Francia, la campeona oficinista

Djibril Sidibé celebrando el triunfo de Francia en el Mundial 2018. Foto: Thiago Bernardes / Cordon.

Nos vendieron el Mundial de las sorpresas, pero era mentira. Al menos, en sus albores. Se trataba de una etiqueta resultona, de esas que procuran despachar el producto a los dubitativos y reafirmárselo a los creyentes. La primera fase no fue sorpresiva; más bien palpitante, arrebatada y, por encima de cualquier otro adjetivo, divertida. Divertidísima, mejor dicho. Pero los grupos expiraban y en octavos de final reservaban plaza, más o menos, los de siempre, los de la vitrina de trofeos estrenada, esos de cuyas plantillas enumeraría varios integrantes el espectador de siesta, barbacoa y chiringuito. Hasta que llegó el batacazo, la sorpresa mayúscula que convirtió la mentira en realidad. La inapelable hostia germana.  

Uno de los huecos que la historia reserva al torneo de Rusia es la eliminación de Alemania a las primeras de cambio. Para presentarse bien posicionada al día definitivo necesitó marcar con diez jugadores sobre la bocina un gol disfrazado de salvador que el último partido desenmascaró como estertor. Desde 1938 no se quedaba fuera de la segunda fase una selección alemana. Desde el Mundial 82 siempre había alcanzado los cuartos, logrando meterse en cinco finales. Pues van y pierden contra Corea del Sur, ya eliminada, pero que recordará eternamente que venció y echó a la que llegaba como campeona del mundo. Todas las sentencias balompédicas tienen fecha de caducidad. Ahora el fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre gana Bet365.

La victoria surcoreana ejemplifica tan bien como cualquier otra una consecuencia positiva del fútbol actual. Moderno, si así quiere llamarse. Vale, en las competiciones de clubes las cartas están marcadas y solo unos pocos se reparten los éxitos y el dinero. Pero la cuestión monetaria pierde muchísimo peso —no todo, eso sí— cuando saltan al campo selecciones nacionales. Precisamente esa globalización, esa posibilidad de que un ojeador tenga a un clic un partido de previa «uefera» disputado horas antes en Azerbaiyán, o vea un encuentro de la segunda división colombiana ingiriendo anacardos en su salón, facilita que jugadores de todos los puntos del planeta abandonen rápidamente sus ligas nacionales, de menor competitividad, y se curtan en campeonatos más exigentes. Ahora, el que despunta, madura antes. Vive lejos de casa, juega bajo presión, entrena con mejores métodos, adquiere conocimientos tácticos. Cuando se junta con sus compatriotas para una gran cita, la mayoría del trabajo ya está hecho, y es muy complicado encontrar una banda de cornetas y tambores. Las ha habido y las habrá, claro, pero escasean, como los porteros con pantalones largos o los futbolistas sin tatuajes. Incluso las selecciones del más ínfimo escalón se marcharon de Rusia con alguna actuación notable, cuando no con migajas de alegría que llevarse a la boca y que servirán como alimento hasta la próxima vez que disputen una Copa del Mundo.    

Es el torneo por excelencia. Tanto, que puede marcarte para siempre. Ponte que eres un jugador iraní, que integras una selección trabajadísima y sobria pero que, de repente, estimas buena idea —por ganar una apuesta o por una desconexión cerebral transitoria, lo mismo da— rezar, besar el balón e intentar una pirueta antes de sacar de banda. Afortunadamente recoges cable, pero eso no te librará de ser reconocido hasta el fin de tus días por tamaño despropósito. El gesto técnico de Lukaku ante Japón, los goles de Chéryshev, el debut mundialista de El-Hadary con cuarenta y cinco años, los cabezazos de Yerry Mina o la parada de Lloris a Cáceres, todo se marchará por el sumidero del tiempo. Pero la hazaña de Milad Mohammadi perdurará. Es eterna, como la cagada de Kalinic, que se negó a salir al campo para jugar cinco minutos, fue expulsado de la concentración y se perdió el maravilloso recorrido de su equipo hasta la final. Genio.

No tienes ni que ser futbolista para que el Mundial te cambie la vida. Con todos los encuentros retransmitidos en abierto y con luz solar, y siendo freelance —voz inglesa para «miseria que al menos puedes repartir en el horario que prefieras»—, encadenas partido tras partido hasta tragarte el 95% de los celebrados, olvidar a qué dedicabas antes todo ese tiempo y engordar un poco. Otros cambios vitales son más repentinos, como el del fotógrafo salvadoreño que desempeñaba su trabajo en semifinales y que, de repente, fue arrollado por la celebración del gol de Croacia. Desde el suelo tiró unas fotos cojonudas, imposibles para cualquiera de sus colegas. Rakitic se interesó por su salud y Vida, el central croata, quiso superar el oxímoron que representan su nombre y su aspecto de sicario plantándole un beso inolvidable.

Hablando de cambios, el mundo por fin ha conocido —que no entendido— el VAR. Hay periodistas, que se supone que explican la realidad tras interpretarla, que ni siquiera leyeron el folio donde caben las premisas del sistema. Ni es la panacea ni el fin de la polémica; es una herramienta más para el árbitro. Punto. Seguirá prevaleciendo su criterio, pero, cuando no coincide con lo que uno quiere, se echa la culpa al vídeo. Como si abroncáramos al ordenador portátil en vez de al escritor cuando publica un libro malo. Todas las críticas al VAR son, esencialmente, una pamplina. Se esgrime el argumento de que corta el juego, en un deporte donde los minutos se escapan constantemente con simulaciones y pérdidas de tiempo deliberadas por parte de sus protagonistas —ingleses incluidos, oh, caballeros inventores, como pudo verse en semis—. ¿Qué son dos minutos si sirven para corregir un error grave? Por supuesto, no es infalible, pero da muchísimo más de lo que quita. Luego están los que se sienten atacados cuando algo cambia, porque ya no es como ellos lo conocieron y, entonces, claro, herejía. Si en los noventa hubiesen existido las redes sociales, seguro que habrían bramado contra la nueva norma esa; dónde se ha visto que el portero no pueda coger la pelota con las manos cuando viene de un compañero. Eso sí, el aspecto más importante del VAR, el que debería gozar de unanimidad, es la prohibición del juego de palabras. Se ha dado un periodo más que razonable: a partir de ahora, el que haga una broma con sus siglas y un bar debería ser lapidado en la plaza del pueblo.  

También ha sido un Mundial, otro más, donde las dos grandes estrellas de este tiempo no han brillado. Nadie niega, obviamente, que sean un par de prodigios. Sin embargo, llama la atención que ambos, si no en el invierno sí en el otoño de sus carreras, vuelvan a marcharse firmando una actuación individual discreta. Ya es el cuarto torneo que disputan, y en ninguno lograron anotar ni un tanto en las rondas eliminatorias. Parte de la prensa patria, tan cómoda en el reduccionismo, vistió luto. Dicen que antes una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol; ahora podría hacerlo una rana, de charco en charco formado por las salivaciones provocadas por Messi y Cristiano Ronaldo. No obstante, ambos cayeron eliminados y las retransmisiones siguieron reventando audímetros.

Sergio Ramos y Fernando Hierro en el partido contra Rusia. Foto: David Klein / Cordon.

Ah, España. Qué hacemos con España. Después de tanto triunfo, tercera gran cita consecutiva donde se sale por la puerta de atrás. Fiarlo todo a la posesión continuada del esférico en horizontal en lugar de a la circunstancial en vertical ya no sale rentable. Las defensas se han adaptado a ese ataque y, para doblegarlas, se precisa velocidad. Y de eso carecía ya con Lopetegui en el banquillo. Sobre su despido hay poco que decir. En otros rincones es impensable que el presidente de un equipo pretenda fichar al seleccionador en la previa de un Mundial, e igual de disparatado es que él acepte. Pero en este país, hasta los aficionados miran por el interés de su club. Nadie antepone la selección. Y eso no es bueno ni malo, simplemente es. El nuevo presidente de la RFEF trató de modificar el paradigma con su decisión. Suerte, es imposible. Como casi imposible era que España triunfase, aunque compitiera en el lado amable del cuadro, viendo su desempeño en la fase de grupos. Eso sí, no fue la única que cayó antes de lo esperado.

Probablemente no exista mayor campaña de marketing en la historia del fútbol que Brasil. Es el reverso amable del cría fama y échate a dormir. Maté a un gato y resulta que todos me llaman matagatos. Jugó una vez de manera vistosa —defender también es jugar bien— y ya es adalid del jogo bonito hasta el fin de los días, aunque vaya camino del medio siglo sin practicarlo. Cada vez queda viva menos gente que viera jugar a Brasil como se supone que juega Brasil. En Rusia siguió su táctica habitual, la verdaderamente habitual y que ha cimentado sus éxitos recientes, esto es, un centro del campo sólido y rezar por sus habilidosas estrellas. No le sirvió para doblegar a Bélgica, en uno de los partidos más entretenidos del torneo.

De entre el resto de esperanzas para contravenir el dominio europeo cuando el Mundial se disputa en el Viejo Continente, las más sólidas se depositaban, quizás, a ambos márgenes del Río de la Plata. Argentina, pese a que la hoja que contenía la palabra proyecto fue arrancada del diccionario, experimentaba una etapa muy prolífica entre el caos. Tres finales consecutivas, dos de Copa América y una de Mundial. Sin embargo, Argentina fue un desastre. Su estrella, desaparecida. Su plan, sobar la bola arriba sin profundidad ni peligro y propiciar pérdidas que un sistema defensivo calamitoso no podía siquiera soñar con frenar. No es casualidad que las dos selecciones finalistas hayan desplegado su fútbol más alegre contra Argentina. Uruguay, por su parte, sigue siendo el milagro de los tres millones de habitantes. Un milagro superior al de Óscar Washington Tabárez, cuya dolencia desapareció para festejar un gol que mandó su muleta por los aires. Los uruguayos dieron todo lo que tenían y un poco más, y cuando eso sucede no cabe reproche, pero la inflexible campeona se les cruzó en el camino. Además, Cavani recordó que para avanzar en un torneo corto se precisan muchas cosas, entre ellas la suerte necesaria que espante una lesión.

Con todo, finalmente sí que fue el Mundial de las sorpresas. La mejor vara de medir son las semifinales, y a ellas accedieron, en lugar de las favoritas, tres conjuntos del segundo escalón futbolístico habitualmente ajenos a semejantes escenarios. Inglaterra demostró lo lejos que puede llegar con un portero que para, un delantero que mete, suerte en los cruces, orden defensivo y haciendo el trenecito en los saques de esquina. Bélgica cumplió su promesa y alcanzó el mejor resultado de su historia. El técnico español Roberto Martínez, que como ha desarrollado su carrera en el extranjero aquí no tiene padrinos ni —casi más importante— enemigos, tiene entre manos a una generación belga impresionante que domina multitud de registros. No es justo exigirle el título como condición indispensable para el halago. Y Croacia. Croacia es maravillosa. Con dos estrellas mundiales, tres jugadores de nivel muy alto —Subasic, Perisic y Mandzukic— y mucho pundonor ha remontado siempre, ha resistido prórrogas y lo que le echasen hasta plantarse en una final tan insospechada como merecida. Enfrente, eso sí, estaba Francia.    

Didier Deschamps ha pasado a formar parte de la élite de individuos que ganan un Mundial como jugador y otro como entrenador. Para lograr lo segundo, ha armado un equipo que sería el sueño de cualquier ejecutivo de empresa. La eficiencia como lema. Y la mayoría de capacidades individuales exprimidas y contenidas para perseguir un único fin, la consecución del logro grupal. Todo ha de encajar en el organigrama y estar al servicio del bien común. Y si alguna pieza no funciona, se reemplaza rápidamente por otra, que deberá adaptarse inmediatamente al puesto. La prueba es que para Deschamps han sido fundamentales Lucas Hernández y Pavard, dos centrales reconvertidos que antes del torneo únicamente habían sido titulares en dos amistosos. Incluso Steven N’Zonzi ha terminado teniendo peso en el equipo, pese a contar con una sola titularidad en un partido preparatorio.

Francia arrancó el Mundial contra Australia. Venció, pero casi de casualidad. Gabinete de crisis en la empresa. Había que tomar medidas, y desde entonces nunca más se supo de esa apuesta por situar a Griezmann solo en punta y a Dembélé en banda. Se introdujo en el once al escorado Matuidi, que aportaba músculo, y a Giroud. Pese a que de puertas para fuera pareciera que su rendimiento no era importante, el jefe estaba encantado con su trabajo. Ya nunca más modificó el esquema. El secreto del éxito estaba ahí, en ser capaces de tener la situación controlada en cada momento. Deschamps sonreía en la banda. Sus empleados apenas tuvieron que remar a contracorriente diez minutos —contra Argentina— durante siete partidos. Llegar al curro, fichar, cumplir objetivos, y hasta mañana. Otro día en la oficina. Calma, cabeza fría, profesionalidad. El Mundial consta de sesenta y cuatro partidos, pues el único que terminó sin goles —en un registro espectacular— fue el que a la campeona le convenía que así fuera.

De este campeonato podrían extraerse algunos nombres jóvenes de futuro prometedor. Es un Mundial, no el torneo de niños de Brunete, por lo que tampoco es tirarse a la piscina barruntarle éxitos al portero inglés Pickford, al ruso Golovín o incluso al serbio Milinkovic-Savic, que apuntó detalles de cómo juega en su club. Este párrafo es perfecto para recordárselo al firmante cuando pasen tres años y los mencionados hayan caído en desgracia, o en el olvido de las divisiones provinciales, o, directamente, se hayan retirado y descarguen furgonetas en la carnicería de su tío. Sin embargo, hay un nombre joven indiscutible, que sobresale por encima de todos. Kylian Mbappé es un portento, uno de esos que aparecen cada muchos años. Capaz de combinar gestos técnicos avanzados con una velocidad de conducción imposible y facilidad para ver portería. Arrancó el torneo discreto, fruto de cómo se encerraban los rivales, hasta que llegó Argentina. Ahí se desbocó, con espacios, provocando que Mascherano lo persiguiera con similar ahínco y esterilidad que a su juventud perdida. También corrió en la final, con Croacia ya desesperada. Lo insolente de Mbappé no es lo que ha hecho ya —ser pieza importante en la consecución de una Copa del Mundo—, sino lo que puede llegar a hacer. Diecinueve años tiene. Semejante unión de calidad y descaro resulta hasta obscena.

