¿Debe un hombre vestir con flores?

Al Pacino en «Scarface», 1983.
Al Pacino en Scarface, 1983. Imagen: Universal Pictures.

Hay muchos significados simbólicos atribuidos a las flores, uno de ellos es que las flores y la muerte han mantenido siembre una estrecha relación que, como poco, nos debería inspirar cierto respeto. Aun en un intento de evitar la imagen de un Al Pacino ensangrentado, pistola en mano, ataviado con una roja camisa de flores, metáfora y sinestesia todo en uno, las flores no nos dan buena espina cuando de vestirlas se trata.

Y con formas de nieve, el mar y el cielo atraen a las terrazas
de mármol la multitud de jóvenes y fuertes rosas.

Arthur Rimbaud, «Fleurs»

Las flores las carga el diablo. Desde hace varios años, las flores siempre vuelven. Pasarelas primavera-verano plagadas de print floral, como si de rejuvenecer la estación se tratara, y así nos empalagamos mientras quizá sucumbimos a sus brillos. Son el sabor del verano, el turrón del estío.

Pero una cosa son las camisas de flores en Benidorm, que a todos nos hacen gracia o nos han solucionado más de un apuro en un festival, y otra muy diferente que pasen a ocupar un lugar en el armario. Porque puede resultarnos agradable la pintura de Manet, pero ¿en qué momento uno decide acogerlo en su estilismo? Piénsenlo, esto significa admitir y propagar que comulga con ello. Que se las pondría para sacar al perro, para ir a comprar el pan, y hasta sucintamente debajo de un traje gris un viernes cualquiera. De un tiempo a esta parte, ha habido ejemplos que nos confirman que esta tendencia se está extendiendo.

Los hechos

Mad Men, la quintaesencia del estilo en la serie más aclamada por su vestuario de un tiempo a esta parte, y un hombre, Don Draper, el mismo que destila whisky y humo con la mirada, nos regalaba esta imagen al principio de la quinta temporada. Inauguraba verano, esposa, y probablemente juventud.

Mad Men. Imagen: AMC.
Mad Men. Imagen: AMC.

Ya otra serie, con mucha menos clase, nos había mostrado que las camisas de flores son para el verano. Pero las insistencias de Modern Family siempre nos parecieron una hipérbole caricaturizada que jamás se materializaría.

A su vez, otro hombre, en esta ocasión el arriesgado director de cine David Lynch, quien practica la meditación trascendental desde hace varios años, plasmó su visión holística en una colección de ropa con motivos florales.

A esto llegó The Guardian en los albores del verano anunciando que las flores habían llegado por fin para quedarse. ¿Qué había de nuevo para semejante afirmación?

Rimbaud, señores. Y no es que nos pongamos pedantes a la primera de cambio, es que literalmente la influencia de obras como la de Arthur Rimbaud o Las flores del mal de Charles Baudelaire, unido (creemos) al fracaso de la explosión flúor de años anteriores, han hecho que diseñadores de la talla de Gucci, Alexander McQueen o Dries Van Noten presenten la camisa floral en su versión más oscura, con impresiones dibujadas más ligeras pero rotundas, afiladas, con fuerza. Y que triunfe. Las revistas Esquire y GQ ya se han apuntado al carro: «It’s time to flower- up».

Buscar el consuelo

Echemos la vista atrás. Si la camisa de flores ha llegado para quedarse, busquemos algo a lo que agarrarnos. Algunos hombres respetables tuvieron que hacerlo en su momento:

De aquí a la eternidad (1953). A menudo acudimos a esta película en busca de la famosa foto del beso en la playa, y nos dejamos que fue uno de los primeros papeles protagonistas para la camisa de flores. Si Frank Sinatra lo hizo, todos podremos.

Frank Sinatra, Donna Reed y Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (1953). Imagen:
Frank Sinatra, Donna Reed y Montgomery Clift en De aquí a la eternidad (1953). Imagen: Columbia Pictures.

A Elvis Presley no le quedó otra. Rodar tres películas seguidas en Hawaii no le dejaba escapatoria. Menos mal que además nos dejó una de las bandas sonoras más exitosas, la de Blue Hawaii (1961). Tras este primer título, le seguirían Girls, girls, girls (1962) y Paradise, Hawaian style (1965).

