La extraña aventura de Baltasar Porcel

«Esta es la novela en la que he sentido una mayor libertad de creación», manifestó Baltasar Porcel durante la presentación a la prensa de Las manzanas de oro, en febrero de 1980. Era fruto, dijo, de veinte años de trabajo y reflexión, concretados en tres meses de intensa escritura, y se trataba de una obra «amoral», «en la que los personajes no acatan ninguna regla de conducta y siguen el viejo principio de la lucha del hombre contra el hombre —homo hominis lupus—, y en la que el erotismo se manifiesta en el acto sexual desenfrenado».

Porcel había redactado a la vez las versiones en catalán y en castellano, «ya que me considero un escritor bilingüe». El título aludía al mito «de la búsqueda de lo que se desea y la conquista de lo que relumbra y atrae, escondido en lo recóndito de una caverna».

En el avance editorial que publicó La Vanguardia se describía muy sucintamente la trama: «La mística búsqueda del Santo Grial le sirve al autor para crear una novela alucinante, en la que una original aventura de tensa acción aparece bañada por la exaltación sexual, la crueldad y la ambición».

Aquel año 1980 Baltasar Porcel era ya una figura incontestable en el panorama de la literatura y el periodismo catalán, con amplia audiencia en el resto de España.

El autor nacido en Andratx, Mallorca, en 1937, e instalado en Barcelona desde 1960, había ganado prestigio con sus primeras novelas ambientadas en su mundo isleño de infancia y juventud. En SolnegroLa luna y el velero y Los argonautas había reflejado las vivencias del pueblo natal, sus habitantes, conflictos, historias duras de postguerra; también sus figuras pintorescas, las navegaciones e itinerarios de sus marinos y contrabandistas (el mar sería una constante en su obra). Las versiones originales eran en lengua catalana, pronto vertidas al castellano por el mismo Porcel o por personas de su confianza.

Y a la vez, había conseguido un importante eco mediático con sus entrevistas y reportajes para las revistas Serra d´Or y Destino, que le reportaron numerosos reconocimientos y le permitieron relacionarse con los personajes destacados del momento.

Porcel, que en su etapa de formación, y en el plano tanto vital como literario, recibió las influencias de tres grandes figuras con quienes mantuvo relaciones fecundas y complicadas (Llorenç VillalongaCamilo José Cela y Josep Pla), evolucionó con rapidez en sus concepciones del trabajo narrativo. De una primera fase encuadrada en un realismo con fondo de filosofía existencial, y notas tremendistas de impronta celiana, se había movido hacia una visión más influída por los vanguardismos de los años 60 y por las figuras del boom sudamericano como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, a quienes trató en Barcelona, y a algunos de los cuales, como Juan Rulfo o Manuel Scorza, Porcel publicó en la colección que dirigía para editorial Planeta.

Esa perspectiva relativamente próxima al realismo mágico, aplicada a su universo de personajes y ambientes mallorquines, cristalizaba en Difuntos bajo los almendros en flor, que le valió el premio Josep Pla en enero de 1970 y representó su consagración.

«La novela —reflexionaba por estas fechas— no debe reconstruir la realidad ordenándola a través de una historia, sino captar momentos, episodios, rasgos, de esta realidad, y montarlos por medio de un engranaje estético que suprima los enlaces e intermedios. El orden y el sentido no nacerán entonces del hilo convencional conductor, sino de una serie de centros de intensidad emocional, intelectual, estética».

Simultáneamente, a partir de su viaje a Oriente Medio para Destino en 1968, que dio pie a su libro-reportaje El conflicto árabe-israelí, Porcel había iniciado un exhaustivo periplo de viajes por el todo el mundo. Vivió en primera fila las agitaciones contraculturales, el hippismo, el black power, la contestación feminista de la época en París, Nueva York y California. En una entrevista de 1973 con su viejo amigo el escritor Jaume Pomar, le confiesa: «Dentro de poco pienso visitar Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia y Rumanía. Después, los Países Escandinavos. Luego Latinoamerica, seguramente Chile, Argentina, Perú y Brasil, lo que ya tendría que haber hecho antes del verano, pero me fui a los Estados Unidos y México por segunda vez… ¡Ah, y tenía que haber ido por todo el Sahara, en jeep, hasta más abajo del Níger y desde el Atlántico hasta Argel, pero con esto de la sequía y la peste he tenido que suspenderlo… de momento».

Esta gran apertura de mirada y experiencia hace de Porcel uno de los contadísimos autores españoles de su tiempo con perspectiva realmente global. Y parte de lo bueno, lo malo y lo terrible que ha podido percibir en sus andanzas, desde el periodismo salta a su narrativa. En la novela Caballos hacia la noche, de 1975, ya combina el mundo mítico mallorquín de los primeros libros, imbuido ahora de fuerte carga mitológica, con la ambientación internacional. Esta obra recibe los premios Prudenci Bertrana, el de la Crítica Literaria y el Internazionale Mediterraneo. El filósofo José Luis L. Aranguren la comenta en El País, destacando la fuerte campaña de promoción de la editorial Plaza&Janés («asómbrese con un autor insólitamente audaz») y con ella la voluntad del autor de ofrecer a la vez «una novela de élite y un best seller. Porque en verdad quiere ser, y doy por cierto que lo va a ser, lo uno y lo otro».

En la segunda mitad de los años 70 Porcel, a instancias del empresario y futuro presidente de la Generalitat catalana Jordi Pujol, dirige un tiempo Destino, etapa que concluirá con una fuerte crisis y la ruptura con su viejo mentor Josep Pla. Gana el premio Espejo de España con su retrato biográfico del anarquista Joan Ferrer y traba buena relación con el rey de España, Juan Carlos I, sobre quien escribirá a menudo en las décadas siguientes. Colabora regularmente en La Vanguardia. Y medita su siguiente aventura narrativa, la que el lector tiene ahora entre las manos.

A Baltasar Porcel, que aunque autodidacta estaba en posesión de una cultura vasta y profunda, le gustaba vincular algunos de sus textos a relatos miticos. A la recreación del accidentado viaje de una lancha de contrabando, la Botafoc, desde Gibraltar hasta las Baleares, la había titulado en 1967 Los argonautas. Para su nuevo proyecto quiso referirse al Jardín de las Hespérides y sus frutas que daban la inmortalidad.

Las manzanas de oro es la novela que sigue a Caballos hacia la noche y, como la anterior, ofrece constantes saltos en el tiempo y en un crescendo de secretos —sobre todo relaciones familiares non sanctas— que se van desvelando.

La acción arranca en el barrio barcelonés de Vallvidrera, domicilio habitual de Porcel, cuando el narrador (del que sabemos que nació en el año 1900) se reencuentra con Carla Omedes, un amor de adolescencia que se vio bruscamente interrumpido cuando ella contrajo una extraña enfermedad que la devolvió a lo atávico. Pronto arranca otra evocación, la del padre del protagonista, Tobías, quien cuando es un niño le enseña la montaña de Montserrat, a la que identifica con el Montsalvat guardián del Santo Grial del ciclo artúrico.

Tobías había sido marino y aventurero, como lo será su hijo. A lo largo de la novela, las historias del Ángel de la Guarda, donde navegó su padre a las órdenes del misterioso señor Ulano, y la del Lord Macaulay donde se embarca el hijo, se entremezclan. A partir de aquí se suceden los avatares en un abanico de escenarios que nos llevará del valle de Baztán a Costa del Marfil, con guiños a Joseph Conrad, de quien el propio Porcel , en su faceta de editor, había recuperado una novela.

El autor describe la tragedia del esclavismo en África Negra («el continente donde más ha persistido, que más esclavos ha exportado»). Encontraremos alusiones al animismo («la materia muere, pero un diferenciado espíritu perdura. En el árbol y en la hierba, en el agua y en las nubes, en las bestias, hay un elemento inmaterial que habita») , que no debía ser extraño ni antipático a la filosofía de materialismo vitalista del autor. De forma recurrente surge un erotismo brusco y despiadado, y escenas muy desagradables de tremenda brutalidad y violencia, machista y de todo tipo.

