Mujer: la ópera magna del culebrón turco

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Mujer. Imagen: MF Yapım.

No sé si a ustedes les habrá sucedido, pero yo ándome perplejo ante un fenómeno que me priva de los felices dormires de antaño: varias personas de mi entorno han caído en las seductoras redes de un culebrón turco titulado Mujer. Durante la emisión en vivo del susodicho, estas personas renuncian a toda actividad social o amorosa, como si solamente de ese maléfico programa pudiesen obtener el bienestar espiritual.

Intrigado, efectué torpes intentos de acercamiento; me senté durante los directos para ver algún episodio al vuelo, intentando comulgar con la sacrosanta experiencia. Fue en vano. No siendo yo un iniciado, me sentía perdido ante la incomprensible danza de personajes con nombres indistinguibles, sumidos en un laberíntico drama ambientado en horrendos apartamentos para pobres que son la última cosa que uno necesita ver en televisión. Créanme, yo mismo conozco bien esos apartamentos para pobres desde que mi familia me desposeyó de títulos y haciendas por afirmar, copa en mano durante una infausta cena de Nochebuena, que la experiencia de leer a Laín Entralgo equivalía a que me estuviesen arrancando una muela. Hay cosas que, en ciertas casas, no se perdonan. En fin, que todo en Mujer era extraño y confuso. Acudí al auxilio de mis personas allegadas, pero sus condescendientes intentos de explicación no me sirvieron.

Y lo peor: la serie no respondía a mis expectativas. En mis tiempos, cuando hablábamos de ficción ambientada en Turquía pensábamos en sensualidad y goce de los sentidos, en las alegrías de la carne: las delicias turcas, La pasión turca, los baños turcos, El expreso de medianoche. Nada de ello había en Mujer, un desangelado desfile de caras largas. Era como cualquier episodio de Cuéntame rodado con el reparto entero padeciendo la abstinencia de sus habituales dosis de antidepresivos. Pero, no importa cuán terrible fuese mi primera impresión del programa, almas cercanas a la mía continuaban arrebatadas por el culebrón, así que hice lo único que un explorador de la civilización puede hacer: me dispuse a entender Mujer en la raíz, viendo el primer episodio.

Entonces lo descubrí. Entonces lo supe. Ante mis atónitos ojos, Mujer se desplegó en todo su esplendor cual suntuoso retablo, abrumándome con una genialidad narrativa detrás de otra. Como Laín Entralgo, pero al revés. El primer episodio resultó ser un cuidadísimo trabajo de orfebrería en el que cada escena —qué digo cada escena, ¡cada plano!— inocula el drama en varios registros simultáneos. Cada imagen está planeada para que nuestro cerebro, sin que nosotros mismos nos percatemos, absorba información vital. La primera media hora del episodio, que es lo que aquí vamos a desentrañar, no tiene parangón en la industria audiovisual planetaria. Ni HBO, ni Chernobyl, ni Entralgos en vinagre: el primer episodio de Mujer sí es la auténtica Obra Maestra de la televisión de nuestro tiempo. Si no me creen, acompáñenme en este recorrido fotograma a fotograma, comprendan, y conviértanse a La Verdad.

Títulos de crédito: Suena una cajita de música y se ve un tiovivo que encierra un arcano simbolismo, una referencia a las imprevisibles vueltas que da la vida. Me viene a la mente «Tómbola». Es decir, la serie aún no ha empezado y ya me está haciendo pensar.

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Minuto 1: Bellamente enmarcada por una puerta, requiebro estético inédito en el arte cinematográfico, la protagonista —llamada Bahar— está sentada junto al Bósforo, mientras espera un barco que navega en la distancia. Atado al tobillo luce un pañuelo para que entendamos que es joven e inocente. Empiezo a entender por qué esta serie ha tenido tanto éxito, y es que trata temas universales. Quién de entre ustedes, amigas lectoras, no ha experimentado ese ritual de paso que consiste en esperar sentada en un puerto con un pañuelo en el tobillo. ¡Todas! Estoy seguro. Continuando con la apacible tónica de normalidad, Bahar se pone a canturrear una canción muy de moda entre la juventud moderna, «Do-Re-Mi».

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Ya conocemos a la protagonista. Ahora falta conocer a su media naranja. En el banco contiguo está sentado Niko Bellic. Oye cantar a Bahar y, interesado como experimentado musicólogo que sin duda es, le pregunta por la canción. Qué descarado, hablándole a una desconocida así sin motivo. A ella le gusta el gesto, claro, porque demuestra que Niko Bellic es atrevido y seguro de sí mismo. También Niko está arrebatado; mira a Bahar como si no supiera si invitarla a cenar, o si robarle el bolso y abollarle el coche con un bate de béisbol. Toda esta cascada de sensaciones contrapuestas nos confirma que lo que estamos viendo es un Flechazo.

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Minuto 5: Viajamos al futuro. Deducimos que Bahar y Niko Bellic se han casado y han tenido dos hijos. La parejita de niños es, por supuesto, el molde más universal a la hora de mostrar una familia modelo. Bahar les cuenta a los niños cómo se conocieron ella y Niko. La psicología de los personajes está cuidada al milímetro: sabemos que la niña es niña porque está muy interesada en la Bonita Historia de Amor, y sabemos que el niño es niño porque está a punto de dormirse después de, suponemos, haberse ventilado la Nutella a cucharadas.

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Un flashback: retrocedemos de nuevo al día en que Bahar y Niko Bellic se conocieron. Ambos han subido al barco. Niko lleva la mochila en la que guarda las ametralladoras y granadas de mano. Pero además, ¿qué nos dice la mochila sobre él? Nos dice mucho: a) es soltero, b) es aventurero, c) es independiente y d) probablemente es un mujeriego porque nadie lo ha domesticado todavía.

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Niko se sienta junto a Bahar y le ofrece un caramelo. El caramelo es un detalle importante porque, aunque Niko tiene pinta de apalear traficantes para la mafia serbia, resulta ser un hombre tierno, ergo un futuro buen padre. Niko cuenta que acaba de volver del Nepal [estrógenos despertando], donde escaló nada menos que el Everest [estrógenos al 99 %]. El culebrón nos intriga con la suculenta posibilidad de que Bahar consiga domesticar a este Intrépido Aventurero para convertirlo en Marido. También debemos entender no solamente que Niko es El Indicado, sino que los demás hombres son básicamente morralla genética. Para que asimilemos esa idea, junto a Niko Bellic vemos sentado un tipo con tupé, que obviamente no es un Aventurero, sino un malandra o, aún peor, un niñato inane que se cree malandra y que Jamás En La Vida podrá ser reconvertido en Marido, porque no ha ido de mochilero al Tíbet y probablemente se pase las horas jugando a la PlayStation mientras su madre le calienta el ColaCao [estrógenos en presurosa retirada].

Hay más varones desechables que nos ayudan a comprender la importancia de optar por el Indicado. Junto a Bahar está sentado un hipster con gafas y camiseta de rayas. Obviamente se trata de un manso con el que Bahar, en otras y peores circunstancias, quizá se hubiese casado porque, al contrario que el niñato del tupé, es leído y buen chaval. En ausencia de un Niko, quizá Bahar hubiese optado por él. Menos mal que no lo hizo, porque con el hipster hubiese tenido hijos más feos. No, no se enfaden; no lo afirmo yo, lo afirma el guion. O, mejor dicho, la información subliminal magistralmente inoculada en cada fotograma. Fíjense en todo lo que hemos aprendido con un breve minuto de metraje. ¿Saben aquello de una imagen vale más que mil palabras? Mujer es la cúspide de esa ciencia de mostrar sin decir a la que llamamos CINE.

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Minuto 6: Ya hemos visto que, salvando a Niko, los varones somos el escombro de la humanidad. La serie lo asume, las espectadoras femeninas lo asumen, y nosotros, los espectadores masculinos, también lo asumimos. Como expresa toda obra romántica desde tiempo de los griegos, en el mundo hay solamente un Hombre Indicado. Hay uno (1), no más. Pero el culebrón no se detiene aquí. Hay otro concepto importante que debemos aprender: en el mundo sí hay muchas mujeres con cualidades. Dicho de otro modo, existe abundante y preocupante competencia para Bahar. ¿Cómo lo sabemos? Junto a Niko Bellic está sentada una chica de evidente guapura con la que Niko, de no haberse topado con Bahar, quizá se hubiese casado. Y claro, esta Pelandrusca le hubiese hecho la vida imposible a Niko («No vayas más al Everest», «Deja de robar coches a punta de pistola») porque no puede ser tan comprensiva como Bahar. Todo esto nos está confirmando que tanto Bahar como Niko optaron por la opción correcta al decidir estar la una con el otro. Es el punto de partida indispensable para nuestra historia romántica: el faraónico amor de los protagonistas es mucho más profundo, elevado y conveniente que los amorzuelos vulgares y risibles del populacho descastado.

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Minuto 7: Bahar, por supuesto, empieza negándose a darle el número de teléfono a Niko Bellic, porque ella no es una Pelandrusca. Ante esta negativa, Niko opta por una simpática y descarada represalia, poniéndose a cantar «Do-Re-Mi» en voz alta para llamar la atención de todo el barco. Así, poniéndose en ridículo (voluntariamente, lo cual es fundamental), espera enternecer a Bahar para que ella termine cediendo y dándole el teléfono. Sabemos que esta encantadora estrategia es la correcta porque, ¡peligro!, la guapa Pelandrusca mira a Niko como pensando: «¡Qué mochilero tan original y seguro de sí mismo!». Es el momento clave en el que Bahar debe jugárselo todo a una carta. Debe darle el teléfono a Niko, pues hay muchas lagartas por ahí fuera a las que, claro, también les hace gracia el Atrevimiento y el Desparpajo.

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Cuando Niko se pone a cantar ocurre otra cosa previsible: el imbécil del tupé ni se inmuta, porque es incapaz de entender hasta dónde llega el poder de la Encantadora Extravagancia. El del tupé jamás se hubiese puesto a cantar para humillarse públicamente por una mujer; posee el más imperdonable de los defectos: no está seguro de sí mismo. En cuanto al hipster, como es buen chaval ríe la actitud de Niko, pero probablemente no entiende lo que está pasando y desconoce que es una táctica de seducción. Probablemente cree que es un numerito pensado para Tik-Tok.

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Minuto 8: Bahar, pese a todo, sigue sin ceder, así que Niko Bellic se pone en pie para llamar aún más la atención, con lo que aumenta el Factor Encantador hasta el punto de que, ¡atención!, aparece una segunda Pelandrusca que le echa el ojo. Y no es una Pelandrusca cualquiera, sino una que tiene novio, pues la acabamos de ver abrazada a uno de los amigos del hipster. Esto nos dice que el encanto de Niko traspasa toda barrera, incluidas las del compromiso. La serie nos dice, amigas, que un mochilero seguro de sí mismo es un mochilero seguro de sí mismo, tenga una novio o no tenga una novio.

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Ante todas estas amenazas, Bahar accede por fin a darle el teléfono a Niko. En ese mismo momento, cómo no, la primera Pelandrusca deja de mirar a Niko y escanea a Bahar para comprobar quién es Esa que ha terminado llevándose el premio de la jornada.

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Como nota secundaria y sin embargo pedagógica, el del tupé lleva un buen rato haciéndose el distante para interesar a la Pelandrusca. ¿Su fallida táctica? Sin duda piensa —porque lo ha leído en Forocoches— que a las mujeres les gustan los tipos misteriosos y callados, así que ni una sola vez se ha quitado las gafas de sol para mirarla. ¡Error! Toma nota, amigo varón heterosexual: ponerse a cantar y mirar a los ojos es la jugada correcta. Si pasas demasiado rato mirando a la infinita negrura de tus gafas de sol, ella no pensará que eres Marlon Brando; pensará que estás con migraña. 
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Volvemos al presente. Habiendo escuchado esta parte del relato, la hija de Bahar se ríe y dice «¡Qué gracioso era papá!». El hijo dice lo mismo, pero porque lo acaba de decir su hermana mayor. Él, en realidad, apenas puede mantenerse despierto. Y esta es otra lección narrativa: los estereotipos de género quizá son socialmente indeseables, no lo sé, pero son fundamentales en el culebrón, tal y como los uniformes de distinto color son importantes en una escena de batallas. El culebrón no está para aleccionar o para romper estereotipos. El culebrón está para usar los estereotipos en su favor. Para apelar a aquellas partes de nosotros que nos empeñamos en ocultar bajo la peregrina noción de que, yo sí, yo soy una persona sofisticada que está por encima de esas cosas.

Minuto 9: Momento «Rosebud». Porque la emoción no está reñida con el arte.

Volvemos al pasado. Bahar y Niko ya se han casado. Aunque ella se ha quedado embarazada, él sigue yendo a escalar montañas porque: testosterona. Bahar no se opone. Permite que Niko se vaya al Nepal porque no quiere que sus propias preocupaciones impidan que su marido sea feliz. ¿No es acaso la esposa perfecta? La Pelandrusca no hubiese sido tan comprensiva. Lección: Bahar está preocupada por el peligro que Niko correrá subiendo por pedruscos helados, y no digamos ante la posibilidad de que en el Nepal lo rodee una legión de turistas hippies, pero ella se siente segura en cuanto a la relación y sabe que las Pelandruscas hippies retrocederán ante el Poder del Anillo de Casado. Para subrayar este concepto, en el subsiguiente plano solamente falta que la serie nos arroje el anillo a las narices.

Minuto 12: La niña pregunta «¿Os hizo felices que yo naciera?». Bahar responde que fue el mejor regalo que tuvo en la vida. El niño piensa: «¿Y conmigo qué narices pasa?». El pobre niño no entiende que es varón y, por lo tanto, morralla. Quizá deje de ser morralla si un día se va a escalar al Nepal. Bahar les dice a sus hijos: «¿Sabéis lo que pasó después?». Y la niña responde: «¿Qué papá me regaló caramelos?». Por primera vez en el episodio se nos muestra el reverso tenebroso del amor familiar. La contestación de la niña encierra dos verdades incómodas. Una, que la niña está celosa de su mamá porque se acaba de dar cuenta de que es una competidora por el amor de papá. ¿Por qué la serie nos muestra tal conducta en una inocente niña? No, no se trata de la niña en sí. La niña es lo de menos. Es algo simbólico que representa otros peligros familiares; por ejemplo, que una hipotética hermana de Bahar también estuviese interesada por Niko. Lo que este momento significa es: no importa cuán bondadosa seas tú y cómo de mochilero sea tu marido: en realidad nunca sabes cuándo puede surgir una lagarta en tu propia familia.

Minuto 13: Se nos revela que Niko Bellic, al ver por fin a su hija recién nacida, prometió dejar de escalar ¡Ahí os quedáis, Pelandruscas del mundo y del Nepal! El mochilero ha sido domesticado por completo. Otra revelación: Niko ya no estaba presente cuando nació el hermano pequeño. Intuimos, pues, que ha muerto, aunque no se nos dice de manera explícita. Eso sí, no hay duda de que el niño es hijo de Niko. Si sabemos que Bahar considera absolutamente descartada la posibilidad de que Niko se fuese con una Pelandrusca, lo mismo se le puede aplicar a ella.

Minuto 15: Un plano para situarnos en el contexto social de la protagonista. El contexto social es que vive en la cochambre. Sola y con dos hijos. Bahar es, por lo tanto, una mujer luchadora. Habla con el retrato del ¿difunto? Niko Bellic y llora: «Voy a hacer que nuestros hijos sean muy felices». Ella transformó al mochilero en marido, sí, pero el marido la convirtió a ella en una Madre Coraje. Se acabaron los pañuelos en el tobillo. De ahora en adelante, como buena madre y como buena viuda, solo usará los pañuelos para los mocos de los críos y para llorar.

Minuto 18: Alguien está dibujando obsesivamente la cara de Niko Bellic. ¿Quién? ¿Es Bahar la que dibuja para superar el duelo?

No, no es Bahar. Cuando la cámara asciende, descubrimos que quien está dibujando a Niko es ¡una Pelandrusca! ¿Cómo sabemos que es una Pelandrusca? Lo sabemos porque a) es guapa, b) tiene un hollywoodiense lunar en la cara, cabello ondulado y gargantilla, c) es una artista bohemia como las hippies del Nepal, y d) está dibujando al difunto marido de otra mujer. ¿Quién es esta misteriosa Pelandrusca? De momento, la llamaremos Artista. Pero vamos, ya saben ustedes qué clase de descocada lleva una gargantilla.

Minuto 19: La madre de Artista llama a la puerta de su habitación. Artista se apresura a esconder los retratos de Niko, acto que nos confirma que su obsesión con Niko es ilícita y vergonzosa. Cuando Artista abre la puerta, descubrimos que Madre tiene cara de no haber dormido en veinte años. Las ojeras de Madre nos dicen dos cosas: primero, que es una mujer luchadora que lo da todo por su familia (como Bahar). Y dos, que Artista es muy probablemente una hija mimada que se dedica a dibujar estupideces mientras Madre se desloma para hacerle la colada. Artista «se ofrece» para colocar su propia ropa en la habitación, pero lo hace para que Madre no descubra los retratos. Es más, Madre se sorprende como si fuese la primera vez que Artista pretende colaborar en una tarea hogareña. Así sabemos que Artista no solo es una Pelandrusca; es una vaga, el opuesto total de las mujeres luchadoras como Bahar.

Minuto 20: Madre se queja del «horrible olor a incienso» que hay en la habitación de Artista. Esto es una referencia clara a las Pelandruscas del hippismo nepalí. Y, quién sabe, una posible evidencia de que Artista fuma drogas.

Madre encuentra un dibujo. Le da la vuelta y lo mira. Aunque los espectadores no podemos verlo, creemos que es uno de los cien retratos de Niko que Artista oculta por la habitación. Se percibe la tensión. Artista piensa que su obsesión ha sido descubierta. Su expresión es mostrada en un plano pensado para que veamos bien la gargantilla. Una gargantilla. Qué descaro.

Pero Madre sonríe y se limita a decir: «Qué bien dibujas, hija». Resulta que el dibujo no es un retrato de Niko, sino el estudio de una mano agarrando una pera. ¿Es la mano de Niko? ¿Y qué es la pera? Les dejo a ustedes, que son más inteligentes que yo, la interpretación freudiana de ese boceto.

Minuto 21: Madre se empeña en lavar las sábanas de la cama de Artista, pero esto revelaría los retratos de Niko que Artista ha escondido en la cama. Para impedirlo, Artista se acuesta y dice que está mareada debido a la regla; una mentira que supone un uso innoble y antirreglamentario de la condición femenina. Madre se preocupa muchísimo, se ofrece a llevarla al hospital, dice que la ve desnutrida y que le va a preparar un batido de yogur. Qué buena es Madre. Un detalle importante: Artista tiene la pared decorada con dibujos colgados desordenadamente, lo cual no solamente nos indica que es una bohemia indeseable, sino también que es una locatis narcisista.

Momento clave: en cuanto Madre se va a batir yogures para combatir los ficticios mareos de su desagradecida hija, esta aprovecha para guardar los retratos de Niko en una caja con candado. Es la Caja de los Secretos, primer McGuffin de la serie. Hay muchas preguntas por responder. ¿Quién es Artista? ¿Por qué tanto empeño en esconder los retratos? ¿Fue acaso amante de Niko? ¡Es una aterradora posibilidad! ¡Necesitamos la respuesta! No llevamos veinte minutos de episodio y yo ya me he rendido a la intriga. Empiezo a entender que quizá esté contemplando la obra que de verdad ha conseguido heredar y adaptar a nuestra época los matices de El apartamento de Billy Wilder.

Minuto 22: Volvemos a la sufrida existencia proletaria de Bahar. Es hora de llevar los niños al colegio, pero la hija de Bahar se empeña en perder el tiempo mirando las judías que ha plantado. Otra referencia subliminal al —Dios no lo quiera— posible carácter bohemio de la niña y, Dios no lo quiera, posible futuro como hippie nepalí plantadora de marihuana. Esto supone es un sutil paralelismo con la dinámica entre Artista y Madre con Ojeras. Porque Bahar aún no tiene ojeras, pero la vemos doblando manteles de buena mañana, así que entendemos que acabará teniendo ojeras más pronto que tarde.

