Las lecciones del Nobel

Michael Ashkin, hijo de Arthur Ashkin, recibe el Premio Nobel de Física 2018 en nombre de su padre.  Foto: Pontus Lundahl / TT / kod 10050.

Ya saben ustedes que en octubre se anuncian los ganadores de los Premios Nobel. Aunque ya existen muchos otros premios, y algunos de ellos con dotaciones económicas muy superiores, en el subconsciente de todos el Nobel sigue siendo ese premio mítico que reconoce cada año a las personas que han llevado a cabo investigaciones que han dado lugar a descubrimientos o contribuciones notables para la humanidad. Los premios comenzaron a entregarse en 1901 y desde entonces los laureados constituyen el olimpo intelectual de la humanidad. Más allá del estipendio dinerario asociado, el prestigio que conlleva el premio hace que cada octubre haya varios cientos de personas en todo el mundo que tengan los teléfonos a mano esperando esa ansiada llamada desde Estocolmo para anunciarles que son ellos los elegidos.

Para los países, sus Premios Nobel son un motivo de orgullo y una demostración de su poderío. La relación de los Premios Nobel con España constituye una completa rareza. Solo don Santiago Ramón y Cajal obtuvo este galardón en 1906. Desde entonces, llevamos más de un siglo sin que ningún español trabajando en España haya conseguido el premio en las categorías científicas. Esta enorme anomalía debería sacarnos los colores como país, aunque parece pasarnos normalmente inadvertida.

No sucede lo mismo con observadores imparciales y externos. En un vídeo que circula por internet, Neil deGrasse Tyson, un conocido científico y divulgador norteamericano, aborda esta situación. ¿Cómo es posible que el país que lideró la exploración del nuevo mundo solo tenga un Premio Nobel y mi instituto de bachillerato en el Bronx tenga diez entre sus exalumnos?, se pregunta. Continúa con una llamada de atención que merecería al menos alguna reflexión: ¿dónde está el espíritu de búsqueda y aventura de esa gran nación que es España?

Yo estoy convencido que nuestro espíritu de búsqueda y exploración sigue intacto. Y que solo necesitamos crear y mantener un caldo de cultivo favorable que los haga florecer. No pierdo la esperanza.

Más allá del caso de España, muchos de los detalles que se conocen de los premiados son auténticas lecciones de vida. Es el caso del Nobel de Física de 2018 que recayó en tres científicos que realizaron importantes contribuciones utilizando la luz. Quiero hablarles de uno de ellos que quizás tampoco perdió el mismo la esperanza de ganar el Premio Nobel.

Arthur Ashkin fue un científico neoyorquino que inventó las tijerillas o pinzas ópticas en los años setenta del siglo pasado. La idea es muy simple a la par que enormemente ingeniosa. Se trata de focalizar luz para atrapar y manipular partículas microscópicas. Con esta técnica, una vez perfeccionada, se puede cortar y mover microorganismos vivos, como virus o bacterias.

En 1997, Steven Chu, uno de los colaboradores de Ashkin, recibió el Premio Nobel por la aplicación precisamente de las pinzas ópticas de Ashkin para investigar las propiedades cuánticas de los átomos. Chu se hizo aún más famoso años más tarde al ser secretario de energía de Estados Unidos en la administración de Obama. Arthur Ashkin mostró públicamente en varias ocasiones su enfado por no haber sido incluido en el premio de 1997. Es muy posible que pensara que era injusto y que una vez que el premio le había pasado tan cerca, ya nunca le llegaría. El propio Chu reconoció la influencia que tuvo Ashkin en el trabajo por el que recibió el Nobel.

A pesar de la notoria frustración, Ashkin siguió trabajando en el uso de sus pinzas de luz y continuó haciéndolo hasta el final en el sótano de su casa. El día que anunciaron el premio este mes, no estuvo disponible para los medios de comunicación porque estaba ocupado trabajando en la preparación de un artículo científico. Genio y figura. Esto es probable que no resulte extraño a los lectores que imaginan a los científicos un tanto reservados y no demasiado propensos a la exposición mediática. Pero seguro que el asunto les parece ciertamente especial cuando sepan que el señor Ashkin tenía noventa y seis años. Esto le convierte en el premio Nobel de más edad al concederlo.

El caso de Arthur Ashkin nos proporciona varias lecciones útiles. Nunca es demasiado tarde para que nos ocurran cosas importantes. Mientras nos sea posible, sigamos al pie del cañón haciendo las cosas que creemos van a mejorar la vida de los demás.

Este texto es uno de los capítulos de Visión a todas las distancias, el libro que recoge los artículos de opinión de Pablo Artal. Temas de ciencia, tecnología, educación y la vida en general son tratados desde la visión personal del autor. 


Pedro Duque: «Conocer mejor la ciencia mejoraría muchísimo la vida cotidiana de las personas»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 16.

Pedro Francisco Duque Duque (Madrid, 1963) es astronauta y licenciado en Ingeniería Aeronáutica por la Universidad Politécnica de Madrid. Empezó trabajando como programador en el Grupo de Determinación Precisa de Órbitas de la Agencia Espacial Europea (ESA). Su primer viaje al espacio lo realizó en 1998 a bordo del transbordador espacial Discovery. Su segundo viaje fue a la Estación Espacial Internacional (ISS) al bordo de la Soyuz TMA, durante la Misión Cervantes.

Nos encontramos con Duque en las instalaciones de la ESA a las afueras de Madrid, en un edificio decorado con maquetas de satélites a escala. Duque es conciso en sus respuestas y se le iluminan los ojos cuando hablamos del viaje tripulado a Marte, la misión, confiesa, que más desearía liderar.

La gente siempre te pregunta qué hay que hacer para ser astronauta y olvida que te graduaste en la Universidad Politécnica de Madrid con una nota media de 10. ¿En este caso correlación implica causalidad?

Está bien graduarse con buenas notas, pero eso no es lo único. Si se trata de astronáutica, además de estudiar hay que saber, hay que haber trabajado, hay que demostrar que uno puede utilizar bien los conocimientos y obtener resultados concretos, hay que tener capacidades operativas, se pide a la gente que hable idiomas… Hay una serie de factores que deben sumarse.

¿Tenías ya claro que querías ser astronauta cuando estudiabas Ingeniería Aeronáutica? ¿O fue otra cosa lo que despertó en ti la pasión por el espacio?

Yo tenía seis años cuando tuvo lugar el alunizaje del Apolo XI. Todos vimos por la televisión cómo Neil Armstrong ponía el pie en la Luna por primera vez. A todos los que lo vimos nos atrajo tanto que nunca lo hemos olvidado. Desde entonces me acompaña la imagen en blanco y negro del primer paseo del hombre en la Luna con Jesús Hermida describiendo el momento, fue algo absolutamente definitorio en mi vida. Luego me he dedicado a la aeronáutica porque siempre me ha gustado la ingeniería y ver funcionar las cosas por dentro, y como la profesión de mi padre era controlador aéreo me familiaricé desde pequeño con los aviones y las conversaciones con ingenieros. Por eso opté por la Ingeniería Aeronáutica.

En tu discurso de investidura como doctor honoris causa en la Universidad Politécnica de Valencia decías que «la sociedad debe su pujanza a la tecnología y la organización, pero los más jóvenes se afanan poco y esperan poder enriquecerse en poco tiempo por alguna ocurrencia o carambola». ¿Una reivindicación de la cultura del esfuerzo?

Sí, pero no solo de la cultura del esfuerzo. Hay que explicarles a los jóvenes que esforzarse es necesario, pero no porque con esfuerzo vayan a cumplir una obligación, sino porque los esfuerzos tienen como resultado mucha más diversión y muchísimo mayor disfrute en la vida. Solo te diviertes con las cosas cuando las entiendes, y a veces para entenderlas hay que leer y hay que esforzarse. El esfuerzo es una vía para conseguir también el disfrute. Un ejemplo: si me monto en un monopatín, lo piso y me caigo, ya no querré montarme más. Para poder conseguir el gozo de montar en monopatín hay que practicar, hay que trabajar la técnica, y eso implica empezar por esforzarse. Ocurre lo mismo con el conocimiento de las cosas, de cómo funcionan. Hay que estudiar ingeniería, conocer la naturaleza. Eso te proporciona un disfrute al final. Es como ir al Museo del Prado: para disfrutar de los cuadros tienes que saber de pintura. Si no, solo ves monos.

Antes de irte al espacio te dedicaste durante seis años, entre 1986 y 1992, a la determinación precisa de órbitas en el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC) de la ESA en Alemania. ¿Cuál era tu trabajo exactamente?

Consistía en programar los algoritmos matemáticos y físicos que determinan cómo son las órbitas y qué influencias tienen sobre los satélites las diferentes fuerzas que los gobiernan, y cómo podemos utilizar mejor las diversas medidas de las distancias para conocer bien nuestra órbita. Eso es lo que hacíamos donde yo trabajaba, en el centro de control en el Grupo de Determinación Precisa de Órbitas. En ese momento era importante porque teníamos unos nuevos satélites de observación de la Tierra equipados con cámaras fotográficas y era necesario saber exactamente en qué sitio del planeta habían sacado las fotografías, porque cada una se realiza en un determinado minuto, segundo y microsegundo. Lo hacíamos con medidas de láser y con medidas de GPS, y nos divertíamos mucho. Se programaba en Fortran 4 y 77 y seguimos haciéndolo igual, solo que ahora es Fortran 90 o 95 o 2003.

¿Se sigue innovando en la algoritmia?

Ya no se innova mucho. En los años ochenta ya desarrollamos los programas que calculaban los mínimos efectos de las ecuaciones de la relatividad general de Einstein en las medidas del láser. Lo que se hace ahora es conseguir que los programas sean más automáticos, que tengan una presentación más sencilla y que admitan nuevos satélites.

Recibiste entrenamiento en la Ciudad de las Estrellas de Moscú, conocida como «la ciudad militar cerrada número 1», donde también se preparó el cosmonauta Yuri Gagarin. ¿Hablas ruso?

Tuve que estudiar ruso porque allí todas las clases se daban en ruso. Hice un curso intensivo, llegamos allí y los dos primeros días no entendimos nada. Poco a poco nos fuimos adaptando y fuimos aplicando el conocimiento que nos habían impartido durante el curso. Al final todos tenemos que hablar ruso por radio y leer los procedimientos en ruso, y nuestra vida, en realidad, depende de lo bien que hablemos en ese idioma. Así que nos aplicamos bastante.

¿Y la experiencia allí cómo fue?

Rusia ha cambiado mucho. Empezamos a ir allí en el año 1992, tras la caída del telón de acero. Acababa de caer la Unión Soviética y el país atravesaba unas dificultades económicas enormes. La gente que quedaba en el programa espacial estaba por entusiasmo, no por lo que les pagaban. Fueron años durísimos en lo que quedaba de programa espacial soviético, con gente mayor, entusiastas que cobraban poquísimo dinero y a los cuales siempre queríamos ayudar, pero tampoco sabíamos cómo. Los edificios estaban destartalados, en el baño no había papel… Parecía una cosa un poco curiosa que nos atreviéramos a volar en cohetes hechos por aquella gente, pero entendimos que en Rusia se hacía el mismo hincapié en la seguridad que en cualquier otro sitio. En parte, no había dinero para todo porque el dinero se invertía todo en la seguridad.

Incluso antes de salir en la Soyuz fuiste condecorado por Boris Yeltsin. ¿Por qué se te concedió en la Federación Rusa la Orden de la Amistad?

Es una tradición. De las personas que iban a Rusia a volar en los vuelos conjuntos se condecoraba a los astronautas, al que había volado y al que había quedado en reserva con la Orden de la Amistad.

En 1998 fuiste nombrado miembro de la tripulación del STS-95 del Transbordador Espacial y volaste en el Discovery. Tuvisteis un problema en el despegue y se decidió no abrir el paracaídas en el aterrizaje. ¿Temiste por tu vida?

No, de aquello solo nos enteramos cuando ya estábamos en órbita. Se cayó una tapa de metal que no lleva telemetría, o quizás, si llevaba, no estaba activa en ese momento, porque no se espera que el paracaídas se abra durante el lanzamiento. Luego se detectó al ver los vídeos. Supimos a posteriori que habíamos estado en grave peligro, pero no durante el tiempo en que lo estuvimos. Más tarde hicimos las correspondientes averiguaciones y, tras las conversaciones con los expertos de tierra sobre cómo proceder, estrechamos las condiciones de aterrizaje para que pudiéramos llevarlo a cabo de manera que se pudiera frenar en lo que había de pista. Ese paracaídas es importante cuando aterrizas en una pista corta por cuestiones de emergencia, pero cuando aterrizas en la enorme pista de Florida te da igual parar más pronto que más tarde.

En aquella misión te acompañaba John H. Glenn, que entonces tenía setenta y siete años. Glenn y tú os sometisteis a pruebas médicas con el objeto de entender los procesos de envejecimiento. ¿Los experimentos que se efectúan en el espacio son siempre públicos o también los hay secretos?

Son siempre públicos. Eso sí, ocurre que a veces una empresa comercial paga por el uso de la estación espacial para hacer experimentos, ya que esperan descubrir o inventar cosas gracias a ellos, y los resultados solo los conocen ellos. Es normal, porque son experimentos comerciales. Sin embargo, no hay ningún experimento que sea estrictamente secreto, del tipo tecnología militar o algo así. Eso no se hace en la Estación Espacial Internacional y, si lo hacen, yo no me he enterado [risas]. Desde luego, allí arriba no se hace, a no ser que se haga en otros sitios, o con otros satélites o sistemas.

Tu siguiente viaje fue a la ISS en la misión Cervantes, en la que se aprovecha que hay que sustituir la Soyuz salvavidas para realizar una corta estancia en la estación espacial. ¿Por qué es necesario cambiar de Soyuz cada seis meses?

Es una cuestión tecnológica. Todo aparato tiene una vida útil garantizada y las naves Soyuz estaban diseñadas para que fuera de seis meses. Por supuesto que, si las extiendes a nueve meses por algún motivo importante, a lo mejor funcionan igual, pero hay unas baterías cargadas que tienen que funcionar durante esos seis meses; hay unos depósitos con combustibles especiales que no se abren durante esos seis meses, porque hay que tener cuidado para que el combustible no se degrade; etcétera. Hay una serie de imperativos tecnológicos que limitan la vida garantizada del aparato a seis meses. Hoy, en las nuevas naves, se han hecho modificaciones y están teniendo una vida útil garantizada mucho más larga. Creo que están por nueve o diez meses.

Cuando esas naves vuelven, ¿se reutilizan en parte o ya quedan para los museos?

Se queda casi todo para museo. Hay que tener en cuenta que la mayor parte se quema, porque la nave se divide en tres trozos y solo la parte central tiene un escudo térmico. El resto se funde y se vaporiza durante la reentrada. La mayor parte de la nave se pierde completamente. Luego, la cápsula en sí no se puede recuperar porque ha pasado por unas condiciones térmicas extremas, se ha calentado y ha cambiado su estructura metálica, lo que impide que se pueda volver a utilizar. Lo que sí puede hacerse es sacar los ordenadores de la cápsula y volver a instalarlos después, eso sí se puede reutilizar.

¿Volar en la cápsula espacial Soyuz es tan emocionante como parecía en la película Gravity?

Sí, es muy parecido. Aunque no se pueden manejar las cápsulas a voleo como aparece en la película [risas], pero sí, vibras, el paracaídas da un gran tirón, todo eso ocurre. En la película Apolo XIII llueve en la cápsula porque el aire acondicionado no funcionaba y estaba todo lleno de humedad, y en el momento en que la gravedad hace efecto toda esa agua les cae encima a los astronautas. Todo esto son cosas que realmente ocurren.

Como jefe de la Oficina de Operaciones de Vuelo de la ESA, ¿cómo viviste el aterrizaje del módulo Philae en el cometa 67P/Churiumov-Guerasimenko en noviembre de 2014, en el curso de la misión Rosetta?

Esas misiones se controlan en el Centro Europeo de Operaciones Espaciales (ESOC), donde yo mismo trabajé al principio de mi carrera en los años ochenta. Está en Darmstadt, Alemania. Existe una red de antenas distribuida por toda la Tierra que se coordinan desde el ESOC y a través de ellas se realizaron y enviaron todos los comandos y se efectuó la telemetría de Rosetta. Nosotros no tenemos que ver con eso.

El próximo 30 de septiembre la propia sonda espacial Rosetta se estrellará contra el cometa y con eso acabará la misión. ¿Cómo valoras este proyecto de la ESA?

El proyecto ha sido el más importante del programa científico de la ESA hasta ahora, no solo por los resultados, que son muy importantes, también por la comunicación que acompañaba a la misión. Hay otros equipos de la ESA que han efectuado grandes logros, por supuesto, como el satélite que realizó el inventario de todas las estrellas que utilizan los astrónomos, y otro satélite que está haciendo ahora mismo un nuevo inventario mil veces más preciso. No puedes comparar los resultados de uno con los resultados de otro, los dos son maravillosos. Pero, desde el punto de vista de comunicación, hemos hecho un papel muchísimo mejor y la nave Rosetta ha puesto en el mapa de los medios de comunicación a la Agencia Espacial Europea. Y espero que no se estrelle, sino que solo se deposite.

¿Estáis en la ESA al mismo nivel tecnológico y presupuestario que la NASA o la FKA, la agencia espacial rusa?

En presupuesto Europa y Rusia están más o menos igual. El de Rusia llegó a estar muy por encima, pero ahora ha bajado. Pero el presupuesto militar y civil estadounidense es diez veces mayor. Tecnológicamente estamos muy parejos, pero es sencillamente imposible, por mucho que seamos mucho más eficientes, que con esa diferencia económica podamos estar a su mismo nivel global. Hay programas concretos en los que estamos muy por encima, todo el programa de observación de la Tierra es muchísimo más avanzado que el de Estados Unidos, y en las naves como Rosetta o en telescopios estamos a la par con la NASA. También el programa Galileo está tirando y hoy se está poniendo muy cerca del programa americano de GPS. Pero, por ejemplo, en vuelos tripulados Europa participa con un porcentaje muy pequeño.

Si dispusieses de los fondos necesarios, ¿qué misión espacial no realizada te gustaría liderar?

El primer aterrizaje en Marte, como a todo el mundo. Que una nave tripulada descendiese hasta el suelo de Marte daría unos réditos económicos impresionantes, por la tecnología que habría que desarrollar y la competitividad que daría a la industria europea; pero también unos réditos importantísimos desde el punto de vista emocional. La gente entendería por qué hemos hecho esta unión de todos los países europeos: por alcanzar un objetivo grande e importante que solo podemos conseguir todos juntos. Y tendría una ilusión. La verdad es que la cantidad de dinero que se requeriría para ello, comparado con los presupuestos de la Unión Europea, sería irrisoria.

¿Tendría que ser una cosa de la ESA o debería ser una misión conjunta entre todas las agencias espaciales?

Se puede hacer una misión conjunta, pero entonces lo importante es no ser un socio pobretón. Si se hace conjunta, pero hay alguien que pone el 90 % y tú pones el 5 % y otro más pone el otro 5 %, entonces de ahí no sacas ni los réditos de los inventos ni puedes exigir que haya un miembro tuyo en la tripulación. La única manera correcta sería, o bien que lo hiciera la ESA todo entero, o bien que fuéramos al 50 % con alguien, por ejemplo la NASA, que es nuestra agencia casi hermana.

Space X, una compañía privada, ha anunciado su llegada a Marte en 2018. ¿Tú lo ves factible?

Es muy difícil saberlo. No tengo acceso a los diseños y a las características de la misión, las guardan muy celosamente, como haría yo si hubiese invertido tantísimos millones en diseñar la nave [risas]. Pero hasta ahora las afirmaciones de Space X han sido muy fiables. Yo conozco gente que trabaja allí, y trabajan durísimo y hacen inventos permanentemente, se atreven a todo. Yo apuesto a que sí.

¿Y el primer viaje tripulado para cuándo?

Eso va a ser más difícil de saber. Ellos pensaban aterrizar la nave Dragón allí, pero no creen que vuelva. Esa nave no está provista de los sistemas necesarios como para rellenar el combustible y volver, es simplemente posarse, hacer fotos y demostrar que se dispone de la tecnología. Es una misión no tripulada extremadamente válida y útil, es lo que yo haría si tuviese el dinero en la Agencia Europea del Espacio y, por supuesto, el comando del uso de presupuesto. Así que, ¿para cuándo la próxima tripulada? Pues falta aún bastante, porque hay que mandar otra anterior que, de alguna manera, lleve el combustible, o sea capaz de extraerlo de la superficie para rellenar el vehículo nuevamente, y un cohete además que lo saque. Estoy seguro de que hay alguien pensándolo dentro de Space X, y dentro de la NASA tienen que planteárselo también. Y esperemos que la Agencia Espacial Europea, de alguna manera, consiga de la Unión Europea o de alguien el dinero para ponerse al nivel.

¿Qué te pareció la película The Martian?

A mí me gustó bastante, tiene buena factura y pone mucho interés en que todo sea lo suficientemente realista (considerando que es una película de Hollywood, obviamente). Hay algunas cosas un poco raras, claro. Como eso de que le quiten el techo a la nave y salgan con una lona. No he hecho los números, pero me da la impresión de que está pillado por los pelos. Mantener la atmósfera de la estación, lo que es el hábitat en Marte, simplemente con una lona parece exagerar un poquito. Pero no lo sé, insisto, habría que hacer los números. Y sí, la mayor parte de las decisiones son muy razonables y no tan desvariadas como en otras películas como Armageddon.

Las pruebas físicas que realizáis los astronautas son muy exigentes. ¿Serán necesarias para el turismo espacial?

No, por supuesto que no. Muchas de nuestras pruebas no son duras por tener que soportar condiciones extremas, sino por las muchas veces que hay que repetirlas hasta que sale la necesaria perfección de manejo. No es duro estar en una nave espacial desde el punto de vista físico. Está claro que no toda la población aguantaría la aceleración, pero sí un porcentaje enorme. Hay que hacer una centrífuga y mirarlo. Pero nosotros lógicamente tenemos que ir al espacio y resultar operativos, hay que ser capaces de responder a emergencias, etcétera. Pero si la gente va sin mucha preparación y se está mareando dos días y luego está bien, pues tampoco pasa nada.

Ya está en la ISS BEAM, el primer módulo habitable hinchable del complejo. ¿Es el primer paso para la puesta en marcha de un hotel espacial?

Yo creo que sí. Además es el objetivo públicamente declarado de la empresa, no sé si lo conseguirán. Tenemos la suerte de que el espacio atrae tantísimo a las personas que una serie de gente que ha hecho mucho dinero en la famosa burbuja de internet está dedicando fondos a invertir en el espacio, y se están haciendo desarrollos que quizás hubieran sido difíciles de conseguir con los fondos públicos. Los más importantes son Space X, Blue Orbit, la compañía de transporte espacial creada por Jeff Bezos con la intención de llevar gente al espacio unos pocos minutos, y luego los desarrolladores del BEAM: Bigelow Aerospace. Lo que pasa es que esta gente no está acostumbrada a gastar sin mirar el rédito y han traído la filosofía empresarial al sector de los viajes espaciales. Ellos piensan que en algunos años las inversiones van a dar beneficios. De hecho, Space X se ha gastado muchísimo dinero en crear cohetes y las naves espaciales, pero ahora ya están vendiendo billetes a la NASA para los astronautas que van a la ISS por un precio que les resulta rentable. Y los cohetes esos que han inventado, y en los cuales han invertido tantísimo dinero y esfuerzo, los están vendiendo a los operadores comerciales de satélites, e incluso a los militares. Creo que les irá bien y les deseo que les vaya bien, porque eso es lo que hace que todos los ingenieros jóvenes tengan trabajo.

Una de las últimas pruebas de entrenamiento que has realizado ha sido descender ochocientos metros a una cueva en Cerdeña. ¿Cómo conecta la astronáutica con la espeleología?

Hay una serie de elementos que son análogos en las dos disciplinas. Lógicamente, no porque bajar una cueva sea simplemente como salir al espacio, porque eso no es así. Pero hay algunos elementos análogos, como el aislamiento que se sufre en ambos casos o la dificultad de llegar y la dificultad de volver, que obliga a calcular con precisión la cantidad de materiales que se pueden emplear en la empresa. También es similar la ausencia de día y noche y el hecho de trabajar en condiciones duras. Sobre todo, este tipo de entrenamiento constituye un ejercicio de dinámica de grupo en condiciones incómodas, como los que se hacen en las empresas. Después del ejercicio el grupo es más integrado, se conoce mejor. Además de este ejercicio de espeleología, también tenemos un laboratorio que está debajo del mar, en el cual los equipos pasan hasta una semana. Y a los astronautas también se les envía a veces a las montañas.

¿Te lo has pasado bien durante este entrenamiento?

Sí, la experiencia ha sido sumamente positiva. Físicamente ha sido muy duro porque no estamos acostumbrados a esto, no sabemos utilizar de forma eficiente los aperos de escalada. Haces muchísima más fuerza de la necesaria y, por lo tanto, para nosotros es mucho más cansado que para los expertos.

¿Alguno de los que ibais era experto en espeleología?

Entre los astronautas, no. Se contrató un equipo de apoyo porque, si no, ¿cómo vas a llevar a los astronautas de cinco agencias espaciales? Imagina que alguno se rompa una pierna. La seguridad tenía mucha prioridad, como corresponde en estos casos.

En el año 2006 dejaste tu trabajo en la ESA para dirigir la compañía de satélites Deimos Imaging, SL. ¿Quién te convenció para efectuar ese cambio en tu trayectoria profesional? ¿A qué se dedica Deimos Imaging?

Pues me convenció un compañero, que es el director general de la empresa matriz, y también mi compañero Miguel Belló, que estuvo conmigo en ESOC haciendo un trabajo muy parecido al de programación de órbitas. La empresa se dedica a desarrollar y explotar un sistema completo espacial con satélite con estación de tierra. Fue duro al principio porque, tras trabajar de funcionario toda la vida, aprender a hacer funcionar una empresa es difícil. Pero lo he conseguido y tengo mi medallita de haber tenido responsabilidades de gerencia en una empresa. Me desvinculé de Deimos Imaging completamente al entrar otra vez en la ESA. Como ellos trabajan con la ESA había una incompatibilidad manifiesta. Les va muy bien ahora mismo, han multiplicado por tres la plantilla en Valladolid y han adquirido muchísimas más responsabilidades en el nuevo grupo empresarial en el que están.

Tú haces mucho trabajo pedagógico y divulgativo. ¿Cómo está la divulgación en España? ¿Echas de menos una figura patria como Neil deGrasse Tyson?

No, en España hay figuras así, lo único que echo de menos es que se les dé más visibilidad y continuidad en los medios. Pero también es cierto que en Estados Unidos la mayor parte de la población tampoco sabe quién es Neil deGrasse Tyson. Los que nos interesamos por la divulgación científica por supuesto que lo sabemos, pero incluso en su país lo conocerá solamente el 10 % de la población. Y la mayoría ni siquiera sabe qué significa la astrofísica.

Echo de menos que se conozca mejor la ciencia. Que se entienda la ciencia, su funcionamiento. La gente tendría que entender mejor cómo funciona todo este proceso por el cual medimos, estudiamos, pensamos, volvemos a medir y al final obtenemos un resultado a través de eso que llamamos la ciencia. Este proceso, que es bastante sencillo, es sin embargo muy desconocido. Y si se entendiera mejor provocaría cambios inmediatos: no compraríamos tantas estupideces para la salud que solo cuestan dinero y que realmente no ayudan en nada, no se comprarían productos que dicen que quitan el colesterol y resulta que es mentira… Conocer mejor la ciencia mejoraría muchísimo la vida cotidiana de las personas, de hecho. Solo interesándose por cómo decidimos que ciertas cosas son verdad y otras no, y que eso es algo que no depende de la opinión. Pero mucha gente cree que existe la opinión en la ciencia. Que existe una opinión y que existe otra, y que ahí acaba todo. Y eso es una tontería. Contrastadas con los datos, esa multitud de opiniones se convierte en lo que llamamos ley científica, que ya no está sujeta a la opinión. Creo que eso no se entiende bien, y creo que deberíamos esforzarnos por conseguir que se entienda.

Tú tienes una cruzada en internet, aunque la desarrollas con humor, contra los homeópatas y demás magufos.

Lo que me interesa es esto mismo, que la ciencia misma se conozca mejor. Es decir: hablamos de que existió un big bang, de dónde está nuestra galaxia, de los agujeros negros y de todas esas cosas relacionadas con el espacio. Pero, en realidad, de lo que debemos asegurarnos es de que la gente comprenda que la medicina es una ciencia que, como tal, se fundamenta en evidencias. Y que no existe la medicina alternativa, que es algo necesariamente falso. Hay una medicina que funciona y otra que no, y que entonces no debe recibir ese nombre. Todo aquello que funciona se integra dentro de la medicina. La «medicina alternativa» es una palabra tonta. Si consigues explicar eso, si logras que se entienda, consigues una mejora en la sociedad.

Explícame qué son chemtrails.

Una tontería como un piano. Algunas personas creen que los aviones, en vez de estar produciendo estelas por la condensación del aire, vierten productos químicos. Aunque nadie se muere por creer eso. Lo grave es cuando esa gente lo lleva al extremo y ese modo de pensar influye en sus hijos y en su comportamiento, y eso sí tiene consecuencias más graves. Ahí es donde verdaderamente habría que cortar. No hay derecho a que una gente que se piensa que ahí hay químicos en el aire no deje salir fuera de casa a sus niños por miedo a que se contaminen, y lo mismo con la homeopatía; en vez de llevar al niño al médico, le das pastillitas de azúcar porque te lo ha dicho un homeópata.

Hay una gran cantidad de farmacéuticos y médicos titulados que se hacen homeópatas. Eso es ya preocupante.

Ya. Esa gente, lo que hace, es dedicarse a recetar pamplinas durante la fase de «esperar a que se cure solo», pero al menos saben en qué momento eso ya no se cura solo y entonces pasan a recetar medicinas normales, como manda el hospital. Todavía tiene un pase. No es ético y no debería hacerse, pero no es tan mortal como que a los niños no los vacunen. Todo tiene un pase mientras no afecte a los niños.

¿Crees que en España todo el mundo tiene acceso a la mejor educación?

Si no todos a la mejor, todos a una buena educación. La educación pública sigue funcionando a base de inmensos esfuerzos por parte de los maestros, de los directores y de los celadores de los colegios. De momento todavía vamos bien, pero aun así habría mucho que mejorar. Sobre todo, en este aspecto que hemos comentado: que la gente entienda que hay cosas que no están sujetas a opiniones, sino que solo están sujetas a datos.

¿Cuándo te volveremos a ver en el espacio?

Lo que está claro es que no dentro de muchos años, porque ya voy cumpliendo bastantes. Así que, o dentro de tres, cuatro o cinco años, o ya lo dejamos.

Por último, recomiéndanos un libro sobre exploración espacial o astrofísica que sea divulgativo y creas que a la gente le pueda gustar.

Un poco difícil, la verdad. Asimov tenía varios libros que eran bastante asequibles sobre cómo funciona la galaxia, no me acuerdo de los nombres de todos ellos, tenía uno muy bueno de química. En general, yo siempre recomiendo el libro de Carl Sagan El mundo y sus demonios. Simplemente te lo lees y, si piensas como dice ese libro, tienes mucho ganado.


