¿Quién decide lo que ves?

Todo empezó con un proyector y una sábana blanca. El inventor francés Louis le Prince quizá no fue el primero en grabar imágenes en movimiento, pero las suyas sí son las más antiguas que han sobrevivido hasta nuestros días. En Roundhound Garden Scene, como se titula su breve película, decidió que serían su propio hijo y otros miembros de su familia quienes pasarían a la posteridad paseando distraídamente por su jardín en Leeds. Fue en octubre de 1888, hace más de ciento treinta años, pero eso es lo de menos; seguimos teniendo que obedecer aquella decisión que él tomó al echar a andar la cámara, cuando redujo el mundo entero a un cuadradito y dejó todo lo demás en el espacio en off. Vemos lo que él quiso que viésemos y solamente eso.

¿Y ahora? ¿Quién decide lo que vemos ahora? Si se acude a los medios de comunicación clásicos todo son balones fuera. «Muchos de los que trabajan en la televisión mainstream», dice Nacho Vigalondo, «reconocen que su trabajo es reprochable o bien son cínicos; se excusan en que hacen lo que les mandan, en que todo viene de arriba». Mientras tanto, replica Ángeles González-Sinde, «los de arriba dicen que hacen lo que el público demanda». Uno echa mano de su experiencia como guionista de Gran Hermano y otra como expresidenta de la Academia de Cine y exministra de Cultura. Dos polos de un espectro; la libertad de producir y programar lo que se quiera, tan necesaria, y la necesidad de que también en la comunicación rija la ley y no la ley de la selva. Dos cineastas se sientan a hablar de pantallas pero lo hacen empezando por la televisión. «Lo que Dios quiera que sea ahora la televisión», puntualiza Vigalondo. Las cosas han cambiado mucho desde aquella sencilla sábana blanca.

Un embrollo que lo es todavía más con las plataformas de contenido online y las nuevas formas de consumo audiovisual. A los programadores y distribuidores se les suman dealers, publicistas, analistas de big data y hasta algoritmos. Es una jungla, sí, pero también es un sistema al que le interesa cultivar ese aspecto selvático, como vago e impreciso, donde las fieras encuentran cobijo y a las presas se les olvida fácilmente su posición en el arranque de la cadena trófica. «El medio de comunicación que asociamos con las nuevas generaciones, YouTube», dice Vigalondo, «se trata como si fuese un medio de comunicación, cuando en realidad es una empresa». «Es una confusión que propician las propias compañías tecnológicas», apunta González-Sinde. Lo que más conviene a los gigantes, ya sabe, es parecer simples molinos.

Eso sí: en esto, como en todo, todo cambia para que luego no cambie nada. «El dinero elige los contenidos», dice González-Sinde hablando específicamente del cine. «Y cada vez más. Parecía que internet y la ubicuidad de las pantallas iba a generar libertad en los espectadores y a propiciar la autogestión de los cineastas; lo que yo veo, lo que aparece en la cartelera, es que se ha reducido mucho el tipo de películas que se pueden hacer». Según Vigalondo, «la oferta es más grande que nunca pero los manantiales de los que fluye esta oferta son una milésima parte de lo que había antes».

Todo empezó hace más de ciento treinta años con un proyector y una sábana blanca y quizá sea esa la única certeza que tenemos. Pero en esta charla de cuarenta y cinco minutos sin cortes González-Sinde y Vigalondo arrojan luz sobre la cuestión y se preguntan con lucidez dónde reside ese poder que pocos admiten tener y que casi nadie dice ejercer. ¿Quién decide lo que vemos?


«¿Quién decide?». El programa que debate sobre nuestra libertad sin ninguna condición

El programa, creado por Jot Down y Seagram’s Gin, nos invita a reflexionar sobre los condicionantes que existen en nuestras decisiones. Antonio Escohotado, Marta Peirano, Javier Cansado o Edu Madina son solo algunos de los protagonistas que analizarán lo que votamos, lo que vemos o lo que nos hace gracia.

¿Quién decide la verdad? ¿Quién decide el partido que votamos? ¿Quién decide lo que vemos, la música que escuchamos? Estas son solo algunas de las preguntas que la primera temporada que ¿Quién decide? lanzará para que expertos de todas las disciplinas debatan sobre ellas. Un programa creado por Jot Down y Seagram’s Gin en el que durante 45 minutos, sin cortes y sin censura, los invitados charlan con absoluta libertad sobre la pregunta que se les lanza a través de un sobre.

Antonio Escohotado, filósofo y ensayista, y Marta Peirano, escritora y periodista, dan el pistoletazo de salida a esta primera temporada, por la que pasarán muchos otros invitados como Edu Madina, Javier Cansado, Pablo Simón, Ángeles González-Sinde o Nacho Vigalondo, entre muchos otros. En una época en la que la que las entrevistas buscan el titular fácil y las tertulias están plagadas de interrupciones, ¿Quién decide? trata de recuperar la charla libre y el análisis reposado. Sin cortapisas.

Tras estrenar recientemente su campaña ¿Quién decide lo que vives?, que supera ya los 8,5 millones de visualizaciones en YouTube, con este programa Seagram’s Gin redobla su apuesta por hacernos reflexionar acerca de la libertad en la actualidad. «Aparentemente, somos más libres que nunca, pero hay muchos que se cuestionan si eso es realmente cierto. Con este contenido queremos realizar una radiografía sobre asuntos de la actualidad que exploran los límites de la libertad. Las marcas no podemos quedarnos al margen de los temas que preocupan a la sociedad», afirma Kerman Romeo, Senior Brand Manager de Seagram’s Gin.

La primera temporada de ¿Quién decide? contará con 8 episodios que se estrenarán periódicamente hasta el mes de octubre en vídeos de 45 minutos. «Con ¿Quién decide? queremos reivindicar la necesidad de un espíritu crítico, algo que nos hace más libres», concluye Telmo Pagalday, Senior Content Manager de Pernod Ricard España.


Aliens: ¿dónde están todos?

Arrival, 2016. Imagen: Sony Pictures Releasing.

En 1950 una conversación entre Edward Teller (físico de origen húngaro, 1908-2003), Herbert York (físico nuclear americano, 1921-2009), Emil Konopinski (científico nuclear de origen polaco, 1911-1990) y Enrico Fermi (físico italiano, 1901-1954) dio como resultado la pregunta de este último que daría pie a la paradoja de Fermi: ¿dónde están todos?

Se refería, desde luego, a los alienígenas. El hombre que contribuyera a la creación de la bomba atómica se preguntaba dónde están nuestros vecinos espaciales si la vida en el universo es una probabilidad difícil de cuestionarse. Si hay tantos millones de galaxias, y tantos posibles planetas similares a la Tierra (no se sabía entonces, pero las actuales teorías hablan de cientos de miles de planetas similares el nuestro solo en nuestra galaxia), y siendo el carbono (la base de nuestro ADN) uno de los elementos más comunes en el universo, ¿por qué no ha venido todavía nadie a visitarnos? ¿O, al menos, por qué no hemos encontrados signos irrefutables de su existencia?

La paradoja de Fermi, que se encuentra con un importante punto de apoyo en la hipótesis de la Tierra especial (que postula que el surgimiento de vida pluricelular en la Tierra se debe a una serie de coincidencias extremadamente difíciles de repetir), surgió en una época en que los avistamientos de platillos volantes proliferaron en Estados Unidos con obsesiva continuidad. El autor italiano Tommaso Pincio (seudónimo de Marco Colapietro) recoge en su libro Gli Alieni (2006) la curiosa anécdota de los platillos volantes y los cubos de basura. Ante el robo de cientos de cubos de basura propiedad del ayuntamiento de la ciudad de Nueva York y la oleada de avistamientos de platillos volantes, el dibujante satírico Alan Dunn decidió unir ambos hechos: los ovnis robaban cubos de basura. ¿Por qué, para qué? Que nadie ose cuestionarse los métodos alienígenas. Y, aunque disparatada y jocosa, esta historia tiene su doloroso reverso: el hecho de que no hay manera de ponerse en contacto con otra raza galáctica señala que, tal vez, no la haya. Se establece una conexión entre dos hechos, en apariencia igual de absurdos.

Así pues, no es de extrañar la pregunta de Fermi: ¿dónde están todos?

La respuesta, de momento, es desalentadoramente clara: en la ficción.

Los científicos en general no son ni ajenos ni escépticos al poder de la ficción. El propio Carl Sagan estableció muchas de sus teorías de contactos con alienígenas en su novela Contacto (1985, editada en nuestro país por el sello Nova de Ediciones B). De las múltiples teorías sobre lo que ocurriría si la humanidad contactara con una raza de otro planeta, la actual ciencia ficción, tanto en literatura como en cine y videojuegos, ha adaptado las nuevas líneas de pensamiento científico a sus historias. De este modo nos hemos encontrado con El problema de los tres cuerpos del autor chino, ganador del premio Hugo, Cixin Liu (1963), cuya extravagante teoría de un mundo con fluctuaciones de clima extremas que empuja a sus habitantes a una invasión interplanetaria se vio curiosamente «demostrada». No, no estamos sufriendo una invasión alienígena, que sepamos, pero las fluctuaciones en Próxima Centauri (la estrella más cercana a nuestro sistema solar y, curiosamente, lugar donde se ubica el planeta extraterrestre en la citada novela) afectan de manera increíble al planeta Próxima B, descubierto en 2016 y del que se dijo, en un principio, que se encontraba en la zona habitable de su sistema. En la novela, las violenta acometidas de la enana roja que tiene el planeta por estrella, unido a la gravedad simultánea de tres cuerpos celestes, da como resultado un mundo en que las estaciones no tienen una duración determinada y se mueven en grandes extremos: un invierno puede durar unos meses, y el verano unos segundos. En este escenario la vida parece complicada, pero el autor fabula con una raza que vive en este clima extremo y planea la invasión de un cercano planeta cuyas condiciones son mucho más amables: la Tierra.

Aprovecha el autor chino para saldar una cuenta pendiente con la humanidad. Alejar el fenómeno alienígena de Estados Unidos y establecerlo en una China comunista herida aún por su pasado. La tradición de considerar a Estados Unidos como eje central de la actividad ovni se estableció en 1947, con la primera mención a un «platillo volador» por parte del piloto Kenneth Arnold. Desde entonces, se ha presupuesto que si hay un contacto con otras razas será allí.

No mucho se aleja el autor Jeff VanderMeer (1968) de Estados Unidos con su trilogía Southern Reach, adaptada recientemente al cine por Alex Garland (1970). En esta obra, editada en España por Destino y compuesta por tres libros que no se regalan en páginas, se narra la caída de un ente extraterrestre a la Tierra, dando como resultado una zona de cuarentena en que la flora y la fauna se ven terriblemente afectadas por el contacto con el ser de otro mundo. El resultado es una mezcla de ADN entre lo terrestre y lo extraterrestre y una incontinencia creativa por parte de la naturaleza que acaba por afectar, inevitablemente, a los humanos. Aunque la película de Garland, estrenada en Netflix y protagonizada por Natalie Portman (1981), se centra casi exclusivamente en el primer libro, Aniquilación, establece algunas de las bases de las que somos testigos en la lectura del resto de la saga. El resultado es una atípica historia de contacto extraterrestre cuya naturaleza no queda del todo clara en las novelas: VanderMeer juega al despiste, a no terminar de explicar nada, y aunque la película ahonda en el tema alienígena, tal vez los lectores de los libros debieran coger esta explicación con pinzas.

Lo que sí queda definido es el Área X, esa porción de tierra con una loca naturaleza que parece querer adueñarse de todo, y que mezcla animales con plantas o con restos humanos al libre albedrío. Una reminiscencia a otra gran obra sobre contactos extraterrestres; una que pone la interrogación en nuestro papel como especie en el universo: Stalker, de Boris y Arkadi Strugatski (1933 y 1925), la novela en que se basa la famosa película de Andréi Tarkovski (1932) estrenada en 1979. En esta historia, reeditada recientemente por Gigamesh, los extraterrestres vinieron, pasaron el rato y se marcharon, y el resultado son unas zonas en que un montón de basura alienígena se ha convertido en auténticos tesoros por los que se paga una fortuna. Los stalker son los encargados de adentrarse en las zonas y extraer la chatarra que puedan. ¿Esa es la posición que nos reserva el universo a la raza humana? ¿Chatarreros y carroñeros de otras razas superiores? Tal es el mensaje que parece destilar de gran parte de la obra de ficción enfocada en el contacto con seres de otro mundo; el de la inferioridad humana. La muerte completa de las ideas antropocéntricas.

La cara más amable recientemente la pone la película La llegada (Denis Villeneuve, 2016) y basada en el relato corto «La historia de tu vida» del autor Ted Chiang (1967). Aquí los extraterrestres (una especie de gigantescos calamares) tratan de enseñarnos a usar su idioma, que es la clave para percibir el tiempo como un todo, un círculo, en lugar de la forma lineal en que lo concebimos los seres terrenales. El contacto con estos seres resulta tremendamente beneficioso para la humanidad, que crece y se desarrolla hasta límites insospechados gracias al descubrimiento.

En España han aterrizado pocos extraterrestres antes y después de El milagro de P. Tinto (Javier Fasser, 1998). No podemos olvidarnos de Extraterrestre (2011), la cinta dirigida por Nacho Vigalondo (1977) que imagina una invasión de platillos volantes en mitad de un trío amoroso. España no se prodiga en espectacularidad en lo que a asuntos ajenos a la Tierra se refiere, pero en literatura tiene bastante más que decir. Como en Arañas de Marte (Valdemar, 2017) la novela de Guillem López (1975) en que los aliens nos invaden a través de la mente. Una narración que vuelve a moverse en supuestos, que no deja clara ninguna respuesta y se puede entender desde el prisma de una invasión, de un amistoso contacto, o de la locura de una serie de personajes que se imaginan cosas.

Más surrealista, aunque también más alejado de los convencionalismos, resulta el contacto imaginado por Laura Fernández (1981) en El show de Grossman (Aristas Martínez). Aquí, el planeta Rethrick es fan de la Tierra; de su cultura, de su basura, de sus maneras y de sus absurdos; presentando personajes perdedores y perdidos de ambos mundos. Parece que no siempre vamos a ser nosotros los impresionados con una raza alienígena superior. Aquí una escritora de ciencia ficción ha sido condenada al ostracismo y la indiferencia del público terrestre, mientras en el otro planeta es una auténtica best seller. Paradojas del espacio, oiga.

Pero, volviendo a Fermi y a su maldita pregunta: ¿dónde están? La obsesión por esa respuesta ha alimentado nuestra (ciencia) ficción desde que el ser humano dejó atrás ciertas creencias y perdió la manía de quemar a astrónomos en plazas públicas bajo la atenta mirada del clero. La respuesta más extendida actualmente es que las distancias en el universo son demasiado grandes; exageradamente imposibles de abarcar por la raza humana y, probablemente, por ninguna otra raza por muy avanzada que esté. Deberíamos ser vecinos y encontrarnos a muy pocos años luz para poder establecer un contacto. Por eso, la ficción es lo que nos queda. Uno puede mirar a los telescopios, los instrumentos del SETI («La gran oreja») e imaginar el tremendo silencio que están captando. La naturaleza en movimiento: colisiones, planetas muertos, órbitas, luces. Y continuamente lanzamos un mensaje, pero nadie responde. Por eso, volvemos a los libros, las películas, el arte, capaz de crear otros mundos que sí estén habitados. Pero, ¿bastará con eso? Hay otros mundos, pero están en este, que decía el poeta Paul Éluard.

Y mientras artistas de todas las épocas y razas siguen componiendo historias de contacto entre especies de otros mundos, anhelando que la suya sea la aproximación más certera, en la Tierra seguimos preguntándonos lo mismo desde hace más de medio siglo: ¿dónde están todos?


La Boca Erótica: sexo, Instagram y ciencia ficción

O Corpu Nu.

Decía Joaquín Sabina que «los vicios del sexo no son vicios». El sexo en el cine se ha tratado de todas las perspectivas posibles, y el resultado sigue siendo el mismo: la temperatura en la sala de cine sube; las miradas se vuelven hacia todos lados, las parejas se imaginan en la intimidad de sus camas. La cinta que se está proyectando adquiere de pronto un poder inconmensurable. A los seres humanos les fascina, atrapa y aterra el sexo por igual. En el cortometraje O Corpu Nu (Diego Carvalho Sá, Brasil), presentado a concurso en el festival La Boca Erótica en su quinta edición, dice uno de los actores, desnudo ante la cámara: «Cuando estoy desnudo, la gente me mira más a los ojos».

Un festival de cine de temática sexual, con su engorroso nombre, que vuelve a Madrid, al Círculo de Bellas Artes, provocando y concienciando. Y lo primero que nos encontramos en su programación de dos días es que no deja asunto por tocar: heterosexualidad, homosexualidad, travestismo, transexualidad, pansexualidad, sexo entre personas con movilidad reducida, pornografía y hasta ciencia ficción. En la selección oficial se han dado mano las cintas más bizarras, los cortometrajes más atrevidos y una serie de charlas sobre la educación del sexo y el respeto. Como miembro del jurado, la periodista y autora Celia Blanco (no confundir con su homónima en el cine porno), directora y presentadora del programa Contigo dentro de la cadena SER, inauguraba el festival con una declaración precedida de una pícara sonrisa: «De aquí espero salir cachonda y habiendo aprendido». La educación sexual como tema elegido para un festival de cine de temática sexual en una época en que nos encontramos con violaciones en grupo y demás barbaridades. Nos recordaba Asier Muñiz, director del festival, que arrancábamos con la triste noticia en todos los medios de la violación de un muchacho de apenas nueve años por parte de sus compañeros de colegio. Y por cosas como estas, hoy más que nunca, hace falta hablar de sexo.

La Boca Erótica se ha nutrido de lo internacional más que del producto autóctono, aunque el tema del concurso de fotografía e ilustración sea Erotismo Ibérico. Y, como en todo festival de cine, hemos tenido una de cal y otra de arena. Ante la avalancha de cortometrajes a concurso, y de largos como plato fuerte, caben destacar algunas piezas que se han elevado sobre la marabunta:

Hingsten, dirigido por Ninja Thyberg, debería llevarse el premio fuerte. Un cortometraje bellamente rodado, con una elegancia y una fotografía que retrotraen al más elaborado Nicolas Winding Refn, y que nos narra la ilícita atracción sexual y el intento de cortejo de una chica de secundaria en su despertar sexual hacia su profesor, mucho mayor que ella. La interpretación de Moa Kourmadias desprende sensualidad e inocencia; el primer contacto de una colegiala con el deseo, culminando incluso en una casi explícita escena de penetración capaz de despertar el escándalo en el más pintado. Curiosamente, la proyección de esta cinta sueca terminó con la algarabía del público y una espontánea declaración anónima que despertó las risas: «¡Bien por ella!».

