Xavier Aldekoa: «El error es una oportunidad para llegar a entender las cosas»

Fotografía: Énkar Neil

Emite señales desde un planeta lejano del que, dicen, es un lugar tan vasto como extraño. Salvo en las mesetas nororientales, semeja una gran concavidad en cuyo interior corren ríos y se desploman cascadas. También hay lagos, pantanos, albuferas y, aunque cueste creerlo, auténticos mares bajo miles de dunas. En la superficie puede faltar el agua pero no el wifi, y no es difícil ver rifles automáticos en manos de hombres sin más vestimenta que un pigmento ritual. También hay mujeres que cubren su cuerpo con lodo para protegerse del sol, y otras que se sacuden el polvo de uranio de la ropa; el mismo que respiran. Las que faltan murieron antes de tiempo o, simplemente, huyeron. Llegar a toda esa gente, poner nombres y apellidos a los propietarios de anhelos y decepciones requiere de un viaje a través del espacio, y también del tiempo. Puede que sea esto último lo que ha vuelto gris el pelo de este millennial que anteayer estaba en Congo y acaba de aterrizar en Valencia. Lo hemos invitado a las jornadas organizadas conjuntamente por Jot Down y la Rambleta en las que reflexionamos sobre «el futuro que viene». Empezar con lo de que Aldekoa es catalán del 81, licenciado en Periodismo, corresponsal de La Vanguardia desde 2009, autor de tres libros y ganador de una extensa lista de galardones es una fórmula tan necesaria como carente de sentido cuando hablamos de alguien que se dice «reportero en África». La sala está a rebosar y observa a un hombre que espera paciente en su rincón del sofá. El tiempo pasará volando.

Antes de empezar, ¿quién es Javier Morales?

Aldekoa es el apellido de mi abuela vasca, con la que siempre he tenido una relación muy estrecha. Mi abuela materna, amama, como la llamo aún a sus noventa y cinco años, es de Areatza, un pueblecito en las faldas del Gorbea y es una mujer fuerte. Se quedó huérfana de madre muy pronto y, como mucha gente de su generación, pasó hambre durante la guerra pero salió adelante y años después emigró a Barcelona. Yo siempre le decía que quería ser periodista y ella me animaba, así que cuando entré como becario en La Vanguardia fue algo así como confirmar todas aquellas conversaciones o sueños compartidos. La casualidad, o la desgracia, hizo que pocos días antes de que firmara mi primer artículo en el diario, justo cuando estaba a punto de conseguirlo, o al menos aquello creía entonces que significaba conseguirlo, se quedó prácticamente ciega. Así que cambiarme el apellido no fue algo estético o ni siquiera pensado. El jefe de la sección de cultura me preguntó cómo quería firmar y me pareció algo bonito firmar con su apellido, que era lo único que ella podía ver con una lupa. Ese fue el motivo. Y así se quedó.

«Corresponsal en África»: ¿por dónde empieza uno?

Es admitir una mentira desde el principio. Hablamos de un continente inabarcable en el que cabrían China, Estados Unidos, Europa, India… Es reconocer una derrota, porque para una sola persona es imposible cubrir un territorio tan extenso y tan diverso. Ante esa evidencia solo queda ser honesto y contar lo que uno ve allí donde va; ir mucho al terreno, mancharse las botas e intentar entender. Hace unos años tuve un debate con mis jefes sobre si tenía sentido establecerse en Johannesburgo —viví seis años en Sudáfrica— simplemente por firmar desde África. Al final acabamos optando por la figura de corresponsal itinerante; para recorrer diferentes países africanos. Creo que es una fórmula más honesta que hablar de todo el continente desde Johannesburgo sin moverse. Además, me da la opción de regresar a esos lugares desde los que informo.

Empezó muy joven, ¿no?

El primer viaje a África fue a los veinte años, así que llevo casi veinte recorriendo el continente y regresando a los sitios. Creo que eso le da un valor a mi trabajo. Regresar a esos lugares es imprescindible porque te permite sostener la mirada. Por otra parte, el interés por Johannesburgo y Suráfrica en general cayó tras la muerte de Nelson Mandela (diciembre de 2013) y el foco se movió a otros lugares: el avance del yihadismo en el Sahel y Nigeria; la situación en Somalia; el crecimiento económico de Etiopía o los avances sociales y democráticos en Senegal… Es en ese momento cuando planteo a los jefes del diario dejar Johannesburgo como base fija por un puesto más itinerante. Desde entonces voy a un sitio diferente cada mes.

¿Por qué África?

Siempre me ha llamado. Hay una anécdota que creo que lo ilustra muy bien. Somos cuatro hermanos y, cuando éramos pequeños, antes de ir a dormir, mi padre siempre nos contaba historias. No nos explicaba los cuentos típicos de La Caperucita Roja o El gato con botas, sino libros que él había leído y adaptaba para nosotros: El Lazarillo de Tormes, fragmentos de El Quijote, El viejo y el mar, Un capitán de quince años… Precisamente en este último hay una escena en la que se les rompe la brújula del barco y, creyendo que van a América, los protagonistas acaban en África. Mi padre se lo curraba y nos convertía en coprotagonistas de aquellos cuentos: los cuatro hermanos íbamos en el barco con el capitán adolescente; Blanca nos abría paso a machetazos en la selva; Iván escuchaba un león; mi hermano Dani se subía a un árbol y veía una jirafa… Todo aquello me fascinaba. También recuerdo ir a casa de mi otra abuela, Alicia, y leer mil veces un libro de animales africanos que devoraba año tras año. Poco a poco, ese exotismo infantil, la devoción por la fauna o la naturaleza, fue evolucionando hacia algo más humano, personal, social. Por otra parte, como periodista es imposible que te decepcione África: no solo está llena de historias sino también de gente que no se ve protagonista de lo que le ocurre.

Explíquese.

En otros lugares te encuentras a personas que quieren contarte algo que saben que te resulta interesante, y a veces incluso te quieren embaucar. En el continente africano lo que te encuentras mayoritariamente es a gente que no acaba de entender tu interés por ellos, aunque lo que les ocurra sea absolutamente extraordinario. Y esa gente no interpreta un papel sino que es real; si estás dispuesto a pasar el tiempo suficiente y escuchar lo necesario, es transparente. África está llena de dueños de testimonios que no se creen el invitado principal y están dispuestos a ponerte por delante del tiempo. Eso es un tesoro para el periodista porque esas personas suelen ser las más interesantes.

¿Encuentra respuestas o se le acumulan las preguntas?

Tras varios viajes te das cuenta de que, cuando llegas a un lugar de lenguas, claves y conductas distintas, describir solo lo que ves es una derrota. La única forma de evitar una desastre estrepitoso es escuchar, intentar comprender lo que está pasando y, con suerte, salir del país entendiendo un poco más. Ese poquito es lo que te hace darte cuenta de la complejidad del todo, por eso digo que siempre vuelvo con más preguntas que respuestas. Pero la clave es esa gente que me dedica su tiempo para explicarme su realidad. Yo soy periodista porque me dejan escuchar. Que todas esas personas me regalen tiempo para que yo entienda lo que ocurre, para explicarme códigos que se me escapan, eso, en sí mismo, es un regalo.

Usted habla de gente de la que la inmensa mayoría de nosotros no hemos oído en nuestra vida: hausas, tubus, bambaras, peulas… ¿Es imprescindible meterse en ese charco para descubrir África al común de los mortales?

Es básico, y lo notas en cualquier rincón del continente. Por ponerte un ejemplo, desde fuera siempre hemos contemplado el Apartheid surafricano como una cuestión entre blancos y negros, pero cuando estás dentro compruebas que un zulú y un xhosa no se siente cercanos el uno del otro aunque tengan el mismo color de piel. Es más, en el caso de los sotos (habitantes de Lesoto), estos llevan siglos de enfrentamiento con los zulúes o mejor dicho, de huida, porque históricamente huyeron a las montañas al verse perseguidos por la tribu zulú, cuyos guerreros provocaron el terror en la región. Y son diferencias que también encuentras entre la población local blanca. Recuerdo una vez que íbamos a Suazilandia en coche, se nos pinchó una rueda y vino a ayudarnos un bóer, un descendiente de holandeses. Acabamos cenando en su casa con su familia y, al preguntarles cuáles eran sus raíces familiares, el padre matizó diciendo que todos eran bóers puros menos uno: había un «inglés» entre ellos. Señalaron al novio de la hija pequeña porque él no era descendiente de holandeses sino de ingleses. Era un chico sudafricano de sexta generación pero a esa familia le daba igual porque también entre los blancos de Sudáfrica se siguen marcando esas diferencias. En cualquier caso, esa tremenda diversidad con la que te topas en África es riqueza. Los códigos éticos de los fulanis son fascinantes: su dignidad, su orgullo, su honestidad… Podría hablar también de los himbas, y de un montón de grupos más que me sigo esforzando por entender. La diversidad étnica del continente es fascinante porque cada grupo tiene códigos distintos y una historia que les ha marcado hasta el punto de que algunas cuestiones de actualidad, algunas rencillas o formas de actuar, solo se entienden si se conoce su historia como pueblo.

Y luego hay que contarlo. ¿Hay algunas líneas generales que nos ayuden resolver ese rompecabezas? En el caso de Oriente Medio, podríamos hablar de chiítas y sunitas; de árabes y los que no lo son, por poner dos ejemplos. ¿Cuáles serían unos ejes básicos para empezar a explorar África?

Depende del sitio, pero no hay unos ejes demasiado claros porque es un continente enorme. Por ejemplo, en el Sahel el avance del yihadismo está marcando unas diferencias, pero más que de religión hablaría de pura agresión de los fundamentalistas hacia el resto, se trate de musulmanes que no comparten ese rigorismo o de cristianos. A lo mejor puedes ver unas líneas, como la que divide Sudán y Sudán del Sur, que coincide con la división entre musulmanes y cristianos: los primeros son árabes y viven en ciudades más desarrolladas que los del sur, y eso también bebe de la historia, más en concreto de la del antiguo Egipto, cuando «Sudán» era sinónimo de «esclavo». Lo puedes ver en Mauritania, donde la esclavitud sigue estando aceptada de puertas adentro.

¿El islam sería una de esas fallas? Además del Magreb, donde es evidente, me refiero a países como Nigeria, con población cristiana y musulmana.

Es una de muchas, pero sí que tiene su peso. Quedarse en eso es injusto porque, a menudo, no es solo una cuestión de religión y hay otros factores, como haber sido colonizados por Francia, Reino Unido u otra superpotencia, o no lo fueron prácticamente como en el caso de Etiopía; si se vieron envueltos en las dinámicas destructivas de la Guerra Fría como Angola o Mozambique; si tienen recursos minerales codiciados por potencias o si China es parte estructural de sus relaciones económicas o no. En el caso de Nigeria que comentas, la religión sí es una falla sobre la que vehicula el país. El sur de Nigeria, de mayoría cristiana y animista, está muchísimo más desarrollado porque el poder históricamente, y más aún desde que llegaron los blancos, ha estado concentrado ahí y se ha olvidado un poco al norte, de mayoría musulmana. En el sur, donde también hay mucha desigualdad, hay carreteras, edificios y puentes, mientras que en el norte la escasez es mucho mayor, apenas hay infraestructuras básicas y hay millones de niños sin escolarizar. Desde el norte siempre se ha visto con recelo cualquier intento de acentuar aún más esas diferencias económicas. Y eso explica muchas cosas.

Dígame una.

El germen de lo que ocurre hoy con el grupo yihadista Boko Haram, por ejemplo, nació de esa sensación de agravio. Es cierto que es una región donde ha habido califatos históricos como el de Sokoto, fundado hace doscientos años, o guerras santas fulani en el siglo XVII, pero el detonante de lo que ocurre hoy fue la desigualdad y la sensación de los poderosos del norte de que les estaban dejando fuera de juego. Sin ir más lejos, las demandas independentistas de la región de Biafra a finales de los años sesenta, en un sudeste lleno de petróleo recién descubierto, provocaron que los musulmanes más poderosos del norte reaccionaran al ver peligrar sus privilegios. Y su reacción fue más islam radical, abrazar las diferencias para ganar a los tuyos para tu causa. Es entonces cuando más crece el fundamentalismo en el norte como reacción a esas demandas independentistas. Se aplica la sharia en varias provincias y se empiezan a cometer abusos a los que estamos acostumbrados a ver por parte de los islamistas antes incluso de que llegara a escena Boko Haram. El islam es una línea más de entre muchas en el continente, pero la principal, la que marca la pauta, es la que divide a los que tienen el poder y a los que no. La religión, la nación, la historia son a menudo refugios para los desesperados, y de eso se valen los poderosos. No solo en África sino en cualquier otro sitio.

Según le escucho se me amontonan las preguntas a mí también. ¿Por qué sabemos tan poco de África? ¿Es por falta de interés de los medios?

Yo creo que sí interesa, otra cosa es que los medios de comunicación no le presten la atención que merece. La clave está en la influencia, hay que preguntarse cómo influye la información africana en el resto del mundo. Un tuit de Trump o unas declaraciones incendiarias de un ultraderechista en Europa tienen más influencia que una matanza de doscientas personas en Sudán del Sur. No hablo de importancia ni de una cuestión de distancia física o, como decían en la facultad, del «kilómetro sentimental». La información que nos llega se centra sobre todo en lo que afecta a Occidente. Que unos yihadistas secuestren a unos occidentales en una chocolatería de Australia, a miles de kilómetros, tiene un impacto mayor en nuestro miedo porque nosotros nos reconocemos en esos secuestrados; podríamos ser ellos. África siempre pierde en esa lucha por la influencia, y también en el impacto porque muchas veces no hay cámaras. Recuerdo que unos días antes de los ataques a Charlie Hebdo en París, Boko Haram había matado en cinco días a más de dos mil personas en unas aldeas de la orilla nigeriana del lago Chad. Aquello apenas trascendió, no había imágenes. Mientras tanto, en televisión, podíamos ver escenas sin parar de los yihadistas por las calles de París y de las manifestaciones de repulsa, con miles de enviados especiales de todo el mundo en las calles de Francia, en ese mismo momento había miles de personas que huían a la desesperada por el lago sin que hubiera una sola cámara o un periodista para contarlo. Estamos hablando de cientos de personas asesinadas a sangre fría, de cientos de niños ahogados en su huida. Lo sé porque me lo contaron, semanas después, decenas de personas que estaban allí. Dicho esto, a nivel del público general, sí que creo que hay un interés en lo que ocurre. Probablemente no es un interés mayoritario, como tampoco creo que sea mayoría quien se interesa por la información internacional, pero sí hay mucha gente a la que le interesa lo que ocurre en África. Mi sensación es que cada vez más.

¿Dónde lo nota?

En el público. En la respuesta que han tenido mis primeros libros, por ejemplo, sobre todo el primero, que fue una sorpresa tremenda para la editorial. Hay un público que agradece que se le cuente África desde el terreno. Al fin y al cabo son mil trescientos millones de personas, infinidad de culturas, y también gente que vive muy cerca. Somos vecinos y creo que podemos aprender los unos de los otros. No se trata solo de tender puentes, también de atreverse a cruzarlos. Cuando me metí en esto ya sabía que quizás mis reportajes jamás interesarían como los de Nueva York o París, pero aspiro a que la gente que se interesa por África obtenga algunas respuestas.

Ser prácticamente el único informador extranjero en un país subsahariano elimina a la competencia: ya no hay que pelearse con los colegas para vender una historia. Por otra parte, la responsabilidad hacia la información parece mucho mayor cuando se pierde esa «coralidad» informativa. ¿Está de acuerdo?

Siempre digo que lo peor de África es que no interesa a los medios y lo mejor es que no interesa a los medios. Acabo de pasar dos semanas en Congo. Le dije a mi jefe que no tendría cobertura en siete días y me dijo que no había problema, pero eso se lo dice el de Nueva York y le da un ictus. Este factor me permite trabajar con otros tiempos, y también asomarme a cuestiones que me parecen interesantes y para las que la paciencia es imprescindible. A menudo se necesita tiempo para hacerse invisible, para que los protagonistas de las historias se olviden de tu presencia o las respuestas se hagan más profundas. Ese tiempo es necesario para explicar algunas historias. Respecto a si la responsabilidad es mayor cuando uno se convierte en el único canal de transmisión, creo que no es distinta a la que los periodistas tenemos siempre. Hay que ser honesto y contar las cosas con el mayor rigor posible, estés en Uganda o en Valencia; seas el único o haya mil periodistas a tu lado. El rigor es una exigencia individual. En cualquier caso, yo pocas veces cubro actualidad. En este último viaje he hecho una historia en Congo bastante atemporal gracias a la libertad de la pausa.

¿Puede adelantar algo?

El fotógrafo Alfons Rodríguez y yo llevábamos ocho meses detrás de esa historia, buscando introducirnos en un grupo rebelde en la selva del este de Congo. Sabíamos que el general al mando tenía a dos niños soldado de doce años como guardia personal. Ha sido complicadísimo llegar porque había problemas de seguridad, y el tipo no se fiaba y nos cambiaba constantemente las fechas. Tuvimos que cambiar los vuelos hasta cuatro veces. Una vez allí, ocurrió eso que pasa a menudo en estas coberturas: parece que nada va a salir bien al principio, pero al final, no sabes muy bien cómo, las piezas acaban encajando. Era un sitio muy inaccesible; fueron seis horas de coche, luego otras dos en moto porque habían bloqueado las carreteras con árboles, y después tuvimos que continuar a pie varias horas más. El trato era que teníamos que llegar a un punto concreto de la selva y allí alguien saldría a nuestro encuentro. Aquello era una puta locura: estábamos andando y nos decíamos: «¿Y ahora qué?», ¿hasta dónde andamos?». De repente empezaron a aparecer tipos armados por todos lados. Un tipo se colocó delante de nosotros con los ojos como platos, parecía drogado o borracho, y levantaba una kalashnikov como si fuera una ofrenda. El tipo no se movía ni pestañeaba. Nos miró fijamente y supongo que dio su visto bueno porque a partir de ahí empezamos a andar todos en fila, a toda pastilla. Si salíamos a un claro donde había una aldea y se me ocurría saludar a alguien me pegaban unos gritos tremendos. «¡No saludes a nadie, no sabes quiénes son!», nos decían.  

Siga, por favor.

Al principio no sabíamos qué acceso real tendríamos para hablar con ellos porque todo debía tener el visto bueno del general y, por teléfono, solo había accedido a hablar él. Pero con el paso de los días pudimos no solo hablar con los milicianos, sino también con los niños soldado. Ayudó que los mandos estuvieran borrachos prácticamente todo el día, y que el general se pasara el rato bebiendo y follando, y no nos controlara demasiado. Es lo que decía antes de la necesidad de volverse invisible. Tras varios días dejó de importarles tanto nuestra presencia y eso nos dio la posibilidad de hablar con los chavales y con los demás tipos.

¿Qué descubrió?

Entre otras cosas, fue interesante ver lo inmensamente cutre que es la guerra en algunos puntos de Congo. Uno de los guerrilleros llevaba siempre un gorro de oso de peluche de la cabeza; otros llevaban camisetas del Barça, calzaban chancletas y tenían armas prehistóricas. Pero que sea cutre no significa que no sea un drama. Un  grupo rebelde  formado por los genocidas huidos de Ruanda, el FDLR, les habían atacado de una manera brutal, y ellos decían que habían creado ese grupo rebelde para defenderse. Algunos de aquellos niños habían visto cómo habían matado a su padre, al de uno en concreto a machetazos. El general insistía en que no había reclutado a aquellos niños a la fuerza, decía que los había protegido, y quizás hasta hubiera una parte de verdad en aquello. Es duro porque la vida de esos niños era un infierno, pero la situación es tan jodida que esos chavales, una vez sus padres habían sido asesinados, no tenían otro sitio a donde ir.

«¿Qué demonios hago yo aquí?» es una pregunta que le rondará la cabeza a menudo, ¿no?

Bueno, es una pregunta que normalmente te haces cuando las cosas van mal, no antes. Pero es una sensación extraña: cuando pienso qué narices hago ahí, sobre todo por lo que puede salir mal, al mismo tiempo soy consciente de lo vivo que me siento cuando busco historias, de lo mucho que me gusta este oficio. Creo que la vida no consiste en ponerlo todo sobre una balanza de calma, en buscar la ausencia de riesgos o el punto de seguridad aceptable, sino en sentir las cosas en su plenitud. También hay un punto importante de compromiso con lo que estoy haciendo. Yo sí me creo este jodido oficio. A mí me gusta trabajar en África y me esfuerzo en contarla lo mejor que sé, y en hacerlo, además, de una forma honesta y equilibrada. Al menos lo mejor que pueda. Me preocupa informarme bien, preparar bien los temas o hacer las preguntas adecuadas. Me obsesiona comprobar los detalles y quiero que los textos estén bien hechos, bien escritos, que tengan voluntad de perdurar. Como dice el maestro Alfonso Armada: como si, de alguna forma, la belleza de las palabras pudiera devolver la dignidad a lo que ocurre. Otros factores como la seguridad, el dinero, la fama o la visibilidad son secundarios para mí o directamente no tienen ninguna importancia. He recibido ofertas para trabajar en otros sitios, en la redacción o en secciones distintas con condiciones mucho más cómodas en todos los sentidos, pero las he acabado rechazando. El compromiso con el oficio pasa por mantenerse, por perseverar para poder contar con honestidad tanto la historia de los niños soldado como que el continente está creciendo mucho tecnológicamente, las tradiciones de los himba o los fascinantes claroscuros de Ruanda.

¿En qué proporción se reparten el compromiso y la adrenalina?

Es que la adrenalina no es un factor clave en mi caso. Estos días en Congo lo pensaba: mientras caminaba por la selva, entre unos paisajes brutales, me repetía a mí mismo lo afortunado que soy por poder hacer este trabajo, lo mismo que cuando esos chavales me cuentan su historia. Yo no lo haría, en su lugar no contaría a un desconocido la putada que supone haber nacido en esa aldea de África rodeado de armas y violencia, ni tampoco lo genial que pueda haber en mi vida. Esa confianza que te dan es un auténtico regalo que te hace sentir vivo. Una vez pasé quince días en una aldea himba en el norte de Namibia. Simplemente planté la tienda junto a sus chozas y compartí varios días con ellos. Aquello fue brutal, y son cosas como esa las que me llenan, en ningún caso la adrenalina. Yo no soy corresponsal de guerra, ocurre que en África hay armas y a veces te toca estar cerca de ellas, pero a mí lo que me interesa son los africanos.

En Indestructibles (Península, 2019), su último libro, dedica un capítulo a las rutas migratorias en África en el que encontramos aristas que quedan ocultas en el flujo informativo generalista. Es todo mucho más complejo de lo que creemos, ¿no?

Es un capítulo con subcapítulos en el que cuento una cobertura de varios meses que hice con los fotógrafos de Ruido Photo siguiendo la ruta migratoria desde África del oeste hacia el norte, rumbo a Europa. Era un intento de ir más allá de las cifras y estadísticas, y también incluso de los propios migrantes. Hablo del traficante que hasta hace poco llevaba sal o mercancías por el desierto y que, de repente, empieza a ver que vienen muchos «negros», como los llaman ellos, y acaba cambiando de trabajo para transportar a seres humanos por el desierto. Queríamos ir más allá del fenómeno de la migración como movimiento. La migración africana también es la abuela que lleva tres años sin saber de su nieto y lo da por muerto, o el niño que idolatra a su vecino porque llegó a Italia. O el del único vecino de la aldea que tiene móvil y a quien le toca darle la noticia a una madre de que su hijo se ha ahogado. El proyecto, y el libro en general, es un esfuerzo por buscar el componente humano más allá de los números. No podemos olvidar que el amor es una razón mucha más poderosa que el dinero para migrar. La mayor parte de las veces, la gente se mueve para mejorar la vida de los suyos más que la propia, y eso es algo muy evidente en África. Desde esta orilla del Mediterráneo, atravesar un desierto y un mar, saltar vallas se nos antoja como algo en las antípodas de nuestras posibilidades, pero lo entendemos enseguida cuando comprendemos que se hace por amor a los tuyos. La mayoría lo haríamos si de ello dependiera el futuro de nuestros hijos o el bienestar de nuestros padres o la libertad de nuestros hermanos. Ahí es donde nos reconocemos. Otra reflexión que tenemos que hacer es cuál es nuestra responsabilidad en todo esto. Las farolas y luces de París se enciende con el uranio de Níger. ¿Qué porcentaje se llevan los nigerinos de esa extracción? No es justo.

También sugiere que puede morir más gente en el desierto que en el mar.

Nadie lo sabe a ciencia cierta. La OIM asegura que sí, lo que pasa es que es imposible saberlo porque todos los que caen de uno de esos vehículos en marcha, o los que mueren en algún accidente, quedan enterrados por la arena a las pocas horas. Sí que es verdad que, debido a la externalización de las fronteras europeas, cada vez hay más muertos. Cuando pedimos a Libia, Argelia o Níger que gestione ese tráfico, o que directamente lo detenga, se crean más controles; las rutas son aún más largas y eso implica que, cuando el chófer intuye que le pueden pillar, abandona a su pasaje en mitad de la nada. Todos los que atraviesan el desierto te dicen que ven cuerpos por el camino. Por otra parte, hay migrantes que se niegan a creérselo, dicen que la OIM simplemente busca meterles miedo para que no emprendan la travesía. Ocurre también que el desierto no es la peor etapa. Muchos acaban vendidos como esclavos en Libia, o torturados mientras les pasan un teléfono móvil para que llamen a su familia pidiéndoles un rescate. Conocí a un chico que se negaba a darles un número —no quería que pidieran a su mujer un dinero que no tenía— y le partieron todos los dientes hasta que finalmente accedió a llamar. Casi lo matan. Hay gente, verdaderos hijos de puta, que se está haciendo de oro a costa de ese vacío que hemos creado entre todos.

Según como se mire, los traficantes son gente que ofrece un servicio que no sería necesario de no estar cerradas las fronteras.

Si hubiera una fórmula legal y organizada, no sería necesario su papel. El descontrol facilita que haya abusos, y también que las personas sin escrúpulos se aprovechen de situaciones así. Además, la palabra «traficante» es nuestra, y relativamente moderna. Allí, en zonas como Agadez, en el norte de Níger, se les llama passeurs porque siempre han existido caravanas que atraviesan el desierto, y gente que las guía. El transporte de mercancías y personas era parte de la economía de esa zona en la que se atraviesan países sin visados pero, de repente, ese tránsito se convierte en algo ilegal.

Hablamos de «refugiados» y «migrantes». ¿Es posible trazar una raya tan nítida entre ambos?

Más allá de los conceptos de derecho internacional, hay mucha trampa en esa distinción. Es como si unos tuvieran más derechos que los otros. Creo que la distinción nace, o se acentúa, con Aylan, el niño kurdo que encuentran ahogado en una playa turca. Ahí es cuando se empieza a hablar de «refugiados». Nos reconocemos en ellos cuando vemos que los sirios visten como nosotros, que usan teléfonos como los nuestros…. Ahí se deja de hablar de «migrantes», que para nosotros eran los africanos subsaharianos que llegaban en cayucos desde Canarias, y se empieza a hablar de «refugiados», como si estos tuvieran más motivos para venir que los otros. Como si huir de una guerra mereciera compasión, pero no así la pobreza o la ausencia de futuro. Al final, ¿dónde ponemos la línea?, ¿por qué lo hacemos?, ¿es para conseguir que vengan unos y no otros?, ¿cuál es la vara de medir?, ¿hay que esperar a que se mueran de hambre para dejarles pasar?, ¿a que no tengan futuro? Mucha gente con la que me he cruzado en África me decía que trabajaba y le llegaba para dar de comer a su familia, pero que también querían que sus hijos estudiaran. ¿Dónde trazas entonces las líneas para permitirles o no la entrada?

¿Abrir las fronteras ayudaría a acabar con este drama?

Probablemente estemos en unos de esos momentos históricos en los que hacen falta líderes valientes, pero hay escasez de ellos. Es un debate complicado para el que no valen discursos fáciles; ni el discurso del miedo de la derecha, para conservar lo que tenemos, de cerrar fronteras a cal y canto y punto, porque la propia demografía de África acabará haciendo que la gente supere cualquier valla, por muy alta que esta sea. Tampoco vale el discurso facilón de parte de la izquierda de abrir las fronteras o eliminarlas directamente. Los problemas son complejos, se necesitan políticas con todas las letras, con compromisos y cesiones, y ahí es cuando se echa en falta a los líderes de verdad. Hay que explicar las cosas a la gente sin miedo pero con responsabilidad.

También hay que poner propuestas concretas sobre la mesa.

Antes decía lo de ver la situación como una oportunidad, quizá estableciendo ciertas cuotas. La mayoría de esta gente migra para mejorar la vida de los suyos, y no la suya propia. Es una cuestión familiar. La gente no asumiría esos riesgos si solo fuera por una aspiración propia, al menos no la mayoría. El amor es el motor más fuerte en la historia de la humanidad, y ese amor es el que te hace regresar siempre a casa con los tuyos a no ser que haya una guerra o una situación extrema. Cuántas veces he escuchado de boca de un migrante que solo quiere trabajar unos años en Europa para después volver a casa. Aprovechar esa fuerza y esa pulsión natural por volver es fundamental. De hecho, China ya lo está viendo como una oportunidad. Me da la sensación de que no se han explorado varias alternativas por falta de voluntad y de valentía. A lo largo de la historia los países occidentales han sido capaces de reunirse para repartirse África, de montar bancos mundiales para prestarse dinero, de crear alianzas para luchar juntos y construir mecanismos complejísimos para defender sistemas financieros globales. Pero todos se echan las culpas los unos a los otros por la falta de un acuerdo para defender las vidas de un puñado de africanos que se ahogan en el mar.

Habla usted de la demografía africana: mil trescientos millones hoy, y el doble en 2050. ¿Realmente se exagera el efecto «llamada»?

No todos quieren venir, y la gran mayoría, en torno a un setenta por ciento, se mueve entre países africanos como Etiopía, Nigeria, e incluso Congo, que sigue atrayendo inmigración a pesar del desastre. El componente demográfico es claro, pero siempre se aborda la cuestión africana desde el miedo, y no desde la oportunidad. Europa envejece y, además, se nos olvida que las sociedades que más se han desarrollado a lo largo de la historia han sido las basadas en sociedades de migrantes. Hablamos de gente que quiere tirar adelante, y eso empuja la economía. La vitalidad que veo en África, la iniciativa que veo en las calles, en los negocios… Nadie parece darse cuenta de esos factores porque el discurso es siempre el del miedo, el del temor a que nos quiten lo que tenemos. Es algo perverso y creo que, lejos de solucionar el problema, solo nos llevará al desastre.

África es también la tierra de las oportunidades para ciertas ONG. ¿Cómo lo ve?

Creo que si entonces hubieran existido ONG, la Revolución francesa no habría ocurrido jamás. Las sociedades muy machacadas, basadas en mecanismos de poder injustos, necesitan ese punto de combustión para exigir esos derechos de los que les privan sus gobernantes. Las ONG no son la solución, sino que mantienen un sufrimiento crónico pero soportable. Eso no es positivo, como tampoco lo son los sueldos hiperinflados de algunas de ellas, los proyectos que no sirven para nada… Suceden escenas pornográficas como en Congo, donde hay una importante y carísima misión de Cascos Azules y se sigue matando a gente a diez kilómetros de sus bases. He visto cosas parecidas en Sudán del Sur, donde violaban a mujeres a cien metros de una base de la ONU. Todas las víctimas decían que los Cascos Azules se habían replegado y escondido al ver que había problemas.