Elvis Presley, camisa de flores, collar y ukelele en mano. Blue Hawaii (1961). Imagen:
Elvis Presley, camisa de flores, collar y ukelele en mano. Blue Hawaii (1961). Imagen: Paramount Pictures.

Las flores de nuevo en un asunto delictivo, de la mano de los hermanos Coen con Raising Arizona (1987), esa película de culto de la que hablamos poco y vemos menos de lo que deberíamos. Si algún día nos toca acabar en la cárcel, que sea como Nicolas Cage.

Y no en la cárcel, pero casi, acabó Leonardo Di Caprio en aquel Romeo + Julieta (1996) de la modernidad. Antes de ser el Lobo de Wall Street, un joven Di Caprio vestía de hawaiano y le sentaba como los ángeles, no así a su banda de pistoleros. Suponemos que fue cosa de la ambientación en Verona Beach, el caso es que los tipos duros floreados no son algo del pasado. Lo que no sabemos es qué habría pensado Shakespeare de esto.

Nicolas Cage en Rising Arizona. Imagen: bla. Leonardo Di Caprio en Romeo y Julieta. Imagen: 20th Century Fox.
Nicolas Cage en Raising Arizona. Imagen: 20th Century Fox. Leonardo Di Caprio en Romeo + Julieta. Imagen: bla.

Y por si no es suficiente para nuestro recio parecer, no hay nada que un mito de los noventa no pueda ablandar. Claro que a Kurt Cobain le tocó vivir una época pop y una vida subversiva, aunque tuvo tiempo de convertirse en el referente de toda una generación.

En 1988, los artistas que tocaban bajo el sello de Sub Pop empezaron a tocar grunge, el nuevo nombre que le pusieron a su rock plagado de influencias. Kurt Cobain se convirtió en mesías del movimiento, que quedó plasmado en la portada de la revista The Face en los noventa. Raya en el ojo, cigarro y vestido de flores. Había nacido un icono.

Cómo llevarlo con naturalidad

Y que no parezcamos disfrazados.

Al 90%, la clave de la magia está en escoger el estampado adecuado, porque hay flores y flores. El otro 10% está en la hechura de la camisa. En esto, lo mejor es no salirse de lo clásico: el corte recto de la camisa hawaiana.

The Face magazine, septiembre 1993. Vol 2, Núm. 60. Foto cortesía de The Face.
The Face magazine, septiembre 1993. Vol 2, Núm. 60. Foto cortesía de The Face.

Para tranquilizar nuestra percepción, quizá sirva un poco de historia.

Hay toda una mitología en torno al origen de la camisa hawaiana, que va desde su nacimiento en las islas Filipinas a la isla de Samoa. Tan importante era en esta región del pacífico sur que hasta principios del siglo XVIII era la moneda de cambio.

La kapa era un modelo de tela simple que se encontraba en estas zonas, hecha y teñida a base de golpes con la corteza del árbol de la morera. Efectivamente esta tela era la moneda de cambio en esta pequeña parte del mundo.

Entre los años veinte y treinta, se notó mucho la presencia de población japonesa, que introdujeron la seda y la alternaron con el algodón. Musa- Shiya The Shirtmaker, uno de los mejores sastres japoneses de Honolulu, supo hacer negocio con ello, haciendo camisas que ayudaban a los visitantes a sentirse como verdaderos turistas en vacaciones, a desconectar del mundo. Tenemos el material, y tenemos el business.

Durante la Segunda Guerra Mundial y los patrones de vestimenta para el trabajo y los negocios, la camisa hawaiana, atuendo diario de varias islas, fue descartada, y varios fabricantes y artesanos intentaron «ajustarla» al gris discreto y a la formalidad impuesta, que poco cuajó entre las gentes. Fallaba el marketing. Por suerte en los años cincuenta la camisa hawaiana vivió una época dorada, coincidiendo con un notable aumento del turismo, y así creció la producción, que además se diversificaba en calidades y motivos. De esta época hoy se guardan piezas que alcanzan los diez mil dólares.