Después vemos a Bahar llevando el carro de su niño por una cuesta. Esta es una genial alusión a la diferencia entre la privilegiada vida de un hombre y la sufrida vida de una mujer: Niko Bellic iba a escalar por placer, pero Bahar termina escalando porque no le queda más remedio que subir la cuesta que lleva a la parada del autobús.

Minuto 25: Aunque Bahar va en el autobús con el niño pequeño en brazos, las Señoras Egoístas no le ceden el asiento y la miran con el debido desprecio con el que se mira a La Que No Tiene Marido. Las señoras saben que si Bahar tuviese marido, este la estaría llevando en coche (los maridos de ellas no cuentan porque ya son mayores y probablemente estén tratándose la lumbalgia en la terraza del bar).

Para reforzar esa sensación de que Bahar está sola en el mundo, llega al colegio y ¿qué vemos? No a otras mujeres llevando a los niños a clase, sino a los Maridos de esas otras mujeres. La única mujer en todo el fotograma es la propia Bahar. Los padres varones van relajadamente porque sí han venido en coche y no apretujados en el bus. Esta serie no deja de sorprenderme; cada imagen tiene más subtexto que The Wire.

Minuto 28: Vemos el lugar de trabajo de Bahar. Es una lavandería. Es también un deslumbrante ejemplo de retablo social. De nuevo, los estereotipos que tanto nos molestan en la vida real son aquí aplicados con singular sabiduría: en la lavandería, las empleadas femeninas visten de rosa y planchan, un trabajo que requiere habilidad y dedicación. Los hombres visten de azul y, como morralla que son, cargan peso, trabajo que no requiere talento alguno y que podría hacer gratis un burro si no fuese porque los varones humanos tienen, con respecto al burro, la ventaja de no defecar involuntariamente en mitad de la lavandería. O no tan a menudo, al menos.

Minuto 29: Bahar hace una pausa en el trabajo y sale a almorzar. Se sienta en unas escaleras. En sutil metáfora, las rejas nos hacen entender que su vida debería hacerla sentirse encarcelada. Sale también a almorzar una compañera suya, que resulta ser la Chica Nueva. Que sea la Nueva nos tranquiliza, porque eso implica que no tiene pasado (pasado = obsesión o rollo con el ¿difunto? Niko Bellic) y es por tanto una potencial amiga. La Nueva cuenta que también es madre y está sola: se ha separado del imbécil de su marido —probablemente sea aquel tipo del tupé— que no se digna en ir a ver a los niños, ocupado como está con la PlayStation.

Minuto 30: La Nueva comentando que criar hijos sola es muy duro, le pregunta a Bahar: «¿No sientes a veces que tu vida ha terminado?». Bahar, con expresión mortecina, con preojeras y con los labios pálidos por la anemia, responde que no. ¿Cómo va a sentir que su vida ha terminado? Porque para Bahar su vida son sus hijos. Terminamos de confirmar que la Nueva no es una Pelandrusca cuando la oímos hablar del horóscopo, lo cual indica que es una mujer crédula y, por lo tanto, ingenua e inofensiva. Sin que nos hayamos dado cuenta, la serie ha ido creando un vocabulario propio sobre el Bien y el Mal. Por ejemplo, incienso mal (=hippie nepalí), horóscopo bien (=madre ingenua). La escena se cierra con un plano que bien puede pertenecer a Orange is the New Black: Bahar está en la cárcel, sí, pero por fin ha hecho una amiga.

Minuto 31: Llegamos al momento que para sí hubiese querido Alfred Hitchcock. Bahar vuelve de recoger a los niños del colegio, y como es buena madre, mientras caminan va atendiendo a las gilipolleces que los niños le cuentan. Pasan junto a una tienda de fotografía. Bahar, distraída con los niños, no mira al escaparate. Pero, PERO, el espectador sí mira y ¡escalofríos! En el escaparate vemos lo que parece una foto enmarcada del ¿difunto? Niko Bellic junto a otra familia. ¡El horror, el horror! Nuestra pesadilla se ha hecho realidad. Niko no está muerto. No; es mucho peor, ¡está vivo! ¡Y está con una Pelandrusca! Quiera Dios, ¡quiera Dios!, que no sea la misma Pelandrusca aquella del barco.

Ya está: con este breve plano del escaparate, ha comenzado la imparable dominación mundial de este culebrón turco. Nada ni nadie puede resistirse a semejante despliegue de talento narrativo. En poco más de media hora (aunque aún queda mucho y brillante primer episodio), hemos recibido una avalancha de información tanto explícita como subliminal que nos ha hecho anhelar respuestas. No se ha desperdiciado una escena y no ha habido un plano que no significase algo (salvo una breve vista aérea de Estambul que probablemente era requerida por el Ministerio de Turismo). No ha habido diez segundos en los que la serie no nos haya llevado al estado emocional pertinente. Y esto, amigas y amigos, es la definición de una obra maestra. No se puede contar más y mejor en media hora. Me río yo de la primera media hora de La digilencia.

¿Quieren más pruebas? Tras el plano del escaparate, Bahar vuelve a casa y descubre que el casero la ha desahuciado. Cuando pensábamos en el minuto treinta que el drama estaba en todo lo alto, cuando habíamos bajado ya la guardia, ¡llega el minuto treinta y uno! Sublime.

Ahora, a esperar el tongazo de los Emmy. Porque nosotros ya sabemos qué serie debería ganarlos todos, aunque no se los concederán porque el mundo de la Alta Cultura todavía mira de reojo al culebrón como si fuese un «género menor». Yo mismo empecé como escéptico y, como verán, treinta minutos del primer episodio bastaron para quitarme los humos y ponerme en mi lugar. Mujer es el mejor cine en lo que llevamos del siglo XXI. Lo digo tan, tan en serio, que un día de estos, escúchenme, quizá me ponga a ver el segundo episodio.


¿Qué quieren las mujeres?

¡Ve con Dios!, de Edmund Blair Leighton (1900). (Detalle).

En 1925, mientras Freud psicoanalizaba a la princesa Marie Bonaparte, se produjo una súbita inversión de roles y fue el analista el que mostró un retazo de su lado oscuro —lo que él llamaba «el inconsciente»— al proclamar: «La gran pregunta sin respuesta a la que yo mismo no he podido contestar a pesar de mis treinta años de estudio del alma femenina, es la siguiente: ¿qué quieren las mujeres?».

Lo que Freud debería haberse preguntado, y con él millones de hombres, es: «¿Por qué no puedo hallar la respuesta a esa pregunta?», o incluso: «¿Por qué me hago esa pregunta?»; pero seguramente tales metapreguntas no tenían cabida, hace cien años, en la cabeza de un hombre inmerso en la lógica patriarcal, aunque la cabeza fuera tan grande como la de Freud.

Y sin embargo «la gran pregunta sin respuesta» ya había sido respondida muchas veces, y desde hacía mucho tiempo. Por ejemplo, en una leyenda artúrica que le oí contar, hace muchos años, al gran narrador oral británico Tim Bowley, recientemente fallecido. Una leyenda que contiene una gran verdad; una de esas verdades tan grandes que a duras penas caben en las historias reales y buscan acomodo en el más vasto territorio de la imaginación:

Cuando el rey Arturo era joven, se adentró sin darse cuenta en los dominios del Caballero Oscuro, que lo capturó y lo amenazó con matarlo si en el plazo de un año no encontraba la respuesta a una pregunta, y la pregunta era: ¿Qué es lo que realmente desean las mujeres? Arturo buscó la respuesta por todas partes y encontró muchas, es decir, ninguna: amor, belleza, seguridad, prestigio, fortuna, hijos… Al final, cuando estaba a punto de expirar el plazo, le dijeron que había una bruja que conocía la verdadera respuesta, y Arturo fue a consultarla. Y la bruja, que era horriblemente fea, le dijo que solo le revelaría la respuesta si Galván, el más noble caballero de la Mesa Redonda, se casaba con ella. Galván aceptó para salvar a su rey y amigo, y la bruja dijo que lo que las mujeres deseaban realmente era decidir sobre su propia vida.

El Caballero Oscuro quedó satisfecho con la respuesta, Arturo se salvó y Galván se casó con la bruja, tal como había prometido. Y la noche de bodas, en la cámara nupcial, la bruja se convirtió en la más hermosa de las mujeres y le dijo a su esposo: «Esta es mi verdadera naturaleza, pero solo podrás disfrutar de ella la mitad del tiempo. Puedo ser fea de día, a la vista de todos, y hermosa de noche, en la intimidad. O hermosa de día y fea de noche, elige». Y Galván contestó sin dudarlo: «Elige tú lo que prefieras». Y entonces ella dijo: «Esa es la respuesta correcta, y como premio por respetar mi voluntad seré hermosa de día y de noche».

Las mujeres, al igual que los hombres, quieren elegir. Así de sencillo, así de difícil. No en vano las primeras feministas organizadas como tales fueron las sufragistas, que reclamaban el derecho a votar, es decir, a participar en las «elecciones» por antonomasia. Reclamaban su derecho a decidir, a elegir entre las distintas opciones.

Y en otro orden de cosas, no es casual que Corín Tellado sea la escritora española más leída después de Cervantes. La clave del extraordinario éxito de sus novelas románticas (mejor dicho, «rosa»: nada que ver con Werther) es que en casi todas ellas la protagonista se debate entre dos pretendientes. En un mundo y en un terreno en el que las mujeres son —o no son— los objetos de deseo de los hombres, sujetos principales y a menudo únicos, las «chicas de Corín» pueden elegir y han de afrontar la responsabilidad y el riesgo de hacerlo, lo que las convierte en verdaderas protagonistas y las conecta con el deseo profundo de las lectoras. La respuesta que Freud aún no había encontrado a los setenta años, ya la conocía Corín Tellado a los diecinueve, cuando publicó su primera novela.

Y la fórmula sigue funcionando, a pesar de los avances conseguidos por el feminismo en las últimas décadas. No importa que los galanes en liza sean un vampiro y un licántropo, como en la saga Crepúsculo: la chica es la que elige, la autora es una mujer y el público es eminentemente femenino.

Pero tanto Corín Tellado como sus numerosas epígonas seducen a sus congéneres más ingenuas con el señuelo de una elección sucedánea, pues elegir entre dos hombres no es mucho mejor que ser elegida por uno, y la aparente liberación no es más que una puesta al día de la antigua sumisión. «El destino de la mujer es el hombre» sigue siendo el mensaje, por más que se le añada al proceso subordinatorio un grado de libertad. Y de ahí una de las consignas históricas del feminismo más combativo: «El hombre es el pasado de la mujer».


En nombre de la tradición: el rapto de novias en la sociedad postsoviética de Kirguistán

Cuando Jazgul salió de casa por la mañana, camino al bazar, nada le hizo sospechar que por la noche sería ya una mujer casada. A plena luz del día, unos jóvenes la asaltaron en la calle, la tomaron por la fuerza y la metieron dentro de un coche. Ella forcejeó durante las casi tres horas que duró el trayecto hasta un pequeño pueblo en las montañas. «Grité, pataleé con todas mis fuerzas, hasta que no pude más y me desvanecí», cuenta. Cuando llegaron, la familia les esperaba con los preparativos de la boda. «Les insistí en que no podía quedarme, que era demasiado joven para casarme, pero acabé aceptando para no avergonzar a mi familia», dice mientras intenta disimular su resignación. Al día siguiente contrajo matrimonio con uno de los jóvenes que la había raptado.

La cultura es un todo orgánico donde cada elemento se distingue por la función que desempeña dentro del sistema; cada ritual, cada costumbre, tiene su propia dinámica: puede aparecer, transformarse, o desaparecer cuando deja de tener sentido. Estos procesos, que se desarrollan lentamente, están ligados a las necesidades de la sociedad, los valores simbólicos, y a las percepciones acerca de lo que tiene derecho a ser y lo que no. Hoy, en Kirguistán, la idea de que el matrimonio por secuestro es una tradición que reafirma la identidad cultural se repite a lo largo del país. Tanto es así que más de la mitad de las mujeres están casadas con los hombres que las secuestraron.

Todo buen matrimonio empieza con lágrimas, dice una voz popular

Desde que Kirguistán obtuvo su independencia en 1991, después de la disolución de la Unión Soviética, resurgió la práctica conocida popularmente como Ala-kachuu, que podría traducirse como «atrápala y corre». Algunas son fugas consensuadas entre amantes que quieren evitar matrimonios acordados por la familia, pero la mayoría de los secuestros se realizan por la fuerza en un contexto marcado por el engaño, la violencia y, en ocasiones, la violación. En todos estos casos las mujeres pueden negarse a aceptar el matrimonio, pero corren el riesgo de hacer frente a la vergüenza social por convertirse «en la chica que cruzó el umbral», tal como popularmente se señala a aquellas que pisaron la casa de un desconocido. De esta manera, el 90 % de las mujeres permanecen con los hombres que las secuestraron, y las que desafían esta costumbre legitimada socialmente son vistas como traidoras a sus orígenes étnicos y dignas de ostracismo.  

A pesar de que muchos mantienen que esta práctica tiene sus raíces en antiguas costumbres nómadas, Ala-kachuu sigue practicándose, lo que choca con las aspiraciones de modernidad del país. La República de Kirguistán se situó a la vanguardia de la democracia parlamentaria en Asia Central cuando, en 2010, Roza Otunbáyeva se convirtió en la primera presidenta mujer de una antigua república soviética islámica como esta. Sin embargo, desde entonces, todos los intentos por defender los derechos de las mujeres se han quedado en el papel. Según el código penal de Kirguistán, el rapto de novias es un crimen, pero la ley rara vez se aplica para proteger a las mujeres de esta violenta práctica. El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) en un informe de 2016 dijo estar «profundamente preocupado de que el secuestro de novias parezca estar socialmente legitimado y rodeado por una cultura de silencio e impunidad, donde los casos de secuestro siguen sin denunciarse». Muchos son los que desconocen que esta práctica viola el derecho penal de Kirguistán; y, si lo saben, parecen concederle mayor autoridad a la tradición.

La piedra debe quedarse donde fue lanzada

Viejos refranes populares y un arraigado sistema de creencias y supersticiones juegan también un papel importante a la hora de convencer a las mujeres de que acepten el matrimonio. «Yo no quería quedarme, pero cuando colocaron un pan delante de la puerta, no tuve otra opción», cuenta Asiel desde su pequeño centro médico en el pueblo de Tepke, donde vive desde que se casó. Su marido, Ermek, la vio por primera vez en el hospital donde ella trabajaba cuando acudió como paciente. Explica que aquel día se enamoró a primera vista. A la semana siguiente, al salir del trabajo, la metieron en un coche y se la llevaron a Tepke para contraer matrimonio. «Nunca imaginé que me secuestrarían, pensaba seguir con mi carrera de médico y casarme con mi novio. Pero cuando me raptaron pensé que era mi destino», cuenta Asiel convencida —como la mayoría de la sociedad— de que el destino de las mujeres es el matrimonio con quien las escoge.

El aumento de esta práctica en las últimas décadas resulta a la vez paradójico, después de que el Estado soviético prohibiera el matrimonio por secuestro e introdujera una amplia legislación para emancipar a las mujeres kirguises. Uno de los objetivos de la Unión Soviética era sacar a las mujeres de sus casas y organizarlas como fuerza política económica, como parte activa de los trabajadores de la nueva economía industrializada. En este proceso, la cultura tradicional kirguís se eliminó o se volvió invisible, confinada en las esferas más íntimas y privadas, mientras que en el ámbito público se crearon nuevos roles de género. Las mujeres de la Unión Soviética habían logrado un impresionante nivel de emancipación a finales de 1980 y representaban el 51 % de los trabajadores de la economía soviética. Además, en tiempos de la URSS, el amor era motivo de propaganda; se fomentaban las «bodas por amor» y si eran interétnicas se premiaban. Pero, a pesar del impacto que supuso esta política en los roles y relaciones de género, la sociedad kirguís siempre mantuvo su estructura invisible de patriarcado, que volvió a tomar fuerza en el desarrollo de la sociedad postsoviética.

Hoy en Kirguistán la práctica del matrimonio por secuestro es vista por muchos kirguises como un resurgir de su identidad cultural después de décadas bajo poder soviético. Russell Kleinbach, un sociólogo americano que ha dedicado quince años de su vida a hacer un extenso trabajo de campo para entender de dónde proviene esta práctica y cómo combatirla, asegura que «estos secuestros con violencia para casarse no tienen tradición nómada ni son aceptados por el islam. Son el resultado de una distorsión arcaica de la antigua práctica de Ala-kachuu, que se llevaba a cabo cuando dos jóvenes se amaban y el novio no podía pagar la dote a la familia de la chica, así que los dos enamorados organizaban un secuestro por amor».

En los matrimonios por rapto, el target suelen ser mujeres jóvenes de entre diecisiete y veintitrés años que están estudiando en la escuela o la universidad cuando son secuestradas. Después de casarse, a pocas se les permite continuar con su educación y, en la mayoría de los casos, estarán confinadas en sus casas para las tareas del hogar y la crianza de los niños. De esta manera, el secuestro sirve a la vez para mantener a las mujeres fuera de la esfera pública, sin posibilidad de obtener una formación superior, independencia económica o ascenso en la escala social. Así pues, esta práctica aceptada por derecho consuetudinario se enmarca, en definitiva, en un sistema donde la violencia contra las mujeres se ha normalizado. El poder patriarcal goza de legitimidad y consenso entre la sociedad y, por lo tanto, contribuye a la aceptación social de la desigualdad.   

Pero en medio de este paisaje grotesco, el de una sociedad postsoviética a la deriva en busca de su identidad cultural, algunas voces arrojan luz sobre el futuro de las mujeres del país.  

Volviendo a la esfera política

Gazi Babayarova, víctima de esta práctica cuando era estudiante, escapó de su secuestrador e inició una lucha contra el rapto de novias, vigente bajo discursos de tradición, familia, honor y vergüenza. «Estos son temas que a veces incluso es problemático hablar en público. La conclusión es que las mujeres son consideradas como un producto, mano de obra, tanto por el marido que se las lleva como por sus propias familias que aceptan el trato», dice Gazi en su oficina. Desde 2004, ella y su ONG Kyz Korgon han estado librando una guerra contra el matrimonio por secuestro, sumándose a otros grupos activistas de Kirguistán que han pedido mejoras en la legislación, exigiendo mayores garantías y mejores respuestas judiciales y policiales a las denuncias. Como reacción a estas llamadas a la acción se creó en 2011 el Foro de Mujeres Parlamentarias, para poner sobre la mesa estos temas olvidados en la agenda política. La diputada más joven del país, Aida Kasymalieva, está liderando esta lucha.

En 2010, en medio de la convulsa revolución popular contra el Gobierno corrupto y autoritario de Bakíev, el nuevo Ejecutivo liderado por Roza Otunbáyeva llegó con fuerza al poder. Pero duró tan solo un año. Su ofensiva para llevar al Parlamento nacional el debate sobre los secuestros de novias se interrumpió en el proceso.

Las mujeres en Kirguistán enfrentan fuertes obstáculos para conseguir una plena participación política. A pesar de tener actualmente veintitrés escaños entre los ciento veinte miembros del Parlamento, tienen pocos puestos de liderazgo en los partidos. En 2005 el Parlamento kirguís se componía solo de hombres, pero se adoptó una cuota de género después de varias campañas y la ley ahora exige que las mujeres constituyan una tercera parte de las listas de candidatos. Sin embargo, los líderes de los partidos a menudo presionan a las mujeres para que renuncien a sus puestos después de ser elegidas. Esta exclusión significa que algunos asuntos, como la violencia doméstica, el matrimonio infantil y los raptos de novias, no reciben la atención que se merecen por su gravedad.

Aida Kasymalieva, en una reciente entrevista a Reuters, dijo que se quedó atónita cuando sus colegas abandonaron el lugar mientras hablaba en una sesión sobre estos asuntos, en una nación plagada de violencia contra las mujeres. «Estábamos discutiendo asignaciones, subvenciones, carreteras, y todos los hombres estaban sentados en el Parlamento; luego comenzó la hora sobre cuestiones de género y todos los hombres se levantaron y se fueron».

Kasymalieva, aunque recién estrenada como diputada, sabía que estas cuestiones no eran una prioridad en el Parlamento kirguís, ya que como periodista había investigado durante más de diez años sobre el matrimonio infantil y el brutal secuestro de mujeres jóvenes que luego eran obligadas a contraer matrimonio. Y, aunque no espera que la actitud de los diputados cambie a toda prisa, Kasymalieva cree que es necesario tener más mujeres en la política para lograr cambios y unir fuerzas para abordar estos problemas. «Lo que necesitamos es llegar al fondo del problema, no solo fortalecer la ley. Hay que cambiar la mentalidad de la sociedad para que los secuestros sean denunciados, ese es el problema, porque todavía se considera una práctica cultural y no un crimen».