No obstante, en la cuestión de la cooperación hablamos de un tema tan grande, de una dimensión tan descomunal, que difamar me parece muy peligroso. También hay gente que se la juega, y que dedica su esfuerzo, su dinero y su futuro a ayudar a mejorar la vida de otra gente que sufre. Hay personas que vivirían mucho más tranquilas en Occidente, ganarían mucho más y deciden dejarlo todo y ayudar. He visto cosas que no me han gustado nada, obscenas; gente cobrando seis mil y ocho mil dólares al mes sin hacer prácticamente nada, cobrando un dineral mientras entrega un puñado de comida a otras personas que se muere de hambre en Níger o Sudán del Sur. Pero también he visto a gente haciendo traqueotomías con pomos de puertas en República Centroafricana, desesperados por salvar la vidas mientras se jugaban la suya, y a cooperantes que se meten hasta el hueso de epidemias en Sierra Leona para salvar a miles de personas. Por eso digo que difamar es inapropiado. Pienso en los religiosos que me encuentro en África. Hace poco conocí a un salesiano, Honorato, que llevaba treinta y ocho años en Congo. Eso significa que, cuando ocurrió el genocidio de Ruanda y entraron millones de personas, epidemias de cólera, etc, se quedó; cuando empezó la guerra de Congo, se quedó. Que hay cosas que no se hacen bien está claro, pero es injusto generalizar. Hay ONG con las que siempre me topo en zonas muy complicadas. También es verdad que en Goma, Nairobi o en Yuba hay un exceso de ellas porque es fácil llegar allí: hay un aeropuerto internacional, ahí pones tu tirita, ya tienes tus donantes y te montas un tinglado. A medida,que te alejas empiezas a ver a pocas ONG. A Médicos Sin Fronteras, por ejemplo, los ves siempre en la avanzadilla, en lugares jodidos. Eso no quiere decir que se lo compro todo. Me he encontrado con tipos despreciables ahí, pero también con otros de quitarme el sombrero.

Desde las más altas instituciones europeas se ha llegado a acusar a la flota humanitaria de rescate de formar parte del tráfico de personas.

Me parece obsceno acusar a gente que pone por delante los derechos humanos y la humanidad. Existe una obligación de socorro y rescate en alta mar que es prioritaria, y las ONG que salvan a gente están dando un ejemplo. No crean el problema sino que intentan mitigar el sufrimiento creado por otros factores, sea la explotación, la guerra o el hambre en el lugar de origen. Generalmente existen unas relaciones comerciales injustas que provocan movimientos de población que acaban empujando a la gente a jugarse la vida en el desierto o en el mar. Que miremos a estas ONG que salvan vidas y se les acuse de formar parte de la cadena del tráfico es obsceno. Si la Unión Europea tiene sentido es porque tiene unos valores cimentados sobre los DDHH y sin eso no queda nada de Europa.

Hablaba usted antes de China. Hay medio millón de chinos en África haciendo negocios. Igual es un modelo que debería explorarse más.

A China le dan igual los derechos humanos porque tendría que barrer mucho en casa, pero ha visto la oportunidad en África, y no solo en la extracción de materias primas sino en la propia economía local. Me parece una falta de visión por parte de Europa no aprovechar esos vínculos, tanto geográficos y lingüísticos como históricos en el caso de antiguas potencias coloniales, para aprovechar esa oportunidad de negocio. Por su bien y por el nuestro.

Pero China no corre el riesgo de tener que gestionar un flujo masivo de migrantes africanos a su territorio.

Más razón para que Europa aproveche esa situación y lidere el cambio. El impacto de unas políticas injustas y de la cronificación del abuso solo arrastrará más gente a jugarse la vida e intentar llegar a esta orilla del Mediterráneo, sea por desesperación o para buscar una oportunidad. Congo es el paradigma de la explotación: a finales del siglo XIX el rey Leopoldo II lo convierte en su coto privado y luego empieza a comerciar con esclavos, con marfil… A partir de ahí se crea una cadena de abusos que continúa con el caucho, cuando Michelin inventa el neumático. Más adelante, cuando hace falta cobre para las balas de la guerra mundial, el mineral también sale de Congo. Esa cadena de abuso llega hasta nuestros días con el coltán para los móviles, o el cobalto para la revolución de los coches eléctricos que han de llegar. ¿Con qué autoridad moral les decimos a los congoleses que se queden donde están cuando nosotros somos una parte clave de su subdesarrollo? Por supuesto también existe una responsabilidad de sus gobernantes, pero hay que recordar que, cuando Patrice Lumumba llega al poder justo después de la independencia y grita que la riqueza de Congo debe de ser para los congoleses, firma su sentencia de muerte. La CIA y los servicios de inteligencia belgas colaboran para detenerle y entregarle a sus peores enemigos para que lo fusilen. Sin una mayor repartición de la riqueza, sin un sistema más justo, la situación será insostenible.

Descolonización tampoco implica emancipación de forma automática.

Sin duda. Pienso en Mali, en cómo el país consigue su independencia y la gente está eufórica al principio, y en cómo se va apagando poco a poco la ilusión. La libertad no es un grito, es algo que hay que trabajar. Nada está garantizado, aunque tampoco me iría tan lejos. En Europa creemos que los derechos son para siempre una vez conseguidos, y luego resulta que no es verdad. Hay que luchar, protegerlos. El de África es un ejemplo clarísimo, llega la libertad pero hay que construirla, no solo proclamarla. El cambio del colonialismo a una manera más sofisticada de explotación en la que las multinacionales hacían tratos con gobernante corruptos. Siempre que alguien ha intentado cambiar esa relación podrida con la metrópoli ha acabado muerto o apartado. Thomas Sankara llega al poder en Burkina Faso con todos sus errores, pero intentando cambiar las cosas, y lo matan. Un caso parecido es el de Lumumba en Congo: llega al poder, intenta cambiar las cosas y acaba asesinado. Mandela tiene un poco más de suerte. Intenta cambiar las cosas y acaba pasando veintisiete años en la cárcel… Hay un interés por perpetuar una relación enferma con un continente que no solo acaba con su economía, sino también con las mentes de los locales, que acaban viendo al foráneo como alguien que viene a machacarle.

Los subsaharianos en nuestras calles tienen fama de ser honestos, buenos trabajadores y gente afable, bastante accesible.

El subsahariano es un ser humano social con toda la profundidad de ese concepto. En África se vive mucho en la calle. Cuando todo se derrumba, son esos vínculos sociales los que te protegen. En Sierra Leona, con el ébola, la situación tenía muchas más aristas que la meramente humanitaria. Había una cuestión económica, porque se habían cerrado las fronteras, las sanitarias porque había caído la red de salud; otra política porque incluso se pensó que se había contagiado a la gente de la oposición pero, sobre todo, estaba la cuestión social. Gente acostumbrada a tocarse, a abrazarse, tenía que alejarse de sus seres queridos cuando más les necesitaban… Eso provocó un terremoto social. Todo esa vida en la calle está muy arraigada entre los subsaharianos. Están acostumbrados a dedicar tiempo al otro, eso es importante. En África es habitual ir a por el pan y pararte dos o tres veces de camino. Ver al otro como alguien a quien necesitas cuidar es un concepto de sociedades que priorizan el contacto con los demás, donde el otro forma parte de tu vida.

¿Cómo prepara sus coberturas? ¿Viaja con una idea central en mente o deja espacio a la improvisación?

Leo mucho antes de ir a cualquier sitio y busco tejer una red de contactos sólida, pero la improvisación es básica. Más que dar espacio a la improvisación, que también, doy mucho valor al error. El error es una oportunidad para llegar a entender las cosas. Recuerdo una vez en la que estábamos en el delta del Níger (Nigeria), una zona reventada por el petróleo en la que ha bajado once años la esperanza de vida en medio siglo y tuvimos que hablar con un rey para que nos diera acceso para meternos en sus tierras, donde se habían producido un montón de vertidos de petróleo. Aquel paraíso estaba destruido. Que se encontrara petróleo fue más una maldición que algo que pudiera reportar riqueza para aquella gente. En un momento dado, notamos que la gente estaba enfadada y nos miraba mal. No sabíamos bien por qué, pero el ambiente se empezó a poner tenso de verdad. El que nos había organizado el encuentro nos dijo que era mejor que nos fuéramos, así que subimos al coche y salimos pitando de allí. Enfilamos por un camino de tierra rodeado de maleza y, de repente, empezó a salir gente de todos lados para cortarnos el paso; decenas de personas cabreadísimas que gritaban al conductor que parara el vehículo. Como no acababa de parar el motor, un tío se colocó delante con una piedra enorme encima de su cabeza y amenazó con atravesar el parabrisas con ella. Al final abrieron las puertas y nos arrancaron las cámaras de las manos. En ese momento no entiendes nada de lo que pasa; no sabes si te quieren robar, matar…

¿Cómo acabó aquello?

Al final, nos llevaron selva adentro hasta una casa y nos dejaron encerrados durante dos horas dentro del coche, rodeados de tipos que nos vigilaban. No hablaban con nosotros así que seguíamos sin saber qué estaba pasando. Fue un momento jodido, pero al final no pasó nada. Y, sin duda, fue una forma de poder entender todo aquel caos y la importancia de los reyes locales. Nos lo explicaron luego: había una disputa entre dos reyes por el control de la zona y teníamos el permiso de uno, pero no del otro. El rey ofendido y sus súbditos habían entendido como una afrenta que hubiéramos entrado en su territorio sin su permiso, solo con el del otro, su rival. Aquel mal trago nos permitió entender la importancia que tienen, en este caso, el territorio y la lealtad de su gente, que eran los que nos habían retenido al haber visto algo raro. No habría llegado a entender todo eso sin haber cometido ese error. Dejando a un lado los nervios de ese día, a mí me resulta fascinante acabar descubriendo realidades como esa.

¿Poner en valor lo que cuesta contar una historia como esa ayudaría a entender al público que hay que pagar por la información?

Marta Arias, compañera de la Revista 5W, dice que tardamos un mes en hacer una historia que se lee en un café. Es un poco así, pero creo que tampoco tenemos que aburrir a los lectores con nuestros problemas. Los bomberos, médicos, camareros, mineros o maestros también tienen sus problemas laborales y siguen peleando y haciendo su trabajo lo mejor que pueden. ¿Protestar y reivindicar? Por supuesto, pero no me parece bien abusar del altavoz que tenemos los periodistas para centrarlo todo en nosotros. Para mí es sagrado que en mi trabajo el protagonismo sea de la gente y de la historia. Eso es innegociable.

En sus libros sí se deja notar su presencia.

En los libros puedo utilizar mi figura como hilo conductor para contar una historia, pero siempre me preocupa muchísimo ese equilibrio. En los libros hay más margen, pero no tanto por el coste de la historia sino para entender su complejidad, para aportar información. En esa última historia en Congo, por ejemplo, un día estaba charlando de fútbol con uno de los niños soldado. Como me dijo que sí, se me ocurrió proponer echar un partido de fútbol alguna tarde y enseguida organizaron una pachanga entre niños soldado y alumnos de una escuela cercana. Al final del partido, charlando de nuevo con el chaval vi que estaba eufórico: me confesó que hacía tres años que no jugaba un partido. Ese detalle, que admitiera que no le dejaban jugar ni siquiera a fútbol, decía mucho de cómo estaba viviendo allí. De cómo el general que supuestamente le protegía, según él, les estaba robando la niñez. Y a detalles así no llegas tanto por las preguntas, sino por estar allí. La línea es muy fina, pero yo tengo a alguien en casa que a menudo me repasa los textos y me controla especialmente que mi presencia esté justificada para aportar algo. Me puedo haber pasado semanas escribiendo algo para que Julia, mi compañera, lo liquide no ya con un «yo mejoraría esto», sino directamente con un «esto no lo publicaría». A veces me pillo unas peloteras enormes, pero creo que es una suerte porque casi siempre tiene razón.

Kapuscinski decía eso de que «los cínicos no valen para este oficio». ¿Está de acuerdo?

Yo creo que el polaco se refería a que es necesario tener empatía y compromiso para escuchar a los demás, para mantener la pasión por regresar a los sitios y dar el protagonismo a los otros. La empatía no es una intención, es un esfuerzo diario y, si eres un cínico, no puedes generar empatía. Al menos no una empatía de verdad. En el periodismo, como en cualquier sitio, hay grandes hijos de puta. Los cínicos no valen para hacer bien este trabajo, pero el cinismo sirve para hacerse rico en este oficio, claro que sí. Si te arrimas al poder, si consigues ser un altavoz de influencia y te da igual todo, puedes ganar dinero porque te conviertes en alguien útil para los poderosos. Y más en días de trincheras como las de ahora. Pero si no eres un cínico y te crees este trabajo, el oficio te recompensa con creces porque te acercas a realidades imposibles. Ander Izagirre, uno de los tipos más nobles en este oficio, dice que es un curro que te da para comer, pero no para cenar. Si esperas hacer planes de futuro y pagar la hipoteca con tranquilidad, mejor tener una alternativa o tener una herencia a punto. De lo contrario estás jodido.

En su último libro describe al fotógrafo Kim Manresa como «alguien que usa su cámara para acercarse a la gente». ¿Cree que la norma bajo el neón de las redes sociales y el autobombo?

Kim es una persona extraordinaria. Es un tipo que se divierte en África y lo pasa bien en la vida. Diría que fue mi primer maestro. Yo al principio llegaba preocupado a África, obsesionado por entender aquello, por haber leído lo suficiente, por llevar suficientes contactos; nervioso por si había preparado bien las historias y que no se me escapara nada. Él se me plantó delante y me dijo: «Abre los ojos y mira». Me enseñó mucho, sobre todo que en este oficio hay que ser riguroso y trabajador, y que hay que madrugar, insistir y tener paciencia, tener compromiso con lo que haces y también que hay que ser lo suficientemente humilde como para saber que hoy todo ese esfuerzo también es necesario. Pero, sobre todo, hay que mantener intacta la curiosidad, preocuparse por el otro. Y hay que pasárselo bien. Kim se lo pasa bien en África. Y hay un montón de momentos jodidos donde te mantiene en pie esa sensación de que este oficio es un privilegio y te da la vida porque lo disfrutas mientras lo haces. Y eso me lo enseñó Kim, así que le debo no haber abandonado, probablemente. .  

Pero gente referencial como Kim parece no existir sin un perfil en Facebook o Instagram. Y se me ocurre más de un caso similar.

Las redes sociales sí que pueden tener ese efecto distorsionador, pero no creo que sea algo que perdure. Te exponen con todo ese neón pero, si tu trabajo es hueco, eso se apaga rápido. Es injusto porque mucha gente buena se queda en la sombra, pero la popularidad no te lleva a ningún sitio. Quizás las redes te pueden hacer despegar muy rápido, pero no llegas lejos si tu trabajo no lo merece. Para mí, las redes sociales son una herramienta más para dar salida a mis reportajes o buscar una relación más próxima con el lector.

Con ciento doce mil seguidores en Twitter, «Xavier Aldekoa» parece casi una marca. ¿Es imprescindible para sobrevivir en esta jungla?

En mi caso no ha sido algo buscado sino una forma más de resistir. Desde siempre, mi manera de trabajar ha sido sintiéndome bastante solo. Nunca he estado en plantilla en un periódico, siempre he luchado por lo que quería hacer y, para mí, las redes sociales han sido una herramienta más, como el acuerdo que tengo con La Vanguardia u otros medios. Forma parte de una estrategia coral en la que las redes son una parte más de un trabajo que me ayudan a poder hacer las historias en las que creo. Lo mismo que tengo una productora o los libros, las redes son una herramienta más. No son centrales ni alteran mi trabajo ni modifican mi visión.

Pero ayudan.

Sí, y te diría que a los jefes les importa porque un buen número de seguidores genera tráfico a esos artículos. Yo tengo la suerte de tener una compañera a quien las redes le importan una mierda, y que me baja mucho al suelo si pongo un tuit imbécil. Eso es importante porque es un espacio tramposo: el aplauso o la crítica en Facebook o en Twitter están vacíos. Por otra parte, no hay un filtro en las redes y supongo que sus focos te pueden llegar a deslumbrar.

Es usted un millennial que empezó en esto cuando el sector entraba en declive. ¿Cómo lo ha vivido?

Yo vi los últimos estertores de la buena época, fui testigo del final de todo aquello en compañeros que están en plantilla más que en carne propia. Cuando empecé en esto tardé dos años en publicar una historia de Tombuctú a base de insistir, y me lo pagaron mejor de lo que me pagarían nada después. Nunca he vuelto a cobrar tanto por un reportaje, y eso fue hace ya quince años. El periodismo en África ha sido siempre una lucha, a veces maravillosa y otras muy frustrante: pasas del «no quiero hacer nada más que esto» al «no puedo más» en cuestión de horas. Sé que cualquier día se acabará, pero esto, que suena muy tétrico, también te da una gran libertad porque cada vez que haces algo lo haces porque estás convencido. Que una cobertura salga mal es una posibilidad que siempre está ahí pero, con el paso de los años, la experiencia acaba aportándote seguridad porque ya sabes de qué va la historia. Sé que si se me cae la cámara al suelo y se me rompe van a ser muchos meses de números rojos. También hay coberturas que sé que no me van a salir a cuenta pero las acabo haciendo porque creo que hay que hacerlas. Desde siempre, y en todos los oficios, ha habido que asumir riesgos para hacer eso en lo que uno cree.

Parece una carrera de fondo con muchísimos obstáculos. ¿Se ve usted aún corriendo con cincuenta o sesenta años?

Ojalá. Para mí este oficio no es un sacerdocio, lo hago porque me gusta y porque existe un compromiso con lo que hago. Ojalá mantenga la ilusión, aunque, como te decía, hay veces en las que no puedes más. Conseguir pasta para los proyectos, gestionar los visados, convivir con desplantes, con recortes, ver que no salen las cuentas… Yo sé que mañana mismo me puede llamar el jefe y decirme que esto se acabó. Toda esta incertidumbre tiene consecuencias, sobre todo cuando tienes hijas, una compañera… A lo mejor te planteas combinar el trabajo con una vida normal, comprar una casa, hacer obras o, simplemente, enviar a tus hijas al colegio y es duro hacer vivir a la gente que quieres con esa incertidumbre constante. Hay una presión psicológica que pesa, y yo llevo así veinte años. Ese desprecio por el tiempo y el trabajo de los demás forma parte de una página oscura de la situación actual, pero no pretendo lamerme las heridas. Esa incertidumbre omnipresente es demoledora y afecta a los que no querrías implicar, pero estoy contento de cómo me ha ido. Y orgulloso de lo vivido. Miro hacia atrás y me siento afortunado por haber hecho este camino. Además, cuando regreso a África, me apasiona tanto que vuelvo a casa cargado de energía para seguir peleando.

¿Tiene alguna meta en particular?

Para mí el éxito es poderme dedicar a esto, o a algo parecido a esto, mientras me dure la curiosidad. Lo veo complicado, pero también veía complicado a los veinte años llegar a los treinta y siete como reportero. A mí me apasiona profundamente escribir. Tengo grabados en la memoria momentos de felicidad absoluta después de escribir un texto en el que, paf, como por arte de magia, todo cuadra y la historia queda redonda. Momentos y lugares donde escribí un texto y acabé riéndome a carcajadas o llorando como un imbécil por las líneas que acababa de escribir. Esos momentos de conexión interior son electricidad pura. Ser reportero en África es uno de los mayores regalos de mi vida porque me ha permitido vivir miles de experiencias absorbentes y conocer a seres humanos fascinantes. Ojalá pueda seguir haciendo lo que me gusta muchos años más.

¿Hay un plan B en el caso de que eso no sea posible?

De tener que optar por un plan B, supongo que me gustaría que el refugio estuviera cerca de los libros. Siempre he escrito como una consecuencia de mi trabajo como reportero, mis libros son extensiones de las historias que he conocido en África, así que ahora mismo no veo cómo separar esos dos mundos. Si se me permite, y ahora que no nos escucha nadie, por mí lo dejamos así unos cuantos años más.


Mandela y el general

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Hubo un momento histórico en que los más pesimistas temían, y no sin motivos, que la liberación de Nelson Mandela y las subsiguientes negociaciones para terminar con el régimen racista de Sudáfrica pudiesen provocar una reacción de resistencia violenta entre los más fieros defensores del apartheid. Los grupos más radicales de ambos bandos afilaban los cuchillos y de suceder, como algunos profetizaban, una escalada sangrienta de revanchas y venganzas, todo terminaría provocando una guerra civil a la que solo pondría fin el genocidio de unos o el genocidio de los otros.

Los ingredientes para el desastre total estaban en el cuenco, con el fuego encendido y el agua hirviendo a punto de desbordarse. Sin embargo, aunque hubo brotes de violencia, el estallido de aquella guerra total no se llegó a producir. En uno de esos giros imprevisibles de la historia, el apocalipsis fue evitado por las decisiones arriesgadas, pero firmes, de determinados individuos capaces de ejercer una honda influencia sobre sus respectivos grupos de seguidores. Nelson Mandela fue uno, y el principal, de esos individuos influyentes. Opuesto al conflicto abierto —pese a lo que algunos esperaban de él—, buscó una solución en el más antiguo modelo diplomático conocido por la raza humana: el cara a cara, el apretón de manos, la conversación abierta y sincera entre dos interlocutores que se miran a los ojos sin cortesanos ni misivas de por medio. La cercanía física para convertir al enemigo en adversario, al adversario en colaborador, y al colaborador en aliado. Eso fue lo que Mandela hizo con el general Constand Viljoen, quien era, sobre el papel, su enemigo y el principal obstáculo para una solución política que evitase el conflicto bélico.

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La mera acción de conversar no era fácil. Ni para Mandela, ni para el propio Viljoen. Ambos tenían detrás a mucha gente. El miedo, las ansias de revancha, la incertidumbre del futuro inmediato y el vértigo ante lo desconocido atenazaban al país. Y esas emociones hacían que la respuesta instintiva de muchas personas fuese la excavación de trincheras, la preparación de una fortificación tenaz ante la idea de que serán los otros quienes ataquen primero. Negándose a reconocerle al general la condición de enemigo, Mandela se acercó con la mano tendida y lo desarmó con su disposición al diálogo: usted tiene un problema, yo tengo un problema, todos en este país tenemos el mismo problema, así que lo más inteligente será intentar resolverlo entre nosotros dos primero, para después convencer a todos los demás sudafricanos de que las armas no son la respuesta.

John Carlin, que cuenta hoy esta historia en Mandela y el general, fue el corresponsal en Sudáfrica del diario británico The Independent entre 1989 y 1995, justo la etapa crítica de todo este proceso. Entrevistó al propio Nelson Mandela y se encontró también con el general Viljoen; esta última conversación sirve de punto de partida para la crónica gráfica de una de las transiciones políticas y sociales más peliagudas de las últimas décadas. El delicado equilibrio de la paz —no una paz social completa, pero sí la evitación de la guerra— dependía de pequeños gestos entre dos personas, y el relato de Carlin hace hincapié sobre el papel que juegan las personalidades individuales durante las crisis históricas; ese factor al que en otros tiempos se conocía como «la nariz de Cleopatra». Aunque todo suceso histórico es producto de muchas influencias, no cabe olvidar el importantísimo papel que puede jugar la voluntad de entendimiento entre líderes, entre personalidades que, pese al deseo de muchos de sus seguidores, se sientan en una misma habitación. Conociendo de primera mano las versiones de aquellos dos hombres aparentemente destinados a ponerle nombre a una matanza, Carlin recompone el relato de la «seducción» de Mandela hacia uno de sus antiguos carceleros, y de las renuncias que ambos tuvieron que hacer —renuncia al orgullo, renuncia a la revancha, renuncia al empeño por mantener el statu quo— para conseguir un acuerdo que pareció inverosímil hasta que, contra todo pronóstico, se produjo.

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Mandela y el general es una historia de película y visualmente sigue ese patrón gracias al magnífico trabajo gráfico de Oriol Malet, cuyos dibujos cuentan la historia con recursos propios del séptimo arte: modificaciones del encuadre, pausas, cambios de iluminación, y muchas secuencias donde la imagen, y no solo la palabra, transmite no solo información narrativa, sino también el mensaje filosófico subyacente. Esta aproximación cinematográfica no es casual; de hecho, muchas de las viñetas han sido construidas con proporciones similares a las de la gran pantalla: relación de aspecto 2.35:1, como en los famosos sistemas Panavision y Cinemascope, 19:9 y 16:10 como en el sistema widescreen, y hasta proporciones propias del film de 35 mm. El dibujo de Malet adopta el punto de vista de una cámara y la intención parece la de un director de cine; no solo se trata de retratar la acción, sino de elegir el plano idóneo para cada circunstancia: el plano que nos acerque a los personajes en momentos de diálogo e intimidad, el plano que nos aleje de ellos en sus momentos de soledad y reflexión, el plano que se amplía para extenderse sobre las multitudes y los paisajes.

La elección de colores, además de un trasfondo metafórico —dos colores predominantes para un país dividido en dos, más la irrupción del color rojo en momentos de violencia y en la aparición de símbolos totalitarios—, está pensada para conferirle al dibujo profundidad de campo; a veces un color está en primer plano, otro color en segundo plano, y aún otro en el fondo de la escena, reproduciendo las sutilezas del diferente enfoque de una lente sobre objetos que están situados a varias distancias de la cámara. Si alguien quisiera rodar una película tendría aquí un perfecto storyboard, porque no solo está la mencionada composición visual, sino el ritmo, la duración y estructura de cada secuencia. Así pues, Mandela y el general es una pequeña película de ciento veinte páginas con la que adentrarnos en los entresijos de una encrucijada histórica, a través de imágenes poderosas y evocadoras, y de la mano de alguien que estuvo allí y pudo hablar con los protagonistas.


Marginalia: el arte de joder un libro

Representación gráfica y medieval de la expresión «Que te la pique un pollo». Missa Domine quis habitabit (1542).

La gente que entiende la KALLAX de cinco por cinco ventanas como un altar moderno a la veneración de la celulosa, los aficionados a googlear «bookshelf porn» cuando nadie los ve, los psicópatas que ordenan por colores los lomos en la estantería y los que renuncian a utilizar un marca páginas por considerar que eso es lo más cerca que puede estar el ser humano de desvirgar un libro sin bajarse los pantalones, son también las mismas personas a las que les parpadea un ojo copiosamente ante la idea de realizar anotaciones a mano sobre una obra literaria.

Subrayar, anotar, apuntar o garabatear cualquier cosa sobre la página impresa tiene algo de maleducado y mucho de intrusivo, porque a lo mejor al autor no le hace tanta gracia que uno deje constancia en los márgenes lo que opina sobre su obra. Lo cierto es que la literatura parece ser el único medio que permite realizar este tipo de perversiones a la obra original, porque a día de hoy rotular sobre los cuadros para informar lo poco que nos gusta la paleta de colores no está muy bien visto, y hablar constantemente durante una película para decir obviedades es un don con el que la evolución solo ha bendecido a los septuagenarios y los youtubers.

Pero, al mismo tiempo, dentro del comportamiento aberrante que supone ensuciar la obra ajena existe una maravillosa paradoja: ¿qué ocurre cuando la marginalia (aquellas anotaciones al margen) sucede por culpa de la pluma de otro escritor de talento reconocido?

Mark Twain is in da house

Mark Twain, escritor, orador, humorista y caballero aficionado a vestir de blanco de pies a cabeza fue la pluma que según Ernest Hemingway marcó el punto de partida de toda la literatura estadounidense («Antes no había nada. Y no ha habido nada bueno desde entonces»). Y lo cierto es que a Twain, alguien que definió un clásico literario como «aquel libro que la gente elogia pero nadie lee», se le recuerda popularmente por firmar textos que se han acomodado entre las páginas más reverenciadas de la literatura americana: obras como Un yanqui en la corte del rey Arturo, El príncipe y el mendigo o Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las aventuras de Huckleberry Finn. Pero además de ser un escritor insigne, el padre de Tom Sawyer tenía otro tipo de don menos conocido por el público e igualmente fabuloso, era un extraordinario, y divertidísimo, garabateador de libros.

Twain llegó a acumular más de tres mil quinientos volúmenes distintos en su biblioteca, una colección que destacaba sobre la de cualquier otro bibliófilo por un hecho extraordinario: pertenecía a Mark Twain. Un dato muy importante teniendo en cuenta que el escritor afrontaba sus lecturas armado con un lápiz y la costumbre de rellenar los márgenes con notas, correcciones, divagaciones, apuntes o pullas graciosas para regocijo propio. La primera página del volumen Vidas paralelas de Plutarco inicialmente anunciaba «Traducido del griego por John Dryde y otros. Cuidadosamente revisado y corregido por completo», hasta que un Twain muy crítico con aquella localización decidió transformarlo en un «Traducido del griego a un inglés nauseabundo por John Dryde y otros. Cuidadosamente revisado y corregido por completo por un capullo».

Primera página de la copia de Vidas paralelas que tuneó Mark Twain.

Obviamente, la fiesta no acababa en Plutarco. Mark Twain también agarró la pluma para destrozar el libro Saratoga en 1901 de Melville De Lancey Landon. Comenzó retitulándolo como Saratoga en 1891 o los babeos de un idiota y rellenó muchos de sus márgenes con opiniones agradables sobre Lancey Landon: cosas como «este hombre es corto de entendederas», «estos son los gemiditos de un idiota», «esto lo ha robado de otro» o un «evidentemente a este canalla lo han echado a patadas del Hotel Claredon en algún momento» en una página donde se hacía mención a unas jóvenes aristocráticas de Claredon. Twain remataba el repaso haciendo una observación sobre una editorial que ninguneó a Lancey Landon: «Evidentemente existe gente con suficiente cerebro como para valorar este feto en la medida que le corresponde».

La marginalia de Mark Twain: dibujos, anotaciones e incluso una aguja para sujetar notitas.

El escritor también rebautizó un libro sobre la fauna africana titulado Wildlife and Fashlight como Las aventuras de un asesino. Debatió sobre la naturaleza de un supuesto dios, el cielo y el infierno en las esquinas de Voices of Doubt and Trust de Volney Streamer.  Apuntó en la autobiografía de Lew Wallace (el hombre que firmó Ben-Hur) un «El inglés de este libro es incorrecto y descuidado y su dicción resulta, como regla, de distinción estéril. Me pregunto cómo será Ben-Hur». Dibujó su jeta en la dedicatoria inicial de un libro (Birds of Eastern North America de Frank M. Chapman) que regaló a su hija. Y también corrigió y adecentó infinidad de páginas de diversos autores que consideraba que podían estar mejor redactadas, llegando a elevar las anotaciones al nivel de post-its: en la página 372 de su ejemplar de The Earth’s Bounty de Kate V. St. Maur cuelga desamparada una aguja que sirvió en su momento para sujetar un pedazo de papel con apuntes, un recurso casero para una época donde las grapadoras no estaban tan a mano.