La camisa hawaiana, o la «aloha shirt», tenía ese algo especial que solo las cosas únicas tienen. Su estilo, antes de existir la televisión, mucho antes de la globalización, se dibujó observando la naturaleza, que regalaba motivos a raudales. También el ukelele y el surf de Waikiki estaban en estas camisas, aun cuando ni siquiera eran vintage.


Más grande, más largo y (casi) sin cortes

La soga

Dilatar una toma y dejar de brazos cruzados a la sala de montaje es algo que no puede permitirse mucha gente. En el fondo el cine está compuesto de cortapegas y elipsis, de una estructura que no requiere de la filmación maratoniana para facilitar la narrativa. Pero cuando alguien decide juguetear con los límites del medio y realizar malabarismos con lo que sucede delante de la cámara estirando la toma hasta límites impensables el resultado es fascinante por contradictorio: una escena de duración notable o un plano secuencia tienen la capacidad de introducir al espectador por completo en la película al mismo tiempo que le hace ser consciente de lo difícil que ha sido llevar a cabo para el equipo de rodaje todo aquello que está ocurriendo en la misma. Romper la barrera invisible del film haciendo patentes las barreras técnicas y de planificación del medio. El director se la saca y el público le aplaude con la boca abierta por osado.

Orson Welles abría Sed de mal con tres minutos y medio sin cortes, un escenario con multitud de personajes y una bomba. Años más tarde Jean-Claude Van Dame protagonizaba un extraño experimento llamado JCVD que comenzaba con una lluvia de hostias, mucho especialista rebotando y se prolongaba durante tres minutos y medio sin cortes.

El arte de rodarlo más grande, más largo y muchas veces sin cortes.

[Aviso: está cargado de SPOILERS]

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panicroom

La habitación del pánico (2001)

David Fincher nos encerró en una casa y a las víctimas de un asalto en una habitación sellada. Desenvainó su obsesión por pasear el objetivo por recovecos inviables con remiendos por ordenador y artesanía en el escenario para conseguir mostrar un allanamiento filmado por la cámara imposible: aquella que no se refleja en los cristales y se cuela por dentro del asa de una cafetera.

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Magnolia (1999)

O los ojos de Paul Thomas Anderson saltando, de manera elegante y eficaz, de personaje en personaje durante el trayecto por el estómago de una cadena de televisión.

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Hard boiled (1992)

John Woo, antes de dar el salto a Hollywood y poner a Nicolas Cage a hacer el mono delante de un espejo y a Tom Cruise a hacer el mono en general, perpetró Hard boiled y se sacó del pantalón un maravilloso, coreografiado y complejo tiroteo en el que la cámara iba a rebufo de una espectacular masacre en las tripas de un hospital. Woo andaba poco suelto de pasta, y pese a que la idea era filmarlo todo en un único plano (y a que el equipo de la película estaba tan encantado con la escena como para trabajar gratis) finalmente tuvo que unir dos escenas de manera sigilosa.

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El reportero (1975)

Michelangelo Antonioni sublime en una escena de siete minutos, por la que se pasean todos los personajes relevantes de la trama, situada en un hotel de Sevilla. Durante la misma el acontecimiento más importante sucede fuera de plano y se remata al espectador con un final desasosegante en el que participan la chica de la película y la verdadera mujer del hombre que ha usurpado una identidad. Existe cierta confusión sobre como Antonioni pudo llevar a cabo la toma que cierra El reportero, porque Jack Nicholson afirmaba en el comentario del DVD que el hotel de la película se construyó de la nada con el objetivo de hacer que aquella cámara atravesase aquel enrejado. Pero los documentos de producción afirmaban lo contrario, Antonioni utilizó un edificio existente e hizo que la cámara volase por un hueco imposible tirando de bisagras y mucha maña fuera de plano.

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Días extraños (1995)

Kathryn Bigelow, mucho antes de triunfar con las bombas de En tierra hostil, dirigía una película en la que los recuerdos se podían revivir desde un punto de vista subjetivo. El equipo de Bigelow se fundió un año ideando una cámara que imitase la perspectiva y el movimiento del punto de vista de una persona. Y para empezar fuerte situó de golpe al espectador en un atraco en primera persona. Parecía un único plano pero no lo era, la postproducción se aprovechó de los movimientos rápidos de la cámara para intercalar discretamente los cortes.

