Lista de deseos de libros de una Grinch de la Navidad

El español medio que pone la lavadora los sábados, aunque luego llueva y no sepa dónde secar la ropa, por aquello del ahorro energético y del bolsillo, es el mismo que hace cola en los autobuses que recorren las ciudades en estas fechas para ver miles de bombillitas de colores encendidas, porque tampoco es que haya mucho ocio que no sea de bar y de pago en las urbes, todo hay que decirlo. Y eso es solo una de las cosas que me molestan de la Navidad: comilonas, compromisos, villancicos, más comilonas, aguantar comentarios cuñados en la cena de Nochebuena, fiestas de empresa, los belenes, comilonas otra vez, el anuncio de la lotería, no puedo más con las comilonas, Cortylandia, alegría forzada, los niños de San Idelfonso, necesito un almax y, por supuesto, el consumismo que no para ni en época de desabastecimiento global.

Pero puestos a hacer regalos (o autoregalos), que ya sabemos que siempre es bonito sorprender a alguien con un detalle o que otra persona haya dedicado tiempo a pensar en qué podría gustarte, yo lo tengo claro: regalar cultura que sirva para despertar conciencias y para reflexionar sobre el mundo que nos rodea; también para disfrutar, porque no hay nada más placentero que pasar una tarde de cualquier época del año con un buen libro. Por ello, por aquí os dejo mi wishlist de libros para esta Navidad; espero que os sirva para vuestra carta a los Reyes. 


La tiranía de las moscas, de Elaine Vilar Madruga (Editorial Barrett)

libros de una Grinch de la NavidadNos encontramos ante una fábula oscura y lúbrica. También es violenta, como violentas son las estructuras de la familia y el Estado. Pero esto no lo digo yo, lo dice Cristina Morales editora de este libro y una de las autoras más auténticas de nuestro siglo y para mí, su palabra es ley. 

Como en toda buena fábula, no puede faltar la bruja malvada, representada por la madre que no quiere a sus hijos; el cruel y despiadado ogro en el que se ha convertido el padre, maltratando a su familia como antes maltrataba a los enemigos del Estado; los atemorizados niños encerrados en una casa convertida en cárcel, y los animales, que aquí son moscas que ejercen su tiranía sobre los miembros de esta familia condenada. Porque también hay una maldición: la que los hijos llevan en la sangre; una sangre impura por el trauma transmitido por la madre y los pecados del padre. Como consecuencia de esta maldición, Casandra se enamorará de objetos que querrá poseer; Caleb se convertirá en un ángel exterminador y Calia desarrollará un don por la pintura que se convertirá en obsesión. Sin embargo, Elaine Vilar Madruga convierte esta maldición en el escudo de los hijos contra los padres: Casandra definirá su identidad sexual en contra de las normas del padre y de la sociedad; Calia se refugiará en la pintura y Caleb traerá muerte, pero también descanso. ¿La moraleja? Cada uno extraerá la suya, pero si me preguntáis a mí, pienso que este maravilloso libro es una invitación a rebelarnos contra los padres, el Estado y el sistema, y para que no aceptemos sus normas injustas, opresoras, limitantes de nuestra libertad, pensamiento y sexualidad; que dejemos de pensar que estamos condenados por los pecados del pasado y creemos un nuevo futuro, diferente, libre, justo y feminista.


Como la perra, de Louise Chennevière (Editorial Dosmanos)

libros de una Grinch de la NavidadNacer mujer implica ser prisionera de tu propio cuerpo, de tu pasado y de tus deseos; ⁣saber que tu dolor no es solo tuyo, que otras lo han sentido antes que tú; ⁣⁣ser repudiada por hablar, pero también por callar; ⁣⁣ser una perra, una zorra, una loba, todos sinónimos de lo mismo; ⁣⁣tener un sexo que causa dolor y humillación, pero también es fuente de placer y victoria; ⁣⁣aprender que debes tener buena conducta, no decir palabrotas, meter tripa, ser recatada, no comer demasiado, no andar sola de noche, depilarte; ⁣⁣tomar la decisión de dar vida o no y ser juzgada hagas lo que hagas; ⁣⁣tener una historia hecha de silencios, de mujeres invisibles; ⁣⁣culparte por no tener una imagen determinada ni la fuerza de voluntad suficiente para alcanzarla; ⁣⁣dejar de ser deseable al envejecer, morir olvidada. De todo ello habla Louise Chennevière, pero también de la reacción de las mujeres que no se someten, que aúllan, muerden, desgarran y se defienden; pierden el control; no tienen miedo de lo que piensen de ellas; dejan que su sangre corra libremente por sus piernas, manchando el pantalón, el pupitre, incomodando; se muestran desnudas, no para seducir, sino porque están cansadas de esconderse, de ser prisioneras de su cuerpo; conjuran la violencia y la vergüenza, y se reapropian del término zorra o perra para llevarlo con orgullo. ⁣⁣Avisados quedáis de que no saldréis indemnes de este libro.


Los extraños, de Jon Bilbao (Impedimenta)

libros de una Grinch de la NavidadDespués de ver unas insólitas luces en el cielo, una pareja que vive temporalmente en una casa de Ribadesella recibe la inesperada visita de un primo lejano y su secretaria. Ambos hechos podrían no tener relación, sino fuera por los acontecimientos inquietantes que se van sucediendo y el malestar que se va extendiendo en lo que parecía una agradable convivencia. Y es que ya se sabe lo que ocurre con las visitas no deseadas, que empiezan pidiéndote un pijama y acaban bebiéndose tu vino, seduciendo a tu marido y haciendo que te sientas un extraño en tu propia casa. Y todo ello sin violencia explícita ni amenazas directas, porque aquí lo que pone los pelos de punta es lo natural y cotidiana que parece esta invasión propia de los ladrones de cuerpos, y que el autor aprovecha para reflexionar sobre las crisis de pareja, la presión que supone la maternidad para las mujeres, la precariedad laboral y el miedo al otro, al diferente. 

La nouvelle de Jon Bilbao mezcla con maestría un misterio ufológico con la calculada inquietud de una home invasion, en un terreno tan reconocible para nosotros como es Asturias; ni siquiera una noche de sidras entre Spielberg y Haneke podría haber tenido un resultado mejor. 


La muela, de Rosario Villajos (Aristas Martínez)

libros de una Grinch de la NavidadEn el pequeño hueco que deja una muela al caer pueden tener cabida la soledad de vivir en un país extranjero, la precariedad laboral, las relaciones fracasadas, las decisiones equivocadas o el sentimiento de culpa por no ser una buena hija; y todo ello se puede empujar con la lengua hasta tragarlo y seguir adelante con una vida que no siempre es fácil, pero tiene destellos de luz, como este libro de Rosario Villajos. La autora nos habla con sinceridad y crudeza, pero también humor y dulzura sobre la experiencia de ser mujer y migrante en un mundo de trabajos precarios y pisos ruinosos compartidos. Para la protagonista, mujer blanca y relativamente privilegiada, vivir en el Londres pre-Brexit, pre-#metoo y pre-8M, supone conocer de cerca la pobreza, la discriminación, los abusos y las ETS. Su mirada a la contemporaneidad es amarga y, a ratos, autodestructiva, acentuada por una voz narrativa del futuro pandémico consciente de que las cosas aún se pondrán peor; y sin embargo, no puede ocultar el orgullo por la resiliencia que caracteriza a una generación en continúa crisis, que sigue resistiendo a pesar de todo y que sabe apoyarse en las personas que merecen la pena. Las dureza de la novela se ve suavizada con momentos de humor, fotonovelas y fotografías curiosas que inspiraron a la autora. Además, es fácil encariñarse con la protagonista y su hermana, alter ego de los gatos de Villajos, Moto y Miffy. 


La parábola del sembrador, de Octavia Butler (Capitán Swing)

libros de una Grinch de la NavidadEs el año 2020 y el agua se ha convertido en el bien más preciado y caro; los ricos viven en sus mansiones protegidas por altos muros y soldados, mientras la clase media sobrevive a duras penas compartiendo casa y cultivando alimentos, y una inmensa mayoría vive en la calle, donde ya no hay ninguna ley y robar o matar pueden ser las únicas formas de conservar la vida. Quizá no acertó en el año, pero Octavia Butler pudo ver con sorprendente lucidez el futuro hacia el que nos dirigimos si no cambiamos nuestro modelo productivo y de consumo.

En medio de este mundo que se derrumba, Lauren Olamina, una joven de clase media, empieza a dar forma a «Semilla terrestre», una fe en la que sostenerse para seguir adelante, basada en que el futuro de la humanidad se encuentra en las estrellas. A pesar del tufillo a secta ciencióloga y de los aires de líder todopoderosa de Olamina —que la propia Butler critica en la segunda parte de la novela, La parábola de los talentos, también publicado por Capitán Swing— la religión que nos plantea la autora cree en un dios que es cambio y progreso, cooperación y educación; una creencia que une a las personas frente a la irracionalidad del fascismo y el machismo. Se trata, por tanto, de un dios que se puede sustituir por sensatez, búsqueda del bien común o confianza en la ciencia, pero que resulta muy útil para unir a las personas en un objetivo superior a ellos, por el que merezca la pena colaborar y mejorar. 


El encaje roto, de Emilia Pardo Bazán (Editorial Contraseña)

libros de una Grinch de la NavidadPor si alguien aún tenía alguna duda sobre el feminismo de doña Emilia Pardo Bazán, esta antología de relatos es la mejor muestra de su reivindicación de los derechos de las mujeres. En ellos, la autora explora la violencia doméstica, el acoso sexual, la violación, el matrimonio forzoso, la dependencia económica de las mujeres, el deseo y la problematización de los diferentes roles asignados a mujeres y hombres; con estas historias rechaza las condiciones de dependencia y el maltrato que sufrían tanto las mujeres burguesas como las de las clases populares, criticando especialmente las leyes que obligaban a las esposas a seguir viviendo con un marido violento o que no permitían que nadie se interpusiera en el derecho del hombre a castigar a su mujer.⁣

Es cierto que algunas de estas mujeres se defienden y más de un hombre celoso y violento acaba con los huevos arrefalfados o plantado en el altar; sin embargo, esto no es lo común y, por miedo o por falta de recursos, muchas mujeres no encuentran la forma de rebelarse y acaban consumidas por el maltrato al que están sometidas, a veces físico, pero también psicológico.⁣ La sociedad tampoco se libra de las criticas de Pardo Bazán, que muestra su rechazo a los ideales de belleza, pureza y castidad que someten a las mujeres, pero no se aplican a los hombres. Resulta curioso que, casi dos siglos después, aún no hayamos avanzando tanto en estas reivindicaciones.⁣ 


En las profundidades, de Rivers Solomon (Cronofici)

libros de una Grinch de la NavidadSus madres fueron desechadas; tiradas por la borda por los esclavistas que las habían arrancado de su tierra para venderlas al mejor postor. Pero elles, sus hijes, sobrevivieron: se abrieron paso a través de la piel de sus madres y pasaron de respirar en el útero materno a hacerlo bajo el mar. La civilización que se originó y creció en las profundidades tuvo que enfrentarse al hecho de haber sido en algún momento una especie bípeda, que andaba sobre la tierra bajo la brillante luz del sol, y no una híbrida humane-pez, que sobrevive en la oscuridad del lecho marino; para ello, se decidió olvidar el pasado y designar a une entre elles depositaria de todo el conocimiento ancestral, de esta forma, el resto de la comunidad podía seguir adelante libre de dolor.

La obra afrofuturista de Rivers Solomon se basa en la canción «The Deep», del grupo Clipping, que parte de un hecho real —las mujeres embarazadas que fueron arrojadas al mar desde los barcos esclavistas—, para imaginar qué hubiera ocurrido si se hubiera formado una civilización en el fondo marino, totalmente alejada a la nuestra. El resultado es una interesante reflexión sobre el pasado, el racismo, la identidad, el género, la familia y las responsabilidades que implican la pertenencia a una comunidad. 


Tú también puedes tener un cuerpo como el mío, de Alexandra Kleeman (Gatopardo Ediciones)

libros de una Grinch de la NavidadLa novela de Kleeman es extraña e inquietante, transcurre en un mundo que nos resulta muy familiar, pero al que no podemos llegar a identificar como propio, porque algo no encaja en él y, a medida que avanzamos en la lectura, esa sensación se va volviendo cada vez más perturbadora.⁣⁣⁣ ¿El libro de Kleeman es una distopía? No me atrevería a afirmarlo; más bien creo que estamos ante un mundo paralelo, que recuerda a la habitación roja de Twin Peaks, con la diferencia de que Kleeman introduce una perspectiva feminista y anticapitalista en su historia.⁣⁣⁣ Llegar a ese mundo es como cruzar a través del espejo para ver nuestra realidad deformada y a nuestro yo desaparecer, mientras nos abordan multitud de preguntas: ¿Quiénes somos realmente? ¿Estamos influidos por la sociedad, por lo que comemos o por lo que compramos? ¿Siempre interpretamos un papel?⁣⁣

En el libro, la protagonista, a la que solo conocemos como A, cree que puede llegar a ser feliz si se convierte en lo que la sociedad espera de ella: una mujer guapa, delgada y complaciente. Pero en esa transformación, acaba perdiéndose a sí misma y viendo cómo sus rasgos se van difuminando hasta que su cuerpo podría pertenecer a cualquier otra persona, como por ejemplo, a su compañera de piso, B, un doppelgänger que, también en busca de su identidad, convierte a A en el espejo de todo lo quiere ser y desea. Ya veis que la historia de Kleeman es compleja, que pondrá a prueba vuestra atención para captar todas sus referencias y metáforas, pero os aseguro que este viaje al país de las maravillas merece la pena. 


Grandes esperanzas, de Kathy Acker (Malastierras)

libros de una Grinch de la NavidadWTF. Así me quedé después de leer la versión underground de Dickens de Kathy Acker, una escritora punk, con una creatividad explosiva, a la que debía importarle bien poco si tú o yo entendíamos lo que estaba escribiendo.⁣ Su libro Grandes esperanzas, que ha publicado la editorial Malastierras —un aplauso, por favor, para esta editorial que publica lo que nadie se atrevería a publicar—, es una auténtica locura: no tiene estructura —de hecho, la autora utiliza la técnica del cut-up, que consiste en recortar un párrafo al azar y reordenarlo para crear un nuevo texto— y el/la protagonista va cambiando de género, edad y pasado sin ninguna referencia aparente a lo largo de la historia.⁣ La escritura de Acker no da tregua: es sucia e incómoda; explora la pornografía —la autora es considerada la primera pornógrafa feminista—; la autodestrucción y el dolor en una historia en la que no hay lugar para la alegría o la esperanza.⁣

Os estaréis preguntando por qué os recomiendo este libro para vuestra wishlist navideña; lo hago porque es una obra que me ha fascinado, aunque haya sido de una forma morbosa e indecente, y porque creo que podéis disfrutarla si os dejáis arrastrar por el tsunami que era esta autora.


Agua dulce, de Emezi Akwaeke (Consonni)

libros de una Grinch de la NavidadEn este libro, Emezi Akwaeke recurre a una prosa poética y simbólica para hablar de su propia búsqueda de una identidad única, pero también libre, múltiple y cambiante; un «yo» indefinible en términos de normatividad social y cultural, que ha llevado a Emezi a identificarse en el plano espiritual con un ogbanje —en la cultura igbo, una colectividad de espíritus que se encarnan en niñes humanos y mueren antes de llegar a adultes— y en el mundo terrenal con una persona trans no binaria con múltiples personalidades. En la novela, estos espíritus son contradictorios y autodestructivos, se encuentran sedientos de sangre y exigen sacrificios en forma de ayunos, cortes en la piel y sexo compulsivo; impiden a la protagonista, Ada, encontrar su identidad, pero también son protectores y aparecen para bloquear traumas y acompañar en los momentos de duda y soledad. A través de la narración de estos espíritus, somos testigos de la depresión, los abusos, la anorexia, la culpa arraigada por una educación católica y la represión sexual, y cómo Ada deja todo atrás al aceptar su ser, ni masculino ni femenino, ni individual ni colectivo, siempre cambiante y en constante contradicción y evolución.