Marginalia ilustre

A la hora de elegir libros siempre opto por aquellos que tienen un margen amplio por  página. No es tanto por amor a ese formato, por agradable que resulte, como por la facilidad con la que me permite apuntar a lápiz los pensamientos que me sugiere, las opiniones que comparto y aquellas en las que difiero o unos breves comentarios críticos. (Edgar Allan Poe)

La metamorfosis de Kafka anotado por Nabokov.

Vladimir Nabokov (autor de Ada o el ardor, Pálido fuego o Lolita) salpicó su copia de La metamorfosis de Franz Kafka de correcciones varias, apuntes personales e incluso dibujitos de insectos. No fue el único libro al que Nabokov le pasó la pluma, el literato también se tiró un par de tardes muy entretenido garabateando una puntuación para cada uno de los relatos del libro recopilatorio Fifty-five Short Stories From The New Yorker, 1940-1950, una tarea donde solo concedió sobresalientes a dos relatos: uno de J. D. Salinger y otro firmado por (esto se veía venir) el propio Nabokov. Jack Kerouac subrayó la frase «El viajero debe nacer de nuevo en la carretera» en las páginas de Una Semana en los ríos Concord y Merrimac de Henry David Thoreau, aunque la mayor revelación que suponía aquel ejemplar era descubrir que el caradura de Keouac había sacado el libro de la biblioteca pública y nunca se molestó en devolverlo. Graham Greene aprovechaba los márgenes de los libros de su gigantesca biblioteca como una especie de diario personal donde apuntaba ideas para sus novelas, diálogos y tramas o divagaba sobre política y películas. Christopher Hitchens asaltó las hojas de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald con una letra de médico que se puede intentar descifrar aquí mismo.

Watt de Samuel Beckett en versión beta.

El manuscrito original del Watt de Samuel Beckett es una maravilla que no solo está repleta de tachones y notas curiosas, sino también de decenas de dibujitos como aquellos que cualquier ser humano garabatea de manera natural mientras habla por teléfono. El ejemplar de El resplandor de Stephen King que poseyó Stanley Kubrick acabó rebozado en tantas notas del director como para ser considerado un laberinto en sí mismo. La afición de David Foster Wallace por escribir sobre libros ajenos también era digna de reconocimiento, porque sus copias de Jugadores o La Estrella de Ratner de Don DeLillo, The Man Who Loved Children de Christina Stead, Corre, conejo de John Updike, Los papeles de Puttermesser de Cynthia Ozick o Suttre de Cormac McCarthy nos llegaron con una sobrecarga tan acojonante de anotaciones y garabatos (Wallace llegó a pintarle gafas y bigote a la foto promocional de McCarthy) que casi podrían considerarse un género literario en sí mismo. John Adams, Sylvia Plath, Edgar Allan Poe y Oscar Wilde figuraron entre los amigos de pintarrajear divagaciones sobre lo ajeno.

La copia de El resplandor de Stanley Kubrick.

Uno de los ejemplos de marginalia más famosos y relevantes se encuentra en una antología de las obras de William Shakespeare. Concretamente, en el volumen que Sonny Venkatrathnam introdujo en la prisión sudafricana de la isla Robben de incógnito, forrándolo con dibujos del festival hindú Diwali y asegurando a los guardas que se trataba de una Biblia. Un libro que pasó de mano en mano entre los encarcelados y acabó formando parte de la historia cuando uno de sus lectores decidió destacar con un bolígrafo el pasaje que contenía la frase «Los cobardes mueren muchas veces antes de morir». El preso también apuntó el día en el que pintarrajeó la hoja (16-12-77) y firmó con su nombre: Nelson Mandela.

Nelson Mandela estuvo aquí.

El famoso último teorema de Fermat fue enunciado en los márgenes de una edición bilingüe de la de la Arithmetica de Diofanto. El anticuario Jeremy Parrott se llevó una alegría tras adquirir los veinte volúmenes del magacín All the Year Round editado por Charles Dickens y comprobar que estaban plagados de valiosas anotaciones, un descubrimiento que se calificó como una piedra de Rossetta de la literatura por ayudar a identificar la autoría de las diversas plumas que participaban en los escritos. La biblioteca de Walter White también se convertiría en objeto de culto literario por culpa de la numerosa marginalia con la que la regaría  su amigo Richard Porson, el que fuese ilustre descubridor de la Ley de Porson y también un hombre con un pulso tan fabuloso para la caligrafía (se decía que su letra natural era más hermosa que la impresa) como para inspirar la fuente de texto Porson.

George Whalley, un eminente profesor de la Queen’s University de Ontario, a la hora de hablar del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge aseguraba que «no existe nadie que haya acumulado una cantidad de marginalia en inglés (y probablemente en cualquier otro idioma) comparable en volumen, rango, sensibilidad, profundidad o alcance a la de Coleridge». No le faltaba razón, porque el lírico mentado había llegado a garabatear más de ochocientas anotaciones a las orillas de centenares de libros, manuscritos y poemas de todo tipo. Cuando los editores avispados se dieron cuenta del valor educativo de aquellos apuntes y optaron por recopilarlos, la demencial cantidad de material generado por el poeta les dio para publicar seis volúmenes diferentes.

Medieval warfare

Al margen de tanta anotación rubricada en los costados por los consumidores también existe otro tipo de marginalia: la que nace junto al mismo libro, aquella que es premeditada y surge de la voluntad del autor en lugar de ser parida por los futuros lectores. Dibujos, garabatos y textos con los que los creadores rellenan los huecos de sus páginas, un campo donde los manuscritos medievales destacan especialmente gracias a unos siglos XII y XIV repletos de márgenes ilustrados con personajes colgando de ramas, unicornios, espadachines en duelo o incluso bocetos de caligrafía. Entre 1425 y 1450, John de Arderne elaboró un compendio médico llamado Mirror of Phlebotomy & Practice of Surgery, un libro que el propio Arderne ilustró con mucha maña, salpicando sus páginas con dibujitos que iban desde lo didáctico (herramientas quirúrgicas, órganos del cuerpo o miembros amputados), hasta lo cómico (juegos de palabras convertidos en imágenes o un retrato de un Eduardo III de Inglaterra bizco) pasando por lo perturbador (penes cercenados en una cesta). En el caso de Ardene casi todo respondía a un fin preestablecido y la idea general era que dichos dibujos sirviesen o como  guía, o como apoyos mnemotécnicos para recordar con más facilidad las enseñanzas del volumen. A lo mejor en este caso concreto el autor resultaba un poco excesivo con sus bosquejos, porque por lo general hasta el lector más despistado no suele necesitar de cuatro ilustraciones diferentes para acabar de entender el concepto de «fístula anal».

Ilustraciones en la obra de John de Arderne.

El tema de los culos y los penes parecía resultar especialmente gracioso para un montón de artistas medievales encargados de decorar con florituras variadas los márgenes de los libros. Porque ese instinto animal y primario de dibujar pollas y guarradas similares sobre las superficies se convirtió durante aquella época en una especie de subgénero propio: un manuscrito titulado Romance of the Roses aprovechó el borde de una página para pintar un árbol de penes que una figura vendimiaba con dedicación y una cesta. The Vows of the Peacock contenía una ilustración de un grupo de intelectuales jugando al ajedrez muy distinguidos junto a un señor desnudo metiéndose un dedo en el culo y también colocaba en otra de sus páginas a una persona de flexibilidad extraordinaria tocando una vuvuzela gigantesca con el recto. Algunos códices deslizaron entre sus párrafos a señores mostrando el pito o insinuando filias extrañas y en la Biblioteca Mazarino se acomodan manuscritos bordeados con monos que alojan flechas en el culo. Y luego está lo de los conejos, esa es otra historia.

Breve muestrario de humor medieval inteligente.

Por alguna razón oscura, a varios artistas ingleses del medievo les dio por amenizar sus manuscritos con ilustraciones ornamentales de conejos. Concretamente, conejos de modales asesinos, criaturas despiadadas, bestias que empuñaban hachas, cercenaban cabezas humanas con espadas, agujereaban perros con flechas, apaleaban seres vivos e incluso participaban en justas cabalgando caracoles con rostro humano. Perfilar conejos asesinos pasó de ser una anécdota a convertirse en una tradición, un chiste que se había ido de las manos. Existían incluso ciertos antecedentes históricos al tema de guerrear contra los conejos: durante el gobierno del emperador Augusto en las Islas Baleares, un lugar donde hace tres millones de años existían conejos gigantescos, estos animales se convirtieron en una plaga tan salvaje en Mallorca y Menorca que la propia población le solicitó a los romanos que enviasen tropas para combatirlas.

Conejos asesinos en tu zona.

Un buen montón de años más tarde, en 1975, los Monty Python convirtieron en la película Los caballeros de la mesa cuadrada a otro conejo encantador en una bestia sanguinaria de dientes afilados: el legendario Conejo Asesino de Caerbannog. Aunque en ese caso los cómicos británicos no se habían inspirado en códices ignotos sino en una fachada famosa, la de Notre Dame, y más concretamente en una estampa esculpida sobre la piedra donde se podía ver a un caballero arrojando su espada y huyendo acobardado del ataque de un conejo. Hace diez añazos, en Wired elaboraron una lista de los peluches más geeks existentes en el mercado y el Conejo Asesino de Caerbannog en su versión de felpa (y con dientes afilados) se instaló en segundo lugar, siendo solo superado por una deidad antigua: el peluche de Cthulhu. Mucho tiempo antes, la marginalia medieval ya había precedido todo esto.


Afganistán aún existe

Lorena (izquierda) y Verbena (derecha), junto a sus colegas del Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Verbena Bottini.

(English version here)

Para Lorena Enebral Pérez, in memoriam.

El tipo realmente importante de libertad implica atención, y conciencia, y disciplina, y esfuerzo, y ser capaz de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas, una y otra vez, en una infinidad de pequeñas y nada apetecibles formas, día tras día. (David Foster Wallace, Esto es agua).

Primera parte: las leyes de la guerra

Habían ido allí para matarse los unos a los otros. Más de doscientos mil hombres de parte y parte, pertrechados con sables y fusiles, pistolas de arzón, bayonetas y unos cañones semioxidados que despedían un tufillo acre después de escupir su carga de plomo hacia los confines del cielo. Tras nueve horas de contienda, el balance no resultaba alentador: cinco mil muertos y veintitrés mil heridos se desangraban en el campo de batalla. El escenario era el pueblo italiano de Solferino. Corría el año 1859.

Henry Dunant, en cambio, no tenía intención de matar a nadie. La única razón por la que este suizo patilludo había acudido a Solferino era para tratar de entrevistarse con Napoleón III, quien además de capitanear uno de los ejércitos en liza era una suerte de influencer de la época predigital. (Dunant quería solicitar la ayuda del emperador para obtener concesiones en el norte de África, controlado aún por los franceses).

No tenía intención de matar a nadie, cierto, pero se topó de frente con la muerte. Y en vez de sortearla, se apresuró a movilizar a los ciudadanos de Solferino para atender a los miles de heridos y enterrar dignamente a los muertos. De regreso a su Ginebra natal, Dunant escribió un librito de apenas cincuenta páginas con el que cambió la vida de cientos de millones de personas: Recuerdo de Solferino. En él criticaba duramente la muy extendida costumbre de dejar que los soldados malheridos se pudriesen en el campo de batalla, para regocijo de invertebrados de cuerpo cilíndrico y aves de rapiña de toda clase. Aquel librito hizo furor entre las monarquías e imperios europeos de la época, que se miraron los unos a los otros con una mezcla de remordimiento y vergüenza. Poco después de su publicación, en 1863, se fundó el Comité Internacional de la Cruz Roja, precisamente con el objetivo de proteger y asistir a las víctimas de los conflictos armados. Un año más tarde, en 1864, se firmó el primer Convenio de Ginebra. Su principal disposición era tan sencilla como revolucionaria: los Estados firmantes se comprometían a recoger y cuidar a los heridos del campo de batalla, sea cual fuere su nacionalidad. Nacieron así las leyes de la guerra, conocidas también como Derecho Internacional Humanitario o Ley de los Conflictos Armados.

Avión del CICR sobrevolando las montañas en torno a Kabul. © Jose Serralvo.

Segunda parte: las reglas de juego Enebral

Cuentan en su barrio de Pozuelo —y no se trata de ninguna leyenda, el autor de estas líneas ha conocido a testigos presenciales de lo que a continuación se relata— que cuando Lorena Enebral tenía tres años se escapó de casa para visitar a un bebé recién nacido. El hijo de un vecino. Le acompañaba su primera y más fiel amiga, Andrea, quien rondaba su misma edad. Ambas iban desnudas. En cuanto cruzaron el umbral de aquel confiado vecino (la puerta debía estar abierta) alguien les advirtió que si querían ver al bebé tenían que entrar vestidas. Lorena se marchó a su casa a toda prisa, agarró unas braguitas de quién sabe dónde y regresó a ver al recién nacido. Su amiga Andrea aguardaba con paciencia en el jardín. Después de entrar al salón «casi» desnuda, hacer reír a todos los presentes y asomarse a la cuna, Lorena volvió a salir de allí enseguida, se quitó las braguitas y se las entregó a Andrea para que ella también pudiese entrar «vestida» a contemplar los pliegues de aquella criatura arrugada, aún más pequeña que ella. «Te toca», debió de decir mientras estiraba la mano.

Gracias a aquello, Lorena aprendió que le gustaban los niños.

Y aprendió a compartir.

La niña Lorena en los tiempos de Pozuelo. © Alfonso Enebral.

Andrea describe a Lorena como «un terremoto». Le gustaba disfrazarse, arrastrar a primos y hermanos de un tobogán al siguiente, y practicar todo tipo de deportes: voleibol, fútbol, hockey, béisbol. Al béisbol jugaban más de veinte personas a la vez, sin orden ni concierto. No había bases fijas, ni límite en el número de intentos para batear. Según Arancha, la hermana de Lorena, aquellos encuentros se regían por las «reglas de juego Enebral». Todo estaba permitido. El único requisito era divertirse lo más posible y reírse sin parar. Disfrutar de lo que la propia Lorena llamaba «la alegría de estar vivos».

Años más tarde, mientras trabajaba para el Comité Internacional de la Cruz Roja en Afganistán, Lorena —deportista incansable, exprofesora de aerobic— iba al gimnasio todos los días, nada más despertarse. Rubis Mena, una de sus mejores amigas, e ingeniera de Agua y Saneamiento en la misma organización, solía llegar cinco o diez minutos antes que ella. Sobre las seis de la mañana Lorena abría la puerta del gimnasio de un envite y entraba bailando, contoneando hombros y caderas, con los dedos índice de ambas manos izados hacia el techo, muñecas en vaivén, y esbozando una de sus infinitas sonrisas, cálidas como un fuego en inverno, holgadas como la línea del horizonte en un atardecer frente al mar.

De niña, Lorena empezó a jugar a la vida conforme a las «reglas de juego Enebral».

Y continuó haciéndolo hasta su muerte.

Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Thomas Glass.

Tercera parte: Afganistán aún existe

Aún existe, sí, pese que a veces es fácil olvidarlo.

Y es fácil olvidar que el país lleva casi cuarenta años en guerra.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) invadió Afganistán en 1979 y permaneció allí casi una década: hasta febrero de 1989. El conflicto entre la URSS y los muyahidines, «los que luchan por su fe», se compara a menudo con la guerra de Vietnam. Los muyahidines fueron para los soviéticos lo que el Viet Cong representó para Estados Unidos: un enemigo acérrimo e imbatible. Arabia Saudí y el propio Estados Unidos fueron los principales adalides de estos guerreros religiosos. El primero pretendía poner coto a la amenaza atea de la URSS, el segundo a la expansión comunista. A lo largo de aquel conflicto, ambos suministraron a los muyahidines billones de dólares en armamento, incluidos los infames misiles Stinger. Fue así como los afganos cayeron víctimas del más cruento (y certero) de los aforismos latinos: bellum se ipsum alet. La guerra se alimenta a sí misma. Para cuando Gorbachov anunció la retirada soviética del país, los muyahidines andaban matándose los unos a los otros y cometiendo masacres por doquier. Los talibanes fueron una reacción al caos imperante: su intención primigenia no era otra que desarmar a los muyahidines e imponer un poco de paz en Afganistán, que estaba virtualmente destruido tras el enfrentamiento con la URSS y las luchas fratricidas entre las distintas facciones afganas.

Poco a poco, los talibanes fueron haciéndose con el control de la mayor parte de las provincias. (Muchos civiles, hastiados de tanta violencia, les daban la bienvenida aun cuando no comulgaban con su agenda religiosa. La paz era más importante). Luego llegó Bin Laden, y el 11 de septiembre —lean La torre elevada, el genial ensayo de Lawrence Wright— y la enésima guerra: esta vez entre el gobierno talibán y una coalición internacional liderada por Estados Unidos. Aquel nuevo conflicto, y otros muchos entreverados con él a través de relaciones de causalidad sumamente complejas (e imposibles de esbozar siquiera en este artículo), comenzó a finales de 2001 y dura hasta nuestros días.

Afganistán aún existe y los afganos llevan casi cuatro décadas soportando la lacra de la guerra, pese a que otros conflictos más recientes hayan desplazado a este noble pueblo de los diversos productos electrónicos de pantalla plana con los que Usted, querido lector, se entera de una ínfima parte de lo que ocurre en el mundo. Afganistán aún existe, y cuando pensemos en los afganos, en cualquier afgano, deberíamos tomar en consideración al menos tres cosas:

  1. Que las guerras se luchan con armas y Afganistán no es uno de los países que las producen y se enriquecen comerciando con ellas.
  2. Que a lo largo de estas más de tres décadas de conflictos cambiantes, una miríada de naciones han decidido convertir las áridas montañas afganas en su patio de recreo. Rusia, Estados Unidos, Irán, Paquistán, Arabia Saudí y los miembros de la OTAN (incluido España) forman parte de los actores que, por tal o cual razón, han prestado su apoyo a alguna de las facciones en liza en el curso de los años.
  3. Que las principales víctimas de esta sucesión de guerras son los propios afganos.

Centro de Rehabilitación del CICR en Lashkar Gah. © Thomas Glass.

Desde hace dieciséis meses comparto mi oficina afgana con Ezat Gul, consejero jurídico del Comité Internacional de la Cruz Roja. Siendo adolescente, mientras un grupo de jóvenes de su misma edad jugaba al béisbol en Pozuelo, una bomba estalló en un autobús de Kabul. Ezat fue uno de los afortunados que salió con vida, pero perdió su brazo derecho. Acudió entonces a uno de los Centros de Rehabilitación Física en los que trabajaba Lorena Enebral hasta el día en que fue asesinada. Además de recibir una prótesis, Ezat recibió una oferta de empleo. En efecto, los centros a los que Lorena consagró su último año y pico de vida no solo cuidan a sus pacientes, sino que intentan reintegrarlos en la sociedad. Mi constante y disciplinado compañero de oficina aprovechó su primer empleo con el CICR para costearse la carrera de Derecho y convertirse en abogado de la organización que le había devuelto la esperanza.

Ezat tiene treinta y cuatro años. Desconoce lo que es la paz. Cuando le pregunté qué implicaba para él vivir en Afganistán, me dio la siguiente respuesta, que les recomiendo leer dos veces, tres, cuatro, hasta que entiendan (entiendan de verdad) lo que significa: «Aunque uno desarrolla un agudo sentido de la resiliencia al nacer y crecer en un estado constante de guerra, no deja de ser triste darle un beso de despedida a tus hijos cada mañana con el horrible pensamiento de que podría ser la última vez que los ves. Supongo que eso es un buen resumen».

Residencia del CICR en Herat. De derecha a izquierda: Paula Restrepo, Rubis Mena y Lorena Enebral. © Rubis Mena.

Cuarta parte: todo recto no se puede ir muy lejos

Hay quien de pequeño quiere ser bombero o astronauta, piloto de avión, policía, maestro. La vida se mueve y los sueños fluctúan. Paula Minguell, compañera y amiga de Lorena, lo tenía claro desde el principio. A los cinco años compartió con sus progenitores su deseo de ser «médico sin fronteras». Su padre había sido opositor al régimen de Pinochet (por cuyas cárceles pasó en un par de ocasiones) y logró exiliarse en España con una beca. Paula creció en un hogar donde la dicotomía justicia-injusticia venía acompaña de verdades apodícticas.

Felipe Ramírez Mock-Kow conoció a Lorena Enebral en mayo de 2016, el día en que esta última aterrizó en Kabul para trabajar como fisioterapeuta para el Comité Internacional de la Cruz Roja. Junto con otros colegas, cenaron tortilla de patatas y embutidos recién importados. Felipe nació en Colombia, otro país con décadas de conflictos a las espaldas. «Crecí en una familia privilegiada que, como muchas otras en Colombia, se vieron afectadas por las diferentes dinámicas del conflicto». Asesinatos, amenazas, secuestros, desplazamientos forzados. Para cuando llegó la hora de resolver su futuro, Felipe también lo tenía claro: «Sabía que quería trabajar para el CICR».

El español Juan Carlos Real fue compañero de Lorena en Mazar-e Sarif hasta la mañana en que lo secuestraron. Juan Carlos permaneció veintiocho días en manos de sus captores, de cueva en cueva, casi siempre con esposas en los tobillos. («Eran esposas para las manos, pero me las ponían en los pies. Hacían un daño de la hostia»). Antes de unirse al CICR, Juan Carlos trabajó una veintena de años para distintas ONG. A la primera, Acción Contra el Hambre, llegó de casualidad: era objetor de conciencia y aquel empleo le ayudó a librarse del servicio militar obligatorio. Desde entonces, el trabajo humanitario se convirtió en una forma de vida: «Siempre he pensado que el mundo es muy mejorable», me dijo Juan Carlos, «y siempre me he preguntado qué puedo hacer yo para mejorarlo. No quiero pasar por este mundo e irme diciendo: “No he hecho nada”».

Hospital de Mirwais, Kandahar. © Thomas Glass.

En cuanto a mí, llegué al CICR huyendo de un gran despacho de abogados en el que trabajaba una media de dieciséis horas al día —en flagrante violación de la leyes laborales españolas— para lograr cosas tan inmorales como que una gran entidad financiera (hoy felizmente extinta) pudiese lavarse las manos después de perder los ahorros de cientos de pensionistas. Cada noche salía de mi despacho bien entrada la madrugada, me subía a un taxi a cuenta del cliente de turno y escuchaba a una vocecita terca, la conciencia, royéndome las entrañas. (Otros dirían que el alma). No es una coincidencia que en mi primera novela, ambientada en un trasunto de aquel bufete, los protagonistas flirteasen con las soluciones más expeditas al absurdo camusiano de la existencia.

Las razones por las que una persona decide convertirse en trabajador humanitario son variopintas y a menudo enigmáticas.

Es fácil imaginar que cuando Lorena decidió dedicar su vida a ayudar a los demás no hizo más que seguir las reglas de juego Enebral, de las que era guardiana y principal promotora. Durante cinco años trabajó en el Centro Contigo, una clínica de Pozuelo dedicada al tratamiento y rehabilitación de niños discapacitados. Allí puso su experiencia como fisioterapeuta al servicio de los más pequeños y se convirtió en una experta en la materia.

Hasta que de repente entendió que algunos seres humanos la necesitaban más que otros.

En plena conformidad con las reglas de juego Enebral, Lorena hizo las maletas y se marchó a ayudarlos.

Trabajó para la ONG África Directo en Malawi y Tanzania. Luego se unió al Comité Internacional de la Cruz Roja. Su primer destino fue Etiopía. El segundo, Afganistán.

Estuviese donde estuviese, Lorena no se permitía ni un minuto de respiro. Siempre había algo que hacer. Aurora y Julián, sus admirables padres, cuentan que cada vez que regresaba a España organizaba eventos para recaudar fondos con fines humanitarios. Construir una nueva escuela, renovar letrinas. Cualquier excusa era buena para invitar a sus amigos a cenar y espetarles en plena sobremesa que necesitaba que todos arrimasen el hombro para financiar tal o cual proyecto. Y era igual de eficaz desde su exilio afgano: si escuchaba que alguien andaba de vacaciones por Europa, enseguida le mandaba un WhatsApp y le pedía que trajese juguetes de buena calidad para estimular la psicomotricidad de «sus niños».

Lorena vivía para ayudar a los demás, dentro y fuera del trabajo.

Era libre.

Y regía su existencia por lo que Wallace llamó «el tipo realmente importante de libertad».

Al igual que El Principito de Saint-Exupéry, Lorena comprendía que «Todo recto no se puede ir muy lejos».

Diseminación de Derecho Internacional Humanitario en la provincia de Helmand. © Jose Serralvo.

Quinta parte: las leyes de la guerra (II)

El Comité Internacional de la Cruz Roja lleva más de un siglo y medio ayudando a las víctimas de la guerra. Además de sus labores de asistencia, el CICR es también el llamado «guardián del Derecho Internacional Humanitario», una rama del derecho internacional cuya piedra angular son los cuatro Convenios de Ginebra de 1949. Estos tratados han sido universalmente ratificados. Es decir, todos los Estados del planeta se han comprometido a respetar y, en conformidad con el primer artículo de los cuatro convenios, «hacer respetar» las leyes de la guerra. A día de hoy, el Derecho Internacional Humanitario no solo prescribe la obligación de cuidar a los heridos en el campo de batalla, sino que regula aspectos como el trato a personas privadas de libertad, la protección de los civiles y las limitaciones en el uso de ciertos métodos y medios de hacer la guerra.

En la actualidad, es un mantra mil veces repetido el afirmar que el Derecho Internacional Humanitario se viola de forma sistemática. El autor de estas líneas no comparte dicha opinión. Siempre digo que las leyes de la guerra son como las reglas de tráfico: se respetan una buena parte del tiempo, pero solo oímos hablar de ellas cuando han sido transgredidas. Sin ir más lejos, el trabajo del propio Comité Internacional de la Cruz Roja —como el de numerosas organizaciones humanitarias y otros actores varios— son un buen ejemplo de dicho cumplimiento.

Otro error común es pensar que en el Comité Internacional de la Cruz Roja todos somos médicos o enfermeros.

Paula Restrepo era una de las mejores amigas de Lorena en Afganistán. Se conocieron a bordo del Red, el avión de la organización a la que ambas pertenecían. Se saludaron en inglés, pero el acento las delató de inmediato. Pronto fueron inseparables. Además de escuchar a todas horas canciones de Panjabi MC junto a Lorena y la ingeniera Rubis, Paula ha pasado sus últimos meses trabajando como gestora de los programas de alimento del CICR. Así describe esta colombiana sus quehaceres en tierra afgana:  

En el departamento de Seguridad Económica damos soporte a las comunidades que por motivos del conflicto ven afectados sus medios de vida. Tenemos proyectos para ayudar a personas en situación de emergencia, como los desplazados, proyectos de producción de alimentos, proyectos de generación de ingresos… No seremos capaces de resolver todos los problemas del mundo. No somos magos. Pero hacer una diferencia en la vida de las personas que sufren me hace sentir y pensar que vale la pena seguir adelante.

Almacén de alimentos del CICR en Lashkar Gah. © Thomas Glass.

En 2016, más de ciento cincuenta mil afganos recibieron ayuda material gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja. Las leyes de la guerra prescriben que, en caso de desplazamiento, se han de tomar todas las medidas posibles para que las personas afectadas sean acogidas en condiciones satisfactorias de alojamiento, higiene, salubridad, seguridad y alimentación. Cada vez que Paula va a su oficina o supervisa alguno de sus proyectos, se respeta el Derecho Internacional Humanitario.

Los delegados del CICR también discuten de forma confidencial con las partes al conflicto para promover el respeto a las leyes de la guerra. Este trabajo, conocido internamente como «Diálogo para la Protección», incluye entre otras cosas recordar a los actores armados que deben tomar precauciones para evitar que la población civil se vea afectada por las hostilidades. Incluye también las visitas a prisiones de toda índole, con el fin de evitar desapariciones, prevenir malos tratos y garantizar que los detenidos disfrutan de unas condiciones materiales aceptables. En 2016, los delegados del CICR visitaron más de treinta y cinco centros de detención en Afganistán. Nelson Mandela, quien se benefició de estas visitas durante su encierro en la Isla Robben, dijo en una ocasión que «lo más importante del Comité Internacional de la Cruz Roja no es el bien que hace, sino el mal que ayuda a prevenir».

Delegada del CICR charlando con un detenido en la Prisión Provincial de Herat. © Jessica Barry.

Durante sus visitas a prisiones afganas en el transcurso del pasado año, el CICR intercambió casi once mil Mensajes Cruz Roja con los detenidos. Los Mensajes Cruz Roja no son más que pedacitos de papel a través de los cuales las personas privadas de libertad se mantienen en contacto con sus familiares. El Derecho Internacional Humanitario establece que las personas privadas de libertad tienen derecho a mantener correspondencia con sus familiares, y cada mes el CICR contribuye a que esta norma se respete cientos de veces en Afganistán.

En lo que representa su mayor constante desde los remotos tiempos de Solferino, el Derecho Internacional Humanitario también prescribe la obligación de prestar asistencia sanitaria a las víctimas del conflicto. Tan solo en 2016, el CIRC transfirió más de mil quinientos heridos de guerra a centros de salud afganos y apoyó dos hospitales que tratan a decenas de miles de pacientes. Por costumbres mediáticas que deberíamos intentar cambiar, ninguno de estos miles de ejemplos de respeto a las leyes de la guerra fue noticia en los telediarios.

Los Convenios de Ginebra también exigen que el Derecho Internacional Humanitario sea difundido lo más ampliamente posible y que los restos mortales de las personas fallecidas se entreguen a sus familiares. El año pasado el CICR —por medio, entre otros muchos colegas, del autor de estas líneas— diseminó las leyes de la guerra entre más de cuarenta mil afganos y entregó mil trescientos cincuenta y cinco restos mortales de combatientes y civiles a sus familias, permitiendo un entierro digno.

Alberto Cairo junto a uno de los trabajadores del Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Jose Serralvo.

Pero, de entre los muchos quehaceres del Comité Internacional de la Cruz Roja en el corazón de Asia, es difícil pensar en uno más encomiable que los Centros de Rehabilitación Física para los que trabajaba Lorena Enebral. Al año, alrededor de ciento treinta mil personas con discapacidad reciben apoyo en alguna de las siete clínicas que la organización gestiona a lo largo y ancho del país. El CICR fabrica además prótesis, órtesis y sillas de rueda, que distribuye entre algunas de las personas más vulnerables de Afganistán —que es tanto como decir algunas de las personas más vulnerables del planeta—. El capitán de este extraordinario proyecto es Alberto Cairo, un italiano de rostro afilado y brazos largos que llegó a Afganistán hace más de un cuarto de siglo. Alberto ha sido el encargado no solo de dirigir el trabajo del CICR en favor de millones de discapacitados —muchos de ellos lo son por culpa del conflicto, incluidos los que han perdido una o ambas piernas al caer en una mina antipersona—, sino de asegurar que los pacientes que visitan los centros de la organización se reintegran en la sociedad. «No es suficiente con curar el cuerpo. Hay que rehabilitar también la mente», me confesó el día en que fui a visitarlo. Desde su llegada a Afganistán, Alberto se ha encargado de fomentar las competiciones deportivas entre sus pacientes y de dar una primera oportunidad laboral a cientos de discapacitados. Fue Alberto quien contrató hace más de una década a mi colega Ezat Gul, que como mencioné más arriba es ahora un prominente abogado. Cuando le pregunté a Alberto cuál era el secreto para llevar veintisiete años al timón de uno de los proyectos más encomiables del CICR en todo el mundo, su respuesta fue clara y contundente, y se hallaba en feliz armonía con las reglas de juego Enebral: «Nos reímos mucho. Tanto como podemos».