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Timecode (2000)

Una locura de idea. Timecode se compone únicamente de cuatro planos y no se ha realizado ningún tipo de edición de postproducción para unirlos entre sí. El truco reside en la presentación: el film de Mike Figgins divide la pantalla en cuatro partes y en cada una de ellas se desarrolla una sección de la historia rodada en una única toma. Para evitar la tentación de hacer trampa en el montaje el director obligó a los actores a cambiar su vestuario cada una de las veces que se volvía a rodar la(s) película(s) del tirón. Tiene un problema que la ha condenado a un olvido colectivo: el resultado no es tan interesante como la idea.

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Thai dragon (2005)

Nadie ha dicho que la toma larga tenga que ser un ejemplo de delicadeza y contemplación. Mucha atención a la batidora de hostias a lo largo de varios pisos, sin cortes y con sicarios volando hacía el suelo de Thai dragon. Cuatro maravillosos minutos de matrícula de honor para especialistas del cine de acción con Tony Jaa revoloteando y haciendo revolotear a todos los demás.

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La hoguera de las vanidades (1990)

Brian De Palma vive una relación de puro vicio con los planos largos. La hoguera de las vanidades adaptaba la novela del mismo título del mítico Tom Wolfe y comenzaba con el personaje de Peter Fallow (Bruce Willis) y su distinguida presencia haciendo gala de buenos modales mientras surfeaba una resaca tsunami. Lo mejor es la sensación de estar casi seguro de que en algún momento relativamente cercano la rutina diaria de Willis fue exactamente igual que la de Fallow.

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El juego de Hollywood (1992)

La leyenda dice que la intro de El juego de Hollywood estaba totalmente improvisada y que Robert Altman rodó un buen puñado de tomas para quedarse finalmente con una de las primeras. Ocho minutos de autoreferencias al plano largo exento de ediciones y propuestas locas (El graduado II, ahí es nada) en un orgánico hormiguero hollywoodiense.

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Hunger (2008)

La cinta de Steve McQueen sobre la huelga de hambre del 81 de los prisioneros republicanos irlandeses contaba con algo totalmente inusual: un plano de 17 minutos con una cámara estática sosteniéndose en Michael Fassbender y Liam Cunningham hablando cara a cara.

Apunte: El clip enlazado de YouTube solo incluye la mitad de la charla.

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Notting Hill (1999)

Julia Roberts y Hugh Grant, la chica con la sonrisa de 44 dientes que protagonizó Pretty woman y el amigo de las pretty women callejeras con un mechón revoltoso. Nadie espera demasiado de una comedia romántica cocinada para la taquilla y Roger Michell no necesita de cabriolas pero se permitía un capricho: la imagen de un paseo al ritmo del melancólico Ain’t no sunshine de Bill Whiters, con un itinerario que no solo avanza por las calles, sino también a través de las estaciones y el tiempo: esa chica embarazada que al inicio de la toma trastea entre los tenderetes es la misma que cierra la escena sosteniendo a su bebé en brazos.

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Elephant (2003)

Gus Van Sant es como esa vieja que se pone delante de ti en la cola del supermercado y decide que puede pagar con monedas de céntimo cantidades de tres cifras: no tiene prisa. Elephant revivía la masacre de Columbine y Van Sant ponía a prueba a los más impacientes centrando el objetivo de la cámara en chicos con camisetas del toro de Osborne y persiguiéndolos en su recorrido por los pasillos escolares, retando a gritos al botón de fast forward.

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Dai Si Gin (Breaking news) (2004)

El muy prolífico director hongkonés Johnnie To goza de bastante éxito comercial en sus tierras y por aquí es un desconocido aun siendo muy de pasear por festivales (Breaking news asistió con corbata a Cannes). Dai Si Gin es una de las tres películas que dirigió To durante el 2004, y pese a que tampoco da demasiadas alegrías tiene un plano inicial muy bestia de siete minutos con el operario de cámara a lomos de una grúa, saltando de un lado a otro en una callejuela de los suburbios, que comienza con un periódico aleteando desde un tejado y desemboca en un tiroteo espectacular.

