Cuando morir es un género literario

Cuando morir es un género literario
The Death of Washington, (1877), de Benson J. Lossing (DP)

En esa fantasía de género para adolescentes (y no tan adolescentes) que es Buscando a Alaska, novela de la que se acaba de estrenar en España una versión en formato de miniserie televisiva, el protagonista parece tener un único aliciente en su vida: memorizar las últimas palabras de grandes de la historia, sobre todo de la política. Por la serie circulan los mensajes postreros de Roosevelt, Jefferson, y otras grandes figuras de la memoria estadounidense. 

Recordar el libro de John Green me trajo a la cabeza un encuentro hace más de veinte años en el que uno de esos escritores geniales en el papel pero difíciles en el trato (casi todos, para qué nos vamos a engañar) me confesaba sentir una curiosidad irrefrenable por conocer las últimas palabras de los escritores a quienes admiraba. Como además era un individuo sobrepasado por sus adicciones —que me temo arrastra hasta el día de hoy—, supongo que en cada ejemplo que encontraba jugaba a formular su propio mensaje previo al último instante. Quiero suponer que su ego le decía que, si como escritor había intentado siempre estar a la altura de sus ídolos, no podía desmerecer en esas últimas palabras que circularían entre los coleccionistas de últimos mensajes. 

Hay que dar por supuesto que muchas de las expresiones últimas que nos han llegado son leyendas añadidas al escritor en cuestión. No me importa. Parafraseando esa broma que suele aplicarse al periodismo, nunca dejes que la historia te estropee una buena leyenda. Lo más curioso de estas últimas palabras de escritores es que muchas de ellas están construidas en la sintaxis y estilo que normalmente se le atribuyen al autor, como si constituyeran una obra más de su legado. La más breve y urgente. Quizá la más verdadera de cuantas han escrito. 

Jane Austen, en su lecho de muerte, confesó no desear nada más que la expiración, cuando su hermana Cassandra —atentos al nombre de la chica y su significado cultural— le preguntó si necesitaba algo. En sus últimos instantes, con voz casi ininteligible, también pidió a Dios que le diera paciencia, algo insólito en un moribundo. ¿Para qué necesita paciencia quien muere? Como en sus escritos, en las últimas palabras Jane Austen ofreció una dosis de lo convencional y otra de lo peculiar. Abrazar la muerte cuando parece irremediable, y pedir paciencia sin que sepamos para qué. Sus personajes siempre tuvieron ese lado predecible que de pronto hacía algo sorprendente. Días después de la muerte de su hermana, Cassandra Austen escribió a un familiar, ofreciendo detalles de los últimos momentos de la escritora, que parecen extractados de una novela gótica: «Pude cerrar sus ojos yo misma, y fue una gran gratificación para mí prestarle esos últimos servicios. No había nada en su mirada que ofreciera la idea de dolor; al contrario, si uno obviaba los movimientos de la cabeza, parecía una bella estatua, e incluso ahora, en su ataúd, mantiene un aire tan dulce y sereno sobre su rostro que es muy agradable de contemplar».

En el otoño de 1922, un Marcel Proust enfermo escribía que «Todo lo que nos parece imperecedero tiene a la destrucción». Sus últimas palabras fueron menos atinadas. Apenas un «Sí, querido Robert» dirigido a su hermano. El escritor de las frases infinitas había dejado de encontrar las palabras. Su muerte fue precedida de unas visiones, en las que aseguraba que se le aparecía una mujer voluminosa y vestida de negro, que representaba a la muerte en su pensamiento.  

Para demostrar que, en los buenos escritores, la frase final no puede desmerecer su producción y además tiene que definir su estilo, tomemos como ejemplo a dos dramaturgos bien distintos: uno que adoro (Henrik Ibsen) y otro al que no tanto (Antón Chéjov). El primero hace un teatro social, de confrontar al espectador y removerle de su butaca. Hacerle preguntas incómodas y zarandear conciencias. Sus palabras de lecho de muerte, si hay que creer la leyenda, fueron un airado e incomprensible: «¡Al contrario, muy al contrario!». Antes de cerrar los ojos para siempre, Ibsen parecía librar una última batalla verbal con la realidad que le rodeaba. Antón Chéjov, en tantos textos vaporoso e inconexo, con una poética errante y un argumento adelgazado, antes de morir tomaba un camino hedonista: «Hace mucho que no tomo champán», fueron sus últimas palabras. 

Kant dijo «Es suficiente» antes de dejar este mundo, demostrando un elegante, pleno y filosófico hartazgo vital, lo que se espera de un pensador de esa talla. Le superó Jean Cocteau —nadie puede ganar a un francés en melancólica filosofía—, cuando reunió fuerzas para aquel: «Desde el día de mi nacimiento, mi muerte empezó su camino. Ahora se acerca a mí, sin prisa».   

De Kafka tenemos que esperar un desarrollo opresivo, autoconsciente, de aire viciado y flagelante. Invocó la propia eutanasia cuando llamó a su doctor para decirle aquello de: «¡Mátame o de lo contrario serás un asesino!». No me digan que la decisión a la que sometió al médico no suena, eso, kafkiana. 

Tolstói vivió sus últimos años convertido en una especie de gurú campesino. Con la celebridad del autor, la finca Yásnaia Poliana se convirtió en un lugar de peregrinación para los numerosos estudiantes y seguidores que veían al autor como un gran padre y casi referencia espiritual. Esta fama laica del gran novelista llegó a preocupar a los líderes religiosos, pues su creencia en una mezcla de pacifismo y anarquismo empapado en un ascetismo rural de resonancias cristianas no cesaba de ganar adeptos. Por esa galería de fieles pasarán personajes que dejarán un eco muy distinto en la vida de Yásnaia Poliana: Vladimir Chertkov, editor de los trabajos de Tolstói. El compositor Serguéi Tanéyev, quien llegó a residir con ellos en los veranos de 1895 y 1896 y cortejaba a la mujer del novelista. Porque había fundado una especie de fe basada en el amor a la tierra y la comunión con la naturaleza, cuando murió ofreció una frase que alejaba de sí toda egolatría, y que volvía a difundir esas ideas de ascetismo que tanto le interesaron en su última etapa. Dicen que protestó porque todo el mundo le cuidará a él. Sin duda había más cosas que hacer en el mundo que atender a un agonizante. Y después formuló esa pregunta entre cósmica y filosófica, que para mí guarda la clave de todo lo que Tostói quiso ser en sus últimos años: «Pero los campesinos, ¿cómo mueren los campesinos?», dijo. Lástima que no falleciera en su finca, en plena naturaleza, sino en una estación de tren llamada Astapoyo, que hoy ha sido renombrada con plena justicia como León Tolstói. 

De una interpretación muy parecida es la muerte de Dickens. Como se sabe bien, la historia del novelista inglés es la de una existencia dedicada a contar la vida del pobre, del sufridor, del desfavorecido. Gozó de fama y gloria como pocos escritores lo han hecho, y disfrutó sin duda de la riqueza y posición que la literatura le otorgó, pero sin dejar de mirar a la gente que no tiene tanta suerte y que arrastra sus cuerpos por la Tierra. Cuando Dickens murió, también se había retirado a una finca enorme en Kent. Se había separado de su mujer y andaba en un idilio delirante con su amante, Ellen Ternan. Una apoplejía se lo llevó cuando cenaba con su cuñada. La frase que regaló antes de morir fue un grito de vuelta a lo mínimo, al humilde origen de toda vida: «¡Al suelo, al suelo!», pudo ser lo último que dijo, como si quisiera que su cuerpo mil veces laureado y consentido volviese a encontrar la verdadera tierra. Dickens intentó por todos los medios que se le enterrase de una manera modesta. En su testamento se pueden leer detalles al respecto. Aun siendo un documento legal, en la pluma del gran Dickens puede leerse como gran literatura: «Que se me entierre de manera económica, sin ostentación y de una forma estrictamente privada; que no se anuncie públicamente la hora ni el lugar de mi entierro; que no se empleen más de tres carruajes de luto sencillos; y que los que asistan a mi funeral no lleven pañuelo, manto, moño negro, sombrero de banda ancha u otro absurdo tan repugnante».

Díganme si no es un exceso romántico que Goethe muriese pidiendo «¡Más luz!». Si no es muy voltariano que Voltaire dijera antes de expirar: «Ahora, buen amigo, no hay tiempo para hacer enemigos». Parece un fragmento de Cándido. Bernard Shaw se preocupaba por los géneros dramáticos al exhalar el último aliento: «Morir es fácil. La comedia es difícil». Oscar Wilde se esforzó por reunir en una frase pose dandi, esteticismo y tono del gran aforista que era. Tenía ingenio de sobra para conseguirlo, así que nos regaló ese: «O se va ese papel pintado, o lo hago yo». James Joyce esbozó en el lecho de muerte la que será su gran condena como autor: la incomprensión. Parecía entender que su Ulises se convertiría en la novela más empezada y menos acabada de la historia de la literatura cuando ofreció estas últimas palabras: «¿Nadie entiende?». Entran ganas de responder que, al menos yo, no le entiendo, y que formo parte con orgullo del selecto club de los que piensan que el Ulises es un galimatías sin más legado que su dificultad. 

Así que, querido lector, si se sabe o cree buen artista, ya puede ir pensando en unas últimas palabras bien elegidas, que hagan justicia a su biografía y que, sobre todo, conformen una pincelada postrera a la gran obra de su vida. O diga cualquier cosa pero asegúrese de que sus albaceas y seguidores difundan la mejor de las sentencias finales en este género. 


Miedo a morir, miedo a vivir

Imagen: HBO.

(Si usted no ha visto la serie A dos metros bajo tierra, le recomendamos no solo verla porque es una de las mejores piezas de televisión de nuestros tiempos sino también no leer este artículo ya que contiene spoilers). 

El final de una buena serie de televisión o una película que te llega a las entrañas te deja la existencia aturdida. Una honda sensación de tristeza, el estómago revuelto, el cerebro centrifugando pensamientos y la piel del revés. En muchos casos es inevitable la descarga de lágrimas, pero con A dos metros bajo tierra (Six Feet Under) el guantazo emocional es colosal, porque la obra de arte de Alan Ball es un retrato de la muerte en constante presencia de la vida misma y de la vida misma en constante presencia de la muerte. Es cuando te das cuenta de que te morirás. No, no los clichés de «todos moriremos algún día» o «lo único que no tiene remedio es la muerte» desprovistos de reflexión al estar repiqueteados. Sino que sientes en lo más profundo de tu alma que morirás, cómo será ver morir a los tuyos y cómo se sentirán los tuyos cuando mueras.

A dos metros bajo tierra representa el gran miedo del ser humano occidental: morir. La muerte presentada de forma brutal, franca, honesta, frívola, hilarante, cálida, fría y sincera. Porque, al fin y al cabo, tal como se titula el último episodio: todos nos están esperando (en donde quiera que usted crea). O no. Una obra de arte extraña, real, mágica, sin puntos y comas, que manifiesta la necesidad de encontrar un sentido mínimo a cada detalle de nuestro entorno y nuestra existencia. Es el tipo de serie que habla directamente a todos y cada uno de nosotros. Alan Ball creó una familia, los Fisher, a la que te vinculas emocionalmente de tal manera que al final no solo estás diciendo adiós a un grupo de personajes con los que has convivido durante cinco temporadas tal como ocurre en cualquier otra serie, sino que ves pasar delante de tus ojos tu propia vida, la de carne y hueso, diciendo adiós a tus seres queridos y a ti mismo. Porque todos somos Nate, David, Claire, Ruth y Brenda, en la vida real. 

Somos Nate, escapando de la muerte, siempre preocupados por la insignificancia o existencia de la vida, de lo que no hemos conseguido, quién podríamos ser y lo que realmente queremos. Quizá George no pudo definirlo mejor en la palabras del funeral: «Nate era un idealista. Luchó toda su vida por ser un buen hombre. No era perfecto, ¿pero quién lo es de nosotros? Y nunca se dio a sí mismo por perdido, ni a la gente que amaba, ni al amor mismo, en todas sus desconcertantes formas.». (Y disculpenme por introducir una nota personal al sentirme del todo identificado con este personaje).

Somos David, neuróticos, inseguros de quiénes somos, pero a la vez sinceros, auténticos y sensibles. En el epitafio de la cuarta temporada, en una de las habituales escenas en la que los Fisher visionan encuentros con su padre fallecido, Nathaniel, David, agotado y exhausto de su trauma del secuestro, intercambia con su padre las palabras más transparentes que pueden decirse dos seres humanos:

—Nathaniel: No lo estás entendiendo. 

—David: No hay nada que entender, ¿verdad?

—Nathaniel: Déjate de chorradas existenciales. Lo tienes delante de tus narices.

—David: Lo siento pero no lo veo.

—Nathaniel: Ni siquiera estás agradecido, ¿no?

—David: ¡Agradecido! ¿Por la peor experiencia de mi vida?

—Nathaniel: Te aferras al dolor como si significase algo, como si valiese para algo. Pero voy a decirte una cosa: no vale una mierda. Déjalo ir. 

(Pausa)

—Nathaniel: Tantas opciones y lo único que eliges es lloriquear.

—David: ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Nathaniel: ¡Lo que quieras! ¡Estás vivo!

(Pausa)

—Nathaniel ¿Qué es el dolor comparado con eso?

—David: No puede ser tan simple…

—Nathaniel: ¿Y si lo es?

No es solo la muerte la omnipresencia en A dos metros bajo tierra, también el dolor. «La vida es dolor. Hazte a la idea», le dice Lisa a Nate en uno de sus sueños. Por eso todos somos Ruth, quizá quien encarna el dolor con más crudeza en toda la serie. Un madre arrepentida de no haber podido tener elecciones en la vida (¿y cuál de nuestras madres no lo está?), que se agarra a la nostalgia del pasado («era la época en la que había esperanza», le contesta a su hijo David tras la muerte de Nate cuando este se pregunta por qué nos aferramos de forma tan desesperada al pasado), pero también con el optimismo y la lucha de la matriarca de una casa (¿y cuál de nuestras madres o abuelas no lo son o eran?): «Tenemos ese maravilloso regalo de la vida y es tan terriblemente efímero, que precisamente por eso es importante seguir viviendo y no abandonar la esperanza». 

Todos somos Claire, buscando nuestro lugar en el mundo dando bandazos de aquí a allá. Cínicos («solo me preparo para lo peor para que cuando ocurra no me sienta tan mal») pero seguimos siempre intentando averiguar cómo deberíamos vivir nuestras vidas: «Si vivimos nuestras vidas de la mejor forma que creemos, entonces cada simple cosa que hagamos es una obra de arte». 