Alberto Cairo (al fondo) durante un partido de baloncesto. © Thomas Glass.

Pero Alberto, como todos nosotros, perdió la sonrisa.

El 11 de septiembre de 2017, en el Centro de Rehabilitación Física del CICR en Mazar-e Sarif, un discapacitado en silla de ruedas disparó contra Lorena Enebral, de treinta y ocho años. Una única bala. Lorena murió poco después de sus heridas.

Esta tragedia era el tercer incidente de seguridad que el Comité Internacional de la Cruz Roja sufría en Afganistán en menos de un año. Primero, en diciembre de 2016, fue el secuestro del español Juan Carlos Real. Apenas dos meses más tarde, en febrero de 2017, seis trabajadores del CICR (Maqsood, Shah Agha, Rassoul, Najibullah, Murtaza y Khalid Jan) fueron asesinados en la provincia de Jawzjan y otros dos colegas afganos fueron también secuestrados. Como respuesta a estos incidentes, el CICR lanzó una campaña para recordar que, de acuerdo con las leyes de la guerra, los trabajadores humanitarios deben ser respetados y protegidos en todo momento.

#NoSoyUnObjetivo

No es cierto que las leyes de la guerra carezcan de validez. Miles de individuos se benefician de ellas y las respetan —o fomentan su respeto— cada día. Pero cualquier violación del Derecho Internacional Humanitario acarrea terribles consecuencias.

Lorena Enebral en Malawi. © Alfonso Enebral.

Sexta parte: la alegría de estar vivos

Sus antiguos colegas de la ONG África Directo describen a Lorena como «un sol de persona», que «con solo su presencia iluminaba el lugar en el que estaba». Todos los que tuvieron la suerte de conocerla se refieren a ella en términos análogos. Su buena amiga Paula Restrepo compartió conmigo lo siguiente: «Si me preguntan cómo describir a Lorena en dos palabras, diría alegría y generosidad. En una analogía, diría el Sol». Paula Minguell, nuestra querida médica hispano-chilena, afirma que «Lorena era un sol. Era energía, positivismo, un rayo de luz. Siempre con palabras amables para todo el mundo, siempre con palabras de apoyo para todo el mundo». El día en que Mónica Zanarelli, la jefa de Delegación del Comité Internacional de la Cruz Roja en Afganistán, anunció el asesinato de Lorena, la describió como «el corazón de nuestra oficina en Mazar». Ninguno de ellos exageraba.

Lorena hacía latir el mundo.

Cuando estábamos juntos en Kabul, Lorena y yo solíamos quedarnos en la misma casa. La recuerdo compartiendo sus tabletas de chocolate Valor («Tú come, hijo, come») y su colección de quesos. Una noche en la que ella no estaba, un visitante de paso saqueó nuestra nevera y se zampó la mitad de una bandeja de lomo en caña que Lorena había traído de España. El pillo de turno no se molestó siquiera en quitar la etiqueta: 22€. Enseguida llamé a Lorena para advertírselo. Pensaba que estaría enfadada, molesta. (Yo lo estaba). Pero Lorena era demasiado positiva. Simplemente se rió de aquella pequeña transgresión y aprovechó para hacer lo que siempre hacía, sonreírle a la vida: «Pues aprovecha y cómete tú lo que haya quedado, anda», me respondió entre risas.

Lorena convertía los problemas en oportunidades.

Engrandecía todo lo que tocaba.

Paciente del Centro de Rehabilitación del CICR en Kabul. © Jose Serralvo.

Podría compartir decenas de testimonios que describen a Lorena como alguien «especial», «optimista», «que irradiaba buena vibra», «entregada a los demás». Todo se quedaría corto. Sería insuficiente. Imperfecto. Quizás la mejor descripción de este ser humano sin parangón sea el puñado de líneas que ella misma escribió, con caligrafía sinuosa y tinta negra, para felicitar a sus seres queridos las Navidades de hace casi cuatro años:  

Querida familia, me encantaría que el 2013 fuese un año maravilloso. Espero que no os toque la lotería ni que os regalen cosas caras ni preciosas. Sino que os riais sin parar, que continuéis aprendiendo de las personas y compartáis con todos vuestros amigos, hijos, hermanos, vecinos y desconocidos la alegría de estar vivos. Yo, aunque estaré lejos, siempre estaré con vosotros… Os quiero, Lorena.

Lorena difundió por doquier las reglas de juego Enebral, que incluyen reír a todas horas y abrirse a los desconocidos.

Compartió con nosotros la alegría de estar vivos.

El poeta bengalí Rabindranath Tagore, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1913, escribió unos versos a los que he procurado aferrarme siempre en momentos de pérdida: «No llores cuando se oculta el sol, o las lágrimas no te dejarán ver las estrellas». Lorena, lo afirman cuantos la conocieron, era el sol. Pero su muerte, injusta, inexplicable, odiosamente precoz, es como un inmenso astro naranja hundiéndose lentamente en el firmamento. Aún no han desaparecido los últimos parches de arrebol del horizonte cuando ya pululan por el cielo cientos de motas centelleantes.  

Lorena ayudó a caminar a miles de personas.

Mejoró la vida de innumerables niños con minusvalía.

Compartió con otros sus conocimientos y experiencia, para que ellos también pudiesen socorrer a los más vulnerables.

Llenó de calidez a sus familiares, amigos, colegas y pacientes. A todos los hizo sentirse especiales.

Sembró a su paso un tupido reguero de estrellas.

Su gran amiga Verbena, su «alma gemela», también fisioterapeuta en el Comité Internacional de la Cruz Roja, lo expresó de forma elocuente: «Lorena es el mejor ejemplo de generosidad, preocupación por los demás, hermosura, energía positiva y amor incondicional en el que puedo pensar. ¡Ningún disparo puede anular eso!».

Lo mismo opina su amiga y colega Paula Restrepo: «Su generosidad y bondad eran interminables. Y podría decir que siguen siendo interminables, porque aun habiendo fallecido sus enseñanzas y su ejemplo de vida nos siguen marcando».

Las estrellas continuarán brillando.

Brillarán siempre.

Última foto juntas de Lorena (izquierda) y Verbena (derecha). © Verbena Bottini.

Epílogo

Por haber fundado el Comité Internacional de la Cruz Roja y contribuido a aliviar el sufrimiento de las víctimas de la guerra, Henry Dunant fue galardonado en 1901 con el primer Premio Nobel de la Paz.

Por sus valores y su distinguida labor humanitaria, Lorena Enebral Pérez recibió el 22 de septiembre de 2017 la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil.


A la revolución por el fútbol: activismo y equipos raros

Dos seguidores del F.C. St. Pauli alzan el puño en Hamburgo, 2017. Fotografía: Cordon Press.

Los más veteranos llevamos padeciendo con rigor estoico el devenir de las últimas ligas de fútbol. Nos hemos intentado acostumbrar sin éxito a nombres como la Liga de Las Estrellas, la Liga Adelante o la Liga 1, 2, 3. Nosotros, que sobrevivimos a la moviola de Estudio Estadio, Supergarcía y Fútbol en Acción, pero también disfrutamos de temporadas en las que el fútbol parecía hasta un deporte… Bueno, sí, un deporte de aquella manera, como cuando Juan Gómez, Juanito, le pisó la cabeza a Matthäus en un Bayern de Múnich-Real Madrid, incidente que se solventó con el regalo de un capote de torero al alemán por parte del jugador de Fuengirola. O aquella final de Copa del Rey entre Barcelona y Athletic de Bilbao que terminó con un combate de patadas voladoras y golpes de kung-fu entre Maradona, Paco Clos, nuestro admirado Tarzán Migueli, Goikoetxea, Sarabia y De Andrés.

Un deporte raro. En cualquier caso, el fútbol no era un programa de cotilleos de televisión y tertulianos como recién salidos de la sala vip de un discotecón de los años noventa. De lo que rodeaba al fútbol, eso sí, había lo mismo que ahora, incluso más y mejor: noticias sensacionalistas, escándalos sexuales, robados posados, reportajes en revistas del corazón y campañas publicitarias más o menos afortunadas. Vamos a ver, que no es cuestión de que exijamos que los jugadores se presenten en los actos públicos como en los años cincuenta, vestidos con el chándal reglamentario (muchos desearíamos, incluso en un sueño acorde con estos tiempos totalitarios, que algunos tuviesen una cláusula en el contrato que les obligase a guardar silencio durante la temporada, norma que podría extenderse a algunos entrenadores). Lo que echamos de menos es el propio deporte, o sea, el fútbol.

Sobre la idoneidad o no de ser aficionado, existe múltiple variedad de tonos: va desde la irracionalidad de Pepe el Hincha a la absoluta indiferencia de Carlos Marx y Federico Engels, que ni se molestaron en mencionarlo en su popular libro. Ni siquiera cuando los autores despotricaban contra los productos que son opio del pueblo. Las autoridades intelectuales también llevan mucho tiempo divididas entre el hooligan militante, el observador despectivo y el fan con complejo de culpa. La transformación del fútbol en un multipantallazo con oscuros intereses internacionales y venta de carísimos objetos no está ayudando a mejorar su imagen, pero, por si acaso, sirva este artículo para recordar por qué y cómo nació.

Los equipos de la no-liga

La práctica de juegos con una pelota tiene un origen eminentemente popular y muy poco civilizado. Fue su codificación y uso en determinadas escuelas y universidades anglosajonas lo que lo convirtió en lo que conocemos como fútbol, pero esas reglas, que encubrían una orden política contra la formación de «turbamultas descontroladas» y la invasión de terrenos cercados, se extenderían a las escuelas públicas del xix, donde los críos jugaban a la pelota en el recreo, y dieron lugar a la fundación de los primeros clubs. Unos nacieron en colegios religiosos, de la mano de estudiantes sportsmen de clases adineradas; otros en fábricas, con obreros aficionados, pero sufragados por los propietarios de las mismas. El fútbol no tiene en realidad ese origen obrero que muchos reivindican, pero sí ha sido el pasatiempo preferido de las clases populares en los últimos cien años. Mucho más que un pasatiempo: estar en la grada de tu equipo tiene carácter de testimonio, de afirmación de la colectividad y, en ocasiones, de resistencia, no solo contra el rival, sino de afirmación contra el mundo. Pero esto no significa necesariamente que tu equipo preferido sea el más decente o intachable. Este sentimiento irracional es mucho peor que una religión.

Por eso es mucho más difícil abandonar los colores de tu equipo que cambiar de credo religioso. Aun así, el mercado inmoral en el que se mueven clubs y ligas profesionales ha provocado una decisión sorprendente. Algunos hinchas, sin olvidar al equipo de sus amores, han decidido dar una oportunidad a otras iniciativas más en consonancia con el espíritu original del juego, sobre todo cuando no hay dinero para pagar las entradas de tus hijos a los partidos. Recuperar conceptos como el de la comunidad, negarse a participar del insano consumismo, mantener una ideología respetuosa con las personas y no abrirse la cabeza en las gradas o la calle. Al mismo tiempo, luchar contra todos aquellos que van directos a destrozártela, bien sean las empresas y organismos abarca-y-devora, bien los grupos de hooligans perfectamente organizados para ello.

En Inglaterra lo llevan haciendo unos cinco años. El Clapton F. C., que juega en las ligas preferentes, tiene el honor de ser el primer equipo del país en haber jugado en Europa continental, allá por 1890. Su campo, el Old Spotted Dog, recibe últimamente, además de a los Tons Ultras, a muchos fans desencantados del West Ham United, equipo vecino del East End, que fue fundado por gerentes y empleados de la industria del acero y ahora se ha convertido en otra empresa multimillonaria con precios disparatados en los abonos y un patrocinador bien raro. El Clapton ha sido recobrado como símbolo político y plataforma de ayuda para el barrio, en lucha contra el deterioro urbano y los grupos neonazis. Llámenme descreída, pero la posibilidad de beber botellines de cerveza a precio muy asequible y sin ninguna restricción durante los partidos puede haber animado también a más de uno.

Al Arsenal le ha pasado lo mismo. Se creó en 1886 dentro de una fábrica de artillería del sudeste de Londres, y, aunque sus titulares son los mismos del comienzo, la mayoría de sus acciones son ahora propiedad de un magnate estadounidense, y una exótica compañía de vuelo le ha cambiado el nombre al estadio (dentro de poco veremos un estadio madrileño con simpático nombre de emporio chino). Aficionados de los gunners y de otros equipos de la Premier, como el Manchester, se juntan ahora en Champion Hill, el estadio del Dulwich Hamlet, otro equipo con más de cien años de antigüedad, para animarlo con sus colores, rosa y azul, en un movimiento que los más veteranos de la zona no se explican, salvo por la gentrificación del sur de Londres y el deseo de volver a disfrutar del fútbol en otros términos. La hinchada The Rabble (‘la chusma’) acude a los partidos vestida con boas de plumas y barbas postizas. A las autoridades deportivas esta actitud hipster, de momento, no les molesta, pero sí la de otros hinchas de equipos pequeños que protestan contra el racismo y la xenofobia. Ha sido el caso de The Inter Village Firm (nombre humorístico a costa de los ultras más reaccionarios del West Ham), fans del Mangotsfield United, quienes fueron apercibidos el pasado diciembre por sus banderas antifascistas. Esgrimía la autoridad que la política debía estar totalmente al margen del fútbol. Ignoro qué pensará la FIFA británica (FA) acerca de asociaciones como Reds Against the Nazis, del Manchester United, los hinchas Brigada 1874, del Aston Villa, o los Holmesdale Fanatics, del Crystal Palace. O sobre la doble moral, la hipocresía ideológica, etc.

Fútbol o barbarie

Seguidores del FC St. Pauli, 1999. Foto: Elisenda Roig / Getty.

Las relaciones entre fútbol, movimientos obreros e ideologías de izquierdas son numerosas. En Sudamérica hay una larga serie de equipos nacidos bajo el ideario anarquista y comunista a principios del siglo xx. Los Argentinos Juniors, uno de los clubs más importantes del país, se fundó en Buenos Aires un 1 de mayo de 1904, tras el partido entre dos equipos aficionados, el Sol de la Victoria y los Mártires de Chicago. Lo mismo que el Club Atlético Colegiales, originalmente llamado Club Atlético Libertarios Unidos, fundado en 1908. Los jugadores de la selección nacional de Uruguay, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1924, participaban en la Federación Roja de Fútbol, una liguilla organizada por el partido comunista del país, donde jugaban equipos con nombres como La Comuna, Soviet o Leningrado, como preparación para las Espartaquiadas de 1928, los juegos olímpicos obreros.

Desde 1974 lleva jugando en las categorías inferiores el Club Deportivo y Cultural Ho Chi Minh, creado por varios estudiantes de la Universidad de Huamanga, en Ayacucho, Perú, como trabajo de integración para la comunidad, que tuvo sus épocas de riesgo durante la dictadura militar. Mucho más reciente, de 2006, es el Club Social Atlético y Deportivo Che Guevara, en Córdoba, Argentina (cuyo lema es, como no podía ser de otra manera, «Hasta la victoria siempre»). El fútbol sudamericano ha dado ejemplo no solo de equipos y jugadores extraordinarios, sino de conductas y gestos admirables. El Vasco de Gama de Río de Janeiro se negaba a obedecer las leyes que prohibían la inclusión de jugadores negros y mulatos, ya en 1924. Recordamos en los años ochenta el desafío del Corinthians de São Paulo a la junta militar, con Casagrande y Sócrates y sus camisetas donde rezaba «Democracia». El gesto del gran César Luis Menotti tras haber ganado el Mundial del 78 con Argentina, negándose a subir a la grada para saludar a los militares de Videla. Los holandeses, finalistas, hicieron lo mismo en solidaridad.

El fútbol rojo tuvo gran repercusión. En 1923 nacía el Club de la Revolución de Octubre, conocido mundialmente como Lokomotiv, debido a su origen en los empleados «voluntarios» (bueno, elegidos voluntariamente por el ministerio) del ferrocarril de Moscú. Los tres equipos con el nombre de Dinamo (Kiev, Leningrado y Tiblisi) se convirtieron en leyenda dentro de la URSS, y ya en los setenta, en unos equipos temibles en las competiciones europeas. El de Tiblisi protagonizó un episodio nefasto en la historia del fútbol. El Spartak de Moscú, el equipo favorito de la ciudad (frente al CSKA, que era el de los militares), le ganó en la semifinal de la Copa Soviética de 1939. Pero el mariscal Lavrenti Beria era forofo del Dinamo y no se tomó nada bien la derrota. Ordenó detener al árbitro y repetir el partido. El Spartak volvió a ganar. Beria mandó al gulag a los presidentes del Spartak, los hermanos Stárostin, por haber estado planeando supuestamente la muerte de Stalin. Los Stárostin, que estaban obsesionados con la figura de Espartaco, resistieron en el gulag organizando partidos de fútbol entre los prisioneros. Lo mismo que sucedió en Sudáfrica con los presos de la isla Robben: aliviaban su horrible situación con partidos durante las dos horas libres que tenían a la semana. Nelson Mandela estaba entre ellos.

En Alemania, los jugadores del Schalke 04 fueron utilizados como imagen del deporte ideal para el Partido Nazi. El Borussia Dortmund, sin embargo, sufrió la muerte de varios de sus dirigentes por repartir propaganda antinazi. Tras una época de penurias económicas, el equipo ha recuperado la propiedad del club, ha conseguido abaratar los precios y devolver el orgullo a su hinchada. El Bayern de Múnich, por su parte, no cedió en su tradición de tener jugadores y empleados de origen judío. Los franceses, que vieron en una selección nacional a uno de los colaboracionistas más feroces de la Gestapo, Alex Villaplane, también tuvieron sus propios ídolos de la resistencia futbolística frente a los alemanes: Étienne Mattler, el héroe del Sochaux durante los años treinta, fue detenido y torturado por la Gestapo. Sobrevivió, no así Rino Della Negra, la vertiginosa promesa del Red Star 93, que abandonó el club parisino para unirse a la Resistencia y murió ejecutado con veinte años.

Hay ejemplos a patadas (con perdón) de jugadores que han arriesgado la vida por ideales políticos y patrióticos. Fue muy sonado el equipo de fútbol argelino formado por jugadores árabes del equipo nacional francés, que abandonaron el Mundial del 58 en protesta, o ese combo egipcio que llegó a la semifinal de los Juegos Olímpicos de 1928, dando un ejemplo a sus excolonos ingleses. Un momento muy emocionante se dio en la clasificación para la Copa del Mundo de 1998 entre las selecciones de Irán y Australia. Cuando ganaron los primeros en un agónico 2 a 2 en el segundo partido, las mujeres iraníes invadieron el estadio donde se estaba retransmitiendo el encuentro por pantalla gigante, contraviniendo la orden de no asistir a estos espectáculos. Orden que sigue vigente hoy en día.

En España, aparte de los partidos de folclóricas contra yeyés o de tenistas contra toreros, también ha habido futbolistas que se la jugaron defendiendo ideas complicadas en momentos muy difíciles. Tenemos para elegir, pero el gesto de dos jugadores del Racing de Santander, Aitor Aguirre y Sergio, que saltaron al campo con brazaletes negros el domingo 28 de septiembre de 1975 para protestar por la última ejecución firmada por Franco, es mucho más que significativo. En los años noventa, el bosnio Predrag Pašić, jugador de la selección de la antigua Yugoslavia, quien decidió permanecer en su Sarajevo natal durante la guerra de los Balcanes. Mientras la ciudad ardía en un asedio pavoroso, él organizó la Escuela de Fútbol Bubamara, un equipo infantil con chicos de todas las etnias, llegando a reunir a casi trescientos, que jugaban mientras fuera silbaban las balas. Ahora son más de cinco mil.

Y permítanme mencionar un encuentro prohibido durante diez años por cuestiones militares. En otoño de 2016,  al sur de Colombia, los guerrilleros de las FARC celebraban las negociaciones de paz jugando al fútbol en el barro de la selva del Yarí.

Guerrilleros de las FARC juegan al fútbol durante la Conferencia Nacional previa a la firma de paz con el Gobierno de Colombia en El Diamante, Colombia. Foto: Mario Tama / Getty Images.

La playa está bajo el césped (o el cemento)

El equipo de fútbol alternativo más famoso del mundo no está en Londres ni, como algunos pudieran suponer, en un espacio de la Feria de Montjuic. Se trata del FC St. Pauli, en el distrito rojo de Hamburgo. Es un fenómeno desde que en los años setenta consiguió llegar por primera vez a la Bundesliga. Con el desarrollo del barrio y una afición muy militante, ligada a movimientos okupas y antifascistas, su popularidad ha crecido muchísimo y cuenta con peñas repartidas por todo el mundo. Fue con su portero de los ochenta, el famoso activista Volker Ippig, que saltaba al campo puño en alto, cuando se extendió la leyenda del equipo antisistema, que hacía de sus partidos frente al FC Hansa Rostock, apoyado por grupos de ultraderecha, un duelo político. Se denominan a sí mismos el «equipo punk de fútbol» y ondean la bandera pirata, pero, tranquilos, son anticapitalistas a quienes no les tiemblan las piernas: comienzan cada partido con «Hells Bells» de AC/DC y después de cada gol suena una de Blur. Ah, y Nike ya les fabricó unas zapatillas con calavera.

Para equipo punk ya está el Republica Internationale FC, de la ciudad de Leeds. Desde el 83 y con cambios en el nombre, inspirados por el grupo Spizzenergi o Athletico Spizz 80, mantienen una posición contraria al mercantilismo de las ligas profesionales y juegan con dos equipos, masculino y femenino, con su lema «A la libertad mediante el fútbol» en la Liga del Domingo, el torneo amateur de los equipos ingleses, que se organiza contra el profesional de los sábados. Uno de los «clásicos» de esta liga es el que se celebra entre el Internationale y los Easton Cowboys and Cowgirls de Bristol, otro club muy popular por sus agrupaciones femeninas y de jugadores veteranos.

El Lunatics FC de Amberes es otro de los clásicos en esta clasificación de equipos alternativos. Estos tampoco han pasado de los campeonatos de aficionados y mezclan los partidos con conciertos musicales y fiestas. Llevan desde principios de los años ochenta paseando por Europa su uniforme inspirado en la bandera jamaicana, su carpa y los barriles de cerveza belga.

En Estados Unidos tenían hasta no hace mucho un torneo alternativo a la liga cada vez menos minoritaria de soccer, formado por dos equipos que representarían a los colectivos de feministas, pacifistas, gais y militantes de sector más radical de la izquierda, todos ellos procedentes de San Francisco y el mundo universitario. Para reivindicar sus ideas, recaudar fondos y dar publicidad, plantearon un partido entre el Kronstadt FC, anarquista, y el Left Wing FC, comunista.

Estas iniciativas son cada vez más frecuentes. Hay una Copa América Alternativa desde hace años, y en 2010 ninguno de nosotros prestó atención al Mundial de los Pobres que un colectivo celebró en Ciudad del Cabo para protestar por la política urbanística que había desalojado a muchas familias de sus casas y contra el elevado precio de los partidos. Las regiones y países que no tienen reconocida su soberanía también tienen su propio campeonato (amateur) de fútbol, en la VIVA World Cup: están territorios como Groenlandia, Laponia o Dos Sicilias, y esperan contar con los palestinos y los kurdos.

«Fútbol para los futbolistas»

Unidos volveremos a convertir el fútbol en lo que nunca debería haber dejado de ser: el deporte de la alegría, el deporte del mundo de mañana que todos los trabajadores han comenzado a construir.

Internacional Situacionista, 1968.

Con una pancarta que rezaba así, «Le football aux footballeurs!», un grupo de jugadores ocupó la sede de la Federación Francesa de Fútbol en París durante seis días de mayo de 1968, exigiendo mejoras en los contratos de los trabajadores Es un poco difícil que veamos algo así de nuevo. Sí, hace un par de años fuimos testigos de una huelga fantasma de los futbolistas españoles contra el decreto del Gobierno del PP, siempre tan popular, de vender los derechos de emisión de los partidos en la tele. Aquello tan confuso terminó precipitadamente y con sanción multimillonaria, como una jugada de las que nos gustan a los aficionados: salir un jugador de córner entre un barullo de gente y entrar rodando con el balón en la portería. Siempre nos imaginamos a los futbolistas vendiendo productos, participando en una chirigota o, como mucho, haciendo una declaración sobre proyectos de caridad. En realidad, nadie pide al fútbol que deje de ser eso. No vamos a convertir en eco-friendly a los dirigentes de Primera División en dos patadas y motivarlos a que pongan paneles solares en los estadios. Estaríamos desafiando la comprensión lógica del mundo. Pero sí queda patente el hastío de muchos aficionados ante proyectos absurdos y un sentido del show business que no encaja con lo que ha sido este deporte (¡y lo que ha sido!). Bueno, siempre nos quedarán los androides en la Liga de las Galaxias.


El poeta que inspiró la piratería

William Ernest Henley, 1849 – 1903. Foto: DP.

Indiferente a la noche que me envuelve, / negra como un pozo insondable, / doy gracias a los dioses que me otorgaron un alma irreductible./ En las crueles garras de la fortuna / no he llorado, ni gemido en voz alta. / Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta. / Más allá de este lugar de rabia y lágrimas / solo está el horror de las sombras, / y la amenaza de los años que están por venir / no me tiene, ni me tendrá, asustado. / No importa lo estrecha que sea la salida, / o cuántos cargos hayan incluido en el sumario, / soy el amo de mi destino: / soy el capitán de mi alma.

Nelson Mandela, confinado por defender el fin del racismo en Sudáfrica, se repitió durante veintisiete años los versos de este poema. Según cuenta en su biografía, sus palabras le ayudaron a tolerar su largo encierro. Leídas en el contexto de una cárcel, cualquier cárcel, cobran un profundo sentido, aún mayor si, como el líder sudafricano, se ha sido condenado a cadena perpetua. Hoy se considera a esta composición poética un himno a la resistencia personal frente a las adversidades, y sin embargo su autor nunca tuvo tal cosa en la cabeza. Se llamaba Ernest Henley, tenía una pierna de madera, una muleta, e inspiró la imagen del pirata tal como hoy la concebimos en la literatura y en el cine. Desde la lejana isla del tesoro de Stevenson, hasta la moderna Piratas del Caribe de Disney.

Henley fue periodista, crítico literario, amigo de escritores y poeta en la Inglaterra victoriana. Los versos que le han resucitado de la historia fueron publicados como «poema IV» en 1874. Iban dedicados a un panadero y comerciante de harinas, Hamilton Bruce, mecenas habitual de escritores, sin mayor intención, en principio, que recrear la belleza poética. Pero cuando veinticinco años después el escritor y crítico literario Quiller-Couch compiló la antología poética The Oxford Book of English Verse quiso aumentar su valor, inventando el título de Invictus. Allí se reunían los mejores poemas ingleses compuestos entre el siglo XIII y el año 1900, quedando Henley incluido entre los poetas victorianos. El poema elegido para representarle, y su nuevo título, parecía indicar que el autor había representado la concepción del estoicismo que tuvo la sociedad victoriana. Habían convertido la corriente filosófica original en una resistencia personal a cualquier precio, unida a constreñir al máximo los impulsos personales, y a poder ser, haciendo que todo ello redundara en mayor gloria del Imperio británico. Salvo esto último, Invictus cumple todos esos preceptos.

Pero Henley no solo no se adaptó al ideario victoriano, sino que por el contrario fue un promotor de la siguiente corriente artística, el modernismo. Una de las ideas defendidas como editor del periódico Scott Observer, hoy llamado National Observer, era que el arte no debía tener una finalidad didáctica, sino servir a la inspiración y la belleza. Y por ello fue el primero en dar a conocer a artistas como Auguste Rodin, el autor de El pensador, o al pintor James McNeill Whistler, a quien hoy se considera el creador del impresionismo inglés. Defender «el arte por el arte» era algo verdaderamente revolucionario en la Inglaterra de su época. Casi tanto como su poesía, que anticipó el nuevo uso del verso libre y la total libertad en los temas elegidos, que ya no tenían que ser sublimes, sino que también podían tomar como imagen lo cotidiano. Pero muy pocos recordaban ninguno de estos detalles de su personalidad cuando, casi cien años después, un líder sudafricano era condenado a cadena perpetua y recitaba una de sus composiciones como un credo.

Nelson Mandela, líder de la lucha contra el Apartheid, había sido confinado en una celda de dos metros por dos, con una esterilla en el suelo por cama, y la tarea de picar piedra durante el día para producir grava. No le dieron libertad ni siquiera para usar unas gafas de sol con las que protegerse los ojos, lo que le acarrearía problemas de visión durante toda su vida. Ejemplo de superación personal y resistencia, decidió estudiar la carrera de Derecho durante la noche. Puede decirse que, ante su presente y su futuro, el repetirse a sí mismo estoicamente y en alta voz, como hacía, «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma», hubiera sido considerado digno de encomio incluso por los victorianos. Siempre y cuando, claro, Mandela no hubiese sido una persona de raza negra.

Las torturas a que habían sido sometidos los líderes que lucharon contra el Apartheid no fueron conocidas sino hasta después de la liberación de su principal representante. Las mutilaciones y ejecuciones encubiertas de presos en la John Vorster Square, hoy Comisaría Central de Johannesburgo, dieron aún mayor difusión al poema Invictus. Profesores y políticos negros «se suicidaban» o «se desnucaban accidentalmente en las duchas» por crímenes tan terribles como llevar libros prohibidos en el maletero del coche. Ante esta información, el credo de Mandela ya no parecía escrito solo para él, sino para cualquiera que hubiese padecido aquella violenta injusticia: «Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta».

Y con el poema, también la figura de Ernest Henley comenzó a suscitar gran interés, en un momento en que además la psicología popularizaba el término «resiliencia». Esta palabra puede definirse, simplificándola, como la capacidad de obtener ventajas de períodos de sufrimiento vital. Y aquí es donde la biografía de Henley contagia a Invictus, convirtiendo al poema en un himno de la resistencia personal. Así hubiera sido si el autor lo hubiera escrito durante su larga estancia de tres años en el hospital. La tuberculosis que padecía desde los doce años había degenerado en una variante ósea de la enfermedad, que infecta las articulaciones. Tuvieron que amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla al cumplir los veinte para impedir su muerte. Cuatro años después, la tuberculosis ósea se le manifestaba también en la pierna derecha, y todo parecía indicar que también la perdería. Pero en esa ocasión tuvo la fortuna de caer en manos del cirujano inglés Joseph Lister. Un genio de la medicina quirúrgica que descubrió los principios de la asepsia, obligando por primera vez a los cirujanos a lavar sus las manos, el instrumental y las heridas de los enfermos, salvando muchas vidas y permitiendo el desarrollo de la cirugía moderna. A Henley le practicó una serie de intervenciones destinadas a extraer el pus de sus articulaciones, hasta liberarlas de la infección. Le tomó tres años curarle, durante los que el poeta estuvo recluido en el hospital.

