Los límites del humor (y 2)

Dave Chappelle límites del humor po
Dave Chappelle. Imagen: Netflix.

(Viene de la primera parte)

El humor no hace un daño físico inmediato, aunque el daño moral es una cosa que, pese a parecer demasiado abstracta, puede cuantificarse, al menos hasta cierto límite. Todos somos, espero, partidarios de una libertad de expresión lo más extensiva posible, pero también entendemos que deben existir ciertas limitaciones. Las justas. Por ejemplo: no veo por qué debería impedirse que Fulano insulte a Mengano. Un insulto será desagradable, pero es pasajero. Sin embargo, cuando Fulano insulta a Mengano a todas horas y por todos los medios, sin dejarlo respirar, la cosa puede considerarse acoso. Lo mismo sucede con el maltrato psicológico, con las amenazas, o con las calumnias. Todas ellas son acciones verbales que no hacen un daño físico per se, pero sí buscan provocar un daño psicológico, y van más allá del mero deseo de expresarse con libertad. Limitar estas cosas es necesario, pero hay que hacerlo en casos extremos.

Muy distinto es pretender que la mera expresión de una idea controvertida pueda ser perseguida por la ley, aun cuando no medien acoso, amenaza o calumnia. Ahí es donde empiezan los grises. Si un cómico empieza a reírse de usted, personalmente y concretamente de usted, bueno: quizá tenga usted motivos para intentar callarlo. Pero si el cómico se burla de un colectivo, de una religión, o de cualquier otra cosa que no sea una persona concreta, no veo por qué debería usted sentir el impulso de pedir que se intervenga.

En el caso de la comedia, creo que lo mejor y lo más sensato es dejar que sean los propios espectadores quienes decidan los límites del humor. Cuando escribo esto, aún está reciente la controversia que ha rodeado a The Closer, el último de los programas especiales de comedia de Dave Chappelle en Netflix. Ya saben, las acusaciones de que Chappelle es tránsfobo, basadas en sus chistes sobre transexuales y en la afirmación de que se identifica con las TERF, trans-exclusionary radical feminists. No tengo una opinión concreta sobre la posibilidad de que Chappelle sea realmente tránsfobo. Puedo entender a quienes piensan que sí, y puedo entender a quienes piensan que no. Y puedo entender a quien se sienta molesto/a por el humor sobre un colectivo. Pero supongamos que alguien agrede una persona transexual, y otro alguien decide echar la responsabilidad del suceso sobre Dave Chappelle. Eso no tendría sentido, dado que el cómico nunca ha sugerido que se agreda a alguien (lo cual, además, es penado como incitación en cualquier país normal). La responsabilidad de una agresión es exclusiva del agresor.

Esto no significa que, desde una perspectiva de la comedia como disciplina, Chappelle no esté cometiendo errores. Chappelle es indudablemente, y pese a sus defectos, uno de los grandes de la comedia. Te puede caer bien o mal, pero el hecho no es discutible: ahí están su dominio del ritmo, del tono, del escenario y de todos los aspectos técnicos de la comedia. Pero con The Closer se ha puesto a la defensiva (además, después ha seguido haciendo extrañas declaraciones preguntándose sobre si ha sido «cancelado»), lo cual me hace pensar que, o bien está dolido en su ego, o bien le está gustando este nuevo papel de enfant terrible. El abandonar por momentos el contexto cómico, el alejarse del equívoco entre ficción y realidad, ha provocado además que The Closer no sea su mejor trabajo. Ojo, contiene buenos momentos cómicos, cómo no, y además demuestra que Chappelle, cuando se pone a narrar, es un excepcional narrador. Pero excepcional. Véase cuando, al final de especial, habla sobre su amiga transexual.

No tengo un juicio moral que hacer sobre Chappelle y, ante la duda, prefiero ponerme a favor de la libertad de expresión del cómico. Defender al cómico no significa alabar todo lo que hace. Sí he pensado que, si Chappelle continúa por ese camino de anteponer sus circunstancias personales a la comedia —cosa que, como vemos, Norm Macdonald nunca hizo ni aun padeciendo cáncer—, corre el riesgo de que sus propios seguidores se terminen aburriendo. Insisto: Closer no está mal, pero es un Chappelle al ralentí y no está entre sus mejores rutinas. Anticipa lo que supondría escorarse demasiado por el camino de Twitter, y, si exceptuamos la religión, no hay nada peor para la comedia que Twitter. La comedia es el arte de hacer reír, no de hacer pensar. Si hace pensar, miel sobre hojuelas. Pero los hermanos Marx o Lucille Ball no estaban ahí para lanzar grandes mensajes. Chaplin lanzó grandes mensajes, pero solamente empezó a hacerlo tras decenas de largometrajes que casi nunca contenían moralejas.

La comedia puede moralizar, pero rara vez sale bien. Ponerse a hablar en serio durante sus rutinas convirtió al George Carlin de los últimos años en un predicador más que un cómico. Dicho de otro modo, terminó siendo más convincente que gracioso. Chappelle parece querer ir por ahí, pero si sus ideas consisten sobre todo en defenderse a sí mismo, no veo el interés. Chappelle es muy inteligente, pero quién sabe, quizá la comedia ya no le importa, y desde luego no necesita el dinero. En fin, es inevitable echar de menos sus años más despreocupados. Recordemos que en su día fue capaz de rechazar un contrato de cincuenta millones de dólares cuando decidió no seguir con su exitoso Chappelle Show. Y lo hizo sencillamente porque se sentía artísticamente incómodo.

Insisto: dejemos que los seguidores de un cómico decidan sobre su futuro. Incluso antes de que existiesen las ponzoñosas «redes sociales», un cómico que conseguía notoriedad traspasando ciertas líneas corría el riesgo de perder a su público si no cambiaba de registro. En los años ochenta, el cómico Andrew Dice Clay se hizo inmensamente popular con su personaje de macarra de Brooklyn que hablaba como si estuviese en una taberna. Su comedia se basaba más en la chabacanería que en la sofisticación, y no a todo el mundo sentaba bien. Cuando apareció como invitado en Saturday Night Live, el episodio tuvo mucha audiencia, pero la cómica del programa Nora Dunn se negó a participar alegando que Clay era un machista. En la misma línea, Sinead O’Connor canceló su actuación musical. Ellas tenían sus razones y actuaron en consecuencia, pero esto afectó poco a Clay. Tampoco le afectaron los problemas con la censura cuando, actuando en los premios MTV, decidió llevar a la pequeña pantalla sus característicos poemas malsonantes. La MTV decidió vetar su presencia (y el veto no sería levantado hasta 2011), pero esto reforzó la imagen de Clay como valiente provocador. Al año siguiente, de hecho, Clay estaba en lo más alto y fue capaz de llenar el Madison Square Garden en dos noches consecutivas, cosa que ningún cómico había conseguido. Además, vendió discos de comedia por centenares de miles de ejemplares. Incluso protagonizó una película que tuvo bastante repercusión en España; aún hoy, conozco a gente que cita frases de ahí.

Hay un motivo por el que Andrew Dice Clay no es recordado como un mártir de la libertad de expresión: su carrera feneció como debería fenecer la carrera de un cómico. Esto es, no porque su comedia es «inmoral», sino porque deja de ser efectiva. Lo que acabó con él no fueron el veto de MTV o las protestas de quienes consideraban su comedia machista y homófoba, sino que su material era repetitivo y el impacto de su concepto estaba destinado a desgastarse. Cuando su propio público se cansó, Clay empezó a ser visto como una parodia de sí mismo, hasta el punto de que ¡otros cómicos empezaron a parodiarlo a él! Y esto es señal de un inminente cataclismo. El día en que Gilbert Gottfried apareció en televisión imitando de manera histriónica a Andrew Dice Clay, las risas de la audiencia sonaron a martillazos. Eran los martillazos sobre los clavos en la tapa del ataúd donde yacía la idea de que la comedia de Andrew Dice Clay seguía siendo cool.

