El entusiasmo espacial y la arquitectura soviética

La Soyuz MS-05 (2017). Fotografía: NASA (CC).

En 2011 la editorial Taschen publicó el libro CCCP (1), Cosmic Communist Constructions Photographed, del fotógrafo francés Frédéric Chaubin. En la introducción el libro habla de las intenciones de su autor de documentar su particular investigación de arqueología del presente y estos edificios, según él, olvidados y desconocidos. Desde el punto de vista occidental, como también por el lamentable estado de conservación de algunos de ellos, estos grandes equipamientos públicos construidos en las últimas dos décadas de la existencia de la URSS constituyen una especie de cementerio de formas arquitectónicas espectaculares como si se tratara de una lejana civilización desaparecida. Ciertamente, CCCP no es la única publicación con el mismo planteamiento que, a través de preciosas fotografías, presenta la decadencia del mundo socialista, pero tiene la particularidad de acercarse, aunque de manera retórica, al impacto que tuvo la conquista del espacio en la cultura y arquitectura soviética. Aun así, en él no aparece ni el monumento a Yuri Gagarin, inaugurado en 1980, ni el Museo de la Cosmonáutica de 1981, que ocupa la base del Monumento a los Conquistadores del Espacio, el obelisco de 107 m de titanio, en su momento el más alto de mundo (entre las construcciones de titanio).  

La fascinación por el desarrollo científico y la conquista del espacio han estado presentes en todas las etapas de la URSS. La Revolución socialista conllevaba una gran promesa para el futuro y los discursos políticos hacían guiños a la utopía de progreso que, aparte de la supremacía nacional, les acercaría los «otros mundos». La ciencia ficción rusa, muy popular ya en los años prerrevolucionarios, había preparado el terreno y la sociedad sabía que la electrificación e industrialización darían paso a la era del espacio. En su Estrella roja de 1908, Aleksandr A. Bogdánov describió una sociedad socialista y la situó en Marte, y unos años más tarde, en La fiesta de la inmortalidad, describió el mundo del futuro: «Ya no existían ciudades como antiguamente. Gracias a la facilidad y universalidad del transporte aéreo, la gente no temía las distancias y se instalaba por todo el planeta en lujosas villas rodeadas de flores y vegetación. Cada villa tenía un espectroteléfono que las mantenía en contacto con los teatros, periódicos e instituciones públicas. Cualquiera podía disfrutar en su propia casa con la actuación de sus cantantes favoritos, ver en su pantalla de cristal pulido una representación teatral, escuchar los discursos de distintos oradores, charlar con sus conocidos…».

Varios proyectos arquitectónicos daban cuenta de este sueño del futuro. En Vkhutemas, la nueva escuela de arquitectura fundada en 1920 por decreto de Lenin, en paralelo a la más conocida Bauhaus de Alemania, se habían pensado las ciudades sobre muelles que se movían según gira el Sol o que se concentraban en edificios largos sobre pilares para mantener intacta la naturaleza debajo. El proyecto de Georgy Krutikov, con el que se graduó en 1928, fue más allá (2). El proyecto, conocido como la Ciudad Voladora, especulaba sobre el asentamiento humano; en él, la zona de trabajo —complejos industriales y explotaciones mineras— junto con el comercio y el ocio estarían situados sobre la superficie terrestre, mientras que la zona residencial, con los equipamientos educativos y culturales, formaría estructuras flotantes, una especie de colmenas en el aire. Los ciudadanos estarían en movilidad permanente, viajando en sus cápsulas individuales, que se acoplaban a las viviendas. Colonizar el espacio era la mejor manera para solucionar la crisis de la vivienda heredada y desprenderse definitivamente de la ciudad burguesa.

Stalin utilizó el interés popular en los temas relacionados con la ciencia y la exploración del espacio, aunque sus investigaciones no eran prioritarias en los primeros planes quinquenales. En la era pre-Sputnik, los científicos y los astrofísicos se consideraban héroes y su trabajo se utilizaba en los discursos nacionalistas para enaltecer el poder soviético por encima del occidental. El 1 de mayo de 1935, Konstantín Tsiolkovski, el teórico de la astronáutica y conocido como el abuelo del programa espacial de la URSS, dio un discurso desde la Plaza Roja de Moscú en el que habló sobre el futuro de los viajes espaciales de los humanos. El discurso fue trasmitido en todo el país (a sus once zonas horarias) y tuvo un gran impacto social.

En los tiempos de las grandes purgas estalinistas, algunos ingenieros importantes fueron encarcelados acusados de sabotaje, espionaje o actividad contrarrevolucionaria. Serguéi Koroliov, director del programa espacial soviético desde los años cincuenta, pasó seis años en un gulag, algunos meses en el durísimo campo de Kolyma, de los cuales su salud cargó con secuelas permanentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, al ver que su industria aeronáutica quedaba por detrás de los avances del Tercer Reich, Stalin redujo las condenas de los ingenieros y los confinó a Sharashka, un campo de trabajo intelectual, conocido como el gulag de los ingenieros, situado cerca de Moscú. Koroliov trabajó junto a varios especialistas de aeronáutica bajo la dirección de Andréi Túpolev en el diseño de aviones y bombarderos que llevaron su nombre.

La muerte de Stalin en 1953 cambió el rumbo de la cultura y tecnología soviéticas. En arquitectura se revisó el estilo monumental del estalinismo, que produjo edificios de gran escala y un particular estilo neoclásico revolucionario. Se consideró excesivo, parte del culto a la personalidad del líder y culpable de grandes despilfarros de material y mano de obra que no ayudaron a solucionar la endémica falta de viviendas. Como remedio, se impuso la industrialización general del proceso constructivo y la preferencia por sistemas prefabricados en la edificación de grandes complejos residenciales. Al mismo tiempo se emprendió el programa espacial, resultando en el lanzamiento del primer satélite Sputnik el 4 de octubre de 1957, que puso a la aeronáutica soviética por delante de la estadounidense.

(Clic en la imagen para ampliar). Estudio para el interior de la Soyuz realizado por Galina Balashova (1970–1974).  Imagen: Archiv Galina Balaschowa publicado en Balashova: Architect of the Soviet Space Programme.