Esa estancia hospitalaria dio dos frutos que marcarían de forma radical la historia de la literatura y la cultura de nuestro tiempo. El primero fue el poemario llamado In Hospital. Un hito del verso libre, donde la vida cotidiana del enfermo se nos narra a través de detalles banales, pero importantes, como escuchar una cisterna que gotea durante toda una noche, o el deseo de salir y participar en la vida de los demás, los sanos, cuando se asoma a una ventana. Incluye además vívidas impresiones sobre la sensación de ser dormido mediante anestesia, y despertar después entre la expectación de los médicos. Incluso, aunque lo haga con pudor victoriano, nos habla de la excitación que le causan las apariciones de una virginal enfermera en su día a día. El poemario incluye todo eso, pero no el poema Invictus, que compuso mucho después. Y sin embargo el mito construido sobre Henley identifica esos versos de resistencia con su padecimiento, tal como lo interpretó Nelson Mandela al tomarlo como himno personal.

Treasure Island … New edition, with original illustrations by Wal Page, Londres, 1899. Imagen: The British Library.

El segundo fruto cultural, y el que más presente está actualmente entre nosotros, es el encuentro en el hospital con el escritor Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de La isla del tesoro. Fue el padre de Virginia Woolf quien los presentó, y el novelista quedó fascinado por Henley, lo mismo que el crítico por el potencial de aquel escritor novel. Stevenson se encontró con un hombre corpulento, muy alto, de anchos hombros, pelo hirsuto y frondosa barba pelirroja. Extrovertido, parlanchín, de risa franca y extensa cultura literaria, se movía, además, con gran agilidad sobre su pierna de madera, valiéndose de una muleta. Si leemos La Isla del tesoro comprobamos que el pirata John Silver es casi una transliteración del mismo: «Su pierna izquierda había sido cortada a la altura de la cadera, y bajo el hombro izquierdo portaba una muleta, que manejaba con asombrosa habilidad, brincando sobre ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara grande como un jamón, plana y pálida, pero inteligente y simpática». La inspiración está fuera de toda duda, porque el propio Stevenson la confiesa en una de sus cartas. Explicando además que ese ruido que en la novela antecede siempre a la aparición de Silver es el que escuchaba en el hospital visitando a Henley. El golpeteo de su muleta contra el suelo de madera, moviéndose sin que su mutilación le estorbara la rapidez ni la agilidad el movimiento.

No concebiríamos hoy la imagen de un pirata con pata de palo si Henley no hubiera existido. Y tampoco repetiríamos la característica personalidad de John Silver si el novelista no hubiera ido más allá de la apariencia física. Uno de los rasgos de estilo más sobresalientes de Stevenson es la dualidad de sus personajes, que lleva al extremo en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Silver es un marinero que se comporta de forma paternal con el joven protagonista John Hawkins, aunque luego se revele como un pirata egoísta y cobarde, que huye con un saco de oro y sin un adiós. A pesar de ello sigue cayéndonos simpático y no podemos dejar de admirar su rebeldía, su forma de vivir en libertad y al margen de la sociedad. En Henley están también ambas características. Porque tuvo la paciencia de leer el primer manuscrito de un escritor en ciernes, al que aconsejó pacientemente, siendo fundamental en su carrera. Y dándole una recomendación que iba en contra de la literatura victoriana: debía relegar la intención didáctica para anteponer el entretenimiento. Empezando por acortar ese largo título de El Sea Cook o la Isla del Tesoro, una historia para la juventud. Tal vez ahora nos parezca de sentido común, pero a finales del siglo XIX semejante rasgo de modernidad era absolutamente revolucionario. Como el mismo carácter del poeta que escribió el Invictus.

A la larga, la amistad de ambos hombres se enfrió, especialmente cuando Stevenson, en su madurez estilística, dejó de considerarle un maestro. Las obras teatrales que escribieron juntos acentuaron este desencuentro, y dejaron de hablarse. Por su parte, Henley continúo con una vida llena de adversidades, mientras todos le consideraban el referente de la crítica literaria de su tiempo y su influencia en importantes escritores seguía extendiéndose. Fue amigo de Ruyard Kipling y de J. M. Barrie, que tomó a su hija Margaret como inspiración de Wendy en Peter Pan. La niña, muerta a los seis años por una meningitis, no llegó a ver el estreno de la obra teatral infantil, que fue un verdadero escándalo moral. Los niños victorianos eran adultos por desarrollar y se les animaba a dejar la niñez, por lo que la decisión de Peter Pan de no crecer fue considerada por muchos una atrocidad, y aplaudida por Henley. Su tuberculosis seguía avanzando, y le llevaría a la tumba a los cincuenta y tres años. Pidió ser incinerado y que sus cenizas reposaran, hasta el día de hoy, junto a su hija muerta. A partir de ese momento su nombre iba a quedar para unos cuantos expertos en literatura.

Así fue hasta que en 2009 Clint Eastwood dirigió la película Invictus, narrando cómo en el esfuerzo del ya presidente Mandela por reconciliar Sudáfrica se ayudó de la selección nacional de rugby. En ella puede oírse a Morgan Freeman recitando los versos de Henley, y también a Matt Damon el poema entero, a la vista de la celda y prisión en donde el líder contra el Apartheid estuvo recluido. La fama de esta composición poética, ya potenciada por la biografía de Mandela, se hizo mayor, o al menos alcanzó todos los países en que fue estrenada la película.

Y aunque el hecho de que aquel poeta sigue encarnando de manera indirecta el prototipo del pirata es menos conocido, su personalidad sigue presente a través de John Silver. No por casualidad Jack Sparrow, protagonista de la saga de Piratas del Caribe, comparte sus iniciales. Ya no lleva una pierna de madera, pero sigue dudando entre el egoísmo del pirata y la entrega desinteresada del héroe. Y si su brújula mágica, que podría marcar la dirección en que está el objeto de su deseo, oscila sin encontrar el rumbo, es porque el espíritu de Henley sigue vivo en él, murmurando «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Un capitán pirata, naturalmente.


José Antonio Guardiola: «La brecha que separa el hecho noticioso del ciudadano se ha estrechado tanto que apenas queda hueco para el periodista»

José Antonio Guardiola para Jot Down 0

En Portada es uno de los programas informativos de Televisión Española que más premios ha recibido. Su director, José Antonio Guardiola (Madrid, 1963) es de esos periodistas que siguen ilusionados por su trabajo a pesar del paso de los años. Su entusiasmo a veces parece fruto de la inocencia de un niño. En 2014 el programa cumplió treinta años con el episodio «El reportaje perfecto», donde Guardiola reunió a un grupo de periodistas para charlar sobre la profesión. Fue grabado en el parque del Retiro en Madrid y él hacía las preguntas. Ahora, un año después, volvemos con él al mismo lugar y le pedimos que sea él quien las responda.

El reportaje de En portada sobre la muerte del fiscal argentino Nisman ha tenido gran repercusión allí.

Lo que más me obsesiona en el periodismo de hoy es la narración. Me motiva mucho encontrar formas de narración diferentes en función de las historias y que, sin perder ni un ápice de rigor, juegues con elementos quizá más propios del cine o las series de TV. Por eso la historia de Nisman la vi como una especie de reportaje-thriller. Está magníficamente rodado con esa intención, planos sucios, descompuestos y muy contrastados para lograr una simbiosis entre las tramas periodísticas del caso Nisman y su forma de presentar en televisión. Eso es la bomba, me llena mucho. Y al final llegas a la conclusión de que tiene mucho más valor un buen reportaje de televisión que un buen capítulo de House of Cards. Porque rodar un buen thriller es «sencillo»… Tú montas las escenas, las ruedas cuando quieres y las veces que quieres y luego decides quién es el asesino, pero eso en periodismo no vale. Afortunadamente. Luego, parece sorprendente, pero al día siguiente de su emisión en España, el reportaje en sí y sus testimonios eran la noticia con la que abrían las portadas de internet de los principales medios argentinos: Clarín, La Nación, Perfil… Un reportaje convertido en noticia.

Hiciste la última entrevista que dio Mandela en su vida.

Me lo recuerdan a menudo, pero fue fruto de la casualidad. No le doy valor periodístico al hecho de que fuera su última entrevista. Solo le doy valor interiormente por lo que me costó conseguirla. Estuve muchísimo tiempo persiguiéndola. Tuve que recurrir a la Fundación Nelson Mandela, la Fundación Príncipe de Asturias, amigos sudafricanos que tenían influencia sobre él, a la embajada y hasta a su mujer. Y cuando le tuve enfrente no me sentí como que me encontraba ante un estadista, ni siquiera frente a un personaje de la historia; sentí que tenía ahí al que en ese momento era el padre de la humanidad. Sé que suena grandilocuente, pero fue así. Nadie se atrevía a cuestionar a Mandela ni se atreve. Pero nunca fui consciente de que fuese la última entrevista que se le iba a hacer. De saberlo lo habría planteado de manera diferente.

Luego es verdad que Mandela genera empatía de una manera que es hasta difícil de explicar; transmite tal descarga de humanidad, tanta credibilidad, que te impone. Las únicas preguntas que le hice con mordiente fueron sobre su responsabilidad en la epidemia de sida que sufría Sudáfrica. Su Gobierno podía haber sido más activo para poner controles que frenasen la expansión de la enfermedad, pero se dejaron llevar por conocimientos poco científicos. Se lo planteé y él me respondió con evasivas, pero era Mandela. ¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte a repreguntar a un señor de ochenta y tantos años? Aunque reconozco que no fui lo incisivo que habría sido con cualquier otro personaje.

Tampoco creo que él, cuando concedió esa entrevista, pensase que fuera a ser la última. Me parece que lo que le pasó fue que se sintió incómodo por la edad que tenía. No me oía bien. Algunas preguntas se las tenía que repetir. Le costaba escuchar y entender. Tengo la impresión de que en gran medida decidió no hacer más entrevistas por eso, porque no era una situación agradable para él. Se la hicimos en el Ritz el día después de la boda de los entonces príncipes y ahora reyes de España. El embajador sudafricano me pidió que no grabáramos el paseo de Mandela desde su suite a la habitación donde le entrevistamos porque caminaba con mucha dificultad, tardó muchísimo en recorrer pocos metros. Encontrarte a un personaje de esa categoría mostrando signos de debilidad también me influyó a la hora de ser incisivo. Todos somos humanos… Aunque si me hubiera encontrado en esas circunstancias a Robert Mugabe, por ejemplo, seguramente habría sido menos respetuoso.

Admiro a Mandela enormemente, aunque creo que nos hemos extralimitado subrayando sus bondades. Su trayectoria fue más o menos paralela a la de Mugabe en Zimbabue, que podría haber sido como Mandela, porque llevó a su país a la liberación, pero al final gobernó Zimbabue de una manera tan torpe, tan autócrata, que no resiste ni la más mínima comparación. Quizá hemos santificado demasiado a Mandela, pero este mundo a veces requiere un liderazgo moral del que estamos tan carentes y él, sin ser perfecto, porque no lo era, lo simboliza muy bien. Lo que sí que creo que se ha tratado poco de su figura es el pozo de amargura que tenía por haber desatendido a su familia al entregarse tanto a la causa.

La pena es que cada vez es más difícil conseguir este tipo de entrevistas. Los Mandela, Arafat o Castro de hoy en día son cada vez más reacios a los medios de comunicación, al margen de que cada vez somos más medios los que pedimos entrevistas. Aunque nunca ha sido fácil conseguirlas. Con Mandela, si te citaba en un lugar a una hora, iba. Con otros como Yaser Arafat, por ejemplo, tenías que estar en una ciudad durante quince días, que ya te llamarían. Y a veces ni siquiera lo hacían. Por cierto, ¿sabes qué me llamó la atención de Arafat y de Mandela? Que ninguno de los dos tenía manos de un luchador. Eran manos suaves. Cuando me la estrechó Arafat me sorprendió, esperaba una mucho más callosa. Al menos Mandela transmitía una descarga de humanidad, aunque suene a realismo mágico. Arafat, en cambio, no.

José Antonio Guardiola para Jot Down 1

Cuando empezó el programa que diriges, En portada, se estrenó con una entrevista a Fidel Castro que recibió ciertas críticas.

La hizo Vicente Botín y creo que le pasó algo como a mí con Mandela, pero un tanto diferente. Siempre ocurre, cuando persigues con mucha insistencia una entrevista y por fin te la conceden da la sensación de que ya está todo hecho, cuando en realidad lo verdaderamente importante empieza cuando lanzas la primera pregunta. Fidel Castro es una persona arrolladora y Vicente Botín, que no es sospechoso de ser revolucionario cubano por los libros que ha escrito después, se dejó llevar por ese no sé si miedo escénico, pero sí por esa especie de intimidación que a los periodistas nos produce a veces estar ante personajes históricos. También hay que tener en cuenta que no pudo prepararla. Se metió en un cóctel y de repente le dijeron: venga, pasa por aquí y haz la entrevista. En esas circunstancias es inevitable que luego te arrepientas de no haber hecho una serie de preguntas, pero eso nos sucede a todos en la vida. Así que Fidel contó su versión de la revolución, cómo estaban los cambios y habló, habló y habló, eran sus años de discursos de cinco horas, y no se le cuestionó nada de lo que dijo.

En portada tiene enfoques muy variados en cada entrega. Puede entrevistar a un líder mundial como los que hemos comentado lo mismo que a cualquier ciudadano, como aquel joven kazajo con malformaciones por los experimentos nucleares de la URSS.

El joven kazajo se llama Berik. Fue una de esas historias que te hacen pensar que el periodismo sirve para cosas tangibles. A veces te planteas si servirá para que un dictador se lo piense dos veces antes de lanzar un ataque contra la etnia vecina, pero en otras sirve para hacerle la vida un poco más feliz a gente que lo ha pasado mal. En Portada conoció a Berik en Kazajistán, durante el rodaje de un reportaje de Carlos Franganillo y Miguel Ángel Viñas. Estaban interesados en investigar las pruebas nucleares en la URSS durante los cincuenta y sesenta y así dimos con Berik, un chico cuya madre se había expuesto a las radiaciones de las explosiones nucleares porque vivía cerca de un campo de pruebas del ejército soviético. Como el Gobierno no informaba, la gente salía a ver el hongo nuclear como puede salir aquí ahora a ver los fuegos artificiales en San Isidro. Contemplaban el hongo y se exponían a la radiación. Muchas personas han sufrido malformaciones por eso.

Al ver el programa «Hijos de la guerra atómica», un cirujano español se ofreció a operarle. Coincidió con que nos acababan de conceder un premio por otro reportaje y decidimos invertir la dotación en traer a Berik a Madrid y operarle. Durante todo el proceso de vida de Berik en España grabamos todas sus vivencias porque imaginamos que podía ser una historia digna de ser contada. Y así nos salió otro reportaje, esta vez muy sensible. Yo soy más partidario de los formatos tipo BBC, que no tratan de generar tanta empatía, pero aquí accedí a buscar en el espectador un grado de emoción suficientemente alto como para que la historia emocionara, pero sin caer en el sensacionalismo. Fue muy jodido encontrar el equilibrio, tocar fibra sensible sin pasarse de sensiblería.

¿Te ha ocurrido en un conflicto que tienes que olvidar que estás haciendo periodismo y dejarlo todo por una razón humanitaria de fuerza mayor, un suceso que te obliga a intervenir?

En Kosovo pasé por una experiencia en la que uno tiene que pensar si lleva piel de periodista o de humano. O el momento en el que entiendes que no puedes ser periodista sin tener piel humana, mejor dicho. Y fue una en la que nos la jugamos de verdad. Yo nunca he sido un periodista de contar películas, aunque sí haya estado en peligro en muchas ocasiones, pero hay veces en que te estás jugando la vida literalmente y esta fue una de ellas. Estábamos en Pristina. No muy lejos, en los alrededores de Komorán, había una zona controlada por el UCK —la guerrilla albanokosovar— y decidimos ir allá a rodar un reportaje. Pasamos los controles de carretera, donde había que pillar con la guardia baja a las fuerzas especiales serbias de Milosevic. Lo conseguías hablando un poco de fútbol, yo que soy del Atlético sacaba siempre a Pantic. Te ganabas su confianza y te dejaban pasar. En el viaje, al final llegamos a un pueblo donde un francotirador había matado a un niño. El cadáver, que llevaba muerto horas, estaba en un robledal, en un bosque. Y a su lado estaba su hermano. Todavía vivo, pero herido con un disparo en la cabeza.

Nos movíamos en un coche blindado y los vecinos albaneses de ese pueblo nos pidieron que recogiéramos el cadáver porque nadie podía acceder al robledal. Nosotros, con el coche, donde ponía claramente que éramos de TVE, fuimos. Teníamos la esperanza de que el francotirador viera que éramos periodistas y no disparara. Llegamos, nos bajamos y hubo tiros, pero no a dar, solo como advertencia: «sabemos que vais a recoger el cadáver del niño, hacedlo pero no estéis más tiempo del debido». Con nosotros estaba su padre, o su tío, lo recogimos de entre los árboles y lo llevamos de vuelta a la aldea en el coche. Pero había llovido, no teníamos tracción a las cuatro ruedas y ahí nos quedamos bloqueados. El blindaje pesaba demasiado, el coche patinaba, empujábamos pero no encontrábamos manera de salir. Fueron momentos de verdadero horror porque sabíamos que el francotirador seguía ahí.

Cuando lo logramos, llegamos al pueblo y entregamos el cadáver. Era una aldea de albanokosovares. Imagina la que se lio ahí. Pero el problema era que el hermano seguía malherido. La bala le había dado en el cráneo, le había rozado, y si lo dejábamos ahí iba a morir. Seguro. Nos pidieron que lo lleváramos al hospital de Pristina, en el pueblo no tenían ni botiquín. El problema era que si nos detenían en el control no nos permitirían llevarle hasta el hospital y no te digo lo que nos iba a pasar a nosotros. Pero en un momento así te quedas pensando, ¿cómo me voy a negar a llevar a un niño al hospital?

Fue un momento difícil porque si nos hubieran pillado las fuerzas especiales de Milosevic nos habrían llevado a la cárcel como mínimo, a no ser que te peguen un tiro ahí mismo y digan que has salido corriendo. Sin embargo, dejarlo ahí era dejarlo morir. Hablamos entre todos los miembros del equipo, estas son decisiones que no puedes tomar solo, y decidimos arriesgarnos. Volvimos a pasar camino del hospital de Pristina por los checkpoints. Había varios. Íbamos completamente acojonados. Unos controles eran más peligrosos que otros. Si nos cogían las fuerzas especiales… en fin, qué decir, todos sabemos cómo eran. Al chaval lo metimos en mantas para que no se le viera, le habían puesto una venda. Fuimos chapurreando serbio como podíamos de control en control, de risas con los policías, y al final afortunadamente conseguimos llegar al hospital. Allí lo dejamos, pero nunca supimos qué fue de él. Y eso que he vuelto varias veces a Kosovo, lo he buscado y se lo he comentado a Flaka Surroi, una de las periodistas más importantes de Kosovo y gran amiga mía. Calculo que ahora el chico tendrá veintitantos años, pero ya digo que nunca he podido averiguar qué pasó. Si salió con vida del hospital o murió.

José Antonio Guardiola para Jot Down 2

¿Cuál es el viaje que más te ha marcado?

Sin duda, 2001 en Afganistán. Fue mi viaje más enriquecedor y también el más triste. Entramos en el país de los primeros a través de Pakistán. Iba con dos cámaras, José Manuel Frean y Juan Antonio Barroso, dos amigos. Porque en televisión eso es fundamental. Y más en las guerras. Para trabajar en equipo tiene que ser con gente a la que quieres y que te quiere y que además nos respetemos profesionalmente. El caso es que llegamos a un territorio prácticamente vacío en el este del país, en Jalalabad. No había talibanes, habían huido, pero tampoco habían llegado los muyaidines, a los que cuando fueron apareciendo les costó bastante asentar su poder. Y tampoco había tropas internacionales, ni se las esperaba. Como periodista podías moverte por donde quisieras. No te paraba un policía en un semáforo, no había un checkpoint de los infinitos que había en los Balcanes. Podías ir donde quisieras, como digo. Una libertad absoluta de movimientos y esa es la mejor materia prima para un periodista. Para que te hagas una idea, uno de los primeros sitios donde estuve fue la casa de Bin Laden a las afueras de Jalalabad. Estuve ahí antes de que llegase la CIA. Periodísticamente no sé cómo definirlo, ¿el paraíso? Estuve en campos de entrenamiento de Al Qaeda, en una prisión con reclusos de Al Qaeda, que los mirabas a la cara y te acojonabas, no porque fueran asesinos, que seguramente lo eran, sino porque tenían tanto miedo, tanto odio, que al ver a alguien lo miraban como a un enemigo. Y claro, cuando tú no lo eres pues te da mucho miedo.

Todo eso fue lo enriquecedor del viaje. La parte más dura vino después. Como la vida misma, que se compone de felicidad y sufrimiento. Estábamos una noche discutiendo si al día siguiente nos íbamos en una caravana de periodistas a Kabul. Nosotros decidimos quedarnos porque estábamos disfrutando. En la capital, desde la que ya informaban otros compañeros desde hacía varios días, solo íbamos a poder hacer reportajes sobre si el oso polar del zoo había sobrevivido al calor del verano. Lo digo sin menosprecio, pero es que al final era eso. En el este de Afganistán estábamos ochenta periodistas para una extensión tan grande como Extremadura o más. Julio Fuentes, sin embargo, sí cogió esa caravana y se fue.

Recuerdo que llevaba una camisa oscura, unos pantalones beige, unas botas, y su camisa estaba manchada porque había abierto antes un bote de aceitunas y le había salpicado. Salió la caravana y enseguida saltó el rumor de que los habían tiroteado. Entonces piensas que todos esos elementos que te sirven para ser feliz periodísticamente pueden convertirse en tu ratonera. No tienes a nadie a quien preguntarle, no hay fuentes fiables. Eso que es una gozada, de repente es una encerrona. Encima su pareja de entonces era y es amiga mía. Tenía, como periodista, el compromiso de contar lo que había pasado, pero, como persona, primero decírselo a quien merecía saberlo de primera mano. Como era imposible lograr cualquier confirmación oficial decidimos que solo daríamos la noticia cuando pudiéramos reconocer visualmente los cuerpos. Así fue, volvimos a ver esa camisa azul oscura y esos pantalones beige. Los reconocimos y lo contamos. A partir de ese momento los tres del equipo debatimos si permanecíamos en Jalababad o, como hizo la inmensa mayoría, regresábamos a Pakistán. La situación era extremadamente peligrosa, pero no hubo dudas. Nos quedamos y seguimos disfrutando tanto como sufriendo. Eso como equipo nos dio mucha fuerza.

Poco después de eso, el caso Couso cambió definitivamente el periodismo internacional español, la forma de cubrir los conflictos.

Recuerdo que los equipos de la BBC llevaban en Afganistán en 2001 a un exmiembro de las SAS, los comandos del ejército británico, que les iba marcando a partir de qué punto tenían que cubrirse con el casco, dónde con el chaleco, etcétera. Yo entonces no lo entendía porque me parecía que contribuía poco al fin último que es contar bien una historia. Creo que trabajar con alguien armado te expone más que te protege. Cuando estás con un tipo al lado que te dice qué es exactamente lo que tienes que hacer o los pasos que tienes que dar, seguramente se salven vidas, y eso evidentemente tiene que estar por encima de todo, pero desde lo de Couso los medios españoles, que muchas veces están dirigidos por personas que nunca han ido a un conflicto, entendieron que al enviar a alguien a una guerra tenían que imponer una serie cuestiones de seguridad fundamentales. Había que ir con un chaleco, con un casco… En la guerra de Kosovo nadie llevaba protección. Nosotros utilizamos un blindado que compró TVE durante la guerra de Bosnia, pero nos reportó más problemas que ventajas. Nos dejaba tirados constantemente en medio de la nada y eso sí que es peligroso.

Y lo cierto es que ahora con la crisis lo que casi no hay son enviados especiales, pero hasta que pasó lo de Couso los medios se presentaban en los conflictos con cero protección. Surgió entonces un debate en algunas empresas de información respecto a las medidas de protección a los periodistas, los seguros, etc. Ese debate, sano en un principio, degeneró hasta el punto en que las empresas comenzaron a renunciar a coberturas de conflictos para no tener que abordar esos elevados costes en seguridad. Y todo esto abonado encima por una crisis que ha machacado el periodismo local e internacional. Y la consecuencia es que los periodistas ya no estamos tan cerca de las noticias como deberíamos estar. Nos han alejado de la cobertura directa de los conflictos. Un problema muy grave en el periodismo internacional.

¿Crees que hubo intencionalidad de Estados Unidos en asesinar a un periodista para lograr el objetivo que acabas de describir?

No estoy tan seguro. Cuando le mataron yo estaba en Irak, pero en el sur, en Basora. No estaba en Bagdad. Lo primero que creo es que si la sociedad se dota de una serie de intermediarios, que son los periodistas, para contar lo que está pasando, nos debemos fiar de ellos. Son nuestros ojos en el conflicto. Y si ocurre algo tan grave como lo de Couso, la primera versión que yo tengo que escuchar es la de los periodistas que están sobre el terreno. La de Carlos Fernández o la de Jon Sistiaga, que además son buenos amigos míos. Por eso, a mí que de entrada se rechazara de plano esa versión me hizo sospechar. Ahora, llegar a afirmar tajantemente que eso fue un acto premeditado, no sabría qué decirte. Porque a mí una de las cosas que más me gustan en periodismo es ponerme en el papel del otro. De la víctima y del victimario. Algo que te enriquece como persona y como periodista. Porque yo también me pongo en el papel del militar atemorizado que iba en el carro o en el vehículo blindado, con un inmenso calor, medio mareado, que le desconcierta la luz, en medio de combates y de repente ve en un punto algo que le hace temer por su vida… La reacción que puede tener en ese momento un militar hay que entenderla también. Pero insisto, no estoy justificando lo que pasó allí, ni muchísimo menos, solo me gusta ponerme en el papel de los dos. ¿Pudo haber sido fruto de la casualidad que vieran y sospecharan que había una amenaza para ellos? Pudo ser. En todo caso, yo lo tengo muy claro. Mis amigos, y repito, los intermediarios que la sociedad ha elegido para que le cuenten lo que allí está pasando me dicen algo que yo no vi y creo en sus palabras: que el asesinato de Couso no fue producto de la casualidad. Me fío de su palabra. En cualquier caso, lo que sí me parece lamentable es que no se pueda investigar esa muerte y que un juez tenga que renunciar a esclarecer lo que pasó como acaba de suceder.

En el reportaje de regreso a Ruanda tras el genocidio, entrevistaste a Valérie Bemeriki, la periodista que llamaba a «matar a todas las cucarachas».

Fue una entrevista cuando menos curiosa. Bemeriki era un símbolo. Representa lo peor que puede simbolizar un periodista. Era locutora de la radio del régimen hutu, la emisora de las Mil Colinas. Desde ahí, por un lado, incitaba al odio, pero además durante el genocidio señalaba dónde se escondían los «objetivos» tutsis, los que ellos llamaban cucarachas, para matarlos. En sus programas decía: «en tal aldea hay no sé cuántos protegidos en tal casa. En equis iglesia se refugian cucarachas». Los hutus que la escuchaban iban a buscarles y pasaban a cuchillo, machete o tiros a todos los que estaban allí. Por eso para mí representa la peor condición del periodista, que es la del transmisor de puras órdenes. No sé si se arrepiente de lo que hizo. Cumple cárcel y probablemente no saldrá de allí aunque cambien los Gobiernos en Ruanda. Cuando la entrevisté, lo que más me sorprendió fue la serenidad con la que hablaba. Además, en un francés impecable. Explicó todo con una frialdad, con una sincera falta de arrepentimiento, y eso que estaba dentro de su celda y sabía que la escuchaban sus carceleros.

Para mí este viaje fue muy importante, porque volví a Ruanda veinte años después y me sirvió para poder entender humana y periodísticamente lo que no había comprendido veinte años atrás, que eran muchas cosas. Cuando fui como enviado especial, bastante inexperto y seguramente inseguro, estuve más pendiente de tener una crónica antes de las nueve de la noche que de procesar una tragedia de tales dimensiones. Esto nos pasa a veces cuando hacemos telediarios, nos arrolla la necesidad de contar cosas, de tener la crónica preparada. Es una especie de miedo al vacío.

José Antonio Guardiola para Jot Down 3

Francisco Veiga denunció en su entrevista en Jot Down que al conflicto de Ruanda los medios no le prestaron atención, cuando fue una masacre que superó el índice de asesinatos de los nazis durante la II Guerra Mundial.

Hombre, Francisco Veiga, un profesor de universidad al que te encuentras en los conflictos sobre el terreno. A lo que entiendo se refiere es al debate sobre el valor de la vida en un conflicto en el mundo de hoy, tanto en el periodismo como en lo que no lo es. El niño muerto en un tiroteo en un colegio de Oklahoma vale lo mismo que el niño muerto de hambre en Etiopía, pero parece que no pesa lo mismo. En aquella época nos volcamos en el conflicto de Yugoslavia más que en el de Ruanda por la proximidad, por las connotaciones y por los diferentes elementos que tenía que te generaban muchas más dudas, incertidumbres y temores que el propio conflicto de Ruanda, que al fin y al cabo era algo que se veía lejano e incluso incomprensible.

A veces nuestro contrato como periodistas consiste en que el ciudadano entienda que esos conflictos repercuten. Que una guerra en Libia no afecta solo a los libios. Que una tala de árboles en el Amazonas no afecta solo a los brasileños No solo es la obligación moral de prestarles atención, sino también lograr que el ciudadano lo haga. Y a veces los periodistas fallamos, no sabemos convertir en interesante lo importante. El caso yugoslavo era muy fácil de acercar y el ruandés no tanto, aunque desde la II Guerra Mundial no se conociera una masacre como esa. Estamos hablando de ochocientos mil o un millón de muertos en un periodo de cien días.

¿Qué sentiste personalmente ante la responsable de tantas muertes? ¿Te provocó rechazo?

No, como decía antes, me pongo mucho en el papel del otro. Es como cuando cruzas la mirada a los de Al Qaeda. A veces distingues odio, otras veces miedo… ambos sentimientos humanos. Cuando observas sus ojos ves esa parte quizá más oscura de la humanidad, a pesar de que hayan sido los más bárbaros asesinos que te hayas cruzado en toda tu vida. Y Bemeriki era una mujer serena, asumía que estaba pagando una culpa de la cual al menos sí creo que era consciente. Pero para ejercer el periodismo es muy importante intentar entender al otro, por qué ha cometido una aberración. No por justificarlo, solo por entenderlo. Yo no soy un juez, no tengo que condenarlo, solo debo exponer los hechos. Si quiero exponer a Bemeriki tengo que entenderla antes. Tengo que dar las claves para que sea el ciudadano el que entienda que contribuyó a la muerte injustificada y, por supuesto, injusta de miles de personas.

En Facebook dijiste que habías vuelto a Ruanda dieciocho años después y seguías sin entender nada.

Cuando me metí en el periodismo lo que me gustaba eran las relaciones internacionales. Me veía más como corresponsal en Washington o en Bruselas, como un analista porque me gustaba mucho entender lo que pasaba, jugar con el mapa del mundo y poner las piezas del puzle para entender por qué si pasa algo en un sitio afecta a otro lugar. Pero cuando me ofrecieron probar el periodismo de acción, cuando me propusieron viajar a Ruanda, no iba a decir que no. Fui para allá con la sensación de que viajaba a un lugar que no conocía lo suficiente como para explicarle al telespectador lo que estaba pasando. Y lo que ocurrió no fue que no lo lograra comprender como periodista, es que me desbordó como ser humano.

