Cómo desmantelar un grupo (de la peor manera posible)

Ray Davies de The Kinks en el histórico Maple Leaf Gardens de Toronto. Imagen: CC.

Y además de todo eso, nuestro batería ha muerto

La banda de metal canadiense Witchrot nunca destacó por ser especialmente virtuosa con las melodías o las composiciones, tampoco parió ningún temazo potente o popular, y ni siquiera llegó a tener un grupo mínimamente numeroso de fans durante el puñado de meses que estuvo en activo. Pero en cierto momento, se convirtió en noticia por aquello por lo que menos debería serlo: su separación. No porque a alguien le importase realmente su destino, sino porque la misma parecía ser una de las más delirantes y fabulosas del mundo de la música. Witchrot presentó en sociedad su primer EP a finales de octubre del 2018, inauguró su página de Facebook a principios de noviembre del mismo año (definiéndose en ella como un grupo de «maleficios, drogas y rock and roll») y, unos pocos días más tarde, anunció su separación en la misma red social a través de un comunicado firmado por su líder, Peter Turik, en donde se podía leer lo siguiente:

Debido al desafortunado hecho de que nuestro guitarrista se ha follado a mi novia de hace siete años, Witchrot va a tomarse un descanso muy largo. De todos modos, yo continuaré con la banda en otro tiempo y en otro espacio. A consecuencia de estar lleno de odio, la música fluye en mí lentamente y, sin duda, eso me permitirá fabricar las composiciones más devastadoras y tortuosas que jamás haya creado. Gracias por el apoyo, sed heavys. Peter.

Y además de todo eso, nuestro batería ha muerto…

Portada del EP Witchrot.

A lo mejor los de Witchrot no entraron por la puerta grande en el mundo de la música, pero estaba clarísimo que se habían largado, muy a su pesar, de la manera más espectacular posible. Un par de meses en activo y una despedida maravillosa. A muchos otros les ha costado toda una carrera musical repleta de éxitos, roces, desgracias, hostias, cargamentos de drogas, desamores y dramas lo de convertir la disolución del grupo en un acontecimiento llamativo.

Cocerse a fuego lento

La separación de una banda en la mayoría de las ocasiones no es un proceso repentino como en el caso de Witchrot, sino la consecuencia de algo que se ha ido fraguando lentamente y con mucha dedicación. Curiosamente, ocurre bastante a menudo en ambientes que en principio se antojan como más amables por ser estrictamente familiares: The Everly Brothers, la pareja artística formada por los hermanos Phil y Don Everly, aquellos a quienes la Rolling Stone denominó «el dúo vocal más importante de la historia del rock», comenzaron su devenir artístico a mediados de los cincuenta. Se presentaban en los conciertos luciendo pelazo y trajes idénticos (el público se acostumbró a diferenciarlos por el color del cabello) y encadenaban hits con una facilidad asombrosa, colando una canción en los puestos principales de las listas de éxitos cada cuatro meses, pero tras las bambalinas de su fama no abundaba el buen rollo. Los dos hermanos lidiaban con una seria adicción a las anfetaminas y compartir una carrera en común hizo que con el paso de los años fuera brotando entre ellos una antipatía mutua insoportable. «Solo tuvimos una discusión», recordaba Phil en 1970, «pero es que esa discusión se alargó durante veinticinco años».

En aquella década de los setenta, la carrera del dúo ya estaba muy estancada, no eran capaces de emular el éxito de sus inicios y la retirada se antojaba inminente. En el 73, los hermanos ofrecieron un concierto final en el John Wayne Theatre del parque de atracciones californiano Knott’s Berry Park. Una actuación que resultó ser de lo más llamativa por las peores razones: Don se presentó borracho, ofreciendo un espectáculo lamentable y no dando una con la letra de «Cathy’s Clown». Ante aquel panorama, un Phil muy encabronado hostió su guitarra contra el suelo y abandonó el escenario1, dejando a su hermano a solas y a cargo del concierto frente a una audiencia ante la que anunció la separación del grupo berreando un «¡Los Elverly Brothers murieron hace ya diez años!». Durante la década posterior, la única ocasión en la que ambos hermanos volvieron a dirigirse la palabra fue el funeral de su padre, el guitarrista Ike Everly. En 1983 se arrejuntaron de nuevo como formación pero los periodistas musicales no tardaron en descubrir que la cosa seguía ligeramente tensa. Por lo visto, los hermanos no ofrecían entrevistas conjuntas, y los técnicos de su estudio aseguraban que ambos grababan las nuevas canciones por separado, pese a saber que el resultado era peor, por no ser capaces de aguantar demasiado tiempo uno a la vera del otro. 

Everly Brothers, Los del Río del rock. Imagen: dominio público.

La banda británica The Kinks supuso otro ejemplo estupendo sobre cómo cocer durante años —y casualmente también con dos hermanos implicados— desgracias a base de odio acumulado. El grupo, formado a principios de los sesenta por los hermanos Ray y Dave Davies, junto a Mick Avory y Peter Quaife, fue responsable de cosas tan potentes como «You Really Got Me», «Lola», «Sunny Afternoon» o «All Day and All of the Night», y no se separaría hasta mediados de los años noventa. Pero su trayectoria siempre estuvo encaminada hacia la tragedia por culpa de los tremendos roces internos que existían entre sus componentes. En mayo de 1965, en el Capitol Theatre de Cardiff y durante el transcurso de una gira junto a The Yardbirds, The Kinks lograron que la audiencia experimentase el terror de contemplar lo que parecía un asesinato en directo.

Ante cinco mil personas, y después de la actuación de The Yardbirds, Dave y Mick salieron al escenario con la leche bastante agriada tras haberse dado de hostias la noche anterior durante una fiesta cargada de drogas y alcoholes. Y sobre las tablas, los Kinks tuvieron el detalle de interpretar completa «You Really Got Me» antes de que la cosa se desmadrase por completo: Davies comenzó azuzando a Avory con lindezas como «Eres un puto inútil y tocas como la mierda» o «Eso sonaría mucho mejor si te la sacases y golpearas los tambores con la polla», y acabó sacudiendo una patada a la batería de su compañero, propiciando que uno de los tambores rodase por el escenario. Avory reaccionó de la mejor manera posible, agarrando el soporte de los platillos hi hat de la batería, cargando contra su colega de banda como si aquello fuese un duelo medieval y azotándole con el pedal del instrumento en la cabeza. Davies se derrumbó sangrando sobre el suelo, Avory saltó hacia las gradas y huyó corriendo entre el público al creer que había asesinado al guitarrista, la organización corrió el telón y veinte minutos después hizo subir al escenario a unos Yardbirds que ya se habían vestido para ir a casa y tenían cara de estar ligeramente desconcertados y bastante nerviosos.

A Davies le cosieron el melón con dieciséis puntos de sutura en el hospital, Avory entretanto aprovechó el caos para huir en tren y se escondió del mundo creyéndose homicida. Cuando la policía localizó al batería, el hombre en principio aseguró que él no tenía nada que ver pese la versión ofrecida por los cinco millares de testigos, y acabó contando que lo de hostiarse con los instrumentos era parte del espectáculo de la gira. A la larga, Davis decidió no presentar cargos y The Kinks siguieron a lo suyo, pese a que ser bastante cafres durante una posterior gira por Norteamérica hizo que fuesen vetados del país durante cuatro años.

Curiosamente, lo que realmente estaba jodido dentro de la banda no era tanto la relación entre Avory y Dave Davies como la existente entre los propios hermanos. Porque la parejita se llevó a matar durante toda la carrera oficial del grupo, «Has oído hablar de los vampiros ¿no? Pues Ray me sorbió las ideas, las emociones y la creatividad. Es un freak del control», explicaba Dave en 2017, «Éramos como un matrimonio que ya ha llegado al final del camino. Pero no te puedes divorciar de tu hermano, estábamos atrapados el uno junto al otro. Y yo acepté que nuestra relación simplemente funcionaba así». A mediados de 1996, y con la inminente separación anunciada, la banda se reunió por última vez durante el quincuagésimo cumpleaños del bueno de Dave. La fiesta se despachó con Ray haciendo lo peor que puedes hacer en un evento como ese: pisotear la tarta de aniversario del homenajeado. El grupo se disolvió porque cuando ya no tenía tirón ni ganas, pero mientras el músico pateaba la tarta de su hermano era evidente para todos los presentes que lo de llevar treinta años trabajando encabronados había ejercido bastante peso. «Le quiero, y él me quiere. Pero cuando estamos en la misma habitación la cosa no funciona. Y es peor cuando hay más gente cerca», sentenciaba Dave.

The Kinks. Imagen: CC.

Oasis son el ejemplo clásico y más evidente  de bulliciosas grescas familiares en el mundo de la música. Tras años llevándose a palos, y convirtiendo la guerra interna en una especia de marca de la casa, las tensiones entre Liam y Noel Gallagher acabaron explotando del todo a finales de agosto del 2009. Oasis comenzó cancelando una actuación en Chelmsford por culpa de una laringitis que había pillado Liam y Noel anunció que en realidad su hermano estaba de resaca. Liam demandó a Noel por aquellas declaraciones y Noel se disculpó públicamente. Menos de una semana después, el 28 de agosto y en el backstage del evento parisino Rock en Seine, los hermanos se pelearon por última vez justo antes de salir a actuar. Aunque las versiones de la riña varían, porque hay quien lo define como un torneo de WWF y hay quien lo simplifica en una colección de insultos entre hooligans, casi todo el mundo está más o menos de acuerdo en que Liam en algún momento enarboló una guitarra como si fuera un arma de guerra. Tras la reyerta, el mánager de ambos canceló el concierto de la jornada y de paso los futuros compromisos de la banda alegando que Oasis habían dejado de existir. Dos horas después, Noel escribió en la web oficial del grupo: «Con cierta tristeza y mucho alivio anuncio que abandono Oasis hoy. La gente escribirá y dirá lo que quiera, pero simplemente yo no podría trabajar con Liam ni un solo día más».

Oasis. Imagen: CC.

Hablar mal de tu ex

En 1987, el cuarto disco de The Smiths (Strangeways, Here We Come) llegó a las tiendas cuando la banda ya ni siquiera existía por culpa de la incapacidad de Morrissey (cantante) y Johnny Marr (guitarrista) para ponerse de acuerdo. A Morrisey le tocaba mucho las pelotas que Marr colaborase con otros artistas, y a Marr le encabronaba bastante que Morrissey solo tuviese interés en grabar versiones de divas pop de los sesenta («Yo no monté un grupo para hacer covers de Cilla Black»). Mientras tanto, Andy Rourke (bajo) y Mike Joyce (batería) se limitaban a contemplar el rifirrafe desde la barrera, incapaces de imaginar que la inminente separación les sentaría en los juzgados en el futuro cuando Morrissey y Marr intentasen timarles con el reparto de derechos de autor. Tras tantos malos rollos, veinte años después un puñado de periodistas muy poco lúcidos se pusieron de acuerdo para preguntarle a Morrissey por el posible retorno de The Smiths. La respuesta más amable del cantante ante dicha cuestión fue un «Me da la impresión de que yo he trabajado muy duro desde la desaparición de los Smiths, y de que los otros no lo han hecho. Por tanto, ¿por qué iba a darles la atención que no se merecen? No somos amigos, no nos vemos, ¿por qué íbamos a subirnos a un escenario juntos?». Pero su réplica más maravillosa a la demanda del retorno de los de Mánchester fue un «Prefiero comerme mis propios testículos que reunir de nuevo a los Smiths. Y eso que soy vegetariano». 

