¿Cuál es la mayor magufada de nuestros días?

Buenas noches, y sean ustedes bienvenidos al rincón del misterio. Bueno, del misterio no (a mí la fotosíntesis me parece un misterio acojonante), sino de las conspiranoias. Las sonrisillas ante quien no sabe. Las magufadas. Oh, sí.

Una magufada es la creencia ciega en cualquier teoría lo suficientemente loca como para enarcar las cejas de alguien nacido después de Kant. ¿Símil posmoderno? Que usted se pusiera ahora a hacer sacrificios en honor de Nyarlathotep (pero leyendo menos). A ver, igual no es definición canónica, pero tampoco van a encontrar ustedes aquí mucha ciencia empírica, ya se lo adelanto. La palabreja parece una mixtura entre mago y ufólogo, y suena muy bien en boca. Prueben, prueben a decirla, voz bien alta. Ma-gu-fo. Si es que te llena de alegría. 

Ojo, está bastante más extendido de lo que pensamos. Todos los grupos de WhatsApp, por ejemplo, tienen su magufo (yo creo que hay una asociación que los adjudica aleatoriamente). Antivacunas, reptilianos, etés… Todo vale. La idea de quedar por encima de los otros con un demoledor «sé algo que las élites no quieren que sepas» es tan antigua como la misma humanidad, supongo. 

Con intención de ampliar el espectro epistemológico lo máximo posible, vamos a exponerle nuestras diez magufadas preferidas, para que las conozca todas y pueda escoger esto de esta, esto de la de más allá, como si fuera un bufé libre de delirio y caspa, o añada en los comentarios sus favoritas. Si prefiere seguir viviendo con una venda en los ojos (como cuando va a la playa de Benidorm) deje de leer ahora mismo. De lo contrario todas sus certezas podrían verse removidas, empezaría a hacerse preguntas incómodas (¿y si…?) y compraría mucho (mucho) papel de plata en el súper.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Reptilianos

Imagen: SacroHelgo (CC)

Empezamos fuerte. Nuestros líderes mundiales no son lo que parecen. Hasta aquí todos de acuerdo, un poco lo suponíamos. Pero hay más. Ni siquiera pertenecen a la raza humana. No. Son reptiles antropomorfos que se disfrazan mediante sofisticadas técnicas para que su piel parezca lisa y suave. O algo parecido, vaya, que uno de los reptilianos supremos es la reina de Inglaterra y tampoco es que tenga el cutis como para protagonizar anuncios. Ustedes pueden reconocerlos de forma muy sencilla. Escamas, pupilas rasgadas, desprecio por la luz del sol y piel fría (intenten no hacer las pruebas a la salida de una rave, porque los resultados podrían ser no concluyentes). La extensión de esta descacharrante teoría se la debemos a David Icke, rubicundo hijo de la Gran Bretaña que primero fue portero de fútbol (malo), luego locutor deportivo (malo) y ahora ejerce como chiflado a tiempo completo (éxito). Existen dos grandes ramas dentro de la hipótesis de los reptilianos (sí, amigos, aquí también hay Frente Popular de Judea y Frente Popular Judaico). Una nos dice que estos bichos tan simpáticos habitan nuestro mundo desde eones, solo que lo hacen escondidos en ciudades subterráneas. La otra representa un crossover épico con los extraterrestres, ya me entienden. George Bush, Barack Obama, el músico Kris Kristofferson (ni idea de la razón)… Todos ellos son reptilianos disfrazados. ¿Su objetivo? Pues el de siempre, esclavizarnos. Reconozcamos que como líder de una invasión verde tiene más tirón Diana que Su Graciosa Majestad…

Kit: Versión extendida de V, entradas para el reptiliarium de su ciudad, absoluta falta de criterio.


Tierra plana

Imagen: Library of Congress (DP)

Están todos ustedes equivocados. Todos. La Tierra no es redonda, no, sino plana. Plana. Como una tabla de planchar, como un disco de Bisbal. Plana. Y hay un montón de gente dispuesta a defender esto. Con fotos, datos incontrovertibles, llamadas al «no seas iluso». En fin. Si hasta el ministro de Ciencia y Tecnología explicó un día, amablemente, que nuestro planeta es (casi) esférico, que él lo había visto, porque estuvo en el espacio, no sé si saben. Y los terraplanistas se le echaron a la yugular con gritos de «mentiroso», «felón», «ilustrado». Estas cosas tú las decías hace un par de siglos y te señalaban por las calles entre risas. Hoy grandes mentes de nuestra era como Kyrie Irving o Tila Tequila (lo juro) defienden a capa y espada el asunto, con argumentos sacados de Twitter, Tik-Tok y los programas esos de madrugada que nunca ve nadie. La pandemia de 2020 hizo que se pospusiera el proyecto definitivo de los terraplanistas: un crucero para alcanzar el borde del mundo (supongo que es tocar y volver, como cuando estas en la playa y vas paseando al muelle). Ya ven, empirismo puro y duro, método científico. Ojalá puedan hacerlo próximamente. Mi sueño es que haya no uno, sino dos. Dos barcos que saliesen a la vez de Ciudad del Cabo, uno en dirección este y otro en dirección oeste. Buscando el límite. Y que esos simpáticos barquitos choquen (ya es casualidad, pero oigan… mi sueño, mis reglas) en mitad del océano Pacífico, ante la incredulidad de los presentes. Oh, sí. Ah, existe un equipo en España, el Flat Earth Fútbol Club (tercera división madrileña), que defiende estos postulados. En clara muestra de incongruencia juegan con balones esféricos.