Agua dulce es una novela extraña, mágica, brutal, perturbadora, bella y necesaria para entender otras realidades.


 


Futuro Imperfecto #56: Cambio de mentalidad

Foto: Cordon Press.

Aunque la fecha de año nuevo sea una construcción mental humana, nos da una buena excusa para renovarnos. Será un proceso necesario en la era postcovid, cuyos cambios ya han comenzado. La última semana de 2020 nos deja avisos relevantes, y el mensaje de que estamos obligados a pensar de otra manera. Al menos si queremos mantenernos pegados al presente.

Amigos de los chinos

Xi Jiping, el presidente chino, ha avanzado en un proceso de inversiones que los más críticos llaman la «colonización» de África, donde China construye infraestructuras para su nueva ruta de la seda. Es parte de un plan de influencia económica, diferente del militar protagonizado por Estados Unidos desde la II Guerra Mundial, pero con el mismo objetivo: la hegemonía mundial. 

La era Trump ha facilitado que la Unión Europea avance en su independización de EE. UU., una propuesta muy defendida por el presidente francés Macron, y que ahora Alemania ve con buenos ojos. De hecho 2020 es el año límite para cerrar el gran acuerdo de inversiones de la UE con China, y está a punto de alcanzarse. Su objetivo es un mayor acceso de las empresas europeas al mercado chino, y la protección de las inversiones chinas en la UE. Esto implica para China no sufrir vetos como el que EE. UU. hizo al 5G de Huawei impidiéndole finalmente desarrollarlo allí

Joe Biden intenta presionar desde el otro lado del Atlántico para que la UE no alcance el acuerdo sin consultarle. Pero no llegará a tiempo de tener plenos poderes para presionar en contra, porque no los alcanzará hasta jurar su presidencia en enero. 

Por otra parte la batalla comercial parece perdida para EE. UU., y hasta Google está preparando un buscador adaptado a las restricciones del régimen chino, el Dragon Fly. Además los expertos en economía ya avisan de que China será la mayor economía del mundo cinco años antes de lo esperado, en 2028, gracias a la pandemia.

Confraternizar con un régimen no democrático

Si China ocupa el papel de EE. UU., o parte de él, como europeos nos veremos obligados a ser «socios y amigos» de un régimen totalitario de partido único y que no respeta los derechos humanos. Acaban de demostrarlo con la condena a la periodista Zhang Zhan, la cual se desplazó desde Shanghái para cubrir los primeros días de la epidemia de coronavirus en Wuhan. 

Su condena de cuatro años de cárcel se debe, según el tribunal, a haber propagado rumores, un término ambiguo en el que pueden entrar muchas conductas distintas. Pero que equivale a hacer propaganda contra el régimen comunista que gobierna el país para intentar derrocarlo, motivo para la severa sentencia recibida. Su agravante: haber concedido entrevistas a medios extranjeros. En uno de sus vídeos comprobamos —según la traducción de los comentarios— que la policía le advierte de que no debe difundir esta información. Zhan, que no era oficialmente periodista, sabía lo que se jugaba, porque en su país existe la censura previa de la prensa, y cualquier información publicada ha pasado el filtro de los funcionarios gubernamentales. Las condenas son frecuentes para quienes lo hacen fuera de los medios oficiales

Son casos análogos al de Li Wenliang, el oftalmólogo que alertó tempranamente sobre la covid, y fue acusado de propagar rumores. Diez días más tarde de su ingreso en el hospital, donde moriría a causa de la enfermedad, las autoridades chinas comprendieron que no era un virus que solo se transmitía por contacto con animales. El doctor Wenliang fue posiblemente la primera persona del mundo en entender que se nos venía encima una pandemia. Las autoridades de Wuhan no lo entendieron así, le reprendieron, y cuando se tomaron medidas los ciudadanos chinos de este área se enfadaron mucho. Si algo no toleran los chinos es la falta de eficacia de las autoridades en una crisis. Así que en Wuhan hubo investigaciones sobre los políticos al mando, y entre la opinión pública cundió la idea de que se había expedientado a los responsables.  

En su blog, el alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, ha reflexionado sobre el papel propagandístico de China y su campaña de desinformación sobre la covid. Cabe pensar por tanto que comerciaremos con los chinos teniendo muy claro cómo son, un concepto nuevo al que habrá que ir adaptándose.   

Comprender la economía dirigida china

Controlar el relato, en Wuhan y en general sobre el coronavirus, es importante para el presidente Xi Jinping, especialmente ahora que ha acabado diciembre y se ha presentado el plan quinquenal, que pondrá especial empeño en aumentar la influencia internacional china. Seguirá dando participación a las empresas privadas, siempre y cuando pueda controlarlas. Aquí está el origen de la investigación antimonopolio contra Alibaba, en realidad dirigida contra una de sus filiales, Ant Group. Esta empresa es una fintech que iba a protagonizar una de las mayores salidas a bolsa de la historia. Retiró su salida al parqué, y ahora está modificando su estrategia para contentar a las autoridades chinas. Otro concepto singular para Occidente, libertad económica y empresarial, con colaboración público-privada, pero solo hasta cierto punto.

En cuanto a si el partido comunista puede ser derrocado, y China cambiar de régimen, consideremos que las protestas y condenas como las citadas parten siempre de líderes que viven en las grandes ciudades. En el entorno rural un exitoso plan contra la pobreza ha garantizado la fidelidad al régimen del área más poblada del país. 

Comprender a China no es aceptarla ni rebajar nuestro sentido crítico, pero esa influencia económica pronto se traducirá en cultural, y será necesario entenderles bien, a riesgo de caer en su propaganda. Al fin y al cabo durante mucho tiempo creímos en el American Way of Life, aspirando a tener algo similar. 

Y en casa, reformar una monarquía meh

Defensores y detractores de la monarquía tienen que coincidir en que un rey español no puede delinquir, y menos aún refugiarse en la inviolabilidad constitucional para hacerlo. Nuestra paradoja es que esta parece una idea revolucionaria o republicana en boca de Podemos y del independentismo vasco y catalán; una aspiración imposible entre los políticos conservadores; y causa rechazo a grandes sectores del PSOE.

No sabemos qué piensa mayoritariamente la ciudadanía, el CIS no lo pregunta.

Pero dado que el fraude fiscal no está generalizado en el país, es fácil concluir que nos desagradan las sospechas, o evidencias, de lo defraudado por el rey emérito cuando la gran mayoría cumplimos con Hacienda.

Deberíamos cambiarlo, y parece que ahora Pedro Sánchez abre la vía a reformar el aforamiento del monarca, donde está el fondo de todo el problema, que además tendría un encaje sin reformar la Constitución mediante una ley de la Corona. Carmen Calvo ha confirmado que cualquier cambio se hará conjuntamente con el rey Felipe VI. Ya se habla incluso de un posible pacto PSOE-PP en esta legislatura con ese objetivo. En cuanto a preguntar a la ciudadanía, seguimos en la línea del CIS.

Los nanoplásticos no son inofensivos

La presencia de partículas de plástico, nanoplásticos, se ha detectado en el agua de los mares, en la carne de pescados y moluscos, y también en la de animales de granjas que consumimos habitualmente, así como en frutas y verduras.

Eliminamos el 90 % a través de nuestras heces, también llenas de plástico, pero conservamos un 10 % en nuestro intestino. Ahora una investigación de la Universidad Autónoma de Barcelona, UAB, identifica sus efectos nocivos en la salud. Lo que han comprobado es que en moluscos, peces y crustáceos los nanoplásticos alteran la microbioma, el conjunto de flora intestinal de la que depende el sistema endocrino, nervioso e inmunitario. 

La similitud entre los sistemas de las especies estudiadas con los de los humanos permite prever que estamos ante un problema sanitario de gran magnitud y repercusiones aún desconocidas. Porque a principios de diciembre confirmamos algo más: también meamos plástico

Estos hechos aumentarán la importancia de numerosas investigaciones en marcha para identificar organismos que pueden consumir de forma natural del plástico, y erradicarlo del medio ambiente. En la universidad de Stanford se descubrió que los gusanos de la harina pueden alimentarse de varios tipos de plástico, incluidos los PEX tóxicos, sin efectos nocivos. Su metabolismo sintetiza las toxinas y las elimina sin que el insecto muera. Más interesante aún fue el hallazgo de bacterias que no solo consumen plásticos, sino que procesan sus elementos generando un desecho metabólico ecológico. E inquietante el hecho de que un crustáceo común en las aguas dulces europeas pueda acumular en días una gran cantidad de microplásticos. 

La convención internacional para prohibir la exportación de plásticos a terceros países (hacer de países pobres nuestros basureros) prevé que las islas de plástico oceánicas desaparezcan en cinco años. Este avance político indica que comenzamos a comprender la amenaza.

La tercera ola es natural y viene fuerte

La variante británica de la covid-19 es el proceso natural de adaptación de un virus a un ser vivo. El coronavirus, gracias a estar tan presente en todo el mundo, se ha hecho un 70 % más efectivo, o por decirlo de otra manera, mucho más contagioso. Eso quiere decir que a medida que nos vacunemos —en principio con la misma eficacia ante esta variante— también más personas se contagiarán, sobre todo los niños, más sensibles a esta cepa.

Como la variante detectada en Reino Unido ya está en Madrid, Andalucía, y en varios países europeos parece posible que la tercera ola aumente su virulencia, sobre todo en la vuelta al cole tras las vacaciones. Mallorca es el primer ejemplo. Posiblemente tengamos que hacer más estrictas, otra vez, las medidas de autoprotección personales —mascarilla, lavado de manos, distancia— y quizá los confinamientos parciales o totales. Cuanto antes nos mentalicemos, mejor.

Ver rostros siempre con mascarilla está alterando nuestra mente

Cuando miramos a los demás a la cara nuestro cerebro identifica las emociones del otro, su estado de salud —muy relacionado, perceptivamente, con la simetría y la belleza— y le añade aprendizajes sociales, incluidos prejuicios, como etnia o procedencia.

Es un proceso que nos interesa instintivamente desde que somos bebés, y resulta fundamental al socializarnos y desarrollar nuestra vida adulta. Por eso resulta especialmente relevante este estudio, que analiza las modificaciones producidas por el uso continuado y global de mascarillas.

De sus experimentos se deduce que esta prenda altera la percepción holística, parte fundamental del reconocimiento y análisis de rostros, generándonos una incapacidad perceptiva. La consecuencia es una menor sensación de sentirse unido a tu grupo social, y menos confianza en la capacidad para relacionarse con otros. Falta determinar, y así concluyen los investigadores, las implicaciones sicológicas. Pero no es difícil aventurar que el incremento de dolencias mentales por el aislamiento característico de esta pandemia pueda tener aquí un vector más de expansión. Sobre todo porque al menos en 2021 habrá que seguir usando la mascarilla.

Nos toca cambiar de mentalidad, e intentar conservar la cordura.


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Las formas de la Navidad en el Polo Sur

Los miembros del equipo de Scott en el Polo Sur, el 18 de enero de 1912. De izquierda a derecha, de pie: Oates, Scott, Wilson; sentados: Bowers, Evans. Foto preparada por Bowers. (DP)

Todos saben que, si se quiere tener éxito, cualquier expedición a la Antártida debe llegar en diciembre, en medio del día que parece eterno. Porque acá todo gira con el sol: de octubre a febrero permanece totalmente a la vista sobre el horizonte, incluyendo un día, el 21 de diciembre, en que el solsticio de verano lo deja ver girando durante veinticuatro horas sin perder ni ganar ni un solo grado en su recorrido. La imagen debe ser imponente. Después vendrá la noche perpetua del Polo Sur, de abril a agosto, cuando el sol desaparece por completo tras el horizonte.

Durante siglos este continente fue solo una intuición, durante años fue visto de lejos y rodeado, en el siglo XIX llegaron barcos exploradores y científicos, también balleneros y loberos que buscaban la grasa que se había terminado en el ártico. Pero recién a principios del siglo XX la humanidad se aventuró en esas tierras del continente más alto del globo, el más desértico, el más frío, el más hostil. En 1838 Edgard Allan Poe escribió un relato en el que la Antártida incluía aldeas, árboles, frutos, caníbales y una criatura blanca que Julio Verne retomará en La esfinge de los hielos; las expediciones reales más la fantasía fueron dando forma al imaginario de la época sobre esa tierra ignota. Cien años después, Howard Phillips Lovecraft contó la historia de unos científicos que quedan atrapados entre lo natural, lo sobrenatural y lo cósmico. Están en la Antártida, ese lugar donde el silbido del viento conjuga los millones de años del planeta con los miedos humanos. Hoy solo existen dos actividades: ciencia y turismo; una se practica de cerca y otra con distancia fotográfica. En el medio hubo un período de tiempo, que no duró más de cincuenta o sesenta años, en el que la humanidad se abalanzó sobre la Antártida con expediciones, exploradores, refugios, naufragios y rescates, también con carreras de conquista para ser los primeros en conseguir algo en una tierra virgen. Todos intentaron que ella revele sus secretos.

La Navidad de 1910

La historia de la vida primigenia en este desnudo reino del hielo y de la muerte es de la máxima importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Es de todos sabido que el continente antártico fue en otros tiempos templado y hasta tropical, que estuvo cubierto de espesa vegetación y fue rico en vida animal, cuyos únicos supervivientes son los líquenes, la fauna marina, los arácnidos y los pingüinos del borde septentrional.

H.P. Lovecraft, En las montañas de la locura

Durante aquel verano el capitán Scott, inglés él y todos sus tripulantes, estaba llegando por segunda vez a la Antártida en una expedición que había partido seis meses antes de Inglaterra. Su objetivo es llegar al polo. Diciembre ya está avanzado y el capitán mira con preocupación desde cubierta los bloques de hielo que no les permiten avanzar. Pasan días enteros sin moverse, la nave está atrapada e inmóvil y, cuando algo por fin se destraba, se desplaza de acuerdo a la voluntad de los hielos y no de su timonel. Todo resulta imponente: no pueden creer la altura de esos bloques blancos, el porte de los pingüinos, el color de las focas, el tamaño de las ballenas. Los hombres registran todo con el cinematógrafo que trajeron para que en Londres puedan verlo a la vuelta.

Las calderas están consumiendo el carbón de a toneladas y ellos siguen ahí mirando el barómetro, escuchando los quejidos del hielo, sus silbidos al deslizarse contra el barco, arremetiendo y retrocediendo contra los bandejones, la hélice se agita en el agua, impotente. Esto no va a ningún lado. El barco parece un ser vivo librando una batalla formidable por su vida y a bordo vienen unas sesenta personas: oficiales, científicos y tripulantes que fueron elegidos entre unos ocho mil voluntarios. Todos los que se embarcaron, por su propia determinación, formaron parte de lo que se conoció como El peor viaje del mundo, con el libro escrito por Apsley Cherry-Garrard, un hombre de veinticautro años enrolado como zoólogo adjunto. La historia es conocida: cuando Scott y cuatro acompañantes lleguen al polo se encontrarán con la bandera noruega enclavada donde pensaban poner la inglesa porque Roald Amundsen les había ganado de mano por treinta días y cuando ellos intenten hacer el camino de vuelta morirán de hambre y de frío en una tienda. Pero para eso falta mucho, sobre todo en un lugar como este, donde el tiempo parece medirse de otra manera, de un modo más primitivo, siguiendo los vaivenes del sol.

