Maya Goded: la fotografía documental sobre la mujer mexicana 

Maya Goded
Plaza de la Soledad.  La Merced, Ciudad de México (2016).

Gran parte de la obra de la fotógrafa y cineasta Maya Goded se puede poetizar tal y como recitó la experta en cultura hispanoamericana Teresa Jiménez: «Mujeres, siempre mujeres. Mujeres de cuerpo entero, mujeres con rostros ocultos, muertas mujeres, mujeres vivas, mujeres enamoradas, mujeres decepcionadas, mujeres bajo el suelo, mujeres en una cama, mujeres en la calle, mujeres en una losa en la morgue, mujeres de primera, segunda y tercera generación, mujeres sabias, mujeres ignorantes, alegres mujeres, mujeres nostálgicas, mujeres abandonadas, mujeres deseadas, mujeres excluidas, mujeres disfrazadas, mujeres desnudas, mujeres que aman, mujeres que sufren, mujeres dignas… mujeres al límite».

Goded (Ciudad de Mexico, 1997) es una fotógrafa y cineasta documental que desde el año 2002 forma parte de la Agencia Magnum como miembro candidato. ¿Qué la diferencia de otras? El enfoque tan personal y empático que realiza de la mujer con cada fotograma.

​La artista hace del centro de su obra la situación vital de la mujer, que en demasiados contextos se muestra protagonizada por el abuso, el desconocimiento, el miedo y la libertad limitada. De esta forma, no solo trata de no evitar la presencia del dolor en las mujeres, sino que hace de ello el eje central de su trabajo. Sobre todo, la grandeza de cada una de sus colecciones recae en que nadie en su día a día habla de estos temas ni reconoce su existencia.

Como mujer mexicana, Maya Goded se plantea, a través de sus trabajos, las posibles respuestas a cuestiones que afectan directamente a su género. En no pocas entrevistas la autora ha contado que son sus dudas acerca de ciertas circunstancias que viven las mujeres lo que le ha hecho querer darle respuesta y, sobre todo, visibilizar todas esas situaciones vividas en su país natal. Por ello, a través de la cámara, ya sea con el movimiento o con imágenes estáticas, la artista responde visualmente y denuncia las injusticias éticas que durante siglos ha tenido que sufrir —y sigue sufriendo— la población femenina. 

Sexualidad, maternidad, marginalidad, virginidad y violencia son algunas de las características del trabajo de Goded. Reflejando esto en su obra, insiste en la necesidad de documentar los abusos que siguen teniendo cabida sobre las mujeres. Así, el estilo de su trabajo cobra forma de reportaje documental, con pinceladas de costumbrismo, y siempre con la humanidad como bandera. El trabajo de Goded es tanto costumbrista como de denuncia, dos características que tristemente van de la mano cuando tiene que ver con la condición de ser mujer.

Todas las situaciones moralmente cuestionables que relata Goded vienen directamente de una sociedad educada profundamente en la religión cristiana. La moral católica ha dictaminado desde siempre lo que es ser «buena mujer» y lo que no, glorificando así algunos aspectos como la maternidad y la virginidad y demonizando otros como la sexualidad o la libertad de elección.

Aunque su trabajo como fotógrafa no comenzó teniendo esta idea como protagonista, la artista no tardó en interesarse por las mujeres que rompían los patrones impuestos. Destacamos tres colecciones de Goded con la mujer mexicana como el eje central de su trabajo:

Maya Goded
Serie Desaparecidas. Ciudad Juárez, Chihuahua, México ( 2004).

El retrato de la feminidad en Plaza de la Soledad (2016)

Probablemente con su trabajo más conocido y relevante, Plaza de la Soledad, la artista muestra a la perfección la prostitución en México. A través de la diversidad de cuerpos, bellezas y vidas, Goded consigue plasmar el estado físico y mental de las trabajadoras sexuales, quienes le relatan a través de hechos y de palabras sus historias, desconocidas hasta entonces para aquellos que miraban hacia otro lado. Lo que en principio comenzó como una colección fotográfica en blanco y negro y un libro (2006), se convirtió en 2016 en una instalación formada por un vídeo documental de estos relatos. Este fue el primer paso de la artista de fotógrafa a cineasta, con el que reflejó la desigualdad, la pobreza, la transgresión, el deseo…

Maya Goded ha repetido en reiteradas ocasiones que su objetivo al llegar a la plaza de la Merced de Ciudad de México era realizar una serie de fotografías en blanco y negro de lo que allí se respiraba, pero nunca pensó en enfocar su trabajo hacia la esencia de la prostitución. De hecho, la meditación acerca de ahondar en ese tema fue a causa de una de esas instantáneas que tomó en aquel momento. 

La pieza audiovisual posterior es una de las mejores obras de Goded, tanto por la implicación sobre el proyecto como por el simbolismo y el mensaje de cada uno de los fotogramas que lo forman, a lo largo de una hora y veinte minutos de duración. A través de este documental, Goded desnuda la realidad de la prostitución: la edad, el canon de belleza, la soledad, la libertad y la sexualidad.

Durante años, las mujeres protagonistas del trabajo de Goded han intentado salir de la oscuridad y mostrar sin tapujos la posición que el patriarcado les ha impuesto. A causa de ello, la artista quiso ser un altavoz más en esta lucha por visibilizar la realidad del trabajo sexual.

Respecto a la edad, una de las motivaciones de la fotógrafa al crear el documental era desmentir el mito de que las trabajadoras sexuales eran jóvenes. Además, Goded también mostró que hay tanta variedad de cuerpos entre las trabajadoras como mujeres existen. 

Tal y como lo muestra Goded, sus protagonistas parecen señoras tradicionales, describiendo sus relaciones en pareja, casi incluso con cariño, aunque estén relatando sus encuentros cuando ejercen la profesión. De hecho, la autora enfoca todo el trabajo de tal forma que la prostitución, entre sus protagonistas, se vive como una situación cotidiana y natural. No se romantiza, pero no hace de la precariedad ni del rechazo el eje de la cuestión. En su lugar, son las vidas narradas por las propias trabajadoras las que forman el hilo conductor del trabajo. Se ve relatado así el día a día de muchas mujeres de cuarenta y cincuenta años en México.

Maya Goded
Serie Tierra Negra.1994, Costa Chica, Guerrero.

Con toda la calidez que Goded ha logrado transmitir, las escenas traspasan la pantalla con la frivolidad que las caracteriza. Todas las mujeres hablan libremente de su sexualidad y de su forma de amar a los demás, pero estos sentimientos nacen en su mayoría como una vía de escape ante la explotación de sus cuerpos.

Sorprende cómo la artista consigue conectar con las protagonistas de sus historias, sobre todo cuando narran episodios trágicos como si estuvieran normalizados. Se desnudan tanto de cuerpo como de alma, por lo que las imágenes no necesitan otro apoyo que no sean los planos de sus rostros y sus miradas. Son historias al margen de lo establecido socialmente como el camino correcto.

Sus protagonistas crecieron con los valores del catolicismo y son rechazadas abiertamente por la sociedad. Esto se debe al profundo culto a la Virgen María en la religión católica en México. Esta práctica, llamada marianismo, ensalza a las mujeres tanto moral como espiritualmente cuanto más se parezcan en la imagen y en los valores a la virgen. Esta praxis viene directamente relacionada con la Virgen de Guadalupe, muy importante en el país, y por ello sienten la necesidad de mostrar un cuerpo femenino totalmente idílico. Al igual que con un ideal imaginario que cumpla el prototipo de madre virginal, en contraposición de la mujer o madre violada, representada por La Chingada, lo contrario a todos los valores que representa la Virgen.

Maya Goded
Plaza de la Soledad, La Merced, Ciudad de México (2016).

El tacto en Desaparecidas (2005-2006)

¿Cómo se retrata a mujeres que ya no están? Pues a este reto responde con su fotografía Maya Goded entre 2005 y 2006. 

Probablemente este es el trabajo más complicado que la artista se plantea: fotografiar rostros de mujeres desaparecidas o asesinadas. De esta forma, sus protagonistas son niñas y chicas jóvenes, hijas, sobrinas o hermanas de mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez. Independiente de la dificultad en retratar lo desaparecido, Goded captura la esencia de lo que no está con esta colección.

Este trabajo —como cada uno de los que realiza la artista mexicana— es el resultado de una experiencia vital, en este caso bastante trágica: los feminicidios de Ciudad Juárez. Fue todo un reto conseguir plasmar en imágenes los rostros de las chicas que ya no estaban presentes ni en sus familias ni en ningún otro lado. De hecho, este proyecto coincidió con otros en el tiempo, como el ‘Proyecto Juárez’, realizado por Mariana David y  ‘El Palacio Negro A.C.’ Por ello, su solución al panorama marcó la diferencia de forma decisiva.

Así, la manera de hacer frente a tal reto puede llegar a resultar paradójica, pero fue totalmente efectiva y se convirtió en una solución original y concienciada. La artista decidió fotografiar a las hermanas, sobrinas y otros familiares de las mujeres desparecidas. A parte de ser una propuesta original para un tema tan delicado, Goded desafió así a la violencia machista, el dolor y la impunidad. Un crudo retrato de la realidad que viven tanto México como muchos otros países. 

Además de los mencionados retratos, la artista también decidió captar imágenes sobre adolescentes de la zona en busca de una vida mejor. Es decir, prototipos de mujeres que sufren sobre todo esta violencia, secuestros y asesinatos. Por el contrario, y con el objetivo de mostrar la frialdad de la sociedad frente a estos trágicos acontecimientos, Goded fotografió a personas ajenas al conflicto —tanto física como mentalmente− como funcionarios de la zona. 

Maya Goded
Desaparecidas. Ciudad Juárez, Chihuahua, México (2004).

Todas estas piezas son fotografías de apariencia casual o incluso instantáneas sencillas donde el sujeto solo mira a la cámara. Sin embargo, el simbolismo es lo más inquietante. Por su parte, la fotógrafa recopiló visualmente aquellos lugares donde, durante años, habían aparecido cadáveres de mujeres asesinadas. Este conjunto de imágenes fue la respuesta arriesgada de Goded y una manera de hacer cuestionar sobre cómo se debe afrontar el dolor provocado por el machismo y su legitimidad que se perpetúan desde tiempos inmemorables. El patriarcado permite tanto que esto continúe ocurriendo como que se expanda el pensamiento global de que la responsabilidad de estas atrocidades es de las propias víctimas, las mujeres, a causa de su ropa, su actitud o estar hasta tarde en la calle.

Durante este trabajo, la artista tuvo que enfrentarse a diferentes problemáticas que, hasta entonces, no había tenido que considerar. En primer lugar, la forma de retratar lo desaparecido. Consigue devolver al presente a mujeres que ya no están a través de rasgos, apariencias y edades similares.

En segundo lugar, no imitar ni caer en las mismas ideas que sus contemporáneos que trabajaron audiovisualmente en los asesinatos de Ciudad Juárez. De nuevo, su obra Desaparecidas constituye la respuesta a una de las dudas de la artista.

Maya Goded
Desaparecidas. Ciudad Juárez, Chihuahua, México (2004).

El oscurismo de Tierra de brujas (2006-2007)

En cuanto a su trabajo Tierra de brujas, la autora no buscaba otra cosa que no fuera mostrar cómo las generaciones mayores de mujeres mexicanas, desde lugares marginados, temidos, casi inexplorados fuera de las ciudades, practican el ocultismo. Con la fotografía de este mundo femenino la autora pone sobre la mesa al grupo de mujeres que aún asusta a los hombres.

Esta colección fotográfica muestra a la perfección un mundo marginado y rechazado desde sus orígenes. Mas mujeres y el ocultismo en el norte de México son sinónimo de brujería y, como tal, sufren el desprecio de la población. 

Goded, como con cada duda y situación poco resuelta o mostrada, hace público a través del objetivo de la cámara la estética de las actividades de este grupo de mujeres. Comenta que su principal motivación era acabar con el miedo que desde pequeña había sentido hacia los rumores que rodeaban este mundo mágico y oscuro. Y este temor le persiguió hasta que terminó su colección, puesto que encontrar el lugar de trabajo de «las hechiceras» no fue tarea fácil. 

El misticismo del ambiente acompaña a cada una de las instantáneas de la artista mexicana. Y en ellas se puede contemplar el origen de la imagen actual de estas actividades: la conquista española trajo consigo el catolicismo, y no solo dejó de lado todas las demás creencias relacionadas directamente con conectar con la tierra y la naturaleza, sino que sus responsables fueron perseguidas por brujería. Estas técnicas herbolarias y sanadoras siempre han sido trabajo de mujeres, por lo que su desarrollo desde aquel tiempo ha estado ligado al rechazo social, incluso aunque actualmente el pueblo mexicano haga uso de sus servicios de forma habitual.

Además, aunque aparentemente la Iglesia ya no se entromete en las labores del gobierno, el rechazo a estas mujeres y al mundo del misticismo sigue existiendo. De hecho, su contraposición al catolicismo se debe sobre todo a que este gremio femenino poseía conocimientos sobre anatomía, herbolaria y alquimia que el clero no poseía. Al igual ocurre con el concepto de sanar el cuerpo y el alma dejando a un lado la figura de Dios.

El tabú ha acompañado durante toda la vida a estas mujeres, gracias al cual han llevado libremente su sexualidad, pero no han podido disfrutar la de la vida en pareja. La serie Tierra de brujas muestra las costumbres arraigadas y desarrolladas durante siglos en clandestinidad: «Las brujas que conocí y fotografié en este país fundamentalmente católico son resultado del sincretismo entre las costumbres europeas y las indígenas», comenta la artista en la introducción a su colección.

A causa del prejuicio que este mundo genera, el misterio que rodea las fotografías de Goded es incluso mayor y ni el ojo del que mira es capaz de descifrar por completo el aura de las imágenes. A su vez, llama la atención que la labor de estas mujeres se centre en gran parte en los hechizos de amor y lleven a sus espaldas historias propias pasionales que no acabaran bien.

De esta forma, y a través de fábulas, lo intenta reflejar Goded en sus fotografías. El simbolismo de mujeres marginadas y rechazadas presentado a través de un mundo místico y surrealista, pero no deja de ser otro grupo más de población femenina humillado y discriminado que consigue sobrevivir.

