Épica asturiana

Detalle de la portada de La balada del Norte, de Alfonso Zapico. Editorial Astiberri.

Esto de la Revolución es una milonga, porque nos dijeron que era el sueño de todos…
… pero era mentira.
Era el sueño de cada uno.

Ya no se hacen revoluciones como las de antes. Las redes sociales nos han enseñado a calentarnos como nunca y a mosquearnos sobremanera por cada una de las decenas de injusticias que recibimos cada día en nuestra bandeja de entrada, nuestro muro, nuestro TL. Nos hemos dado cuenta de que el mundo está lleno de hijos de puta, y eso molesta. Pero esas redes también han logrado disolver todo el malestar que promueven en un inocuo puñado de mensajes —llenos de exabruptos, eso sí—, que para colmo nos pueden llevar a prisión por ofensas o enaltecimientos de vete tú a saber qué que, cerrando el círculo, nos llevará a nuevos encabronamientos igualmente estériles. Supongo que gran parte de la culpa de esa disolución instantánea de la ira está en el acceso a tanta información y, con ello, en poder cabrearnos por tantas cosas simultáneamente: no nos da tiempo a reivindicar una causa cuando ya tenemos las siguientes haciendo cola y empujando para tener su minuto de atención. Y así no se puede.

Sin embargo, antes de tanto interné y tanta red social, nuestros padres y abuelos vivían prácticamente incomunicados de todo lo que no tuviera lugar en su pueblo y cercanías, aunque poco les importaba al vivir continuamente puteados por sus propias condiciones de vida, o de trabajo, ya que se pasaban el día dándole al callo en régimen de semiesclavitud (¡oh, sorpresa, como sucede en la actualidad con gran parte de las poblaciones de los países tercermundistas!). Y fíjate que esa jodienda vivida exclusivamente en primera persona lograba mezclarse en una mucha mayor concentración de mala follá y como resultado surgían revoluciones de las de sangre, pólvora y lágrimas.

Alfonso Zapico no quiere que nos olvidemos de todas las personas que intervinieron en el conflicto armado nacido de la huelga general revolucionaria que estalló la noche del 5 de octubre de 1934 —unas por formar parte de alguno de los bandos, otras por pura circunstancia— y, sobre todo, no quiere ponerlo fácil a la hora de juzgarlos, ya que se cuida mucho de que etiquetemos con facilidad a unos y a otros al presentarnos relatos personales, particulares, únicos. Porque, aunque nos cueste aceptarlo, miserables hay en todos lados, sea en nuestra casa o en la del vecino, y también esperanza en las personas independientemente del uniforme que vistan, tal como explica Javier Pérez de Albéniz en el prólogo de este segundo tomo de lo que se está convirtiendo, por derecho propio, en una trilogía imprescindible de la novela gráfica española.

El autor ha sabido capturar con ojo crítico la historia de su tierra y se dedica en esta Balada del norte a acercar la lupa hasta el detalle de las vidas de personas como Tristán, Apolonio o Isolina, protagonistas de la última gran revolución obrera de Europa. Personajes a los que conocimos en el primer tomo y de los que nos encaprichamos, por qué negarlo. Zapico construye psicologías profundas, llenas de claroscuros, que nos hacen encariñarnos con los conflictos internos de sus dueños, a los que conocemos durante la tensa calma de lo que está por venir. Si en la primera entrega todas las piezas se iban disponiendo sobre el tablero de Montecorvo y cercanías, este segundo libro es pura acción desde la primera página.

Se agradece el alejamiento de visiones maniqueas, presentando héroes y villanos a ambos lados de la barricada. No cabe duda de que Zapico está cómodo en el ámbito del cómic histórico y, en general, de la crónica de un pasado y un presente que no puede verse reducido al «buenos contra malos» al que nos empujan medios de comunicación y prejuicios varios. (Ahí estaba, por ejemplo, su Café Budapest, entrando en el conflicto palestino-israelí a través de la historia personal de sus personajes). De esta forma, asistimos a la crueldad de los revolucionarios, una brutalidad surgida como resultado del odio y el rencor puestos bajo la presión de la mina y las inhumanas condiciones de trabajo, pero también descubrimos la pasividad de sus rivales, que desde una torre de marfil —no tan inalcanzable como piensan— disfrutan de una tranquila partida de cartas bajo fuego enemigo. Y, sobre todo, nos enganchamos a multitud de relatos personales que no entienden ni de izquierda ni de derecha, porque son universales. La difícil relación entre el marqués y su hijo, Tristán, un joven intelectual cuya poca vida por delante le hace replantearse cómo pasar sus últimos días y con quién. El visible distanciamiento entre Apolonio, pragmático hasta la médula, y su hija Isolina, que de criada del marqués se eleva (o desciende) a un puesto de miliciana en la Revolución. Y el papel de Amalia —¡mi querida Amalia!— en un segundo plano que espero que gane protagonismo en el desenlace de esta historia de historias.