Ahora están en el barco, esta será la primera de las tres Navidades que pasarán acá y, definitivamente, será la mejor. Decoran la sala de oficiales con banderas, celebran el oficio religioso, cantan himnos navideños y comen cordero que trajeron de Nueva Zelanda porque, aunque tienen carne fresca de pingüino de sobra, no la consideran lo bastante buena para una comida navideña.

No creo que muchas personas pasaran en casa un día de Navidad tan placentero como nosotros. Teníamos una calma maravillosa, y la banca de hielo nos rodeaba por todos lados.

Durante tres días no dejó de soplar la borrasca y pensaron que estarían ahí para siempre pero los cambios acá —pronto lo comprobarán— son tan repentinos como imprevistos y cuando salió el sol todos fueron a cubierta, vieron más agua que hielo a su alrededor y empezaron a sentir el movimiento del barco otra vez. Durante la Nochevieja la campanilla del comedor anunció que ya estaban en 1911 y en el horizonte vieron aparecer una columna de humo: es el Erebus, el volcán con un lago de lava permanente en su interior que a veces está en reposo y otras no —su última erupción fue en marzo de 2020— y es la encarnación de todos los contrastes de la Antártida, de toda la fuerza de su naturaleza.

Llegaron. Ya mismo deben aprovechar el buen tiempo y conseguir el mejor lugar para la construcción de una cabaña donde pasar el invierno. Durante diecisiete horas bajaron y transportaron todo lo que traían en el barco: diecinueve ponis, treinta y tres perros encadenados, cajas para el laboratorio, ovejas congeladas, dos toneladas y media de gasolina en bidones, tres trineos de motos, comida para ellos, comida para ponis, comida para perros, queroseno, medicamentos y muebles para la cabaña en la que vivirán veinticinco hombres durante el invierno. El carpintero armó un lugar espacioso: más de quince metros de largo y siete de ancho con aislante de algas, cocina, fogón, tuberías, conducto de ventilación, chimeneas y entradas de aire.

Hicieron sus primeras excursiones y pronto descubrieron que, lejos de ser una monotonía blanca, la Antártida siempre está cambiando de color y que los días completamente blancos son excepcionales: la roca negra que queda al descubierto con los vientos del sur, la nieve se va tiñendo de rosa, azul cobalto y todas las gamas de lilas y malvas, las auroras en el cielo, los colores del mar y sus reflejos azules o verdes. Todo se ve impecable y el mundo parece más limpio que en otros lados, y más difícil. Salir de la rutina de galletas y sardinas en el desayuno no es fácil y cuando quieren comer unos riñones fritos pronto descubren que una navaja no alcanza para matar una foca.

Si uno va a cazar focas necesita un palo grande, una bayoneta, un cuchillo para descuartizar y una chaira, es una tarea horrible pero necesaria.

También aprenden que el tiempo de la naturaleza y la naturaleza del tiempo son diferentes: acá el tiempo empuja hacia adelante, sin esperar a los hombres, con una lentitud y una circularidad que se hacen palpables. El verano duró un suspiro. El paisaje y los colores que hace días los maravillaban pasaron a ser cosa de todos los días y aprendieron pronto que la familiaridad genera desdén. La primera vez que el termómetro marcó -40° con el sol todavía en el horizonte supieron que lo que venía iba a ser más duro de lo que pensaban. En abril se hizo de noche y lo que queda es pasar el invierno: harán falta libros, chocolate y una enorme paciencia. Tienen el gramófono y los discos, el ajedrez, el backgamon y las damas, también las cajas de vino que, como una mampara, separan dos ambientes: a medida que van tomando las botellas, las cajas abiertas por uno de sus costados se van vaciando. La noche es larga, el correo llega una vez al año y se está más solo que en cualquier otro lugar. El sol volvió a salir el 23 de agosto.

Scott escribiendo su diario en la cabaña del cabo Evans durante el invierno de 1911. Fotografía de Herbert Ponting. (DP)

La Navidad de 1911

Será difícil disuadir a otros de que se dirijan hacia la inmensa blancura del sur, y algunas de nuestras tentativas puede que perjudiquen directamente nuestra causa al estimular el deseo de saber. Debimos suponer desde un principio que la curiosidad humana no muere.

H.P. Lovecraft, En las montañas de la locura

Ya hablamos de lo que pasa con el sol en esta parte del globo, por eso, en cuanto llegó la primavera, los hombres empezaron a movilizarse en grupos para preparar la expedición al polo. Salen tres equipos de cuatro personas: arrastran setenta kilos por hombre, deben dejar raciones de comida en unos depósitos que van marcando con una caña de bambú y una bandera roja. Así se pasan toda la primavera, yendo y viniendo para posibilitar la llegada al polo; mientras tanto sufren tormentas, frío, hambre, se comen las raciones que debían dejar, los ponis se van muriendo uno a uno. Cuando el 1 de diciembre arman el último depósito, a lo previsto le agregan también unas raciones de carne de poni que resultó ser dura y dulce.

Todas las raciones habían sido concebidas para que con ellas pudieran alimentarse cuatro hombres durante una semana: 480 gramos de chocolate, 360 de carne desecada, 15 de cacao, 90 de azúcar y 24 de té, un poco de cebolla en polvo y sal. Cargamos asimismo 18 latas de queroseno, dos latas de alcohol y unas cuantas viandas que Bowers había empaquetado para Navidad.

En este lugar, cuando el frío y la oscuridad dejan de ser un problema aparecen otros: las altas temperaturas que derriten y mojan todo, las piernas se hunden en la nieve, los trineos no avanzan, pero lo peor es el resplandor: ya es otra vez 21 de diciembre y el sol no da descanso a los ojos. Usan hojas de té, pastillas de sulfato de cinc y cocaína para aliviar el dolor con compresas.

La rutina diaria consiste en arrastrar los trineos durante nueve horas: cinco por la mañana, de siete y cuarto a una del mediodía, y cuatro por la tarde, de dos y media a seis y media.

A esta altura lo último que falta es que el capitán Scott elija a los hombres que lo acompañarán en el último tramo y defina algunas cuestiones técnicas. Escribe en su diario:

24 de diciembre. Voy a ir con los tiros de perros más lejos de lo que tenía pensado en un principio. Puede que los perros tarden en volver, que no estén en condiciones de seguir trabajando o, sencillamente, que no vuelvan.

La Nochebuena se acuestan en las tiendas muy temprano después de horas de caminata y días iguales por delante. La mayor preocupación son las grietas que se esconden bajo la nieve, es muy fácil caer y quedar colgado de un arnés. Uno de los hombres está suspendido en el aire, es Navidad y también su cumpleaños. Estuvo colgado más tiempo de lo que cualquiera hubiera querido, tuvo principio de congelación en la cara y en las manos, no puede valerse por sí mismo y lo rescatan con cuerdas varias horas después.

Hoy es Navidad, y el día no ha estado nada mal. Hemos caminado 15 millas por una superficie muy cambiante. Al principio estaba surcada de grietas en muy malas condiciones; muchas veces no sabíamos cómo salvarlas. He tenido la mala suerte de caerme en una de ellas, pero, tras sufrir un tirón, me he quedado suspendido del arnés. No ha sido una sensación agradable, por supuesto, sobre todo si se tiene en cuenta que hoy es Navidad y mi cumpleaños. Como estaba dando vueltas en el vacío, he tardado unos segundos en aclararme las ideas y hacerme cargo de dónde estaba. Ciertamente no se trataba del país de las hadas.

Después hablan del atracón de la noche: carne desecada, galletas, pastelillos de chocolate, pudín de pasas, jengibre confitado y cuatro caramelos para cada uno. Hasta la próxima Navidad se han acabado los dulces. El 4 de enero pega la vuelta el último grupo de regreso y Scott manda un mensaje:

Por fin puedo escribir una nota en una situación esperanzadora. Creo que no va a haber ningún problema. El equipo que sigue adelante es excelente, y los preparativos van sobre ruedas.

Para principios de febrero todos los hombres habían regresado y tenían la certeza de que Scott había alcanzado el polo; ahora les resta esperar. Aprovechan el tiempo para revisar el correo y saber qué pasó en el mundo en este último año, pero no hay demasiado: un dirigible cruzó por primera vez el canal de la Mancha y, en medio de una gigantesca huelga de marineros, ha asumido un nuevo rey en Inglaterra. Mientras tanto, acá el verano se está terminando y deben apurar los viajes a los depósitos con provisiones para los exploradores que están volviendo del polo. Salen grupos con suministros y a veces tardan en volver, alistan otros grupos para buscarlos, el sol está cada vez más bajo y ya resulta muy raro que nadie se haya topado aún con Scott y los otros: siempre hay alguno que cree divisarlos pero es una foca, una roca, una cresta, un espejismo, un deseo que no se basa en los hechos. Por la altura del año es imposible que vuelvan.

Aquel 21 de abril en el que vieron el sol por última vez tenían este panorama: hay seis socorristas que no lograron volver, quizás están con vida en un refugio, y hay cinco hombres que fueron al polo y lo más probable es que estén muertos. Un día no hubo más esperanza: «Tenemos que aceptarlo. No hay ninguna probabilidad de que vuelva el grupo del polo».

Los que quedan van a pasar en la cabaña un segundo invierno que llegó con una sencillez taoista. No hay registro de que estos británicos conozcan al Tao, ese camino por el que todo fluye, manteniendo las cosas del universo en orden y equilibrio, sin embargo hay algo en este invierno austral que los obliga a la no acción. Solo que esto no se parece a la armonía con la naturaleza sino a una capitulación. Están vencidos.

Después de un temporal de seis semanas que no los dejó poner un pie afuera creyeron volverse locos, como los personajes de Lovecraft, de todos modos saben que son los más afortunados y, cuando esto termine, deberán salir a buscar a los demás. De acuerdo a lo previsto, ya deberían estar en Londres hace meses, pero ese plan de viaje parece que ocurrió en otro mundo, en uno en el que los días y las noches, los meses y los años se rigen por unos relojes y un calendario.

Y otra vez se volvió a ver el sol.

Recuerdo ahora la dicha de un día de agosto, cuando el sol asomaba por el borde del glaciar Barne y mi sombra se recortaba con nitidez sobre la nieve.

La Navidad de 1912

Dejamos atrás el último indicio de regiones polares y dimos gracias al cielo por haber salido de un territorio embrujado y maldito en que la vida y la muerte, el espacio y el tiempo habían formado oscuras y blasfemas alianzas en las épocas ignotas en que la materia serpenteó primero y nadó después sobre la corteza apenas enfriada del planeta.

H.P. Lovecraft, En las montañas de la locura

La primavera los lanzó a la nieve y a medida que avanzaban fueron viendo todo lo que había cambiado en un año: los perfiles, las ondulaciones, los campamentos y depósitos, nada está donde indica el mapa sino donde la Antártida quiere. Todo se está moviendo: lo que parece suelo firme es en realidad un bloque sólido sobre una base inestable, a veces agua, a veces vacío. En la superficie, el viento y la nieve cambian los contornos y nada es lo que era. Un grupo encontrará a los vivos y otro a los muertos.

Pasaron ocho meses desde que murieron en esta tienda, pero la Antártida también hace estas cosas: la muerte no luce igual que en otros lados y todo está intacto. Los objetos alrededor estaban ahí como si hubieran nacido para componer el cuadro: la lámpara, el tabaco, la pluma, el diario.

Jueves, 29 de marzo.

Desde el día 21 hemos tenido un vendaval del oeste y del suroeste que no ha dejado de soplar en ningún momento. El 20 nos quedaba combustible para preparar dos tazas de té para cada uno y la comida justa para dos días. No ha habido día en que no hayamos intentado salir en dirección a nuestro depósito, que se encuentra a 11 millas, pero fuera de la tienda lo único que se ve es un remolino de nieve. Creo que ya no podemos esperar que mejore la situación de ninguna manera. Aguantaremos hasta el final, pero estamos cada vez más débiles, por supuesto, y ya no debe de quedarnos mucho.
Me parece una lástima, pero creo que no puedo seguir escribiendo.
R. SCOTT

Cuando terminaron de recoger todo enterraron a sus muertos y volvieron a la cabaña a esperar que un barco los lleve de vuelta a casa. No hay registros sobre la Navidad de ese año.

Es 17 de enero de 1913 y hoy se cumple un año del momento en que Scott y sus compañeros clavaron la bandera inglesa al lado de la noruega y se sacaron una foto, pero eso ya no importa. Lo que a estos hombres les preocupa ahora es lo que va a hacer el sol, porque el barco no ha aparecido aún y todos sabemos que el mejor momento para llegar a la Antártida es en diciembre.

El 17 de enero, al ver que seguía sin haber señales del barco, decidimos prepararnos para otro invierno. Racionaríamos los alimentos; cocinaríamos con queroseno, ya que prácticamente se había acabado el carbón, y mataríamos focas para conservarlas.

En cuestión de horas todo cambió porque el horizonte dejó ver al barco que se acercaba y entonces supieron que por fin iban a salirse de ese círculo en el que habían quedado atrapados. Lo que el narrador del libro más recuerda es la manzana que encontró a bordo y esa sensación de no querer otra cosa.

Ahora, entre el vals que suena en el gramófono, la cerveza de la cena, las manzanas y verduras frescas, la vida es más soportable que durante todos los meses y semanas de fatiga que he pasado. No me pesa marcharme del cabo Evans: no quiero ver este lugar nunca más. Los malos recuerdos empañan los dichosos.

Con la música de fondo revisarán las cartas y los periódicos, leerán las noticias del año que pasó que incluyen un barco gigante zarpando de Inglaterra y después hundiéndose en el Atlántico y la novedad de que el explorador noruego Roald Amundsen había llegado al polo sur el día 14 de diciembre de 1911.

Tumba de hielo de Scott, Wilson y Bowers (1913). (DP)


Los fragmentos incluidos corresponden al libro El peor viaje del mundo. La expedición de Scott al Polo Sur, de Apsley Cherry-Garrard, con prólogos de George Seaver y Paul Theroux.

Título original: The Worst Journey in the World
Apsley Cherry-Garrard, 1922
Traducción: Daniel Aguirre Oteiza, 1999
Editor digital: Titivillus


Futuro Imperfecto #55: Así será 2021

Mad Max: Fury Road. Imagen: Kennedy Miller Productions.

El profesor de la Universidad Nacional de Singapur, Song Zhaoli, y su estudiante de doctorado Alex Fergnani se han visto ciento cuarenta películas de ciencia ficción. Lo que les convertiría en poco más que un par de frikis, de no ser porque han extraído un estudio, a partir de ellas, sobre los posibles escenarios de problemas emergentes. Algo que ayude a las empresas a tomar mejores decisiones de futuro. Sus conclusiones son que existen seis escenarios de crisis, arquetipos en los que cualquier empresa se puede ver involucrada. Extrapolando sus ideas a 2020, hemos estado en algo entre Mad Max y Mensajero del futuro, o sea, del arquetipo «mundos perdidos», cuando un evento catastrófico ya ha sucedido y se producen las transformaciones globales. El coronavirus ha cambiado además nuestro mundo, y hay varias tendencias que van a consolidarse y continuar en 2021.

Será el año del cibercrimen

Esta noticia del mes de diciembre nos informó de una operación policial en Altea, Alicante, contra la mafia rusa que incluye la detención del hacker que robó mil millones de dólares en bitcoins. Fue el cerebro programador de varios programas informáticos con los que su red era capaz de tomar el control de sistemas bancarios con los que operaban cajeros de forma remota, alteraban saldos de cuentas bancarias y realizaban transferencias.