Especialmente desde el viaje de Yuri Gagarin alrededor de la Tierra el 12 de abril de 1962, los temas cósmicos empezaron a formar parte de la vida diaria. Los astronautas se convirtieron en héroes nacionales y en Moscú se construyó el monumento de titanio a Gagarin. Los motivos espaciales empezaron a inspirar los objetos cotidianos, así aparecieron los modelos de aspiradoras Chaika y Saturnas, mientras que los nombres de Sputnik, Laika o Kosmos también se convirtieron en marcas de cigarrillos. La popular revista Tehnika Molodezhi (‘técnica para los jóvenes’), que se publica mensualmente desde 1933, empezó a partir de 1950 a publicar cada vez más artículos e imágenes sobre exploración espacial. Durante la década de los sesenta y especialmente desde el viaje de Gagarin, la revista se dedicó a publicar proyectos utópicos de asentamientos humanos en la Luna, en Marte o en Venus, con naves, vehículos de superficie dura, robots y otras máquinas imprescindibles e inexplicables. Los diseños eran de ciencia ficción y de cómic al mismo tiempo: coloridos, de líneas simples, de formas aerodinámicas y curvadas, con edificios-burbuja y construcciones que desafiaban la gravedad.

La arquitectura de los años sesenta, de la era Jruschov, pretendía ser más funcional que espectacular y, sobre todo, economía era el imperativo para evitar los excesos de Stalin. Se llevaban a cabo numerosas investigaciones en el campo de materiales y elementos modulares para su producción masiva en la industria, pero la forma arquitectónica tardó más de una década en adoptar la espectacularidad de la era espacial. Los años setenta y ochenta, cuando la carrera espacial ya había terminado, fueron tiempos de más extravagancia formal y fue cuando se construyeron obras como el Sanatorio Druzhba en Yalta, el edificio ministerial en Tiflis o la Academia de las Artes y Ciencias de Moscú.

Galina Balashova estudió Arquitectura en Moscú y en 1961 —con solo veintiséis años—  fue empleada por el Instituto de Investigación y Desarrollo, Oficina OKB-1 de Diseño Experimental, el núcleo del programa espacial soviético. En  plena era Jruschov, Balashova era la única arquitecta que se dedicaba a diseñar los interiores de las naves espaciales, preparando la flota soviética para vuelos tripulados. Su jefe directo era Serguéi Koroliov o «el Diseñador Jefe», como solía ser identificado en clave.

El legado de Galina Balashova es espectacular y hasta hace poco desconocido por el secretismo que envolvía la investigación espacial: en 2015 fue expuesto en el Museo de Arquitectura de Frankfurt y se publicó en el libro Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme (3). Su trabajo consistía en crear unos interiores habitables en las naves espaciales, así que participó en proyectos para las naves Soyuz, el transbordador Burán y la estación Mir. La particularidad del diseño consistía en dotar de humanidad y calidez a los espacios reducidos de las cápsulas y hacer que estos espacios, altamente tecnológicos, fueran psicológicamente aceptables para que los astronautas pudieran pasar allí más tiempo. Esto pasaba por domesticar visualmente estos espacios llenos de tubos, botones y palancas y dotarlos de sentido de orientación, diferenciando con claridad el suelo de las paredes y del techo, algo a priori innecesario en el espacio sin gravedad. Gran parte del éxito de Balashova residía en el uso de formas sencillas y reconocibles del mobiliario doméstico: sofás, sillas, escritorios, cajones o armarios, en la transformabilidad de los elementos, como también en la aplicación de un sistema de colores muy actual en su época: verdes, azules claros, ocres, marrones y naranjas que ha ido variando en todos sus diseños.

El Museo de Cosmonaútica de Moscú (4) exhibe las naves Mir y Soyuz y, aparte de su abrumadora complejidad tecnológica, también se puede apreciar la simplicidad acogedora de sus interiores. A pesar de estar rodeada durante años de astronautas, Galina Balashova no se sentía atraída por los viajes espaciales. Para la única arquitecta realmente cósmica, la arquitectura, la creación de espacios armoniosos y funcionales, siempre ha sido mayor desafío que la carrera espacial.

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(1) CCCP hace alusión a las siglas en cirílico de la URSS: Сою́з Сове́тских Социалисти́ческих Респу́блик.

(2) En 2015 la editorial Tenov de Barcelona publicó este proyecto en el libro Gueorgui Krútikov. La ciudad voladora, utopía y realidad, de Selim Omárovich Jan-Magomédov. Traducción de Miquel Cabal Guarro.

(3) Meuser Philipp. Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme. Berlin: Dom Publishers, 2014.

(4) La página del Museo ofrece un tour virtual donde se pueden ver estas naves.


Un diminuto punto de luz en la negrura

Iniciación

Cien personas se han reunido para la ceremonia de iniciación de Yuka. El día es frío incluso para los estándares de la taiga, y la niña tirita a pesar de su abrigo de piel de caribú. Está muy nerviosa. Hoy conocerá el secreto al que los adultos solo se refieren en susurros, y nunca delante de los niños pequeños. Solo tras la ceremonia se le permitirá a Yuka salir del círculo delimitado por los cuatro kilómetros cuadrados en que ha transcurrido su vida, entre las yurtas, el glaciar y el lago. Los ancianos visten a Yuka con el traje ritual, grueso e incómodo. Después le cubren la cabeza con un enorme casco opaco. Durante un buen rato Yuka no va a ver nada.

Guiada por los ancianos, Yuka camina hasta que le ordenan detenerse. Escucha unos fuertes sonidos metálicos difíciles de interpretar. Y, tras un instante que parece eterno, Yuka se siente flotar. Pierde contacto con el suelo, como si estuviera nadando bajo el lago, y siente amables empujones de los ancianos. Al cabo de unos minutos oye un zumbido eléctrico y su casco se vuelve transparente. Yuka mira a su alrededor… Y se descubre flotando en el vacío inconmensurable del espacio interestelar, una negrura infinita punteada por incontables estrellas, galaxias, nebulosas. Yuka (cuyo nombre significa ‘estrella brillante’ en inuit) grita aterrorizada sin escuchar las palabras tranquilizadoras que los ancianos susurran por la radio de su traje de vacío. Se tambalea, ingrávida, y ve a su espalda una estructura plateada en forma de doble toroide, una nave que flota, como ella, en el espacio. Comprende que sus cuatrocientas hectáreas de taiga no son más que una pequeña porción de esa gigantesca embarcación. Entiende, en una sobrecogedora epifanía, que esa nave es una diminuta isla de vida en un océano muerto, oscuro y frío.