Algo parecido le sucedió a Tom Green, pionero que en 1994 se estaba anticipando en más de un lustro a Jackass, y en varias décadas al tipo de contenido que algunos youtubers hacen hoy (por más que los jóvenes no conozcan este precedente, y por más que otros ancianos como yo crean equivocadamente que los yotubers son estrictamente un fenómeno nuevo). Green empezó su carrera como rapero y en 1992 hizo algo de ruido en su país, Canadá, con el tema «Check the O. R.». Si me preguntan a mí, les diré que el tema no tenía demasiado que envidiar al rap estadounidense de primera línea de la época. Green era muy bueno como rapero, pero su futuro resultó estar en la comedia. Empezó en la televisión de acceso público canadiense, donde cualquier majara podía emitir un programa. Él emitía el suyo en una cadena que no era vista por casi nadie, así que se dedicó a hacer el imbécil con total libertad. Su era humor desenfadado, pueril y en ocasiones hasta truculento. Hoy quizá no llame la atención porque es un tipo de humor mucho más habitual, pero en su momento era algo verdaderamente nuevo, y su entrañablemente estúpido programa empezó a captar a la audiencia joven de Canadá:

En 1999, el ascenso de Green en Canadá hizo que la televisión estadounidense se fijase en él. Y el salto fue espectacular: obtuvo su propio programa en la MTV, que entonces era aún una cadena de enorme repercusión e influencia. En los Estados Unidos, el humor proto-youtuber de Tom Green se convirtió en un verdadero fenómeno. Si quieren ver un delicioso ejemplo de su virtuosismo para la gilipollez, vean la ocasión en que Tom Green les regaló un «putamóvil» a sus propios padres, quienes se lo tomaron con hilarante (y comprensible) indignación. Sí, son sus padres de verdad.

Aquel delicioso programa era de una cretinez insondable, pero cabe aclarar que Tom Green era un tipo inteligente y con mucho talento, y desde luego mucho más versátil que Andrew Dice Clay. Sin embargo, tuvo un problema parecido: insistió con una sola nota hasta que el público se cansó. El salto al cine fue su perdición (aunque cabe admitir que, puestos a arruinar su carrera, él lo hizo por todo lo alto y por la puerta grande). Veamos: dada la popularidad de Green en la MTV —su humor era ofensivo para los adultos, pero parecía dominar el mercado adolescente—, el estudio 20th Century Fox le otorgó graciosamente catorce millones de dólares para que rodase una película, y cometió el error de otorgarle también total libertad creativa. Al parecer, ningún ejecutivo tenía ganas de supervisar lo que veían como un subproducto para quinceañeros sin cerebro. Y bueno, qué decir: Tom Green hizo un uso muy particular de esa libertad. Se descolgó con la película Freddy Got Fingered, un inenarrable ejercicio de anarquía cinematográfica que escapa a todo adjetivo del diccionario. En comparación, el cine de los transgresores oficiales del Hollywood de aquella época —los hermanos Farrelly— parecía hecho por Sofía Coppola.

Freddy Got Fingered tenía un guion que podría haber sido escrito por un quinceañero puesto de marihuana, pero rodado con un presupuesto millonario y un equipo profesional. No digo esto en sentido peyorativo. Cuando uno se para a considerar el concepto general, la inteligencia de Green se hace evidente. No me gusta usar gratuitamente el término, pero al Tom Green de aquellos años solamente se lo puede describir con una palabra: troll. De hecho, le recomiendo a usted ver esta película no porque crea que le vaya a gustar (o no necesariamente), sino porque, se lo digo desde ya, nunca habrá visto algo semejante que haya emergido de un gran estudio de Hollywood. ¿Es Freddy Got Fingered una buena película? No, pero es una película apoteósica. Tome usted este adjetivo como mejor le parezca, porque es el adjetivo perfecto. Y ¿de qué es la apoteosis, concretamente? De la estupidez. Pero a mí me hace gracia, porque soy idiota perdido.

La película se pegó un batacazo en taquilla. Aunque el humor de Tom Green era tan descerebrado y cafre como de costumbre, su joven público no recibió bien el salto a la ficción, probablemente porque les parecía lo mismo de siempre pero sin la gracia añadida de que Green lo hiciese «en la vida real». El público adulto, por descontado, quedó horrorizado al enterarse de las cosas que aparecían en el film. Los críticos se ensañaron con Tom Green y Freddy Got Fingered obtuvo seis premios Razzie, los «Óscar» paralelos que se conceden a las peores películas de cada año. Cabe señalar que Green fue también un pionero a la hora de recibir estos premios. Antes de él, ninguno de los anteriores agraciados con los Razzie se había dignado aparecer en la ceremonia. Pues bien, Tom Green no solo se presentó orgullosamente y para sorpresa de todo el mundo, sino que llevó su propia alfombra roja. Era como si la implosión de su carrera no le importase un comino, cosa que no puede decirse de Dice Clay.

Lo malo del troll es que la fórmula corre el riesgo de agotarse, y eso fue lo que pasó. Los jóvenes también le dieron la espalda al programa de televisión de Tom Green porque aparecieron programas como Jackass (2000), que nunca hubiesen existido sin Green, pero eran más extremos e hicieron que su humor pareciese repentinamente inocente. Y los adolescentes, ya se sabe, rechazan todo aquello que suena inocente. Green trató de reformarse apuntando al público adulto con un talk show inspirado en el de su ídolo David Letterman, pero su imagen de gamberro pueril estaba demasiado asimilada por los espectadores. Hoy, Green es mucho menos popular que entonces, aunque muy respetado por quienes todavía le siguen. Además, sigue llevando el hip hop en la sangre. Si tiene usted afición a improvisar rap, nunca se le ocurra desafiar a Tom Green, porque podría usted salir trasquilado/a.

Así pues, sucede que perfectamente puede ser el propio público de un cómico quien lo abandona más por desidia que por indignación. Y eso es lo saludable. La comedia es un ecosistema que se regula a sí mismo. Cuando el público decide que un tipo de comedia ya no tiene gracia, ese cómico está perdido. A la comedia que ya no funciona hay que dejarla morir, no matarla antes de tiempo.

La comedia, cuando lo es de verdad —y no es un cómico opinando sin pretender hacer comedia—, no puede ser inmoral. O, si puede serlo, ¿a quién afecta? Porque la comedia es un equívoco, una ficción que a veces puede parecer realidad, pero no lo es. Y pedirle moralidad al contenido de una ficción es un ejercicio de incapacidad para entender los límites de la realidad, o, peor aún, un ejercicio de autoritarismo. La comedia debe ser un santuario donde se permita más flexibilidad que en otros ámbitos. Hablo por supuesto de flexibilidad moral y social, no de crear una excepción legal sobre el acoso, la amenaza, la calumnia, etc. Porque, obviamente, esas cosas ya no son comedia. Pero sí creo que es inherente a la comedia el que se digan cosas que quizá no queremos escuchar. Por supuesto, podríamos vivir en un mundo donde toda la comedia fuese blanca e inofensiva, pero eso sería como vivir en un mundo donde toda la música fuese apta para sonar en un ascensor. ¿Quién demonios querría vivir en un mundo así?

Una alegación legítima es, por supuesto, la pregunta: ¿y si la comedia es usada para difundir ideas nocivas? ¿Acaso no es eso un problema? Pues la verdad es que no debería serlo. Como comentaba sobre George Carlin o Chappelle, es fácil detectar en qué momento un cómico abandona el contexto de la comedia y emplea sus rutinas para soltar un discurso (ideológico o de otro tipo). Es fácil detectar que ya no existe animus iocandi. Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que decía George Carlin (y no con otras) cuando sermoneaba, pero en esos sermones no lo percibo como cómico, sino como columnista. Lo veo, como diría Norm Macdonald, buscando el aplauso más que la risa. Y eso es respetable, pero no es comedia. Cuando un cómico prefiere opinar, ha abandonado el santuario.

El tener gracia es el santuario. El humor, mientras sea realmente humor, no debe tener límites. Todos decimos cosas controvertidas en privado, todos bromeamos con tabús en privado, pero la comedia es el único laboratorio en el que se puede experimentar con ideas controvertidas y tratar tabús ante la vista de todo el mundo. Un buen cómico es capaz de decir cosas que muchos otros piensan en privado. Cuando Chris Rock distinguía entre negros y negratas, decía algo que muchos otros negros piensan pero no dicen, y que por descontado ningún blanco estadounidense puede decir sin que lo consideren miembro del Ku Klux Klan. No es un asunto que pueda tratar como debe una tertulia televisiva, no es un asunto que pueda tratar un noticiario. Es un asunto que, en público, solamente puede tratar un cómico como Chris Rock. Si los buenos cómicos no pudiesen tratar los temas controvertidos como solamente ellos saben, estos temas quedarían exclusivamente en mano de tertulianos, periodistas y usuarios de Twitter. Líbrenos Dios de esa aterradora posibilidad.