Al final, Tierra de brujas visibiliza, a través de símbolos, lo que este mundo femenino representa en la sociedad de México: Goded refleja el fuego de los rituales, mostrando que ellas son como ese fuego sanador en la oscuridad, convirtiéndose así en la solución a los problemas de muchas personas. Los claroscuros en las instantáneas también representan la ocultación de estas prácticas pese a la presencia de «clientes». A través de la fotografía, Maya Goded logra mostrar su importancia profunda en la sociedad y la sabiduría de un grupo que siempre tiene que ocultarse de los demás.

Maya Goded
Tierra de Brujas. La Huasteca de San Luis Potosí (2007).

Maya Goded representa a una generación joven de artistas mexicanas, como lo hace también Teresa Margolles, que consigue labrarse un trabajo independiente en un mundo dominados por hombres. La artista es una de las fotógrafas contemporáneas más importantes de México y, como tal, ha influido significativamente en las tensiones éticas y morales que durante décadas se han dado en el país.

En cuanto a influencias que se pueden ver en su trabajo, podemos encontrar a las primeras fotógrafas que se atrevieron con el feminismo en México y a compañeras de su misma generación: Ángeles Torrejón y su trabajo fotográfico a las mujeres zapatistas en la selva Lacandona; las instantáneas de Frida Hartz a mujeres indígenas; Patricia Aridjis y los temas sociales y el estilo de sus fotografías; los proyectos audiovisuales de Gladys Serrano, entre otras.

Con ellas comparte la esencia de sus obras: las mujeres mexicanas como protagonistas. En definitiva, visibilizar a las mujeres a través de la fotografía es algo que existe desde que se empezó a luchar por el feminismo a través de la cultura, pero cada artista, con más influencia o menos, ha dado luz de una forma u otra a la población femenina.

Podría decirse que Maya Goded no ha inventado nada nuevo, pero a día de hoy pocos artistas pueden asegurarse de tener un sello tan personal con algo tan discreto a simple vista, pero que ha levantado ciertas polémicas: plasmar humanidad sin dramatismo y sin romantizarlo, independientemente del tema tratado en la obra.

Maya Goded no es la reina del encuadre, tampoco del color y aunque destaque, ni siquiera de la estética, pero es una de las fotógrafas que mejor ha definido con técnicas contemporáneas las causas por las que el feminismo debe luchar en la realidad mexicana. De hecho, tal y como defienden expertos como Alcántara, la fotógrafa no busca la técnica perfecta, pero su atención se centra en atrapar tanto la sombra como la luz, el movimiento y la quietud, desafiando así a las fórmulas tradicionales y contemporáneas más comunes.

Los diferentes proyectos de Maya Goded desafían al sistema patriarcal desde el país de México, pero con una lectura mundial. A través de la visibilidad de estas situaciones, la artista incita a la reconstrucción del individuo, la concienciación y la necesidad inminente de asumir que la religión católica determina por completo la vida de las mujeres.

Maya Goded
Tierra de Brujas. La Huasteca de San Luis Potosí (2007).


Mujer desnuda con hijo

Madre e hijo - 1914 mujer desnuda con hijo
Madre e hijo, de Egon Schiele (1914).

Ya en desnudez total

extraña ausencia

de procesos y fórmulas y métodos

flor a flor,

ser a ser,

aún con ciencia

y un caer en silencio y sin objeto.

(Idea Vilariño)

Está prohibido. Tener un hijo y quedarse desnuda junto al hijo está prohibido, la sociedad no está preparada para ese horror —Dios mío, una mujer tan impúdica—. El mundo, lógicamente, está preparado para que el día contra el cáncer de mama todas las famosas nos muestren sus pechos; también está preparado para ver en millones de portadas el cuerpo de mujeres semidesnudas; también está preparado para que en publicidad el mejor y mayor reclamo sea la belleza desnuda de la mujer. Está preparado para la sensualidad y la sexualidad femenina, para que bajo cualquier pretexto, artículos o series, películas o portadas de libros, veamos a mujeres desnudas. Para lo que no está preparado el mundo es para ver a mujeres desnudas fuera del canon o, peor, mucho peor aún, a mujeres que posan junto a sus hijos. Si no hay más remedio, mejor que aparezcan dando el pecho, o semivestidas —sobre todo, que no se les vea nada que pueda mezclar obscenidad y maternidad—. Dios nos libre de semejante pecado: una mujer que ha dado a luz, que alimenta con su cuerpo a su hijo, que duerme-come-anda-vive con un hijo pegado a la falda, que después se muestre así de natural frente a las cámaras. Qué falta de escrúpulos que una madre llame arte a semejante imagen, o que abogue por la libertad mientras le da el pecho y después lo comparta en una red social, lo enseñe a un mundo inocente que no es capaz de comprenderlo.

Anastasia Chernyavsky es fotógrafa y es madre. Uno de los relatos que aparece en Maternidad y creación trata, precisamente, de una fotógrafa. Acaba de ser madre y se dedica a fotografiar aquello que forma parte de su entorno: la ropa sin doblar, los platos sin fregar, su hija llorando en la cuna. Anastasia hace lo mismo: mujeres, mujeres desnudas, y niños. ¿Qué ocurre con el mundo, que no está preparado para el arte de Anastasia Chernyavsky, pero sí para los ángeles de Women Secret? Porque una de sus imágenes, un autorretrato en el que aparece ella frente a un espejo, con la cámara, con su hija rodeando su pierna, con su hijo en brazos, mujer desnuda, con pecho y leche, una leche que cae lentamente de su pezón; una de sus imágenes, de su arte, en el que aparecen tres personas desnudas, juntas, naturales, porque naturales conviven como madre e hijos; una de sus imágenes fue censurada. ¿Por qué motivo? No qué motivo tiene la persona que ha censurado la foto, sino cuál es el motivo de quienes aplauden la censura.

Lo primero que dicen es que hay que proteger al niño. ¿De qué, de la desnudez de su madre? ¿O de ese mundo que no está preparado para separar sensualidad, sexualidad, obscenidad y desnudez? ¿Una mujer desnuda siempre es una mujer sexualizada? ¿Es eso lo que ocurre, lo que nos confunde cuando vemos a una mujer fotografiada desnuda junto a un niño, sea su hijo o no? Por lo visto, sí. Eso es lo que ocurre. Porque Amy Woodruff también ha sido censurada. En su caso, por una foto en la que aparece haciendo yoga desnuda y amamantando a su hija. Aunque ocurrió hace tiempo, la noticia ha sido revisitada: Amy cuenta que vivían en una comuna y que la ropa era opcional. Todos los días hacía yoga y en la imagen aparece lo que para ellos era su rutina: mientras Amy hacía yoga, su hija andaba libre a su alrededor. El día de la imagen, había decidido ir hacia su madre y mamar. ¿El mundo no está preparado para eso? Una mujer bocabajo, desnuda, dándole el pecho a su hija… ¿es demasiado para nosotros?

La mujer y su desnudez le concierne a la sociedad entera, una sociedad enfermiza que no sabe dónde poner los límites. Mientras su cuerpo esté vinculado al sexo y los códigos estén aclarados, todo marcha bien. Pero cuando el cuerpo femenino no tenga claramente un objetivo, un motivo; cuando el cuerpo femenino no sea puramente sexual, no sabremos entenderlo. Para promocionar cremas, colonias o coches, está bien que se utilice a la mujer, su cuerpo, objetizable. Todos conocemos en qué parámetros se está moviendo la mujer y su desnudez: sabemos que está intentando captar la atención del hombre, un hombre que socialmente es inútil, es vulnerable a la desnudez de la mujer hasta el punto de anularlo; sabemos que la imagen de la desnudez está mandando a la sociedad entera un mensaje sobre cómo debe ser una mujer atractiva; sabemos en todo momento que la desnudez de la mujer está haciendo su trabajo en nuestra mente, y nosotros, la mente de la sociedad, una mente única, nosotros dejamos que la desnudez de la mujer haga su trabajo en nuestra mente y nos la modifique, nos la adapte para que la próxima vez que veamos a una mujer prácticamente desnuda anunciando un yogur o una crema hidratante, no nos alarmemos. Esos son los límites por los que la desnudez va a moverse. Nada más, o nos perderemos en el camino, nos dejaremos atrás la mitad del mensaje, creyendo que existe. 

Pero no, el mundo no lo justifica así: no es que no estemos nosotros preparados para la desnudez de una madre con su hijo, sino que es el hijo el que no está preparado para tanta naturalidad, para tal exposición. En launa edición de World Press Photo, una de las imágenes comentadas y criticadas es la de un niño pequeño que está siendo atendido por las heridas que tiene: lleva puesta una camiseta, pero no lleva parte de abajo. ¿Tendrá ese niño, cuando se haga mayor, traumas por esa imagen? Estamos más preocupados porque al niño se le vea lo que no se le tiene que ver que por sus heridas. ¿Quién protege a quién y de quién? ¿Por qué el niño es siempre el motivo, y no la desnudez, y no la sociedad? ¿Qué le pasa a la mente común social para creer que estamos enfermos, que ir sin ropa es sospechoso de algo? Incluso el Museo Meadows de Dallas ha censurado cuadros de Joaquín Sorolla —niños desnudos corriendo por la playa—, ¿a quién se le ocurre? El arte, ese velo demoníaco que se encarga de esconder la vergüenza, que la camufla, que nos la pasa como válida, pero no: ¡la desnudez, no!, ¡por ahí no queremos pasar!

El niño y la mujer desnudos son incómodos para todos nosotros. Estamos tan infectados, hay tal exceso informativo de pederastia, abusos y violaciones que ya somos incapaces de contemplar un cuadro de Sorolla o una imagen de la fotógrafa Anastasia Chernyavsky sin escandalizarnos. He llegado a leer artículos en los que se dan consejos al respecto: ¿hay que mostrarse desnudos frente a los hijos o eso les creará un trauma o podrá perturbar su desarrollo psicosexual? El mundo no está preparado para que nos desnudemos delante de nuestros hijos, pero sí para que los videoclips de sus cantantes preferidas estén plagados de imágenes indiscutiblemente sexuales. ¿Quién perturba a quién y por qué la desnudez pura, sencilla, es más compleja que la obscena? ¿Una mujer masturbándose es menos peligrosa que una mujer amamantando? ¿Se fomenta la pedofilia con las fotografías de Anastacia, como dicen, o el arte está salvado de tal horror? ¿Qué buscaba Sorolla dibujando a aquellos niños desnudos corriendo por la playa? ¿Es la desnudez maternal peor que la sexual? La mujer está desnuda, el hijo está desnudo, son puros, son impuros, se aman, son sexuales, el parto es sensualidad, el amor, toda la espuma del mar —el hombre no está tan lejos de lo salvaje cuando se trata de belleza.


La vida a pesar de todo

Aunque parezca increíble, ya a finales del siglo XIX algunos críticos alertaban de los peligros de la «feminización del mercado literario» y el «desproporcionado énfasis en la sexualidad femenina». Como contó Elaine Showalter en un artículo en The Guardian, los más agoreros llegaron a vaticinar que la literatura escrita por mujeres llevaría a la desaparición de la novela. Lejos de acabar con ella, escritoras como Virginia Woolf, Agota Kristof, Fleur Jaeggy y tantas otras han contribuido a ensanchar sus horizontes, y así lo reconoce hoy la mayor parte de la crítica. Las reticencias vienen cuando las escritoras escriben sobre «cosas de mujeres», como la maternidad; más aún cuando las protagonistas de los libros son mujeres «normales y corrientes» —como si una mujer no pudiera tener interés literario sin estar loca de remate o haber matado a su bebé (y, ya puestos, al marido)—. La obra de escritoras como Rachel Cusk o Annie Ernaux, por ejemplo, echa por tierra todos estos recelos y demuestra que las «cosas de mujeres» no solo pueden ser interesantes, sino también muy literarias. 

Escribir sobre la maternidad no era algo que estuviera en la agenda de Guadalupe Nettel. Como ha dicho recientemente en una entrevista, la idea era contar lo que le ocurrió a una amiga, pero la historia la fue llevando a su terreno y al final  —tal vez porque toda historia empieza siempre en el cuerpo de una mujer— se encontró escribiendo una novela sobre distintos tipos de madres. La maternidad es una experiencia «parteaguas», como dicen en México, pues marca un antes y un después en la vida de una mujer. Ser madre, sobre todo en el caso del primer hijo, conlleva una serie de cambios —físicos, laborales, en la relación de pareja…— y no es raro que la inmensa alegría del nacimiento venga acompañada de cierto sentimiento de pérdida por todo lo que se deja atrás. En La hija única, el proceso de duelo comienza antes del parto, y no estará relacionado con esas pérdidas que podríamos llamar «habituales», sino con una completamente inesperada: la pérdida del bebé que va a nacer. En el octavo mes de embarazo, el ginecólogo les dice a Alina y Aurelio que la niña que esperan, Inés, tiene lisencefalia, un trastorno del desarrollo del cerebro, y lo más probable es que no vaya a sobrevivir al nacimiento. 

El embarazo y todo lo que viene después está narrado por Laura, amiga de Alina, que acompañará a la pareja en esos momentos tan complicados. En paralelo, irá contando también la historia de los vecinos de al lado, una madre que cuida sola a un niño que «parece descontento con la vida». A diferencia de Alina, Laura nunca ha querido tener hijos (aunque una vez casi cede a la tentación de embarazarse «de manera similar a alguien que sin haber pensado jamás en el suicidio se deja seducir por el abismo en la terraza de un rascacielos»). Pero, independientemente de lo que piense o desee cada una, la vida parece tener sus propios planes para ellas (siempre los tiene), y al final acabarán encontrándose en una posición en la que nunca habían pensado que iban a estar. 

Se nota que la autora se ha documentado mucho para escribir este libro. En algún momento puntual, la información que ofrece al lector puede resultar excesiva —por ejemplo, la parte en que se habla del «parasitismo de puesta» y otros hábitos de crianza de otras especies—; pero, por otro lado, es precisamente esa amplitud, el hecho de que Nettel escriba sobre la maternidad desde enfoques poco habituales, lo que hace que esta novela sobresalga. En una época tan polarizada como la nuestra, se agradece que los personajes tengan tantos matices que sea difícil clasificarlos en categorías rígidas. En La hija única no hay buenas ni malas madres, solo madres entregadas que en algunos momentos de agotamiento no logran «recordar cómo se siente» el amor por sus hijos; madres y padres asustados que a veces logran dejar a un lado su angustia para vivir una experiencia que merece la pena después de todo. Nettel tampoco olvida a las mujeres que ayudan a cuidar a los hijos de otras (lo que, siguiendo la estela de Vila-Matas y Alejandro Zambra, podríamos llamar «madres sin hijos») ni a las mujeres de generaciones anteriores: ¿qué pasaría si nuestras madres abrazaran el feminismo como solemos hacer las nuevas generaciones? 