A nivel narrativo, la propuesta bélica de Zapico no desentona con el acercamiento intimista a las historias de los personajes. A pesar de la crudeza del conflicto, rasgo que Zapico no duda en reproducir si así lo pide la trama, encontramos grandes muestras de lirismo. Los poemas o fragmentos de relatos de autores como Chéjov o Pushkin decoran las páginas de la misma forma que la elección de viñetas nunca es casual, así como los acontecimientos que descubrimos en ellas. Por ejemplo, ese pajarillo que se posa sobre la baranda del balcón junto a Tristán, a quien observa antes de emprender el vuelo asustado por la reanudación del fuego cruzado. La elección de un estilo más libre en el trazo acompañado de sus característicos grises encaja muy bien con ese Oviedo que sufre bombardeos y tiros, aunque tal vez en unas pocas ocasiones se echen en falta los elaborados fondos del primer tomo. Tal vez sea por el foco cada vez más encima de los personajes y de sus mundos internos, pero sea como sea, y aunque el formato de la obra no pida un elevado nivel de detalle, siempre se agradece disfrutar de la línea suelta del artista.

Es imposible no recomendar esta lectura a quien ya quedó embelesado por los personajes que habitan este espacio entre lo ficcional y lo real que es Montecorvo. Aquel primer tomo nos presentó a quienes han entrado en acción a lo largo de estas páginas, y que nos abocan a un desenlace histórico que, pese a ser crónica de una derrota anunciada, nos atrapa con la incertidumbre del qué vendrá después. Queremos saber cómo abordará Zapico esa desmedida represión de la revolución. Pero, sobre todo, queremos conocer el destino de nuestros personajes. Qué sucederá con los revolucionarios. Y qué pasará con Isolina y Tristán, con la soga al cuello por el conflicto, pero, aun si se supera ese problema, teniendo la enfermedad pendiendo sobre él. Una narración plagada de derrotas que es toda una victoria del autor.


¿Qué película ha retratado mejor el movimiento obrero?

Parece que algo está pasando estos días y seguro que todo el mundo tiene una opinión al respecto, así que para qué añadir otra. Lo importante es participar y enhorabuena a los premiados. En cualquier caso ha sido una ocasión para volver a escuchar repetidamente el término «obrero», a unos con sarcasmo y a otros con melancolía. Qué mejor momento entonces para repasar la manera en que el cine ha retratado un movimiento reivindicativo que marcó decisivamente la historia contemporánea europea y en menor medida la del resto del mundo, dando lugar a un puñado de buenas películas e incluso alguna que otra obra maestra. Así que voten su favorita o añadan alguna otra si lo creen necesario.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Germinal

Imagen de Renn Productions.
Imagen de Renn Productions.

Antes de nada, situémonos: tanto esta como las siguientes películas incluidas en esta lista son la perfecta antítesis del «cine de tacitas». Es la lucha de clases hecha subgénero cinematográfico. El té y las pastas son sustituidos por el vino peleón y la panceta, los sombreros aparatosos y polisones dejan paso a las características gorras obreras y la ropa de pana y, en definitiva, la lánguida Keira Knightley con su sonrisa bajando la mirada cede el sitio a un Gérard Depardieu que lanza arengas enfervorecidas a obreros en huelga y saca pecho ante las bayonetas. La novela de Émile Zola tuvo una primera adaptación cinematográfica en 1963, aunque esta versión tres décadas posterior es más recordada.

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Novecento

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Aquí tenemos de nuevo a Gérard Depardieu y, como en la anterior, se rinde también homenaje al cuadro El Cuarto Estado. Estamos ante una epopeya enormemente ambiciosa en la que Bernardo Bertolucci se propuso narrar la historia de Italia durante la primera mitad del siglo XX. Su duración de más de cinco horas la hizo poco adecuada para los cines, resultando más apta bajo un formato de miniserie de cuatro episodios, que es como puede encontrarse en YouTube.

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El acorazado Potemkin

Imagen de Goskino.
Imagen de Goskino.

El 27 de junio de 1905 los marineros del acorazado Potemkin se rebelaron contra sus oficiales y pusieron rumbo a Odesa bajo una bandera roja. Lenin consideró este episodio un ensayo de la revolución que le daría el poder, así que el vigésimo aniversario de aquella fecha se celebró con una película propagandística que supo estar a la altura. Eisenstein creó un estilo narrativo que tuvo una enorme influencia en todo el cine posterior. La cinta ha sido copiada y homenajeada desde entonces en cada detalle de todas las formas imaginables, por ejemplo en Titanic los planos con los pistones a pleno rendimiento son un claro guiño. Y qué decir de la escena del carrito del bebé despeñándose por la Escalera Potemkin de Odesa, si no la recuerdan de Los intocables, entonces de Agárralo como puedas o de Brazil. Aquí pueden ver este clásico.

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Daens

Imagen de Dérives Productions.
Imagen de Dérives Productions.