Todos somos Brenda. Cargados de traumas, arrastrándolos, rebozándonos en el barro y autodestruyéndonos hasta alcanzar la frontera del nihilismo. Hay una conversación en la segunda temporada entre Nate y Brenda esclarecedora:

—Brenda: Desde los seis años llevo preparada para morir cuando me levanto cada mañana.

—Nate: ¿De verdad?

—Brenda: Sí, de verdad.

—Nate: ¿Por qué desde los seis?

—Brenda: Porque leí un artículo sobre los efectos de la guerra nuclear en el mundo, y en ese momento me quedó bastante claro que en algún momento iba a ocurrir.

—Nate: ¿Con seis años?

—Brenda: Y me levanto cada día sorprendida de que todos sigamos aquí.

—Nate: La verdad que no puedo entender cómo puedes vivir así. 

—Brenda: La verdad que creía que todos vivíamos así.

Personajes magníficamente detallados y dibujados al milímetro por los guionistas que te hacen plantearte temas vitales concretos de la vida. Te hacen llegar a una profundidad de tu ser que ni te imaginabas que tenías o que simplemente conocías, pero que se destapa como una olla a presión. Todo ello aderezado con una dirección atrevida, audaz y psicológica. El recurso de las escenas surrealistas de los sketches, las conversaciones con el padre fallecido, y las imaginaciones (de esas situaciones que todos tenemos cada día cuando estamos en la inopia) son magníficas. Todos somos ellos porque esperamos esas señales de la vida y preguntarnos el por qué.

Imagen: HBO.

Pero el por qué no tiene respuesta. 

Como cultura occidental no nos sentimos cómodos con la idea de la mortalidad. Quizá por eso el escenario del Los Ángeles desangelado, «la capital mundial de la negación de la muerte» como dijo Alan Ball, es el mejor posible para el retrato de la muerte en constante presencia de la vida misma y de la vida misma en constante presencia de la muerte. En un excelente artículo titulado «Pensar en la muerte» publicado en los comienzos de esta revista, Miguel U. se adentra en las visiones de la muerte histórica, religiosa, cultural, social y antropológicamente. ¿Y le puede a usted servir para algo esa lectura? Puede ser usted budista y creer que la muerte no es un final, sino otra etapa donde se libera y reencarna. Puede ser usted cristiano, y esperar pedirle las llaves del reino de los cielos a san Pedro para reencontrarse con los suyos. O puede ser usted un simple fiel a la ciencia para concebirse como un mero ente biológico hecho de carbono que devolverá este elemento a la tierra cuando críe malvas. Puede usted proyectar lo que quiera, pero aquí y ahora, como dice Miguel U: «A la gente le acojona morir». 

«¿Por qué la gente tiene que morir?», le pregunta con el corazón sobre la mesa una viuda a Nate en el último episodio de la primera temporada. Yo quiero justificarme, como la respuesta de Nate, que es «para hacer que la vida tenga sentido». Que esta existencia tiene un valor, que no somos simples extraterrestres lanzados a este planeta amnésicos de nuestra estancia durante el parpadeo de la vida. Lo dijo Lupe sacándose las entrañas sin anestesia en «Ustedes van a morir»: «Por eso miro con incredulidad cómo la gente organiza su vida cotidiana al margen de estas evidencias, construyendo un auténtico andamio para sortear al gran elefante que ocupa toda la estancia».

Pero ya «nacemos heridos de muerte. Sí, aquí estamos, por un momento, vivos, vamos a morir, pero cada uno de nosotros secretamente creemos que no lo haremos», dice el personaje de Philip Seymour Hoffman en una excelente escena de la obra maestra Synecdoche, New York. Se lo recuerdo, si a estas alturas usted no quiere acordarse: va a morir. «Vivimos. Morimos. Pero al final nada significa nada. ¿Cómo podemos vivir así», le dice Nate a Brenda. «¡Muchos no lo sabemos, nos levantamos jodidamente vacíos, a veces con pocas ganas de vivir, otras con ganas de ni siquiera haber nacido! ¿Pero qué otra opción tenemos?», responde Brenda. 

La idea de la muerte puede llegar a ser pavorosa, pero lo que ocurre es que la vida puede dar más miedo aún. Porque la vida duele. Y el dolor es aterrador. Vamos quedando erosionados por las experiencias y el tiempo como cuentan Brenda y su hermano Billy tras la muerte de Nate:

—Brenda: Solía pensar que tendría más gente en mi vida al pasar el tiempo.

—Billy: No funciona así.

—Brenda: Empiezo a darme cuenta.

—Billy: Es como si al hacernos mayores, el número de gente que realmente nos entiende encogiera. 

—Brenda: Cierto. Hasta que quedamos tan marcados por nuestras experiencias… y por el tiempo que…

—Billy: …nadie más nos entiende.

Sí. «All alone is all we are»: El epitafio de Nate con Nirvana de fondo.

Tenemos todas las de perder, «de aquí no saldrá nadie vivo» dijo Tolstoi, así que hay que sacar lo máximo de lo que tenemos. Digo yo. Incluso la nihilista Brenda es capaz de mirar la moneda existencial desde la otra cara: «Todo lo que tenemos es este momento, aquí mismo, ahora mismo. El futuro es un jodido concepto que utilizamos para evitar estar vivos hoy». Es la puta verdad, aunque suene a frase de taza de café. Prefiero quedarme con la pragmática amiga de Ruth, Bettina: «Si tienes miedo de algo probablemente significa que debes hacerlo». Como le dijo el Nate muerto a su hermana Claire, de lo que más se arrepentía era de haberse pasado la vida asustado, temiendo no estar listo, no ser adecuado o no sabiendo quién debía ser. 

Y si es usted de los que una buena hornada de palabras positivas le entran por un oído y le salen por el otro, un médico que vive con la muerte como compañera de trabajo se lo explica. El crítico de televisión Matt Zoller Seitz entrevistó a Alan Ball hace unos años en el Festival de Cine de Tribeca. Seitz le habló de la muerte de su mujer diez años atrás: «Llegué al hospital un minuto después de que falleciera. El médico me preguntó a qué me dedicaba y le dije que crítico de televisión. Me respondió: ¿Ha oído hablar de la serie A dos metros bajo tierra? Según él era lo único que había visto que capturara los detalles de cada día con la muerte paseando por el hospital». 

Esto depende de cómo quiera usted ver el vaso de esta existencia: medio lleno o medio vacío. O incluso medio vacío pero regocijándose del agua que ya se ha bebido y dispuesto a saborear la que le queda. 

A dos metros bajo tierra, en la catarsis de los últimos tres episodios y particularmente la orgía de muerte de los últimos diez minutos (probablemente los mejores minutos de la historia de la televisión), puede interpretarse como un final lleno de esperanza, «una reconexión con la vida» como dijo el creador de la serie, incluso una «ayuda para hacer sentir a la gente más viva a tomar decisiones sobre su vida», como afirmó Peter Krause, el actor que interpreta a Nate. O puede sumirle en el realismo del final, hacerle plenamente consciente de la aflicción que sufrirá durante la vida al ver marchar a los suyos, incluso adelantarle el dolor del momento que ocurra, o cómo será el horrible sentimiento de duelo de los suyos si es usted el que se marcha antes. Por esta explosión incontrolable de lágrimas hemos pasado muchos con ese excelente montaje final con el Breath Me de Sia.

El final de A dos metros bajo tierra es su propia existencia. En la mejor crítica que se ha hecho sobre esta serie en inglés y español, Fernando Navarro nos da esa voz para encontrar el aliento y seguir adelante: 

[…] Claire había metido la marcha y arrancado el coche, y nadie tuvo que decirme que yo también estaba a punto de meter la marcha y arrancar. Digamos que sé qué se siente al mirar por el retrovisor y ver a la persona que quieres alejarse a pesar de que corre y corre. La misma persona que te dice que te levantes de la cama, que vela por tus sueños, es la que se aleja por ese retrovisor. Al principio, nadie está preparado para la muerte, ni siquiera en la familia Fisher, que se dedicaba al negocio funerario. A Claire nadie le explicó que la muerte sería muy distinta a lo visto en las películas y oído en boca de otras personas, que acudían a la funeraria que llevaba el apellido de su padre. Pero qué más da que alguien lo hiciera, porque más importante que eso era estar preparada para la vida. Y eso sí que tuvo que aprenderlo. Eso sí que tenemos que aprenderlo. Y no se puede conducir mirando todo el tiempo por el retrovisor. No se puede. Si lo haces, acabarás estrellado, tirado en la cuneta, serás tu propio cadáver. Pero es inevitable hacerlo de vez en cuando, hacerlo por instinto en cuanto arrancas y pones la primera marcha. Recuérdalo: esa persona está corriendo hacia ti pero se aleja. Estrictamente, esa persona se aleja, y eso duele. En lo más hondo, te derrumba. Caes al vacío hasta sentir que te ahogas en un pozo de lágrimas. […] Comprendí con dolor que la ruta está llena de curvas, paradas, accidentes o acelerones pero siempre debe seguir su camino. De ti depende conducir en una dirección o en otra, o simplemente conducir. Aún con lágrimas en los ojos, debes agarrar el volante y poner rumbo en esa ruta […] 

«No puedes sacar una foto de esto», le dice el Nate muerto a Claire antes de arrancar el coche e irse. No podemos. Ya pasó. Así que elija su propia aventura.

—Algún día todos estaremos muertos, Snoopy— dijo Carlitos.

—Cierto, pero todos los demás días no— respondió Snoopy.


Documentar la muerte de un amor

Ophelia, de Sir John Everett Millais, 1851-2. Imagen: Tate CC-BY-NC-ND (3.0 Unported). Clic en la imagen para ampliar.

La escritora norteamericana Joan Didion empezaba su libro El año del pensamiento mágico con una advertencia: «La vida cambia rápido. La vida cambia al instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba». En la sucesión de líneas posteriores relata lo que supuso para ella enfrentarse a la muerte por infarto del que había sido su marido durante treinta y nueve años, el también escritor John Gregory Dunne. Por este libro autobiográfico ganó el Premio Nacional del Libro en el 2005 y fue finalista del Premio Pulitzer en el 2006. Se premiaba no solo lo literario, sino la valentía de mostrar públicamente su vulnerabilidad y tratar un tema sorprendentemente aún tabú, la muerte, especialmente en la sociedad norteamericana, en la que exhibir las emociones se concibe como una indiscreción y una debilidad. Poco después, pero una vez que el libro ya estuvo terminado, moriría también de pancreatitis la hija adoptada de ambos, Quintana, la única que tenían. Sobre esa puñalada final, Didion escribió en Noches Azules. «El tiempo pasa /¿Es posible que yo jamás me lo hubiera creído?», con ese halo de perplejidad de quien no termina de discernir realidad de sueño. El arte es, con frecuencia, catalizador de ese despertar de conciencia.

Sharon Olds también escribió sobre el proceso de pérdida de alguien intrínseco a uno mismo. Lo hizo en un libro de poesía magistral, conmovedor, El padre (1992), que llegaría a España de la mano de la editorial Bartleby doce años después de que se hubiera publicado en Estados Unidos. Aún recuerdo la portada azul, el título en amarillo. Sus versos eran un viaje desgarrador y lento desde la vida hacia la muerte, desde la existencia hacia la nada, desde el amor hasta la pérdida. El viaje común, el mal común. La común impotencia. Olds era capaz de expresar de la forma más simple (consiguiendo la dimensión de lo «aparentemente fácil»), la complejidad de la existencia humana y de la forma de relacionarnos. En uno de los poemas, «Carrera», retrata de forma muy sutil la brutal angustia de la distancia espacio-temporal, el sufrimiento de no llegar a tiempo al lecho de muerte de un ser amado. Lo hace sin drama, con suavidad, domando las emociones. «Despegamos de un lado del continente / y no paramos hasta posarnos / sobre la otra orilla. Entré a su habitación /y vi su pecho ascender despacio /y bajar de nuevo. Toda la noche/ estuve mirándolo respirar». En «El padre», la poeta exhibe (con dolorosa opulencia) la gama de emociones, detalles y recuerdos que la acompañaron durante la estancia en el hospital acompañando a su padre, enfermo de cáncer, en sus últimos días. 

«He aprendido a encontrar placer al hablar del dolor» dice uno de los versos que aparecen en el libro, que nos conecta con otros muchos pensamientos. Hay un alivio al liberarse del daño; al explicarlo y visibilizarlo el peso del sufrimiento se comparte. Es el dolor de todos. Sostenido por todos. Como seres mortales, a nadie le es ajeno. Y en esa manifestación pública del dolor más íntimo aparece la belleza de saber que no estamos solos, que nadie está exento de ese sentimiento, que seguimos siendo unidad pese a la pérdida. También, cuando uno habla del daño, lo deja ir, como a un pájaro. Aunque revolotee y vuelva, lo que importa es el gesto, la decisión de no guardar ni reprimir lo que nos corroe.

El libro de Olds es un manual paso a paso para entender y asimilar nuestro proceso vital. Una narración del delicado arco temporal de una hija antes y después de sobrevivir a su padre.  También C. S. Lewis se enfrentaría a la realidad más descarnada en Una pena en observación, un libro de luto tras la muerte de su esposa por cáncer de huesos. Y la escritora chilena, Isabel Allende al publicar en forma libro la carta que escribía a su hija, Paula, desde que entra en estado de coma, donde permaneció un año entero, hasta que murió: «Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios». En 1975 pudo leerse Mortal y rosa, de Francisco Umbral, que empezó como una oda a la vida de su hijo que se vio interrumpida por la muerte del pequeño debido a una leucemia. La misma enfermedad que se llevó al hijo de Sergio del Molino, que también se asomó a ese abismo insondable que es la muerte en La hora violeta, publicada en el 2013. En una entrevista posterior, del Molino explicaba que después de la muerte de un hijo «aunque la gente no lo note, aunque no camines penando o con la cabeza baja eres otra persona y lo eres para siempre, incluso cambia la percepción de los sentidos». Estas obras no funcionan simplemente como desahogo personal, sino precisamente lo contrario; conocimiento compartido, avisos. Si no pueden ser tildadas de altruistas al menos sí de generosas. Es de agradecer que alguien encuentre las palabras que pocos tienen en momentos de tanto vacío.

La literatura puede detallar un sentimiento de forma gradual, expandirlo, permitiendo que el lector lo vaya interiorizando a su ritmo, racionándoselo en función de las pausas que su estado emocional le exija. El arte visual es, sin embargo, más salvaje. Nos obliga a procesar pensamientos y emociones en un solo instante.

