Edurne: «Hay que estar preparada para, además de esforzarse, recibir todas las críticas y opiniones de la gente»

Edurne para JD

Edurne García Almagro (Madrid, 1985), más conocida como Edurne, es modelo, cantante y actriz, además de compositora y presentadora. Tras acabar su primer año en la universidad, donde estudiaba Veterinaria, sus amigos la animaron a que se presentara a un casting de Operación Triunfo, lo que acabaría cambiando su vida.

Aprovechando su paso por Sevilla para promocionar su nuevo álbum, hemos quedado con ella en Torre Sevilla, el edificio más alto de la ciudad, para conversar ante unas espectaculares vistas del Guadalquivir. Hablamos sobre sus inicios y de cómo un casting al que no estaba apuntada le acercó al mundo de la música y de la televisión, de su paso por Operación Triunfo y su participación en Eurovisión, que le proporcionó críticas y elogios. Y, también, de cómo de su pequeña Yanay le ha descubierto una parte más personal donde el amor de madre lo puede todo o casi todo.

Tu afición por la música viene desde muy pequeña, ya que con siete años formabas parte del grupo musical Trastos. ¿El nombre ya prometía? 

Sí, con nueve años. Fíjate que esto es un tema del que siempre hablamos en mi casa. Mi hermano sí que era muy trasto, pero yo creo que no. Creo que he sido muy buena con alguna cosilla como cualquier niño. Trastos fue mi primera experiencia musical y donde me di cuenta de que lo mío era la música.

¿Cómo surgió?

Yo estaba en una agencia de publicidad. Es la típica historia que se cuenta pero que en mi caso fue verdad. Mi madre tiene una amiga que llevaba a su hija a hacer castings para anuncios, series… y un día mi madre la acompañó conmigo. Yo no estaba ni apuntada para esa prueba y de repente me vieron y me dijeron: «¿Por qué no haces la prueba para un anuncio?». Y me cogieron a mí en lugar de a mi amiga.

¿Y sigue siendo tu amiga?

[Risas] No, la verdad es que perdimos la relación. No se perdió en aquel momento, pero ya sí que se ha perdido. Pero bueno, a raíz de ahí esta agencia quiso montar un grupo musical infantil de tres niños y tres niñas. Fue mi primer casting musical.

Llegasteis a grabar tres discos, apareciendo incluso en programas como Música sí y en la cabalgata de los Reyes Magos. ¿Este primer contacto con el mundo audiovisual despertó tu interés por la televisión?

Fue mi primera experiencia, pero para nada pensaba dedicarme al mundo de la tele. Es verdad que era un mundo muy diferente y la música sigue siendo mi prioridad. Lo que pasa es que me considero una mujer de retos y de ir probando diferentes cosas, para descubrir por mí misma qué puedo hacer y qué no.

Empezaste la carrera de Química y no te gustó. El amor a los animales te llevó a Veterinaria.

Pues sí, empecé Química porque yo fui de las chicas que terminaron los estudios y dije: «¿Ahora qué hago?» No lo tenía muy claro la verdad. Me metí a Química porque se me da bien y me gustaba mucho, pero más la parte práctica que la teórica. Al final decidí cambiar de estudios y, como mi pasión eran los animales, me fui a Veterinaria. Fui feliz el primer año hasta que entré en Operación Triunfo.

¿Crees que vamos mejorando en el reconocimiento de los derechos de los animales?

Yo creo que sí, se van consiguiendo cosas, aunque genere mucho debate. Las cosas más graves que hay, como tradiciones antiguas, sí se van cambiando. Creo que es la evolución y lo que tiene que hacer la sociedad. Todavía hay mucho por cambiar y no solamente con los animales, ya que en la vida hay que ir evolucionando. Hay que hacer las cosas con lógica y con ética moral. No es tan difícil.

Una persona tímida como eras tú se presenta a un programa como Operación Triunfo. ¿Cómo te lo planteaste?

Fue al terminar el primer año de Veterinaria. Estaba con mis amigos leyendo el periódico y vimos que se hacía un casting y me animaron a que me presentara. Yo pensaba que con toda la gente que iba a haber no me iban a elegir. Al final decidí ir. Me fui muy pronto para hacerlo la primera y ya quitármelo de encima. Cuando llegué, ¡había ya como tres mil personas! Yo vivía a las afueras de Madrid y pensé ya que he venido, me quedo y pruebo a ver. Al final fue todo muy bien y así surgió.

Ya se habían celebrado varias ediciones y por el camino se habían quedado algunos «juguetes rotos». ¿Valoraste el riesgo o te arrastró la pasión?

Fue más la pasión. Al final nunca sabes lo que te va a ofrecer la vida, por eso, a pesar de estar en un grupo infantil, seguí mis estudios. Porque nadie me aseguraba nada. Ahora mismo habría acabado Veterinaria, estaría haciendo otras cosas, pero mi pasión era la música y yo quería intentarlo. Pasar por Operación Triunfo no te lo da todo, al contrario, muchas veces no sabes si va a ir bien o no va a ir tan bien. En mi caso me ha ido muy bien, estoy muy contenta y agradecida, pero sé que no siempre es así. Quizás por eso lo valoro más.

Háblame del tema «lloro» en Operación Triunfo con David Bustamante como máximo exponente. ¿Por qué ese contagio de emociones en el programa?

[Risas] ¡Es que es una experiencia y una vivencia que solamente los que hemos pasado por esa academia sabemos lo que es! Tienes que pensar que nosotros estamos tres meses metidos en un sitio sin saber nada del exterior, entonces todo se magnifica muchísimo más… los sentimientos, echar de menos a tu familia. Todo se magnifica mucho, pero además es verdad que soy muy emocional.

Al ver imágenes a posteriori te habrás preguntado por qué lloraste tanto.

Recuerdo una de las anécdotas más curiosas que me pasó: antes de que nos dijeran los seleccionados, nos grababan justo cuando entrabas en un pasillo tú solo y tenías que leer si estabas dentro o no. Pues estábamos en una sala y cada vez que se iba alguien, se iba llorando. Yo pensaba, ¿pero por qué se van llorando si lo peor lo hemos pasado?, ya que fueron tres días muy duros de castings. Pues en el momento que estaba yo preparada para entrar en ese pasillo, ¡fui un mar de lágrimas! y no sabes por qué, pero de repente te viene como un sofocón increíble [risas]. Hay que llorar, creo que está bien llorar. De hecho, a veces, incluso hoy en día, busco momentos o películas que me hagan llorar porque creo que es una forma de desintoxicar emociones. 

¿Eres de lágrima fácil entonces?

Sí. Me emociono muchísimo con todo. En Got Talent se me ve que a nada me emociono. El otro día, por ejemplo, estaba haciendo una firma en Bilbao y una de las fans me regaló un dibujo con mi niña, y eso a mí me emociona mucho. Que la gente te haga ese tipo de regalos con ese cariño y ese amor… 

En Operación Triunfo, ¿qué es lo que no se ve en el programa y debería verse? ¿Y al contrario?

Es muy diferente cada edición. En la mía en general se veía todo. Al final es una academia, pero hay cámaras que están retrasmitiendo veinticuatro horas en un canal, aunque creo que no nos sacaban durmiendo. Yo creo que se veía todo y toda la preparación. Lo que no se ve quizás es lo que hacen los profesores, que son los que van y vienen. Algo que se ve y no debería… pues quizás que se centrasen solo en las clases y que la convivencia no se viera tanto, pero claro, también es una de las cosas que le gusta a la gente. Cómo vamos evolucionando y cómo en tres meses somos un grupo de alumnos que aprende. 

¿Cómo te sentó tu eliminación?

Siempre que te eliminan de un sitio no te gusta, porque quieres seguir. Suena a tópico, pero es verdad que todos éramos muy buenos amigos y al final me daba pena por mí, pero por ellos también. Sobre todo, más que pena o rabia era el momento de la incertidumbre, ese ver qué pasa, porque estás aislada tres meses y era como un salto al vacío el salir a la realidad, que es muy heavy.

¿Os preparan a vosotros mientras estáis en esa burbuja? ¿Cuando salís os dan algún tipo de consejo o de recursos?

Había una persona que cuando te eliminaban, hablaba contigo y te preparaba, pero, aunque te preparen para la realidad y te cuenten lo que pasado fuera, salir es un golpe. Es como si pararan el tiempo tres meses, sales y te has perdido tres meses de vida. Es muy fuerte.

Tú no eres consciente de que eres personaje público hasta que sales a la calle, ¿no?

Efectivamente. Yo me acuerdo de salir y toda la gente esperando en la puerta, gente en el aeropuerto que me traían una bota de cowboy porque la canción de «These Boots Are Made For Walking» fue al parecer una revolución y yo no sabía nada. ¡No entendía nada! Es complicado dar ese paso sin que vaya progresivamente. 

Solamente tu entorno más cercano sabía que ibas a Operación Triunfo, ¿no? 

Sí. El momento de encender el móvil después de tres meses es una bomba. Todos muy sorprendidos y sobre todo mensajes de cariño, que eso siempre se agradece.

Edurne para JD

Sales de OT y firmas con Sony con diecinueve años, publicando tu primer álbum, Edurne. ¿Cuál fue tu reacción al conseguir lo que habías soñado? ¿Se te subió a la cabeza o te dio vértigo por si esperaban mucho de ti?

No, el momento en el que me dieron el primer disco en la mano fue una sensación que no te puedo ni describir. Fue una felicidad máxima. No me lo podía creer, porque siempre había soñado con tener mi disco, mi música y mis canciones. Sales de la academia y nunca sabes si te va a ir bien o no. De repente, Sony te ficha, sacas el primer disco y, como dices, se te puede ir la cabeza con tanto cambio, pero para mí uno de los pilares fundamentales de mi vida es mi familia. Siempre lo ha sido y lo seguirá siendo de por vida. Ellos han tenido un papel muy importante para ayudarme con ese proceso y ese cambio. Es normal que te agobies porque vas a una tienda y todo el mundo te está mirando. Es un cambio que no pensé demasiado, me vino de golpe. 

El disco funciona muy bien, alcanzando el número 3 de ventas en la primera semana. 

Fue increíble, fue un estreno en la carrera musical buenísimo. Tengo muy buenos recuerdos.

Grabas el tema principal de Yo soy Bea. ¿Te acercó a un público que no era el tuyo?

Fue una experiencia en un trabajo que yo no me había planteado. Yo lo que quería era mi música, subirme encima de un escenario y dar mis conciertos. Esta fue de las primeras experiencias de hacer algo que, aunque tiene relación con la música, es distinto a lo que siempre había sido lo mío, ponerle banda sonora a una serie. El tipo de gente que está viendo esa serie es muy variada, gente mayor y joven. En los primeros años cantaba este tema. A día de hoy a la gente le encanta esta canción y a veces tengo que improvisar. Tengo preparados a mis músicos, porque si la piden la tocamos, y la piden en cada concierto.

¿Qué filtros utilizas cuando te llegan proyectos como este?

Es lo que te decía, me considero una mujer de retos. Es verdad que todas las cosas que estén dentro de la música bienvenidas sean, y todo aquello que me pueda aportar y curtir como artista y darme una experiencia nueva es bien recibido también.

En 2007 sacas Ilusión, tu segundo disco, a la vez que estás coqueteando con la Ttele en Castilla la Mancha y Baila con Edurne en Nickelodeon. ¿Tuviste miedo de perder el objetivo de tu carrera musical o a que no te tomaran en serio como cantante?

No, en ese momento no, porque seguía con mi carrera musical y estaba sacando mi segundo disco y lo podía compaginar. No veía que dejara mi música de lado para centrarme en otra cosa. Es lo que te decía, tener un abanico de cosas que pueda hacer una artista que toca diferentes palos creo que es mucho mejor, pero en España no está bien visto esto. Si tú cantas, solo cantas o si bailas, solo bailas. Luego te vas a otros países y ves a artistas que bailan, cantan y actúan. Cuantas más cosas hagas es mejor. Creo que aquí ha ido cambiando un poco, pero todavía está mal visto que hagas diferentes cosas porque parece que no haces bien nada. Te dicen que te centres en una cosa. 

Como dice el refrán «aprendiz de mucho, maestro de nada».

Sí, pero yo no estoy de acuerdo con eso, porque creo que cuanto más puedas aprender mejor, y quizás destaques en alguna materia, pero puedes compaginarlas con otras, como en los musicales, donde la gente canta y baila.

¿Qué tienes tú de Sandy [Grease]?

Antes sí tenía más, era más inocente cuando era más joven. La evolución que hace Sandy en Grease es similar a la mía, yo era antes era más inocente y al final con la vida vas aprendiendo. 

¿Cómo fue la experiencia de protagonizar un musical tan conocido como Grease?

La experiencia fue muy buena y dura, porque no solamente tienes que cantar, sino cantar e interpretar. Para mí fue un reto bastante grande.

¿Es más exigente que un concierto?

Si, es diferente, pero es más exigente porque tienes que estar todos los días haciendo lo mismo y a veces con doblete. Había sábados y domingos que tenía una función a las cuatro y luego a las nueve. Pasas todo el día en el teatro y hay días que estás tocada de la voz y tienes que seguir para adelante y son dos horas y media, muy intensas, que dura la función. Un concierto también lo es, pero te da más libertad para improvisar, por ejemplo, si quieres cambiar un tema y cantar otro. En cambio, un musical es lo mismo siempre. Es verdad que la gente al principio decía «¡Uy! Edurne en un musical, ella que no ha hecho musicales en su vida», pero bueno, al final salió bien porque me considero muy profesional y perfeccionista. Cuando me meto de lleno en un proyecto que no es lo mío, me gusta prepararme y trabajar, no ir a ver qué tal. Trabajé muy duro y me preparé muchísimo. Hay ciertos comentarios que, estoy segura, ha hecho gente que no ha ido al musical. Etiquetas a un artista que no has visto en directo y das una opinión. Yo creo que eso lo hace mucha gente en general en España, donde todos sabemos de todo. No pasa nada si no te gusta, pero cuando la gente opina sin ir a verte…

¿Qué crees que tienen los musicales como formato para que funcionen tan bien?

Creo que lo que mucha gente quiere es pasar un rato en familia, llevar a los niños a hacer actividades o ir a ver cosas como un musical, que es una manera de mezclar el teatro con la música. Ver actores de teatro y musicales es una experiencia maravillosa. Hay musicales muy bonitos.

Con esta inercia del musical lanzas Première en 2008 donde vas versionando canciones de otros musicales.

Compaginar un disco con el musical es muy complicado, porque un musical te exige muchísimo. Yo creo que libraba los martes y actuaba de miércoles a domingo. Estaba muy metida en el mundo musical. Para mí fue un descubrimiento e introducirme en todo lo que hay detrás del musical me enamoró. Decidimos poder enlazar esas dos cosas, tanto los musicales como mi carrera discográfica y sacar Première.

Haces un parón y te vas a varias ciudades de Reino Unido a seguir formándote a la vez que mejoras tu inglés. Aquí sale el embrión de tu siguiente disco, Nueva piel, donde tu implicación comienza a ser mayor, empezando por el diseño de la portada. Cuéntame eso del body painting. ¿Quince horas de pintura?

[Risas] Si, fueron muchas. Me gusta hacer que los discos, aunque tengan la esencia y mi estilo, incluyan cosas diferentes que aporten. El body painting me inspiró y pensé que podía quedar bien y potente en una portada. Estoy contenta con el resultado.

Ahí cambiaste el estilo. He visto que incluso dijeron que abrazabas el dance pop.

Yo siempre he sido muy pop. Es cierto que lo he ido compaginando con música más electrónica o más rockera, como el primer disco. He ido evolucionando. A mí lo que más me gusta es haber ido evolucionando musicalmente y no haberme quedado estancada solamente en un estilo. 

En un país de extremos, donde se pasa del amor al odio en un periquete, ¿te costó tomar la decisión de ir a Eurovisión?

Yo lo tenía claro, pero también tenía clarísimo que no podía ir con cualquier canción.

Tú sabías que tu candidatura iba a levantar muchas críticas. Y el resultado también las levantó.

En Eurovisión, hagas lo que hagas, lo van a criticar. Si te levantas un día con el pie derecho en vez del izquierdo también te van a criticar. Sabía que me metía en un mundo en el que estás representando a toda la gente de España. Es muy arriesgado y quizás la experiencia de Eurovisión ha sido curtirme más con las críticas.

¿Repetirías?

Repetiría, pero de otra manera, sabiendo lo que conlleva Eurovisión. No me importaría, pero hay mucha gente y muchos artistas, fíjate en la variedad de intérpretes que han acudido este año el Benidorm Fest. Es una maravilla y cuanta más variedad mejor. Creo que hay muchos artistas que merecen tener esa experiencia, pero claro que repetiría. 

¿Tú crees que los españoles somos justos con la gente que va a Eurovisión?

No quiero generalizar, porque no somos todos, pero hay muchos españoles que lapidan, muchísimos, también hay muchos otros que no. Creo que tendríamos que cuidar y apoyar un poco más a nuestros representantes. Todo el mundo es libre de decir que le gusta o que no. Si no te gusta no pasa nada, pero no hace falta lapidar. Para los que estamos ahí es una ilusión y lo hacemos con todo nuestro amor y todo nuestro cariño, intentando defenderlo de la mejor posible. Estoy contenta. Creo que he tenido más mensajes de cariño que críticas, y mira que han sido muchas críticas, pero que después de Eurovisión alguien me diga que «estoy orgulloso de cómo nos has representado»… Para mí eso ya es ganar. 

¿Cómo se prepara un evento como este?

Con mucha paciencia, con la cabeza muy fría y trabajando mucho. Mentalmente hay que estar preparada para, además del esfuerzo, recibir todas las críticas y opiniones de la gente, de fuera y de dentro que vas a recibir. Y sobre todo, estar segura de lo que vas a defender.

¿Fue cómo te lo imaginabas?

Fue más intenso y duro. Es muy bonito, porque para mí Eurovisión es uno de los mayores festivales que existen a nivel mundial. Creo que es increíble estar allí con artistas de otras culturas y países. Es maravilloso compartir la música. Te das cuenta el lenguaje universal que tiene.

¿Crees que sigue teniendo hoy sentido que siga existiendo Eurovisión con su deriva friki? 

Yo creo que nunca ha sido friki, pero aquí se ha visto como friki. Aquí no se ha cuidado tanto como en otros países y ese es el problema, aunque ahora se está cuidando un poco más. Me da pena que aquí se tenga ese concepto friki de Eurovisión.

Háblame del momento braga que tanto alborotó formó, ¿dos bragas mejor que una?

¡Con dos bragas te curas en salud! [Risas]. Con esos movimientos que se hacen en el escenario pensé que: si se rompe una que haya otra por si acaso, porque no es plan de dar el espectáculo y que me recuerden por eso [risas]. Al final vas ensayando y vas probando todas las cosas. Igual que el momento en el me quitaba la capa en los ensayos y me caía para atrás… ¡pensaba que si eso pasaba en directo me iba a dar algo! Hay que ser precavida.

Edurne para JD

Fuiste testigo en primera persona del «mercadeo» de puntos entre países, algo que te llevó a quitarte los zapatos…

¡Total! Llevaba desde muy temprano con los zapatos puestos y ya me estaban sufriendo los pies. En un momento me asomé para ver las puntuaciones y cuando vi cómo se movía las cosas me descalcé y dije: «Se acabó», aunque yo estaba muy feliz con el cariño de la gente.

«Amanecer» fue elegido para la Vuelta Ciclista y lo incluiste en tu siguiente disco, Adrenalina. Por cierto, ¿sigues sintiendo las cosquillas antes de subirte al escenario?

Sí, por supuesto. Yo pienso que eso es algo que no hay que perder. Si no se siente eso es que no te importa lo que haces. Me daría mucha pena perderlo y ojalá no lo pierda nunca. Te hace estar viva y pendiente de lo que vas a hacer.

El disco Adrenalina lo desarrollaste en parte a la par que te preparabas para Eurovisión.

Creo que lo preparé a la par, porque fue terminar Eurovisión y sacar el álbum. Mi vida se puede resumir en adrenalina pura porque es que siempre estoy así, me organizo muy bien, pero es pura adrenalina.

En el disco hay temas en español e inglés. ¿Necesitabas otro idioma para expresarte o es un guiño a otros mercados?

No, es verdad que hay discos anteriores, no solo en Adrenalina, en el que ya cantaba algún tema en inglés. Siempre me ha gustado cantar tanto en español como en inglés para que gente de fuera pudiera escuchar mi música. También es verdad que hay canciones que suenan mejor en inglés. En este último disco es todo español porque me he metido cien por cien en la composición de los temas, ya que anteriormente no había tenido tanta libertad en ese aspecto. Había temas que venían de fuera e intentaba adaptarlos al español y no me gustaban. También se llevó esa moda de cantar tanto en español como en inglés, pero ahora ya me centro en español, que es mi idioma y si los ingleses quieren, ahora que están tan metidos en el tema latino, pues que escuchen música en español.

Incluye «Soñar», que es una canción de la banda sonora de Cenicienta.

Sí, es que yo soy muy Disney [risas]. Me encantan todas las películas de Disney y más estas de ahora en las que todo ha evolucionado. Las películas Disney tienen un mensaje muy bonito y me hizo mucha ilusión ponerle la banda sonora a Cenicienta. Un tema, además, precioso.

Tardas casi cinco años en sacar el siguiente disco, Catarsis, donde digamos que te encuentras en el momento más maduro profesionalmente porque ya participas en todos los aspectos de la creación de un disco… Y nos pilla la pandemia. 

Sí, nos pilla esa catarsis que yo creo que no hay mejor título para la situación. Cinco años y para mí este momento de mi vida te podría decir que es un antes y un después. Estos cinco años me hubiera gustado que hubieran sido menos, pero me sirvió para reflexionar, para hacer una catarsis en muchas cosas de mi vida y de mucha gente de alrededor, centrándome en lo que yo quería, qué camino quería coger, oxigenarme y ahora mismo estoy plena. Tengo cien por cien libertad en cualquier aspecto en mi vida profesional, y eso antes no lo tenía. Estoy feliz y orgullosa de mi carrera pasada, pero creo que ahora tengo otra energía diferente: la manera de defender un disco, la música, la composición, la producción, el diseño del disco, todo. Tener esa libertad plena para poder mostrar realmente tu trabajo es indescriptible. Estoy muy feliz. Sigo siendo la Edurne de siempre, pero es un antes y un después. 

Ya vas sin Sony y alcanzaste el número 1 en ventas.

Alcance el número 1 en ventas en plena pandemia. Después de cinco años pensé «me pilla la pandemia, no puede ser». Decidimos sacarlo en junio, aunque estaba previsto para abril, pero de una manera diferente a la que a mí me hubiera gustado. Ha ido muy bien. Fue número 1 en ventas y la gente lo recibió con mucho cariño a pesar de estar cinco años esperando. Un trabajo que para mí es el más especial o de los más especiales que he hecho en mi carrera, y adaptándonos a la situación. Todavía sin gira y deseando cantar en directo los temas. Pero feliz de que la gente también pudiera tener música nueva.

