Historia de la comedia británica televisada: los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores catódicos en los 70

Historia de la comedia británica 2

Viene de «Más allá del filo: la comedia británica en los años 60».

Interrumpimos este programa para molestarles y hacer las cosas un poco más irritantes.

(«Blood, Devastation, Death, War and Horror» en Monty Python Flying Circus, Londres, BBC, 9 de noviembre de 1972).

La BBC recibió en octubre de 1969 una carta de alguien un tanto especial. ¿Su propósito? Afirmar sin ningún rubor que «el show volador de los Monty Python» era «lo mejor en la televisión británica». El instigador de esas letras acababa de tener un LP en el número uno del Reino Unido y su nombre no era otro que George Harrison, guitarrista principal de los Beatles.

Según el especialista en televisión de culto Leon Hunt, la mejora en la educación de los 60 a los 70 —el acceso a las universidades—, consolidó un «público nicho» para ese tipo de comedia más sofisticada. Estos cambios culturales, unidos al progresivo aperturismo social, hicieron de los años 70 una década de experimentación en la comedia británica. De este modo el éxito del programa de televisión de los Monty Python, recogido con profusión por Michael Palin en sus diarios y que se asemeja a una bola de nieve cogiendo tamaño, va a permitir muchos formatos más cercanos al surrealismo que a la sátira. 

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Los Python, octubre de 1970. (Python Limited)

Este surrealismo del 67 al 70 fue prefigurado en el cine con epígonos de la comedia de faldas sesentera como Hay una chica en mi sopa y también sátiras sociales muy británicas tal como If, The Rise and Rise of Michael Rimmer y Si quieres ser millonario no malgastes el tiempo trabajando. 

A la vez, la mayoría de los espectadores siguieron prefiriendo sitcom convencionales como Dad’s Army o la fábula con mendigos Steptoe and Son (cuyo éxito masivo se data de este tiempo). Los diálogos de Dad’s Army, así, tienen mucho más que ver con la vieja comedia de costumbres británica, wodehousiana, que con cualquier interés en subvertir la realidad. El intercambio entre el pelotón británico y un marino alemán en plena II Segunda Mundial dice todo de su continuidad con las piezas anteriores:

—Capitán Mainwaring: Ya te digo, Wilson, son una nación de autómatas dirigidos por un lunático que se parece a Charlie Chaplin.

—Capitán de submarino: Cómo se atreve a comprar a nuestro glorioso líder con un payaso que no es ario…

—Capitán Mainwaring: No, mire…

—Capitán de submarino: Voy a tomar notas, capitán. Y su nombre estará en la lista. Cuando ganemos la guerra, su nombre será tenido en cuenta.

—Capitán Mainwaring: Escriba lo que quiera. No vais a ganar a esta guerra

—Capitán de submarino: Oh sí, eso haremos.

—Capitán Mainwaring: No, claro que no.

—Pike: (Silba mientras curra) Hitler es un turra. Está medio loco; como su ejército del moco…

—Capitán de submarino: Su nombre también estará en la lista ¿Cuál es?

—Capitán Mainwaring: No se lo digas, Pike.

—Capitán de submarino: Bien, es Pike.

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Un fotograma de Dad’s Army (BBC)

Comedia sin riesgo, aún con un seguimiento masivo, esta serie de un pelotón un tanto chiflado logró audiencias de dieciocho millones y medio en este Reino Unido entre los 60 y los 70. El propio Michael Palin, de los Python, reconoció el talento del guionista de la serie, Jimmy Perry, en un libro conmemorativo a finales de los años 90. 

Aún con su gran cantidad de televidentes, estas sitcoms continuistas van a quedar poco a poco eclipsadas por los nuevos cómicos y formatos que se apelotonan en esta verdadera década de oro de la televisión británica. Es el tiempo, también, de los alocados espectáculos de comedia y canciones del escocés Billy Connolly, monologuista célebre por sus botas de plátano y uso abuso del insulto.

Volviendo a los Python, John Cleese recuerda en sus memorias como «no tenían ni idea» de si la gente consideraría el programa de televisión original, Monty Python’s Flying Circus, «divertido». El show, además, se emitía en la BBC2, la cual estaba pensada según el investigador Julian Newby como pantalla de «programas más exigentes». Recordemos, también, que la ITV había elevado la competencia de programas surreales en Inglaterra gracias a su seminal El Prisionero; prácticamente abstracta tal como desarrolla bien el profesor Santi Pagés en un libro reciente.

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«¡No soy un número, soy un hombre libre!»: El Prisionero, un gran thriller abstracto (ITV)

Monty Python’s Flying Circus sobrevivió gracias a las excelentes críticas y un público fanático, ya que en inicio apenas hacía una fracción de la audiencia de la masiva Dad’s Army. Aunque es difícil llamar satírico al programa de los Monty Python, una serie con hipopótamos saltarines y policías vestidos de cabareteras —collage hechos a mano por el caricaturista Terry Gilliam, cuya estética sería sumamente influyente en series como South Park—, en los sketches del dúo John Cleese y Graham Chapman siempre se filtra la sátira social:

Padre: Sí, Hampstead no era suficiente bueno para ti, ¿no? Tenías que ir a holgazanear a Barnsley con tus amigos mineros.

Hijo: ¡La minería de carbón es algo estupendo padre! Pero nunca lo entenderás ¡Mírate!

Madre: ¡Oh, Ken! ¡Ten cuidado! Ya sabes cómo se pone luego de escribir varias novelas.

Papa: ¡Venga chaval! ¡Atácame! ¿Qué tienes en mi contra? ¡Tonto!

Hijo: Te diré que tengo en contra: tu cabeza está podrida con novelas y poemas, vuelves a casa cada noche tambaleándote por vino Château Latour…

Madre: ¡No, no lo hagas!

Hijo: ¡Y mira lo que has hecho con mamá! Está agotada de conocer a estrellas de cine, ir a estrenos y dar almuerzos de gala.

La pieza, escrita por Graham Chapman, es una sagaz inversión del drama obrero, «realismo de fregadero» (todas esas historias proletarias tenían una escena de confesiones mientras lavaban platos), que monopolizó la rama de ficción en la BBC de los años 60. En estos se formó Ken Loach como realizador y la virtud de los Python fue dar la vuelta a los argumentos de una parte y otra. 

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Un padre «escritor de éxito» en uno de los grandes sketches sociosurreales de Graham Chapman (Python Limited)

Una de las claves de este programa, avanzadísimo a su tiempo, es cómo subvertía las reglas de programación y jugaba permanentemente con el formato. Si se puede hablar del «teatro brechtiano» con relación a aquel que rompe la distancia entre el público y la pieza, la llamada cuarta pared, los Python fueron claves a la hora de destruir lo que se esperaba de un show cómico. Los sketches acababan por la mitad, las introducciones finalizaban antes de tiempo y en ocasiones los créditos aparecían deliberadamente al poco de empezar el programa. Recordaba Eric Idle, miembro de este grupo cómico, cómo el objeto inicial del programa era «sorprender» a las audiencias, las cuales eran en el plató:

… casi todas señoras mayores que habían sido enviadas a en autobús al centro televisivo de la BBC pensando que iban a ver algún tipo de circo. Ninguna de ellas tenía una pista de dónde les habían metido…

Una muestra del brillante juego con el formato de los Python es un sketch menor donde comienzan el programa con la cortinilla de la Thames Television, una filial de la ITV y competencia de BBC. Luego de esa introducción, la pieza se coronaba con la aparición del locutor de ITV David Hamilton y una cita memorable:

Buenas noches. Tenemos una programación de noche llena de acción aquí en Thames, pero antes un asqueroso programa de la BBC.

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Los Python dedicaron un capítulo entero a las interrupciones de programas o películas de nombre Intermission donde superponían cortinillas en enero de 1970 (Python Limited)

Entre tanta tomadura de pelo, la excusa dadaísta conduce en ocasiones a temas sociales como la furibunda crítica de la burocracia del gobierno británico. Así se hace en el célebre sketch del «Ministerio de Andares Tontos»; una de sus piezas más conocidas:

—Ministro: ¿Puedo ver su andar tonto?

—Sr. Pudey: Sí, claro.

(Se levanta, hace un andar muy poco tonto, apenas un cambio de piernas, y para).

—Ministro: ¿Es solo esto?

—Sr. Pudey: En efecto, sí.

—Ministro: No es demasiado tonto, ¿verdad? Es decir, la pierna derecha no es nada tonta y la izquierda solo se levanta en el aire cada paso alternativo.

—Sr. Pudey: Sí, pero creo que con una subvención gubernamental puedo hacerlo más tonto.

—Ministro: Sr. Pudey…

(Se levanta y empieza a hacer andares tontos endiablados).

—Ministro: … el verdadero problema es el dinero. Me da pena decirle que el ministro de andares tontos no está obteniendo el apoyo gubernamental que necesita. Verá está defensa, seguridad social, salud, urbanismo, educación y andares tontos… todos deberían tener lo mismo. Pero ¡el último año el gobierno gastó menos en el ministerio de andares tontos de lo que lo hizo en defensa! Ahora solo tenemos 348 000 000 libras al año las cuales solo pueden usarse en nuestros productos actuales.

Ese tono absurdo con el que se abordan los problemas sociales también tiene su pantalla en otras series de menor influencia como The Goodies o Two Ronnies; las dos de inicios de los 70 y vistas como infantiles en comparación a los Python. En un episodio de la primera los Goodies viajan a Sudáfrica y crean una especie de ruta migratoria que desintegra el apartheid, ya que todos los habitantes negros del país africano huyen fuera. El sustituto para evitar el desastre económico en ese país es el cambio del apartheid por el «apart-height» en el cual se separa a los altos de los bajos. 

Otro formato dadá del tiempo sería The Marty Feldman Comedy Machine, donde el humorista de mirada distraída compartía programa con Spike Milligan, además de tener créditos realizados por Terry Gilliam. No tan intelectual como el programa de los Python, el formato era más bien una celebración de Feldman, con gran importancia de la comedia física (slapstick), y cameos de famosos como Orson Welles o Roger Moore. Coproducción entre Estados Unidos y el Reino Unido, ganaría el premio Rose d’Or del año 1972. 

Mucho más prosaica, comedia erótica con toques de slapstick, fue The Benny Hill Show, que llegó a alcanzar audiencias de millones en la televisión británica. Obra casi única del cómico Benny Hill, tipo peculiar a decir su biógrafo y vindicador Mark Lewisohn, la serie pasó a ITV – Thames definitivamente en el año 1969 para durar hasta finales de los años 80.

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Benny Hill, comedia rijosa para espectadores poco exigentes, logró audiencias masivas de los 60 a los 80 (ITV)

Nunca cambió su formato de comedia de persecuciones con erótico resultado y la audiencia lo celebró superando en audiencia a otros formatos más sofisticados. Quizá como colofón a su carrera de humor chocarrero, Hill llegaría a aparecer con Jesús Gil en La noche de tal y tal en los inicios de Telecinco (1991).

En oposición a este surrealismo pedestre, la cuarta temporada del show de los Monty Python vería la salida temporal de John Cleese, año 1974, y una sustitución de su estructura de «línea de pensamiento» por pequeñas narrativas creadas por Michael Palin y Terry Jones. Estos últimos serían los autores de una serie entre la aventura y la comedia, muy maleable en tono, de nombre Ripping Yarns del año 76 al 79 y que en cierto sentido es una evolución dramática de su estilo en los Python. 

El grupo, en contrapartida a la televisión, sobreviviría en cines y actuaciones teatrales, siendo de esta década las célebres Los caballeros de la mesa cuadrada (1977) y La vida de Brian (1979). Con sus altibajos, las muertes de Graham Chapman en 1989 y Terry Jones en 2020, esta troupe de humoristas sigue en la picota gracias a la reedición de sus piezas cómicas y efímeras reuniones en el escenario. Son, sin discusión, los cómicos más influyentes de la última mitad del siglo XX en el Reino Unido.

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Los caballeros de la mesa cuadrada, filme clásico de los Python donde parodian desde el cine de Bergman a las películas de caballería (Python Limited).

Hippies contra conservadores

El tránsito de los 60 a los 70 es también el tiempo en el que series polémicas e imposibles diez años antes como Till Death Us Do Part van a consolidarse. Esta presenta el choque generacional entre el conservador Alf Garnett y su cuñado progre Mike Rawlins; representantes cada uno de la Inglaterra que fue Imperio y la cultura obrera. Los divertidos diálogos de Garnett son un síntoma de dos sociedades confrontadas:

¡Mary Whitehouse se preocupa por las esencias morales de su querido país! A ti no te importa que sea corrompido por tus películas podridas y tu maldita televisión BBC, la cual es la peor de todas, gracias a ese programa Top of the Pops que tiene chicos perversos pintados como chicas…

Este formato tuvo una muy efímera secuela a inicios de los 80, Till Death…, y también una de mayor duración llegando a los 90, In Sickness and in Health. Incluso un personaje como Alf Garnett llegó a crear en el imaginario político la figura del inglés «tory», según el historiador Gavin Schaffer. Garnett tuvo, incluso, una adaptación al mercado americano en Archie Bunker, ya que su teleserie All in the Family provenía de Till Death Us Do Part. Más de treinta años después, el propio personaje de Mauricio Colmenero en la española Aída (2005) es un primo lejano del original Alf Garnett.

Ahora, fuera de la figura bufonesca del padre ultraconservador, quizá el actor que represente mejor el choque entre mentalidades sea Leonard Rossiter. Este tanto en Rising Damp como especialmente The Fall and Rise of Reginald Perrin es la cara «oficiosa» de esa Good ol’ England: en la primera serie como casero y, en la segunda, como oficinista en una crisis de la mediana edad. Reginald Perrin, así, ejerce de metáfora divertida sobre las dificultades en un mundo social desconocido para los burócratas de bombín y paraguas oscuro.

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The Fall and Rise of Reginald Perrin, sátira de la crisis de mediana edad y de los cambios sociales en la Inglaterra de los años 70 (BBC).

A lo largo de varias temporadas, adaptadas de las novelitas pergeñadas por David Nobbs, lo veremos intentar mil y una soluciones a sus entuertos vitales: en la primera finge su muerte para escapar de un trabajo infecto, en la segunda monta su propia empresa que triunfa vendiendo productos «inútiles» y en la tercera, la última, crea una comuna hippie. Hubo incluso un especial navideño y una temporada posterior, ya sin Rossiter. En el período más recordado, aquel de la empresa Grot y sus productos inútiles, hay un intercambio divertido que radiografía la sociedad consumista que dominaba el Reino Unido de los años 70:

—Comprador: Todo en esta tienda es basura inservible, ¿no es así?

—Reginald Perrin: En efecto.

—Comprador. Entonces, ¿Por qué venderla?

—Reginald Perrin: Bien, nos han dicho que hay mucha basura inservible servida con un lacito ahora. Así que hemos decidido ser honestos sobre ello.

—Comprador: Ah, ahí tienes razón, ahí tienes razón.

A pesar de la celebrada serie de Reginald Perrin, la sitcom de costumbres más célebre del tiempo fue sin lugar a duda Fawlty Towers. Creada por John Cleese y Connie Booth, muestra a un propietario de hostalito costeño como radiografía de los prejuicios británicos en las zonas residenciales (el propio Cleese llegó a juzgar a Inglaterra como una «nación de dueños de pensiones»). 

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Fawlty Towers, una serie de «clase» y prejuicios sociales con Basil Fawlty y el camarero catalán Manuel (BBC).

Los diálogos del propietario con el camarero español, moda extendida en el Londres del tiempo según Cleese y que confirma las memorias del escritor Terenci Moix, son un espejo de ese inglés rancio enfrentado a sus prejuicios:

—Basil: Manuel!

—Manuel: ¿Sí?

—Basil: There – is – too – much – butter – on – those – trays.

—Manuel: ¿Qué?

—Basil: There is too much butter «on those trays».

—Manuel: No, no, no, ¡Señor!

—Basil: What?

—Manuel: Not not ‘on- those- trays’. No sir – ‘uno dos tres.’ Uno… dos… tres…

—Basil: No, no, no. ¡Hay mucho burro allí!

—Manuel: ¿Qué?

—Basil: ¡Hay… mucho… burro… allí!

—Manuel: ¡Ah, mantequilla!

—Basil: What? ¿Qué?

—Manuel: Mantequilla. Burro is…is… ioooh, ioooh.

Este diálogo, que se ha mantenido en inglés por respeto a los equívocos, acababa con una sentencia del dueño del hotel, Basil Fawlty, en la cual afirmaba que había contratado a Manuel como camarero por ser «barato». Esto dice casi todo de cómo era la emigración española en los últimos años de la dictadura de Franco

A pesar de la creciente sátira social, el resto de las producciones de los años 70 prefieren la comedia de situación, incluso en la parodia carcelaria Porridge, y evitan entrar en el ataque directo a las instituciones. Muy locales, ahí está Rutland Weekend Television del Python Eric Idle como falsa televisión del condado más pequeño de Inglaterra, la única excepción sería la parodia del activista de izquierdas Citizen Smith

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Citizen Smith, la revolución sí será televisada.

Con el actor Robert Lindsay como «Che Guevara» londinense, se hace sangre del decaído activismo político: casi todas las iniciativas políticas de Lindsay (Wolfie en la serie) acaban en entredicho o en total descrédito por la torpeza del protagonista. Su frase «Power to the people» solo produce hilaridad en la boca de Wolfie, ya que el tiempo de utopías se acabó hace una década. Un ejemplo es este acalorado intercambio entre Wolfie y su novia:

—Shirley: Estoy harta de ti y tus revoluciones. Pero, mírate, ¿No puede ser normal? Prefiero pasar la noche en casa que hacer vigilia sentada en una tumba con una estatua de un señor viejuno observándome.

—Wolfie: ¿Señor viejuno? ¡Ese señor viejuno resulta que es Karl Marx!

—Shirley: ¡No me importa nada si era el cómico Alfred Marks! No quiero pasar mi cumpleaños con él.

Este giro conservador del país se confirmaría con el primer gobierno «tory» de Margaret Thatcher el 4 de mayo de 1979. Pocos políticos harían más por la sátira allí.

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Thatcher en Spitting Image; figura prevalente en la sátira televisiva británica de los 80 (ITV)


Más allá del filo: la comedia británica en los años 60 (1)

comedia británica en los años 60

La sátira es un recuerdo confortante de que somos una nación tolerante, democrática y con tendencia a flagelarnos.

(Stephen Fry, «The Satire Boo» en Paperweight, Londres, Random House, 2004, pp. 131)

Son los años 60 en el Reino Unido: una revista teatral ocupa todos los titulares en los periódicos. Es la primera obra en la comedia británica que se permite traspasar los límites, la llamada deferencia, y atacar al poder sin cortapisas ni líneas rojas. ¿El nombre? Beyond the Fringe (Más allá del borde). Muchos de sus actores muy pronto serían reconocidos tanto en el ámbito cinematográfico como en el teatral. Entre estos se encontraban los autores Jonathan Miller, Alan Bennett y los futuros actores Dudley Moore y Peter Cook.

Formados en el club Footlights de Cambridge, conforman una troupe que carecía de miedo a las fuerzas vivas en este Reino Unido del consenso. Estamos hablando de una sociedad estratificada donde todavía no ha aparecido Margaret Thatcher y en la cual cada clase social «sabe su papel» según un conocido sketch del Frost Report. En las piezas así aparecen mineros «que no saben latín», curas gangosos con sermones inentendibles, sátiras sobre el fin del mundo e incluso actores cojos que se presentan a una audición de Tarzán. Nada ni nadie estaba a salvo de este grupo de jóvenes satíricos.

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Los actores de Fringe… en 1961. De izquierda a derecha Alan Bennett, Peter Cook, Dudley Moore y Jonathan Miller.