Los británicos The Verve nunca destacaron por conformar una panda especialmente estable. La banda encabezada por Richard Ashcroft se separó antes de tener éxito, se reunió de nuevo y se volvió a separar tras arrasar con el disco Urban Hymns. A las alturas del 2007, las fricciones entre los exmiembros del grupo propiciaron que al ser preguntado por la vuelta de la banda el propio Ashcroft espetase un rotundo «Sería más probable volver a ver a los Beatles sobre un escenario». Meses más tarde, The Verve anunció su retorno al mundo de la música, y unos cuantos meses después volvieron a separarse cuando el resto de miembros comenzaron a sospechar que Ashcroft solo tenía interés en pillar carrerilla para relanzar su carrera en solitario. 

The Verve. Imagen: CC.

Lauryn Hill, Wyclef Jean y Pras Michel se estrenaron como Fugees con un primer disco (Blunted on Reality) que pasó por el mundo sin pena ni gloria, pero a la altura del segundo (The Score, publicado en el 96) se convirtieron en un fenómeno mundial. Y poco después se separaron tomando cada uno su propia carretera. En 2004 volvieron a actuar como Fugees, pero el regocijo duró poco y a principios de 2006 dos terceras partes del trío ya no querían andar cerca del tercio restante. Por aquel entonces Michel aseguraría que «Existen más posibilidades de ver a Osama Bin Laden y George W. Bush tomándose un latte juntos en Starbucks mientras discuten sobre política exterior que de verme a mí trabajando de nuevo con Lauryn Hill». Mientras tanto, Jean tampoco se cortaba demasiado a la hora de opinar sobre su compañera: «Creo que el primer problema que debería abordarse es el hecho de que Hill necesita ayuda. Reunirnos de nuevo como Fugees para aquellos conciertos no fue una buena idea porque no estábamos preparados. A mí me daba la impresión de que antes deberíamos de habernos encerrado todos juntos en una habitación con Lauryn y un psiquiatra. Pero sinceramente creo que ella podría conseguir ayuda si quisiera. Y una vez que haya resuelto sus problemas, los Fugees a lo mejor podrían volver de verdad».

Unos cuantos años más tarde, el mismo Jean revelaría que los roces con su compañera de grupo fueron más literales y más dramáticos de lo esperado. En su autobiografía (Purpose: an Inmigrant Story) el músico confesó que por aquel entonces él mantenía una relación con Hill, que ambos solían liarse a tortas en todo momento y que milagrosamente nunca llegaron a ser arrestados al guerrear a lo bestia en público. Pero también revelaba que la cantante le hizo creer que él era el padre del niño del que estaba embarazada, cuando en realidad el auténtico progenitor era Rohan Marley, el hijo de Bob Marley. Jean achacó la separación del grupo a todas aquellas mentiras y mierdas diversas por parte de la cantante, pero lo cierto es que él era el último que estaba libre de pecado: el músico mantenía en aquella época el affaire con su compañera de Fugees en secreto porque estaba oficialmente casado con otra mujer, Marie Claudinette.

Cómo desmantelar un grupo (de la peor manera posible)

31 de Julio de 1980, los Eagles están a punto de actuar en el Long Beach Arena de California durante un concierto benéfico para darle bombo a la reelección del senador Alan Cranston. La idea de participar en aquello había sido de Glenn Frey, pero no todo el grupo estaba de acuerdo con lo adecuado del bolo. En el backstage, cuando el senador y su esposa Norma Cranston se presentaron ante el grupo para conocer a los miembros y agradecer personalmente su colaboración en el evento, a Don Felder se le ocurrió recibirlos con un «Encantado de conoceros… » al que añadió un «…supongo» ninja murmurado poco después2. Frey escuchó el desplante, encaró a Felder antes de subir al escenario y los dos comenzaron a llamarse de todo menos bonitos antes de actuar.

El cabreo no se evaporó cuando comenzó el concierto y durante el transcurso del mismo ambos músicos se dedicaron a lanzarse amenazas barriobajeras de gresca inminente: Frey asegura que Felder se le arrimaba continuamente para espetarle cosas como «Dentro de tres canciones te voy a patear el culo» y Felder afirma que Frey le amenazó con un «Que te jodan, en cuanto acabe el concierto te voy a patear el culo». Se pasaron con aquel tira y afloja absurdo todo el show, desesperando a unos técnicos de sonido que se mataron haciendo malabares con el volumen de los micrófonos,para evitar que el público escuchase la bulla. Lo disparatado y tenso de la situación resultó especialmente gracioso, aquellos dos caballeros estaban interpretando «Lyin’ Eyes», «I Can’t Tell You Why» y «Heartache Tonight» mientras hablaban por lo bajini de matarse a hostias ante un público ajeno a todo el conflicto.

Cuando el concierto finalizó, Felder agarró una guitarra acústica (según Frey «la guitarra más barata que tenía») la destrozó a golpes contra una columna de cemento (ante la mirada boquiabierta del senador y su esposa, que pasaban por allí), se subió a su limusina y se largó del lugar. Con el tiempo, a aquella actuación tan cargada de drama en el Long Beach se la recordaría con cierta guasa como la Long Night in Wrong Beach. Unos días después, el productor de la banda, Bill Szymczyk, telefonearía a Felder: «¿Cuáles son los próximos bolos de la banda?» preguntó el músico. «En este momento, la banda no existe» contestó Szymczyk.

Era de conocimiento popular que Black Francis y Kim Deal se llevaban malamente dentro de los Pixies. La segunda se había ganado el puesto de bajista contestando a un anuncio y el primero le cogió tirria cuando el grupo empezó a destacar y los fans le pillaron más cariño a la chavala que al frontman. Él optó por hacerle el vacío a Deal de manera cada vez más evidente, ella se montó su propio grupo (The Breeders) y a principios del 93 Francis decidió enviarlo todo a paseo de la manera menos elegante posible: anunció en la BBC Radio 5 que los Pixies se habían desmantelado antes de informar al resto de integrantes del grupo. Poco después telefoneó a Joey Santiago (guitarrista) para comunicarle el fin de la banda. Fue todo un detallazo hacerlo así, porque a Deal y a David Lovering (batería) se limitó a remitirles un fax.

La separación de Violent Femmes en 2009 no dejaba de tener cierta guasa grasienta por el hecho de ser una la única vez en la que las hamburguesas han provocado una ruptura artística. Ocurrió que la culpa de todo la tuvo una cadena de comida rápida. La banda nunca le había hecho ascos a lo de formar parte de la cultura popular de consumo rápido, Violent Femmes había grabado con anterioridad su propia interpretación de la cabecera de Bob Esponja, anuncios para Nickelodeon, o una versión del «I Can Change» que cantaba Satán en la película de South Park.

Pero en 2007, a Gordon Gano (cantante, guitarrista y compositor) se le ocurrió vender los derechos del famosísimo «Blister in the Sun» a la franquicia de hamburgueserías Wendy’s. El problema es que lo hizo sin consultárselo a sus compañeros, porque él estaba en posesión de los derechos de autor, y aquello no le sentó nada bien a los demás miembros de Violent Femmes. Brian Ritchie (bajista) se encabronó bastante con el asunto y emitió un comunicado nada amable que apuntaba a la encía: «Gordon Gano es el autor de la canción y Warner la compañía discográfica. Cuando ellos dos deciden licenciar “Blister in the Sun” no hay nada que el resto de la banda pueda hacer, porque nosotros no somos los dueños de la canción ni de la grabación. Esto es el mundo del espectáculo. Por eso mismo, cuando veáis ciertos usos cuestionables o, como ocurre en este caso, desagradables de nuestra música, se los podéis agradecer a la codicia, insensibilidad y mal gusto de Gordon Gano. Y su karma tiene la culpa de que el hombre haya perdido la habilidad para escribir buenas canciones hace ya muchos años, como lo demuestra su falta de autoestima y su interés por prostituir nuestras canciones. Ni Gordon (que es vegetariano) ni yo (que soy gourmet) comemos basura como la producida en las hamburgueserías Wendy’s. No puedo respaldar esto porque no estoy de acuerdo con la comida corporativa por razones culinarias, políticas, de salud, económicas y ambientales. Y aun así, he visto mi obra ninguneada una y otra vez en manos de mi compañero de trabajo, a pesar de que me he quejado en numerosas ocasiones. Si vosotros estáis disgustados con esto, lo cierto es que yo lo estoy mucho más». Durante el verano de aquel año, Ritchie llevó a Gano a juicio para aclarar el tema de la propiedad intelectual en las canciones de Violent Femmes. El grupo rodó durante unos cuantos meses más, pero los sinsabores de la movida judicial propiciada por la comida rápida provocaron que a la altura de 2009 la banda decidiera que lo mejor era separarse.

Violent Femmes en Sidney,siendo felices en 1990, mucho antes de que las hamburguesas destrozasen su carrera. Imagen: CC.

A la hora de hablar de raperos gangsta la cosa se pone seria, porque en ese terreno no solo las separaciones pueden resultar peligrosas, sino que también pueden serlo las deserciones. La agrupación N.W.A. nació en las calles de Compton en el 86 conformada por los raperos Ice Cube, Arabian Prince, Dr. Dre, Dj Yella, Eazy-E y Mc Ren, y arrasó con todo un par de años después con su famosísimo Straight Outta Compson. Arabian Prince saltó del barco sin mayores problemas poco después de la publicación del disco de debut, pero el verdadero drama tuvo lugar cuando Ice Cube decidió abandonar a su suerte a la pandilla. El rapero se sentía timado por Jerry Heller, mánager del grupo, y decidió largarse por su propio pie mientras el resto de la banda veía aquella huida como una traición y una falta de lealtad con la familia que se había formado.

El asunto degeneró, tal y como demanda la tradición rapera, en la publicación de una hermosa ristra de temas por ambas partes en donde N.W.A. y Cube se ponían a parir mutuamente y sin delicadeza alguna (ojo a la letra del «No Vaseline» de Cube). Con el tiempo, Dr. Dre, Dj Yella y Mc Ren se dieron cuenta de que Cube no andaba desencaminado y su productor se había aliado con el miembro restante del grupo, Eazy-E, para sisarles toda la pasta posible. Dr. Dre intentó romper su contrato con Ruthless Records, la compañía discográfica propiedad de Eazy-E y Heller con la que había firmado, pero tanto el rapero como el productor se negaron a darle aquel gusto. Entonces, Dre contactó con Suge Knight un productor musical, mole humana y matón a tiempo completo, para que le ayudase a negociar la rescisión del contrato. Knight supuestamente envió a una tropa de esbirros armados con bates de béisbol a negociar amablemente el asunto con Eazy-E y Heller. La comitiva resultó convincente y poco después Dr. Dre libró de sus obligaciones contractuales con Ruthless Records y montó su propia compañía con Suge Knight, Death Row Records. A aquellas alturas N.W.A. ya era historia como grupo y sus exmiembros se buscaban la vida por su cuenta y riesgo. En los años posteriores, Eazy-E se dedicó a publicar canciones cagándose en sus antiguos compañeros de banda hasta que la palmó en el 95 por culpa del sida, Suga Knight se afianzó como un auténtico cabronazo y un delincuente peligroso (en la actualidad cumple condena por homicidio), y Jerry Heller reveló en una entrevista cómo durante aquellos años evitó que Eazy-E pusiese en marcha un plan para asesinar a Suga Knight. Lo peor de todo es que Heller asegura que, a día de hoy, se arrepiente de no haber dejado que el rapero se cargase al productor.

