Nacer para la música (y 2)

Lady Gaga en el vídeo Born This Way nacer para la música
Lady Gaga en el vídeo «Born This Way». Imagen: Cordon Press.

Que vuelva la juventud a sentarse por aquí, pues seguimos con la segunda parte de «Nacer para la música».

«Born to Be Blue». Chet Baker se levanta con resaca en una habitación extraña, desconoce el nombre del hotel, de la calle, de la ciudad y hasta del país donde está. Se mira al espejo, nunca olvidará su paso por la cárcel. La trompeta descansa en su funda y ahí debe permanecer de momento. Entonces suena un piano que juega al blues y una guitarra que insiste en el jazz, y Chet se lanza a cantar con su voz dulce y penetrante. Es la típica historia de chico y chica que beben los vientos el uno por el otro, el cielo brilla, la vida es hermosa, pero entonces chica deja a chico por razones que no vienen al caso, todo se nubla y nada ya tiene sentido, chico había dado por hecho que el amor era irrompible, chico entonces se agarra a su trompeta y a la noche como clavo ardiendo, chico se hace un poco cabroncete y golfo, chico ya nunca querrá a nadie más que a él mismo, a veces ni eso, y a su instrumento, todo aderezado de heroína, chico se mete en muchos líos, ahostian al chico y lo dejan sin dientes y tiene que replantear su forma de tocar, chico no levanta cabeza y acaba despanzurrado en una calle de Ámsterdam tras caer en extrañas circunstancias por la ventana. Descansa en paz, Chet.

«Born to Cry». Verdadero himno a la ruptura sentimental de Pulp. Es melancólico, irónico, épico. Sencillo. La voz como desafinada y moqueante de Jarvis Cocker da el tono perfecto a una magnífica letra que comienza diciendo que «That coat that I gave you/ All shiny and black/ I’m sorry my darling/ But I’m taking it back», ese abrigo que te di (regalé), todo negro y brillante, lo siento cariño, pero devuélvemelo. Bravo. Y después, «Some were born to change de world/ Some never even try/ But darling you and I/ We were born to cry», algunos nacieron para cambiar el mundo, otros ni siquiera lo intentan, pero tú y yo, cariño, nacimos para llorar. Britpop del bueno.

«Born on the Bayou». Algunos no se sienten los elegidos ni creen estar predestinados para nada, lo que piensan que te marca es algo más terrenal, el lugar donde naciste y te criaste. En todo caso: ¿quién dijo que para escribir sobre algo hay que conocerlo a fondo? Un buen ejemplo es este artículo. John Fogerty no había pisado todavía los terrenos pantanosos de Luisiana cuando, sentadito en California y echándole imaginación, escribió este tema denso, atmosférico, primordial. Todo gira en torno a un acorde, el fuzz de las guitarras y el eco que nos llevan directamente al sur, a las shallow waters (las aguas poco profundas), la niebla que se alza con los primeros rayos de sol de la mañana como los espíritus de los muertos (o hoodoos), los sortilegios y las maldiciones, el contrabando y la barca entre los caimanes. Mezcla de rock sureño mestizo y prog-rock, cuando escuchas esta canción empiezas a sudar como Camacho en el teórico del carné de conducir. «Mi padre me dijo “no dejes que el hombre te coja y te haga lo que me hizo a mí. Porque te cogerá”». Escalofríos. La Credence fue una máquina de éxitos que pisó terrenos country, soul, rock y blues, nada podía salir mal. Después pasó su momento, pero dejaron grandes e imperecederas canciones, también joyas escondidas, como otro «Born to Move» que tienen bailongo.

«Born in the U.S.A.». Diez años después, Springsteen se dio cuenta de que correr no valía para nada si lo hacías dando vueltas en círculo: en realidad no había lugar donde esconderse en los U.S.A. Él solo pretendía matizar el sueño americano, despertarlos con cariño para decirles que la realidad era otra, que estaba bien soñar, pero que había mucha gente teniendo pesadillas. Algunos no entendieron la metáfora de «Born down in a dead men’s town/ The first kick I took it when I hit to the ground», nací en una ciudad de mala muerte, la primera hostia la recibí en cuanto puse un pie en el mundo, y aprovecharon la canción para poner la banda sonora al sueño reaganiano. Eran los ochenta y el sol no se ponía en el imperio U.S.A., el cine, la música, la ropa, la alimentación. Bruce pareció caer en un duermevela americano, se dejó acunar, llegaron muchos números uno, el dinero, la fama, la figura que sigue siendo ahora. La bandera de la portada no ayudó, sus aclaraciones no fueron suficientes. Una canción simplona que basa su fuerza en la batería brusca y la voz desgañitada, dos acordes y producción ochentera. Bruce nos enseñó a llevar correctamente los Levi’s 501. 

«Born in the 50’s». Decir en los años 70 que habías nacido en los 50 quedaba cojonudo, decirlo ahora solo significa que estás ante un funcionario de la seguridad social para calcular la pensión o algo peor. Aun así, The Police sentían a finales de los 70 que se iban haciendo mayores y recordaban que de adolescentes no concebían el mundo sin televisión, igual que los centennials de ahora no lo conciben sin la hiperconectividad: «Oh, we hated our aunts/ And we messed in our pants/ And we lost our faith and prayed to the TV». Odiábamos a nuestras tías, y ensuciábamos nuestros pantalones, y perdimos nuestra fe y le rezábamos a la TV. La vida es un círculo.

«Born this Way». Lady Gaga no lo puede decir más alto, porque menudo chorro de voz, pero quizá sí un poco más claro porque lo dice en inglés: así hemos nacido, esto es lo que hay, lo del pecado original es la mayor fake news de la historia. Desde que una preciosa aminoácida se esnifó una fumarola por ver qué pasaba y se desarrolló la primera forma de vida, o algo así, todos somos de nuestro padre y nuestra madre o de cualquier otra combinación, no hay nada escrito en ningún sitio que diga que tenemos que ser así o asao. «I’m beautiful in my way/ ‘Cause God makes no mistakes». Soy bella a mi manera, porque Dios no comete errores (o Dios no juega a los dados, como diría Einstein). De todos modos, lo de ir con filetes a los saraos no era necesario, Lady, ya te habíamos entendido. El mejor disco de Gaga está por llegar. 

«Born Under Punches». Aunque el título, nacido bajo una somanta, puede insinuar que un grupo de matones están esperando en el paritorio para empezar a darte tu merecido antes de tu primer berrido, la canción de Talking Heads luego parece ir por derroteros más surrealistas: «Keep a step ahead of yourself», mantente un paso por delante de ti mismo, algo que nos lleva a pensar que nosotros somos a veces nuestros peores enemigos, o quizá que hemos de alejarnos de nosotros para innovar, para no estancarnos, pero vaya usted a saber. El que habla es un delgado gobernador. David Byrne y Brian Eno firman esta pieza funk-punk monocorde y rítmica, y se tomaron siempre en serio lo ir un paso por delante de ellos mismos y de los demás.

«Born of a Broken Man». Suave que me estás matando-caña al mono-suave que me estás matando-caña al mono. Esquema compositivo de los Rage Against the Machine que tantas alegrías nos dio, con los riffs acerados y los efectos de la guitarra de Morello que levantan a los más alicaídos, a los que sujetan el cubata con la inclinación precisa para que no se vierta ni una gota, un ojo cerrado y el otro abierto para no perder detalle y a la vez echar una cabezadita, dos hemisferios cerebrales independientes como algunas aves, un hombre caucásico de Zamora de mediana edad y heterosexual por los cuatro costados pero que tuvo una experiencia con un travesti un fin de semana que fue la cuadrilla a Madrid apoyado en la pared de gotelé del bar del pueblo que de noche es también pub. Que tu viejo estuviera jodido no significa que tú lo vayas a estar. Rabia y rebelión frente a tu destino. Los Rage tienen otro tema en el mismo disco, el mítico The Battle of Los Angeles, «Born as Ghosts», nacidos (como) fantasmas.

«Born in Chains». Bonito espiritual susurrado-recitado a media voz gravosa y afónica desde las entrañas del octogenario Leonard Cohen. Nacido encadenado, la huida y la búsqueda, la fe y la duda que anida en todos nosotros, en cada uno de nuestros actos; la ancestral historia de un perseguido que huye que se repite hasta nuestros días, o una alegoría del camino tortuoso hasta llegar a dios. La lírica de lo espiritual siempre le sentó bien a las canciones, algunos pactan con el diablo, otros buscan a dios.

«Born on a Different Cloud». Esta canción fue escrita por John Lennon en el más allá y se la estaba dictando en un sueño a Liam Gallagher cuando de pronto Noel se coló como un elefante en una cacharrería y trató de llevársela, hubo tiras y aflojas, pero al final ganó Liam, que se despertó legañoso y la escribió del tirón y dijo que se le había ocurrido a él. Ya el ínclito Manuel de Lorenzo mencionaba en su artículo la tendencia de Oasis y sobre todo de Noel a tomar prestadas ideas y material del resto, como tu excuñado que se construyó la casa del pueblo mangando en obras de toda la provincia. A pesar de todo, los resultados de las riñas de los Gallagher fueron la banda sonora de parte de una generación. «Born on a different cloud/ From the ones that have burst ’round town/ It’s no surprise to me/ That you’re classless, clever and free». Nacido en un mundo aparte, de aquellos que se han reventado por la ciudad, no me sorprende que seas descastado, inteligente y libre. Algunos dicen que está dedicada a su hijo que, sorpresa, se llama Lennon

«Born Under a Bad Sign». Albert King, que era Tauro y por lo tanto práctico, ordenado, trabajador, ambicioso, serio y pragmático, deja claro en este blues que las estrellas no estaban alineadas cuando él nació. 

«(New) Born». Todos conocemos a Muse y la maestría de Bellamy a la voz y la guitarra. «The bitterness inside/ Is growing like a new born/ When you’ve seen too much too young/ Soulless is everywhere». Aquí Bellamy dice que ha tenido un bebé sano de tres quilos cuatrocientos gramos llenos de amargura, un bebé desalmado y descreído. 

«Born in Time». Había que terminar con el nobelizado Bob Dylan, padre de toda la lírica pop. Solo los audios de Villarejo tienen más chicha que las letras de Dylan. Esto es un desapercibido descarte de Oh Mercy reeditado después en Under the Red Sky. Aun así, Bob siempre deja versos marca de la casa: «In the hills of mystery/ In the foggy web of destiny/ You can have what’s left of me/ Where we were born in time». En las colinas del misterio, en la telaraña neblinosa del destino, puedes tener lo que queda de mí, allí donde nacimos en el tiempo. Bob nació a lomos del tiempo y eso significa que ve las cosas desde otra perspectiva, un observador privilegiado del mundo externo a él, el gato de Shrödinger en su regazo; por eso él seguirá de gira cuando los demás ya estemos criando malvas. Forever Young.

Este artículo se acerca a su fin, las negras nubes del tema no da para más y el aburrimiento se ciernen sobre él. En realidad, pocos o ninguno habéis llegado hasta aquí. Decenas de Borns quedaron fuera, algunos graciosos como «Born on a Horse» (nacido en un caballo) o «Born Tired» (nacidA cansadA), otros evocadores como «Born Too Late» (nacida demasiado tarde) o «Born to Dream» (nacidos para soñar), otros espeluznantes como «Born in a Mourning Hall» (nacido en un velatorio) o «Born in War» (nacido en plena guerra). Y me despido con una cita casi literal de mi abuelo, algo que a veces decía cuando vivía con nosotros en casa de mis padres y se enfadaba por cualquier nadería:

«¡Para qué cojones habré nacido!». 

Y tú, ¿para qué naciste?


Notas

Este artículo no es un ensayo, todas las traducciones e interpretaciones de las letras son libres, puede contener datos inexactos en pos de la unidad argumental de la obra. 

Este artículo se ha ceñido a canciones anglosajonas.

Este artículo no ha sido validado por la Oficina del Español de Toni Cantó.


Nacer para la música (1)

Lemmy Kilmister nacer para la música
Lemmy Kilmister. Foto: Cordon Press.

Nacer. Venir al mundo. En inglés te nacen, en español nacemos. Qué sea la última vez que naces solo1. Como si no hubiera ya gente suficiente, todo abarrotado. Después nos empeñamos en vivir, nos sale sin pensar, respirar es un acto involuntario. Y hacemos planes: la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo planes2. Hasta que la muerte llega a reclamarnos. Y luego el olvido, apenas seremos un recuerdo que se desvanecerá en las memorias frágiles de los decennials, unos bits en el marasmo de información basura que nadie consultará jamás. O algo peor: quedaremos inmortalizados en un meme. 

Toda esta materia ha preocupado siempre mucho a los filósofos, que se pasan la vida hablando de los porqués y los significados, como cuando estás frente a un buen plato y te pones a disertar acerca de los ingredientes y su maridaje. Venga, filósofos, que se os enfría la vida. También es un asunto que quita el sueño a músicos de todo pelo. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos: a una terracita. Una ardilla podría cruzar España de terraza en terraza sin pisar el suelo. Todos nacimos por algo. Y nacimos para algo. Y nacimos en algún lugar. Y nacimos en un momento preciso. Mi primo fue el primer bebé dado a luz en España en el año 1981, apareció en las noticias en brazos de mi tía y al lado de mi tío, mi tío los abandonó poco después. Muchas son las canciones que tratan el asunto, a fondo o de refilón, y lo reflejan en el título que normalmente luego es el eje del estribillo. Hay canciones míticas, arrolladoras, emocionantes, evocadoras, vitales, bailonas, blandengues, olvidables, intragables, extrañas, inventadas. Acercaos, jóvenes, sentaos a mi alrededor.

Springsteen nació para correr, pero no para hacer footing, esto no es un himno runner; nació para pisarle, para huir de ciudades herrumbrosas llenas de perdedores por carreteras secundarias. «Tramps like us, baby we were born to run», vagabundos como nosotros, nena, nacimos para correr. En esta canción todo parece encajar, la temática y la poética de letra, el muro de sonido, la batería que corre y el solo grave que también nos mete prisa… Hasta el saxofón suena a gloria, y lo hace porque simboliza el viento que nos da en la cara en el descapotable de cuarta mano. Nunca después Springsteen lo hizo mejor que con esta canción y el disco homónimo. Aplausos, gracias, siéntense.

Los de Steppenwolf, sin embargo, nacieron para ser salvajes (no chupiguay, como solíais cantar vosotros). «Born to Be Wild» rivalizaría con «Born to Run» (es unos años anterior) si no fuera porque se considera el comienzo del hard rock y por tanto del heavy metal (palabras que aparecen en su letra), y eso es harina de otro costal. Pero la temática en el fondo es la misma, «Looking for adventure and whatever comes away», buscando aventuras y lo que surja; pero no hablamos de la bio de una red social de ligoteo, hablamos de la huida, la juventud que se acaba, el viento en la cara, velocidad y ciertas sustancias. Easy Rider. Éramos invencibles, todos alguna vez nos sentimos inmortales cuando fuimos jóvenes, todos menos Ian Curtis, siempre tan delicado de lo suyo. Canción guitarrera pero donde sobre todo destaca el teclado demoníaco que nos mantiene en tensión todo el tiempo. Ábranse una cerveza y también ovación cerrada. 

Lemmy Kilmister aseguraba que había nacido para levantar el infierno igual que otros levantan templos de fe, arquitecto del thrash metal y trasegador de Jack Danniels y otras cosas. «Born to Raise Hell» y la voz de Lemmy son capaces de encrespar el cabello más sedoso y acondicionado. Lemmy siempre dijo que Motörhead era una banda de rocanrol, aunque después lo matizara con las canciones, le añadiera un cachi de tabasco a la ensalada de canónigos. Con este tema todo parece encajar, uno sabe que está escuchado rocanrol, pero tan potente que sabe que es hard rock, pero tan salvaje que comprende que pisa el heavy. Lemmy no llegó al mundo a hacer travesuras, a jugar al pádel con los compañeros de oficina para tomar una cervecita o dos después. Solo un pacto con el diablo explicaría que aguantara hasta los setenta años de edad, fiel a su mito hasta el final. Ahora por fin ocupa su lugar a la diestra de Lucifer padre, fuman y beben, Lemmy le muestra al diablo las estancias que él mismo diseñó.

«Born to Lose». Johnny Thunders sabía que el diablo está en los detalles, y uno se sabe perdedor no por no llegar a alcanzar los grandes sueños, sino por quedase encallado en las minucias, lo sabes desde el principio y lo asumes. Johnny era un maldito del rock que se hizo su propio himno y contribuyó de manera decisiva a cumplir con su profecía: «That’s the way it goes / The city is so cold / And I’m, I’m so sold / That’s why I know / I was born to lose». Así es como va, la ciudad es fría y yo estoy vendido, por eso lo sé, nací para perder. Johnny tenía la flora intestinal muy descuidada y también estaba enganchado a la heroína. Cumplió a duras penas con el tricálogo: vivió rápido, murió viejoven y dejó un cuerpo reguleras. Para los perdedores, Johnny es la guía, la muerte fue su victoria final. Minuto de silencio. 

P. D.: Motörhead también tiene su «Born to Lose», el sol no se ponía en el imperio de la maldición de Lemmy.

P. D. 2: En posteriores relanzamientos, «Born to Lose» pasó a ser «Born to Loose», o sea, nacido para desatarse, una forma de quitarle hierro al asunto: no cuela.

«Born 2 Die». Aunque parezca mentira, Prince se llamaba Prince (menos la temporada en que pidió que dejaran de llamarlo así por problemas con el sello discográfico y representó su identidad con un símbolo impronunciable y entonces se le llamaba «el artista antes llamado Prince» que en el fondo era seguir llamándolo Prince y era un lío y después dio permiso para que lo volvieran a llamar Prince y finalmente falleció por un tema de automedicación y cuando el albacea de su testamento al leerlo en presencia de los herederos dijo que Prince Rogers Nelson dejaba mil dólares a la beneficencia hubo uno que pensó que quién era ese). En esta canción, nacida para morir, Prince habla de una mujer que «She left the church a long time ago/ Said they couldn’t teach what they did not know/ That’s when she lost her virginity», o en cristiano, que ella dejó la iglesia arguyendo que no decían más que gilipolleces, y que acto seguido perdió la virginidad. Vaya, Príncipe. Esto es un fantástico funky-RnB marca de la casa que nos anima a darlo todo antes de criar malvas. Prince nos dejó ya maduro pero demasiado pronto, y, este sí, nos obsequió un bonito cuerpo.

Cada vez que escucho «Lana del Rey» pienso en el rey emérito sentado en un sofá tejiendo un jersey de lana, paciente, feliz a su modo, nunca se le ha visto de esa guisa, y tampoco vestido a rayas, y no creemos que eso ya suceda. Lana también tiene su «Born to Die». Es obvio, naces, una cosa lleva a la otra, y mueres, lo del medio es relleno para los más espirituales o la chicha para los más carnales. Lana parece combinar ambas cosas aquí y dice que «The road is long/ We carry on/ Try to have fun in the meantime». El camino es largo y lo sobrellevamos, intentemos pasarlo bien mientras tanto. Esta canción es evocadora y sensual e invita, como la de Prince, al carpe diem

«(I was) Born to Love You». Es el mayor éxito en solitario del aclamado y llorado Freddie Mercury, aunque después fuera grabada por Queen en un tono más roquero. En cualquier caso, Freddie nació para quererte no solo a ti, ese «you» es una metáfora de la vida toda. Un tema de pop-rock optimista y pegadizo de letra escrita en un descanso de película de Antena 3. A Freddie le iba mucho la fiestuqui y no se exprimía demasiado el limón, hacía apología de la ligereza con tal estilo que lo elevaba a categoría de arte. Luego todo tiene un precio o no, pero que nos quiten lo bailao, y a veces me pregunto cómo hubiera encajado en una fiesta del gran Gatsby. Otro que también entró en el club de los viejóvenes fallecidos antes de tiempo. A mí de Freddie lo que más me gustaba era ese pie de micro cercenado que llevaba de aquí para allá o cuando tocaba el piano de pie.

«Born to Be Alive». Nacer para estar vivo puede sonar a perogrullada, pero después de tanta muerte y autodestrucción y solemnidad está bien hacer hincapié. Lo de haber nacido para algo no es patrimonio único de los grandes artistas, también los menos conocidos como Patrick Hernandez sienten la llamada. Aquí hablamos de intensidad, no de longevidad, hay que ser disfrutón y bailongo y hacer un poco el payasete, como cuando pinchaban este one hit wonder de ritmo dance y con ese riff arabesco y vientos acuciantes. Viajar, ver mundo, gastarte el ingreso mínimo vital en cervezas. La letra no hace más que repetir el mantra, Patrick dice que no sentará la cabeza por mucho que insistamos. Con esta canción dio sus primeros pasos de baile Miquel Iceta.

«Born to Be My Baby». Aquí los Bon Jovi te están diciendo, nena, que naciste para ser su chica, que todas las fuerzas del universo se confabularon para que tú, mujer que apenas se roza los labios con las yemas de los dedos mientras lee distraída en la biblioteca pública bajo un haz de luz primaveral, fueras la piba de Jon Bombón. Justo para después aclarar que él también fue hecho para ti, esa melenaza y esos ojazos son tuyos. Todo cuadra, el pescado está vendido. Estoy seguro de que esta es la canción preferida de alguna prima segunda de Isabel Díaz Ayuso. Bon Jovi fueron producto de su época, una mezcla, si se me permite el análisis grueso, de Guns N’ Roses y Bruce Springsteen que les dio muchas alegrías comerciales. Te pasabas sus canciones esperando a que llegara el estribillo pensando en párrafos del B.O.E., eso es buena señal. Ahora Jon va de estrella consagrada y hace temas de rock blandengue, el león se cortó la melena.

«Born to Make You Happy». Britney Spears hace toda una declaración de intenciones, altruismo en estado puro, dar sin esperar nada a cambio: «I’d do anything/ I’d give you my world», haría lo que fuera, te daría mi mundo: sexo variado y sin cortapisas, libertad de horarios con los colegas, comprensión con tus cinco años en paro porque todavía estás pillando el tono a tu novela. Haces todo eso y luego llega el futuro impenitente y te lo paga de aquella manera, te lo arrebata todo, hasta tu personalidad jurídica: eso no se hace, futuro. Parece que la muchacha no puede ni ir al Mercadona sin que se lo autorice su padre. Sin ninguna duda, Free Britney3.

(Continúa aquí)


Notas

(1) Miguel Gila.

(2) John Lennon.

(3) Este asunto cambia a cada momento.


Todos somos emos en el infierno: cuando desafiar a Dios con un piercing te cuesta la vida

Seguidores del clérigo Muqtada al-Sadr (en la imagen que sostiene un joven) en Bagdad, 2017. Fotografía: Alaa Al-Marjani / Cordon Press.

Era febrero de 2012 y hacía ya años que Bagdad había dejado de existir. Daba igual que ese último coche bomba en Karrada Inn —una de las calles más comerciales de la ciudad— se hubiera llevado a otro puñado de desgraciados por delante aquella misma mañana. Ocurría demasiado a menudo, tanto que uno no sabía si se trataba de la misma noticia repetida. Aunque en «breves», la prensa reaccionó levemente con aquellos veinte coches bomba en un mismo día de febrero: se podían ver las columnas de humo elevándose hacia el cielo aquí y allá entre el escombro de la capital, aunque la mayoría de las veces fueran chavales quemando neumáticos, o gente del barrio gestionando su basura. En plena faena incendiaria, un hombre empapado en sudor decía que lo hacía para evitar que los pastores de Bagdad —han leído bien— llevaran sus rebaños al barrio; las cabras rompían las bolsas buscando comida y esparcían aún más la mierda. 

Kilómetros de muros de hormigón que convertían distritos enteros en prisiones a cielo abierto no evitaban las ejecuciones de chiitas en barrios sunitas, y viceversa. Tampoco las bombas en las iglesias, o los asesinatos de los seguidores de san Juan Bautista —los mandeos—. Y ya hemos comentado que los coches bomba seguían campando a sus anchas. El imaginario del horror en Bagdad parecía completo, por lo que la noticia pilló al mundo por sorpresa: había una campaña para matar a homosexuales y, decían, emos. Pronto descubriríamos que una camiseta ajustada o una discreta cresta de gomina podían firmar sendas sentencias de muerte. 

Alguien acuñó el genérico «inconformistas» para referirse a las víctimas; a los que estaban a punto de serlo se les encontraba a través de amigos de amigos. Había que insistir en que ni tenían que dar su nombre real ni dejarse fotografiar para poder conocerlos en persona. Ruby, un homosexual de veintiséis años que maldecía el día en el que se hizo agujerear la oreja, contaba que a Saif Asmar, un amigo suyo, le habían reventado la cabeza con un bloque de cemento. «Te ponen de rodillas y te hacen morder el borde de un banco para que no te muevas antes del impacto», soltó, mientras buscaba fotos de Saif antes y después de aquello. En la de su cadáver, sacada en la trasera de la camioneta que lo retiró, resultaba irreconocible.

«Llevar pendientes, anillos en la nariz o tatuajes es sinónimo de ser homosexual, de adorar al diablo, de ambas cosas a la vez, o de cualquier cosa: da igual. ¿Crees que esta gente diferencia un emo, un punki o un metalhead?», decía Ruby. Hacía casi un mes desde que se había ido de casa de sus padres, justo cuando un amigo le dijo que había visto su nombre en una lista junto con los de otros treinta y tres individuos; todos localizados bajo los números de los bloques de viviendas en los que vivían. A Ruby le habían mandado una foto de la misiva, por si no se lo creía.

«De no deponer vuestra actitud licenciosa en cuatro días, el castigo divino llegará de la mano de los combatientes de Dios», se podía leer entre dos pistolas y muchas faltas de ortografía.

A finales de enero, el Ministerio del Interior iraquí había emitido un comunicado en el que se calificaba al movimiento emo de «satánico», a la vez que se anunciaba la creación de un cuerpo especial de la policía «para combatir dicho fenómeno». Sin embargo, Ruby apuntaba a una conocida milicia tras aquella oleada de atentados.

«Todos sabemos que son los hombres de Al-Sadr», sentenció el chaval. En el Irak post-Saddam casi todos los caminos llevan hasta este carismático clérigo chiita que ya se había convertido en una de las principales figuras políticas del país mucho antes de cumplir los cuarenta. Desde la invasión de Irak en 2003, nadie ha manejado los tiempos con tanta precisión como Muqtada al-Sadr: basta un puñetazo sobre la mesa para que este hombre con estudios de ayatolá en Irán movilice a su gente y ponga en jaque al país. Lo ha hecho a menudo durante la última década.

«El nuestro es un Gobierno que extiende sus tentáculos a través de milicias», dijo Ruby al final de la entrevista. La solución, insistía el chaval, pasaba por que Occidente presionara a Bagdad para que acabara con aquella pesadilla. Probablemente nunca lleguemos a saber por qué aquella ola de asesinatos se interrumpió en otoño de aquel mismo año. Las cifras de muertos iban desde los seis a los que apuntaba el Ministerio del Interior a los cincuenta y ocho que una fuente de dicha institución filtró a Associated Press. Sea como fuere, la juventud que también había tomado la plaza Tahrir —la de Bagdad— justo un año antes ya había recibido una nueva dosis de miedo en vena.

Satanismo

Los ataques contra jóvenes en países islámicos por sus gustos musicales no eran ni nuevos ni endémicos en Irak. La caterva de regímenes despóticos y el bucle de la guerra que los sustituye por otros nuevos convierten a Oriente Medio en un nicho ideal para las manifestaciones más «extremas» de heavy metal, hip hop, punk, hardcore o todo lo que ayude a los más jóvenes a canalizar su frustración y su ira. Si la mala hostia rebosa en la escena musical marroquí o tunecina, es fácil imaginar cómo será en un país sumido en el desastre como Irak. Y aquella oleada de atentados solo echaba más leña al fuego: a los muertos por bloque de hormigón se les sumaban los quemados con ácido, o los que corrían en llamas tras ser rociados con gasolina; los que eran desmembrados mientras seguían con vida, o los que morían envenenados tras cosérseles el ano antes de ser obligados a ingerir grandes cantidades de comida y diuréticos. Se decía que aquellos niveles de crueldad respondían a una fetua —ley islámica— promulgada cuatro años antes que ordenaba, literalmente, que los homosexuales fueran ejecutados «de la forma más severa». El estado en el que aparecían los cadáveres era el testimonio más elocuente de aquella brutalidad

«Nada más verlos sabemos que se trata de jóvenes homosexuales, emos… llámelos como quiera», decía aquel médico del hospital de Jadimiya, al noreste de la capital. Sus testimonios eran corroborados por la gente de la Organización para la Libertad de las Mujeres en Irak, una ONG cuyas dependencias al sureste de Bagdad ofrecían refugio a más de una víctima potencial. En el caso de Madi no había sido una lista colgada en una pared, sino un correo electrónico, lo que había provocado su huida. Alguien a quien no conocía la amenazaba con contar a su familia que era lesbiana si no abandonaba el país «inmediatamente». Aquella chavala de veintiséis años tenía razones para estar asustada.

«Muchas lesbianas mueren en Irak a manos de sus hermanos mayores. Es un insulto a la familia que se castiga con un “crimen de honor” más; una especie de “asunto domestico” sobre el que el Gobierno nunca lleva a cabo ninguna investigación», explicaba Madi hablando a cámara a contraluz. Al igual que Ruby, también pidió que distorsionáramos su voz. Decía que se quedaría en la ONG porque no tenía la más mínima opción de escapar: tras dar parte la familia de su desaparición, su nombre y su foto estarían en cada puesto de control de la capital. Y en Bagdad hay cientos.

Tras aquella entrevista, Dalal Jumma, vicepresidenta de la ONG, culpaba a la inexistente separación entre Estado y religión en el Irak post-Saddam. «Es de locos: acusan a cualquier chaval con un piercing o una calavera en una camiseta de satanismo por haber participado en el martirio del imán Husein (santón chiita muerto en el siglo VII)». Para entonces, Iraqi LGBT —una ONG con sede en Londres— había denunciado ya la muerte de más de setecientos gais a manos de milicias en tan solo seis años. Madi, que decía haber perdido a muchos amigos cercanos, tampoco dudaba a la hora de señalar a Al-Sadr.

«Escoria sobre la Tierra»

Como era previsible, desde la oficina del partido del clérigo en el distrito de Ciudad Sáder negaban cualquier vínculo con los asesinatos matizando que «toda conducta inmoral y contraria a la religión» había de ser investigada convenientemente. Según decían, el hecho de que su líder, Muqtada al-Sadr, hubiera calificado públicamente a emos y homosexuales de «escoria sobre la tierra» no implicaba que su partido estuviera detrás de la cadena de asesinatos. Pero tras los muros de la zona verde —complejo en el centro de la capital que alberga las principales instituciones iraquíes— se hacía otra lectura. Ashwaq Jaf, parlamentaria de la Alianza Kurda, aseguraba que el problema de fondo era que el país estaba sujeto a dos códigos penales: la Constitución iraquí por un lado y la sharía —compendio de leyes islámicas— por el otro. Las continuas contradicciones entre ambas derivaban en vacíos legales y, por consiguiente, en el desamparo de las víctimas.

Aún hoy sigue siendo así, como lo es también el estigma al que hacía mención Saad al-Muttabili, alto representante político del partido en el poder: «En Irak es un crimen ser homosexual, tanto moral como legalmente; no es más que un fiel reflejo de nuestra sociedad», admitía aquel antiguo disidente con años de exilio en Londres a sus espaldas. Responsabilizaba de la oleada de crímenes a «milicias sunitas cercanas a Al Qaeda o a milicias iraníes», sin hacer mención alguna a las de Al-Sadr. Conviene subrayar que su partido debía su segundo mandato a la mayoría conseguida tras la coalición con el partido del clérigo.

«Afortunadamente, la situación se va normalizando progresivamente y cada vez resulta más fácil ver a parejas de chicos caminar de la mano por la calle», quitaba hierro al asunto Al-Muttabili. Conviene subrayar también que dos hombres caminando de la mano es una imagen absolutamente familiar en todo el mundo árabe y en ningún caso asociada a una conducta homosexual. 

Mientras esperaban la llegada del siguiente coche bomba, la mayoría de los tenderos de Karrada Inn habían retirado ya anillos con calaveras, las icónicas camisetas de Motörhead, así como cualquier otro objeto, emo o no, que pudiera desencadenar la ira de Dios. 


Faster Pussycat o el noble arte de amenizar borracheras

Foto: Jenny Brezinski / Full Effect Records / @fasterpbandofficial

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En la continua regurgitación que es la historia de la música popular, en la segunda mitad de los ochenta hubo un breve periodo de fiebre discográfica por el revival glam que había aparecido diez años antes en Los Ángeles. La ciudad tenía tradición. La sala Rodney Bingenheimer’s English Disco había sido un lugar mítico de toda la escena mundial. En uno de los muchos intercambios que se dieron entre Estados Unidos y Reino Unido, un tipo que trabajaba en Mercury, Rodney Bingenheimer, abrió esa discoteca en Sunset Boulevard con la intención de importar el naciente glam británico a California e hizo historia.

