSOE y no lo fueron en el primer Gobierno: rápidamente se bajaron del Partido Socialista y se opusieron al teórico socialismo que era aquello. Bueno, y aún los tienes ahí, siguen viviendo de eso en una especie de trinchera muy particular y curiosa que creo que aún no se ha estudiado. Ahora estamos en una situación muy parecida a cuando Franco se acababa. El 80% de la gente pensamos lo mismo, pero con unos matices. Hay quien dice que la política no sirve para nada y estamos los que decimos que la que no sirve es esta política. Y lo mismo de los políticos: los políticos sí valen, los que no valen son estos. Los gobernantes son necesarios, aunque no estos. Siempre se ha de hacer esa apreciación. Hay muchos que viven del fomento de un cierto populismo, pero que no tiene ninguna realidad ni situación, porque no se puede hacer populus cuando no existen las razones objetivas que pueden llevar a un populismo al poder. Y las razones objetivas son aquellas que impiden la llegada al poder de, por ejemplo, las dictaduras. El populismo vale para una dictadura, pero no para una democracia.

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¿Berlusconi?

No, no, para nada. Y te lo demuestro. Berlusconi se ha cuidado muy mucho de dictatorializar un segmento de la acción social, pero otro lo dejó absolutamente libre porque sabe lo que se está jugando. ¿Dónde está el problema ahora en Francia, en Grecia, en Italia y en Portugal? En que los dictámenes del Norte han bajado hacia el Sur en forma de tercera guerra mundial (que, además, estamos perdiendo) y quieren englobar todo. No se limitan a una parte del evento sociológico, lo quieren todo. En tiempos de Franco, el porcentaje de gente cuya casa era allanada por la policía era exiguo en comparación con el poder que tenía el régimen, porque los oligarcas franquistas sabían que en el momento en que empezaran a hacer irrupciones hogareñas, el régimen se iba a hacer puñetas. Lo que ocurre ahora es que estos franquistas nuevos que tenemos en Bruselas se lo pasan por el forro, y no solo es que te irrumpan en casa, es que te la quitan. Pero bueno, todo esto son teorías, yo no tengo ninguna formación universitaria que me permita aseverar esto que te acabo de decir.

Pero llevas bastantes años observando y describiendo con ironía la sociedad española.

Sí, la edad sí.

Y el trabajo. Te leo de siempre, desde finales de los años 60, cuando estabas, creo, en Diez minutos. Y tus personajes, los Romerales y demás, ya circulaban por ahí. ¿Los españoles hemos madurado respecto a entonces?

Sí.

¿No somos el mismo burócrata y el mismo desesperado?

Somos los mismos burócratas, pero distintos. Las mujeres son las que han protagonizado un cambio absoluto y total, afortunadamente cada vez consiguen más. Y no digo que estemos llegando a una igualdad, sino que están consiguiendo llegar al lugar que les corresponde. Hay gente que, con sexismo positivo, intentamos ayudar todo lo que podemos. Hay muchas cosas que han cambiado. Una de ellas, a peor, es la cultura del esfuerzo, que, en general, ha desaparecido. Cuando éramos pequeños sabíamos que vivir bien era algo que no iba a llegar nunca, así que teníamos que saber qué hacer para vivir. Era normal trabajar en dos o tres sitios. Ahora se dice: «Es que había trabajo». No, había el mismo trabajo que hay ahora, pero hay ciertos trabajos que no aceptamos y por eso han tenido que venir los inmigrantes. Lo que creo es que, con todas las correcciones sociológicas necesarias, ahora no hay muchos trabajos especializados, pero hay otros empleos por un tubo. En algunos de ellos, como las zanjas, no veo a muchos españoles. La teoría del esfuerzo, que se ha despreciado, dice que para llegar a una cosa hay que esforzarse, y parece que en un determinado porcentaje de los jóvenes se ha imbuido la idea de que tienen que recibir del cielo una serie de cosas. Vale, si en lugar del 4×4 pides el Jaguar ya es otro asunto, pero al 4×4 tienes derecho. Algo parecido está pasando ahora con otras cosas de la sociedad, como la democracia. ¿Por qué no puede haber una democracia activa? Lo de la votación cada cuatro años es un cachondeo.

La actitud del poder es «votadnos cada cuatro años y dejadnos tranquilos».

¿Pero por qué aquí no hay mandato imperativo? El mandato imperativo ya sabes que es aquel en el que haces un programa y no te puedes salir de él a la hora de llevarlo a cabo si ganas las elecciones. Y si las pierdes tienes que luchar con ese programa que habías presentado, porque el mandato imperativo te vincula a lo que tú querías hacer.

Te han votado por un programa determinado.

Aquí eso no existe.

Parece que exista lo contrario.

¿Dónde está la tabulación de alguna manera clara del voto en blanco? El voto en blanco no es una abstención, el ciudadano ha ido a votar. Pero no acepta ninguna de las opciones que se le presentan. Hay una teoría, que a mí me encanta, que es la que dice que los votos en blanco corresponden a un número determinado de escaños que van a representar, sin gente, una serie de premisas o mandamientos electorales. Estamos viviendo es una realidad nueva y total. Las redes sociales han acabado con el cuatrienio electoral. A través de ellas puedes saber cómo piensa una sociedad. Hay que articular las redes sociales y la gestión del poder. Y hay que olvidarse de la palabra «poder» porque eso ya no va a existir como no sea de verdad el poder del pueblo.

Las redes sociales plantean un problema, la histerización de las opiniones. Es lo que ha pasado en Italia, aunque allí realmente tienen mucho de qué quejarse. En las redes sociales todo es muy inmediato y se decide en caliente. Quizá convendría contrapesarlo un poco.

El truco está exactamente en lo que acabas de decir: contrapesarlo. ¿Cómo se hace? Pues coges un planteamiento desde el poder que gestiona, como: «¿Qué hacemos con la educación?». Es una oleada y son seis preguntas a lo largo de dos meses. Y ya está. Esas seis preguntas no las hace el Gobierno, es el Parlamento el que las prepara. Son dos clases de funcionamiento democrático: una, las urnas normales y corrientes; y otra, la gestión continua que se hace a través de un sistema de consulta en red. Lo colocas todo de tal manera que al cabo de seis semanas se decantará porque los pirados, muy perceptibles al principio, van desapareciendo. Hay fórmulas.

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Si el Gobierno no hace caso ni de su programa electoral, ¿cómo va a hacer caso de lo que opine la gente? El Gobierno dice que no tiene opción, que recibe órdenes de Bruselas y que no puede hacer nada.

En ese momento, lo que tiene que hacer alguien con sentido común es dimitir y convocar nuevas elecciones. Así de fácil. Yo creo que es lógico. Todo lo que está pasando tiene una lógica absurda, que son los planteamientos de que no se puede hacer otra cosa. Esté en el poder la izquierda o la derecha, hagamos lo que hagamos, va a ser todo lo mismo. Eso es mentira. Estando esta derecha o esta izquierda en el poder, todo lo que hagamos nos va a dar lo mismo. No es que tenga que haber otra izquierda, sino que tiene que funcionar de otra manera, igual que la derecha. Porque aquí hay un peligro gordo: según está yendo la cosa en toda Europa pueden surgir más fenómenos como el italiano Beppe Grillo.

Esa es una clara reacción de protesta popular.

Es normal, y además los italianos eso lo hacen muy bien de toda la vida. Hay gente que ya está diciendo, aunque yo creo que no es el caso, que está muy próximo al sistema mussoliniano de toma de poder.

Hombre, Mussolini llevaba las cuadrillas con los palos por la calle.