Obviamente, no estaba solo. Lloris, Umtiti, Varane, Pogba, Kanté, Griezmann no son cualquier cosa. La seguridad defensiva aportada por los centrales se complementaba por la potencia del centro del campo. Arriba es cierto que faltaba inventiva hasta que creaban espacios, pero se sustituía con la calidad en el golpeo de la pierna zurda de Antoine Griezmann a balón parado. Puede que no sea el plan más atractivo que cumplir, pero su solidez ha quedado demostrada. Se han ganado con creces la paga extra. Incluso —por qué no decirlo— puede que no sea el equipo que queríamos ver triunfar para hacerle justicia al desarrollo del torneo. Pero, si miramos el balance, el Mundial se lo ha llevado un equipazo, por nombres y como conjunto. Todo correcto, pues.

Aficionados franceses celebrando la victoria de su selección, París, 2018. Foto: David Cordova / Cordon.


Más raro que un Mundial sin Italia

Francesco Totti y Michael Ballack en el Mundial 2006. Foto: Cordon.

Hacía mucho tiempo que no nos tomábamos una cerveza. La última recuerdo que fue en Campo de’ Fiori, en Roma, delante de la estatua de Giordano Bruno. Él venía de Nápoles extasiado por la devoción de la ciudad partenopea hacia Diego Armando Maradona. Aquella noche romana, en las pantallas, televisaban el Alemania-Polonia del Grupo C de la pasada Eurocopa en Francia, que terminó 0-0 en Saint-Denis. Esta semana, con la excusa de que iba a pasar unos días en España, después de un tiempo sin quedar, coincidiríamos. Admiro mucho de mi amigo Juan Antonio Pineda cómo convirtió la pasión por el célebre esférico en un oficio vital. Estoy seguro de que para él, igual que para mí, la vida se divide en Mundiales. Una década después de conocernos, hoy trata el fútbol con la misma seriedad que ayer: «Si trabajas en algo que te gusta, no trabajarás ningún día de tu vida» es una de sus máximas. Hoy es periodista de Radio Marca en Sevilla.

«¡Que sean dos!», le dice él al camarero. Tras actualizarnos acerca de cómo nos van las cosas, pedimos las primeras tapas, que me sentarán tan bien como a él su última amatriciana. Inevitablemente, terminamos hablando del deporte rey. Y de nuestros primeros recuerdos futbolísticos. El suyo es de 1994. Era mediados de julio y se encontraba en la costa de Málaga, de vacaciones con su familia. Su padre, que seguía el Mundial de Estados Unidos, le contó a su hijo, en varias ocasiones, la importancia de la nueva final, que será esta vez entre Brasil e Italia. Según su padre, con razón, eran «las selecciones que más títulos habían ganado en la historia». Efectivamente, tres Copas del Mundo para Brasil (1958, 1962 y 1970) y tres para Italia (1934, 1938 y 1982). «Aunque tuviera solo cinco años, ese día intuí, en el salón junto a mi padre, que países como Brasil o Italia, de alguna u otra manera, siempre son importantes en los Mundiales», dice Pineda. Pero en esa jornada, sin embargo, el destino no estuvo a favor de Italia: tanda de penaltis y lanzamiento por encima del larguero para Roberto Baggio, ante la alegría de Taffarel. Eran las tres de la tarde, hora de Los Ángeles. Aquel 17 de julio, la Italia de Arrigo Sacchi abandonaba el sueño de establecer una continuidad con los azzurri de Dino Zoff del Mundial de España en 1982. Y tardará una década en recuperarse.

Tras otro par de cañas, hablamos del Mundial de Rusia. Como si le tocara de cerca, veinticuatro años después de aquella final en el Rose Bowl de Pasadena, California, Pineda me suelta: «¿Qué raro un Mundial sin Italia, no?». Ante mi indignación, como para animar, asegura: «Un Mundial sin Italia no es un Mundial». La noche que la azzurra fue apartada de esta Copa del Mundo, a mediados del pasado noviembre, jugaba contra Suecia. En ningún momento había seguido personalmente las clasificatorias para Rusia: en fin, la —mala— costumbre de participar siempre de las selecciones grandes. Así pues, cuando tuvo lugar ese partido decisivo, esa noche estaba en el cine. Al salir, el taquillero está mirando fijamente una pequeña televisión, sin pestañear. Veo que hay un partido y le pregunto: «¿Qué ha pasado?», dando por descontado de que se trataba de un club. «Italia está fuera del Mundial», me contesta. Creía que era una ironía, una alusión a un futuro lejano si nadie le ponía remedio. «¡Venga ya! Está de broma…». Que no, que no. El señor, indignado, señala a la pantalla: «Como le digo, Italia está fuera del Mundial». La primera imagen que veo es la de Buffon, el portero de los récords, llorando. Efectivamente, no podrá hacer historia participando en su sexto Mundial. Ninguna selección italiana, en los últimos sesenta años, ha protagonizado un Mundial desde el sofá.

La prensa italiana e internacional dará noticia de lo ocurrido al día siguiente como un auténtico fenómeno histórico y social, más allá de lo deportivo. ¿Por qué? ¿Acaso no falta también Holanda en este Mundial? No es lo mismo. Una Copa del Mundo rompe con la tradición si faltan Alemania, Brasil, Italia o Argentina. Son las que más han ganado, suman quince Mundiales juntas. Son las que siempre dan miedo, aunque por supuesto no sean invencibles.

¿Tanto peso puede tener el pasado en el fútbol? Un equipo con los mismos once jugadores titulares en teoría es idéntico, aunque sea en dos partidos distintos. Sin embargo, en el fútbol, cada alineación y su comportamiento es diferente en cada encuentro. Como las células de un mismo cuerpo humano, que cambian dejándonos iguales. Por ello, el pasado en el fútbol cuenta y mucho. Las gestas heroicas corren por las piernas de cualquier sucesor: en un descampado o en el césped, entre amigos o ante una eufórica hinchada. Son el estímulo que une pasado y futuro en una misma esencia. De ahí la importancia del gol de Torres en 2008 y el de Iniesta en 2010. Son los precedentes necesarios para quienes vengan detrás, algo que España nunca tuvo. Como diría el gran maestro Arrigo Sacchi: «Es el indiscutible peso de la historia».

En el imaginario popular, la bestia negra de España, hasta hace bien poco, era Italia. Un símbolo de ello fueron aquellos cuartos de final de Estados Unidos 94, con el famoso codazo de Tassotti a Luis Enrique. Por cierto, los italianos no saben de qué estamos hablando. En serio. Salvo que se trate de forofos del balompié con memoria envidiable, la gran mayoría de los transalpinos apenas conoce que hubo una nariz que hizo correr ríos de sangre por el rostro de un centrocampista español. A menos que tengan un amigo español justamente resentido. El codazo de Tassotti será el emblema de que España, incluso físicamente, no merecía llegar nunca a una semifinal. Todo cambiará para la Roja a partir de 2008, con aquellos cuartos de final contra Italia en la Eurocopa de Austria y Suiza. Antes de los penaltis, el temor de «no pasar de cuartos» era real y fundado. Pero, tras el gol acertado de Fábregas, esa victoria sabía ya a media copa. En ese mismo instante, España abatió el muro de su propia historia. En comparación, la final con Alemania era pan comido —sic—. Luis Enrique, catorce años después, tuvo su revancha mirando la pantalla. Y su tabique nasal también.

Muchos equipos tienen su propia bestia negra, no solo España. La de Italia, por ejemplo, siempre fue Francia. Una aclaración: para Italia, Alemania fue, es y será siempre el eterno rival: respetado, apreciado, temido y a menudo vencido. Con el tiempo, el mérito ha repartido gloria a partes iguales entre Roma y Berlín. «Italia 4 – Alemania 3», de la semifinal de México 70 se ha convertido en un icono del fútbol del siglo XX, un sinónimo de clasicismo: Riva, Rivera y Mazzola frente a Beckenbauer y Müller. El célebre periodista deportivo italiano Gianni Brera (1919-1992) calificará el partido el día siguiente con estas palabras: «El fútbol jugado ha sido mediocre desde una óptica técnica y táctica. Pero desde el punto de vista competitivo, y por tanto también sentimental, ha sido una verdadera exquisitez». Hoy en día, en una placa conmemorativa en el Estadio Azteca de Ciudad de México se puede leer: «Homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3), protagonistas en el Mundial de 1970 del Partido del Siglo». La final la ganará Brasil 4-1. Con Pelé.  

La diferencia entre un eterno rival y una bestia negra está en la forma en la que el mérito juega o no su propio papel, en detrimento de la suerte, para desafiar el destino. Frente a una bestia negra hay solo que esperar lo mejor y ya está. Y la bestia negra de Italia, en ese sentido, siempre fue Francia. Todo empezó en México 86, cuando la Francia de Platini elimina a Italia, entonces campeona del mundo, en octavos de final por 2 a 0. La siguiente tortura para los azzurri será en 1998, con Cesare Maldini como seleccionador —y entrenador de su propio hijo, Paolo, que merecería un reportaje aparte—, en el Mundial que vio a los galos anfitriones de la Copa del Mundo con Zidane, Blanc y Djorkaeff como embajadores. Así pues, cuartos de final en el Stade de France con un 0-0; y tanda de penaltis con un Di Biagio que, a diferencia de su predecesor cuatro años antes en Pasadena, esta vez fallaba dándole de lleno al larguero. Para la alegría del portero francés Barthez.

En la Eurocopa del año 2000, organizada por Bélgica y Holanda, Italia se enfrenta a ambos anfitriones. Primero fue un 2-0 con Bélgica en la fase de grupos y luego una apasionante semifinal con la Holanda de Cocu, Davis, Kluivert, Bergkamp y los hermanos De Boer. Para variar, el 0-0 llevará a los azzurri nuevamente al fatídico punto blanco colocado a once metros de la portería. No sin razón, los italianos hablan ya, desde hace años, de los maledetti rigori. Pero la suerte parece apoyar a los transalpinos, que se sienten cada vez más seguros. Icono de esa seguridad será por ejemplo Francesco Totti, quien ejecutará a la perfección un penalti a cucchiaio, es decir, a lo Panenka. El portero holandés Van der Sar no dará crédito. Italia, así pues, estará nuevamente en una final después de seis años… con Francia. Del Vecchio marcará en el minuto 55, pero el entrenador italiano, Dino Zoff, sigue impasible como de costumbre, por si las moscas. Llegados al minuto 90, se conceden otros cuatro de descuento. Y precisamente a unos pocos segundos del final del partido Wiltord dará otra posibilidad a Francia. Italia se derrumbará moralmente y en el minuto 13 de la prórroga Trezeguet sellará el gol de oro —muy parecido al de Zidane en la final de Champions contra el Bayer Leverkusen, dos años más tarde— que le permitirá a Francia ser la primera selección en ganar Mundial y Eurocopa seguidos. Por cierto, menos mal que quitaron los goles de oro. Eran demasiado crueles para los derrotados. Benditas prórrogas completas.

Estos hombres de leyenda necesitan una frase para ellos solos, aunque sea de solo dos palabras. Gianluigi Buffon. Fabio Cannavaro. Alessandro Nesta. Gennaro Gattuso. Andrea Pirlo. Luca Toni. Filippo Inzaghi. Alessandro Del Piero. Francesco Totti. Marcello Lippi. Así, sin unas comas que los conviertan en un mero listado. Todos ellos, juntos, dibujaron en 2006 una nueva Copa del Mundo para Italia. Su mejor partido será, cómo no, con su eterno rival, Alemania. Klose, Schweinsteiger, Metzelder, Ballack y Podolski serán los anfitriones para un Mundial ende Alemania. El Westfalenstadion de Dortmund será un escenario casi enteramente blanco, en una semifinal intensa que se mantendrá en el 0-0 incluso durante toda la prórroga. Falta un minuto para empezar la enésima tortura de los penaltis e Italia, por obvias razones, estaría sola. Sin embargo, en tan solo un minuto tendrá lugar todo aquello que hará de este partido el mejor encuentro de Italia en el siglo XXI. Buscadlo en Youtube, en serio. Solo cuatro nombres: Pirlo, Grosso, Gilardino y Del Piero. Dos goles en un minuto y pasaporte para la final en Berlín. Un partido único, digno sucesor del 4-3 de 1970. La semifinal de 2006, así pues, será más importante que la propia final, donde Italia ganará finalmente a Francia en los penaltis, para variar, neutralizándola como bestia negra. Atrás quedarán los maledetti rigori. Y de paso también el cabezazo de Zidane en el pecho de Materazzi.

Los últimos doce años de la selección italiana, marcados en esencia por la falta de grandes leyendas —a excepción de Pirlo—, han oscilado entre la calidad sin resultados y la mediocridad por la falta de espíritu. Italia estuvo muy cerca de una nueva copa en 2012, pero el 4-0 de la final de Kiev contra la Roja hará de España, definitivamente, la nueva bestia negra de Italia. Quién lo iba a decir. España, así pues, pasará a la historia por ser la primera en conseguir el trío Eurocopa-Mundial-Eurocopa. La última Eurocopa de 2016 dio nuevas esperanzas a la azzurra entrenada por Antonio Conte, consciente de la virginidad futbolística internacional de muchos de sus integrantes. El grupo por él creado será sólido y deseoso. Sin embargo, por cosas del destino, Italia cayó, cómo no, en los penaltis y de la mano de su eterno rival. Diez años después de la hazaña de Grosso y Del Piero en el Mundial germano, los alemanes tuvieron su justa y merecida revancha en los cuartos de final. Quitando los pésimos penaltis fallados por Pellè y Zaza, objeto de mofa nacional en su país, muchos italianos se preguntaron si ese equipo podría haber sido realmente una buena promesa.