Pongo un ejemplo. Recuerdo que estaba con los refugiados tutsis que volvían a sus aldeas desde el Congo. Llegaban y comprobaban que sus casas estaban ocupadas, que los maltrataban. Un panorama que seguramente era mejor que el de los campos de Goma de los que escapaban, pero que desde luego no era lo que imaginaban que iban a encontrar. Allí, un día al atardecer, entre las madres que cocinaban las típicas cacerolas africanas, un día sin viento porque recuerdo muy bien que el humo subía en vertical, en una zona muy deforestada cercana a Nyamata… De repente encontré una niña llorando. Era un llanto… no era el llanto de un niño occidental. Los niños en África lloran de otra manera, con desconsuelo; lloran sin interrupción. Aquí un niño llora y para, allí puede estar veinticuatro horas. Esa niña que vi llorar tenía la misma edad de mi hija, que ahora tiene veinte años. Estaba sola, porque en África las madres no les prestan atención a los niños como se la prestamos aquí, que los hiperprotegemos; la niña estaba sola y en ese momento no sé por qué vi en el llanto de esa niña los ojos de mi hija.

En ese momento me emocioné, porque entendí lo que estaba pasando. Eso me ha ayudado a ser mejor periodista. Porque antes de cruzar la mirada con esa niña lo veía todo desde un filtro. Era un españolito que simplemente estaba allí para contar lo que estaba viendo, pero no lo estaba sintiendo. En ese momento, sin embargo, empecé a hacerlo; empecé a ver en el otro lo que no veía hasta entonces. En ese momento me di la vuelta, lloré pensando en mi hija, preguntándome qué estaba haciendo en Ruanda cuando podía estar con ella. Reflexioné si sería capaz de relatar lo que había tenido ante mí. Y pensé: si soy capaz de contar esta historia, valdré como reportero de guerra. Si no, no. Me quedaría como el periodista que te da las claves de por qué ha pasado en Crimea lo que ha pasado, por ejemplo, lo que, por otra parte, tiene un enorme valor.

La conclusión es una pregunta: ¿Qué lleva a un ser humano a coger un machete y clavárselo en la cabeza al de enfrente? El odio. Y el odio es un sentimiento que lo multiplican los malos, los poderosos. Las sociedades no somos conscientes de lo que significa una guerra. Se ha trivializado tanto, nos han anestesiado tanto, en parte quizá por los videojuegos y las películas, que no se entiende lo que es en realidad. La guerra es algo que arrasa con todo. Quizá las guerras sean inevitables, es más, creo que lo son, pero los que sí son evitables son los políticos que nos llevan a la guerra. Y ahí sí, el papel del periodista es denunciarlos.

Si de algo estoy satisfecho con el periodismo es que, de alguna manera y en pequeña medida, con nuestro grano de arena hemos logrado que quizá algún dirigente en algún lugar del mundo cuando está dispuesto a cometer un genocidio, se lo piense dos veces: «cuidado que a lo mejor llega el periodista tocapelotas que va a contar todo esto y voy a terminar en el Tribunal de La Haya». Si por esto alguna vez alguno de estos no firma la orden de ejecución de no sé cuántos, aunque solo sea por eso, ya ha servido.

José Antonio Guardiola para Jot Down 4

En el caso del reportaje sobre Salvador Allende conseguiste el vídeo de la exhumación de su cadáver, que no lo había visto nadie, solo el Gobierno.

Esa historia periodísticamente es muy bonita. Cuando Pinochet estuvo detenido en 1998 conocí a un cámara chileno que se llama Pablo Salas. Nos hicimos muy amigos. Una vez, cenando en su casa en Chile, después del asado y unas copas, me dijo: «Guardiola, te voy a enseñar una cosa». Me llevó al salón de su casa y me mostró unas imágenes que solo tenía él: la exhumación de Allende. Yo no sabía ni que existieran esas imágenes. Bueno, nadie lo sabía. Era la exhumación secreta del cadáver del presidente.

En 1990, cuando llegó la democracia a Chile, Allende seguía siendo el primer desaparecido de la dictadura. Porque nunca nadie supo dónde estuvo enterrado, aunque se sospechaba. Ni siquiera se sabía cómo murió. El Gobierno democrático de Patricio Aylwin decidió abrir la tumba donde creían que lo habían enterrado, el mausoleo de su familia en Viña del Mar para después darle el homenaje que se merecía. Se hizo de noche y allí estaba para reconocerlo su médico de confianza, una de las mejores personas que me he encontrado en la vida, Arturo Jirón. Bajaron a la fosa, abrieron la tumba y el Gobierno decidió que todo aquello quedase grabado para que formara parte de los archivos de la República para la eternidad. Para esto habían contratado a Pablo Salas, el cámara del que hablo. Pero él, con ese olfato periodístico que tienen que dar los periodistas, en el trayecto de vuelta desde Viña del Mar a Santiago hizo una copia de la grabación en el coche. Ese vídeo lo tuvo guardado hasta que me lo enseñó en su casa y me dijo que nos lo reproducía, pero no nos lo iba a dar jamás. Y yo: bueno, ya lo hablaremos [risas]. ¡Cómo te van a decir a ti eso que eres periodista!

Al final, cuando murió Pinochet, decidió hacer públicas las imágenes. Yo era jefe de internacional del telediario y la única cobertura que hice durante esa etapa fue esa. Me sentía necesitado de contar la historia de la muerte del dictador y allí coincidí con Pablo Salas y acordé emitir por fin las imágenes. Eran muy importantes porque despejaban muchas dudas históricas. Me puso como condiciones que nunca se utilizaran esas duras imágenes para desprestigiar a Allende y que el reportaje lo tenía que hacer yo. El problema era que como jefe de internacional no podía estarme un mes y medio por ahí haciendo un reportaje, así que guardé el DVD en la mesilla de mi casa en Madrid durante un año y pico. Ahí lo tuve sin enseñárselo a nadie hasta que dimití, me nombraron director de En portada y decidí que mi primer reportaje iba a ser ese. Luego, a raíz del reportaje un juez chileno reabrió la causa y se pudo probar, se sentenció que Allende se había suicidado. El periodismo también contribuye a poner luz a la historia y este es un claro ejemplo. Periodísticamente me llenó muchísimo.

En Bolivia entrevistaste a Nicolás Castellanos, un obispo español que lo dejó todo y se fue con los pobres, un cura de la teología de la liberación.

Llegué a él por casualidad. Queríamos hacer el primer reportaje de RTVE en HD y tenía que ser algo que si salía mal pudiera repetirse. Era un reto tecnológico que nos generaba mucha inseguridad. Obviamente, si nos metíamos en un conflicto o en la jungla no íbamos a volver al día siguiente a grabar la misma secuencia. Pensé en todos mis contactos, hice como un casting. Nicolás Castellanos fue un obispo español de la Transición que en un momento dado entendió que la Iglesia no tenía el discurso que debía tener. Pensaba, como puede decir ahora el papa Francisco más o menos, o como decía claramente la teología de la liberación, que la Iglesia tenía que dedicarse a trabajar por los pobres. Decidió dar el salto y se fue a Bolivia.

La obra que tiene allí es espectacular. Es un proyecto que se llama «Hombres Nuevos» que busca básicamente lo que te he dicho, acompañar a los pobres. Con la gente que necesita ayuda de verdad. Recuerdo una frase que dijo que me dejó clavado: «Yo es que ahora de repente veo que en las manifestaciones contra el matrimonio homosexual se reúnen tantas personas, compañeros míos, para intentar impedir que los homosexuales se casen, con la cantidad de problemas que hay en el mundo; con la cantidad de problemas que tienen los pobres del mundo. No lo logro entender». Es así. Yo no soy creyente, pero sí es cierto que se comparten una serie de valores que al ser humano lo hacen grande, llámense cristianismo, mahometismo o budismo. ¿Qué tienen que ver esos valores con una manifestación de esas características?

Nicolás Castellanos lo que cree lo aplica a su vida y vive en El Palacio, que es una especie de comuna en un barrio de gente muy humilde, el llamado Plan 3000 de Santa Cruz de la Sierra. Sigue siendo miembro de la teología de la liberación y la defiende. Es un personaje de los que te enriquece. Es lo bueno que tiene el periodismo, si yo hubiera sido, por ejemplo, abogado, nunca habría conocido a alguien así y sería otra persona distinta.

José Antonio Guardiola para Jot Down 5

Otro reportaje emotivo en este sentido, el del periodista desaparecido Pedro Cárdenas.

Colombia es un país que ha vivido los conflictos con tal intensidad que entras en una aldea, te empiezan a contar cosas y cuando llevas tres días, ves que solo se han remontado a los últimos diez años. Y luego es un país con una gente magnífica, que gente así hay en todas partes, pero en Colombia especialmente. En el caso de Cárdenas quise hacer un reportaje centrado en poner en valor la figura del fixer, nuestro cicerone en los conflictos. Gente que a veces es un periodista local y otras es un buscavidas. En Afganistán, por ejemplo, tuve uno que estaba metido hasta las trancas en los servicios secretos de unos y otros. Se lo sabía todo. Y cuando estás allí te tienes que dejar llevar por él, porque que en el fondo que tú hagas un buen trabajo depende en gran medida del fixer, de que sea bueno. Luego el premio te lo dan a ti y él se queda en su país sufriendo.

El reportaje se llamó «Maldito oficio». Estaba dedicado a los periodistas locales. Porque tú siempre tienes un billete de vuelta, pero el otro no. Al día siguiente tiene que llevar a sus hijos a la guardería. Y Pedro Cárdenas era un periodista en estado puro. Se jugó la vida; la suya, la de su mujer y la de sus hijos por denunciar las mafias y corruptelas de políticos y paramilitares. Ni siquiera era periodista por titulación. Y desapareció. No está probado que lo mataran, pero a mí me extrañaría que no lo hubieran hecho.

¿Es la televisión un arma de guerra como se denuncia en los conflictos modernos?

Lo es, aunque ha variado mucho. En las guerras de los Balcanes, por ejemplo, tuve la sensación de que en los frentes nos veían como un objeto de seducción. El periodista era el que iba a facilitar el camino para que la opinión pública mundial se sensibilizase con los problemas de cada bando. De por qué luchan. O por qué matan. Pero ahora, con la irrupción de las redes sociales y las nuevas tecnologías ha cambiado. El caso extremo lo tienes en Siria, es decir, el Estado Islámico ya no te necesita para contar su historia. Tienen una capacidad de producción de información que tú ves los vídeos y parecen rodados por profesionales de Hollywood. Lo que ellos quieren que se sepa, los periodistas nos lo bajamos de internet. ¿Para qué tenemos que estar allí? Para nada. Y entonces, si estás, lo que se proponen es eliminarte. Ese es uno de los grandes dramas que tiene el periodismo de guerra hoy. Ya no eres un objeto de seducción, sino un objetivo.

Sin embargo, el cambio determinante empezó a darse tras la guerra de Vietnam.

Los políticos descubrieron en esa guerra que los medios pueden tener mucho poder. Y su objetivo es limitar la influencia mediática en su propia conveniencia. Las guerras que vinieron después estuvieron muy condicionadas por la guerra de Vietnam. Pero insisto en que, más que esa guerra, lo que de verdad está cambiando el periodismo son las nuevas tecnologías. La brecha que separa el hecho noticioso del ciudadano se ha estrechado tanto que apenas queda hueco para el periodista. Ahora la sociedad pide respuestas inmediatas. Este fenómeno cuando empezó fue sobre todo con la caída del muro de Berlín. Todas las televisiones lo dieron en directo. El espectador era testigo directo. No hacía falta contexto: había un tío vestido de verde que abría una puerta y una multitud de personas se abrazaban, unos mejor vestidos que los otros. Pero el contexto histórico que supone la apertura del muro y sus posibles consecuencias en el futuro, si lo estás viendo en directo no lo entiendes. Es como la guerra de Irak del 91, que fue la explosión de la CNN, veías avanzar los carros por el desierto. ¿Qué supone eso? «No lo sé, pero lo estoy viendo». Por todo esto el periodismo se ha ido dejando llevar cada vez más por el deseo de querer contar lo que está pasando ahora mismo, generando esa necesidad, como digo, de respuesta inmediata que como periodista te resta capacidad para introducir el contexto.

El periodista que salta de una guerra a otra, ¿tiene tiempo de entender el conflicto para poder explicarlo en esas condiciones?

En ocasiones no. Cuando fui a Ruanda me avisaron la misma noche en que salía. Había seguido la información, pero una cosa es estar informado medianamente en Madrid y otra coger la mochila y ser tú el que lo va a explicar. Ahí tienes que ser el que más sabe de Ruanda. En coberturas inesperadas, las que surgen en apenas un par de horas, yo siempre he utilizado los viajes en avión para leer y documentarme, pero está claro que no es suficiente. Y si la sociedad te pide respuestas inmediatas, ¿qué vas a hacer? ¿No dárselas? No puedes. No puedes ir a contracorriente. Solo te queda dar esa respuesta con dudas. Por ejemplo, el fiscal argentino Nisman ha aparecido muerto. Hay posibilidades de que se haya suicidado o no. Entonces tienes que exponer las claves fundamentales que apuntan en una dirección o en la otra. Así puedes generar un interés del ciudadano en el contexto. Una duda. Lo que nosotros buscamos con En Portada es que si llegase un extraterrestre a la Tierra y cogiera los programas de los últimos dos años en DVD se hiciera una idea precisa de cuál es el estado del mundo y lo que está pasando en él.

Uno de los mejores trabajos informativos que se ha hecho sobre Ucrania es un documental que ha grabado por su cuenta y riesgo, sin el respaldo económico de una empresa, Ricardo Marquina. Está subido a YouTube, se llama El año del caos. ¿Qué papel le das a iniciativas así en el periodismo del futuro?

El futuro del reportaje de gran formato está en esas manos. No está en las grandes empresas llámense BBC, CNN o TVE. No es que TVE no llegue, que no llega, es que ninguna empresa va a llegar. Hay reportajes, como el famoso Restrepo, que se ruedan en diez o quince meses. Ninguna de las grandes empresas de comunicación del planeta le va a costear a un empleado quince meses de su salario para un documental. Por eso, los freelance se apoderan poco a poco de los reportajes de gran formato. Y su financiación apuntará a filántropos u organizaciones que estén dispuestas a poner dinero para que se cuente una historia. Habrá que tener cuidado con qué objetivo quieren que se cuente.

Pero creo más en el papel del ciudadano en el periodismo que en el periodismo ciudadano. Porque yo como periodista me siento obligado a desarrollar mi trabajo con una serie de pautas por un contrato que me une a la sociedad. Igual que el médico tiene un juramento hipocrático. Un ciudadano no tiene esa obligación. Lo cual no quiere decir que no pueda ejercer el periodismo, o que no pueda ser periodista quien no haya estudiado la carrera, sino que para ser periodista tienes que cumplir un contrato. Si lo cumples, adelante. Si no, me gustaría saberlo porque el grado de fiabilidad no va a ser el mismo. Anclados en este principio, luego la financiación puede venir por múltiples fórmulas.

De todas formas, es muy útil para el periodismo el empuje de muchos jóvenes que agarran una cámara y se dedican a buscar historias por el mundo. A algunos los admiro muchísimo. Aunque está el inconveniente de que el contacto con la redacción enriquece, es bueno que alguien con perspectiva y distancia te sugiera enfoques nuevos. Para crecer como periodista es imprescindible trabajar cerca de profesionales que deben ser referentes y en muchos casos estos están en las redacciones.

De En Portada se decía cuando empezó en los ochenta que «recogía la herencia de los documentales de TVE». ¿En qué consistía esa herencia?

Era una filosofía heredada de la televisión, sobre todo la americana, que fue la que llevó el gran reportaje de prensa a televisión. Al principio en TVE se hacían con improvisación y eso aumentaba la calidad del resultado. Los periodistas como Miguel de la Quadra Salcedo trabajaban de forma radicalmente distinta a como lo hacemos nosotros ahora. A estos les llamaban un día y se iban al país que fuera, se estaban allí dos meses, rodaban todo lo que podían y, cuando decían que habían terminado, los mandaban a otro destino. No se trabajaba la agenda. Ahora tú vas a tiro hecho y esto te impide en buena parte olfatear adecuadamente cuando estás en el destino. Ellos improvisaban. Rodaban sobre la marcha, con una fuerza narrativa tremenda.

José Antonio Guardiola para Jot Down 6

Llegaste a ser jefe de internacional del telediario pero dimitiste. ¿Por qué?

Mi proyecto consistía en crear un equipo de enviados especiales que fuesen jóvenes, con capacidad para moverse por el mundo y contar historias en un lenguaje audiovisual de calidad extrema. Un equipo de enviados especiales como lo tenía la BBC. Allí estaban Luis Pérez, Óscar Mijallo, Sagrario Mascaraque, José Carlos Gallardo, Antonio Parreño, Yolanda Álvarez, Carlos Franganillo, Diego Arizpeleta, David Picazo

Ese era mi proyecto, pero llegó el ERE a RTVE y muchos corresponsales se prejubilaron. Sus huecos se cubrieron con esos jóvenes que estaban llamados a ser corresponsales a los cincuenta, pero no a los treinta y cinco. Sin embargo, aceptaron y se fueron. Yo les animé en la nueva etapa que empezaban, pero les advertí que dejar de ser corresponsal con cuarenta años les iba a resultar muy difícil. En España no se respeta la carrera profesional. Cuando vuelves a Madrid a la gente le da igual que hayas sido corresponsal. Ahora los que regresan me dicen: «me acuerdo mucho de las palabras que me dijiste». Esto echó por tierra mi proyecto.

Pero otra de las razones por las que dimití fue porque en televisión hay un desequilibrio cada vez mayor entre el peso de la edición y el peso de los responsables de área. El editor digamos que tiene una visión global y decide cuáles son los contenidos de un informativo y el jefe de área es el que determina o jerarquiza qué se debe contar dentro de su ámbito. En la medida en que esos poderes están equilibrados, el resultado final es fantástico. Pero yo lo que viví fue un periodo en el que el jefe de área tenía cada vez menos peso y la edición más. Entendí que se estaba invirtiendo la forma en la que debe hacerse el periodismo. Creo que la información surge en la calle y el periodista la debe empujar hacia arriba, al jefe de área, para que se la exponga al editor y este lo meta en la narración del día. Pero si el flujo es el inverso, si el editor le dice al periodista: «quiero esta noticia», a mí no me gusta. Porque es muy fácil controlar a un editor, pero no a trescientos periodistas, por eso yo prefiero que la información venga de ellos, de abajo.

Luego también me afectaba ser jefe. Cuando eres el responsable y tienes que mandar a un amigo tuyo a Irak no es fácil. En 2005 volví a Bagdad como redactor y ya no se podía trabajar. En cuando estabas por la calle y sacabas la cámara enseguida veías a alguien con el teléfono llamando y si en tres minutos no te largabas tenías problemas. Si no puedes entrar en la casa de los iraquíes a que te cuenten sus problemas, no estás trabajando bien. Al llegar a jefe de internacional decidí que en esas condiciones no íbamos a viajar a Bagdad. Cuando después mejoró algo la situación, envié a Luis Pérez, que ahora es corresponsal en Moscú, y no veas lo que me costó. Le llamaba todos los días a todas horas, no por la información, sino para saber si estaban bien.

Y también vi una cosa clara, a mí lo que me gusta es contar historias. Entendí que mi carrera debía tener una evolución. Ya había cubierto muchas guerras y me di cuenta de que lo que escasea en el periodismo es la cobertura de las posguerras. Descubrí ese papel de reportero de posguerra. Porque creo que durante la guerra, por instinto, la gente sobrevive, pero cuando ya no hay guerra, es cuando más desprotegidas se sienten las víctimas. Las prometidas ayudas internacionales que iban a llegar nunca llegan. Pasan del instinto de sobrevivir al de no morir, y es ahí donde les golpean los traumas. En fin, vi que el periodismo ahí tenía una deuda. En eso hemos centrado muchos reportajes de En Portada, aunque creo que todavía se puede desarrollar mucho más en España.

¿Cómo valoras la situación actual de los servicios informativos de TVE? El último informe del Consejo de informativos ha sido demoledor.

Sí, los últimos informes han sido contundentes. Lo primero que hay que destacar es que TVE, al contrario que la inmensa mayoría de las empresas periodísticas en España, es un medio que cuenta con un Consejo de Informativos, que se debe encargar de velar por la independencia. No es algo improvisado, es un órgano que forma parte de la propia estructura de RTVE y que lo elige la redacción. Es decir, estés o no de acuerdo su opinión debe ser interpretada como la voz de la redacción. Eso es importante saberlo y valorarlo. El Consejo lleva en su esencia ser contrapeso de la dirección. De hecho no conozco ninguna Dirección de Informativos que haya aplaudido al Consejo.

Personalmente, creo que el problema de fondo de RTVE es que carecemos de un doble blindaje que considero imprescindible: el financiero y el político. RTVE necesita tener un presupuesto estable y una financiación sólida. Toda empresa, para acometer sus proyectos de futuro, necesita saber con qué presupuestos cuenta y cómo se va a financiar. De dónde va a salir el dinero y cuánto. La retirada de la publicidad en 2010 fue demasiado improvisada. Y si a eso le añades recortes en las aportaciones te encuentras con una empresa muy difícil de gestionar económicamente.

Y el otro blindaje es el político. Entre la ciudadanía existe la impresión, que yo comparto, de que todos los directores de Informativos se han decidido en algún despacho del Palacio de la Moncloa. Eso no es bueno y no debe ser así. Presiones las hay y las habrá siempre. En todos los medios. Pero en los medios públicos hay que generar los mecanismos para que si un responsable editorial —que debe ser elegido exclusivamente por su valía profesional— se resiste a la presión de un político no pase nada. O mejor dicho, no pueda pasar nada. Para empezar creo que sería bueno que el Consejo de Administración dejara de ser un miniparlamento y se convirtiera en un órgano de representación social, político y periodístico. ¿Por qué no se pueden incorporar también al Consejo representantes de la Federación de Asociaciones de la Prensa? ¿O de la Academia de Televisión? ¿O del mundo de la Universidad? Eso ayudará a lograr algo imprescindible: que todos los ciudadanos, sin excepción, entiendan que RTVE es suya y que su rumbo no está al albur de las mayorías.

El valor de un periodista solo se mide en credibilidad y el de un medio lo mismo. La credibilidad se conquista día a día y creo que TVE tiene que ganar credibilidad demostrando a todos los ciudadanos, que son nuestros verdaderos accionistas, que está descontaminada de políticos. En las actuales circunstancias, deben ser los políticos los que decidan renunciar al manejo de RTVE y, sinceramente, creo que solo lo harán cuando reciban un mensaje contundente de la sociedad. Ese es el objetivo, concienciar a la sociedad para que exija a todos los políticos que los medios públicos no se tocan. Ojalá todos los partidos incorporen esa idea tan sencilla en sus programas electorales.

Todo esto es opinable y discutible, pero la esencia del asunto se reduce a que cada periodista debe ser, por encima de todo, responsable de su propio trabajo. Yo tengo muy claro cuál es el límite que me pongo a la hora de trabajar. Puedo discutir hasta el infinito sobre criterios periodísticos, pero no voy a aguantar ni un minuto si el debate se refiere a la conveniencia política de un tema u otro. Un buen periodismo solo existirá en la medida en que un periodista pueda decir: eso no lo hago.

José Antonio Guardiola para Jot Down 7

Te has quejado del horario de tu programa.

Todos los que tenemos un horario más allá de las 23:30 y no estamos en La 1 nos quejamos. Y me pongo en la piel de todos, pero como director de En Portada me quejo del mío. Lo mismo que me quejo de que en el descanso de la Champions el otro día no metieran una promo de En Portada, pero qué le vamos a hacer. De todas formas emitimos un tipo de reportaje que no es un trabajo para masas. Me encantaría que lo fuera, pero me gusta trabajar en libertad. Y si tienes la presión de la audiencia en otro horario o en otro canal todo sería diferente. Este programa tiene treinta y pico años, no puede estar sometido a esas presiones, es como un transatlántico. Si yo, como capitán, quisiera dar ese giro tampoco podría.

Has comentado en alguna ocasión que en TVE no se aprovecha el interés que tiene la audiencia latinoamericana en lo que dicen los medios españoles.

Latinoamérica está mucho más desarrollada que España en el lenguaje narrativo de prensa, especialmente en reportajes o crónicas como dicen allí. Donde sí que hemos evolucionado más que ellos es en la narración audiovisual. Nosotros arriesgamos más y tenemos mejor capacidad de contar historias, y eso que ellos hacen una televisión también muy buena. El caso es que, antes, cuando hablaba de la financiación, es porque una estabilidad presupuestaria te debe servir para tener un proyecto, y ese debería ser en nuestro caso convertirnos en el mascarón de proa de la marca España. En Latinoamérica hay cuatrocientos o quinientos millones de personas que todavía siguen queriendo estar informados de lo que pasa a través de RTVE. Algunos medios han entendido esto muy bien y se han aprovechado de nuestra inacción, como los rusos, los árabes, los franceses o la CNN en español, que tiene una capacidad de producción que para nosotros ya es inalcanzable, e incluso TeleSur. El día que RTVE entienda que el futuro no pasa por dar en directo los plenos del Ayuntamiento de Guadalajara, que es mi tierra, sino por acercar lo que pasa en Latinoamérica a los españoles y viceversa, tendremos futuro. El Canal 24 horas puede tener una vertiente española, pero debe contar con una presencia continua de Latinoamérica. Creo que se podría emitir un Canal 24 horas solo para América. La primera vez que fui a Argentina, el telediario de TVE era el tercero o el cuarto más visto. Ya no es así porque se ha fragmentado la audiencia, pero sigue siendo importante. Un ejemplo es lo que he comentado del caso Nisman, hay un deseo de los latinoamericanos de informarse a través de TVE. Siguen mirándonos y esperan de nosotros un referente y no lo digo ni mucho menos desde el «maternalismo» de la madre patria. Es más, ¿por qué no utilizamos una empresa como la nuestra, aunque sea egoístamente, como un vehículo para que España se conozca allí y le sirva a nuestros intereses comerciales, o humanitarios?

Qué opinas de los nuevos programas de internacional que hay en las cadenas privadas en los que se recurre al periodista protagonista, como Jon Sistiaga, o a que el protagonista sea el riesgo, como En tierra hostil.

Me gusta explorar nuevos formatos. En tierra hostil tiene cosas que me gustan a la hora de rodar o narrar. A veces hay que quitarse la losa de la narración tradicional, meter cosas más directas o improvisadas. Así lo hacía Miguel de la Quadra Salcedo y le quedaba todo más vivo, no le daba tantas vueltas a dónde plantar la cámara, etc. Sin embargo, a mí me gusta contar todos los elementos básicos para entender una historia más allá de lo que ven tus ojos. Como periodista no me conformo con mostrar lo que veo. Claro que si te compran un programa que tiene que tener una determinada audiencia, quizá tienes que hacerlo así. En el caso de Jon creo que él tiene un caché y sabe contar historias en primera persona como nadie. Piensa que a veces en televisión tienes que utilizar la primera persona como testigo de lo que has visto. Yo entiendo la narración en primera persona siempre que tu testimonio sea único. Y defiendo que el reportero salga en televisión siempre y cuando esté haciendo su trabajo. Lo que no contemplo profesionalmente es que el periodista, por ejemplo, salga paseando por la feria del libro sin más en una pieza sobre la feria del libro.

El que sí que ha conseguido enganchar a una gran audiencia sin perder la sobriedad es Salvados.

Salvados creo que televisivamente está muy bien hecho y sociológicamente es producto de un hartazgo. El periodismo en general ha tardado en entender que había que dar un paso más, que el mundo y la sociedad cambian. Ahí Salvados ha aportado ese granito de arena en el objetivo de muchos ciudadanos de quererse sentir gobernados de otra manera. Un sentimiento que no tiene nada que ver con ser de izquierdas o de derechas. Luego Salvados técnica y narrativamente tiene elementos muy interesantes. El planteamiento de las entrevistas, las pausas, los silencios, saber entrar en el personaje. Habrá quien piense que se rueda en una mañana, pero eso requiere mucho trabajo y mucho esfuerzo. Una vez les vi grabando en un centro comercial. Me acerqué para curiosear y no me reconocieron. Investigué cómo conseguían esa calidad de sonido, porque en ese centro comercial había un ruido ensordecedor. Y vi que allí, in situ, había un mezclador de sonido trabajando con su mesa. Al ver luego el programa se escuchaba fantástico. Salvados tiene un trabajo muy concienzudo detrás.

Una última cosa: en los ochenta coincidió que En Portada tenía la sintonía de Vangelis de Blade Runner y Documentos TV la de Ry Cooder de Paris Texas. Ambas tristísimas. ¿Cuál era el objetivo, que llorasen los niños en casa?

Es que el mundo hay veces que da ganas de llorar. Pero creo que la de Documentos TV era más tristona que la nuestra. La que tenemos ahora, en cambio, tiene presencia, percusión y es heavy. Te engancha, la oyes y vas a la tele a ver qué pasa, que es el objetivo de una sintonía. Como cuando escuchas la del telediario y dices: voy para allá. A los periodistas nos pasa algo diferente, cuando la oímos por el pinganillo en los directos nos empiezan a temblar las piernas. Y ojalá que nos tiemblen toda la vida al entrar en un directo, porque el día que dejen de temblar significará que te has confiado.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Federico Mayor Zaragoza: «Hay que empezar a tener una objeción de conciencia muy seria»

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Nos recibe Federico Mayor Zaragoza (Barcelona, 1934) en la sede de la Fundación Ramón Areces, de la que es presidente de su consejo científico, lo cual se suma a un interminable listado de cargos actuales y pretéritos. Federico Mayor Zaragoza es científico de formación, ha sido director general de la UNESCO durante más de una década, además de ministro de Educación y Ciencia en el gobierno de Calvo-Sotelo y diputado tanto en las Cortes Generales como en las europeas. Es, por tanto, una voz autorizada para reflexionar sobre el panorama social y político actual de España y del resto del mundo. Y su faceta de científico le permite diseccionar con precisión la coyuntura presente advirtiendo de los cambios que se muestran en el horizonte.

Usted es doctor en Farmacia, catedrático de Bioquímica, doctor honoris causa por varias universidades y ha desempeñado muchos papeles relevantes  en la ciencia como rector en la Universidad de Granada, presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, etc. ¿Es un hombre de ciencia sobre todo?

Sí, sí. Para mí la ciencia representa la posibilidad de hacer la vida digna. Porque la existencia es un misterio, quizás un milagro. Y yo creo que tenemos que procurar que todos los seres humanos sin excepción la puedan vivir dignamente. Y por eso es muy  importante el contribuir a saber cómo somos. Al adentrarnos en la fisiopatología podemos ayudar también a aliviar o evitar el sufrimiento humano. Para mí la ciencia también tiene una ventaja, y es que nos permite describir fidedignamente lo que acontece. Todo eso creo que es muy importante. La ciencia es esencial para el progreso del mundo, para que la dignidad de todas las personas sea reconocida. Por tanto, yo creo que sí, aunque en mi vida he volado mucho, pero mi nido es un nido científico.