Pere Estupinyà: «Nos falta ciencia de la divulgación científica»

Pere Estupinyà para JD 0

Que Pere Estupinyà (Tortosa, 1974) llegue al lugar de la entrevista con un paraguas en la mano es comprensible dado lo lluvioso de la tarde en que nos reunimos. Lo que no entendemos es por qué lleva una cafetera en la otra. «Resulta que en el piso donde me alojo no toman café, y para mí es imprescindible», nos cuenta. Tener la oportunidad de hablar con este escritor y divulgador científico, autor de S=EX2, La ciencia del sexo (Debate, 2013), El ladrón de cerebros (Debate, 2010) y Comer cerezas con los ojos cerrados (2016), y definido por él mismo como «omnívoro de la ciencia», nos permite abordar temas tan dispares como el estado de la divulgación científica actual, las polémicas antivacuna, la homeopatía o la sexualidad.

¿Qué te empujó a estudiar Química y Bioquímica?

No tengo ninguna historia original que contar. Era el típico chaval al que le iban bien las ciencias, que no había salido de su ciudad (Tortosa), y creo que por inercia y porque la Universidad de Tarragona quedaba más cerca que la de Barcelona me matriculé en Química. Allí es cuando empezó a atraerme eso de imaginar el mundo de los átomos, más desde una perspectiva intelectual que práctica.

Cuando terminé Química a los veintiún años me ofrecieron un trabajo en una planta de plaguicidas, y recuerdo pensar que era muy joven, que no me veía encerrado en una fábrica, y que quería seguir estudiando. Ahí es cuando decidí estudiar Bioquímica y apareció de verdad la fascinación por la ciencia. Descubres la ingeniería genética, la evolución, la nutrición, el saber cómo funciona el cuerpo humano… y dices: ¡Ostras! Esto de la bioquímica mola mucho.

El desinterés por lo que hacías te hizo descubrir lo que querías hacer.

Los átomos al final son más fáciles de entender conceptualmente. Son pelotitas, bueno, no son pelotitas, pero ya me entiendes. Pero cuando miras la complejidad de la biología, las macromoléculas que forma una célula, una enzima que cataliza una reacción… Dices, ¿a esto cómo hemos llegado? Entonces empiezas a pensar en temas como el origen de la vida y la teoría de la evolución, que no te enseñan en clase, y te pones a leer por tu cuenta. En este paso es cuando empiezas a desarrollar un gusto por la ciencia guiado por tu propia curiosidad, con una motivación más filosófica (amor por el conocimiento), y eventualmente te encuentras leyendo libros de física o neurociencia, y alucinando con el cosmos o el cerebro.

¿Fue en ese punto cuando decides comunicar ciencia?

Durante la carrera no, pero hice el máster y ahí sí que me veía explicando lo que leía a mis amigos, o a quien fuera. ¡Era como el típico nerd de The Big Bang Theory! [Risas].

Entonces me salió la oportunidad de hablar sobre ciencia en un programita de radio en una cadena local de Tortosa, y de publicar articulillos en l’Ebre, gratis todo, pero ahí fue donde empecé con la divulgación. Iba escribiendo cositas y me empezaron a decir que se me daba bien. Además en esa época trabajaba como técnico de prevención de riesgos laborales, pues la experiencia que había tenido en el hospital Joan XXIII empezando el doctorado fue un desastre. Me cogieron para hacer unas reacciones rutinarias llamadas PCRs, claramente porque era más barato que un técnico de laboratorio. Vamos, que era el típico momento de juventud donde vas probando a ver lo que te gusta. Hasta que buscando opciones mandé un mail al equipo del programa Redes ofreciéndome a colaborar y me responde Eduard Punset con la frase —literal, todavía lo recuerdo—: «Envíanos tu currículum. Estamos buscando gente que quiera dedicarse a la comprensión pública de la ciencia». Al cabo de mes y medio me entrevistaron, dio la casualidad de que a los pocos días una persona del programa se fue, me llamaron para empezar la semana siguiente, y lo dejé todo. Yo creo que ese fue el momento diferencial. Hasta ahí mi perfil era como el de muchísimos jóvenes científicos inquietos, pero la decisión de dejar radicalmente un trabajo fijo y un mundo que dominas por algo nuevo e incierto… ahí suelen entrar las dudas y los miedos paralizantes. Yo me lancé 110% a por ello, como creo que he ido en otros momentos de mi carrera y vida. La vida es muy rocambolesca y todos tenemos momentos de buena y de mala suerte. La clave está en superar rápido los de mala (aprendiendo de ellos si puede ser) y aprovechar al máximo los de buena. Y en guiarte más por la ilusión que por el miedo.

La ilusión.

En los agradecimientos de mis libros siempre escribo la frase «a la ilusión, porque en momentos importantes es la que decide». Es algo de lo que estoy plenamente convencido. Tanto en situaciones importantes como en cotidianas. Recuerdo estar escribiendo El ladrón de cerebros aislado en un microestudio de Washington D. C. y pensar que nadie me conocía, que nadie iba a leer mi libro, que estaba perdiendo mis mejores años profesionales… y seguir por ilusión, no por obligación. Nadie me obligaba a terminar el libro, no era un trabajo ni un compromiso. Podía dejarlo y a otra cosa más fácil y de premio inmediato. Pero la ilusión decidió continuar.

Has sido guionista y editor en Redes y ahora estrenas proyecto en La 2. ¿Cómo ves el estado de la divulgación científica en España?

Muy bien, y mejorando año tras año. En lugar de divulgación prefiero hablar de comunicación científica, que es un término más genérico que también engloba al periodismo. Lo que ha demostrado el mundo online es que la gente sí se interesa por la ciencia. Tú pones contenidos científicos en la home de El País o la home de las revistas, de los periódicos… y se comparten muchísimo. La gente los mira, y generan mucho tráfico. El periodismo de hace unos años asumía que a la gente no le interesaba la ciencia. Hablabas con editores y te decían que la gente no leía los artículos científicos. Yo en 2007 empecé el blog Apuntes científicos desde el MIT en El País, y era el segundo con más suscriptores, con un tráfico enorme… siendo un blog de ciencia. En el resto de blogs había futbolistas que escribían de fútbol, expertos en política… ¡pero es que ya había una saturación de información de política y de fútbol!

Internet ha demostrado que la ciencia interesa y, atentas a este fenómeno, las televisiones han reaccionado un poquito y han dicho: oye, igual también puede funcionar. Las cadenas públicas tienen casi el deber de dar un contenido cultural, pero incluso las otras, donde la audiencia es más determinante, creo que están planteándose apostar por la ciencia (por los rumores que me han llegado), interesadas en formatos de ciencia muy amenos, tipo Órbita Laika.

¿Qué me parece este momento? Me parece que es un momento de exploración. Parecía que durante mucho tiempo la ciencia ya estaba cubierta en televisión con Redes, porque parecía que con eso ya era suficiente. Cuando se terminó Redes mucha gente dijo que era un programa lento, que la ciencia tiene que ser divertida, y empezaron a salir Órbita Laika, el ADN Max, Yo mono, ahora El ladrón de cerebros son contenidos que no llegan a competir en prime time con el cotilleo o el fútbol, pero sí que lo hacen con el resto de información. ¡A ver si tenemos audiencia todos! [Risas]

Pero es obvio que todavía quedan retos, como llegar más al sector femenino (los hombres consumen más divulgación que las mujeres), y llegar con impacto a un público mucho más masivo. Digo con impacto porque tener mucha audiencia no es suficiente. Quienes estamos en esto por vocación lo que queremos no es solo distraer a mucha gente, sino que tenga cierto impacto en sus vidas. Que se queden con la idea de que la ciencia es importante, quizás que aprendan algo, y que despierte su curiosidad por saber más. Si solo distrae, es divulgación mediocre. Por eso siempre digo que debemos medir el impacto de las actividades de divulgación científica.

Pere Estupinyà para JD 1

Vivimos el boom de talent shows, el de programas de cocina… ¿es el turno de la ciencia?

Es que la ciencia es muy interesante, realmente.

Y en comparación con Estados Unidos, en cuanto a divulgación en los medios en general, ¿cómo crees que estamos?

Es muy difícil comparar España con Estados Unidos en cualquier nivel. Podemos comparar Estados Unidos con Europa, si quieres; pero con España es injusto. Si comparo la ciencia y divulgación española con Oklahoma, pues estamos mejor. Y si comparo con Nueva York o Massachusetts, mucho peor. Si me pides diferencias te podría decir que allí el periodismo científico es más storytelling, menos rígido y más crítico; o que los científicos están mejor entrenados para divulgar y asumir estatus mediático; que se potencia la personalización del divulgador, como Alan Alda o Neil deGrasse Tyson… pero es que tienen mucha más ciencia, mejor, y desde hace más tiempo. Es proporcional.

Ya que has mencionado a Neil deGrasse Tyson, supongo que has visto Cosmos. ¿Qué te ha parecido?

Bien, bien. Pero no la he visto toda… [Risas]. Lo que pasa es que yo soy un mal consumidor de divulgación científica. Yo me nutro de las fuentes originales, tipo Science o Nature, o libros y artículos un poco más sofisticados. Cosmos… la veo casi porque debo verla, o por inspiración, y entonces te da un poco de envidia por los recursos que tienen y piensas: «Nunca en el mundo hispanohablante podremos llegar a hacer eso». Me gusta la figura del divulgador que empatiza con la gente, como Neil o Carl Sagan, que fue el gran referente en eso. Eso pasaba aquí con Punset.

Series. Todas las series que de alguna forma más o menos directa tocan la ciencia, desde Big Bang Theory hasta por ejemplo Masters of Sex, ¿qué opinión te merecen? ¿Crees que es bueno para la ciencia que existan?

Sí, sí. Con Big Bang Theory, por ejemplo, se han hecho análisis del impacto que puede tener y es positivo. No es que lo diga yo, está documentado. Hay gente que se dedica a intentar poner a un lado sus opiniones y medir si Big Bang Theory tiene un impacto positivo o no en vocaciones, por ejemplo. Esta es la mentalidad científica, yo no tengo opiniones sino hipótesis.

¿Y las secciones de «ciencia», como por ejemplo de El Hormiguero?

No lo sé; lo interesante es medirlo. Te voy a dar un ejemplo: Hay un sociólogo del Reino Unido que hizo un estudio sobre ciertas actividades educativas infantiles en zoos, donde se veía a los niños jugando con animales, riendo, se les explicaban cosas… Él analizó si aprendían cosas nuevas o no, o si cambiaban actitudes respecto a importancia de preservación o respeto a animales, y aunque todo el mundo asumía que sí, porque se lo pasaban bien y era muy interactivo… Cuando lo midieron: efecto cero. No servía para nada a nivel divulgativo. Para que los niños pasaran un rato divertido sí, pero para que mejorara su percepción de la ciencia, ningún efecto. Yo, por ejemplo, no sé qué impacto tienen los experimentos de El Hormiguero. Se debería medir. Nos falta ciencia de la divulgación científica.

¿Un buen indicador de salud divulgativa de un medio es el tratamiento de cuestiones como la homeopatía?

Sí. La homeopatía es un tema muy complejo, y por tanto, si lo tratas bien, demuestras que eres mejor divulgador o mejor periodista. Asumimos que es un placebo, que no hay nada: eso lo sabemos todos. Y que hay tantos intereses económicos como en la farmacología convencional. Pero tratarla de una manera simplista, diciendo que la gente es ignorante, no lleva a ningún sitio. Es demasiado superficial. Recuerdo a una farmacéutica que recetaba homeopatía y me decía: «Yo ya sé que no tiene nada, pero si viene una madre con su hijo, que le duele la tripa, y te pide algo para el niño, sabes que ella quiere cualquier cosa; ¿qué le vas a dar, un fármaco, que es fuerte? Le das una pastillita de estas que no hace nada, y en realidad lo que haces es calmar a la madre». Después otro asunto es cómo los lobbies farmacéuticos no se atreven a criticar la homeopatía porque hay mucho dinero detrás. Nadie se atreve a regularla bien, como tampoco regulan bien las bebidas azucaradas, que genera diabetes en Estados Unidos y en México. Hay mucho dinero ahí.

¿Otro buen indicador podría ser que el Gobierno de un país no acabe con la investigación pública? ¿Cómo ves el caso español?

Si miramos solo la inversión en los últimos cinco años, como consecuencia de la crisis ha empeorado. Pero la tendencia en los últimos treinta es muy buena. Es una cuestión de perspectiva. A pesar de las dificultades, España tiene mucho talento y buena productividad científica. Y de eso la gente no es del todo consciente. Está en el décimo lugar mundial en publicaciones, y hay grupos de gran impacto internacional. El reto ahora es conseguir más transferencia industrial e impacto socioeconómico, pues en innovación estamos a la cola de Europa.

Pero yo sí veo claros indicios de continua mejora. Uno es la apuesta por la excelencia, como por ejemplo los apoyos a los centros Severo Ochoa, que es un sello de calidad. La idea de que se premie más a los excelentes no acaba de verse bien, porque se cree que hay que repartir. Pero la ciencia no funciona así. La ciencia, en este sentido, funciona como el fútbol: si quieres a Messi o Cristiano en tu equipo les tienes que pagar más dinero que a otro, y nadie dice que sea injusto. Otro tema es la modernización de algunas estructuras de gestión de la investigación en el CSIC o universidades, para que sean más flexibles y eficientes. Se están cambiando modelos un poco antiguos. Y desde luego hay otros muchos aspectos de la ciencia en España, como la fuga de cerebros, la duplicación de investigaciones, la falta de multidisciplinariedad, la falta de ingenieros, o las pocas mujeres en cargos altos, que no son exclusivos de España pero también están presentes.

Pere Estupinyà para JD 2

¿Cuáles crees que son nuestras tareas pendientes en la comunicación científica?

Una es medir si estamos haciéndolo bien o no. Estamos haciendo divulgación acientífica, en el sentido de que cada uno hace lo que cree que es bueno, pero sin comprobarlo. Y medir solo audiencia no vale, porque no necesariamente mide el impacto social. Yo creo que en divulgación científica un reto es empezar a entender mejor qué funciona y qué no funciona, para el objetivo que tú decidas.

La profesionalización es un reto también. Hace un tiempo la divulgación era muy amateur, muy naif, y ahora se está mejorando, pero se debe apoyar todavía más a los profesionales.

Hilando muy fino quizá nos falta ser más arriesgados y menos encorsetados. A veces, cuando veo las notas de periódicos… su estructura es muy convencional. Los propios editores a veces no arriesgan a probar cosas diferentes. Falta un poco de experimentación.

Y luego, contar con más apoyos de líderes de opinión. Incluso políticos. Mira, en 2015 yo estuve trabajando unos meses en un proyecto en Ecuador, y allí el presidente Correa en casi todos sus discursos cita explícitamente y con convicción la importancia de la ciencia y la innovación como motor del desarrollo del país. Esas palabras tienen más impacto que veinte actividades divulgativas.

En el ámbito científico español hay situaciones muy precarias. ¿Sería favorable para la ciencia que la gente entienda que el científico no es un ente que vive tan alejado de ellos?

El objetivo lo tenemos claro: intentar que la gente perciba que el científico es cercano. Hay iniciativas como jornadas de puertas abiertas. Pero yo creo que a veces nos equivocamos de foco: intentamos que la gente vaya donde hay ciencia, en lugar de llevar la ciencia donde hay gente. El científico suele tener una actitud de esperar a que le vengan a buscar. Y algunos comunicadores también.

Yo voy a hacer un programa de televisión específico de ciencia, pero quizá tiene más impacto una pequeñita sección en el programa de Buenafuente, porque pone ciencia donde está la gente, y, si invitas a científicos con un discurso y un tono cercano, quizá bastantes personas que no tienen ninguna conexión con la ciencia digan: «Vaya, ha salido un científico en la tele y lo he entendido, tampoco habla tan raro».

¿Cómo has vivido la polémica antivacunas que se reabrió en verano a raíz de la muerte del niño con difteria?

Lo del niño es la punta de lanza de unos efectos que son medibles. Yo lo he percibido con indignación. Hay mucha información, mala y distorsionada de los antivacunas…. Es tan obvio y está tan demostrado que las vacunas son beneficiosas para la sociedad, que da rabia ver como ciertas personas dogmáticas tergiversan el mensaje con trampas. Claro que la OMS con la gripe no lo hizo bien y hay mucho lado oscuro en el mundo de la industria farmacéutica, pero llevarlo al extremo generando miedos es distorsionar la realidad. Tú estás transmitiendo la información de manera rigurosa y seria, y llegan los otros con trampas. Es desmoralizador.

En una entrevista decías que al final el científico encuentra lo que está buscando. El que quiere ir en contra de la homeopatía solamente va a mirar las desventajas, o al revés.

Hay algo que se llama cherry picking data. Pasa en ciencia, pasa en economía. Tú tienes un cesto de cerezas y coges las que están más maduras. Y dices: ¡qué buenas están las cerezas! No necesariamente; están buenas las que has cogido tú. Si hubieras cogido las verdes dirías que son malas. Si tú quieres defender que el cambio climático no es para tanto, pues coges unos datos que te favorecen. Si quieres decir que esto va a ser el desastre, coges los otros datos. Esto se llama cherry picking data, y es una distorsión de la realidad. En ciencia, un pecado. Tenemos ahora tanta acumulación de estudios y datos, que si quieres defender que el vino es bueno o malo, o que subir o bajar impuestos es lo mejor para la economía, puedes. Pero estás actuando más como abogado que como científico.

La ciencia es coger cerezas con los ojos cerrados. ¿Tú quieres saber cómo son estas cerezas? Te tapo los cojos y coges varias y las pruebas. Pero si las miras y las eliges, no eres objetivo.

Otra cosa interesante es que en ciencia la razón te la dan los otros. Tú cuando publicas algo nuevo hay alguien que hará experimentos en paralelo para comprobar si eso es cierto o no. Siempre se queda como en un standby. Hemos visto que Adam Riess, astrofísico de Harvard, en el 97 publicó que las estrellas se alejan unas de otras de manera acelerada. Eso era interesante, y otros científicos hicieron experimentos independientes para comprobar si eso es verdad. Al final le dieron el Nobel de Física.

Pere Estupinyà para JD 3

Si no somos críticos con la gente «antiloquesea», pasa como en Colombia, que pagaron dos mil doscientos dólares por un chamán para que no lloviera en una final.

En América Latina es más gordo todavía. Hay un tema de creencias ancestrales que es muy difícil, porque el cambio cultural es lento, y la ciencia está avanzando muy rápido. La cultura va siguiendo otro ritmo.

La fe siempre aparece en situaciones desesperadas. Para el público medio, ¿las religiones y la ciencia son un acto de fe?

Quizás el público medio vea similitudes entre ciencia y fe. Pero filosóficamente no es así. La fe te obliga a creer y mantenerte firme en tus convicciones y la ciencia —al menos en teoría— te fuerza a ser escéptico y cambiar de idea si las evidencias contradicen tus creencias. Otra cosa es que en la práctica algunos científicos sean también dogmáticos, y que haya mucha gente que «tenga fe» en la ciencia. Eso son imperfecciones. Pero el progreso de la ciencia se basa en renovar ideas aunque sean antiintuitivas.

¿Existe cierta reticencia por parte de la sociedad a la presencia de la ciencia en todos los aspectos de nuestra vida?

Bueno, es que la ciencia no tiene por qué meterse en todos lados. Si sustituimos la palabra ciencia por conocimiento, a la gente ya le suena mejor. El objetivo de la ciencia es conocer el mundo. Y este conocimiento tú lo puedes aplicar a muchas cosas, hacer tu vida mejor, entre otras. Pero si la miras como solo un método basado en la formulación de hipótesis, la acumulación de datos, un supuesto análisis objetivo —la palabra supuesto es importante—, y sacando unas conclusiones lo más neutrales posibles, acabas conociendo mejor el mundo. El otro día me decían que dentro de un teléfono móvil hay más de veinte premios Nobel. Quince premios Nobel han sido necesarios para llegar a esto, y es a base de conocer mejor. Sin el conocimiento de Einstein no habría GPS porque las señales no llegarían precisas.

Claramente hay otros ámbitos más controvertidos, como la nutrición, donde mucha gente prefiere que haya «menos ciencia». A mí no me gusta esta dicotomía entre transgénicos o productos naturales, porque se está tratando de manera demasiado hostil y extrema. A mí me gusta la comida de mercado, y entiendo que haya gente que diga: no hace falta que me metas ciencia. Lo entiendo perfectamente. No soy un talibán de la ciencia

A veces se prefiere la ignorancia. Por ejemplo: cuando se investiga sobre el amor. Hay a quien le preocupa que sabiéndose tanto sobre el amor desaparezca la espontaneidad.

El amor es un buen ejemplo, porque de ciencia sobre el amor hay poca y mala. Es muy difícil analizar científicamente el amor. El deseo sexual es muchísimo más fácil, porque es un instinto con unas codificaciones fisiológicas muy claras. El amor es algo más sofisticado, que no depende solo de lo que estés sintiendo en ese momento, sino también de la memoria. Estar locamente enamorados sí tiene algo de trampa química, pero cuando quieres románticamente a alguien es por los recuerdos de todo lo vivido juntos durante mucho tiempo, y por las proyecciones de futuro que haces. A mí los análisis que se hacen de ciencia y amor no me suelen gustar, porque son muy simplistas y reduccionistas. Aporta información interesante si la integras en todo lo demás. Si a todo lo que se sabe del amor le añades la parte química, pues eres más sabio. Pero si le das peso excesivo a la parte científica y concluyes que el amor es solo esta parte química, entonces pierdes sabiduría, conocimiento. Simplificar y decir que el amor es liberación de oxitocina y un fruto de la psicología evolucionista porque necesitamos parejas estables para cuidar a nuestras crías… no me jodas. No es solo eso. Es mucho más. La clave es que el conocimiento científico sume, no que reste.

De ahí la importancia de los estudios multidisciplinares.

Sí. Por ejemplo en el sexo. ¿Por qué hay mujeres que no llegan al orgasmo? A veces es psicológico, a veces fisiológico, y a veces comportamental. Un buen terapeuta contempla todos los factores, haciendo una aproximación biopsicosociológica al comportamiento sexual. De hecho, la sexualidad es quizás la disciplina más multidisciplinar que he conocido.

¿Necesitamos una explicación racional para entender lo emocional, como pasa en La ciencia del sexo?

Las emociones se pueden estudiar científicamente, eso está claro. Pero no, no necesitamos explicaciones racionales. A la gente le gustan porque le ayudan a comprender cosas como por qué sucede un gatillazo, por ejemplo. De hecho… ¡hasta cierto punto sí es útil saberlo! Si tú sabes que cuando el estrés activa el sistema nervioso simpático es muy difícil tener una erección, y sabes identificar los signos externos de esta activación del sistema nervioso simpático (aceleración cardíaca, calores, pupilas dilatadas, tensión muscular…), puedes detectar que te está pasando y así evitas el mal trago.

En general también es útil saber cómo las emociones condicionan nuestro comportamiento, y eso sirve para tomar mejores decisiones. Las emociones están pensadas para hacernos sobrevivir en el corto plazo. Si nos guiáramos solo por emociones, comeríamos aunque tuviéramos que hacer dieta, o veríamos a un tío hablando con nuestra novia y le daríamos una hostia porque la agresividad es un instinto primate. Eso es lo que dictan las emociones primarias, pero siendo seres supuestamente inteligentes con capacidad de deducir qué consecuencias futuras tendrán nuestras acciones, debemos llegar a un equilibro entre emoción y razón.

Pere Estupinyà para JD 4

La infidelidad, por ejemplo. Se hablaba mucho de un estudio que demostraba la existencia de un gen de personalidad que nos predispone a esta conducta.

[Risas] Sí, pero de nuevo, este es un muy buen ejemplo para ilustrar cómo una nueva información nos puede hacer más sabios o más tontos. Es totalmente cierto que hay personas con una predisposición genética a tener una personalidad más inquieta o novelty seeking (buscadores de novedades). Practican más deportes de riesgo, cambian más rápido de trabajo, buscan más novedades en su vida, viajan más… y también suelen ser más infieles. Estudios publicados en Nature han visto polimorfismos genéticos asociados a esta personalidad inquieta, pero no es un gen de la infidelidad, sino de un patrón de comportamiento amplio.

Esto es interesante si lo integramos en todo lo que sabemos sobre infidelidad. Pero si alguien se acoge a esta explicación fácil y de manera simplista dice que la infidelidad es genética, entonces el nuevo conocimiento no habrá sumado sino restado.

¿Entre hombres y mujeres hay más diferencias biológicas que socioculturales, o al revés?

Yo creo que socioculturales. Pero lo de las diferencias entre géneros es un muy buen ejemplo para ilustrar el cherry picking o selección de datos para que confirmen tus creencias. Si alguien quiere defender que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, puede encontrar aspectos o casos en que son (o parecen) muy diferentes. Si alguien quiere demostrar lo contrario, también puede argumentarlo con ejemplos. Los datos revelan que no somos tan diferentes como normalmente se dice.

Biológicamente en realidad somos muy parecidos. La gran diferencia está en los niveles hormonales, pero las mujeres también tienen testosterona y nosotros tenemos estrógenos. Cuando tú miras un transexual, al que primero le hacen el cambio hormonal y después la operación, es el mismo cuerpo distribuido de manera diferente. Ellas tienen pechos más hinchados, pero son pechos. Si miras la estructura de los genitales: clítoris y pene vienen de lo mismo. Ellas también tienen eyaculación. Pueden ser multiorgásmicas, pero los hombres también. En realidad es todo muy parecido. Miras el cerebro y la mayoría de acciones son lo mismo. Lo que pasa es que aquí se ha exagerado mucho.

Es obvio que hay diferencias y el género no es algo definido por la sociedad; no estoy yendo al extremo… Mira, tengo una anécdota muy divertida en el Kinsey Institute: estaba con un biólogo evolutivo y con un sociólogo de estudios de género que defendía que lo de los géneros es algo cultural. Dices: «¡Hombre!». Y el biólogo se reía diciendo que ya se lo había explicado un montón de veces y no le hacía caso. «Es lo que nos enseñan a nosotros», dijo el de estudios de género.

En el tema de la sexualidad, por ejemplo: de media es cierto que las mujeres quieren menos sexo que los hombres. Pero esto no es por el índice de deseo, en el que salvo trastornos estamos bastante parejos, sino porque tienen más motivos —biológicos y culturales— para la inhibición. A medida que la inhibición vaya desapareciendo, nos iremos pareciendo más todavía.

Diego Redolar nos contó que hay una pequeña diferencia entre el cerebro del hombre y el de las mujeres, y es eso lo que afecta en la conducta sexual.

Hay dimorfismo en zonas del cerebro entre hombres y mujeres. Por ejemplo, sí que se ha visto en identidad sexual; en transexuales que tienen áreas cerebrales dimórficas más parecidas al género con el que se identifican. Pero en orientación no: los gais no lo tienen diferente. Se vio algo hace tiempo, pero luego se descartó. La neurociencia del comportamiento sexual es muy nueva todavía.

El papel de la educación sexual es importantísimo en este aspecto. ¿Crees que es suficiente la educación sexual que recibimos hoy en día?

Es insuficiente. Es uno de los mensajes que más me han repetido los sexólogos, terapeutas y educadores que he conocido. Hace veinte años le podías decir a tu hijo «esto ya te lo explicaré». Pero ahora, si tú no se lo explicas, lo busca en internet, y puede encontrar cualquier cosa. Ahora más que nunca es necesaria la educación sexual que contraste la basura o la mala información que hay en internet. Yo intenté impulsar acciones en esta dirección, pero no hubo instituciones ni compañías que quisieran apoyar.

La educación sexual también es importante por la parte lúdica. Disfrutar más de nuestra sexualidad, o la multiorgasmia, o los masajes, o jugar con la asimetría en las relaciones… Hay muchas maneras de sacarle más partido a este foco de placer que es el sexo.

Pere Estupinyà para JD 5

El cerebro es cambiante, es muy plástico y hay que moldearlo. ¿Esto también puede servir como excusa negativa para quien piensa que todo se puede reeducar, como la homosexualidad?

Sí, puede servir de excusa. Lo que pasa es que tú puedes cambiar comportamiento, pero no deseo. Pongamos un caso más extremo: la pedofilia. La inmensa mayoría de pedófilos están avergonzados de sentir deseo por los niños, sienten que tienen un problema, y querrían encontrar la manera de cambiar su deseo. Pero no pueden. Pueden contenerse, ocultar sus deseos, y no cometer nunca ningún acto sobre un niño. Pero no pueden dejar de sentir lo que sienten por muchas terapias por las que pasen.

Salvando las distancias, los gais que han pasado por terapias reparativas de homosexualidad, algunos dejan de practicar sexo con hombres y hacen vida heterosexual con mujeres. Pero internamente continúan siendo gais, continúan sintiendo el deseo por los hombres. Aprenden a reprimirlo, hasta que les genera mucho sufrimiento y explotan. Lo de intentar corregir la homosexualidad es abominable, pero además, ineficiente y lleva a más dolor.

¿Conoces algún estudio así?

En el libro entrevisté a un investigador mayor que aún vive y, cuando empezó pasantía en los hospitales, su trabajo hospitalario como psiquiatra era dar descargas eléctricas y quimioterapia a gais para cambiarlos. Estuvo varios años trabajando en eso. Y él mismo me dijo: «¿Sabes qué? No cambiaban. Ellos querían cambiar, les dabas shocks cuando veían vídeos homosexuales, y no cambiaban».

Hay muchos estudios de toda esta gente que se empezó a tratar a finales de los sesenta, principios de los setenta. Ahora ya no. En algunos sitios todavía lo hacen, pero no está normalizado.

A una madre que quiere lo mejor para su hijo, y está preocupada porque cree que su hijo es gay, yo le diría «Oye, piensa que los índices de suicidio de adolescentes gais son mucho mayores en entornos que no aceptan su homosexualidad que en entornos que la aceptan. Hay más riesgo de que se suicide si le intentas cambiar que si lo aceptas como es. Como madre, plantéatelo». Porque suicidio es la punta de lanza. Implica depresiones, malestar, conductas aberrantes… hay efectos negativos en la no aceptación de la homosexualidad.

Hay gente que dice que la homosexualidad no es natural, porque para la especie tiene que ser hombre y mujer. Pero esto es falaz, la naturaleza siempre genera diversidad y en algo tan importante como la orientación sexual es normal que haya esta diversidad. Estar en contra de la homosexualidad es ser un retrasado cultural. Hay datos de sobra suficientes para decir que estar en contra es negativo, que sí que es natural, que socialmente es bueno aceptar la diversidad.

¿Qué opinas de los libros de autoayuda?

Los libros de autoayuda a mí no me gustan, pero hay buenos y hay malos. Es verdad que la autoayuda no toda es negativa, pero hay mucha mediocridad en ese género. Creo que es peor la autoayuda que se hace en Estados Unidos que la que se hace aquí. Yo conozco a gente aquí que hace autoayuda que me gusta. En concreto tengo una persona en mente, Patricia Ramírez, que me leí un libro suyo y es muy bueno. Pero en Estados Unidos, los mensajes tipo «tú puedes ser líder», «cómo ganar un millón»… Hay estudios que han demostrado que la autoayuda genera frustración. Lo llaman unrealistic optimism. Un poco de optimismo es bueno porque es motivador, pero un exceso no realista es perjudicial, porque conduce al fracaso y la frustración.

La homeopatía de la literatura.

A mí me cansa…

Has sacado nuevo libro.

Es un libro que será parecido en formato a El ladrón de cerebros. S=EX2 La ciencia del sexo es de un tema concreto, mientras que El ladrón de cerebros es de contenidos más diversos. Y los dos han funcionado a su manera. Yo creo que los libros que realmente tienen valor son los que cogen un tema y lo explotan en profundidad.