Los límites del humor (1)

Lenny Bruce límites del humor
Lenny Bruce, detenido por traspasar los límites del humor de 1965. Foto: Cordon Press.

¿He sido cancelado? (Dave Chappelle)

Creo que el trabajo de un cómico consiste en hacer divertida cualquier cosa que diga. Nada está más allá de los límites. (Donald Glover, defendiendo que no hay líneas rojas en la comedia)

Personalmente, creo que casi todo son líneas rojas. (Norm Macdonald, siendo Norm Macdonald)

No tengo gracia, ni algo parecido a un sentido del humor funcional. Debido precisamente a estas desdichadas carencias, los buenos cómicos me producen una fascinación rayana en la hipnosis. El don de hacer comedia es, a mis ojos, algo sobrenatural. Creo que con la debida práctica podría aprender casi cualquier otro oficio, pero no ese. Me resultaría más fácil convertirme en jedi que en cómico. Aun así, la comedia como arte  me impone reverencia, y con frecuencia me pregunto en qué consiste exactamente.

Creo que una de las claves del humor, si acaso la principal, es que seamos cómplices de un equívoco. La comedia surge de manera espontánea cuando percibimos que algo parece una cosa, pero al mismo tiempo sabemos que en realidad es otra. Esto se ve en con claridad en las formas más básicas de humor: el de los bebés y el de los animales. Cuando un adulto se tapa la cara ante un bebé, este se ríe porque es cómplice del equívoco y entiende que el adulto no ha desaparecido. La risa es una forma de comunicar su regocijo, como si quisiera decirle al adulto: «Sé que aún estás ahí, sé que no me has abandonado, y sé que intentas entretenerme».

Incluso en niños que ya no son bebés, existe una risa «primitiva» que está ligada al juego, y que es una señal social destinada a que los demás participantes del juego sepan que pueden continuar. Algunos animales, como los perros, ríen de manera muy visible cuando juegan. Esto es importante porque muchos juegos básicos son entrenamientos para la vida adulta, e incluyen simulacros de actividades violentas como la lucha o la caza. El perro ríe y hace saber a los demás participantes dos cosas: que su agresión no es real, y que entiende que la agresión de los otros tampoco es real. Los humanos hacemos lo mismo. Piensen en la típica escena de un padre o una madre jugando con sus hijos al «soy un monstruo que te va atrapar». Los niños, de manera natural, suelen responder riendo histéricamente mientras fingen que corren por sus vidas. La risa expresa que están a gusto, que lo están pasando bien y que, aunque hacen como que huyen, no se sienten amenazados: entienden el contexto lúdico. Si dejasen de entenderlo, se sentirían amenazados o confusos, y cambiarían la risa por el llanto.

La risa es, pues, un indicativo de que el individuo entiende que participa en una situación simulada. Es necesaria para que el juego físico continúe sin contratiempos. Sin embargo, la risa se extiende a muchos otros equívocos que ya no tienen que ver con el juego físico. Y no solamente en los humanos; los animales pueden poseer un sentido del humor muy elaborado que incluye encontrar graciosas situaciones equívocas que, físicamente hablando, no les incumben. En otras palabras: los animales son susceptibles a la comedia. En especial los primates, como demuestra este video que, probablemente, es el mejor vídeo de todo internet:

Esta adorable orangutana se ríe porque entiende el contexto de lo que acaba de suceder. No piensa que la bolita ha desaparecido mágicamente (aunque, por un par de segundos y hasta que cae en la cuenta, se queda perpleja). Sabe que parece que la bolita ha desaparecido, pero que en realidad el humano la ha escondido. Y eso le resulta gracioso. Lo cual conlleva una considerable cantidad de inteligencia por su parte, porque requiere que sea cómplice de un equívoco en el que ella misma no participa. Y para ella, esto es comedia como lo sería también para una niña muy pequeña: «Me estás queriendo tomar el pelo, ¿eh?».

En los humanos adultos, por descontado, la comedia puede ser mucho más compleja, pero el equívoco sigue siendo importante. Toda comedia, de cualquier género, sucede en un contexto que no es real, la ficción (o, de suceder en la vida real, se deriva de otros equívocos como sucesos que parecen peligrosos pero que, cuando terminan sin consecuencias serias, inspiran un tipo de risa que es en parte un producto del alivio: el humor físico de toda la vida). El equívoco de la ficción permite que casi cualquier historia, incluso una muy truculenta, pueda ser contada de forma graciosa, siempre que el narrador sea hábil y que los oyentes entiendan que la historia no es real. Uno de los chistes más salvajes que he oído en mi vida no me lo contó un borracho desconocido en una taberna. Lo contó Ricky Gervais en uno de sus espectáculos:

Los espectadores se ríen porque entienden el contexto: es una comedia. Si pensaran que es una historia real, nadie se reiría. La distinción entre ficción y realidad es fundamental. Sin esa distinción, la comedia elaborada no podría existir, y menos aún la comedia elaborada que toca temas tabú. En uno de sus espectáculos, el cómico Bill Burr hablaba sobre una tertulia femenina de la televisión —supongo que se refiere a The View— cuyas integrantes, al tratar el tema de la violencia doméstica, promulgaban que nunca existen motivos para golpear a una mujer. Lo que aquí transcribo parece una salvajada, pero Bill Burr, que lleva años siendo uno de los mejores cómicos del planeta, tiene un perfecto dominio del tono y del contexto cómico. Consigue que su público, en el que hay muchas mujeres, lo encuentre gracioso:

¿No hay motivos para golpear a una mujer? ¿En serio? Puedo decirte diecisiete motivos, así de primeras. Si me despiertas de un estupor alcohólico, aún sería capaz de decirte nueve. Hay un montón de motivos para golpear a una mujer. No debes hacerlo, pero sentarse ahí y sugerir que no hay motivos… menudo nivel de ego hay detrás de semejante afirmación. Qué estás, ¿levitando sobre el resto de nosotros? ¿Nunca te pones insoportable? Vosotras, mujeres: ¿cuántas veces a la semana pensáis en pegarle una colleja a vuestro puto hombre? [Una mujer del público responde: «¡Todos los días!».] Ahí lo tienes. Todos los días. Pero no lo hiciste, ¿verdad?

La pederastia o los maltratos son temas extremadamente delicados y serios en la realidad, pero nadie en su sano juicio diría que Gervais defiende la pederastia o que Burr defiende la violencia. En ambos casos se entiende que lo importante es el contexto cómico en el que se dicen las cosas. Lo importante no es lo que se dice, sino quién lo dice. Y sobre todo con qué intención lo dice: eso que tradicionalmente se llama animus iocandi, «intención jocosa». Aun así, ¿es el animus iocandi un cheque en blanco? ¿Hay barreras que se debería respetar? ¿Hay algún asunto que los cómicos deberían abstenerse de tratar? ¿Si la comedia hiere los sentimientos de un colectivo, es justo pedir que el cómico se autocensure? ¿Existen los límites del humor?

El problema de la comedia es que necesita renovarse constantemente, lo cual implica explorar y, por ende, terminar traspasando líneas rojas que quizá otros no quieren que se traspasen. En Europa, el papel de traspasar las líneas en el humor lo han ejercido casi siempre revistas impresas; tenemos el ejemplo actual (y heroico) de Charlie Hebdo. En España, las revistas satíricas han tenido siempre muchos más problemas judiciales que los humoristas convencionales. En los Estados Unidos, este papel le ha correspondido a la comedia stand up, lo que aquí denominamos sencillamente monólogos cómicos. Al menos como la entendemos en el siglo XXI, la stand up comedy, la «comedia que se hace de pie», es un género típicamente estadounidense. Por cercanía geográfica y cultural también se ha practicado mucho en Canadá, el Reino Unido, Irlanda o Australia, aunque todos esos países beben de lo que se ha hecho en los Estados Unidos. En la Europa continental tiene menos tradición. En España, de hecho, la stand up es algo relativamente nuevo. Y digo relativamente porque hubo excepciones, si bien muy sui generis, como Miguel Gila y otros.

