Ese maravilloso, alegre, infantil sentido de maravilla y espectáculo

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Tendría yo doce o trece años. Era, como hoy, 5 de enero. Pasaba la tarde y mientras nuestros mayores comían roscón y bebían mistela, los hijos jugábamos en mi habitación. Yo sabía desde hace tiempo que los Reyes Magos eran los padres. Pero estábamos con otros niños que no tenían ni idea. La ventana de mi cuarto daba a la calle. Alguien pasó por la acera y uno de los pequeños especuló en voz alta: «¿Será uno de ellos?». Recuerdo perfectamente sentir la misma emoción que sentía cuando aún creía en su existencia, y al mismo tiempo preguntarme: «Pero qué te pasa, si sabes perfectamente de qué va esto». Al final, claro, decidí que era muchísimo más divertido dejarme llevar.

Estoy seguro de que prácticamente todos nosotros tenemos guardado un momento similar en nuestra memoria. Estas anécdotas demuestran que los Reyes Magos son un potentísimo artefacto cultural, al ser capaces de generar un sentimiento de sobrecogimiento que es al mismo tiempo profundamente privado y necesariamente compartido. Asimismo, repiten una tensión en la que se basa la gran mayoría de nuestro consumo cultural: aquella que tiene lugar entre la búsqueda de la novedad y la sorpresa, y la necesidad de usar estructuras, referencias que, orientándonos y ubicándonos, nos resulten familiares y nos permitan reconocernos a nosotros mismos, pero también entre nosotros, en forma de comunidad. En estos cuatro puntos cardinales (individuo, sociedad; nuevo, viejo) se mueve la música. También la arquitectura, o cualquier forma de arte plástico. Hasta la política. Se mueve nuestro mundo, en definitiva. Pero si hay una herramienta particularmente adecuada para resolver ambas tensiones, esa es la narrativa.

Es muy probable que la primera vez que atendamos a una buena, nueva historia sintamos al mismo tiempo sorpresa y familiaridad. Las narraciones suelen recurrir a un menú de recursos comunes que van más allá de la estructura básica que a todos nos enseñaron en la escuela (ya saben: situación inicial, nudo o problema que la perturba, desarrollo, y desenlace final). A medida que uno se encuentra con cuentos, novelas, películas, series, chistes, cómics o cualquier otro formato de historias a lo largo de la vida, dichos recursos se nos van haciendo más conocidos. Los arquetipos de los personajes. Los formatos de situaciones clave. Al final, la combinatoria limitada garantiza que el número de estructuras narrativas posibles es finito. Por eso, por ejemplo, el recién estrenado episodio VIII de Star Wars se nos antojará parecido a los episodios IV y V, aunque los separen cuatro décadas: está el aprendiz llamado a ser improbable héroe y salvador cuando resuelva sus propios conflictos internos (Luke, Rey), el maestro descreído y oculto por un fracaso personal que terminará por redimirse (Obi Wan, el viejo Luke), el sabio que revela la simplicidad de la verdad oculta (Yoda, aunque he de confesar que mi ejemplo favorito de este personaje siempre ha sido Rafiki, de El rey León), la lucha entre el bien y el mal, la paradoja de que uno no existe sin el otro. Y sin embargo, cuando vemos a Rey descubrir la Fuerza en su interior, o a Luke enfrentarse al mal absoluto, no podemos evitar que la ola de entusiasmo nos invada. Aunque conocemos el truco que hay detrás, aunque ya lo hayamos visto antes, decidimos dejarnos llevar.

En una versión mucho más simple, la historia de los Reyes Magos consigue exactamente lo mismo. Las primeras veces que nos la cuentan nos engancha la magia arquetípica de los protagonistas (¡Reyes! ¡De Oriente!), pero sobre todo el nudo crucial (la víspera del 5) y la duda inevitable (¿llegarán a repartir todos los regalos? ¿llegarán a mi casa?). La noche de Reyes no es ni más ni menos que uno de los mayores cliffhangers de la historia. Y correspondiente es el alivio, la alegría, la emoción que sentimos al amanecer al día siguiente con los regalos bajo el árbol. Pero es que años después, cuando ya nos sabemos todo lo que hay, nos seguimos emocionando igual.

En este equilibrio entre lo viejo y lo nuevo se produce una suspensión de la realidad y la creación de un mundo totalmente nuevo hacia el que dejarnos llevar. En la novela The Amazing Adventures of Kavalier and Clay, protagonizada por dos jóvenes que acabarían por convertirse en grandes figuras de un mundo del cómic que todavía estaba naciendo en los Estados Unidos de la posguerra, uno de ellos lo describe con las siguientes palabras, que un amigo mío tenía a bien recordar en su muro de Facebook precisamente con motivo del lanzamiento del nuevo tráiler de Avengers:

It was the expression of yearning that a few magic words and an artful hand might produce something — one poor, dumb, powerful thing — exempt from the crushing strictures, from the ills, cruelties, and inevitable failures of the greater Creation. It was the voicing of a vain wish, when you got down to it, to escape. To slip, like the Escapist, free of the entangling chain of reality and the straitjacket of physical laws … The newspaper articles that Joe had read about the upcoming Senate investigations into comic books had always cited «escapism» among the litany of injurious consequences of their reading, and dwelled on the pernicious effect, on young minds, of satisfying the desire to escape. As if there could be any more noble or necessary service in life.

Michael Chabon, el autor de la novela citada, definía así en boca de su protagonista lo que mi amigo califica como «that wonderful, gleeful, kid-again sense of wonder and spectacle». Lo verdaderamente alucinante es que ese sentido de maravilla y espectáculo puede reproducirse de manera casi infinita tanto a pesar de como gracias a la repetición de arquetipos, estructuras y, en definitiva, historias que ya conocemos.

Pero dicho sentido no se desarrolla solamente de manera individual, hacia adentro de uno mismo. Es comprensible, y en todo sentido deseable, que la mezcla producida por la aventura y la familiaridad nos estimule la imaginación, ayudándonos a construir un mundo interior rico y matizado. Cuando, además, las narrativas tienen lugar en universos propios, detallados, casi completos, este proceso de autoconstrucción puede volverse incluso más prolijo. La galaxia de Star Wars o Arda, la tierra de Tolkien, ofrecen maquetas de nuestra realidad puestas a escala manejable por una mente que se está moldeando, que desea moldearse. Son juguetes en el mejor y más complejo sentido de la palabra. También las historias más sencillas, como las fábulas o los cuentos, o el simple relato de los Reyes Magos, funcionan en ese mismo sentido. Pero es tanto o más importante lo que estos instrumentos logran una vez puestos en su contexto social.

El efecto más obvio e inmediato es el de la alegoría: las narraciones nos ayudan a entender el mundo que nos rodea, nos ofrecen ejemplos comprensibles a los que después recurriremos para detectar regularidades en los comportamientos sociales (no en vano la novela fue la primera forma de sociología). Pero quizás el más fuerte sea el de construcción de comunidad. Por un lado, las historias que se vuelven populares se convierten en símbolos compartidos, y pasan a convertirse por tanto en parte del código comunicativo que manejamos. Por otro, y de manera más definitiva, la experimentación conjunta del asombro y del aprendizaje crea lazos entre quienes lo viven. Es por eso que la primera saga de Star Wars marcó a una generación entera (que escuchó más o menos al mismo tiempo el «Luke, yo soy tu padre» de Darth Vader) de la misma manera que la venida de los Reyes Magos hace lo propio cada año, con cada nueva hornada. Se trata de un fenómeno que prácticamente equivale a una comunión. No de almas, sino de algo mucho más abstracto pero al mismo tiempo más real: una comunión de codificación simbólica. Las narrativas populares y compartidas nos ponen de acuerdo para interpretar información. Pocas cosas consiguen algo tan poderoso, sobre todo en un mundo como el de hoy, hecho de cámaras de eco y mensajes fragmentados que se suelen quedar en nuestras cómodas burbujas sociales.

Es curioso: suspendemos la realidad y nos escapamos de ella, pero al mismo tiempo volvemos una y otra vez a considerarla y reconsiderarla bajo la óptica de lo que hemos aprendido en nuestros viajes por Narnia, el Ministerio de la Magia, o más allá del espejo. Cuando ya somos adultos miramos a nuestro alrededor y vemos a nuestros pequeños ilusionarse, despistarse, preguntarse o incluso asustarse ante la aparición de cualquier ser mágico, extraño a este mundo, y ello nos ayuda a comprender un poco mejor el proceso que nosotros mismos seguimos.

Creo que voy a dejar de escribir aquí. Porque mientras tecleo estas líneas resulta que es medianoche. Ya estamos en la víspera de Reyes. Y, como cada año, siento cómo poco a poco vuelve a invadirme ese maravilloso, alegre, infantil sentido de maravilla y espectáculo.


¿Por qué la jodida R en Deadpool es tan importante para la historia del cine?

Deadpool, 2016. Imagen: Twentieth Century Fox / Marvel Entertainment / Kinberg Genre / Donners' Company / TSG Entertainment.
Deadpool, 2016. Imagen: Twentieth Century Fox / Marvel Entertainment.

(Este artículo es Rated R. Quedáis avisados).

Con independencia de lo que cada uno opine sobre Deadpool, la película de marras se ha convertido en una de las producciones más taquilleras de la historia en apenas un mes desde su estreno. Y lo más importante: probablemente acabará siendo la más taquillera de todas las películas que han sido estigmatizadas con una R, es decir, no apta para menores de diecisiete años (que en Estados Unidos, por ejemplo, implica no entrar en la sala si no estás acompañado por un adulto).

En román paladino la «R» significa que si, por ejemplo, un superhéroe recibe un puñetazo en los morros, el personaje sangrará, en vez de quedarse más blanco e impoluto que el borreguito de Norit. Eso significa que el personaje fornicará hasta romper la cama (como en Jessica Jones) y quizá incluso se atisbe su cipote (como en Watchmen). Que sus actos no conducirán irremisiblemente hacia una enseñanza moral que encajaría holgadamente en un código de buenas maneras victoriano. Que «córcholis» no será una palabrota aceptable. En definitiva, que las personas serán menos Teletubbies y más personas normales y más de verdad.

Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué ya no hay cine de espectaculares efectos especiales con una buena R? ¿De dónde procede toda esta asquerosa corrección política? ¿Por qué la gente continúa creyendo que hay contenidos no aptos para menores cuando no hay ninguna evidencia que respalde tal aserto? Y, en definitiva, ¿por qué Deadpool, quizás, y solo quizás, podría dinamitar el estado actual de las cosas?

Cuando Spielberg inventó el PG-13 y jodió el cine

El 1 de noviembre de 1968, el presidente de la Motion Picture Association of America (MPAA), Jack Valenti, instauró la clasificación moral de las películas para aconsejar a los padres a propósito del contenido de las mismas. Hasta entonces, la MPAA se regía por el llamado código Hays, que todavía era mucho más exigente con los contenidos morales de cualquier largometraje: por ejemplo, el ombligo no debía mostrarse bajo ningún concepto.

Hay que tener en cuenta que esta clasificación la realiza un grupo de personas que visionan el filme y deducen a qué edad debe ir dirigido el material. Es decir, que algunas evaluaciones son más laxas que otras porque dependen del arbitrio del comité seleccionado, así como de otras variables. Pero el verdadero problema lo originó Steven Spielberg.

¿Os acordáis de lo que molaba Depredador? ¿Lo bien que lo pasamos con la primera de Indiana Jones? ¿Las noches sin dormir que nos proporcionó Gremlins? ¿Lo desopilante que era Una pandilla alucinante? En todas esas películas había un denominador común: al niño y al adolescente no se le trataba como si fuera gilipollas. De hecho, los niños y adolescentes que aparecían en esas películas no eran gilipollas. Eran niños normales. La clase de niños que se empalman con una revista pornográfica sustraída del dormitorio del hermano mayor. De los que imaginaban cómo volarían el colegio disparando su arco provisto de flechas explosivas, Rambo style.