Fotografía: Roser Corella


Otro inútil diccionario de japonés

Tokio, 1991. Fotografía: Andrew Stawicki / Getty.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 32.

«Hay cosas de las que no te protege una jaula». Lo piensa mientras las puertas automáticas se cierran a su espalda y el tren acelera. Se sienta, porque aún hay bancas libres. A esta hora siempre las hay. Está (lo sabe) abandonando la zona núbil en un descenso irrevocable hacia la invisibilidad. La publicidad ha dejado de cortejar comercialmente su atención y la televisión rara vez expone a alguien con sus mismas canas. Las que tienen su edad intentan que no lo parezca.

Pero al menos dos veces al día vuelven a interpelarla, prorrogando su obsolescencia. «Si eres mujer, protégete: utiliza al vagón segregado», recomiendan los carteles de la estación, adornados por ilustraciones de colegialas sonrientes que se ponen a salvo de una amenaza no dibujada. Es la hora punta del acoso en Osaka, Tokio, Nagoya. Ella supera los treinta, más de cuarenta o quizá cincuenta años. Va o vuelve del trabajo. Y, aunque apenas hay peligro porque está fuera de plazo lo dicen las estadísticas (1)—, escoge subir al vagón del letrero rosa. «Solo mujeres», indica el apeadero.

Allí todas hablan el mismo idioma: el joseigo o fujingo. Un dialecto propio, compuesto por palabras intrínsecamente femeninas (onna kotoba) parecidas a las que utilizó hace mil años Sei Shōnagon para escribir el hoy venerado Libro de la almohada. Entonces eran solo apuntes sin importancia sobre las cosas que para ellas tenían importancia: lo común, lo cotidiano, lo doméstico. Asuntos sin estatus suficiente para ocupar asiento en el vocabulario oficial nipón. Se valieron de palabras vernáculas y vocablos prestados para referirse a aquello que la mitad masculina escogía ignorar. Así opera el pensamiento mágico, quién lo niega: si no se nombra, no existe.

El caso es que no existe cosa tal como la Real Academia del joseigo, ni un diccionario oficial u oficiosoque recopile los términos y giros lingüísticos de la lengua de las japonesas. Quizá porque carece de carácter secreto y/o excluyente (los varones, si quisieran, podrían entenderlo. Pero no quieren, claro), nadie reclama ni reivindica su capital identitario. De lo que no hay duda es de que supone un dialecto en constante ampliación. Su repertorio aumenta por momentos, con nuevos términos que hablan de realidades no siempre novedosas. Ni mucho menos populares.

Esa esfera ha sido conquistada, léxicamente, por lo otaku, lo kawaii, el hentai, el anime, los sudoku, las geishas y los samuráis. El sushi, el ramen, el umami o la filosofía wabi-sabi. Haikus y retretes sofisticados. Los cerezos en flor. Sayonara. Kamikazes, origamis, sumo y otro puñado de términos tan conocidos e inocuos que los respetablemente occidentales exhibimos como souvenirs del orientalismo de postal. Añadido a la extraordinaria capacidad del idioma para confinar la belleza en un solo término (dos ejemplos: komorebi significa ‘la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles’ y gaman, la ‘capacidad de luchar cuando se cree que todo está perdido’), la lengua japonesa podría considerarse como una verdadera sucursal de lo guay.  

Probablemente no haya razones para esbozar un glosario con los otros términos, los menos vistosos y más encapotados. Tampoco necesidad de otro sucinto repertorio de japonés, existiendo ya los cruciales, anexados a las guías Michelin o Lonely Planet, que no compilan términos en joseigo, del argot femenino o coloquial, pero cuya utilidad es evidente.   

Y, aun así, aquí está. Otro inútil diccionario de japonés.

Baishun. Tal y como aparece definido en la ley de 1956, baishun consiste en ‘poner a la venta la primavera o juventud’. Es la florida y eufemística manera que los japoneses utilizan para referirse a la prostitución, una práctica declarada ilegal que en realidad se acomoda más a las hechuras de lo alegal. Para hacer compatible esta legislación (aprobada durante la ocupación estadounidense) con los burdeles, los barrios rojos y, en general, el pingüe negocio del sexo, la propia norma proporciona el truco: solo la penetración se considera relación sexual. Con el resto de prácticas puede comerciarse libremente sin que planee la sombra del delito. Así surgieron los pink salons, lugares donde solo se practican felaciones; los telekura, clubes donde se abona un precio astronómico por una llamada telefónica con una chica con la que se concierta una cita (las relaciones son gratis [sic]), o los imekura, burdeles temáticos en los que de nuevose abona todo, menos la eventual relación. En distritos como Tobita Shinchi (Osaka) o Yoshiwara (Tokio) las jóvenes retan al potencial cliente mirándole directamente desde los escaparates acristalados a pie de calle. A su lado, sentada también en cuclillas pero de espaldas al público, espera una mujer de más edad, la mama-san. Ella se encargará de cobrar las masturbaciones, masajes o sexo oral dispensados por la joven. La penetración de producirse no tiene coste alguno.

Chikan express: Traducido significa ‘tren perverso’ o ‘tren pervertido’. Durante los años noventa comenzó a llamarse así a la línea Midōsuji de la ciudad de Osaka, debido al descomunal número de abusos sexuales que sufrían las chicas que viajaban en él. Japón fue el primer país del mundo en crear los vagones solo para mujeres, en respuesta a la expansión incontrolada de los chikan, que cada vez de formas más sofisticadasaprovechan el anonimato de la muchedumbre para excederse con sus compañeras de trayecto. Actualmente existen vagones de mujeres solo en las horas punta o durante toda la jornada, dependiendo del trayecto, la compañía y la localidad. Aun así, más de cien mil mujeres al año son víctimas de este comportamiento depredador. Una cifra como otra cualquiera: en realidad podría tratarse del doble, o incluso el triple (2).

Chikan: No es equivalente a ‘pervertido’, como podría deducirse del punto anterior.  En realidad, describe un acto, literalmente el de ‘buscar a tientas’, aunque abarca una nutrida colección de verbos: estrujar, sobar, manosear… a las mujeres sin su consentimiento. No se consideró infracción hasta que en 1990 forzados por un par de casos que ofuscaron la atención internacional se incluyó como delito en el artículo 176 del Código Penal, con lo que meter la mano bajo las faldas dejó de ser una pícara travesura: «Ser chikan es ilegal. No te dejes llevar por el impulso del momento», recuerdan, aún, los carteles en las más bulliciosas estaciones de Japón.

Tchikan: Es, digamos, el término «afrancesado» para la misma realidad. Empezó a extenderse el pasado año, cuando se publicó en Francia el libro homónimo que narra la experiencia real de la japonesa Kumi Sasaki. Con la ayuda del editor Thierry Marchaisse, la joven desentierra los abusos sufridos a diario, de los doce a los dieciocho años, en el metro de Tokio. El volumen aún no ha sido traducido al japonés, ni cabe esperar que lo sea en un futuro próximo. La acogida que tuvo el testimonio de Sasaki en su país natal no fue exactamente cálida.

Sha mail, o su abreviatura Sha mae: Se refiere a los correos electrónicos con imágenes adjuntas que se envían directamente desde el dispositivo con el que se toma la fotografía. Desde que a inicios de los 2000 se popularizaron los teléfonos con cámara incorporada, Japón ha tenido que modificar el software de modelos tan populares con el iPhone. El país vivió una proliferación de webs dedicadas a recopilar fotografías up skirt (‘por debajo de la falda’) tomadas furtivamente en el transporte público. El término sha mail llegó a asociarse con este tipo de perversión y desde 2001 es imposible silenciar la cámara de cualquier smartphone adquirido en el país. El loable objetivo es que el chasquido alerte a las mujeres y disuada al depravado, aunque cualquier otra aplicación fotográfica ajena al sistema operativo del teléfono sirve de alternativa a quien se empeñe.

Tokio, 1991. Fotografía: Peter Sibbald / Cordon Press.

Sekuhara: Una palabra joven, aún en la veintena, que vino al mundo más de tres décadas después que su análoga estadounidense. Significa ‘acoso sexual’, aunque antes de 1989 no significaba nada. Al hostigamiento de esta índole no hacía falta referirse, porque no existía [sic]. Hasta que una mujer en Fukuoka demandó a su jefe y sufrió un verdadero calvario. Él no la había tocado, pero sí había intentado que renunciara a su puesto (después de que ella exigiera cobrar el mismo salario que sus compañeros de departamento por idéntica responsabilidad) a través de constantes comentarios sexuales. Tras un largo proceso, a ella la indemnizaron y sekuhara se convirtió en la palabra del año, aunque la mayoría desconoce aún cómo usarla.  

Matahara: Término que se acuñó, como quien dice, hace tres días. Es una contracción de las voces inglesas de maternity (‘maternidad’) y harassment (‘acoso’), consistente en hostigar laboralmente a las mujeres que se quedan embarazadas. Un problema social acuciante (más del 40 % de las trabajadoras que se quedaron embarazadas aseguran haberlo sufrido y el riesgo al que somete a las gestantes es inestimable), pero aún carente de respaldo o definición legal.

Yobai: Antes de bautizarse como sekuhara, al acoso sexual adoptaba muchos otros vocablos, al menos desde la perspectiva actual. Entre otros, el yobai, considerada una milenaria técnica de cortejo. Literalmente significa ‘arrastrarse por la noche’ y hasta el siglo XIX fue una práctica habitual en el Japón rural: el hombre se colaba por la noche en el dormitorio de la mujer de su gusto para mantener relaciones sexuales. Cada zona tenía sus particularidades en el «arte» del yobai. En algunos lugares solo los habitantes de la localidad tenían derecho a «arrastrarse» por las alcobas ajenas, en otros exclusivamente podía visitarse a viudas o casadas. El estado civil de ellos, en la mayoría de los casos, carecía de importancia.

Joshi kosei osampo: Textualmente ‘paseos honorables con chicas de secundaria’. Los centros neurálgicos de las ciudades japonesas están plagados de JK Cafes (siglas de joshi kosei, ‘colegiala’) donde los hombres desembolsan fortunas para que chicas muy jóvenes —en turbia ambigüedad con la edad real y la figurada les lean la fortuna, hablen o paseen con ellos. Los dueños de estos negocios se aferran a la ley: técnicamente, la chica no oferta servicios sexuales. Si tras el paseo opta por acabar la velada en un love hotel, lo hará (alegan) sin contrapartida económica. Una sordidez prácticamente ilimitada, pero con gradación. Se han desarticulado JK Cafes en los que los clientes pagaban para ver a menores hacer grullas de papiroflexia con las manos dentro de la ropa interior (inspirado en una especie de leyenda popular (3)), mientras que en zonas tan turísticas como Akihabara los extranjeros son insistentemente interceptados por jóvenes ataviadas como criadas sexies para llevarlos a los maid cafes, que son exactamente lo que parecen. Allí les dispensan trato de senseis a cambio de que ellos las conviden a una cena, unas copas, una noche en el karaoke o un bolso de marca. Los precios en las puertas de los cafés tasan el coste del tiempo de cada joven. Por hora.

Nadeshiko Sushi: Comercio ubicado en Akihabara, la zona zero de la cultura geek de Tokio. Encajado entre estos locales maids y JK, Nadeshiko suele pasar desapercibido como uno más. Pero no lo es. El letrero de su puerta advierte que está prohibido tocar o fotografiar a las cocineras, esperarlas a la salida de su jornada o pedirles el teléfono. Son mujeres y chefs de sushi, una combinación insólita. Este es el único establecimiento, de los treinta y cinco mil dedicados al sushi en todo Japón, con una mujer Yuki Chizuial frente de la cocina. Las escuelas gastronómicas niponas vetan a las estudiantes que pretenden dedicarse a esta especialidad (un entrenamiento de casi diez años) debido a arraigadas creencias sobre las manos femeninas. A saber: que sus extremidades están más cálidas que las de los hombres —y eso estropea la temperatura del arroz y el pescado—, que son demasiado pequeña… Aunque la explicación más frecuente la proporcionó Yoshikazu Ono, hijo del chef Jiro Ono, una auténtica celebridad del firmamento Michelin: «Las mujeres no pueden cocinar sushi porque menstrúan. Es necesario tener un paladar muy equilibrado, y el periodo provoca desequilibrios en la percepción del gusto». El local no difiere mucho de cualquier otro establecimiento de sushi de la ciudad, salvo, quizás, en la distribución de sexos: la mayor parte de los clientes son hombres y la totalidad de empleadas mujeres, que visten con un yukata (versión más ligera de un kimono) y no con el tradicional uniforme blanco de los chefs de sushi. Chizui explica que comenzaron respetando el atuendo clásico, pero nadie acudía al local. Su lema es «fresh and kawaii», algo así como ‘fresco y cuqui’. El propietario e ideólogo, por cierto, es un hombre.

Takako Tonooka: En puridad, se trata de un juego de palabras sin demasiado intríngulis, un seudónimo que cumplió su cometido (como si dijéramos Pepa Pérez) de mantener en el anonimato a una joven que se percató de que el manoseo que sufría habitualmente en el metro de improviso comenzó a tomar un cariz diferente: no era arbitrario. Los hombres que aprovechaban los zarandeos del trayecto para frotarse contra ella y desabrocharle la ropa la escogían entre el resto de pasajeras. La buscaban. Acabó descubriendo que una expareja había publicado en una web de chikan su itinerario y horarios semanales, animando al resto de pervertidos a abusar de ella como venganza. La madre de una compañera de Takako Tonooka reaccionó con una campaña de crowdfunding para financiar un proyecto de disuasión. Consistía en unas chapas con dibujos y mensajes anti-chikan, que las jóvenes colocarían a la vista en bolsos y abrigos. La policía ferroviaria de Saitama también distribuyó en 2016 unas pegatinas antiabusos. Su lema era «No me toques» y, si el tocón persistía, la pegatina incluía en su reverso una especie de parche de tinta negra con el que podía marcar al agresor. Tanto las chapas como los sellos son inencontrables.

Juken jigoku: Término empleado para referirse a los exámenes de la selectividad japonesa o, más concretamente, al estrés que generan. Traducido al inglés sería algo así como ‘examination hell’. Es, digamos, el infierno más evidente. Pero dentro de ese averno palpita otro más, exclusivamente femenino. En esas fechas, las líneas de metro que conducen a los centros de exámenes se atestan de chikan y pervertidos. Es su particular carnaval, porque las jóvenes apenas oponen resistencia a los manoseos, una auténtica barra libre. Si alertaran del abuso, tendrían que abandonar el vagón, avisar a las autoridades de la estación y acudir a la policía. Perderían la posibilidad de examinarse por incomparecencia o retraso y deberían esperar otro año entero para repetir la prueba. Los acosadores lo saben y explotan la tesitura para organizarse con eficacia militar a través de internet. Ellas aconsejadas por los folletos que se reparten durante las jornadas de concienciación anti-chikanse arman con alfileres para defenderse de las manos anónimas que las toquetean con impunidad.

NANPA o Nampa: La imagen es cotidiana: una jauría de jóvenes heterosexuales bien vestidos se abalanza sobre una chica (o un grupo de ellas, aunque es menos común) en una zona peatonal especialmente populosa. El NANPA se define como técnica de cortejo, aunque tiene más de caza mayor por la violencia de su acometida. Lo prueban, además, las páginas dedicadas a desentrañar sus trucos, que aconsejan fijar objetivos en chicas concretas, especialmente aquellas que vayan solas, lleven el pelo teñido o vistan de colores claros. Después de que en espacios tan concurridos como Shibuya se hayan producido secuestros y otros delitos que alegaban ser inofensivas técnicas de NANPA, algunas discotecas, karaokes o bares de copas desalientan su práctica. No muy concienzudamente, también es cierto: «Se desaconseja practicar un excesivo NANPA», puede leerse en algunos rótulos.

Black Box: En inglés significa ‘caja negra’ y la policía nipona utiliza el término para referirse a los casos que creen que jamás serán aclarados. Podría, además, tener una connotación extra: deshonra. Eso es lo que ha sufrido la periodista Shiori Ito por decidirse a denunciar una violación ante la policía. La historia completa tiene mal resumen: Ito presentó pruebas (grabaciones de cámaras de seguridad, informes médicos…) de que el también periodista, y biógrafo del primer ministro japonés, Noriyuki Yamaguchi abusó sexualmente de ella en un hotel de Tokio, el 3 de abril de 2015. Los acontecimientos que se produjeron a continuación condensan la actitud del país hacia este tipo de conductas: el primer ministro paralizó personalmente la detención de Yamaguchi, se dio carpetazo a la investigación e Ito se convirtió en una apestada. No hubo alboroto social por la evidente corrupción e injerencia política, ni tampoco escándalo por las flagrantes evidencias de la violación. Tras rocambolescas desestimaciones fiscales, batallas legales y callejones sin salida, el pasado octubre Shiori Ito lanzó su libro Black Box. La casualidad quiso que coincidiera con el estallido del caso Weinstein y la sensibilización internacional ante los crímenes sexuales… pero ni por esas. Japón volvió a ignorar a Ito y, con ello, las estadísticas que esta incluyó en su obra: si una mujer se emborracha, el 35 % de los japoneses considera que está dando vía libre, sexualmente hablando. Si cena o bebe con alguien a solas, el 23 % considerará que está dando su aprobación a un coito posterior. Cuando a finales de marzo varias periodistas denunciaron que habían sufrido acoso sexual por parte del viceministro de Finanzas, Junichi Fukuda, la reacción fue similar. Nulo escándalo y aceptación silenciosa. No le hizo falta siquiera negarlo. Su jefe, el líder del ministerio Tarō Asō, dijo que no despediría a su segundo porque estimaba que estaba «suficientemente arrepentido» por lo sucedido.

Concluimos este glosario constatando su absoluta inutilidad: no hemos dado con la traducción de un término que haría de corolario, y que quizá palpite en la motivación misma del compendio. En japonés no existe nada llamado «consentimiento sexual». Las leyes de violación ni lo mencionan. Si se preguntan cuál es el término jurídico para definir el acto de forzar a alguien a mantener relaciones sexuales aprovechándose de su falta de conciencia o incapacidad para resistirse, se lo decimos: Quasi-rape. Es decir: ‘cuasi violación’.

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«Hay cosas de las que no te protege una jaula», se repite. Pueden mirarte a través de los barrotes, como si te masticaran. Desde el vagón vecino pueden fotografiarte, señalarte, poner en ti una diana. Ignorarte o esperarte a la salida. Esclavizarte y —como si fueran Huxley— convencerte de tu buena suerte de esclava. Pero seguirás sin una palabra en joseigo para definir lo que hermana al archipiélago de Japón y a este mismo vagón: la sensación de verse cercado y a la vez protegido por el mar.

Tokio, 2018. Fotografía: Carl Court / Getty.

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(1) El rango de edad de las japonesas que sufren acoso en los trenes no deja lugar a dudas: según los datos de la ONU-Mujeres, el 70 % de las menores de treinta años ha sufrido tocamientos indeseados en el transporte público. De los cuarenta a los cincuenta años, el porcentaje se rebaja hasta el 8 %. Además, el 30 % de las mujeres que lo sufren son menores de edad.

(2) Según los informes de la Policía Ferroviaria y la Agencia Nacional de Policía, el 89,1 % de las mujeres que sufrieron abuso no reportaron el incidente.

(3) Se dice que Sadako Sasaki fue una niña de doce años que vivía en Hiroshima cuando cayó la bomba atómica. Enfermó de leucemia debido a la radiación y se propuso hacer diez mil grullas de celulosa para conseguir sanar. Murió antes de llegar a las novecientas.


La mujer en la URSS

Manifestación con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, Petrogrado, 8 de marzo de 1917. Fotografía: State museum of political history of Russia.