Además de este hacker, la organización criminal había logrado infiltrarse en la Administración española, implicando a funcionarios, políticos, empresarios y hackers españoles. Hay veintitrés detenidos. Durante años han blanqueado dinero, realizado tráfico de influencias y practicado sobornos, consiguiendo escapar de investigaciones policiales y jueces. El objetivo final era controlar sectores clave de la economía española.

Este gran éxito es infrecuente, de hecho prácticamente la totalidad de este tipo de delincuentes quedan impunes en España, principalmente porque faltan cuerpos de seguridad con preparación exhaustiva, y mucho tiempo de análisis e investigación. En la última década estos delitos se han multiplicado por cinco en nuestro país. Nada extraño, dado que ser ciberdelincuente aquí es, al parecer, fácil, barato y muy rentable

La amenaza es global, crece en todo el mundo, y tiene una enorme envergadura. El 13 de diciembre el Tesoro estadounidense revelaba que todas sus comunicaciones electrónicas habían sido interceptadas por hackers rusos… desde el pasado marzo, aunque se habían dado cuenta ahora. Justo cuando carecían de director, porque apenas un mes antes Trump despedía al encargado de la agencia de seguridad informática nacional por asegurar que no había habido fraude electoral.

Actualmente no sabemos mucho más, porque el asunto está siendo investigado por el FBI y otras agencias federales, pero dado que interceptaron el Tesoro puede que los datos obtenidos hayan servido a los intereses de países competidores durante meses. Este caso, el español, y el espectacular aumento del cibercrimen en América Latina durante el tercer trimestre del año darán que hablar en 2021. Porque, recordemos, la pandemia nos ha pasado masivamente al online

El de la internet cuántica

La necesidad de desarrollo de una internet cuántica deviene precisamente de la tendencia anterior. A diferencia de la comunicación habitual entre ordenadores, la cuántica haría mucho más difícil desencriptar un mensaje, y posiblemente acabaría con los hackers. Este avance resulta fundamental para las transacciones financieras y para las comunicaciones de seguridad militares y gubernamentales. De hecho Estados Unidos desveló este año cómo trabaja en su propio proyecto de una internet de este tipo.

Que esto fuera posible dependía de lograr la teletransportación cuántica, algo parecido a lo que hacen en Star Trek pero en el ámbito de las partículas. Pues bien, este mes de diciembre se han publicado los datos del experimento que lo ha logrado. Sus científicos aseguran que a partir de él comenzarán a construir la primera red de internet cuántica en Chicago. Es el principio del fin del cibercrimen.

Y quizá el de las armas biológicas

La idea de que el coronavirus fue creado en un laboratorio no es absurda, sino demasiado avanzada. Cuando apareció, todavía no podíamos. Pero las investigaciones que han llevado a la vacuna de ARN sí permitirían modificar virus existentes —como la olvidada viruela— sobre una base de ADN sintético. De hecho en el MIT lo consiguieron el pasado mes de mayo, reconstruyendo el covid-19 con esta técnica de genética reversa. La consecuencia es que muy pronto podrá distribuirse comercialmente la base de ADN sintético para investigaciones en cualquier pequeño laboratorio. Y crear algo como el coronavirus para que sea un arma química. Es quizá una amenaza tan grande como las bombas nucleares, y necesitará una regulación legal mundial ya.

Antivacunas y pobreza amenazarán la inmunidad de grupo

La vacunación obligatoria puede acabar siendo una necesidad en los países occidentales. Porque la noticia no está en el crecimiento del número de ciudadanos que sí querrían ser vacunados, sino en los que se niegan: un 42% en EE. UU., un 47% en España según el CIS, el 90% de los franceses (un país bastante antivacunas) y el 59% de los alemanes (donde, por cierto, a medida que se avanzaba en conseguir la vacuna eran menos los que querían ponérsela). 

En el mejor de los casos, y si a final de 2021 hemos vacunado a los países más desarrollados (EE. UU., la UE, China, Japón, etc.) nos queda por saber qué pasará en los más pobres. De momento el 13% de la población mundial ha reservado la mitad de las vacunas. Hay una siniestra oportunidad económica en recuperar el turismo en países sí vacunados y eliminar la competencia de los que no. Pero a la vez si no pagamos la factura desde aquí el virus puede volver de vuelta desde esas regiones, mutado y más letal. 

Amenaza una nueva crisis económica

No la actual, ni la generada por la pandemia. La mayor amenaza para 2021 es, según los economistas, que la inmensa deuda que se ha contraído a nivel global para impulsar el crecimiento no funcione. De hecho ya no funciona como antes, el endeudamiento ya no aumenta la riqueza ni la productividad. Lo que no impedirá que el tsunami de deuda siga haciéndose más y más grande

En cierto modo la deuda es ahora un patrón oro, respalda el dinero en circulación, y para que no nos ahogue la UE ha creado un plan, basado principalmente en modernización hacia energías verdes. En España lo hemos adoptado, y es la base del plan del gobierno, pero la pregunta es si funcionará. Nuestro país será un escenario que analizar atentamente, porque tenemos que crear nuevos sectores que generen riqueza. Algunos de los tradicionales desaparecerán definitivamente (como el ladrillo) y no sabemos cuándo o cómo volverá a ser el turismo. 

Como amenaza complementaria está la desintegración de la clase media, que venía de antes y en 2020 se ha consolidado, constatándose que ha dejado de crecer. Dado que nuestra economía está basada desde hace setenta años en el endeudamiento y consumo de una gran parte de la población (la clase media), si esta no recupera su poder adquisitivo puede que la economía en general no sea capaz de rehacerse

Populismo y algoritmos, las otras caras de la amenaza económica

Por sus posibles repercusiones es muy interesante esta modelización hecha por científicos sobre la conexión entre los movimientos populistas, el crecimiento de la desigualdad y las crisis económicas. Sus conclusiones son que será cada vez más difícil convencer a las sociedades de que el trabajo en común conduce a la mejora de todos. 

Y también el «descubrimiento» de que hay muchos algoritmos implementados en los servicios sociales de los países que deciden sobre otorgar vivienda de protección, comida o servicios básicos a los más pobres. No es un problema que la máquina decida, sino que su proceso de decisión es opaco, y al parecer está dirigido a negar cualquier prestación. 

El año de la gran hambruna

Debido a la crisis económica que produce el covid, América Latina ha visto crecer el número de personas que pasan hambre, las cuales suman ya cuarenta y ocho millones. CEPAL, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU, prevé que la pobreza aumente hasta los niveles de 2005. 

La hambruna derivada de la pandemia sumada a condiciones previas ha comenzado ya en cuatro países: Yemen, Sudán del Sur, Nigeria, y Burkina Faso. Se prevé que a principios de año entren en esa situación otros dieciséis, entre los que se encuentran Siria, Venezuela, Afganistán, Haití o Líbano. Morirán por millones, y esto por una razón. No basta enviar o distribuir alimentos, los problemas de fondo, arrastrados durante años, y sumados al coronavirus, serán devastadores. 

Querremos desconexión digital y laboral

El teletrabajo ha venido para quedarse, no como sustituto de un trabajo que hubo que hacer forzosamente en los hogares. Sino como expansión de una forma de ganarse la vida que ya existía, y que ahora alcanzará a grandes masas de población laboral. La pregunta es cuánta gente se quemará en el camino. 

Que jefes y empleados aprendan a desconectar será una habilidad necesaria e imprescindible en 2021. Nos lo contaba Mar Cabra, una periodista cuyo éxito con la investigación de los papeles de Panamá la llevó al Premio Pulitzer. Una carrera meteórica que solo podía seguir en ascenso, si no fuera porque de repente el agotamiento y la incapacidad la impidieron seguir. Ella misma lo cuenta, había alcanzado el burnout, principalmente por la hiperconexión y ahora dirige un curso de desconexión y gestión del estrés gratuito para periodistas. 

El otro posible avance será la semana de cuatro días. Ya ha avisado el ministro Escrivá que en España no hay margen para implantarla, tenemos demasiado paro. Mensaje para Pablo Iglesias, que la considera una posible generadora de empleo. Es algo que también reivindica la izquierda alemana, aunque los expertos avisan: solo es posible si se aumenta la productividad. Menos tiempo para generar más producto. Empresas pioneras españolas ya lo están haciendo, incluso en la hostelería, con buenos resultados. Se retiene el talento, se mejora la productividad y además parece lógico seguir avanzando hacia el futuro, desde un pasado en que las jornadas eran de dieciséis horas (siglo XIX) en vez de ocho. Incluso puede ser una fórmula para evitar despidos. Unilever, en Nueva Zelanda, la está probando. Y esa es la lección más importante. Tenemos que ver para quién, dónde y en qué sectores funciona. 

Acelerará con Biden la carrera espacial por la Luna

Cuando la populista retórica de Trump se olvide y la historia se centre en su legado, reconocerá como uno de sus mayores logros haber dado un nuevo impulso a la carrera espacial. La NASA se encuentra en su mejor momento gracias a una combinación de recursos, otorgados por un generoso presupuesto, y la colaboración con empresas privadas. Al menos ese es el mensaje que ha dirigido la Secure World Foundation en su informe a la administración Biden.

Objetivamente el logro no es solo de Trump, quien ha aprovechado el trabajo de administraciones previas, como la de Obama. Los logros se traducen sobre todo en la comercialización de los cohetes de despegue, con el hito de SpaceX como primera empresa privada capaz de llevar astronautas a la ISS. Entre otros muchos logros

Pero eso ha sido lo fácil. El siguiente objetivo, la exploración de la Luna, plantea serias dudas. EE. UU. ya no está en disposición de dominar el satélite, por lo que se ha apresurado a hacer firmar los Acuerdos Artemisa, un código de buenas prácticas para explotar los recursos lunares. Rusia, principal socio de la NASA, no los ha firmado, y China tampoco se ha unido. 

El país asiático acaba de recuperar su cápsula con muestras lunares, la Chang’e 5 (diosa lunar), demostrando que se ha colocado a la altura tecnológica de EE. UU. y Rusia, los otros dos únicos países que han traído muestras de rocas del satélite. Este avance preocupa extraordinariamente al jefe de operaciones de la U.S. Space Force (no confundir con la serie) y hace prever que la carrera espacial por la Luna siga su curso, con especial empeño de la administración Biden en no quedarse atrás frente a China.

Aunque todo está por decidir

Y esa es sin duda la mejor tendencia para nuestro futuro 2021. Tengo además el placer de anunciar que durante el próximo año volveré a estar en este Futuro Imperfecto cada sábado. No dejen de suscribirse y compartirlo, son dos acciones que ayudan mucho a que yo siga aquí. ¡Gracias a todos y feliz año!


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Futuro Imperfecto #54: Siente un allegado a su mesa

Familia y allegados en Plácido. Imagen: Jet Films.

«En el portal de Belén ha entrado la policía, y como eran más de seis han multado hasta María». Es como si la navidad de 2020 nos uniera a la de 1961, a ese final de Plácido, que también acaba con un villancico. Este: «Madre, en la puerta hay un niño y gritando está de frío, ande dile que entre y así se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá». Luis García Berlanga había vuelto a reírse en la cara del franquismo con una película titulada originalmente Siente un pobre a su mesa, y a la que la censura cambió el nombre. El tipo que tuvo que ir a luchar con la División Azul y por tanto al lado de Hitler en la II Guerra Mundial hubiera convenido que esta geografía, la de ahora, es mucho más luminosa, pero igual de esperpéntica. A pocos días de una fiesta familiar las autoridades no están muy convencidas de si dejarnos sentar al allegado a la mesa. La inmensa broma es que este tiempo, entrañable, familiar, sin duda ingenuo en sus pretensiones, la Navidad digo, iba de hacer el mundo un poquito mejor.

Tu allegado puede estar en Tinder

Más o menos lo dejó caer Fernando Simón al usar el ejemplo del vecino. Cómo no vamos a sentarle a la mesa si lleva años viniendo a casa. Solo quince días después el incremento de casos lo deja claro: hay más contagiados, más muertos, más hospitalizados. Las aglomeraciones del Black Friday nos pasan factura. La dinámica a la baja se ha detenido, y ahora repunta Madrid, le sigue ascendiendo vertiginosamente Cataluña, Galicia, Asturias, Cantabria, y Extremadura. Ocurre ya lo mismo en 575 municipios de todas las CCAA. Además la ola se mantiene alta en Euskadi, y repunta ligeramente en Navarra, lo mismo que Andalucía.

El susto llevó a anunciar a mitad de semana que quizá hubiera que poner restricciones de movilidad a las navidades, comportamiento bipolar si consideramos que una semana antes Salvador Illa decía que no iba a haber movilidad entre comunidades. Este mismo lunes la CAM abría su perímetro por motivos económicos pese a ocupar el primer puesto en contagios. El martes CLM autorizaba a entrar en su perímetro del 23 al 6 para visitar a familiares y allegados. Y es que reunido el Consejo Interterritorial decidieron que ninguno le pondría el cascabel al gato diciendo que de navidades nada. La voz en el desierto de Simón, que no decide, solo recomienda, avisó de que un repunte en esta época dificultará parar la infección cuando comencemos a vacunarnos.  

Así que para saber si uno puede reunirse con ese allegado de Tinder, Badoo, o con el cuñado, lo mejor es consultar en el momento este mapa de restricciones, que será actualizado en el momento en que la autoridad competente decida que la explicación que nos debe nos la va a dar. O quizá es que por primera vez confían en los ciudadanos en lugar de tratarnos como a niños. 

Los allegados no vendrán de Europa

Las lágrimas de Angela Merkel al dirigirse a los alemanes son la muestra más clara de cómo va la segunda ola en la UE. El país germano ha alcanzado su cifra récord, ya es el duodécimo por número de contagios —nosotros somos el noveno e Italia el octavo—.

Al resto de nuestros vecinos de la UE no les va mucho mejor, los Países Bajos han decretado el confinamiento total. Lo que despierta un poco las ganas de hacer sangre, porque los holandeses no estuvieron obligados a llevar mascarilla hasta octubre aunque ahora, y ante el alarmante aumento de casos han decretado esta semana su uso obligatorio por ley, salvo trabajadoras sexuales y sus clientes durante el servicio (sic).

Buen momento para recordar que son el miembro más euroescéptico de todos, y el que más trabas ha puesto al desarrollo de la UE después de Reino Unido. Habrá que seguir ahora con interés cómo afecta el virus a su economía: sus expectativas más optimistas prevén un crecimiento del 4,9 si se vacunan rápidamente, o uno del 0,9 si todo sale mal. La frugalidad no es suficiente vacuna contra el virus, señor primer ministro Mark Rutte.

En todo caso es inútil reírse de los otros, ya que ninguna serie de medidas, en ningún lugar del mundo, ha impedido la expansión de esta epidemia, y los frenos que se le han puesto no siempre han dado los resultados esperados.

En Suecia, objeto de iras o motivo de ejemplo desde marzo, donde recordemos no se adoptaron medidas de restricción, creían que la segunda ola europea no les tocaría. Ya tienen más pacientes ingresados en sus hospitales por covid-19 que en la primera ola,  y su epidemiólogo (o sea, su Fernando Simón) Anders Tegnell, que negó la eficacia de las mascarillas (karma whore) lleva dos semanas sin dar una rueda de prensa

Londres volvió el miércoles al nivel máximo de confinamiento, y una nueva variante de coronavirus apareció en el sur de Inglaterra. Cómo no, esta mutación es más contagiosa porque esto es todavía 2020. Pero No Panic!, aseguran los científicos, al parecer esto es señal de que acabará evolucionando, vacunas mediante, a algo parecido a un constipado.

