Jesús de Nazaret (VI): la divinización

Jesús de Nazaret (1977). Imagen: ITC Films / RAI Radiotelevisione Italiana

(Viene de la quinta parte)

Los cobardes, los descreídos, los abominables, los asesinos, los lascivos, los magos, los idólatras y los embusteros, todos ellos irán a un lago que arde con fuego y azufre. Esa será su segunda muerte. (Libro del Apocalipsis).

La salvación

En el Imperio romano, como en todas las naciones del mundo antiguo, la vida del ciudadano humilde era muy dura. Las recompensas al trabajo, la honradez y la bondad eran escasas. Muchos hombres y mujeres debían de sentir honda indefensión ante una existencia miserable cuyas circunstancias no podían controlar, indefensión agravada por la mentalidad politeísta que describía un universo amoral donde no importaba el destino de un ser humano anónimo. No es que los romanos no creyesen en la existencia de dioses bondadosos; los había, pero no eran los únicos dioses en los que creían. También había dioses caprichosos e incluso malvados, así como demonios y demiurgos. En las esferas celestes se libraba una guerra entre fuerzas divinas que no tenía en cuenta los intereses del ser humano, cuya posición en la escala de la dignidad estaba solo por encima de la posición de los animales. Todo esto aplastaba la autoestima de los sufridos habitantes de la Tierra, quienes sentían una desesperada necesidad de protección.

Las religiones politeístas del antiguo Mediterráneo no eran mecanismos para la salvación eterna, sino herramientas de autodefensa para la vida cotidiana. Se basaban en la constante negociación: mediante ofrendas, sacrificios y ceremonias, las personas pedían favores a los dioses esperando que estos se molestasen en responder otorgándoles cierto grado de protección frente a los males del mundo. Ofrendas concretas para pedir favores concretos. El ateísmo era casi inexistente y se daba por hecho que las divinidades, aunque invisibles, no eran distantes y se ocupaban de manera activa en el funcionamiento de todo lo que el universo contenía: el clima, los ciclos agrícolas, los nacimientos, la salud, etc.

Esta visión utilitaria de los dioses facilitaba cierto tipo de apertura religiosa pues cada persona, en función de sus necesidades concretas, tenía derecho a elegir a qué dioses realizar ofrendas. Los romanos del siglo I rezaban a los grandes dioses del panteón olímpico, pero también a pequeñas divinidades locales y familiares, incluso a otras procedentes de religiones extranjeras. Cualquier divinidad era válida si se le podía pedir algo. El culto activo, el acto de realizar ofrendas y sacrificios, constituía el motor de la vida religiosa. En el Imperio también formaba parte de la vida pública y política, aunque la fusión entre religión y Estado era sobre todo ceremonial. En Roma, y en los politeísmos en general, no había creencias homogéneas ni dogmas firmes. Tampoco había una moralidad religiosa inmutables, pues la moral provenía sobre todo de la ética secular y de conceptos cívicos y terrenales.

El judaísmo del siglo I era otro tipo de religión. Se suele hacer énfasis en su carácter monoteísta como principal peculiaridad, aunque esto es una media verdad. Podría decirse que el judaísmo era de carácter henoteísta, una monolatría; esto es, una religión en la que se rendía culto a un único dios (Yahvé), pero donde se concedía la posibilidad de que pudiesen existir otros dioses. El judaísmo prohibía adorar a otros dioses que no fuesen Yahvé, pero no existía una posición única sobre la existencia o inexistencia de esos otros dioses. Esto se debía a la preponderancia del cumplimiento de las leyes mosaicas, de la moral, sobre la fe. El judaísmo, al contrario que los politeísmos, sí era una religión dogmática y contenía un sólido cuerpo de normas morales de origen divino. Aunque los israelitas realizaban sacrificios y ofrendas, no correspondían a un proceso de negociación, sino al cumplimiento de un pacto que habían firmado con Yahvé. Un pacto con un objetivo concreto: el establecimiento de un reino paradisíaco en Israel. Las leyes mosaicas, comunicadas por Yahvé a su pueblo elegido, conformaban la moral porque eran la parte del trato que los israelitas debían cumplir para aspirar a ese prometido reino. Los judíos debían cumplir aquellas leyes para hacerse merecedores del cumplimiento de las profecías sobre el Reino de Dios. Nada de esto concernía a quienes no eran judíos, que podían interesarse por estas cosas, pero no participar en ellas. Hasta que apareció Pablo de Tarso en escena.

La buena noticia

Según la tradición, Pablo de Tarso se dedicaba a la confección de tiendas y artículos de cuero. Si no fue esa su profesión, debió de ser una muy similar, artesanal o comercial, que le permitía ponerse a trabajar por cuenta propia en cada ciudad a la que iba para predicar. Se establecía con su negocio, como él mismo decía en sus cartas, para no suponerles una carga a sus seguidores.

Pablo empezó a viajar por diversas ciudades del Imperio propagando la noticia de que el dios de los judíos, Yahvé, acababa de intervenir de manera espectacular en los asuntos terrestres. Había sucedido en aquella misma generación, en Palestina. Un enviado de Yahvé, llamado Jesús de Nazaret, había prometido acoger en el futuro reino de Israel a todos los que creyesen en su mensaje. A todos, no solo a los judíos. Esto contradecía lo que defendían los seguidores originales de Jesús, pero estos se encontraban relativamente aislados en Palestina y no tenían influencia sobre las afirmaciones que Pablo realizaba en otros puntos del Imperio. Pablo insistía en que Jesús había obrado el mayor de los milagros: regresar de la muerte. Sus seguidores habían encontrado vacío su sepulcro y después Jesús se les había aparecido en visiones. El propio Pablo aseguraba haber visto a Jesús resucitado también. Dado su celo misionero, es muy posible que de verdad creyese haberlo visto.

Pablo no siempre tenía éxito. Trabajo debía de costarle hacer nuevos conversos. Encontraba especiales dificultades a la hora de intentar convencer a los judíos en las sinagogas porque, como vimos en partes anteriores, para los judíos carecía de sentido la idea de un mesías crucificado. Solo los judíos que pertenecían al círculo más cercano de Jesús y aquellos que como Pablo no fueron cercanos, pero sí tuvieron visiones, creían en el carácter mesiánico de Jesús. Entre los gentiles Pablo consiguió más adhesiones. No muchas, pero las suficientes como para crear pequeñas comunidades que perduraron y prosperaron. El motivo de la conversión era simple: quien creía en las palabras de Pablo, creía que la resurrección demostraba que Jesús era el enviado de un dios muy poderoso, lo cual podía llamar la atención de cualquier romano. La gente no resucita. Y el balance de poder, la comparación entre lo que unos dioses podían hacer y otros no, era un elemento importante a la hora de decidir a cuáles rendir culto. Además, como los romanos paganos no compartían la idea preconcebida que los judíos tenían sobre lo que debía ser el Mesías —esto es, un rey triunfante—, pudieron aceptar que dicho Mesías hubiese sido crucificado. Cierto, era una muerte vergonzosa a ojos de un romano, pero los propios romanos podían entender que alguien con la pretensión de ser el «futuro rey de Israel» acabase clavado en unos maderos. Así, los judíos centraban la mirada en la crucifixión y eso los volvía escépticos hacia el mesianismo de Jesús; los paganos, en cambio, centraban la mirada en la resurrección como demostración de poder del dios que lo había enviado a la Tierra. Eso explica la rápida implantación del cristianismo en pequeñas comunidades grecorromanas y su posterior expansión, progresiva pero imparable, por todo el Imperio.

Jesús de Nazaret (1977). Imagen: ITC Films / RAI Radiotelevisione Italiana.

Los primeros seguidores de Jesús, incluido Pablo, no pensaban que Jesús ofrecía una salvación que tendría lugar después de la muerte. La muerte es incierta y nadie sabía lo que hay después. El mensaje de Jesús había sido otro: la salvación de sus seguidores iba a ser un suceso físico y no exclusivamente espiritual. El Reino de Dios sería un reino paradisíaco, pero terrenal, donde los justos vivirían por siempre. Según Jesús, iba a suceder en aquella misma generación. Así pues, Jesús había resucitado, pero sus seguidores no necesitarían resucitar porque nunca llegarían a morir. Esta idea no fue desmentida por los primeros Evangelios, escritos cuando aún cabía la posibilidad de que quedasen vivos algunos de los primeros discípulos de Jesús. En esos textos se recoge esta idea cuando se narra que Jesús les dice a sus discípulos «no conoceréis la muerte antes de que se cumplan estas cosas». En la década de los setenta del siglo I, la Parusía o segunda y definitiva venida del Mesías era una esperanza todavía inmediata y tangible, algo que debía suceder en pocos años. La perspectiva de librarse de la muerte y ser recompensado con una vida plena y feliz en el reconstituido reino de Israel, el «Reino de Dios», se convertía en un gran aliciente para reconocer a Jesús como un verdadero profeta. Y Pablo, el apóstol o «mensajero» a quien conocían los grecorromanos, aseguraba que ese reconocimiento de Jesús como enviado de Dios era requisito suficiente para formar parte de su reino. No hacía falta ser judío ni cumplir con las leyes mosaicas.

La segunda venida de Jesús, sin embargo, no se produjo. Las primeras generaciones de seguidores empezaron a morir y el Mesías no había retornado para impedirlo: la promesa de que «no conoceréis la muerte» había sido incumplida. Para los nuevos conversos, sin embargo, esto no fue un problema insalvable. Su idea de un «Reino de Dios» era mucho más flexible que la idea que habían tenido los cristianos judíos. Encontraban fácil concebir una salvación posterior a la muerte. Los creyentes ya no habitarían un reino de Israel paradisíaco y terrenal, sino otro reino igual de paradisíaco, o más, pero espiritual y situado en alguna dimensión celestial. La modificación de la promesa contradecía el mensaje evangélico original, pero no de manera flagrante. En el fondo, se seguía prometiendo una vida eterna y feliz; eso era lo importante.

Otro aliciente para la conversión de paganos grecorromanos era el orden y armonía de la teología judeocristiana tal y como era expresada en bellos escritos que no encontraban parangón en las religiones politeístas. También, y sobre todo, un sistema moral con el que manejarse en la vida cotidiana. Esto era algo que solo había ofrecido el judaísmo —al que los romanos no podían convertirse con facilidad, como ya explicamos—, pero que no estaba presente en las religiones politeístas, donde la confusión cosmogónica y teológica impedía la formulación de preceptos duraderos. La moral romana era, sobre todo, una ética cívica y terrenal. Pero a finales del siglo I ya estaba muy extendida la opinión de que el Imperio había perdido su integridad moral. En el recuerdo permanecían los ecos de la Roma de los inicios, cuando la ciudad había heredado valores sencillos y honestos propios del entorno agrario. Esta nostalgia de un pasado más decente circulaba desde los estertores de la República, pero fue agudizada en el siglo I por la inestabilidad política y el negro historial de algunos emperadores. Hoy los historiadores afirman que no todo lo que se contaba sobre aquellos emperadores tenía por qué ser cierto, pero muchos romanos de entonces sí creían las peores habladurías. De Tiberio se decía que en su retiro se había entregado a toda clase de aberraciones sexuales, incluidas prácticas sadomasoquistas y pederastia. De Calígula se decía que practicaba el incesto, cometía asesinatos y otras cosas terribles, algunas de las cuales, para colmo, resultaron innegables incluso para sus antiguos partidarios porque ellos mismos habían sido testigos de ellas. Ambos emperadores habían muerto asesinados. Otros emperadores se suicidaron o fueron depuestos mediante la fuerza, como Nerón. La incertidumbre política se sumaba a la incertidumbre vital.

La figura de Jesús, aunque todavía generaba un culto minoritario, ofrecía una salida. Primero, ofrecía la posibilidad de adoptar ese sistema moral que los romanos siempre habían visto como superior, el judío, pero sin la necesidad de circuncidarse ni de cumplir sus más fastidiosas normas. De hecho, y siguiendo el ejemplo de Pablo, los cristianos podían despojar al judaísmo de todo aquello que no les gustaba para adaptarlo a su propia mentalidad. El neojudaísmo de Pablo se convirtió en pseudojudaísmo y más tarde en una secta tan diferenciada ya no podía ser considerada una secta judía. El título de Mesías, el «ungido», fue traducido al término griego equivalente Χριστός (Xristós) y después al latín Christus. Los seguidores de Jesús el Cristo empezaron a ser conocidos como «cristianos», cuyo significado literal es «seguidores del Mesías».