Annie Leibovitz, considerada la fotógrafa más influyente de nuestro tiempo (definitivamente la fotógrafa mejor pagada del mundo) y nombrada «leyenda viviente» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, es también conocida por ser la fotógrafa de los famosos. Fue ella quién fotografió a John Lennon por última vez, pero también a la reina Isabel II y a Miley Cyrus. Por eso su trabajo documental fotografiando los últimos momentos de la que fue su pareja durante dieciséis años, Susan Sontag, fue recibido con suspicacia. ¿Añadía a su porfolio el morbo de retratar el sufrimiento de una de las intelectuales y escritoras más aclamadas de los últimos tiempos en sus últimos años de enfermedad, del modo más ofensivamente oportunista? Para muchos era una pura mercantilización de la vida íntima; según Leibovitz, publicó las fotos después de mucha deliberación, tras contar con el beneplácito de la hermana de Sontag y de su propio agente: «La muerte es parte de la vida», señaló en una ocasión la fotógrafa, que también documentó el nacimiento de sus hijos y la muerte de su padre. Sin embargo, el hijo de Susan Sontag, David Rieff, nunca se lo perdonó y públicamente se ha referido a esas fotos como un «carnaval de imágenes de la muerte». Sontag sufrió de un cáncer de pecho en 1974. Lo superaría, pero paradójicamente murió en el 2004 de una leucemia que contrajo por la radioterapia que recibió durante los años setenta. Nunca quiso admitir que se estaba muriendo; según su hijo, tenía un miedo atroz a la muerte. 

Las fotografías que le hizo Leibovitz, en blanco y negro, desentrañan la narrativa del cáncer en toda su crudeza, pero hay belleza en ese realismo sin ocultación, en ese revelar la vida sin escondite, sin salvación para nadie. Las imágenes, en lugar de ser una invitación voyeurística, tienen la fuerza y la responsabilidad del memento mori. Muestran a Sontag hospitalizada, muriéndose y muerta. En España pudieron verse en el 2009, en la retrospectiva Annie Leibovitz. Vida de una fotógrafa 1990-2005 que se realizó en la sala Alcalá 31. En su ensayo Sobre la fotografía, la propia Sontag diría: «La mayor vocación de la fotografía es explicar el hombre al hombre». En este sentido, Leibovitz no ha hecho en su carrera profesional algo más solemne. 

Otro fotógrafo que documentó la gradual muerte de su primera mujer, fue el norteamericano Eugene Richard. Dorothea Lynch contrajo cáncer de pecho a los treinta y cuatro años, después de quince años de relación amorosa con el fotógrafo. Ocurrió en 1978. Al no encontrar ninguna foto de una mastectomía a disposición de aquellos que no fueran personal médico, decidieron empezar un proyecto juntos que documentara el proceso oncológico. Crearon un libro colaborativo de belleza sublime, «Exploding Into Life» (Explotando en la vida) en el que se publican los diarios de ella y las fotografías de él. Una de las imágenes más potentes es precisamente «Mastectomía», en la que Dorothea aparece sonriendo, mostrando su pecho cicatrizado después de la operación. Él le había preguntado «¿Te sientes menos femenina después de la cirugía?» y ella se había echado a reír. «Ojalá pudiera explicarle que no es solamente la pérdida de mi pecho lo que me preocupa. Es lo que simboliza esta pérdida, la premonición del día en que todas las células de mi cuerpo se extingan como estrellas frías», escribía ella en el diario que se publicó. Cuando uno termina el libro y se enfrenta a la incertidumbre de la propia vida, los sentimientos son encontrados, algo se encoge y a la vez, algo se expande.

El sufrimiento y la muerte asustan, pero la intimidad y la vulnerabilidad compartida artísticamente es un regalo que tiene además una función catártica. Sería una gran avance prescindir de los juicios banales que apelan solo al morbo y al exhibicionismo, simplificando uno de los actos más valientes y generosos que puede hacer un artista: exponer su realidad, su verdad, su esencia y su dolor, en forma de ese espejo en el que cualquiera puede mirarse. Se añade además la función social esencial de visibilizar la muerte, normalizarla, recordarnos la única certeza que tenemos: todos, sin excepción, vamos a morir.


¿Por qué se muere la gente?

Fotografía: Cordon.

La pregunta no es tanto por qué se muere la gente, sino por qué no se mueren los que deberían. Los malos aguantan mucho más. En los últimos años ha habido la sensación de que se moría más gente de lo normal, gente que no se tenía que haber muerto. Lo comentas y la gente asiente, pero estamos todos pensando en famosos, claro, no en guerras. Muhammad Ali, David Bowie, Prince… El día que murió Leonard Cohen encendías el ordenador y al abrir el navegador aparecía este mensaje: «Idea: no permitas que el código de vestimenta se interponga en el uso de calcetines de colores». Si somos cada día más impresionables quizá es porque el umbral de sensibilidad cotidiano se mueve en el orden de lo banal. No sé ustedes, pero yo he percibido cada vez mayor escándalo y aspavientos cuando se muere alguien importante, o, mejor dicho, famoso, que no es lo mismo. Y cada vez es menos lo mismo.

El luto de estas muertes públicas sucede en un plano emocional muy distinto del íntimo y personal. No es como con un familiar o un ser querido. Eso es una putada en el estómago, la vida es una mierda y no hay que gastar ni una palabra más en hablar de ello. Pero con los famosos entra dentro del sentimentalismo colectivo, que es cambiante y ya bastante poco de fiar. Hoy las cosas son, cómo diría, más sentidas pero menos solemnes. Lo más sincero era el silencio, ahora es el ruido. No sé quién se tendría que morir para que la gente se callara. Y ahora que somos todos descreídos o ateos el vacío de lo religioso se llena en las redes sociales con emoticonos conmovidos y en las aceras con velitas y ositos de peluche. Hasta hay gente que sigue escribiendo mensajitos en las páginas de Facebook de personas fallecidas.

Si nos situamos en las cumbres del cine y el rock, en 1980 debería haberse movido el eje magnético de la Tierra: murieron Alfred Hitchcock y John Lennon, además asesinado. La paradoja es que, si fallecieran hoy, siendo quienes son, quizá causarían mucha más conmoción. Entonces se exteriorizaba menos y hoy somos más de conmocionarnos. No quiero ni pensar lo que hubieran sido las muertes de Freddy Mercury o de Kurt Cobain si les hubieran pillado con las redes sociales activas.

Te enteras de que se muere David Bowie y te preguntas: ¿Qué? ¿Cómo es posible? No solo sabemos que es posible, es que lo imposible es lo otro. Como si no se viera venir, pero es que somos tan entrañablemente atolondrados… Tolstói decía: «La vejez es la mayor sorpresa en la vida de un hombre». Que se muera alguien en cierto modo es la no noticia por excelencia, porque de aquí no saldrá nadie vivo. Supongo que están enterados. No es como en una guerra, es verdad, pero sí poco a poco. Lo que es noticia es el orden, el orden en que nos morimos. Quién se muere antes. No el orden de los que se mueren después, después de nosotros, porque eso ya nos da igual. El orden es el desenlace del enigma, vivimos con ese suspense. Tampoco es para tomárselo demasiado en serio. Tenía un amigo medio suicida, todo el rato dando la brasa con el sinsentido de la vida, que luego siempre iba dejando lo de matarse para otro día. La mayor parte de las veces era porque no sabía cómo manejar su posteridad: «¿Y qué me pongo? ¿Qué va a pensar la gente? ¿Tengo que explicarlo?». Le decíamos: «Pero, vamos a ver, tú te quieres suicidar, ¿sí o no?». Era un suicida sin verdadera vocación, que son los peores. Luego se les pasa. Ahora se lo cuentas, le da la risa y cambia de tema.

También puede ser motivo de risa el orden, que como hemos dicho es importante. El día que se murió Ingmar Bergman, 30 de julio de 2007, todos los medios proclamaron trágicamente que había muerto el último gran autor del cine europeo, el último poeta existencial y tal. Pero es que luego se murió Antonioni, esa misma noche, y al día siguiente ya nadie se atrevió a decir que era el último poeta existencial europeo, no fuera que apareciera otro y tuviera el mal gusto de morirse justo después. Lo de estos dos fue buenísimo, tanto drama con la vida para hacer bromas al final.

La muerte pública solo desconcierta si es a destiempo. Si alguien se suponía que no tenía que morirse todavía. Desconcierta si no lo habíamos asumido, y eso es lo que ocurre: han empezado a caer grandes iconos culturales, pero en un momento que aún creíamos que era el suyo, porque lo estamos alargando muchísimo. Se murió Sinatra, en 1998, y parecía normal; su tiempo había pasado. Es más, con muchos otros a veces pasa lo contrario, y es muy cruel: cuando crees que alguien ya está muerto y en realidad no lo está. Como Norma Desmond en El Crepúsculo de los Dioses. O también cuando te enteras de que tal escritor o actor lleva muerto cinco años y tú ni idea porque justo pilló en agosto y todo el mundo estaba de vacaciones.

La relación es más natural con quien lleva mucho tiempo muerto. Mozart o Shakespeare, por poner un ejemplo. Ya es normal que estén muertos. Es que no nos los imaginamos de otra manera. Se puede hablar de ellos y disfrutar de su obra sin dolor alguno por su desaparición. Tras morirse Lou Reed, o David Bowie, el escalofrío se debe a que intuimos con pavor que luego no hay nada: el rock ya vivió su mejor momento. A quién deberíamos llorar en un futuro, ¿a Lady Gaga? ¿A Bisbal? Muchos que no somos precisamente coetáneos de las estrellas del rock, sino más jóvenes, hemos tenido mitos de generaciones anteriores, porque no hemos sido capaces de crear los nuestros, y que se mueran lo hace más evidente que nunca. Qué poco hemos hecho, macho, me decía un amigo. Les tocará a los siguientes y no los entenderemos porque nos pillará mayores y encima seremos unos carcas, si no lo somos ya porque nos ha pasado muy deprisa.

Éramos bien conscientes de que quedaría muy poquito de música artísticamente muy menor, qué sé yo, Boney M, o chorradas inconfesables que te podían hacer gracia solo porque te recordaban momentos de tu vida. Aunque estén seguros de que un sábado noche de 3016 en una fiesta alguien pondrá una de Abba. Lo que ahora te preguntas es qué quedará incluso de lo que considerábamos más duradero. ¿Qué quedará de Prince, pensando en lo que queda de Michael Jackson? Las posturitas de Madonna se perderán en el pasado como los escandalosos bailes con plátanos de Joséphine Baker. La hojarasca de poses y actitudes, el personaje y lo visual, se evaporarán en el aire. Lo único real será la música; sin nada, a pelo. Y, ¿cuántas canciones resisten a la intemperie el paso del tiempo? Oscura era la noche, fría era la tierra, gemía Blind Willie Johnson en 1927, y todavía te sigues hundiendo con él en las tinieblas.

Te echas a temblar si piensas en la cantidad de gente que se va a ir muriendo. Ejem, todos. Todos los Beatles y los Rolling Stones, y Spielberg, y Woody Allen, y de ahí para abajo, y mejor no sigo, y será un eterno llanto y rechinar de dientes, y todos venga a llevarnos las manos a la cabeza, y no sé por qué solo menciono los viejecillos, ya sabemos que le puede tocar a cualquiera, y desde luego estén seguros de que todos los futbolistas, cualquiera que se les ocurra del equipo que sea. En fin, esto va a ser un sinvivir. Quién sabe si a mí me ocurrirá antes de que termine de escribir esto, o usted de leerlo, o de que se publique. Ya da un mal rollo increíble hablar de estas cosas. Con la muerte seguimos en los dominios del pavor animal y la superstición. Es el miedo de estar aquí. Vivir es toda una aventura, ¿verdad? 


Edimburgo y la muerte

Fotografía: Alan Weir (CC).

No podían robar al cadáver, pero sí el cadáver. Bueno, permitido no estaba nada, pero solo lo primero acarreaba pena de cárcel. Y contaban con la excusa de hacerlo en nombre de la ciencia. Mentira, claro, era en el suyo propio; el desarrollo de la floreciente escuela de medicina era un efecto colateral. La cantidad de cuerpos que estudiantes y profesores universitarios precisaban no se satisfacía solo con los condenados a muerte. Y donde hay demanda, hay negocio, sin importar momento histórico ni tipo de mercancía.

Las bandas de ladrones de cuerpos proliferaban. Era una forma rápida y poco perseguida de superar ampliamente los ingresos de un obrero, sin otra aptitud requerida que andar escaso de escrúpulos. Pronto surgieron medidas defensivas, como las mortsafe. También, obviamente, de pago. Las celdas de hierro emergían del suelo del cementerio para proteger a los difuntos, que quedaban cercados a la intemperie hasta que la putrefacción los inutilizaba para la disección. El problema es que Edimburgo siempre ha sido igual de gélida, y algunos cadáveres se conservaban en las jaulas durante meses, con el consiguiente dispendio para sus parientes. El coste de preservar a hombres adultos era elevado, pero niños y mujeres (no digamos ya embarazadas), como piezas preciadas que eran en las aulas, incrementaban la tarifa. La alternativa era un mausoleo, igual o más gravoso que las celdas. Como resultado, las familias menos pudientes soportaban doble carga: luto y guardias nocturnas para que nadie se llevase a sus muertos.

Los profanadores sofisticaron sus métodos extractivos y, al igual que en tantos otros mercados posteriores, la competencia se tornó en salvajismo. Para qué esperar a que la gente se muera si podemos matarlos nosotros, pensaron. Acelerar la producción. I+D. No fue el único, pero el caso más famoso de asesinatos anatómicos llevó la firma de Burke y Hare, dos inmigrantes irlandeses que vendieron dieciséis cadáveres al reputado doctor Knox. De hecho, aún se conoce como burking acabar con la vida de alguien sin dejar rastro, generalmente por asfixia. Además del término, Burke legó un último cadáver a la ciencia: el suyo propio. Fue ahorcado públicamente y, en una ironía insuperable, puesto sobre la mesa de disección de la escuela. Faltaron pruebas para condenar a Knox como cómplice de los crímenes, pero tuvo que huir de la ciudad ante el acoso de la turba, que no entendía de exoneraciones. Tras el escándalo, la ley de acceso a cadáveres con fines médicos cambió en 1832.

El rito celta no reviste de tabú lo funerario. Al revés, integra la muerte en la vida. En el Edimburgo actual, los cementerios abundan y son lugares de paso. Parques públicos que no cierran ni de noche, y hasta acogen reuniones que dejan residuos varios al amanecer (envases y botellas, por lo general, pero los más intrépidos cubren de látex ciertas partes de su anatomía en la fría madrugada escocesa). Así, las lápidas se reparten por toda la capital. A veces aparecen de improviso, clandestinas y con caracteres hebreos. Ocurre en Sciennes House, una angosta calle alejada del recorrido turístico, y casi de cualquier otro. Allí, entre dos edificios y frente a unas humildes oficinas, tras la apariencia de insignificante jardín descuidado, se esconde un minúsculo cementerio judío conformado por un árbol y una quincena escasa de tumbas.