Le haces un tema a tu pareja, «Tal vez». ¿Cómo se lo tomó? ¿Él no sospechaba nada?

Fue una sorpresa. David es muy importante para mí, al igual que mi familia en general. Mi música siempre intento enseñarla y recibir diferentes opiniones. Me gusta ver cómo se ve desde fuera, porque muchas veces tú lo ves desde una perspectiva y desde fueran te dicen algo de lo que no te has dado cuenta. A David me gusta enseñarle todas las canciones porque él tiene mucho gusto a la hora de escuchar música y no sospechaba nada. Le dije «mira a ver este tema que he compuesto si te gusta, a ver qué te parece». Empezó a escucharlo y ya se dio cuenta de que era para él. No se lo esperaba para nada y le hizo mucha ilusión. Después de tanto tiempo, es un regalo que quería hacerle.

Te quedaste con la espinita de hacer una buena presentación del disco y ahora publicas una reedición de Catarsis, edición deluxe.

Sí, pensando como todos, que la pandemia iba a terminar en 2022, ¡pero aquí seguimos! Yo era de las que pensaban que iban a ser quince días. 

Incluyes seis temas inéditos con dos canciones dedicadas a tu hija Yanay, abres el disco con un dueto con Antonio José, tienes colaboraciones con Carlos Baute, Efecto Pasillo, Belén Aguilera, Andrés Suarez. Has puesto toda la carne en el asador.

Lo mejor que podía hacer, lo he hecho. Estoy muy feliz y orgullosa de tener estos temas en el disco y aparte estos amigos, compañeros que son maravillosos. Estoy feliz de que me acompañen en esta nueva etapa y aventura. Cada uno con su esencia, artistas muy diferentes entre sí. Creo que de las cosas tan diferentes surgen las cosas más mágicas. La gente a lo mejor no se arriesga mucho, pero es que hay que probar las cosas, hay que intentarlo, a veces sale mal, pero a veces sale bien.

¿Cómo fue componer a tu hija? ¿Te dio vergüenza expresar ese amor tan íntimo?

No, es maravilloso. Lo que me pasó fue que me quedé corta. ¿Cómo puedes explicar el amor a un hijo? A mi antes me lo decían y yo pensaba pues sí, un amor muy intenso, pero es que no hay palabras que lo definan. Tenemos que inventar una palabra que defina ese amor tan intenso. Para mí, mi hija ha sido una fuente de inspiración tremenda y me ha hecho descubrir otro amor.

Descubrir otro amor y la falta de sueño…

No he visto tantos amaneceres desde que fui a Eurovisión [Risas].

Hablemos del embarazo y la conciliación. ¿Estás pudiendo conciliar el trabajo con la crianza de la peque?

Estoy pudiendo. Sé que no todos los casos son así.

¿Te consideras afortunada?

Me considero más que afortunada de poder compaginarlo, de tener a mis padres que están con la peque y de poder contar con ayuda en casa también. El día de mañana espero que se venga conmigo cuando sea un poco más mayor, pero tengo la suerte de no haber tenido que dejar de lado mi profesión para dedicar tiempo a mi peque. Sé otras mujeres no han tenido esa posibilidad, así que me siento muy afortunada y lo valoro muchísimo.

Edurne para JD

¿Los futbolistas suelen coger la baja por paternidad?

No, deberían, yo ya lo he dicho. 

Son un referente para muchos jóvenes, pero no se cogen cuatro o cinco meses.

No hace falta cuatro o cinco meses, pero por lo menos un mes sí que deberían. Es verdad que tuve suerte de que David pudiera estar conmigo unos días, no muchos, y me hubiera gustado que fueran más. 

Se tiende a dulcificar el embarazo y esconder los momentos más duros. ¿Tú los tuviste?

Por supuesto, pero creo que es lo normal. Tener un hijo es lo más maravilloso que te puede pasar, pero es duro porque tu vida cambia por mucho que te preparen o te cuenten. Eso no quiere decir que seas mala madre por decir que es duro, es la realidad. Yo he tenido un buen embarazo, también te digo. No he tenido dolores, he tenido un embarazo sin náuseas ni nada, he trabajado hasta el último momento. La vida te cambia y es duro. Es duro adaptarse a esa nueva vida, aunque es maravilloso y yo no lo cambio por nada. Es la mejor experiencia de mi vida.

¿El amor de una madre lo puede todo?

Todo.

Entonces, ¿estás preparada para que tu hija descubra la habitación de los funkos?

[Risas] La verdad es que no, no estoy preparada para nada. En ese momento no sé qué va a pasar. Lo acabará descubriendo, porque tengo una hija que es muy lista. 

Tampoco creo que sea fácil esconder más de cuatrocientos sesenta funkos, según le confesaste a Buenafuente.

Sí, alguno tengo más porque desde que fui a Late Motiv han caído unos cuantos, y más en Navidad y cumpleaños. Doy por hecho que lo descubrirá. Ahora que lo estoy pensando creo que puede ser bonita introducirla en el mundo funko. De esa colección el día de mañana ella tiene que ser la heredera y me la tiene que cuidar [risas].

Eres la más veterana de Got Talent.

Bueno, junto con Santi, pero del jurado sí.

¿Cómo es ser jueza de un programa como este?

La experiencia de ser jueza, de juzgar talento, es una maravilla. El poder descubrir tanto talento que tenemos en España, de diferentes tipos, hacerme una experta en el tema magia que yo era de las más inocentes que me creía todo y ahora no me la cuelan [risas].

¿Tú eres consciente de la ilusión que tiene la gente?

¡Total! Tengo mucha empatía con la gente que pasa por Got Talent. A la hora de valorar sufro mucho al decir que no. Yo he pasado por eso, por estar frente a un jurado, que te estén juzgando, hacer un casting. Yo sé lo que es la ilusión con la que vas a un casting. A veces es duro y me cuesta, pero sé que un no en un momento indicado puede ayudar a mucha gente, aunque esa gente no lo vea y más los niños. Esta edición me ha cambiado todo al ser madre. Antes a un niño le decía que no con mucha pena, pero ahora pienso en la ilusión del niño y de los padres. Te cambia mucho pero siempre intento ser justa con mis sensaciones y con lo que yo siento y si tengo que decir que no en algún momento pues hacerlo con una crítica constructiva y con todo el cariño del mundo.

¿Una artista nace o se hace?

Es una combinación de ambas. Se puede nacer muy artista, pero tienes que hacerte. Cuando me piden consejos yo les digo que se preparen, que estudien y trabajen. Yo de pequeña daba clases de guitarra, de solfeo, de canto, me iba a los Jerónimos en Madrid todos los findes, iba a coro, baile, sevillanas, ballet, de todo. Yo me preparé muchísimo, no porque en ese momento fuera consciente de todo lo que había que trabajar, pero me gustaba y quería empaparme y tener formación. Que trabajen y que no pierdan la ilusión son mis consejos. 

Dicen que si mencionas el nombre de Risto tres veces en voz alta se te aparece con la ceja torcida. ¿Cómo es trabajar con Risto?

[Risas] Es maravilloso. Yo entiendo que mucha gente no esté de acuerdo con las valoraciones que hace o con las maneras que tiene, porque yo también me enfado a veces con sus valoraciones por no entenderle, pero Risto como persona, como amigo, como compañero en la televisión, es de las personas más generosas y buenas que he conocido en este mundo. 

¿Y cómo es la persona sin el personaje?

Es tal cual, de verdad. Es una persona con un corazón enorme. La gente que tenemos la suerte de conocerle bien y conocerle sin esas gafas que se pone sabemos que es maravilloso de verdad. Es una persona espectacular, y yo le admiro mucho y me siento afortunada de tener a una persona como él cerca. Son muchos años con él, pero sigo aprendiendo de su manera de valorar y de hablar y ¡cómo escribe! Hay valoraciones que le estoy mirando y pienso ¡joder, qué bonito lo que acaba de decir! Es maravilloso, es una persona que a mí me aporta mucho y que pienso que es fundamental en el programa, y en la vida, porque aparte de compañero es amigo.

Tienes mucho éxito en las redes sociales, sobre todo en TikTok, donde tienes más de dos millones de seguidores, pero las redes también te han dado algún dolor de cabeza sobre todo con temas relacionados con tu pareja. ¿Cómo lo trabajas?

Para mí TikTok ha sido un descubrimiento. A muchos nos salvó en la pandemia de estar en casa sin saber qué hacer. Ahí descubres también toda la creatividad de la gente. A mí se me pasan las horas mirando los tik tok de la gente. Pero sí, con las redes sociales creo que ha llegado un punto que hay que hacer algo. Está muy bien que la gente tenga libertad de expresión, pero hay cosas que no se pueden decir ni permitir, por salud mental. Yo soy una persona mentalmente fuerte ahora mismo, pero otras no lo son. No saben el daño que pueden hacer.

Estamos conociendo que la combinación de redes más confinamiento ha provocado una oleada de personas, generalmente adolescentes, con problemas de salud mental. ¿Eres consciente de la influencia que tienes, sobre todo en los jóvenes?

Totalmente. Yo he intentado cuidar las redes sociales y llevarlas por mi trabajo, sobre todo, pero también me gusta que la gente vea el día a día y piensas que te ve mucha gente joven, pero yo sé cómo soy y al final no creo polémicas. Creo que siempre he sido muy consciente. Con respecto a las críticas, las barbaridades machistas que a mí me han llegado a decir por mi pareja…. eso se lo dicen a otra persona con dificultades o problemas y pasa lo que pasa. Las redes sociales están bien porque tienes libertad de expresión, pero creo que se ha llegado a un punto en que la gente no tiene límite. Se le da libertad a gente que no sabe usar esas redes.

¿Tú eres capaz de recibir las críticas con perspectiva?

Sí, yo no le doy valor. Después de todo y de tantos años, la edad y el haber ido madurando poco a poco te da esa libertad de decir esto no tiene importancia y es un porcentaje muy pequeño de la sociedad. Parece que tienes cien comentarios buenos y el malo es el que te afecta. A mí, mientras mis amigos no me digan un mal comentario no le doy importancia a lo que se publique.

¿Hay machismo en las redes?

Hombre, sí.

¿Y en la industria audiovisual?

Sí, a las artistas femeninas no se les trata muchas veces como a los hombres. Y tú miras en la industria musical y también, siempre son hombres los que llevan el cotarro y hay muy pocas mujeres. No es en contra de los hombres, pero sí se podría compensar. No solamente en la música, sino en la vida en general. ¡Encima si eres novia de un deportista ni te cuento! Que yo sea Trending Topic porque el equipo de mi pareja está perdiendo… y diciéndome barbaridades. Cuando ganan yo no aparezco en ningún lado. 

¿No te sientes sometida a la dictadura del like

No, de hecho, ahora lo he dejado con la niña porque no me da tiempo y solo lo uso por mi trabajo, pero tengo que ir poniendo cosas y a veces me da pereza, aunque me gusta porque me permite mantener el contacto con la gente.

¿Cómo se plantea la gira con el panorama actual?

Pues deseando subirme a los escenarios con mis músicos y cantar este disco tan especial.

Edurne para JD


Parejas musicales bizarras: un bestiario incompleto

Freddie Mercury y Montserrat Caballé. Imagen: Polydor.

(Realizado con la ayuda de los maestros Marciano y Longino Pizarro)

Es realmente difícil quedarse con solo unos cuantos, porque, la verdad, a estas alturas, en música hemos oído —y visto, sobre todo visto— de todo. Los dúos, o duetos, mejor dicho, son consustanciales a la música que llevamos escuchando los últimos cincuenta años. El pop-rock es un género donde los artistas son proclives a mezclarse; a que un artista grabe un tema con otro que pertenezca a una esfera similar o completamente distinta a la suya, a que haya trabajos enteros de colaboraciones de un intérprete con otros diez artistas, amigos, asimilados o preparados por la compañía para relanzar la carrera del artista. Nos acordamos de dúos o duetos como The Everly Brothers, Sam & Dave o The Black Keys, pero también de Sonny & Cher, Wham!, David Bowie haciendo el ganso con Bing Crosby, KLF y Tammy Wynette y, también, Lady Gaga y la rana Gustavo, Sting y Shaggy… La lista es interminable, pero acotemos un poco. Busquemos aquellos duetos especialmente señalados por su formato —que uno de los dos sea una máquina, por ejemplo, y hablo literalmente— o cuyo resultado sea más bizarro de lo normal (y digo más bizarro, no voy a recurrir a Kike Rivera y Omar Montes, eso ya es usar otros niveles que yo ni entiendo ni controlo). Empecemos con:

Michael Jackson y…

La reata de colaboraciones que realizó en sus discos, por ejemplo, con… Paul McCartney, a este en una envolvente y ridícula/maligna operación, para no solo quedarse con las canciones de los Beatles, sino encima hacerle cantar «Say Say Say» o «The Girl is Mine». También McCartney hizo algo parecido, con Stevie Wonder, en una creación difícilmente olvidable, titulada «Ebony and Ivory». Volviendo a Jacko, incluyó en sus discos las colaboraciones de Eddie Van Halen y Slash, dos guitarristas del mundo del rock, el primero en Thriller, en el número uno «Beat It», y el segundo, en Dangerous, en «Give it to Me» y «Black or White». Si la de Eddie fue memorable, y no apareció en los créditos del disco y ni siquiera le fue pagada, lo de Slash dio para un tumulto en la prensa, debido a que hubo rumores que achacaban la ruptura de Guns n’ Roses a la relación de Slash con Jackson. En fin, asuntos de los ricos y famosos en el mundo del rock and roll.

Barbra Streisand con Donna Summer y con Barry Gibb

En una de esas campañas de las compañías para relanzar o poner al día a sus antiguas estrellas, la Columbia seleccionó en dos discos una nueva forma de vender a una de sus cantantes más definitivas, pero quizás por entonces un poco anquilosadas en el campo de la música pop. Y en 1979 publicaron Wet, donde hacía un homenaje a las canciones sobre el agua, en todas sus vertientes. Y allí venía «No More Tears (Enough is Enough)», un tema que cantaba a dúo con la reina de la discoteca, Donna Summer. Fue un exitazo.

Y al año siguiente, más éxito consiguió si cabe, en las listas de pop, con un trabajo producido y cantado a medias por Barry Gibb: «Guilty». La colección que los hermanos Gibb le prepararon a Streisand ha sido su cima en el pop.

Paula Abdul con The Wild Pair 

En plenos ochenta (1988), Paula Abdul grabó un video en el que cantaba «Opposites Attract» con un par de gatos… de dibujos animados. Además de la gracia del vídeo, que ofrecía un plan muy divertido —los gatos vintage que bailaban con Paula—, la canción era de un feliz feminismo, y Paula, como siempre, estaba genial.

Fela Borbone y su Mierdofón

Presento a Fela, lutier y programador, desde hace años y en cantidad de grupos. En la actualidad, en solitario, acompañado de sus cacharros, que son básicamente un ordenador Amstrad, con otros especímenes como el Commodore y el Sinclair ZX Spectrum. Estos dispositivos hacen sonar pequeños instrumentos de percusión —latas, bidones— y el programa que todo lo controla, que se llamar Brasatón. Además, maneja un superguitarra formada por dos pastillas elaboradas con bobinas de relé e imanes de neodimio, extraídos de una unidad de disco duro, una de ellas situada muy cerca del puente del instrumento. En 2008 sacó su primer disco, con el sello Alehop!, «La alegría de cantar», grabado en los estudios de Jorge Explosión y con la colaboración de Mike Mariconda. Aquí no acabó la cosa: con La alegría de cantar se presentó como candidato para Eurovisión ese año, pero no lo consiguió.

Manolo García y Marc Almond 

Esta es una de mis preferidas. Un cantante muy, muy británico, aficionado a las colaboraciones con otros cantantes, desde extremos como Psychic TV o Coil hasta crooners como Gene Pitney o P. J. Proby, y también versiones de Jacques Brel (un disco completo). En 1983 conoció Barcelona y se enamoró del ambiente portuario de la ciudad y de locales míticos de entonces, como Bagdad y el bar Kike. Compuso una canción inspirada en el personaje del mismo nombre «Anarcoma», el detective trans creado por Nazario. En Ibiza, su camino se cruzó con el de Manolo García, que había llegado mediante invitación de Pino Sagliocco para componer unos temas para los estudios Ibiza Sound. Manolo, que estaba a punto de formar El Último de la Fila, dejó temas para el grupo Europa 2 y una canción a medias con Jaime Stinus para Marc: el tema en español «Face to Face». Se puede encontrar en A Virgin’s Tale Volume I, una recopilación de rarezas de Marc en los ochenta. 

Raymond Scott y sus cacharros

Estamos ante uno de los músicos más importantes del siglo XX. Su obra es escuchada una y otra vez en los dibujos animados de Warner Bros. y en multitud de bandas sonoras. Y como músico electrónico su legado es tremendo. Además de su Manhattan Research, Inc., donde dio salida a mecanismos que mejoraban los ya existentes, su colección de aparatos es impresionante: por ejemplo, el Clavivox y el Electronium.

Matmos

Este dúo estadounidense de música electrónica, compuesto por Drew Daniel y Martin Schmidt, ha montado su carrera evitando los instrumentos tradicionales. Su disco de debut de 1997 incluía samples de la actividad nerviosa de unos cangrejos de río, mientras que el álbum Quasi-Objects incorporaban una canción llamada «La isla púrpura», compuesta totalmente por sonidos del cuerpo humano. A Chance to Cut is a Chance to Cure extraía música de los sonidos de la medicina moderna, e incluía samples de sonidos de liposucciones y cirugías oculares.

Germán Coppini y Nacho Cano

Este es el dúo más incomprensible de la música española. Lo vemos hoy, y seguimos sin explicarnos la razón de su existencia. Pero el caso es que estos dos músicos, en principio opuestos, se juntaron para grabar tres canciones en un disco que es la reoca. Desde la portada, una primorosa foto de los dos protagonistas disfrazados de cantantes medievales, a las canciones, de temática infantil o casi neonatal, un delirio que hasta funcionaba. «Dame un chupito de amor» será un clásico de la música más bizarra hecha en España en los ochenta.

Delia Stevens

Sónicamente tan aventurera como su tocaya en el BBC Radiophonic Workshop, Delia Derbyshire, la percusionista profesional Delia Stevens sacudió el Show de Flores de la Real Sociedad de Horticultura en Tatton con una agitada pieza que incorporaba los sonidos administrativos de una grapadora, unas tijeras, una carpeta clasificadora, cinta grabadora y la omnipresente taza de té. 

La Colitis Vasilona

Este es un dúo que ha sido sistemáticamente olvidado, relegado, justo desde el momento en que salió su primer disco, que fue censurado ipso facto al llegar a la emisora de radio. Se dieron a conocer en la primera edición de los premios San Isidro Rock, que no ganaron, pero pudieron plasmar un tema que luego salió en el elepé. Allí salían en la portada Chema Lapuente y Paco Rodríguez como aparecían en las actuaciones, como superhéroes. Un disco digno de ser incluido en los Incredibly Strange Music, como dice Luis Lapuente.

The Sex Organs

«¡Intergaláctico sex n’ roll del espacio exterior! ¡Una odisea del espacio, primitiva, con trash y garage!» Así se presentan ellos mismos, Jackie y Bone, que en 2014 montaron este dúo expresamente para el Funtastic Dracula Carnival en España y se han convertido en una atracción para todos los festivales. Ya han grabado su primer disco Intergalatic Sex Tourists en Voodoo Rhythm Records, en cuya portada los podemos ver como salen en vivo, con sus peculiares disfraces de órganos sexuales. 

Kanui & Lula

Una variedad del dúo musical: el matrimonio. William Kanui y su mujer Lula, de las islas de Hawái, tocaban respectivamente la guitarra hawaiana y el ukelele, y ella bailaba el hula. Fueron una pareja muy influyente en su tiempo, puesto que mezclaban los ritmos de la música tradicional hawaiana con números de vodevil. Grabaron en 1922 en Alemania y en 1933 en Francia.

Allen Brothers

Esta es una de las historias más desopilantes —y van…— que nos ha dejado la old timey music. Estos hermanos, nacidos en Sewanee (Tennessee) a comienzos del siglo XX, aprendieron a tocar instrumentos desde pequeños. Austin prefirió el banjo, y Lee la guitarra y el kazoo, y muy pronto se hicieron populares en las comunidades que vivían alrededor de las minas de carbón. A finales de los años veinte, la Columbia les ofreció un contrato por su música divertida y para bailar. Hasta aquí todo normal: el primer disco fue un éxito, y cuando fueron a sacar el segundo… ¡lo encontraron con la etiqueta «Race Records», cuando ellos eran hillbillies. Al final, se cambiaron a Victor, porque no les convencieron las explicaciones de su primera compañía discográfica. 

Prussian Blue

Otra variedad de familias musicales, esta vez, gemelas y además nazis. Sí, sí, como lo oyen. Lamb y Lynx, dos adolescentes de Bakersfield (California), hicieron un dúo musical porque se lo mandó su señora madre, que es la que operaba en la sombra, en cuyas canciones hacían declaraciones nacionalsocialistas. Estuvieron en activo entre 2004 y 2008, año en que las gemelas se distanciaron de su madre y sus ideas, dejaron el dúo y optaron por hacerse activistas por la legalización de la marihuana.

Caballé y Mercury

Terminamos como no podía ser de otra manera: en lo más alto. Dos divas de dos mundos distintos se unieron en «Barcelona». Tiene esta historia algunos detalles que la hacen más grandiosa que la propia canción, encargada a Caballé por el Comité Olímpico para 1992, y que ella compartió con Mercury, quien le confió que estaba enfermo de sida y que no le quedaba mucho tiempo. Así, su actuación en Barcelona junto a Montserrat fue la última de su carrera: falleció meses después.


Lo escribo pa divertirme: malas caras entre Residente y otro que le dicen J Balvin

Residente j balvin
Residente en el BZRP Music Sessions #49. Imagen: Bz Musis.

Riing, riing. Suena el teléfono. En realidad no suena el teléfono, porque todo es mediante Whatsapp, ya saben. Pero es que cada móvil tiene tono diferente ahí (el mío es como gruñir de chon), y la cosa pierde impacto, y reproducir dos «hola, qué tal» porcinos es superdifícil, y nos quedamos con lo clásico. Así que ring, ustedes me entienden.

Riing, riing, suena el teléfono. 

¿Marcos? Sí, hola, qué tal… mira, soy A., de Jot Down. Sí, A., nos ponemos iniciales como en las novelas malas de Ray Loriga, las de niñatos pijos madrileños. En, fin, nada, que quería… ¿oye? ¿Marcos? Sí, perdona, a veces se va la conexión, es que estoy en alta mar, con el yate, ya sabes… pescando atunes, sí. Bueno, pues eso, que era para encargarte un artículo. No, para mandarte a un cubículo no, para encargarte un artículo, puto teléfono de los cojones. Sobre la polémica entre J Balvin y Residente. ¿Marcos? ¿Estás ahí? Silencio. Silencio. Ah, sí… J Balvin… sí… lo conozco… espera… ¿ese es el que sale como novio de Phoebe o el que acosa a Sharon Stone en aquella peli mala? Silencio. Silencio. Silencio. Jaja, qué cachondo eres, lo vas a bordar, queríamos alguien de tu estilo para hacer esto. De mi estilo. De tu estilo. ¿Alto? Bueno, más de tu estilo cronológico, jajaja, lo bordas, lo bordas. Ah, ya, ese estilo. Silencio. Silencio. Silencio. Nadie más quiere escribirlo, ¿no? Espera, que te estoy perdiendo… ¿Marcos? ¿Marcos? Bueno, nada, imposible mantener una conversación, ya me mandarás la pieza. 