Sin caer en lo panfletario, la perspectiva feminista está muy presente en la novela. ¿Cómo no iba a estarlo? La hija única transcurre en la Ciudad de México, y México, recordemos, es un país con una alta tasa de feminicidios: «Ayer encontraron los cuerpos de otras tres mujeres muertas en Azcapotzalco (…) El tipo que las mató dijo que se lo merecían por putas y que si saliera libre lo volvería a hacer». También está presente el clima general de violencia que se vive en el país, donde el hecho de que un niño viaje solo en un autobús puede resultar peligroso. La violencia ocupa un lugar importante en la trama paralela de los vecinos de al lado, que muestra cómo los hijos pueden acabar reproduciendo sin darse cuenta las conductas violentas que han presenciado en casa.

A través de estas historias, Nettel plantea, de forma implícita, una serie de cuestiones importantes: ¿está nuestro destino escrito en el ADN? ¿Lo que aprendemos de niños va a determinar nuestra conducta futura o podemos elegir tomar un camino distinto? La reflexión sobre el papel que juegan el destino y el libre albedrío en nuestras vidas atraviesa la novela de principio a fin. Para ello, Nettel se sirve de elementos tan dispares como los genes, el budismo o las cartas del tarot. En La hija única se da voz a genetistas, ginecólogos, pediatras…, pero, como es sabido, la ciencia no lo explica todo. A veces la vida se abre paso en contra de todo pronóstico; otras se va apagando cuando parecía tenerlo todo a su favor. La relación entre la conciencia y el cuerpo está también lejos de ser aclarada. Inés, esa hija única a la que alude el título, desafía las ideas preconcebidas de todos los que la rodean, incluidos los médicos. Igual que esta emocionante novela, que, desde luego, remueve al lector y contiene mucho más de lo que parece a simple vista.


Todas esperábamos mucho más

Otro estallido de ira en el centro de Trípoli. Foto: Karlos Zurutuza.

Periodista, hombre, busca mujeres para charlar sin prisas y con pausas entre cafés. Fatma dice que no: nada más sentarnos, alguien subirá una foto a Facebook llamándola «puta». El Kodo (la versión local del Kentucky Fried Chicken) parece un lugar bastante aséptico para un encuentro. No. ¿Qué tal el inmenso paseo de la playa? Peor aún. ¿Quizá coger un coche y alejarnos hasta algún lugar más discreto fuera de la ciudad? Que nos vieran juntos en él sería catastrófico. Yo podría viajar en el maletero, pero al final decidimos reunirnos en el hall del único hotel de Zuwara (oeste de Trípoli), donde nos sentaremos recatadamente a la vista de un recepcionista que se resiste a bajar la guardia.

Esta introducción antes de continuar con la historia de Fatma al Omrani y las libias en general me sirve para responder a una pregunta que alguien me hizo vez: «¿Por qué hay tan pocas mujeres en tus textos?». Las que viven en el paralelo 33 ni dirigen ministerios ni comandan milicias armadas; ni lanzan sermones desde las mezquitas, ni anuncian «decisiones clave para el devenir del país» en concurridas ruedas de prensa. Tampoco es que las buscara únicamente en esos foros, pero doy fe de que hay muy pocos atajos que conduzcan hasta ellas.

Ahora, sí, vamos ya con Fatma. Tiene treinta años y una vez fue periodista. Siempre le gustó, desde muy cría, pero acabó estudiando Contabilidad. Dice que, en tiempos de Gadafi, solo las mujeres «leales al régimen» salían en los medios; «gente que pertenecía a la élite del aparato»; «bustos parlantes». Fue la guerra de 2011 la que abrió el país en canal y las puertas del oficio a Fatma. Nació, creció y sufrió la guerra en Misrata, cuando el enclave insurrecto fue sometido a una ofensiva brutal. Su voz se hizo entonces conocida a través de una radio «de campaña» desde la que se insuflaba de moral a la población durante los cuatro meses que duró el asedio. 

«A los hombres les gustó aquello. Una mujer hablando por la radio que ya no era la voz del régimen y, además, daba una imagen de modernidad de cara al exterior. Era puro marketing», recuerda la joven tras el primer y último sorbo al peor café de Zuwara. Se ajusta el velo y sus gafas de concha antes de pedirle un té al camarero y seguimos tras un pequeño inciso. La guerra de 2011 se finiquitó, de forma oficial, con un discurso pronunciado desde el balcón del castillo rojo de Trípoli. La primera medida a adoptar por el nuevo ejecutivo era la revisión del tema de la poligamia. Con Gadafi también existía, pero el hombre necesitaba el consentimiento firmado de su primera mujer para casarse con la segunda. En la nueva Libia ya no se necesitaría el beneplácito legal de la esposa para añadir otra más al lote; así lo anunció el entonces primer ministro del Gobierno provisional libio, antes incluso de hablar de la reconstrucción del país. Recuerdo que tuve que repreguntar a mi traductor para asegurarme de que era realmente eso lo que estábamos escuchando.

Entretanto, Omrani saltaba de la radio de Misrata a la televisión de Trípoli. Era un sueño hecho realidad por muchos motivos: la que daba ahora las noticias no era ya una replicante al servicio de Gadafi, sino una libia que podría ser ella misma. Y era ella misma. Pero no todo el mundo lo veía así. Los insultos se le amontonaban entre amenazas de muerte a través las redes, o directamente en la calle, cuando le tocaba reportear. Para Fatma, el mensaje estaba claro: «Las mujeres habíamos jugado nuestro papel durante la guerra, pero ya no hacíamos falta». Agotada, acabó abandonando en 2013. 

Volvió a la radio justo cuando empezaba la guerra de 2014, esa que no se televisó, pero que llevó a la división del país entre los gobiernos del este y del oeste que se mantiene hasta hoy. En mitad de esa tormenta de soflamas arabo-islamistas y cuitas tribales sin resolver desde tiempo inmemorial, Fatma pensó que también era justo poner el foco sobre las agresiones que sufrían las mujeres en Libia. Mientras ellas escuchan en silencio, los hombres cogen el teléfono y llaman al estudio. Más insultos, más amenazas de muerte, en directo y en diferido. «Dile a Fatma que, si no para, le puede pasar algo», le llegaron a decir a su hermano en la calle pocos días más tarde. La presión fue tal que la libia huyó a Túnez en 2015. Allí buscó refugio entre la numerosa comunidad expatriada libia, pero esta la acusó de pertenecer a los Hermanos Musulmanes. Era el mismo grupo islamista que la había hecho huir de su Misrata natal. 

Fatma volvió a Trípoli, donde se casó y se divorció en menos de un año. No da los detalles ni tampoco se los pedimos. En la capital, su camino se cruzó con el de una activista bereber de las montañas y fundaron el Movimiento de la Mujer Amazigh. Fatma compagina hoy la militancia feminista con su labor en un plan de resolución de conflictos amparado por una ONG danesa. Sabe que sigue siendo «demasiado visible» y nunca olvida que es una mujer divorciada que vive sola.

Botín de guerra

Quedar con Nuha al Hassi es mucho más sencillo: basta con acercarse al antiguo edificio de la antigua sede del aparato de seguridad de Gadafi en Zuwara, que es hoy sede para los activistas por la lengua amazigh. Desde 2011, la principal minoría de libia trabaja contrarreloj para recuperar el tiempo perdido por la represión de su lengua y su cultura durante cuatro décadas. El departamento de Lengua está prácticamente copado por mujeres de entre las que Al Hassi es una de las fundadoras, y también su rostro más reconocible: es la única en la ciudad que no usa el velo islámico, aunque admite que se lo pone cuando sale de ella «por seguridad». 

Al Hassi resume casi todo su discurso en la primera frase: «En Libia resulta imposible disociar la política de la religión». Traducido al día a día, es como lo de esa mujer que pide el divorcio denunciando frecuentes malos tratos a manos de su marido. No solo no lo consigue, sino que, además, tiene que pagar una multa al maltratador. El juez ratificó esa sentencia parafraseando el Corán.

«Las mujeres dimos grandes pasos durante la guerra, entendimos que teníamos derecho a opinar y a participar en la sociedad, pero ahora quieren quitarnos todo lo que hemos conseguido», decía Al Hassi. Es cierto que de 2011 hasta hoy han surgido multitud de organizaciones civiles, pero ser mujer, bereber y atea en Libia son tres balas para una ruleta rusa. Mientras tanto, no se escatiman medidas para mantener el control sobre la mitad de la población. Fue en febrero de 2017 cuando el portavoz del autoproclamado «Ejército Nacional Libio» de gobierno del este del país anunciaba la obligatoriedad de toda mujer entre dieciocho y cuarenta y cinco años que fuera a viajar al extranjero de ir acompañada de un mojram («guardián masculino»). 

Ya en 2014, el año de la partición, las autoridades religiosas del gobierno del oeste intentaron adoptar una medida similar, pero la fetua (edicto islámico) nunca llegó a dictarse formalmente. Fue precisamente ese año cuando la reconocida abogada y activista por los derechos de la mujer, Salwa Bugaighis, fue asesinada a tiros en su residencia de Bengasi (este de Libia). Como muchas otras libias, Bugaighis también había salido a la calle desde el primer día y participó en multitud de iniciativas sociales. Horas antes de su asesinato, publicó la fotografía de una furgoneta aparcada justo enfrente de su casa que lucía la bandera negra del grupo islamista Ansar al Sharia. Bugaighis decía que la vigilaban. Nunca se encontró a los culpables. 

Para Heba Morayef, directora regional para la Región MENA de Amnistía Internacional, aquel fue «un punto de inflexión negativo para las libias que habían decidido participar en la vida pública y política del país tras la guerra de 2011». El de Bugaighis no es sino el más conocido de los asesinatos contra mujeres que luchaban y siguen luchando por la inclusión política. 

«Con los islamistas copando toda la estructura política es cada vez más difícil y más peligroso para las mujeres, pero va mucho más allá de una simple cuestión religiosa: los hombres no quieren vernos ni en la calle», asegura, vía telefónica, Asma Khalifa, cofundadora del Movimiento de la Mujer Amazigh. Actualmente residente en Suecia, esta abogada de treinta y dos años apunta también a un «choque generacional» entre las libias más jóvenes y «valientes» y las de mediana edad quienes, según Khalifa, no se atreven a llamarse a sí mismas «feministas». A estas últimas las podemos encontrar en Juntas para la Modernización de la Mujer Árabe, otra de entre las numerosas organizaciones surgidas desde 2011. Desde su sede social a las afueras de la ciudad, Zeituna Moamer, su directora, subrayaba el «creciente papel de las libias» tras el final de la guerra. 

«Durante los años de Gadafi lo más parecido a la sociedad civil eran los Scout y el Grupo de Juventud. Eran los únicos colectivos sociales permitidos y, por supuesto, estaban totalmente controlados por el Estado. Hoy las mujeres somos mucho más conscientes de nuestros derechos y estamos mucho más organizadas», explicaba la jurista de cincuenta y dos años. Si bien reconoce que aún queda mucho por hacer, Moamer dice que no ve la necesidad de separar la religión de la política. «El nuestro es un país musulmán, esa es nuestra naturaleza», repite. Es un discurso que no pone el dedo en una de las llagas más profundas de Libia, pero Moamer tampoco se muerde la lengua a la hora de denunciar una de las mayores lacras del país.

«Muchas mujeres aquí son violadas, pero nunca lo hacen público porque se toma como una mancha en el honor de la familia y encima se culpa a las víctimas de lo ocurrido».

Lo poco que trasciende son los abusos que reportan las mujeres migrantes que consiguen sobrevivir a la travesía del Mediterráneo, pero sobre lo que sufren las libias apenas hay datos. Casi nadie pone en duda que el confinamiento impuesto por la pandemia ha traído una nueva oleada de episodios de violencia contra las mujeres, la mayoría de los cuales también quedarán impunes. «No hay mecanismos oficiales para denunciar la violencia doméstica», denuncia Asma Khalifa. «Las mujeres en riesgo no tienen dónde acudir y, ahora aún hay menos recursos para recibir ayuda del exterior».

En su día le saqué el tema a Aisha al Magrabi, una profesora de universidad, periodista y escritora a la que entrevisté en Trípoli en 2013. La intelectual me explicó entonces el concepto de la mujer como «botín de guerra», la mercancía con la que pagar a los hombres por su sacrificio. Al Magrabi, quien ya adelantó entonces que Libia se enfrentaría a un escenario «afgano» de no producirse «cambios inmediatos», vive hoy en Francia.

Tendencias suicidas

Ni siquiera en lo más parecido a una casa ocupada en Zuwara resulta fácil dar con ellas. Bastarían los dedos de una mano para contar a las que se acercan por allí, y aún nos sobrarían varios. Una de las pocas habituales nos pide que no escribamos su nombre real.

«Llámame María», dice entre risas, mientras termina de liarse un porro. Licenciada en Lengua y Literatura Inglesa por la Universidad de Trípoli, esta chavala de veintiséis años explica que el simple hecho de acercarse a la casa ocupada constituye un auténtico desafío para cualquier mujer de Zuwara. «La represión sexual de esta gente es tal que no pueden entender que una chica de mi edad pueda venir aquí para algo que no sea prostituirse», asegura esta libia que fuma y bebe sin quitarse el velo y que se declara «atea hasta los tuétanos».

«Bin Laden es un héroe para mi padre, así que te puedes hacer una idea del drama que tenemos en casa», apunta, quitándole hierro al asunto con una carcajada antes de dar otra calada a su cigarro. Luego se acuerda de un tío suyo: «Todos sabemos que se pone hasta arriba de alcohol y putas cada vez que va a Túnez, pero luego se permite el derecho de criticarte por llevar pantalones, y encima te tienes que morder la lengua». Antes de despedirnos, María se disculpa: me llevaría de vuelta al hotel en su coche, «pero ya sabes». El efecto liberador de la marihuana parece haber desaparecido por completo. «Odio este país. Cada día que pasa siento que malgasto mi vida y mi juventud aquí. Solo quiero vivir en un lugar normal». 