Scopique.

En una linea similar en cuanto a la atención por el encuadre y la fotografía, me sorprendió Scopique, llegado de Canadá y dirigido por Alexa-Jeanne Dubé. Filmado exclusivamente con drones, este cortometraje nos presenta las aventuras sexuales de tres personajes fuera de cámara, representados únicamente por sus voces, mientras sobrevolamos escenas explícitas de coitos enmarcadas en paisajes naturales y que nos hablan del misterio del cuerpo humano. Desde la mujer que decide mantener relaciones con un desconocido, pasando por la confusión entre amor y atracción física, las posibilidades del sexo grupal y la bella historia de una señora que nos habla de la primera vez con su marido, con el que lleva casada la friolera de cincuenta y ocho años, y el deseo y el ardor que les embargaban cuando el sexo fuera del matrimonio era un tabú. Esta cinta experimental nos aproxima al sexo de una forma sutil: viéndolo en la lejanía, acompañados por las historias más íntimas, pero sin ponerle jamás rostro a sus protagonistas. Una obra llena de erotismo que juega a esconder a simple vista la carne.

Otro cortometraje a tener en cuenta en esta quinta edición del festival La Boca Erótica ha sido Gólyatábor, del director húngaro György Mór Kárpáti. Abordando el tema de la violación desde el silencio: un viaje universitario del que solo podemos ver el regreso a la estación; un tenso viaje de tren, una chica en silencio, las canciones obscenas de un grupo de estudiantes de derecho que quieren pasar un fin de semana de sexo y fiesta. Y ese silencio. La losa que cae sobre las víctimas. Unos diálogos escuetos pero eficaces; una forma intimista de presentarnos las imágenes, con la contención del tren como escenario, donde casi podemos imaginar la cámara moviéndose con cuidado para no chocar con las paredes. Aunque la cinta es simple en su ejecución, es inevitable verse reflejado en esa sociedad húngara, en ese escenario gris, en la mirada vacía de esa chica que solo quiere volver a casa, alejarse de todo. Y la autoridad universitaria, que «no quiere un escándalo». Toda una alegoría de lo que vivimos hoy día.

Y por último, cabe destacar Patry, llegada de Reino Unido y dirigida por Eduardo Barreto, un acercamiento al foodporn. Y es que parece que hoy día no hay nada que no se pueda sexualizar: incluso la comida. En este corto hemos terminado por relamernos ante el desfile de erotismo comestible en forma de pastelería casera y relaciones lésbicas en una bella historia de amor y de aceptación personal.

Botanica.

Algunas menciones de honor son Botanica (Noël Loozen, Países Bajos) en donde el humor y la maternidad se dan la mano; The city of desire (Kim Baik, Korea) una historia de intercambio de parejas y deseo en una alegórica Seúl que termina por perderse un poco en sí misma y cuya atención por la simbología, tan propia de Oriente, hace que la cinta se convierta en un misterio que pocos espectadores resolverán. Y Kollegen (Damian Weber, Alemania), una explícita escena de sexo entre dos personas con movilidad reducida.

Y como no todo puede ser bueno, también algunos cortometrajes han recibido el silencio y la indiferencia del público como respuesta a su fútil esfuerzo por escandalizar o lanzar algún mensaje. Este es el caso del español Vampiro, dirigido por Alex Montoya y que hubiera sido una buena forma de abrir boca si no fuera por su extraño final, por la falta de concreción en su guion y por las cuestionables interpretaciones de Jorge Cabrera e Irene Anáula. Un escritor que busca la inspiración contratando los servicios de una prostituta para que le cuente su vida, pero por la que acaba demostrando un desprecio injustificado que culmina en una aséptica, poco creíble e incómoda escena de violación cuya linea final acaba por confundir innecesariamente al espectador. Un cortometraje que tira del cliché, de un guion falto de elegancia y sentido y de un conjunto que evidencia un mensaje vacío. Desgraciadamente, España vuelve a dar la nota negativa en este festival en que nos encontramos con SCUM, dirigido por el Colectivo AV y sorprendentemente producido por Nacho Vigalondo, director notable que se ha debido ver envuelto en esto por alguna mala decisión. El cortometraje, que en realidad es parte de una videoinstalación, es una suerte de videoclip sexual y provocador en que varias mujeres desnudas gritan a la cámara, se golpean y practican un explícito fisting (masturbación vaginal con un puño) en una nave industrial de aspecto abandonado e insalubre. Todo termina tan rápido como comienza: con un fundido a negro y la explicación por parte de sus autores en el folleto del evento: que estamos ante una denuncia contra la Ley Mordaza y los abusos policiales en una sociedad patriarcal y abusiva con las mujeres. Si alguien ha visto algo de eso en este corto, que levante la mano. El silencio incómodo del público y alguien resoplando (tal vez el mismo que firma estas palabras) fueron toda la ovación que se llevó la pieza.

Lo que nos hace llegar a la madre del cordero, la joya de la corona en la parte más negativa del festival. Sonata, del coreógrafo David Bloom. Describir esta pieza visual resultará tan afanoso como llegar al final de sus casi veinte minutos de duración. Descrita como una «exploración de la intersección» (frase que no viene a decir nada, si la analizamos bien), esta es la segunda parte de una trilogía denominada Sex & Space. Nos encontramos ante una serie de personajes vestidos de época (y desnudos) que juegan con la fruta, con sus cuerpos y corren por un sótano. Se besan, se lamen, se follan y hacen lo mismo con la comida. Una mujer embarazada disfruta de los besos de su amante mientras una mujer negra llora al recibir un cunnilingus; un hombre que juega con un cuchillo trata de introducir una pera por la vagina de otra mujer. Y lo consigue. Sonata representa toda la experimentación y la falta de concreción que tanto daño le hace al cine. Una performance que podría pasar como escándalo teatral si se representara en una sala alternativa, pero que resulta incluso insultante en una pantalla de cine. Sonata no habla de nada, ni lo pretende, pero enfrentarse a ella pone a prueba la paciencia del público. David Bloom define su propia obra como «un estudio del exterior y el interior del cuerpo». Sin embargo, este cortometraje terminó por incomodar resultando chabacano, impreciso y ridículo en casi toda su extensión.

Otras deshonrosas menciones son los cortos de animación Et ta prostate, ça va? (Jeanne Paturle, Cécile Rousset, Francia) una historia que no va a ninguna parte, con una animación tosca y fea, y El jardín de las delicias (Alejandro García, México) que, aunque es elegante y su animación es impecable, apenas destila erotismo y su mensaje acaba perdido en un carrusel de colores que no termina de arrancar en ningún momento. Hanna & the Keta-Boys (Theo Meow, Alemania) es divertido, eso no se puede negar. Pero también es cutre, en el peor sentido de la palabra, con una historia de lo más ridícula, aunque destaca con diálogos bien ejecutados y la buena interpretación de Candy Flip, protagonista de otra de las piezas del evento. Por lo menos, Hanna & the Keta-Boys nos presenta una de las mejores escenas de sexo explícito de todo el festival.

Pornocratie.

Disfrutar de los cortometrajes es algo que a veces cuesta, sobre todo en sesiones largas en las que terminamos por olvidar el primero que vimos, pero el plato fuerte del festival, sin duda, han sido los estrenos de tres largometrajes que dan una nota final a la altura de lo esperado. Pornocratie, dirigida por la exactriz porno y defensora de los derechos de la mujer Ovidie, es un documental que nos desvela los entresijos de la industria del porno y cómo ha evolucionado desde la aparición de las páginas de streaming gratuito. Como si de una teoría conspiratoria se tratara, en Pornocratie se nos desvela que la industria de los vídeos para adultos se sustenta en una sola corporación que controla la producción y distribución de porno. ¿Cómo se gana dinero entonces con las páginas denominadas tube? ¿Si el producto es gratis, quién es la mercancía? Este retrato del mundo del entretenimiento adulto sobrecoge por su veracidad, por la realidad que nos expone y a la que todos tenemos acceso, y por lo peligroso de su masificación. Ovidie, icono feminista, nos hace reflexionar en esta cinta sobre los peligros de sobreexponerse al sexo. Las entrevistas a actrices porno en activo revelan cómo desde que el porno es más accesible, el público demanda cada vez contenido más extremo, insensibilizado ante el erotismo más clásico. Se establece un diálogo entre lo que se nos revela en esta cinta y los casos de abusos machistas en nuestra sociedad; una sociedad que cosifica el cuerpo de la mujer, apoyada por una industria que cada vez exige más. El documental arranca con un diálogo dentro de un coche. La voz de un hombre, cuya cara no podemos ver, nos cuenta que las actrices tienen que drogarse para aguantar las sesiones de rodaje. Que los actores necesitan inyectarse estimulantes en el pene para aguantar las erecciones de hasta cinco horas. «Ningún culo puede aguantar de forma natural que le metan dos pollas al mismo tiempo». Escalofriante retrato de un mundo extremo.

Otro estreno que ha hecho de este festival un acontecimiento es Fluido, de Shu Lea Cheang. La controvertida artista taiwanesa ya destacó en el año 2000 por el estreno de I.K.U., y continúa en esta obra de ciencia ficción la estela que ya estableciera en su producción. A lo largo del festival, Asier Muñiz, director del mismo, nos venía avisando sobre esta cinta. «Es extrema» decía. Y podemos corroborarlo. Fluido nos habla de una sociedad postsida en la que los fluidos de los infectados por el VIH se han convertido en la droga más dura, desplazando a la heroína. Con la decadencia de una sociedad regida por el sexo, el gobierno pone en circulación unos agentes para buscar e identificar a los traficantes de fluidos, con la salvedad de que si entran en contacto con estos, perderán su condición y protocolos y se humanizarán, convirtiéndose en los peores adictos. Esto es lo que le sucede a Natasha, interpretada por Candy Flip, que se verá envuelta en una trama de tráfico de fluidos y prostíbulos. La cinta está rodada de forma irregular, con una serie de elementos de ciencia ficción que despistan por su tosca ejecución, pero con un guion y un montaje que atrapan. Se nos presenta un mundo en que se han borrado por completo las fronteras entre hombre y mujer y la pansexualidad se establece como un canon incuestionable. Solo atisbamos las cloacas de ese mundo, con algunas de las escenas más bizarras que hemos podido ver en este festival: una fila de hombres masturbándose sin parar para que su semen sea recogido y almacenado, en una alegoría perfecta de las granjas modernas; la lucha de clases y el control policial como represores de la auténtica esencia humana. La inolvidable relación lésbica entre dos robots o las pintadas con meados en un muro como si de arte modernos se tratara. Imágenes decadente, pero bellas a su manera. El problema de Fluido es que parece perderse por momentos en su discurso, mientras que algunas de sus escenas son simplemente magníficas. De nuevo una de cal y otra de arena. Es una cinta controvertida, no apta para todos los públicos y a la que se le podría haber extraído más jugo (perdón por la broma), pero que destaca en un mar de mojigatería y nos presenta un futuro tan difícil de creer como difícil de rebatir. Sin duda, la directora Shu Lea Cheang se encuentra en otro plano de la realidad, mirando hacia la decadencia y final de un futuro al que nosotros aún ni hemos llegado.

Satan Said Dance.

Y el gran triunfo ha sido la proyección de Satan Said Dance, la nueva cinta de la directora polaca Kasia Rosłaniec, protagonizada soberanamente por Magdalena Berus. Nos narra la historia de Karolina, una atractiva joven que acaba de publicar su primera novela, Doll, y que se ha convertido en un fenómeno mundial. Y lo hace desde un rodaje en formato Instagram, con un caleidoscopio de momentos en la vida de la protagonista que, como nos advierte un mensaje al comienzo de la proyección, «podría ver alterado su orden y seguiría narrando la misma historia». Cuarenta y seis piezas de unos dos minutos de duración que son momentos en la historia de la escritura y triunfo de Doll. Kasia Rosłaniec ya sorprendió al público con Mall Girls y Baby Blue, pero se corona en Satan Said Dance como una de las directoras más interesantes del actual panorama de cine europeo independiente. No solo por la crudeza y maestría del guion, obra también de la directora, sino por la sofisticación de su montaje, la elección de las escenas para componer una historia que, sin duda, está llamada a convertirse en El gran Gatsby de nuestro siglo. El tema es la juventud, el miedo a la soledad, pero el vehículo para contarlo son el glam y el sexo. Sin escatimar en sensualidad, Satan Said Dance entiende el sexo como parte de un todo. Ni se regala ni se cohíbe: nos presenta la decadencia y la realidad con una verdad que solo el buen cine consigue transmitir. La interpretación de la protagonista, Magdalena Berus, es simplemente brillante; pero de igual modo destacan Lukasz Simlat, Tygo Gernandt y, sobre todo, Hanna Koczewska, que interpreta a Matylda, la hermana de Karolina y principal fuente de inspiración para su novela. Satan Said Dance nos recuerda lo que adorábamos de la literatura de Bret Easton Ellis, de la música de David Bowie y del mundo decadente de las estrellas de rock, pero lo acerca a nuestra época, a los smartphones y a Instagram, y nos rompe el corazón al ver cómo alguien puede sentirse solo rodeado de gente. Lo mejor del festival, sin lugar a dudas.

La Boca Erótica llega con el propósito de escandalizar, pero sobre todo de enfatizar ante algo que siempre nos ha dado demasiado pudor: el cuerpo, el sexo, son bellos. En todas sus expresiones. Buena cuenta de ello dieron las charlas que completaban la programación: Nuevas masculinidades de Roberto Sanz, Manadas y demás animaladas, de Sonia Encinas o 20 razones para no abrir tu pareja, de Miguel Vagalume, entre otras. Un festival que llega con la reivindicación del feminismo bajo el brazo y con el arte de excepcionales directoras y actrices como bandera. Una reivindicación que nos deja con el dulce sabor de boca de que aún hay mucho camino por recorrer, pero lo hacemos en la mejor compañía. Como decía Celia Blanco en el acto inaugural: hemos salido cachondos y hemos aprendido. Lo demás, bajo las sábanas y en la mejor compañía.


Si interpretas Colossal como una comedia romántica tienes una idea perversa del amor

Imagen: Voltage Pictures.

Hay un tipo de mi barrio con el que me he cruzado dos veces junto a los congelados del supermercado. Se para frente a la puerta donde se amontonan los cadáveres culinarios que el consumidor solo tendrá que descriogenizar, la abre y coge una bolsa de anillas de pota. La primera vez vi que entrecerraba los ojos, como un gato que acaba de despertar de la siesta, y refunfuñaba algo así como: «Pota no es calamar, es que no es lo mismo». La bolsa ya anunciaba que aquello era una cosa y no la otra pero él había decidido indignarse. Entonces lo vi claro: aquel tipo frente a los congelados es el mismo que levanta el puñito y lo agita con ira cuando ve que la que manda en Fury Road es Imperator Furiosa y no Max, cuando se entera de que cuatro féminas serán las Cazafantasmas, cuando le dicen que la nueva protagonista de Doctor Who será una mujer o cuando ve su masculinidad cuestionada gracias a la Gloria que Nacho Vigalondo ha perfilado en su último filme, Colossal. Es probable que sea el mismo tipo que venera a Walter White mientras desprecia a Skyler.

La ciencia ficción está masculinizada y perder ese espacio conquistado escuece. De repente es como si un grupo de espectadores se sintiera traicionado porque cree que le están vendiendo pota por calamar y rejo por pulpo. No son conscientes de que en realidad llevan casi toda su vida comiendo lo primero y no lo segundo.

El objetivo de este artículo no es reivindicar la figura de la mujer en la ciencia ficción, sino explicar por qué Vigalondo ha pergeñado una metáfora sobre la violencia machista en su última película. Lo ha hecho a través de una historia de un monstruo y un robot, un hilo conductor impensable para tratar un tema como el maltrato.

Colossal funciona como una especie de secuela de todas las películas del cine romántico, algo que en realidad ya hizo con su filme Extraterrestre. Es la cámara que se queda a ver qué pasa después, observando la vida de una pareja que, por lo visto, vivirá feliz para siempre. Lo explica el propio Vigalondo por teléfono mientras se prepara unas lentejas con setas y ajo: «Quería algo muy concreto sobre los mecanismos de cierto tipo de películas que encuentran su beneficio en el momento en que terminan. ¿Qué pasa si en ese tipo de relatos seguimos un par de años más a ver qué sucede? ¿Qué pasa si en Pretty Woman seguimos a los personajes un año más?».

Vivian (Julia Roberts) se asoma a su balcón y ve aparecer a Edward (Richard Gere) con un ramo de flores y abriendo los brazos. Después hay un beso, un plano que se aleja y un fundido a negro. Esa escena final conformó en gran parte nuestra idea colectiva de qué es una comedia romántica. Siguiendo con el planteamiento de Vigalondo, uno se pregunta: ¿y si Edward se pasaba el día celoso perdido porque sospechaba que Vivian, que había sido prostituta, estaba con otros hombres? ¿Y si él le echaba en cara su pasado a cada ocasión que tuviese? Es muy probable que la gente le dijese a Vivian: «Pero te quiere. Te esperó bajo tu ventana con un ramo de flores». La sociedad difumina los actos de control y sumisión por parte del hombre precisamente porque ha asociado el amor al sufrimiento. Pero el cineasta, que lleva cuestionando la masculinidad desde su corto 7:35 de la mañana, ha decidido revertir este género: «Siempre me ha interesado mucho algo para lo que antes no tenía nombre: la toxicidad masculina. Siempre me ha gustado tirar piedras a la condición masculina o asomar las grietas. Sabe Dios qué problemas tendré yo para insistir en esta idea», confiesa.

En esta ocasión, Vigalondo ha bajado el volumen de la música, ha recogido las sillas del garito y ha encendido las luces. Nos ha echado a todos de la fiesta. Colossal es el fin de la comedia romántica. Es la épica del despertar. Bosteza, desperézate y toma algo para la resaca. Si interpretas Colossal como una comedia romántica, tienes una idea perversa del amor.

Imagen: Voltage Pictures.

[A partir de aquí hay SPOILERS]

Decía Juan Tallón que el humor, a menudo, brota en las situaciones más atroces porque es cuando más se necesita. A Colossal ya le han colgado la etiqueta de «comedia». Algunos dicen que «absurda»; otros, que «romántica». Es cierto que Vigalondo no puede escapar de sí mismo; ni puede ni quiere evitarlo. No se engañe: que un chico y una chica aparezcan sentados en un banco al amanecer no significa que esté ante 500 días juntos pero en versión marcianitos. No, Haneke no es el único autorizado a hablar de la maldad, la violencia y la crueldad humanas solo porque su cine sea realista y controvertido. La ciencia ficción, sobre todo la low cost como esta, puede ocupar ese trono y hacerlo, además, con guiños al gore clásico.

