Novak Djokovic, Sofia Kenin y casi todo lo que nos dejó el Open de Australia 2020

Por extraño que parezca, ni Djokovic ni Federer ni Nadal habían remontado nunca una final de Grand Slam en la que estuvieran dos sets a uno abajo. Parte del misterio está en que esos partidos los habían jugado entre sí, pero el dato no deja de ser sorprendente. Después de hacerse con el primer set con cierta suficiencia (los tres primeros juegos recordaron a los de la final del año pasado contra Nadal), Djokovic se vio en la misma circunstancia que contra Wawrinka en Roland Garros 2015 y el US Open 2016: cada vez más empequeñecido y sin más recurso que defenderse ante los golpes contrarios.

Y es que Thiem golpeaba de lo lindo: de derecha y del revés. Siempre buscando la profundidad más que el ángulo. Bolas largas, potentes, que imposibilitaban el contraataque y mantenían al serbio metros detrás de la línea de fondo, donde más incómodo juega. Todo parecía preparado para la primera victoria de Grand Slam de un tenista nacido en los noventa (estamos en 2020), más aún cuando Thiem tuvo bola de break sobre el servicio del serbio con 1-1 en el cuarto set. Sin embargo, Novak resucitó. Sea por los batidos mágicos de su preparador o sea porque Thiem llevaba ya dos partidos seguidos de cuatro horas en las piernas, pero el partido se dio la vuelta por completo y Djokovic entró en ese trance habitual en los momentos decisivos: ni una bola fallada, ni un golpe mal pensado, ni un signo de fatiga.

Thiem perdió, sí, pero perdió con la cabeza bien alta. Como dijo el campeón en la entrega de premios, el austríaco fue el mejor sobre la pista. Puede decirse que el relevo generacional se alarga y por supuesto es cierto: trece grandes consecutivos se han repartido Djokovic, Nadal y Federer para un total de cincuenta y seis. Sin embargo, la competencia ya está ahí. Como Medvedev en el US Open, Thiem luchó hasta el último punto y no se limitó a felicitarse por haber llegado ahí. Fue en general un gran Open de Australia. Intentaremos resumirlo lo mejor posible:

1. Empecemos por el campeón, por supuesto. Diecisiete torneos del Grand Slam para Djokovic, ocho de los cuales han llegado en Australia. Obviamente, es un récord y no parece el único que pueda caer este año. Este lunes ha empezado su semana doscientas setenta y seis como número uno del mundo, es decir, diez menos que Pete Sampras y treinta y cuatro menos que Roger Federer. ¿Puede alcanzarlo este mismo año? Dependerá de Rafa Nadal. El resto está muy, muy lejos todavía. No tuvo el más difícil de los cuadros, pero lo solventó con una suficiencia espectacular hasta la final y esa supuesta deshidratación. Alguien en Twitter lo comparó con un robot. Puede. A veces parece una máquina perfecta, desde luego, pero no exenta de genialidad. Aparte, esa capacidad de resistencia… envidiable. Sabe que está compitiendo a la vez contra el rival y contra la historia. Y no está dispuesto a rendirse nunca.

2. ¿Cómo queda el debate de quién es el más grande de todos los tiempos? Animado. Si no fuera por el gluten y por Pepe Imaz, me temo que no habría dudas en cuanto a resultados. Esos dos años de respiro que se tomó el serbio entre Roland Garros 2016 y Wimbledon 2018 le han hecho mucho daño estadístico. Es difícil pronunciarse en términos absolutos sobre una cuestión subjetiva: habrá quien considere que la belleza del juego de Federer es inigualable o que la consistencia y la competitividad de Nadal le colocan en lo alto del ranking histórico. Nadie podría decirles nada. Los aficionados a Djokovic, por su parte, pueden citar los siguientes hitos: el serbio ha ganado los cuatro torneos del Grand Slam, los nueve Masters 1000 y las ATP Finals. Es el único en haberlo hecho. Llegó a ganar los cuatro grandes de forma consecutiva y tiene el H2H favorable con sus dos rivales. En lo que llevamos de década (2011-2020) ha ganado dieciséis Grand Slams por diez de Nadal y cuatro de Federer. En cuanto a semanas en el número uno desde 2011, el registro es abrumador: doscientas setenta y seis para Nole, ciento treinta y siete para Rafa y veinticinco para Roger. Hablar de «Big 3» en términos históricos tiene sentido. Si cerramos más el foco, llevamos diez años de dominio serbio con meritorias excepciones.

3. Si alguien parece decidido a romper ese dominio, ese es sin duda Dominic Thiem. Reconozco que siempre he tenido dudas sobre el austríaco. No ya sobre su condición de jugador de élite sino sobre su capacidad de disputar grandes. Lleva ya tres finales y el disparo cada vez queda más cerca del objetivo. Se ve que no es un Wawrinka sino un Andy Murray, es decir, necesita tiempo. Su torneo fue formidable, sobre todo teniendo en cuenta que tuvo que enfrentarse al número uno del mundo en cuartos (Nadal), al siete en semis (Zverev) y al dos en la final (Djokovic). No llegó ahí por casualidad y su tenis fue de un nivel altísimo, tanto al saque como al resto. Ese revés a una mano es una auténtica gozada y cuando lo hace paralelo es incontestable. Con todo, va a cumplir veintisiete años en breve. No puede seguir esperando mucho más tiempo. Muchos le dan ya como favorito para Roland Garros, pero eso parecen palabras mayores.