Exploración

A finales del siglo XX todo rincón de la Tierra quedó ya cartografiado. A los viajeros del siglo XXI hambrientos de lugares nuevos les quedará el sistema solar: colonizar las lunas de Saturno, tal vez terraformar Marte. ¿Y después? ¿Qué quedará por explorar?

Todo apunta a que el límite de la velocidad de la luz es infranqueable, a no ser que alguien logre crear objetos con masa negativa. Sin embargo, no es imprescindible viajar más rápido que la luz para llegar a las estrellas más cercanas. Hay métodos científicamente válidos para acelerar hasta el diez por ciento de la velocidad de la luz: explosiones nucleares controladas, como en el teórico Proyecto Orión de los años cincuenta, o navíos espaciales a vela propulsados por láseres o viento solar. Estas velocidades son lo suficientemente lentas como para limitar los efectos relativistas, y lo bastante rápidas como para llegar a las estrellas más cercanas empleando, eso sí, una considerable cantidad de tiempo. Por ejemplo, para llegar a los recién descubiertos exoplanetas de TRAPPIST-1 habría que invertir cuatrocientos años.

Descartando la hibernación de los tripulantes, la ultralongevidad o métodos transhumanistas como descargar la conciencia en un robot inmortal, la solución más sencilla para un viaje interestelar es crear vehículos capaces de albergar varias generaciones de humanos. Para ello hace falta un gigantesco ecosistema o, mejor aún, una unión de biomas complementarios que aseguren una cierta diversidad ecológica capaz de albergar pueblos y ciudades, bosques y tierras de cultivo. Hábitats artificiales en los que decenas de miles de personas puedan nacer, crecer, reproducirse y morir con una calidad de vida aceptable. En suma: naves generacionales con las que los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de nuestros hijos puedan conquistar las estrellas.

La idea rondó el inconsciente colectivo desde finales de los años treinta, aunque la primera historia de ciencia ficción que la exploró a fondo fue El viaje que duró seiscientos años, de Don Wilcox, escrita en 1940. En ella una nave llamada Flashaway pone rumbo al planeta Robinello, llevando dieciséis parejas de colonos a bordo (no las suficientes como para evitar una grave endogamia redneck, pero corramos un tupido velo por ahora). El narrador actuará como Conservador de las Tradiciones, un cruce entre sheriff y alcalde que pasará la mayor parte del viaje en hibernación, siendo despertado unos meses cada cien años para comprobar cómo progresa la sociedad de la nave y devolverla al camino recto si fuera necesario. Esta novela breve no ha envejecido bien, pero hay que reconocer que empleó muchos recursos narrativos que otras narraciones sobre naves generacionales exprimieron durante las décadas siguientes.

Tras el primer siglo en la Flashaway, la población se multiplica por encima de lo prudente: el aburrimiento ha hecho presa en la ciudadanía y el sexo es uno de los pocos pasatiempos entretenidos. Al haberse escrito la historia en los Estados Unidos de los años cuarenta, la posibilidad de usar anticonceptivos ni se contempla… Así que el Conservador opta por un autoritarismo reproductivo de supervivencia: esterilizaciones forzosas y restricciones draconianas a la natalidad que acabarán creando castas, desigualdades, descontento crónico y, finalmente, motines y guerras entre familias. Cuenta el Conservador: «la guerra degradó a la población al salvajismo, aunque esa comparación sería un insulto a los salvajes. Con la destrucción de las bibliotecas y depósitos de conocimiento, las creencias dieron paso a las supersticiones, y los recuerdos de la historia pasada degeneraron hasta convertirse en leyendas».

Muchísimas historias de ciencia ficción juegan con involuciones similares. Una de las primeras fue Huérfanos del espacio, de Robert A. Heinlein, en que los pobladores de la inmensa nave generacional Vanguardia han olvidado por completo su propósito inicial, e incluso el hecho de que viajan en una nave espacial autosuficiente. Lo mismo les ocurre a los pobladores de Non-Stop, de Brian Aldiss, que olvidan todo su pasado y crean una mitología propia para explicar su presencia en la jungla en que se ha convertido su nave. Los colonos de la deprimente Buscar en el cielo, de Frederik Pohl y C. M. Kornbluth, no han olvidado del todo su propósito, pero se han convertido en salvajes que recurren al infanticidio masivo como método de control de población.

Pero volvamos a la Flashaway, la nave de la historia seminal El viaje que duró seiscientos años. Permítanme un leve spoiler: los colonos guiados por el Conservador de Tradiciones llegan finalmente a su objetivo, el planeta Robinello, en el año 2666 (¡a Roberto Bolaño le hubiera encantado!). Pero allí, en un mundo que esperaban encontrar deshabitado, son recibidos por una colonia terrestre que les ha adelantado por el camino. La tecnología ha avanzado durante esos seis siglos, hasta el punto de que el viaje de la Tierra a Robinello puede hacerse ahora en menos de una década… Vaya chasco. Y es que no es sencillo elegir el mejor momento para lanzar una nave generacional. El físico Andrew Kennedy ha calculado el momento óptimo para emprender el vuelo sin miedo a ser adelantado, aplicando una fórmula que tiene en cuenta, entre otras cosas, la media anual de desarrollo tecnológico. Vale la pena considerar estos cálculos o se puede acabar como los colonos de A hombros de gigantes, de Robert J. Sawyer, que encuentran ya ocupado su destino y acaban abandonando la galaxia, encadenando un viaje tras otro en busca de un planeta al que llamar hogar.