Pero empecemos por algo simple: el argumento. Gloria (Anne Hathaway) está en paro y vive junto a su novio Tim (Dan Stevens) en un apartamento de Nueva York. Tras una noche (otra de tantas) de borrachera, Tim echa a Gloria de su piso porque está «descontrolada». Ella se ve obligada a volver a la antigua casa de sus padres, en un pueblecito de Canadá. Nada más llegar se cruza con Oscar (Jason Sudeikis), quien la invita a subir a su furgoneta y tomarse algo en el bar que regenta. Allí le presenta a sus amigos: Garth (Tim Blake Nelson) y Joel (Austin Stowell).

Al día siguiente, resacosa y con el cuello dolorido de dormir en el suelo, recibe una llamada de su hermana: un monstruo gigante ha atacado Seúl. Pronto descubrirá que ese engendro es ella: cada vez que cruza por el parque del pueblo a las ocho y cinco de la mañana, el monstruo se materializa en Seúl, convirtiéndose la tierra que ella pisa en una réplica a pequeña escala de la capital coreana. Poco después, debido a un incidente, ambos descubren que cuando Oscar atraviesa el parque un robot hercúleo aparece también en Seúl. Al principio es un juego: ella hace bailar a su monstruo, él aparece como robot, ella envía un mensaje de paz a los seuleses y hasta ahí transcurre la primera parte del filme.

Pero incluso antes de que la película desvele todo esto, en el minuto catorce, Vigalondo deja la primera miguita. La secuencia de apenas un minuto deja traslucir la historia real: Garth está en el baño y Oscar ha ido a por unas cervezas; Joel y Gloria se quedan solos en el sofá y él se lanza a besarla. Ella le rechaza pero Oscar llega justo en ese instante. «Eh, ¿qué coño te pasa?», le dice a Joel. Gloria interrumpe con gesto conciliador. Él la manda callar: «No, déjame a mí». «Tu primera noche aquí y alguien te la tiene que joder», le dice a ella. Y se marcha mohíno e indignado. En realidad, Oscar no está preocupado por Gloria. En primer lugar porque de ser así, sin alzar la voz, le preguntaría si está bien. Y en segundo lugar, porque la dejaría hablar y no tomaría el control de la situación. Lo que molesta a Oscar es que haya una mínima posibilidad de que Gloria revuelva otras sábanas que no sean las suyas.

Este desagradable gesto pasa desapercibido. El villano no se muestra como tal hasta la mitad del metraje, rompiendo así una de las reglas básicas de un relato: «Hay cierto público que lo detecta en seguida; para otro público el cambio es repentino, muy brusco, como: “¿Qué pasa?, ¡se ha vuelto malo de repente!”. En cine, el villano o se desvela en el primer acto o ya lo hace en el tercer acto, como una sorpresa; lo que no puede hacer el antagonista es aparecer a mitad de película. Pero con ello quería relatar historias reales que he vivido de cerca. Dinámicas en una relación en las que no hay un villano que aparezca en un primer acto o en un tercero, sino que suele ser algo más paulatino. En casos de violencia psicológica o física, las sorpresas suelen acaecer a mitad de camino», explica Vigalondo.

El personaje de Gloria no es una heroína perfecta y diamantina como podría serlo Wonder Woman. Bebe y engaña a su novio para montar fiestas en su piso; alberga defectos y culpa. Oscar, sin embargo, es aparentemente perfecto: tiene su propio negocio, es amable, le ofrece trabajo como camarera cuando sabe que está en la ruina, le regala una tele, le amuebla la casa y se muestra comprensivo cuando le confiesa que el monstruo que ataca Seúl es ella. También es el chiquillo que se enamoró de ella en la infancia y cuyos sentimientos, parece ser, perduran.

Imagen: Voltage Pictures.

Es en la segunda mitad del filme cuando se acaba el rollo nice guy y aparece el tipo misógino, violento y manipulador. Tras haber hecho aparecer a su monstruo por última vez para pedir perdón a los habitantes de Seúl, Gloria decide pasar la noche con Joel. Al despertarse por la mañana ve en la televisión que quien sí ha vuelto a Seúl es el robot (Oscar). Avisa a Joel, se montan en la furgoneta y se dirigen al parque. Oscar los ve llegar juntos, ata cabos y oh, oh. Ese gesto, esa cara de ira contenida, ese odio, esa expresión de «la acabas de joder, Gloria, y te voy a castigar», ese tono de voz haciendo explícito que aquello no le gusta. Ella le exige que salga del parque y deje de asustar a los seuleses; él accede pero a cambio le espeta un: «Hoy entras a trabajar antes». Ahí está la represalia casi imperceptible por haberse acostado con otro tío que no era él.

La ciencia ficción, que para muchos es el hermano tonto del cine, ese género estigmatizado por buscar la diversión, aquí es un terreno fértil para un historia tan dolorosa como esta. Vigalondo temía frivolizar con el asunto: «Cuando vi que tomaba forma me aterroricé, pero también sentía que tenía que seguir adelante. Es como que ese mismo terror por equivocarme hacía que me resultase atractivo, no podía alejarme de ahí». Sin embargo, hace mucho tiempo que la sci-fi dejó de representar un simple entretenimiento, como explica Elisa McCausland, periodista, experta en analizar la cultura popular con perspectiva de género y autora de Wonder Woman. El feminismo como superpoder: «Sin salir del ámbito mainstream podemos encontrar películas que abordan las esencias de la naturaleza humana, las implicaciones de la vida artificial, nuestro rol como ciudadanos, trabajadores y consumidores en lo social, incluso preocupaciones medioambientales. No son temas en absoluto abstractos, sino esenciales para todas las personas. Ocurre que a veces la ciencia ficción, como género espectacular al menos en lo que se refiere al cine, es víctima de muchos prejuicios». Nada como la cultura popular para educar al público en un pensamiento más justo, más ético y más progresista sin moralinas ni monsergas. «No soy el aliado de la pancarta, y no pienso decir que esta sea una obra feminista. Bienvenida sea la discusión que genere, pero la película tiene que buscar su sitio legítimamente y si lo merece bien, y si no, no. Tampoco me gusta el cine con discurso político-social explícito. Si en la película está todo masticado, hay algo que está muerto. Si se puede reformular el cine con contenido político para hacerlo más ameno, genial; no sé si yo lo he conseguido», apunta Vigalondo.

Cuando el villano ya es manifiesto, Colossal ofrece una serie de claves sobre la violencia machista que merecen un análisis detallado. Uno que ya resumió una revista norteamericana cuando publicó que «esta película no gustaría a los hombres heterosexuales»: «Pensé: “Joder, aquí tengo todo un sector demográfico que me puede joder vivo”», reconoce su director. Se ha dicho que es un filme romántico, que en realidad Anne Hathaway es un monstruo poseído por el alcohol, que trata la crisis de la mediana edad o que es, simplemente, una peli de monstruos. De esto último solo alberga unas pinceladas: el uso del género kaiju el de criaturas gigantescas aquí funciona también como secuela: ¿y si Godzilla, en un polo opuesto del mundo, solo fuese una humana a la que el cosmos convierte en monstruo cuando atraviesa unas coordenadas geográficas concretas?

Vigalondo ni siquiera se ha pillado los dedos al introducir un monstruo en una película sobre maltrato, pues en este caso la criatura es ella, alejándose así de esa corriente maniquea que identifica al maltratador con un engendro: «No es un hombre, es un monstruo», se suele decir. Claro que es un hombre; uno corriente y mediocre, de hecho. Colossal funcionará como un espejo para muchos de ellos.

Imagen: Voltage Pictures.

Otro punto que no debe pasar desapercibido es el del alcohol. La ingesta de esta sustancia suele servir como excusa para los maltratadores: está fuera de sus cabales, no lo controla, él no es así, cuando está sobrio te trata bien. Oscar instrumentaliza su versión robot para chantajear, amenazar y controlar a Gloria —«si te vuelves a Nueva York cada mañana vendré al parque», «si vuelves con tu ex, cada mañana estaré aquí y esto es lo que pasará», dice pisando la tierra, haciendo que su réplica gigante en Seúl mate a cientos de personas—. Cada noche se bebe varias cervezas y acude ebrio al punto exacto en el que puede transformarse en robot. En una de las ocasiones, cuando ya se le han pasado los efectos del alcohol, él le pide perdón. Ese momento es clave por dos motivos. Uno, porque el plano muestra el interior de la casa y se ve que ha rayado la cara de su exnovia en las pocas fotografías que conserva de ella; dos, porque cuando Gloria se emborracha no se vuelve agresiva ni violenta. Quizá es un desastre pero lo es consigo misma. No usa el alcohol para justificar hacer daño a los demás.

Pero volvamos a la casa de Oscar. El detalle de las fotos de su ex destrozadas muestra el odio y el resentimiento que alberga hacia las mujeres. Vigalondo no hace que su personaje lo verbalice, pero ahí subyace una actitud misógina de «las mujeres me hacen daño aunque yo me porte bien con ellas». Y esto lo sabemos gracias a que el director rebobina la historia hasta el punto exacto en el que comienza todo: cuando Oscar y Gloria son dos niños y van de camino al colegio. Ese día hace viento, ambos llevan en las manos unos proyectos escolares de cartulina; se ve que el de ella es más espectacular que el de él. A ella se le vuela y Oscar sale corriendo a través del bosque para intentar recuperarlo. O eso cree ella. Él no lo sabe, pero la cría le observa a través de los árboles: cuando Oscar consigue alcanzar la cartulina, la aplasta con el pie hasta romperla. Ese complejo de inferioridad con el que Oscar castiga a Gloria abre una grieta en el universo que provocará el fenómeno paranormal que los convierte en un monstruo y un robot, respectivamente. Ese complejo de inferioridad aumenta con los años cuando ve que ella abandona el pueblecito y tiene éxito (hasta que se queda en paro), mientras él se queda atrapado en un lugar pequeño regentando el bar de su padre.

Otra tecla que pulsa Vigalondo: la del gas lighting (o hacer luz de gas), una técnica de maltrato psicológico para desestabilizar a la víctima. Consiste en confundir a la otra persona para que dude de sí misma. Gloria confiesa a Oscar que está en paro y arruinada en una noche de borrachera; al día siguiente no recuerda nada, ni siquiera haberle pedido una tele. Él aprovecha esa circunstancia para seguir confundiéndola, haciéndole creer que le ha dicho o pedido cosas que Gloria jamás ha verbalizado. Este es uno de los primeros síntomas de control; es la forma que tiene el maltratador de decir: «Yo puedo más que tú». Del plano psicológico pasa al físico cuando ve que ella le hace frente sin rendirse ni tener miedo: un puñetazo en el ojo la deja en el suelo mientras él camina a su alrededor simulando que pisa a miles de personas en Seúl. «Si te vas, esto es lo que ocurrirá cada mañana».

Por último, la amistad. Vigalondo ha decidido apostar por la violencia machista fuera de los límites convencionales: el de la pareja o expareja. «Cuando se habla de relaciones así parece que tiene que haber un componente sexual o romántico. Siempre es una pareja que se tuerce. Pero es más común de lo que parece encontrarte esto en un contexto de pura amistad. Ellos solo son amigos, y aunque él está esperando que ella le pida algo más, él nunca sobrepasa esa frontera. He visto casos de acoso que se destapaban a mi alrededor y pensaba: “¿Pero estaban liados?”. Y te dicen: “No, no, eran amigos”. Esa toxicidad se asocia a la vida en pareja y se puede dar en una relación de amistad», explica el cineasta.

La amistad aquí sirve no solo para evidenciar al maltratador, sino también al amigo que consiente que ocurra. Joel no es violento con Gloria ni exige agradecimientos porque no siente que ella le deba nada por haber pasado una noche juntos. Pero es testigo de todas las situaciones de maltrato a las que Oscar la somete. Nunca hace ni dice nada. Es el palmero que no cuestiona a su amigo. Es el ejemplo perfecto de cómo una mayoría de hombres se protegen entre ellos.

Lo maravilloso de Colossal es que aunque Gloria ha de lamerse las heridas sola Anne Hathaway, poderosa, caminando hacia su agresor para derrotarlo también ha lamido y curado las nuestras. Gloria es un asilo como lo son la niñez y el amor. No el romántico ni el tóxico, sino aquel que nos transforma en criaturas libres y salvajes, y no en monstruos atemorizados.

Imagen: Voltage Pictures.


¿Cuál es el bucle temporal definitivo?

Una de las cuestiones más peliagudas a las que se enfrentaron los primeros teólogos cristianos era la de cómo conciliar la idea del libre albedrío con la omnisciencia divina. Si Dios sabe cuál será nuestra voluntad, entonces estamos predestinados… ¿Para qué sermonearnos pues sobre el pecado, los mandamientos o el purgatorio si nada depende de nuestra voluntad? Pero si somos libres en tal caso Él no sabrá qué haremos, sería un ignorante al que todo le pillase por sorpresa, un dios menor. Boecio dio entonces con la clave: el libre albedrío y la omnisciencia divina no son mutuamente excluyentes, porque Dios vive de forma simultánea en el pasado, el presente y el futuro. Había nacido así el primer viajero en el tiempo. El concepto les resultará familiar, por cierto, dado que el escritor Ted Chiang atribuyó dicha capacidad a los extraterrestres en su relato «La historia de tu vida», que posteriormente sería adaptada al cine con el nombre de La llegada.

Así que buena la lio el mártir romano, dado que negando que la línea del tiempo fuera unidireccional y constante abrió otros interrogantes no menos complicados. Desde entonces, a especular sobre las paradojas y posibilidades que ello ofrece se ha dedicado la ciencia ficción con inagotable entusiasmo. Si, supongamos, uno accede al pasado y lo modifica… ¿se vería afectado el presente o aquel pasado se escindiría en una dimensión alternativa? ¿Si conoce el futuro y le disgusta puede evitar que llegue a ocurrir? ¿Y si se encuentra uno con sus familiares o incluso consigo mismo en el pasado? ¿Qué hacer cuando hay dos copias de ti mismo? Vale, más de uno lo estará pensando, pero en tal caso ¿sería masturbación u homosexualidad? Grandes cuestiones sobre las que reflexionar.

Fue en 1887 cuando por primera vez se habló de una máquina del tiempo, concretamente en una zarzuela del cónsul español Enrique Gaspar y Rimbau. El anacronópete era un artefacto volador dotado de una asombrosa tecnología formada por «compensadores, termómetros, barómetros, cronómetros, anteojos de gran potencia y recipientes de potasa» así como del «fluido García», que si no suena tan sofisticado como el condensador de fluzo es porque tenemos el oído acostumbrado. Luego aparecieron la TARDIS, el DeLorean o la Enterprise, aunque para desplazarse en el tiempo a Peggy Sue le bastase un desmayo, a Hiro Nakamura desearlo muy fuerte y a Superman hacer girar a la Tierra en sentido contrario. Sea cual fuere el método empleado, llega entonces el inevitable bucle temporal conectando causas y efectos distantes que nos deja perplejos y preguntándonos si fue antes el huevo o la gallina. A continuación repasaremos algunos para que voten o añadan su favorito.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Primer

Imagen de StudioCanal.

Con semejante título no podíamos comenzar por otra. Dice el físico Michio Kaku que si alguien llama a nuestra puerta diciendo ser nuestro futuro tataranieto no le demos con ella en las narices porque podría ser cierto. Quién sabe. Desde luego podríamos tener la tranquilidad de que no vendría a matarnos, porque de acuerdo a la llamada «paradoja del abuelo», si alguien retrocediese en el tiempo para matar a un antepasado entonces no sería engendrado y por lo tanto no podría viajar al pasado a matar a nadie, luego sí acabaría siendo engendrado. Por eso no hay manera tampoco de matar a Hitler, porque de deshacernos de él cuando solo daba voces en alguna cervecería de Munich, en el universo resultante ya no habría razón para retroceder en el tiempo para matarlo, luego nacería otra vez y de nuevo acabaría liándola. Si hay una constante en las historias de viajeros del tiempo es que el universo sigue sus propias reglas y el poder omnímodo al que creían acceder se les va de las manos. No entienden lo que pasa y en el caso de esta película muchos espectadores tampoco, así que ahí va un esquema para aclarar la línea argumental de esta obra de culto.

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Los cronocrímenes

Imagen de KV Entertainment.

Stephen Hawking tiene dicho que la prueba de que no son posibles los viajes en el tiempo es que no hemos recibido turistas del futuro. El argumento ha sido cuestionado por otros teóricos que hablan de universos paralelos o de que una hipotética máquina del tiempo solo podría retroceder hasta la fecha en que haya sido inventada. Cabe añadir otra posibilidad: que los visitantes estén entre nosotros de incógnito y sigan a rajatabla la regla dictada en esta película por el científico interpretado por Vigalondo: «No cambies nada, porque cualquier cambio podría provocar que no pudieras volver a casa». Así que Héctor aquí no se reconocía a sí mismo al tener la cabeza vendada pero intentaba provocar a su yo del pasado para que siguiese las pautas del pasado que le llevaron allí.

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Triangle

Imagen de Icon Entertainment.

Si hablamos de bucles, uno particularmente obsesivo debió de ser el del cineasta Christopher Smith viendo la película anterior. La supo interiorizar para hacer algo nuevo a partir de ella añadiéndole detalles particularmente ingeniosos, como convertir a la protagonista en madre de un niño autista que necesita vivir cada día acorde a unas rutinas que lo hagan similar a los anteriores. Hace unos días circulaba por las redes sociales la foto de un cartel que era todo un microrrelato. Pues bien, esta historia sería la versión ampliada y situada no en un hospital sino en un transatlántico.

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Atrapado en el tiempo

Imagen de  Columbia Pictures.

La anterior bebía también de Atrapado en el tiempo, pero ¿acaso no lo han hecho casi todas las que abordan esta temática? La idea es tan buena que no podía agotarse aquí. Así que la vimos también en Código Fuente, Al filo del mañana, Corre, Lola, corre… bien mirado hasta el Episodio VII: el despertar de la Fuerza hace del IV su particular día de la marmota en una galaxia lejana. No es difícil sentirse plenamente identificado con este reportero tan desabrido, pues los días de cualquiera de nosotros a menudo parecen estar repetidos, discurriendo en una rutina con pequeñas variaciones del anterior, en la que ajustamos los tiempos y economizamos cada gesto como si aspiráramos a vivir el día perfecto y entonces, por fin, escapar al siguiente.

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Looper

Imagen de TriStar Pictures.

