Nacho Carretero: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

La lista de Schindler porta dos etiquetas: está dirigida por Steven Spielberg y triunfó en los Oscar. Por lo demás, es una obra maestra del cine. No es que relacione al director estadounidense y a la gala de Hollywood con el mal cine (al menos no como norma), pero ambas señas apartan a la película de cualquier circuito cinéfilo-esnob. Es imposible erigirse en gran conocedor del séptimo arte más profundo y alejado de lo comercial poniendo sobre la mesa este filme. Por suerte, no es el propósito de este texto.

La obra de Spielberg (estrenada en 1993) se sitúa en el selecto grupo de películas que logran representar con realismo palpable un episodio histórico, en este caso el exterminio de los judíos en Europa por parte de los nazis. Spielberg nos acerca una historia extraordinaria hasta convertirla en normal. Es esta normalidad la que distingue La lista de Schindler de cualquier otra película de su trillado género y hace que la narración nos golpee con la crudeza de la empatía.

Cuando estudiamos estos fragmentos extraordinarios de nuestra Historia, solemos asimilarlos como compartimentos estancos desvinculados del presente y de nuestra realidad. Solo a veces, pocas, saboreamos la punzante lucidez de comprender que aquello de lo que tanto hemos oído hablar no es solo un capítulo histórico, antiguo, en blanco y negro, con personajes que pululan entre lo real y lo imaginario, sino que es un suceso que tuvo lugar en sitios normales, con personas normales y que, en realidad, no están tan lejos ni en el espacio ni en el tiempo. Esta sensación suele llegar a través del cine. Hay películas que agarran estas historias de biblioteca, de museo, y las ponen en el suelo, permitiéndonos entrar en ellas y tocarlas. En esencia, las sacan de nuestra imaginación y las introducen en nuestra consciencia, una maniobra que normaliza lo extraordinario y nos hace comprender, por primera vez, lo terrorífico de lo que se nos cuenta.

Para lograrlo, La lista de Schindler (adaptación de la novela de Thomas Keneally, El arca de Schindler) normaliza personajes y situaciones. Los judíos salen de los libros que los representan como supersticiosos habitantes de la profunda Centroeuropa y pasan a ser vecinos cualesquiera: familias burguesas comiendo en su salón u obreros yendo en bicicleta a trabajar. Los campos de concentración abandonan su condición de lejanos y terroríficos escenarios y se convierten en barracones donde nadie se explica qué está pasando y los rumores circulan descontrolados. La tortura a los judíos ya no es una narración que los muestra vestidos a rayas trabajando como esclavos, sino un lento y progresivo proceso de leyes y normas que los van marginando hasta encontrarse, casi sin querer, en campos de exterminio. Preguntas como por qué no se defendieron o cómo pudo llegar a suceder algo así quedan respondidas en el filme a través de la normalidad, de la cercanía, que despiertan la empatía y hacen que todo sea aun más terrible.

Bajo este realismo La Lista de Schindler habla de la infinita búsqueda de la identidad judía. Y muestra cómo no fue sino el peor de sus enemigos quien reforzó la identidad de los judíos y les empujó de forma definitiva a la condición de pueblo. Ascendiéndoles al escalafón de raza, los alemanes lograron una comunión —el sionismo— hasta entonces casi marginal. Ciudadanos polacos, alemanes, ucranianos, holandeses e italianos; burgueses y obreros; laicos y ortodoxos, pasaron a ser un solo ente: judíos. La película consigue materializar este concepto, el concepto de que en Europa vivía un pueblo sin estado que fue liquidado, algo que, de nuevo, ayuda a acercar lo ocurrido aquellos años al día de hoy. El propio Steven Spielberg admite que fue durante la escritura y rodaje del filme cuando fue verdaderamente consciente de su condición de judío. Su historia es, tal vez, la de todo el judaísmo.

La película, en fin, te invita a coger un vuelo barato, plantarte en el centro de Europa y buscar qué queda de los millones de familias judías que vivían allí como cualquier otro vecino. El discurso del comandante de las SS Amon Goeth la noche antes del exterminio del gueto de Cracovia —con imágenes cotidianas de fondo de ciudadanos judíos comiendo, durmiendo o trabajando sin sospechar el horror que se les viene encima— condensa este mensaje y, de paso, recuerda que lo que nos encontraremos al aterrizar en el centro de Europa es nada, ni rastro. Que el exterminio salió bien.

Hoy es un día histórico. El día de hoy será recordado. En años venideros, los jóvenes preguntarán con asombro acerca de este día. El día de hoy hará historia y vosotros seréis parte de ella. Hace 600 años, cuando en todas partes les culpaban de la peste negra, Casimiro el Grande —así le llamaban— invitó a los judíos a venir a Cracovia. Vinieron, trajeron sus pertenencias a la ciudad, se instalaron en ella. Se afianzaron y prosperaron en los negocios, la ciencia, la educación, las artes. Llegaron sin nada. Sin nada. Y florecieron. Durante seis siglos ha habido una cracovia judía. Pensadlo bien: esta noche, esos seis siglos serán sólo un rumor. Nunca ocurrieron. Hoy es un día histórico”.

La secuencia final del filme nos muestra a los trabajadores de Schindler en el suelo, descansando, ya libres, tras haberse declarado la rendición de Alemania. Un solitario oficial ruso llega a caballo hasta ellos y los judíos, supervivientes gracias a Schindler, le preguntan a dónde pueden ir. El oficial les responde: “No vayan hacia el Este, eso seguro. Allí les odian. En su lugar yo tampoco iría al Oeste”. “Necesitamos comida”, le replican. “¿No hay un pueblo hacia allí?” El oficial señala hacia el sur. A continuación la secuencia muestra a los trabajadores caminar alineados en esa dirección, hacia ese pueblo señalado por el oficial ruso. La imagen se funde con otra igual, esta vez en color y con los supervivientes reales (ya no actores) de aquel episodio. De fondo suena Yerushalayim Shel Zahav (Jerusalén de oro), himno oficioso de Israel. No se trata de propaganda: la secuencia logra, una vez más, unir pasado y presente, sacar de la teoría aquel capítulo de la Historia y vincularlo a la práctica de nuestra realidad. Aquel pueblo señalado por el oficial es Israel y la realidad judía e israelí que leemos cada día en los periódicos tiene relación con lo sucedido entonces, como una secuencia en blanco y negro antigua que se convierte en otra en color actual.

El colofón de la película, además de su fotografía y la celebrada secuencia de la niña del abrigo rojo como representación del horror, es el actor Ben Kingsley. Interpreta a Itzhak Stern, el contable de Schindler. Como el propio Schindler, el personaje va completando un arco de transformación que arranca en el miedo y las dudas ante la frialdad de un Schindler que solo piensa en el dinero, y termina en la implicación total y absoluta por salvar cuantas más vidas judías mejor, ayudando a un Schindler ya altruista. Stern, siempre correcto y educado, culto y cortés, rechaza durante toda la película los tragos que le ofrece Oskar y solo cuando va a ser deportado a Auschwitz se decide a compartir un chupito con su patrono. Lo curioso es que la escena cumbre, en la que Schindler dicta los nombres de los judíos que formarán parte de su lista mientras Stern escribe apresuradamente a máquina, nunca tuvo lugar, al menos no así. Tampoco el memorable momento en el que la lista es terminada, Stern la alza y susurra: “Esta lista es el bien absoluto, es la vida. Más allá de sus márgenes se abre el abismo”. Kingsley no recibió el Oscar por su interpretación, lo que revaloriza un poco más su trabajo.

Sobre identidades —aunque en un tono de humor— también habla Nigel Barley en el libro que leería durante la emisión de La lista de Schindler. Se trata de El antropólogo inocente.

Nigel Barley es un antropólogo británico que en 1983 decidió compartir dos años de su vida con la tribu de los Dowayos, en Camerún. El hilarante resultado de su experiencia es un libro que golpea los cánones de la antropología de aquel tiempo mediante una ironía de maestro. Barley va destrozando todas las pautas con las que partía desde Londres para convivir con los dowayos: no logra encajar, no consigue aprender el idioma, sale de un malentendido para meterse en otro… “A las tres semanas de llegar lo único que sabía era que me había propuesto aprender una lengua imposible, que no había Dowayos en la aldea y que me encontraba débil y terriblemente solo”. El libro, incrustado permanentemente en la flema británica, huye de cualquier atisbo de superioridad, baja al antropólogo del atril desde el que observa a la tribu y se iguala para describir situaciones y desencuentros que, pese a la carcajada que provocan, reflejan descarnadamente el abismo que separa al autor británico del aldeano africano.

El antropólogo inocente habla de antropología, es antropología, pero no se parece en nada a un libro de antropología. Se trata, más bien, de un diario de abordo basado en una herramienta infalible: Nigel Barley se ríe permanentemente de sí mismo. Y lo hace sin rastro de burla, sin ni siquiera intención de hacer reír: él es antropológo, no humorista. La secuencias más hilarantes del libro pasan por ser meras descripciones de un observador aparentemente inocente, inconsciente del acierto irónico con en el que explica las cosas.