Pero no es necesaria tanta exploración. Ya en el mismísimo corazón de la ciudad, en la Royal Mile, hay un cementerio. Suena extraño, pero en Edimburgo estas cosas pasan. Igual que los edificios de cuatro plantas por una cara y siete por la otra. O que si excedes la unidad de medida estipulada, pues inventas la milla escocesa para tu avenida principal y te quedas tan pancho. Desde sus alturas vigilan las estatuas de Robert the Bruce y William Wallace, que franquean el acceso al imponente castillo, erigido sobre un volcán extinto y regado con sangre de batallas. En ningún otro punto de la ciudad murieron tantos. Fue fortaleza y prisión, pero en su explanada también se cometieron asesinatos de naturaleza muy diferente: la quema de brujas. Se calcula que más de doscientas mujeres fueron estranguladas y luego pasadas por la hoguera en Castlehill con la brujería como excusa. En el otro extremo de la avenida se levantó el Parlamento escocés, concluido en 2004. Si de muerte hablamos, a Enric Miralles le sobrevino la suya antes de ver terminada una obra que, dicho sea de paso, tuvo un coste final muy superior a lo presupuestado y no goza de excesivo predicamento entre los oriundos. En el paseo de punta a punta de la milla real, además de incontables closes (en escocés, callejones que conducen a viviendas), gaiteros con kilt pasando la gorra, tiendas de souvenirs y locales de restauración, aparece la estatua del desconocido poeta Robert Fergusson. Es el punto de referencia para acceder a Canongate, uno de los cementerios más antiguos de la ciudad. El homenaje corrió a cargo de otro Robert, nada menos que Burns, sorprendido por el escaso reconocimiento a un escritor que tanto le inspiró. Allí también está, entre otros, muerto y enterrado Adam Smith.

Fotografía: Mr. Evil Cheese Scientist (CC).

Basta alejarse dos minutos a pie de la Royal Mile para encontrar otro kirkyard (el patio de una kirk, como se llama en Escocia a las iglesias presbiterianas), probablemente el más famoso. Camino de Greyfriars hay otra estatua, aunque esta vez de un skye terrier. Bobby, adorado por permanecer durante años a la vera de la tumba de su dueño. Tanto, que en la entrada se recuerda su título de mejor amigo de Edimburgo, y la gente aún deja ramas y juguetes, a pesar de que fue enterrado muy lejos de allí por estar prohibido que un animal yaciese en suelo sagrado. De las posibilidades de que un perro sobreviviese dieciséis años con las condiciones de vida del siglo XIX, mejor hablamos otro día. Si la historia fue un imán turístico y alegraba el ánimo de los vecinos, qué más da si el Ayuntamiento entrenó a varios y rentables Bobbys. Aquello no era el Oeste, pero print the legend. Novelas y películas de Disney perpetúan el mito.

En Greyfriars se encuentra, aunque clausurado, el mausoleo de George Mackenzie. Reputado abogado, culto y con inquietudes literarias que le llevaron a publicar ensayos legales y políticos. De hecho, se le considera autor de la primera novela escocesa. También fue parlamentario y ministro, fundó el germen de la Librería Nacional de Escocia y, aunque recibió el título de sir, es recordado por un apelativo menos honroso. Con semejante currículum, qué canalladas tienen que perseguirte por la historia para ser conocido como Bloody Mackenzie. Fue máxima autoridad legal bajo el reinado de Carlos II, y el encargado de reprimir a los covenanters, un movimiento que allá por el siglo XVII defendía que el país debía permanecer presbiteriano. Esa idea no acabó de entusiasmar a Mackenzie que, además de sofocar por la fuerza insurrecciones donde cayeron por millares, apresó a mil doscientos en un descampado cercano a Greyfriars, ahora anexionado y también cerrado al público. Se sucedieron las ejecuciones públicas, pero también las torturas inhumanas. Paulatinamente, todos murieron, hasta el punto de que aquel periodo histórico se conoce hoy como The Killing Time. En cuanto a Mackenzie, su mausoleo es considerado uno de los lugares con mayor presencia paranormal del mundo por la alegre gente que cree en esas cosas. Las historias arrancan en 1999, cuando un vagabundo cayó por un hueco del monumento funerario y juró y perjuró que el espíritu era el culpable de sus heridas. En 2003, dos adolescentes fueron detenidos por robar su calavera y jugar con ella en extrañas circunstancias. El Ayuntamiento encargó inútiles exorcismos, así que cortaron de raíz y cerraron el mausoleo. Los testimonios de ataques fantasmales se contaban por centenares. Casualmente, todo a quince metros del acceso a la improvisada prisión donde los covenanters, en el mejor de los casos, morían de frío y de hambre.

No muerta de hambre ni de miedo, pero sí en paro y con una ayuda social de trescientos euros y escapando de malos tratos, llegó a Edimburgo la madre soltera de una hija recién nacida. Allí vivía su hermana. El siglo XX agonizaba. Recurrió al viejo truco de los que escriben ficción: consultar un listado de nombres cuando la inspiración para bautizar personajes escasea. Ella optó por la necrológica del cementerio donde paseaba, y de una lápida sacó el apellido para una profesora que aparecería en su novela. Hoy, aquella madre soltera es la autora más conocida del mundo, y amasa una fortuna que supera ampliamente los mil millones de euros, y subiendo. Pero J. K. Rowling no solo extrajo de sus caminatas por Greyfriars a McGonagall, también observaba tras el alambrado los torreones del colegio George Heriot que, curiosamente, divide a sus alumnos en cuatro casas, para las que han de sumar puntos durante todo el curso escolar. Y hay más. Del mismo cementerio sacó nada menos que la tumba de Voldemort, que, aunque recóndita, aún puede contemplarse (caminas desde la entrada hasta pasar por la puerta del muro de piedra, y todo recto a la derecha, casi al final). La escritora inglesa no se limitó al recinto funerario, sino que recopiló material en toda la capital. Tanto que se organizan visitas guiadas por los lugares que terminaron incorporándose al universo de Harry Potter y, por añadidura, al acervo cultural contemporáneo.

La muerte ronda hasta el Edimburgo que escapa a la vista. Bajo la Royal Mile se extiende Mary King’s Close, una red subterránea que otrora fuera barrio comercial habitado por vendedores y artesanos. Durante la plaga de peste que asoló la ciudad, los médicos apenas podían apilar cadáveres. Se decidió sepultar toda la zona. Sin miramientos. Quedó intacta, casi congelada en el tiempo, cubierta de una capa sobre la que se construyeron los edificios que ahora cimientan la capital y un buen puñado de leyendas fantasmagóricas. Cómo no, hoy es posible visitar las entrañas enterradas de la ciudad pagando un módico precio, y un guía intentará meterse en el papel para contarte que allí mora el alma de la pequeña Annie, que aún busca su muñeca.

A la vista, por todo el país, se levantaron los monumentos a los caídos. A veces se sitúan muy próximos, en la misma plaza o parque, paneles con los soldados escoceses que perdieron la vida en la Gran Guerra y en la Segunda Guerra Mundial. Tras ellos, como dolorosa posdata, una breve lista de los fallecidos en Kosovo, Irak o Afganistán. Y un estremecedor espacio en blanco para los nombres y apellidos de los muertos en las guerras que vendrán, aunque sus responsables ya ni siquiera se atrevan a llamarlas así, con todas las letras. En Edimburgo, en los majestuosos jardines que separan la parte vieja y nueva de la ciudad, a los pies de la National Gallery, una placa recuerda a los jóvenes locales que perdieron la vida luchando en nuestra Guerra Civil. Además, en la zona más elevada del castillo hay cuatro edificios. El de mayor altura es el monumento nacional a los caídos. Un lugar quedo, sombrío, sufragado con donaciones, donde los turistas curiosean y los compatriotas honran a sus muertos en combate, a los que todos llaman héroes.

 

Fotografía: Kim Traynor (CC).

También dentro de los límites del castillo se encuentra un cementerio peculiar, el de los perros de los soldados que allí vivieron. El de sus mascotas, se entiende. Durante las largas etapas de aislamiento, ante la imposibilidad de traslado, se reservó un terreno para que los animales recibieran sepultura. Actualmente no se permiten visitas, pero el puñado de lápidas puede verse desde la entrada de la escueta capilla de St. Margaret, donde aún se siguen oficiando bodas exclusivas, tanto por el precio como por el espacio, ya que en su interior apenas caben, apretándose hasta lo incómodo, una docena de invitados. Eso sí, pequeña pero resistente; la iglesia románica ha sabido esquivar su muerte desde el siglo XII, convirtiéndose en el edificio más antiguo que permanece en pie en toda Escocia.

En 1440, el reinado de Jacobo II (que apenas contaba diez años) se veía amenazado por el clan de los Douglas, por lo que fueron invitados a un banquete de reconciliación en el castillo de Edimburgo. En el Great Hall, para ser exactos. Acudió el conde de Douglas, de dieciséis años, y su hermano menor. Parecía una amistosa reunión de chiquillos organizada por los mayores. Diversión inocente en estado puro. Risas, comida y juegos. Tras la cena, la amenazante cadencia de un tambor. Y una última bandeja servida en la mesa. Sobre ella, una cabeza de toro zaino. La muerte misma. Tras la señal, los dos muchachos fueron arrastrados al exterior y asesinados. Sir Walter Scott resumiría el suceso en un verso: la cena negra. Pasaron los siglos y el gran salón siguió acogiendo actos, y una abertura permanecería oculta en su pared para que los gobernantes espiaran a los súbditos tras retirarse a sus aposentos. El agujero se disimulaba con telas o cuadros. Pero en 1984, la KGB (a la cárcel iban a ir a robar) pidió inutilizarlo antes de una visita de Gorbachov. Por si acaso. La anécdota soviética fue durante años el recurso más pop para adornar el relato de los guías turísticos en el Great Hall, hasta que George R. R. Martin utilizó la muerte de los Douglas como inspiración para una de las escenas más famosas de Juego de tronos. Cena negra, boda roja.

Pero en ningún lugar como en Grassmarket se amaron tanto Edimburgo y la muerte. Situada en una hondonada de la parte vieja de la ciudad, era el escenario idóneo para las ejecuciones públicas. El castillo al fondo y algún pobre desgraciado en el patíbulo. La multitud se encendía, salivaba antes de su ración de sangre. Las defunciones como espectáculo de masas. Hubo muchas, muchísimas. Tantos covenanters murieron que se les recuerda con una placa. Pero no solo ellos desfilaron por una plaza que también conoció linchamientos y asesinatos. Sin ir más lejos, Burke y Hare merodeaban la zona. Hasta anteayer, muchos la consideraban un lugar peligroso, ya que ponía rostro al alcoholismo y era frecuentada por vagabundos, que disponían de refugios para pasar la noche. Pero la gentrificación llegó para quedarse. Hoy, esos edificios son hostales para turistas y pisos de estudiantes. Si alguien busca un ejemplo cristalino de ese proceso urbano, que repase la mutación de Grassmarket en los últimos veinticinco años.

Todo ha cambiado, sí. Pero las historias permanecen. Algunas, en el rótulo de los pubs que ofrece la plaza para tomarse una pinta visualizando el patíbulo. Allí subieron a Maggie Dickson. Hay quien dice que por ocultar un embarazo (algo prohibido en la época) no deseado, pero los periódicos hablaron de un recién nacido muerto tras fugarse de un matrimonio impuesto. Sea como fuere, aquel día todo estaba preparado. La víctima, el verdugo, la gente, la saliva, el castillo en lo alto. Y ahorcaron a Maggie. Todo iba bien hasta que en el cortejo fúnebre sucedió algo insólito. Se escucharon gritos femeninos, pero todas las bocas habían callado del susto. Tuvieron que detenerse para descartar lo imposible, solo que no pudieron descartarlo. Abrieron el ataúd. La muerta estaba viva.

La primera idea fue regresar a la plaza para enmendar el fallo, pero alguien dio la voz de alarma. La condena era ir a la horca, y la señorita Dickson ya había pasado por ese trance. No se le podía aplicar dos veces la misma pena, así que tuvieron que liberarla. Siguió con su vida, aunque a partir de entonces y para siempre fue conocida por su sobrenombre: la medio ahorcada. Y las historias, claro. Los más románticos defienden que se casó con el abogado que surgió desde la muchedumbre para salvarla.

Nadie como Maggie representa la dualidad eterna de Edimburgo, la de la vida y la muerte. Un pie en cada mundo, a cada lado de la frontera. Por eso el paso del tiempo agigantó su leyenda. Incluso se dice que, tras su monumental burla al destino, decidió mudarse a Grassmarket. Y que, cada vez que la plaza acogía un ahorcamiento, abría la ventaba para gritarle al condenado. «Tranquilo, ¡no es para tanto!». Ojalá sea cierto. Tras su ejecución interrumpida, la redacción de las condenas cambió para siempre. A la horca, sí. Pero hasta la muerte.

Fotografía: Kirsty Topping (CC).


Música para morirse

El caballero y la muerte, óleo atribuido a Pedro de Camprobín (s. XVII), Sevilla, Hospital de la Caridad.

Terry Pratchett dijo que le gustaría morir con un vaso de coñac en la mano y con Thomas Tallis en el iPod. «Porque su música podría elevar, incluso a un ateo, un poco más cerca del cielo». Los teólogos habrían asentido con gusto. Pocas cosas como la belleza hacen verosímil la existencia de un Dios providente.

Las religiones han encontrado un terreno abonado para su negociado en lo de morirse; y la liturgia, que trata de hacer verosímil algo que es incomprensible, ha hecho florituras. Para este menester, los grandes compositores han desfilado uno detrás de otro componiendo misas de difuntos, porque cuando no se moría un papa lo hacía un rey. «Allí, los ríos caudales, allí los otros medianos, y más chicos». La muerte iguala, pero no los fastos; pero gracias a estos dispendios nos han llegado unos artefactos espirituales poderosísimos. Aquí recapitulo unos cuantos ejemplos singulares, porque creer durante un rato que hay una vida eterna no hace daño a nadie.

Missa Pro Defunctis Cristóbal de Morales

En 1544 Cristóbal de Morales estaba en Roma, cantando en la capilla pontificia. Por este azar, sus dos primeros libros de misas se publican en esta ciudad. Es posible, sin embargo, que el objeto de la Misa de difuntos a cinco voces fuese la memoria de Isabel de Portugal, la esposa del emperador Carlos, cuyos funerales se celebraron en San Pedro en 1539. También se conserva un Oficio de difuntos en la catedral de Puebla, del que se sospecha que pudo ser cantado a beneficio del alma del mismo Carlos I. La misa se cantó también en Toledo, en 1598, en sufragio de Felipe II. Casi nada.