Portada del legendario Straight Outta Compton.

Y al tercer día, resucitó

Un mes después de que Peter Turik anunciase a través de Facebook la muerte de su banda metalera Witchrot con aquel post donde alegaba asuntos de cuernos y un batería finado, el líder de los de Toronto decidió recular. El anuncio de su separación se había convertido en titular llamativo y en una poderosa, e inesperada, campaña publicitaria que le había hecho famoso de golpe. Aprovechando la inercia, Turik anunció la vuelta del grupo, con una nueva formación, y la fecha de los futuros conciertos. Y también aclaró que a lo mejor el batería de Witchrot no era un terrario de malvas como inicialmente se había proclamado: «Cuando escribí el comunicado le pregunté a Simon (nuestro batería, que había dejado el grupo un par de semanas antes por andar demasiado ocupado) si le parecía una buena idea. Y él me dijo “Sí, pero digamos que he muerto, a nadie le importará una mierda”… y al final sí que le importó a alguien».

Witchrot. Imagen: Witchrot.


1. La historia varía según la fuente que se consulte, porque medios como Rolling Stone, The Washington Post, Daily Mail o Time, han ofrecido versiones contradictorias de lo que ocurrió aquel 14 de Julio de 1973. En algunos artículos se menciona que fue Don el que dejó hecha migas su guitarra y abandonó el escenario, mientras en otros se asume que fue Phil. Y lo único que está realmente claro aquí es que ni a principios de los setenta la gente era capaz de distinguir a uno del otro. 

2. Otra historia que difiere ligeramente según a quién se le pregunte. Por lo visto ninguno de los presentes, ni siquiera los propios protagonistas, recuerdan con claridad si aquella contestación faltosa se realizó contra el senador, contra su esposa o contra ambos.


The The: cuando la música es política pero le habla al corazón

Matt Johnson. Fotografía: Johanna St Michaels.

Como toda figura imprescindible en la música pop, Matt Johnson tiene una trayectoria difícil de resumir y complicada de explicar. Lleva más de tres lustros sin grabar canciones, no actúa en directo (regresa a los escenarios la próxima primavera) y hasta hace poco solo componía música para películas. Paralelamente a ese proceso, el tiempo ha ido reforzando el valor de la obra que fue acumulando durante el pasado. Matt Johnson encontró su lugar a principios de los ochenta, cuando adquirió la identidad artística de The The. Con ese seudónimo configuró una alternativa en un momento en el que la nueva música pop británica parecía poseída por el espíritu del thatcherismo. Y aunque en realidad nunca fue del todo así (Paul Weller, Robert Wyatt, Everything But The Girl y otros músicos apoyaban a los laboristas), el mensaje pop que prevalecía parecía construido sobre fantasías de hombres blancos elegantemente vestidos, bebiendo champán en yates.

The The eran lo opuesto a un pop conservador. «Uncertain Smile», «This Is The Day», «Perfect»… canciones capaces de escalar a lo alto de las listas, concebidas desde la perspectiva experimental, rupturista e integradora del post-punk. Música que conectaba a insurgentes infiltrados en las listas de ventas, como Marc Almond. Pero de todo eso seguiremos hablando después. Ahora Matt Johnson, que responde educadamente a esta llamada telefónica desde su casa en Londres, quiere saber cuál es la situación política en Cataluña. No parece que acabe de fiarse de la información que llega desde lejos. Esa es una de las razones por las que Johnson tiene, desde hace tiempo, su propia emisora de radio.

¿Qué puede haber más romántico en estos tiempos que una emisora de radio? Matt Johnson opina lo mismo, por eso creó la suya. Tiene un nombre hermoso, Radio Cinéola, y es un símbolo de resistencia. Su música también lo ha sido casi siempre, cuando proclamaba que Inglaterra era un estado más de los Estados Unidos o cuando recuperaba a Hank Williams con un álbum consagrado a su cancionero. Radio Cinéola es una especie de paraguas que, bajo su torre metálica, agrupa diferentes proyectos, unidos por la música, el arte, la comunicación y la política. «Lo fundé en 2010 —explica Johnson—, se puede considerar que es un proyecto en movimiento, en constante desarrollo. Varias de las iniciativas que acoge están ahora reunidas en una caja con tres discos. También son el núcleo de un documental y de una futura exposición que nos acerca a lo que son y a su gestación». La película The Inertia Variations es una aproximación a Johnson y su mundo, contenido ahora mismo en esa serie de iniciativas cuyos caminos e intenciones se cruzan. Está dirigido por Johanna St. Michaels, que además fue pareja de Johnson, lo cual proporciona una visión íntima y privilegiada del artista. Alguien pregunta si no es violento para él dejarse espiar por la cámara de su excompañera. No, contesta él, asumiendo que esa mirada le conoce bien como persona y como creador. Nadie mejor que ella para retratar a un tipo que hace años se marcó un bartleby y es víctima de un bloqueo creativo que le lleva a pasar más tiempo del recomendable terminando una obra.

La pasada primavera, apareció un nuevo tema firmado por The The. Su último disco de canciones apareció en 2000 bajo el título de Naked Self. «We Can’t Stop What’s Coming» se publicó para el Record Store Day. «La canción habla sobre lo que entiendo que es la vida. La escribí para mi hermano Andrew, que falleció en 2016. Habla de todas esas cosas que nos van sucediendo mientras vivimos y hasta que morimos, de esos acontecimientos que escapan a nuestro control. Las personas no somos meros observadores, somos seres activos y participativos, pero, así y todo, hay cosas que están por encima de nosotros. Eso es algo que hay aprender a aceptar para poder hallar un cierto equilibrio y una cierta paz interior». No podemos detener lo que se aproxima, dice el estribillo. La canción ahora también forma parte del cofre de discos publicados bajo el epígrafe Trilogy de Radio Cinéola. La gestación de la canción está documentada en la película. A su vez, la canción está incluida en el disco The End of the Day, donde músicos de estilos y procedencias muy diversos reinterpretan en el estudio de Radio Cinéola composiciones de todo el catálogo de Johnson. «We Can’t Stop What’s Coming» está incluida dentro de ese recorrido artístico, como insignia de un presente y de un futuro que, a pesar de la inercia del bloqueo, todavía se sigue escribiendo. «Para grabar esa canción quería contar con músicos amigos que han estado en otras grabaciones de The The años atrás. El percusionista Zeke Manyika, el bajista James Eller y la guitarra de Johnny Marr. Los quería en esa canción que es especialmente emotiva. A mi hermano le habría gustado».

Andrew Johnson formó durante años parte del equipo humano que daba forma a la música de The The. Firmaba las inconfundibles ilustraciones que proporcionaban identidad visual a los discos de Johnson. Las cubiertas de los singles Uncertain Smile y This Is The Day, del álbum Soul Mining (1983) y, después, también de Infected (1987) y Dusk (1993). A principios de los ochenta, Johnson emergió del underground, avalado por músicos de Wire y por el sello 4AD, que entonces daba a conocer a nuevos y ásperos talentos como los de Modern English o Bauhaus. Uncertain Smile (que en su versión álbum tiene un solo de piano brutal a cargo de Jools Holland) le concedió una visibilidad inesperada. Pero, a pesar de ser distribuido por una multinacional, el posicionamiento de dicha canción no hizo más que asentar el perfil de un creador de filosofía guerrillera.

Matt y Johanna. Fotografía de Kari Jantzen.

Johnson colaboraba con talentos afines como el de Marc Almond, que en la cumbre del éxito de Soft Cell escogió sumergirse en aventuras musicales oscuras. En esa época conoció a Zeke Manyika, que entonces formaba parte de Orange Juice, el experimentador electrónico Thomas Leer y a Jim Thirlwell, que entonces trabajaba bajo diversos seudónimos que tenían como común denominador la palabra Foetus. Los explosivos planteamientos sonoros de Foetus han sido posteriormente la base sobre la que han crecido Nine Inch Nails y Marilyn Manson. En 1982, nadie sonaba como toda aquella gente, tan explosivos, tan subversivos, tan atractivos. Contemplar cómo le daban la espalda a la inercia del éxito y se atrevían con caminos artísticos poco recomendables era toda una delicia. 

En cuanto a Johnny Marr, trabajó en 1989 con Johnson, pero su amistad se remonta a otros tiempos, al principio de todo. Los padres de Johnson regentaban un pub por el cual pasaron muchos de los que acabarían siendo grandes estrellas del rock británico de los años sesenta; su tío fue uno de los agentes más importantes de la época. Y Matt aprendió a tocar allí, aprovechando en ocasiones que los instrumentos estaban sobre el escenario vacío. Marr fue uno de los amigos de su adolescencia. «Johnny estuvo a punto de formar parte de The The al principio. Éramos adolescentes y él vivía en Manchester. Quería trasladarse a Londres y tocar conmigo, pero no tenía dinero. Vivir en la capital era muy caro, así que desechó la idea porque carecía de los recursos necesarios. Poco después conoció a Morrissey y fundaron The Smiths».

Thirlwell, que según explica Johnson en la conversación telefónica es uno de sus mejores amigos, fue quien le descubrió a un escritor que ha terminado siendo fundamental para otros de los discos de la trilogía de Radio Cinéola. «Jim es amigo del poeta y pintor John Tottenham. Hace diez años me descubrió sus poemas y desde entonces estoy enamorado de ellos. Contacté con él y le dije que quería hacer algo a partir de esos versos y él me concedió permiso para hacer lo que quisiera». En realidad, según escribe Thirlwell en un ensayo sobre The Inertia Variations, Tottenham y él se conocieron en aquella época vibrante que fueron los primeros años ochenta en Londres. Ambos eran okupas que coincidían en ciertos conciertos y fiestas. Uno de ellos fue una de las primeras actuaciones de The The. Tres décadas después, Johnson usa los versos de Tottenham como punto de partida en el disco The Inertia Variations, el segundo de la nueva trilogía de Radio Cinéola. Consiste en versos recitados y, en algunos casos, alterados respecto a los originales, con un fondo musical compuesto por el propio Johnson. En el documental, habla de su obsesión por la inercia creativa, la inercia universal. Su amigo, el realizador Tim Pope, con el que filmó los vídeos de Infected, le pregunta en la película de qué vive. Johnson compra propiedades sin ánimos especulativos, edificios que en manos de propietarios sin escrúpulos desaparecerían o serían transformados en horrores urbanos; después los vende a propietarios que se comprometan a respetarlos. Su filosofía personal es la filosofía de Radio Cinéola. Una emisora que plantea una revolución en las ondas, que lucha contra la sobreestimulación de información, contra el aislamiento. La torre metálica que se ha convertido en su insignia está inspirada en la torre Shújov.