Como contrapartida a este abandono de ciertas leyes judías, se empezó a endurecer un aspecto: el del castigo. Los judíos no creían en el infierno o, más bien, albergaban conceptos difusos sobre un inframundo común para justos y pecadores, el Sheol, o sobre una especie de purgatorio punitivo, el Gehena. Pero no eran elementos centrales de su religión, pues no existía una idea unitaria sobre la otra vida. No era el castigo tras la muerte lo que más les preocupaba, sino el castigo en vida, pues en la Biblia hebrea Dios suele aplicar su castigo en la esfera terrenal (incluyendo, cosa no desdeñable, los propios castigos religiosos aplicados por las autoridades). Jesús no había insistido en los castigos terrenales. Los cristianos, no obstante, tardaron poco en idear castigos aterradores y eternos en el infierno. Si la salvación se había vuelto fácil, pues bastaba la fe, también fácil se volvería la condenación eterna ganada por la falta de fe. El concepto de infierno se haría más sólido al mismo tiempo que otro concepto nuevo: la idea de que Jesús era Dios.

De Jesús el hombre a Jesús el dios

Jesús de Nazaret (1977). Imagen: ITC Films / RAI Radiotelevisione Italiana.

En el mundo antiguo no existía una frontera clara entre lo humano y lo divino, no había un abismo abrupto, sino toda una escala de diferentes gradaciones de divinidad. Un ser podía ser divino en su totalidad, divino a medias, o ser humano con unas trazas de divinidad.

Había dioses inaccesibles, inmateriales o misteriosos, pero lo divino también podía manifestarse en dioses intermedios, ángeles, demiurgos, demonios y espíritus de toda índole. Algunos seres divinos descendían a la esfera terrenal; era la encarnación que les permitía cumplir determinadas misiones o satisfacer ciertos caprichos. Si, por ejemplo, un dios se encaprichaba de una mujer humana y se encarnaba en cuerpo terrenal para mantener relaciones sexuales con ella, el hijo engendrado por ambos sería un semidiós a medio camino entre lo humano y lo divino. Un semidiós también podía nacer de una madre virgen a la que un ser divino hubiese impregnado sin acto sexual, mito que se le aplicaría a Jesús en los Evangelios de Mateo y Lucas.

El proceso inverso a la encarnación era la exaltación. Un ser humano era elevado a la categoría de dios en atención a circunstancias o cualidades extraordinarias. Se podía divinizar a reyes, faraones y emperadores, así como a profetas y otros personajes importantes. Otras personas podían ser exaltadas debido a su inteligencia, su sabiduría, su valentía, su belleza o alguna otra cualidad. Todo esto variaba según culturas y épocas, pero la ausencia de una frontera delimitada entre lo humano y lo divino era común en todas las mitologías, incluso en la israelita. El que un individuo humano tuviese una faceta divina no lo convertía siempre en el equivalente de un dios. Sí le concedía una dignidad superior o poderes extraordinarios. El Mesías que esperaban los judíos no era una encarnación de Yahvé, sino un enviado humano cuya faceta divina podía manifestarse en su visión profética y la capacidad para realizar actos prodigiosos. De hecho, en el siglo I no solamente esperaban los judíos que el Mesías fuese humano, sino que debía descender de una estirpe humana concreta que se remontaba mil años hasta el rey David. Por supuesto, también se esperaba que su parte divina lo hiciese capaz de cumplir con las grandiosas profecías bíblicas; esa parte divina se la concedería Yahvé a modo de arma o herramienta para cumplir sus fines. Pero el Mesías no era Dios, esa idea no hubiese tenido sentido para los judíos.

Los cristianos grecorromanos se basaban en las escrituras de la Biblia judía, pero las interpretaban de otra manera, ayudados por la creciente circulación de textos nuevos que reinterpretaban esa mitología judía desde una perspectiva más acorde con su mentalidad. Eso sí, los cristianos todavía no concebían usar la cruz como símbolo, porque hubiese sido como usar una bala para rendir homenaje a Martin Luther King. La cruz solo tenía sentido como símbolo conceptual en los textos teológicos, pero no como signo visible que emplear en la vida cotidiana, donde se hubiese considerado una exhibición de muy mal gusto (la cruz como símbolo visible solo se haría omnipresente después de que el imperio aboliese la crucifixión). Los cristianos primitivos preferían otras maneras de referirse a Jesús. Como el famoso pez, pues es sabido que la palabra «pez» en griego, ΙΧΘΥΣ, servía como anagrama de Ἰησοῦς Χριστός Θεοῦ Υἱός Σωτήρ, «Jesús el Mesías, hijo de Dios y salvador». Esto no se hacía al principio, por cierto, como una manera de ocultarse porque el cristianismo estuviese proscrito, pues las persecuciones generalizadas tardarían tiempo en llegar.

La rápida divinización de Jesús tenía sentido en el mundo grecorromano. Se hacía continuamente con personas ilustres. Aunque no todos los cristianos lo divinizaban por igual, división que se percibe en los cuatro Evangelios que contiene el Nuevo Testamento. En Marcos, Jesús es un Mesías humano, aunque dotado por Yahvé con capacidades sobrenaturales (capacidades procedentes de la divinidad y por tanto, en cierto modo, rasgos de divinidad en sí mismas). En Mateo y Lucas, Jesús es más parecido a un semidiós, incluyendo la virginidad de su madre y otros prodigios relacionados con el nacimiento. En Juan, Jesús es ya una encarnación divina con todas las letras. Estos cuatro Evangelios fueron escritos en el transcurso de una o dos décadas, lo cual da idea de la rapidez con que cambiaban las ideas según eran interpretadas por cada comunidad o autor. Hubo otros Evangelios y textos cristianos que se quedaron fuera del Nuevo Testamento, pero que ofrecían versiones muy diferentes del grado de divinidad atribuible a Jesús.

Al final, cuando la Iglesia se centralizó, se impuso la versión de que Jesús era una encarnación de Yahvé, pero hubo muchas otras ideas que tuvieron popularidad en épocas y regiones concretas. Los debates (como los que tuvieron lugar en el Concilio de Nicea sobre si Jesús estaba subordinado a Dios o si era un igual a Dios o si era Dios mismo) fueron cerrados con el tiempo más por efecto de ejercicios de autoridad que de una verdadera demostración incontestable en el campo de la teología. La idea victoriosa fue la de que Jesús es un igual a Dios y no un subordinado de Dios. Quienes discrepaban, como los arrianistas o los marcionitas, tenían sus buenos motivos para no estar de acuerdo. Por ejemplo, el concepto de la Trinidad era tan incomprensible que muchos cristianos lo rechazaban de manera abierta por considerarlo absurdo. La mera identificación de Jesús con Yahvé presentaba muchos problemas de índole lógica e intelectual. Por eso, aunque la divinización de Jesús comenzó de manera temprana, durante siglos hubo muchos cristianos que no quedaron convencidos por lo que hoy consideramos la ortodoxia. Hasta que los discrepantes fueron perseguidos como herejes, esas herejías fueron, de hecho, la ortodoxia en determinados ámbitos geográficos y temporales.

La idea de que Jesús fuese Dios era discutida, pero poderosa desde el punto de vista mitológico. En especial porque los cristianos empezaron no solo a abandonar el culto a otros dioses, sino a convertir la fe, la creencia en Jesús, en una virtud principal. Como tal virtud principal, esa creencia en Jesús no solo condujo a su identificación con Dios, sino que empezó a requerir exclusividad, llevando al rechazo de la noción de que pudiese haber otros dioses. Sin embargo, como sucedía en el judaísmo, el cristianismo tenía (y aún tiene) mucho de henoteísmo. Figuras como los ángeles, los santos o la propia Virgen María se encuentran en estadios intermedios de la escala de divinidad y la barrera infranqueable entre lo divino y lo humano existía más en la mente de los cristianos que en sus prácticas religiosas. Aún hoy se le ofrecen sacrificios a santos y vírgenes para pedir favores o la intercesión ante Dios, reconociendo que esas figuras ocupan un lugar intermedio entre la esfera humana y el Dios supremo, pero habiéndoles retirado la divinidad más de manera nominal que conceptual. Incluso Satanás es un ente que, en lo funcional, pertenece a la esfera divina, aunque de manera nominal no se lo considere una divinidad. El monoteísmo cristiano es, como poco, ambiguo. Y el obstáculo para que el cristianismo admitiese ser una monolatría plagada de divinidades intermedias era la concepción del universo como una monarquía absoluta. Si Jesús-Dios reinaba sobre toda la Creación, nada podía escapar a sus designios. Todos los mecanismos de lo natural y lo sobrenatural, antes repartidos entre un sinnúmero de dioses que los manejaban según intereses dispares, estaban ahora bajo el mando único de Jesús-Dios. Las contradicciones, como la creencia en elementos angelicales o diabólicos que ejercían sus propias acciones sobre partes del universo, eran resueltas con piruetas teológicas o simplemente nominales.

La divinización de Jesús también condujo a una visión más esclerótica y dogmática de su biografía. Jesús ya no podía compartir los pecados e imperfecciones propias de los seres humanos. Cabe aclarar que no es cierto que se ocultasen supuestos hechos biográficos como que Jesús estuviese casado o tuviese hijos, ya que no hay rastro de esos hechos ni siquiera en la tradición más temprana. Pero sí pasó a considerarse blasfema, por ejemplo, la mera insinuación de que Jesús hubiese podido tener una vida sexual o por lo menos un interés en el sexo como se le presupone a casi cualquier persona. Un Jesús divinizado debía estar libre de todo pecado, incluyendo el pecado original. Se asumió una biografía tradicional que era una combinación de los cuatro Evangelios canonizados —pese a que estos se contradicen entre sí numerosas veces— y ciertas presunciones teológicas. La figura de Jesús, tan distinta según el Evangelio que se lea (en especial si se compara Marcos con Juan), fue reinventada según las necesidades de cada época y grupo concreto. Durante más de mil quinientos años, el análisis de los textos evangélicos se limitó a lo teológico. Esos textos no serían tratados desde una perspectiva histórica y crítica hasta el siglo XVIII, cuando se empezó a pensar que quizá la información tradicional sobre Jesús no era fiable. Este enfoque, claro, había sido impensable durante los largos siglos en que nadie podía osar poner en duda la ortodoxia de Jesús como Dios.

(Continuará)


Historia universal de la enajenación romántica

Detalle de la puerta de entrada a la Torre Siuyumbiké. Foto: Galina Kalashnikova (CC BY-SA 4.0).

La Torre Siuyumbiké es la construcción más notable que se erige en el Kremlin de Kazán, tanto por la osadía de realmente no esforzarse demasiado en el propio asunto de erigirse, desafiándolo al ladearse históricamente y amenazar con acomodarse en una posición más horizontal, como por constituir los cimientos de una de las leyendas románticas más hermosas de la historia.

El siglo XVI vio crecer a Iván IV Vasilyevich como gran príncipe de Moscú, y aquellos años también se convirtieron en testigos de cómo al infante se le trastocó la pelota cuando sus familiares cercanos comenzaron a morir de maneras bastante creativas a manos de otros parientes más ariscos y de los boyardos rusos que acabaron haciéndose cargo del chico como quién se ocupa con desencanto de un Tamagotchi. Con la llegada de la adolescencia, en lugar de cambiarle la voz al joven Iván le cambió el vinagre, inventó el Royal Canin al convertir a un príncipe boyardo apellidado Shuiski en la base de la pirámide alimenticia de una manada de perros hambrientos y tres años después un montón de rusos muy nerviosos ya estaban tomándole medidas a la testa para forjar la corona que le ratificaría como zar de toda Rusia. De ahí en adelante su carrera se dispararía y a lo largo de su vida no solo tendría el detalle de comportarse como un auténtico psicópata en todo momento, pegando berridos sin venir a cuento y surcando constantemente una montaña rusa de depresiones profundas, sino que aprovecharía para explotar esa insólita virtud de estar como una puta cabra y la fusionaría con el espíritu nómada al lanzarse a trotar por el prado acompañado de un ejército dispuesto a invadir cosas. Entre las tierras ocupadas a lo largo de su vida guerrera se encontrarían los terrenos de Siberia, Astracán o Kazán, y concretamente en esta última localización Iván se las tendría que ver con otro tipo de conquista.