Sin duda se trata de un libro que proyecta de forma incesante sucesivas emociones fuertes sobre el lector. No hay personajes con los que se pueda desarrollar empatía, todos son malas personas. No es una obra para todos los públicos pero sí una narración fuerte, extraña y ágil, una revisión muy inusitada del género de aventuras a partir del conocimiento de primera mano de los paisajes que recrea y que le permiten salir a Porcel del mundo mallorquín que había dado por agotado con Caballos hacia la noche (aunque lo recuperará a partir de Primaveras y otoños, de 1987). Cultural e históricamente plasma un rico y complejo universo. Las manzanas de oro constituye una creación oscura e insólita dentro de la narrativa catalana y española de los años 80, que vivía un periodo de efervescencia motivada por el espíritu de la Transición democrática.

Porcel publicó la versión en lengua catalana con Edicions 62, su sello habitual. Para la versión en castellano dio un salto de Plaza&Janés, que se había encargado de varias de sus novelas anteriores, a Planeta, con cuyo propietario José Manuel Lara mantenía excelente relación y para quien había trabajado en varias ocasiones. Para hacernos una idea de sus relaciones contractuales, en el archivo de Porcel encontré una carta del departamento de derechos de autor de Planeta, informándole (28 de julio de 1978) del envío de un cheque de 75.000 pesetas correspondientes a la segunda parte del avance de los derechos de autor de Las manzanas de oro, que aún tardaría dos años en llegar a librerías.

Este libro, en la edición de Planeta, se vendió «normal, cinco o seis mil ejemplares», según me explicó el propio autor, y no llegó a repetir el éxito de Caballos hacia la noche, varias veces reeditada. Sin embargo la editorial utilizó sus sinergias, y la revista Playboy, entonces de su propiedad, encargó a los pintores Arranz Bravo y Bartolozzi seis cuadros de ilustración del texto, que se reprodujeron en sus páginas y se expusieron en la galería barcelonesa Dau al Set.

Las manzanas de oro fue encuadrada por la crítica en la tradición de la novela bizantina, como «un conjunto lleno de vitalidad, de efectos y contrastes», realizado «con un gran elan narrativo» (Antonio Valencia). Ramon Pla i Arxè la consideró un proyecto narrativo «impecable», lastrado por cierta dispersión. Para Isidor Cònsul es una pieza insólita que remite a las narraciones de StevensonKiplingMelville o Jack London; reivindica la novela de aventuras bien hecha y marca «una inflexión importante en la obra de Porcel respecto al mundo de Andratx, una traición explícita a sus raíces isleñas».

El crítico catalán de referencia e íntimo amigo de Porcel, Joaquim Molas, considera que el texto está marcado por la fragmentación del discurso en el tiempo y el espacio, con episodios aparentemente desordenados, buscando sorprender y provocar el interés del lector. Utiliza el recurso del viaje-investigación (que ya había empleado en Caballos hacia la noche) y enlaza con una de las obsesiones porcelianas, la necesidad de poseer un linaje antiguo y sólido, junto a una tradición cultural.

Molas señala que se trata, en suma, de una «reflexión —amoral— sobre el mal», que se vería compensada por su siguiente novela, también de ambientación africana, Los días inmortales (1984), auténtico «poema de amor» y una reflexión alternativa sobre el bien y la entrega. Ambas novelas ofrecerían respectivamente la cara más nocturna y la más solar del Porcel de los años 80.

Baltasar Porcel falleció en el año 2009 y su obra, tan seguida y celebrada en su momento, ha ido saliendo poco a poco del primer plano siguiendo la norma casi inexorable de los autores fallecidos. Por ello hay que celebrar la iniciativa de Jot Down de rescatar esta narración de un autor vigoroso y heterodoxo, que vivió y viajó intensamente, fue testigo de su época como pocos y se mostró, en fin, como una figura siempre sugestiva y diferente.


Este texto constituye el prólogo a la nueva edición de Las manzanas de oro que Jot Down Books publica dentro de su nueva colección «Los libros rescatados» dirigida por Basilio Baltasar y que incluirá las primeras siete novelas de Porcel. Sergio Vila-Sanjuán es también autor de la biografía El joven Porcel (Destino, 2021).


Tianxia, todo bajo el cielo en Somontano

Tianxia Somontano

Jot Down para bodegas LAUS

Abajo kun, la tierra y arriba chien, el cielo. Tus pies sobre el principio pasivo, la que acoge para fructificar, la tierra del Somontano. Y tu mirada acogida por ese límite horizontal que la separa del cielo, apenas roto por algún cerro y en la lejanía por las sombras de los Pirineos. Pocos lugares del mundo reflejan tan bien en las características de su paisaje los principios opuestos de la filosofía oriental. La fuerza pasiva de un lado, su contraria activa del otro, y una superior que las contiene, aúna y modera. Es el mundo, el tianxia, el todo bajo el cielo.

Geográficamente, pocas regiones están más lejos de Confucio y la filosofía del Tao que la de esta denominación de origen. Pero hay algo que las conecta, una bodega que supo ver la capacidad de este lugar para reconciliarnos con nosotros mismos. Eso que hoy, con la fatiga pandémica, se ha vuelto más necesario que nunca. Encontrar la paz interior mediante la unión de las milenarias técnicas orientales con un legado no menos ancestral, la viticultura heredada de Roma.

En el kilómetro 42 de la carretera que va de Barbastro a Monzón, en Huesca, se alza un monolito negro que nos anuncia esta unión de legados. Un nombre en latín coronado por el trigrama kun, uno de los símbolos del I Ching, Libro de las Mutaciones. Este tratado filosófico que acabaron compartido taoísmo y confucianismo habla del mundo como un lugar en perpetua transformación. Concebido como un libro de adivinación, su utilidad final es ayudarte a que te conozcas a ti mismo y alcances el equilibrio. La coincidencia con el aforismo escrito en el templo griego de Delfos, «conócete a ti mismo» es, más que casualidad, la expresión universal de que los seres humanos, independientemente de las culturas y las épocas, buscamos lo mismo. Paz y bienestar en el desorden del mundo.

A esa reconciliación nos llama la representación del kun, la tierra en contraste con el cielo, en este sobrio monolito. Seis líneas paralelas que son más un concepto que una palabra, traducible igual por tierra, sentimiento, cesta de flores o principio receptivo. Bajo ellos la palabra Laus, el elogio, la celebración. Nombre también de una bodega imprescindible en el Somontano. Nombrada con la lengua de los romanos para unirnos con aquel milenario pasado oriental en esta tierra de transición entre el valle del Ebro y los Pirineos.

La fusión del logotipo y el nombre es apenas el descorchar de la botella. Siguiendo el camino encontramos un edificio que parece inspirado por Junichiro Tanizaki, autor de El elogio de la sombra. Este breve tratado de deliciosa lectura explora la relación entre la penumbra y la belleza, relacionándola con la cultura japonesa, y especialmente con su arquitectura. El edificio de la bodega LAUS es una isla en mitad del Somontano, que ha elegido la fusión entre oriente y occidente para expresar sus valores. Comenzando por el máximo respeto a la tierra en que los desarrolla. Las láminas de agua que lo rodean permiten mantener la humedad óptima en la cava, ubicada a más de cinco metros bajo tierra. Facilitando la maduración de los vinos en las barricas de roble en condiciones estables de aclimatación.

Esta alberca sirve también de acceso al visitante, que ha de cruzar sus pasarelas para acceder al interior. Mientras se atraviesa el firmamento y las nubes que lo cruzan llenan tus ojos, lo mismo si los elevas o los haces descender. Siempre el tianxia, el todo bajo el cielo. Y al aproximarte es el reflejo de la fachada quien acapara el reflejo del agua. Un edificio revestido de una piel de madera, que deja pasar lo justo el sol para que el interior albergue ese juego de luces y sombras que tanto hubiera fascinado a Tanizaki. Además de estético y relajante, es sostenible, al reducir los recursos materiales y energéticos que la bodega precisa para su cometido. Porque aquí los vinos no son solo el producto de la transformación de un cultivo de vid. También toda una filosofía de cómo deben ser para estar en armonía con el mundo: veganos, sostenibles, y arrebatadores también.