Así que no todo son malas noticias, y a los finlandeses les va estupendamente, hace dos meses eran el modelo a seguir, y todavía lo son, aunque a estas alturas es fácil pensar que será cuestión de tiempo que caigan, o que su éxito no tiene nada que ver con sus medidas.

Porque tenemos fatiguita pandémica

La OMS lo ha advertido: estamos hasta las narices del coronavirus, de la mascarilla, de las gafas empañadas, y hasta del tipo que escribe el news de este sábado dándole vueltas a lo mismo. La fatiga pandémica ha llegado a España. Como síntoma, las búsquedas de Google: cae cada semana el interés por el término coronavirus, por las mascarillas, y por el pan casero, que cae en picado, mientras que «restricciones a la movilidad» se dispara. Quién no quiere volver a casa por Navidad o salir corriendo de ella.

Pero el mundo está cambiando a mejor

Los enfermos terminales ya pueden morir dignamente. El jueves se aprobó en el Congreso la Ley de Eutanasia, que regula el derecho al suicidio asistido. El agrio debate entre defensores y detractores ha sido el de siempre, ya lo vimos en las leyes sobre el divorcio, aborto y matrimonio homosexual, con el bloque conservador oponiéndose férreamente. En tres meses entrará en vigor, así que para abril, una vez más, nuestro país seguirá su propia estela legislativa, que junto a la Constitución de 1978 nos convierte en uno de los más avanzados en reconocimiento de derechos y libertades. 

Las leyes de paridad existen para que hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades. Detrás de la multa a la alcaldía de París por contratar demasiadas mujeres e incumplir la ley francesa de paridad se esconde la realidad de que este aspecto de la norma fue considerada absurdo en 2019 y anulada. Pero como corresponde al período 2018, el ayuntamiento deberá abonar los casi cien mil euros de la sanción. Anne Hidalgo, alcaldesa de la ciudad, pide que el importe se dedique a promover la igualdad. 

Hay responsables de la contaminación, y se les puede exigir su responsabilidad. La justicia británica ha reconocido por primera vez la contaminación como causa de muerte, en este caso de una niña, relacionándola con los niveles de NOX en Londres. Y es una buena noticia porque el problema medioambiental puede traernos cosas peores que la covid-19, como nos advierte Yuval Noah Harari. Según él, este virus es un aviso benévolo. Ahora que en el planeta Tierra ya hay más objetos humanos que biomasa, es más importante que nunca ayudar a que el ecosistema nos sostenga, porque dentro de él solo somos un animal más. Una sentencia judicial que hace a alguien responsable puede ser el primer paso. 

Las tiendas pequeñas podrían tener una oportunidad ante Amazon. La compañía canadiense que ofrece una plataforma de venta y distribución a pequeñas compañías, Shopify, está creciendo tanto como Amazon. El temor de Jeff Bezos es que con ella el pequeño comercio pueda competir en condiciones de igualdad con su compañía

Y el rey emérito no volverá esta Navidad, porque es persona de riesgo. Un término abierto a la interpretación de filias y fobias a favor y en contra de la Corona. Me pregunto qué hubiera hecho con este vodevil nuestro fantástico Luis Berlanga. 


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Futuro Imperfecto #3: ¿Navidad en El Corte Inglés o en Amazon?

Protesta en contra de las condiciones laborales en Amazon, New York, 2018. Foto: Cordon Press.

Olvidaos de si consumir es un acto antiecológico, y de si debéis enseñar a vuestros niños que no pueden tenerlo todo, ni establecer las bases de su existencia en función de actos consumistas. Se acerca la Navidad, y, sed honestos, vais a comprar. Y no solo regalos, también vais a comprar más de todo. Vamos, qué leches, no nos quitamos culpa. Compraremos para todos. Para los pequeños y para los mayores. ¿Por qué? Por el «endorfinazo». Porque gastar y tener es una íntima satisfacción. Así que dejad a un lado por un momento la conveniencia de hacerlo, que no lo vamos a poder evitar. ¿Dónde vais a comprar? Según el lugar de compra elegido estaréis apoyando trabajo precario y condiciones en proceso de saber si son ilegales, o unas condiciones y retribución que permitan ser clase media. Optar por unos u otros no es una cuestión de ética, ni de decencia. No estamos aquí para moralizar. Lo que queremos es comprender cómo ha cambiado el mundo y si podemos evitar que ese cambio nos aplaste. O si preferimos seguir creyendo que existen Papá Noel, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. En resumen, de que hagáis algo útil con vuestras compras, además de contribuir a la recaudación del IVA. A fin de cuentas, mientras tengamos capacidad de compra tenemos todavía alguna capacidad de influir, de decidir, de mandar un mensaje.

Avisamos, por si os cabe alguna duda una vez terminado este artículo, que no nos lo paga El Corte Inglés. Ya hemos intentado tener publicidad de ellos, pero sin conseguirlo. Quizá porque en su momento Nacho Carretero publicó aquí este artículo, «Ya no es primavera en El Corte Inglés» desvelando una de las cosas que más odia sacar a la luz esa y cualquier empresa: las condiciones laborales de sus trabajadores. Pero han pasado siete años desde esa publicación, la economía se ha «uberificado», y las opiniones también parecen haber cambiado.

La razón tiene mucho que ver con la edad. Los empleados de toda la vida siguen añorando el modelo paternalista de Ramón Areces, el fundador, y su promoción interna. No solo la población española se ha hecho mayor, los trabajadores de empresas tradicionales como esta también. Para lo bueno y para lo malo de realizar ciertas tareas. Los nuevos encuentran condiciones similares a otras empresas: la habitual presión brutal de los jefes, la obligación de trabajar los domingos o doblar turnos sin compensación económica alguna, y la temporalidad. De lo poco que trasciende podemos tomar de ejemplo las valoraciones en el portal de empleo Indeed. Su media es positiva, pero el 90 % de los que la dejaron, buena o mala, ya no trabajan allí. Si buscamos por la parte de los salarios, la cosa pinta muy bien… hasta que uno baja a la parte de comentarios de cualquier noticia publicada sobre ese particular. Es cierto que en general el mundo del comercio minorista vive bajo una gran presión: un día sin venta es un día perdido.

Tampoco parece ser una empresa a la que dirigir el currículum en estos momentos. Sus directivos preveían echar a siete mil trabajadores, pero una vez analizada su situación la consultora AT Kearney elevaba esa cifra a doce mil. Finalmente han anunciado que los despedidos serán solo quinientos, aprovechando jubilaciones y conversión de administrativos en dependientes. Y con todo, parece que es un  lugar de trabajo mucho mejor que otros. Por ejemplo, Amazon. Todavía hay multitud de personas mayores contratadas —mayores de cincuenta años, se entiende—, y un sistema que protege a los que mantienen un contrato indefinido de los antiguos. Es posible que el motivo de que sigan ahí sea el coste del despido. Quizá haya alguno más. Aun así, cuando compramos en ECI es eso lo que estamos protegiendo. La vida de miles de familias de clase media.

Pero también optamos por Amazon. En una de las más grandes empresas del mundo, el enfoque es diferente. Hoy te contrato y mañana te echo. Los despidos, como el trabajo, se han automatizado y los realizan algoritmos y robots en función de la productividad. El New York Times entrevistó a decenas de empleados actuales y antiguos para un artículo en profundidad sobre lo que supone trabajar en esta empresa. Un equivalente español, mucho más superficial, pero contado desde dentro, llega a la misma conclusión: lo habitual allí dentro son las ganas de llorar

El centro logístico de Amazon durante la campaña de Black Friday. Foto: Cordon Press.

Podríamos pensar que es algo puntual. Si prestamos atención a las tiendas experimentales Amazon Go y a las promesas de Jeff Brezos de que los artículos los repartirán drones, ese sufrimiento será pasajero. Pronto su trabajo lo harán máquinas. En 2017 Sam Korus anticipó que para 2019 el número de robots superaría al de empleados en Amazon. No ha sido así. Los robots superarán las doscienta mil unidades mientras que el equipo humano se espera que alcance los setecientos cincuenta mil empleados, según Vala Afshar. En Estados Unidos terminaron 2018 con seiscientos cuarenta y siete mil quinientos empleados y en septiembre tenían treinta mil ofertas de empleo abiertas a candidatos. Tienen que reponerlos, porque los queman. La rotación de producto, tan necesaria en retail, se traduce en rotación de empleados, quizá no tan necesaria. La presión por productividad empieza a pesar a sus trabajadores, y en España Amazon está enfrentando su mayor conflicto laboral

Ya que no a los trabajadores, ¿deja al menos al Estado un beneficio tangible la gran distribuidora online? En volumen de negocio, aparentemente sí. Decimos aparentemente porque la consultora Netquest calculó en cuatro mil doscientos millones de euros la cifra que su conglomerado de sociedades permite ocultar. Solo ha pagado por ellos cuatro millones en impuestos a Hacienda. Eso es menos del 0,00 1%. 

¿Es mejor el caso de ECI? Siguiendo el moderno «compromiso» de las compañías multinacionales con el país en que operan (grande cuando se trata de pedir ayudas o legislación, pequeño cuando se trata de otros temas menores), también intenta pagar lo menos posible. Este octubre perdía un largo pleito contra el impuesto de Cataluña, Aragón y Asturias a las grandes superficies. En sus últimas cuentas anuales se reservaron 119,73 millones de euros, que ahora tendrán que abonar, aunque sea obligados por la ley, a estas comunidades. Ya es mucho más que Amazon, y si a eso le sumamos sus noventa mil trabajadores, por los que también pagan impuestos, el saldo es favorable. Claro que quizá en el gigante online sea la ley la que falla, y con la tasa digital, tan discutida en la UE, pasaría a abonar, directamente y sin pasar por la casilla de salida, ciento treinta millones de euros. Quizá está haciendo lo mismo que haríamos los demás si estuviéramos en su lugar y nos lo permitieran.

No nos malinterpreten. No se trata de distinguir entre buenos y malos distribuidores, este mundo moderno está lleno de grises. El objetivo es ser conscientes, saber cómo afectará nuestra elección a las vidas cotidianas de mucha gente, a partir de conocer mejor las empresas en las que vamos a hacer nuestras compras navideñas. Para acabar de aclararnos al respecto, es imprescindible ver Sorry We Missed You, la última hostia, digo perdón, película, de Ken Loach. Ha explicado que lleva años viendo sustituir puestos de trabajo seguros por otros temporales y precarios, sueldos que mantenían familias en salarios variables y de miseria. No por casualidad el protagonista es un repartidor supuestamente autónomo, de esos completamente atados a una empresa, pero sin baja laboral, vacaciones y mucho menos jornada de ocho horas. En palabras del director, el modelo Amazon, Glovo, Uber o como lo quieran llamar, destruye al individuo y al planeta. Quizá no sea fácil verlo a corto plazo, pero no pinta bien a largo.

Ken Loach es un defensor del activismo, así que quizá la solución esté en sindicarse, no en echar la responsabilidad en los hombros de los consumidores. Esta opción la defiende Erica Hayes, directora de la serie de animación Rick&Morty, para los creadores, quienes deben, según ella, agruparse en sindicatos . La idea no es popular en EEUU, y tampoco parece serlo en Europa, donde, según el último informe de la OIT, solo seis países, de los 28 de la UE, tienen más del 50% de su fuerza laboral afiliado a sindicatos

Un repartidor de la empresa mexicana Chazki con un paquete de Amazon. Foto: Tharbadgemini (CC BY-SA 4.0)

El problema es que los sindicatos buscan la unión de trabajadores similares. Ya fue motivo de discusión su valor para pymes o autónomos, sobre todo enfrentados a los impagos de administraciones públicas. Las grandes empresas o industrias siempre contaron con sindicatos fuertes que podían presionar para intentar igualar el poder de negociación. En el mundo digital, donde hay una gran cantidad de empleados independientes, es más complicado sindicarse. 

Un estudio sobre los freelancers en Estados Unidos —aka jodidos autónomos— ha concluido que menos del 30% de los boomers han sido o son autónomos, pero que más del 50% de la generación Z ha pasado por ello. La duda es si entre los T habrá otra cosa que «emprendedores». Y si dudáis en la asignación de generaciones, recordad este orden de hitos: boomers -Woodstock; generación X – MTV; millennials – PC; generación Z – internet; generación T – smartphones. Sindicados o no, nuevas y viejas generaciones comprenden el valor de agruparse para reclamar derechos, y ahora ya hasta los youtubers lo intentan. Eso sí, tirando de un sindicato boomer de los de toda la vida

De toda la vida es también que cuando firmas un contrato de empleado en ECI te obligan a afiliarte a sus sindicatos, los afines a la empresa. Además es importante saber que en ciertas regiones los domingos no se abre, y en otras prácticamente todo el año. Algo más habrá que hacerse mirar. Sobre todo porque tienen tanto poder y autonomía que incluso han intentado introducirse en Zara. Podemos dudar de que si lo consiguen mejoren las condiciones de los trabajadores de Amancio Ortega, pero no de que las carcajadas de ECI serán épicas. Porque podrá influir sobre los empleados de un competidor en el sector de la moda y el hogar. 

En cuanto a Amazon, solo uno de cada diez de sus centros tiene comité de empresa. La propia compañía tiene un vídeo «educativo» para explicarte lo malísimos que son. No es la única. Esa maravillosa compañía tecnológica llamada Google, que no necesitaba sindicatos porque pagaba bien, la comida era gratis en sus oficinas, y te pone autobús hasta la puerta, ha contratado a la consultora IRI. Muy bien conocida en Estados Unidos por desactivar el sindicalismo. Es cierto que el sindicalismo vive en muchos sitios uno de sus momentos más bajos, pero la conclusión general es que si de lo que se trata es de vivir dignamente de tu trabajo, pintan bastos. 

Aceptémoslo de una vez, el modelo ha cambiado, y los viejos tiempos no van a volver. No es que ya no sea primavera en ECI, es que debido al cambio climático esa estación y el otoño están desapareciendo. Las rebajas tampoco son en enero, o no solo, y es casi más fácil saber cuándo viene el Black Friday. Compras online y te dicen que estás matando el comercio de toda la vida y el de barrio, pero vas a esas tiendas y te molesta no poder elegir entre un gran catálogo, buscar información del producto, y cotejar opiniones de otros compradores. O simplemente pagar más. Incluso involuntariamente, eres una víctima de algo llamado long tail

La fachada de El Corte Inglés de Sevilla durante la campaña navideña. Foto: Hannu Makarainen (CC BY-SA 2.0)

Long tail es un término inventado por el editor de Wired, Chris Anderson, y que define cómo internet ha cambiado a consumidores y empresas. Antes un gran almacén como ECI procuraba tener muchos productos de los más vendidos, porque eran los que generaban más ventas e ingresos. Ahora el 80 % de los productos menos vendidos —el long tail o larga cola— genera más ingresos que el otro 20 %, el de los bestseller. Compañías que no tienen almacenados productos pero pueden ponerlos a la venta online pueden satisfacer la long tail, como Amazon o Netflix. Imposible para el ECI físico o la cadena de TV de toda la vida. 