La Pro defunctis es una misa polifónica de estilo severo. Sigue el texto del misal, conservando en muchos pasajes las entonaciones del Graduale, y avanza por él con solemnidad y con austeridad, sin ornamentación, desplegando poco a poco una música sutil y contundente, de una profundidad insólita, llena de serenidad y de esperanza, que hace justicia a aquella afirmación de san Pablo: la fe entra por el oído.

Requiem de guerra – Benjamin Britten

El Requiem de guerra tiene la particularidad de no haber sido escrito para un difunto, sino para el mundo o para la historia. Britten, que no pegó un tiro en su vida a pesar de vivir dos guerras mundiales, recibió el encargo de escribir la música para la consagración de la catedral de Coventry (que la Luftwaffe se había esmerado mucho en destruir). A sus compatriotas no les había sentado demasiado bien que se hubiese largado a Estados Unidos cuando había que arrimar el hombro contra los alemanes. La circunstancia le permitía, de algún modo, resarcirse. Britten mezcla en la obra dos textos dispares: el de la misa de difuntos y poemas de Wilfred Owen, quien murió en el frente pocos días antes del final de la Primera Guerra Mundial y cuyos textos están lleno de espanto y de desilusión.

La música de Britten contagia el horror y el desconcierto de la guerra. No hay ni un momento épico, ni un solo instante de heroísmo o de patriotismo. «He wars on Death – for Life; not men – for flags». Para el estreno, el compositor quiso reunir a tres solistas de las nacionalidades particularmente aludidas: inglesa (Peter Pears), alemana (Dietrich Fischer-Dieskau) y soviética (Galina Vishnévskaia), a quien las autoridades no dejaron cruzar el telón y que fue sustituida por Heather Harper. La obra reparte sus fuerzas de manera desigual: mientras que el texto latino corre de parte de la soprano, de la orquesta y de un coro de niños, los poemas de Owen los canta el tenor y el barítono junto a una orquesta de cámara. El Requiem termina con «Strange Meeting», un desolador poema de Owen en el que el un combatiente inglés se encuentra, bajo tierra, con uno alemán al que al mismo ha dado muerte. «The hopelessness. Whatever hope is yours, Was my life also; I went hunting wild After the wildest beauty in the world. […] I am the enemy you killed, my friend. I knew you in this dark; for so you frowned». Durmamos juntos ahora, se dicen, mientras el coro de niños pide a los ángeles que los lleven al Paraíso.

Cantus in Memoriam Benjamin Britten – Arvo Pärt

Arvo Pärt admiraba la obra de Britten por su «pureza inusual de su música» y le entristeció de tal modo su muerte que compuso un canto a su memoria. Formalmente es una pieza muy sencilla, como toda la música de Pärt. Es un canon en la menor donde cada repetición entra una octava por debajo y dos veces más lenta. Tres golpes de campana y comienzan los violines. Es una música de una increíble fragilidad y de una profunda tristeza, que va agolpándose hacia el final con una respiración pesada, con el tañido inflexible de la campana. «He intentado conocer a Britteh personalmente durante mucho tiempo y eso ahora ya no podrá pasar».

Requiem For My Friend –  Zbigniew Preisner

La música de las películas de Kieslowski la escribía Preisner. Tenían incluso un heterónimo barroco para firmar algunas piezas: Van den Budenmayer, un falso músico holandés del XVIII. Cuando en 1996 un ataque al corazón acabó con la vida del cineasta, su amigo le escribió un réquiem. La obra tiene dos partes claramente distinguibles: los nueve primeros movimientos siguen, vagamente, el canon de la misa de difuntos. Está escrito para soprano, órgano, dos contratenores, tenor, bajo, quinteto de cuerdas y percusión. Instantáneamente crea una atmósfera muy singular, como meditabunda; y de entre eso, de improviso, la música salta con violencia, porque aquí se está tratando un tema misterioso y tremendo.

La segunda parte también tiene nueve movimientos y está escrita para soprano, contratenor, flauta, saxofón alto, piano, orquesta y coro. Se llama «Life», en contraposición a la anterior, que se llama «Requiem». Explora, de algún modo más cinematográfico que la primera (conviene apuntar que esta es la primera obra orquestal de Preisner que no es una banda sonora) el drama de nacer, crecer y morir. Es mucho más ambiental y me parece que funciona mucho peor. Las dos partes están conectadas por la repetición de una pieza obsesiva, «Lacrimosa», que está escrita sobre un crescendo obstinado. Puestos a llorar, se llora dos veces.

Bonus Track

Como vivimos tiempos convulsos en los que se va con prisa a todas partes, lo mismo usted no encuentra el rato para sentarse a escuchar un réquiem de una sentada. ¡Ningún problema! Aquí van unas recomendaciones prêt-à-porter.

Maurice Ravel, ese hombre que compuso ese bolero tan machachón («¿Bolero? ¡Si no hay maracas!», como en aquel chiste de Les Luthiers) escribió una pieza para piano a la que tituló «Pavana para una infanta difunta» por razones estrictamente fonéticas (le gustaba la aliteración). Luego la orquestó, que es la versión más conocida. Una pavana es una danza renacentista, de ritmo muy lento, y según se ve, a Ravel le gustaba imaginarse a una infanta de las que pintó Velázquez bailando a este compás.

Una pieza particularmente divertida es la «Danza macabra» de Camille Saint-Saëns, un poema sinfónico que recrea el popular tema medieval. La muerte empieza a tocar el violín y los esqueletos se levantan de las tumbas y empiezan a bailar. Contiene además el pequeño chistecillo de usar el diabolus in musica, llamado así no porque convoque al demonio, sino porque el intervalo de quinta disminuida es muy disonante o, como se dice técnicamente, suena a rayos.

Terminemos con dignidad. Hay una piadosa costumbre que consiste en rezar el De profundis cuando se entra a un cementerio. «Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor escucha mi voz». La letra, como se ve, es poderosa. Josquin des Pres, que vivió en la segunda mitad del siglo XV, nos ha dejado esta versión hermosísima.

Morales, en la dedicatoria de su segundo libro de misas, escribe que la «la música sana los cuerpos y disminuye y aligera el alma de las tentaciones de los espíritus malos». Aunque morirse ya no es lo que era y el consuelo de una vida futura ha perdido partidarios, la música sigue intacta. No es poco.

Lista completa en Spotify:


¿Qué pintura representa mejor la muerte?

«¿Ahora viene la parte en que veo pasar toda mi vida delante de mis ojos?», «No», dijo la Muerte, «esa es la parte que acaba de terminar». Sabíamos que a la Muerte le gusta jugar al ajedrez y en Mundodisco descubrimos además que le encantan los gatos y el curry —cosa que difícilmente hubiéramos sospechado— aunque por otra parte constatamos que su aspecto es el de un esqueleto con túnica negra que porta una guadaña… precisamente porque esa es la manera en que la gente a menudo se la imagina y no quiere defraudar. Hemos heredado una larga tradición cultural en torno a la escatología, es decir, lo que vendría al final de la vida: la expiración, la resurrección, el purgatorio, el Juicio Final… Así que aprovechando estas fechas que se aproximan tan centradas en todo ello qué mejor ocasión para recordar la manera en que se ha representado la muerte. Veamos cómo la ha imaginado cada artista y ha logrado así que también los demás hagamos propias esas imágenes; voten su favorita o añadan la que deseen en los comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

_______________________________________________________________________

Cementerio de monasterio en la nieve, de Caspar David Friedrich  

(Clic para ampliar)

El 2 de noviembre será el Día de los Difuntos, el anterior el de Todos los Santos y su víspera será «All Hallows’ Eve», que ha terminado conociéndose como Halloween. Todos ellos días propicios para visitar los cementerios en recuerdo de seres queridos y este último además muy dado a la decoración y los disfraces en torno a esta imaginería religiosa y romántica. Precisamente el que tal vez sea el pintor más característico del romanticismo era muy aficionado a estos lugares santos, como en Entrada del cementerio y Puerta del cementerio. Le gustaban particularmente si estaban nevados y en estado de abandono para reforzar su apariencia desangelada, como en Puerta abandonada de cementerio en invierno, Cementerio en la nieve o en la que vemos sobre estas líneas. En ella representó la Iglesia de San Jacobo de Greifswald como si estuviera en ruinas, rodeada de árboles desnudos, tumbas desperdigadas y una procesión de monjes que cruzan los restos de una puerta en el centro como forma de simbolizar su paso al más allá. Lamentablemente el cuadro estaba conservado en la Galería Nacional de Berlín cuando fue bombardeada en 1945, así que todo lo que nos ha quedado es una fotografía en blanco y negro.

_______________________________________________________________________

El triunfo de la Muerte, de Pieter Bruegel el Viejo

(Clic para ampliar)

En el palacio italiano de Abatellis puede contemplarse un fresco del siglo XV de autor anónimo en el que un esqueleto montado a caballo irrumpe causando pavor en lo que parece una fiesta en un jardín. Junto con El jardín de las delicias del Bosco fue la principal inspiración para Bruegel en este apocalipsis zombi, de hecho vemos en el centro mismo del cuadro a otro esqueleto a caballo ahora armado con una guadaña (el cliché de la Muerte ya va perfilándose…). El resto de escenas son igual de pavorosas: ese ejército de muertos resucitados arremete con espadas y hachas contra una multitud de mortales que huyendo en estampida caen en sus trampas, como la que vemos en la parte derecha con una compuerta que pronto se cerrará, mientras que abajo a la derecha una pareja intenta evadirse tocando música, aunque otro esqueleto está detrás de ellos tocando el violín sin quitarles ojo (o cuenca vacía) y suponemos que tramando algo. La obra se exhibe en el Museo del Prado.

_______________________________________________________________________

El Juicio Final, de Jan van Eyck

 

(Clic para ampliar)

La primera vez que Jesús vino al mundo predicó el amor y con su crucifixión expió nuestros pecados, pero en su segunda venida el sol se oscurecerá, las estrellas caerán del cielo y será el rechinar de dientes. O eso dicen. Jan van Eyck representó en un díptico ambas escenas, aunque la que ahora nos interesa es la de la derecha. El Día de los Difuntos consiste precisamente en recordar a aquellos que han fallecido pero se encuentran en la sala de espera del purgatorio, aquí vemos en el centro de la imagen a algunos esperando a ser juzgados. De manera que unos irán al cielo y otros (entre los que se incluyen clérigos y reyes) bajo la mirada del arcángel san Miguel y de una representación de la Muerte (de nuevo un esqueleto) caerán en el infierno de abajo, donde espantosos demonios los desmembrarán y devorarán. Merece la pena ver aquí en detalle esos tormentos.

_______________________________________________________________________

Danza macabra, de Bernt Notke

(Clic para ampliar)

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Seguramente la mayoría recordará del colegio estos versos de Jorge Manrique, un poeta que nació el mismo año, 1440, que el que generalmente se suele atribuir a Bernt Notke, un pintor que lograría plasmar en imágenes esa misma idea. Al fin y al cabo era un tópico de la época, la llamada «Danza de la muerte», que recordaba a todos los humanos su mortalidad sin importar su rango. Cabe imaginar que para las clases inferiores supondría un regodeo íntimo pensar que todos esos pomposos reyes u obispos que vivían a su costa acabarían mordiendo el polvo. Nada nos iguala más, haciendo caer hasta al más poderoso de su pedestal, como Homer cuando señalaba certeramente que si alguien estaba muerto entonces tan listo no sería.

_______________________________________________________________________

San Francisco de Borja y el moribundo impenitente, de Goya

(Clic para ampliar)

Además de igualador social, la conciencia de la muerte (memento mori) servía también de brújula moral. Si tanto el rico como el pobre morían, también el justo y el pecador, pero tras la muerte el destino de ambos sería muy diferente. Por otra parte, no solo era preciso llevar una vida virtuosa para ganarse el cielo. La agonía final se consideraba un momento crucial, pues junto al lecho de muerte se congregarían ángeles y demonios para disputarse esa alma que procedía a abandonar el cuerpo, era la última tentación del diablo. Por eso en el siglo XV se popularizó un libro de autoayuda titulado El arte de morir con el que estar preparado para el trance y del que ya hablamos aquí. Este cuadro de Goya encargado por la duquesa de Osuna conseguía representar mediante una llamativa imagen la lucha entre el bien y el mal que tenía lugar durante los estertores.

_______________________________________________________________________

Bodegón Vanitas, de Pieter Claesz

(Clic para ampliar)

Los bodegones o naturalezas muertas no han estado tradicionalmente entre los géneros de la pintura más valorados, aunque también merecen atención. Dentro de ellos destacan los denominados «Vanitas», alegorías en torno al concepto ya mencionado de memento mori. A menudo en ellos se ha representado un reloj de arena como símbolo de la fugacidad del tiempo, y también con frecuencia se han añadido calaveras para recordarnos lo poco que quedará de nosotros. En este género por otra parte no podemos dejar de mencionar la que tal vez fuera la primera campaña antitabaco de la historia, a cargo de van Gogh.

_______________________________________________________________________

Las Edades y la Muerte, de Hans Baldung

(Clic para ampliar)

De nuevo tenemos aquí un recordatorio sobre la vejez y la muerte, de manera que la muchacha es sujetada por la anciana, que a su vez es agarrada por la muerte, en cuya mano sostiene un reloj de arena y una lanza rota. A sus pies un extraño niño sin cuello y una lechuza, tradicional símbolo de sabiduría (por eso están tan presentes en el mundo de Harry Poter) que mira al espectador esperando que capte la enseñanza. A sus espaldas un árbol seco y un castillo derruido con figuras que parecen estar combatiendo. Todo es desolación… un momento, todo no, a lo lejos vuela un Cristo crucificado como un cohete directo hacia el cielo. La única esperanza en un mundo violento y putrefacto, parece decirnos el autor. La obra forma parte de la colección del Museo del Prado.

 _______________________________________________________________________

La fragilidad humana, de Salvator Rosa

 

(Clic para ampliar)

Una plaga que asoló Nápoles en 1655 se cobró la vida de buena parte de la familia, incluido un hijo, de este pintor, comediante, poeta y músico. Del mazazo anímico que eso supuso para un hombre tan rebosante de energía dan la medida unas líneas de la carta que le escribió a un amigo: «En estos tiempos el cielo me ha golpeado de tal manera que me ha mostrado que todos los remedios humanos son inútiles y el menor dolor que siento es cuando te digo que estoy llorando mientras te escribo». Un año después concluiría este cuadro, en el que se representa a la muerte como un esqueleto alado en el acto de arrebatar un niño del regazo de su madre. Ese niño era Rosalvo, su hijo perdido, que escribe en el papel: «La concepción es pecado, el nacimiento dolor, la vida esfuerzo, la muerte inevitable». Una lechuza, abajo a la derecha, nos observa esperando que hayamos aprendido la lección.