Vinos que esconden además un secreto, porque nada de cuanto nos rodea, ni la denominación de origen, ni los viñedos, ni la bodega misma hubiera existido si más de un siglo atrás los cultivadores del Somontano no hubieran tomado una decisión valiente. La epidemia de filoxera que azotaba Europa, amenazando con acabar con todas sus vides, empujó a los viticultores de esta región a introducir por primera vez las variedades de uva francesa. Hoy los vinos elaborados con Chardonnay, Merlot, Syrah, y Cabernet-Sauvignon figuran entre los más apreciados en nuestro país. Y en LAUS adquieren además sabores y matices singulares, realzados por la climatología local y por el modo de cultivo, recolección y maduración. Saben a frutas y huelen a flores, con un aroma que recuerda a las que florecen en los jardines que rodean la bodega.

En LAUS la cata de estos vinos está asociada además a experiencias capaces de reducir los síntomas de la fatiga pandémica, el estrés, la falta de concentración, el malestar y la tristeza. Porque nacen de kun, la tierra, esta tierra donde está todo cuanto necesitamos para alcanzar de nuevo el equilibrio y el bienestar. Su forma de abordar el enoturismo distingue esta bodega de las del resto del Somontano. Todo en ella, desde su edificio a los profesionales con que se asocia para proporcionarlas, está pensado para proporcionar experiencias revitalizadoras.

Comenzando por las 15 hectáreas de viñedo que rodean el edificio y configuran su jardín. Junto a los olivos, el embarcadero y el área de cultivo de flores constituyen un entorno donde la serenidad se recupera de forma natural. Ayudado por las diferentes experiencias de cata. Desde la más tradicional, donde se experimenta la arquitectura zen y minimalista de la bodega visitando también el viñedo, con la explicación detallada del paisaje y climatología en esta región sur del Somontano. Hasta la más atrevida, donde en la época de floración se invita a los visitantes a maridar los vinos LAUS con las flores comestibles cultivadas de forma sostenibles. Además los niños pueden disfrutar de la cultura enológica si acompañan a sus padres con cata de golosinas y mostos. Y en época de vendimia, cualquiera puede participar de la recolección manual y del pisado tradicional de la uva con los pies desnudos.

Entre los olivos y frente al viñedo, con la vista al horizonte en que se funden kun y xian, la bodega ofrece una sesión de yoga conducida por el centro PRANA, combinada con la visita y la cata. El canto de los pájaros, el susurro del viento, junto con el paisaje, unidos a las posiciones del yoga, son una de las mejores terapias para reequilibrar tus energías.

El mindfulness también tiene su experiencia en este entorno, y difícilmente podría encontrarse otro mejor. Los espacios singulares de la bodega permiten ejercitar las técnicas destinadas a lograr la atención o conciencia plena. Esta práctica ya era seguida por deportistas de élite antes de la pandemia, y hoy su aprendizaje se cuenta entre los más demandados del mundo. Unidos a la enología completan uno de los mejores alicientes para el viaje hasta LAUS.

Lo más espectacular queda para la noche. El cielo del Somontano es una de las experiencias que nos devuelve al tiempo en que éramos uno con la naturaleza y el universo. Alejados de cualquier contaminación lumínica, y en un entorno de observación privilegiado, las constelaciones, la Vía Láctea, y hasta los reflejos iridiscentes de las nebulosas llenan el cielo sobre la bodega y los viñedos. Esta actividad, Estrellas, comienza con una copa de vino en el embarcadero para disfrutar del atardecer, seguida de una cena en el restaurante LAUS, y finalizada con un experto de la Asociación Astronómica de Huesca, que lee para los visitantes los detalles del firmamento a los pies del viñedo.

Aunque la visita a este tianxia occidental no sería completa sin descubrir los alrededores. Fueron los monjes del medievo quienes se establecieron aquí para revitalizar el cultivo de la vid, eligiendo un lugar privilegiado en lo espiritual y en lo material. Muy cerca se encuentra uno de los espacios protegidos más extensos de Aragón, el Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara. Un espacio escogido para el deporte y las actividades de naturaleza, y muy apreciado por la gran cantidad de cursos de agua que permiten el senderismo acuático y el baño. Con aguas cristalinas, toboganes naturales, cascadas y ríos encajonados entre cañones. Y abrigos donde los pintores del paleolítico dejaron reflejados, en los tres estilos, paleolítico, levantino y esquemático, su universo de animales, símbolos y creencias. Además de ese «Tíbet del Alto Aragón» que es Dag Shag Kagyu, escuela de cultura tibetana con estupas y lamas dedicados a enseñar también el camino de la paz interior.

Antes de marcharte, una última mirada. Contempla desde lejos el monolito de LAUS con su hexagrama kun, perforado en lo alto. Uno de los mitos chinos cuenta que pilares como estos fueron ordenados y alineados para separar la tierra y el cielo. Si contemplas la línea que divide ambos en el horizonte frente a ti, y respiras profundamente, recordarás para siempre este tianxian. Este todo bajo el cielo en las vides LAUS del Somontano, y la paz inmensa que proporciona experimentarlo.

 

Tianxia Somontano


‘Un encuentro vegetal’, exposición y ciclo para abordar una nueva relación con las plantas desde el arte y el pensamiento contemporáneo

Del 28 de mayo al 19 de septiembre, en La Casa Encendida de Fundación Montemadrid

Un encuentro vegetal
Detalle de A Great Seaweed Day (2019), de Ingela Ihrman

• La Casa Encendida de Fundación Montemadrid y la Wellcome Collection de Londres presentan “Un encuentro vegetal”, exposición que examina nuestra relación simbiótica con las plantas a través de las obras de Patricia Domínguez (1984, Santiago de Chile), Ingela Ihrman (1985, Kalmar, Suecia) y Eduardo Navarro (1979, Buenos Aires).

• Concebida como un diálogo, muestra las prácticas de estos tres artistas cuyo trabajo descompone lentamente el muro artificial que separa a los seres humanos de la naturaleza.

• Patricia Domínguez presenta cinco tótems futuristas con reproducciones de las colecciones etnobotánicas de la Wellcome Collection de Londres y el Museo de América de Madrid, y piezas del Real Jardín Botánico y la Real Academia de La Historia de Madrid; Ingela Ihrman muestra una instalación de algas corporales que alude a los vínculos entre la flora de su intestino y la de los océanos; y los dibujos expansivos y contemplativos de Eduardo Navarro se sirven de sobres biodegradables que contienen semillas de árbol que, al finalizar la exposición, serán devueltas a la naturaleza.

• “Un encuentro vegetal” es también un amplio programa de actividades relacionadas como los cursos ‘Cómo contar la historia de nuestras plantas’, ‘Lobos, delfines y zamioculcas: investigación y arte sonoro’ o el taller y las conversaciones ’La ecología del alma’ enmarcadas en el ciclo dedicado a la escritora brasileña Clarice Lispector.

• La Terraza Magnética, el ciclo de cine y conciertos al aire libre de La Casa Encendida durante julio y agosto, se dedica de igual manera a explorar nuestra relación con lo vegetal desde el cine y la música.

El mundo vegetal representa el 85% de la vida que conocemos y sostiene a todos los organismos vivos del planeta mediante la fotosíntesis, proceso por el que -vale la pena recordarlo- convierten sustancias inorgánicas -carbono y agua-, en orgánicas -hidratos de carbono-, desprendiendo además el oxígeno que respiramos los animales. Las plantas son seres sensibles, atentos a los elementos y a las formas vivas que los rodean, enraizados, pero en constante evolución, capaces de construir anatomías alternativas para sobrevivir y florecer; respirando, percibiendo, alimentándose y reproduciéndose a través de todo su organismo. Tienen memoria, se comunican entre sí, crean comunidades simbióticas e influyen en el clima del planeta. Pese a nuestra percepción común, han transformado más a los humanos de lo que estos han hecho con ellas. Y seguramente alberguen la solución para nuestra prosperidad y supervivencia.

Bajo esta premisa, La Casa Encendida inicia un ciclo de actividades -cursos, conciertos, cine- cuyo eje central es “Un encuentro vegetal”, la exposición que inaugura el 28 de mayo, comisariada por Bárbara Rodríguez Muñoz, de la Wellcome Collection de Londres y que presenta los trabajos de Patricia Domínguez, Ingela Ihrman y Eduardo Navarro.

