¿Libertad para odiar?

libertad para odiar

Los derechos fundamentales en nuestro ordenamiento jurídico no son derechos limitados. El Estado siempre ha tenido especial interés en aclarar que el derecho a la libertad de expresión tiene sus límites, hasta tal punto de que podríamos decir que lo que caracteriza a la libertad de expresión en el Estado constitucional no es su reconocimiento, sino su limitación. Debido al poder que ha tenido en nuestro país la difusión de la palabra hablada o la palabra escrita, capaz de provocar crisis de gobierno y de modular sociedades, los límites que el Estado español ha puesto a la libertad de expresión han sido mayores que en otros países de Europa, socavando la libre expresión como derecho fundamental.

Casos como el de Pablo Hasél y Valtonyc conmocionaron a la opinión pública. Hasél, un rapero catalán de ideología comunista, había sacudido a la opinión pública con varias letras de sus canciones, en las que mencionaba a el terrorismo de los GRAPO, aprobando los tiros en la nuca a concejales socialistas y llamando torturadores a la Policía Nacional. Particularizando en el caso de Pablo Hasél, es discutible que sus canciones supongan una incitación directa a cometer actos de violencia. Es aquí cuando más hay que precisarse el contexto a la hora de valorar el hecho típico. ¿Es lo mismo lanzar un mensaje de odio desde una tribuna política que en una obra artística? Para el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no, sin duda. Lo mismo se puede decir de la obra de Valtonyc, repleta de los mismos mensajes contestatarios, pero sin la capacidad real de incitar a la sociedad a cometer actos de odio

Estrasburgo es mucho más restrictivo a la hora de valorar la libertad de expresión de la clase política que de los propios ciudadanos, por la sencilla razón del deber de cuidado que se les exige a quienes ostenten cargos de representación ciudadana, amén de considerar que la creación artística ostenta una posición distinta que la del mitin político. No es lo mismo incitar a la quema del palacio de la Zarzuela desde las Cortes o un encuentro público por parte de un representante político, que desde un libro o una canción. Ni a Pablo Hasél ni a cualquier ciudadano le podemos pedir responsabilidades políticas o que sea un maestro de la ironía o del sarcasmo.

El juicio de proporcionalidad que ha de regir la interpretación de todas las normas, en especial las penales, también requiere ponderar en estos delitos varios aspectos, como el clima social, esto es, el riesgo de que la declaración pueda incidir negativamente en la vida pública, así como que sus declaraciones incidan en un trato desigual o discriminatorio. Para que concurra una infracción de odio o enaltecimiento del terrorismo será necesaria, además, que la acción u omisión solo pueda ser entendida desde el desprecio a la dignidad intrínseca que todo ser humano posee por el mero hecho de serlo. Supone, en definitiva, un ataque al diferente como expresión de una intolerancia incompatible con la convivencia.

Esto, por ejemplo, no lo ha entendido Albert Rivera, que quiso interponer una denuncia por un presunto delito de incitación al odio a quienes lo abuchearon en Rentería, en abril de 2019. El delito de incitación al odio presupone la existencia de un particular o de un colectivo discriminado por razón de su sexo, raza, etnia, orientación sexual, política u otros motivos susceptibles de discriminación. Rivera, que en aquel momento era líder de una formación que había obtenido cincuenta y nueve escaños en el Congreso de los Diputados, no podía ser objeto de un delito de incitación al odio, sí de injurias, si acaso. Casos como este tenemos muchos: la Guardia Civil de Asturias también interpuso denuncia por este mismo delito a dos personas que se burlaron de la muerte de un compañero suyo por redes sociales. Independientemente de que consideremos estas burlas como execrables, no constituyen delito de incitación al odio por el simple hecho de que la Guardia Civil tampoco es un colectivo desprotegido.

El delito de incitación al odio en nuestro Código Penal, a diferencia de lo que sucede en el derecho europeo, protege por motivos de raza, religión, etnia, sexo, creencias, orientación sexual, género, enfermedad o discapacidad, abriendo una serie de categorías jurídicas que, en la práctica judicial, están siendo difíciles de delimitar. En los Estados de nuestro entorno cultural tan solo se prohíbe de forma tajante el discurso antisemita y negacionista del Holocausto. Esta postura ha sido recogida, por ejemplo, por el Convenio Europeo de Derechos Humanos y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

También el Consejo de Europa se ha hecho eco de esa manifestación de los delitos de odio, imponiendo como límite la exaltación de los crímenes nazis. Para la Unión Europea, como escribe Joaquín Urías, permitir la defensa del nazismo y sus manifestaciones racistas y antisemitas, sería negar la esencia misma de la Unión Europea y sus objetivos como el pluralismo político y la tolerancia, de ahí que Europa mantenga una línea más cerrada a la hora de valorar el discurso del odio que nuestro Código Penal, que obliga a cualquier juez a utilizar exclusivamente sus convicciones personales como parámetro, con la inseguridad jurídica que eso conlleva.

 La Asociación de Hombres Maltratados interpuso una denuncia por un presunto delito contra la integridad moral a la actriz Pamela Palenciano por el monólogo No solo duelen los golpes, en los que contaba su experiencia como mujer maltratada. La jueza encargada de instruir el caso basó su imputación afirmando que su monólogo incitaba al odio hacia los hombres, en una decisión judicial bastante cuestionable. Resulta difícil creer que «el hombre», considerado como tal, pueda ser objeto de discriminación como un migrante ilegal, una prostituta o una persona transexual. La asociación podría haber optado por mandar un escrito a la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid para que iniciara una investigación, si no estaba de acuerdo. La medida podría haber sido más proporcional que una denuncia, pero parece mucho mejor iniciar una investigación penal para algo casi anecdótico.

El colectivo Homo Velamine y su líder, Anónimo García, fueron condenados a año y medio de cárcel por la Audiencia Provincial de Pamplona por un delito contra la integridad moral. Homo Velamine quiso hacer una sátira de los medios de comunicación, denunciando el tratamiento que le habían dado al caso de la Manada. Para ello, idearon una especie de falso tour, en el que, como cuentan en su página web, querían reflejar la banalización del papel de la prensa en cuestiones tan complejas y delicadas como los delitos contra la libertad sexual.

Los sucesos de Valtonyc, Hasél o de Pamela Palenciano ponen de relieve lo difícil que es determinar cuándo estamos ante un discurso del odio y cuándo ante un ejercicio legítimo de la libertad de expresión. Pero, quizás, lo más sensato sería que se despenalizara este delito, salvo cuando estuviera acompañado de actos de ejecución que puedan poner en riesgo la vida o la integridad o los bienes de esas minorías. La manifestación neonazi en Chueca del pasado mes de septiembre sí podría ser un ejemplo de incitación al odio, en tanto que los manifestantes fueron directamente a Chueca a provocar, con el perjuicio para la integridad de las personas se podría haber derivado de una concentración así. 

También el delito de enaltecimiento del terrorismo o de injurias a la Corona, como derivación del «discurso de odio», sufre el mismo problema: su escasa concreción por parte de los tribunales facilita que se pueda perseguir al que discrepa de las bases de nuestro ordenamiento jurídico y de la convivencia máxime cuando el Tribunal Constitucional ha expresado en numerosas sentencias que España no es una «democracia militante», y que el ordenamiento jurídico ha de proteger incluso a quienes propaguen ideas contrarias a nuestra Constitución.