¿Se puede trasladar el  método científico a la resolución de problemas políticos y de los ciudadanos?

Hombre, claro que se puede. Lo que pasa es que los políticos, y esto se lo tengo que decir con grave preocupación, no quieren consultar a los científicos. Y aquí también le añado: los científicos, que nunca deben estar sometidos al poder político, pero sí cerca para intentar influir, hay veces que hemos guardado demasiado silencio. Ahora estoy precisamente pidiendo a la comunidad científica, a la comunidad académica, a la comunidad artística, a la comunidad intelectual, en resumen, a la comunidad creadora, que se den cuenta de que el tiempo del silencio ha concluido, de que tenemos la obligación, mucho más que la posibilidad, de ser los que van en la vanguardia de esta gran movilización ciudadana, de este clamor popular, que tiene que servir para que la vida en la tierra deje de ser, como ahora, un privilegio de unos cuantos a costa de que la mayor parte de la humanidad viva en un gradiente de precariedades que llegan a ser insostenibles. ¿Cómo puede ser que aceptemos en nuestra conciencia que cada día se gasten cuatro mil millones de dólares en armas y gastos militares, cuando mueren de hambre en un genocidio de desamor, en un genocidio de desamparo, de olvido, entre cuarenta y sesenta mil personas todos los días? Todos los días.  Y de ellas la mayoría niños y niñas de uno a cinco años. Esta es la pura realidad. Esto es lo que no debemos olvidar nunca, ni un momento, en nuestra existencia.

¿Qué podemos hacer los científicos frente a estas desigualdades?

Yo creo que los científicos, que los académicos, los que en su actividad crean, deben utilizar este don absolutamente desmesurado, inverosímil, que es la capacidad de crear para ponernos frente a la movilización popular y decir a la gente que ha llegado el momento de la democracia genuina, el momento en que ya no deben mandar unos cuantos.

¿Insinúa que no hay democracia?

Hoy en día hay elecciones cada cuatro años en las que nos cuentan, pero después no contamos. Y aquí hay un error tremendo. La democracia no es ser contado de vez en cuando. Es contar  todos los días. En esto consiste la democracia. Por eso le digo que creo que estamos viviendo un momento fascinante. Porque hace tan solo tres décadas yo no hubiera podido contestar así. Era un científico, era una persona que había tenido además el honor de trabajar con grandes científicos, como el profesor Hans Krebs o el profesor Severo Ochoa. Y, por tanto, le podría contestar algunas cosas del valor de la ciencia para una vida más digna, pero no le podría decir que ahora por primera vez eso de que nosotros «los pueblos hemos decidido», que es como empieza la Carta de las Naciones Unidas, era una realidad. Ya puede ser una realidad.

¿Cree usted que los pueblos pueden realmente decidir?

Hasta ahora los seres humanos éramos invisibles. Ahora miremos la historia, ¿qué vemos? Vemos a unos cuantos hombres que han mandado sobre el resto de los hombres. Las mujeres han aparecido fugazmente y miméticamente, y siempre han sido unos cuantos hombres los que han mandado entre los demás. La inmensa mayoría de la humanidad, es decir el 99%, ha sido invisible, anónima, atemorizada, ha sido obediente, ha sido sumisa, no ha tenido la capacidad de comparar. La gente nacía, vivía y moría en cincuenta kilómetros cuadrados y por tanto tenía miedo, y por tanto actuaba según lo que le decían, y en un momento desaparecía y no pintaba para nada. Y esto ha ocurrido hasta hace muy poco. Teníamos que dar la vida, que es lo único que tenemos importante. Y resulta que la teníamos que dar totalmente a los designios del  poder.

Federico Mayor Zaragoza para Jot Down 1

¿Esto no ocurre en la actualidad?

Desde hace muy poco tiempo, sabemos, conocemos. Todo el mundo conoce. Todo el mundo ve directamente en tiempo real. Conocemos el mundo, nos vemos a nosotros, pero sobre todo vemos a los demás, y podemos comparar. Comparar es una base ética fundamental, es una base educativa. Yo recuerdo aquel escrito de Eduardo Galeano del niño que llega cerca del mar, y es la primera vez que lo ve, y tira de la mano de su padre y le dice: «Ayúdame a mirar» Todo lo que tenemos que hacer los maestros es decir: «Mira ahora, porque hasta ahora no podías mirar».

Nos hemos globalizado.

Cuando yo vivía en Barcelona y tenía veinte años conocía cincuenta o cien kilómetros a la redonda. Esto se ha acabado. Bueno, pues ahora podemos tener acceso al conjunto. Somos ciudadanos del mundo. A veces esto no se quiere reconocer, y todavía hay personas que tienen un punto de mira a mi modo de ver excesivamente próximo. Hoy somos ciudadanos del mundo, hoy tenemos conciencia mundial. Hoy yo puedo expresarme porque hay ya más artilugios informáticos que habitantes en la tierra. Hoy todo el mundo puede decir lo que piensa, por primera vez en la historia de la humanidad. Hasta ahora nadie podía decir nada. Y otra cosa muy importante: esta señora qué me está haciendo fotografías (refiriéndose a Lupe, la fotógrafa). Esto es muy importante. Esto hace unos años era imposible de imaginar. El papel de la mujer para mí es crucial. Para mí el hecho de que hoy ya la mujer no esté en los aledaños es crítico. La mujer es muy importante. Para mí estas son razones para la esperanza.

¿Estamos entonces inmersos en un proceso de cambio?

Yo le puedo asegurar que ya me hubiera retirado si no fuera porque pienso que estamos viviendo momentos fascinantes, porque es la primera vez que podemos decir lo que está pasando. Una tía mía en Tortosa que yo recuerdo siempre decía: «fill meu, això no te remei». Pues ahora podemos decir que ya tiene remedio. ¿Por qué? Pues porque tenemos progresivamente más mujeres en puestos clave. Nelson Mandela, una persona que para mí ha sido un enorme honor y aprendizaje conocer, me decía un anochecer en Pretoria: «Mire, lo suyo de la cultura de paz y todo esto… todo esto hasta que no haya un veinticinco, un un treinta, un treinta y cinco por ciento de mujeres en la toma de decisiones no se podrá llevar a efecto». Esto de que vayas a un hospital y te digan «espera un momento que saldrá la directora del departamento». Hombre, qué maravilla. Estamos viviendo momentos fascinantes.

Volvamos a la ciencia, si le parece. ¿Cómo podemos influir los científicos en esta transformación?

En quince o veinte años pueden cambiar mucho las cosas, y el papel de los científicos es estar al frente de esa transformación. No podemos estar esperando a que nos vengan a buscar. Tenemos que ofrecernos. ¿Cómo puede ser que en el europarlamento, igual que en el parlamento español, igual que en los concejos municipales, se traten temas que no son en absoluto de su competencia sin la presencia de los científicos? En las Cortes se dice: «Hoy hablaremos de energía nuclear». Perdone, ¿alguno de ustedes es competente en energía nuclear? «Hoy hablaremos de las células madre». Perdone, ¿alguno de ustedes sabe algo de células madre? Primero, no son células madre, son células troncales, ¿pero alguno de ustedes sabe algo de esto? Hoy tomará el europarlamento una decisión sobre las vacas locas. ¿Os acordáis de las vacas locas?

Sí, claro.

Yo he explicado durante cuarenta y un años la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. Por tanto, sabía un poco lo que eran. Y sabía por qué se habían producido, y sabía que a partir de aquel momento las harinas cárnicas serían sustituidas por las harinas de soja de los Estados Unidos, que esto es lo que hubo al final de esta historia. Pero cuál fue la decisión: hay que matar a las vacas. Pero ustedes… usted parlamentario, con todos mis respetos, parlamentario por Zamora, ¿usted qué sabe de las vacas locas? ¿Qué sabe usted de los priones? Los parlamentos tendrían que tener a los científicos al lado y seríamos nosotros los que asesoráramos, y después ellos que decidieran… Deberíamos ser nosotros los que explicáramos por ejemplo los transgénicos. Ellos dicen: «¡Fuera los transgénicos!». Pero… ¿qué saben ustedes de transgénicos? Lo digo porque creo que hay que darle al científico una responsabilidad muy grande en estos asuntos.

¿Somos capaces de transmitir nuestro trabajo a la sociedad? ¿Sabemos explicar lo que realmente es importante?

Tengo una anécdota buenísima que expliqué precisamente un día en Israel en el hospital Hadassah de Jerusalén, y en el Weizmann Institute el día antes sobre la comunicación científica. Les conté una anécdota de dos grandes judíos: uno es Charlot, Charles Chaplin. Y allí donde voy en mi despacho siempre veréis una fotografía de Charlot, de la película The kid, una en que hay un niño señalando con el dedo, y Charlot mirando. Porque pienso que esto es lo que tenemos que hacer permanentemente: mirar qué nos dicen los niños. Y la segunda persona de la que hablé era Albert Einstein. La anécdota era que se celebra un gran acto en París, en el año 55, al que asisten los dos, con pajarita y esmoquin. Y primero habla Charlot, y cuando acaba de hablar aquello se hunde en aplausos. Era un personaje. No solo por lo que actuaba, sino por lo que decía. Y después de él habla Albert Einstein. Y al acabar Albert Einstein todavía se hunde más en aplausos. Ya es el colmo. Y cuando Albert Einstein se sienta muy contento al lado de Charlie Chaplin este le dice: «A mí me han aplaudido porque lo han entendido todo, a usted le han aplaudido porque no han entendido nada» (risas).

Tenemos que hacer un esfuerzo por comunicar, pero aun así somos muy valorados.

Es verdad. El científico, sea por el motivo que sea, es enormemente apreciado en la escala de afección popular. Esto no tendríamos que perderlo nunca. Y ahora lo deberíamos aprovechar para pedir un clamor popular, por ejemplo, contra el poder nuclear, no contra la energía nuclear, que yo comprendo. La energía nuclear hay que saberla ver en el contexto de las energías que en cada momento son necesarias. Pero el desarme nuclear es otra cosa. No puede ser que tengamos a la gente viviendo bajo la espada de Damocles. Es una vergüenza. Pero hay unos cuantos que mandan, sobre todo republicanos de los Estados Unidos, miembros del Partido Republicano que ponen la seguridad ante todo. Hombre no, mire usted, piense que también hay otras cosas que no son seguridad, y además nunca se utilizará la bomba atómica. Si se utiliza será porque el mundo se ha vuelto ya totalmente loco. Aunque puede haber incluso un error, puede haber una catástrofe. Estas son las cosas a las que tendríamos que decir basta. Y nos tendrían que hacer caso porque ahora podríamos juntarnos centenares de millones de personas que digan: «Basta, y si no, no iremos a votar más, si no, no respetaremos las decisiones que se adopten en nuestro país».

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¿Cree que es el momento adecuado para cambiar la situación?

Hay que empezar a tener una objeción de conciencia muy seria. No tenemos por qué vivir así. Cuando veamos que se gastan estas cantidades inmensas de dinero en la seguridad, cuando veamos que existe un fenómeno de corrupción como hay ahora, endémico, los ciudadanos tenemos que decir basta. Y todo eso tiene que ser capitaneado por unas comunidades que estén acostumbradas a atreverse, porque esta es otra de las cosas: el miedo está en la humanidad desde los orígenes. Y estamos acostumbrados al miedo. Y a mí el miedo es de las cosas que más me han impresionado siempre. El miedo lo comprendo en personas que dependan, por ejemplo, de la discrecionalidad de un señor, que es el que manda, que vaya a tomar una medida. Pero el resto de la gente no puede ser que tengamos miedo.

Esto entronca directamente con nuestra conciencia de individuo libre y por tanto con los derechos humanos.

Yo encuentro que es genial el primer párrafo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, donde dice: «Son para liberar a la humanidad del miedo». Esto es precioso. Y el segundo párrafo dice: «Y si no los pudierais ejercer los seres humanos podéis veros compelidos a la rebelión». Eso lo dice la Declaración… yo por eso cuando veo a alguno de estos políticos diciendo «los derechos humanos…», yo me digo «No se los ha leído» (risas). Porque si se los hubiera leído…

Sabría lo que dice.

Sabría que existen estos párrafos, y ojo, que nos podemos rebelar. La rebelión es lo que puede llegar si no se evoluciona, si no se vence la inercia. Por cierto, hablando de inercia, el profesor Jensen era un premio nobel de física. Cuando anuncié que me retiraba de la UNESCO en el año 99, la sociedad de físicos de los Estados Unidos me invitó a dar una conferencia en su reunión en Atlanta. Y este profesor inició su conferencia poniendo una sola diapositiva, lo cual es rarísimo en un científico, y esa diapositiva tenía una sola palabra, otra cosa rara. Ponía «Inercia». Y dijo: «Este es nuestro enemigo». Fíjese qué tío. En física. Un profesor de física que dice «este es nuestro enemigo» porque nos pasamos el día queriendo aplicar a los problemas de hoy fórmulas de ayer. Nos pasamos el día teniendo miedo a cualquier cambio.

¿También se aplica a la política?

Encuentro que esto es de las cosas que ahora también tenemos que traducir a la gente. Decirles que no pedimos que hagan cosas disparatadas, pero sí que se den cuenta, y sobre todo los políticos, que había cosas que estaban bien hace unos años, pero que ahora no lo están.

Recuerdo una época muy interesante que fue cuando era rector en Granada. Hombre, para mí fue muy complicada, porque no hay que olvidar que el hermano de mi abuela fue el primer ministro de educación del gobierno de Azaña en la república, y ya os podéis imaginar que  ha habido episodios un poco difíciles. Bueno, pues yo recibía a todos los estudiantes. Y lo hacía porque además aprendía. Mi padre decía: «Si escuchas, aprendes». Y a mí siempre me ha gustado mucho aprender. De vez en cuando iba a explicar bioquímica porque hay que volver al nido, como antes le decía. Y en una de las clases llegué y escribí la palabra «revolución». Entonces no había Power Point, había una pizarra con una tiza, y escribí «revolución». Y después taché la erre. Porque cuando escribí «revolución» ya te puedes imaginar… Entonces, taché la erre, y quedaba «evolución». Y les dije: «Miren, esto es lo que la naturaleza nos aconseja». Y la naturaleza es muy sabia, porque lleva millones de años mejorando las cosas. ¿Qué significa «evolucionar»? Significa conservar lo que  ha de conservarse, lo fundamental, y cambiar lo que debe cambiarse. Ahora, si la evolución tarda en producirse llega un momento en que lo que hay es la revolución. Volví a poner la erre. Y la diferencia entre evolución y revolución es la responsabilidad. Pues bien. Creo sinceramente que esto hoy lo tenemos que tener muy presente. No están evolucionando. Tenemos unos políticos que no quieren evolucionar. Y a lo que se están exponiendo es a la revolución. Y en la revolución siempre hay violencia.

Nos están exponiendo a todos, entonces.

Claro. Si tuvieran más contacto con los científicos muchas de estas cosas no se producirían.

Revisemos cómo ha evolucionado la ciencia en la democracia. Usted fundó con nuestro último premio nobel de ciencia el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa en el año 74. ¿Qué diferencias hay entre la visión panorámica de la ciencia de ahora y de entonces?

Creo que los científicos han mejorado mucho. En España ha habido una mejora científica extraordinaria. Tanto dentro como fuera de España, gente que estaba dentro y se fue fuera, o gente que estaba fuera y volvió adentro. Hoy tenemos a personas, como Joan Massagué, como Baselga, tenemos a algunos científicos de primerísimo orden. Ahora bien, en cuanto a los gobiernos tengo que decir que hubo una época, la del presidente Rodríguez Zapatero, en que hubo un incremento claro de los fondos dedicados a investigación científica. ¿Por qué? Porque se decía que I+D+i equivale a la capacidad de competitividad, como le llaman. O competencia. En el fondo es una competencia, uno es más competente y tiene patentes y de esta manera hay nuevos procesos, hay spin-offs, hay toda la parte, podríamos llamar, de aplicación del conocimiento. Eso lo he repetido también mil veces cuando era ministro de Educación y Ciencia, y entonces te decían: «Lo que queremos es investigación aplicada». Yo recordaba aquella frase del despacho de Bernardo Jusalle que visité en el año 65 con mi maestro el profesor Santos Ruiz, que decía: «There is not applied science, if there is not science to apply» (risas). Y lo primero que tenemos que hacer es tener una gran producción científica. Después, tenemos que tener esta capacidad de transformar el conocimiento en una aplicación que sea favorable, porque no todo lo factible es admisible éticamente, pero todo aquello que sea admisible y además sea beneficioso, hay que aplicarlo. Bueno, pues esto era lo que se llamaba competitividad. Por eso, cuando vi que se creaba en el nuevo gobierno un Ministerio de Economía y Competitividad, pensé: pues qué bien, mira, todavía se fomentará más.

Pero eso no ha ocurrido.

No era aquella competitividad, la que venía de la innovación, la  que venía de la invención, la que venía del descubrimiento, si no la que viene de una mano de obra más barata. O sea, que esta no es la competitividad de la que siempre hemos pensado que se puede beneficiar el mundo para que pueda ir hacia adelante. En estos momentos en ese aspecto también estoy muy preocupado. Porque se ha conseguido mucho a escala europea. Tuve el honor de presidir el grupo del European Research Council, donde se ha conseguido bastante dinero para investigación básica, unos mil quinientos millones de euros al año durante los siete años del séptimo programa marco. Y ahora para el octavo pues parece ser que no irá muy lejos, pero lo que sí es cierto es que el empuje a escala nacional ha quedado muy deprimido y que en lugar de esta competitividad del I+D+i que nos imaginábamos, nos hemos encontrado con otro tipo de competitividad que creo que a la larga no beneficiará ni a la creación de empleo, ni sobre todo al progreso de una nación en el aspecto de investigación biomédica, que es de lo que se trata. España es un país que en trasplante estaba el primero, en biomedicina estaba el tercero en el mundo… O sea, que realmente se ha hecho un gran progreso de la comunidad científica a base de grandes sacrificios personales, pero eso casi nunca ha estado pagado. Y además las relaciones a escala científica que se han hecho con el exterior son excelentes. Creo que ahora tendrían que pensar esto mucho, y tendríamos de nuevo que tener una voz, por ejemplo, en las europeas. A los que han ido a las elecciones europeas les he dicho «¿Qué van a hacer ustedes ahora, ¿van a estar allí callados en el parlamento o a hacer de palmeros?». Porque muchos parlamentarios son palmeros. Pero tendrían que poder decir: «No, yo en esto no estoy de acuerdo».

Palmeros bien pagados.

Bien pagados. Si se llegara y se dijera: «No, ahora vamos a decir, primero, que queremos que haya en Europa una unión económica y una unión política». No puede ser que tengamos solo una unidad monetaria. Hemos empezado la casa por el tejado. Hombre, no, no puede ser. Es un disparate.

Federico Mayor Zaragoza para Jot Down 3

Se acaba de comprobar la crisis que eso genera.

Claro. No puede ser. Y, además, tendríamos que tener ya de una vez una seguridad propia. Que tenemos que estar todavía en el Tratado del Atlántico Norte, por favor… Que el Pacto de Varsovia hace ya años que se acabó. O sea, tenemos muchas cosas que reclamar, y lo que no podemos hacer es mirar únicamente la prima de riesgo. No puede ser. Antes he hablado de la responsabilidad. Creo que es ahora mismo esencial. Que esta responsabilidad nos la planteemos también a escala parlamentaria, en Europa y aquí, diciendo que no podemos seguir así. Mirando a ver si sale bien económicamente la energía eléctrica o si no sale. Tenemos que, de una vez, forzar desde Europa un pacto mundial. Es una responsabilidad. Ahora lo que tendría que preocuparnos es cómo va a ser la viabilidad del planeta dentro de unos años si seguimos así. Ya nos han advertido: cada año se incrementa en un uno por ciento la producción de anhídrido carbónico y los gases con efecto invernadero. Y sabemos que tenemos un tiempo limitado. ¿Cuál es la máxima llamada a la responsabilidad que puede hacer un científico? Sobre lo que es potencialmente irreversible. Por ejemplo, en el año 64 fui a ver al entonces director general de Sanidad para proponerle que me permitiera empezar a hacer unos análisis a algunos  niños recién nacidos, y fui además con una mujer que es una mujer extraordinaria que se llama Magdalena Ugarte.

La conozco, sí.

Magdalena Ugarte fue desde el primer momento la persona que me acompañó… y se hizo cargo de este tema. Ahora sabe veinte veces más que yo de todo esto. Pero lo digo porque fuimos a ver  al director general a decirle que ya podíamos evitar ciertas enfermedades en niños. Yo había ido aquí en Madrid a visitar una casa donde atienden a estos niños…  Pasé por allí y me di cuenta que la mayoría de los casos podrían haberse evitado.

De hecho, usted puso en marcha el Plan Nacional de Prevención de la Subnormalidad para evitar, mediante diagnóstico precoz, enfermedades que cursan con grave deterioro mental.

Exacto. Es tremendo pensar que la mayoría podrían haberse evitado. Así que fui a ver al director y se lo expliqué. Y me dijo: «sí, tiene usted razón, pero es que yo tengo muchos casos de tifus, de tuberculosis, de tal, tal, y tal… y usted comprenderá que estas enfermedades son rarísimas». Y entonces me quedé mirando y le dije: «Lo que me acaba de decir ahora no se lo diga nunca a una madre con un niño enfermo». En medicina no hay estadísticas. No se vive más que una vez. Y, por tanto, para la persona, o para la madre que tiene un niño con una enfermedad de esta naturaleza es el cien por cien. Estadísticas para otras cosas, pero para las enfermedades cada persona es el cien por cien, y esto es lo único que tiene que contar. Las tuberculosis usted las cura y se ha acabado. Tiene usted muchas, pero se curan la mayoría. Tiene usted muchas diarreas. Se curan. Pero en el momento en que tiene usted un niño con una enfermedad de esta otra naturaleza es irreversible. La irreversibilidad es una de las cosas que los científicos tendríamos que utilizar más, de la que tendríamos que hablar más. En el año 92, estando en  la UNESCO, fui a Londres a dar una conferencia sobre la irreversibilidad en la toma de decisiones, la irreversibilidad potencial. Esto es muy importante. O sea, un grupo de políticos que habla de sanidad, lo primero que tiene que hacer es decir cuáles son las enfermedades que son irreversibles, porque estas son las primeras que tenemos que tratar. En aspectos sociales, los fenómenos sociales llega un momento en que ya no hay retorno. Y entonces ocurre una revolución o una guerra… Por tanto, ¿qué es lo que tenemos que hacer? Estar en el punto de evitar lo irreversible.

Desde luego para la mayoría de los científicos esto está claro.

Yo encuentro que este es un criterio en el cual los científicos tendríamos que incidir más. Porque, claro, aquel director general, que era un personaje muy bien intencionado, tenía al lado a un señor que tomaba notas, y resultó ser don Enrique de la Mata Goroztizaga, que al cabo de los años fue incluso ministro y presidente de la Cruz Roja. Y Enrique de la Mata, que era secretario técnico, me acompañó hasta la puerta y me dijo: «Empiece en Granada. Lo que usted ha dicho al director general le ha impresionado mucho, empiece usted en Granada y verá usted». Yo le dije: «pero, hombre, es que en Granada nacen pocos niños». Y dijo: «Usted empiece en Granada». Y fue lo que empezó Magdalena Ugarte. Debíamos llevar no más de cuatro meses, y Magdalena me llama y me dice: «don Federico, venga corriendo porque me parece que hemos detectado una niña en Padul». Y, efectivamente, era un caso de fenilcetonuria. Era el primer caso, y a mí me emocionó mucho. Cuando cumplí setenta años Magdalena hizo que esta chica, que se llamaba Luisa María Suárez, saliera en un vídeo diciendo: «Federico yo soy…». Esto fue una jugada clásica de las de Magdalena. Esto es algo de lo que los científicos tendríamos que ser más conscientes. En la naturaleza, como en la sociedad, hay situaciones en las cuales se plantea el no retorno. Y esto tendría que pasar inmediatamente a ser prioritario; lo demás ya lo hablaremos. El buen diagnóstico es el que permite el tratamiento. Porque el diagnóstico perfecto, ¿saben ustedes cuál es? Es la autopsia, pero llega tarde (risas).

Federico Mayor Zaragoza para Jot Down 4

Hilando con esto, valórenos por favor la penalización del aborto por malformaciones genéticas.

Primero, es que no creo que haya que llegar a esto. Está claro. Esto nunca podrá aplicarse porque no se puede imponer a nadie, y desde luego no se puede imponer a una madre que tenga un hijo del que ya se sabe que seguramente sufrirán mucho. El hijo y la familia. Si me dijeran que se puede tener a este niño porque tenemos la manera de tratarlo y va a ser un niño totalmente normal, entonces muy bien. Pero no. Esto son torpezas, son incompetencias. El ministro que ha dicho esto es un incompetente en este tema. Desde hace años hemos tratado este tema. Tengo un libro que se llama Gen Ética, no genética, si no Gen Ética. Está hecho con un grupo de especialistas extraordinarios, y la edición está coordinada por Carlos Alonso Bedate. Yo con Grisolía en el año 78 ya dijimos lo que en principio es aceptable y lo que es inaceptable en la manipulación genética para salvar la infertilidad femenina. Dijimos que todo aquello que consiga que una mujer no fértil pueda tener un hijo en el cual se trabaje con los genes pero no en los genes es en principio aceptable. Fíjese qué criterio más simple. Porque tú no cambias, lo que haces es que salvas estos obstáculos a la fertilidad que tiene esa persona. Ahora, no toques los genes. La secuencia de los genes es un patrimonio absolutamente personal y por tanto es intocable. Porque si no, estamos en el sueño perverso de Hitler y de Mengele. Lo digo porque a los científicos no nos han consultado. Y de momento hacen esta ley absurda. Aquí hay algo mucho peor, que es el intervenir delante de una persona que es la mujer, que es la única responsable de lo que vaya a tener o no vaya a tener. ¿O es que somos nosotros los que hemos que decir si tiene que tener el niño? ¿Pero qué es eso? Esta persona es libre y lo que tenemos que procurar es que esa toma de decisión se produzca antes de que haya realmente un proyecto de vida muy consolidado. Otra de las cosas inaceptables es que se diga que el cigoto es un ser humano. Perdone, pero usted no sabe, usted sabrá de otras cosas, pero de esto no sabe. Yo no hablo solo por mí, hablo por personas como Xavier Zubiri. ¿Se fía usted de Xavier Zubiri? ¿Se fía usted de don Pedro Laín Entralgo? Xavier Zubiri, por cierto, estas cosas que a mí me gustan tanto… decía: «Es lo humano, pero no el humano» (risas). Yo encuentro que es fenomenal. Encuentro que el cigoto es lo humano, porque sí, es humano, pero no el humano, que es de lo que aquí se trata y, por tanto, a mí me parecía muy bien la ley de plazos, porque era la que marcaba. Si usted, por el motivo que sea, no quiere tener a este hijo, o porque piensa usted que objetivamente le puede hacer un daño o puede tener un daño, o que por sus circunstancias no puede tenerlo, tome usted esta decisión inmediatamente.

O en el supuesto de violación.

Fíjese que en eso también le ponen pegas. ¿Pero qué es eso? Ahora, tome usted la decisión, no espere a tener un feto. Encuentro que es absolutamente aceptable, bajo mi punto de vista, la ley de plazos, donde se mide que se tenga la práctica seguridad de que no ha habido todavía una personalización del fenómeno. ¿Y qué es lo que pasa? El derecho a la vida digna es el derecho que tenemos todos los seres humanos. Y, por tanto, esta vida no va a ser digna, y ustedes se preocupan tanto de este cigoto, pero no se preocupan tanto de los quince mil, veinte mil o treinta mil niños que mueren todos los días de desamparo y hambre.

Como lo que hablábamos antes de aquella ley de prevención de la subnormalidad del año 77.

Yo he luchado mucho más por el derecho a la vida que la mayor parte de estos señores que van por ahí con pancartas sin saber lo que están diciendo. Porque me he preocupado precisamente de esto que hablamos. De los niños que existen, de que disminuya el número de guerras, de los lugares donde se encuentran, de que la sociedad se dé cuenta de que el sistema actual no protege  más que al veinte por ciento de la humanidad. Esa es otra cosa que tenemos que saber. ¿Ustedes son conscientes de que el bienestar social no alcanza más allá del dieciocho o el veinte de la humanidad? El ochenta por ciento restante está fuera de este barrio próspero de la aldea global. Y en un ambiente progresivo de precariedades hasta morirse de hambre. Por tanto, creo que tiene que haber este aprendizaje, que se tienen que pasar estos mensajes, y que nadie los capitalice. La ciencia no acepta esto. No comprendo cuando me dicen: «Este científico es de izquierdas o de derechas». Entonces usted tampoco tiene ni idea. La ciencia es la ciencia. Punto y a la línea. Los científicos lo único que decimos es: «Mire, esto, hasta lo que sabemos ahora, es así, y aquí podemos intervenir, y aquí podemos curar, y aquí podemos mejorar, y además lo deseamos para todos, no para unos cuantos». Porque lo que no puede ser es esta inmensa selección que hay de los beneficiarios del progreso científico. El progreso científico tiene que ser para todos. Hace poco impartí una conferencia en la Real Academia de Medicina que se titulaba «Derecho humano a la vida digna». Y, además, quiero explicar una cosa: a pesar de todas las barbaridades que han dicho de mí por lo que he escrito, soy una persona creyente, porque no he tenido respuestas a las preguntas esenciales. Y, por tanto, pienso que hay un don que es el don más importante que tiene el ser humano, que es la libertad. Hasta ahora no he tenido la posibilidad de creer, porque nadie me ha forzado a creer, porque no hay evidencia. Además si la hubiera sería terrible. Por eso, por favor que nadie me demuestre ni que existe ni que no existe ni que nada. La libertad es el gran patrimonio de cada ser humano.

Dice usted que es creyente porque no ha tenido respuestas.

Sí, no he tenido respuestas. Yo creo porque no tengo ninguna respuesta a las preguntas esenciales.

Le lleva a pensar que debe de haber algo superior.

Exacto. Y además, para mí todo clama, y hace poco lo he dicho así: «si la vida es inverosímil, ¿por qué no lo va a ser la muerte?». Porque, claro, la vida es inverosímil. Esto de que estemos aquí una serie de personas que somos capaces de crear, que hemos armado todo eso, somos los ojos del universo, somos los únicos que podemos decir que el universo existe. Y tú dices: «pues no, no existe nada». Hombre, sí que existe, ahí está. Ahora, ¿de dónde viene todo eso? No lo sabemos, no tenemos respuestas. Entonces dicen: «Dios no existe, no es verdad, existe la muerte y aquí se acaba todo». Pues mire, si me demostrara esto me quedaría muy decepcionado, estoy viviendo lo inverosímil, ¿por qué no voy a morir en lo inverosímil también? Lo digo porque creo que cada uno se tiene que plantear estos temas a su manera, y desde luego nadie le puede decir a usted si hay que creer o no hay que creer. No, mire usted, déjeme a mí con los conocimientos, con la ciencia en la vida, y después que cada uno en su vuelo en este espacio infinito decida. Es que es verdad, es una contradicción enorme. Estamos incardinados en estructuras biológicas putrescibles. «Yo seré llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma, compañero, tan temprano». Lo escribió Miguel Hernández a Ramón Sijé. Estercolas la tierra. O sea, somos putrescibles. Y sin embargo en estas estructuras resulta que tenemos una propiedad que nos permite invadirlo todo, imaginarlo todo, inventarlo todo, anticiparnos… Esto es una maravilla. Y, por tanto,  me atiendo a estas dos facetas. Me he dedicado más a saber cómo somos, pero ahora que me estoy haciendo mayor me interesa más saber quiénes somos (risas).