No tiene nada que ver, pero ya lo están diciendo. ¿Por qué? Porque esa forma quieta de decir «nosotros no queremos el poder, lo que queremos es esto, esto y esto», les descontrola. Solución: vamos a decir que esto puede llevarnos a Mussolini.

Tiene algunos elementos inquietantes de rechazo a lo político.

Pero es que el rechazo de Beppe es a esta política, estamos siempre en lo mismo. Hace poco tiempo hubo una reunión de artistas plásticos jóvenes en el Círculo de Bellas Artes. Nos citaron a algunas «vacas sagradas» y nos pusimos al final a ver de qué hablaban. Discutieron de lo divino y lo humano, de la situación actual, y fue todo perfecto. Y digo perfecto en el sentido de la síntesis que hicieron. Nosotros no habíamos dicho ni pío, y había gente de reconocido prestigio. Nos preguntaron: «Ustedes, los del fondo, el Senado, ¿qué les parece lo que hemos propuesto?». Hubo uno de los viejos que dijo: «Nos parece estupendo, habéis fundado la Falange otra vez». No entendieron de qué iba esa ironía, y entonces les explicamos que habían repetido exactamente los principales puntos del discurso fundacional de la Falange en 1934. Es lo que decíamos: la historia se repite porque es una consecuencia de los hechos, y cuando los seres humanos toman medidas sobre los hechos prácticamente siempre toman las mismas medidas. ¿Qué pasaba? Pues que no puedes decir que tienen que estar los mejores al frente de la sociedad, que lo de los partidos no funciona…

… el valor del trabajo…

… la responsabilidad del trabajo…

Hace un momento hablabas de la educación, que es uno de los temas que más se debaten. ¿Les hemos fallado a los jóvenes, los jóvenes se han fallado a sí mismos…? ¿Qué ha pasado con la educación en estos últimos treinta años? Todo el mundo coincide en que algo ha ido mal.

La sociedad es un clamor para que se pongan de acuerdo los partidos políticos. Vamos a hablar claramente, y es grave que lo diga yo, que tengo 71 años: el único lastre que queda para la evolución democrática de España es la educación. ¿Por qué? Porque es el único lastre que controla uno de los lastres más sempiternos que ha habido en España de toda la vida, que es la jerarquía eclesiástica. No la Iglesia, que es otra cosa, sino la jerarquía eclesiástica. Y no van a soltarlo porque no pueden. En el momento en que lo suelten, a la jerarquía eclesiástica se le caen los palos del sombrazo. No son conscientes de que probablemente esa sea la forma para que resurja la Iglesia con sus auténticos valores. Pero claro, son ellos, no se van a quitar a sí mismos del medio aunque luego fuera un bien para todos. ¿Por qué no hay acuerdo entre los partidos? Porque la Iglesia no lo permite. Es como lo veo yo. Tengo una hija maestra y mi mujer también lo es. Mi mujer ha estado en la privada, en Estudio, y mi hija está en la pública. No hay color. En ambos sitios ocurre que, con más o menos influencia, la potencia de la jerarquía eclesiástica es abrumadora.  

¿Incluso en un centro tan laico como Estudio?

Claro que sí. Cuando hay un centro que destaca en la enseñanza, la Iglesia, no directamente a través de la jerarquía sino por medio de otras estructuras, llámalas Opus Dei o como quieras, intenta meter mano. A veces lo consiguen y a veces no.

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¿Qué le ha pasado a la cultura del esfuerzo? Este solía ser un país de currantes.

El ejemplo lo tienes en el teléfono inteligente que tienes encima de la mesa. Antes para poder hablar por teléfono tenías que levantarte de la mesa, ir a un teléfono público, pedir que te cambiaran un duro en monedas de peseta, meter la moneda, marcar, hablar, colgar, recoger el cambio que nunca había y volver aquí otra vez. Eso se llama esfuerzo. Ahora haces así [mueve un dedo] y estás hablando. Pero vosotros también tuvisteis educación de esfuerzo.

Yo estudié en los años 60, nací en 1959.

A esa edad estaba yo en Barcelona montando la tele. Tú viviste en una época en la que había esfuerzo. Mis hijos son posteriores a ti, la primera que llega lo hace en 1968… También influye, claro, lo que te hayan imbuido. A ti se te ve, por tu padre, que en tu casa se curraba, igual que se ve en mis hijos, porque Pilar y yo currábamos. Pero eso no es todo. Ahora uno de los problemas de la enseñanza en general no son los alumnos, son los padres. Hay muchos docentes jubilándose antes de tiempo porque no soportan a los padres ni las tonterías que llegan a cometer. Exigen que los maestros eduquen a sus hijos, y no: los maestros enseñan, la educación se desarrolla en otro sitio. Pero no hay manera de metérselo en la cabeza. Eres maestro y ves a un niño que come metiéndose un cuchillo filoso en la boca. ¿Qué le dices? ¿Te callas? No, le dices que coja la cuchara.

¿Por qué la gente de nuestra generación somos, en general, unos padres tan capullos?

A ver, los de los 59-60 sois de nuestro lado, sois la cola, pero estáis de nuestro lado. Lo que ha pasado posteriormente es lo siguiente: una de las cosas que no hemos aprendido los latinos es que lo de tener hijos es una profesión que hay que cuidar, ajardinar y atender continua y reiteradamente y, en algunos momentos del día y de la noche, totalmente. Yo a los 30 años ya tenía cuatro hijos, y las carreras que me he pegado para poder llegar a casa y comer con mis hijos todos los días y cenar todas las noches… Lo que quiero decir con eso es que cuando se ve la televisión con los hijos, se ve la televisión de otra forma. Ahora, ¿eso lo han llevado a cabo las generaciones siguientes? No, porque lo que han considerado una profesión es tener un 4×4. Es duro decirlo así. Creo que en una pareja no hace falta que los dos trabajen continuamente. Puede haber una alternancia o una forma de trabajar que permita que uno de los dos esté con los hijos. Esto es una cosa muy sencilla que se puede hacer, conozco parejas en las cuales el marido lleva a los hijos todo el día, de la mañana a la noche, y la mujer es la que curra. El marido también, pero se ha buscado un curre que puede hacer cuidando a los hijos. Ahora bien, si el lema es «hijos, los que vengan», y sin embargo consideras imprescindible el 4×4 y la torre en Castelldefels… ya está el lío. ¿Qué ventajas tiene el dedicarte a los hijos continua y reiteradamente? Que cuando empiezan a crecer duermes tranquilo, porque sabes que puede haber un albur que acaezca, cualquier circunstancia, pero sabes que van a reaccionar de forma correcta porque les has enseñado cómo hacerlo. Ahora, como no se atiende a los hijos, hemos descubierto unas grandes abuelas que son la televisión e Internet.

Tú has trabajado muchísimo toda la vida.

Me ha pasado lo mismo que a ti, he tenido la gran suerte mundial de trabajar en lo que me gusta.

Pero le habrás echado muchas horas.

Sí, pero siempre es bueno, porque mi trabajo me permite, por ejemplo, estar dibujando con mis hijos pintando al lado en la mesa. O pedirles ayuda para acabar el chiste del periódico y, cuando vienen a buscar el chiste, meter en el sobre también sus dibujos para imbuirles la idea. No es un trabajo, trabajo son otras cosas. Cuando estaba en la tele, eso sí era un trabajo duro. Aunque tampoco muy duro comparado con otros.

Era una época en que la tele debía de ser interesante.

Era apasionante.

Era una relativa novedad.