4. ¿Por qué? Porque Nadal y Roland Garros es un matrimonio demasiado unido. Thiem derrotó por fin a Rafa en un Grand Slam y lo hizo a lo grande, con un juego sensacional. ¿Bastará eso para derrotarlo en París tras dos finales consecutivas perdidas? Difícil saberlo. El periodista Pepe Rodríguez apuntaba recientemente en su podcast que Nadal «ya no dominaba» y que por tanto había entrado en su crepúsculo. No puedo estar de acuerdo. No por perder en cuartos de final de Australia contra un jugador tan bueno como Thiem. Mucho menos por los resultados de la cosa esa llamada ATP Cup de la que hablaremos más tarde. Nadal sigue siendo el campeón vigente de Roland Garros y del US Open y no es número uno del mundo por trescientos puntos. Hizo el torneo que tenía que hacer: ganó bien a los que tenía que ganar bien y llevó al límite al primero que encontró a su nivel. Hay que tener en cuenta que en dieciséis años disputando el Open de Australia, Nadal solo ha ganado el torneo una vez. No creo que esta derrota le afecte demasiado.

5. Por cierto, justo antes del partido de cuartos contra Thiem, Nadal tuvo que enfrentarse a Nick Kyrgios en octavos y se montó el habitual revuelo. Pocas veces he visto en deporte una rivalidad tan absurda en la que siempre gana el mismo. Kyrgios es un buen jugador, un top 25 que podría llegar a top 10 si se centrara. Punto. Toda esta atención mediática en torno a él ni le hace bien al deportista ni al deporte. Estoy harto de oír «podría llegar a ganar un Grand Slam» cuando hace años que no juega ni cuartos de final. No tiene el tenis suficiente. Su saque es muy bueno y de vez en cuando se saca alguna genialidad de la manga, pero ni le da el físico ni le da el revés ni es consistente con su derecha. En vez de pedirle milagros, aprendamos a quererle como lo que es: un buen jugador, ya digo, llamativo, punto.

6. Aparte del Nadal-Thiem, el otro gran partido de cuartos de final fue el Federer-Sandgren, en el que el suizo levantó siete match points para acabar pasando a semifinales medio cojo. Ya había hecho algo parecido en tercera ronda contra John Millman, cuando se vio 8-4 abajo en el super tie-break y acabó ganando seis puntos consecutivos. Por muy optimista que quiera ser con respecto al torneo, no puedo evitar ver lo de Federer con cierta resignación y bien sabe Dios que nadie le admira tanto como yo: que un tío de treinta y ocho años y medio, sin un solo partido de preparación porque había empezado tarde los entrenamientos debido a una gira eterna por Latinoamérica, en un estado físico deplorable, se plante en semifinales de un grande y encima lo haga solo con una pierna, no es buena señal para el tenis. De acuerdo que su cuadro fue cómico y que no se enfrentó a nadie mínimamente peligroso, pero eso no es culpa suya sino de sus rivales. ¿Dónde estaban los cabezas de serie de su lado? Perdiendo contra el número 100 del mundo. 

7. En cualquier caso, es curioso lo de Roger. Puede que esta sea su última temporada y tira de esta manera el primer grande, justo el único que ha ganado dos veces en los últimos siete años. Él sabrá por qué, ya es mayorcito. La gira con Zverev no le sentó nada mal al alemán, pero es que el alemán tiene veintidós años. A la edad del suizo, ganar un grande depende de una preparación exquisita. Se pasó noviembre jugando exhibiciones mientras los demás descansaban y se ha pasado diciembre y enero intentando volver a coger el ritmo de entrenamiento mientras los demás ya empezaban a competir en la ATP Cup. Así es muy complicado.

8. Por cierto, gran torneo de Zverev. Por fin. Cuánto queremos a Alexander Zverev cuando se concentra y deja de encadenar dobles faltas. Hay que recordar que hablamos de un chico de veintidós años que ya ha ganado tres Masters 1000 y unas ATP Finals. Ahora, por fin, puede añadir a su palmarés unas semifinales de Grand Slam y muy merecidas, sin apenas pasar apuros hasta esa ronda y presionando a Thiem hasta donde pudo. Tengo la sensación de que cuando gane su primer grande, el resto vendrán en cascada. Lo sorprendente, además, es que ya nadie contaba con él después de la ATP Cup tan desastrosa que se había marcado, con Boris Becker desesperado y su padre llorando. Así es el tenis. Cambia de un momento al otro.

9. Buen momento para reflexionar sobre la polémica ATP Cup- Davis Cup. Efectivamente, no tiene sentido que haya dos competiciones por equipos casi idénticas y que además se celebren con dos meses de distancia una de la otra. Una desaparecerá. Y tiene pinta de que será la Davis. O tendrá que volver al antiguo formato, eso ya no lo sé. La ATP Cup tuvo más o menos los mismos nombres pero el enorme atractivo de las fechas: jugar en noviembre, con todo el pescado vendido, es saturante. Jugar en enero, después de las vacaciones, da mucho juego mediático y puede anticipar tendencias para el año entrante. Aparte, tengo la sensación de que la ATP juega con mucho más margen económico que Piqué a la hora de afrontar pérdidas. Eso y un continente volcado. No es poca cosa.