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elresplandor

El resplandor (1980)

Un niño. Un triciclo. Un hotel. El ruido de las ruedas del juguete al pasar sobre las alfombras. El soberbio Kubrick y su gloriosa puesta en escena.

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soycuba

Soy Cuba (1964)

Mikhail Kalatozov a los mandos de lo que iba a ser una épica poética finalmente rebarnizada de propaganda financiada por el Gobierno soviético. Colores políticos al margen Soy Cuba proponía un viaje fascinante a través de una lente que revoloteaba desde las calles saturadas a los interiores de los edificios de manera inexplicable. Todo tan brillante, espectacular y maravilloso estéticamente como casero: el equipamiento usaba más de ingenio, cuerdas y artilugios, que de medios profesionales. Existe una película documental (Soy Cuba: O Mamute Siberiano) que se dedica a desenmarañar secretos del rodaje y el proceso de creación del brutal (y difícilmente igualable) despliegue visual de Kalatozov.

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Y tu mamá también (2001)

Siete minutos de charla sobre pajas y coitos adobados con tequila y jukebox. Alfonso Cuarón calentando los motores de Maribel Verdú, Diego Luna y Gael Garcia Bernal.

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unodelosnuestros

Uno de los nuestros (1990)

Uno de los nuestros es ese tipo de cosas que deberían ser proyectadas en las escuelas: Robert De Niro, Ray Liotta y Joe Pesci como dream team de los mafias y Martin Scorsese orquestando la función y proyectando hacia el celuloide ocurrencias tan impresionantes como el plano del Copacabana. Una toma continua que empieza en las calles, atraviesa cocinas y acaba persiguiendo una mesa en primera fila. Una obra de orfebrería en lo que a timing, composición, iluminación y «ponerse de acuerdo» se refiere que, según se dice, solo necesitó de ocho tomas para alcanzar el resultado perfecto.

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El demonio de las armas (1950)

Cuando una película propone un atraco a un banco por norma general la gente espera en algún momento contemplar eso: un atraco a un banco. Joseph H. Lewis tenía estilo propio y prefirió voltear lo previsible filmando el asalto a la entidad bancaria desde el interior del coche que espera en la calle para facilitar la huida.

Y mostrando sin cortes el paseo rodado (de diálogo improvisado) y la posterior escapada. H. Lewis demostró que se limpiaba los morros con la elipsis inherente, aunque eso era algo que se podía esperar de alguien cuyo concepto de dirección de actores se basó en decirle a John Dall que su personaje «nunca había tenido la polla tan dura» por alguien que no fuera la Annie Laurie Starr interpretada por Peggy Cummins.

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Boogie nights (1997)

Paul Thomas Anderson o el segundo director después de Stanley Kubrick que rueda una película que gira en torno a un monolito. Boogie nights retrataba a Marky Mark como un actor porno de nombre resplandeciente (Dirk Diggler) y entrepierna hermanada con la dote de John Holmes. Thomas Anderson se permitía presumir de destreza cinematográfica durante toda la película, comenzando con ese plano que (tras girar el ángulo para permitir leer un letrero) camina por las calles y se adentra en una fiesta para presentar en cucharadas a los protagonistas, un paseo con tanto estilo que incluso los de Empire Magazine le dedicaron un estupendo mapa infográfico. Y continuando con momentos como aquella escena de la fiesta en la piscina, con inmersión acuática para el operario de cámara e inspiración confesa en Soy Cuba.

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unajaula

Una jaula de grillos (1996)

La Cage aux Folles era una obra teatral de 1973 escrita por Jean Poiret cuyo éxito en Francia la llevó a reconvertirse unos años después en película de producción francoitaliana (Vicios pequeños), que tuvo también suficiente fama como para generar dos secuelas (La jaula de las locas y La jaula de las locas: Ellas se casan) y un musical de Broadway que adaptaba la obra de teatro. En 1996 Robin Williams y Nathan Lane protagonizarían el remake americano de la comedia con drags: Una jaula de grillos, más conocida que sus predecesoras gracias al bombo promocional que rodea a lo estadounidense.