Lo cierto es que es increíblemente raro asistir a un Mundial sin Italia, como bien dice mi amigo Pineda. Por supuesto no es el único que me ha transmitido su extrañeza por una Copa del Mundo sin la azzurra. Es como organizar una fiesta sin ese alguien que sabemos que nos gusta. Es curioso, porque es precisamente en Italia donde sus futboleros son los primeros que, en el relativismo extraordinario que los caracteriza, viven el Mundial con normalidad, teniendo claro que la vida sigue, faltaría más. Están demasiado acostumbrados a la mediocridad en política como para que el Calcio no sea algo serio. Si no se hacen bien los deberes, es mejor no estar. Al final va a ser verdad que este año Italia brillará por su ausencia.


Países que jugaron el Mundial de fútbol y que ya no existen

Francia-Yougoslavia, 1965. Fotografía: Cordon.

La FIFA contabiliza en sus estadísticas oficiales que un total de setenta y siete naciones han disputado, al menos una vez, la fase final de su Copa del Mundo. A estas se suman en la edición de 2018 las debutantes Islandia y Panamá. Sin embargo, la cifra tiene truco. La FIFA reconoce a varias selecciones actuales la herencia de combinados antiguos que hoy ya no compiten por la sencilla razón de que no existe el país al que representaban. La mayoría de los casos se localizan en Europa, viejo continente cuya geografía política sufrió importantes cambios como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y, unas décadas después, del final del comunismo. Los otros dos casos son más exóticos para nosotros. Eso sí, se trata más de un cambio de denominación que de la extinción de un Estado.

La historia comienza en Uruguay en 1930. El paisito logró organizar la primera Copa del Mundo, evento para el que se postuló como anfitrión España y al que finalmente ni siquiera acudió nuestra selección. El hecho de que la Copa del Mundo se disputase al otro lado del charco desmotivó a muchas de las selecciones europeas que se negaron a viajar, pero no a Yugoslavia, la nación que aglutinaba a todos los pueblos eslavos. En un campeonato de trece selecciones, Yugoslavia consiguió quedar cuarta por detrás de Uruguay (campeón), Argentina y… ¡Estados Unidos! Eliminado por Uruguay en semifinales por un contundente 6 a 1, Yugoslavia había vencido previamente a Brasil y a Suecia. La selección de Yugoslavia se mantuvo con tal denominación por más de sesenta años. Estuvo presente en nueve ediciones de la Copa del Mundo, repitiendo cuarto puesto en Chile 62 y cerrando su historia en Francia 98 con un décimo puesto. Ya entonces el país se había desmembrado y Croacia también participó en aquel Mundial que ganaron Zidane y compañía. El combinado ajedrezado fue tercero con un equipo en el que figuraban Suker, Jarni, Prosinecki y Boban entre otros jugadores que habían sido internacionales con Yugoslavia. Desde 1998, Croacia solo faltó al Mundial de Sudáfrica en 2010, mientras que Serbia y Montenegro (última en 2006) y Serbia —a secas— (vigésimo tercera en 2010) han heredado el sitio de Yugoslavia a efectos de la FIFA. Además, Eslovenia logró clasificarse para la fase final de las ediciones de 2002 y 2010 y Bosnia Herzegovina debutó en 2014 sin poder superar la liguilla. La ARY de Macedonia y Kosovo siguen pendientes de obtener el primer billete de su historia como naciones independientes. En Rusia 2018 volverán a competir Serbia y Croacia.

Mención especial merece el caso alemán. Tras negarse a viajar a Uruguay en 1930, Alemania fue tercera en Italia 1934 y participó también en el campeonato de 1938 en Suiza. Las siguientes dos ediciones del torneo no se disputaron porque el mundo estaba inmerso en la peor guerra de la historia. Alemania, derrotada en dicha contienda por los aliados, fue dividida en dos repúblicas: la Federal (oeste) y la Democrática (este) en la que se instauró el régimen comunista. De modo que, desde mediados del siglo XX y hasta la caída del muro de Berlín, hubo dos selecciones alemanas. Y llegaron a enfrentarse en 1974 (primera y única vez), en el Mundial que organizó la RFA y en el que la RDA logró vencer a su vecino capitalista. Fue en la fase de grupos. La Alemania oriental venció 1 a 0 con gol de Sparwasser. Sobre el césped, los jugadores no se atrevieron a intercambiar las camisetas, pero en el túnel de vestuarios Sparwasser y Paul Breitner sí lo hicieron. Las guardaron como oro en paño —y como secreto de Estado— durante veintiocho años. Aquel Mundial, sin embargo, acabó con la victoria de la Alemania occidental en la final ante la Holanda de Johann Cruyff. Era el segundo título para la RFA, que todavía conseguiría otro en 1990 tras ser subcampeona en 1982 y 1986. Tres títulos de campeón del mundo para un equipo y un país que ya no existen. Eso sí, la FIFA considera que la Alemania reunificada es heredera de la RFA, por eso los alemanes pueden presumir hoy de cuatro títulos (se impusieron en Brasil 2014), aunque los tres primeros solo los ganó la mitad occidental del país. La RDA no tuvo más experiencias mundialistas más allá de 1974. Caprichos del destino.

X = no existía como país. En blanco = no clasificó. (Click en la imagen para ampliar).

Siguiendo con el telón de acero, la Unión Soviética fue una de las selecciones históricas de los mundiales del siglo XX. Antes de su disolución logró clasificarse en siete ocasiones para la fase final y fue cuarta, quinta y dos veces sexta entre 1958 y 1970. De todas las ex repúblicas socialistas soviéticas, solo Rusia y Ucrania han logrado llegar a una fase final. Los rusos lo han hecho en tres ocasiones, sin pasar nunca de la fase de grupos. Por lo tanto, esperan dar un paso adelante en «su Mundial». Ucrania, ausente en Rusia 2018, tiene el honor de haber llegado hasta cuartos de final en 2006 en su única presencia mundialista hasta ahora. Desde luego, se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en el terreno de juego a la Europa del este le iba mejor cuando defendía una misma camiseta. Los restos balompédicos de la URSS se reparten hoy entre una serie de selecciones mediocres que van desde el Báltico hasta las confines de Asia. Sin ir más lejos, cinco ex repúblicas soviéticas tienen a sus actuales selecciones de fútbol inscritas en la Confederación Asiática. De todas ellas, solo Uzbekistán ha rozado alguna vez la clasificación para el Mundial.

El último caso europeo es la historia de un amor imposible. La unión amistosa pero antipopular de dos naciones que habían pertenecido al Imperio austrohúngaro. Hablamos de la antigua Checoslovaquia, a la que, como combinado nacional de fútbol no le fue nada mal. Logró quedar subcampeona del mundo en 1934 (perdió ante la Italia de Mussolini y ante Mussolini) y 1962 (cayó ante Brasil por 3 a 1 en Chile). Por separado, la República Checa (vigésima en 2006) y Eslovaquia (decimosexta en 2010) no han alcanzado los éxitos fruto de la unión que rompieron de mutuo acuerdo en 1992.

Los últimos dos casos de países extintos que participaron en la fase final de una Copa del Mundo de Fútbol nos llevan a Asia y África. En realidad, como decíamos al principio, no estamos ante estados que hayan desaparecido, sino que, simplemente, se ha producido un cambio de denominación. En los anales de la FIFA relucen los nombres de Zaire (última en 1974) y las Indias Orientales Neerlandesas (últimas en 1938). Zaire, seguramente lo habrá usted adivinado, se refiere a la actual República Democrática del Congo (capital Kinsasa). El nombre de Zaire fue el que impuso Mobutu cuando accedió al poder y con tal topónimo se plantó el combinado africano en la Copa del Mundo de 1974 en la que se enfrentaron las dos Alemanias. Kazadi Muamba se llamaba el portero zaireño. El pobre tuvo que recoger el balón del fondo de las mallas catorce veces en solo tres partidos: derrotas ante Escocia por 2 a 0, nuestra amada y extinta Yugoslavia por 9 a 0 y Brasil por 3 a 0. Mucho anterior fue la participación de Indias Orientales Neerlandesas. ¿Lo qué? No se alarme. Vaya al mapamundi y busque Indonesia. Ahí es. En 1938, la actual Indonesia no era aún un Estado independiente cuando logró convertirse en la primera selección asiática en disputar la fase final de un Mundial de Fútbol. Fue en Francia a donde Indias Orientales Neerlandesas llegó, se enfrentó a Hungría, encajó un rotundo 6 a 0 y se volvió a marchar a casa. Desde entonces, como Zaire (o República Democrática del Congo), la antigua colonia holandesa no ha vuelto a clasificarse.

Todos estos casos dejan claro que los Estados son un invento político del ser humano y que el Mundial de Fútbol no es ajeno a los designios de la historia. Quién nos asegura que dentro de cuatro, ocho o doce años no tenemos que añadir a la lista de este artículo a otras dos naciones: las dos Coreas (diez participaciones en fase final para Corea del Sur y dos para Corea del Norte). Quién sabe. Nadie esperaba ver a Donald Trump estrechando la mano de Kim Jong-un. ¿Somos conscientes de que podemos asistir en un futuro a la formación de una única selección coreana? Que pregunten en Alemania si no sería posible.


Juegos Olímpicos y Mundiales: el gran golpe

Estado actual del estadio de voley playa de los Juegos Olímpicos de Atenas. Fotografía cortesía de The Olympic City project.

Antes de que estallase la burbuja española y la de Lehman Brothers, cuando a los jóvenes y a amplias capas de la población le importaban un pito los presupuestos del Gobierno, los autonómicos y los municipales, las políticas sociales eran a menudo rechazadas por «inviables». Cualquier gasto social era «insostenible» y la civilización occidental haría aguas si se implantaba alguna porque entonces nuestra economía dejaría de ser  «eficaz y eficiente». El horizonte utópico, pedir el regreso de la URSS poco menos, era exigir que los médicos de atención primaria pudiesen atender un mínimo de diez minutos a cada paciente. No se podía interrumpir la senda victoriosa de la economía española con minucias así.

Sin embargo, uno echaba las cuentas de la vieja con otros gastos que no eran sociales, sino de los que podríamos llamar «ilusionantes», y no terminaba de entender cómo iban a traernos la prosperidad. Se trataba de partidas que iban a «situarnos en el mapa» y «poner en valor la Marca España»: las candidaturas olímpicas de Madrid. Su resultado es por todos conocido: al margen de lo invertido en infraestructuras (más de 5000 millones), que estaban dentro del plan de renovación de la ciudad de Gallardón aunque se vinculasen a los juegos, se gastaron 600 millones en instalaciones deportivas como La Caja Mágica o el Centro Acuático. Además, los nuevos responsables del Ayuntamiento, Ahora Madrid, han detectado en una comisión de investigación que no le cuadran las cuentas de 109 millones invertidos en las candidaturas.

Está por ver el impacto que tendrán La Caja Mágica y el Centro Acuático en la economía madrileña. En su día, de obtener los juegos, los expertos citados en los medios decían que la mayoría de informes y rigurosísimos estudios hablaban de beneficios para las ciudades organizadoras. Iba a ser Jauja sin lugar a dudas. Negarlo era ir contra Madrid y contra ¡España! Sin embargo, este año ha salido un libro en nuestro país, Circus Maximus (Editorial Akal) de Andrew Zimbalist, que viene a señalar precisamente lo contrario. Y no solo por casos espeluznantes como el ejemplo actual de Río de Janeiro, donde se producen desahucios y movimientos forzosos de población que no entran en los balances de beneficios y pérdidas. El sufrimiento no computa.

El ensayo en cuestión se inicia con algo que los fans de Peter Bagge ya conocíamos. El dibujante, en su recopilación de reportajes elaborados en el noble arte de las viñetas Todo el mundo es idiota menos yo, trató en una investigación la rentabilidad para las ciudades estadounidenses de albergar franquicias deportivas a cambio de cuantiosas inversiones públicas en beneficio del club que fuese a instalarse. Zimbalist coincide con el autor de Mundo Idiota en que ni tienen un impacto positivo ni mejoran la economía local.

Es lo mismo en el caso de organizar un evento de estas características, que lucen mucho en la tele, pero los beneficios son también, en la actualidad, muy dudosos. Solo para presentar una candidatura ya hay que gastar un mínimo de 100 millones. Una serie de inversiones preliminares que además hay que mirar con lupa. Ha habido casos de miembros del comité de la FIFA, explica el autor, que han recibido regalos como relojes Parmigiani de 25 000 euros. A los miembros del COI, por su parte, solo hay que pagarles los gastos, pero la gran mayoría son aristócratas y millonarios. El príncipe Feisal Bin Al Hussein de Jordania, la princesa Haya Bint Al Hussein, Alberto de Mónaco, Nora de Liechtenstein… En octubre de 2014 en Oslo rechazaron la candidatura para los juegos de 2022 por «las increíblemente irrazonables exigencias del COI de recibir un tratamiento digno del rey de Arabia Saudí». Juan Antonio Samaranch, el célebre falangista catalán, exigía trato de «excelencia», se desplazaba a todas partes en limusina, dormía siempre en suites y vivía, a cuenta del COI, en el Hotel Palace de Lausana en una suite de 500 000 dólares anuales.

Y si miro un nombre latino al azar en Google de los miembros del COI, Rubén Acosta por ejemplo, de México, solo encuentro piezas relativas a corrupción. Esta, titulada «Una historia de amor al deporte», dice así: «Se fue tras ganar unos 30 millones de dólares en concepto de comisiones por contratos de patrocinio y de TV que solo él podía autorizar». En los noventa salió a la luz que los impulsores de la candidatura de Salt Lake habían ofrecido una beca a la hija de un miembro camerunés del COI. Esa candidatura se gastó 400 000 dólares en regalos y becas de estudios, cuando la reglamentación decía que los miembros del COI solo podían recibir regalos de hasta 150 dólares. Holanda se gastó 105 millones en su candidatura para 2028 en «estudios de viabilidad y organización de eventos para atraer el voto de los miembros del COI». Chicago, para la candidatura de 2016, también perdió 100 millones.