“Nuestras compañeras vegetales abandonaron el agua y colonizaron la tierra firme hace 475 millones de años. El Homo sapiens surgió hace trescientos mil años y hoy los humanos tan solo representan el 0,01 por ciento de la biomasa de la Tierra. Hace trece mil años, con la aparición de la agricultura, se puso en marcha un proceso recíproco de domesticación: los seres humanos convertimos las plantas en alimento y medicina, en propiedad inanimada disponible para nuestro consumo. A su vez, los ciclos del grano, el uso del arado, la recolección y la molienda sentaron las bases de la civilización moderna. Aunque los humanos también somos criaturas de la tierra (“humano”, del latín humus: tierra), hemos cortado nuestros vínculos con la tierra y la naturaleza, normalizándolas en forma de recursos al tiempo que negamos los lazos de unión, tan vitales como frágiles, que conectan todas las vidas humanas y no humanas”, señala Bárbara Ruiz.

Vivimos en un planeta vegetal. Así, esta exposición y ciclo de actividades reconsidera las plantas más allá de su uso para el consumo humano y muestra su complejidad y sensibilidad. A la vez, propone una reflexión meditativa sobre el mundo vegetal y lo que de él se puede aprender.

La exposición “Un encuentro vegetal. Patricia Domínguez, Ingel Ihrman y Eduardo Navarro” está concebida como un diálogo entre las prácticas de tres artistas cuya obra descompone lentamente

el omnipresente muro artificial existente entre los seres humanos y la naturaleza y que está devastando nuestros ecosistemas, nuestra vida y nuestra salud.

La propuesta de Patricia Domínguez está compuesta por cinco tótems futuristas que albergan reproducciones de las colecciones etnobotánicas de la Wellcome Collection de Londres y el Museo de América de Madrid, y piezas del Real Jardín Botánico y la Real Academia de La Historia de Madrid, procedentes de América del Sur y Europa, dando así voz a las narrativas de violencia y sanación que encarna el material expuesto.

Ingela Ihrman muestra A great seaweed day, una instalación silenciosa de algas corporales que alude a un periodo de convalecencia de la propia artista junto al mar, y a los vínculos entre la flora de su intestino y la de los océanos.

Los dibujos expansivos y contemplativos de Eduardo Navarro se sirven de sobres biodegradables que contienen semillas de árbol; al finalizar la exposición serán devueltas a la naturaleza y, en contacto con la tierra, las semillas se activarán, reconectándonos con el humus holístico. Escritas en colaboración con el filósofo Michael Marder, las instrucciones performativas de Navarro para esta exposición —en las que animan a abordarla como lo haría una planta—invitan a embarcarnos en un camino de iluminación vegetal.

La muestra presente en La Casa Encendida, junto a la colaboración con otros profesionales y colecciones, continúa con la exposición “Rooted Beings [Seres enraizados]” que se celebrará en la Wellcome Collection en 2022.

La obra de Patricia Domínguez y Eduardo Navarro se desarrolla en colaboración con Delfina Foundation.

La investigación de la colección y los textos para el encargo de Patricia Domínguez lo ha llevado a cabo Kim Walker, Cinthya Lana y Dominic Neergheen.

Los diseñadores de la exposición son Futuro Studio.

Patricia Domínguez (Santiago, Chile, 1984) es directora de Studio Vegetalista. Recientemente ha expuesto individualmente en Gasworks (Londres), Twin Gallery (Madrid), Sala CCU (Santiago de Chile) o en SOLO PROJECTS, Focus Latinoamérica en ARCO Madrid. Ha participado también en las exposiciones: Momenta Biennale de l´Imagen (Montreal, Canadá), The Trouble is Staying, Meet Factory (Praga), WHOSE VESTIGES SUBSISTS, The Clemente (Nueva York) o EL FUTURO NO ES LO QUE VA A PASAR SINO LO QUE VAMOS

A HACER (ARCO, Madrid) entre otras.

Ingela Ihrman (Kalmar, Suecia, 1985) vive y trabaja en Malmö (Suecia). Su trabajo está provocado por las fuertes emociones de la vida cotidiana y el deseo de comprender, cuestionar o expresar ciertos aspectos del ser vivo, social y humano. De forma reciente ha expuesto individualmente en: Kalmar Konstmuseum (Kalmar, Suecia), Kristianstads konsthall (Kristianstad, Suecia), Cooper Gallery, University of Dundee (Escocia), Zabriskie Point (Ginebra) o der TANK, Institut Kunst, FHNW Academy of Art and Design ( Basilea). También ha participado en exposiciones colectivas como: Weather Report: Forecasting Future, Kuntsi Museum of Modern Art (Vasa); Yokohama Triennale 2020 Afterglow, Yokohama

(Japón); Being Pulled All Over The Place, SCAN Projects (Londres); Weather Report: Forecasting Future, Kiasma (Helsingfors, Suecia); Sensing Nature From Within, Moderna Museet (Malmö, Suecia); o Weather Report: Forecasting Future, Nordic Pavilion en la 58 Bienal de Venecia.

Eduardo Navarro (1979, Buenos Aires) vive y trabaja habitualmente en Buenos Aires. Recientemente ha expuesto de forma individual: Predição instantânea do tempo, Pivô (São Paulo, Brasil); Octopia, Museo Rufino Tamayo (México); We Who Spin Around You, High Line Art (Nueva York). Sus obras también han sido parte de numerosas exposiciones colectivas y bienales como: 29 y 32 Bienal de São Paulo (Brasil); 3ª New Museum Triennial, (Nueva York). Otras exposiciones: Portadores de sentido – Arte contemporáneo en la Colección Patricia Phelps de Cisneros, Museo Amparo (Puebla, México); Chronos Cosmos: Deep Time, Open Space, Socrates Sculpture Park (Nueva York); Metamorphoses – Let Everything Happen to You, Castello di Rivoli Museo d’Arte Contemporanea (Turín, Italia).

Stefano Mancuso, la historia de nuestras plantas y el arte sonoro

Más allá y en torno a la exposición, La Casa Encendida organiza durante este año un ciclo de actividades que, desde otras disciplinas como la literatura, la música, el cine, la fotografía o el arte sonoro, delibera igualmente sobre nuestra relación con las plantas.
El 25 de mayo da inicio el taller, “Cómo contar la historia de nuestras plantas” que, inspirado por el libro ‘La nación de las plantas’, del pionero de la neurobiología vegetal Stefano Mancuso, propone un marco teórico, de conocimientos y artes humanas, que sirve de inspiración para contar historias personales sobre las plantas y concluye en la realización por parte de los alumnos de un documental-collage. Participan en el taller, impartido por NØCollective, Javier Guijarro Fayard, arquitecto; Ronald Giles, jardinero; Anna Laura Jeschke, paisajista, y Luis Garmor, artista visual.
En paralelo, del 25 de mayo al 29 de junio, el Institute for Postnatural Studies de Madrid y La Casa Encendida Radio proponen el taller “Lobos, delfines y zamioculcas” mediante el cual se realizarán piezas de arte sonoro en torno a lo vegetal y lo natural para ser emitidas en La Casa Encendida Radio. Y los días 2 y 16 de junio, la artista multidisciplinar Eulalia Valldosera imparte el taller “La flor, energía y visión”, con el que, a través del dibujo, se accede al lenguaje de las flores y se crea un puente entre el arte y la sanación.
Del 10 al 24 de junio, Patricia Domínguez con el taller “Matrix Vegetal, botánica decolonial” propone tres sesiones online de representación de plantas junto a una serie de lecturas críticas para descomponer el lenguaje científico botánico y el punto de vista occidental en la representación de las plantas.
Clarice Lispector, cien años, una ecología del alma
Desde la literatura y con la escritora brasileña Clarice Lispector, de cuyo nacimiento se cumplen cien años, como referente, La Casa Encendida propone el ciclo de conversaciones y talleres “La ecología del alma”, dirigido por el filósofo y crítico de arte y cine Ignacio Castro Rey.

Así, el viernes 4 de junio, Benjamin Moser autor de las biografías de Susan Sontag ‘Sontag, her life and work’, por la que recibió el Pulitzer en 2020, y de Clarice Lispector ‘Why this world’ -editado en español por Siruela y National Critics Circle Award 2009- ofrece la charla ‘Glamur y gramática’. El 18 de junio, la escritora brasileña Nélida Piñón (primera mujer miembro de la Academia Brasileña de las Letras, Premio FIL, Premio internacional Juan Rulfo, Premio Internacional Menéndez Pelayo, Premio Príncipe de Asturias de las Letras), conversa sobre ‘El intenso corazón de Clarice’. Para cerrar el ciclo de conferencias, Ignacio Castro Rey, autor de ‘El dios de las bestias’ (Alguien dirá mi nombre, Ed. Shangrila), una indagación en la teología negativa de algunas novelas de Clarice Lispector, ofrece el 25 de junio la charla ‘¿Un infierno vibrante? Novelas de deformación’.