Supervivencia

En ocasiones no es el ansia de explorar lo que mueve a la humanidad a crear arcas generacionales, sino el puro afán de supervivencia. Ante una catástrofe cósmica que afecte la capacidad de la Tierra para albergar vida, una de las pocas soluciones disponibles sería abandonar el planeta en una o varias naves autónomas, sea para colonizar otros mundos o para esperar el tiempo suficiente hasta que la Tierra vuelva a ser habitable. Esto último es lo que sucede en Seveneves de Neal Stephenson: tras explotar la Luna por motivos desconocidos, el bombardeo de fragmentos lunares sobre la Tierra la volverá inhabitable durante cinco mil años. El poco tiempo disponible antes del desastre no permite la creación de bonitos ecosistemas naturales, sino apenas el lanzamiento de unas cuantas miniarcas modulares, con una ISS remozada como centro de operaciones. Las perspectivas son pesadillescas para los supervivientes: siglos y más siglos atrapados sin remedio en delgadas latas de aluminio y aerogel.

Los terrícolas del futuro en «El arca espacial», una de las mejores historias de la etapa clásica de Doctor Who, tienen algo más de tiempo para preparativos antes de que unas erupciones solares dejen inhabitable el planeta… Curiosamente también durante cinco mil años, que debe ser la duración estándar de una tragedia cósmica. La tripulación del arca entra en una apacible hibernación apenas interrumpida por insectos caníbales alienígenas, como suele suceder en estos casos. En otro capítulo más reciente de Doctor Who llamado «La bestia de abajo», la estrategia de huida de los ingleses ante una catástrofe inminente es particularmente radical: arrancar las islas británicas de la corteza terrestre y convertirlas en una gargantuesca nave espacial. Un brexit cósmico en el que todo el Reino Unido se convierte en una nave generacional, con la excepción de Escocia, que prefiere construir su propia nave.

Seguir esa línea de pensamiento nos llevaría al siguiente nivel: construir motores con la potencia suficiente como para convertir un planeta entero en un arca móvil. ¡No puede haber un ecosistema más autosuficiente que ese! En Mundo Anillo de Larry Niven, los titerotes son una raza alienígena que lleva esta estrategia al extremo, alineando cinco planetas en torno a una pequeña estrella artificial. Para huir de la radiación procedente de una cadena de supernovas en el núcleo galáctico, ese sistema solar sintético se acelera a una velocidad altísima, rumbo a la nube de Magallanes… Una flota de mundos llevando en su interior a todos los miembros de una raza. Y es que no basta con sobrevivir: hacerlo con estilo da puntos extra.

Despertar

El ritual de iniciación recreado al principio de este artículo es una de las tradiciones de la nave generacional que imagina Kim Stanley Robinson en Aurora.

Es esta una novela peculiar, escrita con un objetivo iconoclasta reconocido por el propio autor: destruir el sueño de la colonización interestelar. Con la implacabilidad de un dios malvado, Robinson desencadena sobre sus viajeros rumbo a Tau Ceti un torbellino de calamidades: desde el peligro constante de los rayos cósmicos hasta la imposibilidad física de una eficiencia total en el reciclaje, lo que acaba desembocando en carencias graves de elementos químicos imposibles de obtener en pleno vuelo («¿Bromo? ¿Quién iba a pensar que necesitaríamos más bromo?»). Otro problema gravísimo es la diferencia en los ritmos evolutivos de las diferentes especies confinadas en un espacio cerrado. Las bacterias mutan (y, por tanto, evolucionan) a un ritmo muy superior al de animales y plantas, lo que acaba resultando devastador para un hábitat aislado: plagas en las cosechas, mortandad en el ganado, enfermedades incurables en los humanos… Estas superbacterias serán uno de los factores causantes de la «involución de zoo», la degeneración progresiva que en estudios de antropología insular se ha observado en todo ecosistema cerrado y endogámico. Sin contacto con el exterior y remezcla de genes y experiencias, cada generación resulta un poco menos inteligente, sana y capaz que la anterior.

Robinson presenta también una batería de dilemas éticos. Para empezar, resulta problemática la estructura social autoritaria y protofascista que se tiende a adoptar en circunstancias extremas de supervivencia. Además, los colonos originales consintieron enrolarse en una misión peligrosísima con pocas posibilidades de supervivencia, pero sus descendientes, los críos que nacerán, vivirán y morirán en la nave sin poder pisar jamás la Tierra, no tendrán esa misma elección.

Ante todo esto, los personajes de Aurora se preguntan: ¿Por qué no puede la humanidad contentarse con el sistema solar? ¿Qué desmedido orgullo nos hace apuntar a las estrellas cuando aún no hemos resuelto los problemas de nuestro propio planeta? Es difícil no ver cierta hibris en este fragmento de la antes mencionada A hombros de gigantes: «Nos fuimos de la Tierra por la misma razón por la que el Homo sapiens sapiens cruzó el estrecho de Gibraltar. Es lo que tocaba que hiciéramos como especie, y por eso triunfamos sobre los neandertales. Necesitábamos ver lo que se escondía tras el otro lado del estrecho, tras la siguiente colina, tras las estrellas lejanas. Es lo que nos dio dominio sobre nuestro planeta natal, y es lo que nos convertirá en reyes del espacio infinito». Esta visualización de la humanidad como dueña del universo es enormemente popular, aunque a mí siempre me pareció más acertada la definición que Bill Hicks da de la raza humana: «un virus con zapatos». La colonización de las estrellas como una infección autorreplicante, destruyendo planetas a su paso. Hay quien ya considera Marte como un «planeta B» en que los ricos y poderosos podrán refugiarse de las catástrofes ecológicas que amenazan a la Tierra. Es inevitable pensar en Wall-E y el Axioma, su nave generacional: un hotel galáctico de lujo en que la humanidad engorda indolente mientras la Tierra se tambalea entre toneladas de basura.

En el cuento Padres fundadores, de Stephen Dedman, los únicos que se toman la molestia de colonizar otros mundos y no volver jamás a la Tierra son los grupos radicales que desean alejarse de la sociedad: anarcocapitalistas, amish, supremacistas blancos. Un personaje de Aurora medita: «Cuando la vida se vuelve lo suficientemente inteligente como para abandonar su planeta, también es demasiado inteligente como para querer irse. Porque sabe que no funcionará, así que se queda en casa. Disfruta de su hogar. ¿Por qué no iba a hacerlo? Ni siquiera se molesta en tratar de contactar con otros planetas. ¿Para qué? Nunca oirían respuesta». Esa es la respuesta de Robinson a la paradoja de Fermi, la que se pregunta por qué no hemos recibido noticias de ningún extraterrestre a pesar de vivir en un universo en que la vida es estadísticamente probable. Sencillamente las civilizaciones están alejadas por distancias tan inimaginablemente enormes que resulta imposible el contacto.