Se dice que cuando el hombre pisó Kazán la belleza de la princesa Siuyumbiké, sobrina del kan derrocado, le rellenó la tripa de mariposas y el zar acabó volando en círculos sobre la criatura a la caza de tema y posibilidad de roce. Pero la pretendida decidió regatear el asalto de manera elegante estableciendo una quest inalcanzable al prometer que solamente se desposaría con Iván si este era capaz de levantar en siete días la torre de siete plantas más alta del mundo. A pesar de que lo esperable hubiese sido contemplar al zar construyendo una maqueta de medio metro y derribando todo lo que la superase en altura, el hombre encargó el alzamiento del torreón con urgencia y una semana más tarde sus obreros agonizaban extenuados bajo la sombra de una gigantesca torre de cincuenta y ocho metros mientras la princesa Siuyumbiké se rascaba la cabeza y trataba de recordar si aquello no estaba ya allí unos días antes. Agobiada porque su estratégica manera de hacer la cobra había acabado volviéndose en su contra, la chica solicitó visitar el edificio para asegurarse de que no era una ilusión óptica pintada en un cuadro. Subió a lo más alto del inmueble, observó la panorámica, consideró lo de casarse con Iván el Terrible (alguien de quien sabemos gracias a los retratos pictóricos que lucía el aspecto de una señora con barba derritiéndose) y, muy decidida, se arrojó al vacío.

Iván el Terrible por Viktor Mikhailovich Vasnetsov (1897).

La historia es genial y está sorprendentemente extendida, pero por desgracia es poco probable que sea cierta, porque Siuyumbiké en realidad murió años más tarde sin promocionar a pegatina. Y es que la gente es muy de exagerar para dar color a la historia, algo de lo que sirve como ejemplo el propio apodo de Iván el Terrible, un alias generalizado que ni siquiera era una traducción acertada de un original (Гро́зный​) que no tenía ese tonillo peyorativo, a pesar de que estamos hablando de alguien cuya idea de un sábado noche moderadamente divertido consistía en salir con los amigotes a despellejar perros y violar a las gentes de su pueblo. Pero el hecho de que la fábula de la torre se haya asumido como cierta durante siglos solo confirma que la humanidad tiene bien claro que en los asuntos donde el corazón está metido de por medio el ser humano suele ser capaz de acometer cualquier tipo de locura.

Grandes conquistas de la historia

Popea Sabina fue una mujer que vivió durante los primeros años del Imperio romano. Estando casada con Otón, ambos invitaron a comer en su hogar a Nerón y este, embobado con la belleza de la dama, acabó decidiendo que en aquella casa quería clavar algo más que la cuchara. Popea se convirtió en amante de Nerón con el beneplácito de su marido, y unos cuantos la señalan sin disimulo como la principal influencia sobre el emperador en todo el cuestionable asunto de ejecutar a su madre y a su exesposa. Siguiendo la tradición romana de ser hijos de puta 24/7, Nerón acabaría asesinando a Popea a patadas durante una discusión casera. Y, como los principales órganos bombeadores de sangre del emperador seguían obsesionados con las facciones de la desaparecida Popea, el hombre acabó recurriendo a la marca blanca y se puso a buscar como pareja a un Doppelgänger de la difunta hasta localizarlo en Esporo, un joven que venía a ser una beta de Popea con el detalle añadido de tener pene. Cegado por el deseo, Nerón castró al chico, lo vistió con la ropa de su mujer, se casó con él y ambos comenzaron a pasearse por la ciudad achuchándose acaramelados. Como todo el percal no era lo suficientemente turbio, Nerón comenzó a dirigirse al joven eunuco como «mi Popeíta», y, tras la muerte de Nerón, las cosas se volvieron incluso más inquietantes cuando Otón rescató a Esporo, lo ató a la cama y lo tomó como consorte previo acuerdo de que el zagal solo respondiese al nombre de Popea.

El historiador bizantino Procopio de Cesarea tomó nota durante el siglo vi del que posiblemente sea el matrimonio con más daños colaterales de la historia. La tribu de los varnos era una pandilla germánica de bárbaros que durante aquella época estaba liderada por un hombre llamado Hermegisculus, cuya estrategia de conquista territorial pasaba por encamar a familiares con miembros distinguidos de pueblos potencialmente interesantes. Siguiendo esta técnica, emparejó a su hijo, Radigis, con la hermana del rey de los anglos, un pueblo germánico asentado en lo que en el futuro sería Inglaterra. Pero poco después, un Hermegisculus pachucho y a punto de palmarla anuló el compromiso, obligando a su hijo a casarse con su propia madrastra, una ilustre del pueblo franco ubicado al otro lado del Rin, al considerar que a la larga era más práctico tener aliados que no viviesen en una isla y tuviesen cierta facilidad geográfica para unirse a la gresca en caso de necesidad.

El desplante afectó profundamente a la isleña abandonada, cuyo nombre no figura en ninguna crónica porque se ve que si usas vagina los historiadores suelen considerarte menos interesante, y tras no obtener respuesta alguna por parte de Radigis, a pesar del doble check azul que suponía enviar mensajeros de fiar a las tierras de los varnos, la chica decidió visitar al exprometido personalmente. Y personalmente fletó cuatrocientos barcos con cien mil hombres que, ojo, no sabían que las velas formaban parte de las embarcaciones, al desplazarse a todos lados a golpe de remo, y siempre entraban en el campo de batalla a pie obviando toda esa modernidad de combatir a caballo. Los anglos corrieron a hostias al pueblo varno y peinaron sus tierras hasta encontrar a Radigis subido a un árbol en medio del bosque, lo arrastraron hasta los pies de la prometida engañada y, tras un rosario de balbuceos, el hombre aceptó casarse  con la guerrera y llevar una placentera vida conyugal a base de no cuestionar demasiado a su pareja por el tema aquel de masacrar a su pueblo.

Gyda Eiriksdottir en una ilustración de Christian Krohg (DP).

En el año 860, el hijo de Halfdan el Negro y la impronunciable Ragnhild Sigurdsdatter, un tal Harald, sucedió a su padre como gobernador soberano de un conjunto de pueblecitos y campiñas de Vestfold. El heredero pronto comenzó a tirarle los trastos a Gyda Eiriksdottir, hija del vikingo Eirik rey de Hordaland, para acabar estrellándose contra una negativa y la sentencia de la mujer de que solo estaba dispuesta a comprometerse con el rey de todo un país y no con un wannabe en posesión de cuatro chabolas y dos setos. Harald en aquel momento juró dos cosas: conquistar toda Noruega y no volver a cortarse ni cepillarse el pelo hasta haber conseguido lo anterior. Diez años más tarde, un Harald I de Noruega al que la gente había apodado Harald de los Cabellos hermosos, muy probablemente con bastante guasa, volvía a casa de Gyda triunfal anunciando que con el calentón había conquistado el país entero llevándose a unos cuantos reyes por delante y que las rastas estaban a punto de pasar de moda. Gyda se convirtió así en la primera reina de una Noruega recién unificada, y en el lugar donde Harald se cortó la melena alguien puso una plaquita recordando el acontecimiento a todos los peluqueros de la historia.

Catalina II de Rusia (1729-1796), también conocida como Catalina la Grande, fue una emperatriz visionaria con todo ese asunto del poliamor que en la actualidad algunos consideran revolucionario. La mujer no solo mantenía bien organizado un ejército de más de una docena de amantes oficiales, a los que habría que sumar los rolletes casuales, para que le calentasen las sábanas, sino que además les agradecía las labores de putos reales con estilo: Grigory Potemkin ascendió a general, figura pública y organizador de orgías profesional. Grigory Orlov fue agasajado con un palacio y una bóveda de dinero para zambullirse en él desde un trampolín. Y a Estanislao II Poniatowski se le concedió el caprichito de tomar Polonia para coronarse rey. Como siempre ocurre cuando alguien con ovarios empieza a pisotear kilómetros de pollas, las malas lenguas de sus enemigos no tardaron en presentarse para extender el rumor de que la fogosidad de la emperatriz la había arrastrado a copular con caballos y finalmente había acabado con su vida cuando durante uno de estos encuentros sexuales la mujer y el jamelgo recrearon la portada de Holocausto caníbal. Catalina en realidad moriría de un ictus cuando contaba con sesenta y siete primaveras y no había Dios que se atreviese a quitarle lo bailao.  

En 1938 Hitler invadió Checoslovaquia e inmediatamente Inglaterra comenzó a rellenar las filas con la población masculina. Entre aquellos varones se encontraba Horace Joseph Greasley, un joven peluquero de veinte años que tras recibir un tutorial sobre cómo disparar plomo sobre culos nazis acabó siendo enviado en un destacamento a Francia. Un par de años más tarde, durante la retirada de los aliados en la Operación Dinamo, Greasley fue capturado por las fuerzas alemanas y, tras penurias diversas, acabó siendo alojado en el Stalag VII-B, un campo de prisioneros ubicado en Lamsdorf, donde se obligaba a los presos a picar mármol para abastecer a Alemania de lápidas bonitas.

En aquel poco idílico escenario conoció a Rosa Rauchbach, la hija del director de la cantera de mármol que andaba por el lugar ejerciendo de traductora, y, tras florecer el romance entre ambos, la entrañable pareja comenzó a esconderse en los recodos del lugar para ayuntar como locos. Las dificultades para llevar a cabo aquel Splinter Cell pornográfico se agravaron ligeramente cuando Greasley fue trasladado a Freiwaldau, un anexo de Auschwitz situado a más de sesenta kilómetros de su querida. Pero el joven decidió tomarse todo aquello como lo haría cualquier veinteañero ante la posibilidad de mojar un rato, elaborando un plan de fuga, quedando con la amada en un bosque cercano, celebrando el reencuentro con alegres quiquis y volviendo de nuevo al campo de prisioneros del que acababa de evadirse intentando disimular la sonrisilla.

Greasley aseguró repetir solemnemente esta ceremonia unas doscientas veces a lo largo de cinco años, hasta su liberación en 1945, llegando a escaquearse de su encierro hasta tres veces durante la misma semana para contemplar en pareja el panorama de Cuenca entre los matojos. El hombre, durante los últimos años de su vida, ya instalado en la Costa Blanca sustituyendo la amenaza nazi por la caspa española, narraría sus desventuras en la autobiografía Los pájaros también cantan en el infierno y se pasearía por el mundo diciendo que él era el sexy coprotagonista de una famosa foto donde Himmler le contaba las costillas a un prisionero de uno de aquellos campos. Guy Walters, un historiador inglés, apuntó que ni Greasley era el joven de la legendaria fotografía ni los campos de prisioneros de guerra del momento constituían un riesgo tan extremo como quería hacer creer el lujurioso superviviente. Walters, eso sí, no cuestionó en ningún momento que Greasley se fugase un número indecente de veces solo para desfogarse con la adorada.

Taj Mahal. Fotografía: CC0.

Grandes construcciones de la historia

La Torre Siuyumbiké no es la única maravilla arquitectónica construida a rebufo del romance. En 1631 Mumtaz Mahal se encontraba dando a luz a su decimocuarto hijo en Burhanpur cuando el esfuerzo acabó mandándola en viaje solo de ida hasta el otro barrio. Su marido, el emperador Shah Jahan, recibió la repentina viudedad de manera extremadamente dolorosa a pesar de que Mahal no era la única esposa que poseía: se apartó de la vida pública durante un año y cuando regresó al mundo su cuerpo se había convertido en el de un anciano prematuro. Transportó los restos de su mujer en un ataúd de oro hasta la ciudad de Agra y comenzó a planear la construcción de un mausoleo y sus jardines como tributo a la figura de su querida. Veintidós años después el edificio estaba completado, se trataba del Taj Mahal.

En la orilla opuesta se encontraba Anna Ioánnovna, emperatriz de Rusia en la época comprendida entre 1730 y 1740, y principal responsable de perpetrar el matrimonio forzado entre un aristócrata caído en desgracia, el príncipe Mikhail Alekseyevich, y una poco agraciada criada, Avdotya Ivanovna Buzheninova, en un marco inusual construido para la ocasión: un palacio esculpido en hielo, con sus verjas de hielo, sus árboles de hielo, sus pajaritos de hielo y su cama con almohadas de hielo. La dicharachera emperatriz también obligó a los novios a vestir como bufones, y los rodeó de una comitiva formada por monstruos de circo y animales de granja antes de encerrarlos en los aposentos completamente desnudos esperando que a la mañana siguiente amanecieran como polos de carne. Las propias experiencias amorosas de Ioánnovna, cuyo marido falleció a los pocos meses de casados, la habían desengañado tanto de los asuntos del corazón como para transformarla en alguien capaz de convertir las ceremonias nupciales en instrumentos de tortura.


La Pasión según san José Fallero

Fotografía: Rafa Esteve (CC).