En paralelo, un taller en cinco sesiones permite acercarse a la obra de Lispector. La primera, con la músico, poeta, y artista brasileña Beatriz Azevedo, autora entre otros del LP ‘Agora Clarice’ (2020) a partir de extractos y canciones originales de Clarice Lispector y cuya sesión llevará el mismo nombre. La siguiente sesión corre a cargo de la escritora chilena Andrea Jeftanovic en torno a la inquietud y el desasosiego en su ponencia ‘La flâneuse Clarice Lispector: caminata y angustia en las calles de Río de Janeiro’. La crítica y ensayista Isabel Mercadé habla de la exigencia de Lispector en su obra, con su intervención ‘Una búsqueda humilde: intertextualidad, conocimiento y escritura en Clarice Lispector’. El crítico cultural Alberto Ruiz de Samaniego habla de la necesidad de escribir de Clarice, con ‘¿Hay palabra detrás del pensamiento?’, y la experta en literatura portuguesa Elena Losada Soler, cuenta los retos que han supuesto la traducción de la obra de Lispector, con ‘El epistolario de Clarice Lispector. Retos, eclipses y elipsis’.

Cine y conciertos: “Un encuentro vegetal” en La Terraza Magnética

También La Terraza Magnética, el programa de conciertos y cine en la terraza de La Casa Encendida de julio y agosto, gira en torno a la relación entre el ser humano y la naturaleza, que a lo largo de la historia ha propiciado un apasionante encuentro no siempre justo y equilibrado. Desde las músicas -chamánicas, folk, ancestrales- realizadas en íntima conexión con el mundo vegetal, al cine -fantástico, documental, ficción- realizado en o en torno a seres vivos sin capacidad de movimiento.
La programación musical propone un viaje iniciático hacía el origen de la humanidad y su relación con la naturaleza en la búsqueda de un encuentro con la intuición primitiva. Son ocho conciertos que reúnen voces ancestrales con sonidos metamórficos y paisajes posthumanos: Angélica Salvi,  arpista y compositora española radicada en Oporto, traslada desde el albor de los tiempos al presente a través de una delicada exposición de su instrumento y de las posibilidades de la electrónica; Bikôkô, artista de 19 años nacida y criada en Barcelona, presenta su EP Aura, un viaje cíclico que explora cómo la música se integra, modifica y condiciona la vida cotidiana de las personas; la polifacética Ikram Bouloum presenta su EP Ha-bb5, un diálogo estético entre las electrónicas más contemporáneas de occidente y una reinterpretación personal de la estética musical popular y de baile del Magreb cantando en su lengua materna (el amazigh -lengua bereber-), el catalán y el inglés; Alejandra Cárdenas (Ale Hop) es una artista, investigadora e instrumentista experimental peruana afincada en Berlín que se metamorfosea desde la vanguardia, la visceralidad y el riesgo a través de una propuesta que parte del ruido generado por su guitarra, y DJ Nigga Fox, miembro del sello discográfico con sede en Lisboa PRÍNCIPE,  trae la música de baile contemporánea 100% real que sale de esa ciudad, sus suburbios, proyectos y barrios bajos.
En cuanto al cine, una variedad de títulos muestran la fuerza inabarcable de la naturaleza más salvaje, como la todopoderosa selva amazónica de la herzogniana Aguirre, la cólera de Dios. Otras, como Old Joy, de Kelly Reichardt, la presentan como refugio y lugar de encuentro. Tropical Malady, de Apichatpong Weerasethakul, la muestra como territorio mitológico en el que se forjan las leyendas. El ciclo también aborda el insaciable deseo antropocénico de dominación de la naturaleza y su mercantilización en películas como Taming the Garden, de Salomé Jashi, sin dejar de lado esas realidades distópicas en las que las plantas se rebelan contra el hombre, como las que protagonizan La tienda de los horrores y Little Joe.
Preta, de Lucrecia Dalt
Además, del 8 de junio al 29 de agosto, el Torreón 1 acogerá una instalación sonora multicanal creada por la artista Lucrecia Dalt, en la cual toma la escucha como órgano de exploración poética y especulativa desde la materia tierra. La pieza se basa en un texto escrito por la artista en el que cuestiona el relato de la historia y del tiempo creado por los humanos; y reivindica una versión más verídica. Como plantea Emanuelle Coccia en “The life of plants”, “la planta es el observador más puro a la hora de contemplar el mundo en su totalidad”. En su pieza Preta, Lucrecia Dalt comienza preguntando “¿puede la parálisis transformar a una persona en cosa?”, para luego expresar con una calma afirmativa: “Lo he visto todo, he visto sus historias, la panspermia, cómo una molécula dijo sí a otra en tu borde”.

Plantas, fotografía, seres fotosensibles

El Laboratorio fotográfico de La Casa Encendida organiza también durante mayo y junio una serie de talleres prácticos en torno a la ‘fotografía y el revelado con plantas’, con ‘Reverdecer: un taller deriva hacia un revelado sostenible’; ‘Al Sol, procesos fotográficos vegetales’, o ‘Un herbario fotosensible’. De igual manera, La Casa Encendida continúa con ‘La Esquejera’, el espacio para el intercambio ciudadano de esquejes.

Con la colaboración de:

Exposición “Un encuentro vegetal. Patricia Domínguez, Ingela Ihrman y Eduardo Navarro” Fechas: del 28 de mayo al 19 de septiembre

Lugar: Salas B y C

Precio: entrada gratuita hasta completar aforo.

Prensa de La Casa Encendida

María Benítez T.913 686 358 / 639 619 806

[email protected]

lacasaencendida.es


Rumbo a Marte, o el ascenso al Olimpo

Exposición Marte. El espejo rojo, en CCCB. Foto: Aleix Plademunt.
Exposición Marte. El espejo rojo, en el CCCB. Foto: Aleix Plademunt.

Uno de los primeros objetos que dan la bienvenida a la exposición Marte. El espejo rojo del CCCB es un minúsculo fragmento de meteorito encontrado en el Sáhara en 2010. Se trata de una pieza aparentemente anodina cuya vitrina casi parece intentar magnificarlo para darle una mayor relevancia que sabemos que no es necesaria: ese pedazo de piedra viene de Marte. Pensar en el conjunto de acontecimientos que la han llevado hasta allí me abruma por completo, y mi mente divaga y le da por imaginar un meteorito similar caído hace miles de años en ese mismo Sáhara, y a un antepasado de nuestra especie observando la trayectoria de ese brillante proyectil sin entender la importancia del viaje que ha hecho. Esa roca (¿existe cosa menos trascendente?) ha unido dos planetas alejados cincuenta y pico millones de kilómetros. Y ese ser, más primate que humano, no tiene ni idea de su origen.

Nuestra relación con Marte explica con precisión nuestra conversión de animales primitivos a seres racionales, y de ahí a lo que podríamos (o querríamos) ser en un siguiente paso evolutivo. La historia nos recuerda que Marte fue antes imaginado que descubierto, y en ese salto ontológico, tras dejar atrás deidades y propuestas religiosas o directamente mágicas, nació un camino muy real y transitable que hemos construido a medida que hemos madurado como especie. Si en la construcción de las antiguas catedrales se daban el testigo distintos arquitectos a lo largo de cientos de años, mejorando así las técnicas y ampliando el conocimiento gracias al propio paso del tiempo, esta calzada mediante la que hemos conectado los dos planetas ha sido testigo y resultado del enorme salto que nos ha llevado desde que descubrimos un enigmático punto rojo en el cielo hasta que logramos aterrizar en su superficie.