Kit: Faldriquera y calzas del siglo XI, fotos que demuestran toda la verdad, mapamundi sin proyección alguna (porque eso es una falacia para ignorantes).


El monstruo del lago Ness

Imagen: DP.

Esta es hasta graciosa. En Escocia hay un lago muy grande, y allí vive un ser con aspecto de dinosaurio, tamaño monstruoso y cierta propensión para aparecer en fotos no muy claras. El tema Nessie (permitan la familiaridad) viene de 1934, cuando R. K. Wilson, cirujano de profesión, tomó la famosa fotografía donde se ve una enorme cabeza asomando de las frías aguas. Uhhh, espanto y terror. No importa que más tarde se confesase el engaño (incluyendo explicación minuciosa sobre cómo habían hecho al supuesto bicho), qué más da. A partir de ese momento aparecieron legajos antiquísimos, auténticas joyas, que databan avistamientos del simpático saurio hasta en el siglo VI. Que cierto santo luchó contra un dragón. Ya ven, incontrovertible. Los más avezados buscadores de lo extraño (adoro esa expresión) se lanzaron a decir que Nessie era, sin duda, un plesiosaurio, porque lo de las etapas geológicas es solo un pequeño problema que saltamos así, hop, con gracejo y sonrisas. Una familia de dinosaurios, en realidad, a estas alturas debían tener consanguinidad como para ocupar varios tronos europeos… Ah, surgieron otros. Monstruos lacustres, digo. Los hay por cientos. Todos con evidencias muy científicas y mucho científicas, como pueden imaginar. Aun así, el recuerdo de Nessie sigue vivo, y nuestro reportero del misterio por excelencia (ustedes saben de quién les hablo) analizó, no hace mucho, otra supuesta imagen del bichejo que era, a todas luces, la estela de un barco.

Kit: traje de neopreno gordo (las aguas están muy frías), kilt (ser magufo no significa que no puedas asumir looks ajenos), whisky (causa segura de muchos avistamientos).


Nunca llegamos a la Luna

Imagen: Punt du Jour.

Esta es una de las más conocidas. Que todo lo del aterrizaje en la Luna es un montaje. Jamás llegamos allí. O llegamos, pero no de la forma en que nos contaron. Eso fue una película filmada hábilmente por Stanley Kubrick, porque si andas en plan deep fake ya contratas al mejor de los mejores. Hay hasta un documental que recoge fotos del rodaje (se emitió un primero de abril, así que yo no le haría mucho caso). Armstrong, Aldrin y Collins estaban calentitos en sus camas mientras el mundo miraba esperanzado al cielo. Algo así. Las pruebas son innumerables. Piedras lunares con etiquetas de tramoya (¿en serio?), sombras misteriosas, incluso banderas orgullosamente erguidas en lugar de tenuemente lánguidas… Y ¿por qué no dijeron nada los soviéticos?, se preguntará usted, taimado e incrédulo lector. Pues porque tenían mucho que callar, ja, ja, ya sabe, guiño, guiño. La gracia es que tenemos ramificaciones, por si no nos gusta lo anterior. La Luna es una antigua nave extraterrestre abandonada (que, me dirán ustedes, bien fea les salió la nave, ¿no?). Otra es que no solamente fuimos a la Luna, sino que además encontramos allí restos de una civilización anterior (restos ciclópeos, porque estas cosas o son ciclópeas o no son) y arrasamos el asunto con unos cuantos pepinos atómicos. Algunos magufos cum laude te defienden una versión o la otra dependiendo del día (y del número de chupitos). Ya ven, ellos siempre ganan. 

Kit: Libro de Carl Sagan (refutado a lápiz punto por punto), gorrito hecho con papel de plata (para que no nos controlen los gobiernos con sus ondas mentales), aspecto general de morir virgen.


Tierra hueca

Imagen: C. Durand Chapman. (DP)

Otra teoría (ejem) con dos variantes. Ambas tienen un punto en común: nuestro planeta está hueco, completamente hueco. Bueno, a ver, hay una pequeña costrita de rocas (para engañar a los mineros y tal), pero por dentro… nada de nada. O un sol. Sí, sí, un sol. Primera versión: la tierra está vacía y nosotros vivimos en su interior (engañados por los poderes fácticos, quienes reciben royalties por aparecer en todas las conspiraciones). Lo que usted, incauto lector, entiende por cielo resulta parte interna del pellejo terrestre, y el astro rey no es sino nuestro núcleo. Ya ven, ciencia a lo grande. La otra opción es que efectivamente estemos en la superficie, y el interior esté habitado por civilizaciones a-co-jo-nan-tes, que han alcanzado un desarrollo técnico y físico tan elevado como para vivir en las alcantarillas. Ah, estas ideas eran muy de nazis. Lo de Shambala y Agartha y la comunión panaria y todo eso. Por contextualizar.