Los actos de enaltecimiento del terrorismo tradicional español son marginales y han perdido en la práctica ese poder de incrementar el peligro para la sociedad desde el fin de ETA. En los casos de injurias a la Corona, tampoco el Supremo ha sido capaz de determinar cuándo estas entran en el ejercicio de la libertad de expresión y cuándo constituyen delito. Después de varios años de conflicto con la libertad de expresión, quizás sería necesaria una reforma del Código Penal que despenalizase los delitos de injurias a la Corona, enaltecimiento del terrorismo, por el mismo motivo que los de incitación al odio: su incidencia en el clima social es mínima, y lo que se quiere penalizar es un mensaje duro, contundente, que va en contra de los valores de nuestro ordenamiento jurídico, yendo en contra de la «democracia militante», que proclama nuestro Tribunal Constitucional.

Los delitos relacionados con la libertad de expresión son complejos en las sociedades posindustriales. Estas son conflictivas, debido a que la globalización ahondó en la desigualdad entre las clases sociales, haciendo a las democracias sistemas cada vez más complejos. La falta de certezas, la soledad de nuestras acuciantes y rutinas obsesivas de trabajo, nos han enajenado de la sociedad. Las clases medias, símbolo del estado de bienestar, han sufrido un deterioro más que importante. Las normas jurídicas, en especial las normas penales, en ocasiones proyectan sociedades sin la presencia de elementos indeseables que no encajan dentro de nuestra sociedad. En estos casos, lo que se sancionan son ideas o las formas de plasmar esas ideas, y más bien responde a un componente clasista que a un afán de afrontar un riesgo real para la sociedad. 

De ahí surge, en parte, la cultura de la cancelación. En el momento en que se configura el acceso de la libertad de expresión al cumplimiento de unos mínimos, restringimos este derecho a una élite que sabe moverse en el discurso oficial y en los medios de comunicación, dejando de lado otras formas de expresión. Las canciones de Valtonyc, Hasél, los monólogos de Pamela Palenciano, las sátiras de Homo Velamine o los chistes de David Suárez han de ser juzgados en su integridad. Las obras artísticas y el humor tienen tantas interpretaciones como sujetos que accedan a ella. Su contexto permite identificar la ficción en esa dialéctica entre realidad e imaginación. La ficción tiene solamente el tiempo de vigencia que las personas emplean para disfrutar de la obra, desapareciendo cuando el espectador vuelve al mundo real. Si ese retorno no se produce, se debe exclusivamente al receptor. La libertad de expresión quiere un mundo sin problemas. Un mundo sin gente que sea capaz de agitar el avispero, que se salga de la uniformidad de pensamiento en las redes sociales. Un mundo sin diferencias por las cuales trabajar. Un mundo sin conversaciones agotadoras que puedan ser compartidas, que investiguen las posibilidades de articulación y resolución de problemas, y no la desahumanización del otro.

La cultura de la cancelación: el ascensor de la superioridad moral

Con estas condiciones, ¿a alguien le sorprende que la cultura de la cancelación vaya a más? Flaco favor se le hace a los oprimidos y a las víctimas. La cultura de la cancelación promociona el dogma y la inflexibilidad en todas sus vertientes, con una visión de los problemas políticos y sociales desde una perspectiva moral que, en muchos casos, imposibilita un análisis profundo de estos. Es curioso comprobar cómo parece haberse extendido un apego profundo, dentro de nuestra sociedad, a esas verdades universales. Resulta curioso que en la era de la subjetividad, de la muerte de los grandes discursos en una época en la que los intelectuales no tienen el mismo protagonismo en la vida pública en comparación con décadas pasadas, sigamos reproduciendo una visión del mundo que no admite réplica. La exigencia constante de «estar siempre en el momento presente» a la hora de opinar, obliga a esta sociedad a emitir juicios sin riesgo alguno, a aceptar autoridades que derivan en hombres de paja. Nunca una sociedad tan presuntamente bien informada como la actual ha carecido tanto de comprensión lectora como la actual. 

La «cultura de la cancelación» supone un idealismo militarizado: la creencia de que las personas no están lo suficientemente formadas como para protegerse a sí mismas. Es la «falsa conciencia ilustrada» de la que hablaba Peter Sloterdijk en Crítica de la razón cínica. En el libro, el filósofo alemán relacionaba el malestar existente en la cultura con el falso idealismo de la actualidad. El cinismo moderno se exhibe como el estado de la consciencia que sigue a las ideologías actuales y a su vez la ilustración. El cínico en la Antigüedad era el extravagante solitario y moralista provocador, un burlón que no necesitaba a nadie, ya que, ante su descarnado sarcasmo, nadie salía indemne. El cínico actual no actúa individualmente: se sirve del adanismo de las redes sociales y del tribalismo, perdiendo su mordacidad individualista y ahorrándose el riesgo de la exposición pública.

El falso idealista no es tonto: como el cínico, sabe que todo conduce a la nada, comprende lo que hace, pero actúa demandado por la necesidad de apoyo social. Es consciente de que las afirmaciones de ilicitud moral en un debate son urgentes y sirven para distraer de la discusión. Curiosamente, cuando se produce un debate relacionado con la libertad de expresión, el falso idealista y sus seguidores ponen la rencilla personal por encima de la cuestión, conscientes de que lo importante, no es ni mucho menos, lo que se debate, sino ante quien se debate. La víctima no siente la necesidad de justificarse: descarga ese peso en el otro, para que, en cualquier fallo o contradicción, sus defensores lo linchen.

De hecho, establecer jerarquías de agraviados es el pretexto de todas las guerras culturales de los movimientos ultras. Esa consagración de la víctima como ser impoluto, merecedor de todo a cambio de nada, desalienta a cualquiera que quiera introducir cuestiones incómodas y necesarias para el cambio social. Muchas son expertas en apropiarse de la historia con su resentimiento. El victimismo de la cultura de la cancelación es doblemente perjudicial porque, por un lado, cercena de raíz cualquier crítica al poderoso que se reviste de víctima y, por otro, define a las personas por lo que padecen y no por lo que hacen; se produce una competición de identidades y de sujetos presuntamente dañados, que son cooptados por los partidos políticos para alimentar el resentimiento ciudadano. La cultura de la cancelación no pretende interlocución alguna con el mundo mezclado y dinámico de la experiencia, más allá del deseo de gobernarla desde un rascacielos. Los que censuran son los que determinan cómo se han de hacer las cosas. Son vengadores muy astutos. Se escudan detrás de la democracia y de la libertad de expresión. Fingen ser demócratas cuando hablan de justicia y de Estado de derecho, llevan a cabo una retórica demagoga para cautivar a potenciales adeptos, sin conocer, realmente, cómo funciona un Estado de derecho. 


Ese vecino tan odiado

vecino odiado
Cardiff, Gales, 2005. Fotografía: Getty.

Mira, míralo. Otra vez, si es que no para, lleva así tres años. Con esos ojillos, con esa pinta de superioridad. Espera que no vaya a darle dos hostias. Espera, espera…, esto no tiene final bueno, no. 

En fin, que al vecino se lo odia. Es así. Tranquilos, queridos lectores, no se alarmen; algo natural, no pasa nada. Te pilla cerca, cómodo, casi una tradición. Una que aparece en todo el mundo, ojo, no vayan a pensar mal de sus paisanos. Así que, ¿por qué no traspasarlo al fútbol? Oh, sí, los derbis, esos partidos donde personas que viven en el mismo edificio acaban discutiendo a gritos y jurándose odio eterno. Los hay por todo el mundo. Y muchos, además, esconden historias alucinantes. Pasen, pasen, nosotros les contamos algunas.

Ah, y no lo olviden: pueblos pequeños, infiernos grandes. 

Aquel bonito condado en la campiña

Caballos.

Todo empezó con caballos. Y hace un montón de tiempo, además. Vean, vean.