Lo que a continuación sigue es la descripción de una discusión entre una pasajera que quiere que su hija no pague billete y el revisor que trata de impedirlo en un tren que atraviesa Camerún, ante la mirada —inocente— del autor:

“… Seguidamente, y pese a las constantes protestas de la mujer, el empleado nos deleitó con una lectura detallada del reglamento. Continuaron dándole vueltas y más vueltas al asunto con la falta de pragmatismo que caracteriza todas las discusiones africanas.

—Conozco a un director de ferrocarril. Haré que lo despidan

—Mi hermano es inspector de inmigración. Haré que la deporten.

—¡Salvaje!

—¡Puta!

Se enzarzaron entonces en una indecorosa riña (…) Había llegado el momento del dogmatismo y, no sin dificultad, me levanté. Al parecer, la mujer temió que intentara asaltar a su hija y se interpuso entre nosotros de un salto blandiendo los puños. Aprovechando la distracción, el empleado la agarró por detrás y tiró de ella hacia el pasillo vociferando. Llegados a este punto, se congregó un numeroso público, formado principalmente por policías de viaje que lo observaban todo con serena indiferencia mientras otros espíritus más belicosos jaleaban a los combatientes.

En cuanto a mí, me alejé cojeando pasillo abajo, donde encontré casi todas las literas vacías y elegí una al azar. El empleado consideró mi acción un vil abandono y me castigó con una perorata sobre la opinión que le merecían los libaneses hasta que le di una propina para que se fuera. (…) A la mañana siguiente, mientras entrábamos en Yaoundé, el empleado se afanaba por impedir que la mujer encontrara un mozo en tanto ella pretendía echarle un vaso de agua por encima”.

Barley recibió (y recibe) críticas por, dicen, fijar estereotipos en su relato. Y aunque en ocasiones utiliza expresiones o términos algo impropios de su categoría académica, el resultado global es un profundo estudio del comportamiento humano. Aunque haga reír.


Pensar la muerte

A la gente le acojona morir. Podríamos terminar aquí el artículo pero no. Pese a tratarse de un terreno intransitable para el ser humano, la muerte no es un completo desconocido. Qué duda cabe de que la posibilidad de adentrarnos más allá supone un imposible, poco más que un terreno fantástico con el que tratamos de construir, de la pura nada, un mundo complejo y completo tan apañado y calentito como el de aquí.

Quisiera a pesar de ello intentar extraer algo positivo de este triste fenómeno vital (perdón), posiblemente el más determinante en la existencia tras el matrimonio, la paternidad y lo que queda entre ambos. Y ya me entendéis.

Curiosamente estos tres acontecimientos son, junto a algún otro, los más frecuentes motivos de celebración en las sociedades humanas. No sólo como fiesta, sino como hecho extraordinario. Como en los distintos capítulos de un libro, tienen que darse circunstancias que marcan el desarrollo y hacen avanzar la acción, dividiéndolo en tramos significativos y dotando la historia de un sentido. Y ninguna historia queda finiquitada hasta que se acaba. Perdón otra vez.

El caso es que las personas hemos ideado diferentes formas de señalar el tránsito de una etapa a otra mediante ritos de paso. Ritos y ceremonias que representan la transformación simbólica que se opera cuando alguien abandona una de estas etapas (infancia, adolescencia, soltería, etc), quedando entre ellas pequeñas oquedades de indefinición, de vacío (como lo que hay al otro lado) conocidas como liminares, para ingresar en la siguiente. La problemática del análisis de la muerte desde esta perspectiva aparece cuando no somos capaces de concebir que haya una estancia sucesiva al último tramo de este recorrido, la vida, a no ser que sea mediante el recurso de la ficción. Aparece aquí entonces una creencia popular entre la gente (es decir nosotros, ateos, materialistas, llámese como se quiera) que si bien sirve como explicación a priori para justificar las creencias religiosas en el más allá no termina de ser del todo convincente: la de la superstición como una forma de consolarse ante la inevitabilidad de la muerte.

La muerte de los vivos

Hijos míos, en vez de una herencia os lego por escrito mi alma.
Sólo se piensa en la muerte mientras se puede escapar de ella.
Jules Renard, Diario

Hay dos factores que determinan nuestra forma de pensar la muerte hoy en día. La primera es sin duda es el desmoronamiento del paradigma metafísico y la agonía de las creencias religiosas en el mundo desarrollado. La segunda, aunque parezca una estupidez, es el fuerte individualismo de los valores occidentales.

Del primero depende nuestra incapacidad para apreciar —quizá incluso para comprender— el sentido de la vida ultraterrena. Estamos heridos de empirismo, las directrices de la racionalidad prohíben siquiera concebir un hecho que queda tan lejos de cualquier tipo de comprobación, por no decir de las leyes de la lógica. Por lo que a nosotros respecta el más allá es un dominio intransitable, áporos, que ni tan siquiera cuenta con la enmienda intuitiva de la ficción científica; civilizaciones desconocidas en planetas remotos o dimensiones alternativas a las que llegaríamos atravesando agujeros de gusano o plegando el continuum espacio-tiempo gracias a la especia oráculo.

Del segundo depende un aspecto mucho más llamativo de la forma en que concebimos la existencia como es la reorganización de la sociedad cuando uno de sus componentes es dado de baja.

Con esto quiero decir que la muerte, al contrario de lo que solemos creer —desde ese punto de vista como decimos, individualista— no se celebra como una forma de honrar al difunto, ni siquiera —o al menos en exclusiva— como una válvula de escape de emociones dolorosas o catarsis para los deudos, sino que es el instrumento gracias al cual el resto, los que siguen con vida, se reafirman como colectividad.

Existe una fuerte relación entre religiosidad e identidad colectiva. No sólo porque el credo funcione como un perfecto marcador étnico —de los cristianos frente a los musulmanes o los judíos, del Yo ante el Otro— sino que a menudo las creencias se presentan enredadas con otras manifestaciones de la unidad.

No es el mardi gras

Uno de los éxitos del cristianismo consistió en desligar este sentimiento de pertenencia de un colectivo más estricto, más cerrado, para extenderse a todos aquellos que aceptasen la palabra del profeta y respetar las directrices de la Iglesia. No olvidemos que su surgimiento como institución estuvo vinculado a Roma, un imperio que hizo gala de una gran facilidad para fagocitar pueblos ajenos a su sustrato original. Al contrario que la Grecia ática, poseedora de una vara de medir más firme, que educaba y enculturaba a sus miembros en la helenidad a través de la paideia, Roma se extendió a lo largo del continente con ánimo universalista. A la estratificación naturalista de los griegos los romanos antepusieron la clase social, el patrimonio y la ideología de la sangre. Puede parecer que en los dos casos se trataba de formas definidas ad hoc de someter y dar por culo al prójimo, lo cual es hasta cierto punto cierto, pero con sus matices.

Las ideologías —y uso el término en su acepción más amplia— tienden a ser percibidas en su uso cotidiano como construcciones contingentes, fruto de una mente en particular y difuminada posteriormente a través de mecanismos de propaganda que convencen a la población de su idoneidad. En este punto se hace necesario recordar que toda ideología representa un conjunto de intereses y aparece en contextos en los que da solución a un problema práctico, generalmente en lo relativo al reparto de los recursos dentro de las poblaciones. Frente a la visión de un mensaje publicitado que es aceptado o rechazado hay que reconocer su carácter legitimador del orden social. Son cosmovisiones de grupos sociales determinados y que justifican una forma de hacer y pensar la existencia.

Esta utilidad es bastante evidente en la Edad Media, cuando la vida no era más que un mero examen de acceso al club de los escogidos en el más allá y cuyo éxito dependía de la obediencia demostrada hacia el clero —la burocracia y el primer estado europeo en sentido estricto— y la nobleza; el poder político y militar.

El tratamiento de la muerte, la tanatopraxis, sigue aquí el mismo patrón legitimador de la estructura de poder sostenida por la Iglesia y los feudos. El enterramiento y el ceremonial previo a la inhumación aparece envuelto en un complejo ritual destinado a disolver al individuo en la “masa cristiana”. Los cuerpos, arrojados al montón sin distinguir entre los hombres que fueron antes de la defunción, como piezas de una obra superior en la que no hay lugar para que nadie destaque, a menos que su vida ofrezca material para un capítulo mitológico a la manera de la vida de los santos, fuera del osario.

Philippe Ariès relató la transición de este imaginario cristiano medieval a orden burgués, en el que la muerte pasa a convertirse en un fenómeno privado, casi vergonzoso, cuya aflicción debía sepultarse bajo el manto de la convención. La celebración colectiva catártica —la de las fiestas de todos los santos— dio paso a un tipo de memoria mucho más individual y familiar, en el que el objetivo de los rituales (la restitución de una ofrenda floral o las misas de los muertos) se volvió hacia el cultivo doméstico del recuerdo de los seres queridos. Esta conversión sería guiada por los nuevos técnicos surgidos del desarrollo de la ciencia médica, el enterramiento en jardines apartados, la construcción de nichos y —muy posteriormente— la moderna práctica tanatológica.