Y entonces se estrenó Indiana Jones y el templo maldito. ¿Os acordáis del hechicero del mal llamado Mola Ram? ¿De la sopa de ojos y los sesos de mono? ¿El flirteo nocturno que se llevaban Indy y la vedette? En lo que a mí concierne, nunca olvidaré todo lo que experimenté al visionar esa película cuando llegó en VHS allá por el año 1984. Quería ser Tapón y que mi tutor fuera Indiana Jones. También quería ser Indiana Jones. Quería viajar a la India. Quería vivir aventuras. Ser profesor de historia sexy. Quería una novia gritona. Visitar un complejo minero. Tomarme una Fanta de naranja en el Club Obi Wan. He visto esa película decenas de veces. Me sé los diálogos de memoria.

Indiana Jones y el templo maldito, 1984. Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm.
Indiana Jones y el templo maldito, 1984. Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm.

Sin embargo, a un numeroso grupo de padres no le complació en absoluto lo que allí vieron. La película no estaba calificada como G (apta para todo el público) sino como PG (apta bajo supervisión paterna), pero en ella aparecían cosas que no eran para niños, según su criterio. Poco después se estrenó Gremlins, dirigida por Joe Dante, pero producida también por Spielberg, y entonces la polémica fue todavía mayor. Los padres se pensaron, habida cuenta de lo que mostraba el tráiler, que iban al cine a ver a un monstruo haciendo monerías. Recordemos que los gremlins malos fumaban, bebían y atemorizaban a ancianas. Y también recordemos que los padres, algunos de ellos, claro, son tan despistados que incluso han llevado a sus retoños a ver Deadpool, creyendo inocentemente que estaban ante un nuevo Spider-Man o algo así.

Los padres furiosos, cada vez mejor organizados, empezaron a exigir que esas películas fueran R, es decir, para mayores de diecisiete años, y no PG. Esa clase de padres que entienden el ejercicio de la paternidad como un tutelaje más castrador y desconectado de la realidad que los progenitores que aparecen en Canino. Padres que se habían olvidado de que los niños ni son inocentes, ni son asexuales, ni siguen las enseñanzas de Gandhi. Padres que creen que la ficción puede ser sometida a ingeniería social para educar a la sociedad bajo determinados valores, como los que prohibieron repetidamente la novela Huckeleberry Finn debido al uso de la palabra «nigger», o el tribunal que en 1921 censuró Ulises por un pasaje subido de tono, o los que redactaron la Ley de Publicaciones Obscenas del Reino Unido, que apartó de circulación El amante de Lady Chatterly hasta 1960.

La presión de la corrección política se alimenta de la demagogia, y la demagogia es contagiosa. De repente, miles de padres con carnet de padre quisieron velar por la integridad moral de sus hijos exigiendo responsabilidades a Hollywood. Spielberg estuvo pensando en cómo arreglar aquel desaguisado para contentar a sus clientes y no condenar al ostracismo sus caros blockbusters. Y entonces se reunió con Jack Valenti para sugerirle una nueva clasificación moral entre dos aguas: PG-13, apta para mayores de trece años. A juicio de Valenti, con trece años ya sabemos distinguir la realidad de la ficción. No sé qué clase de púberes habrá creído conocer con esa edad, pero mis colegas y yo, con trece años, pensábamos y nos decíamos cosas que hoy en día, transcritas en Twitter, nos llevarían directos al talego.

Con todo, el PG-13 se estrenó con la película Amanecer rojo, de John Milius, en el que aparecían unos jovencísimos Patrick Swayze y Charlie Sheen. Fue un éxito en taquilla, pero recibió aquella calificación moral porque había una acción sangrienta cada 2,23 minutos de media, un exceso que incluso reflejó el Libro Guinness de los récords.

El problema se agravó progresivamente, porque el comité censor, con el transcurrir de los años, fue exhibiendo una pudibundez cada vez más acusada. Si bien admitían la violencia siempre y cuando no fuera persistente o demasiado realista, se empezó a penalizar el sexo en todas sus manifestaciones, incluso las alusiones verbales al sexo. Es decir, se podía disparar un arma, pero no mostrar un coito (y menos un coño, como sabrá Carmena). Y entonces todo empezó a ser PG-13. Todo.

Las diez películas más taquilleras de la historia son PG-13

En aras de simplificar: si uno aspiraba a recuperar el dinero invertido en unos caros efectos especiales, debía plegarse al PG-13. Además, el PG-13 era tan asumible por tantos padres que permitía contentar a la familia entera, abuela incluida. En consecuencia, las diez películas más taquilleras de la historia, excepto Frozen, son PG-13. Por ejemplo, Avatar, una supuesta película de acción y ciencia ficción del otrora molón James Cameron que incluso gusta a las personas más desconectadas de la ciencia ficción, costó doscientos treinta y siete millones de dólares y recaudó dos mil setecientos. ¿Dónde quedó el mordiente Terminator o Mentiras arriesgadas? Yo os lo digo: sepultado por la bonitez del bosque bioluminiscente en el que el clon de Pocahontas dice «te veo» (y de fondo, epidérmica canción de amor de Leona Lewis).

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Mentiras arriesgadas, 1994. Imagen: Twentieth Century Fox / Lightstorm Entertainment.

Sí, amigos, el tributo que hay que pagar por el exceso de CGI es una lobotomía. Y cualquier duda a propósito de la conveniencia de aquella nueva clasificación moral se esfumó como por ensalmo porque todos salieron ganando: productores, asociaciones de padres y, presuntamente, niños, que ahora acudirían todos en tropel hasta el Cielo. En resumidas cuentas, la mayoría de largometrajes espectaculares está orientada al mínimo común denominador de la edad mental del niño por cuestiones crematísticas que, a su vez, refuerzan el código moral mansurrón de un grupo de personas que tienden a cogérsela con papel de fumar.

Además hay otros factores que refuerzan este estado de las cosas. Las cuestiones morales espinosas no solo socavan la recaudación en las salas de cine, sino también en la venta de películas. Por ejemplo, la cadena de supermercados Walmart, la más poderosa del mundo, no permite la venta de productos indecorosos, y no vender en Walmart supone la pérdida de un porcentaje destacable de ingresos.

Hablemos un poco de Walmart. Sam Walton, el típico fulano de misa diaria de Oklahoma, fundó esta tienda en 1962. En pocos años se convirtió en una cadena y, en 1998, la revista Time incluyó a Walton en su lista de las cien personas más influyentes del siglo XX. Antes de palmarla en 1992, Walton era la persona más rica de Estados Unidos. Tal y como escribe Fernando Garcés en su libro Historia del mundo con los trozos más codiciados: «En 2005, cinco de las quince personas más ricas del mundo eran su viuda y sus cuatro hijos (…) Walmart representó el 12% de las ganancias por productividad de la economía de Estados Unidos en la segunda mitad de la década de 1990».

Si no vendías en Walmart, no existías. El problema es que los dueños de Walmart son muy beatos (o al menos dicen serlo), y su dura política contra la inmoralidad obliga a que incluso algunas bandas (las que pueden permitírselo) editen dos discos: el apto para Walmart y el normal. Y, si bien internet está menoscabando el poder de las tiendas físicas, la influencia castradora de Walmart tardará en desaparecer porque lleva muchas décadas de inercia, tal y como explica Chris Anderson en su libro La economía Long Tail:

Aunque parezca irónico, estos hipermercados tan enormes tienen muy pocos temas en cada categoría, pero eso es lo que dicta la economía de los grandes minoristas. Sin embargo, sus precios son excelentes y cuentan con compradores ávidos. Con una gran eficiencia en la cadena de suministro y precios especiales por la compra de grandes cantidades, estos grandes minoristas son líderes en el actual comercio en tiendas físicas.

La falta de evidencia

En un mundo donde la homeopatía mueve millones de euros a pesar de que se ha dicho por activa, por pasiva y por perifrástica que no hay estudios científicos que demuestren su eficacia no es extraño que la gente siga creyendo que la ficción inmoral genera sociedades inmorales. A pesar de que no haya estudios que lo demuestren o los que hay adolezcan de defectos de forma o hayan sido cuestionados.

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Indiana Jones y el templo maldito, 1984. Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm.

Según explican Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner en Superfreakonomics, después de medir los índices de delitos en Estados Unidos que tenían lugar en las poblaciones donde empezó a llegar la televisión respecto a los que aún no había llegado, por cada año de más que un niño estaba expuesto a los tubos catódicos en sus primeros quince años se observaba después un aumento del 4% en el número de detenciones por delitos contra la propiedad y un 2% de aumento de las detenciones por delitos violentos. En otras palabras, el impacto total que tuvo la televisión en la delincuencia de los años 1960 fue un aumento del 50% en los delitos contra la propiedad y del 25% en los delitos violentos. Lo curioso es que no importaba si se consumían contenidos violentos o no. Simplemente bastaba con ver la tele. Quizá porque el exceso de televisión propició que determinadas personas, predispuestas a ello, socializaran menos, o desatendieran sus estudios, o reflexionaran menos… Nadie sabe la razón.

Así pues, no hay una relación entre aumento de criminalidad y contenidos violentos: de hecho, cada vez hay más acceso a contenidos violentos (¿quién no ha jugado al GTA V?) y, sin embargo, los índices de crímenes violentos no dejan de reducirse año tras año. La ultraviolencia que aparece reflejada en el manga no ha hecho de Japón el país más chungo del mundo, sino justo lo contrario. En los países más violentos del mundo ni siquiera llega el cine que consumimos, ni la literatura, ni los títeres. Porcentualmente, las comunidades más violentas de la historia han sido las más vírgenes y, en consecuencia, las más alejadas de los mass media, como sugiere Steven Pinker en su mamotreto Los ángeles que llevamos dentro. Quizá porque no hay conexión entre ficción y realidad, o al menos no de forma tan unidireccional y evidente como parece. Porque incluso a temprana edad empezamos a diferenciar ambas dimensiones, salvo en casos de psicopatologías previas.

Las correlaciones entre consumo de violencia y cristalización de la violencia en el mundo real son tan bajas y están tan jalonadas de variables que podríamos admitir que nadie sabe nada, y si la ficción violenta, malhablada, inmoral y sicalíptica produce algún psicópata por el camino será un efecto secundario que deberemos asumir, como señala el profesor William J. McGuire en defensa de la libertad de creación artística:

Si se prohíbe la representación de la violencia por el daño que pueda acarrear, qué no diremos de otras actividades cuyas consecuencias nefastas son mucho más tangibles, como conducir, beber, tener relaciones sexuales o frecuentar la iglesia, y que pasarían a ser el blanco lógico del próximo ataque.

Con todo, la mayoría de las personas tiene miedo a la ficción, a la representación del sexo, a la representación de la violencia explícita y a la representación de una apología abyecta. Incluso si esa representación la protagonizan unos títeres de trapo. La mayoría de la gente, en determinados casos, querría instalar un artefacto que multe pecuniariamente a quienes pronuncien un taco tal y como sucede en Demolition Man, o que se quemen libros que reflejen aspectos de la realidad que no nos gustan, en una suerte de pira beatífica a lo Fahrenheit 451.

Todo por la pasta

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Gremlins, 1984. Imagen: Warner Bros. / Amblin Entertainment.

El problema de la industria del cine es que, incluso poniéndonos optimistas, en ella casi nadie sabe casi nada. Que los papis se quejan, pues quitamos los cimbreles. Que la gente acude en masa a ver mierda, pues repliquemos la mierda hasta el infinito. Cuando leo una y otra vez quejas de los espectadores tipo: «¿Por qué hacen tanto remakes?»; «¿No hay buenos guionistas con nuevas ideas?» y similares no puedo más que compadecerme de tamaña candidez. Las cosas se hacen por pasta, salvo casos muy raros. Todo lo que sea apostar a caballo ganador será aceptado por el productor. ¿Que la gente acude en tropel a ver una película porque aparecen personajes que ya son familiares? Pues a por ello con todo.