Kit: Ejemplar de Viaje al centro de la Tierra (sin abrir), botas de trekking compradas en el Decathlon, smartphone en modo «linterna».


Antivacunas

Imagen: Cordon Press.

A ver, la movida madrileña fue jodida. Muy jodida. Desenfreno, pijos, drogas. Todo eso. Entonces yo entiendo que algunos quedaron tocados (tocados… ya saben) y no se les puede juzgar como al resto. Pero la tendencia antivacunas entre sus viejas glorias (y algunas no tan gastadas) solo puede obedecer a un egoísmo sudapollista bastante grave. Que las vacunas han sido uno de los grandes avances en la historia de la humanidad era algo que, hasta hace unos años, solo te lo discutían Carlos Jesús, Christopher y Micael. Pero ahora, miren. En sitios del llamado Primer Mundo estamos recuperando enfermedades que pensabas extirpadas solo porque algunos niños tienen padres idiotas. Padres que se creen lo que cuentan en grupos de WhatsApp, foros de internet y memes (en el siglo XXI un meme vale tanto como un paper). El problema es cuando te encuentras titulares tipo «El antiguo virólogo Clodoveo Chifladez afirma que…», y, claro, luego abres la noticia para contextualizar y la frase es más amplia. «El antiguo virólogo Clodoveo Chifládez (quien juró haber mantenido relaciones de tipo carnal con cuatro sasquatchs, un pájaro dodo y el reparto completo de Los Goonies, afirma que…». Pero eso está pasado de moda. Lo de ir más allá del titular, digo. Es mejor cargarse a los vecinos por puro esnobismo egoísta.

Kit: Licenciatura en Medicina expedida por la My Tanned Balls University, camiseta al «mejor cuñado del mundo», CD de Papito.


QAnon

Imagen: Cordon Press.

Cuando estás fatal de lo tuyo te puedes creer cualquier cosa. Hasta que Donald Trump es un enviado de la Divinidad (bueno, esto también lo cree Donald Trump) que lucha contra una conspiración secreta para dar un golpe de Estado, orquestada por villanos como Barack Obama y Hillary Clinton, quienes discuten estos asuntillos mientras violan menores de edad (o realizan rituales sangrientos con ellos, depende de la versión). Los efebos son proporcionados por una red de pedofilia con base en una pizzería. Las anteriores revelaciones, sin duda auténticas exclusivas, las realizó un sujeto que firmaba como «Q» en el foro 4chan (que es donde se hacen este tipo de anuncios trascendentales para la humanidad) y pronto empezaron a repetirse entre la extrema derecha (primero la yanqui, más tarde por todo el mundo, las tonterías se globalizan fácil). Da igual que suene tan delirante como es, o que las pruebas (cof, cof) tengan la misma base teórica que un libro de Tristanbraker… cuando uno quiere creer, cree. Y ya, más tarde, igual hasta asalta el Capitolio de Estados Unidos sin camisa y con unos cuernos de bisonte en la cabeza.

Kit: Fotografía de Donald Trump poniendo morritos, banderas confederadas, armas.


Homeopatía

Imagen: DP.

A ver, esto es muy amplio. La homeopatía, en sentido «estricto», es intentar curar a alguien dándole pequeñas cantidades de productos que, a gran escala, serían perniciosos. Ya ven, según ese punto de vista un bofetón chiquituco es mano de santo. Ocurre que, siendo menos precisos (y estas cosas son de ser bastante poco precisos), por homeopatía entendemos toda aquella terapia que tiene sobre el cuerpo humano idéntico efecto que abrazar un madroño. Ninguno. Bueno, raspa. El madroño, digo, la homeopatía normalmente no, porque su creación más perfeccionada es (genios entre los genios) agua con un poquito de azúcar diluido. Vendido a precio de espermaceti, claro, que somos homeópatas pero no gilipollas. A ver, es un decir. Pero nos gusta el dinerillo, vamos. El tema con esto de la homeopatía es que normalmente introduce elementos espirituales a propósito de la salud. Y eso es feo. Moralmente feo. Vamos, que si has tenido la mala suerte de pillar infección en la junta de trócola, por ejemplo, pues resulta poco estético tener a un chiflado encima diciéndote que es por tu culpa, que tienes que ser más positivo, que igual es que abriste los ojos durante tu última ofrenda a Pachamama y, claro, así no hay nada que hacer. O, peor aún, fuiste a ese retiro de fin de semana, paganismo cuqui style, solo para encamarte con tu vecina la del cuarto, que lo sé yo, que eres muy listo, que siempre estás pensando en lo único. Castigado a beber agua de manantial con azúcar moreno y venir tres veces a terapia de reiki, aquí tienes mi tarjeta y el número de cuenta.

Kit: Amuleto tibetano comprado en Véjer de la Frontera (provincia de Cádiz), frasco con flores de Bach (no nos suena demasiado el compositor), azucarillo robado de una cafetería (por si necesitamos remedio para, no sé, un ataque súbito de coreomanía).