Mencionábamos la Saga de Star Wars, y precisamente el guionista y director de la próxima entrega que se estrenará este año, Rian Johnson, lo fue también de esta otra cinta que ya nos habla de bucles desde su mismo título. Toda acción en el pasado tiene un efecto inmediato en el presente, aquí no hay universos que se bifurcan, si bien la historia gira fundamentalmente en torno a lo que podría definirse como una relación paterno-filial. Aunque como en la Trinidad padre e hijo sean uno. Respecto a la premisa de mandar a un asesino al pasado a eliminar a alguien molesto en el presente, nos resulta familiar…

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Terminator

Imagen de Pacific Western.

El problema de los bucles es que siempre dejan una causa inicial sin explicar. ¿Cómo pudo Sarah Connor quedarse embarazada la primera vez, antes de que su hijo mandara a quien sería su padre? La historia, eso sí, respeta la paradoja del abuelo, pues si se hubiera logrado evitar la rebelión de Skynet entonces no habría viaje al pasado que la impidiese, etc. El apocalipsis siempre logra abrirse camino. Tampoco se entiende cómo en la continuación el hijo intenta evitar el futuro que precisamente le permitirá ser concebido, vamos, solo se tenía que haber parado un momento a recapacitar.

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Donnie Darko

Imagen de Flower Films.

La ciencia ficción nos enseña que, cuando son posibles, los universos paralelos no suelen llevarse bien entre ellos. La serie Fringe centraba buena parte de su arco argumental en ello. Aquí nos muestran uno que se crea en el momento en el que el protagonista evita una muerte que debía habérselo llevado y que debe desaparecer para que el universo originario siga su curso. Fue la película que nos descubrió a Jake Gyllenhaal, a cuya meritoria carrera desde entonces ya dedicamos en su momento este artículo.

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Predestination

Imagen de Blacklab Entertainment.

Si no han visto esta película mejor que no sigan leyendo porque el desenlace es lo que le da todo sentido… o se lo quita. El/la protagonista es ante todo una persona con muy poca memoria para las caras. No era tan difícil que en el momento de mirarse al espejo con su nuevo rostro se hubiera dicho «coño, tuve un ligue igualito» y atar cabos. Pero no, mejor fiarlo todo a un desenlace que busca epatar a toda costa, aunque nos deje la duda de cómo pudo este ser autoengendrarse inicialmente. En una vuelta de tuerca del viejo dilema, la gallina viaja al pasado para poner el huevo de la que ella misma nacerá.

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Regreso al futuro

Imagen de Universal Pictures.

De nuevo nos encontramos ante un caso de prosopagnosia, que aquí alcanza proporciones de epidemia: ¿ni sus padres ni Biff encontraban familiar el rostro de Marty McFly a medida que iba creciendo? El guion nos muestra cómo la alteración del pasado del protagonista puede provocar su desaparición… pero a medida que desaparece también lo hace la amenaza que él mismo representa para su propio pasado. De nuevo la paradoja del abuelo. Nos queda la duda de cuál habría podido ser la inspiración del estilo musical de Chuck Berry sin ese bucle.

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Interstellar

Imagen de Warner Bros.

Mucho se ha escrito sobre esta historia y las bases científicas en que se sustenta, así que poco podemos añadir. El teseracto permite al protagonista observar el pasado e interactuar levemente con él a la manera de una presencia fantasmal.

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Midnight in Paris

Imagen de Gravier Productions.

Uno de los principales atractivos de las narraciones sobre viajes temporales está en el margen que ofrecen para el choque cultural entre diferentes épocas. Mark Twain fue uno de los pioneros con Un yanqui en la corte del rey Arturo, donde nos mostraba cómo el viajero que visita una época previa cuenta con la ventaja de su conocimiento del porvenir. En este caso vemos como el protagonista sirve de inspiración a los intelectuales y artistas del París de los años veinte, al fin y al cabo recordar es mucho más sencillo que inventar. Aunque lo que él recordase era lo que ellos habían creado supuestamente sin esa ayuda desde el futuro… o no.  

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¡Qué bello es vivir!

Imagen de RKO.

Este ejemplo con el que concluimos no es exactamente un bucle en el tiempo, pero tiene tantos elementos en común que merece incluirse. El efecto mariposa ha sido un recurso muy frecuente del género desde que Ray Bradbury publicase a principios de los cincuenta el cuento El sonido del trueno. Trataba un safari prehistórico en el que los cazadores solo podían matar a dinosaurios que estaban a punto de morir, teniendo estrictamente prohibido salirse del camino marcado. Pero uno de ellos pisa accidentalmente una mariposa y al regresar al presente encontrará un mundo diferente del que dejó. En esta fábula navideña la mariposa resulta ser George, a quien en un momento de desánimo su ángel de la guarda le muestra un mundo paralelo en el que él nunca hubiera existido. Su vida importa, concluye, mucho más de lo que hubiera podido imaginar.

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Crucifixión en la vida moderna

La vida de Brian, 1979. Imagen: Manga Films.

Schadenfreude

En diciembre de 2013 Justine Sacco, directora de comunicaciones corporativas en la compañía IAC, inició un largo viaje aéreo desde Nueva York hasta Sudáfrica para visitar a sus familiares aprovechando el periodo vacacional. Pero al aterrizar en Ciudad del Cabo tras varias horas de vuelo, Sacco comenzó a sentir un intenso escozor en la espalda y un pitido insoportable en los oídos, dos molestias que no tenían su origen en la travesía sino en su cuenta de Twitter personal, un perfil que solo contaba con ciento setenta seguidores. Horas antes, y aprovechando una parada en Londres, la mujer había lanzado un graznido en la red social que en su momento había considerado muy gracioso: «Me voy a África, espero no pillar sida. Es broma ¡Soy blanca!». Al encender de nuevo el teléfono el infierno se desató: mientras el vuelo y el sueño la habían mantenido desconectada del mundo real, en el virtual los usuarios de una red social de plumaje azul se habían dedicado a afilar lanzas donde ensartar su cabeza.

A lo largo del trayecto la mujer había disparado otras bromas groseras, sobre la higiene de sus compañeros de vuelo o la mala dentadura de los londinenses, pero la chanza con el sida fue la verdadera culpable de la tormenta de mierda. Alguien retuiteó el comentario señalándolo como desalmado y el resto de usuarios se abalanzaron sobre la autora acusándola de racista analfabeta hasta convertirla en trending topic, varios empleados de su empresa (dedicada a producir contenido para internet) expresaron malestar por compartir lugar de trabajo con aquella persona y la propia compañía tuvo que emitir un comunicado condenando el incidente: «Se trata de un comentario ultrajante y ofensivo que no refleja el punto de vista ni los valores de IAC. Desgraciadamente es imposible contactar ahora mismo con la empleada en cuestión al encontrarse en un vuelo internacional, pero esto es un asunto muy serio y tomaremos las medidas convenientes».

Entretanto alguien tuvo tiempo de comprar el dominio www.justinesacco.com y redirigirlo hacia la web Aid for Africa y otro alguien filtró los datos del llegada del vuelo de Sacco mientras el hashtag #HasJustineLandedYet («¿Ha aterrizado Justine ya?») se convirtió en el punto de mira desde el cual espiar la travesía de Sacco. A los justicieros sociales se sumaron los voyeurs sádicos que esperaban impacientes la reacción de la mujer cuando al abrir la ventana de Twitter se topase con una lapidación salvaje: «Estamos a punto de ver cómo despiden a esa puta de Justine Sacco. En tiempo real, antes incluso de que ella misma sepa que está despedida» se pudo leer entre la cordillera de sarcasmos deseándole buena suerte con la búsqueda de empleo. El linchamiento tuvo un remate demencial y aterrador cuando un usuario de Twitter se acercó al aeropuerto de Ciudad del Cabo, localizó al progenitor de Sacco esperando a su hija e informó a Twitter de la impresión que le daba el hombre, fotografió a Sacco tras su aterrizaje y anunció que la desalmada había tomado tierra escondiéndose tras unas gafas de sol.

Sacco tuvo que pedir a una amiga que eliminase su cuenta de Twitter por pánico a conectarse ella misma y leer más amenazas accidentalmente, su empresa la despidió y eliminó su perfil de la web corporativa, algunos trabajadores de los hoteles en los que se alojaba durante aquellas vacaciones amenazaron con negarse a atenderla y en general el universo entero se desplomó sobre ella. La mujer pidió disculpas y acortó sus vacaciones tras ser advertida de la imposibilidad de garantizar su seguridad y comprobar que su propia familia, partidaria del Congreso Nacional Africano y la igualdad racial, también le echaba en cara aquel chiste. Ahogada por la depresión decidió alejarse del Nueva York donde residía para aterrizar en Adís Abeba, Etiopía, y servir durante unas semanas como voluntaria. Cuando volvió a la ciudad encontró un nuevo trabajo pero internet parecía no querer dejarla respirar: Sam Biddle el redactor de Gawker que convirtió en viral el tuit sobre el sida se emperró en seguir humillándola online a través de sus artículos hasta que meses después, durante el aniversario de la crucifixión digital de Sacco, se reunió con la víctima para charlar y llegó a la conclusión de que le debía una extensa disculpa. Esto ocurría justo después de que el propio Biddle se convirtiese en objeto de otro apedreamiento virtual tras hacer una coña sobre el bullying en, sorpresa, Twitter.

Justine Sacco en realidad no tenía nada de nazi, de hecho era sudafricana y contraria a cualquier tipo de racismo. Pero un tuit le desgració la vida por culpa de tener un sentido del humor retorcido que parecía estar prohibido si uno no forma parte del mundo de la comedia: «Desgraciadamente ni soy un personaje de South Park ni un cómico de stand-up, por lo que no debo soltar un comentario tan políticamente incorrecto sobre la epidemia del sida en una plataforma pública». Sacco había pensado que el tuit era tan exagerado y disparatado como para que fuese imposible que alguien se lo tomase como una afirmación seria. La pobre no sabía que en internet suele cumplirse a rajatabla la ley de Poe, aquella que dicta que en caso de no avisar con claridad es imposible distinguir entre una ideología extrema y la parodia de dicha ideología. La chica había pretendido bromear sobre los privilegios de los blancos y la estupidez americana y el tiro había abandonado el arma por la culata. Y cualquiera que se tomase la molestia de escarbar entre los tuits pretéritos de Sacco podía encontrar un buen montón de chistes similares, de dudoso gusto pero chistes al fin y al cabo, algo que en lugar de servir para excusarla acabó condenándola del todo cuando diversas páginas online comenzaron a recopilar greatest hits de sus graznidos.

Pics or it dind’t happen

Sacco no fue la única persona que tuvo una mala ocurrencia relacionada con las redes sociales durante el 2013. A una veinteañera de Míchigan llamada Alicia Ann Lynch le pareció gracioso celebrar Halloween disfrazándose, con un chándal y maquillaje sangriento, de víctima de aquel maratón de Boston donde una bomba se había llevado por delante a tres personas y causado más de doscientos ochenta heridos. La chica subió una foto de su modelito a Twitter junto al texto «Y el premio al disfraz más ofensivo en el trabajo es para… #demasiadopronto?» y no tardó en ser fusilada con insultos y amenazas de personas ofendidas, entre las que se encontraban también víctimas del atentado: Sydney Corcoran escribió: «Deberías estar avergonzada, mi madre perdió ambas piernas y yo casi muero durante la maratón». Lynch y su familia comenzaron a recibir amenazas de muerte, fue despedida de su trabajo, un anónimo localizó su nombre completo y su dirección y por internet comenzaron a circular fotos de la chica desnuda que alguien había pescado de Tumblr.

Una mujer llamada Lindsey Stone contempló el ajusticiamiento de Lynch con una mezcla de interés y terror. Ella misma había sufrido una persecución similar un año antes cuando internet interpretó como no debía una fotografía subida a Facebook donde realizaba un gesto ofensivo y simulaba gritar junto a una señal que solicitaba silencio y respeto en el Arlington National Cemetery. El problema es que dicho cementerio es un monumento de guerra conmemorativo, y en Facebook la imagen no tardó demasiado en hacerse viral junto a textos donde se afirmaba que la mujer de la instantánea odiaba al ejército y a los soldados caídos. La foto fue azuzada por veteranos de guerra y la opinión popular arremetió de manera salvaje contra una Stone que comenzó a recibir mensajes muy desagradables: «Muere, puta. Extirpadle el útero. Violadla» o «Púdrete en el infierno». Se creó una página de Facebook titulada «Despidan a Lindsey Stone» que acabó logrando que la entidad para la que trabajaba cediese a la presión y la echase a calle junto a su compañera, Jamie, que había tomado la foto.

Fotografía publicada en Facebook.

Superada por la presión, Stone se recluyó en su casa durante un año y se obsesionó con internet, dedicándose durante su encierro a investigar casos similares y googlear de manera compulsiva su nombre para leer todo lo que se decía sobre ella. Lo dramático del asunto es que Lindsey Stone no es una mala persona, la empresa de la que fue despedida es una organización caritativa llamada Life (Living Independently Forever) que ayuda a adultos con problema intelectuales o de aprendizaje a vivir de manera más independiente. La propia foto de la polémica fue tomada durante una excursión para aquellas personas con dificultades en la que tanto ella como Jamie ejercían de cuidadoras. Lo peor de todo es que la imagen había sido sacada de contexto por completo, porque en lugar de tratarse de un corte de mangas hacia el ejército la foto era una broma privada: las chicas se estaban montando un álbum de fotos junto a señales de prohibición donde posaban haciendo lo contrario a lo que dichas indicaciones vetaban (fumar junto a carteles de «No smoking» o montar en patinete junto a señales que rezaban «No skateboarding»), pero de nada sirvió intentar explicarlo cuando la bola de nieve se había convertido en avalancha.

En 2013, durante la Python Conference, una convención de programadores celebrada en Santa Clara, Adria Richards se encontraba sentada entre el público de una ponencia cuando escuchó a sus espaldas a dos hombres adultos cuchicheándose chistes y juegos de palabras tontorrones centrados en símiles del pene. Richards consideró las bromas ofensivas, se giró para sacar una fotografía de los chicos y la posteó en Twitter denunciando la desfachatez, les dedicó una entrada en su blog y escribió a la organización del evento. Cuando el asunto se hizo viral uno de los dos fotografiados fue despedido de su trabajo y acudió a un foro de internet para relatar su versión de los hechos, disculparse por hacer las bromas, anunciar que había sido una gran putada ser despedido porque tenía tres niños y adoraba aquel trabajo y recordar a Richards que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Como consecuencia de aquellas nuevas revelaciones un numeroso grupo de usuarios atacó la web del trabajo de Richards y amenazó con seguir haciéndolo hasta que en la compañía le diesen la patada a la mujer. La empresa cedió y despidió a Adria Richards.

American history

En febrero de 2013, un chico de dieciocho años natural de Texas y jugador del popular MOBA online League of Legends discutía en Facebook con sus amigos sobre aquel videojuego del modo en el que lo podría hacer cualquier otro adolescente del planeta: exagerando y haciéndose el malote. El chico se llamaba Justin Carter, y en un momento dado llegó a escribir en los muros de la red social una colección de afirmaciones dramáticamente exageradas: «Estoy jodido de la cabeza ¿vale? Creo que voy a MONTAR UN TIROTEO EN UNA GUARDERÍA, VER CÓMO LLUEVE LA SANGRE DE LOS INOCENTES Y DEVORAR EL CORAZÓN LATIENTE DE UNO DE ELLOS» [Con mayúsculas en el original]. Cualquiera que se asomase por el hilo en cuestión podía comprobar que los bramidos de Carter eran una coña muy pasada de rosca, pero la sociedad estaba muy tensa desde el tiroteo de Sandy Hook, ocurrido un par de meses antes, y una mujer de Canadá decidió denunciar al chaval tras tropezarse con toda la perorata sobre masticar corazones humanos.

Horas más tarde la policía arrestaba a Carter, lo encerraba en prisión bajo una fianza de medio millón de dólares y lo dejaba a la espera de un futuro juicio donde podría ser castigado con diez años de prisión, la condena por amenazas terroristas según el código penal de Texas. Carter ingresó en la cárcel mientras todo lo que ocurría a su alrededor parecía un disparate: la policía no pudo encontrar evidencias de que el chaval fuese un psicópata con ganas de roer fémures de chiquillos, la conversación de Facebook original no fue recuperada y examinada en su totalidad y supuestamente se forzó al chico a admitir ser el autor de aquellas amenazas sin su abogado presente. Entretanto, los padres de Carter hicieron pública su historia a los medios mientras intentaban recaudar el dinero necesario para pagar la fianza y explicar al mundo que su hijo estaba encarcelado por decir cuatro burradas en un muro de Facebook. Meses más tarde, en julio de 2013, un donante anónimo pagó la fianza de Carter, pero su delirante caso sigue a día de hoy pendiente de juicio. La petición que Jennifer Carter había montado en Change.org para recoger firmas de apoyo a su hijo también sigue activa.

Ocurrió cerca de su casa

En 2011, Nacho Vigalondo decidió provocar en Twitter a sus numerosos followers bromeando sobre el Holocausto y como consecuencia sufrió un linchamiento público que lo llevó a perder una campaña publicitaria contratada por el periódico El País y en general las ganas de levantarse de la cama por la mañana. Durante una entrevista un par de años más tarde, el director reconoció que la cosa se desmadró tanto como para llegar a sopesar el largarse de España. Curiosamente el entrevistador en aquella ocasión era Guillermo Zapata, la misma persona que durante aquel 2011 decidió solidarizarse con el director de cine citando chistes de humor muy negro, de los que se han repetido durante generaciones en los patios de colegio entre la chiquillada menos elegante, y también el mismo que acabaría siendo edil de cultura en el equipo de Manuela Carmena cuatro años más tarde.

En 2015 a Esperanza Aguirre le sonó la flauta y solicitó la cabeza de Zapata por aquellos tuits extirpando cualquier tipo de contexto del razonamiento, como consecuencia del revuelo y la presión el nuevo edil acabaría renunciando al puesto. En los meses posteriores el hombre se acabó aprendiendo de memoria el camino hacía los juzgados de tanto ir a declarar por culpa de tuits publicados hace años; entretanto las acusaciones obviaban a propósito el resto de esas conversaciones de 2011 como un niño que se tapa los oídos con ambas manos mientras canta sobre pelotas y traseros que rebotan y explotan. En medio de todo el caos Irene Villa, protagonista de algunos de los chistes, aseguraba desde su columna que jamás se había sentido ofendida o aludida por aquellas bromas. El asunto adquiría tintes cómicos durante una de las últimas vistas celebradas, donde el propio fiscal solicitó la absolución de Zapata, algo que finalmente acabaría ocurriendo cuando la Audiencia Nacional sentenciase que los comentarios eran solo humor macabro y no humillación de las víctimas.