Ariès nos permite entender la forma en que los objetivos del tratamiento a los muertos acompaña a la corriente de pensamiento dominante, ajustándose a ella y evitando el conflicto con el poder.

La muerte de todos y el culto a los antepasados

El tratamiento dado a la muerte (y a los muertos) cambia si nos desplazamos a otros lugares. En África o Latinoamérica, en el seno de algunas culturas animistas o sincréticas en las que el cristianismo se ha mezclado con la religión local, la celebración de la muerte sigue teniendo un carácter grupal y es inseparable de la cultura común a todos los integrantes de ese grupo.

Entre los yoruba, en Nigeria, existe una fiesta anual llamada egungun equivalente a nuestro día de todos los santos, que todavía no ha perdido su carácter sacro y étnico. Es decir, la celebración en sí no es un canto o un recuerdo a los muertos allá donde estén, sino de los muertos yoruba. Es ante todo un acontecimiento que permite honrar a los antepasados yoruba, aquellos que han dejado el mundo terrenal para pasar a engrosar un capitolio de almas —y perdón por ser tan reiterativo— yoruba.

Yoruba enmascarado en el egungun

Posiblemente el culto a los muertos sea una de las formas más antiguas de religión. El antepasado, ese ser que ya no está ahí físicamente, no se esfuma sin más, sino que se añade a todos aquellos que vinieran antes que él. O, por decirlo de otro modo, se incorpora al bagaje de la cultura, la tradición, un cuerpo de creencias, normas y costumbres heredado y que forma parte de la colectividad en tanto colectividad. De la misma forma que a nosotros se nos enseña a respetar a nuestros mayores en virtud de su experiencia y del ascendiente que tienen sobre los jóvenes la enculturación religiosa muestra la virtud de lo ya dado, de lo establecido previamente, el statu quo que tendría su fundamento último en el grupo de ancestros. La vida cotidiana quedaría así relegada al ámbito de lo profano en oposición a lo sagrado usando la terminología de Émile Durkheim, certificándose de esta manera la separación definitiva entre los intereses individuales y domésticos y las obligaciones del grupo, al cual quedarían subordinados. Muerte, religión y orden social quedan vinculadas.

Venerar y honrar debidamente a los muertos en este contexto no es una cuestión simplemente emotiva y privada, sino un deber público y una confirmación de la unidad entre los miembros de la sociedad.

Los igbo de Nigeria se vuelven hacia el más allá varias veces a la semana. No sólo hacia el más allá como ultratumba, se entiende, sino hacia los ancestros que lo moran y a los cuales deben su existencia y su identidad.

Una de ellas es la ofrenda de agua y comida, que se arroja al suelo en señal de respeto, o con objeto de solicitar ayuda económica, suerte o salud. Semanalmente el jefe de la aldea repite la donación de forma algo más formal y una vez cada siete años se sacrifica un animal para ofrecerles su sangre rociando las figuras o las columnas de arcilla que los representan.

La tradición Igbo está grabada en las imágenes rituales y en su legislación, por llamarla de algún modo. Si se les falta al respeto, o si se insulta al antepasado de otro, las consecuencias pueden ser dramáticas a menos que se produzca algún tipo de reparación ritual. Cagarse en los muertos de un Igbo es cosa seria, amigos, ni se les ocurra.

Por supuesto esta presencia no es literal. A pesar de lo que nos gusta pensar de esos supersticiosos y ridículos salvajes, ningún Igbo cree que literalmente haya un tío segundo suyo muerto hace décadas bajo las pezuñas de una vaca acechando en la esquina dispuesto a freírle a capones si se salta la ley. Es algo más sutil, simbólico si lo prefieren.

Como se puede ver no se trata de recuerdos que conmemorar mecánicamente sino el tejido mismo de la ley de la sociedad. Los muertos, en este punto, están tan vivos como el agricultor que mira al cielo en tiempos de sequía o el hijo que pide consejo a sus mayores; definen lo que los Igbo son, lo que pueden y lo que no pueden hacer.

Entre los Warlpiri australianos esta influencia llega a delimitar las competencias y responsabilidades territoriales de los distintos patriclanes en los que se divide su pueblo. Los relatos mitológicos utilizados para transmitir su saber cuentan historias de peregrinaje salpicadas por hitos en los que Fulanito hizo esto sobre esa roca, Menganito se tendió en el suelo en aquella pradera de ahí. Estos Fulanito/Menganito serían los antepasados fundacionales de cada clan, los cuales estaban a su vez asociados a un animal totémico. Estas historias sirven para adjudicar a cada clan/tótem una porción del terreno del cual son supervisores honoríficos y de la cual, si bien no ostentan la titularidad como nosotros haríamos antes de acribillarlo a resorts y campos de golf, son responsables ante los demás Warlpiri. Esta clase de historias acerca del origen de los grupos y que definen las obligaciones de sus distintos segmentos recuerda en cierta medida los mitos fundacionales de los estados-nación, como los Reyes Católicos y el Cid Campeador (que cabalgara una vez muerto acojonando a los moros con su egregia presencia o por el hecho de ser un zombi, no se sabe) hicieran con este país nuestro que ahora mismo, mientras ustedes leen estas líneas, se está yendo a tomar por culo.

Dicho de otro modo, los muertos, antepasados, generaciones pretéritas, son el cemento con el que se construye la identidad colectiva y quienes dictan desde sus nichos quiénes somos y cómo hemos de vivir.

Las voces me lo ordenaron

Cualquiera que haya recibido una educación más o menos religiosa sabe que si algo obsesiona a los curas más que el sexo es la inmortalidad del alma, una entidad que yo personalmente suelo imaginarme como una nubecilla de colores con ojos, y que es lo que nos dota de vida e individualidad.

Este alma cristiano-platónica hace posible, por una parte, justificar el dominio del hombre sobre la naturaleza como ser “especial” provisto de una fuerza mágica emanada del creador. Por otra, permite explicar la variedad de mundos ultraterrenos y fenómenos extraños que animan la historia cristiana y, de paso, dar de comer a Íker Jiménez. Esto se hace a costa de lo que nos dicta la experiencia de la muerte, tan limitada ella; no permite inventar gran cosa. Sabemos que llegada cierta edad o en determinadas circunstancias los organismos dejan de funcionar, se rompen, y lo único que podemos hacer es deshacernos de sus restos.

Existe una vieja polémica acerca de la capacidad de nuestros ancestros biológicos para inventar historias de este tipo centrada principalmente en algunos rasgos del tratamiento que el homo neanderthalensis daba a sus difuntos. Yacimientos como el de la Chapelle-aux-saints en Francia o Dederiyeh en Siria muestran cómo ya por entonces los muertos eran merecedores de un tratamiento específico; enterramientos en fosas colocando los cadáveres en posición fetal, o con los brazos extendidos, cubiertos por una roca rectangular y con un trozo de pedernal en la caja torácica. Algunos paleontólogos no dudan en achacar este tratamiento singular a un emergente culto religioso (a los ancestros, los espíritus de la naturaleza u otro tipo de deidad) cuyo significado no está a nuestro alcance por razones obvias. Otros, sin embargo, prefieren entender este tipo de enterramiento como una forma de evitar la descomposición de los cuerpos para no atraer a los carroñeros. Puede parecer una cuestión irrelevante para lo que viene siendo este artículo, pero entiéndase el tipo de afirmación que podría desprenderse de estos fenómenos si concediésemos a estos enterramientos la categoría de enterramientos funerarios de carácter religioso. Sería como fechar en el Pleistoceno Medio la aparición de la creencia en una “cosa” invisible que hace rular la vida. Podemos inferir de este tipo de yacimientos (y de otros como los de Qafzeh o Skuhl) que la imaginación humana ya andaba disparada por aquel entonces, en un momento en el que la lucha por la supervivencia dejaba poco tiempo para inventarse chorradas.

Sea como sea, parece que este prototipo de alma caló, se difundió y brotó espontáneamente en otros lugares, trasladándose por la vía del orfismo a la filosofía griega, de ahí a Platón y finalmente a la Iglesia de Roma. Llegados a este punto la existencia real del ánima (curiosamente ejemplificada mediante un imán, lo que se dice un cacho de metal raruno con el que se cuelgan cartelillos en la nevera, por Tales de Mileto) parece una verdad asumida de la que no se duda a menos que se ande mal de la cabeza.

La muerte le sopla la nuca a Arnold Boklin

Y claro, si podemos hablar de una dualidad cuerpo-alma no hay motivo para no hacerlo con una pluralidad de elementos. Entre los Melpa de Papua Nueva Guinea existía la creencia en una duplicidad de esta forma de vida inmaterial. Por una parte nos encontramos con el noman, entidad motora del pensamiento consciente, que desaparece con el fallecimiento del cuerpo, disolviéndose en el vacío. Por otra el min o espíritu ancestral, que al contrario que el noman no se esfuma tras la muerte sino que migra, bien hacia la naturaleza misma, permaneciendo en forma de espíritu errante, bien encarnándose en un nuevo individuo.

El alma, si sobrevive al cuerpo, tiene que ir a alguna parte sí o sí. Creen los Trobriand que el baloma, su inquilino, vuela hasta la isla de Tuma, donde espera reencarnarse echando el rato como buenamente puede.