Clic (solo que los teléfonos ya no hacen clic).

Bien, vale, más triste es robar o hacer información política, pienso. OK, tú puedes, tú puedes. Primer paso… documentarse. Acudir a bibliotecas, archivos, un par de catas arqueológicas. Lo que es buscar en Google, vaya. Sorpresa inicial, ojito al sutil juego de palabras… J Balvin no es Jota Balvin (yo tenía un amigo al que llamábamos Jota… bebía cantidad y ahora trabaja en el sector bancario, porque la vida es una continúa decepción), sino Llei Balvin, como Homer Llei Simpson, el desaparecido Llei Hindley y Lley Lethal, del pressing catch. Vaaale… primer obstáculo superado. Por cierto, pude contar no menos de 7658 «Jays» en el mundillo del rap, el hip hop, el trap, los ritmos urbanos, el reguetón y esos grupos que meten autotune mientras una cabra sube escalerillas. Digo yo que habrá más nombres.

Como soy reportero totalmente entrado en la modernez preguntó por fax a mis contactos dónde podría enterarme de toda la salsilla. Pues mira, hay varios streamers tratando la polémica, ha sido un bombazo. Vale… varios streamers. Yo sé quién es el Xokas, ese que está siempre enfadado y habla como si tuviera resaca perpetua. Conocí a varios así, en el barrio, solo que ellos te sacaban una navaja si no les dabas veinte duros, así que esto es mejor. Jajaja, es que eres la monda, gilipollas… No, mira, te vas a ver el vídeo de Ibai Llanos. Mira, ese también me suena. Es curioso, porque intento odiarlo con toda mi furia canosa, pero no consigo que el tipo llegue a caerme mal. Así que venga, a por ello.

(Elipsis mientras veo el vídeo de Ibai Llanos. Una elipsis es un salto temporal narrativo durante el cual ocurren cosas que nos son hurtadas. Lo explico por si ustedes solo consumen series).

Vale, la cosa es gordísima. Pero gordísima, macho. Menuda ensalada de hostias. A un lado está el tal Residente, que antes cantaba con Calle 13 (estos me resultan vagamente familiares), y tiene un montón de Grammys, pero la mayoría son Grammys latinos, ese premio que tú dejas olvidado en el bar la noche de autos y al día siguiente dices, nah, pa qué, si está como a dos paradas de autobús. Y luego viene el J, que… en fin, que sale en las fotos con pelos de colores y eso, y se ha marcado una inversión guapísima con el Hammond electrónico que le regaló por su cumpleaños la abuela Mari Pepi.

Resulta que el segundo llamó a boicotear los Grammys (en serio, hay que tener un sentido del humor inmenso para ponerle «grami» a una ceremonia musical), y daba la casualidad que justo este año él no tenía nominaciones (ojo, no tenía nominaciones en los Grammy latinos… es como no pescar ningún patito en los patitos de las ferias… ¿siguen existiendo los patitos de las ferias?, esos que daban peluches horrendos, los que luego regalabas a alguna mozuca bien guapa, los que apartaba el malote del insti dos findes después para que no molestasen en pleno furor). Así que la cosa sonaba un poco a «pues no me invitas y me pico y le digo a mis colegas que tampoco vayan». Una boutade, un pourparler, el típico paisanuco que quiere ser protagonista en bodas y funerales, aunque no lleve traje blanco y respire…

Bien, hasta aquí todo diáfano.

Lo que hizo Residente es decirle, mira J (dígase Llei), mira J, es incorrecta tu postura, deberías reflexionar, con todo el respeto que tengo a tu persona me atrevo a decírtelo, hay mucha gente para la que estos saraos tienen su importancia, gente que quizá no ha tenido tanta suerte como tú en nuestra industria maravillosa, esa que nos acoge a ambos. Amigo mío, frater, monstruo… un lapsus calami, un castigat ridendo moris, un apretón de manos y a casita. Y quosque tandem abutere, Catilina, etcétera, ya sabes. Solo que lo hizo a su manera. Cantando, poniendo rimas asonantes malsonantes. Más puñaladas que en un congreso regional de cualquier partido político.

A mí estos asuntos me encantan, porque los feudos chulos tienen la gracia del pique. Como Shawn Michaels, y el Undertaker, y Jimmy Estaca Dugan (que solo gritaba como si hubiese recibido demasiados golpes en la cabeza, pero vale como guiño generacional). Así que bien. Bravo, Residente. La oreja, (p)residente, como cantaban Reinci (a esos sí los tengo más trataos, ya ves tú). Tampoco esperen ustedes bofetones entre Quevedo y Góngora, ¿eh? Digamos que la cosa tiene ripios que harían sonrojar al mismísimo Sabina (es coña, tiene experiencia), pero también sigue un cierto esquema en lo argumental e incluso, por qué no decirlo, en el plano narratológico que uno no puede por menos que apreciar. Vale… «Cuando mi palabreo se derrama / vertical y horizontal como en un crucigrama» es la obra de un chiflado, un jeta o un genio (de la cara dura, aunque genio), pero hay momentos que te arrancan sonrisas, porque los buenos golpes siempre arrancan sonrisas. Al menos los que no son físicos, los otros ya tal. Y escuecen, ¿eh? A ver… ejemplucos. «No se puede ser el líder, el campeón de campeones / si te escribieron todas tus foking canciones» (ojo al anglicismo, sutilmente incorporado) o «tragó más leche que un condón, por cada mamada subía un escalón» (eso ha dolido, colega). En fin, aprecian tono. Ah, el estribillo dice que el señor Residente hace todo esto solo «pa divertirme». Hedonismo, lo apruebo. 

(Por cierto, debe ser un descojono ver a Residente dando su dirección postal). 

Y hay componente filosófico, dijimos. Sobre tres planos. A saber… ontológico, epistemológico y lógico. Del primero poco que decir, ya lo habrán sospechado. Residente no hace sino citar de forma sutilísima el mito platónico de la caverna, al considerar que Llei es solo pálido reflejo de su realidad. Vamos, que te engaña, tío, te engaña. Desde un punto de vista ético parece no muy convencido con que su colega no siga el imperativo categórico kantiano, que él aplica, en sofisticadísima estrategia conjunta, imbricado al maximin de Rawls, de ahí la referencia del organigrama comunitarista de su género musical. Claro, todo esto ya lo sabían, pero es proscenio ineludible para comprender la tesis principal. Y es que Residente integra el prisma ontológico dentro de todos los posibles prismas epistemológicos y, a su vez, los reduce a lo meramente lógico. Pero lo hace de forma peculiar, porque pudiésemos tener tentación de subsumir lo lógico en lo dialógico (siguiendo a Hegel y, más tarde, Fichte, referentes claros en esta batalla de egos), aunque en tal caso estaríamos errando. No busca Residente confrontación, sino hostia definitiva, en un referente menos cercano al idealismo alemán que a los primeros rounds de Mike Tyson. Otra cosa es que tal respuesta llegue, aunque lo haga envuelta en un toque de ironía posmoderna braudillardiana que, supongo, a nadie pasa desapercibido. 

(Igual que a nadie pasa desapercibido el MUY POCO APEGO que tienen estos simpáticos mozos por el punto siete del Tractatus logico-philosophicus).

Pero hablábamos de Braudillard, respuestas y esas cosas. Digamos que Balvin tiene a) mucho sentido del humor; b) un agudo olfato crematístico; o c) menos luces que Pyongyang el 24 de diciembre. Vamos, que el tío cogió algunas frases especialmente gruesas, las descontextualizó de forma cuqui y, ojo… hizo merchandising con ellas. Que ya debes ser ruin para hacer mechandising con eso, pero chico, yo qué sabré, si tengo una camiseta de Los Suaves que es manifiestamente indestructible, si gasto menos en ropa que Isabel Díaz Ayuso en libros de Javier Marías. Bueno, al Residente esto le sentó regular, porque Llei estaba haciendo pasta con el rollo, y tampoco es plan, dame cien pelas pal autobús, la idea fue mía, tú solo entretuviste al camarero. Vamos, que otro follón, porque a estas alturas todo va de follones. Ah, Residente dice que Llei es racista, así que este último acto de colonialismo pecuniario le sentó como una patada en los mismísimos («tú no me robes mis millones, que eso es patearme los cojones»… la letra es mía, te pintarrajeo un disco en dos tardes, contactos por MP). Al parecer sus amigos intentaron mediar (sus amigos también tienen nombres peculiares, y peinados peculiares, y hacen ripios peculiares), y ambos firmaron armisticio. Pero rollo Versalles, mirando mal, la siguiente te pego así, a mano cambiada, curtiendo bien el morro, hondonadas de hostias van a llegar. Vamos, que sigue esto. Como pasó siempre, por otra parte, recuerden a Bernini y Borromini (comparación totalmente flipada).

Y hasta aquí el asunto. Ya lo siento si esperaban algo rollo intelectualoide, tipo Camus y Sartre. No me da la cosa para tanto, aunque soy majete y tengo buen pelo. Les mantendremos informados todo lo que pase en el futuro del mundillo artístico y cultural en este, su medio de referencia.


Mundo Battiato, una parada en Villa Grazia (y 2)

Franco Battiato Antonello Nusca
Franco Battiato. Fotografía de Antonello Nusca.

(Viene de la primera parte)

4.

Desde el exterior Villa Grazia no permite muchos encuadres que permitan verla por dentro. Hay que recrearla más bien tal y como aparece fugazmente en los videoclips que Franco Battiato rodó en el jardín y en estancias interiores. Lo hizo muchas veces acompañado de Manlio Sgalambro, el filósofo de la aspereza llevadera, con quien tantos años compartió amistad, creatividad y reconocimiento mutuo.

En la cañera y guitarrera «Strani giorni» («Días extraños»), del disco L’imboscatta (1996), aparecen imágenes chocantes y amalgamadas de la actualidad de entonces. Se mezclan con fotogramas de películas, imágenes documentales y otras secuencias rápidas e inconexas de lectura metafórica. Aparece Battiato de pie en las zonas ajardinadas. También lo vemos jugando al billar o sentado junto a sus cuadros (pintados por su alter ego Süphan Barzani). Se ven chispeantes pantallas de ordenador y aguadas con dibujos de derviches. De forma fugaz, aparece también la erupción de lava de un volcán, probablemente el Etna. La canción comienza con esta frase en inglés (con el ya citado y muy pétreo inglés battiatiano): «In nineteen forty five I came to this plaaaaaanet». En efecto, Franco Battiato llegó a este planeta, bajo el signo de aries, un 23 de marzo de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial, uno de cuyos teatros principales había sido Sicilia precisamente, aún no había terminado. En «Strani giorni» la acompaña la británica Nicola Walker Smith, haciendo dúo y puliendo la lengua de Shakespeare.

En otro videoclip, lo que podríamos considerar como un rapto de canción protesta y un aliño también de ciencia existencialista, se halla en «Ermeneutica» (del disco Dieci stratagemmi, 2004). Vemos a Battiato en el estudio de grabación de la casa. Otra imagen lo capta leyendo un libro de Manlio Sgalambro, De mundo pessimo, mientras el propio Sgalambro aparece en su aula como profesor de la Universidad de Catania, adonde acuden, como si fueran alumnos, el propio Battiato y la cantante que lo acompaña en la canción.

Por otra parte, uno de los estribillos más pegadizos en sus conciertos en Italia hacen referencia al eje horizontal de la materia y al eje vertical del espíritu: «La linea orizzontale ci spienge verso la materia, / quella verticale verso lo spirito». Se recoge en la canción homónima del disco Inneres Auge (2009). Su título, escrito en alemán, remite al llamado misteriosamente como el tercer ojo, que se alcanza cuando el meditador, tras domeñar el caótico magma interior, halla por fin un estado superior de consciencia. La letra contiene calderilla de ironía política (alude a la rocambolesca era Berlusconi), pero también hay referencias al misticismo interior, que apela al «inneres auge», lo que permite disolver las miserias de la traviesa horizontal de la vida: la realidad.

De nuevo aparecen aquí Battiato, con cierto aura de escritor de libros de autoayuda, y Sgalambro, quien canta al inicio con voz electrónica. Al final el músico se balancea en una hamaca del jardín, bajo árboles y palmeras. Vemos de nuevo las estancias interiores de la casa, con puertas y ventanas de cristales pintados, parecidos a los de las sacristías, que podrían formar parte de la capilla de Villa Grazia (fue aquí donde se celebró el íntimo funeral por el descanso de su alma 18 de mayo de 2021).

Hay más videoclips y pasajes de películas y documentales dirigidos por Battiato que remiten al lugar donde estamos: Villa Grazia. Pero hemos de seguir adelante.

5.

Por el documental Le Nostre Anime (2016) sabemos cómo discurría el día a día de Franco Battiato en su residencia, de la que apenas salió ya en los últimos años. En especial se hace alusión al recogimiento físico que envolvía al cenobítico Battiato en su habitación. Se levantaba entre las 3.30 y las 4 de la madrugada. Solía quedarse a solas en el vacío de su cuarto, una hora o dos, según el día. Hacia las 6 de la mañana comenzaba el espectáculo del mundo: el alba. A las 7.15, el desayuno. Después, el tiempo dedicado a la lectura. Si optaba por la pintura, convertido en Süphan Barzani, las horas discurrían sin unidad de tiempo mortal.

Sería un error considerar que Villa Grazia se convirtió con los años en un castillete donde el artista, cual misántropo, halló refugio a salvo del mundo. No hubo egolatría ni reclusión interior llevada por la antipatía. No ocurría, aquí en Milo, lo que sí le pasó en aquellos años oscuros de finales de los 60 y muy primeros 70, en las nieblas del norte milanés, donde el neófito Battiato vivió imbuido en una especie de delirio creativo poco o nada aireado, del que saldrá su primera canción, titulada «La torre» (especie de oda pagada y vana a la juventud). Como Hölderlin, como Montaigne, el veinteañero Battiato decidió recluirse herméticamente con la casi única compañía del sintetizador VSC3. Se entregó de tal modo a la investigación creadora y psicodélica que sufriría, como reconocerá después, algún que otro desequilibrio psicológico.

Villa Grazia, como decimos, viene a ser otra suerte de reclusión, pero mucho más feliz, donde cierto estado de ausencia le permitía no obstante estar presente, y donde la alegría de la vida germinaba en el espíritu, igual que en las plantas del jardín, lo mismo que en los tomates del huertecillo aledaño.

A sus sesenta y nueve años dio permiso para que esta misma revista, Jot Down, por medio de Irene Hdez. Velasco, le hiciese una entrevista. Por entonces, siete años antes de su muerte, Battiato estaba dándole vueltas a su documental Atravesando il Bardo (el bardo es una palabra del budismo tibetano que remite a lo que espiritualmente sería un «estado intermedio» o cierto «estado de transición»). Por su cabeza rondaba ya la idea de la parca: «Estoy en silencio, apartado, precisamente porque he decidido una vía mística y sé lo que sucede después de la muerte».

«¿Y qué sucede cuando uno muere?». La pregunta de Irene es la que todo preguntón y preguntona le habría hecho de inmediato. Battiato le respondió cual monje tibetano: «Cuando uno muere la tierra se disuelve en agua, el agua en fuego, el fuego en el aire, el aire en el espacio y, en el espacio, es donde llega la conciencia, nuestra conciencia».

En la entrevista, Battiato luce para la ocasión cierta prestancia sutil, la de un dandi. Chaqueta y pantalón de vestir, camisa blanca, pañuelo al cuello y deportivas tipo runner. Habla de su picoteo espiritual y animista entre religiones, sin olvido del singularísimo maestro Gurdjieff y su teoría del Cuarto Camino, que lo llevará a estudiarlo y conocerlo durante unos años maravillosos. El método Gurdjieff, aseguró entonces, le hizo cambiar de signo zodiacal: dejó de ser aries.

Su idea de Dios era heteróclita, insondable, como la iridiscencia de luz que envuelve al significado de la propia palabra: Dios. «Dios es amor puro, y antes de llegar a él hace falta verdaderamente mucha, mucha paciencia», le dirá a la periodista. En «I’m that» del álbum Dieci stratagemmi, canción trufada de espiritualidad, Battiato acaba diciendo en la letra que solo es un músico, no un musulmán, ni un hindú, ni un budista, ni un cristiano. La contradicción fue una constante en su carrera.

Periodista y músico conversan también sobre Italia, pues el número de Jot Down de aquel entonces (diciembre de 2014) es un especial dedicado al país transalpino. Pero la charla va y viene de nuevo por los lares evanescentes del espíritu. Battiato habla de reencarnación, a la que se alude en Atravesando el Bardo. Dice que en cuarenta y nueve días, los cuales divididos de siete en siete son exactamente siete, hay gente que por el modo en que ha vivido ni siquiera entra en el Bardo, sino que va a algún que otro reino interior. Puede convertirse en un perro (¿como doña Grazia?), en una serpiente o en un conejo. Añade que cuando uno consigue completar este camino de siete fases y llega al último escalón, esto significa que no vuelve al planeta donde ha estado. O si vuelve a él, es porque decide volver y a dónde volver, en qué útero entrar, lo que ciertos budistas llaman «rinpoche».

A la pregunta de dónde o en qué le gustaría reencarnarse, el artista responde con una battiatada sacada de su repertorio más genuino: «Esto no lo sé, sinceramente. Solo sé que estoy mejorando en los últimos tiempos». Ambos recuerdan, entre risas, que el propio dalái Lama había dicho que le gustaría reencarnarse en la propia Italia.

En otro punto añade: «He atravesado diferentes muertes en los últimos tiempos. Me estoy acercando. Y es interesante esta cosa».

6.

La «cosa», en fin, le llegó en la ya citada y luctuosa fecha del 18 de mayo de 2021. A medida que empeoraba su estado, bajo la decadencia neurológica, solía hablar por teléfono con su amigo Guidalberto Bormolini, el sacerdote católico que, al verlo en fotos, nos ha sorprendido por su pelambre entrecana y por sus barbas de pope del monte Athos. Será él quien, de hecho, oficiará el íntimo funeral en la capilla de Villa Grazia.

Hace menos de un mes (y justo aquí donde nos hallamos ahora), salía por una de las puertas de la casa el coche fúnebre que transportaba el ataúd de Franco Battiato. Tras los cristales se veían ramos de rosas blancas y amarillas. En las rejas y sobre los muros rosados de Villa Grazia los vecinos habían dejado velas, flores y carteles en los que se leía una frase de «La cura» («E guarirai da tutte le malattie», «Y curarás de todas las enfermedades»), así como un sentido «Ciao Franco». «La cura» es considerada como una de las canciones más bellas de todo tiempo compuestas en Italia. La pura esencia battiatiana se halla en sus melifluas estrofas, ideadas por Battiato y Sgalambro: «Superaré las corrientes gravitacionales, el espacio y la luz para no hacerte envejecer».

Al modo común siciliano, como en tantas iglesias de pueblos y ciudades de la isla, se pusieron varias esquelas mortuorias que recordaban al ilustre finado de Milo: «Comune di Milo. Lutto Cittadino FRANCO BATTIATO».

El coche fúnebre salió de la casa con la parsimonia debida. Lo hizo en dirección contraria a donde teníamos aparcado el coche, con vistas a la costa. Giró a la derecha y subió por una ligera cuesta, camino de su incineración en Milo. Invitados y familiares permanecían asomados a la calle desde el interior de Villa Grazia. Quién sabe ahora si las lagartijas, en aquel justo momento, estaban cruzando la calle sin que nadie se percatara de su presencia, en recuerdo de «Giubbe rosa». Periodistas, carabineros, personal de la funeraria, vecinos y fans del cantante (la mayoría de cierta edad), acompañaron al féretro con aplausos y algún que otro grito comedido: «¡Grande!»

Hemos leído mucho tiempo después que, al parecer, Villa Grazia podría convertirse en una casa-museo dedicada al artista. Su sobrina, llamada Grazia como la matriarca (hija de su hermano mayor Michele), es la albacea y heredera de la obra battiatiana. Veremos si su legado se respeta adecuadamente y no sufre desviaciones dolorosas y agraviantes, algo que hoy por hoy se nos antoja improbable.

En nuestro adiós a Villa Grazia no visitamos el pueblito de Milo, sino que bajamos directos hasta Giarre-Riposto, en dirección a la costa y a la autopista hacia Catania y Siracusa, nuestra siguiente parada en Sicilia. Días antes, en el apartamento de Palermo que habíamos alquilado, escuchamos casualmente algunas canciones de Franco Battiato. Era la hora del desayuno y procedían de otra casa vecina. Todo ocurrió con agradable espontaneidad. Luego, en el popular cruce de Quattro Canti, escuchamos también sus melodías y canciones a través de los habituales músicos ambulantes. No nos gustó demasiado tanta recurrencia, pues nos parecía, quizá tontamente, que era como una suerte de profanación.

Por la autopista hacia Catania, cuyo paseo marítimo lleva ahora el nombre de Franco Battiato, pusimos la única música posible en ese momento en el coche. Ya en Siracusa, bajo un calor aplastante, compramos en una librería la biografía del cantante escrita por Aldo Nove, aparecida aquí en Italia un año antes de su muerte. La librería estaba muy cerca del aparatoso santuario modernista de Nuestra Señora de las Lágrimas, que domina Siracusa y cuyo cono de hormigón armado de ciento tres metros de altura se ve desde los predios milenarios del teatro griego.

Entramos al santuario como quien se adentraba en la inmensidad diáfana de una nave interplanetaria, tarareando para la ocasión la «Vía Láctea» de Battiato. Se nos disculpará la ridiculez. Nos pusimos bajo la gran cúpula cónica, por cuyos huecos se colaban haces de luz diurna que invitaban a descifrar misterios insondables. Nos pareció que eran como corrientes gravitacionales, mecánicas divinas fuera de la lógica circular de los hombres. Deben entendernos. Hacía menos de un mes que había fallecido nuestro divo, «Il Nostro», como lo llama Eduardo Laporte en su libro. Todo o casi todo tenía ya una doble lectura, natural y críptica, presente y regenerada. La vida misma.


Mundo Battiato, una parada en Villa Grazia (1)

Villa Grazia 1 Franco Battiato
Franco Battiato, ilustración de María Jesús Casermeiro.

1.

La luminosa Sicilia, con su amplia oferta de seducciones, ofrece desde el pasado año un aliciente alternativo para visitarla desde la intimidad. Un viaje, por así decirlo, que podría tener algo de responso. Por eso hay quien, como nosotros, decide viajar a la isla con la idea un tanto amorosa, naif y fanática de llegar al pequeño pueblo de Milo, en concreto a Villa Grazia, la residencia donde vivió Franco Battiato hasta su muerte a los setenta y seis años, ocurrida el 18 de mayo de 2021.