Por el garito pasaron Bowie, Marc Bolan, Queen y coetáneos y siempre se pincharon singles de glitter rock. También se daban cita en su pista las groupies más famosas del momento, que se mezclaban con una asistencia de peña en plataformas, lentejuelas, maquillaje y ropa de segunda mano o cogida directamente de la basura. Un look rompedor lo era todo y las actitudes chulescas rockeras se componían de travestismo y un narcisismo delirante. Un par de películas ya han tratado de explicarlo torpemente.

En 1974 la cosa ya tocó a su fin. Se celebró una fiesta para enterrar la moda, la noche Death of Glitter y en 1975, cuando la gente que acudía al local estaba interesada en todo lo que allí ocurría menos en la música, se chapó el garito. En los siguientes años se produjo el auge del hard rock y el heavy metal en sus múltiples vertientes y aparecieron géneros nuevos como pop de nueva ola, el punk y el hardcore.

Como se pudo ver en el documental The Decline of Western Civilization Part 1 estos dos últimos géneros eran un pelín problemáticos. Donde había un concierto, había peleas, navajazos, lo típico, gente alcoholizada fuera de control, lo que llevó a los dueños de los locales a no contratar shows de grupos de ese palo. Se impuso un sistema de bolos que consistía en pagar por tocar. Así se impidió el paso a los grupos más tirados, que eran esos, y se dejó vía libre a otra nueva tribu urbana: los imitadores de Van Halen, el grupo que había recogido el testigo de banda más grande de América de las por aquel entonces temblorosas manos de Aerosmith.

Como cuenta Ryan Moore en Sells like teen spirit, cuando apareció la MTV lanzó a dos grupos por encima de todos. El citado de David Lee Roth y a Def Leppard. Eso sembró el terreno y fijó las coordenadas para que a mediados de la década, después de que durante un tiempo la cadena solo emitiese artistas blancos, grupos como Mötley Crüe, Quiet Riot y Ratt, que eran de Los Ángeles, se convirtieran en amos y señores del lugar. Lo que se vino a llamar después glam metal, pop metal, cock rock o hair metal, según el grupo y el momento.

De nuevo, la gran Penelope Spheeris se echó la cámara al hombro y rodó otro documental, The Decline of Western Civilization, Part 2, en el que lo que quería era entrevistar a Guns N’ Roses pero estos se negaron y se conformó con grupos de tercera y cuarta fila, entre algunas estrellas bienintencionadas, como Lemmy, Dave Mustaine o Chris Holmes, de WASP, en unas impagables imágenes bajándose una botella de vodka sobre un flotador en la piscina de su casa bajo la atenta mirada de su madre. El resto eran fans y los músicos de hair metal buscavidas que había por la ciudad cuando se rodó.

Los grupos que están empezando en cualquier lugar de mundo desprenden siempre una mezcla de candor y ambición que da un poco de denterilla, pero si las premisas de los neófitos pasan por vestir mitad reina del Carnaval de Río, mitad Rambo III, y tener planteamientos vitales mitad Keith Richards, mitad Rocco Siffredi, el resultado era que esas entrevistas había que verlas tapándose la cara de vergüenza ajena. Sin embargo, había un grupo en el lote que, milagrosamente, parecían personas medianamente normales en plena posesión de sus facultades mentales: Faster Pussycat.

Gustave Molvik, que se había cambiado el nombre por Taime Downe, trabajaba en una tienda de ropa, había sido técnico de luces del Troubadour y llevaba junto a Riki Rachtman (después presentador del Headbangers Ball en los noventa) el Cathouse, un local famoso, cuenta la leyenda, por no poner el aire acondicionado para que la gente enseñara carne.

Taime venía del punk, pero del de Johnny Thunders y sus Heartbreakers, y eso quería poner en práctica en la incipiente escena glam que de nuevo florecía en su barrio. No habían inventado la pólvora, ya existía en Hollywood un grupo exquisito con esas mismas influencias y estética, The Joneses, con su excelente debut de 1986, Keeping Up With the Joneses. Y antes, Tex and the Horseheads ya habían publicados dos elepés en 1984 y 1985 donde trascendían el punk hacia metas más rockeras. Por no hablar del primer y último disco americano de Hanoi Rocks, Two Steps From the Move, de 1984, que dejó una huella profunda, especialmente estética. Pero ahora les tocaba a ellos.

En la primera formación de Faster Pussycat estaban Taime como cantante, Brent Muscat y Greg Steele de guitarristas, Kelly Nickels al bajo y Mark Michals, batería. Steele venia del hardcore punk. Era del Bay Area, trabajaba en la tienda de coches de su padre, pero decidió irse al sur a buscar fortuna como músico. En eso tampoco eran originales. El objetivo vital del 99% de su generación era no trabajar. Greg en LA pilló becas de estudios, pero las invirtió en tocar, no en ir a clase, hasta que se subió a un grupo que logró tirar. Es lo que intentaba conseguir todo el mundo.

No obstante hay dos versiones sobre su salto a la fama. El personaje supuestamente clave que presuntamente logró que firmasen por Elektra y se les situara en el mapa pudo ser Eric Stacey, el compañero de piso de Nikki Sixx, que también había hecho su primera rehabilitación por drogodependencias junto a él. Una amistad entrañable. O pudo ser el buen hacer de Vicky Hamilton, mánager de grupos angelinos que estaban empezando. Hay dos versiones no excluyentes.

Stacey estaba en Darling Cruel, un grupo que más adelante fichó por Polygram y legó para la posteridad este vídeo duermemozas impagable para separarse en 1990 solo con un LP en su haber. Los llevaba Vicky Hamilton, la mánager de Faster Pussycat, entre otros como Salty Dog. Hamilton conoció a Nikki Sixx cuando trabajaba en una tienda de discos y había ayudado a Mötley Crüe a lanzar su carrera. Luego colaboró con Stryper y descubrió a Poison, pero el pelotazo que le permitió convertirse en A&R de Geffen fue ser la primera mánager de Guns N’ Roses. Los juguetes más exitosos se los habían quitado de las manos conforme firmaban contratos millonarios, pero la mujer lo seguía intentando.

Según cuenta Vicky en sus memorias, Appetite For Dysfunction, Faster Pussycat llegaron a ella por un flyer. Una noche, a las dos de la mañana, recibió una llamada de Mario Maglieri, propietario del Rainbow. Axl Rose había roto el espejo del baño de chicas del local de un puñetazo y le dijo que ella tendría que pagar los desperfectos. Cuando se encontró con Axl al día siguiente, este le trajo el flyer de Faster Pussycat y básicamente le ordenó: «Estos son los que tienen que ser nuestros teloneros en el Whisky A Go Go». Ya tenían a otro grupo para abrir contratado, pero Axl dijo que le daba igual, que tenían que ser esos. Fue el concierto del 5 de abril de 1986. A Vicky le gustaron, se lo pasó bien hablando con Taime, al que ya conocía de la movida local y les cogió para su cartera de nuevos talentos. Si algo tenían encantador, recuerda, era su sentido del humor y en eso, en esencia, se basaban también sus canciones.

Alquilaron una habitación de hotel y después de la prueba de sonido compramos pizza. Las porciones que sobraron se convirtieron en munición para una food-fight masiva. De alguna manera la televisión se llevó la peor parte, con queso y salsa goteando por todas partes. Yo estaba al teléfono, mirando toda la pizza que tenía la tele cuando Kelly se refugió detrás de mí. Sin darme cuenta de lo que pasaba, Greg levantó el colchón y me empujó debajo del somier, dejando caer la cama encima de mí. Entonces Kelly saltó arriba, aplastándome entre el colchón y el somier. Me hizo implorar que me rendía antes de liberarme. Realmente disfruté trabajando con Faster Pussycat. (Vicky Hamilton).

A los que no les gustaban tanto era a los de las discográficas. Tom Zutaut, de Geffen, pasó de ellos a a la primera escucha. A él corresponde el honor de ser el primero en rechazarlos, dice la mánager. Más adelante Vicky se llevó a Peter Philbin, de Elektra, a un concierto en el Roxy y este le dijo nada más verlos: «Vic, ¿has pillado esto? Creo que son una puta mierda». Como no había sido su mejor show hasta la fecha precisamente, le rogó que volviese en otra ocasión. De nuevo en el Roxy, tocaron mejor y Philbin se encontró con Ric Browde, un productor que había trabajado con Ted Nugent y hecho los arreglos del multimillonario Look What the Cat Dragged In de Poison. Este veterano le adelantó que tenía pensando grabarles un disco independiente. Ahí Philbin vio el riesgo de equivocarse dejándolos pasar aunque le pareciesen una castaña y le dijo a Vicky: «Llámame el lunes por la mañana».

Por esas fechas Hamilton montó una barbacoa en su casa con sus grupos. En el sarao circularon pastelitos de marihuana. Al terminar, los Pussycat, ansiosos a ver si lograban fichar por Elektra, volvieron a su local a ensayar. Todos fueron en coche, menos Kelly Nickels, que lo hizo en moto. En el trayecto chocó con un vehículo y su pronóstico tras el accidente fue grave, aunque según Vicky, conservaba el buen humor. A los de la ambulancia les pidió que no le pusieran collarín porque con eso uno parecía estúpido. El look ante todo. Pero en el hospital hubo menos bromas, le querían hacer firmar nada más ingresar un permiso para amputarle la pierna. La tenía rota por seis partes. Esa misma noche llamaron a Eric Stacey a ver si podía sustituirle mientras estaba convaleciente. Lo que iba a ser para un par de semanas al final se extendió dos meses y el bajista dejó definitivamente a Darling Cruel. Mientras tanto, en Elektra, Philbin trataba de convencer al capo Bob Krasnow de que los fichara. El ejecutivo que no muchos años atrás había llevado a Arthur Lee, Captain Beefheart o John Mayall era reticente a invertir un dólar en semejante combo.

Dadas las circunstancias, lo primero que hizo el Stacey fue ir a ver al hospital a Nickels para explicarle que no era personal, pero… Lo de siempre. Hay oportunidades que solo se presentan una vez en la vida. No obstante, Kelly Nickels se recuperó, logró volver a mantenerse en pie y, conservando felizmente su pierna, pudo tener una carrera como bajista de otro grupo de la misma escena, LA Guns, en cuyas fotos solía posar con bastón.

En su primer concierto con el nuevo bajista, que fue en Phoenix, Arizona, asistieron Philbin, su colega de Elektra Howard Thompson y Bob Skoro de Polygram. El grupo hizo una aparición memorable para los estándares de la época. La actriz porno Lois Ayers, novia de Stacey, había alquilado una limusina que los llevó del hotel al local donde iban a tocar. Dieron un primer show y al día siguiente otro. Como era su primer concierto fuera de California se habían pasado toda la noche celebrándolo. En el segundo bolo tenían una resaca cósmica. Estaban babeando sin tenerse en pie y, graciosamente, ese fue el show que vieron los directivos.

Según Eric Stacey, esa noche Philbin le dijo a Hamilton que, después de haberles visto como media docena de veces, su incorporación es lo que le había convencido para contratarlos. Según Vicky, ella se tuvo que pasar toda la noche convenciendo a los ejecutivos de que esa actuación había sido una excepción. Puede que ocurrieran ambas cosas. Al final el contrato no se canceló, pero el grupo, al que habían expulsado del hotel dios sabe por qué y les habían dejado en la rúe, se enfadó con su mánager por no asistirles de inmediato. Un reproche injusto porque estaba convenciendo a los ejecutivos en la otra punta de la ciudad de que no cancelasen la contratación. De hecho Faster Pussycat no tardó en deshacerse de Vicky, igual que Guns N’ Roses, cuando tuvo el contrato firmado. Aunque siguieron siendo amigos, incluso hoy, y ella tuvo también un final feliz al entrar en Geffen como cazatalentos. Sin rencores, todo seguía siendo una fiesta continua.

Ese año, para Halloween, Karen Dumont y yo montamos un gran concierto. Alquilamos un sitio en Hollywood llamado The Bayou. Era un estudio de grabación y tenía un almacén contiguo. Abrían Darling Cruel. Tocaban después The Unforgiven [grupo de Steve Jones] y entonces Vince Neil subía y cantaba «Smokin´ in the Boys Room» con ellos. El grupo de Rick Parker, Lions & Ghosts, seguía y al final Faster Pussycat acababan la fiesta vestidos de travestis. En algún momento a mitad de la fiesta tropecé, me caí y me torcí el tobillo. Escuché un chasquido, pero no me quité el zapato porque sabía que mi tobillo se iba a hinchar todavía más. Solo seguí trabajando y bebiendo para quitarme el dolor, no quería perderme la diversión.

Habíamos programado una jam all-star después del concierto de Faster Pussycat, cuando llegó la policía para impedir la fiesta, justo cuando estábamos recuperando el dinero que habíamos invertido. Teníamos a miembros de Mötley Crüe y Poison listos para tocar juntos, pero como no teníamos ningún permiso tuvimos que parar. Habíamos utilizado el estudio como camerinos para los grupos, mientras cerraba me encontré a Eric ahí todavía vestido de mujer, tumbado en la bañera, con una chica haciéndole una mamada mientras los chicos de The Unforgiven les jaleaban. (Vicky Hamilton).

Fotografía: Ted van Pelt (CC BY 2.0)

En ese ambiente erótico festivo tan criticado posteriormente había toda una mecánica sociológica detrás. Pocas escenas como la del glam metal, después llamado sleaze rock, escenificaron mejor la posibilidad de cambio de clase social a través de la música. Para miles de personas, llegadas de todos los pueblos de estados que, por otra parte, estaban comenzando un proceso de desindustrialización, se extendió la idea de que podrían hacerse millonarios en LA cantando, tocando la guitarra o pegándole al tambor siempre y cuando pusieran morritos. El efecto llamada fue masivo y los sueños rotos, lógicamente, también.

Desertores del arado tuvieron que vestirse y maquillarse como mujeres y subirse a un escenario a ver si les tocaba la lotería de grabar un disco. Podría parecer una novatada de fraternidad a gran escala, pero la androginia se quedaba en la fachada. La movida consistía en, de esa guisa, mantener códigos machistas de psiquiátrico y promover el emborracharse y drogarse hasta la muerte, a veces en un sentido literal. No obstante, pese a la simpleza de la fórmula, funcionó. Con estas elementales directrices, había tal cantidad de grupos tocando en Sunset que los carteles anunciando cada actuación no duraban más que un par de horas antes de ser tapados por otros nuevos. Muchos de estos músicos amateur, mientras aguardaban la llegada del éxito, vivían de las mujeres. Les mantenían las chicas y los chavales presumían de ello luego en las entrevistas. Un chiste de la época decía así: «¿Qué hace una stripper con su gilipollas antes de ir a trabajar? Dejarlo en el ensayo».

El 4 de abril de 1987, en una entrevista con Paul Elliott en la revista Sounds, dos meses antes de la salida de Appetite for Destruction, Axl Rose se consideraba responsable de esa escena y del éxito de grupos como Faster Pussycat, a los que también les faltaban dos meses para tener su debut en el mercado. Axl decía que desde que ellos se encerraron en el estudio la escena no había hecho más que decaer, ya que el grupo que tiraba de todos los demás era el suyo. En una entrevista años después, Taime reconoció la ayuda que le prestaron los gunners. Confesó que fue clave para su crecimiento que Axl e Izzy fueran a sus primeros conciertos. Eso creó expectación en torno a ellos. Sin embargo, Slash, también años después, lo que reveló es que para ellos Faster Pussycat no eran mejores que Poison y que precisamente ese era el tipo de grupos que ellos quería barrer del medio.

La escena en LA está un poco muerta y creo que el motivo es por nosotros. Hace dos años, nosotros empezamos a tocar en locales como el Troubadour o el Roxy. Tan pronto como empezamos a ser el grupo principal, nos llevamos a teloneros como Jet Boy, Faster Pussycat y LA Guns, y creamos esa escena. Entre toda esa peña nosotros estábamos muy por encima. Paramos de tocar un tiempo para trabajar en el disco ¡que está a punto de salir! y cuando los otros han sido el grupo principal, me parece que algunos no han sido tan enrollados de ayudar a otros grupos y llevarlos de teloneros. Nosotros siempre intentamos ayudar a los demás porque yo quería que hubiese una escena rockera cojonuda. Me gusta poder poner la radio y no potar por la mierda que suena. Ahora mismo hemos vuelto a tocar con Jet Boy, horteras pero pegadizos, y Faster Pussycat, que tienen pinta de ser nuestros Wrathchild, y que también han fichado por una major, de modo que todo ha vuelto a empezar, pero solo para un par de conciertos, esa es básicamente la escena que te puedes encontrar. (Axl Rose)

Con solo diez meses como grupo, Faster Pussycat logró grabar su primer disco. De no ser por ese último show en el que no se tenían en pie hubieran gastado setenta y cinco mil dólares en el álbum, pero Elektra tuvo miedo de que se matasen en tres días y puso solo treinta y cinco mil. Tampoco creían que fueran a vender suficiente y se enfadaron porque no lograron que redujeran la duración de las canciones, que estaban todas entre tres y cuatro minutos. Aunque tenían un toque de Stones y de Aerosmith, les tomaban por un grupo de coña con letras divertidas y querían que el álbum fuera ligerito.

Ahora ese primer elepé homónimo se considera el gran clásico del grupo. Desde luego, es el más equilibrado. «Don’t Change That Song», la primera, fue un éxito. La letra narra un polvo que empieza con música. «Antes de encender a mi amante, tengo que encender mi estéreo». Pero a mitad ella movía el dial y empezaban los problemas reflejados en el estribillo. Una situación cachonda. Seguía «Bathroom Wall», otro clásico inmediato en su catálogo, sobre llamar a una chica que había dejado el número de teléfono escrito en la pared del váter de un bar.

Del punk-glitter pasaban a los Stones en «No Room For Emotion». En ese registro, para quien esto escribe, Faster Pussycat grabaron sus mejores canciones durante toda su carrera. «Cathouse» se convirtió también en otro tema mítico. La cara A solo bajó el pistón al final, con «Babylon», que encima fue el primer single que apareció, un rap metal similar al «primero de la historia», que fue el de Anthrax en «I’m the Man» aparecido el 1 de enero de ese año, 1987. La nota curiosa la daba la colaboración de Mitch Perry, que entonces andaría en el grupo 7% Solution, donde grabó buenas demos que no llegaron muy lejos.

La cara B empezaba con «Smash Alley», que tenía ritmos garage. Si no fuese por la distorsión de la guitarra, el punteo y el sonido de la caja, podrían haber aparecido en el catálogo de Bomp! Records. La letra, sobre prostitución de menores, era muy edificante con fragmentos como estos:

Hangin out with junior on the street
catchin new diseases once a week
infecting everyone we meet
(…)
she’s only fourteen, in the seventh grade
if her daddy only knew he’d be scream
in in his grave
molested and arrested in smash alley
Lipstick junkies and runaways in smash alley
say goodbye to your mama if you’re gonna hang out in smash alley

En la actualidad no habría sido muy bien recibida por su contenido. Tampoco «Shooting You Down», en la que el alter ego esta vez le dice a una mujer a la que busca por todas partes que cuando la coja: «te partiré la espalda». La mejor de la cara B era «City Has No Heart», chiclosa, glam, punk, cantada como lo haría Steven Tyler y con coros a lo Wrathchild, como advertía Axl. Era prototípica del momento y el lugar. Así como la que seguía, «Ship Rolls In», que funcionaba de aludido efecto llamada para los que escuchaban la radio desde el agro por mensajes como este.

Drivin real fast in my limousine
i got two girls in the back, it’s the american dream
there’s so much money but so little time
it seems like yesterday i didn’t have a dime (not a dime)
got me a mansion and a swimming pool, living this luxury is totally cool

Concluía una oda al alcoholismo, «Bottle In Front of Me», con hermosos versos como «una botella delante de mí es como una lobotomía frontal». Este LP, que apareció diez días antes que Appetite for Destruction, está considerado por muchos connoisseurs como la piedra angular del sleaze angelino, habida cuenta de que los gunners ya volaban muy alto en su debut. Otros grupos sonaron más metaleros, otros más zeppelianos, pero pocos dieron este tono. Las demos de Rock City Angels de 1986 son demasiado amateur y, en Inglaterra, Tattoed Love Boys (el grupo previo de CJ de Wildhearts), que no salieron hasta el 89, no tenían canciones tan redondas. Solo estuvieron a su nivel y dentro del mismo estilo Dogs d’Amour, puede que hasta por encima, pero esa es otra historia.

El disco se grabó en solo tres semanas. Según Ric Browde, que al final logró ser el productor, los chicos se esmeraron en su trabajo porque Elektra estuvo a punto de echarles ya el primer día de grabación. Browde, que en los setenta había compuesto bandas sonoras de películas porno, estaba especialmente orgulloso de «Babylon» y le dio mucha rabia que Elektra no la promocionara. En realidad el sello no movió un dedo por el grupo y luego los ejecutivos fueron los primeros sorprendidos de su éxito.

Todo lo que sucedió después multiplicó las ventas. El clip de «Don’t Change That Song», con fragmentos de la película de Russ Meyer de la que habían tomado su nombre, fue muy bien recibido en la MTV. Cuando se estrenó The Decline of Western Civilization Part 2 su parte fue la mejor recibida y no por la vergüenza ajena, sus comentarios eran divertidos. Dijeron que para fichar por una discográfica llevaron a Brent Muscat a hacer mamadas de una en una. Sheeperis preguntaba «¿Por qué estáis obsesionados con el sexo?» y contestaban «Antes lo estábamos con el dinero, pero es que no tenemos». Ella seguía como si fuese un diálogo normal «¿Qué hace que vuestro grupo sea tan especial?» y soltaban: «Tenemos los penes más largos y no nos limpiamos el culo». El resto de su filosofía era perfectamente asumible por todos los wannabes que poblaban Los Ángeles y querían ser estrellas del rock millonarias sin mucho esfuerzo: «Tocamos rock para no ser supervisor en un McDonald», «Toco en un grupo porque soy un vago»… Igual que cualquiera que lo estuviera viendo en aquella Norteamérica de Reagan. De la gira europea destacaron que las mujeres del continente tenían más pelo en el sobaco que ellos y dejaban un aviso a navegantes muy propio: «Al que no le gusta nuestro grupo le cagamos en la cara y le decimos que se coma la mierda».

Salieron de gira con Alice Cooper, Motörhead y David Lee Roth. Guns N’ Roses se los llevaron a la citada gira europea, que era la primera para ambos. El dato curioso es que en ese momento ellos estaban por encima en las listas que Axl y Slash. Durante seis meses vendieron casi lo mismo. Sin embargo, cuando salió el single de «Sweet Child O’ Mine» les pasaron como el Concorde. Pero daba igual. Faster Pussycat al final del año iban ya por las doscientas cincuenta mil copias, cuando Elektra habría hecho una fiesta con que solo hubieran vendido cincuenta mil discos. Fueron los años más felices de su vida. Acababan de salir del instituto hacía meses y estaban viajando, cobrando mucho dinero y se acostaban con una chica distinta, o varias, cada día.

Pero ese éxito tenía un perímetro limitado a la esfera angelina. Fuera de California las audiencias no eran tan receptivas. En Troy, Michigan, les arrojaron clavos. En Oakland les recibieron lanzándoles botellas de Jack Daniels. Cuando tocaron con Y&T y Ace Frehley en Corona (San Bernadino, California), acabaron a hostias con el público. Taime se defendía con el palo del micro golpeando a la gente que le insultaba y lanzaba objetos en las primeras filas. La crítica tampoco fue nada complaciente.

Don Waller, en Los Angeles Times, escribió el 9 de agosto: «Con el éxito de Mötley Crüe y Poison no sorprende mucho que los sellos más grandes se estén subiendo al carro del neo-glam firmando a todo riff-slinger con los labios pintados que se pueda estarse quieto lo suficiente como para firmar una X en un contrato (…) Tamie Downe tiene que ser el mejor o el peor imitador de Steven Tyler (…) Estos son discos para los que se perdieron las fiestas en Rodney Bingenheimer’s en los setenta o los que son nostálgicos de la época, pero suena mejor sobre el papel que en el tocadiscos». Y Paul Elliot, el 17 de octubre, sentenció: «Poco glamur, no serán nunca tan guapos como Poison o Stryper, pero lo suplen con sentido del humor y riffs cerdos. Todo lo contrario que Guns N’ Roses, que tienen pinta de que serán el gran grupo de rock de los noventa».

El respeto que los de Axl sentían por ellos a esas alturas quedó claro en Hamburgo. Se fueron a ver todos juntos el barrio rojo. Se emborracharon, por supuesto. Al llegar al hotel, el batería, Mark Michals, se cayó inconsciente en la cama de Duff. Una afrenta que obligó a Izzy y Slash a cogerlo, atarlo con cinta adhesiva y abandonarlo en el ascensor. «Chillaba como un cerdo», recordó Slash posteriormente.

Con el segundo LP, Wake Me When It’s Over, la situación había cambiado radicalmente en Los Ángeles. Ya no existían esas reticencias a contratar a grupos que para cualquiera que supiese un poco de música eran poco originales, repetitivos y clones unos de otros. Al éxito inicial de Mötley y Poison había que añadir ahora el pepino mundial en el que se había convertido Guns N’ Roses. Algo así como los nuevos Rolling Stones. Los sellos iban lanzados a pescar al caladero de donde había salido el pez gordo y firmaban a todo lo que se movía como había anticipado que sucedería la prensa especializada. Salieron decenas de elepés y sobre todo videoclips. Greg Steele lo describió así en Poweline: «Ahora mismo, si formas un grupo, firmas la semana que viene. Veo todo lo que está saliendo y me pregunto si existirán dentro de dos años».

Faster Pussycat no introdujeron novedades en la escena. De hecho, Greg Steele presumía de que su primer álbum y el segundo se podían poner del tirón sin notar prácticamente la diferencia. Lo que sí cambió es que el sello se los tomó más en serio. Les dieron como diez veces más presupuesto y días de estudio. En la mesa se puso John Jansen, que tenía una dilatada carrera como productor e ingeniero. Había estado presente en alguna sesión de Hendrix y con esa carta de presentación a lo largo de los setenta tenía su firma impresa en álbumes de Blue Öyster Cult, en joyas aún hoy poco conocidas, como Artful Dodger o Starz, y en los ochenta caería en las producciones con posibles tipo el Heartkbreak Station de Cinderella o Dancin’ on Coals de Bang Tango.

Al grupo le llevó un año dar con él después de descartar a muchos o ser rechazados. Tom Werman, después de firmar superventas con Cheap Trick, Twisted Sister o Mötley Crüe, les dijo que sus canciones eran muy malas. Brent Muscat en una entrevista tenía su propia explicación: «Fue el que rechazó a Guns N’ Roses, así que… ¿qué sabe él?». Efectivamente, como reveló Duff McKagan, había ido a un ensayo en el que se tapó las orejas y se fue. La canción que se le hizo insoportable fue «Mr Brownstone». Los gunners llegaron a separarse a raíz de la decepción que les supuso el incidente hasta que un joven Mike Clint, sin gran experiencia, les produjo el debut y el resto es historia. «Esta ciudad está plagada de celos, tonterías y envidia», explicó Taime al respecto.

Fotografía: Ted van Pelt (CC BY 2.0)

Lo que perdió Faster Pussycat en este segundo álbum fue el sonido de grupo callejero. Las reminiscencias punk ahora eran hard rock y estaban bien producidas, lo cual es bueno, pero también malo. Esa profesionalización les acercaba a Guns N’ Roses, pero sin la contundencia y el salvajismo de la ametralladora que eran ellos entonces. Greg admitió en una entrevista que desde que Guns N’ Roses había puesto el foco en Los Ángeles existía una «presión añadida» sobre los grupos para «ser original». Y ellos decidieron salirse del «glam/trash/noise/party», así se describió el género en el reportaje, que habían llevado hasta entonces. Mejoraría su autoestima, pero algo de chispa se quedó en el camino.

Los dos primeros temas, «Where There’s a Whip there’s a Way», que se iba a los seis minutos, o «Little Dove», eran correctas pero aburridas. Las letras eran todavía más sexistas. «Con una palmada en el culo, sus ojos brillarán», decían en la primera. Y prosa propia de la popular revista española Charo Medina seguía en el segundo corte:

Your high heeled river of love
Is drippin down your thighs

Sin embargo, la tercera y la cuarta fueron dos himnos que les salvaron la inversión. «Poison Ivy» y la balada «House of Pain». La primera tenía el mérito de poder haber estado en el primer disco, a la segunda le dio el empujón el vídeo que hizo Michael Bay. El que luego fuera director La Roca, Armageddon, Pearl Harbor o Transformers era entonces un especialista en duermemozas sound que venía de hacer clips como «Call It Love» de Poco, «Angelia» de Richard Marx o «Sacred Emotion» de Donny Osmond. Música para una generación entrada en la treintena que ya había empezado a divorciarse a mansalva de sus parejas politoxicómanas traficantes de especies animales protegidas y estas tonadillas les ablandaban el corazón. El de «House of Pain» servía para estos propósitos perfectamente, además de que hubiera servido también para vender vaqueros, seguros de hogar y perfumes masculinos con solo un sutil intercambio de imágenes y logotipos.

En el quinto corte del álbum seguían las sonrojantes connotaciones heteruzas estadounidenses:

My snakeskin boots are tough enough
For that dusty Texas ground
San Antonio get ready for me
The Houston honeys are a luxury

Al menos en «Pulling Weeds» volvía el humor negro:

Daddy was a dirty beggar mamma’s a whore
With a life like thatHow can he win the war

O en «Crying Shame»:

The midway was his private oasis
Where the dope got just a little too strong
Relax, Jummy boy, it’s only homicide

Pero las doce canciones se hacían largas a quien le gustase el debut por recoger el guante de New York Dolls en los ochenta. Esto era hard rockheavy metal con sonido impecable. Otra historia que, por otra parte, también era la adecuada para ser teloneros del tour de Dr Feelgood de Mötley Crüe cuando dejaron de serlo Warrant, lo que les permitió tocar para audiencias en directo de treinta mil personas. Seguro que eso era mejor que seguir siendo lo que llaman de culto.

Cuando se encontraban en Omaha, Nebraska, durante el verano de 1989, tuvieron la primera baja a raíz del éxito. Mark Michals se había enviado al hotel un paquete con heroína y Brunepex, un opioide parecido a la metadona. Allí hubiera sido imposible pillar por su cuenta. La policía lo detectó, marcó el paquete, lo siguió y le detuvo. Cuando la revista Spin contó la historia en mayo de 1990 dejó caer que ya se le había advertido de que se ponía demasiado ciego. Vicky Hamilton en sus memorias le recordaba cariñosamente por no tener fin en las fiestas. Le sustituyó Frankie Banali, de Quiet Riot, y de Michals nunca más se supo. En una entrevista actual Brent Muscat decía que debía de estar muerto, si no habría dado señales de vida con la llegada de internet.

La crítica, de nuevo, no recibió el disco con elogios unánimes, precisamente. En el mejor de los casos se podían leer artículos como el de Christine Natanael en Powerline en septiembre de 1989 donde los presentaba como un placer culpable. «A todo el mundo le gustan esos coros, pero nadie se atreve a decirlo por miedo al qué dirán», se quejaba. En esa época ya empezaban a asomar los grupo serios y circunspectos que venían a decirle a una generación que la vida no era para reír. «Estos chicos se divierten y tienen sentido del humor, que es algo que muchas personas en el rock aún tienen que descubrir», sentenció la periodista.

Fotografía: Ted van Pelt (CC BY 2.0)

En Kerrang!, por el contrario, el 7 de octubre de 1989, Steffan Chirazi mostraba sus dudas: «A pesar de que los cuatrocientos mil discos vendidos en su debut son totalmente respetables y girar con gente como Guns o Alice Cooper, una gran estrella, uno se pregunta cómo de grandes podrían ser Faster Pussycat o hasta dónde podrían haber llegado si su aparición no hubiera coincidido con la llegada de Guns N’ Roses… Es una especulación, por supuesto, pero de eso trata mayormente este sucio negocio». Jim Sullivan, en el Boston Globe, en una reseña de noviembre del 89, lo tenía todavía más claro: «Guns N’ Roses pueden escribir una melodía, Great White y Faster Pussycat no».

Pero doctores tiene la Iglesia. En un disco recopilatorio de Elektra en el que los autores modernos hacían versiones de los clásicos, se marcaron un «You’re So Vain» de Carly Simon que lo petó en la MTV gracias al clip del productor, esta vez rockero, Rocky Schenck. Con este vídeo y el de «House of Pain» el LP fue disco de oro. Salieron giras por Japón y por Europa. Acompañaron a Whitesnake, Ozzy… Eso era una máquina de hacer dinero. El heavy estaba en lo más alto y la aparición de los Use Your Illusion de Guns N’ Roses prometían que se iba a poder seguir ordeñando a la vaca muchos años más, pero el mismo mes de septiembre en el que Axl lanzó su disco cuádruple, apareció un álbum que logró que la gente hiciera cola en las tiendas para comprarlo: Nevermind, de Nirvana. Ahí se acabó el chollo.