Año 1778, Inglaterra. Una cena de amiguetes. Pero amiguetes importantes. Lores y esas cosas. Vamos, que no había calimocho, sino brandi del bueno, purazos y calzas bien blanquitas. Pero, y esto es lo importante, al final somos todos iguales y allí los tipos hablaban de sus cosas. Qué guapa salió la condesa de Burgocochino. Qué gordaco se está poniendo el baronet de Villafilfa. ¿Y el hijo de Wesley? Dicen que es un chaval avispado. Ese tono. Y lo otro. Lo otro. Bravuconadas, apuestas, desafíos. «No hay huevos». «Aguántame el cubata». Así.

Allí brota la idea. Que si mi caballo es más rápido que el tuyo, que si tengo una yegua que corre como el viento. Al final la cosa sube de tono —al menos como suben de tono las cosas entre aristócratas, es decir, con palabras largas y referencias al árbol genealógico— y se toma una decisión: dos de ellos organizarán una carrera para ver quién tiene la cuadra más valiosa. Apretón de manos. Oye, ¿y cómo vamos a llamar al asunto? Nuevas dudas. Tiremos una guinea al aire y que el azar decida. La suerte sonríe a sir Edward Smith-Stanley —ya ven, nombre como para repartir pizzas a domicilio—, que era duodécimo conde de Derby. Así que con «Derby» se quedó el asunto. (Fuimos afortunados, porque el otro socio era sir Charles Bunbury, y soportar un «Bunbury» cada poco tiempo podría haber sido una turra importante).

Unos cuentan que aquella primera carrera la ganó Bridget, elegante yegua propiedad de Derby. Y que después el tema se oficializó, y la edición inaugural «a gran escala» se celebró en el hipódromo de Epsom, en pleno Surrey, que es algo tan inglés como los monóculos o la comida regular. Allí se impuso Diomed, caballito de Bunbury. Otros, más taimados, dicen que todo es mentira, y que la tal Bridget no hizo nada, y que todo se comenta por embellecer la historia. Vayan ustedes a saber. Ah, el Derby de Epsom se lleva celebrando de forma continuada desde 1780. Siempre tiene lugar el miércoles antes de Pentecostés, y es una locura de competitividad, pasta a mansalva y sombreros extravagantes.

La cosa es que, por mucha hidalguía que cargues en la sangre, la honrilla personal siempre está ahí. Qué coño, igual hasta más, si vas de aristócrata por la vida: miren todo el asunto ese de los duelos. Dicho de otra forma, que había piques. Piques gordísimos. Piques que eran mayores cuanto más cerca estaba la yeguada del contrario, porque no hay nada que joda como ver ganándote a quien comparte lindero contigo. De los otros puedes soltar injurias. Su forraje, que es más tierno. Sus campos, que son más llanos. Su estiércol, que es más oloroso. Pero el otro, el que cría a pocas millas de ti… A ese tienes que machacarlo, hombre. Así que se empezaron a formar piques. Pequeños derbis dentro del Derby.

Como pueden ustedes imaginar, el salto a otros deportes era cuestión de tiempo. Un concepto fácil de comprender por cualquiera —chinchar al vecino es aspiración universal— y muy vendible —¿quién no tiene un conciudadano cabrón?—. Primero en el rugby, y en el fútbol más tarde. Dicen que el primer derbi futbolero tuvo lugar en Sheffield, entre el Hallam F. C. y el Sheffield F. C. allá por 1860. El segundo tiene laureles reconocidos como primer club del mundo, pues lo fundaron tres años antes. Ya ven, aquí andábamos con Narváez y Peñaranda y por Inglaterra ya pasaban las tardes sacando equipos de balompié. Por si les interesa ampliar, el primer derbi (la RAE ha castellanizado esa palabra) al sur de los Pirineos lo jugaron el Barcelona y el Espanyol. Fue en 1900, en el campo del hotel Casanovas. Empate a cero, apunta a coñazo. 

¿Quieren una paradoja? El equipo de Derby, ciudad, es el Derby County. El único. Que no tienen otros allí, al menos de una cierta categoría. O, dicho de otra forma, en Derby no hay derbi. Qué salados, estos British…

Religión, política y pelotas de fútbol

El problema de enfrentarte con el vecino no es que lo veas a diario —que también—, o llegar el lunes a la oficina y aguantar al gracioso de turno comiéndote la oreja grotescamente. Eso jode, pero nada más. Lo grave son otras cosas. Cuando el tipo que nació en tu misma ciudad es, directamente, enemigo tuyo. Por bandera, por religión, por política, por historia. Ya ven, qué cantidad de palabras de esas que algunos ponen en mayúsculas. Acá van todas con letra chica…

El caso más conocido seguramente sea Glasgow, con su derbi interminable, al que todos llaman Old Firm. Desde mayo de 1888 llevan enfrentándose allí el Rangers y el Celtic. Instituciones que iban más allá, mucho más allá, del simple fútbol. Otros deportes, sociedad, vida en común. Ser de uno u otro equipo no era algo que escogieses, sino que te llegaba de cuna. El Glasgow Rangers era un equipo de protestantes, identificado con las clases más altas de la ciudad, anglófilo, contrario a cualquier cosa que oliese a secesión al norte del muro de Adriano o más allá de Moyle. Enfrente, el Celtic. Marcando desde el mismo nombre. Fundado por un sacerdote irlandés en una iglesia. Católico hasta el mismo tuétano. La idea fue recaudar dinero para obreros pobres que habían cruzado el canal buscando una vida mejor en los astilleros. También, claro, alejarlos de tentaciones, del alcohol, el juego, las pendencias. Orgullo de raíces, visión social. Era el club de las clases bajas, el que exhibía por igual banderas de Escocia o Irlanda. Lo contrario al Rangers. Dos comunidades que se enfrentan. En los últimos años la cosa se ha calmado un poco, pero tradicionalmente era uno de esos partidos que son, siempre, mucho más que un partido.

En Belgrado tienen su Derbi Eterno. El Partizan contra el Estrella Roja. Aquí ocurre algo curioso, y es que los ultras de ambos equipos comparten plenamente ideario político. Ultranacionalismo, querencia por la extrema derecha, facilidad para resolver las cosas por la vía menos diplomática. La clave es esto último. Lo de la violencia, vaya. En otras palabras, que es uno de los eventos más conflictivos de toda Europa. Sumen a eso la participación que ciertos grupos vinculados al fútbol tuvieron en las guerras de la antigua Yugoslavia y les queda un cóctel de lo más simpático.

En Nicosia el tema está más dividido. Históricamente, incluso. ¿Eres del APOEL? Pues representas a la élite fascista y opresora. ¿Tifas por el Omonia? Vives en un barrio de esos de no caminar por las noches, te lavas poco y tiendes al comunismo, rojazo, que eres un rojazo. A esto hay que sumar el hecho de que podría haber más equipos en Nicosia, pero la ciudad está dividida por una frontera de esas tan raras que casi nadie conoce, y que separa la parte turca y la parte chipriota de esa isla. Vamos, que siguen oficialmente en guerra, y mejor no ir de un sitio a otro. Un lío.

Ojo, que a veces hasta los enemigos más irreconciliables se pueden unir. Sucedió en Estambul, por ejemplo. Allí el derbi clásico enfrenta al Fenerbahçe y al Galatasaray. Política y geografía. El Galatasaray lo fundan jóvenes universitarios, pijillos que viven en la parte europea. Al otro lado del Bósforo brota el Fenerbahçe, con raíces mucho más humildes. Como los turcos son de natural calientes, este partido era uno de los más calientes y conflictivos del mundo… hasta 2013. En ese año, ambos equipos apoyaron las manifestaciones contra el Gobierno que se estaban llevando a cabo en la Plaza Taksim (también hizo lo propio el Beşiktaş, otro club de la ciudad). Pelillos a la mar, todos colegas, al final no era para tanto lo del fútbol. Quien no se lo tomó demasiado bien fue Recep Tayyip Erdogan, personaje conocido por su escaso sentido del humor. Así que decidió promocionar públicamente al Başakşehir​, que representa a un barrio cuqui, muy conservador y con sus zonas verdes, surgido a las afueras de Estambul en 1995, cuando el alcalde de la ciudad era… oh, vaya, qué casualidad, el mismo Recep. Ya ven, todo sorpresas. Un espacio modelo para un club modelo que nunca iba a ponerse en contra de su presidente modelo. Política y fútbol. Eso sí, fichando a gente como Robinho, Adebayor o Arda Turan no sé yo qué futuro tienen.

vecino odiado
Múnich, 2019. Fotografía: Getty.