Nos plantamos en Villa Grazia casi un mes después del óbito. Traíamos un pequeño presente para dejarlo allí, a modo de exvoto particular. Era una caricatura original del artista siciliano, dibujada por la pintora María Jesús Casermeiro, que lleva la leyenda «¡Viva Franco! (Battiato)» y que, entre otros disparates, da nombre a una sección de opinión en el rotativo Diario de Sevilla. Entregamos la caricatura en un sobre, al que añadimos una nota improvisada escrita en inglés: «A present from a fan of Franco (from Spain, Sevilla-Siviglia). Never forget you. Thanks for all. Yours, Javier».

Más allá de la perforación de la gramática inglesa, la nota nos resultó de lo más simpática, sobre todo porque nos acordamos al escribirla de la dura pronunciación que del inglés siempre hizo uso Battiato en sus canciones. De entre su talento único y heteróclito a la vez, el acento en lengua extranjera no fue su fuerte. Pero este lastre, con el tiempo, se ha convertido en otro más de sus encantos.

2.

Habíamos dado al fin con Villa Grazia siguiendo una ruta interior por la isla. Desde Nicosia y Randazzo hasta Castiglioni di Sicilia, a la vera de los montes Nebrodi y Peoritani, fuimos oteando a lo lejos la boca del Etna, «el enorme gato casero, que ronronea tranquilo y despierta de vez en cuando», como lo describiera Leonardo Sciascia. Entre campos de color pajizo y curvas montuosas que se perdían por la lontananza, asomaba al fondo lo que más bien parecía no un volcán, sino unas misteriosas señales de humo, al modo de los indios arapahoes del tiempo de la conquista del oeste americano. El año pasado, en pleno rubor de primavera, el Etna volvió a despertarse una vez más. De ahí la fumarola visible desde la carretera, la cual atravesaba el paisaje interior de la isla que, poco a poco, íbamos descubriendo, valorándolo más por su austeridad que por el drama de sus formas, colores y texturas, como tal vez lo habíamos imaginado con cierto exceso de confianza.

Hicimos parada previa en el pueblo de Castiglioni di Sicilia, uno de tantos pueblitos que de pronto aparecen en el horizonte, normalmente agarrados a lo alto de una peña. Fuimos a visitarlo porque la guía turística aseguraba que era uno de los pueblos más idílicos no solo de Sicilia, sino de Italia. No fue para tanto, la verdad sea dicha. Pero desde los puntos altos del villorrio volvimos a contemplar el Etna y el humo de puro habanero que desprendía bajo la luz del sol. 

A partir de Castiglioni di Sicilia pusimos rumbo a Milo y a la casa de Franco Battiato. Nos metimos por carreterillas imposibles y embudos peligrosos, surcando la falda nordeste del Etna, mientras señales de precaución y montones de ceniza apartados en los bordes nos indicaban que todo el entorno pertenecía a los dominios del volcán, si bien lo que íbamos dejando atrás no eran más que zonas poco o nada sugerentes a la vista, núcleos residenciales dispersos, terrenos híbridos y poca cosa más.

De hecho llegamos al fin a Villa Grazia con la ilusión del reclamo un tanto diluida. De modo —nos dijimos— que esta residencia burguesa, que estos muros rosáceos, que estos árboles del jardín que asoman desde dentro han formado parte de la vida y del mito battiatiano. He aquí, pues, el lugar apartado, casi convertido en un cenobio, donde el músico alumbró tantos discos, donde pintó al olvido de las horas, donde meditó día y noche, donde cultivó su huerto de tomates, donde recibió a amigos, músicos escogidos y algún periodista, y donde permitió rodar más de un videoclip musical.

Más sencillo habría sido para nosotros subir hacia Milo desde Giarre-Riposto, la localidad donde nació Battiato en 1945 y que, de hecho, puede contemplarse desde Villa Grazia, con el mar Jónico de fondo y el perfil de la costa oriental siciliana perdiéndose por el nordeste, hacia Taormina y el estrecho de Mesina. Subir desde el mar hasta Milo habría sido más lógico. Pero nosotros lo hicimos desde tierra adentro, por entre la ceniza del Etna, como quien dice.

En Torneremo ancora, su obra testamentaria, se dice que «la vida no termina. Es como el sueño. El nacimiento, como el despertar. Hasta que no seamos libres, regresaremos de nuevo». Ahora, pasado un tiempo ya de aquella visita a Villa Grazia, la evocada ceniza del Etna nos hace pensar en algunas escenas rodadas para Torneremo ancora, como las de la zona de Argimusco, un lugar al que le gustaba ir a Battiato por su carga espiritual. Era para él como un espacio no contaminado por el ser humano, allí donde empiezan viajes y transmigraciones de las almas, donde la no pertenencia y donde la vida, junto al volcán, se regenera. Quizá debimos habernos traído un puñado de ceniza, para tenerlo como recuerdo de un destino probablemente compartido. Pero se nos pasó la ocasión.

3.

Aupado ya al éxito, pero sin corromper su inconformista viaje al centro, el músico se hizo construir su residencia privada justo aquí, en Milo, en los terrenos del antiguo castillo de invierno que fuera de los Moncada, familia de abolengo siciliana, pero de ancestros catalanes (Montcada). Como es sabido la llamó Villa Grazia en honor a su madre, la mamma con la que estuvo tan unido y que tan poco pudo disfrutar de aquel hábitat situado entre los humores del Etna y el mar de Jonia. Murió en 1994, en el paréntesis que va del disco Café de la Paix (1993) a L’ombrello e la macchina du cucire (1996). Entre otras estancias, como el enorme salón de baile que se construyó y un estudio de grabación, se habilitó también una capilla para que la matriarca y quien así lo quisiera pudiera celebrar la misa.

Los muros rosados de la casa, construida un poco en cuesta, abarcan los números 57-63. Hay varias entradas a la residencia. Pero en general, como hemos dicho, a primera vista la finca no dice nada sugerente al visitante, ni siquiera al peregrino battiatiano. No más que el aspecto de un mero espacio burgués, pero que sí responde, cuando reparamos en ello, a la letra de la irónica canción «Giubbe rosa» («Casaca roja»), del disco homónimo, como recuerda Eduardo Laporte en su reciente biografía sobre el músico (En presencia de Battiato).

Dice Battiato en «Giubbe rosa» que vive en esta casa de la colina, que gasta dos mil liras en gasolina, que solo coge el coche tres veces al mes, que baja al mercado para comprar pescado y collares para los perros en la farmacia, que observa los limoneros y naranjos y las lagartijas que lentas cruzan la calle («qué diferente e igual su mundo del mío»).

La verdad es que no vimos lagartijas por la calzada. Una lástima. El coche lo dejamos a un lado, en un saliente con vistas al mar. Un perro amistoso se nos acercó. Quiso frotarse en las perneras del pantalón. Pensamos en doña Grazia, la madre y, al cabo, la presencia áulica y reencarnada que impregna todo el entorno. Durante un tiempo Battiato, creyente en la reencarnación (una de sus fuentes fue el Evangelio de san Mateo), llegó a creer que su madre se había reencarnado en un cánido. Nada sorprendente en quien, como suele decirse recurrentemente, vivía en diferentes corrientes gravitacionales, igual que su admirado Stockhausen, músico experimental y a menudo imposible, quien dijo que provenía de Sirio, la estrella más rutilante del firmamento.

Las lagartijas. El perro y la mamma. Restos de ceniza del Etna en el asfalto. Poco a poco íbamos entrando en combustión de autor, como si la presencia de Battiato, cuyos restos incinerados se hallan en Villa Grazia, fuera tomando cierta vibración. Sin embargo, el principio de encanto se lo cargaron un par de moteros, que venían a lo mismo que nosotros. Nos preguntaron si esta era la casa del famoso músico recientemente fallecido. Asentimos con la depresión de intuir que tal vez colgarían al instante sus fotografías en redes sociales.

(Continúa aquí)


Nacer para la música (y 2)

Lady Gaga en el vídeo Born This Way nacer para la música
Lady Gaga en el vídeo «Born This Way». Imagen: Cordon Press.

Que vuelva la juventud a sentarse por aquí, pues seguimos con la segunda parte de «Nacer para la música».

«Born to Be Blue». Chet Baker se levanta con resaca en una habitación extraña, desconoce el nombre del hotel, de la calle, de la ciudad y hasta del país donde está. Se mira al espejo, nunca olvidará su paso por la cárcel. La trompeta descansa en su funda y ahí debe permanecer de momento. Entonces suena un piano que juega al blues y una guitarra que insiste en el jazz, y Chet se lanza a cantar con su voz dulce y penetrante. Es la típica historia de chico y chica que beben los vientos el uno por el otro, el cielo brilla, la vida es hermosa, pero entonces chica deja a chico por razones que no vienen al caso, todo se nubla y nada ya tiene sentido, chico había dado por hecho que el amor era irrompible, chico entonces se agarra a su trompeta y a la noche como clavo ardiendo, chico se hace un poco cabroncete y golfo, chico ya nunca querrá a nadie más que a él mismo, a veces ni eso, y a su instrumento, todo aderezado de heroína, chico se mete en muchos líos, ahostian al chico y lo dejan sin dientes y tiene que replantear su forma de tocar, chico no levanta cabeza y acaba despanzurrado en una calle de Ámsterdam tras caer en extrañas circunstancias por la ventana. Descansa en paz, Chet.

«Born to Cry». Verdadero himno a la ruptura sentimental de Pulp. Es melancólico, irónico, épico. Sencillo. La voz como desafinada y moqueante de Jarvis Cocker da el tono perfecto a una magnífica letra que comienza diciendo que «That coat that I gave you/ All shiny and black/ I’m sorry my darling/ But I’m taking it back», ese abrigo que te di (regalé), todo negro y brillante, lo siento cariño, pero devuélvemelo. Bravo. Y después, «Some were born to change de world/ Some never even try/ But darling you and I/ We were born to cry», algunos nacieron para cambiar el mundo, otros ni siquiera lo intentan, pero tú y yo, cariño, nacimos para llorar. Britpop del bueno.

«Born on the Bayou». Algunos no se sienten los elegidos ni creen estar predestinados para nada, lo que piensan que te marca es algo más terrenal, el lugar donde naciste y te criaste. En todo caso: ¿quién dijo que para escribir sobre algo hay que conocerlo a fondo? Un buen ejemplo es este artículo. John Fogerty no había pisado todavía los terrenos pantanosos de Luisiana cuando, sentadito en California y echándole imaginación, escribió este tema denso, atmosférico, primordial. Todo gira en torno a un acorde, el fuzz de las guitarras y el eco que nos llevan directamente al sur, a las shallow waters (las aguas poco profundas), la niebla que se alza con los primeros rayos de sol de la mañana como los espíritus de los muertos (o hoodoos), los sortilegios y las maldiciones, el contrabando y la barca entre los caimanes. Mezcla de rock sureño mestizo y prog-rock, cuando escuchas esta canción empiezas a sudar como Camacho en el teórico del carné de conducir. «Mi padre me dijo “no dejes que el hombre te coja y te haga lo que me hizo a mí. Porque te cogerá”». Escalofríos. La Credence fue una máquina de éxitos que pisó terrenos country, soul, rock y blues, nada podía salir mal. Después pasó su momento, pero dejaron grandes e imperecederas canciones, también joyas escondidas, como otro «Born to Move» que tienen bailongo.

«Born in the U.S.A.». Diez años después, Springsteen se dio cuenta de que correr no valía para nada si lo hacías dando vueltas en círculo: en realidad no había lugar donde esconderse en los U.S.A. Él solo pretendía matizar el sueño americano, despertarlos con cariño para decirles que la realidad era otra, que estaba bien soñar, pero que había mucha gente teniendo pesadillas. Algunos no entendieron la metáfora de «Born down in a dead men’s town/ The first kick I took it when I hit to the ground», nací en una ciudad de mala muerte, la primera hostia la recibí en cuanto puse un pie en el mundo, y aprovecharon la canción para poner la banda sonora al sueño reaganiano. Eran los ochenta y el sol no se ponía en el imperio U.S.A., el cine, la música, la ropa, la alimentación. Bruce pareció caer en un duermevela americano, se dejó acunar, llegaron muchos números uno, el dinero, la fama, la figura que sigue siendo ahora. La bandera de la portada no ayudó, sus aclaraciones no fueron suficientes. Una canción simplona que basa su fuerza en la batería brusca y la voz desgañitada, dos acordes y producción ochentera. Bruce nos enseñó a llevar correctamente los Levi’s 501. 

«Born in the 50’s». Decir en los años 70 que habías nacido en los 50 quedaba cojonudo, decirlo ahora solo significa que estás ante un funcionario de la seguridad social para calcular la pensión o algo peor. Aun así, The Police sentían a finales de los 70 que se iban haciendo mayores y recordaban que de adolescentes no concebían el mundo sin televisión, igual que los centennials de ahora no lo conciben sin la hiperconectividad: «Oh, we hated our aunts/ And we messed in our pants/ And we lost our faith and prayed to the TV». Odiábamos a nuestras tías, y ensuciábamos nuestros pantalones, y perdimos nuestra fe y le rezábamos a la TV. La vida es un círculo.

«Born this Way». Lady Gaga no lo puede decir más alto, porque menudo chorro de voz, pero quizá sí un poco más claro porque lo dice en inglés: así hemos nacido, esto es lo que hay, lo del pecado original es la mayor fake news de la historia. Desde que una preciosa aminoácida se esnifó una fumarola por ver qué pasaba y se desarrolló la primera forma de vida, o algo así, todos somos de nuestro padre y nuestra madre o de cualquier otra combinación, no hay nada escrito en ningún sitio que diga que tenemos que ser así o asao. «I’m beautiful in my way/ ‘Cause God makes no mistakes». Soy bella a mi manera, porque Dios no comete errores (o Dios no juega a los dados, como diría Einstein). De todos modos, lo de ir con filetes a los saraos no era necesario, Lady, ya te habíamos entendido. El mejor disco de Gaga está por llegar. 

«Born Under Punches». Aunque el título, nacido bajo una somanta, puede insinuar que un grupo de matones están esperando en el paritorio para empezar a darte tu merecido antes de tu primer berrido, la canción de Talking Heads luego parece ir por derroteros más surrealistas: «Keep a step ahead of yourself», mantente un paso por delante de ti mismo, algo que nos lleva a pensar que nosotros somos a veces nuestros peores enemigos, o quizá que hemos de alejarnos de nosotros para innovar, para no estancarnos, pero vaya usted a saber. El que habla es un delgado gobernador. David Byrne y Brian Eno firman esta pieza funk-punk monocorde y rítmica, y se tomaron siempre en serio lo ir un paso por delante de ellos mismos y de los demás.

«Born of a Broken Man». Suave que me estás matando-caña al mono-suave que me estás matando-caña al mono. Esquema compositivo de los Rage Against the Machine que tantas alegrías nos dio, con los riffs acerados y los efectos de la guitarra de Morello que levantan a los más alicaídos, a los que sujetan el cubata con la inclinación precisa para que no se vierta ni una gota, un ojo cerrado y el otro abierto para no perder detalle y a la vez echar una cabezadita, dos hemisferios cerebrales independientes como algunas aves, un hombre caucásico de Zamora de mediana edad y heterosexual por los cuatro costados pero que tuvo una experiencia con un travesti un fin de semana que fue la cuadrilla a Madrid apoyado en la pared de gotelé del bar del pueblo que de noche es también pub. Que tu viejo estuviera jodido no significa que tú lo vayas a estar. Rabia y rebelión frente a tu destino. Los Rage tienen otro tema en el mismo disco, el mítico The Battle of Los Angeles, «Born as Ghosts», nacidos (como) fantasmas.

«Born in Chains». Bonito espiritual susurrado-recitado a media voz gravosa y afónica desde las entrañas del octogenario Leonard Cohen. Nacido encadenado, la huida y la búsqueda, la fe y la duda que anida en todos nosotros, en cada uno de nuestros actos; la ancestral historia de un perseguido que huye que se repite hasta nuestros días, o una alegoría del camino tortuoso hasta llegar a dios. La lírica de lo espiritual siempre le sentó bien a las canciones, algunos pactan con el diablo, otros buscan a dios.

«Born on a Different Cloud». Esta canción fue escrita por John Lennon en el más allá y se la estaba dictando en un sueño a Liam Gallagher cuando de pronto Noel se coló como un elefante en una cacharrería y trató de llevársela, hubo tiras y aflojas, pero al final ganó Liam, que se despertó legañoso y la escribió del tirón y dijo que se le había ocurrido a él. Ya el ínclito Manuel de Lorenzo mencionaba en su artículo la tendencia de Oasis y sobre todo de Noel a tomar prestadas ideas y material del resto, como tu excuñado que se construyó la casa del pueblo mangando en obras de toda la provincia. A pesar de todo, los resultados de las riñas de los Gallagher fueron la banda sonora de parte de una generación. «Born on a different cloud/ From the ones that have burst ’round town/ It’s no surprise to me/ That you’re classless, clever and free». Nacido en un mundo aparte, de aquellos que se han reventado por la ciudad, no me sorprende que seas descastado, inteligente y libre. Algunos dicen que está dedicada a su hijo que, sorpresa, se llama Lennon

«Born Under a Bad Sign». Albert King, que era Tauro y por lo tanto práctico, ordenado, trabajador, ambicioso, serio y pragmático, deja claro en este blues que las estrellas no estaban alineadas cuando él nació. 

«(New) Born». Todos conocemos a Muse y la maestría de Bellamy a la voz y la guitarra. «The bitterness inside/ Is growing like a new born/ When you’ve seen too much too young/ Soulless is everywhere». Aquí Bellamy dice que ha tenido un bebé sano de tres quilos cuatrocientos gramos llenos de amargura, un bebé desalmado y descreído. 

«Born in Time». Había que terminar con el nobelizado Bob Dylan, padre de toda la lírica pop. Solo los audios de Villarejo tienen más chicha que las letras de Dylan. Esto es un desapercibido descarte de Oh Mercy reeditado después en Under the Red Sky. Aun así, Bob siempre deja versos marca de la casa: «In the hills of mystery/ In the foggy web of destiny/ You can have what’s left of me/ Where we were born in time». En las colinas del misterio, en la telaraña neblinosa del destino, puedes tener lo que queda de mí, allí donde nacimos en el tiempo. Bob nació a lomos del tiempo y eso significa que ve las cosas desde otra perspectiva, un observador privilegiado del mundo externo a él, el gato de Shrödinger en su regazo; por eso él seguirá de gira cuando los demás ya estemos criando malvas. Forever Young.

Este artículo se acerca a su fin, las negras nubes del tema no da para más y el aburrimiento se ciernen sobre él. En realidad, pocos o ninguno habéis llegado hasta aquí. Decenas de Borns quedaron fuera, algunos graciosos como «Born on a Horse» (nacido en un caballo) o «Born Tired» (nacidA cansadA), otros evocadores como «Born Too Late» (nacida demasiado tarde) o «Born to Dream» (nacidos para soñar), otros espeluznantes como «Born in a Mourning Hall» (nacido en un velatorio) o «Born in War» (nacido en plena guerra). Y me despido con una cita casi literal de mi abuelo, algo que a veces decía cuando vivía con nosotros en casa de mis padres y se enfadaba por cualquier nadería:

«¡Para qué cojones habré nacido!». 

Y tú, ¿para qué naciste?


Notas

Este artículo no es un ensayo, todas las traducciones e interpretaciones de las letras son libres, puede contener datos inexactos en pos de la unidad argumental de la obra. 

Este artículo se ha ceñido a canciones anglosajonas.

Este artículo no ha sido validado por la Oficina del Español de Toni Cantó.


Nacer para la música (1)

Lemmy Kilmister nacer para la música
Lemmy Kilmister. Foto: Cordon Press.

Nacer. Venir al mundo. En inglés te nacen, en español nacemos. Qué sea la última vez que naces solo1. Como si no hubiera ya gente suficiente, todo abarrotado. Después nos empeñamos en vivir, nos sale sin pensar, respirar es un acto involuntario. Y hacemos planes: la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo planes2. Hasta que la muerte llega a reclamarnos. Y luego el olvido, apenas seremos un recuerdo que se desvanecerá en las memorias frágiles de los decennials, unos bits en el marasmo de información basura que nadie consultará jamás. O algo peor: quedaremos inmortalizados en un meme. 

Toda esta materia ha preocupado siempre mucho a los filósofos, que se pasan la vida hablando de los porqués y los significados, como cuando estás frente a un buen plato y te pones a disertar acerca de los ingredientes y su maridaje. Venga, filósofos, que se os enfría la vida. También es un asunto que quita el sueño a músicos de todo pelo. Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos: a una terracita. Una ardilla podría cruzar España de terraza en terraza sin pisar el suelo. Todos nacimos por algo. Y nacimos para algo. Y nacimos en algún lugar. Y nacimos en un momento preciso. Mi primo fue el primer bebé dado a luz en España en el año 1981, apareció en las noticias en brazos de mi tía y al lado de mi tío, mi tío los abandonó poco después. Muchas son las canciones que tratan el asunto, a fondo o de refilón, y lo reflejan en el título que normalmente luego es el eje del estribillo. Hay canciones míticas, arrolladoras, emocionantes, evocadoras, vitales, bailonas, blandengues, olvidables, intragables, extrañas, inventadas. Acercaos, jóvenes, sentaos a mi alrededor.

Springsteen nació para correr, pero no para hacer footing, esto no es un himno runner; nació para pisarle, para huir de ciudades herrumbrosas llenas de perdedores por carreteras secundarias. «Tramps like us, baby we were born to run», vagabundos como nosotros, nena, nacimos para correr. En esta canción todo parece encajar, la temática y la poética de letra, el muro de sonido, la batería que corre y el solo grave que también nos mete prisa… Hasta el saxofón suena a gloria, y lo hace porque simboliza el viento que nos da en la cara en el descapotable de cuarta mano. Nunca después Springsteen lo hizo mejor que con esta canción y el disco homónimo. Aplausos, gracias, siéntense.

Los de Steppenwolf, sin embargo, nacieron para ser salvajes (no chupiguay, como solíais cantar vosotros). «Born to Be Wild» rivalizaría con «Born to Run» (es unos años anterior) si no fuera porque se considera el comienzo del hard rock y por tanto del heavy metal (palabras que aparecen en su letra), y eso es harina de otro costal. Pero la temática en el fondo es la misma, «Looking for adventure and whatever comes away», buscando aventuras y lo que surja; pero no hablamos de la bio de una red social de ligoteo, hablamos de la huida, la juventud que se acaba, el viento en la cara, velocidad y ciertas sustancias. Easy Rider. Éramos invencibles, todos alguna vez nos sentimos inmortales cuando fuimos jóvenes, todos menos Ian Curtis, siempre tan delicado de lo suyo. Canción guitarrera pero donde sobre todo destaca el teclado demoníaco que nos mantiene en tensión todo el tiempo. Ábranse una cerveza y también ovación cerrada. 