Poco antes de escribir esto falleció mi idolatrado Norm Macdonald (el único motivo por el que no le dediqué un in memoriam es porque, casualmente, hacía muy poco que había escrito sobre él). De las raras veces en que Norm hablaba en serio obtuve la noción de que el cómico necesita sorprender al público. Que un cómico, al sentarse a escribir su material, ha de explorar y traspasar ciertas líneas. El material recién escrito será puesto a prueba en los clubs, y los espectadores que han pagado una entrada serán quienes harán saber al cómico si se ha excedido traspasando líneas, o no. Esa es la prueba de fuego: lo que opine el público habitual de la comedia, no lo que opine el resto. Norm también insistía en que el cómico debe buscar la risa, no el aplauso ni la aprobación ideológica. De manera velada, mostraba bastante desdén por la tendencia de la gente a escandalizarse. En una de sus rutinas pronunciaba la frase: «Adolf Hitler es el hombre más grande que jamás haya existido» y, justo a continuación, decía al público presente: «Este es el motivo por el que os pedimos que no uséis aparatos de grabación». En realidad, la frasecita describe los sentimientos del perro de Hitler, pero Norm bromeaba especulando que, en caso de producirse un escándalo, su defensa sonaría a excusa de escolar: «No lo dije yo, lo dijo el perro». Una manera como cualquier otra de señalar lo ridículo que es que la gente se escandalice ante afirmaciones cuyo contexto no conoce.

Las ideas de Norm al respecto son importantes por dos motivos. Uno, no hay cómico estadounidense que no venere su figura, y recordemos que los Estados Unidos son la NBA del stand up. Y dos, a Norm le importaba mucho el arte de la comedia. Solamente después de su fallecimiento supimos que llevaba diez años padeciendo cáncer, y que vivía sin saber cuándo llegaría su temprano final. No se lo había contado a nadie más allá de su familia y de su productora y mejor amiga, Lori Jo Hoekstra. Según deducen quienes le conocían de cosas que Norm dijo sobre otras personas enfermas, ocultó su cáncer para que el público no sintiese pena por él, lo cual hubiese arruinado el contexto cómico que rodeaba su persona pública el noventa y nueve por ciento del tiempo. Por ejemplo, nunca ocultó sus problemas con el juego, pero estos podía incluirlos en su comedia porque no provocaban lástima.

El cáncer era otra cosa: iba a matarlo a él, pero no iba a permitir que matase su comedia. Esto le da otro sentido a muchas cosas en la última década de su carrera, y en especial a los chistes que empezó a hacer sobre el cáncer cuando, ahora lo sabemos, ya estaba enfermo y hablaba sobre sí mismo: «Mi tío Bert tiene cáncer intestinal. Está muriendo. En los viejos tiempos, un hombre podía simplemente enfermar y morir. Hoy, tiene que librar una batalla. Así que mi tío Bert está librando una valiente batalla. Que he presenciado, porque voy a visitarlo. Y esta es la batalla: está tumbado en la cama del hospital, con una cosa en su brazo, viendo Matlock en la televisión. (…) Pero no es culpa suya, ¿qué cojones se supone que debe hacer? [hace como que se golpea el vientre]. Es simplemente una cosa negra en su intestino». Por cierto, una ironía: muchos medios han hablado de su muerte empleando la misma expresión de la que Norm se burlaba con desdén: «Batalla contra el cáncer».

El cáncer era la cosa más seria en la vida de Norm, pero él hacía comedia sobre ello. Hay muchos ejemplos de cómo puso la comedia por encima incluso de lo que convenía a su propia carrera. Otros también lo hicieron. El gran mártir de la comedia stand up fue, por supuesto, Lenny Bruce. Comenzó su carrera a mediados de los cincuenta y no era necesariamente el mejor, pero empezó a destacar cuando hizo cosas que nadie más en el mundillo se atrevía a hacer. En sus apariciones televisivas era bastante comedido (salvo la mención, muy atrevida para la TV de entonces, de la actividad sexual de Elizabeth Taylor). En los clubs, sin embargo, trataba de manera explícita toda clase de tabús, desde el sexo a la religión pasando por el racismo o el aborto. También tenía unas tendencias socialistas que entonces eran consideradas «antiamericanas». Para rematar, hacía un uso continuo de palabras malsonantes. Pero no buscaba escandalizar por escandalizar. Se tomaba muy en serio su trabajo. Cuando empezó a improvisar monólogos sobre la marcha inspirándose en lo que hacían los músicos de jazz, pedía a los espectadores que no lo interrumpiesen: «Por favor, no aplaudáis; hacéis que pierda el ritmo».

Lenny Bruce, a su pesar, inició una cruzada por la libertad de expresión, y estaba destinado a perder su batalla para que otros después pudiesen ganar la guerra. En 1961 fue detenido por primera vez bajo el cargo de «obscenidad». Bruce se defendió con habilidad y el juez le concedió la absolución. Sin embargo, la policía se envalentonó también y empezó a presentarse en todos sus espectáculos, esperando cualquier ocasión para echarle el guante. Tras una detención por posesión de drogas, llegó la segunda acusación por obscenidad. Obtuvo una segunda absolución, y eso lo envalentonó. Para entonces, su fama de «obsceno» le iba precediendo incluso en otros países: actuó en Londres y puso los pelos de punta a algunas figuras influyentes, así que el Reino Unido le prohibió la entrada en el país. En Australia se encontró con espectadores hostiles que iban a sus espectáculos con la intención de arruinarlos, mientras que otros sencillamente se marchaban de las salas y dejaban las butacas vacías.

Lenny Bruce sabía que estaba abriendo heridas en la rígida moral de la época, peo sus dos absoluciones del delito de obscenidad lo llevaron a cometer un error fatal: creer que la libertad de expresión estaba efectivamente protegida por la ley de su país. Era verdad que la primera enmienda de la Constitución estadounidense protege la libertad de expresión, y que la cuarta enmienda protege al ciudadano frente a la persecución abusiva del poder judicial o del gobierno. Pero esto era sobre el papel. Lenny no consiguió distinguir la ley escrita, que en teoría debe ser respetada, de su aplicación en el mundo real, donde esa misma ley puede ser retorcida y manipulada en función de intereses diversos.

Así que, en vez de bajar una marcha para evitar nuevos problemas y poder tener una vida más tranquila, creyó que tener la Constitución de su parte era un escudo frente a la censura. Pero solo hacía falta que molestase más de la cuenta a los sectores conservadores para que se movieran resortes que estaban fuera de su alcance, provocando que los jueces empezasen a mostrarse menos favorables. En 1964 empezó la peor parte de su calvario. Fue detenido varias veces sobre el mismo escenario. Tras una de esas detenciones fue juzgado y, por primera vez, recibió una condena bajo la acusación obscenidad. La pena era de cárcel, aunque Lenny quedó en libertad bajo fianza hasta que su apelación fuese resuelta por un tribunal superior.

Desde el punto de vista profesional, esta condena supuso el final de su carrera, porque el dueño del club donde había actuado la noche de autos fue condenado también. Esto provocó que muchos otros clubs de comedia se negasen a contratar a Lenny Bruce. Se dio cuenta de que estaba perdiendo la batalla judicial y social, sintiéndose arrinconado y en una terrible espera para saber si por fin entraba en la cárcel. Su consumo de drogas empeoró notablemente, aunque eso no le impidió ponerse a estudiar leyes con la intención de defenderse a sí mismo en la apelación.

No obstante, era tal su obsesión con el asunto legal que pronto se volvió incapaz de hablar de otra cosa, incluso en sus cada vez más esporádicas (y nada rentables) actuaciones en garitos pequeños. Cayó en una espiral de paranoia. Una noche, se le acercó el músico Frank Zappa, que era su admirador. En un detalle muy Zappa, este le mostró a Lenny su carta de reclutamiento y le pidió que estampase en ella su autógrafo. Bruce se negó a firmar, seguramente pensando que Zappa formaba parte de alguna conspiración gubernamental para enviarlo a Vietnam.

Desesperado y en la ruina económica, Lenny Bruce apareció muerto por sobredosis de morfina en el baño de su vivienda. Era el 3 de agosto de 1966; ese mismo día había recibido un aviso de desahucio. Nunca se ha sabido con seguridad si la sobredosis fue accidental, o si el desahucio fue la última gota que lo condujo al suicidio. Si quieren ver una película sobre esta historia, el gran Bob Fosse dirigió una muy interesante titulada Lenny y protagonizada por el siempre fantástico Dustin Hoffman. La vida fue injusta con Lenny Bruce, quien pagó un precio excesivo por decir cosas como las que veinte años después se hicieron habituales en la comedia. Hoy se habla de la cancel culture, pero lo de querer acallar a quien vulnera verbalmente la moralidad de cada cual no es un fenómeno nuevo. De hecho, la historia demuestra que es peor cuando la presión la ejercen jueces, policías, políticos, y otra gente con poder. La tentación de pedir que se elimine aquello que nos molesta es fuerte. Todos la hemos sentido alguna vez. Pero la consecuencia de que eliminen lo que no nos gusta podría llevar a que después eliminen lo que sí nos gusta.