A unos diez minutos andando de la casa ocupada de Zuwara se encuentra la única clínica privada de la ciudad. Desde su consulta, Samar Auasud, psicoterapeuta, habla de numerosos casos de depresión y ansiedad entre la población local, pero más entre ellas. «Las mujeres están exhaustas, mucho más que los hombres. Tienen miedo del presente y, por supuesto, de su futuro y del de los hijos de los que prácticamente solo se ocupan ellas», explica esta doctora de veintinueve años. «Vienen a la consulta en busca de atención; necesitan que las escuchen, desahogarse y, sobre todo, llorar», dice, antes de subrayar lo más obvio: las tendencias suicidas son mucho más comunes entre ellas.

«Supongo que todas esperábamos mucho más».


Nuestros hábitos en cuarentena: ventajas de una pandemia

«Ventajas de una pandemia: empezar a ver qué cosas hacíamos por cuidado propio y qué otras por cumplir con lo establecido», titulaba la ilustradora Flavita Banana una viñeta donde una chica se mira sonriente los pelos de su sobaco. Debajo de la publicación de Instagram se abría el debate: «Pues yo me depilo igual en casa, aunque nadie me vea, simplemente porque no me gusta tener pelos, me parece incómodo», opinaba una seguidora. Otra decía que se había depilado hasta las ingles del aburrimiento, mientras que la siguiente contaba que se estaba dejando crecer hasta el entrecejo y el bigote.

Más adelante el debate se salía de los pelos y hay quien además declaraba sentirse libre por llevar dos semanas sin usar maquillaje. Una chica contaba que había dejado de usar el desodorante y otro grupo de usuarias debatía sobre el sujetador, aunque no había mucho debate: todas coincidían en que no lo estaban usando.

La viñeta se publicó el 29 de marzo. Llevábamos unas dos semanas en cuarentena y empezaban a notarse los dejes de este gran experimento social que ha resultado ser el confinamiento. Millones de personas encerradas en sus casas, sin poder salir más que lo imprescindible, con noticias del exterior escasas y difusas, y sin saber cuándo se iba a terminar. Ni los más desquiciados sociólogos hubieran podido idear este escenario. Así que aprovechando el estado de excepción nos pusimos a investigar sobre exactamente esto: los hábitos de las mujeres durante la cuarentena.

El 15 de mayo lanzamos una encuesta que contestaron más de 200 mujeres. Para ponernos en situación, el 15 de mayo Madrid y Barcelona no alcanzaban aún la fase 1, aunque suavizaban su fase 0. Hacía dos semanas que teníamos permitido salir a hacer ejercicio físico y una semana que el gobierno había dado a conocer las primeras decisiones del plan de desescalada. Pero la realidad era que llevábamos dos meses sin salir de casa.

Después de excluir las respuestas de quienes vivían en el extranjero, las menores de edad y las personas que habían seguido trabajando en sus puestos fuera de casa —como las sanitarias—nos quedamos con 180 encuestas de mujeres. Por cómo se han obtenido los resultados y el tamaño de la encuesta, los datos no son extrapolables a toda la población, pero nos dan una idea de cómo estas 180 mujeres vivieron el confinamiento en sus casas.

Entre las encuestadas el 92 % dijo haber respetado las normas durante el confinamiento. 70 personas estuvieron afectadas o tuvieron a una persona cercana afectada por el COVID-19. 24 perdieron a un familiar o persona cercana. 27 habían sufrido un ERTE. El 5 % viven solas y el 39 % viven en pareja. 25 tenían hijos a su cargo y 10 mujeres dijeron tener hijos a su cargo pero vivir sin pareja. Para comparar entre grupos de edad hemos dividido por generaciones:

  • Generación Z: desde los 18 hasta los 25 años
  • Millennials (Generación Y): desde los 26 hasta los 39
  • Generación X: desde los 40 hasta los 51
  • Generación Baby Boom: desde los 54 hasta los 71 (aunque se han incluido una persona de 72 y otra de 73 años)

La ropa

 ROPA
MENOS IGUAL MÁS
 Me he puesto el sujetador 66% 34% 0%
 Me he cambiado de bragas 13% 79% 8%
 Me he puesto pantalones de calle 85% 15% 0%
 Me he puesto faldas 72% 26% 2%
 Me he puesto chándal 7% 28% 64%
 He ido en pijama por casa 6% 44% 50%

 

El primer bloque de preguntas lo centramos en el exterior, en la ropa. Y llegamos a una conclusión que ya intuimos desde el principio: la mayoría de las mujeres han usado menos el sujetador. Pero, con los datos en la mano, constatamos que, en realidad, los grandes desterrados en la cuarentena han sido los pantalones.

El 85 % de las mujeres encuestadas usaron menos pantalones y 72 % dejaron las faldas en el armario. Como era esperar, estos fueron sustituidos por el pijama y el chándal. Nos vestimos para salir a la calle, y en casa, muchas optan por la ropa de estar por casa.

En cambio vemos que la otra pieza de ropa interior, las bragas, fueron usadas con la misma frecuencia por la mayoría, y 14 personas declararon haberlas usado más. Al consultarlo con gente cercana, algunas chicas explicaron que, al pasarse mucho tiempo al día sentadas, quisieron cambiarse más a menudo.

HE USADO EL SUJETADOR
MENOS IGUAL MÁS
Generación Z 75% 25% 0%
Millennials 74% 26% 0%
Baby boomers 40% 60% 0%
TOTAL 66% 34% 0%

 

Interesante es cuando disgregamos los datos por grupos de edad. Si nos fijamos en los datos sobre el sujetador por generaciones, vemos que aproximadamente el 75 % de las mujeres millennials y generación Z usaron menos el sujetador, pero en cambio en la generación Baby boom solo el 40 % disminuyó su uso. Esto puede deberse tanto a la costumbre de la gente de más edad por llevar el sujetador, o por mera necesidad física. Concluimos que el sujetador tiene una fuerte componente social, sobre todo para las más jóvenes, pero no deja de tener un componente práctico.

ME HE CAMBIADO DE BRAGAS
MENOS IGUAL MÁS
Generación Z 21% 72% 7%
Millennials 11% 79% 10%
Baby boomers 0% 94% 6%
TOTAL 13% 79% 8%

 

También es interesante que dentro del uso de las bragas, las pertenecientes a la generación Baby boom son, de nuevo, las que menos han cambiado sus hábitos de uso. De hecho, ninguna reportó haberlas usado menos. Con la edad se afianzan las costumbres.

Higiene personal

HIGIENE PERSONAL
MENOS IGUAL MÁS
Me he maquillado 84% 16% 0%
Me he duchado 29% 62% 9%
Me he puesto desodorante 35% 63% 2%
Me he puesto crema hidratante 23% 53% 24%
Me he depilado 57% 39% 4%
Me he hecho las uñas 47% 41% 12%

 

Nuestro siguiente bloque de preguntas se centró en la higiene personal. En este caso el hábito más desterrado fue el maquillaje. Aunque tuvieron más tiempo para hacerlo, ni una sola de las encuestadas dijo haberse maquillado más y el 85 % se maquilló menos. Casi nadie se maquilló para gustarse a sí misma, parece que maquillarse es un hábito social.

Y en cuanto a la depilación, aunque la mitad de las encuestadas se depilaron con menos frecuencia, ocho mujeres dijeron haberse depilado más. Al analizar sus perfiles en detalle vemos que pertenecen a diferentes generaciones (por lo que no es un tema generacional) y que casi todas viven sin pareja. Así que sí, hay un pequeño porcentaje de mujeres que se depilan para estar bien con ellas mismas.

Ducharse y aplicarse desodorante vemos que es un hábito que más de la mitad mantuvo constante y, por lo tanto, estos dos son los dos comportamientos más arraigados en la rutina de cuidado e higiene personal. Podríamos llamarlos «hábitos personales», aquellos que hacemos por nosotras como personas, independientemente de si estamos en sociedad.

En referencia a la crema hidratante, de cada cuatro mujeres, una la usó menos, dos igual y una más. Esto nos lleva a pensar que una de cada cuatro mujeres usa la crema hidratante con la intención de salir de casa, para dos es una costumbre y para una cuarta depende de el tiempo que tiene para el cuidado personal.

En cuanto a las uñas, parece que no todas las mujeres se las hacen por lucir: el 12 % de las encuestadas se hizo las uñas con más frecuencia que antes de la cuarentena. Aunque también es cierto que la mitad se las hicieron menos, y hasta Rosalía publicó fotos durante esos días con las uñas cortas. No solo seguimos a Flavita Banana por Instagram.

Otros hábitos

Puestos a preguntar, quisimos echar un vistazo sobre otros hábitos, desde culinarios hasta sexuales, para ver en qué habían invertido el tiempo durante estos días. Este tema hubiera dado para muchísimas más preguntas, pero aquí están los resultados.

OTROS HÁBITOS
MENOS IGUAL MÁS
He cocinado 8% 24% 68%
He visto series 9% 28% 63%
He leído libros 10% 39% 51%
He estado al tanto de las noticias 17% 29% 54%
He hecho deporte 28% 23% 49%
He comido sano 17% 51% 33%
He consumido alcohol 57% 29% 13%
He practicado sexo 55% 37% 8%
Me he masturbado 17% 54% 29%

 

Confirmamos el mito de que nos hemos pasado el tiempo haciendo bizcochos: dos de cada tres mujeres cocinó más. También es mayoritario el grupo de chicas que confesaron haber consumido más series y libros. Además tuvieron más tiempo para otras actividades creativas, como contaba una chica en la sección de comentarios: «En lo positivo, he dedicado tiempo a aprender a coser a máquina, alguno que llevaba posponiendo porque nunca tenía tiempo para ello».

En general practicaron más deporte, aunque hay también un grupo considerable de mujeres que dijo haber hecho menos deporte durante el confinamiento. Y la gran incógnita: ¿durante la cuarentena comimos más sano o no? Una de cada seis de las encuestadas comió menos sano, tres de cada seis igual y dos de cada seis más sano. Esto inclina la balanza hacia el lado de alimentarse mejor, aunque tampoco da una respuesta definitiva.

Lo que la mayoría sí redujo de forma considerable fue el consumo de alcohol. El 57 % dijo haber consumido menos, lo que indica que gran parte el consumo del alcohol es social. Los motivos para consumir más alcohol fueron el aburrimiento, la soledad y, en algunos casos, los problemas personales.

HE PRACTICADO SEXO / VIVO CON PAREJA
He practicado sexo
Menos Igual Más
SÍ vivo con pareja 21% 61% 17%
NO vivo con pareja 76% 21% 3%
TOTAL 55% 37% 8%

 

Por último, no sabremos si habrá baby boom pasada la pandemia pero, si depende de mantener relaciones sexuales, la mitad de las encuestadas lo practicaron menos durante el confinamiento, claro que en su gran mayoría fueron las que vivían sin pareja. Lo que no sabemos es cómo se las apañó el 3 % que pasaron solas el confinamiento y además tuvieron más relaciones ¿cibersexo? ¿vecinos? La gran incógnita.

Dato curioso: mantener relaciones sexuales y masturbarse más no está correlacionado. Muchas encuestadas tuvieron menos relaciones y se masturbaron menos, y cuatro mujeres que confesaron haber tenido más relaciones y haberse masturbado más.

HE TRABAJADO / HE ESTADO AFECTADA POR UN ERTE
He trabajado
MENOS IGUAL MÁS
SÍ he estado afectada por un ERTE 70% 19% 11%
NO he estado afectada por un ERTE 35% 26% 39%
TOTAL 40% 25% 35%

 

De las 180 mujeres que contestaron la encuesta, el 15 % estuvieron afectadas por un ERTE. El 35 % de las que conservaron su puesto trabajaron más, y el 39 %, menos. Aunque esto daría para un análisis más exhaustivo donde se vieran qué trabajos han visto incrementados su carga laboral y dónde se ha disminuido, lo único que constatan estas cifras a propósito del trabajo es que el mundo está muy mal repartido.

Miedo al futuro

Que la nueva normalidad es sinónimo a la normalidad insegura lo sabemos a estas alturas. En mayo, siete de cada diez encuestadas contestaron que sí tenían miedo al futuro.

TENGO MIEDO AL FUTURO / HE ESTADO AFECTADA POR UN ERTE
Tengo miedo al futuro
NO
SÍ he estado afectada por un ERTE 89% 11%
NO he estado afectada por un ERTE 69% 31%
TOTAL 72% 28%

 

El trabajo es uno de los grandes condicionantes en cuanto a tener miedo al futuro. De hecho, la mayoría de las mujeres afectadas por un ERTE decían tenerlo, mientras que en el grupo de mujeres que conservó su trabajo hubo más que dijeron no tener miedo al futuro.

Extrapolar los cambios en los hábitos de estas mujeres a su estado de ánimo es quizás un experimento un poco aventurado, pero comparando ambos grupos y viendo que existen ligeras diferencias entre ambos, quisimos imaginar qué tipo de mujer se escondía detrás detrás de cada uno de ellos.

NO tengo miedo al futuro
Menos Igual Más
Me he duchado 42% 50% 8%
Me he depilado 38% 52% 10%
Me he hecho las uñas 30% 52% 18%

 

SÍ tengo miedo al futuro
Menos Igual Más
Me he duchado 24% 66% 10%
Me he depilado 64% 34% 2%
Me he hecho las uñas 53% 37% 10%

 

Viendo que las mujeres que dicen sí tener miedo al futuro son las que han dejado más de depilarse y hacerse las uñas, dos hábitos muy sociales, podríamos pensar que estas mujeres dependen más de los factores externos para tomar decisiones, tanto sobre su cuidado personal como sobre sentirse seguras frente a lo que pueda pasar. A la inversa, también podríamos pensar que estas mujeres se han visto más afectadas por la situación y por eso han variado más sus hábitos sociales frente al grupo que decía no tenerle miedo al futuro. Como no sabemos cuál es la causa-efecto, no podemos concluir nada, pero vemos que nuestra manera de pensar y nuestro estado de ánimo al fin y al cabo se ve reflejado en nuestras pequeñas costumbres cotidianas.

Echar de menos la cuarentena

Para cerrar la encuesta preguntamos si nuestras chicas iban a echar de menos la cuarentena.