De lo mágico a lo científico

Marte se ha materializado en muchas culturas a lo largo de los siglos a través de una dualidad esencialmente cartesiana. Nuestras mentes lo concebían como ese dios sobrenatural e implacable, pero ya desde tiempos pretéritos nuestros sentidos lo identificaron como un objeto errante (y muy real) en el espacio. Los antiguos astrónomos egipcios y chinos registraron los primeros movimientos de este cuerpo celestial sin aún conocer su relación de hermandad con nuestro planeta. Nergal, Mangala, Harmakis… muchos nombres se le darían, y ese color rojo tan característico teñiría su personalidad en cada una de sus representaciones, otorgándole un carácter hostil que no ha dejado de acompañarle en ningún momento.

Más tarde vendría Copérnico con su modelo heliocéntrico del sistema solar y Galileo con la primera observación telescópica del planeta, y de golpe Marte dejaría de mostrarse esquivo. Ya no estaría lejos, sino cerca, muy cerca, lo que daría pie a otro tipo de fantasías. Perdería su estatus de dios para trasladarse a otro lugar del imaginario colectivo, el de una ciencia ficción que poco a poco iría barruntando maneras de emplear nuestro planeta vecino como escenario de sus relatos. No cabe duda de que Verne o Wells son dos de los autores más conocidos dentro de esta narrativa marciana, pero esta exposición del CCCB comisariada por Juan Insua nos recordará muchos otros nombres que abordaron esta temática, yendo desde la ciencia ficción más pura —autores como Bogdánov, autor de Estrella roja e inspiración de Kim Stanley Robinson y su trilogía sobre este planeta, y bueno, claro, también Philip K. Dick, Bradbury, Clarke, Ballard, Burroughs…— hasta la especulación científica (¡toma oxímoron!) sin ánimo de entretenimiento alguno. Que se lo digan si no a Percival Lowell, astrónomo que dedicó esfuerzos titánicos a la defensa de que Marte era un planeta en decadencia cuyos habitantes habían optado por sobrevivir bajo tierra.

Sin embargo, el ejercicio de ficción que más interesante me ha parecido (por inesperado) de esta exposición viene de la picardía de los médiums de finales del siglo XIX. Como si de unos John Carter cualesquiera se tratara, estas personas aseguraban tener una comunicación directa con ese planeta que empezaba a estar en boca de todos. William Denton llegó a escribir informes donde detallaba con precisión todo lo referente a sus viajes. Pero el registro más interesante de estos viajes astrales viene de la mano de Hélène Smith, quien afirmó haber llegado a descifrar el lenguaje marciano, así como también describió la flora del planeta o explicó la existencia de macroconstrucciones de ingeniería hidráulica que mucho tenían que ver con la idea de los canales marcianos que defendieron astrónomos como Schiaparelli o Flammarion1.

Exposición Marte. El espejo rojo, en CCCB. Foto: Aleix Plademunt.
Exposición Marte. El espejo rojo, en el CCCB. Foto: Aleix Plademunt.

De lo humano a lo posthumano

Y lo ideal dio paso a lo real, y con ello, desapareció la magia. Gran parte de las leyendas construidas alrededor de Marte se esfumaron cuando por fin pusimos un pie (aunque fuera de manera vicaria) en la superficie del planeta. Primero habían sido nuestros satélites los que llegaron hasta su órbita, un hito nada despreciable en nuestra carrera espacial, pero no fue hasta 1971 que la Mars 3 aterrizó y transmitió datos desde la superficie al centro soviético que la había enviado hasta allí. Desde entonces han sido varias las misiones que han llegado hasta ese entorno árido e incompatible con la vida humana para irnos transmitiendo cada vez más información, y nuestras esperanzas poco a poco han ido alumbrando una idea loca que con el avance de la tecnología se ha ido convirtiendo en posibilidad muy real: viajar a Marte, y sobre todo, instalarse allí.

Crecerán a partir de entonces las propuestas alrededor de un objetivo muy claro: ¿podría ser Marte un segundo hogar para la humanidad? ¿Una especie de planeta B? ¿Un simulacro? Porque aunque nadie niega que la producción en la ciencia ficción ha seguido siendo fructífera (ahí está el mencionado Kim Stanley Ronbinson, y no olvidemos hacer una fugaz mención a las obras pulp centradas en el planeta rojo y de las que en el CCCB han realizado una ejemplar selección), pensar en vivir en Marte cada vez tiene menos de increíble o de inalcanzable. Y quién sabe si dentro de poco, aquella imagen de nuestro antepasado viendo caer el meteorito venido de Marte tenga su reflejo en otro ser humano (o poshumano) observando la luminosa trayectoria de aterrizaje de una nave terráquea desde la tranquilidad de su hogar en el planeta rojo.


Notas

(1) Casi más fascinante que el descubrimiento de este episodio de experiencias extracorporales y viajes astrales es el hecho de que existan un par de libros donde se documentan todos estos testimonios. Se trata de From India to the Planet Mars. A Study of a Case of Somnambulism de Théodore Flournoy y The Haunted Mind: a Psychoanalyst Looks at the Supernatural de Nandor Fodor.


La vida a pesar de todo

Aunque parezca increíble, ya a finales del siglo XIX algunos críticos alertaban de los peligros de la «feminización del mercado literario» y el «desproporcionado énfasis en la sexualidad femenina». Como contó Elaine Showalter en un artículo en The Guardian, los más agoreros llegaron a vaticinar que la literatura escrita por mujeres llevaría a la desaparición de la novela. Lejos de acabar con ella, escritoras como Virginia Woolf, Agota Kristof, Fleur Jaeggy y tantas otras han contribuido a ensanchar sus horizontes, y así lo reconoce hoy la mayor parte de la crítica. Las reticencias vienen cuando las escritoras escriben sobre «cosas de mujeres», como la maternidad; más aún cuando las protagonistas de los libros son mujeres «normales y corrientes» —como si una mujer no pudiera tener interés literario sin estar loca de remate o haber matado a su bebé (y, ya puestos, al marido)—. La obra de escritoras como Rachel Cusk o Annie Ernaux, por ejemplo, echa por tierra todos estos recelos y demuestra que las «cosas de mujeres» no solo pueden ser interesantes, sino también muy literarias. 

Escribir sobre la maternidad no era algo que estuviera en la agenda de Guadalupe Nettel. Como ha dicho recientemente en una entrevista, la idea era contar lo que le ocurrió a una amiga, pero la historia la fue llevando a su terreno y al final  —tal vez porque toda historia empieza siempre en el cuerpo de una mujer— se encontró escribiendo una novela sobre distintos tipos de madres. La maternidad es una experiencia «parteaguas», como dicen en México, pues marca un antes y un después en la vida de una mujer. Ser madre, sobre todo en el caso del primer hijo, conlleva una serie de cambios —físicos, laborales, en la relación de pareja…— y no es raro que la inmensa alegría del nacimiento venga acompañada de cierto sentimiento de pérdida por todo lo que se deja atrás. En La hija única, el proceso de duelo comienza antes del parto, y no estará relacionado con esas pérdidas que podríamos llamar «habituales», sino con una completamente inesperada: la pérdida del bebé que va a nacer. En el octavo mes de embarazo, el ginecólogo les dice a Alina y Aurelio que la niña que esperan, Inés, tiene lisencefalia, un trastorno del desarrollo del cerebro, y lo más probable es que no vaya a sobrevivir al nacimiento. 

El embarazo y todo lo que viene después está narrado por Laura, amiga de Alina, que acompañará a la pareja en esos momentos tan complicados. En paralelo, irá contando también la historia de los vecinos de al lado, una madre que cuida sola a un niño que «parece descontento con la vida». A diferencia de Alina, Laura nunca ha querido tener hijos (aunque una vez casi cede a la tentación de embarazarse «de manera similar a alguien que sin haber pensado jamás en el suicidio se deja seducir por el abismo en la terraza de un rascacielos»). Pero, independientemente de lo que piense o desee cada una, la vida parece tener sus propios planes para ellas (siempre los tiene), y al final acabarán encontrándose en una posición en la que nunca habían pensado que iban a estar. 