Se ha señalado a menudo, y no es a estas alturas una sorpresa para nadie, que el movimiento obrero ha tenido mucho de herejía del cristianismo. Un ejemplo nítido de ello lo encontramos en el sacerdote belga Adolf Daens, un hombre sinceramente convencido de lo que leía en los Evangelios sobre la compasión por los débiles y los desheredados del mundo. La explotación infantil, el sufragio censitario, los horarios laborales interminables, las pésimas condiciones sanitarias e ínfimos sueldos que soportaban los fieles de su parroquia le partían el corazón y le llevaron a enfrentarse abiertamente a los propietarios de las fábricas y al poder político, fundando un partido que le costaría la condena del mismísimo papa. Este biopic nos muestra su trayectoria.

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Jimmy’s Hall

Imagen de Sixteen Films.
Imagen de Sixteen Films.

Una selección de este tipo que no incluya algún film de Ken Loach se quedaría no ya coja, sino manca y tuerta. Así que mencionaremos la más reciente, que está entre las mejores que ha hecho. Es también biográfica, en torno a James Gralton, uno de los líderes de lo que más adelante sería el Partido Comunista Irlandés. Tras regresar de Estados Unidos abre un local de reunión para los jóvenes, cosa que terminará enfrentándolo a los poderes fácticos de la localidad.

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Los miserables

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Las revoluciones burguesas y liberales del siglo XVIII y comienzos del XIX fueron dejándose impregnar por el movimiento obrero, con causas indisociables de ambas como el sufragio universal. La insurrección de junio de 1832, motivaba tanto por ideales republicanos como por la crisis económica, nos sirve como un ejemplo de ello. Ese fue el escenario elegido por Victor Hugo para su novela, que más adelante sería adaptada a un musical, que a su vez conocería una versión en cine en 2012 con Hugh Jackman cantando a grito pelado.

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Tiempos modernos

Imagen de United Artits.
Imagen de United Artits.

Charles Chaplin nos propuso una crítica al sistema de producción industrial que acaba convertido en un monstruo que devora a sus trabajadores. Esta imagen suya arrastrado por enormes engranajes ha llegado a ser una de las más icónicas de la historia del cine.

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La clase obrera va al paraíso

Imagen de Euro International Film.
Imagen de Euro International Film.

Algo parecido a lo que vemos aquí, con empleados de una fábrica alienados por un trabajo que ha perdido todo su sentido. Recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1972 y contiene un humor muy ácido del que no se salvan tampoco unos pedantes universitarios de extrema izquierda de quienes dice entusiasmado el obrero protagonista a su mujer: «¡Si supieras cómo hablan, uf, no se les entiende nada!».

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¡Vivir!

Imagen de Shanghai Film Studios.
Imagen de Shanghai Film Studios.

Por añadir otra perspectiva a la europea y americana, así es como describió Zhang Yimou la revolución maoísta y el Gran Salto Adelante.

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Mi hermano es hijo único

Imagen de Cattleya.
Imagen de Cattleya.

Ambientada en la Italia de los años sesenta, narra el enfrentamiento entre dos hermanos, uno marxista y el otro fascista… al menos hasta que este último conoce a una amiga del otro, tan guapa que no nos sorprende que abrace el ideario que haga falta para aproximarse a ella. Toda la película rebosa nostalgia y un humor entrañable, como la escena en la que asaltan una sede política con un crucifijo en la mano, quizá confundiendo a los comunistas con vampiros.

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¡Qué verde era mi valle!

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

John Ford hizo aquí un retrato muy sutil, optimista sin ser ingenuo, de un pueblo minero galés y de los conflictos sindicales y políticos que afrontaba, evitando en todo momento el maniqueísmo tan común en esta clase de películas. La tradición y la modernidad a veces pueden chocar, nos dice, pero decantarnos incondicionalmente por una u otra es como pretender andar con una sola pierna.

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La ley del silencio

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Toda narración acostumbra a ser una fábula moral con buenos y malos, por eso a veces es interesante darle la vuelta a los papeles. A diferencia de los anteriores ejemplos en este caso los villanos no son los patronos sino los sindicalistas, cosa por otra parte frecuente en la ficción estadounidense, ahí tenemos también a Jimmy Hoffa y Frank Sobotka. Esta película fue también una forma de justificarse de Elia Kazan por su papel como delator de sus antiguos compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1952.

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Metrópolis

Imagen de U.F.A.
Imagen de U.F.A.

Estamos ante una obra maestra del expresionismo y de la ciencia ficción, enormemente imaginativa e inspiradora aún hoy. Thea von Harbou, la esposa de Fritz Lang, fue la autora del guion y era bastante nazi a decir verdad, aunque aquí tampoco se nota demasiado. La reconciliación de clases sociales que anhelaba el nacionalsocialismo está presente, pero expresada de una forma benevolente y con otro estilo que el de los guiones que firmaría en los años treinta, una vez que su ya por entonces exmarido había huido a Estados Unidos. La película pueden verla aquí.

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Titanic

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Concluimos con este clásico contemporáneo que merece ser incluido no solo por su vínculo anteriormente mencionado con El acorazado Potemkin, sino porque su trama hace especial hincapié en la diferencia de clases. Interiorizada hasta tal punto por Jack que acepta su lugar fuera de la tabla sin protestar, sin hacer la prueba de subirse ambos, de ir turnándose o directamente de dejarla a ella fuera, que ya ha vivido con bastantes privilegios hasta entonces, que se joda. Pues no, es el pobre de tercera clase el que tiene que morir congelado porque así es el orden natural de las cosas. Qué injusticia.