Ten en cuenta que en aquella época, concretamente cuando tú naciste, la televisión estaba quitando la boina y la caspa a toda la sociedad española. El franquismo interfería en una serie de contenidos, pero otros no los entendía. Ponías, por ejemplo, Al este del edén en «Estudio 1» y la dictadura no sabía de qué iba aquello, ni lo miraba. Mientras no hubiera escotes…

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Sí, porque había obras…

Había obras increíbles y la gente las miraba con naturalidad. Otelo, por ejemplo. ¿Cómo es posible que haya habido millones de personas mirando Otelo cuando en teatro es un poco ladrillo? El coto privado del franquismo eran los informativos. En lo demás, la labor de homogeneización social fue tremenda. Ya en 1964 no podías decir «este tío es un payés» o «este tío es de ciudad» porque la televisión los había igualado subrepticiamente. La televisión amplía las posibilidades de formación de la gente, y cuando sale un payés lleva boina, así que si no me la pongo no lo soy.

¿Cómo es que entonces no había libertad pero teníamos una televisión bastante adulta y cuando hemos tenido libertad la televisión ha sido cada vez más pueril?

Tiene una explicación muy sencilla. Una de las fórmulas del neocapitalismo consiste en atontolinar a la gente y la forma de atontolinar a la gente es que no piense. Antiguamente en la televisión había una parte, reducida, de doctrina, que además la gente que hacía la televisión intentaba obviar, y luego un montón de puñetas anecdóticas. Recuerdo una del famoso bailarín Maurice Béjart, que exigió bailar sobre una tarima de 1,20 m de altura. Si hay una tarima de esa altura, el objetivo de la cámara no está a la altura de los hombros del bailarín, que es la correcta, por lo que filmas desde abajo hacia arriba, en picado vicevérsico. Y, como no teníamos grúas en las tres cámaras, acaeció que, digámoslo científicamente, dos de ellas estaban continuamente tomando el paquete genital del bailarín. Y como era en directo no había manera de hacer nada. A toro pasado vino el censor y al realizador le costó una multa de 1500 pesetas, que era un dineral, y quince días de empleo y sueldo. Es una cosa tan absurda… En otra ocasión nos dijeron que era imposible que el fraile de Romeo y Julieta le diera a Julieta el veneno, porque eso no podía hacerlo un fraile. Pero también podíamos colarles mucho a los censores porque había cosas que no entendían. Casa de muñecas, de Ibsen, por ejemplo, una de las obras más fuertes que ha habido en el teatro del siglo XX. Pues pasó sin ningún problema en Televisión Española. ¿Cómo es posible? Pues quizá coincidía con algo político y estaban más pendientes de eso político que del teatro.

¿Por qué dejaste la tele?

La televisión es muy parecida al periodismo. La gente que hacemos televisión tenemos una edad para hacer televisión de estudio en directo. Ahora ya lo sabemos, pero entonces no lo sabíamos. A partir de una cierta edad puedes seguir haciéndola, pero cada vez la harás peor. Te falta el ímpetu, de la misma manera que un periodista empieza como reportero de calle, luego quizá como corresponsal diplomático te mandan de viaje o incluso te estableces como corresponsal fijo, luego vuelves y te conviertes en vaca sagrada o en redactor jefe. Pues esto es lo mismo. Cuando me fui, en 1972, aún estaba lejos de eso, pero conocía mis perspectivas. A mí también me pusieron una multa y 15 días de empleo y sueldo por ayudar a un amigo a vender libros de Alianza Editorial. Se trataba en concreto de Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, del notario don Antonio del Moral, que era un señor conservador, por supuesto, pero autor de un libro muy importante porque ponía el dedo en la llaga de todo lo que había pasado en Andalucía desde el siglo XVIII al siglo XX. El director de personal me preguntó, textualmente: «¿Usted por qué vende este libro?». Le contesté que yo no lo vendía, solo le decía a la gente que era un libro muy interesante. Una vez hice un dibujo con Blasillo y una lagartija, y Blasillo diciendo: «Ahí la tienes: sin familia, sin municipio y sin sindicato». Lo publiqué y me llamó Juan José Rosón, que era el director de Televisión Española. «Antonio», me dijo, «yo ya no puedo hacer nada por ti. Vamos a esperar a ver cómo vienen, pero seguro que por esto se te va a caer el pelo y a mí también. Toda la vida te he echado una mano, pero ahora ya no puedo». No pasó nada. Años después, cuando yo ya estaba fuera de la televisión, hice un chiste sobre Fascifornia, 47, en referencia a la cafetería California 47, que era donde se reunían todos los fachas, y mira por dónde hubo un atentado y murieron muchos. Automáticamente la ultraderecha vino a por mí.

Como si lo hubieras inducido.

Fíjate qué país. Además de haber estado amenazado por ETA

¿Ha habido algo concreto?

Sí, claro. Siempre que iba a Euskadi tenía que avisar a la policía. El hecho es que después de lo de la cafetería me cogieron dos policías y me llevaron a Londres. Me dejaron en un hotel, pagado por mí, por supuesto, y me dijeron que se volvían a España y que ya me avisarían. Me quedé en Londres unos quince días. Pero a partir de eso estuvimos un año con escolta en casa, todo el día con policías armados, los niños jugando con las metralletas sin cargador… gajes del oficio que no tendrían que ser gajes del oficio de ser un ciudadano en un país como aquel.

¿En qué año ocurrió esto?

En 1978.

¿Alguna vez te coartas al hacer las viñetas para evitar problemas?

Jamás. Todo lo que no sea hacer sufrir a la gente es válido. Se puede decir todo, lo que ocurre es que para decir una cosa, escribirla o dibujarla quizá tengas que pasar tres días dándole vueltas a las neuronas. Esto, como todo, es un problema de vaguería. Si eres capaz de estarte tres días haciendo enlaces neuronales distintos, hablando en psicofísica, hasta llegar a la síntesis prístina, fenomenal. Pero quizá digas «no, voy directamente a esto y ¡paf!». Es la diferencia entre el humor y la gracia.

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Produces bastante.

Sí.

¿No tienes épocas en que te cueste encontrar ideas?

Estamos en un país en el que eso es imposible.

Estamos en un país en el que todo es tan absurdo que parece llevar ya el chiste incorporado.

Ahí está. Solo tienes que referir algo que tenga alguna relación con lo que está pasando y la gente, cuando ve el dibujo, dice: «Si es que esto va a pasar. Es más, ha pasado». Y es así como se hace. Para eso tu padre [el escritor Francisco González Ledesma] era un maestro, hacía cosas increíbles de ese pelo. Uno de los follones que había en aquella época, el franquismo, es que era irrebatible. Era también el estilo de Manuel Vázquez Montalbán. Cuando firmaba como Sixto Cámara contaba unas cosas que te quedabas helado pensando, «¿pero esto está pasando realmente o no?». Recuerdo un artículo de Manolo que se titulaba, y fíjate en el eufemismo de la época, «Era un enano rojo, era un enano malo». Yo le decía que no hacía falta que escribiera nada más, ya tenía hecho el artículo. Luego contaba que era un enano rojo que vivía en un palacio a las afueras de la ciudad y era malo, hasta que por fin el enano azul pudo llegar… Si es que no hace falta que lo digas, solo con decir «era un enano rojo, era un enano malo» ya se entiende que había uno azul que era bueno. ¿Y quién es el enano azul? Ya lo sabemos, si es que ya está, joder. Ese cultivo del eufemismo era tremendo. Y ahora lo mismo, el eufemismo vale.

¿Para qué? Si no debería hacer falta.