Se nota que la autora se ha documentado mucho para escribir este libro. En algún momento puntual, la información que ofrece al lector puede resultar excesiva —por ejemplo, la parte en que se habla del «parasitismo de puesta» y otros hábitos de crianza de otras especies—; pero, por otro lado, es precisamente esa amplitud, el hecho de que Nettel escriba sobre la maternidad desde enfoques poco habituales, lo que hace que esta novela sobresalga. En una época tan polarizada como la nuestra, se agradece que los personajes tengan tantos matices que sea difícil clasificarlos en categorías rígidas. En La hija única no hay buenas ni malas madres, solo madres entregadas que en algunos momentos de agotamiento no logran «recordar cómo se siente» el amor por sus hijos; madres y padres asustados que a veces logran dejar a un lado su angustia para vivir una experiencia que merece la pena después de todo. Nettel tampoco olvida a las mujeres que ayudan a cuidar a los hijos de otras (lo que, siguiendo la estela de Vila-Matas y Alejandro Zambra, podríamos llamar «madres sin hijos») ni a las mujeres de generaciones anteriores: ¿qué pasaría si nuestras madres abrazaran el feminismo como solemos hacer las nuevas generaciones? 

Sin caer en lo panfletario, la perspectiva feminista está muy presente en la novela. ¿Cómo no iba a estarlo? La hija única transcurre en la Ciudad de México, y México, recordemos, es un país con una alta tasa de feminicidios: «Ayer encontraron los cuerpos de otras tres mujeres muertas en Azcapotzalco (…) El tipo que las mató dijo que se lo merecían por putas y que si saliera libre lo volvería a hacer». También está presente el clima general de violencia que se vive en el país, donde el hecho de que un niño viaje solo en un autobús puede resultar peligroso. La violencia ocupa un lugar importante en la trama paralela de los vecinos de al lado, que muestra cómo los hijos pueden acabar reproduciendo sin darse cuenta las conductas violentas que han presenciado en casa.

A través de estas historias, Nettel plantea, de forma implícita, una serie de cuestiones importantes: ¿está nuestro destino escrito en el ADN? ¿Lo que aprendemos de niños va a determinar nuestra conducta futura o podemos elegir tomar un camino distinto? La reflexión sobre el papel que juegan el destino y el libre albedrío en nuestras vidas atraviesa la novela de principio a fin. Para ello, Nettel se sirve de elementos tan dispares como los genes, el budismo o las cartas del tarot. En La hija única se da voz a genetistas, ginecólogos, pediatras…, pero, como es sabido, la ciencia no lo explica todo. A veces la vida se abre paso en contra de todo pronóstico; otras se va apagando cuando parecía tenerlo todo a su favor. La relación entre la conciencia y el cuerpo está también lejos de ser aclarada. Inés, esa hija única a la que alude el título, desafía las ideas preconcebidas de todos los que la rodean, incluidos los médicos. Igual que esta emocionante novela, que, desde luego, remueve al lector y contiene mucho más de lo que parece a simple vista.


Cuando tu profesión depende de una máquina – ASUS ProArt StudioBook

No es la primera vez que sucede. En las fábricas estadounidenses, y como práctica asentada desde los inicios de la Revolución Industrial, solo se contrataba a los obreros con herramientas de mejor calidad. El encargado, saliendo a la puerta, pedía a los candidatos que esperaban para cubrir cargas de trabajo puntuales que abriesen su caja, y evaluando a simple vista el interior decidía a quién contrataba y a quién no. Es una vieja costumbre en la selección de personal, que permite a un profesional con experiencia distinguir entre quién lleva tiempo en su sector, quién acaba de empezar, y quién conoce la regla principal del profesional independiente. La de que tus ingresos dependen de la calidad de lo producido, y del tiempo que hayas necesitado para crearlo. Tan importante como tu talento es la máquina empleada para conseguirlo.

Hoy este principio se ha trasladado a las nuevas profesiones. Y de manera específica a la creación de contenidos. Obligado a trabajar con vídeo, fotografía de alta resolución, CAD, conectividad extrema y movilidad, la estación de trabajo de este profesional tiene que contar con una pantalla de gran calidad, y alcanzar máximos en rendimiento y movilidad con poco peso. Las máquinas que reúnen estos requisitos suelen resultar poco asequibles, y esta es una de las razones que han hecho destacar al ASUS ProArt StudioBook Pro 17 desde su lanzamiento. Un portátil que fue diseñado mediante el consenso entre ingenieros y creadores de contenidos. Diseñadores, arquitectos, animadores, programadores, y también los menos convencionales youtubers, creadores de hilos de Twitter e influencers de Instagram colaboraron para transmitir a la marca las necesidades de su ecosistema laboral, altamente competitivo. Un entorno donde predomina la alta calidad de los resultados, y donde hoy es tan importante la propia capacidad de crear como el ordenador de que se disponga para hacerlo.

Empezando por el tamaño en que puedes visualizar tu trabajo. Este ASUS ha montado en un chasis de 15” una pantalla de 17”, con validación Pantone y tipo NanoEdge, que reduce el marco al máximo y cuyo revestimiento mate reduce reflejos molestos. Los ángulos de visión de 178° aseguran que los colores permanezcan vivos y brillantes desde cualquier ángulo. Es casi como trabajar con un monitor externo. Y ese mayor espacio en lo visual no sacrifica el poder guardarlo en la bolsa o mochila preparada para el portátil de tamaño estándar. Dispone de una combinación óptima para ejecutar tareas complejas en el menor tiempo posible y sacar el máximo partido a tus horas de dedicación: un procesador Intel® Core™ i7 y la tarjeta NVIDIA Quadro RTX™. Añadida su eficiencia energética, y la solución térmica mediante aletas de refrigeración, el ProArt StudioBook es uno de los pocos compañeros de trabajo capaz de mantenerse frío y en silencio cuando le pones a plena carga. Ni traseras que arden ni molestos ventiladores a toda pastilla.

La apertura en 180º es un añadido interesante cuando se trata de desplegarlo en una mesa y mostrar en las reuniones tu trabajo a los clientes. El chasis de aluminio texturizado y los bordes cortados a diamante, color oro rosa, ayudan a transmitir la imagen de profesional veterano. Y el estándar militar ML-STD 810G asegura que no te lo estropeará un día de lluvia, uno de calor extremo, llevarlo en bici, o esa caída accidental. El sensor de huellas para identificación biométrica es rápido, y asegura que solo tú accedes a él. Además han eliminado el teclado numérico del teclado físico, algo especialmente cómodo cuando se suceden muchas horas de trabajo, con la opción de hacerlo aparecer en el trackpad sin perder sus funciones. Además es un equipo capaz de crecer a medida que se incrementa tu carga de proyectos. Los 32GB de memoria incluidos pueden ampliarse a un máximo de 64GB y al SSD de 1TB incorporarse otro adicional, hasta los 2TB de capacidad.

Y lo mejor es que puede moverse a cualquier lugar y desplazarse por interiores o exteriores sin perder la efectividad de sus conexiones. Su tecnología Wi-Fi 6 es la última generación en inalámbrico y un equivalente, por fin, a la del cable ethernet. El ASUS ProArt StudioBook te da el poder de crear allá donde vayas.


¿Cuánto sabes sobre la era clásica de Los Simpson?


¿Cuánto sabes sobre astrofísica elemental?


Conduciéndonos hacia la no normalidad

Jot Down para MINI.

Año 1962. 23:51 de la noche. Dos mujeres en lo que sus contrincantes definen como un cochecito muy mono, y la copiloto embarazada. Ambas a punto de empezar a competir en el Tulpenrallye holandés. Cuatro mil kilómetros, una semana por delante, ciento cuarenta y cuatro equipos, y un montón de pilotos hombres que las miran con condescendencia. Ninguna mujer sabe aparcar bien, piensan, menos aún sabrán desenvolverse en una competición como esta. Pero siete días después Pat Moss y Ann Wisdom baten todos los récords y se alzan con el primer puesto. Acababan de demostrar que la igualdad entre hombres y mujeres no solo era una reivindicación de su tiempo, los sesenta, sino una realidad. Lo hicieron en un coche que iba a convertirse en un icono de la era pop, y que en muchos sentidos fue protagonista de una nueva normalidad. Aunque entonces no se llamara así. Hoy el fenómeno se repite, el mundo regresa a una no normalidad, y junto con el MINI Cooper SE 100% eléctrico hemos querido contar cómo es esta transformación. Con un programa de entrevistas patrocinado en que Jot Down & MINI electric nos acercan a destacadas figuras de la cultura y la ciencia, quienes nos han contado la transformación de sus proyectos.