Pero ¿alguien se ha fijado realmente en cómo empieza Una jaula de grillos? Un plano aéreo que aterriza en tierra y se encamina hacia el interior de un night club gay en plena celebración drag. Tan complejo en su realización (en realidad son tres tomas diferentes, cosidas y debidamente acompasadas con truquitos varios) como sorprendente en este tipo de película.

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laguerradelosmundos

La guerra de los mundos (2005)

Steven Spielberg rehaciendo la novelesca broma de H. G. Wells podía parecer una gran idea pero acabó estancándose en un pasatardes ligeramente entretenido. Aun así, Spielberg tuvo algún momento de lucidez apoyándose en el colchón de la Industrial Light & Magic: la escena de la huida familiar en coche. Lo realmente notorio de la secuencia es descubrir que pese al continuo revoloteo el espectador no siempre es consciente de que ese plano, en continuo movimiento de 360º sobre el vehículo, es físicamente imposible de rodar si el operario de la cámara no está filmando en todo momento subido a una escoba voladora.

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killbill

Kill Bill Vol. 1 (2003)

Que Quentin Tarantino se lo estaba pasando teta con Kill Bill estaba bastante claro incluso antes de que la japonesa con la bola de pinchos apareciera. Pero resultaba más obvio cuando el hombre se dedicaba al juguete visual: el grupo The 5,6,7,8’s ponían ritmo surfero a un plano muy loco que combinaba perspectivas aéreas, paredes transparentes y un paseo escaleras arriba y abajo que tardó seis horas y 17 tomas en ser construido y que dejó al operario de cámara (Larry McConkey, un caballero de abultada carrera) hecho unos zorros.

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elarca

El arca rusa (2002)

—Hola, soy Aleksandr Sokurov y tengo en mente una película que repasará 300 años de la historia rusa navegando por su arte. Solamente necesito un equipo de 4500 personas (de los cuales 2000 serán actores), tres orquestas, una cámara digital, adecentar 33 habitaciones del Museo del Hermitage en San Petersburgo y un presupuesto de locos.

—Vale, Sokurov, sin problema.

—Quiero rodarlo todo en una única toma de 90 minutos.

—Uvedoble. Te. Efe.

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doom

Doom (2005)

Llevar Doom al cine tampoco era una gran idea. Al menos no pagando la Universal y centrándose en la tercera entrega numerada de la franquicia. Andrzej Bartkowiak despachó un producto del montón con The Rock y Karl Urban disparando en Marte. El detalle inesperado fue permitirse aquella escena de cuatro minutos imitando la perspectiva de los FPS de videojuego, un plano con 14 días de rodaje sobre su lomo y probablemente más tiritas digitales que el resto de los que componen esta lista.

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El espejo (1975)

El espejo de Andrei Tarkovsky era el modo que tenía el ruso de buscar su reflejo en imágenes a través de recuerdos y presumiendo de una improvisación que alentaba el proceso creativo. Tanto es así que incluso Vadim Yusov, encargado de la fotografía de todas sus películas hasta entonces, se negó a trabajar en esta viendo el percal. La ruta aparentemente inconexa de los relatos que construyen el conjunto cobija tomas maravillosas, como esta escena del granero en llamas de (al igual que toda la película) inexplicable capacidad hipnótica.

Obsérvese con atención. Imagínese a cualquier otro director detrás de la cámara. Eso.

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Old boy (2003)

Chan-wook Park mezclando Final Fight con la bricomanía, haciendo desaparecer una pared para el espectador y convirtiendo una tómbola de hostias en una escena memorable dentro de una película no menos memorable.

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Week end (1967)

Jean-Luc Godard se agarra el paquete con las dos manos y dice: «te vas a comer siete minutos de un atasco viéndolo pasar coche a coche». Y te los comes.

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Expiación (2007)

Ser consciente de la magnitud de algo no siempre es fácil en la pantalla donde todo suele lucir más artificial y preprogramado. Expiación proponía, con un despliegue fascinante de extras y medios, un paseo por un escenario cargado de detalles.

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Armonías de Werckmeister (2000)

When you watch my movies, please don’t speculate. Just trust your eyes and listen to your heart. I’m always telling this to the audience, don’t think too much, just listen.