Génesis

En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: sea la luz, y cuando iba a ser la luz Dios miró muy fijamente a la tierra, poniendo los ojos así como pequeñitos, como de chino, y vio Dios que ya había fuego. En el Edén, cerca de la Albufera, unos labradores estaban haciendo una hoguera. Y la voz de Dios resonó como un trueno diciendo: «¿Qué estáis haciendo?». Y dijeron ellos, «Ací estem, cremant la fusta que ens ha sobrat de la faena». Y vio Dios en su calendario que era 19 de marzo.

Y de esta forma, y a partir de entonces y durante generaciones y generaciones, los valencianos han perpetuado las mejores fiestas del mundo de forma absolutamente objetiva y cuantitativamente ponderable; las Fallas. Desde entonces, y hasta hoy, las Fallas han cambiado más bien poco.

La creencia habitual es que las fallas son en marzo. Nada más lejos de la realidad. Las fiestas falleras, por el contrario, recorren un vía crucis que alcanza todo el calendario gregoriano. De hecho empiezan el mismo día que acaban, en una suerte de eterno retorno de Nietzsche, o de ave fénix que resurge cada año de sus cenizas. Esto lo saben solo los valencianos; los forasteros, por el contrario, saldrán disparados como alma que lleva el diablo una vez se quemen las fallas. Los oriundos saben que la fiesta recorre un in crescendo magnífico que acaba en el fuego cautivador y purificador de la pasión de san José Fallero. Las nuevas fallas comienzan cuando los basureros todavía están recogiendo los restos humeantes y húmedos del monumento recién sacrificado en la suerte suprema del fuego que marca el final de un ciclo y purga los pecados de los valencianos un año más. Pero vayamos por partes, o mejor dicho, por estaciones de nuestro particular vía crucis.

Primera estación: la presentación

Aunque el valenciano de bien conoce perfectamente que las nuevas fiestas comienzan el mismo 19 de marzo de madrugada, ya tiene marcado en su almanaque particular ciertas fechas a las que acudirá con puntualidad británica y caiga quien caiga. Empieza la puesta de largo en la presentación. O la «presentació» (léase «presentasió»), como diría el bueno de David Broncano. La presentación es la puesta de largo de los integrantes de la falla, ergo, los falleros. Valga el término «falla» como escultura que arderá en el clímax álgido de las fiestas; valga, asimismo, como segunda acepción al utilizarse como «conjunto de falleros de una congregación», y que se reúnen en un local común que llamaremos «casal», con el único objetivo de comer, beber, y loar las evidentes ventajas de la falla (valga ahora como monumento), en contraposición con las fallas vecinas (siguen siendo monumentos) con las que compite.

Pero volvamos a la presentación. Dicho evento se realiza hasta con seis meses de antelación a la semana fallera, y tiene como principal motivo fomentar el sentimiento enraizado de clan que conforma a la falla (ahora como conjunto de personas), exaltando la belleza de las reinas de la corte, esto es, sus falleras, en dos categorías que no compiten, tanto infantiles como adultas, y que ostentan el rango de «falleras mayores». La labor de los presidentes, también de ambos rangos, se restringe a acompañar circunspectos a sus damas. Portan los falleros de su falla (congregación ahora) estandartes o pendones al más puro estilo William Wallace, que ríete tú de la DUI y del cacareado «procés». Un valenciano nunca será secesionista, pero por su falla (de nuevo conjunto de personas) pueden llegar a morir (entiéndase esto último como licencia poética, ya que el máximo sacrificio será resignarse a mascullar un lacónico «ché collons»).

Segunda estación: la cabalgata del ninot

La cabalgata fallera es celebrada con algarabía y fanfarrias en el frío mes de febrero, con el mandato de separarla el máximo espacio de tiempo posible de las cabalgatas navideñas de los Reyes Magos. Una cabalgata fallera difiere de la cabalgata de sus majestades fundamentalmente en que donde deberían estar los Reyes se encuentran las falleras mayores y donde los pajes, sus cortes, siempre precedidos de la falla (acepción grupal ahora) ataviados con los más bizarros disfraces. Pero esa no es la diferencia más marcada. Una cabalgata es fallera tan solo si tras la falla disfrazada se encuadran dos elementos. Uno, una charanga de percusión y vientos engalanados con camisetas customizadas para la ocasión y con algún elemento adicional común en la cabeza (verbigracia unos sombreros). Y dos, y más importante si cabe; una furgoneta o remolque donde se asan longanizas, morcillas y chorizos y se reparten como en el milagro de los panes y los peces entre los falleros que se mueven en singulares coreografías que van perdiendo la coordinación conforme aumenta el cansancio. La bota de vino es compañera contingente en semejante caravana.

Tercera estación: las mascletàs

Fotografía: Rafa Esteve (CC).

Son los valencianos los únicos que han desarrollado suficientemente sus epitelios olfatorios como para conectarlos casi directamente con su amígdala cerebral al aroma de ciertos y muy concretos olores. Las lágrimas de un valenciano brotan irremediables fundamentalmente con tres esencias precisas, a saber: el aroma de la paella burbujeante al fuego de leña, el olor cálido y penetrante de los buñuelos de calabaza, y, por supuesto, el intenso aroma de la pólvora recién quemada tras una mascletà. El primero, y si se es buen valenciano, se puede disfrutar periódicamente los domingos. Los otros dos son eminentemente estacionales. Y no hay olor que más identifique a un valenciano, y exalte más su sentimiento, que el de la pólvora tras una atronadora mascletà en la Plaza del Ayuntamiento, otrora Plaza del Caudillo. Tras el éxtasis grupal, los falleros, vestidos con los blusones de faena, se arrojarán hacia la búsqueda del maestro «pirotècnic», entre vítores y alabanzas verdaderas, espoleados por el cambio comportamental que experimentan sus ebrios cerebros con el olor a pólvora. Es de buen comportamiento, tras la ovación cerrada de rigor, comentar brevemente la intensidad, ritmo o música de las explosiones. El verdadero experto es capaz de entender las carencias y las frecuencias entre «masclets» (nunca petardos) terrestres y «aéreos» (estos siempre sin sustantivo).

Cuarta estación: la plantà

Dicen los expertos, muchos de ellos doctorados durante décadas y décadas de deambular noctámbulo e infinito, que el verdadero fallero acude a la «plantà». Huelga apuntar que la plantà es cuando se «planta» la falla (ahora monumento). Es el momento en que los elegidos, aquellos servidores más fieles a la falla (ahora congregación), lanzan órdenes deslavazadas a los operarios de las grúas que, a pesar de los gritos, intentarán que los grandes ninots (el que usa «muñeco» es expulsado automáticamente de los lindes que perfilan la tierra de las flores) no acaben con los sueños de los falleros estrellados sobre el asfalto. Y ahí el gran enemigo, el Godzilla que encoge los temerosos corazones de los falleros, el único monstruo que atemoriza al valenciano en periodo festivo es un elemento incontrolable de la naturaleza: el viento. La plantà acaba por liturgia con los retoques de pintura. El maestro fallero sabe que en ese momento se la juega, como en las distancias cortas de Brummel. Es cuando debe demostrar su maestría, cuando se debe lucir ante sus expectantes aprendices. El momento cumbre. El clímax. El alfa y el omega. El principio y el fin. Cuando amanezca, porque la plantà debe hacerse con alevosía a veces, pero siempre con nocturnidad, el valenciano de bien escrutará con ojos de halcón si se perciben, aunque sea sutilmente, las marcas de pintura que diferencian el trabajo en el taller del de la calle. Ahí residirá el premio, la competencia feroz con la falla vecina, el grado superlativo del artista fallero.

Quinta estación: la pasión

Las noches interminables deambulando de falla en falla (ahora como acepción geográfica, que también la tiene), los albores de la mañana con las despertàs plagadas de explosiones rítmicas, las docenas de buñuelos ingeridos, los largos desfiles de las ofrendas hacia la «Geperudeta» y las noches previas en los casales son solo el anticipo de la gran noche; la noche de la pasión. Como emulando a Kavafis, los valencianos saben que lo importante es siempre el camino, y que la cremà es equivalente a la emoción, pero también a la tristeza del fin, y que ninguna persona de bien quiere alcanzar el clímax máximo que anticipa al día después. Pero no tiene sentido lo que no se quema, así que esa lánguida noche los buenos valencianos se arman de paciencia y, aunque compungidos por la pena, deciden recorrer las calles en busca de los camiones de bomberos, que permiten identificar con exactitud de satélite dónde ocurrirá la siguiente cremà. El bombero, aun a sabiendas de que es un servidor público encargado de que las ciudades valencianas no se conviertan en la Roma de Nerón, debe ser siempre abucheado. Es la norma. Es el único que se interpone entre la viveza mastodóntica del fuego y la sed incendiaria del enloquecido pueblo fallero. Es él el que reduce la quema, el que minimiza las lenguas de fuego, y por su pecado se le recriminará. El acto ancestral del inicio de la cremà corresponde única y exclusivamente a la fallera mayor, no hay personaje más importante en toda la fiesta. Será la encargada de prender la falla, utilizando una traca, claro, mientras suena el «Per a ofrenar», y las lágrimas brotan de los ojos y los corazones de la gente de bien que se encogen contritos.

El apocalipsis

La vuelta a casa, a nuestra Ítaca particular, se debe realizar no antes de que despunte el alba. Tal vez el enésimo chocolate con buñuelos nos caliente el cuerpo y permita transitar por la tristeza del inexorable fin. Los restos humeantes de las cenizas y las maderas a medio quemar nos recordarán, sin ambages, que todo tiene su fin, pero que no tiene sentido lo que no comienza. La punzada perfora el pecho cuando los barrenderos recogen los últimos despojos del cadáver de la falla, los vasos muertos sobre el asfalto, las crisálidas de los masclets.

El día siguiente dará paso a una ensoñación, en el que nadie osará mencionar el fin de las fallas, tal es la congoja. Cada uno volverá a su puesto de trabajo, silencioso, rememorando las vivencias inmediatamente pasadas, queriendo oír la sombra de las explosiones azarosas en la lejanía. Pero pronto las mentes comenzarán de nuevo a pensar en las siguientes fallas, en sus vestidos, sus monumentos y sus mascletàs. Y el ave fénix volverá de nuevo a desperezarse, ya que sabe que es la única forma cabal de no morir de tristeza.

Cremà. Fotografía: Asier Solana Bermejo (CC).


Recuerdos del fin

Ilustración de
Ilustración de Antonio Tamez

Entre pandemias, terroristas, inestabilidad económica y políticas expansionistas, parecería que la monotonía de estar vivo podría caer en cualquier momento. Así como es propio de la especie creer que siempre vivimos en la mejor de las épocas —hoy día con nuestras tablets, wifi y otras maravillas efímeras—, también es válido pensar que vivimos en el fin de los tiempos. El reloj del Apocalipsis siempre está a algunos minutos de la media noche. En este momento está a solo tres, y si pudiéramos preguntar la opinión de alguien temeroso de Dios hace seiscientos años, seguro nos diría que el Juicio, como el diablo, siempre está cerca.

Hay algo atractivo, casi metafísico, en imaginar el fin. Y al fin le gusta vestirse con todo tipo de máscaras. En 1967 la revista If publicó No tengo boca y debo gritar, de Harlan Ellison, uno de los cuentos más reeditados en la tradición americana de lo fantástico. Ellison no lo sabía en ese momento, pero su monstruosa supercomputadora AM —del decreto cartesiano I think therefore I am  o «pienso luego existo»— serviría años después como inspiración para el sistema Skynet en la película Terminator de James Cameron, junto con otras piezas claves del guion tomadas sin permiso de otras ficciones de Ellison, quien hasta el día de hoy aún conserva su fama de justiciero agresivo. Después de un pago de sesenta y cinco mil dólares, se acordó que toda copia de la película incluyera un agradecimiento especial a sus talentos creativos.

Que la visión primitiva de su tecnología no nos engañe. No tengo boca… es una fábula de terror existencial que ya quisiera lograr la película de Cameron: En el centro del mundo, después de una guerra fría convertida en mundial y nuclear, una máquina divina preserva la vida de los últimos seis humanos, cinco hombres y una mujer, para gozar torturándoles eternamente como castigo por el odio que siente hacia sus creadores. Que Ellison fuera la voz de AM en la adaptación del cuento al juego de PC en 1995 dice mucho de su misantropía. Ellison siempre será AM.

No tengo boca… fue escrito sin descanso y con poco o nada de corrección en el transcurso de una noche. Fue una de esas visiones horribles que algunas veces ocurren de forma inconsciente, dejan esperando las primeras horas del sol, luchando contra algo indiscernible a medio camino entre la tráquea y las entrañas de la angustia. Estas noches oscuras del alma no discriminan, y desde que hay registro escrito han sido experimentadas por artistas, filósofos y profetas. ¿Por qué nos gusta imaginar estas cosas?