10. Thiem y Zverev dieron el paso adelante. Bien por ellos. ¿Quiénes no lo dieron? Sobre todo, Tsitsipas, Berretini y en menor medida Medvedev. Lo de Berretini era esperable hasta cierto punto porque su aparición fulgurante en el US Open del año pasado no puede ocultar que el resto de su carrera hasta el momento no ha sido precisamente despampanante. Tsitsipas, campeón de las ATP Finals, se la pegó en la ATP Cup, con broncas y raquetazos de por medio. A todos nos gusta su competitividad y su inconformismo, pero incluso eso hay que gestionarlo bien. Cayó en tercera ronda contra Milos Raonic y además cayó sin oponer resistencia alguna. En cuanto a Medvedev, perdió en octavos contra Wawrinka. No es un resultado deshonroso, pero es que en torno al ruso se han creado unas expectativas algo desmesuradas. No faltó quien dijo que se había convertido en el mejor jugador del mundo. Puede serlo algún día, pero estamos en lo mismo que hace cinco meses: o mejora el saque y la derecha o seguirá siendo una moneda al aire. El hecho de que no haya ganado un solo partido a cinco sets invita a preocuparse por su resistencia mental y física.

11. En cualquier caso, más me preocupa Felix Auger-Aliassime. Llevamos años oyendo maravillas de él y poco a poco, aún adolescente, jugando torneos menores ante rivales menores, consiguió colarse en el top 20. Una vez llegado, le quedaba mantenerse, pero no lo está consiguiendo. Sus resultados en Grand Slam son muy deficientes para alguien llamado a ser un dominador del circuito. No le vamos a pedir que gane el Open de Australia con diecinueve años pero sí habría que exigirle que le gane a Ernests Gulbis. Está muy perdido y habrá que ver cuándo se encuentra. 

12. Acabamos con las decepciones: Denis Shapovalov pasó por algo parecido a lo que está pasando Aliassime hace dos años. Aún tiene veinte, así que es insultantemente joven. En la ATP Cup jugó de maravilla, dando continuidad a un esperanzador final de la temporada 2019 y convirtiéndolo en uno de los candidatos a llegar lejos en Melbourne, más que nada porque su cuadro era relativamente sencillo (solo Federer como rival serio hasta semifinales y este Federer, además). Sin embargo, perdió en primera ronda, totalmente desquiciado, ante Márton Fucosvics, número 67 del mundo. Me habría gustado mucho ver a Alex de Miñaur pero hizo la clásica jugada de novato de lesionarse en el intrascendente torneo anterior a un Grand Slam. Aprenderá.

13. Dejemos de lado las decepciones: qué bien pinta Andrei Rublev. Parecía que iba a quedarse en nada después de esa sorprendente eliminatoria de Copa Davis contra España cuando tenía diecisiete años, pero ya le tenemos entre los quince mejores del mundo. En Australia, hizo lo que correspondía: pasó tres rondas ante rivales inferiores y acabó perdiendo en octavos ante Alexander Zverev. Tarkovski estaría orgulloso. Tiene pinta de que esto no va a acabar aquí y pronto le veremos como top ten.

14. Una de veteranos que no se rinden: Milos Raonic, como siempre, apareció de la nada en Australia y se metió en cuartos de final. Qué jugador más difícil de catalogar. Va a cumplir treinta años y ha pasado por todas las lesiones posibles, pero es junto a Juan Martín del Potro, el gran «¿y si…?» del tenis de este siglo. Finalista en Wimbledon en 2016, nunca ha conseguido enganchar un año entero de salud y tenis. Solo Djokovic pudo pararlo, aunque lo hizo en seco, eso sí. Enorme mérito el del canadiense, enorme mérito el de Marin Cilic, que durante tres rondas recordó al campeón del US Open y finalista en Londres y Melbourne… y enorme mérito el de Stan Wawrinka. Tiene treinta y cuatro años, ha ganado todo lo que tiene que ganar, jamás volverá a competir en serio por un grande, tuvo una lesión devastadora… y ahí sigue el tío, llevándose por delante a jovencitos como Medvedev y en cinco sets, además. Un ejemplo.

15. Acabemos el análisis al cuadro masculino con una mención al tenis español, vigente campeón de la Copa Davis y finalista de la ATP Cup. ¿Qué encontramos? A Rafa Nadal. Punto. Ni siquiera Roberto Bautista, que llegaba invicto a Melbourne, pudo pasar de tercera ronda. El siguiente es Pablo Carreño, que sigue cayendo en el ranking, y ya hay que recurrir a Fernando Verdasco, a sus treinta y seis años. ¿Dónde hay algo parecido al relevo? Jaume Munar, que va para los veintitrés, cayó contra el local Popyrin en segunda ronda; Alejandro Davydovich (veinte años) ganó en cinco sets a Gombos pero solo le pudo hacer siete juegos a Schwartzman en segunda ronda. Por último, Nicola Kuhn (diecinueve), la tercera gran promesa del tenis español, se tuvo que retirar lesionado en la primera ronda clasificatoria. En medio, el vacío.