El show fue un éxito multitudinario incluso internacionalmente, llegó a tener consenso crítico a su favor en Broadway (Nueva York), y el Monty Python John Cleese confiesa que estuvo «masticando la bufanda» debido a las risas al ver el show. Un espectador a la revista fue el presidente conservador Harold Macmillan, cuya senilidad era la diana de muchos sketch: recordaban su incapacidad de pronunciar «partido conservador» en un inglés comprensible. Peter Cook, el gran imitador de Macmillan, se dirigió al ilustre invitado y dijo improvisando una sentencia que se haría célebre en el Reino Unido: 

Cuando tengo una noche despejada no hay nada que me guste más que deambular en algún teatro y sentarme a escuchar a un grupillo de cómicos jovenzuelos bobos, pesados y muy vivos. Todo ello con una gran sonrisa idiota en mi tez viejuna. 

Hijos de la tradición

En su excelente historia de inicios de los años 60, Dominic Sandbrook recuerda la larga tradición satírica inglesa, que llega a remontarse al siglo XVIII y las primeras sátiras impresas, según el investigador Gary Dyer. El político español Emilio Castelar, en su Vida de Lord Byron, recordaba que no había otro país en Europa donde fuera «más respetada la palabra», pero también sentenció en la misma obra que en ninguna otra parte del viejo continente «las costumbres son más tiránicas».

Esa cuestión de las clases sociales, elemento capital en la comedia británica como defensa o subversión, se imbuye en toda la literatura de costumbres del siglo XIX: todos los grandes autores, de Jane Austen a Charles Dickens pasando por Samuel Butler, tienen en el clasismo británico un nutriente que da frondosas plantas literarias. 

Sobre todos estos escritores, sin duda, el mayor satírico sería William Makepeace Thackeray. El gran escritor victoriano, de mayor consideración crítica en el tiempo que Dickens, fue el gran fustigador de las clases sociales. Incluso llegó a lanzar un ensayo sobre el esnobismo, El Libro de los esnobs, donde carga contra todas las supercherías de su tiempo y la admiración idiota a los aristócratas:

Inspirados por aquello que se llamó «imitación del aristócrata», alguna gente gana y trinca honores; otros, malvados o debiluchos, se arrastran o admiran ciegamente a aquellos que los han ganado; los más, sin capacidad de obtener esas prebendas, envidian y odian furiosamente a los demás.

De finales del siglo XIX a inicios del XX las obras de Oscar Wilde y P. G. Wodehouse crearán arquetipos que serán utilísimos para los cómicos posteriores. Sandbrook, de hecho, incide en el magisterio de Wilde, sus frases ingeniosas, en gran parte de estos cómicos que hacían sus primeras tablas en los 50 y 60. 

El cine como espejo deformante 

Ese tiempo entre décadas quedaría marcado también por varias películas que hacen de la sátira social y política su razón de ser y que serían sumamente influyentes en el Reino Unido. Una de las más importantes sería Estoy bien, Jack, estrenada el año 1959, adaptación de la novela Private Life de Alan Hackney. Una secuela de las andanzas del soldado Stanley Windrush, nos cuenta sus infructuosos intentos de prosperar como obrero fabril en una fábrica con rendimiento nulo gracias a la presión colectiva y la incapacidad de los gestores. Toda la película es una sátira cruel de las relaciones entre capitalistas y obreros y es recordada por el papel de Peter Sellers como el sindicalista intransigente Fred Kite:

No podemos aceptar el principio de que la incompetencia justifica un despido. Eso es victimizarnos.

La investigadora Anne-Lise Marin-Lamellet une este filme a otros como El amargo silencio (1960) o la serie de televisión y película Love Thy Neighbour (1972), donde se parodia el inmovilismo de los sindicatos ingleses. En cualquier caso, todas las disputas acaban en la película en el caos o con apenas cambios en las mal gestionadas fábricas.

comedia británica en los años 60
El sindicato frente al patrón en la divertida Estoy bien, Jack.

Aunque existieron también comedias surreales de éxito entre los 50 y los 60 (El Quinteto de la Muerte, Un golpe de gracia, su secuela Un ratón en la luna o la franquicia Carry On…), sería ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú el filme clave de testimoniar el cambio de sensibilidad de una década a otra. Dirigida por Stanley Kubrick en 1964, es una malévola producción británica sobre la guerra nuclear que el director coescribió con el escritor satírico Terry Southern en torno a la novela Red Alert de Peter George

Un clásico atemporal que hizo célebre a Sellers por sus múltiples papeles y diálogos contra el jingoísmo americano:

—General Jack D. Ripper: ¿Has visto a un rojo beber un vaso de agua?

—Capitán Lionel Mandrake: Bueno, no creo que lo haya visto.

—General Jack D. Ripper: Vodka, eso es lo que beben ¿no es así? Nunca agua.

—Capitán Lionel Mandrake: Creo que sí, Jack, eso es lo que beben.

—General Jack D. Ripper: De ninguna manera: un rojo no bebería agua sin alguna razón.

—Capitán Lionel Mandrake: No entiendo lo que quieres decir…

—General Jack D. Ripper: El agua, a eso queremos llegar, el agua.

Esta película, que el crítico Jonathan Rosenbaum juzgó que tenía interpretaciones brillantes, unió a actores consagrados como Sterling Hayden con otros emergentes como George C. Scott o Peter Bull.

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«Caballeros, no pueden pelearse aquí: es el departamento de guerra»: Teléfono Rojo…, la sátira nuclear definitiva.

Más formalmente libres, menos satíricas, serían los filmes dirigidos por Richard Lester de aquí a final de década, donde destacaremos ¡Qué noche la de aquel día! con los Beatles de 1964 y The Knack un año después. Estas películas estaban inspiradas en un espectáculo radiofónico clave en la Gran Bretaña de los años 50.

La sátira toma el país

El primer puntal cómico luego de la Segunda Guerra Mundial en el Reino Unido sería el espectáculo radiofónico de Los Goons, que escribía Spike Milligan y actuaban Peter Sellers y Harry Secombe. Aunque es difícil encontrar en este una sátira directa de los gobiernos, el surrealismo de estos comediantes —hijos no reconocidos de Lewis Carroll— ponía boca abajo la sociedad británica y el programa supuso para los adolescentes un verdadero «golpe de estado mental», según el ex Beatle John Lennon. Una pieza suelta, así, demuestra la capacidad subversiva de este programa «para niños»:

—Primer ministro: ¿Qué queréis? ¿Quiénes sois?

—Somos el alzamiento de octubre de 1917

—Primer ministro: eso pertenece a los rusos.

—Nos lo han dejado esta tarde.

—¿Me estás diciendo que esta revolución es una función?

—Sí, y están todas las entradas vendidas. Por eso estamos detrás.

Aunque Milligan y sus creaciones jamás cruzaron fronteras, quizá intrínsecamente británicas para ser entendidas, Fringe… y su sentido más riguroso de la estructura teatral sí funcionaría más allá de las islas. Esa comedia que hacía sangre con la realidad británica pudo superar las fronteras de ese Reino Unido «que nunca había estado tan bien», según definición famosa de Macmillan.

En ese sentido, la revista teatral de Peter Cook y compañía se componía de exuniversitarios que habían hecho ya pequeños trabajos en revistas o el West End londinense. Su inicio, incluso, tuvo mucho de casualidad: el promotor del festival teatral de Edimburgo Roger Ponsonby quiso contratar al músico Louis Armstrong, pero cuando las negociaciones no llegaron a buen puerto reemplazó su ausencia con los mejores cómicos del círculo de Oxbridge. Del pianista Dudley Moore llegaron al joven escritor Alan Bennett por Oxford, y del circuito de Cambridge se recomendó a Jonathan Miller y Peter Cook. Ninguno de ellos escribió piezas medidas y todas atacaban las instituciones británicas más apolilladas. Se hicieron célebres, de hecho, los sermones de broma del «pastor» Bennett:

…Y él dijo «Esaú mi hermano es hombre velloso, y yo lampiño» (…) Cuando venía al sermón hoy llegué a la estación y estaba en la vía equivocada. Entonces un empleado del ferrocarril me grito «Eh, ¿a dónde te crees que vas?» Eso, de cualquier manera, fue la esencia del asunto. Pero, sabed, estaba agradecido, porque me puso en la mente el tipo de tribulación que me siento obligado a preguntaos esta noche: «Eh, ¿a dónde os creéis que vais?» (…) Así quiero que cuando salgáis al mundo, en estos tiempos de tribulaciones, lloros y desesperación propios del bullicio de la vida moderna, volváis a la cita inicial que resume todo «Esaú mi hermano es hombre velloso, y yo lampiño».

Gran parte de esta revista teatral son diálogos sarcásticos sobre «el fin del mundo» o las consecuencias de una guerra (sketch que provocó quejas de los veteranos de guerra). Detrás de casi cualquier pieza aparecía el espíritu de la sempiterna lucha de clases en el Reino Unido. Esta tuvo su mejor representación en un monologo célebre de Peter Cook:

Podía haber sido un juez, pero nunca fui bueno en latín. No llegué muy lejos en lo que me concierne a impartir justicia ya que no tuve suficiente latín para los rigurosos exámenes. Pero conseguí llegar a ser minero. Logré pasar los exámenes: no son muy rigurosos. Solo te hacen una pregunta: «¿Quién eres?» Saqué un notable en ese examen.

La pieza más celebrada del espectáculo fue el sketch de un actor cojo, Dudley Moore, que se presenta a la audición de Tarzán sin mucho éxito. El brillante ingenio lingüístico de Peter Cook salva una premisa tonta a través de edulcorados eufemismos:

Sí, en efecto, Vd. es deficiente en el apartado de piernas, Don Spiggott. Es deficiente en cuanto a número. Su pierna derecha, en cambio, me gusta. Una estupenda pierna para el papel. Es lo primero que he visto cuando Vd. ha entrado: «que pierna más adorable para el papel».

Ese boom de la sátira sobrevivió a la revista teatral Beyond the Fringe, de efímera duración, con la publicación en prensa Private Eye (1961) e incluso un club de comedia como The Establishment. Este último, según un inolvidable sarcasmo de Cook, tenía como objeto «imitar los club berlineses que tanto habían hecho por detener la ascensión de Hitler al poder». Aunque Private… sigue publicándose en la actualidad, y contó con colaboraciones sueltas de Cook hasta su muerte, Establishment… no sobreviviría al año 1964.

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Los intérpretes de Fringe… en el escenario.

La televisión, en todo caso, sería la autopista a la fama para la mayoría de los cómicos de Fringe…, además de adláteres de «Oxbridge» como David Frost que se consagraría en la BBC en este tiempo. Cook, incluso, llegó a llamar a Frost un «plagiador apestoso» quizá envidiando su inicial éxito televisivo. Frost, que acabaría siendo más recordado como presentador que como cómico, será clave en popularizar esta sátira política en la BBC gracias a That Was the Week That Was de 1962 a 1963.  

A pesar de esto, Peter Cook se desquitaría con el éxito de su programa junto a Dudley More Not Only… But Also, el cual duró casi toda la década de los 60. Cook también realizaría cintas de éxito variado como la maliciosa Mi amigo el diablo o la fallida The Rise and Rise of Michael Rimmer de 1967 a 1970. Para acabar con el grupo de Fringe… Alan Bennett incluso intentaría su propio programa de sketch, On the Margin, que apenas duraría seis episodios en el año 1966. Este autor conocería mejor suerte como escritor de éxito (La Locura del rey Jorge III o La dama de la furgoneta en décadas posteriores).

Ahora bien, quien se convertiría en el principal puntal a finales de los 60 sería el citado David Frost gracias al noticiero satírico The Frost Report de 1967 a 1968. Este reunió por primera vez a los que habrían de conformar los Monty Python como guionistas, además de contar con excelentes actores cómicos de la talla de Ronnie Corbett, Ronnie Barker o Marty Feldman. Tanto este programa como Not Only… de Peter Cook tendrían la mala suerte de no conservarse completos en la BBC, ya que esta tenía la costumbre de regrabar las cintas de programas antiguos. 

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El equipo de The Frost Report. Finales de los años 60.

A pesar de todo un sketch brillante, la citada pieza sobre la clase social, sobrevivió y ha sido citado como una de las señales del fin de la deferencia allí:

—Cleese: Yo le miro por encima porque soy de clase alta.

—Barker: Yo le miro por abajo porque es de clase alta, pero le miro por encima a él porque es de clase baja. Soy clase media.

—Corbett: Sé mi lugar. Los miro por debajo a los dos, pero no veo al de la clase media tan arriba como veo al de la clase alta porque tiene un linaje.

—Cleese: Tengo un linaje, pero no tengo ningún dinero. Así que a veces tengo que mirar al de la clase media.

—Barker: Todavía lo veo por encima, porque, aunque yo tengo dinero, soy alguien vulgar. Pero no soy tan vulgar como el de clase baja, así que le miro por encima.

—Corbett: Sé mi lugar. Los miro por encima a ambos, pero, aunque sea pobre, soy honesto, trabajador y alguien de fiar. Si tuviera esa forma de ser, podría mirarlos por encima… pero no lo hago.

—Barker: Todos sabemos nuestro lugar, pero ¿cómo podemos salir de él?

—Cleese: Me siento superior a ellos.

—Barker: Me siento inferior a él, pero superior al otro.

—Corbett: Yo siento un dolor en mi espalda.

En este final de década dos programas serían un anticipo de la revolución cómica que habría de suceder: At Last the 1948 Show y Do Not Adjust Your Set en BBC e ITV respectivamente. El primero reunía a parte del equipo de Frost Report… en una revista cómica que presentaba «la encantadora» Aimi MacDonald. Este espectáculo anticipa muchos elementos absurdos y la sátira venenosa que daría fama al cómico John Cleese. Ahí está la pieza Four Yorkshiremen, donde un grupo de ricachones presume de infancias difíciles viviendo en «cajas de zapatos», «fosas sépticas» o bebiendo «ácido sulfúrico». 

comedia británica en los años 60
El casting original de Four Yorkshiremen.

Adjust Your Set… es más suave; un programa para niños con los guionistas más blancos del Frost Report… y el grupo pop Bonzo Dog Doo-Dah Band. Esto quizá no pueda verse como satírico, pero incluía animaciones a mano de Terry Gilliam de gran influencia ulterior. En este año 1969, también, aparecería la serie de televisión Q… del ex Goon Spike Milligan, la cual jugaba con el formato televisivo como nunca se había visto en la pequeña pantalla.

Todos estos formatos, todos estos cómicos, pronto abandonarían la sátira y abrazarían el absurdo como tema siguiendo el ritmo de las pomposas marchas de John Philip Sousa. Estas comenzaban, claro, el circo volador de los Monty Python.

(Continúa aquí)

comedia británica en los años 60
La troupe cómica Python el año 1969.


El fin de la risa (y III)

El doctor y la señora Syntax experimentando con el gas de la risa en una fiesta. Imagen: Wellcome Images (CC BY 4.0).

(Viene de la segunda parte)

El fin de la risa es sustituir a la medicina

Pues sí. La risa es salud y enfermedad. La risa cura y mata. Así que la risa es como la medicina. Y antes de que la turba «escéptica» lance una «alerta magufa» ante esta afirmación, veamos la base científica de esta afirmación.

El fin de la risa es ponernos en forma. Es un ejercicio aeróbico que consume unas cuarenta kilocalorias por cada diez a quince minutos de risa. Los lectores habrán notado que para reír utilizamos varios músculos. Concretamente estos son los doce elegidos para la risa. Zigomáticos mayor y menor, que son los que elevan las comisuras de la boca. Hay un par en cada lado de la cara, por lo que son cuatro. También el orbicularis oculi, gran amigo de los cirujanos estéticos y culpable de las arrugas en los ojos. A uno por ojo, tenemos otros dos. El levator labii superioris, que los expertos en latín podrán explicar que es el que tira hacia arriba de la esquina del labio y la nariz. También tenemos dos. El levator anguli oris, cuyo trabajo es elevar el ángulo de la boca. También son dos, por lo de la simetría. Y finalmente el risorius, también conocido en algunos ámbitos académicos como «el del Joker»: tira de las comisuras de la boca hacia los lados de la cara. Con estos últimos dos tenemos los doce músculos que debemos entrenar para reír y adelgazar.

Más evidencias de la relación entre risa y salud. Un estudio realizado en Noruega durante quince años y con 53 566 participantes concluía que «el componente cognitivo del sentido del humor se asocia positivamente con la supervivencia de la mortalidad relacionada con las enfermedades cardiovasculares y las infecciones en las mujeres y con la mortalidad relacionada con las infecciones en los hombres. Los resultados indican que el sentido del humor es un recurso de afrontamiento cognitivo que protege la salud». La risa reduce el nivel de cortisol, segrega endorfinas, reduce tensión y estrés, así como preocupaciones y miedos (García, 2002). Sobre todo, si los chistes se hacen sobre un problema médico. En México, ante el peligro de la gripe porcina, se convirtieron en clásicos «Cría puercos y te sacarán los mocos», o «la influenza nos ha hecho olvidar el virus del débola: debo la luz, debo la tarjeta, debo el agua…». Rod Martin, el creador del HSQ, también ha aportado a esta causa. En sus diversos estudios sobre el sentido del humor y la salud, concluía que era posible reducir el dolor mediante la risa, siempre y cuando esta fuera sincera y no forzada. En sentido parecido se pueden encontrar conclusiones similares en las investigaciones de Dan Ariely sobre el dolor, que realizó en primera persona, o en metaestudios recientes que confirmaban ya en 2018 el impacto positivo de la risa en ciertos aspectos del dolor, como la ansiedad o el estrés emocional.

Mary Sullivan decía que «aunque un hombre sea débil, la alegría le hace fuerte». El fin de la risa es curar, aliviar el dolor, pero no solo el físico, también el emocional. Hacemos chistes para sobreponernos a la tragedia. Hablábamos antes de Gottfried y el 11-S, pero es solo la punta del iceberg. Bill Ellis analizaba el impacto de los chistes ante dicho evento específico. Peter McGraw es otro estudioso del tema, con varios artículos sobre tragedias y humor. Ante la tragedia y en un primer momento es típico que los humoristas cancelen programas o eviten el tema. El «demasiado pronto» es más importante de lo que parece, pero no solo a nivel temporal. Entender la «distancia sicológica» es vital en estos casos. Para que el humor sea sanador ante una tragedia necesitamos tiempo. Muchos humoristas son padres de la famosa frase «la comedia es igual a tragedia más tiempo». Los chistes sobre catástrofes antes de que ocurran las catástrofes no suelen funcionar bien, y después de estas resultan ofensivos cuanto más cerca en el tiempo se cuenten, cuanto más implicados estemos socialmente con los afectados o cuanto más cerca geográficamente nos pille. Por ello la distancia emocional, pero también la geográfica y social, pueden hacer que un chiste deje de serlo para convertirse en una dolorosa experiencia. Así que la distancia no es solo el olvido, es mucho más. Sin embargo, nada como la madurez. Como explicaban los investigadores, y entendieron en Pixar con Del revés, se puede estar triste y alegre a la vez, pero a partir de una cierta experiencia vital que nos haya permitido entrar en la edad adulta sin dejar de ser niños. Así pues, los chistes son muy valiosos para curar emocionalmente, pero hay que esperar un tiempo prudencial, que no es fácil de medir, para que el impacto sea positivo.

Bueno, salvo que se padezca de cataplexia y esta venga disparada por la risa, como le pasa a Jordi Évole. La cataplexia (también cataplejía) es una enfermedad que provoca de manera repentina una especia de «apagón muscular». La pérdida de fuerza en los músculos puede provocar que quien sufre de este trastorno del sueño se caiga redondo al suelo. Nada que ver con las «caiditas de Roma» que se espera produzcan los apagones, y sus efectos natalicios… aunque siempre hay algún aguafiestas con datos al acecho para demostrar que lo que sube en los apagones es la venta de condones. En cualquier caso, en España todos sabemos que lo que provoca un incremento de la natalidad son las vacaciones de verano y de invierno. Un estudio de más de treinta y tres millones de nacimientos en España, desde 1941 hasta el año 2000, mostraba dos picos inequívocos en abril y septiembre, correspondientes con concepciones en los meses de julio y diciembre.