El Apocalipsis, como se entiende en nuestra cultura, es una tradición visionaria del judaísmo que comienza con Isaías 24, aunque su influencia no es exclusiva. Visiones del fin pueden encontrarse en otros lugares, desde Persia, India y Egipto hasta los pueblos de Escandinavia y América. Restando algunas excepciones, el escenario es el mismo: alguna batalla épica entre divinidades o una abundancia de destrucción de los elementos por decreto del cielo, seguido de un periodo de restauración y paz, algunas veces eterna. No es complicado ver la relación entre la mística de aquellos hombres, basada en ciclos astronómicos y devastación natural, con las realidades de un mundo desconocido previo al método científico.

Como género, el fin de los tiempos se volvió popular con los judíos de la antigüedad, pues entre sus tópicos se encuentra la salvación del pueblo por la mano de un dios justo con los suyos y vengativo con los idólatras. Gracias a la proliferación de sectas y las diversas persecuciones, existen distintas visiones del Fin, según los ojos abrahámicos que lo vean, muchas de ellas en documentos esparcidos por la región del Qumrán, de donde provienen los Manuscritos del Mar Muerto. Esta literatura visionaria se repitió durante los primeros años del cristianismo, que al ser una secta más del judaísmo, produciría el Apocalipsis de Juan, nuestro Fin más conocido, un documento que hoy en día es interpretado por algunos historiadores como la trama simbólica de la persecución cristiana por parte del emperador Nerón.

Apocalipsis significa «revelación» o «mostrar lo oculto». Una revelación puede ser cualquier cosa, desde lo trascendente a lo mundano, aunque del final uno esperaría todo menos lo último. Lo que queremos es drama y drama, que es lo que se nos da bien. Si el futuro parece terrible es porque nuestra percepción del presente no es demasiado diferente. el imaginario que compone la escatología se alimenta de la crisis y siempre han existido personas que al ver el estado del mundo han concluido que, realmente, este debe tratarse del Fin, tomando consuelo en la idea religiosa de un mundo pastoral y perfecto por venir. Fue una forma común de pensar en el Medievo, con su incontable cantidad de guerras, pestes y reformas religiosas, y continúa hoy, en nuestra época de supuesta sofisticación, donde el Fin cada vez se presenta de maneras más seculares: la guerra entre potencias, el colapso ambiental, la crisis de la banca, el terrorismo e incluso la devastación por parte de ciertas tecnologías. El Apocalipsis se ha vuelto Neuromancer de William Gibson, ¿y cuántos no quisiéramos estar en él?

Del cerebro primitivo al papel

Ilustración de
Ilustración de Antonio Tamez

La literatura apocalíptica cumple una función básica: dar un significado a la historia que someta la experiencia humana a un orden claro que fluye de principio a fin. El caos del mundo, visto desde ese registro, se vuelve una novela o película complicada, pero con estructura y sentido. La vida se hace narración y no un remolino moldeado por fenómenos naturales y sociales más allá de nuestro control.

Soy un hombre, y los hombres son animales que cuentan historias. Este es un regalo de Dios, que  con la palabra dio vida a la especie pero dejó el final de nuestra historia sin contar. Este misterio es atormentante. ¿De qué otra forma podría ser? Sin el final, pensamos, ¿cómo podemos sacar sentido de todo lo que ha ocurrido antes, es decir, de nuestras vidas? (Clive Barker).

¿Por qué el final es siempre destructivo y no plácido y aburrido? Si el futuro se vuelve una proyección de los problemas del presente, es difícil pensar que los días por venir serán diferentes. El mundo está lleno de riesgos e incertidumbre y nuestros cerebros están conectados de forma que cualquier peligro, qué importa lo minúsculo o inexistente que sea, ocupe nuestra atención. Esto lleva al miedo, que no es más que una herramienta de protección ideada por la naturaleza para la preservación del individuo y su material genético. También es una ayuda ideal para los ideólogos del Fin; no hay mejor forma de realzar las crisis de hoy que exagerando las de mañana.

El miedo está más allá de nuestras facultades intelectuales, administrado por un sistema límbico que no ha cambiado en millones de años. En el centro de este sistema se encuentran la amígdala, estructura pequeña que, entre otras funciones, alerta emocionalmente al organismo en caso de peligro. Este fue un sistema excelente para la supervivencia de los primeros hombres en los ambientes premodernos en los que cualquier movimiento o cambio de luz podía ser un depredador al acecho. Es un sistema tan bueno que incluso hoy día aún seguimos sometidos por él. ¿Testamento de nuestra inescapable parte animal?

Impulsado por la posibilidad tecnológica del Fin, el miedo primigenio hizo que la literatura apocalíptica viera un crecimiento en popularidad al terminar la Segunda Guerra Mundial. Lo sacro no puede existir sin lo profano. Robert Oppenheimer lo intuyó al parafrasear el Bhagavad Gita después de las bombas: «Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos».

El fin de la guerra iluminó todo un subgénero de la ficción en forma de novelas y películas: el Holocausto Nuclear y la Tercera Guerra Mundial, un conflicto que a pesar de haber tenido demasiadas excusas para ocurrir en los últimos setenta años no se ha dejado venir. Si se quiere leer como profecía, la literatura apocalíptica es un género con una razón de fallo del cien por cien. ¿Cuántas veces el mundo debió haber terminado ya?

Pero la destrucción de la civilización por fuego nuclear no fue la primera visión de un Apocalipsis secular. Más de cien años antes de las detonaciones sobre Hiroshima y Nagasaki, Mary Shelley escribió El último hombre, publicado en 1826 y enterrado por una crítica tan escandalizada que haría que no volviera a ver la luz de la imprenta hasta 1965. La novela, llena de las convenciones políticas de su época, presume de ser un texto verídico editado de material visionario encontrado por la misma Shelley en unas cuevas cerca de Nápoles. Cuenta la historia de Lionel Verney, el último hombre del título, y sus aventuras a finales del siglo XXI, cuando la Tierra ha sido devastada por una plaga desconocida.

Shelley no solo dio nacimiento a la novela apocalíptica moderna, sino también a otro subgénero del Fin: el posapocalipsis, las vidas de los desgraciados que sobreviven a la calamidad, historias que por ironía resultan muchas veces agradables y liberadoras, pues se nutren de nuestras fantasías anarquistas y supervivencialistas: ¿Cuántos no creemos que después del colapso seremos parte de ese cinco por ciento afortunado, libres de impuestos, trabajos de oficina y Gobiernos ineptos, viviendo a nuestra manera entre las ruinas y peleando contra pandilleros y vampiros mutantes, motocicleta lista y escopeta a la mano? ¿A quién le importa que muchos no sepamos preparar una sopa de microondas? ¡Sálvese quien pueda! Este es el salvaje Oeste visto desde los radares de algún búnker en Moscú.

Novelas como La carretera de Cormac McCarthy, a costa de su seriedad en el tono y drama humano, pueden llegar a parecer una alternativa preferible para algunas personas durante tiempos de crisis económica e incertidumbre política. Toda una rama del entretenimiento ha nacido exclusivamente para alimentar este razonamiento, desde películas y series de televisión hasta novelas, cómics y juegos de vídeo. Incluso actividades físicas como el Airsoft han desarrollado una subcultura de estética posapocalíptica. Es fácil olvidar que nuestra dependencia tecnológica ha atrofiado algunos talentos innatos de nuestra especie y cualquier colapso considerable de la frágil infraestructura en la que descansa el mundo moderno se volverá, en solo unos días, una búsqueda de alimento y no Fallout.

Y es que cuando el mundo se viene abajo, pensamos, todo es permisible. Una de las primeras novelas posapocalípticas del siglo XX, La nube púrpura de M. P. Shiel, muestra cómo Adam Jeffson, el único hombre que sobrevive al ataque de una nube tóxica y planetaria, va de país en país quemando capitales por diversión y construyendo palacios para la gloria de su locura. Finalmente conoce a una mujer en Constantinopla, la única otra superviviente, y con ella cumple su sueño bíblico de ser el patriarca de la nueva humanidad.

Hasta donde las fantasías lo permiten, la muerte de millones de personas por alguna catástrofe ha pasado de ser un miedo tangible a mediados de los cuarenta, a una forma de entretenimiento que algunas veces parece la cara siniestra del movimiento en pro del regreso a la naturaleza. Es como si las imágenes del Fin no quisieran conservar cualquier forma de seriedad excepto en memorials y días de luto.

Porque si el pensamiento apocalíptico no es solo entretenimiento, puede llegar a ser ofensivo.

Culturizando el Apocalipsis

En 1986 el editor y provocador americano Adam Parfrey fundó la editorial Amok Press (hoy desaparecida) como vehículo para la publicación de Apocalypse Culture, una colección de ensayos, entrevistas y documentos misceláneos que en una época previa a internet constituían lo más crudo y grosero de una subcultura demasiado alternativa incluso para el underground de la época, con joyas sobre las virtudes del canibalismo, la necrofilia, la admiración por los asesinos en serie, el fanatismo religioso y el misticismo paranoico.

Los ofendidos no tardaron en hacerse escuchar y el libro fue sometido a una caza de brujas por los guardianes de la moral y el buen gusto. Temerosas de Dios, pocas fueron las bibliotecas que se atrevieron a guardar alguna copia en su catálogo y la venta de ejemplares fue limitada a distribuidores especializados o por listas de correo. J. G. Ballard pontificó sobre el valor moral e intelectual del libro, que hoy día goza del prestigio de ser el primero en su tipo.

Que Apocalypse Culture se volviera un tomo prohibido es testimonio de su contenido y de las sensibilidades de una moral puritana y reprimida que con el tiempo daría paso en los medios a sus intereses ocultos. Hoy es común y poco escandaloso entrar en contacto con este material, ya sea en películas, libros, noticiarios o vídeos gore en la red. El lenguaje del Apocalipsis ya es cosa moderna y ubicua, de rápido acceso por móvil o tablet. Producto de siglos de fantasías y preocupaciones destructivas, las imágenes y textos en el libro de Parfrey no son diferentes a las visiones de los profetas bíblicos.

Ilustración de
Ilustración de Antonio Tamez

Las viejas inquietudes sacras no pueden evitar secularizarse. Uno de los textos más escatológicos de la colección es el que la cierra: Meditaciones sobre el átomo y el tiempo, en el que su autor, Dennis Stillings, concluye que la bomba atómica es la respuesta divina a las plegarias universales por la paz: si las cabezas nucleares aún no nos han devastado no es por lo refinado de la política exterior de las potencias, o la falta de pretexto, sino por que la sola idea de una guerra nuclear es demasiado monstruosa para llevarla a cabo.

Para Stillings, la imagen pastoral de un mundo sin conflicto en el que todos los hombres se dan la mano es ingenua como poco y peligrosa como mucho, y cree que una auténtica iconografía del pacifismo debería abarcar las complejidades del ser humano, con todas sus bondades y con sus conductas grotescas. Complejidades que se ven reflejadas en los procesos técnicos tras la construcción de La Bomba, esa reina terrible, en su opinión nuestro mejor estandarte. Tratemos de verla en la bandera de la ONU.

Meditaciones… está llena de Jung, hinduismo y escatología bíblica, demasiado místico para una exposición de terrores nucleares en una época en la que las nubes en forma de hongo eran comunes en televisores y periódicos, aunque hasta donde a imágenes monstruosas concierne cumple con su cometido. No por nada, junto a descripciones de las víctimas en Hiroshima y Nagasaki, Stillings compara pasajes del Antiguo Testamento en los que las similitudes físicas con lo ocurrido en Japón se vuelven incómodas. Recordemos de nuevo a Oppenheimer hablando sobre Vishnu.

El mundo se está acabando y yo estoy aquí durmiendo

La literatura apocalíptica se nutre de las crisis y en estos tiempos de wifi y acceso inmediato a la información, son precisamente las crisis las que sobran. Llegan como graffiti a nuestros muros y en cientos de tuits, veinticuatro horas, todos los días. Si el medio ambiente no se está colapsando, entonces lo hará la banca internacional, al mismo tiempo que el terrorismo amenaza con descabezar al mundo libre, siempre y cuando una pandemia y la degradación moral no nos lleven antes. Hasta en el mundillo de las promesas tecnológicas las cosas no parecen demasiado optimistas; Elon Musk y Stephen Hawking han hecho públicas sus opiniones sobre los peligros existenciales de una inteligencia artificial fuera de control. Incluso Bill Gates se les ha unido con la misma pancarta, ¿a quién le importa que aún no sepamos cuales son los mecanismos que rigen la inteligencia y la conciencia, ya no digamos replicarlos, cuando los profetas del Fin tienen semejantes credenciales y hacen buena prensa?