VOY A ECHAR DE MENOS LA CUARENTENA
NO
Generación Z 34% 66%
Millennials 46% 54%
Baby boomers 26% 74%
TOTAL 37% 63%

 

Pero lo interesante aquí es si disgregamos los resultados por generaciones. Entre las más mayores (a partir de los 54), solo el 26 % dijo que iba a echar de menos la cuarentena. En cambio, entre los millennials (entre los 26 y los 39) fue mucho mayor el número de gente que dijo que sí echaría de menos el confinamiento. Esto nos hace pensar que los millenials son el grupo poblacional que más cómodo se han sentido en casa durante este tiempo.

NO voy a echar de menos la cuarentena
Menos Igual Más
Me he puesto desodorante 38% 58% 4%
Me he puesto crema 29% 49% 22%
Me he hecho las uñas 50% 38% 12%

 

SÍ voy echar de menos la cuarentena
Menos Igual Más
Me he puesto desodorante 30% 70% 0%
Me he puesto crema 13% 60% 27%
Me he hecho las uñas 40% 46% 13%

 

Vemos que las mujeres que sí van a echar de menos la cuarentena han mantenido más estables el hábito de echarse crema y desodorante, dos hábitos más personales que sociales. Podemos pensar que estas son mujeres que les gusta la rutina y tener ciertos hábitos fijos (independientes de si están en sociedad o no), y durante estos días han podido controlar su tiempo, por lo que son las que más cómodas se han sentido en la cuarentena y más la van a echar de menos. Mientras que las mujeres que dependen más de factores externos para decidir sobre sus hábitos personales son las que no van a echar de menos estar confinadas.

De nuevo, esto son elucubraciones, pero, puestos a imaginar, es interesante ver cómo los hábitos diarios pueden darnos pistas sobre de qué manera la gente ha sobrellevado la situación.

Conclusiones

Los datos suele corroborar intuiciones y a veces levantan preguntas interesantes. Abríamos el artículo hablando de la depilación como una de esas costumbres que hacemos para gustar a los demás y, con los datos en la mano, vemos que hay mujeres que se han depilado más, pero no por gustar a la sociedad, sino por gustarse a ellas mismas. En cambio casi todas han dejado de maquillarse, un hábito que se cuestiona menos que la depilación.

Como decíamos al principio, esta encuesta recoge los datos de 180 mujeres, una muestra muy pequeña que no se puede extrapolar a toda la sociedad. De todas formas, esperamos que este pequeño estudio ayude a poner en perspectiva nuestras costumbres cotidianas e invitamos a todas a reflexionar sobre qué hemos aprendido al poner nuestros hábitos en cuarentena.


Escribir como mujer

Dacia Maraini, 1978. Fotografía: Vittoriano Rastelli / Getty.

A Dacia Maraini ser feminista, o, mejor dicho, escribir «del lado de las mujeres», le ha pasado factura. Es cierto que ha ganado premios de prestigio, como el Formentor, el Campiello o el Strega, y es una de las escritoras más leídas en Italia; sin embargo, hasta hace poco ha sido sistemáticamente ignorada por la crítica de su país. El crítico Angelo Guglielmi reconoció hace unos años que siempre había tomado su obra «a la ligera» y que solo después de mucho tiempo, y de muchos libros, había empezado a considerarla como una escritora «seria y capaz». 

Aunque muchos la acusaron de haber aprovechado su relación con Alberto Moravia para ascender en el escalafón literario, Maraini no lo tuvo nada fácil. En sus inicios, con la esperanza de formar parte del canon literario (no solo masculino, sino también muy antifemenino), las autoras escribían textos asexuados que, en ocasiones, firmaban con pseudónimos masculinos. La escritura de las mujeres era recibida con suspicacia, cuando no rechazada sin mayor miramiento. Algunos editores de periódicos como el Corriere della Sera decían abiertamente que no querían textos «ni de mujeres ni de maricones». Además de la resistencia que encontró en el ámbito literario, la escritora tuvo que hacer frente a una oposición todavía más frontal: Maraini tuvo que enfrentarse a cinco procesos judiciales por obscenidad que, curiosamente, no han pasado a la historia de la literatura, como sí lo han hecho los juicios a D. H. Lawrence o James Joyce. Aunque finalmente fue absuelta, Maraini no salió indemne. Fueron años de muchos gastos e intenso sufrimiento. 

Decía Henry Miller que hablar de la naturaleza de la obscenidad es casi tan difícil como hablar de Dios. Por lo general, entendemos que algo es obsceno cuando ofende al pudor, al decoro; es decir, cuando alude de forma explícita a aquello sobre lo que, por convención social, se ha decidido guardar silencio. Al igual que hizo su amigo Pier Paolo Pasolini en Chavales del arroyo, Maraini retrató en Donna in guerra (1975) a los jóvenes de clase baja que se ven obligados a realizar pequeños hurtos o prostituirse por pura necesidad económica. Como la prostitución masculina era un tema tabú, Pasolini y ella fueron tildados por parte de la prensa de «pornógrafos de izquierdas». Lo primero que habría que preguntarse es a quién beneficia que se siga manteniendo ese tabú. En la novela de Maraini, los pobres se prostituían por necesidad y sus clientes eran turistas y homosexuales de clase alta. En alguna ocasión, la escritora ha dicho que la vulgaridad es falsificar o embellecer la realidad. También simplificarla. Obsceno no es visibilizar una situación ya sabida. Obsceno es guardar silencio y permitir que todo siga igual. 

La literatura sola, dice Maraini, no puede cambiar el mundo, pero ayuda a crear conciencia sobre los males de la sociedad. Ella intentó cambiar el imaginario popular a través de su obra, que abarca géneros tan dispares como la poesía, el teatro o el guion, pero siempre pensó que debía hacer algo más. En los 70, funda el Teatro della Maddalena en Roma, que sirvió como lugar de encuentro y discusión de feministas y en donde se representaban obras que promovían el debate social. Un ejemplo es la obra María Estuardo, interpretada en España por Magüi Mira y Mercedes Sampietro, que muestra que, incluso en situaciones donde la mujer aparentemente tiene un poder absoluto, como era el caso de las dos reinas que protagonizan la obra, su poder es más bien relativo, por no decir un espejismo. María Estuardo e Isabel I de Inglaterra se debían a los intereses político-territoriales y religiosos de sus respectivos reinos (eran años clave en la pugna entre católicos y protestantes), y se vieron en medio de un fuego cruzado de intereses más propios de un mundo de hombres. Isabel I dio la orden de ejecutar a María Estuardo, según la obra, cumpliendo la voluntad del pueblo. Los problemas entre los dos reinos se habrían solucionado si una de ellas hubiera sido hombre y se hubieran casado (o si las leyes hubieran permitido el matrimonio entre mujeres). Curiosamente, María envió una carta a Isabel, después de que esta hubiera ordenado decapitarla, diciéndole que «si una de las dos hubiera sido hombre, hubiera sido el matrimonio más feliz de la historia. Yo os hubiera desposado gustosa». 

Con todo, Dacia Maraini no es «solo» una escritora feminista. Decía Hemingway que el escritor que carezca de sentido de la justicia y la injusticia haría bien en dedicarse a otra cosa. Para él, los grandes escritores tienen un detector de mierda incorporado, y no hay duda de que Maraini tiene uno a prueba de golpes. El radar de Maraini le ha permitido detectar la mierda que se acumulaba en los manicomios, en las cárceles o, como hemos señalado, en las calles de ciertos barrios donde los turistas solo se acercaban para servirse. Los menores son protagonistas, a su pesar, de algunos de los relatos de Buio (1999), donde un niño de siete años es secuestrado por un pedófilo, un chico de once años denuncia a su padre por violación o una chica diagnosticada de esquizofrenia es violada repetidamente por dos trabajadores de la clínica psiquiátrica donde está internada. Más que una escritora del lado de las mujeres, yo diría que Maraini escribe siempre del lado de los más vulnerables. 

Muchas veces la violencia ocurre de puertas para adentro. Y con frecuencia los vecinos callan. De este sospechoso silencio, de la «espesa hipocresía de discreción que hace que cada familia se encierre en su búnker», habla Maraini en Voces. Los vecinos de Angela Bari, que ha sido salvajemente asesinada, encontraban sospechoso su modo de vida. Llegaba tarde a casa, vivía sola, «era medio actriz», pero nunca se preocuparon por saber más de ella. A diferencia de lo que ocurre con otras víctimas, por ejemplo, los niños, cuando la víctima es mujer no es raro que caiga sobre ella la sombra de la sospecha: «¿La mató su amante? —se preguntaba la prensa— ¿De qué vivía Angela Bari, si no tenía un trabajo estable? ¿Por qué tenía horarios tan raros? ¿Es verdad que hizo un papel en una película pornográfica? En realidad, nadie sabe decir qué película, pero hay quien asegura haberla reconocido». Como hija de antropólogo, Maraini es consciente de la importancia de la cultura (entendida como las creencias —y prejuicios—, el arte, la moral, el derecho o las costumbres de una sociedad) en el sostenimiento de la violencia machista. En Donna in guerra (1975), unos chicos simulan violar a una chica en el instituto. Tan aterrador como su comportamiento es la reacción de ella, que se muestra «sonriente y complacida». Como señala Elena Dalla Torre en su artículo, esta escena pone de manifiesto que los chicos imitan lo que han visto (en otro punto de la novela se muestra que algunos de los hombres, obligados por las circunstancias a prostituirse, acababan violando después a una mujer para demostrar que seguían siendo hombres) y que los chicos y las chicas se ajustan a los roles culturalmente aprendidos: ellos dominan, ellas se someten. Tiene razón Maraini cuando dice que la violencia contra las mujeres es en gran medida un problema cultural y que solo cambiando la cultura se podrán cambiar las cosas. 

Volviendo a Voces, la narradora, Michela, además de ser vecina de la víctima, es una locutora de radio que recibe el encargo de preparar un programa sobre crímenes contra mujeres no resueltos. La descripción que hace Maraini de las víctimas precede a la que más tarde hará Roberto Bolaño en la «parte de los crímenes» de 2666: «Angiolina T., 8 años, violada y apuñalada. Su cuerpo fue arrojado al vertedero de San Michele. Caso no resuelto»; «Giorgina R., 7 años. Violada, estrangulada y arrojada a la orilla arenosa del Ombrone. Sus zapatos se encontraron a doscientos metros de distancia. Caso no resuelto». Aunque a veces ha sido acusada de sensacionalismo, con libros como Voces o Isolina, la mujer descuartizada, Maraini intenta evitar que las víctimas de la violencia machista caigan en el olvido: «La memoria de la ciudad no conserva rastros de estos delitos, ni siquiera un recuerdo, una palabra, una lápida dedicada a la “víctima desconocida”, tal como existe la tumba del soldado desconocido». 

Aunque Voces (1995) está lejos de las mejores novelas de Maraini (La larga vida de Marianna Ucrìa o El tren de la última noche), esta incursión en la novela de detectives tiene, a mi modo de ver, un importante valor literario. Este género es territorio tradicionalmente masculino (a pesar de que el mayor número de lectores son mujeres) y parece una convención, más aún en la época en que se escribió, que una mujer no pueda crear una buena novela de detectives cuando escribe como mujer. Patricia Highsmith, a la que Maraini alude explícitamente en la novela, decía que utilizaba siempre el punto de vista de un narrador masculino porque las mujeres no son tan activas ni intrépidas como los hombres. Hasta hace unos años, también era frecuente que, si una mujer se hacía cargo del caso, la detective en cuestión tuviera rasgos andróginos, por no decir varoniles. Muy hábilmente, Maraini desafía estas convenciones a través de la narradora, Michela, y de la detective Adele Sòfia (que volverá a aparecer como protagonista de la colección de relatos Buio). Se nos dice que Adele es lesbiana, que tiene la mente fría como un hombre, pero también destaca por sus rasgos femeninos. Así, es descrita como maternal, y en muchos sentidos actúa como «madre» de Michela. Tanto Adele como Michela nos presentan una visión muy humana de la víctima, en lugar de culpabilizarla (como tiende a hacer la sociedad) o tratarla como un mero cuerpo (en muchas novelas de este género, la víctima no es más que un objeto, una excusa para demostrar lo inteligentes que son los hombres al resolver crímenes). Por otro lado, si la convención del género es que el detective se identifique con el asesino (p. ej., Clarice Starling trataba de pensar como el doctor Lecter para atrapar a Buffalo Bill), tanto Adele como Michela se identifican con la víctima. Esta perspectiva femenina que incluye Maraini, prácticamente inexistente hasta hace pocos años, es imprescindible, tanto en las novelas de detectives como en la vida real. 

La gran escritora Marguerite Duras solía decir que «un escritor no es ni hombre ni mujer: es escritor». Para Maraini, en cambio, escribir es ser mujer. Cuando, pretendiendo halagarla, su amigo Pasolini le decía: «Tú no eres una mujer, tú eres un hombre, tienes el cerebro y el carácter de un hombre», Maraini se ofendía y él no entendía por qué. Para mucha gente, la inteligencia es monopolio masculino. Si eres inteligente y escribes bien, no puedes ser mujer, eres un hombre. La escritura de Maraini, como la de Natalia Ginzburg o Clarice Lispector, muestra que es posible hacer buena literatura escribiendo como mujer. De hecho, Maraini dice que cuando una mujer escribe es más mujer que nunca, puesto que «se escribe con el cuerpo, y el cuerpo tiene un sexo, y el sexo arrastra una historia (de separaciones, distanciamientos, segregaciones, abusos de poder, violencias, afasias, miedos, mortificaciones…)». 

No es de extrañar, entonces, que muchos de sus relatos giren en torno al cuerpo. En Le galline di suor Attanasia (incluido en Buio), una monja que vive en un convento cerca de Argelia es atacada y violada por unos fundamentalistas. El embarazo de sor Attanasia, que asoma a pesar del hábito que la cubre, provoca una reacción muy diferente entre sus compañeras (la comunidad de religiosas a la que pertenece) y en la jerarquía eclesiástica (formada por hombres). Como se podía suponer, en una situación así, la voluntad de Attanasia, su derecho a decidir, será lo último que se tenga en cuenta. 