_______________________________________________________________________

La muerte en un caballo pálido, de Gustave Doré

(Clic para ampliar)

En este caso no estamos ante un cuadro, pero siendo obra del mayor ilustrador que ha existido merece incluirse. La Biblia fue uno de los muchos libros a los que puso imágenes, esta en concreto corresponde a Apocalipsis 6, 7-8: «Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente, que decía: Ven y mira. Miré, y he aquí un caballo pálido, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el infierno le seguía. Y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra». La Muerte era el cuarto Jinete del Apocalipsis, y aunque no es descrito con una guadaña ya desde la Edad Media era común representarla así.

_______________________________________________________________________

Sueño y su hermanastro Muerte, de John William Waterhouse

(Clic para ampliar)

No todo van a ser esqueletos y referencias bíblicas así que aquí tenemos un cambio de tercio. De acuerdo a la mitología griega y a diferencia del título del cuadro, Hipnos y Tánatos eran dos hermanos gemelos, el primero el dios del sueño —aunque no era durmiendo como se pasaba el día, pues llegó a tener mil hijos— y el segundo era el dios de la muerte no violenta. Waterhouse tuvo dos hermanos pequeños que murieron de tuberculosis, de manera que este fue el particular recuerdo que les dedicó.

_______________________________________________________________________

La muerte y la doncella, de Marianne Stokes

(Clic para ampliar)

«La muerte y la doncella» es un icono cultural recurrente en el arte, la literatura y el cine cuyo origen puede rastrearse como en el caso anterior remontándonos hasta la mitología griega, con la doncella Perséfone raptada por Hades para convertirse en la reina del inframundo. El previamente mencionado Hans Baldung pintó su versión en el siglo XVI, a la que tiempo después Egon Schiele acompañó con esta e incluso ha habido al respecto un cómic de Batman. Pero de todas ellas la más elegante es esta con una dama negra de grandes alas que porta no una guadaña sino un candil.

_______________________________________________________________________

Jardín de La Muerte, de Hugo Simberg  

 

(Clic para ampliar)

A finales del siglo XIX este simbolista finlandés nos mostró que la Muerte también tenía su corazoncito. Ahí la vemos cuidando de un jardín con esmero para que arraigue la vida en él, tan mala no será entonces.

_______________________________________________________________________

Día de Todos los Santos, de Emile Friant

(Clic para ampliar)

Este pintor francés nacido en 1863 tenía un asombroso talento para retratar escenas y personajes. La procesión que recrea de riguroso negro del primero de noviembre es de un detallismo excepcional. Merece la pena mencionar también dentro de esta temática el entierro de El dolor.

 _______________________________________________________________________

Muerte y vida, de Gustav Klimt

(Clic para ampliar)

Concluimos con esta obra de 1915 que escenifica a un lado la vida como calidez y protección de unos a otros y al otro la Muerte acechando envidiosa, tal vez escogiendo a su próxima víctima. Fue uno de los últimos cuadros del autor, que murió tres años después.

_______________________________________________________________________


Estas son mis últimas palabras

Junto al lecho de muerte, Edvard Munch, 1893. Imagen: Museo Munch (DP).

«Un bel morir tutta una vita onora», escribió Petrarca y aun así es una majadería. Es curioso: hay muchas expectativas puestas en la muerte. Existe, supongo, una justificación literaria: si nos figuramos la vida como un relato (que la metáfora sea manida no la hace menos cierta), hay que poner cuidado en el desenlace. Todo debe tener un toque grandilocuente. Terminar en alto, que se dice. Lo sabía hasta aquel militar cretino de Senderos de gloria: «Sus hombres han muerto muy bien».

Hubo un tiempo, cuando todo simbolizaba algo, en que la buena muerte era un síntoma de bienaventuranza. Si uno recuerda, Manrique escribe que su padre («Aquel de buenos abrigos, amado por virtuoso de la gente, el maestre don Rodrigo Manrique, tan famoso y tan valiente») muere con gallardía («Vuestro corazón de acero muestre su esfuerzo famoso en este trago»), cuerdo («Todos sentidos humanos conservados») y rodeado de los suyos («Cercado de su mujer, de sus hijos, hermanos y criados»). Ahora, un crápula: al final del Don Giovanni, cuando el seductor acaba de ser arrastrado a los infiernos por el fantasma del Comendador (conste que al padre de Manrique la muerte casi le pide perdón), el grupito de damnificados que lo estaba persiguiendo canta, la mar de feliz, l’antichissima canzon: «Este es el fin del que obra mal; y, de los pérfidos, la muerte siempre es igual a la vida».

Mucho del encanto de morirse se ha quedado demodé: aquellas grandes misas (la anécdota de que el emperador Carlos escogía personalmente a los cantores de Yuste para sus exequias es apócrifa, pero ojalá no lo fuese), el miserere, los lutos. La sospecha de que el alma puede no ser inmortal tiene todo tipo de inconvenientes. Ha perdurado la costumbre más profana: las últimas palabras. Genio y figura hasta la sepultura. Total, si Dios no existe, al menos que te recuerden en un sobrecito de azúcar. La frase contundente goza de muy buena salud en nuestros días: hace tiempo que no leo en los culturales sobre algún nuevo tratado more geometrico demonstrato, pero sí tengo noticias de una enormidad de breves apuntes. ¡Otra ventaja!: son fáciles de memorizar. «¡Luz, más luz!», «Aplaudid amigos, la comedia ha terminado», etc. Sabiéndote tres o cuatro puedes pasar por culto.

Esperar que un moribundo sea ingenioso puede conducir a terribles decepciones. Se me ocurre, así de primeras, una dificultad fisiológica. Yo estoy escribiendo este texto con un poco de fiebre y tiritera, y no me siento particularmente perspicaz. No sé cómo es morirse, porque no me he muerto nunca (a efectos literarios sería muy ventajoso. Escribes «Yo me morí una vez» y es muy difícil que ese texto no gane un Pulitzer), pero no encuentro ningún argumento médico que justifique esta idea. También hay una complicación cronológica: imagine a un moribundo solemne, bien aposentado en cama, hablando trabajosamente pero con gravedad, explicando a sus nietos el sentido de la vida. Y ahora suponga que en un momento concreto dice algo tan sumamente genial, algo de una sabiduría tan concentrada que no puede ser mejorado. ¿Qué hacer? Sería muy desconcertante que el agonizante se callase entonces. Imaginen al señor apretando fuerte los labios y negando violentamente con la cabeza, mientras sus allegados intentan averiguar qué pasa. Pero ¡aún hay una opción más ridícula! Conjeturemos por un momento que uno de los asistentes a la agonía (un hijo, por ejemplo) gritase con un ímpetu inesperado: «Papá, ¡calla!». Debería hacerlo, además, con precisión y con contundencia: si el viejo dice «¿Qué?», todo se va a hacer gárgaras.

Y me malicio otros muchos problemas: una frase a medio decir, algo absolutamente absurdo, algo tremendamente inapropiado (imagínese, no sé, a un papa muriéndose y diciendo barbaridades antisemitas), un balbuceo ininteligible. Pero no nos engañemos: despedirse con alguna genialidad es un derecho que debe ser previamente adquirido. O eres famoso antes o te vas al hoyo como un buen hijo de vecino y en veinte años nadie se acuerda de ti. Este es otro de los fracasos de que ya no se crea en la resurrección del alma. Puestos a resucitar, vuelve en cuerpo glorioso un dramaturgo, un virrey del Perú y un lechero; pero si uno consulta un diccionario de citas célebres (creo que siguen existiendo), nunca reza «Manolo Pérez, vecino del quinto». En buena medida, una última frase gloriosa es un colofón a una vida ya bastante interesante. Y una vida interesante es aquella cuyas minucias interesan al respetable. Como se ve, es un circuito que gusta de realimentarse.

Liberémonos de este embeleco: casi todos estos discursitos son una sandez. Nos embauca el protocolo de la muerte. Cualquier cosa que diga un moribundo adquiere un tono sagrado, una gravedad espectral de lo más absurda. Uno de mis ejemplos favoritos es el de las últimas voluntades: ¿qué más darán? Rápidamente nos disponemos a cumplir con exactitud los deseos del cadáver, al que, posiblemente, cuando estaba vivo y necesitaba cosas, porque tenía previsto seguirlo estando, no le hacíamos ningún caso. No se les discute: ¿que quiere que lo entierren al ritmo de «La gozadera»? Pues se le entierra. «Es lo que él quería», y chimpún.

Seamos sinceros y asumamos que todo es parte de una teatralización. Y metidos en estas harinas, creo que lo mejor es hacerlo con profesionalidad. Quizás contratar a un organizador de eventos para que le dispongan a uno el deceso pueda parecer excesivo, pero algo hay que apañar. En realidad (seguimos con la metaforita del relato), los hechos puntuales de la muerte son los menos relevantes. Una mínima idea del decoro nos recomienda que queden en la más estricta intimidad. Pero es conveniente, si usted ya es famosillo y tiene interés por su recuerdo, que instruya a sus dolientes sobre la historia que deben contar. Lo clásico nunca falla: una muerte a lo Luis XIV, ahorrándose la gangrena, rodeado de oropeles y de allegados. Morirse pacíficamente tiene aún buena prensa, porque nos consuela imaginar que también podemos morir así, no entre la brutalidad y las agitaciones de alguna enfermedad feroz, rodeados de goteros y de extraños compañeros de cama. Pero esto es solo una recomendación: si usted prefiere que cuenten que estaba haciendo el pino puente a mí me parece bien. Vayamos al speech. La premeditación en estos asuntos ha estado tradicionalmente reservada al epitafio. De hecho, en este género se penaliza la ocurrencia. Se suele citar siempre el de Huidobro («Abrid la tumba. Al fondo de esta tumba se ve el mar»); yo prefiero el que la viuda de Vallejo le dejó cuando consiguió enterrarlo en París («He nevado tanto para que duermas»). Como se ve, lo consigne uno o se le ocurra a otro, todo está muy medido. Se entiende que es una declaración de intenciones para la posteridad. En el caso de las últimas palabras, hay más materia de anecdotario: debe parecer espontáneo. Tienen algo de esos programas de televisión baratos en los que una cámara entra en la habitación de un tipo, que está medidamente colocado en una butaca, leyendo, y levanta los ojos diciendo «Ah, hola, estáis aquí». Siempre pienso que es una suerte que sea un comando de televisión y no de atracadores paramilitares. Lo idóneo es que sea breve, profundo y recordable, pero, sobre todo (insisto), tiene que ser creíble. Puestos a planificar, no olvide incluir algún toque de demencia o de desconcierto: demasiada coherencia hará recelar a la audiencia. Para refuerzo de esta campaña por la planificación que estoy haciendo, les confesaré que el mejor ejemplo que se me viene a la cabeza es el de un personaje de ficción: «He soñado que era viejo».

Espero con este texto contribuir a la riqueza nacional generando un nuevo puesto de empleo: organizador de decesos. Se me ocurre una campaña exitosísima: «Disfrute de su día especial, muérase como siempre ha soñado». La ficción volvería a ser rentable: los escritores por fin tendrían trabajo.


Pánico a una muerte ridícula

Imagen: HBO.
Imagen: HBO.

Palmarla a lo tonto es degradante:
se ríe hasta el juez que levanta el cadáver.
Muecas y bromas en el velatorio
y luego un entierro bochornoso.
Nacer, crecer y reproducirse
para luego al morir ser motivo de chiste.
(Def Con Dos, «Pánico a una muerte ridícula»)

A principios de abril de 2015 un vecino del pueblo argentino de San José de Balcarce encontró el cadáver de José Alberto, un agricultor local de cincuenta y ocho años, desnudo y abrazado a un espantapájaros al que había añadido un tubo de plástico como simulacro vaginal. Así llegó el pobre hombre a la efímera fama de la viralidad internáutica, con centenares de diarios online titulando con alguna variante de: «campesino fallece al fornicar con un espantapájaros». Nacer, crecer y reproducirse para luego al morir ser motivo de clickbait. Entre bromas, sarcasmos y chistes, algunos medios incluyeron un detalle de los que causan cierta tristeza: al espantapájaros le habían pintado una boca femenina con lápiz de labios.

Reírse de la muerte ajena lleva asociado un miedo inevitable: que te ocurra lo mismo a ti. No necesariamente lo del espantapájaros, pero tal vez sí morir en circunstancias ridículas o vergonzosas. Suicidarte por problemas económicos sin saber que esa misma mañana te ha tocado la lotería, o caer por un barranco al tratar de hacerte un selfie. Pasarlo tan mal como el pobre Ed Wood en la batalla de Guadalcanal, durante la que su mayor miedo fue caer herido o morir en el frente y que descubrieran en el hospital que llevaba puesta ropa interior femenina. Por su parte, George Clooney recuerda así el terremoto de Northridge de 1994: «Max, mi cerdo mascota, me despertó en la cama gruñendo, y enseguida me di cuenta de que todo se derrumbaba. Así que salí corriendo desnudo del dormitorio, con Max siguiéndome, y me topé con un amigo que dormía en la habitación de invitados y había salido desnudo llevando una pistola en la mano, al creer que todo ese ruido era porque alguien había entrado a robar. Y en ese momento lo único que me pasó por la cabeza es que si moría entonces todo el mundo iba a pensar cosas raras: dos hombres desnudos, un cerdo y una pistola…».

No es fácil escapar al miedo universal y un tanto estúpido a que no se rían de uno ni siquiera después de muerto: interviene ahí la vergüenza como emoción destinada a protegerse ante el rechazo social… Rezar por no ir a parar a urgencias con los calzoncillos agujereados o las bragas sucias, según ese tradicional consejo de abuela: «lleva siempre bragas limpias por si te tienen que llevar a un hospital, que los médicos vean que eres aseada». La vergüenza es, al fin y al cabo, un método para mantener bajo control el cauce de lo socialmente aceptado. Dice en sus espectáculos el payaso Leo Bassi, generalmente después de un gag divertido, estúpido y sorprendente, que la única manera de evitar que te controlen es ser siempre impredecible. Pero el moralismo social requiere que quien haga algo imprudente o se salga de la norma por cualquier motivo reciba un castigo repentino y preferiblemente definitivo. Algo habrá hecho el muerto para recibir esa recompensa… Y quien muere ridículamente se lo merece por ridículo.