El eufemismo en fundamental para el humor, porque si vas al pan, pan y al vino, vino, estamos en la gracia. Tienes que hacerlo de tal manera que des una vuelta por las neuronas de la parte contratante del periódico, del otro lado, para que llegue a la conclusión a la que tú has llegado. Si en el dibujo de hoy, por ejemplo, ves a un tipo que está leyendo el periódico y se le cae la cabeza al suelo, eso se le queda en la cabeza a la gente, pero en realidad es un eufemismo, gráfico, situacional o como lo quieras llamar. Eso funciona muy bien. Resulta que mañana De Guindos habla en el Foro Nueva Economía y yo ya lo he dibujado, aunque no se ve claramente que sea De Guindos, se deduce por el pelo de Gargamel, y está diciendo: «Para finalizar este pormenorizado informe rogaría que alguien de ustedes me prestara 20 euros pa’l tasi, que voy a llegar tarde al ministerio». Ahí está De Guindos, ahí está el Foro Nueva Economía y ahí está todo metido; y dices una coña porque es tu deber decirla, pero estás diciendo una coña que encierra la realidad: no hay un puto duro.

En revistas como Hermano lobo o Por favor, ¿no existía ese doble juego contra la censura que permitía que el humor fuera especialmente fino? Recuerdo con una cierta nostalgia esa época de humor gráfico.

Ahora estamos preparando una exposición de la Biblioteca Nacional que se llama La Transición en tinta china, y dura desde 1972 hasta 1986, cuando España ingresa en el mercado común. Hemos estado viendo dibujos de Hermano lobo y de Por favor y algunos no los entendemos, no sabemos de qué van.

Es lo que tiene escribir entre líneas.

Te pongo un ejemplo. Había uno que era «sonido La Toja», y ponía «snif, snif, snif». ¿Qué era eso? Pues he estado buscando por todos lados y ya lo he descubierto. Fíjate qué chorrada: el 27 de diciembre de 1974 se reúnen en la isla de La Toja unos miembros del Partido Proverista, una cosa muy moderada que dirigía Manuel Maysounave, pero en la Brigada de Investigación Social se hacen un lío, les confunden con miembros del Partido Comunista e irrumpe en la reunión la policía. En esta irrupción hay una cierta violencia pero se aclara todo y, cuando están saliendo los proveristas a un policía se le cae un bote de gas lacrimógeno y acaban todos intoxicados. Ese es el «snif, snif, snif». Fíjate tú cómo coño puedes llegar a eso. Ese lo he descubierto, pero hay muchos de los que no tengo ni idea de qué van. Sobre todo escritos. Con Manolo ya habíamos hablado de hacer un recuento, se llamaba Al eufemista desconocido. Con Manolo teníamos muchos proyectos… fue una pena su muerte. Lo que me he reído con él…

No era precisamente la alegría de la huerta. Tenía un gran sentido del humor, pero era más bien reservado.

Depende de con quién estuviera. En cuanto había una cámara o más de tres malhechores, como decía él, se cortaba. Pero Manolo era para caerte por los suelos de risa. ¿Tú le viste cantar zarzuela con una servilleta en la cabeza?

No, y estoy por decir que afortunadamente.

Cantaba La verbena de la paloma. [Canta] «Dónde vas con mantón de Manila…». Pues yo les he visto, encima de una mesa.

¿Estuviste en contacto con Manolo hasta que murió?

Sí, pero de todas maneras… estoy viendo que estas personas no tienen sustitución posible. Como Jaume Perich [fallecido en 1995]. El pobre Jaume… fíjate qué gilipollez, además, morirse de esa manera: una semana con la tripa que le dolía, se muere y luego descubren que tenía un derrame interno. Es para meterlos en la cárcel a todos. Y Manolo pues nada, el pobre allí en aquel aeropuerto [falleció en el aeropuerto de Bangkok en 2003]… tenía una edad provecta para hacer esas cosas que hacía y esos montones de currar que se pegaba.

Al final las grandes figuras siempre acaban teniendo un relevo. Es verdad que ahora mismo no se me ocurre quiénes podrían ser.

Ya aparecerán.

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Salvador Sostres: “He ido más veces a elBulli que libros he leído”

Salvador Sostres, escritor y columnista; dirían algunos que enfant terrible. Ciertamente, de notoria habilidad para verse envuelto en la controversia y para levantar ampollas. Pero en Jot Down conversamos con él no para recurrir al Salvador Sostres polémico, que es la efigie más conocida del personaje, sino para indagar en un Sostres más amigable, más de carne y hueso, no únicamente resumido por declaraciones polémicas y opiniones linderas, que las tiene. Y el resultado fue ciertamente interesante: hablamos acerca de la Cataluña que es y de la Cataluña inventada, de nacionalismo e idioma, de derecha e izquierda, pero también de cine, de literatura, de fútbol y de una de sus grandes pasiones: la gastronomía; especialmente la alta cocina, de la que habla con un entusiasmo y conocimiento difíciles de fingir. Nos recibió en una de sus coctelerías favoritas —no era su casa, pero ejerció como perfecto anfitrión— y así transcurrió la conversación.

Aún no he escuchado a un nacionalista catalán decir con claridad, sencillez y concreción qué es Cataluña. Así que te pregunto, ¿qué es Cataluña?

La verdad es que es una buena pregunta. Y es difícil responder. Primero, creo que todo el mundo es de alguna parte… no creo que haya nacionalistas y no nacionalistas, por eso has hecho bien en decir “nacionalista catalán”. Otra cosa es que en las terminologías nos pongamos o no de acuerdo, cada cual tiene derecho a pensar que él es tal o cual cosa, lo que quiera. Hay gente que dice que es “ciudadano del mundo” y naturalmente que lo es, todos lo somos. Pero somos de alguna parte concreta y tenemos un vínculo, el que sea, con algún lugar: bien donde has nacido, bien donde trabajas, etc. Por explicar una cosa más personal: yo no tengo relación con mi padre pero, para mí, el marido de mi madre es como mi padre: nos hemos elegido. Cataluña es una idea de Cataluña. Yo no creo que la idea de Cataluña, en la formulación que te haga cualquier nacionalista o cualquier independentista, responda a la realidad. Hay veces en que nos interesan las cosas y las personas por lo que son y hay otras veces que nos interesan por lo que nos gustaría que fueran. Tengo la sensación de que —como cualquier sentimiento— el nacionalismo catalán tiene una parte importante de ficción; no responde exactamente a una realidad tangible. Entonces, ¿qué es Cataluña? Pues mira, podríamos decir que Cataluña es un país deprimido, un país donde la creatividad está especialmente castigada, un país que lleva muchísimos años viviendo de la queja, de pensar que la culpa es de Madrid que nos roba o de España que nos oprime. Pero sin dar ninguna solución concreta, siempre organizándose a través de la reacción, nunca de la acción. De hecho, los momentos en que más funciona el independentismo son cuando aumentan las malas formas de los gobiernos de España y, cuando esto se calma, no funciona ninguna idea constructiva.

Entonces el independentismo catalán es reactivo.

Siempre. Así como el nacionalismo catalán, entendido como un cierto sentimiento romántico, es activo —la gente tiene un apego a su idioma, a sus tradiciones, incluso diría que a sus muertos en el sentido más poético de la palabra—, el independentismo sólo funciona como formulación práctica y la gente sólo se abraza a él cuando, para entendernos, un Aznar gobierna en España. Y ahora mismo —no políticamente porque en las elecciones los resultados del independentismo han sido irrisorios— podría darse perfectamente el caso de que ante el ahogo económico de España creciera un sentimiento independentista… pero el independentismo no es natural en Cataluña. Es reactivo, es una reacción a una supuesta agresión.