Los últimos coletazos de la escena se los pasaron grabando Whipped con Brett Brandshaw a la batería, procedente de Blackboard Jungle, otros secundarios tardíos del LA de la época con un solo LP bastante majo. El tercer álbum de Faster Pussycat se abría con «Nonstop To Nowhere», una canción espectacular para los fans de los primeros tiempos, pero que en la letra ya anunciaba lo que se venía encima. Si Guns en el 87 estaban en un «freight train», Faster Pussycat empezaban este disco diciendo «I’m on a lame train» y concluían: «And it’s taking me down the drain». Era cierto.

Y había todavía más versos en esa misma canción que mostraban esa lucidez: «Los tiempos cambian y pasan rápido. Demasiado rápido para mí. Parece que fue ayer. Estaba faltando a la escuela y robando gasolina». El problema era que la cara A ya no daba para más. Lo mismo que la B, donde solo «Friends», estoniana, merecía realmente la pena. «Cuando el pozo se seque, dile adiós a tus mejores amigos de los buenos tiempos», rezaba. Ya se las veían venir.

Con el resto de canciones Taime se había creído que era una especie de Trent Reznor y se había puesto a experimentar. Por un lado había cortes de puro relleno que solo entendía él y su deriva industrial, por el otro canciones como «Maid in Wonderland» que intentaban emular al que entonces era, con diferencia, el mejor y más interesante grupo de Los Ángeles: Jane’s Addiction. Pero, en general, se notaba que no había un criterio como grupo. Brent Muscat estaba más por Metallica y Eric Stacey por el glam de línea dura tipo Pretty Boy Floyd. Aunque el LP vendió más o menos lo mismo que el primero, lo que tuvo mérito, porque salió en agosto de 1992.

A finales de ese año, cuando fueron teloneros de KISS, nada menos, les llamaron del sello y les dijeron: «Disfrutad de este tour, porque es el último». Cuando regresaron de la gira a Los Ángeles a tomarse un descanso confiados en que algo saldría tarde o temprano, no eran conscientes de que la escena de la que provenían había sido erradicada, borrada del mapa por el grunge y los nuevos grupos de los noventa. Todo lo que ellos representaban estaba muerto. Daba vergüenza ajena. Era un hazmerreír. Y no es una exageración, hasta que Lit Up de Buckcherry volvió a colarse en las emisoras, muy lejos ya del mainstream, nadie dejó de disimular o mirar hacia otro lado cuando escuchaba que una vez, en un lugar de mundo, había existido un grupo llamado Faster Pussycat.

Muscat se fue a vivir a Las Vegas, las peleas por los derechos de las canciones se prolongaron durante años y Taime ha vuelto a girar y sacar un disco con el nombre del grupo, pero más centrado en sus obsesiones que en el glam de casa de putas de antaño. Actualmente todo da igual, porque la música es como el agua del grifo. Pero si comparamos el legado de este grupo con todos los que hicieron por esas fechas una música con el prestigio del sentimiento de culpa, la tristeza y la depresión, habrá que ver qué ha envejecido peor. Yo creo que ya no está tan claro como hace veinte años. Además, de estos grupos, si no te podías reír con ellos, te podías reír de ellos. Siempre te podías reír. Porque con estribillos así lo que da gusto es tajarse.


Fortu: «Mis fans actuales saben más de música que yo»

Fotografía: Begoña Rivas

 

El heavy metal es un género transversal, pero sin las generaciones de clase obrera que lo popularizaron a principios de los ochenta nunca hubiera sido como lo conocemos actualmente. En España, el fenómeno tuvo su época de esplendor a mediados de esa década. Barón Rojo y Obús fueron los grupos más importantes, pero si el heavy tiene un rostro en este país es el del Fortu (Burgos, 1954), fue el frontman definitivo en aquellos años. Y, aunque sus Obús vendieron discos como churros, su legado permanece inexplorado fuera de los medios especializados. En su día, las autoridades se quitaron de encima a todos estos grupos negándoles cualquier apoyo en cuanto pudieron y el metal español ochentero nunca ha vuelto a ser debidamente reivindicado. Fortu acaba de lanzar una novela autobiográfica (Mil demonios, Desacorde Ediciones, 2017) y aprovechamos para que nos reciba en el bar de su hermano, Las Tortillitas de Perico, y repasar su trayectoria.

Natural de Burgos, de nombre Fructuoso.

Soy nacido en Burgos, pero criado en Vallecas, en el Pozo del Tío Raimundo. Llegué a Madrid con pocos meses. Mis padres habían estado currando allí y volvieron. Los culpables de mi nombre son mi padre y mi padrino, que se llama también Fructuoso. Se fueron de farra los dos y con el cachondeo le pusieron al niño Fructuoso. Bendito sea el día. Ahora solo me llaman así en el banco, las multas de tráfico y en Hacienda.

Te criaste entre el Pozo y Entrevías.

Estaba en la frontera entre ambos. Vivíamos en unas casas que se llamaban «Los Domingueros». Eran bajitas, de dos alturas, con un pequeño patio, y las habían construido nuestros padres los fines de semana. Les dejaron el terreno y en sus ratos libres, que eran los sábados, domingos y fiestas, se levantaron ellos las viviendas. Mi adolescencia fue diferente a como viven ahora los jóvenes, pero fue bonita.

Cantando el «Cara al sol» en la escuela.

Pasaba en todos los colegios públicos y no públicos. Todas las mañanas, y luego en el patio formábamos antes de entrar a clase y volvíamos a cantarlo. Y, si no lo cantabas, estaban los profesores paseando alrededor de las filas y al que no lo hacía le pegaban.

¿Lo odiabas?

No, porque era algo cotidiano. Lo vivías como algo normal. La dictadura se mamaba por todas partes, era algo incluso familiar. Nuestros padres fueron también educados en el franquismo y tenías ese ambiente en casa. El comportamiento de tus padres hacia ti era lo que les habían enseñado a ellos. Yo a lo que cogí odio fue a la religión. Porque también te obligaban a ir a misa y cuando te confesabas con los curas siempre te preguntaban por el tema sexual. Si te hacías pajillas, si te la meneabas. Eso era un gran pecado. A mí no me gustaba nada, era una invasión de la intimidad. Siempre venían con la misma canción. Había pajas, pues cuatro padrenuestros y siete avemarías. Pero luego a la semana siguiente tenías que volver ¡y era otra vez lo mismo! Yo no entendía qué coño tenía que ver un pecado con una paja. Es normal con doce añitos que notes que se te pone durita y hagas algo con ella.

Pero dejaste la escuela harto de los profesores fascistas.

La mayoría de ellos eran militares. Imponían unas normas muy estrictas. Éramos críos, pero se pensaban que estábamos haciendo la mili, que estábamos en un cuartel. Te trataban con violencia y te pegaban con mala hostia. Ahora todo eso ha cambiado, tanto que parece que los que cobran son los profesores [risas], pero no debería ser así, ni una cosa ni la otra. Antiguamente, te pegaban con rabia, para hacerte daño. Mi profesor, don Manuel, cada vez que te iba a dar una hostia se ponía a temblar. Te cogía, te llevaba a su mesa para darte el hostión y le temblaban las manos de rabia. He visto buenas palizas. Coger a compañeros de una oreja, levantarlos en el aire, darles una hostia y caerse al suelo. Palizas por las que ahora mismo estarían en la cárcel. Encima, te ibas a casa a llorar, a protestar porque te había pegado el profesor, y te volvían a pegar porque algo malo habrías hecho.

A mí me gustaba estudiar, pero tenía miedo a ir a clase. Era muy raro el día en que no me pegasen, aunque no hiciera nada. Por cualquier tontería recibía un cachetazo. Por eso, en cuanto pude ponerme a trabajar, porque entonces había trabajo para todo el mundo, lo dejé. Fui de todo. Albañil, barnicé muebles, repartí colchones en Pikolin, estuve en un matadero de pollos, que me daban mucha pena y aguanté poco ahí. Hice de todo.

Conociste al padre Llanos.

Era un cura rojo, muy majo. Estaba muy metido por el pueblo. Ayudaba a mucha gente. Protegía a los perseguidos, a los sindicatos. Nunca se me olvidará la imagen de los grises siempre alrededor de su iglesia a ver si podían coger a alguno. Para mí, si todos los curas fuesen como él, creo que todos hubiéramos seguido más cerca de la religión. Pero no es así, para ellos todo es política, hay muchas denuncias de abusos sexuales, dinero de cestas de ONG que se han quedado… Hubo también otros curas en Vallecas como él, me acuerdo de Enrique de Castro, que ayudó a un cuñado mío que tenía problemas de drogas. Mi exsuegra iba mucho a hablar con él. Yo estuve dos veces y me dio una imagen muy buena.

Te apuntaste a boxeo.

En aquella época una de las aficiones que teníamos en los barrios eran las peleas. Era una distracción. Te divertías viendo a ver quién era el que más hostias daba. Pero eran chiquilladas, no como ahora, que te apuñalan o te meten dos tiros. En las nuestras como mucho te hacían un moratón o te partían un diente. Entonces casi todos nos apuntamos a boxeo. En mi caso, hasta que un día me dieron un hostión en un combate que me noquearon. Me mareé y me caí de rodillas. Sentí realmente lo que es recibir un buen puñetazo. Y dije: «Vale, ya, se acabó. Ya no hay más hostias». Aquello del boxeo y las peleas era una forma de decir: «Soy más macho que ninguno». Era una forma de creerse que eres más masculino, pero en realidad es todo lo contrario, no tiene nada que ver.

En tu primera comunión te regalan una guitarra.

Mi mamá, que para mí es mi diosa. Fue lo mejor que hizo conmigo. Mi madre es cantaora y mi abuelo también lo era, estuvo con Manolo Caracol. Por eso yo desde muy chiquitito estuve cantando y mi madre me regaló una guitarra. Lo llevábamos dentro, como la música popular. Gracias a esa guitarra entendí lo que es la música y, de forma autodidacta, aprendí a tocarla. Luego el piano, la batería… con la práctica cogí soltura con todos los instrumentos.

Tu primer grupo fue Nudo, que llegó a ir al Festival de Benidorm.

Hacíamos canciones de la Creedence, de Slade, el heavy todavía no existía. De Los Sirex, de Los Diablos. Tocábamos en bailes, no existían los conciertos como ahora. Íbamos a bodas, bautizos, de todo. Lo normal era en una discoteca, o sala de pueblo, tocar para que la gente bailase. Alternabas una de los Beatles con una de Manolo Escobar, pasodobles, vals… Hacíamos lo que se escuchaba, y dentro de eso el rock era la moda. Me gustaba mucho hacer «Todo tiene su fin», de Módulos, que la grabó luego Medina Azahara y yo la he cantado mucho.

Y en unos de estos conciertos me vino una mocita, mucho más mayor que yo, que se dedicaba a la prostitución. Nos liamos, perdí la virginidad con ella, vaya, y mantuvimos cierta relación. Yo tenía catorce añitos y trabajaba de botones en una oficina. Me venía a buscar en taxi al trabajo y me llevaba luego. Los de la oficina, que eran todos arquitectos y tal, cuando veían al botones con una superhembra en un taxi, se quedaban… pero ¿este cabrón?… Entonces un taxi no lo cogía nadie, era de ricos. Y los que eran ricos eran contados. Nuestros padres eran todos obreros y no nos lo podíamos permitir, no era como ahora. Ella se enamoró de mí, de un niño que cantaba, y fueron momentos muy agradables. Inolvidables.

Entonces esta chica, a través de un personaje muy conocido en el mundillo que no voy a nombrar, nos metió en el festival. Entrar en ese show en aquellos años era lo más de lo más, era como ir a Eurovisión. De ahí habían salido Julio Iglesias, Teresa Rabal. Yo fui cuando ganó su marido, Eduardo Rodrigo, que en paz descanse. Compusimos una canción muy pachanga, del estilo de Los Diablos, que habían ganado el año anterior, pero…

Hubo fricciones con la orquesta.

Cómo íbamos a encajar, yo no sabía ni lo que era una orquesta ni lo que era un escenario de esa amplitud y con esa calidad de sonido. Y para mí Benidorm significaba suecas y sol. Yo fui allí a divertirme. De hecho, fuimos allí medio barrio, toda la pandilla, metidos en Seats 1430, que se les llamaba «la Loca», porque eran muy rapidillos. Fue el primer hotel al que fui, nos pasamos el día subiendo y bajando del ascensor. Fue una juerga todo… follé también [risas]. Nos echaron a las primeras de cambio. No llegamos ni a actuar, hicimos los ensayos y fue un desastre. Fuimos cruzados con la orquesta, no nos enteramos de nada. Éramos chiquillos y no íbamos de la mano de nadie. Es muy curioso, ahora todos los que van a festivales así llevan a su productor, su representante, su tal… sus padres, pero nosotros fuimos solos. Pero para mí también fue la primera vez en mi vida que me metí en el mar y me gustó tanto que juré que volvería. Alucinaba con que hubiera tanta agua. Pensaba que se iba a salir el mar y taparnos a todos.

Pasaste por el calabozo.

Fue un primero de mayo, íbamos varios con el pelo largo, los cinco del grupo Nudo, nos cogió la Guardia Civil y sin más nos detuvieron. Dijeron que éramos de Comisiones Obreras y nos dieron de hostias. Pero yo no sabía ni lo que era CC. OO. ni un sindicato. Los más mayores, los vinculados a la política, sí, pero a los críos nadie nos había enseñado nada. El primero de mayo había manifestaciones, y solo por ir en grupo —que además lo éramos, pero ¡musical, cojones!— nos metieron en los calabozos de la Puerta del Sol tres días.

Después formaste otro grupo, Luz, con un miembro de Panzer, y se acabó todo cuando te enviaron a una mili muy particular…

Una mili muy hija de puta. Aquello me recordó al colegio, algo que ya tenía olvidado. Todo era por obligación y lo pasé francamente mal. Me destinaron a Marruecos, a El Aaiún, en plena Marcha Verde. Vivía bajo tierra, en una cueva. Un garigolo, que así los llamaban, eran posiciones en las montañas del desierto. Yo solo tenía una ventanita y la ametralladora puesta ahí. Estas posiciones rodeaban toda la montaña para ver si venían por un lado o por otro. Vivía con un canario y rara era la noche en la que el Frente Polisario no venía a pegar tiros, ráfagas de ametralladora. Porque estábamos en guerra, hubo muertos y nadie se enteró. Como yo siempre me escaqueaba, andaba mucho por el hospital haciéndome el enfermo y allí vi muchas cosas. Gente sin piernas por haber pisado una mina, gente que había recibido tiros… ahí estaba la realidad de lo que estaba pasando y se ocultaba. Yo no, yo me había metido una onza de chocolate sin masticar, porque decían que si lo hacías en la radiografía te salía como una úlcera, y me funcionó. Me dieron la baja y me ingresaron.

La mili es una cosa insoportable, yo estoy completamente en contra de eso. Si hay gente a la que le gusta esa vida, pues que vaya y se haga capitán general, pero a los demás que nos dejen en paz. Intenté escaquearme de todo, cuando había que hacer la instrucción me escondía debajo de la cama. Tanto que una vez me pillaron y me ataron al somier. Y me las arreglé para irme a la cantina con el colchón, atado a él [risas]. Por eso me metieron en el calabozo un mes, y ¿sabes qué me pasó? Que en ese calabozo fue la primera vez que probé yo un porro. En mi vida había fumado ni bebido. ¡Mi primer porro fue en el calabozo de la mili! Salí del servicio militar bebiendo alcohol, fumando tabaco y canutos. Vicios que no había tenido antes de entrar. Ya era todo un hombrecito, en fin…

Al menos conocí por allí a Rosendo, en el acuartelamiento de Hoya Fría, en Tenerife, que hizo la mili conmigo. Estaba siempre con su guitarra, tocando y cantando. Yo no, yo era más de pegarme con todos. Me eché de colega a un macarra de aquí de Vallecas y nos dábamos con todos cada día. Incluso entre nosotros dos. Ser macarrillas es que lo llevábamos en la sangre.

Al volver encontraste un Vallecas distinto.

Lamentablemente, al volver vi que la droga existía. El barrio estaba en un estado muy lamentable. Muchos ya se habían enganchado, otros estaban muertos. Veía a mis amigos pincharse heroína y ponerse a vomitar. Y yo les decía: «Pero ¿qué pedo es ese, qué ves tú en eso, ponerse a devolver, eso es lo que te gusta?». Nunca lo entendí, uno si se droga es para pasárselo bien, ¿no? Estaba el barrio muy dañado, porque además se puso de moda. Nadie tenía ni idea de lo que era eso, no había ninguna información, y por eso hizo tanto daño. De mi generación se debieron ir el noventa por ciento. Cuando estuve en el grupo Union Pacific, menos el batería, que era como yo, creo que de ahí no quedó nadie. Ni los técnicos. Todos muertos. El grupo y los de alrededor.

¿Y por qué estuviste tú a punto de morir en aquellas fechas?

Pues por el estómago. Cuando me vieron la úlcera en la mili parece que no era por el trozo de chocolate, lo mismo la tenía ya. Antes tampoco se sabía tratar una úlcera, no era como ahora, y a mí me perforó el estómago y me tuvieron que abrir de arriba abajo. Me hicieron una operación de mierda, abierto en canal, y cuando me volví a levantar por primera vez para caminar vi las estrellas. Eso sí, follé con una enfermera [risas], ¡abusaba de mí, la hija de puta! En serio, porque no me podía mover. Pero cuando me operaron fue muy chungo. Llegué a ver la luz de la muerte, el túnel ese. Te lo juro por Dios, por mi vida, que lo vi. Había un túnel y al final una sombra, una persona, diciéndome: «Ven, ven». Debe ser por la anestesia o lo que sea. Yo pensaba que en la mili había funcionado lo del chocolate, pero el diagnóstico parece que era el correcto [risas]. Con todo lo que bebí y fumé ahí, pues…

El single que grabaron Union Pacific en Chapa fue hard progresivo…

Empezaron haciendo versiones de Grand Funk y Deep Purple. Yo ponía una voz tipo Ian Gillan, con esos agudos, ya que era joven, tenía las cuerdas vocales más fuertes y las vibraciones eran mucho más limpias y agudas. Ahí empecé a componer. Luego andaban por ahí Red Box, de Juan Luis Serrano, que fue el padre de Obús, él formó el grupo con Paco Laguna. Hacía unas letras muy buenas, era y es mi rockero favorito. Y me fui con ellos.

Pelos largos no llevaba nadie.

Ni Dios. Yo y muy pocos más en el barrio. A mí por la calle me insultaban, me llamaban maricón. Iba con mi mujer y nos echaban piropos a los dos. Más de una vez me di de hostias. Me dio muchos problemas. Un chico con el pelo largo era lo peor. Era una provocación. Es como pasa ahora en Rusia con los gais, que por ser homosexuales les dan palizas. En aquella época en España era igual, era un peligro salir con el pelo largo. En la familia lo mismo, mi padre me decía que o me cortaba el pelo e iba como los hombres, como una persona normal, o me echaba de casa. Para él iba como un bicho raro, estaba molestando a los vecinos, que hablaban, y mis padres de pura rabia me gritaban que me dejase el pelo como las personas.

Obús dio un salto más allá de lo que estaban haciendo Asfalto, Topo y demás…

La palabra heavy metal no existía entonces. A nosotros no nos dijeron que hacíamos ese género hasta el tercer LP. Hasta entonces fuimos rock duro. Luego nos etiquetaron como heavy y nos metieron en el saco. Por nosotros bien, pero creemos que somos más hard rock. No hacemos una música tan pesada. Creo que fuimos más melódicos, tipo Deep Purple. Quizá Judas Priest entonces fueron los que rompieron y crearon el nuevo género.

El primer logo de Obús fue un diseño tuyo.

Me había ido de vacaciones con mi exmujer a Londres a finales de los setenta. Había mucho punk por ahí, a España no había llegado nada de eso, me fijé y me traje todo lo que vi. En Obús, lo de llevar tachas y cremalleras lo propuse yo. Compré unos metros de piel, me fui al Rastro a por tachas y una por una, tacha por tacha, puse el logo de Obús para colgarlo detrás de la batería en los conciertos. Me tiré un tiempecito. Luego me hice un pie de micro igual, forrado de piel y con tachas y el batería hizo lo mismo. Todo eran tachas [risas].

Nacho Cano en más de una entrevista decía que éramos unos macarras por todo esto, pero luego en poco tiempo llevó él la chupa de cuero. Todos los pijos se pusieron chupas de cuero. Igual que muchos grupos de nuestro rollo. Se fueron todos a Londres y volvían con sus chupas, pero veías que como estaban recién compradas tenían las mangas como tuberías, como cartón, tiesas [risas]. Porque hay que curtirlas, pero no tenían ni puta idea. Qué pinta tenían, tío. Eso no se me olvidará. Querían ser duros y no sé qué parecían.

Ganasteis el Villa de Madrid del 81 y la letra de vuestro primer hit, «Va a estallar el obús», decía «y yo sé que te quema la envidia». ¿Era porque jodía que alguien del barrio pudiera plantarse y tener éxito con un grupo?

Claro, evidentemente va dedicada a ciertos personajes. No puedo decir quién, pero sé que esa letra está dirigida a ciertas personas que les daba por culo que de la noche a la mañana llegasen unos macarrillas y triunfasen. Aunque yo ya llevaba doce años en la música haciendo de todo, pero, bueno. A mucha gente la envidia le corroe. Aquí en España la envidia, además, te viene de los más cercanos. Si a alguien le va bien le criticas, intentas destruirle y hundirle si es posible. Debería ser al revés con los amigos, pero no. Son los allegados y amiguetes los más envidiosos. Con el clip de esa canción, que salían nuestras calles, quisimos llevar el barrio a tope, como bandera. Hemos defendido el barrio toda la vida y forma parte de nuestras vidas. Si hacíamos un clip, teníamos que sacar Vallecas.

Cantabais en español, pero en un español con palabras de la calle, que llegaba a la gente de los barrios, ni siquiera un castellano con giros o pronunciaciones imitando al inglés.

Era chabacano, pero era el lenguaje que entendíamos la gente del barrio. En Obús, todos, queríamos canciones sencillas, muy directas, que todo el mundo pillara a la primera.

Cuando grababais un clip, salíais en el Telediario.

Un día vi que en una sala en Fuenlabrada tocaban unos tales Los Suaves. Fui a ver qué era eso y me quedé alucinado. Después pedimos permiso para grabar ahí un clip y fuimos noticia, sí. Pero es que en la televisión salimos en montones de programas. Una vez en un magazín matinal que tenía Teresa Rabal con niños, y salimos nosotros cantando «Vamos muy bien». Todo el público, críos de ocho años, coreando con nosotros «Vamos muy bien, borrachos como cubas, ¿y qué?» [risas]. Ahora no lo permitirían. Es imposible que pueda pasar algo así.

Había gente a la que le molestaba veros en la televisión solo por las caras, se escandalizaba porque estaban «sacando quinquis por la tele».

Éramos muy barriobajeros. Los propios rasgos de nuestras caras eran Vallecas. No podíamos disfrazarnos y decir que éramos de la calle Orense. De hecho, una vez fuimos a grabar a la calle Orense y todo el mundo empezó a quejarse de que estuviéramos por ahí con esas pintas. «Estos quinquis qué hacen aquí», decían. Teníamos esa pinta, pero, oye, nos molaba porque lo llevábamos en la sangre.

Las letras iban destinadas a ese público que estaba al margen, con historias sobre robar bolsos, pasar drogas…

Es que eso es lo que había en la calle. Lo de Perros callejeros, que salía en esas películas, es que estaba en la calle. Nosotros veníamos de ahí y lo reflejábamos. Hablábamos de lo que había en el barrio. No inventábamos nada. Eso ocurría en la sociedad. Estaba en la puta calle.

Y estabais con Chapa, división del sello Zafiro, una discográfica vinculada al Opus Dei.

Estaba Carmen Grau, directora artística del sello, siempre censurando portadas y letras, títulos de canciones… Yo me llevaba muy bien con ella. Al final le pillaba el rollo. Era una señora muy mayor, ya tendría sus sesenta y tantos. No sé si seguirá por ahí dando a la gente con el bastón.

Lo que sí que hicieron fue robaros.

Eso le pasaba a todo el mundo, era generalizado. Ahora se pueden controlar más las ventas, pero antiguamente no podías saber por ningún sitio lo que se había vendido. Te decían que eran cincuenta mil y, pues venga, cincuenta mil. Con el paso de los años nos hemos dado cuenta todos los que estuvimos allí de que nos engañaron, nos dieron unas cifras pero era mucho más. Nosotros llegamos a ser disco de diamante, un millón de copias, y nos han robado todo lo que han querido. De cada disco de oro, cincuenta mil copias vendidas, pudimos haber hecho el triple. Esto me lo ha contado gente que estaba ahí, pero en aquella época no podías demostrarlo.

Creo que fuimos engañados todos. Nadie sabía lo que era el negocio de las discográficas, ibas todo inocente, ilusionado, porque has grabado tu primer disco, salías en la tele, ya eras famoso, y realmente no te preocupabas de las ventas, estabas flipando con el concierto que vas a dar y no ves más. No tenías ni idea de lo que realmente estabas produciendo. A mí me pagaban y me lo llevaba a casa con una bolsa de deporte llena de billetes. Todo era en ese plan. En un mes igual ganábamos quinientas mil pesetas cada uno, de aquella época, que era más que el equivalente de tres mil euros. Yo me compré un chalé por tres millones de pesetas. Calcula lo que ganábamos y encima nos estaban robando.

Y no solo con las cifras de ventas, que eran más de lo que nos decían, también con los derechos. Nos obligaban a darles el 50 % de los derechos de cada canción a la editorial. Y eso era para siempre, para toda la vida. Nos querían hacer ver que esas editoriales eran independientes, pero estaban vinculadas a la compañía. Ahí nos engañaron otra vez a todos. Pero, si te daban la oportunidad de grabar un disco, tú entregabas la vida. Te decían que tenías que ceder los derechos y pensabas: pues ya compondré más.

¿Y no aprendíais?

Tampoco era fácil si te dabas cuenta. Recuerdo que después de darle el 50 % de mis canciones al sello, para ponerlas en la radio, en la Cadena Ser me pedían el 20 % de mi 50 %. Discutí, dije que si entregaba el 50 % a la editorial y luego soltaba el 20 % para que sonase en la radio, me llevaba el 30 %. ¿Yo componía la canción y cedía el 70 %? Lo planteé, exigí que ese 20 % lo entregase la discográfica de su 50 % y la Cadena Ser dijo: «Fortu, no queremos líos, pasamos del tema, no tenemos por qué discutir». Y por no enfrentarse entre ellos no salieron dos canciones mías en la emisora, «El mentiroso», y «Complaciente o cruel». Pasaron de nuestro culo, dejaron de pincharlas.

¿Y cómo llegasteis a ser número uno en Los 40?

Es que a nivel social éramos un pelotazo, llenábamos todos los sitios. Mira, después de ganar el Villa de Madrid tocamos en el campo del Rayo y lo llenamos sin tener disco en la calle. A reventar estaba el estadio. Ahí los del sello vieron que éramos un filón, y eso lo tenían que promocionar sí o sí. Los números uno se compraban, antes y ahora. Hay que entenderlo porque esto es un negocio, si quieres sonar, cuesta tanto. Son como cuñas, si quieres sonar diez veces, cuesta equis, treinta cuesta más y ser número uno, pues lo máximo. Es todo a base de pasta. Eso lo sé y certifico que es verdad. Se escuchaba en las compañías y en los medios. Y es normal porque es un negocio.

El pelotazo gordo fue llenar el Palacio de los Deportes.

Fuimos el primer grupo español que fuimos a un pabellón, algo donde solo tocaban los de fuera. AC/DC, Saxon, Thin Lizzy… y nacional no se atrevía nadie, hasta que llegamos nosotros. Pero no fue cosa nuestra, lo ideó Toni el Rubio, un promotor que había entonces, que dijo que lo íbamos a llenar. Dijimos que vale, y antes no era como ahora, que hay venta anticipada y ves lo que va a haber, nosotros llegamos al concierto sin tener ni idea de lo que nos esperaba y nos encontramos con la policía a caballo, mogollón de grises, y una cola que daba la vuelta al pabellón. Eso para los medios era noticia, un grupo de cuatro vallecanos que llena un pabellón reservado a grupos guiris… Lo dieron todos, periódicos, emisoras y revistas. Todos se querían apuntar el tanto de esos quinquilleros que habían creado tanta expectación que toda la gente de todos los barrios iba a verlos tocar. Luego se corrió la voz y también llenamos Barcelona…

En el libro de Desacordes comentas que un hombre llevó a su mujer a un hotel de gira para que follarais. ¿Tanto éxito tuvisteis?

Lo que pasó fue que sí, en un concierto, al llegar al hotel, me estaba esperando una mujer, no voy a decir la ciudad. Yo no sabía que estaba casada ni nada, pasó tal y subimos a la habitación. Y después del tema me dijo que venía su marido a buscarla. Me quedé flipando, a ver si iba a haber un mal rollo. Y me dijo: «No, si sabe que estoy contigo». A mí eso me acojonó todavía más. Bajé a recepción preocupadísimo y encima me encontré un tío cachas que te cagas, me dije: «Ahora este me va a reventar». Y todo lo contrario, macho. Me felicitó y me dio las gracias por haber complacido a su mujer, una gran seguidora del grupo, dijo. Y yo: «¡A su disposición, señor!» [risas].

Os decían de todo en los medios.

Llegué a enfadarme y a pedirle a la compañía que hiciera algo. No podía permitir que cierto periódico escribiera que la cicatriz que se me veía en el pecho seguro que era, como pusieron, de una reyerta barriobajera. Pero no podían enfrentarse a los medios las compañías, porque dependían de ellos. Era la úlcera, tío. [Risas]

Tino Casal fue vuestro productor.

Tino era la hostia, aparte de un gran músico, era diseñador, escultor y pintor. Era lo más. Sin contar lo majo que era como persona. Fuimos al barrio una vez con él, con su ropa ancha de hombros, pantalones de colores, zapatillas de brillantes, y fue un espectáculo. Vinieron los chavales, se montó una. Lo llevamos para que vieran con quién nos codeábamos, pero solo por sus pintas, porque Tino Casal no era conocido todavía. No había grabado «Champú de huevo» ni nada y la gente lo flipó, fue el comentario de toda la semana del barrio. Igual que Luis Soler, de Zafiro, que iba siempre con gafas de colores. Ahora eso es normal, pero en aquella época unas gafas rojas, verdes o amarillas no era nada normal.

A Tino le encantábamos. Viajaba mucho a Londres y cuando vio nuestra imagen le molaba, él era muy adicto a la moda londinense. Aparte de que fuera nuestro productor, yo me hice muy amigo de él. Me presentó a todos los gais de Madrid, siempre íbamos a la calle Barquillo juntos. Me encantaba escucharle, era muy inteligente. Todo lo que he aprendido de producciones me lo enseñó él. Luego lo hice mucho en Obús, horas y horas, aunque no saliera en los créditos de producción. Tino me enseñó muchísimo y no solo en la música.

Su ropa se fusionó con la nuestra. En Poderoso como el trueno salimos con camisetas suyas, con su chaqueta con cadenas, dimos una imagen impensable. Luego ves que años después dicen que Beckham ha inventado el pantalón roto y dices… no me jodas, que yo me rompí los vaqueros en 1982. Nosotros funcionamos de puta madre por eso, por la imagen, fuimos muy innovadores. Ahora ya no es lo mismo, no es tan importante lo que te pongas porque ya no hay tribus, pero antiguamente, cuando empezamos, estábamos fuera de contexto de todo. Los demás grupos salían en chándal hasta que empezaron a currarse la imagen. No se preocupaban de eso para nada. Nosotros lo cuidamos y la gente flipó.

Estuviste con Tino la noche en que murió.

Tomé unas cervezas con él. Luego, ellos se querían ir al Oh! Madrid y… Tino Casal tuvo muy mala suerte. Antes del accidente había tenido una infección en el tobillo porque no se había curado bien una torcedura. Al final le tuvieron que rajar del tobillo hasta arriba y ponerle una prótesis de cadera. Por eso tuvo su época en la que salía con un bastón. Recuerdo ir al hospital de San Fernando a estar con él y encontrármelo con la pierna colgada abierta de arriba abajo, y él con un teclado pequeño componiendo. Le decía: «Tino ¿no puedes descansar, cabrón?». Y él: «Vamos a ver, chocho, escucha esto» [risas]. Siempre estaba ideando, inventando cosas. Fue una gran pérdida.

Vuestras puestas en escena tenían también su curro.