A man walks along the Russian Olympic Committee headquarters building, which also houses the management of Russian Athletics Federation in Moscow, Russia, November 13, 2015. Russia is ready to sack senior sports officials and shake up its system of anti-doping checks in order to convince world athletics' governing body not to bar Russian athletes from the next Olympics, the country's sports minister said on Friday. REUTERS/Sergei KarpukhinCODE: X00944
Fotografía: Cordon Press.

Zimbalist señala que las candidaturas vienen siempre apoyadas por los mismos grupos de interés. Las empresas constructoras, los estudios de arquitectos, las compañías de seguros, las cadenas hoteleras, los medios de comunicación, los bancos de inversión que abrirán el grifo del crédito para toda la fiesta a cuenta del contribuyente y, en algunos casos, de los hijos que aún no tiene, y finalmente por los bufetes de abogados que trabajan para todos los anteriores.

La historia de estas celebraciones, según pone en perspectiva el autor, ha estado cortada siempre por el mismo patrón. Por ejemplo, Amberes 1920 se organizó con un préstamo al 4% de un millón de francos procedentes de un fondo privado. En una época en la que solo la clase alta tenía tiempo para hacer deporte, dejó un déficit de 626 000 francos en la ciudad. Unos historiadores belgas que han analizado la celebración a día de hoy concluyeron: «Lo que está claro es que un pequeño grupo de prominentes ciudadanos, poseedores de grandes fortunas, ha logrado utilizar los juegos olímpicos en beneficio propio, acrecentando su prestigio social».

En cuanto a los derechos humanos, la FIFA tuvo el honor de adelantarse al COI en un disputado esprint final por celebrar una competición en un país fascista. El Mundial del 34 se disputó en Italia tras la promesa de Mussolini de construir grandes estadios. Luego el anfitrión se llevó el campeonato con polémicas decisiones arbitrales. La selección de la República de España fue una de las damnificadas. Algunos colegiados fueron despedidos de sus propias federaciones, expulsados de la FIFA e inhabilitados para arbitrar más partidos. El COI luego contraatacó yendo a la Alemania de Hitler, si bien es cierto que había solicitado ser la sede antes de la llegada al poder del líder nacionalsocialista. Pero recuerden que el golpe de Estado en España de 1936 se produjo justo cuando en Barcelona se iba a llevar a cabo la Olimpiada Popular en protesta por los Juegos de Hitler. Nuestro país decidió no enviar atletas a Alemania y organizó este evento paralelo. Había motivos. El COI permitió que Alemania purgara a todos los judíos de sus equipos olímpicos. Incluso siempre existirá la duda de si los judíos estadounidenses Marty Glickman y Sam Stoller fueron excluidos a última hora del equipo de relevos 4×100 metros como tributo a Hitler o como cacicada de un entrenador que quería favorecer a los atletas de su universidad. El Memorial del Holocausto, al menos, tiene una entrada sobre el suceso.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los Juegos entraron en una época oscura con las matanzas de estudiantes previas a México 68, hubo cientos de muertos en protestas, y el atentado de Septiembre Negro en Múnich 72. En Montreal 76 se juntaron el hambre con las ganas de comer. Políticamente, Taiwán se quedó fuera porque Canadá había reconocido a la República Popular de China, y económicamente fue una ruina. Todo iba tan mal que el gobierno de Quebec tuvo que hacerse cargo de la organización por los típicos retrasos en la construcción de las infraestructuras y resolver los conflictos laborales por los ritmos estajanovistas. Para el recuerdo ha quedado la frase de Jean Drapeau, alcalde de Montreal, que dijo: «Es más difícil que los Juegos Olímpicos produzcan déficit que un hombre dé a luz a un bebé». Pues el déficit fue de 1600 millones de dólares. La ciudad tardó treinta años en pagarlo.

Moscú 80 también supuso unos gastos indecentes y se vio empañado por el boicot tras la invasión soviética de Afganistán. Solo Los Ángeles 84 supuso un punto de inflexión en la deriva económica, porque también hubo boicot, esta vez de los comunistas excepto Rumanía y Yugoslavia, y de las islámicas Libia e Irán. Acabaron con un superávit de 215 millones. La mayor parte de las infraestructuras ya estaban construidas y, antes de aceptar la sede, la ciudad se garantizó que no cubriría las pérdidas.

Entrada la década, Samaranch dio un empujón al espíritu olímpico incluyendo cada vez más deporte profesional. A mediados de los ochenta entró el tenis profesional y en el 92 el famoso Dream Team de la NBA culminó el proceso. Es aquí cuando empezó la fiebre por las candidaturas.

Piscina de Montjuïc, que sigue en uso. Fotografía cortesía de The Olympic City project.

El espejismo lo supuso Barcelona 92. Una celebración impecable. Un caso «único y singular», según el autor. Las infraestructuras incluidas en el informe preliminar de planificación urbana de 1983 para la viabilidad de los Juegos Olímpicos eran las del Plan de Desarrollo Urbano de 1976. El plan era anterior a las olimpiadas y no al revés, como ha sido norma después. Además, de los 11 500 millones de dólares que costaron los juegos, el 60% fue inversión privada y el resto pública, y de ese dinero público la ciudad solo cargó con un 5% del total. Entre 1981 y 1989 España realizó una de las mayores inversiones en infraestructuras de su historia. En consecuencia, Barcelona pasó de ser el undécimo destino turístico y de negocios europeo en 1990 al cuarto lugar en 2009. Pero esto son las lucecitas.

La realidad es más prosaica. Los estudios que aporta el libro señalan que durante los juegos la ocupación hotelera cayó del 70% en 1991 al 64% en el 92. En los dos siguientes años, siguió descendiendo hasta el 54%. La llegada de turistas empezó a levantarse en el 96, cuatro años después, hasta que en 1998 el ascenso alcanzó el 80%. Además, el crecimiento turístico de la ciudad siempre estuvo por debajo del de Venecia, Florencia y Lisboa. No hubo «efecto olímpico». Si la llegada de visitantes experimentó ese ascenso fue por las instalaciones del puerto que permitieron la llegada de cruceros y la aparición de compañías aéreas de bajo coste en 1997.

Lo que sí se atribuye a los juegos fue el rediseño de zonas urbanas de Barcelona que tuvieron mejores servicios públicos y acceso al mar, lo que elevó los precios y trajo la famosa gentrificación, con aumento del precio de los alquileres (145% del 86 al 93) y un descenso de viviendas sociales de un 6% anual, por lo que Zimbalist concluye: «La organización de los juegos de Barcelona fue acompañada de una redistribución de los niveles de vida en detrimento de los grupos de asalariados menos pudientes».

Con la entrada de los BRICS en la celebración de estos eventos los casos han sido aún más graves, porque las infraestructuras estaban todas por hacer. Especialmente sangrante para Brasil fue el gasto en nuevos estadios para el Mundial. En Pekín, por ejemplo, se gastaron 40 000 millones por unos ingresos de 3600, a los que el COI les mete una buena tajada en derechos de retransmisión. En Londres, de 2569 millones recaudados de televisión, solo 713 fueron para la ciudad.

En todos estos casos, las olimpiadas de Londres y Pekín y el Mundial de fútbol de Brasil, el turismo bajó durante la celebración. El fenómeno es que los turistas deportivos sustituyen a los convencionales, no se suman. En 2008, China perdió un 7% de visitas turísticas, Pekín un 30% en comparación con agosto del año anterior. Además, de China salieron un 12% más de turistas locales durante los Juegos Olímpicos que en otros años. Los naturales huyen. Y los beneficios del turismo son muy relativos, las principales cadenas hoteleras tienen a menudo la sede fiscal en otras ciudades o en otros países.

Membros da delegação brasileira comemoram a escolha do Rio de Janeiro celebración de la elección de Río de Janeiro como ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de verano de 2016. Agência Brasil (CC).
Miembros de la delegación brasileña celebran la elección de Río de Janeiro como ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de verano de 2016. Fotografía: Agência Brasil (CC).

Pero los famosos estudios siempre prometen cantidades ingentes de visitantes. En Pekín esperaban 400 000 y llegaron 235 000. En Sídney 135 00 y fueron 97 000. Atenas 105 000, hubo 14 000. Al Mundial de Sudáfrica iban a ir 400 000 y aparecieron no más de 220 000. Reino Unido perdió un 6,1% de turistas respecto al año anterior. Salt Lake, un 10% en 2002. En todos los casos, Sochi, Londres, Atenas, Ciudad del Cabo, se redujeron las ventas del comercio minorista local; además, subieron los precios con la llegada de adinerados extranjeros. Las redes sociales se llenaron de fotos de precios abusivos durante el Mundial de Brasil.

Por otro lado, en los partidos del Mundial de Brasil, la mayor parte de asistentes fueron brasileños y los ingresos por esas entradas no fueron para Brasil, sino para la FIFA. 200 millones de dólares salieron de los bolsillos de los brasileños para fuera a cambio de grandes recuerdos de triangulaciones, algún gol y poco más. La deuda por la construcción de esos nuevos estadios quedará para décadas, con sus intereses y sus recortes en gasto social.

Hablamos de cifras de gasto indecentes. Atenas, 16 000 millones. Londres, 18 000. Mundial de Brasil, 20 000. Pekín, 40 000. Sochi, entre 51 000 y 70 000. El Mundial de Qatar se estima que costará 220 000 millones. Solo en la ceremonia de apertura, Pekín gastó 343 millones. Quizá la única forma más rápida de enterrar el dinero sea la guerra. Y las obras las realizan en los BRICS generalmente trabajadores mal pagados, muchos de ellos migrantes en condiciones deplorables. En Qatar se han superado todos los límites, han muerto más de mil trabajadores y, según el diario The Guardian, cobrando 0,76 dólares la hora.

Las doscientas páginas de Circus Maximus son un compendio de despropósitos que no suelen aparecer en las memorias de los «estudios» de los «expertos» que escriben «informes» recomendando las candidaturas. Estadios que se levantan para no volver a albergar más que media docena de encuentros deportivos al año —algunos se dedican tras el evento a bodas y bautizos—, barrios enteros de los que se expulsa a la población, como está ocurriendo ahora mismo en Río de Janeiro, o como ocurrió de forma más sutil pero igual de implacable en Londres, deudas cronificadas… Y si hay algo que usted no entiende, solo siga la pista del dinero. Lo llamamos inversión pública pero se trata de su salario indirecto. La conclusión de Zimbalist debería encabezar y orientar el espíritu de todos los periodistas cuando vuelvan a sonar los cantos de sirena de organizar mundiales u olimpiadas en España: «Es prudente estar alerta cuando se trata con monopolios internacionales no regulados, y a veces es incluso mejor enfrentarse a ellos».


¿Cuál es la peor agresión vista en un campo de fútbol?

Tal vez recuerden que en la pasada final de la Champions el comentarista de TVE se vino arriba y nos decía admirado «qué emociones es capaz de generar el ser humano» ante dicho espectáculo, mientras justo en ese momento oíamos de fondo a un espectador clamando «me cago en tu puta madre». Una feliz coincidencia, pero no solo el público se arrebata por la intensidad del choque. A veces también los jugadores dejan de lado su profesionalidad y exhiben acciones directamente salidas de su cerebro reptiliano; en este mundial ya hemos podido ver alguna. No todo iban a ser canciones de Shakira y ceremonias de inauguración estereotipadas, la vida siempre se abre camino. Así que aquí va una breve selección de los momentos más atroces y difíciles de olvidar que hemos visto sobre el terreno de juego en los últimos años, voten, voten.

Pisotón de Stoichkov al árbitro

Corría el año 1990, se disputaba el partido de ida de la final de la Supercopa en el Nou Camp y Stoichkov quiso comunicar al árbitro su frustración de una forma que superase cualquier barrera lingüística. El mensaje le llegó, pero el jugador del Barça estuvo media temporada expulsado por ello. No obstante, en la entrevista que le hicimos afirmaba ufano: «No me arrepiento. Estoy orgulloso, joder».

Patada voladora de Cantona a un espectador

Tuvo lugar en la Premier League el año 1995, durante un partido entre el Crystal Palace y el Manchester United. La acción de Éric Cantona resultó muy fea, ciertamente, pero luego nos enteramos de qué clase de persona era el espectador y la pena que nos daba menguó apreciablemente… Digamos que la patada estuvo mal dada pero bien recibida.

Codazo de Tasotti a Luis Enrique

Italia nos eliminó en cuartos de final del Mundial de 1994 de la peor manera posible. Luis Enrique sangrando, llorando, gritando lo que se intuye como un «hijo puta”» y exigiendo un clamoroso penalti que el árbitro no quiso pitar era la viva imagen de la desolación más absoluta. Los incautos que con ingenuo optimismo nos asomamos a ese partido salimos más doblados que un veterano de Vietnam. ¿No podían simplemente haberse limitado a perder?

Simeone clava los tacos a Guerrero

Antes de ser un aclamado entrenador que ha llevado al Atlético a lo más alto, fue también un jugador a veces no muy diplomático, como en el partido disputado en San Mamés en 1996. Al capitán del Athletic le hizo un agujero en el muslo que requirió tres puntos de sutura y que para él supuso tres partidos de suspensión.

Puñetazo de Romario a Simeone

Tan bonito es dar como recibir y en otras ocasiones también le tocó a él. Esto ocurrió en 1994 en el Sánchez Pizjuán y al parecer fue el resultado de todas las provocaciones previas a lo largo del partido.

Cabezazo de Zidane a Materazzi

La final del Mundial de Alemania 2006 entre Francia e Italia fue una triste retirada para Zidane, al que el jugador italiano hizo una observación muy poco elegante acerca de su hermana que logró ofuscarlo.

Patada de Jong a Xabi Alonso

Junto al gol de Iniesta este otro momento fue sin duda el más recordado de la final del anterior Mundial. Un jugador como Xabi, que había sido una pieza fundamental del juego de la Selección a lo largo de todo el campeonato y que tantas alegrías nos había proporcionado, aquí adquirió directamente una talla heroica. Parecía un guerrero espartano dispuesto para cualquier sacrificio. Esa brutal patada de Jong, fruto de la impotencia de saberse inferior, hizo que la victoria española no fuera solo deseable sino también justa. Demostraba que nosotros éramos los buenos y ellos los malvados, contribuyendo así a que luego la celebración resultara más dulce.