Esta idea tan bien resumida la cuenta muy bien mi compañero de redacción Guillermo de Haro en uno de los capítulos de este libro, del que es coautor. Añade además otras aclaraciones interesantes sobre el radical cambio del mundo en que estamos moviéndonos. Como esta, y cito: «decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple». Nuevas empresas, nueva economía, y un trabajador con habilidades hasta ahora no conocidas, como explica el vídeo Did You Know 3.0, aquí en versión subtitulada en español

Maravilloso mensaje: trabajaréis en empleos que aún no existen, usando tecnologías que no han sido inventadas, para resolver problemas que todavía no sabéis que lo son. Tendréis que ser flexibles, olvidaos del trabajo para toda la vida, y de pasar en una empresa más de cinco años. Me encanta especialmente el apoyo en datos obtenidos del departamento de empleo de Estados Unidos, pero cuando pienso en España me pregunto ¿existen diez empresas para cada aspirante que le contratarán lo mismo cuando tenga veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? ¿Y qué extrañas habilidades tendrá un mozo de almacén que lo mismo hace veinte años y ahora tiene que localizar productos y meterlos en paquetes? Intuyo que ser autónomo. Porque esa es la otra proyección de las predicciones, que habrá menos del 50 % de empleados por cuenta ajena.

Y si la solución no es comprar en ECI o en Amazon, ¿cuál es? Podríamos optar por darle a todo la vuelta, como sugiere el nobel de economía Joseph Stiglitz, que nos aconseja abandonar el PIB como patrón de medida de crecimiento de los países. El PIB solo es saludable si sigue creciendo a lo largo de los años, dicho de otra manera, si usted compra más esta navidad que la anterior. Necesitaríamos dos Tierras para dar abasto a tanta comilona, juguetería saqueada, y perfumería fuera de existencias. Pero este verano ya nos cepillamos la primera. Hemos tirado de la tarjeta de crédito del planeta y tarde o temprano llegaremos a la fecha de pago con los bolsillos vacíos. Y el asteroide de oro no va a solucionarlo.

Llega otra Navidad, y volveremos a decidir una vez más. ¿En El Corte Inglés o en Amazon? Nosotros creemos que las decisiones de compra son cada vez más importantes. Tomémoslas teniendo en cuenta su impacto. Es la mejor manera de dejar el mensaje de que deseamos que sea posible una vida digna, conciliada y no precaria. En todos los sentidos.

¿La conclusión? Comprad donde os dé la gana. Pero que entre vuestra lista de regalos esté una suscripción a Jot Down. No las encontraréis disponibles en Amazon ni en El Corte Inglés. Pero podéis estar seguros de que os harán, a vosotros y al que la recibe, tan felices como a los que trabajamos aquí. La Navidad, el Hanuka y el Solsticio de Invierno, en Jot Down


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¿Cuál es la segunda mejor película navideña?

Quiso el azar, el destino o el mismo Clarence una vez tuvo alas que la cinta ¡Qué bello es vivir! pasara a ser de dominio público por un feliz descuido y eso la ayudó a convertirse en el clásico que hoy en día es. Una historia que comienza con alguien planteándose el suicidio no parece en principio la forma ideal de encarnar el espíritu de la Navidad, pero ya sabemos que lo importante es el final y la moraleja que de él se desprende: algo en este caso tan sencillo y profundo como que cada ser humano importa, que nadie es insignificante a pesar de que en momentos de desesperación podamos llegar a olvidar los lazos que nos unen a los demás. La vida tiene sentido, aunque a veces no lo veamos. Algo que cada año por estas fechas volvemos a comprender cada vez que se emite en lo que es ya una hermosa tradición… ¡pero hay más películas navideñas por ver! Es momento de recordarlas y decidir cuál merece el segundo puesto. Así que voten o añadan su favorita en los comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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El bazar de las sorpresas

Imagen de MGM

James Stewart está hecho expresamente para esta clase de películas. Su carácter afable y algo ingenuo es justo lo que se necesita para contar historias así, no es sorprendente por tanto que que además de protagonizar la cinta navideña por excelencia podamos verle en otro título muy vinculado a estas fechas. Los trabajadores de una tienda de Budapest forman una peculiar familia  cuyos vínculos resultan ser mucho más estrechos de lo que ellos mismos podían imaginar.

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De ilusión también se vive

Imagen de 20th Century Fox

Este film no arrancó con buen pie: fue estrenado en verano en la creencia de que así tendría más taquilla y el hecho de que la protagonista fuera una mujer divorciada le costó ser calificado como «moralmente cuestionable» por asociaciones religiosas. Pero el público quedó encandilado con esta historia de una niña muy lista que no se cree que Papá Noel nos traiga regalos (normal, son los Reyes Magos) aunque poco a poco al tratar con él comience a tener dudas… La pequeña era Natalie Wood, por cierto, que al parecer inicialmente creyó que efectivamente estaba rodando una película con este personaje llegado del Polo Norte o de Laponia, tanto da.

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Plácido

Imagen de Jet Films

Si en la película anterior de la filmografía de Berlanga un milagro se convertía en algo tan prosaico como un reclamo turístico, aquí la caridad en la víspera de Navidad no corre mejor suerte. Dicen los Evangelios que cuando des limosna no hagas tocar trompeta delante de ti para ser alabado, algo que parecen olvidar los personajes de esta historia empeñados en que los demás «vean que tenemos pobre» sentado a la mesa. Dudosa campaña benéfica en un pueblo español por el que circula ese destartalado motocarro a cuyo conductor seguimos en su odisea trágica y tierna por pagar una letra, llevar de aquí a allá pelanduscas, ancianos del asilo, fiambres y lo que le echen. Hasta finamente poder terminar en paz la cena de Nochebuena comiendo cosas modernas, como los americanos.

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El apartamento

Imagen de United Artists

A juzgar por el ruido ese corcho debió atravesar la pared y matar a algún vecino, pero más allá de ese gran final que transcurre en Nochevieja estamos una película inequívocamente navideña por el tema que aborda. Ahí vemos esas dos almas vagando perdidas por la gran ciudad, solas entre la multitud, hasta que por fin y tras varios malentendidos logran reencontrarse.

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Cita en San Luis

Imagen de MGM

Hablar de estas fiestas implica necesariamente incluir en ese campo semántico a la familia. Aquí tenemos a una particularmente encantadora, los Smith, que nos presentan cada uno con su rol y su lugar, formando una unidad armónica que corre el riesgo de quebrarse cuando deben mudarse a Nueva York, pero el desasosiego dura muy poco y la felicidad vuelve rápidamente a sus corazones como no podía ser de otra forma. Una historia entrañablemente anticuada que como tantos otros clásicos puede servir como refugio —un tanto idealizado, también— frente a las urgencias y desvaríos del mundo actual.

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Recuerdo de una noche

Imagen de Paramount Pictures

No hay obstáculo insuperable para el espíritu navideño, capaz de reconciliar cualquier hostilidad y de enderezar cualquier conducta por desviada que esté. Aquí un fiscal acompaña a una ladrona de joyas a pasar las fiestas en compañía de sus padres y ella acabará robándole también el corazón. Así que él ya en el juicio intentará salvarla aun dañando su propia carrera profesional y ella, conmovida, estará dispuesta a declararse culpable para no perjudicarlo a él.

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Gremlins

Imagen de Amblin Entertainment

¿Es Gremlins la segunda parte de ¡Qué bello es vivir!? Al menos de un universo alternativo en el que George Bailey no hubiera sido disuadido de sus planes por su ángel de la guarda, de forma que su avaricioso antagonista se hubiera hecho con el pleno control del pueblo. Su heredera sería la señora Deagle, cuyos tentáculos sobre la economía local ya solo pueden cortarse con la drástica intervención de esos monstruitos verdes. Desde luego los guiños no son casuales, dado que en la escena donde la madre del protagonista cocina está viendo entre lágrimas precisamente aquella película. En cualquier caso estamos ante un clásico del cine ochentero, de la comedia de terror y por supuesto del género navideño. Fue continuada a juicio de algunos eruditos por la mejor secuela de la historia.

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Pesadilla antes de Navidad

Imagen de Walt Disney Pictures

Tim Burton, que estuvo cerca de haber llegado a dirigir la anterior, buscaba aquí desentrañar el significado de la Navidad desde la perspectiva de quien vive en un perpetuo Halloween, como es el caso del protagonista y también del propio cineasta. Como es costumbre en su obra los personajes son inadaptados que dan miedo sin pretenderlo, pero al final encuentran la forma de encontrar un lugar en el mundo sin tener que traicionarse a sí mismos.

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El hombre que inventó la Navidad

Imagen de Parallel Films

Aunque el título se haya venido arriba, ciertamente la Navidad tal y como la conocemos fue recuperada y adquirió las maneras actuales en la época victoriana en parte debido al fenomenal éxito que logró Charles Dickens con su historia en torno al desaprensivo Ebenezer Scrooge. Esta película recrea con ciertas licencias el proceso de escritura de tal obra, sumergiendo al propio autor en la historia que escribe. Pasó con más pena que gloria por la taquilla, pero merece la pena. Por otra parte, no deja de ser curioso que ese mundo tan genuinamente inglés que vemos en la pantalla haya sido obra de un cineasta indio.

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La jungla de cristal

Imagen de 20th Century Fox

Concluimos con una película de la que siempre sospechamos que estaba imbuida de un profundo significado navideño. Nakatomi Plaza es, ni más ni menos, el portal de Belén. De acuerdo al relato bíblico Jesús vino a salvar al mundo en la familia de un carpintero y acogido en un humilde pesebre, el último lugar donde podríamos imaginarlo. De la misma forma John McClane es el héroe que nadie esperaba, un simple policía descalzo y en camiseta que se esconde en las tuberías de ventilación, tiene un Baltasar que capta la señal para ir a su encuentro y un particular Herodes ávido por darle caza, encarnado por Alan Rickman. Incluso buena parte de las escenas decisivas tienen lugar en el piso treinta y tres, donde el protagonista recibe los estigmas en sus pies desnudos ¿Casualidad? No lo creo. El propio guionista expresó el año pasado en Twitter su convencimiento sobre el carácter navideño de la película que este año, con ocasión de su treinta aniversario, ha sido relanzada por la 20th Century Fox bajo el lema «The Greatest Christmas Story Never Told».

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Robar a un ladrón por Navidad

Ian Hamilton, 1951. Foto: Cordon.

Más de medio siglo después, Ian Hamilton lo recordaría así: «Cuando fuerzas con una palanqueta la puerta lateral de la abadía de Westminster, empiezas a hacerte a la idea de que ya no hay vuelta atrás». Era el día de Navidad de 1950. Hamilton y sus inexpertos compinches acababan de colarse chapuceramente en el corazón mismo del imperio. Y pensaban desmontar la pieza de mobiliario más antigua de cuantas albergaba. Algunos utilizaron el término robo para describir el suceso. Otros, incluidos ellos mismos, prefirieron hablar de recuperación.

Los escoceses tienen dos nombres para referirse a la piedra. Los ingleses, uno. Según cuenta la leyenda, Jacob reposó la cabeza sobre ella antes de soñar su bíblica escalera y, a través de Egipto, España e Irlanda, llegó a la abadía de Scone, una pequeña localidad cercana a Perth. Cuesta creerlo. No obstante, su indudable importancia histórica reside en que ya desde la Edad Media fue utilizada para la coronación de todos los reyes de Escocia, y hasta fue bendecida por el patrón irlandés, san Patricio. Se dice que dictaba sentencia sobre la valía de un monarca para el puesto. Por eso, a la Piedra de Scone también se la conoce como la Piedra del Destino.

Se trata de una pieza de arenisca con dos argollas. Por sus medidas, casi podría pasar como equipaje de mano en una aerolínea flexible, de no ser porque pesa ciento cincuenta kilos. Aunque eso no fue óbice para que Eduardo I la tomara como botín de guerra tras la batalla de Dunbar, ante la atónita mirada de los monjes que la custodiaban. Fue en 1296, y la transportaron a Westminster. Allí mandó construir el rey una fastuosa silla de madera, donde la piedra encajase y sirviera de base. A partir de entonces, los monarcas ingleses primero, y más tarde los británicos, jurarían su cargo sobre ella. Por eso, en Inglaterra se la conoce como la Piedra de la Coronación.

Era 1328 la primera vez que los ingleses prometieron devolverla. Desde entonces, fue convertida en emblema por la resistencia escocesa, que siempre soñó con su regreso. Nada más lejos de la realidad, porque no se movería de su nueva ubicación durante siglos. Solo abandonaría el Trono de Eduardo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los bombardeos alemanes hicieron temer por la integridad de Westminster. Con tanto mimo resguardaban la piedra que fue enterrada bajo la abadía, y enviaron un mapa con su localización exacta al primer ministro canadiense. Por si acaso.

Con el fin de la guerra, la piedra retornó a su silla. Por esas fechas nació la Scottish Covenant Association, una organización con reminiscencias históricas que anhelaba la independencia. Como tantos otros, Ian Hamilton se afilió mientras estudiaba en la Universidad de Glasgow. Participó en charlas y debates, y se sumergió de lleno en el activismo político. A la luz de la poca repercusión obtenida hasta entonces, llegó a una conclusión: era necesario un gesto que pusiera el foco sobre sus reivindicaciones. Y se le ocurrió el plan perfecto: traer de vuelta, por fin, la Piedra del Destino. El pequeño problema es que no tenía ni idea de cómo. Por no hablar del tremendo riesgo que entrañaba. Si su plan fracasaba, tiraría por la borda la carrera de Derecho que estaba a punto de concluir, esa que le permitía saber cuántos años pasaría en la cárcel si le cogían.

Para preparar el golpe, Hamilton leyó cada libro que cayó en sus manos sobre la abadía de Westminster. Historia, arquitectura, curiosidades. Cualquier detalle podía ser importante. Incluso viajó a Londres para reconocer el terreno, y regresó con el franco convencimiento de que era posible. Eso sí, necesitaba ayuda. Entre sus conocidos no encontró a nadie tan temerario como para aceptar el envite. Pero tras revelar su plan a John MacCormick, político fundador de la asociación nacionalista, este decidió sufragar la misión (cincuenta libras de presupuesto) y poner en contacto a Hamilton con otros miembros de su confianza. Así se uniría a la expedición la joven Kay Matheson, y más tarde Gavin Vernon y Alan Stuart. Hamilton, como mucho, los conocía de vista, de cruzárselos en alguna reunión o en los pasillos de la universidad.

Hamilton tenía prisa; se había convencido de que no existía fecha más propicia que las cercanas fiestas navideñas. Salieron rumbo a Londres en dos Ford Anglia. Veinte horas por carretera con el inclemente invierno de las islas envolviendo el paso de los coches sin calefacción. Llegaron tiritando a la capital inglesa, y entraron en un pub para que la cerveza les calentase el cuerpo y el espíritu. Quizás demasiado, porque se vinieron arriba. Decidieron no pasar en suelo vecino más tiempo del estrictamente necesario, y adelantaron la incursión a esa misma noche. Como niños desobedientes incapaces de esperar para abrir sus regalos bajo el árbol.

El plan era sencillo. Hamilton, tal y como había visualizado en su inspección previa, entraría en la abadía de Westminster poco antes del cierre. Esperaría a que los visitantes se marchasen. Y permanecería allí, oculto detrás de un carrito, hasta que en mitad de la noche sintiera la confianza suficiente como para salir de su escondite y abrirle la puerta al resto de la expedición. Así pasó las horas, envuelto en la inmensa oscuridad de uno de los edificios más famosos del mundo. Eso sí, no contaba con el buen desempeño del vigilante nocturno, que lo sorprendió en posición fetal. Afortunadamente para él, a ojos del guardia parecía un borracho sin sitio para pasar la noche, así que no solo dejó que se marchara, sino que le dio una moneda y hasta lo despidió con un «Merry Christmas». Hamilton reconocería que, de toda aquella aventura londinense, únicamente se arrepiente de haber aceptado el dinero del trabajador, pero tuvo que salir de allí tan rápido como fuera posible para no tentar más a la suerte.