Cuidábamos mucho los montajes en directo. Llevábamos un cráneo de fibra de vidrio del que salía el batería. Pasarelas. Un ovni, que era una plataforma redonda con luces que nos bajaba al escenario. Escuchabas un ruido de ciencia ficción y nosotros aparecíamos con los instrumentos en el platillo volante, y todos los quinquis y macarrillas flipaban. También soltábamos un misil de veinte metros al público que le estallaba justo antes de caerles en la cabeza. La hostia.

El espectáculo americano siempre nos ha influenciado, aunque dependía de la pasta que tuviésemos. Mientras pudimos, lo hicimos. Me influenció mucho lo que hacían los Kiss, Motörhead, que salían con una avioneta. Michael Jackson y sus ascensores. O los Tank, unos británicos que llevaban un tanque en la batería. Nunca olvidaré a Mick Jagger en el Calderón subido en una grúa. Todo esto nos lo enseñó también Tino.

Hasta que una vez en Mazarrón, en Murcia, nos reventó en la cara. Llevábamos unos cañones, porque es que nos llamábamos Obús, no íbamos a tirar flores [risas], y pusimos unos como los de AC/DC, y, claro, en el momento de la explosión había que estar al loro de coger una distancia. Paco, que es muy despistado, cuando se dijo «va a estallar el obús», no se dio cuenta, se fue para el cañón y le disparó en la cara. Tuvimos que llevarlo a urgencias, se quemó el rostro, pero luego volvimos del hospital y seguimos el concierto [risas] con dos cojones.

Con casi doscientos directos al año que hacíais, os pasaría de todo.

Una vez en la Plaza de toros de Valencia me tuve que dar de hostias. Ya veníamos mal de Torrent, que había un grupo de gente que siempre la liaba. Y en Valencia le tiraron una botella a Juan Luis que se le rompió y le tuvieron que dar puntos en la espalda. Me lancé a darles de hostias y no sé cuántas di, pero te puedo decir que a mí me cayeron muchas. Si no me sacan los de seguridad, me inflan.

Luego en Euskadi, joder. Había un grupo francés antes de nosotros y les pusieron de escupitajos que no te lo podías creer. Al cantante y al guitarrista les colgaban las babas por todas partes. Cuando nos tocó a nosotros, vi perfectamente cómo un tío me escupió y me cayó el gapo en el flequillo. Le cogí y le di con toda la barra del micro. Se la partí en la espalda. Y luego le sacaron a él de ahí los de seguridad. Fueron muchos conciertos, con alcohol y drogas por medio, lo normal es que nos la liaran.

¿Qué me dices de la «abuela del rock», la abuela Ángeles?

Era una borracha, le gustaba el vino… Pero sobre todo le gustaba la fiesta, primero se iba a bailar sevillanas y luego a ver conciertos de grupos de rock hasta la madrugada. Y la tía tenía ochenta y tantos años. No se cansaba nunca, tío. Creo que la hizo famosa Mariano García en Disco Cross. Una vez tocando en Vicálvaro se vino a mi casa, a Entrevías. Hicimos juerga, ella bebiendo vino, nosotros teníamos que ir a Valencia, y ella seguía dale que te pego. Iba con el nieto, que la acompañaba siempre. Y le tuve que pedir por favor que se fuera, porque ella se quería venir con Obús con su pedo de vino. Era una cachonda la tía.

¿Cómo viste la movida?

La movida fue una campaña del PSOE. Querían dar una imagen de supermodernos. A nosotros, a los que llenábamos estadios, nos habían utilizado para hacer campaña, y lo hicimos encantados. Entonces, estábamos por la Transición, por el cambio y por todo. El país lo necesitaba. Pero nos dio mucha rabia que luego utilizaran a grupos que no llenaban más que locales de cien personas, mientras nosotros petábamos plazas de toros y pabellones, y encima habíamos estado en los mítines del PSOE antes. Eso nos dio mucha rabia. Y fue un pastel que se comieron entre cuatro o cinco, no voy a decir nombres, pero es así. Eso era de ellos y no lo repartían para nadie más. Pero la gran movida éramos nosotros. Cuando Tierno Galván dijo lo de «al loro» era en un concierto de rock and roll.

Hubo una rivalidad entre Barón Rojo y Obús.

Existió y sigue existiendo. Nunca ha habido feeling y nunca lo va a haber. Al ser ya todos viejos cascarrabias, moriremos así. Somos como un Madrid-Barça. Su productor fue mi gran amigo Vicente «Mariscal» Romero, pero tenía el enemigo al lado, aunque yo nunca me he considerado enemigo de nadie. Él no lo va a reconocer, pero tardamos muchos meses en aparecer en la Heavy Rock y éramos el grupo que lo estaba petando en España. A las pruebas me remito. Las críticas de Barón en aquella época eran lo que eran, como si hubiesen roto Londres, cuando habían tocado en un garito, mientras que de Obús se daba una imagen distorsionada, y no se nos daba el valor que teníamos. Esa mano negra fue la de Vicente, que le adoro y él lo sabe. Pero…

Ellos tenían formación de conservatorio, historias literarias en las letras…

Yo me siento orgulloso de haber sido autodidacta y un macarrita, un chaval de barrio, con mis ideas y mi ideología de izquierda. Los problemas con Barón empezaron, creo yo, porque nosotros siempre fuimos macarras. Lo decían ellos y sí, llevaban razón. Todo ocurrió porque ellos fueron los primeros en grabar en Chapa, pero nosotros fuimos los segundos y les superamos. Luego hicieron el Volumen brutal, que para mí es lo mejor de Barón, ahí pegaron otro subidón, pero nunca perdonaron la rivalidad de ese segundo grupo que éramos nosotros. Al final, creo que se ha perdido dinero por no haber hecho juntos una gira los dos grupos en el momento bueno. Cuando se hizo ya era tarde, eran los noventa, el heavy estaba de capa caída. Al público le hubiese encantado ver a los dos.

Tocasteis en el 1, 2, 3.

Nos encantaba Chicho Ibáñez Serrador, me caía de puta madre, gran fumador de habanos. Le regalamos varios. Fue maravilloso salir ahí, o en Directísimo de José María Íñigo, era buenísimo. Por eso costaba tanto aparecer por ahí. Cuando alguien tiene ese poder, se aprovechaba. Por ejemplo, Uribarri, para sacarte en Aplauso, te hacía dar unos conciertos gratis para él. Yo los hice, por la cara, y a tomar por culo, en el País Vasco o en Galicia. En discotecas que él llevaba, todo para poder salir en Aplauso. Es lo que había y, si no lo hacías tú, lo hacía otro.

Os trincaban por todos los lados.

Cuando hay movimiento de dinero todo el mundo trinca.

Adrian Smith, de Iron Maiden, os metió una canción en un disco.

A través de una editorial nos ofrecieron como diez canciones suyas. Joder, a cada cual peor. La que cogimos, «Alguien», porque le hicimos un arreglo, que si no… Era horrorosa, no había por dónde pillarla. Es un coñazo, pero como era de Iron Maiden, vendía. Le conocimos en un hotel a él, de todas formas, y se quedó flipado de que hiciéramos casi doscientos conciertos al año en España. Iron Maiden, cuando nosotros salimos, era un grupito anglosajón que no se comía tanto. Estaban alucinados con nuestras giras. Ellos en un solo país no hacían lo que hacíamos nosotros ni de coña.

Tocasteis con Dr. Feelgood, Helloween, Deep Purple… ¿Cuál te ha marcado?

Me gustó mucho tocar con Deep Purple en La Cubierta de Leganés, pero ahí me di cuenta de que éramos más grandes que ellos. Con nosotros el público no dejó de botar desde el primer acorde. Cuando salieron ellos, la mitad ya se habían ido y aburrieron.

El que más fue el mejor disco de Obús.

Fue un sonido diferente, nos lo hizo el Mark Dodson, que había hecho el Sin After Sin y el Defenders of the Faith de Judas Priest, en el estudio de Dave Holland en Ibiza. Era un máquina.

Siempre decís que mientras grababais en Ibiza os ocurrieron miles de anécdotas, pero nunca las contáis

Es que… ¿tengo que hablar más de follar? [risas]. En mi libro he puesto algo, pero he tenido que quitar sexo, porque me parecía demasiado. Si yo te contara las orgías que ha habido… Ahí folló hasta el apuntador, en hoteles, en el camión donde viajábamos. Lo que pasa es que no me apetece contarlo todo, porque… Los demás no sé lo que han follado, tampoco quiero comprometer a nadie, pero yo sí he follado [risas].

Ibiza es Ibiza, sobre todo entonces, que era un territorio virgen, entre comillas. Nos íbamos mes y medio a grabar para cada disco, pero en realidad solo trabajábamos una semana. El resto del tiempo estábamos de vacaciones. Estábamos en la playa, llamaban los de la compañía a ver qué tal iba el disco, y les decían: «No, no se pueden poner, están encerrados en el estudio», y nosotros tomando el sol. Luego, cuando volvíamos a la oficina, nos veían todo morenotes y se quejaban: «Joder, sí que daba el sol en el estudio». Estábamos siempre en Pachá, a Mark Dodson le gustaba mucho el fútbol, se venían a vernos los hermanos Molina, Micky y Ángela, y hacíamos grandes fiestas. Yo todos los días me iba a la sauna. Por eso estábamos deseando ir a Ibiza a grabar. Y el equipo era acojonante, con unos medios punteros, un alojamiento extraordinario en mitad del monte, con tu restaurante y tus camareros. En esa montaña podías hacer las fiestas que quisieras, que no molestabas a nadie. Era maravilloso.

En la canción «La raya» no hablasteis de la droga alertando de sus peligros o en plan dramático, sino que decíais «me las meto con inspiración».

Siempre hemos sido muy claritos. Muy naturales. Decíamos lo que sentíamos sin cortarnos, no íbamos de culturetas por la vida. Éramos gente de barrio y contábamos el día a día, lo que pasaba alrededor. La cocaína, sin embargo, no estaba tan extendida entonces como ahora. Antiguamente se la metía la gente que tenía dinero, los yuppies y los supermodernos de la noche. Yo en los ochenta no conocía mucho el género, descubrí la cocaína con cincuenta años, mucho después. Cuando girábamos por Sudamérica nos regalaban la coca, íbamos a cualquier sitio y nos daban una bolsa, y yo no la tocaba. Fue años después cuando me dio por probarla. A mí me gusta hacer uso de las cosas, no abuso, que te perjudica y haces daño a los que están alrededor. Y también te digo una cosa, Obús, pese a la imagen que teníamos de macarras, jamás hemos subido a un escenario puestos. Hoy en día tengo prohibido que nadie en mi equipo beba antes de una actuación. Después, lo que quieras, pero antes, no. Por respeto al público, que para eso ha pagado una entrada, para escuchar una música en condiciones. Ahora, si tu imagen es salir puesto hasta arriba y tu música va por ahí, de acuerdo, pero ese no es el rollo de Obús.

Santa se formó con ayuda de miembros de Obús.

Jero, el guitarrista, era técnico de Obús aparte de gran amigo. Es de Vallecas también, siempre venía al local. El primer disco de Santa lo producen Juan Luis y Fernando. Azucena, la cantante, era también muy del barrio. Divertidísima, me he reído muchísimo con ella. Conocía también a su novia, éramos muy amigos. Era una gran tipa, fue una pena que muriera tan joven.

Y con los demás, Panzer, Sobredosis, Ángeles del Infierno, Badana, Banzai, Evo, Tigres… con el resto de la escena, ¿qué tal eran las relaciones?

Después de nuestro éxito todas las compañías querían tener, como Chapa, un Obús y un Barón Rojo. Y así pasó, salieron muchos grupos que luego fueron desapareciendo porque no tuvieron continuidad. Pero todos tenían un toque personal, Ángeles del Infierno, por ejemplo, me gustaban mucho. Sobredosis, de Carabanchel, molaban, eran muy Scorpions en los arreglos. Mazo también tenía esa fuerza de grupo vallecano. Conocí a todos, a unos más que a otros, pero siempre tuve buen rollo. La rivalidad que tuvimos con Barón no la hubo con los demás.

En el 86, un chaval fue asesinado a puñaladas por un marine americano en un concierto de Scorpions en Madrid. ¿Esa fue la señal del inicio del declive?

Ese asesinato fue una disculpa para joder este género, para no contratar a grupos heavies. En el fútbol había mucha más violencia, a Los Pecos también se les murió una chica de quince años en un concierto asfixiada en una avalancha. Eso es lo que me jodió del PSOE, cuando no les interesó nuestra imagen, cuando vieron que eso no era la cultura que querían para el país, se lo cargaron. Y lo lograron. El heavy llevaba tiempo en el punto de mira por las pintas, por los pelos… A partir del 87, 89 y principios de los noventa se hundió todo.

Vosotros disteis un giro ese año, en Dejarse la piel aparecías con el torso desnudo…

A pecho descubierto, teníamos treinta y pocos añitos, había para enseñar. Ahora me dicen que enseñe algo y… mejor no [risas]. Fue por la influencia americana del momento, la verdad es que parecía un anuncio de colonia [risas]. Buscábamos otro rollo, la aparición de Def Leppard había cambiado el rock. O te pasabas a lo radical o te ibas al rollo americano, y nosotros siempre hemos sido más light.

Hay una letra en ese disco curiosa, la de «Crisis».

Lo veíamos venir todo eso. El rollo político está muy bien, pero hay demasiadas manos tocando el dinero. Lo contamos en esa canción y en «Líos en el Congreso».

Decía «No creas falsas promesas, de un programa electoral, acabarás en la cuneta, de ti jamás se acordarán»…

A las pruebas me remito. Mira Felipe González, qué bien ha llenado su barriga, ¿dónde está todo lo que decía del pueblo?

¿No apreciaste que mejoró la calidad de vida de los españoles en los ochenta?

Era lógico, es una evolución. Cuando yo era botones, le dijeron a mi padre en la oficina, uno de los arquitectos: «Tu hijo va a tener futuro, el día de mañana tendrá coche». Tener coche era como lo máximo a lo que se podía aspirar, ahora hay dos por familia. Nosotros no hablamos de eso porque no éramos Rappel y no lo podíamos ver todo. Lo que nos llamaba más la atención eran otras cosas que se iban percibiendo, como las empresas que hacen los que gobiernan para chanchullos. Todos los que se metían en Gobiernos, en Ayuntamientos, se hacían multimillonarios. Yo a las pruebas me remito, mira todo lo que hay, gente que se ha enriquecido trincando lo que una persona no gana en toda su vida. Luego les meten en cárceles con televisión y piscina, ojalá les enviaran a presidios hondureños o colombianos.

Hubo un concierto en el 89, otra vez en el Palacio de los Deportes, con Ñu, Muro, los soviéticos Kruiz y vosotros, pero no entraron ni quinientas personas…

Sin apoyo por parte de los medios, ahora con internet es todo muy distinto, pero nosotros necesitábamos a la televisión, los periódicos y las radios. Nos lo negaron y nadie se enteraba de lo que hacíamos. Nos quedamos como algo marginal, pero ahora en serio. De siete mil personas que metíamos pasamos a no traer ni a trescientas.

No obstante, en el LP del 90, Otra vez en la ruta, todavía hay detalles interesantes. A mí me parece muy buena la letra de «Venganza», cuando dice: «La justicia no es lo mismo que la ley, una es tuya, la otra un papel, es una farsa para ocultar, que la venganza es lo natural».

Es una muy buena letra de Juan Luis. Esa canción fue de las que grabamos y luego no hemos vuelto a hacer. Creo que ni me sé la letra, sinceramente.

El disco iba dedicado a los camioneros, con un tráiler en la portada.

Juan Luis es camionero. En agradecimiento a todos sus compañeros les dedicó una letra y el LP. Aún hoy sigue siéndolo.

En esa gira salías en patines.

Todavía lo hago. Me gusta patinar. Sigo patinando con mi novia. También hago el pino. Doy espectáculo.

Te fuiste a Nueva York a grabar un disco en solitario, en plan AOR [Adult o Arena Oriented Rock], ya más serio.

Eso fue por un sello de un tío que estaba enganchado a la coca. Le dio por que hiciera este disco, y luego se debió de meter un tiro mal y le dio por cerrar el sello. Así fue, con ese criterio. Me fui a Nueva York, era el año 91, con unos músicos cojonudos que habían estado con Bon Jovi, pero se quedó sin salir. Al final, años después, hice mil copias para coleccionistas en CD y vinilo. Todavía tengo en casa. Fui superilusionado a grabarlo, me publicaron un reportaje cojonudo en Popular 1, se vino Martín J. L. a hacerlo, pero la compañía, como te he dicho, era un capricho y la cerraron.

En Saratoga sí diste ese toque melódico.

Sí, ahí canté con más armonía, más comercial. Saratoga son todo colegas. Qué te puedo decir de Jero, de Niko del Hierro. Son grandes compañeros, músicos y amigos. La experiencia fue muy buena, una cosa diferente a Obús, hasta que decidí que mi grupo tenía que tener continuidad. Aprendí mucho de ellos, pero yo quería la vuelta de Obús sí o sí. Aparte, me hicieron grabar un disco de versiones medio obligado, porque a mí no me gusta hacer covers ni tributos. Pero solo tengo buenos recuerdos.

Una canción muy emotiva que compusiste y dejaste en Saratoga fue «Eres tú».

Un día en el 90 estaba grabando, cantando la última. Cuando me quité los cascos, me dijeron que llamase por teléfono a casa, que mi mujer había tenido un accidente. Perdí a mi hija Vero… La vida es… A Verónica la llevo siempre en el corazón, hasta que me muera. Esa canción era para ella.

¿Cómo funcionó Obús en sus regresos desde los noventa?

En el rock es muy difícil tener continuidad y nosotros, por suerte y por nuestro esfuerzo, hemos seguido funcionando. Además, ahora estamos en el mejor momento de toda nuestra carrera, con una base rítmica de chavales jóvenes que nos da mucha vida. Sonamos duros y potentes como nunca, el sonido que llevamos me sube la autoestima y me entran ganas de comerme el escenario en cada actuación.

En el 2003, en el videoclip de «Esta ronda la paga Obús», actuó de protagonista nada menos que Javier Bardem.

Javier Bardem antes de ser conocido era segurata nuestro. Él y su hermano. Hombre, Bardem es super, super, superfan de Obús. Los dos nos llevaban la seguridad en festivales y tal. Nuestro sello entonces era de Ricardo Sánchez Atocha, un promotor de boxeo que también tenía una discográfica. Fue entrenador y promotor de Poli Díaz, Javier Castillejo, de los grandes campeones de este país. Por eso conoce a Javier Bardem y a mucha gente, se lo pidió y dijo que encantadísimo. Era cuando estaba rodando Mar adentro y le habían depilado las cejas. Se las tuvo que pintar para nuestro clip. Es un actor impresionante, está ahí por algo.

Ahora te ha dado por escribir, has publicado en Desacordes una novela autobiográfica.

Tenía un montón de documentación sobre Obús en casa, siempre tuve apuntes, pero nunca se ha hecho nada con el material. Entonces conocí a los de la editorial y me dieron la oportunidad. Lo que no hice fue una biografía del grupo, sino contar mis vivencias mezclado con un poco de fantasía. Ahora estoy escribiendo una novela. La idea de este primer libro era que fuese algo muy entendible, como Obús, para gente que no ha leído nunca un libro. Mi sobrino, por ejemplo, que nunca ha tocado uno, se lo ha leído del tirón, porque tiene un enfoque sencillo y divertido. El otro día me escribió un mensaje el Pirata que decía que me odiaba porque tenía muchas cosas que hacer pero no podía parar de leer el libro.

El Pirata sale en el libro, dándote ánimo en una discoteca cuando estás hundido, y luego la cosa termina en un parque de forma un tanto… ¿eso del árbol es una anécdota real?

Eso fue en el Excalibur. Es cierto lo que pasó, sí. Fue mi época de salidas nocturnas consumiendo de todo. Estuve con el Pirata, me vio desanimado, me dio apoyo moral. Y luego nos echaron de la sala, la cerramos, y me fui con uno, el Macaco, a meternos un trallazo en un parque. Nos enchufamos y de repente el Macaco había desaparecido. Miro y no está. Me había quedado solo, hasta que miré para arriba y me lo encontré subido a un árbol masturbándose, tío. Se ve que cuando te metes te entran ganas, y…

Tuviste un par de años en que te dio por aparecer en realities de televisión.

Tengo que estarle muy agradecido a Mediaset. Primero, con lo de saltar de trampolines en Mira quién salta, que me sacó de una época negra mía, en la que salía mucho por la noche. Tuve un desamor y me hundí un poco. Me llamaron, como me gusta el agua acepté, me pareció buena idea y me tuve que poner en forma. Para saltar de altura tienes que estar bien, porque te dejas la vida. En los primeros saltos me daba unas hostias de cojones. Así hacían audiencia, nos ha jodido. Saltaba de tres metros dando una voltereta y me daba una costalada de espaldas que me salían unos moratones enormes. Las audiencias, claro, de puta madre. Luego fui consiguiendo más altura, aprendí, fui subiendo metros, cinco, tal, con piruetas. ¿Y sabes qué hice después del programa? Me he federado. Estoy en la Federación de Salto de Madrid y me voy a entrenar todos los días. Ahora salto de acantilados. Me voy a Menorca a hacerlo, me encanta, tío. Por eso le estoy tan agradecido a Telecinco.

En Supervivientes, comiendo gusanos a la intemperie, otra cosa, no, pero heavy metal sí que era la experiencia.

Es que ir a una isla a sobrevivir era el sueño de mi vida. Soy muy aventurero. Sé que el programa es un formato de supervivencia entre comillas, es más reality, les va el morbo de que haya discusiones y eso. Pero yo fui a hacer supervivencia. Solo comí lo que pude procurarme por mí mismo y, ojo, no pasé hambre. Comí termitas, gusanos, larvas que crecían en cortezas de los árboles, escorpiones, tarántulas, un tipo de cactus que yo lo cocía y me lo comía como si fueran patatas y era un poco insípido. Hice un aljibe para lavarme con agua limpia y fresca. Encontré una especie de palmitos dulces, riquísimos, me iba a una isla donde solo yo sabía que estaban y los desayunaba. Pesqué unos centollos de medio metro que los hondureños no se atrevían a cogerlos, las pinzas que tenían eran como mi mano. Yo me bajaba a las cuevas y los trincaba. Me sentí allí tan bien, tío. La psicóloga que tuvimos allí, la vi meses después y le dije: «Echo de menos Supervivientes», y me contestó: «Ya lo sé, Fortú» [risas]. Ahí estaba todo el mundo sufriendo, y yo me adapté tanto que cada vez que nos cambiaban de isla me hacía las cabañas con la polla. Me habría ido a vivir ahí.

Todo el concurso sin quitarte la camiseta de Obús ni por casualidad.

Tengo que agradecerlo también, porque Obús es una firma y me podrían haber dicho que es publicidad. Siempre me la dejaron llevar, en todos los realities a los que fui.

Y entonces Obús firma con Universal, el primer contrato con una multinacional de toda su carrera.

Vamos a ver, eso ha venido bien para el rock español. Hay mucho público que ha conocido a Obús gracias a ese concurso. Si no, mucha gente aún no sabría que Fortu es el cantante de Obús. Gracias a eso nos han contratado en muchos sitios, ayer di el pregón de Valdemoro. Todo gracias a las televisiones.

Ahora los conciertos son de dos horas y media y antes, de una hora.

No, antes eran de tres cuartos de hora. Hay contratos por ahí firmados que ponía que el máximo de la actuación sería de cuarenta y cinco minutos. Con el primer disco solo teníamos ocho canciones y en los bises repetíamos dos. Ahora das un concierto de cuarenta y cinco minutos y, como no sea en un festival, te dan una paliza. Nos tirarían de todo.

Los festivales también han cambiado, antes vosotros ibais a festis compartiendo cartel con Manzanita, se programaba lo que le gustaba a todo el mundo, pero a saco.

Hemos hecho festivales con Juan Pardo, Olé Olé, Manzanita, grupos con los que no teníamos nada que ver. Era como cuando ponían Tocata en televisión, que salía de todo. Yo eso lo echo de menos, esa mezcla.

También has apreciado que tu público ahora es más exigente.

Están más preparados que nosotros con diferencia. Mis fans actuales saben más de música que yo. Por internet lo han visto y escuchado todo. Luego estudian partituras, lo saben todo sobre su instrumento. Nosotros empezábamos con guitarras de juguete, con tres cuerdas, ahora su primer instrumento es una Gibson. Pero para mí es un orgullo que sepan más de música que yo. Todo lo que sea evolución cultural es bueno. Me hubiese gustado haber nacido ahora a mí también, aunque para haber salido adelante como nosotros lo hicimos hacen falta muchos cojones. Lo nuestro fue cosa de empujar. No tuvimos facilidades de ningún tipo. Cero. Te lo tenías que crear tú todo y lo hicimos.


Kim Kardashian y el Kill ‘Em All de Metallica

Kim Kardashian con la camiseta de Metal Up Your Ass. Foto: Cordon.
Kim Kardashian con la camiseta de Metal Up Your Ass. Foto: Cordon.

Para acompañar la lectura del artículo, el Kill ‘Em All en Spotify:

Lo habitual toda la vida de dios es que el hombre blanco le copie al negro la gran mayoría de manifestaciones de su cultura popular. Muy frecuentemente, el blanco también las comercializará con más éxito, casi siempre previamente edulcoradas. Pero nunca han abundado las quejas amargas por este motivo, aunque las haya habido, especialmente en la actualidad con el fenómeno de la apropiación cultural. Sin embargo, últimamente estamos asistiendo a fenómenos que rompen esta dinámica tan propia del siglo XX. La moda se ha apropiado de la estética del heavy metal, que se popularizó en los ochenta entre jóvenes blancos generalmente de clase obrera.

Los diseñadores empezaron con camisetas de los Ramones y Guns N’ Roses hace diez años lo menos, pero las que han acabado causando sensación son la de Iron Maiden y Metallica. Concretamente, en el caso de Metallica, hace un par de semanas, con el lanzamiento del nuevo disco, James Hetfield dio una entrevista en la que comentó el aspecto que tenían los personajes top que se ponían camisetas de su grupo.

Repasando las celebrities, el cantante y guitarrista de Metallica se detuvo desconcertado ante la imagen de Kim Kardashian. La protagonista del reality más importante del siglo XXI llevaba una camiseta de «Live Metal Up Your Ass» nada menos, la demo en directo grabada el 29 de noviembre de 1982 en el Old Waldorf de San Francisco con Exodus de teloneros. Ahí estaban todas las canciones que fueron al disco de debut, a excepción del solo de bajo de Cliff Burton, y ese era el nombre y la portada que pensaban ponerle inicialmente al LP. Hetfield dijo: «Si hubiera andado por ahí [Kim Kardashian] antes de salir el Kill ‘Em All y se hubiera comprado esta camiseta, estaría muy impresionado».

No entraremos en si es mejor o peor que un nicho cultural se universalice o que permanezca estanco y puro guardando las esencias. Pero sí que hay que detenerse en el hecho de la mención a las demos del Kill ‘Em All. No es un significante vacío, como dicen ahora los jóvenes preparados. Es todo lo contrario. Se trata de un símbolo sagrado. Hay una parábola detrás. Una historia compleja, cargada de enseñanzas morales. Fue además el inicio de un mundo nuevo, de una comunidad, de una civilización. Mira, Kim Kardashian, si lees esto, atiende. Remontémonos a los años sesenta en tu ciudad natal: Los Ángeles.

En 1963 viene al mundo el pequeño James Alan Hetfield. Su padre, camionero, está metido en la Ciencia Cristiana, una secta religiosa. Casado en segundas nupcias con su madre, cantante de ópera, introduce a toda la familia en ese rollo cristiano integrista. Al pequeño James todos los días le interrumpen mientras juega con sus amigos después de que toque la campana en el patio porque sus padres van buscarlo al cole puntualmente. Tampoco le permiten jugar al fútbol, para ello tendría que pasar un examen médico y eso su religión no lo permite. Incluso hay asignaturas que no puede cursar, como Introducción a la Salud, porque así lo quiere Dios.

James se siente diferente en clase, es el bicho raro y todos pasan de él. El crío empieza a experimentar cierta ansiedad y mala hostia ya desde tempranas edades por esta causa principalmente. Por fortuna para él, nace una hermana más y su padre se ve obligado a hacer viajes más largos con el camión para poder mantenerlos. Como los hermanastros de James, hijos de su padre, están en la edad del pavo, su madre lo mete en clases de piano para que no estorbe y que el hogar no se le vaya de las manos. El pequeño James odia las clases, pero años más tarde recordará que le fue útil el piano para aprender a hacer una cosa con una mano y otra con la otra mientras usaba la garganta al mismo tiempo. Y no, no lo agradeció porque se dedicara al mundo del bukakke.

Era por la música. Sus hermanastros tienen una amplia colección discos y le prohíben que escuche uno en concreto cuando ellos no están en casa. No es para niños, le advierten, y menos en un hogar tan rigurosamente cristiano. Atraído por la prohibición, como todos, James mira la portada durante horas y se queda hipnotizado. Es una casa en mitad del campo, lúgubre. Misteriosa. Frente a ella hay una extraña mujer.

Portada del primer disco de Black Sabbath. Imagen: Vertigo.
Portada del primer disco de Black Sabbath. Imagen: Vertigo.

Un día por fin se van, le dejan solo y puede poner el LP, que ya se ha convertido en una obsesión. Escucharlo no le defrauda. Es el primero de Black Sabbath. Ya nunca nada volverá a ser lo mismo en su coco. Entra en un universo nuevo. Y en lo sucesivo, por la radio, se va enterando de lo que hay fuera: Led Zeppelin, Blue Öyster Cult, Alice Cooper… y se convierte a otra religión.

Hasta que la vida le golpea. Queda devastado el día en que su madre le anuncia que su padre no regresará de su último viaje. Se había marchado sin decir ni adiós al crío. James entonces se sumerge todavía más en la música y se compra sus dos primeros discos: el single de «Sweet Home Alabama» de Lynyrd Skynyrd y el LP Toys in the Attic de Aerosmith. Alternándolos en el tocata va aprendiendo a tocar la guitarra.

En 1977, en el colegio, un día se encuentra que en su carpeta forrada con una foto de Steven Tyler, cantante de Aerosmith, han escrito la palabra «maricón». Se trata de un tal Ron McGovney, del que termina haciéndose amigo porque al final son de la misma cuerda y que acabará en la primera formación de Metallica. Por lo pronto, James monta Obsession con otro par de colegas. Toca en un garaje versiones de Deep Purple y Jimi Hendrix y de vez en cuando va a verlos Ron.

Una noche, James acude a ver en directo a Arosmith con AC/DC de teloneros. Consigue el dinero para cervezas vendiendo las propias entradas troceadas como si fueran tripis. Con el morro caliente, asiste al concierto bien cerca y casi le da algo al ver a sus ídolos en carne y hueso. Desde ese día ya no se considera aficionado a algo, sino que sabe perfectamente qué quiere hacer en la vida.

El problema es el cómo, porque la Costa Oeste y buena parte del país ha sido invadida por el hard rock de Van Halen y además, poco a poco, va volviendo el glam. James está más por la labor de seguir la senda de Judas Priest, Accept y Scorpions, grupos europeos, aunque no le hace ascos a la corriente dominante. Está documentado que tuvo la ocurrencia de intentar triunfar en Sunset Boulevard con un grupo al gusto del momento al que llama Leather Charm, pero el proyecto se queda en nada. Desgraciadamente, la vida le vuelve a golpear y esta vez de forma más dura. Su madre cae enferma y su religión no le permite recibir tratamiento alguno. Muere en 1980.

Me crie como miembro de la Iglesia de la Ciencia Cristiana, que es una religión extraña. En ella, la regla principal es: Dios lo solucionará todo. Tu cuerpo es solo un caparazón, no necesitas doctores (…) Mi padre enseñaba en una escuela dominical, estaba bastante comprometido con esto, yo tenía que ir básicamente obligado. Ahí la gente daba sus testimonios. Había una chica con el brazo roto, se levantó y dijo: «Me rompí el brazo pero ahora, mirad, todo está bien». Pero en realidad estaba desfigurado. Ahora que pienso en ello creo que era bastante inquietante. (James Hetfield en Playboy)

James desaparece, no le dice nada a nadie, sus amigos no saben qué ha pasado, y de repente vuelve a los diez días y cuenta lacónicamente que se ha muerto su madre. Tiene dieciséis años y ahora está más decidido a tocar. Ojeando una revista, encuentra un anuncio de un heavy que busca a similares para formar un grupo. Sus gustos: Tygers of Pan Tang, Diamond Head e Iron Maiden. Es Lars Ulrich.

Ron
Ron McGovney, James Hetfield, Lars Ulrich y Dave Mustaine en los primeros tiempos de Metallica. Foto cortesía de MetallicaWorld.