Béla Tarr

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La soga (1948)

La locura de Alfred Hitchcock era intentar rodar La soga del tirón pero las restricciones técnicas le obligaban a hacerlo en secciones de diez minutos (era lo que el rollo de celuloide de la época permitía) y camuflar la transición de los cortes atenuándolos con objetos, exceptuando aquellos cortes bruscos que se correspondían al momento en el que durante la proyección se debía cambiar la bobina de película. El trabajo artesanal para llevar a cabo tal empresa requirió de un escenario con elementos móviles para permitir el paso del equipo, un fondo de Manhattan maquetero que variaba según avanzaba el tiempo y una planificación milimetrada de todo lo que ocurría.

El resultado es parte de la historia del cine.

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hijosdeloshombres

Hijos de los hombres (2006)

El mexicano Alfonso Cuarón venía de participar en la saga Harry Potter fascinado con lo que se podía hacer exprimiendo al departamento de FX, y para Hijos de los hombres se puso bravo y desplegó todo un arsenal que explotaba en la escena inicial, dejaba con la boca abierta en aquella escena imposible e increíble en el interior de un coche, y tocaba cima con todos los honores al mostrar un paseo por un campo de batalla en plena actividad bélica como nunca antes se había hecho e incluyendo en el mismo salpicaduras en la cámara (el director de fotografía convenció a Cuarón de no eliminar unas gotas furtiva). Sí, la magia digital camuflaba la edición y engañaba al ojo, pero la audacia de la puesta en escena de Hijos de los hombres es algo que hasta ese 2006 nadie había logrado.

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PVC-1 (2007), Pig (2010), La casa muda (2010), The silent house (2011)

El arca rusa no es la única película filmada olvidándose por completo del montador. La colombiana PVC-1 dirigida por Spiros Statholulopoulos secuestraba a su víctima y la convertía en una bomba con un par de tuberías de plástico durante 85 minutos. Pig proponía un festival gore (que al final no era para tanto) y 70 de sus 90 minutos consistían en una sola toma. Y la uruguaya La casa muda jugaba al terror con cuatro luces y una escena sin cortes de 80 minutos llamando lo suficiente la atención como para generar un remake americano al año siguiente con la desconocida de las tres hermanas Olsen.

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Snake eyes (1998)

Lo mejor de Snake eyes eran, sin mucha discusión, los 12 primeros minutos de Snake eyes. Incluían un puñado de cortes camuflados, eso sí.

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El secreto de sus ojos (2009)

Tanto Spielberg, tanto Scorsese, tanto De Palma y luego llega un argentino y deja a todo el público noqueado, enmudecido y con dificultades para sentarse a riesgo de absorber el taburete. Juan José Campanella volvió a casa con un Oscar en la mano, y si bien la película cojeaba frente a sus competidoras directas en aquella gala, una cosa era innegable: la escena del estadio (tras la revelación de «la pasión» como gasolina de las personas y pese a que tiene mucha postproducción implicada) es uno de los planos más acojonantes que se han podido ver en una película.


Luces y sombras: Los pasajeros del viento

Quien haya tenido la desgracia de leer una de esas novelas “históricas” de las que tanto gustan la gente, o de ver una película más o menos reciente de ambientación “histórica” —la última que me ha caído encima: En tiempo de brujas, con el inefable Nicholas Cage, ese Rompetechos cinematográfico, y el gran Ron Perlman, Clay Morrow en Sons of Anarchy y Salvatore en El nombre de la rosa. Penitenciagite!—, habrá caído en la cuenta, a poco fijarse, de que dicha historicidad es un mero pretexto para situar la trama en un ambiente exótico. Lo mismo da la Edad Media, la Antigüedad latina  o la Prehistoria. En cualquiera de esos períodos los personajes hablan igual, la cutre-ambientación con harapos de diseño es similar, la coreografía de las peleas parece regurgitada por el más borracho de los becarios admiradores del cine honkonés. Y aún cabría dar gracias a que Hollywood oriente su mirada al pasado en lugar de a los países subdesarrollados: sólo faltaría escuchar las soflamas del prota, liberador de los pueblos, en pro del capitalismo con rostro humano y contrario a las grandes empresas, al contubernio judeo-masónico y al cambio climático, como en el inolvidable discurso de Steven Seagal en En tierra peligrosa.