Sería lícito pensar que con estos y otros tantos peligros hoy podría ser el último día de nuestras vidas. Solo se necesitan entre cinco y diez minutos de noticieros y una dosis de entretenimiento basado en hechos reales para convencernos del terrible destino que cuelga sobre nosotros. ¡Cuidado!: Siria y Egipto están hechos ruinas, hay protestas en medio mundo por corrupción y mala economía y, hace solo algunos meses, el ébola se volvió la próxima gran amenaza gracias a la complicidad de la OMS y los medios, que al parecer quisieron ignorar que por la forma tan específica en que se da el contagio y su rápida mortalidad, existen más probabilidades de una devastación humana gracias a una pandemia repentina (e imposible) de diarrea que por un virus que se hizo famoso gracias a una mala película de 1995. Tampoco olvidemos que el Estado Islámico y el narcoterrorismo son amenazas para la estabilidad del mundo.

Y sin embargo, a pesar de todo esto, el sol sale todos los días. Incluso parecería como si las cosas no estuvieran tan mal. Contrariando el flujo de Apocalipsis que sale de las pantallas, para Steven Pinker esta es una de las épocas más tranquilas en la historia de la humanidad que parte de un declive en la violencia mundial causado por el éxito del Estado-nación, el comercio, la razón y la cultura. Según Pinker la aparente crisis mundial por la que pasamos es más producto de la prensa exagerada y opinión de expertos con claros intereses (cabecillas militares, jefes de policía, etc.) que una realidad. En una época donde la vida tiene un valor y existen oportunidades de desarrollo personal, lugares que visitar y gente por conocer, dice, uno se lo piensa dos veces antes de tomar las armas y acabar con el otro.

Y esto se puede ver en el entorno inmediato. Nuestra vida promedio aquí en esta latitud cultural es tan común y corriente que casi cualquiera de las experiencias crudas del mundo real las conocemos por lo que hemos visto o leído sobre ellas. Ya no hay bárbaros al otro lado de las murallas. Hoy día el hombre joven occidental promedio ve más guerra y matanza jugando a Call of Duty que en un auténtico teatro de batalla, donde además no existe un God mode que nos vuelva inmunes a las balas. Para Pinker los grandes terrores bélicos y humanitarios del presente ni siquiera pueden considerarse de gran magnitud si se los compara con los índices de guerra y homicidio de hace setenta años, ya no se diga durante épocas más pretéritas en las que el pensamiento apocalíptico era una realidad de todos los días.

Esto es bueno, ¿verdad? Tal vez somos afortunados en decir que el fin del mundo se ha vuelto insípido, un espectáculo más que ver por internet o una película de viernes por la noche. ¿O qué tal si encendemos la Playstation? Me han dicho que The Last of Us es bueno y he aprendido todo lo que debo saber para sobrevivir en el posapocalipsis viendo a Bear Grylls comer gusanos y babosas en el Amazonas.

De alguna forma esto es deprimente. ¿Dónde están los tanques, la guerra callejera, las pandemias, el fuego nuclear y redentor? Para J. G. Ballard, quien vivió la experiencia de los campos de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial, la imagen del Fin no era un cuerpo calcinado en Nagasaki, o la extinción de la especie por alguna catástrofe cósmica. Era un suburbio en Düsseldorf; ordenado y anestesiado, libre de espontaneidad y políticamente correcto. El fin del mundo puede ser aburrido, y si eso pasa, entonces sería un fracaso de la imaginación.

A su manera, Ballard se volvió el escritor más apocalíptico de nuestro tiempo, tal vez más que Juan de Patmos, con sus historias de arquitectos y psicólogos narcotizados por una modernidad limpia y siniestra que saca a relucir impulsos aún codificados en un cerebro originado en la oscuridad del tiempo, cuando la Tierra era más dura y por ella caminaban monstruos. Quién hubiera pensado que la sofisticación tecnológica sacaría a relucir eso que llevamos ahí dentro.

Tal vez Pinker tiene razón en su análisis sobre la gradual pacificación de nuestra especie, tal vez la tradición apocalíptica no anuncia una catástrofe a la que nos dirigimos y solo sirve para dar sentido a una vida que no podemos evitar que se nos escape de las manos. Cada persona que muere vive su Apocalipsis.

Pero si Ballard estuvo en lo correcto, la plácida experiencia de estar vivo en un mundo tecnológico, ordenado y perfecto es solo una máscara que además de anunciar la muerte del espíritu esconde también algo turbio. Tal vez necesitamos de las crisis que nutren nuestras fantasías y temores destructivos. Las bestias también tienen su función. La fascinación de Ballard por los rascacielos, los centros comerciales, las plazas de estacionamiento vacías y otro iconos modernos son buenos comentarios para una época en la que la violencia se vuelve banal y es delegada más y más a sistemas tecnológicos que la transforman, así de fácil, en un nivel más de Call of Duty.


El inevitable fracaso de los intelectuales metidos en política

Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.
Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.

Mientras leía vuestra carta conseguía olvidar mi infeliz estado, y me parecía volver a aquellos manejos en los que en vano invertí tantas fatigas y tiempo. (Nicolás Maquiavelo, 29 de abril de 1513)

El esquema parece repetirse una y otra vez a lo largo de la historia: alguien movido por la ambición personal o por el deseo de ver hechas realidad las ideas sobre las que ha teorizado se mete en la arena política, gracias a su talento logra ascender en la jerarquía, aproximándose cada vez más a ese poder que tanto ansía y le deslumbra, hasta que cual Ícaro ascendiendo al Sol o polilla que se acerca demasiado a la bombilla termina siendo achicharrado sin piedad. Entonces, derrotado políticamente, renegado por sus antiguos aliados, expulsado de su cargo, partido, ciudad o país, encarcelado o hasta condenado a muerte, recapacita en sus últimos días sobre qué es lo que ha fallado, qué hubiera cambiado de tener una segunda oportunidad o incluso sobre qué sentido tiene todo: la política, el poder, los ideales, la libertad, la vida misma. Podría decirse que una parte considerable de la literatura, teoría política y filosofía occidental son los restos de una larga serie de naufragios personales. ¿Por qué? ¿Cuánto hay de causa o de consecuencia? ¿Fracasaron como políticos por pensar demasiado o fue ese fiasco el que los dejó meditabundos? Decía Eurípides que los sabios tienen dos lenguas, con una dicen la verdad y con la otra lo que conviene a cada momento, ¿acaso les sobraba una de las dos para medrar en la política? Quizá un breve repaso de alguno de los nombres más significativos nos ayude a entenderlo.

El fundador de esta larga dinastía de pensadores caídos en desgracia tras acercarse al poder fue, naturalmente, Platón. Pionero en este como en tantos otros campos, podría decirse que su experiencia política en Siracusa es una idea platónica al respecto de la que las posteriores son una pálida sombra, lo que seguramente le habría encantado. En el año 387 a.C. visitó por primera vez a esta ciudad situada en la isla de Sicilia, un viaje que repetiría más adelante en otras dos ocasiones. Su pretensión era hacer del tirano que gobernaba allí, Dionisio, un gobernante-filósofo a la manera en que teorizó en su obra La República. Pero el alumno le salió díscolo: no sabemos si porque no le entendió, o porque le entendió demasiado bien, terminaría desterrándolo y vendiéndolo como esclavo en una ciudad vecina. Posteriormente lo intentaría de nuevo con su hijo y sucesor en el poder, Dionisio II, y nuevamente terminaría decepcionado. Su sociedad utópica era perfecta en todos los aspectos salvo en el pequeño detalle de que resultaba irrealizable en la práctica, pero al menos su intento de hacerla realidad no le costó la vida.

Tres grandes pensadores romanos como Cicerón, Séneca y Boecio no tuvieron esa suerte. El primero fue un jurista, filósofo y, ante todo, excepcional orador, que dejó para la posteridad una serie de discursos en torno a la amistad, los dioses, la política… Empleó a fondo su elocuencia para defender la república y granjearse poderosos enemigos que le llevaron en cierto momento de su vida a decir «estoy profundamente arrepentido de vivir, nadie ha sido jamás víctima de una calamidad tan grande; para nadie ha sido más deseable la muerte». Terminó exiliado en su residencia de Tusculum dedicándose a la escritura pero la llegada al poder en el 43 a. C. de Marco Antonio —contra el que había dedicado inspirados discursos— supuso su final de una de las peores maneras imaginables: le cortaron la cabeza y las manos, que fueron exhibidas públicamente en Roma.

Y no decimos la peor porque ahí está el caso de Séneca. Otro destacado filósofo que alcanzó un gran poder en el Senado romano, por lo que estuvo a punto de ser condenado a muerte por el emperador Calígula y luego por Claudio, aunque este último conmutó la pena por el destierro a Córcega. Fue allí donde nuestro pensador escribiría algunas de las obras que le dieron la inmortalidad. Tras ocho años de exilio regresó a la política convirtiéndose en el tutor y consejero de Nerón (y gobernante de facto del imperio), pero viendo que al emperador su presencia cada vez le resultaba más molesta, Séneca terminó retirándose de la vida pública. Momento que de nuevo le serviría de inspiración literaria, hasta que de todas maneras Nerón terminó ordenando su muerte, cría cuervos… Como buen romano, Séneca prefirió entonces el suicidio cortándose las venas primero, bebiendo cicuta después sin lograr que hiciera efecto y tomando un baño caliente en el que finalmente le llegaría la muerte.

La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez
La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez.

El tercero en desgracia fue Boecio. Nacido en Roma en el año 480, su ascenso político fue fulgurante: llegó a ser senador a los veinticinco, cónsul a los treinta, y apenas una década después consejero del rey Teodorico el Grande, un cargo en el que tuvo un considerable poder político y que le permitió atribuir sendos cargos de cónsules para sus hijos. Pero ese mismo rey terminó enviándolo a prisión bajo la acusación de conspiración. Había llegado a lo más alto con presteza y ahora de forma aún más rápida lo había perdido todo ¿Cómo había sido tal cosa posible? En sus largos meses de soledad en la celda, mientras esperaba el momento de su ejecución, pensó en ello obsesivamente hasta darle forma en un libro que le sobreviviría, Consolación de la filosofía. Escrito de acuerdo a los cánones romanos de las consolaciones y a modo de libro de memorias, de especulación filosófica y teológica, narra en él su desgracia («yo que en mis mocedades componía hermosos versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreír, hoy me veo sumido en llanto, y ¡triste de mí!, solo puedo entonar estrofas de dolor») y llega a la conclusión de que hay que sobrellevar los vaivenes de la vida con estoicismo, pues la diosa Fortuna es caprichosa:

Hago girar con rapidez mi rueda, y entonces me deleita ver cómo sube lo que estaba abajo y se baja lo que estaba en alto. Súbete a ella, si quieres, pero a condición de que cuando la ley de mi juego lo prescriba, no consideres injusto el que te haga bajar.

Así le habla cuando se aparece ante sus ojos en prisión, creando una imagen que arraigaría con firmeza en la cultura europea durante los siglos posteriores, como ya vimos aquí. Se diría a la luz de los ejemplos que estamos viendo que esta diosa generosa y cruel juega con todos nosotros, aunque parece tener especial predilección por aquellos que se lanzaron al ruedo político.

Otro autor que influiría considerablemente en el imaginario occidental fue Dante Alighieri. Nació en torno a 1265 y desde joven estuvo inmerso en las intrigas políticas que dividían a los florentinos primero entre güelfos (partidarios del Pontificado) y gibelinos (partidarios del Sacro Imperio Romano Germánico) y —una vez fueron derrotados los segundos— entre güelfos blancos y negros. Inicialmente la diosa Fortuna lo hizo ascender a un alto cargo como magistrado y embajador de la ciudad pero en el año 1302 se deleitó en hacerlo caer estrepitosamente: los equilibrios políticos que le habían beneficiado dieron un brusco giro y junto a otros seiscientos güelfos blancos fue condenado al exilio para el resto de su vida. Su caída en desgracia y su resentimiento hacia quienes le traicionaron fueron sin embargo muy inspiradoras para su faceta de escritor, pues apenas dos años después comenzó su gran obra, La divina comedia. En este monumental poema se retrata a sí mismo caído en el infierno, que irá recorriendo en sus nueve círculos acompañado por el poeta Virgilio. En cada nivel descubrirá un tormento distinto para las almas allí atrapadas, como espantosos ríos de sangre en los que se ahogan eternamente, torbellinos, lluvias de fuego, fosos de resina hirviente, cementerios con las almas enterradas hasta la cintura… y en cada lugar casualmente va encontrándose a los diferentes enemigos políticos que tuvo en Florencia. Esa parte, la del infierno, fue la primera que escribió de La divina comedia —se estima que entre 1304 y 1307 y fue la más brillante, la que le hizo entrar en el Olimpo de la literatura universal. Más adelante en las cánticas del purgatorio y del paraíso retrató a quienes les debía gratitud, como el señor de Verona, que lo acogió en su exilio. Pero ya no era lo mismo.

Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)
Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)

Dos siglos después nacería otro florentino con un destino similar en ciertos aspectos, como si no hubiera vidas originales para todos y a algunos les tocase una repetida. Estamos hablando de Nicolás Maquiavelo. Su gran oportunidad política llegó con la expulsión del poder de los Médici en 1494. Fue entonces cuando comenzó su carrera de funcionario que le haría ascender cuatro años después a canciller y secretario de la Segunda Cancillería. Ejerció de embajador para su ciudad-estado ante reyes, príncipes y papas, observándolos como un entomólogo a sus insectos. Analizaba meticulosamente su comportamiento, escrutando cuándo decían la verdad o iban de farol así como intentando prever su próxima jugada (y lo hizo a menudo con gran acierto). Pero en 1512 el papa Julio II impuso el regreso de los Médici al poder, haciendo acabar así la república florentina y con ella la carrera política de Maquiavelo, que fue sometido a torturas acusado de conspiración y posteriormente condenado al exilio. En su retiro en una pequeña propiedad rural además de leer a Dante comenzó a escribir inspirándose en su vida anterior, plasmando sobre el papel sus observaciones sobre el poder. Nacería así El príncipe.

Si Maquiavelo es una de las figuras que encarnan el Renacimiento, Baltasar Gracián lo es del Barroco. Los jesuitas han sido considerados tradicionalmente como gente astuta y vinculada al poder y Gracián es un buen ejemplo de ello. Formado en la orden de los jesuitas, tuvo siempre grandes ambiciones políticas que le llevaron primero a trabar amistad con Vincencio Juan de Lastanosa, un noble aragonés conocido por su mecenazgo cultural. Pero más adelante quiso probar suerte en la Corte de Madrid, una experiencia que terminó en un doloroso fracaso… y que de nuevo fue motivo de inspiración literaria. Posteriormente escribiría obras como El Criticón, El Político y Oráculo manual y arte de prudencia. Este último influyó notablemente en filósofos como Schopenhauer y Nietzsche, aunque hoy día se haya convertido en un libro de autoayuda para ejecutivos al estilo de El arte de la guerra de Sun Tzu. Es una colección de aforismos con los que aconseja al lector cómo ser un buen cortesano arribista. Todos ellos giran en torno a ser taimado, mentiroso, traicionero y manipulador hasta tal extremo de refinamiento y perversidad que algunos críticos posteriores lo han considerado una sutil parodia y una crítica implacable a las intrigas cortesanas que tanto le escarmentaron y en general al ambiente imperante en cualquier centro de poder. Todo político que se precie hoy día parece seguir su máxima «ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí con su voz, sino con la de la necedad común, por más que la esté desmintiendo su interior». Y cualquier ciudadano en consecuencia merece estar advertido por este otro:

Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye; raras vezes llega en su elemento puro, y menos quando viene de lejos; siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde passa; tiñe de sus colores la passión quanto toca, ya odiosa, ya favorable. Tira siempre a impressionar: gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió.

Tras el Barroco llegó la Ilustración, y con ella un nutrido grupo de intelectuales que cuestionaron el poder vigente y se subieron al carro de la Revolución. En realidad el mismo concepto de «intelectual» podría decirse que tiene aquí su nacimiento, en lo que tiene de escritor que influye en la opinión pública en favor de alguna causa política. Podríamos mencionar varios nombres pero un ejemplo paradigmático lo tenemos en el caso de Nicolás de Condorcet. También recibió formación de los jesuitas, lo que le permitió aprender sus argucias y combatirlos luego de manera infatigable. Su aguda inteligencia le hizo destacar en varios campos, siendo nombrado inspector general de la Moneda. Pero su protagonismo llegaría con la Revolución Francesa, con él como uno de sus principales ideólogos, ejecutores y, finalmente, víctima de ella. Participó en la Asamblea legislativa, y por su posicionamiento moderado se ganó la hostilidad de los jacobinos, que le obligaron a permanecer oculto tras la orden de arresto que dictaron en su contra. Durante ese periodo aprovechó para escribir Esbozo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, cuyo optimista título parecía una amarga ironía en relación con la precaria situación en la que vivía. Finalmente fue capturado por las autoridades y murió en su celda, aparentemente por suicidio, en el año 1794.

La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.
La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.

Si el siglo XVIII supuso la invención del intelectual, el XX los llevó a su máximo apogeo. Algunos se distinguieron por apoyar la democracia frente al fascismo, como en el caso español sin ir más lejos, con figuras como Unamuno o Lorca, con un coste personal ya conocido: arresto domiciliario y asesinato. Otros se posicionaron según las modas o las conveniencias en un sentido u otro a lo largo de la guerra fría cultural, pero la mayoría se manifestaron encendidamente partidarios de los totalitarismos de diverso signo. Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes —que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados— han sido objeto de profundos análisis (El opio de los intelectuales, de Raymond Aron o Pasado imperfecto, de Tony Judt) y requerirían otro artículo. La lista sería interminable, pero una figura muy interesante y cuya trayectoria vital tuvo algo que ver con otras que hemos mencionado es la de Albert Speer, que tras ser el arquitecto de Hitler y su ministro de Armamentos, terminó cumpliendo condena en la cárcel de Spandau tras los juicios de Núremberg. Allí escribió sus memorias, un libro de lectura sencillamente imprescindible en el que volcó con mucho detalle y a veces también cierta autoindulgencia su paso por el epicentro mismo del Tercer Reich. Y ya que mencionamos el nazismo, para concluir este breve recorrido regresando a los orígenes no podemos dejar de citar la conocida anécdota sobre el filósofo Martin Heidegger, cuando ocupó de nuevo su cátedra universitaria tras haber apoyado al nazismo de forma entusiasta y un colega le preguntó burlonamente «¿de vuelta de Siracusa?».


Los crímenes de Heliogábalo

Heliogábalo, el gran desconocido

La historia, que con la edad se vuelve indulgente, a menudo perdona a sus malos y los trasunta, para poder digerirlos, en simples chistes. Un buen ejemplo lo tenemos en los emperadores romanos que por lunáticos, feroces o simples gilipollas suelen tenerse por responsables, por no decir culpables, de la caída del imperio. El césar Cómodo, por ejemplo, ejerció a la vez de emperador y de gladiador, que dicho así no parece gran cosa pero resultó a sus tiempos, para hacernos una idea, como resultaría a los nuestros que el presidente del gobierno hiciera pressing catch. De Nerón, por su parte, se dice que calcinó Roma hasta los cimientos y de Calígula, que nombró cónsul a su propio caballo. La historiografía de andar por casa, que a los hechos atiende lo mismo que al Trivial, a Saber y Ganar y a las pelis de Ridley Scott, normalmente recuerda a estas tres joyas y a alguna más —como a Galba o Caracalla, por ejemplo— como la encarnación casi alegórica de la caidita de Roma. Un nombre, no obstante, escapa con frecuencia a sus muchas responsabilidades en el quién es quién de cuando Roma se fue al carajo. Quizás fuese por su brevedad —tan solo gobernó del 218 al 222— o quizá porque el Senado romano condenó su recuerdo a damnatio memoriae —el olvido por decreto—, pero lo cierto que es que hay quien dice que Heliogábalo, que así se llamaba, “fue considerado por la mayoría de los antiguos historiadores como uno de los peores de su clase”. Sus cuatro años fueron breves, sí, pero intensos. Tanto o más que los de los restantes emperadores cofrades en el top five de la infamia aunque, no obstante, mucho menos recordados. El porqué es bastante sencillo.

Ya en la Historia Augusta —una obra anónima del siglo IV— el autor de la parte de Heliogábalo pide disculpas a los lectores cuando le toca, pobre hombre, repasar un poco por encima las prácticas sexuales del emperador, sobre lo que concluye que es “vergonzoso incluso decirlas”. En el siglo XV el humanista Elio Lampridio evitó de nuevo abundar en los detalles y se refirió a Heliogábalo como “una bestia […] de lujurias antinaturales”. Y en su Historia de Roma de 1844, el alemán Barthold Georg Niebuhr pareció coincidir con los dos anteriores y escribió sobre los vicios de Heliogábalo que eran sencillamente “demasiado desagradables para aludir a ellos”.

“Las rosas de Heliogábalo” (Lawrence Alma-Tadema, 1888). Una de las famosas excentricidades de Heliogábalo –y seguramente una de las más inocentes– era sepultar a sus invitados en pétalos de rosa.

Tan hardcore era Heliogábalo comparado con otros malos de Disney que el recato y el pudor de los historiadores, de hecho, mantuvieron su recuerdo fosilizado a través de la historia como si fuese un mosquito en ámbar. Y no es para menos, porque en los cuatro años que duró su imperio Heliogábalo ejerció la prostitución, practicó el bondage, ofició sacrificios humanos, se casó con dos hombres, reclutó un ejército de putas, construyó una torre de suicidio e intentó cambiar de sexo quirúrgicamente. Entre otras. Demasiada modernura, comprenderán, para el entender cristiano de las cosas, que puesto en lid de balones fuera a la hora de explicar por qué Roma acabó a la remanguillé prefirió recurrir a Nerón —que se pasaba a los cristianos por el arco de Trajano— o a Calígula —cuyos pecados fueron terribles pero como más llevaderos—. Para hablar de Heliogábalo, no obstante, hay que decir palabrotas o desplegar, si se quiere evitar, un aparato eufemístico que puede funcionar, no les digo yo que no, pero que quedaría, por abundante, como si Paloma Gómez Borrero reseñase la filmografía de Nacho Vidal. Yacer con, tomar a, etcétera. De modo que su figura, la de Heliogábalo, sólo reapareció a efectos de revisión histórica al final del siglo XIX, que fue la prehistoria de la postmodernidad, cuando Bloomsbury, los románticos y demás tropa decadentista daban al traste con un modelo moral literalmente más viejo que la catedral de Burgos. Unos lo reivindicaron y otros insistieron, y con razón, en que de poco sirve ser el primer transgénero de la historia o el anarquista coronado, como dijo Artaud, si luego eres el vil y mezquino hijo de una hiena. Y razón no les falta.

Una historia que empezó mal y siguió regular

Era el año 217 y el emperador Caracalla, que era de Lyon y una bestia parda, según se dice, amaneció asesinado camino de Mesopotamia. Caracalla era el último varón en edad de merecer que le quedaba a la familia Severa y en el romano imperio, quien más quien menos, todo el mundo dio a la dinastía por extinta. Al trono ascendió un tal Marco Opelio Macrino, de los Macrino de toda la vida, prefecto del pretorio que tenía lo que en nuestra postmodernidad por mortem nosotros llamaríamos un perfil bajo y nuestras abuelas, un tío en Granada, que ni tiene tío ni tiene nada. La tía de Caracalla y matrona de los Severos, no obstante, resultó ser de ascendencia cartaginesa y mujerona que ni Dido en tiempos y dijo que ah no y que sólo faltaba. No se sabe muy bien cómo pero Julia Maesa, que así se llamaba, consiguió en su destierro en Siria instigar una revuelta en la Legio III Gallica —la legión fundada por Julio César, célebre por su lealtad al trono—, derrocó a Macrino y coronó emperador a su único nieto, Vario Avito Bassiano —de tan solo catorce años—, más conocido como Heliogábalo. La primera medida del joven emperador, sin que le diese tiempo siquiera de haber entrado en Roma, fue ejecutar al comandante de sus tropas y disolver la legión que lo había aupado al poder. Por si las moscas, ya saben. No vaya a ser que tal.