16. Antes de entrar a analizar el cuadro femenino, un comentario meteorológico: no hubo serios incidentes de salud relacionados con los fuegos que asolaron buena parte de Australia durante la celebración del evento. Nadie lo habría jurado cuando el primer día de clasificatorias se tuvo que retirar Dalila Jakupovic por no poder parar de toser. Sé de qué va el negocio del deporte profesional y sé lo poco que se puede hacer, pero si los jugadores y jugadoras no se plantan ante escenarios así, no sé a qué esperan. Todo acabó bien, al parecer. De hecho, sorprendentemente, no se volvió a tratar el tema públicamente.

17. Vamos con las mujeres: el jueves 16 de enero, Garbiñe Muguruza tenía que retirarse del torneo de Hobart por unas molestias. El martes 21, tras perder 6-0 el primer set ante la estadounidense Shelby Rogers, se sentaba abatida en su silla y llamaba al médico. Todo pintaba a que ahí acababa el Open de Australia para Muguruza, número 32 del mundo, perdida durante un año y pico en la intrascendencia. Lo que vino después fue de guion de cine: la remontada ante Rogers, el triunfo ante Svitolina, la victoria ante Bertens y el tie break imposible que le ganó a Simona Halep en las semifinales… De repente, dos semanas después de estar acabada para la práctica de este deporte, Garbiñe Muguruza volvía a estar en la final de un Grand Slam, la cuarta de su carrera. Y, por supuesto, todo el mundo la dio automáticamente por ganadora.

18. ¿Por qué? Porque enfrente no tenía a Serena Williams, ni a Bianca Andreescu, ni a Ashleigh Barty ni a Naomi Osaka… sino a Sofia Kenin. ¿Cómo no le iba a ganar a Sofia Kenin? El ninguneo a la estadounidense fue absoluto, pero la estadounidense ya había dado muestras de que no era una rival como para andar con tonterías:  a sus veintiún años, había pasado en 2019 del número 50 del mundo al 15, derrotando en el camino a todas las grandes raquetas del circuito, incluyendo a Serena Williams en Roland Garros. Kenin es una excelente jugadora y lo demostró en la final, especialmente en los dos últimos sets, cuando se le pasó un poco el susto. Podemos darle todas las vueltas a las dobles faltas de Garbiñe o a ese 0-40 que desaprovechó con 2-2 en el tercer set, pero el mérito es de Kenin. Supo subir el ritmo, ahogar a su rival, moverla de lado a lado y no decaer nunca en el entusiasmo. Enhorabuena.

19. En cuanto a Garbiñe, lo de siempre: «Es que mentalmente…». Claro. Muguruza no es una luchadora ni tiene paciencia para aguantar meses y meses jugando partidos de tenis ni aguanta estoica cuando las cosas van mal. De hecho, lo mismo se tira otros tres años sin jugar una final de Grand Slam o no la vuelve a jugar nunca. Lo que me molesta de este tipo de comentarios es que parezca que lo hace a propósito. La mentalidad se trabaja, claro, como se trabaja el físico, pero si eres David Ferrer no vas a sacar a doscientos treinta kilómetros por hora y si eres Garbiñe no vas a luchar como Carla Suárez. Simplemente, no puedes. Por qué se mata a unas y se entiende perfectamente las limitaciones de otras (no lo digo por la pobre Carla, es solo un ejemplo) se me escapa.

20. En un circuito ingobernable, donde once jugadoras distintas se han repartido los últimos trece torneos de Grand Slam y nadie defiende su título con éxito desde Serena Williams en Wimbledon 2016, es difícil saber dónde empiezan y acaban las sorpresas. Por ejemplo, la propia Serena venía de ganar en Auckland muy cómodamente y se plantó en Melbourne como favorita de las casas de apuestas… todo para perder en tercera ronda contra la china Wang Qiang. Sigue su búsqueda del vigésimo cuarto grande, el que le permita empatar con Margaret Court-Smith. A sus treinta y ocho años, no tendrá muchas más oportunidades.

21. Por cierto, Martina Navratilova y John McEnroe se la jugaron a la organización portando una pancarta después de su partido de leyendas en la que pedían el cambio de nombre de la pista Margaret Court por «Evonne Goolagong Arena». Fue un gesto valiente por el que tuvieron que pedir perdón varias veces porque al fin y al cabo no dejan de tener demasiados compromisos con Tennis Australia, pero el mensaje quedó claro: que alguien con opiniones tan descarnadas acerca de la homosexualidad siga dando nombre a una pista tan importante es cuando menos debatible. Cada cual que piense lo que quiera.

22. Con Bianca Andreescu de nuevo lesionada (¿nos tendríamos que empezar a preocupar?), la atención mediática volvió a volcarse en «Coco» Gauff, que pronto cumplirá los dieciséis años y que demostró su valía derrotando de nuevo a Venus Williams, como en Wimbledon, y llevándose por delante también a Naomi Osaka en tercera ronda antes de claudicar ante la campeona Kenin en octavos de final, pese a ganar el primer set. Hay un cierto consenso en que Gauff es «the next big thing», pero yo, como siempre, prefiero ser cauto antes de ponerme a romper juguetes.