Lemmy Kilmister aseguraba que había nacido para levantar el infierno igual que otros levantan templos de fe, arquitecto del thrash metal y trasegador de Jack Danniels y otras cosas. «Born to Raise Hell» y la voz de Lemmy son capaces de encrespar el cabello más sedoso y acondicionado. Lemmy siempre dijo que Motörhead era una banda de rocanrol, aunque después lo matizara con las canciones, le añadiera un cachi de tabasco a la ensalada de canónigos. Con este tema todo parece encajar, uno sabe que está escuchado rocanrol, pero tan potente que sabe que es hard rock, pero tan salvaje que comprende que pisa el heavy. Lemmy no llegó al mundo a hacer travesuras, a jugar al pádel con los compañeros de oficina para tomar una cervecita o dos después. Solo un pacto con el diablo explicaría que aguantara hasta los setenta años de edad, fiel a su mito hasta el final. Ahora por fin ocupa su lugar a la diestra de Lucifer padre, fuman y beben, Lemmy le muestra al diablo las estancias que él mismo diseñó.

«Born to Lose». Johnny Thunders sabía que el diablo está en los detalles, y uno se sabe perdedor no por no llegar a alcanzar los grandes sueños, sino por quedase encallado en las minucias, lo sabes desde el principio y lo asumes. Johnny era un maldito del rock que se hizo su propio himno y contribuyó de manera decisiva a cumplir con su profecía: «That’s the way it goes / The city is so cold / And I’m, I’m so sold / That’s why I know / I was born to lose». Así es como va, la ciudad es fría y yo estoy vendido, por eso lo sé, nací para perder. Johnny tenía la flora intestinal muy descuidada y también estaba enganchado a la heroína. Cumplió a duras penas con el tricálogo: vivió rápido, murió viejoven y dejó un cuerpo reguleras. Para los perdedores, Johnny es la guía, la muerte fue su victoria final. Minuto de silencio. 

P. D.: Motörhead también tiene su «Born to Lose», el sol no se ponía en el imperio de la maldición de Lemmy.

P. D. 2: En posteriores relanzamientos, «Born to Lose» pasó a ser «Born to Loose», o sea, nacido para desatarse, una forma de quitarle hierro al asunto: no cuela.

«Born 2 Die». Aunque parezca mentira, Prince se llamaba Prince (menos la temporada en que pidió que dejaran de llamarlo así por problemas con el sello discográfico y representó su identidad con un símbolo impronunciable y entonces se le llamaba «el artista antes llamado Prince» que en el fondo era seguir llamándolo Prince y era un lío y después dio permiso para que lo volvieran a llamar Prince y finalmente falleció por un tema de automedicación y cuando el albacea de su testamento al leerlo en presencia de los herederos dijo que Prince Rogers Nelson dejaba mil dólares a la beneficencia hubo uno que pensó que quién era ese). En esta canción, nacida para morir, Prince habla de una mujer que «She left the church a long time ago/ Said they couldn’t teach what they did not know/ That’s when she lost her virginity», o en cristiano, que ella dejó la iglesia arguyendo que no decían más que gilipolleces, y que acto seguido perdió la virginidad. Vaya, Príncipe. Esto es un fantástico funky-RnB marca de la casa que nos anima a darlo todo antes de criar malvas. Prince nos dejó ya maduro pero demasiado pronto, y, este sí, nos obsequió un bonito cuerpo.

Cada vez que escucho «Lana del Rey» pienso en el rey emérito sentado en un sofá tejiendo un jersey de lana, paciente, feliz a su modo, nunca se le ha visto de esa guisa, y tampoco vestido a rayas, y no creemos que eso ya suceda. Lana también tiene su «Born to Die». Es obvio, naces, una cosa lleva a la otra, y mueres, lo del medio es relleno para los más espirituales o la chicha para los más carnales. Lana parece combinar ambas cosas aquí y dice que «The road is long/ We carry on/ Try to have fun in the meantime». El camino es largo y lo sobrellevamos, intentemos pasarlo bien mientras tanto. Esta canción es evocadora y sensual e invita, como la de Prince, al carpe diem

«(I was) Born to Love You». Es el mayor éxito en solitario del aclamado y llorado Freddie Mercury, aunque después fuera grabada por Queen en un tono más roquero. En cualquier caso, Freddie nació para quererte no solo a ti, ese «you» es una metáfora de la vida toda. Un tema de pop-rock optimista y pegadizo de letra escrita en un descanso de película de Antena 3. A Freddie le iba mucho la fiestuqui y no se exprimía demasiado el limón, hacía apología de la ligereza con tal estilo que lo elevaba a categoría de arte. Luego todo tiene un precio o no, pero que nos quiten lo bailao, y a veces me pregunto cómo hubiera encajado en una fiesta del gran Gatsby. Otro que también entró en el club de los viejóvenes fallecidos antes de tiempo. A mí de Freddie lo que más me gustaba era ese pie de micro cercenado que llevaba de aquí para allá o cuando tocaba el piano de pie.

«Born to Be Alive». Nacer para estar vivo puede sonar a perogrullada, pero después de tanta muerte y autodestrucción y solemnidad está bien hacer hincapié. Lo de haber nacido para algo no es patrimonio único de los grandes artistas, también los menos conocidos como Patrick Hernandez sienten la llamada. Aquí hablamos de intensidad, no de longevidad, hay que ser disfrutón y bailongo y hacer un poco el payasete, como cuando pinchaban este one hit wonder de ritmo dance y con ese riff arabesco y vientos acuciantes. Viajar, ver mundo, gastarte el ingreso mínimo vital en cervezas. La letra no hace más que repetir el mantra, Patrick dice que no sentará la cabeza por mucho que insistamos. Con esta canción dio sus primeros pasos de baile Miquel Iceta.

«Born to Be My Baby». Aquí los Bon Jovi te están diciendo, nena, que naciste para ser su chica, que todas las fuerzas del universo se confabularon para que tú, mujer que apenas se roza los labios con las yemas de los dedos mientras lee distraída en la biblioteca pública bajo un haz de luz primaveral, fueras la piba de Jon Bombón. Justo para después aclarar que él también fue hecho para ti, esa melenaza y esos ojazos son tuyos. Todo cuadra, el pescado está vendido. Estoy seguro de que esta es la canción preferida de alguna prima segunda de Isabel Díaz Ayuso. Bon Jovi fueron producto de su época, una mezcla, si se me permite el análisis grueso, de Guns N’ Roses y Bruce Springsteen que les dio muchas alegrías comerciales. Te pasabas sus canciones esperando a que llegara el estribillo pensando en párrafos del B.O.E., eso es buena señal. Ahora Jon va de estrella consagrada y hace temas de rock blandengue, el león se cortó la melena.

«Born to Make You Happy». Britney Spears hace toda una declaración de intenciones, altruismo en estado puro, dar sin esperar nada a cambio: «I’d do anything/ I’d give you my world», haría lo que fuera, te daría mi mundo: sexo variado y sin cortapisas, libertad de horarios con los colegas, comprensión con tus cinco años en paro porque todavía estás pillando el tono a tu novela. Haces todo eso y luego llega el futuro impenitente y te lo paga de aquella manera, te lo arrebata todo, hasta tu personalidad jurídica: eso no se hace, futuro. Parece que la muchacha no puede ni ir al Mercadona sin que se lo autorice su padre. Sin ninguna duda, Free Britney3.

(Continúa aquí)


Notas

(1) Miguel Gila.

(2) John Lennon.

(3) Este asunto cambia a cada momento.


John Williams: cincuenta y dos veces sí 

John Williams
John Williams. Foto: Cordon Press.

Si preguntáramos a un purista o a un estudioso del séptimo arte, probablemente lo negaría, pero abramos debate: el cine le debe a la música (casi) tanto como a la imagen.

Ya sea en presencia o en ausencia, se ha convertido en parte de su lenguaje. El uso que se hace de ella marca la diferencia entre una secuencia épica y una mediocre, y esto nos tienta a pensar que muchas películas han conseguido brillar por la música que las acompañaba. 

Es tentador también pensar que alguien le hubiera dado, alguna vez, el consejo de brillar a John Williams. Como si una persona, un ser de carne y hueso, pudiera desarrollar la capacidad de, literalmente, irradiar luz o reflejarla de algún modo. Según la RAE, se admitiría también como definición «sobresalir en talento» si es que hablamos, y es el caso, de una persona. 

Pero no seamos ilusos, no se trata solo de una cuestión de talento —aunque también—. Naturalmente, cuando uno está bien educado, bien cuidado y, por qué no decirlo, bien nacido, todo en la vida es un poco más fácil. John Williams nació con la música «en las venas», como se diría coloquialmente. Y es bonito pensar que la magia de la genética tuviera la capacidad de perpetuar generaciones de músicos en cada familia, pero lo cierto es que se trata más bien de una cuestión ambiental. 

En concreto, su padre, Johnny Williams, era un reconocido baterista y vivía de la música junto al icónico quinteto de Raymond Scott. La influencia de un músico apasionado daría, a su vez, lugar a una nueva generación de músicos. Así, dos de los tres hermanos de John decidieron en algún momento dedicarse a la percusión de forma profesional, y él, a los cinco años, tuvo la oportunidad de ingresar en la eminente escuela de música Julliard de Nueva York, donde dio ya claras muestras de una gran destreza musical. Otro pequeño aporte de la estirpe: su hijo, Joseph Williams, ha sido vocalista de la banda Toto intermitentemente.

Mientras empezaba su formación en el arte que lo llevaría al estrellato, tuvo su primer contacto con otro mundo que le sería bien conocido en un futuro próximo: el cine. 

A los seis años pisó por primera vez un estudio de grabación de Hollywood cuando acompañó a su padre a la grabación de la música de la película Rebecca of Sunnybrook Farm (1938) en el 20th Century Fox Scoring Stage. Veinte años después volvería a pisar un estudio para grabar la música de Daddy-O (1958).

En definitiva, podríamos hablar de un ambiente o una crianza propicia: temprana estimulación artística, formación excelsa y contactos en el mundillo. Básicamente estamos ante una receta para el éxito, y una de las rápidas. 

Aun así, ser el hombre vivo con más nominaciones a los Óscar —cincuenta y dos, nada menos, solo superado por Walt Disney— no es cosa fácil ni algo que podamos achacar exclusivamente a factores ambientales o genéticos. Algunos nacen con estrella, pero aprender a brillar es otra historia. Aun con todas las facilidades, uno tiene que probar lo que vale. No se trata de una valoración subjetiva. Si no aprendes a brillar, jamás tendrás un hueco entre los genios de la historia, pero John Williams consiguió irradiar luz. 

Lo hizo. Aprendió a brillar. Se quedó con la música o, mejor, con la música y el cine. Un curioso binomio que merece toda nuestra atención en este preciso instante. 

El cine se ha nombrado comúnmente como el «séptimo arte» por su aparición cronológica con respecto al resto de prácticas artísticas, pero resulta casi inevitable pensar también que el nombre viniese dado por ser una acumulación del resto de todas ellas. Con un poco de cada una, las hilvana y las descompone. Las usa a su antojo y en su beneficio. Pero de entre ellas, la música se desliga casi como una entidad aparte, mientras que las demás se mantienen en un armonioso conjunto. 

Desde las primeras obras cinematográficas que representaban escenas cotidianas, un poco como la fotografía, o las primeras narraciones que bebían directamente del teatro, hasta el desarrollo de un lenguaje cinematográfico propio con complejos movimientos de cámara, un trabajo actoral que le es propio y un uso de la música puramente narrativo, el cine ha recorrido mucho camino y es difícil saber de qué otros modos evolucionará en los próximos años. 

La música tiene el poder de afectarnos de forma curiosa. Según la teoría griega del ethos, o la teoría de los afectos, la música influye en el estado de ánimo de quien la escucha. Las regiones del cerebro que se estimulan con la música son las relacionadas con la comida, el sexo y las drogas. Es capaz de desactivar en cierto modo la parte lógica de nuestro cerebro, escabullirse por la puerta de atrás y colarse en el backstage de las emociones. Y este interesante efecto que genera en nuestro cerebro ha sido aprovechado por los cineastas desde que el cine es cine, o casi. 

En los albores de la creación cinematográfica, la interpretación musical en vivo durante las proyecciones tenía una única finalidad: cubrir el sonido de las bobinas de las cintas en marcha. Pero poco tarda en apreciarse el valor narrativo de la música para acompañar la acción cinematográfica y, tras un primer periodo en el que se aprovechaban las obras clásicas directamente acopladas a la trama, el mundo ve por fin —o mejor, escucha, o las dos cosas— las primeras composiciones escritas para cine.

Entre 1914 y 1915 las bandas sonoras comenzaron a tomar fuerza. Se escribía música específica para que acompañara a distintas obras, con especial mención a Joseph Carl Breil, uno de los primeros compositores de bandas sonoras con algunos títulos conocidos pero controvertidos como El nacimiento de una nación (1915), de David Wark Griffith y otros hitos del cine como Cabiria de Giovanni Pastrone (1914). El cantante de jazz (1927) está considerada la primera película de cine sonoro en la que desaparecería el acompañamiento musical en directo. Louis Silvers, considerado el primer compositor de bandas sonoras para cine, fue el encargado de ponerle música.

A partir de este momento comienza una época de esplendor para la composición musical cinematográfica. En concreto resuenan los nombres de Erich Wolfgang Korngold y Max Steiner, y hay quien diría que las influencias de las primeras bandas sonoras beben directamente de Gustav Mahler —Max era su discípulo en Viena—. 

También el mismísimo Camille Saint Saëns dejó un importante poso en la historia música cinematográfica. Considerado uno de los primeros compositores de música para el cine, se le atribuyen otros logros como tener de alumno a Gabriel Fauré o influir en la nueva ola de música francesa con exponentes como Debussy o Ravel.

Uno de los principales acontecimientos en los siguientes años llega con el estreno de la película King Kong (1933) con un uso virtuoso de la composición musical de Max Steiner que lograba transmitir las emociones del gorila y que, de hecho, salvó la película de un fracaso comercial porque consiguió emocionar al público a pesar de unos efectos visuales muy pobres. Supuso un antes y un después en la historia de la música en el cine e incluso se rumorea que la actriz principal, Fay Wray, tuvo miedo de que el acompañamiento musical eclipsara su actuación.

Después llegaría una época en la que las productoras discográficas ven en el cine una oportunidad de oro para vender discos. Se abre un periodo marcado por los éxitos de los Beatles y películas promocionales como Hard Day’s Night (1964). No obstante, la composición específica para el cine no desaparece, pero se aleja de la sinfonía más clásica para acercarse al pop. Una de las figuras más relevantes de esta época será la de Bernard Herrmann, usual colaborador de Hitchcock y compositor de la eterna banda sonora de Psicosis (1960), pero también de la de Ciudadano Kane (1941) o Taxi Driver (1976). Incluso podemos ver su nombre en los créditos de Kill Bill (2003). 

El arte de la composición musical para cine continúa evolucionando. La música acentúa las escenas, nos aporta información narrativa y define el género. Se convierte en una extensión del guion y, por tanto, de sus personajes. Y así, cada nuevo encuentro personaje-música-espectador, se convierte a su vez en un recuerdo. El valor narrativo de la música para el cine, ahora sí, es casi tan importante como el de la imagen.

Aparecen nuevas figuras en el mundo de las bandas sonoras cinematográficas y entre ellas, sin duda, John Williams es la que merece una mención de honor. Él es a todas luces el compositor musical para cine más relevante de la historia, con más de ciento cincuenta bandas sonoras y cinco estatuillas del Óscar acumulando polvo en alguna estantería de su casa, además de las ya mentadas cincuenta y dos nominaciones al galardón, entre otros muchos premios.

Los premios por sí solos quizás no impresionen a mucha gente, pero hay más. John Williams es definitivamente uno de los precursores, si no el principal, del llamado «nuevo sinfonismo», movimiento que perdura hasta hoy y que consiste, como es lógico, en la vuelta de las composiciones sinfónicas al mundo del cine.

Sucedió en 1977 cuando comenzó a grabar la música para Star Wars: A New Hope. Si bien en la misma época había obras de grandes directores que se habían rendido ya a los pies de Beethoven o Strauss —el gran Kubrick, entre otros—, aquí empezaba un nuevo periodo de creación sinfónica exclusiva para el cine. Retomaba los principios de la primera etapa sinfónica, con Max Steiner y Erich Korngold como cabezas de cartel. Por sugerencia de Spielberg, John Williams pudo trabajar en esta saga junto a George Lucas y brindarle la partitura que quedaría grabada a fuego en los espectadores y que es, incluso a día de hoy, una suerte de fenómeno de masas.

Pero uno no llega ahí de la nada. Después de su aterrizaje en los estudios de grabación de Hollywood desarrolló un laborioso trabajo de pulido (necesario, naturalmente, para el brillo). En sus primeros años se dedicó a observar y absorber —dos cualidades intrínsecas de todo genio que se precie—. De sus contemporáneos: Alfred Newman, Bernard Herrmann, Elmer Bernstein, Dimitri Tiomkin y Franz Waxman, principalmente, absorbió los pormenores del arte de la composición para cine. Aprendió aquí a orquestar y trabajó mucho como pianista de estudio. Empezó a apuntar a lo más alto y pronto se hizo notar entre músicos, productores y directores. Entre otros, un jovencito Spielberg puso sus ilusiones en trabajar con John en una de sus películas.

Más arriba, este texto rezaba algo relativo a que la música, más que acompañar al cine, lo moldea, y que constituye una diferencia notable entre la percepción e incluso el recuerdo que tenemos de una obra. En el caso de John Williams, probablemente no podamos recordar ninguno de los títulos en los que ha trabajado sin que inmediatamente nos venga a la cabeza la música que compuso para acompañarlos, especialmente en sus trabajos con Spielberg. 

En concreto, según recoge Andrés Valverde en su libro John Williams, vida y obra, Los rateros y Los cowboys son las bandas sonoras por las que el director se fija en su trabajo. Más adelante se daba un encuentro entre el joven Spielberg y un Williams con varios éxitos a sus espaldas y una importante trayectoria de composición para cine, que abarcaba géneros muy diversos y colaboraciones con varios directores exitosos. 

Pero, después de tantos grandes nombres en la historia de las bandas sonoras, ¿por qué es John Williams tan importante? Bueno, ya lo hemos dicho. Su música impulsó por sí misma un nuevo periodo en la escuela de la composición de bandas sonoras. Ha tenido muchos otros logros, está claro, pero quien posee la fuerza disruptiva suele ser siempre recordado por provocar el cambio. Es, en su arte, un revolucionario. 

De su colaboración con Spielberg saldrían grandes títulos, desde Tiburón (1975) hasta Parque Jurásico (1993) pasando por Indiana Jones (1981) o E.T. el extraterrestre (1982). Ciertamente, su trabajo con el director ha sido la levadura que más rápidamente ha elevado su carrera. Director y compositor han colaborado juntos en más de veinte películas, muchas de ellas grandes éxitos de taquilla. Cualquiera que conozca la obra de ambos tendrá que admitir el peso de la música de Williams en el éxito de la obra de Spielberg. No obstante, el compositor ha trabajado con muchos otros directores para bandas sonoras y también ha compuesto múltiples obras de concierto.

Musicalmente hablando, su obra desborda personalidad. Sin entrar en demasiados detalles, podemos hablar de una clara predilección por los instrumentos de viento y un sonido épico gracias al uso recurrente de triadas disminuidas, con intervalos de tritonos o también poliacordes. Tiene una clara inspiración en el lenguaje orquestal romántico, postromántico y de parte del siglo XX —Mahler o Strauss serían referentes del periodo— materializado en el uso de un rango tonal amplio, progresiones armónicas elaboradas y grandes orquestaciones. Su estilo es generalmente inscrito en el neorromanticismo o neosinfonismo y bebe de las influencias de Max Steiner o Korngold, entre otros, pero a su vez, como es un compositor de su tiempo, incluye algunas particularidades de vanguardia como un mayor protagonismo de la música modal (en lugar de la tonal) o de la politonalidad.

La influencia del jazz también deja huella en sus composiciones, especialmente acusada en sus primeros trabajos, así como la de otros compositores contemporáneos que ya hemos mencionado. Generalmente es nombrada la influencia de Gustav Holst y la música de Los Planetas en la composición de la banda sonora de Star Wars y otras piezas en su obra (hay quien habla abiertamente de plagio). También se habla de plagio por los grandes parecidos entre la «Marcha imperial» y la «Marcha del amor por las tres naranjas» de Prokofiev. Hay quien prefiere recurrir a la más amable «inspiración». 

Pero, sin duda, una de sus principales influencias fue Wagner, y de dicha influencia surge una de las razones por las que su obra se ha convertido en un referente en sí misma. Es uno de los máximos exponentes en la introducción del leitmotiv en la música cinematográfica. El concepto proviene directamente de la obra del compositor alemán y hace referencia a un motivo musical que es recurrente a lo largo de una composición y tiene el poder de evocar a personas, conceptos, objetos. En las composiciones de Williams vemos cómo efectivamente una pieza musical se relaciona con personas (véase la «Marcha imperial» con Darth Vader), animales (como en la música para Tiburón) y objetos (el tema del arca en Indiana Jones). 

Pensemos en cualquiera de sus obras, las mencionadas, o las que le vengan al lector a la mente en un ejercicio de imaginación. La evocación de un mundo concreto e inimitable es determinada casi exclusivamente por la aportación musical. Quizás sea aventurarse decir que ningún músico, compositor o melómano que se precie reniega de la relevancia de John Williams en su arte. 

Ha conseguido colarse en el imaginario colectivo. Su música continúa llenando auditorios con importantes giras en las que se interpretan sus composiciones en vivo. Los espectadores acuden emocionados a reencontrarse con su infancia y salen habiendo visitado, de nuevo y sin ayuda de ningún órgano relacionado con la visión, fotograma a fotograma, sus películas favoritas. John Williams sigue brillando por mérito propio.  


Sheila Blanco: «Richard Wagner es como el Bruce Springsteen de las óperas»

Sheila Blanco

La entrevista llega con tres semanas de retraso. Las tres semanas que los madrileños se pasaron buscando tests de antígenos por las farmacias y guardando cuarentenas. Un día antes de reunirnos en la plaza de Santa Ana, antes de su concierto en el Café Central, Sheila Blanco llama para decir que un contacto estrecho ha dado positivo. Al poco tiempo, ella misma caerá en las garras del coronavirus. Conviene, por tanto, esperar a enero, las aguas ligeramente más calmadas, tarde de primavera postnavideña a la puerta del edificio del grupo PRISA.

Sheila sale de la Cadena SER, una presencia constante en su trayectoria como periodista. Allí tiene una sección sobre música clásica en La Ventana, donde, según sus palabras, «hace lo que le da la gana». Aunque lleva trece años ganándose la vida con la música en directo y las clases de canto, el confinamiento sirvió para descubrirse al mundo como divulgadora en YouTube, gracias a sus BioClassics: biografías de músicos cantadas a ritmo de sus obras más populares. Algunas rozan el millón de visitas. Sin embargo, pensar que Sheila Blanco empieza y acaba en un fenómeno viral es no saber quién es Sheila Blanco. Intentemos descubrirlo.

¿Cuántos conciertos has tenido que cancelar en los últimos dos años?