Si no existiesen las elecciones autonómicas y la búsqueda de parcelas de poder que eso conlleva, ¿crees que el nacionalismo, ya sea el catalán o el de cualquier otra región, se hubiese quedado anticuado como una especie de reliquia decimonónica?

Si yo fuera el presidente o el rey de España y quisiera anular el independentismo o el nacionalismo, le daría el mayor poder posible. ¿Por qué? Porque creo que cuanto más se tiene aquí la sensación —sea cierta o no— de que Cataluña se queda sin capacidad para autogestionarse y para autodeterminarse, mayor es el tono reivindicativo. El olvido de esa reivindicación vendría más de un reconocimiento de igual a igual de Cataluña con España que del arrinconamiento de Cataluña. Cualquier cosa que sirva para quejarse es favorable siempre al nacionalismo. Por ejemplo, una de las formas más rápidas de ver cómo crece el independentismo sería que PP y PSOE se pusieran de acuerdo para limitar la presencia de partidos nacionalistas en el congreso. Fantástico. Si lo hacen —que tienen todo el derecho del mundo a plantearlo y todo el derecho del mundo a hacerlo— yo, como independentista, estaría encantado de la vida, porque es el camino más rápido.

Si no vivieras en Cataluña y vivieras en otra parte del Estado, ¿a qué partido votarías?

Al PP, sin ningún tipo de dudas.

¿Por qué?

Porque es la derecha. Yo nunca votaría a la izquierda. Creo que la izquierda machaca a los que dice defender. Esta asociación de la izquierda con los trabajadores, con los obreros, es mentira. Es una ideología que no conoce el alma, que no conoce al hombre o que no lo comprende y por lo tanto se basa en una serie de estrategias que lo terminan hundiendo. En cambio a derecha —aunque no creo que el PP sea tan de derechas, creo que sencillamente es menos de izquierdas que el PSOE— toma mejores medidas. Por ejemplo, si me fijo en la persona del PP con cargo de gobierno más relevante en este momento, que seguramente es Esperanza Aguirre, veo que el déficit en Madrid es irrisorio y que allí la gente —más o menos— tiene una cierta capacidad para crear empresas. Aquí, un catalán quiere crear una empresa y tenemos un problema. Lluís Llach —por ejemplo y sin ir más lejos, no estoy hablando de Perales— cuando dejó de cantar quiso organizar su fundación para unos proyectos muy interesantes que lleva a cabo en África y se tuvo que ir a hacer la fundación a Madrid, porque en Cataluña le pedían en depósito una cantidad de dinero que no podía dejar bloqueada. Lluís Llach, que se pasaba el día cantando a favor de las izquierdas y cuanto más izquierda mejor. El Tripartito legisló de tal manera —con su gran amiga Montserrat Tura como consejera de justicia— que Lluís Llach se tuvo que ir a montar la fundación a Madrid. Y te dices que vas a hacer una cosa tan poco sospechosa de formar parte de la estrategia de esto que los cursis y los horteras llaman el “neocapitalismo salvaje” (que yo no entiendo por qué nunca se dice “neocomunismo salvaje”, pero bueno) como lo es una fundación para desarrollar proyectos en África y aun así tienes que irte a Madrid. Así que, ¿por qué votaría a la derecha? Porque es la que realmente construye sociedades más justas y garantiza la igualdad de oportunidades. Es la que cree en el hombre, en el talento, en tu capacidad para hacer lo que tengas que hacer. No parte de la idea de que eres gilipollas y te tienen que proteger porque eres gilipollas y por ti mismo no vas a hacer nada.

¿Libertad para Cataluña significaría, por ejemplo, eliminar los peajes de las autopistas?

Bueno, si los catalanes pudiéramos disponer de nuestros recursos quizá pagaríamos sólo una vez en las autopistas y no cuatro veces como pagamos ahora. Aquí Rajoy puede jugar un papel como lo jugó Aznar. Antes hablábamos del independentismo que creció a la sombra de Aznar: Carod-Rovira supo utilizar muy bien las malas formas de Aznar, no sé si decir que eran formas agresivas —porque Aznar es el mejor presidente que ha tenido España— pero sí un tipo de retórica que acabó creando un mal rollo. Pero si te fijas en las estadísticas, los años en que más se ha invertido en Cataluña y en que más dinero se ha devuelto, fueron los del periodo 1996-2000. Y el segundo periodo de mayor inversión en Cataluña fueron los años tan criticados de la mayoría absoluta de Aznar: 2000-2004. Con lo cual no sé de qué estamos hablando, francamente. Pero bueno, tengo la sensación de que —simbolizándolo, como tú decías, en los peajes— si el agravio económico de Cataluña desapareciera, el independentismo bajaría y el nacionalismo se reduciría a una cuestión más sentimental y menos política. Creo.

Pasando a la prensa, ¿cuáles son las señas de identidad de la prensa catalana?

La prensa catalana no existe porque toda está subvencionada. No existe tal cosa. No hay ningún diario catalán —no me refiero a las secciones catalanas de El País, El Mundo, etc sino a algún diario estrictamente catalán— que pudiera sobrevivir sin las ayudas directas o indirectas de la Generalitat, del dinero público.

¿Qué papel juega TV3?

Es lo mismo. No hay por dónde cogerla. TV3 y Catalunya Ràdio han servido durante un tiempo como herramienta para normalizar el idioma catalán en Cataluña, a mí esto me parece bien. Han servido, esta función se ha desempeñado. Pero creo más en un modelo de televisión privada, las televisiones públicas tendríamos que ir pensando en eliminarlas. Pero esto te lo digo de TV3 y te lo digo de Televisión Española o de la BBC, etc. No es una crítica por el hecho de que sea TV3. Es una crítica más general y parece ser que en todos los países hay televisiones públicas. No me parece más grave el caso de TV3 que otros casos. Es una televisión que en estos momentos es especialmente propagandista: expira un antiamericanismo y un antijudaísmo atroz, junto a una visión del mundo en que los empresarios son los malos y los sindicatos son los buenos que, a mí personalmente, me repugna. Aparte de la idea de que es pública y debería ser más neutral, es que me parece un discurso poco inteligente. Más allá de que su visión no me guste, sus argumentos son muy pobres, muy trillados y muy poco dignos intelectualmente.

Hablando de propaganda, ¿crees que hay catalanes a pie de calle que están convencidos de que Picasso era catalán?

No lo sé. A Oscar Wilde un juez le preguntó si El retrato de Dorian Gray era una apología de la homosexualidad y él contestó que no. El juez le volvió a preguntar si una persona a pie de calle como tú dices, si una personal normal u ordinaria podría considerar que El retrato de Dorian Gray era un canto a la homosexualidad. Wilde dijo “señor juez, no tengo ni idea de lo que piensan las personas ordinarias”. Y yo creo que está bien cualquier crítica que se pueda hacer a la clase política, a la prensa, a nosotros como periodistas, pero creo que lo peor que hay en España, lo peor que hay en Cataluña, es la gente. Es el nivel de la turba, de la carne amontonada, personificado en el movimiento 15-M. Es el nivel más bajo y ramplón que jamás ha habido, el pancartismo más cutre y menos exigente intelectualmente. Antes esta gente estaba en su casa pero ahora, gracias a las redes sociales, cualquier persona puede ser protagonista y su visión —sea la que sea— queda reflejada con total impunidad. No sé lo que piensan ni lo quiero saber. No miro nunca, por ejemplo, lo que escriben sobre mí porque es horroroso. No sólo sobre mí, sino sobre cualquier cosa. Andrés Calamaro dijo hace unos días algo que me pareció muy brillante: si Jesucristo resucitara, le volverían a crucificar en Twitter.