23. El torneo vio la retirada definitiva de Caroline Wozniacki y la parcial de Carla Suárez Navarro. La danesa deja el tenis después de un año de malestar indeterminado en el mismo torneo en el que consiguió su único grande en 2016. En una época en la que los deportistas alargan sus carreras hasta casi los cuarenta años, retirarse con veintinueve es casi una desgracia. La carrera de Wozniacki, precoz número uno del mundo, siempre pareció que no estaba a la altura de su talento. Como es habitual, la sobreexposición mediática no ayudó. En cuanto a la española, el adiós fue parcial porque afecta solo a Melbourne. Carla está en su última temporada como profesional y solo pudo pasar una ronda antes de caer ante la desconocida polaca Iga Swiatek. La esperamos en la tierra batida.

24. Los dobles siguen siendo cosa de veteranos: Joe Salisbury y Rajeev Ram ganaron el cuadro masculino, lo que convirtió al estadounidense  en el jugador que más intentos ha necesitado para ganar esta especialidad en un Grand Slam, dejando la cifra en cincuenta y ocho. El femenino fue cosa de Timea Babos y la francesa Kristina Mladenovic. El mixto se lo llevaron la gran especialista checa Barbora Krejcikova haciendo pareja con la croata Nikola Mektic.

25. En cuanto a los juniors, la gran noticia fue la victoria de la andorrana Victoria Jimenez, tanto por lo exótico de su nacionalidad como por su edad: apenas catorce años. El cuadro masculino fue a manos del francés Harold Mayot, que ya ha anunciado su voluntad de pasar cuanto antes a profesionales.

En definitiva, llega ahora la pausa habitual hasta los torneos de primavera de Estados Unidos y la posterior gira de tierra. Dentro de cuatro meses, cuando acabe Roland Garros, nos volvemos a leer. ¿Habrá dejado para entonces Juan Martín del Potro (1988) de ser el jugador más joven con un grande en su palmarés? Es un reto interesante. 


Novak Djokovic, Angelique Kerber y todo lo que nos dejó Wimbledon 2018

Novak Djokovic tras ganar la final masculina de Wimbledon 2018 Foto: Cynthia Lum / Cordon.

Han vuelto. Djokovic y Kerber, Kerber y Djokovic. El serbio ya había apuntado maneras en Roland Garros, perdiendo medio lesionado en cuartos de final, y se había quedado a un punto de ganar en Queen’s, pero pocos esperaban que consiguiera su cuarto triunfo en Wimbledon y el decimotercero en un torneo de Grand Slam. Igual que Federer y Nadal fueron el relevo de Djokovic, Djokovic lo ha sido del suizo y el español, que venían de repartirse los seis últimos grandes. De hecho, Nole fue el semifinalista más joven de esta edición a sus treinta y un años, pero de eso hablaremos —de nuevo— un poco más tarde.

En cuanto a Angelique Kerber, dominadora absoluta del circuito en 2016, se apunta su tercera gran corona derrotando ni más ni menos que a Serena Williams en la final, un plus. Para la estadounidense queda el dato casi heroico de haber sido finalista con casi treinta y siete años y después de disputar solo cuatro torneos desde que ganara la edición 2017 del Open de Australia. Si no es la mejor tenista de todos los tiempos, desde luego lo parece. Son ya veinte años de éxitos sin apenas decepciones de por medio. Llega el momento de analizar un torneo algo previsible pero que nos dejó partidos para el recuerdo.

1- Empecemos por el cuadro masculino y por el campeón: Novak Djokovic. Cuando logró completar a su manera el Grand Slam en 2016 —ganó los cuatro grandes seguidos, aunque no en el mismo año natural— pocos dudaban de que la cosa no iba a quedar ahí y que pronto superaría a Federer y a Nadal en la lista de tenistas más laureados. Por entonces, el serbio llevaba doce majors por catorce del español y diecisiete del suizo. Dos años después, Nole se presentaba en Londres con solo una final disputada en este periodo —el US Open de 2016, con derrota ante Wawrinka—, después de una molestísima lesión de codo, tras haber cambiado varias veces de entrenador y con una edad —treinta y un años— a la que las resurrecciones solían ser misión imposible. Mientras él seguía anclado en los doce grandes, Nadal ya sumaba diecisiete y Federer, veinte. No era exactamente un «ahora o nunca», pero los expertos tampoco parecían dispuestos a esperarle mucho más.

2- Ahora bien, lo consiguió. Pasó rondas ante rivales como Edmund o Nishikori sin atascarse más de lo aconsejable y viéndose relegado en ocasiones a la Pista 2, hasta que llegó a la semifinal contra Rafa Nadal. Después de años y años de dominio serbio, Nadal había ganado los dos últimos enfrentamientos y partía como número uno del mundo. Una victoria del español habría consolidado una tendencia más que peligrosa para Novak. El partido fue un espectáculo en todos los sentidos, probablemente el mejor del año: a la tensión del momento se le sumaron dos jugadores en estado de gracia y una emoción superlativa. Dos veces estuvo a punto Nadal de romper el servicio de Djokovic y sacar para ganar el partido pero fueron las dos únicas en las que no pudo conseguirlo. Nole aguantó y aguantó, y de repente se encontró con un 9-8 a favor y 0-40 sobre el saque del balear. De las tres oportunidades, le sobraron dos.