Fue un golpe duro. Vale, el plan no era el más sólido del mundo, pero era el único que tenían. Sin embargo, no se rindieron. Vernon y Stuart y sus aún desconocidos rostros regresaron al día siguiente, la mañana del 24 de diciembre. Allí descubrieron la peculiaridad de una de las puertas laterales del edificio, la de Poet’s Corner. Sus escoceses ojos brillaron con cada palabra. A diferencia del resto, hechas de dura madera de roble, aquella era de pino. ¿El motivo? Las bombas nazis dañaron la original, y la solución temporal (1950, recordemos) fue colocar una puerta de otro material.

Así que el nuevo método de acceso sería aún más rudimentario. Confiaron en el horario reducido del vigilante, que para algo era Christmas Eve. Aparcaron los dos coches en Westminster. Matheson aguardaba en uno de ellos; ella vigilaría y transportaría la piedra. Mientras, los demás forzaban la puerta de pino con una palanca. Hamilton ya conocía el camino mejor que el pasillo de su casa. Tomaron aire ante la Silla de la Coronación, se agacharon y tiraron con fuerza de la argolla.

El problema es que, rebosantes de ímpetu y adrenalina, jalaron más de la cuenta. La parte inferior de la silla se rompió, aunque eso entraba en lo esperable. Lo que les pilló desprevenidos fue que el bloque de arenisca se despedazara. Se cruzaron tres miradas amedrentadas. Habían roto en dos la Piedra del Destino. Hamilton reaccionó, cogió el pequeño trozo resultante y corrió hacia el coche. Mejor un pedazo que nada. La desconcertada Matheson no sabía qué sucedía cuando lo vio llegar. Él, sin demasiado tiempo para preguntas, dejó el fragmento y le dijo que se marchara.

Entrega de la Piedra de Scone en la abadía de Arbroath,. Foto: Cordon.

El joven enfilaba el camino de regreso, pero se percató de que un policía patrullaba la zona. Desanduvo sus pasos y entró en el coche. Cuando el agente se aproximó al vehículo, Ian no tuvo más remedio que tornarse cliché cinematográfico y besar apasionadamente a Kay. Pero la autoridad, ya se sabe, no entiende de morreos en la madrugada. Se libraron del interrogatorio improvisando ser una pareja de tortolitos que no encontraron ningún bed & breakfast libre. Finalmente, el policía les dijo que se marchasen de allí. Arrancaron y lo perdieron de vista. Hamilton volvió a la abadía y Matheson huyó cargando en su maletero un trozo de la historia de Escocia tapado con una manta.

Hamilton encontró el trozo grande, pero no a sus compañeros. Vernon y Stuart atisbaron el intercambio de pareceres con el agente, y súbitamente se escabulleron hasta el otro coche. Al llegar y descubrirse sin llaves, buscaron refugio. Así que allí estaba Hamilton, solo una vez más en la abadía de Westminster. Fuera, el sol amenazaba con salir. Lejos de amilanarse, echó al suelo su abrigo y concentró toda la fuerza de su cuerpo en colocar la piedra encima. Luego tiró y tiró. La cosa funcionaba, pero el coche estaba lejísimos. Deslomado, pero llegó. Tarea aparte fue conseguir introducirla en el vehículo. Pero es que, llegados a ese punto, flaquear no era una opción. Con el coche cargado, arrancó sin mirar atrás. Afortunadamente, sí que miró hacia delante, porque poco tiempo después se cruzaron en su camino Vernon y Stuart. No podían creer que lo hubiera conseguido él solo. Aunque no había tiempo que perder, tuvieron que volver a parar. El Ford Anglia no tiraba con tanto peso. Alguien sobraba, y claramente no eran ni Hamilton ni la piedra. Vernon, el más pesado de la expedición, se ofreció voluntario para regresar a casa en tren.

No fue necesario ningún Sherlock Holmes para descubrir que algo iba mal aquella mañana de Navidad, porque ni siquiera se habían deshecho del arma. Sí, dejaron la palanqueta junto a la puerta forzada. La policía, en cuanto recibió el aviso, organizó controles en todas las salidas de Londres y cerró las fronteras con Gales y Escocia. Matheson contaba con ventaja, tanto por la partida prematura como por su perfil, ya que nadie la imaginaría sospechosa. Llegó a las Midlands, y una amiga escondió su parte. Luego, también cogió un tren a Glasgow. Hamilton y Stuart, por su parte, sabían que se la jugaban. Condujeron en dirección contraria hasta las afueras de Kent, a cincuenta kilómetros de la capital. Allí vieron un lugar propicio y se detuvieron. Dejaron la Piedra del Destino en mitad del campo. Eso sí, dibujaron un mapa para retornar cuando los ánimos se enfriaran. Aunque dos días después, The Guardian ya hablaba de robo por parte de nacionalistas escoceses. El motivo, claro, no era otro que su indisimulable acento.

El revuelo no decayó. Todo lo contrario, y hasta unos tipos tan poco profesionales comprendieron que era inviable dejar la piedra abandonada mucho más tiempo. Eso sí, de regreso a Kent se toparon con una sorpresa. Resulta que en aquel terreno solitario ahora había gente. Mucha. Tanta como cabe en un campamento de gitanos irlandeses que decidieron instalarse allí, sin sospechar, ni lejanamente, la que había formada con una de las piedras de su nuevo hogar. Tocaba negociar, pero fue más sencillo de lo esperado. Pronto entendieron que nada une más a escoceses e irlandeses que su odio a la Corona inglesa, así que los gitanos les permitieron recuperarla. En cuanto pusieron un pie en Escocia, como ceremonia de bienvenida, abrieron una botella de whisky. Con el líquido dorado regaron dos cosas: sus gargantas y el trozo mayor de la Piedra de Scone.

La incesante búsqueda continuaba. No se hablaba de otra cosa en toda la isla. Mientras, Hamilton contactó con un cantero de Glasgow, que en secreto reparó la piedra. Más tarde, las autoridades estrecharon el cerco. Comenzaron los interrogatorios a todos los implicados, especialmente al líder de la banda. El principal indicio fue el registro de la biblioteca Mitchell, donde aparecía el nombre de un estudiante que había consultado todos los libros existentes sobre cierto edificio religioso en Westminster.

En total, la piedra estuvo desaparecida cuatro meses y medio. Cuando los jóvenes se vieron sin escapatoria y con el objetivo más que conseguido (situar su causa en las portadas de los periódicos, incluso extranjeros), decidieron devolverla. La entrega se realizó en las ruinas de la abadía de Arbroath, lugar que acogiera la firma de la apasionada declaración de independencia escocesa en 1320. La policía se encontró la Piedra del Destino de una pieza. En el altar mayor y envuelta en una bandera de Escocia. Simbolismo hasta el final.

Ninguno de los cuatro estudiantes fue juzgado. Las autoridades temían provocar un incremento del sentimiento nacionalista, así que pasaron página. Por eso y porque, de haberse celebrado el juicio, habría sido complicado defender la legítima propiedad inglesa de la piedra. Así, los protagonistas de uno de los episodios más recordados de la historia escocesa reciente siguieron con sus vidas. Tras finalizar sus estudios, Ian Hamilton, Kay Matheson, Gavin Vernon y Alan Stuart no volvieron a verse nunca.

En 1953, la piedra se usó para la coronación de Isabel II, la última hasta la fecha. Aunque eso no significa que el siglo XX no tuviera reservado otro meneo para el pesado bloque de arenisca. En 1996, de forma inesperada, el primer ministro John Major anunció su devolución. Lo hizo preservando ese gusto tan inglés por la parafernalia histórica, ya que justo se cumplían setecientos años desde que Eduardo I se la apropiase como botín de guerra. El motivo, nunca reconocido públicamente, sonaba familiar en los oídos del norte de la isla: acallar las reivindicaciones que desde allí llegaban a Londres.  

La Piedra del Destino fue trasladada por el ejército con grandes honores y una solemne ceremonia en la frontera. Llegó a su nueva casa el 30 de noviembre, St Andrew’s Day, fiesta nacional de Escocia. La reina estaría ocupada, porque envió en su nombre al duque de York. O quizás pretendía alejar el mal fario, ya que, según lo acordado, la piedra volverá (temporalmente) a Westminster para coronar al próximo monarca británico.  

Los escoceses, orgullosos como ellos solos, reavivaron una vieja polémica: que la piedra devuelta, la que durante siglos ocupó el corazón de Inglaterra, era falsa. Que la entregada tras los cuatro meses de búsqueda no era auténtica. O, mejor aún, que ni siquiera lo fue la capturada por el rey inglés, ya que los monjes de Scone lograron esconder la verdadera.

Sea como fuere, ahora descansa en una pequeña habitación de la zona más elevada del castillo de Edimburgo, junto a los honores nacionales: la corona, el cetro y la espada del Estado. Los tres lucen joyas lustrosas. Y a su vera, una piedra remendada. Al otro lado del cristal, los turistas extranjeros fotografían cada rincón en fila india con su teléfono móvil. Desconocen cómo ha llegado hasta allí ese feo bloque grisáceo, e incluso intentan que no aparezca en sus fotos, como si fuera el soporte desnudo de algo importante que están restaurando. Qué pensará el anciano Ian Hamilton que, al tocar la piedra por vez primera aquella Navidad de 1950, sintió que «sostenía en sus manos el alma de Escocia».

La Piedra de Scone bajo custodia en la abadía de Arbroath. Foto: Cordon.


Extraña Navidad musical

Fotografía: Getty.

Para acompañar la lectura del artículo, nuestra lista en Spotify:

¡Paparruchas! las Navidades son el periodo más conflictivo del año. Enfrenta de la manera más tonta a las poseídas por el espíritu del buen rollo con las cascarrabias que se niegan a ser infectadas. Pero este no es un artículo-soflama. Tanto da si vuestras ideas sobre la Navidad coinciden con un sentido melodrama de Capra o, por el contrario, la veis en plan La cosecha de hielo, de Harold Ramis. Esta es una lista musical, mi selección de canciones que tratan el asunto y otros relacionados. Las he agrupado sin acudir a los villancicos industriales y el producto de baja calidad. A esos los he dejado a un lado, por respeto a las personas que trabajan en los comercios y son atronadas constantemente en estos días de ansiedad. Tranquilas, tampoco hay coros de animales ni discos de Navidad de Bob Dylan (yo soy muy fan, pero…). He escogido de entre lo más auténtico y delicado del mercado, todo hecho a mano (…) y con materiales de primera. Tengo elegías al invierno, himnos a favor y en contra de la Navidad, papá noeles un poco particulares, danzas burlonas y baladas para llorar. Por supuesto, hay otras miles de posibilidades en el mundo de los sonidos navideños, conectados con una fiesta de sentimientos opuestos, mezcla de tradiciones, ritos y gastos, tan bella, tan antigua y tan desagradablemente comercial.

Disfruten y felicidades a todas.

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«Lonely Christmas» – Crayon Pop (2015)

Es tan exagerada y extrema, que por eso fue elegida el mejor villancico K-Pop del 2015. Es imposible no rendirse a algo así, reinvención de electro-pop pegajoso, optimismo histérico, estribillo maníaco y un vídeo en el que las bailarinas-cantantes saltan la barrera del ser. No se sabe si estamos en un estadio de juguetes animados, de androides muy perfeccionadas o simplemente, se trata de la expresión más divertida del apocalipsis transhumanista. Es absolutamente fantástica y el tema pone los pelos de punta, por lo que resulta la mejor canción de Navidad posible. South Corean pop rules!

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«Ghosts of Christmas Past» – Nox Arcana (2005)

Desde unos presupuestos muy alejados —en teoría— de la propuesta anterior, el dark ambient reclama los mitos del solsticio y la tradición antigua de los ritos de invierno. Digo en teoría, porque la música y todo aquello que rodea al género dark wave tiene también un lado muy kitsch y carnavalesco. Este es un ejemplo clarísimo: los veteranos Nox Arcana han dedicado su trabajo a obras conceptuales y han producido una trilogía en forma de banda sonora imaginaria para recuperar las figuras de Saturnalia y las fábulas medievales en torno a esta época del año. Del primero, «Winter´s Knight», esta balada sobre la parte siniestra del cuento de Dickens. Ideal para la misa del gallo.

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«Ding Dong Bell» – The Ethiopians (1968)

¿No os ha convencido ninguna de las dos? Esta es una apuesta segura. De Port Antonio llega Leonard Dillon, uno de los músicos más importantes de Jamaica, con los Etíopes, maravilloso grupo de ska y rocksteady y su villancico católico, aunque no lo parezca. Esta vez sin necesidad de marcos conceptuales y sobre adjetivación, las canciones de Dillon marcaron una edad de oro a lo largo de la década de los sesenta y setenta, la última etapa del género, siendo uno de los primeros grupos en triunfar en Inglaterra. Este temazo se puede escuchar junto a otras joyas en la caja de tres discos de Navidad de Trojan Records.

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«Fifty Kilowatt Tree» – The Bobs (1996)

El veterano cuarteto de pop novelty a capella tiene su disco de canciones de Navidad, con versiones muy particulares y composiciones propias, siempre en modo humorístico, como este delicioso tema, «Mi árbol de cincuenta kilovatios». El protagonista es como Homer Simpson en un especial de Navidad: el pueblo se ha quedado a oscuras por una tormenta, pero él tiene iluminada la casa como Las Vegas («Hay una estrella en oriente, pero soy yo»), gracias a un generador que tiene a los vecinos en pie de guerra.

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«Inverno» – Franco Battiato (2011)

De las grandes canciones sobre el invierno que comienza estos días hay una en especial que tiene todas las papeletas para ser, si no la mejor, al menos la más conmovedora. La escribió y grabó Fabrizio de André para su tercer elepé, Tutti morimmo a stento (1968). «Invierno» es, evidentemente, es una canción fúnebre sobre el ciclo de la vida y la muerte, con versos increíbles, pero en la voz de Battiato, que ha rendido homenaje en varios discos al sublime artista genovés, adquiere una inesperada luz.

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«Natal» – Cesária Évora (1996)

Para los temas de Navidad de folk alrededor del mundo, del disco World Christmas, he elegido esta composición de Manuel D´Novas interpretada por la gran Évora, porque ella era (y es) un rayo de esperanza para la música y el ciclo de las tradiciones desde Cabo Verde, a ritmo de coladera y alma de tres continentes:

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«No hay cama pa´ tanta gente» – El Gran Combo de Puerto Rico (1985)

Tírenlos pa abajo, que son un peligro arriba. Oye, que con esta gente no hay quien pueda, son una amenaza.

Esto es una juerga navideña y lo demás son tonterías. La hizo mundialmente famosa el Gran Combo, acerca de una fiesta imaginaria que habría organizado Tavín Pumarejo y en la que se junta la crème de la crème de la música tropical (mezclando épocas, a Pérez Prado con Tito Puente, Eddie Ventura con los Guaracheros de Oriente y Celia Cruz), pero todo se le va de las manos. La original la grabó su autor,  Flor Morales Ramito, el padre de la música boricua, en una versión que me parece aún más enloquecida, si es que es eso posible, (aunque en ella difieren algunos nombres de la lista de invitados). Para bailar, las dos:

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«Father Christmas» – The Kinks (1977)

Desde el punk se han grabado muchas canciones contra los estereotipos de la Navidad. Sin embargo, la denuncia social más furiosa la escribió Ray Davies en pleno 1977. En «Father Christmas», el grupo ejecuta una canción pop en su estilo inconfundible que inspiró la nueva ola, pero de contenido negrísimo, una constante en las letras de Davies. El protagonista es un desgraciado que trabaja como Papá Noel a la entrada de unos almacenes. Los chavales le pegan, exigiéndole dinero en lugar de juguetes ridículos. Los niños piden a Papá Noel que les traiga trabajo para sus padres, mientras que el pobre Papá Noel falso suplica por una pistola para espantarlos en la calle. Este mensaje, con el carismático cantante disfrazado con gorro y barba en las actuaciones, no pareció hacer mucha gracia a los grupos con los que compartían escenario. Todavía no habían llegado los roperos rockeros de Live Aid, donde los Kinks jamás participaron.