Mi Buenos Aires querido…

En América Latina la cosa también tiene su importancia, claro. Allí son, digámoslo así, pelín apasionados. Con lo suyo. Sus colores, su cuadra, sus chicos. Lo que da lugar a rivalidades históricas, irreductibles, de esas que jamás van a terminarse. El Clásico Paisa, por ejemplo, entre el Nacional y el Deportivo Independiente. Medellín. Busquen, busquen, ya verán qué de relatos. La gracia del asunto —es frase hecha, gracia no tiene ninguna— es que aquí la figura de Pablo Escobar resulta omnipresente, claro. Unos cuentan que si se compró él solo una Copa Libertadores para su amado Atlético Nacional (año 1989, quizá quieren rastrear el asunto). Su hijo, por el contrario, sostiene que el patrón era hincha del Independiente. «Solo había dos opciones que llevasen el nombre de Medellín, y él escogió esa». A partir de ese fallo, monta toda una teoría sobre la base histórica de quienes hablan…

En Brasil tienen varios de estos derbis, porque su fútbol está polarizado en dos grandes ciudades (Sao Paulo y Río de Janeiro) y ningún equipo ha monopolizado títulos a lo largo del tiempo. Quizá el más conocido sea el Corinthians contra el Palmeiras, que llaman Derbi Paulista y se ha jugado más de trescientas cincuenta veces. En la ciudad carioca destaca el Flamengo-Fluminense (Fla-Flu, como ustedes comprenderán), que arrastra hasta sus raíces políticas, donde el primer equipo representa a las clases populares de Río y el otro está compuesto, tradicionalmente, por descendientes de británicos, jugadores de polo y otros esnobs por el estilo. En Uruguay encontramos el derbi más antiguo de todos los que se celebran en América, pues nace con el mismísimo siglo XX. El Peñarol y el Nacional también mantienen tensiones desde su mismísimo origen, puesto que el primero se formó, sobre todo, para asueto de los ingleses que trabajaban en la Central Uruguay Railway, mientras que el Nacional era, como su propio nombre indica, un club orgullosamente criollo. La misma historia se repite en todos sitios, ya ven. 

Al otro lado del Río de la Plata aparece el Clásico Platense. El Estudiantes contra el Gimnasia y Esgrima —que es uno de los nombres más acojonantes que existen para un equipo de fútbol, justo por detrás de Cultural y Deportiva Leonesa—. Anécdotas por doquier, claro, porque los argentinos son muy suyos para estas cosas. Helicópteros que vuelan a ras de césped para secar el terreno de juego, equipos que siguen jugando con once después de una expulsión y nadie protesta (las dos cosas pasaron en 1986, debió ser un derbi interesante para ver por la tele), Bilardo repartiendo patadas por doquier, Hugo Gatti con la nariz vendada… Fútbol argentino en estado puro.

Pero ustedes lo están esperando, redoble de tambor…, el grande entre los grandes. Ese derbi que todos quieren disfrutar y muchos no se atreven a ver en directo. El termómetro más genuino del país. De su economía, de su sociedad, de lo que nos avergüenza y de lo que nos enorgullecemos. El River-Boca. O Boca-River, no se me enfaden.

La locura. Otra vez con toque social al asunto. El River Plate nace siendo más elitista, con un toque British. El Boca Juniors, por el contrario, representa, o eso dicen ellos, a las clases populares del barrio de la Boca. Primer derbi en 1908. El segundo, ese mismo año, llevó premio: quien gane se queda con once libras esterlinas. Victoria de River y para allá que se fueron los metales y un apodo que aun dura: «Millonarios». Ojo, algunos dicen que, si les llega en los años treinta, después de que fichasen a Carlos Peucelle por diez mil pesos. En fin, historias.

De esas tiene a cientos el derbi de Buenos Aires. Tantas que hasta lo han llamado «Superclásico», porque, si nos ponemos grandilocuentes, hagámoslo como es debido. El día que Di Stéfano jugó como portero. O el día que Di Stéfano campeonó con Boca (desde el banquillo). Cuando al capitán de los «Xeneizes» lo expulsaron por celebrar un gol, no vaya a ser que se nos pusiera violento el público. Maradona y Fillol. Pasarella y Gatti. La casa de Ruggeri ardiendo justo después de que anunciase su fichaje por el River, proveniente del Boca (casualidad). También dramas. Setenta y un muertos en 1968, por avalanchas. Gas pimienta en 2015. Y la más reciente. Año 2018. Cuando el Boca y el River jugaron la final de la Copa Libertadores en… Madrid. El partido se había pospuesto hasta en dos ocasiones por problemas de seguridad. Tiempos de redes sociales, bengalas pegadas a los niños, autobuses apedreados y emboscadas por doquier. 

Tan cerca estás, delicioso enemigo…


Puto paraguas

Fotografía: Raffaele Esposito (CC).

La gente no cambia. Es como es. Pero eso no significa que no cambie. La gente cambia. No es como resultaba. Llega un día en tu vida de mierda, para que te hagas una idea del cambio, que de pronto no te importa salir de casa con paraguas; aunque no llueva. Basta la probabilidad certera de la lluvia. Tal vez ese sea el mayor cambio que se forja en la vida de un individuo dispuesto a ser siempre el mismo, empeñado en reconocerse cada mañana, cuando se levanta, sin necesidad de mirarse al espejo. Los días de lluvia nos retratan con el tacto de un escultor, hasta desnudarnos.

Existe un periodo en la juventud en el que uno odia las camisas, y en especial plancharlas. Odia a su padre. Odia el cárdigan. Odia cuando su madre se lima las uñas a su lado. Odia los imperdibles. Odia cuando le preguntan «en qué piensas». Tal vez odia Jot Down. En fin. Cioran calculaba que cualquier persona inteligente o decente odia a la mitad de sus contemporáneos. Pero por encima de todo, detesta el paraguas. Este utensilio concentra el malestar que uno siente hacia su propia existencia. En cierto sentido, las batallas más ensangrentadas y bellas son las que libras no tanto contra otras personas, como contra ciertos objetos aborrecibles, casi humanos. Una lámpara horrorosa, un cuadro que pintó tu madre, una alfombra. Y el puto paraguas.

Uno está dispuesto a pensar de sí mismo que es un desgraciado, un traidor, un asqueroso hijo de perra si comparece cubriéndose con un paraguas un día de diluvio. Da igual cuánto llueva, el frío que haga. Tus odios deben ser cultivados, hasta que brillen. Todos sabemos qué siente una persona que se queda sin paraguas en mitad de la tormenta, atrapado en un bar, o en la Subdelegación del Gobierno, o en Massimo Dutti. Está abandonado frente a la lluvia, solo, superado por las adversidades, como en el momento en que el capitán Ahab afronta su destino ante Moby Dick, cuando ya todo acaba. Se siente feliz de no tener que defenderse con un paraguas. Un paraguas es siempre una presencia insoportable, una carga humillante, un sinsentido. Te recuerda a lo peor del género humano, capaz de idear objetos colgantes, repulsivos. Ninguna madre, ningún consejo bienintencionado, modificará esta convicción, sana y honesta. Hay objetos que predicen una experiencia frustrante que nos hunde en la miseria, y que podemos conectar con ese verso de Emily Dickinson que dice «sentí un funeral en mi cerebro». Prefiero el agua, la enfermedad, el hospital, en último caso la muerte, a exponerme a la posesión del paraguas. A su lado se siente bien qué es un drama, y qué poco vale la vida si has de cubrirte del agua. Pero en un minuto, esas convicciones férreas se hunden.