Creacionistas

Imagen: Amy Watts. (CC)

¿Un mono? Pero ¿de verdad? ¿Usted ha visto un mandril? No tiene nada que ver con nosotros. No, no, los hombres (y las mujeres, pero los hombres más) fuimos creados directamente por Yahvé la noche del 23 de octubre del 4004 antes de nuestra era. Después de cenar, vaya, que se trabaja fenomenal con un café. Lo dijo hace unos siglos Ussher (el obispo, no su rarito primo Roderick) y hay un montón de personas que siguen creyéndolo a día de hoy. Pero muchísimas. ¿Evidencias arqueológicas? Filfas. Si tú tienes buena cintura las regateas elegantemente. Hasta das opciones. O dinosaurios y seres humanos coincidimos en el tiempo (como en los Picapiedra) o esos fósiles son trampas que ha puesto ahí Dios para probar nuestro grado de fe. Que debe ser grande, por cierto, para generar semejantes tragaderas. En Estados Unidos el tema está bastante extendido, y hay museos creacionistas, atracciones en cunetas donde se reproduce a escala el arca de Noe y unos cuantos telepredicadores para noctívagos penitentes. Existe hasta versión depurada, que se llama «diseño inteligente»… No se engañen, viene a ser lo mismo, pero con palabras más largas y evitando el termino «Jehová». Eso sí, a raíz de este folclore tan particular apareció una de las teorías más gozosas que haya parido nunca el género humano: el pastafarismo. Gloria eterna al Monstruo Espagueti Volador. Ramén.

Kit: Aperitivos de color naranja (90 % de glutamato), tatuaje de Jesucristo en el bíceps, bidón de bourbon XXX destilado ilegalmente en la bañera de casa.


Ya están aquí

Imagen: S&G Studio. (CC)

Esta es muy sencilla. Existe la vida extraterrestre. Más aún, nos han visitado a lo largo de la historia y siguen haciéndolo hoy en día. Más aún, con regularidad. Más aún, están infiltrados entre nosotros. Más aún, si usted no los ha visto es porque no presta atención, pazguato, que se lo tengo dicho, que es un crédulo. La gracia es que, a partir de esa sencilla y absoluta convicción, podemos explicar casi cualquier cosa que se nos ocurra. Vamos, que existe una magufada personal para ti, querido lector, solo tienes que buscarla. Porque los aliens hacen un montón de cosas. Muchísimas. Vamos, que no tienen un rato libre, los aliens. Lo mismo te controlan gobiernos que mutilan vacucas, insertan sondas anales a desafortunados abducidos o se montan unos dibujos de telesketch chulísimos en la campiña inglesa. Tú te recorres unos cuantos miles de años luz, llegas a un mundo nuevo, habitado por seres fascinantes (algunos más que otros, pero fascinantes) y, de la que aparcas tu nave fuera de zona azul, empiezas a sacar sangre de cabras o charlas alegremente con tipos que visten túnica. Lo más lógico, sí. Nazis y extraterrestres, templarios y extraterrestres, Abbott y Costello contra los extraterrestres… Todo vale. Ah, y si usted no sabe que están entre nosotros es porque… en fin, ellos no quieren que lo sepa. Ellos. Ellos. ¿Qué quienes son ellos? Ay, inocente.

Kit: Foto carnet del agente Mulder en la cartera, libro dedicado por Enrique de Vicente, camiseta I want to believe talla XXL.


Postdata: Durante la elaboración de esta encuesta el autor tuvo noticia (gracias a sus muchos contactos en el inframundo) de la última magufada. Espectacular. Épica. ¿Preparados? Ahora mismo (ahora mismo, mientras usted lee esto sin tener conciencia de todo lo que se cuece alrededor) fuerzas del bien y del mal están librando la que podría ser batalla definitiva. Efectivamente, tal y como seguramente ha deducido, partidarios de Donald Trump han atacado bases reptilianas en la frontera chileno-argentina. Bajo la frontera, mejor dicho, porque son subterráneas. Las bases, digo. Permanezcan atentos a las pantallas de sus smartphones (y a algunos canales televisivos en horario de máxima audiencia) porque nuestro futuro está en juego.



Donde nacen los monstruos: Guillermo del Toro

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«La verdad es que no me gusta la vida diaria en absoluto, soy socialmente inepto. Ni disfruto ni soy bueno con las interacciones sociales. Los monstruos son mis colegas». Guillermo del Toro.

El concepto de monstruo es una idea maravillosa.

Suetonio describía ese monstrum como algo «contrario a la naturaleza con la que estamos familiarizados». La mitología clásica apilaba quimeras, cíclopes, sirenas y damas con problemas para hacerse un moño por tener la flora capilar culebreando alegre. La leyenda europea avivaba el horror con vampiros, hombres lobo y el rompecabezas de Frankenstein. El imaginario infantil les hizo crecer pelo, dientes, uñas, tentáculos y escamas al instalarlos en armarios y bajos de las camas. En realidad el monstruo vive en el plano de la fantasía y es construido utilizando como ladrillos los temores, los pánicos y las fobias. Arañas gigantes, pieles viscosas, dientes afilados, lo desconocido, el dolor y la muerte. Está condenado a una existencia en el imaginario colectivo y por eso resulta incomprensible que una noticia real nos informe sobre un ser humano cometiendo una atrocidad, porque lo salvaje nos resulta irreal y tenemos que etiquetar a ese ser como un monstruo cuando hasta entonces vivíamos tranquilos creyendo que a los monstruos los habíamos encerrado en la ficción.