Pero no solo puede hacernos enfermar, la risa sirve también para matar y morir. Conocida es la expresión morirse de risa, metafórica y literalmente. Notables representantes de este movimiento han sacrificado su vida por la risaZeuxis fue un pintor griego que murió de risa en el V a.C. tras recibir el encargo de pintar a la diosa Afrodita por parte de una anciana señora que quería ser el modelo para el cuadro. En 1410 el rey Martín I de Sicilia falleció por una indigestión. Discutida la causa final de su muerte, por el problema sucesorio que genera, la atribuye Lorenzo Valla a un chiste de Mosén Borra, maestro de bufones y nacido Antoni Tallender, que terminó en ataque de risa mortal tras un chascarrillo sobre un mulo que comía higos no maduros. Pietro Aretino en 1556, Thomas Urqurath en 1660, Will Cushing en 1799, Wesley Parsons en 1893…¡cada siglo tiene documentado al menos un caso!

Curiosamente entrado el siglo XX el fenómeno se dispara. Según Maggie Hennenfeld, a finales del siglo XIX y principios del XX este fenómeno se asociaba a las mujeres, relacionado con la histeria y con muertes de cientos de ellas… y quizá también a la creciente liberación social de las mismas y sus visitas a los nuevos espectáculos cinematográficos y shows de entretenimiento. En 1920 se documenta la muerte en Australia de Mr. Arthur Cobcroft, quien tras leer en un periódico el precio de varios productos en el 1915, rompió a reír hasta caer redondo a la edad de cincuenta y cuatro años. El doctor Nixon determinó que la muerte se produjo por «ataque al corazón provocado por una risa excesiva». En 1975 Alex Mitchell muere viendo un episodio de televisión de la serie The Goodies. Titulado «Kung Fu Papers», la escena cumbre retrata la pelea entre un gaitero militar escocés vestido con kilt que se enfrenta a un experto en el arte marcial de Lancaster, el «Ecky-Thump», armado con un black pudding. Tras reír durante veinticinco minutos sin parar, falleció. La viuda agradeció a la serie de la BBC por haber hecho reír a su marido, sin dar más detalles. Al parecer se descubrió posteriormente que Mr. Mitchell tenía un problema cardíaco conocido como «síndrome del QT largo», una anormalidad estructural cardíaca que predispone a las arritmias.

El peligro de la risa de masas se confirmaba en 1989. Ole Bentzen, danés de buena salud, se encontraba viendo la película Un pez llamado Wanda. De repente, una de las escenas en la que Michael Pallin encuentra su boca y nariz convertida en un almacén de comida, comenzó a reír descontroladamente, su corazón subió hasta doscientas cincuenta pulsaciones, y falleció. No hay documentada científicamente ninguna muerte de ciudadanos alemanes por ataques de risa a lo largo de la historia, por lo que conseguir la nacionalidad debería reducir el riesgo. Aunque no podemos afirmarlo porque los «micromorts», la medida de riesgo creada por Ron Howardprofesor de Stanford y padre de la teoría de decisiones moderna, no incluyen la risa. ¿Quiere usted saber la probabilidad de morir publicando un artículo en Jot Down? Los micromorts nos dan la unidad de riesgo asociada a la probabilidad de uno entre un millón. Así, una micromuerte (un micromort) es una microprobabilidad de morir. Ascender al Everest supone 37 932, correr una maratón 7 por carrera, y un mismo micromort suponen 10 km en moto, 27 caminando, 370 km en coche, 19 000 en avión en EE.UU. En su artículo original de 1979, «Analyzing the Daily Risk of Life» Howard incluía riesgos que no mataban pero reducían tu esperanza de vida. Sume un micromort adicional por cada 1,4 cigarrillos, hora en una mina de carbón, medio litro de vino, o vivir dos meses con un fumador. Desafortunadamente no incluyó en su estudio los micromorts que supone reírse, o ser ciudadano alemán.

Aunque es complicado encontrar casos de muerte por risa en el mundo real, se ha convertido un fenómeno creciente en el mundo de la ficción. El «deux es risus» cada vez se utiliza más a menudo por los dramaturgos de todo el mundo. Tenemos a los banqueros de Mary Poppins, Fulton el amigo de Seinfeld en uno de los capítulos de la serie, Steve Martin en La pequeña tienda de los horrores con un curioso dispositivo basado en óxido nitroso, y otros casos en clásicos La guía del autoestopista galáctico, la película de 1932 La momia, Quién mató a Roger Rabbit o Ice Age 4. Incluso en Los Sims 4 es posible fallecer (en la ficción) por exceso de risa, si pasamos demasiado tiempo en modo «Histérico». El programa 1000 maneras de morir repasaba el caso real de Mitchell y muchos otros más bastante cómicos. Y la serie Six Feet Underuna oda televisiva a las muertes tragicómicas, finalizaba su andadura repasando las de sus personajes. No vamos a entrar en el tema de la risa contagiosa, por evitar riesgos innecesarios como los vividos en Tanganica en 1962, o a nivel histórico en múltiples lugares y ocasiones.

Analizando el punto intermedio, es mejor reírse que provocar la risa. Un estudio de James Rotton no encontraba evidencias de mayor longevidad entre los comediantes, al contrario, determinaba que la industria del entretenimiento termina con las vidas de sus gladiadores mucho antes que la media. Probablemente porque otro fin de la risa es molestar, ofender, incomodar. Periodistas que jamás aceptarían chistes sobre la muerte de una mujer a manos de su pareja, se regodean con la de un hombre que pierde la cabeza en un caja encontrada por su viuda. Daniel Loss habla en sus monólogos sobre su hermana tetrapléjica, algo que quizá si hacen otros no le haría gracia. Bill Burr en Paper Tiger se la juega con sus chistes sobre el movimiento «Me Too» y el «hombre feminista». Ricky Gervais en Humanity se dedica a repasar su timeline de Twitter. Sarah Silverman, con su peculiar manera de romper con Jimmy Kimmel y hablar de la cantidad de pelo que tiene en su cuerpo. George Carlin con la lista de personas a matarla religión, o las ya comentadas siete palabras que no puedes decir en TV. O David Chappelle, este en cualquier momento, pero sobre todo cuando utiliza su técnica innovadora para crear chistes.

Y es que el fin último de la risa es terminar con la raza humana. Por eso se ha creado The Joking Computer, que tomará consciencia de sí mismo en cuanto lea este artículo. En esta máquina los científicos han implementado de manera práctica y real el modelo teórico conocido como JAPE (Joke Analysis and Production Engine), planteado en 1996 por Kim Binstead en su tesis doctoral. No es la única iniciativa de este tipo y habrá más. Básicamente porque los intentos de emular a Deep-Blue o Alpha-Go en el mundo de los chistes no consiguen los mismos resultados positivos esperados. La batalla entre cómicos y máquinas que generan chistes sigue desequilibrada a favor de los primeros. En 2012 se celebraba una conferencia sobre inteligencia artificial y humor para intentar plantar batalla. ¿La conclusión? Poca broma si la inteligencia artificial alcanza la singularidad. Ninguna gracia si los robots conquistan el mundo. Nada como un chiste para saber si el test de Turing queda realmente superado o no… o si eres un replicante.

Ante este tremendo peligro todavía quedan investigadores renegados, como Jaak Panksepp y Jeffrey Burgdorf, que ignoran a las máquinas y se centran en lo básico, dedicándose a hacer cosquillas a las ratas. No del todo convencidos, en la Universidad de Humdbolt en Berlín ahondaron en el tema, para determinar que las ratas que se reían eran las que estaban de buen humor, no las ansiosas. Y lo documentaron con vídeos. De verdad. En Alemania. Quitándole toda la gracia, pero ampliando las fronteras del conocimiento humano para hacer un mundo mejor y salvar a la humanidad de la ignorancia.

Y es que el fin de la risa es preservar la vida humana, entendiendo que el sentido de la vida es que no entre la sal (atención: este es un chiste para los bioquímicos que leen nuestra publicación, que de vez en cuando merecen algo de atención).

El fin de la risa es explicar el sentido de la vida

Aunque ya fue demostrado científicamente que es 42 (spoiler alert), sigue existiendo controversia. Isaac Asimov nos descubría en Jokester El chistoso» en español), uno de sus cuentos cortos, cómo el profesor Meyerhof contaba chistes a Multivac (muchos de ellos ya leídos en este artículo), para descubrir que los chistes eran parte de un experimento extraterrestre en el que las cobayas éramos…¡nosotros!. La risa permitía entender nuestra psique y evitaba que pensáramos en el sentido de la vida. Una vez descubierto el pastel, y desvelado el fin de la risa, el don del humor había desaparecido y «nadie volverá jamás a reírse». Y es que, como decía Churchill, «el chiste es realmente algo muy serio».

Para finalizar, me gustaría matizar, para quien se haya sentido ofendido por los continuos comentarios sobre los alemanes, que tengo una hija alemana. Por lo tanto, no tengo ninguna animadversión ni sesgo personal al respecto. Es más, intentamos que la niña crezca aprovechando lo mejor de ambos mundos: la productividad española y el humor alemán.


El fin de la risa (II)

«The Funniest Joke in the World» en Monty Python’s Flying Circus. Imagen: BBC / Python (Monty) Pictures.

(Viene de la primera parte)

El fin de la risa es categorizar

La risa es una herramienta taxonómica básica y afilada. Un ejemplo claro es comprobar cómo sirve para caracterizar a las personas religiosas. Son nutridas las evidencias de que los religiosos no aprecian el humor. Evidencia inapelable son las intrigas de la película El nombre de la rosa para ocultar un libro de chistes. Entre la solemnidad del culto y la sacralización de las creencias, tenemos un caldo de cultivo poco apropiado para el humor, sea este transgresor, crítico, irónico o incluso blanco e «inteligente». Y es que otro fin de la risa es distraer de asuntos serios a gente como Platón, que la prohibió en su obra La República. Sin embargo Vassilis Saroglou explicaba en su artículo «Being religious implies being different in humor» («Ser religioso implica ser diferente en el humor») que era una cuestión de dar con el tipo de humor adecuado. El investigador utilizaba el Humor Style Questionnaire (HSQ), desarrollado por el profesor Rod A. Martin de la Universidad de Western Ontario. En él se definen cuatro tipos de humor: affiliative (se utiliza para mejorar las relaciones con los demás de una manera positiva), self-enhancing (principalmente usando la capacidad de reírse de uno mismo), aggressive (caracterizado por el uso de sarcasmo, humillaciones, críticas, burlas y cualquier humor utilizado a expensas de otros) y self-defeating (básicamente reírse de uno mismo). Este cuestionario es tan reconocido que hasta se han realizado intentos de confirmar que funciona con alemanes, con dispares resultados, todo hay que decirlo.

Bien, pues, aunque a primera vista pudiera parecer que los religiosos no eran muy dados a ninguno de estos estilos de humor, los resultados demostraban que sí apreciaban notablemente el humor de un determinado tipo: el self-enhancing humor. En dos muestras de menos de doscientos participantes, vale, pero algo es algo. La cuestión es que el self-enhancing humor es un estilo de humor relacionado con «tener una actitud amable hacia la vida, tener la capacidad de reírse de uno mismo, sus circunstancias y las idiosincrasias de la vida de una manera constructiva y no perjudicial». Entre los múltiples ejemplos de este tipo de chistes podemos encontrar un clásico de Snoopy: «Solo en los problemas de matemáticas puede uno comprar sesenta caramelos sin que alguien le diga nada». O el típico «Si tienes siete naranjas en una mano y ocho naranjas en la otra, ¿qué tienes? Unas manos muy grandes». En resumen, un humor que busca resaltar el lado positivo de las cosas, fomentando una actitud positiva incluso en las peores situaciones, y que se puede utilizar para reducir la ansiedad. Intuitivamente, por tanto, la conclusión tiene sentido.

Ya hemos visto hasta dónde podemos llegar con el cuestionario del HSQ, pero cuatro categorías pueden ser algo muy básico. La risa de para mucho más, como confirmaba Scott Dikkers durante su participación en un podcast. El creador del medio satírico The Onion (America’s Finest News Source) llegaba a la conclusión, preparando la guía docente de un curso, que en toda su carrera no había encontrado «un chiste o algo gracioso» que no cayera en una de las once categorías siguientes: ironía (el significado pretendido es distinto del significado literal), personajes (personajes cómicos por alguna característica de su personalidad), referencias (experiencias comunes con las que la audiencia puede empatizar), shocks (chistes que sorprenden sobre todo utilizando sexo, drogas, humor grueso…), parodia (hablar sobre un personaje conocido, o un cliché, de una manera desconocida o inesperada), hipérbole (exageración hasta extremos absurdos), juegos de palabras (rimas, dobles sentidos, etc.), analogías (comparar dos cosas totalmente diferentes), excentricidades (sinsentidos, tonterías, locuras…), metahumor (chistes sobre chistes o sobre la comedia) y desplazar el foco (enfocar la atención sobre el aspecto equivocado). Por supuesto salpicaba cada una con ejemplos de su propio proyecto. Así, desplazar el foco era utilizado en la noticia «Un juguete muy divertido es prohibido por las muertes de tres niños estúpidos». El creador explicaba también cómo se pueden usar estas categorías para desarrollar nuevos chistes. Basta elegir la premisa y después ir probando con cada una de ellas.

Las posibilidades de medición, análisis y categorización son casi infinitas. Por ejemplo, podemos dividir los chistes en función de su nivel de gracia. De este modo sería posible resolver el problema de si un chiste es humor o no, es decir si es bueno o no, y para quién. A fin de cuentas, los juegos de palabras solo se entienden y funcionan como chiste en un idioma y sufren cuando son traducidos. Basta con ver los títulos de películas traducidos al español. La cuestión es que el doctor Richard Wiseman debió pensar que era una buena idea llegar a una conclusión rigurosa y contundente sobre el debate abierto por los Monty Python con su sketch, «The Funniest Joke in the World». Así, desde el «LaughLab» de la Universidad de Hetfordshire decidió determinar, con un enfoque científico, cuál era el chiste más divertido del mundo. La primera fase del proyecto implicaba recopilar chistes. Recibió cuarenta mil. Incluso alemanes enviaron chistes. Estos fueron evaluados con una novedosa herramienta, el «Giggleometer», que básicamente era una escala Likert que iba del 1 (nada divertido) al 5 (muy divertido). Según unas versiones se obtuvieron trescientas cincuenta mil valoraciones, según otras casi dos millones de personas de todo el mundo, alemanes incluidos, participaron. Una de las más curiosas conclusiones que arrojó el análisis por ordenador fue que los chistes más divertidos tenían de media ciento tres palabras. El chiste ganador contaba con ciento dos palabras. Respecto a los chistes de animales, definitivamente el rey de la jungla de los chistes era el pato. Los resultados les permitieron ser reconocidos por el Libro Guinness de los Records, así como publicar un libro con Random House. El chiste ganador, en versión española, fue el enviado por Gurpal Gosall, psiquiatra de treinta y un años, que escribió desde Mánchester (Reino Unido):

Un par de cazadores de Nueva Jersey están en el bosque cuando uno de ellos cae al suelo. No parece estar respirando, tiene los ojos en blanco. El amigo saca su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia, gritando al operador:

—¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?

El operador, con una voz tranquila y calmada dice:

—Lo más importante es tomarlo con calma. Yo le puedo ayudar. Primero, asegurémonos de que esté muerto.

Se hace el silencio en la línea e inmediatamente se escucha un disparo.

—OK, ¿y ahora qué?

El experimento comenzó en septiembre del 2001, una fecha cada vez más importante para entender los cambios en el estilo del humor de la nueva generación Z (de zombi). Aunque es posible que no tenga relación con la efeméride, pero americanos y canadienses encontraban más divertido el humor donde alguien era muy tonto o quedaba como un tonto (el zasca nuestro de cada tuit). Y curiosamente los alemanes encontraron todos los chistes igualmente divertidos. Aunque no lo es tanto si pensamos en que la estandarización tiene grandes ventajas en los países industriales. Otros países europeos, como Francia o Bélgica, preferían el humor absurdo (como por ejemplo reírse de las órdenes en la UE). Y es que el humor regional es imposible de ignorar. A fin de cuentas, otro fin de la risa es categorizar a nuestros vecinos geográficos. Vizcaínos y giputxis, australianos y tasmanos, ingleses y franceses… En todo el mundo los chistes permiten identificar regionalidades o nacionalidades. Así, los argentinos se suicidan saltando desde su ego, los canadienses piden perdón simplemente poniéndose de pie, los vascos tienen una cultura más antigua que nadie porque levantan piedras, en China se hace de todo menos niñas, y a los italianos no les gustan los testigos de Jehová… ni ningún otro testigo.

Estos chistes permiten también remarcar diferencias entre vecinos, no necesariamente entre regiones. Un ejemplo es que los vizcaínos hablan de los guipuzcoanos en términos similares a los franceses de los belgas, tomándoles por simples… y en contrapartida los segundos ahondan en la arrogancia de los primeros. «¿Por qué los belgas tienen patatas fritas y los árabes petróleo? Los belgas eligieron primero» es respondido con un «Después de que Dios creó Francia, pensó que era el país más hermoso del mundo. Como la gente se iba a poner celosa y para hacer justicia, decidió crear a los franceses».

Hay excepciones, como el mapamundi de Bilbao, que es obra de un bilbaíno. O los múltiples chistes sobre los habitantes de la ciudad más grande del mundo, Bigbao, promocionados por ellos mismos como todo el mundo sabe («¿La deuda mundial? ¡Esta ronda es mía!»). Volviendo al fenómeno de encontrar el mismo chiste en diferentes regiones con el público objeto de la chanza adaptado, explica el amante de las películas de superhéroes protagonizadas por Will Smith cómo el sociólogo británico Christie Davies descubrió en 1974 este hecho durante un viaje a la India. Los chistes de británicos sobre la estupidez de los irlandeses tenían en la India como protagonistas a los sikhs. Tras una exhaustiva investigación descubrió que en Argentina se referían a los «gallegos» españoles, en Brasil los chistes se hacen con los portugueses, portugueses que se ríen a su vez de los españoles y así podríamos seguir encontrado similares chistes por prácticamente todo el mundo, menos en Japón. Sí, en Alemania también lo hacen. Con los de Frisia Oriental. Y los bávaros con los prusianos. Ya, lo sé. Pero lo hacen. No, es en Japón donde no. Fijo. Seguimos.

Otro ejemplo. Un chiste ampliamente repetido en nuestro país en los últimos años es el siguiente:

El presidente de México, de visita oficial en Brasil, queda deslumbrado por el palacio del que es propietario su homólogo en el centro de la ciudad más importante del país. «¿Cómo lo has conseguido?», le pregunta. El anfitrión se acerca con él al balcón y señala un centro comercial, un puente, una autovía y otras obras públicas. «¿Ves todo eso?», pregunta. «Pues el 50% ha sido mío». Impresionado, el presidente mexicano vuelve a su país dando vueltas a lo que ha aprendido. Pocos meses después el presidente brasileño devuelve la visita. Es recibido por una limusina privada, llevado en helicóptero a una finca gigantesca, en medio de la cual se encuentra un castillo medieval traído piedra a piedra y reconstruido. Maravillado con la riqueza de su contraparte, muy superior a la suya, pregunta. «¿Cómo lo has conseguido? ¡Y en tan poco tiempo!». El anfitrión lo invita a sobrevolar la capital en su avión privado. «¿Ves el estadio, el teatro, puente, y la autopista?», pregunta. «No, no los veo», responde el brasileño. «100%», dice el mexicano.

El avezado lector puede cambiar México por España y Brasil por Alemania. O cualquier país europeo del que provenga con otro de reconocida menor corrupción. Comprobará cómo el tópico americano y el europeo son parecidos. Sí es cierto que no conocemos ningún Chiste Oficial Americano, pero sí existe uno propuesto como «Chiste Oficial Europeo»:

Paraíso europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un inglés, la comida es preparada por un francés, un italiano la ameniza y todo está organizado por un alemán.