Después de interesarse por la situación en Cataluña, Johnson acaba hablando sobre el brexit. «Vivimos tiempos complejos. Hay mucha rabia en países como Inglaterra o Estados Unidos. En Inglaterra, las decisiones fundamentales se toman en Londres y Westminster. La gente estaba harta de que no se escuche al resto del país y eso trajo como consecuencia el shock con los resultados del referéndum del brexit. Había mucha frustración porque había decisiones sobre lo que ocurría en Inglaterra que se tomaban en Bruselas. Ahora, esa gente siente que esa victoria le da derecho a ser xenófoba y racista. Pero estoy seguro de que, si ahora hubiese otra votación, el resultado sería muy distinto. Nadie pensó que ocurriría esto. Hubo gente que votó brexit para darle una lección al Gobierno. Ahora el Gobierno británico no sabe qué hacer. Existe esa sensación de que Inglaterra se va a cortar su propio cuello y de que no va a resultar tan fácil abandonar Europa». En 1989, The The publicó Mind Bomb, su tercer álbum, una obra que tomaba como punto de partida el choque político y religioso entre Oriente y Occidente. «Hay temas de los que escribí en el pasado que, si siguen vigentes, es porque el ser humano no cambia y convierte esas cuestiones en algo universal. Los mismos problemas reaparecen una y otra vez, generación tras generación. Como compositor, esa es la materia prima con la que trabajo. Siempre he intentado decir la verdad de lo que veo, ser honesto y contar con honestidad la realidad que tengo ante mí, y hacerlo a mi manera. Me gusta pensar que las canciones sobreviven a la prueba del tiempo. Ese siempre ha sido mi sueño, crear canciones que signifiquen algo en la vida de la gente. El mejor cumplido que me pueden hacer es decirme que alguien ha enterrado a un ser querido con mi música, o que se ha casado con ella o ha hecho el amor con un disco mío de fondo».

Hay canciones de The The que anticiparon conflictos que todavía hoy viven con nosotros; otras que contienen las semillas de nuestra propia incertidumbre. «Uncertain Smile» y «This Is the Day» son posiblemente las más célebres de su catálogo en ese sentido, aunque una letra como la de «Armageddon Days (Are Here Again)» podría haber sido escrita hace unos meses o unos pocos años atrás: «Islam is rising / The Christians mobilising / The world is on its elbows and knees / It’s forgotten the message and worships the creeds». El amor, el sexo, la guerra, dios y la política son, según el propio Johnson, los temas que forman el epicentro de su trabajo. Midnight to Midnight, el tercer álbum integrado en su nueva trilogía, es un programa de radio de doce horas creado y emitido por él mismo durante la jornada electoral que vivió Inglaterra el 8 de junio de 2017 tras el resultado del referéndum sobre el brexit. «Es un programa de radio nocturno con entrevistas de cariz político y llamadas desde diversos puntos del globo. Cada vez hay más gente hablando de política y creo que eso es bueno porque posiblemente traiga cosas positivas. Google manipula sus algoritmos al igual que las redes sociales, son herramientas del sistema y cualquier cosa que pueda transformarse en amenaza será frenada. Es posible que la época dorada de internet haya concluido, porque ya está completamente controlado con excusas como el terrorismo, el fraude financiero, la pornografía…». La palabra y la música como discursos para la resistencia, como filtro contra la mentira, como discurso político y social. La realidad puede sintonizarse desde Radio Cinéola. Matt Johnson nunca se marchó de nuestras vidas. The The tampoco.


¿Qué otro cantante merecería ganar el Nobel de Literatura?

Aunque no perdemos la esperanza de que el Premio Nobel de Química genere algún año de estos polémicas en redes sociales, bares y reuniones familiares que acaben a insultos y gorrazos, una vez más han sido los de Literatura y de la Paz los que han venido para dar algo de vidilla. Especialmente el primero, pues si son legión quienes se alegran por este reconocimiento, está también extendida la opinión de que es una muestra más de la decadencia y trivialización de los Premios Nobel, de la cultura contemporánea y hasta de Occidente si nos apuran. Tampoco falta quien, situándose en un término medio, se limita a pedirle a Bob Dylan que se eche Respir y se suene de una vez. Así que si lo que se buscaba es repercusión entonces bien elegido está, al fin y al cabo todo el mundo ha escuchado alguna canción suya y puede posicionarse. Por si los académicos perseveran en tal camino es momento entonces de ir planteando otros posibles merecedores de esta distinción que se le negó a Borges. Voten o añadan su favorito, recordando en primer lugar que debe estar vivo, así que por ejemplo Chayanne sí valdría.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Ray Davies

Contaba Heródoto en el libro primero de sus Historias que los persas acostumbraban a tomar las decisiones más importantes reunidos en plena borrachera. Así nos imaginamos también al comité noruego que se encarga del Premio Nobel de la Paz, con cada miembro exponiendo su candidato junto a un «¿A que no hay huevos?», mientras el resto bastante tiene con no caerse de la silla. Por su parte, los suecos parecen tomárselo más en serio con los que les toca repartir, aunque en su momento también otorgaron uno de literatura a Churchill porque daba buenas arengas, decían. Si es por eso entonces lo merece igualmente este otro inglés, letrista y líder de The Kinks, pues también lanzaba auténticos manifiestos en sus canciones con los que despertar conciencias, como el de este tema inspirado por un desastre ocurrido en un pueblo minero galés, en el que describía «un mundo donde el esfuerzo de la persona normal importaba poco». Pero sobre el grupo, esta canción y su letra ya hablamos en este artículo.

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Tom Waits

«Es un gran día para la literatura y para Bob cuando un maestro de su forma original es celebrado. Antes de que los relatos épicos y los poemas fueran escritos, las letras migraban en los vientos de la  voz humana, y no hay una voz más grande que la de Dylan». Así felicitó Tom Waits el otro día a un compañero con el que comparte múltiples referencias, la primera y más fundamental el escritor Jack Kerouack. Una vez se ha reconocido así a uno; el otro, tarde o temprano, debería también compartir su gloria.  

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Neil Young

Una afinidad también compartida con este músico canadiense, en quien influyó notablemente y con el que se le ha comparado a menudo, aunque Neil Young deja claro la posición de cada uno: «yo nunca seré Bob Dylan, él es el maestro». Es un gesto de humildad que le honra, aunque la huella también ha sido en sentido contrario, tal como Dylan cantaba en uno de los versos de «Highlands»: «I’m listening to Neil Young, I gotta turn up the sound».

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Dolly Parton

La larga y meritoria trayectoria de esta cantante country ha estado igualmente vinculada a la de Bob Dylan, de cuyo tema «Don’t Think Twice It’s All Right» hizo la versión que tienen sobre estas líneas, que supera a la original. Aparte también ha sido actriz, participando junto a Burt Reynolds en La casa más divertida de Texas. Eso también debería puntuar para un Nobel.

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Santiago Auserón  

Este doctor en filosofía es sin duda uno de los mejores compositores en castellano, con unas letras ingeniosas, originales y de gran belleza poética, ya fuera con el grupo Radio Futura o en su posterior carrera en solitario bajo el nombre Juan Perro. Este tema en el que se hacía aquella pregunta de «¿Con esa mala leche un salón de té?», corresponde al primero.

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Eminem

Chris Rock decía que uno se da cuenta de que el mundo ha enloquecido cuando ve que el jugador más alto de la NBA es chino, el mejor golfista es negro y el mejor rapero es blanco. Refiriéndose, naturalmente, a Eminem. El novelista Stephen King también ha elogiado su talento e incluso un premio Nobel como Seamus Heaney reivindica las letras de este cantante por su «energía verbal». En ellas hay juegos de palabras, interpretaciones de diferentes personajes y muchas referencias a sus propias circunstancias vitales.

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Joaquín Sabina

Al día siguiente de darse la noticia del Nobel a Dylan, Sabina publicaba este artículo  congratulándose por ello y apuntando algo más bajo, al Premio Cervantes. Claro que no lo reclamaba para sí mismo, pero a buen entendedor… Cualquiera de los dos sería un justo merecimiento, al fin y al cabo ningún otro cantante de nuestro país ha compuesto tal cantidad de letras que resulten inmediatamente reconocibles con apenas escuchar unas palabras, ya forma parte de la cultura española. En su momento le dedicamos esta entrevista .

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Luis Eduardo Aute

Recientemente ha sido noticia que ha logrado salir del coma en el que cayó tras sufrir un infarto y parece que va recuperándose bien tras unos momentos muy difíciles, así que afortunadamente cumple el primer requisito requerido que señalábamos antes, que es el de estar vivo. Respecto al segundo, que es merecerlo, va más holgado: no hay rama artística que Aute no haya tocado alguna vez en su larga y prolífica carrera, siempre con una gran acogida. Albanta fue un disco de 1978 con letras de contenido político antifranquista, como «Al alba», y otras como esta que da nombre al disco y al país imaginario con el que su hijo fantaseaba, un lugar donde «las ciencias no son exactas / porque es eterna la infancia / y el fin no es el fin / porque no acaba lo que no empezó».

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Nick Cave

Sobre este australiano fundador de la banda Nick Cave & The Bad Seeds, su trayectoria artística y la influencia del Antiguo y Nuevo Testamento en su obra poco más cabe añadir a lo dicho en su día en este artículo.

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Paquita la del Barrio

Con temas como «Arrástrate», «Escoria humana», «Llorarás», «Para que hinques a tu madre», «Qué poco hombres eres», «Te parto el alma» o «Rata de dos patas», esta poetisa jarocha ha sabido usar el despecho como combustible de su talento, elevando el arte del insulto a cumbres dignas de Quevedo. Los académicos suecos dan la impresión de tener poca sangre y quizá no puedan valorarla como merece, pero quién sabe…

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Morrissey

Morrissey sintió desde joven un gran interés por la literatura en general y por Oscar Wilde en particular, del que a decir de algunos ha logrado captar su estilo en unas letras que a menudo son atormentadas, aunque también suele recurrir en ellas a la ironía.

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Georgie Dann

Si todos los anteriores se caracterizan por largas parrafadas que hay que escuchar varias veces o leer con detenimiento para lograr desentrañarlas, concluiremos con un candidato que ha hecho de los estribillos sencillos su seña de identidad. En el universo poético de Georgie Dann el título de cada tema raramente lleva a engaño, de forma que «El chiringuito», «La cerveza», «La barbacoa», «El veranito», «La rana» o «El dinosaurio», ya nos orientan sobre qué podremos encontrarnos. La melodía es siempre la misma, porque tal como ocurre con los Lada una vez se llega a la perfección no hace falta cambiar, mientras que sus metáforas son contundentes y no hacen prisioneros: «Las chicas en verano / No guisan ni cocinan / Se ponen como locas / Si prueban mi sardina. (…) Si sube la marea / Me va de maravilla / La gente se amontona / Y yo les doy morcilla». Joder, un grande.

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Walter Lure, del CBGB a Wall Street

Walter Lure. Fotografía cortesía de Brudenell Social Club.
Walter Lure. Fotografía cortesía de Brudenell Social Club.

Hace un par de semanas un reportaje del Guardian se preguntaba cómo habían terminado cuarenta años después los punks británicos surgidos tras la explosión del 77. Abría el artículo Ausaff Abbas, de Alien Kulture, que ahora era banquero. Su grupo consiguió una gira con los Specials para veinte fechas y ese fue el momento en el que decidió bajarse del barco. Le pesaron las raíces paquistaníes, explicó, y prefirió concentrarse en los exámenes de fin de curso de la London School of Economics donde estaba matriculado.

La cantante de Au Paris, Lesley Woods, se subió al carro del punk en 1978 seducida por ese espíritu de que cualquiera podía hacer lo que le diese la gana sin necesidad de ser un virtuoso. Y también porque era un movimiento en el que las mujeres tenían un lugar en él sin tener que ser bellezas estereotipadas «de grandes pechos», especificaba. Siouxsie, Poly Styrene y Patti Smith eran sus modelos. Pero esto, contó, era solo la teoría, luego en la práctica se encontró con un muro de violencia y peleas en cada actuación. Llegado un punto, lo dejó y, para limpiar su mente, quiso hacer justo lo contrario de lo que había venido haciendo hasta entonces: se puso a estudiar leyes. Ahora es abogada.

El cantante de Crass aparecía ataviado con su uniforme del servicio de salvamento marítimo. Tras donar el dinero de un concierto a los socorristas de Sea Palling, pudo ver cómo trabajaban, le sedujo el asunto y acabó siendo uno más a tiempo completo.