Dinamarca. 1963. Einar Ulrich fue tenista, número uno en su país. Su hijo, Torben Ulrich, también llega a tenista profesional. Del pequeño Lars, que acaba de llegar al mundo, se espera lo mismo. El chaval crece en una familia que estuvo a punto de ser enviada a Auschwitz por los nazis y se conoce que los sesenta se los tomaron en plan hedonista. Aunque pretendan crear una dinastía de jugadores de tenis, son de mentalidad liberal. En casa suenan los Doors, Hendrix, Velvet y el jazz de Coltrane y Miles Davis. Sobre todo jazz. Hay también un ambiente renacentista. Su padre pinta, escribe, ha hecho cine, ha visitado maestros de yoga, ha estudiado la espiritualidad zen japonesa.

Lars escucha por primera vez a los Rolling Stones porque se los pasa su padre y con nueve años va a su primer concierto, Deep Purple, porque le lleva un amigo de sus papás. Al día siguiente se compra el LP Fireball y entra en vereda. Después de ver a Kiss por su cuenta en 1976, se compra una batería. Pero sus padres insisten en la raqueta y lo mandan a una escuela de tenistas a Florida. La Nick Bollettieri Tennis Academy, de la que han salido Andre Agassi, María Sharapova, Venus y Serena Williams y Jim Courier. A Lars ese sitio le parece la puta cárcel.

En 1980, entre acusaciones de haber fumado porros en la escuela, consigue abandonarla. La broma le cuesta a la familia veinte mil dólares, pero terminan mudándose todos a California para que su padre dispute campeonatos de tenis para mayores de cuarenta y cinco años que mueven dinero. Por el camino, Lars está alucinado con el primero de Iron Maiden, que se lo ha pillado por la portada, y descubre una música más potente que el hard rock americano y que, además, parece ir más allá: conlleva un estilo de vida. En su nuevo barrio californiano sale a dar una vuelta y termina detenido en el calabozo por ir bebiendo una lata de cerveza. Bienvenido a América. Más que buscar ese estilo de vida, el estilo de vida va a él.

Las diferencias con Dinamarca siguen también en el colegio. Le meten en uno de élite en el que lleva camisetas de Saxon mientras que sus compañeros van con polos de Lacoste. Le tienen por freak y no le miran ni a la cara. En un último intento por que sea tenista sus padres depositan sus esperanzas en el campeonato del colegio, pero no queda ni entre los siete primeros. Frustración, drama familiar. Por esas fechas también ve a los Y&T en directo. Solo hay doscientas personas, pero están todos felices bebiendo, drogándose y flirteando… follando en los baños. Le mola más que el tenis.

Mirándole a los ojos, le dice a papuchi: «Cómprame una batería para formar un grupo y seré profesional de esto y triunfaré». Su padre se descojona, pero sorprendentemente accede. En un concierto de Michael Schenker, ex de UFO y Scorpions, conoce a dos tíos que se hacen muy amigos suyos entre otros motivos por la colección de discos que tiene en casa. Uno de ellos, Brian Slagel, tiempo después editará los recopilatorios Metal Massacre donde por primera vez aparecerá Metallica.

Juntos estudian los catálogos de discos y se meten viajes de cien kilómetros para pillar novedades de la NWOBHM, que en esas fechas es absolutamente minoritaria, en las tiendas que fueran llegando estuviesen donde estuviesen. A veces incluso se van hasta San Francisco a por un single. Y allí, de paso, conocen al promotor Ron Quintana, que está a punto de colocar a Lars en Metal Church, que buscaban batería. El joven extenista heavy prefiere por el momento volver a LA y buscarse músicos con anuncios en la prensa para montar el grupo allí.

Antes de empezar el proyecto, peregrina a Londres para ver a Diamond Head, su grupo británico favorito. Se cuela en su camerino, les cae bien y acaba en casa de uno de ellos. Se une a su gira y por estos mundos de dios también conoce a Lemmy. Los Motörhead, a los que luego sigue también en su gira americana, están componiendo en la carretera las canciones del LP Iron Fist entre juerga y juerga. Esto es un curro y lo demás son hostias, se dice Lars, que quiere esa vida para él.

Cuando su amigo empieza a trabajar en el primer recopilatorio de Metal Massacre —salieron doce ediciones hasta 1995— le pide que por favor le deje un hueco, aunque no tenga grupo, que lo va a formar. El colega dice que vale. Por los anuncios en el periódico entra en contacto con James Hetfield. Este trae de la mano a su amigo Ron McGovney, más interesado en sacar fotos a los grupos que en tocar, así que le colocan en el más bajo estamento de un grupo, el bajo, válgame la redundancia. Ya solo les falta un guitarrista.

Barajan varios nombres para la formación: Deathwish, Death Threat, Death Chamber, Execution, Exterinator, Helldriver, Thunderfuck, Napalm, Vietnam, hasta Nixon sale como nombre. Al final recuerdan que el fanzine de Ron Quintana, Metal Mania, al principio se llamaba Metallica. Lo toman prestado y empiezan a darle forma a una composición de los infaustos Leather Charm de Hetfield, una canción inspirada en el «Shoot Out the Lights» de Diamond Head que va a llamarse «Hit the Lights».

Volvamos de nuevo atrás en el tiempo. 1961. Viene al mundo Dave Mustaine. Su padre trabaja en el National Cash Register, una compañía que se encarga de cajeros automáticos, cajas registradoras y similares. La llegada de las primeras tecnologías electrónicas, como en toda modernización, le ponen de patitas en la calle. Se queda en fuera de juego en el mercado laboral y tiene a bien alcoholizarse y darle palizas a su mujer y sus dos hijas para compensar la bajada de autoestima de la forma más cobarde y miserable que existe. Dave tiene cuatro años cuando sus padres se separan definitivamente. «No tengo recuerdos de él sobrio», dice en sus memorias. Tan solo detalles como que una vez en la calle le cogió de la oreja con unos alicates y lo llevó a casa a rastras.

Desde entonces, su familia vive a la carrera huyendo de ese hombre, que solo tiene tiempo para dos cosas: emborracharse y acosar a su ex. Viven de la caridad durante una época, de la ayuda de los amigos, hasta que se van a vivir con su tía, testigo de Jehová, y tienen que adaptarse a sus normas. Todos se convierten.

Cuando los demás niños en el colegio cantan el himno con la mano en el pecho, Dave tiene que permanecer con los brazos en jarras. No hace amigos en el centro. Es más, le dan palizas todos los días por ser el raro. Lo mismo que en casa su tío si no respetaba las estrictas normas de los testigos. Se endureció, dice, con esa mierda de vida.

De repente, pasa de los religiosos a los policías. Su madre intenta rehacer su vida con un agente motorizado que se calzaba todas las mañana unas «botas de la Gestapo», según recuerda Dave, y hacía temblar el vecindario con su Harley sin que a nadie se le ocurriese, vaya, llamar a la policía. Y su hermana hace lo propio con otro policía, este más entrometido, que un día le sorprende con un disco de Judas Priest y le mete un puñetazo directo en la cara diciéndole que no quiere esa mierda en su casa.

A los trece años, Dave se hace emprendedor y comienza a pasar marihuana. Beber y drogarse para soportar el peso de religión y de la ley requería dinero. Como un adelantado a su tiempo, analiza las posibilidades del mercado y también vende su cuerpo. Se prostituye a cambio de discos. O así cuenta en sus memorias cómo la chica de una tienda, previo bombeo en la trastienda, le regala su primer álbum de AC/DC. Y con el fin de aumentar su productividad, implementa nuevas posibilidades de negocio y se diversifica: comienza a pasar también cocaína, quaaludes (un barbitúrico), LSD y todo lo que le es posible encontrar.

Así va madurando, prematuramente, y monta su primer grupo, que se llamaría Panic. Va en la línea de los primeros Def Leppard, Scorpions, Judas y Sammy Hagar en solitario. Panic le viene bien para tocar y para seguir emprendiendo, ya que se convierte en el único suministrador de drogas del grupo. Se harta de follar en aquella California setentera en plena revolución sexual antes del sida y, para cerrar heridas, intenta reconciliarse con su padre. Le impacta ir a visitarle y ver que vive solo y nada más que tiene un bote de mayonesa con moho en el frigorífico. Al poco el hombre muere de un derrame cerebral en un bar, suponemos que haciendo lo que más le gustaba. A Dave le dicen: «Vas a terminar como él».

En principio es un amigo del grupo el que acaba mal. Borracho al volante, se duerme en la carretera y palma. A Dave no le queda otra que buscar gente con la que seguir tocando y encuentra un anuncio que lo deja turulato. Un tío que dice que le gustan Iron Maiden y Motörhead busca guitarrista. Nada fuera de lo normal, excepto porque también cita a Budgie. Eso es bocatto di cardinale. Galeses, precursores del heavy rock y la NWOBHM en los setenta y con buenos discos también en los ochenta. Pese a ello, son muy poco conocidos, incluso hoy. Dave los controla porque se los puso un tío que recogió haciendo autoestop. Desde entonces no los ha olvidado y sabe que detrás de ese anuncio hay alguien con criterio.

Llama y acude a casa del sujeto. Es todo un casoplón lo que se encuentra y le sorprende que el tío tiene a la vista en la habitación revistas porno europeas que no se parecen en nada a las americanas. Las mujeres salen metiéndose botellas y bates de béisbol. El chaval en cuestión es Lars Ulrich. Le pone al corriente de lo de la recopilación Metal Massacre y le pide colaboración.

Dave es honesto. Le dice a Lars que toca y paralelamente trafica con drogas o que trafica y paralelamente toca la guitarra, según se mire. No importa. Le prueban, gusta y se une. Entonces no tarda en ser también honesto con el bajista, Ron. Le hace saber que ni toca bien ni le gusta que su grupo favorito sea Mötley Crüe. James tampoco le parece muy allá, es demasiado tímido y aún conserva su look Leather Charm, iba con pantalones de licra metidos por debajo de las botas y no era capaz de sostenerle la mirada a nadie. Le parece un niño con cuerpo de hombre.

Sin embargo, a los pocos meses, gracias a que Ron conoce en persona a Mötley Crüe precisamente, logran sustituirles en unos bolos como teloneros de Saxon, porque los del exmarido de Pamela Anderson consideran que ya son demasiado importantes como para no ser cabeza de cartel. Metallica por estas fechas ya había grabado el «Hit the Lights» para la recopilación, previo pago de cincuenta dólares al colega, y tiene un repertorio de versiones de Diamond Head y otros grupos de la NWOBHM. Solo difiere de la personalidad de Metallica que conocemos que Hetfield todavía no toca la guitarra y se limita a cantar vestido con pantalones de leopardo con la mira puesta aún en el hair metal.

También en el garaje de Ron se graba la primera demo en un cuatro pistas con «Jump in the Fire», «The Mechanix» (luego «The Four Horsemen») y «Motorbreath». En la segunda, No Life ‘Til Leather, ya hay siete canciones que aparecen en el Kill ‘Em All, se añaden: «Phantom Lord», «Seek and Destroy» y «Metal Militia». Esta segunda demo circula de mano en mano que da gusto y empiezan a aparecer fans en los conciertos que se saben las letras.

Humildemente, van dando conciertos y su estilo de vida se traduce en sexo, drogas, beber y vomitar, en sus propias palabras. Prácticamente viven en un coche, conduciéndose la Costa Oeste de arriba abajo para ensayar y tocar por todas partes. Cuando uno se quedaba dormido, lo típico, aparecía pintado de mil colores. Lars recuerda que por estas fechas es la primera vez que se despierta por la mañana rodeado de cuerpos humanos en coma, muchos de ellos de mujeres. Se empiezan a acostar con las chicas que iban a sus conciertos sin perdonar ni una ocasión.

En uno de esos shows están entre el público otros chavales que a finales del año siguiente lanzarán el debut de su grupo, de nombre Slayer. Ver a Metallica les abre los ojos. Hay que tocar así de fuerte y rápido, o más. Años después, lo mismo le ocurriría a un grupo de por aquel entonces glam metal que se llamaba Pantera. Queridos u odiados, todo el mundo reconoce que ellos fueron los primeros.

Las relaciones dentro del grupo son Lars y James, amigos del alma, que comparten hasta los bolos alimenticios de boca a boca —según deja dicho Mustaine— y Ron, que es amigo de James. El cuarto, Dave, en efecto, está un poco apartado. Un día en que James le pega una patada a uno de sus rottweiler —los tenía para protegerse en caso de alguna eventualidad en su profesión de camello—, Dave le amenaza, Ron se mete por medio, «si le pegas a él me tendrás que pegar antes a mí», y Mustaine les zumba a los dos. Es expulsado del grupo, pero el enfado no dura más de veinticuatro horas.

Eso sí, Ron se le queda cruzado. En cuanto tiene ocasión le echa una cerveza en las pastillas del bajo y le estropea el equipo. Por este motivo, el 10 de diciembre del 82, Ron se larga de Metallica y rompe su amistad con James, al que echa de la casa que comparten y se tiene que ir a vivir con la madre de Dave porque no hay más opciones.

Podría decirse que yo era una especie de niñera. Ellos estaban borrachos todo el tiempo y yo era el que les llevaba a todas partes. Solía decirles que no bebieran tanto, que nunca lograríamos nada así, pero a ellos no les gustaba que les dijeran lo que tenían que hacer y me tenían cierto desprecio. Yo era el responsable de todo, el road manager. Reservaba los hoteles, conducía el remolque, cargaba el equipo, mientras que ellos se sentaban detrás de la furgoneta y se bebían cuatro litros de vodka hasta estar totalmente borrachos y pasar a insultarme. Las situación llegó a punto en que no me aguantaban, yo tampoco les aguantaba a ellos, y entonces empezaron a buscar bajista. (Ron McGovney, KNAC)

Cliff Burton (segundo por la derecha) llega a Metallica.
Cliff Burton (segundo por la derecha) llega a Metallica. Foto cortesía de MetallicaWorld.

El sustituto de Ron está en San Francisco. Nacido en 1962, Cliff fue un niño introvertido de esos que son o dioses o locos pero el caso es que gozan en solitario. Se quedaba en casa con sus libros y sus discos de Lynyrd Skynyrd, Blue Öyster Cult, Ted Nugent y Aerosmith y pasaba de salir a la calle con los demás niños por mucho que se lo pidieran sus padres. De mayor pega un cambio y ocurre todo lo contrario, adora ir a pescar y cazar con los amigos y a tocar rock and roll a una cabaña en mitad del bosque.

El pequeño Cliff también queda marcado a temprana edad, cuando su hermano de dieciséis años muere por un aneurisma cerebral. Cliff toma clases de piano en honor del difunto, con el fin de convertirse en el mejor pianista del mundo, pero pronto la marihuana y el LSD le desvían de sus propósitos y se mete en un grupo tipo Hawkwind. Son Agents of Misfortune, trío experimental en la línea de los primeros Pink Floyd o Velvet, donde toca la guitarra Jim Martin, el barbudo de Faith No More años después.

Cliff entra en la universidad, es compañero del futuro actor Tom Hanks, pero no le gustan nada los libros y protesta. Sus padres entonces se tiran el pisto. Le dicen que tiene cuatro años para llegar a ser músico profesional y que le mantendrán solo durante ese periodo, ni un día más ni un día menos.

Pero el chico cumple. Su primer grupo ya lo peta. Se llaman Trauma, aparecen en el Metal Massacre II, y tienen la puesta en escena más famosa de San Francisco, recurriendo a lo de siempre: mujeres esparramadas por el escenario y cañones de humo. Pero Lars y James no se quedan con este aspecto del grupo cuando los ven en directo, lo que no se pueden creer es el poderío del bajista. El energúmeno mete más potencia que las guitarras.

Como Trauma querían dar un giro más comercial y acercarse a las propuestas que venían de Los Ángeles, de maquillaje, pelos crepados con laca —o desodorante, cuando el grupo no tenía dividendos—, pantalones de cuero y actitud glam, Cliff escucha con agrado la propuesta de incorporarse a Metallica. Lo que se cuece en Los Ángeles no le gusta nada. Eso sí, pone como condición que el grupo se traslade a la bahía. Metallica, que saben que en San Francisco se valora a los grupos por cómo tocan más que por cómo visten, aceptan el extraño trato: mudarse por un bajista.

Una vez instalados, no se lavan ni por casualidad la ropa y se alimentan solo de macarrones. A James y a Lars la emancipación, este tipo de vida, se les hace cuesta arriba. Y tampoco todo es buen rollo en San Francisco. Una noche, en un pub, miembros del grupo Armored Saint van a pegar a Lars Ulrich y Dave Mustaine le defiende dándole una patada a Phil Sandoval que le parte la pierna. Años después la historia se recordará como que no era para tanto lo de Lars y Phil y fue Mustaine, que como siempre iba demasiado borracho, el que metió la pata, también en un sentido literal. En este ambientillo se hacen amigos de los Exodus. Amigos de verdad, hermanos de sangre, cortándose con una navaja e intercambiando los fluidos. No se sabe si al ritual lo llamaron «la hepatitis rusa».

Musicalmente, desde el primer día son los líderes absolutos de la ciudad. Se corre la voz y la demo No Life ‘Til Leather llega a Nueva York y unos fans se la ponen a Jon Zazula, propietario de una tienda especializada. Este hombre se dirige a ellos inmediatamente con el compromiso firme de grabarles un disco. El grupo le cree, coge una furgoneta y se dispone a viajar de Los Ángeles a Nueva Jersey. Más o menos como conducir de Cádiz a Moscú. Los días previos, Dave Mustaine se apercibe de que su nombre no figura en los contratos que se han firmado. Se calla, pero se va con la mosca detrás de la oreja. Detallito.

Él mismo se pone al volante, atravesando montañas, nieves, hielos, carreteras congeladas, y lo hace completamente borracho. Estuvieron a punto de tener un accidente y cascarla. Dave escribe en sus memorias que, desde ese momento, empezó a notar cierta hostilidad hacia él, cuando eso, se queja, le podría haber pasado a cualquiera que hubiera estado conduciendo borracho como él. Lógica ante todo.

Durante la odisea, solo se alimentan de alcohol y patatas fritas. Y cuando llegan, la casa de Jonny Z no es lo que esperan. Pensaban en un promotor de nivel y se encuentran una casita de clase media, con un jardín sin jardinería ninguna y un coche oxidado ahí plantado. Además, su anfitrión no puede pasar mucho rato con ellos, a las seis se tiene que recoger y acudir a un centro a dormir porque está cumpliendo condena. El barrio tiene un ambiente especial, todo el mundo se mete metanfetamina de cristal. Niños de doce años incluidos. El grupo está todo el día de juerga por esos lares.

Tocan donde Jonny tiene su tienda, un mercado de pulgas, y no hay masas recibiéndoles pero sí un pequeño grupo de fans completamente enloquecidos que compran la demo a manos llenas. Dave se pasa la visita completamente borracho vomitando por los rincones.

En casa de Z duermen apilados en el sótano. En mitad de un cieguete se van arriba a buscar alcohol y se beben una botella de champán que el hombre estaba guardando desde el día en que se casó con su mujer para bebérselo en algún aniversario. Cuando lo descubre los echa de ahí ipso facto. Metallica acaban viviendo en unos locales de ensayo y daba pena verlos. Duermen en sacos tirados por el suelo, como mueble solo tienen un refrigerador con cerveza y paquetes de mortadela. Y no hablamos de la alocada vida hipster, montándoselo guay con pocos medios, de unos jovenzuelos como podría ocurrir hoy en la Gran Manzana. Entonces Nueva York tenía cinco mil asesinatos anuales, noventa y cuatro mil atracos y doscientos cincuenta mil asaltos en hogares o allanamientos de morada.

Coinciden en ese local con un grupo que, al año siguiente, debutaría con un disco en la misma línea y su mismo sello, Anthrax. Dan Lilker, su bajista de entonces (muy querido en esta casa tras grabar el Ethos Musick de Exit-13) ve que Mustaine llevaba días sin comer y sin lavarse. Le da pena y se lo lleva a invitarle a un trozo de pizza. Otro encuentro se produce en el Teatro Paramount de Staten Island, cuando Steve Harris, el bajista de Iron Maiden, le felicita por lo bien que había tocado. Fue gafe.

En el siguiente concierto que dieron en Nueva York son teloneros de Vandeberg, grupo del guitarrista holandés homónimo entre el hard rock y el AOR. Mientras el hombre prueba sonido, los Metallica están esperando enfrente del escenario. Todos más o menos tranquilos menos uno, que ya está borracho, y se está impacientando. Es Dave Mustaine, por supuesto, que a grito pelao le dice al señor Adrian Vandeberg: «Eh, tú, das asco y tu grupo es una puta mierda». Así, alto para que lo oyera bien.

Para el resto del grupo es la gota que colma el vaso. Están hartos de pasar vergüenza ajena por el miembro del grupo que tenía peor beber. Dejan pasar el fin de semana y el lunes le dicen, sin tiempo de quitarse las legañas: «Estás fuera del grupo, coge tus cosas y vete ahora mismo, aquí tienes el billete de bus». Era Lars el portavoz, James asentía detrás y Cliff no se metía en estas historias porque acababa de llegar al grupo. «Ha habido más de unos cuantos días malos en mi vida, pero este sigue siendo el peor de ellos al lado de la muerte de mi padre», escribe Mustaine en su autobiografía. «No usen mis canciones», les dijo de despedida. Y ni puto caso le hicieron. Así de perra es la vida.

En ese bus de vuelta a casa se come un viaje de noventa y seis horas sin comida ni dinero para comprarla. Ocasionales compañeros de asiento le dan un trozo de pan, un poco de sándwich y así logra sobrevivir. Uno le da una revista y Dave lee algo sobre un senador de California, Alan Craston, que alertando sobre la proliferación nuclear habla de la «megamuerte». Dave toma nota para una canción que al final será el nombre de su nuevo grupo: Megadeth.

Su sustituto es Kirk Hammett. Nace en San Francisco en 1962, mitad irlandés, mitad filipino, va al colegio con futuras estrellas de la música, como Les Claypool, de Primus, o Larry LaLonde, también de Primus pero antes de Possessed, precursores del death metal con su álbum Seven Churches de 1985, y el más famoso de todos, John Kiffmeyer, batería de Green Day.

Kirk empieza tocando Hendrix, a sus amigos y él en el colegio los llaman «acid brothers», luego se sube al carro, como todos, de UFO, Rush, Aerosmith y Kiss, hasta que en una tienda de discos le pinchan a Motörhead y Iron Maiden y le da un síncope con la segunda invasión británica —recuerden que la primera fue la de Beatles, Kinks y Rolling Stones—.

Su padre es marinero y pasa fuera de casa de seis a ocho mese al año. Mientras su madre curra, él aprende a montárselo solo en casa desde que era muy pequeño. El San Francisco de aquellos años tampoco tiene nada que ver con el actual. Un día el pequeño Kirk, mientras está solo en casa, ve cómo un hombre entra en su jardín y viola a su perro Tippy. En su vecindario se conoce que imperaba cierta laxa moral. Cuando llevaba al colegio a su hermana pequeña en incontables ocasiones le ofrecen dinero para comprársela. Encima, cuando su padre llegaba a casa y debía servirles un poco de parapeto ante tanta adversidad, se convierte en un enemigo más. Su rutina es coger la botella, emborracharse y dedicarse a pegarle a su mujer.

Kirk trabaja en el Burger King para comprarse una guitarra y el instrumento se convierte en su tabla de salvación en ese ambiente. Le empiezan a salir versiones de los Judas, de UFO, de Angel Witch, y se convierte en guitarrista con todas las letras. Luego ve a Metallica en directo en 1982 y tanto él como todos los presentes se quedan alucinados ante tanta agresividad y velocidad. La primera vez que puede compartir unas palabras con ellos le sorprende que Lars se cambia de ropa delante de él y no le importa estar desnudo en sus narices como si nada. El grupo de Kirk es Exodus, con gran reputación en San Francisco, pero cuando le llega la oferta de Metallica no lo duda. Pilla la famosa demo, se la escucha bien y se sube en un avión rumbo a Nueva York. Al llegar, ve la nieve por primera vez en su vida.

Kirk Hammett (segundo por la izquierda) en el grupo.
Kirk Hammett (segundo por la izquierda) en el grupo. Foto cortesía de MetallicaWorld.

A grabar el disco se van a la ciudad de los Foreigner y Joe Arlaukas, Rochester. Estamos en mayo de 1983. Tienen un equipo pobretón y ni la más mínima noción de cómo se graba un disco. El productor es Paul Curcio, que tampoco tiene ni idea de lo que se trae entre manos. No entiende qué subgénero del metal pretenden hacer Metallica. En su descargo hay que decir que su ignorancia se debe a que todavía no existe tal género, lo estaban inventando ahí. James Hetfield recuerda que en muchas ocasiones las discusiones y desacuerdos los cerraba diciendo: «Que os jodan, es vuestra canción».

A Kirk le piden que haga los solos de Mustaine tal cual los ha dejado. El nuevo se queja y le permiten que los empiece como Dave y luego ya meta lo suyo. Nadie se queda insatisfecho en ninguno de los que crea para cada canción. Las guitarras están muy bajas y la batería muy alta (anda, qué casualidad) y Jonnny Zazula, que tiene que pagar por la grabación del LP, cuando escucha la primera mezcla se queda apesadumbrado. El propio grupo se queja de que se ha sentido excluido del proceso de remezcla. Incluso, años después, el productor ha confesado que nunca se ha sentido satisfecho con el trabajo que realizó.

A las canciones de la demo anterior añaden un solo de bajo, «Anesthesia (Pulling Teeth)» de Cliff Burton, que es de lo mejor del disco. Sobre todo la segunda parte del solo, cuando entra la batería. Y la producción podrá ser una chapuza, pero a día de hoy gracias a ese sonido perrero Kill ‘Em All es el disco más especial de los cinco primeros de Metallica. Por supuesto, cuando Jonny Z se lo lleva a las discográficas se ríen en su cara. A veces hasta le piden que por favor quite esa mierda. Tiene que crear un sello, Megaforce, para lanzarlo. Le sobraba fe.

Originalmente se iba a llamar Metal Up Your Ass, que es lo que lleva Kim Kardashian en su camiseta. Y la portada iba a ser un váter con una mano que salía de su interior empuñando un cuchillo. Un detalle enciende la polémica durante años entre los fans: ¿qué son esas líneas rectas que se cruzan en un punto al final del cuchillo? ¿El brillo de la luz o el dibujo conceptual de un ojete? La duda permanece treinta años después. El caso es que las distribuidoras le dicen a Jonny Z que con ese título no le van a mover ningún disco porque es una barbaridad que atenta contra la moral y las buenas costumbres.

Portadas de Metal Up Your Ass y Kill 'Em All. Imágenes: Vertigo.
Portadas de Metal Up Your Ass y Kill ‘Em All. Imágenes: Vertigo.

Tienen que cambiarlo. Enfadado, Cliff dice de los distribuidores «fuck this fuckers», que no necesita traducción, a lo que añade que deberían «kill ’em all», que tampoco. Todos se miran cuando lo oyen. ¡Ahí está el título! Incluso la nueva portada con el martillo ensangrentado es mucho más elegante que las que abundaban aquella época en los grupos de metal de su palo. Mediocres unas por el horror vacui, otras porque parecían dibujos de niños de trece años. Esta no, es sugerente y tremendista al mismo tiempo. Por detrás, Lars sale con bigote y James con acné. En la biografía de Paul Brannigan e Ian Winwood dicen que en esa foto Metallica no solo salían con la ropa con «la que luego iban por la calle (a diferencia de otros grupos con una puesta en escena más estudiada o teatral que empezaban a abundar), sino que además por aquel entonces era la ropa con la que también dormían». Todo rock and roll.

Foto de contraportada del Kill 'Em All. Imagen: Vertigo.
Foto de contraportada del Kill ‘Em All. Imagen: Vertigo.

A finales de 1983 han vendido solo diecisiete mil copias, pero puede que ninguna sea en balde. La gira estadounidense se la empiezan a plantear teniendo en cuenta cómo Iron Maiden y Judas Priest habían conquistado su país. Sin apoyo ninguno de la prensa, se recorrieron todas las pequeñas ciudades de clase obrera y al llegar a Los Ángeles ya eran dioses en la tierra. El tour lo montan con otro grupo británico caracterizado por su velocidad y agresividad, aunque no eran ni la tercera parte de las de Metallica: los Raven.

Primeros días de gira y no tienen ni para pagar noches de hotel. Duermen en un autobús hasta que recaudan algo y les llega para hacerlo en camas. Y son pocas perras. En el primer concierto, en Long Island, solo tienen delante a cincuenta personas. Pero la gira sigue, aunque lo que la caracterice sea el hambre que pasan. Estamos a finales de agosto y también se les estropea el aire acondicionado una noche; en Texas tienen la sensación de viajar en un horno. Entonces, de esta guisa, en Oklahoma llega un momento de epifanía.

En el Harry’s Bar en Roland, a los Raven les tiran de todo al salir, vasos, botellas, piedras… Los ingleses, que son de Newcastle, no solo se habían forjado tocando ante obreros del metal, sino que se han comido toda la moda del punk y tienen el culo pelao con este tipo de audiencias hostiles. En todo momento, caiga lo que les caiga encima, mantienen la compostura y se marcan todo el repertorio. En las últimas canciones el público ya no tira nada, está bailando encima de las mesas. Están enloquecidos con cada solo. Al terminar, Lars, corriendo, se dirige a ellos emocionado: «¿Cómo habéis conseguido hacer eso con el público?», les pregunta. La respuesta marcará el destino de Metallica y de media humanidad. John Gallagher, el guitarrista, le contesta: «Well, we believe in what we do».

Y es aquí, hermanas y hermanos míos, con esta sabia enseñanza, donde termina la parábola del Kill ‘Em All de Metallica. Creo que difícilmente ir vestido a la moda rompiendo esquemas, como Kim Kardashian con esta camiseta, que la habrá elegido porque debajo del logo pone «culo» y el suyo es ya el más famoso de la historia posiblemente, podrá igualarse jamás a cuando a uno, con solo ver la imagen del martillo sangriento y el logo de Metallica, toda esta historia aquí contada le recorre el cerebelo en cuestión de segundos: la historia de unos chavales frustrados, cuando no maltratados, quizá un poco acomplejados y con brotes psicópatas, que canalizaron todas esas emociones hasta plasmarlas en un plástico que tanta felicidad nos ha dado a millones de personas durante tantos años. De modo que a los significantes con significado digamos sí. Que una cultura suburbial como el metal se haga universal no es sino maravilloso, que gente en las antípodas de un pogo en un tugurio del Bay-Area lo adopte estéticamente, por lo menos es divertido. Pero la vivencia de esta expresión de barbarie desde dentro de la secta es otra dimensión.


La pulsión nazi del rock and roll

Imagen: Editorial Libros Crudos.
Detalle de la portada de Mercancía del horror: fascismo y nazismo en la cultura pop. Imagen: Editorial Libros Crudos.

BUF son las siglas de la British Union of Fascism, Unión Británica de Fascistas, partido formado en 1932 por Oswald Mosley. Tomó como referente la ideología fascista de Mussolini para su programa y se alineó con el NSDAP de Hitler en los años treinta. Asqueroso, sí, pero la bandera del partido molaba mucho. El flash and circle fue adoptado, no se sabe si voluntaria o involuntariamente, por los americanos Grateful Dead, por ejemplo, convirtiéndose en su logotipo y un símbolo que es habitual ver en camisetas del grupo, parches en la cazadora, etcétera. Lo lucen sus fans por todo el mundo. Aunque más notorio es el ejemplo de David Bowie. Para la portada de su álbum Aladdin Sane de 1973 se lo pintó en la cara. Es su imagen icónica. Después de su muerte, cientos de miles de fans por todo el mundo se lo han colocado en su avatar de redes sociales. Niños y adultos se lo pintaron en la cara en el último carnaval. El símbolo fascista ha dado la vuelta al mundo gracias al rock and roll y la pregunta que cabe hacerse es: ¿estaba vacío de contenido?

Jaime Gonzalo es uno de los fundadores de la revista Ruta 66, dedicado ahora a investigar la contracultura y cultura popular en densos y jugosos volúmenes, como la serie de Poder Freak. En su última entrega, Mercancía del horror: fascismo y nazismo en la cultura pop (Libros Crudos) ha analizado cómo en el rock and roll sobrevivió durante años buena parte de la imaginería nacionalsocialista en un juego de seducción entre la provocación y el morbo a la que se prestó este estilo de música, sus artistas y sus fans. ¿Pero habría que tomársela en serio? Según Gonzalo, al que le remitimos unas preguntas, mejor que no: «Naturalmente que no hay que tomárselo en serio, como tantas otras cosas de la vida, empezando por uno mismo. Son muchos los judíos que en ese sentido relativizan, el libro está lleno de ejemplos: desde los escritores y lectores de stalags, las novelas pulp que transcurren en campos de concentración y donde los prisioneros son vejados sexualmente y deshumanizados con todo lujo de detalles, hasta el jewcore y esas bandas que ridiculizan al hardcore neonazi y se permiten bromear con el Holocausto. Esa paradoja hebrea constituye sana materia de reflexión».