Como explica Gonzalo Ugidos en Chiripas de la historia, los primeros magnates del cine norteamericano fueron parias inmigrantes, en su mayoría judíos, que llegaron a Estados Unidos después de 1880, como Jesse Lasky (un buscador de oro en Alaska), Adolph Zukor (un peletero húngaro), Carl Laemmle (un judío alemán), William Fox (judío húngaro y buscavidas) o Marcus Loew (vendedor de periódicos). «Casi todos ellos entraron en el negocio en la primera década del siglo XX, cuando el cine era un espectáculo de barraca de feria», y sobre esos cimientos se levantó Metro Goldwyn Mayer, Paramount, Universal o Fox. Ahora los altos ejecutivos de estas empresas son monstruos del Pleistoceno capaces de hacer cualquier cosa para mantener la maquinaria en marcha. Xavier Gabaix y Agustin Landier, de la Universidad de Nueva York, publicaron un estudio en 2006 que estimaba en un aumento por seis de la paga de los principales jefes ejecutivos de Estados Unidos entre 1980 y 2003, y como concluye Eduardo Porter en Todo tiene un precio: «Se ha descubierto que los enormes salarios alientan el fraude, pues tienta a ejecutivos cargados de stock options a hacer cualquier cosa para aumentar el precio de las acciones de la empresa».

Lo irónico es que, salvo un puñado de personas que trabajan en Time Warner, Fox, Sony, NBC Universal, Disney, Viacom y alguna otra major, nadie sabe cómo funciona Hollywood. No entienden por qué una producción puede costar tanto dinero, ni exactamente todas las rendijas por las que se cuela un presupuesto estratosférico, como seguros, impuestos locales, aduanas, alteraciones de la censura y tasas residuales, de acuerdo con los convenios de diversos gremios y sindicatos… Y quienes ponen la pasta se dejan engatusar fácilmente por el humo. Por ello, Hollywood sufre una cada vez mayor dependencia a los test screenings para forjar sus blockbusters. Es decir, un puñado de personas decide lo que veremos todos. Y, aunque a menudo no aciertan ni por casualidad, se tienden a sobrevalorar los aciertos, como en las predicciones astrológicas. Porque asumir que no hay brújula que indique el camino del éxito sería insoportable. Todos necesitamos patas de conejo, la pluma de Dumbo y otros artefactos psicológicos que nos permitan creer que tenemos el control en un entorno esencialmente incontrolable. En ese sentido, la industria del cine es tan esquiva como la ciencia económica.

Por eso existe, también, Worldwide Motion Picture Group, que por un módico precio de veinte mil dólares somete a análisis un guion cinematográfico para evaluar su probabilidad de éxito en el mercado. Para ello no hace falta otra cosa que comparar el guion con un número indeterminado de películas ya estrenadas.

Por eso existe, también, el neurocinema, otra nube de humo que promete revolucionar la industria: se somete al espectador a una serie de escaneados cerebrales para fijar en qué momentos del metraje se activa la amígdala, el centro emocional del cerebro. Así el productor podrá dosificar instantes de frenesí para mantenerlo pegado a la pantalla de cine sin que tenga que mirar continuamente a la de su móvil. La narración al servicio de las respuestas sinápticas de un público bobalicón con déficit de atención. Eso es lo que persigue Hollywood, y no otra cosa.

Efecto Pool

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Deadpool, 2016. Imagen: Twentieth Century Fox / Marvel Entertainment.

Pero todo podría empezar a cambiar, al menos un poco, gracias a Deadpool. A estas alturas, la producción ha superado ya los seiscientos setenta millones de dólares de recaudación, siendo así la tercera producción R que sobrepasa los trecientos millones en Estados Unidos, superando a películas como Iron Man o El hombre de acero. Solo en sus primeros cuatro días en cartelera Deadpool obtuvo varios récords, como estreno más taquillero de febrero o estreno más taquillero en invierno.

Quizá alcance los mil millones de recaudación final, y solo ha costado cincuenta. Y es R, una R como un piano. Y, además, Deadpool no ha sido distribuida en China, lo que podría haber sido determinante para superar a la película de superhéroes de mayor recaudación de la historia: X-Men: días del pasado futuro.

Para que nos hagamos una idea de la magnitud de las cosas, Matrix Reloaded también era R, y recaudó noventa millones. Por eso, las hermanas Wachowski intentaron plegarse al PG-13 cuando rodaron Speed Racer, inspiradas por el éxito estratosférico de producciones familiares como Ice Age. Speed Racer fue un fracaso, pero la lógica de las Wachowski era correcta: ¿para qué esforzarse tanto en crear un producto digno si, finalmente, la recaudación es misérrima y cualquier película de chichinabo para todos los públicos puede recaudar diez veces más?

Todavía es prematuro aventurar si el cine cambiará gracias a Deadpool. De hecho, es posible que no lo haga. Como también se continuará comercializando homeopatía en farmacias y habrá médicos que la recetarán, incluso después de que Boiron haya reconocido que ni siquiera sabe cómo funciona. Pero todavía hay esperanza. ¿Os acordáis del mojón que fue esa precuela de Alien llamada Prometheus? Sí, la de dos biólogos que se acercan a una criatura alienígena sin ninguna profilaxis mientras decían «cuchi-cuchi». La del guion para bobos. ¿Os acordáis? Pues bien, en breve empezará el rodaje de una precuela, la de Depredador, con la que comparte ADN. Y ya nos han advertido que será R, como Deadpool. Y sus creadores serán Shane Black (el mejor guionista de películas de acción molonas de los ochenta) y Fred Deccker (el compinche de Black en Una pandilla alucinante). No perdamos, pues, toda esperanza.


¿Cuándo nace la vocación artística?

Jot Down para Fundación Telefónica

No nos gustan las historias normales. No queremos saber que tal persona tuvo una infancia normal, estudió en un colegio normal y en un instituto normal y, después,  en una universidad normal o una academia normal, aprendió las cosas que darían sentido a su vida, las perfeccionó y así se convirtió en la figura que todos acabamos conociendo.

Lo que nos gustan son las historias extraordinarias. Los niños prodigio. Saber que Mozart componía a los cuatro años y a los seis era prácticamente un virtuoso del clavicordio y el violín; que Velázquez ya pintaba como los ángeles cuando, a los diez años, comenzó su aprendizaje con Francisco Herrera el Viejo y apenas un año después entró a formar parte del taller de Francisco Pacheco; que para obtener la insignia del mérito fotográfico de los Boy Scouts, Steven Spielberg rodó un wéstern de nueve minutos en 8 mm. cuando tenía doce años.

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Fragmento de La belle Société. René Magritte, 1965-1966. © Fundación Telefónica.

René Magritte nació en 1898 en el pueblo de Lessines, en la Bélgica francófona. A los diez años comenzó a tomar clases de dibujo. Cuando tenía trece años, su madre se suicidó lanzándose al río Sambre. René estaba presente cuando la recogieron del cauce y vio como el vestido que llevaba se había retorcido por las aguas hasta cubrirle la cara. Esta visión impresionó de tal manera al niño que terminó influyéndole en futuras obras en las que aparecen figuras con la cara cubierta, como Los Amantes… Salvo que lo que acaban de leer es falso. El propio Magritte desmintió esta interpretación e incluso que llegase a ver el cadáver de su madre. Es una historia inventada, posiblemente por la enfermera de la familia, para cubrir la infancia del pintor de un halo extraordinario.

Ahí está nuestra insoportable renuncia a la normalidad. Nos gustan las historias extraordinarias porque necesitamos historias extraordinarias. Y no hace ninguna falta. No solo porque el suicidio de una madre ya es un hecho lo suficientemente trascendental como para necesitar aderezos; sino porque, en realidad, a los ojos abiertos de un niño, todas las cosas son extraordinarias y todos los hechos son prodigios.

Piensen en Eduardo Chillida. Nos gustaría creer que siendo un niño que campaba en pantalón corto por la Donosti republicana ya imaginaba al viento de la Concha plegando siluetas de acero y hormigón en peines que elogiaban al horizonte. Pero no. A Chillida le gustaba el fútbol. Le gustaba tanto que llegó a ser el guardameta de la Real Sociedad, que en la temporada 42-43 disputaba el campeonato de Segunda División. Chillida jugó catorce partidos como titular en los que encajó dieciséis goles. Fue en ese partido número catorce cuando Fernando Sañudo, delantero del Real Valladolid, golpeó con su rodilla en la rodilla de Chillida. Sería bonito pensar que el portero donostiarra vio en la forma de su articulación las articulaciones de sus futuras piezas; pero lo que vio fue una lesión, y de las chungas. Operar una triada en la España de posguerra no era tarea fácil, y aunque Chillida pasó hasta seis veces por el quirófano, nunca pudo volver a ser futbolista profesional. Con diecinueve años marchó a Madrid a estudiar arquitectura, si bien poco después abandonó la carrera para dedicarse a tiempo completo a la escultura y el dibujo.

Como ya he contado alguna vez, el arquitecto Luis Moreno Mansilla solía decir que «uno se gana la vida con la segunda cosa que mejor sabe hacer». De hecho, el propio Chillida afirmaba que «Hay que buscar caminos que no hayan sido transitados antes». En el 43 la Real Sociedad consiguió el ascenso a Primera. Ese mismo año, Chillida encontraba un camino que cambiaría el mundo de la escultura para siempre. Y aun así, nos gustaría preguntarnos qué pensaría el niño Eduardo, que jugaba al fútbol por los prados de Hernani y por los campos de Donosti, si viese la madera y el acero del Yunque de sueños XIII o las horadaciones de tierra en sus Lurras. ¿Vería espacio? ¿Vería material? ¿Vería cuerpos y rodillas como lo haría cualquier otro niño?

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Lurra nº 67. Eduardo Chillida, 1985. © Fundación Telefónica.

En un capítulo de la primera temporada de El Ministerio del Tiempo, Velázquez dice: «No soy el más grande. El más grande es Picasso». El pintor sevillano y viajero del tiempo se indigna cuando algún visitante del Museo del Prado asevera que los cuadros de Picasso podría hacerlos un niño. «¡Claro que no! —protesta el Velázquez ficticio—. Con catorce años, Picasso pintaba cuadros que parecen fotografías». Es divertido ver al pintor más grande de la historia de la humanidad descubriéndose ante Picasso; pero es aún más interesante imaginar qué pensaría el niño Pablo de las obras de su madurez. Porque, en efecto, con trece y catorce años, Picasso era un pintor realista excepcional. Entrenado bajo la tutela academicista de su padre, profesor de Bellas Artes, decía su madre que una de las primeras palabras de Pablo fue «piz» como apócope de lápiz. Así que, ¿cómo se enfrentaría un niño con la habilidad técnica de Picasso a las obras que él mismo pintaría treinta, cincuenta y setenta años después? ¿Qué diría de Le peintre au travail? ¿Despreciaría la aparente falta de precisión o quizá sabría reconocer el vigor y la destreza expresiva del trazo? Tal vez lo apreciase como la infancia artística que él nunca tuvo, no en vano declaró años más tarde: «[…] por lo que a mí respecta, yo no era un genio. Mis primeros dibujos nunca se han mostrado en una exposición de dibujos infantiles. Me faltaba la torpeza de un niño, su ingenuidad. He hecho dibujos académicos a la edad de siete años, con una precisión de la que me asusto».

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Le peintre au travail. Pablo Picasso, 1964. © Fundación Telefónica.

Con dieciocho años, Antoni Tàpies sufrió un episodio de tuberculosis que le tuvo postrado en la cama durante varios días. Según su propia crónica, los estados febriles le produjeron alucinaciones que luego plasmaría en el desarrollo de su obra. Esta convalecencia le hizo replantearse su futuro y, ya durante el proceso de recuperación, comenzó a dibujar de manera entusiasta. Tal vez fue la fiebre lo que le hizo apartarse de sus estudios de Derecho, pero sin embargo, y también según relato del mismo Tàpies, su verdadera vocación artística se manifestó a los once años. A finales de 1934, cayó en manos de Antoni el ejemplar de Navidad de la revista D’Ací i d’Allà. En sus páginas se presentaba una amplia perspectiva del arte moderno global. ¿Qué vio ese niño, miembro de una familia de la burguesía catalanista, para considerar que su futuro estaba en el arte? ¿Vio acaso la Invención colectiva de Magritte o el Toro muriendo de Picasso, obras ambas de ese año 34? A lo mejor se fijó en el propio papel de la revista o en sus grapas o en las tablas de madera de los marcos de los lienzos; en todos esos objetos cotidianos que, años después conformarían gran parte de su corpus creativo.