En este tercer libro tenía dudas de si coger un gran tema y pasarme un año trabajando en él, como hice con el sexo, o si volver a juntar historias. Elegí lo segundo, pero con la temática de fondo de que la ciencia es un sentido. La ciencia es en sí misma un sentido que te permite percibir información que está en la naturaleza, y los ejemplos más claros son las conexiones entre eventos invisibles. Hablo de la edición genómica, que es algo que va a ser gordo; hablo del cerebro, que es un tema que a mí particularmente me apasiona; hay por primera vez un cierto capítulo en que hablo de escepticismo… y me mojo, diciendo que es importante que la gente tenga un pensamiento más crítico, y doy ejemplos; hay un apartado de preguntas donde planteo entre otras cosas: «Tú qué harías, ¿enviar un humano a Marte o construir un telescopio espacial más potente que pueda detectar vida en otros planetas?»; y lo planteo porque en realidad lo que se haga depende de la opinión pública, porque es dinero público.

¿Tú qué opinas?

A mí, claramente, no me interesa tanto un viaje tripulado a Marte, porque a Marte ya hemos llegado. Está la Curiosity tomando muestras. Estamos en una era donde no importa tanto la presencia física. Y el hombre ya ha llegado a Marte. ¿Llevarás a alguien de carne y hueso? No. Para mí no es tan diferente. Es un libro donde hay historias cortitas, amenas… muy parecido a El ladrón de cerebros pero con un subtema.

¿Y del nuevo programa qué nos cuentas?

Se titula El ladrón de cerebros, se emitirá en La 2, son de momento trece capítulos y es más reportajeado. No hay presupuesto como para hacerlo tipo BBC, pero hay esa intención. Los protagonistas son los investigadores a los que les robas el cerebro, y hay un personaje que soy yo, que es apasionado, es curioso, es un poco irreverente, ágil, inquieto, y se va a hablar con investigadores con una cierta ansia. ¡Cuéntame cosas! Hay una combinación de temas de ciencia en mayúsculas y una combinación de ciencias aplicadas a la vida cotidiana, y que son temas mucho más cercanos a la gente. También queremos ver la ciencia fuera de los laboratorios. No me refiero tanto a la ciencia en la calle, sino a la ciencia en las empresas. Estamos muy ilusionados. Nos hemos reducido incluso los sueldos para poder tener más grafismos y hacer más viajes. Como el pintor que compra las mejores pinturas para que sus cuadros queden perfectos.

Para acabar, ¿qué libro recomendarías para quien empieza y para interesarse en la divulgación científica?

Yo siempre cito Breve historia de casi todo, de Bill Bryson. Ya sé que es poco original, pero es que es una pasada. Para alguien que empiece, es perfecto. Pero el de Bill Bryson… yo lo leí cuando ya sabía muchas cosas y aluciné. Aunque El ladrón de cerebros también, ¿eh? [Risas]

Pere Estupinyà para JD 6

Fotografía: Jorge Quiñoa


La incómoda vigencia del «nuevo ateísmo»

Fotografía: Let Ideas Compete (CC)
«Probablemente Dios no existe», anuncio del Partido Humanista de Suecia. Fotografía: Let Ideas Compete (CC)

El fenómeno religioso nunca ha estado tan abierto a debate y crítica como en los últimos quince años. Durante buena parte de la historia, en casi todas las épocas y lugares, la sola negación de las creencias imperantes acerca del mundo sobrenatural o de los dogmas revelados por alguna divinidad despertaba incomprensión y rechazo social, cuando no suponía la persecución e incluso la muerte. Cabe imaginar que la apertura resultaba todavía más difícil para quienes además de desmentir en público que poseyeran creencias religiosas, se atrevían a señalar sus inconsistencias, sus errores lógicos, o peor aún, las facetas oscuras de sus textos fundacionales o de las personas e instituciones que representaban dichos cuerpos de creencias. El ateo confeso era, pues, una figura poco común. Aunque es todavía minoritario en algunos países occidentales y desde luego apenas existe en determinados países musulmanes, en las sociedades más avanzadas su situación ha cambiado gracias a un proceso de secularización generalizada que ha permitido que los más militantes defensores de una sociedad laica, e incluso los que son abiertamente detractores de la religión, puedan difundir su mensaje de manera más o menos libre. Y así surgieron algunos célebres detractores de la religión, a quienes se suele englobar bajo la etiqueta «nuevos ateos».

El término «nuevo ateísmo» es un mal menor que cabe usar a despecho de que produzca la impresión de que existe algún manual del nuevo ateo, repleto de directrices y principios, porque tal cosa no existe. Se suele decir, aunque no es cierto, que el término apareció por primera vez en un artículo que la revista Wired publicó en 2006, titulado «La Iglesia de los No-Creyentes». Allí era empleado con carácter despectivo por un periodista que se confesaba no religioso, pero que bajo el aspecto formal de un reportaje, aprovechaba fragmentos de entrevistas a tres de los más célebres ateos militantes del momento para atacarlos, algo que demostraba tanto la antipatía del autor hacia los entrevistados como el intento de crear polémica a su costa. En cualquier caso, «La Iglesia de los No-Creyentes» era un texto no demasiado brillante pero puso de moda la expresión. En realidad el término ya había sido utilizado con ese sentido desde por lo menos dos décadas antes, empleado casi siempre por apologistas del cristianismo evangélico para referirse al auge de un nuevo ateísmo más militante que el conocido hasta entonces. Por ejemplo, en los años ochenta se publicó un libro llamado El nuevo ateísmo y la erosión de la libertad. Escrito por un pastor evangélico y de contenido más bien panfletario, pone de manifiesto que la expresión fue acuñada por sus detractores. Continúa siendo la etiqueta preferida de quienes están en contra, aunque hoy, por fuerza de la costumbre, es también usada por muchos de sus defensores o por los comentaristas neutrales.

Una vez creado el término, la siguiente pregunta es: ¿en verdad engloba el término «nuevo ateísmo» algún tipo de movimiento grupal, una escuela de pensamiento? La respuesta breve es que no. Aunque es un asunto complejo. Por un lado, el ateísmo es la mera ausencia de una creencia concreta (la de que existe un ente sobrenatural y todopoderoso, creador del Universo), pero más allá de ese detalle, no implica sostener principios o dogmas concretos de ninguna clase. Existen ateos de todas las razas, culturas y tendencias políticas. Muchos ateos defienden principios opuestos en cuanto a la propia religión, desde quienes sostienen posturas antirreligiosas furibundas hasta quienes se declaran pertenecientes a una cultura religiosa cuyos valores morales, pese a no ser creyentes, comparten. Hay ateos anticlericales y hay ateos que defienden los valores religiosos con un fervor parecido al de muchos creyentes. Y huelga decir que las diferencias entre ateos son tanto o más marcadas en cuanto a otros asuntos. Así pues, el que dos individuos sean ateos no implica ningún parecido entre ellos, ni siquiera a nivel ético o intelectual, por lo que pretender definir el ateísmo como una doctrina grupal es un absurdo intelectual de primer orden. Con todo, es por igual evidente que algunos ateos se parecen más entre sí que otros. Algunos comparten actitudes y mensajes similares. El término «nuevo ateísmo», en realidad, es el intento de englobar a ciertas figuras mediáticas basándose en ciertas características comunes (que sí tienen) para poder presentarlos como pertenecientes a una misma escuela doctrinal (que no comparten). Esto explica que fuesen ciertos apologistas religiosos los primeros en usar el término, con la intención de presentar el ateísmo, o parte de él, como un movimiento ideológico organizado, una especie de lobby antirreligioso. Pero ¿por qué «nuevos» ateos? Se deduce que debían existir algunos estereotipos sobre lo que se suponía era el perfil de un ateo «viejo». Y en efecto, así era.

Los estereotipos sobre los antiguos ateos mediáticos

Carl Sagan
Carl Sagan en Cosmos (1980). Imagen: KCET / Carl Sagan Productions / BBC / Polytel International.

Falsos o no, y dejando claro que por cuestiones de espacio vamos a pintar con trazo muy grueso, durante el siglo XX existían estereotipos que distinguían a los ateos mediáticos en dos grandes grupos. Por un lado estaba lo que podríamos llamar ateos políticos, cuyo retrato robot describía a progresistas de izquierdas cuyo ateísmo formaba parte de un conglomerado ideológico más amplio, marxista por lo general, que se caracterizaba por el anticlericalismo más que por la intención de presentar una elaborada justificación intelectual de su personal falta de fe. Esta figura podía resultar polémica en ocasiones pero en el fondo preocupaba poco a los sectores religiosos más conservadores, especialmente cuando quedó comprobado que la extensión del comunismo por el mundo se había detenido, y no digamos cuando cayó la URSS. Después de esto, el «progre» anticlerical podía ser considerado, en esencia, una minoría ruidosa pero inofensiva.

Existía un segundo estereotipo, el del filósofo o intelectual ateo, que lejos de limitarse a una crítica política de la religión, podía ofrecer muy elaboradas justificaciones racionales para sus respectivas posturas. Este tipo de ateísmo no difiere demasiado en su espíritu del ateísmo de algunos filósofos de la Antigua Grecia, por citar un referente clásico, aunque se comprende que ahora maneja argumentos y conocimientos científicos impensables hace veinte o veinticinco siglos. Este ateísmo filosófico, pues, ha existido siempre, aunque durante buena parte de la historia fue poco menos que clandestino. A partir del siglo XVII, el racionalismo, el liberalismo y la revolución científico-industrial ayudaron a que ganase visibilidad. En el siglo XX ya era una idea asumida que en la intelligentsia de los países occidentales, incluso en aquellos más conservadores, abundaban los ateos y los agnósticos. Hace algunos años, uno de los pocos estudios extensos y en profundidad que se han realizado al respecto terminó ilustrando lo que muchos observadores ya suponían por mera intuición, que dentro de la población (en este caso la estadounidense, pero por analogía, podría suponerse que lo mismo sirve para el conjunto de la población occidental) la religiosidad era menor conforme aumentaba el nivel académico y cultural de los entrevistados. De hecho, el sector de la población con un menor porcentaje de creyentes era el de los científicos de élite. Y de entre los científicos, por si sienten ustedes curiosidad, eran los biólogos quien resultaban ser los menos religiosos.

El intelectual ateo del sigo XX no por necesidad causaba particular animosidad entre los sectores religiosos. Esto se debía a su reticencia a la hora de criticar la religión, o quizá también al mero hecho de que sus críticas y afirmaciones más elaboradas se restringían a un público limitado. Pero el tabú existía y era un obstáculo difícil de superar. El filósofo Bertrand Russell, a quien podríamos considerar el patrón de los intelectuales ateos contemporáneos, ya decía que las creencias religiosas gozaban de un estatus particular de inmunidad social hacia ciertos tipos de crítica. El británico Jonathan Miller, el mismo que en 2004 creó la serie televisiva Atheism: A Rough History of Disbelief, lo ilustraba con una anécdota: durante conversaciones casuales en grupo, su mujer le reprendía por su «mala educación» si criticaba los aspectos negativos de la religión, temiendo que pudiese ofender a sus amigos creyentes. Sin embargo, no le reprendía cuando las críticas, por feroces que fuesen, eran dirigidas hacia el comunismo u otras ideologías políticas. Esta consideración del ataque a la religión como algo inapropiado marcó el tono del siglo XX incluso en países donde, de manera oficial, estaba estipulada la libertad de expresión. Volviendo a Bertrand Russell, sus propias críticas a la religión eran bastante directas, pero estaban argumentadas con tal finura y sentido de la lógica que no se le podía confundir con un ciego militante antirreligioso. Más discretos tendían a ser los más importantes científicos ateos. Veamos el más célebre ejemplo: al contrario que Russell, Albert Einstein casi nunca entraba en materia y sucede que, incluso hoy, existe quien piensa que Einstein era creyente porque con frecuencia usaba a Dios como metáfora o licencia literaria (algo que también ha hecho Stephen Hawking, por cierto), mientras que su explícita negación de un Dios personal, que sí la hizo, no produjo citas tan célebres como «Dios no juega a los dados». Entre los divulgadores científicos, cuyo papel mediático fue muy importante para la formación filosófica del público, el ateísmo era predominante pero también poco militante. Por ejemplo, Carl Sagan valoraba su labor como divulgador por encima de cualquier posibilidad de entrar en polémicas, sobre todo en televisión, y por ejemplo su celebérrima serie Cosmos hacía guiños al ateísmo. Pero aunque poca gente dejó de percibirlos, estaban hechos con tal sutileza y elegancia que no se lo podía acusar de intentar influir a nadie que no compartiese de antemano sus ideas. En general, Sagan optaba por confiar en la fuerza de sus argumentos positivos sobre la ciencia y el conocimiento racional, antes que emplear argumentos negativos en contra de la religión que pudiesen ofender a sus espectadores creyentes. Isaac Asimov, cuya labor divulgativa fue tan importante como su papel como novelista de ciencia ficción, estaba más en la línea de Bertrand Russell, empleando una lógica parecida para explicar su preferencia por el racionalismo por sobre la religión. De hecho, algunos de sus argumentos eran tan brillantes como los del propio Russell. Y sus críticas eran incluso más abiertas, aunque quizá en ambos casos llegaban todo lo lejos que su momento histórico les permitía y eran críticas englobadas dentro de la discusión filosófica.

En resumen: durante el siglo XX teníamos en los medios un ateísmo político más agresivo pero que pocos pensadores más allá de su círculo ideológico tomaban en serio, y un ateísmo filosófico mucho más convincente pero cuyos proponentes solían optar por una aproximación discreta. Esto cambió con el nuevo siglo, cuando comenzaron a aparecer figuras mediáticas cuyas críticas a la religión eran tan frontales y despiadadas que pulverizaban todas las antiguas líneas rojas de lo que se había considerado «apropiado», «de buena educación» o «de buen tono». El cómo adquirieron su resonancia quizá merezca una pequeña explicación aparte.

El porqué de la resonancia del nuevo ateísmo

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Fotografía: Amy Watts (CC)

En el mundo anglosajón existe una tradición muy poco implantada en España: la tradición del debate. En Estados Unidos, las islas británicas o en Australia existen programas de televisión y debates en vivo cuyo formato no tiene equivalente directo en nuestro país, o si lo tiene se trata de algo esporádico. Es verdad que esos debates no compiten con los deportes, el cotilleo y demás productos de consumo masivo, y es verdad que están dirigidos a las capas más interesadas de la población, pero aun así, su popularidad excede lo que podemos llegar a imaginar en nuestro país. Por supuesto tienen un componente de espectáculo, sobre todo en su versión televisiva, y casi podía hablarse de una «industria del debate», pero eso no significa que no se suelan caracterizar por el alto nivel dialéctico de las figuras que participan en ellos. Esto responde a la importancia que en aquellos países le conceden al debate como institución también en ámbitos no mediáticos. Estos eventos suelen tener un carácter muy abierto, con frecuente participación del público, y en los de «primera división» el contenido rara vez decepciona. Esto hace que determinados temas, como la religión, se mantengan de manera sostenida en primera línea de discusión mientras exista un público al que le interese. Y al público no ha dejado de interesarle. De hecho, es uno de los asuntos estrella.

Existen varios motivos que explican ese interés, aunque dos por encima del resto. Uno es la creciente influencia de la derecha religiosa en Estados Unidos, país en el que emergen debates constantes sobre el papel de la religión en la sociedad y sobre la separación entre la Iglesia y el Estado. Los estadounidenses se enfrentan a fenómenos que en Europa se consideran obsoletos, como los intentos de introducir en el temario escolar justificaciones pseudocientíficas del creacionismo bíblico. O el que las creencias sobrenaturales jueguen un papel relevante en la imagen pública de los principales candidatos políticos. Para los ateos estadounidenses, la mezcla entre religión y política puede ser muy incómoda. Recordemos que en 1942 se adoptó un juramento a la bandera que los niños recitan en el colegio y que era tradicional desde mucho tiempo atrás, pero cuyo contenido era exclusivamente civil. Pues bien, en 1954, por iniciativa de diversas organizaciones religiosas, se introdujo por ley una mención a Dios en el susodicho juramento, medida que contradecía el espíritu de la República pero que fue aprobada en el Congreso con el entusiasta apoyo del presidente Eisenhower, recién convertido al cristianismo presbiteriano. Dos años después, también por deseo de Eisenhower, la frase «en Dios confiamos» se convertía en un lema nacional y empezaba a imprimirse en los billetes de curso legal. Este tipo de detalles no son bien digeridos por los defensores de una república laica donde la religión sea un asunto exclusivamente privado, como tampoco los problemas que causa el dogma religioso a la hora de adoptar avances sociales, muy en particular cualquier asunto relacionado con la sexualidad y la reproducción.

El otro gran catalizador de la explosión mediática del nuevo ateísmo, esta vez a ambos lados del Atlántico, es la preocupación por los efectos del islamismo, primero despertada por fenómenos como el del Ayatolá Jomeini, después acentuada por los hechos del 11 de septiembre de 2001, y que finalmente ha llegado al paroxismo con la subsiguiente oleada de atentados en diversas partes del mundo, el surgimiento del Estado Islámico (EI) y de células terroristas islámicas formadas por europeos y estadounidenses, o lo que se percibe como una tendencia a la radicalización en diversas áreas del mundo musulmán. Bajo estas circunstancias, las voces más brillantes del Nuevo Ateísmo han alcanzado una relevancia enorme. Primero, por la polémica que despiertan en un mundo donde pese a todo todavía existen muy arraigados tabúes sobre lo que se puede decir y no acerca de la religión. Y segundo, porque suele suceder que sus argumentos son más poderosos y lógicos que los del bando contrario, en el que no han emergido equivalentes con un similar peso dialéctico (aunque sí los hay con muchos seguidores). A los cuatro «nuevos ateos» más relevantes se los bautizó como «los Cuatro Jinetes». Algunos de sus nombres les resultarán muy familiares.

Los cuatro jinetes del nuevo ateísmo

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De izquierda a derecha: Christopher Hitchens, Daniel Dennett, Richard Dawkins y Sam Harris. The Four Horsemen (2008). Imagen: Upper Branch Productions.

El periodista, escritor, conferenciante y polemista Christopher Hitchens fue la avanzadilla de esta corriente, antes incluso de que el 11-S sacudiese las conciencias de la prensa y el público sobre lo que estaba produciéndose dentro del ámbito del extremismo musulmán. Hitchens es británico, aunque vivió durante mucho tiempo en Estados Unidos —se nacionalizó antes de morir—, así que podía vérsele opinando con mucha soltura, y acento inglés, sobre política estadounidense. De los cuatro jinetes, Hitchens era el más vehemente en sus opiniones. También, con mucho, el más carismático. Y, por lo menos en el formato de debate, el más brillante. Su intensidad era abrasiva; rara vez sonreía, y no recuerdo haberlo visto reír una sola vez, pese a que su cortante ingenio brotaba con una pasmosa naturalidad en los momentos más insospechados. Su tesis central era la de que la religión resulta nociva per se. No escatimaba en acusaciones sobre la naturaleza alienante de las creencias sobrenaturales; baste decir que publicó un libro llamado Dios no es bueno: Cómo la religión lo envenena todo. Era ferozmente crítico con el cristianismo, en el que había sido educado, pero todavía más con el islam. En muchos aspectos, el actual concepto de «nuevo ateísmo» se ha modelado en torno a la figura de Hitchens. Era el macho alfa de la manada; debatir con él era difícil, dada su rapidez mental y su capacidad para responder a casi cualquier objeción. E igualmente rápido a la hora de volverse bronco cuando perdía la paciencia. Era el enfant terrible de las discusiones religiosas, sin duda, pero como podía justificar y argumentar cualquiera de sus aparentemente gratuitos exabruptos, y partía de una sólida base ética de carácter humanista que le permitía rechazar con poderosas afirmaciones las elaboraciones teológicas de las religiones, era muy respetado en el ámbito mediático incluso por quienes se sentían escandalizados pero se veían en la circunstancia de tener que intentar rebatirle.

Algo que también lo define era la complejidad de su figura, porque resultaba imposible situarlo en un punto determinado del espectro ideológico. Esto descolocaba a muchos de sus seguidores. Hitchens tuvo un papel importante en el inicio de la ruptura del nuevo ateísmo con el tradicional ateísmo político. Provenía de la izquierda, pero desdeñaba lo «políticamente correcto» y a menudo chocaba con la tolerancia del progresismo más prototípico. El mejor ejemplo era su constante belicosidad hacia el islam, tomado en su conjunto. También podría citarse su inesperado apoyo a George W. Bush durante la invasión de Irak, quizá el giro político que más perplejos dejó a muchos de sus simpatizantes en la causa atea, entre los que había muchos izquierdistas opuestos a la guerra que sabían del desprecio que Hitchens parecía sentir hacia Bush, o de sus opiniones inequívocamente progresistas en muchos otros asuntos. Bien es verdad que con el tiempo matizó su postura en cuanto fue sospechando que las causas de la guerra habían sido impostadas, pero es que hasta los periodistas conservadores más cerriles terminaron renegando de aquella guerra (cómo olvidar el día en que Bill O’Reilly la calificó por primera vez como «un error»). No es menos cierto que incluso en asuntos como ese cabía admitir que sus argumentaciones eran como poco consistentes, desde luego muy superiores a las de la propaganda simplista de los políticos que alentaban aquellas decisiones. Pero bueno, con sus contradicciones, amado y odiado por igual, hay algo que ni siquiera sus mayores detractores pueden negar: Christopher Hitchens era un personaje único, con quien se podía coincidir o disentir, pero cuya sola presencia en cualquier debate elevaba el interés de manera instantánea. Quizá pase mucho tiempo hasta que volvamos a ver a alguien como él. Hitchens murió en 2011; con él se apagó una de las mentes más polémicas, pero también más afiladas de nuestro tiempo.

Más conocido en España es la actual estrella del nuevo ateísmo, el también británico Richard Dawkins, biólogo evolucionista y autor de best sellers como The God Delusion. Sin duda alguna, el punto fuerte de Dawkins son sus libros, cuya brillantez es unánimemente reconocida incluso por quienes le detestan. Sostiene sobre la religión unas tesis parecidas a las de Hitchens, aunque con menos ferocidad. Su discurso es más mecánico, en el sentido de que está tan estructurado que resulta previsible; lo cual no es de por sí negativo, pero lo hace mucho menos espectacular que Hitchens, de quien uno no sabía nunca qué esperar. Dawkins entra en política con menor profusión y vehemencia; el terreno que prefiere es el contraste entre pensamiento científico y religioso. Quizá su mayor defecto, o el motivo por el que despierta mucho recelo, es que no parece modular su discurso en función de a quién tenga delante, lo cual produce una impresión de falta de sensibilidad y escasa empatía por sus interlocutores. Es verdad que Hitchens era feroz en su dialéctica, pero su fogosa entrega, de manera paradójica, lo hacía parecer sincero hasta la candidez. Dawkins, en cambio, suele adoptar un tono frío y distante, en ocasiones incluso petulante, que levanta ampollas. En su favor, sin embargo, hay que decir que se le somete a un escrutinio desmedido (y no solamente por parte de sectores religiosos), porque en realidad no es tan ogro como se lo pinta. Aunque muchos no lo crean, Dawkins tiene bastante sentido del humor y una deportiva capacidad de encaje, como demostró leyendo ante una cámara algunos de los mensajes insultantes de creyentes que recibe a través de internet, a los que llama con sorna «correspondencia caritativa» (para conocer esa otra faceta del personaje, merece la pena echarle un vistazo a las dos entregas de hate mail que ha aireado hasta ahora: una y dos). No se puede negar que a Dawkins muchas veces le falta mano izquierda, pero tampoco que su discurso, sin ser perfecto, muestra pocas grietas y eso pone muy nerviosos a sus detractores.

El estadounidense Sam Harris es licenciado en Neurociencia y también en Filosofía. De origen judío, sobre el papel es el más espiritual de los cuatro, ya que estudió meditación en la India, familiarizándose de cerca con el hinduísmo y el budismo. Su mensaje antirreligioso, no obstante, es bastante similar al de Hitchens en el fondo, pero no en la forma, porque Harris, como Dawkins, es mucho más frío. En 2004 publicó un libro, El final de la Fe, que vendió muchísimo, y desde entonces es un habitual en los medios anglosajones. Su lógica suele ser impecable cuando desmenuza el asunto religioso, aunque en política ha generado muchos encontronazos con sectores progresistas, sobre todo cuanto toca el asunto de Israel y Palestina. Sin entrar a valorar sus opiniones al respecto, sí cabe señalar que su casi siempre precisa lógica quirúrgica se resiente cuando habla de Israel, siendo algunas de sus argumentaciones menos sólidas de lo que cabe esperar de alguien como él. Esto se produce por causa, creo yo, de un sesgo proisraelí que se niega a admitir y una visión del islam que puede ser tanto más despectiva que la de Hitchens, lo que lo ha convertido en un sujeto todavía más incómodo para la izquierda tradicional. Un buen ejemplo es el célebre intercambio público de e-mails con Noam Chomsky, una discusión polarizante como pocas, que ha terminado de situar a Harris como persona non grata de una parte del progresismo estadounidense y le ha ganado inesperados aplausos desde sectores de la derecha. Aun así, cuando no habla de Israel o de geopolítica, sus argumentos están magníficamente estructurados desde el punto de vista de la consistencia interna.

También estadounidense es el filósofo Daniel Dennett, el más veterano de los cuatro (es algo mayor que el fallecido Hitchens). Su mensaje es el más moderado y tranquilo, pero también el más distintivo por su interesante énfasis en las causas antropológicas, sociológicas y psicológicas del fenómeno religioso. Dennett ha demostrado que su formación filosófica le proporciona un campo de visión más amplio que el de otros muchos polemistas, y su aproximación al hecho religioso no se distrae tanto con cuestiones geopolíticas como les pasa a Hitchens o Harris. Ciertos mecanismos de su pensamiento recuerdan a los de Bertrand Russell, y se mueve en un registro, si me permiten la expresión, más «elevado». Mientras los análisis de Hitchens, Dawkins y Harris son fuertemente circunstanciales y por lo tanto cargados de implicaciones políticas, Dennett desarrolla una tesis holística que lo conduce a formular conclusiones distintas. Por ejemplo, resta importancia al papel de la religión en Occidente y por tanto a la magnitud de sus posibles efectos nocivos, diciendo que «los creyentes occidentales no creen en Dios, sino que creen en creer en Dios; piensan que creer en Dios es algo bueno» aunque después, en sus vidas cotidianas, casi nunca sigan los principios que dictan sus respectivos dogmas. Esto, según Dennett, podría explicar que el ámbito cristiano haya experimentado una evolución que no se produce en el ámbito islámico. No es que el dogma religioso cristiano haya provocado el cambio sobre la base de sus valores, porque también conoció una época de barbarie, sino que el dogma ha ido a remolque de una sociedad occidental que se ha ido secularizando. Dennett ha llegado a decir que no está seguro de desear una desaparición completa de la religión, por si acaso esta fuese un ancla moral para muchas personas. Esto no es algo que jamás hubiésemos podido oír en boca de alguno de los otros tres «jinetes». También propone, por ejemplo, que la historia de todas las grandes religiones se enseñe en la escuela de manera no doctrinal. Según él, conocerlas y encontrar sus contradicciones equivale a dejar de creer en ellas. Este tipo de argumentos psicológicos y sociales abundan en su discurso y producen menos resquemor porque parecen menos agresivos, pero en realidad Daniel Denett es quien presenta un análisis de lo religioso más demoledor y que podría tener un mayor efecto a largo plazo.

Las consecuencias, buenas y malas, del nuevo ateísmo

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Neil Degrasse Tyson en Cosmos: A Spacetime Odyssey (2014). Imagen: Cosmos Studios / Fuzzy Door Productions / National Geographic Channel / Six Point Harness.

Hitchens, Dawkins, Harris, Dennett y otros han abierto una brecha al manejarse en unos términos que hace unas pocas décadas resultaban impensables en el debate público, por la consideración especial del hecho religioso como el único sistema ideológico que recibe sobreprotección social e incluso legal ante determinados ataques verbales en casi todos los países del mundo. Lo que antes era tema tabú hasta en discusiones privadas, ellos lo han llevado a las pantallas de televisión. No deja de ser admirable su valentía; recordemos que han arado terreno inhóspito y que en algunos casos han tenido que recurrir a seguridad personal o a omitir la mayor cantidad posible de datos personales en sus apariciones mediáticas, por si acaso. Pero su actitud ha favorecido muchas «salidas del armario» y ha dado forma a una nueva manera de encarar el tema religioso. Un ejemplo, la posibilidad de que internet ofrezca nuevos canales de referencia y discusión (véase, por ejemplo, The Atheist Experience, un muy interesante programa amateur realizado en Texas donde se discute sobre religión con todo tipo de intervenciones telefónicas de espectadores). En una sociedad democrática que valore la libertad de expresión, los pioneros, incluso con sus ocasionales excesos, deben ser valorados. Ya antes de las protestas por las caricaturas de Mahoma publicadas en Dinamarca y antes de los tristes sucesos de Charlie Hebdo, las figuras del nuevo ateísmo estaban clamando por la igualdad de condiciones a la hora de someter la religión a los mismos rigores de la libertad de expresión que sufre cualquier otra institución humana. Por otra parte, es positiva, aunque quizá algo traumática, la ruptura entre ateísmo militante y progresismo de izquierdas, o mejor dicho, la desaparición del estereotipo mediático de que ambos deben ir unidos. Esto continúa causando roces en pleno 2015 y los seguirá causando durante varios años más, pero porque pone de manifiesto que el discurso secularista no debe tener propietario ni color ideológico alguno; la asunción de este principio permitirá que sea valorado como un principio independiente que tiene vida propia más allá de los ejes izquierda-derecha o conservadurismo-progresismo.

En el apartado negativo está el propio uso de una etiqueta, «nuevo ateísmo», para un movimiento que como tal nunca ha existido, siendo más bien una mera constelación de nombres cuyo mensaje excede los moldes tradicionales. Es verdad que a menudo los vemos participar en los mismos eventos, pero no porque constituyan algo así como un partido político o una asociación, sino porque en estos eventos se invita a las estrellas del debate mediático, y en cuanto a religión ellos son las estrellas. De hecho sucede lo mismo en el bando apologista, donde también vemos reunidos a varios defensores de la religión que no necesariamente comparten una ideología común entre ellos (los hay católicos, protestantes, musulmanes, etc.). El ateísmo, cabe insistir, es la carencia de la fe en Dios, pero no implica contenido ideológico alguno. Aun así, aunque es verdad que los viejos estereotipos sobre el ateo van quedando desfasados, la etiqueta Nuevo Ateísmo ha propiciado que sean sustituidos por otros. Esto explica que alguien como Neil Degrasse Tyson, cuya falta de fe es más que notoria, rechace ser considerado «ateo» e insista en presentarse como «agnóstico». Y el propio Tyson explica que ese es el motivo: no quiere ser identificado con un conjunto de valores que los medios y el público asocian a un supuesto «movimiento ateo» organizado. Como Sagan en su día, Tyson cree que su labor divulgadora es más importante y que la misma requiere de un cuidado de su imagen pública, por lo que, pese a compartir con frecuencia estrados y platós con figuras del nuevo ateísmo, se desmarca de manera abierta.

