Venir al mundo con ganas de hablar

Noam Chomsky imparte una conferencia en Riverside Church, Nueva York, 2009. Fotografía: Corbis.

La gramática es como el bazo o las ganas de llorar: esta ahí desde que nacemos, o incluso antes. La lengua que aprendemos después no es más que un cincel para dar forma a algo que nuestro ADN trae de serie. Queda dicho.

Todo esto les puede sonar muy raro y, de hecho, hay lingüistas que discrepan. No hagan caso; «el intelectual más importante de la actualidad» (New York Times), el que es «uno de los padres de la lingüística moderna» (clamor popular) está convencido de ello. Nos referimos, claro, a Noam Chomsky. Es uno de esos sonoros nombres con los que se da por un sesudo análisis político o por una preclara visión de la lingüística. Uno le empieza a seguir por un camino y, en algún momento, mira a un lado y descubre que este atleta del pensamiento también trota por otro que discurre paralelo. Luego resulta que es velocista y maratoniano; que corre simultáneamente por dos, tres, cuatro, o más pistas y, quizás lo más maravilloso, que estas se entrecruzan para abrir nuevos caminos aún por explorar. Decir que Chomsky es inabarcable resulta una obviedad, por lo que antes de enfangarnos en más metáforas para ilustrar su ubicuidad intelectual, nos centraremos en eso que mencionábamos del lenguaje. 

Hay que remontarse a la década de los cincuenta para dar con la semilla de su aportación principal en este campo. Hasta entonces, los lingüistas consideraban las lenguas como un fenómeno puramente social, un conjunto de códigos arbitrariamente distintos que había que clasificar atendiendo a factores como los sonidos, lexemas u oraciones. Por poner algún ejemplo, hay lenguas SVO (sujeto-verbo-objeto) como el castellano o el inglés (Yo como patatas/I eat potatoes); lenguas SOV como el turco, el vasco o el japonés. Si se preguntaban por el klingon, sepan que es OVS, lo mismo que el hixkaryána, (lengua indígena de Brasil). También hay lenguas con artículos y preposiciones per se, y otras en las que se manifiestan en forma de caprichosas partículas que se añaden a las palabras; lenguas en las que el acento cae siempre en la primera sílaba (islandés); vergeles de consonantes en el Cáucaso, de vocales en la India… 

Toda esta diversidad se estudia, se clasifica y se compara, pero independientemente de la particularidad de cada lengua, Chomsky fue el primero en plantear la hipótesis de que el lenguaje podía ser un esquema mental innato que explicara cómo alguien es capaz de aprender una lengua de forma natural y sin esfuerzo, y también de entender y producir un numero infinito de oraciones gramaticales. Los hablantes, todos nosotros, diferenciamos aquellas expresiones aceptables de las que no lo son en nuestras respectivas lenguas, de igual manera que entendemos que una luz verde en un semáforo significa «pasar», mientras que una roja lo contrario. Esto último lo sabemos porque alguien nos lo ha dicho, pero ¿cómo es posible que podamos conocer las restricciones de nuestra lengua si haber aprendido las expresiones que violan dichas restricciones?

La lingüística, decía Chomsky, tenía que romper las barreras de la mera taxonomía; no solo clasificar las lenguas, sino también formular una «gramática universal» común a todas ellas. Había que dar con esa serie de reglas que ayudan a los niños a adquirirlas, desde el mapuche hasta el frisón. Para que se hagan una idea de la importancia histórica de esta teoría, se la ha considerado el equivalente en lingüística a la teoría de la evolución de Darwin en biología, o la del inconsciente de Freud en psicología. Y así es como llegamos al capítulo de los «universales lingüísticos». Algunos son tan predecibles como: «Todas las lenguas tienen nombres y verbos», o vocales y consonantes, sujetos y predicados, pronombres… Pero a medida que nos adentramos en esta jungla, la vegetación se va haciendo más espesa. ¿Cuál es el número mínimo de vocales que puede tener una lengua? Dicen que todas tienen sendos vocablos para los colores blanco y negro, pero ¿qué ocurre con el naranja o el marrón? En cualquier caso, ¿podemos hablar de certezas en esto de los universales sin haber analizado todas y cada una de las aproximadamente siete mil lenguas que se hablan en el mundo? 

El lingüista americano Joseph Greenberg recogió cuarenta y cinco de esas pautas comunes supuestamente innatas tras un estudio de treinta lenguas, un método inductivo que se oponía al reduccionismo deductivo de Chomsky: si son comunes a todas las lenguas, bastará con analizar una sola de ellas. Pero aquello se les fue de las manos. La selva del «generativismo», que es como se le llamó a la teoría chomskiana de la impronta genética del lenguaje, se iba llenando de exploradores que presumían de dar con más y más universales: «Si hay tres vocablos para los colores, el tercero es el rojo (recuerden que los anteriores son el blanco y el negro)», se oía desde la espesura; «Y si hay un cuarto o un quinto seguro que son el amarillo y el verde», replicaba alguien desde la copa de un árbol. Y así con la distribución de sujetos objetos y verbos en los enunciados, la proporción entre vocales y consonantes, entre fonemas sordos y sonoros… 

Bajo la premisa de que existían docenas, incluso centenares de particularidades y categorías lingüísticas innatas al ser humano, se daban concurridas conferencias y se publicaban trabajos en todas las manifestaciones de la fiebre académica a manos de lingüistas dispuestos a dejarlo todo en su búsqueda del grial de los universales. Hasta que Chomsky dijo «basta». Con el ocaso del siglo XX, Zaratustra bajó de la montaña y anunció a los hombres que eso de que hubiera un carro de universales era una entelequia. Más que en una gramática común, el nuevo paradigma se centraba ahora en un mecanismo simple pero multitarea con el que se producía un nutrido grupo de oraciones. Había algo innato, sí, pero se limitaba a cubrir las necesidades más básicas del hablante. Muy acertadamente, a esta nueva corriente del generativismo se la llamó «minimalismo». 

Entre el pánico y la confusión que generó todo aquello, los generativistas clásicos, ahora huérfanos, se debatían entre seguir adelante o rebajar sus expectativas de búsqueda, como ya hiciera el Creador. ¿Qué habría hecho san Pedro si Jesús le hubiese dicho que lo del reino de los cielos era poco más que una fantasía? «Estamos descubriendo propiedades nuevas e inesperadas de las lenguas hasta un punto en el que resulta imposible probar lo que sabemos que ha de ser cierto: que todas están sacadas de un mismo molde», fue exactamente lo que el dios de la lingüística les dijo a sus apóstoles. 

La resaca tras décadas borrachos del generativismo más añejo dibujaba ahora un mundo distópico en el que Chomsky sumaba su voz a la de aquellos antichomskianos, en oposición a los últimos chomskianos. Eso sí, fue mucho más cauteloso al considerar el minimalismo como un «programa», y no una teoría: admitió que no había una razón concreta para pensar que fuera a funcionar. Si Dios se reconocía a sí mismo como un ser falible, ¿qué motivos tenían los chomskianos más irredentos para renegar de su fe? Probablemente muy pocos. 

Universales interestelares

A sus noventa y dos años, Chomsky sigue dando charlas, escribiendo libros y dando entrevistas literalmente a todo aquel que se lo pida, desde estudiantes de primaria hasta jefes de Estado, pero ya no se prodiga demasiado en el tema de la adquisición del lenguaje. Que su sentido del humor sigue intacto quedaba públicamente corroborado hace un par de años, cuando arrancaba una charla en la Universidad de Arizona con un «Histórico: La primera presentación en PowerPoint de Noam Chomsky», proyectado sobre una pantalla a su espalda. El maestro es ya demasiado sabio para tomarse a sí mismo en serio, por lo que hoy son sus discípulos los que se esfuerzan en desarrollar nuevas metáforas para ilustrar su teoría de lo innato. Mark Baker, por ejemplo, trabaja sobre una «tabla periódica» de lo que él llama «átomos del lenguaje», los cuales se combinarían de la misma manera que las moléculas. Sepan, no obstante, que el generativismo as we knew it aún sigue vivo en los corazones y las mentes de un nutrido grupo de románticos, y que ni siquiera hace falta revolcarse en el fango académico para dar con él. Es disfrutando de una película como La llegada (2016), cuyo eje central es la comunicación con alienígenas, cuando escuchamos un nostálgico discurso que nos retrotrae al siglo XX. Con ocasión de su estreno, la lingüista Jessica Coon (se usó su oficina para el rodaje) insistía en lo de la «gramática universal», a la que consideraba «parte del legado genético que capacita al ser humano para adquirir el lenguaje». Coons, eso sí, matizaba que este podría resultar inútil para llegar a comunicarse con alienígenas. 

Los de la película hablan en heptápodo, una lengua cuyos sonidos son imposibles de reproducir por los humanos por razones biológicas, y que se representan a través de unas formas circulares. Conviene no confundir el instrumento para la realización material de la lengua, el alfabeto, con su gramática. Si una raza alienígena se comunicara a través de feromonas, o frecuencias subsónicas, seríamos obviamente incapaces de interactuar de forma directa con ellos, pero sí sería factible fabricar un dispositivo que lo hiciera por nosotros: se teclea una palabra y la máquina emite la feromona o el infrasonido correctos. La cuestión ahora es si la forma en que las señales funcionan y el modo en que se combinan tienen algún sentido para la mente humana en el caso de que, por ejemplo, los alienígenas sean capaces de procesar cientos de enunciados superpuestos simultáneamente. Esto sería un problema porque nosotros los entendemos de forma lineal, es decir, uno detrás de otro. 

Atravesamos aquí el umbral de la astrolingüística, la ciencia que estudia una potencial comunicación con seres del espacio exterior. En la película acaban apañándose, aunque todos sabemos que la previsibilidad es una cualidad innata de Hollywood. Aunque quizás no sea algo descabellado. «Si el universo está sujeto a las mismas leyes de la física, podríamos esperar que las lenguas interestelares también estén dotadas de bloques de significado que se combinen para crear significados más complejos. Puede que la marciana no sea una lengua tan distinta de la humana», dijo Chomsky en una conferencia en Los Ángeles el año pasado. Algo trama.


Lingüística alien: el reto de comunicarse con extraterrestres

Arrival. Imagen: Sony Pictures.

La lingüística alien existe. A los aliens no los hemos visto todavía, pero de la investigación sí tenemos noticias. No todo es ciencia ficción como en Arrival, la película de Denis Villeneuve que trata sobre una experta en lingüística a la que el gobierno de los Estados Unidos encarga que descifre el mensaje que unos extraterrestres intentan transmitir a la sociedad. Sin embargo, es precisamente con el escenario ficticio de Arrival con lo que sueñan los lingüistas que emplean parte de su tiempo en la rama alien. Por lingüística entendemos el estudio teórico del lenguaje y de cuestiones comunes a diversas lenguas. Cuando el sustantivo lingüística va acompañado del prefijo exo-, que significa ‘fuera’, ‘exterior’, o xeno-, que significa ‘extranjero’, hablamos de exolingüística o xenolingüística, es decir, lingüística alien.

Nos podemos hacer una idea sobre qué trata esta rama de la lingüística por la mencionada Arrival (2016), basada en el relato La historia de tu vida (1998) de Ted Chiang, además de por muchas otras obras de ficción. El tema del lenguaje alienígena en la ficción es tan antiguo como el mismo género narrativo. Ya en el siglo XVII, cuando en Inglaterra apenas se escribía en prosa y los géneros predominantes eran el teatro y la poesía —con excepción de alguna notable crónica sobre la peste y el incendio que arrasó Londres—, Francis Godwin se propuso describir el lenguaje de los habitantes de la Luna en The Man in the Moone, una narración escrita en primera persona. En su novelita, los selenitas hablan un curioso idioma a base de melodías musicales que el protagonista, Domingo, aprende rápidamente, lo que le permite comunicarse. Algo más tarde, en 1880, Percy Greg se sirvió del artificio de la traducción en Across the Zodiac para mostrar el lenguaje de un mensaje llegado a la Tierra desde el espacio. En la Trilogía cósmica (1938-1945) de C. S. Lewis los pobladores de Marte y Venus hablan el mismo idioma, el solar antiguo. Stanislaw Lem, en La voz de su amo (1968), describe el esfuerzo de los científicos para decodificar, traducir y comprender la transmisión extraterrestre. También Asimov toca el tema. Y Philip K. Dick, y Ursula K. Le Guin, y Scott Card, entre muchos otros. El lenguaje alienígena es un tema inagotable, de los favoritos de los escritores de ciencia ficción.

Pasar de la ciencia ficción a la ciencia a secas es el objetivo de la lingüística alien. De momento la llamaremos protociencia, porque todavía no aparece en los manuales de lingüística de referencia. Pero parece que va en serio. Y, aunque suene muy marciano, el hecho de que se organice un taller al que acuden Noam Chomsky, Ian Roberts y otros lingüistas de renombre, en el año 2018, con el apoyo del SETI y del METI, da que pensar: o se lo están tomando muy en serio o no saben cómo llamar la atención. El METI (Messaging Extraterrestrial Intelligence) tiene como misión enviar mensajes a la inteligencia extraterrestre. El SETI (Search of Extraterrestrial Intelligence), por su parte, se encarga de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, de detectar los mensajes. Ambos institutos se complementan al aunar esfuerzos para alcanzar los sistemas estelares que están relativamente cerca del Sol y que albergan planetas del tamaño de la Tierra en los que se dan las condiciones adecuadas para recibir y enviar mensajes de y desde esos sistemas estelares.

Desde los años sesenta, los científicos se han mostrado optimistas en cuanto a la existencia de extraterrestres. El 15 de agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear de Ohio detectó una señal, la conocida como Wow!, proveniente de la constelación de Sagitario, que podría haber sido emitida por seres inteligentes. Se pensó que la paradoja del físico Enrico Fermi, según la cual en caso de existir otras civilizaciones en el universo ya nos habrían visitado, ya no era tan paradójica. Frank Drake, quien años antes, en 1961, había planteado una ecuación para calcular el número de pueblos extraterrestres con los que la humanidad podría establecer contacto, lideró la fundación del SETI en 1984.

El mismo Frank Drake parece haber sido la primera persona en enviar en serio un mensaje a otros sistemas estelares, usando un radiotelescopio instalado en Arecibo, Puerto Rico, en 1974. El mensaje contenía los números del uno al diez, los números atómicos del hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno y fósforo, las fórmulas para los azúcares y las bases de los nucleótidos del ADN, el número de nucleótidos del ADN, la estructura de doble hélice del ADN, una figura de un ser humano y su altura, la población de la Tierra, un diagrama de nuestro sistema solar y una imagen del telescopio de Arecibo con su diámetro. En esta señalada ocasión no se utilizó ninguno de los lenguajes matemáticos que, desde hacía unos años, se habían ido diseñando para contactar a los alienígenas. Posiblemente el más conocido de estos lenguajes sea Lincos, acrónimo de lingua cosmica. Descrito por Hans Freudenthal por primera vez en 1960, se trata de un lenguaje matemático sobre el cual, en 1963, Lancelot Hogben elaboró otro código, Astroglossa. Otro lenguaje basado principalmente en las matemáticas como Lincos y Astrologlossa es el lenguaje de Carl L. DeVito y Richard Oehrle, descrito en 1992. Sin embargo, los mensajes enviados al espacio han sido, como el de Arecibo, menos sofisticados: los discos de oro de las Voyager, que contienen saludos en cincuenta y seis idiomas, o las placas de las sondas Pioneer, con dibujos de dos figuras humanas y un haz de líneas como Sol.  

Después de décadas de lanzar mensajes, diseñar lenguajes y explorar parte del espacio visible en busca de señales emitidas por otras civilizaciones, se pasó del optimismo razonable al más absoluto pesimismo. Nadie parece haber escuchado los mensajes enviados y, en los últimos años, la financiación del SETI se ha ido reduciendo drásticamente. Curiosamente, esto ha sucedido durante los años en los que más hemos oído por parte de políticos y gente poderosa eso de que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Sin embargo, en este caso cabría preguntarse por qué las emisiones de radio tienen que ser necesariamente el medio de comunicación que usar con los extraterrestres. Ahora que las comunicaciones son digitales, ¿por qué iban los extraterrestres a usar la comunicación por radio? ¿Y si desconocen ese medio? Después de todo, nosotros apenas lo hemos utilizado cien años. Hay que pensar en otros medios de comunicación y otros lenguajes, y es entonces cuando el SETI y el METI, venidos a menos, aceptan reunirse con lingüistas y contemplar escenarios tipo Arrival.  

Hasta ahora, los mensajes diseñados para ser enviados a los extraterrestres no han usado el tipo de lenguaje que estudian los lingüistas, pero nadie sabe qué tipo de lenguaje debería utilizarse. Lo que sí parece claro es que el lenguaje usado debe ser otro, y ese es el punto de partida de la lingüística alien. El objetivo es estudiar idiomas que nadie ha escuchado todavía, los que hablan los alienígenas. Como todavía no conocemos esos idiomas, deberíamos intentar averiguar cuál sería el primer paso para tratar de comunicarnos. Este campo de investigación abarca, además de la lingüística, la astrobiología, el estudio de la vida en el universo. La lingüista —y escritora de ciencia ficción— Suzette Haden Elgin creía que la manera en que el cuerpo y la mente de los humanos interactuaban con el medio ambiente era fundamental para su forma de pensar, y para la construcción del lenguaje.

Otros lingüistas, como Noam Chomsky, mantienen que lo que da vida al lenguaje es el hecho de que estamos diseñados para aprender idiomas basados en un conjunto común de principios que podemos llamar «gramática universal». ¿Podrían los aliens tener esta gramática? En la conferencia de 2018, eso mismo dijo Chomsky: «El lenguaje marciano podría no ser tan diferente del lenguaje humano después de todo». ¡Y lo dijo en serio! Y dio unas cuantas ideas más. En primer lugar, apuntó que, si las leyes de la física funcionan del mismo modo en todas partes, las lenguas de los alienígenas podrían estar sujetas a los mismos factores que las lenguas de los seres humanos y los animales. Y seguidamente mencionó las características que los humanos y los aliens tendríamos en común en términos de lenguaje: la primera, que los idiomas alienígenas se encuentren sujetos a restricciones funcionales adaptativas similares a las de los lenguajes humanos y, la segunda, que los aliens utilicen su lenguaje para comunicarse del mismo modo que lo hacemos los humanos. La idea básica de toda su ponencia es que hay aspectos del universo que, valga la redundancia, son universales. Al tiempo que los extraterrestres pueden haber evolucionado de manera muy diferente a nosotros en mundos también muy diferentes, todas las especies y, por extensión, todas las lenguas deben surgir esencialmente del mismo caldo elemental.

En caso de contacto, primero habrá que detectar si la señal recibida tiene una estructura que indique que proviene de una fuente inteligente, y entonces habrá que categorizar el tipo de estructura detectada y luego descifrar su contenido: los patrones que sigue y las partes del discurso que lo codifican internamente. De este modo buscaremos universales del lenguaje para diseñar métodos computacionales que nos permitan discriminar qué es lenguaje y qué no lo es, y así estableceremos cuáles son los principios del lenguaje. Esto es, lo que en lingüística viene siendo hacer trabajo de campo. Pero con los aliens, advierte Chomsky, el espacio perceptual puede ser desconocido y no podemos presumir que la estructura sea la del lenguaje humano, ni parecida. Necesitaremos acercarnos a la señal del lenguaje desde un punto de vista ingenuo, ignorante, asumiendo lo menos posible.

Chomsky no dijo mucho más en la charla, pero su argumento en torno a los universales del lenguaje en el universo, o los multiversos, tiene que ver, hasta cierto punto, con un interesante artículo que publicó en Linguistic Inquiry en 2005, del que reproduzco unas líneas a continuación: «Una vez superadas las barreras conceptuales impuestas por el marco teórico, ya no necesitamos asumir que los medios para generar expresiones estructuradas son extremadamente articulados y específicos. Podemos considerar seriamente la posibilidad de que puedan reducirse a principios independientes del lenguaje, haya o no elementos homólogos en otros dominios y organismos. Podemos, en resumen, intentar afinar la pregunta de qué constituye una explicación basada en principios para las propiedades del lenguaje, y pasar a una de las preguntas más fundamentales de la biología del lenguaje: ¿en qué medida el lenguaje se aproxima a una solución óptima de las condiciones que debe satisfacer para ser utilizable, dada la arquitectura estructural extralingüística?»

Chomsky siempre hace grandes preguntas —en su opinión, pregalileicas— y trabaja incesantemente en las respuestas. Si fuéramos a vivir cien años más, apostaría lo que me pagan por este artículo a que Chomsky desarrollaría una gramática multiversal.


Bibliografía

Chomsky, Noam. 2005. «Three Factors in Language Design». Linguistic Inquiry 36(1): 1–22.


Los españoles y el inglés

Fotografía: Alborzagros (CC BY-SA 3.0).

Paseo sin prisa por una carretera rural encajada entre muros de sillería tosca de granito cubiertos de verdín y mohos. El vial es tan estrecho que no hay aceras ni arcenes, apenas cabe un vehículo y las entradas a las fincas hacen de apartaderos oportunos para los encuentros que se producen ocasionalmente. Las lluvias de los últimos días se han llevado el petricor que trajeron las primeras gotas tras varias semanas de sequía, pero no han conseguido anular el olor a estiércol de estos pagos.

Aunque el calendario nos dice que ya estamos en plena canícula, por aquí la vegetación no llega a agostarse de verdad, de manera que hasta donde alcanza la vista la gama cromática abarca todos los verdes imaginables —musgo, prados, robles, castaños, pinos, tojos, mimosas—, salpicada solo por los grises de cielo, muros y viviendas. Pero de repente, tras una de tantas curvas, surge en medio del océano verde un reflejo fucsia. Me acerco con parsimonia, centrándome en el color intruso, intentando descifrar con mi vista cansada el elemento extraño. Es un cartel de metacrilato, de tipografía y diseño pulcros, cuidados hasta el último detalle, en el que destacan dos palabras: un apellido inequívocamente aborigen y el término hairdressing. Con caracteres de menor tamaño se indica que el negocio se encuentra a cincuenta metros. No puedo evitar preguntarme por qué, ya puestos, no dicen que está a cincuenta y cinco yardas. Sigo mi paseo rumiando y me pregunto cuántos de los clientes de esa peluquería serán hablantes nativos de inglés o, simplemente, cuántos podrían chapurrear alguna palabra de modo más o menos coherente —ya no pido ni corrección— en el idioma de Samuel Johnson. No puedo dejar de contrariarme al pensar que de encontrarme con un establecimiento de ese gremio en Oklahoma o en Essex muy probablemente no vería hairdressing, sino hairdresser’s.

Incomodado por esta elección lingüística, doy media vuelta, preguntándome qué habrá podido llevar a sus propietarios —de apellido autóctono, recordemos— a rotular en un idioma ajeno un negocio situado a solo unos treinta kilómetros del lugar donde el insigne lexicógrafo José Martínez de Sousa, autoridad patria indiscutible en su campo, nació y pastoreaba vacas. Me consuelo pensando que son los tiempos y las modas, y que de haberme topado con ese cartel en otro siglo acaso habría leído coiffure en lugar de hairdressing. Debe de ser nuestra naturaleza, como describió muy acertadamente ya en el siglo XVIII José Francisco de Isla en su Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes:

«La que nació en Castilla, aunque sea la nona maravilla, no se tiene por bella mientras no hable como hablan en Marsella; la manchega, extremeña o campesina afecta ser de Orleáns; la vizcaína, entre su Jaincoa y Echeco Andrea, nos encaja un monsieur de Goicochea, muy preciadas de hablar a lo extranjero, y no saben su idioma verdadero».

Tal vez, dentro de un tiempo, ese rótulo estará en chino, quién sabe. Llego a casa, abro el buzón y el correo comercial me anuncia que «estás a un minuto de vivir tu lado one»: en breve un nuevo gimnasio abrirá en el barrio y me hacen llegar unos pases VIP para que disfrute la experiencia por un día. El gimnasio está rodeado de topónimos como «xuncal», «muíño», «outeiro» o «caeiro», pero sus propietarios han preferido recurrir al inglés para darle nombre.