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La trascendencia del movimiento obrero en la lucha por los derechos políticos

Vista del gran encuentro Cartista en Kennington Common, Londres 1848. Daguerrotipo: William Edward Kilburn (Dominio público)
Gran encuentro Cartista de 1848 en Kennington Common, Londres. Daguerrotipo: William Edward Kilburn. (Dominio público)

A lo largo del siglo XIX se produjeron transformaciones fundamentales que sentaron las bases de nuestros gobiernos representativos. Probablemente la más importante fue la irrupción de las clases obreras, que lograrían a lo largo de un siglo de luchas algunas de las conquistas políticas más importantes de las que disfrutamos hoy. De los muchos movimientos de matriz obrerista que hubo por entonces uno de los más relevantes fue el Cartismo, el cual impulsó una importante agitación política entre 1838 y 1848. Mientras que en Europa las revoluciones liberales de 1848 dejaban claro que el Antiguo Régimen era insostenible, en el Reino Unido los obreros peleaban por los puntos recogidos en la People´s Charter, un documento firmado a medias por seis diputados y seis líderes sindicales.

En este artículo propongo el ejercicio de tomar las demandas que planteó este movimiento hace dos siglos y volver a mirarlas con los ojos de presente. Es curioso ver como algunas de estas propuestas las damos por sentadas, otras las seguimos discutiendo y alguna hasta es contradictoria con demandas muy populares hoy día.

1. Sufragio universal (masculino)

Probablemente una de las contribuciones más importantes de los partidos obreros ha sido la extensión del sufragio. Como es conocido, la mayoría de los regímenes representativos de la época eran censitarios, lo que establecía requisitos de renta o de propiedades para poder votar y presentarse. Esto, además, incluía la restricción del voto a las mujeres o a los negros. En determinados lugares, como en Estados Unidos, hasta había exámenes de alfabetización, muy empleados en los estados del Sur. Ello permitía privar del voto tanto a la población negra como a los más pobres (que tenían mayores tasas de analfabetismo), con lo que se mataba dos pájaros de un tiro. Estas restricciones se fueron retirando hasta que el sufragio universal masculino estuvo en vigor en casi todos los países de Europa continental para inicios del XX. La lucha de las sufragistas (que daría para otra entrada) consiguió que a partir de la I Guerra Mundial este derecho también se extendiera a las mujeres. Los negros en Estados Unidos habrían de esperar a 1965.

Hoy día parece que el sufragio universal es un derecho plenamente consolidado. Es más, estamos en un punto en el que nadie discute que es condición necesaria, aunque no suficiente, para que un país sea democrático. Pese a esto todavía podemos avanzar más en esta línea. El primer asunto es el debate, que no voy a reabrir, sobre si votar es un derecho o un deber, así como las implicaciones que tiene en nuestras democracias. Pero también tenemos el debate sobre un derecho que parece limitado en el ejercicio: el voto rogado. Como ha sido discutido muchas veces, tras la reforma de 2011 el voto es muy complicado de ejercer para la creciente población emigrada. ¿Podemos considerar que un derecho que no puede ejercerse es un derecho pleno? No parece, así que en este tema hay mucha tela por cortar. Algo parecido ocurre a la inversa. ¿Está bien que los inmigrantes extracomunitarios no puedan votar si no hay convenios específicos? ¿Y que los de la Unión Europea no puedan hacerlo en las generales? Todo son debates que quedan pendientes.

El establecimiento de los derechos fundamentales, como es el voto, choca siempre con el debate de a quiénes consideramos parte de la comunidad política. Al principio los pobres, los negros o las mujeres no eran considerados como tales o, si caso, subordinados al propietario o al hombre. Lo que habría que preguntarse es si no queda algún paso más que dar en este sentido.

Imagen: DP.
Imagen: DP.

2. El voto secreto

Los partidos de notables de la época, en los que conservadores y liberales legislaban en sus ratos libres, se basaban en redes clientelares. El notable local, fuera aristócrata o potentado, tenía perfectamente controlados y contados los votos. Al principio porque en el mismo colegio supervisaba qué nombre se depositaba en la urna. Más adelante, porque se estandarizó el modelo de papeletas y se repartía con adelanto para que sus trabajadores las depositaran. Esto implicaba que los partidos obreros lo tenían mucho más difícil porque había claras presiones en el colegio para que no se votara por sus candidatos, frecuentemente con intimidación o hasta violencia. Por eso mismo los cartistas insistieron mucho en que el voto fuera secreto. Progresivamente en los regímenes representativos se fueron recogiendo previsiones en este sentido, si bien no en todos los países con la misma fuerza.