Cada vez que veías un paraguas actuabas como la protagonista de Laura, de Otto Preminger, a quien de pequeñita la enseñaron a escupir cuando se cruzaba con un agente de policía. Solo el nombre (p-a-r-a-g-u-a-s) te levanta dolor de cabeza y quieres matar a alguien. Pasará el tiempo y nada cambiará nunca la idea que tienes de los paraguas. «Nunca», sin embargo, solo dura cierto tiempo. Llega un mañana cualquiera, y ya no eres el mismo. El cambio. No sales de casa sin valorar si no lloverá en algún momento de la mañana o la tarde, y si hace falta llevar paraguas. El paraguas es un objeto aborrecible. Me pone malo. Ni me lo nombren. Pero es maravilloso. «Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas», escribe el Conde de Lautréamont, en una de las comparaciones más célebres del irracionalismo surrealista. Jamás hay que fiarse de un cielo despejado, que se caracteriza, precisamente, por las probabilidades de volverse en pocos minutos un cielo cubierto.

Las ideas inamovibles no sobreviven si no prometen rigidez antes de un desplazamiento. Me viene a la cabeza el nombre de Anthony Comstock. Durante una época fue el mayor censurador de pornografía de los Estados Unidos, como bien cuenta Gay Talese en La mujer de tu prójimo. Pero, ¿fue siempre así? No. En su adolescencia, según confesaría en sus diarios, se masturbó de manera tan obsesiva, que temió que tanta paja lo condujese al suicidio. En fin. Es solo un ejemplo de cómo la gente no cambia nunca, y sin embargo cambia. En realidad, las personas no cambian en un aspecto sustancial, visible, pero sí subterráneo.

De pronto, un día te das cuenta, casi con tristeza, de que te falta el paraguas, que tanto aborreces. Acaba de desaparecer delante de tus narices, en el bar. Afuera llueve. Quieres irte a tu casa, pero, ¿cómo exponerte al aguacero sin paraguas? Fácil: robas uno. Es el último crimen que te creías capaz de cometer. Pero también un día adviertes que vales para eso. Se trata de un automatismo, un reflejo, como si en realidad el otro paraguas también fuese tuyo. Todos los paraguas son el mismo paraguas. Ojalá lo dijese Borges, piensas, para legitimar las manos sucias. Manejas la teoría de que si tú robas un paraguas, la víctima de tu maniobra sustrae a su vez un tercer paraguas, y la víctima siguiente etcétera, hasta que siguiendo una larga cadena, el cabrón que te robó a ti se queda nuevamente sin paraguas. Conviene no ser dogmáticos con relación a tus gustos, y estar dispuesto a hacer periódicamente mudanza en las ideas más enraizadas. Cuando odias algo con mucha fuerza, a menos que sepas que nunca lloverá sobre tu cabeza, has de estar preparado para empezar a amarlo.


El placer de odiar

Frankenstein, 1931. Imagen: Universal Pictures.

El odio es negro y el negro combina con todo. «De todo nos cansamos, menos de poner en ridículo a los demás y vanagloriarnos de sus defectos». La frase procede de The Pleasure of Hating, el ensayo que el  inglés William Hazlitt publicó en 1826. Se trata de un delicioso alegato a favor de la figura del hater no apto para quienes se rigen por las categorías absolutas del bien y del mal; el odio como un ejercicio estético sobre el que conviene reflexionar, pues no estamos a salvo ni del propio ni del ajeno. Hazlitt venía a decir que cuando el sabueso despierta y comienza la cacería, el corazón jadea y saliva ante el retorno a sus primitivos impulsos, aquellos que escapan del contrato social que apaciguó el descontrol de los hombres. El odio produce un gozo intelectual: nos permite acurrucarnos en los brazos de la hostilidad —un principio del que el ser humano no puede desprenderse— pero sin recurrir a la violencia bruta y ordinaria. La inquina es un divertimento refinado, es la barbarie erudita. Y sí, tiene una función social: el valor de la bilis actúa como formol, nada nos conserva mejor que la misantropía. «No estás muerto cuando dejas de amar, sino de odiar», decía Emil Cioran.

A diferencia del trol, el hater es elegante: ataca a su objetivo con argumentos elocuentes, mientras que el primero se asemeja más a un matón de colegio que destroza a su presa hasta que oye el crujir de los huesos bajo sus pies. Quien odia lo hace con un contoneo grácil y seductor, su discurso es crítico y argumentado —aunque rebatible—. «No es el odio lo que amamos sino el placer de odiar, pues no odia quien quiere, sino quien tiene auténtica madera», apunta Hazlitt. Desde un punto de vista filosófico, este sentimiento podría incluso considerarse el motor que empuja a la sociedad hacia la excelencia: expuestos al escrutinio inmisericorde, tendemos a ser menos acomodadizos en un mundo en el que el animal humano tiene asegurada su supervivencia. El afán de superación y el esfuerzo son mayores si somos objeto de análisis constante. En definitiva, promovería el inconformismo intelectual y la autoexigencia, frente a la indiferencia y el tedio, que nos vuelve holgazanes. «Parecería que la naturaleza se hubiera construido de antipatías, pues sin nada que odiar, perderíamos toda gana de pensar y actuar. La vida se volvería una charca si no la turbaran los intereses que riñen, las pasiones ingobernables de los hombres», señala el ensayista inglés. Sin embargo, el pensador Javier Gomá Lanzón asegura que es el ejemplo positivo el que interpela y obliga a un sujeto a responder de su vida y de sus acciones: «Un compañero de trabajo negligente; un cuñado machista y desagradable; un vecino polémico o ruidoso; un amigo arruinado por su imprudencia: todo esto constituye un universo gratificante porque rehabilita ante los demás mi desmedrada imagen y en todo caso me dignifica por cuanto muestra una variedad de comportamientos reprochables que están ahí delante, próximos y posibles, y que yo, honesto sin alharacas, me abstengo de realizar. Las perspectivas se presentan mucho más sombrías si, por desgracia, nuestro entorno se compone de dechados de virtud: un colega que destaca en su profesión; un cuñado cariñoso y servicial; un vecino cívico que separa la basura en tres coloridas bolsas; un amigo modélico. Este otro universo nos perturba y debilita nuestra posición en el mundo. El mal ejemplo nos absuelve mientras que el bueno nos señala con el dedo». Según la teoría de Gomá Lanzón, es un ungüento para aliviar de manera rápida y fácil la sensación de frustración, pues el talento cercano deja en evidencia frente al resto: «En el odio anida un gran complejo de inferioridad camuflada. Lo difícil, lo milagroso y lo admirable no es odiar —eso lo hace todo el mundo—, sino mantener las fuentes del entusiasmo y el idealismo pese a la abrumadora negatividad de la vida y de una cultura que casi por entero conspira para que se desvanezcan las ilusiones», subraya. El goce que supone abandonarse al lado oscuro, sin embargo, no es incompatible con la perplejidad ética. Tan pronto sentimos resentimiento como arrepentimiento. A menudo nos movemos entre lo mundano y lo sublime, entre lo abyecto y lo divino, sin poder evitarlo.