Viñeta de Albert Monteys publicada en Twitter.

Cesar Strawberry, cantante de Def Con Dos, también visitó los juzgados a causa de varios tuits donde bromeaba con echar de menos a los GRAPO, secuestrar de nuevo a Ortega Lara y el perfil aerodinámico de Carrero Blanco. A Strawberry se le acusó de enaltecimiento del terrorismo y humillar a las víctimas, la fiscalía solicitó veinte meses de cárcel y, tras la celebración del juicio en julio del 2016 ante un tribunal presidido por Fernando Grande-Marlaska acompañado de Manuela Fernández de Prado y Nicolás Poveda, el cantante fue absuelto de los cargos al considerarse que sus declaraciones revelaban un «tono crítico con la realidad social y política, tratando que el público comprenda el sentido metafórico y ficticio que envuelven sus obras, respecto al concepto de fondo siempre de carácter pacífico y exclusivamente cultural».

Poveda emitió un voto particular de carácter discrepante con la sentencia donde señalaba que pese a que el tono del artista apostase por la provocación a su modo de ver los tuits contenían un «posicionamiento de odio» contra las personas mencionadas. La fiscalía recurrió al Supremo y el desenlace es disparatado: en enero de 2017 se anulaba la absolución dictada meses atrás y se condenaba al cantante a un año de prisión junto a seis años y seis meses de inhabilitación absoluta. Casi suena a chiste que seis tuits acabasen condenando al cantante de un grupo que lleva toda la vida bromeando con el humor más negro: hace más de veinte años Def Con Dos cantaba sobre asaltar un McDonald’s para ametrallar a inocentes pero también sobre pegarle fuego al Liceo, suicidarse o veranear en Puerto Hurraco. Incluso los libretos que incluían en sus cedés estaban repletos de proclamas y desbarres pasados de rosca, donde la banda proponía atar a Sting a un árbol de la selva amazónica y prenderle fuego al conjunto o anunciaba que la entrepierna de Lina Morgan alojaba un pene envidiable.

A finales del año pasado dos personas eran detenidas por utilizar las redes sociales para realizar unos comentarios bastante desagradables sobre un menor aquejado de cáncer y amante de la tauromaquia. Una sentencia que parece estar muy cimentada en declaraciones particulares realizadas en redes sociales, mantiene en la cárcel desde hace más de un año a Nahuel, miembro de un grupo anarquista y vegano llamado Straight Edge.

Para Cassandra Vera, una estudiante de historia de veintiún años, la fiscalía solicita dos años y seis meses de prisión y tres años de libertad vigilada por culpa de una tanda de chistes sobre Carrero Blanco que se le ocurrió realizar en Twitter entre el 2013 y 2016. Una pena que varios historiadores han interpretado como una locura al considerar que dichos chistes forman hoy en día parte de la memoria popular, incluso la propia nieta de Blanco ha llegado a declarar que huele a disparate solicitar una condena de cárcel por realizarlos. El humorista gráfico Raúl Salazar apuntó en su blog a un detalle curioso: en 1984 Tip y Coll ya bromeaban, en las páginas del libro Tipycollorgía sobre el atentando contra Carrero Blanco.

2017 y nosotros en bragas ante el disparate. Nadie esperaba a la Inquisición española y mucho menos a una justicia indagando entre los nidos de las redes sociales para condenar opiniones personales, por muy mezquinas que estas sean, o dedicando una cantidad tremenda de tiempo, sudor y esfuerzo a perseguir chistes. 


Jaume Ripoll: «Nos hemos empeñado en hablar de la piratería y el principal problema es el desinterés del espectador»

Jaume Ripoll para Jot Down 0

Jaume Ripoll es uno de los cofundadores y director editorial de filmin, una empresa de alquiler digital de películas cuyo nombre siempre se escribe con minúscula aunque en realidad sus intenciones con el espectador cinéfilo sean mayúsculas. Las estanterías de su domicilio apilan decenas de libros, películas, cómics y revistas que sirven como prueba de que allí vive un activo devorador de cultura. A la hora de conversar esto es evidente, Ripoll salta en su discurso de Béla Tarr a Pablo Und Destruktion, de Dublineses al mundo empresarial del celuloide, del fenómeno indie a Holocausto caníbal o los Teletubbies. Ametralla con la palabra a toda velocidad dando la impresión de que no solo es alguien que sabe comunicar sobre su producto sino que además lo entiende, le fascina y sobre todo cree en él.

Tuviste dos videoclubs y luego decidiste pasarte al futuro, al mundo digital.

Era el presente casi. Yo estaba trabajando en Mallorca en videoclubs que había heredado de mi padre y entonces Juan Carlos Tous me llamó para que me incorporase a Cameo, que era una compañía de DVD. A partir de ahí empezamos a trabajar básicamente cine independiente y de autor porque cuando se creó la compañía no había una distribuidora que se encargase solamente de ese tipo de cine y daba la sensación de que podía quedar diluido en el catálogo de compañías multinacionales que tienen desde Harry Potter a Boyhood, por ejemplo.

Al segundo año de llegar a Cameo empezamos a ver que era necesario pensar en el digital. Ya estaba Napster y todo el problema de la música y estaba claro que al mundo del cine iba a pasarle lo mismo que a la música. Así que empezamos a plantearnos cómo podíamos hacerlo, cómo podíamos dar el salto. ¿Qué pasa? Que no había referentes y empezamos a construir desde cero y en el proceso de crear filmin nos equivocamos muchísimas veces. Había que convencer a los que tenían los derechos para que nos los dejasen, a los usuarios para que los pagasen, ofrecer un vídeo que no se parase, una plataforma que se entendiese… muchas cosas. Y con el paso de los años, con los errores y demás, hemos dado con la tecla.

¿Cuál fue el obstáculo principal a la hora de fundar filmin?

Creo que en el proceso de fundación tuvimos la suerte de que los socios de Cameo son gente del cine: distribuidores, productores y directores de cine, a los que se les unió más gente y todos apoyaron desde el principio una iniciativa como filmin. Es curioso, se dice siempre que la industria del cine ha reaccionado tarde al seísmo que supuso internet y en algunos casos sí es posible que se haya reaccionado tarde, pero en este caso concreto lo hicieron desde el principio. Una vez aceptaron entrar y formar parte de filmin los obstáculos eran esos, tecnológicos, de derechos e incluso el concepto. La idea de ofrecer una tarifa plana, que creo que es el camino para ofrecer contenido, nosotros empezamos a aplicarla en 2010. Fuimos la primera plataforma en España y la segunda en Europa en lanzarla y nos llamaban locos. Sin embargo hoy todos tienen muy claro que ese es el camino, no el único pero sí el principal diría yo.

¿Cómo crees que es el perfil del espectador actual?

Yo creo que como sociedad tenemos que aprender a gestionar la abundancia. A veces somos víctimas de esa especie de síndrome del turista en un gran museo. Tenemos todo tipo de libros, películas, series y cómics pero solo tenemos una vida para poder disfrutarlos y eso nos genera aturdimiento. No tengo muy claro qué ver y voy acumulando pelis una tras otra. Del cinéfilo al cinéfago hay un paso, y es un paso que mucha gente ha dado con la revolución digital.

Diría que estamos ante un espectador en transición que viene del espectador clásico, que tiene muy claro que le gusta la experiencia en la sala de cine y que luego en casa ve un par de cosas; al nuevo espectador, que está mutando y que ve muchos fragmentos de muchas cosas a partir de las cuales construye una especie de puzle de plastilina en su cabeza. En eso, el cine independiente tiene un problema porque ante la abundancia uno tiende hacia la peripecia, hacia el entretenimiento. El cine de autor, el cine que te reta y te propone otro tipo de cosas que no solo sean evasión, tiene mayor dificultad para abrirse paso. Primero porque en casa uno es más impaciente y menos sacrificado con la película, está viendo el móvil y tiene más distracciones y se pregunta: ¿por qué tengo que acabar de ver la peli? El problema es: ¿cómo atraer a este tipo de espectador, que quizás hace unos años veía películas independientes, a un formato como el doméstico? Y ¿cómo hacer que las salas de cine de pequeño formato puedan interesar a la gente que dice: «bueno, yo tengo siete euros y para pagarlos me voy a ver Mad Max y no voy a ver de los Dardenne que me parece una cosa pequeñita»? Este reto aún no está resuelto.

Hemos hablado mucho de la piratería y creo que, siendo un problema, el principal es el desinterés real sobre este tipo de cine frente a la abundancia de contenidos. Tenemos que ver de qué manera podemos recuperar ese interés y si no se puede, habrá que hacer menos películas o serán más baratas porque habrá menos dinero. Nos hemos empeñado en hablar de la piratería y el principal problema es el desinterés del espectador por descubrir nuevos autores, por perderle el miedo a cinematografías que quizás desconozca, y que se disocie ese término de que una peli rumana tiene que ser aburrida o tiene que ser rara. Hay un documental catalán, Sobre la marcha, que es maravilloso y que si lo ve mi madre le va a encantar ¿pero cómo llevo a mi madre a ver ese documental? Esa es la ecuación que buscamos todos los distribuidores y que todavía no hemos resuelto. Tenemos que ver cómo hacerlo, con educación, con tecnología, con mejor marketing, con mejor promoción… Creo que sería importante aumentar la autocrítica y eliminar la autodestrucción para ver de qué manera podemos conseguir corregir estos errores.

¿Cómo se educa entonces el ojo del espectador?

De entrada, ya desde pequeños. En Francia, que es un referente en este sentido, en los colegios de los pueblos pequeñitos que no tienen un cine al lado, una vez al mes se llevan a los chavales en autobús a una sala de cine y les ponen desde Lubitsch a Chaplin. Y claro, si a un chaval de quince años le dices: «vamos a ver Ser o no ser», o cualquier película en blanco y negro, te dirá que «vaya pereza», pero a lo mejor si desde pequeño le has educado para perderle el miedo a ese tipo de cine, es muy posible que lo disfrute.

Entiendo que a alguien que empieza no le vas a poner a Béla Tarr, como a alguien que empieza con la ópera le pondrás a Puccini y no a Britten, porque si no, nunca se va a animar a seguir. Creo que deberíamos hacer un tipo de guía por pasos y empezar a educar a estos espectadores y es que tenemos un problema: no hay educación cinematográfica ni en escuelas ni en institutos. Y debería. ¿No estamos en este proceso de buscar cambios? ¿No se vanaglorian todos los partidos políticos de proponer cambios? Pues vayamos a un modelo de cambio educativo real y a un cambio cultural. Porque al final la cultura no es una cuestión de las élites que van a los festivales de cine y a no sé dónde, la cultura es algo que nos tiene que enseñar a todos a comportarnos de otra forma o a ampliar el número de preguntas que nos hacemos y a resolver alguna de ellas. Esa es la clave de la literatura, del cine y de la cultura en general, y en este país carecemos de ella.

¿Crees que la educación ayudaría a luchar contra la piratería?

Hay países como Francia, Alemania, Reino Unido… con proyectos educativos potentes y con menos índice de piratería pero tampoco sé exactamente si aquí funcionaría de la misma manera, aunque al menos lo que habría es interés. Empecemos con que la gente quiera ver ese tipo de películas y quiera disfrutarlas porque, poco a poco, si las quiere ver, después acabará queriendo pagar por verlas. Ahora tenemos dos problemas: que pagan pocos por verlas y que menos gente quiere verlas. Tenemos que intentar resolverlo.

¿Y la piratería se puede frenar de forma eficaz mediante una ley?

Cada uno te dirá una cosa. En Alemania se penaliza al usuario, a quien descarga, en Suiza se penaliza solo si subes y no si descargas… no hay una ley común que pueda funcionar de forma general sobre eso y yo no tengo la respuesta. Desde filmin hacemos lo que sabemos, que es intentar conseguir películas y que se puedan ver en más dispositivos, con mejor tecnología y que el catálogo sea más grande y comunicarlo mejor.

Se está demostrando que cada vez más gente está pagando por los contenidos, aunque es verdad que después te encuentras casos muy curiosos. Yo doy clases en másters de comunicación audiovisual, cine, etc. que cuestan seis mil, siete mil u ocho mil euros y nunca les pregunto si tienen filmin porque vete tú a saber lo que dirán, pero sí pregunto si tienen Spotify, y te encuentras con que como mucho un 10% de los alumnos pagan. Son estudiantes de comunicación audiovisual que tienen dinero para pagarse un máster y solo el 10% están pagando por una aplicación que es maravillosa. Es imposible replicar este modelo en cine por la diferencia de costes que hay entre ambas industrias en cuanto a derechos y formato y si solo un 10% paga por eso que cuesta 10€…

Vosotros  estáis creciendo, cada año tenéis más usuarios.

Sí, el año pasado crecimos un 40% y a mediados de julio lanzaremos una nueva versión de la plataforma con nuevas aplicaciones y una nueva imagen. Eso también puede ayudar un poco a seguir ampliando público de los tres segmentos que hemos dicho: jóvenes o posadolescentes, gente adulta y mayores de sesenta años. De momento no hemos tocado techo y espero que el techo esté aún muy arriba, porque si está cerca de nuestra cabeza nos quedaremos como en Cómo ser John Malkovich, agachados en toda la película, y así es un poco complicado vivir.

Jaume Ripoll para Jot Down 1

Dentro de poco el mercado del cine digital superará al físico. ¿Vamos al mismo ritmo en España?

No, qué va. No hay cifras reales de cuál es el volumen del mercado digital en España, no existen. Cada uno dice una cifra y uno puede tender a creerse los números de los compañeros de viaje de aquella manera, son unos números tan fiables como cuando Lola Flores salía en la tele diciendo cada año una edad diferente. Es un poco la sensación que uno tiene cuando lee las cifras de suscriptores, visitantes y ventas de otras plataformas.

Yo creo que nos falta mucho, un par de años como mínimo, para llegar a alcanzar lo que mueve el mercado de alquiler físico, que todavía existe, y la venta. El futuro llega con un instante de retraso y tengo la sensación de que aquí llega con un par de instantes de retraso. Pero aun así tenemos que tener en cuenta que por ejemplo hoy Movistar TV es internet al fin y al cabo, y todo lo que facturas ahí es mercado digital. Decía Chris Anderson en Wired que la barrera de internet se está diluyendo. Hoy estamos todo el día en internet, ya no es un navegador en el que pones www.filmin.com o jotdown.es. Hoy con una aplicación ya estás en cualquier lado. Las teles cuando compran un derecho también se lo quedan para internet, entonces ¿qué parte de volumen del dinero lo aplicas a internet y qué parte se lo aplicas a la televisión convencional? Por eso quizás no quede tanto tiempo para igualar o superar el formato físico.

Por ejemplo, en el mundo de los videojuegos también se obvian las cifras del mercado digital. ¿Por qué no se contabilizan esas cifras, es dificultoso?

Es muy fácil hacerlo: contabilizas alquileres y el total de suscripciones, eso sería lo normal. Pero existe esta cosa de ¿quién dice la edad primero? «Ay, yo no digo la edad», o que luego uno te dice que tiene veintidós cuando sabes que tiene cuarenta y cinco, que se le ve y no cuela. Esa es un poco la situación. Tienes los datos de taquilla de cine o audiencia de televisión de forma mucho más clara de lo que los tienes en internet y es verdad que la audiencia en internet es más complicada de medir porque el consumo es diferente pero se podría hacer. RentTrack lo ha intentado pero de momento no lo ha conseguido.

Ahora que hablas de videojuegos, yo escribía sobre el tema hace unos años y es curioso porque la gente se lo piensa tres veces antes de decir que sí cuando le propones: «vamos a ver algo en versión original» y sin embargo no te dicen «vaya rollo» cuando juegan al Grand Theft Auto o al Metal Gear, no lo aplican a eso. Después el tema de taquilla: no es que el videojuego mueva más dinero que el cine, eso no es real. La salida de un juego mueve más dinero que la salida de una película pero su vida es mucho más corta, por tanto su capacidad de ingresar dinero se concentra mucho en los primeros meses de vida del videojuego, a no ser que sea un universo recurrente o cosas de estas, y en el caso del cine El Padrino tiene cuarenta y cinco años y sigue dando millones de dólares al año a Paramount.

Pero eso son películas puntuales.

¿Lo del Padrino? No. Hay una cantidad importante de películas que siguen generando muchísimo dinero con el paso de los años. Las televisiones siguen comprando las películas de Berlanga a los propietarios de los derechos o las películas de Coppola o las películas de los setenta o Manhattan Sur… me da igual. Siguen moviendo dinero pero un videojuego de hace quince años no. Yo no me imagino el Dark Seed de Giger o al Grim Fandango, que ahora tiene una nueva versión, moviendo grandes cantidades de dinero. Da un poco igual, tampoco es tan importante el tema del dinero, pero sí me hace mucha gracia que sea una especie de leitmotiv lo de que el videojuego da más dinero que el cine.

Quizás es una comparativa entre los costes de producción de una película y los de un videojuego.

Hoy en día hay no sé a cuánto está, pero hay videojuegos como el Grand Theft Auto que leí que estaba en doscientos millones de euros de presupuesto, que es más o menos lo que puede costar una película como Piratas del Caribe y películas de estas potentes. Y los videojuegos independientes son juegos que pueden costar hasta cinco millones de euros, que está bien que sean independientes pero hay que moverlos. Hay una película que se llama Indie Game: the movie que habla de las peripecias de los videojuegos…

Da la sensación de que el indie ha aparecido de golpe, al menos en el caso de los videojuegos.

En el cine siempre ha habido. Desde Soderbergh en Sundance con Sexo, mentiras y cintas de vídeo o incluso antes, con los independientes de los setenta. Desde Easy Rider para acá el cine indie siempre se ha visto o han salido nuevos nombres. ¿Qué pasa? que después a lo mejor esos autores independientes son absorbidos por la parte comercial. Christopher Nolan pasa de hacer Following y Memento a hacer Batman The Dark Knight o Robert Rodriguez pasa de hacer una película pequeñita en México a rodar Spy Kids 1, 2, 3 y 4.

El tema es si luego conservas la independencia, porque al final no solo se trata de que seas un cineasta independiente sino de que tengas independencia para poder llevar a cabo todo aquello que quieras filmar sin sacrificarlo mucho en pos del dinero que cuesta producirlo, que le pasa a mucha gente. El cine es muy caro y a mayor inversión menos riesgo, eso casi siempre es así.

¿Independiente es una etiqueta o una especie de actitud?