Este derecho también se da por descontado de no ser porque en España ocasionalmente aparecen escándalos que señalan que algo no va del todo bien. ¿Podemos tener seguridad de que el voto es totalmente secreto en nuestro país? Aunque no sea algo masivo, hay buenas razones para revisar esta idea. Muchas veces los colegios no tienen suficientes cabinas o bien dentro de las cabinas no están todas las papeletas. Esto, mucho más exacerbado en ambientes rurales, hace complicado que tus vecinos no intuyan de qué lado de la mesa estás cogiendo papeletas. Además, mucha gente trae el voto preparada de casa. ¿Estamos seguros de que todo el mundo lo elige siempre de manera autónoma? Desde luego podemos hacerlo mejor. En países de América Latina son muchos más estrictos respecto al secreto del voto. Por ejemplo, en Argentina o Uruguay el voto solo se permite en el «cuarto oscuro”», normalmente una habitación, donde se toman las papeletas y elabora el voto. En otros directamente está prohibido traer el voto preparado desde casa.

El secreto del voto es fundamental para un voto en libertad. Una reforma que mejore el secreto de voto prohibiendo traer el voto de casa, obligando además a prepararlo en cabinas o cuartos, sería muy barata pero podría tener importantes efectos. Siquiera permitiría que nos ahorráramos insinuaciones que resuenan con demasiado estruendo y que conoce bien cualquiera que haya presidido una mesa electoral.

3. Sueldo anual para los diputados y abolición de la obligatoriedad de ser propietario para asistir al Parlamento

Una de las luchas más importantes que mantuvo el movimiento obrero para conseguir que los partidos de masas izquierdistas pudieran llevar a la clase trabajadora a los parlamentos fue obtener una remuneración por ser diputado. Obviamente esto no hacía falta cuando el sufragio estaba restringido a los rentistas —en sus modalidades censitarias—, pero a medida que se extendió a las clases obrera este argumento cobró sentido. Al fin y al cabo un trabajador no era libre para poder dedicarse a la política ya que necesitaban de ingresos para su subsistencia. Es verdad que tampoco es que de repente hubiera solo obreros en los parlamentos europeos (muchos eran abogados o periodistas) pero los partidos de masas, socialdemócratas en particular, obtuvieron por aquí una fuente más de financiación al margen de las contribuciones de sus militantes. En todo caso, lo que pedían los obreros era una cierta profesionalización de la política.

Sin embargo, decir que hoy día nuestros políticos deben ser profesionales o que deben cobrar (y a ser posible bien) es un tema disputado. Un argumento débil que se opone a esta idea sugiere que la política debería ser una actividad voluntaria, no remunerada, que nuestros políticos se dedicaran a hacer en sus ratos libres. Esta idea generaba cierta convergencia entre sectores de indignados y Maria Dolores de Cospedal, que quitó la remuneración a los diputados de Castilla-La Mancha. Sin duda querer abolir la política profesional es regresar al XVIII, cuando solo los rentistas se dedicaban a ella. La otra objeción, más fuerte, no habla sobre la remuneración sino de que se les debería bajar el sueldo. Lo que sabemos es que nuestros políticos cobran un poco menos que la media de nuestro entorno. Sin embargo, si uno descompone la fuentes reales de financiación (monetaria o en especie) verá que pese a que el salario es moderado hay importantes complementos salariales a través de dietas, presencia en consejos de administración, cargos solapados, etc. que hace que los políticos acumulen funciones, responsabilidades y sueldos. Esto, junto con otros escándalos sobre puertas giratorias —aunque sepamos que son escasos— ha llevado a hablar de reducir el salario de los políticos en España.

De todas formas es curioso lo desmemoriados que somos sobre la importancia de tener políticos profesionales para defender los intereses de quien no tienen tiempo ni recursos para poder dedicarse a la política. Por eso probablemente la reforma más importante que tenemos pendiente es ordenar y clarificar las remuneraciones para que sean transparentes, pero sin olvidar que la política también tiene un importante coste de oportunidad que merece ser bien retribuido. Siquiera por la dignidad de ser representante de la ciudadanía.

Fotografía: S. Robles (CC)
Fotografía: S. Robles (CC)

4. Elecciones anuales al Parlamento

A los líderes del movimiento obrero también les preocupaba que las mismas élites se perpetuaran en el poder mediante prácticas deshonestas. Por un lado, consideraban que su continuidad en el poder les daba facilidad para el soborno por parte de los grandes empresarios. Les preocupaba que las elecciones estuvieran compradas. Para intentar solventar esto lo que proponían era que hubiera elecciones lo más recurrentes posibles. Argumentaban que eso podría erosionar sus redes clientelares porque, pese a que trajera inestabilidad, ninguna cartera podría comprar cada doce meses a todos los votantes de su distrito. Así confiaban en que su representante no se desviara de la voluntad popular como estaba ocurriendo por entonces.