Salgo a cenar a una tapería cercana y en la mesa contigua un padre de familia sienta cátedra a voz en cuello —como suelen pontificar los menos y peor informados— aseverando que practising en inglés se pronuncia «practáising» y que la «s» del genitivo sajón se puede eliminar conservando el apóstrofe —sí, ha dicho «apóstrofe» y no «apóstrofo»— siempre que la siguiente palabra empiece por «s-». Sus dos hijos, aunque ya tienen edad para rebatir sus argumentos —los conocimientos, como el valor en el servicio militar, se les suponen—, optan por callar y centrarse, con toda la razón del mundo, en las almejas y el pulpo…

Pero ¿qué nos pasa con el inglés? ¿Qué obsesión tenemos con él? ¿A qué viene esta claudicación cada vez más generalizada, esta renuncia y desprecio gregarios por las raíces propias? ¿De dónde sale esta vergüenza de nuestro origen y de lo que somos, este complejo de inferioridad pueblerino? Esa falta de autoestima diglósica, que se extiende a algunas otras lenguas peninsulares, nos lleva a casos como el del padre que abomina en público y por escrito de las comunicaciones que en gallego le remite el IES en que tiene escolarizados a sus hijos mientras, simultáneamente, los matricula en portugués por los vínculos empresariales que mantiene con Brasil. Y sí, por si lo está pensando, estimado lector, soy muy consciente del nombre de la publicación que airea estas líneas.

Queremos parecer cosmopolitas, «ciudadanos del mundo», sin lograrlo y con frecuencia caemos en el ridículo más espantoso, porque, como dicen las malas lenguas, es el españolito un individuo que está siempre intentando aprender inglés, con los dos picos anuales que imponen la venta de fascículos y los biorritmos de los buenas intenciones de «curso (o año) nuevo, vida nueva»: enero y septiembre; insisten las mismas malas lenguas —que son las que nos suelen cantar las verdades, para qué engañarnos— que estos propósitos bienintencionados serán tan infructuosos como los euros que tirará el indígena carpetovetónico en esa cuota de gimnasio por el que solo pasará cuatro veces el primer mes, dos el segundo y nunca más a partir del tercero.

¿Cuál es el origen de este fracaso nuestro con el inglés? Ay, si yo tuviese la solución, estaría ocupando un puesto importante del Ministerio de Educación, pero hay ciertos extremos que deberían quedarnos claros y, antes de nada, hay que decir que el futuro es halagüeño —entre otras cosas, porque más bajo ya no podíamos caer—: falta relativamente poco para que al mercado laboral empiecen a llegar las primeras generaciones que han recibido clases de inglés desde la etapa infantil. Como poco ya tendrán más horas de vuelo que los cuarentones y cincuentones que ocupamos puestos directivos públicos y privados, y que empezamos a recibir nuestras primeras nociones de inglés dentro de la enseñanza reglada como muy temprano a los once años, con el armario empotrado de nuestro cerebro con sus divisiones y cajoneras bastante bien fraguadas y poco maleables. Cuando estas nuevas generaciones nos releven, pocos Rajoys quedarán ya que tengan que recurrir a la traducción simultánea o que se tengan que quedar, tristes, solos y abandonados para rechifla y escarnio patrios, en la mesa durante el recreo, mientras sus colegas europeos departen con la sonrisa en la boca y la guadaña en la mano, y aún menos Botellas nos provocarán la más escandalosa vergüenza ajena por mor de su acento y su retintín impostado, aunque la mayoría de los que los señalan con índice acusador no sabrían hacerlo mejor.

Tradición de doblaje de cine y televisión aparte, que siempre carga con las primeras culpas cuando se trata de encontrarle explicación a nuestra impericia con el inglés, en primer lugar debe quedar rotundamente claro que alcanzar con tres o cuatro periodos de clase a la semana en aulas compuestas por alumnos de nivel muy dispar ese nivel que envidiamos de otros países europeos es una utopía. Traigan la reforma educativa que traigan, porque en esos países europeos se distribuye al alumnado por niveles de competencia —no solo para la enseñanza de lenguas—, como se hace aquí en academias privadas de idiomas, EOI y facultades universitarias. Pero, ay, díganles ustedes a unos españolitos que entre dos o tres agrupamientos en la enseñanza obligatoria su hijo no figurará en el de mayor nivel. ¿Quién es el valiente? ¿Pero no habíamos quedado en que había que personalizar la enseñanza, adaptarse al educando y a su nivel de competencia para a partir de ahí ir sembrando? Continuemos pues con el café para todos, la igualdad en la mediocridad, y podremos seguir lamentando nuestra torpeza y a la vez regodearnos en ella. De la ratio de alumnos por docente ya, mejor, ni hablemos, ni del nivel y preparación del profesorado, otra de las madres del cordero: simplemente echemos un ojo a nuestra idolatrada Finlandia.

En segundo lugar, debemos desprendernos de ciertos complejos y dejar de mirar con envidia a esos países germánicos y escandinavos que tan bien hablan inglés. Simplificando se podría decir que sus idiomas son primos hermanos del inglés, o que este es una versión para torpes de aquellos. Aquí entra en juego la explicación más pintoresca que me he topado para justificar nuestra torpeza a la hora de aprender idiomas extranjeros: la que alude a nuestro pasado imperial. Nuestro inconsciente colectivo de potencia mundial en la que no se ponía el sol nos dificultaría el aprendizaje, convencidos de que con nuestra lengua materna, la segunda con más hablantes, vamos sobrados. Como ejemplo ponen a los británicos —y, por extensión, a los anglosajones en general— y a los rusos, dos pueblos tradicionalmente poco inclinados a aprender idiomas extranjeros. De hecho, no dejan de ser llamativos los aires de superioridad del anglosajón que va por el mundo exigiendo, que no preguntando, vehementemente «Do you speak my language? Do you speak my language? », por no hablar de aquellos afincados en nuestras costas e islas que afirman rotundamente que el personal sanitario del centro de salud se ha dirigido a ellos en español «por joder»… Sí, lo que les cuento es verídico.

Simplificando de nuevo, se podría decir que la necesidad es fuerza mayor y que si hasta ahora no hemos aprendido inglés proficientemente es porque no nos hemos visto obligados; véase si no cómo, mal que bien, cualquier emigrante, incluso el que jamás haya pisado un aula, acaba entendiendo y haciéndose entender en la lengua del país que lo acoja. Quizá, ahora que vamos perdiendo por goleada la Tercera Guerra Mundial a manos de —aunque a lo peor lo más apropiado sería decir «a pies de»— Frau Merkel, la troika y sus bárbaras hordas bárbaras, acabaremos aprendiendo todos nosotros, camareros y personal de servicio de las razas arias, parece ser que ubérrimas en lo económico gracias a su productividad y laboriosidad legendarias, inglés a toda velocidad.

Disfrutan además muchos de esos idiomas de unos sistemas vocálicos amplísimos que les facilitan —y aquí tengo que volver a referirme a nuestro fortísimo acento y a nuestra organización mental— la asimilación de los doce fonemas vocálicos ingleses. Lo de los diptongos lo dejaremos para mejor ocasión: téngalo claro, lector, el español es también ese individuo al que se detecta fácilmente cuando habla un idioma extranjero por su acento indisimulable, porque lo primero que distingue al hispanoespañolito al abrir la boca no es el elevadísimo volumen al que habla, no, sino la reducción vocálica a la que le condena la organización de la zona que hemos reservado al lenguaje en nuestro lóbulo temporal. Nacemos con el cerebro casi en blanco. Es un disco duro por formatear en el que solamente se ha consumido el espacio imprescindible para el sistema operativo, un armario empotrado por dividir. Como nuestro idioma cuenta con solo cinco sonidos vocálicos, cinco son los anaqueles que les reservamos para exhibir clara e inequívocamente nuestras a-e-i-o-u; en principio esos anaqueles tienen la frágil consistencia del yeso, lo cual no es un perjuicio, sino toda una ventaja, de ahí la importancia de que el aprendizaje de un idioma se inicie a la menor edad posible. Poco a poco nos vamos asentando en nuestros esquemas y, al tiempo que lo nuevo deja de llamarnos la atención y perdemos capacidad de asombro y por tanto de aprendizaje, los materiales en los que hemos depositado las vocales se van endureciendo: del yeso pasamos al adobe, de este a la madera y de aquí al hormigón armado más tenaz.

A todo esto hay que añadir nuestra proverbial vagancia para pronunciar el último sonido consonántico de cualquier palabra —siempre estamos tan «cansaos pa’ pronunciar esos complicaos» sonidos consonánticos— y nuestra incompetencia para distinguir entre la «b» y la «v», que ya llevó a que hace dos mil años los legionarios romanos que nos conquistaron ataviados con faldita y sandalias se mofasen de nosotros diciendo «Beati hispani quibus vivere est bibere».

No hace falta leer a Chomsky para darse cuenta de que el hispanohablante de alrededor de diez años de edad —cuanto mayor, peor— que se enfrente por primera vez al inglés tendrá unas dificultades tremendas para hacer encajar doce sonidos —al menos la mitad de ellos completamente nuevos y ajenos— en únicamente cinco baldas. ¿Cómo que hay dos íes? ¿Qué me quiere usted decir? ¡Pero si i solo hay una! ¿Y la «b» y la «v» no se pronuncian igual? ¿Y tres aes, dice usted? Venga, venga, venga, por favor, con una me basta para arreglármelas. ¡A relaxin cap of ti, plis, que is beri díficul todo esto!


La revolución cultural nazi

Detalle de la cubierta de La revolución cultural nazi, de Johann Chapoutot (Alianza Editorial).

Se nos va de las manos. Basta echar un vistazo a las noticias y nos asalta la polémica por una tarta con esvástica que se sirvió en la clase de Historia de un colegio australiano. Apenas logra uno hacerse a la idea de la gravedad del asunto y se nos viene encima otro titular sobre una pareja que practicaba «rituales nazis» con su bebé en el Reino Unido. Lo que nos lleva a recordar el caso extremadamente mediático del youtuber escocés también condenado por enseñar a su perro el saludo romano. Gesto que a su vez acaban de hacer unos universitarios en Wisconsin en una foto de fin de curso rápidamente viralizada y los consabidos debates sobre los límites del humor. Un asunto de actualidad que nos reclama opiniones enfáticas, qué duda cabe, pero apenas vamos a articular palabra y algo desvía rápidamente nuestra atención: resulta que en Corea del Sur un conocido grupo de música pop está en el ojo del huracán porque uno de sus miembros llevó una gorra con un símbolo nazi.

Pero no estamos todos, falta Chomsky. Llevaba unos días en silencio así que ha aprovechado para sembrar la controversia al usar el término «judeonazis» para referirse a Israel, pero antes de que alguien pueda indignarse vienen a hablarnos de que un padre en Kentucky disfrazó a su hijo de Hitler —que le gusta mucho la historia, dice— y de un chiflado que se lazó a gritar vivas al susodicho en mitad de un teatro en Baltimore causando gran agitación, mientras al vuelo otro titular nos deslumbra señalando no sé qué vínculo familiar que une al Führer con Arguiñano. De él —el dictador, no el cocinero— recientemente además nos han informado en los medios de que era bisexual, sadomasoquista y se cambiaba de calzoncillos cada tres días, exclusiva que casi logra hacernos olvidar que tal prenda íntima del sujeto fue subastada por cinco mil dólares, menos de los once mil quinientos dólares con los que acaba de ser vendida una foto suya junto a una niña judía.

En fin, anécdotas más o menos llamativas para distraernos hasta que nos alarman con el regreso del «Hitler de Sri Lanka», ni idea de quién será pero seguro que no trae buenas intenciones, y por si no teníamos bastante descubrimos que hay también un tal «Hitler de Culiacán». O al menos así se hace eco la prensa de cómo han bautizado sus adversarios políticos al alcalde de la ciudad. Mientras que el primer ministro de Pakistán, impaciente, no ha querido esperar a que se lo llame alguien y se ha comparado a sí mismo con él, quedándose tan ancho.

Así no hay manera, oiga, calmémonos un momento. Están sobreestimulando nuestra atención a base de titulares clickbait en una burbuja mediática imparable de hitlerismo. Pero entonces recordamos que no es cosa solo de las noticias, pues en cartelera hay una película de nazis mutantes de un género, el de terror, que los tiene en gran estima: aún están frescas en nuestra memoria las imágenes de nazis marionetas asesinas, nazis zombis, de nazis cabalgando dinosaurios y de nazis zombis a lomos de tiburones voladores. Las redes sociales no se muestran menos activas al respecto, dado que basta realizar una búsqueda del término «nazis» para comprobar que ha formado parte de setenta y ocho tuits solamente en los últimos diez minutos. Si nos centramos en el contexto de cada uno vemos que es despreocupadamente polisémico. Se lo llama cada facción política a su contraria, constantemente, en todos los países. ¿Quién en su sano juicio podría negarse a usar ese comodín en cualquier disputa ideológica? Es una contundente arma arrojadiza y saber de aquellas circunstancias nos puede resulta útil en la medida en que sirva para hacer paralelismos con la actualidad. Manoseado como provocación, desvarío, insulto, advertencia u objeto de mitificación el nazismo es a estas alturas menos un acontecimiento histórico que una representación del Mal. Por eso, entre tanto ruido, resulta de agradecer la actitud de Johann Chapoutot, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de París-Sorbona.

Clase racial en Alemania, 1943. Fotografía: Liselotte Orgel-Köhne / Deutsches Historisches Museum.

Primo Levi dejó escrito cómo al llegar a Auschwitz fue confinado en un barracón donde debía esperar. Allí arrancó un carámbano de hielo para calmar la sed pero un guardia se acercó y se lo arrebató. ¿Por qué? Le preguntó Levi, «aquí no hay porqué», le respondió el guardia. Con esa anécdota comienza La revolución cultural nazi (Alianza Editorial) marcando así el camino que tomarán las páginas siguientes, que es precisamente el de hallar porqués. Frente a la actitud generalizada de querer cambiar el mundo antes que comprenderlo, Chapoutot opta más humildemente por el sentido opuesto. Resiste la tentación de sacar conclusiones o trazar paralelismos y busca «hacer historia, simplemente. Y comprender por qué y cómo unos hombres pudieron ver a otros hombres a través del cristal de un acuario». Estamos por tanto ante un historiador o, si nos apuran, ante un filósofo que busca conocer el objeto de su estudio antes que sus representaciones en la pared de la cueva, hoy día tal como señalábamos tan numerosas que solo generan confusión. La pregunta fundamental a la que busca dar respuesta es la que tantas veces nos hemos hecho: cómo una sociedad civilizada pudo llegar tan lejos en su barbarie. Que el conjunto de la población llegase a aceptar lo inaceptable, que viera alterada tan radicalmente su escala de valores, fue un logro que el Tercer Reich alcanzó en un periodo de tiempo sorprendentemente breve. ¿Cómo? Pues como el propio título indica mediante una revolución cultural. ¿Pero no era un movimiento contrarrevolucionario, reaccionario, que pretendía hacer volver a Alemania a sus orígenes? ¿Acaso puede hacerse una revolución en nombre de la tradición?

La respuesta que va desgranando a partir de un amplio número de fuentes es que esa tradición fue, en buena medida, inventada. La reescritura del pasado resultó tan extensa y aplicada a tantos órdenes que más bien se trataba de un traje a la medida de ese tercer reino que debía suceder al Sacro Imperio Romano Germánico​ y al unificado por Guillermo I en el siglo XIX. De esa manera Platón, aunque fuera griego, pasa a encarnar el ideal del hombre nórdico y su república es la primera representación del Estado totalitario anhelado por el nazismo, mientras que los sofistas que se le oponían resultaban ser «hombres de raza asiática, según nos enseña la ciencia racial» conforme a un manual de estudio de la época. El derecho romano se convierte en un elemento invasor que propagaba una visión individualista y materialista judeo-burguesa ajena a un reinventado derecho nórdico ancestral apegado a la sangre y la tierra. El cristianismo no corrió mejor suerte, pues era «la mayor peste que podía golpearnos a lo largo de la historia» en palabras de Himmler, un molesto escollo con su visión compasiva de los débiles, su universalismo y su sanción del matrimonio monógamo, al que el artífice de los campos de concentración calificaba como «obra satánica de la Iglesia católica». Otro tanto con la Revolución francesa: apenas llega el NSDAP al poder en 1933 Goebbels proclama orgullosamente «hemos borrado el año 1789 de la historia alemana». Borrar y reescribir.  

Junto a ello, además, un uso intensivo de los eufemismos, metáforas y neologismos hasta crear prácticamente una neolengua. En la cúspide el Volksgemeinschaft, la comunidad del pueblo, también llamado Volkskörper, cuerpo del pueblo, una metáfora muy querida por esta doctrina pues permitía desarrollar un conjunto de símiles a partir de ella. Si el pueblo es un cuerpo, entonces deberá cuidar su salud frente a los gérmenes y parásitos. En palabras de Himmler: «el antisemitismo es una cuestión de desinfección. Erradicar las pulgas infecciosas no es asunto de ideología, sino de higiene. De igual modo, el antisemitismo nunca ha sido para nosotros un asunto de ideología sino de higiene, asunto que pronto zanjaremos, dicho sea de paso. Pronto nos habremos deshecho de los piojos». Esos «piojos» eran personas que estaban fuera de la Leistunggemeinschaft, la comunidad basada en el principio de la productividad, y que debían catalogarse como Lebensunwert, indignos de vivir. En este nuevo orden social hasta las amantes tenían su espacio, ahora llamadas de forma mucho más seria Volksnotehe, dado que su función no era otra que la de incrementar la descendencia de los más racialmente aptos. En definitiva, se trataba de una revolución moral, un cambio drástico en todos los órdenes, también en la propia conciencia y la vida íntima, que se llevó a cabo mediante la propaganda masiva, la educación, la coacción y la manipulación del lenguaje, de la historia y de las referencias tradicionales, ahora alteradas significativamente pero fingiendo que siempre habían sido así.

Un aspecto interesante que señala Johann Chapoutot es la importancia que tuvo la guerra como catalizador de todos estos cambios que hemos esbozado en las líneas anteriores. Si la recuperación económica que propició el régimen se basó en el rearme y el sostenimiento de la deuda acumulada exigía ocupar y expoliar a los países vecinos, y si buena parte del ideario nazi se basaba en el concepto del espacio vital alemán, la guerra, además, permitió con su movilización acelerar en pocos años toda esta inmensa obra de ingeniería social que de otra forma hubiera requerido décadas. En conclusión, una obra de interés la de este académico francés, y si al terminar de leerla queremos hacer paralelismos con la actualidad y llamar nazis a los demás en las discusiones de las redes sociales será, al menos, con conocimiento de causa.  


Carlo Frabetti: «He vendido más ejemplares de “Malditas matemáticas” que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro»

A Carlo Frabetti (Bolonia, 1945) a menudo se lo presenta como un escritor italiano que escribe en castellano, aunque desde los ocho años vive en España. Él no parece estar en desacuerdo con esta descripción; apunta que, según los psicólogos, todo se resuelve en los primeros siete u ocho años de vida y, además, no tiene pasaporte español. Con un centenar de libros publicados, este matemático de formación ha sabido reconciliar ciencia y humanidades, literatura para adultos y libro juvenil, marxismo y cristianismo, entre otras dicotomías aparentes, en sus libros y columnas para la prensa. Su carrera abarca un recorrido de difícil catalogación durante el que ha alcanzado la cima varias veces: en los ochenta fue con La bola de cristal, en los noventa con la literatura; ha llegado a ser el autor más leído en Cuba, después de Fidel Castro.

En la terraza de su casa en La Bisbal del Penedés, bajo la sutil y constante luz característica de una tarde de primavera, el ruido es inexistente. Es el lugar perfecto para más de tres horas de conversación tranquila que dan para profundizar en su trayectoria y reflexionar sobre ciencia, literatura, filosofía, política, religión, actualidad. Gestiona sus respuestas con la calma del que parece capaz de mantener su presión arterial baja, con una actitud en apariencia neutral y distante, pero con opiniones no exentas de indignación por las injusticias; sabe que el sistema está roto, pero no transmite ninguna urgencia en particular.

Te dedicas a muchas actividades que no parecen relacionadas: divulgación científica, activismo político, literatura infantil y juvenil… ¿Cómo se relaciona todo esto?

Cuando te interesa y te preocupa el mundo en el que vives, el viaje viene a ser siempre el mismo: un viaje hacia el conocimiento. Puedes cambiar de vehículo, hay gente que se siente muy cómoda con un vehículo concreto y hace el viaje siempre o casi siempre en ese vehículo, pero hay otros que por razones a veces circunstanciales vamos cambiando.

Hay una serie de cosas que me han gustado a lo largo de la vida y he tenido la suerte de poder dedicarme a varias de ellas, ganando el mínimo de dinero que me ha permitido emplear un tiempo considerable en esas actividades. Todos hacemos muchas cosas, pero no siempre nos pagan por ellas. Si me pagaran por pasear, sería paseante profesional. Sin embargo, por escribir, por hacer divulgación científica o dar clases, que son cosas que siempre me han gustado, he conseguido que me pagaran lo suficiente para vivir.

El activismo político, por el contrario, no solo no te lo pagan, sino que te lo hacen pagar caro. Cuando vives en un mundo tan injusto como este e intentas comprenderlo, llega un momento en el que no te conformas con comprender y piensas que, si puedes hacer algo, por modesto que sea, para modificarlo, tienes que hacerlo. Es lo que decía Marx: «Hasta ahora los filósofos se han preocupado por interpretar el mundo y lo que hay que hacer es cambiarlo». Esa frase me influyó mucho. Yo era un ratón de biblioteca, estaba obsesionado con conocer, y me di cuenta de que no bastaba, que había que utilizar ese conocimiento para hacer algo.

Naciste en 1945 y llegas a España ocho años después, ¿a qué se debió esta decisión familiar?

Algo muy italiano, mi padre montó en Valencia una fábrica de máquinas para hacer helados. Al principio vino él solo a España y durante un tiempo mi madre y yo íbamos y veníamos. A partir del 53, a mis ocho años, tuvimos casa propia en Valencia, nos instalamos, mi hermana nació en Valencia. Y la causa fue esa. En Valencia había una gran afición a los helados, y cuando nosotros llegamos se hacían a mano. Había unos tambores de corcho llenos de hielo con sal y un cilindro de metal con la crema dentro que había que mover a mano hasta que se congelaba, mi padre a eso le puso un motorcito y, en vez de corcho, una estructura refrigerante, y así empezó a fabricar máquinas de hacer helado aptas para instalarse en cafeterías. Llenó España. Primero Valencia y luego todo el país.

¿Cuándo publicaste tu primer libro y cuántos has publicado?

He publicado un centenar, en números redondos. Pero mi primera novela, posterior a los libros de cocina vegetariana, yoga, juegos y pasatiempos matemáticos, la publiqué en el 94. Fue una novela infantil que, para mi sorpresa, tuvo mucho éxito. Nunca me había planteado ser narrador, que es algo mucho más concreto que ser escritor. Me paso el día escribiendo desde hace muchos años. Había hecho guiones de televisión, teatro, poesía, pero narrativa… cuentos sí, pero novela no. Alfaguara, a raíz del éxito de La bola de cristal, me pidió algo…

Esto fue en el 94 y La bola de cristal acabó en el 88.

Sí, digo a raíz, pero no inmediatamente. Se pusieron en contacto conmigo, pero la primera novela no salió hasta el 94. Fue La magia más poderosa. Tuvo mucho éxito… Yo entonces no tenía ni idea de cómo funcionaba el mercado de la literatura infantil, pero resulta que el 90% de las ventas ocurre en los colegios. Lo que se llama venta por prescripción. La venta por impulso, es decir, que entre un niño o su padre en una librería y compre un libro, solo supone el 10%.

En algún colegio deciden que un libro está bien y compran cincuenta o cien de golpe. La magia más poderosa tuvo éxito porque gustaba a la vez a niños y profesores. Muchas veces lo que les gusta a los niños a los profesores no les parece lo suficientemente instructivo o didáctico y viceversa, lo que les gusta a los profesores a los niños les parece aburrido. Este libro se convirtió en un best seller infantil y, a raíz de eso, empezaron a pedir más y más.

Teniendo en cuenta que eres matemático y escritor, ¿cómo ves la relación actual entre ciencia y letras?

Pobre. Muy pobre. Cuando yo era joven la dicotomía era brutal. Casi se podía hablar de enemistad. De hecho, había un pique entre la gente de letras y la de ciencias. Los de ciencias decíamos que los de letras utilizaban la memoria porque carecían de inteligencia y los de letras que los de ciencias estábamos deshumanizados. Ahora por suerte la situación ha cambiado, pero sigue habiendo una separación demasiado estricta a mi modo de ver. Mi objetivo con los libros de divulgación que hago para Alianza y con los libros infantiles, donde siempre hablo de ciencia de alguna manera, es acercar estos dos campos. Porque este divorcio hace mucho daño a las dos partes.