3- En cualquier caso, a Nadal poco hay que reprocharle: se pasó cinco horas en la pista contra Djokovic, divididas en dos días, después de jugar durante otras cinco horas contra Juan Martín del Potro en cuartos de final. Todo esto, a los treinta y dos años y después de la paliza que se pegó en primavera durante la gira de tierra batida. Tampoco jugó a su favor el hecho de que el partido se disputara con el techo cerrado. El español se medio quejó, con esa manera suya de «decir pero no decir pero a la vez decir». Wimbledon es un torneo al aire libre, así está catalogado, y así debería haberse jugado. Otra cosa es que sea justo que los cuatro torneos del Grand Slam sean en cubierto, que igual no lo es.

4- Una vez más, la resistencia mental de Nadal destacó sobre la de todos sus competidores. Es un atleta extraordinario en ese sentido. No sé si el mejor de la historia, pero por ahí debe de andar. No se rinde nunca, bajo ningún concepto y hace fácil lo difícil: ganar los puntos que cuentan. Si el partido ante Djokovic se fue a cinco sets y estuvo tan cerca de ganarlo fue por una sencilla razón: mientras el serbio había amenazado con el break en nueve de sus saques, consiguiéndolo solo en tres, él rompió las cuatro veces que tuvo oportunidad. Es cierto que esta fiabilidad le falló en el momento clave, pero para llegar al momento clave hay que pasar por muchas etapas antes y esas etapas también cuentan.

5- Hemos dicho que la semifinal entre Nadal y Djokovic fue la verdadera final porque la final duró más bien poco: Kevin Anderson llegó completamente agotado después de su maratón del viernes ante John Isner, con un 26-24 incluido en el quinto set y más de cien aces entre ambos jugadores. El partido reabrió el debate sobre la necesidad de acortar estas quintas mangas con un tie-break, como ya hacen en el US Open. Tiene toda la lógica del mundo, porque pasarse casi siete horas sacando y sacando no parece lo más sensato. Quizá se podría buscar un término medio, como ampliar ese posible tie-break a diez puntos o realizarlo a partir del 8-8 o incluso el 10-10.

6- Sea como fuere, a Anderson le pasó factura el esfuerzo y apenas fue competitivo en la final. Era de esperar porque el sudafricano tampoco es ningún niño, aunque extrañó la diferencia en condición física teniendo en cuenta que Djokovic también se había pasado cinco horas y media en pista ante Nadal, acabando menos de veinticuatro horas antes. El torneo de Anderson fue majestuoso, en línea con lo que está siendo su inesperada segunda juventud. Apoyado en su saque, como siempre, derrotó en octavos a un sólido Gaël Monfils, que venía haciendo su mejor torneo en Londres, y fue capaz de remontarle dos sets en contra a Federer en cuartos de final, sin duda la gran sorpresa del campeonato.

7- Nos paramos ahí un momento porque la oportunidad lo exige. Federer no solo cedió una ventaja de dos sets a cero por solo quinta vez en su carrera, sino que perdió el partido después de tener match point a favor en el tercer set. Según apunta @OnlyRogerCanFly basándose en las estadísticas del mítico foro Tennis Warehouse, esta es la vigésima vez que algo así sucede. Si aún no sabe si veinte veces son muchas o pocas, cabe decir que a Djokovic solo le ha pasado tres veces en su carrera, a Murray cinco y a Nadal, siete, aunque cuatro de ellas son anteriores a 2006.

Roger Federer en el partido contra Kevin Anderson. Foto: Kevin Quigley / Cordon.

8- Tras el partido, Roger afirmó en rueda de prensa que era una derrota muy dura: «Lo mismo tardo meses en recuperarme como me olvido a la media hora». Ver el nivel de Djokovic de alguna manera le habrá aliviado. Aunque Federer empezó el torneo de maravilla —llegó a sumar treinta y cuatro sets ganados de manera consecutiva si sumamos los de 2017—, la derrota ante Anderson no fue una casualidad: le habíamos visto torpe en Stuttgart, aunque se llevara el título, y algo incómodo en Halle, aunque llegara a la final. Está a días de cumplir treinta y siete años y, por muy campeón vigente que fuera del torneo, esa es una edad a la que es un poco injusto que te exijan la victoria. Viendo que no hay relevo digno de tal nombre, las posibilidades de Federer de seguir ganando grandes y luchando por el número uno dependerán exclusivamente de si Djokovic vuelve a su nivel de hace dos años.

9- Hemos pasado muy de puntillas por la actuación de John Isner y es un poco injusto, pero también es reflejo del nivel actual del circuito: que un jugador así haya ganado este año en Miami y dispute una semifinal de Wimbledon cuando debería haber empezado su declive indica que el nivel medio es mucho más bajo que hace cinco o diez años. Isner sigue siendo el jugador que siempre ha sido: un gran sacador, con un revés cortado decente y una derecha errática. En toda su carrera eso no le había servido más que para llegar a cuartos de final del US Open de 2011. Encontrárselo en semifinales sobre hierba es hasta cierto punto decepcionante, por mucho que nos alegremos por él.