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Assemblage amb graffitti. Antoni Tàpies, 1972. © Fundación Telefónica.

No podemos contestar a todas estas preguntas, pero la exposición Sin título. La Colección Telefónica como nunca se ha visto ofrece una serie de respuestas alternativas como consecuencia de un experimento educativo inédito en España. Durante un año, cien niños y niñas de entre diez y doce años han colaborado en las labores de comisariado y han participado de manera activa en el desarrollo de la exposición. Literalmente, se les ha preguntado cómo enfrentarse al arte moderno y ellos han respondido con propuestas de espacios expositivos y con reinterpretaciones de casi setenta piezas de pintura, fotografía, obra en papel y escultura de artistas nacionales e internacionales, incluyendo a Magritte, Chillida, Picasso y Tàpies, además de Eduardo Úrculo, Joan Fontcuberta, Luis Feito o Sam Taylor-Wood. En la muestra, dirigida a todos los públicos, conviven las piezas originales con las visiones de los pequeños y puede visitarse hasta el 24 de abril en el Espacio Fundación Telefónica, en el número 3 de la madrileña calle Fuencarral.


Los juguetes más estúpidos de esta Navidad

Toy Story 3, 2010. Imagen: Walt Disney Pictures / Pixar Animation Studios.

1) La Fiebre del Oro: El Óscar al Juguete Más Estúpido del 2014 se lo lleva sin la menor lid este inefable esputo del Hades. ¿Cuál es su problema fundamental, oigo que me preguntan? Es sencillo: La Fiebre del Oro no es un juguete, es un empleo. Y no un empleo moderno con aromas hipsterescos, como emplazador de product placement en series de dibujos animados o fabricante de imaginativos cupcakes en chupi-distendida empresa de branding. No, se trata más bien de un empleo victoriano, de cuando la jornada duraba veintitrés horas y el trabajo infantil empezaba cuando perdías los dientes de leche, y respirabas casi exclusivamente grisú con salfumán y estabas encargado de artefactos letalísimos que se accionaban manualmente. La Fiebre del Oro consiste, ya lo ven, en buscar pepitas de oro, una actividad insalubre que llevó a la demencia en 1876 a millares de pioneros con las manos destrozadas y ni un solo molar sano, por no hablar de los que se apiolaban por una enjuta veta en el Yukón o los que agarraban un sifilazo tras gastar su única pepita en rameras. Era este, quizás, el empleo menos deseable del siglo XIX, y eso es decir mucho para una época en que la forma predominante de trabajo era la esclavitud. ¿La Fiebre del Oro? Me pregunto cuándo sacarán el juego Altos Hornos de Vizcaya («¡Deslómate hasta la muerte en tu propia fundición!») o Minería Riotinto («¡Extrae cobre con tus manos desnudas hasta el último aliento!»).

2) Emilio: A.k.a. «Mi primer amigo robot». Pero Emilio no es el amigo abogado que te ayuda a rellenar los arcanos formularios de la declaración de la renta, o aquel otro compadre manitas que te taladró las estanterías de libros, colocándolas en su sitio sin el menor desnivel. Emilio (nacido Emiglio) es el amigacho stoner y slacker (el haragán de toda la vida, vamos) que se materializa en tu puerta tras ser abandonado por enésima vez por la parienta, y que agradece tu gesto de caridad quedándose a pan y cuchillo durante tres meses; apalancado en la chaise longue, amorrado a la pipa de agua y sin echarle siquiera un vistazo rápido a los anuncios clasificados de La Vanguardia. «Emiglio» es, en efecto, un amigo de mierda. Y un inútil. En términos robóticos es el equivalente de aquellas terminales de energía que aparecían en La guerra de las galaxias (#1, ahora #4) y que parecían patizambas neveritas de picnic. La comparación con un stoner no era gratuita: Emilio puede moverse por la casa, pero no lo hace con tremendo arrojo, solo se desplaza cuando no hay más remedio, e incluso entonces no cesa de arrearse trompazos con las puertas; Emilio podría alcanzarte cosas si se las pides bien, pero su mano subprensil es incapaz de agarrar objetos si tú no los colocas allí antes (convirtiendo su potencial recadero en mera quimera); y, aunque Emilio sí puede emitir sonidos, solo lo hace cuando tú le interpelas, y habiéndolos grabado antes. Es decir, que solo te imita o dice chorradas repetitivas en una voz muy grave y letárgica (como los fumetas de carne y hueso). Emilio, dejémoslo aquí, es el apestoso muñeco teledirigido de toda la vida, solo que este mide unos colosales cincuenta y tres centímetros y despide más lucecitas estroboscópicas (parece que lleve otro juguete, el Simon, hincado en la cabeza). ¿Cómo podríamos empeorar esta nulidad? Es fácil. En YouTube topé con un inquietante video casero donde se veía a Emilio pronunciando frases sibilantes de psicópata que solo un padre perturbado clasificaría como «buena idea». El diálogo era de Fagin pederasta con trastorno límite de personalidad, y decía así: «Hola Max (aullidos del niño). Max, ven aquííííí… Quiero jugar contiiiigo, Maaaaax (afecta un acento como de Jack en El Resplandor + pedófilo reincidente)… ¡No me toques! (cuando el niño se le acerca)… No me gusta que me toquen, Max. No me gusta nada (alejándose del niño y dirigiéndose a la puerta, como una prima donna contrariada) Umm. ¿Cuál es tu habitación, Max? ¿Es esta, Max?». Yo de ti no se lo diría, Max: con lo fumado que va, es posible que acabe cagando en tu cesto de ropa sucia.

3) Cacamax: Y hablando de cagar. Cada año no pueden fallar los bichos defecadores, y el bueno de Cacamax es un espléndido ejemplo de ello. Como catalán y tipo más bien primitivo yo puedo verle el atractivo a lo del humor escatológico, aunque es imposible no predecir que la broma irá perdiendo mecha con cada nuevo zurullo o ventosidad. De hecho, la cosa tiene incluso menos gracia, porque lo que Cacamax expulsa por su afelpado anus son huesecitos, los mismos que su propietario tiene a bien darle de comer cada mañana. Cacamax es tan poco solícito que ni siquiera se molesta en separar la materia fecal de los nutrientes, y vuelve a expulsarlo todo en su forma original (es decir: prosaicos huesos), robándole al querubín una inestimable clase práctica de biología y anatomía. El anuncio de Cacamax es asaz hilarante, sépanlo, pero no por los sonoros pedorros que expele el tal Cacamax, sino porque está ambientado en Francia: torre Eiffel, gendarme tontuelo, chavalas histéricas y cánidos incontinentes. Al principio la localización no tenía ningún sentido para mí, pero de repente caí en que se trataba de propaganda patriótica: IMC Toys, compañía española, ponía en práctica la arraigada galofobia que ha sido motor nacional desde los tiempos de Pepe Botella, y aprovechaba la promoción de su simpático can cagante para insinuar (lean entre líneas, por favor) que los gabachos son torpes, gilipollas, infantiles y flatulistas. En todo caso: esta basura vale cincuenta y cinco euros, pero al menos caga. Su primo Kao Kao (también de IMC), el koala que necesitaba sal de frutas urgentemente, solo eructa y duerme, eructa y duerme. Sesenta euros por algo que puedo conseguir llamando a mi amigo David e invitándole a un botellín.

4) Monster High: Siempre me han inquietado las Monster High, y no porque sean monstruos. De hecho, dan menos miedo que aquellos agusanados engendros de porexpán que Dario Argento sacaba en sus películas de los ochenta. Si me llena de inquietud este contrahecho gang de petardas cabezudas es por su incongruente y precoz sexualización, como aquella turgente Pocahontas que cimbreaba con abandono los melones en una (no lo olvidemos) película para menores. Dracubecca, Lagoonafire, Clawvenus y el resto de piernilargas lagartas lucen y posan como góticas no-muertas que hubiesen decidido empezar a hacer la calle. Botas S/M, maquillaje putiférico, minifaldas de cuero, bolsos diminutos… No hay otra manera de verlo: Monster High son una cuadrilla de zombi-prostitutas con aficiones siniestras. Es como si su creador hubiese decidido conservar todo lo que hace abominables a las Barbies (ver apartado 9) y limitarse a añadir unos cuantos remiendos de cultura gothmetal americana. ¿Habrá algún padre obtuso que piense que regalando esto está siendo menos «convencional» que regalando Nancys? Monster High son Sex & The City + April Lavigne + Crepúsculo + Barbie. Es decir, una mezcla de todo lo perverso que hay en la cultura USA. El anuncio incluye un mensaje de Info-Papás para tablet que no he descargado, pero que sin duda avisará de que: ESTAS MUÑECAS PARECEN PUTAS. Y su «Cámara Electrizante» parece el baño de una dominantriz.

5) Mi Primer Huerto: Recibe el accésit a engendro con Nombre Menos Invitante del 2014. Y por ser un juguete excrementicio, claro. Digo «juguete» por decir algo, porque salta a la vista que plantar patatas es lo menos parecido a «jugar» que existe sobre la capa de la tierra. Solo papás extrotskistas (rama POSI) y tercos hippies naftalinados podrían pensar que darle al azadón en un huerto (por minúsculo que sea) puede ser una actividad atrayente para un niño. A no ser, claro, que lo recanalicen hacia la plantación casera de marihuana para usos lúdico-medicinales y posible venta en patios del instituto. Entonces sí les estaremos enseñando una carrera lucrativa y con futuro. De otro modo, Mi Primer Huerto es solo la alucinante plasmación del Plan Quinquenal de Mao Zedong renacido en trasto inútil, cuyo único destino será la alacena mohosa a donde los niños lo desterrarán tras comprobar que NADA de lo que ofrece la caja es siquiera vagamente entretenido. Los creadores han intentado vender lo de la siembra y recolección de hortalizas como algo chispeante, bautizando a los diversos tubérculos y plantas como «Signore Basilico» y «Antoñito Rabanito»; pero, contrariamente a lo que suele creerse, los niños no son tontos. Una vez abierta la caja, comprobado que allí solo habita un saco de tierra («Oh, papi: ¡un saco de abono! ¡es lo que siempre había deseado!»), semillas no comestibles y una «pastilla compacta de fibra de coco», y verificado que hay que trabajar para que se materialice el anunciado «Signore Basilisco», y que encima el fulano solo lo hará tras varias semanas de letárgico crecimiento a paso de tortuga, los niños escupirán encima de este chisme inútil y jipioso. «[Las plantas perennes] tardarán más en crecer pero luego te harán compañía muchos años», nos cuenta el prospecto, escrito por el único publicista del planeta que aún no sabe que los niños no tienen concepción del futuro no-inmediato. Decirles que todos estos vegetales les harán compañía «muchos años» es como decirles que en su erasmus ligarán lo que no está escrito, o que su jubilación será altamente placentera. Hay que estar loco para poner algo así a la venta, simple y llanamente. O no haber entendido aún el concepto «niño».

6) El Primero de la Clase 5000: También conocido como «Haz que todos tus compañeros de clase te detesten y te manteen en los recreos 5000». Por mucho que hoy en día el geek haya experimentado un súbito subidón de popularidad, crear un juguete que esencialmente sirve para convertir a los niños en empollones odiados por el resto del alumnado me parece una atrocidad. Hasta el más burro de los humanos sabe que el avance frontal por los pupitres hasta el liderazgo del aula se traduce catastróficamente en un descenso directamente opuesto en popularidad entre los alumnos de ambos sexos. Ser el primero de la clase es, en pocas palabras, un suicidio social; casi peor que hacerse mod en los años ochenta. Este es un axioma que conocen al dedillo incluso los guionistas Disney, gente harto dada al sermón y muy poco propensa a la propagación de sentimientos antisociales o de rebeldía entre el estudiantado. Pero hay un límite en el catecismo del conformismo, y ese límite es el Empollón de Mierda, caricaturizado en millones de filmes infantiles como fétido esbirro del profesorado, acnéico feúcho sin salvación, lloriqueante niño de mamá y, aún peor, burgués asqueroso y ejecutivo en ciernes. Si usted, despistado progenitor, desea que su hijo se transforme en alguien así, entonces no se corte: cómprele El Primero de la Clase 5000. Con 5000 (¡cinco mil!) preguntas de primaria. Pero luego no se sorprenda si al llegar a la adolescencia empieza a sentir fascinación por las armas o cuelga descomunales esvásticas en su otrora virginal cubículo infantil. O empieza a decir que su futuro está en la gestión de recursos humanos para multinacionales informáticas.

