Románico y sombreros de cowboy: el valle del Arlanza

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El Arlanza y San Pedro desde San Pelayo.

Supongo que cuando en 1966 Sergio Leone eligió para rodar algunas escenas de la mítica El bueno, el feo y el malo en las estribaciones de la sierra de la Demanda y el valle del Arlanza lo haría por los magníficos paisajes, torcales y cañones de la zona. En la película, el Rubio, Angel Eyes y Tuco se enrolan en una carrera por encontrar un tesoro escondido en un cementerio con la guerra de Secesión como telón de fondo. Lo que quizá no sabía Leone es que este lugar había sido, muchos siglos antes, escenario de otras batallas, esta vez reales, y que estuvo habitado por gente dura y recia, gente de frontera, como muchos de los personajes de sus wésterns. Hasta el valle del Arlanza habían conseguido los cristianos recuperar territorio de al-Ándalus allá por el s. IX y aquí nacieron diferentes condados y señoríos, como el de Lara, subsidiarios del reino de León y que le sirvieron a este como tapón antes las incursiones de los vecinos musulmanes. Con el tiempo esos condados se unificaron en uno, el de Castilla, allá por el 931 y de la mano del conde Fernán González. La progresiva independencia de facto del nuevo condado del reino de León culminaría en el s. XI con el nacimiento del reino de Castilla.

Los hombres que repoblaron estas tierras, vascos, cántabros, astures, godos, mozárabes, eran bien conscientes de que la oferta de tierras y fueros tenía como contrapartida poca seguridad y un estado de alerta y guerra casi constantes. Estos hombres y mujeres castellanos aguantaron los embates enemigos muchas de las veces sin aliados, como cuando en el 987 el propio rey leonés Bermudo II puso pies en polvorosa ante la amenaza de las tropas de Almanzor huyendo a Galicia. García Fernández, hijo de Fernán González, y sus hombres fueron los únicos cristianos empeñados en defender su territorio. La pequeña y joven Castilla, llamada así por estar plagada de torres de defensa, se convirtió de este modo en una especie de milagro y en un canto a la resistencia.

Entonces era Castilla toda una alcaldía,
Magüer que era pobre e de poca valía;
Nunca de buenos homes fué Castilla vacía,
De Cuáles ellos fueron paresce hoy en día.
Varones castellanos este fué su cuidado,
De llegar su señor al más alto estado;
De una alcaldía pobre ficiéronla condado,
Formaronla después cabeza de reinado.

(Poema de Fernán González)

Para acercarnos hoy a esta tierra de caballeros y leyendas y conocerla, nuestra primera parada será en la villa ducal de Lerma. Esta villa herreriana y señorial es capital de la comarca del Arlanza. En su parte alta domina todo el conjunto monumental el palacio del primer duque de Lerma, Francisco de Sandoval y Rojas, del que cuentan que engañó al rey Felipe III pidiéndole permiso para hacer en su nuevo palacio dos torres, de tal modo que consiguió que su palacio tuviera cuatro torres, privilegio real, dos por duque y dos por el permiso real. Esta treta del duque queda sin embargo minimizada si tenemos en cuenta que el poderoso valido real pasó a la historia en coplas que recorrieron todo el país, como la que cantaba: «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado». Y es que don Francisco, acusado de meter la mano en las arcas reales y llevárselo muerto, solicitó a la Santa Sede la dignidad cardenalicia para evitar la justicia civil. Hay otra versión reciente en la que el duque no fue sino víctima de una conspiración por parte de sus enemigos en la corte. Sea como fuere, hoy Lerma conserva el magnífico palacio y el halo de villa noble e importante. Al palacio, hoy estupendo Parador de Turismo y excelente lugar para establecer la base de nuestro viaje, hay que sumar la colegiata de San Pedro, los conventos de San Blas y de Santa Teresa o el convento de las clarisas. En Lerma también se encuentra la tumba de Jerónimo Merino, natural de la villa, sacerdote y guerrillero contra el francés: el famoso Cura Merino. Por si siguen teniendo dudas sobre su visita a Lerma, les recuerdo que en los figones de la ciudad se asa el delicioso lechazo churro y que la sede de la denominación de origen Vinos del Arlanza también se encuentra aquí.