El culto vudú en su vertiente haitiana distingue entre el cadáver, el “angelote bueno”, el “angelito bueno”, la estrella y el alma propiamente dicha. La veneración de los caídos sirve a los propósitos de los vivos, acuden a su llamada. La división no es circunstancial sino que ayuda a distinguir entre los distintos propósitos de los practicantes.

Dualismos, pluralismos, son formas de identificar ese algo superior sagrado al cual sólo se accede gracias a los símbolos y el lenguaje aprendido en comunidad de familiares y amigos. A medida que nos movemos sobre el mapa y visitamos aquellos lugares en los que la muerte ocupa una posición privilegiada en la cultura cobramos consciencia, y lo hacemos con intensidad creciente, de las relaciones entre lo que queda de los muertos (ideal o físicamente en tumbas, amuletos, túmulos funerarios y restos conservados de todas las formas imaginables; Nigel Barley ofrece un completo muestrario en su divertido libro Bailando sobre la tumba) y lo que hacen los vivos.

Esta variedad de formas en las que el alma es representada en otras culturas dice mucho acerca de nuestras creencias en una esencia ajena al cuerpo (puede que incluso el rechazo del mismo como “cárcel del alma”, materia bruta prescindible y perecedera) y de la necesidad de fabular en torno a este desgraciado acontecimiento que es la muerte. Por su universalidad primero (porque de alguna forma habrá que acomodar la conmoción que provoca y esto sucede en todas partes), por su particularidad después (porque la imposibilidad de adentrarnos más allá del umbral ofrece tantas respuestas como permite la imaginación).

Nuestro modo de vida es completamente opuesto. Rara vez pensamos en la muerte hasta que empezamos a sentirla en la habitación o hasta que nos encañona en la sala de un hospital, momento a partir del cual comienza el calvario de la práctica médica invasiva, los morideros modernos, la respiración asistida y, en el peor de los casos, un ominoso desenlace aislados en una fría habitación lejos de nuestros seres queridos. Mientras tanto, fuera de este ecosistema médico, el mundo sigue girando haciendo sentir su grito de guerra: carpe emptionem.

No se entienda con esto que abogo por retrotraernos a una edad mítica, un pasado idealizado en el que la religión ofrece mentiras tan piadosas como útiles y todo el mundo es feliz de la hostia o al menos lo parece, pero sí creo que la manera en que se silencia la manifestación pública del duelo y la muerte reduciéndola a una simple “desconexión” del organismo contribuye a alimentar los peores instintos que nos ha traído la sociedad de consumo: egoísmo, desapego y soledad como virtud. Nadie nace solo ni aprende a leer, comer y defecar en la taza del wáter solo. ¿Por qué este empeño en pasar a mejor vida solo?

A pesar de todo hay que cuidarse de pretender ver en cada una de estos actos religiosos un signo de frustración y rechazo. El sentido del pesar profundo y la rebeldía ante el orden divino no puede ser la respuesta comodín de la que echar mano cada vez que nos enfrentemos a la muerte, y especialmente cuando ésta se produce en lugares alejados y en el seno de culturas tan distintas de la nuestra. Lo que pretendo decir con esto es que estas muestras etnográficas no son una prueba de la relativa igualdad entre todos los hombres cuando llega la parca y siempre como compensación o consuelo ante su inevitabilidad sino constatar la pérdida que en cierto modo hemos sufrido al querer ser átomos en un mundo insolidario y hostil en el que cada uno va a su bola. En este contexto la muerte es siempre anónima y estéril, un simple switch biológico incapaz siquiera de servir como abono para las generaciones venideras, que es como funciona en el entramado ritual y religioso del culto a los ancestros. ¿No ofrece más alivio y bienestar comprender el tránsito por este perro mundo y comprenderse a sí mismo como parte de una comunidad? Yo digo sí; prefiero que se coman mi cadáver y usen mis huesos para cocido, y aspirar a la condición de parterre familiar que buscar con ansia un lugar en la memoria colectiva pintando capillas, invadiendo Polonia o inventando bombillas de bajo consumo. Al fin y al cabo, lo que somos ahora, y esperemos serlo durante mucho tiempo (y llegados a este punto toco madera) se lo debemos a todos los que ahora mismo crían malvas sin saber de ellos siquiera si fueron héroes o villanos.


La mirada alienígena sobre nuestro mundo

Al fin dimos con la playa de mis eternas fantasías tropicales. Estaba adecuadamente flanqueada por cocos y por barcas pesqueras de madera, ancladas. Acuclillado al borde del mar había un hombre, seguramente atareado en alguna vieja costumbre popular marinera. Me acerqué con el saludo en los labios. El hombre, al advertir súbitamente una presencia extraña, se volvió con una mirada de horror, se cubrió las vergüenzas y salió a toda velocidad. Entonces descubrí cómo eran allí los inodoros.

Nigel Barley es, en mi opinión, el mejor antropólogo inglés contemporáneo. Que sea el único que conozca en tal categoría no le resta mérito. El pasaje arriba citado pertenece a su libro No es un deporte de riesgo —recientemente publicado en castellano— en el que relata con mortificante sinceridad todas y cada una de las situaciones embarazosas en las que se vio envuelto durante su trabajo de campo con la tribu de los Toraja, habitantes de la isla indonesia de Célebes. Embarazosas… desde su punto de vista, claro. Puesto que la presencia de un extranjero y sus intentos de adaptarse a las costumbres locales fue, para los nativos, un motivo constante de diversión a su costa.

Resulta curioso comprobar como en sus anteriores El antropólogo inocente y Una plaga de orugas su investigación y convivencia con los Dowayo, en pleno centro de África, provocó exactamente la misma reacción. No hay nada como ser extranjero para que se rían de ti. ¿Por qué?

La explicación inmediata es que esos salvajes tercermundistas son todos unos cabrones esquinados. Suena convincente, sí, y sin embargo… qué fácil resulta imaginarse en su lugar sonriendo al ver a este hombre blanco imitar torpemente el idioma y las destrezas cotidianas que uno adquirió desde pequeño, contemplarlo vulnerar con toda ingenuidad tabúes y leyes no escritas que damos por tan sólidas e incuestionables como las leyes físicas.

Una de las claves del humor es subvertir el orden establecido: ya sea poniendo arriba lo que está abajo y al derecho lo que estaba del revés, quebrando la lógica de las cosas (“en mi antiguo vecindario algunas noches no podía dormir por el sonido de los disparos. Siempre provenían del interior de casa”) o jugando con la polisemia de las palabras atribuyéndoles el significado que no corresponde al contexto, como cuando alguien dice “siempre guardo una muda en el armario para echar un polvo sin que nos oiga mi mujer”. El humor es, en definitiva, una interpretación de la realidad discordante, inhabitual. Y eso es precisamente lo que hace con desconcertante frecuencia quien aún no ha podido familiarizarse con las convenciones sociales del lugar al que acaba de llegar. Ya sea la tripulación del Enterprise en un viaje en el tiempo al planeta Tierra de finales de los 80:

Un médico neoyorkino recién instalado en un pueblo remoto de Alaska, Paco Martínez Soria de visita en Madrid desde algún pueblo perdido, un negro de clase baja yéndose a vivir a Bel-Air, un ejecutivo americano en un pueblecito escocés donde su compañía petrolífera quiere hacer negocio (descripción que corresponde a Un tipo genial, sencillamente imprescindible), un jardinero con ciertas limitaciones intelectuales que sale al mundo tras décadas de aislamiento en una mansión, una joven norteamericana preparando una tesis en Sevilla durante el franquismo, unos viajeros en el tiempo que llegan al presente desde la Edad Media, un periodista kazajo recorriendo Estados Unidos… Son tantos los ejemplos que pueden enumerarse que parece que el 90% de las comedias consisten sencillamente en situar a alguien en un entorno que le es ajeno y esperar a que estalle el conflicto. Por eso también la percepción del mundo de los niños pequeños suele ser tan graciosa, al fin y al cabo, son pequeños alienígenas recién aterrizados en nuestro mundo.