A Gaudí le atropelló un tranvía y ahora las obras del túnel del AVE podrían poner en peligro los cimientos de la Sagrada Familia… ¿es esto una metáfora de la propia Barcelona?

(risas) Esto es forzar mucho la metáfora. Lo que sí me parece es que es un poco tonto asumir riesgos en este sentido y también me parece que esos riesgos están ahí.

Entonces más que una metáfora sería una versión irónica de la justicia poética: la “injusticia poética”.

Sí. Yo no soy un gran fan de Gaudí, de todos modos. No me alegra que lo atropellasen ni me alegraría que caiga la Sagrada Familia, pero Gaudí tiende a ponerme bastante nervioso. Lo siento, pero creo que la línea recta es un progreso.

Hablemos del idioma catalán: hay muchas palabras que recuerdan al francés y otras tantas que recuerdan al italiano…

Y otras tantas que recuerdan al castellano. Lo que me gusta más del catalán, y en esto se parece al francés, es la flexibilidad vocálica. Es muy musical: vocales abiertas, vocales cerradas, igual que el valenciano. Esto le da una gran musicalidad sobre todo a la poesía: Cataluña es un país que, para lo pequeño que es, ha dado cosas bastante notables en ese campo. A la vez es un idioma que, así como en el italiano todas las terminaciones son suaves, el catalán es un poco más duro. Me gusta esta ductilidad del idioma, me siento muy cómodo cuando escribo en catalán. Cuando escribo en castellano me siento muy cómodo con la enorme cantidad de posibilidades que tiene: la constante evolución del idioma, el que para decir una sola cosa tienes cincuenta mil recursos, cincuenta mil palabras. Puedes abusar del castellano, le puedes meter mano, lo puedes incluso catalanizar si te apetece, incluyendo giros del catalán en el castellano —aunque si lo haces porque eres un ignorante entonces no tiene ninguna gracia— y puedes jugar mucho con él. Permite muchas cosas el castellano: es una lengua tan vasta, que tiene de todo. Sí, hay palabras en el catalán que se parecen a otros idiomas por su propia ubicación geográfica, por su propia historia de comerciantes, etc. El Mediterráneo ha sido siempre un puente de intercambio cultural. El catalán me gusta en ese sentido y el castellano me gusta porque con él puedes “conducir sin normas”.

Para personas que no conozcan el catalán y no entiendan el idioma pero que estuviesen interesadas en la literatura catalana, ¿qué les recomendarías?

Soy muy mal lector porque me gusta más escribir. Aparte, las fuentes de las que bebo para escribir no son todas literarias. Una de las cosas que más me impresionan de la literatura de mi país es Valentí Puig, que escribía hasta hace poco en ABC y ahora escribe en La Vanguardia; estoy convencido de que es el mejor poeta del siglo XX en Cataluña junto con Gabriel Ferrater —que ya murió, se suicidó a los cincuenta años—. Fíjate, y te lo digo yo que sabes cómo pienso, son dos poetas que han escrito en catalán pero no son ni catalanistas, ni independentistas ni nada que se les parezca. Bueno, Ferrater no sabemos lo que era y en pleno 2011 está fuera de lugar preguntárselo: qué había en aquel momento de independentismo o nacionalismo… eran formulaciones distintas a las de ahora. Sería anacrónico, como preguntarle ahora a un romano si está a favor de la pena de muerte: dos mil años después igual el romano pensaría otra cosa.

¿Cómo se considera desde Cataluña a escritores valencianos como Ausiàs March, Joanot Martorell…?

Aquí se les quiere mucho y se interpreta que forman parte de la misma literatura. Así como te he defendido al PP, a Aznar y a Esperanza Aguirre sin ningún tipo de problemas, me parece un despropósito y un ataque a la inteligencia establecer distinciones entre el catalán y el valenciano. Sería como establecer distinciones entre el castellano y el andaluz. Yo no digo que, para nada, se tenga que asumir ninguna tesis parecida a la de los “Països Catalans”… cada uno tendrá su opinión y esa sí que es una cuestión ideológica. Cada cual que diga lo que quiera y que haga lo que quiera. Ahora, el atentar contra la obviedad… me parece que en este asunto el PP se equivocó y por cosas como esta hay gente que nunca, jamás, votaría al PP. Y es una lástima, porque al final todos los partidos nacionalistas acaban negociando —como único partido de referencia— con el PSOE y eso lleva a la cosa más ramplona y más cutre no sólo para Cataluña sino para España. Creo que el PP valenciano no ha sido un PP inteligente. En otras cosas seguro que lo habrán hecho bien y no tengo nada que decir, pero en este tema la academia y el conocimiento tienen que estar por encima.

¿No crees que esa reluctancia hacia el pancatalanismo en Valencia no es únicamente cosa de un partido, sino que está en la psique de muchos valencianos?

Pero se puede ser una cosa y la otra. A mí no me gusta especialmente Cataluña. Si me dicen “¿qué te gusta a ti?”… a mí me gusta Londres, me gusta París, me gusta Nueva York. Pero no me gusta Cataluña. ¿Me gusta Barcelona? Se come muy bien (risas), están los mejores cocineros. Si en algo es capital mundial Barcelona ahora mismo es, no en restaurantes, pero sí en cocineros. Los mejores talentos están en Barcelona y me gusta vivir aquí porque pienso que tengo a mi alcance los mejores restaurantes del mundo. Los tengo más cerca que si viviera en París, donde no hay ningún restaurante ahora mismo que tenga tanto interés. A mí me parece muy bien que haya muchos valencianos que no quieran oír ni de Cataluña, ni del pancatalanismo ni de la unión, ni de la federación, ni de nada que tenga que ver con los Països Catalans. Pero ellos hablan catalán igual que yo hablo catalán y si no lo quieren llamar catalán, que lo llamen como quieran: “no, es que se tendría que llamar valenciano y vosotros catalanes habláis valenciano del norte”. De acuerdo, ningún problema.

(risas) Valenciano del norte, eso me ha gustado.

Raimon en qué canta, ¿en catalán o en valenciano? Canta en catalán. ¿Ausiàs March y Joanot Martorell en qué escribían? ¿De qué coño le ha servido esto al PP? De nada. Tiene tantos argumentos para ganar elecciones en Valencia y en cualquier parte… que los use, si son muy buenos. Con la política que mejor me llevo es con Esperanza Aguirre. ¿Qué tendrá que ver si ella es independentista o no? Es española de arriba a abajo, y yo… ¿crees que hemos discutido alguna vez? Estamos de acuerdo en el noventa por ciento de las cosas. Yo con Carod-Rovira sólo estoy de acuerdo en el diez por ciento de las cosas.

En el diez por ciento restante, supongo.

Claro, es que llega un momento en que tanto quienes se llaman nacionalistas como quienes no se llaman nacionalistas acaban convirtiendo este tema en único. ¡No me jodas! Hay centenares de temas. Entonces, en serio, ¿qué vamos a hacer? Tú hablas con alguien y hay nueve temas en que estamos de acuerdo y uno en que no. ¿Vamos a jodernos por ese único tema?

Cambiando un poco de registro y hablando de fútbol, una frase tuya me llamó la atención: dices que “el Barça no es un club, es una idea”. ¿Cuál es esa idea?

Cataluña.

¿Es una bandera?