Patada de Juanito a Matthäus con propina

Durante un partido de semifinales de la Copa de Europa entre el Real Madrid y el Bayern de Múnich en 1987, el legendario jugador madridista le quiso quitar un bicho de la espalda a Matthäus y ya puestos le dio otra patada en la cara. La acción le costó cinco años de expulsión de competiciones europeas.

El placaje de Schumacher a Battiston

Durante el Mundial de España de 1982 el portero de la RFA Harald Schumacher arremetió contra el jugador francés Patrick Battiston con tantas ganas que lo dejó inconsciente y con dos dientes menos. Es impresionante ver cómo fue con todo a por él.

Entrada de Monzon a Klinsmann

La final del Mundial de Italia 90 entre las selecciones alemana y argentina tuvo la peculiaridad de contar con el primer expulsado de una final, Pedro Monzón, por esta entrada que a juzgar por los aspavientos de Klisman debió doler bastante.

Rodillazo de Lewandowski a Hubocan

En este partido de la Champions celebrado este mismo año entre el Zenit y el Borussia Dortmund vemos una agresión de extraordinaria factura. Realizada en dos tiempos, primero le hace caer al suelo y luego deja acercarse su rodilla lo suficiente para golpearle sin querer. La cantidad de sangre que llena el rostro del jugador la convierten en una de las lesiones más aparatosas que se han visto.

Codazo de Javi Navarro a Arango

Durante un partido del Mallorca contra el Sevilla en 2005 Navarro propinó tal codazo a su rival que tuvo que ser ingresado en la UCI, llegando a peligrar su vida. Un pómulo roto, parada respiratoria, amnesia temporal y unas convulsiones en el terreno de juego que resultan sencillamente escalofriantes de contemplar.

Patadas de Pepe a Casquero

Durante este recordado partido del 2009 entre el Real Madrid y el Getafe, Pepe sintió la imperiosa necesidad de sacar del área a patadas a un jugador rival. Luego lo pisó un poco y ya de paso también soltó un puñetazo a otro y llamó hijo de puta al árbitro. En fin, casi tienen que sacarlo del campo con una camisa de fuerza. Se ve que estaba un poco nervioso ese día.

Mordisco de Luis Suárez a Chiellini

Qué les vamos a contar de esta peculiar agresión durante el partido de Italia y Uruguay de este Mundial, de la que no ha dejado de hablarse estos últimos días y sobre la que se han hecho ya todas las bromas imaginables. Desde luego es original.


El hombre que inventó el catenaccio

w
Gianni Brera (DP).

En casi todas las artes o disciplinas, hablar de «escuela italiana» es hablar de una inclinación a menudo excesiva al estilo, de un refinamiento que puede (puede) degenerar en amaneramiento retórico. La escuela italiana suele ser, en definitiva, algo moñas. Menos en el fútbol. Ahí la escuela italiana es viril defensivismo, tacticismo pragmático y astucia taleguera. Patapum p’arriba, si lo queremos sintetizar con un tecnicismo vasco.

Pero eso no fue siempre así, de hecho hasta la década de los sesenta nadie asociaba el fútbol italiano a una determinada forma de jugar. La selección italiana había ganado dos Mundiales seguidos, en 1934 y 1938, con una táctica más bien conservadora, pero aun así abundaban los apologistas del bel giuoco y de la d’annunziana (y algo fascista) épica del ataque. Fue sobre todo un hombre —no un entrenador, sino un periodista— el teórico, ideólogo y propagandista de la forma de juego más odiada por estetas y españoles, el catenaccio. Se llamaba Gianni Brera y es probablemente la pluma más conocida, influyente y original de la historia del periodismo deportivo italiano.

Brera había nacido en 1917 en un pueblo de la llanura del Po, en la provincia de Pavía. Una zona fértil pero con un clima asqueroso. Durante la Segunda Guerra Mundial, luchó como partisano en el valle de Ossola, al norte de Milán, una de las pocas zonas liberadas antes de la llegada de los aliados. En el otoño del 44 en ese valle llegaron a proclamar una República Partisana, mientras el ejército anglo-americano se encontraba todavía a trescientos kilómetros al sur, intentando romper la Línea Gótica entre la Toscana y la Emilia-Romagna. La cosa no duró mucho, una contraofensiva de las tropas fascistas acabó con ello, pero como se dice en estos casos, lo que cuenta es la intención. En cualquier caso, Brera debió de interiorizar bastante bien lo que funciona y lo que no funciona cuando uno se enfrenta a un enemigo más fuerte. Plantear batallas de artillería cuando dispones de dos morteros y una docena de escopetas de perdigones no es de valientes, es de imbéciles. Esperar agazapado, golpear rápido y volver a esconderse, ese es el plan.

Y esa era, más o menos, la concepción futbolística de Brera. Estaba convencido de que la cantera futbolística italiana estaba mermada por un hambre antigua, y que este atávico déficit de calorías había producido atletas mediocres, incapaces de luchar en igualdad de condiciones con ingleses, alemanes o escandinavos. Producimos defensas rápidos y correosos, así como delanteros escurridizos y oportunistas, a veces incluso fantasiosos, pero carecemos de verdaderos atletas capaces de imponerse en el «maremágnum del medio campo», sostenía Brera. Solo esperando prudentemente cerrados en defensa y lanzando rápidos contraataques en el momento oportuno, saltando el medio campo con pases largos que lleguen directamente a la primera línea, puede un equipo italiano batir a equipos superiores desde el punto de vista atlético. Sus argumentos étnico-culturales pueden no parecer hoy demasiado sólidos (y a decir verdad no lo son), pero, como veremos, estaban, y siguen estando, escrupulosamente confirmados por la realidad de los hechos.

En la década de los treinta, cuando el joven Brera, todavía estudiante, movía sus primeros pasos en el periodismo deportivo, en el mundo del fútbol empezaba a imponerse el llamado sistema WM. El nombre venía de la forma en que los jugadores se disponían en el campo. Era una especie de 3-2-2-3, en la que la defensa estaba compuesta únicamente por un central y dos laterales altos. Lo había inventado Herbert Chapman en el Arsenal y en poco tiempo se impondría en las islas británicas y, por extensión, en toda Europa. Era un sistema rápido y espectacular, con mucho juego aéreo, apto para campos como los británicos, bien cuidados pero a menudo empapados, en los que la circulación del balón era difícil. Requería marcajes al hombre, un gran derroche físico y cierta habilidad acrobática para controlar balones altos.

Vittorio Pozzo, el seleccionador italiano en el Mundial casero de 1934 (o año XII de la Era Fascista, según el calendario vigente en el país anfitrión) se dio cuenta de que el frenético WM mal se adaptaba al físico y al estilo de juego de los italianos, que jugaban a un ritmo más pausado, con repentinas aceleraciones en fase de ataque. Así que no se dejó seducir por las novedades llegadas de la pérfida Albión e impuso a la escuadra un esquema mucho más conservador. Se trataba de un sistema inventado por él mismo, con dos centrales en el área, llamado WW o, de forma más grandilocuente, el Método. Gracias al Método (bueno, y a la banda de internacionales argentinos que Mussolini nacionalizó para la ocasión) Italia acabaría imponiéndose en aquel Mundial. Éxito que repetiría en Francia cuatro años más tarde, convirtiéndose en la primera selección en ganar dos Copas del Mundo consecutivas.

Pero a pesar de estos éxitos, el defensivismo estaba lejos de imponer su hegemonía. La guerra trajo consigo un irrefrenable deseo de cambio y de apertura, después de veinte años de autarquía. Y el fútbol no fue una excepción. El viejo Método de Pozzo había evolucionado poco, y el más versátil WM parecía otorgar a los equipos que lo usaban una cierta superioridad táctica. En Italia acabaría penetrando en la década de los cuarenta, de la mano de un equipo legendario. Se trataba del Torino, ganador de cinco campeonatos consecutivos (1943, 46, 47, 48 y 49), cuya hegemonía terminaría repentina y trágicamente el 4 de mayo de 1949, cuando el avión que transportaba al equipo de regreso de un amistoso en Portugal se estrelló contra las colinas que rodean Turín, cerca de la basílica de Superga. La tragedia agrandará la leyenda del «Grande Torino» y el WM se convertiría, muy a pesar de Brera, en el módulo más usado en el calcio de los años cincuenta.

Brera, mientras tanto, había empezado a trabajar en la Gazzetta dello Sport inmediatamente después del final de la guerra, ocupándose sobre todo de atletismo y ciclismo. Tras un tiempo como corresponsal en París, en 1949 se convierte, con solo treinta y dos años, en el más joven director de la historia de «la Rosa». Crítico militante, teórico y agitador deportivo, convertirá tan prestigiosa posición en un púlpito desde donde defender su concepción italiana del fútbol. Lanzará anatemas y soflamas, se batirá, prácticamente en solitario, contra los apologistas del juego de ataque, a los que despectivamente definirá, con una punta de superioridad norteña, como «escuela napolitana». Es un polemista brillante, una prosa barroca y poderosa, puesta al servicio de una voluntad analítica. Acuña numerosos neologismos, que le sirven para colmar las lagunas del lenguaje del periodismo deportivo de la época, a menudo ancorado en la descripción lírica y estetizante del juego, sin la terminología necesaria para desplegar un análisis técnico.

333
Karl Rappan (DP).

Ahora que ya llevan un buen rato leyendo puedo confesarles una cosa: el titular que encabeza este artículo es falso. O al menos no del todo cierto. El catenaccio propiamente dicho no lo inventó Gianni Brera, de hecho ni siquiera lo inventó un italiano. Lo inventó un austríaco, Karl Rappan, que lo aplicó en la modesta selección suiza del Mundial de 1938. Brera lo que hizo fue conceptualizarlo y elevarlo a modelo, a ideal nacional. Además, claro está, de darle un nombre. El sistema se llamaba originalmente verrou o Riegel (cerrojo, respectivamente en francés y alemán), pero se universalizará gracias a la traducción italiana de Brera. El catenaccio, con el que la Suiza de Rappan había eliminado a la poderosa selección del Tercer Reich en el 38, era una variante del WM en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa. Libre de obligaciones de marca, su función era asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Fue también Brera quien dio nombre a esta figura con otro de sus neologismos: lo llamó libero (con acento en la i, eso es, «libre» en italiano) término que se impuso en muchas otras lenguas, entre ellas el español.

Pero al igual que todo Marx requiere su Lenin, también Brera necesitó quien pusiera en práctica sus teorías. Y lo encontró sobre todo en la figura de Nereo Rocco, quien fuera durante veinticinco años su brazo armado en los banquillos del calcio. Rocco se había dado a conocer a lo largo de los años cincuenta, aplicando un catenaccio feroz en el modesto Padova, con el que, haciéndose odiar por media Italia, había estado a punto de ganar un campeonato. Era un tipo honesto y simpático: un día, al término de una entrevista antes de un Padova-Juventus, un periodista se despidió educadamente con un «Que gane el mejor», a lo que Rocco exclamó riendo «¡Esperemos que no!». Esa era la gran virtud de Rocco: lograr que raramente ganara el mejor. Algo que evidentemente Brera apreciaba sobremanera.

Mientras tanto, la selección italiana, entregada al WM, acumulaba a lo largo de los cincuenta una serie de deshonrosas derrotas. En palabras de Brera, esas derrotas «se hubieran podido evitar vistiendo con la camiseta azzurra al modesto Padova de Rocco». La gota que colmó el vaso fue la derrota contra la semi-amateur Irlanda del Norte, en enero de 1958, que le costó a Italia la participación en el Mundial de Suecia. Este fue un momento de inflexión. El descrédito de los ofensivistas llegó a tal punto que ocurrió lo impensable: el catenacciaro Nereo Rocco fue nombrado seleccionador nacional para las olimpiadas de 1960. Y a pesar del escándalo entre las gentes de bien, su selección hizo un buen papel. Quedó cuarta, eliminada por un golpe de mala suerte en el último minuto de la semifinal contra Yugoslavia.

Empezó así la que probablemente sería la década de oro del catenaccio, que decretaría el triunfo de Brera sobre la escuela napolitana. Después de aquellas olimpiadas, Rocco fichó por el Milan. No faltó quien sostuviera que su fútbol solo podía funcionar en equipos pequeños y que sentarlo en el banquillo rossonero era poco menos que sacrílego. Pero Rocco demostró que se equivocaban: ganó el Scudetto a la primera y al año siguiente conquistó la primera Copa de Europa del Milan y del fútbol italiano.

A principios de esa misma década, al Inter, el otro equipo de Milán, había llegado desde Barcelona un nuevo entrenador. Un argentino chulapas de acento francés, un cierto Helenio Herrera. Brera habla de él como de un sublime charlatán: llegó intentando imponer un juego físico y de ataque, pero no tardó en adoptar el estilo italiano. Lo que no era en sí nada malo, a fin de cuentas saber rectificar es virtud de sabios. Lo que Brera no supo perdonarle es que después de triunfar quisiera vender por el mundo el juego all’italiana como si fuera una invención propia. Herrera, catenacciaro converso, conquistó entre 1963 y 1965 dos ligas, dos Copas de Europa y dos Intercontinentales. En 1967, después de entrenar durante tres temporadas al Torino, Nereo Rocco volvió al Milan. Estuvo poco, solo el tiempo necesario para ganar otro Scudetto, una Recopa, otra Copa de Europa y una Intercontinental. Gracias al tan odiado catenaccio el fútbol italiano había impuesto su hegemonía en el fútbol mundial.