Yo creo que independiente debe ser la toma de decisiones del creador. Desde luego uno nunca es independiente del todo porque dependes del presupuesto que tengas, de donde ruedes la película… Claro que tienes una dependencia real de todo lo que acompaña al peso de creación de la película, pero independiente es la capacidad que puedas tener de mantener tu punto de vista sobre todos los procesos que tiene una película: desde cómo quieres aproximarte a ella y cómo quieres rodarla hasta cómo quieres montarla después. La independencia total no existe, a no ser que seas Shane Carruth y seas el actor, montador, director, productor, guionista y músico de tu película, porque ahí sí que haces lo que te da la gana, pero en general siempre acabas rebajándolo. Aun así está claro que no es la misma independencia la que tenía Nolan en Memento a la que puede tener en Inception, donde posiblemente haya tomado decisiones que vengan condicionadas por el dinero que ha costado hacer la película.

Antes decías que el problema era la falta de espectadores y no tanto del IVA.

Desde luego que el IVA es un problema, pero para mí el problema principal, como he dicho, es la falta de espectadores. Todos sabemos cuáles son las políticas culturales que se han llevado a cabo por los gobiernos de este país durante muchos años y sabemos que son francamente mejorables todas; algunas muy, muy, mejorables. Creo que quizás también se debe incidir en eso, en el proceso de educación cinematográfica. Yo lo que lamento es que se incida solo en la parte del IVA y en la falta de apoyos al cine, que es real, y muy poco en desarrollar el interés de los espectadores a nivel educativo. Hagamos programas reales para meter el cine y el audiovisual en los colegios. Estamos sobreexpuestos al audiovisual y en cambio nadie nos educa la mirada.

Jaume Ripoll para Jot Down 2

¿Como espectador te gusta que las galas de cine estén politizadas y sirvan como plataforma de protesta?

Ojalá sirvieran más como plataforma de promoción. Supongo que deberíamos aprovechar mejor el tener un espacio en prime time en el que millones de personas se acercan a este tipo de cine que quizás no ven normalmente, para venderles que estas películas sí les pueden interesar, tanto las que ya se ha hecho como el cine que viene.

Una de las cosas que me parecen siempre curiosas es que en las galas de los premios no se vendan los estrenos de los próximos meses cuando es un espacio maravilloso. Este año en los Goya sí se hizo, pero lo que se veía era el making of de las películas, y viendo una grúa y un micro difícilmente vas a atraer a la gente. En una gala que dura cuatro horas, es mucho más inteligente hacer montajes atractivos de tres o cuatro minutos por temas y en diferentes bloques que intenten atraer al público que estar lamentándose. Desde luego se tiene que corregir el IVA y se tiene que mejorar la ley del cine, pero busquemos otro tipo de canales para poder discutirlo y aprovechemos esta oportunidad para atraer a todo tipo de público independientemente de la ideología.

Es un error que se asocie el cine a la izquierda, creo que resta espectadores. Nadie asocia las series de televisión a una política de izquierdas o de derechas, aunque esto se está perdiendo ya. La gente va a ver a George Clooney y no está pensando en que apoya al partido demócrata o va a ver una película de Clint Eastwood pensando en que apoya al partido republicano, tratan la película de forma independiente.

¿Y el cine tiene que ser de izquierdas o derechas, o no tiene que meterse en los asuntos de Estado?

¿Por qué no? El cine puede ser de izquierdas y puede ser de derechas. En filmin esta semana hemos estrenado un documental con Arcadi Espada, Félix de Azúa y Jiménez Losantos y Nunca es tan oscuro, un documental con Arcadi Oliveres; pueden convivir. Puede haber documentales políticos que aborden un tema desde diferentes puntos de vista y un director o actor puede tener su opinión política y hacerla pública.

A mí no me parece mal que un autor diga lo que va a votar o que colabore o apoye a un partido determinado. Yo creo que la implicación de todos para que la política de este país mejore es algo que debemos celebrar, no lamentar. No debemos silenciar a la gente, y que por el hecho de trabajar en el cine no puedas tener tu opinión; tenla, desarróllala y haz que la gente la entienda. Pero desde luego, lo que no puedes es mezclar la campaña de promoción de una película con la política y empezar a explicar si votarás a Podemos, Ciutadans o Convergència. Eso es poco inteligente para el actor y desde luego los distribuidores no lo agradecen.

También debemos disociar la personalidad del creador con la de la obra que crea. A mí me encanta Dickens y no soy católico y clasista como podía ser él; y todos sabemos que Kubrick no era la persona más amable y cariñosa del mundo y admiramos su cine. Debemos empezar a diferenciar una cosa de la otra.

Tenéis una sección para niños. ¿El público digital infantil es muy activo?

Al niño le da más miedo cambiar. Prefiere repetir mil veces algo que ha visto a probar con algo diferente y ese es un problema que tenemos en filmin KIDS y en general con el cine infantil. La gente volverá a ver cien veces Dora la exploradora, Pocoyó y Hora de aventuras antes que ver una cosa nueva que no conocen de nada. Los padres también deberían empezar a educarles en «muy bien, ya has visto esto. Vamos a ver algo diferente, prueba con esto a ver si te gusta».

Nos estamos planteando hacer un flilmin KIDS diferente, porque ahora está integrado en filmin y nada tiene que ver la navegación de un niño pequeño viendo películas que la de una persona adulta y lo tenemos todo igual. La idea es desarrollar en los próximos meses una aplicación que intente incentivar el descubrimiento.

Los padres deberían implicarse más en este sentido.

Pero al final es lo mismo que decimos de «algo que no me haga pensar». Saben que al niño le ponen Dora la exploradora y deja de darle problemas pero si le empieza a poner cosas nuevas primero no sabe si le van a gustar, y segundo no sabe si realmente son adecuadas para él; son procesos costosos. Aunque realmente las ganas de descubrir cosas debería ser excitante en vez de abrumadora.

Es como un «chupete audiovisual», le pongo la película y que se calle.

Es exactamente eso.

Por otra parte, mucha de la animación infantil trata a los niños como tontos.

Yo a los siete años veía Platoon y El tren del  infierno de Konchalovsky, que admito que no es lo más normal del mundo y entiendo que quizás no es el proceso idóneo, pero a veces en filmin hemos etiquetado e incluido algunas películas que hemos entendido que eran interesantes para chavales y al cabo de nada recibíamos emails de los padres ofendidos porque aquello era muy deprimente o porque ofrecía un panorama del mundo que puede causar conflicto. Yo creo que una película como Metrópolis impacta en una persona, pero lo hace de una forma muy positiva, no te tiene que asustar. En cuanto te sales un poco del esquema clásico hay quejas.

¿Con qué películas os ha pasado?

Recuerdo que nos pasó con Metrópolis de Ftitz Lang que es maravillosa y tiene todas las músicas habidas y por haber, y también nos pasó con una sección que se llamaba Mammaproof, editorializada por una bloguera de Barcelona que se dedica a ofrecer recomendaciones de planes con niños en la ciudad, y que hizo una selección de «películas que vería con mis hijos». Recuerdo que luego tuvimos conflictos con los padres, no sabría decir cuáles eran los títulos pero creo que una de ellas era Ser y tener, y consideraban que eran para adultos.

Aumentemos el nivel de exigencia de los chavales, si no le exigimos más a nuestros hijos nadie se lo va a exigir.

Llegamos a un punto de idiotización en el que queremos que todo sea blanco y que no haya nada que te haga pensar o que te pueda ofender.

Porque es más cómodo darles una hamburguesa o un plato de macarrones que explicarles que el gazpacho puede ser sabroso o que otro tipo de plato también puede ser excitante. Es más fácil que escuchen siempre lo mismo que enseñarles a escuchar una pieza de Mozart; es más fácil que lean lo mismo que todos los demás a que lean a Stevenson, Stoker o Victor Hugo o cualquier cosa de aventuras. Demasiada gente está tirando por el camino fácil y yo estoy convencido de que eso es un error.

Estamos en elecciones y llevamos un año en precampaña y nadie ha hablado de esto. Nadie ha puesto en el debate un problema real que tenemos como sociedad: la falta de riesgo que asumimos en todo tipo de actos intelectuales, digámoslo así. Y te dirán que eso es pedante, esnob y una cosa de estirados… Mentira, no tiene porqué ser así, antes no lo era. No tenemos que llevarlo al extremo de que la gente que lee solo consuma cosas extrañísimas.

Está muy interiorizado el hecho de que este tipo de cultura es elitista.

Tengo la percepción de que la gente que ve cine independiente en España pertenece a una especie de club privado, en el que nos conocemos todos y en el que todos estamos más o menos satisfechos de estar y parece que para entrar hay que saberse la contraseña en la puerta, hay que mirar y dejar el DNI. No. ¡Puertas abiertas y que venga cuanta más gente mejor! Quitémonos la idea de que tienes que saber muchísimo de cine para ver cine independiente.

¿Quizás hay demasiada prepotencia?

O poco esfuerzo para incorporar a nuevo público. Es lo mismo que le puede pasar a muchos museos de arte contemporáneo en los que entras y acabas pensando que necesitas un máster en el arte de los últimos treinta años para entender lo que está sucediendo allí. Al cabo de tres salas dices «es que no entiendo nada, me voy». Por ejemplo, cuando te compras un videojuego tienes un tutorial con el que entender cómo funciona el juego, pues estaría bien usar un recurso similar para ofrecerle a la gente un cine diferente y que le pierda el miedo. Primero captemos público y una vez esta gente pierda el miedo al cine o la literatura que reta, cada vez lo verá o lo leerá con más asiduidad.

Una de las herramientas que se deberían utilizar más son las guías didácticas. Elaborar guías didácticas como complemento al visionado de películas y gastarse el dinero en que esas guías sean tan atractivas que el chaval con el iPad sienta curiosidad por verla. No estamos haciendo el esfuerzo de atraer a ese público y para mí eso es absolutamente primordial.

¿Te refieres a material escolar?

Sí, porque es el primer paso, el más claro. Pero al final, escolar puede ser desde el chaval que tiene ocho años a la persona de sesenta y cinco o setenta que está estudiando en la universidad de adultos e incluso para aquel que quiere llegar a casa y verse una película y que pueda descubrirla de esta manera. Hay que buscar maneras para atraer al público.

A nosotros una de las cosas que mejor nos ha funcionado es la idea de los estados de ánimo y «lo que ve Walter White», «lo que ve Don Draper» o «lo que ve Tarantino». Porque a través de Tarantino algunos espectadores han descubierto a Jean-Pierre Melville. Nadie  va a poner «Alain Delon» en el buscador de filmin y darle al enter pero en cambio sí con «lo que ve Tarantino» te aparece El Samurái puede que diga: «Hostia, no sé qué es esto. Voy a verlo» Tiene tarifa plana, la ve, alucina y de ahí pasa a la siguiente. Se trata de buscar referentes para establecer puentes.

Jaume Ripoll para Jot Down 3

¿No crees que sería interesante apoyar con material audiovisual las lecciones que se están enseñando en el colegio? Los alumnos pueden descubrir muchos contenidos interesantes, aparte de directores, y las lecciones se asimilan mucho mejor.

Es lo que decíamos antes. Primero, es que no hay un programa educativo audiovisual a nivel nacional, ni tampoco he escuchado a nadie que lo vaya a tener; y segundo ¿cuánto dinero se gastan los padres en libros de texto? ¿Cuántos esfuerzo hemos gastado en digitalizar las salas? Pero no hemos invertido nada en crear aplicaciones en las que mientras estás estudiando la Primera Guerra Mundial te aparezca desde Johnny cogió su fusil a la última serie de la BBC y que el profesor pueda establecer un itinerario en clase en el que le digas a los estudiantes unas películas obligatorias y del resto que vean las que quieran.

Esa fue una de las propuestas que tuvimos durante mucho tiempo y aún no hemos conseguido llevar a cabo porque no logramos convencer a los agentes implicados. Ofrecer con los libros de texto una aplicación para que cada asignatura conlleve una serie de películas que puedas ver dentro de esa misma aplicación en casa, no en clase.

Lo mismo sucedería con el cómic, por ejemplo, si refuerzas el aprendizaje con materiales atractivos, todo es más fructífero.

Y posiblemente, si te has leído el cómic antes irás a clase a escuchar con otros oídos porque ese cómic te ha abierto los ojos y a partir de ahí, lo que te digan después lo entenderás mucho mejor. Mi hermana es profesora de Historia del arte y a los estudiantes de bachillerato cada año les hacía leer Maus, el cómic de Spiegelman, y claro, al principio se resisten porque es en blanco y negro, tiene cuatrocientas páginas y no quieren leer eso. Al principio lo leían cinco solamente, pero esos cinco alucinaban y se lo decían a otros diez, y acababa leyéndolo casi toda la clase porque le perdían el miedo.

¿El crowdfunding es una oportunidad para hacer cine interesante o una burbuja de proyectos que explotará en algún momento?

Bueno, el crowdfunding al final es un elemento más. Alguna gente dice que es el futuro y, de hecho, es el presente para algunos y será el futuro para otros, pero desde luego no viene a reemplazar la producción tradicional. El crowdfunding no va a pagar Lo imposible ni va a pagar Tres bodas de más, pero sí que puede servir para ayudar a hacer un documental que no podría hacerse de otra manera, o puede ayudar a acabar un corto, una película o un disco. Es una herramienta maravillosa, muy útil y que sirve. No demonicemos el crowdfunding.

Otra cosa es que muchos de los que lo aplican se esfuercen por atraer al usuario, al consumidor, al productor. Es una invitación a que la gente ponga el dinero en algo que de momento no existe. Tú ves algunos proyectos de crowdfunding de cine en España y les falta mucho para interesar al espectador. Eso debemos mejorarlo entre todos porque si no, cada vez menos gente pagará por producir películas de esta manera. Y en España hay portales que son notables como Verkami y tantos otros.

Distinto son los famosos haciendo crowdfunding en Kickstarter. Es un poquito irritante ver a gente como Bret Easton Ellis y Paul Schrader. O a Zach Braff, en su casa de Malibú o Miami, pidiendo dinero para tener independencia creativa de su película. ¡Pero si se la  puede pagar él, solo esa cocina ya cuesta más que la película!

¿Truffaut o Godard?

Entre Truffaut y Godard, siempre Truffaut. Alguien que empieza con Los 400 golpes y La noche americana siempre me interesa mucho más que Godard. Nunca he tenido una buena relación con el cine de Godard. Aunque de los franceses, ni uno ni otro, me quedo con Louis Malle. Yo creo que Louis Malle tiene una de las mejores películas de bajo coste que se han hecho nunca, que es Mi cena con André. Es algo extraordinario. Cómo se entiende el teatro, la relación de amistad… y todo durante una cena entre Wallace Shawn y André Gregory que es una auténtica maravilla. Y nadie piensa en eso como una película independiente de bajo coste. Tiene un guión muy bueno.

Al cine de bajo coste y al cine en general, también le hacen falta buenos guiones. Es curioso, porque vivimos una época dorada del mundo del teatro en pequeño formato. ¿Por qué no llevamos estas piezas al cine y que más gente pueda verlas? No todas, pero seguro que hay piezas que pueden funcionar. Ahora hay un par de obras de teatro catalanas que se están llevando al cine de esta manera, con poco dinero. Como La Pols y El rei borni, que son obras de teatro que han funcionado muy bien aquí.

Se puede aprovechar un poco esta idea ya que en teatro tienes pocos escenarios, pocos actores y en un cine en el que no tienes mucho presupuesto puedes aprovecharlo en beneficio de la obra, sin que sea visto como una limitación sino como la propia voluntad del creador. Intentémoslo, establezcamos el debate de si es mejor la obra que vimos en la Sala Flyhard o en la Sala Barts. Bueno, discutamos eso.

Para poder decir «me gustó más la peli que el musical».

Esa es otra cosa que debemos hacer, muchos más musicales.

¿Pero tú crees que es posible hacerlos aquí, sobre todo cuando un musical es algo más comercial y más masificado?

Pero se puede intentar hacer musicales. Una de las cosas que me obsesiona es: ¿cuántos cienes de miles de personas van a festivales de música cada año? Si conseguimos que, de alguna manera, estas personas acaben viendo un musical. A mí un musical de canciones de Pablo Und Destruktion me parecería un planazo tremendo. Si haces un videoclip también puedes hacer una peli. Noventa minutos con eso podría ser brutal. Los franceses hacen musicales indies de bajo coste que son maravillosos, utilicemos algo así.

¿Dublineses sigue siendo tu película favorita?

Sí, siempre será mi película favorita. Tiene todo lo que me interesa como ser humano. Es una película que se desarrolla en el cambio de siglo y habla durante setenta minutos de la familia, de la gastronomía y del placer de comer; de las artes, desde la poesía a la música; de las relaciones sentimentales, el nacionalismo. Se disfruta con alcohol… Tiene todo esos temas, diferentes capas y con una intensidad que para mí es perfecta.

También diría Network, que es el tipo de película que los grandes estudios no están haciendo hoy en día. Una película de dos horas y veinte que lo destroza absolutamente todo. La ves hoy y tiene un mensaje igual de válido que hace cuarenta años. Un gran estudio no te hace esto hoy ni loco. Es algo que el cine comercial ha perdido, que los estudios que tienen dinero apuesten por este tipo de riesgo, hacen falta más Networks.

Una peli que me ha encantado, porque es un poco a lo Sidney Lumet, es El año más violento. Es extraordinaria. Trabajan Jessica Chastain y Oscar Isaac y es ese ejemplo de cine de gran formato que remite a películas como El Padrino II, Serpico, El príncipe en la ciudad. A un cine de hace cuarenta años. La recomiendo mucho, es una película que me ha impactado.

¿Hollywod ha perdido glamour? ¿Ya no se hace cine porque no hay interés o capacidad de verlo?

El glamour en general se ha perdido en el momento en que toda estrella está sobreexpuesta, imagínate a Marlene Dietrich o a Bette Davis en el mundo de Twitter y Facebook. A mí me entran escalofríos solo de pensar que eso pudiera suceder. Afortunadamente no vivieron para ver este mundo.

El cine de Hollywood es más conservador en aquello que ofrece porque las películas cada vez son más caras y les da miedo perder la inversión. El cine independiente o arriesgado se lo dejan a la parte independiente de los estudios, o esperan a que lo hagan productoras independientes y lo presenten en Sundance para quedarse después con los derechos. Eso sucedió con Whiplash, que la compó Sony, o con Boyhood, que tampoco es película de estudio. Network sí lo era,  esa es la principal diferencia.

El cine se parece mucho al videojuego. Se crean franquicias y cada año hay una nueva entrega: FIFA, Call of Duty y Halo. En cine pasa lo mismo; cuando se acabe Harry Potter hacemos un remake. O lo que hacen Marvel y DC con sus sagas.

Una de las críticas a Sundance es que ya hay un prototipo, una «película Sundance». Se acaba haciendo una película para que vaya allí a triunfar.