En tu primer artículo en El País, en el año 96, hablas precisamente de eso, ¿seguimos un paradigma de cultura oficial basada exclusivamente en lo literario y artístico?

El cambio más significativo empieza a notarse en este siglo; si contemplamos un intervalo de sesenta años sí que hay un cambio considerable, científicos que se interesan por las humanidades y humanistas que se interesan por la ciencia.

¿Los hay?

Claro. Los filósofos se interesan por ejemplo con la irrupción de la mecánica cuántica, que es de principios del siglo XX, igual que la relatividad. Ya la relatividad influyó en movimientos artísticos y literarios como el surrealismo y el cubismo. Poco a poco la ciencia se ha ido infiltrando en el discurso literario y artístico.

¿Crees que los filósofos comprenden la mecánica cuántica?

Al menos lo intentan, que ya es algo. Aunque algunos lo único que hacen es apropiarse de la terminología de manera puramente efectista, como han señalado críticos como Sokal.

Cuando entrevistamos a Jesús Mosterín también los puso a parir a todos, a Derrida… no dejó títere con cabeza.

Yo también los he puesto bastante a parir. Lo que pasa es que valoro el intento. Que hablen, aunque sea mal, ya es algo. Recuerdo haberle enseñado a un conocido escritor un libro en el que había fórmulas y que dijera: «Quita, quita, eso es pornografía». Esta mentalidad sigue muy presente. Pero al menos se dan cuenta de que hay conceptos nuevos… Porque la física de Galileo y Newton no es nada contraintuitiva y no interfiere con la visión del mundo que viene de los griegos. Sin embargo, la mecánica cuántica y la relatividad son totalmente contraintuitivas, te obligan a modificar tus ideas. Y los filósofos, algunos, sí se han dado cuenta de esto e intentan no perder ese tren. A veces lo hacen de una forma lamentable, como cuando Lacan te dice que el falo es la raíz cuadrada de menos uno, que es… bueno, señor, córtese un poquito.

Te consideras discípulo de Martin Gardner, ¿qué aportó este matemático y divulgador a la sociedad?

Sí, me considero discípulo suyo porque empecé a leer sus artículos en Scientific American cuando todavía no se publicaban en España. Tenía diez u once años y se convirtió automáticamente en mi ídolo; si echas una ojeada a mi biblioteca tengo un estante lleno con toda su obra. No solo es un divulgador matemático excelente, sino que tiene libros filosóficos, ensayos contra el irracionalismo y contra las pseudociencias, es un escritor sumamente interesante en muchos aspectos y, sí, lo considero un maestro. A él y a Raymond Smullyan, de hecho, eran amigos, los dos han muerto recientemente. No llegué a conocerlos, pero sí me escribí con ellos. Tengo una novelita que no está publicada en España, solo en Cuba, que está dedicada a ellos dos y aparecen como personajes. Se titula las Las islas desventuradas y no me la quisieron publicar en España.

Todas las editoriales de libros infantiles, sean religiosas o no, tienen en cuenta que tienen que vender en los colegios religiosos. En el libro Las islas desventuradas los buenos son los herejes y los malos son los católicos ortodoxos, y esto no les pareció bien. Pero en Cuba tuvo muchísimo éxito.

Has dedicado mucho trabajo a los pasatiempos matemáticos. El primer desafío lógico que planteaste en la revista Algo fue el de los nueve puntos, ¿por qué es tan importante este problema?

Lo encuentro muy interesante porque es un claro ejemplo de que muchas veces, al intentar resolver un problema, no solo de matemáticas sino en cualquier área, nos imponemos más condiciones de las que en realidad nos piden. ¿Cuál es la condición no pedida que casi todo el mundo se impone sin darse cuenta? Que todos los vértices de la línea quebrada coincidan con alguno de los nueve puntos, pero eso no te lo piden… solo te dicen que tiene que ser un trazo continuo y de segmentos rectilíneos. Me parece un acertijo precioso. Ahora mucha gente lo conoce, se hizo famoso. ¿De cuándo es esta revista? [Señala un ejemplar de la revista que hemos llevado].

Del 84.

Me da vértigo. En su día muy poca gente resolvía ese problema. Todo el mundo llegaba a la conclusión de que tenían que ser cinco líneas, no que con cuatro bastaba.  

¿Qué recuerdas de esta revista de divulgación?

La recuerdo con mucho cariño porque, por desgracia, las revistas de divulgación científica o son poco accesibles o son poco serias. Pasamos de Investigación y Ciencia a Muy Interesante. Es tremendo. La revista Algo, por el contrario, era bastante seria y muy accesible.

En tu último libro, Detective íntimo, dices que la clave del pensamiento lateral es la atención flotante. Cuéntanos más.

Creo que en el propio libro lo explica el detective. No es una idea mía, cuando nos concentramos de una manera un poco obsesiva en una idea perdemos de vista el contexto. Esto lo saben todos los escritores. Lewis Carroll inventó un aparatito, que llamaba nictógrafo, para anotar ideas durante la noche. Entonces no era fácil tener una lamparita en la mesilla de noche, así que inventó ese artilugio porque de repente se despertaba con una idea genial y, si no la escribía, al día siguiente se le había olvidado. En estados como el duermevela o cuando uno está a punto de despertarse, la mente no ha puesto en marcha todas sus rutinas de control. Hay una serie de mecanismos mentales que son muy útiles, aunque a veces nos atenazan un poco. La atención flotante es un concepto que usan mucho los psicoanalistas, consiste en escuchar lo que te dicen, pero sin estar excesivamente concentrado. Dejar que la mente vague un poco a su antojo para no perder de vista cosas que pueden parecer accesorias pero que son información relevante.

Contabas en una conferencia que Malditas matemáticas lo escribiste a partir de los recortes de un libro de texto que los responsables de la editorial rechazaron por ser demasiado divertido.

Sí, Alfaguara y Santillana son de la misma empresa, Prisa. Están en plantas sucesivas de un mismo edificio. Hubo una época en que casi todos mis libros infantiles los publicaba en Alfaguara. Un día me llamaron del piso de arriba, de Santillana, donde siguen haciendo libros de texto, y me dijeron que, como yo era matemático, que por qué no les hacía un libro para segundo de la ESO.

¿El libro entero?

Sí. Me pasaron el programa y lo desarrollé. Meticulosamente. Intentando poner ejemplos divertidos, creando situaciones que ilustraran el concepto en vez de soltarlo sin más, seco y árido. Y me quedé muy contento. Lo llevé y me dijeron que no podía ser, que era demasiado divertido. Estaban ahí todos los conceptos, pero me dijeron: «No, no, no, tienes que podarlo», por así decirlo, y hacerlo más ceñido a lo que la gente espera de un libro de texto.

Pero claro, me dieron mucha pena aquellos descartes y decidí hacer una novelita. Y la llevé al piso de abajo. Al principio la rechazaron también, esto era a finales de los noventa, y me dijeron lo contrario que me habían dicho en el piso de arriba, que los niños detestan las matemáticas y lo que quieren es divertirse, que las matemáticas fuera. Y me fui muy triste a mi casa. Pero tuve la suerte de que el año 2000 fue el año mundial de las matemáticas y me llamaron de Alfaguara: «Oye, queremos publicar algo, y no importa que no se venda mucho, para poder decir que hemos publicado algo conmemorativo».

Ahora te lo han reeditado.

No solo me lo han reeditado, he vendido más ejemplares de Malditas matemáticas que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro. He vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Se ha traducido al mongol, al turco, al iraní… Hoy mismo me ha llamado la directora del Museo de la Ciencia de Valladolid para decirme que han hecho una sección de matemáticas y que si no me parecía mal la iban a llamar «Malditas matemáticas». Y a ver si iba a la inauguración y tal. Un libro que se pasó dos años en un cajón de pronto se ha convertido en un best seller

Cuando entrevistamos a Jin Akiyama nos contó que lleva veinticinco años con un programa de televisión y que es toda una celebridad en Japón. ¿Cómo podemos convencer a los políticos de la necesidad de acercar los números a la sociedad?

Yo me conformaría con convencer a los políticos de que respeten los derechos humanos. Vivimos en un país donde la irracionalidad más obtusa se ha instalado en todos los niveles oficiales.

Gracias al éxito de La bola de cristal tuve un momento en el que me hacían caso, algo de caso, en televisión. Y una de las cosas que propuse fue un programa de ciencias, pero muy enfocado a cuestiones de matemáticas y geometría. Al principio me dijeron que era muy interesante, pero no salió. Nunca salió. No es fácil, no creo que sea fácil ahora. Estamos muy atrasados en cuanto a programas culturales e incluso hemos ido hacia atrás.

La televisión de los años ochenta y noventa era bastante más interesante. Incluso durante el franquismo había programas de mayor calidad que ahora, por ejemplo, programas teatrales, entrevistas de larga duración. Había cosas que ahora no se ven.

Si pudieras pedir a los dioses algo que beneficiara a toda la humanidad, ¿qué les pedirías?

Es la famosa pregunta que le hicieron a Aristóteles. Yo a los dioses lo primero que les pediría es que desaparecieran, que se quitaran de en medio. Porque si en algo estoy de acuerdo con Marx es en que la religión es el opio del pueblo. Precisamente el pensamiento dogmático, el creer en dioses del tipo que sea, es lo más perjudicial. Si hubiera dioses y fueran benignos no habría que pedirles nada porque ya se encargarían ellos de cuidarnos un poquito y de evitar las injusticias igual que un padre impide que un hermano mate a otro. Como no nos cuidan, los dioses tienen que ser mala gente y les pediría que se largaran.

En un texto tuyo hemos leído que Fibonacci ideó su famosa sucesión viendo cómo los conejos se reproducen, y también dices que Fibonacci está presente en muchos fenómenos naturales. Las matemáticas, ¿las descubrimos o las inventamos?

Ese es un gran debate, pero en realidad es irresoluble. Solo Dios, si existiera, podría contestar a esa pregunta. De hecho, los matemáticos se dividen en idealistas y no idealistas, algunos los llaman materialistas, pero ellos lo rechazan. Los idealistas dicen que los entes matemáticos están ahí y nosotros los descubrimos, pero son independientes de la mente humana. De hecho, cualquier mente que hubiera en el universo los concebiría de la misma manera que nosotros; tal vez los expresaran o desarrollaran de otra manera, pero los conceptos básicos serían los mismos. Y otros, sobre todo los posmodernos, dicen que los conceptos matemáticos los inventamos, no los descubrimos. Es un debate irresoluble. Es casi la expresión de una sensibilidad personal situarse en un sentido u otro.

Etimológicamente, las dos palabras ¿no están relacionadas? Inventar y descubrir.

Sí, se habla muchas veces de descubrimiento como de invento. Lo que pasa es que son sinónimos solo en alguna de las acepciones, cuando hablas de descubrir América no hablas de inventar… aunque también haya algo de invención.

En Los jardines cifrados haces una lista de las treinta y una funciones identificadas en la Morfología del cuento de Vladimir Propp, ¿has tenido presentes estas funciones a la hora de escribir tus libros para jóvenes o adultos?

No siempre las tengo presentes a priori, pero yo releo mucho mis libros. Digo irónicamente que soy muy rápido escribiendo, pero muy lento leyendo.

En casi todos los relatos hay planteamiento, nudo y desenlace, si es un relato convencional, pero no todas las funciones están ahí. Si a lo que te refieres es a si uso las funciones como plantilla, no.

En El palacio de las cien puertas sigues el esquema que se hizo famoso con los libros de Elige tu propia aventura.

No suelo hacer libros de encargo, pero ese fue un libro de semiencargo, por así decirlo. Me llamaron para ver qué se podía hacer en esa línea, como en Elige tu propia aventura.

¿Por qué es interesante ese sistema?

Puede ser interesante o no tanto. He leído algunos, creo que a veces son bastante banales. No creo que sea una fórmula intrínsecamente muy interesante, porque en realidad cualquier libro que tenga un mínimo de complejidad te invita a seguir tus propios caminos, no es un monorraíl.

En ese libro también haces referencia a Alicia y Lewis Carroll. ¿Por qué te interesa tanto Alicia y por qué recomiendas este libro?

Para mí Lewis Carroll ha sido un referente en todos los aspectos. Algunas de las razones por las que ha sido tan importante son personales y circunstanciales. Lo leí de muy pequeño por primera vez, y fue un libro que me angustió. Vi la versión de Walt Disney siendo pequeño todavía, la de dibujos animados, luego hubo otras versiones cinematográficas. Me fui acercando a ese libro por distintos caminos. El hecho de que Carroll fuera matemático también me fascinaba, y hubo una época en la que me interesó mucho la fotografía y también me pareció Carroll un maestro como fotógrafo.

Poco a poco fui descubriendo su influencia en la literatura del siglo XX; tanto Joyce como Kafka son hijos de Carroll en alguna medida. Sobre todo, Joyce. Y, además, Carroll es el creador del retrato fotográfico. Es el que independiza la fotografía de la pintura. Los primeros retratos fotográficos eran cuadros. Planteaban imitar el gran arte. Y Carroll es el primero que se da cuenta de que es un lenguaje propio con sus recursos específicos y que no tiene por qué ser subsidiario o someterse de manera servil a los dictados de la pintura, sino que tiene que crear su propia estética y su propio lenguaje y hace unos retratos magníficos —muchos han desaparecido—. Vi en Bolonia, mi ciudad natal, una exposición de fotografías de Carroll que no sé de dónde las sacaron, porque no las he vuelto a ver en ningún sitio.

Jugabas al ajedrez con tu padre, ¿qué recuerdas de aquellas partidas?

Era muy interesante, porque no nos tomábamos el juego en sí demasiado en serio, siempre era un punto de partida para hacer suposiciones: «Si esto lo hubiéramos hecho de esta manera, si el alfil tal…». Lo que se llama ajedrez de fantasía a partir de partidas reales.

¿Os inventabais las reglas?

A veces.

De ahí sale el libro de El tablero mágico.

Exacto. De ahí sale.

Reconoces que no eres muy buen jugador de ajedrez, sino que lo que te gusta es hacer cosas alrededor del ajedrez.

Sí. Luego le dediqué más tiempo del necesario al ajedrez. Incluso llego a decir de forma autocrítica, no sé si en ese libro o en el de las Mil puertas, que jugar bien al ajedrez suele ser un signo de inteligencia y jugar muy bien suele ser un signo de estupidez. Hay que ser un necio o estar loco para dedicarle a ese juego el tiempo y el esfuerzo que requiere llegar a dominarlo, porque es un juego al fin y al cabo muy limitado. Solo para aprender la teoría de aperturas, que está estudiada desde el siglo XV…

Y con eso ya…

Ese es un requisito básico. Si no dominas las aperturas, cualquier jugador mediocre que sí las conozca en las cinco o diez primeras jugadas saca una ventaja posicional que luego, aunque seas mejor que él, no superas.

Ahora con la inteligencia artificial el ajedrez ha dejado de tener sentido.

Cualquier teléfono móvil te puede ganar. Me acuerdo cuando en los noventa el programa Deep Blue ganó a Kaspárov, aquello fue una conmoción. Había gente que, como argumento, decía que las máquinas podrían jugar al ajedrez, pero nunca tener el nivel de un gran maestro, porque un gran maestro es creativo, no analiza todas las posibilidades. Pero una máquina tampoco. Incluso para un ordenador, las posiciones de ajedrez, que son del orden de los septillones, son inabarcables.

Has prologado libros de Lem como Memorias encontradas en una bañera, ¿qué te parece este autor? ¿Asimov o Lem? ¿Cuál es tu novela de ciencia ficción favorita?

Mi novela de ciencia ficción favorita es Solaris, de Lem. Pero si tuviera que quedarme con un autor me quedaría con Asimov, que creo que es más amplio, versátil. Lem era un poco obsesivo. Solaris es la mejor de sus novelas, la más sutil. Le escribí, porque fui su editor durante diez años, su editor en castellano. Nos escribíamos en francés. En muchas de sus novelas hay un intento de contactar con una mente extraterrestre y el intento fracasa. En Fiasco pasa lo mismo, y en algunos cuentos. Le pregunté: «¿Esto le parece especialmente interesante, el tema del desencuentro, o es que cree que no hay posibilidad de encuentro o que es sumamente improbable?», y no me contestó. No sé si porque no le apeteció, si porque él mismo no lo tenía claro o porque no quiso revelar su punto de vista. Pero es curioso porque él nunca contempla, ni siquiera en sus cuentos de robots, medio humorísticos, la posibilidad de comunicación. E incluso como crítico era muy rígido, y bastante faltón. Insultaba continuamente a los autores de ciencia ficción estadounidenses. Con Ursula K. Le Guin, que murió hace poco, se metió alguna vez… no la desautorizó, pero dijo que La mano izquierda de la oscuridad era completamente inverosímil, que aunque fuera una novela brillante tenía cosas completamente inverosímiles, como que un humanoide pasara de mujer a hombre y de hombre a mujer. Era un escritor muy brillante, pero sumamente cuadriculado en algunos aspectos.

Es curioso cómo, siendo tan imaginativo, porque en sus libros hay cosas de una audacia imaginativa tremenda, fuera tan convencional en algunas cosas. Ursula le contestó muy bien, lo puso en su sitio: «Todo lo que usted dice tendría sentido si estuviera hablando de otra novela que no es la mía, porque usted quiere meterla en un marco que no es el suyo». De hecho, Lem se calló. ¿A quién machacó? A Harlan Ellison, por ejemplo. En este caso estoy bastante de acuerdo con Lem. Ellison fue un autor que ganó varios premios Hugo, pero a mí me parece un bluf. Era muy sensacionalista. Era una época en la que la ciencia ficción era bastante pacata y él empezó a meter sexo a lo bestia. Se hizo famoso por una antología que se llamaba Visiones peligrosas. Era una antología muy buena. Escribió cuentos muy famosos como No tengo boca y debo gritar o uno de un hombre que viaja a sus propios riñones. Hacía cosas así, muy efectistas y enrevesadas. Y luego desapareció sin dejar rastro.

A Robert A. Heinlein también le criticó.

Sí, el de Tropas del Espacio.

Robert A. Heinlein apoyó abiertamente la invasión de Vietnam por parte de Estados Unidos. Hubo un congreso mundial de ciencia ficción… Se solían celebrar en Estados Unidos o en Londres y un año, en el 69, lo hicieron en Heidelberg, en Alemania. Conocí a Poul Anderson y a Robert Silverberg, que estaban pegando fuerte. Entonces algunos alemanes y yo colgamos una pancarta diciendo que Poul Anderson y unos cuantos nombres más estaban a favor de que se rociara con napalm a los niños y se violara a las mujeres. Llegaron una panda de fans con cadenas a zurrarnos directamente. En el recinto universitario tuvimos una batalla campal. Mi involuntaria «venganza» fue ligar con la hija de Poul Anderson, que estaba por allí. Era una chica encantadora, y él también, era muy cordial, pero firmó el documento de apoyo. Asimov y unos cuantos más les contestaron con contundencia, hubo cierto enfrentamiento y fue la primera vez que la ciencia ficción se politizó de una manera clara.

Eres el que concibe la idea de La bola de cristal, desde el título hasta sus guiones, y fuiste uno de sus guionistas hasta el final, pero sobre La bola de cristal hay un libro publicado por la directora del programa y otro publicado por ti.

En realidad, mi libro lo hice como respuesta al suyo. Ella llegó a atribuirse mis guiones, que están registrados en la sociedad de autores. Su libro fue un best seller, llegó a vender cuarenta mil ejemplares o más, y cuenta cómo se le ocurrió, hablando con su abuela, el título La bola de cristal. Yo, que había dado cursos de guion explicando cómo se me había ocurrido el nombre de La bola de cristal, cómo se me había ocurrido la bruja Avería… Lógicamente, me indigné. Como tenía algunos relatos sueltos sobre el tema de la transacción, pues me interesa mucho lo que las relaciones humanas tienen de transacción en un mundo mercantilizado, aproveché y le dediqué el prólogo, donde cuento sencillamente esta historia.

¿Se te apoyó en los medios?

No. De hecho, escribí a algunos medios, por ejemplo, a La Vanguardia, diciendo que lo que decía esa señora era mentira y se podía demostrar, y no me hicieron caso. Ningún caso.

Televisión se quedaba con los derechos. La bruja Avería en teoría es de TVE, yo la he usado en mis libros y a TVE le da exactamente igual, pero teóricamente podrían demandarme, aunque ganaría yo ese pleito, porque la propiedad intelectual es irrenunciable. Ahora no te puede pasar lo que al pobre Salgari, que tenía un montón de hijos y, desesperado, vendía sus libros por cantidades ridículas, de modo que sus editores se hicieron riquísimos y él se suicidó. El padre de Sandokán.

Cuéntanos cosas de la época de La bola de cristal.

En televisión había un vacío de poder o un descontrol que permitía hacer cosas. Siempre que no pidieras mucho dinero, te dejaban hacer. Y la verdad es que, durante cuatro años y medio, en La bola de cristal hicimos lo que quisimos. Se lo cargaron por razones políticas en pleno éxito. Alguien dijo, no recuerdo qué ministro, que el programa lo usábamos para adoctrinar a los niños en el marxismo.

«Viva el mal, viva el capital», decía la bruja Avería.

Esa frase no es mía, es de Santiago Alba. A mí, aunque me hace mucha gracia, no me parece del todo bien. Mis camaradas me preguntan por qué en mis libros no hay arengas comunistas. Y contesto que porque a los niños hay que facilitarles que piensen solos. Tampoco metería asuntos religiosos… en todo caso, hay que hablarles de solidaridad, explicar que unas personas no son más importantes que otras, y esos no son valores exclusivamente marxistas. De hecho, se da la paradoja de que tengo el Premio de la Comisión Católica para la Infancia, que se concede al autor que fomenta los valores cristianos entre los más jóvenes.

En el programa había cosas que a mí me parecía que sobraban, pero no había motivo para cargárselo porque la bruja Avería dijera «Viva el mal, viva el capital». Eran como frases sueltas, no había un discurso político ni un relato adoctrinador.

Con el tiempo ha habido un reconocimiento intelectual del programa.

Sí, sí, y gracias a eso pude seguir haciendo televisión unos cuantos años. Gané una cantidad obscena de dinero, porque en aquella época te pagaban una barbaridad por cualquier chorrada. En el año 90 hice las primeras sitcoms como Una hija más, Aquí hay negocio, etc., de lo más banales y tontas. Hoy quizá parecerían exquisitas, pero era pura chabacanería casi todo el rato. Había buenos guionistas, pero se les obligaba a ser chabacanos.

Pues, por un guion de media hora, me daban por el argumento doscientas mil pesetas. Por el guion desarrollado, quinientas mil más y luego derechos de autor al emitirlo. Yo me sacaba un millón por cada guion de media hora y hacía uno al mes. Me duró tres años. Me echaron de televisión por rojo y subversivo, «antisistema», como dicen ahora, y proetarra, pero gracias a eso pude vivir varios años sin trabajar casi nada. Hasta que luego empecé a ganar dinero con los libros infantiles. Durante una década sobreviví gracias a dos o tres años de vacas gordísimas en televisión. Fue una época de descontrol en la cual algunos nos beneficiamos de poder hacer lo que queríamos y ganar una cantidad considerable de dinero.

Ahora a los guionistas los tienen como esclavos, no les reconocen la autoría, luego no cobran derechos de autor, trabajan en grupo, uno hace los diálogos, otro los gags, con lo cual nadie es autor y trabajan a destajo.

Supongo que te dará pena ver en lo que se ha convertido la televisión española.

Me reconforta un poco la televisión catalana, que tiene un cierto nivel.

En tu libro La bola de cristal cuentas una anécdota de tu infancia que te lleva a la conclusión de que los niños son estructuralistas natos. ¿Chomsky o Skinner?

Hay cosas interesantes en ambos. Si me tuviera que quedar con uno de los dos, me quedaría con Chomsky sin dudarlo. Plantear que lo único que conocemos de los demás es su conducta y que hemos de partir de ahí, como afirma el conductismo, creo que es la forma más científica de aproximarse a la situación. Pero creo que a partir de ahí se han cometido excesos de todo tipo. Mientras que otras corrientes que en su planteamiento pueden parecer menos racionalistas, que se aferran más a cuestiones intangibles o poco medibles, que se salen del ámbito puramente científico, en la práctica luego han tenido desarrollos que complementan un poco esa frialdad o esa aridez de ciertos planteamientos conductistas.

Hay que tomar un poco de todos los lados, porque la psicología, la sociología o la economía son protociencias. No son pseudociencias como dicen algunos. A veces sí, hay discursos psicológicos que son pseudocientíficos. Cuando Lacan dice que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es muy interesante, pero demuéstremelo, en qué se basa usted.