La retahíla de éxitos del fútbol italiano en esa década no se limitó al fútbol de clubs: treinta años después de la victoria de la selección de Vittorio Pozzo en el Mundial de Francia, Italia se alzaría con la Eurocopa de 1968. Dos años más tarde, alcanzaría la final del Mundial de México del 70, batiendo en la semifinal a la República Federal de Alemania, capitaneada por un tal Franz Beckenbauer. El encuentro acabó 4-3 (1-1 al final del tiempo reglamentario), en uno de los partidos más épicos y legendarios de la historia del fútbol italiano. La selección azzurra solo acabaría sucumbiendo en la final, contra esa máquina de guerra que fue el Brasil de Pelé, Tostao y Jairzinho. Pero poco se les podía reprochar, como el mismo Brera escribió en la crónica de ese partido: «Solo un milagro de índole psicológica, o sea, táctica, sin duda no técnica, hubiera consentido a esta squadra azzurra, valiente pero también mediocre, realizar tan inimaginable hazaña».

ww
El encuentro entre Italia y Argentina del Mundial de fútbol Alemania 1974. Fotografía: Bundesarchiv, Bild 183-N0619-0034 / CC-BY-SA (CC).

Para que este milagro ocurriera hubo que esperar doce años, hasta el Mundial de España del 82. Y como había pronosticado Brera, se trató de un milagro de índole psicológica, o sea táctica, sin duda no técnica. Porque técnicamente esa Italia era una verdadera banda. Si la selección del 70, esa que había definido «valiente pero también mediocre» tenía jugadores como Facchetti, Mazzola, Boninsegna y sobre todo dos de los más grandes talentos de la historia del fútbol italiano, Gianni Rivera y Gigi Riva, la Italia de 1982 tenía como jugador de punta a Paolo Rossi, un delantero a lo sumo apañado, que además llegaba al Mundial después de dos años de descalificación por un escándalo de apuestas. Esa selección, sin embargo, compensaba su déficit de talento creativo con una defensa formada por Gentile (quizás el jugador con el apellido más irónico de todos los tiempos), Bergomi y Tardelli: respectivamente octavo, noveno y décimo en la lista de los cincuenta jugadores más duros de la historia del fútbol, publicada por el Times en 2007. Esas eran las cartas con las que el seleccionador nacional Enzo Bearzot debía jugar, y vive Dios que las iba a jugar bien.

Aunque no sería exacto decir que defraudó las expectativas, ya que nadie esperaba absolutamente nada de ese equipo, sí se puede decir que la selección italiana empezó el Mundial con mal pie. Pasaron por los pelos la fase de grupos, rascando tres empates contra equipos relativamente modestos como Polonia, Perú y Camerún. El emparejamiento en octavos, además, invitaba poco al optimismo: el rival sería la Argentina de Maradona, vigente campeona del mundo. Antes del partido el seleccionador argentino Menotti declaró que, con su catenaccio, Italia estaba tácticamente atrasada de al menos cincuenta años. Algo que lógicamente indignó a Brera. No solo como tifoso, que también, sino sobre todo como teórico del fútbol: no estamos atrasados, sostenía, somos malos y, si eres malo, ese es el único juego que te puedes permitir. Por eso el triunfo contra pronóstico sobre Argentina tuvo para Brera el sabor extremadamente dulce de una victoria no solo deportiva, sino filosófica. La crónica que Brera publicó al día siguiente es una larga y bellísima disquisición sobre el tema «jódete, Menotti».

Será esta la primera de las cuatro victorias consecutivas que llevarán a Italia a su tercer título mundial. Por el camino caerá también el Brasil de Socrates, Zico y Falcao, el gran favorito. Los brasileños, a todas luces superiores, se estrellarán «contra el catenaccio más bello que uno pueda ver en estos tiempos bienaventurados», pero también contra ese delantero a lo sumo apañado que era Pablito Rossi. Tocado por la gracia divina en el estadio de Sarrià, Rossi brillará como nunca para realizar un sublime hat-trick. Marcará otros tres goles antes de que termine el Mundial, los dos contra Polonia en la semifinal (2-1) y el primero contra Alemania en la final (3-1), convirtiéndose en el máximo anotador y en el jugador más decisivo de la competición. Al año siguiente le darán, quizás merecidamente, el Balón de Oro.

La victoria en la final del Santiago Bernabéu ante Alemania culminará no solo la parábola de esa selección, sino tal vez también la de Gianni Brera. El catenaccio, el santo catenaccio, como lo llamará, había demostrado su capacidad de obrar milagros. La victoria de la selección de Bearzot era también la victoria de la concepción futbolística que él había defendido durante treinta años. La final de Madrid cerraba, de alguna manera, una época. Quizás por eso el artículo que publica en La Repubblica el día después suena como esculpida sobre una lápida, casi una carta de despedida.

Gianni Brera morirá en un accidente de tráfico el 19 de diciembre de 1992, diez años más tarde, pero su largo adiós empieza esa anoche en el Bernabéu. Lo cierto es que el fútbol moderno, con su progresiva degradación hacia mero espectáculo mediático, le interesa cada vez menos. Sempiterno defensor de las esencias del juego italiano, ve además con desconfianza el nuevo cosmopolitismo de los grandes equipos y el predominio de las estrellas extranjeras. Los ochenta verán además el advenimiento en Italia del fútbol total de escuela holandesa, que él obviamente considera un dislate táctico. Donde todos ven una revolución, él solo ve la infausta restauración de antiguos errores. No es de extrañar que el gran dominador de la segunda mitad de los ochenta en el calcio sea el Milan del magnate televisivo Silvio Berlusconi, del nuevo apóstol del fútbol de ataque Arrigo Sacchi y de tres magos holandeses, llamados Frank Rijkaard, Ruud Gullit y Marco Van Basten.

Pero la herencia de Brera no desaparece con él. La épica del catenaccio sigue teniendo aún hoy sus adeptos. Entrenadores como Fabio Capello, Giovanni Trapattoni o Marcello Lippi han llevado hasta nuestros días la noble tradición del juego all’italiana. Si Brera pudiera añadir un capítulo a su célebre Historia crítica del fútbol italiano sin duda lo dedicaría al Mundial de Alemania de 2006, en que Marcello Lippi, como había hecho Enzo Bearzot en el 82, llevó a la victoria a una selección tan mediocre técnicamente como ingenuamente infravalorada por sus rivales. Qué tremendamente aburrido sería el fútbol si siempre ganaran los mejores.


Eusebio: así perdió la corona del fútbol quien pudo ser su rey

Eusebio 1966
Eusebio tras la semifinal contra Inglaterra en el mundial del 66. Foto: PA Wire/Press Association Images / Cordon Press.

23 de julio de 1966, tres de la tarde. En el estadio del Everton, Goodison Park, podríamos estar asistiendo al más sonado drama del Campeonato Mundial de Fútbol de 1966. La desesperación cunde entre los jugadores de la selección de Portugal, que está participando por primera vez en la fase final de un Mundial y que —pese a su condición de debutante— es una de las principales favoritas del torneo. No en vano está formada por un grupo de futbolistas de mucho talento, incluyendo la espina dorsal del club que ha jugado cuatro finales de la Copa de Europa en cinco años, ganando dos. El primer club europeo capaz de ocupar el trono del hasta entonces invencible Real Madrid. Hablamos del Sport Lisboa e Benfica, o para los amigos sencillamente «el Benfica». Pero en Goodison Park se está produciendo la gran sorpresa, porque mediado el primer tiempo de cuartos de final, los favoritos del Mundial están perdiendo, y de qué manera, ante una de las «Marías» del torneo: Corea del Norte. Por tres a cero. Una debacle.

El favoritismo de los portugueses no era un invento de la prensa. Durante la fase de grupos, la selección lusa había dominado prácticamente a placer, ganando sus tres partidos con nueve goles a favor y únicamente dos en contra. Habían despachado a Bulgaria haciendo gala de una superioridad insolente. Incluso habían ganado con facilidad a la potente Hungría. Pero lo más sonado de la fase de grupos había sido su victoria sobre la todopoderosa Brasil de Pelé, la campeona de los dos últimos mundiales y considerada casi invencible en un torneo semejante. Frente a Portugal, los brasileños necesitaban imperiosamente los dos puntos (que por entonces valía cada victoria) después de un tropezón frente a los húngaros que amenazaba con dejarlos fuera del torneo. Pero en aquel último partido donde el inesperadamente caótico grupo C dirimía sus destinos, los portugueses dieron un puñetazo sobre la mesa del balompié mundial ganando por un contundente tres a uno que lanzaba un mensaje claro al planeta futbolístico: los portugueses habían venido para hacer historia e intentar llevarse el trofeo en su primer intento. Los cronistas de la prensa estaban maravillados: la escuadra lusa era temible en conjunto, pero lo era sobre todo aquella tripleta atacante proveniente del Benfica y que parecía capaz de cualquier cosa: António Simões, extremo izquierdo exquisito; José Torres, delantero centro de diabólica astucia… y el segundo delantero y atacante polivalente Eusebio. El Brasil de un Rei Pelé visiblemente lesionado y víctima de constantes faltas pudo alegar dureza en la defensa rival, pero no es menos cierto que el brillantísimo dúo Eusebio-Simões volvió locos a los sudamericanos. Portugal se adelantó dos a cero, con un tanto de Eusebio. Brasil acortó distancias a la desesperada, pero a falta de cinco minutos para el final el mismo Eusebio conectaba una fabulosa volea prácticamente sin ángulo, y rubricaba así una de las páginas más espectaculares en la historia del fútbol: los bicampeones brasileños, señores absolutos del balón, acababan de quedar fuera del Mundial en la primera fase.

Una vez hubieron destronado a las huestes de Pelé, y cómodamente clasificados para la ronda de cuartos, los portugueses se las prometían felices frente a un rival inesperado y en principio muy asequible, Corea del Norte. Contra todo pronóstico, Corea se había clasificado gracias a la inoperancia ofensiva de Italia: al vencer a los transalpinos por uno a cero, los coreanos eran el primer equipo asiático que ganaba un partido en un Mundial, y también el primero que pasaba de la primera fase. Pero el partido entre la perita en dulce de los cuartos de final y los que ahora eran grandes favoritos no empezó como estaba previsto. Los coreanos no olvidaron lo que habían hecho en sus partidos anteriores: jugar ordenadamente y con valentía. Salieron a hacer un fútbol ágil y vertical desde el primer minuto. Y de hecho marcaron en el primer minuto: después de que el larguero portugués rechazase un terrorífico disparo lejano, una inteligente jugada dentro del área lusa propició un nuevo disparo, esta vez del capitán Pak Seung Zin, que acabó dentro de la red. Y no bajaron la marcha: jugando al primer toque, incluso con pases lejanos de precisión, los coreanos se empeñaban en seguir haciendo un fútbol moderno y desinhibido frente a la escuadra que había echado a Brasil a la calle. Durante un alocado primer cuarto de hora y pese a la constante presión de Portugal, Corea creó más ocasiones, dejando a público y comentaristas atónitos. También bajo los palos se mostraban seguros: el joven portero coreano incluso se permitió adornarse para atajar varios disparos envenenados de los portugueses, cada vez más frustrados por el nefasto arranque. Solamente una increíble volea de Eusebio, con un efecto de ciencia ficción que hizo bramar de asombro al público, dejó descolocado al guardameta asiático… pero el balón se fue al graderío saludando a la escuadra desde cerca. Y las ocasiones hay que aprovecharlas porque incluso el más débil rival puede hacerte un roto: en el minuto veintidós, tras una fantástica jugada en equipo, los coreanos volvían a marcar. Dos a cero. Tres minutos después, con los portugueses en estado de shock, otra exhibición de verticalidad coreana traía el tercer tanto. Veinticinco minutos de partido y Portugal perdía tres a cero. La gran favorita estaba contra las cuerdas. La euforia desconcentró temporalmente a los asiáticos, y un par de minutos después Eusebio aprovechaba un pase vertical para marcar con gran habilidad. Tres a uno. Todavía un resultado muy negativo: el delantero recogió el balón del fondo de la red y, sin celebrar el tanto, corrió hacia el centro del campo para acelerar la reanudación. Únicamente la inocencia de los coreanos —gran pecado de casi todas las selecciones poco experimentadas en los mundiales— permitió que, a dos minutos del descanso, el mismo Eusebio volviese a marcar. Esta vez de penalty, después de que el siempre imprevisible José Torres descolocase en carrera a toda la zaga coreana, se encarase a un vendido guardameta y terminase tendido sobre el césped del área pequeña por una desesperada pero innecesaria entrada rival. Tres a dos para Corea. Una vez más, Eusebio recogía el balón y retornaba al centro sin celebrar el tanto. La gran estrella lusa mostraba una expresión sombría: aunque había acortado distancias en un momento psicológicamente importante —justo antes del descanso—, Portugal estaba siendo humillada y su gran oportunidad de hacer historia pendía de un hilo. Los coreanos ya habían demostrado en la fase de grupos que no eran un equipo al que resultara fácil quebrar.

Eusebio Da Silva Ferreira nació en 1942 en lo que hoy es Maputo, Mozambique, entonces una colonia portuguesa (por lo que Eusebio nunca entra en las listas de mejor jugador africano de la historia, y sí es considerado un jugador europeo a todos los efectos). Creció en una familia pobre, como Maradona, y al igual que el argentino empezó a jugar en destartalados solares, aprendiendo a salirse con la suya en un caos de hoyos, bultos y trampas del terreno. Nacido en un entorno paupérrimo, su futuro no parecía demasiado esperanzador y menos cuando perdió a su padre, un obrero ferroviario angoleño, siendo todavía un niño. Ya solamente quedaba su madre para hacerse cargo de él, y a duras penas. En semejante situación económica y social, se auguraba para el pequeño Eusebio una existencia oscura, atada a algún trabajo pesado y mal remunerado con el que sobrevivir de cualquier manera. Para colmo, no le gustaba nada el colegio y se acostumbró a saltarse las clases en cuanto podía.