7) Gastón Cabezón: El problema de Gastón Cabezón no es que sea un juego sin potencial de solaz niñesco. Tal vez lo de rebuscar cosas «asquerosas» (no son asquerosas de verdad: la caja no incluye tampones viejos, vómitos de borracho ni fotos de mutilación genital) a ciegas en el interior de una cabeza de peluche pueda tener su gracia caduca durante los primeros dos días. El problema de Gastón es su extrema fealdad, que le hace asemejarse a John Merrick tras haber metido la cara en una deshuesadora de manzanas. O sea: he ahí un juego de apariencia REPUGNANTE. Algo que ninguna madre querrá ver rondando por la casa, y cuyo único sino es ser enterrado en algún torreón inexpugnable fuera del alcance de la camada (como en El hombre de la máscara de hierro). No: ningún papuchi responsable querría exponer a sus hijos a una monstruosidad de este calibre. Sería como colgar en su habitación el disco de Big Black que llevaba en portada a un fulano que se había pegado un tiro en la jeta. Y Gastón resulta aún peor cuando se juega con él. Puaf. ¿De verdad quiere usted ver a la niñita de sus ojos practicando algo que se parece de forma tan alarmante a un vídeo explícito de fisting entre ancianas bálticas? Lamento decir que auguro un futuro comercial de lo más breve para Gastón Cabezón. A no ser que decidan reconvertirlo en pavorosa máscara de Halloween, o reaparezca como antifaz de psicópata asesino en algún filme estilo Scream.

8) Rummy De Luxe; donde el tiempo no existe: Seré breve: el Rummy es un juego para viejos achacosos. O para jóvenes muy desocupados de los años cuarenta. O para marinos hastiados en interminables peregrinajes transatlánticos. Es el típico juego que aparece en novelas pasadísimas de moda, donde el chico formal y casamentero del sur intenta cortejar a la chica frígida y algo boba jugando «mano tras mano» de Rummy con ella. O con su abuelita Harriet. Intentar volver a poner de moda el Rummy es como intentar que vuelvan la tuberculosis, José Guardiola o la Santa Inquisición: una insensatez, un indeseable retroceso en el tiempo, una villanía. El «progreso» tecnológico nos ha traído muchos fiascos y nuevas tiranías (Twitter, Wii, Facebook…) pero también ha postergado al trastero de la historia algunas prácticas inhumanas que llevaban siglos esclavizando al hombre: el programa Gente Joven, la misa del gallo, las danzas regionales como asignatura y, cómo no, el Rummy. O el bridge, ya puestos. Ambos entretenimientos más plúmbeos que una peli de Tarkovski. En este caso, el subtítulo del producto es perfectamente adecuado: «donde el tiempo no existe». Tras media hora de Rummy uno experimenta una desorientación temporal muy parecida a la que sufren los secuestrados por Al-Qaeda o la Junta argentina: «¿Llevo aquí dos días, dos meses, o dos años?». Si yo sorprendiese a mi hijo de siete años jugando al Rummy me preocuparía más que si le hallara un panfleto de la secta Moon o un vídeo electoral de UPyD. La gente más aburrida del mundo debe jugar a Rummy, de acuerdo, pero ¿un niño? ¿Con todo un universo de gatos apedreables, paredes grafiteables y chicas besuqueables allá fuera? Venga ya, hombre.

9) Barbie Style Luxe: Decir que las Barbies son un asco inmundo es un lugar común más calcinado que odiar a Bono Vox; pero no por ello es menos cierto. Sí, ustedes ya lo saben: las Barbies son El Enemigo. Fomentan entre las niñas todo aquello que es vil y banal y mezquino: el afán de lucro, la vanidad enloquecida, el estilo de vida americano (sinónimo de los dos defectos anteriores), la mojigatería y el sentimentalismo más baboso. Por mucho que las fabriquen en todos los colores y razas, negras o asiáticas o klingon, Barbie es el epítome de la clase media-alta blanca yanqui recluida tras empalizadas en barrios residenciales, con todo el código moral y ético que eso conlleva. Por añadidura, fomentan de forma obscena un ideal físico de enloquecida perfección (para estándares americanos, quiero decir) que solo puede llevar a la bulimia, la sala de operaciones o la depresión fulminante. O sea: ¿Quién leches es ese maniquí pestañoso con cintura de Mamie Van Doren y sonrisa maníaca perpetuamente escayolada en el jeto, pies de geisha y busto estatuesco? ¿Eso es una muñeca, o un objeto de adoctrinamiento político? ¿Por qué no existen la Barbie Escritora Famélica, o Barbie Sindicalista, o Barbie Profesora en Plenos Recortes, o la Barbie Cajera del Lidl? ¿O, ya puestos, la Barbie en el Paro Indefinido, que sería mucho más fiel a la realidad de nuestro país? No: Barbie, esa mierdecilla elitista, siempre es CEO de alguna empresa, viste de rosa horripilante y anda por ahí en un Fiat 500. Vive en Pedralbes o La Moraleja y solo piensa en ligar con Ken (estúpidamente, pues como Toy Story 3 dejó bien claro, Ken es marica), freír malvaviscos (para regurgitarlos luego) o comprar nuevos modelitos. En este caso, las feministas tienen la razón al 100%: hay que matar a Barbie. Hay que quemar todas sus efigies. Se lo digo claro: antes le regalo a mi hija una Glock semiautomática que una odiosa Barbie. Sí, Barbie: que te den por saco, rica.

10) Nenuco Día al Cole: Todo en Famosa huele a 1972: el tipo de juegos, las niñas que utilizan en los anuncios (siempre repeinadas y luciendo diademas y perlas, como las nietas de Franco), el concepto del lugar que ocupa el tierno infante en la sociedad, su logotipo corporativo y el recuerdo indeleble del anuncio «Las muñecas de Famosa / Se dirigen al portal / Para hacer llegar al Niño / Su cariño y su amistad» (¿Qué eran, Supernumerarias del Opus?). Si me preguntaran sobre empresas que no han sabido adaptarse al frenético discurrir de los tiempos, señalaría a Famosa sin dudarlo. En este caso, Famosa vuelven a entender espantosamente mal la circunstancia infantil con un par de muñecajos que van al colegio. Eso es lo que hacen: ir a cole y desempeñar las tareas colegiales habituales (y obligatorias) en centros de docencia. Veamos: yo no era un párvulo especialmente díscolo, y lo de ir al reformatorio (digo escuela) me gustaba, más o menos, pero tampoco era tonto sin remedio: sabía que lo auténticamente divertido empezaba justo cuando franqueabas el portalón de salida. He aquí el obvio fruto de un ejecutivo «con ideas» que entra a una reunión en Famosa, escupe su gran proyecto para las Navidades del 2014 («Ya lo tengo: ¡niñas que van a colegio!»), y en lugar de ser cesado en el acto es recibido con vítores y corchos volantes de vino espumoso. Lo único que redime a Nenuco Día al Cole es el esperanzador anuncio de: «¡Pon tú las normas!». Ah, bueno: esto es otra cosa. Ahora reparo en que este juguetito no es educativo, sino todo lo contrario. Es una arma secreta para sembrar el caos y la anarquía en las aulas, tal cual sucedía en aquellas películas de delincuencia juvenil de los años cincuenta como Highschool ConfidentialBehind these nice shool walls, A TEACHER’S NIGHTMARE! A TEEN-AGE JUNGLE!»). Visto así, creo que sí compraré Día al Cole para mis hijos. Según lo veo ahora, esto es la antesala lúdica a la desobediencia civil y la violencia anti-establishment.

Finalistas y premios especiales: Pocoyó Bailarín (niño deforme con Parkinson y Mixomatosis se marca un twist paralítico), Master Chef; el juego oficial (¡preguntas sobre cocina para niños, por el amor de Dios!), Disney Princesa Sofía (imposible no pensar en la antigua reina de los borbones), Xeno Electrónico (el adefesio de la temporada; parece un crusty mucoso en pleno bajón) y las clásicas pistolitas de agua (un juego sensacional que, no obstante, se utiliza primordialmente para atajar siestas paternas cuando llega el verano).

Toy Story 3, 2010. Imagen: Walt Disney Pictures / Pixar Animation Studios.


¿Qué fábula o narración infantil nos enseña más sobre la vida?

Decía Aristóteles que el amigo de la sabiduría es también amigo de los mitos. Los cuentos infantiles, mitos, leyendas, fábulas y en general las narraciones de todo tipo no nos enseñan cómo es el mundo a la manera de un reportaje periodístico o un estudio científico, pero sí cómo lo percibimos y, sobre todo, cómo manejarnos en él. Naturalmente lo importante de todas estas historias es que sean divertidas y nos dejen con la boca abierta durante un rato, lo que ocurre es que algunas además nos proporcionan modelos de comportamiento y nos ayudan con su ejemplo a comprender esta vida tan enrevesada. Para seleccionar y explicar las mejores nos hemos basado tanto en nuestra propia experiencia como en la del comité de sabios de entre tres y diez años de edad que hemos convocado, que son los que han terminado haciendo las observaciones más sensatas… aunque al ser preguntados a veces les ocurra como a Irene, de diez años: «he aprendido algo, pero no sé muy bien qué». Así son las grandes historias, siembran algo dentro de nosotros aunque no sepamos explicarlo.

Les animamos a votar entonces entre la docena de ejemplos escogidos y, aquellos de ustedes que tengan hijos o sobrinos, pueden ponérselas en la tele o, mejor aún, contarles estas historias de viva voz y decirnos luego qué les han parecido.

Los tres cerditos

Imagen: Disney.

Aquí estamos ante uno de los cuentos estrella en muchos países y generación tras generación. A los niños les gusta especialmente que contenga frases que ellos puedan repetir, como «¿Quién teme al lobo feroz?» y «soplaré y soplaré y tu casa derribaré» y sobre todo los gestos, con momentos cumbre como el del lobo soplando o cuando finalmente se quema el trasero al bajar por la chimenea. Es un cuento que probablemente nunca contaron a Calatrava, aunque su moraleja vaya mucho más allá de la importancia de emplear buenos materiales de construcción: nos habla de la importancia del trabajo, de buscar objetivos a largo plazo y de aplazar la recompensa. La capacidad de renunciar a la gratificación inmediata es uno de los pilares de la civilización y ha sido objeto de innumerables estudios como el Experimento del Malvavisco de Standford, que vincula la capacidad de un niño de resistir la tentación con el éxito académico y laboral que tendrá de adulto. Aunque Lucas, de tres años, extrae de ese cuento la conclusión probablemente más acertada que pueda hacerse: de mayor quiere ser lobo.

Pedro y el lobo

Imagen: Disney.

Hay historias que nos cuentan de niños y que de adultos deberían seguir repitiéndonos semanalmente como una especie de gimnasia mental a ver si el concepto se nos va asentando bien dentro del magín. Este es el antídoto por excelencia contra la demagogia y el sensacionalismo. Véase por ejemplo con términos como «fascismo», «terrorismo», «machismo», «racismo» o cualquier otro que sirva para meterle el dedo en el ojo a los demás. Se usan de forma tan indiscriminada que acaban desgastándose, se diluye su significado y finalmente cuando el lobo aparece ante nuestros ojos ya no hay una palabra con la que alertar al resto. Pablo, de tres años, define este cuento como «caca de perro». Pero como usa esa expresión como respuesta para todo entonces quizá es que va un paso más allá, ha entendido mejor que nadie la idea y está enseñándonos cómo «caca de perro» termina perdiendo su significado si se utiliza en exceso.