Igual que sucede con el amor, el odio a primera vista también existe. Despreciar a Shakespeare o a Tiziano es un acto de pedantería, no así al cantante de radiofórmula que rima «pasión» con «corazón» o al escritor plomizo que se convierte en best seller. No, ese escarnio, dicen, es legítimo. Como con la comida que se repite horas después de ingerirla, la presencia excesiva de lo popular y masificado resulta extenuante. El estómago acaba por rebelarse. Es entonces cuando la multitud se reúne con entusiasmo para presenciar la tragedia y la ejecución. Someter a juicio algo o a alguien es fuente de satisfacción inagotable, como explica William Hazlitt: «Hay una afinidad secreta, un ansia por el mal en la mente humana; y se necesita un perverso pero dulce placer por él. El bien en su estado más puro pronto se torna insípido y requiere, entonces, variedad y fuerza. El dolor es agridulce y nunca sacia. El amor se vuelve, con la ayuda de un poco de indulgencia, indiferente o desagradable. Solo el odio es inmortal». Cioran señalaba una ventaja nada desdeñable respecto de la aversión reiterada: llegar a soportar aquello contra lo que se ha arremetido por agotamiento de ese mismo odio.

Sentimientos como la inquina, el resentimiento o la ira están relacionados con el tono general de recelo de la cultura contemporánea, según apunta Gomá Lanzón. «Durante siglos, la cultura fue instrumento de socialización y de mejoramiento virtuoso de la gente. A partir de la crítica marxista, es vista enteramente como forma de dominación de los poderosos sobre los débiles. Estos son llamados a la desconfianza, a la sospecha, a la deconstrucción y al odio frente al sometimiento». Es decir, determinados elementos negativos están alentados en el fondo por un sentido de dignidad ultrajada —de remoción de injusticias—. Si el «buenismo» genera individuos infantilizados incapaces de asumir un fracaso, el cinismo procura que la humanidad no se reboce en la mediocridad pero sí en la eterna insatisfacción.

En 2008, los neurobiólogos Semir Zeki y John Paul Romaya de la University College London publicaron un estudio sobre el circuito cerebral que se activa cuando odiamos. Tal y como sucede con el amor romántico o el maternal, el odio es un sentimiento biológico muy complejo que a lo largo de la historia ha impulsado a los individuos a cometer actos tan heroicos como deleznables, apuntan los científicos. Algunas teorías sostienen que esta emoción ha sido vital para nuestra evolución: gracias a ella, los cazadores no se sentían mal cuando tenían que robar a otros cazadores para poder alimentarse. En el sentido más literal, el odio nos ha mantenido vivos. Para su investigación, Zeki y Romaya estudiaron las partes del cerebro que se activaban y desactivaban cuando los sujetos —diez hombres y siete mujeres— miraban la fotografía de alguien hacia el que tenían sentimientos neutros. Después, cambiaron la imagen por la de alguien a quien despreciaban. Los científicos concluyeron que «todos odiaban igual». Es decir, el circuito cerebral que se ponía en funcionamiento era el mismo en cada uno de los individuos estudiados. Algunas de esas partes, por cierto, también despiertan cuando experimentamos amor. La diferencia fundamental entre ambos es que al amar se apagan partes de la corteza cerebral relacionadas con el juicio y el razonamiento, cosa que no ocurre con el odio. El amor es menos imparcial y no atiende al sentido común.

Friedrich Nietzsche en La genealogía de la moral (1887) relacionaba el odio con la venganza: el primero es resultado del resentimiento de los débiles, la rebelión de los esclavos que odian la moral de los hombres egregios, creadores. Puede que todos alberguemos en nuestro interior un remanente de fragilidad heredada, pero William Hazlitt en su ensayo no hace tantas concesiones; su retrato es más cruel, el esbozo que realiza no deja lugar a la justificación, ni histórica ni moral. «No veo en la criatura maldad alguna; sin embargo, la odio solo de verla», dice sobre la araña que se arrastra por la alfombra de su cuarto. «El espíritu de la malevolencia sobrevive a su ejercicio», añade. Nuestros sentimientos están más relacionados con nuestras pasiones irrefrenables e ilógicas que con nuestra comprensión.

El filósofo griego Empédocles pergeñó una teoría sobre la utilidad del odio y del amor: el primero tiende a romper la unidad que el segundo ha creado —la unión, la fortaleza—, provocando que los elementos separados formen algo nuevo y diferente. El progreso era esto. ¿O nunca se han fijado en cómo el odio une a la gente? No se confíen, el ciclo nunca termina. William Hazlitt se maldecía por haber detestado menos de lo necesario: «Equivocado como he estado en mis esperanzas públicas y personales; calculando lo que harían otros en relación a lo que hago yo y haciéndolo mal; siempre desilusionado de en donde más esperanza había puesto; marioneta de la amistad y monigote del amor, ¿no tengo razón en odiarme y sentir rencor hacia mí mismo? Claro que la tengo, sobre todo por no haber odiado lo suficiente al mundo». Se empieza odiando un libro admirado, un primer amor, una vieja canción de la adolescencia y uno termina aborreciéndose a sí mismo. El desprecio se rumia poco a poco y al final lo que quedan son las heces. Y eso ni es exquisito ni es eterno.


La pequeña, diminuta historia, de un padre y su hijo

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

El 16 de abril de 2013, Dennis Lehane, escritor y bostoniano de cuna, publicaba en el diario The New York Times una columna titulada «Jodisteis con la ciudad equivocada». El texto, una carta de amor a la ciudad donde nació, es una brutal dosis de mala leche desencadenada por los atentados que un día antes habían causado tres muertos y doscientos sesenta y cuatro heridos en la línea de llegada de la maratón de Boston. Lehane, en cuyas novelas se han inspirado Clint Eastwood y Martin Scorsese, y que procede de Dorchester, uno de los barrios más duros de la ciudad, dejaba claro a los terroristas que una vez les encontraran y les cerraran los ojos, él y sus compatriotas seguirían con su vida como si nada hubiera ocurrido. «Amo esta ciudad, amo su atroz acento, su complejo de inferioridad con Nueva York, sus conductores chiflados, la lógica insana de su callejero» decía Lehane.

Si pudiera encerrarse la rabia de Lehane en una moneda, la otra cara de la misma sería No tendréis mi odio, la pequeña y desgarradora carta de amor de Antoine Leiris a su mujer, Hélène y a su bebe, Melvil. Leiris, periodista, se quedó en casa a cuidar de su hijo, de diecisiete meses, mientras su esposa se iba con unas amigas a ver el concierto de Eagles of Death Metal a la sala Bataclan. El resto es conocido: el martillo nihilista del terrorismo golpeó en París, dejando ciento treinta víctimas. Hélène fue una de ellas.

Pocas horas después, Leiris colgaba en Facebook una carta en la que decía a los terroristas que a pesar de haberle arrebatado aquello que había amado con todas sus fuerzas, no conseguirían tener su odio.

En las ciento once páginas de No tendréis mi odio (Editorial Península), Antoine Leiris bascula entre la tragedia que le envuelve como una nube que te sigue a todas partes y el consuelo que le ofrece ver a su hijo, un niño con madera de trasto, que a base de hacerle la vida imposible al progenitor con toda clase de travesuras le arranca la inquietud de seguir viviendo después de perder a «un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo».

Son algo más de cien páginas de soledad, de dudas, de temores, con el que cualquier ser humano, de cualquier parte del mundo, sea cual sea el dios al que le rece (o sin rezarle a divinidad alguna) puede sumergirse. El inmenso dolor de la perdida, que se vuelve más oscuro cuando es imposible encontrar la más mínima partícula de razón, cuando otros celebran tu desesperación como su victoria. 

En cierto modo, Lehane y Leiris conectan en esa declaración de intenciones que establece con firmeza que nada cambiará, que no importa cuantas maneras inventen de hacernos daño, cuanto nos golpeen, nada cambiará.