La huelga y manifestaciones del pasado 8 de marzo me despertaron la curiosidad sobre cómo resolvió las cuestiones de género la Unión Soviética, el mayor experimento igualitario que ha conocido la historia universal. En un encuentro con la comunista y feminista alemana Clara Zetkin, Lenin dijo: «De lo que se trata es de ganar para nuestra causa a los millones de mujeres trabajadoras de la ciudad y del campo. Para nuestras luchas, y muy especialmente para la transformación comunista de la sociedad. Sin atraer a la mujer, no conseguiremos un verdadero movimiento de masas». En los setenta y cinco años que duró la Revolución soviética se experimentaron grandes avances en cuestiones de igualdad de género, pero en los últimos años de vida del sistema muchas diferencias y discriminaciones continuaban aún sin resolverse.

Según las estadísticas de la URSS, uno de los logros más importantes fue sacar a la mujer del campo. En 1939 había un 32% de mujeres en núcleos urbanos. En 1959, un 48%, y en 1970, un 56%. En el medio rural, la progresión fue la contraria: en 1939, 68%; 1959, 52% y 1970, 44%. El broche de esta evolución fue Valentina Tereshkova, la primera mujer en viajar al espacio.

En 1970 un 51% de los asalariados eran mujeres. Se partía de que, a finales del siglo XIX, un 55% de las mujeres eran sirvientas, un 25% granjeras y un 13% asalariadas. En 1989, un 48% del total de asalariados soviéticos eran mujeres. Un 60% de los ingenieros eran mujeres, un 87% de los economistas, un 70% de los médicos y profesores y un 90% de los bibliotecarios. No obstante, en el mundo académico solo un 13% eran doctoras. Había un embudo o techo de cristal en los altos niveles profesionales.

Estudios publicados en la propia URSS se hacían eco del problema y lo analizaron. En 1986, E. B. Gruzdeva y E. S. Chertikhina escribieron en una publicación de la editorial Progreso que la mujer soviética no ascendía en su escala profesional fundamentalmente por no poder conciliar la vida familiar, lo que llevaba a una «feminización» de las ocupaciones de base.

Citaban un estudio realizado en las industrias de Leningrado entre 1970 y 1977. Entre los técnicos, había un 69,4% de mujeres. Entre los profesionales altamente cualificados, un 62,4%. Sin embargo, entre jefes de sección y gerentes, solo eran un 6,3%.

Durante este periodo, los salarios del primer grupo aumentaron en 17 rublos. Los del segundo, en 31 rublos, y los del tercero, en 66. La brecha salarial en cada uno de ellos fue, respectivamente, de un 1,5%, un 10% y entre un 20 y un 57% en los puestos de mayor responsabilidad.

Ocurría algo parecido en la educación pública. Un 81% del profesorado eran mujeres, pero en la dirección de escuelas de primaria solo había un 41% y en la de institutos, un 36%. En su vigésimo séptimo congreso el PCUS debatió todas estas diferencias y se propuso introducir correcciones en los salarios para lograr la igualdad en el año 2000. Una de las medidas propuestas para conseguirlo era aumentar el número de electrodomésticos para facilitar las tareas del hogar.

Según una encuesta realizada por el Goskomstat SSSR (Comité Estatal de Estadísticas de la URSS) citada en el Journal of Communist Studies (8:4), las mujeres ocupadas en los sectores no agrícolas tenían de media 1 hora y 23 minutos de tiempo libre los días laborables, y 4 horas y 36 minutos los días libres. En los koljoses, granjas colectivas, la media era peor. 1 hora y 3 minutos los días laborables, y 3 horas y 23 minutos en los de libranza. En ambos casos era menos de la mitad del tiempo libre del que disponían los hombres. Las mujeres trabajaban en el tajo y luego en casa se ocupaban de las tareas domésticas y la prole.

La escritora Francine du Plessix Gray entrevistó a mujeres soviéticas en Soviet Women: Walking the Tightrope. La mayoría de ellas mostraban puntos de vista negativos sobre los hombres y aseguraban que su principal fuente de felicidad eran sus familias, especialmente los niños, las madres, las amigas y sus trabajos. Como promedio, ganaban menos que los hombres y se quejaban de que había pocos productos de consumo destinados a la mujer. Paradójicamente, entre las mujeres que desempeñaban profesiones liberales, ya a principios de los ochenta, había muy pocas mujeres soviéticas que se considerasen feministas. Un término que para ellas tenía connotaciones negativas. Hasta Aleksandra Kolontái evitaba definirse como feminista.

En 1979 circuló por Leningrado un documento escrito a máquina, copiado con papel de calco, que denunciaba la desigualdad sexual en la URSS. A las responsables se las obligó a ir al exilio. Una de ellas fue Tatiana Mamonova, fundadora de Zhenshchina i Rossiia (Mujeres y Rusia), el primer grupo disidente feminista de la URSS, que marchó a Estados Unidos. La poeta Kari Unskova murió en un accidente de coche sospechoso cuando estaba a punto de emigrar. Y la escritora Iuliia Nikolaevna Voznesenkaya, que rechazó irse al exilio, fue juzgada por «calumnias al Estado» y sentenciada a cinco años de exilio interior que fueron conmutados por una pena de dos años en un campo de trabajo.

La perestroika de los ochenta puso de manifiesto un problema de gran envergadura, el de la representación política. Según la Enciclopedia de historia de Rusia, en 1930 Stalin clausuró las asociaciones de mujeres bajo la acusación de «feminismo burgués», que generaba división y atentaba contra la unidad de la clase trabajadora. En 1958, Jruschov volvió a promover los zhensovety, consejos de mujeres, que se establecieron en las fábricas y las oficinas. Siguiendo la línea marcada por el partido para la mujer, los consejos trabajaban en secciones: vida cotidiana, cultura, política de masas, cuidado de niños, salud e higiene.

Con Brézhnev siguieron existiendo, pero sobre el papel. Sin gran actividad. Gorbachov, en 1986, se propuso revitalizarlos en el XXVII congreso del partido. En dos años, logró involucrar a 2,3 millones de mujeres. Sin embargo, el problema de la conciliación seguía presente y no se podía eliminar solo con políticas voluntaristas. El techo de cristal en la política era el más acusado de todos, como quedó patente con sus políticas aperturistas.

Mujeres fundiendo metal en Leningrado, sitiado en ese momento, 1942. Fotografía: Vsevolod Tarasevich / RIA Novosti archive.

En los setenta hubo un 31% de diputadas en el Sóviet Supremo. Un 30% en el Consejo de la Unión, un 31% en el Consejo de las Nacionalidades y un 34% en el Sóviet Supremo de cada república. Un porcentaje abrumadoramente superior al de diputadas en las democracias occidentales de entonces. En las elecciones soviéticas habían sido elegidas a cargos de gobierno de municipios y regiones un 45% de mujeres. También un 31% de los jueces del país eran mujeres. En 1984 los votantes eligieron a 492 para 1500 escaños del Sóviet Supremo. Otra vez un tercio, un 32,8%. El porcentaje era similar en todas partes porque el partido funcionaba con cuotas en las cuestiones de género. Pero el poder, relativo, porque los diputados soviéticos se dedicaban a votar «sí» a las políticas del partido.

Y también con techo de cristal. Eran diputadas, pero no llegaban al Politburó. En la esfera de los países socialistas, solo tres mujeres llegaron a primer ministra: la croata Milka Planinc, en Yugoslavia; Sühbaataryn Yanjmaa, en Mongolia, pero de forma interina durante un año; y Khertek Anchimaa-Toka, en la República Popular soviética de Tannu Tuvá. A nivel federal, en la URSS, durante setenta y cinco años solo hubo seis ministras: Aleksandra Kolontái, Aleksandra Biryukova, Yekaterina Furtseva, Rozaliya Zemlyatska-Samoilova, Polina Zhemchúzhina y Maria Kovrigina.

Pero en las elecciones de 1989 por primera vez los candidatos no los designó el partido. Es decir, hubo competencia real para salir elegidos y obtener cada cargo. La ley electoral asignó que un mínimo de un 10% de escaños tenían que ser por decreto para mujeres. En las elecciones fueron elegidas 352 mujeres para 2250 escaños. Un 15,7%. El porcentaje se redujo a la mitad de lo que había habido hasta entonces.

Encuestas de opinión mostraron que las mujeres eran los candidatos «menos deseados» por los votantes. Del mismo modo, el ritmo de vida que exigía presentarse a unas elecciones cribaba de por sí el número de mujeres, porque por tener que ocuparse de su familia y de sus hogares no podían atender a todos los compromisos públicos y mediáticos que requería la campaña electoral de una candidatura. Ese mismo año, el PCUS se vio forzado a anunciar medidas para aumentar la igualdad y el número de mujeres en política.

La brecha salarial existía desde el primer plan quinquenal. Los empleos de los sectores donde más se invirtió, subiendo los salarios, eran mayoritariamente desempeñados por hombres: industria (62%), transporte (79%) y construcción (77%). Y en hostelería, salud y educación, donde había más concentración de mujeres, los sueldos estaban por debajo de la media nacional.

A finales de los sesenta un estudio de los salarios en los complejos industriales de Taganrog, en el óblast de Rostov, mostró que las trabajadoras cobraban entre 80 y 90 rublos y los trabajadores, entre 110 y 120. Diez años después, los hombres promediaban entre 170 y 180 rublos y las mujeres, entre 110 y 120. Crecieron los salarios, pero se mantuvieron las diferencias. Las mujeres cobraban un 70% del salario masculino. Cuanta más cualificación requería un trabajo, menor era la brecha. Entre ingenieros, la mujer cobraba un 80% del sueldo masculino. Para los niveles no cualificados, el sueldo de la mujer era menos de dos tercios del salario de los hombres. En el segundo caso, la diferencia se achacaba a la fuerza física. En el primero, a que las mujeres iban tres años por detrás de los hombres en promoción profesional por tener hijos.

Engels consideraba que en la familia el hombre era el burgués y la mujer el proletariado. Lenin también se refería a la «esclavitud doméstica» de la mujer. Pero rechazaban el feminismo tradicional como algo propio del capitalismo, la ideología bolchevique entendía que con el final del capitalismo y la revolución del proletariado desaparecerían las diferencias entre hombres y mujeres. Sin embargo, no fue así. Lenin reconoció que los decretos y las nuevas leyes de la URSS no eliminaron automáticamente las diferencias. Así surgieron los aludidos zhensovety, donde no sin polémica Kolontái, entre otras, reivindicaba un feminismo socialista en la URSS.

Todo acabó en los años treinta, con las políticas de industrialización, cuando Stalin consideró por decreto que «la cuestión femenina», como se había llamado hasta entonces a la desigualdad, ya estaba resuelta con éxito. Las mujeres avanzaron dentro de la URSS, pero la equiparación real solo estaba en la Constitución, que garantizaba la igualdad entre mujeres y hombres «en todas las esferas de la economía, el gobierno, la cultura y la vida social y política». Una de las primeras manifestaciones de la sociología en la URSS en los tiempos de desestalinización fue precisamente relativa a la mujer: los objetivos de igualdad no se habían conseguido.

En 1981 Brézhnev alertó de la ausencia de mujeres en puestos de dirección, tanto en el partido como en las empresas, y aumentó los permisos de maternidad. La emancipación de la mujer, coreada en los medios y proclamas de la URSS, en realidad —sostiene Norma C. Noonan, experta en Rusia de la Universidad de Augsburgo— se debía al fenómeno de las babushka (‘abuelas’) más que a las leyes. Por las diferencias demográficas entre hombres y mujeres tras la II Guerra Mundial, las mujeres jóvenes que trabajaban eran ayudadas en el hogar por sus madres, tías o suegras, que cuidaban a los niños, hacían la compra y limpiaban. Conforme fueron desapareciendo, porque en las nuevas generaciones pocas mujeres aspiraban a ser babushkas de nadie, la desigualdad de género se fue incrementando en la URSS otra vez.

Un factor decisivo fue que en las regiones musulmanas de la Unión aumentaba la natalidad exponencialmente y en el resto disminuía. El partido promovió políticas familiares en su zona «europea» y de liberación de la mujer en la «asiática». Para que no hubiera una escasez de mano de obra, en la zona «europea» se necesitaban familias de tres descendientes, pero el hijo único era la norma. Uno de los objetivos inmediatos de la perestroika fue conseguir que cada pareja tuviera su propio hogar en el año 2000. Sabían que vivir con los padres o en pisos comunales generaba tensión en la pareja, aumentaba los divorcios y afectaba a la natalidad. Aunque el número de divorcios había crecido en paralelo al número de viviendas desde los años sesenta. Se había triplicado. Al igual que el bienestar material:  conforme crecía, disminuía la natalidad. En esta tesitura, a finales de los ochenta, literalmente, no sabían qué hacer.

Estas contradicciones no llegaron a ser superadas por las políticas soviéticas porque en 1991 se acabó el invento. Pero la postura del país sobre esta cuestión durante setenta y cinco años se puede resumir con unas palabras de uno de los primeros sociólogos soviéticos, Igor Kon: «La división del trabajo entre los sexos es anterior a la opresión de las mujeres y, por lo tanto, la erradicación de esta opresión no implica la desaparición de todos los roles sexuales».

Miembros del Sydir Kovpak, 1940. Fotografía: Autor desconocido (DP).


Las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo

Fotografía: Jens Schott Knudsen (CC).

Hace seis años, en Artículo femenino singular, una antología dedicada a mujeres articulistas desde los inicios del periodismo hasta el siglo XX, el profesor Teodoro León Gross y yo titulamos la introducción al volumen «En cuanto el ambiente se haya despejado…» en alusión al comentario que Magda Donato (Madrid 1868 – Ciudad de México 1966) había realizado sobre el quehacer periodístico femenino en España. Esta pionera del reporterismo encubierto decía que «En cuanto el ambiente se haya despejado por completo de su estrechez y de su mezquindad molesta, las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo, que solo ellas pueden hacer llegar a su pleno desarrollo». Magda Donato mostraba esta confianza en el trabajo periodístico de las mujeres, en enero de 1918, en su sección «Femeninas» en El Imparcial. Tenía que «despejarse el ambiente», tal y como lo expresaba, para que las mujeres pudieran ocupar un lugar en la prensa generalista. En muchos sentidos debía ampliarse esa mirada, principalmente masculina, para que la incorporación y el reconocimiento de las mujeres en la prensa se convirtieran en un hecho.

Las mujeres que se dedicaban al periodismo en aquella época se consideraban una excepción, cuando no una excentricidad. El recorrido que se vieron obligadas a realizar pasaba, en primer lugar, por salir del espacio privado que se les había asignado, para adentrarse en los espacios públicos de socialización: salones, cafés, academias o tertulias. Y, de ahí, a las redacciones y a los distintos ámbitos de poder. Había que salir de lo marginal para hacerse un hueco en los medios.

Desde los inicios del periodismo en España, algunas pocas mujeres en efecto se hicieron hueco, y consiguieron infiltrarse en los periódicos. Y a pesar de las dificultades, lograron un espacio propio. Entre las más conocidas: Fernán Caballero, Concepción Jimeno de Flaquer, Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Carmen de Burgos, Isabel Oyarzábal o Concha Espina. Y lo estaban haciendo a comienzos del XX, junto a Magda Donato: Eva Canel, Sofía Casanova, Consuelo Álvarez, Josefina Carabias, María Luz Morales Godoy, Irene Polo y un largo etcétera, especialmente en estos primeros treinta años del siglo y previos a la Guerra Civil, que vendría a truncar, entre tantas cosas, el progresivo afianzamiento de la mujer en la prensa española.

Habría que esperar hasta bien entrados los años cincuenta para hablar nuevamente de mujeres periodistas, como Pilar Narvión, Pura Ramos o Mary G. Santa Eulalia. Pero sería a finales de los sesenta y dentro ya del clima que fraguaba la transición donde volvemos a encontrar una avalancha de mujeres, similar al de las etapas republicanas y feministas de Magda Donato. La nómina es muy extensa sin duda Carmen Rico Godoy, Maruja Torres, Pilar Urbano, Juby BustamAnte, Nativel Preciado, Carmen Rigalt, Rosa Montero, Sol Gallego-Díaz, entre otras muchas. «En la radio y televisión  ha costado mucho la incorporación de las mujeres pero ahora son más fuertes y sólidas. Hubo un grupo de mujeres fundamentales en los medios audiovisuales en los setenta y después como Carmen Sarmiento, Mercedes Milá, Rosa María Calaf, Marisa Flores, Marisa Ciriza, Juby Bustamante. Y dos mujeres de cultura democrática que vinieron ya con otro talante como Julia Otero y Concha García Campoy», comentaba Lorenzo Díaz, en 2014.

Ya «han pasado décadas desde que Curri Valenzuela fue la primera mujer en tener mesa en la redacción de la agencia EFE, o que Carmen Sarmiento fuera la primera mujer en cubrir una guerra, o Pilar Narvión, la primera subdirectora de un periódico nacional como Pueblo o Pepita Carabias y la propia Narvión fueran corresponsales de medios de comunicación de ámbito nacional. Hoy se cuentan por docenas las mujeres que ocupan puestos similares», afirma la veterana periodista Pilar Cernuda.

Son ciertos estos logros. La mujer en este poco más de un siglo que va desde las declaraciones de Magda Donato hasta nuestros días se ha ido instalando en los medios de comunicación y en otros puestos de trabajo que antes eran impensables.

En crisis

Asumida esta situación ¿se ha despejado verdaderamente el ambiente en pleno siglo XXI para las mujeres en el periodismo?

Isabel San Sebastián lo tiene claro: «Hemos avanzado poquísimo. En mis treinta años de ejercicio de la profesión la situación ha cambiado para las mujeres periodistas en la base, donde cada vez son más, pero no en el vértice». Las oportunidades no son las mismas para las periodistas «no tanto por ser mujeres como por ser madres». La mayoría de las que asumen puestos de poder no tienen hijos. En la televisión han cambiado algo las cosas pero más en «entretenimiento» que en «información o información política».

Anabel Díez pone el foco en la crisis de los medios de comunicación que deviene de la crisis del sistema económico que tuvo un impacto tan brutal en los medios como en el sector de la construcción. El cierre de periódicos en España, como en el resto de Europa y en Estados Unidos, dio lugar a miles de periodistas despedidos y a la puesta en marcha de un nuevo modelo de trabajo precario, como primera característica, y con nuevas exigencias profesionales. Ahora bien, afirma, «aunque la crisis económica es el meollo central que sumió en la crisis a los medios que no han encontrado aún el modelo de negocio a seguir, también se ha aprovechado la circunstancia del enorme desempleo, para que las contrataciones incluyan condiciones salariales y de trabajo escasamente atractivas. Y se cubren todos los puestos».

Soledad Gallego Díaz redunda en cómo en la actualidad la crisis del modelo de negocio y la crisis económica han colocado a los periodistas, hombres y mujeres, en una terrible situación de precariedad laboral, con cada vez menos derechos laborales. Pero subraya que «en el caso de las periodistas la pérdida es aún mayor, como siempre sucede cuando se trata de retrocesos laborales. Las primeras en sufrirlos somos las mujeres». Pilar Cernuda ahonda en esta precariedad actual «para desgracia de quienes quieren dedicarse a esta profesión con la pasión necesaria, el panorama laboral es penoso». Pero considera que esta situación lastimosa es así para hombres y mujeres por igual: «No advierto ninguna diferencia o ventaja  por el hecho de ser hombre o mujer».

Gallego Díaz también encuentra luces dentro de la formidable expansión digital que nos rodea y que «ha permitido también a muchas mujeres periodistas encabezar sus propios proyectos, con independencia o como socias en igualdad de condiciones y ese camino está resultando muy interesante». Luces en la era digital que Anabel Díez matiza por la necesidad perentoria de que «el tráfico» sea incesante y masivo, con la repercusión que esto tiene en los contenidos, que están muy condicionados. «¿Y qué atrae sobre todo al tráfico? Hay muchos análisis al respecto pero es evidente que los sucesos, el sexo van por delante aunque también se pretende, y algunos lo consiguen, que la política se ponga al nivel de las anteriores, junto a los asuntos llamados rosa o del corazón». Y Ana Romero apuntala, «en la cúpula, en el lugar donde se toman las decisiones en los medios, solo hay hombres». Y que esta realidad se ha reproducido de los medios analógicos a los digitales por la sencilla razón de que «son una réplica llevada adelante por aquellos que salieron de los medios en papel y que han buscado refugio en lo digital para venir a reproducir todo exactamente igual».