Usted hacía hace poco un llamamiento a la investigación en enfermedades raras, por el motivo del día mundial. ¿Por dónde tiene que transcurrir, tanto la investigación como la legislación en este campo? Y saco a colación la manida ley de dependencia y los recortes que ha sufrido durante los últimos años.

La ley de dependencia es de las cosas más positivas y más inteligentes que se han hecho en los últimos años. Es una ley social. Hay que reconocer que en algunos años el presidente Zapatero hizo una serie de adelantos en este terreno  extraordinarios. Por eso que les decía antes, cada vida es un portento y es algo que de momento se nos escapa, es personal, y tenemos que ayudar en la medida de lo posible a evitar o disminuir el sufrimiento humano. Una de las ventajas que hemos logrado los científicos ahora es la longevidad. ¡Qué cantidad de talento! Antes la gente se moría mucho más joven. Cuando yo tenía veinte años la gente se moría de media a los sesenta. Ahora está en los ochenta y dos. Veinte años más de vida. También hay más enfermedades neurodegenerativas. Es lógico. Pero la proporción de longevos que tienen capacidad intelectual para disfrutar de la vida es enorme. Pero además tenemos allí un tesoro fantástico de experiencia. Cada ser humano tiene un balance de errores y aciertos que es su propia vida. Yo decía el otro día, «¿Pero por qué el ministro Wert no consulta en lugar de fiarse de estos informes terribles de la OCDE, que es una institución económica? ¿Por qué no consulta a los maestros e incluso a los maestros jubilados?». Son gente que ha explicado cosas durante cuarenta años de su vida, y ahora tienen la serenidad de ya no estar en activo. Recuerdo cuando Pateva en el consejo ejecutivo de la UNESCO dijo «Cuando un viejo muere, una biblioteca se quema». Era tan bonita la imagen… Recuerdo un día que visitaba la Universidad de Stanford. Iba con Severo Ochoa, nada menos. Y al llegar había una fotografía grande de una persona que se veía ya mayor. Y ponía: «No nos niegues su experiencia». Fíjese. No nos niegues su experiencia. Estas personas son las que podrían precisamente dar  hoy solución a tantas cosas. Esta es otra de las cosas que no estamos aprovechando. Es que esto es lo que ahora creo que tendríamos que realmente atrevernos a solicitar y además hacerlo, ya digo, con grandes clamores populares. Tendríamos que manejar internet para que se dieran cuenta de que realmente somos millones la gente que decimos basta a esto, basta a esto otro. No puede negarse la educación. Tal vez ahora los niños sabrán más matemáticas, sabrán más inglés, pero pueden ser unos maleducados totales. Educado es el que es libre y es responsable. Punto y a la línea. Y esto yo, como Director General de la UNESCO, lo he trasladado al mundo. Y me parece que deberían aceptarlo. Y no lo aceptan porque no nos quieren ni responsables ni nos quieren libres.

Federico Mayor Zaragoza para Jot Down 5

Usted cree que la gente ya se ha cansado, y debe decir basta. Y tenemos los ejemplos del 15M, de la marea blanca, de la marea verde, de las marchas por la dignidad… Pero sobre todo los jóvenes parecen muchas veces desorientados, sin saber qué hacer. Me interesa mucho que nos diga qué pueden hacer para invertir esta situación.

Creo que es muy bueno que les digamos a los jóvenes que están pasando momentos muy difíciles, pero comparados con los que nosotros pasábamos no tienen nada que ver. Los jóvenes de una buena parte del mundo, al menos de la nuestra, son personas que no tienen problemas básicos, pero tienen un problema muy grande, que es un gran desconcierto conceptual, y también tienen un horizonte sombrío. ¿Por qué? Pues porque lo hemos resuelto todo a través de una economía de la deslocalización productiva, de la especulación. Y lo que sí creo que está muy confuso conceptualmente es el horizonte. Pero por primera vez los jóvenes pueden comparar, pueden decir: «Bueno, yo estoy mal, pero mira cómo está la gente de mi edad en tal sitio o en tal otro. Y ahora yo me puedo poner allí, puedo escribir que todo eso me parece fatal y que lo tenemos que cambiar». O sea, hoy ya existen herramientas, y ahora lo que tenemos que hacer es apoyar a estas mareas, estos 15M, que estos movimientos se relacionen, y que de momento para cosas muy concretas haya grandes llamamientos mundiales. Una de las primeras cosas que tenemos que decir es: «no más bombas nucleares, esto se ha acabado, esto es una ofensa para la humanidad, es una amenaza para nuestros descendientes». Otra de las cosas que tenemos que decir, además muy claramente, es que queremos una democracia genuina. Y que conste que yo he pasado cincuenta años de abstinencia, y en cuanto veo unas urnas es que me fascina… Lo que no puede ser es que vayamos a unas elecciones donde nos cuentan, y después de que nos han contado no nos tienen en cuenta en absoluto.

¿Cómo cambiamos esa democracia? ¿Cómo hacemos genuina esa democracia? 

Ahora hay que reconocer que la gente, progresivamente, se ha dado cuenta de que ya puede decir lo que le dé la gana. Aunque hay gente que todavía no se atreve, y yo les comprendo, porque se la juegan. Pero ya somos muchos, cada día más, los que podemos decir lo que nos dé la gana porque no nos la jugamos. Ya podemos hablar. Tardará, ya digo, diez, quince años, en hacerse realidad. Llegará un momento en que la gente se diga: «No puedo estar todo el día pendiente del Barça y del Madrid». Que está muy bien, a mí también me gusta el fútbol, pero ustedes dense cuenta… Una amiga mía con la que he escrito algún libro, María Novo, dice: «El gran problema de nuestros tiempos es el NTD, Nos Tienen Distraídos» (risas). Y es que es verdad. Uno piensa, uno ve a estos jóvenes, que pueden decir «hombre, es que no hay nada que hacer», y de momento te das cuenta de que sí, se pintan las caras, se van al fútbol… Escribí un artículo, al día siguiente de la presentación de Mourinho, aquí en Madrid. Y lo primero que a mí me extrañaba era que se presentara así a un entrenador. Y ver a un padre al día siguiente saltando con el niño y diciendo «es uno de los días más felices de mi vida». ¿Cómo puede ser? ¿Que esto para este señor y para este niño pueda ser eso? ¿O que este señor a este niño le infunda que este es un gran día? ¿Se dan cuenta?

¿Y sobre la democracia?

Sobre la democracia he escrito una declaración universal hace unos años con Karen Vasak, que es uno de los últimos grandes personajes en la redacción de los derechos humanos después de Stéphane Hessel, aunque en aquel momento era muy joven. Esta declaración la tengo suscrita nada menos que por Mário Soares, uno de los personajes más interesantes de nuestro tiempo. Mijail Gorbachov es otro de los firmantes, junto con Edgar Mora, con Adolfo Pérez Esquivel, con Rigoberta Menchú… Es decir, no solo con especialistas, sino con personajes mundiales. El que para mí hubiera un marco realmente democrático sería una precondición para el pleno ejercicio de los derechos humanos. Y, por tanto, esta democracia creo que tiene que llegar. Tardará un poco más, tardará un poco menos, pero tiene que llegar. Ahora ya se pueden proclamar democracias participativas. Hasta este momento el señor que gobernaba, tanto me da quién fuera, decía: «vamos a hacer tal cosa». Y al día siguiente de haber ganado unas elecciones no solo hacían lo contrario, sino que además como tienen mayoría absoluta parlamentaria, y la palabra absoluta es incompatible con la palabra democracia, al día siguiente ya hacían lo que querían, incluso en cosas que son supra partido político, porque la sanidad y  la educación, la justicia, la ciencia, todos esto, es supra partido político.

¿Cree entonces que el sistema de partidos políticos que tenemos en España ahora mismo genera lobbies de poder que terminan disminuyendo o haciendo peor la democracia?

Sí. Una de las primeras cosas que hay que mejorar es la ley electoral española. Pero… ¿Y la ley electoral europea? Usted sabe que en alumnos de estos países la gente que va a votar es menos del veinte o el veinticinco por ciento. ¿Cómo puede ser? Esto es inadmisible. Se les tendría que decir: «Aquellos representantes que no obtengan, como mínimo, unas elecciones en las cuales haya una participación popular del sesenta por ciento no podrán ser elegidos». Hay que empezar a ser serios. Y es que no somos serios con la democracia. ¿Por qué? Porque no les interesa.

Es decir, deberían existir sistemas de control.

Claro que deberían existir mecanismos correctores. Pero aquí uno saca unas elecciones y se acabó. Y ahora están con una mayoría pretérita, que hoy sabemos que no tendrían, pero siguen gobernando, y la mayor parte de los parlamentarios, como antes decía, son palmeros en lugar de personas que intervienen y participan. La democracia genuina es una exigencia. Y esta exigencia es otra de las cosas que puede llegar en el momento en que se soliciten por un número tan grande de personas que digan «o se arregla y se hace en un contexto genuinamente democrático, o nosotros dejaremos de tener ninguna obediencia con las leyes establecidas».

Entonces el sistema electoral podría cambiarse, pero también habría que cuidar los contrapesos de poder y la separación de poderes, que sí funcionan en otras democracias como la americana.

No, no funcionan, no han funcionado nunca.

Federico Mayor Zaragoza para Jot Down 7

Ha funcionado hace poco con el techo de deuda, que los republicanos no permitían a Obama subir. Eso que, aparentemente, en la prensa española nos decían que era un  mal funcionamiento indica que un poder está contrapesando a otro. ¿Eso es más democrático que lo otro?

Únicamente en bases económicas. Pero en bases de decisión, hay que reconocer que el partido republicano de los Estados Unidos es el más antidemocrático que hoy existe en el mundo. Hace ya casi cien años, tras la guerra del año 14, tenemos a ese gran presidente norteamericano que es Woodrow Wilson, que dice: «Esto no puede ser». Horrorizado por aquellas muertes, tras una guerra de extenuación, más que de confrontación. ¿Y este señor qué hace? Se va de los Estados Unidos, llega a Brest en Francia. Entonces iba en barco, y durante el camino escribe The convention for permanent peace in the world. Y llega allí y dice: «Esto se ha terminado, nunca más tiene que haber una guerra». Y lo primero que le dicen es: «Oiga, a usted le hemos elegido para que asegure la hegemonía de los Estados Unidos, ¿qué es eso de que usted ha decidido que no hayan guerras?». Y fíjese lo que hacen. Los republicanos no permiten que los Estados Unidos sean miembros de la Sociedad de Naciones que ellos mismos crean. Es que estas son las cosas que tendrían que explicar en las escuelas a los niños. Los Estados Unidos tuvieron una guerra de secesión, que también la tendrían que estudiar otros en estos momentos. Una guerra de secesión que condujo a que al final todo fueran estados. Todos querían ser estados. Bueno, pues muy bien. Y son Estados Unidos, pero son estados. Estados en donde el gobernador tiene tantos poderes de autogobierno que decide sobre economía, que decide sobre todo. Lo único que no puede cambiar es la moneda, ni puede cambiar al presidente, ni puede cambiar al ejército, ni puede cambiar la política exterior. Fuera de esto, el gobernador hace lo que quiere. Yo soy ahora presidente de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, y llegas a Texas y allí hay pena de muerte, y al lado no la hay, en Nuevo México. Se lo digo para que vea hasta qué punto son distintos. Bueno, pues quitan al señor Wilson y los Estados Unidos no forman parte de la misma Sociedad de Naciones que había creado él… Muy bien. Y qué pasa. Pues pasa que en el año 33 el señor Hitler ya es el canciller más famoso, y viene otra guerra mundial, y termina esta otra guerra mundial, y hay otro magnífico presidente norteamericano, que se llama Roosevelt, que dice: «Esto no puede seguir así. Aquí tenemos un banco mundial para la reconstrucción y el desarrollo, y aquí tenemos un FMI, y aquí tenemos lo más importante, el Plan Marshall. Hay que ayudar a los que acaban de perder la guerra, y lo más importante, la gente tiene que comer». Lo primero que crea es la FAO, y después crea inmediatamente un sistema de Naciones Unidas para preservar la salud, la educación, la juventud, el desarrollo… Y estas Naciones Unidas empiezan diciendo «Nosotros los pueblos», que es una maravilla. Y que además dice: «Hemos resuelto evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras». Es decir, que son responsables y piensan en las generaciones venideras, piensan en que hay que evitar la guerra, que hay que construir la paz. Todo aquello se acaba en cuatro días, no se hace nada. Y viene la carrera armamentística con Rusia. Y esta carrera armamentística se acaba porque la Unión Soviética tiene a un señor, que es un señor genial, Gorbachov, que sin una gota de sangre hace que todo aquello se desmorone. Y en ese momento tenemos también a otro señor genial, Nelson Mandela, que es capaz de acabar con el Apartheid racial. Y todo aquello se acaba, y se hace la paz en Mozambique, la paz en  El Salvador, y se empieza el proceso de paz en Guatemala. ¡Señores! Y en aquel momento salen los republicanos y dicen: «No vamos a firmar la Convención de los Derechos del Niño». Hoy los Estados Unidos es uno de los países del mundo que no han firmado los Derechos del Niño. Son el primer país del mundo que ha evitado que exista el derecho a la alimentación, y el derecho al agua. Como si dependiera de ellos el dar estos derechos. Estos derechos se reconocen, no se otorgan los derechos humanos.

No han reconocido tampoco el Tribunal Penal Internacional, ni los acuerdos de la cumbre de Kioto.

Los republicanos son la causa de todo eso. Y además, dicen que no se puede soportar el Medicare. Pues el Medicare ha sido un gran éxito. A pesar de que tiene problemas para pagar, pero ha sido un gran éxito, porque desde Harry Truman se ha intentado. Kennedy fracasó, y Kennedy era un genio. De lo que más he aprendido es precisamente de las cosas que hacía él, era un tipo sensacional. Por cierto, hablando de ciencia, fue el que dijo en el año 63 en el mes de junio, poco antes de que lo asesinaran, quizá lo asesinaron por eso, dijo: «Me dicen que el desarme no es factible. Yo les demostraré que sí que lo es. Me dicen que la paz es imposible, yo les demostraré que se equivocan». Y añadió: «Porque no existe ningún reto que esté más allá de la capacidad creadora de la especie humana». Fíjense qué maravilla. Es decir, no hay nada imposible en el mundo, todo depende de esta capacidad creadora de la especie humana.

Lo demostró con la carrera espacial, prometiendo llevar un hombre a la Luna y devolviéndolo sano y salvo a la Tierra.

Pero fíjense qué personaje, sin embargo no pudo crear el Medicare, porque las aseguradoras estaban todas allí metidas. Bueno, el señor Obama ha creado el Medicare. El señor Obama ha incorporado a once millones de emigrantes, ha disminuido en un tercio los gastos militares. Ha hecho mucho, a pesar de lo cual allí hay un núcleo que es absolutamente reaccionario y que siguen pensando que hay unas personas que se tienen que beneficiar de la benevolencia de la divinidad, aquella cosa de McCain.

Bueno, parece que estamos ante un cambio sociopolítico en el horizonte, pero me gustaría que nos dijera cómo ve el futuro, hacia dónde estamos caminando.

Pues mire, la verdad es que en estos momentos el futuro lo veo sombrío, porque sobre todo faltan, así a la vista, personas líderes en las que uno pueda confiar. Pero esto ha pasado siempre en momentos críticos, y de momento estos líderes han aparecido. Y han aparecido porque han sido las personas que gracias al conocimiento —y por eso creo que es tan importante la comunidad científica—  existirían unas salidas que hasta aquel momento no se habían encontrado. Y que las soluciones se inventan, que el futuro se inventa. Esto es lo que tienen que aprender los que están gobernado ahora, aquí y en Europa y en todas partes. O sea, se tienen que dar cuenta de que el futuro se inventa, sobre todo, cuando hay cambios tan fundamentales. Creo que una de las personas que más han sabido escrutar el futuro es Amin Maalouf. Él ha dicho: «Una época sin precedentes requiere soluciones sin precedentes». Esto ahora es de lo que nos tenemos que dar cuenta. Es decir, no necesitamos señores que nos digan qué es lo que hay que hacer; ahora podemos saber es quiénes lo pueden hacer y cómo puede hacerse, porque estas personas pueden expresarse libremente. Antes no podían. Porque hay más mujeres en puestos de importancia, y antes no las había. Porque tenemos una conciencia global, y antes no la teníamos. Yo veo que con todo eso hay solución. ¿Quién va a aportar esa solución? ¿En qué momento se va a producir? Creo que habrá una conmoción global, esto no puede seguir así, se tiene que terminar. Y, por tanto, en esta misma medida, estoy esperanzado.

Federico Mayor Zaragoza para Jot Down 8

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Félix de Azúa: Sepulcros blanqueados

Winnie y Nelson Mandela. Foto: J. Mahoney / Cordon Press.
Winnie y Nelson Mandela. Foto: J. Mahoney / Cordon Press.

Antaño, los héroes más populares eran los grandes guerreros y algún santo de muerte apoteósica. Desde el Cid hasta Trotsky, quienes ponían en juego su vida para derrotar a los malvados eran dignos de gloria. Es la viejísima teoría del amo y el esclavo que se mantuvo intacta desde Aquiles hasta Florence Nightingale. Las capitales europeas están adornadas con decenas de monumentos dedicados a los guerreros de la segunda guerra mundial o a soldados desconocidos. En algunos países, como Francia, no hay un solo pueblo o aldea que no tenga su monumento guerrero, seguramente para olvidar el fracaso de sus ejércitos. En España hay estatuas de generales por todas partes a pesar de que se han desterrado las que eran más abundantes, las de Franco.

Sin embargo, desde hace pocos años este culto a los guerreros parece haberse extinguido de un modo súbito. Los héroes populares, es decir, los bendecidos por el sistema mediático, son ahora Gandhi, la Madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King o Mandela, héroes de la paz. Este pacifismo revela un terror a la violencia que nuestros abuelos no tenían. Hasta la época de nuestros abuelos se daba por descontado que la violencia era necesaria porque había muchos tíos malvados dispuestos a hacernos trizas. Ahora todo lo que suene a violencia parece manchado de fascismo. Será porque ahora la violencia forma parte de la vida cotidiana y el fascismo lo vivimos todos los días con gran entusiasmo y sin darnos cuenta.

Todos los hombres públicos del mundo han coincidido en glorificar a Mandela, no creo que se haya quedado nadie al margen, aunque tengo poca información sobre las ciudades chinas del noroeste. Vi un reportaje en alguna cadena donde aparecían escenas universales de condolencia. Unos fruteros de Lahore, camelleros del Líbano, funcionarios de Bruselas, estibadores americanos, todo tipo de gente guardaba un minuto de silencio por el gran hombre desaparecido. Debo decir que también se veía un detalle de la Bolsa, en Wall Street. Todos estaban detenidos y consternados durante el minuto dichoso, pero era muy conspicuo un bróker en segundo término, con una cara de «a ver si se acaba esta gilipollez de una vez» que daba miedo. A este pájaro el pésame le estaba costando una millonada. En esa loa oceánica hay mucha hipocresía.

El episodio más popular de Mandela fue el partido de rugby en el que se conciliaron blancos y negros. Es un episodio muy celebrado porque la literatura popular y el cine le han dado muy buena estampa. En realidad, claro, fueron muchos partidos, pero el cine y la novela necesitan un momento culminante, ya lo dijo Aristóteles, y ese es el partido de Invictus. De lo que se había percatado Mandela (algo muy meritorio, ya que estaba en la cárcel) era del uso que puede darse al deporte, quizá porque en la cárcel vio algo similar. Yo no sé si conocía el comienzo de este proceso en la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, el caso es que fueron las grandes dictaduras las primeras que utilizaron el deporte de modo ingenieril para unificar a las masas en emociones sin pensamiento y odio al adversario. Stalin se les unió en cuanto pudo. Y luego todos los demás.

Mandela, que sabía hasta qué punto el deporte puede ser usado para incitar al resentimiento y a la destrucción nacionalista o racista, tuvo la genialidad de usarlo en sentido contrario, para diluir el odio entre negros y blancos. Que aquella operación saliera bien tiene algo de milagroso. Ganas imperiosas tendrían de hacer las paces.

Por eso digo que hay mucha hipocresía en las alabanzas a Mandela. Valga otro ejemplo, junto al bróker de Wall Street. Dos grandes entusiastas de Mandela, Artur Mas y Xavier Trias, prohibieron en su finca, Barcelona, la exhibición pública del partido final de la última Eurocopa de fútbol. España podía ganar y eso no era bueno para el apartheid catalán. Bien hicieron, porque ganamos y tuvieron que soportar que los más valientes salieran a celebrarlo por las calles catalanas.

Artur Mas y su alcalde son de los que alaban a Mandela, pero hacen un uso contrario de sus ideas. Emplean el deporte para incitar al odio, que es, como ya dijimos, lo propio de los viejos tiranos totalitarios del siglo pasado. Dicho sea sin ofender a nadie.

Fe de errores: Azúa pide excusas a los aficionados por confundir el mundial con la Eurocopa. En efecto, no tiene ni idea de fútbol, pero estaba en Barcelona cuando se prohibieron las pantallas por si ganaba España.


Sudáfrica al salir del museo

Museo del Apartheid 1

El Museo del Apartheid es una de las primeras atracciones turísticas de Johannesburgo. Lo construyeron dos de esos judíos de vida inverosímil como solo las tienen los judíos. Uno de ellos se llamaba Abraham Krok y murió viejo el pasado mes de enero, al poco de llegar yo a Sudáfrica. Me enteré de su muerte, y de su vida, por una necrológica del Sunday Times. Contaba aproximadamente la historia que sigue.

Hijo de judíos lituanos llegados a Sudáfrica en 1920, el químico Abe —como se conocía a Abraham— y su hermano gemelo Solomon —Solly— levantaron, desde el garaje de la pequeña farmacia de Johannesburgo que regentaban, un gran emporio farmacéutico. Realidad o concesión a la literatura del libre mercado, lo del garaje es solo una parte de la innegable epopeya capitalista de los dos Krok. El primer gran éxito comercial de los hermanos fue una crema blanqueadora, dicen que concebida, también a favor del mito, en la cocina de la casa de su madre. La crema cumplía su cometido a través de una sustancia fuertemente despigmentadora, la hidroquinona. Tuvo una acogida excelente entre los negros sudafricanos deseosos de ser más blancos, ya fuera por la presión alienante del apartheid o por simple capricho estético, como el que lleva a Eduardo Zaplana a abusar del solárium. Los hermanos ganaron mucho dinero con su receta casera, y conquistaron el mundo en los 80 con el lanzamiento en América de la popularísima máquina depiladora Epilady.

Pero el negocio de la crema había llegado a su fin. El aún blanco Gobierno sudafricano prohibió la hidroquinona —por ser un peligro para la salud— en 1990, cuando Mandela salía de la cárcel y el final del régimen segregacionista comenzaba a dibujarse como un arcoíris en el horizonte.

Sudáfrica cambiaba de régimen y los Krok de industria: de la farmacéutica a la del juego. Nadie podía imaginar entonces que la decisión comercial de los hermanos contribuiría decisivamente a cimentar la conciencia sobre los crímenes y abusos del apartheid de cientos de miles de sudafricanos y extranjeros.

Corría el año 1995, y el recién elegido Gobierno del Congreso Nacional Africano de Mandela exigía a los concesionarios de las licencias para abrir salas de juego una inversión paralela en beneficio de la comunidad. Los hermanos Krok obtuvieron de las autoridades el permiso para construir un casino y un parque de atracciones de temática minera en una antigua mina situada a ocho kilómetros de Johannesburgo. A cambio, se comprometieron a construir un museo.

Inspirado por su visita al Museo del Holocausto de Washington, Solly pensó que podía hacer algo similar con el apartheid en Sudáfrica. Así, con el dinero y la necesidad de los Krok se puso en marcha en 2001, solo siete años después de la voladura controlada del régimen, el modélico Museo del Apartheid.

Construida en el acero bruto que se usa en todas partes para estos memoriales, la insospechada obra de los Krok es un paseo revelador por la vida en la Sudáfrica del régimen racista, que parte de sus orígenes como respuesta al mestizaje de los trabajadores pobres en las minas y detalla sus grotescas medidas de ingeniería social y los inverosímiles logros separatorios. Entre sus muchas virtudes está la complejidad del retrato, que por supuesto no abarca todo el paisaje y solo sugiere algunas verdades incómodas para el oficialismo, pero que al mismo tiempo deja fuera pocas verdades esenciales. Otro acierto remarcable es su perspectiva, humana más que racial, que, como la transición sudafricana, celebra del fin del régimen el triunfo universal de la decencia, más que la victoria de la negritud.

El elevado valor del museo se comprende muy bien al salir. Aunque antes se haya leído bastante de aquella Sudáfrica, el primer café que el visitante primerizo toma fuera del recinto tiene un raro aire de experiencia histórica. Hace unas horas ha visto, después de muchos horrores infligidos por la minoría blanca dominante, los vídeos de los convulsos años 80 y 90: interminables y amenazantes masas negras marchando al trote por sus derechos en las calles de los townships. Negros que tiran piedras y cócteles incendiarios a los blindados de la Policía, y más negros golpeados brutalmente por puros holandeses rurales con bigote y uniforme. Negros zulúes que marchan con lanzas, y chocan violentamente con sus rivales mandelistas del CNA. Mítines ultrarracistas de granjeros blancos barbudos vestidos de kaki, caricaturas grotescas del afrikáner de peor prensa que después aparecen con la cabeza ensangrentada en el arcén de una carretera, víctimas de un atentado de la insurgencia negra. Antes ha pasado por fotos y documentos de décadas de humillación institucionalizada del blanco hacia el negro: autobuses solo para europeos, bares solo para negros, persecución de los matrimonios mixtos, celdas, torturas y ejecuciones para quien osaba rebelarse. Y también por el paternalismo insultante del poder, con el dedo levantado hacia los salvajes adolescentes envalentonados que a sus ojos eran los negros que se quejaban. PW Botha hablando a la nación sin derechos en la tele, en pleno auge de las algaradas en las polvorientas barriadas negras donde se les confinaba. Hasta ahora hemos sido blandos e indulgentes, pero cesen ya la provocación porque responderemos como se merecen.

Museo del Apartheid 2

En casi todos los casos, el café de después del museo llega a la mesa de manos negras, en un establecimiento que está en manos blancas. El camarero es joven, pero tiene familia, y de las últimas imágenes del museo solo han pasado 20 años. Al lado se come un filete un viejo matrimonio afrikáner, probablemente exvotante de Botha y aún abierto partidario de su dedo levantado. Entre quejas de que son lentos, el cliente blanco y viejo pide desabrido, y el negro joven, fuerte y mayoritario se inclina respetuoso y se guarda el exabrupto para la cocina. La comanda llega con la misma sonrisa, y quizá ni hayan escupido en la sopa.

Todo el que haya ido a bares en Sudáfrica se habrá sentado entre blancos y habrá sido servido por negros. Pero la misma experiencia postmuseística, en apariencia banal, tendrá en el visitante o recién llegado un impacto mucho mayor, que actuará también como prevención ante cualquier tentación de restar méritos a la —no por sobada menos valiosa— transición sudafricana.

Nos gusta ponerle pegas a todo, y acaso sea esta la razón de nuestros avances, pero criticar las imperfecciones no debe llevarnos a desechar empresas indudablemente estimables. Pasa con muchas cosas, y también con la transición sudafricana. Desde la derecha de dentro y fuera del país vienen a menudo críticas a la inseguridad y las promesas incumplidas de la liberación. El Gobierno negro es incapaz, corrupto, paternalista y populista. La emancipación negra solo ha traído caos y criminalidad, e incluso los no blancos vivían mejor bajo el régimen racista.

Presas del mismo desencanto utópico, las críticas desde la izquierda se centran en la persistencia de la desigualdad social: los negros votan y se mueven libremente, pero el apartheid político solo ha muerto para dar paso al apartheid económico. La corrupción carcome todas las estructuras del Estado. La Policía de la democracia multirracial es tan violenta como la de la democracia racista. Los granjeros blancos no han sido expropiados y la tierra no se ha redistribuido. Los blancos siguen siendo ricos y los negros siguen siendo pobres.

Pasar por el museo que por obligación construyeron los Krok ayuda enormemente a recordar la importancia de lo mucho conseguido y la injusticia de estas enmiendas a la totalidad. Pocas monstruosidades históricas quedan tan cerca como el apartheid. Hace solo un cuarto de siglo la élite avanzada de un país razonable en muchos aspectos consideraba a la inmensa mayoría no blanca de su población inferior e indigna de los mismos derechos que los blancos. Hace menos de un cuarto de siglo las calles de Sudáfrica eran un polvorín de odio violento entre razas y etnias que solo un milagro parecía capaz de salvar de la explosión. Después de evitar una más que previsible guerra civil, la magnanimidad del triunfador absoluto Mandela logró junto al posibilismo de De Klerk y la élite afrikáner dominante construir una democracia sólida.

El capital de la larga lucha por la igualdad racial ha otorgado al Congreso Nacional Africano una peligrosa hegemonía propia de partido-estado, que dura ya 20 años y parece lejos de agotarse. Pero con todos sus tics de movimiento de liberación, sus fracasos de gestión, la tendencia al nepotismo y sus excesos verbales tercermundistas Sudáfrica nunca ha amenazado el derecho a la propiedad de sus blancos, y los únicos actos serios de xenofobia de los últimos años no tienen relación con su profunda herida racial interna (más de 50 personas murieron en 2008 en una ola de ataques de sudafricanos negros contra inmigrantes extranjeros africanos). El país austral es un raro caso africano de sólida seguridad jurídica, donde el libertador no ha aplicado venganza ni se ha convertido en opresor. La población negra sigue siendo según todas las estadísticas mucho más pobre que la blanca, pero cada vez más hijos de la carne de cañón negra del apartheid van a la universidad y tendrán mejor educación y más oportunidades que sus padres. Las grandes ciudades son un imán para refugiados y extranjeros de todos los continentes en busca de una vida mejor, y un oasis seguro y libre para minorías sexuales de las propias comunidades homófobas tradicionales y pobres del país y de toda África. En la mejor tradición anglo, el juego democrático se aplica en Sudáfrica con vibrante dinamismo, y ya quisiéramos en España la pasión y la audacia con que se ejerce aquí la libertad de opinión y de prensa. Conviene recordar todo esto antes de restar valor a la transición y desacreditar completamente al principal de sus actores, el denostado, a veces con mucha razón, Congreso Nacional Africano.

Las imágenes dantescas que se proyectan en la penúltima fase del museo y todas las humillaciones que nutrían aquella rabia son de menos de un cuarto de generación atrás. La Sudáfrica de hoy es, pese a todos sus problemas y fracasos, un logro colosal.

Museo del Apartheid 0