Una fotogénica punk, Jordan, era amiga de la troupe de Vivianne Westwood y Malcolm McLaren. Alguna vez apareció en el escenario en los conciertos de Sex Pistols y fue responsable de sus estilismos. «Les ensuciaba la ropa», dijo que se limitaba a hacer. Ahora es enfermera en un centro veterinario y todavía lleva el pelo de colores.

David O´Brien, un punk de Mánchester que aparecía trasegando una enorme lata de cerveza en el reportaje, comentó que antes era el típico que iba con sus botas Doc Marteens y los pantalones vaqueros desteñidos. Su padre era alcohólico, no sabía mucho de él. Y su madre tuvo ocho hijos, dos murieron, pero crio a los otros seis ella sola. David creció bebiendo y buscando peleas en los alrededores de Old Trafford. Sin embargo, un día que iba borracho por el bosque vio los restos de lo que podría haber sido un aquelarre de magia negra —la historia se las trae—, eso le hizo coger un Nuevo Testamento y en poco tiempo terminó de vicario de la Iglesia. Ya lleva diez años en ello y ha escrito un libro al que habrá que meter mano: Northern Soul: Football, Punk, Jesus

Y el músico más famoso que aparecía en el amplio reportaje era Terry Chimes, batería de los Clash. Ahora, quiropráctico. Era curioso cuando decía que en la actualidad mucha gente le pregunta si no echa de menos tocar delante de setenta mil personas y él les contesta que ha tratado a más de setenta mil pacientes que se han ido muy felices y que eso no mola menos.

Y ahí se quedaba la cosa porque la lista del Guardian estaba circunscrita al punk y a Gran Bretaña, si no, podría haber sido eterna. Por ejemplo, Nasty Suicide, del grupo finlandés responsable en buena parte de los pelos cardados del glam metal angelino, Hanoi Rocks, ahora es farmacéutico. Andy Shernoff, de los Dictators de Nueva York, pioneros del punk en Estados Unidos, sumiller para tiendas de vinos neoyorquinas. Y si nos pasamos al heavy tampoco faltan ejemplos. Bruce Dickinson, de Iron Maiden, se hizo piloto comercial y ha llegado a volar en misiones de rescate en Afganistán. Punky Meadows, de Angel, posiblemente el inventor del duck face que amenaza a la civilización occidental, ahora regenta una clínica de bronceado artificial, y su excompañero Giuffria desarrolló la patente de una máquina tragaperras que le ha hecho millonario. O Dan Spitz, guitarrista de Anthrax, que ha acabado de maestro relojero con titulación en Suiza… Son muchas las posibilidades, porque los royalties no siempre dan para mantener el tren de vida y porque las lucecitas y el escenario no cautivan a todo el mundo para siempre. No obstante, si hay un músico de todos cuantos se cambiaron de carrera que dio un cambio que no se lo debió creer ni su padre, quien por cierto le ayudó a darlo, ese fue Walter Lure, de los Heartbreakers de Johnny Thunders, posiblemente el grupo más yonqui que jamás haya existido. Veámoslo en perspectiva, empezando desde el principio.

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Los Heartbreakers en una actuación en Toronto, 1978. Fotografía cortesía de Johnny Thunders Rocks.

Heartbreakers fueron el grupo que formaron Jerry Nolan y Johnny Thunders de las ruinas de New York Dolls, uno de los grupos pioneros del glam y del punk rock. Nolan llegó sustituyendo al batería Bill Murcia, que falleció de forma lamentable. Fue en una primera visita del grupo a Inglaterra. Habían sido invitados por Rod Stewart porque Melody Maker les había vendido como the next big thing, el secreto mejor guardado de los bajos fondos de Nueva York y esas etiquetas que colocaba periódicamente la prensa musical. Pasaron de tocar delante de no más de quinientas personas en clubes de mala muerte a hacerlo ante más de diez mil. Al final del show, Murcia acabó en una fiesta donde se hinchó a quaaludes, un barbitúrico. Se vino abajo y los presentes lo metieron en una bañera con agua helada para intentar reanimarlo. Lo que hicieron fue ahogarlo.

Así lo contó Marty Thau (fallecido en 2014), su primer mánager —quien también descubriera a Suicide, los Real Kids o los Fleshtones años después—, en Por favor, mátame: «Bill acabó en esa fiesta y por una combinación de alcohol y, según venía en la autopsia, quaaludes, se empezó a ahogar. Empezó a cambiar de color y se desmayó, y el piso, que estaba lleno de gente, se vació. La gente huyó. Les importó una mierda que ese pobre chico se estuviese ahogando hasta la muerte. Todos corrieron buscando salvar su propio pellejo. La gente que se quedó no quería escándalos, así que le metieron en una bañera de agua helada y dejaron correr el agua. Se ahogó. Lo que tendrían que haber hecho inmediatamente era llamar a una ambulancia, mandarlo al hospital a que se hiciera un lavado de estómago y habría estado bien». El grupo volvió directo a Nueva York y su mánager se quedó respondiendo las preguntas de Scotland Yard.

De vuelta en casa reclutaron al aludido Jerry Nolan. Poco después hubo otro viaje a Inglaterra y volvió a dejar huella, esta vez artística. Un chaval, Malcolm McLaren (muerto en 2014), estaba esperándolos loco por asistir a todos los conciertos que dieran en su país. En la actuación de los Dolls en el prestigioso programa Old Grey Whistle Test de la BBC, el presentador, Bob Harris, les trató con desprecio, tomándoselos a broma. Ya por aquel año, 1973, el rock «no era para reír», por decirlo de algún modo, había ya una tontería y unas ínfulas que los propios Dolls contribuyeron a derribar directa o indirectamente. Porque, de hecho, esa actuación televisada marcó a varios jinetes del Apocalipsis. Por un lado, los Sex Pistols, pero también un tipo con la importancia de Morrissey dijo de aquel show que fue su «primera experiencia emocional seria». El público reunido en el concierto que dieron en Londres era el colmo de la sofisticación. Estaban todos los artistas de la ciudad, la jet y personajes como Paul McCartney. La prensa los había vendido como lo más tope de lo tope, la nueva sensación. Sin embargo, aquello tenía poco de nuevo. Eran cinco tíos vestidos de puta tocando viejo y áspero rock and roll.

Sylvain Sylvain, guitarrista, lo reconoció sin ambages: «Esperaban que fuéramos la banda más increíble de todas y se encontraron con la sucia energía de cinco chavalillos punkis que le habían dado la vuelta a la música para empezar todo de nuevo».

En la siguiente escala en París el impacto no fue menor. Johnny Thunders vomitó, nada más aterrizar, delante de los fotógrafos. Esos días estaba empezando a ponerse de heroína seriamente. Luego, en la tristemente célebre sala Bataclan protagonizaron otro incidente. El público, quizá por esa pota que le cayó al periodista de Paris Match, hizo lo propio y comenzó a escupir a Johnny Thunders. Él se lanzó a por ellos pie de micro en mano y se montó una reyerta de la que salió con la cabeza sangrando y por patas, porque el equipo de seguridad se lio a porrazos con todos los presentes.

Estos incidentes y las ventas del primer disco, buenas para un debut, malas para un grupo con tanta promoción, hicieron que en su sello, Mercury, estuvieran con la mosca detrás de la oreja. El segundo álbum vendió aún menos y el sello se terminó desentendiendo del grupo. Fue en ese momento cuando aquel fan inglés, Malcolm McLaren, se convirtió en su mánager. Iba a relanzarlos y, por algún motivo, decidió que al travestismo había que darle una vuelta de tuerca y los atavió como putas comunistas en sentido literal. Cuero rojo y bandera gigante con la hoz y el martillo detrás del escenario. Ahora ya sí que nadie quiso ficharlos. El grupo se hundió para siempre. Era 1975 y McLaren al menos se quedó con la copla para no fallar con su siguiente cliente, los Sex Pistols. Al otro lado del charco las esvásticas funcionaron mejor que las estrellas rojas en Estados Unidos.

Mientras tanto, Johnny Thunders y Jerry Nolan, acuciados por la necesidad de liquidez para pagarse las drogas, se juntaron con nuestro protagonista, Walter Lure, para dar forma a los Heartbreakers.

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Richard Hell de camino al CBGB, 1977. Fotografía cortesía de Bombed Out Punk.

Durante un tiempo, Richard Hell estuvo en el grupo. Este señor, ex de Television, fue quien tuvo que quitarse una camiseta que se había confeccionado él mismo donde se leía «Por favor, mátame» cuando un fan se ofreció voluntario para hacerlo, completamente convencido de que a su ídolo le agradaría. Hell se quejaba por aquel entonces de que ya nadie leía y que la poesía, a lo que él aspiraba, a ser poeta, solo estaba en grupos como el de Johnny Thunders y Jerry Nolan, por eso se unió a ellos. El rock and roll era la poesía por otros medios. Su paso por el grupo, que fue breve, anécdotas al margen, resultó clave en los Heartbreakers porque se llevó a los ensayos «Chinese Rock», la canción sobre la heroína que había compuesto Dee Dee Ramone en el apartamento de Debbie Harry tras un pique con él. Le retó a que no sería capaz de escribir algo mejor que «Heroin» de Lou Reed y ese fue el resultado.

Cuando Richard abandonó el grupo para montar sus Voidoids, los Heartbreakers no dejaron escapar la canción. Es más, con su implacable lógica yonqui, se la apropiaron. Tras la marcha de Hell, el grupo quedó configurado con nuestro Lure a la guitarra y un cuarto en discordia, Billy Rath, un sujeto que, según le describió Oriol Llopis en Ruta 66 después de tratarlo en persona, «era el puta que siempre sabe dónde está la onda de caballo».

Con esta formación el grupo echó a andar, si se le puede llamar así a esos andares. Después de la experiencia con New York Dolls, Johnny y Jerry eran toxicómanos totales. «Todo lo que hacíamos giraba en torno a la droga, no había ensayo si no nos drogábamos antes. Para todo lo que hacíamos nos teníamos que drogar», explicó después Nolan.

Pocos grupos habrá habido en los que todos eran yonquis, vivían tirados como yonquis y cantaban cosas de yonquis. Pleno al quince, no detallitos de yonqui por separado. Con esa filosofía, encendidas las alarmas por un estilo de vida que excedía ligeramente el relaxing cup of café con leche, a Johnny Thunders le llamaban la atención sus allegados, pero él replicaba que en el mundo del rock Keith Richards lo había logrado y era un yonqui, y entonces le tenían que explicar que Keith Richards primero lo había logrado y luego se había hecho yonqui, no al revés.

Sin embargo, los que en principio sí que lo lograron fueron otros gracias a ellos. Mientras descargaban en tugurios como el CBGB y el Max’s Kansas City, en Europa empezaban a escribirse artículos sobre la escena neoyorquina, con Talking Heads, Television, Ramones y ellos mismos como protagonistas de un cuento maravilloso, que en realidad era difícilmente perceptible en la calle. Pero en enero de 1976, en Newsday, Wayne Robins describía cómo vestían, qué influencias tenían y cómo eran estos posthippies cuyos días de reinado iban a llegar, anunciaba solemnemente, y no se equivocó.

El CBGB en 1977. Fotografía cortesía de Bombed Out Punk.
El CBGB en 1977. Fotografía cortesía de Bombed Out Punk.