En cualquier caso, uno de los mecanismos fundamentales de la democracia es el poder discutir cualquier asunto con libertad, porque toda institución humana tiene sombras que cabe denunciar. Determinados pensadores han partido de la base de que la religión no debía continuar siendo una excepción. En estos tiempos, en los que el extremismo religioso es un complicado problema que nuestras sociedades están teniendo que manejar sin saber muy bien cómo, es cuando puede entenderse mejor la necesidad de que algunas voces rompan barreras, sea para acertar o para equivocarse, pero sobre todo para dejar establecido que el debate y el intercambio de ideas no será una herramienta útil si no nos permitimos aplicarla en todos los ámbitos, incluso cuando resulta incómodo. Cualquier asunto prohibido en una discusión es un asunto cuyos problemas no podrán solucionarse jamás. Por esto, los nuevos ateos, o como se les quiera llamar, están de más actualidad que nunca.


José Ramón Alonso: «Ante argumentos antivacunas reaccionamos sacudiendo a sus defensores y no es el camino»

José Ramón Alonso para Jot Down 77

Aprovechamos la presencia de José Ramón Alonso (Valladolid, 1962) en el Evento Jot Down ciencia 2015 para conversar con él sobre autismo, vacunas, el estado actual de la universidad o el papel de la divulgación científica en nuestra sociedad. José Ramón es doctor en Neurobiología por la Universidad de Salamanca (donde también es catedrático de Biología Celular), director general de Políticas Culturales en la Junta de Castilla y León y comisionado para la Lengua Española en la Junta de Castilla y León. Además ha escrito varios libros, mantiene un blog sobre divulgación científica y es colaborador habitual en páginas como Naukas, Autismo Diario o Jot Down.

En tu blog has escrito un post bastante largo y exhaustivo en el que respondes a los principales argumentos antivacuna.

Este post surge a raíz de una discusión que tuve unas semanas atrás con parte de mi familia. En ese momento me di cuenta de que daba por supuesto toda una serie de conocimientos que me parecían tan evidentes y tan demostrados que me resultaba sorprendente que hubiera que explicarlos. Pero al contrario, es importantísimo hablar de ello, hacerlo con respeto y en buen tono y aclarar las numerosas dudas que tiene la gente en estos momentos sobre la vacunación. Hay que explicar que las vacunas son uno de los mejores inventos de la historia de la humanidad y que debemos vacunar a nuestros hijos. Probablemente no tendría que hacerlo un particular, pero como servidor público que me considero estoy encantado de hacerlo.

¿Qué te llevó a dedicarte a la ciencia, hubo algún momento en particular o surgió con el tiempo?

Mi vocación nace muy pronto. Mi familia materna es de médicos de pueblo desde hace varias generaciones y algunos de mis hermanos también eligieron estudiar medicina, pero yo quería ser biólogo, lo tenía claro. Leí de chaval una biografía de Santiago Ramón y Cajal que me impactó mucho y siempre supe que quería que ese fuese mi futuro.

En biología hay distintos caminos pero sabía que me gustaba el laboratorio. Tuve dudas entre cáncer y cerebro, que eran los dos temas que me apasionaban, pero llegó un catedrático nuevo que nos abrió las puertas al mundo de las neuronas y decidí que la neurociencia era lo mío.

Para los recién licenciados: ¿cómo llega alguien a convertirse en catedrático de Biología?

Debería hablar sobre cómo es ahora, que es lo que puede interesar a los lectores, pero quizá no ha cambiado tanto. Primero está el tema del expediente, hay que esforzarse por tener buenas notas en la carrera porque es clave para los primeros pasos, las primeras becas. Lo segundo es que tiene que ser vocacional, porque es una labor muy difícil de llevar si te lo tomas como si fuera un trabajo de oficina. Debes divertirte con el trabajo, usar tu creatividad, moverte y explorar. Y lo tercero es que tienes que saber lo que quieres, tienes que tener perspectiva y paciencia y esforzarte por hacer las cosas cada día un poco mejor para lograr tus objetivos. Supongo que es una mezcla de constancia, esfuerzo, buenos maestros y un poco de suerte.

En este país estamos en unos momento de depresión social en el que nos creemos que todo es un desastre, que no hay posibilidades y que todo está perdido, pero no es así. De hecho, el mundo es global y la calidad de la ciencia en España es perfectamente homologable con la de los países más desarrollados. Hay que pensar que vendrán tiempos mejores.

He vivido en Alemania y en Estados Unidos varios años y he trabajado periodos cortos en muchos países. Ahora puede ser un momento de apostar por la movilidad. Pienso que eso es parte de la ciencia, que es un ámbito de generosidad y de buena gente. Hay que ver la movilidad internacional no como un sacrificio sino como una oportunidad de conocer otra cultura, aprender otro idioma y disfrutar haciendo una ciencia excelente.

Por otro lado, me preocupa enormemente la situación de los jóvenes científicos españoles, no puede ser que les abandonemos, que no tengan un futuro. En un momento determinado tuve que irme porque aquí se me cerraron las puertas, pero pude volver. Este país no se puede permitir perder a una de las mejores generaciones que ha tenido jamás. No puede ser que esos que salen fuera no puedan tener jamás la posibilidad de regresar.

¿Es endogámica la universidad?

Es muy difícil ir por libre. De alguna manera necesitas un grupo que te apoye en determinadas cosas, pero esto pasa en todas partes. Esta semana he hecho dos cartas para antiguos alumnos, no son alumnos a los que les haya dirigido la tesis sino estudiantes con los que tenía buena relación y de los que guardo un buen recuerdo. Necesitas esa parte. Os pongo mi ejemplo: en el sistema de oposiciones que había en mi época mi jefe me dijo que el ejercicio que tenía que presentar debía tratar sobre plantas. «¡Llevo años trabajando en neuronas y me dices que haga el ejercicio sobre plantas!», le dije. Y él, que siempre ha sido más listo que yo, me contestó que sí porque estaba acostumbrado a trabajar en el área de los tejidos animales, pero de plantas solo sabía lo que había aprendido en las clases. Significaba forzarme a trabajar la otra mitad de la asignatura de Citología e Histología Vegetal y Animal. Habló con un compañero de su antiguo departamento que trabajaba con plantas para que yo fuese a hacer una estancia en aquel laboratorio y aprendiese más sobre células y tejidos vegetales. Eso completó mi formación y me hizo más competitivo, pero seguramente yo solo no hubiese llegado a esa conclusión ni hubiese podido formarme tan bien.

Respecto a la parte de la endogamia, lo malo es si estás promocionando a uno malo por delante de uno bueno. No soy nada futbolero, pero pongo un ejemplo que la gente entiende: imagínate que tienes a Messi ahí, en La Masía, un muchacho de dieciséis años, y nuestro sistema dice que no puede jugar en el Barcelona, que tiene que irse a jugar en el Real Madrid o en otro equipo. Los culés se subirían por las paredes, ¿por qué nos obliga a desprendernos de alguien que nos gusta, que va a mejorar, que ha mamado nuestros sistemas, que comparte nuestra cultura? Nuestro sistema universitario dice que hay que fomentar la movilidad, cosa que me parece bien, y que no puedes concursar en tu propia universidad salvo que estés tiempo fuera, al menos un año. ¿Qué ha hecho mucha gente? Irse un año fuera, pero a veces a la universidad de al lado. Respetamos la letra de la ley pero no su espíritu. Por otro lado es necesario que haya movilidad, es enriquecedora, es sana. Lo que quiero decir con todo este rollo es que las escuelas no son la mafia, que necesitamos fomentar la movilidad y no lo estamos haciendo.

Luego hay cosas que damos por supuestas. Tenemos muy clara la parte de investigación pero no tenemos tan clara la parte docente, que es como la hermana pobre. Las universidades son, ante todo, centros docentes. Lo que les da sentido es que hay estudiantes. Hay que valorar esa parte y trabajarla y cuidarla más, no dar por supuesto que cualquiera es capaz de dar clase perfectamente desde el día uno; eso no es verdad y no sucede en ningún sitio. Las buenas universidades tendrían que perseguir, cuidar y mimar a alguien que es un buen docente tanto como al que es un excelente investigador o al que hace muchas patentes y consigue mucha financiación para la universidad.

José Ramón Alonso para Jot Down 0

Hablando más concretamente sobre tu carrera y sobre el autismo, supongo que te darán ganas de darle una bofetada a más de uno cuando sale con la artimaña de Wakefield en la que relaciona las vacunas con el autismo.

Bofetadas no, pero me indigno. Yo llegué al autismo por una casualidad. Trabajo con ratones y en un momento dado tuvimos unos que perdían células de Purkinje en el cerebelo, un tipo de neurona. Y me dije: «bueno, ¿esto para qué puede valer?». Sabía que hay ataxias cerebelares, es decir, gente que se va quedando paralítica por daños en las células de Purkinje, y ahí abrimos una vía interesante para trabajar. Pero después encontré un par de artículos realizados con material de autopsias de personas con autismo en el que se explicaba que han encontrado que pierden células de Purkinje y que es el único hallazgo común a muchas personas. A raíz de eso comencé a leer sobre autismo y descubrí un tema que ahora defino como apasionante pero que en aquel momento me horrorizó porque ¡había tanta basura, tanto engaño, tanto sinvergüenza!

Durante un tiempo se le echó la culpa del autismo a los padres. Imaginaos lo que es tener en casa a un chaval con una discapacidad para la que no hay una cura y que encima te digan que es culpa tuya. Esa es una parte de la situación, la ignorancia peligrosa. Y luego están los estafadores como Wakefield, gente que promociona una serie de pseudoterapias sin base científica que cuestan un dineral y que dejan a la gente en una situación terrible mientras ellos se forran.

Recuerdo a un padre que me llamó porque estaba haciendo una dieta quelante con su niño y me comentaba que veía al pequeño mejorar pero que ya no podía pagarlo, que había hipotecado su casa y ya no sabía qué más podía hacer. Nunca comento diagnósticos ni tratamientos, pero le dije que todas las investigaciones que se han hecho al respecto de esta dieta indican que esto no tiene una base y que no se ha demostrado que tenga efecto. Él, ante esto, me decía: «Ya, pero el niño mejora». Sin embargo, lo cierto es que en general van mejorando no por ese tratamiento que le está arruinando, sino porque cada vez sabemos atenderles mejor y porque en la escuela le van pillado el tranquillo. Le expliqué que lo que hace la ciencia es coger a cien niños que siguen un tratamiento, por ejemplo esa dieta, y cien que no lo están siguiendo. Estos cien sirven de grupo de control, es decir, nos sirven para comparar los resultados que se dan entre unos y otros. Entonces es cuando sabemos, con cierta objetividad, si el tratamiento funciona o no. «Ya, pero es que le han hecho un estudio químico y se ve que baja la cantidad de metales pesados». Entonces le dije: «¿Le importa escanearlo y mandarme el estudio?» y resulta que el análisis químico lo hacía el mismo que le vendía las dietas, el círculo perfecto.

El autismo es un tema que afecta a muchísimos niños, las cifras impresionan. Es necesario combinar prudencia y esperanza, pero tengo la sensación de que empezamos a tener las herramientas que soñábamos y hay muchas piezas que empiezan a encajar. Si me he implicado tanto es porque científicamente me apasiona y por solidaridad con esos padres y madres con los que he hablado. Muchas veces piensan que yo tengo un hijo con autismo y no lo tengo, pero me pongo en sus zapatos y de verdad que lo que viven en muchos casos es muy duro. Aunque todos hayamos oído hablar del autismo no hay tanta gente que lo conozca a fondo, por lo que los padres se encuentran con dificultades en las escuelas, en los servicios sociales, a veces incluso en sus propias familias… Al mismo tiempo, también se ven avances, cada vez más profesionales que saben cómo abordar esta situación, y te das cuenta de que estamos haciendo una limpia de tonterías, errores y curanderismos. Existe la necesidad, al igual que decíamos antes con las vacunas, de que desde la ciencia nos quitemos la jerga y tratemos de hacer comprensibles los estudios y avances que se están haciendo y también que nos pongamos las botas de goma y bajemos a las alcantarillas para decir: «esto que hay aquí es mierda» o «esto puede merecer la pena y hay que seguir estudiándolo a la luz del día».

El caso de Wakefield es increíble. Hay gente como él que se aprovecha de ese sentimiento de «por mi hijo hago lo que sea». Pues claro que sí, es normal que hagas lo que sea y más aún cuando encima ves que es el más frágil y el más necesitado de ayuda, pero nosotros los científicos tenemos que plantar cara a estos desalmados y destapar sus engaños, y debemos acercarnos a las familias, agarrarles de la mano y decirles: «estamos a vuestro lado y no vamos a dejar que caigáis en manos de sinvergüenzas». Por tu hijo lo que sea, pero que sea seguro y eficaz. Y la biomedicina es la que puede decir si un tratamiento lo es o no lo es.

Está demostrado que la estimulación temprana en personas con autismo funciona y que es necesaria mucha psicología y mucha atención. Sin embargo son tratamientos muy caros que la Seguridad Social no cubre. ¿Qué esperanza hay de que esto mejore y cómo se puede solucionar?

La respuesta debe darse a todos los niveles. Por ejemplo, he dado últimamente bastantes charlas a profesores invitado por el colegio. ¿Por qué? Porque cada vez se encuentran con más casos de críos con autismo y están preocupados e interesados. Y estoy convencido de que esos maestros, que no son especialistas, que dan clases de todo tipo, harán mejor las cosas, ayudarán más a esos niños con autismo, se sentirán más cómodos y llevarán mejor al conjunto de la clase porque han aprendido algunas nociones básicas sobre el tema.

Hay que formar a todo el personal educativo, al personal sanitario, a los de asuntos sociales, eso es una parte del trabajo, y también hay que formar a las familias. Los amigos con los que trabajo en el tema del autismo en Salamanca están haciendo un magnífico trabajo con los pediatras. Es crucial para que no queden casos sin diagnosticar, porque solo tras el diagnóstico podemos hacer una atención adecuada. Es crucial también demandar a las autoridades políticas servicios adecuados porque lo que dices es cierto, la atención individual, intensa y constante es importante, pero no hay quien pueda pagarla.

A veces son cosas muy sencillas pero que tienen un gran impacto. Otra actividad en la que he participado era una especie de campamentos para hermanos de niños con autismo. Son chavales que a veces están avergonzados porque sus amigos les dicen algo o se burlan de ellos o de su hermano. Pero en ese campamento están con muchachos en su misma situación, comparten sus emociones y dejan de ser los únicos con esos problemas.

Pienso que todos podemos poner un grano de arena. También desde la universidad. Hemos tenido en nuestro instituto de investigación a un chaval con asperger haciendo el máster y aún siendo conocedores del tema ha sido un esfuerzo. Te tienes que ajustar en un montón de cosas, y no solo nosotros en el laboratorio, sino todos los profesores del máster. Pero hemos contado con una persona que puso la universidad para hacer un seguimiento y apoyar. Estas cosas son las que me enorgullecen de pertenecer a una universidad pública. Para la universidad ese muchacho es una ruina pero es lo que tenemos que hacer, porque somos la enseñanza pública y nuestros valores no son los del dinero.

José Ramón Alonso para Jot Down 1

Ahora se le denomina trastorno de espectro autista. ¿Por qué ha cambiado? ¿Es una especie de «cajón de sastre» como la esquizofrenia?

No. ¿Sabes lo que pasa? Los distintos neuropediatras y neuropsicólogos que trabajaban en este ámbito normalmente se ponían de acuerdo fácilmente para decir que esto o aquello era autismo o algo parecido, pero después resultaba muy difícil delimitar un diagnóstico más preciso con los criterios existentes, ya que eran muy diferentes. A raíz de esto se hizo un estudio para definir cuál era el factor definitorio para recibir un diagnóstico u otro, asperger, autismo clásico de alto funcionamiento, etc. y lo triste fue que el dato clave resultó ser a qué especialista se había ido.

Ante esto, los especialistas dijeron: «Señores, vamos a utilizar una única categoría, trastorno de espectro autista, y vamos a definirla con un rango de una variabilidad muy grande —que va desde un buen lenguaje hasta el mutismo total— para así ver cuáles son los comunes denominadores. Después ya especificaremos las características individuales de cada caso». Pero claro, una decisión así tiene sus problemas porque al haber cambiado los parámetros ahora nos cuesta un poco comparar los resultados anteriores con los actuales, aunque creo que también está haciendo que sea un sistema mucho más lógico y que tu diagnóstico no dependa de que hayas ido al especialista A o al especialista B.

¿Qué te parecen las terapias de corte psicoanalítico, que intentan dar explicaciones a veces surrealistas a ciertas acciones? ¿Las has conocido? ¿Funcionan?

Sí, con esto vas conociendo un poco de todo. Creo que el desprestigio del psicoanálisis va en aumento, entrando cada vez más claramente en el ámbito de las pseudociencias. En las que más creo son en las terapias de modificación de conducta, que en mi opinión son las que producen los cambios más claros. Aún hay mucho desconocimiento sobre las causas del autismo y esto supone que la vez hay muchas propuestas de tratamientos. Resulta evidente que entre todas estas hay muchas cosas que sobran y hay que decir cuáles deben mantenerse y cuáles no. Creo en la ciencia como sistema de toma de decisiones. Es decir, hagamos unos grupos control y experimental y veamos si funcionan o no.

Algo que se suele pasar por alto cuando se intenta informar sobre el autismo o el asperger es la orientación a las familias. Tú has escrito un libro a modo de guía. ¿Qué es lo que les explicas?

Imaginemos la situación: unos padres que están preocupados porque van pasando las semanas y los meses y algo no va bien, no encaja. A menudo hay una sucesión de visitas al médico, no pensemos que vas a la consulta y obtienes un diagnóstico. Aquí no hay un marcador de modo que te saquen un poco de sangre y te dé un número: tienes tanto de autismo. Es un proceso, el de las consultas, la búsqueda de respuestas, que puede resultar muy difícil por lo que hablábamos antes, porque desgraciadamente hay muchos profesionales que aún no tienen claras las cosas. En el mejor de los casos les refieren a un especialista, pero en otros casos toman decisiones de todo tipo: desde diagnósticos que no tienen nada que ver, a dejar pasar el tiempo. Pero vamos a suponer que las cosas funcionan bien, se le hace al chaval un estudio, te dan un diagnóstico y te dicen que tu hijo sufre un trastorno de espectro autista. Para la familia es un shock. Cuando charlo con ellos me dicen que tiene una parte buena, y es que ya han llegado al final de ese camino y saben a qué atenerse. Y también es un nuevo comienzo. Por otro lado, algunos de ellos también se derrumban porque tenían esperanzas en que fuese una cosa menor, pasajera, y de repente ya no pueden seguir, por decirlo de alguna manera, engañándose a sí mismos o alentando esa esperanza.

Lo que vi es que había una necesidad de apoyo a las familias porque en esos momentos tienen un montón de preguntas y están ahí en la consulta con un especialista y no hay mucho tiempo para aclarar todas las dudas. Aunque si os digo la verdad yo empecé con esa guía preparándola para mí mismo, quería saber las cosas fundamentales que se conocían sobre el autismo. Soy ordenado y me dije: «¿Qué cosas se han dicho sobre las posibles causas?» y «¿qué tratamientos hay en vigor?». Fui haciendo un cuaderno e iba siguiendo pistas, leyendo y anotando. Al final todo este material lo estructuré para que fuese una guía de viaje, para que fuera útil a otras personas.

Hicimos una versión corta, que se puede descargar gratuitamente en UniDiversidad, y el libro. Sé que en muchos sitios se lo recomiendan a los padres. Hay algunos mensajes que pueden parecer muy básicos, como que busquen a las familias de su zona en su misma situación, es decir a la asociación, porque les van a acoger y les van a dar un montón de ayuda y apoyo. Y también hay una serie de datos científicos actualizados. De base se trata de transmitir un mensaje de ánimo: «A partir de ahora, aunque este sea un golpe duro, las cosas van a mejorar».

Tras esa guía he seguido trabajando en una tarea que yo creo que es interesante: como científico estoy al tanto de qué es lo último que se publica sobre estos temas y lo que hago es contarlo en español y de una forma sencilla, una traducción de idioma y de nivel. Veo que es enormemente útil porque las familias y quienes tienen a su cargo personas con autismo intentan leer sobre el tema, aprender, encontrar respuestas, pero se pierde con la información científica especializada que por otro lado es la más importante. Es la más veraz pero también la más difícil de entender. En el sistema educativo seguimos apostando por la acumulación de conocimientos cuando en realidad ya no hace falta, los conocimientos son muy fáciles de conseguir hoy en día, lo que necesitamos es enseñarles a comprenderlos y a discriminar si las fuentes son fiables o no. Creo que eso es un problema de la universidad y tendríamos que hablarlo también.

No sé cómo decirlo, pero al final tu vida es lo que quieras hacer con ella. Yo dedico mucho tiempo a esto, pero me alegro de hacerlo. La guía intenta ayudar a las familias a que lean una cosa sencilla y tengan un mapa de carreteras de lo que hay a su alrededor para que a partir de ahí, sigan avanzando y no se sientan solos.

Escribí una vez un pequeño artículo titulado «Cincuenta cosas que le dirías a los padres de un chaval con autismo» y la respuesta fue espectacular. Había cosas que se te encogía el corazón al leerlas. Luego vinieron las cincuenta cosas que no les dirías. ¿Qué les dicen a los padres muy a menudo? Pues cosas como que eso se soluciona con unos buenos azotes. No, no podemos dejar que eso pase.

¿En serio?

Continuamente. Un niño con autismo es un crío que en un parque hace cosas que no encajan y la gente se piensa que está mal educado. Y el pánico que tienen los padres a que se escape. Tú les preguntas: «¿Qué hacéis para que no se escape?». Las respuestas son del tipo: «le escondemos los zapatos», «le saco una foto con el móvil todas las noches para si se escapa poder enseñar qué pijama lleva», o «lleva puesta una pulsera con un GPS». Otro contaba: «me da mucha vergüenza decirlo pero le llevo con una especie de correa». Se te pone la piel de gallina, pero a continuación te cuentan que una vez el niño salió corriendo y que estuvieron a punto de atropellarle. Forma parte de una realidad que no es nada fácil. Las familias hacen un trabajo durísimo y se sienten a menudo perdidas o solas. Si están en una ciudad grande que tiene una asociación de padres es una cosa, ¿pero el que está en un pueblo y es él solo? Y a veces es todo lo contrario: «vivo en un pueblo pequeño y todos los del pueblo le quieren y están pendientes de él». No hay nunca una única respuesta ni un único camino.

Escribí otro artículo sobre ir al supermercado, que es otro tema al que los padres me decían que le tienen pánico. Siempre es lo mismo: charlas, te cuentan y entonces empiezas a leer. Así aprendí que para un chaval con autismo el supermercado puede ser el infierno: luces brillantes, gente apresurada, música estridente… Puede coger la mayor rabieta del mundo. Frente a eso sigues leyendo, recopilando información e intentas ofrecer de una forma ordenada algunos consejos para ir al supermercado.

Además hay consejos creativos que sé que en algún sitio los han puesto en práctica, como por ejemplo con la Navidad. La Navidad es la misma tostada que el supermercado: música, colores, gente a la carrera cargada de paquetes… Pero los padres, lógicamente, quieren vivirla como una familia más e ir a que los niños vean al Rey Mago o al Papá Noel de turno. Encontré que en Estados Unidos una asociación de padres había hablado con el responsable de un supermercado para que en esa hora en la que cierran el local y están limpiando los niños con autismo pudiesen celebrar la Navidad. Estaba el mismo Papá Noel pero sin la música, con las luces atenuadas, sin gente… y los padres lo contaban llorando. No es gran ciencia, es otra cosa, pero es algo que merece mucho la pena difundir.

José Ramón Alonso para Jot Down 2

Con el fenómeno Rain Man, la gente relaciona el autismo con el hecho de tener habilidades especiales cuando esto no es lo habitual.

Respecto a Rain Man soy un poco crítico, y los padres también son críticos de entrada. ¿Por qué? Porque como tú bien dices se calcula que solo hay un 10% de personas con autismo que tienen una habilidad especial en algo y esto provoca una imagen errónea sobre el otro 90%. Aunque, cuando existe, es interesante porque normalmente no es algo muy práctico. Por ejemplo, conocí a una niña a la que le pasaba con los caballos y a los padres les ayudaba como palanca, que es una forma elegante de decir que les servía para «chantajearla». Te permitía decirle: «Si haces esto tienes derecho a abrir el libro de los caballos» y con eso la vas educando.

¿Qué te parecen iniciativas de visibilización como el cómic de Miguel Gallardo y su hija María?

Está muy bien que los padres cuenten su historia, porque es una experiencia real y nos ayuda que nos cuenten su caso concreto. Esa necesidad de comunicar es importante y que lo hagan ellos mismos también me gusta mucho.

Aunque intentes no hacerlo parece que desde la investigación hablas subido a un púlpito, por eso me gusta que las familias cuenten sus historia, porque hacen cosas maravillosas, viven situaciones difíciles y son muy veraces. Lo único, la prudencia necesaria de no generalizar. Es solo un caso. Yo, como ellos, también pienso eso: «Si has visto a un chaval con autismo solo has visto un chaval con autismo, no significa que sepas lo que es el autismo».

Veo que le has cogido el gustillo a eso de Otras historias de la neurociencia y ya has escrito El escritor que no sabía leer, El hombre que hablaba con los delfines o La nariz de Charles Darwin. Parece bastante claro que acabamos entendiendo mejor los conceptos, e incluso disfrutando más, cuando se explican a través de historias.

Sí. Soy de Castilla y León, donde los inviernos son muy duros, y hay una imagen tradicional que consiste en sentarse alrededor de la lumbre, en la cocina, y contar historias, amenas, divertidas o terroríficas. La gente se sentaba ahí porque era el único sitio en los pueblos en los que se estaba cómodo en esas horas sin luz. Asociado a este hecho existe una tradición milenaria de quien comparte algo que conoció en otro lugar. Mis historias de la neurociencia a veces buscan emocionar y a veces divertir, pero siempre intentan enseñar algo. Empecé un poco con este objetivo, quería atraer más a los alumnos en mis clases, quería buscar ejemplos que les engancharan y empecé a escribir. Luego quise compartirlo con el que no tiene una base especializada pero le gusta la cultura, le gusta la ciencia, tiene ese espíritu abierto. La verdad es que me apasiona, aprendo mucho y lo disfruto enormemente. Además parece que a la gente le gustan estos libros de historias de la neurociencia y estoy feliz. No se me acaban las historias, tengo cientos. Primero porque el cerebro da mucho juego y hay mucha investigación apasionante, y segundo porque lo relacionas con ámbitos que son inmensos como la historia, la literatura, el arte… cosas que también disfruto enormemente.

Una de tus especialices es la plasticidad neuronal y hay investigadores como José María Delgado que la consideran una teoría reduccionista. ¿Al final acabamos todos hablando de lo mismo pero desde distintas perspectivas o unos acaban invalidando a los otros?

La ciencia va avanzando basándose en la discusión con datos y argumentos. En mi caso la plasticidad neuronal es algo que veo todos los días. La veo en mi laboratorio cuando miro a través del microscopio y la veo en la gente. Mi abuela tuvo un ictus y perdió prácticamente la capacidad de hablar, pero después, poco a poco, la fue recuperando. Con los ratones trabajo mucho en el olfato, que es un ámbito magnífico de plasticidad, y es una maravilla ver cómo cambian los transmisores en cuestión de horas, cómo se reorganiza la propia estructura cerebral en un adulto. Por lo tanto, no solo no lo considero reduccionista, sino que creo que es la base de muchos de los procesos cerebrales y que el cerebro no se puede entender sin la plasticidad neuronal. Todas las teorías modernas de la memoria se basan en la plasticidad neuronal. Que alguien, con todo mi respeto a Delgado, que es un investigador formidable, la subestime o la considere una teoría reduccionista… pues no me convence, la verdad.

Parece que Delgado no habla del mismo concepto de plasticidad neuronal, él lo entiende más como elasticidad, que es como prefiere llamarla.

En el laboratorio vemos, por ejemplo, neuronas que cambian su inmunocitoquímica, es decir, que según la información que les llega cambian los transmisores que expresan; vemos como algunas zonas del cerebro se apagan… La elasticidad supone volver a la situación de partida, la plasticidad, cambiar y adoptar nuevas formas. Me quedo con plasticidad.

También investigas la capacidad del cerebro para responder de forma flexible frente a lesiones, enfermedades neurodegenerativas o drogas, por ejemplo. ¿Crees que estamos bien informados sobre los daños que puede causar en el cerebro el consumo de drogas?

No. El mayor experto que había en el Reino Unido sobre drogas, David Nutt, un catedrático muy respetado de neurofarmacología, tuvo que dimitir como presidente del ACMD (Comité Asesor sobre el Mal Uso de Drogas). ¿Y por qué tuvo que dimitir? Porque  en una entrevista como esta que me estáis haciendo él preguntó al periodista: «Si está usted con un desconocido ¿qué cree que es más peligroso ponerle delante, un bol lleno de anfetaminas o un bol de cacahuetes? Cualquier científico sabe que son mucho más arriesgados los cacahuetes». Él defendía que las drogas deberían clasificarse según lo dañinas que fueran para la sociedad y que es más dañino el alcohol o el tabaco que el LSD, el cannabis o el éxtasis. ¡El cirio que se armó! Tuvo que dimitir. ¿Estamos bien informados? No. Pero no solo a niveles científicos.

Estuve una vez con un jefe de Estado de un país centroamericano que me dijo: «La guerra contra las drogas la hemos perdido y es algo que hay que asumir; cuando te metes en una guerra, la puedes ganar o la puedes perder. Nosotros tenemos infiltrado el ejército, la policía, la judicatura, los políticos, las aduanas… Yo pago a mis policías un sueldo medio de doscientos euros y los narcotraficantes les pagan dos mil quinientos», y me comentaba que por esa razón el país se estaba derrumbando, porque todos los sistemas estatales entran en disolución por esa corrupción. Lo que quiero decir es que se trata de un tema político, económico, social y científico. Evidentemente todo esto no lo hablamos y es necesario un debate, y no se trata del debate de la legalización, sino del debate de qué está pasando con las drogas en el mundo.

En tu investigación trabajas con modelos animales. ¿Cómo se debe combatir el desconocimiento en el ámbito de la experimentación animal?

Con educación, hablando, explicando, yendo a los medios de comunicación. He vivido en países muy sensibles a este tema como Estados Unidos o Alemania y lo primero que tienes que explicar es lo que está en juego y lo segundo son las condiciones del trabajo con animales. Como sabéis nos movemos con tres normas: reducir, es decir, usar el mínimo número de animales posible; refinar, que las técnicas sean las más perfectas posibles y, por último, reemplazar en lo posible animales por otros modelos, es decir, que si hay cosas que puedes hacer con un modelo in vitro o en un ordenador en vez de con un animal pues hacerlo así.

Tenemos que hacer lo posible por alcanzar los estándares más altos de calidad en la investigación que hacemos, pero también tenemos que ser exigentes con los requisitos que lo regulan y contar a la gente por qué lo hacemos. Es importante decir: «Oye, ¿queréis encontrar algún día la cura para el cáncer? Pues no sabemos hacerlo si no es probando los nuevos medicamentos en un animal». Solo ha habido una vez en la historia que no se haya hecho de esa manera y fueron los nazis, que probaron directamente en personas saltándose la fase de la investigación con animales. Si queremos algún día tener una vacuna contra el sida, si queremos que aumente nuestra esperanza de vida, si queremos curar el alzhéimer o el párkinson, necesitamos poder hacer buena experimentación con animales. No conocemos otro camino.

A mis alumnos siempre les pregunto: «¿Cuál creéis que era la esperanza de vida en España cuando a Cajal le dieron el Premio Nobel?». Y no han pasado tantos años, han sido ciento y poco. Pensad, España acababa de perder los restos del imperio colonial pero estábamos entrando en el reparto de África, o sea que éramos una potencia europea de tipo medio, no éramos ni Alemania ni Inglaterra ni Francia, pero estábamos ahí. No sé si los lectores habrán pensado una cifra, pero la realidad era 34,9 años. Ahora es superior a 80. Eso es fruto de las vacunas, la insulina, el agua limpia y los antibióticos, y muchos otros avances que se han logrado por la experimentación animal.