10- Isner se impuso en cuartos de final a Milos Raonic, que pese a sus lesiones sigue dando guerra en Wimbledon año sí y año también. El canadiense, a sus veintiocho años, era el más joven de los ocho cuartofinalistas. De la tan esperada next generation solo cumplieron Stefanos Tsitsipas (perdió en octavos), Karen Jachánov (también en octavos) y Álex de Miñaur, que cedió en tercera ronda ante un avasallador Rafa Nadal. El resto, un desastre: Borna Coric, ganador en Halle, perdió en primera ronda ante Daniil MedvedevDominic Thiem se retiró lesionado también en primera ronda contra Marcos Baghdatis; Denis Shapovalov se quedó en segunda ronda ante un rival —BenoîtPaire— con el menisco desgarrado, y Francis Tiafoe cayó en tercera ante el citado Jachánov después de ceder dos sets de ventaja. Tampoco duró mucho más la aventura del ruso, que cedió en tres rápidas mangas ante Djokovic en octavos.

11- La gran decepción del torneo fue sin duda, una vez más, Alexander Zverev. Cabría esperar de su actuación en Roland Garros, con unos batallados cuartos de final, que por fin el alemán empezara a demostrar su talento en un grande, pero habrá que esperar al menos dos meses más. Zverev ya estuvo a punto de perder en segunda ronda ante Taylor Fritz y al final lo hizo en tercera frente al renacido Ernests Gulbis. Es imposible saber qué pasa con este chico. Ha ganado torneos importantes en tierra, en dura y en hierba… pero solo ha pasado una vez de tercera ronda en un Grand Slam. En cuanto a Gulbis, habrá que ver si ha sido flor de un día o si su recuperación va en serio. Sería una excelente noticia.

12- En el terreno negativo, destacaron también Grigor Dimitrov y Marin Cilic. Dimitrov perdió en primera ronda ante Stanislas Wawrinka. Si fuera sobre tierra y en 2015, lo entenderíamos, pero Wawrinka nunca ha destacado sobre hierba y en 2018 está casi retirado del tenis por sus continuas lesiones. Todos los avances del búlgaro el año pasado, incluyendo su Masters 1000 y las World Tour Finals, parecen haberse quedado en nada. Por su parte, Cilic, finalista el año pasado y campeón diez días antes en Queen’s, cedió contra el argentino Guido Pella en segunda ronda. Una enorme ocasión perdida para el croata, que al menos tuvo todo el tiempo del mundo para ver el Mundial a gusto.

13- En nuestra sección «¿Qué hacemos con Nick Kyrgios?» de nuevo tocan lamentos. Perdió en tercera ronda contra Nishikori después de enfrentarse públicamente con Marion Bartoli, la campeona de 2013. La francesa le reprochaba su actitud excesivamente despreocupada en pista y Kyrgios decidió burlarse de ella en Twitter. Todo venía a cuento de la multa de quince mil euros que le puso la ATP por fingir que estaba masturbando una botella durante las semifinales del torneo de Queen’s. Los esfuerzos de Kyrgios por convertirse en una continuación de Bernard Tomic no dejan de ser preocupantes.

14- Por cierto, Tomic se apuntó a la previa, se sacó su plaza en el cuadro principal, ganó un partido e incluso le arrebató un set en segunda ronda a Kei Nishikori. También ganó un partido —es decir, más que Dimitrov y Coric juntos— el veteranísimo Ivo Karlovic, que a sus cuarenta años parece más fuera que dentro del circuito. Lo de Karlovic fue especialmente doloroso porque cayó a continuación ante Jan-Lenard Struff después de cinco sets y un 11-13 en el quinto, incluyendo punto de partido a favor. En el camino dejó sesenta y un aces, la segunda mejor marca del campeonato después de los sesenta y cuatro de Isner ante Ruben Bemelmans.

15- Los españoles. Aparte de las semis de Nadal, lo único mínimamente celebrable fue el récord de Feliciano López de torneos de Grand Slam consecutivos disputados (sesenta y seis, desde Roland Garros 2002). La fiesta duró un partido porque en segunda ronda cayó contundentemente ante Del Potro, que cuajó un excelente torneo. Ferrer, Ramos, Carreño y Verdasco cayeron en primera ronda. García-López y Feliciano, en segunda. A las chicas no les fue mucho mejor.

Angelique Kerber en el momento en el que se proclama vencedora de la categoría femenina de Wimbledon 2018. Foto: Cynthia Lum / Cordon.

16- Vamos, pues, al cuadro femenino. Angelique Kerber estuvo fantástica durante todo el torneo. Ya el año pasado estuvo más cerca de lo que pareció de haber logrado un buen resultado, pero se le complicó el partido contra Muguruza cuando parecía tenerlo controlado y al final ella se quedó en octavos y la española acabó levantando el trofeo. Este año se aprovechó de la masacre de favoritas —de entre las diez primeras cabezas de serie, solo Karolina Pliskova llegó a octavos de final y ahí se quedó— para conseguir su tercer grande tras los triunfos en Australia y el US Open de 2016. Lo más impresionante de su victoria fue la manera de manejar a Serena Williams en la final. Una cosa es ganar a Serena y otra cosa es arrollar a Serena. Lo segundo está al alcance de muy pocas.

17- Por cierto, la menor de las Williams entró en el torneo rodeada de dudas: hundida en el puesto 181 de la WTA después de un año y medio casi sin competir por su reciente maternidad, tras tener que retirarse de Roland Garros con una lesión en el pectoral y con turbios problemas con la USADA, pocos confiaban en que la estadounidense fuera capaz de llegar tan lejos. La suya es una historia increíble. Ganó su primer grande en los años noventa y creo que eso lo dice todo. Es cierto que se benefició de un cuadro muy asequible, pero, como siempre digo en estos casos, la culpa no es suya, sino de quien pierde antes de que ella gane.