En pantalla el monstruo vive una juventud eterna que evoluciona con los tiempos, el hombre saltó al espacio justo cuando en el cine aterrizaron los marcianos, el pánico nuclear abriría las fronteras a Godzilla junto a una cuadrilla de mutantes gigantescos arrasando un Japón de corchopan. Steven Spielberg vaciaría playas al insinuar una aleta, los orientales desatarían niñas despeinadas y Joe Dante convertiría un término inventado por Roald Dahl en unos bichejos verdes con horarios estrictos para cenar y problemas con las duchas. Los directores se enamorarían del monstruo y se identificarían con él; para Peter Jackson aquel troll de las minas de Moria era un bebé perdido y aterrado en una gruta extraña. Álex de la Iglesia comandaría un ejército de mutantes terroristas y acabaría con un circo de payasos monstruosos. Y H. R. Giger tiene pinta de pasar mucho tiempo con los pantalones bajados delante de sus aerografías. Entre tanto las revisiones de los clásicos se antojan desalentadoras, atención al esperpento que nos insinúa la futura I, Frankenstein.

Guillermo del Toro es un director de cine, de cine de género. Y de criaturas fantásticas. Del Toro no es Godard, ni Tarkovsky, ni Sokurov. Y eso es un alivio porque ni lo necesita, ni quiere serlo. Tampoco es la persona a la que se le puede encargar un Princesa por sorpresa si el libreto no incluye un par de tentáculos. Es un director que prefiere columpiarse entre los proyectos personales y los multimillonarios dejando bien clara una cosa: si algo se le da bien es crear monstruos.

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Cronos (1993)

Reinvención de la historia de vampiros a través de un artefacto dorado y sediento donde el Cronos del título no era un monstruo sino la herramienta para crear uno. Del Toro anunciaba dos piezas recurrentes de su imaginario visual: los engranajes y los insectos. A tope con las dos a través de planos desde el interior del artilugio ofreciendo un baile mecánico que enjaulaba a un extraño parásito.

El barroco sucio cinematográfico se ha servido siempre de la chatarrería, pero el mexicano renunciaba, por ahora, al artefacto de lupa a diferencia de Terry Gilliam (y 2), Marc-Caro, Jean-Pierre Jeunet o Javier Fesser y prefería centrarse en los engranajes. Y a ese insecto se le dotaba de cierta divinidad, uno de los personajes comparaba a un mosquito andando sobre las aguas con los superpoderes de Jesucristo. Pero el verdadero monstruo era un vampirizado Federico Luppi que necesitaba esquivar el sol y luchar contra la sed. Y a través de la relación con una niña (Frankenstein) se pervertía el cuento: el vampiro cambiaría el ataúd por una caja de juguetes.

Cronos construiría imágenes inquietantes, como aquellos lametones a la sangre de otra persona en unos baños públicos. La Universal propuso producir un remake y el director les contestó: «¿Quién querría ver a Jack Lemmon chupando sangre del suelo de un lavabo?».

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Mimic (1997)

Durante los noventa las películas con bicho gozaron de asombrosa rentabilidad y aprovechando que un Del Toro recién fichado andaba por ahí demostrando facilidad para los engendros se le otorgó un producto automático, Mimic. Monstruo de caza y pesca, reparto de cebo y ambientación en alcantarillado de urbe. La amenaza era un insectoide gigantesco con un rostro invertebrado de quita y pon y cucaracha neoyorkina como inspiración. Y nosotros no encontrábamos nada que mostrase la auténtica capacidad del director, aunque sí su poca contención: dos niños eran masacrados, y para una cinta de un gran estudio no era algo muy común (ojo a los comentarios en YouTube de la escena relatando infancias aterradas) en Hollywood, donde los perros y los niños son sagrados. Resultaba curiosa esa permisividad cuando Miramax lió su típico follón de demandas a dedo, hasta el punto de crear una segunda unidad de rodaje encargada de añadir más sustos gratuitos. El director acabó cabreado con el resultado final y en 2011 presentó un director’s cut que afirmaba hacerle más feliz, pero que realmente no arreglaba gran cosa.

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El espinazo del diablo (2001)

El primer borrador de El espinazo del diablo se ambientaba en la revolución mexicana y en lugar de una fábula con fantasmas incluía un «Jesucristo con tres brazos», pero Del Toro se inspiró en cierto familiar fallecido que gustaba de hacerle visitas en ropa de espectro y se empapó de los Paracuellos de Carlos Giménez (quien acabaría trabajando en los storyboards de la película) para reubicar la narración en un orfanato de la Guerra Civil española por el que paseaba su agonía y sus cosas un niño fantasma. Federico Luppi, Marisa Paredes en versión patapalo, Eduardo Noriega, una bomba aparcada en el patio, unos cuantos niños vivos y el fantasma de otro algo más muerto. Un espectro anunciado con una ilustración (un recurso muy típico de un director acostumbrado a garabatear sus creaciones en libretas) y con una figura que adoptaba ciertas concesiones estéticas de los hijos ectoplásmicos de The ring y les añadía que nacía en la frente del infante. Tampoco faltaban los monstruos pasivos: la propia bomba sin explosionar que decoraba el lugar o los fetos (inspirados por la visita de un joven Del Toro a unos embalsamadores) que el personaje de Luppi conservaba enfrascados y sumergidos en un ron que vendía a las gentes con bastante éxito.