Otra veterana como Karmentxu Marín coincide en que la crisis ha sembrado miseria y la precarización en la profesión, en la cual, además, se han perdido miles de puestos de trabajo. «Pero curiosamente y valga la ironía entre las mujeres las condiciones de trabajo siguen siendo peores que las de los compañeros varones». Y aporta datos concretos para hacerse  a una idea de cómo está el patio.  Basta con citar, comenta, el Informe Anual de la Profesión Periodística 2015, presentado hace unas semanas en la Asociación de la Prensa de Madrid. «El paro profesional es de un 64% entre las mujeres y un 36% entre los hombres; entre 2014 y 2015 las categorías profesionales de las mujeres directoras, directoras adjuntas, subdirectoras y redactoras jefas en medios impresos  pasó de un 6,7% al 7,8% (¡Loado sea el cielo, pero fíjense qué dígitos!): en medios audiovisuales, del 6% al 7,8%, y en digitales, del 3,5% al 3,9%. Eso sí: de los licenciados en Periodismo en 2014, 63,1% eran mujeres y 36,9%, hombres. Las tablas salariales avalan, en la mayor parte de los segmentos remunerativos, esta situación de inferioridad de las mujeres con respecto a los varones periodistas. La tabla 45 sobre salarios del citado Informe 2015 es realmente significativa.

Tocar Techo

Si bien la presencia de las mujeres en las redacciones españolas, y en las facultades de comunicación, es notable, también lo es el omnipresente e insalvable techo de cristal. La mayoría de los puestos directivos los ocupan hombres. Es una excepción en el panorama mediático que dos mujeres como Cristina Fallarás y Ana Pardo de Vera dirijan diario16.com y público.es, respectivamente. Si no fallan las estadísticas, solo una de cada cinco directivos es mujer. Es una constante entre las periodistas actuales establecer una vinculación entre el techo de cristal y la precariedad laboral. Como señala Lucía Lijtmaer: «ninguna mujer pasa en España de jefa de redacción salvo algunas excepciones». Y añade que a esta realidad se suma el hecho de que «el periodismo diario, especialmente el político, sigue considerándose como un espacio tradicionalmente “de macho”».

Anna Grau considera que las mujeres periodistas ahora mismo «copan o por lo menos predominan en la clase de tropa, la infantería del periodismo, porque ahí suelen ofrecer virtudes (la capacidad de hacer varias cosas a la vez por ejemplo) que las hacen más estimadas. Además en todos los oficios creativos y mal pagados encontramos a más mujeres que hombres… pero a medida que escalamos en la cadena de mando la cosa se complica. Hay muchas mujeres en la base de la pirámide del periodismo y muy pocas en la cúspide, reinonas de los magacines televisivos aparte… pero estas últimas gozan de la patente de corso de hacer un producto pensado para audiencias femeninas. Es mucho más difícil encontrar una mujer dirigiendo un periódico económico o simplemente prensa generalista. Allí parecen más de “fiar” los hombres».

Colegas mexicanas y argentinas comparten esta misma sensación. La argentina Daniela Pasik comenta: «Un rápido paseo por los medios gráficos en Argentina deja ver que los cargos directivos y las columnas de opinión políticas, por ejemplo, son casi monopolizadas por hombres. Recientemente se entregaron los premios de FOPEA (Foro de Periodismo Argentino), y los jurados eran todos hombres. Por supuesto, de los diez premiados, solo hubo una mujer (Cecilia González)». Periodista premiada que coincide con lo expuesto: «La gran pregunta para mí —dice González— es por qué casi no hay jefas  en los medios de comunicación, ni columnistas».

Con todo, las periodistas españolas dedicadas a política son numerosas. No hay más que atender a las tertulias radiofónicas y televisivas, pero también en la prensa, para que surja una nómina más que respetable: Lucía Méndez, Anabel Díez, Olga Rodríguez, Marisol Hernández, Esther Esteban, Nativel Preciado, Esther Palomera, Isabel San Sebastián, Esther Jaén, Carmen Moraga, entre otras muchas.

Entre noviembre y diciembre de 2014, con motivo del libro sobre el columnismo escrito por mujeres mencionado al inicio del artículo, León Gross y yo organizamos el congreso «Artículo femenino singular. La historia de las mujeres en el periodismo español», en Málaga gracias a la Fundación Manuel Alcántara. Y en este evento una mesa de diálogo fue para las mujeres dedicadas a la opinión política entre las que se encontraban Isabel San Sebastián, Anabel Díez, Lucía Méndez y Esther Palomeras.

En esta ocasión, Isabel San Sebastián recordaba cómo su columna de contenido político, «El contrapunto», en los años noventa, en ABC, resultaba un hecho insólito. Era «muy novedoso y extraordinario, por lo machista que era la sociedad en ese momento». «La opinión de una mujer valía mucho menos que la de un hombre». Y añadía «Seguimos pesando mucho menos las mujeres que los hombres. Esto es una rémora». Anabel Díez comentaba que habían cambiado mucho las cosas pero que la presencia de los hombres seguía siendo abrumadora en las redacciones a pesar de que en la profesión y en la facultad eran más las mujeres. «De manera natural las cosas o no llegan o con una lentitud apabullante. En el periodismo de opinión política ha costado mucho y se ha ganado a pulso». Lucía Méndez corroboraba que seguían siendo minoría las periodistas que hacen opinión política en los diarios y añadía: «las mujeres tenemos que demostrar más a menudo, con mayor intensidad, con más número de horas, que somos igual de capaces que los hombres, a pesar de tener familia e hijos». Y Esther Palomeras apuntalaba: «Ya no somos agentes secundarios pero sigue habiendo escasez. Nuestra opinión sigue siendo minoritaria».

Pero, siendo justas, tampoco nos engañemos, a esta «reivindicación estadística» hay que ponerle matices como los que señala Alba Muñoz: «Ojo: una mujer no garantiza ni contenidos feministas, ni contenidos de izquierdas, ni periodismo de largo aliento, ni experimentación, ni rutinas laborales compatibles con la crianza. Pero tampoco hemos probado nunca…» Quizá ya sea el momento ¿no? Sobre todo el de visibilizar mujeres en cargos directivos, pero no solo para que se las vea, sino para que se las escuche, que se convierta en una normalidad, tanto el que lo hagan bien como el que lo hagan mal. De derechas, de izquierdas o mediopensionistas. Que deje de ser un hito, un logro que una mujer acceda a determinados cargos de responsabilidad en los medios de comunicación.

¿Qué hay que conciliar?

Fotografía: Toxteth TV (CC).

Junto al infrecuente acceso a los puestos directivos de las periodistas emerge el asunto de la conciliación laboral y de la maternidad. ¿Es posible desarrollar una carrera profesional en el periodismo siendo, a la vez, madre, y no morir en el intento? Parece una tarea realmente compleja. Y eso explica en cierta medida que las mujeres, aun cuando ya son mayoría en las redacciones, no alcancen todavía los puestos directivos. En una entrevista realizada por Iñaki Gabilondo a Michelle Bachelet, el periodista comenta la precariedad de las medidas actuales para la conciliación laboral porque «una mujer no puede llegar muy lejos a tiempo parcial, tiene que trabajar mucho. La solución del tiempo parcial es una solución coyuntural, no es una solución». Y confiesa: «Una cosa que me ha marcado toda la vida es que nunca he tenido que optar entre ser periodista y ser padre. Yo nunca me planteé: “no sé si quiero ser periodista o padre”. Y he vivido rodeado de compañeras que se han preguntado muchas veces si tienen que ser periodistas o madres».

Charo Zarzalejos, en 2014, en el congreso al que se aludía arriba realizaba la siguiente declaración: «Lo que nos distingue a los hombres de las mujeres es que las mujeres tenemos una relación distinta con el poder. Los hombres son más ambiciosos, la mujer si sale ambiciosa no tiene límites, es verdad. Pero a la hora de ascender, de asumir responsabilidades, creo que nuestra escala de valores, por lo menos la de mi generación, era bien distinta a la de los hombres. Siempre nos han podido más los afectos que el poder. Siempre nos hemos sentido especialmente responsables de nuestros hijos. Creo que es este sentido el que explica que pudiendo haber tenido ciertas cotas de poder, algunas hemos renunciado a ellas, porque equivocadamente o no (en mi caso, no, me ha compensado), teníamos una escala de valores distinta. Y a todo no se puede estar».

A las dificultades comunes con las que se enfrentan las mujeres en todos los sectores profesionales, hay que sumar las especiales características del trabajo periodístico: disponibilidad horaria total, trabajo en fines de semana y festivos… En esta profesión, como en tantas otras en las que la «productividad» parece estar por encima de lo racional, si no puedes prolongar la jornada es como si no existieras. Muchas mujeres solicitan reducción de jornada porque es la única manera de tener un horario cerrado y poder organizarse con cuidadores, guarderías, colegios… Pero esta opción reduce también toda posibilidad de ascenso o promoción. Esto contribuye a explicar la brecha salarial que hay en el sector, puesto que las reducciones conllevan una drástica reducción del sueldo (muy por encima, en algunos casos, de la reducción horaria, puesto que se eliminan automáticamente del sueldo los pluses y otras compensaciones).

Por otra parte, pese a que el trabajo periodístico permite el teletrabajo  —con un móvil y un portátil está todo resuelto—, las empresas periodísticas no lo fomentan. Es más, siguen premiando el «presentismo». Y la organización del trabajo tampoco ayuda, pese a que ha habido avances. Una cosa son los sucesos, los acontecimientos imprevistos, y otra, que la organización del trabajo demore el día a día. Además de optar por reducciones de jornada, son muchas las mujeres que intentan cambiar de ocupación  en el sector, y abandonan los medios, para aspirar a un trabajo más ordenado: en gabinetes de instituciones, empresas, y otras entidades, o bien optan por hacerse autónomas.

Anna Grau añade que las mujeres suelen ser menos ambiciosas en líneas generales y «cuando descubren que el periodismo es un oficio endemoniado de conciliar con la vida familiar y los hijos, normalmente pringan más por este lado. En todos los matrimonios de periodistas que yo conozco, cuando llegan los hijos y las complicaciones, ella, suponiendo que no llegue a dejar el trabajo, reduce las expectativas y pecha mucho más que él. Estoy simplificando y generalizando… pero creo no estar equivocándome mucho».

June Fernández, directora de la revista feminista Píkara Magazine, amplía el campo a lo que denomina el «peso de los afectos» que recae sobre las mujeres en general. No ya la conciliación con la maternidad, que se da por supuesto, sino también las relaciones que si bien dan, también restan energía vital y hacen que no te plantees irte lejos, o que te sientas culpable si te pasas todo el día trabajando y no tienes tiempo para tu pareja, para tus hijos o tus padres. Hay una incomprensión en el mundo familiar si es la mujer la que no encuentra el tiempo para los otros. No se estimula lo material, el empoderamiento, que seamos ambiciosas y nos movamos por el mundo. «Mi idea es que las mujeres recibimos más mensajes que minan nuestra iniciativa personal y que nos atan a un contexto y una vida determinados por los afectos», subraya. 

Periodismo «cipotudo»

Por otro lado, según afirman bastantes profesionales, parece seguir vivo un periodismo de «machos». «Incluso entre periodistas hombres que hablan ante periodistas mujeres con mucho más recorrido», señala Alba Muñoz que apunta además lo triste y ridículo de esta situación. «Eso da pie, por ejemplo, a que una cagada de un redactor haga gracia, ya que completa el genotipo de reportero viril y trasnochado que la lía de vez en cuando. Un fallo femenino se considera mala praxis, falta de profesionalidad. El trato de los jefes hacia ellos recuerda a un encuentro en el bar. Con ellas, en cambio, se genera la atmósfera de una entrevista de trabajo. En un mundo que sigue dirigido por hombres, sigue imperando la masculinidad». Lucía Lijtmaer subraya que, pese a la apariencia de «feminización» de las redacciones (en las caras visibles), nada afecta esto a la agenda, a los temas. Y añadiríamos que ni al tratamiento de los temas. Por ejemplo, hoy en día un informativo puede abrir con un feminicidio, y la prensa escrita también se ocupa de la violencia de género y le da relevancia en el medio.  Precisamente la crónica de sucesos es uno de los géneros que más se ha «feminizado» en este sentido en los últimos años. El problema no es que se hable poco de ello, sino que los modelos discursivos que lo describen se centran siempre en la «debilidad de la mujer» y su fragilidad «connatural». Tamara Marbán contempla que «la mayoría de las dificultades, discriminaciones, violencias e invisibilidades a que estamos sometidas las periodistas vienen de antiguo, es decir, no llegan cuando nos instalamos en el oficio, sino que forman parte de una lista machista tenebrosa de heridas antes de la muerte a las que hacemos frente en el periodismo y fuera de él». La precariedad que nos ha regalado el neoliberalismo salvaje y la incertidumbre por el cambio en el modelo de negocio de los medios exacerba la sensación de inseguridad.

June Fernández lleva este asunto hasta las redes informales de poder y de decisión, en donde las mujeres periodistas, se han sentido excluidas de manera  más o menos sutil de los espacios en los que «se corta el bacalao». «Por ponerte un ejemplo, cuando yo curraba en un periódico, un chico de mi edad se fue de concierto con los jefes. Yo ni lo hubiera contemplado. Ese compadreo con los jefes (hombres) es mucho más difícil cuando eres mujer, sobre todo sabiendo que si estrechas confianza te expones a que te sexualicen. Puede ser el partidito de fútbol, quién se va de cañas con los jefes, el sentido del humor que se maneja en la redacción… Lo mismo con los políticos. O en el caso de las corresponsales, ese ambientillo nocturno que, por ejemplo, describe Manuel Jabois en el prólogo de Novato en nota roja, de Alberto Arce». 

La happy hour la denominaba y temía una colega de profesión de Anabel Díez, según comentó en el congreso de 2014, ese tiempo en el que los hombres se iban de copas y compadreo y en el que todo se decidía porque, cuando volvían a la redacción, ya estaba pensado qué se publicaba y dónde. Isabel San Sebastián señalaba esta capacidad de medrar e irse de copas con el jefe y apuntalaba: «los hombres dedican más tiempo a medrar y la mujeres a trabajar».

Parece cierto, aunque pueda a veces dar la impresión de lo contrario por la mayor visibilidad de ideas y pseudoideas feministas, que, como expuso Íñigo F. Lomana, estamos en una era de «prensa cipotuda», de estilo rimbombante y de exuberante virilidad. Y en este punto, acierta otra vez Alba Muñoz en su perfil de Facebook con respecto a la polémica que generó esta publicación en las redes:

«Los cipotudos me gustan si son buenos en lo suyo, del mismo modo que me gustan algunos pintores fascistas. Hay cipotudos a los que les gusta pensar y a mí me gusta leer pensamiento, por aquello de abrir ventanas al cerebro para luego cerrarlas si eso. La relación entre talento e ideología es la que es y cada uno la gestiona a su manera». A este respecto entre «ética y estética» o «ideología y estilo», el artículo de Alberto Olmos publicado en El Confidencial recoge una defensa de la «prosa cipotuda», inserta en una tradición literaria española que también hay que tener presente.

«Pero a los cipotudos les envidio una cosa —continúa Alba Muñoz—: la armadura invisible que hace que sus palabras pesen más y que muchas balas les reboten. Da la sensación de que todo lo que escriben suena más sabio, reflexivo, importante. Termina siendo más influyente que lo que escribimos las mujeres. Y no solo porque sean más en las tribunas y en los consejos de dirección. Es como si a nosotras se nos leyera con el balido de una oveja y a ellos en una iglesia vacía que resuena». Habrá que pensar despacio por qué ellos suenan acertados y rotundos y nosotras dubitativas. En igualdad de condiciones, señala Ana Grau, suele tener más credibilidad la información de un hombre…«a no ser que la mujer adopte un rol marcada y hasta agresivamente masculinizado. Estoy generalizando y simplificando, pero no me estoy alejando mucho de la verdad». Emilia Landaluce, con su singular ironía, apunta que «todo son ventajas» si eres mujer y periodista, y exclama: «¡Las periodistas coñudas no existimos!». Quizá esta falta de reconocimiento y audición de las voces de las periodistas guarde cierta relación con el «síndrome de la impostora» que atemoriza a la periodista Tamara Marbán. Síndrome que es en cierta medida representativo: «el miedo a destacar, a levantar la mano y la voz, a no pedir permiso, a no callar y a no conformarse… por si te descubren. Sentir ese vértigo del no debería estar acá, no me lo merezco, mi voz no es importante. Ese no querer/poder ocupar el sitio que se nos antoje a nivel laboral es el microscopio meridianamente claro de cuánto el mundo, con sus cruces históricos, nos atenaza».

Histeria digital machista

Fotografía: European Parliament (CC).

La prensa digital parece que reproduce y amplifica en algún sentido los agravios comparativos entre hombres y mujeres. Mariluz Peinado se preguntaba, a raíz de una investigación que The Guardian publicó el pasado mes de abril «The Dark Side of Guardian comments»: «¿Por qué hay tanto odio hacia las mujeres (periodistas y no periodistas) en internet?» The Guardian  presenta las conclusiones de una investigación inmensa: el periódico analizó 70 millones de intervenciones de lectores y lectoras en los artículos de su web desde 2006. En este tiempo, solo un 2% (1,4 millones, aproximadamente) han sido eliminados por los moderadores por considerarlos muy inapropiados. Sin embargo, entre los millones de comentarios que se mantuvieron en la web del diario británico no solo había reflexiones y argumentos racionales. También había insultos, acoso y palabras de desprecio, especialmente hacia las periodistas. Y ¡ojo! Porque uno de los aspectos más comentados en este debate fue la revelación de que la mayor parte de los mensajes de odio enviados contra mujeres en internet proceden de otras mujeres, en su mayor parte jóvenes. Polly Toynbee en «When women can be misogynist trolls, we need a feminist internet» explica alguna de las causas que llevan a estas jóvenes a convertirse en trolls de sus congéneres y expone algunas medidas posibles que, como en tantas ocasiones, pasan por un buen sistema educativo.

Los resultados de la investigación de The Guardian pusieron cifras a algo que la mayoría de las periodistas han sentido alguna vez: que son más a menudo que sus compañeros el objeto de insultos de comentaristas. «De los 10 escritores que sufren más acoso, ocho fueron mujeres (cuatro blancas y cuatro no-blancas) y dos, hombres negros», decía el estudio. Las periodistas son más fácilmente criticadas, despreciadas e insultadas en las redes sociales y las ediciones digitales de los medios de comunicación. Y el argumento no siempre es la calidad de nuestro trabajo, subraya la periodista de El País.

Dos días después, Peinado, publicó en Verne (El País) un artículo sobre el informe de The Guardian. Los comentarios se llenaron de insultos; acusaron a la periodista de «hembrista y de odiar a los hombres». Y afirmaron que mentía, aunque su aportación al artículo era mínima y recogía los resultados de varios estudios. Ese artículo fue mucho más comentado de lo que son habitualmente las publicaciones de Verne siguiendo algo que el propio estudio indicaba: que no solo las mujeres son más insultadas, sino también que los artículos sobre mujeres son más criticados. Se lamenta Peinado de que sea algo más que habitual. «Hay pocos temas que polaricen tanto los comentarios en los medios digitales como el feminismo o los derechos de las mujeres. El propio estudio de The Guardian apuntaba que, en los artículos sobre violaciones, el número de comentarios bloqueados aumentaba respecto a la media. Es casi imposible firmar una información que hable sobre tendencias feministas, que rescate a figuras femeninas olvidadas o que explique términos como mansplaining sin que alguien te llame feminazi. También sin que alguien te ataque personalmente y diga que seguro que eres fea, estás amargada o malfollada. Como si fueran argumentos de autoridad para evaluar el trabajo de las profesionales. La conversación y la posibilidad de democratización de la información que ofrece internet tiene aún mucho que avanzar en este sentido», subraya.

La revista Píkara Magazine publicó el año pasado un reportaje significativo sobre acoso machista y comentarios sexistas a mujeres periodistas. «Micromachismos o microviolencias que nos quitan energía y seguridad en nosotras mismas», como una cuestión clave que señala June Fernández.

¿Tú que haces para que esto mejore?