Algún eco de esta demanda hemos escuchado. Por ejemplo, esta medida se parece lejanamente a los revocatorios —si bien esta última medida es más complicada incluso que las elecciones periódicas—. Diferentes partidos han propuesto que se pueda «revocar» el cargo de un político si se considera que no cumple con su mandato de manera apropiada. Ello, en todo caso, tiene un peaje. Los políticos dejarán de tener incentivos para aplicar políticas de medio plazo y diferir beneficios a futuro ya que pueden enfrentarse a una moción de confianza en cualquier momento. Además, son fácilmente instrumentalizables y difícil de hacer compatibles con sistemas que no sean presidenciales o mayoritarios como la de aquellos países de los que se importan del continente americano. Del mismo modo, tener ciclos electorales más cortos también puede conectarse con las demandas de votar más veces y más cosas, es decir, democracia directa. Sin embargo, hay un matiz importante: el movimiento obrero era consciente de la dimensión de la igualdad en la participación. Mientras que votar en una urna es muy igualitario, las asambleas y la participación directa suelen ser para aquellos que tenían recursos, tiempo y ganas. Lo que querían los cartistas era menos corrupción con más rendición de cuentas de sus representantes.

Las demandas de elecciones más periódicas parecen haberse dejado de lado en favor de mayor estabilidad en los cargos, aunque las elecciones siguen siendo el mecanismo de rendición de cuentas por excelencia. Sin embargo, sí que es cierto que podemos avanzar bastante en términos de participación periódica en las decisiones públicas. ¿Más democracia directa? Puede ser una buena vía siempre que no nos olvidemos de que tan importante como participar es que todo el mundo tenga igualdad de acceso a las decisiones.

5. Cambio y ampliación en los distritos

La lucha de los cartistas y el movimiento obrero por la reforma del sistema electoral es larga y noble. Entre las primeras demandas en el Reino Unido estuvo la de creación de circunscripciones que representaran al mismo número de electores. Es decir, le pelea por que el voto pesara lo mismo en todos los distritos. Desde aquí en adelante estos partidos fueron los que más batallaron por conseguir sistemas proporcionales desde que Thomas Hare lo propuso por primera vez en 1865 y el final del siglo XIX. En un lapso de apenas treinta años casi todas las democracias decidieron adoptar este sistema: Austria, Dinamarca, Noruega, Suecia, Países Bajos… Con las notables excepciones de Reino Unido y Estados Unidos.

Hay un largo debate sobre quién fue el que movió pieza primero. Algunos han dicho que fueron los partidos liberales y conservadores que, temerosos de la fuerza de la emergente clase obrera, reformaron los sistemas para que fueran proporcionales y seguir teniendo capacidad de influencia. Sin embargo, un repaso histórico más en profundidad muestra que en realidad los partidos socialistas llevaban el cambio en sus programas. Es decir, que primero consiguieron representación y pelearon por la reforma, no al revés. No hay duda de que en nuestro país hoy la reforma electoral es un tema que dará que hablar porque nuevos actores políticos la llevan en su programa, si bien tenemos tanto quien pide más conexión entre representante y representado y quien pide más igualdad de voto. La cuestión clave está en que para las izquierdas el ligamen con la proporcionalidad siempre ha sido muy fuerte, justamente la demanda en la que más inciden los nuevos jugadores —también porque suelen ser partidos más pequeños—. Frente a los conservadores, que siempre han mostrado su admiración personal por el sistema de distritos mayoritarios, para la izquierda la igualdad en el voto siempre ha sido un aspecto fundamental.

Es muy probable que se vaya a abrir un periodo nuevo de reformas tanto en comunidades autónomas como a nivel estatal. ¿Veremos cambios hacia segundas vueltas e instituciones mayoritarias? O por el contrario, ¿se abrirá más el sistema para mayor proporcionalidad? Veremos quién logra imponerse, pero bien cierto es que a nivel histórico allí donde más tiempo ha gobernado la izquierda ha tendido a haber sistemas electorales más proporcionales.

Un Estatuto para el pueblo

Este artículo quiere ser un pequeño y discreto homenaje a la lucha del movimiento obrero por los derechos políticos. Aunque con frecuencia reconocemos cómo la abolición del trabajo infantil, las jornadas de ocho horas o la lucha por condiciones dignas de trabajo fueron sus grandes éxitos, a veces nos olvidamos de toda esta parte. La ampliación del sufragio, la política como profesión, el voto secreto o la proporcionalidad en el voto son demandas que fueron canalizadas desde las luchas obreras y que cambiaron la forma de nuestros gobiernos representativos. La mayoría de estos logros los damos como naturales dentro de nuestros sistemas políticos, pero ni mucho menos brotaron de la nada. Ni sin resistencias por parte de aquellos que tenían el poder.

En España se abre un periodo nuevo a partir de ahora. Ni que decir tiene que la comparación entre la trascendencia de las peticiones del Cartismo y las demandas actuales no resisten el papel. Sin embargo, es verdad que en líneas tan claras y esenciales como las de la época podemos seguir progresando. Tenemos por delante un periodo apasionante. Por eso, más que nunca, conviene tener puestas las luces largas. Hacia adelante, porque nos jugamos la mejora de nuestras instituciones y la lucha será larga. Hacia atrás, para reconocer de dónde venimos y homenajear a los que dieron tanto por la democracia.

«Si votar sirviera de algo estaría prohibido», dicen los iluminados. Ay. Lo estaba y hubo que pelearlo.

Imagen Ralph Chaplin (DP)
Imagen: Ralph Chaplin (DP)


¿Por qué los ingleses consiguen con reformas lo que los otros pueblos tienen que conseguir con revoluciones?