(Continúa aquí)


Norm Macdonald, el Galileo de la comedia

Norm Macdonald
Norm Macdonald en Saturday Night Live. Imagen: NBC.

La verdad es mucho más graciosa y extraña que la ficción. (Norm Macdonald)

Lo que un cómico debería hacer es ser gracioso. Ese debería ser su objetivo: ser gracioso. Creo que algunos cómicos tienen por objetivo el parecer inteligentes, y para ellos el humor es algo colateral. Quieren ser vistos como inteligentes. Tu amigo Bill Murray, por ejemplo, quiere ser visto como un intelectual. O Dennis Miller. Pero David Letterman, que es más inteligente que cualquiera de ellos dos, entiende que tiene que hacerse el tonto. Que tiene que aparentar ser un hombre común. A la gente no le gusta un tipo más inteligente que ellos. Es lo peor que puedes ser: más inteligente que el público, porque te van a odiar. Así es Letterman: él pilla el chiste, el público del estudio pilla el chiste, los espectadores en sus casas pillan el chiste… y el entrevistado es el chiste. Tan pronto me di cuenta de esto, empecé a interactuar con él durante las entrevistas, a salirme del guion. (Norm Macdonald en una entrevista con Larry King)

Como recordarán, en 2010 Ricky Gervais empezó a presentar galas de entrega de los Globos de Oro, convirtiéndolas en un festival del pitorreo a costa de la hasta entonces sacrosanta realeza de Hollywood. Aquello produjo un temblor de tierra. Aunque después fingirían que no les había afectado, algunos de los estrellones más vanidosos salieron visiblemente escaldados de las galas (Mel Gibson o Robert Downey Jr., por ejemplo). Y no solo ellos se mostraron molestos; también hubo muchos periodistas y críticos especializados que deploraron la «irreverencia» de Gervais. Pongo comillas para recalcar que el término daba a entender que las estrellas de cine eran, por algún motivo, dignas de nuestra reverencia.

Aparte de las buenas audiencias que obtuvo, lo que más ayudó a Gervais fue el hecho de que internet ya era muy común en los hogares. El público tenía voz por primera vez en la historia del cine y la televisión. Antes, la audiencia había decidido mediante el acto de consumir o no un producto, pero en el siglo XXI de repente, el público opinaba. Aún peor: unos espectadores podían leer las opiniones de otros. Y resultó que en el tema Gervais, la mayoría de los espectadores estaban de acuerdo. Esto fue un verdadero choque para la percepción que de sí mismo tenía el star system de Hollywood. Y también fue un choque para la prensa especializada. Parece irónico, porque internet es la Meca del escándalo semanal, pero fueron las redes las que sirvieron para que muchos periodistas descubriesen que Gervais tenía éxito porque la gente en sus casas estaba harta de la vanidad y santurronería de los actores. Así, el estilo Gervais se puso de moda, aunque nadie lo ha vuelto a hacer tan bien como él. En su ausencia, los Globos de Oro llamaron a Tina Fey y Amy Poehler. Fantásticas presentadoras sin duda, aunque más propensas a la docilidad cuando el statu quo lo requiere, como se ha visto en la desangelada gala del 2021.

Pues bien; el estilo Gervais no fue inventado por Gervais. Esa actitud de ciscarse alegremente en las celebridades ya había tenido un ilustre pionero: Norm Macdonald. La diferencia es que los años de gloria de Macdonald fueron previos a la era internet y, mientras que Gervais demostró ser la voz del pueblo gracias a las redes, Macdonald lo había sido sin que las estrellas ni la prensa hubiesen llegado a entenderlo. De hecho, su acidez y total desprecio por la diplomacia hicieron que lo despidiesen del programa que lo había hecho famoso, Saturday Night Live, cuando este aún presumía de ser la vanguardia del humor en la televisión comercial de las grandes cadenas estadounidenses. El despido no cambió a Macdonald. Pese a que sus problemas con el juego lo llevaron a arruinarse dos veces, continuó siendo el mismo, como si no le importase un carajo lo que pensasen sobre él quienes estaban en condiciones de contratarlo. Lo que siempre lo ha salvado es, como veremos, el hecho de que los grandes humoristas y presentadores de talk show estadounidenses consideran a Norm Macdonald poco menos que una divinidad.

La primera vez que vi hablar a Norm Macdonald no sabía quién era. Pensé algo así como «este tipo parece medio tonto». Macdonald pronunciaba las frases perezosamente, arrastrando las palabras con un acento indefinible que no supe identificar, pero que me sonaba como a policía de pueblo en una película de los años cincuenta (después supe que es canadiense de origen polaco, y no un granjero sino hijo de profesores y hermano de un respetado periodista de la CBS). Supongo que su particular acento es una mezcolanza de su acento canadiense y de toda una carrera desarrollada en los Estados Unidos, pero no sabría analizarlo, así que mejor le dejo la tarea a la gente que de verdad domina ese idioma. La cuestión es que no tardé mucho en darme cuenta de que el tonto era yo. Tras un par de minutos, Norm Macdonald dijo algo que me hizo percatarme de su increíble agudeza. Es como cuando ves por primera vez 2001: Una odisea del espacio y piensas que no tiene ningún sentido. Pero lo tiene, solo que aún no lo has sabido ver porque la película ha estado sobrevolando tu cabeza a más altura de la que podías alcanzar.

Macdonald suele hacerse el tonto, sobre todo cuando lo entrevistan. Cuando se lo propone, se hace el tonto muy bien. Reacciona con aparente lentitud y una mansa sonrisa, como alguien que hubiese entrado al estudio de televisión por error y no supiese muy bien qué esperan que diga ante las cámaras. La impresión de espesor se acentúa cuando le da por contar laberínticos chistes que no van a ninguna parte y que, una vez terminados, él mismo se empeña en explicar de manera torpe. O cuando narra tontísimas anécdotas inventadas sobre sus familiares mineros del Canadá rural. Así que si nunca has visto a Macdonald y no sabes quién es, su engañosa torpeza puede pillarte desprevenido durante algunos minutos.

En Norteamérica, claro, hace muchos años que ya no engaña a nadie, O, por lo menos, no engaña al público de su generación, que lo ha visto improvisar una brillantez detrás de otra durante las cuatro décadas que lleva apareciendo en televisión. Macdonald es muy inteligente y piensa muy rápido. Como decía, muchos cómicos y presentadores de talk show estadounidenses suelen hablar de Norm Macdonald con reverencia. Conan O’Brien ha dicho varias veces que Macdonald es el invitado que más le gusta llevar a su programa porque, pese a su caótica manera de hablar, siempre tiene un as en la manga: «Sus entrevistas parece que van a venirse abajo, pero él siempre las finaliza de manera brillante». David Letterman, en cuyo programa empezó a hacerse un nombre, lo considera uno de los tres mejores cómicos vivos (opinión que comparten Bill Burr o Jon Stewart): «Norm es lo mejor de lo mejor, el más divertido entre los divertidos, el tipo que lo tiene en cada fibra de su ser». Cuando Macdonald le preguntó a Letterman (a quien claramente venera como mentor e ídolo) si no le gustaría ser «menos inteligente», Letterman respondió: «No. Me gustaría ser tan inteligente como tú», cosa que provocó el más completo estupor en Macdonald, porque es la clase de cosa que Letterman no suele decir. Dana Carvey compara a Macdonald nada menos que con Mark Twain. Y un buen título para este texto proviene de Dennis Miller, quien apoda a Macdonald como «el Galileo de la comedia». Jim Carrey dice que «cuando busco comedia para ver en Youtube, Norm es el hombre. Es mi primera opción». En fin, hay incontables ejemplos. Macdonald no es muy conocido en España, pero piense usted en algún cómico estadounidense de los últimos cuarenta años, y hay un noventa y nueve por ciento de probabilidad de que haya elogiado a nuestro protagonista de hoy.