Caperucita Roja

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Imagen: Gustave Doré (DP).

Y seguimos con los lobos, personajes estrella en toda narración infantil que se precie, aunque como especifica Irene los de los cuentos ya no le dan miedo, solo los de verdad. A Mario, de seis años, este cuento le indigna, «¡¡¡PERO POR QUÉ VA POR AHÍ SI YA SABE QUE HAY UN LOBO!!!» mientras que Enmanuel, de diez años, ha sabido extraer la moraleja: «es una historia que nos enseña a no ir con desconocidos». Poco más podemos añadir entonces, salvo nuestra extrañeza ante los lobos de los cuentos como este o el de los siete cabritillos, que tienen unos hábitos alimenticios propios de las boas constrictor. Hay que masticar bien lo que se come.

La zorra y las uvas

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Imagen: Robert Bateman vía www.robertbateman.ca.

Mario zanja esta fábula de Esopo con un «pero a los zorros les gustan las uvas o qué». Visto así nos estropea cualquier moraleja, pero si salvamos este escollo aceptando zorra como devoradora de dicho fruto, entonces lo que tenemos es una descripción de gran agudeza del comportamiento humano. Pues si algo nos insisten infinidad de estudios psicológicos es que nos comportamos como esta zorra una y otra vez, racionalizando a posteriori nuestras elecciones (que a menudo de elecciones tienen poco) como si hubieran sido fruto de una deliberación previa. Nos gusta vernos como agentes libres y racionales y no como barquichuelas agitadas de aquí a allá por las circunstancias externas o por nuestros impulsos internos.

El nuevo traje del emperador

Imagen: Vilhelm Pedersen (DP).

Otro cuento que se debería enseñar en las escuelas si lo que se quiere es formar ciudadanos libres. Repetimos el discurso que está socialmente aceptado, lo que creemos que hay que decir para no quedarnos excluidos del grupo, aunque nuestros ojos nos digan otra cosa, ¡qué sabrán ellos! Luego pasa lo que pasa, porque las ilusiones de masas no suelen traer nada bueno. Y cuando alguien por fin se atreve a decir la verdad, el encanto se rompe en mil pedazos. Iago, de ocho años, ha sabido quedarse con la idea fundamental, expresándola con sus propias palabras: «Esto nos enseña que no hay que dejarse engañar. Si alguien me dijera que tiene un cromo especial pero invisible nunca me lo creería y me daría cuenta de que se ha leído el cuento más de cincuenta veces».

La cigarra y la hormiga

Imagen: Milo Winter (DP).

Otra fábula de Esopo que al igual que el cuento de los tres cerditos nos enseña la importancia del trabajo y de buscar el beneficio a largo plazo. También ha sido utilizada frecuentemente para reivindicar discursos de tendencia liberal, por lo que en más de uno genera suspicacias pues el papel de cigarras sin trabajo nos puede resultar impuesto y la hormiguita será trabajadora pero piadosa ya no tanto. En cualquier caso un cuento abierto a interpretaciones. Por su parte Mario, que como estamos viendo no deja pasar ni una, opina simplemente que la cigarra es gilipollas.

El cuento de la lechera

Imagen: Julien Dupre (DP).

El cisne negro es un celebrado libro publicado en el año 2007 del filósofo e inversor en bolsa Nassim Nicholas Taleb, en el que dejaba caer cosas como esta: «la institución Fanny Mae se me antoja que está asentada en un barril de dinamita, vulnerable al menor contratiempo. Pero no hay por qué preocuparse: su numeroso personal científico considera que esos sucesos son improbables». La idea recurrente a lo largo de la obra es que el futuro es imprevisible y a menudo nos encontraremos contratiempos que no podemos prever pero que resultarán decisivos, para bien o para mal. Básicamente eso, pero con otras palabras, es lo que nos dice el cuento de la lechera. Tengámoslo en cuenta al hacer planes.

El patito feo

Imagen: Disney.

Cuántos niños habrán tenido que llevar brackets, o gafas de culo de vaso o tendrían orejas de soplillo, o cargarían con cualquier otra característica física, social o psicológica que les hiciera sentirse diferentes al resto, objeto de desprecio y con la autoestima por los suelos. En muchos casos llega la adolescencia y la cosa se pone aún peor: con una pierna creciendo más que la otra, la cara cubriéndose de acné o cualquier otra broma macabra que la vida parece querer gastarnos precisamente cuando uno no tiene la madurez y entereza necesarias para reírse de ellas. Y entonces recordamos el cuento de Hans Christian Andersen y recobramos la esperanza. Luego es cierto que no siempre acaba uno convirtiéndose en cisne y a menudo se queda más bien en gallina clueca, pero mientras todo el mundo tenga su pedacito de dignidad bien estará.

Pinocho

Imagen: Dreamworks Animation.

Iñigo, de siete años, lo describe con cierto dramatismo: «si mientes te pueden pasar cosas fatales». Y efectivamente no es para menos, al lado de la versión original de las aventuras de Pinocho la película 12 años de esclavitud es un entrañable relato sobre la convivencia interracial a la que solo faltarían risas enlatadas. ¿Como es posible que un cuento para niños contenga escenas así? Con el protagonista perseguido por dos malvados que «le sacudieron dos cuchilladas entre los riñones. Pero el muñeco, para su suerte, estaba hecho de una madera muy dura» y acto seguido decidieron ahorcarle, dejándolo ahí solo, hasta que tras una agonía de más de tres horas:

Poco a poco se le empañaron los ojos; y aunque sintiera acercarse la muerte, seguía esperando que de un momento a otro pasara un alma caritativa y lo ayudara. Pero, cuando, espera que te espera, vio que no aparecía nadie, absolutamente nadie, entonces le volvió a la mente su pobre padre… y balbuceó casi moribundo:

–¡Padre mío! ¡Si estuvieras aquí!…

Y no tuvo aliento para decir más. Cerró los ojos, abrió la boca, estiró las piernas y, dando una gran sacudida, se quedó allí como aterido.

Luego el cuento sigue con el protagonista resucitado, pero qué mal rato, oiga. Nos ha quedado claro que no hay que mentir.

Cars

Imagen: Pixar / Disney.

Pixar a estas alturas ya se ha ganado un puesto entre los clásicos, quizá dentro de varias décadas o siglos no existan coches, pero Cars merecerá seguir viéndose. Rayo McQueen es adorado por millones de niños, que si tuvieran que escoger entre perder su coche de juguete o a su abuelita, se quedarían pensando un rato. La historia que nos cuenta es un hermoso canto a la amistad, que antepone incluso a ganar. Lo que no está mal en un país con esa costumbre tan extendida y tan desconcertante, por la seriedad con que parecen tomársela de dividir a las personas en dos categorías: ganadores y perdedores. Cuando al final de lo que se trata es de ser feliz.

Buscando a Nemo

Imagen: Pixar / Disney.

Nemo es un pez que tiene una aleta atrofiada pero no por ello es menos que nadie y vive toda clase de aventuras en esta otra gran película de Pixar. A Wilfrid, de cinco años, le da miedo porque salen tiburones, pero eso se debe a que es muy pequeño y resulta fácilmente impresionable. A los que somos más mayores el personaje que realmente nos aterroriza es el dentista.

Otras

Imagen: Corbis.

Sería imposible reunir aquí todos los cuentos, fábulas, películas o dibujos animados que significaron algo para quien los vio, que sirvieron de ejemplo de una forma u otra. En nuestro pequeño estudio de campo las respuestas han sido muy variadas y la mayoría han quedado fuera por este motivo. Pero no nos gustaría terminar sin incluir algunas. A Alloa, de diez años ( la misma edad que los siguientes) le encantó Monstruos S.A. «porque te enseña que tienes que asustar a la gente». Di que sí, hay que hacerse respetar. A Alejandro lo que le gusta de Transformers es que te enseña que hay que proteger a los humanos y Antonio se queda con Naruto porque le mola y punto, igual que a Ricardo Spiderman. A Noelia le impactó La nave fantástica «porque es de fantasía a la vez que habla de hechos que podrían ser verdad y es para niños». Cristina elige Rapunzel porque tiene el pelo largo, mientras que a Natalia y Ainhoa la historia que más les gusta es Romeo y Julieta «porque es de amor verdadero». Y por último, Alba tiene predilección por Ocho apellidos vascos ya que nos enseña que «en el amor no hace falta ser de la misma cultura».

Nuestro especial agradecimiento a la profesora de primaria Neila López por su colaboración.


Los niños del Holocausto: antes, durante y después

Niños en un campo de exterminio nazi, alrededor de 1945. Foto World History Archive  Cordon Press
Niños en un campo de exterminio nazi, alrededor de 1945. Foto: World History Archive / Cordon Press.

Sigo buscando la manera de llegar a ser la que yo tanto querría ser, la que yo sería capaz de ser, si… no hubiera otras personas en el mundo. (Ana Frank)

Antes: historia de una infancia

Chitón. Esa fue la última palabra que Raymond Federman escuchó a su madre con trece años. París, 1942, una redada para detener a los judíos, para mandarlos a Auschwitz, para vivir lo atroz. De los tres hermanos, dos niñas y él, la madre eligió a Raymond para meterlo en un trastero con la ropa y los zapatos y decirle: chitón. Que se callara, que sobreviviera. Que, quizá, lo contara después. Cuando vienen los guardias a buscar a los Federman, Raymond oye como la madre dice que no está, que se ha ido al campo. Así se acaba la infancia para el niño del trastero, y también se acaba ahí su familia, y también el Holocausto. No la guerra, pero sí lo que era una muerte casi segura.

El edificio en el que vivía Federman pertenecía a sus tíos: León y Marie. En la planta de abajo, además de un patio en el que había un árbol, se alojaba una familia antisemita que, en cuanto empezó la persecución, se volvieron de lo más hostiles. Federman chupaba terrones de azúcar para el hambre y estuvo quieto y callado, y se meó y se cagó encima. Pero sobrevivió, a diferencia de sus padres y sus hermanas, que murieron en Auschwitz —eso es lo que cree, lo que comprende de todo lo que les ocurrió.

Chitón, susurró mi madre. Y los trece primeros años de mi vida se los tragó la oscuridad de aquel trastero en el tercer piso de nuestro edificio. Yo, que tenía tanto miedo a las tinieblas que no me atrevía a ir solo de noche a los retretes del patio porque estaba demasiado oscuro dentro; yo, que temblaba de miedo cuando tenía que bajar al sótano de nuestra casa a buscar carbón para la salamandra, pues me aterrorizaban la oscuridad y las enormes ratas que correteaban por aquel sótano, permanecí a oscuras en el trastero durante todo un día y toda una noche, perdido en mi incomprensión.

Esta es la historia de una infancia que se vivió al margen del Holocausto, gracias a que la señora Federman, ¡shh!, mandó a callar a su hijo. Raymond, con un estilo y una narración a veces brusca y a veces descarada, recuerda todo lo que ocurrió hasta que se los llevaron a todos y él se quedó en el trastero, para finalmente acudir a una granja en la que pasó toda la guerra. Es la memoria de alguien que necesita de unas raíces, porque se las han quitado todas: es un inventario de lo que tuvo, una enumeración.

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Chitón. Historia de una infancia (Turpial, 2010) es la necesidad de su autor de recuperarse un poco, detallar aquellos recuerdos que todavía permanecen en él. Federman nos habla de su padre, que era un artista empobrecido y con tuberculosis que se lo gastaba todo; y nos habla de la bondad de la madre, en esa combinación familiar tan típica. Los hombres, él se consideraba como tal, meaban en el fregadero, mientras que las chicas les daban patadas para que dejaran de hacerlo, y digo que les daban patadas porque dormían en la cocina: mientras ellos se dirigían al fregadero, debían esquivar los cuerpos de las durmientes. Toda aquella miseria es lo que le queda a Federman, además de la vergüenza del amarillo, el brazalete, y aquel amigo que perdió para siempre. Le queda la madre, la salvadora.

Quería decirme: Si no dices nada. Si te estás quieto. Callado. ¡Chitón! Sobrevivirás.