Pues, por suerte, no muchos. Sí que cancelé algunas fechas en marzo de 2020 y, este último mes, los dos del Puro Gershwin en el Central.

Es curioso que, cuando se habla de «salvar la hostelería», se asocie siempre a la terracita y al bar. Nadie parece muy preocupado por salvar las salas de conciertos.

Se ve que la gente tiene puesta la atención en otras cosas, porque se están cerrando y se han cerrado ya muchísimos sitios. A mí me parece de lo más triste y habría que solucionarlo. Que volvieran a abrir nuevos sitios. Fíjate que cuando pasó esto del covid ,hace un par de años, la gente decía: «Seguro que, cuando pase, va a haber una oleada de sitios que se abran y de gente saliendo…» y, a lo mejor es que no hemos salido todavía, pero esa energía renovada, esa vía nueva con bares nuevos y lugares nuevos para tocar, no la estoy viendo por ningún lado.

Es como el tiro de gracia para una escena que, desde la crisis anterior, parece no acabar de tocar fondo…

Sí, y, sobre todo, insisto, es que no se abren sitios nuevos. A través de amigos míos, sé que sigue habiendo bares como el Búho Real, en Madrid, que aún programan conciertos; también Libertad, Galileo, Clamores… pero no hay renovación. Sigue habiendo actividad, pero lo que ocurre es que la gente no sale tanto a ver conciertos, a oír música en directo. Quizá sí que salen a grandes festivales o a conciertos más grandes, pero creo que el concierto pequeño, el concierto de público limitado, de cincuenta a trescientas personas, se va perdiendo. Cada vez te cuesta más llamar la atención de la gente, que se guarden su día, que sea su plan para esa noche. Y sí, esto viene de antes de la pandemia. Por ejemplo, en 2010, 2011, 2012… en Facebook era muy eficaz hacer un evento e invitar a la gente. La gente se enteraba e iba.

«Asistiré».

¡Sí! La gente se enteraba y se reservaba ese día, pero, ahora, es muy distinto. De entrada, hay muchísima oferta, pero, además, lo que hay es muchísima velocidad. La gente ni se entera de lo que le salta, de lo que ve… Hay una manera de consumir —la música, las fotos, los vídeos…— que es de una velocidad astronómica, es que ya ni te enteras. Personalmente, yo tengo a la gente que sigo de siempre y me entero de lo que hacen, pero el resto es muy difícil, hay que hacer un seguimiento muy activo.

Como espectadora, ¿qué sitios te gustan para ir a un concierto?

Pues, mira, como espectadora, me encantan los conciertos pequeños, sentada, con esos silencios sepulcrales, poder degustar la música, sea de un músico con su instrumento o de una banda acústica… Me encanta ese tipo de concierto… pero me encantan también los conciertos grandes, de bailar, todo depende del músico. O, incluso, conciertos grandes pero sentada en un teatro. El asunto es disfrutar de la música: si es bailable, estupendo, soy la primera que bailo, y si es música calmada, estupendo también. Por ejemplo, tengo entradas para Triángulo de Amor Bizarro este jueves y también tengo entradas para Rodrigo Cuevas. El mes pasado, estuve viendo en el Festival de Jazz de Madrid a Verónica Ferreiro y a Javier Sánchez. Al final, lo que me importa es disfrutar. La única condición que pongo es que no me toque al lado gente que esté de charla [risas].

Bueno, eso era un problema hace unos años, que la gente hacía del concierto un acto social más que cultural, no sé cómo está la cosa ahora.

Yo he tenido conciertos en La Riviera en los que la gente iba solamente a tomarse una copa y contarles a sus colegas qué tal le había ido el fin de semana. ¿De verdad pagas cuarenta, cincuenta o sesenta euros para eso? Parece que ahora pasa menos, quizá sea por el tipo de conciertos al que voy. 

Sheila Blanco

Decías que es complicado seguir lo que se está haciendo, ¿qué músicos nuevos has descubierto recientemente?

Pues, mira, para mí, Rodrigo Cuevas fue toda una revelación, porque yo soy salmantina y con el folclore de mi tierra he tenido siempre una relación muy estrecha casi sin quererlo. En España, a veces por desconocimiento, el folclore está muy asociado al sur, con el flamenco, cuando cada quince kilómetros hay un ritmo nuevo. Me interesa mucho lo que ha hecho Rodrigo con Refree, que me gusta de tiempos inmemoriales, de cuando compraba la Rockdelux y siempre había un inédito suyo en los discos que sacaban. Lo de que se hayan juntado y hayan sacado Manual de cortejo me dice muchísimo, tengo muchas ganas de verlos en directo. Ayer, por ejemplo, estuve escuchando todo lo que ha sacado Rigoberta Bandini, que es muy original. También he estado últimamente en conciertos de María Arnal y Marcel Bagés y de un trío gallego que se llama Tanxugueiras, unas chicas folk que están ahora en el camino a Eurovisión. Es curioso, porque están en la preselección y hay un montón de grupos indie, con un público muy fiel y con una apuesta por lo español, por lo folclore. Collado me gusta también, con la cantante Ángela Fourquet, que es amiga mía; los vi hace poco en Galileo… Aparte, tengo muchos amigos melómanos que me van guiando: «Oye, ¿has escuchado esto?». Hay una cantidad tremenda de gente haciendo cosas interesantes… pero hay que escucharlos de verdad y no ese consumo de cincuenta segundos, single y videoclip. Creo que me estoy haciendo vieja [risas].

A propósito de lo que comentas de la unión de lo indie y el folclore, el último disco de Vetusta Morla también va por ahí.

Sí, y no solo ellos. La semana pasada sacó nueva canción Amaia Romero y es un tema muy folclórico, dedicado a una plaza de Navarra.

Le pega mucho eso a Amaia…

Sí, es muy de raíces, es verdad, pero fíjate que este tema es mucho más folk que pop… y me encanta que esté pasando eso, que, de repente, haya una reivindicación de lo de aquí, de nuestra tierra, de la música de nuestros abuelos, de los instrumentos que se utilizaban. 

¿Qué significan para ti las palabras «Café Central»?

Pues, imagínate, para mí ya era un sitio muy especial cuando llegué a Madrid. Era el Blue Note madrileño. Yo, por entonces, no cantaba jazz, pero sí me gustaba mucho la música negra. Veía el jazz como esa música que estaba ahí y que era de alguna manera inalcanzable, así que fui a muchos conciertos y era increíble ver a los músicos tan cerca, verlos disfrutar, verles las caras, las manos… y, años después, cuando empecé a cantar en una banda de jazz y me dijeron: «Vamos a tocar en el Café Central», fue como cerrar un círculo. Hace nueve años de esa primera vez. Es un sitio donde me han pasado cosas musicalmente que me han abierto la cabeza. Ahí he escuchado por primera vez standards que luego he cantado varias veces. Es un sitio muy importante.

En el jazz hay mucho purista, gente que dice «si se canta, no es jazz». ¿Has tenido algún problema con eso?

No, fíjate, con eso, no. Yo huyo bastante del mundo clasificación. Además, es que, claro, la gente que se pone más taxativa y más purista no me interesa demasiado. Es que el jazz es producto de la mezcla, así que decir «si se canta, no es jazz» o «si hay batería, no es jazz» va un poco contra natura, contra el propio concepto. No tiene sentido. Nació así. Lo que sí que me ha pasado es que, como yo he cantado cosas muy diferentes, y la versatilidad me gusta mucho y me representa mucho, ha venido gente a decirme: «Es que, si cantas jazz, ya no puedes cantar otra cosa, porque, entonces, nunca vas a especializarte y nunca lo vas a hacer suficientemente bien». Pero yo no estoy de acuerdo con eso tampoco. Parece que la música tiende a la especialización, que no puedes volver loca a la gente que te sigue. No sé, yo prefiero la versatilidad, aunque a veces haya extremos ejemplos. Me estoy acordando ahora de lo que pasó con Dover.

¿Cuando se pasaron a la electrónica?

Sí… o lo que hizo Bunbury, al pasar de Héroes a Radical Sonora, que sigue siendo uno de mis discos favoritos. A mí es que esa evolución, ese proceso, me interesa mucho como amante de la música, me hace preguntarme qué habrá pasado en la vida de esa persona. Ahora, si tiene que ver con una estrategia de marketing, ya me interesa menos… 

A veces puede pasar que, si algo funciona tan bien como funcionaba Héroes del Silencio, sea especialmente complicado cambiar de estilo. A lo mejor, Bunbury ya había dejado de hacer música al estilo de Héroes desde hacía muchos años, pero no encontraba la manera de salir de ahí…

Claro, es que ese es un melón muy interesante: lo que los artistas bajo un sello discográfico se ven obligados a hacer o no, por qué cada vez —y en eso Vetusta es un ejemplo desde el principio— hay más artistas que prescinden de las discográficas. Como decía ayer Víctor Manuel en el «Imprescindibles»: los que están a gusto consigo mismos no se traicionan. Está claro que hay momentos complicados y que, cuando tienes una banda, es difícil que todo el mundo esté de acuerdo y siempre hay contratos firmados…

Aparte, el atractivo de seguir haciendo aquello que sabes que le va a gustar a mucha gente. Es difícil dejar de hacer algo que te hace ganar mucho dinero y que te garantiza un público. ¿Cómo dejas de hacerlo?

Sí, totalmente, tiene que ser muy difícil, pero ahí entran muchas cosas en juego… y hay que ser valiente. Supongo que el camino está lleno de fracasos y más dentro de una trayectoria artística. Por eso es importante hacer lo que tú quieras, porque si te la pegas, al menos te la pegas haciendo lo que tú quieres. Mucho peor pegártela haciendo lo que no quieres, desde luego. 

Antes hablábamos de Amaia y, en ese sentido, lo que ha hecho es brutal: ha ganado Operación Triunfo y no ha renunciado ni un centímetro a hacer lo que ella quiere en todo momento.

Y, además, es talentosísima. Es superadmirable que alguien tan joven haga eso. De hecho, me vi el documental de Una vuelta al sol porque la historia es fascinante: una chica que tiene miles de fans y que no sabe lo que quiere, pero sabe perfectamente lo que no quiere. A mí, ese tipo de persona me interesa mucho, porque me siento muy identificada, me parece más humano: gente que tiene ese tipo de conflictos, que tiene el conflicto de por dónde llevar su carrera musical, sobre qué escribir… ella tenía algo que decir y lo que tenía que decir no coincidía con lo que las discográficas querían que dijera y está muy bien que mantenga su independencia. No puedes hacer una música que no te va a gustar cuando salgas al escenario a cantar, por muchos millones de followers que te dé. Esa es la gran, gran decisión de un artista.

Desde fuera, da la sensación de que tú odias que te etiqueten, que siempre buscas esa versatilidad… ¿cómo llevaste el exitazo con los BioClassics en YouTube y que la gente te asociara inmediatamente a eso de forma masiva? 

Pues, primero, fue una sorpresa total. Yo ni lo buscaba ni nada por el estilo. Lo recuerdo como algo divertido, porque no sabía muy bien cómo funcionaba eso de ser viral y que de repente todo el mundo quiera entrevistarte o quiera que estés en su programa… Había una cosa que me consolaba muchísimo y era que esto me había pasado haciendo algo que a mí me gustaba. Si te vuelves viral con una canción que sabes que no te gusta nada, o sientes que la gente te ha reconocido por una parte de ti que no te representa… eso es terrible. Con el tiempo, he entendido que funcionara tan bien, porque comprende muchas cosas que ahora funcionan muy bien: es una cosa muy comprimida, divertida, con cierta destreza, las músicas las conoce todo el mundo… y luego tiene esa parte didáctica, muy transversal en las edades. De hecho, hay una cantidad brutal de niños y de profesores que me han escrito y que han empezado a conocer la música clásica por eso. Es con lo que me quedo. Bueno, de hecho, quiero seguir sacando más, hay un montón de compositores que quedan por sacar. 

Aunque no sean tan conocidos.

Claro. La verdad es que fue todo un poco locura, porque funciona a una velocidad…

El de Mozart tiene más de novecientas mil visualizaciones.

Sí, sí… A mí me sigue escribiendo gente con eso. El otro día vi una entrevista de Ángel Martín en la que hablaba del informativo ese que hace de un minuto y medio y decía: «Yo me di cuenta de que, en la tele, lo que cuenta es la estética, que haya mucho entretenimiento, sin importar si es de calidad… pero, en internet, el contenido que triunfa es el de calidad, más allá de la estética». Supongo que es lo que gustó de los BioClassics, que el contenido decía algo, aunque los grabara en mi casa con el móvil, sin editar ni tocar la afinación ni nada. No había nada más.

¿Cuál es la elección de obras? A ver, con Ravel es muy obvio, pero con músicos tan prolíficos como Mozart, Betthoven o Bach…

Pues es lo que más tardo en elegir. El criterio es que sea una obra conocida, que tenga melodía como para meter en las notas las sílabas y que tenga una cadencia que me permita cortar al minuto y pico, porque yo no edito la obra: empiezo donde empieza y acabo en esa cadencia. Aparte, también, la tonalidad, porque yo no subo ni bajo el tono de la obra original. Por eso, pudimos hacerlo en directo con la Orquesta de la RTVE, porque las obras están exactamente en la tonalidad original.

El proyecto partía de la base de que Bach es Dios…

Sí. Es que, para mí, lo es. Yo estudié piano en el conservatorio y es curioso, porque cada año hay que hacer un programa para aprobar el curso… y el programa siempre son cinco estudios: una pieza de técnica, una sonata, una romántica, una moderna y una de Bach. Bach es el compositor obligatorio para aprobar piano, porque es muy didáctico —al fin y al cabo, componía en parte para sus alumnos y para sus hijos— y porque en Bach está todo. Todo lo que encuentras después en la música es Bach: hay variaciones de ritmo, por supuesto de estética, por supuesto de forma, pero todo está armónica y rítmicamente, si te pones con un bisturí a analizar, en Bach. Tiene unas melodías inspiradísimas. Para mí, es una gozada tocarlo: tiene cosas muy fáciles y otras, muy difíciles. Es un músico, además, muy místico: yo he sentido cosas al tocarlo que no he sentido con otros músicos.

Así que tenías que empezar la serie con él, claro.

Sí, yo tenía claro que el título tenía que ser «Bach es Dios» [risas].

Es curioso porque siempre se ha diferenciado entre «música clásica» y «música pop» o rock o como quieras… y lo que tú demuestras ahí es que no es tan distinto. En el fondo, al coger un extracto de una gran obra, es casi como si cantaras una canción, con su melodía y todo.

Sí, y, además, fíjate, algunas obras las cantaba tan rápido que la gente me decía: «Es que estás rapeando, esto es trap». Me hacía mucha gracia. Si metes una voz humana cantando sobre una melodía como «La Badinerie» de Bach, que es una obra que, aunque no la hayas escuchado, es un hit, en seguida se te mete en la cabeza.

¿«La Badinerie» no era la sintonía del programa ese de los ochenta de música clásica para niños?

¡Sí, de Musiquísimos! Es que esa melodía se te quedaba incrustada… y recuerdo que, muchos años después, averigüé que ese era el último movimiento de una suite de Bach, de la Suite Francesa Número Dos, y la tengo interiorizada. Por eso, cuando pensé en contar la vida de Bach, tenía que ser esa obra, porque es que es… ¡es un hit! La escuchas una vez y quieres escucharla otra. Es totalmente memorable.

Sheila Blanco

Justo esta locura viral te pilla en medio de otros dos proyectos: el Puro Gershwin y Las Poetas de la Generación del 27. ¿Cómo surge cada uno de ellos, que, desde luego, no tienen nada que ver con «la divulgación de la música clásica»?

Pues, mira, el de Gershwin surge porque, desde que en 2009 dejé el periodismo para dedicarme a la música, decidí meterme en el jazz. Me atraía mucho, más que la música clásica. Tuve la suerte de cantar en una banda de jazz porque me enteré de que Larry Martin buscaba cantante para su banda. Llevaba un montón de tiempo buscando, de hecho, y yo me la jugué, le escribí, le llamé, quedamos, me dio unos discos con las canciones que tocaban… y me metí totalmente en el jazz. Y, a partir de ahí, el jazz ha estado siempre conmigo. Estuve con Larry desde finales de 2009 y, cuando murió, nos transformamos en Speak Jazzy y, tocando con unos y con otros, conocí a Federico Lechner

El pianista argentino…

Sí, y en 2016 o 2017, me llamó para proponerme dar un concierto de homenaje a Gershwin, con el guitarrista Chema Saiz. Fue un solo concierto, pero nos lo pasamos muy bien. Además, fue un combo bastante curioso porque no teníamos batería ni contrabajo y yo les propuse grabar un disco para poder tocar más y moverlo por las salas… y así fue como conseguí tener un proyecto fijo de jazz en mi vida, que me apetecía mucho.

¿Y lo de las poetas del 27?

Pues es una manera de retomar mi proyecto personal. Empezó todo sin pensar en el disco ni nada, movida por una ilusión brutal (y un enfado brutal, también) al descubrir que había una generación femenina del 27 de la que no se hablaba en ningún lado, que no aparece en los estudios de secundaria, que sigue ahí en el limbo… Yo quería aportar algo para poder divulgarlas, supongo que inspirada por proyectos como el de Paco Ibáñez o lo que hizo Serrat con Miguel Hernández… Musicalizar poesía, que es algo que siempre me ha gustado.

Y que es, como mínimo, complejo.

Sí, claro, es complejo desde el momento en el que tú no escribes el poema y además lo tienes que pasar del papel a la música y tiene que haber una coherencia conceptual y expresiva. Ese era mi gran objetivo: que la música contara lo mismo que contaba el poema, y que, al convertirlo en canción, llegara mucho más. Yo ya había sacado en 2012 un disco propio que se llamaba Sheila Down y es verdad que había dejado un poco apartada esa parte personal mía de compositora, de tocar el piano y cantar… no fue algo planeado, pero cuando descubro las poetas, me emociono muchísimo, me apetece cantarlas y me vuelvo a sentar al piano a componer, desmarcándome del jazz, porque yo me siento mucho más cómoda en el pop y en el folk. A mí, en realidad, siempre me han gustado las letras, ¿no te ha pasado nunca que al traducir una canción del inglés al español dices «buf, esta letra no dice nada»? Te quedas con el ritmo y la música y está bien, pero a mí me gustan las canciones que me digan algo. Eso no significa que las letras tengan que ser profundas y sesudas, no va por ahí…

Puede haber algo en la belleza de la letra que vaya más allá del mensaje…

Sí, pero yo me refiero a la idea. Por ejemplo, a mí me gusta mucho Astrud, me río mucho. Y tienen letras que son muy ocurrentes y te lo pasas genial. No necesitas que sea todo «Asturias», de Víctor Manuel. No necesitas que todo sea «Alfonsina y el mar»… pero, para mí, tiene que tener algo, que la palabra «inspiración» esté ahí, porque escuchas canciones que dices: «Esto no está inspirado, está diciendo lo primero que se le ha ocurrido». Puede que la música sea muy buena. Y que rime. Pero…

Volviendo a lo que decías antes de las poetas del 27 y del papel de la mujer en la literatura en general. ¿No te parece increíble que durante décadas nos dijeran que las únicas escritoras españolas en siglos habían sido Emilia Pardo Bazán y Rosalía de Castro… y que no nos extrañara?

Para mí, ese es el gran cambio. Estamos despertando. Porque todas estaban ahí, en todas las disciplinas. Yo lo pienso como una especie de genocidio intelectual femenino. Cuando tenía catorce años y me explicaron la generación del 27, yo no me pregunté por qué no había mujeres… y creo que ahora (quiero pensar, al menos), las chicas sí se preguntan: «¿Y no había mujeres? ¿Cómo que no había mujeres?». Es un gran cambio que se está produciendo en los últimos años. Una de las cosas que debería hacer el sistema educativo es explicar, desde el principio de los tiempos, por qué no hay nombres propios de mujeres; porque estar, estaban. Darle contexto a esa desaparición, sin juzgar con ojos del presente hechos del pasado, porque eso es muy peligroso. Creo que hay que ponerse en esa situación y explicar a los chavales de hoy por qué eso fue así.

¿Eso lo has hecho? ¿Te has ido a institutos o a colegios a explicar tu proyecto?

Sí. Y, fíjate, no era algo que, en principio, tuviera pensado, pero es que me empezaron a llamar de sitios para combinar, por ejemplo, un concierto para adultos y un concierto para alumnos de secundaria. Han sido experiencias muy especiales, aunque, bueno, es verdad que la gente joven cuando tiene catorce o quince años está a otra cosa. Yo, por ejemplo, noto que tengo mucha más conexión con las chicas. Los chicos es como que todavía ven el concepto de feminismo con desconfianza. Todavía te toca escuchar cosas como «yo no soy feminista ni machista». Quiero pensar que eso ya pasará, pero todavía estamos ahí. Y eso no empieza con un concierto, empieza con sus padres y, luego, en clase con los profesores. Lo del concierto tiene que ser un complemento, algo que les haga disfrutar de la literatura femenina… pero el trabajo empieza mucho antes.

Hemos hablado de jazz, de folk, de indie, de música clásica, pero curiosamente yo te conocí cantando «Here Comes the Sun» en una oficina del INEM, dentro del programa de Javier Gallego (Carne Cruda).

Es que eso fue una pasada. Fue tremendo. Tengo la suerte de ser amiga de Javier Gallego desde hace muchos años y, por entonces, también estaba Ana Alonso en el programa. Me dijeron: «Vamos a hacer esto para llevar el sol a la gente que está en la oficina del paro». A ver, los Beatles son uno de los grupos favoritos de mi vida y además esta canción está en mi disco favorito, Abbey Road… Pasamos muchos nervios porque Javier se hizo un trabajazo con todo el equipo, se recorrieron mogollón de oficinas del paro por todo Madrid para encontrar una espaciosa, que tuviera luz… buscando que pudiera salir bien la grabación.

También pasamos mucho tiempo ensayando con los chicos de la Solfónica, encontrando el arreglo… y estábamos pensando: «Va a venir un segurata y nos va a decir que largo de aquí». Estábamos temblando. Yo pensaba que no tocaríamos el tema entero, fue muy emocionante ver la reacción de la gente, ver que les llegaba… ¡No sé ni cómo pude terminar con lo llorona que soy! Justo lo hicimos en Navidad, principios de enero de 2012, y era un momento en el que estábamos todos muy blanditos, porque la situación en España estaba muy mal. Había una sensación de decaimiento, personificada en esas colas del paro, con la gente cariacontecida.

Decías que los Beatles son uno de tus grupos de tu vida… ¿Qué otros grupos escuchabas cuando crecías en Salamanca?

Pues mi infancia tiene mucho que ver con lo que soy ahora, con esa versatilidad y ese no etiquetar. En mi casa, ha habido siempre mucha música. Además, mi madre canta muy bien y nos cantaba muchas canciones de su infancia, de los dibujos de su momento… Por otro lado, mi padre siempre fue muy melómano y en mi casa había plato, había vinilos y tenía una discoteca tremenda: Gardel, Elvis, Beatles, José Feliciano, Los Caramantúas, María Dolores Pradera, Mocedades… nada que ver un disco con el otro. Y, luego, yo iba al conservatorio, así que estaba a la vez tocando Bach, descubriendo Nirvana en el instituto, escuchando Jane’s Addiction, poniéndome en casa a los Beatles y oyendo cómo mi madre cantaba copla… [risas]. ¡Ah, y, aparte, la radio! Me acuerdo de que, a los doce-trece años, escuchaba Los 40 y, a los catorce, me pasé a Radio 3.