Pero además en las páginas de No tendréis mi odio se contagia una suerte de poesía, disfrazada de humanidad. Cuando de lo peor emerge lo mejor: las cartas llegadas de todos los lugares del mundo que se apilan en la mesa del comedor, abrazos y besos de desconocidos/as que llenan las noches de insomnio de un tipo roto; el anciano que le recuerda que «somos nosotros los que debemos animarte a ti»; la nota de ese vecino al que nunca habías resultado especialmente simpático, colgada un día en tu puerta: «Si necesita que algún día cuide a su hijo solo tiene que decirlo».

El primer viaje del padre a la guardería después de todo lo acontecido, contado casi como una especie de funeral, es uno de esos capítulos difíciles de digerir, no solo pero especialmente para los que tengan hijos. Los padres de los demás niños haciendo turnos en la elaboración de papillas caseras para Melvil, contando (con buen criterio) con la torpeza del periodista para la logística casera y la ayuda de la directora de la guardería; una ayuda silenciosa, casi invisible. Todo lo que podía arreglarse —viene a decir Leiris— fue arreglándose solo.

Decir que el libro de este parisino es de lectura sencilla sería mentir: hay pasajes que no pueden endulzarse, simplemente porque no hay manera de hacerlo. Y el eco de la ausencia se amplifica en cada página, como si fuera una ventana azotada por un huracán que golpea cada vez con más fuerza sin llegar jamás a cerrarse. El encuentro del protagonista con el amigo de Hélène, el que sostuvo a su esposa mientras moría, sea probablemente uno de esos momentos en que uno bendice la voluntad de Leiris de no jugar a ensombrecer lo que ya es suficientemente sombrío. La sonrisa de su amigo, que sobrevivió, «sí, estoy vivo», es lo más bonito de una página que nos ahorra los detalles de la masacre. Los hemos visto, los conocemos.

Dicen que no se debe abusar de las citas, pero me permitiré reproducir, enteramente, la que es una de las páginas más humanas de un libro que nunca pretende ser ambicioso. Que es ingenuo, sencillo y diminuto, tan simple como la historia de un padre y su hijo:

Y de repente tengo miedo. Miedo de no estar a la altura de lo que se espera de mí. ¿Seguiré teniendo derecho a ser valiente? Derecho a estar furioso. Derecho a sentirme desbordado. Derecho a estar cansado. Derecho a beber demasiado y a seguir fumando. Derecho a salir con otra mujer, derecho a no volver a salir con mujeres. Derecho a no amar de nuevo, jamás. A no rehacer mi vida y a no desear a otra. Derecho a no tener ganas de jugar, de ir al parque, de contar una historia. Derecho a cometer errores. Derecho a tomar decisiones equivocadas. Derecho a no tener tiempo. Derecho a no estar presente. Derecho a no ser divertido. Derecho a mostrarme cínico. Derecho a tener días malos. Derecho a despertarme tarde. Derecho a llegar con retraso a la salida de la guardería. Derecho a no volver a hablar de ello. Derecho a ser banal. Derecho a tener miedo. Derecho a no saber. Derecho a no querer. Derecho a no ser capaz.


Abraza tu lado oscuro

Imagen: Lucasfilm.
Imagen: Lucasfilm.

Hemos hecho que publicar un artículo reivindicando el mal rollo nos cause pudor. Hay que escribir cosas como las de Kiko, de esas que nos recuerdan que a la vida se viene a pasar el rato y que debemos disfrutar de las pequeñas cosas. Nos gustan las historias de superación y de alegría. Algo que sería normal, hasta humano, si no pareciera que nos estamos pasando de madre. Si no pareciera que estamos negando el derecho de la gente a estar enfadada o triste. Hasta tal punto estamos llegando en esta reivindicación de la alegría que hay quien propone reemplazar el PIB por la felicidad (¿?). Pues mire, ya basta. Ya basta de este veneno del buen rollo impostado.

Abraza de una vez tus pasiones negativas porque pueden hacer la vida mejor a los que te rodean y a ti mismo.

Piensa en lo siguiente.

Muchas veces hay gente que con tal de evitar el conflicto se queda callada o ante cualquier disyuntiva dice que lo mismo le da una cosa que otra. Es un hecho que se ha vuelto transversal, intentar evitar el mosqueo o la tensión dentro de cualquier grupo. Como parezca que una decisión puede ser divisiva, lo que se busca es que alguien haga de líder mientras el resto mira al suelo. Por supuesto, esta actitud vital acaba en el desastre; el resultado una decisión increíblemente estúpida o poco representativa. Y esto genera enfado, porque en el fondo la gente sí que tenía una preferencia. Se queda con la úlcera en el estómago y se pasa todo el día de mal humor, cargando contra aquel que pasa cerca y que no tiene la culpa. Desahogándose con quien tenga la mala suerte de tener que aguantarle.

Permitidme ilustrar esta idea con una anécdota personal.

Cuando era estudiante de licenciatura nos íbamos a comer algún día fuera de la residencia universitaria. El grupo de gente de la cuarta planta era muy heterogéneo, con lo que siempre habría que pararse un rato a pensar dónde ir. Como os imaginaréis, estando en la universidad, cualquier cosa por encima de los diez euros ya nos iba hacer más estrecha la vida esa semana. Había un grupo que quería ir al chino que estaba al lado, una salida ganadora para tener sangría fácil. Había otros que querían ir a una pizzería cercana, algo más cara, aunque de calidad comparable. Y luego había UNO que quería ir a un restaurante al que le tenía apego porque conoció a sus dueños en un crucero —para que os hagáis a la idea del precio allí.

¿Sabéis donde terminábamos? Exacto, en aquel restaurante. Y todo ocurría por un mecanismo muy sencillo: la aversión al conflicto del grupo. Pese a que todos teníamos nuestras opciones preferidas al final terminábamos yendo al lugar al que NADIE quería ir. Vamos, que como nadie expresaba su preferencia sincera salvo el que la tenía más intensa, acabábamos en un subóptimo social. Si hubiéramos ido al chino o a la pizzería al menos un grupo más numeroso habría estado contento. Así no lo estaba nadie y terminábamos todos mosqueados. Ni siquiera estamos ante lo que Noelle Neumann califica como una espiral del silencio, en la que esa opción minoritaria era considerada mayoritaria. Todos sabíamos que no lo era y sin embargo se transigía.

Dice un insigne florentino:

Sostengo que quienes censuran los conflictos entre la nobleza y el pueblo condenan lo que fue primera causa de la libertad de Roma, teniendo en cuenta más los tumultos y desórdenes ocurridos que los buenos ejemplos que produjeron… Pues todas las leyes que se hacer a favor de la libertad nacen del desacuerdo entre estos dos partidos.

Si dice Isaiah Berlin que el pluralismo de ideas y valores es consustancial al ser humano, ¿por qué negar que es el conflicto entre esos pareceres lo que nos permite avanzar como sociedad? Filosofías zen posmodernas han dejado la idea de que no hay que litigar para buscar la paz interior, pero eso nos vuelve transigentes y acomodaticios. Reconozcamos el disenso y hagámoslo explícito, porque es lo único que nos permite concluir que a lo mejor hay diferentes opciones posibles, todas razonables, y que tenemos que transaccionar. Es la mejor manera, créeme, de no acabar todos en el restaurante menos preferido.

Por eso, cuando estés en grupo, esfuérzate cuando te hagan la pregunta. No te da lo mismo y lo sabes.

El corolario que se sigue de esta idea es reivindicar el fin de la pasivo-agresividad. Este tipo de comportamiento se da cuando un individuo ejerce resistencia pasiva ante esas decisiones autoritarias tomadas en el seno de un grupo. El miedo a mostrar enfado de modo abierto, el resentimiento, el sarcasmo, la ambigüedad… son solo algunas formas en las que se manifiesta. Esto va generando lentamente un ácido corrosivo que mina el ánimo, cebando una bola de odio interior. Es verdad que hay que elegir bien las batallas que se libran, pero hay quien elige no librar ninguna.