Pronto, como se convertiría en norma en su cine, se terminaba descubriendo que el fantasma no era el malo de la película. La auténtica maldad se localizaba en un personaje humano y por lo tanto cruel, uno que acababa sumergido en una piscina de aguas sospechosamente similares al líquido que conservaba aquellos fetos.

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Blade II (2002)

La rave de Blade funcionó en taquilla y la secuela cayó en manos de Del Toro quien se la tomó con bastante gracia rodando una de hostias con vampiros al estilo noventero: desarrollo argumental en forma de pasillo y chulería masticada con gafas de sol Oakley. La función arrancaba con ninjas vampiros y una secuencia de guantazos tan generada por ordenador como para avergonzar a un ciego, pero lo interesante llegaría más adelante al introducir un nuevo tipo de vampiro (los segadores) de sangre verde para esquivar el veto de la calificación por edades, mandíbulas desplegables y unos tentáculos succionadores inspirados en las leyendas polacas de chupasangres, que eran menos de dientes y más de apéndices extensibles. El realizador colaba referencias a Shakespeare, Las Supernenas, la leyenda urbana mexicana y metía a otro tipo de monstruo en el casting: Santiago Segura interpretaba a un chupasangre que abría y cerraba la cinta mientras colaba en el ficticio idioma vampírico morcillas como «Trueba» o «Torrente 3».

Las curiosidades: Otra criatura famosa, Michael Jackson, tenía planeado un cameo que no llegó a rodarse.

Las extrañas coincidencias: un personaje vestía una camiseta con el logo del Bureau of Paranormal Research and Defense de Hellboy, el diabólico tebeo de un Mike Mignola que estaba en nómina en esta película como artista conceptual. Hellboy by Del Toro llegaría más tarde.

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Hellboy (2004)

—Bueno, ya has visto al pescado ese ¿no?

—Ah sí, que cosa más rara ¿verdad?

—Sí claro.

Como buen gordo frikazo Guillermo del Toro es un fan duro de H. P. Lovecraft y en Hellboy directamente abre la función con una cita del libro De Vermis Mysteriis, un texto mencionado a menudo en los mitos del gótico americano. La cinta es un transporte perfecto para el imaginario del director donde incluso se permite la autorreferencia al colar en el atrezo uno de los fetos envasados de El espinazo del diablo. Equipo de bestias como protagonistas, Hellboy (Ron Perlman), un demonio muy rojo, muy mazas, amigo de la locuacidad one-liner y con problemas para la integración social; Abraham Sapien (Doug Jones), un hombre-pez superdotado y Elizabeth Sherman (Selma Blair), una piroquinética con algún problema de estabilidad.

En el bando antagonista Del Toro agarra a un personaje sin mucha chicha de los tebeos (Karl Ruprecht Kroenen) y reescribe su biografía inventando a un joven muchacho de facciones angelicales, cabello rubio y voz deliciosa que triunfa en la ópera hasta que los cambios hormonales acaban con su carrera musical y se desmelena con aficiones masoquistas que le conducen a la automutilación extrema (extirpándose incluso párpados y labios) y finalmente a un puesto de trabajo en la empresa de Hitler. En la película aparece enfundado en trajes de cuero y caretas, con una mano mecánica (mancos mecánicos, otra filia del realizador) y convertido en una máquina de matar que subrayaba la obsesión de Del Toro por los mecanismos. Esos engranajes que están presentes en puertas, en segundo plano, en objetos frisbee, en los escenarios y en la utilería para fatality llegarían hasta el propio Kroenen quien es en sí mismo un engranaje: utiliza una llave para poner en marcha su propio cuerpo, tan podrido por el paso de los años que en lugar de sangre en las venas acumula polvo.

El resto de criaturas, si exceptuamos el genial cameo de un cadáver animatrónico nacido en el papel, directamente fusilan a Lovecraft. El invocado Sammael es un cruce entre Nyarlathotep y el legendario Cthulhu. Las bestias que flotan encapsuladas en los límites del universo (y que desenrollan tentáculos y ojos tanto en el prólogo, como en una premonición y en el epílogo) se hermanan descaradamente con los Elder gods del escritor, algo que tampoco se disimulaba en los cómics de Mignola. El propio Rasputín, o el que debería de ser el antagonista principal, ni siquiera resultaba interesante hasta que en los minutos finales se ponía a parir un bichejo gigantesco, viscoso, y por supuesto lovecraftiano.

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El laberinto del fauno (2006)

La revisión oscura del clásico cuento se lleva aquí hasta las últimas consecuencias. El laberinto del fauno es un Alicia en el país de las maravillas en el que Alicia no quiere salir del mundo fantástico. Situada en la posguerra española y rodada en nuestro idioma pese a las sugerencias de cientos de productores que no se dieron cuenta de que el resultado iba a arrasar igual.