Desde Lerma tomaremos la BU-904, siempre con el río Arlanza a nuestra derecha, vigilante: Bascones del Agua, Quintanilla del Agua, Puentedura… son algunos de los pueblos que iremos encontrando en nuestro recorrido, entre las fértiles tierras de labor de la vega y la vegetación ribereña. Las iglesias tardorrománicas y góticas de estos pequeños pueblos se alzan como estandartes de un pasado que estuvo lleno de prosperidad, de lana de la mesta y de hidalguía. En pocos minutos llegaremos a Covarrubias.

Covarrubias

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Plaza de doña Sancha con la torre de Fernán González.

Esta coqueta villa castellana parece remojar sus pies en el Arlanza mientras la sierra de las Mamblas le sirve de asiento. Cuenta la tradición que fue levantada por el rey Chindasvinto pese a que los registros documentales se empeñen en desdecirlo. Lo que sí sabemos es que Covarrubias fue lugar de descanso de los señores de Lara, debido en gran parte al clima suave del que se disfruta en el valle. En el 972 se constituiría aquí el primer infantazgo castellano por el conde García en beneficio de su hija Urraca.

Las casas de arquitectura tradicional, de adobe y maderas vistas han sido tan mimadas y protegidas que parecen formar parte de las páginas de un cuento infantil. Y paseando por las calles de Covarrubias uno tiene la impresión de estar dentro de ese cuento. Casas tradicionales y magníficas casas solariegas que muestran orgullosas sus escudos. De obligada visita es la colegiata gótica de San Cosme y San Damián y su pequeño pero excelente museo. Frente a la colegiata, la estatua que la villa levantó a la princesa Cristina de Noruega, que en 1257 se casó con el infante Felipe de Castilla. Sus restos descansan en el claustro de la colegiata. En Covarrubias hay que pasear por La Solana, junto al río, mientras dejamos que el sol nos acaricie la cara, y hay que tomarse un café en la plaza de Doña Sancha para contemplar lentamente, casi degustándola, la torre de Fernán González, también conocida como torre de doña Urraca. Esta imponente edificación vigila la villa desde el s. X y el arranque de sus paños nos recuerda a una construcción romana. Quizá se aprovecharon los restos de una construcción anterior para erigir la torre. Varias son las leyendas sobre la robusta torre. Una cuenta que en ella fue encerrada doña Urraca, la infanta, porque rechazó el matrimonio con un príncipe leonés, enamorada como estaba de un pastor. Otra tradición habla del pasadizo secreto que la uniría con la llamada casa de doña Sancha, también en la plaza. Sin embargo, ni ha aparecido pasadizo ni la casa pudo ser de doña Sancha, pues ya es del siglo XV. Por aquí pasearon el equipo y los actores de Leone en una mezcla casi surrealista de arquitectura mozárabe y sombreros de cowboy. Hoy en el bar Chumi todavía recuerdan las partidas de billar que Clint Eastwood jugó entre sus paredes.

El corazón de Castilla

Dejamos atrás Covarrubias por la BU-905, siempre a contracorriente del Arlanza. Enseguida la sierra de las Mamblas hace que el paisaje suave de ribera cambie para convertirse en un zigzagueante cañón donde los torcales sirven a los buitres y alimoches de miradores perfectos. Cambia el paisaje, cambia la comarca, pues entramos en la Demanda, y cambia el olor. Huele de repente a bosque de sabinas, de enebros, de rebollos y quejigos, huele a tomillo. Y súbitamente, tras un recodo, como agazapado, lo encontramos: San Pedro de Arlanza, al que llaman cuna de Castilla. Cuna y corazón.

Según la leyenda, recogida en el poema de Fernán González, fue este el fundador del cenobio. Cuenta el poema que, estando el conde de cacería tras un jabalí, acabaron ambos, jabalí y conde, en una gruta. En semejante lugar vivían tres monjes ermitaños y el conde les pidió disculpas por aquel asalto al sagrado lugar al tiempo que les rogó ayuda contra su enemigo musulmán. Uno de los monjes, llamado Pelayo, profetizó entonces:

Dijo don fray Pelayo al conde su señor,
«O te hago, buen conde esto sabedor,
que quiere tus acciones guiar al Críador:
Vencerás el poder del moro Almanzor».