Llegados a este punto, tras constatar ese techo de cristal, la tan difícil conciliación familiar y el machismo sobresaliente en los medios analógicos y digitales, ¿qué queda? Silvia Cruz quiere escapar de la queja que, siendo lícita, le resuena cansina, «Ya se quejan hasta ellos de estas cosas, mira si es fácil», comenta con divertida ironía. Cruz se plantea esta cuestión: «¿Tú qué haces para que esto mejore?» La periodista freelance responde que en la medida de lo posible ella trata de ampliar su mirada en lo referente a las mujeres como ha aprendido a hacerlo con otros temas. «Yo no nací feminista, me hice, y me hice o me di cuenta de que lo era bastante tarde», afirma. «Lo que hago en mi día a día cuando me planteo un reportaje, pienso: este experto que he empleado, ¿podría ser una experta? Las voces de autoridad femeninas están en segundo plano, a veces no por machismo, sino por comodidad, pues todos los periodistas acudimos a las mismas fuentes porque ya están verificadas y todo fluye más rápido. Eso implica más trabajo, claro. Hay que elegir, comprobar que realmente esa mujer experta está autorizada en su campo y no escogerla solo porque es mujer. Encontrarla, contactar, a veces convencerla de que hable, convertirla en tu fuente». Tamara Marbán en este sentido de buscar respuestas y maneras que no aprisionen y respondan a su querer hacer periodístico se cuestiona casi de manera inconsciente y a diario con cómo romper con ciertas dinámicas y aprendizajes. Y así  trata de «encontrar una voz fuera del feminist planning y del resto de plainnings, que evite la propaganda, sin dejar de contribuir en  dar la pelea; tratando de identificar los espacios narrativos que suman, que aportan, que construyen, que sostienen el bien común y que parten de la reivindicación feminista, que nos sostiene en el mundo; quiere «inventar un artefacto periodístico que sortee y/o atraviese lo biográfico, pero que huya de la pseudoficción. Que dé respuestas, que se reinvente».

Y en esta línea de planteamientos renovadores, Laura Corcuera, redactora de Diagonal, se pregunta por aquel medio que considera qué necesita esta sociedad y nos pregunta también: ¿Qué medio de comunicación imaginas «ideal» en términos de condiciones materiales de producción, organización interna, contenidos y formatos? Corcuera sugiere que reflexionemos sobre asuntos como «soberanía informativa» y «periodismo situado» y propone vincular medio a movimiento. En atención al ecosistema mediático actual plantea tres aspectos clave en los que debemos detenernos para comprender mejor cómo funciona el periodismo y la comunicación actualmente y qué lugar ocupan en esta cadena las mujeres y las mujeres periodistas. Desde sus postulados feministas, se trata de atender a tres cuestiones básicas, que expone del siguiente modo:

  • (Re)presentación de las personas no varones en los medios de comunicación, como protagonistas, sujetos, interlocutores, «agentes», «expertxs» de los acontecimientos y de los procesos que se dan en la vida, desde lo más concreto y local a lo más global y abstracto.
  • Quién escribe/produce discurso/información en los medios. Quién hace los medios.  La presencia de plumas/emisoras no solo varones blancos jóvenes occidentales de clase alta y a veces media.
  • El funcionamiento de las empresas informativas, organización interna jerárquica, autoritaria, machista y heteropatriarcal. Las condiciones materiales de producción. Conciliación con la vida, división sexual del trabajo periodístico (temas, responsabilidades). Y cómo el periodismo en su vertiente más intrépida se entiende como una actividad «reservada» para los chicos.

Hasta aquí lo que hemos podido aclarar de la situación actual de las mujeres periodistas. Aún no parece que se haya «despejado el ambiente» como sugería Magda Donato que sucedería en el periodismo, como ocurre en tantos otros ámbitos sociales y laborales. La presencia de las mujeres en los medios sí es un logro que no podemos obviar pero aún con todo las desigualdades entre hombres y mujeres son manifiestas. Es sintomático que tanto veteranas como profesionales más jóvenes coincidan mal que bien en la mayoría de las cuestiones. La única voz disonante al respecto es la de Pilar Cernuda, de aquellas que han entendido que esta cuestión les apelaba, que ha habido lógicamente algunas periodistas que han preferido no contestar.

Quizá Donato al emplear la palabra «consagrarse» estaba siendo estricta con el término en el sentido de entregarse en cuerpo y alma al ejercicio periodístico, y a nada más, día y noche. Quedan muchas barreras que derribar y mientras tanto, «ante una hipotética brecha de género», Alba Muñoz nos hace una última propuesta que no debemos dejar de considerar. Esta periodista se ofrece «como subjefa de un medio de comunicación mayoritariamente femenino en todos sus órganos vitales». «Lo de subjefa es por el estrés», aclara.


La sagrada vulva andina que hace libres a las mujeres

Fotografía cortesía de www.vulvalucion.org.

Un grupo de artesanos de un poblado a las afueras de Lima se dedica a coser vulvas que se utilizan como herramientas de educación sexual y que son el germen de un empoderamiento de la mujer en la región y en otras partes del mundo.

Se oye el sonido de una máquina de coser en una de las casas de Manchay, en las afueras de Lima, en Perú. Y hemos puesto casa en cursiva no por un error, sino porque cuesta denominar como tal a esta humilde morada situada en este asentamiento urbano que no sale en las guías de viaje. El único momento de gloria de los habitantes de estos cerros en los que se apiñan construcciones variopintas, unas de madera, otras de uralita, tuvo lugar cuando se rodó allí la película La teta asustada, galardonada con el oso de oro en el festival de Cine de Berlín de 2009.

Después, Manchay dejó atrás el ambiente festivo de saberse escenario de un film y este secarral polvoriento volvió a su rutina: tráfico de camiones, un sol justiciero, niños que van a la escuela (algunas incluso con internet)… La civilización, poco a poco, va llegando y en la actualidad, algunos de los cerros cuentan con agua corriente y luz eléctrica. Bendito desarrollo…

Pero volvamos a la máquina de coser. Dionisio Ramos cuenta con dos herramientas básicas para su trabajo, la máquina de coser y un móvil con el que toma nota de los pedidos que le llegan. Aunque habría que decir que las verdaderas herramientas de este hombre, que en el pasado fue sastre, son sus manos. Dionisio es el cabeza de familia de un clan formado por otros dos miembros, su mujer y su hija. En Manchay hay asociaciones de mujeres tejedoras, aunque lo que Dionisio cose no son faldas o jerseys al uso. De hecho, los artículos en los que se afana le han costado muchas bromas, incluso él mismo los rechazaba al principio. Decía: «Yo no quiero hacer más esta cochinada». Y cochinada, era el apelativo con el que denominaba a las vulvas que su familia se dedica a coser. Han leído bien: vulvas, y no vayan a creer que los Ramos tienen en Manchay un laboratorio clandestino de cirugía genital. En absoluto. Lo suyo es coser, con todo arte y colorido, las llamadas Vulvas Dolls, una especie de marioneta, de títere, que reproduce, a la perfección, el órgano genital femenino. Moradas, otras de tejidos andinos, rosas para las niñas que acaban de tener su primera menstruación, de seda y terciopelo, con una pequeña rosa representando la uretra y un delicado botón haciendo de clítoris…. ¡Quién le hubiera dicho a Dionisio que sus manos iban a acariciar tantos y tan delicados órganos femeninos!

La historia de las vulvas títere, que se vienen utilizando como instrumento de educación sexual, una forma como cualquier otra de enseñar a las mujeres cómo son sus genitales, se inicia a finales de los ochenta con la educadora sexual norteamericana Dorrie Lane. Ella diseñó la primera y empezó a utilizarla con sus propios hijos, un chico y una chica: hasta ese momento se había servido de libros y documentales, pero el intercambio con sus chicos fue mayor y las conversaciones fueron más espontáneas cuando tuvieron la vulva de por medio. Después, empezaría a usarla en sus cursos y la aceptación fue tal que sus colegas empezaron a reclamarle otras. Lane se dedicaba a confeccionarlas manualmente hasta que las cantidades solicitadas se le empezaron a ir de las manos y entonces entró en contacto con la gente de Manchay, en Perú. Por aquel entonces pululaban por el poblado unas chicas con tintes feministas, que fueron las encargadas de poner en marcha los talleres para diseñar las vulvas. Eso fue en 2005: «Reclutamos a las interesadas en formarse y montamos los talleres, financiados inicialmente con microcréditos de diez mil soles, unos dos mil quinientos euros», comenta Elizabeth Cabrel, una de aquellas chicas feministas que hoy sigue llevando el proyecto adelante a través de www.vulvalucion.org/.

Primero, confeccionaban únicamente vulvas. A partir de 2007, diversificaron la producción hacia otros artículos, como joyas de plata en las que reproducen la vulva en anillos, pendientes, colgantes… Así, la visibilización era aún mayor. «Los artesanos reciben un justo pago por su trabajo, es comercio justo y con él mantienen a sus familias», comenta Cabrel. Estas familias han podido salir a flote gracias a las vulvas pero aún así, muchas de las mujeres del poblado se resisten a hacerlo: el sexo es tabú en muchos países de Latinoamérica, y si hablamos en femenino, más aún.

Fotografía cortesía de www.vulvalucion.org.

«Los Ramos enseñan a coser a sus vecinos, les enseñan a hacer el llenado de la vulva, el cosido, pueden estar dando trabajo a unas cinco mujeres», dice Cabrel. Las vulvas peruanas salen con destino Europa, Australia, Japón… Psicólogos y sexólogos, que las utilizan en sus consultas, son sus principales compradores.

Dionisio se afana sobre el próximo diseño: recorta las telas, hace los moldes, el remallado, que es la costura de seguridad inicial necesaria para que la delicada tela no se deshilache. El relleno (las telas utilizadas vienen de Perú) se hace con napa de silicona, una fibra muy fina. Aproximadamente —dedica una hora y media a cada una y en total— habrá fabricado unas dos mil.

Algunas de las parejas artesanas se han mudado a otros países, donde a buen seguro siguen transmitiendo su saber hacer, y el proyecto ha encontrado hueco en otras latitudes, como por ejemplo, en Australia, donde Laura Doe Harris ha fundado el proyecto www.yoni.com, a través del cual también comercializa sus propias vulvas. «Hay muchas mujeres vulvalucionando el mundo, nosotras en Perú no somos más que un granito de arena», explica Cabrel.

Y es que estas vulvas no son solamente una herramienta de educación sexual, sino una forma de tomar conciencia del cuerpo y de empoderar a las féminas, algo más que necesario en según qué países. «Muchas nunca se han mirado la vulva, no te puedes imaginar la cantidad de mujeres mayores de cincuenta años que nunca han tenido un orgasmo», comenta.

El sexo sigue siendo visto como algo sucio, mucho más si la que lo reivindica es una mujer. Otras no han oído ni siquiera hablar de lo que significa placer, de ahí la importancia de lo que estas chicas están haciendo: empoderar a la figura femenina. «Cuando empezamos, de las cuarenta mujeres que se mostraron interesadas en los talleres, muy pocas acabaron cosiendo la vulva. Lo ven como algo malo, vulgar. La gente se avergüenza de la vulva, a pesar de que venimos de ella», añade. «Existe mucho conservadurismo religioso y en Perú se sigue necesitando educación sexual. Es una labor que no hace el Gobierno, esta información no llega a las escuelas, allí donde interviene la Iglesia no se permite un protocolo de educación sexual», explica.

Liz afirma que en Centroamérica (Nicaragua, Honduras..) el tema está aún peor. «Pero este tema de empoderamiento con la vulva, por ejemplo, se está desarrollando muy bien en Argentina, Brasil», continúa.

Desde 2009, Liz, junto a otras compañeras, lleva a cabo talleres de mujeres y salud sexual, Musas Perú, por toda Latinoamérica e incluso se ha publicado un libro, Yo amo mi vulva, en el que mujeres de diferente edad permiten retratar sus vulvas y cuentan cómo han vivido la sexualidad a lo largo de sus vidas. Con algunos textos que ponen los pelos de punta: «He pasado por muchas intervenciones quirúrgicas. Desde una de esas operaciones ya no pude tener relaciones sexuales con mi esposo, con penetración. Quise que me solucionara ese problema pero el médico que me atendió en el seguro social se burló cuando le conté que la razón era porque me dolía mucho cuando tenía relaciones sexuales. Él dijo: “¿Qué, acaso usted aún tiene relaciones con su esposo?”».

Y es que, como reconoce Liz, el empoderamiento lleva tiempo, no tiene lugar de la noche a la mañana, pero no cabe ninguna duda de que el movimiento iniciado por la sagrada vulva andina de tela, como se la conoce por estos lares, es ya imparable.


Sí, todas las mujeres lo son

En la que se ha convertido en una de las citas más célebres de Joss Whedon, el director y guionista norteamericano dice: «Hazlo oscuro, hazlo sombrío, hazlo duro, pero entonces, por el amor de Dios, mete algún chiste». Seguramente Whedon tiene razón, pero quizá hay un momento en el que no caben los chistes ni la ironía ni el sarcasmo.

Porque hay temas que deben leerse sin aligerar. Porque hay temas donde nos estamos jugando la supervivencia de nuestra dignidad como seres humanos.

Porque el machismo hace un daño terrible a todo el mundo, incluso a los hombres

Hace unas semanas, Lara Monrosi e Ignacio Tudela publicaban un artículo en el que, de alguna manera, denunciaban los métodos y las prácticas de Álvaro Reyes, autodenominado «gurú de la seducción». Reyes se gana la vida escribiendo libros, grabando vídeos e impartiendo seminarios por todo el país, en los que explica a otros hombres las técnicas adecuadas para solucionar sus «problemas de inseguridad y de acercamiento con las mujeres». En definitiva, que nos enseña a ligar. Como el artículo, los contenidos de sus clases se acercan peligrosamente —cuando no se asientan de lleno— en los territorios del acoso y la violencia de género: «No esperes su permiso. Siéntete con derecho para hacer lo que quieres. Pedir permiso es síntoma de inseguridad», «No te inclines hacia ella cuando ella está hablando. Mantén una postura corporal erguida y dominante» o «Tu reto es aprender qué es un “NO” de verdad y qué es un “NO” que significa que sí» son algunas de las frases de presentación del ínclito.

Puede que estas actividades nos resulten sorprendentes en España, pero lo cierto es que los expertos en conquistas, o como les gusta llamarse a ellos, Pick Up Artists («artistas del ligue»), son un fenómeno razonablemente frecuente en la cultura anglosajona y especialmente en los Estados Unidos. Algunos de sus más famosos representantes como Ross Jeffries o Zan Perrion llevan dedicándose a esto desde hace más de diez y veinte años y forman parte estructural de un negocio enormemente lucrativo que incluso tiene su propia asociación internacional: la IDCA, International Dating Coaching Association. Y casi todos ellos basan sus prácticas en la consideración de la mujer como mero objeto de conquista. Y al final, como mero objeto.

Piensen en el lema que emplea Frank T. J. MacKey, el personaje interpretado por Tom Cruise en Magnolia y que es el epitome de la pick up culture: «Respeta la polla. Domina el coño». Sin embargo, si han visto el formidable filme de Paul Thomas Anderson, sabrán que bajo la sudorosa cáscara misógina de MacKey se esconde un enquistado rencor hacia los hombres. Y por eso se lleva su dinero.

Hace dos años, la periodista Katie J. M. Baker destapaba en Jezebel la existencia de una peculiar subcultura de Anti-Pick Up Artists. Los miembros de esta comunidad son hombres resentidos tanto con las mujeres que no quieren estar con ellos, como con los gurús del ligue que les habían prometido éxito, pero que, en última instancia, no se lo han proporcionado. Se sienten estafados económica, pero también moralmente, por ellos.

De alguna manera, aciertan en la sintomatología —los gurús del ligue estafan a hombres—, pero se equivocan en el diagnóstico. Para ellos, las mujeres siguen siendo las enemigas que les niegan su «legítimo» acceso al sexo o incluso al amor; y los gurús que les han engañado son, sencillamente, otros enemigos que se han aprovechado de su baja autoestima y su ingenuidad a la hora de enfrentarse al «juego de la seducción». De lo que no se dan cuenta, y fíjense bien, es de que es precisamente la objetificación de la mujer, el considerar que ellas no son nada más que un trofeo, lo que les ha llevado a creer a unos charlatanes que vieron en ellos las víctimas propiciatorias de su discurso falaz. Si tu comprensión de la sociedad te hace considerar el amor como una suerte de acoso y derribo, como un asalto al castillo, entonces, efectivamente eres una víctima. Pero no solo una víctima de los que te estafan en primer grado, sino de tu propia concepción del mundo. Y sí, eres un hombre y eres una víctima del machismo.

Ser blanco es la hostia, porque puedes viajar a cualquier punto del tiempo y te van a tratar como un rey. Si eres negro, lo tienes jodido. Eso sí, los blancos podemos viajar a cualquier punto del pasado, porque en el futuro lo vamos a pagar con creces. Nos van a dar bien por el culo por todo lo que hemos hecho. Y desde luego que nos lo mereceremos. (El humorista Louis C. K., congratulándose de ser blanco).

Escuchando a Louis C. K., me pregunto si los hombres ya estamos empezando a pagar por los milenios de una sociedad machista. Y si es el propio machismo el que nos lo está cobrando, aunque no nos demos cuenta.

Con cierta frecuencia se acusa a determinados anuncios televisivos de ser feministas, hembristas o feminazis. Sin duda, la imagen que proyectan de los hombres es la de unos incapaces, unos inútiles en lo que respecta a las labores domésticas. Seguramente conocen a más de un hombre que es así, de igual manera que conocerán a más de una mujer. Y también conocerán a muchos hombres y mujeres perfectamente competentes en el hogar. Ahora, ¿realmente creen que esa imagen estereotipada del hombre como palurdo doméstico es feminista? ¿Que es una contestación a los innumerables anuncios machistas que ha habido en el último siglo?

No.

No lo es. Ese anuncio hace exactamente lo mismo que el anuncio de Ponche Caballero: discriminar qué cosa es de hombres y qué cosa es de mujeres. Y además perpetúa exactamente los mismos roles de género: los hombres no tienen que hacer el trabajo de la casa porque ese es un asunto mujeres. Porque han sido esos siglos, esos milenios de sociedad discriminatoria los que han asentado una separación de intereses que es, por otro lado, absolutamente ridícula, de lo que pueden dar fe todos esos hombres y mujeres capaces y autónomos que ustedes conocen y que hemos mencionado antes.

Evidentemente, que la publicidad nos considere a los hombres como unos inútiles superficiales que solo estamos preocupados por el fútbol y los coches es una chorrada comparado con la discriminación laboral, la desigualdad salarial o la violencia sexual a la que se enfrentan muchas mujeres. Sin embargo, sin llegar a tanto, el machismo social también tiene algunas consecuencias graves para los hombres.

Según afirma la abogada Sofía Maraña en ABC, los datos del Consejo General del Poder Judicial de 2012 dicen que, en situaciones de divorcio con hijos, la custodia de los mismos se otorga en un 84% a las madres, en un 9% compartidas y en un 7% a los padres u otros tutores. Las asociaciones de padres separados que, en general, buscan el, a priori loable, objetivo de la custodia compartida, a menudo esgrimen estos datos para demostrar la desigualdad de las sentencias judiciales y la flagrante discriminación a favor de la mujer que ellos padecen. Como ocurre con los antigurús de la seducción, de nuevo aciertan en la sintomatología —las mujeres se benefician de una evidente discriminación positiva en el otorgamiento de custodias—, pero en este caso ni siquiera emiten un diagnóstico. Ellos tan solo quieren que desaparezca la discriminación para dar paso a una situación más igualitaria.

Y es que cuesta creer que los parámetros que debe tener en cuenta el juez a la hora de dictar su sentencia favorezcan a las mujeres en 84 de cada 100 pleitos; pero aún cuesta más creer que el juez haya decidido desatender estos parámetros de manera consciente para firmar así una resolución discriminatoria e injusta.

Lo que no cuesta nada creer es que, tras siglos de machismo social, la jueza o el juez no sean inconscientemente parciales. Porque si los roles de género han establecido durante eones que el hombre debe salir a trabajar y las mujeres deben quedarse en casa como encargadas del cuidado de los hijos, entonces es muy difícil que un juez, por muy imparcial que deba ser, no se vea influido dramáticamente por la sociedad en la que está inmerso. Y no me malinterpreten, por supuesto que no hay nada malo en las labores domésticas ni en el cuidado de los hijos; es un trabajo a veces arduo pero a menudo muy satisfactorio y gratificante. Lo malo es establecer que solo a la mitad de la población le corresponde llevar a cabo ese trabajo arduo. Porque entonces, la gratificante satisfacción que suele conllevar también le corresponderá solo a esa mitad. Y es el machismo el que nos la quita a los hombres.