Para poner a punto la penicilina murieron bastantes ratones, cientos o miles, quizá. Había que ajustar la dosis, porque si te pasabas podía ser tóxica y había que controlar muchas variables. Soy biólogo y amo a los animales, pero creo que hay una responsabilidad moral de intentar salvar la vida de las personas y eso requiere hoy por hoy el uso de animales de investigación. Yo, al menos, pienso que es un precio que hay que pagar. Para mí no vale lo mismo la vida de un niño que la de una rata. Insisto que hay que hacerlo con todas las garantías, con los mínimos animales posibles y todas las calidades en el proceso, pero en mi opinión es algo que se debe hacer.

José Ramón Alonso para Jot Down 3

Decía el doctor López Barneo cuando le entrevistamos que en Canadá es más fácil conseguir los permisos para la fase de experimentación con humanos que para la de animales. ¿Podemos llegar a eso con las restricciones europeas?

Es cada vez más complejo, los investigadores están preocupados y no estoy seguro de que la sociedad sepa lo que hay en juego. Insisto en que es necesario hacerlo con la máxima exigencia. Nosotros cada animal que usamos lo tratamos con todo el cuidado y lo aprovechamos al máximo. Hay otros investigadores que utilizan otras partes de cada animal para que en las disecciones no tenga que usar yo cinco ratones y él otros cinco, sino que los cinco nos valgan, si es posible, a los dos. Y guardamos otras partes por si de repente nos las piden.

Hay una estrategia que primero intenta prohibir la experimentación con animales y, si de momento no funciona, favorece que sea incómodo, caro, complicado… Pero no hay que olvidar que de esta manera, realizando investigación y experimentación con animales, es como ha avanzado la ciencia occidental.

Yo tengo una lista de cada premio nobel y si usó o no usó animales y qué especies de animales en cada caso, porque nos lo venden como si usáramos perritos y gatitos y eso no es lo normal. Lo normal es que usemos moscas, ratones y ratas, eso es lo habitual. No recuerdo ahora la cifra exacta, pero como en el listado hay años en los que hay varios premiados, lo mismo de ciento cincuenta premios nobel de medicina ciento cuarenta y tantos habían usado animales en su trabajo. Es el camino por el que hemos podido vencer a las enfermedades o al menos mejorar la calidad de vida de los enfermos. Si no se hubiesen usado animales para aislar y purificar la insulina, los diabéticos no tendrían que preocuparse de las inyecciones, estarían muertos. Yo no me imagino cómo se puede probar la toxicidad de un nuevo medicamento si no es así. Lo puedes probar en células, ya, pero en el cerebro, por ejemplo, tenemos una barrera hematoencefálica y ya no es la misma cantidad si la echas en un cultivo de neuronas que en el propio animal. Se hace por la seguridad de la gente y no es ningún placer. No somos sádicos, pero la sociedad debe saber lo que es la investigación con animales y si quiere que siga avanzando nuestra sanidad.

Dentro de la sociedad se han dado polémicas parecidas sobre el uso de células madre, otra de tus áreas de investigación, pero da la impresión de que ya no hay tanto ruido como hace unos años. ¿Tal vez esto sea porque la sociedad está comprendiendo la necesidad de estas investigaciones o simplemente porque ya no es un tema de interés para los medios?

Yo creo que ni la una ni la otra. La situación se ha resuelto porque cada vez sabemos usar más las células madre de adultos. Nosotros, por ejemplo, las células madre que utilizamos son también de ratones, pero de ratones adultos, y esa estrategia no está afectada por la polémica relacionada con el aborto, es decir, con el uso de células madre extraídas de un embrión. La otra parte es que las células madre embrionarias que usa la inmensa mayoría de la gente son líneas celulares, células que se reproducen desde hace décadas, con lo cual tú estás cultivando esas y no necesitas un embrión. Al final no hay debate sobre si es lícito usar un embrión humano que no se puede implantar porque en la gran mayoría de los casos ya no se hace.

¿Cómo ves el futuro de la universidad? ¿Crees que solo se podrá estudiar aquello que acabe siendo rentable de forma inmediata o quedará sitio para, por ejemplo, humanidades o ciencia básica?

La universidad es la institución más exitosa que hay en la historia de las naciones. Existe un dato curioso, y es que en el año en que se dio la primera vuelta al mundo, cuando Elcano vuelve, había unas ochenta instituciones que todavía hoy siguen vigentes, tales como la Iglesia católica o la Corona de Inglaterra, y de esas ochenta creo que sesenta y tres o sesenta y cuatro eran universidades. Ninguna otra institución ha demostrado esa capacidad de supervivencia, de adaptabilidad, de sobrevivir bajo dictaduras, bajo democracias, bajo monarquías, bajo repúblicas o bajo cualquier sistema y pese a sufrir muchos altibajos.

A mí me gusta mucho la historia de mi universidad y en Salamanca hay un momento en el que solo tiene cincuenta estudiantes. ¿Por qué? Porque los jóvenes están en la guerra napoleónica. Los nazis cuando quisieron acabar con la inteligencia polaca cerraron las universidades. ¿Y qué es lo que hacen los profesores? Pues hay uno que entra a escondidas en la universidad y coge unos cuantos libros y montan las clases en una serie de domicilios. Cuando los republicanos españoles estaban en los campos de internamiento de Argelès-sur-Mer en el sur de Francia, en una playa donde no hay nada, los que son profesores de universidad se ponen a dar clase. La universidad, en mi opinión, es indestructible y se adapta en cada momento a lo que la sociedad le pide.

¿Por qué se funda en Salamanca una universidad en 1218, hace ocho siglos? En mi opinión, porque es una zona de frontera, en una loma, y es una forma de fijar gente joven que pueda coger un arma en un momento determinado. Después, el rey, que está intentando imponerse sobre los señores feudales, necesita funcionarios, necesita gente capaz de redactar una ley o de recaudar impuestos y a esas personas las forma la universidad. Además Salamanca es la que forma los cuadros de todo un imperio colonial que funciona de forma espectacular. Vuelvo un poco a lo que decía antes, no hacemos más que flagelarnos y pensar que somos un desastre como país y no es verdad. A los pocos años de estar en América Latina estábamos construyendo catedrales, universidades y hospitales mientras que doscientos años después en Norteamérica los ingleses decidieron repartir mantas infectadas con viruela para exterminar a los indígenas. Nos acusan de atrocidades, en muchos casos con razón, pero en todo hay medidas.

En la generación de nuestros padres, ¿qué es lo que se pedía? Pues en general lo que estaba más demandado eran las profesiones liberales. Había una especie de contrato no escrito por el que tú mandabas a tus hijos a la universidad y salían con un buen puesto de trabajo. Ahora la gente se siente en cierta manera decepcionada porque cree que hemos roto nuestra parte del contrato. Pero la universidad se ha democratizado, el número de estudiantes en España se ha multiplicado por diez, hemos pasado de ciento cincuenta mil a un millón y medio, con lo cual eso, el buen puesto de trabajo esperándote a la salida, ya es más difícil. Pero este país es infinitamente mejor porque su población está más educada.

También pasa lo que decís, el tema de la proliferación de títulos. Ninguna universidad tiene en estos momentos garantías sobre su financiación y lo que hace es ir al mercado. Me acuerdo de hablarlo con los portugueses, que empezaron el proceso antes, y cuando en España teníamos ochenta titulaciones, ellos tenían ochocientos títulos de grado y creo que son veintitantas universidades en Portugal. Y me decían: «Hemos hecho un listado y la palabra que más se repite es “diseño’”». Había Diseño Ambiental, Diseño Industrial, Diseño de Hospitales… y simplemente era puro marketing para intentar captar alumnos con palabras que sonasen atractivas. Creo que todo esto se tiene que racionalizar, pero las universidades tienen un papel y un sitio, importante, necesario, para la ciencia básica y para las humanidades. Soy un defensor de la enseñanza pública y de la sanidad pública y creo que nuestra universidad, con sus males, que los tiene, es perfectamente homologable a las universidades de otros países. A mis hijos los he mandado a la escuela pública y a la universidad pública y estoy feliz de la formación que han recibido.

Insisto, no es el mundo dorado. Yo lo llevo muy mal cuando se nos compara con los clubes de fútbol. ¿A qué coño estamos jugando? ¿A qué universidad se le ha concedido un pelotazo urbanístico como el de la Ciudad del Bernabéu? A ninguna. ¿Y a qué universidad le dejan fichar a un profesor a base de talonario? A ninguna. Pues oye, si nos ponéis a competir dadnos unas reglas de juego parecidas. La universidad mejora progresivamente y hay cosas de las que no nos damos cuenta: la calidad investigadora, la evaluación de los profesores, la internacionalización, la flexibilidad en la gestión… Ahora ya lo asumimos con normalidad, pero hace unos años la gente se subía por las paredes con las encuestas de los alumnos, y cuando se montó el programa Erasmus decían: «¿Pero es que les vas a reconocer la biología marina por la ingeniería genética?». Pues sí, ¿qué pasa? Esas cosas las hemos vivido. Pienso que la universidad está cumpliendo su función con buenos resultados. Otra cosa es, ¿queréis que tengamos premios nobel? Pues dadnos los medios para hacerlo, y eso implica una estabilidad presupuestaria para poder planificar con seriedad.

José Ramón Alonso para Jot Down 4

¿Crees en la multidisciplinaridad dentro de la investigación o prefieres que cada ámbito vaya por su lado? ¿Puede un antropólogo ayudar a un neurocientífico?

Sí, completamente. A mí me resultan muy interesantes los espacios de frontera. Uno de los problemas que tenemos en la universidad española es que somos muy estancos. Si tú has empezado hoy y eres un biólogo celular, como soy yo, y quieres dar un salto a otro campo resulta enormemente peligroso para tu carrera. En otros países es todo lo contrario, se anima a llevar a cabo esos cambios porque saben que son enormemente fructíferos

Deberíamos contar con equipos más multidisciplinares de los que tenemos ahora y tendríamos que favorecer mucho más esa movilidad entre los campos de conocimiento. Digamos que yo llevo treinta años trabajando con neuronas y ahora quiero estudiar el cáncer, que ya os dije antes que me gustaba. Pues mi universidad tiene que entender que lo mismo el primer año o los dos primeros años no voy a poder publicar nada. Pero luego puede que consiga un resultado excepcional porque voy con una visión totalmente diferente, unas técnicas distintas y que por tanto puede ser realmente interesante hacerlo.

¿Tienes la sensación de que en la actualidad no se entiende que alguien pueda querer aprender por el simple placer de hacerlo?

No. Por poneros un ejemplo: doy clases en la universidad de la experiencia, a la que acude gente mayor que no tuvo la oportunidad de estudiar. Son los mejores alumnos que he tenido, de verdad, son encantadores, son cariñosos y si ven que hablo mucho me dan un caramelo para la garganta. [Ríe]. Están allí porque quieren aprender y porque en su momento no pudieron. Es gente a la que lo mismo les pilló la posguerra y tuvieron que ponerse a trabajar con doce años, y estar con alguien cuyo único afán es aprender es una maravilla.

Las universidades tenemos que olvidarnos del alumno tipo de dieciocho a veintidós años, y hay que saber que hay alumnos que vuelven para reciclarse, alumnos que deciden emprender una nueva carrera, alumnos cercanos o posteriores a la jubilación… Esto es un sistema de educación superior y eso no tiene por qué dirigirse a una edad determinada. Es posible querer aprender por placer.

Una de las líneas básicas de tu programa como rector incluía de forma relevante la digitalización de las aulas. ¿Nos vamos a una educación no presencial o seguiremos necesitando ir a clase?

Yo creo que esta es otra dicotomía irreal, que las dos cosas son necesarias. Por ejemplo, Salamanca tiene mucho nombre en América Latina y hay mucha gente que querría estudiar aquí, pero es un sacrificio terrible venir a Europa tres o cuatro años dejando, en ocasiones, a tu familia y tu trabajo. Entonces, ¿qué podemos hacer? Pues una formación a distancia completada con períodos de formación presencial.

Antes de ayer charlaba con una persona que había hecho una formación en la Open University y estaba encantada con cómo había funcionado todo. Hay cosas para las que necesitas un contacto personal y hay otras cosas que a distancia funcionan muy bien. Por eso creo que ambas cosas no son opuestas ni hay que elegir entre una u otra. Creo que el mundo digital abre enormes posibilidades a las universidades. Lo estamos viviendo ahora mismo, un buen ejemplo son los cursos MOOC. Me acuerdo que cuando las universidades más potentes del mundo empezaron a hacerlo, en las universidad española no lo entendía nadie: «¿Cómo? ¿Qué hacen un curso y además gratuito?». Pero ahora nos hemos dado cuenta de que es un sistema con unas grandes posibilidades de atracción de estudiantes, de posicionamiento global. Estamos viviendo una revolución y las universidades forman parte de ella. Están cambiando y cambian para mejor.

Además de la innovación tecnológica en las aulas, parece claro que hace falta una reforma educativa desde los propios cimientos y a todos los niveles. Todo el mundo habla del sistema finlandés y en general de los sistemas educativos nórdicos como ejemplos a seguir. ¿Podemos aspirar a esos sistemas o no se pueden comparar las situaciones a nivel sociocultural?

Pues hay cosas que son difíciles de trasplantar, pero tengo claro que podemos mejorar muchísimo. Hay que apostar tanto por el profesorado como por la formación del mismo. Soy muy crítico con las oposiciones y con que sigamos en un sistema donde para conseguir una plaza de profesor es necesario memorizar un temario. A estas alturas un esfuerzo memorístico no tiene sentido. Lo que tendríamos que pensar es cómo conseguir profesores que potencien a los chavales y que les hagan desear aprender, que les hagan leer, que les hagan que estudien por placer, que en verano hagan experimentos. Querría un sistema que seleccionase profesores capaces de hacer eso y no de memorizarse el código penal. Pongo otro ejemplo: en el siglo XX muchos de los mejores profesores que tuvo la universidad habían sido antes profesores de instituto, de secundaria, eso está cerrado en nuestro país, es imposible ahora. No tenemos que inventar la rueda, en muchos casos lo único que hay que hacer es reevaluar los sistemas. Hacen falta incentivos y no todo se arregla con dinero, pero sí que es necesario invertir en la educación.

Si tenemos diecisiete comunidades autónomas en este país y en las evaluaciones cada una de ellas destaca en algunos aspectos yo buscaría, por ejemplo, cuáles son las tres mejores en cada tema significativo. Que estas tres se lo cuenten a todas las demás y que su sistema se implante bajo consenso en las diecisiete comunidades autónomas. No estamos hablando de Finlandia, que en el invierno tienen mucho frío y tienen pocos emigrantes y todas esas pegas que ponemos. Estamos hablando de este país, donde hay quien consigue mejores resultados con medios similares a los demás, profesores similares a los demás y una sociedad similar. Lo que es evidente es que se pueden mejorar las cosas, así que preguntemos a quienes lo están haciendo bien.

¿Y pensar en una educación que no esté politizada es una utopía?

No, no lo creo. Lo que más conozco es la universidad y pienso que internamente, a nivel de funcionamiento, está muy poco politizada. Otra cosa es que la autonomía universitaria es una entelequia porque dependes totalmente de la financiación de la comunidad autónoma. Si tú tienes a un rector que está enfrentado al presidente de su comunidad, como ha habido casos, corres el riesgo de que esa universidad lo pase mal o, incluso, que el poder político decida apoyar la fundación de otra universidad. Y no hay mucho margen, porque no hay ninguna universidad que tenga recursos propios suficientes. Y entre las universidades privadas, hay que decirlo con claridad, hay pocas que den la talla. Por otra parte, las universidades a menudo somos poco exigentes con nosotros mismos. Uno de los dramas de la universidad es que gana lo mismo quien trabaja que quien no trabaja, y no hacemos nada por remediarlo.

Otro de los males de la universidad es la impunidad. El sistema es garantista con los funcionarios, lo cual nos alegra mucho a todos los funcionarios, a los servidores públicos, porque nos evita estar a merced de los cambios de gobierno. Pero es tan garantista que hay quien aprovecha esas salvaguardas para avergonzarnos a todos los demás. Tendríamos que ser nosotros mismos los que dijésemos: «Este señor no puede seguir aquí, no debe seguir aquí». Creo que todos conocemos casos en nuestras universidades que no deberían estar allí ni un día más y, en cambio, ahí siguen.

Demasiadas veces adjudicamos la responsabilidad a los de fuera: no nos dan el dinero que necesitamos para investigar, no sacan más plazas… Esto no va a ser muy popular entre mis compañeros, pero creo que, aunque tenemos la queja real y justificada de la reducción de fondos para investigación, hay poca gente que esté yendo a buscar financiación europea, a explorar nuevos ámbitos. ¿Por qué? Porque es difícil, porque no sabemos, porque nos cuesta… Es difícil, pero en estos momentos es el camino. A veces la gente obtiene los proyectos regionales, que les da para sus pequeñas cositas, para cambiar el ordenador o para ir a un congreso, y se conforma. La situación actual es mucho más compleja y mucho más difícil. Deberíamos estar esforzándonos todos en conseguir esos fondos y no lo estamos haciendo.

José Ramón Alonso para Jot Down 5

Has pasado de ser investigador a ocupar durante mucho tiempo un cargo administrativo y ahora eres director de políticas culturales en Castilla y León. ¿Cuál es tu percepción desde la Administración? ¿Se pueden mejorar las cosas? ¿De qué logros te sientes orgulloso en estos cuatro años?

Es evidente que se pueden mejorar las cosas. A mí me gusta la gestión, cosa que a otros compañeros les parece el peor castigo. Yo digo que la gestión es también un ámbito de creatividad y de servicio público. Hay veces que pienso que esto debería ser como las comunidades de vecinos, que todo el mundo debería pasar por una administración general porque así se quejarían menos y serían más comprensivos. [Ríe] Aunque sinceramente, sé que no es factible.

¿Me preguntas de qué estoy orgulloso? No sé si es mala suerte o es para lo que yo valgo, pero a mí siempre me han tocado los tiempos peores. Cuando llegué al rectorado de la universidad tenía un montón de ilusiones, pero lo que me encontré es que no había dinero para pagar la nómina de noviembre, lo cual es terrible. Uno puede aguantar muchas cosas, pero lo que no se puede es no pagar las nóminas a los compañeros. Ni hablar.

Aquí ha sido un poco lo mismo: he llegado a la administración autonómica en plena crisis, con unos presupuestos que se han, no sé si la palabra es derrumbado, pero que se han reducido mucho. ¿Y de qué estoy orgulloso? De los servidores públicos. Defiendo que el funcionariado, tan aperreado, es un patrimonio, es una de las riquezas de este país. Muchas de las cosas que antes se encargaban externamente ahora las hemos hecho nosotros con nuestra gente. Tenemos un personal excelente y, a pesar de que nos han reducido el sueldo, de que no hay posibilidades de promoción, etc. la gran mayoría se ha dejado la piel.

Estos años he tratado de llevar a la práctica lo que proponía antes respecto a la educación y las comunidades autónomas. En Castilla y León somos nueve provincias y tenemos nueve bibliotecas provinciales. Entonces me he fijado en quiénes son las tres mejores en seis ámbitos diferentes, por ejemplo en la actividad social de la biblioteca. Había varias que no hacían nada en este ámbito, pero había otras que tenían clubes de lectura en la cárcel, pequeñas bibliotecas que intercambiaban en los hospitales, voluntarios para ir a leer a enfermos, sistemas de libros de letra grande para residencias de mayores. Estas bibliotecas tenían personal, fondos y presupuestos similares a las demás, así que consideramos que éstas serían las que diesen las pautas y las otras tendrían que hacer algo parecido. El efecto fue multiplicador.

Teníamos muy poco dinero para actividad cultural pero había bibliotecas que organizaban conciertos, así que reuníamos a sus gestores con los de las demás con las otras y así les contaban a sus compañeros cómo eran capaces de hacerlo. Y era muy sencillo: hablaban con el conservatorio que hay en todas las capitales de provincia y, como los alumnos de último curso estaban deseando tener la oportunidad de dar un concierto, aceptaban entusiasmados. En realidad, era tan fácil como poner unas sillas en el patio o en una sala, organizarlo, difundirlo y salía adelante. El resultado es que, con menos presupuesto del que ha habido nunca, triplicamos el número de actividades. Es una gozada y las bibliotecas, en estos momentos de crisis, han sido un oasis para muchas personas. El que no tiene dinero para pagarse internet en su casa, va a la biblioteca a leer el correo electrónico; el que no tiene dinero para comprarse Jot Down, va a la biblioteca a leer Jot Down. Y creo que ese camino todavía puede dar mucho más de sí, que las bibliotecas, por ejemplo, podrían ser ahora centros de encuentro de emprendedores. Porque normalmente el emprendedor lo primero que necesita es información y el lugar clave de la información es la biblioteca. Siempre he pensado que deberíamos tener una sala vacía en cada biblioteca para que se reúna la gente que tiene proyectos y hablen entre sí.

Todas esas dinámicas son la parte de la que más orgulloso me siento.

¿Te tomas tu labor de divulgador como una afición o como parte de tu trabajo?

Tendría que pensarlo, fíjate. Le dedico mucho tiempo, iba a decir casi todo mi tiempo libre. Y de una forma metódica. Al mismo tiempo lo disfruto mucho, pero también disfruto mucho mi trabajo. Me resulta muy difícil separarlo porque mi trabajo siempre ha sido mi afición y le he echado muchas horas, no porque me obligase nadie ni por ambición, sino porque es lo que me gusta. Todos mis amigos saben que si algún día me toca la lotería seguiré yendo al laboratorio, iré a clase igual que ahora, porque no me imagino nada que me guste más que lo que hago. Como con el puesto político no podía ir todos los días al laboratorio, la divulgación me sirvió como una forma de mantener el cordón umbilical, me obligó a seguir leyendo, a seguir estudiando. Pensaba: «Si voy escribiendo, aprenderé cosas para dar mejores clases». Luego ha resultado ser un descubrimiento de gente excepcional, cargada de entusiasmo y de ideas, un ámbito con el que estoy feliz.

Investigadores como Juan José Gómez Cadenas han comentado que en alguna ocasión han recibido críticas por dedicar tiempo a la divulgación en vez de utilizarlo para investigar, que es lo importante. ¿Tú te has encontrado con esta situación?

No, no he recibido esta clase de críticas. Quizás porque ya soy mayor que otros y tengo una trayectoria detrás. El problema es que, hace tiempo, la divulgación tenía mala fama, como que eras un diletante y no te dedicabas a lo importante, que era publicar en revistas internacionales de alto índice de impacto. Yo esa parte la he hecho, he admitido que esas eran las reglas y he jugado a ese juego. Ahora tengo ciento cincuenta artículos publicados en revistas internacionales de buen índice de impacto y cinco tramos de investigación, con lo cual creo que no soy criticable en ese aspecto. Y en cambio veo que hay necesidad de llevar la ciencia de vuelta a la cultura, de que tengamos un mejor nivel científico medio en este país, eso que decía Sagan de que vivimos en un mundo dependiente de la ciencia y la tecnología pero en el que apenas nadie sabe de estos temas y eso es la receta para el desastre. Aquí veo que hay todo un camino por recorrer y creo que se lo debemos a la sociedad. El tema que hablábamos antes del autismo, por ejemplo, es algo que podemos y debemos hacer. Y es algo que yo en este momento estoy disfrutando mucho.

Pero al mismo tiempo no he abandonado la investigación, e incluso ahora he seguido publicando. Publico mucho menos, lógicamente, y además cuento con la colaboración de mis compañeros. No tengo ningún artículo de primer autor en los últimos años, lo cual es lógico porque yo no he estado en el laboratorio con mis manos, y tampoco de último autor, el lugar habitual en mi campo para el director del grupo, pero he participado en algunos artículos, diseñando, corrigiendo, escribiendo. Mi idea es seguir con la investigación, no sé como llamarla, ¿reglada?, pero también seguir con la divulgación.

¿Cómo podemos hacer comprender a la gente que las vacunas son necesarias? ¿Un caso como el que ha sucedido puede servir para evitar cientos de casos más adelante?

Desgraciadamente creo que es así. Lo primero que tenemos que hacer es escuchar. A veces, ante argumentos antivacunas, reaccionamos sacudiendo o calificando peyorativamente a sus defensores y no es el camino.

En Estados Unidos trabajé en el Instituto Salk, el que fundó el que logró la vacuna contra la polio. La gente de allí recuerda el día que se hizo pública la vacuna tan bien como el día que mataron a Kennedy: saben dónde estaban en ese momento. El ensayo clínico de la vacuna fue el mayor experimento de la historia, participaron un millón ochocientos mil niños y todos los medios de comunicación estaban pendientes. Cuando los investigadores llegaron a la rueda de prensa llevaban una cosa muy preparada, con un montón de folios, pero al poco de empezar a hablar toda la prensa se marchó a la carrera para agarrar un teléfono. Solo querían una palabra, que fue la que mandaron por los teletipos: «Funciona». En el Instituto Salk, el Día de la Vacuna sacábamos los pulmones de acero a la calle para que la gente los viera, para que todos se acordasen de que antes de la vacuna muchas personas morían o tenían que estar metidas dentro de esos tubos metálicos día y noche porque no podían respirar, porque se asfixiaban a causa de esa enfermedad.

Sin embargo, aquí se nos ha olvidado. Antes, la viruela mataba a uno de cada doce niños. En las inclusas de Madrid y en los orfanatos morían tres de cada cuatro. En la época de nuestros abuelos y bisabuelos morían decenas de miles de niños. Y se nos ha olvidado. Primero necesitamos cultura científica, necesitamos que la gente sepa de esto. Lo de la difteria ha sido como un aldabonazo, esa familia tenía a su hijo sin vacunar porque le parecía más «natural», porque algún ignorante se lo había recomendado. Ahora mucha gente se ha dado cuenta de que está poniendo en peligro la vida de sus hijos. Y nosotros lo que tenemos que hacer es que esto no termine aquí, hay que hablar y explicar qué son las vacunas, cómo funcionan, qué controles tienen… con respeto, con educación, con claridad y también con contundencia.

En estos momentos, la principal herramienta de la gente para buscar información sobre salud es internet. Por eso hay que estar ahí. Y lo que decía antes, tenemos que conseguir ser una comunidad, tener una voz, tener portavoces. Yo soy optimista. Cada vez hay más gente haciendo divulgación didáctica y seria. Veo alrededor gente joven que serán magníficos investigadores y grandes divulgadores, que estarán ahí. Pero aún nos faltan esas grandes figuras, como Neil deGrasse Tyson que a mí me encanta. Necesitamos alguien así. ¿Y por qué no? Yo lo veo perfectamente factible.

José Ramón Alonso para Jot Down 6

¿Cómo conseguimos motivar a estos jóvenes investigadores que tienen la sensación de estar metiéndose en un foso en el que van a ser mileuristas o van a ser puteados y les van a obligar a irse?

Tengo un amigo profesor que dice que hay que decirles lo contrario: «Si puedes evitarlo, no te metas en la investigación». Porque quien se meta tiene que hacerlo porque no puede imaginarse haciendo otra cosa, tiene que pelear por llegar ahí, tiene que ser investigador las veinticuatro horas del día. En parte es así. A ver, esto no es la Legión Extranjera, pero el que quiera tiene que venir de forma voluntaria y con muchas ganas, porque si no no funciona. Debe saber que no es fácil, que es un camino largo y lleno de piedras. Otra cosa es que tengamos que darles un horizonte, darles unas reglas de juego y abrirles un futuro independientemente de toda la exigencia que se les pida.

Cuando participo en evaluaciones se me cae el alma a los pies. Soy catedrático, y creo que cuando saqué la cátedra era el catedrático más joven que había en España en ese momento, pero algunos de estos jóvenes doctores que se presentan a una plaza Ramón y Cajal o a un Juan de la Cierva tienen mejor currículum que el de muchos profesores. Algunos publican donde yo no he publicado. Creo que este país no se puede permitir el lujo de perder a personas tan preparadas. El problema es que el sistema no puede crecer continuamente, al menos el sistema público. A mí me parece que cualquier trabajo honesto es bueno, pero necesitamos que, de alguna manera, esta gente tenga opciones. No tenemos satisfechas las necesidades: necesitamos profesores, necesitamos investigadores, necesitemos gente que escriba… Lo estamos viendo a nuestro alrededor, surgen proyectos, magníficos proyectos, porque hay gente que los saca adelante, y el futuro del país está ahí.

Hay cosas que nos faltan, como el salto de las pymes a empresas de cierto tamaño. Está claro que una pyme no puede hacer investigación, pero no sé por qué no conseguimos que las empresas crezcan. Conseguimos que se creen, conseguimos que algunas de las que se crean sobrevivan, pero no crecen. O ¿por qué no hacemos investigación con alianzas de pymes? ¿Alguna vez ha ido un investigador por el polígono de su ciudad para hablar con aquellas empresas y ver qué necesitan? En definitiva, lo que tenemos que conseguir es que los que realmente tengan esa vocación y lo demuestren con resultados, obtengan algo a cambio. Nos interesa que se queden aquí. Y tenemos que encontrar sistemas para los que han conseguido una plaza definitiva no se apoltronen, sigan haciendo cosas en cantidad y calidad adecuada.

Estás con Principia en pleno crowdfunding para sacar el número 0 en papel y los resultados están siendo muy buenos. ¿Cómo le explicas a un potencial comprador que pague veinticinco euros por una revista de divulgación?

Bueno, el mérito no es mío en absoluto, sino del gran equipo que hay detrás de esta iniciativa: Enrique Royuela, Cristina Escandón, Bernardo Herradón y otros muchos. También voy a decirte una cosa que puede ser políticamente incorrecta, pero es que yo en cualquier charco que me ofertan normalmente me tiro. Además, creo que hay demanda para una buena divulgación, para una buena oferta cultural. De eso también sois prueba vosotros. Por otro lado, hay una especie de solidaridad en la gente. Aquí no pagas la revista, porque cuesta menos, aquí pagas para que un proyecto nazca.

Tengo un amigo que me contaba que había participado en el crowdfunding de una película y decía: «Ahora, cuando me preguntan que a qué me dedico, digo que produzco películas». [Ríe] Pienso que es un poco una cuestión de mentalidad, de compromiso. Queremos sumar y queremos que surjan iniciativas, en el proceso la lógica darwinista hará que unas sobrevivan y crezcan y que otras desaparezcan. Al menos a mí me apetece que este proyecto nazca y si puedo ayudar lo voy a hacer. Y lo pienso hacer con cualquier proyecto similar en el que me pidan que eche una mano. Por lo que os digo: es clave, estamos creando tejido y esta tropa —un grupo de científicos, informáticos, ilustradores y diseñadores jóvenes que deciden hacer una revista— construyen el país en el que yo quiero vivir. Quizá muchas de estas iniciativas desaparezcan, pero las personas no desaparecen, se reagrupan, se mantienen en contacto… este grupo hace otra cosa y se une a este otro que hace otra. Aprenden de los errores y mejoran. Eso es clave para este país y son los veinticinco euros mejor empleados que he visto jamás.

¿Crees que tiene futuro la divulgación en papel? A veces ciertas publicaciones llegan a poner a una chica en bañador en la portada o a hablar de reiki para trabajar las ventas.

Bueno, no soy un experto, pero creo que hay un público y que a ese público hay que hacerle ofertas de calidad. A mí, desde luego, si alguien me viene con pseudociencia o con famosetes en la portada no va a conseguir que sea su público.