A menudo se va frenando en la narración, en el recuento, porque no puede evitar avanzar en la historia, llegar al momento en el que todos se marcharon: Raymond intenta no hablar del Holocausto, sino de lo anterior, pero la grieta que dejó en su vida es demasiado grande como para no acabar siempre en el mismo punto: cuando su madre le dijo, y fueron sus últimas palabras, chitón. Que te calles. Y Federman se calló, pero antes de eso tenía un primo al que le compraba cómics con la condición de que no se lo contara a su padre, y a cambio heredaba el libro. Antes del chitón, Raymond vio cómo sus tíos ricos, los hermanos de la madre, fueron a pedirle que se marchara, junto a los niños, a la zona privilegiada de los judíos, un lugar a salvo: y por no abandonar a su marido, se quedaron y después se los llevaron. Al final, todo lo que recuerda desemboca en lo mismo, pero se esfuerza y recuerda cómo el amigo con el que iba a natación —su madre consiguió dinero para comprarle el bañador— dejó de hablarle en cuanto se puso la marca del diablo, la estrella de David.

Pero no todo fue horrible antes del Holocausto, porque durante un año, en el éxodo, vivieron en Argentan: caminaron por las carreteras de Normandía y vieron muertos, sus primeros muertos, pero después valió la pena porque fue un año de tregua: se hicieron amigos de los alemanes y vivían felices, aunque el padre se quería ir a pelear contra Franco y quebraba la tranquilidad, una tranquilidad verdadera a pesar de que todos creyeran que eran colaboracionistas. No importaba, porque vivían cómodamente y estaban tranquilos: no había amigos que pudieran dejar de hablarte.

Después, nada: saltó del tren, un tren al que se subió después de chitón, callarse, sobrevivir; saltó del tren y se quedó en la granja de unos parientes, donde pasó lo que una vez su madre le anunció muy solemnemente, chitón, acaba de empezar, el qué: la guerra.

Durante: testimonio del Holocausto

Helga Weiss, en cambio, estaba bien orgullosa de su brazalete: presumían de quién lo llevaba mejor cosido porque Helga es una niña inteligente y buena, con una particular sensibilidad y una lucidez como la de Ana Frank, capaz de captar el horror del Holocausto. Hemos dejado atrás la infancia y lo que vino antes del chitón, porque Weiss escribe un diario no desde un escondite, sino desde el infierno: los campos de concentración, los transportes, la separación de tus seres queridos.

Las leyes antisemitas van de mal en peor. Entre las familias judías provocó una gran agitación la noticia de que los judíos no podían seguir ocupando cargos estatales. Además, ningún ario (palabra antes desconocida) puede dar empleo a ningún judío o no ario. Ahora ya no hay freno, es un decreto tras otro. Uno ya no sabe lo que puede hacer y lo que no. Está prohibido: ir a cafeterías, al cine, al teatro, a las pistas de juego, a los parques… Hay tantas cosas que ya uno ni se acuerda. Entre otras, también llegó una norma que me conmovió: los niños judíos no pueden ir a colegios públicos. Cuando me enteré, tuve un disgusto. Después de estas vacaciones, debía empezar quinto. Me gusta ir al colegio y la idea de que quizá no vuelva a sentarme en un banco entre mis compañeras hace que se me salten las lágrimas. Pero eso también debo soportarlo, hay otras cosas que me esperan y muchas serán aún peores.

!cid_04A9B47B-9AA5-4A58-BF27-A24C7BE986E0@homeLos judíos no pueden entrar en bares ni acudir a la escuela, pero Helga va a unas clases clandestinas —a las que llaman el círculo— y está nerviosa porque es la primera vez y porque la han separado de sus amigas. Se inquietan cada vez que hay un transporte. Finalmente, la familia Weiss se va a Tezerín, un gueto, la puerta de la pesadilla. Llegan a una ciudad y la construyen, van vestidos con sus ropas y van adaptando la ciudad a lo que debe ser y todavía no es: las condiciones son lamentables pero nada comparado con lo que les espera. Hay chinches, piojos, enfermedades, tifus, cuarentenas, falta de alimento, de ropa, de espacio. Están en diferentes edificios y Helga, aunque le gustaría no separarse de sus padres, va con las chicas —es lo más recomendable. Buscan unos mínimos de normalidad, y las chicas deben estar con las chicas, para que al menos el ambiente sea un poco más amable. En el edificio joven se hacen recitales, bailes, obras de teatro. ¡Se vive! Tienen mucha actividad cultural a escondidas, y en el baile conoce a un chico y se enamora. ¿Se enamora? Igual que Ana Frank, Helga necesita sentir lo que Helga debería estar sintiendo si no fuera judía: el amor. Poco es lo que no pueden arrebatarle, y Helga está enamorada.

Cuando la Cruz Roja va a inspeccionar, Terezín entero se viste de gala: limpian, quitan el exceso de literas por habitación, ponen duchas nuevas, una escuela, nombres de las calles, jardines, gente paseando —pero no gente cualquiera, los que tienen mejor aspecto, y exhiben piezas de fruta fresca. Cuando se marchan, vuelve el tifus, la hepatitis, la encefalitis; tienen que desinfectar porque no se puede vivir, no se puede trabajar, solo enfermedad, enfermedad, enfermedad.

Con piojos y chinches se puede vivir; un poco de hambre es soportable. Solo hay que evitar tomárselo todo muy en serio y llorar. Quieren destruirnos, está claro, pero no nos dejaremos.

Entonces ocurre lo inimaginable: que podría ser peor. Los hombres de Tezerín salen en un transporte convencidos de que las mujeres y los niños se quedarán, pero tanto Helga como su madre van en el siguiente. Llegan a Auschwitz y a Freiberg y a Mathausen, y saben, porque son rumores, que existen las cámaras de gas —no pueden creérselo, seguro que son habladurías, como tantas otras informaciones que les llegan. Las condiciones empeoran —sí, era posible— y cada vez son más débiles, están más flacos. Helga se tiene que deshacer de su diario, en el que —hasta aquí— dibuja y cuenta el Holocausto. Las niñas en sus diarios no cuentan el Holocausto, pero sí Helga Weiss, que deja el testimonio a su tío.

Ya no llevan su ropa, como en Tezerín, ni salen a la calle: solo ven las chimeneas, el humo que sale de ellas, y viven atemorizados. Helga miente en su edad para que no la separen de su madre. Al menos, eso, seguir juntas. Todo el mundo dice que está a punto de acabar, pero no acaba y un día más, una hora más, es una pequeña eternidad, una pequeña muerte. Vuelven al tren y las abandonan: no salen de él, no comen, no tienen espacio para dormir siquiera, están agotadas. Y Helga, después de todo, no puede morir así: aguantan de pie.

Hoy será la sexta noche en el tren, una semana en Triebschitz. Ya no aguanto más. Cada noche me lo quito de la cabeza, pero hoy lo haré. Saltaré bajo el tren en marcha, me suicidaré. No aguanto otra noche así…

Es entonces cuando llegan a Mathausen y ven cómo de duro ha sido para los demás. Las personas que ven parecen muertos vivientes (no distinguen los vivos de los muertos cuando se hace de noche), esqueletos —todas esas imágenes que tenemos grabadas del Holocausto. Pero Helga ya no tiene su diario para dibujarlo, para dibujar el Holocausto, el horror.

Después: vuelta a la vida

Finalmente: PAZ. Se acaba. Así lo escribe Helga, así lo escribe Raymond. Pero el Holocausto, el nazismo, no acaba nunca para los niños sin infancia, perdura para siempre, y la vuelta a la vida no acaba nunca, es una herida incurable, que no se cerrará. Federman, sin familia, sin raíces. Helga, sin padre, sin diario. Ahora no cuentan el Holocausto, lo recuerdan: lo reviven.

No había un rastro de bondad entre los kapos y los SS. Eran malos, crueles, sádicos… Nunca les olvidaré ni les perdonaré. Entiendo los deseos de venganza. Aún hoy, hay muchas escenas de la vida cotidiana que me hacen volver la vista hacia aquellos días: cada vez que veo un tren pienso en los penosos traslados en los vagones de ganado, la visión fugaz de un bosque, de una cantina con alimentos: un sueño para nosotras, que nos moríamos de hambre… Creo que mi deber, mi misión, es mantener viva esa memoria, hablar de ello a los jóvenes para que algo así no se pueda repetir. (Helga Weiss)

Helga volvió a la ciudad y no tenía nada. Habían robado todo, expropiado las casas. Poco a poco se fueron reconstruyendo, pero desde cero, desde la nada. Recuperó su diario, gracias al tío, y lo terminó: contó de adulta todo lo que ocurrió en el campo de concentración y lo hizo en presente, porque es como nosotros debemos leerlo. Raymond Federman se reencontró con aquel amigo que dejó de hablarle, y se dio cuenta de que los cubiertos con los que iba a cenar en su casa eran los de su familia: se levantó y se marchó, no quería saber nada de ellos. Y poco a poco, la vuelta a la vida, una vida ya sin miedo —extraña. Sin la vergüenza ni la degradación, pero diferentes: sobrevivir era el premio y, aun así, no podían disfrutarlo como se merecía. PAZ, la palabra que Helga escribió en mayúsculas, estaba inacabada, porque después de comprobar hasta dónde era capaz de llegar una sociedad como la de entonces, ¿quién puede creérsela?, ¿qué era aquella palabra lejana que pasaba de una boca a otra, soñándola?

Chitón. Historia de una infancia y El diario de Helga Weiss (Sexto Piso, 2013) son dos piezas que complementan el testimonio de Ana Frank, hasta ahora el más leído y comentado. Tres niños que vivieron la bajeza del ser humano y lo hicieron desde cerca o lejos: escondido en una granja, oculta por unos vecinos o en el campo de concentración. Si no hubiera otras personas en el mundo, podrían haber sido lo que quisieran, los que hubieran querido ser sin la herida judía, el amarillo, el brazalete, la marca; pero había otras personas en el mundo que no los dejaron y que les arrebataron lo sagrado y lo sagrado, más que la vida, ha sido siempre la infancia.

y porque éramos críos nos daban siempre un poco de comida de más y hasta mi madre nos daba también la comida de su fiambrera decía siempre que no tenía hambre (Raymond Federman)

!cid_81E595AC-88C4-41DC-882C-8417DCD30D7B@home Ilustraciones de Helga Weiss, cedidas por la editorial Sexto Piso.


Félix de Azúa: Una vida pendiente del botón

La niña es muy pequeña, tiene 14 meses, sin embargo muestra ya una gran afición por la música. Su favorito es El Moldava, de Smetana. Como ha visto a sus padres poner una y otra vez discos en el aparato y tiene notables dotes de observación, sabe cómo encender la cadena. Cuando le vienen ganas de oír a su músico favorito, ella misma se acerca al amplificador y aprieta el botón de encendido. Luego se pone de puntillas, sube la mano hasta el lector de CD y pulsa el botón correspondiente. En cuanto ve que las luces brillan, se vuelve hacia su padre o hacia su madre o hacia ambos y les mira con un gesto de extraordinaria seriedad, pero imperioso. Su padre, su madre o ambos, se precipitan a poner El Moldava.

Ya había yo observado que casi todas las madres suben en brazos a sus hijos hasta los botones del ascensor para que los pulsen, acción que puede llevarse un tiempo con el consiguiente cabreo de los que esperan. Lo mismo con los timbres del interfono en algunos domicilios: “Anda, toca, a ver si te contesta alguien”. Y que muchos niños (por ejemplo, la niña pequeñísima de la que hablo) cogen los teléfonos de sus padres, simulan marcar un número, y se ponen el aparato en la oreja. Como la niña pequeñísima no sabe hablar, suelta una retahíla de polisílabos, nanananana pacapocopuyapocopata. Veo a los niños actuales extremadamente adheridos al botón universal, por ejemplo en los ordenadores de sus padres, a los que se encaraman y toquetean el teclado hasta que en la pantalla aparecen ventanas inverosímiles o el aparato se apaga con un mugido de agonía.