El ejemplo más evidente de este modo de pensar lo vemos en un programa de televisión estadounidense de Spike TV emitido aquí por Xplora: 1000 maneras de morir. En cada episodio se comentan siete muertes extrañas o sorprendentes, recreadas por pésimos actores y acompañadas por gráficos 3D al estilo CSI, con declaraciones de supuestos científicos. Al principio las historias se basaban libremente en sucesos reales, pero los guionistas no tardaron en echar mano de leyendas urbanas o directamente de su retorcida imaginación para inventar muertes cada vez más caricaturescas («¿y si hacemos que un tío se trague sin querer dos imanes y le destrocen el intestino al tratar de unirse?»).

La voz en off del narrador resulta a menudo literalmente repulsiva. Quizá para que el espectador no se sienta culpable de su vouyerístico vistazo a la muerte, las víctimas de esta serie de catastróficas desdichas reciben calificativos como «imbécil», «tarado» o directamente «basura humana». Se les reduce a estereotipos (el ladrón, el fumeta, la stripper), y las desgracias que les ocurren se presentan de un modo totalmente carente de compasión o de la más mínima empatía. Riámonos de su muerte merecida… Y no es que me moleste el humor negro, que es en muchos sentidos la cumbre del humor y el principal motivo de su existencia: ¿de qué sirve reír si no te puedes chotear de la muerte en su cara? El problema de 1000 maneras de morir es el subtexto de justo castigo, la moralina barata, la autosatisfacción complaciente del justo ante los pecadores. ¿Unos adolescentes molestan al vecindario haciendo ruido con sus motos tuneadas? Me río a carcajadas cuando a uno le revienta el motor y muere con los testículos en llamas. Ese imbécil merecía morir, aunque sea por cometer un delito que jamás se nos ocurriría castigar con la pena capital.

Eso cuando al programa no le da por meterse en jardines raciales («entonces el chicano apuñaló al negrata») o palmariamente machistas. Un ejemplo cualquiera sería la muerte 509, bautizada como Pebble Bitched, traducido como «zorra lapidada». Imaginemos una fiesta redneck en una cantera, donde dos hermanos se pelean por las atenciones de una chica llamada Lula Mae (cito literalmente del episodio: «una calientapelotas que juega con los palurdos como con un banjo barato»). La mujer organiza un juego de tirar de la cuerda con las dos camionetas de los hermanos, ofreciéndose ella como premio. Pero ay, al arrancar las camionetas con toda su fuerza, los neumáticos arrojan grava y piedras contra ella matándola al instante. El narrador medita ante el cadáver ensangrentado: «Lula Mae intentó enfrentar a hermano contra hermano…».

No quiero implicar con todo esto que las muertes extrañas no tengan su legítimo poder de atracción. Al contrario, las encuentro fascinantes: si dejamos de lado la vergüenza social y la propensión a ver una moraleja en cada esquina, examinar las muertes idiotas con una sonrisa torcida nos permite darnos cuenta, por ejemplo, de cómo a menudo llevamos en nosotros mismos las semillas de nuestra destrucción. El burgomaestre de Braunau, conocido en el siglo XVI por ser el orgulloso poseedor de la barba más larga del mundo (medía más de un metro y medio) tuvo que escapar precipitadamente de un incendio. Desgraciadamente, tropezó con su propia barba y cayó al suelo rompiéndose el cuello: he aquí una cautionary tale que podría serle útil a algún barbudo lumbersexual de hoy en día.

Creerse invencible es una receta segura para llamar al desastre, porque se sabe que la Muerte no se puede resistir al sarcasmo. Durante la batalla de Spotsylvania de la Guerra de Secesión estadounidense, el general John Sedgwick se mantuvo de pie en la línea del frente mientras a su alrededor silbaban las balas enemigas. Un soldado le aconsejó que se agachara, a lo que el general contestó algo como «agáchese usted si quiere, pero esos francotiradores no podrían darle ni a un elefante a esa distancia». Segundos más tarde, cayó fulminado por un certero balazo en la cabeza. ¿Viene de estos chistes cósmico-kármicos la superstición, tan propia de la mitología griega, de que vanagloriarse y caer en la hubris atrae la furia de los dioses? En 1985, los socorristas de Nueva Orleans organizaron una fiesta para celebrar que en un año entero no se había ahogado nadie bajo su vigilancia… Y durante esa fiesta murió ahogado un invitado en la piscina, a pesar de estar rodeado de más de cien socorristas.

Hay muertes absurdas que se presentan tradicionalmente como venganzas de la naturaleza, en particular cuando un zoófilo se encuentra con problemas técnicos imprevistos. El caso más famoso es el del orensano que logró en 1990 una cierta inmortalidad chusca al ser aplastado desnudo bajo una roca junto a cierto animal… Como cantaron Def Con Dos: «Pasión que aplasta una roca asesina / Todos se ríen porque adivinan / qué hacía el difunto con una gallina». A veces el miedo al rechazo social acaba resultando mortal: un estadounidense llamado Kenneth Pinyan sufrió un desgarro tras intentar que le penetrara un caballo semental. Acudir inmediatamente al hospital hubiera salvado su vida, pero el miedo a la reacción de los médicos le mantuvo en casa hasta contraer una peritonitis aguda.

Es liberador deshacerse del pánico a una muerte ridícula. No faltan ocasiones para que la Señora de la Guadaña me pille en circunstancias socialmente embarazosas, y probablemente a los diez minutos de mi muerte habría ya chistes al respecto en Twitter, pero en fin, qué más dará. Prefiero mil veces una muerte absurda a una muerte épica. Siempre hay que desconfiar de los narcisistas que prefieren las muertes gloriosas, desde el general que ordena una carga de caballería innecesaria hasta el copiloto de avión que orquesta un suicidio espectacular. Si el destino ha dispuesto que mueras, nada de lo que hagas podrá evitarlo: en los cuentos clásicos de profecías autocumplidas, como el persa Cita en Samarcanda que reconstruyó Cortázar, son los intentos para esquivar una muerte inevitable los que la acaban provocando.

Cuenta Plinio que al dramaturgo Esquilo le fue profetizado que moriría cuando le cayera un objeto duro en la cabeza. Para evitar esa muerte pasó cada vez más tiempo al aire libre… hasta que un pájaro quebrantahuesos confundió su calva con una roca y le arrojó encima una tortuga, para romper su caparazón y poder comérsela. Una muerte tan absurda que se ganó un par de capítulos de dos novelas de Terry Pratchett, Dioses menores y Pirómides. Y es que a veces parece que la propia Muerte no solo venga sin avisar sino además riéndose en tu cara. En una escena surreal digna de los Monty Python, el campesino brasileño Joao Maria de Souza murió mientras dormía, aplastado por una vaca que atravesó su tejado tras caer por la ladera de una montaña.

No merece la pena tratar de esquivar la muerte, cuánto mejor estar sencillamente receptivo a lo que le toque a uno en suerte, por extraño que sea. A veces una muerte increíble impuesta por el destino acaba sirviendo a algún propósito. En 1871, el abogado Clement Vallandigham fue contratado para defender a un hombre acusado de asesinato durante una pelea de bar. Su estrategia de defensa fue afirmar que la víctima se había disparado a sí misma por accidente al desenfundar su arma mientras se ponía de pie. Para convencer al jurado de que ese escenario era posible, Clement reprodujo las circunstancias de la muerte con lo que él creía que era un revólver descargado, pero al que aún le quedaba una bala. Y al desenfundar mientras se levantaba, el abogado se disparó accidentalmente, muriendo de su herida poco después. El acusado fue naturalmente absuelto, al haber quedado probada la tesis de la defensa…

Acceder a la inmortalidad del recuerdo y ganarse un puesto en el inconsciente colectivo es una cuestión complicada. Puedes lograrlo componiendo una sinfonía cuyo eco resuene durante generaciones, convirtiéndote en un benefactor universal o bien optando por la destrucción masiva: para que nadie olvidase nunca su nombre, el pastor Eróstrato le prendió fuego al templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo. Hay otra forma menos estresante de conseguir que tu nombre aparezca en la Wikipedia de hoy o la Enciclopedia Galáctica del mañana: muriendo de forma estúpida sin dejar descendencia y ganando un premio Darwin.

Se ha hablado mucho y a menudo de los premios Darwin, así que no me extenderé demasiado sobre ellos más que para recordar que se conceden a quienes mueren o quedan estériles debido a algún acto increíblemente estúpido, imprudente o ridículo. La broma viene de que al morir sacan los genes de la estupidez del reservorio genético mundial (la genética no funciona así, pero qué más da). Los premios tienen ciertas salvaguardas éticas para que no parezcan salidos del foro /b/ de 4chan y sean mínimamente presentables al público: no se pueden conceder a menores de edad o discapacitados intelectuales, ni pueden sufrir daño terceras personas. La web que recoge los premios, mantenida por la escritora Wendy Northcutt, es un repositorio inacabable de historias espectaculares, ridículas o absurdas.

Y ahí está tal vez el último eslabón que debería hacernos perder el miedo a morir estúpidamente: saber que de nuestra muerte podría salir una buena historia. Leímos hace unos meses que un hombre murió en el cementerio aplastado accidentalmente por la lápida de su suegra: ¿cómo no sacar de ahí un argumento cojonudo para una peli de terror o un guion de Woody Allen? O dicho de otra manera algo más retorcida: ¿es posible darle a la muerte una narrativa? ¿Puede dotarse así de sentido algo que esencialmente no lo tiene?

Un suicidio es siempre un interrogante para los que quedan atrás, y no es sencillo encontrarle sentido. Un personaje de El grito silencioso, del nobel Kenzaburō Ōe, se ahorca con la cara pintada de bermellón y un pepino metido por el culo, dejando al protagonista desconcertado durante años. Es inevitable preguntarse a veces, de modo algo inquietante, cuántas de las muertes ridículas de las que hablamos son en realidad suicidios tenuemente disfrazados. El joven coreano Lee Seung Sop murió de un paro cardíaco tras jugar cincuenta horas seguidas en un café internet al videojuego StarCraft: ¿cómo no pensar que en algún momento de su odisea supo que estaba asomándose a un abismo? ¿Fue consciente de que estaba llevando a cabo el equivalente gamer al suicidio alcohólico de Leaving Las Vegas?

Morir haciendo lo que más quieres, por idiota que pueda parecer desde fuera, es una manera de poetizar la muerte. Li Po fue uno de los mayores poetas chinos de la historia, además de un insigne borrachín cuyos versos al vino podrían ser obra de un sacerdote dionisíaco. Compuso también muchos versos dedicados a la Luna, como «serás mi inmortal amiga / nos veremos a menudo a través de la Vía Láctea». No se sabe muy bien cuál fue la causa de su muerte, pero en cualquier caso la leyenda que nació sobre sus últimos momentos me parece fantástica, digna de un lugar en cualquier antología de muertes notables. Pasando la noche en una barca en medio de un lago, Li Po se inclinó sobre la borda y se quedó embobado contemplando el reflejo de la Luna sobre las aguas. Al cabo de un rato, con una sonrisa en los labios, se abalanzó contra esa Luna acogedora para abrazarla, y murió ahogado en las heladas aguas. ¿Cómo tenerle pánico a una muerte como esa?

Imagen: DP.
Imagen: DP.


La muerte os sienta tan bien

La ciudad de los niños perdidos. Imagen: Sony Pictures.
La ciudad de los niños perdidos. Imagen: Sony Pictures.

Exceptuando Twitter y cualquier tipo de apocalipsis zombi, la gente por lo general acostumbra a morirse una vez en la vida. Y, en la mayor parte de las ocasiones, el protagonista de dicho tránsito suele afrontar la situación a regañadientes al sospechar que a lo mejor podría estar haciendo otras cosas más importantes, como por ejemplo no morirse. En la práctica, y dejando a un lado religiones con especial interés en tener una prórroga desde un punto de vista animal, tan solo existe un tipo de trabajo que permita el replay tras el último suspiro y este es el que se realiza sobre las tablas y frente a las cámaras. La actriz y el actor pueden compensar todo lo malo que tiene esa profesión (horarios bohemios, orgías sin compromiso, riadas de alcohol y sacos de droga) con la posibilidad liberadora de meterse en la piel de otros y, sobre todo, de morir siendo otros. Morirse siempre ha dado mucho juego: pronunciar las palabras exactas pero reservar el aliento definitivo para poner un punto y aparte en medio de la frase si se quiere generar misterio, o al final de la misma si se prefiere subrayar la rotundidad, caer al vacío boca arriba extendiendo la mano y lanzando un grito que las alturas apagan, soltar palomitas a volar mientras se recitan monólogos sobre raves locas en la galaxia de al lado o diñarla pulsando el botón de autodestrucción, que toda instalación secreta tiene sorprendentemente muy a la vista, activando una cuenta atrás anunciada claramente por megafonía. La muerte fílmica en el fondo también es hermosa por romántica e infantil, y por su absurdo clasismo: los anónimos sherpas que ejercen de extras se despeñan por barrancos y los sicarios fenecen sin que nadie se acuerde de ellos, mientras el villano principal goza de una despedida pomposa y los coprotagonistas tienen su propio tema de la banda sonora acompañando el deceso e invocando a las lágrimas.

Morir en una pantalla grande es divertido, hay infinitas formas de hacerlo. Aquí debajo diez de ellas se repeinan para presentarse en sociedad. Y todas llevan en la frente la palabra SPOILER escrita con más o menos tinta.

Morir troleando – L. A. Confidential

La cara de trol, el rostro de internet que representa la sorna moderna, una mueca burlesca toscamente dibujada con el mismo tono del slang gráfico que habla la red. Trolear hoy en día ya no tiene que ver con vivir bajo un puente y proponer acertijos a los que no quieren mojarse las botas cruzando el río, sino con la solemne y respetable disciplina de tocar los cojones.

L. A. Confidential. Imagen: Warner Bros.
L. A. Confidential. Imagen: Warner Bros.

L. A. Confidential nació en el papel bajo la pluma de James Ellroy y fue adaptada al cine por parte de Brian Helgeland y Curtis Hanson, siendo este último el encargado de orquestarlo todo tras la cámara. La película resultó una joya y, a pesar de entrar en la gala de los Óscar con una colección de nominaciones, salió de allí muy ligera, porque a James Cameron se le había ocurrido llevar la cámara a un crucero. Aun así Kim Basinger se llevó el Óscar a la mejor actriz de reparto, mientras Helgeland y Hanson recogían otro concedido a su adaptación del guion, un reconocimiento más que merecido: convertir un libro tan complejo en una película sin traicionar su esencia les había fundido muchas neuronas y supuesto demasiadas jornadas de trabajo frente a una mesa con un croquis inmenso de cartas, con las tramas y eventos principales de la historia, que utilizaban de mapa para moldear el guion del film. En realidad, durante la preproducción nadie confiaba en aquellos dos escritores —Helgeland venía de redactar Pesadilla en Elm Street 4 y lo último que había escrito Hanson lo había hecho diez años atrás—, pero ambos tomaron una vía arriesgada en la adaptación resituándolo todo, eliminando bastantes cosas e inventando otras cuantas. Y, finalmente, la que quizá sea la mejor escena de la película, y una de las mejores muertes en pantalla de la historia del cine, sería una de aquellas escenas inventadas que no formaban parte del libro original. De hecho, las páginas de la novela ni siquiera mencionaban al personaje clave de dicha secuencia, alguien que incluso dentro de la película es una invención: Rollo Tomasi.