Los niños sí que son muy conductistas.

Todos somos muy conductistas en el sentido de que respondemos a los estímulos y al premio-castigo. Lo que pienso es que es muy reduccionista quedarse ahí. Todos tenemos reflejos biológicos, pavlovianos y reflejos condicionados, por nuestra forma de vida, por la educación, pero también tenemos más cosas.

En un relato de La bola de cristal está el personaje de Elena, ¿es el mismo que el de Los jardines cifrados?

Sí y no. Rara vez los personajes de mis novelas se corresponden unívocamente con una persona real. Hay unas cuantas personas que me han suministrado material para construir personajes. No es el mismo personaje, pero no es casual que se llamen Elena. En casi todos los personajes hay también algo de mí mismo.

En Ulrico.

Ulrico era mi amigo imaginario de pequeño. Extrapolado de Blancanieves y los siete enanitos, que es la primera película que vi en mi vida. Entonces el enano sabio se convirtió en mi amigo imaginario, pero de joven, porque era demasiado viejo para tenerlo de compañero de juegos. Y acabó convirtiéndose en Ulrico. Es más un superego en el sentido freudiano que un alter ego. Siempre me dicen que Ulrico es como yo, y digo que no, Ulrico es más listo que yo. Lo que dice Ulrico en un minuto yo he tardado horas en pensarlo.

¿Te han censurado alguna vez? ¿Hay libros que no hayas podido publicar en España?

Hay algunos que no he podido publicar en España. Uno es Las islas desventuradas, que es esa historia en la que los católicos ortodoxos cazadores de herejes son los malos, y es en la que aparecen Raymond Smullyan y Martin Gardner como personajes. Otro libro es Abdicación… La censura muchas veces no es directa, Alfaguara seguramente podría haber publicado Las islas desventuradas o Abdicación, pero como tienen en cuenta si esos libros van a ser aceptados por colegios religiosos… En volumen de ventas suelen tener más poder adquisitivo los colegios religiosos que los no religiosos. Suelen ser privados, los niños son más ricos, se pueden gastar más dinero y las editoriales lo tienen en cuenta. De hecho, todas las editoriales de literatura infantil antes eran religiosas porque eran también las que hacían los libros de texto. Y aunque la editorial sea laica, hay temas que directamente no puedes tocar, esa es la censura.

Estás en la lista de honor de la Comisión Católica para la Infancia, algún libro tuyo ha sido de lectura obligatoria en colegios religiosos. ¿Cómo consigues entrar en este mercado?

Sí, creo que es cierto que yo propugno los valores cristianos, quienes no propugnan los valores cristianos muchas veces son los católicos. La idea de pobreza que aparece en el evangelio, de desprecio de los bienes materiales, de compartirlo todo, del desapego, que viene del budismo, la fraternidad cristiana… yo firmaría enseguida por un mundo de buenos cristianos, lo que pasa es que encontrar un buen cristiano es más difícil todavía que encontrar a un buen comunista, que tampoco es fácil.

No sé lo que es un buen comunista.

El que es coherente sin ser dogmático.

En Los jardines cifrados hay niveles de comunicación textual obvios, en uno intervienes tú como autor y en otro los personajes junto con el narrador. ¿Cómo das con esta fórmula?

Normalmente lo que intento cuando escribo es expresar determinadas ideas. Mi llorado amigo José Luis Sampedro antes de escribir una novela hacía unas fichas interminables, lo sabía todo sobre sus personajes. Dedicaba mucho tiempo a construir personajes y luego los ponía en una situación, un marco, los echaba a andar y ya tenían vida propia. Hay otros autores que parten de un escenario, de un momento.

Yo parto casi siempre de ideas, quiero expresar algunas ideas y voy buscando la forma de expresarlas. Es bastante parecido a cuando doy clases de matemáticas o de física, intento transmitir algo de una manera comprensible, amena y que invite a la reflexión, que sirva de punto de partida para una reflexión personal.

No soy un auténtico narrador, para mí la narrativa es un pretexto. He caído en la narrativa un poco por accidente, empecé a los cincuenta años, luego ha ido enganchándome, me ha ido gustando más. He visto que el medio, el instrumento, era más útil e interesante de lo que creía. Tampoco leo mucha narrativa, casi no leo narrativa… Cada idea, cada constelación de ideas que quieres transmitir te sugiere determinados recursos narrativos. E intento no condicionarme a priori en ese sentido. No decirme a mí mismo: voy a escribir una novela policiaca. Yo intento decir algo, que no sé muy bien lo que es, porque si lo supiera muy bien no me tomaría la molestia de escribirlo, porque al escribirlo lo voy descubriendo también. Y la cosa en sí acabará encontrando la forma más adecuada. O no.

Divulgación al principio y luego planteas una historia.

Llegué a ello, no fue un planteamiento de partida. Había cosas que me resultaba más fácil contarlas narrativamente y cosas que prefería exponerlas en forma de artículo. Llegó un momento en que me dije: ¿Por qué tengo que hacer una cosa u otra? Decidí mezclar las dos cosas de forma que no fuera un cajón de sastre, que tuviera una cierta estructura y adelante. De hecho, me lo rechazaron. Los jardines cifrados lo hice para Alfaguara cuando mis libros infantiles empezaron a tener éxito. Un par de años o tres después de publicar el primero, que se vendió muy bien en los colegios, me dijeron: «¿Por qué no haces también algo juvenil?».

¿Es juvenil Los jardines cifrados?

Yo creía que sí, escribí Los jardines cifrados y la envié. Y a los pocos días me dijeron: «Esto ni es juvenil ni es una novela». Entonces se la pasé a los de adultos a ver si colaba, y estuvo durmiendo un año en Alfaguara adultos. De pronto surgió Lengua de Trapo y mi agente me dijo: «Oye, estos chicos son muy interesantes, los editores, quieren hacer cosas distintas». Se lo llevé y lo sacaron al mes. «Lástima que sea tan corto», me dijeron.

En Los jardines cifrados hay una charla entre personajes sobre si el lenguaje es finito con alusiones a la cábala y el Corán. ¿Es el lenguaje finito o infinito?

El lenguaje es finito, como toda combinatoria de signos. Lo que pasa es que es ilimitado, inmenso, pero finito. De hecho, en algún momento del libro se calcula la cantidad de libros distintos escribibles.

Chomsky lo define como un conjunto finito o infinito de oraciones, y también habla de variedad infinita.

Una cosa es que tienda a… ¿Es infinito el mar? Pues no. Pero si te echas a nadar…

Ni siquiera es infinito el número de electrones.

Claro. Parece ser que el universo es finito. No está zanjada la discusión y posiblemente no se zanjará nunca. Pero la teoría más aceptada actualmente es que nuestro universo es una burbuja dentro de un macrouniverso o multiverso en expansión. En nuestro universo la expansión del big bang se ha atenuado, si no, no podría formarse la materia; y podría haber otros muchos universos como el nuestro o distintos.

No hay acuerdo unánime. Sí lo hay bastante amplio en el big bang y en lo que se llama la inflación. En esa inflación, si lo permeara todo, no habría materia. Porque el espacio crece a más velocidad que la luz, incluso. Aunque la velocidad de la luz no es superable en el espacio, cuando es el propio tejido del espacio el que se dilata, no hay límite. Pero según la teoría más aceptada, que es la de Hawking y sus colaboradores, el nuestro sería una burbuja de estabilidad dentro de esa explosión brutal que todavía sigue.

Chomsky también habla de la naturaleza del lenguaje y se refiere a la cuestión del reto de Galileo. Formularlo parece simple, ¿cómo deberíamos concebir el lenguaje? Y añade algo que tú también te has planteado, ¿puede el lenguaje expresar cualquier idea?

Pues no lo sé. Einstein por ejemplo decía que él no pensaba en términos lingüísticos. Él pensaba en imágenes y en impulsos musculares, que te explique él lo que quería decir… se ponía a pensar y notaba movimientos en su cabeza, pero no palabras. Y, trabajosamente, eso tenía que pasarlo a palabras para poder comunicarlo y no siempre del todo. No lo sé y no sé si alguien lo sabe, de verdad, lo que sí podemos decir es que somos seres eminentemente lingüísticos y que somos personas y seres pensantes en la medida en que tenemos un lenguaje.

¿Hay conexión entre la matemática y la poesía?

En ambos casos hay una gran voluntad de síntesis y de precisión, de afinar y de ir a la esencia. Además, tanto en matemáticas como en poesía o eres lo más o no eres nada. No hay término medio. Me refiero a la investigación. Puedes ser un gran profesor de matemáticas sin ser un gran matemático. Es más, los grandes matemáticos no suelen ser buenos profesores. Esto lo descubrí leyendo Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, que dice que puedes ser un buen médico y ganarte bien la vida sin necesidad de ser premio Nobel de Medicina, pero payaso, o eres lo más o no eres nada. Con los matemáticos y los poetas pasa lo mismo.  

¿Por qué dejaron las editoriales del grupo Prisa de publicar tus libros?

Escribí un manifiesto que iba firmado por cien personas, denunciando la campaña de Prisa contra Cuba y Venezuela, y al día siguiente supieron que lo había escrito yo. Mis amigos de Prisa me dijeron que era un capullo, que cómo se me ocurría escribir eso. Denunciamos al grupo Prisa y al montón de escritores e intelectuales que habían firmado un manifiesto pidiendo que hubiera democracia en Cuba. Nosotros contestamos con nuestro manifiesto diciendo por qué no pedían que hubiera democracia en España. Esta era la idea. Se enteraron de que había sido yo, que yo había recogido las firmas, y al día siguiente, dos libros que tenía pendientes de publicación me llegaron en sendos paquetitos a casa. Hace poco me volvieron a llamar, después de muchos años, de Santillana: «Oye, que tus enemigos se han ido, que te echamos de menos». Y he vuelto a publicar con Santillana.

Fue fulminante. Y se da la paradoja de que soy el autor con más libros publicados en las editoriales del grupo Prisa. Más de veinte.

Así que esa es la razón por la que me defenestraron de la noche a la mañana, aunque no dejaron de vender mis libros. Y me quedé huérfano de editorial porque todo lo publicaba con ellos. Menos mal que SM acudió al rescate y empecé a publicar en El Barco de Vapor.

Colaboras con medios como Insurgente. Asumiendo que tus lectores no son los mismos que los de, digamos, Libertad Digital, ¿qué función tienen los medios?

Creo que su función es fundamental. Afortunadamente, se ha roto, aunque muy embrionariamente, el monopolio absoluto que hasta hace poco tenían los grandes medios. Entre Insurgente, Kaos en la Red y La Haine han formado una especie de consorcio que tiene más lectores que muchos diarios de papel. Más visitas. Y esto presumiblemente irá en aumento. Al principio, el número de visitas era bastante reducido, Rebelión tenía un poco más, pero ahora empiezan a ser comparables las cifras, ya no es como antes.

En un momento en que los grandes medios mienten y tergiversan sin cesar, que haya alternativas es vital. Es muy importante apoyar a estos medios. Sobre todo, los jóvenes están adquiriendo cada vez más el hábito de navegar y ver más medios. El gran problema sigue siendo la televisión. Ahí es muy difícil competir, pero en eso también estamos evolucionando. Las pantallas más pequeñas se van a imponer, y al menos no son monopolios ni te tienes que chupar toneladas de publicidad para ver cualquier cosa. Puede ser un camino. Yo soy moderadamente optimista. Solo moderadamente, porque me doy cuenta de la enorme capacidad de absorción que tiene el sistema.

Eres muy combativo como otro gran matemático y divulgador italiano, Piergiorgio Odifreddi. Pero a él le dejan publicar sus columnas de opinión en La Repubblica, a ti El País no.

Podría ser un poco demagógico con lo escaldado que estoy, pero no sería justo. No es mejor La Repubblica que El País, para qué nos vamos a engañar. No hay una gran diferencia. Seguramente, si no hubieran pasado determinadas cosas muy concretas, el asunto de Cuba y Venezuela, habría seguido publicando mis artículos de crítica cultural en El País. Los medios en Italia no están mejor que en España. El poder que tiene Berlusconi y su mafia, no solo en los medios, también en el mundo cultural, es enorme.

En una columna publicada en La Haine hablas de presos políticos y terrorismo de Estado. ¿Es peor Galindo que otros terroristas?

Infinitamente peor. Galindo es uno de los máximos exponentes de hasta dónde puede llegar el terrorismo de Estado. Es un criminal que tortura hasta la muerte y entierra en cal viva a dos chavales. Jack el Destripador es una hermanita de la caridad a su lado. Este sujeto, después de pasar de puntillas por la cárcel, está en su casa escribiendo sus memorias. Es un individuo concreto, pero es la expresión de todo un sistema. El máximo responsable de la infamia de los GAL, en última instancia, si hubiera que personalizar, es Felipe González, que está libre y sigue dando lecciones de política y de ética.

Para que en España la tortura sea sistemática e impune tiene que darse la colaboración de todos los poderes, el legislativo, el ejecutivo, el judicial y el de los medios. Sin su contubernio criminal no sería posible. Con que uno de los poderes dijera que no puede ser, no podría ser.

Yo sigo siendo de la Asociación Contra la Tortura. La media era de setecientas denuncias al año y una muerte semanal en dependencias policiales. Y aunque algunos funcionarios, algunos policías y guardias civiles hayan llegado a ser condenados, no conozco ni un solo caso en que hayan cumplido efectivamente su condena. Normalmente los trasladan. Y a menudo los ascienden.

No estamos hablando de un Gobierno, sino de un Estado, un Estado criptofascista. No exactamente fascista, hemos avanzado un poquito, pero sigue habiendo un fascismo atenuado, un fascismo «inteligente», como las bombas «inteligentes». Antes tiraban bombas indiscriminadamente, ahora pueden cargarse un objetivo muy concreto «quirúrgicamente». Ahora el fascismo se ejerce con toda su crudeza contra quienes realmente molestan, que son pocos en realidad. No hay necesidad de meter en la cárcel a tanta gente como durante el franquismo. Ni siquiera desde la lógica del poder tiene sentido, conviene ser más selectivo.

Has escrito un artículo en Insurgente, «Gracias, TV3», donde describes a su televisión como uno de los mejores regalos que te ha hecho Cataluña desde que llegaste.

En gran medida hay que decir que es por contraste. La televisión que veía me provocaba dolor de cabeza o ataques de furia, era algo tan espantoso que por contraste la catalana me parece exquisita. No gritan. Casi nunca estoy de acuerdo con lo que dicen, pero lo dicen de una manera que es aceptable y al menos invita a la discusión.

Pero se ha dicho que está manipulada.

Hay una tendencia, sí; pero al menos que sean educados y quede claro por dónde van. Que la gente diga: «Soy independentista y defiendo esto». Pero que no intenten darte gato por liebre.

¿Cómo te posicionas con respecto al procés?

Si tuviera que identificarme con algún grupo seria con la CUP. Creo que el independentismo tiene sentido para vehicular la lucha de clases y oponerse a un poder central que es heredero del franquismo en última instancia. En otra situación, en otro Estado, no sería independentista. No me interpela de forma directa, soy un italiano que escribe en castellano. Mi lengua madre es el italiano. Los psicólogos dicen que todo se resuelve en los seis primeros años de vida. Yo soy italiano, sueño en italiano, hago las operaciones aritméticas en italiano. Pero no me defino a mí mismo en términos de nacionalidad.

En este momento histórico y en esta situación, reclamar la independencia de Cataluña, de Euskal Herria, de Galicia, de Andalucía es una forma de oponerse a una España inventada por los Reyes Católicos y reinventada por Franco. Fundamentalmente, estamos hablando de lengua y cultura, y de derecho a la autodeterminación.

No se respeta la autodeterminación. Hay un Estado central autoritario. Creo que en Cataluña habría menos independentistas si no hubiera un Estado represor. Rajoy ha hecho muchos independentistas. Yo mismo estuve el 1 de octubre defendiendo las urnas con mi compañera.

Puedes defender las urnas y no ser independentista.

Desde luego. Si se permitiera que la gente votara, a mí me parecería aceptable que el no independentismo fuese mayoritario.

Yo, fuera de mi hábitat, en el que vivo bastante bien, tengo que reconocerlo, veo injusticias y brutalidades por todas partes. Sobre todo, en el terreno laboral y social. Si todo el mundo tuviera una vivienda digna…

¿Y eso qué tiene que ver con la independencia y el nacionalismo?

Tiene que ver en la medida en que algunos pensamos que superar este Estado criptofascista se puede conseguir por esa vía. Eso es lo que da sentido a esa lucha. El nacionalismo burgués no me inspira ninguna simpatía.

Puigdemont y Artur Mas.

Puigdemont no me inspira especial simpatía y Mas me parece un oportunista, valga el eufemismo.

Cambiando de tema, en el libro La bola de cristal dices que los hombres llevan milenios explotando a las mujeres, y que no van a dejar de hacerlo… Te leí en un artículo hablar de que cada vez más mujeres utilizan menos zapatos de tacón.  

Ha bajado el número, pero todavía hay demasiados. A mucha gente le parece anecdótico, pero a mí me parece alarmante. Los traumatólogos llevan años diciendo que es malo para los pies y para la columna. He tenido mucha relación con colectivos de lesbianas y movimientos feministas radicales, que me abrieron los ojos y me hicieron ver cosas que no veía.

Hay un estereotipo femenino que responde a fantasías masculinas. Muchos detalles tienen que ver con limitar la movilidad. Ocurrió en muchas culturas, como cuando en China a las niñas les vendaban los pies para que no crecieran, o en algunas tribus indias que cortaban los tendones a las mujeres para que no pudieran escapar. Lo de la pierna quebrada, que es muy metafórico.

¿Cómo ves el futuro del socialismo? ¿Qué opinas de los cambios en América latina? ¿Sigues pensando que el modelo es Cuba?

Nunca he dicho que Cuba sea «el» modelo. Solo he dicho que Cuba ha demostrado que el socialismo es posible. Es posible incluso en circunstancias muy adversas, con la bota de Estados Unidos ahí. Los cubanos han cometido muchos errores, los siguen cometiendo, no son prfectos, pero están en el buen camino. Un símil: si los Estados fueran personas, Cuba sería una buena persona, con sus defectos y errores, pero Estados Unidos, Alemania, España, Italia, serían Al Capone o Jack el Destripador. O las dos cosas a la vez. En Cuba hay racismo, machismo, corruptela, todo lo que quieras; pero hay un grado de solidaridad y una voluntad de superación ejemplares.

¿Conociste a Fidel?

He tenido el privilegio de trabajar y discutir con él. Empecé a ir a Cuba en 2002 y, en una de las primeras conversaciones que tuve con Fidel, me preguntó que me había impresionado más de Cuba, y le contesté: «Que los niños no lloran y los mayores no los regañan». En España o en Italia, la publicidad te agrede, puedes sufrir mil impactos al día, uno por minuto, y por eso siempre hay niños sobreexcitados pidiendo cosas y llorando y papás riñendo a los niños. En Cuba los niños no lloran y los papás no los riñen, dos cosas que están muy relacionadas con la ausencia de publicidad y consumismo desaforado.

En Cuba hay absoluta tranquilidad para ir por la calle, la delincuencia es prácticamente cero, paras cualquier coche por la calle y te subes. Se llama hacer botella, el botellón. He estado en casa del ministro de Cultura y en casa de su chófer y vivía mejor el chófer. Y comían exactamente lo mismo. Podrían comer un poco mejor, menos puerco. Los cubanos y las cubanas jóvenes suelen ser guapísimos, pero a partir de los treinta años suelen engordar y desarrollar enfermedades cardiovasculares. Fríen con manteca porque no tienen aceite, lo cual es mortal. Me entrevisté con el que llaman «el ministro del cerdo» y me reconoció el problema, «pero si les digo que no coman puerco me comen a mí». Comen fatal, beben, fuman. En ese aspecto, un desastre.

¿Estás de acuerdo con el pronóstico de Marx de que el capitalismo se destruirá a sí mismo un día? De ser así, ¿hay alguna alternativa que los ciudadanos debamos contemplar?

Yo creo que no es seguro. Hay una tendencia, en el mismo sentido que Freud dice que hay una pulsión de muerte en las personas, pero luego no todas se suicidan. Aunque si contamos los que se suicidan más los que se autodestruyen, son bastantes. Hay un impulso autodestructivo en el capitalismo, pero no es seguro que se vaya a autodestruir. Creo que hay que ayudarlo y bastante. Porque corremos el riesgo de que en ese proceso de autodestrucción el planeta quede fatalmente dañado en su conjunto: los recursos naturales, el medio ambiente, el clima.

¿Qué lo sustituirá? Lo tengo clarísimo. Cuando los cubanos dicen «socialismo o muerte», se tiende a interpretar que están dispuestos a morir por el socialismo, pero hay otra lectura: o superamos la barbarie capitalista y la sustituimos por alguna forma de socialización de los recursos naturales, de los grandes medios de producción, etcétera, o petamos. ¿Cuál es esa fórmula? Creo que el marxismo da algunas pistas. Las experiencias de socialismo real, la cubana entre ellas, dan pistas, pero lo tenemos que ir construyendo y perfeccionado. Esa es nuestra responsabilidad histórica.

¿Qué causa has apoyado con más interés como activista? ¿Te arrepientes de algo?

Me arrepiento de no haber dedicado más tiempo al activismo. Podría decir que defiendo la causa del socialismo, pero no la identifico con un programa concreto. Creo en compartir de manera fraterna lo que tenemos a nuestra disposición. Esa es la idea. Siempre he procurado ir en esa dirección y en ese viaje he colaborado con la izquierda abertzale o con algunas organizaciones de las llamadas antisistema, con el feminismo radical a pesar de no ser mujer, con el movimiento gay a pesar de no ser homosexual y con los okupas a pesar de no haber sido okupa.

Una causa muy importante, que afortunadamente está ganando adeptos con bastante rapidez, es el antiespecismo, que va ligado también al respeto al planeta en su conjunto. Consiste en negarse a considerar que los animales no humanos son nuestra propiedad, nuestros esclavos o nuestra comida.

Dinos de qué te sientes más satisfecho en tu carrera.

De los libros para niñas y niños. De la literatura infantil, aunque no me gusta ese nombre. Y de la buena acogida que mis libros han tenido en Cuba. Tengo el honor de ser el autor vivo más leído en Cuba; cuando vivía Fidel era el segundo, y ojalá siguiera siéndolo.


¿Es Harvard de izquierdas?

Barack Obama cuando estudiaba en Harvard, c. 1992. Foto: Getty.

¿Es Harvard de izquierdas? Una pregunta sorprendente que quizás nadie se haya planteado. Y que probablemente muchos descarten de inmediato, al ser la universidad que lleva más de un siglo formando a las élites del país dominante del mundo occidental (y también a las de otras latitudes). Solo espero que después de leer estas líneas alguien se replantee los lugares comunes.  

La Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts), fundada en 1636, es la más antigua de Estados Unidos (la más antigua de América es la de San Marcos en Lima). En realidad, fue la primera en las colonias británicas de América del Norte (en la Colonia de la Bahía de Massachusetts). Originalmente no se llamó Harvard y estaba dedicada a la formación de clérigos de la Iglesia congregacional.

El congregacionalismo, derivado del calvinismo, nació del movimiento puritano de la Iglesia anglicana a caballo de los siglos XVI y XVII. Fue en las colonias norteamericanas donde más arraigo tuvo y aún tiene (Barack Obama, juris doctor por Harvard, es miembro de esta Iglesia). En esta organización religiosa cada congregación se rige de manera independiente y autónoma. No reconocían la autoridad papal (al igual que todas las ramas del protestantismo) y eliminaron las jerarquías eclesiásticas (obispos, cardenales, etc.). Las comunidades se regían por asambleas formadas por fieles y pastores religiosos (de ahí la importancia dada a su formación). Las funciones y responsabilidades se repartían. Y crearon sistemas de controles y equilibrios (checks & balances). Las iglesias eran los ayuntamientos de Dios. Y buscaban el entendimiento y alianzas con otras congregaciones (como en un sistema federal, que fue el desarrollado tras la independencia de la Corona británica).

Estas comunidades religiosas tuvieron mucho peso en la vida política, social y cultural de Estados Unidos. Su forma de organizarse influyó en el establecimiento de las primeras instituciones democráticas en Nueva Inglaterra (la región geográfica formada por los estados de Maine, Vermont, New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island y Connecticut). Los expertos atribuyen a estas primeras comunidades religiosas en Massachusetts la adhesión a unos principios legales fundamentales, las limitaciones sobre la autoridad humana con el fin de evitar abusos y situaciones de privilegios, el libre consentimiento, el autogobierno y una amplia participación laica en el mismo. Conceptos asumidos hoy en día, pero no a finales del XVI. La creación de muchas de las primeras universidades como Harvard y Yale también están en su haber.