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«Homo Christmas» – Pansy Division (1995)

Los ídolos del queercore, con otra de sus formidables melodías, hacen un tema ideal para las fiestas. El cuarteto de California no quiere que les regalen calzoncillos y calcetines, como siempre. Lo que desean es un chico guapo, gay y muy caliente. Incluso se ofrecen ellos mismos como regalo, envuelto y todo («No seas un triste como Morrisey», «Si tu familia no te apoya, yo te ofrezco alimento sexual»). Bastones de caramelo y nueces para jugar bajo el árbol.

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«Back Door Santa» – Clarence Carter (1968)

La música pop de Navidad tiene un subgénero muy especial: los temas que abordan la figura de Santa Claus desde un punto de vista «adulto». Hay canciones que juegan con los clásicos dobles sentidos de las letras del rhythm and blues, y lo hacen sobre ese tipo que, a modo de vendedor a domicilio se cuela en las casas cuando el marido sale a trabajar. No confundir con temas, entre inocente y traumáticos, como el clásico que cantaba la estrella infantil Jimmy Boyd y versionaron The Jackson Five, «I Saw Kissing Santa Claus» («Vi a mamá besando a Santa Claus, y se lo voy a decir a papá»). Grabada en el estudio Fame de Muscle Shoals, Carter afirma que él entra por la puerta de atrás, para no tener problemas con la chimenea, y a diferencia de san Nicolás, que solo aparece una vez al año, él vendrá siempre que le llames, con sus regalos…

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«My First X-Mas (As a Woman)» – The Vandals (1996)

Los Vándalos californianos llevan años tocando punk rock, con letras que no dejan títere con cabeza. Se atrevieron con un elepé de canciones de Navidad, Oi To The World! y de él me gusta mucho esta, desde el punto de vista de un transexual que vive las fiestas, por fin, dentro de su verdadero género. A ritmo de pop beatle acelerado, los Vandals describen el proceso en unas letras de contenido poco sutil, pero algo está claro: para la protagonista, estas son sus primeras Navidades de verdad.

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«Christmas Morning Blues» – Victoria Spivey (1928)

Cómo pasar la Nochebuena alejado de tus seres queridos por causas de fuerza mayor: estás en prisión durante las fiestas. El blues tiene varias canciones. Van desde la autoparodia, el vacilón «Navidades en la cárcel», a cargo de Leroy Carr, popular cantante y pianista de los años veinte, en la que el protagonista se lamenta por pasar la Navidad encerrado («de nuevo»), a esta, ya sin chistes de ninguna clase. Tremebunda interpretación de Spivey y Lonnie Johnson, sobre la carta que una mujer recibe el día de Navidad. En ella le comunican que su pareja ha sido arrestada por robar un cerdo, está en la cárcel de Atlanta y según las curiosas leyes de aquel estado, le han sentenciado a muerte. En una frase antológica, Spivey resume la gravedad de la situación: «Mi hombre lo tiene tan crudo que ni los blancos le podrían dejar libre». Fiel a su estilo, concluye la canción con unos versos que conectan el día de Navidad con el suicidio: «Las próximas fiestas no estaré aquí para que me den estos disgustos; poned en mi lápida: “Murió del blues de Navidad”».

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«Things Fall Apart» – Cristina (1981)

Una de las más fabulosas canciones de baile de los ochenta, y al mismo tiempo, entre las sátiras postmodernas más logradas sobre la Navidad. Estaba en la recopilación navideña del sello neoyorkino Ze Records, propiedad del entonces marido de Cristina Monet-Palaci. Esta magnífica producción de rock y synth pop de Don Was, refleja el hastío de los jóvenes urbanitas de final de siglo, con escenas navideñas demoledoras la madre de la protagonista con el angelito sin alas que pone en lo más alto del árbol; la pareja al borde de la ruptura que solo se puede permitir un cactus adornado con los pendientes de la chica, y el árbol centenario que corta la pandilla de amigos para hacer la gracia. Cristina recita en un estilo gélido y concluye, como si fuese Jean Rhys: «Buenos días, medianoche, es navidad».

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«Feliz Navi Nada» – El Vez (1994)

No fue el último, pero sí el primer disco navideño de este inclasificable músico de Chula Vista. En Merry MeX-Mas hacía varias versiones de villancicos, acompañado por las simpar Elvettes. Por ejemplo, el popular «Feliz Navidad» de José Feliciano se convertía en un corrido punk rock. Como bonus track, se incluía una curiosa versión de la por sí ya muy curiosa balada novelty «(Mamacita) Where is Santa Claus?», que popularizó el actor infantil Augie Ríos a finales de los cincuenta.

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«Five Ponds Box of Money» – Pearl Bailey (1959)

Show woman forjada en el vodevil desde niña, Pearl Bailey fue una institución de la cultura negra en Estados Unidos, saltando todas las barreras de género, raza y estudios. Su estilo picante, simpático y arrollador, su magnífica voz cautivó a los espectadores en el cine, el teatro y la música, a lo largo de más de cincuenta años. Esta canción navideña, composición de la artista, es puro estilo Bailey. La cantante le exige cariñosamente a Santa Claus que se deje de buenos deseos y paz en el mundo, y le deje una cajita con cinco dólares para llegar a fin de mes… que eso no pesa nada…

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«Scary Fucked-Up Christmas» – Garfunkel and Oates (2011)

En este tema, las actrices y músicos Riki Lindhome Garfunkel y Kate Micucci Oates nos ofrecen una alternativa para sobrellevar con calma esas reuniones de Navidad con la familia que se pueden presentar un poco difíciles. La solución, llegar fumada. Como cantan en el estribillo, «Si no puedes con los problemas familiares, pilla un papel y hazte un porro, la Navidad es mucho mejor cuando estás puesta»:

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«La luz del mundo» – Single (2012)

El sello Elefant también produjo una recopilación de canciones navideñas, A Christmas Gift For You. Entre ellas, me quedo con esta canción del dúo donostiarra Single. En ella se resume la esencia de la tradición que se celebra estos días, al estilo singular de sus intérpretes. Sobre el acompañamiento tecno pop (¡con inesperados aportes hawaianos y medievales!), la voz de Teresa Iturrioz declara las intenciones del solsticio de invierno, en unos versos que completan el círculo más luminoso del pop español: del costumbrismo psicodélico de Vainica Doble a la elegante ironía de Carlos BerlangaSomos sumerios y babilonios, somos romanos, griegos y egipcios, todos queremos la luz del mundo, nos la regala el Sol invicto»). El vídeo, de Miguel Gutiérrez, es otra experiencia reveladora:

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«Listen, The Snow Is Falling» – Yoko Ono (1971)

Traigo a Yoko Ono como intérprete y compositora de esta bella balada de invierno, que se publicó por primera vez en un single de la artista, junto a «Mind Train». Después aparecería en la cara B del éxito de Navidad de John Lennon, «Happy Christmas (War Is Over)», de 1972. La producción corre a cargo de la pareja, más los arreglos de Phil Spector, que le añade unos sombríos efectos de pisadas en la nieve y oleadas de aire. Como en pocas canciones, la nostalgia y el frío calan hasta los huesos. La versión más conocida y guitarrera del tema, por Galaxie 500, en la voz de la bajista Naomi Yang, también es digna de mención.

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«Son los padres» – Astrud (2007)

Como una estrella fuera del plano de la eclíptica, así describió el dúo Astrud su carrera en el universo pop de los años noventa. De su último disco, Tú no existes, de 2007, esta revelación deslenguada y provocadora, en el estilo que les hizo inmensamente populares, pop tecno con mensajes tan poco sutiles como divertidos sobre la vida cotidiana y sus miserias. El niño descubre una dolorosa verdad de la mano de su madre,  que en esos días aún no tenía grupo de whatsapp de mamás de colegio o compis de pilates. Ritmo obsesivo, mentiras y regalos de Navidad.

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«Merry Xmas (I don´t want to fight)» – Ramones (1989)

No puedo cerrar la caja sin poner en el lugar reservado a los dulces rellenos de chocolate puro, el christmas carol más sincero e inocente de las últimas décadas. Este solo lo podía haber escrito Joey Ramone.

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¿Cuál es la canción navideña más alegre?

Son estas fechas momentos propicios para el recogimiento, ya sea por sus noches largas y frías, por la melancolía a la que —al menos a algunos— invita su sentido espiritual o simplemente por la misma razón por la que una boa necesita tomarse su tiempo tras tragarse un antílope. Ahí tenemos canciones navideñas tan desconsoladamente tristes como «Fairytale Of New York» el poema convertido en villancico «I Heard the Bells on Christmas Day», escrito durante la guerra por un abatido Henry W. Longfellow incapaz de superar su viudedad o «Have Yourself a Merry Little Christmas», cantada por Judy Garland a una niña hecha un paño de lágrimas. Todas ellas muy bonitas pero oiga, la Navidad también es ocasión para el reencuentro y la alegría, así que a los temas que han sabido reflejar ese aspecto dedicaremos la siguiente selección. Quien lo desee puede completarla abajo en los comentarios con sus favoritos.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Christmas Time (Don’t Let The Bells End)», de The Darkness

Una cabaña en mitad de un paisaje nevado con su hoguera, su decoración navideña y con regalos para todos, un coro de niños, la nostalgia de los seres queridos que están ausentes… Todo muy entrañable, aunque en realidad la intención de esta banda inglesa de glam-rock era poder cantar en un villancico repetidamente y sin ser censurados la palabra bellend (capullo), que en su idioma tiene también la connotación sexual y despectiva del equivalente en español. A ello se pusieron con este estribillo de «Don’t Let the Bells End», en un sencillo que llegó a la segunda posición en la lista de ventas navideñas del 2003.

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«Redneck 12 Days of Christmas», de Jeff Foxworthy

Neumáticos todoterreno, camisas de leñador, latas de cerveza, piezas de recambio para el Mustang, cartuchos de escopeta, nueve años de libertad condicional… ¿Cabe imaginar mejores regalos de Navidad? El autor de la canción es Jeff Foxworthy, un monologuista que ha hecho carrera con el humor paródico en torno a los clichés que definen a los rednecks, de los que él forma parte como sureño devoto de la Biblia y de la Segunda Enmienda.

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«Christmas in Heaven», de Monty Python

Podría discutirse si esta canción es alegre, pues siendo El sentido de la vida indudablemente divertida, no cabe duda de que tenía un regusto amargo. Por ser ellos, la incluimos. Era la escena que daba final a la película, una vez habían muerto los personajes del anterior sketch, estos llegaban al cielo, donde descubrían que siempre es Navidad. Pero una Navidad hortera y vacía al estilo de las galas televisivas de estos días, que hace pensar que en realidad han ido a parar al infierno.

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«Christmas Is All Around», de Billy Mack

A mediados de los noventa la versión de «Love Is All Around» tuvo incluso más éxito que Cuatro bodas y un funeral, a la que servía de banda sonora. Así que esta otra comedia romántica, tan deudora de aquella, hizo su particular versión navideña del tema. Fue interpretada por el que probablemente era su personaje más carismático, aquel que recomendaba a los niños que no comprasen drogas, mejor que intentaran ser estrellas del rock y así se las darían gratis.

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«Mistress for Christmas», de AC/DC

Las cartas a los Reyes Magos son una valiosa enseñanza sobre la diferencia entre lo que pides y lo que te llega realmente, así en la edad adulta harán menos traumáticas las compras por internet. Pero no por ello hay que dejar de expresar lo que uno anhele, y Brian Johnson lo tiene claro. The Razors Edge fue el duodécimo disco de la banda australiana y en él se incluyó este villancico heavy.

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«Mele Kalikimaka», de Walk off the Earth

Hace un lustro, un desconocido grupo canadiense hizo una versión de  «Somebody That I Used to Know» de Gotye con la particularidad de tocar todos una misma guitarra. El vídeo logró hacerse viral y cosecho decenas de millones de visitas. Bien, pues aquí los tenemos otra vez. Mele Kalikimaka es como se dice en hawaiano Merry Christmas y en 1949 pasó a ser el título de una canción que desde entonces ha sido interpretada por múltiples artistas, desde Bing Crosby hasta Bette Midler.

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«Cool Yule», de Bette Midler

La fiesta pagana de Yule fue el antecesor directo en el norte de Europa a la Navidad, de ahí que en la cultura anglosajona aún queden reminiscencias de ella. Ese fue el nombre de la canción que Louis Armstrong interpretó por primera vez en 1953. Medio siglo más tarde Bette Midler publicó un álbum de canciones navideñas que, además de incluir una versión de la mencionada «Mele Kalikimaka», contenía esta otra que además daba título al disco.

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«Sleigh Ride (Star Wars Christmas Edition)», de C3PO y R2D2

En 1980 alguien tuvo la feliz idea de publicar un disco de villancicos inspirado en el mundo de Star Wars. Como no podía ser de otra forma, el producto resultó ser un éxito, en él pudieron escucharse temas como «R2-D2 We Wish You a Merry Christmas», «What Can You Get a Wookiee for Christmas» o el que tienen sobre estas líneas.

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«Another Rock ‘n’ Roll Christmas», de Gary Glitter

En contra de lo que pudiera parecer, quien aparece en el vídeo no es Millán Salcedo venido arriba como cantante tras emular a Jaime Urrutia. Se trata de Gary Glitter, que antes de acabar en la cárcel por delitos particularmente sórdidos y alejados de cualquier espíritu navideño tuvo uno de sus mayores éxitos en 1984 con esta canción.

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«Mary’s Boy Child», de Boney M

«Mary’s boy child Jesus Christ was born on Christmas Day», comienza señalando esta canción, es decir, de los 365 días del año Jesús justo fue a nacer el día de Navidad ¿Casualidad? No lo creo.  El tema era una versión del original de Harry Belafonte y fue incluido más adelante en su álbum de 1981 Christmas Album. Su vídeo es fiel al estilo de la banda, con Bobby Farrell agitándose inquieto y cara de estar deseando largarse de ahí.

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«Run Rudolph Run», de Chuck Berry

Al escuchar la melodía y el estribillo por momentos pareciera estar cantando «Go go, Go Johnny go!», no en vano ambos sencillos se publicaron en 1958. Pero esta vez el que corre es el reno que debe llevar a Santa Claus a repartir regalos por el mundo. Merece la pena escuchar también la versión de Lynyrd Skynyrd.

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«A Holly Jolly Christmas», de Burl Ives

Burl Ives fue un actor al que pudimos ver en series como M.A.S.H. y en clásicos del cine de la altura de La gata sobre el tejado de zinc, Al este del Edén u Horizontes de grandeza, siendo esta última la que le valió un Óscar. Pero además mantuvo a lo largo de su vida otra carrera paralela como cantante de country. Su interpretación de «A Holly Jolly Christmas» en 1964 fue la que lanzó este tema escrito previamente por Johnny Marks, autor también de la anterior de Chuck Berry.

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«Merry Christmas (I Don’t Want To Fight Tonight)», de The Ramones

Este sencillo fue incluido en el álbum Brain Drain de 1989, donde quedó eclipsado por el éxito de otro, «Pet Setamary». Qué mejor forma de terminar que con este noble propósito de no pelearse una noche tan especial, aunque la situación sea particularmente propicia: reuniones familiares, alcohol servido con generosidad, tal vez alguien prendiendo la mecha diciendo «¿Qué opináis del resultado de las elecciones catalanas?». Que sea entonces una noche de paz, como cantaba el villancico y aquí Joey Ramone.

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