¿Renunciamos pues a las naves generacionales? Bueno, no del todo. No hace falta añadirle motores cósmicos a la Tierra para que la consideremos una nave espacial natural. ¿No es acaso el vehículo que nos sostiene y alberga en nuestro viaje enloquecido por un cosmos en perpetua expansión? ¿No es la propia Tierra una diminuta isla de vida en un universo gigantesco que, por lo que sabemos, es en su mayor parte árido, muerto y frío? Un personaje de Aurora reflexiona sobre esto con una variación sobre un poema de Cavafis que servirá para terminar este viaje:

No hay nuevo mundo, amigo mío, ni nuevos mares, ni otros planetas, no hay adónde ir. Estás ligado por un nudo que no puedes deshacer, cuando comprendes que la Tierra es una nave también.


Surcando las estrellas: las 15 naves espaciales más interesantes de la cultura

Han Solo

“El espacio, la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise, que continúa su misión de exploración de mundos desconocidos, descubrimiento de nuevas vidas y de nuevas civilizaciones; hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar”

Star Trek. Créditos iniciales.

Pese a que el nacimiento de la civilización se suele hacer coincidir con la primera vez que una tribu de homínidos se estableció en un determinado lugar, abandonando así sus costumbres nómadas, muchas veces se ha dicho que el ser humano es un animal explorador, que la característica esencial de la especie es alejarse de tierra conocida para encontrar nuevos mundos y así ampliar sus miras, su conocimiento y su territorio. También para saquearlos, colonizarlos y asentarse allí, en detrimento de los pobladores originales, claro; pero como este va a ser un artículo de carácter romántico, nos quedaremos con esa estampa del navegante que, frente alta y mirada aguda, viaja con rumbo y decisión en pos de lugares lejanos, a veces prometidos, a veces ignotos, pero siempre esperanzadores.

Hay tantos ejemplos como figuras históricas en los libros de enseñanza secundaria: Alejandro Magno llegando a Samarcanda, Erik el Rojo atravesando las gélidas aguas del Atlántico Norte en su viaje a Terranova, Cristóbal Colón ensanchando el mundo en decenas de miles de kilómetros o Chiquito de la Calzada rompiendo la secular frontera de la comunicación y la lingüística. Pero todos ellos se valieron de distintos vehículos para cumplir sus formidables empresas; Alejandro en columnas de caballería, Erik en el puente de un drakkar impulsado por el viento y los músculos de rudos y costrosos remeros vikingos, Colón en la cubierta de la Pinta, la Niña y la Santa María —bueno, solo estaba en la cubierta de una de las tres carabelas, claro, no en las tres a la vez—, y Chiquito a bordo de una psicotrópica camisa estampada con celulares motivos de paramecios.

Sin embargo, qué duda cabe de que es la exploración marítima la que confiere una especial importancia al vehículo de la gesta. El hombre enfrentado al hierático vacío del océano necesitaba de un medio al nivel de su aventura, no solo desde el punto de vista tecnológico, sino también desde el emocional. ¿Quién no ha ensoñado con adentrarse en el Pacífico a bordo del Beagle? ¿Cañonear puertos caribeños desde el Venganza de la Reina Ana? ¿Perseguir cetáceos asesinos en las barcazas del Pequod? ¿Ver despegar los F-14 desde el puente del USS Nimitz? ¿Asistir a un lúbrico desfile de abdominales en las cubiertas del Estrella Polar? Los barcos las naves se convertían así en motivo a veces de igual importancia que las hazañas que protagonizaban sus tripulantes.

Es normal, por tanto, que con el descubrimiento de las estrellas y el establecimiento de la Tierra dentro de un complejo sistema planetario, las miras de los exploradores se alzaran hacia la vasta bóveda celestial. Desgraciadamente, al contrario que con la ingeniería naval cuyos adelantos permitieron la construcción de barcos más sólidos, rápidos y fiables, capaces de recorrer las distancias oceánicas a las que se enfrentaban las magnitudes estelares son tan inmensas que, aún contando con los extraordinarios avances tecnológicos que vemos cada día, y mientras sigamos bajo el inmisericorde peso de la relatividad de Einstein, me temo que nuestros ojos se los comerán los gusanos antes de poder contemplar ningún rayo C brillar en la oscuridad más allá de la Puerta de Tannhäuser.

Por fortuna, la especulación científica corre al rescate de nuestra imaginación para proponernos viajes de uno al otro confín de la galaxia. A lo largo de más de un siglo de historia de la ciencia ficción y de la ciencia hemos visto naves espaciales de todo tipo que han tratado de alejarnos de nuestra vieja Tierra y acercarnos a las distantes estrellas, más allá de los límites de la tecnología e incluso de las leyes de Einstein. Con motores químicos, nucleares y gravitacionales; con impulsores FTL (Faster Than Light), dispositivos hiperespaciales, y ansibles; tripuladas por un solo piloto o con sociedades enteras en su interior.

Esta es la lista de las 15 más interesantes que hemos considerado, ordenadas en el riguroso orden que le ha salido de las narices a este humilde redactor. Quedan abiertos los comentarios para que propongan ustedes las que crean que hemos olvidado.


15. Proyectil Balístico. De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna. 1865-1870

Calibre 500.000, bitches.
Calibre 500.000, bitches.

La pionera y algo ingenua manera que plantea Jules Verne para alcanzar nuestro satélite consiste en una cápsula con forma de bala que sería disparada desde un enorme cañón de tipo columbiad, minimizando así el uso del motor autónomo.

Aún siendo científicamente viable, el tamaño de dicho cañón y la energía necesaria para expulsar al vehículo fuera de la órbita terrestre convierten a la empresa en un disparate tecnológico. Además, que no sé yo si los astronautas estarían dispuestos a meterse en la boca de un arma con varios millones de toneladas de pólvora como combustible instantáneo.