Infierno europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un francés, la comida es preparada por un inglés, el alemán se encarga del humor, y todo está organizado por un italiano.

Podemos comprobar la ausencia de españoles en la oficialidad. Probablemente en contrapartida a la famosa frase de Carlos I de España y V de Alemania, dónde afirmaba hablar «latín con Dios, inglés con los amigos, italiano con las damas, francés en la corte y alemán con mis caballos». Y es que el humor y el rencor sobreviven al tiempo y al espacio.

Otra variante de este fenómeno son los chistes comparando tres países, que normalmente se basan también en una clasificación estereotípica, pero que a su vez siguen la regla de los tres pasos. Veamos un ejemplo.

Van un francés, un inglés y un español, discutiendo sobre la persona más rápida del mundo. El francés dice:

—La persona más rápida del mundo es un francés que lanza una flecha con su arco y llega a la diana antes que la propia flecha.

Automáticamente responde el inglés:

—No, no; la persona más rápida del mundo es un inglés, que dispara una carabina y llega a la diana antes que la propia bala

Automáticamente responde el español:

—Os equivocáis, en España tenemos las personas más rápidas del mundo. Los funcionarios españoles terminan de trabajar a las tres y a las dos ya están en casa.

Por malo que el chiste parezca, es valioso como objeto de estudio. Tanto que un 2006 un grupo de investigadores analizaba el patrón AAB en música y chistes. En general un tipo de chistes que funcionan a la perfección tienen un formato conocido como AAB, por los tres elementos que lo componen. El primer elemento proporciona el contexto del chiste; el segundo es similar al primero, generando una tendencia que provoca una expectativa sobre el resultado final; el tercero rompe con dicha expectativa, impulsando la risa. Introducción, desarrollo y remate. Un ejemplo propuesto por los autores es el siguiente:

A:

Tres hombres están a punto de ser fusilados. El guardia adelanta al primer hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Terremoto!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el primer hombre escapa.

A:

El guardia adelanta al segundo hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Tornado!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el segundo hombre escapa.

B

El último hombre ha visto claro cómo salir indemne. El guardia lo adelanta y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!», y el último hombre grita: «¡Fuego!».

Según esta teoría la clave se basa en el cambio de tercio final, la «desviación». En general no importa cuántas líneas de A incluyamos mientras exista una línea de desviación final. Sin embargo, la experiencia demuestra que los chistes que siguen la estructura AAB son más divertidos y funcionan mejor que otros formatos, como AB o AAAB. La regla de los tres pasos. Así que la próxima vez que vea un cómico maltratando su monólogo, cuente las veces que la estructura AAB aparece en su rutina. Se sorprenderá. Y si de contar se trata qué podemos decir de los intentos de categorizar con fórmulas el humor. El guionista de Los Simpson y escritor de comedía, Brent Forrester, proponía el «Principio de Humor y Duración», que explica grácilmente el refrán «lo bueno si breve dos veces bueno». Él prefirió al refrán la ecuación G=C/T, donde G es la gracia del chiste, que depende de C, referida a su calidad, y dividida por T, que es el tiempo que se tarda en contarlo. O, en otras palabras, que este artículo está dejando de tener su gracia. Igual de serio el tema que la fórmula de Peter Derks, quién postulaba que «Humor = saliencia (rasgo + estado) x incongruencia + resolución». Y hasta aquí voy a leer.

En esta línea académica, pero sin fórmulas, Francisco Yus realizaba una clasificación de las tipologías de los chistes mucho más exhaustiva que las que hemos comentado hasta el momento. Diferenciando desde la raíz entre chistes intencionados e inintencionados, entre los primeros tenemos los integrados en la conversación y los no integrados. Los segundos se basan en diferencias culturales e información que la audiencia ya tiene sobre el contexto, como los chistes sobre sexo, profesiones, países, etc. Los primeros se basan en la interpretación de la expresión humorística, vulgo chiste. Aquí se pueden diferenciar entre estrategias de múltiples interpretaciones o resolución incongruente. Entre estos tenemos tres nuevos tipos, el primero basado en la inferencia del sentido explícito (lo que incluye homofonías, similitud fonética, ajuste conceptual, polisemia, asignación de referencias, etc.); el segundo en los límites entre lo explícito y lo implícito (con dos opciones, explícito como implícito y viceversa); y el tercero basado en la inferencia del significado implícito (con dos opciones también, premisas o conclusión implícitas). ¿Y para qué sirve clasificar de este modo los chistes? Para aprender.

El fin de la risa es enseñar

Fotografía: simpleinsomnia (CC BY 2.0)

No solo las ecuaciones y clasificaciones anteriores, sino también disciplinas muy diversas. Por ejemplo, filología. Gran parte de la clasificación anterior se puede encontrar incluida de otro modo en el riguroso trabajo tuitero de Mamen Horno Chéliz. Psicolingüista, profesora de la Universidad de Zaragoza y educadora de pro, aprovecha los chistes de la fauna tuitera para difundir su saber con el hastag #twitterparalingüistas. Gracias a ella sabemos que los chistes nacen de la ambigüedad léxica («Yo confío mucho en el destino, sobre todo en el de vacaciones»); de los cambios en los verbos (de movimiento a causativo: «—Hola, ¿es aquí la agencia para encontrar pareja? Tiene que subir una planta. He traído unas flores. ¿Valen?»; o de transitivo a intransitivo: «En el gimnasio –Primero tienes que calentar – Vale, ¿a quién?»); por la diferencia entre la frase hecha o la construcción frente al significado composicional («Mira, ese es el coche de mi hermana. Ah, por cierto, ¿y qué es de tu hermana? Pues no te estoy diciendo que ese coche.»); por los cambios de referente que implican un cambio de significado en la palabra ambigua («En el Metro: Perdone ¿Sabe si Tirso de Molina tiene correspondencia con Velázquez? No lo creo, murieron hace mucho tiempo»); mediante falsos prefijos («Tienes la barra vacía Sí, la juventud prefiere sentarse en las mesas. Claro, son jóvenes promesas.»); por los complementos confusos («¿A qué te dedicas? Soy escritora de novela fantástica. Eres un poquitín creída, ¿no?»); usando construcciones («No veo el momento», «ir a por el niño», «tener un retraso», «no doy crédito», «decir algo de»); apoyados en expresiones referenciales (general versus individual, asignación de referencia, referencia y cambio de función… «¿Bomberos? Mi casa está ardiendo!! ¿Dónde se originó el fuego? En la prehistoria, y yo que cojones sé, pero VENGAN YA!!!»); por los mecanismos que generan entonación interrogativa («Nunca os ha pasado que leéis una frase como si fuera interrogativa cuando no lo es.»); por la diferencia entre literal y metafórico («Señor, estoy embarazada ¿Me dejaría sentarme en su sitio? Lo siento, me duele mucho la rodilla, póngase en mi lugar A ver si se aclara»); sintagma frente a locución (Vengo de bucear con un argentino …y la verdad es que en el fondo no hablan tanto.); palabras en la cadena hablada y/o pronunciación («¿Sabe usted sumar? Sí, claro, el Mediterráneo.»); verbo versus nombre («Me he comprado un reloj nuevo.¿Qué marca? Pues qué va a marcar gilipollas, la hora»); los valores del tiempo presente («Cari, ¿y si tenemos un niño? En cinco años de matrimonio nos habríamos dado cuenta ¿no?»); y junto a alguna otra más, como la derivación o la disyunción lógica, y por supuesto las máximas de Grice.

Dentro de la lingüística existe una teoría pragmática, propuesta por el filósofo británico Herbert Paul Grice en 1975. Esta plantea que la clave de la comunicación es la cooperación, y dicha conducta cooperativa se basa en cuatro máximas. La máxima de calidad se centra en decir la verdad. La máxima de cantidad en ni pasarse ni quedarse corto de contenido. La de relevancia con la conexión entre la nueva información y la previamente aportada. Y la de pertinencia en evitar la impertinencia de las ambigüedades, desórdenes o complicaciones. Así, la máxima de máxima de Relevancia de Grice se relaciona con chistes como «Una técnica de marketing que seguro funcionaría muy bien es etiquetar tu producto de alimentación con un “NO CONTIENE CIANURO” bien grande, y que la gente se pregunte si las otras marcas sí lo llevan», o

—Buenas tardes 

—Buenas tardes, señor agente 

—Se le va a realizar un test de alcoholemia, ¿tiene algún problema? 

—Mi hermano se ha dejado las llaves de casa por dentro y no puedo entrar ahora. 

—Algún problema en realizar el test… 

—Si no tengo que usar la llaves, ninguno…

@Quadrophenio

Un chiste similar a este último aparecía en Pienso, luego río (1987), la magistral obra de John Allen Paulos con la que daba una lección de filosofía… usando chistes. Inspirado en Ludwig Wittgenstein, quien dijo que se podría escribir una buena obra de filosofía solo con chistes, y tras publicar Matemáticas y humor: un estudio de la lógica del humor, el divulgador creaba una obra genial e imprescindible con la ayuda de Groucho Marx y Bertrand Russell. Por ejemplo, para explicar la paradoja de Russell sobre los conjuntos que se contienen a sí mismos, nada como el chiste de Groucho sobre que jamás aceptaría ser miembro de un club que le aceptara como miembro. O el corolario a la frase de Robert Benchley «en el mundo hay dos tipos de personas, las que dividen a todos en dos tipos y las que no», siendo este último el grupo paradójico de Mr. Benchley. El libro también habla sobre lingüística con una conocida historia. En ella un filósofo impartía una conferencia sobre lingüística afirmando que la construcción doblemente negativa tiene un significado positivo en algunos idiomas y un significado muy negativo en otros. Continuó su charla afirmando, sin embargo, que en ningún lenguaje se daba el caso en que una construcción doblemente positiva tuviera un significado negativo. En este momento Sidney Morgenbesser, otro conocido filósofo que estaba sentado en la parte trasera de la sala de conferencias respondía con voz burlona «Sí, sí». Una visión que me ha perseguido tras leer el libro es cómo Paulos explicaba que, ante la misma situación risiblemente ilógica, o malentendido lingüístico típico, Lewis Carroll se lo tomaba a coña mientras que el casi alemán Wittgenstein sufría lo que no estaba escrito.

Paulos utilizaba el humor para las matemáticas porque consideraba que «tanto las matemáticas como el humor son formas de juego intelectual, simplemente el énfasis en las matemáticas está más en la parte intelectual, en el humor más en el juego». Pablo Flores, de la Universidad de Granada, y probablemente inspirado por esta visión, recopilaba en un artículo chistes relacionados con educación y matemáticas, comenzando por el clásico «¿Qué pasa cuando x tiende a infinito? Que infinito se seca», analizándolos con herramientas como la regla de los tres pasos. También enseñaba con humor el profesor Randy Pausch, quién impartía una inolvidable «Last Lecture» de casi dos horas en Carnegie Mellon, sabiendo que no era una tradición sino que ya tenía fecha para su espada de Damocles particular. Se hizo tan famoso por ella que no mucho después Oprah Winfrey le invitaba para que pudiéramos aprender con él, en apenas diez minutos, cómo alcanzar nuestros sueños de infancia.

Por supuesto se puede aprender economía con chistes. Yoran Bauman, doctor en economía y graduado en matemáticas, además de impartir docencia en la Universidad de Washington se define como Stand-Up Economist. Es clásico ya su vídeo sobre los diez principios de la economía explicados, o su estudio académico sobre la hiperinflación en el infierno, donde no se corta en dar cera a los creadores del euro. Bauman es coautor de los cómics Introducción a la economía: microeconomía e «Introducción a la economía: macroeconomía». No, nada que ver con Ligonomics. En Irlanda se celebra desde 2010 y anualmente el Kilkenomics Comedy and Economic Festival, que como su nombre indica está dedicado a la economía y la risa. Con su propia divisa, el «marble». Con una premisa del tipo «si Lenny Bruce se encontrara con Keynes», el festival cuenta con periodistas especializados, asesores gubernamentales, banqueros y economistas, que son divertidamente humillados por cómicos de todo tipo. Y con personalidades en su décima edición de 2019 como Dan Ariely, Paul Krugman, Samantha Power o Yanis Varoufakis, que se enfrentaron en varias mesas redondas a cómicos como PJ Gallagher o Allison Spittle.

La risa también sirve para aprender historia. Así se desprende de los doscientos cincuenta y seis chistes del Philogelos, antología de la risa con más de mil seiscientos años. De esta obra de referencia habla también uno de los mayores expertos en risología aplicada y chistes de Jaimito de nuestro país. La obra permite comprobar cómo no hemos cambiado tanto, ya que algunos chistes de esta obra son muy similares a los que escuchamos hoy en día. De hecho, son tan actuales que el cómico Jim Bowen obtuvo un notable éxito en 2008 con una escogida selección de los chistes originales, traducidos del griego por el profesor William Berg, eso sí. Texto y vídeos están disponibles en la web. Los chistes en el Philogelos están divididos en categorías, algo de lo que ya hemos hablado antes. Y aunque hay gente que afirma que incluso se puede aprender alemán con chistes, no había chistes sobre alemanes en el Philogero. ¿Por qué? Como explicaba la profesora de Cambridge Mary Beard, citando a un viejo crítico Romano cascarrabias que conocía bien a los por entonces conquistados germanos, «Los alemanes no se ríen del vicio». Y los romanos ya apuntaban maneras desde por aquel entonces.

El fin de la risa es aprender sobre la risa. Por ejemplo, leyendo libros como Ja, la ciencia de cuando reímos y por qué, donde Scott Weems analiza algunos de los ejemplos de este artículo. O con Only Joking: what’s so funny about making people laugh de Jimmy Carr y Lucy Greeves. O cualquiera de los que se citan en esos mismos libros y en el resto de los libros recomendados en el texto. Todos, salvo el de Christie Davis, Jokes and their relation to Society, que habrá que fiarse de que Jaime R. H. lo haya leído, porque cuesta más de cien euros en cualquier sitio que esté disponible, y maldita la gracia.

Eso sí, cuando no podemos aprender, al menos la risa nos ayuda a sobrellevar lo que no entendemos.

(Continuará)


El fin de la risa (I)

Les Guignols de l’info. Imagen: Canal+

Mucho se habla últimamente del «fin del humor». El debate sobre los límites de este, la creciente censura que ataca a la necesaria libertad de expresión, así como las batallas ideológicas (sobre todo en MordoTuiter) han ocupado gran cantidad de portadas en medios de todo tipo y enfoque. Sin embargo, todo este ruido está ocultando al público el tema de debate realmente importante que subyace detrás. Lo determinante no es si estamos ante el fin de la risa, sino determinar el fin de la risa. Por ello, como parte de nuestra reconocida labor de divulgación científica, hemos decidido analizar de manera profunda y rigurosa el tópico. Tras leer de cabo a rabo el International Journal of Humor Research, repasar el timeline de un par de cuentas de Twitter seleccionadas, y empaparnos de los artículos periodísticos del mayor experto patrio en la disciplina, estamos preparados para dar respuesta seria, cual filósofo alemán, y de una vez por todas, a la necesaria pregunta: ¿cuál es el fin de la risa?

El fin de la risa es ganar elecciones

En julio de 2018 se anunciaba la cancelación de los guiñoles en Francia. Inspirados en los británicos Spitting Image, la versión francesa llevaba treinta años al servicio de una visión cómica de la realidad. Sin embargo, volvieron brevemente en septiembre de 2019 para dar sentido homenaje al expresidente Jacques Chirac, tras conocerse su fallecimiento. El político francés había sido una de las estrellas del show. Es más, los muñecos contribuyeron con su humor a la transformación de un burócrata de perfil bajo en un candidato presidenciable. ¿Cómo? Representándole como un político afable, forofo del fútbol y con un puntito exaltado. Remarcando los ataques y traiciones que recibía de sus contendientes. Inspirándole, cómo cuando su personaje en los guiñoles se lanzaba a convencer a los franceses para que comieran manzanas («mangez des pommes») y Chirac convertía la ficción en parte real de su campaña. Y finalmente, abordando el personaje de Jospin, su principal contendiente, como un aburrido «Yo-yo». Es generalmente reconocido por los medios y los analistas que en 1995 los guiñoles decantaron, a base de risas, el voto desproporcionado de los jóvenes para hacerle presidente en la segunda vuelta. Quizá por ese motivo al comenzar sus escándalos los muñecos, decepcionados y sintiéndose responsables, crearon para él un nuevo personaje, «Super Mentiroso» (Super Menteur).

Otro de los casos más conocidos de políticos dados a la chanza fue el de Ronald Reagan. Primero comentador deportivo en radio en su Illinois natal, después actor y presidente del sindicato de actores en Hollywood, posteriormente gobernador de California desde 1967 a 1975, y finalmente cuadragésimo presidente de Estados Unidos. Estuvo en servicio desde 1981 hasta 1989, ganando sus segundas elecciones con el 97.6% de los votos de los colegios electorales y convirtiéndose además en el presidente de mayor edad elegido en su país, a los setenta y tres años y trescientos cuarenta y nueve días de edad. ¿Por qué? Era tan fan de la risa que sacaba partido de ella en cualquier situación. Por ejemplo, en los debates electorales televisados. Preguntado por el impacto de su avanzada edad ante una eventual emergencia de seguridad nacional («el presidente Kennedy pasó varios días casi sin dormir durante la crisis de los misiles de Cuba» argumentaba el presentador del debate), el candidato conservador respondía con tranquilidad: «no voy a convertir la edad en un tema de debate en la campaña, y no voy a utilizar con fines políticos la juventud e inexperiencia de mi oponente». Hasta su oponente terminaba entre risas.

No era esta una respuesta casual. Ronald Reagan mantenía un listado de tarjetas con múltiples one liners, que recopilaba minuciosamente para utilizarlos en las más diversas ocasiones. Los one-liners son chistes de una sola frase, con un punch-line, o conclusión, rápida y contundente. Algunos ejemplos mundialmente conocidos son «Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción» (Groucho Marx), «Las dos palabras más bellas de nuestro idioma no son «¡Te quiero!», sino «¡Es benigno!» (Woody Allen) o «Intentarlo es el primer paso hacia el fracaso» (Homer Simpson). Los del presidente se han convertido en respetable memorabilia, tanto que la Ronald Reagan Foundation & Library los guarda con celo entre sus documentos y recuerdos.

La propia fundación se hace eco orgullosa de su sentido del humor como una de las características definitorias de la personalidad del político americano. En su carrera tuvo que lidiar con momentos complicados, como la caída del muro de Berlín, una importante crisis económica y un intento de asesinato. Nada le hizo cambiar su estilo. Respecto a la extinta URSS, la CIA desclasificó documentos con chistes sobre el país soviético y sus dirigentes, que Reagan recopilaba con interés. Algunos, reconocía en público, incluso se los contaba a Gorvachov. «Un americano y un ruso discutiendo sobre su país. El americano dice “en mi país puedo entrar en el Despacho Oval y decirle al presidente Reagan que no me gusta cómo dirige EE. UU.”. El ruso responde que él también puede hacer lo mismo. “¿Seguro? No me lo creo”, contesta atónito el americano. “Por supuesto, si quiero puedo entrar en el despacho de Gorbachov y decirle que no me gusta cómo el presidente Reagan dirige EE. UU.”».

Hasta en las situaciones más dramáticas mantenía su vis cómica. Tras recibir un disparo de John W. Hinckley en marzo de 1981, Reagan hizo acopio de todo su arsenal de chistes para dejar claro que la situación estaba bajo control y no le había afectado. Desde preguntar a los cirujanos que iban a operarlo si eran «todos republicanos»; pasando por decirle a su hija que «el disparo ha arruinado mi mejor traje»; responder a una enfermera, que le animó a que siguiera con el buen trabajo de recuperación, si «entonces esto me va a pasar más veces»; quejarse a su asistente cuando le confirmó que el gobierno seguía funcionando con normalidad «qué te hace pensar que eso me hace feliz»; o recibir a su mujer nada más llegar al hospital con la famosa frase del boxeador Jack Dempsey tras una dolorosa derrota, «Cariño, olvidé agacharme» («Honey, I forgot to duck»). En claro homenaje a tamaña personalidad, el más grande jugador de fútbol americano de la historia, Tom Brady, usaba como jugada «audible» en la final de la Super Bowl LIII su nombre: «Reagan» era, evidentemente, una carrera hacia la derecha.