Soy lector de papel: de libro, de revista y de periódico pero, evidentemente, también leo mucho digital. A mí me encanta New Scientist, que es una revista inglesa. Y me encanta National Geographic. Tengo toda una estantería para esta revista porque cuando iba a Estados Unidos me iba comprando las de los años anteriores que no tenía. Ahora me arrepiento: «Joder, si es que me las tenía que haber comprado en digital y no tener aquí toda una estantería llena de cuadernitos amarillos».

Conozco poco sobre el modelo de negocio. De hecho, los de Principia saben que yo era escéptico, y por esa razón jamás seré rico, porque no auguraba ese éxito. Y lo digo como una buena noticia y encantado de haberme equivocado. También sé que lo más complicado viene ahora porque lo difícil no es sacar el número uno sino sacar el número cuatro, y eso creo que lo tenemos claro todos. Pero sí pienso, y hoy lo decía en la charla, en el nacimiento de una creatividad. Creatividad que, curiosamente, va a menudo asociada a las crisis. Las crisis a nivel literario siempre han producido obras importantes.

¿Qué libro le recomendarías a alguien que quiere empezar a leer divulgación científica?

¿Aparte de los míos quieres decir? [Ríe] Tengo un artículo escrito sobre eso en El Ciervo donde me pidieron diez recomendaciones. A ver, hay autores que me gustan mucho. Me encanta Lewis Thomas, que es muy poco conocido y para mí es un modelo a seguir. Escribe como a mí me gustaría escribir, cosas cortas y rigurosas sobre ciencia pero con un toque poético. Me gusta Stephen Jay Gould, pero me gusta menos que Thomas. Me gusta Sagan, me gusta Asimov, y también me gusta mucha gente que sigo aunque luego sus libros no tengan un recorrido enorme. Vilayanur Ramachandran me gusta también. Peter Brian Medawar me gusta. Cajal me gusta mucho. Como ves, prefiero proponer autores clásicos, de hace unos años, que las últimas novedades donde también hay cosas excepcionales.

¿Y un título concreto?

Yo le daría una oportunidad a Lewis Thomas. Tiene unos cuantos libros traducidos al español. Si no tienes dinero, seguro que en el mercado de segunda mano se encuentran muy baratos. Por ejemplo, Las vidas de la célula, La ciencia más joven: notas de un observador de la medicina, que es apasionante o Reflexiones nocturnas escuchando la Novena Sinfonía de Mahler.

Es genial ese maridaje que haces en Neurozapping donde nos acercas conceptos científicos a través de algo tan cotidiano como una serie de televisión.

Sí, surge también por el tema del autismo. Esos artículos que os comentaba antes, que los escribo traduciéndolos del inglés al español y haciendo un resumen sencillito y comprensible par cualquiera, los usa la web autismodiario.org. Es una web con unas audiencias muy altas porque la siguen mucho las familias en todo el ámbito hispanohablante. Un día, el editor, con quien me llevo muy bien, me dice: «Si te fijas en tu entrada, debajo hay un numerito que, aunque no lo ponga con claridad, es el contador». Así que miro y en aquel momento llevaba quinientas cuarenta mil lecturas de un solo post y miles de «me gusta» en las redes. No me lo podía creer. El post concreto trataba sobre Sheldon Cooper y el síndrome de Asperger. Fue entonces cuando me di cuenta de la fuerza de esa conexión con la televisión. Claro, supongo que llegaron todos a los que les interesaba Sheldon Cooper y todos a los que les interesaba el autismo. Me escribieron unos cuantos padres dándome las gracias porque decían que les costaba mucho explicar la situación de su hijo y que eso les había ayudado. Que, a pesar de todas sus particularidades, Sheldon Cooper es alguien que tiene trabajo —cosa que solo tiene el 10% de las personas con autismo—, que es querido por sus compañeros, que le respetan y asumen sus peculiaridades. Me pareció una forma sorprendente de llegar a la gente y decidí hacerlo con otros personajes que pueden actuar también de gancho. Así fue un poco la historia de ese libro.

¿Crees que en general el autismo y el asperger han salido mal retratados en el cine y la televisión?

Sí. Hay una cosa que no soporto en Rain Man. En un momento determinado, al final de la película, el protagonista, Dustin Hoffman, sonríe. Eso no lo aguanto porque parece que ha estado fingiendo todo el tiempo, riéndose de todos y eso no es así. Con Sheldon algunas veces hay un poquito de trampa también, porque cuentan cosas que una persona con asperger no hace normalmente, no se ponen en lo que el otro está pasando, no tienen teoría de la mente, que es entender lo que el otro está sintiendo o pensando en esos momentos, pero hay muchas cosas que las clava y eso es útil para muchas personas.

Hace poco he visto un documental que me ha gustado mucho; es sobre un chaval con autismo y su hermano y el viaje que hacen en tándem hasta Marruecos. El autor es Juan Rayos y es un caso real con situaciones reales. Creo que no deberíamos tener versiones edulcoradas del autismo, contémoslo con su realidad, su crudeza, su apasionamiento, su verdad.

Por otra parte, en general las personas con autismo tienen cosas que te hacen pensar. No saben mentir, por ejemplo. Entienden las cosas de forma literal, no comprenden que alguien diga algo distinto a lo que piensa. Cuando tratas un poco con ellos te das cuenta de que tienen como una inocencia mágica. Me resulta difícil explicarlo, pero me gustaría que también se valorase ese contraste entre nuestra mentalidad y la suya, no simplificarlo en que las personas con autismo son una versión estropeada de nosotros. En algunos aspectos nos pueden hacer reflexionar sobre quiénes somos y comprobar que a veces son mejores que nosotros.

José Ramón Alonso para Jot Down 7

Fotografía: Jorge Quiñoa


Interstellar: Grandilocuencia fallida

Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.
Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.

Había leído y escuchado comentarios tan dispares sobre la nueva película de Christopher Nolan que, francamente, no sabía qué esperar. Hay gente a la que le ha gustado, probablemente porque es un tipo de largometraje que no se ve a menudo. Hay incluso gente que la considera una gran película. A otros les ha dejado indiferentes. A otros, en cambio, nos ha hecho removernos incómodos en nuestra butaca tras casi tres horas de espectacular inconsistencia. Con tal división de opiniones es difícil que una única opinión vaya a satisfacer a todo el mundo, pero supongo que esperarán que sea sincero. Si me preguntan a mí, pueden esperar sin miedo a que la editen en DVD, ahorrarse la entrada y verla tranquilamente en el sofá de sus casas por un precio mucho menor. ¿Que visualmente es espectacular cuando vista en pantalla grande? Sí, claro. Pero ni siquiera en ese aspecto mejora o iguala lo que hemos visto ya otras veces. Aunque eso sería un aspecto casi secundario. Vayamos al grano.

Interstellar es una combinación entre ciencia ficción épica y melodrama sentimental. Dicho de manera más simple: es un indisimulado intento de combinar la grandeza científico-fantasiosa de 2001: Una odisea en el espacio con el humanismo grandilocuente de Solaris. ¿Suena ambicioso? Mucho. ¿Lo han conseguido? En mi opinión, no. La trama describe una misión espacial encargada de buscar un nuevo hogar para la humanidad, ya que los recursos de la Tierra parecen estar agotándose, particularmente a causa de unas destructivas plagas en las cosechas. El viaje en busca de nuevos mundos habitables tendrá lugar a través de un agujero de gusano cercano a Saturno (vamos, como el monolito de la novela de Arthur C. Clarke) y el esqueleto básico del viaje espacial está claramente tomado de la película de Kubrick, a la que homenajea en algún que otro momento. Los astronautas de la misión se enfrentarán a diversos dilemas de índole fundamentalmente sentimental, especialmente por la necesidad de continuar la misión a sabiendas de que posiblemente no vuelvan a ver a los suyos, dado que según la teoría de la relatividad el tiempo transcurrirá mucho más despacio para ellos que para quienes se han quedado en la Tierra. Es decir, tenemos un drama emocional en la línea de Solaris, pero que aquí es más lacrimógeno que filosófico, y a veces rayano en lo directamente cursi. Pueden empezar a hacerse una idea. Sin duda, la grandilocuencia del planteamiento ha convencido a algunos espectadores de que han visto algo grande. En mi modesta opinión, esa grandilocuencia del planteamiento no se ha traducido en grandeza artística. Es más; creo que Interstellar es una película que habrán disfrutado mucho más quienes la hayan visto con una predisposición emocional. Porque de otro modo saltan las inconsistencias ante nuestros ojos y el guión hace aguas por muchos lados.

Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.
Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.

Y no me refiero únicamente a lo atropellado del aspecto científico. No soy físico, ni me preocupa particularmente la corrección científica de una película siempre que el argumento lo compense por otras vías. Pero en este caso hay que comentarlo, porque en Interstellar hay mucha jerga científica hasta el punto de que es uno de los puntos fundamentales del guión. No es una jerga particularmente difícil de seguir, ni siquiera para quienes no siempre aprobábamos ciencias en la escuela. No deberían ustedes esperar grandes quebraderos de cabeza, porque la trama parte de conocimientos de física bastante básicos que podrá haber visto usted, y bien explicados, en cualquier documental de Neil deGrasse Tyson o Michio Kaku. El problema, no como físico que no soy sino como espectador que sí soy, es que esa jerga científica se traiciona a sí misma conforme avanza el argumento, hasta alcanzar niveles de absurdo manifiesto. Salidas de tono del estilo «el amor es la única fuerza que puede romper los límites del espacio-tiempo» (sic) no ayudan a que el asunto resulte convincente, pero es que además los conceptos físicos básicos con los que se nos bombardea constantemente terminan mezclados con deducciones salidas no se sabe muy bien de dónde y con una creciente cantidad de deus ex machina metidos con calzador para rellenar los huecos que los guionistas no han tenido a bien elaborar más. Hacia el final del film, pues, todo es como un gran deus ex machina… que también los hay en 2001 o Solaris, sí, pero son infinitamente más elegantes e inteligentes. Y sobre todo, en esos filmas clásicos no se abusa de ellos hasta hacer saltar las alarmas del espectador que no se haya dejado llevar por la vertiente emocional. Pero insisto: no es lo que más me ha impedido el disfrute que la película no sea científicamente correcta. Entiendo que en este género hay que tomarse ciertas licencias. El problema es que el guión acaba entrando en una imparable espiral de licencias hasta más allá de lo razonable y se las da de científico cuando al final termina recurriendo a giros sin ningún fundamento.

Pero nada de eso tendría gran importancia si la faceta melodramática fuese más consistente. Los desvaríos pseudocientíficos serían altamente perdonables si la faceta psicológica hubiese estado más cuidada. Lo malo es que sucede lo mismo con los personajes y las relaciones entre ellos. Hay tantos detalles que no sabría por dónde empezar, pero sí resulta más difícil de llevar que en el aspecto dramático se recurra también a semejante cantidad de deus ex machina. No es que no haya buenos momentos dramáticos, que los hay, o que no puedan resultar altamente efectivos especialmente para el público más predispuesto. Pero el guión está tan empeñado en entrelazar las historias íntimas de los personajes con la trama fantástica, que esos personajes terminan contagiándose de la inconsistencia, reaccionando a menudo de manera exagerada, poco realista, cediendo su verosimilitud a las exigencias del argumento pseudocientífico. Nolan, y este comentario sí ha sido de los más extendidos, no acaba de entender a sus personajes en tanto seres humanos. Muchos momentos dramáticos pretendidamente intensos nacen del hecho de que los personajes no reaccionen como lo harían personas normales y corrientes, sino con una especie de histerismo teatralizado que parece más dirigido a complacer —y ustedes me perdonarán— al sector más «llorón» de la audiencia, pero no a quienes esperen una mínima verosimilitud psicológica en el drama. Sí, admito que para el espectador que se deja llevar por la emoción, este enfoque puede funcionar. Pero piensen en quienes no nos hemos dejado llevar por la emoción: lo cierto es que en algunos (o muchos) instantes uno puede sentirse alejado de la historia si le da por preguntarse si la conducta de los personajes tiene coherencia o si los diálogos entre ellos serían los que tendrían lugar en unas circunstancias similares. Como sucedía con los errores científicos, entiendo que esa exageración es un arma legítima en el drama cinematográfico, sí, pero cuando se suma a las inconsistencias en la trama espacial y cuando se abusa demasiado de las licencias, todo termina siendo un artificio que francamente requiere muy mucho de la credulidad del espectador también en el aspecto dramático. El intento de combinar 2001 con Solaris era ambicioso y supongo que tentador, pero había muchas posibilidades de quedarse a medias y eso es exactamente lo que ha sucedido, al menos a nivel artístico. Insisto: entiendo que toda película, como ficción que es, tiene sus puntos discutibles… y no crean que soy el típico espectador puñetero que los busca y los rebusca. Al contrario, prefiero pasarlos por alto para disfrutar de lo que estoy viendo. Pero en Interstellar hay demasiados puntos discutibles, como film de ciencia ficción y también como film dramático. Demasiados. Sus innumerables inconsistencias son sencillamente intransitables, pese a que el argumento no es particularmente complicado, ni siquiera con sus juegos espacio-temporales.

Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.
Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.

¿Las cosas buenas? El principio es prometedor y hasta que se meten cosas con calzador, la historia parece ir funcionando. Pese a su excesiva duración —a mí al menos se me ha hecho bastante larga y creo que lo mismo podía contarse en menos metraje— no deja de ser entretenida; hay acción y movimiento, eso es innegable (también hay mucho ruido, por cierto; no sé si era problema de la sala o de la propia película, pero ¡volumen atronador!). En el film pasan muchas cosas y apenas hay vacíos. Algunas subtramas sobraban o son de relleno, pero ahí están, y aunque se me haya hecho larga nunca diría que Interstellar es aburrida. El ritmo es bueno y va de menos a más, así que difícilmente vaya a entrarle el sueño. Es visualmente espectacular, aunque curiosamente el CGI no es de una factura «state of the art» (Gravity, por ejemplo, era superior en ese aspecto e incluso 2001, vista en pantalla grande, impresiona mucho más con sus antiguos efectos analógicos). Pero bueno, hay medios y eso se traduce sobre todo en una ambientación muy conseguida, especialmente en las naves espaciales (gran trabajo de producción ahí). El guión, del que ya he dicho que es inconsistente, al menos sabe transmitir la información que quiere transmitir (faltaría más, porque apenas dejan de hablar).

Pero bueno, repitiendo la idea para resumir: Interstellar es una película que disfrutará quien la vea primando la emocionalidad sobre cualquier otra cosa, porque de otra manera no resiste un análisis racional ni siquiera durante el mismo momento del visionado. Tiene demasiados defectos para ser una gran película. ¿Que es un buen espectáculo? Sí. Pero le faltan varios de los ingredientes básicos del buen cine. ¿Que usted la ha disfrutado? Le felicito, pero espero que entienda por qué yo no compartiría su opinión, aunque soy consciente de que hay mucha gente que piensa de manera muy distinta. Es una película que está polarizando bastante al público. Insisto: quienes la ven con el corazón, o quienes la ven con la cabeza. ¿Que usted aún no la ha visto? Allá usted si decide ir a la sala, pero sepa que o bien acude con sus receptores melodramáticos al máximo y la disfruta por la vía sentimental, o bien tendrá la sensación de que podría haberse ahorrado la entrada esperando al DVD. Como decían en los cómics de Makinavaja: «yo con avisar ya he cumplido».

Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.
Escena de Interestellar. Imagen: Warner Bros Pictures.


Academi Cools

Neil deGrasse Tyson. Foto cortesía de bigthing.com
Neil deGrasse Tyson. Photo: courtesy bigthing.com

(Spanish version)

O tempora, o mores! The academic world simply not what it used to be! One might almost think the end is nigh indeed. Maybe, Reader, you think I’m merely referring to the recent spate of politicians who were found to have plagiarized their doctoral theses (like the German ex Minister, Karl-Theodor Maria Nikolaus Johann Jacob Philipp Franz Joseph Sylvester Freiherr von und zu Guttenberg). No, sadly we’ve been introduced to all different kinds of “wannabe” pretenders to our select club, but they represent only the tip of the iceberg … and, besides, their precipitous downfalls warn others of the risks inherent in trying to join this sacred brotherhood. The problem is much worse, much bigger, with graver consequences! Shame, disgrace, derision, ridicule and mockery… One works with intensity for years to carve out a place in the Ivory Tower from which to teach (preferably to teach the kind of difficult and impractical subjects that few people understand). You publish (like a man possessed) in journals that take years to review your work, in a rigorous, ethical and painful (and —why not say it? —exclusive and lucrative) peer-review process. You attend a kaleidoscope of conferences where little by little you meet people like yourself, a group of superior, unique, special, superhero types who have come through the academy’s —and indeed the world’s —most important initiation: earning a doctorate. You follow all the rules to be accepted into that sacred brotherhood where only a few select may enter. For example this magical writing rule revealed to me by the co-director of my doctoral thesis: “In your academic papers adhere to the 2 B’s rule … Be Boring!”

Somehow, you get past a fear-inducing, archaic, indolent, and exasperatingly punctilious review panel. A thesis committee that seeks to justify each comma and period, to hack at the tree of meaning with countless objections and comments until finally —if God and the authorities permit it —they bestow upon you membership in the exclusive club of doctors! You then become the kind of person who —as the mother of Randy Pausch (a distinguished club member, may he rest in peace) said —“is a doctor, but not the kind that helps people.” Having come to that point and having crossed that threshold you feel a disturbance in the force; something invades you, making you feel that you are clearly a cut above the rest. In some countries you can even put “Doctor” on your passport!

And all that effort, sacrifice, pain —and even worse, shame! —just so that a few splitters, some unrepentant characters that we should expel from our glorious and exclusive community, become pop icons. No, I’m not referring to Mankiw explaining economics using Michael Jordan as an example; that was a permissible frivolité that never got too far… Now the problem is much worse. Now it seems the academic world is en vogue!

You’ve never read an academic paper? Obviously, Reader. You’re just a normal person. But now we are to believe that just about anyone has seen such a paper, has held one in his hands. First there was the launch of Google Scholar. That was the beginning of the end. No longer would you spend day and night thumbing through journal after journal (Reader’s Vernacular: academic magazine) for papers that might lead you to finding other papers that might be useful for building our unassailable, valuable, relevant and rigorous new knowledge, our essential contribution to science and humanity. Then Matt Might explains this process (which any good PhD would take pride in using at least 300 pages to describe … and a grad student even more) in an inglorious graphic that makes it comprehendible to the whole world, and not just the to the initiated! (Result: The problem is on the public agenda.)

Reader, understand me, this had been a club for the chosen, for super-humans who had decided to sacrifice themselves for the Good Of Humanity, pursuing the kind of prestige won through many hours of toilsome, arid study … study that doesn’t always serve said Humanity (nor anyone else) but that allow us to earn JCR’s (Reader’s Vernacular: publications in indexed journals of recognized prestige) and references (Reader’s Vernacular: when others talk about your work). And despite the fact that a few jealous people have tried to ridicule us on sites like the Ig Nobel Prize that assume our research that is not well understood by the public, or to imply that its value is not immediately evident, perhaps they only long to be deemed meritorious of publication in academic journals and recognition in the scientific community. I won’t even comment on organizations like the much older one that awards the Darwin Awards, and has even been the subject of a movie. Sadly, this effort is also mistaken and misguided when it comes to the urgency of and need for our work! Yet these new attempts to deride, ridicule and mock a few academic brothers-in-arms (that sacrificed their lives to the sacred duty of research and the creation of new knowledge) have never caused as much damage as the splitters I wish to discuss in this article.

These splitters are few, yes, but they are very dangerous. They only recently appeared on the horizon but they have been advancing —calmly and unhesitatingly —in their harassment and destruction, bent on drawing the curtain on thousands of years of honorable academic work … a crude demolition of what it took us so many years to build! Not even the Spanish Inquisition did as much damage as they are threatening. Alas, they have come to hearken a new dark medieval age in the creation of knowledge! These assembly line assassins of academic prestige, these explosives engineers of ivory towers … are “cool”! They show up on television, they have millions of social network followers, and they sell mass-marketed books in scores of languages and recommended by children to their parents. Yes, cool, but not only that … They are re-making the academic world into a different place (much worse of course, Reader) where normal people can understand what academics explain; they no longer express themselves so that only a few privileged initiates can dare speak knowledgably to the human, divine and academic elements of their arguments. These splitters have opened Pandora’s box and discovered her secrets; they have introduced the invention of fire to the human animal! The Spanish Nobel Prize winner Ortega y Gasset used a foolproof filter: he always made his assistant read his articles before publishing them. If they were understood he would solemnly intone, “Let us obscure it!” Today these dangerous specimens dishonor Ortega y Gasset’s memory.

As for me, I come to ignite the spark of rebellion —as Shakespeare’s Antony said to “Cry Havoc! And let slip the dogs of war!” —to unmask these scoundrels before the scientific community and confront them for the good of the academic world. We are few, a happy few, we Academic Band Of Brothers. Yea, He who joins me in this crusade will be my brother even if he has no doctorate, nor even a fistful of cited publications. He will be ministering to academics like the martyr Saint Hermione. To that end, Reader, we must familiarize ourselves with that which we confront:

Tim Harford in The Undercover Economist (the first and most dangerous example, I assure you) makes economics a discipline that “anyone can understand” (to borrow a phrase that loathsome publishers are wont to intone). He inaugurated his shameful methods in a column in the Financial Times. (After all, it’s one thing to occasionally publish in the popular press and quite another to do so regularly). J’accuse: To explain David Ricardo’s theories using Starbucks examples is an unacceptable affront considering the effort Ricardo put into his concepts of scarcity and value. Harford was but 32 when he wrote his book, which has “blown up” (as those same loathsome publishers might say). And yet he doesn’t exactly distinguish himself in his academic papers, thus adding more salt to our wounds.

Steven Levitt, in Freakonomics, analyzes whether sumo wrestlers cheat or why crack dealers live with their moms. Ahem, ahem. That he should write about topics like crime is seemingly acceptable —after all, he is a Chicago-based American economist. But things got out of hand with the cover of his first book: An apple sliced to reveal an orange inside (much like his “research,” seeming to suggest something clever but little more than that!) His study on the impact of abortions on crime rates was merely an attempt to smash the Giuliani “broken windows theory” and leave the mayor with a legacy of little more than that goofy face of his. Yes, Reader, there is a little bit of hope in the fact that Levitt still publishes academically, and maybe that will be his redemption… On the other hand, he is facing several plagiarism and defamation lawsuits that may end up allowing him to do more research on prison life.

Malcolm Gladwell, a journalist noted for his verbosity and his trademark afro. This Canadian of Jamaican origin (born on my birthday, it should be noted) is not an academic but merely passes for one, which is terrible to say the least. If such an … an un-credentialed layperson can be seen as learned we need to act quickly. He writes for the New Yorker, a magazine after which our humble publication is modeled, and yet it gives us a means to respond to such an affront! His five books have been bestsellers —for goodness sakes —Doesn’t that alone indicate clearly the need for prompt action? He talks about making ideas “go viral” in The Tipping Point, about intuition in Blink, about exceptional people in Outliers, and about the battle between the large and small in David and Goliath. His theory of how someone can become an expert in a field in just 10,000 hours is the basis of a differential notion of knowledge that is dependent on academic citations that have had little impact. His theory that children born in January have a greater chance of becoming great athletes led him to alter his family life so that his son would be born on the 31st of January (and that, dear Reader, is as far as I can read). Isn’t it clear that making this knowledge accessible to the larger public could be the very end of civilization as we know it? In spite of the fact that Gladwell’s “fields” are sociology and psychology … he’s a journalist! Journalist! Have I said that he’s a journalist? For the love of all that is holy…

Gladwell’s nemesis, who could been the blessed antidote, has instead turned out to be much worse. Jonah Berger dedicated his efforts and talent to disproving Gladwell, but in doing so he follows the same methodology. Sure, sure, he also publishes rigorously researched academic papers… But then out of his sleeve he pulls a book like Contagious! It’s a little PAMphlet wherein he utilizes easy-to-grasp examples to reveal the secrets for the wide distribution of ideas. Reader: Pierre Bourdieu changed the world with his concept of Social Capital just so that this … this … little boy with super-blond curly hair could come to us now and tell us that the key is “social currency” or triggers (for example a viral song called “Friday”, or a product named Mars that sells well when NASA undertakes a mission to the red planet). Emotions —like those evoked by a soap opera or a cry of “Save me!” —help an idea become public and well-known anywhere you look, a kind of nuclear technology; in the end he tells stories that make us fall flat on our asses … always in that same storytelling style that gurus everywhere use to sell themselves. He seemed like the real thing, but alas no.

Nate Silver and his blog about statistics, baseball, and the 2012 U.S. elections, where he correctly predicted the results in each state. Oh wonders never cease! When everyone else was saying that Obama had a chance of losing, Silver argued that Obama would win over 60% of the votes. And that wasn’t beginner’s luck either; in 2008 he also accurately predicted the results in each state (well, except one). But he’s not an academic, never was one, and is not even a PhD, spare me the Cum Laude. But with a barrage of statistics bearing down on a number-dumb public he’s cleverly raised his profile. Well, that and the movie Moneyball (starring Brad Pitt) about how a baseball performance rating system created by Silver (PECOTA) took one team to the highest heights of the American national pastime. Very nice.

Susana Martínez Conde, a neuroscientist who has dared to become a magician, to be accepted in the majority of magic clubs, and has written a popular book and appeared on the TV show “Redes” to demystify the tricks of magicians and of the mind. Yes, she’s a doctor! And she does publish papers and academic books. But, Reader, mustn’t we be sharper and more cunning in fighting these splitters of the People’s Knowledge Front, as the great John Cleese would say? Magic? Please! Now let’s be serious. Doves instead of guinea pigs, playing cards instead of letters, a mind of Jell-O wandering into magic clubs with a white wand. This is a blasphemy and we cannot permit that the People’s Front of Knowledge and its splitters deplete the rigor and seriousness of the Academy. Not even if they explain magic tricks in their books. Down with the People’s Knowledge Front! I mean the People’s Front of Knowledge! Splitters!

Daniel H. Pink, on attack against the psychological concept of carrots and sticks, explains in his research what really motivates us … Prepare yourselves, his books border on the hard-line self-help of Paulo Coelho. My, he’s even written a comic about how to find work! What happened to tenure and to the lifelong suffering of the research assistant? What will come of focusing on a highly specialized specific branch of research until death does you part? No, NO! My friends, we cannot permit this man to disembowel more papers to make more comics about behavior disciplines. Not him, nor the next guy…

Dan Ariely, who also “explores” what motivates us and why we lie, is much worse, for he expounds on the basis of his own research instead of using the work of a good and highly valued researcher. And now he’s making documentaries… through crowd funding via Kickstarter! As one Kickstarter reward he offers the opportunity to be personally absolved of the sin of lying by telephone. This is, I now see, the worst of the worst in front of us. Papers explained so my mother would understand them. Whatever shall we do at family dinners to keep our brothers-in-law from bothering us, if indeed we are to believe that anyone can understand a peer-reviewed abstract? It’s the end of family harmony! As much as understanding human behavior and its relationship to prices, magic tricks, lies, security system design, and (again) the reduction of crime can improve the world in many respects, maintaining the status quo at the family Christmas dinner should be the top priority, as anyone will tell you.

Yoram Bauman, the “Stand-Up Economist,” who tells jokes and analyzes “inflation in hell,” not to mention being one of the first to create comics to explain difficult (and oft-times bogus) economic theories. Do the authorities at his university know what he’s doing with his doctorate? A microeconomics comic seems like fun, a macroeconomic comic starts to worry you… But wait, there’s more! He makes inflation jokes! How will we get people to take us seriously when we talk about economics? How will we hide the errors in our prediction models if there’s one guy who correctly predicts the elections and another who ridicules the sacred formulas for inflation? No M1, nor M2, nor M3, what we should do is call MI5 to take over. If we were able to convince the whole world to award a prize to economists in Sweden and pretend it’s a Nobel like the others, then this should be a snap for the scientific-economist community… although in social sciences, well, you know…

Adam Shepard is an intruder, a little pipsqueak who —surely without knowing it —uses the (never much esteemed) “grounded theory” in pursuit of the American Dream. Reader, is it really an academic exercise to leave your parents house with 25 dollars and a year later have a house, a car and a job without telling anyone where you come from nor using your degree, thus demonstrating that it’s possible to have a good life even if you come from nothing? It’s one thing to used qualitative non-numeric research (as we all have). But not like that, you show-off man-of-the-world! Not in simple, understandable language, not with personal anecdotes, and certainly not experimenting on yourself. That hasn’t been kosher since Marie Curie. Watch the rest of us be expected to do the same thing now, tenure be damned. Shepard, young, foul-mouthed and with elementary research tools, with no doctorate and assuming little risk, should be on a list of those we need to watch closely. One never knows…

Neil deGrasse Tyson is a man capable of hobnobbing with the director of Titanic on the topic of some misplaced stars, of going on television and taking up the mantle of Carl Sagan on Cosmos, and of inventing the term “Manhattanhenge,” among other things. Amazing, right? Indeed, what can we expect from an academic who appears on television flying through the stars? Life is cruel: If he had continued with his wrestling career at 9 instead of studying the Bronx night sky we’d simply have a different host. And just when it seemed that the term “exposure” (or “divulgation,” deriving from vulgar) had died out along with Carl Sagan, this man who gestures more than any living man has taken up Sagan’s series. What do we expect from the man who has managed to get Pluto declassified as a planet? His long list of positions, books and research are the perfect front, … but not for us! We know his wicked intentions, and he’s on our list.

Sir Ken Robinson, education expert and author of numerous TED talks where he … tells jokes! Sir Ken, don’t you know “no pain no gain”? How can you propose to change the education system by telling old stories about ballerinas or encouraging everyone to be creative-types? Whatever happened to strict procedures in academic bureaucracy, to norms, to protocol, to step-by-step and review after review? Sir, how can we skip all that?

Hans Rosling, creator of bubble charts and colored boxes that explain overpopulation and the demographic future of the planet, who moreover has dared to liberate data … and the tools for anyone to analyze it! This is a man capable of raising the ire of the professors of the Karolinska Institutet (who award the Nobel, Reader) with his drawings on international economics and development. THIS grabs our attention? He even endears himself to us talking about his mother and the washing machine to explain how one generation was able to study and change the world. His mother. And the washing machine. No formulas, no statistics, no review of the literature, no academic references in APA formatting… What more reasons do we need? On his website www.gapminder.org anyone can get data or an app for processing it. Anyone! Data!! On a website! How is it possible that the noble art of searching for, obtaining, assessing, even (ahem) creatively organizing raw data has fallen so low as to be accessible to anyone who can press a button? On our list we categorize Rosling as very dangerous. Also, we suspect that the boxes he uses are from IKEA. ACR (Academic Coolness Readiness) Level 2, at least.

We shouldn’t leave out local dangers, like our dear own Spanish TV professor Gay de Liébana, who explains economics and corporate balance sheets with football metaphors (American Reader: soccer metaphors). He is camouflaged as a regular fan (of RCD Espanyol) and helms a very dangerous radio show where he invites young entrepreneurs to talk about the creation of their companies. His book España se escribe con E de endeudamiento [Spain is Spelled with the Same Letter as Indebtedness (In Spanish it is, Reader!)] seems like a microeconomic manual, but don’t fool yourselves; it’s full of football references, siestas, and many more easy-to-understand examples. In an obviously desperate attempt to not get caught, every now and then he throws in a corporate balance sheet with statistics, ratios, and his stimulatingly intricate lists of exquisitely specialized concepts. But he messes it all up with explanations that could be understood by my grandmother! Very dangerous and with high survival potential. He got through an interview with Jordi Évole, need I say more? We’ll leave him for last, because it will be complicated, but he is marked on our list, which neither forgets nor forgives.