Macdonald empezó como monologuista en su Canadá natal y se mudó a Estados Unidos para trabajar como guionista para Roseanne Barr. También apareció como invitado en el programa de David Letterman, quien ejerció como su mentor y lo animó a continuar con la comedia. Realmente alcanzó la popularidad a mediados de los noventa, al entrar en el reparto del programa cómico más importante del país, Saturday Night Live. Allí debutó ejerciendo una faceta que él mismo desdeñaba: las imitaciones. Luego hablaremos de ellas. Norm se convirtió en leyenda al hacerse cargo del noticiario de Saturday Night Live, llamado Weekend Update. Esa sección del programa había sido iniciada en los setenta por Chevy Chase y Jane Curtin, aunque después, en manos de otros cómicos, había sufrido altibajos. En 1994, en un alarde de atrevimiento, los ejecutivos de NBC permitieron no solo que Macdonald se encargase del Weekend Update, sino que le dieron libertad para escribir su propio material (junto al guionista Jim Downey, que trabajó estrechamente con él). ¿El resultado? La mejor etapa de Weekend Update en sus cinco décadas de historia. Ya sé que en humor las cosas son subjetivas, pero hay algunas verdades, muy pocas, y entre ellas se encuentra esta: si ven por ahí algún ranking histórico de presentadores del Weekend Update y Norm Macdonald no está ocupando el primer puesto, es que el ranking está mal hecho.

Como muchos de ustedes sabrán, Saturday Night Live se emitía en directo y con público en el estudio, así que era difícil prever la reacción del mismo ante cada chiste. Se intentaba afinar todo para obtener las más risas posibles. Resultó que a Norm Macdonald le traía completamente sin cuidado la reacción de los presentes. Él hacía lo suyo con su estilo característico, una rara mezcla de indiferencia y burla donde rara vez iba más allá de mostrar una sonrisita sarcástica. Se notaba que se lo pasaba en grande poniendo a prueba los límites de lo que se podía decir en un programa de máxima audiencia en la televisión de los noventa. El público del estudio no siempre se reía, y en ocasiones lo abucheaban por considerar que se había pasado de la raya. Otras veces se producía un silencio incómodo, pero era muy evidente que a Macdonald le importaba un pimiento si su chiste había sobrepasado la línea. Como señala Conan O’Brien: «Cuando Norm no obtenía del público la respuesta esperada, se quedaba mirando fijamente a la cámara como diciendo: [si el chiste no os hace gracia] es vuestro problema».

Su etapa en Weekend Update se prolongó entre 1994 y 1997. Macdonald se decidió a tensar la cuerda todo lo que era posible en aquel contexto. Se podría decir que The Simpsons abrió el camino hacia un humor televisivo más cafre como el de Family Guy o South Park. Pero no se puede infravalorar la cantidad de barreras que Macdonald derribó por sí solo desde el escritorio de Weekend Update. Su filosofía era simple: si uno puede burlarse del presidente, de los políticos o de los dictadores, uno debe poder burlarse de cualquiera. Y en Weekend Update no dejaba títere con cabeza. Si algún sector del público o de la prensa pretendía cabrearse con Norm (aunque entonces no había Twitter y los escandalitos estaban más espaciados en el tiempo), lo tenían difícil. La naturaleza caprichosa y aparentemente azarosa de sus desvaríos no podía ser encapsulada en una tendencia política o moral concreta. ¿Era machista? ¿Homófobo? ¿Germanófobo? Todas esas etiquetas y algunas más se le podían aplicar en un momento dado. Sin embargo, los espectadores de Saturday Night Live, aunque fuesen generalmente jóvenes y progresistas, no pedían su cabeza. Sabían que Macdonald tenía tendencia a pasarse de la raya, pero todo estaba bajo el paraguas del animus iocandi. Dicho de otro modo: Norm Macdonald ejercía como «troll» antes de que se generalizase el término como sinónimo de tocapelotas profesional, y su público no solo lo entendía, sino que terminó esperando justo eso de él. Además, el humor de Macdonald podía ser controvertido, pero también el más brillante que se había visto en el programa quizá desde los tiempos de Eddie Murphy. Es decir, Norm era capaz de empezar un chiste sobre mujeres conductoras (¡uy!) para burlar las expectativas sobre el esperado comentario machista en torno a la conducción, haciendo otro comentario machista aún más insultante de lo previsto, recibiendo como si nada el abucheo del público, y por fin descolocando a todos los presentes con un giro que no habían sido capaces de imaginar. Todo esto en menos de un minuto. Una cosa es contar un chiste machista, y otra cosa es hacerlo como Norm Macdonald: hasta las mujeres del público, las mismas que lo acababan de abuchear, terminaban riéndose.

A veces su humor tenía tintes sociales, como cuando abogaba por el exterminio de los «hombres blancos ricos» décadas antes de que se pusiera de moda este concepto, pero otras veces elegía sus víctimas de manera azarosa y arremetía contra ellos semana tras semana. Entre sus dianas preferidas estaban personas que por su inmensa fama era de esperar que recibieran puyas, como Madonna o Michael Jackson, pero también David Hasselhoff, cuya popularidad en Alemania era motivo de burla constante (Macdonald nunca ha dejado de meterse con Alemania, que «no debería ser un país»). O Richard Simmons, famoso por sus programas de aerobic, del que Macdonald insistía en anunciar, como si estuviese revelando en primicia un increíble secreto, lo que todo el mundo ya sabía: «Richard Simmons es gay». Entre los personajes a los que Macdonald martirizaba por puro placer destaca Frank Stallone (el hermano de serie B de Sylvester Stallone), a quien culpaba del vertido de residuos tóxicos, de las crisis económicas, o a quien calificaba —que ya hay que ser cabronazo— como «el individuo más gracioso del mundo». Lo más flipante es que Macdonald soltaba muchos de estos ataques tras hablar de noticias que no tenían relación alguna con la persona atacada:

Si es usted una persona malvada y retorcida que gusta de estas aberraciones, existen recopilaciones temáticas sobre las ocurrencias de Macdonald en Weekend Update (y en algunos otros programas). Chistes machistas, estereotipos raciales y de otras clases, chistes sobre obesidad, chistes sobre gente fea, etc.

Macdonald solía forzar los límites del humor aceptado por entonces y empezó a recibir advertencias de sus jefes, pero las ignoraba por completo. El asunto que más contribuyó a su despido fueron sus constantes ataques a O. J. Simpson, la antigua superestrella del fútbol americano, acusado de asesinar a su exmujer Nicole Brown y al amante de esta, Ron Goldman. El asesinato se produjo en junio de 1994 y el juicio se prolongó entre enero y octubre de 1995. Macdonald, que se había hecho cargo del Weekend Update en 1994, convirtió a Simpson en su objetivo. Esto provocó que se redoblasen los avisos desde la cúpula de NBC, particularmente por parte del presidente Don Ohlmeyer, que era amigo personal de O. J. Simpson. Cómo no, Macdonald continuó haciendo caso omiso. Cuando el jurado dictó un controvertido veredicto de inocencia y O. J. fue absuelto del crimen, Macdonald no se desdijo. Al contrario, inició su sección diciendo «Bueno, por fin es oficial: el asesinato es legal en el estado de California».

A principios de 1998, cuando en la NBC comprobaron que Macdonald no tenía la más mínima intención de suavizar su humor (ni de dejar de llamar asesino a Simpson), lo despidieron. El motivo que le dieron: «No eres lo bastante gracioso». Como era de esperar, Saturday Night Live pegó un bajón tras la salida de Macdonald, pues su versión de Weekend Update había sido lo mejor del programa y otro grande de esa etapa, Chris Farley, había muerto prematuramente el año anterior. Tras el despido de Norm, muchos presentadores y humoristas se pusieron de su lado, en especial David Letterman, quien también había tenido una conflictiva salida de la NBC. Irónicamente, en la dirección de NBC se dieron cuenta de lo que habían dejado escapar y, apenas año y medio tras su despido, tuvieron un inesperado gesto de acercamiento. Propusieron a Macdonald que hiciese de presentador invitado de la semana en Saturday Night Live. Él accedió, pero, como quizá era de esperar, se desahogó bien a gusto en el monólogo inicial:

Hace año y medio, tuve un desencuentro con la dirección de NBC. Yo quería conservar mi trabajo. Y ellos opinaban todo lo contrario. Me despidieron porque decían que no era gracioso (…) Y ahora me invitan a presentar el programa. Así que digo: eh, espera… ¡Hey! ¿Cómo he pasado, en año y medio, de no ser lo bastante gracioso a que me dejen siquiera entrar en el edificio? (…) Entonces lo entendí: ¡yo no me he vuelto más gracioso, es que el programa se ha vuelto realmente malo! Así que sí, soy gracioso si me comparáis con… bueno, con lo que estáis a punto de ver. Resumiendo: la mala noticia es yo que sigo sin ser gracioso. Y la buena noticia es que este programa apesta.