A menudo una carcajada suele ir precedida de un poso de inquietud, como si la risa fuera el equivalente psicológico al acto reflejo de agitar los brazos cuando perdemos el equilibrio. Es la manera en que reaccionamos ante algo que nos desconcierta. Por ello la irrupción del extraño nos hace gracia e inmediatamente se convierte en objeto de mofa al que señalar, pero también nos provoca desasosiego. Tal como dice Savater, en dicho momento “el espejo del prójimo ya no me devuelve la imagen que tengo interiorizada como la única que corresponde al ser que compartimos sino algo inquietantemente diverso, una posibilidad distinta y aún inexplorada. Y brota la turbadora pregunta: ‘Si ellos pueden vivir con nosotros sin ser como nosotros, ¿Por qué nosotros tenemos que ser como somos?‘”

Así que el alienígena, bien con su mera presencia a nuestro lado o expresándonos su visión de nuestro mundo, puede llegar a hacer que nos lo replanteemos. Inicialmente nos divierte su excentricidad, sí, pero al mismo tiempo también nos obliga a tomar conciencia de lo que hasta ese momento era simplemente algo inamovible, en cuya razón de ser nunca habíamos reparado. ¿Por qué ducharnos a diario cuando al sentarse en el metro a nuestro lado esa persona de apariencia tan exótica demuestra contundentemente a nuestro olfato que no comparte nuestra costumbre? Vaya, este ejemplo ha sido muy desafortunado. Pero creo que se entiende lo que quiero decir. El extrañamiento ante lo cotidiano, ese “pensar fuera de la caja” según la expresión anglosajona, opuesto a nuestro fuerte impulso como seres sociales hacia la unanimidad de criterios, ha sido desde siempre el principal acicate de la filosofía. En su En busca del tiempo perdido Marcel Proust dejó escrito que  “el único viaje auténtico, el único baño de juventud, no consiste en ir hacia nuevos paisajes sino en tener otros ojos, ver el mundo con los ojos de otro, de cien otros, ver los cien mundos que cada uno de ellos ver”.

Extranjeros, niños e intelectuales parecen por tanto tener una misma labor de zapa —sean más o menos conscientes de ello— por lo que estos últimos cuando han querido criticar tal o cual aspecto de la sociedad de su tiempo a menudo han recurrido a describirla desde el punto de vista de alguien llegado de fuera. Un recurso que reforzaba su comicidad y daba más libertad al autor que empleando su propia voz.

Un ejemplo de ello es El Diablo Cojuelo, un clásico de la literatura española de comienzos del siglo XVII, atribuido a Luis Vélez de Guevara. Un autor del que sabemos que estuvo “casado tres veces con grande acierto” y murió “de unas calenturas maliciosas y un aprieto de orina a 10 de noviembre, año de 1644”. Escrito en una época en la que nuestro glorioso imperio entraba en decadencia, nos muestra a través de los ojos de un pequeño diablo que sobrevuela el cielo madrileño —junto al estudiante que lo ha liberado de su cautiverio— un retrato mordaz de los vicios e hipocresías de la época. Así, a vista de pájaro y observando a través de los tejados como si hubieran sido levantados como una tapa, el lector ve desfilar a la fauna humana en todas sus miserias:

“mira, allí está pariendo Doña Fáfula, y Don Toribio, su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en esotro barrio, roncando y descuidado del suceso (…) acompáñame a reír de aquel marido y mujer, tan amigos de coche, que todo lo que habían de gastar en vestir, calzar y componer su casa lo han empleado en aquel que está sin caballos agora, y comen y cenan y duermen dentro dél, sin que hayan salido de su reclusión, ni aun para las necesidades corporales, en cuatro años que ha que le compraron (…) Pero vuelve allí los ojos, verás cómo se va desnudando aquel hidalgo que ha rondado toda la noche, pues quitándose una cabellera, queda calvo; y las narices de carátula, chato; y unos bigotes postizos, lampiño; y un brazo de palo, estropeado; que pudiera irse más camino de la sepoltura que de la cama. En esotra casa más arriba está durmiendo un mentiroso con una notable pesadilla, porque sueña que dice verdad”

Pero seguramente el ejemplo más paradigmático e imitado ha sido el de las Cartas Persas, donde Montesquieu se hace pasar por Usbek, un estudioso persa que visita Francia a comienzos del siglo XVIII y describe sus impresiones en varios intercambios epistolares, tal como indica el título. Tuvo tanto éxito que posteriormente aparecerían por parte de otros autores cartas turcas, judías, indias, tahitianas, chinas, moscovitas… aunque probablemente las más conocidas en nuestro país —al menos para los que no faltaron mucho a clase de lengua en su día— sean las Cartas Marruecas, de José Cadalso. Todas ellas responden al característico afán de la Ilustración por la crítica social y su énfasis en el relativismo cultural como medicina frente al dogmatismo eclesiástico y la intolerancia a la que se oponían:

“El Papa es el jefe de los cristianos. Es un viejo ídolo al que se inciensa por costumbre. Antiguamente era temido incluso por los príncipes, pues los deponía con tanta facilidad como nuestros magníficos sultanes deponen a los reyes de Irimeta y Georgia. Pero ahora ya no se le teme. Se dice sucesor de uno de los primeros cristianos que llaman San Pedro, y ciertamente la herencia es muy rica, pues posee inmensos tesoros y tiene bajo su dominio un vasto país. (…) lo que te cuento sirve para Francia y Alemania, pues he oído decir que en España y Portugal hay unos derviches que no se andan con bromas y queman a un hombre como si fuera paja. Si alguien cae en manos de esa gente, más le vale haber orado a Dios con unas bolitas de madera en la mano, haber llevado consigo dos trozos de trapo atados con dos cintas y haber estado alguna vez en una provincia que llaman Galicia.”

Un recurso satírico también presente aunque del revés en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, o en Un yanqui en la corte del Rey Arturo de Mark Twain. Otro buen ejemplo —aunque ya fuera de la ficción— es La democracia en América de Alexis de Tocqueville, en la que un recién llegado pudo describir la sociedad característicamente moderna que estaba naciendo en Estados Unidos a comienzos del siglo XIX, con más agudeza y capacidad de observación que cualquiera de los que vivían inmersos en ella. Ya más recientemente, por ir cerrando una lista que podría ser interminable si añadiera todos los libros al respecto que desconozco y que por tal motivo no añadiré, el mencionado Savater tiene escrita una novela muy recomendable llamada El jardín de las dudas, donde repasa la biografía de Voltaire. También en estilo epistolar y empleando el mismo recurso, siendo esta vez la mirada extranjera la de una culta aristócrata francesa llegada a una España que no deja de escandalizarla con su barbarie y atraso. Tampoco puede dejar de mencionarse el libro de Eduardo Mendoza Sin noticias de Gurb, sobre un marciano con la apariencia de Marta Sánchez perdido por Barcelona.

Pero probablemente ninguno de todos los protagonistas de estas obras llegó a ser tan intrépido como el único antropólogo y viajero capaz de hacer sombra al mismísimo Nigel Barley. Un señor de apariencia mayor y tamaño diminuto que supo mostrarnos lo rematadamente extraña que es la realidad que nos rodea:


Guía práctica para orientarse en el infierno

Con el debido respeto, estimado lector, el —esperemos lejano— día en que muera muy probablemente irá de cabeza al infierno. Usted conoce mejor que nadie su propia vida y sabe por tanto los motivos. Así que no le vendrá mal cierta información básica sobre las características del lugar que le acogerá por toda la eternidad.

Al fin y al cabo, según un cálculo hecho público hace unos años por la Iglesia Bautista Sureña el 46,1% de los seres humanos iremos al infierno (qué curiosa la apariencia de rigor y verosimilitud que adquiere cualquier cosa cuando se expresa en porcentajes). Una creencia común a la gran mayoría de religiones es la de que poseemos una o varias almas dentro del cuerpo, que al morir va a un Más Allá en el que —también según un buen número de doctrinas— será recompensada en un cielo o castigada en un infierno en función de su comportamiento en este mundo.

Así que lo primero es ver qué hacemos con el cuerpo que dejamos atrás. Sobre las circunstancias y diferencias culturales que rodean a un enterramiento no me extenderé mucho porque para ello está la excelente serie A dos metros bajo tierra. Se trata de una práctica ya llevaba a cabo por los neandertales y que de acuerdo a la tradición cristiana debe hacerse con el muerto tumbado, dado que la posición vertical facilita la entrada en el infierno. Pero en las últimas décadas está ganando terreno en los países occidentales la incineración, tras la cual se guardan las cenizas en una urna, se esparcen en el mar, en la montaña o, como cierto empleado del Museo Británico, se pide a un amigo que se lancen a los ojos del antiguo jefe del finado. Ahora bien, ¿qué ocurre entonces con la ancestral costumbre de vestir al difunto con sus mejores ropas y hacerlo acompañar en su ataúd de riquezas y objetos útiles para el otro mundo, si todo va directo al fuego?

Aparentemente nada, continúa intacta. Según el testimonio del trabajador de un crematorio recogido en Bailando sobre la tumba por Nigel Barleyhe visto a viudas introducir subrepticiamente un paquete de las galletas favoritas del difunto; o cuando no es eso, son las gafas de repuesto o la dentadura. No se imagina usted la cantidad de tubos de fijador dental que pasan por aquí cada semana. La gente mayor siempre se acuerda de eso”. Mal hecho, aunque esté inspirado por la mejor intención. Ya vaya uno al cielo o al infierno, un fijador dental no le resultará especialmente útil. Lo que el muerto sí necesitará —y explicaremos a continuación por qué— serán unas monedas, repelente antiinsectos, buen calzado, una cantimplora, una linterna, una cuerda y un pollo de goma con polea (bueno, esto último no es realmente imprescindible, pero nunca se sabe). Si bien todo lo anterior será de utilidad ante un infierno como el descrito por Dante… ¿Qué ocurre si al final la religión cristiana no es la única, buena y verdadera?, ¿y si quienes acaban dando en el clavo son los zoroastristas, los vikingos o los budistas? Mejor ser prudentes, así que hagamos un breve repaso de lo que puede esperarnos.