La política como fin de la risa sigue siendo de máxima actualidad. Giuseppe Piero «Beppe» Grillo, cómico y actor italiano, tuvo un papel relevante en las elecciones italianas del 2013 con su partido Movimiento Cinco Estrellas, llegando a convertirse en la lista más votada al congreso con más del 25% del voto y 108 diputados. En las elecciones de Ucrania en 2019 el actor y comediante Volodymyr Zelensky, tras interpretar en tono satírico desde 2015 al presidente de Ucrania en la comedia Servidor del pueblo, ganaba la segunda vuelta con más del 73% de los votos para convertirse, esta vez de verdad, en presidente de la nación. Alemania, año 2014, elecciones europeas. El periodista Martin Sonneborn, de la revista satírica Titanic, crea el partido Die Partei. Con objetivos como «promover las élites» o crear «un muro alrededor de Suiza», y cabalgando sobre la más gamberra posible de las campañas, consiguieron un 0,64% de los votos y un parlamentario europeo. Sí, en Alemania. No podemos olvidar tampoco a los últimos presidentes de EE. UU. Barack Obama, que dejaba el cargo y el Despacho Oval con una imprescindible entrevista de empleo en el show de Stephen Colbert, se había reído de sí mismo a cuenta de la inapropiada selección de las claves de acceso, y sus chistes o sus reuniones con la prensa acompañado de su «Traductor Enfadado» se convertían en acontecimientos virales.

También, según cómo se interprete, su sucesor el constructor ha cimentado su carrera en la comedia. Tanto con cameos en series y películas como El príncipe de Bel Air, The Job, De repente Susan, Sexo en Nueva York, The Drew Carey Show, Amor sin preaviso, Spin City, La niñera, The Associate, The Little Rascals, Zoolander, Eddie, Solo en casa 2: perdido en New York o un combate de la WWE, como presentando durante catorce temporadas la versión norteamericana de The Apprentice, a lomos de la popularidad de su ya famosa frase registrada «You Are Fired!». Tras muchos años riéndose de sí mismo, consiguió alcanzar la presidencia, así que para qué cambiar: sigue construyendo su carrera sobre este humoroso muro colorado.

Y es que a veces la línea entre realidad y ficción es muy fina. Es más, en lo relativo a la realidad política, es complicado hoy día saber ya qué es real, qué es ficción y qué son «alternative facts». Julia Louis-Dreyfus lo confirmaba en sus disculpas tras ganar el Emmy en 2016 por la sátira política Veep: «Creo que Veep ha derribado el muro entre la comedia y la política. Nuestro programa comenzó como una sátira política, pero ahora parece más bien un documental aleccionador. Así que ciertamente prometo reconstruir ese muro y hacer que México lo pague». En el 2015 ya había avisado del riesgo de que esto sucediera. «Creo que sería apropiado en este momento citar nuestra sátira política, Veep: “Qué gran honor debe ser para ustedes honrarme esta noche”… Oh, esperen, oh, Dios. Oh no, no, lo siento mucho. Donald Trump ya dijo eso, lo siento». Y es que Julia siempre ha tenido mucha clase.

El fin de la risa es determinar la clase social

Aunque está extendido que «la comedia debe golpear hacia arriba» («comedy should punch up»), nunca ha quedado claro el origen de la expresión. Lo que sí está claro es su significado: el humorista debe dar cerita de la buena a los poderosos. Y si no es así, ¿a santo de qué el bufón de la corte podía decirle barbaridades al rey sin jugarse el cuello? Vamos, que desde siempre en la comedia han existido clases sociales. Postula Julio Embid en Hijos del hormigón (2016) que las series de televisión han popularizado los personajes de clase media y baja como protagonistas de productos de humor (Aída, Con el culo al aire), mientras que las clases sociales más altas aparecen predominantemente en dramas y tragedias (Crematorio, Élite). No es el único estudio en esta línea clasista. «El valor cultural de un buen sentido del humor» confirmaba, tras entrevistar a mil británicos en el festival de Edinburgo que, mientras algunos cómicos eran admirados por todas las clases sociales, las preferencias de las clases medias y trabajadoras con respecto al humor eran una manera de demostrar su «velado esnobismo». Lo que en nuestro país vino a ser la moda del «humor inteligente», vamos. Como concluía uno de los autores del estudio, «hasta cierto punto los gustos de las personas respecto a la comedia son un indicador de su clase social». Esta teoría, aun siendo discutible, nos permite determinar que la risa se manifiesta de maneras diferentes según la clase social y según el entorno en que se desarrolla.

Para entender por qué es discutible que las clases sociales bajas se asocien al humor y las altas a la tragedia podríamos hablar de la primera temporada de La casa de las flores o El príncipe de Bel Air, pero sobre todo es necesario introducir el chiste de «Los aristócratas» en la discusión. Con orígenes fechados alrededor del año 1975 (Rationale of the Dirty Joke, An Analysis of Sexual Humor), este chiste ha tenido una carrera que ya quisieran para sí la mayoría de profesionales del humor.

Como muchos otros chistes, está conformado por tres partes claramente diferenciadas. La primera es la presentación, que incluye diversas variantes de una familia con varios miembros que conversa con un cazatalentos. El agente en cuestión les pregunta por la naturaleza de su actuación, lo que da pie a que la familia lo explique o represente. La segunda, el desarrollo del chiste, queda a gusto del consumidor en lo relativo a su nivel de detalle, ya que consiste en un listado de todas las prácticas desagradables, ilegales e inmorales que a uno se le puedan ocurrir. El objetivo es incomodar y romper toda norma social, preferiblemente de manera grosera y buscando en progresión geométrica alcanzar un clímax gore a base de tabúes arrojados con crudeza sobre la mesa. No voy a comentar los diversos actos que se suelen incluir en esta parte, ya que le es suficiente al avezado lector con repasar los principales artículos de esta, nuestra publicación, para hacerse una idea. El punchline llega con la pregunta del cazatalentos sobre el nombre del espectáculo, momento en que la familia responde al unísono y con alegría «Los aristócratas». Y es que la clase social marca la diferencia hasta en los chistes. Este es tan particular que se ha convertido en una seña de identidad entre comediantes. Tanto que en el año 2005 realizaron un documental al respecto. En él, múltiples cómicos explicaban cómo lo han utilizado o adaptado, y el impacto que ha tenido en su carrera. Por ejemplo, el chiste se volvió tragicómicamente popular cuando Gilbert Gottfried lo utilizó en un evento organizado por Hugh Hefner a finales de septiembre de 2001. Con el ataque a las Torres Gemelas todavía reciente, el cómico decidió iniciar su actuación con un one-liner relacionado con la tragedia, para intentar rebajar la tensión al respecto: «Quería venir en vuelo directo, pero no me ha sido posible, me han dicho que teníamos que hacer escala en el Empire State Building primero». La respuesta del público fue negativa, incluyendo gritos de «¡Demasiado pronto!». Para salir del paso Gottfried se lanzó a narrar su versión más detallada de los aristócratas, convirtiendo el chiste más transgresor del mundo en la salida más brillante imaginable para la situación más incómoda posible.

Y es que Gottfried (por cierto, palabra de origen germánico, que significa Godofredo en español, que se traduciría como «protegido de Dios» y que representa bien su estilo de «humor»), al menos podía hacer chistes para salir del mal paso. Hay situaciones sociales donde esto no es posible e incluso puede terminar muy mal.

El fin de la risa es llevarte a la cárcel

El gran dictador (1940). Imagen: Charles Chaplin Productions / One Production Company.

No siempre es aconsejable usar el humor. Al menos salvo que el objetivo sea pasar una buena temporada sin ser molestados, con tiempo para leer y con nuestros gastos financiados mediante dinero público. Porque, aunque Daniel Davinsky considera que el humor no derroca gobiernos de ningún tipo, siempre hay alguien que decide lanzarse a hacer reír a quien no quiere. Y como los gobernantes no siempre han leído a Daniel, o no le creen, es mejor tener cuidado.

Maestro del cuidado fue el argentino Quinodando voz durante décadas a Mafalda con sutileza y talento. «Basta de censu…» pintado en una pared, o «el palito de abollar ideologías» son ejemplos icónicos de su genial tira cómica. En un país bajo una dictadura militar, donde no existía censura previa y en el que hasta un texto no estaba publicado era imposible saber el impacto que podría tener y cómo se lo iban a tomar, hacer chistes con crítica social era todo un reto. Mara Burkat, investigadora argentina especializada en humor y dictaduras, explicaba que el humor permitía «hacer algo» contra las mismas sin caer en el colaboracionismo. En principio, ensanchando las libertades poco a poco. En segundo, al permitir contar cosas que de otro modo no hubiera sido posible contar. Para ella la revista Humor en Argentina fue un ejemplo de la evolución de esa espita de gas que daba salida a la tensión acumulada. La revista La Codorniz en la España de Franco fue probablemente otro buen ejemplo. Autodefinida como «la revista más audaz para el lector más inteligente», sufrió censura hasta el punto de que los secuestros de sus portadas se convirtieron en leyendas urbanas. Un clásico fue la titulada «Bombín es a bombón como cojín es a X, y nos importa tres X que nos cierren la edición», que nunca se publicó, pero cuya ausencia se achacó a la censura. Y así de 1941 a 1975, con dos bombines.

En otros países modernos, quiero decir a día de hoy, la situación no ha cambiado mucho. Myanmar, donde el satirista Zarganar (o Maung Thura) fue enviado a la cárcel por el gobierno militar; Egipto, donde Bassem Youssef ha recibido múltiples ataques y demandas por insultar al islam debido a sus parodias de Mubarak antes y de Mursi ahora; Siria, país del caricaturista Ali Ferzat, exiliado en Kuwait tras haber sido atacado en su casa, torturado y acusado de insultar al presidente; o Corea del Norte, donde el humor político está prohibido. El escritor Josep Pernau explica en Humor de combate: cómo sobrevivir a las dictaduras (2007) cómo reconocer los principales motivos para entrar en la cárcel por culpa del humor, y así evitarlos si es posible: «En una dictadura, cuando uno se planta en medio de la plaza del pueblo y empieza a gritar que el tirano es un imbécil, le pueden detener por dos cosas: por escándalo público y por divulgar un secreto de Estado». Este chiste, por cierto, se incluye también en la lista de Ronald Reagan.

Incluso en la Alemania nazi se hacían chistes. Criticar a Hitler podía llevar a la cárcel o la muerte, sin embargo, como explicaba Rudolph Herzog en un libro al respecto, los chistes eran una manera de crítica que normalmente terminaba con una leve reprimenda. Algunos chistosos incluso terminaban sus chistes con un «eso son X años de trabajos forzados». Pero claro, no siempre. Una viuda de guerra no tuvo otra idea que contar en el trabajo, en una fábrica de armas, el famoso chiste internacional, «Hitler y Göring están en lo alto de una torre en Berlín. Hitler le dice a Göring que quiere dar una alegría a los berlineses. Göering le responde: ¡salta!». Denunciada por un compañero, juzgada por el Tribunal del Pueblo y sentenciada a muerte, queda claro que no todo el mundo está preparado para escuchar según qué chistes, y menos en Alemania.

Probablemente el mejor chiste contado sobre una dictadura en general (junto con Bananas) y sobre la Alemania nazi en particular, es la película El gran dictador de Charles Chaplin. Esta obra, de 1940, no cuenta con la ventaja de la distancia en el tiempo que le pedían a Gottfried, pero se despacha a gusto. Tanto como muchos de los ciudadanos alemanes entonces, demostrando con sus chistes que para nada existía una aceptación unánime del más conocido -ismo moderno. Uno de los problemas de los dictadores con la risa es que el humor no suele estar alineado con sus objetivos de veneración, infalibilidad y control. Se atribuye a Aristóteles la sentencia de que «solo Dios y los animales carecen de sentido del humor» (de hecho, Dios en la biblia solo aparece riendo cuando se cabrea). Parece evidente que quien se cree un Dios sufra del mismo mal. El estudioso dictador del humorismo español, Jaime Rubio Hancocktiene un artículo dedicado en exclusiva a chistes de dictaduras, donde se puede comprobar cómo normalmente se enfocan en aquellos aspectos en los que la represión dictatorial más incide o en aquello que más afecta a la población que sufre la falta de libertad.

Pero no hace falta irse a los extremos del espectro de las formas de gobierno para comprobar el impacto inesperado del humor en la plaza del pueblo. No hace mucho la palabra titiritero se convertía en una de las más mencionadas en la prensa generalista desde que Spike Jonze lanzara Cómo ser John Malkovich. Alfonso Lázaro de la Fuente y Raúl García, titiriteros y miembros de la compañía Títeres desde Abaj», representaban en Madrid la obra La bruja y don Cristobal como tantas otras veces había hecho antes en otros sitios, allá por inicios de 2016. Sin comerlo ni beberlo ni esperarlo, se encontraron en prisión, denunciados por la Audiencia Nacional, acusados de enaltecimiento del terrorismo y de atacar derechos y libertades públicas. Una obra, que no era para niños, con una broma en forma de pancarta, que tampoco era para todo el mundo, provocó una situación que no se hubieran imaginado ni los de Charlie Hebdo en sus portadas más locas.

En Alemania no eran menos, por supuesto. Conocido es el Erdogate, o Böhmermann affair, en honor al cómico Jan Böhmermann, quien incomodó al presidente turco Erdogan con sus bromas. El mandatario turco consideró que la libertad de expresión no aplicaba en esta situación y que lo que había hecho Böhmermann era un caso de libro de «Schmähkritik», o crítica abusiva de un líder extranjero. Jugando con el metachiste, el comediante explicó en un show de televisión la diferencia entre los chistes que están protegidos por la libertad de expresión y los que serían considerados crítica abusiva. El problema es que este valioso ejemplo educativo lo realizó ilustrando ambos tipos de chistes con Ergodan como ejemplo y, para qué negarlo, usando un humor bastante grueso. Tras la solicitud formal por parte del gobierno turco de que procesaran al cómico, la broma final la hizo la canciller Merkel en la más típica tradición humorística germánica: aceptando encausarle a la vez que se ponía a abolir el párrafo del código penal que podía terminar con él en la cárcel.

No se vayan todavía, aún hay más. George Carlin fue denunciado en múltiples ocasiones, sobre todo tras publicar su obra Siete palabras, dónde analizaba con detalle las siete palabras prohibidas en los medios. Lenny Bruce, considerado en 2017 por la revista Rolling Stone uno de los tres mejores cómicos de stand-up (monólogos) de la historia, era arrestado en 1961 en San Francisco por jugar con el verbo inglés «to come» (traducible como «venir» o «correrse», según el contexto). Sus visitas a la cárcel por obscenidad, y sin pasar por la casilla de salida, incluyeron detenciones sobre escenarios en Londres o Nueva York, y solo conseguían reforzar sus convicciones de que esa era la línea a seguir. A nivel más local tenemos el caso de Camily de Ory, quien enfrenta dieciocho meses de condena por chistes sobre el niño Julen; la absuelta por el Tribunal Supremo por sus trece tuits sobre Carrero Blanco, Cassandra Vera; o David Suárez, que perdió el empleo por los suyos sobre su jefe y sobre personas con síndrome de Down. Pero, ¿quién no ha hecho alguna vez un juicio a los límites del humor?

A veces estas situaciones tienen solución. El cómico Dani Mateo hizo un chiste médico-político en televisión, que terminó con su nariz en una bandera en prime time y posteriormente con su trasero en los juzgados de Plaza de Castilla imputado por ultraje a la bandera y un delito de odio. Ya no como cómico, sino como empleado que debe pagar facturas (malditos costes fijos), pidió perdónculpó a los guionistas (que se encuentran en La Retaguardia), y finalmente gag y tuits desaparecieron de la web. Y es que el tema económico sí que quita la risa. Sacha Baron Cohen incluye ya un presupuesto específico para demandas en sus proyectos. Ha sido denunciado por el gobierno de Kazajistán, dos estudiantes de la Universidad de South Carolina, un trabajador de un bingo solidario, un miembro de Fatah y el candidato al senado de EE. UU. Roy Moore, este último reclamando noventa y cinco millones de dólares. El humor es caro. Últimamente los humoristas son demandados por los objetivos de sus chistes, pero también por otros humoristas. Maravillas de internet.

Personalmente, me parece ejemplar el enfoque de José Antonio Pérez Ledo, también conocido como Mi Mesa Cojea. En su web podemos encontrar un aviso legal para abogados que habla de delitos, falsedades y dinero, intentando intimidarles con la verdad. ¡Iluso! También incluye una disculpa preventiva con licencia Creative Commons, válida para cualquier tipo de ofensa, siempre que se produzca en Twitter. Y es que, como los chistes, hay humoristas de muy diversos tipos, colores y sabores. Como para dividirlos en disciplinas, vamos.

(Continúa aquí)


God Terms

El presidente Donald Trump dando un discurso en el Capitolio, tras él se lee «In God we trust», 2018. Foto: Shealah Craighead / White House.

En su libro Hidden PersuasionMarc Andrews y los doctores Van Baaren y Van Leeuwen repasaban treinta y tres reconocidas técnicas psicológicas utilizadas en publicidad para persuadir e influenciar. Entre ellas se encontraban los tristemente actuales «God Terms», los «conceptos Dios».

Se podían definir como el ideal platónico de palabras «contra las que no se puede decir nada». Son términos de respuesta universalmente positiva, definidos por los autores como «cualquier expresión a la que todas las demás expresiones se categorizan como subordinadas». Según explica Richard Weaver en su obra The Ethics of Rhetoric (1953) esos términos son el cenit jerárquico y la base de cualquier ideología que se precie. Por eso tan a menudo la respuesta de tanta gente es positiva cuando son invocados, incluida la de personas de ideologías muy diferentes, porque los «god-terms» hacen que los conceptos originales queden vaciados de sentido, que uno no se plantee cómo alcanzarlos y sobre todo que el miedo a ser etiquetado con su contraparte, el «evil-term» asociado, concluya con la inevitable «aceptación». Es peligroso disentir de ideologías que los han adoptado primero… o que se han apropiado de ellos a base de machacona insistencia.

Este fenómeno va más allá de que estas palabras sean intrínsecamente «buenas», como principal motivo para que ignorarlas sea complicado. Son como tautologias. Inapelables. Escuchando algunas de las principales diatribas de grandes líderes de la historia moderna encontramos repetidas una y otra vez palabras como «libertad», «igualdad» o «justicia». Son conceptos que todos los seres humanos valoran como positivos. ¿Quién puede estar en contra de la igualdad? ¿Qué clase de despreciable ser vivo no está a favor de la justicia? No abrazar incondicionalmente estos términos nos llevaría al otro lado del espectro. Hay que ser malvado, odioso y mala persona para no apoyar estas palabras. Que la igualdad y la justicia puedan estar contrapuestas o llevarnos a situaciones indeseadas, para nada positivas, ya tal. Son «términos ideales contra los que no se puede decir nada».