Es que no nos olvidemos de una cosa, que sea cine independiente no significa que sea bueno. Hay mucho cine independiente malo, pero muy malo. Hay autores que se quejan: «Ay, es que mi película no la ha visto la gente». No, es que es mala. Quizás primero deberías pensar que si no la han visto, a lo mejor es porque es aburrida. Tú haces cine de autor para tomar las decisiones, pero esas decisiones pueden ser todas erróneas. Y en Sundance se pasan películas que son muy malas. Nunca he ido allí pero en Berlín, en el mercado, se pasan muchas películas de Sundance y claro, ves cada peli que es muy mala. No es que no pueda estrenarla aquí, es que me estoy aburriendo yo. ¿Cómo vas a vender eso? Además, la falta de autocrítica también es un problema real; uno tiene que ser consciente de lo que tiene. Esas películas independientes de parejas de treina años, con crisis de pareja, crisis laboral y crisis de no sé qué, hechas más o menos bien… quizás no todas son Cassavetes ni Woody Allen. De hecho, muy pocas lo son, y el resto son malas. El otro día me contaban una frase buenísima de T. S. Eliot de cuando él era editor. Había un tipo superpesado que le mandaba la novela siempre quejándose de que no se la publicaba y le respondió con una carta larguísima que decía: «A mí no solo me pagan para publicar sino para evitar que gente como tú publique».

Precisamente, una de las cosas que se han perdido con internet es el filtro. La autoedición y la autodistribución hacen que todo el mundo pueda hacer su película, y eso es muy bueno, una clara ventaja. El inconveniente es que, al haberse perdido el primer filtro, se inunda todo de todo tipo de contenidos y todo tipo de calidades. Lo malo es que quien quiera acercarse a esos contenidos, o encuentra un editor que le lleve a más o menos donde le pueda gustar o, frente a experiencias negativas, acabarás viendo lo más comercial.

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A la hora de poner filtros, ¿estáis orgullosos del vuestro o se puede mejorar?

Siempre se puede hacer mejor y debemos hacerlo. En general estoy contento con el catálogo que tenemos, aunque desde luego que también hay películas malas en filmin o películas que a mí no me gustan nada, pero eso es diferente a que sean malas. Lo que sí que evitamos es que se estrenen películas horrorosas.

Debemos conseguir aplicar filtros para aquel que no tiene ni idea del tipo de cine que ofrecemos. Para que cuando venga no le entre el miedo a no conocer nada y se vaya de aquí corriendo. Lo que nosotros queremos es que, aunque quizás no conozca nada, podamos recomendarle un camino. «Empieza por aquí», ayudarles en el primer paso, y si ese le ha gustado ya iremos subiendo peldaños de uno en uno.

Pero sí orientáis con las categorías. Usáis un tono de humor y también las clasificáis según apetencias y estados de ánimo.

Sí, y nos han funcionado muy bien, pero ahora tenemos que evolucionar. Para el nuevo filmin queremos desarrollar esto. De hecho, una de las cosas que cambiamos fue utilizar la actualidad en beneficio del catálogo y del espectador. Por ejemplo, ahora que estamos en época de elecciones hemos montado un especial; o si hay un momento de crisis en Grecia ponemos Z porque a lo mejor no la has visto. Es una buena manera de hacer descubrir a la gente películas que están en un catálogo con ocho mil títulos.

Hace unos días, Pablo Iglesias comentaba que no le gustaba la nueva sintonía de Podemos que ha hecho Joe Crepúsculo y que prefería la de Z de Theodorakis. Es algo que no te esperas.

[Ríe] Pensé lo mismo. De alguien que te regala un pack de DVD de Juego de tronos, no. Me hubiese gustado, ya puestos a regalar, que le regalase una suscripción de la parte de monarquía que tenemos en filmin, que tiene desde Adiós a la reina hasta Ricardo III. Pero sí que me sorprendió. Ojalá más gente vea Z. Yo lo veo en los alumnos de cine, que nadie la ha visto. Pero bueno, si no han visto JFK de Oliver Stone difícilmente habrán visto Z. Y hablo de chavales entre veinte y veinticinco años que de entrada es que no saben ni que existe una película que se llama así. Y luego la ven y alucinan porque es muy buena.

Hablando de regalos, ¿qué le regalarías a Rajoy del catálogo de filmin?

A Rajoy le regalaría una suscripción, desde luego. Y un viaje con la gente de Cinema en curs, por ejemplo, para que vea lo bien que funciona llevar el cine a los institutos y a ver si lo aplicamos a políticas generales. Eso sería lo básico.

Alguna vez nos hemos planteado hacer este  tipo de estados de ánimo de «Lo que debería ver Rajoy», pero al final hemos postergado la decisión de hacer categorías que intenten educar a los políticos. Pero creo que sería básico. A mí me entristece cuando aparecen las típicas entrevistas o encuestas en las que los políticos eligen su película favorita, y veo que su película favorita es Regreso al futuro y la otra es Memorias de África. Entro en shock.

¿Y a Artur Mas?

A Artur Mas le regalaría Hannah Arendt o a una adaptación de George Orwell de nuestro catálogo que tiene una visión muy interesante sobre el nacionalismo. Creo que por ahí podrían ir las cosas, para que pueda abrir más la mente e ir más allá de esa idea que tiene de país.

¿Y a Albert Rivera?

No sé cómo es realmente, la verdad. Quizás después del 24 de mayo sabré que película le regalaría a Albert Rivera.

Y ya el último, a Pablo Iglesias.

De entrada el pack de Shakespeare, por ejemplo. Así, la próxima vez que quiera regalar reyes, que regale a los mejores de todos, que son los que él escribió.

¿Te interesa el cine de tipo más experimental como Under the Skin o lo que hace Quentin Dupieux?

Mira, Under the Skin es el ejemplo perfecto. Mucha gente nos pregunta cómo puede ser que no esté Under the Skin en España. Ahora mismo solo se puede encontrar comprando el DVD fuera o en portales de descargas ilegales. Cuando los distribuidores españoles vimos la película en su momento alucinamos con ella. Yo recuerdo que vi un montaje en el ordenador que nos pasaron antes del Festival de Venecia, para que nos la mirásemos a ver si nos interesaba. Y era brutal. Pero claro, tú sabes que una película experimental como esta tiene un techo comercial determinado y al agente de ventas le dices: «Te puedo ofrecer esto porque puedo recuperar esto otro», y él te dice que no, que es eso por veinte o nada. Lo que pasa es que después va a un festival y nadie la compra porque eso es imposible; va al siguiente y te dice que es esa cantidad pero por diez. Al final la película aparece en DVD o en Blu-ray en el Reino Unido pero cada vez hay menos público. Finalmente este señor te dice que acepta tu techo pero por dos.

Lo que pasa es que el techo que tú tenías antes ya no está a la misma altura porque el público potencial ya la ha visto. El techo de público va bajando y lo que piden se mantiene y la película se queda sin distribuir. Ese es uno de los problemas principales que tiene la industria del cine, la cantidad de películas que se quedan sin distribuir por una visión totalmente irreal de aquellos que las venden. Yo entiendo que el negocio del cine a primer nivel debe funcionar para intentar sacar mucho dinero en las primeras ventanas, pero al cabo de dos años me parece inconcebible que películas que están hechas con ayudas públicas europeas o de cada país, no estén disponibles para los ciudadanos. Y me da igual la plataforma, que la elija el creador. Pero han pasado dos años y tú deberías estar obligado y no es así, las películas se pierden. Y como este caso te podría contar unos cuantos más. Hay muchos agentes que lo entienden y hay muchos que no.

Tú empezaste en Manga Films, ¿verdad?

Mi padre era vendedor en Mallorca de películas de Manga. Cuando se murió me fui a Mallorca a llevar la parte que llevaba él. Era la época del gran boom de Manga: Dragon Ball pero también los Teletubbies, que no era precisamente anime. Es curioso porque, hasta ese momento, los Teletubbies no tenían ningún éxito, nadie los veía. Mi socio, Juan Carlos Tous, se fue con los Teletubbies a la escuela de sus hijos y los niños alucinaban. Así que trajimos los Teletubbies a España y funcionaron muy bien.

En Inglaterra en los noventa,los Teletubbies eran omnipresentes.

Eran una locura.

Dijo Jordi Pujol que los veía, ¿no?

¿Sí? ¿No fue Ferrusola? [Ríe]

Quizá fue Ferrusola. Es que pegó muy fuerte.

Ya lo creo. Recuerdo que cuando los ibas a vender por primera vez te miraban con cara de loco: «¿Cómo me vas a vender esto?». Yo iba a Carrefour y les vendía veinte como mucho y te los compraban como si te hiciesen un favor. Luego te llamaban una semana después y te decían: «Se ha agotado todo. Tráeme más, tráeme más». Y les vendías de quinientos en quinientos. Se salió de madre. Todo el mundo con los Teletubbies en casa. Cada casa tenía doce o catorce DVD de los Teletubbies.

Lo más gracioso es que lo que tuvo más éxito en esa época de Manga Films fue Dragon Ball, los Teletubbies y Holocausto Caníbal. La sacamos en DVD y vendimos unidades y unidades de Holocausto Caníbal porque la gente aún se creía que había pasado de verdad. Teníamos la portada con la chica empalada y una pegatina que decía: «Censurado».

Eran otros tiempos, pero hay que tener cuidado. Yo creo que la droga que más dinero da en el mundo es la nostalgia. Ahora que hemos cambiado tan radicalmente la manera de funcionar en la industria tampoco tenemos que dejarnos llevar por la nostalgia de cómo era todo hace diez años. Nosotros vendíamos cuarenta y cinco mil unidades de Gangs of New York en videoclub, en alquiler. Cada videoclub la alquilaba como mínimo veinte o treinta veces. Un millón de visionados frente a los visionados que tenemos ahora en internet. Aún nos queda un camino para recuperar todo lo que hemos perdido.

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¿Qué descubrimiento personal recuerdas de la etapa en Manga Films?

Donnie Darko. Era más inocente en ese momento y me impactó muchísimo. Esa gran peli de ciencia ficción independiente. Lo que me gustó fue la película original, porque es uno de los ejemplos en los que el director’s cut es mucho peor que la película. Cuando Richard Kelly rehizo la cinta, ponía partes muy obvias. El director’s cut es mucho peor que la versión original.

En filmin, supongo que iréis a festivales para conocer las películas que quieres estrenar aquí. ¿Cómo trabajabais en Manga?

En Manga yo solo era comercial y trabajaba en marketing, pero básicamente es lo mismo. La industria del cine funciona igual: tú vas a festivales y mercados como el American Film Market, que no tiene festival en sí, vas ahí, ves posters de películas muy feas que todas te parecen iguales y escoges pelis. Unas porque sale Samuel L. Jackson, Nicolas Cage o Bruce Willis y otras te las quedas porque el director te interesa.

También está la cosa de que nadie sabe nada realmente. A veces, el éxito te lo encuentras en sitios inesperados. Es verdad que ahora, con internet, todo el mundo tiene más información y se va a los festivales mucho más preparados de lo que se iba antes. Estamos más condicionados: «Tienes que ir hoy porque esta peli han dicho en Sundance que está muy bien», y va todo el mundo corriendo. Entonces, cuando vas al pase, lo primero que haces no es mirar a la pantalla sino mirar al lado para ver qué otros distribuidores españoles están en el pase. Si la película es buena, todo el mundo pensará lo mismo y se acaba en una subasta.

Se desarrolla un sentido especial para saber lo que va a funcionar o interesar.

Por ejemplo, a mí me gusta mucho Leviatán y le damos más importancia a Leviatán. Es una de los privilegios de ser director editorial; uno puede decidir lo que pone delante y lo que relega a un segundo nivel.

No se trata solo de mi gusto, es que considero que determinada película debería verse mucho más de lo que se ve, y entonces hago lo posible para intentar convencer a la gente de que la vea.

La personalidad del director también empapa los contenidos. Pasa con Ángel Sala en Sitges, por ejemplo.

Con Ángel comparto la idea de empezar el festival cogiendo muy pocas películas y acabamos con tres veces las películas que deberíamos tener. En Sitges hay como cuatrocientas pelis, es casi una locura.

Es un maratón.

Hay tantas pelis que al final te cuesta decidir: «Esta la pongo, esta también la pongo y esta también la pongo». Pero después te das cuenta de que el espectador no puede absorberlas ni abarcarlas. Este año tenemos un problema con la quinta edición de Atlántida, tenemos sesenta películas, y ninguna se ha estrenado en España. De directores que apenas son conocidos dos o tres. Tienes que hacer un trabajo para elegir qué vas a ver porque no conoces nada. Una está hecha con SMS con policías en Praga, por ejemplo. Te puede llamar la atención pero es muy complicado porque no tienes referencias.

Es un trabajo añadido, porque ya tenemos las películas y ahora vamos a hacer que la gente quiera verlas. Y eso no es nada fácil.

Lo fascinante de Sitges es cómo lo vive el público. Es como un concierto de rock, cantan durante la película, aplauden los créditos. Gente que se coge vacaciones para estar una semana y vérselo todo. ¿Esto te lo encuentras en otro festival?

En otro festival no funcionaría.  Esto pasa en Sitges porque es un festival de género y tiene ese componente como más lúdico. Hay de todo, hay gamberradas, hay pelis más densas, pero en general se trata de pasárselo bien. En Sevilla, a la cuarta película en la que ves a alguien sufriendo, quieres salir a respirar un poquito.

En los festivales tradicionales, a lo que más miedo se le tiene es a la comedia. Con la comedia lo que pasa es que como en los festivales la gente casi nunca se ríe, cuando ponen una comedia todo el mundo se descojona. Y tu dices: «Hostia, esta peli va a funcionar de maravilla porque todo el mundo se va a reír». Y sin embargo luego no siempre pasa, porque cuando la gente va a la sala, al pase único, primero no hay tanta gente al lado, y segundo, no llevas tantos dramas acumulados para descojonarte al mínimo chiste que es lo que pasa con las comedias en los festivales. Hay que tener cuidado con las comedias porque quizá no son tan divertidas como parecen al escuchar al público de un festival.

¿Qué opinas del doblaje? Salió hace unos días la polémica sobre si un crítico (ojo, un crítico, no un espectador) podía juzgar completamente una película habiéndola visto doblada.

Hay críticos que analizan películas en los festivales con traducción simultánea, que es mucho peor que el doblaje [Risas]. Yo no veo cine doblado y considero que deberíamos minimizar el doblaje, pero es una opinión personal. Ahora bien, nosotros tenemos buenos actores de doblaje en España. Lo que me parece inadmisible es que un crítico de cine pueda valorar una película viéndola en un festival con traducción simultánea.

¿El doblaje te puede hacer ver otra película? Pienso en filmes como El discurso del rey.

Y aún hay festivales internacionales con traducción simultánea. Berlín, Cannes… Si no sabes un inglés suficiente para leer los subtítulos, que vaya otra persona de la redacción. Así pasa, que luego lees las críticas y dices: «Es que has visto la mitad de la película, la otra mitad te la han contado por el pinganillo, como en la ONU».

Hace no demasiado, Nacho Vigalondo dijo sobre Netflix que no era la panacea ni el Santo Grial. Cuando aterrice aquí, ¿os hará competencia? ¿Os preocupa la llegada de un gigante como ese?

Puede que Netflix al principio reste, pero acabará multiplicando, eso seguro. Tenemos catálogos diferentes y nuestra visión del negocio es completamente diferente. El ochenta por ciento del consumo de Netflix son series de televisión. En filmin, el ochenta por ciento son películas. Son públicos diferentes.

Tampoco entiendo la idea de que solo pueda quedar uno. Que queden muchos. Hay muchas librerías, y luego están las grandes cadenas; existe La Casa del Libro, La Central y te puedes comprar libros en El Corte Inglés. Lo mismo tiene que suceder con las plataformas. A mí me da pánico pensar en un mundo en el que solo quede Amazon, iTunes, Google, Netflix y Movistar. Un mundo donde solo haya grandes operadoras con sus intereses que pueden converger en algún momento pero en otros no hacerlo. Creo necesario que existan plataformas independientes más o menos paneuropeas que trabajen para ofrecer un tipo diferente de contenido. Que no sean series o pelis convencionales.

Yo estoy convencido de que existe un público en España capaz de combinar las dos suscripciones. En Netflix no vas a encontrar a Fritz Lang, Nicholas Ray o Almodóvar. Considero que es compatible. Hay mucha gente que está pagando filmin y también tiene Yomvi.

Me hace un poco de gracia esa cosa un poco como de Mr. Marshall que tenemos a veces los españoles. Pensamos que todo lo que venga de fuera es mucho mejor que lo que tenemos dentro. Por cierto, quiero agradecerle a Nacho Vigalondo que siempre nos ha apoyado y siempre ha apostado por esta idea: entrad y descubrid, quizá no tengamos todo lo que busquéis, pero tenemos muchas cosas que ni siquiera sabíais que existían. Y cuando las veáis, seguramente sean lo que queríais ver.

Jaume Ripoll para Jot Down 6

Fotografía: Violeta Leiva

Documentación: Loreto Igrexas


El posthumor, la tortilla deconstruida de la risa

Fotografía: CleftClips (CC).

En el mundo del vino es fácil argumentar que, por muy entendido que seas en la materia, o tal vino te gusta, o no te gusta. Da igual el nombre que le pongas, las notas de roble americano que encuentres o los veranos que hayas pasado en Burdeos con ese amigo pedante que no sabe beber sin callar. Tienes las cosas claras, pero cumples años y llegas a la capital, y empiezas a hablar con mucha más gente como ese amigo de Burdeos y la cosa se te complica. Y te ves metido en conversaciones sobre un vino «difícil», un vino que «no es para todo el mundo», y asientes, dócil como un roedor de laboratorio hambriento. Como la tontería es contagiosa, de repente el Rioja es puto mainstream, solo quieres oír hablar de ese tinto de Extremadura que elabora una pequeña empresa familiar, y un buen día, casi sin darte cuenta y sin ni siquiera saber nada sobre vinos, te has vuelto gilipollas.

Esto no quiere decir que sea malo entender de vinos, ni que sea imposible tener un criterio que te ayude a disfrutar de este precioso hábito con moderación y sabiduría. Lo que quiere decir es que es muy fácil volverse gilipollas. Y los que suelen devenir idiotas no son casi nunca los creadores de vinos, ni el público que de verdad conoce y ama este mundo, sino toda la caterva de aspirantes a sabihondos que siguen la estela de la moda con más actitud de pequeño Nicolás que de curiosos con criterio.