Diferentes infiernos, a cada cual peor

Los antiguos egipcios por su parte lo que preferían introducir en la tumba de los difuntos (en las de aquellos de elevado estatus, al menos) era su propia guía práctica para orientarse en el más allá, a la que llamaban El libro de los muertos. Un compendio de consejos para desenvolverse durante el viaje por el inframundo, que consistía básicamente en acudir al salón del trono de Osiris, donde uno debía declararse inocente ante él y ante los 42 magistrados que le ayudaban en la tarea de juzgar a las almas. Entonces Anubis extraía el corazón del acusado y lo ponía en una balanza en cuyo otro platillo se ponía una pluma de la diosa Maat. Si el corazón pesaba más es que algo malo guardaba y el siguiente paso era convertirse en el almuerzo de la Devoradora de Muertos. Al parecer había algún conjuro para sortear esa prueba, si alguien está especialmente preocupado al respecto puede leer aquí un fragmento del citado libro, no sé si se entenderá bien la letra.

Como veremos, es recurrente en multitud de mitologías y narraciones la idea de uno o varios jueces decidiendo tras la muerte si esa alma debe ir al cielo o al infierno. En el décimo libro de La República Platón narra la historia de Er, un guerrero cuya alma salió de su cuerpo tras morir en el campo de batalla para llegar a un pradera con dos aberturas en el suelo y otras dos en el cielo, en medio varios jueces decidiendo por cuál debía entrar cada alma según sus pecados. Tras mil años de viaje las almas salían por la otra abertura y se saludaban con otras en una fiesta que tenían montada en la pradera durante siete días seguidos,  donde “unas contaban sus aventuras gimiendo y llorando al recordar los males de toda índole que habían sufrido y visto sufrir en su viaje subterráneo, viaje de mil años de duración, y, a su vez, las que venían del cielo hacían el relato de placeres deliciosos y espectáculos de una belleza infinita”. Por alguna misteriosa razón Er no bebió agua del Leteo —el río del olvido— a diferencia de otras almas y pudo volver a su cuerpo, justo cuando estaba ya en la pira a punto de ser incinerado.

Demonios haciendo una paella con los condenados
Demonios haciendo una paella con los condenados

Hay un término griego para definir esta clase de narraciones, Katabasis, en las que el protagonista desciende a los infiernos para luego volver al mundo de los vivos y contarnos lo que vio. Son tan frecuentes —no sólo en la cultura griega, sino en otras muy distantes— que parece más fácil darse una vuelta por el infierno que adentrarse en una barriada gitana especializada en el narcotráfico. Así tenemos la catábasis de Perséfone, raptada por Hades; la de Orfeo en busca de Eurídice, que modernamente cantó Rilke; la de Heracles en uno de sus doce trabajos; la de Ulises en La Odisea; la de Eneas en La Eneida; Endiku en la epopeya de Gilgamesh; Mahoma tuvo también su viaje al Más Allá y hasta el mismo Jesucristo tiene una catábasis apócrifa, el Evangelio de Nicodemo, en la bajó con tal ímpetu que provocó un terremoto en el séptimo infierno. Incluso historias contemporáneas como la magnífica Apocalipsis Now podrían en cierta forma inscribirse en este género.

Hasta en China hay un ejemplo de ello: La narración de Lo Mou-teng, de finales del siglo XVI. Trata sobre un oficial chino que en una expedición a La Meca llega a la costa de un insólito lugar formado por seres mitad animales y mitad humanos, entre los que se encuentra a su difunta esposa, ahora casada con el Señor de los Muertos. Éste lo invitará a recorrer el infierno, franqueado por un río de sangre cuyo puente sólo puede ser atravesado por quienes han sido buenos. Los malos deberán atravesarlo a nado mientras luchan contra serpientes de bronce y perros de hierro. Tras él se encuentran diez tipos de fantasmas (clasificados como ávaros, derrochadores, suicidas, mendigos o de dientes irregulares, entre otros). Una vez se llega al Palacio del Resplandor Espiritual, ve en su interior diez habitaciones con cada uno de los infiernos, divididos entre purgatorios para gente honorable e infiernos horrísonos para aquellos que hubieran pecado contra alguna de las ocho virtudes confucianistas. En la parte trasera había además otros 18 infiernos. Por lo que parece, uno en el infierno lo pasará mal pero no por falta de espacio.

Si bien todos los infiernos descritos en todas épocas y lugares son… eh… un infierno, hay uno tan rematadamente disparatado que merece una mención especial. Se trata del descrito en El libro de Arda Viraf, perteneciente al zoroastrismo. No se conoce la fecha exacta en que fue escrito, pero se estima que es de la época del imperio sasánida, entre el siglo III y el VII d.C. En él, se narra cómo Arda Viraf es elegido para viajar al inframundo y comprobar así si las enseñanzas del zoroastrismo son correctas. Tras el debido trance inducido por drogas, vuelve con los suyos y describe toda clase de tormentos:

“También vi el alma de una mujer quien estaba suspendida, colgada de sus pechos, en el infierno; y criaturas nocivas rondaban alrededor de todo su cuerpo. Y pregunté así: ‘¿Qué pecado fue cometido por este cuerpo, cuya alma sufre tal castigo?’ Srosh el pío, y Adar el ángel, dijeron así: ‘Esta es el alma de aquella condenada mujer quien, en el mundo, dejó a su propio marido, se entregó a otro hombre  y cometió adulterio.”

No estoy seguro de si esta escena resultará espantosa para todo el mundo, tal vez más de uno encontrase ahí su particular paraíso… Otros tormentos consisten en comer excrementos, tener estacas de madera clavadas en los ojos, pasar la lengua por un horno caliente o que sapos, escorpiones, moscas y gusanos entren por boca, nariz y orificios inferiores. El consuelo de este pestilente infierno es que al menos no es eterno, como otros, ya que cesa con la renovación del mundo.

Semen de demonios salpica las bocas de mujeres atadas boca abajo en el infierno zoroástrico

Según lo descrito por Arda a los sodomitas les espera el empalamiento. A las mujeres infieles beber copas rebosantes de excrementos. A otro que tuvo relaciones sexuales con una mujer que estaba menstruando, se le vertía constantemente en la boca tales líquidos, además de haber tenido que cocinar y comerse a su propio hijo. Caminar descalzo supone como castigo que te arranquen los brazos y las piernas (esto lo veo bien, mira). A una mujer que con su locuacidad atormentaba a su marido le cortaron la garganta para que le saliera la lengua por el cuello. Aquellas que se negaron a complacer sexualmente a sus maridos eran colgadas boca abajo y se salpicaban sus bocas y narices con semen de demonios. Asimismo robar, mentir, matar, ensuciar el agua con inmundicias, no obedecer al gobierno, maquillarse y ahorrar mucho dinero también eran gravísimos pecados que se pagan con toda clase de imaginativos tormentos. Como sospecho que más de un lector que tendrá curiosidad por conocerlos, aquí va un pdf con el libro.

Otro infierno, algo menos obsceno, es el descrito en Las mil y una noches:

“Alá fundó un infierno de siete pisos, cada uno encima de otro y cada uno a una distancia de mil años del otro. El primero se llama Yahannam, y está destinado al  castigo de los musulmanes que han muerto sin arrepentirse de sus pecados; el segundo se llama Laza, y está destinado al castigo de los infieles; el tercero se llama Yahim, y está destinado a Gog y a Magog; el cuarto se llama Sa´ir, y está destinado a las huestes de Iblis; el quinto se llama Sakar, y está preparado para quienes descuidan las oraciones; el sexto se llama Hatamah, y está destinado a los judíos y a los cristianos; el séptimo se llama Hauiyah, y ha sido preparado para los hipócritas. El más tolerable de todos es el primero; contiene mil montañas de fuego, en cada montaña setenta mil ciudades de fuego, en cada castillo, setenta mil casas de fuego, en cada casa, setenta mil lechos de fuego, y en cada lecho, setenta mil formas de tortura. En cuanto a los otros infiernos, nadie conoce sus tormentos, salvo Alá el Misericordioso.”

Esta última frase no es del todo cierta ya que el propio Corán hace una breve descripción de los tormentos que esperan a los pecadores:

(14,19-20. Sura Ibrahim: Vers. de Abraham)
Los que no creen en nuestros signos
les quemaremos con el fuego.
Cada vez que su piel sea ceniza,
le daremos otra para que no deje
de sentir el suplicio.
(78,21-26. Sura An Nabaa: Vers. de la noticia)

Detrás de cada uno de ellos está el Infierno,
donde tendrán como bebida agua mezclada con pus
que beberán a tragos;
pero se les atragantarán en la garganta

(2, 75. Sura Al bacará: Vers. de la vaca)

Y estarán quemados por un fuego ardiente.
Y beberán en un manantial de llamas.
Y no tendrán otro alimento, excepto espinas,
que ni les nutrirá ni apagará su hambre.