14. Cohete de Tintín. Objetivo: La Luna y Aterrizaje en la Luna. 1953-1954

Parriba. Pabajo
Parriba. Pabajo.

Basado en los diseños del V-2 alemán y anticipando los del cohete Saturn de la NASA, el cohete de Tintín —aunque en realidad el diseño corre a cargo de Silvestre Tornasol es un vehículo autónomo y autopropulsado por un motor mixto químico-nuclear. Quizá su peso y tamaño le hiciesen inviable para un viaje a la Luna, pero qué duda cabe que su diseño, aerodinámicamente eficaz, unido a un fastuoso colorido exterior le convirtieron en una de las imágenes más conocidas que hayan salido de los tebeos de Tintín.

En cualquier caso, lo más relevante del cohete es el sistema para generar la gravedad artificial. Georges Remi “Hergé”, que no solía dejar ningún cabo suelto, idea un método basado en la aceleración. De esta manera, el cohete se desplaza con una aceleración constante en la fase ascendente para, tras una cuidadosa maniobra de inversión, pasar a deceleración constante a la hora de alunizar o aterrizar, proporcionando así a al periodista del mechón, al barbudo Haddock y a los demás tripulantes incluido el primer fox terrier astronauta un empuje permanente contra el suelo que hace las veces de gravedad.


13. Modulo Lunar. Misiones Apollo. NASA. 1969-1972

Feo como un escuerzo
Feo como un escuerzo.

Ah, la implacable belleza de la eficacia. Una araña cuadrúpeda que no admite ni el espacio ni el peso de ningún embellecedor, de ninguna concesión a la imagen y ni siquiera a la comodidad del pasajero. Placas de metal y cables y aluminio y tornillos.

Si quieres ser astronauta, te jodes.


12. Yate solar. Sunjammer. 1963

Esto es un velero y no los de Flavio Briatore
Esto es un velero y no los de Flavio Briatore.

Arthur C. Clarke siempre ha sido muy celoso de la plausibilidad científica en sus obras. Estandarte de lo que se llama ciencia ficción dura, en el cuento Sunjammerpresentado años más tarde con el título de El Viento del Sol plantea una regata interplanetaria a bordo de vehículos impulsados por la presión de radiación solar. No se trata de motores alimentados por células fotovoltaicas o acumuladoras, sino de verdaderas “velas” que recogen esta presión.

El yate solar es una cápsula que ha reducido su peso y tamaño al mínimo, albergando a veces un único tripulante, mientras que despliega velas de varios kilómetros cuadrados de superficie para maximizar el efecto de la presión. Es interesante saber que la presión de radiación solar es ínfima, pero su disipación también lo es, por lo que, teniendo en cuenta que en el vacío espacial el rozamiento es prácticamente cero, la aceleración es constante. Así, el yate solar descrito por Clarke es capaz de alcanzar velocidades de más de 2.000 millas por hora en poco más de un día de navegación.

Esta tecnología es efectivamente tan viable que la NASA ha planteado varias sondas similares y la agencia espacial japonesa —JAXA— puso en órbita en 2010 un velero solar no tripulado: el IKARUS.


11. Nave de Barbarella. Barbarella. 1968

Y los trajes espaciales también molan.

Pero ¿quién quiere eficacia, leyes físicas o siquiera una mínima relación con la realidad científica cuando tu película es el indisimulado producto del consumo de abundantes sustancias psicotrópicas? Quizás los astronautas de la NASA aceptasen de buen grado estar rodeados de cables y monitores, pero desde luego que Roger Vadim no iba a permitir que a su mujer le hiciese sombra un montón de ferralla tecnológica.

El exterior es bastante cutre, pero el interior, obra de Mario Garbuglia, es delicadamente barroco, con esa colección de esculturas, esas pantallas de formas ignotas y ese ininteligible panel de control. Además, qué mejor que un forro de piel de visón para acariciar el cuerpo de una Jane Fonda alegremente proclive al nudismo.


10. Halcón Milenario. Star Wars. 1977

El montón de chatarra más rápido de la galaxia. Tan rápido que fue capaz de hacer la Carrera Kessel en menos de 12 parsecs; lo cual es extraordinariamente rápido, puesto que el parsec es una medida de distancia y no de tiempo.

Según la explicación intrauniverso, se trata de un carguero ligero de clase YT-1300 altamente modificado. Según George Lucas, su diseño se inspira en una hamburguesa con una aceituna al lado como puente de mando.

Sea como fuere, el Halcón Milenario se ha convertido en una figura icónica generacional, y pese a que, en favor de la Regla de lo Molón, vulnera prácticamente todas las leyes físicas —maniobra en el vacío espacial como un avión en el aire, dispara rayos sonoros, su interior dispone de gravedad similar a la de la Tierra—, lo cierto es que, al menos en su forma, huye del típico diseño aeronáutico, careciendo de alas o de una cabina frontal. No obstante, esta ausencia de elementos sustentadores visibles, perfectamente válida para surcar la galaxia, se convierte en un hándicap a la hora de volar en atmósfera.

Por tanto, esas bellas secuencias del Halcón escapando de Hoth o sobrevolando bajo la ciudad flotante de Bespin son, desgraciadamente, imposibles. Pero vamos, tan imposibles como la propia flotabilidad de Bespin, los sables láser, las explosiones espaciales o la telequinesis. Así que siempre podremos decir que el Halcón Milenario vuela en atmósfera porque Magia… digo, porque la Fuerza.


9. U.S.C.S.S. Nostromo. Alien. 1979

Tripulación: siete. Ja, siete por ahora.

La Nostromo, en cambio, sí se preocupa en cumplir las leyes físicas tanto para el vuelo espacial como para el aéreo. El diseño de Ron Cobb hace hincapié en un ingenioso sistema de propulsores inferiores rotatorios que permiten a la nave tanto maniobrar en atmósfera como aterrizar y despegar de planetas o planetoides. Técnicamente, la nave no “vuela” sino que se traslada como lo hace un helicóptero o un Harrier en desplazamiento vertical.