Hay otro aspecto a tener en cuenta. En estos términos el efecto halo funciona de manera poderosa: quién utiliza estas palabras se asocia a ellas y se apropia de su valor. En Astérix: Los laureles del César (1971), se presentan a juicio los héroes galos Astérix y Obélix. Su abogado tiene clara la defensa, que comenzará con las grandilocuentes palabras de un reconocido estadista para ganarse al público. Sin embargo, es su contrincante quien se arranca con la misma cita: «Delenda Carthago, como decía Catón el Grande»…para seguir con un «es pues Catón quién habla por mi boca». Quizá el ejemplo más claro de este tipo de asociación y cómo la utilizan los grupos políticos de la época actual lo encontramos en el clásico de los Monty Python, La vida de Brian. Brian se acerca al grupo del que es miembro su amada, preguntando si son del «Frente Judáico Popular». Enfadados e indignados, le responden que ellos pertenecen al «Frente Popular de Judea», declarando como disidentes a sus competidores. Pero no se queda ahí el tema, en el «Frente Popular de Judea» solo odian más que a los romanos a «los cabrones del Frente del Pueblo Judaico», que son disidentes también. Ah, y al «Frente Popular del Pueblo Judaico», que por supuesto son igualmente disidentes. La escena finaliza con uno de los miembros confundiendo el nombre de su propio grupo con el de la «Unión Popular de Judea», también disidentes y conformada por un único miembro, aislado y solitario a lo lejos. Premonitoria escena, rodada en 1979 y ambientada hace dos mil años, que permite ilustrar con claridad la encarnizada batalla por apropiarse de un «God Term». Todos esos grupos políticos intentaban asociarse unívocamente al término «popular», porque ellos y nadie más que ellos representaban a «el pueblo». Obviamente, y por ese motivo, lo que ellos digan y quieran es lo que «el pueblo» dice y quiere. Un clásico que podemos encontrar hoy día en miles de tuits y declaraciones que hablan de «la gente» y «el pueblo», y que en realidad se refieren a «los que me votan, hacen lo que yo quiero o quieren lo que yo quiero». Y claro, ¿quién puede estar en contra de «la gente» y «el pueblo»? Es una muestra más se que estos términos son «incontestables», «carismáticos», «absolutos retóricos». A menudo, los «god-terms» son palabras que no tienen un sentido preciso, de manera que cada individuo las puede asociar a sus intereses personales.

En política, pero también en la guerra y por supuesto en la publicidad, apropiarse de uno de estos conceptos permite «reclamar superioridad moral», obteniendo como ya hemos visto de manera automática las características del incontestable término, en contraposición con las de cualquier oponente, al que se describe con los «evil terms» opuestos. Por eso nos encontramos actualmente en medio de terribles diálogos de besugos entre políticos, en los que nadie escucha a los demás ni por supuesto se buscan puntos en común o se realizan intentos de alcanzar acuerdos. Es una encarnizada batalla publicitaria por apropiarse, no del relato, sino de los «god terms» que tocan. Así que perdona, bonita, pero yo soy más pueblo que tú, e incluso «más igual que tú». Y no vamos a discutir de nada más porque solo con esto queda claro que cualquier otra cosa es irrelevante y tienes que hacer lo que yo diga porque he invocado primero y soy moralmente superior. Incluso si es lo contrario de lo que decía ayer y no hay motivos razonables para un cambio de opinión.

Estos términos funcionan tan bien, entre otros motivos ya explicados, porque están relacionados con necesidades básicas del ser humano. La necesidad de autonomía se relaciona con «god terms» como libertad, elegir, independencia; la necesidad de seguridad con salud, protección, defensa; y la necesidad de pertenencia con amistad, amor, apoyo. Así, los detergentes no limpian usando productos químicos, son una ayuda en el hogar, segura y que crea entornos saludables. Cualquier palabra que active de manera contundente deseos, pero sobre todo miedos, se puede convertir, o utilizar, como «god-term» o «evil-term».

Otro aspecto de las mismas, quizá incluso el más importante, es que el uso de estas palabras implica no pensar de manera crítica ni detallada sobre su impacto, o cómo convertir su promesa implícita en realidad. Invocar a la libertad, la igualdad y la justicia es la manera perfecta para anular a personas que desean la libertad, la igualdad y la justicia. Un ejemplo recurrente ha sido ver como en varias regiones de España era común encontrarse con huelgas estudiantiles convocadas por un pequeño grupo en favor de los presos. Estos elegidos se juntaban, levantaban la mano, y luego se presentaban en clase diciendo que se había decidido ir a la huelga. Cualquier que se negara tornaba automáticamente en «fascista», porque como se había votado la decisión era «democrática». Moderno y clásico, nunca pasa de moda, y tras vivir situaciones similares durante años en la UPV/EHU, hemos visto de nuevo las mismas en 2019 en diversas universidades catalanas. Y claro, ¿quién puede estar en contra de la democracia? El filósofo Zizek (In Defense of Lost Causes, 2008), explica cómo las personas en cargos con poder y responsabilidad disfrutan invocando «god-terms». Al apropiarse del lado positivo de los mismos, envían irremediablemente a los contrarios al «lado oscuro», lo que justifica absolutamente cualquier ataque contra estos. En Becoming Evil: How Ordinary People Commit Genocide and Mass Killing se explica que apropiarse de la bondad absoluta permite alcanzar un estado donde se justifica todo, incluso terminar con la vida de cualquiera que ponga en peligro esa bondad. De ahí a «el pueblo soy yo» hay un pequeño paso. El estudioso del uso de estos conceptos, Kenneth Burke, confirmaba en A Grammar of Motives (1945) que estas palabras son la antesala de la llamada a la acción. No se quedan en la grandilocuencia, sino que se utilizan para motivar al grupo a actuar. Y no solo a los conversos, también muchos indecisos se movilizarán, por pura «peer group pressure». Una presión social que es mucho más eficaz en jóvenes y adolescentes.

Un ejemplo de cómo utilizarlos de manera práctica lo encontramos en Donald Trump. Los investigadores Matheny, Peo, Fisher y Warren analizaban en 2018 los «god-terms» del discurso de aceptación, encontrando cincuenta y cinco ejemplos claros. Trump invocó durante setenta y cinco minutos palabras como seguridad, prosperidad, paz, generosidad, ley y orden. Vamos, como si hubiera leído a Lakoff y siguiera su «marco» de cabo a rabo. Dado a las pausas dramáticas, el mandatario constructor del entretenimiento dedicó a cada tema alrededor de un minuto. La estrategia de comunicación fue clara, con un uso continuado de la confrontación de términos. Trump acompañaba cada «honestamente» contraponiéndolo con la «corrección política», comparaba los «hechos» con los «mitos de los medios», y finalmente proporcionaba estabilidad con el argumento de que ofrecería «la verdad y nada más». En ningún momento explicaba el presidente electo cómo iba a cumplir ninguna de sus promesas. No hablaba de cómo llegarían la seguridad, la prosperidad o el ejercicio de la ley, porque los «god-terms» no requieren de esos detalles. Olviden el fact-checking, adiós a la razón y al pensamiento crítico. Esa batalla está perdida ante los «god-terms». ¿No me creen? Lean en los comentarios cuanta gente se siente ofendida y atacada por este mismo artículo. A fin de cuentas, no se puede decir que alguien que desea la paz sea una mala persona. Es imposible. Como si nunca hubiera existido el clásico «Si vis pacem, parabellum», vigente desde el siglo IV a. C.

Algo de esperanza queda. Como ya aventuraban los investigadores en su libro Hidden Persuasion, el uso excesivo y desacertado de estos términos provoca que pierdan su poder. Aunque también es un indicador preocupante. Mucho. Repasen mentalmente la última campaña electoral que recuerden. O los mensajes que diversos políticos envían regularmente. O las noticias de cada día. Tenemos en todo el mundo demócratas que no aceptan los resultados de las elecciones y llaman fascista a cualquiera que no les dé la razón; políticos que llenan con sus incoherentes proclamas las páginas de Maldito Bulo o Mejores Zascas, sin despeinarse y sin consecuencias para sus carreras; amantes de la ley que solo la defienden cuando da como resultado lo que ellos quieren, y en caso contrario la denigran o la cuestionan sin siquiera conocerla; grupos de «pacíficos» ciudadanos que agreden, destruyen y amenazan mientras invocan «god-terms», sin pensar, siempre los mismos, como loros de repetición, y sin descanso, ante cualquier crítica y en cualquier situación. No hay puntos de encuentro, solo confrontación. Estamos a medio camino de un lugar sin retorno. Uno en el que las palabras han perdido su sentido y solo queda el ejercicio de la fuerza para imponerlas. «Vienen tiempos difíciles, Harry».


El sofá de Los Simpson: la biblia de los mejores couch gags (y II)

Imagen: Fox.

Viene de «El sofá de Los Simpson: la biblia de los mejores couch gags (I)»

El couch gag, esa secuencia dentro de la cabecera de Los Simpson que se ha transformado en una entidad propia e independiente de la propia serie. En la teoría es una estampa que refleja el asentamiento de la familia animada más famosa en el emplazamiento más sagrado para el norteamericano medio: el sillón frente a la tele. Pero en la práctica es una excusa con la que visitar falsas teleseries ochenteras y horteras, invadir el escenario de South Park, invitar a Rick y Morty para que trituren a la tropa Simpson, trastear con la rotoscopia, proponer sketches de realidad virtual, desplegar un pixel art acojonante, homenajear a los Monty Python, trotar en stop-motion, derribar la cuarta pared sin parar, o dejar que Guillermo del Toro se desmadre todo lo que quiera arrojando monstruos a la pantalla.

Se han producido centenares de couch gags diferentes, enumerarlos todos equivaldría a componer un artículo de tamaño medio según el estándar de textos ligeros que se destilan en Jot Down. Pero hemos decidido ser benévolos y limitarnos a seleccionar los que tienen mejor pinta. Una colección repleta de animadores invitados, ocurrencias maravillosas, chistes fugaces, formatos mutantes y homenajes a paladas acurrucándose en un diván de Springfield.


LA-Z Rider

Temporada 27, episodio 585

LA-Z Rider (también conocido como Retro Couch Gag) fue una entradilla fabricada por el artista británico Steve Cutts. Un caballero que ejerció como animador estrella invitado en Los Simpson tras fraguarse una buena reputación con los muy exitosos cortometrajes creados para su canal de YouTube (ojo a Man, Happiness o al cafre Where Are They Now? que imaginaba el destino sufrido por diversos famosos de dibujos animados). Cutts confesaba que cuando los productores le ofrecieron la posibilidad de escribir un couch gag, su primera intención fue aprovechar para hacer denuncia social o bromear sobre lo absurdamente longevo de la serie. Pero al darse cuenta de que todo aquello ya lo habían hecho antes Banksy y Don Hertzfeldt, en sus respectivas colaboraciones en Los Simpson, el hombre decidió tomar la autopista del desenfadado revival ochentero, esa moda que se emperra con no abandonarnos nunca.

Y lo cierto es que Cutts se desenvolvió con bastante gracia en su gesta. Agarró la evidente estética de neones, tipografías metálicas, puestas de sol entre palmeras y calidad de VHS desgastado para televisores de tubo. Convirtió a Homer y su sofá en la pareja protagonista de una teleserie de acción, enfrentándolos a un tatuadísimo Ned Flanders interpretando el papel del villano Fernando Whitemore. Lo regó todo con referencias a El coche fantástico, Regreso al futuro, Miami Vice, El precio del poder, el tono de videojuegos como GTA o Hotline Miami, la movida synthwave y las coñas retromodernas al estilo Kung Fury. Le añadió un tema musical, «Push it to the Limit», que le sentaba como un guante y coló por el camino varios cameos de los personajes habituales de la serie, reimaginados para la ocasión como extras de una ficción ochentera. Porque si Los Simpson, que llevan formando parte de nuestras vidas desde el 89, no pudiesen a estas alturas apuntarse a la retromovida, no se podría apuntar nadie.


Musicville

Temporada 25, episodio 536

Una celebración de la animación musical de culto que tenía muy poco de gag del sillón y mucho de minicuento propio. Un opening donde se homenajeaba al corto de 1935 «Music Land» de la serie Silly Symphony de Disney, una pieza clásica pero no demasiado conocida protagonizada por versiones antropomórficas de instrumentos musicales. La versión simpsonizada se presentaba bajo la etiqueta Silly Simpsons, y orquestaba una fábula donde los habitantes de Springfield eran reimaginados como diferentes instrumentos de música según su personalidad. La aventura llegó protagonizada por una Lisa-saxofón encaminándose hacia un festival de jazz, y también tenía a un señor Burns-fagot a modo de villano, emperrado en imponer la música clásica como única melodía posible. Pero la palmadita en la espalda es para quienquiera que haya sido el guionista que tuvo la brillante idea de convertir a Ralph Wiggum en un bongo.


Los dos couch gags paridos por John Kricfalusi

Temporada 23, episodio 488 y temporada 27, episodio 579

Esto es lo que pasa cuando le das carta blanca en tu programa a John Kricfalusi, el tarado creador de Ren y Stimpy, para que imagine y anime la clásica escena de la familia en el salón: que el tío se dedica a pervertir el asunto todo lo que puede entre garabatos retorcidos. Pero sucedió que aquella locura gustó lo suficiente como para que, unos cuantos años más tarde, se volviese a invitar a Kricfalusi a fabricar otra cabecera con la que embellecer un especial de Halloween. La nueva secuencia resultó incluso más delirante que su predecesora, e incluía a un monstruo pelando la piel de la cabeza de Bart y devorando el alma de Homer. La parte trágica de todo esto es que Kricfalusi en el mundo real es un ser humano despreciable: en 2018 se descubrió que el tío se dedica a acosar a niñas adolescentes, algo que el dibujante justificó alegando un trastorno bipolar y muy poca capacidad de autocontrol.


Gag de sofá sin sofá

Temporada 2, episodio 22

Uno de los chistes primigenios más parcos y sencillos pero al mismo tiempo uno de los mejores de la serie. Porque apela a la base mínima de la comedia para hacer la gracia: ¿qué sería lo más gracioso que podría ocurrir en un gag con un sofá? Que no haya sofá, ahí lo tienes. Buenísimo y tremendamente efectivo, en serio.


Pixel Couch Gag

Temporada 26, episodio 566

Paul Robertson es la hostia en verso en el terreno del pixel art, y basta con echarle un ojo a su alucinante catálogo de creaciones para comprobarlo. Ivan Dixon tampoco se queda corto a la hora de animar con gracia puñados de pÍxeles. Ambos hicieron equipo para lanzar, sin que nadie se lo solicitase, una versión pixelada de la cabecera de Los Simpson, con música a cargo de Jeremy Dower. Una animación que empezaba con realtiva normalidad y acababa sumergiéndose en la locura más absoluta y encantadora. La pieza montó un tremendo revuelo en internet, y llamó tanto la atención de los propios productores del programa como para que Al Jean anunciase que el show había decidido adoptarla oficialmente como introducción para uno de los episodios. Y todos aplaudieron la idea.

Robertson y Dixon acabaron fabricando también espectaculares cabeceras en pixel art para series tan eminentes como Hora de aventuras o Rick y Morty.


Homer Shake

Temporada 24, episodio 522

El cerebro humano tiene mecanismos propios de defensa basados en forzarse a arrinconar y olvidar ciertos recuerdos o vivencias traumáticos. Por eso mismo es probable que la mayor parte de la humanidad no recuerde (o no quiera recordar) que en cierto momento se puso de moda algo llamado «Harlem Shake» que consistía básicamente en hacer esto. Como era de esperar, aquellos bailoteos entre sacudidas acabaron formando parte de un couch gag por culpa de esa gigantesca batidora de referencias pop en la que se han convertido Los Simpson.


Loading Screen

Temporada 8, episodio 168

Esta entradilla se emitió en febrero de 1997. Una época prehistórica donde palabras como «wifi», «YouTube» o «Spotify» sonaban a hechizos de magia negra. Una era tenebrosa donde el porno en internet requería por parte del usuario de muchísima más paciencia (para ver un puñado de fotos) de la que cualquiera tiene hoy en día. Por eso mismo, esta gracieta con una imagen sufriendo para cargarse en un clon del navegador AOL ya solo tiene sentido para todos aquellos que vivieron aquella época delante de un ordenador. Especialmente, para aquellos que la vivieron con los pantalones bajados delante de un ordenador.


Furniture Family

Temporada 29, episodio 321

Una imagen pesa más que mil palabras, así que atentos a la imagen que encabeza este párrafo. Pues eso.


Rick & Morty

Temporada 26, episodio 574

Cuando aterrizó Futurama a muchos nos voló la cabeza que de repente la ciencia ficción pudiera permitirse el lujo de desmadrase a aquella velocidad, salpicándolo todo con ocurrencias maravillosas y obviando hacer rehenes o concesiones en lo que debería de ser una serie de dibujos. Parecía lo más, pero años después llegaron Rick & Morty de mano de Justin Roiland y Dan Harmon para elevarlo todo, absolutamente todo, a once. Si Futurama era, en su mayor parte, un chorrazo de ingenio, Rick & Morty es como si Futurama fuese completamente pasada de coca. Algo demencial y extraordinario.

Matt Groening es un fan declarado de Rick & Morty, el tío incluso ha participado encantado en el comentario de audio de la edición en Blu-ray de las aventuras de aquellos dos, por lo que la irrupción de la pareja de aventureros multidimensionales en Springfield no pilló a nadie de sorpresa. Lo que sí que resultó asombroso fue que Rick y Morty entrasen en el show tan a lo bestia, aniquilando a la familia Simpson de golpe e ideando a la desesperada un plan para fabricar clones con los que sustituir a los estrapallados.

Este fabuloso crossover es el couch gag más largo producido para la serie, está protagonizado por dos de los mejores personajes que nos ha dado la animación moderna y viene relleno de guiños a los universos creados por Matt Groening: máquinas de refresco Slurm, babosas espaciales, Kang y Kodos, metareferencias (Rick asegura que hay millones de secundarios y que los Simpson llegaron a tener a George Bush de vecino, como ocurrió en el capítulo 141), el osito Bobo del señor Burns, muñecos del conejito Blinky de Life in Hell o la nave del Planet Express de Futurama surcando el espacio. El remate de todo el gag con la frase «Tío, no más animadores invitados» espetada por algo parecido a Bart Simpson es grandioso. Pero lo mejor de todo debe de haber sido el poema en la cara de todos aquellos espectadores que no tuviesen ni idea de quién coño eran Rick y Morty.


Rotoscoping

Temporada 27, episodio 583

La rotoscopia aplicada a Los Simpson. A Scanner Darkly en Springfield, un experimento que convence tan poco a la familia como para solo sobrevivir unos escasos, pero llamativos, segundos en pantalla.


Dandelions

Temporada 24, episodio 530

Una escena que resulta más interesante por lo inusual de su creación que por lo que ocurre en pantalla. Porque Dandelions es el único couch gag de la serie ideado por un miembro de la audiencia: en la Fox organizaron un concurso a finales del 2012 (titulado The Simpsons Couch Gag Contest por aquello de no romperse mucho la cabeza) donde se invitó a todo aquel norteamericano que quisiese a escribir su propio chiste del sillón. La propuesta ganadora se convertiría en un sketch real y su creador sería recompensado con un viaje a Los Ángeles, pasta gansa y la visita a la lectura de un episodio de la serie. Cheryl Brown fue la triunfadora y su ocurrencia se estrenó en sociedad durante el capítulo quinientos treinta. En su surrealista couch gag la televisión del salón de los Simpson estornudaba sobre unos dientes de león plantados en el sofá y estos desparramaban decenas de Marges, Homers, Maggies, Lisas y Barts por la habitación.

En Canadá se montaron su propio concurso de couch gags aparte, uno donde se proclamó ganador un caballero llamado Ray Savaya con el guion de una secuencia repleta de iconos canadienses.


Chalk Board Couch Gag

Temporada 9, episodio 200

Otro couch gag sin couch, gracioso por jugar a desubicar a los personajes. La familia apareció en la clase de la señorita Krabappel mientras Bart copiaba en la pizarra un «No la liaré con los títulos de crédito». Tuvo hasta una secuela en la temporada veinte, en otro chiste de cabecera donde Bart se llevaba a casa la pizarra para escribir en ella esto de aquí.


Triplets of Belleville

Temporada 25, episodio 542

Las criaturas de Groening se atrevieron a parodiar el (magnífico) film Bienvenidos a Belleville allá por el 2011, durante el episodio «Papa rabioso: la película» de su vigesimosegunda temporada. Y lo hicieron demostrando mucha admiración por la película pero también un poquito de mala leche. Tres años después, los propios Simpson invitaron a Sylvain Chomet, director de aquella cinta y también de otra joya como es El ilusionista, a resarcirse con la icónica familia americana desde la poltrona del salón. Chomet aceptó encantado y embadurnó a los protagonistas del show en un envoltorio afrancesado que no solo se atrevía a rebozarse tanto en los tópicos como para convertir a Homer en un devorador de caracoles, sino que incluso traicionaba la propia fisionomía clásica de los dibujos al dotar de cinco dedos (en lugar de los cuatro que son habituales históricamente) a las manos de los personajes. La peor parte se la llevó la pobre Maggie, atrapada en el peor sitio imaginable del universo conocido.