También el cuerpo ocupa un lugar protagonista en La larga vida de Marianna Ucrìa, novela magníficamente escrita en la que Maraini logra dar voz a la hija de una familia aristocrática del Palermo del siglo XVIII pese al silencio al que ha sido relegada. Marianna, sordomuda, no fue privada de la palabra desde el nacimiento «por la biología», sino por un «susto» (que será el suceso sobre el que gire la trama de la novela). Una pregunta clave en la novela es: ¿puede una mujer vivir sin cuerpo? Pese a su clase social privilegiada, Marianna no puede disponer del suyo. Por aquel entonces, la mujer solo tenía dos salidas: un matrimonio concertado o el convento. Pero también, y de una forma menos evidente, dado el elevado número de hijos que solían tener, la maternidad suponía prácticamente renunciar a su propia carne: Marianna «ha transferido a los cuerpos de los hijos en transformación su propio cuerpo, privándose de él como si lo hubiera perdido en el momento de casarse […] En la maternidad ha puesto su carne y sus sentidos, adecuándolos, doblegándolos […] Pero ¿se puede vivir sin cuerpo, como lo ha hecho ella durante más de treinta años, sin convertirse en la momia de sí misma?». La lucha de Marianna por convertirse en dueña y señora de su propio cuerpo es la lucha de todas las mujeres a lo largo de la historia.

Al igual que su personaje, Dacia Maraini empezó a escribir por necesidad. Cuando era niña, pasó junto a sus padres dos años en un campo de concentración en Japón. Después, y durante mucho tiempo, como no era capaz de hablar, solo podía expresarse a través de la escritura. En la novela, la lectura y la escritura son privilegios de clase, pero además son terreno masculino. Todo lo que lee Marianna ha sido escrito por hombres (y en lo poco que encontró sobre mujeres, estas eran acusadas de brujería). Casualmente descubre a Hume, que, en su defensa de las pasiones sobre la razón, se opone a todo lo que le han enseñado. Pese a ello, Hume no la representa: «¿Qué sabe Hume de una mujer mutilada, torturada por el orgullo y la duda?». ¿Qué sabe un hombre del dolor femenino, del deseo femenino, en definitiva, de la subjetividad de una mujer? No creo que haya temas exclusivamente femeninos y temas exclusivamente masculinos (no en vano, una de las descripciones de un parto más memorables en la literatura fue escrita por Tolstoi), pero es evidente que han tenido que llegar escritoras como Maraini, Ginzburg o Lispector para abordar temas que antes no se habían tratado o hacerlo como nunca antes se había hecho. Pienso, por ejemplo, en algunos relatos de El via crucis del cuerpo, de Lispector, donde una anciana de ochenta y un años siente la necesidad de masturbarse o una mujer de unos setenta sueña con acostarse con un cantante.

Escribir implica tener que hacerlo con herramientas tradicionalmente masculinas. Las obras que han marcado la historia del pensamiento y buena parte de la literatura han sido escritas por hombres. Pese a ello, Maraini, Ginzburg, Ortese o Morante han logrado abrirse paso, allanando el camino a las escritoras que hemos venido después. Queda, no obstante, mucho trabajo por hacer. Hoy en día, algunos periodistas todavía se refieren a Maraini como «la mujer que vivió dieciséis años con Alberto Moravia». Y el hecho de que el biógrafo de Lispector la defina como «una Chejov femenina en las playas de Guanabara», o que para describir su magnífica obra, que se sostiene por derecho propio, haya que recurrir al canon masculino —«si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre y hubiera llegado a cumplir cincuenta años; si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán…»— indica que falta aún mucho camino por recorrer. El canon sigue siendo cosa de hombres.


Las alas perdidas de Shirley Slade

No necesitas leyes para convertir tus deseos en realidad… tú puedes ser cualquier cosa que tu corazón te dicte que seas, y no debes dejar que nadie te diga que no puedes, porque mil setenta y ocho mujeres se convirtieron en pilotos femeninas de caza durante la Segunda Guerra Mundial. (Anelle Henderson Bulechek, una de ellas). 

Qué va. Las mujeres no pilotaban aviones de guerra. Desde luego no en ese cine épico, dirigido por Hollywood, donde héroes americanos decidían desde el aire el rumbo de la historia. Figuraban en los libros, entonces. Tampoco. Ahí se cuenta que ellas estaban en las fábricas, haciendo piezas, o que eran enfermeras. Lo más próximo a una mujer aviadora en la Segunda Guerra Mundial eran las pin-ups, dibujos de tías tetonas y culonas, ligeras de ropa, pintadas en los morros de los cazas. La cultura lo sabía, esto de pilotar es cosa de tíos, y así lo reflejó en Top Gun, 1986. Cuatro años después la película histórica Memphis Belle perdió la oportunidad de mencionar que en la contienda hubo mujeres piloto. Lástima, porque trataba sobre la última misión del bombardero B-17, un cacharro que sobrevivió a veinticinco misiones —la mayoría no alcanzaba la decena sin ser derribado o quedar inservible—, y que disparó la venta de bonos de guerra estadounidenses. El americano medio se rascó el bolsillo para financiar la guerra seducido por las hazañas de los aviones patrios pilotados por hombres. Y supo que había hecho muy bien cuando vio publicada la foto de Richard Pete.

Es una imagen que ha circulado miles de veces por internet, tomada desde el ayuntamiento de Dresde después de ser bombardeada hasta los cimientos. Una estatua extiende una mano y mira las ruinas con gesto de desaliento. En algún lugar allí abajo había sobrevivido Kurt Vonnegut, el escritor que sí estaba mientras caían las bombas, autor de Matadero cinco, donde el histórico huracán de fuego y la ciencia ficción se mezclan en una sátira inclasificable. 

El Memphis Belle fue uno más de los que arrojaron bombas sobre Dresde, y era como sale en la peli, con la pin-up vestida de rojo en su morro, las ocho cruces gamadas correspondientes a enemigos nazis abatidos, y las veinticinco bombas por sus veinticinco misiones. Pero ni en aquel metraje, ni en sitio alguno, se mencionaba que fueron mujeres quienes testaron aquel B-17, perdieron la vida probando prototipos, se aseguraron de que los reparados volvían a funcionar correctamente, y trasladaban los aparatos a las bases de despegue, listos para partir hacia el frente. Claro que este pequeño detalle era información clasificada desde 1944, y no dejó de serlo hasta 1977. 

El gobierno estadounidense no permitió que apareciese en prensa una sola foto, entrevista o testimonio de las mujeres piloto. En 1943 rompieron su propia norma, y permitieron que la revista LIFE dedicara un reportaje de veintidós páginas a las WASPS, Woman Airforce Service Pilots. Una de ellas, Shirley Slade, sentada sobre el ala de un caza, ocupó la portada. 

Shirley Sade era una niña pija de los años treinta, que fue enviada a un internado de señoritas llamado Hacienda del Sol en Tucson, Arizona. Cuarenta mil dólares al año en precios actuales costaba que una hija de la élite política o económica se educara en aquel rancho escuela, que se preciaba de ser una de las opciones educativas no universitarias más caras de Norteamérica. No admitían a cualquiera. En su declaración de intenciones pedían chicas a las que les gustara ponerse sombreros de cowboy, botas vaqueras y cabalgar sin miedo a romperse las uñas. Normal, iban a vivir en el escenario de Duelo al sol, de King Vidor, 1946, en pleno desierto de Sonora. 

No se sabe si el recio carácter de Slade se forjó en la Hacienda del Sol o le venía de serie, pero lo que sí tenía muy claro, ya desde su estancia en el internado, es que no deseaba ser ama de casa. Había decidido ser jockey, y ganar campeonatos nacionales compitiendo contra hombres. Solo abandonó esa intención cuando el ejército estadounidense convocó mil doscientas plazas para crear la WASPS. Un trabajo atractivo, muy bien pagado, que las convertiría en veteranas de guerra, con todos sus beneficios, al acabar el servicio. No es que los militares se hubieran vuelto feministas o creyeran en la igualdad, sino que tras el ataque a Pearl Harbour necesitaban pilotos desesperadamente. 

Shirley Slade fue una de las elegidas entre las veinticinco aspirantes que se presentaron, y tras superar su entrenamiento consiguió sus alas de plata, convirtiéndose en piloto militar. Destacó como encargada de probar el prototipo del Bell P-38 Airacobra, nuevo modelo dee caza que en sus manos se demostró excelente en ataques a baja altura, rapidísimo en giros para el combate, y más rápido en el despegue gracias al tren de aterrizaje en triciclo. Al menos hasta que los modelos de fábrica llegaron al ejército inglés. En el mal tiempo del canal de la Mancha los motores se desempeñaron pobremente, y las pistas de aterrizaje irregulares destrozaron los trenes de aterrizaje. El avión funcionaba de forma excelente en el clima seco de Texas, sobre bien trazadas pistas de asfalto y con Slade a los mandos. En el primer combate de los Airacobra los nazis derribaron seis de los doce del escuadrón de ataque. Pero desde luego a los oficiales no se les ocurrió que si enviaban a las WASPS las cosas irían mejor. 

De hecho las Fuerzas Aéreas Estadounidenses nunca reconocieron a las mujeres como pilotos de pleno derecho. Aunque integradas en el ejército, estaban destinadas a labores de aviación civil, sin derecho a participar en misiones de guerra. Igualmente cumplieron un papel fundamental para ganar la contienda. Eran las primeras en volar un avión recién fabricado, testarlo, asegurarse de su correcto funcionamiento y plenas capacidades. Los modelos que habían sido reparados —casi todos después de uno o dos vuelos, si no eran derribados— volaban de nuevo en sus manos para corroborar que podían volver al combate. Y, naturalmente, se encargaban de transportarlos desde las bases de reparación hasta las de despegue para las misiones. Dicho así parece sencillo, pero de su diagnóstico dependía decidir si un avión de guerra servía o no para ganar a la Lufwaffe. Si las pruebas del Airacobra hechas por Slade no hubieran sido tan exhaustivas, el desastroso diseño de los ingenieros de Boeing hubiera propiciado un desastre aún mayor.

Pero en la sociedad norteamericana de los años cuarenta no era admisible que las mujeres se encargaran de un trabajo tan importante. Menos aún lo era para los pilotos masculinos, que organizados en un lobby apoyado por veteranos y personal de apoyo en tierra reunió fondos para financiar una campaña de propaganda en contra de las pilotos femeninas. Su argumentación era simple: no lo podían hacer igual de bien porque eran mujeres. El ejército, la administración y el gobierno coincidían con ellos, y si sacaron adelante las WASPS fue por pura necesidad. 

Y es que la decisión de sacar el reportaje en LIFE, una revista leída por el 63% de los combatientes masculinos, no iba dirigido a ellos sino a las mujeres. El gobierno necesitaba más fondos para seguir la lucha contra Hitler y en el Pacífico, y estaban convencidos de que amas de casa y jóvenes trabajadoras comprarían más bonos, como así fue. Desde 1941 la publicación había dedicado muchos artículos a alabar el trabajo de las mujeres en las fábricas, y hasta dedicaban páginas a los militares negros, en un momento en que la segregación seguía activa, y la lucha por los derechos civiles estaba muy lejos de producirse. 

Nadie cuestionaba que los negros pudieran trabajar o servir en el ejército, pero que las mujeres desplazaran a los hombres de ese trabajo era otra cosa. Por eso el tono del reportaje estuvo muy lejos de defender la igualdad o tener visos revolucionarios. De hecho la pose escogida para la portada, con Slade en ella, es muy semejante a la de las pin-ups pintadas por los pilotos en el fuselaje. Pero no la escogieron por su belleza, y ni siquiera tomaron la decisión los periodistas. Fue el general Hap Harnold, general de las Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien pidió que fuera ella porque tenía la rudeza que se esperaba de una señorita dedicada al oficio militar. Lo que en su antigua escuela, la Hacienda del Sol, hubieran definido como «atracción por calzar botas de cowboy». Una badass woman, y como se observa en la foto, sin maquillar.

Pero ni las poses de modelo ni las caras sonrientes de las páginas interiores gustaron a los hombres. La dirección recibió miles de cartas de combatientes que se quejaban. Una muy significativa la firmaba el soldado raso James D. McGilvaray, exponiendo que, por muy comprensible que fuera utilizar mujeres en tiempo de necesidad, estaba seguro de que los cadetes recién entrenados también servían para probar y trasladar los aviones. Así que no tenía sentido robarles esa oportunidad para dársela a ellas. El militar usaba un argumentario casi idéntico al que manejó el Congreso de los Estados Unidos, al finalizar la guerra, para disolver las WASPS. Detrás de aquella decisión estuvo también la enorme influencia que ejerció sobre los políticos el lobby organizado por la asociación de pilotos civiles. Terminado el conflicto, temían que el bien retribuido puesto de piloto de líneas aéreas tuviera espacio para mujeres. Los pilotos militares, por su parte, con mayor experiencia en vuelo y combate, querían quedarse en el ejército, aspiración complicada, dado su número, si buena parte de ellos no eran destinados a las academias de entrenamiento y a los campos de prueba. Ocupados por las WASPS. El ejército prohibió a todas las mujeres piloto comunicarse con la prensa mientras el Congreso decidía sobre su futuro. 

No lo hubo. El comité consideró a esta rama de la fuerza aérea innecesaria, e injustificablemente cara, y recomendó que se dejara de reclutar a mujeres piloto. El general Hap Arnold, acatando la orden, recordó en su discurso de despedida el alto sacrificio que se las había exigido. No solo por la muerte de treinta y ocho de ellas, sino por el coste que ahora iban a asumir, ser licenciadas con honores. A novecientas quince pilotos, incluida Shirley Slead, les fueron retiradas sus alas de plata. La insignia concedida por la USS Air Force cuando completaron su entrenamiento. Tampoco se les reconoció la condición de veteranas del ejército, y por tanto no pudieron optar a las ventajas económicas que aparejaba. Toda una generación de jóvenes humildes pudieron, gracias a las becas de veteranos, convertirse en estudiantes universitarios y ascender en la escala social. Y si así lo deseaban, ser enterrados con honores a su muerte en el cementerio de Arlington. Ellas no. Incluso se ordenó calificar de material clasificado todo el expediente relativo a la WASP, a fin de que ni los historiadores ni la prensa supieran de estas mujeres pilotos, ni ellas reclamaran sus derechos como veteranas. 