Men leaving a pit prior to The Great War, por Gerald Palmer (DP)
Men leaving a pit prior to The Great War, por Gerald Palmer (DP)

El movimiento obrero inglés en el siglo XIX

¿Por qué los ingleses consiguen con reformas lo que los otros pueblos tienen que conseguir con revoluciones? Esa es la única pregunta que pretendo responder con este artículo. Para ello tengo que resumir, aunque sea brevemente, la historia del movimiento obrero inglés en el siglo XIX.

Empezaremos en 1799-1800. Recordemos que estamos en plenas guerras napoleónicas. No es momento para motines internos y por eso el primer ministro conservador, William Pitt, piensa que es necesario prohibir las «sociedades de amistad» (friendly societies), que no son otra cosa que el germen de los primeros sindicatos, surgidas entre los trabajadores como una sustitución natural o continuación natural de los antiguos gremios. Se aprueban entonces las Combination Laws que relegan el incipiente movimiento obrero a la clandestinidad. Será así hasta que estas Combinations Laws se deroguen en 1824, si bien un año después se reestablecen en parte, dado el gran número de manifestaciones, huelgas y actos de reivindicación obrera en general que se estaban produciendo.

A partir del 25 entramos pues en otra fase, en la que aparecen las Trade Unions, o sindicatos modernos, y en la que el movimiento obrero se mete en política con el cartismo, del que hablaremos a continuación.

Naturalmente eso no quiere decir que el Gobierno, o las clases altas, no actúen contra los obreros y las clases bajas en general. Si bien uno no puede ir a la cárcel por pertenecer a un sindicato, las huelgas siguen estando prohibidas. Hasta ese momento hay dos sucesos violentos que hay que destacar. Y hay que destacar precisamente porque el movimiento obrero inglés no es un movimiento particularmente violento. Tenemos el ludismo, que provoca la destrucción de fábricas, y tenemos una represión violenta de una manifestación obrera en Manchester en 1819, donde los soldados dispararon contra una manifestación pacífica y provocaron once muertos y doscientos heridos graves. ¿Y qué más tenemos? Pues nada más. Nada importante. Nada que merezca una línea en los manuales de historia. No tenemos el terror anarquista, respondido y provocado a su vez por el terror de los matones de la patronal. No tenemos las terribles revoluciones del viejo continente, con sus enormes matanzas de obreros (como los miles de obreros muertos en las revoluciones francesas de 1848 y en la Comuna de París de 1871, por poner un ejemplo). Y esto es así por una razón muy simple. Porque el paso del Antiguo Régimen al capitalismo, el paso de la sociedad feudal a la burguesa, se da en Inglaterra a base de pactos y reformas legales, no a base de revoluciones y guerras civiles.

Luditas rompiendo un telar (DP)
Luditas rompiendo un telar (DP)

Sí, pero… Claro está, siempre hay un pero. Estoy hablando del siglo XIX. Lo cual no quiere decir que no recuerde bien lo que pasó en el XVII, con la revolución de Cromwell, el movimiento de los niveladores, la decapitación de Carlos I en 1649, con la caída posterior de Jacobo II (el último monarca absolutista) y la llegada de Guillermo de Orange, con la aprobación de la Declaración de Derechos de 1689 y el establecimiento de la monarquía parlamentaria. De tal manera que al siglo XIX los ingleses ya llegan con mucho camino recorrido. Pero en la cuestión obrera, el tema que nos toca, aún queda casi todo por hacer.

He mencionado las Trade Unions. Creo que es momento de poner nombre a uno de los protagonistas de esta historia: Robert Owen.

No es normal que un patrón se preocupe tanto por sus obreros como se preocupó Robert Owen. Y más si encima ese patrón empezó siendo él mismo un humilde obrero. Pero Robert Owen no era un hombre normal. De hecho fue el único «socialista utópico» (término despectivo, por cierto, inventado por Marx y Engels, «socialistas científicos») que dejó de lado la teoría y se jugó su dinero y su reputación al montar una cooperativa en Estados Unidos. La cooperativa, que además pretendía ser una especie de comunidad ideal, según la idea de los falansterios de Fourier, otro socialista utópico, fracasó. Pero Owen no escarmentó. Volvió a Inglaterra y se dedicó a montar las primeras Trade Unions. Se convirtió en un gran líder sindical y su Gran Sindicato Nacional Consolidado llegó a reunir a más de medio millón de trabajadores, no solo obreros sino también trabajadores agrarios.

El sindicato de Owen tuvo vida efímera. Su fracaso demostró que para cambiar las condiciones del mundo laboral había que cambiar previamente la política. Aquí entra otro de los grandes protagonistas de esta historia, un sastre llamado Francis Place.

Retrato de Robert Owen por William Henry Brooke (DP)
Retrato de Robert Owen por William Henry Brooke (DP)

Francis Place no es el creador del cartismo, porque el cartismo, como todo movimiento social, no se puede adjudicar a una persona en concreto, pero fue uno de sus principales impulsores. Grosso modo se puede decir que el cartismo era un movimiento social que se inicia con el envío al Parlamento de la Carta del Pueblo en 1838. Los cartistas pedían muchas cosas, como la jornada de trabajo de diez horas, pero sobre todo pedían que los obreros, los artesanos, los campesinos pudieran entrar en política. En realidad lo que pretendían no era más que una extensión de los logros de la reforma legal de 1832, la primera de las dos grandes reformas políticas de este siglo.