And finally Isaac Asimov, who earned his doctorate in Biochemistry after teaching himself to read and write at age 4; he later lost himself in science fiction and published more than 500 books before his death in 1992. He is a writer of science fiction (fiction’s in the name), and his books show up on many shelves: astronomy, science, history, medicine … His name has been put on an asteroid, a school, and a crater on Mars, among other things. One of his favorite characters is Azazel, a little devil who he denigrates in every story for ignoring the value of rigor in decision-making… Ahem, these are stories that we haven’t read of course, but a friend told us. Although Asimov is no longer with us, we can’t forget him or the dreary impact he continues to have today.

If we don’t act soon there may be more like Asimov in the future. And more like the scoundrels listed above. Maybe you Reader think they stand accused of a crime they didn’t commit, that they are tellers of truths! If you’re having a problem comprehending the academic world and you happen upon them, maybe they help you understand it. Well, we simply shouldn’t allow that, for the good of humanity and of our tenure. Follow me on this hunt and capture these dangerous specimens, to save the future of the Ivory Tower! They are the “AcademiCools.”


¿Cuál es el mejor científico y divulgador actual?

Allá donde no llegue el conocimiento científico ese espacio vacío será irremediablemente ocupado por las supersticiones, el miedo, los charlatanes y sus elixires universales. Pero además de ilustrar a la ciudadanía, la divulgación es buena para la propia ciencia al captar financiación y despertar vocaciones a quienes ceder la antorcha. Una tarea en la que destacan los autores anglosajones, aunque en nuestro país comienzan a surgir iniciativas interesantes como las charlas de Naukas en Bilbao.

Pero ahora nos gustaría centrarnos no en escritores y periodistas que se especializan en este ámbito —que los hay muy buenos— sino en aquellos que recorren el camino opuesto: los científicos que, además de destacar en su especialidad, han querido dar el salto a la comunicación hacia un público generalista. Son grandes oradores, escritores a menudo brillantes, tienen un agudo sentido del humor e incluso excentricidades propias de estrella del rock. Están dotados, en definitiva, de eso tan difícil de explicar que es el carisma.

Michio Kaku

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Nacido en California en 1947, cuando tenía ocho años le impactó la muerte de Albert Einstein y quiso seguir su camino. Pocos años después para su proyecto de ciencias del instituto no se le ocurrió mejor idea que montar un colisionador de átomos en el garaje de su madre, para el que utilizó 35 kilómetros de cable de cobre. Se trataba de un betatrón de 2,5 millones de electrones-voltio de 6 kilovatios de potencia, la que pudo haber liado. Afortunadamente dejó atrás esa adolescencia rebelde en la que casi crea un agujero negro que nos absorbiera a todos y se licenció summa cum laude en física por Harvard. Actualmente es catedrático de física teórica en Nueva York con contribuciones a la teoría de campos de cuerdas, pero es conocido internacionalmente por sus libros divulgativos como Física de lo imposible y por los numerosos documentales en los que ha participado.

Jane Goodall

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Fue una científica pionera en la labor de divulgación y la utilización de los medios de comunicación para dar a conocer su trabajo. Pronto comprendió que la opacidad y el gremialismo —tan tentadoras en casi cualquier especialidad— son un capricho que la ciencia no puede permitirse, pues su actividad pública no solo le proporcionaba financiación para sus campamentos de estudio de los chimpancés en África, sino también protección para el hábitat de dichos animales. Fue la primera de las llamadas «Ángeles de Leakey», de la que ya hablamos más extensamente aquí, y sirvió de ejemplo para las otras dos que prolongaron su labor, Dian Fossey con los gorilas de montaña y Biruté Galdikas con los orangutanes. Aunque actualmente tiene ya ochenta años continúa su labor divulgativa por todo el mundo y el Instituto Jane Goodall desarrolla actividades en más de cien países. Por si todo lo anterior no fuera bastante ha aparecido en un episodio de Los Simpson, así que oficialmente ya forma parte de la cultura popular contemporánea.

Richard Dawkins

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Nacido en Kenia en 1941, durante la adolescencia perdió la fe anglicana en la que le educaron al considerar el darwinismo una explicación más convincente para la fascinante variedad y complejidad de la vida. Estudió Zoología en Oxford y en 1976 publicó un libro que pondría patas arriba la biología, El gen egoísta. La claridad con la que estaba escrito permitió además que vendiera millones de ejemplares por todo el mundo. Según explicó en él los genes son, en un sentido metafórico, egoístas, pues su finalidad no es otra que la de autorreplicarse indefinidamente. Lo cual puede dar lugar paradójicamente a comportamientos altruistas en los individuos, como las abejas que se sacrifican por la colmena o los padres por sus hijos. Posteriormente escribió varios libros divulgativos en torno al darwinismo, aunque en los últimos años ha centrado su actividad pública en criticar a las religiones. Tiene al respecto un libro muy recomendable, El espejismo de Dios. No obstante, la etiqueta «ateo» no le termina de convencer por considerarla una definición por negación de otra cosa, y se ha unido al Movimiento Brights. Aunque eso de llamarse a uno mismo «brillante» es quizá algo inmodesto… ya puestos que se llamen «Los Cojonudos», aún a riesgo de ser confundidos con un espárrago de Navarra. En cualquier caso no se le puede negar a Dawkins un gran coraje por atreverse a dar conferencias en el llamado Cinturón Bíblico estadounidense y por sus audaces críticas al islam. Aquí su fundación para quien quiera conocer algo más.

Steven Pinker

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De origen canadiense y antepasados judíos —aunque pone énfasis en reivindicar su ateísmo— se doctoró en Psicología Experimental en Harvard (donde ahora es profesor) y posteriormente se dedicó a la investigación en el MIT, concretamente en el ámbito del aprendizaje del lenguaje y tras la estela de Chomsky. De hecho a su actual pareja, la filósofa Rebecca Goldstein, la conoció por su interés mutuo en los verbos irregulares, en lo que define como «el romance literario definitivo de dos nerds encontrándose el uno al otro». Pero a base de verbos irregulares no se llega a ser distinguido por la revista Time como uno de los cien científicos y pensadores más influyentes del mundo. Fue su libro Cómo funciona la mente, una obra muy ambiciosa en la que aunaba conocimientos en biología, neurociencias, literatura, historia, cine e incluso tiras cómicas para explicar todo el comportamiento humano: desde los celos, el lenguaje, el arte o la guerra. Tras él llegó La tabla rasa, que le hizo finalista de nuevo del Premio Pulitzer y lo convirtió en el gran gurú de la psicología evolucionista, una disciplina cuya piedra filosofal es que vivimos en la sociedad moderna con cerebros que evolucionaron en la Edad de Piedra. Posteriormente también ha publicado El mundo de las palabras y Los ángeles que llevamos dentro, además de infinidad de artículos, conferencias y entrevistas, así como se ha visto envuelto en varias polémicas por sus tomas de postura en torno al debate naturaleza/cultura.

Michael Shermer

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Este es un caso curioso de un hombre que comenzó siendo un cristiano fundamentalista con una gran afición por las armas e inició los estudios de Teología, aunque luego se graduó en Psicología y pasó a convertirse en ciclista profesional. En esa etapa puede decirse que fue un científico del deporte —y por tanto merece incluirse en esta lista— pues experimentó con todo lo que estuvo a su alcance para incrementar su rendimiento: acupuntura, energía de pirámides, masajes de tejido profundo, electro-acuscopio para sintonizar su cerebro, iones negativos, iridiología… por creer creyó hasta que su equipo había sido sustituido por alienígenas con la finalidad de matarle, un momento que quedó para la historia grabado aquí. Una vez abandonó el deporte fundó la Skeptics Society y se dedicó a la divulgación científica y a la promoción del escepticismo y del pensamiento crítico. El vídeo que enlazamos arriba, «El kit detector de chorradas», es un ejemplo de ello y todo un caramelo para la inteligencia que merece la pena ver con atención. Entre sus diversos libros es también muy recomendable Por qué creemos en cosas raras, que lo sitúa como una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo. Tal como le gusta decir hay que tener la mente lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro.

Desmond Morris

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Estamos ante el más veterano de la lista, con ochenta y seis años. Un hombre cuyas dos grandes pasiones han sido desde joven el arte abstracto y la zoología, que pudo aunar en la exposición de cuadros pintados por chimpancés que realizó en Londres en 1958, y que logró vender una de las obras al mismísimo Picasso. Ya por aquellos años comenzó a participar también en programas de radio y televisión en torno a los animales, pero no sería hasta 1967 cuando adquiriría un gran renombre gracias al libro El mono desnudo. Convertido en todo un clásico de la divulgación y una obra pionera de la sociobiología, en él describía al ser humano como un animal más, desde la perspectiva del zoólogo. El zoo humano, dos años después, incidiría en la misma idea, así como ya en los años noventa el libro y la serie documental para la BBC El animal humano (el vídeo de arriba corresponde al quinto episodio). La mujer desnuda y El hombre desnudo son dos de sus últimos libros, especialmente amenos y didácticos, en torno a esa combinación de biología y antropología que tan bien se le da.

Dan Ariely

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Dan Ariely era un adolescente israelí que durante un acto festivo de la agrupación sionista de la que formaba parte tuvo la mala suerte de que le explotara una bengala al lado, provocándole graves quemaduras en el 70% del cuerpo. Fue una experiencia terriblemente traumática para él que le obligó a permanecer varios años ingresado en un hospital. Pero también despertó en él la vocación científica y el afán por comprender el comportamiento de la gente, llevándole a investigar y dar clases en el MIT sobre psicología del comportamiento económico. Tiene dos libros fundamentales que han logrado una amplia repercusión, Las trampas del deseo y Las ventanas del deseo. Imprescindibles para comprender cómo, en contra de lo que nos gusta creer, la manera que tenemos de gastarnos el dinero como consumidores es irracional y basada en supuestos erróneos.

Stephen Hawking

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Es sin duda una de las personalidades más singulares y entrañables del siglo XX y lo que llevamos del XXI, la gran estrella de la física moderna. Su enfermedad, su característica voz artificial y su determinación a seguir con su actividad intelectual pese a todas las dificultades, lo han convertido en un icono pop contemporáneo sobre el que se han hecho innumerables bromas. En cualquier caso Hawking además de realizar aportaciones a la física teórica ha sabido aprovechar su enorme popularidad para familiarizar al público con la ciencia, con obras como Breve historia del tiempo. Un libro del que se han vendido más de diez millones de copias y del que próximamente se hará nada menos que una ópera. Últimamente también le ha cogido afición a titulares provocadores como que el bosón de Higgs podría destruir el universo, que la humanidad se extinguirá dentro de cien años si no coloniza otros planetas o que los extraterrestres si vienen por aquí será para exterminarnos: «solo tenemos que mirarnos a nosotros mismos para ver cómo la vida inteligente puede convertirse en algo que no te quisieras encontrar».

Brian Cox

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En el caso de este otro científico y divulgador británico nos encontramos que ya era una estrella previamente, como teclista del grupo del grupo de pop de los noventa D:Ream. Aquí podemos verle tocando (o sus manos, al menos). En un leve giro de su carrera pasó a investigar en el Gran Colisionador de Hadrones y actualmente es también profesor de física en la Universidad de Manchester. En el Reino Unido es una figura muy popular debido a su faceta de presentador de diversos programas de la BBC sobre física y astronomía, así como por su aparición en la serie Doctor Who. Fue también el asesor científico de la película Sunshine y es considerado «el divulgador científico más sexy», aunque le quita hierro al asunto diciendo que al fin y al cabo en ese ámbito en la televisión pública británica solo están él y Patrick Moore.

Jared Diamond

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A sus setenta y siete años, Jared Diamond es lo más parecido que podremos encontrarnos a una enciclopedia humana. De orígenes judíos como tantos otros intelectuales, tras estudiar en Harvard y Cambridge, fue investigador y profesor de medicina en la UCLA, desarrolló una carrera científica paralela en el ámbito de la ornitología, más adelante ha sido profesor de geografía en dicha universidad, ha dirigido las organizaciones ecologistas World Wildlife Fund y Conservation International y ha aprendido a hablar doce idiomas. Buena parte de su vida la ha pasado en Nueva Guinea, recorriendo la selva en busca de pájaros mientras se cruzaba con apreciable peligro para su vida con tribus nunca contactadas antes. De esos contactos surgió su interés por la antropología, que le ha llevado a escribir El mundo hasta ayer, ¿Qué podemos aprender de las sociedades tradicionales?, así como el muy recomendable El tercer chimpancé, en el que indaga en los orígenes y la evolución del ser humano. De su interés por la historia han surgido Colapso, por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen y también su mayor obra: Armas, gérmenes y acero. En ella explica por qué fueron los europeos quienes conquistaron América y no al revés, y le hizo ganar un Premio Pulitzer.

Frans de Waal

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Nació en Holanda en 1948, tras doctorarse en Biología se especializó en etología, más concretamente en el estudio del comportamiento de chimpancés y bonobos. A partir de sus investigaciones ha escrito varios libros divulgativos muy interesantes como El mono que llevamos dentro o El bonobo y los diez mandamientos, cuyos títulos son bastante explícitos. Básicamente, nos dice, nuestro comportamiento es más parecido al de tales primos peludos del que somos capaces de admitir. La revista Time también lo ha incluido en la lista anteriormente mencionada como uno de los cien científicos y pensadores más influyentes del mundo. Logro que compagina con el de haber obtenido un IG Nobel, gracias a su investigación sobre la capacidad de los chimpancés de identificar a compañeros por las fotografías de sus nalgas. Es un estudio que tiene su interés, no se crean, aquí pueden descargarlo «Faces and Behinds: Chimpanzee Sex Perception» (contiene fotos de nalgas de chimpancés).

António Damásio

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El campo científico que más expectativas ha creado en los últimos años es probablemente el de las neurociencias. Ahí es donde pueden encontrarse algunas respuestas a cuestiones filosóficas sobre las que se ha divagado durante siglos, como la conciencia o el sentido moral. A esa tarea dedica su investigación y labor divulgativa António Damásio, profesor de neurociencia de la Universidad del Sur de California. Aunque es de origen portugués ha desarrollado toda su carrera profesional en Estados Unidos, al igual que su mujer, Hanna Damásio, junto con la que trabaja y que es coautora en varios de sus libros, entre los que destacan En busca de Spinoza y El error de Descartes.

Neil Degrasse Tyson

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Degrasse Tyson es el Carl Sagan contemporáneo. No solo fue un maestro y amigo que ejerció una gran influencia sobre él, sino que actualmente ha rodado una muy recomendable serie documental llamada precisamente Cosmos, en la que con humor, efectos especiales y rigor científico explica desde la evolución hasta el origen del universo. Como astrofísico y director del Planetario Hayden contribuyó a negar a Plutón la condición oficial de planeta, lo que le valió toda clase de amenazas. Ha sido designado por la Casa Blanca como miembro de comisiones en torno a la exploración espacial y ha recibido una medalla de la NASA por su labor en ese campo. En los medios de comunicación estadounidenses es una presencia habitual y en internet una imagen suya llegó a convertirse en uno de los memes más utilizados. En el vídeo podemos verle durante una conferencia junto Dawkins, todo un personaje.


Cinco grandes preguntas (y cuatro grandes respuestas) sobre el contacto extraterrestre

Imagen: Aladin Lite.

Bonita, ¿verdad? La estrella, digo. Y además tiene un nombre con mucho punch: Asterion. Luce en la constelación de los lebreles y está a ocho pársecs del sistema solar, algo más de veintisiete años luz. Suena muy lejos, pero de hecho es bastante cerca.

Además Asterion —o Beta Canum Venaticorum, si prefiere su nombre técnico— es uno de los pocos ejemplares conocidos de eso que los astrónomos llaman «gemelo solar», un título que habla por sí mismo. Y el más cercano de todos, una de las razones por la que los radiotelescopios de medio mundo apuntan en su dirección. La otra es que esta humilde estrellita, ahí donde la ven, es una de las que acumula más papeletas en la rifa de la biología compleja, incluyendo la clase de biología que sería capaz de ganar una partida de backgammon.

Cada vez que oiga aquello de que el universo es tan grande que la inteligencia debe de haber florecido en algún otro lugar además de la Tierra, estamos hablando de lugares como Asterion. Y también lo hacemos cuando elucubramos sobre la posibilidad real de contactar con ella, ya que pocos sitios nos cogen tan a mano como este sol. Por eso, además de ser una de las niñas bonitas del Instituto SETI —Search for ExtraTerrestrial Inteligence—, Asterion está en el punto de mira de las dos grandes iniciativas de búsqueda extrasolar proyectadas a corto plazo, el telescopio TPF —Terrestrial Planet Finder— de la NASA y el Proyecto Darwin de la Agencia Espacial Europea. Eso implica muchos millones invertidos en descubrir qué se cuece por allí.

¿Le sorprende el grado de concreción? Pues no debería. La ciencia consiste en eso, en concretar. Y la búsqueda de inteligencia extraterrestre ha tenido décadas para hacerlo, aunque los profanos solamos olvidarlo y nos movamos entre convenciones de la década de los sesenta y setenta. En parte, la culpa la tienen un aforismo, aquel que habla de la muerte por éxito, y aquella ecuación tan exitosa que diseñó en 1961 quien fuera presidente del Instituto SETI, el astrónomo Frank Drake:

N = R*· fp · ne · fl · fi · fc · L

Con frecuencia se oye que este galimatías prevé el número de civilizaciones que pueblan la galaxia (1), pero eso no es estrictamente cierto. Aunque incluye ese factor —es el parámetro fi—, la N que intenta resolver esta ecuación tiene más que ver con los propósitos específicos del Instituto SETI: equivale al número de pueblos extraterrestres con los que la humanidad podría establecer contacto en un año. Recurriendo a los valores más optimistas, los que le asigna el propio Drake, arroja un resultado cercano al diez, aunque otros rebajan la cifra hasta 0.0000000676963, una cantidad tan dolorosamente parecida al cero como rigurosamente ajustada a la realidad. Lo cierto es que el propio SETI califica hoy la ecuación de Drake como «una herramienta eficiente para estimular la curiosidad intelectual sobre el universo», un eufemismo que también se aproxima dolorosamente al cero.

Pero es lo que pasa con la búsqueda de inteligencia extraterrestre, ¿no? Que la ecuación verdadera es Li = Le , donde Li equivale al lirili y Le al lerele. Que mucho ruido y pocas nueces, para entendernos. Mucha certeza de que están ahí, pero ninguna prueba que lo demuestre. En realidad, no sabemos nada sobre las circunstancias en las que se ha de producir un contacto, ¿verdad?

Pues no, mire. Tanto como nada, no.

Desempolve su antena de mano, su camiseta de I want to believe y luzca su mejor cucurucho envuelto en papel de plata, que vamos preguntarnos por cinco cuestiones fundamentales —dónde, cómo, cuándo, qué y quién— acerca del contacto con criaturas extraterrestres. Y desde ya le advertimos que, con los datos en la mano, quizá tengamos que piruetear por probabilidades científicas remotas, pero solo responderemos «imposible» en una ocasión. Disponemos de más razones científicas para esperar un contacto que para descartarlo porque el SETI, ya verá, no es morirse de frío. Y, además, las probabilidades no han hecho más que aumentar en los últimos cincuenta años. Literalmente.

Cuándo

Tanto así que, cuando Carl Sagan se propuso crear «una representación ficticia de cómo sería un contacto en realidad» —en palabras de su mujer, Ann Druyan—, dio prioridad a la cuestión del tiempo sobre la del espacio, que precisamente por eso le quedó, digámoslo con tacto, bastante menos realista.

Imagen: Warner Bros / South Side Amusement.

En Contact, el mensaje alienígena que captaba la intrépida directora del Proyecto Argus, Ellie Arroway, procedía de Vega, un sistema estelar a veinticinco años luz de distancia de la Tierra. En una galaxia de más de cien mil años luz de diámetro ocurre lo mismo que con Asterion: no dejaría de ser un caso de potra bastante, bastante severo (2).

Pero tenía que ser Vega, y la razón eran los plazos. La primera retransmisión televisiva efectuada por nuestra especie con potencia suficiente para salir al espacio —un discurso de Hitler, hurra por nosotros— abandonó la Tierra en 1936 y llegó  a las inmediaciones de Vega veinticinco años después, en torno a 1961. En su novela, Sagan jugaba a que nos era devuelta desde allí con la forma de un pulso de radio que alcanzaba el sistema solar veinticinco años más tarde, en 1986. Era la fecha aproximada en la que estaba ambientada la historia.

Y el principio no es ninguna fantasía. De hecho, Sagan inspiró su Ellie Arroway y el ficticio Proyecto Argus en la radioastrónoma Jill Tarter y su trabajos en la dirección del Proyecto Fénix del SETI. Entre 1995 y 2004, y con numerosos radiotelescopios de ambos hemisferios a su disposición, Tarter se dedicó a la búsqueda de señales artificiales analizando la emergencia de patrones en ondas de radio, pero no en cualquier lugar. De hecho, su equipo escaneó ochocientas estrellas situadas en doscientos años luz a la redonda solo para confirmar, en palabras de Tarter, que «vivimos en un vecindario muy tranquilo». Según el último director del proyecto, Peter Backus, la estrategia obedeció a una simple prioridad técnica: «Cuanto más cerca está la estrella, el transmisor requeriría menos potencia para producir una señal detectable» desde la Tierra.

Pero había otra razón para centrarse en los astros situados específicamente a menos de doscientos años luz. Los seres humanos comenzamos a interferir con el espectro electromagnético hace cerca de doscientos años. Si el contacto ha de ser una respuesta a nuestras radiaciones —y es un clavo ardiendo al que SETI se agarra completamente en serio, aunque haya quien no—, aritmética elemental: solo cabe esperar que sepan de nosotros en sistemas a doscientos años luz de distancia, y la respuesta no podría provenir más que de aquellos en cien años luz y menos.

Una representación del alcance de las radiaciones humanas en la Vía Láctea. Imagen: Adam Grossman / Nick Risinger. Clic para ampliar.

Contra esta conjetura obra la estadística, por supuesto. Un radio tan pequeño puede servir para soñar, pero no para ser realistas. De todos los sitios donde podrían estar —y en la escala galáctica son efectivamente todos los sitios—, sería demasiada casualidad que fuesen a estar precisamente en nuestro pequeño, pequeño circulito.

Dónde

Por eso el SETI prefiere ir a tiro hecho, que siempre es más rápido, y dispone de una lista con los sistemas específicos de los que cabría esperar una llamada interestelar espontánea —no necesariamente en respuesta a nuestras emisiones—. Entre ellos figuran algunos tan célebres como Alfa Centauri, 51 Pegasi o la propia Asterion. En total, son 17.129 estrellas. Ni una más, ni una menos.

Este es el número de soles que integra el Catalog of Nearby Habitable Systems, todos los que las astrónomas Jill Tarter y Margaret Turnbull consideran «potencialmente habitables por formas de vida compleja, incluyendo la vida inteligente», en nuestra sección de la galaxia. El HabCat, como se abrevia con frecuencia, es una ampliación de la primera lista de astros que Tarter y sus colegas rastrearon en el curso del Proyecto Fénix y servirá como guía en los trabajos del ATA —Allen Telescope Array, el radiotelescopio más potente del mundo y el más grande dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, aún en construcción—, el futuro telescopio espacial TPF de la NASA y algunos de los principales programas de SETI, entre ellos [email protected] y SERENDIP —Search for Extraterrestrial Radio Emissions from Nearby Developed Intelligent Populations.

Para confeccionarlo, Tarter y Turnbull partieron de los ciento veinte mil sistemas estelares más próximos a la Tierra —consignados en el Catálogo Hipparcos de la Agencia Espacial Europea— y eliminaron del recuento las estrellas «cataclísmicas, eruptivas, pulsantes, rotativas o de rayos X», además de las jóvenes, las que no han permanecido estables durante los últimos tres mil millones de años —el tiempo necesario para formar planetas viables— y otras que presentan entornos hostiles para la biología por su composición química, tamaño y un sinfín de variables. Ellas mismas las pormenorizan aquí y la lista definitiva de candidatas es esta.

Jill Tarter en el radiotelescopio de Arecibo. Fotografía: Corbis.

En 2006, además, Turnbull entresacó de esta misma lista un top ten con las diez estrellas más prometedoras, cinco de las cuales centrarán los estudios del ATA de SETI y cinco los del TPF de la NASA. Entre ellas figuran celebridades astronómicas como Alfa Centauri B, una enana naranja en el sistema triple de Alfa Centauri —el más cercano al sistema solar, a poco más de cuatro años luz—; Épsilon Eridani, la tercera estrella más próxima entre las que se ven a simple vista; 51 Pegasi, en torno a la que orbita 51 Pegasi b, el primer planeta extrasolar que se descubrió en 1995; y Tau Ceti, un sol de tipo G cuya relativa longevidad lo hace más propenso a la vida. Según Turnbull, las dos estrellas más prometedoras de todo el catálogo son Épsilon Indi A, una pequeña a menos de doce años luz, y Asterion.

Cómo

Se han publicado teorías muy convincentes sobre cómo sería el mensaje extraterrestre más probable, aunque el verdadero consenso obra sobre todo aquello que podemos ir descartando. Además de lo obvio, que es el contacto físico vía nave o sonda espacial, también el contacto mediante alguna forma de comunicación superlumínica, como el famoso ansible que concibió la novelista Ursula K. Le Guin. Aunque desde los años sesenta se hayan propuesto varias formas teóricas de explotar la capacidad de los taquiones de superar la velocidad de la luz para crear dispositivos de intercambio instantáneo de información, existe una razón de peso para descartarlos: hasta nuevo aviso, son solo figuras hipotéticas. Si puede imaginar una razón mejor, me gustaría conocerla.

Por eso esperamos un contacto en una forma que nos resulta más familiar, las ondas, y concretamente mediante una clase de intercambio que rinde particularmente bien cuando se trata de las monstruosas distancias espaciales: la radiocomunicación por microondas. Este rango de frecuencia del espectro electromagnético, aproximadamente entre los 300 MHz y los 300 GHz, es el más despejado de interferencias naturales y aquel del que resulta más sencillo entresacar señales débiles. En SETI proponen que cualquier criatura razonable recurriría a él para enviar ondas artificiales específicamente destinadas a la comunicación interestelar.

Y para ejemplo, un botón: nosotros mismos. Desde el mensaje de Arecibo de 1974 al AMFE —A Message From Earth—, retransmitido desde Ucrania en 2013, todos nuestros mensajes viajan hacia las estrellas por esta frecuencia. Incluso en los que incorporan físicamente algunas de las sondas que han abandonado el sistema solar —más un ejercicio romántico que un intento de comunicación realista— se habla de esta frecuencia, por si acaso. En las placas que transportan las dos sondas Pioneer, por ejemplo, se propone una unidad de tiempo equivalente a 1420 MHz.

Y no por nada, ya que 1420 MHz es la frecuencia estrella de la comunicación interestelar. Tanto así que, siguiendo los consejos de Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, la Unión Internacional de Telecomunicaciones de las Naciones Unidas prohíbe hoy la emisión de radio en la línea del hidrógeno o de veintiún centímetros, como también se la conoce, que queda así reservada para radioastronomía. La razón es simple: al no compartir con los hipotéticos alienígenas ningún código o sistema de medida para pautar las frecuencias del espectro electromagnético, hemos llegado a la conclusión —y esperemos que ellos también— de que las únicas referencias posibles entre ambos son las frecuencias de emisión de los elementos naturales, que son las mismas aquí, en la China popular y en Aldebarán. Y una, en concreto, es la idónea: 1420 MHz, la frecuencia natural de emisión del hidrógeno neutro. Entre otras propiedades, cae en el rango de las microondas, corresponde al elemento más común en el universo visible y además presenta una serie de curiosos fenómenos físicos, como las líneas de Balmer, que llaman la atención sobre ella.

La línea del hidrógeno monitorizada en Hat Creek Radio Observatory. Fotografía: Colby Gutierrez-Kraybill (CC).

Aunque haya quien empiece a poner en duda su idoneidad, la mayor parte de los radioastrónomos y astrobiólogos mantiene su fe en la línea del hidrógeno, aunque les haya acarreado algún disgusto. El primer falso positivo en la historia de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, el del ocho de abril de 1960 durante el curso del Proyecto OZMA, tuvo lugar precisamente mientras se rastreaba esta frecuencia, aunque después se confirmó que se trataba de ondas emitidas por un avión. Y la señal presuntamente interestelar más famosa de todos los tiempos, la Señal Wow! de 1977, se registró en algún punto entre los 1420.356 MHz y los 1420.455 MHz, tan improbablemente cerca de la frecuencia mágica —1420.405 MHz— como para que muchos, magufos y no tan magufos, descarten la casualidad hasta el mismísimo día de hoy.

Qué

¿Y sabe qué otra cosa es muy improbable que encontremos pero que, no obstante, esperamos encontrar? π. O sea, pi. No abunda en la naturaleza y, sin embargo, es un número tan elemental que nosotros mismos lo descubrimos hace cerca de cuatro mil años, cuando media humanidad no había salido siquiera del neolítico.

Gracias a él le podemos poner puertas al campo del relativismo biológico, ya que respiren azufre, tengan cables o sean criaturas de silicio, los miembros de cualquier raza inteligente que intente comunicarse deben de conocer pi. Y caer en la cuenta, como nosotros, de que cualquier otra especie también lo habría descubierto. Resulta necesario en las matemáticas de cualquiera, y lo bueno que tienen las matemáticas es que siempre son de cualquiera.

Por esa razón buscamos mensajes a través de pi. ¿Cómo? Aquí es cuando volvemos a abrir las puertas de otro campo igual de grande, porque podemos imaginar muchas maneras de citarlo. «La frecuencia del hidrógeno por pi es algo en lo que piensa mucha gente», comentaba en 2010 Seth Shostak, del SETI. Es decir, que la hipotética señal alienígena fuera enviada a 4.462 MHz de frecuencia, al doble de esta o a cualquier que implicase las magnitudes, necesariamente ambas, de la línea del hidrógeno y de pi. Es el supuesto con el que trabaja actualmente el Allen Telescope Array, rastreando una selección se bandas emparentadas matemáticamente con la del hidrógeno, entre ellas algunas a través de pi. Huelga decir que sin éxito, claro, o nos habríamos enterado todos por los periódicos. Hasta la fecha, el matrimonio entre pi y el hidrógeno solo ha servido para vender camisetas.

Otra singularidad matemática que podría indicar que tras determinada señal está la mano alienígena —dígase mano, dígase tentáculo— son los números primos. De nuevo mediante un amplio abanico de posibilidades, la más elemental de las cuales sería seguramente la que imaginó Carl Sagan, una señal de radio pulsante en intervalos de dos pulsos, tres, cinco, siete, once, trece, etcétera. La realidad podría ser algo más compleja y de nuevo el ejemplo somos nosotros. El Mensaje de Arecibo, remitido desde Puerto Rico en 1974 en dirección al Cúmulo de Hércules, contaba exactamente con 1679 bits de información, un número producto de multiplicar dos primos, 23 y el número favorito de Sheldon Cooper, 73.

Si alguien lo recibe dentro de 25.100 años, que son los que la señal tardará en llegar a su destino, confiemos en que sepa coger la indirecta.