Observando la conducta infantil de un modo científico, me pregunté el otro día cuál había sido mi primer botón. Pregunta que luego he repetido a mis amigos. Nadie lo recuerda, o mejor dicho, han de hacer un esfuerzo para recordarlo. Si son menores de 40 años, algunos tienen presente una televisión de juguete que les regalaron y en la que aparecía Pluto cuando se apretaba etcétera, o incluso un animalito mecánico que oficiaba cuando se le daba al botón. Es el caso de un oso panda que la niña pequeña hace cantar dándole a un botón que descubrió ipso facto, el primer día de tenerlo entre sus manos. “Soy un panda juguetón del balón soy el campeón…” canta el oso ante los horrorizados padres. La niña se contonea. Le gusta la música.

Yo diría que el primer botón consciente que recuerdo fue el de una radio alemana marca Nordmende, de pilas de petaca (ya casi inencontrables), que me regalaron cuando aprobé el primero de bachillerato en su totalidad de una tacada, y que aún conservo a pesar de las burlas que provoca. Eran botones protuberantes, con coronas finales de color rojo sangre. Al apretarlos soltaban un sonoro “clac”, como si partieran nueces. Para mí lo de los botones tenía entonces un carácter transcendental y los teléfonos eran de dial, o sea, con agujeros en lugar de botones. Había muy pocos botones que sirvieran para algo en aquellos años infelices. Ahora, en cambio, todo viene a resumirse en un botón.

Como en aquella película de Paco Martínez Soria que comentaba admirado cómo en la ciudad le dabas un pellizco a la pared y se encendían las luces, así también ahora los niños apenas se percatan de que toda su vida, todos sus actos, el placer, el trabajo, la salud, el dolor y el ardor, dependen de un botón. En realidad de muchos botones. Uno de los cuales por cierto, solo puede pulsarlo el presidente de los EE. UU. y lo lleva en un maletín.


Héroes de metro y medio

Decía El Principito: “Todas las personas mayores fueron al principio niños. Aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Todos hemos jugado a ser héroes. Soñarnos en capa y calzoncillos para rescatar volando a una doncella. Imaginarnos bomberos en el infierno, soldados del futuro en una batalla interestelar o exploradores de un territorio inhóspito. Nos vendieron que los héroes eran siempre adultos. Pero ¿Cuántos años tiene Bob Esponja? ¿Por qué el modelo es casi siempre el maduro? Quizá por envidia. He aquí unas cuantas historias que lo demuestran.

 Los familiares despiden a SuperBaby en su primer viaje para salvar la tierra. Fuente @Elzo_

Cuenta la leyenda que a todos los niños holandeses, cuando salen a la calle, se les enseña a vigilar con detalle los diques del país que crece más abajo del nivel del mar para ayudar a prevenir una catástrofe. Cuenta la leyenda que hace muchos años, durante una fuerte tormenta, uno de ellos encontró una agujero por el que brotaba un surtidor artificial cada vez más grande. El instinto le llevó a trepar por el costado de la presa y taponar aquel peligro inminente con su pequeño dedo: “Holanda no será inundada mientras yo esté aquí” —se dijo—. Dos días con sus noches permaneció el niño sin mover ‘un solo dedo’ hasta que alguien casualmente le auxilió. El niño es hoy un héroe postizo nacional por el valor de su ingenuidad. Perder esa ingenuidad es perder un estímulo para mejorar el planeta…

La disposición para cambiar el mundo de estos ‘locos bajitos’ suele estar acotada a su entorno. Pero a veces, las señales que dejan estimulan hasta el último rincón de la capacidad adulta para conmoverse. A modo de moraleja y lección vital frente al egoísmo que nos regala el ir creciendo. El mundo —esta vez real— de Elena Desserich, de seis años, se reducía a su entorno familiar. Una terrible enfermedad limitó la escala de su percepción a las paredes de su casa y del hospital, pero como heroína de metro y medio no dejó de luchar para alcanzar los objetivos en los que creía. Con cinco años empezó a sentir los síntomas de su mortal enfermedad y al adquirir conciencia de su destino empezó a fabricar una lista de prioridades a cumplir antes del asumido desenlace. Nadar con delfines, hacer esquí acuático, conducir un coche… Un día, un deseo… solo 6 años.

Hasta ahí una historia brutal que marcaría la memoria de cualquier familia, pero que no exportaría al mundo la suficiente trascendencia. Elena decidió que su huella vital debería ser mayor. Con seis años se sentía responsable de su entorno y le aterraba la idea de su hermana pequeña jugando sola, y echándola constantemente en falta. Quería ser inmortal en su casa y desafiar al vacío que provocaría en unos meses. Elena urdió en secreto un plan. Para comunicarse con ellos desde el ‘más allá’ iría escondiendo ahora cartas y dibujos por toda la casa con mensajes de apoyo y cariño que sorprenderían a su familia en la rutina de su ausencia. Una ingenuidad con una carga emotiva que daría la vuelta al mundo.

 Alguno de los dibujos que escondió Elena por toda su casa antes de morir.

Nueve meses escondiendo notas entre los viejos libros de la biblioteca, en esa mochila olvidada de su madre, en los infinitos rincones del cuarto de juegos… Elena murió en 2007 pero su familia disfrutó de su cariño inmortal unos cuantos años más…

“Estábamos moviendo unas cajas olvidadas y entre algunos de los libros  se desprendió una pequeña nota […] Cada vez que encuentro y leo uno de sus mensajes es como sentir un pequeño abrazo de mi pequeña..”  Brooke Desserich, madre de Elena.

Al otro lado del mundo rico los problemas se relativizan. Aún así, se puede decir que la vida no comienza con buen pie cuando tu padre te vende por 600 rupias —10 euros— a un fabricante de alfombras para pagar la boda de tu hermano. Iqbal Masih (Pakistán, 1982) nació y murió esclavo de una casta a la que no quería pertenecer. Su vida fue una inmersión en lo más profundo de la iniquidad humana. La desprotección total de los derechos de los más débiles. Pertenecía a los ‘intocables’ y era niño. O sea, la escoria.

Iqbal Masih no conoció la escuela, con siete años trabajaba en turnos de doce horas para pagar los intereses del préstamo de su familia. Con diez años eran ya quince horas manejando el “kangi” para apelotonar los nudos de una de esas alfombras que acabaría en el salón de cualquier orgullosa abuela europea. El tradicional ‘paishgee’ era la forma de subvencionar un rito ancestral por la casta menos valorada. El problema es que la usura de estos préstamos se iba acumulando conforme la familia pedía y faltaba a los pagos de los patronos. En 1992 el préstamo por Iqbal había llegado ya a las 12.000 rupias y era insostenible. Pero ocurrió algo que cambiaría para siempre la historia de la explotación infantil y los derechos de la infancia.

 Un ‘garotinho’ armado hasta los dientes dispuesto a hacer frente a la policía de Río de Janeiro. Fuente

Iqbal, macerado toda su vida en la injusticia del abuso sociolaboral, asistió a una charla de un pequeño grupo sindical que había conseguido denunciar a uno de esos patrones abusones. Conoció por primera vez lo que era un derecho, sus ojos se abrieron, su espalda se enderezó y sus objetivos cambiaron. Durante aquel improvisado mitin alguien aleatoriamente acercó un micrófono a Iqbal para que contase su historia: “Me llamo Iqbal Masih…”, el resto del discurso fue lo suficientemente conmovedor para que Iqbal abandonara el taller y pudiera dedicar el resto de su vida al ‘Frente de Liberación de Trabajos Forzados’, que se hizo cargo de su deuda.

Murió el esclavo y nació el activista. En solo un par de años ayudó a cerrar decenas de talleres ilegales, protagonizó un documental denuncia contra la esclavitud infantil, recibió varios premios internacionales con los que ayudó a levantar una escuela y, cuando estaba a punto de ser recibido por la primer ministro, Benazir Bhutto

El 16 de abril de 1995 (desde entonces día mundial contra la esclavitud infantil) Iqbal  fue asesinado de un disparo de escopeta por la misma mafia que intentaba destruir. Tenía solo trece años. Macabro epílogo de una historia que parece diseñada para adultos pero que protagonizó un niño al que convirtieron muy pronto en mártir comercial por la causa. Murió el activista, nació el mito…

Un niño de 13 años salva a sus compañeros cuando el conductor de su autobús sufre un infarto

Y es que, en cualquier rincón del mundo, siempre hay un ángel anónimo dispuesto a dar una lección fuera del alcance de muchos de los que se hacen llamar sus educadores. Lecciones disfrazadas de ingenuidad y vendidas con la sinceridad de un niño que le toca diferenciar el bien del mal en situaciones normalmente límites. Brenden Foster, de 11 años, lo tenía claro. En 2005 le diagnosticaron una leucemia. En noviembre de 2008 ya tenía consciencia de su fecha de caducidad, concretamente tres semanas más tarde. Un niño en el corredor de la muerte natural es una maldad que nos ha vendido el progreso para ponernos a prueba. Brenden era preso del destino y del agasajo de la compasión adulta. En la penitencia sus deseos eran órdenes para el entorno compungido. Podía pedir lo que quisiera, que le sería concedido. Y así hizo. Agua y comida. Su último deseo fue que llevasen agua y unos sandwiches a un grupo de indigentes que había visto viniendo al hospital. No quería una consola, ni compasión, ni siquiera subir la dosis de droga que mitigara su castigo. A las dos semanas de su muerte ya se había constituido una fundación con su nombre que repartía comida a indigentes por todo Seatle, recaudando cien mil dólares en donaciones.

 Brenden Foster decidió que su última voluntad era hacer sandwiches para indigentes. Fuente

La clave no está en la trascendencia, sino en convertir las herramientas que la rutina pone a tu alcance en instrumentos para forjar tu leyenda. Drew Cox (6 Años) no tenía dinero, ni recursos, ni una farmacéutica que chantajear para el tratamiento de quimioterapia que necesitaba su padre enfermo y sin tarjeta sanitaria. Con seis años no se tiene nada, solo aprecio por los que te han regalado la vida y apenas capacidad para hacer una simple limonada. ¡Pues vende limonadas! Así de simple. Drew fabricó con trazo trémulo el cartel: ”Please help my Dad.” y se puso a vender limón con agua en vasos de plástico a la puerta de casa. La compasión adulta, la conmoción y 10.000 dólares en donativos hicieron el resto. Lo que nace como chiquillada acaba siendo una proeza… a pesar de ello muchos siguen pensando que los niños son solo marionetas, pero al dejarte conmover son ellos los que te manejan.

A veces los gestos no sirven para nada. O eso interpretamos los mayores. Sadako Sasaki (11 años) vivía a tan solo kilómetro y medio de la zona cero de Hiroshima. Sobrevivió a la deflagración pero no pudo con la leucemia. Sadako se acogió a la tradición oriental al saberse enferma. Una amiga le contó que si hacía mil grullas de papel un deseo imposible le sería concedido. Y a él se agarró, pero no solo por ella, sino por las de decenas de compañeros del hospital con su mismo problema. Murió cuando llevaba 644 grullas. Su compañeros acabaron la faena. Y a los pies del monumento a su nombre en el Parque de la Paz de Hiroshima nunca faltan, desde hace cincuenta años, unos cuantos miles de grullas de papel para completar la simbólica cadena.

 Monumento a Sadako Sasaki en el Parque de la Paz de Hiroshima. Fuente

Los niños no nacen insolidarios, artificiales o clasistas. Somos los padres los que vamos minando su naturalidad para moldear un carácter más moderado y receloso. Parece que dar rienda suelta a ese instinto fraternal infantil es cursi y presuntuoso conforme vas creciendo porque no es productivo socialmente y porque los deseos de estos pequeños héroes no valen más que para emocionar a sus semejantes. Pero, como hemos visto, siempre hay una lección para los mayores. Los grandes cambios surgen y se inspiran en la suma de estas pequeñas y espontáneas reacciones. Como las grullas de Sadako. Y nosotros no nos queremos dar cuenta.

“Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.”Antoine de Saint-ExupéryEl Principito.

Tu hijo es siempre un superhéroe en potencia. No lo estropees.