Sí, sí. Naturalmente hay gente de Madrid que es del Barça y no lo siente así. Naturalmente. También habrá gente de Barcelona que debe de ser del Manchester United.

Incluso del Espanyol.

Sí, incluso del Espanyol. Pero bueno, hay gente del Espanyol que es independentista. Yo los conozco. Y me parece muy bien, pero el Espanyol no es eso lo que representa. También conozco auténticos catalanistas que son del Madrid porque su padre lo era o lo que sea. Pero el Barça, especialmente durante el franquismo —aunque siempre había habido algo—, se convirtió en una manera de canalizar y de vehicular un sentimiento, el nivel de expresión de este sentimiento.

¿Es el Barça el equipo del régimen en Cataluña?

No, fíjate que la Generalitat nunca ha tenido mano en el Barça. Ahora es la primera vez que hay un presidente del Barça cuyo signo político coincide con el de la Generalitat… Rosell y Mas. Creo que ambos votan a Convergència. Especialmente Rosell (risas). La falta de sintonía que había entre Montilla y Laporta era evidente, sólo hace falta ver la formulación política por la que ha optado Laporta después. La falta de coordinación entre Laporta y Maragall también era evidente y la falta de coordinación entre Pujol y Núñez, qué te voy a contar. El Barça siempre ha sido un club independiente. No ha sido un club de un partido, sino de un país. El mejor presidente que ha tenido el Barça ha sido Laporta, quien ha conseguido la mayor gloria y trascendencia mundial del Barcelona: ahora se vive de aquellos réditos, de lo que se hizo. Con pequeñas variaciones, naturalmente, pero el equipo es el que dejó Laporta y el entrenador es el que dejó Laporta. Fíjate en las decisiones que se están tomando: lo de Qatar es una mala decisión, que es vincular al Barça con una fundación a su vez vinculada con Al Qaeda. Pero bueno, el Barça, de mayor o menor manera y con todas las excepciones que sea necesario recalcar, recoge un sentimiento bastante general. Lo escribió Montalbán: “el Barça es el ejército de Cataluña”. Lo cual dice mucho y dice muy poco también, o sea, que esa respuesta sirve para responder a algunas de tus primeras preguntas… sí, es verdad: esa ideación existe, es muy potente, pero en el fondo creo que si les preguntaras a muchos catalanistas y muchos independentistas “¿qué prefieres, la independencia de Cataluña o que el Barça le gane la final de la Copa de Europa al Madrid en el Bernabeu?”, tendrían que irse a una habitación, pasar allí dos horas y pensárselo. Esto es dramático, porque da la sensación de que el nacionalismo, al final, se conforma con ganar la Copa de Europa. Para que me entiendas: esta asimilación tiene su vertiente épica y su vertiente pueril.

Del fútbol a una de tus grandes pasiones, la gastronomía. ¿Qué significa el cierre de elBulli?

Para mí El Bulli lo ha sido todo. Ha sido mi manera de crecer, la primera vez que fui tenía dieciocho años. Ha sido mi manera de entender cómo tenía que escribir.

¿Por qué?

Por el sentido de la verticalidad. Lo que significa elBulli es dejarse de rodeos e ir directamente de la idea al hecho, sin perder el tiempo. La mínima invasión con la máxima repercusión. El mínimo detalle para la mayor explosión de sabor, pero con inteligencia: cualquier plato de elBulli responde a una idea. Es un restaurante lo más intelectual posible, muy conceptual. Si los camareros te dieran los platos y no te dijeran el nombre, te enterarías de un veinte por ciento de lo que tienes delante. En cambio si te dicen “pollo al curry” y te viene un plato con tres salsas, y una de esas tres salsas es la textura del pollo, tú dices: “esto es magia”. Siempre se parte de un concepto, de un juego intelectual. Para mí elBulli lo ha sido todo, incluso mi manera de relacionarme con la gente. Yo espero esto de la vida, espero esto del amor, de la literatura, de un gin tonic, espero esto cuando voy a una sala de cine. Espero esto de todo: el talento, el nivel de perfección y de maravilla, la enorme capacidad de generar esperanza y alegría. Si vas a elBulli —o a Tickets, el local que Ferran Adrià ha abierto con su hermano en el Paralelo— la gente sale de allí contenta, pensando que la fuerza de la humanidad podría ser ilimitada porque con talento y con trabajo se puede llegar a hacer maravillas. ¿Estamos en crisis? Estamos en total crisis. ¿Los restaurantes están vacíos? Muchos de ellos. ¿Algunos han tenido que cerrar? Por supuesto. Pero Tickets tiene tres meses de lista de espera. Y no es barato; aunque tampoco es el más caro: comiendo normal puede salir unos setenta euros… no estamos hablando de estos restaurantes donde comer dos personas cuesta trescientos cincuenta euros. Pues para mí elBulli… he ido más veces a elBulli que libros he leído (risas). Me ha interesado este nivel de casi pureza, esta línea recta entre lo que piensas y lo que eres capaz de escribir, este no buscar excusas, intentar no engañar a nadie, intentar decir la verdad. Intentar jugarte la vida en todo lo que haces porque si no, no tiene sentido.

¿No encuentras este tipo de pureza en otras artes, en otras disciplinas?

No. Creo que, como dice Arcadi Espada, el genio vivo más importante que hay hoy en día en la raza humana es Ferran Adrià. Mientras elBulli ha durado —y ahora continúa, pero de otra forma— no hay nadie en ninguna otra disciplina que haya conseguido estirar los límites de la humanidad más allá. Lo que es un genio: tú pensabas que la humanidad era esto y llega el genio y dice: “un poco más”. ¿No? Picasso dijo “un poco más” y Ferran Adrià ha dicho “un poco más”.

Por cierto, ¿te gusta comer en el McDonald’s?