En 1638 la universidad, que pasó a llamarse Harvard al año siguiente, dispuso de la primera imprenta en el Nuevo Mundo anglosajón (la primera data de 1536 en México). Lo primero que imprimieron fue el Freeman’s Oath, documento que daba fe de que el portador estaba libre de cuentas pendientes con la justicia (además de jurar su lealtad a Massachusetts y su Gobierno). A esta especie de certificado de buena conducta le siguió un almanaque y posteriormente los Salmos de David, el rey músico.

El Freeman’s Oath protagonizó la Constitución de la República de Vermont en 1777, la primera del mundo occidental donde todos los hombres tenían derecho a voto, independientemente de su condición económica. Con el tiempo pasó a denominarse como el juramento del votante (Voter’s Oath) y se aplicó en distintos estados del nuevo país independiente. En 2007 Vermont modificó por ley algunos pasajes para facilitar su uso y adaptarlo a estos tiempos digitales.

John Harvard, clérigo de la Iglesia congregacional, fue el gran impulsor de la universidad, que tomó su nombre en 1639. Estudiante de la Universidad de Cambridge en Inglaterra, dejó en herencia la mitad de su patrimonio (setecientas setenta y nueve libras) y cuatrocientos libros. Así nació la que hoy es la mayor biblioteca académica del mundo con 20,4 millones de ejemplares, cuatrocientos millones de manuscritos, diez millones de fotografías, ciento veinticuatro millones de páginas web archivadas y 5,4 terabytes de archivos digitales. Ochocientas personas trabajan en las más de setenta unidades que conforman la biblioteca (cuyo grueso es subterráneo y se extiende por debajo del patio principal de la entrada, donde está la estatua de John Harvard, y varios de los edificios colindantes).  

Harvard y la fundación de Estados Unidos

A lo largo del siglo XVIII la Ilustración tuvo una gran acogida en su claustro. El llamado Siglo de las Luces, el del poder del conocimiento y la razón encontró en Harvard a un gran aliado en las colonias británicas de América del Norte. Y como faro de Massachusetts su luz fue decisiva en la independencia del Reino Unido de Gran Bretaña. La influencia de la Ilustración británica (y la francmasonería) tenía hilo directo con los puertos de las colonias; la influencia de los ilustrados franceses se resume en tres de los padres fundadores: Benjamin FranklinThomas Jefferson y John Adams. El primero, natural de Boston, inventor del pararrayos y de las lentes bifocales además de periodista y editor, fue el primer embajador en Francia de Estados Unidos desde 1778. Le sustituyó en el cargo el virginiano Thomas Jefferson, quien sería el primer ministro de Exteriores de la nueva república (secretario de Estado). Estos dos, Franklin y Jefferson, más John Adams (quien sirvió en Francia bajo Franklin) formaron parte del Comité de los Cinco: elaboraron el primer borrador de la Declaración de Independencia de las trece colonias. Jefferson quería que el texto definitivo fuese de Adams, licenciado por Harvard. Pero este declinó y convenció al Comité de que fuese Jefferson quien rematase el documento final. Ambos se comprometieron a colaborar estrechamente en su elaboración.

En esa Declaración de Independencia de 1776 se encuentra el texto que es el principio fundacional de la izquierda: «todos los hombres son iguales». Además cita como derechos inalienables el de la vida, la libertad y la consecución de la felicidad. Esta declaración se considera como la primera de la historia en hacer referencia a derechos humanos. La Revolución francesa, otro hito de la izquierda, es posterior, de 1789.

John Adams fue el segundo presidente de Estados Unidos, sustituyendo a George Washington, de quien había sido vicepresidente. Y es el primero de los treinta y dos jefes de Estado graduados por Harvard. Thomas Jefferson fue su vicepresidente y le relevó como tercer presidente.

Abigail Adams, esposa de John Adams y madre de John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos y también de Harvard, fue una activista por los derechos de la mujer, empezando por el acceso a la educación, que ella no tuvo (fue autodidacta y organizaba círculos de lectura e instrucción para mujeres). Peleó por la independencia económica femenina y el derecho de las esposas a tener propiedades a su nombre (y dio ejemplo llevando las finanzas e inversiones de su familia). Se opuso abiertamente a la esclavitud.

Harvard y las mujeres

Gertrude Stein, 1935. Fotografía: Carl Van Vechten / Library of Congress.

Radcliffe College fue fundado en 1879 como la universidad hermana de Harvard. Empezó llamándose Harvard Annex. El banquero, escritor y pedagogo Arthur Gilman y su esposa Stella Scott impulsaron el proyecto. Rápidamente se convirtió en el principal centro de educación superior para mujeres del país, además de ejemplo a seguir. Formaron parte de la asociación The Seven Sisters (cuatro eran de Massachusetts, dos de Nueva York y una de Pensilvania). En 1894 el Anexo pasó a llamarse Radcliffe College. Y seguían contando con los profesores de Harvard para dar clases. A medida que iban pasando los años, las reticencias iniciales de los preceptores fueron vencidas y las tensiones se trasladaron al ámbito salarial.

En la turbulenta década de los sesenta, las diferencias entre los alumnos de ambas universidades eran notorias. Los códigos eran más estrictos en Harvard y más laxos en Radcliffe (donde, por ejemplo, ellas ya podían vestir pantalones). Y comenzaron las conversaciones para fusionar ambos centros. La «fusión-no fusión» no se produjo hasta 1977. Implicaba compartir funciones administrativas, recursos económicos, levantaba el techo de admisiones en Radcliffe, que salía reforzada, y las estudiantes podrían usar las instalaciones de Harvard. Aunque los campus, sobre todo las residencias de estudiantes, continuaron separados físicamente. La plena fusión no se produjo hasta 1999.

Algunas de las mujeres importantes que pasaron por Radcliffe son Jill Abramsonque fue editora ejecutiva del New York Times; la autora Margaret AtwoodDeborah Batts, la primera afroamericana LGTB en ser juez federal (en Nueva York); Susan Berresford, presidenta de la fundación Ford; Benazir Bhutto, expresidenta de Pakistán; la escritora Marita Bonner, asociada al Harlem Renaissance y al New Negro Movement; Eva Beatrice Dykes, la primera afroamericana en conseguir un doctorado; la historiadora Elizabeth EisensteinBarbara Epstein, fundadora de The New York Review of Books; la periodista y presentadora de Democracy Now! Amy Goodman; tres ganadoras de premios Pulitzer, Linda Greenhouse, Maxine Kumin y Alison LurieAmy Gutmann, presidenta de la Universidad de Pensiilvania; la ganadora de un Óscar Josephine Hull; la espía de la II Guerra Mundial Virginia Hall; la cofundadora de la NAACP y activista de los derechos de la mujer Mary White Ovington; la sufragista Maud Wood Park; la rockera Bonnie RaittEdie Sedgwick, musa de Warhol en los sesenta; Gertrude Stein, etc.

La historiadora Drew Gilpin Faust pasó de ser decana de Radcliffe a la presidencia de Harvard en 2007. Es la primera mujer que accedió a la cabeza de la institución. Sigue en el cargo.

Harvard y la música popular

El descubrimiento y auge de la música popular y tradicional estadounidense pasa por tres organizaciones (el Partido Comunista de Estados Unidos, Harvard y la Biblioteca del Congreso) y dos apellidos (Lomax y Seeger, padres e hijos).

John Lomax (1867-1948) nació en un pequeño pueblo del estado de Mississippi. Con dos años, su familia se trasladó a Texas. El viaje lo hicieron en un carro tirado por bueyes. Su padre había comprado tierras en medio del estado, donde invirtió en ganado y cultivó maíz y algodón. El joven Lomax aprendió las canciones de los vaqueros. Y un esclavo negro liberado, contratado por su padre, le enseñó otras canciones y los bailes afroamericanos de la época. Al llegar a la mayoría de edad, veintiún años, sus obligaciones familiares (el trabajo en el rancho) dieron paso a su necesidad de aprender. Con las ganancias ahorradas por sus padres emprendió el camino universitario. Dos años después ya estaba dando clase en una escuela rural. Encontró otro empleo mejor, pero seguía aspirando a más: una universidad de prestigio. Para eso necesitaba una intermedia, para poder dar el paso. Con veintiocho años se matriculó en la Universidad de Texas en Austin. En su equipaje llevaba cuidadosamente anotadas las canciones vaqueras que había aprendido. Sus profesores las despreciaron. En dos años se graduó en Literatura y consiguió un trabajo en la universidad que compatibilizó con otras actividades en el campus. Su afán de superación mantuvo su interés por reforzar su formación. Aceptó una oferta de la Universidad de Texas A&M. En septiembre de 1906 cumplió su sueño de entrar en una de las grandes, la más grande, Harvard. Había logrado una beca del sistema educativo texano para obtener el doctorado. Ahí se encontró con dos profesores vivamente interesados en su legado de repertorio vaquero. Ambos le aconsejaban la labor de campo, salir y buscar el repertorio y estudiar sus fuentes. Harvard era el centro neurálgico de los estudios sobre el folclore americano. Un campo nuevo de estudio, en el que fueron pioneros. Esta faceta de investigación y descubrimiento se encuadraba dentro de la Facultad de Literatura. George Kittredge era el catedrático que había heredado el puesto de su mentor, quien había iniciado una obra magna de ocho volúmenes, Popular Ballads of England and Scotlandque Kittredge completó. El presidente Franklin D. Roosevelt, William Burroughs, Lomax, Robert Winslow Gordon y otros relevantes folcloristas, alguno tejano, fueron sus alumnos más destacados. Kittredge era desde 1904 el presidente de la Sociedad de Folclore Americano.  

Cuando John Lomax logró el doctorado, volvió a Texas A&M. Con el impulso de sus profesores de Harvard formó la Sociedad de Folclore de Texas con un compañero de facultad. Publicó un libro, el primero de varios, que le dio a conocer fuera de Texas: Cowboy Songs and Other Frontier Ballads, con prólogo de otro graduado de Harvard, el expresidente Theodore Roosevelt. Su actividad ahora incorporaba el circuito de conferencias y seminarios. Lo que de alguna forma impidió que completase el libro sobre el folk afroamericano.

Su creciente reputación impulsa a Kittredge a proponerle como su sucesor al frente de la Sociedad de Folclore Americano. Lomax aceptó a cambio de que su maestro fuese el vicepresidente.

Texas era terreno fértil para un folclorista y musicólogo como Lomax. Convivían tres músicas: la blanca, la negra y la mexicana. Recopiló más de diez mil grabaciones para el Archivo de Canciones Folk Americanas de la Biblioteca del Congreso. La creación del Archivo en 1928 es otra iniciativa surgida desde Harvard, bajo la dirección de Robert Winslow Gordon (alumno de Kittredge)

Lomax no se limitó a Texas. Amplió sus horizontes a otros estados del sur, descubriendo y manteniendo viva la tradición del blues original. Su hijo Alan ya le acompañaba y estuvo presente cuando descubrieron a Leadbelly en la cárcel estatal de Luisiana.

Charles Seeger (1886-1979) nació en Ciudad de México de padres estadounidenses. En 1908 se graduó por Harvard y se fue a completar su formación a Colonia (Alemania), donde llegó a dirigir la orquesta de la ópera de la ciudad. Problemas auditivos le forzaron a dejar la música activa y entró a trabajar de profesor de música en la Universidad de Berkeley (1912-1916), impartiendo el primer curso de Musicología en una facultad de Estados Unidos. Fue despedido por su posición contraria a la entrada de EE. UU. en la I Guerra Mundial. La Escuela Julliard le contrató. Colaboró con otras universidades de primer nivel como UCLA y Yale. De 1935 a 1953 trabajó en diferentes programas gubernamentales nacidos al amparo del New Deal de FDR (Franklin Delano Roosevelt, otro Harvard man). El proyecto más destacado fue el Federal Music Project, que, bajo la dirección de Seeger, abarcó la música popular y no solo la clásica.

Mucho se ha especulado sobre la pertenencia o no de Charles Seeger al Partido Comunista de Estados Unidos. La versión definitiva la fijó su hijo, Pete Seeger, cuando confirmó que su padre abandonó el partido en 1937. Sucedió tras leer unas transcripciones de varios testimonios de unos juicios en Moscú: comprendió que las confesiones habían sido obtenidas bajo tortura. Pete militaba en las juventudes comunistas desde los diecisiete años (1936) y con la mayoría de edad se afilió al Partido. En 1949 se dio de baja.

Woody Guthrie, 1943. Fotografía: Al Aumuller / Library of Congress.

En la década de los cuarenta los artistas folk eran asiduos en los actos del Partido Comunista norteamericano. Pete Seeger era un fijo. Woody Guthrie y otros como Lee Hays, Josh White o Burl Ives eran habituales. Varios de ellos formaron grupos, como los Almanac Singers y The Weavers. Tenían su base en la ciudad de Nueva York, donde floreció el renacimiento del folk desde el Greenwich Village y se expandió al resto del país. Con Pete Seeger al mando. Y bajo el manto protector de Alan Lomax, el hijo de John. Todos ellos formaron en 1945 la organización People’s Songs (Canciones Populares), bajo el paraguas de una federación sindical en la que el Partido Comunista pesaba mucho. El objetivo era «crear, promover y distribuir canciones de trabajo y del pueblo americano». De 1946 a 1950 editaron una revista trimestral del mismo nombre y un boletín semanal de noticias. Las vicisitudes de la II Guerra Mundial y las circunstancias que la provocaron dejaron muy tocado al Partido Comunista. El cambio de rumbo del pacto HitlerStalin a la URSS formando parte del bando aliado tras la invasión nazi tuvo su reflejo en las actividades de los integrantes. Y los cambios de posición se escuchaban por las ondas. Alan Lomax simultaneaba su trabajo en Washington en el Archivo de Folk de la Biblioteca del Congreso con un programa semanal de radio en CBS junto a Nicholas Ray, futuro director de Rebelde sin causa y que sería un personaje fundamental en la escena pionera del rock & roll madrileño de principios de los sesenta. La postura de promover la no intervención de EE. UU. en el previsible conflicto armado cambió en cuanto las tropas nazis avanzaron hacia la URSS. La gente se olió que se promovían los intereses de otro país y no los del propio.

Alan Lomax (1915-2002) continuó la labor iniciada por su padre. Y en muchos casos podemos decir que la superó porque tuvo la tecnología de su parte. Pudo viajar fuera de Estados Unidos. Su labor de campo en España, auspiciada por Columbia Records, acabó siendo la base de inspiración para el álbum Sketches of Spain de Miles Davis (y Gil Evans). Una grabación indispensable para entender parte de la música española de fusión desde finales de los sesenta. Su faceta de promotor musical sirvió de apoyo financiero y plataforma para muchos de los artistas y autores que se dieron a conocer gracias a sus esfuerzos.

La II Guerra Mundial cortó los fondos destinados al Archivo. Lomax hijo no se amilanó. Estaba acostumbrado desde pequeño a sufrir dificultades. Problemas graves de salud impidieron su plena asistencia escolar. Aprendió en casa. Cuando llegó la hora de enrolarse en Harvard, los problemas de salud fueron maternos. Su madre falleció en primavera. La Gran Depresión debilitó las finanzas familiares. Harvard ayudó económicamente. Y Alan Lomax pudo completar su segundo año de carrera ahí. Sus ideas políticas son de este periodo (ya saben, el ambiente universitario). Las complicaciones de salud entonces aparecieron en forma de neumonía. Sus notas se resintieron. Y esto afectaba financieramente. Se tomó un año sabático y, una vez recuperado, acompañó por primera vez a su padre. Alternaba sus estudios (ahora ya en Texas) con los desplazamientos ayudando a su progenitor.

Un estudiante, Joe Boyd, organizaba mientras los conciertos de blues en Harvard. Después de graduarse trabajó con George Wein, promotor de los festivales de jazz y folk de Newport y propietario del club y sello discográfico Storyville. Boyd estuvo al frente de la mesa de sonido en 1965 cuando Bob Dylan se presentó en el Newport Folk Festival con una banda eléctrica. Su relato del escándalo es el más fidedigno y pone de manifiesto la bochornosa actitud de Pete Seeger, quien quiso cortar la fuente de corriente eléctrica a hachazos. Al año siguiente, Boyd montaba la filial británica de Elektra Records en Londres. En 1966 abrió el club UFO en Londres con el activista John Hopkins (abandonó la física nuclear por la fotografía y el underground). Pink Floyd era la house band. Produjo su primer single, «Arnold Layne». Continuó produciendo: Incredible String Band, Soft Machine, Fairport Convention, Nick Drake, Maria Muldaur, REM, los dos Songhai (ante la insistencia de Lucy Durán, hija del compositor republicano Gustavo Durán) de Ketama con Toumani Diabaté y Danny Thompson en coproducción con Mario Pacheco de Nuevos Medios, las bandas sonoras de A Clockwork Orange de Kubrick y Deliverance de John Boorman, etc. En 1973 produjo A film about Jimi Hendrix.

Harvard y el humor liberal

El concepto estadounidense de liberal difiere del europeo. Ahí es sinónimo de progresista mientras aquí es un término económico que define una opción de derechas. Por otra parte, el humor siempre ha llevado una carga crítica en su mochila. De más peso si es de carácter político-social. En la tradición anglosajona las caricaturas de los poderosos estaban y están al orden del día (salvo si afectan a la Corona británica). Los rumores y maledicencias en forma de viñetas o chistes eran y son frecuentes. Y ha sido un arma usada también por los cuerpos diplomáticos y servicios secretos. Se decía en su día que los populares «chistes de Morán» eran fruto de la embajada de Estados Unidos en Madrid, para desprestigiar al entonces ministro socialista de Exteriores.

Imagen: Harvard University Archives.

En 1876 siete estudiantes de Harvard fundaron el Harvard Lampoon (La sátira de Harvard) ante el rechazo del Harvard Advocate (1866) a publicarles una historia satírica. El Advocate es la revista decana de arte y literatura de las universidades en EE. UU. Por sus páginas han desfilado Theodore Roosevelt, E. E. Cummings, T. S. Eliot, Malcolm Cowley (víctima de la caza de brujas y cofundador de la izquierdista League of American Writers), James Agee (Pulitzer 1958), Leonard Bernstein, Norman Mailer, Adrienne Rich de Radcliffe (feminista que rechazó el premio Nacional de las Artes y finalista del Pulitzer póstumo por su obra poética). Algunos escritores como Ezra Pound o Tom Wolfe publicaron en la revista sin estar asociados a Harvard. Hoy en día, desaparecidas Punch (1841) y Puck (1871), en las que se inspiraron, son la segunda revista más longeva del mundo.

Los rechazados, ni cortos ni perezosos, imprimieron su artículo y lo clavaron en los árboles del campus. El éxito fue rotundo y los alumnos pidieron más historias. Así nació el Harvard Lampoon. El foco estaba puesto en la sociedad de Boston. Entre los principales primeros miembros y socios de la revista encontramos al futuro magnate de los medios W. R. Hearst y al filósofo George Santayana. Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás (Madrid, 1863-Roma, 1952) llegó a Boston desde Ávila con ocho años. Escribió en inglés y mantuvo su pasaporte español. A los cuarenta y ocho años abandonó su profesorado en Harvard y regresó a Europa. Su último deseo fue ser enterrado en el panteón español de Roma, donde murió tras haber residido en Ávila (donde había permanecido su padre), París y Oxford. Billy Joel en su «We Didn’t Start The Fire» (1989) cita su fallecimiento como uno de los hechos relevantes de 1952.

La labor de Santayana como editor y dibujante del Lampoon era simultánea a su presidencia del Philosophical Club, que había fundado, a O.K., la sociedad literaria de la que formaba parte, y al Harvard Monthly, revista literaria mensual de la que era cofundador. Formó parte de la Edad de Oro de la Facultad de Filosofía de la universidad. Entre sus alumnos más destacados están T. S. Eliot, Robert Frost, Gertrude Stein, Horace KallenWalter LippmannW. E. B. Du Bois. Ya en Europa, apoyó decisivamente a Bertrand Russell.

Su The Sense of Beauty (1896) es el primer ensayo sobre estética escrito en Estados Unidos. Los cinco volúmenes de The Life of Reason (1905-1906) son el primer tratado sobre el pragmatismo. Ateo, con respeto por las creencias y valores cristianos, fue un firme defensor de las teorías evolucionistas de Darwin. El aforismo más conocido de Santayana, traducido al español, es el de «Quienes no conocen su pasado están condenados a repetirlo».

A principios de la década de los sesenta, el espíritu crítico y sarcástico del Lampoon comenzó a traspasar el reducto de Harvard. Sus especiales para revistas (Mademoiselle, Esquire) aumentaban las ventas de las mismas. Sus parodias de James Bond (1962), Playboy (1966), Time (1968), Cosmopolitan (1972) y Sports Illustrated (1974) fueron éxitos en kioscos y librerías. Ante el impacto de El señor de los anillos entre los hippieslos editores del Lampoon editaron en 1969 el libro Bored of the Rings. La notoriedad alcanzada llevó a la creación de la revista National Lampoon y del espectáculo Lemmings en 1973, que supuso el debut escénico de John Belushi en Nueva York y cuya segunda parte era una parodia del festival de Woodstock. El espectáculo contaba con Chevy Chase como actor, músico y guionista. También empezaron a hacer un programa semanal de radio, The Lampoon Radio Hour (1973-1974). En este espacio encontramos el embrión de los Not Ready For Prime Time Players del programa de TV Saturday Night Live (SNL): Chevy Chase, John Belushi, Gilda Radner y Bill Murray. De primeras se llamó NBC Saturday Night.

Douglas Kenney, Henry Beard y Rob Hoffman son la santísima trinidad de esta evolución, que revolucionó la comedia y el humor estadounidense (y cuya influencia se extendería a los programas en directo de TV). Kenney y Beard renovaron la revista satírica de Harvard. Juntos escribieron Bored of the Rings y con Hoffman, otro alumno de Harvard, fundaron la revista National Lampoon. En 1974 distribuían ochocientos treinta mil ejemplares de media cada mes. Batieron su récord en octubre de ese año con un millón de copias. En 1975 los tres fundadores vendieron la revista por 2,8 millones de dólares y abandonaron la publicación. Uno de los «alumnos» aventajados del trío en la revista era Michael O’Donoghue.

Cuando Saturday Night Live inició sus emisiones en octubre de 1975, O’Donoghue era el jefe de guionistas (y suyas fueron las primeras palabras del programa). Desde finales de noviembre Chevy Chase comenzaba el informativo del espacio anunciando: «El Generalísimo Francisco Franco sigue muerto». A veces variaba y anunciaba: «El Generalísimo Francisco Franco sigue luchando valientemente por permanecer muerto».

SNL ha sido la más formidable cantera de cómicos estadounidenses (guionistas y actores). La raíz de Harvard en el espacio se mantiene hoy en día con Colin Jost, guionista desde 2005, supervisor de guiones entre 2009 y 2012, guionista en jefe desde 2012 hasta 2015 y actualmente copresentador del informativo.

El éxito del show televisivo, que recogió la herencia Lampoon, facilitó la salida profesional de muchos escritores surgidos de Harvard: pasaron a trabajar para programas como The SimpsonsFuturamaLate Night with David LettermanSeinfeldFriends, etc. Por no mencionar los libros y películas originados gracias al ingenio de estudiantes y graduados de Harvard.

La gran traición

El sentimiento de pertenencia es muy acusado entre los graduados de las universidades estadounidenses. Y cuanto más exitosas sean, tanto a nivel académico como deportivo, mayores serán las ataduras. Los alumnos de Harvard, considerada la primera del mundo, no son ajenos a esta circunstancia. Y su rivalidad con el vecino Massachusetts Institute of Technology (MIT), fundado en 1861, es legendaria. La lista de bromas, trastadas, barrabasadas y dislates daría para un libro. Por eso, la fuga de Noam Chomsky fue especialmente dolorosa.

De 1951 a 1955 Chomsky, graduado por la Universidad de Pensilvania, fue elegido por Harvard para formar parte de su Society of Fellows, donde preparó su doctorado. Esta sociedad está formada por un selecto grupo de estudiantes designados por su potencial. Si eres seleccionado, se te asigna una beca que cubre los tres años que se precisan para desarrollar las investigaciones encaminadas a la obtención del doctorado. La permanencia en la Sociedad es vitalicia. Los nuevos deben venir avalados por un doctor miembro. El único requisito es residir en el campus durante los tres años de labor.