Jack Vincennes (Kevin Spacey) charla en la cocina del capitán de policía Dudley Smith (James Cromwell) cuando un disparo de Smith en todo el pecho le insinúa que a lo mejor el hombre está ligeramente podrido por dentro. El balazo atraviesa la camisa dejando un elegante agujero a la altura del corazón y una corbata en forma de hilo de sangre, pero Vincennes tiene aún tiempo para murmurar dos palabras, Rollo Tomasi, que servirán de pista para que Smith se descubra. Y es que el capitán de policía no lo sabe, pero Hollywood Jack se la acaba de clavar con un nombre y un apellido, acaba de condenarlo a desenmascararse a sí mismo ante un tercero que realmente conoce el origen de ese nombre, y remata su treta con una media sonrisa justo antes de morir. Ese gesto de sorna infinita, ese momento exacto que significa un «estás muy jodido pero aún no lo sabes», seguido de un último suspiro tan sublime que uno se pregunta si el pobre actor no la habrá palmado de verdad. Ahí es donde Spacey inventó la sonrisa trol antes de que el mundo se conectase a internet.

Morir fatal – Matrix Revolutions

Hay una razón por la que en las películas la gente que está herida de muerte dice lo que tiene que decir para justo después fallecer de golpe como si alguien les pulsase el botón de off. Y es el timing, el ritmo, el no aburrir con un personaje agonizando durante horas que acaba de comentar al resto del reparto que si eso que sigan sin él. Porque no puedes tirarte mucho rato de cháchara si están ocurriendo más cosas en pantalla o la trama necesita moverse, porque en el cine nadie va al hospital y muere por complicaciones sobre la camilla medio día después, en el cine o se saca la bala con un cuchillo y se rocía el agujero con whisky o se muere sobre el campo de batalla diciendo lo justo y necesario. Y estancado a medio camino entre ambas opciones está lo de Trinity (Carrie-Anne Moss) en Matrix Revolutions que, tras ser agujereada por unos hierros de decorado chusco, se pone a contarle su vida y milagros a Neo (Keanu Reeves) durante cuatro minutos eternos para acabar muriendo del todo tras un último beso. No es solo que todo el diálogo de la escena sea ramplón e insulso, sino que la pareja lleva tres películas demostrando la misma química entre ellos que un par de piedras con una cara dibujada y ponerles ahora a decirse cosas de quererse huele a clavo al rojo. Media hora después el espectador no recuerda si la chavala hablaba sobre sentimientos o sobre si se habían dejado el gas abierto. Apuntar a una escena romántica memorable y obtener un bostezo es lo que lograba la muerte de Trinity, pero, para ser justos, iba a juego con el resto de la película.

Morir por sorpresa – Quemar después de leer

Quemar después de leer. Imagen: Focus features.
Quemar después de leer. Imagen: Focus features.

Es cierto que cuando tienes a grandes estrellas en una película no acostumbras a ver cómo sus sesos acaban promocionando a Pollock a menos que los actores se encuentren militando en papeles de villano. Pero Martin Scorsese con Infiltrados le dio un repaso al casting más celebre a base de tiros en la jeta y logro así retorcer una de las creencias del espectador: que ciertos rostros están tan cotizados como para permanecer intocables ante la violencia de la pantalla. Luego llegaron los hermanos Coen y elevaron la apuesta de «fatalidad inesperada protagonizada por famosete» en Quemar después de leer. Y en esa película fueron muy listos, porque el personaje de Brad Pitt no se esperaba que salir del armario se convirtiera en el gatillo que finalizara su existencia, pero tampoco nadie entre el público podría decir que había intuido que el disparo mortal tendría lugar, porque la propia película, operando en sentido inverso a la tradición cinematográfica, no se había molestado en insinuar ni remotamente que aquello podría llegar a ocurrir cuando el de Pitt era un personaje cómico y afable, y ni el tono, ni la banda sonora, ni la escena insinuaban una tragedia. Esa fue la auténtica muerte por sorpresa.

Morir bailando – Killing Zoe

Roger Avary es un colega de Quentin Tarantino, de la época en la que ambos frecuentaban las estanterías de cierto legendario videoclub, y también la persona que le echó una mano a la hora de escribir escenas en sus primeros guiones (Amor a quemarropa, Reservoir Dogs, Pulp Fiction). Es el hombre que cuando subió a recoger el Óscar compartido por el libreto de Pulp Fiction dijo aquello de «y ahora me tengo que ir porque me estoy haciendo pis», una coña extraña que hacía alusión al hecho de que las cinco nominadas a mejor película contenían en algún momento una escena con alguien disculpándose por ir a mear. Avary también se dedicaría a ejercer como director y, antes de facturar la curiosísima Las reglas del juego, se estrenaría en el largometraje con Killing Zoe, un hiperviolento atraco a un banco cuya promoción se sirvió en su momento del fenómeno Tarantino para ganarse un empujón. La película de Avary contenía una escena en la que uno de los personajes acababa siendo acribillado por un chaparrón de balas, una secuencia resuelta con tan mala fortuna como para convertir la tragedia en la coreografía de un borracho bailando pachanga. Hay muchos que afirman en internet que esta otra escena con disparo de la «übercutre» película turca Karateci Kiz es la peor y más torpemente prolongada muerte de la historia del cine, pero si ponemos Killing Zoe y sus contoneos al lado podríamos dudar durante un segundo.

Morir por indiferencia – Varios

Nauls en La cosa, cuatro de los bastardos en Malditos bastardos, el alien bicéfalo con ambas jetas de Jonnhy Knoxville en Men in Black 2, el personaje de ayudante palurdo de Paul Scheer en Piraña 3D, Frenchy en Grease 2, Midge Wood en Vértigo, Izzy y Rhonda en Jeepers Creepers 2, el sicario de parche en el ojo y mono en el hombro en En busca del arca perdida, Juggernaut y Pyro en la tercera entrega de X-Men. Existen un montón de personajes menores en las películas cuyo destino final acaba siendo incierto porque desaparecen del film y nadie en el mismo vuelve a mencionarlos en ningún momento. En algunas ocasiones esto ocurre en modo ninja, alguien simplemente sale de la escena y no vuelve a aparecer en la película nunca más. En otras, un evento que parece importante deja al personaje en una situación cuya resolución el público no llega a conocer nunca. Todos esos acababan siendo una suerte de muertos inciertos y colaterales de un guion torpe o de un montaje severo, es posible que los guionistas no supieran qué hacer con el personaje una vez este ha cumplido su función e incluso que directamente se olvidasen de él, pero la causa más común solía ser que parte del metraje resultaba eliminada del montaje final. Esto último ocurría en La máscara cuando la periodista Peggy Brandt (Amy Yasbeck) se esfumaba de la historia sin razón aparente. Una escena eliminada del DVD revelaría que la chica acababa siendo liquidada por el malo de la película al estilo de los dibujos animados: siendo arrojada a las rotativas de un periódico y convirtiéndose en primera plana de una edición impresa en tinta de rojo sangriento.

La máscara. Imagen: New Line Cinema.
La máscara. Imagen: New Line Cinema.

Morir como sicario – Saga Austin Powers

Años de cine de aventuras, espías y superhéroes, de historias con villanos liderando ejércitos de soldados condenados a funcionar como carne de cañón. Y al final resulta que las únicas películas que se preocupaban por sus extras más sufridos, por esos masillas que contrata cualquier antagonista, eran las comedias. En Clerks se preguntaban qué ocurría con los obreros inocentes que estaban trabajando en la Estrella de la Muerte a las órdenes del lado oscuro. Pero sería en las películas de Austin Powers donde se llegaría mucho más lejos a la hora de dotar de una vida y sentimientos a los sicarios del Doctor Maligno, porque en ese mundo los ayudantes del villano eran retratados como padrastros ejemplares o personas muy queridas por sus amistades, seres humanos que al final acabarían palmando de manera horrible en el transcurso de la trama principal.

Morir por ser Sean Bean – el cine de Sean Bean

La frecuencia con la que el público ha visto morir al actor Sean Bean en aquellos productos en los que participa se ha acabado convirtiendo en un meme de internet en sí mismo hasta tal punto que en algunos casos ver su nombre entre los títulos de crédito podría considerarse un spoiler. Y aunque si bien es cierto que gran parte de los personajes que ha interpretado no han llegado hasta los títulos de crédito finales, también lo es que el hombre tiene un gran número de producciones en las que sobrevive al metraje. Pero la sombra de la leyenda parece pesar más que cualquier otra cosa, existen recopilaciones de sus muertes en pantalla, infografías sobre el tema, cameos en viñetas digitales y un montón de coñas a lo largo de internet. En algún lugar de YouTube un par de personas discutieron en su momento sobre el tema:

—Si en una película aparece Sean Bean y un chico negro, ¿quién muere primero?
—Sean Bean estaría interpretando al chico negro.

En Nerdist el caballero Kyle Hill se dedicó a realizar un análisis del asunto consistente en enumerar la cantidad de veces que Bean había fenecido en la ficción y comparar el resultado con las muertes de un buen puñado de intérpretes en una gráfica:

Is Bean a geometric mean?. Imagen: Nerdist.com.
Is Bean a geometric mean?. Imagen: Nerdist.com.

El resultado mostraba que en lo relativo al recuento total de muertes en pantalla Bean no conquistaba podio: se le adelantaban Vincent Price, Bela Lugosi y John Hurt. Pero incluso así la broma estaba lejos de ser una invención, de las más de setenta películas y series en las que había participado, el actor encontraba descanso eterno en un tercio de ellas. Eso sí, en caso de calcular una media relativa al número de películas totales de cada actor la cosa cambiaba: Sean Bean moriría 0,32 veces por película, empatando con Lugosi en el primer puesto y relegando a Hurt y Mickey Rourke al segundo.

Morir por Shirley MacLaine

Ella y sus maridos es una delirante comedia negra del 64 que arranca con un ataúd rosa escurriéndose por unas escaleras. Una película con un guion en el que, en un momento dado, Robert Mitchum le pregunta a una groupie si tiene planes tras la orgía que está teniendo lugar. Y también una obra que se empeña en ir liquidando poco a poco a su potentísimo reparto para condenar a Shirley MacLaine a ser una viuda negra involuntaria que colecciona funerales de maridos. La principal coña de la película es su sentido del humor metarreferencial, pues cada uno de los romances vividos por la protagonista se convierte en una parodia de un tipo de película diferente: el idilio con Dick Van Dyke se presenta con la estética y los silencios de una película muda, los roces con Paul Newman tienen una descacharrante secuencia de amantes en bañeras y los aires de superioridad del cine artístico francés, con Robert Mitchum todo se viste de Hollywood grandilocuente de los cincuenta, créditos falsos incluidos, y junto a Gene Kelly el amorío se convierte en un musical. Pero más delirante que estas ocurrencias referenciales es la muerte de cada uno de los personajes: Van Dyke pasa de pobre a multimillonario a base de currar duro y el propio trabajo acaba con su vida, Newman es asesinado por un grupo de brazos robóticos que ha creado para pintar cuadros a partir de música y Kelly es pisoteado por una manada de fans alocados. Mitchum es un caso aparte, porque a él se le reserva una de las muertes más poéticas del séptimo arte: la producida tras la hostia que le regala un toro cuando el hombre intenta ordeñarlo al confundirlo con una vaca.

Ella y sus maridos. Imagen: 20th Century Fox.
Ella y sus maridos. Imagen: 20th Century Fox.

Morir por mobiliario imposible – Robocop

En el Robocop de Paul Verhoeven uno de los malvados, llamado Emil Antonowsky e interpretado por Paul McCrane, que se encuentra persiguiendo a Alex Murphy (Peter Weller) estrella una furgoneta contra una cisterna en la que se puede leer toxic waste. El vehículo atraviesa la pared de la estructura como si fuera cartulina y se empapa de ese líquido verde que representó universalmente a toda sustancia peligrosa o ácida durante las décadas de los ochenta y noventa. El villano se aleja de la escena del accidente, derritiéndose gracias a la magia del látex, y comienza a caminar sin rumbo como un zombi en proceso de licuefacción hasta que su camino se cruza con un par de coches en plena persecución y, como resultado, acaba convertido en pulpa y esparcido sobre un parabrisas.

El problema de todo esto es ese contenedor de ácido. ¿Qué hace ahí? ¿Qué tipo de loco de la vida almacena litros de algo que puede corroer a las personas en segundos? ¿Qué medidas de seguridad de mierda son esas, una pegatina que pone Danger, para algo tan mortífero?

La muerte más terrorífica – La ciudad de los niños perdidos

La ciudad de los niños perdidos de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro contenía una escena en la que un individuo improvisaba una tortura cruel sobre otro. Ocurría en una secuencia brevísima y casi anecdótica entre dos personajes tan secundarios como para carecer de nombre o protagonismo, y por eso mismo el episodio parecía tan solo otra idea ingeniosa de una pareja de directores que en el fondo se habían tirado todo el metraje disparando ocurrencias fantásticas. Pero en realidad aquella escena se trataba de una de las maneras de morir más terroríficas y crueles mostradas en el cine.

En las entrañas de aquella urbe steampunk y portuaria habitaba una siniestra secta de ciegos que habían evolucionado a cíclopes gracias a una cámara mecánica atornillada en el ojo izquierdo capaz de transmitir imágenes verdosas directamente a sus cerebros. En un momento dado, uno de los malvados cíclopes es drogado por las mascotas saltarinas de un domador de pulgas, y engañado para que liquide a algunos de sus compañeros de un solo ojo. Y el hombre arremete contra uno de ellos aplicando un truco de inesperada crueldad: desenchufando el cable que conecta la cámara de la víctima a los sesos y conectando en su lugar otro cable que transmite lo que está viendo el agresor al cerebro de la víctima, para a continuación asfixiarle hasta la muerte. El pobre hombre muere de un modo espeluznante, ahogado mientras lo único que puede contemplar sin posibilidad de cerrar los ojos es su propio rostro asfixiándose. La escena apenas dura un par de segundos porque la película está a otras cosas, pero los escalofríos persisten unos cuantos días si uno decide darle vueltas al asunto.

La ciudad de los niños perdidos. Imagen: Sony Pictures.
La ciudad de los niños perdidos. Imagen: Sony Pictures.