Ehhhm… tengo dos reflexiones que hacer. Primero, me parece un negocio impresionante. Muy bien pensado. Muy bien hecho. Parece que es casi un milagro el que se pueda comer la misma hamburguesa en Barcelona que en Moscú y que cuando tú vayas por el mundo sepas perfectamente lo que te vas a encontrar en un McDonald’s y no hace falta que pienses en qué ciudad estás. No hay ningún país donde haya McDonald’s que esté en guerra con Estados Unidos, lo cual me da una gran tranquilidad. Aparte te diré que iría mil veces antes a McDonald’s que a comer de Santi Santamaría. El McDonald’s es una cosa muy seria, muy bien hecha, que no se basa en ninguna estafa, no es ningún quiero y no puedo; dicen muy claramente lo que ofrecen y lo ofrecen muy bien ofrecido. Comer en un McDonald’s… no es una cosa que haga habitualmente, pero recuerdo que en el 2008 estaba de viaje de novios en Miami, era una ruta gastronómica por Estados Unidos y me hizo ilusión que el último restaurante visitado fuera un McDonald’s. Comí bien y recordé cosas que comía tiempo atrás. Un “Chicken McNugget” está bien hecho y una hamburguesa está bien hecha. Tengo un total cariño, reconocimiento y respeto por McDonald’s. Y no lo tengo por Santi Santamaría. No hay nada que me indigne más que este tipo de gente que intenta destruir a un genio por el hecho de serlo. Ferran Adrià ha sido de una generosidad extrema con todo el mundo. Podemos hablar de Tickets, podemos hablar de Comerç 24 y Carlos Abellán, de Sergi Arola en Madrid, podemos hablar de Albert Raurich y el Dos Palillos… te estoy diciendo no solamente los mejores restaurantes de Barcelona, sino posiblemente los mejores restaurantes del mundo. Todos han salido de Ferran, a todos les ha ayudado, muchas veces a hecho el plan económico desde el taller de elBulli a estos chicos —muy buenos cocineros pero a veces un poco alocados y jóvenes— para que sus restaurantes arrancaran. Recuerdo cuando abrió Comerç 24, que Ferran convocó a toda la prensa, que tenía a sus pies. Cuando abrió Dos Palillos exactamente lo mismo. Ahora en Tickets también lo hace: es verdad, Tickets es de su hermano, pero hay gente que no lo hace ni por su hermano. Y Santi Santamaría fue durante mucho tiempo el mejor cliente de elBulli, lo sé porque yo también era uno de los mejores y le veía todos los domingos ir a elBulli para copiar; le hacía mucha gracia hasta que se dio cuenta de que había tenido la desgracia de nacer Salieri en la época de Mozart. Y reaccionó mintiendo, difamando, diciendo que Adrià tomaba drogas y por eso hacía esa cocina tan rara, que intoxicaba a sus clientes dándoles química… y todo es química, ¿o acaso el pan no es el resultado de un proceso químico? Era por pura envidia, por pura incapacidad de asumir que no eres la estrella de tu tiempo. Y quiso destruir no sólo al mejor cocinero, sino también a una de las mejores personas que yo he conocido. Tú también debes de ser muy buena persona (risas), pero ocurre que con un nivel de fama, de reconocimiento, mucha gente se vuelve de un modo difícil de comprender y con Ferran Adrià no es así. Puedes encontrar cosas que Santamaría dijo de él pero no encontrarás jamás ni un solo desprecio que Adrià haya hecho a Santamaría. Ni uno. Él es así. elBulli no ha sido más caro porque él no quería convertirlo en un restaurante cuya nota de corte sea el precio. Cuesta unos trescientos euros, llegas a las siete y media y te vas a las dos de la mañana, comes unos cincuenta platos y te bebes lo que quieres y si no te pasas con el vino son unos trescientos, trescientos cincuenta. Esto es lo que cuesta comer en un tres estrellas mediocre de París. Si Adrià hubiese puesto el cubierto a tres mil euros, incluso a seis mil, hubiese llenado igual. Pero no.

Antes citabas que esperas lo mismo de una sala de cine que de elBulli, ¿qué tipo de cine te gusta?

No soy un entendido en cine. Me gusta Disney. Me gusta muchísimo Bambi. Y no puedo soportar —aunque parezca una contradicción con lo de Bambi— las películas de mucho llorar, ni las que acaban mal, ni las películas tristes. Esta pedantería de cierto cine que se basa en la presunción de que si no es triste no es profundo, me parece completamente estúpido. Clint Eastwood es un hijo de puta.

¿Por qué?

Un día fui a ver El hundimiento y me equivoqué. Me di cuenta de que estaba viendo Million dollar baby. Al que había comprado la entrada le dije, “oye, ¿Hitler boxeaba? ¿En serio?” (risas).

Pues ya supongo lo que debes pensar de algunas películas de Steven Spielberg.

Sí, de algunas. Pero me cae bien. Aunque el día que fui a ver E.T. es uno de los días que más cansado he llegado a casa, incluso más que después de ir a elBulli (risas). De tanto llorar, es que no puedo soportarlo. Yo, de hecho, una película desconocida no voy a verla… espero que haya ido alguien y entonces le pregunto “¿hay momentos difíciles?”. Un día me llevó mi mujer a ver El curioso caso de Benjamin Button y salí a la media hora porque me daba corte llorar más en el cine, porque hacía ruidos llorando y no está bien hacer ruidos en el cine. No lo soporto. Tenía una cena el día en que fui a ver Million dollar baby y ¡tuve que anular la cena! Estaba hecho polvo: ¡pobre chica! ¡a la chica le pasan cosas horribles! Me fui a casa deprimido y no quise salir en toda la noche. Tenía una cena en Via Veneto, ¡nadie renuncia a una cena en Via Veneto un sábado por la noche!

Es la película que te jodió un sábado.

Me jodió aquel sábado y por eso odio a Clint Eastwood, porque he caído dos veces en la misma trampa. También me pasó con Mystic River… la veía y era “pero, ¿qué coño es esto?”. Esto no son películas, ¡son atentados!

Por cierto, ¿has visto 2001: una odisea del espacio?

Me aburrí como una ostra (risas). Me parece bien la metáfora esta del mono tirando un palo, me parece muy bonito, pero esto pasa en el minuto cinco de la película y luego estás tres horas y dices “¡joder!” No, no, nada. Será que tengo la sensibilidad de trapo o no lo sé, pero reconozco que me quedo con las comedias simpáticas donde todo va bien… y con Disney como cosa intelectual. Y me hace mucha gracia Hitchcock. Domina como nadie la sensación de angustia, todo lo que ha hecho me parece muy inteligente. Me siento muy bien llevado por él, muy bien tratado.

¿Qué películas suyas te gustan más?

Con la muerte en los talones, Encadenados, Vértigo, Atrapa a un ladrón.

Encadenados está muy bien y no es de las que más suele citar la gente.

Encadenados me gustó mucho. Me gustan esas películas que mezclan acontecimientos históricos, como en este caso el nazismo. Por ejemplo, La lista de Schlinder me impresionó profundamente. Sufrí, pero me gustó verla. Con El pianista sufrí, pero también me gustó verla. Una película con la que sufrí mucho —aún sueño con ella— pero a cambio no me ofreció nada fue Los falsificadores. Vi el trailer y parecía la historia de alguien utiliza el régimen nazi para hacer sus negocios, parecía más una comedia… y una vez más, eso eran los cinco primeros minutos de la película; a partir de ahí lo pasé muy mal. Una película que agradezco haber visto pero que me jodió mucho también fue La vida de los otros. Luego me ha servido mucho para escribir, pero creo que es una película donde todos son malos.

También hay películas que son comedias pero están igualmente basadas en la idea de que todo el mundo es mediocre, como algunas de Billy Wilder.

Pero Un, dos, tres es muy divertida.

Un, dos, tres es una de las mejores comedias que se han hecho nunca, pero pensaba más en algo como El apartamento.

Sí, es muy fría. Es una película muy triste, es una comedia, pero es muy triste. A mí esto me cabrea, no me gusta ver estas cosas. Yo del cine espero que me entretenga (risas)

Para acabar, cuéntanos los secretos del gin tonic.

Todas las ginebras inglesas son buenas y se ha hecho mucha comedia con tantas marcas nuevas. La Taqueray clásica, por ejemplo, es una gran ginebra. También Greenall’s, la más antigua de todas. El barman Tirvió prepara su gintónic british style con Tanqueray Ten, la evolución de la Tanqueray clásica. La tónica, Schweppes. Su burbuja es perfecta. Fever Tree es una buena tónica, pero demasiado dulzona para mi gusto y de burbuja menor. La tónica Nordic es una solemne porquería. El gran secreto del gin tonic es el hielo; un hielo compacto y resistente. Ginebra, hielo, tónica y un twist de limón. Y nada más. Los excesos y versiones que hoy conocemos y que fraudulentamente se llaman gin tonic son una farsa. Son al gin tonic lo que una puta tuneada es a la elegancia. ¿A qué más van a llamar gin tonic? La gente ha perdido la compostura y el sentido del ridículo. Un poco de rigor victoriano, por Dios, que nos ayude a compensar el gótico falso de tantas damas. El mejor lo preparan en el Tirsa. Es el más puro, el más simple, el más exacto. Es obra del barman Manel Tirvió, probablemente el mejor barman del mundo.

 

Fotografía: Sergi Fuster