El infierno japonés por su parte se llama Jigoku, y su soberano Emma O, que juzga las almas de los hombres —mientras que de las mujeres se encarga su hermana— y los envía en función de la gravedad de sus faltas a alguno de los dieciséis infiernos, ocho de fuego y otros ocho de hielo. Dicho sintoísmo establece además que habrá un gran espejo en el que cada uno podrá ver reflejados sus pecados, un poco a la manera de El retrato de Dorian Grey. Mientras que el Naraka o infierno de los hinduistas está gobernado por Yama y tiene tres puertas —la Lujuria, la Cólera y la Avaricia— y siete habitaciones en las que distribuir a los pecadores según cómo tengan su karma para ser castigados de muy diversas maneras: “unos son arrastrados sobre hachas cortantes; otros están condenados a pasar por el ojo de una aguja; éstos sufren que  un buitre les roa los ojos, aquellos que los cuervos picoteen su cuerpo”.

El infierno de la mitología nórdica tiene una particular belleza poética, al menos según la descripción que hacen de él Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en su Libro del cielo y el infierno:

“El Niflheim o infierno fue abierto muchos inviernos antes de formar la tierra. En medio de su recinto hay una fuente, de donde salen con ímpetu los ríos siguientes: la Congoja, la Perdición, el Abismo, la Tempestad y el Bramido. A orillas de estos ríos, se eleva un inmenso edificio cuya puerta se abre por el lado de la medianoche y está formado de cadáveres de serpientes, cuyas cabezas vueltas hacia el interior, vomitan veneno, del cual se forma un río en que son sumergidos los condenados. En aquella mansión hay nueve recintos diferentes: en el primero habita la Muerte, que tiene por ministerios al Hombre, la Miseria y el Dolor; poco más lejos se descubre el lóbrego Nastrond o ribera de los cadáveres, y más lejana una floresta de hierro en la que están encadenados los gigantes; tres mares cubiertos de nieblas circundan esta floresta y en ella se hallan las débiles sombras de los guerreros pusilánimes. Sobre los asesinos y perjuros vuela un negro dragón, que los devora y los vomita sin descanso y expiran y renacen a cada momento entre sus anchos ijares; otros condenados son despedazados por el perro Managarmor que vuelve a derecha e izquierda su deforme y asquerosa cabeza; y alrededor de Nifleim giran de continuo el lobo Fenris, la serpiente Mingard y el dios Loke, que vigila por la continuidad de las penas impuestas a los malos y a los cobardes.”

El infierno de Dante

De todas las descripciones de lo que nos espera según cómo nos portemos la más minuciosa e imaginativa es sin duda la de La divina comedia, una obra cumbre de la literatura universal. Dante va topografiando palmo a palmo el infierno con la precisión de Google Maps guiándose siempre por las  dos grandes referencias de su tiempo: la cultura grecorromana y el cristianismo.

La narración comienza con el protagonista, Dante, perdido en el bosque tras haber tenido que huir de una pantera, un león y una loba. Allí se le aparece el poeta Virgilio, alma ilustre que vive para la eternidad en el limbo, que ha recibido el encargo de la amada de Dante —Beatriz, que vive allá en lo alto haciéndole compañía a Dios— de que lo guíe por a través de todos los niveles del infierno, el purgatorio y el cielo para que ambos puedan reunirse de nuevo.

Una vez traspasadas las puertas del infierno, en el vestíbulo, Dante y Virgilio se cruzan con las almas en pena que no han sido admitidas ni en el cielo ni en el infierno. De natural envidioso del destino de otras, vagan desnudas siendo aguijoneadas eternamente por mosquitos y avispas, cuya sangre mezclada con sus lágrimas era recogida a sus pies por asquerosos gusanos. Mejor no ir con sandalias por ahí. Pronto llegan al río Aqueronte, donde un barquero de nombre Caronte lleva a las almas al otro lado a cambio de una moneda. Puesto que Dante no está muerto el barquero se niega a ayudarle a cruzar el río. Ahí es cuando un pollo de goma con polea podría haber sido de gran utilidad, pero el narrador prefiere desmayar a su protagonista y hacerlo despertar en el otro lado, sin dar mayores explicaciones.

Virgilio le muestra entonces el primer círculo del infierno (ya que al igual que todo el universo en su conjunto, el infierno se organizaba por círculos superpuestos) que es el Limbo. Allí viven los niños que no han sido bautizados y hay que estar atento porque se ven también muchas celebridades: los hombres ilustres de otros tiempos previos al cristianismo. No se está nada a disgusto en este lugar, aunque la pena de todos ellos es vivir con un deseo sin esperanza.

Siguiendo el camino se llega al segundo círculo, donde se halla a Minos, juez del infierno que rechinando los dientes juzga a cada alma y según las vueltas que de a su cola las envía a uno u otro círculo del infierno, dependiendo de la gravedad de sus pecados. Tras él se llega a un lugar que está a oscuras y donde vagamente puede el ojo ver torbellinos que arrastran eternamente en vuelo a los pecadores carnales. Entre ellos encuentra a personajes destacados de la Florencia de la época (de la que Dante fue desterrado por rivalidades políticas), circunstancia que se repetirá en cada uno de los lugares que van visitando. El autor de La divina comedia parece encontrar cierto placer en imaginarse a sus enemigos sufriendo tormentos eternos.

Tras él, en el tercer círculo, bajo una fría lluvia que no cesa jamás sufren sus penas los glotones, que viven atemorizados por Cancerbero, una bestia de tres fauces y muy mal carácter que no tiene nada que envidiarle a Plutón, feo como él solo y encargado del cuarto círculo, donde avaros y manirrotos reciben su castigo por no haber sabido gastar razonablemente en vida teniendo que luchar entre ellos tirándose fardos.

En el quinto círculo se llega a la Laguna Estigia, de aguas estancadas y malolientes, como todas las que pueden encontrarse en el infierno, por otra parte. Bajo la superficie pueden verse a los iracundos peleándose unos con otros, mientras los melancólicos a su lado hacen gárgaras. Tras cruzar la laguna se llega a la ciudad de Dite o de Lucifer, también conocida como “La ciudad del dolor”. Ante la negativa de los demonios a abrirles las puertas a Dante y Virgilio, éste debe solicitar apoyo aéreo, que un rato más tarde se aparece en forma de ángel y les allana el camino. Como al profundizar en el infierno cada paso es peor que el anterior, lo siguiente en aparecer son las Furias y Medusa, una Gorgona cuyos cabellos son serpientes cuya mirada te deja de piedra.

El bosque de los suicidas, también habitado por arpías

Pero el viaje debe continuar y en el sexto círculo llegamos a un cementerio, donde se encuentran a los herejes enterrados de cintura para arriba. A partir de aquí ya nos encontramos a lo peor de lo peor: almas por las que Dante deja de sentir compasión, tales son las maldades que cometieron en vida. Al comienzo del séptimo se halla el minotauro, al que Virgilio encabrona soltándole una burla, por lo que ambos deben huir corriendo de su envite hasta que llegan a un río lleno de sangre, donde se ahogan aquellos que fueron violentos contra el prójimo. En torno a él corren centauros armados con arcos, vigilando que ningún alma se acerque a la orilla.

Cerca de allí ven un bosque, en el que los árboles son en realidad almas de suicidas y tras él, un desierto en el que llovían copos de fuego sobre las almas de aquellos que insultaron y desafiaron a Dios. Encaja mal las críticas, por lo que se ve. La pareja protagonista continuó su camino hasta que Virgilio tuvo que emplear una cuerda que llevaba Dante encima para poder bajar por una zona muy escarpada, hasta llegar a un monstruo volador llamado Gerión, que los ayudará a llevándolos en vuelo al octavo círculo.

Dividido en diez fosos vigilados por demonios con látigos, allí penan los fraudulentos de toda clase: aduladores sumergidos en estiércol; acusados de simonía enterrados cabeza abajo con los pies ardiendo; adivinos con la cabeza del revés, caminando de espaldas en castigo a su pretensión en vida de ver el futuro; falsificadores llenos de pústulas malolientes; corruptos que traficaron con cargos públicos sumergidos en una resina hirviente, que en cuanto asoman cabeza a la superficie algún demonio les pincha con un arpón; hipócritas que cargan con capas de apariencia dorada pero que en su interior son de pesado plomo… en fin, de todo se encuentran por ahí, hasta a un navarro, al que tienen particular interés en atormentar unos demonios que usan sus anos como trompetas.

Y por último, en el centro mismo de la Tierra, el noveno y último círculo. Tres gigantes, que representan a la estupidez, la rabia y la vanidad son los guardianes del lugar y uno de ellos les ayudará a llegar al lago helado, llamado Cocito. En este lago se encuentran atrapados aquellos que han cometido el peor de los males, que es la traición. A medida que van caminando, Dante descubre de dónde proviene el frío viento que congela el lago: de las alas del mismísimo Lucifer, el emperador del doloroso reino. Tres cabezas tiene este gigante —negra, blanca y amarilla, como las razas humanas que habitaban la Tierra— y con cada una de esas bocas mastica a los tres mayores traidores de la historia: Casio, Bruto y Judas.