18- Gran torneo el de Jelena Ostapenko, que llegó a semifinales con cierta contundencia después de un decepcionante Roland Garros. La letona apenas le dio guerra a Kerber, pero se va consolidando como una jugadora hábil en todos los terrenos pese a su juventud. También destacó Julia Görges, aunque dio la sensación de que en la semifinal contra Serena podría haber hecho un poco más, como sí hizo Camila Giorgi en cuartos, por ejemplo. En cuanto a las sorpresas positivas, recalquemos la de Kiki Bertens, que por fin rompió el muro de los octavos de final sobre hierba.

19- En cuanto a sorpresas negativas, todas las que quieran: Kvitova, Sharapova, Caroline García, Sloane Stephens y Elina Svitolina perdieron en primera ronda; Muguruza y Wozniacki lo hicieron en segunda; Halep, Mertens, Barty, Keys y Venus Williams se quedaron en tercera. También cayó en dicha ronda Carla Suárez Navarro, pero me temo que tampoco se esperaba mucho más de ella en este torneo.

20- Nos quedamos con Garbiñe Muguruza por aquello de que era la campeona vigente y que venía de hacer semifinales en Roland Garros. Cayó ante Alison van Uytvanck de la manera más inopinada, después de ganar el primer set y sin oponer resistencia en los dos siguientes: 6-2 y 6-1. Digo ahora lo mismo que dije después de Roland Garros. Hablamos de una mujer que ya ha ganado dos grandes y que ha sido número uno del mundo. Todo lo que venga de más será un regalo y así habrá que tomarlo.

21- El momento emotivo de la quincena lo protagonizó la propia van Uytvanck cuando, después de vencer en tercera ronda a Anett Kontaveit, se lanzó a las gradas para besar a su novia, la también profesional Greet Minnem. Ver a dos mujeres besándose en una pista de tenis debería ser lo más normal del mundo, pero desgraciadamente no lo es. Que se recibiera, en medio de las manifestaciones del orgullo gay en todo el mundo, con alborozo es una excelente noticia. Sobre todo porque para ella fue importante, que es lo que cuenta. Hay que tener en cuenta que hablamos de un deporte en el que la jugadora con más títulos de Grand Slam —Margaret Court-Smith— es una conocida homófoba.

22- ¿Qué pasa con Elina Svitolina? No hablo ya de sus resultados deportivos, que son más que preocupantes, sino de su aspecto físico. Ha perdido muchísimos kilos en pocos meses o eso parece y uno empieza a preguntarse si no habrá algún tipo de enfermedad detrás de un proceso que sin duda está afectando a su tenis. La rusa no parece excesivamente preocupada, así que esperemos que la cosa quede en nada y pueda recuperar su mejor nivel cuanto antes.

23- Una de las grandes alegrías del cuadro femenino fue volver a ver a Belinda Bencic disfrutando del tenis y jugando a un gran nivel. Aunque ya no nos acordemos, Bencic llegó a ser top ten hace apenas un par de años y desde entonces no se ha vuelto a saber de ella, afectada por una plaga de lesiones. En Londres recuperó su versión más ilusionante, derrotando a García, Riske y Suárez antes de caer contra la campeona en octavos y dando guerra. Confiemos en su recuperación. También sorprendió gratamente Eugénie Bouchard, de la que tanto se había hablado para mal últimamente y que se apuntó a la previa, consiguió pasar al cuadro principal y ganó su primer partido antes de caer frente a Ashleigh Barty. Esta semana, de nuevo a los torneos ITF.

24- En cuanto a las demás categorías, breve recuento de ganadores y ganadoras: Mike Bryan se impuso en el dobles masculino, pero sin hacer pareja con su hermano, sino con su compatriota Jack Sock, cuya crisis en individuales sigue vigente desde que se impusiera en el Masters 1000 de París. En los dobles femeninos ganaron las checas Barbora Krejcikova y Katerina Siniakova. Los dobles mixtos fueron a manos de Alexander Peya y Nicole Melichar, que derrotaron en la final a los grandes favoritos, Jamie Murray —el hermano de Andy— y Victoria Azarenka.

25- ¿Quieren mirar al futuro con un poco de esperanza, visto lo visto? Bien, apunten de nuevo el nombre del taiwanés Tseng Chun-hsin, el mismo que ganó en Roland Garros y fue finalista en Australia. Llegó a la final sin ceder un solo set y acabó derrotando al local Jack Draper, que estaba ante la posibilidad de ser el primer británico en ganar la competición júnior desde 1962. Tseng tiene dieciséis años y un futuro esplendoroso por delante. Sobre todo porque, para cuando empiece a ser competitivo, igual Federer, Nadal y Djokovic ya han decidido retirarse… En el júnior femenino, la campeona fue la polaca Iga Swiatek, una apasionada de Jane Austen a sus diecisiete años. Toma así el relevo de las hermanas Uwe y Agnieszka Radwanska, que no están pasando precisamente por su mejor momento como profesionales.


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.