Vuelven las señas de identidad del director: los mecanismos de reloj, de manera literal u ocultos en un escenario que pretende simular un reloj; la fijación con los insectos, para colarlos en cualquier ocasión o utilizarlos de guías capaces de transformase en hadas a voluntad (con un par de hojas sustituyendo a las alas) y la reinvención de las leyendas con aquella mandrágora como una pequeña persona viva. Y llega una formación de tres criaturas estremecedoras y fantásticas: el fauno (Doug Jones) como dueño y señor de la función y gozando de una combinación excepcional de maquillaje, animatrónica y puesta en escena, un gigantesco sapo escondido en las entrañas de un árbol al que se accede por una grieta de aspecto vaginal (las entradas como aberturas femeninas son aquí un detalle planeado) y el mítico hombre pálido (Doug Jones de nuevo), aquel engendro inerte que acomodaba los ojos en las palmas de las mano y se ponía salvaje si le tocabas la merienda. Un ser precedido de advertencias ilustradas y que acojonaba de verdad: Guillermo del Toro observó a Stephen King durante una proyección de la película y contempló como este se estremecía durante la aparición de la criatura, algo que el mexicano definiría como una sensación similar a la de ganar un Óscar.

El mensaje esencial de su obra también se repetía aquí, los bichos serían espantosos y terroríficos, pero el verdadero mal se encontraba en el mundo real con un personaje humano carente de cualquier tipo de humanidad, Vidal (Sergi López) capitán fascista y extremadamente salvaje oficiando de malvado de cuento.

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Hellboy II: El ejército dorado (2008)

Si Hellboy era una oportunidad ideal para dar rienda suelta a sus cosillas, Hellboy II es directamente Guillermo del Toro gritando «¡Aquí vale TODO!». Y reafirmando la idea del monstruo como ser sociópata y marginal.

El protagonista, Hellboy, ahora aparece ennoviado (y con algún guiño poco sutil) con una Liz que afirma: «No soporto que la gente se quede mirándome, me siento como un bicho raro».

Referencias a Lord , a la mitología fantástica irlandesa, a Carl Jung, a Lovecraft, y como resultado una galería espectacular de criaturas: un villano con apariencia de vampiro de juego de rol, un centro de control transformado en el cuartel de Men in black con un montón de cosas curiosas ocurriendo en segundo plano, un troll con mano mecánica (los mancos de nuevo), un rey de llamativa corona y brazo robótico (otro manco sí, pero también un guiño a la leyenda irlandesa de Nuada), un secundario con cabeza-catedral, extraños siameses o cabezas angulosas, un gigante de piedra, una monstruosa vieja de los gatos, un goblin sin piernas, un mercado troll abarrotado de ocurrencias pesadillescas (incluyendo a la adorable pareja que nos cuela un chiste negrísimo: «No soy un bebé, soy un tumor»). Y algunas incorporaciones notables: aquel Johann Kraus de Mignola (aquí Krauss) o el ectoplasma contenido en un traje robótico de férrea actitud burócrata con la voz de Santiago Segura poniendo acento (Seth MacFarlane en la original). El estupendo ángel de la muerte, o la vuelta de tuerca alada a la pesadilla oftalmológica que proponía el hombre pálido de El laberinto del fauno. La aparición de un elemental, un Dios del bosque, de diseño fascinante y muerte inusualmente bella: sus restos cubren el cemento de la ciudad de flores y vegetación en una postal muy alejada del blockbuster de acción. Y sobre todo aquella nueva corrupción del legado de los cuentos: anunciándose con melodía de fábula y la clásica imagen ilustrada aparecían en escena unas perversas hadas de los dientes que poseían cuerpo de insecto, cara de Stitch (de aquel Lilo & Stitch de Disney), alas con aspecto de hojas de un árbol (idea reciclada de El laberinto del fauno) y hambre voraz. También se introduce la lupa-anteojo en los complementos y volvemos a los juguetes de metal y a los engranajes, a montones y por todos lados, que construyen el logo principal de la película, dan color al combate final y son el principal componente de todos y cada uno de los soldados de aquel ejército dorado.

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Pacific Rim (2013)

Roland Emmerich trasladó el Godzilla japonés a territorio americano y el resultado fue un precioso montón de pescado podrido. Los japoneses no solo no se lo perdonaron sino que hicieron mofa de ello, en Godzilla, Mothra, and King Ghidorah: giant Monsters all-out attack un profesor se burla de los ataques de un supuesto Godzilla a Estados Unidos y en Godzilla final wars la venganza es más jocosa: el Godzilla clásico se topa con la versión americana y da cuenta de ella en diez segundos entre comentarios de la inutilidad obvia de aquel «devorador de atún».

Volver a intentarlo con un producto de criaturas gigantes pisoteando ciudades no parecía buena idea hasta que a alguno se le ocurrió fichar al orondo mexicano. Las referencias inevitables hacen cola: Neon génesis evangelion, Richard Wagner, Francisco de GoyaTetsujin nijûhachi-go e incluso el videojuego de culto: la voz robótica que acompaña a los pilotos de los Jaegers es la de aquella GLaDOS de Portal con alguna rebaja en el tono.