Las cosas hay que hacerlas poco a poco y en su orden. En Inglaterra (Reino Unido o Gran Bretaña desde el Acta de Unión de 1801 con Irlanda, que completa las uniones previas de Escocia y Gales) pasamos de un Parlamento nobiliario, cerrado, a un Parlamento verdaderamente democrático, abierto, con dos grandes reformas políticas. La del 32 elimina los «burgos podridos», núcleos urbanos con muy poca población pero gran peso en el Parlamento, que son una reliquia de la Edad Media y que en la práctica favorecían a los grandes nobles, y amplía el sufragio a las clases medias. Deja fuera a todos los demás. Y ahí entran los cartistas con sus peticiones políticas. Al final se consigue abrir la puerta casi de par en par, pero no mediante la violencia, sino con otra gran reforma, la reforma legal (Reform Act) de 1867, que «curiosamente», es aprobada por un Gobierno conservador, el gobierno de Disraeli, pero que, cuando este pierda las elecciones al año siguiente, será continuada y ampliada por el partido liberal y su primer ministro Gladstone. No será la última, en 1884-1885 se amplía aún más el sufragio. No se llegará al sufragio universal hasta el siglo XX (masculino, claro está, no nos adelantemos a la historia…), pero se quedará muy cerca. Y sin ninguna guerra civil por medio, sin grandes motines ni insurrecciones populares, sin dictaduras militares, sin despiadadas luchas sociales, sin bombardeos a las ciudades (¿cuántas veces fue bombardeada Barcelona en el siglo XIX?) ni sangrientos cambios de Gobierno. ¿Cómo lo hacen? ¿Tiene algo que ver el carácter práctico inglés? ¿Tiene algo que ver que los dos grandes partidos, los tories, conservadores, y el partido whig, liberal, siempre se pongan de acuerdo para las cuestiones importantes? No lo sé. O no puedo llegar a ninguna respuesta concluyente. Pero me gusta, es uno de mis defectos, elevar el campo de visión y ver qué pasa en otras partes en el mismo momento. Y pienso en lo que se tardó en conseguir la jornada laboral de diez horas, o el derecho a la huelga o al voto en otros países, o incluso en lo que se tardó en abolir la servidumbre en el campo, y no solo en Rusia, sino también, por ejemplo, en el Imperio austro-húngaro. Y pienso en las leyes de cercamiento, las enclousure acts, que acaban con los residuos del feudalismo ingles en la agricultura. Y pienso en la Revolución Industrial y en el pensamiento librecambista que la acompaña. Y no, no todo es estupendo, la cuestión irlandesa se enquista y se enquista y acabará por estallar en el siglo XX; y luego tenemos el colonialismo y la vieja piratería y todo eso que huele mal, aquí como en todas partes; pero bueno, hay que decir que a veces, cuando aumento el campo de visión, ya digo, la sociedad inglesa, y en concreto su manera de enfrentarse al problema de la «cuestión social», me parece acertada, o incluso, casi, casi admirable…

Y el «casi» lo pongo en una cita con mucho sentido de humor de uno de mis historiadores fetiches, Preston, que cuenta cómo una de las familias más ricas de la Inglaterra de principios del siglo XX no tenía el menor reparo en…

Bueno, mejor que lo cuente Preston…

A principios de mayo de 1926, durante los nueve días de la huelga general, el salón de baile de la casa de Seaford acogió a unos doscientos estudiantes de Oxford y Cambridge que se habían ofrecido como voluntarios para unirse a un cuerpo especial de policía. Efectivamente fueron llamados a romper la huelga. Del 4 al 12 de mayo estuvieron de guardia durante las veinticuatro horas del día. Una llamada telefónica informando de una manifestación o de enfrentamientos con los piquetes y los motores de los camiones se ponían en marcha. Los entusiastas vástagos de familias de clase media, armados con porras y bien alimentados por los proveedores de Margot, se ponían en camino para hacer deporte. (Palomas de Guerra, Paul Preston, Plaza & Janes, Barcelona, 2001)

Bueno, tampoco hay que extrañarse tanto, no, ya sabemos cómo acabaron con el movimiento espartaquista en Alemania y aquí teníamos a los retoños falangistas pegando tiros por ahí. O, como bien dijo la hija enfermera de la señora Margot (sí, la ricachona esa que tan bien cuidaba a los estudiantes rompehuelgas): «Los falangistas dicen que se preocupan por los obreros pero cuando ven uno lo ponen contra la pared y lo fusilan». Y Priscilla Scott-Ellis sabía bien de lo que hablaba: se pasó toda la guerra civil española en el frente. ¿Os he hablado ya de ella? ¿No? Pues tendré que hacerlo. O mejor leer su historia en el libro de Preston. A pesar del título es un gran libro…