Cuando los Heartbreakers desembarcaron en Inglaterra un año después, 1977, ya estaban en marcha los Sex Pistols, los Clash, los Buzzcocks y los Damned. Estos grupos, alimentados por un deseo de volver al rock primigenio, como estaban haciendo en Nueva York los Ramones, con ganas de meter cera como el ruido de los Stooges de Iggy Pop, e incluso queriendo imponerse en la jerarquía del caos como había pasado en el rock alemán, el kraut, dieron con la fórmula para llevárselo crudo. No obstante, en una gira con todos ellos, «The Anarchy in the UK Tour», concebida para dar el pelotazo, como era de esperar no salió como era de esperar, válgame la redundancia, y se quedaron tirados en Londres sin un duro.

De veintiséis conciertos planificados pudieron dar solo cuatro o cinco. Tirados, al menos aprovecharon para registrar en los Essex Studios su primer álbum. Su título, LAMF (Like a motherfucker: «Como un hijo de puta»), era una pintada que habían visto en las calles de su ciudad. El sonido corría la misma suerte. Era lamentable y ha sido objeto de remezclas y nuevas grabaciones durante treinta años. Claro que, ¿a quién le interesa un disco de punk que suena bien? Gente, hay gente para todo, pero…

Sin embargo, el impacto de los Sex Pistols fue bestial y se convirtió rápidamente en una máquina de hacer dinero. Su influencia conquistó América, tal y como había ocurrido tiempo atrás con la british invasion, cuando el blues robado por los niños blancos fue devuelto triunfante y transformado a Estados Unidos. Para ese momento, nuestro amigo Walter Lure ya se estaba dando cuenta de que todo aquello no era más que el enésimo gran timo del rock and roll, aunque en Gales tuvo que ver cómo un grupo de sacerdotes y padres se manifestaba frente al teatro donde iban a actuar pidiendo a los críos que no entraran, que dentro se encontraba el diablo, y distribuyendo Biblias entre el personal. Para su sorpresa, todo el mundo se tomaba en serio aquella pantomima.

Entrevistado por John Savage en Sounds en octubre del 77, Lure dio una visión prosaica y desapasionada de todo ese movimiento que se supone que abanderaban. Decía que en Nueva York la moda del punk empezaba a ser más popular que la música. Las fiestas más famosas de la ciudad eran los eventos «punk» que organizaban los grandes diseñadores de moda, se mofaba. En las revistas de sociedad te encontrabas con que Cher y Gregg Allman se habían dejado caer por una fiesta punk. Aquello era una tontuna de mucho cuidado, aunque al menos servía para el sarcasmo, «Cher se acaba de arreglar la cara con cirugía estética, así que ella sí que parece bastante punk», apostillaba.

De repente, la ciudad estaba plagada de tiendas punk y fotos de Johnny Rotten por todas partes. El detonante por lo visto fue un especial de la NBC que exageraba el punk británico como antes habían exagerado los periodistas británicos el punk neoyorquino. La chispa saltó cuando los New York Dolls, que se habían autoproclamado estrellas antes de ni tan siquiera haber lanzado un disco, le enseñaron a la gente que comportarse como un perfecto gilipollas no era óbice para llegar a rock star. Los Ramones cogieron el guante, eso llegó a oídos de los británicos, apareció la televisión y así el punk conquistó las escenas, el mercado y arruinó a muchos músicos virtuosos de los de «el rock no es para reír». La desgracia para muchos de los grupos neoyorquinos fue que, para ese momento en el que les podrían haber volado la cabeza a los británicos con su punk rock auténtico y genuino, como el de los Heartbreakers, ellos ya se habían hecho al molde autóctono de sus grupos locales. Así lo explicó Walter Lure en una entrevista en 2009 en L. A. Record.

Con esta desazón, Johnny Thunders tomó la decisión a finales de ese mismo 77 de empezar una carrera en solitario y el grupo quedó finiquitado. Walter, desde entonces, colaboró en algunos discos de los Ramones mientras sus excompañeros llevaban una trayectoria errante no exenta de discos mágicos, como el aclamado So Alone de su jefe.

Johnny Thunders en 1980. Fotografía: Herzco (CC).
Johnny Thunders en 1980. Fotografía: Herzco (CC).

En 1991 murió Johnny Thunders en extrañas circunstancias tras toda una vida dedicada al exceso. Y un año después se fue Jerry Nolan tras una meningitis que pudo haber contraído pinchándose. Ambos están enterrados el uno junto al otro en el cementerio de Queens, a cinco metros de distancia. También podría estar junto a ellos Billy Rath, pero en 1985 dio la espantada y desapareció del mapa. Tomó esa decisión porque se veía con un pie en la tumba por su adicción a la heroína. Durante la rehabilitación le pasó lo que a muchos, le dio por leer la Biblia y le gustó lo que encontró. Tanto que terminó convirtiéndose en sacerdote y llegó a llevar varias iglesias en las que trabajaba en la ayuda a los adictos, enfermos a los que conocía bien. Murió en 2014 con sesenta y seis años. Lo que nos lleva a la gran pregunta: ¿cómo logró sobrevivir Walter Lure?

Pues cuando se quedó sin los Heartbreakers tuvo que recurrir a su padre, que había sido banquero toda su vida. Este lo recomendó a brokers de bolsa que necesitaban trabajadores temporales a su cargo. Walter se metió a currar un par de días a la semana y aprovechó el resto de los días libres para «resolver problemillas de los viejos tiempos», en sus propias palabras. Cuando estuvo limpio, pasó a ser empleado a tiempo completo y no se le debió dar mal el mercado bursátil, porque en los noventa llegó a tener a su cargo a ciento veinticinco personas en Wall Street. Sin másteres ni posgrados: «Entré por la puerta de atrás, porque yo no había estudiado», explicó. Gracias al curro logró mantenerse limpio durante veinticinco años y por ahí sigue danzando. Podría decirse el tópico rockero de que con actitud uno puede lograr lo que se proponga, pero Walter, según declaró en Uber Rock, no se hace muchas pajas mentales y considera que el hecho de no estar muerto, como todos sus compañeros, no ha sido más que cuestión de suerte:

No te creas que yo fui del todo inocente en aquellos días solo porque estoy vivo ahora. Todos fuimos absorbidos por ese estilo de vida con ligeras variaciones y nos costó unos cuantos años de adaptación antes de volver a la normalidad. Yo tuve suerte de tener estilos de vida alternativos al aterrizar para sustituir los que eran demasiado perjudiciales. También tuve suerte de encontrar un trabajo e incluso disfrutar lo que estoy haciendo en Wall Street. Si hubiese encontrado trabajo de taxista, quizá no habría durado tanto tiempo También conseguí mantenerme fuera de cualquier problema legal durante años, más por suerte que por otra cosa.

Por suerte o por desgracia, si todo el mundo representa un papel en el circo del rock and roll, el de Johnny Thunders, Jerry, Walter y Billy, los Heartbreakers, por la época y la entrega que pusieron, fue cinema verité. Y el paso de Walter Lure por el mundo de la heroína neoyorquino de los setenta y Wall Street en los últimos veinticinco años le convierte en, posiblemente, el hombre que más mierda ha visto en su vida en todo el mundo.


¿Qué cantante ha recibido más calabazas a juzgar por sus temas?

¿Quién se manifiesta para celebrar una decisión del Gobierno? ¿Cuántos, salvo el propietario del local y su familia, escriben una reseña en Google Maps para decir que el trato fue correcto y quedaron satisfechos? ¿Alguna vez en la historia de la humanidad la conversación en torno a una persona ausente se ha centrado en elogiar sus virtudes? Dice el proverbio que una alegría compartida se transforma en doble alegría y una pena compartida, en media pena. Mentira. Una pena compartida es también una doble alegría y criticar, quejarse y tronar pidiendo explicaciones al mundo es la sal misma de la vida. Por todo ello no es de extrañar que la frustración sexual y la soledad hayan sido el ladrillo y el cemento de buena parte de la música contemporánea. Se ve que nada como un rechazo amoroso para que entren ganas de cantar expresando lamento y preguntando por qué, por qué, por qué. Algunos artistas llegan a parecer una calamidad viviente, un Calimero encarnado a punto de reventar de pena y rencor, y de ellos va nuestra pequeña selección junto a la canción más distintiva al respecto del grupo o solista. Naturalmente la lista es interminable, así que les animamos a que añadan sus favoritas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«La estación de los amores», de Franco Battiato

Con esa mirada castigadora y el prodigioso don para el baile que exhibe en este vídeo cuesta imaginar que alguna chica se le pueda resistir, pero de ello es de lo que trata aquí el que es uno de los mayores cantantes que ha dado Italia. «Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo / que no volverá, no regresará, más» es un lamento existencial que evoca en un sentido amplio la expresión latina carpe diem, pero si nos atenemos al asunto amoroso entonces remite a otra locución, esta anglosajona, friend zone.

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«Rata de dos patas», de Paquita la del Barrio

Cuando las expectativas son tan altas como las que suelen darse en el amor, la traición puede generar un odio de intensidad equivalente a la atracción previa. De ello canta esta gran artista veracruzana que parece la esposa del capitán Haddock en proceso de divorcio. Cada canción suya es como un océano de bilis del que emerge rompiendo la superficie con la potencia de un rorcual.

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«How soon is now?», de The Smiths

David Bowie dijo en cierta ocasión que había tenido tanto sexo y drogas que le sorprendía seguir con vida, a lo que Morrissey replicó que había tenido tan poco de ambas cosas que se sentía igual. Quién sabe si el origen de esa frustración sexual está en la timidez, ese pequeño saboteador interno que previniéndonos tan enfáticamente de la posibilidad de fracaso termina haciéndolo realidad, tal como cantaba en «Ask». A dicha «timidez criminalmente vulgar» de la que se proclama hijo y heredero, que le impedía satisfacer su necesidad de ser amado, también alude en la canción más señalada del grupo que le dio a conocer.

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«I’m Throwing My Arms Around Paris», de Morrissey

Una vez disuelta la banda Morrissey continuó como solista con notable éxito. De él se ha dicho que odia a todas las personas que conoce y temas como «We Hate It When Our Friends Become Successful» desde luego no debieron sentar demasiado bien a sus amigos, en caso de tener alguno. Afortunadamente para él no se gana la vida escribiendo libros de autoayuda sino canciones, y en ellas continuó retratándose como un alma en pena, clamando cual Quasimodo que «he decidido que voy a extender mis brazos alrededor de París porque solo la piedra y el acero aceptan mi amor». Que alguien le regale un peluche…

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«Tía, vete a cagar», de Espasmódicos

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Así definió Lope de Vega la naturaleza esquiva del amor y esta banda de punk madrileña surgida a comienzos de los ochenta vino a decir lo mismo pero con otras palabras.

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«When Will I Be Loved», de Everly Brothers

Este dúo de rockabilly estaba formado como su nombre indica por dos hermanos, originarios de Iowa, que se dieron a conocer en 1957 con «Bye Bye Love», donde contaban cómo su novia se había ido con otro y entonces abrazaban la soledad entre lágrimas. Tras esa ruptura amorosa entraron en una fase de furia onanista reflejada en su conocidísima «All I Have To Do Is Dream». Ya decían los antiguos con gran sabiduría que «semen retentum venenum est», pero llega un momento en que no es suficiente, así que en 1960 el sencillo incrustado sobre estas líneas, «When Will I Be Loved», expresaba su frustración por los reiterados desengaños, rechazos y maltratos que habían recibido y su anhelo por lograr finalmente ser amados.