Chomsky, activista contra la guerra del Vietnam, no solo cometió el pecado de «abandonar» Harvard y aceptar la oferta para dar clases en el MIT. Se metió en la boca del lobo. En sus propias palabras, el MIT estaba financiado en un 90% por el Pentágono. Y en sus dependencias se desarrollaban avances tecnológicos para mejorar el potencial armamentístico de los Estados Unidos. Estaba en el centro de la acción, el Research Laboratory for Electronics, un laboratorio militar. Algo bastante alejado del pacifismo que predicaba…

Dando un repaso a los cuarenta y ocho premios nobel de Harvard, aparte de los avances científicos, económicos y médicos, encontramos galardonados por su labor a favor del medio ambiente alertando de los peligros del cambio climático, por acciones a favor de la paz, estudios sobre la viabilidad del Estado del bienestar o la erradicación de la pobreza y las hambrunas. Espero, como decía al principio, que este recorrido por el devenir de Harvard despierte preguntas y despeje tópicos. Es probable que Harvard no sea de izquierdas, pero es indudable que ha sido una cantera de ilustres izquierdistas. Y los valores de esta universidad buscando el progreso y mejora del ser humano, basado en la excelencia de la educación, son los mismos que han sido el foco del ideario progresista.


El nacimiento de una metáfora

Fotografía: Sam Burnett (CC).

[Salviatina y Simplicia pasean bajo un hermoso sol primaveral y dialogan una vez más.]

—Las ciencias nacen desnudas y temblorosas, Simplicia, como bebés recién alumbrados. Sus madres no pueden sospechar, como las de los hijos reales, hasta dónde llegarán sus vástagos. ¿Se alzarán frente a la ignorancia, cambiarán las vidas de millones de seres, dominarán el mundo? ¿O fracasarán, serán olvidadas y reemplazadas por otras más fértiles? En el comienzo de la vida el futuro está cubierto de la niebla más opaca, y como para cada una de nosotras, la incógnita sobre cuándo floreceremos…

—¡O si floreceremos!

—O si floreceremos en absoluto, sí; esa incógnita, te decía, es lo único real. Qué poco podría haber imaginado Tales, por aquel siglo VI de antes de nuestra era, el punto hasta el que su «filosofía natural» se haría fuerte, tomaría un armazón matemático del genio de Newton y llegaría a transformar el entendimiento de todo lo material, desde lo más pequeño a lo más grande.

—Conozco mis rudimentos de historia de la física, compañera. Como la química, que nació de las viejas prácticas alquímicas; o la geología, de la mano de las primeras descripciones geográficas de Plinio el Viejo. ¡Qué tiempos aquellos, donde todo estaba por descubrir! ¡Quién los hubiera vivido!

—No te dejes llevar por el síndrome de la Edad de Oro, Simplicia: incluso hoy están naciendo ciencias nuevas. Algunas verán días brillantes; otras se perderán en los estratos profundos de las bibliotecas, entre páginas olvidadas.

—Y ¿cómo distinguir unas de otras, Salviatina? Probemos tu sagacidad por si pudiera ofrecernos algunas pistas. Aunque lo complejo de la materia me inspira poca confianza.

—Bien dices, mi irónica amiga. Ciencias que nacen prometedoras pueden terminar avergonzando a sus potenciales estudiosos tan solo una generación más tarde. Me viene al magín (y qué apropiada expresión) el caso de la frenología, que pretendía dar con la relación entre las formas de la cabeza humana y la personalidad del sujeto portador de tal cabeza.

—Simplicia me llamo, pero no he de ser tan simple como para creer semejante bobada.

—Pues entre los veinte y los cuarenta del siglo XIX se tomó francamente en serio. Tan en serio como pudieron tomarse en sus días el psicoanálisis freudiano, el positivismo criminológico de Lombroso o la antropología física de Broca. Es fácil estampar la etiqueta de pseudociencia en un libro antiguo, devolverlo a su polvoriento anaquel y nunca más mirar atrás. Pero no debemos perder de vista el contexto de épocas pasadas. Antes al contrario…

—¿Sí, Salviatina?

—Estoy dando ahora mismo con un ejemplo de anteayer mismo, con lo que el ejercicio de imaginación para ubicarnos en la trama histórica se tornará mucho más sencillo. ¿Has oído hablar de Lakoff?

—Desde luego: el padre de la lingüística moderna…

—Mucho me temo, Simplicia, que estás confundiendo a George Lakoff con Noam Chomsky, algo que poca gracia haría a cualquiera de los dos. La ciencia de la lingüística debe mucho a Chomsky y también a Lakoff, pero no fueron los primeros lingüistas. Tal honor quizá pueda recaer en Humboldt…

—¿Alexander von Humboldt, el gran naturalista de finales del XVIII?

—Más bien su hermano mayor, Wilhelm von Humboldt. Brillante familia, desde luego. Wilhelm desarrolló su carrera en el ámbito de la pedagogía y la filosofía política; solo fue de camino que contribuyó a la fundación de lo que hoy conocemos como lingüística. Chomsky elaboró su hipótesis de la sintaxis generativa a partir de la visión de Humboldt de la lengua como «un sistema de reglas que hace infinito uso de medios finitos». Pero la huella del hermano mayor de los Humboldt no quedó ahí: estableció también la base de una importante hipótesis que conformó muy pronto el pensamiento de Lakoff. Te hablo de la relatividad lingüística, más conocida como «hipótesis de Sapir-Whorf».

—Ah, ya. «La lengua establece los límites de la realidad interpretada», o algo de ese estilo. Pensé que ese postulado no gozaba ya de demasiado crédito.

—No en su versión fuerte, en efecto. Nadie piensa ya que gentes cuya lengua no haga distinción entre el color azul y el verde sean efectivamente incapaces de percibir la diferencia cromática. Sin embargo, sí hay una versión débil del postulado, que viene a afirmar que la lengua matiza nuestra percepción. Emanuel Bylund, lingüista sueco, realizó un experimento con el que pareció probar que la percepción del tiempo se ve alterada si se manipulan las metáforas que la describen.

—¡Cómo! Por favor, Salviatina, no dejes de ilustrarme.

—Resulta, Simplicia, que este Bylund propuso a varios grupos de sujetos experimentales…

—¿Quieres decir «cobayas humanas»? Ah, perdona la broma. Con tantas pullas volando a la cara del cientificismo una termina acostumbrándose.

—Sujetos experimentales, cobayas… ¡Al menos el experimento no terminó con la disección de los cerebros de los participantes! El caso es que Bylund, como decía, puso a varios grupos de personas a estimar la duración de cierta animación sencilla, aunque con una pequeña trampa. Uno de los grupos estaba compuesto de personas monolingües en sueco; otro, de hablantes exclusivos de español.

Resulta que la metáfora predominante en sueco para tratar de duraciones implica longitud, mientras que la más habitual en español es de cantidad: mucho tiempo, poco tiempo. Naturalmente, Bylund añadió también un grupo de control bilingüe en español y sueco.

—¿De dónde sacaría un grupo de personas bilingües en español y sueco? Pero continúa, por favor.

—Una animación mostraba una línea haciéndose más larga, mientras que la otra consistía en un vaso que se iba llenando. Resultó que podía manipularse hasta cierto punto la estimación de la duración de las animaciones si se engañaba a los grupos monolingües alterando la velocidad de reproducción de la animación que mejor reflejara su metáfora temporal predominante. Los hablantes de sueco sobreestimaban el tiempo que tardaba una línea en crecer si esta era más larga; por su parte, los de español presentaban el mismo sesgo con vasos que se llenaban mucho. Al revés, sin embargo, no ocurría: a un español le daba lo mismo cómo fuera de larga la línea al final, y a un sueco cómo de lleno estuviera el vaso. Los bilingües, por su lado, no mostraron desviaciones claras.

—¡Un gran argumento a favor de Sapir-Whorf!

—Versión débil, recuerda.

—Versión débil, cierto. Pero, amiga Salviatina, ¿qué tiene que ver Lakoff con todo esto? ¿Y por qué me decías antes que confundir a Lakoff con Chomsky no habría agradado a ninguno de los dos?

—Te contestaré primero a la segunda pregunta. La lingüística, como ciencia joven que es, aún está sujeta a las grandes convulsiones que comporta la pubertad. Lakoff y Chomsky fueron protagonistas, cada uno desde un bando, de lo que dio en llamarse la «Guerra Lingüística». Chomsky disparó primero con su hipótesis de la gramática generativa transformacional. Ya veo tu cara de espanto, Simplicia. Resumiendo lo máximo posible, aun con el riesgo de quedarnos con una caricatura: Chomsky afirmaba que existe una estructura profunda del lenguaje, innata al ser humano, que deviene en las formas visible de los idiomas mediante un repertorio de transformaciones sistemáticas en las que no tenemos por qué detenernos. El sentido, o la semántica por usar el término técnico, surge de la sintaxis; es decir, del orden de las palabras.

—Intento acomodar mis neuronas alrededor de lo que me acabas de contar. ¿Y Lakoff, entonces?

—Lakoff fue discípulo de Chomsky, hasta que un buen día se descolgó, junto a otros revolucionarios, con una hipótesis alternativa para el origen del lenguaje. ¡Y no cualquier hipótesis! Lakoff formuló una imagen en el espejo de la tesis chomskiana, en la que era la semántica la que determinaba la sintaxis. La llamó, casi buscando gresca, semántica generativa; con ello comenzó una avalancha de artículos y contraartículos en la que las dos partes afirmaban que la otra no entendía su punto de vista de la forma más insultante posible.

—No comprendo la animadversión, pero sí el debate. Sospecho que ambas partes pueden tener su parte de razón en este magnífico embrollo. Después de todo, a la naturaleza parecen gustarle los ciclos, las circularidades, los bucles… ¿No fue Hofstadter el que propuso el concepto de bucle extraño, una retroalimentación entre distintos niveles descriptivos en sistemas complejos?

—¿Hofstadter, el de The Big Bang Theory? Vale, vale, me estoy quedando contigo. Tienes toda la razón, Simplicia. La antipatía es una respuesta humana, pero no es necesaria y desde luego, no debería ser inevitable. Hace falta ser una genuina buena persona como tú para darse cuenta de ello. En lo que respecta al padre del bucle extraño, Douglas Hofstadter: es hijo de Robert Hofstadter, físico, premio Nobel en 1961, y según se dice inspirador del nombre del personajillo televisivo. Por cierto, entre sus honores contaba el haber sido nombrado miembro de la Fundación Alexander von Humboldt. ¿Es o no el mundo un lugar pequeño?

—También a mí el Hofstadter de la serie se me antoja bastante pequeño. Agradezco, por otro lado, tu buena opinión sobre mí, aunque me veo obligada a recordarte que ello no te va a librar de la explicación que me debes…

—Que yo, como amiga tuya que soy, te voy a pagar. Lakoff, en parte como consecuencia de este rifirrafe, terminó dando carta de naturaleza a toda una nueva rama de la ciencia: la lingüística cognitiva. Todavía no sabemos hasta qué punto sus postulados resistirán el embate de los científicos y su tempestuoso océano de papers, pero hay en ella alguna afirmación comprobable que, por añadidura, resuena con fuerza en campos tan aparentemente alejados como la sociología y la política.

—En ascuas estoy. Sigue, te lo ruego.

—Sigo. Lakoff afirmó que el sistema conceptual en cuyos términos pensamos y actuamos es de naturaleza metafórica. La metáfora es, entonces, mucho más que una figura estilística: es la conexión básica entre conceptos que nos permite razonar y hablar. Por tanto (atención a esto) las metáforas que escogemos y, más aún, las que escogen para nosotros moldean nuestra percepción de la realidad.

—Fascinante.

—Lakoff propuso muchos ejemplos. Las descripciones de un debate suelen ceñirse a un trasfondo metafórico que proviene del lenguaje bélico: los argumentos «se defienden» o «se derriban», los debates «se ganan» o «se pierden». El amor está también relacionado con la guerra a través de expresiones como «conquistar a alguien». La vida es un viaje. Y así sucesivamente. Entiendes pues, Simplicia, cómo un uso cuidadoso de la metáfora puede encauzar nuestro pensamiento sin necesidad de acudir a fantasiosas conspiraciones o inexistentes tecnologías de control mental.

—Entiendo, pero como buena escéptica sigo los pasos del mítico apóstol Tomás y no creeré hasta no meter mi dedo en la llaga. ¿Podrás, amiga Salviatina, mostrarme un caso en el que una metáfora haya alterado una percepción?

—¿Podré? ¡Al menos querría intentarlo! ¿Conoces una herramienta de Google, ese leviatán de internet, llamada Google Trends?

—¿Otro quiebro conceptual en la conversación? Creo haber oído algo de ella, pero no me considero diestra en las artes de las redes. Si ni siquiera he pescado con caña…

—Muy aguda. Google Trends es una herramienta que permite analizar la preeminencia de un término de búsqueda a lo largo del tiempo en el buscador de Google. Quizá no seas consciente, Simplicia, de que en la actualidad vienen haciéndose del orden de seis mil seiscientos millones de búsquedas cada día en internet, de las que Google procesa más del setenta y siete por ciento: más de cuatro mil cuatrocientos millones de búsquedas diarias. Las búsquedas de Google son una sonda en los pensamientos de todo el mundo. Analizándolas es posible observar, en tiempo real, qué interesa, qué preocupa o simplemente dónde está la curiosidad de la gente.

—Anonadada me hallo.

—Trends es capaz segmentar los datos por término de búsqueda, por país y por rango de fechas, además de permitir comparativas entre diferentes palabras o frases. Con una serie histórica de datos que se extiende en el tiempo desde 2004, el poder que pone a nuestra disposición para analizar tendencias de pensamiento es inmenso. Ahora, Simplicia, quisiera que contemplaras estos dos términos, sinónimos y sin embargo muy diferentes: «vientre de alquiler» y «gestación subrogada». Sin entrar a opinar sobre lo que denotan, ¿qué puedes decirme de cada uno de ellos?

—¡Salviatina! Ahora parece que todo el mundo habla de gestación subrogada. Personalmente, me suena extraño, pero también aséptico y profesional. De un lado está el término «gestación», una forma más técnica de «embarazo». Del otro, «subrogada»: se subrogan deudas u obligaciones; es un término financiero. Mi experiencia con él se limita a un encuentro, años ha, al adquirir mi vivienda actual y hacerme cargo de su hipoteca.

—Excelente. ¿Y qué puedes decirme de «vientre de alquiler»?

—Espero que mi opinión no te incomode, Salviatina, pero para mí tiene una connotación un punto sórdida, de programa de cotilleos o de telefilme de la tarde del sábado.

—No creo que estés sola juzgando así. Pero ahora quiero que eches una mirada a este gráfico en mi teléfono, creado con esa herramienta fantástica que es Trends. Representa el interés, de cero a cien, en los términos de búsqueda «vientre de alquiler» (en rojo) y «gestación subrogada» (en azul), durante un periodo de siete años en España:

Hace apenas siete años nadie hablaba de «gestación subrogada». Tiene que llegar junio de 2014 para que encontremos el primer pico significativo de interés. ¡Hace tan solo tres años! En mayo de 2015 empieza a despegar de verdad, pero su frecuencia en las búsquedas no supera a «vientre de alquiler» hasta marzo del presente. Observa ahora, a la izquierda, el gráfico de barras: muestra el interés promedio en el intervalo temporal cubierto. «Vientre de alquiler» vence por más del doble a su expresión, o si lo deseas, a su metáfora competidora. Sin embargo, si extraemos un gráfico de los últimos tres meses…

… Vemos cómo «gestación subrogada» ya supera consistentemente a su vetusta competencia. ¿Qué conclusión sacarías de este curioso fenómeno, Simplicia?

—Yo diría que en los últimos años no ha cambiado ningún elemento objetivo en la demanda de vientres de alquiler. Habría que comprobarlo, naturalmente. Aunque lo cierto, Salviatina, es que si me aseguraras que alguien está orquestando una campaña para cambiar la percepción de este fenómeno mediante una nueva metáfora, estaría muy tentada de creerte.

—¿Asegurar yo tal cosa? Me faltaría rigor, y sabes que sin rigor no hay ciencia, aunque ¡no hay que dejar que se convierta en rigor mortis! Ah, parece que nos hemos alejado mucho de nuestro punto de partida. Veo una terraza agradable cerca en la que podríamos sentarnos… ¡Vaya! ¿No es Sagreda la que está sentada bajo la sombrilla azul?

—Querrás decir verde…

Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2017

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Fuentes:

  • Bylund, E., & Athanasopoulos, P. (2017). The Whorfian time warp: Representing duration through the language hourglass. Journal of Experimental Psychology: General, 146(7), 911-916. doi:10.1037/xge0000314
  • Lakoff, G. (1992). The contemporary theory of metaphor. Metaphor and Thought, 202-251. doi:10.1017/cbo9781139173865.013
  • Google Trends. Visitado el 07/07/2017.


Ian Watson: «Gran parte de la ficción predominante trata de aventuras morales, y en términos sociales eso es muy restrictivo»

Ni una repentina fiebre puede evitar que Ian Watson (St. Albans, 1943) nos reciba en el hotel donde está alojado en su reciente visita a Barcelona con motivo del Kosmopolis 17. Este escritor de ciencia ficción, fantasía y terror con pasado docente —dio clases en la Universidad de Dar es-Salam, en la de Tokio, y en la Escuela de Historia del Arte de Birmingham— cuenta con una prolífica lista de títulos a sus espaldas, entre los que destacan Incrustados, novela psicolingüística, u Orgasmatón, primera obra que escribió y que, por motivos de censura, no publicó hasta más de treinta años después.

A riesgo de empeorar su estado de salud, decidimos reunirnos en la terraza descubierta para hablar del estado actual de la ciencia ficción, del brexit o de su colaboración con el cineasta Stanley Kubrick. Al finalizar la entrevista observo que la fiebre no le ha dado ni un minuto de tregua, pero aun así saca fuerzas para lucir su mirada más coqueta ante la cámara al acabar. Genio y figura.

Estás aquí en Barcelona por tu participación en el Kosmopolis 17. ¿Qué tal fue tu conversación con Kim Stanley Robinson? Trataba sobre la climate fiction, ¿verdad?

Conocí a Stan hace treinta años, así que ya nos conocemos bien. En anteriores ocasiones hablábamos de cosas de hace treinta años, de gente a la que conocemos y de ciencia ficción en general, pero al hablar de climate fiction cubríamos la mayoría de los temas importantes. En la actualidad la literatura de ciencia ficción es la única relevante, porque es la única que trata de la realidad de este entorno tan cambiante, mientras que gran parte de la ficción predominante trata de las aventuras morales de una persona, y en términos sociales eso es algo muy restrictivo.

La última novela de Stan Robinson, New York 2140, recrea una Nueva York convertida en Venecia, con canales. Es el caso más extremo que podemos imaginar, pero si Nueva York se convierte en Venecia, ¿qué será de Barcelona o la mayoría de las ciudades costeras? Veremos cambios dramáticos, migraciones de población masivas, mucha muerte y destrucción; y la situación puede empeorar. Incluso si evitamos la emisión de dióxido de carbono o la mantenemos bajo control, el metano, durante los dos primeros años tras su emisión, provoca el calentamiento global ochenta y cuatro veces más que el dióxido de carbono. Y ya hay alrededor de cinco mil cráteres en Siberia, y si bajamos hasta el fondo de ellos, la cantidad de metano en el aire es del 10%, mientras que lo normal es el 0,001%. Pero Stan es un optimista, un utópico. La única manera de tener un futuro aceptable es la deconstrucción del capitalismo, porque no hace más que aumentar la riqueza en una menguante cantidad de manos y no reacciona ante las necesidades de la gente. La cuestión es cómo llegar de aquí allí.

Puedes escribir una utopía situada en un futuro a dos mil años de ahora, pero ¿cuáles son las etapas intermedias? Otra cosa importante de la obra de Stan es que hace veinte años escribió la trilogía marciana (Marte rojo, Marte verde y Marte azul), hablando de la terraformación de Marte, con la que se intentaba crear un entorno habitable para los humanos en Marte, mientras que en la Tierra se creaba un entorno hostil.

Otra novela de Stan, Aurora, trata de una nave espacial, que aún no podemos construir —tendrán que pasar unos doscientos años hasta que podamos pensar en hacerlo—, que va hasta un sistema solar cercano. Si somos realistas, es casi imposible. La única manera de adentrarnos una distancia mínima en el universo es mandar a un primer grupo de pioneros que se reproduzcan y críen a una generación que conocerá solo el interior de la aeronave, y será la tercera generación la que llegará a ese sistema solar que, ojalá, tendrá un planeta habitable. Y, si todo eso se cumple, aún estará el problema de si ese planeta habitable ya tiene vida o no. Si no la tiene, tendrán que mantenerse en órbita o vivir confinados en la superficie en algo equivalente a la nave durante cientos de años, y si ya hay vida quizá sea una incompatible con nosotros, quizá haya una interacción destructiva. Así que la esperanza tampoco está en viajar a las estrellas, aunque pongamos todo nuestro empeño, a no ser que inventemos un medio de transporte más rápido que la luz. O que se pueda construir el warp drive [impulso de curvatura] de Miguel Alcubierre. Se trata de un físico mexicano que afirma que, teóricamente, se podría construir una máquina que reduciría el espacio ante ti y aumentaría el que tienes detrás, así que en realidad no estás acelerando, sino manipulando el espacio para pasar a través de él. Estos son más o menos los temas de los que estuvimos hablando.

De hecho, no hace mucho estuviste en esta ciudad organizando la BCon/Eurocon.

Sí, la primera Eurocon en la Península Ibérica. Hace cuarenta años que se celebran Eurocones y nunca había habido una aquí, lo que me parecía una locura.

Me han dicho que fue una de las mejores Eurocones que se han hecho.

Si tú lo dices no seré yo quien te lo niegue. Hubo algunas cosas que estuvieron muy bien. Creo que el libro de recuerdo estaba especialmente bien. Estaba muy bien producido y contenía muchos artículos interesantes, como uno sobre arquitectos catalanes que no son Gaudí, por ejemplo, otro sobre Manuel de Pedrolo, sobre George Orwell en España, la ciencia ficción en Portugal —es importante llevarse bien con nuestros vecinos…—, y a la vez también publicamos la primera edición en inglés de Mecanoscrito del segundo origen, lo que no habría sucedido si no fuera por la Eurocon. Fue un trabajo muy duro durante un año, que básicamente hice gratis.

Pero parece que te sientes muy cómodo organizando este tipo de eventos. Has coorganizado unas cuantas ediciones del festival de CF NewCon.

Sí, en el Reino Unido. No es que me vea organizando convenciones en el futuro. Ya he organizado una muy grande, y creo que eso es lo máximo que puedo manejar. Voy a ir a más convenciones, por ejemplo a la Eurocon de este año, que es en Dortmund, porque conocemos a los organizadores; y a la del año que viene, que es en Amiens (Francia), hogar de Jules Verne, porque soy invitado de honor y porque también conocemos a los organizadores. De hecho, conocer a los organizadores no es necesariamente algo bueno, porque tuve que aceptar traducir del francés al inglés una obra bastante larga de uno de los organizadores sobre un encuentro imaginario entre Verne y H. G. Wells en 1898. Hubo algunos problemas, como que, en la obra, Verne y Wells hablan sobre una nueva novela que Wells estaba preparando sobre un ataque a la Tierra por parte de Marte. El problema es que La guerra de los mundos ya se había publicado por capítulos en el Reino Unido y en Estados Unidos el año anterior. Pero eso se soluciona fácilmente tachando cualquier mención al año.

Ahora vives en Gijón. ¿Te imaginaste alguna vez viviendo en una ciudad así, habiendo nacido en Inglaterra y tras tu paso por Tanzania o Japón?

Durante treinta años estuve viviendo en un pequeño pueblo de Gran Bretaña, de unas trescientas casas, y eso era bastante aburrido y restrictivo comparado con Gijón. Para mí es una ciudad grande, llena de aventuras y diversión.

Me han dicho que, cuando vivías en Inglaterra, durante tres años consecutivos tu jardín ganó el primer premio del pueblo.

Sí, me gustan bastante las plantas. Todos los ingleses tenemos una extraña relación con los jardines. El sueño de todo inglés es tener una casa con un jardín en el que haya flores. Al final, mi jardín creció demasiado y no podía controlarlo, era demasiado trabajo.

Por cierto, ya que hablamos de Gijón, cuéntame un poco sobre ese problema que está teniendo la Semana Negra con Hacienda.