Con todo, lo más interesante de la Nostromo es su naturaleza de camión espacial, tanto en los sucios y ásperos interiores, como en su idiosincrasia mecánica. Esto es, la propia nave no deja de ser la cabeza tractora de un tráiler, cuya caja es la refinería que contiene los 20 millones de toneladas de mineral que transporta. De esta manera, cuando debe tomar tierra por la razón que sea, la plataforma permanece en órbita y es únicamente la cabeza —la Nostromo— la que baja y recoge a cualquier pasajero que la tripulación considere adecuado, convirtiendo así el resto de su travesía en una agradable y amena lucha por no servir de cena a un xenomorfo protofálico.


8. Heighliners de La Cofradía Espacial. Dune. 1965

Uno de los errores que más habitualmente se cometen a la hora de describir vehículos interestelares radica en la excesiva analogía que presentan con la ingeniería aeronáutica o naval. Solemos ver trasladados al espacio las características de barcos, aviones y, con frecuencia, portaaviones. Sin embargo, el portaaviones es un vehículo cuyo funcionamiento —y forma se deriva íntimamente del medio que recorre: el mar. Así, el barco es un vehículo lento y son los aviones que transporta los que hacen uso de su velocidad y maniobrabilidad para las incursiones.

En el espacio, esta consideración tiene escaso sentido; las distancias son tan grandes que no tiene ninguna lógica la existencia de una nave “lenta”. De igual manera, el medio por el que viajan tanto las naves grandes como las pequeñas es el mismo, el vacío.

Frank Herbert resuelve esta situación de una manera muy elegante, dando igualmente solución a la necesidad de vehículos mixtos atmosférico-espaciales. En la novela Dune, el monopolio del viaje espacial de larga distancia corre a cargo de la Cofradía de Navegantes, únicos seres capaces de hacer uso del ficticio efecto Holtzman y así, plegar el espacio, permitiendo el traslado instantáneo entre sistemas estelares. Los habitantes emplean naves híbridas para despegar de su planeta y llegar a la órbita donde se encuentra el heighliner de la Cofradía: un gigantesco cilindro de kilómetros de longitud que permiten acoger cientos e incluso miles de naves pequeñas. Una vez plegado el espacio, el heighliner aparece en órbita de un planeta al otro extremo de la galaxia junto con toda la carga, que descenderá a la superficie por sus propios medios.


7. Transporte de Especia. Dune. 1974

Lo azul que se derrama es especia la sustancia más valiosa del Universo
Lo azul que se derrama es especia la sustancia más valiosa del Universo.

La humanidad no conquistará el espacio en naves de la NASA”. Esta es la frase que Alejandro Jodorowsky espetó a sus diseñadores a la hora de enfrentarse a la versión cinematográfica de Dune que pensaba dirigir. Versión cinematográfica que finalmente no se llevó a cabo, por cierto.

Dicho y hecho, Chris Foss, encargado de los vehículos espaciales, propuso una serie de naves que, si bien eran esencialmente mecánicas, tenían formas más cercanas a lo biológico que a lo maquinal; como esa suerte de pez-tigre-cebra que aparece en la imagen.


6. Corazón de oro. Guía del Autoestopista Galáctico. 1979

Puestos a pasarnos la relatividad de Einstein por el forro de los cojones, hagámoslo con, ejem, estilo.

Douglas Adams nunca hizo una descripción precisa de la Corazón de Oro, la nave del chuleta y pendenciero Presidente de la Galaxia Zaphod Beeblebrox; y aunque el diseño de Joel Collins para la versión cinematográfica de 2005 es bastante chulo, lo verdaderamente interesante es que conserva el particular sistema de salto interestelar que había descrito Adams en su novela. El motor de improbabilidad infinita es con seguridad el método más divertido para cruzar la galaxia, aunque esté lejos de ser el más eficaz.


5. Naves de La Cultura. Serie de La Cultura. 1987-2012

GSV de la Cultura según la versión del dibujante Luke Frost
GSV de la Cultura según la versión del dibujante Luke Frost.

En este punto me voy a extender algo más porque creo que lo merece.

A lo largo de nueve novelas y varios cuentos cortos, Iain M. Banks imaginó una civilización alienígena pangaláctica dentro de un marco económico posescasez. Una utopía anarquista hiperavanzada cuyos habitantes no necesitan preocuparse por el sustento, por el trabajo ni incluso por la salud. Los adelantos científicos y tecnológicos proveen de riqueza material prácticamente ilimitada y gratuita para todos, aboliendo así el concepto de posesión; además se han vencido las restricciones de la vida orgánica, incluidas la enfermedad y hasta la muerte.

A esta sociedad completamente igualitaria y estable que no necesita del uso de ninguna fuerza ni coacción la llamó La Cultura.

Pero Banks tiene muy claro cómo conseguir que una sociedad de estas características sea, efectivamente, estable. Para ello, la administración de la misma y toda su prospera riqueza recae sobre los invisibles hombros de un sinnúmero de inteligencias artificiales extraordinariamente poderosas llamadas Mentes. Estas Mentes controlan los hábitats de los ciudadanos de la Cultura, bien sean planetas, planetoides, orbitales o las propias naves espaciales, permitiendo así que sus habitantes se dediquen a cualquier actividad hedonista o altruista que hayan decidido. Las Mentes son a veces individualistas, a menudo excéntricas, pero siempre benignas actuando en busca del bien común. De esta manera, Banks coge lo mejor de la especie humana y lo coloca más allá de cualquier corrupción, esto es, fuera del control humano.

Hay dos características físicas muy interesantes de las naves de la Cultura. La primera es su tamaño; como hábitats perennes que son, pueden alcanzar dimensiones continentales, albergando en su interior ciudades, ríos y montañas. La otra es la ausencia de cualquier tipo de casco exterior; los límites se establecen mediante campos de fuerza, no apareciendo así ninguna barrera “física”. Las naves de la Cultura son islas flotantes, monumentales trozos de tierra viajando por el espacio.

Sin embargo, la particularidad más relevante de las naves es precisamente su vínculo con la Mente que la gobierna. La Mente no es el piloto de la nave, sino que cada parte de la nave está en asociación coherente con la Mente, cada trozo de tierra, cada río y cada campo de fuerza es una extensión perceptiva de la Mente. La Mente es la nave.