Escalofriante. Creo que todo esto que hemos descrito puede definirse sin temor a exagerar como auténticamente dantesco. Todos los infiernos son a cada cual más horrible, así que no se ocurre mejor opción que postergar la muerte todo lo posible y cruzar los dedos para que el verdadero Averno al que acaben yendo nuestras almas descarriadas sea el del pastafarismo, en el que hay volcanes de cerveza hasta donde alcanza la vista, aunque a diferencia del Paraíso, esté caliente y sin gas.


Hombre blanco de todas las bromas

Cuando oigo hablar a alguien del “humor inglés” inevitablemente se me viene siempre a la mente una escena de Benny Hill persiguiendo a cámara rápida a una enfermera en bragas. Pero sospecho que en realidad quien usa ese sintagma se refiere —aunque no lo conozca— a alguien más parecido a Nigel Barley. El perfecto ejemplo como veremos del clásico caballero inglés irónico, exquisitamente educado y extrañamente asexual.

Nacido en Inglaterra en 1947, tras estudiar en Oxford y Cambridge y doctorarse en antropología, sintió la llamada del trabajo de campo. Si de acuerdo a la definición un tanto cínica de P. J. O’Rourke de las ciencias sociales “La sociología es periodismo sin noticias, la antropología es un conjunto de notas de viajes a sitios donde no hay servicio de habitación  y la psicología consiste en husmear el diario de tu hermanita después de que tus padres la enviasen a rehabilitación” Barley decidió que él también tenía derecho a contar batallitas sobre su viaje a algún lugar fuera del alcance de los turistas. Alguno de los muy escasos rincones del mundo que ya en los años 70 no hubieran experimentado aún una severa aculturización ante el empuje de la modernidad. Un lugar en el que al llegar pudiera decir la frase que siempre había soñado pronunciar: “Llevadme ante vuestro jefe”. Ese destino fue la tribu de los dowayo, en Camerún.

Pero ni todos sus estudios en tan elitistas universidades ni las anécdotas rebosantes de heroísmo y audacia que narraban satisfechos sus colegas más veteranos le prepararon para lo que encontraría allí. De ese choque entre la teoría antropológica y el trabajo de campo, entre su educación inglesa y las costumbres africanas, surgió su ensayo autobiográfico El antropólogo inocente (Ed. Anagrama). No he conocido hasta ahora a nadie que lo haya leído —y son muchos los que lo han hecho— que no se refiera a este libro con el entusiasmo que merece. Las aventuras de este hombre blanco perdido en el continente negro quizá no sean tan arriesgadas como las de Indiana Jones o el Doctor Livingstone, pero sí bastante más graciosas.

Los dowayo no eran una tribu de caníbales que quisieran devorarlo, pero lo miraban raro. Desconcertados ante su aparente falta de apetito sexual (no hay que culparles, hoy en día la ciencia aún desconoce de qué manera se reproducen los ingleses) le atribuían un elevado estatus en su condición de Hombre Blanco, aunque sospechaban que su celo por la intimidad se debía a que por las noches se quitaba la piel para dejar salir al negro que había en su interior. La dificultad de Barley para manejarse en la lengua tonal de los dowayos le llevó inicialmente a llamar “coño” a sus contertulios, pero a medida que iba adquiriendo cierta destreza —aunque siempre con la ayuda de su joven traductor— pudo sonsacarles información antropológica más valiosa. Y es que al margen de bromas, Nigel Barley es un magnífico antropólogo tal como ha demostrado en otras obras suyas como Bailando sobre la tumba.

Respecto a la tribu que lo acogió, su trabajo se centró especialmente en el estudio de las relaciones de parentesco, la influencia de la agricultura en su cosmovisión y el rito de transformación de niño a adulto que gira en torno a la circuncisión (consistente en arrancar toda la piel del pene desde el glande hasta la base, me entran escalofríos sólo de imaginarlo). En relación a su hábitat, eran una tribu que vivía en armonía con la naturaleza… porque no les quedaba más remedio. En más de una ocasión le pidieron que les trajera del mundo civilizado una metralleta para matar a todos esos molestos antílopes que les rodeaban en la sabana. Y es que su interacción con los dowayo no era siempre lo fluida que él deseaba:

– ¿Quién ha organizado este festival?
– El hombre de las púas de puercoespín en el pelo.
– Yo no veo a nadie con púas de puercoespín en el pelo.
– No. Es que no las lleva.

Este diálogo que parece extraído de Monkey Island resulta un buen ejemplo de lo que Nigel tuvo pronto la perspicacia de entender: no basta con aprender el idioma, también es necesario que los nativos te tomen en serio y no quieran echarse unas risas a tu costa convirtiéndote en el blanco de todas las bromas. Steven Pinker ha señalado la ingenuidad de la antropóloga Margaret Mead cuando describió ciertas islas del Pacífico como auténticos paraísos sexuales… tomando como base de su afirmación la frecuencia en el fornicio que los nativos que entrevistó decían mantener. Pues qué iban a contarte, Meg.

Lo cual hace pensar que al rehuir la arrogancia etnocéntrica contra la que Montaigne nos advertía (“Cada cual llama barbarie a todo aquello que no forma parte de sus costumbres”)  tampoco conviene caer en el respeto reverencial tan bienintencionado como abúlico que a veces sentimos ante cualquier majadería que ocurra fuera de las fronteras de lo que consideremos nuestro grupo de iguales: “Son sus costumbres… y hay que respetarlas”. Pueden mentir, alardear, tomarte el pelo y en general resultar tan simpáticamente cabrones como cualquier otra persona. Porque las culturas varían pero la naturaleza humana es común.

Pero sigamos con Nigel Barley. Cuando finalmente concluyó su estudio sintió una “alegría histérica” por abandonar ese país, confiesa sin demasiado embarazo. No obstante, apenas pasaron seis meses disfrutando de las comodidades de la modernidad en el Reino Unido… volvió con los dowayo. Quizá porque el paso del tiempo hace olvidar las malas experiencias y recordar sólo lo bueno. De esa segunda experiencia trata Una plaga de orugas (Ed. Anagrama) continuación de El antropólogo inocente e igual de imprescindible. En él profundiza en su análisis de esta tribu pero también habla de la antropología en su conjunto, de las contradicciones de la sociedad occidental y, en fin, de otras muchas cosas que ahora no recuerdo, porque regalé ese libro a una chica el último día que quedé con ella antes de que me dejase plantado. Si lo llego a saber no se lo doy.

Maqueta funeraria de un criado, un teléfono, el pasaporte (imprescindible para entrar al Más Allá) y una moto para usar en la otra vida.

Tras ese segundo viaje a Camerún Nigel siguió recorriendo el mundo. Viajó por Sudamérica, por Asia y por las islas del Pacífico. De esa dilatada experiencia se sirvió posteriormente para escribir el ya mencionado Bailando sobre la tumba, un fascinante recorrido por las costumbres funerarias y la visión de la muerte existente en otras culturas. Desde la veintena de peticiones que cada año recibe el Manchester United para esparcir cenizas de aficionados sobre el terreno de juego, pasando por la ofrenda de maquetas de papel de electrodomésticos y motos a los muertos chinos para su otra vida, hasta la costumbre de los toraya en Indonesia de guardar los cadáveres disecados en su casa. Un pasaje este último que no puedo resistirme a transcribirlo para concluir este artículo:

“¿Sabes lo que es esto?”, dijo mi anfitrión estirándose para dar una palmada a un gran bulto que tenía en un rincón de su cuarto de estar. Parecía un montón de ropa vieja como la que se selecciona para entregarla a una asociación benéfica y que después uno se olvida de llevar durante meses. Un niño daba vueltas a su alrededor en triciclo, imitando con pedorretas el sonido de una moto. “Es mi abuela”.

Antes del advenimiento de la televisión, ningún hogar occidental estaba completo sin una abuelita que se sentara con los niños y les soltara fragmentos de sabiduría de andar por casa. Muchos hogares de los toraya aún la conservan, pero puede estar muerta. El cuerpo se envuelve en tejidos para absorber los jugos de la putrefacción. Muy pronto, todo el bulto se vuelve bastante inofensivo. Algunos toraya modernos hacen trampas y le inyectan formalina para ralentizar la descomposición mientras la familia moviliza sus recursos y reúne a los miembros ausentes para pasar a la etapa siguiente del funeral. A diario se colocará comida y bebida en un plato puesto en equilibrio sobre el cuerpo.

– ¿No vas a saludarla?
– Encantado de conocerla, abuelita.
Resultaba difícil hacer un gesto. Estrecharle la mano era imposible, pero darle una palmada al bulto hubiese sido una muestra de confianza excesiva.
– Vaya, eso ha estado bien.
– ¿Cuánto tiempo lleva muerta?
Me lanzó una mirada de consternación.
– Nosotros no decimos eso. Esta “durmiendo” o “tiene dolor de cabeza”. No morirá hasta que abandone la casa. Ya lleva durmiendo tres años.
Se puso de puntillas y bajó un enorme radiocasete para entretenerme con algo de música. Me di cuenta de que las cintas estaban almacenadas por orden alfabético sobre el cuerpo, que resultaba una estantería muy cómoda.
– La echarás en falta cuando muera –dije.