500th Episode Celebration

Temporada 23, episodio 499

Moe se presentó en el salón de la familia Simpson con un gorrito cumpleañero, una trompetilla y bajo un cartel dónde se podía leer «Happy 500th Episode» para anunciar una fiesta sorpresa asistida por un puñado de secundarios clásicos y regada con confetis. Pero aquel festejo desembocaba en un lamentable coitus interruptus cuando a Lisa se le ocurría consultar la Exhaustiva guía de episodios de veinte años de Los Simpson para descubrir que en realidad todos ellos estaban habitando el capítulo 499. La decepción, uno de los pilares básicos del humor.


500th

Temporada 23, episodio 500

El auténtico episodio número quinientos de Los Simpson convirtió el legendario sofá en el escenario de otra celebración. Una que en el fondo fue lo mismo que está ocurriendo a lo largo de todo este texto: una reverencia sincera a los cientos de couch gags que la serie ha exhibido durante años. Un repaso acelerado a la historia del salón de los Simpson que acababa convirtiendo la pantalla en un collage gigantesco de cabeceras de sillones, presentadas con elegancia por unos trajeados Bart y Homer.


Groening Signature

Temporada 11, episodio 229

Tras sentarse en la butaca, Marge localizaba la firma de Matt Groening en una esquina de la escena y decidía limpiarla rápidamente porque es no es bonito tener el suelo de la casa enguarrado con garabatos. Pero aquel gesto provocaba que el propio Groening, en su versión animada, tuviese que presentarse en la pantalla, para reescribir su rúbrica de nuevo sobre el suelo.


Simcraft

Temporada 25, episodio 547

O la transformación televisiva, no especialmente brillante, de la familia Simpson en habitantes de Minecraft. Es mucho más pocha que la mayoría de sketches con sillones listados por aquí, pero consideramos que tiene un pase porque aquí vamos a tope con el Minecraft, el remate del chiste incluye a Moe en forma de Creeper explosivo y en el fondo toda la jugada resulta bastante sincera consigo misma: un letrerito al inicio de la escena ya nos anuncia que «Las parodias son fáciles». Mientras tanto, en el mundo paralelo del propio Minecraft la banda de los Simpson hace ya tiempo que tiene sus propios avatares oficiales.


Postpelícula

Temporada 19, episodio 401

El capítulo 401 inauguró la decimonovena temporada de la serie, pero también una nueva etapa del show al tratarse del primer episodio emitido en televisión tras el estreno de Los Simpson: la película en cines. El detalle interesante de dicho dato fue la ocurrencia de utilizar la introducción animada clásica como nexo de unión entre película y serie. Algo que se logró redibujando toda la cabecera para situarla en una Springfield semiderruida tras los eventos sucedidos en el film. La secuencia arrancaba con Bart escribiendo «No esperaré veinte años para hacer otra película», su paseo en monopatín por las calles hechas cisco de la ciudad incluyó cameos de personajes del largometraje (el presidente Schwarzenegger, Colin, Russ Cargill o la curandera esquimal), y el couch gag final recuperó al jamón con patas favorito de Homer presentándolo al ritmo de los acordes de Spider-Cerdo.


Anime Character Family

Temporada 15, episodio 320

Un banco en medio de una calle de Japón. Homer como Ultraman, Marge como Jun de La batalla de los planetas (esa serie, conocida popularmente como Comando G, que aquí nos llegó troceada y remontada de manera vil), una Maggie eléctrica al estilo Pikachu, Lisa vestida a la moda de Sailor Moon y Bart convertido en Astro Boy. Devoción total por el Japón animado en medio minuto.


Robot Chicken Couch Gag

Temporada 24, episodio 528

Robot Chicken es ese programa de sketches protagonizados por figuritas de acción animadas en stop-motion. Ese show gamberro cimentado en las referencias pop modernas, la violencia absurda y el humor idiota de eternos adolescentes contándose chistes guarros.

Cuando los responsables de Robot Chicken se pusieron a los mandos de un gag para Los Simpson no defraudaron y se mantuvieron en su estilo: tras un porrazo durante la animación inicial, Homer se despertaba convertido en un muñeco de acción que aniquilaba a su adorable vecinito Ned Flanders para después dedicarse a aplastar secundarios convertido en un donut gigante, pasarse a saludar por el bar de Moe y participar en una carrera mortal (en una pista de Hot Wheels) contra Otto y su autobús escolar. La locura finalizaba con los Simpson atados al sofá, siendo lobotomizados al estilo de La naranja mecánica por una Gallina-robot.


Robot Chicken Missing Sailboat

Temporada 28, episodio 611

La segunda colaboración del equipo de Robot Chicken para Los Simpson resultaba tan simpática como para merecer una mención aparte: al descubrir que el cuadro del salón había desaparecido, Homer decidía escaparse del rodaje en busca de la pintura, saltando entre sets adyacentes habitados por un trasunto de South Park, un spot de The California Raisins y el Nerd de Robot Chicken contemplando en su portátil el anterior spot de Los Simpson producido por Robot Chicken. Sorprendentemente, el desenlace le permitió a Marge escupir una palabrota, convenientemente censurada pitido mediante.


Scratchy Coug Gag

Temporada 26, episodio 554

Drama en treinta y siete segundos por culpa de aquel Pica que protagonizaba el show de Rasca y Pica en la ficción de la propia serie. Incluyó una familia con buen corazón, un felino desagradecido, un vómito en el sofá, un magreo con una gatita y, por supuesto, tragedia y muerte.


Derrape

Temporada 4, episodio 4

Otra de las fugaces ocurrencias de las primeras temporadas, muy simpática por juguetear a romper los límites de la función durante un par de segundos. Bart, Homer y Marge corretean hacía el diván pero se pasan de largo y acaban saliéndose de los fotogramas. Un derrape y varias muecas fugaces los devuelven a la escena del salón.


Planet of the Couchs

Temporada 28, episodio 600

En Google se acercaron a los despachos de FOX y les propusieron aliarse para elaborar un couch gag en un entorno de realidad virtual. A los chicos de Los Simpson les gustó la idea y aprovecharon para celebrar con dicha colaboración la emisión del episodio número seiscientos de la serie. Adaptaron un gag que ya tenían finiquitado a la tecnología VR, le añadieron escenas adicionales y lo convirtieron en algo que podría ser disfrutado de manera más inmersiva tirando de Google Cardboard.

Planet of the Couchs era una parodia de El planeta de los simios que servía como secuela a otro couch gag anterior (el del capítulo 361, donde los sillones comenzaban a devorar a los habitantes de Springfield). En televisión se emitió la versión reducida y fue necesario arrimarse a la página oficial del evento para disfrutar del juguete a tope, Pero aquellos que no tenga ni Google Cardboard, ni móvil compatible, ni ganas, pueden hacerse más o menos una idea de cómo se veía el invento con este vídeo.


Ullman Shorts

Temporada 11, episodio 227

Un encontronazo con las versiones originales de los personajes, aquellas que debutaron en forma de pequeños cortometrajes en The Tracy Ullman Show. O lo que ocurre cuando cualquier ser racional se tropieza con un álbum de fotos antiguas donde ha quedado inmortalizada una versión mucho más tosca y menos elegante de su pasado: que aquello solo puede desembocar en gritos y carreras.


Monty Python’s Flying Circus

Temporada 5, episodio 84

And now, for something completely different


Clapboard

Temporada 5, episodio 85

Tres tomas desastrosas donde los personajes se rompían en pedazos, se mezclaban entre ellos o directamente explotaban al tropezarse en su carrera hacia el sillón. Es una de las secuencias que más se reutilizó, en versiones recortadas que tan solo mostraban una de las tomas, durante los episodios posteriores que carecían de un couch gag original.


Homer’s Evolution

Temporada 18, episodio 394

Otro clásico. Un repaso a la evolución utilizando a Homer como protagonista absoluto, con un impagable arranque entre quejidos microscópicos y con una broma que se ceba de manera salvaje con Moe. Pobre hombre, pobre rata.


Guillermo del Toro

Temporada 25, episodio 532

La alianza con Guillermo del Toro para fabricar la entradilla del especial de Halloween «Treehouse of Horror XXIV» dio lugar a una de las cabeceras más espectaculares del programa. Un desfile apoteósico donde el director mexicano aprovechó para introducir a las criaturas de su filmografía en el mundo animado: por la pantalla se pasearon los cachivaches vampiros de Cronos, el fantasma de El espinazo del diablo, los jaeger y kaijus de Pacific Rim, o los bichejos de Mimic, Blade II y El laberinto del fauno. Pero al mismo tiempo, un patio de juegos por el que asomaron decenas de universos fantásticos adorados por el realizador: Alien, Stephen King, Alfred Hitchcock con sus pájaros, Godzilla, Cthulhu, H. P. Lovecraft, Edgar Allan Poe, Richard Matheson, Ray Bradury, el monstruo de Frankenstein, los habitantes de La parada de los monstruos, el coche de Asesino invisible, Rod Serling, el robot de Perdidos en el espacio, el hombre lobo, la novia de Frankenstein, La invasión de los hombres del espacio, El enigma de otro mundo, La mosca, el hombre invisible, Ultimátum a la tierra, diferentes versiones de El fantasma de la ópera dirigidas por El fantasma del paraíso, el hipnosapo de Futurama, Alicia en el país de las maravillas, Robot Monster, Nosferatu, los seres mitológicos de Ray Harryhausen y muy probablemente algunos otros invitados que se nos hayan escapado durante el recuento. Una genialidad, un ¿Dónde está Wally? del fantástico.


Menciones especiales

Entre los cientos de gags de sofá producidos para la serie existe una buena colección de ellos que no han logrado encaramarse a esta lista pero también merecen un vistazo. Cosas como la versión simpsonizada del Avatar de James Cameron, la parodia de la famosa cabecera de Big Bang repasando la historia de la serie, el cameo de Thanos, la edición navideña de la introducción, el sencillo pero efectivo «¡Ta-dah!», el cruce con el mundo de Futurama (que llegaba adornado con el descojonante, por certero, eslogan «Un show sin ideas se alía con un show sin episodios»), la recreación del juego de tablero The Game of Life, el zapping marciano a través de treinta años en antena, la coña con el iPhone, el homenaje al disco Tea for the Tillerman (1970) de Cat Stevens, la invasión de Moes, el repaso a la rutina laboral diaria del propio sofá familiar, el tatuaje en la parte baja de la espalda de Marge o aquella máquina de pinball gigante convenientemente llamada Couch GagChaos.


Los otros sofás

Lo icónico de Los Simpson ha propiciado que broten de tanto en tanto algunos couch gags paridos por los propios fans de manera completamente amateur. Entradillas no oficiales que no forman parte del programa, pero lo suficientemente curiosas como para llamar la atención.

Los Simpsoni de Lazy Square

Al artista Lenivko Kvadratjić se le conoce popularmente bajo el apodo Lazy Square con el que firma animaciones tan disparatadas como ese Terminator 2 y medio con una cuchara asesina o una pervertida Matrix 4 que incluye el vibrador de Lana Wachowski. Ocurre que Lazy Square es también el responsable de una versión no oficial y negrísima del opening de Los Simpson ubicada en una Rusia bien jodida y malrollera. Y el tío lo ha bautizado en YouTube con bastante coña como The Simpson: Rusian Art Film Version cuando en realidad hubiese sido mucho más adecuado llamarlo «Trituradora de almas».

Las trilogía no oficial de Lee Hardcastle

Lee Hardcastle es un animador británico tan independiente y autóctono como para haber formalizado su carrera por su cuenta, en su casita y a base de amasar plastilina. Hardcastle comenzó filmando pequeñas secuencias gores en stop-motion , logró colarse en la película The ABCs of Death con un segmento protagonizado por un váter asesino, y se ganó a la gente estrenando en internet cortometrajes que mezclaban Frozen o Pingu con La cosa de John Carpenter junto a parodias de Evil Dead, The Raid o La jungla de cristal. Su pericia amasando monigotes y esparciendo sus entrañas le llevó a colaborar también en diversos videoclips (Gorillaz, Portugal. The Man o Mark Stoermer) y con la gente de la 20th Century Fox o Adult Swim. También toca en un grupo punk que se llama Shit the BedCaga la cama»). Cómo no quererle.

Su relación con el universo de Matt Groening es una bonita cafrada en forma de trilogía repleta de tripas y sesos de plastilina y mala hostia. Una primera entrega que convierte el salón de la familia de Marge en una parodia de la película Tú eres el siguiente, una secuela que escenifica el atraco que no vimos en Reservoir Dogs (ojo al detallazo de tener a Wiggum como policía infiltrado llevando una careta de un cerdo, «pig») y una tercera parte en el mundo de He-Man y los Masters del Universo que incluye sorpresa loca al final.

Los otros LEGO

Los Simpson no solo tuvieron en 2007 su propio couch gag oficial ensamblado a base de LEGO de manera bastante básica. Sino que, siete años después de aquello, durante la vigesimoquinta temporada, estrenaron un llamativo capítulo titulado «Brick Like Me» en el que todo estaba construido a base de piezas de LEGO y donde un Homer de juguete se enfrentaba a las visiones de una realidad alternativa de dibujos en 2D. Un episodio que, al igual que ocurría con la extraordinaria La LEGO película, sorprendió por ir mucho más allá del mero anuncio juguetero y demostró méritos propios, siendo alabado por la crítica como uno de los mejores guiones de la temporada.

Pero antes de que se estrenase aquel episodio oficial de LEGO, un caballero llamado MonsieurCaron se construyó con los ladrillos del juguete, y mezclando piezas tanto de los set de Los Simpson como de los de La LEGO película, sus propios gags del sofá en stop-motion.

Electronic Simpsons

Una animación casera y no oficial perpetrada por Radio Gosha al ritmo de una versión electrónica y machacona de la sintonía clásica elaborada por S3RL. Bastante digna, con un Bart que copia en la pizarra del colegio un «Make hardcore happy again», su propio couch gag alucinógeno, y una colección de guiños diversos a la serie y sus alrededores: la escena con la familia al completo inflando globos emula la vistosa fase de bonus de la conocida máquina recreativa The Simpsons Arcade Game que tenía toda tasca y antro que se preciase a principios de los años noventa.


Breve historia del tonto del pueblo

La nave de los locos (detalle), El Bosco, 1503-1504.

Descartes comenzó su Discurso del método con aquella célebre sentencia en torno a que el sentido común es la cosa mejor repartida del mundo, pues todos creen estar bien provistos de él. Solo le faltó añadir que quienes están faltos de tal cualidad son lo segundo mejor repartido, dado que no hay pueblo, aldea o villorrio en el mundo que carezca de su particular tonto. En todos hay uno y nada más que uno es designado oficialmente así, pues estamos ante una institución como pueda serlo el alcalde o el cura; un cargo que ha ido legándose una generación tras otra, tal como nos lo contaba Camilo José Cela en un relato titulado precisamente El tonto del pueblo. Allí nos narraba el conflicto sucesorio entre Blas y Perejilondo con la gravedad de quien hablase de los Borbones y los Austrias. Si bien el primero «era un tonto conspicuo, cuidadosamente caracterizado de tonto; bien mirado, como había que mirarle, el Blas era un tonto en su papel, un tonto como Dios manda y no un tonto cualquiera de esos que hace falta un médico para saber que son tontos», contaba con el entendimiento suficiente para respetar la tradición y ser consciente de que tan particular trono no debía ser usurpado sino heredado, de manera que «merodeaba por el pinar o por la dehesa, siempre sin acercarse demasiado, mientras esperaba con paciencia a que a Perejilondo, que ya era muy viejo, se lo llevasen, metido en la petaca de tabla, con los pies para delante y los curas detrás. La costumbre era la costumbre y había que respetarla». ¿Qué hacía mientras tanto? Pues algo muy común en este gremio, recoger colillas del suelo para guardarlas en una lata que una vez llena entregaba a Perejilondo, hasta que a este le llegó la hora y Blas no pudo contener la alegría dando saltos y vueltas de carnero en un prado. Aunque al retomar posteriormente su tarea recolectora de colillas le invadiera una extraña sensación: ahora eran de su propiedad…

Este costumbrismo castizo podría llevarnos al equívoco de que el tonto del pueblo es una institución española. Nada más lejos. En el ámbito anglosajón disponen de un rol social perfectamente equivalente denominado village idiot, al que los Monty Python dedicaron un sketch. En él veíamos a uno de estos especímenes agitándose espasmódicamente y chillando incongruencias cada vez que un vecino se aproximaba y le daba una limosna. Una vez a solas, recuperaba la compostura y dirigiéndose a los espectadores con la mayor seriedad académica imaginable nos explicaba cómo su labor, así como la de sus ancestros familiares durante los últimos cuatro siglos, proveía a la comunidad de un valioso servicio psicosocial. Al fin y al cabo, pensémoslo un poco: es posible que haya pueblos sin párroco, e incluso sin alcalde, pero ¿cómo los habría sin un tonto oficial? Gracias a él los lugareños pueden exhibir su compasión o su puntería, divierte a la comunidad con sus excentricidades y, llegado el caso, le sirve de chivo expiatorio a falta de mejor culpable para cualquier calamidad, en el ámbito educativo tiene una finalidad disuasoria equivalente al hombre del saco y con su contraste nos permite sentirnos normales, integrados e incluso sabios. El beneficio para los distinguidos con tal prerrogativa tampoco es menor: eximidos de responsabilidad sobre unos actos que escapan a su voluntad o entendimiento, el castigo o la venganza que podrían sufrir por su extravío deja paso a la comprensión piadosa. En definitiva, si el tonto del pueblo no existiera, habría que inventarlo. Ahora bien, si es ubicuo y es necesario, ¿es también atemporal?

En el ámbito islámico desde el siglo VII está extendida la idea de que locos e idiotas deben tratarse con respeto, ya que tienen su mente en el cielo mientras su cuerpo se desenvuelve entre los mortales. Una idea que no resulta ajena al cristianismo, ahí tenemos por ejemplo al patrón de los titiriteros, Simeón el Loco. En los pueblos a la hora de poner motes a los vecinos ya sabemos que raramente se da puntada sin hilo, y es que este hombre vivió con su madre hasta los treinta años, cuando se sintió llamado para más altos fines o quizá, como el bueno de Blas, fue cuando heredó el cargo. Desde entonces pasó a caminar desnudo por las calles, lanzando flatulencias sin decoro alguno, manoseaba a las mujeres en el templo al menor descuido, en cierta ocasión intentó curar a un ciego echándole mostaza en los ojos e incluso a veces paseaba arrastrando un perro muerto. Tanto esmero puso en ser el tonto del pueblo que acabó santificado, para que vean la importancia que puede llegar a tener cumplir bien este rol social.

En la Edad Media el loco era considerado un «peregrino de Dios», aunque las explicaciones sobrenaturales a tales comportamientos tuvieron que pujar con aquellas que encontraban una causa estrictamente fisiológica, basada en la teoría hipocrática de los cuatro humores. Un tratamiento protocientífico que no representó precisamente una mejora dados los métodos correctivos aplicados, que iban desde la trepanación craneal hasta las sangrías. Pobre del desdichado a quien pretendiesen curar… a quien aún le iría peor desde la instauración del primer manicomio del mundo en Valencia el año 1410. Su fin no podía ser más loable, pues su fundador, fray Juan Gilaberto Jofré, vio un día a unos jóvenes apedreando a un enfermo mental y pensó en un «Hospital de Ignoscents, Folls e Orats». El resultado terminaría dejando que desear, en primer lugar porque tiempo después el hospital sufrió un incendio en el que murieron todos los internos, y porque su ejemplo difundiría la idea moderna de confinar a todos los locos en centros equiparables, sin apenas tratamiento y en condiciones casi siempre infrahumanas, como Foucault recogería en su clásico estudio Historia de la locura. Por ejemplo, en una fecha tan tardía como 1815 el hospital de Bethlehem exhibía cada domingo a los locos furiosos por un penique y algunos carceleros adquirieron reputación al lograr mediante latigazos que sus pacientes realizaran toda clase de piruetas.