Pero el machismo es mucho peor, incomprensiblemente peor para las mujeres

Fotografía: Man Alive! (CC)
Fotografía: Man Alive! (CC)

Si son ustedes mujeres, es posible que le hayan pedido alguna vez a un hombre —un amigo o su pareja, si son heterosexuales— que les acompañe a la puerta de su casa para no ir sola. Quizá especialmente si esa noche llevan puesto un vestido corto o una minifalda. Cuando a los hombres nos piden dicha ayuda, la solemos ofrecer sin pensar en las implicaciones que tiene que una mujer, por firme y dura que sea, pida caminar acompañada. Y es que nosotros nunca sentiremos lo que sienten ellas cuando oyen pasos tras de sí en la noche. Nunca prestaremos especial atención a si nuestra ropa enseña demasiado los hombros o los muslos o la espalda. Nunca tendremos que elegir si cruzar o no por una calle solitaria por miedo a que nos violen.

Como dijo Neil Gaiman: «Todas estas situaciones son duras, tristes y terribles. Puedo empatizar con ellas y puedo intentar entenderlas, pero sé que nunca lo haré por completo».

Porque jamás comprenderemos lo que significa ser una mujer.

Seguramente recuerden la polémica que se levantó durante las fiestas de San Fermín de 2013, en las que se vieron imágenes inexcusables y absolutamente inimaginables en cualquier otro ámbito. La discusión pública se concentró en dos puntos muy peligrosos: que algunas mujeres reían y disfrutaban con los tocamientos, y que si no querían que las tocasen, que no hubiesen enseñado las tetas e incluso que no hubiesen ido a San Fermín.

No, miren, las cosas no funcionan así. O mejor dicho, no deberían funcionar así.

En primer lugar, porque puede que algunas de las mujeres disfrutasen con los tocamientos, pero lo cierto es que, en 2013, se registraron cuarenta denuncias por agresión sexual durante las fiestas. Y en segundo lugar porque nos estamos saltando un paso fundamental: el consentimiento. Que alguien enseñe las tetas no da derecho a que nadie se las toque, es el consentimiento de la poseedora de esas tetas el que nos lo concede. Por supuesto, enseñar las tetas en un lugar público puede tener consecuencias, pero son consecuencias legales. Es decir, quizá te pueden detener por desórdenes o escándalo público si la legislación así lo regula; pero esa, y solo esa, es la responsabilidad que debe asumir quien se desnude en público. La responsabilidad del abuso es de quien abusa y solo de quien abusa.

Y no comprender esta clara división de las responsabilidades nos puede conducir a una asunción aún más terrible: que las mujeres no pueden disfrutar en paz de una fiesta. Y que es culpa suya.

Afortunadamente, el propio Ayuntamiento de Pamplona pareció entender la gravedad de estos hechos y, lejos de defender las agresiones como propias de la fiesta, lanzó una campaña para este año 2014 en la que, entre otras cosas, decía que «Hemos vivido en una cultura que protege al agresor, pidiendo condescendencia a las chicas o las mujeres para aceptar piropos, babosos intentos de ligue, molestias o acosos porque estamos de fiesta, porque no pasa nada, porque es la costumbre, porque eres mía o porque quiero que lo seas, aunque tú no quieras».

Sin embargo, el Ministerio del Interior no parece tener claro quién debe asumir las responsabilidades de una agresión, y hace apenas unas semanas, ha publicado en su web unos consejos para la «Prevención de la violación». Entre estos consejos incluye no hacer autostop, no transitar por calles oscuras y solitarias o no poner el nombre de pila en el buzón de correos si la mujer vive sola.

Esto se llama terror.

Porque genera un estado de miedo constante y sostenido, y transmite una desconfianza universal al identificar a todos los hombres como potenciales agresores. Pero sobre todo, porque los consejos van dirigidos solo a las mujeres, haciéndolas responsables de las posibles agresiones que puedan sufrir si no los siguen. Y además, estos consejos limitan libertades esenciales: si eres mujer no puedes caminar sola, no puedes subirte a un autobús casi vacío y tienes que renunciar a tu nombre de pila. Por si acaso.

Lo siguiente sería limitar las agresiones sexuales impidiendo que las mujeres vistan con minifalda o con tacones. O incluso obligándolas a no salir de casa. Ya saben, la mejor manera de que no te roben un coche es no sacarlo jamás del garaje.

Pero, ¿saben cómo se reducirían las violaciones a una mínima expresión? Enseñando a los hombres a no violar.

Por supuesto, la sociedad nunca se verá completamente libre de violaciones, como nunca dejará de haber asesinatos o robos. Pero si la cultura social deja de jalear y de alentar los comportamientos abusivos y discriminatorios, si se responsabiliza a los verdaderos agresores y se rechazan sus actuaciones desde todos los ámbitos, incluyendo los privados, entonces créanme, las mujeres —todas las mujeres, incluso las que nunca han sufrido ni sufrirán agresiones— serán más felices y la sociedad —toda la sociedad, los hombres y las mujeres— vivirá en igualdad y en libertad. Vivirá en paz.

Este es el vídeo que el joven de veintidós años Elliot Rodger subió a YouTube la mañana del pasado 23 de mayo. Al cabo de una hora había matado a seis personas y herido a otras trece. Regó de cadáveres el campus de Santa Bárbara de la Universidad de California en Isla Vista. Dos mujeres y cuatro hombres. Después se suicidó.

El vídeo se llama «Elliot Rodger’s Retribution», la represalia de Elliot Rodger. En él, el joven se considera un hombre amable y considerado. Y sin embargo, acusa a todas las mujeres que no le han correspondido, a todas las mujeres que, según él, le han condenado a seguir virgen precisamente por ser «un buen chico». Y también a los hombres, a los «chicos populares» que sí han tenido éxito con ellas. Y les advierte de que van a pagar por ello.

Tras los asesinatos, el portavoz de la familia Rodger indicó que Elliot siempre había sido un chico con problemas psicológicos y psiquiátricos y que había acudido durante varios años a terapia. Como dije antes, nunca podremos estar libres de asesinatos o agresiones, y fue el propio Rodger el responsable último de sus crímenes; pero sería peligroso obviar la influencia del machismo social, lo que los anglosajones llaman rape culture, en la formación de su personalidad. Como recogió Alan Duke en la CNN, Elliot Rodger formó parte de la comunidad Pick Up Artists y, en vista de su «fracaso», acabó en la Anti-Pick Up Artist. Su vídeo y su diario estaban salpicados con frases de resentimiento y odio misógino: «¡Cómo se atreven todas esas chicas a evitarme así! ¡Cómo se atreven a insultarme así! Merecen un castigo y se lo voy a dar», «Cuando dejé las clases, dejé al fin de ver a todas esas preciosas chicas que no podía tener», «¿Por qué las chicas me odian tanto?», «Le di a todo el género femenino una última oportunidad para concederme los placeres que yo merecía».

Tras los asesinatos, en Twitter aparecieron cientos, quizá miles de mensajes de repulsa no solo de los crímenes, sino de toda la rape culture que había conducido a ellos. Y también de apoyo no solo a las víctimas, sino a todas las mujeres.

El hashtag se llamó #YesAllWomen, y venía a decir que todas las mujeres tenían derecho a tomar sus propias decisiones, fuesen correctas o equivocadas. Que todas las mujeres podían vestirse como les viniese en gana sin temor a ser insultadas, vejadas o agredidas. Que todas las mujeres debían ser libres de elegir con quién acostarse o a quién amar: altos, bajos, gordos, flacos, ricos, pobres, listos, tontos, hombres o mujeres. Que todas las mujeres merecían el mismo respeto por su condición de mujer que un hombre por su condición de hombre.

Sí, que todas las mujeres son personas.

Porque si olvidamos que todas las mujeres son personas, olvidaremos que todas las personas son personas. Y por supuesto que hay mujeres cuyos actos u opiniones no merecerán nuestro respeto, pero precisamente por sus actos y opiniones, no por el hecho de ser una mujer. Exactamente igual que debemos hacer con los hombres.

Y si olvidamos que las personas son personas, creeremos que nos deben algo y les quitaremos su capacidad de decisión. Les quitaremos su libertad. Les convertiremos en objetos de los que disponer y, en última instancia, a los que romper. Y entonces, perderemos nuestra dignidad como seres humanos. Nuestra dignidad como especie.

Así que permítanme cerrar el artículo con una recomendación. Una recomendación a toda aquella persona que, aun después de leerlo, todavía esté pensando en tomar una represalia violenta contra esa otra persona que le abandonó. Esa persona que prefirió a otro o a otra, quizá más alto o más guapa o más rica o más feo o más simpática o más grosera o más limpio o más pobre o más sucia. Esa persona que no le correspondió y no se dio cuenta de lo romántico o lo divertida que es. De lo buen tipo o lo buena chica que es. Si lo han meditado bien y el rencor que sienten hacia esa persona no les deja más alternativa que castigarla, si solo se ven capaces de aliviar su dolor infligiendo aún más dolor y luego planean suicidarse; entonces les sugiero que inviertan el orden de las acciones. Les recomiendo que sigan los pasos de ese otro gran exponente del Romanticismo que fue Mariano José de Larra, que cuando no pudo soportar más el desamor de Dolores Armijo, decidió matarse.

Fotografía: Charlotte Cooper (CC)
Fotografía: Charlotte Cooper (CC)


Los derechos del hombre… ¿y de la mujer?

Primera edición impresa de Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft (DP)
Primera edición impresa de Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft (DP)

Empezaremos con una falacia: el siglo XX es el siglo en que la mujer entra en la historia. No es que no sea cierto, pero es una afirmación demasiado simplista, y como todos los tópicos, la parte de verdad que contiene queda oscurecida por la parte de verdad que deja fuera. Hasta el siglo XX las mujeres no votan, no van a la universidad, no tienen derecho a disponer de su propio dinero y su propia vida («la habitación propia» de Virginia Woolf), no son diputadas o presidentas de algún partido o gobierno, etc. Sí, cierto, pero jamás olvidemos que estamos hablando para lo que llamamos el mundo occidental, o el mundo desarrollado. Fuera de Europa, América (según partes), Oceanía (ídem) y algunos países de Asía y África la situación de la mujer es tan radicalmente distinta que la gran mayoría de ellas no podrían ni leer este artículo ni escribirlo, porque son completamente analfabetas y porque jamás han oído hablar de esa cosa que nosotros, los civilizados, llamamos alegremente «los derechos humanos». Por desgracia yo tengo que centrarme en la evolución de la mujer en Occidente, desde el punto de vista social, porque en muchas otras partes del mundo no ha habido evolución alguna (y puede que no la haya nunca, permítanme, ya se que no está bien visto, ser un poco pesimista al respecto). Y de eso voy a hablar.

Marie Olympe de Gouges, por Alexander Kucharski (DP)
Marie Olympe de Gouges, por Alexander Kucharski (DP)

¿Todo empieza con el sufragismo? Pues no. Aunque según qué libros parezca que sí. El movimiento sufragista es fundamental en la historia de la mujer. Pero nada nace de la nada y creo que es justo recordar a dos mujeres que deberían ocupar un hueco de honor en el panteón de las mujeres ilustres, al menos dentro del apartado de la lucha por los derechos de la mujer. Me refiero a Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft. La segunda es más conocida que la primera, sobre todo en círculos literarios, por ser la madre de Mary Shelly, la autora de Frankenstein, pero, en lo referido a sus escritos feministas, su trabajo sigue siendo poco conocido. Ambas, no es ninguna casualidad, coincidieron y maduraron al amparo de la Revolución francesa. Ambas, no es ninguna casualidad, fueron atacadas por sus propios compañeros de filas. La revolución es un monstruo que devora sus hijos. Casi siempre lo son. La Revolución francesa llenó las calles de sangre y de panfletos. De declaraciones y de decapitaciones. Olympe perdió su cabeza y Mary Wollstonencraft tuvo que salir huyendo de París, pero para ir a encontrar una muerte solo propia de su género: morir al dar a luz a su hija. En los viejos tiempos los hombres se mataban y las mujeres morían de parto y así estaban las cosas porque nadie hacía gran cosa para que las cosas estuvieran de otro modo. Cierto es que en los primeros momentos de la revolución las mujeres se armaron con cuchillos y palos y salieron a pelear con los hombres; y cierto es que en un primer momento se les permitió tener voz y voto en las asambleas y dejar escritas sus peticiones reivindicativas, pero pronto las aguas volvieron a su cauce y los hombres continuaron con sus legislaciones y sus matanzas y las mujeres volvieron a encerrarse en sus casas, para criar a sus hijos y llorar a sus maridos. Pero los libros, el papel, resiste bastante bien el paso del tiempo. Y la Revolución francesa dejó algunos legajos y algunos manuscritos a tener en cuenta:

– La Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana, escrito por Olympe de Gouges en 1791 como justa respuesta a la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de dos años antes, una de las declaraciones fundamentales ya no de la Revolución francesa sino de toda la historia contemporánea y que, curiosamente, se «olvidaba» de las mujeres.

Vindicación de los derechos de la mujer, escrito por Mary Wollstonencraft en 1792, solo un año después de la declaración de Olympe.

– Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de ciudadanía, del filosofo y matemático Micolas de Condorcet, un hombre en este caso, uno de los primeros que se atrevió a defender el voto femenino y que también fue devorado por la revolución.

Estos tres textos, bastante breves pero contundentes, están hoy demasiado olvidados y llenos de polvo, pero años después de su aparición fueron algunos de los textos de cabecera de la nueva generación de feministas, la que ya ha visto el triunfo del hombre burgués y la que ya está harta de oír eso de «sufragio universal», y está tan harta de preguntarse cuándo ese sufragio universal va a ser realmente universal que decide no esperar más y lanzarse a por él, cueste lo que cueste y sin miedo al ridículo, como las pioneras, pero de una forma más organizada y sobre todo colectiva, porque si los hombres se han unido para lograr acabar con el Antiguo Régimen las mujeres también deberán unirse para acabar con el régimen de los hombres. Así llegaremos en 1840 a la Declaración de Seneca Falls, lugar donde se reúne la primera asamblea sufragista americana y a la creación de la Asociación Nacional para el Sufragio Femenino en 1869. Desde allí, ese movimiento se extenderá por Reino Unido, donde pensadores liberales como John Stuard Mill ya habían allanado el camino, y desde allí saltará al resto de Europa.

Y llegará a España, por supuesto, con más o menos retraso pero al final todas las ideas nos llegan (generalmente para desesperación de los gobernantes). Normalmente, al hablar de las pioneras españolas siempre se citan los nombres de Concepción Arenal y de Emilia Pardo Baztán y yo no puedo ser menos. Para que se tenga una idea de la serie de dificultades a las que tuvieron que enfrentarse baste decir que la primera de ellas, pese a haber estudiado la carrera de Derecho y ser una reconocida penalista, jamás dispuso de título alguno por una razón muy simple: la universidad estuvo prácticamente prohibida para las mujeres hasta principios del siglo XX, y si Concepción Arenal se las arregló para estudiar fue porque iba a la universidad disfrazada de hombre. En cuanto a la segunda, ya se sabe que el título de condesa le facilitó la posibilidad de escribir obras y de firmarlas con su propio nombre (y no con el nombre de su marido, como otras muchas), pero no le sirvió para abrirle las puertas de la Real Academia de la Lengua, donde fue rechazada en tres ocasiones.

Clara Campoamor (DP)
Clara Campoamor (DP)

Pese a todo (y el «todo» incluye todo tipo de factores, incluido la debilidad del propio movimiento feminista español, si lo comparamos con las cien mil mujeres inglesas que en 1914 formaban la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino), la Segunda República supondrá la llegada del tan ansiado derecho a voto, principal pero no único estandarte en el movimiento feminista. Sin embargo no será fácil. Y no será fácil ya no solo por las reticencias, cada vez más solapadas, de los hombres, sino por las reticencias de algunas mujeres. ¿Y por qué algunas mujeres se pueden oponer al voto de la mujer? Pues por política, señores y señoras, por política, como siempre…

El problema no es que voten las mujeres, sino a quién votan. Esa misma cuestión se la plantearon los políticos burgueses que tenían que decidir entre extender el sufragio a las clases populares o dejarlo como estaba, es decir, solo para ellos. Y la excusa era siempre la misma: no estaban preparados. Las clases populares, analfabetas o casi analfabetas, eran incultas y por tanto, a ojos de los educados, ricos y cultos burgueses y demás miembros de las élites dominantes, eran fácilmente manipulables y poco de fiar. Y nótese que cuando digo «manipulables» no me refiero a manipulables por el cacique de turno, que para eso no hace falta cultura alguna, sino por los «predicadores» de ciertos movimientos sociales de carácter radical a los que se consideraba muy peligrosos, y con razón desde luego, porque una de sus funciones era «despertar al pueblo y hacerlo libre de su destino, pasando por encima de los poderosos». Esto es algo muy sabido, pero recordemos la saña con que se perseguía las escuelas laicas, los ateneos libertarios y todo lo que tuviera que ver con la educación, la cultura y las ideologías de izquierda.

Pues, curiosamente, lo mismo se plantearán las diputadas y diputados republicanos que tienen que decidir si dar o no dar el voto a las mujeres.

Estamos en 1931 y el debate lo encabezan tres diputadas (las tres únicas diputadas):

De un lado, la socialista Margatita Nelken (1898-1968) y la radical-socialista Victoria Kent (1897-1987), que rechazaran la concesión del sufragio femenino. En su opinión, las mujeres todavía no estaban preparadas para asumir el derecho de voto, y su ejercicio siempre sería en beneficio de las fuerzas más conservadoras y, por consecuencia, más partidarias de mantener a la mujer en su tradicional situación de subordinación.


Del otro lado, Clara Campoamor (1888-1972), también diputada y miembro del Partido Radical, que asumió una apasionada defensa del derecho de sufragio femenino. Argumentó en las Cortes Constituyentes que los derechos del individuo exigían un tratamiento legal igualitario para hombres y mujeres y que, por ello, los principios democráticos debían garantizar la redacción de una Constitución republicana basada en la igualdad y en la eliminación de cualquier discriminación de sexo.

Al final triunfaron las tesis sufragistas por 161 votos a favor y 121 en contra. De modo que en las elecciones del 34 las mujeres pudieron votar y votaron. Y pasó lo que se esperaba… Las mujeres de padres y maridos rojos votaron a los rojos y las mujeres católicas y de derechas votaron lo que decían sus maridos católicos y de derechas y lo que decían sus confesores y los curas de sus parroquias, que en esto del pecado y los votos casi contaban más que sus maridos… ¿O no, o no fue así? ¿Acaso las cosas no son siempre tan simples? Ríos de tinta han corrido tratando de responder si el voto femenino fue un factor determinante en las elecciones del 34 y yo no voy a ser quien llegue a la verdad absoluta. Pero sí diré, porque me parece justo decirlo, que dos años después las mujeres volvieron a votar y en este caso ganó el Frente Popular. Pero para entonces Clara Campoamor ya era un cadáver político. Y luego vino lo que vino y se tuvo que largar a Francia y luego a Suiza, porque corría el riesgo de ser otro tipo de cadáver.

Federica Montseny (DP)
Federica Montseny (DP)

A Clara Campoamor sus compañeros de filas la convirtieron en chivo expiatorio y sus enemigos le cerraron el paso. Es una tragedia personal que se suma a las innombrables tragedias de aquellos años. Victoria Kent y Margarita Nelken también tuvieron que exiliarse, en este caso a México. Y Federica Montseny, que fue la primera ministra no solo de España sino de toda Europa estuvo cerca de ser extraditada a España desde Francia, donde se había refugiado, por petición del gobierno de Franco, que no podía perdonarle su proyecto de ley del aborto.

«Creo que lo único que ha quedado de la República fue lo que hice yo: el voto femenino», confesó Clara Campoamor. No sé hasta qué punto es cierto, pero es evidente que desde entonces, lo mismo en España que en el resto de países donde el movimiento sufragista consiguió el voto femenino, las mujeres han seguido votando hasta ahora. Y no solo eso, sino que han demostrado que pueden hacer cualquier cosa tan bien o tan mal como los hombres. Hasta hace aún pocos años se podía oír retumbar en las ilustres aulas de ilustres universidades lindezas tales como: «ingenieros es una carrera para ingenieros, no para ingenieras». Hoy esos truenos ya no se escuchan. Las profesionales femeninas de hoy no tienen que sufrir los desplantes que sufrieron sus madres y abuelas, pero eso no quiere decir que la guerra esté ganada, ni que la guerra no se pueda volver a perder. Saramago nos prevenía constantemente sobre los optimistas y Salman Rushdie ya avisó de que «habrá que volver a luchar por cosas por las que pensábamos que nunca más habría que volver a luchar». 