Tras la profecía, el monje pidió al conde ayuda para su pobre comunidad:

«Mas ruégote amigo y te pido de grado,
que cuando hubieras la batalla ganado,
acuérdate de este convento dañado,
y no se olvide el tan pobre hospedado»

(Poema de Fernán González)

Pero el artífice de San Pedro no pudo ser Fernán González, pues tenemos noticias del monasterio en el 912, cuando Fernán no había nacido. Tampoco lo que hoy conocemos como San Pedro fue lo fundado tan tempranamente. Miren al farallón rocoso que se alza a la derecha de San Pedro. Ahí arriba, dominando la curva del río, está la ermita de San Pelayo, también llamada monasterio San Pedro el Viejo. Por un sendero de unos trescientos metros es posible subir hasta la ermita y disfrutar de magníficas vistas. La enorme roca que hace de cimiento de la pequeña iglesia tiene en su base varias oquedades y grutas que efectivamente pudieron alojar a una comunidad de ermitaños, tal y como cuenta la leyenda. Hoy la ermita es una ruina de una sola nave y planta de salón en la que se superponen lo mozárabe de la cabecera cuadrada seguramente del s. IX, lo románico de su puerta sur, lo gótico de su ventana con la vista más bella del monasterio «nuevo» y lo barroco.

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San Pelayo desde la torre de San Pedro.

Digo «nuevo» pues si los orígenes de San Pelayo seguramente se encuentren en el s. IX, los de San Pedro hay que buscarlos en el X, cuando en torno al 912 el conde Gonzalo Fernández y su esposa Muniadona promueven su construcción. Pero lo que hoy vemos en San Pedro de Arlanza nada tiene que ver con la fundación original. Probablemente la comunidad benedictina no bajó al valle hasta el s. XI, cuando las fronteras y los peligros habían a su vez bajado más al sur. La iglesia románica de San Pedro está datada en el 1080-1081 y fue de las más tempranas del románico castellano. Hoy debemos completar en nuestra imaginación las tres majestuosas naves y la cabecera porque San Pedro, cuna de Castilla, ha pasado desde la desamortización de Mendizábal por un auténtico calvario. Pese al estado de ruina, la visita a San Pedro es obligada. Obligada y sobrecogedora. En la cabecera aún pueden verse los huecos donde los condes Fernán González y su esposa doña Sancha pidieron descansar eternamente. Cuenta la leyenda que cada vez que los ejércitos castellanos entraban en batalla los huesos del conde se removían en el sepulcro, como queriendo guiar a los suyos y luchar junto a ellos desde el otro mundo. Hoy los sepulcros de ambos se encuentran en la colegiata de Covarrubias. Pero tras incendios, derrumbes y expolios todas las joyas del monasterio han corrido igual o peor suerte: su excelente biblioteca se hizo pedazos y se repartió de mala manera, con las llamadas Glosas Silenses, que están en Inglaterra; el sepulcro del caballero Mudarra, en la catedral de Burgos; los maravillosos frescos románicos se conservan entre el MET de Nueva York y el MNAC de Barcelona, y la estupenda puerta románica de la fachada occidental, en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid. Y esto es lo que sabemos. Cuánto ni siquiera sabemos dónde está. Como ven, desde la exclaustración hubo más buitres que los alados que habitan los torcales que dieron buena cuenta del cadáver.

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San Pedro.

Hoy quedan las ruinas, sí, pero también algún capitel de estilo arcaico, las impostas ajedrezadas y los arcos ciegos de la cabecera. Y esos arranques de pilares cruciformes que parecen cortados a sierra y que desde la torre se asemejan a enormes flores. Asoma también la que fue la primera reforma del monasterio, ya en el gótico: el recrecido de la nave central y su cubierta con bóvedas de crucería, obra de Simón de Colonia. El conjunto eclesial está vigilado por una imponente torre del siglo XIII que es lo mejor conservado del conjunto y desde la que se ve nítidamente todo el plano del monasterio. Del que fuera el claustro románico únicamente queda un espejismo de la sala capitular en forma de un par de arcos de medio punto, encajonada entre el ábside derecho y el claustro herreriano. Sobre esta sala del capítulo hubo una sala palatina decorada con magníficas pinturas, sobre todo de animales mitológicos y fantásticos, como el grifo que se conserva en Barcelona. El claustro que sustituyó al románico se construyó ya en el s. XVII. Debieron ser buenos tiempos para el monasterio, pues no solo se levantó este claustro mayor, sino otro más, adosado, para los hermanos legos. La mayoría del resto de dependencias monacales data también de este periodo.