En realidad, el monólogo fue suave para lo que Macdonald tenía planeado. Su intención inicial había sido la de boicotear el programa. El invitado semanal de Saturday Night Live, además de pronunciar el monólogo de presentación, participa en los posteriores sketches. Macdonald, en un principio, había pensado hacer el monólogo y marcharse del estudio, dejando colgados a todos y sembrando el caos en un programa que, recordemos, se emite en riguroso directo. Según él mismo confesó, se abstuvo del boicot porque alguien de su entorno hizo que entrase en razón.

Decíamos antes que Norm Macdonald fue el pionero de la práctica de sembrar el terror presentando entregas de premios. En 1998, presentó la gala deportiva de ESPN con la misma actitud de sudapollismo que había mostrado en el Weekend Update. Y entonces el atrevimiento era bastante más delicado que en 2010, porque nadie esperaba ver algo así en una gala. Recuerden que, en 1998, una gala era todavía un acto en el que se esperaba que el presentador, por muy atrevido que fuese en otros contextos, suavizase su humor (como sí había hecho, craso error, David Letterman en los Óscar). Por supuesto, Norm fue él mismo y no suavizó nada. Empezó ironizando sobre los famosos que habían practicado sexo con becarias o con menores de edad (después resultó que algunas de las estrellas presentes estaban implicadas), se burló de deportistas extranjeros, menospreció el kick boxing, habló de los futbolistas que habían tomado drogas y follado con strippers, se burló de las habilidades de Michael Jordan en el golf y el béisbol, y menospreció el noventa y nueve por ciento de los deportes de la Olimpiada de Invierno (como buen canadiense, solo le merecía la pena el hockey sobre hielo). Y cómo no, cerró su intervención llamando asesino a O. J. Simpson por enésima vez, mientras los deportistas presentes ponían cara de no saber dónde meterse.

Poco después, en los American Music Awards del 2000, volvió a hacer lo mismo. Puso a parir discos nominados («Es un gran CD para usar de posavasos»), despreció a los artistas de música latina («Si estás viendo esto, viejo rockero, es el momento perfecto de ir al servicio; para el resto, aquí viene Enrique Iglesias»), dijo que Tommy Lee había tenido una erección al darle la mano a Carmen Electra, que Dr. Dre le había ofrecido drogas entre bastidores, llamó gordo a David Crosby, le cambió el nombre a Amy Grant por «Big Ricky Grant», anunció un «duelo de puñetazos a muerte» entre Jessica Simpson y Julio Iglesias hijo, y resumió el éxito del primer disco de Creed diciendo «esto es algo más que talento: esto es pura suerte». En el mismo estilo que después usaría Gervais, dijo que «a los más grandes cómicos se los reconoce solo con decir el nombre de pila: Johnny, Lucy, Rodney». Refiriéndose a Johnny Carson, Lucille Ball y Rodney Dangerfield. Justo después presentó, recalcando bien los apellidos, a Bill Maher y Caroline Ray.

Antes mencionaba su breve etapa inicial imitando a personajes. No era el mejor imitador del mundo, la verdad, y a veces hacía de sí mismo con un disfraz. Pero en ocasiones, por algún extraño motivo, parecía captar el espíritu de ciertos personajes, y sus imitaciones se convertían en descacharrantes parodias. Mi favorita probablemente sea la de Burt Reynolds, a quien retrataba como un individuo totalmente idiota cuya infinita chulería lo hacía inmune a la percepción de su propia idiotez. Imitación, por cierto, que divertía muchísimo al propio Reynolds, quien deseaba aparecer en un sketch junto a su alter ego ficticio. Pero no pudo ser, porque Macdonald fue despedido de Saturday Night Live antes de que tan maravillosa conjunción pudiera llegar a producirse:

Otro famoso al que Macdonald retrataba como un perfecto tontolaba, aunque con más motivo, era Quentin Tarantino. Desconozco si Tarantino aprueba su imitación, pero el cineasta es la perfecta encarnación de ese concepto que los estadounidenses denominan douchebag, cuya traducción más aproximada en este contexto, a falta de que alguien con mejor inglés me ayude a expresarlo mejor, yo resumiría como «gilipollas narcisista con ínfulas». Lo más llamativo de su imitación de Tarantino es contemplar a Norm Macdonald hablando deprisa, algo que rarísima vez hace. Es como ver a un perezoso jugando al tenis. Otra imitación que ha repetido ocasionalmente a lo largo de los años es la de Clint Eastwood: vean este avance de un ficticio reality show titulado La señora Eastwood y compañía, protagonizado por la (verdadera) familia de Eastwood y por Norm Macdonald poniendo caras de asco. No dejo de imaginar al verdadero Clint viendo esto. Estoy convencido de que se parte vivo.

Por más que me guste su paso por Weekend Update y su papel como pionero del terrorismo en las entregas de premios, mi faceta favorita de Macdonald es su papel como invitado en programas de entrevistas. Es una mina. Por ejemplo, cuando le da por contar historias extrañas. En los talk shows nocturnos, de tono distendido, los invitados suelen sacarle punta a alguna anécdota de su profesión o de su vida privada. Pero Macdonald, como recuerda Conan O’Brien, «inventó algo que nunca había visto antes y nunca he vuelto a ver después». En vez de recurrir a anécdotas propias, cuenta, como si fuesen historias que le hubiesen sucedido a él, chistes antiguos —«de 1920 o por ahí»— que ya nadie recuerda. A esto se une su habilidad innata para convertir cualquier narración en un pasaje surrealista. Es difícil describir lo que hace. Salvando las distancias geográficas y culturales, se me ocurre el ejemplo de Chiquito de la Calzada o de el Risitas, en el sentido de que lo de menos es lo que cuentan, sino cómo lo cuentan.

Por ejemplo, el chiste de la polilla. Lo de menos es que Macdonald lo convierta en una especie de novela de Tolstoi:

Una polilla entra en el despacho de un podólogo. El podólogo le pregunta: «¿Cuál es el problema?». Y la polilla responde:

—¿Qué cuál es el problema? Oh, ¿por dónde empezar? Voy a trabajar para Gregori Ilinóvich. Trabajo todo el día. La verdad, doctor, ya no sé por qué lo hago. Tampoco sé si Gregori Ilinóvich sabe por qué trabajo, pero sí sabe que tiene poder sobre mí, y eso parece hacerlo feliz. Y yo me levanto sintiéndome mal. Voy todo el día de aquí para allá. A veces me despierto y veo a esa señora mayor en mi cama, apoyada sobre mi brazo. Una mujer a la que antaño amé, doctor. Y después ya no sé dónde mirar. Mi hija pequeña, Alexandria, murió durante el invierno del año pasado. El frío se la llevó, como hace con muchas de nosotras. Y a mi otro hijo —y esto, doctor, es lo más difícil de asimilar—, a mi otro hijo Gregardo Ibinolidirivich ya no lo amo. Por mucho que me duela decirlo, cuando lo miro a los ojos todo lo que veo es la misma cobardía que descubro cuando echo un vistazo a mi propia cara en el espejo. Si tan solo mi cobardía fuese aún más intensa, quizá podría atreverme a coger la pistola cargada que tengo junto a la cama, y acabar con esta infernal farsa de una vez por todas. Doctor, algunas noches me siento como una araña; aunque yo sea una polilla, me veo aferrándome a una telaraña mientras un fuego inextinguible arde justo debajo de mí. Doctor, no me siento bien.

Entonces el podólogo dice:

—¡Tienes serios problemas! Deberías ver a un psiquiatra. Por el amor de Dios, ¿por qué has venido aquí?

Y la polilla responde:

—Porque la luz estaba encendida.

Pues bien, leída es una cosa, pero la historia salta a otra dimensión cuando se la vemos contar a Norm. Decía que en muchas entrevistas se hace el tonto y cuenta sus historias de manera aparentemente torpe, repetitiva e innecesariamente complicada. Como un familiar achispado que dijese cosas sin sentido durante la cena de Nochebuena, solo que la torpeza de Macdonald es completamente controlada. Sabe cómo explotar su inmenso carisma y su simpatía natural. Es uno de esos individuos que es gracioso por naturaleza. Algunas de sus historias no tienen sentido, pero es imposible no sentirse atrapado por la particularísima manera en que las narra, con la mirada perdida en el infinito, inventándose cosas sobre la marcha, haciendo extrañas pausas, consumiendo minutos de programa y provocando que su entrevistador, en este caso Conan O’Brien, lo interrumpa para exclamar «¿Cómo de largo es esto?». Macdonald se comporta como un crío de diez años y sabe perfectamente el efecto que eso causa:

Lo mismo sucede con la historia de cuando conoce a un profesor de lógica, o la surrealista historia de cuando juega al Scrabble, o la historia de un tipo de Quebec y un estupidísimo juego de palabras sobre delfines. Podría estar dando el parte del tiempo, y su sonrisita traviesa lo convertiría en un espectáculo.