Pero no es este un recorrido por el tratamiento médico de los enfermos mentales, sino por su rol social y cultural. Así que regresemos al siglo XV, en el que esa idea de apartar a los locos de la sociedad va tomando forma en diferentes ámbitos, también en la ficción. Surge así en 1492 La nave de los necios, de Sebastian Brant, un libro —o tal vez sería más apropiado denominarlo cómic— de tono carnavalesco, en el que mediante una serie de viñetas parodiaba los vicios inherentes a cada gremio o estamento y a la humanidad en general. Para ello sitúa la acción en el país de la Cucaña, un lugar de fiesta constante en el que un día los perturbados vestidos con ropajes de bufón son embarcados con destino a Narragonien, el País de los Locos. Cada uno de ellos encarnaba un defecto del comportamiento, así que esta obra moralista y satírica tuvo una gran acogida, y las ediciones y copias se sucedieron a lo largo del siglo siguiente. También serviría de inspiración al cuadro La nave de los locos, del Bosco.

Curiosamente no era una obra del todo ficticia, pues especialmente en Alemania resultaba frecuente que los locos fueran expulsados de las ciudades, tal como explicaba Foucault en la obra que mencionábamos antes: «en Fráncfort, en 1399, se encargó a unos marineros que libraran a la ciudad de un loco que se paseaba desnudo; en los primeros años del siglo XV, un loco criminal es remitido de la misma manera a Maguncia. En ocasiones los marineros dejan en tierra, mucho antes de lo prometido, estos incómodos pasajeros; como ejemplo podemos mencionar a aquel herrero de Fráncfort, que partió y regresó dos veces antes de ser devuelto definitivamente a Kreuznach». Así que el Renacimiento trajo consigo el alejamiento, la reclusión y, en definitiva, la eliminación del loco, del tonto, como un personaje distintivo de la vida social. Además, las grandes ciudades, como sabemos quienes vivimos en una de ellas, proporcionan un anonimato en el que los seres más extraños pasan desapercibidos en la masa… al menos hasta que se te sientan lo suficientemente cerca en el metro, o se sitúan a tu lado en algún baño público y descubre uno lo que da de sí la diversidad humana.  

No obstante, las localidades pequeñas, pese al empuje de la modernidad, lograron a menudo mantenerse al margen. En ese hábitat pudo conservarse el tonto del pueblo con todas sus características, del que logra un estupendo retrato el documental Il Solengo. Mediante entrevistas a los habitantes de un pueblo próximo a Roma llamado Vejano, reconstruye la vida a veces cómica y otras dramática de Mario de Marcella, del que, como ocurre invariablemente con estos personajes, terminan fundiéndose realidad y mito. De él desgranan infinidad de historias, como que, si al encontrártelo saludaba él antes, lo hacía con alegría, pero si era uno quien le daba en primer lugar los buenos días, respondía de forma imprevisible, incluso bajándose los pantalones y dejando un pestilente regalo. ¿Verdad o leyenda? Qué importa al final si se convierte en fuente inagotable de anécdotas con las que entretenerse en un lugar en el que la vida transcurre sin apenas novedades y si ejerce, tal como nos cuentan esos vecinos, de chivo expiatorio que permite evitar disputas entre los habitantes sobre quién hizo cualquier fechoría, a modo de lubricante del engranaje social. Para todo ello está el tonto del pueblo, una institución merecedora de los más altos honores. Sirva este texto de pequeño homenaje.


¿Cuál es la mejor canción de los Monty Python?

Esto lo dijo Conan O’Brien, que de hacer reír sabe una cosita o dos: «La música y la comedia están conectadas. Hay una conexión entre el ritmo de la comedia y el ritmo de la música; las dos cosas van sobre crear tensión y saber cuándo soltarla». Y, sin embargo, muchos (muchos, muchos) grandes humoristas se han dado el tortazo precisamente ahí, en la música. Tampoco les culpe. En el género de la comedia, el Everest es hacer reír con una canción. Y ambas cosas, a fin de cuentas, comportan una alquimia misteriosa, un qué sé yo que todavía se resiste al análisis y la disección metodológica. ¿Fracasaron todos? No. Los Monty Python demostraron que las canciones de humor no son un golpe de suerte en la carrera del humorista; ellos compusieron decenas de temas y versionaron otros tantos. Y con tanto éxito que muchos han olvidado que antes de una canción sobre el sexo oral, pongamos por ejemplo, aquello era una respetable tonada de Gracie Fields. Hoy queremos preguntarle cuál de todas ellas es la mejor. 

(La caja de votación se encuentra al final del artículo)


«Sit on my face»

Una canción declarada oficialmente indecente (el término preciso es «actionably indecent») por la FCC, la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos. Y eso que cochinadas no dice ninguna, solamente las sugiere. La mala noticia es que tendrá usted que apañárselas en inglés, esta canción es intraducible. Se trata de una versión de «Sing As We Go», de Gracie Fields, con letra de Eric Idle que apareció por primera vez en Monty Python’s Contractual Obligation Album y que interpretaron posteriormente en Monty Python Live at the Hollywood Bowl y en varias de sus giras. Con el tiempo se ha convertido en lo más parecido que tienen los Python a un himno gay: la canción fue grabada de nuevo en A Liar’s Autobiography: The Untrue Story of Monty Python’s Graham Chapman, esta vez cantada por el London Gay Men’s Chorus, como tributo a Graham Chapman.


«Every Sperm Is Sacred»

Se conoce que a los Python les supo a poco el jardín en el que se metieron con Life of Brian; pocos años después volvieron a levantar revuelo en las sacristías con esta canción, una alabanza del esperma que ironiza sobre la visión católica de la reproducción, la concepción y el aborto. El espectacular número musical, uno de los más recordados de Monty Python’s The Meaning of Life, es una parodia de «Consider Yourself», un número del musical Oliver!, escrito, cantado y protagonizado por Michael Palin y Terry Jones


«The Lumberjack Song»

Una canción creada por Terry Jones, Fred Tomlinson y Michael Palin en quince minutos, según admitió el tercero en una entrevista en 2007. Una vuelta de tuerca al tema bucólico en la que un hombre del montón, un barbero, empieza diciendo que quiere ser leñador y vivir en la naturaleza para anunciar después que no, que tampoco: lo que a él le gusta de verdad es vestirse de mujer. La canción apareció por primera vez en Monty Python’s Flying Circus.


«The Tale of Sir Robin»

Esta es, seguramente, una de las canciones más finas del repertorio de los Python. Se trata de una trova medieval (para dulzaina y cocos, eso sí) en la que un juglar elogia las pobrísimas virtudes de Sir Robin, uno de los personajes de Monty Python and the Holy Grail. Y lo mejor de todo es que las rimas son esmeradísimas, lo que oye usted es una auténtica estrofa de la época. «When danger reared its ugly head / He bravely turned his tail and fled / Brave sir Robin turned about / And gallantly he chickened out bravely taking to his feet».


«It’s Chritsmas in Heaven»

Una canción con toda una rareza, al menos viniendo de los Python: una imitación. Graham Chapman encarna a un Tony Bennet celestial que canta a las almas que han ascendido al cielo en un número musical de revista al estilo Las Vegas. Era la secuencia que ponía final a Monty Python’s The Meaning of Life y se veía interrumpida por el anuncio, precisamente, del sentido de la vida. Nadie dirá que no es una buena razón para interrumpir una canción a la mitad. 


«Bruce’s Philosophers Song»

Seguramente la segunda canción más famosa de Eric Idle (fue compuesta e interpretada por él mismo) después de, claro está, «Always Look at the Bright Side of Life». En ella pone a caldo a Kant, Heidegger, Hume y todos los otros grandes nombres de la historia de la filosofía. La canción, que los Python entonaron en varias de sus grandes giras, es interpretada por The Bruces, un grupo de ockers (los rednecks de Australia; tradúzcase como «paletos australianos») que son, a la postre, miembros del departamento de Filosofía de la Universidad de Woolamaloo. 


«Always Look On The Bright Side of Life»

Y ahora sí, el himno, la auténtica magna obra de Eric Idle. Inspirada en la canción de Pepito Grillo en el Pinocho de Disney, la canción aparecía al final de Life of Brian y pronto se convirtió en el leitmotiv extraoficial de los Python. Como ejemplo de que, en materia de existencialismo, ellos son los primeros en aplicarse el cuento, los miembros del grupo cantaron a coro este tema durante el funeral de Graham Chapman, que interpretó al propio Brian en la película. 


«Galaxy Song»

Eso sí: la canción más puramente existencialista de los Monty Python es probablemente «Galaxy Song», otros de los grandes números musicales de Monty Python’s The Meaning of Life y su mayor éxito comercial como tema musical después de «Always Look at the Bright Side of Life». Compuesta por John Du Prez (responsable, también, de la banda sonora de A Fish Called Wanda) e interpretada de nuevo por Eric Idle, la canción recobró popularidad en 2015 cuando el mismísimo Stephen Hawking se prestó a interpretarla y a protagonizar un divertidísimo videoclip producido con ocasión de una de las últimas giras de los Python, Monty Python Live (Mostly): One Down, Five to Go



La primavera en que nos enamoramos sin saberlo de Nigel Farage y Donald Trump

Nigel Farage en un mitin a propósito de las Elecciones Europeas el 13 de mayo de 2019. Foto: Cordon.

En el principio fue Nigel Farage. Digo el principio por decir algo, mediados de mayo de 2011 y una agitación que pasa de las redes a las calles y de vuelta a las redes. Puede, incluso, que el principio no fuera Nigel Farage sino aquel anuncio de Orange en el que se decía bien claro a los espectadores: «Podéis cambiar un idioma, podéis cambiar una industria, podéis cambiar un político…» y aparecía un señor muy bien vestido rodando por las escaleras de algo parecido a un Parlamento.

La publicidad del sistema —Orange, en el fondo, solo pedía que contrataras una línea telefónica, en concreto la suya— coqueteaba así con la pulsión antisistema desde la distancia estética; desde el «hombre, a nadie se le ocurrirá hacer esto de verdad» o, más bien, «nadie creerá de verdad que se pueden hacer esas cosas». El efecto fue casual pero inmediato: a la semana estaban las plazas llenas de gente en algo parecido a una terapia de grupo.

Sí, en el principio fue el anuncio de Orange y todos los demás anuncios autocomplacientes de exaltación del individuo. Influjos de El secreto y la ley de la atracción. Los jóvenes —y no tan jóvenes— que llenaban Sol o la plaza de Cataluña aquella primavera no tenían en rigor poder alguno pero tampoco eran antisistema en sentido estricto, por eso todas sus referencias partían de la iconografía pop: el niño de Mary Poppins reclamando al banco sus dos peniques, la repetición del famoso eslogan de Obama, «Yes, we can», la justificación teórica de documentales como Inside Job y el mito de Islandia o la sublimación del «yo contra el mundo» en forma de Tyler Durden en El club de lucha o del misterioso V en V de Vendetta.

Aquello no fue una revolución, por mucho que se empeñaran. «Nobody expected the Spanish Revolution», rezaba una de las pancartas de Sol en otro guiño pop, esta vez a los Monty Python. Como decía Ortega y Gasset, las revoluciones son contra los usos; las rebeliones, contra los abusos. Ahí no había revolución posible porque quienes protestaban, en su mayoría, venían de la clase media; una clase media muerta de miedo precisamente porque sabía o intuía que pronto iba a dejar de serlo y pasar a ser otra cosa. El abismo. La suya era una indignación desesperada, en ningún caso relacionada con Hessel por mucho que se empeñaran los medios. Una indignación confusa, porque cuando a la estética se le añade el pánico solo cabe esperar monstruos.

«I´m as mad as hell and I´m not gonna take this anymore»

Así que en el principio estuvieron los años y años de complacencia, de adulación. Ese fue el problema. En 2006, sin ir más lejos, la revista Time puso un enorme «YOU» en portada para elegir a la persona del año. No es casualidad que coincidiera con la consolidación pública de Facebook. Quizá habría bastado con hacerlo todo más sencillo, más real, más «esto es lo que hay», pero había que vender teléfonos y muebles y coches y para ello se conoce que había que convencer al espectador de que era único, especial, más listo que nadie. Un continuo homenaje. Cuando el sistema juega a los espejos, no es de extrañar que de repente aparezca un espectro indeseado y ahí es donde llegamos, ahora sí, a Nigel Farage.

Farage representa aquello que resulta atractivo en la distancia. Sus discursos contra Van Rompuy y la Unión Europea se hicieron virales durante semanas, meses incluso. Discursos ácidos, demagógicos pero ingeniosos, que abordaban tópicos sociales con un aire rancio y xenófobo que a menudo pasaba desapercibido. A Farage no le gustaba la Unión Europea no porque fuera la encarnación malvada del capitalismo, sino porque se interponía en sus deseos, en su «Make Britain Great Again». Es el problema de la acción directa, eso que ahora llaman «populismo» sin saber muy bien a qué se refieren. Los políticos y la prensa, los mediadores en general, pasan a convertirse en obstáculos prescindibles para la pretendida «democracia real».

De repente, los muros de gente de izquierdas, de gente muy de izquierdas, se llenaron de elogios a un aspirante a fascista, el mismo que llevaría al UKIP a unos espectaculares resultados en las elecciones europeas pocos años después y que sería clave en la aprobación del brexit y el hostigamiento a los extranjeros en el Reino Unido. ¿Por qué? Porque el pánico no te deja pensar. Necesitas caminos cortos, lo primero que suene bien y de alguna manera te dé la razón.

Las redes sociales se enamoraron de la socarronería y la sonrisa altiva de Farage. Perdidamente. Igual que luego se enamorarían de las fake news que tanto ayudaron a que el mensaje de Donald Trump calara por medio Estados Unidos. Lo importante, de nuevo, era contarle al ciudadano lo que quería oír. A cada uno, su propio sueño prefabricado. Un compadreo barato con ese «hombre-masa» al que también se refiere Ortega y que se niega a no ser el protagonista de la historia. El que se siente todopoderoso delante de su ordenador y al que la gravedad acaba poniendo en su sitio en cuanto sale de casa.

Manifestante en un acto a favor del Brexit, Londres. Foto: Cordon.

No sé si se acuerdan de otro de los vídeos virales, otro de los hits de «la indignación». Se trata de la famosa escena de la película Network en la que el presentador, empapado y con un enfado monumental, llega al plató y exige que emitan su discurso improvisado en directo. Un discurso lleno de referencias a la inseguridad ciudadana, al desempleo, a la codicia bancaria, al abuso de drogas, a la desidia de los políticos, al olvido completo del individuo dentro de una sociedad asfixiante…

Había dos soluciones, según la película: una era encerrarse en casa muerto de miedo y otra era sacar la cabeza por la ventana y gritar «I´m as mad as hell, and I´m not gonna take this anymore» («Estoy cabreado como una mona y no voy a soportar esto ni un minuto más», en traducción libre). Era emotivo, era potente, era animoso… era, ya en los años setenta, el discurso de Donald Trump cuarenta años más tarde: «todo es un horror, todo es culpa de los otros, pero no te preocupes, ya soluciono esto yo a gritos». Y sí, sin saberlo, volvimos a enamorarnos un poquito. Al menos del mensaje. De nuevo, era bonito, sin que tuviéramos claro si era verdad. Y sin que nos importara demasiado, todo sea dicho.

Cuando la estética se hace realidad. Cuidado con lo que deseas

Y así, poco a poco, fuera de los focos, una vez el New York Times dejó de publicar portadas con las calles llenas, el mensaje siguió calando. Más sutil, más científico, más big data. Prescindir de los políticos, de la malvada democracia representativa y sus pesados mecanismos burocráticos, sonaba bien sobre el papel —sobre el vídeo, más bien—, pero nadie se preguntó qué pasa cuando los políticos desaparecen, es decir, qué hay después de Weimar.

En 2014, el UKIP de Farage sumó cuatro millones y medio de votos en las elecciones europeas, un 27 % de los votos totales, lo que le valió la victoria final. Aquel mismo año, con un mensaje parecido, Marine Le Pen ganaba las mismas elecciones en Francia al mando del Frente Nacional y Donald Trump perfilaba su campaña para las primarias republicanas. Los tres tenían algo en común, algo fácilmente reconocible porque también formaba parte de la cultura pop; de Hollywood, de hecho: Richard Pryor en El gran despilfarro decidía presentarse a alcalde con la esperanza de que no lo eligieran. Su mensaje, diez años después de Network, era menos agrio pero igual de contundente: «No votéis a ninguno de los anteriores», son todos iguales, es decir, políticos.

Las cosas no fueron mejor en los países del sur: Syriza ganó dos veces las elecciones en 2015, mismo año en el que Podemos pasó a encabezar los sondeos electorales y Beppe Grillo se consolidaba como alternativa al Gobierno en Italia, justo antes de conseguir las alcaldías de Roma y Turín. Para quien no vea la relación, baste con decir que, hasta este mismo 2017, el Movimiento Cinco Estrellas pertenecía al grupo parlamentario que lideraban el UKIP y Nigel Farage en Estrasburgo.

Así que el sistema nos invitó a prescindir de sus garantes, es decir, de la clase política y sus derivados. No fue una gran idea. Cuando los políticos se apartan, llega el tonto del pueblo y se hace con el mando. El tonto del pueblo puede ser un tío muy simpático, muy divertido, muy locuaz… pero sigue siendo tonto. El tonto del pueblo puede ser el mismo Donald Trump ganando cómodamente las elecciones mientras Susan Sarandon y compañía vienen a decir: «Mejor la honestidad de Trump que las mentiras de Hillary». El tonto del pueblo puede ser incluso Guy Fawkes, el ultracatólico asesino cuya figura reivindican con máscaras los miembros de Anonymous probablemente sin saber de quién se trató realmente.

¿Qué nos cabe esperar?

¿Quién puede parar esta deriva estética? ¿Este batiburrillo de ideas que acaban siendo de izquierdas y de derechas a la vez cuando en realidad no son ni lo uno ni lo otro? Susan Sarandon no, eso ya lo hemos visto. Determinada izquierda se ha pasado directamente al milenarismo, a la secta de «los justos» que denunciaba Camus a la que la realidad le da igual porque solo espera el reino de los mil años que llegará tarde o temprano. Todo lo que no sean unicornios, no merece la pena. Determinada derecha, por su parte, sonríe medio satisfecha porque intuye que algo saldrá ganando de todo este apogeo de la acción directa. Que lo controlarán. Como en los años treinta.

El mensaje ha calado y será difícil combatirlo. No está nada claro qué beneficios puede sacar la clase media enamorada mientras la horrorizada se lleva las manos a la cabeza. Queda, por tanto, de nuevo, el sistema, pero un sistema desquiciado, alterado, acosado. El sistema que dio las armas y que ahora no sabe cómo neutralizarlas. Venenos sin antídotos. Lampedusas confusos ante la velocidad de las cosas.

El mundo, poco a poco, se ha convertido en un lugar ingobernable. Un lugar donde los deseos y las realidades se confunden continuamente y donde siempre hay alguien dispuesto a explicarte que solo él te entiende. Todo sucede demasiado rápido y todos queremos que nos suceda a nosotros. O que, al menos, nos lo prometan. Pocos días después del apogeo del 15M, Movistar, la competencia de Orange, sacó su propio anuncio adulador: una asamblea popular para decidir qué tarifa era la mejor. La estética llevó a la revolución ficticia y la revolución ficticia engendró a su vez su propia estética. Un círculo vicioso, en definitiva, del que más nos vale ir saliendo antes de que sea demasiado tarde.