Maite Aragón, de librería Caótica

«La nueva normalidad librera es incertidumbre. Es caminar por una cuerda floja. Algo como lo que está ocurriendo, una vez que sales del shock, es una oportunidad para hacerlo mejor. Sin este frenazo en seco no nos habríamos atrevido a reconocer que hay cosas que no funcionan y hay que cambiarlas. La facturación en libros, y eso da esperanza, cuadruplica la del bar. El café es una gran excusa para provocar la reunión, la charla; el olor a café y a bizcocho de chocolate horneándose crea una sensación muy acogedora. Pero uno de los que era nuestros valores frente a otros modelos, el activismo cultural, está en peligro. Crear más motivos para visitar la librería, que pudieras interactuar con escritores, editores o ilustradores. De pronto, el lector ya no puede acudir a la librería, ahora todo es streaming. Nos tenemos que olvidar de lo físico y cómo nos relacionamos sin eso. La magia del vínculo físico se desvanece en lo virtual, llámame carca pero la chispa que surge en el tú a tú, directamente, no tiene lugar en lo virtual. Soy de las que necesita volver al asidero de lo físico».

Todo está cambiando. Para las librerías, que se transforman en espacios culturales y de encuentro, y para nuestro modo de movernos. No es la primera vez que un cambio origina la necesidad de vehículos más eficientes, mejor adaptados a las ciudades y de menor consumo. El MINI era una respuesta a la crisis del petróleo de 1956, pero se convirtió en mucho más. Mary Quant, inventora de la minifalda, resumió a la perfección en qué consistía ese algo más: «El MINI era exactamente como la minifalda, hacía todo lo que uno deseaba, tenía un look fenomenal, era optimista, exuberante, joven, era perfecto». Además de eso revolucionó la estética del automóvil al ofrecer personalizarlo al gusto de cada usuario. Fueron famosas las cuatro versiones hechas para los Beatles, cada una de ellas adaptada al estilo de los componentes del grupo, y con equipamientos que siguen siendo modernos hoy, como las llantas de aleación o el techo deslizable. Aunque el que más influyente fue el de George Harrison, decorado por el Loco, un colectivo de artistas que también diseñó la funda del vinilo Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band. Aquel MINI supuso el lanzamiento definitivo para unos artistas que iniciaron una nueva normalidad en la difusión de sus obras fuera de las galerías de arte, y su expresión en soportes tan variados como un coche o el diseño de ropa. El concepto de centro artístico de creación moderno tiene sus remotos orígenes en ese fenómeno, y hoy lo encontramos en La Rambleta, espacio cultural de referencia en Valencia y uno de los más destacados a nivel nacional. Un punto de encuentro en el que se dan cabida todas las manifestaciones artísticas y de vanguardia, y hasta donde también nos llevó el MINI Electric.

Lorena Palau, de Rambleta

«La Rambleta es un proyecto cultural global. Es nuestra esencia, somos multidisciplinares, pero además trabajamos desde la diversidad, que trata de cubrir cualquier inquietud, interés o gusto que tenga el público de la ciudad, y sobre todo porque además de poner en marcha el foro de pensamiento y hacerlo crecer cualitativamente, creamos una serie de programas destinados a fomentar la producción artística, la creación, la investigación y a dar visibilidad al creador/a  valenciano/a. Hemos conseguido los objetivos marcados, generando formatos culturales innovadores, consiguiendo incrementar mucho la afluencia de público y asistentes al Centro, hacer crecer el proyecto con marcas de empresas privadas que se han querido unir a nosotros, trabajar y respaldar al tejido cultural local, aglutinar a distintos agentes culturales valencianos referentes y expertos en distintas disciplinas que se han unido al proyecto a través de distintas colaboraciones. Formar parte, acoger y colaborar con los festivales urbanos de artes escénicas referentes en la ciudad. Hemos conseguido dotar de una oferta cultural de calidad e innovadora a la ciudad, no solo en el Centro Cultural sino en el resto de la ciudad, y poner en valor el tejido creativo local dinamizando y revitalizando la cultura. Además de ser un referente nacional».

Una de las cosas que destacó Lorena Palau en su entrevista es el papel de la ciencia como una parte más de la cultura, con espacio en su centro. Parece lógico si pensamos que nuestra vida no sería la misma sin las aplicaciones tecnológicas de la ciencia, nuestras pantallas táctiles y telecomunicaciones. Este interés por lo científico acompañó también la trayectoria de MINI en los sesenta, siendo uno de los primeros coches en aplicar la fibra de vidrio, el componente empleado en el revestimiento de los transbordadores espaciales de la NASA. Con las novelas de autores como Arthur C. Clarke e Isaac Asimov mucha gente comenzó a soñar con ciudades y coches futuristas. Sin duda ambos escritores se hubieran sentido parte de ese futuro llegando al Laboratorio Subterráneo de Canfranc en MINI Electric desde Zaragoza. Ciento cincuenta kilómetros acompañados de Carlos Peña Garay, director de un laboratorio donde se desarrollan experimentos que podrían explicar el origen del universo y el enigma de la materia oscura.

Carlos Peña Garay, de LSC

«Hemos intentado que los grupos experimentales que estaban en fase de construcción y han detenido su actividad trabajaran para dar apoyo a iniciativas para la lucha contra la pandemia. En particular, el grupo “Colaboración global del argón”, del que forma parte el LSC y que hace experimentos para la detección de materia oscura, ha dado apoyo al desarrollo de un nuevo ventilador mecánico para las UCI. Este grupo lo forman más de cuatrocientos investigadores y la iniciativa, denominada MVM —Mechanical Ventilator Milano—, surge en Italia. Hemos desarrollado un modelo de ventilador respirador basado en las tecnologías y en el tipo de experiencia que hay en los experimentos que alojamos en laboratorios subterráneos como son los sistemas de gases, tanto en NEXT como en los experimentos de argón. En general, en cualquier experimento con gases nobles lo que necesitas es control de presión de gases y electrónica de precisión para ese control, y justamente los respiradores se basan en eso. La labor del laboratorio en el caso es apoyar a todo el grupo de argon dark matter, apoyar y consolidar el grupo español, y luego aportar los recursos de modo ágil para que se construya el primer respirador basándose en el esquema desarrollado internacionalmente.

A través del CDTI y con la coordinación del CIEMAT, tres empresas que están interesadas en el desarrollo se han unido al proyecto MVM España. El objetivo es que este tipo de tecnología sirva para producir nacionalmente en un futuro, es decir, tener una sede, una producción española de respiradores de incluso más calidad del que hemos desarrollado. Llevamos ya más de un mes con reuniones semanales con las empresas. Las empresas de hecho ya están integradas en el proyecto MVM España, y ahora la cuestión es ver cómo se integran todas a nivel europeo de cara a hacer una certificación conjunta para que este producto se pueda usar no solo en situación de emergencia, sino que sea un producto válido para el mercado de respiradores en UCI».

Nueva normalidad, nuevos productos y múltiples procesos que están haciendo cambiar nuestra sociedad. Precisamos nuevas formas de vivir, de trabajar, de entender las librerías, los espacios culturales y la investigación científica. Y por supuesto también de movernos. MINI ha recogido todas esas demandas para crear el MINI Cooper SE, «E» de totalmente eléctrico, aspirando a ser un representante de este tiempo. Sin renunciar a las características que le han hecho único, como ese Go-Kart Feeling, sensación de kart al volante que tan bien reflejó la película The Italian Job. Ni su total capacidad para adaptarse a las regulaciones de las nuevas ciudades con sus cero emisiones. Tampoco le faltan los sistemas remotos para estar siempre conectado, ni la arquitectura del salpicadero con pantalla táctil y cuadro de mandos digital, incorporando los desarrollos de la tecnología aeroespacial. Que hoy nos da acceso a mucho más que fibra de vidrio. Y por supuesto, el MINI Electric cuenta con esos detalles estéticos tan MINI. Como el led traseras Union Jack de serie, el característico diseño frontal con sus expresivos faros redondos, la nueva parrilla, y los cuatro paquetes de acabado que elegir con un clic. Cuatro, como los cuatro Beatles. Todo un legado, ahora 100% eléctrico, sobre el que algún día alguien escribirá un artículo, hablando de cómo se entró en la nueva normalidad conduciendo un MINI 100% eléctrico.


¿Cuánto sabes sobre el universo narrativo de Star Wars?