Aunque la mejor manera de comprobar cómo funciona la cabeza de este tipo es viendo sus intervenciones espontáneas en entrevistas a otros personajes. Ahí, Norm no cuenta sus historias, pero suelta las cosas que se le van ocurriendo sobre lo que dicen otros invitados o invitadas. Y resulta que se le ocurren cosas con una velocidad pasmosa. Por ejemplo, hay una entrevista (también de Conan O’Brien) a Courtney Thorne-Smith, una de las protagonistas de la serie Melrose Place. Macdonald, sentado al lado de Courtney, no dejaba de interrumpir para dar por saco con sus imprevisibles comentarios que eran, por supuesto, los momentos álgidos de la breve entrevista a la actriz. Macdonald dejaba caer que los fans de la serie eran unos retrasados, que la nueva película de la actriz iba a ser «veneno para la taquilla», y demás lindezas. Sin embargo, las decía con su particular estilo travieso hasta el punto de que la propia Courtney, en vez de sentirse atacada, se partía de risa. Es una de las raras habilidades de Macdonald: se sienta junto a alguien, empieza a meter puyas, ¡y termina cayéndole bien a todo el mundo!

Hacia el final de la mencionada entrevista (minuto 6:50 del siguiente vídeo), Conan O’Brien le desafía a que se invente un chascarrillo sobre el título de la mencionada película. Y Macdonald, para sorpresa de todos, se saca de la manga un increíble juego de palabras ¡en décimas de segundo!, ante la impagable reacción de O’Brien y de la propia entrevistada (¡no se desafía a Norm Macdonald!). En fin, verlo bombardear con chorradas una entrevista ajena —¡para mejorarla!— es un espectáculo. Este individuo es una fuerza de la naturaleza.

Teniendo en cuenta el desdén de Macdonald por los límites del humor, es sorprendente que no se haya metido en todavía más problemas durante su carrera (aparte del despido de Saturday Night Live). Por un lado, ayuda su actitud de niño travieso en las entrevistas y su simpatía natural. De hecho, sus peores ataques suenan amables, como cuando dice que la terrible cómica Amy Schumer es «la mujer más divertida del mundo», el mismo insulto que le dedicaba a Frank Stallone. Por otro, quienes conocen personalmente a Macdonald suelen hablar muy bien de él y explican que, además de buen tipo, es igual de excéntrico en su vida diaria (David Spade, antiguo compañero del programa, describe los alocados mensajes de texto que envía Norm a horas intempestivas).

Por supuesto, la era del animus iocandi ha terminado y hasta Norm se vio metido en su propia polémica, aunque la afrontó como era de esperar en él. La cosa sucedió cuando afirmó, en el programa radiofónico de Howard Stern, que «hay que tener síndrome de Down para no sentirse mal por las víctimas del Me Too». Un desliz desafortunado que Macdonald tuvo al intentar evitar la palabra «retrasado» que ha usado durante años y años, como explicó en el momento. Al contrario de otras veces en que había levantado ampollas de manera deliberada, ese comentario causó un escándalo nacional y le supuso diversas represalias prefesionales, entre ellas la cancelación de su prevista aparición en el programa de Jimmy Fallon y la cancelación de un show en Netflix. Quienes conocen a Macdonald, dicen que el asunto le afectó de verdad.

Para sorpresa de muchos, un dócil Norm acudió al programa The View, la exitosísima tertulia femenina encabezada por Whoopie Goldberg, para disculparse en tono muy serio. Allí habló y recibió la simpatía y el respeto de las entrevistadoras, que parecían hacer todo lo posible por ayudarlo a limpiar su imagen. A primera vista, el momento era chocante; en décadas de carrera, jamás se había visto a Norm Macdonald reculando de esa manera. Es cierto que se había arrepentido de algunos de los chistes que hizo durante su carrera. Es un conocido defensor de la hipótesis de que en la comedia, cuantos menos límites, mejor. Sin embargo, dejó de hacer chistes sobre transexuales porque «la gente es idiota», refiriéndose a algunos casos de agresión a estas personas. Un poco como lo que le sucedió a Stanley Kubrick con La naranja mecánica. A Kubrick no le preocupaba lo más mínimo escandalizar, pero en cuanto supo que algunos imbéciles habían usado su película como excusa para la violencia, se sintió muy perturbado e hizo lo posible por dejar claro que le hubiese gustado no rodarla. A Macdonald nunca le ha importado que la gente —minorías incluidas— se ofenda por un chiste suyo; sin embargo, cuando cree que alguien ha usado su humor como excusa para una agresión, se desmarca. Aun así, su disculpa en The View era sorprendente porque no había agresiones por medio, solo un desliz verbal. La cosa no encajaba con su personalidad.

Después empezaron a conocerse los detalles. Era verdad que el escándalo le había afectado emocionalmente, y había querido explicarse en el podcast de Joe Rogan (que en Estados Unidos tiene una audiencia descomunal). Pero Netflix, empresa con la que todavía tenía contrato, le impidió ir al programa de Rogan. Ante eso, Macdonald decidió hacer las cosas a su manera y «explicarse» en The View. Lo pongo entre comillas porque, antes de ir, avisó a unos amigos de que iba a comerse una pastilla de menta cada vez que mintiese durante su arrepentimiento público. Y, en efecto, a Macdonald se lo vio llevándose pastillas a la boca cuando decía cosas como «En ese mismo momento me di cuenta de que había hecho algo imperdonable» o «los periodistas siempre me preguntan sobre qué [humor] es ofensivo y si hay cosas que sobrepasan los límites, y personalmente creo que casi todo sobrepasa los límites».

En otras palabras, Macdonald había ido a The View a cachondearse. Cuando la gente supo este detalle, recordó no solo que Macdonald había sido el troll original en los noventa, sino que continuaba ejerciendo. Algunas frases que habían parecido torpes o ambiguas en el programa cobraron de repente sentido como defensa de la libertad de expresión; por ejemplo: «Todo esto me sorprendió, porque no hice nada. Es decir, hablé. No quiero ser metido en el saco de gente que ha cometido crímenes». Supongo que la pantomima de The View era su manera de protestar. En los ochenta fueron el «pánico satánico» de los discos al revés y la obsesión del PRMC por las canciones sexuales; hoy es la caza del desliz. Cada época tiene sus deportes para los portadores de antorchas, y es difícil escapar (por no librarse de polémicas absurdas, no se ha librado ni Fran Lebowitz, que es mujer, lesbiana y de izquierdas). En cualquier caso, seré feliz mientras existan vídeos de Macdonald y pido disculpas por que prácticamente no existan vídeos subtitulados en español, porque realmente merece la pena meterse en YouTube y empezar a bucear en la trayectoria de este maravilloso individuo que, como no podía ser menos, odia los musicales de Broadway.

Mi origen étnico es polaco. Mis padres cambiaron su apellido a Macdonald debido a las burlas que recibían por ser polacos. Y eso me enfada. Me parece bien que hagas chistes sobre otra gente, pero no me parece bien que hagas chistes sobre polacos. No me gustan. Una vez me pasó esto: fui a un sitio y pedí una salchicha típica polaca. El tipo me dijo: «¡Oh! ¡Tú debes de ser polaco!». Yo le dije: «¡Venga ya, tío! Es decir, ¡venga ya! ¡Piensa cuando hables!». Traté de hacer entrar en razón a este tipo, de darle una visión más amplia del mundo. Con un racista tienes que ir al fondo del asunto. Le dije: «¿Tú te crees que porque pido una salchicha polaca, ya soy polaco?¿Si alguien viene y te pide un pan francés, pensarías que es francés? ¿Si te pide un gofre belga, considerarías a ese tipo un belga? ¿Si un tipo te pide una Bratwurst alemana, considerarías que ese tipo es alemán? ¿Si te pide una hamburguesa cubana, pensarías que es cubano? ¡Es absolutamente ridículo que solo porque he venido a pedir una salchicha polaca, llegues a la conclusión de que soy polaco!». Y el tipo me dice: «Bueno… en primer lugar, esto es una ferretería».