O sea que tragaste Subterfuge para aburrir…

¡Sí! [risas]. Es verdad. Mi email era sheilalux, porque compraba cada mes con mi padre la Rockdelux, y me leía todas las críticas de Víctor Lenore, Kiko Amat, todos estos… Y, luego, apareció en mi vida Radiohead. Porque los Beatles eran «heredados», pero tener la suerte de descubrir un grupo que te apasiona y que tu vida vaya paralela a su carrera es otra historia. Es el grupo al que más veces he visto en directo. En 2002, llegué a verlos tres veces: un sábado en Benicassim y un lunes y un miércoles en Salamanca, porque Salamanca era la Capital Europea de la Cultura y trajeron a Lou Reed, a Pattie Smith, a P. J. Harvey, a Caetano Veloso, a Franco Battiato, a Woody Allen, que vino con la Big Band a tocar el clarinete… por entonces, además, yo ya trabajaba de becaria en la SER y tenía pase de prensa. 

Sheila Blanco

Hablando de Nirvana, es curioso porque, en los diarios de Kurt Cobain, siempre que se pone a hacer listas de sus discos favoritos mete a los Beatles, pero no a los Beatles más experimentales sino directamente a los del primer disco de Capitol.

Pero es que tiene mucho sentido, porque yo siempre he dicho que Kurt Cobain tenía el don de las melodías y en realidad él lo que hace cuando surge el grunge son melodías muy fáciles, tanto de tocar como de cantar, muy pegajosas. Se parecen más a las de los primeros discos de los Beatles que a las de los últimos. De todos modos, tampoco te creas que soy muy consciente de esa división en la música de los Beatles, rollo «disco azul» y «disco rojo», no sé muy bien qué canciones tiene cada uno. En casa, teníamos los originales, y sé que esos discos luego se hicieron muy famosos en los noventa, pero no me interesaba mucho esa distinción.

¿Han cambiado mucho tus gustos desde entonces, has conseguido quitarte de encima ese punto pegajoso de la adolescencia?

Ha cambiado mi manera de consumir. A mí me gusta ahora sentarme a escuchar la música tranquilamente, por ejemplo. Me paro a pensar. Es verdad que al principio me puedo ir a alguna plataforma, pero, si me gusta, me acabo comprando el disco, y me interesa ir más allá: ver las fotos, ver las letras, la gente que toca, quién está detrás… Me interesa todo el trabajo artístico de un concepto. Los vídeos, también. Me siento y lo veo y me espero a los créditos porque es algo que me interesa. En ese sentido, sí ha cambiado: quizá antes era todo más rápido, más frenético. También tenía más tiempo. En mi época estudiantil, con mis amigos en la cafetería, en la universidad, hablábamos de música, de cine, de libros… Ahora, me autogestiono de una manera que no tiene nada que ver con el ritmo que nos imponen porque ya no va conmigo. Quizá años atrás sí que intentaba ir a esa velocidad, pero es que no lo disfruto nada, me da hasta ansiedad, me da la sensación de que no te enteras al final de las canciones, de lo que cuentan…

¿Nos ha llegado ese momento, como generación, en el que, cuando oímos lo que están escuchando los más jóvenes, pensamos, muy dignos, «esto no es música»?

No sé. ¿A ti te pasa? Por ejemplo, ¿El Madrileño es música? ¿C. Tangana es música? Mira, yo me he sentado a escuchar ese disco, igual que me senté a escuchar el de Rosalía (que me gustó, pero es verdad que dejé de reescucharlo muy pronto) y, a ver, de entrada, me sentía muy bombardeada, porque yo pasaba por Preciados y veía el óleo ese, que, ojo, me encantaba, pero… no sé. No quiero caer en eso de que «esto no es música» o «es mejor la música de antes» porque, además, no lo pienso. Sigo a bandas desde hace muchos años y no me parece que lo que hacen ahora sea peor que lo que hacían antes. Otro músico que me encanta, por ejemplo, es Marc Parrot y estoy esperando a que saque disco como loca. Si nos vamos al mainstream, es que ahí debemos tener en cuenta factores como «¿qué es lo que a la gente le están metiendo todo el rato en las radiofórmulas, en la calle… qué es con lo que la gente está siendo bombardeada?». A lo mejor, si les bombardearan con otro tipo de música… Están muy manipulados hacia qué es lo que tienen que consumir. ¿No te parece?

Supongo que, de alguna manera, todo se reduce a un ritmo que te resulta agradable. A nosotros, nos resultaba agradable determinado ritmo pop, que también nos metían en las radiofórmulas, en su mayoría, y a ellos les resulta agradable otro ritmo…

No sé, fíjate, yo les pregunté el otro día a unos primos de mi pareja, que tienen diecisiete, dieciocho años, si les gustaba el reguetón y la respuesta me hizo pensar: «Para salir, sí». Mucha gente escucha reguetón como música lúdica, de bailoteo. Es verdad que el ritmo no puede ser más bailón. Es tribal, te lleva de un pie al otro. Que sean todo el rato los mismos acordes o que las canciones sean parecidas es un poco lo de menos, porque es lo que ellos asocian con salir, estar con los amigos, bailar, pasárselo bien… Ahora, hablando en términos artísticos y en términos monetarios, si tú tienes un montón de gente que escucha una música que es sencilla de hacer y que no requiere de una inspiración exagerada, que te permite hacer una canción al día o dos o diez, ¿no te queda un concepto muy de fábrica?

Puede ser. Supongo que la música siempre tiene esa parte lúdica, que te recuerda buenos momentos. Te lo puedes pasar muy bien perreando y que determinada música te recuerde a ese perreo… 

Claro, sí… Lo que pasa es que a mí me gusta mucho bailar, pero yo, para bailar, necesito algo más: determinados arreglos, armonías, que la letra se pueda cantar… A lo mejor es una cuestión de criterio y a lo mejor es una cuestión solo de edad. Que lo que bailo tenga una dinámica. Cuando yo tenía veinte años no había reguetón, igual lo habría bailado entonces, no sé. Tengo la sensación de que había más variedad. Por ejemplo, en la lista de Los 40 podías encontrar a Bon Jovi, a Marc Parrot, a Danza Invisible… Sonaba de todo.

Sonaba incluso Lou Reed, y no solo el «Walk on the Wild Side» en bucle.

Claro, había mucha variedad de estilo, de tipos de cantantes, de géneros… Es que, para mí, eso es fundamental. Forma parte de mí totalmente: como persona, como artista… me nutro de cosas muy diferentes, las mezclo y de esa mezcla surgen conceptos como, por ejemplo, los BioClassics, que no deja de ser algo nuevo con una cosa de hace doscientos años.

Tal vez esa búsqueda de la mezcla sea una reacción a tu formación en el conservatorio, que es un lugar muy estricto.

Puede ser. Mis padres nos apuntaron a mis dos hermanas mayores y a mí, porque a ellos les habría encantado estudiar música, y les gustaba mucho el piano… Es verdad que cuando yo tenía quince o dieciséis años quizá me habría gustado estudiar más música popular, saber tocar otro tipo de música, pero en Salamanca en aquella época no había academias de música popular. Ahora sí, por suerte. El caso es que, si querías estudiar música, tenías que pasar por el conservatorio y el conservatorio, como la misma palabra dice, no te da mucha alternativa. Cuando ven a alguien que le gusta tocar pop, folk o tango… le dicen: «Este no es tu sitio, lárgate». Es así de taxativo y de poco musical. 

¿Cómo hacías para compaginar la música con los estudios obligatorios y con algo parecido a una vida social?

Pues lo pasé mal, sobre todo, en el instituto. En la universidad, no sé, como ya te podías organizar más tú con las clases era distinto. Pero en el instituto, tenías tus seis horas de clases y luego toda la tarde en el conservatorio. Siempre me sentí un poco… No me quedaba a jugar con mis amigos ni quedaba entre semana. Formaba parte un poco de lo que era yo, la gente ya no me llamaba para salir porque sabían que estaba estudiando o estaba en el conservatorio, pero yo echo mucho de menos todo eso: echo de menos mi estatus de estudiante. Me encantaría seguir estudiando. Levantarme y estudiar. Lo echo muchísimo de menos. A veces, pienso que no valoré lo feliz que era como estudiante. Era feliz y no lo sabía. Levantarte por la mañana e ir a la universidad, estudiar, estar con tus amigos, la cafetería… Luego, por la tarde, tocar en el conservatorio. Estoy pensando en qué apuntarme para seguir aprendiendo, para mí, la vida del estudiante es la mejor. Una vida muy placentera.

Sheila Blanco

¿Cómo era aquella Salamanca de principios de los 2000?

Pues muy distinta a la de ahora, pero distinta para mí, porque, aparte de que los bares hayan cambiado, yo salía por Salamanca y estaban mis amigos, pero ahora ya se han ido, así que cuando salgo, no hay nadie. Yo recuerdo una noche con muchísima variedad de música. Te hablo de 2002, 2003, 2004… Había un circuito de música en vivo, de gente que pinchaba una música buenísima, en el Potemkin, en El Lado Oscuro, que ya no existe, creo que ahora es un doner kebab. Había festivales de poesía y música… No sé, creo que viví uno de los mejores momentos de Salamanca, tanto cultural como de movida musical como de ambiente nocturno. Lo que pasa es que luego nos fuimos todos y, ya, sin la misma gente, la ciudad es otra. 

Supongo que, hasta cierto punto, y por la importancia de la universidad, Salamanca siempre ha sido un poco «ciudad de paso».

Es que hay gente que ha estado ahí estudiando durante los años que te digo y ya no quiere volver porque les pone triste volver al lugar donde han sido felices. Vuelves a la misma ciudad, pero ya no es el mismo escenario. Ha cambiado todo. Yo tengo esa relación con Salamanca, porque yo soy de ahí, pero viví todos esos años gloriosos con amigos que eran casi todos de fuera: gallegos, asturianos, gente de Barcelona, de Cáceres, de Plasencia, de Madrid, incluso… Era un caldo de cultivo maravilloso. Fueron unos años que volvería a repetir sin lugar a dudas. 

¿Cómo te dio por estudiar Comunicación Audiovisual? ¿Qué es lo que buscabas?

A mí me gustaba mucho contar cosas y ser testigo, estar ahí… Siempre me ha gustado mucho la comunicación directa de la radio, aunque la televisión luego me llamó en determinado momento. Siempre tuve claro que no quería estar en prensa escrita, le tengo mucho respeto y me parece la más difícil de hacer. Quería algo que tuviera que ver con relacionarse con la gente y ser testigo de cosas para poder contarlas luego, transmitir esas emociones que te llegan, que te impactan. Fíjate que yo pedí comunicación en la privada, pero en la pública pedí Derecho. 

Eso me lo tienes que explicar más detenidamente, ¿cuál es el nexo?

¡Ninguno, no hay ninguno! [risas]. ¿Sabes qué pasa? Que yo soy de letras hasta la médula y me parecía que la carrera de Derecho tenía muchas alternativas, había muchas ramas diferentes… y, además, siempre he tenido mucha memoria y se supone que, si tienes memoria, es tu carrera ideal. También me gustaba la medicina, pero las ciencias y yo nunca nos llevamos bien.

Mucha gente se mete a Comunicación Audiovisual porque quieren ser directores de cine y luego se llevan una decepción enorme.

De hacer algo de cine, a mí me gustaría estar en uno de esos debates con Garci y hablar de las películas, de las tramas, de los personajes… Soy muy cinéfila, pero yo iba claramente por la radio. En mi casa, siempre se escuchó la radio. Te levantabas, y hasta la hora de comer, estaba la radio puesta siempre. Mi padre se acostaba con la radio, también. Me parece el medio más mágico, el que informa de manera más directa, el que mejor te cuenta las cosas, no sé. Me gustaba mucho y supongo que lo tuve claro: de dedicarme a algo que no fuera la música, pues sería eso. La música estaba ahí, pero mis padres siempre decían eso de: «Bueno, estudia algo y luego ya dedícate a la música si te apetece»… aunque ahora mi padre me dice mucho que podría haber estudiado directamente una carrera como musicología o magisterio musical. Lo que pasa es que es un poco lo mismo que ya estaba estudiando en el conservatorio. Hasta hace poco, he impartido clases de canto y me gusta, pero no quería dedicarme a ello.

Empezaste con prácticas en la universidad y luego te viniste a Madrid…

Mi universidad tenía muy buenos convenios de prácticas, era una ventaja de la privada respecto a la pública. En cuarto de carrera, podías ir a la SER, a la COPE, a Onda Cero… y yo me fui a la SER. Me acuerdo de que hice una prueba con los redactores del Hoy por ho», que te hacían una pequeña entrevista y luego te hacían locutar. Esto era el verano de 2004 y ya establecí contactos, me llamaron para prolongar un mes más las prácticas, al año siguiente me volvieron a llamar para seguir y ya me quedé aquí. Al principio, estaba en Gran Vía, 22, en W Radio, una de las emisoras de la Cadena SER para América Latina. De 2005 a 2009, estuve trabajando en radio, y después me pasé a la tele, a La Sexta, a un programa que duró muy poquito, que presentó Manel Fuentes y se llamaba Malas compañías. Lo producía la gente de Cuatrocabezas, los del Caiga quien caiga, pero duró solo dos meses.

Y ahí es cuando decides dejar el periodismo y dedicarte solamente a la música.

Es que el periodismo es tan absorbente como la música. Yo llegaba a casa y no tenía ni ganas ni tiempo de sentarme a tocar, a componer… Era muy difícil tener un contrato con un medio y organizar conciertos fuera, por ejemplo. No podía compaginar las dos cosas, así que en 2009 lo dejé todo para probar.

No tuvo que ser fácil

Mira, yo tenía un año y medio de paro por delante, así que me puse a buscar alternativas para de verdad poder dedicarme a la música, poder vivir de ello. Mandé grabaciones a estudios de publicidad, compuse más temas, di más conciertos. Incluso tenía un concepto claro de lo que quería que fuera mi primer disco y también trabajé en eso. Pude dedicarles más tiempo a otras músicas y me metí en un coro góspel, luego apareció la Larry Martin Band… Mi padre estaba viendo un poco cómo me las componía, pero mi madre sí me preguntaba: «Bueno, ¿pero vas a volver al periodismo?». Cuando vieron que ya tenía varias fuentes de ingreso, que iba en serio, ya lo vivieron como una transición más tranquila.

También me puse a dar clases, cada vez iba a mejor, cada vez tenía más poder de decisión, ya no tenía que aceptarlo todo, podía decir que no a cosas que no me gustaban, aunque estuvieran relacionadas con la música. De repente, me llamaron de La Voz Kids, porque querían que trabajara de vocal coach, detrás de las cámaras. Después, entré en la Cadena SER con una sección. También estuve en Sofá Sonoro. De repente, vuelves a los medios, pero vuelves con la música. Todo esto, sin dejar de hacer publicidad, que, estas navidades he hecho la campaña de un queso [risas]. En fin, que ese año y medio de paro fue lo que necesité para tener la maquinaria ya funcionando y ya podía pagar un piso que compartía con amigos… Un poco en la precariedad, pero bien. Ya podía pagarme mis viajes y, no sé, fueron unos momentos de mucha incertidumbre, pero con veintitantos años, tienes una valentía que luego pierdes.

Sheila Blanco

¿Cuál es el momento en el que ves que esa apuesta que has hecho ya no tiene marcha atrás? 

Pues, mira, supongo que hay dos momentos: uno, es cuando entro en la Larry Martin Band, que era una banda de jazz que trabajaba mucho, una banda seria en la que había ensayos regulares, con proyecto de grabar disco, tocábamos en festivales… o sea, era un trabajo de cantante regular, serio, profesional, que yo no podría haber compaginado con la radio. Y, luego, otro momento muy importante fue cuando pasé de conciertos con quince personas a conciertos con ciento cincuenta o doscientas personas. Esa época, además, fue muy bonita, porque aprendí a tocar la guitarra, aprendí armonía… Yo, por entonces, tocaba con una banda de amigos que se llamaban Toch, eran argentinos, y vivían por y para la música. Me inculcaron esa confianza en la música: si tú estás entregada, la música se entrega a ti y te pasan cosas buenas. Si empiezas a tocar más, a componer más, acabas dando más conciertos, hay más boca a boca, la gente te llama más… y me di cuenta de que aquello era real, que tenía sentido. Tocábamos todos los meses en una sala como El Juglar, en Lavapiés, y llegó un momento en el que la gente se quedaba fuera en nuestros conciertos.

¿Y en qué momento te das cuenta de que Madrid es el sitio en el que quieres vivir? 

Pues, antes de venir a Madrid, yo ya sabía que quería vivir en Madrid. Siempre tuve un espíritu muy cosmopolita, muy urbanita. A mí, por ejemplo, me encantaba la Gran Vía. Recuerdo pasar con el coche cuando venía con mis padres a Madrid por cualquier cosa y me encantaban esas avenidas enormes. Claro, el sitio más grande donde yo había vivido era Salamanca y, antes, en un pueblo pequeño de al lado, Santa Marta. También viví en Ponferrada, por el trabajo de mi padre, que cada tantos años le trasladaban a un banco distinto. Yo he ido a cuatro colegios, pero mi hermana la mayor es un poco como Marilyn Monroe, no sé en cuántas casas ha vivido [risas]

A veces, lo grande puede resultar un poco impersonal, también.

Sí, eso lo he hablado con amigos, a los que Madrid les parece una locura, muy grande, con mucha gente, el metro… pero, para mí, era un lugar maravilloso. También por la oferta cultural. De repente, todos los grupos que me gustaban tocaban en Madrid. Todo pasaba por Madrid. Y quizá ahora, gustándome como me gusta Madrid, y viviendo más en el centro que nunca (este año, me he mudado a Ópera), valoro más las escapadas. Ya no tengo el mismo ritmo de antes, tengo una vida un poco más tranquila.

Es curioso que grabaras Sheila Down en 2012 y tardaras tanto en volver a grabar algo completamente tuyo.

Bueno, eso tiene que ver también con la libertad que he tenido siempre al no tener una discográfica, no tener un mánager… Lo que ocurre es que, al año siguiente de sacar Sheila Down, yo me quedo sin banda, porque los Toch se vuelven a Argentina, y es un momento musical en el que siento que hay un cambio en mí y en mi música y hay una inmersión total en el jazz. De 2013 a 2016-2017, son años de inmersión total en el jazz, en mis clases, hice también un posgrado en técnica vocal… y, bueno, Sheila Down era una carta de presentación con canciones que venían desde mi adolescencia y yo fui cambiando, claro. Fue un proceso muy a fuego lento, muy disfrutón, pero al irse ellos, decidí aparcarlo todo y dar uno de mis giros habituales. Sheila Down y el rollo folk-pop se quedaron ahí y me fui al jazz, a la improvisación, a los standards… Fue como cambiarte de repente de país: cambiar de idioma, cambiar de lenguaje, de todo. Fueron unos años de cantar un montón y de estudiar mucho.

Decías en una entrevista que habías superado ya el síndrome de la impostora y a mí me gustaría saber cómo se hace eso.

Pues mira, se supera a días [risas]. Para mí, es que lo del paso inexorable del tiempo me parece decisivo. También, mirar un poco alrededor y no ser tan dura con una misma. Es que yo soy muy benévola con otros proyectos que se dan a mi alrededor, pero luego a mí me doy mucha caña. ¿Sabes qué pasa? Que también me he quitado muchas expectativas. No puedo levantarme por la mañana esperando estar arriba del todo. No puedo autoexigirme de esa manera porque entonces siempre voy a ser una desgraciada. Nada va a ser suficiente. Olvidar las pretensiones.

Es un poco como conectar con la niña que llevas dentro: estar en el presente, disfrutar lo que haces y hacerlo. Jorge Pérez, de Patáx, me decía: «Muchas veces, no hacemos las cosas porque estamos todo el tiempo intentando perfeccionarlas. No queremos sacarlas hasta que no las hagamos mejor. Y lo que me ha enseñado la vida es que es mejor sacar lo que sea y, si quieres perfeccionarlo, ya tendrás tiempo». Pensando en todas estas cosas, se me pasa un poco el síndrome de la impostora, porque al final todo se reduce a disfrutar lo que hago… y a entregarme. Yo le pongo muchas ganas a todo lo que hago. Si me sale mal… ¿le he puesto todo lo que yo quería y tenía? ¿Sí? Pues no pasa nada.

Debe ser difícil mantener esa actitud con tanta exposición. ¿Cómo conseguiste entrar en el programa de Francino?

Lo del programa de Francino fue porque una amiga periodista le habló de mí a Toni Martínez, que es el director del «Todo por la radio». Lleva treinta años haciendo humor, era el director de los guiñoles de Canal Plus… es un tipo súper listo, que siempre ha tenido una comicidad tremenda, pero ha estado en la sombra. No es una persona hiperconocida, ni siquiera físicamente. Tuve una entrevista con él cuando empecé en La Ventana, haciendo imitaciones de cantantes, en una sección llamada «Voces cruzadas». Por ejemplo, cantaba el «Wannabe» de las Spice Girls, pero como si la cantara Ella Fitzgerald. Hacía cosas muy locas, como imitar a Shakira, cantar una canción pop, pero rasgando la voz como Etta James… Cantar a Nino Bravo mezclándolo con Marta Sánchez. Y ese «Voces cruzadas» derivó en hacer lo que me diera la gana que tuviera que ver con la música. De ahí, por ejemplo, lo de «os voy a cantar la vida de Bach sobre una música de Bach», que es como empezó la aventura de los Bioclassics. Cuando te dan libertad, cuando te dan manga ancha para hacer lo que quieres, que normalmente coincide con lo que se te da bien, es cuando haces contenido de verdadera calidad. Eso es lo que hace Toni: sacar lo mejor de cada uno. 

Esta es tu cuarta temporada, con cambio de sección.

Creo que sí, que es mi cuarto año, y, con el éxito de los BioClassics, mi sección ahora se llama «Chan, chan, chan» y es sobre música clásica. Cuento lo que me dé la gana que tenga que ver con la música clásica, curiosidades… por ejemplo, hoy he hablado de los nocturnos y de las óperas bufas. Lo bonito es contar todo esto de forma creativa porque la información ya está ahí y todo el mundo puede acceder a ella, pero la creatividad es lo que hace que un contenido se diferencie de otro. Yo intento mucho quitar la pátina aburrida y formalista de la música clásica. Para mí es un reto, conseguir que a la gente le guste escuchar un concierto de violín.

Sheila Blanco

Este año cumples cuarenta años, ¿sientes algo parecido a una crisis?

¡Es que no me lo puedo creer! Me resisto mucho a pensar que eso es así. Supongo que lo que me puede llegar a afectar es que algo que es un número, pero no tiene nada que ver con mi entusiasmo ni con mis ganas de aprender, de repente, desde fuera, me afecte. 