Julia Maesa fue cuñada, tía y abuela de cinco emperadores romanos y a todos los sobrevivió. Este busto procedente de Siria se atribuye a Maesa y figura en el Penn Museum de Pennsylvania

En su Siria natal Heliogábalo era el sumo pontífice de El-Gabal, un antiguo dios solar semítico encarnado en un betilo —un meteorito sagrado, como La Kaaba islámica— tallado en forma fálica. Una de las primeras medidas de su gobierno fue la de latinizar el nombre de la divinidad —que pasó a llamar Elagabalus, de ahí Heliogábalo— y llevar la piedra a Roma, en donde decretó su culto sí o sí para jódete y baila, figúrense, de los senadores patricios, que sin comerlo ni beberlo se vieron adorando a un pedrusco con forma de pene. El historiador romano Herodiano cuenta que lo peor, no obstante, era la indignidad con la que Heliogábalo oficiaba el rito y cómo todo un señor emperador de Roma, ahí es nada, se encaramaba al altar “con autendo afeminado y las tetillas al aire” para deshacerse públicamente en reggaetones sabrosones hacia el pétreo falo aquel. Los senadores y los funcionarios imperiales eran obligados a presenciar semejante afrenta al panteón romano tradicional sin poder decir, a todo esto, ni un triste hay que joderse. Con que imagínense las caras de póker.

La afrenta, por supuesto, quedó en nada comparado con lo que vendría después. Heliogábalo, ya para empezar, se casó con una sacerdotisa vestal, lo que de provocación al establishment pasaba a ser blasfemia de las gordas porque las vestales eran, y tenían que ser, vírgenes durante treinta años —so pena de morir enterradas vivas—. Después de con Julia Aquilia Severa lo haría con Julia Cornelia Paula y después con la viuda Annia Faustina, cuyo marido mandó ejecutar a efectos precisamente de esto mismo.

Los matrimonios de Heliogábalo, no obstante, se leen más en clave política, religiosa o de ser underground, porque al emperador adolescente en realidad le ocurría como en la canción de Gurruchaga; que las prefería gordas y no precisamente a las mujeres. Tan gordas le gustaban que en la Historia Augusta se cuenta que en algún momento instituyó una orden paramilitar, vamos a llamarlo así, con el objetivo de encontrar y reclutar por el romano imperio a los llamados onobelos, remedo helenista en latín coloquial de lo que hoy, sin tanto remilgo y con más cultura porno, podríamos llamar tranquilamente monster cocks, por tirar también de extranjerismo, o señores pollones, que diría Terenci Moix. Normalmente se conviene que fue así como Heliogábalo conoció primero a Hierocles, un esclavo auriga natural de Esmirna, en la actual Turquía, y después a Aurelio Zotico, un atleta griego famoso en medio imperio y parte del extranjero por lo superlativo, dicho en fino, de su viril anatomía. Con ambos llegó a casarse y al primero, de hecho, hasta pretendió sin éxito coronarlo césar para considerarse él mismo su emperatriz consorte.

Hombre rubio y dotado que además le daba al emperador bien para el pelo, Hierocles mantuvo con Heliogábalo su relación más duradera. En su Historia Romana, libro LXXX, Dion Casio especifica los términos altamente bondage en los que solían desarrollarse sus amores.

“Dado que deseaba [Heliogábalo] tener una reputación de adúltera, en este aspecto también imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser pillado in fraganti, a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendida por su marido [Hierocles] y golpeada hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este severo trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en ese mismo instante.”

Dion Casio, Historia Romana. LXXX. 15. 3-4. (ref.)

Heliogábalo, en efecto, se refería a Hierocles como su marido y llegó a decir sentirse encantado “de que me llamen la amante, la esposa, la Reina de Hierocles”. Tanto era que al emperador le gustaba y bien la gasolina que con frecuencia se jactaba ante el Senado de los cardenales y moratones que le producía su papito. De Aurelio Zotico, por su parte, poco se sabe más allá de lo que legase la Historia Augusta; que “gozó de tanto poder que los jefes de las distintas cancillerías lo respetaban como si fuera el marido del emperador” y que su fenomenal cacharro, garante de su fulgurante posición en el star system imperial, dejó un buen día de funcionarle. Zotico fue desterrado de Roma poco antes del fin del emperador y sería el único entre sus esposas, esposos, amantes surtidos y ocasionales affaires que le acabaría sobreviviendo.

Se conservan muy pocos bustos de Heliogábalo y todos enfatizan su juventud y la belleza natural de su rostro. Éste puede visitarse en el Museo Capitolino de Roma.

Un surtido catálogo de vilezas

La trayectoria de Heliogábalo en los que serían sus últimos años de vida deja la de Amy Winehouse a la altura del betún de Judea. Con frecuencia se advierte, eso sí, que las canalladas del emperador seguramente han sido magnificadas a posteriori, pues su figura no ha despertado nunca las simpatías, por decirlo amablemente, de sus pocos historiadores, empezando por los de la época y siguiendo por los más modernos. Edward Gibbon dijo de él en 1776 que “se abandonó a los placeres más groseros y a una furia sin control”. En 1911 John Stuart Hay lo califica de “psicópata sexual” y Robert Hans van Gulik lo llama “sádico neurótico” en 1974. Nótese, por si acaso no queda claro, que objetividades ni media.

Aun así no es difícil concluir que la afición de Heliogábalo por prostituirse más que las gallinas, vamos a empezar por ésta, pudo venirle en el curso de su pubertad como sumo sacerdote de El-Gabal, una condición que muchos asimilan con la de hieródulo —prostituto sagrado—. En la Historia Augusta se reseña cómo las prácticas religiosas importadas e impuestas por el emperador abundaban por igual en lo sexual, lo macabro y la gilipollez porque sí. Heliogábalo se empeño en oficiar personalmente los cultos a las divinidades latinas de consagración más guarrindonga —principalmente Venus, Adonis o Cibeles— a la par que organizaba desfiles de la piedra dios en forma de pene, por ejemplo, en un carro tirado por mujeres desnudas. Las víctimas de sus sacrificios eran con frecuencia seres humanos e incluso “niños de toda Italia, de noble cuna y bella apariencia” en cuyas entrañas después leía los augurios, una costumbre romana de origen etrusco.

Alrededor del año 220, no obstante, Heliogábalo se deja de elaboraciones absurdas y empieza a ejercer la prostitución directamente. Primero sería por Roma, según cuenta la Historia Augusta, en donde “frecuentaba los prostíbulos más notorios expulsando a las prostitutas para hacer él mismo de puta”. Después se mandaría construir unos baños públicos —léase un lupanar de rica miel— en el propio palacio “y al mismo tiempo abrió al pueblo los de Plauciano, para poder descubrir así las cualidades de los hombres mejor dotados sexualmente”. Trasladó a palacio “a muchos individuos cuya complexión corporal le había agradado, haciéndoles abandonar el teatro, el circo o el anfiteatro” para después rasurarles los asuntos “usando la misma navaja con la que él se afeitaba” —perversión esta, por cierto, hoy conocida como manscaping—. Dotó a la corte de un cartel de shows sexuales que ni el Bagdag de Barcelona, ordenando “que en los adulterios que representaban los mimos se realizaran de verdad aquellas escenas que sólo suelen ejercerse de forma fingida” y en una ocasión reunió a las meretrices que pululaban por las inmediaciones del circo hablándolas “como si se tratara de una arenga militar, llamándolas ‘compañeras de armas’ y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres”. Finalmente adquiriría la costumbre, angelito, de posar desnudo en una habitación atrezzada a lo puticlub de mala muerte —“con las cortinas descorridas, como hacen las rameras”— desde donde le decía a los que pasaban toda suerte de guarreridas españolas, tipo ven para acá, moreno, que te voy a comer esto y aquello.

El travestismo y la inversión de los roles de género se han utilizado con frecuencia para ilustrar la decadencia de Roma. En 1969 Federico Fellini firmaba “Fellini Satyricon” (en la imagen), una adaptación de la obra de Petronio en la que acudimos, entre otras, a la celebración de un matrimonio homosexual romano en el que resuena inevitablemente la biografía de Heliogábalo.

Cosa curiosa viniendo de quién acabó siendo el primero en tantas cosas es, precisamente, su afición por la novedad. Se jactaba, por lo visto, de beber sólo en vasos de oro y de no beber dos veces nunca del mismo, y “fue el primero que tuvo marmitas de cocción autónoma y el primero también que tuvo marmitas simples, vasos de cien libras de plata grabados y algunos de ellos deshonrados con figuras muy libidinosas”. También fue el primero en disponer de colchas de oro, introdujo la novedad gastronómica de la morcilla de pescado —apuesta arriesgada, no me digan que no— y el vino aromatizado. En la Vita Heliogabali se cuenta además que fantaseaba frecuentemente con su propia muerte, mandándose construir una alta torre de suicidio dorada y enjoyada “para que incluso su muerte, declaró, fuese costosa y marcada por el lujo y que se dijera que nadie había muerto nunca tan a la moda”. Agasajaba a sus invitados con festines y orgías de enorme boato y con tales lluvias de pétalos “que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior”. También “sentía una pasión especial por los leones y leopardos privados de sus garras”, que mandaba domar hasta convertirlos en mansos pero luego azuzaba contra sus invitados para descojone suyo, se puede imaginar, e infarto de los invitados. Y es que “para él la vida —nos cuenta la Historia Augusta— se reducía a la búsqueda de nuevos placeres”.

La más determinante de sus faltas, no obstante, sería seguramente el poder que las mujeres obtuvieron durante su reino. El gobierno efectivo de Roma, de hecho, se atribuye durante Heliogábalo más al gineceo tras la púrpura que a los propios laureles, especialmente a su tía Julia Mamea, su madre Julia Soemia y su abuela Julia Maesa. Estas dos, además, serían las primeras mujeres en ingresar en el Senado, condecoradas al efecto con sendos títulos de Clarissima y Mater Castrorum et Senatus. El propio Heliogábalo, de hecho, protagonizó una notoria evolución personal en el curso de su gobierno, empezando por maquillarse “con más exageración que la permitida a una mujer decente y ataviado afeminadamente con collares de oro y vestidos ligeros”. En una ocasión “se afeitó sus mejillas y asistió a una fiesta para señalar el evento, pero después se arrancó los pelos para así parecerse más a una mujer” para acabar finalmente por referirse a sí mismo, de hecho, como una mujer. La Historia Augusta reseña que no sólo se travestía, sino que además protagonizó algún acceso de drag-queenismo —o algo así— pues “le gustaba ir a las tabernas por las noche llevando una peluca y allí ejercer el oficio de las buhoneras”. En su consideración como el primer transexual del que se tiene certero testimonio histórico pesa especialmente la mención que hace Dion Casio a que “llevó su obscenidad hasta tal punto que preguntó a los médicos si podían idear la manera de introducir en su cuerpo una vagina de mujer por medio de la incisión, prometiéndoles a cambio enormes sumas de dinero”. Hoy día Heliogábalo figura en diversos manuales de derecho como el primer antecedente legal del cambio de sexo.

Nadie es profeta en su tiempo

A Heliogábalo lo asesinó su propia guardia, la pretoriana, en el 222. Lo ahogaron en unas letrinas cuando sólo contaba dieciocho años. La conjura en su contra fue organizada por su tía Julia Mamea y su abuela Julia Maesa y en ella no dudaron en llevarse por delante también a la madre de Heliogábalo, Julia Soemia, y a Hierocles, el marido del emperador. El cuerpo del precoz monarca fue arrastrado en caballo por toda Roma y al final arrojado al río Tíber para que no recibiera sepultura. El Senado, como se ha dicho, prescribió para su memoria la damnatio memoriae, obligando a borrar su nombre de los registros, su efigie de las estatuas y prohibiendo su mención para siempre.

La madre de Heliogábalo, Julia Soemia, compartió su misma suerte. En este busto de los Museos Vaticanos –atribuido a ella o a su hermana Julia Mamea– se aprecia el gran parecido físico que los unía.

Lo sucedió en el trono Alejandro Severo, de trece años, primo del emperador e hijo de Julia Mamea. El registro histórico dice de su imperio que fue cabal y pacífico y que no se dejó controlar por su abuela. Devolvió a Roma sus tradiciones religiosas, impuso la cordura financiera y se cuenta que fue el primer emperador en respetar a los cristianos, intentando incluso introducir a Cristo en el panteón latino tradicional. Murió en Germania a los veintiséis años, sin descendencia y acabando así con la dinastía Severa.

La historia, decíamos al principio, con la edad se vuelve indulgente y a menudo perdona a sus malos. A Heliogábalo, no obstante, no llegó nunca a recordarlo y por lo tanto, no lo ha personado aún. Entre eso y su falta de sepultura el joven emperador seguramente mora todavía por las costas del río Aqueronte, de acá para allá y a la espera de juicio. Nos corresponde a nosotros, investidos jueces por dos mil años de perspectiva, enviarlo según sea nuestro criterio al Tártaro o a los Campos Elíseos. La acusación ha hablado, el fiscal parece que también y podemos ahora retirarnos a deliberar. Cuando lleguen a un veredicto, ahí tienen el post de comentarios.