Pero sí le gustaba el fútbol. Mucho. Y jugaba, y jugaba, y seguía jugando. Al final, fue el fútbol lo que le rescató del hoyo. A los quince años ya estaba jugando en el equipo de la ciudad, pero su talento resultaba tan evidente y tan fuera de órbita en la competición mozambiqueña que finalmente llamó la atención de los ojeadores de la metrópoli. Eusebio no era particularmente alto —aunque a veces lo parecía debido a su costumbre de, en ocasiones, correr completamente erguido— pero sí era fuerte y sobre todo era muy rápido. También era muy hábil, y a sus cualidades físicas unía una técnica envidiable, exquisita, propia de un futura estrella: siempre llevaba el balón pegado al pie, podía regatear, amagar, desmarcarse. Sabía rematar con ambas piernas —así como de cabeza— con igual eficacia, pero sobre todo poseía un terrorífico disparo de derecha que imprimía un efecto demoníaco al balón. Tenía también una pasmosa habilidad para enganchar voleas casi desde cualquier posición en la que le llegase el cuero. Así que, siendo todavía un adolescente, enviados del Benfica entendieron que aquel chaval era un diamante en bruto y le ofrecieron un contrato a su madre, Elisa. Ella se tomó el asunto muy en serio y, aunque firmó a cambio de algo menos de dos mil dólares, se aseguró de que el joven Eusebio tuviese un billete de vuelta siempre a su disposición: «si no se adapta a Lisboa, ni un dólar del banco será tocado y mi hijo podrá regresar cuando quiera», dijo la mujer. El club lisboeta aceptó esas condiciones, así que durante la temporada 1960/61 un Eusebio de dieciocho años se incorporó al Benfica, aunque no jugó en el primer equipo durante la primera temporada. Aunque más tarde corrió el rumor de que en el Benfica prácticamente habían secuestrado a la «Perla de Mozambique» de su entorno para trasplantarlo a la plantilla, no era cierto. Él quiso ir al equipo. Y su madre quiso que fuera.

Humilde y serio, pero también con hambre de triunfo, Eusebio sabía que no estaba fichando por cualquier club. Iba a una escuadra que dominaba por completo la liga portuguesa y que ese mismo año, además, se proclamaba campeona de Europa por primera vez, arrollando en la final a un Barcelona que había conseguido la machada de echar al Real Madrid de aquella competición que hasta entonces el equipo blanco había dominado a su antojo. Eusebio no participó en aquella primera copa europea, pero no tardaría en protagonizar aquellas gestas él mismo: durante su segunda temporada en el club empezó a formar parte de la alineación titular y, ya con él en el campo, el Benfica volvió a ser campeón de Europa. Es más, Eusebio marcó dos goles en la final, donde esta vez arrollaron al Real Madrid. En total, durante aquella competición el jovencísimo delantero mozambiqueño hizo cinco goles en seis partidos y muy a punto estuvo de ganar su primer Balón de Oro a los diecinueve años. Al final, sin embargo, quedó segundo en la votación después de que Checoslovaquia obtuviese el subcampeonato mundial y de que, como recompensa, el fino centrocampista checo Josef Masopust fuese nombrado mejor jugador europeo de la temporada.

En la siguiente temporada, su tercera como profesional en Lisboa, Eusebio jugó su segunda final europea consecutiva. Pero esta vez el Benfica perdió por dos a uno frente al Milan de Gianni Rivera y Altafini. Con todo, el veinteañero Eusebio hizo el único gol portugués en aquella final y acabó la competición con seis goles en siete partidos, volviendo a situarse en primera plana del fútbol europeo y, por tanto, en primera plana del fútbol mundial. En 1963 Esusebio jugó su tercera final europea y aunque el Benfica volvió a perder —esta vez frente al Internazionale de Milán— Eusebio ya se había consolidado como el futbolista de moda en Europa: marcó nada menos que nueve goles en nueve partidos durante aquella Copa de Europa, quedando como máximo goleador de la competición, y de hecho se impuso en la votación del Balón de Oro a las grandes estrellas del Inter, incluido el genial gallego Luis Suárez. A sus veintitrés años era sin ninguna duda la gran sensación del continente. La temporada siguiente volvió a asombrar, con siete goles en solamente cinco partidos europeos, aunque el club no alcanzase una nueva final. En su país, mientras tanto, era el jugador dominante de un club hegemónico: por entonces Eusebio ya había sido tres veces máximo goleador de la liga portuguesa. Tal era su magnitud en su país, que con el tiempo el gobierno de Salazar declaró a Eusebio como patrimonio de interés nacional, lo cual le impidió emigrar al Calcio italiano, perdiendo cuantiosos ingresos extra. Así pues, durante sus mejores años Eusebio no jugó fuera de Portugal por motivos puramente políticos.

En 1966, antes de que comenzase el Mundial, Eusebio era el futbolista del año, y ahora que la selección portuguesa debutaba en un campeonato mundial, todo lo que la «Pantera Negra» del Benfica necesitaba era destacar en la fase final para ascender definitivamente al Olimpo del fútbol. Una victoria de Portugal podría sentarlo en el trono.

Por entonces, tras varios años como profesional, su potencial había explotado y nadie con dos dedos de frente dudaba de que era uno de los mejores jugadores de la década. Porque Eusebio era un delantero temible. Además de la mencionada rapidez —su marca en los cien metros lisos era casi, casi propia de velocistas profesionales— y de su fino regate, caracterizado por el amago, era un jugador versátil que podía funcionar dentro del área y fuera de ella. Podía trabajar las bandas tan bien como cualquier extremo, o desenvolverse en la creación de juego de ataque. Pero sobre todo daba miedo por su insólita capacidad para rematar con enorme potencia desde cualquier ángulo y posición, lo cual hacía muy difícil someterlo a marcajes: ni siquiera necesitaba buscar una posición de privilegio para marcar gol y los defensores nunca podía estar seguros de cuándo y dónde iba a intentar Eusebio perforar el arco rival. Muchas veces chutaba tal como le venía el balón, lo que hizo de él uno de los grandes maestros de la volea. Sus disparos eran duros, con mucho efecto, y a menudo incontestables.

El día en que Portugal eliminó a Brasil del mundial, aun teniendo en cuenta que Pelé estaba lesionado, se abrieron ante Eusebio las puertas del cielo. Si su selección conseguía el título, por qué no, podría destronar nada menos que a O Rei. Aunque fuese temporalmente. La tarea, sin embargo, no era fácil. Porque tras la fase de grupos aún estaban presentes equipos como la muy potente Unión Soviética, la Alemania de un jovencísimo pero ya determinante Franz Beckenbauer, una Argentina todavía desprovista de su actual caché pero ambiciosa, y una selección inglesa comandada por Bobby Charlton que gozaba la siempre importantísima ventaja de jugar como local ante un público fervoroso. Pero la apotéosica demostración de poderío portugués ante Brasil los puso en la mira de todos: Portugal era un equipo con hechuras de campeón, fabricado con los mimbres de aquel Benfica que había jugado cuatro finales europeas en cinco años. Era la selección del momento, la que contaba con la delantera más temible del campeonato y en donde estaba brillando el jugador de moda en el planeta.

Eusebio marca ante Corea del Norte en el mundial del 66. Foto: L'EQUIPE / Cordon Press.
Eusebio marca ante Corea del Norte en el mundial del 66. Foto: L’EQUIPE / Cordon Press.

Pero salir del vestuario para jugar la segunda parte con un dos a tres desfavorable frente a Corea del Norte era una situación imprevista. En los otros estadios, donde a esa misma hora se jugaba el resto de cuartos de final, todo seguía un patrón más o menos razonable: Inglaterra empataba a cero con Argentina; Alemania ya se había adelantado frente a Uruguay, y la URSS tenía las cosas perfectamente bajo control frente a Hungría. Paradójicamente, el partido más sencillo a priori, en donde las víctimas propiciatorias de Corea iban a ser machacadas, estaba resultando muy difícil para los grandes favoritos.

Al comenzar la segunda parte, durante diez minutos, los portugueses lo intentaron todo con un juego vertical y dinámico. La situación era delicada. Si no conseguían empatar pronto, los nervios podían terminar jugándoles una mala pasada. Lo sucedido con Italia estaba muy presente. Pero la diferencia de calidad entre ambos equipos era, al final, demasiado grande. Fue la pareja de oro del encuentro la que finalmente rompió el sello: Simões hizo un pase de tiralíneas a Eusebio, quien remató a primer toque y por fin consiguió el ansiado empate. A partir de ese momento, Portugal se creció y los coreanos, que habían acariciado la oportunidad de protagonizar una de las grandes sorpresas —y por qué no decirlo, una de las grandes hazañas— de la historia del fútbol, empezaron a sentirse desbordados. Y Eusebio, que ya venía siendo el corazón de su escuadra, hizo lo que hacen los grandes: olió la ocasión, notó la debilidad en el adversario, y decidió que iba a adelantar a su equipo en el marcador. Lanzándose en una carrera depredadora por la banda izquierda, dejó en el suelo a un defensor, voló dos veces al lado de otro que las dos veces trató en vano de detenerle, y cuando ya estaba dentro del área preparando su peligroso tiro, fue derribado a la desesperada por un tercer defensa. Penalty. El propio Eusebio lo lanzó: el portero coreano, que hasta entonces había parecido exceder su propia estatura con una actuación sencillamente extraordinaria, pareció repentinamente pequeño y desamparado. Gol. Portugal se había puesto por delante, cuatro a tres. Y siguió atacando. La  aterradora tripleta atacante del Benfica —Eusebio, Simões, Torres— empezó a jugar a placer contra una Corea que ya había perdido el empuje y el aplomo de la primera parte. Los asiáticos ya no daban muestras de poder darle la vuelta a la tortilla. Tras uno de los característicos cabezazos envenados de Torres, José Augusto firmó el cinco a tres final. Aunque con un considerable susto, pasaban a las semifinales.

Frente a Corea del Norte, Portugal había hecho lo que se supone deben hacer los equipos que aspiran a un título: primero, había superado un momento de tremenda incertidumbre en un partido que se les había puesto muy cuesta arriba. Y segundo, habían demostrado su autoridad frente a un rival que, sí, era muy inferior, pero que había comenzado jugando con mucho sentido y que además había anotado tres goles en los primeros veinticinco minutos. De este modo, la selección lusa había reafirmado su candidatura. Eusebio estaba a solamente dos partidos de la gloria universal. Si su equipo salía campeón, no habría país en el mundo donde a Eusebio no se lo nombrara siempre en la misma frase que a Pelé. Porque Pelé ya no estaba en el Mundial, y Eusebio tendría la oportunidad de ceñirse la corona.

«Siempre he creído en el juego limpio». Limpieza, esa era la otra clave para entender la figura de Eusebio como futbolista. Su ambición sobre el césped contrastaba con su carácter afable: siempre tenía un gesto para los contrincantes cuando ganaba, y especialmente cuando perdía. Se mostraba humilde incluso con quienes podríamos considerar sus escuderos, como cuando solicitó tímidamente a un compañero que le dejase lanzar una falta, casi pidiendo perdón por atreverse a dejar entrever que a él se le daría mejor. Y eso, claro, justo antes de marcar gol al tirarla. Nunca se quejaba por el juego duro de algunos rivales, que en ocasiones se produjo en momentos clave de su carrera, ni protestaba a los árbitros innecesariamente, ni montaba el cuadro. Quizá esa actitud humilde se debía a que nunca olvidó sus orígenes; su padre murió trabajando en el ferrocarril, su madre se deslomó para sacarlo adelante y él se comportaba como un obrero del fútbol, sin importar que desde 1965 lo considerasen uno de los más grandes jugadores de una generación plagada de nombres legendarios, generación cuya densidad de personalidades míticas apenas podemos ya imaginar hoy. En Portugal, ni que decir tiene, Eusebio era una estrella de magnitud inconmensurable. Para los seguidores del Benfica era un Dios. Y para los amantes del fútbol era el hombre que podía echarle un pulso al mismísimo Pelé. Pero él mismo nunca dejó de ser el sencillo futbolista de Mozambique que tenía siempre aquella expresión de acabar de haber bajado del avión tras abandonar por primera vez su mísero barrio.

Cuando Portugal superó el trance de Corea, en Inglaterra se pusieron muy nerviosos. La semifinal debía enfrentar a Portugal con la selección anfitriona, a la que estaba jaleando una prensa chauvinista y triunfal que durante cuarenta y cinco minutos había creído en una fácil eliminatoria contra Corea. Pero la euforia mediática local —eran las primeras semifinales para Inglaterra— quedó abortada de raíz cuando los portugueses se clasificaron y las voces entusiastas prediciendo que los ingleses podrían ser campeones callaron súbitamente. Los organizadores del torneo, a última hora y con prisas, cambiaron la sede del partido a Wembley para que los suyos se sintieran arropados por una multitud todavía mayor (Wembley tenía casi el doble de aforo que el estadio inicialmente previsto, en Liverpool, donde Portugal había trasladado ya su cuartel general). Este cambio intempestivo y más bien irregular demuestra el miedo que Portugal provocaba en los anfitriones, porque Portugal era como una nueva Brasil. Tenía un ataque repleto de talento y eficacia (Eusebio, Simões y Torres ya habían establecido su fama como componentes de una maquinaria letal que además rayaba altas cotas de esplendor estético) pero también amenazaba con la única arma que Brasil no tenía: una defensa europea. Así que los ingleses se temían un giro trágico inminente. Como contaba más tarde el escritor Alastair Raid, los rostros de los espectadores que se dirigían a Wembley en el metro mostraban una expresión «mucho más sombría que de costumbre», porque una «maldición» parecía pender sobre aquella selección. Y más que ningún otro, Eusebio era el rostro de esa maldición. Todavía no era el rey del fútbol, pero su figura comenzaba a proyectar una sombra tan alargada como la de un terrible monarca absoluto. Y casi nadie en Inglaterra confiaba ya en que su equipo pudiese deshacerse de unos portugueses que, además, ya habían pasado el susto reglamentario del torneo.