¿A qué te refieres?

Pues a que «como tienes cuarenta», ya no te llamen de una cosa o no te llamen de otra. El otro día estaba leyendo una entrevista con Candela Peña y decía que, a partir de los cuarenta, los directores y los guionistas hombres, a las mujeres nos ponen de enfermas, de solteronas, de amargadas… y yo decía: «¿Cómo?». Ella se refería a los guiones escritos por hombres. Me da miedo que la gente me clasifique por mi edad, eso podría llegar a molestarme. Aparte, esa exigencia de las mujeres con la juventud. Yo creo que, vosotros, los hombres, no tenéis ese peso.

No.

Pero, bueno, las mujeres que ahora tenemos cuarenta o cuarenta y pocos estamos en primera línea de ese cambio. Eso tiene que dejar de pasar. No sé, quiero pensar que los cuarenta son los nuevos treinta [risas]. He pensado mucho estos días sobre el tema y lo que se supone que tienes que hacer antes de tal edad… y creo que eso no va así, que no puedes fijarte metas que a lo mejor son inalcanzables. Tienes que sentirte a gusto con lo que has hecho, eso es lo importante.

La gente que te rodea, también. A los cuarenta, te define mucho si la gente que te rodea es la que tú quieres o no.

Bueno, eso por supuesto. No sé, yo cada día estoy más con el «Be Here Now», que es un poco el eslogan del rock, ¿no?

Y el título de un disco de Oasis.

Y el título de un disco de Oasis. ¿No te sabes la historia? Le preguntaron en una entrevista a John Lennon cuál era el lema del rock y él dijo: «Be here now» y, por eso, Oasis llamó así a su disco. No sé cuál de los dos Gallagher.

Sería Noel.

Probablemente. Pero no solo es el lema del rock, sino que es el lema de la vida, del instante, de conectar con quien tú eres. Sé que esto es muy teórico, pero no está mal dedicarle diez minutos al día a conectar con quien eres. Yo eso lo necesito mucho más ahora que cuando tenía veinte años. 

Ya para acabar, te voy a decir una serie de nombres de artistas para ver qué te sugieren.

Vale.

Les Luthiers.

Unos genios. Les he ido cogiendo el gusto con el tiempo. Cuando era más jovencilla, no me gustaban, me parecían muy aburridos. Y, con el tiempo, según les vas escuchando y les vas pillando, te das cuenta de que son muy buenos.

Amy Winehouse.

La sensibilidad y la fragilidad y la combinación de un alma sensible con el sistema despiadado de alguien que se hace famoso de la noche al día y no sabe asimilarlo. Aparte de estar mal rodeada: tener un mal marido y un mal padre. Qué mala suerte.

David Bowie.

Hoy (10 de enero) hace seis años que murió. Uno de los músicos que más he escuchado en mi vida. Tiene algo en sus canciones que me atrapa, que me hipnotiza… Me alucina algo que tiene él y que yo no tengo, que es darle tanta importancia a la imagen. Me flipa toda la parte visual de su carrera. Y como compositor me encanta en todas sus etapas, porque fue cambiando todo el rato porque el cuerpo se lo pedía: del pop sesentero a Ziggy, la época berlinesa… quizá la parte de los ochenta con Tin Machine me gustó menos, pero me encantó cuando volvió en los noventa.

Zahara.

Una persona con mucho talento y muy valiente. Escuché el disco de Puta al poco de salir porque la vestuarista de Zahara es amiga mía, Estela Benítez. Me acuerdo de un programa que presentaba María Gómez y en el que ella hacía versiones de las canciones de los entrevistados. Me encantaba. De Zahara, sobre todo, me llama mucho la atención que un artista sea capaz de hurgar tanto en sus mierdas y de exponerlas así. Eso no lo puede hacer todo el mundo. Yo, desde luego, no sería capaz de hacerlo.

C. Tangana.

Pues me parece una persona superafortunada por tener las colaboraciones que ha tenido en su disco. Quiero que alguien apueste por mí y tocar con Toquiño, con Drexler, con Kiko Veneno… Sí, me parece un tipo muy afortunado, con el que han hecho una apuesta muy fuerte… y ya está [risas].

Billie Holiday.

Otra alma sensible, alma vieja, con una sensibilidad brutal, con un pasado tremendo y que también su ecosistema nos la arrebató muy pronto, porque es gente que cae en el vicio para poder huir de su realidad terrible, de sus fantasmas, a lo Amy Winehouse. Creo que murió a los cuarenta y cuatro años y estaba destrozada, como Edith Piaf. Vocalmente, es muy interesante, porque ella no imitaba a nadie cantando. Decían que nadie cantaba las palabras «dolor» y «hambre» como Billie Holiday. Es una manera de cantar única, un referente transversal. Aunque no hagas en tu vida jazz, tienes que escuchar a Billie Holiday.

Richard Wagner.

Es que hasta el nombre es un latigazo [risas]. Un tipo muy admirable porque fue de los primeros en escribir el libreto y pensar en el atrezo de sus obras, que duran, ¿qué?, ¿cuatro horas? Richard Wagner es como el Bruce Springsteen de las óperas. Es como un animal de la música y de la energía. ¡Cómo sería una persona que compone esa música! Son palabras mayores, Wagner… pero hay que estarse cuatro horas escuchando una ópera de Wagner.

La última: Dua Lipa.

¿Dua Lipa? Jo, pues, mira, hace tres años estuve colaborando en Los 40, en el Anda ya y ahí escuchaba mucho Dua Lipa, además de que hay muchos niños que traen sus canciones a La Voz Kids. Creo, además, que ella es compositora de sus temas. Del mainstream es de lo que más me gusta, tiene mucha personalidad. No es una persona que yo escuche a diario, pero, bueno, me gustan los hits.

Sheila Blanco


Cantantes que son un tesoro no muy descubierto

la cantante Karen Dalton en la portada del elepe In My Own Time Imagen Light In The Attic Records po
Karen Dalton en la portada del elepé In My Own Time. Imagen: Light In The Attic Records.

Acompaña la lectura del artículo con nuestra lista en Spotify:

En pleno siglo XXI, con el superdesarrollo de la internet y el ávido consumismo, sé que resulta un tanto absurdo hablar de cantantes no reconocidas, poco vendedoras, oscuras, pero si hacemos un pequeño esfuerzo y nos retrotraemos al mundo predigital, concretamente al mundo de los años sesenta del siglo pasado, podríamos situarnos en una coordenada muy diferente, ideal para entender este fenómeno. Además, me voy a centrar en un espacio bastante limitado, la ciudad de Nueva York, por un lado, y California, por otro, y en los años más sublimes del pop. Esos años y esas ciudades dieron cientos, miles de artistas reconocidos —unos, con una larga carrera, y otros, no pasaron de ser un one hit wonder— y luego están ellas, mujeres con un gran talento, que grabaron algunos discos memorables, pero no tuvieron ninguna repercusión y desaparecieron enseguida. Con «desaparecer» me refiero a que no solo dejaron la música, sino que murieron en unos años, olvidadas de la mano de Dios.

Una de ellas, sin embargo, ha vivido hasta hoy, (moría este mes de noviembre a los ochenta y cuatro años). Margo Guryan, además tuvo un revival en el año 2000, cuando su primer elepé del 1968, Take a Picture, fue relanzado de nuevo por varios sellos, entre ellos, el español Siesta, y se convirtió en un éxito (sic) a posteriori, sobre todo en Japón. Aparte del disco, hubo más lanzamientos en relación con Guryan: el grupo británico Saint Etienne grabó un tema suyo para su fan club, «I Don’t Intend to Spend Christmas Without You» en 1998. Linus of Hollywood se reunió con ella en Los Ángeles, y grabaron dos de sus temas en su elepé Your Favorite Records: «Shine» y «Sunday Morning» (1999), además de volver a lanzar Take a Picture.

Margo Guryan se educó en el mundo del jazz, en el barrio neoyorkino de Queens. Sus padres eran pianistas universitarios y ella siguió la tradición familiar, tocando el piano y haciendo canciones de jazz. Así, fue contratada por la división de Atlantic, en principio, como cantante, pero resultó que no «podía» cantar, se le quebraba la voz, así que quedó en el sello como compositora y de esta forma fue como varios artistas de jazz interpretaron canciones de Margo Guryan: Chris Connor, la cantante de jazz ligero, cantó «Moon Ride»; Harry Belafonte hizo su «I’m On My Way to Saturday». De esta primera etapa como compositora, trabajó con gente del jazz como Ornette Coleman y Don Cherry, y se casó con Bob Brookmeyer, trombonista y pianista, miembro del cuarteto de Gerry Mulligan

Su relación con el jazz y su matrimonio duraron exactamente lo mismo. Entonces, un amigo compositor la recomendó que escuchara una de las canciones más bellas de la historia del pop, que venía en el disco de los Beach Boys, Pet Sounds: «God Only Knows». Alucinada con aquel sonido y su letra, tras haberla escuchada un millón de veces, escribió «Think of Rain» entrando así en el mundo de las canciones pop. Así, se la tocó con el piano a un productor de quien era secretaria, y este las mandó a la A&R de Columbia, April Blackwood, quien se las entregó a David Rosner, que se convirtió no solamente en su productor, sino en su marido. Con él volvió a grabar unas demos, para resarcirla de la experiencia anterior: inmediatamente, la canción «Think of Rain» fue grabada por dos estrellas de la época, Claudine Longet y Jackie DeShannon, en 1967.

Al año siguiente, 1968, Guryan debutó oficialmente como cantante de sus propias canciones, en un elepé llamado Take a Picture, producido nada más que por John Simon, que es una maravilla de sonidos pop, y arreglos esmeradísimos, con aroma a jazz, y un gran potencial para vender muchas copias, pero que se quedó en el lanzamiento, debido a la negativa de su artista a salir de Nueva York para venderlo en actuaciones. Como consecuencia, el sello se negó a hacer ninguna promoción más. Sin embargo, alguna de las canciones que lo integraban fueron versionadas en muchas ocasiones, a lo largo del año 1967-1968.

Spanky and Our Gang, Bobby Gentry y Glen Campbell, cantaron «Sunday Morning». Ah, y Marie Laforet la hizo en francés (con letra de Michel Jourdan) con el título «Et Si Je T’Aime». Carmen McRae y Julie London versionaron dos canciones: McRae interpretó «Can You Tell» y «Don’t Go Away» para su elepé Sounds of Silence (1968), y London cantó «Sunday Mornin’» and «Come to Me Slowly» en Yummy, Yummy, Yummy (1969). 

Se retiró de la grabación, y continuó con sus clases de piano. Al final, se convirtió ella misma en profesora, que escribió y grabó varios discos para estudiantes de piano. Pero no volvió a la música pop.

Karen Dalton, una nómada en New York 

Hace muy poco tiempo que la página Light in the Attic ha desplegado un «todo» de la cantante Karen Dalton: las últimas grabaciones que realizó con Richard Tucker, su marido, en Colorado durante el año 1966. Precisamente se llama así, 1966, y son las canciones que dejó en una cinta de grabadora, incluyendo varias versiones que no habían salido antes, como «Reason To Believe» y «Don´t Make Promises You Can´t Keep, de Tim Hardin, y «Other Side of this Life», de Fred Neil. Lo ha sacado Delmore Recording Society. Igualmente, allí se puede comprar el álbum 50 aniversario de In My Own Time, de 2006, en edición de lujo: presentado en tres caras de 45 rpm y la cuarta, la performance en The Montreux Golden Rose Pop Festival, el 1 de mayo de 1971, algo que nunca había salido.

Karen Dalton es a día de hoy bien conocida entre los aficionados a la música, como todas estas que incluimos en este artículo. Es más, ha sido carne de texto en revistas modernas, lo cual es suficiente para pensar que ya ha sido deglutida por la cultura actual. A esto ha ayudado la edición de dos documentales sobre ella: en 2018, A Bright Light. Karen Dalton and the Process, y en 2020, In My Own Time: a Portrait of Karen Dalton, que se estrenó en el festival de documentales de Nueva York. El estilo de Dalton es único, mezcla de raíces muy blueseras, mezcladas con melodías folkies, R&B y una voz impresionante, voz que no se parece a nadie, aunque podamos encontrar en ella trazos de Billie Holliday, Nina Simone y Jean Ritchie, entre otras muchas. De tan especial, estamos ante una cantante que podría haber sido tan grande como Janis Joplin. En su voz encontramos esa difícil mezcla de ternura y dureza que solo pueden manejar las más grandes. Armada con su banjo y un guitarra de doce cuerdas, abandonó a su familia y su ciudad, Enid, Oklahoma, y partió para el New York, ese espectral y duro de la escena folk, del Greenwich Village. 

Allí, como es normal, coincidió con todos los músicos. Y cantó y tocó con ellos, además de hacer versiones de sus canciones. La portada que tiene el segundo documental es, desde luego, un anzuelo para vender a Karen Dalton en el siglo XXI, y el haber contado con artistas actuales hablando maravillas de ella, como Nick Cave y Angel Olsen. Pero esto no es de ahora, ya en la era de los cafés-cantantes de New York hubo quien lo pensó y así lo ha dejado impreso en su primer libro de memorias. Bob Dylan, en Chronicles Vol 1. (Simon and Schuster, 2004) decía: «Mi cantante favorita de toda la escena era Karen Dalton. Era una chica alta, blanca que cantaba blues y tocaba la guitarra, a la moda, larguirucha y sensual. (…) tenía una voz como la de Billie Holliday y tocaba la guitarra como Jimmy Reed, y todo lo llevaba hasta el final. Canté con ella un par de veces». 

Y entonces, ¿qué es lo qué pasó? Pues la personalidad de Dalton, que no estaba hecha para ser estrella, ni siquiera para una cantante normal. Tenía aversión por los escenarios grandes y a las giras; en el escenario nunca interactuaba con la gente. Además, el hecho de grabar la ponía muy nerviosa, y siempre salía del estudio enfadada, porque no se estaba haciendo como ella quería. De hecho, su primer disco, para Capitol (1969), se pudo terminar porque Nik Venet, el productor, por entonces americanizado Nick Venet, y justo antes de firmar también a los Beach Boys, llamó a Fred Neil y la engañaron diciéndole que estaban haciendo unas versiones, así en plan amiguetes, y que no estaban grabando. Así, nació It’s So Hard to Tell Who’s Going to Love You the Best. En él, aunque sea de esa manera, podemos escuchar versiones grandiosas de Fred Neil, Jerry Roll Morton, Elmore James, y canciones propias de Dalton, como «How Did the Feeling Feel to You», que con el acompañamiento de Fred Neil a la guitarra resulta un escándalo de bueno.

El disco, a pesar de todo esto, no se vendió, en parte por la desidia de Capitol por vender a una cantante que no quería venderse, ni salir a actuar, ni hacer promoción, ni nada. Harta de estos manejos con una discográfica y el pésimo resultado, decidió coger a sus dos hijos y volvió a Oklahoma. Bueno, es que no les he contado lo de su vida privada: con dieciocho años ya había tenido dos hijos, niño y niña, y se había casado dos veces, separándose también. Supongo que el hecho de dejar a los niños en Oklahoma (a veces se traía a la niña, que prácticamente era la madre en esa relación) le ocasionaba mucho pesar. Entre eso, y los sinsabores con la música, la hicieron darse a las drogas, como casi todos por entonces, pero ella por razones añadidas. Primero a las anfetaminas, y enseguida a la heroína.

De todas formas, la voz de Karen Dalton no había quedado olvidada en ese parón. Harvey Brooks, bajista por entonces de Bob Dylan en Bringing it All Back Home y Highway 61 Revisited, la trajo de vuelta a New York con un contrato con Just Sunshine Records, que era del promotor del festival Woodstock. Esta vez, para la grabación, se reservó durante seid meses el Bearsville Studio, propiedad de Albert Grossman, otra vez una relación con Dylan. El repertorio de este segundo disco es de calidad superior que el primero. Está lleno de versiones de clásicos del soul y canciones como la que lo abre, «Something on Your Mind» escrita por Dino Valenti para ella; «How Sweet it Is», la inmortal canción interpretada por Marvin Gaye para la Motown; o «When a Man Loves a Woman», que popularizó Percy Sledge en 1966 para Atlantic. Y además, los arreglos (aquí sí hay) están muy cuidados. A pesar de ello el disco no se vendió, aunque su sello se implicó más en su distribución y la colocó de telonera de Santana en una gira por Europa, justo tras el éxito de estos en Woodstock y el álbum Abraxas. Apenas pudo salir en Montreux, y en el resto de la gira ya ni eso.

Al volver a Estados Unidos se recluyó en Colorado con su tercera pareja, Richard Tucker, pero no implica que no siguiera tocando música en su hogar, incluso en algún club cercano al principio. Pero cuando sus hijos se hicieron mayores y la dejaron, cayó aún más en sus adicciones .Además, fue diagnosticada del virus del VIH por haber compartido agujas. En los años finales de su vida, los primeros noventa, vivía en casa de Peter Walker, célebre guitarrista que mezcla la guitarra española con elementos de raga, y que no hace mucho puso a la venta un libro de poemas y escritos que había dejado Dalton en su casa, y al que se apuntó también. Por fin, Karen Dalton murió en 1993. Una década después comenzó el revival que llega hasta hoy. 

Judee Sill, la cantante de las estrellas

Esta es, sin duda, la historia más triste y conmovedora de cuantas he relatado. Ella lo tenía todo para ser la primera o entre las primeras cantautoras de la escena folk de la costa oeste, junto a tíos como J. D. Souther y Jackson Brown, entre otros. Fue de las primeras artistas que fichó David Geffen para su sello, Asylum Records.

Ella componía sus propias canciones, unas canciones que no se parecen a ninguna otra. Quizá en la forma sí, en un pop impoluto, lleno de coros angelicales, donde hay muchas influencias del rock, del country, del gospel y del folk, e incluso hay ciertos toques de psicodelia y de música clásica. Hay un rastro de Laura Nyro, con los mismos ecos de Laurel Canyon. Pero las letras… quizá Jim Morrison (o Brian Wilson, como dijo de ella Andy Partridge), pero con un tinte totalmente distinto. Ella se había vuelto una creyente, tras unos principios iba a decir negativos, pero la verdad es que la infancia y la adolescencia de Judee Sill fueron trágicas, como de telefilm de la cadena Crimen + Investigación.

Nació en Oakland, y de niña perdió a su padre. Su madre, enseguida, trasladó a la familia (ella y su hermano mayor) a Los Ángeles, y se volvió a casar con Kenneth Muse, animador de Disney y de otros dibujos, como Tom y Jerry. Las relaciones en el hogar no eran buenas: siempre había peleas entre los padres, y con los niños. Sill recordaba a su padrastro como a un alcohólico que la emprendía a golpes con los perros y los gatos (irónicamente), y luego con ellos. Y en cuanto terminó el instituto, se casó con un hombre mucho más mayor que ella, empezando a moverse con gente que daba palos en tiendas y gasolineras a punta de pistola, y con veinte años ya estaba en el reformatorio. Allí descubrió los himnos baptistas, y aprendió a tocar el órgano de la iglesia.

Al salir del reformatorio, sucedió que su madre murió de repente, y su marido se ahogó en un río mientras iba de LSD. Poco después volvió a casarse, esta vez con Bob Harris, pianista que por entonces trabajaba en clubs. Más tarde, pondría arreglos en las canciones de su mujer, en la de los Turtles y más adelante, en el grupo de Frank Zappa. Los dos se aficionaron a la heroína. Tanto, que ella volvió a las andadas criminales para costearse su adicción: robar a la gente, incluso pasarse a la prostitución. Al poco, fue pillada estafando cheques y volvió a prisión. Haciendo una llamada de ayuda desesperada a su hermano, descubrió que este acababa de morir de una infección de hígado.

Sola, en la cárcel, decidió abandonar la heroína por sí sola y centrarse en hacer de su vida otra historia. Y empezó muy pronto: mientras estaba todavía en la cárcel, los Leaves de L. A., grabaron «Dead Time Bummer Blues», y poco después los Turtles sacaron en single «Lady-O». Ya en la calle, Graham Nash la llamó para producirla un disco, un single de debut: «Jesus Was a Cross Maker», que no es una canción de religión (aunque lo parezca), sino sobre la ruptura entre J. D. Souther y Linda Ronstadt. David Geffen la buscó para ofrecerla un contrato con Asylum, siendo la primera mujer en solitario de Laurel Canyon. 

Ese disco, que se llama igual que ella, sigue siendo a día de hoy algo sencillamente increíble. Desde que empieza, con «Angels Crayon», que habla de la imaginería wicca, al rockabilly estilizado de «The Phantom Cowboy», arreglos neobarrocos en «The Archetypal Man», balada de amor por un ser angelical, como «Lady O», acompañada por arreglos plenos de riqueza; baladas contundentes protagonizada por seres que representan lo contrario, en «Jesus Was a Cross Maker»; baladas sencillas, donde el instrumento principal es la voz, llena de matices, de Judee Sill, como «My Man On Love», y las tres que lo cierran, ensoñaciones sobre el amor universal: «Lopin’ Around Thru the Universe», «Enchanted Sky Machines», con toda clase de orquestación, que preparan el final del disco: «Abracadabra», una canción que empieza como sencilla para abrirse en un torrente de coros y arreglos. Pero esto no había hecho nada más que empezar.

El segundo y último elepé de Sill, Heart Food (1973), es decididamente un disco más maduro y aún más orquestado, o mejor dicho, con las orquestaciones mejor puestas. El productor, de cinco estrellas, fue Henry Lewy, por entonces el productor de Joni Mitchel. La propia voz de Sill se muestra en todo su esplendor. Hay joyas, como «The Kiss» (con una letra magnífica sobre el beso que une a dos personas opuestas), o «The Vigilante», que tiene un aire country y otra letra estupenda sobre ese justiciero con botas que se pasa todo el tiempo controlando para que no nos pase nada.

El disco fue muy bien recibido por la crítica, pero las ventas fueron un desastre. Para acabar de rematarlo, Sill se fue de la lengua en una charla en Londres en la que llamaba a los grupos de rock «mocosos», y de Geffen decía que era gay. Enseguida las palabras llegaron a oídos del magnate, y el contrato con Asylum terminó.

Pero no terminó la carrera de Judee Sill. Al año siguiente grabó varias canciones en el estudio de Mike Nesmith. Este disco no llegó a salir, hasta que las canciones fueron descubiertas veintincinco años después, y mezcladas por Jim O’Rourke, salieron como Dreams Come True. Su carrera terminó en 1973, pero ella continuó escribiendo hasta sus años finales. Años que volvieron a ser una triste jornada: tuvo varios accidentes de coche, con secuelas de mucho dolor, y los médicos no quisieron recetarle determinados fármacos por su pasado, lo que provocó que volviese a las drogas ilegales. En noviembre de 1979 fue descubierta sola en su apartamento, con una aguja puesta en su brazo, y muerta desde hacía dos días. Posiblemente, una muerte accidental por intentar sobrellevar el dolor. Nos quedamos con la luz que desprenden sus grabaciones.