Las subestimaron. Una vez fuera del ejército se organizaron en un grupo denominado Orden de Fifinela, destinada en origen a ayudarse a encontrar trabajo. Pero pronto se transformaron en una asociación que luchaba para que las mujeres tuvieran el mismo papel que los hombres en la aviación militar y civil. Y a la que se unieron muchas personas que no habían sido WASPS. Su primera victoria la obtuvieron en 1977, cuando el Congreso de los Estados Unidos desclasificó sus expedientes, reconociendo que no se las había tratado como personas. 

La victoria no solo fue legal. Aquellas mujeres obtuvieron por primera vez el reconocimiento que merecían por su labor en la guerra, y por la decisiva contribución a la derrota del nazismo. Shirley Slead comenzó a recorrer universidades y colegios para transmitir el mensaje de que cualquier mujer podía ser lo que se propusiera, como cualquier hombre. Y la lucha continuó.

Hasta 2009, cuando Barack Obama concedió la Medalla de Oro del Congreso a las WASPS, y permitió que se las enterrara en el cementerio de Arlington. En ese momento, conseguidos todos sus objetivos, la Orden de Fifinella decidió disolverse. Pero en aquella gran ocasión Shirley Slead ya no estaba, y ninguna lápida blanca la recordará en Arlington. Sus alas habían volado, años antes, hasta el cielo de la eternidad.


¿Qué quieren las mujeres?

¡Ve con Dios!, de Edmund Blair Leighton (1900). (Detalle).

En 1925, mientras Freud psicoanalizaba a la princesa Marie Bonaparte, se produjo una súbita inversión de roles y fue el analista el que mostró un retazo de su lado oscuro —lo que él llamaba «el inconsciente»— al proclamar: «La gran pregunta sin respuesta a la que yo mismo no he podido contestar a pesar de mis treinta años de estudio del alma femenina, es la siguiente: ¿qué quieren las mujeres?».

Lo que Freud debería haberse preguntado, y con él millones de hombres, es: «¿Por qué no puedo hallar la respuesta a esa pregunta?», o incluso: «¿Por qué me hago esa pregunta?»; pero seguramente tales metapreguntas no tenían cabida, hace cien años, en la cabeza de un hombre inmerso en la lógica patriarcal, aunque la cabeza fuera tan grande como la de Freud.

Y sin embargo «la gran pregunta sin respuesta» ya había sido respondida muchas veces, y desde hacía mucho tiempo. Por ejemplo, en una leyenda artúrica que le oí contar, hace muchos años, al gran narrador oral británico Tim Bowley, recientemente fallecido. Una leyenda que contiene una gran verdad; una de esas verdades tan grandes que a duras penas caben en las historias reales y buscan acomodo en el más vasto territorio de la imaginación:

Cuando el rey Arturo era joven, se adentró sin darse cuenta en los dominios del Caballero Oscuro, que lo capturó y lo amenazó con matarlo si en el plazo de un año no encontraba la respuesta a una pregunta, y la pregunta era: ¿Qué es lo que realmente desean las mujeres? Arturo buscó la respuesta por todas partes y encontró muchas, es decir, ninguna: amor, belleza, seguridad, prestigio, fortuna, hijos… Al final, cuando estaba a punto de expirar el plazo, le dijeron que había una bruja que conocía la verdadera respuesta, y Arturo fue a consultarla. Y la bruja, que era horriblemente fea, le dijo que solo le revelaría la respuesta si Galván, el más noble caballero de la Mesa Redonda, se casaba con ella. Galván aceptó para salvar a su rey y amigo, y la bruja dijo que lo que las mujeres deseaban realmente era decidir sobre su propia vida.

El Caballero Oscuro quedó satisfecho con la respuesta, Arturo se salvó y Galván se casó con la bruja, tal como había prometido. Y la noche de bodas, en la cámara nupcial, la bruja se convirtió en la más hermosa de las mujeres y le dijo a su esposo: «Esta es mi verdadera naturaleza, pero solo podrás disfrutar de ella la mitad del tiempo. Puedo ser fea de día, a la vista de todos, y hermosa de noche, en la intimidad. O hermosa de día y fea de noche, elige». Y Galván contestó sin dudarlo: «Elige tú lo que prefieras». Y entonces ella dijo: «Esa es la respuesta correcta, y como premio por respetar mi voluntad seré hermosa de día y de noche».

Las mujeres, al igual que los hombres, quieren elegir. Así de sencillo, así de difícil. No en vano las primeras feministas organizadas como tales fueron las sufragistas, que reclamaban el derecho a votar, es decir, a participar en las «elecciones» por antonomasia. Reclamaban su derecho a decidir, a elegir entre las distintas opciones.

Y en otro orden de cosas, no es casual que Corín Tellado sea la escritora española más leída después de Cervantes. La clave del extraordinario éxito de sus novelas románticas (mejor dicho, «rosa»: nada que ver con Werther) es que en casi todas ellas la protagonista se debate entre dos pretendientes. En un mundo y en un terreno en el que las mujeres son —o no son— los objetos de deseo de los hombres, sujetos principales y a menudo únicos, las «chicas de Corín» pueden elegir y han de afrontar la responsabilidad y el riesgo de hacerlo, lo que las convierte en verdaderas protagonistas y las conecta con el deseo profundo de las lectoras. La respuesta que Freud aún no había encontrado a los setenta años, ya la conocía Corín Tellado a los diecinueve, cuando publicó su primera novela.

Y la fórmula sigue funcionando, a pesar de los avances conseguidos por el feminismo en las últimas décadas. No importa que los galanes en liza sean un vampiro y un licántropo, como en la saga Crepúsculo: la chica es la que elige, la autora es una mujer y el público es eminentemente femenino.

Pero tanto Corín Tellado como sus numerosas epígonas seducen a sus congéneres más ingenuas con el señuelo de una elección sucedánea, pues elegir entre dos hombres no es mucho mejor que ser elegida por uno, y la aparente liberación no es más que una puesta al día de la antigua sumisión. «El destino de la mujer es el hombre» sigue siendo el mensaje, por más que se le añada al proceso subordinatorio un grado de libertad. Y de ahí una de las consignas históricas del feminismo más combativo: «El hombre es el pasado de la mujer».


La bibliofilia y el género

Mara Wilson en Matilda, 1996. Fotografía: TriStar / Jersey Films.

En los últimos años ha surgido un interés por publicar artículos, libros y entradas en blogs sobre bibliofilia y librerías (algunos de ellos incluso han recibido premios) y ahora el lector cuenta con varias propuestas con las que documentarse sobre ellas sin moverse del sofá. Seguramente si hablo de textos en los que se dan cita librerías como la Strand de Nueva York, la Shakespeare and Company parisina, La Gran Pulpería venezolana, Faulkner House Books en Nueva Orleans o cualquiera de las que adornan o adornaron Cecil Court en Londres, algunos tendrán ya en la cabeza este o aquel volumen sobre el lugar que ocupan las librerías en el imaginario colectivo. Pero lo más probable es que no estemos pensando en los mismos referentes. En mi caso, me resulta imprescindible hablar de Un mundo de libros, una antología de ensayos publicada por la Asociación de Amigos del Libro Antiguo de Sevilla y el Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla en 2010. Quizás por ser uno de los primeros libros de este siglo en ahondar sobre el asunto, ha quedado sepultado por otros intereses e iniciativas que con frecuencia se olvidan de citarlo. Pero hay varias razones por las que conviene hablar de este libro. Entre ellas, por no decir la primera, porque reúne los ensayos —trece, en concreto— de aquellos que han «ejercido» la bibliofilia antes de las modas.

La bibliofilia es, si se me permite el símil, como la religión judía: una creencia en el libro con mayúsculas, pero, sobre todo, una opción ante la vida que no aspira a captar a nadie que no esté ya dentro. La prueba del algodón es sencilla: un bibliófilo superficial te hablará de librerías y te aconsejará que vayas a ellas por las razones que considere oportunas; un auténtico bibliófilo te hablará de los libros que encontró en ellas sin que su intención sea otra que transmitir el relato de una hazaña que es muy probable que nunca olvide. La segunda razón reside en la foto que arrojan estos textos: en realidad, muchos bibliófilos no tenemos bibliotecas como las que salen en las revistas o en esos bonitos volúmenes en los que algunos escritores enseñan sus despachos y bibliotecas como la alta sociedad enseña su salón. La bibliofilia es, nos cueste más o menos admitirlo, un vicio y, como cualquiera de ellos, se alimenta de un afán acumulativo. Acaso por ello los ingleses distingan entre bibliófilos y bibliómanos. He conocido a bibliófilos con hermosas estanterías ordenadas, pulcras, casi de museo y de inmediato he preguntado, si sabía que la afición de su propietario encajaba más bien en el segundo tipo, dónde estaba el resto. También es cierto que la bibliofilia ha sido durante mucho tiempo denostada como un pasatiempo similar al de los coleccionistas de sellos o monedas: acumuladores de un pasado que no está ni se le espera.

¿Dónde está el atractivo?, se preguntarán algunos. Hasta que un libro llega a los anaqueles de un coleccionista vive mil vidas tan reales como imaginarias: su encuentro inesperado entre un montón de páginas que serán pasto de las llamas, el moho o los pececillos de plata; la llamada o el mensaje del librero que te avisa de que tiene ese título del que le hablaste con tanto entusiasmo hace algún tiempo; la adquisición de esa pieza en una subasta a altas horas de la noche en las que se mide cada euro que pueda asegurar la compra. En 1927, cuando A. S. W. Rosenbach publicó Books and Bidders: the Adventures of a Bibliophile (Boston: Little, Brown, and Co.), realizó una interesante comparación: puede que un matemático paciente sea capaz de contar las facetas del diamante Koh-i-Noor, pero nadie podrá contar nunca los reflejos de la emoción que se despliega durante una subasta en las mentes y los corazones de los hombres y mujeres que están enamorados de los libros.

El asunto de los géneros es igualmente curioso, no solo por las distintas acepciones de la propia palabra, sino por los numerosos malentendidos que provoca. El primero, considerar que el género de la bibliofilia, como mercancía, pero también como clasificación editorial, debe ser de naturaleza intelectual. Dado que es una afición que parece haber comenzado en el siglo XVII, muchos se imaginarán varios tomos encuadernados en piel, vetustas obras que han viajado desde entonces hasta llegar a nuestras manos en nuestros días, señores en anticuarios que sacan el libro de cheques para llevarse a casa una rareza de la náutica, un tratado filosófico o un manuscrito de botánica. Nada más lejos de la realidad: hay bibliófilos de novelas de quiosco, de cubiertas de vanguardia, de ediciones censuradas. Todos ellos, aunque no queramos o no sepamos reconocérselo tanto como sería deseable, están construyendo y documentando con esmero un campo de estudio. La bibliofilia, bien entendida, es un estudio de la cultura y, por extensión, de la historia de la humanidad: qué intereses o temas han proliferado en cierta época; qué maneras de editar, manipular o suprimir ha experimentado la industria; qué libros han desaparecido y cuáles se han quedado, como si de un proceso de selección natural y cultural se tratase.

En cuanto a otro género, el femenino o, dicho de otra forma, si nos detenemos en el papel que ha tenido —o ha dejado de tener— la mujer entre los bibliófilos, el asunto no deja de tener miga. Porque la Historia, así con mayúsculas, demuestra que las mujeres siempre estuvieron presentes entre este grupo de coleccionistas empedernidos, por más que hayan proliferado algunas leyendas en las que las mujeres actúan como una Santa Inquisición de esos pobres maridos bibliófilos, que introducen a hurtadillas en la casa los tesoros que han encontrado en el Rastro, en la cuesta de Moyano o en cualquier librería de las que aún se encuentran en nuestro país. Y mucho se han extendido esas historias a lo largo del tiempo y los distintos ámbitos culturales, pues a mí misma me ha sucedido que, al ir a pagar un libro de esos considerados «raros», el librero me preguntara si era «para mi marido», sin saber quién era mi marido, ni por qué me interesaba a mí ese libro.

Parte de esta creencia o estereotipo se ha basado tradicionalmente en el contexto en el que se hablaba de esta noble afición: los clubes, como el Roxburghe, las reuniones académicas y todos aquellos foros públicos y privados en los que no solía haber mujeres. Porque, para ser bibliófila, había que tener solvencia económica, social e intelectual. O, en palabras de Mary Hyde Eccles, la primera mujer que formó parte del prestigioso club neoyorquino Grolier: recursos, educación y libertad. La creación de la Universidad de Harvard en 1636 surgió de una donación de alguien que tenía estos atributos (el germen fueron los trescientos libros de la biblioteca personal de John Harvard), pero no hay que olvidar que la primera universidad del mundo (situada en Fez), la fundó Fatima al-Fihri, una mujer con las mismas condiciones anteriormente mencionadas. Y, con todo, aún hoy resulta insólito que se oiga hablar de mujeres en el campo del coleccionismo de libros y en la creación de iniciativas que dejen una huella cultural. Incluso en aquellas obras actuales en las que se intenta abarcar la contribución de las mujeres a lo largo del tiempo, las ausencias son notables.

A lo largo de la historia hay casos destacados de bibliófilas que amasaron grandes bibliotecas, entre las que quizás la reina Isabel I sea el ejemplo más conocido. En el siglo XX, una de las que recibió mayor atención fue la también británica Frances Mary Richardson Currer. En 1906, el Times la consideró «la mayor coleccionista de libros». Mecenas del colegio en Yorkshire al que asistían las hermanas Brontë, se cree que Charlotte firmó sus primeras obras como Currer Brontë en homenaje a su benefactora. Currer permaneció ausente por voluntad propia de los listados de bibliófilos de la época, como los famosos almanacs del británico de origen indio Thomas Frognall Dibdin. La causa seguramente le parecía justificada; una de las obras pioneras del siglo XX sobre esta afición, Anatomy of Bibliomania (1930), de Holbrook Jackson, contenía una sentencia que se ha repetido en numerosas ocasiones: «El amor por los libros es tan masculino (aunque no tan común) como dejarse crecer la barba».