Lo único que he oído son los rumores que circulan por ahí, no conozco los temas técnicos en profundidad para creerme en posesión de la verdad. Se podría decir que la Semana Negra ha ido decayendo y ya no es tan ambiciosa y transnacional como antes. Ya han quedado atrás los días en los que Paco Taibo iba a buscar a la gente al aeropuerto y nos llevaba a la estación a coger nuestro propio tren, el único de Europa con vagón para fumadores. Íbamos con el chu-chu-chu hasta Mieres y un gaitero y un tamborilero nos guiaban por las calles que habían cerrado para nosotros hasta el banquete que el alcalde había organizado.

Las cosas han cambiado mucho, en parte por la política, ya que a las autoridades políticas gijonesas actuales no les gusta la cultura popular. El Principado también estaba en manos de Álvarez Cascos, que mandó a la orquesta de Asturias a tocar para el papa durante media hora. Para ellos eso es cultura de verdad. La Semana Negra no tenía una localización fija, y un año nos pusieron al lado del campus en Gijón de la Universidad de Oviedo y el decano estaba horrorizado, no fuera que la cultura popular dañara o contaminara su campus, así que gastó ochenta mil euros en alquilar una valla de acero de tres kilómetros de longitud que rodeara el campus. De hecho, el campus estaba vacío y no había nadie, los aparcamientos estaban vacíos, porque era periodo de vacaciones. Creo que aún podría demandar a la Semana Negra por hacerle gastar ochenta mil euros en algo tan inútil.

¿Y cómo ves tu tierra desde la distancia, ahora que ha triunfado el brexit? Me dijo tu esposa, Cristina Macía, que estás encantado con el resultado.

Es completamente absurdo, porque ese estúpido referéndum se supone que era solo una consulta, no iba a ser nada preceptivo, pero da la sensación de que todo el mundo se volvió loco, decididos a tirarse por un barranco hacia el desastre. Los más despreciables son los políticos, especialmente David Cameron y, después, Theresa May, porque han demostrado que harían cualquier cosa para seguir en el poder, aunque sea solo unas semanas más, sin importarles la destrucción del país. Los que votaron por el brexit no tenían ni idea de qué conllevaba realmente, ya que les mintieron, cosa que los propios políticos admitieron tras la votación. Así que la población no estaba cualificada para tomar una decisión así. Es simplemente un desastre, un suicidio nacional.

La política te toca más de cerca de lo que uno pensaría, tuviste una humilde carrera como candidato en las elecciones al condado por el Partido Laborista.

Efectivamente, fue muy humilde. Eso fue a principios de los años ochenta, cuando el Partido Laborista estaba muy perdido, sin poder alguno. Yo era miembro del partido y me presenté a las elecciones dos veces, simplemente para que la gente pudiera votar a alguien distinto a los conservadores. Cuando estás metido en unas elecciones realmente crees que vas a ganar, pero una semana más tarde, cuando ya has perdido, te das cuenta de lo horrible que habría sido ganar, debido a la cantidad de tiempo que tendrías que perder asistiendo a aburridísimas reuniones inútiles. Como no soy un político profesional me engañé a mí mismo. Gracias a Dios nunca gané.

He leído que en los años setenta estabas muy decepcionado con las organizaciones trotskistas, piensas que eran demasiado puritanas.

Mi relación era con la Socialist Labour League, que en realidad era una pequeña facción, pero basta con juntar a cien trotskistas para que se dividan y las distintas corrientes se ataquen. Supongo que yo era ingenuo y entusiasta. Llevaba copias del periódico, el Worker’s Press, a los barrios trabajadores cuando los trabajadores de las fábricas de automóviles volvían a casa. Y era bastante absurdo, porque tras una dura jornada de trabajo lo que quería esa gente era llegar a casa y cenar, no querían que un idiota con barba les pidiera que compraran el Worker’s Press y les preguntara, al día siguiente, qué les había parecido el periódico. Estaba bastante alejado de la realidad. Eso tuvo una consecuencia curiosa. Hacia 1974 había un hombre en la Socialist Labour League, Alan Thornett, que era así como el segundo de a bordo, y una vez fui a su casa —muy espartana, sin ninguna decoración ni nada por el estilo—. Hablamos de ecología, recursos limitados y blablablá. Ahora, cuarenta años después, es el líder de un partido verde trotskista.

Háblame un poco de aquellos primeros años en que estudiabas Literatura Inglesa [Balliol College de Oxford] y luego hiciste tu trabajo de investigación en literatura inglesa y francesa. Te centraste en obras del siglo XIX, ¿verdad?

Tras licenciarme en Literatura Inglesa, quería una excusa para leer literatura francesa, especialmente del siglo XIX, así que propuse escribir una tesis acerca de la influencia de la literatura francesa del siglo XIX sobre un ensayista llamado Walter Pater, que escribió sobre el Renacimiento y fue una gran influencia sobre Oscar Wilde. Así justificaba poder leer a Flaubert y Baudelaire.

¿Tus lecturas en casa se encaminaban más hacia lo decimonónico tradicional o ya tenían tintes de ciencia ficción?

Siempre he leído ciencia ficción. Cuando estaba en Oxford podía tener delante un libro de literatura, pero llevaba escondido un ejemplar de Van Vogt. Empecé a leer ciencia ficción cuando tenía doce o trece años.

Acabas tu etapa de estudiante y decides irte a dar clases a Dar es-Salam (1965-1967). ¿Te costó adaptarte?

No mucho, porque la universidad de allá estaba creada tomando como modelo las universidades británicas, de cuando había sido un protectorado. La única dificultad para adaptarse era la intensidad de la humedad y el calor. Durante todo el día había alrededor de 90% de humedad y 30 °C. A la que salías de la ducha ya estabas cubierto de sudor otra vez. De hecho, allí no tuve que trabajar demasiado, porque la suma de nueva universidad, nuevo país y nuevo dinero hizo que contrataran a demasiado personal, así que solo daba dos clases a la semana. Y lo que enseñábamos tampoco era muy relevante. Intentaban hacer que se fuera incluyendo algo de ficción africana moderna, pero en cuanto a desarrollo, la cultura de África oriental estaba muy por debajo de la de África occidental. De hecho, no se quejaban del imperialismo de la cultura occidental, sino del imperialismo del África occidental. Para mí allí no había nada demasiado estimulante, culturalmente hablando. El paisaje.

Pero fue el sitio donde fuiste consciente de las condiciones en las que viven en el tercer mundo.

Sí, claro. Pero en muchos sentidos en África oriental aún había cierto colonialismo. Cuando llegamos había un joven que venía con el piso de la universidad, pero no queríamos un sirviente. Lo que pasa es que no le podíamos despedir porque era su trabajo, ganaba una décima parte de lo que yo ganaba, así que se quedó.

Luego toca Tokio (1967-1970). Ni imagino la cara que se te pondría al ser profesor durante una huelga de estudiantes que duró dos años y medio y que no se te dejara de pagar ni un mes.

Sí, eso fue incluso mejor. Dos años y medio de huelga por la renovación del acuerdo de seguridad americano-japonés. Para cobrar el sueldo la mitad del tiempo teníamos que atravesar la zona ocupada por los estudiantes, hasta que la policía los desalojó a palos y con gas lacrimógeno. Y la otra mitad del tiempo atravesando la misma zona, ahora ocupada por la policía. Aún no existía internet ni la banca electrónica, así que teníamos que ir a buscar el sueldo en billetes que nos metían en sobres.

¡Pero es que incluso os subieron el salario cinco veces!

Sí, eso fue porque no todas las universidades estatales estaban en huelga, y estábamos en el sistema nacional de salarios, así que, si al personal de las otras universidades le subían el sueldo, a nosotros también nos lo tenían que subir.

Situación ideal.

Para mí, lo más estimulante de Japón no era la cultura tradicional, sino la interacción entre las costumbres populares japonesas y norteamericanas. Por ejemplo, el sintoísmo y los tebeos de superhéroes.  

Lo que te volvió loco de Japón fue su hipertecnologización, y dices que escribir ciencia ficción fue un mecanismo psicológico de defensa.

Cuando estuve allí la contaminación atmosférica era muy mala. Ahora no es mala, pero en esa época, si leías el Japan Times, que se publica en inglés, cada día había historias sobre enfermedades industriales: «Diez mil profesores de tal prefectura tienen problemas en las cuerdas vocales debido a la contaminación ambiental», «Se han colocado bolsas con nutrientes en los cerezos para intentar mantenerlos con vida». Una vez un profesor japonés me preguntó qué opinaba de Japón, y mi respuesta fueron dos minutos de clichés en forma de encendidas alabanzas; le hablé, por ejemplo, de la belleza del monte Fuji a lo lejos —en realidad se ve solo tres días al año, por las nubes— y de más cosas. Y al final, casi de pasada, mencioné el inconveniente de la contaminación. Se puso colorado, inspiró profundamente, y me contestó que ese día la libra esterlina estaba débil. Así que deduje que mencionar la contaminación era como un insulto nacional. Japón fue muy interesante, porque los japoneses son muy distintos y consideran que todos los extranjeros somos como alienígenas del espacio exterior.

Por su aislamiento.

Sí, por su aislamiento y por la homogeneidad cultural.

Y, claro, volviste a casa y no hacías más que pensar en ciencia ficción. Incluso fuiste profesor de Estudios del Futuro durante seis años en Birmingham.

Sí, este fue otro gran empleo [risas]. Volví en 1970 y me puse a buscar un trabajo relacionado con la educación. Vi un anuncio de la Escuela de la Historia del Arte de Birmingham en el que buscaban un profesor lector en estudios complementarios, lo que quiere decir «cualquier cosa relacionada con el tema principal de los estudios», que allí eran diseño, arte y moda. Resulta que solo se interesaron por el trabajo dos personas en todo el país, lo que ahora sería imposible, ahora habría diez mil candidatos. La entrevista fue muy corta. Me preguntaron qué quería enseñar y dije que ciencia ficción, porque los estudiantes que allí tenían eran los artistas y diseñadores del futuro, así que debían aprender a ser flexibles de mente y pensar en los múltiples futuros posibles. Les sonó bien y me ofrecieron el trabajo. [Risas].

¿Te lo podías creer?

No demasiado, era increíble que eso pudiera suceder en esa época. Tuve mucha suerte.

Y luego, el paso a ser escritor a jornada completa. ¿Sentiste miedo?

En esa época en Gran  Bretaña éramos unos pocos los que escribíamos ciencia ficción, y lo de dedicarnos en exclusiva a escribir era un deseo que compartíamos. Mis colegas en la Escuela de Historia del Arte me dijeron que estaba loco, pero desgraciadamente tres años más tarde se acabaron los años dorados, el resto de la organización se dio cuenta de que solo trabajábamos dos días y medio a la semana, y empezaron a utilizar a mis antiguos colegas para enseñar inglés para adultos y cosas así solo para llenar su tiempo. Así que tuve suerte. Pero cuando eres joven te arriesgas.

Ya llevabas años escribiendo, tampoco fue un salto al vacío. Habías publicado ya algunos relatos y la novela que te presentó oficialmente al mundo, Incrustados (1973).

Sí, y también la segunda novela, El modelo Jonás, había ganado un premio. Y habían salido algunas traducciones, así que económicamente tampoco era una locura tan grande. Pero, naturalmente, sí se convirtió en una locura, porque durante los años ochenta estaba en números rojos.

Podríamos decir que Incrustados es una novela de ciencia ficción psicolingüística, basada en el trabajo de Chomsky sobre la naturaleza del lenguaje.

Voy a hacer una simplificación muy grande, pero digamos que el modelo anterior se asocia con Sapir y Whorf, que basándose en su estudio de las lenguas nativas americanas dedujeron que los idiomas que hablamos condicionan nuestra visión de la realidad, diferentes lenguas condicionan diferentes visiones de la realidad. Pero entonces llegó Chomsky y lo negó, dijo que todos los idiomas humanos tienen una similitud estructural profunda. Al cabo de cuarenta años la gente no está muy contenta con lo que dice Chomsky. Hace poco vi La llegada, y allí se invoca a Sapir y Whorf como los únicos lingüistas importantes. Es decir, que han pasado cuarenta años y no ha cambiado nada, lo que me hace muy feliz, porque el libro aún es relevante. Pero por otro lado me entristece un poco, porque quiere decir que no se ha progresado demasiado.

¿Te gustaría que hubiera habido algún cambio, al menos para ver que la cosa avanza?

No, yo acepto todo tal y como viene. No puedes reescribir libros, no tiene mucho sentido matizar las cosas. Un dato interesante: un estadounidense, Daniel Everett, aprendió la lengua de una tribu amazónica, los piraha, y escribió al respecto un libro llamado Don’t Sleep, There Are Snakes. Es una lengua muy extraña que no tiene números ni oraciones subordinadas, incrustadas, mientras que, según Chomsky, todas las lenguas humanas deben tener necesariamente oraciones subordinadas. Así que Chomsky se enfadó mucho y dijo que Everett era un charlatán. Pero desde entonces más gente ha visitado a los piraha, y ahora Chomsky ha cambiado su discurso y dice que todas las lenguas humanas pueden tener subordinadas, pero no es obligatorio.

¿Qué apareció antes: el lenguaje o el pensamiento?

Creo que lo más probable es que aparecieran a la vez, porque no puedes pensar si no lo puedes articular de alguna manera. Puedes sentir emociones, pero ya dijo Wittgenstein que si un león pudiera hablar no podríamos entenderle.  

Hemos hablado de Incrustados, aunque, cronológicamente, escribiste antes tu primera versión de Orgasmatón. Una obra cuyas hazañas para su publicación ya valdrían para un libro.

Sí, costó un poco que se publicara en inglés. Se tuvo que reescribir tres veces y primero apareció en francés en una versión anterior, algo más breve.  

¿Qué problema tenía para que se censurara?

Iban surgiendo problemas mientras avanzábamos. Hacia 1980 firmé un contrato con Playboy Paperbacks para que publicaran el libro y me dieron un adelanto de diez mil dólares. Pero de repente Playboy perdió su licencia de casino en Londres, que era de donde venía gran parte de su dinero, así que el grupo editor decidió vender Playboy Paperbacks para conseguir algo de dinero. La nueva persona que pusieron a dirigir la editorial no iba a permitir que se publicara ese libro, consideraba una impertinencia que un hombre escribiera sobre asuntos de mujeres.

O sea, que no entendió la idea del libro.

Bueno, la corrección política estaba llegando, y no era un libro demasiado políticamente correcto. Cuando por fin hubo una reseña escrita por una autora británica, feminista y respetada, fue muy entusiasta.

¿Te gusta la definición que hacen de ti de escritor de ciencia ficción racionalista o prefieres escritor de ciencia ficción surrealista?

En realidad prefiero racionalista surrealista. Creo mucho en la racionalidad, pero tengo cierta tendencia a ver las cosas de cierta manera distorsionada y loca. Me interesa dar vueltas a las cosas hasta que pierdan su forma.

Lo de «delirios racionalistas» como subtítulo del primer volumen de tus obras publicadas por la Editorial Gigamesh me encanta.

Sí, es genial. Más ingenioso de lo que se me podría haber ocurrido a mí.

También he leído por ahí que tus ideas son geniales y tus argumentos demoledores, capaces de maravillar y, a la vez, decepcionar a un lector que puede acabar un poco confundido. ¿Crees que tus obras confunden? Y, sobre todo, ¿crees que confundir al lector es sinónimo de decepcionarlo?

Algunos se quejan de que no resuelvo las cosas, otros se quejan de otra cosa, otros de que no les gustan mis personajes, otros están completamente contentos con lo que hago… Cada lector es un mundo.

Quizá es que esa gente lo que quiere son finales fáciles.

Pero es que yo prefiero libros complicados o, al menos, exigentes.

Hablando de esa confusión en el lector, escribiste una historia para ampliar The Fire Worm (1988) llamada Jingling Geordie’s Hole, y después de publicarse en una revista fue votado como el peor relato del año y también como el mejor.

Según me dijeron, en algunos casos la misma persona votó esa historia como la mejor y como la peor.

¿Cómo se entiende eso?

A ver, la historia trata de un chico que queda embarazado de un monstruo y da a luz. Algunas de las escenas no son precisamente bonitas.

Y bueno, ya que hablamos de tus creaciones, tal vez por una de las que más se te dio a conocer al gran público fue por tu colaboración en la escritura de la screen story de A. I. Artificial Intelligence. ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Kubrick?  

Trabajé mano a mano con él durante nueve meses, dos o tres veces a la semana durante varias horas. Si Stanley Kubrick no me hubiera caído bien no lo habría podido soportar. Yo pensaba que la película nunca se haría, y que yo estaba viviendo una comedia surrealista en la que me habían encomendado tratar con un niño paranormal en su guardería. Y me salió bien precisamente por creer que la película no se iba a hacer. Otros se ponían muy nerviosos pensando que estaban tratando con «el gran hombre», la fama y el dinero adicional que les pagarían si la película se llegaba a hacer.

Tú te limitabas a trabajar.

Bueno, yo me divertía, hasta cierto punto. Pero también tuve que poner ciertas limitaciones. Le dije a Stanley que solo trabajaría de lunes a viernes y por las mañanas, excepto cuando le visitara. Y él lo aceptó. Al cabo de un par de semanas me pidió trabajar el fin de semana, y le dije que no, que habíamos acordado que no. Me dijo que si yo era una especie de sindicalista socialista, y le contesté que sí. [Risas].

¿Por qué se añadió a Sara Maitland al proceso creativo?

Stanley siempre quería conseguir lo mejor para su proyecto, y además era muy reservado; no daba explicaciones. Después de mí contrató a Sara Maitland para intentar darle un punto de vista feminista y por su conocimiento de las fábulas. Stanley quería que AI fuera un cuento de hadas para el futuro.

De hecho, recuerda mucho a Pinocho. ¿Qué te pareció el resultado final de la mano de Spielberg?

Es excelente. Básicamente es la película que a Stanley le habría gustado ver. Hay un poco de Spielberg en ella, pero no mucho; básicamente es la película de Stanley, producida y dirigida fielmente por Spielberg. Recibí un correo electrónico de una mujer de una universidad rusa que me dijo que iba a escribir una tesis doctoral basada en las diferencias entre la AI de Spielberg y la de Kubrick. Le contesté que no había demasiada diferencia, y me contestó que era una pena, que yo era la cuarta persona que le decía lo mismo, que qué iba a hacer ahora con su tesis. «No hay nada que investigar, todas mis fuentes me dicen que no hay nada».

¿Sigues sin interés en nuevas colaboraciones en el cine?

John Alan Simon, que convirtió la novela Radio Free Albemuth de Philip K. Dick en una película indie, está muy interesado en producir mi Visitantes milagrosos, pero soy algo escéptico en todo lo que concierne a Hollywood, así que no creo que esto vaya a suceder en los próximos cinco años.

Tenías esa misma sensación respecto a AI.

Sí, pero aquí no hay demasiado dinero detrás. Pero quién sabe. Tienes que tener mucho cuidado y evitar ofrecimientos de jóvenes directores. A mí ya me engañaron tres o cuatro veces. Te dicen que ya tienen el sí de varios buenos actores y que han conseguido financiación de Eslovenia… son todo mentiras. Te dicen que han hablado con XYZ Films, y en realidad lo que han hecho ha sido llamar por teléfono y hablar con la secretaria. Hay gente cuyas ambiciones son mucho mayores que sus posibilidades, y debes evitar que te hagan perder el tiempo.

Hablando de cine, he leído que piensas que Matrix está muy sobrevalorada.

Sí, me pareció que no tenía ningún sentido. Ignoremos el hecho de que los humanos están siendo utilizados como baterías, pero es que había muchas estupideces inexplicables. Tiene ínfulas de profundidad, juega todas las cartas a la vez sin orden ni concierto. Es un pase de modelos con pistolas.

Y, en cambio, Dark City, por ejemplo…

Dark City es maravillosa.

Y no se habla de ella tanto como de Matrix.

Sí, Dark City salió un año antes y se vio eclipsada por  Matrix. Es una lástima, porque Dark City estaba realmente muy bien pensada y filmada, es una obra maestra; mientras que Matrix es solo una película comercial de modelos con armas y kung-fu sin sentido.

Volviendo a tus creaciones, hay que reconocer que son de una diversidad pasmosa, hay hasta cuatro space operas góticas ambientadas en el universo Warhammer 40.000.

Me gusta mucho leer space operas desde muy joven, y nunca pensé que llegaría a escribir una —Incrustados no es exactamente una space opera—. Cuando me llegó la oferta de escribir Warhammer 40.000 al principio me resistí, porque era muy militarista, y es algo que no me gusta demasiado… pero entonces me di cuenta de que necesitaba el dinero, así que acepté. Ninguno de los otros escritores había escrito sobre 40.000, solo querían ocuparse de futuro cercano o ambientación medieval con fantasía. Así que fui el primero en 40.000 y descubrí cómo convertir a estos militares en personajes. Me lo pasé muy bien alucinando exóticas locuras tras el desayuno y volviendo a la realidad a la hora de comer.

Tu solución fue hacer personajes más profundos.

Demasiado profundos, en algún caso. Por ejemplo, en Space Marine añadí algo de subtexto homoerótico y me dijeron que todo eso lo quitara. De hecho la publicación se paró y cuando la reanudaron ocho o nueve meses más tarde había un distribuidor nuevo en Games Workshop, que no tenía ni idea de que me habían pedido que eliminara muchas cosas de mi novela y yo no se lo dije. Así que se publicó tal y como yo la había escrito. Les molestó mucho, pero me dio igual.

Y siguiendo con esa diversidad, tienes un libro de recetas escrito junto a Cristina: Cincuenta recetas con nombre.

Sí, eso fue muy interesante. Fue para la celebración del 50.º aniversario de Círculo de Lectores. La idea era recoger recetas que tuvieran el nombre de gente asociada con ellos. No es tan fácil como podrías pensar porque, en primer lugar, muchos de los platos con nombre están asociados a chefs franceses, y no queríamos llenar todo un libro así. Descubrí cosas muy interesantes, una especie de historia secreta del siglo XIX conectada con la gastronomía. Los británicos controlaban Mahón, y los franceses atacaron y los echaron. El general francés se trasladó allá y descubrió la mahonesa. La llevó a Francia y de allí llegó a Rusia, convirtiéndose en la base de la ensaladilla rusa —que, por cierto en Rusia no se llama así, sino Olivier—. Había muchas historias curiosas como esta. Estoy muy enfadado con Portugal, porque tienen mil recetas con bacalao pero solo una con el nombre de una persona, el bacalao Gomes de Sá, que era un hombre relacionado con el negocio del bacalao. Estuve en Portugal y vi que en un restaurante lo ofrecían, y me dije que, tras dedicarle dos páginas, tenía que probarlo, por fin. Pues habían eliminado toda la carne del bacalao y me sirvieron las espinas con patatas y cebollas, los muy cabrones.

Además de escribir sobre platos, Cristina y tú habéis fundado la editorial digital Palabaristas («Word-Jugglers») Press.

Edito un poco algunos textos, pero aparte de eso no estoy muy metido en el tema. Pero sí hemos publicado en Palabaristas una colección de mis historias.

¿Qué tal te llevas con la edición digital?

Tengo un Kindle y no lo uso nunca. Me gustan el libro en papel, soy muy anticuado. Me gusta abrirlo por primera vez, señalar las páginas… Me gusta tener papel y un bolígrafo para apuntar cosas que se me ocurren.

¿Entiendes a todos aquellos editores o escritores que están en contra del libro electrónico?

No estoy en contra, porque el fondo editorial de mis libros existe gracias al libro electrónico.

Entonces, podemos decir que simplemente no te sientes cómodo con el formato.

No lo sé, nunca lo he intentado. Bueno, mira mi teléfono [nos muestra un Nokia de los dos miles].

Cristina ya me dijo que te encanta la tecnología y el futuro, pero que para la BCon hiciste una tabla inmensa sobre la mesa, con metros y metros de papel.

Sí, y fue muy útil. Lo que pasa es que Excel no es demasiado flexible para ese tipo de diagramas de flujos.

Ya que hablamos del mundo digital, ¿qué piensas de todos esos espacios para la autoedición (desde webs especializadas hasta monstruos como Amazon)?

Soy muy escéptico al respecto por motivos de calidad. El hecho de que cualquiera pueda publicar un libro es un riesgo. Se puede hacer bien si la persona sabe lo que está haciendo. Si a un escritor le han publicado diez libros y de repente se le cierran las puertas de las editoriales, sabe qué tiene que hacer. Pero los amateurs tienen muchos números para que sea un desastre, y si hay muchos desastres tu libro desaparece porque nadie sabe de él.