El argumento soltaba a unos kaijus en la tierra con ganas de arrasar a lo que viene a ser la humanidad. Y el bestiario diseñado compartiría más de un gen con el legado Lovecraft, incluyendo su preferencia por el transporte a través de agujeros dimensionales, transformando la sinopsis de la cinta en una especie de Lovecraft vs Robots. En esta casa, Pedro Torrijos se atragantó hace no demasiado con la película y un servidor la considera un blockbuster más que digno que ofrece lo que se espera de él, monstruos gigantes dándose de hostias, pero lejos del ingenio del director y con un exceso de caricaturización en los personajes humanos (ese Ron Perlman de dibujo animado). No se salvaría la audiencia del cameo del amigo Segura (que se convirtió en tradición ya con Hellboy y su secuela) que aquí aparecía enfundando en el vestuario de Torrente y acababa paseando por la tripa de una de las bestias.

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Guillermo del Toro (1964)

Un niño de Guadalajara (Mexico) aficionado a enterrar babosas en sal, asustar a sus padres con su colección de parafernalia gótica y a esbozar criaturas terroríficas. Prematuramente lanzado a la dirección y con la percepción de que los engendros fantásticos no eran tan malvados como el propio ser humano: una de sus producciones amateurs incluía un monstruo que emergía de un retrete y asqueado por los humanos acaba decidiendo que lo mejor era volver a la taza. Se estrenó oficialmente con dos cortometrajes, Doña Lupe y Geometría, y en el segundo ofrecía una premisa fabulosa (inspirada por una historia corta de Fredric Brown): un niño con problemas para aprobar la asignatura de geometría decidía buscar ayuda invocando a un demonio (dicho corto se puede ver aquí). Del Toro se convirtió en un director competente con facilidad para domar bestias y decidió enfocar su carrera en los géneros aprovechando para sacar adelante otros proyectos más personales, su anunciada trilogía fantástica ambientada en la Guerra Civil Española aún tiene pendiente la tercera entrega. Entretanto su nombre ha sonado ligado a infinidad de proyectos: una revisión de Frankenstein con Doug Jones o Benedict Cumberbatch, una nueva La bella y la bestia, proposiciones que no llegaron a cuajar sobre Harry Potter o Narnia, adaptaciones de novelas de Stephen King, participar en la secuela de Heavy Metal, la dirección de El hobbit y un trabajo de meses invertidos en el film que finalmente orquestaría Peter Jackson, una adaptación de Matadero Cinco con guión de Charlie Kaufman, una de cómics de DC titulada Dark Universe y sobre todo las perdices mareadas para su proyecto soñado: la adaptación de En las montañas de la locura de Lovecraft, una empresa que ha estado dando tumbos por las productoras desde hace una decena de años hasta que el hombre ha sido consciente de que Prometheus probablemente ha cavado la tumba del proyecto. En la recámara tiene a Pinocchio, Hellboy 3, Crimson Peak y la adaptación junto a la HBO del manga Monster. También en su faceta como productor ha dado empujones a todo tipo de cosas (El orfanato, Los ojos de Julia, Rudo y cursi, No tengas miedo a la oscuridad, El origen de los guardianes, Mamá, Kung fu panda 2, Biutiful, Splice o El gato con botas).

Y ya lejos de las cámaras se lanza a coescribir junto a Chuck Hogan una trilogía protagonizada por vampiros (Nocturna, Oscura y Eterna que recibirán adaptación televisiva) y un libro de monstruos y cuentos de hadas junto a Daniel Kraus (Trollhunters). Y entre una cosa y otra anuncia que está diseñando un videojuego llamado Insane del cual ha adelantado que estará sembrado de criaturas, sorpresa, lovecraftianas. En la actualidad es propietario de una mansión a pocos metros de su vivienda actual en la cual apila toda la parafernalia molona de sus películas como si del museo de un zumbado se tratase.

El realizador también tiene la manía de acarrear cuadernos interminables de apuntes y dibujos, de ahí nació la costumbre de colar ilustraciones de los seres fantásticos en el metraje. La anécdota es que una de aquellas libretas con el material que conformaría El laberinto del fauno se quedó olvidada en el sillón de un taxi y el taxista viendo que alguien se había dejado lo que parecía un Necronomicón se las ingenió para localizar al director y devolverle su biblia monstruosa. Una fabulosa recopilación de sus bocetos saltó hace poco a la red, y Amazon vende desde este octubre un libro de sus ilustres garabatos con prólogo y epílogo de celebridades: James Cameron y el pesado de Tom Cruise.

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Y entre garras y dientes ha tenido tiempo para aceptar la proposición de Los Simpson y crear una cabecera para el especial de Halloween anual. El resultado es apoteósico (supera incluso la genial secuencia ideada por Banksy) y la mayor montaña rusa de referencias que jamás ha abierto una serie: entre autoguiños nos cuela a Alfred Hitchcock, Ray Bradbury y El hombre ilustrado, el Winslow Leach de El fantasma del paraíso con los fantasmas de la ópera, Nosferatu, Edgar Allan Poe, Drácula, Richard Matheson junto a un zombie de El último hombre vivo,la bestia ciclópea de Harryhausen, el hombre invisible,Cthulhu, Alien, Rod Sterling y una colección de iconos tan extensa que es más fácil de resumir enumerando a los que se han quedado fuera. Además del encanto evidente de ver a Bart convertido en un fauno y a Homer en el Santi fantasmal de El espinazo del diablo, el mayor mérito de este couch gag consiste probablemente en ser lo mejor que le ha ocurrido a Los Simpson en bastante tiempo. Agárrense:

Ilustraciones: Diego Cuevas