Eso no quita que en el caso del rock and roll la tentación ha estado presente desde los primeros días, desde que Chuck Berry cantara «hail, hail, rock and roll» en 1957 hasta nuestros días, con ejemplos como los eslovenos Laibach, el nombre que los nazis dieron a Liubliana cuando la ocuparon en la Segunda Guerra Mundial, cuyo atrezo incluye todos los complementos del III Reich, aunque ellos manifiestan que son «tan nazis como Hitler pintor», y hay que entender que surgieron en el contexto de un país comunista que tenía penas de privación de libertad para cualquier tipo de apología del fascismo. Cada uno tiene una excusa. Chuck Berry también daría una explicación, pero lo cierto es que en cincuenta años de cultura rock las referencias nunca han cesado. Desde el primer día. En Estados Unidos la fascinación por la simbología fascista surgió inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Fueron los propios veteranos los que se trajeron del frente la parafernalia aprehendida al enemigo. En la California anterior a la revolución hippie y el verano del amor también aparecieron los nazi surfs o punk surfers.

Nos lo explica el autor: «En la cultura surf californiana de los primeros sesentas, las bandas urbanas encuentran un equivalente en pandillas de surferos adolescentes de actitudes intimidatorias. Entre su simbología se encuentran cruces de hierro y cascos de la Wehrmacht. No son los primeros en utilizar esos adminículos disuasorios, antes ya lo han hecho veteranos de la guerra reciclados en motoristas, pero sí quienes lo popularizan. En ese sentido es indicativo que el diseñador Ed Roth empiece a comercializar dicha parafernalia nazi surf en una gama de productos —cascos de plástico, colgantes, medallas, camisetas, etc.— dirigida no ya tanto al mercado adolescente como al infantil».

Tomando este instante como punto de inicio, el libro estudia el fetichismo de la simbología nazi y fascista de la cultura pop y el rock. Manifestaciones culturales no alineadas con ninguna ideología per se, pero que dejaron un reguero de encuentros con el totalitarismo. Por ejemplo, Brian Jones, primer guitarrista de los Rolling Stones, se dio un paseo por Munich junto con Anita Pallenberg vistiendo un uniforme alquilado de las Waffen SS. Más adelante dio una sesión fotográfica en la revista danesa Borge en 1966 en la que aparecía vestido con el mismo uniforme aplastando con su bota una muñeca. Imagen que luego fue a parar a la portada del single Obediencia de nuestros Gabinete Caligari. Y también Keith Richards tenía esa debilidad. Apareció en televisión en el Ed Sullivan Show con una casaca de las divisiones Panzer tocando «Have You Seen Your Mother, Baby, Standing in the Shadow?».

Otro, Keith Moon, se dejó fotografiar caracterizado como Hitler. En su caso con cierta parodia, porque posaba junto a Viv Stanshall, de la Bonzo Dog Doo Dah Band, disfrazado de Himmler, que hacía de ventrílocuo con un mini-Führer que era el batería de los Who poniendo mueca constreñida.

Certificando el fin de la era hippie, en Iggy & The Stooges las alusiones fueron frecuentes. Ron Asheton, su guitarrista, raro era que no apareciese con una cruz de hierro colgada del cuello, como después hizo Lemmy con Motörhead. La bandera de la esvástica se colocó como telón de fondo en algunos conciertos. Una de las fotos más impactantes de la formación era una en la que Ron aparecía vestido de nazi con brazalete incluido degollando a un Iggy envuelto en sangre. Pero eran simpáticas caracterizaciones, sin más, explicó el guitarrista: «Yo no era nazi, la bandera simplemente formaba parte de mi colección. Había tenido novias judías y colegas negros, no era mi intención promover o justificar el nazismo en absoluto. Tan solo me gustaban los uniformes». Su siguiente grupo tras disolver los Stooges se llamó, vaya, The New Order, derivado del Neuordnung hitleriano. Aunque, según cita Gonzalo, fue una decisión más contraproducente que otra cosa: «Aquello fue una lección de cómo no conseguir un contrato discografico en una industria gestionada principalmente por judíos».

Keith Moon y Viv Stanshall. Imagen cortesía de Vivian Stanshall Archive.
Keith Moon y Viv Stanshall. Imagen cortesía de Vivian Stanshall Archive.

New York Dolls, precursores tanto del glam como del punk, también tenían a Johnny Thunders poniéndose el brazalete con la esvástica en sus fotografías oficiales vestidos de putones. En los estertores de su carrera, el infausto mánager Malcolm McLaren ensayó con ellos proponiéndoles una estética provocadora a más no poder en Estados Unidos, que era vistiéndoles de rojo con una hoz y un martillo dentro de una estrella gigante como fondo de escenario. Era 1975 y no les hicieron ni caso. Pero ahí quedó, un doble coqueteo con las estéticas totalitaristas.

En el hard rock la cosa iba por los mismos derroteros. Blue Öyster Cult, en su mejor LP, Secret Teatries, de 1974, antes de convertirse al AOR, aparecían en la portada con un ME-262, el primer avión a reacción de combate desarrollado en el III Reich por la compañía Messerschmitt. El guitarrista Eric Bloom, quizá más célebre a día de hoy por el sketch de Saturday Night Live de «Needs more cowbell» que por BOC, salía dibujado con una capa y sosteniendo en su mano la correa de varios pastores alemanes. ¿Les gustaba la aviación? ¿Y los perros? ¿era todo una coincidencia? Fuera como fuere, las tiendas de discos en Alemania se negaron a vender ese elepé.

El recorrido por los setenta sería interminable. Ian Hunter, de Mott the Hoople, tenía una guitarra con forma de cruz de malta. Los propios Kiss, por muy judío que fuese Gene Simmons, pasearon por todo el planeta un logotipo en el que las dos últimas letras eran las SS con la misma forma rúnica que las SS nazis. Se dijo que en realidad eran rayos, pero en Alemania, desde 1980, sus discos se comercializaron con un logo neutralizado con dos S que ahora parecían dos Z del revés.

Ron Asheton con Iggy Pop. Imagen Columbia Records.
Ron Asheton con Iggy Pop. Imagen: Columbia Records.

En la new wave, el grupo más paradigmático del movimiento, Blondie, llevaba el nombre de la perra de Hitler. Cuenta el autor que Debbie Harry se acostaba con su novio Chris Stein, guitarrista del grupo y, por otra parte, judío, con una bandera del III Reich colgada del techo. Dee Dee, de los Ramones, coleccionó toda su vida insignias nazis y reliquias de la guerra. «Reuní tantas que empecé a comerciar con ellas. Me fascinaban los símbolos nazis, me encantaba encontrármelos entre los escombros. Tenían mucho glamur. Eran preciosos. A mis padres aquello no les gustaba nada. Una vez me encontré una espada de la Luttwaffe en una tienda. Un gran hallazgo, era preciosa. Cuando la llevé a casa mi padre se cabreó mucho. Me dijo “¿Te imaginas la de compatriotas nuestros que murieron por culpa de esa espada?”». Y del coleccionismo, de esta pasión morbosa, las referencias nazis se colarían irónicamente en las letras de los Ramones en canciones como «Today your love, tomorrow the world» («I´m a Nazi schatze / Y´know I fight for fatherland») o «Commando» («First rule is: the laws of Germany / second rule is: be nice to mommy / third rule is: don«t talk to commies / fourth rule is: eat kosher salamis»).

Siguiendo con la escena neoyorquina, si hubo un caso que llevó la simbología nazi hasta la hilaridad fue el de los Dead Boys. Su cantante Stiv Bators se hartó de llevar esvásticas en camisetas y cazadoras. Repartía medallas nazis entre su público. El bombo de la batería estaba decorado con las siglas de las SS y el hombre que la aporreaba, Johnny Blitz, también llevaba esvásticas por todas partes en la cazadora. Y le pudo salir muy caro. Así se narraba en Por favor, mátame, la crónica del punk de Nueva York de finales de los setenta, qué ocurrió un día que le apuñalaron unos puertorriqueños:

Tenía cinco heridas alrededor del corazón. Resulta que cuando yo oí las sirenas de la policía y me metí en el taxi, los polis vieron a Johnny [Blitz] con todos los órganos fuera. Se supone que no tienen que moverte hasta que llegue la ambulancia, pero estaban tan turbados que lo recogieron del suelo, lo metieron en el asiento trasero del coche patrulla y se lo llevaron a Bellevue. Si hubiesen esperado a la ambulancia, Johnny estaría muerto. Los médicos se pusieron a trabajar inmediatamente, pero cuando el cirujano vio la esvástica de Johnny, se detuvo. El cirujano era judío. Un médico negro se acercó y dijo: «No podemos dejarle así, tío». El médico negro le operó durante ocho horas. Y le salvó la vida. El tío se enrolló.

Así podríamos seguir hasta la saciedad. El trabajo de Jaime Gonzalo se detiene en grupos como Motley Crüe, que colocaron en el calendario el «nazi wednesday» para pasear maqueados de nazis por Sunset Boulevard, antes de entrar a valorar otro tipo de fascismo, que es el que lleva componentes raciales en Estados Unidos y que cristalizó a través de grupos de hardcore como Agnostic Front. Pero en lo tocante al rock and roll frívolo y hedonista, ¿por qué la obsesión?

A lo largo de la obra se dan varias respuestas. La esencial es la relativa al tabú de posguerra. Para las nuevas generaciones el nazismo significaba una forma de mal absoluto, pero a la vez los nazis salían en las películas, eran personajes que se confundía en las ficciones lúdicas de la época, y hasta estaba presente en los juguetes, como soldaditos, con los que se entretenían los niños. Llegado un momento, la comunión entre la estética macarra y el universo filofascista era hasta natural. «Provocar es también consustancial al rock y al periodo de nuestra vida en el que mayor lógica le encontramos, la juventud. Si el nazismo se basa en gran parte en su capacidad propagandística, como lo hace la democracia, nada más natural para alguien que desea llamar la atención que utilizar esa propaganda en sentido inverso», opina el autor.

Un caso paradigmático es el del grupo español Ilegales que viene analizado en Mercancía del horror. Cuando compusieron su canción de bucólico y evocador título «¡Heil Hitler!», se vieron inmersos en una gran polémica como era de esperar, pero su significado era meramente generacional. Liberador o emancipador incluso. Primero veamos la letra:

Hippies,
no me gustan los hippies.
Hippies,
no me gustan los hippies.
Hay una cosa que se llama jabón
mata los piojos y te quita el olor
¡Heil Hitler!
Nazis,
simpáticos los nazis.
Nazis,
conozco muchos nazis.
En la noche alemana,
los judíos rezan
¡Heil Hitler!
Rockers,
que pasa con los rockers.
Rockers,
yo soy un rocker.
Diez años de lucha solitaria,
son suficientes para reventar.

Y ahora la explicación de Jorge Martínez en el programa de radio Grande Rock en 2010: «Tuvimos muchos problemas con ella. Por eso hicimos la canción, para tener problemas. Ese miedo a tabúes como al nazismo del momento y ese miedo a contradecir a los hippies era a lo que teníamos que enfrentarnos (…) los hippies se habían convertido en una clase represiva. El movimiento se masificó y muchos ocupaban puestos de poder con el PSOE o con lo que fuese y eran realmente una muralla contra cualquier novedad (…) Y entonces dije, vamos a darle por el culo a todos estos hippies y tocamos «Heil Hitler», y en ese momento me puse una gorra nazi e hicimos el saludo a la romana y la gente se volvió loca, nos querían matar (…) Al día siguiente en el estudio de grabación estuvo sonando el teléfono toda la mañana, y nos ofrecieron doce contratos y cada uno subiendo el caché. La contrapublicidad funciona».

No obstante, hay un sentido más poderoso que trasciende la gamberrada. Tal y como declaró Bowie en la revista Playboy en 1976, Hitler fue una suerte de teen idol en su momento. En las fotos en las que se le veía rodeado de adolescentes, estas tenían la misma actitud y comportamiento histérico que las fans de los Beatles. El Duque lo aseveró sin ningún tipo de duda ni rodeos: «Hitler fue una de las primeras rock stars. Mira noticiarios de la época y fíjate cómo se movía. Creo que era tan bueno como Jagger. Es asombroso. Y tío, cuando tomaba el escenario, cómo se trabajaba al público. ¡Señor! No era un político. Era un artista mediático. Empleó política y teatro para crear ese rollo que gobernó y controló el chiringuito durante doce años. El mundo no volverá a ver nada parecido nunca. Manipuló a un país entero (…) La gente no es muy brillante ¿sabes? Dice que quiere libertad, pero cuando se le ofrece la oportunidad pasa de Nietzsche y escoge a Hitler porque Hitler desfilará y hablará, y la música y las luces surgirán en los momentos estratégicos».

En el artículo sobre Eva Braun de la Jot Down número 14 está documentado que el Führer tenía que lidiar con mujeres que se acercaban hasta su casa desnudas bajo chaquetones militares con la intención de que las desflorara. Le lanzaron ropa interior en los discursos y hubo casos de chicas que pretendían, arrojándose al coche que llevaba a Hitler entre la muchedumbre, que él se bajara a socorrerlas tras el atropello. Hitler habló de patria e identidad nacional, cosas bonitas para el público nacionalista de la época, Alemania para los alemanes básicamente y esas cosas, y difundió fotografías y discursos apasionados. El quid de la cuestión es que hay que ver que el esquema no fue muy diferente en los años cincuenta, cuando en Estados Unidos se crea la industria del rock, un negocio orientado a lucrarse con el dinero de los adolescentes, que por primera vez tuvieron capacidad de gasto, vendiéndoles líderes carismáticos que en lugar de patria le cantaban al nuevo bien absoluto: el amor romántico y la diversión.

En cuanto a la propia naturaleza del fanatismo por el rock and roll, Gonzalo también señala en su libro que encuentra similitudes con el comportamiento de los fans del rock y las masas que se dejaron atrapar por los totalitarismos. Primero, por el elitismo, «componente inalienable del rock», detalla, «la comunidad consumidora de esa cultura rock es como esas organizaciones que dicen disponer de la llave de la sabiduría, vetada al resto de los mortales. Una élite superior con sus dogmas, sus consignas, símbolos y ceremonias, cuyo principal cometido es elevar al individuo por encima de las masas, de la chusma popular. Los nazis fueron las primeras rock stars, los rock stars fueron los segundos nazis».

Para apoyar este punto de vista, Gonzalo recurre al pensamiento de Wilhem Reich. El rock sería una segunda «familia» para el fan, y según Reich la familia era la fábrica de la ideología y de los pensamientos reaccionarios. Si en este núcleo se hallan los solitarios, los incomprendidos, los rebeldes y los disconformes, los supuestamente antisociales, este funcionaría como red para evitar «la insignificancia social», «acabar degradado a vulgar clase inferior». Fue el mismo mecanismo que empleó el fascismo para seducir a sus huestes. El autor nos lo aclara también por mail: «El rock proyecta autoridad, algo a lo que someterse, como la religión, y muchos han encontrado en ese vasallaje un sentido a su existencia. Que rock y nazismo se fusionen no es tan antinatural, por lo tanto». De modo que al final volvemos a lo de siempre: cuando el hombre no cree en nada pasa mucho frío.


El Drogas: «En pleno éxito de Barricada mi madre me pedía que trabajara en una fábrica»

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 0

No es fácil encontrar grupos de rock que tengan más de tres discos seguidos de calidad sobresaliente. Barricada rompieron ese molde, lanzaron ocho; ocho discos muy buenos en una trayectoria ascendente que les llevó a las radiofórmulas y los discos de platino. Todo sin perder la esencia de la calle, un rock urbano con ramalazos punk y muy pocas florituras que conectaba con la gente casi sin proponérselo. Enrique Villarreal «el Drogas» (Pamplona, 1959) fue el artífice de Barricada, grupo del que fue expulsado en la más hilarante tradición del rock. Pero él es mucho más que rock and roll. Presenta libros de poesía y colabora activamente por la recuperación de la memoria histórica. Nos recibe tocando el bajo en su casa de la Txantrea, en Pamplona. Unos cafés y toda una mañana por delante para repasar su trayectoria y recordar una España que ya no existe y que hasta cuesta creer que lo hiciera.

¿Cuándo llegaste a este barrio, a la Txantrea, el «Barrio conflictivo» de vuestra canción?

Llegué cuando tenía dos años. Las calles estaban sin asfaltar, era un barrizal. Todo estaba lleno de críos de mi estatura. Luego sabes que eso se llama familia numerosa. Había tres, cuatro o siete hijos por cada pareja. Todos procedían de otros pueblos o provincias y venían aquí. Eso era la Txantrea, un conjunto de personas de diferentes lugares. Como si nos hubiéramos dado cita todos a la vez. Mi madre a los catorce años fue a Pamplona a trabajar y mi padre estaba allí, él se dedicaba a buscarse la vida; por ejemplo secaba con una esponja el frontón donde jugaban los señoritos, porque a pelota jugaba todo el mundo, pero solo a los señoritos se les secaba el sudor de la pista con una puñetera esponja. Los dos, mi padre y mi madre, eran personajes típicos de la posguerra, hechos a sí mismos.

Tu primer contacto con la música son las coplas que cantaba tu madre en casa.

Digamos que sí, pero porque no había más pelotas. Ella «estremaba» en casa, no sé si esa expresión se entiende, estremar es hacer las camas, barrer, recoger lo que los cuatro dejábamos por ahí tirado. En fin, ama de casa. Mientras hacía eso, con las ventanas abiertas para que se ventilara, la recuerdo cantando coplas. Su voz siempre me ha gustado, pero algunas historias eran inquietantes. Yo era un crío y escuchaba letras como esa mexicana «Ándate con cuidado, Juan, que son muchos hombres, que te van a matar». ¡Me entraba una angustia! Iban a buscar a pobre Juan al bar y me quedaba pensando: a ver qué pasa…

De ahí hasta que los Slade te marcan. ¿Qué pasó en tu biografía musical?

Fórmula V, los Diablos, los Íberos… Veía todos estos grupos en televisión, en programas que había los domingos a mediodía en familia, en blanco y negro. De los primeros que tengo conciencia de haberme fijado fue en Fórmula V. Me gustó la forma de tocar la guitarra, que luego resultó ser una Fender Stratocaster. También había un cura de las HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), un movimiento cristiano y proletario del que creo que luego surgió gente que formó las CC. OO. (Comisiones Obreras), que organizaba reuniones entre matrimonios y familias los fines de semana. Los hijos estábamos por ahí y el cura me regaló una pila de singles con cosas de los Monkeys, de los Mustangs recuerdo la «Balada de los diez céntimos»… Cosas rarísimas. De adolescente pasé de un colegio del Opus a formación profesional en el barrio y los alumnos de cursos superiores se paseaban con abrigos de cuero y tenían los pasillos llenos de pósteres donde salían grupos maquillados, artistas vestidos raros, con tacones… Eso me chocaba. Me llamaban la atención Suzi Quatro, Slade, T-Rex, Alice Cooper… En fin, todo aquello.

Luego todo empezó en un bar que se llamaba ¿el Váter?

Creo que no se llamaba así, que ese nombre se lo pusimos nosotros. Era enanísimo, estaba todo amontonado, el futbolín y eso. Lo que hacía que el bar funcionara era la maquinica de poner discos. Gracias a ella, le echábamos a los flipper y demás. Ahí empecé a ser consciente del tipo de música que me gustaba y por qué. Por ejemplo, Led Zeppelin y Queen me parecían grupos aburridísimos, que hacían canciones enormemente largas, con punteos que bah. Luego los he redescubierto, pero entonces a mí lo que me gustaban eran canciones como las de Slade. Era fanático de Slade. Sin mucho punteo, tres minutos y medio de canción, macarrada y rock and roll. Sin más. Lo anterior al punk, vaya.

Te expulsaron del colegio por llevar una camiseta del Che.

Me expulsó el profesor de Formación del Espíritu Nacional. Yo no sabía lo que llevaba, con catorce años qué iba a saber. Había camisetas muy guapas. Blancas, en blanco y negro, con la cara de un tío con medio barba y una estrella. Yo qué sé, nos gustó. Dijimos toda la cuadrilla del barrio que esa iba ser nuestra camiseta, siempre buscas algo que represente al grupo, y nos la compramos todos. Los catorce que éramos. De hecho, creo que no había tantas en la tienda y que alguien se quedó sin ella. Yo la llevaba el día de entregar el trabajo de final de curso, que la mayoría de la clase me lo había copiado, porque venía de un colegio del Opus y de otra cosa no, pero del Fuero de los Trabajadores sabía la hostia, más que el propio profesor, que llevaba un yugo y unas flechas en el pecho. Tampoco sabía lo que significaba eso. Algo había escuchado en casa de que habían rapado a alguna mujer, pero no tenía ni idea de que tras ese símbolo estaban los responsables de la catástrofe sufrida y arrastrada tantos años por este país. El profesor me preguntó: ¿Tú sabes quién es ese? Le contesté que era solo una camiseta, pero en lugar de comentar mi trabajo empezó a embroncarse con ese personaje y me echó. Ahora me alegro de haber sido expulsado por un falangista por llevar una camiseta del Che. Ros se apellidaba. Me acuerdo de su cara de asco, se le veía amargado. Seguramente llevara aquella insignia clavada en el pecho de verdad. Espero que le hayan enterrado bocabajo, por si escarba que llegue a Australia.

En aquella época no servías ni para bailar con las chicas ni para pegarte con otras cuadrillas, cuentas en la biografía de Barricada Electricaos [Editorial Pamiela].

A los dieciséis años íbamos siempre a una sala de baile a beber pacharán, una bebida asquerosa, dulce, que te daba llorera y una vomitera que dejaba todo pegajoso… Con ella me pillé mis primeros pedos. Tengo un recuerdo asqueroso, pero es que no había otra cosa que hacer. Beber y al baile. Yo con las chicas mal, para pedirles bailar había que ser resuelto y era muy tímido. Y para pegarte con otras cuadrillas, tampoco. Me daba dentera dar un puñetazo en la cara. Ese sonido rechina. Las escenas de violencia siempre me han dado cosa. Entonces, pedo de pacharán, ¿qué podía hacer? Pues mirar a la orquesta de la sala. Se llamaban los Clan y me quedaba embobado con su bajista. Tocaban canciones tipo sonido Filadelfia y yo, con mi pedo, me dedicaba a verlos.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 1

Tu primer grupo, Punk Sapos Band. Punk antes del punk

El punk ya empezaba a conocerse, porque si no la palabra punk no se me hubiese ocurrido para el nombre del grupo. Tocaba en fiestas de instituto con ellos, en festivales con cantautores y otros grupos tipo Mocedades, pero de barrio. Aunque mi primer grupo en serio fue Kafarnaún.

Estos eran sinfónicos.

Sí, porque había un grupo en Santander que se llamaba Bloque y era el ejemplo a seguir. No sé por qué a todos nos dio por ese rollo. Muy pocos se libraron. Nosotros no le llegábamos a la suela a Bloque. Ni nosotros ni nadie. Los tenías de referente y hacías lo que podías. Porque mira que he escrito cosas raras en mi vida, pero canciones con títulos como las de Bloque, como «Quimérica Laxitud»… hasta ahí no he llegado nunca [risas]. Mis primera letra en Kafarnaún fue sobre Hiroshima. Había dado el tema en clase y me impactó. Me indignó tanto que hice un escrito. Un colega que estudiaba quinto de bachiller conmigo le puso guitarra y ahí descubrí el punto mágico que sientes al ver que algo que has escrito se convierte en canción con ayuda de unos acordes. Me gustó tanto la sensación que dejé de ir a beber pacharán y ver cómo se pegaban y pasé a ir con este colega y el grupo que había hecho con sus amigos, Kafarnaún. Entré como letrista y desde ese día esperaba ansioso que llegase el fin de semana para ir a los ensayos. Ahí cambió mi vida completamente.

En Pamplona teníais a uno de los primeros grupos punk españoles, Tensión. El grupo de Josetxo Ezponda, luego conocido por Los Bichos.

Eran un grupo muy especial. Ya solo por el nombre, Tensión, cuando aquí todos los grupos se llamaban Jonás, Jeremías, Kafarnaún… ¡El rollo cristiano en Navarra es la hostia! Parecemos todos carlistas, la hostia. Pero de repente aparecieron Tensión, un grupo de chavales de mi edad que se vestían de otra manera, que se peinaban distinto y que tenían un cantante que era otra cosa. Coincidimos en muchos bolos e hice relación con Josetxo. Nos hizo un póster en el que salíamos todos como esqueletos con sus instrumentos. Josetxo le cayó en gracia a la intelectualidad musical navarra. A gente como Tako Pezonaga, que luego terminó trabajando en Madrid en algo de cultura en la época de Felipe González y el PSOE. Josetxo se hizo muy visible para esta intelectualidad, pero para lo que les interesaba. Cuando me fui a la mili y monté Barricada seguimos por caminos distintos, pero luego nos seguimos viendo en un bar de Burlada, su pueblo, con un nombre que le iba al pelo, el Replicante. Me acuerdo de que estábamos a cuatro bajo cero y yo iba con mi jersey de lana y él no; él con su chupa, maqueado. Se reía mucho de mí por mi vestuario y la verdad es que si lo pienso tengo muy poco de glam. Especialmente si me comparo con él. Era un personaje a tener en cuenta no solo por lo que escribía, no solo por sus dibujos, ni por su música: por todo. Al final, ahora que salgo al escenario de traje, esta forma de vestir más glamurosa, creo que se la debo, o yo quiero debérsela, a Josetxo, el Bicho, el verdadero.

Háblame de esa mili en la que decides formar un grupo de nombre Barricada.

No sé qué coño pintaba yo en la mili. He visto fotos y era una cosa antiestética, no me quedaba nada bien el uniforme. Tampoco tenía ningún espíritu militar. Me debería haber librado aunque solo fuera para mejorar la propia imagen del ejército español. Cuando llegué y tuve que rellenar mi ficha pensé que si ponía que había estado con animales, me iban a poner en cuadras. Si ponía que era mecánico, que realmente me gustaba, me iban a poner en los talleres. Si ponía que las flores, iba a cuidar el jardín del general. Así que puse músico, dije que tocaba el contrabajo, porque a ver cómo les explicaba lo que era un bajo eléctrico, y se rieron de mí, con chistes así muy de militares, pero me pusieron en la banda, que era lo que yo quería.

No había redoblado un tambor en mi puta vida y la turuta ya ni te cuento. Le tuve que meter horas al asunto, aunque tampoco hay que ser un genio par redoblar una caja militar. Aprendí tan rápido que me asusté de mí mismo, parecía que tenía una inteligencia suprema para la música militar, algo que me repele. Cuando hacía guardias con el fusco y pensaba que si venía alguien le tenía que dar el alto y que si no me hacía caso tenía que disparar, dudaba en si tirarle a él o pegarme yo el tiro. También en las pruebas de tiro cerraba los ojos, me parecía que el fusco hacía un ruido del copón, tiraba fatal. Y como el turuta en la mili no coge un arma ni para la hostia, decidí coger la corneta. Tampoco di una. Cuando tenía que tocar para que le dieran comida a los animales, era un tono muy alto, no llegaba, y los mulos se descojonaban, se iban para atrás, rompían la formación. Montaba unos revuelos de la hostia. El capitán de cuadras se descojonaba, menos mal, si me toca uno chungo me podría haber dado de hostias ahí mismo. Y ahí fue donde dije: joder, estoy boicoteando al ejército desde dentro. Creo que el hecho de que un desastre como yo pudiera estar ahí con la corneta no dando una ya demostraba que eso era el principio del fin del ejército obligatorio. De hecho, yo estaba en un cuartel en Berga, en la provincia de Barcelona, pero cerca de los Pirineos, que ETA político-militar llegó a asaltarlo. Luego vino la insumisión y después… ¿Quién se apuntó el tanto de acabar con la mili? Aznar, que me tendría que dar gracias a mí, ¡aquello fue por mi puta turuta!

En el cuartel conociste a Sex Pistols y Motörhead.

Fui en el ochenta a la mili y allí vi por primera vez el disco Ace of Spades de Motörhead y escuché por fin el Never Mind the Bollocks de los Pistols, que había salido antes pero no había llegado. Entre turuta y turuta tenía mucho tiempo para pensar y una de las decisiones que tomé fue formar un grupo que se iba a llamar Barricada, un grupo que reflejase qué estaba pasando en la calle en ese momento.

¿Cómo era la calle en el año ochenta?

Tras la muerte de Franco hubo un gran conflicto social y laboral, huelgas enormes, manifestaciones, enfrentamientos con la policía, ETA matando a un montón de gente cada año, como también los cuerpos represivos… El episodio de los abogados laboralistas de Atocha en Madrid. En fin, muchas historias. Las torturas también… Y todo esto se mezclaba con lo que vivíamos nosotros. En la Txantrea cerrábamos las entradas al barrio y la policía no podía entrar. Si querías que entrasen dejabas una calle abierta, luego la cerrabas y no podían salir, porque los polis no eran de la Txantrea. Era como un juego, pero trágico, donde la historia estaba en vencerlos de cualquier manera. La gente escapaba por las casas, que son pisos bajos, y ellos, que iban bien armados, entraban también y las destrozaban, tiraban dentro… Tú te metías en una, y como lo conocías, salías por las huertas cinco calles más allá. Ellos no tenían ni idea de por dónde se había escapado el personal y terminaban destrozando los muebles.

En las primeras actuaciones de Barricada tenías una puesta en escena muy teatral.

El 18 de abril de 1982 hicimos la primera actuación, a las doce del mediodía con un calor impresionante. Fue en el Rastro de aquí, de la Txantrea, donde siempre se programaban actividades culturales, teatro o bertsolaris. Yo salí con una capa negra que me dejó mi prima y una calavera a la que tuve que poner cinta aislante en la mandíbula. Salía y decía: «Dios te salve, María, y el fruto de tu vientre, Jesús», y sacaba la calavera con la quijada colgando con la cinta aislante. Había que echarle morro. Luego fui perfeccionando. Por ejemplo, recogía televisiones vaciadas de por ahí, la gente cogía las piezas y las tiraba. Las ponía, seis o siete, en el escenario y con una maza que saqué del taller de soldadura donde trabajaba las destrozaba. Me comía todo el polvillo que salía, pero creo que después de salir de la mili con tuberculosis era inmune a todo.

En aquella época a los que ibais a la mili os criticaban diciendo que hicierais la mili en ETA, pero tú contestabas que ETA había volado uno de vuestros bares de referencia, el Toki-Leza, en su delirante campaña contra el tráfico de drogas.

Antes de que ETA político-militar rompiera con ETA militar y esta fuera aglutinando a todo el mundo abertzale había muchos grupúsculos con diferencias importantes. Mientras que ETA tenía una estructura militar, los Comandos Autónomos venían del mundo anarquista. Yo era de esos, de los que llevaban el pañuelo negro ácrata. Estaba más en ese mundo de los petas, el amor libre y esas cosas. Algunos de los que íbamos con el pañuelo negro, que no seríamos más de treinta, luego terminaron en los citados Comandos Autónomos, como Rafa Delas, que fue asesinado en la bahía de Pasaia. Por eso, de alguna manera, siempre he pertenecido al rollo pacifista. Cuando escribí «No hay tregua», la gente estaba acostumbrada a grupos como Cicatriz, Eskorbuto o RIP que iban de ¡mata al policía! y tal. Yo no, yo con mi «Estás asustado, tu vida va en ello» [canta con voz aguda, D. de R.]. Lo mío era un rollo más de monja, intentaba reflexionar. No como ahora, que soy partidario de la guillotina. Pero cuando hice esa canción no había espacio para ninguna reflexión, ya había tenido mis conversaciones con gente de ETA político-militar que había dejado las armas y tenía otro punto de vista. Siempre me ha gustado hablar con todos, aunque no esté de acuerdo.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 2

Con Derribos Arias, también testigos de cómo ETA ponía una bomba en su bar de referencia en San Sebastián, tocasteis en alguna ocasión. Es curioso que pudierais compartir cartel dos grupos tan distintos. Rosendo por ejemplo arremetía mucho contra los modernos, no le gustaban nada.

Era diferente el ambiente de Madrid al de aquí. Nosotros aprendimos que la mezcla era positiva en todos los aspectos. Primero para protestar y segundo para aprender. A mí de repente me gustaban los Clash, los Cure y, joder, iba por ahí tocando con Hertzainak, Kortatu o Cicatriz, y también con grupos heavies como Forjas Alavesas. Todo esto en Madrid era impensable. Tocó La Polla Records con Obús en el famoso Rockódromo y hubo una batalla campal. Aquello fue la hostia.

Rosendo dijo hace poco en El País que los grupos modernos de entonces «cantaban gilipolleces».

Yo con Alaska y Nacho Canut me metería, pero por esto que han dicho de los desahucios. Me parece que si tienes ese halo de gilipollez con esa edad, mejor que no se te note tanto. A mí lo de antes no me importa, me fijo más en lo de ahora y lo que acaban de decir es de merecerse un tortazo con la mano abierta. ¿Es violencia? Violencia es lo que acabas de decir. Antes cada uno decía lo que podía, pero al menos había actividad. Ahora hay mucha marca de culo en los sofás. Eso sí que me parece incomprensible. Con los tiempos que corren y que el rock and roll se entienda así… Me parece que está más muerto que otra cosa.