Con estos antecedentes tanto más grata es la lectura de Los pasajeros del viento, el estupendo cómic de François Bourgeon. Ambientado en la década de 1780 cuenta la historia de Isa, una adolescente llena de coraje y reacia a dejarse dominar, un personaje verdaderamente stendhaliano. Desclasada y huérfana por culpa de un juego infantil, alimenta su rebeldía con las adversidades y abusos que le salen al paso. Libertina en todas las acepciones, es alumna aventajada del Siglo de las Luces, esgrimidora de las razones del cuerpo como único e inajenable templo del ser humano. Isa derrocha agudeza y sensualidad, se entrega por igual al placer de la polémica como al brío de los cuerpos. Su cuerpo y su ingenio son tanto una fuente de deleites como un arma con el que enfrentarse a una época ignorante y vil. Desde el primer álbum de la serie, en el que ha de vestirse de hombre para poder codearse con los tripulantes de un barco de guerra, Isa no teme plantarle cara a los prejuicios y crueldades de una sociedad eminentemente masculina. Es característica de Bourgeon esta querencia por los personajes femeninos fuertes e independientes como se ve en el resto de sus obras: Los compañeros del crepúsculo e Historia de Cyann.

El resto de personajes, si no con tanto carisma como la protagonista, sí ostentan un carácter propio y bien definido que les salva de ser comparsas para realizarse en subtramas llenas de interés. Hoël, el rudo marinero bretón cuyos ojos azules cautivan a Isa. Mary, una inglesa sin inhibiciones que espera un hijo ilegítimo de John, un teniente con el que huirá de la rígida Inglaterra en busca de otro ambiente en el que criar a su hija. Isa, Hoël, Mary y John quieren hacer las Américas pero se embarcan, sin saberlo, en un negrero que primero ha hacer escala en África. Allí se dan de bruces con la belleza dura y violenta del continente negro, tan radicalmente distinto al europeo, y con la bestialidad del sistema colonial que considera al negro mera mercancía. La extraña hibridación del dominio colonial y las costumbres tribales producen criados como Auan, eficientes y leales a cambio de una buena recompensa, o Alihosi, quien pagará cara la ilusión de igualdad que le inculca Isa.

El nervio que recorre Los pasajeros del viento de principio a fin es el mismo que animó a los Ilustrados a corregir la ignorancia y que Kant formuló como la salida de la culpable minoría de edad en que el hombre se mantenía a sí mismo. En una palabra: libertad. Supresión de toda servidumbre exterior a uno mismo, especialmente la religiosa —los sacerdotes no reciben un trato halagüeño en este cómic—. Isa se bate con inteligencia y tenacidad con el fin de burlarse de las dominaciones masculina y religiosa para dar, en África, con una de las mayores aberraciones de la Historia: la trata de esclavos. El cargamento de mano de obra barata para el Nuevo Mundo excedía todo lo que el espíritu ilustrado podía asimilar —una muestra de lo que el asunto daría de sí, más de 100 años después de lo narrado en la obra de Bourgeon, puede verse en la a mi juicio fallida El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa; interesante reportaje novelado sobre la industria del caucho en el Congo Belga, pero falto de aliento poético para constituirse en buena novela— aunque, como sucedía a buena distancia de las metrópolis, podía darse por descontada la buena fe de las empresas y la necesidad de civilización, preferentemente a palos, de los salvajes.

La documentadísima plumilla del autor se traslada con parejo amor al detalle desde la Europa disputada por ingleses y franceses hasta el África colonial. Los distintos barcos de una flota con sus mil aparejos; los trajes y vestidos de ricos y pobres, marinos y oficiales, hombres y mujeres; las calles de una villa o las marismas de la costa inglesa; la tibia luz europea y el aplastante sol africano; el aburrimiento y la violencia en un fuerte colonial; la sabana y la jungla; los horrores de un barco negrero… Todo esto y más se refleja con cuidadísima e informada precisión en Los pasajeros del viento, donde la abundante noticia de la época sirve para dar peso y verosimilitud a la acción. El seductor diseño de personajes, la ambientación mimada al extremo y la ausencia de moralina convierten a esta obra en una de las más gratas lecturas que puede dar el cómic.

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