Las naves de la Cultura son seres conscientes, sensibles y pensantes. Así, sus nombres no son elegidos por los habitantes sino por ellas mismas, reflejando su, a menudo excéntrica, personalidad.

¿Quién no querría recorrer la galaxia en una nave que se llama “Tan Solo Lee Las Instrucciones” o “Problemas De Credibilidad” o “Desde Luego Que Te Sigo Queriendo” o “Salida Dramática, Gracias Y Buenas Noches” o “Caso Avanzado de Patetismo Crónico” o “Pensé Que Él Estaba Contigo”?

Estos son nombres reales de naves que aparecen en distintas novelas y relatos de la Cultura. Pero aún más, cuando la Cultura entra en contacto o conflicto con otras civilizaciones, estas últimas a menudo se preguntan cómo es posible que seres tan poderosos, prácticamente semidioses, tengan nombres frívolos, mundanos y con tan escasa dignidad y seriedad, tan poca gravitas; a lo que las naves de la Cultura responden en algo que se convierte en una broma recurrente rebautizándose con nombres tales como “¿Gravitas?, ¿Qué Gravitas?”, “Estaba Muy Lejos Cuando Se Repartió La Gravitas”, “Gravitas… Gravitas… No, No Me Lo Digas Que Lo Tengo En La Punta De La Lengua” o “Absolutamente Nada De Eso-Que-Ya-Sabéis”.


4. Cubo Borg. Star Trek. 1989

La resistencia es fútil
La resistencia es fútil.

A lo largo de los casi 50 años por los que la franquicia Star Trek se ha extendido, han aparecido en su universo catódico y cinematográfico multitud de naves espaciales de diversa forma, tamaño y naturaleza. La propia silueta de la USS Enterprise (NCC-1701) es un verdadero icono de la cultura pop y hasta de la ciencia ficción.

No obstante, creo que el hallazgo más significativo para el tema que nos ocupa es el cubo Borg. El diseñador de producción Herman Zimmerman lo concibió como esponjoso hexaedro regular de tamaño casi planetario, indescifrable mecánica y enigmático interior. Su hermética apariencia, de carácter industrial pero decididamente alienígena, no revela medios de propulsión o navegación ni atiende a leyes físicas de ningún tipo.

Además, el cubo Borg no es una caja hueca ni mucho menos un mero medio de transporte; al igual que sucede con el resto de seres y artefactos de su especie, el cubo está en permanente conexión simbiótica con todos y cada uno de los Borg. Es una parte más de la mente colmena la parte más poderosa, eso sí y su objetivo es el mismo que el de las demás: la búsqueda de la suprema perfección a través de la asimilación física y psíquica de cualquier miembro de otra especie.


3. Medusas de Aquaend. El Incal. 1980-1988

Con gafas de sol a juego
Con gafas de sol a juego.

Con los restos de la producción fallida de Dune, Alejandro Jodorowsky, con la ayuda de Jean Giraud “Moebius” dio vida a la saga de El Incal. Es fácil encontrar las similitudes no solo narrativas, sino también de diseño entre ambos trabajos: los Harkonnen son los Tecnos, los Sardaukar son la Endoguardia Púrpura, Muad’Dib es Soluna y el desierto de Arrakis es el planeta oceánico de Aquaend.

Así, los gusanos de Dune se trasforman en las medusas de El Incal.

Es cierto que los vehículos estelares de características biológicas u orgánicas llevan apareciendo durante varias décadas; desde Robert Sheckley hasta George R.R. Martin, desde Star Trek hasta los cylon de la nueva Battlestar Galactica. No obstante, la aproximación de Jodorowsky es la más radical. La medusa no es un nave espacial, es un ser vivo, un animal que solo acepta la interacción y hasta el acceso a su interior de seres humanos mediante un vínculo psíquico previo. La medusa encapsula a sus tripulantes dentro de una membrana física. No hay puertas ni escotillas. No hay puentes de mando ni motores. La medusa viaja en el espacio como nada en el océano.


2. Nube de la Muerte. Babylon 5. 1994-1998

Babylon 5 fue una serie de televisión caracterizada por unos efectos especiales cutrísimos, unas interpretaciones palmípedas y unos formidables guiones que a menudo versaban sobre problemas de intrincada índole geoestratégica o política.

Entre sus descubrimientos habría que incluir a dos especies extraterrestres, los Vorlon y los Shadows, cuyo estado natural es el de globulares espectros energéticos y que necesitan de una especie de traje de reunión físico para mantener contacto con las demás razas corpóreas de la galaxia. Al contrario que los demás, estos personajes viajan por el espacio en naves orgánicas pensantes de aspecto indisimuladamente animal; calamares y arañas. Además, los Shadows cuentan con una de las armas más bellas y devastadoras que se haya visto en pantalla.

La Nube de la Muerte, concebida por el diseñador de la serie John Iacovelli, es una esfera de Dyson móvil, mutable, autoconsciente y autoalimentada formada por millones de partículas semiindependientes que rodean a una superestructura en celosía donde se encuentran camuflados los centros de control. La nube es capaz de englobar planetas enteros con el entrañable fin de bombardearlos a base de proyectiles termonucleares y así acabar con cualquier forma de vida que pudiese existir en su superficie.


1. Burbuja. La Fuente de la Vida. 2006

Todo.

Al fin.

En el espacio profundo que propone Darren Aronofsky no hay lugar para tecnologías. Ni para motores FTL ni para mecanismos de maniobra ni para puentes de mando ni para cabinas de pilotaje ni para dispositivos de navegación ni siquiera para camas de hibernación.

El diseño que plantea James Chinlund es la sencillez en su expresión pura: una burbuja transparente. Dentro, Tom el astronauta y el Árbol de la Vida; el Principito y su flor.

Nada sabemos de la burbuja. Nada sabemos de cómo viaja ni de qué combustible utiliza, si utiliza alguno. Nada sabemos de su fuerza motriz ni de sus propulsores, sean cuales fueren. Nada de su autonomía ni de su material de construcción. Nada de sus puertas o escotillas, si es que las necesita. Nada de sus sistemas de soporte vital. Nada de si es orgánica o mecánica. Nada de si está viva o es inerte.

Nada.