¿Qué cosas son estas? Tonterías. Declaraciones de derechos humanos, separación de la Iglesia-Estado, igualdad de género… Todos esos rollos que escuchan una y otra vez chavales aburridos y que de tanto escuchar acaban sonando a palabras huecas. Y tal vez en verdad que son solo palabras. Manifiestos, proclamas, declaraciones, panfletos… «qué tristeza de palabras» que decía Alberti. Cosas fugaces y ligeras que se lleva el viento. ¿O son algo más que eso?

Debemos seguir atentos.


Nicaragua, the ruined utopia

Photography: Cristina Durán.

(Versión en español)

There are twenty of them, mostly girls. There are some boys in the group, but they are fewer in number and younger. All of them are painting on some big cardboards while their instructor, a young lad, cuts small pieces of tape he will use to stick children’s paintings on the school walls. When we ask why it is a man, so not a woman, who lead crafts workshops, the obvious answer comes naturally:

-They need to get used to male presence.

We are on the Caribbean coast, in the city of Bilwi, but almost all Nicaraguans know it by its Spanish name, Puerto Cabezas. As we can read in three languages, – Spanish, Miskito and Creole- , we are entering a shelter for women who are victims of violence, owned by the Nidia White Women’s Movement. That includes all kinds of violence, as the people in charge of it specify, but above all sexual violence and rapes. They tell us that among the 186 victims they have helped in 2013, only two dozen are adult women and 40 are teenagers. The other 122 are girls under 14. For those who haven’t yet connected the syllogism, we witness a revealing scene just in the same room where the girls are painting. One of them stands up, and goes into the main building to come back carrying a baby. Then, she breast-feeds him. Roughly estimating, she is no older than 13.

Nobody would say it, but she is a lucky girl. Nicaragua is one of the world’s five countries with a total ban on abortion, so many women die from non viable pregnancies, particularly if they are very young. Although we have no access to official data, we can reconstruct the information by our own means. Regarding to the number violations registered between 1998 and 2008, when the prohibition came into force, more than two-thirds of the victims were under 17 and half of them under 14. Until 2008, when the latest official information about this subject was provided, near 820 women per year asked Nicaraguan sanitary system for help suffering from dangerous embryonic and fetal malformations incompatible with life, and almost 630 suffered from ectopic and molar pregnancy, the two of them potentially fatal for the mother. Since them, all of them must continue the pregnancy and hope an spontaneous abortion save their lives. Any different conduct is penalized with prison. 

That should not happen anywhere, but even less here. According to the last gender equality report of the World Economic Forum, Nicaragua is the tenth country in better promoting equality between men and women. It shares its top position with Nordic countries, Switzerland and New Zealand. Indeed, Nicaragua has developed an astonishing normative framework for gender equality, in which is included Law 779 against violence towards women, considered one of the most completes of the hole world. The country has also achieved great rates of women working in High Institutions, where they are over 50 percent of the workforce. With such a successful trajectory, Nicaragua’s Foreign Policy Minister, Samuel Santos, announced last September before the UN that his country had accomplished the third of Millennium Development Goals, which focuses on promoting gender equality and women’s empowerment. 

Miskito’s Eden and some other statistical lies

He is not lying. He simply speaks using the large numbers language, which are not the best tool to accurately measure some kind of things. For example: On a map, Bilwi is 140 kilometers from the Miskito community of Wis Wis. That is not a great distance for us, because in Spain it would take us over two hours to cover it. Here, in Nicaragua, to make the same distance, people needs traveling six hours in an all-terrain vehicle through a ruinous trail, and two more hours in a “bató” all along the Coco River, the biggest in Central America. During the journey, that last two days because it is better to avoid traveling during the night, we have to promptly pay to the illegal squads who guard the crossing area, and almost invoke the NGO before other’s questions, because narcos don’t like tourists and foreign people.

We could easily locate it on a map, but that would not show the real and devastating isolation of Wis Wis, much more severe than anyone could describe. As a matter of fact, the way Miskito children looked at us at our arrival, with such expressions of curiosity, is a much more reliable unit than any number of kilometers. For many of them, it was the first time they meet white people.

Children are the first to arrive to the church, which is irremediably the first stop for anyone who visits the community. Women arrive too, little by little. Finally, some young and old men, including some of those who speak a little Spanish. The rest of the men are at the so-called Triángulo minero. They are absent because they work some days away from here, in a large mountainous jungle area located between the cities of Siuna, Bonanza and Rosita. There, they work during the gold season some months per year. It is also there, at the Triángulo, one of the most depressed and armed places in Nicaragua, where many of these men turn into drug addicts, get indebted to local mafia who force them to participate in the next gold seasons, and where they catch some infectious diseases they pass on in places like Wis Wis.

HIV, hepatitis and tuberculosis are among the most common diseases in Miskito families”, tells us the man who will be our guide during our visit to Coco’s riverside. For security reasons, we will not reveal his name. In order to prevent diseases, his NGO, Acción Médica Cristiana, teaches sexual and reproductive education to Miskitos, and works hard to promote condom use, which has motivated critic reactions among some of his partners in faith. When asking him for his personal opinion, he tells us the nearest city, Waspam, is five, ten and fifteen days far from the majority of Miskito communities, spread all along the river. Too many days to go every three months to pick up retrovirals delivered by his NGO. Some of them choose not to continue with the treatment, and some others cannot afford wasting so much time to reach the city, because here time is much more valuable than money itself. He shrugs his shoulders and smiles at the children, now crowded together in front of the door. “If they could only see what we witness here, a great quantity of Christians could not be against the use of condoms”, he states.

Resistance is mostly ideological, but it is far from being abstract. According to our guide, it is usual, after having convinced Miskito men to be more careful in their sexual relations, to discover they have been threatened with going to hell by their faith ministries. This is why “women’s empowerment is crucial in containing the epidemic”. In this viscerally patriarchal culture, men decide what, where and when in sexual-related issues. However, thanks to the NGO’s and to development cooperation, a change has come to places like Wis Wis. “Now, when men come from the mine, some of their wives refuse to have sex with them if they have had relations with other women. Some of them even force men to use condoms”, he says. Some others begin to be aware of the importance of family planning services. “This has only been achieved through years of hard field work”.

10
Photography: María Cimadevilla.

In 1641, an African slave ship wrecked on the shores of North Nicaragua, so part of the survivors mixed with the locals. The group of people resulting from this singular contact is what we call know the “Miskitos”, the largest indigenous population in the country, which along with the “Mayangna” and some other communities, represent 10 percent of the country’s population and occupy more than 56 percent of Nicaragua’s land area. Since the arrival of Morava missions, by the middle of the nineteenth century, Miskitos are deeply Christian, but they still preserve a rich Animistic mythology that we can easily trace by hearing their explanations about weird phenomenon, such as children disappearances. Miskitos believe they are taken away by river mermaids, the Liuamairi. They alson believe in Sisimiki, an errant giant who crosses the jungle going backwards because his feet are upside down. But the truth is that what really crosses the jungle of Central American Isthmus is the drug corridor, which sows the land with illegal runways. It is known that what crosses the border with Honduras -only a few kilometers from here, on the riverside- has few possibilities of coming back. Indeed, Nicaragua is a hotspot for human trafficking in contexts of sexual and labor exploitation.

Nonetheless, what prevails here is the supernatural explanation, like the one given to the Grisi Siknis, or “jungle madness”, a quite revealing term. They are episodes of mass hysteria induced by an assumed demonic possession that affect entire groups of people, frequently young women. Sometimes a whole community can develop the symptoms. Although scientific investigations have not found an explanation for these facts yet, it is proved that outbreaks often appear after famines resulting from natural disasters. The last documented biggest episodes happened after hurricane Felix, in 2007, and continued until 2009 especially in some areas of the East and at the shores of the country. Prior to that, there have been registered this kind of episodes in 2005 after hurricane Beta, and especially in 1998, due to the devastating hurricane Mitch.

Cristian, socialist and in solidarity

Famine is not unfamiliar for Nicaraguans, even if their government ignores it while exhibiting the achievements of the country in the international marble meeting-rooms. The UN itself has recognized that Nicaragua has accomplished the first of the Millennium Goals, which is to halve the number of people suffering from hunger. Indeed, after having cleaned-up the macroeconomic indicators, Nicaragua shows an impeccable look, that is only believed by those who don’t know the real situation. In 2010, Nicaragua officially entered the group of “middle-income countries”, backed by the World Bank and, in September 2013 Przemek Gajdeczka, the emissary of the International Monetary Fund (IMF) sent to check the country’s economical situation, confirmed Nicaragua did not need any more permanent financial assistance, so special programs carried out by the IMF were ended. The estimated growth in 2013 is near 5%, the country has doubled the 2006 exports, and has nearly tripled foreign direct investment, which is expected to be around 10 million dollars in the next five years. Gajdeczka also congratulated the government on their fiscal discipline and the financial stabilization of the country. In his words, Nicaragua has “graduated” from IMF programs in terms of economic development. And he was serious while stating it.

Despite of these words, Managuan children still beg for Cordobas (Nicaraguan money) at the traffic lights, juggling before drivers, and shanty towns pour like magma, like huge heavy black oceans moving forward between Xolotlán lake and volcanic craters that peck at the city. Nicaraguan’s great financial figures disappear at ground level, in the same way that relativity applied to subatomic magnitudes does. Persuaded by these figures, some of those who only understand the “big language” have already withdrawn their support programs from country; among others: the IMF, some NGOs and embassies well-known for their interest in cooperation like Sweden, Finland, Austria or United Kingdom. Those who stand denounce that the small print of Nicaraguan progress hasn’t changed. The population of the Republic is about six million people, and almost half of it lives in poverty. It is the second poorest country of Latin America, and the one with the lowest per capita income of the entire continent, according to United Nations Development Program. The average wage is two and a half dollars per day, but it is estimated than over half a million of Nicaraguans survives with less than a dollar per day. That is 0, 73 euro a day. 

Venezuelan money, which got torrentially into Nicaragua during Chávez government, has also stopped flowing despite the symbolic efforts from Nicaraguan government. The most important of them is a huge bust of Hugo Chávez placed at Bolívar Avenue, in the very center of the capital city. Near it, we find a monument dedicated to the “Próceres del Alba”, consisting in some enormous concrete columns lifted at with the same height as Chavez’s and crowned with the effigies of revolutionary heroes like Simón Bolívar, José Martí, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos and Fidel Castro. Salvador Allende has been also lifted to the heights at the end of the same avenue, this time represented in a huge banner placed in the harbor with his name written on it. But that has nothing to do with a real harbor. In fact, it is an indoor space – “the only safe place for tourists in all Nicaragua”, in words of our taxi driver- conceived to let cheles relaxed, the word used to design white people. To get into this Sandinista ideological resort and enjoy the lake views, one must pay a ritual price: to pass below both the Republican and the Sandinista National Liberation Front’s (SNLF) flags. They have equal size and both are hung at the same height.

Photography: Pablo San José.

In today’s Nicaragua, Parliament means Government, Government means President and President means Daniel Ortega. The Comandante Presidente was part of the Front during the revolution that overthrown Somoza family – a family of dictators controlling the government since 1934 under the guardianship of the United States-, and became the President of the nation in the early years of democracy, from 1985 to 1990. After a long interlude, marked by liberal governments, the SNLF regained political power with Ortega in 2006 and 2011 general elections, even if a third presidential term was not allowed by the Constitution. This action was nevertheless backed up by the Nation’s Supreme Court of Justice, and in order to put an end to the controversial about its constitutionality, the president has recently passed a brand-new -and highly-debated constitutional reform. Among the new measures, the indefinite reelection of the President is now allowed, militaries can now integrate the highest positions of the government, and Nicaragua is defined as a Republic officially “Christian, socialist and in solidarity”.

María Teresa Blandón, from the feminist organization “La Corriente”, does not clear up the question about how to define “Orteguism” because, she says, there is not much to clarify. “Plundering ideologies is his way of political survival”, she explains. Today’s Front is very different from the one that once drove the Revolution and introduced Democracy in Nicaragua. During the 16 years of liberal governments, headed by Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán and Enrique Bolaños, Ortega sunk the party into an ideological purification, partly responsible of weakening the party. Many revolutionaries that had accompanied the President in his first mandate, including the then vice-president Sergio Ramírez Mercado and other illustrious members of the party such as the songwriter Carlos Mejía Godoy or the writer Gioconda Belli, have joined the Sandinista Renovation Movement, a split within the Front. This Movement, however, hasn’t yet reached the democratic support the Front has obtained since its’ ultra christian reconversion. And it never will because in words of Blandón “Nicaragua is not a country with lay vocation”. She adds, “the Front has naturalized its sui generis way of doing politics”. 

As an example of these new ways, we find the purísimas, an endless succession of virgins spread out all along the Bolívar Avenue between 28 November and 8 December. “ENATREL and the Virgin Mary, together electrifying Nicaragua”, says the one set up by the Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica (in charge of electricity transmission networks). A Virgin’s icon dominates a huge model representing a village criss-crossed with posts, wires and generators. Each Purísima has been set up by a State Institution and represents a different scene. In addition, at each one of them a little food bag is given to those who manage to withstand the long lines, what seen from the distance could appear as a result of devotion.

Another example are virtual stadiums, consisting in open-air projections of European football matches. Free buses to Managua are chartered by the government. One more: the declaration of “perpetual Christmas” in the capital city between 2008 and 2012, a period when Christmas trees were not removed from the streets in order to relieve spiritually the inhabitants of the city. To finish with the examples, the so-called “Trees of life”, 22 meters tall metallic sculptures that have substituted some months ago the Christmas trees located in the biggest roundabouts of Managua. According to the First Lady -compañera Rosario Murillo– they “promote and protect our lives in Nicaragua”. It does not escape to anyone that these trees, clearly inspired by those painted by Klimt, were placed during the Front’s anti-abortion offensive prior to the constitutional reform. And nobody doubts that the idea came from the First Lady, butthis remains kind of a legend. 

Everything surrounding “la Chayo”, as she is known, is becoming a legend. Like the one that tells the President deals with Foreign Policy while she deals with Internal Policy, even if her only known official position is Coordinator of the Council of Communication and Citizenship. Another legend tells that she did not help her daughter Zoila América Narváez when she reported her step-father, President Ortega, for sexual abuse. With such an atypical attitude, she resolved a political crisis that threatened Government’s continuity, while getting a great part of her actual absolute powers in the Front. What is indisputable is that she has an ubiquitous presence in the media. As a matter of fact, Managua is papered by posters showing the presidential couple even if we are not in campaign period. Furthermore, most of the Nicaraguans do not question the legitimacy of her power. In our way to the free zone, located in the suburbs of Managua, our Sandinista driver let us understand why. When we subtly expound nobody has voted for her, he explains it could be possible, but anyways “she is quite revolutionary”.

The women’s country

At our arrival, we are kindly received by the spokeswoman of the National Corporation of the Free Zone -a public enterprise-, who says she is glad to see us because she has nothing to hide. She will be also our guide during our visit of one of the factories, where some 1500 people sew sportswear for a Taiwan intermediary enterprise. They benefit from the rights guaranteed by the Nicaraguan labor regulation, she says, but we know that is not true. Before coming, we have talked with some women who work in the polygon. To see us, they have had to pretend a ineludible visit to the doctor. With them, we have learned about their wages, under 500 dollars per month, about lack of respect for working hours, and about metas – goals-, a minimum number of manufactured items established by their boss for each of them. The quantity is often raised up to discipline women. Exemplary dismissal and black lists are also usual too; that is the reason why we will not publish their names.

Photography: Oxfam / Mathieu Gagnon.

Free Zones are industrial areas profiting from an special labor regulation that turns them into paradises of cheap labor force, something very interesting to foreign investors. They were an idea of the first liberal government, whose President was Violeta Chamorro, who aimed to attract international investment and make Nicaragua’s war economy become productive and export-focused. Indeed, all the products manufactured in these kinds of areas are dedicated to exportation. In this moment, 100 000 people work there, 65 percent of them in textile industries. With the empowerment of the Front, worker’s conditions have not improved, changing only the dominant discourse. What once was seen by liberals as “a source of wealth”, is now understood by the Front as source of employment for the people.

When asked about syndical protection, these women begin to laugh and answer that Nicaraguan syndicates are “white”, that is to say, they are branches of government, including the National Workers’ Front, the biggest one in the country. Previsionist clinics – medical insurances- and managers of the National Corporation of the Free Zone- the factory we are visiting- are Sandinistas too. Our guide does not want to talk about politics, but she confirms our suspicious about government’s interests by showing us a sky jacket ready to be sold in the United States, 150. Her fingernails are painted in black and red, the emblematic colors of the Sandinista National Liberation Front.

Thanks to the investigation of María Elena Cuadra Feminist Movement, we discover that in some tobacco factories women are subjected to forced pregnancy tests. Following a feminist approach, the Movement supervises education and training processes for women who need them. In words of Martha Sandino, the director of the Movement in the city of Estelí: “In one hand, we inform women about their rights as workers of these factories, because many of them ignore them. On the other hand, we organized workshops on topics like gender and self esteem”. After years of work, many women have become promoters of the Movement in their workplaces, so somehow they are some sort of syndical supervisors. In Nicaragua, Syndicates are associated with feminism. It must be like that, she says, in a country where gender determines people’s professional future. And women always lose, of course. “If this were not so, what point there would be in such a division?” ask Sandino. 

Her words are not merely rhetoric. In Pueblo Nuevo, a rural area close to Estelí, coffee and farming belong to men but, unfortunately, they are no other things to do. So women must fight against these established conventions cross the limits of house working and informal farm work, -what we could call mere survival-. 

That is why Isabel sees feminism as a way to execute concrete material realities, and not just a group of abstract values. Ten years ago, she could not read, and “with you in my house, I would have let a man speak”. Now, she uses a rigorously equalitarian rhetoric to act as the spokeswoman of a women’s cooperative, Las Diosas (the Goddesses). They produce organic coffee, beans and Jamaica flowers they sell then to Fair Trade with a gourmet label. This cooperative pays workers’ salaries and hers daughter’s universities courses, but its most important achievement is these women have encouraged the rural population of Pueblo Nuevo, where many other initiatives of the same kind are flourishing. 

When we congratulate her on her work, Isabel prefers sharing her success with the rest of the organizations that have backed the project: Fundación Entre Mujeres, Veterinarians Without Borders, Paz con Dignidad ans the Basque Government. For her, “everything happening here is a consequence of women’s empowerment; I only did my little part”.

The ruined utopia

In Nicaragua, feminism is an urgent cause. Sofía Montenegro, director of the Communications Research Center, explains the political importance the movement has in the Republic. “Feminists are one of the most attacked collectives since 2007”, she declares.

The other, she says, are the journalists, a job she performs atConfidencial, one of the rare non-aligned media in Nicaragua. President Ortega has many sons, and some of them, like Rafael, Juan Carlos, Daniel Edmundo and Maurice are already the directors of most ofthe television channels and radio stations of the country. The rest of the media are owned by the Mexican magnate Ángel González, or have disappeared because of the high advertising prices, artificially raised thanks to González’s oligopoly. Only few media have managed to survive “the organized dismantling of the critical press”, in Montenegro’s words, and fewer have access to the only available financial relief: public advertising contracting. This one usually ends in Front’s newspapers, televisions and radio stations, contributing to the official jingoistic message, strikingly summarized by Montenegro as: “They aim to talk about a country that does not really exist”.

With her, we talk about our impressions before leaving the country. We finally get the courage to make the question we haven’t dared to ask during our stay in this country, which is suffering from an obvious and accelerated setback in the democratization process: who is going to bell the cat? Sofía is not afraid of answering it, and tells us that it is impossible. For her, the solution can only be democratic, and she rather prefers to see the Sandinista dream fade -the “true Sandinista dream” she points out- than taking up arms again. She already fought for the utopia, and with her, a whole Nicaraguan generation that is now walking through its ruins. “I do not want my children to do what I did, the revolution was already carried out and it ended like this”, she said. “I would rather grab my bags and leave”. 

Photography: Mathieu Gagnon.

The article was translated by Carolina Camarmo.

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