El abandono de este maravilloso lugar de cientos de años quedó, por un breve espacio de tiempo, roto. Fue en 1966, cuando Leone convirtió San Pedro en la misión San Antonio en su película. Este es el lugar en el que Clint Easwood se recupera de sus heridas acompañado del Tuco. En una de las escenas incluso asoma por la ventana la pequeña ermita de San Pelayo.

Benedictinos, condes, caballeros, reyes y pistoleros reunidos en el corazón de Castilla. Y siguiendo sus pasos, nosotros, entre baños en el río y paseos por los bosques. La película de Leone termina con el duelo, o, mejor dicho, trielo, de los tres protagonistas en el cementerio de Sad Hill, lugar donde se halla el codiciado oro. Hoy, gracias a la Asociación Amigos de Sad Hill y con motivo de los cincuenta años del filme, el cementerio, muy cerca de San Pedro, en el pueblo de Contreras, ha visto sus tumbas restauradas y el resultado es espectacular. Recuerden que en una de ellas se encontraba el tesoro, la meta de los protagonistas durante toda la película. Sin embargo, nosotros sabemos que los verdaderos tesoros estaban en el valle del Arlanza y la sierra de la Demanda desde hace siglos y que, pese a las vicisitudes, todavía hoy podemos seguir disfrutando de ellos. Disfrutando del corazón de Castilla.

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Sad Hill.

Fotografía: Pepe Herrero

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Pistas

Para dormir:

Parador de Lerma
El palacio del Duque de Lerma, magnífica e imponente construcción herreriana.
Plaza Mayor, 1, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 177 110
www.paradores.es

Casa Rural Las Mamblas
Amplia y equipada casa rural en el centro de Covarrubias. Estupenda para familias o grupos de amigos.
Tlf.: 947 40 65 52
http://www.casagalin.com/casarural/

Para comer:

Asador Casa Brigante
Estupendo lugar para tomar lechazo churro rodeados de uniformes, armas y objetos de la guerra de Independencia.
Plaza Mayor, 5, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 17 05 94

Restaurante Galoria
Cocina renovada, excelentes tapas y vinos, y un patio encantador.
Calle Mayor, 21, 09340 Lerma, Burgos
Tlf.: 947 15 07 07

Fonda Caracoles
Especialistas en preparar las excelentes setas de la zona.
Calle Don Luis Cervera Vera, 10, 09340 Lerma, Burgos.
Tlf.: 947 170 563
www.asadorfondacaracoles.es

Restaurante Casa de Galo
No hay que irse de Covarrubias sin probar su chuletón.
Calle de Monseñor Vargas, 10, 09346 Covarrubias, Burgos.
Tlf.: 947 40 63 93


Una palmera en Soria

Fotografía: PMR Maeyaert (CC).

Sí, en pleno páramo soriano, a unos mil metros de altura y con una temperatura media de unos once grados centígrados, hay una palmera. Una palmera majestuosa que lleva allí casi nueve siglos. Nadie diría que una palmera pueda vivir en lugar tan inhóspito. Las palmeras nos traen a la mente playas paradisiacas, oasis y climas suaves pero nuestra palmera soriana no es una palmera al uso, nuestra palmera es de piedra y lleva casi mil años sujetando la bóveda de una iglesia. Bienvenidos a San Baudelio de Berlanga.

San Baudelio se encuentra en el término municipal de Casillas de Berlanga, hoy dependiente de Caltojar y a unos ocho kilómetros de Berlanga de Duero. Hasta allí se llega por carreteras solitarias y estrechas, de esas carreteras que parecen dibujadas, no construidas, y en las que si pilla el anochecer uno espera ver un ovni aterrizar y vivir un encuentro en la tercera fase con algún humanoide soltando un «pues parece que refresca».

Tengan cuidado al llegar, pues la iglesia está entre Casillas y Caltojar sobre una ladera y su aspecto exterior no es nada llamativo. Y cuando digo nada, es nada. San Baudelio visto desde fuera no es más que un edificio formado por dos cubos adosados en el que únicamente destaca un arco de herradura enmarcando la puerta. Así visto, San Baudelio podría pasar por una cabaña para ganado y justo, justo para eso se utilizó el edificio desde 1893, para guardar ovejas trashumantes. Pero no, esto no es lo peor que le ha pasado a San Baudelio, no crean.