El primer disco se grabó con Ramoncín.

La maqueta, que no sirvió de nada y tuvimos que regrabarla sin él. Yo hacía mis pinitos en la radio y le entrevisté una vez que vino a Pamplona. Nos caímos bien, charlamos y se vino a nuestro local a vernos. Al final la cosa terminó con él grabándonos, pero no valió no sé si por incompatibilidad o rollos de esos a la hora de ir a mezclarlo a Madrid. Nos dijeron que no se podía, que teníamos que volver a grabarlo, que si éramos capaces en dos días, y dijimos: pues venga. Dos días sin dormir, en plan tsunami. Y lo repetimos.

En ese primer disco hay una influencia de UFO, de Iron Maiden…

Iron Maiden siempre me ha dado cosa. Me gustaban con Paul Di’Anno.

¿Cómo os arreglasteis para que la canción «Esperando en un billar» apareciese en Barrio Sésamo?

Había dos hermanas en el programa y una de ellas era la hermana de Fernando Coronado, que acabaría siendo nuestro batería. Esa fue la conexión. Salía Espinete, ponían un casete y todos bailaban con nuestra canción. Estas cosas cuando te pasan qué vergüenza dan. Me pasó lo mismo con 28 horas de Montxo Armendariz, que puso «Esta es una noche de rock and roll», que sonaba en un bar cuando estaban buscando jaco. Estaba en el cine y me moría de vergüenza, aunque nadie sabía quién era, pero me daba cosa.

Tuvisteis una etapa de conciertos con La Polla Records. Un tanto accidentada a veces, pero fue cuando disteis el subidón.

Fue muy rápido. Y muy interesante. Recuerdo que fuimos a Vergara y tocamos para ochenta personas, que sonó de asco. Seis meses después, fuimos y reventamos. Al vivirlo no eres consciente. Con La Polla tocamos mucho, sí. Ellos siempre tenían que tocar los primeros porque decían que éramos el grupo estrella. Era una época durísima, siempre acababan invadiendo los escenarios. Una vez en Lasarte tocaron ellos y recuerdo a Evaristo que solo le colgaban escupitajos del cuerpo. Después salimos, cambió el público, y ni un solo gapo. A nosotros los punkis nos aguantaban, pero La Polla era el grupo, en mi opinión. Tanto para el público como para otros grupos que vinieron después.

Un día viajamos a Lasarte, fuimos a cenar y uno que se había ido a pillar costo volvió con la cara reventada, le habían asaltado. Salimos a la calle a ver qué pasaba y había una bronca por allí, otra por allá… A mí las peleas siempre me han dado dentera, como te he dicho, pero tenía que ir el primero para que dijeran «Hostia, el Drogas». Una cruz. Tenía que ir el primero a las movidas, ser el más borracho, el que más se ponía… Era una especie de teatrillo todo aquello. Levantaba la voz y decían: «Cuidado, que está el Drogas aquí con los suyos». Un rollo muy peliculero. El caballo estaba también muy metido por medio, añadía una carga de violencia mucho mayor al rollo punk, en todos los sentidos. Al ir a tocar aquel día nos dijeron: «No salgáis que le han dado un navajazo a uno de La Polla». Cogimos los hierros de los micros y, venga, para fuera, a por ellos, que no sabías ni quién había sido ni nada, pero salías. Como para no. Muchas de las movidas que pasaron en aquella época las montaba una pareja que iban de punkis, pero eran energúmenos. Tuvieron que irse a vivir fuera de Euskal Herria amenazados por ETA militar. Salieron por patas amenazados de muerte. No sé si es que habían acabado de chivatos o qué. Galindo podría explicar muchas de las cosas que sucedieron en aquellos años.

Luego la primera vez que tocamos en Bilbao, por eso del rollo teatral, me llevé unos singles para tirar al público, no sé de qué serían. Y total, que no sé en qué canción, empiezo a lanzarlos, no llevaba ni tres, y, de repente, llega uno de vuelta y ¡paf! al batería en toda la frente. La primera y la última vez que lo hice, porque también yo podría haberle abierto la cabeza a alguno. Por eso también dejé lo de reventar televisores, porque salían pedazos disparados y le podía dar a alguien. Era pura inconsciencia, no estar preparado para montar ciertos espectáculos, pero es que todo era así.

El grupo iba bien y de repente muere Mikel, el batería.

Comenzamos a ser un grupo requerido por todos los lados. Todos los fines de semana tocábamos viernes y sábado. Era un logro de la hostia. En una de estas fuimos a Iparralde, Euskadi norte, no recuerdo si era San Juan de Luz, en el frontón. Mikel venía de trasnochar con un pedo de la hostia y tocó muy mal. Al día siguiente fuimos a Artajona, Mikel se estaba saliendo, pensábamos que nos quería dar una lección por el desastre del día anterior, y cuando iba a empezar «Esperando en un billar», que al principio tiene esos aéreos, íbamos a entrar todos y de repente la batería se dejó de oír. Miro atrás y veo a Mikel encima de la batería. Hubo indecisión, qué pasa. Porque en el escenario tres segundos son como tres siglos, y nos dimos cuenta de que se había desmayado. Lo llevamos a la casa de socorro y el médico llegó a la conclusión de que era un corte de digestión, porque el día antes nos habíamos puesto hasta arriba de calamares rellenos. A veces pienso que en vez de un grupo debimos formar una sociedad gastronómica, porque aquello era… Tocar parecía la excusa para comer.

La historia se quedó así. Decidimos volver a tocar al día siguiente. Hicimos el bolo entero, salió de puta madre, Mikel se vino a dormir a mi casa con su pareja y a la mañana siguiente dijo que había pasado mala noche, que le dolía la cabeza. Creo que fue mi socia, Mamen, la que dijo de llevarlo a urgencias. Fuimos, entró, esperamos y al rato salió una enfermera diciendo que avisáramos a la familia porque se iba a quedar ingresado. Me bajé hasta Huarte, volví con su familia y ya nos dijeron que parecía que podía ser un derrame. Estuvo ingresado una semana, fuimos todos los días a verle, a darle ánimos. Y recuerdo el día en que le operaron, yo venía en coche con Marino Goñi conduciendo, llegamos al hospital y nos dan la noticia de que estaba en coma, en la UVI y muy mal. Pasó muy rápido. En cinco o siete días se murió.

Para mí fue un golpe muy duro porque estábamos viviendo juntos todo lo de tener un grupo de rock desde el principio. La gente se pensaba que éramos hermanos porque no nos separábamos. Mikel era realmente la esencia de lo que se entendía por miembro de un grupo de rock. Degenerado, muy simpático, era un batería inaudito: zurdo y cojo, porque de pequeño había tenido poliomielitis. Se dejaba querer muy fácil. Era una persona maravillosa. Pero lo que tenía ahí era algo congénito, creo que su madre murió de lo mismo.

Aquello dio lugar a una de las canciones más bonitas de Barricada, «Pon esa música de nuevo».

Era una canción de Pabellón Negro, el grupo anterior de Alfredo Piedrafita, el guitarrista. Me gustaba el título, pero no la letra, que la cambié para recordar esa historia tan intensa vivida con Mikel, con una persona que te ha marcado. A mí, por ejemplo, me ha dejado más huella él que otra gente que ha estado más tiempo a mi lado.

Ahora grabáis con Rosendo el siguiente LP, que se iba a llamar Callejón sin salida, pero resulta que Los Chunguitos ya tenían un disco con ese título.

En las cárceles decían que lo que más se oía eran Los Chunguitos, Los Chichos y Barricada. Del primer disco al segundo hubo una ruptura interesante. Barrio conflictivo ya reflejaba la vida que empezábamos a llevar, de que nos llamaran a tocar, viajar, llegar a los sitios y salir a buscar sustancias, beber y salir a romper. Rosendo fue el productor, que de alguna manera es quien te dirige los pasos, alguien con más experiencia que tú. Yo tenía unas ganas del copón de conocerlo. Para mí Leño era el grupo. Hemos hablado de los Pistols, pero no sé si Leño fue más importante. Fui a ver a Bloque una vez y de repente salieron de teloneros tres tíos, el cantante con aquella voz, y pensé: «Joder, yo quiero ser como estos, esto es lo mío». Fuimos a verle a Madrid, que me parecía enorme, gigante, llegamos al sitio donde habíamos quedado y apareció en un escarabajo verde fosforito [risas].

«Lentejuelas» se cuenta que es una canción dedicada a Ramoncín después de girar con él y que no os pagara.

No, es para todo aquel que en este mundillo termina creyéndose algo. En esa gira él no era el que tenía que pagar, era la oficina o quien lo montase. Y no era la primera vez que nos robaban. Nos han robado las multis, las oficinas de representación… para todos los gustos. Sí es verdad que Ramoncín entonces era una estrella, en los conciertos estaba muy cuidado, rodeado de gente. Luego a nosotros nos pasó igual y a lo del dinero no le doy excesiva importancia, si alguien ha necesitado sacarme algo espero que haya sido por una buena causa. A Ramón posiblemente se le pueda criticar más por otras situaciones de su vida pública, como el caso de la SGAE, aunque ha salido absuelto.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 3

¿Cómo fue el desembarco en Madrid? Parece que a los heavies de la capital no les gustabais. Pensaban que ibais allí a comerles el terreno con la desvergüenza intolerable de no ser músicos virtuosos.

En eso tenían razón, técnicamente nos daban mil vueltas. Ahora todos estos grupos han vuelto. O bueno, volver. Quizá se tomaron un descanso excesivamente largo. Treinta años después… hostia, no sé. En fin, creo que no se dan cuenta de que realmente acaban siendo caricaturas de sí mismos. Igual eso también es algo que se puede explotar, pero bueno, es otro tema… Recuerdo que Bella Bestia tocaban de la hostia, con el batería metido en una jaula. Esa cosa tan inglesa. Luego vino Sangre Azul. Estaban Tritón, Los Tigres, con los que coincidimos mucho. Banzai, Panzer y Obús, que para mí era el grupo de heavy. Su primer disco era… uf. Luego ya no les seguí la pista, pero yo era más de Obús que de Barón Rojo. Pero vamos, que todos tocaban un huevo y nosotros éramos un desastre. Con canciones sin punteos, sin afeitar, sin cardar el pelo. Íbamos a los bares y veíamos que los músicos le daban más importancia a peinarse que a la botella de cerveza. Mientras ellos se arreglaban nosotros nos bebíamos todo lo que había por allí. Pero nos hemos terminado llevando bien con todos.

Cuando llegábamos siempre empezaban a circular historietas en plan «Ha venido el Drogas, recién salido de la cárcel» [risas]. Y encima se dieron coincidencias de flipar que alimentaron más el mito. Tocamos en las veinticuatro horas del estudiante y la radio y, claro, nos pusieron en la peor hora. Dirían: «Estos que son de pueblo, pues a las siete de la mañana». Nos tuvimos que ir antes a un hotel que me gustaría saber cuál es porque me gustó. Te sentías como el conde Drácula. Las paredes desconchadas, te metías en la cama y te absorbía para dentro, te movías un poco y unos crujidos… Para mí que estaba abandonado y lo abrieron para nosotros. A las cinco de la mañana salimos, llegamos a tocar, quedaban cincuenta personas, nos daba igual, vamos a muerte. Además me da igual lo que haya de público, no soy muy de ver, de hecho tengo un ojo que se me pira, es independiente, vamos, y me importa una mierda lo que haya, yo soy de tocar. Así que salimos en ese plan y grito al empezar: «¡Que estalle la bomba bajo mis pies!». Lo damos todo y de repente nos enteramos de que había habido una amenaza de bomba, que habían sacado a todo el mundo de allí. Se quedaron: «Joder con estos».

Haciendo leyenda… de chamba.

Igual que cuando se murió Tierno. Nos llamaron para el homenaje. Me caía bien ese hombre, el rollo del PSP, pero luego cuando se juntó con el PSOE… me cago en la puta, joder. Pero Tierno era Tierno y tenía su rollo. Estábamos tocando, grité «¡Okupación!». Se hizo un revuelo entre el público, miro y había una señora ya mayor que aparece por ahí, todas las cámaras a su alrededor, y era la viuda de Tierno. Vino a vernos mientras tocábamos «Okupación». No estaba preparado. Coincidió. Fue un momento emotivo dentro de un acto emotivo ya de por sí y que, además, se multiplicó por más, porque justo después empezó a llover. Sobre la gente algo de agua y sobre el escenario cientos de botellas y suspendieron el festival. Todo esto nos dio mucho juego, pero no era nada pretendido, ¡ojalá hubiera tenido esa audacia!

El caso es que llegáis a la Sala Canciller de Madrid, donde dominan los heavies con sus pelos cardados, y vosotros con un rock directo, medio punk, de pueblo como tú dices y… el público os coge y os saca a hombros. Se identifican con vosotros.

Digamos que entramos en Madrid como el grupo que iba a sustituir a Leño. Por aquella época había también un grupo de Alicante que se llamaba Badana que también tenía ese aire. Es que Leño influyó en mogollón de grupos. Desde que vi a Rosendo en Estella por primera vez empecé a ponerme el pelo por detrás de las orejas, no te digo más. Lo de sacarnos a hombros se debió a que el público estaría más borracho que nosotros al final de la actuación. Fue todo muy surrealista. Lo que más recuerdo es que me dolían los huevos de la hostia [risas]. Entre los pantalones vaqueros apretados, con las costuras, y la cabeza del susodicho… Pero lo que realmente me impactó aquel fin de semana fue al día siguiente irme al Rastro y ver una cinta nuestra en un puesto pirata. Eso sí que fue la hostia.

¿Lo viste como un logro?

Sí, sí. Es como ahora ver un disco tuyo en el top manta. Eso es un logro, joder. Porque podríamos hablar mucho de eso, de quién hace más top manta, si las multis o la gente que está en la calle vendiendo, que tampoco les veo que vivan en chalés. Bueno, los que muevan toda esa mafia seguramente sí.

Estuvisteis desde el principio en la etiqueta del rock radical vasco.

Fue en un concierto en Tudela, en una manifestación antinuclear o en el acto de aniversario de aquella marcha antinuclear en la que asesinan a Gladys del Estal. No recuerdo, era un rollo pacifista. Se hizo un festival masivo en el que entramos todos los grupos que pululábamos por los alrededores y ahí se puso el sello de rock radical vasco. Nuestro manager Blasco y Marino Goñi fueron los que lo inventaron, queriendo crear un término en contraposición a la Movida madrileña, pero luego nos lo fuimos quitando de encima todos. Entonces era radical como una manera de sacar pecho, y vasco porque todos nos considerábamos vascos, tanto los navarros como los de la comunidad autónoma.

¿Qué recuerdas de grupos que estaban en esa etiqueta que tuvieron una historia trágica, como RIP, Cicatriz o Eskorbuto?

Tuvimos buena relación con todos. Posiblemente éramos de los pocos que nos llevábamos bien con Eskorbuto, porque casi nadie podía verlos. Pienso todavía mucho en estos grupos y en los ochenta. Si me he quedado en algún lado ha sido ahí. Sin la fuerza de toda esta gente que se quedó ahí, todo habría sido como una gaseosa. Como pasó con el Donosti Sound. Con el que más relación tuve fue con Nacho de Cicatriz. A veces hablo con Tati, su madre. Uf, lo de las madres sí que fue complicado, lo que pasaban día y noche. Muy jodido. Pero el movimiento contracultural surgido en Euskadi no hubiese sido lo mismo sin la fuerza de toda esta gente. ¿Ha servido para algo? Yo creo que sí. ¿Es mejor quedarse en el camino con una chuta en el brazo que quedarse en el camino atragantado por una botella de Fanta en la garganta? No lo sé. Yo realmente he sacado mucho, quizá porque le tenía mucho miedo a las chutas. La primera vez que me fui a meter un pico me dio un chungo solo con ver la aguja que me tuvieron que llevar a mí los que se habían metido. Y no me lo metí. Eso de verles sujetarse el brazo, bombear la sangre… joder. Pero fue la ignorancia lo que les mató. El libro de Escohotado tendría que haber estado en los colegios. El ser humano está relacionado con las sustancias desde antes de ser consciente de que es humano. Tienes derecho a saber qué reacciones te va a dar, a partir de qué cantidad va a ser una historia curativa, o exploradora de tu interior, o simplemente lúdica, para pasar a ser un veneno. Porque tanto una cosa como la otra puede ser la misma sustancia.

Sufristeis el acoso de la policía cuando os movíais por el País Vasco y Navarra.

Era casi el pan de cada día. Si no te paraban no era un día completo. Si no era un control era la policía secreta. Nos pasó de pararnos la policía y llamar a sus hijos para que vinieran a vernos porque eran fans. También pararte la guardia civil, el viejillo de la pareja echarte la bronca, «si yo hubiese sido vuestro padre», y después de la retahíla, llegar el joven y pedirte un autógrafo [risas]. Esas situaciones eran muy ochenteras. O ponerte mirando al monte los GEOS escopeta en mano y decirnos: «Ahora sí que vais a componer una buena canción». Ese rollo chulesco, que también entra dentro de su papel, eso siempre lo he entendido. Porque luego, después de todo lo que pasamos con la policía nacional o la guardia civil, nos venía la ertzaintza, o los munipas, en el mismo plan y es que me entraban ganas de engancharme y pelearme. No me importa que me partan la boca por enfrentarme a alguien que abusa de su poder.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 4

Fichasteis por una multinacional, RCA, para No hay tregua y, entre otras cosas, os quisieron censurar las letras.

Sí, ¡joder! Aquello fue la hostia. El tío era un sudamericano que nos quería censurar ocho de diez canciones del disco. ¿Hacemos un single entonces o qué? Por motivos tan peregrinos como que en la canción «A pecho descubierto», que decía «tu chupa y nada más», y el tío: «¿Cómo podés desir que “me la chupa”?». Y cómo explicarle lo que era una chupa… Y la de «No hay tregua», que realmente sí era problemática, era de las que no querían tocar. Eso venía del típico ignorante que no tenía ni puta idea de lo que tenía entre manos, pero estaba ahí en el sello cobrando no se sabe muy bien por qué y de alguna manera tenía que poner el pie sobre algo para que se notase que estaba. Personajes así nos hemos ido encontrando a cada paso, sobre todo en las multinacionales. Rosendo es el que tuvo que ir a hablar con ellos y al final el disco salió como estaba.

«Okupación» se convirtió en un hit rápidamente, pero alguna vez has dicho que acabó siendo una especie de losa y decidisteis hasta dejar de tocarla.

Es una canción con la que estaba a gusto pero acabó superándonos el concepto. Aquí hubo mucha historia okupa, el movimiento Katakrak, pero hay canciones que te van superando, o que te jode que estés tocando, tengas un repertorio de treinta canciones y te estén pidiendo esa todo el puto rato, que encima la has puesto la última porque sabes que es la que más gusta. Así que dices: «Hostia, pues fuera».

¿En «No hay tregua» cómo fueron los malentendidos, o bienentendidos, de que tenía que ver con ETA?

Tiene relación con alguien que se dedica a la lucha armada y, en un momento de reflexión, porque realmente los había, yo sé de gente que se planteaba qué había hecho con su vida ahí metida, se preguntaba «qué estoy haciendo, para qué lo estoy haciendo». Va sobre ese momento.

Lo que querías señalar es la duda.

Aunque ETA tuviese una estructura militar cerrada yo no me podía creer que dentro de esa historia todo el mundo tuviese un pensamiento uniforme. Yo siempre he defendido a los dubitativos. Siempre. Para mí es la gente que hace que el mundo gire. Yo pongo en duda todo lo que digo, no tengo problema. Esa canción refleja eso: «¿Qué he hecho con mi vida? Cuando se aprende a llorar por algo, también se aprende a defenderlo, hay que matar al policía, pues venga, vamos a matar al policía, ¿y…?». Todo el proceso de la propia canción y el propio proceso en que va degenerando la lucha armada en España, en Euskadi, es el mismo. Es preocupante que no haya habido gente en la propia izquierda abertzale que dudase. No podía ser una organización armada la vanguardia de un movimiento político. ETA tenía que haber sido consciente de su papel e irse, quedándose atrás bastante antes de cuando ha sucedido. Yo siempre he apoyado al movimiento Elkarri y creo que toda la tardanza en haber reconocido algo así se está pagando. No digo que sea acertado lo que pienso, pero tengo esa sensación.

Cuando el grupo creció, entre la gente del barrio que os recordaba como algo suyo surge cierto recelo porque de repente Barricada es de todo el mundo.

Es algo muy normal. Ese sentimiento tuyo de repente ya no es tan tuyo, es de mucha gente. También me ha pasado a mí con otras cosas. Lo entiendo. En el momento no, claro, me resultó muy duro. Enfrentarse a ciertas críticas no gusta, pero al final todo eso te va preparando para recibir las hostias enormes que me supuso Barricada. Me refiero a que me expulsaran del grupo. Así que me vino bien endurecerme para cuando llegó algo que jamás hubiese imaginado.

Tuvisteis que coger un mánager, Cristóbal Cintas, que se moviera bien por Madrid, de los que conseguían contratos saliendo de noche, poniéndose hasta el culo con los directivos y los promotores.

Era así. Gente que parecía elegante en la forma de vestir, que no pegaba con nosotros por nuestras barbas de tres días y pelos largos, las chupas rotas, etcétera, pero que eran los que meneaban el negocio discográfico, sobre todo su negocio, tanto el discográfico como el nasal. Al principio tú te metías en el rollo porque te hacía gracia, luego ya ninguna. De ese Madrid de negocios nocturnos la mayoría de las cosas me han pasado muy desapercibidas, porque el grado de inconsciencia al que llegaba era muy preocupante, al menos en mi caso. Tan preocupante que llegó un momento en el que corté y fuera.

En «No hay tregua» hay un chelo y lo toca nada menos que un guardia civil.

Un picoleto, sí. Era de la banda de música que estaba grabando con Concha Velasco las canciones de un especial de Navidad o de Nochevieja. A Rosendo se le ocurrió la idea de que una parte de «No hay tregua» necesitaba un chelo, bajó el tío y se la tocó. Luego nos dijeron que era brigada. Espero que no se enterase de dónde había estado [risas]. Pero fue casualidad, no fuimos a buscarlo al cuartel. Es que esto era muy típico en la SGAE, hasta que no llegaron Víctor Manuel, Teddy Bautista y demás, Autores era una sociedad de gestión llevada por músicos de bandas militares. A las asambleas de la SGAE de aquel entonces la gente iba con pistolas. Eran militares la mayoría. Hasta que entraron estos y se abrió un poco. Digamos que al menos fue un buen inicio.

La primera vez que cobrasteis unos royalties os detuvo la policía pensando que habíais robado un banco.

Fue flipante. Recuerdo que pasaba por poco las cien mil pelas. Para nosotros era una fiesta. Fuimos al banco, lo sacamos, nos repartimos la pasta, íbamos para casa y, de pronto, se cruzó un coche, se bajó el tío con la pistola, yo di una patada en la puerta gritando «¡Me cago en la puta!». Se creó una tensión enorme. Nos registraron y, vaya, encontraron ciento y poco mil pelas, que entonces era la hostia. Llamaron por radio y dijeron: «Ya los tenemos«. Resulta que habían atracado un banco y creían que habíamos sido nosotros.

1987. No sé qué hacer contigo. Ahí os quisisteis quitar la etiqueta de grupo político.

Nos la querían hacer quitar, yo nunca he querido, porque Barricada no es otra cosa, es lo que su propio nombre indica. En ese disco una de las canciones, «Bahía de Pasaia», nos la quitaron de ahí, iba sobre una emboscada que le hizo la policía a los Comandos Autónomos en Pasajes y asesinaron a cuatro. Ahora hay un monolito y su silueta pintada en las rocas. Yo conocía a uno de ellos, Rafa Delas, como he dicho antes, era de los del pañuelo negro. Era una buena persona. Estaba en una coordinadora de presos comunes que tenían su historia fuera de las cárceles, sus apoyos en grupos anarquistas, les ayudaban a sacar fanzines escritos dentro de prisión, etcétera. A mí todo esto me llamaba más la atención que solo el tema político. Siempre he dicho que no he sido independentista, soy internacionalista si tengo que ser algo, o apátrida o como se quiera. Pero vamos, que me da igual eso. Sin embargo, los movimientos que ayudaban a los presos comunes me parecían gente interesante. Estaba por ahí la CNT. No solías verlos en asambleas ni nada de eso, era en bares tomando unas cervezas, generalmente más oscuros, te hacías un peta y ahí a escondidas hablabas de miles de cosas.

Un bar como en el que ETA puso una bomba.

Por ejemplo, sí. ETA entonces tenía mucha obsesión con la historia de las drogas. Podías hacer una reunión vasca y ponerte de alcohol hasta las cartolas, pero joder, a ir más allá le tenían un miedo… Ese miedo también del propio sistema, estaban más asimilados de lo que se veía. Y nosotros no rompíamos con eso ni por un lado ni por el otro, simplemente la ruptura éramos nosotros mismos.

«Bahía de Pasaia» censurada al final triunfó más que el disco, donde igual hubiera pasado desapercibida.

Cogió un empaque que fue la hostia. No sé si lo hizo queriendo el tío de la Polygram. Luego el mismo tío me quitó «En nombre de Dios» por la Iglesia, creo que era el típico directivo del Opus Dei. Ahí, ya desesperado, le dije: «Mira, te reto a navaja y a hostias». Vaya por delante que yo iba hasta las cartolas, por eso dije «¡Un reto a cuchillo!». Pero ¿qué hago si no? A mí las canciones me cuestan mucho curro y que luego venga uno y te la quite… La de «Bahía de Pasaia» lo pude entender, pero es que «En nombre de Dios» era una canción graciosa, coño. He hecho muy pocas canciones graciosas en mi vida y si me quitas una… «Sacramento, sacrosanto, sacristán, sacrificado, sacrilegio consagrado, la señal del Santo Cristo». Joder, es un juego gracioso de palabras. Para una vez que me sale algo así. De todas formas, aunque me quitaran «Bahía de Pasaia», para hacer esa canción me estuve documentando mucho. Me leí todos los periódicos del momento de la emboscada. Fue un trabajo diferente. No quise dar mi punto de vista, sino reflejar lo que ocurrió. Me pareció muy bonito todo el proceso y después lo he empleado para La tierra es sorda.

Ese disco le gustó mucho a Pepe Risi, guitarrista de Burning.

Sobre todo la canción «No sé qué hacer contigo». Para mí fue la hostia. Creo que nos estaba entrevistando Mariano García y me pasó una llamada: «Hola, soy Pepe Risi, esa canción es muy guapa, mola, muy Burning». Y sí, es que es así, es muy Burning. Tenía el punto de «Qué hace una chica como tú en un sitio como este». Para mí sus primeros discos son… ¡buah! Cuando estábamos con Rosendo coincidimos en algún bar con Pepe y Johnny, y qué gozada [imita la voz de Pepe Risi]: «Chico, cómo está el mundo del rock and roll» [risas]. Siempre me ha gustado como guitarrista, ahí con su Les Paul… Y ahí estaba yo, en la cresta de la ola, codeándome con Pepe Risi, cuando mi madre me dijo: «Oye, por qué no echas la solicitud a la Volkswagen, que están cogiendo gente» [risas]. Y yo: «Hostia, mamá, pero que he salido en la tele, que es el cuarto disco». En pleno éxito de Barricada mi madre me pedía que trabajara en una fábrica. Qué cosa lo de las madres…

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 5

Los conciertos seguían siendo caóticos pese al éxito.

Había algunos en los que estabas tocando y de repente veías una mano que aparecía y cogía tu pedal de distorsión. Tú, claro, ibas hasta las cartolas y… bueno… era la época… ibas igual que la gente que te iba a ver.

Te refieres a farlopa y speed.

Sí, farlopa y speed generalmente. Y priva. Los conciertos solían acabar con la policía cargando. Hubo uno en Terrassa que acabó con el que montó el bolo en la cárcel, en el calabozo. Fue en un campo de fútbol, con la taquilla reventada, a la quinta o sexta canción tuvimos que salir corriendo con los instrumentos a un coche. No había manera de controlar aquello. No hacían ni puto caso. Además, a mí no me gustaba eso de pedir «Oye, tranquilos». Era una mierda, ibas a pasarlo bien y acababa todo mal. Siempre que volvías en la furgoneta veías pasar en sentido contrario las patrullas de la poli con la sirena, y al día siguiente en todos los periódicos: «Un festival de Barricada acaba en batalla campal».

También tocamos en un Aquapark. Era un sitio alucinante, pero tocábamos en la sala de fiestas dentro del sitio. Era muy flipante ver a la gente con vaqueros y chupas rotas entre los críos y las madres en traje de baño tirándose por los toboganes. Era surrealista todo aquello y acabó de manera surrealista. Entró la guardia civil, pero no recuerdo concretamente por qué. Volaron sillas dentro de la sala, pero no recuerdo el detonante de la suspensión, así como en otros sí. En el de Terrassa por ejemplo fue que la gente entró a saco y arrasó.

Pero bueno, hubo otros en los que ni llegamos a salir. En la Barceloneta una vez acabó el bombo de Rosendo en el mar. O en Santander, donde nos reventaron el bus, en Tanos, en Torrelavega. Nuestro bus se llamaba el Zambombo, que lo habían usado Leño, Obús y luego nosotros. Cuando estábamos haciendo la prueba de sonido empezó a llover. Era en una plaza de toros portátil, de estas de hierro. Estaba el cuadro de electricidad ahí puesto, atornillado, se veían todos los cables. Cayó una tromba de agua de las que caen allí, dejamos la prueba de sonido para esperar a que amainase, pero no paraba. Cayó tal chuza que el suelo se encharcó, fue subiendo el nivel, hasta que uno tocó la pared de la plaza de toros y dijo: «Hostia, esto da calambre». Toda la plaza de toros daba calambre [risas]. Pero no pusieron ni carteles para anunciar que se anulaba, así que llegó la gente, cada vez más. ¿Que no hay festival, que no hay concierto? ¡Me cago en la puta! Y todos borrachos, en fiestas, cogió uno un jeep y, ¡zas!, contra la plaza de toros. Mira, estuve toda la puta noche oyendo sirenas. Nuestros técnicos se refugiaron en el camión, en el Zambombo, que lo reventaron a hostias. No les pasó nada porque no les dio por lincharlos.

¿Qué pasó en la Barceloneta para que acabara el bombo de Rosendo en el mar?

Éramos Tijuana in Blue, Rosendo y nosotros. Salió Tijuana y tocó delante de diez mil personas, por decir. Había seguridad para parar un carro y todavía no les habían quitado las pistolas a los jurados. Si no han pasado cosas peores en estos sitios ha sido de milagro. Con Tijuana, que eran tirando a punk, la gente se puso como loca. Empezaron a tirar la valla. Salió Rosendo y en lugar de tranquilizarse se pusieron peor. De tal manera que yo me estaba cambiando para salir y me dijo Cristóbal Cintas: ¡nos vamos! Me sacaron de la roulotte y vi cómo los seguratas huían en masa y las vallas estaban volando. Había gente subida en el escenario, por debajo. Me metieron en un coche y al puto hotel. Al día siguiente, la batería de Rosendo en el agua, la gente se había llevado los amplificadores…

Rojo se graba en Ibiza con Dennis Herman.

Era un tío de Ohio que había vivido todo el rollo hippie en Estados Unidos, en Los Ángeles, y acabó de técnico en los estudios Mediterráneo, que eran del batería de Judas Priest y Mariscal Romero. Cuando fuimos a Ibiza, ¡cayó una nevada! No había caído una en treinta años. Estar currando ahí fue muy tranquilo. Si querías airearte tenías que irte a Sant Antoni, que en esa época no tenía nada de marcha. Me gustaba mucho porque te metías en los bares y era un rollo muy familiar. Siempre me ha gustado más eso que la isla multitudinaria de neones y demás que vino después.

La canción «Rojo», con letra de Fernando, ¿es taurina o antitaurina?

Él la hizo taurina y yo la canto antitaurina. Y ese pulso acaba con la canción siendo antitaurina. El secreto está ahí, en la lectura que tú hagas. No me importa la lectura que dé el autor de la letra, Barricada se tenía que definir como grupo antitaurino. Para taurinos ya tenemos a Sabina y Calamaro.

En la multinacional veías que cobraba todo el mundo por vuestras canciones, pero de merchandising, por ejemplo, no veías un duro.

El porcentaje que nos llevábamos en general era una porquería. Para lo que se generaba, muy poco, pero para lo que era un grupo de rock, era más que suficiente para vivir. Con lo que nos daban nos pagábamos la casa y los vicios. Ojalá me lo hubiera gastado en jamones, pero lo vivido, vivido está, tampoco le voy a dar vueltas. No he tenido mucho problema con lo que se quedaba el sello. No me duele el dinero de Barricada que nos robaron, sino que nos tomaran por tontos, porque posiblemente lo seríamos, pero no había otra manera de funcionar. Eras feliz viendo a una persona con una camiseta que pusiera Barricada y de lo que había por detrás no eras consciente. Creo que al final es más fácil que te dé un infarto tratando de engañar a los demás, intentando que no se entere nadie, que siendo un gilipollas como yo, que me vendrá el infarto por otro lado, no por ese.