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«Sad and Beautiful World», de Sparklehorse

El primer álbum de esta banda fue Vivadixiesubmarinetransmissionplot, que como título es original y promete. La letra no alude explícitamente a un rechazo, ruptura o pérdida, pero el estado de ánimo que transmite es inequívocamente ese. No sabemos si Mark Linkous recibiría muchas calabazas a lo largo de su vida, pero desgracias no le faltaron dado que primero perdió la movilidad de las piernas debido a una sobredosis durante una gira europea con Radiohead y unos años después, en 2010, se suicidó. Nos queda su música, que no es poco.

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«Piece of My Heart», de Janis Joplin

Janis Joplin tuvo un final igualmente desdichado muriendo a los veintisiete años, como tantos otros músicos, pero antes le dio tiempo a mantener unas cuantas relaciones que en algunos casos le romperían el corazón.

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«I’ve Been Loving You Too Long», de Otis Redding

Aún con más tierna edad nos dejaría Otis Redding, aunque esta vez y para variar no fue una sobredosis sino un accidente aéreo. Esta canción es justamente celebrada como la pequeña maravilla que es, pero si indagamos en su letra vemos una mala actitud por parte del autor, tal vez debido a su juventud: ella lo quiere dejar, pero él se niega a aceptarlo e incluso se pone de rodillas suplicando. No hombre, no, contacto cero y apúntate al gym.

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«Wicked Game», de Chris Isaak

El vídeo provoca una envidia insana pero la letra rezuma el desengaño de quien ya ha vivido esa historia antes y sabe cómo termina.

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«The House Where Nobody Lives», de Tom Waits

Tom Waits explicó en cierta ocasión que un caballero es un hombre que sabe tocar el acordeón pero no lo hace. Eso es una definición y no las de la RAE. Solo queda inclinar la cabeza y admitir que estamos ante alguien que realmente sabe, así que prestemos atención a las metáforas de esta canción acerca de que, nos dice, toda casa en la que hay amor es un palacio.

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«Y cómo es él», de José Luis Perales

Circula la leyenda urbana de que la protagonista de esta historia era su hija, una lectura muy sugerente que transforma el tono romántico en algo más próximo a Psicosis o La matanza de Texas. En una entrevista Perales lo desmintió de forma rotunda y explicó que originalmente la compuso para Julio Iglesias, por aquel entonces en fase de divorcio de Isabel Preysler. Así que la respuesta actualizada al título es «uno que tiene un premio Nobel».

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«I Want You», de Elvis Costello

Y por último, aquí tenemos una letra bastante similar a la anterior en torno a los celos. De nuevo esas preguntas que martirizan al protagonista para intentar comprender por qué ha sido sustituido, y si al menos una vez terminada aquella relación puede conservarse en el recuerdo como algo único e irrepetible: «I want to know the things you did that we do too».

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El rey de tallarines

Rey de tallarines
C/ San Bernardino 2, Madrid
Teléfono: 915 426 897

Nos han tachado de esnobs, de elitistas, de gafapastas gastronómicos e incluso algún amable lector, evitando rodeos, de imbéciles. Puesto que cualquier intento de rebatir este último adjetivo podría ser utilizado en nuestra contra, me paré a reflexionar cómo hacerlo con los primeros. Una ardua tarea a causa de nuestra condición intelectual tan certeramente expuesta, que al fin desembocó en lo más simple: me voy a comer a un chino. No a un sujeto de dicha nacionalidad, pues su reducido volumen podría dejarme con hambre y sus conocimientos de kung fu con serias secuelas, sino a un restaurante. Esta decisión levantó un alborozo en la redacción comparable al de la presencia de Gallardón en las listas al congreso en el entorno de Esperanza Aguirre, así que uno, ante la perspectiva, no planteó siquiera que el montante colara como dieta. Y más desde que parte del presupuesto se invierte en un equipo de seguridad compuesto por exlegionarios politoxicómanos pero aún operativos que nos protegen desde que un día tuvimos a bien mentar a los heavys en un tono no demasiado amable. Cuál es su función no lo sé, pues la más seria amenaza que la actual cultura heavy puede plantear consiste en que un día te asalte un grupo de melenudos rellenitos y arrojen a tus pies un dado de veinte caras al grito de “¡crítico con mi espada +3!”, para después huir despavoridos si ensayas cualquier gesto que no sea el de estupefacción. Pero supongo que todo lo que genere empleo es positivo.

Para no romper escandalosamente la línea editorial, reunidos de urgencia acordamos dos puntos para que la experiencia deviniera cultural: buscaríamos un restaurante chino de verdad, no una franquicia Gran Muralla de barrio, y llevaríamos bajo el brazo una antología poética de Li Po y Tu Fu, con la esperanza de olvidarlo en algún sitio y dejar de acumular trastos en casa.

De la amplia oferta gastronómica que ofrece Madrid en este tipo de cocina, elegimos uno de los más entrañables: El rey de tallarines.

Equipo de Jot Down adentrándose en las profundidades del restaurante. La imagen puede no corresponderse del todo con la realidad.

Adentrarse en el establecimiento y caer sobre tu alma la revelación de que hasta ahora los chinos te han estafado con la imagen de sus restaurantes es todo uno. Aquí la decoración no abunda en rojos y dorados, farolillos con dragones, budas de cartón piedra y gatos que con la zarpa dan pescozones en un ir y venir infinito. Lo que encontramos son paredes de un gresite distribuido a la manera que hubiera ideado Gaudí de ser constructor de piscinas y adicto a la ketamina, mobiliario desparejado, una máquina tragaperras que irónicamente no sufre las acometidas de un ciudadano oriental y a varias familias comiendo y de aspecto, sí, chino. Esta es la piedra de toque de cualquier restaurante que asegure ofrecer cocina internacional: si acuden nativos, es que es auténtico. El hecho de que estos comensales arrojen miradas torvas hace además sospechar que bajo el local exista un entramado de túneles que dirijan a un templo subterráneo en donde el hechicero Lo Pan planea desposar por las bravas a una mujer de ojos verdes para recuperar su juventud, y por un segundo acariciamos la idea de acudir al rescate, pero el hambre nos frena. Además no queremos perdernos uno de los principales espectáculos que ofrece el restaurante: la elaboración de la masa para los tallarines. Un cocinero diminuto pero de músculos hinchados, vestido con chándal y camiseta sin mangas y con la colilla de un cigarro colgando del labio inferior amasa con fuerza el mejunje sobre un mostrador. Levanta, estira, hace cucamonas y florituras en el aire y remata los malabarismos con un fuerte golpe contra el mármol. Con regocijo tomamos asiento pensando que comeremos mientras observamos las evoluciones de un personaje desbloqueable del Tekken.

El diseño y redacción de la carta nos sume en una profunda depresión, y solo hallamos fuerzas para señalar las fotos de lo que deseamos a la camarera. Nos adentramos en la idiosincrasia china con unos dim sums y una ensalda de mango. Enfrentarse a un verdadero dim sum es un momento clave en la vida de un hombre occidental convencido de saber manejarse con los palillos. Uno se siente humillado por las miradas que volvemos a imaginar torvas del resto de comensales. Y digo imaginar porque no hay cristiano que desentrañe los hieráticos gestos orientales. No quiera nadie leer aquí un comentario prejuicioso hacia ciudadanos de una etnia concreta. China es una gran nación poseedora de una sabiduría milenaria que nos ha proporcionado multitud de regalos culturales: El arte de la guerra de Sun Tzu; el taoísmo; los guerreros de terracota de Xian; el flan; una especie de aparato cónico por el que mediante un sencillo mecanismo de rotación podemos homogeneizar los purés; la posibilidad de hincharte a donuts si te asalta la necesidad un domingo a horas intempestivas solo con bajar a uno de sus comercios a comprarlos; y, sobre todo, la introducción —tanto en la cultura como en la vagina de la mujer dispuesta— de las bolas ben wa, artefacto con el que dichas mujeres superan en varios puntos el índice medio de felicidad al llevarlo inserto y gracias al cual, tras la práctica de un regular ejercicio, consiguen expeler desde el citado órgano pelotas de golf a varios metros de distancia con precisión. O dim sums, si se prefiere.

“Desde que llevo estas bolas chinas la vida tiene un color más cálido y ha aumentado mi amor propio” parece pensar Julie Ordon en un arrebato de pasional autoestima.

Como no es momento ni lugar para acometer semejante experimento con ellos decidimos continuar porfiando con los palillos, y cuando al fin introduzco uno en mi boca antes de que caiga tengo el veredicto: mediocre, aunque satisfactorio pues cuento con la seguridad de que al menos no me cobrarán, como en Sudestada, un testículo por ello. Consecuente en el afán por salir del restaurante con la virilidad intacta, decido no probar la ensalada de mango. Ya sabemos cómo son estas cosas. Empiezas comiendo ensalada de mango y después no le pones pegas a llevar bolso o depilarte el vello pectoral, y un día terminas ejecutando complicadas y sudorosas coreografías carnales con otros seis individuos en el cuarto oscuro de un bar de ambiente. O incluso comprando un disco de los Smiths. Así que no puedo opinar sobre la ensalada de mango. Supongo que sabría a mango, sea cual sea el sabor de ese inquietante producto de la tierra. Consultad a Morrissey al respecto. Mientras trato de explicar mis razones, nos interrumpe un golpe estrepitoso. El cocinero sigue con la masa. Antes de que podamos decidir si el espectáculo comienza a resultar molesto nos traen nuevos platos. Es este un detalle que sí entronca con la larga tradición del chino de barrio: los camareros te agobian depositando comida antes de que puedas haber terciado siquiera la que ya tenías. Ahora nos encontramos frente a un pato laqueado que hubiera resultado excelente de no estar más duro que los pies de Cristo y de no haber incluido como guarnición un objeto de aspecto verde y sano que podría ser lechuga; y a una ternera con curry rojo francamente agresiva. Por entrenado que se encuentre un paladar frente al picante, la verdadera cocina oriental supone un desafío. Un desafío delicioso, a pesar del minuto de silencio que habremos de guardar por nuestra flora intestinal cuando esa sustancia irrumpa en su hábitat. Dispuesto a inmolarme en curry, devoro extasiado la ternera con lágrimas en los ojos, tanto por la fiesta ardiente en el paladar como por los tiernos sentimientos que despierta el imaginar a la mentada flora como las estatuas calcinadas de los habitantes de Pompeya tras el desastre.

Cualquier persona más o menos normal y educada por el amor de una familia hubiera parado aquí. Pero ni soy normal ni mi familia me quiere, como cualquiera que haya tenido la paciencia de leer hasta aquí habrá podido inferir, y en Jot Down entendemos la crónica, gastronómica o no, como un descenso al abismo de las últimas consecuencias: estamos dispuestos a sacrificar nuestra salud por los lectores, e incluso a renovar el vestuario en la planta de Tallas Grandes. Por no decir que durante las primeras ingestas llegué a convicción de que en la cocina estaban dudando de nuestra capacidad en el arte de trasegar y a mí no me toman por el pito del sereno. Así llega el momento de solicitar la especialidad: tallarines. Dos platos. Y entonces la baraúnda que nuestro amigo de la masa está organizando se torna ya insoportable. Castiga la encimera una y otra vez. Y es en ese momento en el que atisbo la realidad de ese ritual: está marcando su territorio. No es posible un ejercicio de tal envergadura con el mero objeto de preparar unos tallarines. El chino está diciendo con su amasado “aquí estamos yo y mis cojones, y te voy a amargar la comida porque es mi restaurante y hago con él lo quiero”. Y qué puede hacer una persona ante este desafío, pregúntome a mí mismo ya que nadie me presta atención cuando lo hago en voz alta. Una persona no lo sé, pero un gorila macho de lomo plateado no se quedaría plantado en su mesa como una rata pusilánime. No resta otra línea de acción que recoger el guante, situarme frente a él y extraerme el pene de la bragueta con un rápido movimiento para atizar con una violencia superior su enharinada encimera.