Pues con el humor pasa lo mismo, y con el «posthumor», el concepto del que trata este artículo, mucho más…

Por si no les sonase, el término «posthumor» fue acuñado por el crítico Jordi Costa hace ya unos años para referirse, según sus propias palabras, a «la comedia donde la obtención de la risa ya no es la primera prioridad. Es un humor que puede primar la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas. Puede servir para hacer comentarios sociales, políticos o puramente filosóficos…».

En el ensayo Una risa nueva. Posthumor, parodias y otras mutaciones de la comedia (ed. Nausícaä, 2010), editado por el propio Costa, se profundiza mucho en el asunto. Colaboradores como Darío Adanti, uno de los fundadores de la revista Mongolia, definen el posthumor como «una comicidad que fracasa». También encontramos definiciones como «lo cómico después de Woody Allen, Jacques Tati y los Monty Python».

Quizá el posthumor sea simplemente la «tortilla deconstruida» del humor. En ella se encuentran los ingredientes de la tortilla, sabe a tortilla, pero la manera de cocinarla y percibirla por los sentidos, además del entorno en que se sirve, es diferente a la de una clásica tortilla. Eso sí, suponemos que el objetivo final es que esté muy rica.

Los ejemplos más evidentes de esta corriente serían, con ciertos matices, las situaciones cómico-patéticas de Rick Gervais en The Office, o de la posterior Extras; las incómodas situaciones provocadas por el misántropo judío Larry David en Curb Your Enthusiasm; la serie Louie, del genial Louis C. K., o ya en España, los monólogos de Miguel Noguera, las películas de Juan Cavestany (Dispongo de barcos, Gente en sitios), series como El fin de la comedia, protagonizada por Ignatius Farray, los sketches de Muchachada Nuí, Carlos Vermut y Venga Monjas, o libros de humor gráfico como Humor cristiano de Alberto González Vázquez («Querido Antonio»). En general, ya lo ven, productos con una manera de abordar la risa desde otro ángulo, a veces sin ni siquiera provocarla, generando una sensación de incomodidad, desagrado o vergüenza ajena que nos divierte.

¿Es esto humor, o es tan distinto que pasa a convertirse en otra cosa? No es un asunto baladí. A menudo escuchamos a los protagonistas del posthumor decir en entrevistas que lo suyo «no es humor», que lo que hacen «no busca la risa». Más que una pose, se diría que es una actitud. Alberto González Vázquez, por ejemplo, cataloga habitualmente sus vídeos de contenido amargo (pero tremendamente divertidos) en la categoría de drama. Su libro Humor cristiano es sin duda una obra con momentos de carcajada a mandíbula abierta, además de oscura y con el corazón «lleno de tierra», por supuesto. ¿Por qué esa aparente huida del término «humor» para autodefinirse? Según él mismo, «tal vez sea un mecanismo defensivo, una forma de no asumir la presión de hacer reír, una manera como cualquier otra de evitar la creación de expectativas. En todo caso, es un tema que tampoco me suelo plantear».

Un ejemplo de los vídeos de Querido Antonio: «Los Reyes Magos».

Con Miguel Noguera, también autor de estupendas obras gráficas como Hervir un oso o Ultraviolencia, y monologuista inclasificable en sus Ultrashows, sucede otro tanto cuando se le pregunta si se considera parte del posthumor, y si lo que hace es humor propiamente dicho. Su respuesta muestra la complejidad de un proceso creativo que termina expresándose en un libro o en un escenario.

«Sobre el posthumor», aclara, «siempre digo lo mismo. Solo pienso en posthumor cuando me preguntan por él en una entrevista. Es un término creado por Jordi Costa y no creo que me corresponda a mí incluirme o excluirme de él (en todo caso, no pienso nunca en el asunto). Sobre si lo que hago es humor, la gente que va a verme al show lo considera humor, y es innegablemente humorístico; personalmente intento mantenerme alejado del humor como “profesión” y como “objetivo estético”. Eso no impide que los demás podáis calificarme como humorista y llamar a lo que hago humor (lo entiendo perfectamente); solo digo que para mí es desagradable encarnar la figura pública del humorista y cumplir los presupuestos que se atribuyen al humor como categoría creativa. Por eso decido no identificarme con ello y no pensarme desde ahí. Y repito, esa toma de distancia por mi parte no tiene nada que ver con que los demás deban situarme dentro o fuera del humor».

«Ultrashow» de Miguel Noguera en Cádiz.

Aquí, un corto de Carlos Vermut y Venga Monjas, uno de los más claros ejemplos de cómo se confunden el humor con el mal rollo y la vergüenza ajena.

De alguna manera, estos nuevos talentos (decimos nuevos, pero son gente que lleva muchos años en esto) han captado un nuevo tipo de espectador. Noguera hace monólogos en eventos y espacios dedicados al arte contemporáneo, en teatros que apuestan por programaciones alternativas, y su estilo se ha hecho cada vez más conocido, arrastrando a un público que no iría a ver monólogos convencionales. Uno se plantea si en este tipo de espectáculos, en caso de no conseguir risas, el artista se siente bien o mal. En el pasado Congreso Universitario de Monólogos de la UAM, pude asistir a una conferencia de Jordi Costa y preguntarle directamente por un caso así. ¿Estaría Noguera contento si la gente no se ríe, o tendrá la sensación de «pinchazo» que embarga a un cómico cuando no consigue carcajadas y aplausos? Costa dijo: «hace diez años asistí a un monólogo de Miguel Noguera en Albacete. La gente no se reía, no parecían entender el espectáculo. Debo decir que, en ese momento, se le veía la gota de sudor y el sufrimiento, y seguro que esa noche no se fue contento a casa. Diez años después volvió a Albacete, a un teatro lleno de gente que le conocía, y la actuación y las sensaciones fueron completamente distintas».

Noguera reconoce y asume una disociación entre lo que puede sentir el público y lo que siente él al crear su material. La cuestión de fondo es: hay un cómico que no se percibe como cómico, que actúa para un grupo de gente que normalmente no iría a espectáculos cómicos. La realidad es que, si sale bien, el público se parte de risa y el artista se va contentísimo a casa, sabiendo que sus ideas, sus remates, su actitud, sus reflexiones, han calado en la audiencia. ¿Por qué resulta tan difícil para muchos artistas que trabajan con el humor como materia prima decir «soy cómico» o «me dedico al humor»? ¿Cuáles son esos presupuestos, y cuál es esa figura con la que no gusta identificarse?

Solo cabe hacer conjeturas al respecto. Ciertamente, aunque seamos el país de Berlanga, Quevedo, el Quijote y Gómez de la Serna, el humor «popular» al que hemos estado acostumbrados en este país (las películas del «destape», Esteso y Pajares, los Morancos, la Bombi o Bigote Arrocet, por citar unos cuantos), no se identificaron nunca con lo «intelectual» y lo «artístico», «trascendente» o «de autor», aunque no dejan de tener un gran valor testimonial de la época que les tocó vivir. A duras penas, el humor de Tip y Coll, Gila, Faemino y Cansado, Eugenio, El Gran Wyoming o Pepe Rubianes fue abriendo una puerta que muchos no habían sido siquiera capaces de imaginar. Así, la famosa «señora de Cuenca» que debía entender todo, según los directivos de cualquier cadena, fue perdiendo autoridad para marcar la programación de teatros y televisión. Los canales de las plataformas digitales, con Paramount Comedy (ahora Comedy Central) a la cabeza, con programas de stand-up que adaptaban un estilo americano que aquí no se conocía, y más tarde la explosión de YouTube y el abaratamiento del coste de las tecnologías para grabar productos de calidad, transformaron por completo el panorama humorístico nacional. De repente, aquí y allá surgían propuestas sin ataduras creativas ni editoriales por parte de ningún señor que quisiera agradar a todos.

En este entorno surge hace más de diez años La hora chanante, posteriormente renacida como Muchachada nuí, con Ernesto Sevilla, Joaquín Reyes, Raúl Cimas, Julián López, nombres que hoy conoce casi todo el mundo, pero que entonces eran cuatro amigos de Albacete que estudiaron Bellas Artes en Cuenca, y supone el principio del cambio total. De hecho, el grupo de Albacete es quizá el primero cuya obra recibe el calificativo de posthumor por parte de Jordi Costa. Pese a ser los primeros señalados como ejemplo de la subversión de ciertos mecanismos propios del humor habitual, tanto Joaquín como Ernesto han renegado un poco de la etiqueta. Joaquín, en un coloquio sobre el tema, donde también intervenía otro exponente del nuevo humor, Nacho Vigalondo, manifestaba: «Un buen amigo mío dice que el término posthumor es una buena excusa para hablar de sketches que no tienen gracia; aunque tengo que reconocer que la palabra mola».

Carlos Areces, habitual en Muchachada…, ahora actor consagrado, contaba en Informe semanal: «Si nosotros hacemos un chiste y la gente no se ríe, es que nos hemos equivocado y lo hemos hecho mal».

Ernesto Sevilla también se desmarca de la tendencia de no considerarse «humorista»: «Yo soy humorista. Es cierto que otra gente, como Venga Monjas, Noguera o Vigalondo, hacen algo diferente, más parecido al arte contemporáneo y lo que se ha dado en llamar posthumor, pero en mi caso tengo claro que lo que quiero y lo que me gusta es hacer reír».

Otros cómicos son más beligerantes al respecto. Antonio Castelo (El Intermedio, Yu, 40 Principales) lo dice claro: «Me encanta el posthumor como concepto, pero hay mucha gente que se refugia en él con un rollo muy cobarde. Es el “yo no salgo para follar” de la comedia. Se está extendiendo lo de escudarse en que no se pretende hacer reír para hacer cualquier cosa y no estar expuesto al fallo. Yo tengo claro que estoy en la comedia para hacer reír, muchas veces no lo consigo y he fallado».

Para Kaco Forns, (Central de cómicos, El club de la comedia, El Intermedio), lo que hacen muchos es «renunciar, por pereza, a buscar un buen remate. Cuentan cualquier cosa, hacen cualquier escena de un sketch, y prefieren dejarlo en una buena premisa inacabada o un final absurdo, aludiendo a que lo suyo no era buscar una risa final. A la hora de la verdad, suelen recurrir a técnicas humorísticas de toda la vida, como la sorpresa, el callback o la exageración».

La opinión de Rober Bodegas (El club de la comedia, Sé lo que hicisteis…) va en la misma dirección: «El concepto de posthumor me parece muy interesante en el sentido de humor que se opone al humor existente, que utiliza otros mecanismos, otras construcciones y otros ámbitos. Pero siempre que sea para llegar al mismo punto que en el humor, que es la risa. Lo que me parece una gilipollez son todas esas cosas que se escuchan tipo “lo gracioso es que no es gracioso”. No. Si no es gracioso, no es gracioso y si es gracioso es porque es gracioso. O aceptamos esto o hay que cambiar los principios de la gramática y de la lógica y esto es un problema mayor. Y tampoco debería valer el “yo no busco ser gracioso”, es un poco cobarde. Al final, lo que pasa con el posthumor, es lo mismo que con el humor, que hay posthumoristas buenos y posthumoristas malos. Aunque en este caso, los malos prefieran decir que no les entendemos. Yo creo que sería más apropiado hablar de humor de autor, frente al humor de género. Gente que elabora comedia saltándose los métodos habituales, pero siempre buscando la risa, como decía al principio. Esa gente mola. Y es necesaria».

No se busca en este artículo acusar de nada a los artistas que hacen humor sin considerarse cómicos, pero sí señalar las contradicciones que se esconden en estos argumentos e indagar en las inquietudes de una gente que, sin duda, está realizando cosas nuevas y muy buenas, y que ya están marcando las pautas del futuro del humor. Para terminar, me gustaría contar una anécdota en primera persona, porque en su día también me enfrenté a una sensación parecida antes de ser monologuista. A veces cuesta aceptar que tienes que salir a un escenario y hacer reír a un público que no conoces y con el que quizá no compartes gustos o criterios culturales, y se impone crear unos cuantos mecanismos defensivos. Una vez, hablando con un antiguo compañero de instituto que tardó en descubrir o asumir su homosexualidad (lo aclaro porque tiene que ver con la conversación), me dijo con claro tono de burla cariñosa, sabedor de mis dificultades para considerarme «humorista»:

—Bueno, pues nada, ya eres un cómico andaluz.

A lo que respondí:

—Sí, y tú un mariquita de Sevilla.

Los dos reímos, porque en el fondo, muy adentro de nuestras cabezas, habitan los complejos por aquello que la sociedad nos ha dicho que debe ser objeto de vergüenza, y es algo con lo que cada uno, con más o menos habilidad o talento, tiene que luchar el resto de su vida. Mientras tanto, lo ideal es que cada uno se coma la tortilla como le dé la gana, que se beba su vino favorito y que se vacune todo lo posible contra la gilipollez.

Fotografía: Joe Lodge (CC).


Miguel Iríbar: El picante

Me caen bien los mexicanos. Me intriga su relación con el dolor y la muerte. Suelo decir en los monólogos que las chicas a las que les gusta el picante son más cañeras sexualmente que las que no, ya que el picante no es exactamente un sabor, sino un dolor, por lo que deduzco un cierto gusto por la violencia consentida. Esta teoría también afecta a los hombres, pero estos me preocupan menos. Son solo tribulaciones de alguien con mucho tiempo libre, pero me gusta pensar que llevo razón.

Sea como fuere, me fascina que los mexicanos puedan desayunar algo que haría explotar el esófago de cualquiera, referirse a todo con diminutivos naif, mientras ven en el periódico fotos de personas decapitadas por los narcos y decoran su casa con calaveras. Me encanta que por las noches sea más fácil encontrarte a un tipo que cobra por darte descargas eléctricas con dos cilindros metálicos, antes que a uno que vende rosas. Un mexicano prefiere jugar a ver quién resiste estar más «enchilado» después de ingerir un chile asesino, antes de ponerse a jugar a Apalabrados. Una comida sin picante es vista por muchos mexicanos como una pérdida de tiempo. Con la comedia me pasa algo parecido: el humor sin picante me deja la sensación de que falta algo.

El dolor y el sufrimiento, bien dosificados, poseen un poder de atracción superior al de lo dulce y lo empalagoso. El dolor sabe a reto, lo dulce a recompensa. Hay quienes gozan más de los retos que de los triunfos, y la comedia, muy útil para endulzar nuestra vida, también sirve para amargarla alegremente, cual Campari, o para darle ese toque doloroso o picante que busca la risa, pero que rasca un poquito más adentro. En un test proyectivo sobre la comedia que uno ve, mi perfil sería el de espectador masoquista. Como cómico, eso sí, prefiero dar antes que recibir.

Por mi trabajo, asociado a ver monólogos cada día, he terminado rechazando el monólogo amable y buscando el de tono más desagradable o incómodo. No hablo de provocar gratuitamente, o de buscar el lado negro de las cosas sin gracia. Cualquier cosa tiene que estar bien escrita y bien dicha, y por mucho que el tema sea jugoso, un gag mal escrito echa por tierra la mejor y más transgresora de las intenciones cómicas.

Hace poco leí una entrevista a Chris Rock, un cómico negro y guapete con pinta de simpático. La realidad es que su segundo monólogo para HBO, Bring the pain, grabado en 1996, y que copia el título de una canción de rap, supone toda una declaración de intenciones. «I came to bring the pain, hardcore from the brain», decía Method Man en ese tema, inspirando a Rock, que después de un año preparando su especial, vio que la frase encajaba perfectamente con lo que quería contar. Casi 20 años después de esa grabación, Chris Rock es uno de los reyes de la comedia en Estados Unidos y en el mundo. Influido por clásicos como Richard Pryor, Eddie Murphy o Bill Cosby, y ayudándose con el visionado de los discursos de oradores como Malcom X, Luther King y JFK, este señor consigue hablar de lo que le apetece con un tono que engancha desde el minuto uno. Aquí, una ración de crítica a la industria de los medicamentos.

Vamos con otra de mis debilidades. Lo presentan en la BBC como «un cómico americano y un borracho alienado: Doug Stanhope». En esta serie de colaboraciones para la cadena británica, Doug hace monólogos sin público, sin mirar a cámara, sentado en una caravana o en mitad de la carretera, en una butaca vieja, siempre con una cerveza o un cóctel en la mano, intercalando imágenes de archivo de programas sonrojantes. De mayor querría ser Doug Stanhope, de no ser porque ya soy bastante mayor.

El discurso adulto es algo que se echa de menos en la comedia española, sobre todo en televisiones generalistas. Aquí todo suele estar pensado para que lo entienda esa famosa «señora de Cuenca» a la que aluden los grandes productores cuando buscan llegar a la mayor franja de público posible, y esto condiciona la política audiovisual de nuestro país desde que las cajas tontas empezaron a llenar nuestros salones. Hasta que la señora de Cuenca no se aburra de ser la diana de todos los contenidos, seguiremos escuchando las mismas cosas en los programas que las grandes cadenas dedican al género del monólogo. Mientras tanto, no busquen algo muy diferente, porque no va a llegar.

Personalmente disfruto cuando veo a este tipo con pinta de tarado y supuestamente alcohólico (su discurso está demasiado hilado para serlo tanto como presume) miccionando sobre cada uno de los pilares de la sociedad. Da gusto observar su punto de vista crítico, informado, nada simplista. Quizá demasiado oscuro por momentos, aunque es justo ese matiz exagerado el que lo hace divertido y casi entrañable.

Sigamos con un poco de Holocausto, un tema tabú con el que no se debe jugar. Si no, que se lo pregunten a Nacho Vigalondo, que de un día para otro se vio expulsado de un medio tan aparentemente abierto como El País por unos cuantos tuits irónicos sobre el tema. Una muestra más de que mucha gente junta termina teniendo mucha fuerza, sobre todo cuando se trata de fastidiar las cosas y crear alarmas innecesarias. El encargado en este caso de bromear sobre el asunto es, como no podía ser de otro modo, Ricky Gervais. Sin sentir especial predilección por él como cómico, es cierto que ha ayudado a allanar el camino de lo políticamente incorrecto. Gracias a lo que representa, hoy en día mucha gente tolera ciertos chistes que antes no habrían pasado por el aro.

Y como no solo de genocidios vive el hombre, vayamos con un poco de porno, publicidad y leyes. Para eso, para denunciar hipocresías con un tono inteligente, nadie mejor que Bill Hicks, ese joven metido en el cuerpo de un crápula, que murió a los 32 años de un cáncer de páncreas. Siempre que veo sus vídeos me parece mucho más mayor. Su mensaje, eso sí, no tiene edad.

Solo ustedes pueden decidir si les gusta el picante y en qué cantidad, o si les gusta echarle un poquito a cada comida para darle «el toque» o prefieren comerlo una vez al mes y reventar. Lo bonito es no quedarse con las ganas de probar.