Quién

Sabemos dónde hay que ponerse a buscar, vale. Y sabemos que resulta más razonable hacerlo ahora que antes. Incluso sabemos por qué frecuencias empezar y qué buscar en esas frecuencias. Dónde, cómo , cuándo y qué, resuelto. Pero campanas al vuelo, las mínimas. Ahora toca descifrar la incógnita del quién. Y, malas noticias: si se trata de comunicarse con una civilización alienígena, lo más difícil no tiene nada que ver con distancias monstruosas o plazos de tiempo inabarcables, sino con nuestras cabecitas. Las nuestras y las de ellos, si es que tienen.

No tenemos ni idea sobre quién podría estar al otro lado del aparato, y por tanto sobre qué cabe esperar que contenga su hipotético mensaje (3). ¿Sintagmas de algún tipo, y confiamos así en que sepan manejar símbolos? ¿Alguna clase de imagen o sonido, y confiamos entonces en que compartan nuestros mismos sentidos? ¿O acaso algo que carecemos de palabras para designar o acaso de recursos mentales solo para concebir? Estamos hablando de comunicarse con otra especie, y lo vamos a repetir: comunicarse con otra especie. Citando a Neil DeGrasse Tyson, siempre tan citable, es muy probable que «la vida en otro planeta, si se formó independientemente de la vida en la Tierra, sea más diferente de cualquier especie de la Tierra de lo que cualquier dos especies terrestres son entre sí». Y eso, dese cuenta, no es moco de alien.

Estrictamente, la verdadera dificultad no estriba en completar algún tipo de lenguaje universal que permita el intercambio de información, que de hecho es la parte más sencilla (4). Lo jodido es trazar un repertorio básico de axiomas, es decir, certezas para ambos sujetos involucrados en la conversación. Y a partir de ahí, llegar a lo que Alexander Ollongren, astrónomo y matemático, denomina «un sistema conceptual que podamos dar por sentado que cualquier especie inteligente y simbólica en el universo puede compartir con otra». Una noción que, más que inventarse, ha de descubrirse. En el caso de que exista, claro. Y el propio Ollongren lo duda.

Aun así, la exolingüística ha parido ya varios esperantos espaciales, intentos de lenguaje que pretenden resultar descifrables y comprensibles para cualquier criatura inteligente. El más completo es seguramente Lincos o Lingua cosmica, creado en 1960 por el matemático Hans Freudenthal y ampliado recientemente por  el propio Ollongren en Astrolinguistics: Design of a Linguistic System for Interstellar Communication Based on Logic. En todo caso, mueven poco entusiasmo entre los científicos dedicados al SETI, particularmente los astrobiólogos. Incluso si fuera razonablemente universal, la sola noción de un lenguaje resulta demasiado antropocéntrica, o demasiado terrestre, para su paladar. Y estamos hablando de gente que cree perfectamente lógico enviar mensajes a las estrellas, recordemos, y esperar una respuesta.  Para una vez que se ponen derrotistas, tendremos que fiarnos de su paladar.

Imagen: Warner Bros / South Side Amusement.

(1) Según Drake, se puede estimar reduciendo el número de estrellas aptas para la vida que se crean en la galaxia cada año —R*— al número de esas estrellas que disponen de sistemas planetarios —fp—, este al número de planetas en la zona habitable de esas estrellas —ne—, este al número real de sistemas habitados —fl—, este al número de sistemas donde se desarrolle la inteligencia —fi—, este al número de sistemas donde haya una civilización intentando comunicarse —fc— y este, finalmente, al número de civilizaciones haciéndolo en un momento dado porque estén en el intervalo de tiempo natural entre el alzamiento y la caída de las civilizaciones inteligentes —L—. Además de que desconocemos el valor de la mayoría de estos términos, a la ecuación le faltan muchos otros.

(2) En Prevalence of Earth-size planets orbiting Sun-like stars, una de las últimas investigaciones sobre supertierras con datos del telescopio espacial Kepler, Erik A. Petigura, Andrew W. HowardGeoffrey W. Marcya concluyen que entre todas las estrellas similares al sol —una categoría en la que incluyen el 10% de soles de nuestra galaxia—, el 22% cuenta con planetas de un tamaño aproximado al de la Tierra orbitando en la zona habitable del sistema.

(3) Para entender por qué, pruebe a realizar este sencillo experimento: envíele una carta a un perro. Comprobará que la parte más complicada, aunque lo parezca, no es hacérsela llegar, sino que no se la coma. No digamos ya que la lea y la comprenda. A la hora de contactar, para nuestra desgracia, lo más probable es que a la humanidad le toque jugar el papel del perro.

(4) Resumiendo mucho los términos, sostiene que «los mensajes destinados a la comunicación interestelar con sociedades extraterrestres inteligentes deberían consistir esencialmente en una (gran) parte de texto en alguna lengua natural y un suplemento de anotaciones en algún sistema formal en otro nivel». Ollongren descarta así las matemáticas elementales como fundamento de un lenguaje verdaderamente universal y propone un concepto híbrido entre el texto ordinario y un sistema parejo para construir axiomas que recurra a la lógica simbólica, la demostración y la computación. Este sistema, explica, «cumple la función de constituirse en un metanivel en el que están disponibles descripciones acerca del contenido del nivel básico», el de las formas textuales.


Recordando a Carl Sagan

Carl Sagan. Foto: Corbis.
Carl Sagan. Foto: Corbis.

Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, como hacía con cualesquiera otros pasajeros. Sin embargo, cuando Sagan sacó su billetera para darle la propina de rigor, el mozo hizo un gesto de rechazo. Aunque lo relevante de la anécdota no es el gesto en sí, sino la frase con que el mozo lo acompañó: «Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo».

La anécdota es muy famosa y habla por sí misma del papel que tuvo Carl Sagan en nuestra cultura. Ningún otro divulgador científico ha sabido pulsar tan bien los resortes de la imaginación colectiva. Quizá se debiera a aquella característica tan suya: la capacidad para experimentar y compartir un extático asombro ante la magnitud y complejidad del universo. Un entusiasmo que resultaba contagioso y al que él llamaba el «sentido de lo maravilloso». Gracias a Sagan y sobre todo a su serie televisiva Cosmos: Un viaje personal, muchas personas experimentaron ese sentido de lo maravilloso junto a él. Especialmente quienes tuvieron la suerte de verla por primera vez durante la tierna infancia: Carl Sagan era como el mago que abría el baúl de los grandes secretos ante nuestros ojos y desvelaba prodigios que parecían fantásticos, pero que no pertenecían al ámbito de las novelas o películas de ficción, sino que existían de verdad. Prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Carl Sagan fue sin duda el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación. Incluso de quienes nunca nos convertimos en científicos, porque teníamos escrito otro destino o sencillamente lo elegimos así, prácticamente no hemos pasado una noche sin alzar la mirada hacia las estrellas y entonces resulta inevitable acordarse de él. Siempre nos quedará la imagen inolvidable de aquella «nave de la imaginación» con forma de semilla emplumada con la que Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el «pálido punto azul» que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.

Sagan diría, naturalmente, que el número 2014 carece de importancia en términos cósmicos, como carece de importancia cualquier otra cosa que los humanos podamos pensar, decir o hacer y que al vasto universo le resultará indiferente. Pero en el fugaz extracto temporal de nuestras vidas llamamos 2014 al año en que se estrena la nueva versión de Cosmos, presentada por el que muchos consideran el sucesor de Sagan, el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Y también en este 2014 Sagan está de aniversario: hubiese cumplido los ochenta años, caso de no habernos dejado huérfanos hace casi dos décadas. Pero, ¿quién era Carl Sagan? ¿Cómo pensaba? ¿En qué consistía su mensaje? Sirva este repaso a algunas de las facetas de su vida y de su pensamiento no solamente como homenaje, sino también como recordatorio de todo aquello que lo convirtió en una figura única e irremplazable.

Sagan y el cosmos

Queríamos llegar a todo el mundo, porque pensábamos que tener disponible este conocimiento era un derecho innato de la persona. (Ann Druyan, viuda y colaboradora de Carl Sagan)

Ya cuando el pequeño Carl tenía cinco o seis años, sus padres eran conscientes de su brillantez intelectual, de su ansia por obtener respuestas ante cuestiones como «¿qué son las estrellas y de dónde están colgadas?». Hijo único de una familia de condición muy humilde —su padre era un inmigrante ucraniano que trabajó como acomodador en un teatro y su madre una neoyorquina que había crecido prácticamente en la miseria—, el pequeño Carl tenía pocos medios para saciar aquellas ansias. Pero sus padres eran inteligentes y demostraron una gran sensibilidad hacia las necesidades intelectuales de su retoño, así que decidieron que lo mejor que podían hacer era apuntarlo a una biblioteca pública. Aquello abrió los ojos de Carl Sagan y cambiaría su vida para siempre:

Le pedí al bibliotecario algún libro sobre las estrellas. Y la respuesta a mis preguntas era impresionante. Resultó que el sol era una estrella que estaba muy cerca de nosotros. Que las estrellas eran soles, aunque estaban tan lejos que las veíamos como meros puntitos de luz. De repente, la verdadera escala del universo se reveló ante mí. Fue una especie de experiencia religiosa. Había una magnificencia en ello, una grandeza, una sensación de magnitud que nunca después me ha abandonado. Nunca me ha abandonado.

El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos. La humanidad es apenas un soplo fugaz del que seguramente no quedará ni rastro cuando se extinga; y a nadie ahí fuera le importará, si es que hay alguien. El cosmos es un lugar inmenso, inabarcable, que nos humilla y empequeñece. Y sin embargo, cuando era Sagan quien nos describía ese panorama aparentemente descorazonador, brillaba una intensa luz poética que cautivó a quienes le escuchábamos. El ser humano, nos decía, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo importante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.

Sagan y la comunidad científica

El polo opuesto de la ciencia popularizada es, al final, una ciencia impopular. (Gregory Benford, revista Skeptic)

Sagan contribuyó significativamente a la ciencia astronómica, particularmente con sus análisis de las atmósferas y superficies planetarias en una época en la que apenas se disponía de información fiable. Su bagaje abarcaba tanto astronomía como biología —trabajó con biólogos tan notables como Stanley Miller, George Muller o Joshua Lederberg— y así ayudó a dar forma tanto a las ciencias planetarias como a la exobiología. Colaboró directamente en varias misiones espaciales de la NASA y fue, como sabemos, quien diseñó los mensajes destinados a posibles civilizaciones extraterrestres que fueron incluidos en las sondas espaciales Pioneer y Voyager.

Sin embargo, estas aportaciones resultaron empequeñecidas por su papel como divulgador. Hoy sabemos que en la comunidad científica existieron muchos recelos hacia Sagan y su siempre creciente fama. Entre los astrónomos gozaba de gran predicamento, pero entre otros científicos —algunos físicos, por ejemplo— podía llegar a estar bastante mal visto porque consideraban que sus intentos de popularizar la ciencia amenazaban con «trivializarla». Otros lo veían como un ególatra que buscaba la fama y otros más, probablemente, tenían envidia de su capacidad para llegar a diversos estratos de la sociedad. El caso es que, académicamente hablando, Sagan pagó un precio por esa celebridad. En 1967, cuando era profesor interino en Harvard, le denegaron una plaza fija pese a sus extraordinarias dotes como docente, dotes bien documentadas por su alumnado. ¿El motivo oficial? Que sus investigaciones departamentales eran «poco relevantes» y «derivativas». Pero en realidad tuvo mucho que ver el que hubiese empezado a aparecer en televisión el año anterior, algo que no agradaba en la elitista universidad. Tras aquello, Sagan se marchó a la Universidad de Cornell para poder obtener una cátedra fija. Así que sí, como suena: en Harvard prácticamente echaron a patadas al divulgador científico más importante del siglo XX… y todo porque aparecía demasiado menudo en la pequeña pantalla.

Otro ejemplo: en 1992, siendo ya una celebridad internacional, Sagan fue nominado para el ingreso en la Academia Nacional de Ciencias. Su nombre fue propuesto por iniciativa de los astrónomos, pero más allá del mundillo científico se esperaba la aceptación de su candidatura como un hecho lógico e inevitable, dado lo mucho que Sagan había hecho por la difusión del saber científico. Sin embargo, su candidatura originó en la Academia uno de aquellos caldeados debates que habían colmado la paciencia de Richard Feynman, el famoso premio Nobel que había llegado a dimitir de la Academia cansado del elitismo y luchas de egos de sus miembros. La candidatura de Sagan fue rechazada cuando la mitad de los miembros votaron negativamente, algo que no sucedía a menudo. El pretexto más aireado fue que más allá de la divulgación sus logros científicos no resultaban lo suficientemente relevantes. Ni siquiera importaron detalles como que Stephen Hawking lo hubiese elegido como prologuista para su Breve historia del tiempo. Fuera de la Academia nadie entendió el correctivo que algunos científicos que se consideraban más «serios» habían querido infligir a la estrella mediática. Aunque Sagan no se pronunció en público sobre su ingreso fallido en la Academia, sabemos por su viuda que «le dolió bastante, porque fue un desprecio que él ni siquiera había buscado». Cuatro años después fallecería sin haber obtenido el honor.

Tras su muerte, la Academia corrigió el error haciéndolo miembro honorífico. Ni que decir tiene que la percepción de la comunidad científica hacia Sagan ha cambiado radicalmente desde entonces. Hoy en día no existe un científico que se permita el lujo de menospreciar públicamente su figura. Muchos científicos de la nueva generación comenzaron a estudiar bajo la influencia de Sagan. Algunos, como Neil deGrasse Tyson, recibieron incluso el respaldo personal del propio Sagan durante sus años como estudiante: Sagan, impresionado por su expediente académico, envió una carta de ánimo a un incrédulo Tyson adolescente e incluso le invitó a visitar su laboratorio. Aún hoy, Neil deGrasse afirma que se siente obligado a animar a los jóvenes estudiantes siguiendo el ejemplo del propio Sagan. Sea como fuere, hoy se reconoce abiertamente la tremenda importancia de su tarea como popularizador de la ciencia. Y aunque no hubiera sido así, él lo explicaba de manera tremendamente sencilla: la mayor parte de la financiación de los científicos proviene del pueblo, así que el pueblo tiene derecho a que le expliquen qué hacen los científicos con su dinero, y los científicos tienen la obligación de explicarlo en los términos más asequibles posibles.

Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)
Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)

Sagan y la fama

Carl Sagan poseía dos cualidades que no pueden transmitirse ni en la más excelsa de las instituciones educativas: un tremendo carisma personal y una gran capacidad para comunicar; características ambas que no abundan entre los científicos y que obviamente constituyeron los cimientos básicos de su estrellato. Antes de estrenarse Cosmos, Carl Sagan ya era famoso en los Estados Unidos gracias a sus frecuentes apariciones televisivas, incluyendo el programa más famoso de América, el show de Johnny Carson. El público quedó rápidamente prendado por su manera calmada pero pasional de hablar sobre el universo. Se convirtieron en coletillas populares algunas de sus expresiones, las hubiese dicho en voz alta o no: a Sagan, por ejemplo, le sorprendía que le atribuyeran constantemente la frase «billions and billions» y en una conversación privada con Carson aseguraba no haberla pronunciado jamás. Pero el presentador se limitó a responder: «pues si nunca la has pronunciado, deberías». Así, entre otras cosas, fue como Sagan aprendió que la fama depende de ciertos estereotipos y tics que pueden ser irreales, pero que capturan la imaginación del público. Entendió que en su labor divulgadora el estilo era tan importante como el contenido, y esto lo distinguió de muchos otros divulgadores científicos. Había que llegar al público, diciendo verdades, sí, pero haciéndolas no solamente fáciles de asimilar sino formalmente atractivas. En el acto de comunicación existen dos partes: el emisor y el receptor. Sagan, saltándose muchas actitudes elitistas extendidas entre los científicos de entonces, trató a sus televidentes y lectores como iguales intelectuales. Los consideró dignos receptores del saber científico y la gente común respondió convirtiéndolo en el rostro más reconocible de la ciencia a nivel mundial. Terminó asumiendo que el público tenía una imagen formada de él y que esa imagen era una importante herramienta de divulgación. Incluso llegó a titular su último libro Billions and billions, un guiño chistoso a aquella frase que nunca había salido de sus labios pero que la gente le había adjudicado como suya.

Sagan y la religión

Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término «ateo» porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance. Así pues, prefería definirse como «agnóstico». Sin embargo, su discurso no era exactamente el de un agnóstico. Según sus allegados, Carl Sagan era «ateo en todo excepto en el nombre», lo cual es una buena definición de su actitud. Su amigo David Grinspoon, por ejemplo, diría que en la práctica Sagan era prácticamente indistinguible de un ateo que use ese término para definirse.

Su actitud podía parecer contradictoria, pero lo era más que nada a niveles semánticos. Sagan no creía en Dios y con frecuencia calificó el concepto de un Dios personalizado, como el que se venera en casi todas las religiones, de pura fantasía. En su discurso el término «religión» aparecía generalmente acompañado de otros como «superstición», «mitología» y «folclore»; no como sinónimo hay que decir, pero sí en una yuxtaposición que difícilmente podía tener algo de casual. Es más: en sus últimos años, cuando era consciente de que la enfermedad podía llevárselo a la tumba, se preocupó muy mucho de dejar claro que no había comenzado a creer en Dios o en una vida ultramundana ni aun con la perspectiva de una muerte cercana. Incluso sabemos, gracias a su correspondencia publicada póstumamente, de su disgusto cuando alguno de sus colegas científicos consideraba la idea de abrazar la fe en algún dios. Si algo así sucedía, Sagan le enviaba una carta repleta de razones por las que consideraba intelectualmente indefendible la creencia en un dios personal.

El autoproclamado agnosticismo de Sagan era pues más un posicionamiento público que una creencia íntima. Y la gente lo sabía, porque en su mensaje planeaba constantemente una concepción atea del mundo. Conforme crecía su fama lo hacían también las interpelaciones de personas creyentes que discutían sus ideas, incluso ocasionalmente las amenazas de algunos fanáticos religiosos. A menudo lo invitaban a encuentros organizados por asociaciones religiosas para que su opinión sirviera de contraste, pero Sagan era extraordinariamente escrupuloso a la hora de aceptar. En una ocasión declinó participar en un congreso titulado «¿Cómo encontrar a Dios?» porque, como decía en su carta de rechazo, el título del congreso daba a entender que la existencia de Dios era un hecho probado independientemente de las conclusiones a las que se pudiera llegar durante el susodicho congreso. Sagan fue uno de los más notorios representantes del pensamiento escéptico, entendiendo como tal la no aceptación de la certeza de un hecho sin las necesarias evidencias que la sostengan, y acostumbraba a repetir el principio de que «afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias». Aun así, como en muchos otros asuntos, Sagan primaba la ponderación. Pese a manifestar una y otra vez su desaprobación intelectual hacia cualquier tipo de pensamiento mágico, incluyendo el de las grandes religiones, recordaba que mientras hubiese una pequeña posibilidad de que existiese un dios, él no se sentía capacitado para descartarla. Pero, al mismo tiempo, disimulaba mal su concepción de la religión como mera superchería y de manera parecida a Arthur C. Clarke confiaba —o deseaba confiar— en que el avance del conocimiento científico pusiera a las religiones en recesión de una manera progresiva y natural.

Sagan y las pseudociencias

Al igual que con la religión, Sagan se caracterizó por un abierto escepticismo hacia campos como el de la astrología y otras creencias «paranormales» que no podían sustentarse mediante una observación contrastable, como la que tiene lugar en el método científico. De hecho pensaba que estas creencias eran irracionales y estaban inevitablemente ligadas a factores puramente emocionales: en una ocasión, durante un debate televisivo con Stephen Hawking y Arthur C. Clarke, el presentador preguntó a Sagan si los nuevos descubrimientos científicos harían que los astrólogos terminasen perdiendo su negocio. Sagan, con tanta rapidez como sarcasmo, respondió: «¡Nada podría conseguir que los astrólogos se queden sin su negocio!».

Sin embargo, ese escepticismo estaba una vez más matizado por el deseo de ponderación. Ante el disgusto, incomprensión o sorpresa de otros científicos, Sagan veía razonable que los defensores de estas ideas tuviesen voz en determinados simposios, encuentros o conferencias. Su filosofía parecía ser la de que, mientras existiese una posibilidad aun remota de que hubiese oculto algún conocimiento válido entre tanta superchería, merecía la pena el intento de intentar sacarlo a la luz. Por ejemplo, sorprendió mucho su apoyo a algunos congresos ufológicos. Sabiendo que Sagan nunca creyó que seres inteligentes de otros mundos nos hubiesen visitado y que el fenómeno OVNI estaba compuesto de innumerables malas interpretaciones de estímulos visuales explicables o de fenómenos de sugestión, no tenía reparos en afirmar que quizá, y solo quizá, un pequeñísimo porcentaje de avistamientos podría haberse debido a la presencia de naves extraterrestres. Como en el caso de la existencia de Dios, Sagan no creía en ello pero parecía no querer negar algo en un cien por cien mientras no tuviese pruebas suficientes y tampoco quería negar su voz a quienes lo creyesen.

Sagan y la marihuana

Carl Sagan fue un ávido consumidor de marihuana durante muchos años, aunque esto no se supo hasta después de su muerte, cuando sus allegados lo hicieron público. A mucha gente le sorprendió saber que un científico de aspecto tan formal había fumado «hierba» habitualmente. A Sagan siempre le preocupó mucho que la difusión de este hecho pudiera dañar a su carrera. Pensemos que su popularidad se cimentó en unas décadas donde el consumo de marihuana era considerado por mucha gente casi como un signo de personalidad antisocial. Él, sin embargo, comprobó en primera persona que los mensajes emitidos sobre el gobierno sobre los peligros de la marihuana eran una exageración. Eso sí, nunca quiso convertirse en un apologista. Al menos no con su nombre. Sí escribió algún texto con seudónimo en el que defendía el consumo de marihuana de los ataques que recibía por parte del establishment, pero aparte de eso a lo más que llegó fue a abogar por su uso medicinal en condiciones controladas, porque sus efectos terapéuticos sobre ciertas dolencias estaban siendo bien documentados. Por lo demás no quería ser asociado con aquella droga que podría arruinar su imagen pública. De hecho, se enfadó mucho cuando uno de sus amigos escribió un artículo defendiendo la marihuana, donde se decía que muchos profesionales respetados la consumían y se citaba entre esas profesiones la de astrónomo: Sagan pensó que la gente podría deducir que estaba hablando de él porque el autor del artículo era un amigo muy cercano.

Pese a sus preocupaciones, el público nunca supo de su afición al cannabis. Sin embargo, tiene cierto sentido cuando lo contemplamos desde hoy. Sagan publicó muchos libros y artículos, pero en realidad escribía poco; acostumbraba a dictar ideas sueltas y textos a una grabadora que llevaba siempre consigo; después una secretaria lo transcribía a papel. Esta costumbre no solamente le ayudó a perfilar el característico tono conversacional de su discurso, sino que hizo que muchas de sus reflexiones surgieran cuando estaba bajo los efectos de la marihuana. Sagan, en privado, defendía que cuando estaba colocado le surgían ideas que podían ser certeras, pero que resultaban inaceptables para el ego cuando las escuchaba al día siguiente estando sereno. Y entonces abogaba no por descartar las ideas que tenía cuando estaba colocado, sino por examinarlas a despecho de la resistencia que sus esquemas preconcebidos pudieran ofrecer. Así, consideraba la marihuana una herramienta legítima de exploración intelectual.

Sagan y la política

No resulta fácil trazar un perfil convencional de sus opiniones políticas, aunque sí se le podría definir como liberal en el sentido estadounidense del término. En España podríamos llamarlo progresista, por buscar un término más o menos equivalente. Sí fue un activista político comprometido, pero lo fue en algunos asuntos concretos, muy particularmente el pacifismo y las preocupaciones en torno a la ecología.

Sagan fue, como bien sabemos, un estrecho colaborador de la NASA. Al principio de su carrera lo fue también de las fuerzas aéreas estadounidenses, cuando los vasos comunicantes entre ambas instituciones eran bastante fluidos. Sagan llegó a tener un perfil alto como asesor militar, hasta el punto de que estaba autorizado a consultar documentos calificados como alto secreto. Sin embargo renunció a colaborar con las Fuerzas Armadas en el mismo momento en que su país se involucró en la guerra del Vietnam, a la que se oponía abiertamente. Desde entonces se caracterizó por un mensaje abiertamente pacifista. También se opuso a la proliferación nuclear y fue muy activo en contra del programa de Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan (la «Guerra de las Galaxias», para entendernos), llegando a ser detenido en algunos actos de protesta. Consideraba que aquel programa rompía el equilibrio atómico con la URSS y por tanto dificultaba un acuerdo de desarme nuclear total, paso que consideraba necesario.

También se oponía a los totalitarismos y recordaba siempre que buena parte de sus familiares europeos —tanto por parte materna como paterna—, judíos casi todos ellos, habían sido asesinados en los campos de exterminio nazis. Aunque él era pequeño durante la guerra y su madre trató de protegerlo de esas nefastas noticias, Sagan supo que la pobre mujer sufrió intensamente durante aquellos años, así que conocía de primera mano los nefastos efectos de una ideología extremista. En consecuencia, condenaba los estados totalitarios y dictatoriales. También se oponía a que los gobiernos entrasen a regular determinadas opciones éticas de los ciudadanos, y por ejemplo, con su ponderación habitual, lanzó argumentos en favor del aborto en determinados plazos de la gestación, un asunto por entonces muy sensible en los Estados Unidos, incluso más de lo que pueda serlo hoy.

Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)
Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)

Sagan y el calentamiento global

Una de las aportaciones científicas más relevantes del inicio de su carrera fue la deducción de cuáles eran las características superficiales del planeta Venus. Hasta entonces se había especulado con la idea de que podía ser un planeta húmedo, siempre cubierto de una capa de nubes de vapor de agua que lo protegían de la radiación solar y bajo la que quizá se cultivaba un clima benigno y favorable para la vida. Una especie de blanco Edén. Pero Sagan descartó esta idea y dedujo que Venus estaba sufriendo un caso extremo de efecto invernadero, que su capa perenne de nubes impedía que el calor saliese del planeta y que por lo tanto su superficie se habría convertido en un infierno capaz de derretir plomo a temperatura ambiente. Sagan tenía razón, como demostrarían más adelante las sondas enviadas a nuestro planeta gemelo, y esa como decimos fue una de sus grandes aportaciones a la ciencia planetaria.

Pues bien, Sagan citaba el ejemplo de Venus para ilustrar que el efecto invernadero es un proceso que no se autorregula, que perfectamente puede salirse de madre porque, pasado cierto punto crítico, se retroalimenta y se acelera hasta convertir un planeta en un horno. A menudo expresó su preocupación por el fenómeno del calentamiento global en la Tierra, considerando que los gobiernos y las sociedades no se lo tomaban lo bastante en serio. Nos recordaba que el efecto invernadero no se corrige por sí mismo, o de lo contrario Venus sería el vergel húmedo que se había imaginado en otras épocas y no el infierno que sabemos que es. Sagan veía las cosas a escala planetaria e intentaba que los poderes públicos las viesen así también. Los procesos de la atmósfera de un planeta nada entienden de intereses económicos o políticos, y funcionan por sí mismos, más si la actividad humana pudiese contribuir a empeorar sus efectos. La sola posibilidad de que así fuese le parecía motivo más que suficiente para prestar mucha atención al asunto.

Sagan y las mujeres

Siempre se consideró un feminista. Aunque públicamente apenas hablaba de su vida personal, sabemos por su correspondencia que le marcó profundamente el destino que habían tenido sus padres. Su madre era una huérfana a la que por su condición de mujer pobre se le había denegado la posibilidad de sacar partido a su potencial intelectual. Su madre fue muy creyente —cumplía escrupulosamente los preceptos de su religión—, y Sagan siempre creyó que las circunstancias le habían impedido poseer una manera de pensar verdaderamente crítica y una vida acorde a sus capacidades, todo por haber sido mujer en el lugar y momento equivocados.

Carl Sagan se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Sabemos gracias a su primera mujer que su matrimonio fracasó porque dedicaba demasiado tiempo a su carrera y poco a su familia; probablemente sucedió lo mismo con el segundo matrimonio. Su tercera esposa, Ann Druyan, fue no solamente su relación más estable sino una estrecha colaboradora en el ámbito profesional (de hecho le ayudó a escribir la serie Cosmos). En todo caso, buscó activamente en sus parejas una contrapartida intelectual, una igual, y en privado lamentaba que su madre no hubiese gozado de las mismas oportunidades.

Sagan y los alienígenas

Sagan creía en la existencia de vida extraterrestre —incluso en la existencia de civilizaciones alienígenas— mucho antes de que fuesen descubiertos los primeros planetas más allá del sistema solar. Para él era cuestión de pura lógica: si la raza humana era producto de procesos naturales, y siendo el universo tan grande, por la pura fuerza de los números debían existir otras razas avanzadas en planetas con unas igualmente condiciones favorables para la vida compleja. Ayudó a impulsar el programa SETI y esperaba que tarde o temprano pudieran localizarse indicios de alguna civilización alienígena, consistentes en algún tipo de señal anómala no explicable mediante procesos naturales. Llegó a decir que le fastidiaba la idea de morir sin haber vivido ese momento en que escuchásemos una voz procedente del espacio.

Esa creencia está bastante extendida entre otros científicos y resulta bastante razonable, pero hoy por hoy no se ha detectado la más mínima señal. Como exclamó un día Enrico Fermi: «¿Dónde están?». Si el universo produce civilizaciones con relativa frecuencia, ¿por qué no las detectamos? Todavía no existe una explicación unánime, pero Sagan defendió hasta el final la creencia de que no tiene sentido pensar que somos la única especie tecnológica en el universo, ni siquiera en nuestra propia galaxia. Solamente el paso del tiempo, con suerte, podrá decirnos si Sagan tenía razón. O quizá nunca lleguemos a saberlo. Pero él jamás dejó de acariciar la idea.

Sagan y nosotros

Carl Sagan nos hizo mirar hacia las estrellas y darnos cuenta de la magnitud del universo, en el que ocupamos un rincón infinitesimal. Nos trató, a los ciudadanos de a pie, como a seres inteligentes y a quienes la ciencia concierne tanto como a los propios científicos, porque el universo no es patrimonio de los científicos, sino de cualquiera que pueda alzar sus ojos y contemplar sus prodigios. Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso. Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es. Sin nuestra pequeña barca, suspendida en mitad de ese inhóspito vacío, no podríamos contemplar el cosmos y experimentar ese sentido de lo maravilloso, que es una de las mejores cosas que tendremos durante nuestra breve existencia.

Al final, lo verdaderamente importante es que Carl Sagan, más allá de su coyuntura y de sus cualidades o defectos personales, mimó y cuidó su mensaje hasta el más mínimo detalle, como un compositor de sinfonías. Lo resumió en una serie de televisión, el más improbable de los medios, y consiguió crear poesía mientras transmitía conocimiento. Y ese mensaje de divulgación es puro, mucho más poderoso de lo que cualquiera excepto él podría llegar a expresar. Nosotros somos insignificantes; el universo no lo es. Y no podría ser más hermoso si fuese de otra manera.

Mira de nuevo a ese pequeño punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Ahí estamos nosotros. Todos a quienes amas, todos a quienes conoces, todos de quienes has oído hablar alguna vez; todo ser humano que alguna vez existió; cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño repleto de esperanzas, cada inventor, cada explorador, cada reverenciado maestro moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí… en una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de sol.

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«Pale Blue Dot», la imagen lejana de la Tierra —el pequeño punto sobre el rayo de luz amarillento— tomada desde seis mil millones de kilómetros, por iniciativa de Carl Sagan. Foto: NASA. (DP)