Se suele decir que actualmente hay más escritores que lectores.

Sí, todo el mundo piensa que tiene un libro en su interior, y están equivocados. Yo no creo que tenga un cuadro dentro de mí, pero con las palabras parece que es distinto.

¿Y no crees que este tipo de plataformas digitales puede dar pie a un nuevo tipo de literatura pulp, por ejemplo?

No tiene el espíritu del pulp, que se basaba en la diversión. Hemos superado el pulp debido a los conocimientos científicos que tenemos. Yo no me leería ningún libro cuyo autor no supiera qué es una estrella, un planeta o un asteroide. No leeré cosas que contengan errores elementales de ese tipo. O literarios.

¿Qué tal tu relación con los escritores españoles de ciencia ficción?

¡Conozco a muchos!

Lo sé. Y sé también que les ayudas.

Espero que [Juan Miguel] Aguilera gane el premio de la Asociación Británica de Ciencia Ficción, porque diseñó la portada de mi colección de historias The 1000 Year Reich y está entre los seis nominados que han pasado la segunda criba.

¿Lees a autores como Emilio Bueso o Guillem López?

El número de autores a los que no leo es muy grande, porque si el libro es bueno quiero que dure mucho, así que leo muy despacio. No leo a toda velocidad solo para acabarlo y decir que lo he leído.

Y hablando en general, ¿cómo crees que está la salud de la ciencia ficción?

Creo que estamos mejor que antes.

Detecto que a mi alrededor hay mucha gente que no veía o leía ciencia ficción pero que ahora se está aficionando. Quizá series como Juego de tronos o Westworld están ayudando a llegar al público.

No calificaría Juego de tronos como ciencia ficción. En Inglaterra separamos la ciencia ficción, la fantasía y el terror, aunque ya sé que aquí se amalgama todo. Pero sí, están saliendo algunas cosas muy buenas hechas por HBO y otras, que son muy superiores en cuanto a calidad y no particularmente estúpidas. La llegada, por ejemplo, es una película maravillosa.

¿Continúa siendo Viaje a Arcturus tu libro favorito?

Sí, ¿por qué no? Si tuviera que llevarme un libro a una isla desierta sería ese, porque posee la mejor gama de reacciones emocionales posibles a diferentes filosofías de vida. Está publicado en español por una editorial pequeña. La introducción es de Alan Moore, y tiene las únicas fotos de David Lindsay que he visto.

Normalmente acabo la entrevista pidiendo algunas recomendaciones literarias. En tu caso lo haremos así y añadiremos que recomiendes un par de buenas cervezas.

No soy un experto en cervezas, pero tengo algunas que me gustan y otras que odio. En cuanto a escritores, Adam Roberts, recomendaría The Thing Itself, que es magnífico. Y tiene otros muy buenos libros. En cuanto a cervezas, ahora hay miles de buenas cervezas artesanales, así que es complicado recomendar una, pero me quedaría con cualquier cerveza Porter. El nombre, por cierto, viene de los porteadores de los mercados de Londres, que empezaban a trabajar a las dos de la mañana para llevar a la ciudad las verduras del campo y poder abrir a las seis. Y local, una Voll Damm.


¡Feliz cumpleaños, Noam Chomsky!

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Foto: Cordon.

El día 7 de diciembre, Noam Chomsky cumple años. Nacido en Filadelfia en 1928, este octogenario es uno de los pensadores contemporáneos más reconocidos del siglo XX y lo que llevamos del XXI. La política y la lingüística son su fuerte. Corría el año 1957 cuando publicó su primer libro(1), un compendio de clases que había preparado para sus estudiantes del MIT. Tiempo después, Chomsky recordaría que, en aquella época, la editorial Mouton sacaba montones de cosas inútiles y así fue como se colaron sus clases en una publicación europea. Dos años más tarde, en 1959, publicó un artículo(2) en el que criticaba un libro, el de Burrhus F. Skinner(3), cuya teoría, el conductismo, dominaba por aquel entonces la psicología y tenía repercusiones significativas en la lingüística y los estudios sobre adquisición de lenguas. Según esta línea de pensamiento, toda conducta era el fruto de asociaciones repetidas entre estímulos y respuestas, incluido el lenguaje. A esto, Chomsky respondió que la capacidad para comprender y producir lenguaje no se podía explicar en términos solo empíricos, por inducción. Cuando aprendemos un lenguaje somos capaces de generar todo tipo de expresiones que antes no hemos oído, por tanto, nuestro conocimiento es más profundo.

Con la publicación de estos trabajos, Chomsky empezó a cambiar la lingüística. Se cuestionó el conductismo, y la idea de la gramática universal y generativa se puso de moda. Se plantearon preguntas como: ¿qué aspectos del lenguaje se pueden manifestar sin ayuda de la experiencia? ¿Aprendemos el lenguaje al imitar a los padres, o tenemos un instinto? Chomsky parte de la observación de que el lenguaje es infinito —no hay límite en el número de oraciones que podemos producir y comprender. Sin embargo, los elementos que configuran el input que recibe el niño que aprende la lengua sí son finitos. La cuestión es cómo el niño es capaz de comprender y producir un número infinito de expresiones lingüísticas utilizando un número finito de elementos.

La idea no es del todo nueva. Un grupo de académicos de la Edad Media, los Modistae, y más tarde, durante el Renacimiento, los de la escuela francesa Port Royal, creían que todas las lenguas se basaban en una gramática universal que reflejaba la estructura de la mente de dios. Chomsky, que de muy joven había leído los textos de estas dos escuelas, desarrolló su oposición al conductismo en esa línea. Él mismo traza la filiación de sus ideas al siglo XVII e identifica su punto de vista con el de los grandes filósofos racionalistas, sobre todo Descartes, y lo contrasta con el de los pensadores británicos de la corriente del empirismo que mantenían que la mente es una tabula rasa y que todo el conocimiento deriva de la experiencia. Para Chomsky, la mente es un sistema bello, cuya construcción es visible en el lenguaje. El que resuelve el enigma del lenguaje se lleva el primer premio: el conocimiento sobre la estructura del pensamiento.

Así formuló Chomsky la idea de que la capacidad de controlar las estructuras gramaticales es innata, genéticamente determinada. La gramática es generativa en el sentido de que se genera, se crea. La pregunta que se debe hacer el lingüista es: ¿Cómo hacer una descripción finita de algo infinito? Debemos pensar en la gramática como si fuera un dispositivo que junta trozos de oraciones siguiendo unas reglas precisas, de manera que se generan oraciones correctas. Si hay unas reglas que se pueden aplicar a su mismo resultado, es decir, recursivas, entonces es posible que las gramáticas finitas generen lenguajes infinitos. No solo hay que describir el conocimiento sobre el lenguaje sino la competencia lingüística, de ahí que una gramática generativa deba constituirse en una descripción de conocimiento y competencia. Por tanto, la gramática universal se define como el conjunto de principios y parámetros que constituyen las lenguas y que son el resultado de nuestra capacidad y competencia innata.

Los intelectuales están en posición de exponer las mentiras de los gobiernos, de analizar las acciones en función de sus causas, motivos y a menudo intenciones ocultas. (Noam Chomsky)

Del mismo modo que las ideas de Chomsky revolucionaron la lingüística en los años sesenta, sus ideas políticas también han suscitado un enorme interés. La política le preocupó desde niño. Con solo diez años publicó su primera pieza en el periódico de su escuela: un editorial sobre la caída de Barcelona durante la guerra civil española. Cuando en su primer año de universidad se topó con Zellig Harris, profesor de lingüística con ideología de izquierda sionista —opuesto a la idea de un Estado judío en Palestina— el interés de Chomsky por la política y la lingüística aumentó. Más tarde leyó la crónica de George Orwell sobre la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, que le sirvió para confirmar ideas que ya tenía sobre el tema, y desde entonces se ha referido a la Barcelona anarco-sindicalista de Orwell como ejemplo de orden libertario y mejor modo de gobierno. Posiblemente por eso, y por haber nacido en el seno de una familia judía, pensó seriamente en trasladarse a vivir a un kibutz de Israel. El sistema de kibutz —comunas agrícolas de ideología socialista sionista— era una de las pocas sociedades donde los principios anarquistas se habían puesto en práctica. Chomsky y su mujer, Carol, lo probaron. La conclusión fue que en el kibutz había una ideología racista y opresora. Volvieron.

Aun así, sus ideas políticas no han cambiado significativamente. En los sesenta, cuando decidió formar parte del movimiento antibelicista, aún no era el fenómeno de masas en que se ha transformado. Hablaba contra la guerra, lo arrestaron varias veces y lo incluyeron en la lista de enemigos oficiales de Nixon. Entonces se convirtió en un héroe para los que como él, se oponían a la guerra de Vietnam. También criticó con dureza las políticas de los Estados Unidos en América Latina, ganándose la simpatía de los liberales de izquierda. Pero muchos, en el siglo XXI, han comenzado a ver la política exterior americana como algo más complicado, y piensan que las ideas de Chomsky son demasiado rígidas y simples, cosas del pasado. Sin embargo, según crece la distancia entre su pensamiento y las ideas más convencionales, más relevante es su papel en el debate político.

Chomsky puede ser brutal en sus argumentos, pero excepto por las palabras en sí mismas, no hay apenas agresividad en sus formas. Solo en los gestos de las manos. La expresión de su rostro no cambia. Nunca levanta la voz. De hecho, su voz es tan suave que si no usa micrófono, es difícil escucharlo. Sus ojos se hunden profundamente en su cara, y son tan pequeños que casi están cerrados, el derecho más que el izquierdo. El 5 de noviembre estuvo en Barcelona y dio una conferencia sobre la crisis de la inmigración. En principio, la conferencia se iba a realizar en el campus de la Ciutadella de la Universitat Pompeu Fabra, que tiene un aforo pequeño. Pero había tanta demanda que los organizadores tuvieron que cambiar la ubicación al Palau de Congressos, mucho más grande. Poco después del cambio, las entradas ya se habían agotado. Ni Bruce Springsteen. En ese momento, Trump todavía no había ganado las elecciones. Su opinión era que, incluso si no ganaba, sería muy peligroso, y en caso de ganar, llevaría al mundo al desastre. Ahora, Chomsky confiesa que la ciudad de Barcelona tiene una resonancia especial para él. El pasado 8 de noviembre le hizo recordar ese primer artículo que escribió de niño sobre Barcelona, en el que se hacía eco de la propagación inexorable del fascismo.    

La ciencia es un poco como el chiste del borracho que busca debajo de una farola las llaves que ha perdido al otro lado de la calle, porque es donde está la luz. No tiene otra opción. (Noam Chomsky)

Parece que a los académicos les cuesta mucho cambiar de opinión; muchos adoptan una posición determinada al principio de su carrera y pasan el resto de su vida defendiéndose. Chomsky, por el contrario, nunca ha dejado de criticar sus propias teorías con el mismo vigor con el que ha criticado las de otros. De hecho, se ha pasado las últimas décadas explicando en qué se ha equivocado. Es el caso, por ejemplo, de una de las ideas con más repercusión en otros campos: la que sostiene que en el lenguaje hay una estructura profunda y una estructura superficial. La estructura profunda sería la forma subyacente abstracta —el significado de una oración— y la estructura superficial, lo que escribimos o hablamos. Aunque la idea es simple, es difícil hacer funcionar la distinción entre estructura profunda y estructura superficial en la complejidad de diferentes idiomas. En su lugar, Chomsky ha intentado desarrollar una teoría más simple, el Programa Minimista. También parece abrir una puerta a una idea que ha criticado durante mucho tiempo: la idea de que la facultad del lenguaje podría implicar partes del cerebro no especializadas en el lenguaje.

Muchos han atacado las teorías de Chomsky. Cada ataque parece que va a ser el definitivo y que por fin habrá otro referente en el mundo de la lingüística. A este respecto, aclara Steven Pinker en un artículo publicado recientemente en Scientific American, nunca ha habido consenso. Si parece que Chomsky representa la opinión dominante en lingüística es porque sus críticos abarcan muchos enfoques y facciones, por lo que no hay una sola figura o corriente alternativa. A pesar de las críticas, la idea fundamental de Chomsky, que el lenguaje es innato, perdurará, en opinión de Pinker. Aunque las ideas de Chomsky no siempre han sido satisfactorias para él o para los demás, ningún lingüista ha sido más influyente. Chomsky no siempre tiene la respuesta correcta, pero sí ha sabido formular la pregunta clave.

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(1) Chomsky, N. 1957. Syntactic structures. The Hague: Mouton

(2) Chomsky, N. 1959. Review of Verbal Behavior. Language, 35: 26-58. 

(3) Skinner, B. F. 1957. Verbal Behavior. New York: Appleton-Century-Crofts.


De la propaganda como una de las bellas artes

Detalle del cuadro de Tiziano sobre Carlos V. (DP)
Detalle del cuadro de Tiziano sobre Carlos V. (DP)

Dentro de un álbum de cómics publicado con motivo de la caída del Muro de Berlín, el guionista Neil Gaiman se preguntaba qué tenía en la mente quien construyó el primer muro. «¿Protección? ¿Intimidad? ¿U otra cosa?». Una cuestión similar, retórica y sin respuesta posible, me pregunto yo: si quien inventó la propaganda era consciente de ello. Hay una historia popular de la propaganda en la que entran palabras como OrwellGoebbels y guerra informativa; hay otra, mucho más longeva y escurridiza, que se remonta a varios milenios atrás, a la que es difícil seguir el rastro, y que se conecta íntimamente con el poder. Y ahí, cuando ese primer poder era religioso (o no distinguía entre poder religioso y político), la sacerdotisa que mandó trazar un círculo en torno al fuego sagrado también estaba acometiendo un acto de propaganda, pues qué es la propaganda sino un auto de fe, un dispositivo de creencias.

Que se talle una piedra y se la adore por analogía con una imagen divina no significa que ese acto de devoción no tenga también otros usos desde nuestro prosaico mundo. Y, desde luego, al faraón que se le ocurrió que no bastaba con las estatuas de Seth, Osiris o Amón, que también había que erigir estatuas a su figura, que él tenía valor divino, estaba iniciando, quizá sin saberlo, el ingente arte de la propaganda. ¿Se acuerdan de aquel poema de Percy B. Shelley que popularizó Alan Moore? «En la arena yace semihundido un rostro hecho pedazos»: las ruinas de un nombre, Ozymandias, que hacía temblar a los poderosos.

Las pirámides, por ejemplo, objetos maravillosos, símbolos perfectos de que el universo y uno son lo mismo, son al fin y al cabo ¡piedras encima de un muerto! Es la magnitud y desmesura de estas tumbas lo que las convierte en relatos de poder, soberbia humana, estatus. Propaganda. Y aunque los faraones del antiguo Egipto tal vez no fueran conscientes de que estaban llenando el valle con ídolos propagandísticos (hacerlo sería como salirse de la religión y ver desde fuera que el faraón era solo un humano como los demás), resulta evidente que el Imperio romano sí sabía lo que hacía cuando se convirtió en una industria puntera en propaganda política con sus miles de bustos, cabezas y estatuas ecuestres de cónsules, emperadores y patricios. Si hay una civilización que propulsó la consejería de urbanismo, con un departamento específico para esculturas civiles, esa es la romana.

Es muy curioso, por ejemplo, cómo las ciudades italianas del Cinquecento imitaron (o simplemente continuaron) a los antiguos romanos en su visión propagandística, y cómo la Plaza de Campidoglio, encargada a Miguel Ángel, dio la espalda al Foro Romano y se orientó hacia la basílica de San Pedro, el nuevo poder religioso y político de la ciudad. En el centro de la plaza, el papa Pablo III dio permiso para que se trasladara una antigua escultura ecuestre del emperador Marco Aurelio. Es decir: dioses paganos no; figuras políticas romanas sí.

Después de todo, las esculturas ecuestres de reyes que proliferaron por Europa a partir de la Edad Moderna no hacían otra cosa que copiar descaradamente el arte político romano. El famoso cuadro de Tiziano, por ejemplo, en el que Carlos V monta a caballo con su armadura, lanza en ristre, mentón prominente y casco con penacho era un homenaje explícito a las figuras ecuestres de los emperadores romanos (Carlos ostentaba como mayor título el de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, nada más y nada menos). La propaganda no tenía aún esa función actual de «persuasión de la opinión pública»; era, sobre todo, ostentación del poder. ¿Cómo me explican ustedes que las acogedoras iglesias románicas del medievo fueran aumentando sus muros y su tamaño según iban pasando los siglos? ¿Solo por belleza y grandiosidad del dios al que se adoraba dentro? Poco a poco, casi de manera subrepticia, las catedrales (1) entraron en competición y la propaganda adquirió de pronto un valor nuevo: no solo el del elogio de las virtudes del poder, sino también el de la rivalidad y, por tanto, la asunción de la propaganda de continuar la política con otros medios, parafraseando aquella famosa expresión de Clausewitz. La persecución de los leprosos en el siglo XIII en Francia, argumenta Carlo Ginzburg en su libro Historia nocturna, no se debe a una mera coincidencia, ni a las razones aducidas de que los leprosos habían contaminado las aguas con la ayuda del rey de Granada; hubo, según Ginzburg, una conspiración contra ellos tramada desde el poder, la cual fue acogida favorablemente debido a las supersticiones, miedos y odios que se arrastraron durante siglos hacia el grupo social de los leprosos. Ya lo sabemos todos: sin enemigos no hay maquinaria de propaganda que haga falta, el cuento es tan viejo como los humanos.

El invento de Gutenberg, además, añadió una nueva herramienta a la propaganda: el uso del discurso como arma diplomática. Francia e Inglaterra, por ejemplo, promovieron libelos y soflamas contra las tropelías y el genocido cometido por los conquistadores, no por afán informativo o sed de justicia con las poblaciones masacradas, sino con el fin de dañar la imagen de Felipe II, tal como explica el hispanista Joseph Pérez en su ensayo La leyenda negra.

La sombra de la influencia es siempre lo último que se pierde, ya saben: flujos intangibles e inmateriales de que la esfera cultural avanza más despacio en la historia. Es increíble cómo el XVII, el siglo del declive de los reinos de España en términos económicos, es también el del surgimiento del Barroco, un arte que tiene un inmenso carácter propagandístico (lujo y ornamentación a borbotones, la Reforma católica henchida de orgullo), y que tiene en Latinoamérica algunas de sus ejecuciones más grandiosas: catedrales e iglesias para el Nuevo Mundo que servían como caudal de autoridad y a la vez como ejercicios de puro proselitismo religioso. El poder puede estar arrinconado, asfixiado, moribundo, pero solo si le quitas su arrogancia simbólica, se muere (2). El Barroco fue así, de alguna forma, el triunfo estético de la propaganda. Lo imaginario (lo que crees que eres) devorando a lo real (lo que de verdad eres).

Foto: DP.
Foto: DP.

El XVIII y el XIX son los siglos de la expansión técnica y la torre Eiffel su gran símbolo, un alargado y esbelto monumento de propaganda al nuevo dios de la ingeniería. ¿La exposición universal de París de 1889 justificaba el gasto público de aquella mole sin ninguna utilidad clara? En términos propagandísticos, desde luego que sí, y seguro que si se calculara el dinero que ha dejado como polo de atracción para el turismo el coste de su construcción está más que pagado. Es como la venganza de Francia: los ingleses tenían la locomotora de vapor, de acuerdo, pero París se quedó con la gran pirámide de la revolución industrial.

Disparada por la extensión del sufragio universal y de ese concepto tan líquido llamado «opinión pública», la propaganda adquirirá en el siglo XX su identidad definitiva: el conjunto de prácticas, discursos y artimañas para persuadir a la población de una idea, no por fines ilustrados sino para conseguir una acción. Así es como la describirá Edward Bernays en Propaganda (1928), escrito haciendo acopio de sus conocimientos de sociología y comunicación política y también de sus experiencias como miembro del Comité de Información Pública, una institución creada para que la opinión pública norteamericana apoyara la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Parece que hasta el nombre del comité entraba dentro de la campaña de propaganda.

Uno de los padres intelectuales de Barneys fue precisamente Walter Lippmann, un periodista y pensador que escribió Public Opinion (1922), un texto seminal donde aparece esa idea revolucionaria según la cual la población tiende a creer los estereotipos y las ficciones que acaban creando los medios de masas. ¿Les suena? Lippmann no cree que haya manera de salvar ese obstáculo, así que pone el acento en que los periodistas deben usar a los políticos como sus principales fuentes y canales de información. Así, concluye Lippmann, la población se hará una idea más cabal de los propósitos de sus dirigentes y la opinión pública surgirá. En fin: que Lippman se da cuenta pronto de que quien gestione y dirija la opinión pública a su favor, ganará poder. Y ahí entra en juego nuestra amiga la propaganda, fundamental, dirá en expresión afortunada Noam Chomsky tiempo después, para la «fabricación del consenso».

Fotograma de la película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Imagen: Columbia.
Fotograma de la película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Imagen: Columbia.

La teoría de Goebbels de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad o las reflexiones de Orwell sobre el totalitarismo, su afirmación de que «todo arte es propaganda» o cómo la política genera una «neolengua» que falsea la realidad, son esenciales para comprender la deriva de la propaganda (3). Sin embargo, esta nunca tuvo para Barneys o Lippmann connotaciones peyorativas, quienes la veían como consustancial al poder, del signo político que fuera. De algún modo la Guerra Fría (un término que popularizó precisamente Lippman con un libro titulado así) fue su catarsis: caza de brujas, paranoia ante el inminente hongo nuclear, golpetazo en el imaginario colectivo de James Bond, los espías infiltrados y los teléfonos rojos a punto de sonar. Además, la información periodística entró en el juego, no siempre de manera voluntaria. Cuando Daniel Ellsberg reveló los llamados Pentagon papers en 1971, y se supo que, por ejemplo, el secretario de Defensa Robert McNamara dio datos falsos durante años acerca de los éxitos militares en Vietnam, ¿fueron los periodistas usados como mensajeros de propaganda? Y ¿tenían alguna responsabilidad al respecto? The manchurian candidate (1962) fue la metáfora perfecta de aquella atmósfera conspiranaoica; la distribución del film, sin embargo, por esas extrañas paradojas del destino, fue frenada tras el asesinato de Kennedy.

Sería útil hacer un análisis puramente estético de la propaganda de los dos bloques en busca de sus síntomas crónicos. Al final, la propaganda también es vulnerable a la desactivación. John Zaller, uno de los grandes estudiosos contemporáneos de la opinión pública, ha demostrado científicamente que cuanta más información y experiencia tenemos sobre un hecho más difícil es que seamos manipulados sobre él. Parece obvio, ¿no? Lo que sucede es que la propaganda de alguna forma ya lo ha contagiado todo, ha disuelto su definición y sus límites, y ya no sabemos si la pura información, por muy veraz que sea, no se usa en ocasiones con fines propagandísticos: basta la hipervisibilidad sobre unos acontecimientos y el silencio sobre otros. No es la mentira repetida, tal como siempre citamos, sino la pura verdad la que se vuelve propaganda. Puede que lo descubramos al instante, puede que dentro de años o décadas. Esta frase suena muy paranoica, cierto. A lo mejor es que la propaganda se ha ganado un lugar propio dentro de las bellas artes porque se ha hecho tan sutil, precisa y orgánica que ya ni la sentimos. Como un ruido persistente lejano a deshoras en la noche (los ladridos de un perro, el pitido del camión de la basura) y que, al cabo de un rato, la mente deja de percibir y lo integra en el sueño.

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(1) Hay toda una lectura esotérica que conecta la iconografía de obeliscos y pirámides con el poder, ya saben, toda esa tradición de la masonería y sus sociedades secretas que, por lo visto, se remonta a los primeros constructores de catedrales. Qué absurdo y a la vez qué fascinante que se repitan los mismos símbolos desde hace milenios.

(2) El fin del Antiguo Régimen fue de algún modo la extinción de la idea de que el poder político solo lo podían asumir aquellos tocados por su «sangre sagrada», los reyes y los nobles. En Los reyes taumaturgosRobert Bloch cuenta como una tribu aceptó a su nuevo rey, desconocido y completamente ajeno a la comunidad, solo porque mantenía relaciones consanguíneas con el rey muerto.

(3) Por cierto, que el fascismo, desde su mismo nombre, remite a una constelación de ritos e iconos de un pasado leído en clave propagandística, desde la mitología germánica para el nazismo, el Imperio romano para Mussolini o el glorioso Imperio español para el franquismo. La historia revisada en busca de mitos que ensalzan la guerra.