Rachel Chanter refleja una realidad algo distinta en un artículo publicado en el blog del conocido librero Peter Harrington. En el siglo VI la condesa Judith de Flandes fue la responsable de muchos de los manuscritos iluminados que se encargaron y conservaron (y que ella donó a la abadía de Weingarten). «Margarita de Navarra, Madame du Barry, María Antonieta, Mary Stuart y Catalina de Médici —recalca Chanter— fueron apasionadas coleccionistas de libros y manuscritos, aunque este hecho apenas se recuerda en sus notas biográficas», y recuerda que Belle da Costa Greene fue quizás uno de los casos más llamativos. Durante cuarenta y tres años, Greene fue la bibliotecaria del economista J. P. Morgan; cuando el estado de Nueva York incorporó los fondos privados de Morgan al sistema público, Greene ocupó el cargo de primera directora de la Pierpont Morgan Library. Su padre, Richard Theodore Greener (el primer abogado negro que se graduó en la Universidad de Harvard), había abandonado a Belle y a sus hermanas. En su hábil huida hacia delante, Belle le quitó la -r final al apellido paterno y se construyó un pasado a medida de la sociedad en la que vivía: pasó por blanca la mayor parte de su vida y se inventó una ascendencia portuguesa con la que se abrió camino en el mundo de la bibliofilia neoyorquino.

El comienzo del siglo XX y el papel de las editoras e intelectuales en las principales capitales y centros urbanos cambiaron mucho el panorama. En París, y no solo gracias a la llegada de modernistas como Nancy Cunard o Sylvia Beach, la bibliofilia ya había comenzado a extenderse entre las mujeres desde finales del siglo XIX. A partir de su constitución como grupo en 1926, las Ciento Una, o Les Cent Une, Société de Femmes Bibliophiles, comenzaron a publicar una obra ilustrada cada dos años y no les faltaban candidatos. La princesa Shakhovskoy capitaneó a estas mujeres bibliófilas en su primera etapa; la condición más estricta consistía en no exceder el número con el que habían bautizado a la asociación. El 16 de mayo de 1943, Paul Valéry le escribió una carta a Victoria Ocampo desde la capital gala, en la que le contaba que había «dado a las Ciento Una (mujeres bibliófilas) dos actos y dos actos [sic] de dos obras de teatro (que no quedarán nunca terminadas)». Marguerite Yourcenar escribió el prólogo a la Cynégétique de Opiano, traducida por Florent Chrestien e ilustrada por Pierre-Yves Trémois en 1955. Y, con todo, la asociación, compuesta en exclusiva por mujeres, aún arrastraba prejuicios heredados. En una declaración que tal vez aspirase a separar la afición que las unía de las luchas sociales de la mujer de la época, se definían a sí mismas como una asociación «femenina, no feminista. No escogemos necesariamente a autoras o ilustradoras». En la revista Atlantic Monthly, por el contrario, parece que ya se fomentaba de manera explícita la incorporación de las mujeres al plano de la cultura y de los libros; en su Anatomy of Bibliomania (1930), Jackson se hacía eco de un texto de febrero de 1927 en el que aclaraban a sus lectores que las mujeres que sabían algo de ciencia y literatura, de viajes y biografías, se sentirían cada vez más atractivas.

Ahora, casi un siglo después, la librería neoyorquina Honey & Wax organiza un concurso anual, dotado con un premio de mil dólares, para mujeres menores de treinta años que presenten formalmente los resultados de su book hunting o batidas librescas. En su última convocatoria han sido distinguidas mujeres como Nora Benedict, quien, con veintinueve años, es estudiante de posdoctorado en la Universidad de Princeton y presentó su colección con el título de «El desarrollo de la industria editorial modernista en Buenos Aires». Sus primeras ediciones incluyen, como cabe esperar, las obras que Borges publicó en distintos sellos argentinos, aunque se está centrando en recopilar todo el catálogo de la Editorial Sur. Por su parte, Jessica Kahan, veintinueve años, una bibliotecaria de Ohio que se alzó con el galardón, presentó su colección con el nombre de «Novelas románticas de las eras del jazz y de la Depresión». Las trescientas piezas que ha coleccionado a tan temprana edad abarcan obras de los años veinte y treinta con unas impresionantes sobrecubiertas. No hay edad ni género de ningún tipo para la bibliofilia; y, teniendo en cuenta cómo se ha depreciado el mercado del libro antiguo, de entre todos aquellos atributos que debía reunir una mujer para cultivar tan noble afición, tal vez solo le haga ya falta sentir curiosidad y ser libre.


En nombre de la tradición: el rapto de novias en la sociedad postsoviética de Kirguistán

Cuando Jazgul salió de casa por la mañana, camino al bazar, nada le hizo sospechar que por la noche sería ya una mujer casada. A plena luz del día, unos jóvenes la asaltaron en la calle, la tomaron por la fuerza y la metieron dentro de un coche. Ella forcejeó durante las casi tres horas que duró el trayecto hasta un pequeño pueblo en las montañas. «Grité, pataleé con todas mis fuerzas, hasta que no pude más y me desvanecí», cuenta. Cuando llegaron, la familia les esperaba con los preparativos de la boda. «Les insistí en que no podía quedarme, que era demasiado joven para casarme, pero acabé aceptando para no avergonzar a mi familia», dice mientras intenta disimular su resignación. Al día siguiente contrajo matrimonio con uno de los jóvenes que la había raptado.

La cultura es un todo orgánico donde cada elemento se distingue por la función que desempeña dentro del sistema; cada ritual, cada costumbre, tiene su propia dinámica: puede aparecer, transformarse, o desaparecer cuando deja de tener sentido. Estos procesos, que se desarrollan lentamente, están ligados a las necesidades de la sociedad, los valores simbólicos, y a las percepciones acerca de lo que tiene derecho a ser y lo que no. Hoy, en Kirguistán, la idea de que el matrimonio por secuestro es una tradición que reafirma la identidad cultural se repite a lo largo del país. Tanto es así que más de la mitad de las mujeres están casadas con los hombres que las secuestraron.

Todo buen matrimonio empieza con lágrimas, dice una voz popular

Desde que Kirguistán obtuvo su independencia en 1991, después de la disolución de la Unión Soviética, resurgió la práctica conocida popularmente como Ala-kachuu, que podría traducirse como «atrápala y corre». Algunas son fugas consensuadas entre amantes que quieren evitar matrimonios acordados por la familia, pero la mayoría de los secuestros se realizan por la fuerza en un contexto marcado por el engaño, la violencia y, en ocasiones, la violación. En todos estos casos las mujeres pueden negarse a aceptar el matrimonio, pero corren el riesgo de hacer frente a la vergüenza social por convertirse «en la chica que cruzó el umbral», tal como popularmente se señala a aquellas que pisaron la casa de un desconocido. De esta manera, el 90 % de las mujeres permanecen con los hombres que las secuestraron, y las que desafían esta costumbre legitimada socialmente son vistas como traidoras a sus orígenes étnicos y dignas de ostracismo.  

A pesar de que muchos mantienen que esta práctica tiene sus raíces en antiguas costumbres nómadas, Ala-kachuu sigue practicándose, lo que choca con las aspiraciones de modernidad del país. La República de Kirguistán se situó a la vanguardia de la democracia parlamentaria en Asia Central cuando, en 2010, Roza Otunbáyeva se convirtió en la primera presidenta mujer de una antigua república soviética islámica como esta. Sin embargo, desde entonces, todos los intentos por defender los derechos de las mujeres se han quedado en el papel. Según el código penal de Kirguistán, el rapto de novias es un crimen, pero la ley rara vez se aplica para proteger a las mujeres de esta violenta práctica. El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) en un informe de 2016 dijo estar «profundamente preocupado de que el secuestro de novias parezca estar socialmente legitimado y rodeado por una cultura de silencio e impunidad, donde los casos de secuestro siguen sin denunciarse». Muchos son los que desconocen que esta práctica viola el derecho penal de Kirguistán; y, si lo saben, parecen concederle mayor autoridad a la tradición.

La piedra debe quedarse donde fue lanzada

Viejos refranes populares y un arraigado sistema de creencias y supersticiones juegan también un papel importante a la hora de convencer a las mujeres de que acepten el matrimonio. «Yo no quería quedarme, pero cuando colocaron un pan delante de la puerta, no tuve otra opción», cuenta Asiel desde su pequeño centro médico en el pueblo de Tepke, donde vive desde que se casó. Su marido, Ermek, la vio por primera vez en el hospital donde ella trabajaba cuando acudió como paciente. Explica que aquel día se enamoró a primera vista. A la semana siguiente, al salir del trabajo, la metieron en un coche y se la llevaron a Tepke para contraer matrimonio. «Nunca imaginé que me secuestrarían, pensaba seguir con mi carrera de médico y casarme con mi novio. Pero cuando me raptaron pensé que era mi destino», cuenta Asiel convencida —como la mayoría de la sociedad— de que el destino de las mujeres es el matrimonio con quien las escoge.

El aumento de esta práctica en las últimas décadas resulta a la vez paradójico, después de que el Estado soviético prohibiera el matrimonio por secuestro e introdujera una amplia legislación para emancipar a las mujeres kirguises. Uno de los objetivos de la Unión Soviética era sacar a las mujeres de sus casas y organizarlas como fuerza política económica, como parte activa de los trabajadores de la nueva economía industrializada. En este proceso, la cultura tradicional kirguís se eliminó o se volvió invisible, confinada en las esferas más íntimas y privadas, mientras que en el ámbito público se crearon nuevos roles de género. Las mujeres de la Unión Soviética habían logrado un impresionante nivel de emancipación a finales de 1980 y representaban el 51 % de los trabajadores de la economía soviética. Además, en tiempos de la URSS, el amor era motivo de propaganda; se fomentaban las «bodas por amor» y si eran interétnicas se premiaban. Pero, a pesar del impacto que supuso esta política en los roles y relaciones de género, la sociedad kirguís siempre mantuvo su estructura invisible de patriarcado, que volvió a tomar fuerza en el desarrollo de la sociedad postsoviética.

Hoy en Kirguistán la práctica del matrimonio por secuestro es vista por muchos kirguises como un resurgir de su identidad cultural después de décadas bajo poder soviético. Russell Kleinbach, un sociólogo americano que ha dedicado quince años de su vida a hacer un extenso trabajo de campo para entender de dónde proviene esta práctica y cómo combatirla, asegura que «estos secuestros con violencia para casarse no tienen tradición nómada ni son aceptados por el islam. Son el resultado de una distorsión arcaica de la antigua práctica de Ala-kachuu, que se llevaba a cabo cuando dos jóvenes se amaban y el novio no podía pagar la dote a la familia de la chica, así que los dos enamorados organizaban un secuestro por amor».

En los matrimonios por rapto, el target suelen ser mujeres jóvenes de entre diecisiete y veintitrés años que están estudiando en la escuela o la universidad cuando son secuestradas. Después de casarse, a pocas se les permite continuar con su educación y, en la mayoría de los casos, estarán confinadas en sus casas para las tareas del hogar y la crianza de los niños. De esta manera, el secuestro sirve a la vez para mantener a las mujeres fuera de la esfera pública, sin posibilidad de obtener una formación superior, independencia económica o ascenso en la escala social. Así pues, esta práctica aceptada por derecho consuetudinario se enmarca, en definitiva, en un sistema donde la violencia contra las mujeres se ha normalizado. El poder patriarcal goza de legitimidad y consenso entre la sociedad y, por lo tanto, contribuye a la aceptación social de la desigualdad.   

Pero en medio de este paisaje grotesco, el de una sociedad postsoviética a la deriva en busca de su identidad cultural, algunas voces arrojan luz sobre el futuro de las mujeres del país.  

Volviendo a la esfera política

Gazi Babayarova, víctima de esta práctica cuando era estudiante, escapó de su secuestrador e inició una lucha contra el rapto de novias, vigente bajo discursos de tradición, familia, honor y vergüenza. «Estos son temas que a veces incluso es problemático hablar en público. La conclusión es que las mujeres son consideradas como un producto, mano de obra, tanto por el marido que se las lleva como por sus propias familias que aceptan el trato», dice Gazi en su oficina. Desde 2004, ella y su ONG Kyz Korgon han estado librando una guerra contra el matrimonio por secuestro, sumándose a otros grupos activistas de Kirguistán que han pedido mejoras en la legislación, exigiendo mayores garantías y mejores respuestas judiciales y policiales a las denuncias. Como reacción a estas llamadas a la acción se creó en 2011 el Foro de Mujeres Parlamentarias, para poner sobre la mesa estos temas olvidados en la agenda política. La diputada más joven del país, Aida Kasymalieva, está liderando esta lucha.

En 2010, en medio de la convulsa revolución popular contra el Gobierno corrupto y autoritario de Bakíev, el nuevo Ejecutivo liderado por Roza Otunbáyeva llegó con fuerza al poder. Pero duró tan solo un año. Su ofensiva para llevar al Parlamento nacional el debate sobre los secuestros de novias se interrumpió en el proceso.

Las mujeres en Kirguistán enfrentan fuertes obstáculos para conseguir una plena participación política. A pesar de tener actualmente veintitrés escaños entre los ciento veinte miembros del Parlamento, tienen pocos puestos de liderazgo en los partidos. En 2005 el Parlamento kirguís se componía solo de hombres, pero se adoptó una cuota de género después de varias campañas y la ley ahora exige que las mujeres constituyan una tercera parte de las listas de candidatos. Sin embargo, los líderes de los partidos a menudo presionan a las mujeres para que renuncien a sus puestos después de ser elegidas. Esta exclusión significa que algunos asuntos, como la violencia doméstica, el matrimonio infantil y los raptos de novias, no reciben la atención que se merecen por su gravedad.

Aida Kasymalieva, en una reciente entrevista a Reuters, dijo que se quedó atónita cuando sus colegas abandonaron el lugar mientras hablaba en una sesión sobre estos asuntos, en una nación plagada de violencia contra las mujeres. «Estábamos discutiendo asignaciones, subvenciones, carreteras, y todos los hombres estaban sentados en el Parlamento; luego comenzó la hora sobre cuestiones de género y todos los hombres se levantaron y se fueron».

Kasymalieva, aunque recién estrenada como diputada, sabía que estas cuestiones no eran una prioridad en el Parlamento kirguís, ya que como periodista había investigado durante más de diez años sobre el matrimonio infantil y el brutal secuestro de mujeres jóvenes que luego eran obligadas a contraer matrimonio. Y, aunque no espera que la actitud de los diputados cambie a toda prisa, Kasymalieva cree que es necesario tener más mujeres en la política para lograr cambios y unir fuerzas para abordar estos problemas. «Lo que necesitamos es llegar al fondo del problema, no solo fortalecer la ley. Hay que cambiar la mentalidad de la sociedad para que los secuestros sean denunciados, ese es el problema, porque todavía se considera una práctica cultural y no un crimen».

Fotografía: Roser Corella