Pero hoy ya sabemos que no pudo ser. Desde inicio del partido Inglaterra encontró su juego. Ambos equipos salieron a hacer fútbol, ambos pusieron voluntad, pero la fortuna de los goles favoreció a los anfitriones. En el minuto treinta, un rechace desafortunado del portero portugués fue enviado a la red por Bobby Charlton con un aterciopelado retruque más propio del elegante billar que del fútbol. Aquel lance fortuito significó el punto de inflexión en todo un campeonato: Portugal no conseguiría el empate pese a sus esfuerzos. El tridente mágico del Benfica no funcionó como frente a Brasil. Y Bobby Charlton volvería a anotar a falta de diez minutos para el final de partido. Poco después, el gol del honor: uno de los muchos cabezazos con veneno característicos de Torres fue detenido por un defensa con la mano. Penalty lanzado por Eusebio, quien marcaba su octavo gol en el torneo (haría el noveno en el partido por el tercer puesto frente a la URSS, proclamándose máximo goleador del Mundial), pero ya era tarde. Tras el pitido final, Eusebio saludó a los ingleses con su característica elegancia. Abrazó a Bobby Charlton, ahora convertido en el icono del momento. Eso sí, Eusebio se echó a llorar cuando sus pies atravesaron la línea lateral de camino al vestuario. Al día siguiente, muchas portadas de la prensa mostraban su abrazo con Charlton y sobre todo sus lágrimas: las de un hombre que acababa de ver pasar su gran oportunidad. Oportunidad de lanzar un legítimo reclamo para ocupar trono del fútbol mundial, hasta que Pelé u otro aportara argumentos para disputárselo de nuevo.

Eusebio fue nombrado mejor jugador de aquel campeonato, aunque el Balón de Oro europeo fue —previsiblemente— para Bobby Charlton como recompensa al título mundial. Todo un signo del cambio de los tiempos. Porque la carrera de Eusebio continuó siendo brillante por algún tiempo pero ya nunca ascendió a las mismas cotas de grandeza. El  brillo de una posible corona pasó completamente de largo ante él. En la temporada 1966-67 el Benfica no jugó la Copa de Europa. En la 1967-68, en cambio, alcanzaron su quinta final europea de la década y Eusebio hizo seis goles en nueve partidos. Pero en aquella final frente al Manchester United de (¡una vez más!) Bobby Charlton, Eusebio tuvo que dejar sitio a otro hombre que reclamaba su parcela de gloria en la historia, el irlandés George Best. Tras un competido empate en el tiempo reglamentario, el Manchester acabó apabullando al Benfica con tres goles en la prórroga: cuatro a uno como resultado final. Eusebio no marcó. El Benfica ya no retornaría a una final hasta los años ochenta.

Con todo, volvió a ser tres veces máximo goleador de la liga portuguesa y durante su carrera ganó un total de once ligas con el hegemónico Benfica,  a sumar a sus dos Copas de Europa, pero tras 1967 su figura perdió importancia paulatinamente hasta prácticamente «desaparecer» del gran escenario internacional. No ayudó el que Portugal no se clasificase para el mundial de 1970 al quedar icomprensiblemente eliminada en una muy decepcionante fase previa. Tampoco cualificaron para el de 1974, aunque por entonces Eusebio era ya una sombra de sí mismo. En 1975, de hecho, decidió marcharse a aquella liga estadounidense que intentaba establecerse con el apoyo de figuras como Pelé, pero Eusebio no cuajó allí. Tras un par de años de constantes cambios de club en América e incluso un breve retorno a un equipo menor en Portugal, decidió retirarse en 1977. Ahora nos ha dejado definitivamente, a la edad de setenta y un años. Pero como vemos estuvo a punto de ascender a un Olimpo reservado a unos pocos privilegiados en la historia del fútbol. 1966 pudo haber sido el año de su coronación, por más que para muchos aficionados jóvenes su nombre parezca significar poca cosa. En el deporte se gana, o no se gana, y los ganadores son quienes son mejor recordados. El público es ya de muy corta memoria como para pedirle que idolatre a quienes ocuparon el número dos en vez de ascender al uno, y hace ya unas cuantas décadas. No importa: los logros y números de Eusebio están ahí, y sobre todo está su juego, que siempre debería importar más que los números. Eusebio da Silva Ferreira, la Perla de Mozambique, la Pantera Negra. El hombre que pudo reinar. In memoriam.

Homenajes a Eusebio en su escultura conmemorativa, ante el estadio Luz de Lisboa (Cordon Press).
Homenajes a Eusebio en su escultura conmemorativa, ante el estadio Luz de Lisboa. Foto: Cordon Press.


Argentina-Brasil: el clásico de la publicidad mundial

Playa de Copacabana, Río de Janeiro, finales de julio. Dos millones de personas atestan el arenal más famoso del mundo. Durante cuatro horas, la multitud contempla con devoción el escenario levantado al final de la playa. Allá encima, un argentino declama arengando a la masa, como un entrenador hace con sus jugadores en la previa de un partido: «A la mayoría de ustedes les gusta el deporte. Aquí en Brasil, como en otros países, el fútbol es pasión nacional. ¿Sí o no? Muy bien, ¿y qué hace un jugador cuando se le llama para formar parte de un equipo? Tiene que entrenarse mucho. Sudar la camiseta. Pateen para adelante, juéguenla adelante siempre. No balconeen la vida». Ovación de gala.

Aunque parezca ficción, sucedió. Fue en la Jornada Mundial de la Juventud. Y la charla era una homilía. Su autor, el papa. De hecho, es uno de los sermones más celebrados de su pontificado. Como se sabe, Francisco es futbolero como cualquier argentino de a pie, pero hasta ahora es el único que se ha permitido dar lecciones de vida —y fútbol— a micro abierto en la mismísima casa del archirrival deportivo. Teniendo en cuenta que el lenguaje en Argentina parece a veces la fiesta de exaltación del símil futbolístico, la invitación a sacarle partido publicitario parecía evidente. Y así fue: el canal de televisión deportivo de referencia en Argentina se llevó el material y lo tricotó a conciencia para hacernos palpitar ante el cercano Mundial y para recordarnos que en la publicidad, como en el fútbol, lo más difícil es hacerlo fácil.

Los argentinos explotan como nadie la piel de gallina y el lagrimal tembloroso cuando se trata de inflamar el patriotismo futbolero, sobre todo al acercarse el Mundial. Enfrente tienen un digno oponente, Brasil. Entre los dos juegan un particular clásico, único en el mundo. Futbolístico sí, pero también publicitario y mercadológico. Doctores tiene la iglesia y creativos la publicidad y el marketing para estudiarlo a fondo desde lo académico, no será aquí donde se haga, pero para el profano resulta evidente que el atracón de anuncios ayuda aún más a hacer del Mundial un caramelo comercialmente democrático, un producto digerible para la señora y el caballero, la niña y el niño. Porque, no nos engañemos, por mucho que se empeñen, entre Mundial y Mundial solo queda una porción del orbe, gigante pero diferenciada, con resabios sectarios, capaz de acreditar aguantaderas suficientes para pimplarse Cardiffs cities, Catanias y Hoffenheims, ligas, copas del rey, Champions y amistosos de verano. Todas son respetabilísimas opciones, pero al final hacen del fútbol una sucesión de infumables engendros televisados por decreto, de lunes a lunes y por la gracia de Dios. Esto es, del dinero. Ahí entra la demanda, la oferta, el peculio por tanto y, detrás de toda la tramoya, la mano que mece la cuna. La llaman FIFA y, en su afán estandarizador y mercantilizador del fútbol ha terminado por ordeñar el Mundial, la vaca de las tetas de oro, hasta el extremo. De tal modo que parece que el Mundial anterior no se terminó de ir y ya llega el siguiente. Viene al caso esto porque el anuncio del papa en Copacabana se estrenó casi a la par que el sorteo del Campeonato del Mundo, a seis meses de la inauguración del campeonato. Tal es el poder —y el rechazo, también— que causa la FIFA, esa mezcla entre un pulpo mastodóntico de mil tentáculos y una major del entretenimiento, que las redes tardaron solo unas horas en hacer aflorar vídeos virales a cada cual más imaginativo sobre una hipotética manipulación del sorteo. Pero unos días antes una agencia brasileña había puesto al servicio de uno de los patrocinadores de la selección —oh, un banco— otra ingeniosa idea: recrear por adelantado el sorteo usando incluso dobles de los verdaderos sacabolas para dejar en la mente del espectador un mensaje bélico: el mundo le tiene miedo al pentacampeón. Táctica vieja, resultados asegurados.

No hace falta sentarse a elaborar teoremas, es simple: queremos lo nuestro, apelamos al sentimiento de pertenencia, cimiento del nacionalismo, y vendemos. La publicidad se toma licencias aparentemente inofensivas en origen pero termina retratando las especificidades sociopolíticas de cada país. En el caso de Argentina son enrevesadas y de complejo análisis. Aunque al final nos remiten a una tríada básica: televisión, banco y cerveza. Ellos son los reyes de la propaganda, sobre todo al llegar el Mundial En el anuncio que inunda estos días las pantallas, la cervecera va al grano. Invita —conmina— a los futboleros a sacarse los colores extranjeros. Se pone literalmente la camiseta.

En la demanda por un amor a los colores en vez de a los modelos importados, que diría Rubén Blades, los brasileños avanzan desde otro ángulo: si los argentinos recurren al papa, ellos al demonio. Futbolístico, entiéndase. Que para los que llegan a cuarenta o ya los pasan responde al nombre de Paulo Rossi, el Carrasco (verdugo), que borró con sus tres goles a «la mejor selección de todos los tiempos» en la tragedia de Sarriá. Ahora lo usan de reclamo publicitario junto al otro flagelo ilustre de la verde-amarela, el mismísimo Zinedine Zidane.

La suma futbolista+hincha+tarjeta de crédito puede provocar náuseas a los amantes del fútbol tradicional, que son muchos más de lo que se pretende, pero hay otros anuncios más sutiles. Los que hacen protagonista a los aficionados como tribu. En Argentina queda claro que en los meses previos al Mundial la publicidad es hincha de su hinchada. Y no es para menos. Porque las características liturgias, repetidas —cada día más— en las canchas del mundo, dan pie a anuncios memorables. Historias embutidas en aproximadamente un minuto de las que se puede hacer un gran top ten: comienza el recopilado con una revisión de la memoria que nos remite a la inmortal final del 78 (la de los papelitos) sin citarla. Es un anuncio de la compañía telefónica Personal ambientado en la Alemania del 2006. Continúa con una apología del bracito acompasado clásico de los argentinos en una serie de publicidades animistas de Coca-Cola. Luego Quilmes saca provecho al himno, o más bien a su introducción instrumental, que es lo que se suele escuchar en los mundiales. Más propensos a la lágrima épica son los anuncios de TyC Sports. Antes del Mundial de Alemania dejaban claro que el fútbol y su gente eran un bien exportable de garantía. Obviamente, hay quien le saca partido a la mufa (gafe) y a las innumerables cábalas (supersticiones) que adornan el fútbol argentino: la telefónica Claro lo hizo en la Copa América de 2011, y hasta se atreven a poner en boca de Dios la responsabilidad de lo que le pasa a la albiceleste en los mundiales. Quilmes, claro. Con Maradona por delante arranca también un anuncio con un tema emblemático de Attaque 77 que habla de amor y arrepentimiento. También hay cierto narcisismo revestido de autocrítica. De nuevo TyC y su celebrado anuncio de 2011 en el que un extranjero con acento entre mexicano y chileno hace un stand up a base de chistes sobre argentinos —convenientemente contestados en imágenes futboleras—. Porque también aparece la pelotita. De hecho, de esos diez anuncios solo hay uno netamente futbolístico, aunque editadísimo y con música calamaresca y letra ad hoc, sobre la historia del fútbol, del taquito y la gambeta prehistóricos a los sinsabores actuales pasando, como no, por Diego Armando Maradona.

Si ha visto la recopilación, habrá comprobado que hay marcas de todo tipo, aunque no las tiene por qué conocer: Personal (italiana), Claro (mexicana) y Quilmes (belga-brasileña). Sí. Desde 2006 la cerveza de bandera argentina es de capital rival. Pero siente los colores blanco y celeste. O eso dicen sus anuncios.

La publicidad, que se nutre de lo simbólico, lleva el clásico futbolístico a la paradoja. ¿Qué importa quién es el dueño de nuestra cerveza si se pone la camiseta? El capitalismo barre con todo y lo conduce por caminos tan estrechos como retorcidos: Argentina y Brasil juntos. Lo curioso es que, aunque comparten frontera y éxito futbolístico, son tan diferentes y aparentan conocerse tan poco que raya en lo grimoso. En el manual del tópico, para los argentinos el brasileño es un tipo con la sonrisa de oreja a oreja que dedica su vida a sambar, más negro que el betún y con un marcadísimo acento cuando intenta chapurrear español, cuando no portuñol. Mientras, la imagen del argentino para los brasileños es un fulano con greñas siempre ataviado con la camiseta argentina mientras hace asados y menea los brazos sin parar. Y así, claro, aparecen representados en la publicidad, fiel reflejo de las sociedades respectivas. Incluyen tics homófobos y xenófobos y guiños sexistas y violentos. Pero parece que lo políticamente correcto no triunfó (aún) en la publicidad futbolera sudamericana. En uno, aparecen cuatro argentinos que se transforman en brasileños, o algo así, al beber cerveza Skol, por cierto de los mismos propietarios que Quilmes, la todopoderosa Ab InBev. Y en otro un argentino sale del armario futbolístico y el padre le sacude semejante disparate hasta que lo encuentra leyendo el periódico deportivo del país.

La publicidad se recrea en el tópico y le da una vuelta. En cada país con su estilo: en Brasil hacen vestir al ídolo máximo argentino, Maradona, la camiseta del rival, mientras en Argentina reivindican al que vive en terreno enemigo, Tévez en el Corinthians de 2005, y lo convierten en pica en Flandes.

Tanto se ahonda en el sentimiento, en lo intangible pero infalible en el marketing, que se termina haciendo patria sin saber y por otros motivos. Incluso fuera del fútbol. Hay una marca de whisky (sí, escocesa-inglesa), que sacó provecho de un eslogan/sambenito clásico que pesa sobre Brasil, «o gigante adormecido». Con eso —y muchos efectos visuales— sobró para construir un hit. Y, sin querer, sirvió para darle una portada audiovisual potente para las redes a algunas convocatorias de las protestas multitudinarias del último año. Fueron manifestaciones contra todo, porque de repente Brasil, un país continental donde todo parecía impune, pareció despertar, como sugiere el anuncio. Lo que dudamos es que sea por la misma razón en la que se basaron los creativos de Johnnie Walker para llamar al corazón de los brasileños.

Foto de portada: Andre Kiwitz (CC)