Has dicho que Doble directo, uno de los discos más relevantes de la historia del rock español, te dejó mal sabor de boca, que lo grabasteis demasiado agarrotados porque había demasiada cocaína alrededor.

Es por la propia época. Ya no le doy vueltas. Me jode no haber sido más consciente de lo que estábamos viviendo por haber disfrutado esas sensaciones que se han perdido. Hicimos dos conciertos en Madrid y uno en Barcelona, era una grabación de tres días, en total noventa canciones. Ponte luego a escuchar eso. Era un puto aburrimiento. Y los conciertos, un puto circo. Mover al equipo de grabación, a los fotógrafos. Una locura. Y todo venía acompañado de la histeria que trae con sí la farlopa. Vamos, que todo era caótico. El día de Barcelona, hora y media antes de salir, a mí se me taponó un oído y me dio una paranoia… Creía que el cerebro se me había caído para un lado y me había tapado la oreja [risas]. ¡A urgencias! En el hospital me mira el tío y me dice: «Es un tapón». Y yo: «¿Seguro? A ver si no es el cerebro». Me llegó el tío con una jeringa de la hostia y me acojonó: «¡No me irás a meter eso por la oreja! ¡Voy de farlopa hasta las cartolas, a ver si me vas a meter algo que sea incompatible!». Yo emparanoiado perdido, histérico. El tío se descojonó. Me metieron el agua para destaponar, salió el tapón y de repente empecé a escuchar… joder… de la hostia [risas]. Estábamos a media de hora de salir para el tercer día de grabación en directo. Llegué justo. Mira, ahora escucho las canciones del directo y sé cuáles son las grabadas en Barcelona por la hostia que llevamos, por la velocidad. Esa histeria está en el disco. Ojalá hubiese sido más consciente de haber disfrutado más la música, que es lo que hago ahora. Y hay una gran diferencia. Me alegro de haber vivido lo que he vivido, pero haber salido antes de ese mundo me hubiese permitido tener otro tipo de sensaciones, que es lo que me habría gustado.

Por instinto entró en la radiofórmula. Eso fue un hito.

Eso dijeron, pero no lo vivimos así. Solo nos pareció algo peculiar. Para nosotros fue todo lo contrario: ¡más farlopa! Solo eres consciente porque de repente sigue subiendo el nivel, empiezas a llenar pabellones, haces unas giras que son la hostia, te llaman para ir a programas de televisión sin sentido, como uno que hicimos en Ibiza, que estuvimos tres días de viaje, hicimos un playback, estaba el hijo de Bob Marley, grupos ingleses, no sabíamos qué coño hacíamos allí, debió de costar un pastón todo aquello… Eran situaciones muy ridículas, que no te quedaba otra que tomarte como unas vacaciones.

«Blanco y negro» fue vuestra canción más conocida.

Habla de lo que había vivido en el casco viejo de Pamplona, de sus calles en los ochenta. El riff salió de la línea de bajo. Esto era muy habitual en Barricada, y me jode que parezca que pasé como una sombra por el grupo, porque aparte de haber hecho las letras, la gran mayoría de las canciones surgieron de empezar una melodía con mi bajo.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 6

En el siguiente disco, de la canción «Oveja negra» mucha gente pensó que era una canción racista.

Evaristo, de La Polla, escribe así, en primera persona. Para mí fue la primera canción que hice con esa técnica y dijeron que era racista, si lo hubiese hecho Evaristo a nadie se le hubiera pasado por la cabeza. Para grabar el vídeo el equipo se fue a Tarifa a rodar la llegada de una patera, y como los extras realmente eran gente que había llegado en patera en algún momento, cuando la guardia civil vio todo aquello actuó [risas]. También Polygram nos hizo quitar del vídeo imágenes de Felipe González, Aznar y Pedro Piqueras y así se hizo. En fin.

¿El grupo digirió mal el éxito?

Empezamos a vivir momentos como era tocar en una sala, pabellón o plaza de toros, y estar la furgoneta en marcha para, en cuanto acabáramos, salir de ahí. Nunca habíamos funcionado así. Yo no me encontraba cómodo con esa actitud. Y a mí las «lentejuelas» me gustan. Yo me pongo la luz para afeitarme y me pongo a cantar automáticamente, pero eso de sentirse el rey del mambo siendo republicano no puede ser. No tiene razón de ser. Viví muchas situaciones que no iban conmigo. Ese ambiente de Madrid, por ejemplo, eso de: venga, a cerrar el bar y poner unas rayas de la hostia, kilométricas, yo no…. joder, soy el Drogas, pero por otra cosa. Estoy por la legalización, no por eso. No me encontraba cómodo conmigo mismo.

¿Por eso montaste Txarrena como proyecto propio?

Me apetecía salir de esa estructura que teníamos como grupo. Siempre las mismas cuatro personas. Conocía a más gente, tenía gustos musicales personales, concretos. La pena es que no calculé bien lo de Txarrena y solo tocamos ocho veces, muy poco, porque no habíamos parado Barricada. Fue una putada.

El LP La araña tuvo muchísima promoción, pero Barricada inició ahí la cuesta abajo.

Veníamos de Por instinto y Balas blancas, que son discos de platino. Pasamos de ciento veinte copias a vender setenta mil, que sigue siendo muchísimo.

Pero llevabais otra ropa muy distinta, ahí dijimos todos: aquí se han acabado los ochenta ya en serio.

El pelo seguía siendo largo. Y me aburría de un disco a otro si la cosa se repetía. Balas blancas es una repetición de Por instinto musicalmente hablando. Seguimos teniendo una gran carga política y social. «La araña» era contra la patada en la puerta de Corcuera. «El pan de los ángeles» es sobre los meninos da rúa, sobre los comandos de comerciantes que salían a matarlos por la noche. Pero ya eran otros tiempos, el grunge había entrado a saco y tratamos de entender esa nueva corriente a nuestra manera. Yo pensaba que no iba a descubrir ya ningún grupo nuevo y de repente aparecieron Rage Against the Machine y tomé nota. Y aunque La araña es el disco que marca el declive de Barricada, es el tercero más vendido. Se grabó en Inglaterra en el estudio de Phil Manzanera, el de Roxy Music, y, joder, qué hambre pasamos. Nos encontramos con un gitano, Queco, que luego fue el autor del «Aserejé» y nos alegramos mutuamente la vida. Él porque por fin pudo hablar en su idioma y nosotros porque su mujer, una mocetica de unos dieciséis o diecisiete años, hacía tortillas de patatas. ¡Por fin algo que se podía comer!

Allí también la tuvisteis con la policía.

Una tarde de domingo nos dijimos: ¡Vamos a quemar Londres! Y nos fuimos donde grabó Motörhead, al Hammersmith. Llegamos y en la sala éramos nosotros, nuestro chófer y un montón de japoneses echándole fotos a todo. Tocaba un grupo de puta madre, eso sí, pero a las siete y media echaron una reja en la barra y a tomar por culo, aquello se había acabado, ya no se podía beber. ¡Pues a buscar costo! Conseguimos por ahí, yo tenía una piedra, Alfredo otra. Nos fuimos al coche y en esto que llega la policía. Eran cuatro, dos delante y dos detrás. Nos pillaron la china y nos llevaron a comisaría. Nos hicieron bajar unas escaleras, nos pusieron en pelotas y a hacer flexiones para ver si teníamos más costo. Me hablaban en inglés y yo contestaba: «I’m The Drugs, Slash, Guns N’Roses, The Clash». A ver si me entendían [risas]. Me dijeron que si me volvían a detener no podría volver a Gran Bretaña, cosa que de alguna manera me daba igual, porque tampoco es que me entusiasme. Cuando volvimos a nuestro coche miramos por el suelo y encontramos la china que habían tirado. Así que al menos pudimos celebrar algo.

En las Ventas, en el Monstruos del Rock, tocáis La araña entera del tirón y el público se queda frío.

Siempre estábamos los mismos grupos en todos los festivales. Yo estaba hasta los cojones. A los demás no les iba a cambiar el repertorio, pero al menos hice que nosotros tiráramos por La araña y… fue nuestra crucifixión. No nos volvieron a llamar, pero me alegro. Siguen llamando a los mismos para que hagan lo mismo. ¡Que han pasado años, tú!

Cómo vives la etapa, digamos, de aterrizaje, de Insolencia y Salud y rocanrol hasta La venganza de la abuela.

Fueron diferentes tipos de bajones. Insolencia lo viví muy bien, por ejemplo. Grabamos todos a la vez, otra vez con Dennis Herman, en Las Landas, que encima hubo un huracán, se cayeron árboles, se cortó la carretera, pero fue una forma muy bonita de trabajar. Es el disco menos vendido, una hostia comercial del copón, pero a mí me gustó, fue muy bonito. Salud y rocanrol, otro directo, creo que es un disco que sobra, pero teníamos que terminar el contrato con Polygram y un disco en estudio cuesta la hostia y para mí era un curro del copón. Yo no podía tampoco ponerme a hacer un rollo de relleno, así que llegamos a este acuerdo.

En tu siguiente proyecto en solitario, La Venganza de la Abuela, te metiste de lleno en las nuevas tendencias de entonces, Marilyn Manson, etc.

Estuve siete años preparándolo. Como aprendí de Txarrena, paré Barricada para dedicarme exclusivamente a esto, pero mientras que Txarrena vendió cuarenta mil copias y pico, este no lo compró ni mi familia. Incluso mi pareja me preguntaba qué hostias había grabado, si es que estaba majara. Íbamos a los pueblos a tocar y había más gente en la prueba de sonido que en el bolo, pero sigo pensando que fue una experiencia bonita.

Creo que es muy difícil que un grupo tenga más de tres discos seguidos buenos, pero Barricada tiene ocho. Hablar de declive después de La araña igual es un tanto relativo…

Nos sobraron trabajos, como el disco en directo, como la banda sonora de la película Suerte, el recopilatorio de singles, el del veinticinco aniversario y, personalmente, creo que desde La tierra está sorda hasta que ellos dejan el grupo sobra todo también. Sin todo eso sería más comprensible cada paso que se ha dado y el porqué. Es más fácil seguir a Los Suaves, Rosendo, a Fito, a Extremoduro que a Barricada. Con Acción directa comenzó otra época para el grupo, pero más en el plano comercial que personal. Las relaciones entre nosotros estaban muy tocadas por todo el rollo de la perica. Unos pensábamos que había que ir frenando y otros no… A mí me empezó a cansar tener que estar empujando. No le iba a pedir a nadie que escribiera las letras de las canciones, pero ¡aporta algo con la batería o con la guitarra! Luego enlazábamos un trabajo con otro y yo también quería disfrutar de mi familia, como todos. Llegó el Bésame, que nos lo curramos entre Alfredo y yo, y ahí dije se acabó. Vi que los discos sonaban bien pero habíamos perdido el poder de sorpresa, que para mí es fundamental. En la gira de Bésame les dije que lo iba a dejar. Fernando, el batera, no aportaba absolutamente nada más que mal rollo cuando íbamos a tocar. Boni llevaba sin hacer una canción desde Por instinto. Estaba agotado y las relaciones eran catastróficas, pero me convencieron para seguir. Entró Ibi, nuevo batería, y desde el primer día le pusimos al 25%. Tanto Alfredo como Fernando no estaban en el primer disco y también les puse al 25% a cada uno en todo. Esa fue una decisión mía. Pero en cuanto nos metimos a grabar vi que Ibi no había entrado en Barricada, sino en la banda de Alfredo. «Este no ha entendido nada», me dije.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 7

Pero llegáis a la La tierra está sorda, el disco conceptual sobre la Guerra Civil. Un curro de documentación enorme, el libreto tenía ciento ochenta páginas.

Me leí La voz dormida de Dulce Chacón y me di cuenta de que no tenía ni idea de la Guerra Civil. Yo creía que los de los ochenta éramos la rehostia, que habíamos cambiado el sistema político, y lo que hicimos fue bailar sobre la tumba de los nuestros. Me pasé entonces cuatro años rulando por el país investigando el tema, escuchando a la gente y leyendo libros. Y me fui con mi socia, no me acompañó nadie del grupo. Para que luego digan que me han hecho un favor dejando que esto salga con Barricada. El trabajo me lo eché yo a la espalda y salió por pelotas, porque de hecho es que fue así como habíamos sacado los anteriores discos. Pero ellos se lo perdieron. Fue muy enriquecedor y hubiese estado bien que se hubiesen enriquecido todos, tanto por la aportación musical como por la temática. Me he leído unos cuatrocientos libros sobre la represión en España. Es ya una obsesión. Y por eso fue la primera vez que les dije, ya cansado, que en ese disco no íbamos a repartir todo en autores al mismo porcentaje como hasta el momento. Aunque, ojo, solo cambié el porcentaje, les seguí poniendo de autores y había canciones escritas y compuestas íntegramente por mí. Podría haber sido una hostia comercial, pero resulta que sí que dio. Volvimos a un lugar en el que hacía tiempo que no estábamos.

En la gira decidí que el disco se tocase íntegro, yo no hago canciones de relleno, todo tiene un sentido. También me puse en contacto con gente de la CGT de enseñanza en Aragón y buscamos cómo entrar a los institutos a tocar. Un maestro me dijo que era muy interesante para los de bachiller, que estaban dando la Guerra Civil. Hasta ese momento no sé cuántos grupos habrán entrado en un instituto a tocar. Para mí fue un logro; un logro precioso, entrar en el instituto un día de diario por la mañana, tocar, explicar cada canción, que los alumnos preguntasen.

En el libreto me esforcé para que no estuviera distorsionado por mi punto de vista. Soy anticlerical, antimonárquico, pero lo que quise plasmar fue el hecho histórico. En un principio, con que se hubiese interesado una sola persona por la guerra, me habría dado por satisfecho, pero es que fueron más de uno. Todo esto me ha servido para ahora girar con la gente con la que estoy por salas de cultura y teatros y tengo pensado hacer una toma de lugares relacionados con la memoria, como los Pozos de Caudé, el campo de concentración de Castuera, el monumento de Santacruz de Moia en Cuenca a los guerrilleros. Ir con un generador y una furgoneta a tomar esos lugares y hacer un acto de apoyo, porque son monumentos levantados gracias al tiempo y a la constancia de mucha gente que está en las asociaciones de memoria histórica.

Y en los camerinos, Aquarius.

[risas], hace casi diez años que dejé el alcohol y todo tipo de sustancias. Ahora disfruto mucho más todo lo que hago. Y ahora precisamente es cuando soy menos políticamente correcto. Me llevo muy mal con los periodistas en general. Yo no voy a pagar trescientos euros por poner una faja en una revista, ni voy a poner un banner en tu puta web ni pollas. Si quieres hablar del Drogas, habla. Si no hablas de mi disco, tú eres el que está eclipsando al público. A mí… qué cojones, yo ya sé quién soy.

Rescataste Txarrena y te expulsaron de Barricada.

Decidí parar Barricada después de La tierra está sorda porque fue un trabajo denso de cojones. Me junté con Brigi Duque, de Koma, y unos amigos a hacer algo más liviano. Al repertorio que hicimos lo llamamos Azulejo frío y le pusimos el nombre de Txarrena, porque no lo había disfrutado en su momento. Grabamos, echamos a andar un año y tan a gusto. De Barricada no tenía ni idea de qué pasaba. Andaban toreando y de repente me enteré de que habían pillado bajista. Aquello fue el no va más. Decían que yo quería seguir con Txarrena. Realmente, si hubiese querido dejar Barricada me habría llamado el Drogas desde el primer momento. Ahí hubo un momento muy jodido en el que empecé a recibir hostias por todos los lados. La gente empezó a decir que me he ido de Barricada, ¡que me he portado mal con el grupo! Todo muy cultivado por el Boni y por Alfredo. Pero ahí se quedó la historia, porque justo en esas fechas es cuando diagnosticaron alzhéimer a mi madre y ya pasé a vivir las veinticuatro horas con eso.

Con Barricada quería hacer parones largos, como los de cuatro años que hacen Extremoduro o Marea, pero al expulsarme cogí y, con la misma gente con la que estaba en Txarrena, pasé a llamarme El Drogas y saqué ese disco, Demasiado tonto en la corteza, dedicado tanto a lo vivido con mi madre por la enfermedad, lo de Barricada y la historia política. Sacamos el disco un 28 de diciembre e hicimos la presentación por las calles de Pamplona en tres sitios diferentes sin pedir permiso ni hostias. Lo gracioso es que estos bolos improvisados me coincidieron con la despedida de Barricada, que iban a tocar aquí. Hasta los cojones acabé. Saco un disco con un curro del copón y toda la prensa preguntándome si iba a ir al concierto. Pero ¿para qué iba a ir a tocar a la despedida si me habían dado la puta patada? Así que contesté que sí, que un día estaría en las puertas pares y otro en las impares. Y nada, el periodista lo puso en primera página del periódico de aquí. Se montó la de dios. ¡El Drogas! ¡Qué hijo de puta! [risas]. ¡Vamos a tener que apedrearlo! Luego ya venía explicado en la noticia que era una broma y claramente no iría, pero al redactor le dio por meterlo y fue un gol por toda la escuadra. Eso sí, a partir de ahí me empecé a llevar mal con todo dios.

Ahora te estás marcando conciertos de tres horas.

Solo hay dos artistas que hagan conciertos tan largos: Bruce Springsteen y Raphael. Son cuarenta canciones, pero antes nos telonea un grupo de música melódica cristiana, Ángel Casto y los Honestos, que somos nosotros disfrazados como los de «Amo a Laura». En la batería llevamos el smiley que dice: «Sonríe, Dios te ama». Lo gracioso es que me invento chorradas, como que el Drogas obliga a Ángel Casto a pagarle por actuar y la gente, con el rollo del Facebook y tal, se lo cree [risas]. Me acusan por ahí de pesetero por lo que le he hecho a Ángel Casto [risas].

También has escrito un libro de poesía , Tres puntadas [Desacorde Ed.].

Fue por Nine Inch Nails. Después de escuchar eso vi que lo único que podía hacer era leer poesía y dejarme de música.

Dices en una que la lluvia es tu patria.

Sí, porque llueve donde quiere y cuando quiere. Las gotas no tienen banderas. Quiero que mi patria sea tu piel y tu sombra, mi bandera. La lluvia y el gitano es lo mismo. El apátrida. Soy parte de donde piso y tú eres parte de donde pisas…

Luego hay otra sobre la eutanasia.

Creo que es tan importante vivir con calidad de vida como morir con calidad de muerte. Si la vida es un aprendizaje desde que naces hasta que mueres, por favor, que lo último no sea la nota que te pone el maestro, porque ahí suspendemos todos. Es decir, quiero ser yo quien decida el cuándo y el cómo. Y sobre todo le tengo mucho miedo al dolor. He visto morir a mi padre de cáncer y son dos años muy jodidos. Tengo a mi madre con alzhéimer y lleva un degenere del copón. Es una enfermedad muy cruel.

Y ahora has sacado uno de poesías para niños, Las zapatillas de volar [Desacorde Ed.].

Era un reto más. Lo de los críos siempre me ha llamado la atención, sobre todo quería que fuese una historia ilustrada. Fueron un conjunto de cosas que se dieron en mi cabeza y lo tenía que sacar adelante. Lo he hecho en formato de haikus porque me gusta la escritura breve. Bueno, yo lo llamo así pero no son exactamente haikus. Mi intención es que vaya dirigido al niño que todos llevamos dentro. No tanto el público infantil entendido como edad, sino el espíritu.

Me ha llamado la atención el verso «rápido mosquito como un navajazo». Aunque sea un libro para niños, ¡tiene que haber un navajazo!

Joder, cuando les pique un mosquito lo van a saber. Sobre todo cuando se rasquen el picotazo, que es la sensación del navajazo. Los críos entienden todo eso. Yo de hecho he llevado más veces navaja cuando era crío que luego, para coger una rama y pulirla para hacer un tirachinas, cosas de esas. De niños todos llevábamos navaja para hacer nuestras cosillas y a nadie se le ocurría ni por lo más remoto pinchar a otro con ella.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 8

Fotografía: Humberto Bilbao


Dios salve a los Cosmic Psychos

Cosmic Psychos. Imagen: Desperate Records.
Cosmic Psychos. Imagen: Desperate Records.

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A veces uno escribe sobre una banda confiando en que otros, si no la conocían o no le habían prestado demasiada atención, puedan llegar a cogerles el gusto. Pero en esta ocasión voy a hablar de una banda que, supongo de antemano, gustará únicamente a una minoría. Ojalá no fuese así, pero no me hago ilusiones. Pero no se trata de que a usted le llegue a gustar o no su música. Se trata de que llegue a amarlos por lo que son. ¿Y qué son? ¿Saben ese amigo tarugo que tenían a los quince años al que se vuelven a encontrar pasado el tiempo y sigue siendo igual de tarugo, pero ahora con plena consciencia y orgullo de serlo? ¿No es una sensación maravillosa? Es casi como rejuvenecer de golpe. Pues bien, eso es lo que son los Cosmic Psychos.

Si usted era un niño que fingía tocar una guitarra con una raqueta y se imaginaba ante un público que admiraba boquiabierto sus feroces solos, entenderá lo que significa la expresión «fantasía del rock and roll». Hasta Bad Company tenían una canción titulada precisamente así; no estaba entre sus mejores, todo hay que decirlo, pero la letra describía a un crío dando saltos en su habitación mientras su madre lo estaba llamando, cabe suponer, para algo tan aburrido como ir al colegio. El rock siempre ha tenido un componente de ilusión infantil que se prolonga a lo largo de la vida y quienes lo practican o lo siguen ni siquiera se molestan en negarlo. Las personas maduran, unas mejor que otras, pero resulta más fácil dejar de creer en los Reyes Magos que dejar de creer en Little Richard o en Elvis Presley. Y eso que sobre el papel se trata solo de música. Pero eso es sobre el papel; la fantasía ni siquiera es algo exclusivo del rock. Nadie se imagina a Plácido Domingo ofreciendo un concierto con chándal y cadenas de oro, ni a un cantaor flamenco vistiendo una camiseta de Judas Priest y haciendo cuernos en plena actuación, ni a Mocedades animando a su público con un «c’mon motherfuckers!». ¿Por qué no? Pues por motivos no menos infantiles, ya que pensar que un traje de pingüino hace mejor a un cantante de ópera es como creer que cambiando la etiqueta de una botella habrá mejor whisky dentro. Pero así es como la gente lo concibe. Forma parte de la cultura de cada género y de las referencias de cada cual.

Por eso mismo, la pervivencia de la fantasía infantil en nuestro subconsciente hace que resulte embarazoso ver a Steven Tyler en el jurado de un concurso televisivo, aunque los antiguos discos de Aerosmith no van a ser peores por ello. Pero también sabemos que no necesita el dinero y que todo es producto de algo todavía más pueril, pero pueril en el mal sentido, como es la necesidad de que hablen de él todo el tiempo. O, no sé, cuando Chris Cornell decidió que ya era lo bastante maduro como para demostrar su eclecticismo grabando sintonías para máquinas tragaperras. Sí, dirá usted, estas son cosas que no tienen la menor importancia, porque lo bueno que estos tipos han grabado ya está ahí para quien quiera escucharlo. Pero no me niegue que arruinan un poco la magia. La fama y el dinero afectan a muchas estrellas del rock, esto es un hecho comprobado. Algunos se hunden en las drogas para no volver a salir, como Phil Lynott. Otros empiezan a deambular por ahí con pistola, como Jerry Lee Lewis. Otros aspiran al Premio Nobel de la Paz, como Bono. Y también los hay para quienes la fama se limita a empeorar lo que ya de malo había en sus vidas, como Kurt Cobain. En fin, existen ejemplos a puñados. Por eso es agradable ver que hay gente que no cambia. Prince sigue siendo Prince y no se pone a sacar videoclips repletos de niños del tercer mundo. No me entiendan mal, no es que eso tuviese nada de malo, al contrario. Pero para qué negarlo, ¡tiene su gracia que Prince continúe en su torre de marfil! Eso sí, aunque nos guste su forma de ser, resulta difícil identificarse con él. Yo por lo menos no me imagino compartiendo una cerveza con Su Princísimo y hablando de nuestras cosas.

Pero no hace falta ser Prince para mantener intacta la aureola de fantasía.

Escuché por primera vez a los Cosmic Psychos con su segundo disco, Go the Hack. No sabía quiénes eran aquellos tipos ni de dónde salían, pero el disco era un pedazo de roca. Para describirlo, solo se me ocurre decir que sonaba como si alguien hubiese inyectado esteroides al disco de debut de los Stooges, sustituyendo a Iggy Pop por un convicto de Alcatraz. O que sonaba como si los Ramones más pasados de vueltas del Halfway to Sanity (los de «I’m not Jesus» o «I lost my mind») se hubiesen vuelto más locos todavía. En fin, me pareció un disco fantástico, aunque no demasiado sofisticado, y todavía hoy me impacta su solidez. Pese al sonido enlatado, casi de maqueta y propio de una grabación realizada con poco presupuesto, canciones como «Lost Cause», «Go The Hack», «Elle», «Back in Town», «Pub» (¡la de veces que pude llegar a escucharla!), junto con la ausencia de xilófonos o cascabeles, dejaban claro que estos tipos no aspiraban a convertirse en The Cure. En fin, insisto, música que gustará a unos y a otros no; desde luego la sutileza no era su fuerte. La cuestión es que sin conseguir demasiada fama y procediendo de la lejana Australia, Cosmic Psychos se convirtieron en un grupo de culto con pocos pero muy fieles seguidores en diversas partes del mundo, lo que les ha permitido siempre hacer giras internacionales actuando en pequeños o medianos clubs, incluyendo varias visitas a España, donde enternecían a los asistentes con sus baladas repletas de sensibilidad. Su discografía posterior no varió un ápice de aquel estilo. En plena explosión del grunge, ellos seguían a lo suyo con un disco de título tan apropiado como «Tipos de los que te puede fiar» en donde, como insólita novedad, incluían una versión acústica de una de sus canciones anteriores, aunque seguían sin sonar a cantautores. O aquel otro disco llamado «¡Oh, qué bonito pastel!» y su muy cristiana portada, disco que contenía nuevas canciones con títulos tan bucólicos como «Motosierra». Tampoco estaba mal la imagen tribal que adornaba la portada de Glourious Barsteds, uno de mis discos favoritos de la banda, que contenía bombazos marca de la casa como la grandiosa «Rain Gauge». En fin, que iban pasando las épocas y las modas, pero los Cosmic Psychos seguían a lo suyo como si nada, entregados a su particular visión de la poesía, la primavera y las cuestiones del espíritu, véase «El hombre que bebía demasiado». Sobrevivieron cuando algunos de sus miembros se marcharon, sobrevivieron incluso cuando su antiguo guitarrista Robbie Watts falleció en el 2006.

Imagen: Desperate Records.
Imagen: Desperate Records.

Me hago cargo; algunos de ustedes se sentirán horripilados por las canciones que están oyendo y ahora mismo piensan: «¿A dónde demonios quiere ir a parar ensalzando a este trío de cafres?». Bien, me parece justo. Pero recuerde: no se trata solamente de música. Volvamos a lo de la madurez. La capacidad de evolucionar, cuando es para bien, se trata de una valiosa cualidad en un artista. Los Cosmic Psychos no han evolucionado un ápice, eso está claro. En todos estos años, las farolas de mi antiguo barrio han cambiado más veces de estilo que ellos (Farolas 1 – Cosmic Psychos 0), pero lo contrario de una virtud no es necesariamente un defecto. Año tras año, esa fidelidad a sí mismos los ha ido distinguiendo de tantas otras bandas que se amaestran, o se creen de repente que han llegado a ser Artistas, con A mayúscula, y por ello graban discos vergonzosos para los que no estaban preparados: no todo el mundo puede ser Bob Dylan o Willie Nelson, aunque un número preocupante de músicos veteranos con la crisis de la mediana edad se convenzan de que sí lo son. Los Cosmic Psychos se han hecho mayores, como todo el mundo. Como decía, algunos miembros se marcharon, otro murió. Les han salido canas, han engordado, han tenido hijos y se habrán visto obligados tragar la misma mierda que todos los demás mortales, porque ni viven en mansiones ni tienen un avión privado para ir a visitar a Obama. Pero como nunca han dejado de ser proletarios, saben lo que sus fans esperan de la banda. Para quienes siempre les hemos admirado, tienen categoría de leyenda, por mucho que los Rolling Stones no los inviten a ir de gira. Pues bien, en 2015, unos Cosmic Psychos más maduros que nunca han descubierto el videoclip conceptual. Después de años de videos que consistían poco más que en tomas de directos, se han decidido a usar las cámaras para completar su mensaje artístico y espiritual con un toque cinematográfico. No, no me refiero a que, influidos por el espíritu de Meryl Streep, hayan adoptado el método Stanislavsky y se hayan puesto a actuar en plan dramón televisivo venezolano como hicieron Metallica en su momento. Lo de Cosmic Psychos, como cabría esperar, ha sido… digamos que algo con menos maquillaje.

El encuentro entre los Psychos y el séptimo arte (sí, lo sé, dicho así, ¡suena a cosa seria!) es un acontecimiento histórico que debemos a la edición de un nuevo disco, con título marca de la casa, Cum the Raw Prawn. Que es, por cierto, uno de los mejores discos que han grabado nunca. Primer aperitivo cinematográfico: el videoclip de «Fuckwit City». Está cantada —es un decir— por el guitarrista John McKeering, aunque sea el bajista Ross Knight quien se ha hecho cargo de casi todas las voces desde 1982. «Fuckwit City» significa algo así como «La ciudad de los gilipollas», lo cual da buenos indicios de que el pop sigue sin influir en la carrera de la banda. Su estribillo, que haría soltar una lágrima al más curtido fan de Joaquín Sabina, emplea la metáfora de manera sutil y elegante: «La ciudad de los gilipollas es el lugar al que perteneces». ¡Enternecedor! Por si esto fuera poco, McKeering nos deleita con tres intensos minutos de su inigualable carisma, digno de todo un patriarca de trailer park, mientras Knight saluda con elegancia a cámara y el batería Dean Muller, como absolutamente todos los baterías del mundo, se encarga de que no deje de fluir la cerveza. En fin, un videoclip que hace que Sons of Anarchy parezca la  nueva versión de Mujercitas. Si yo fuese dueño de una sala de cine, proyectaría este clip antes de todos y cada uno de los estrenos de Michael Haneke. Más que nada para aterrorizar a los espectadores recordándoles que los personajes de las películas de Haneke son actores, pero que los Cosmic Psychos… ¡existen de verdad!:

… Y hablando de Haneke, vamos con la Obra Maestra definitiva de la cinematografía del 2015. Hablo cómo no, del videoclip de «Better, not Bitter». La canción en sí es, como ya pueden suponer, una dulce balada que nos envuelve con otro vaporoso estribillo, susurrado por Ross Knight con el más sofisticado acento de la Australia profunda («It’s fuckin’ bullshit, mate!») sobre un riff de guitarra que haría funcionar el motor de un petrolero. Con dos cojones, como si todavía estuviesen en 1987. Pero lo que de verdad me ha ganado el corazoncito es el videoclip. Veamos: tres tipos, cuyo automóvil se avería, quedan aislados en mitad de una de esas interminables carreteras rurales australianas sin que nadie parezca querer pararse a recogerlos. Nadie, hasta que se encuentran con los Cosmic Psychos. Y no, no es como encontrarse con Iván Ferreiro para tener un debate sobre la importancia de Twitter como herramienta de intervención lírica. Para qué engañarnos, el videclip ni siquiera tiene el mejor guion (si es que tiene guion) o los planos más sofisticados. Pero ya hemos visto que los Cosmic Psychos no se obsesionan con la estética. Lo suyo es algo más existencial, en realidad. Más de reencontrarse con uno mismo. Hace poco perdimos a Lemmy, así que Motörhead dejarán de existir, pero todavía hay gente como los Psychos, que son aquellos viejos amigos con los que uno siempre puede tomarse una cerveza sin que se pongan a recitar en plan cacatúa la última columna de opinión que han leído en la prensa. No necesitan lentejuelas ni limusinas para mantener intacta la fantasía del rock & roll. Les basta con su actitud y sobre todo con su sentido del humor (¿se imaginan a Antonio Orozco grabando un vídeo semejante?). Y porque verlos es como volver a sentirse un adolescente durante algunos minutos. Y eso, amigos, es algo que no tiene precio. Hay que amar a estos tipos. En pleno 2015, y mírenlos. Como si nada. Que duren muchos años, porque el mundo sería un lugar más aburrido sin ellos. ¡Dios salve a los Cosmic Psychos!


Lemmy 1945-2015

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