Tomen aire, crucen la puerta: acaban de entrar ustedes en el paraíso, un paraíso mozárabe. Ahí tienen la palmera soriana, ahí tienen ochenta metros cuadrados de iglesia, una iglesia que no parece tal, la iglesia más «mahometana» de todas, en palabras de Gómez Moreno. Nuestra palmera es un pilar central en el que se apoyan ocho arcos de herradura y que sirven para sustentar una bóveda esquifada. Ocho arcos, justo ocho, el número del octógono, el que representaba el paso del cuadrado al círculo y por tanto el paso de la tierra al cielo. Y donde nacen los arcos, una linternita, un hueco extraño. Algunos dicen que servía para alojar las reliquias del santo Baudelio, otros que para poner los tesoros a buen recaudo, como los camarines del prerrománico asturiano. Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Fotografía: Miguel Ángel García (CC).

A los pies de la nave se encuentra una tribuna elevada (no visitable) y bajo esta una zona de columnillas y arquerías que recuerda a una mezquita en miniatura o a una cisterna bizantina. Y al fondo, en un rincón, se abre la entrada a la gruta que se cree sirvió de primer eremitorio.

La cabecera del templo está a la izquierda de la entrada y la conforma el segundo cubo que se ve desde el exterior. En el interior la zona más sagrada de la iglesia se encuentra separada por un muro en el que se abre un vano doblado. La zona reservada a los fieles está de este modo claramente delimitada.

Fotografía: Miguel Ángel García (CC).

A estas alturas ya se habrán dado cuenta, San Baudelio estuvo totalmente pintada, hasta el último de sus huecos. Todavía se ven grecas, animales y restos de escenas aquí y allá. Cierren los ojos e imaginen todo ese espacio con sus pinturas. La estampa es casi obscena viendo el lugar en el que nos encontramos. Esa explosión de color en la extremum duuri soriana, en un lugar de frontera móvil durante todo el siglo XI y parte del XII asemeja verdaderamente el paraíso en la tierra. ¿Y qué ocurrió con las pinturas que faltan? ¿Dónde están? ¿Se perdieron? No, o al menos no todas. Pero empecemos por el principio. La primera publicación de la ermita la hicieron Manuel Aníbal Álvarez Amoroso y José Ramón Mélida Alinari en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, en un número de 1907, «Un monumento desconocido. La Ermita de San Baudelio en término de Casillas de Berlanga (Provincia de Soria)». Y tan desconocido, estaba siendo usado como refugio de ovejas y pertenecía, por avatares de herencias a varios vecinos de Casillas y Caltojar. Tras los primeros estudios el templo es declarado en 1917 Monumento Nacional. Hasta aquí todo bien pero en 1922 aparece en Casillas un marchante de arte, León Leví, que ofrece a los dueños de la ermita setenta y cinco mil pesetas por las pinturas. Y los vecinos venden, claro que venden. De repente alguien se percató de que la declaración de San Baudelio como Monumento Nacional no se había comunicado jamás a nadie. Era Monumento Nacional sí, pero esto se lo debió decir un funcionario a otro una mañana tomando café. El obispado de Sigüenza y el cabildo catedralicio pusieron el grito en el cielo, la Comisión Provincial de Monumentos de Soria denunció la venta y en 1923 esta quedó en suspenso. El problema es que las pinturas ya habían sido arrancadas. Un tropel de expertos italianos se había afanado en hacerlo. Así que se les llamó: había que recolocarlo todo y este momento se aprovecha para hacer copias de los murales. Y llegamos a 1925, año en el que el Tribunal Supremo da por buena la venta, ¡la venta de Patrimonio Nacional! Así que León Leví vuelve a arrancar las pinturas, las mete en un barco y sale rumbo a Nueva York. Allí el estilo románico no estaba de moda entre los grandes coleccionistas y los murales se repartieron entre el MET (The Cloisters), el Museo de Bellas Artes de Boston y el Museo de Arte de Indianápolis. Y así, San Baudelio quedó desnuda y la palmera sola. Hubo mucho revuelo en la época entre expertos e intelectuales pero quizá este poema de Gerardo Diego es el que mejor resume la rocambolesca historia:

—Que no.
—Que sí madre, que sí.
Que yo los vi.
Cuatro elefantes
a la sombra de una palma.
Los elefantes, gigantes.
—¿Y la palma?
—Pequeñita.
—¿Y qué más?
¿Un quiosco de malaquita?
—Y una ermita.
—Una patraña,
Tu ermita y tus elefantes.
Ya sería una cabaña
con ovejas trashumantes.
—No, más bien una mezquita,
Tan chiquitita.
La palma
me llevó el alma.
—Fue solo un sueño, hijo mío.
—Que no, que estaban allí,
Yo los vi,
los elefantes.
Ya no están y estaban antes.
(Y se los llevó un judío,
perfil de maravedí).

En San Baudelio los expertos consideran que trabajaron tres maestros: el de Maderuelo, que debió de encargarse de las escenas bíblicas, el de San Baudelio al que se atribuyen las escenas de caza de la parte inferior y un tercer maestro que se encargó del coro. Hoy las tres Marías están en Boston, la curación del ciego y la resurrección de Lázaro en el MET, las bodas de Caná en Indianápolis… ¿ y la cacería del ciervo? ¿Y la cacería de las liebres? ¿y el elefante de Gerardo Diego? Esas pinturas están en el Museo del Prado. Seis son en total las que tiene este museo procedentes de San Baudelio. Cedidas. Cecidas por el MET indefinidamente. ¿Cedidas? Y esta es otra curiosa historia. En 1957 el MET estaba buscando piedras para ampliar su sección de arte medieval en The Cloisters. Algo faltaba, pensaron, y lo que les faltaba era un ábside románico. Dicho y hecho, eligieron el ábside de la parroquial de Fuentidueña en Segovia que ya era Monumento Nacional y ofrecieron al Estado español un intercambio: la reja de la catedral de Valladolid, un Greco o seis de los murales «menores» de San Baudelio. Y eligieron las pinturas. Y ahí están, cedidas indefinidamente mientras el ábside de Fuentidueña se levanta majestuoso en Nueva York.

Fotografía: Julio Prieto (DP).

Ya no están y estaban antes, los elefantes, las liebres, los ciervos, los cazadores, la palmas, el halconero, las escenas del Antiguo y Nuevo Testamento. Algunas pinturas quedaron en San Baudelio sí, pero las más importantes no están. Todavía se pueden ver sobre los muros las improntas que quedaron al ser arrancadas. Están ahí, como espectros de lo que un día fueron y dejando una amarga sensación de nostalgia. Para sacarse de encima las penas pueden acercarse a Rello, a unos diecisiete kilómetros, que es un precioso pueblo amurallado en la cima de un risco. Muy cerca la leyenda sitúa el lugar donde murió Almanzor después de «perder el tambor» en Calatañazor cuando iba camino de Medinaceli. Y por supuesto han de ir a Berlanga de Duero, capital de esta comarca, las Tierras de Berlanga. Con unos mil habitantes es la población más grande de la zona y el mejor lugar para el descanso. Una impresionante colegiata del XVI sobresale entre el caserío. Y quedó inacabada, o al menos el proyecto inicial inconcluso por problemas económicos. Cuando la vean entenderán perfectamente el porqué. Visiten también el castillo del siglo XV, que se levantó sobre las ruinas del primero que a su vez se levantó sobre una alcazaba musulmana. Es lo que tienen las tierras de frontera. Y coman en Casa Vallecas, sobre todo si van en otoño, cuando durante las jornadas micológicas ofrecen un menú con todos los platos a base de setas y hongos. La caza es otra de sus especialidades. Una delicia. El propio restaurante dispone de un hotelito de dos estrellas muy correcto y económico donde podremos pasar la noche soñando con los elefantes, ciervos y halcones que ya no están, que estaban antes.

Para dormir y comer:

Hotel Fray Tomás y Restaurante Casa Vallecas
Berlanga de Duero, Soria
Travesía del Real 16 tfno. 975 34 30 33

Horarios e información de apertura de San Baudelio:
Tfno. 975 221428
Del 1 octubre al 31 marzo: abierta de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:00 horas
Del 1 abril al 30 septiembre: abierta de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00 horas
Domingos y festivos: abierta de 10:00 a 14:00 horas