David Foster Wallace, la clase de persona que jamás habría rematado su intervención en un programa radiofónico preguntando al locutor que si puede saludar. Julie Ordon tampoco.

Lo que pudiera haber sido una batalla épica finalizó pronto, pues al primer golpe temblaron los cimientos, y en un momento de lucidez llegué a maliciar que ante un derrumbe en pleno centro de Madrid acudieran las cámaras de España Directo o programa similar. Y quizá un hombre puede enfrentarse a otro que sacude un pedazo de mármol con una amalgama de harina y agua usando como remedo la representación física de dicho concepto (hombre), pero no a sus más profundos terrores. No a sí mismo. A conocerse y descubrir al fin qué tipo de persona es. Porque gracias a las enrevesadas tramas morales llenas de matices en gris de hitos de la cultura y el pensamiento como son The Wire o Juego de tronos, hoy sabemos la dicotomía bien-mal no existe. Hay que buscar una nueva ética. Lo que divide en verdad a la raza humana es su actitud frente a una cámara de televisión que nos asalte por sorpresa o ante un locutor de radio al que hemos llamado para opinar sobre algo o recibir un cochambroso premio por acertar el nombre de la canción: están los que preguntan “¿puedo saludar?” y los que no. Siempre he pensado que la ausencia de ese rasgo en la personalidad nos sitúa en el campo de la gente sensanta, honesta, merecedora de respeto y quizá incluso aprecio o lo que surja, según el roce. Podemos destilar la esencia última de una persona imaginando si preguntaría “¿puedo saludar?” Sergio Ramos, los dos sujetos de Andy y Lucas sea quien sea uno u otro, Pepiño Blanco, Ana Botella, José Antonio Camacho… sin lugar a dudas están en ese ajo. Y no deseo saber si yo lo estoy.

Sumidos en esta trabajosa reflexión que sin duda en un futuro estudiarán en las facultades de psicología —pero no por la teoría, sino por el autor— ponemos el automático y devoramos los tallarines que se enfriaban en la mesa durante este interludio. Aquí sí, el restaurante cumple más que con creces. Una delicia que jamás hemos experimentado en ningún otro sitio, al menos en forma de largas tiras de pasta. Y como no queremos contaminar el recuerdo de tantas aventuras vividas, decidimos no amargarnos la vida solicitando alguno de los postres de aspecto inmundo que nos ofrece la tradición china. Aquí tenemos la cuenta: un montante equivalente al de cualquier restaurante chino falso. Hemos comido tallarines como reyes a un precio ridículo, y así os lo hemos contado. Satisfechos por la certeza de habernos desembarazado de la pátina de esnobismo que nos asfixiaba, y mucho más cómodos en esta de retrasados que después de esta aventura nos adorna de forma definitva, salimos en busca de un Starbucks en el que poder comprar un muffin u otro postre cristiano y de bien, decididos a llevar esta nueva línea de investigación cultural más allá y pensando en la próxima parada de nuestras crónicas: los más inquietantes bares del clásico polígono industrial.

 


Emilio de Gorgot: Diez profecías para el 2012

Las profecías las carga el diablo. Alguien me contó esta historia en alguna tertulia vespertina: a principios de los ochenta, un individuo se convenció de que iba a llegar el fin del mundo y decidió refugiarse en lo que, según él, era uno de los pocos lugares seguros del planeta… unas islas recónditas del Atlántico que iban a salir indemnes del inminente Apocalipsis. Tras vender todas sus posesiones, se trasladó a aquellas áridas islas con su familia, sintiéndose un elegido y dispuesto a sobrevivir al Día del Juicio Final que estaba a punto de llegar, en el que perecerían todos los escépticos que no habían hecho caso de sus advertencias. Una decisión muy juiciosa, especialmente si tenemos en cuenta que aquellas islas recónditas eran las Malvinas y el momento de su traslado allí, los primeros meses de 1982… la suerte de la fea el idiota la desea.

Pese a todo, las profecías resultan muy entretenidas. Con todo esto de la crisis, que es como un pequeño Juicio Final, la gente ha dejado de prestar atención a lo del calendario maya y el supuesto fin del mundo en el 2012, lo cual es una lástima. En un par de semanas se empezarán a emitir los orwellianos anuncios navideños —mucho calentamiento global, mucha subida de las temperaturas, pero la mortificante Navidad empieza cada vez antes; no sé cómo se las arreglan— y en cambio no hay ni rastro de histeria apocalíptica. No veo gente llevándose carros repletos de garrafas de agua mineral del Carrefour, nadie está preocupado por si los ordenadores fallan de repente (todos a la vez, quiero decir) y por si empiezan a hundirse los barcos, a caer los aviones y a saltársele los puntos a Berlusconi. Así que, a falta de un revuelo profético como el del “efecto 2000”, he decidido ponerme en plan Nostradamus y elaborar mis propias predicciones mágicas para el futuro más inmediato:

1) Mariano Rajoy ganará las elecciones y se convertirá en presidente del gobierno de España. Lo cual significa básicamente que a los ciudadanos nos dejará igual de tirados que Zapatero, con la diferencia de que la solución mágica a todos nuestros problemas ya no estará en la teletubbiesca Alianza de Civilizaciones sino en las escalofriantes estampitas de Escrivá de Balaguer. De la sartén al fuego, pero con Biblia de por medio. Debería haber descanso entre legislaturas, como en los partidos de fútbol; nadie puede sobrevivir a tanto político seguido.

2) Hablando de lo único, el fútbol: F.C. Barcelona y el Real Madrid se repartirán trofeos, portadas, minutos de telediario e interminables tertulias tabernarias. Es decir, se nos perpetuará el angst futbolístico de ver cómo los niños de [inserte aquí nombre del barrio rico de su ciudad] juegan con su balón nuevo y sus relucientes uniformes contra los niños de [inserte aquí nombre del barrio rico de la ciudad de al lado] mientras los niños de [inserte aquí, amigo lector, el cochambroso barrio obrero donde nació usted] han de conformarse con patear latas en un solar. O lo que es lo mismo, elija qué le pone más nervioso: si las depilaciones de cejas de Cristiano Ronaldo o el eterno empeño de Guardiola por parecer libre de pecado y ya de paso tirar la primera piedra. Real Corporación Dermoestética contra F.C. Emporio Armani. Trágico.

3) Gradualmente, los grandes sindicatos españoles darán más señales de vida impulsados por un tropismo ancestral: cuando gobierna la derecha, es el momento de redoblar tambores. También la Iglesia Católica empezará a dar más señales de vida, impulsados por un tropismo más ancestral todavía: cuando gobierna la derecha, es el momento de crecerse y recordarnos que sus fábulas —escritas por no se sabe quién en una época en que casi no existían los retretes y la gente creía que la Tierra era un círculo plano— prohíben que la gente use preservativos o se case con gente de su mismo sexo. Como si dentro de dos mil años a alguien le da por decir que la Palabra de Harry Potter prohíbe comer mejillones en escabeche.

4) Algunos célebres veteranos de la farándula seguirán haciendo zig-zag entre “yo era de la SGAE pero me estoy quitando” y “¿por qué la gente ataca a los derechos de autor?”. Es decir, se curarán en salud para que, salga como salga el asunto al final, haya constancia de declaraciones suyas en un sentido y en el contrario. Pero algo no cambiará: Teddy Baustista seguirá teniendo muchísimo más dinero que usted y que yo, pese a que el jaleo judicial haga pensar a algunos que, finalmente, algo está cambiando en este país (¡no!). Eso sí, habrá otra gente, más anónima, que escudándose en lo muy mala que es la SGAE seguirá justificando el que cada cual se monte su propia SGAE particular, esto es, descargándoselo todo gratis porque grabar discos, rodar películas o escribir libros no es un trabajo. Son cosas que aparecen mágicamente de la nada, como la paella de mamá.

5) Barack Obama seguirá con su sempiterna cara de que le aprietan los zapatos, desempeñando eficientemente su papel en esa recurrente comedia de “presidente bueno / presidente malo” que es la alternancia entre Demócratas y Republicanos en la poltrona de Washington. Escudado por el “no nos vamos a meter con él, para una vez que votan a un presidente negro” seguirá hibernando en un limbo zapateriano, mientras quienes de verdad mandan en aquel país esperan pacientemente a que a los europeos se nos pase la resaca de Bush, para así volver a las andadas.

6) China nos seguirá vendiendo toda clase de productos baratos y más ahora que no podemos permitirnos demasiados lujos. Lo cual equivale básicamente a decir que seguirán comprándonos lentamente ellos a nosotros, hasta el día en que les pertenezcamos por completo y empecemos a echar de menos los tiempos en que nos quejábamos de los estadounidenses. Vayan aprendiendo a comer con palillos.

7) Quentin Tarantino seguirá pareciéndose cada vez más al hermano borderline de Morrissey. Sus películas también seguirán pareciéndose cada vez más a las películas que haría el hermano borderline de Morrissey.

8) Los programas televisivos del corazón seguirán dedicando tantas y tantas horas a chafardear sobre las deprimentes andanzas de una decadente caterva de ex-concursantes de estúpidos reality-shows, que toda esa energía marujil concentrada alcanzará un punto crítico de fisión, se creará una Singularidad Intelectual y entre todos ellos descubrirán una cura contra el cáncer.

9) Habrá tres grupos que seguirán sorteando la crisis: las cucarachas, los bancos y los videntes que en pleno siglo XXI siguen viviendo de la simiesca creencia de que puede verse el futuro de una persona tirando unos naipes sobre una mesa o preguntándole en qué constelación estaba el planeta Venus el día en que nació. Lo cual no deja de ser curioso, porque el 99’9% de los individuos que con tal excusa les limpian el bolsillo a sus ingenuos “clientes” no serían capaces de reconocer el planeta Venus cuando aparece en el horizonte. Afortunadamente, estas prácticas tribales propias de los supersticiosos tiempos de la Peste Negra prácticamente han desaparecido de la sociedad y, por ejemplo, las televisiones no les dedicarían programas nocturnos destinados a recibir llamadas telefónicas de valor añadido…

10) Continuaremos sin saber muy bien qué quedó de todo aquello del 15-M, y nos preguntaremos por qué todo empezó de forma tan prometedora pero después salió gente que empezó a componer manifiestos como óperas de Rossini, y por qué hacia el final olía cada vez peor en alguna de esas plazas, y por qué terminaron apareciendo tantos señores con bongos, y cuál era la función de los susodichos señores con bongos —y de sus perros— en todo el movimiento de protesta. Eso sí, también hemos aprendido que cuando pasemos cerca de los Mossos d’Esquadra de Barcelona es mejor que nuestro corazón no lata con demasiada fuerza, o podrían interpretar el estruendo como una provocación y terminar midiendo la envergadura de sus porras sobre nuestros cráneos.

 En resumen, y esto puede considerarse una undécima profecía: todo va a seguir como hasta ahora. O sea, mal. Sólo que seremos un año más viejos y tendremos unas cuantas cosas más de las que arrepentirnos. Además, ¿cómo podría ser mejor el 2012 que el 2011? Las fotos de Scarlett Johansson desnuda han aparecido en el 2011. No hay forma humana de superar eso. De ahí, para abajo.