Hay que acabar con eso. Más aún, piensa que decir «tonto» a tiempo salva vidas. Sobre todo la de uno mismo.

Por un lado, nos ayuda por su efecto terapéutico. Si uno revisa el clásico El placer de odiar de William Hazlitt encontrará poderosos argumentos. No estamos a salvo del odio ni la maledicencia, ni propia ni ajena. ¿Cómo podemos soportar nuestra propia debilidad, nuestra vulnerabilidad, si no es a través de ese mecanismo? Quien jamás dice no, quien no ha descargado como un martillo de herejes sobre otro un comentario directo, no vive en paz. Pero por el otro lado, si reconoces ese enfado, si tomas ventaja de él, lo puedes canalizar hacia grandes cosas. Lo peligroso es lo contrario, cuando te lo apropias y te lo llevas contigo como una pesada piedra. Descárgalo para ser libre o vive prisionero de él.

«El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva la lado oscuro de la Fuerza», dice el maestro Yoda. El consejo que yo te doy es que mates a ese peluche verde porque te está haciendo la vida más difícil. Abrazar el conflicto y no resignarte es lo único que te puede hacer humano. Que no te engañen: no debes renegar de tu lado oscuro. Toma ventaja de él, puedes hacer un mundo mejor.


Odio mi canción

Radiohead. Foto: Danielle Daledonne (CC)
Radiohead. Foto: Danielle Daledonne (CC)

Durante los noventa, la banda Radiohead comenzó a avistar en sus conciertos a unos cuantos seres humanos que asistían ausentes al espectáculo hasta que Thom Yorke y compañía interpretaban el exitoso «Creep», un momento que estas criaturas vivían con mucha intensidad para a continuación abandonar el concierto. El grupo se encabronó con su propia composición y comenzó proclamando que no respetaba a quienes se acercaban al bolo solo para escuchar esa canción, para finalmente acabar eliminándola durante bastante tiempo de su repertorio para conciertos. Lo cierto es que hasta el sonido característico de la canción había nacido del odio: el guitarrista Jonny Greenwood tenía escasa estima al tema e intentó joder la grabación original con los rasgueos que acabarían dando entidad propia a «Creep». Un año después la banda escribiría «My iron lung» y su letra no disimularía demasiado hacia que cabezas apuntaba:

This is our new song
Just like the last one
A total waste of time
My iron lung.

Radiohead estaba en su derecho a odiar sus propias creaciones amparados bajo la ley universalmente conocida como «el gato es mío». Y lo cierto es que cuando las criaturas que uno ha parido no acaban evolucionando como se desea resulta poco sincero maquillar el disgusto. Pau Donés comentó que interpretó una cantidad infame de veces su hitazo «La flaca», una auténtica desgracia para alguien que estaba ansioso por dejar aquel éxito atrás y comenzar con ilusión a escribir durante el resto de su carrera la misma canción en cada disco.

En el fondo a Frank Sinatra nunca le gustó su versión de «My way».

No has entendido nada

Lo de R.E.M. con «Shiny happy people» es un asunto célebre. La banda odiaba aquella famosísima canción de acordes saltarines que compartía disco con el también überconocido «Losing my religion» y se negaba a interpretarla sobre el escenario o discutir en las entrevistas las razones para estar tan enfadados con su propia criatura. Incluso sus recopilatorios de grandes éxitos hacían como si el tema no existiese, al menos hasta que junto con la disolución del grupo se publicó Part lies, part heart, part truth, part garbage 1982–2011, un doble CD a modo de retrospectiva cuyo propio título parecía querer justificar la inclusión del corte con ese tan poco discreto «part garbage».

Sting. Foto: Piotr Drabik (CC)
Sting. Foto: Piotr Drabik (CC)

Sting le cogería manía a «Every breath you take» al descubrir que las masas la interpretaban como una canción de amor cuando en realidad era todo lo contrario: la letra hablaba sobre un hombre que se obsesionaba de manera enfermiza con su expareja hasta el punto de espiarla, controlarla y creerla de su propiedad. El cantante la definiría como una canción siniestra y mientras tanto la gente se le acercaba para decirle que se habían casado al ritmo de esa tonadilla. Puff Daddy fue uno de los que no se enteró del asunto, su «I’ll be missing you» era una versión del tema para despedir a su colega The Notorius B.I.G. asesinado a balazos en el 97.

Meher Baba fue un gurú espiritual indio con cara de Mario Bros que declaró ser la encarnación de Dios en envase humano. El caso es que Baba era muy de animar a la gente con un «Don’t worry, be happy» una frase que en los sesenta circuló en forma de pósteres inspiracionales. Cuando Bobby McFerrin se tropezó con uno de aquellos carteles se inspiró para escribir un tema que acabaría formando parte de la banda sonora de Coktail, convertido en himno popular y produciendo un clip donde el propio McFerrin, Bill Irwin y Robin Williams hacían mucho el payaso. Se trataba de «Don’t worry, be happy» la primera canción a cappella que lograba coronar un número uno en la lista de singles más vendidos y futura ganadora de los premios Grammy Song of the Year y Record of the Year. George H. W. Bush comenzaría a usar el tema durante su campaña electoral sin pedirle permiso a McFerrin y este no solo se cagó en sus muertos y dejó de cantarla durante las giras, sino que además anunció que votaría en contra de Bush. Tiempo después, y tras insinuar que su composición era una sátira que se malinterpretaba como un tema buenrollista, McFerrin se pelearía en sus contratos discográficos por incluir cláusulas que le evitase tener que volver a interpretar el tema por obligación.

Los Beastie Boys también lidiarían con una creación propia famosa interpretada de manera errónea. Su «(You gotta) Fight for your right (to party!)» nació como una canción que se burlaba y parodiaba los himnos fiesteros imbéciles y acabó siendo aupada a la fama por el propio público al que criticaba, una audiencia incapaz de reconocer que entre líneas reposaba una sátira. La canción desapareció de todos sus directos.

Quizás el ejemplo más divertido de canción malinterpretada corresponde al «Hook» de Blues Traveler. Porque en su caso se trata de una creación satírica que pretende que su público sea el oyente estúpido al que la misma letra critica. «Hook» anunciaba desde su propio título que crear un hit pegadizo era una tarea idiota y sencilla. Y la letra no podía ser más evidentes con sus intenciones:

It doesn’t matter what I say
So long as I sing with inflection
That makes you feel that I’ll convey
Some inner truth of vast reflection.

El resultado no sorprendió a nadie: se convirtió en un pequeño y pegadizo éxito.

Mi álbum from hell

Dave Grohl reconoció no estar demasiado contento con el disco One by one al asegurar que «cuatro de las canciones eran buenas y las otras siete no las volví a tocar en mi vida». Noel Gallagher definió el álbum Be here now como «el sonido que produce en el estudio una banda de tíos puestos de coca a los que les importa todo una mierda. Todas las canciones son demasiado largas, las letras son mierda y en cada milisegundo donde Liam no está diciendo alguna palabra suena un riff de guitarra a lo Wayne’s world», algo que explica por qué en su greatest hits no aparecería ningún tema de aquel disco. Con el siguiente álbum, Standing on the shoulder of giants, sería incluso más tajante asegurando que no deberían haberlo grabado nunca por encontrarse poco inspirados. Alice Cooper tiene tres discos ochenteros (Special forces, Zipper catches skin y DaDa) a los que se refiere como la trilogía apagón: no se acuerda siquiera de haberlos grabado porque en aquellos años abusaba mucho de los vicios y se pasaba el día remojado en alcoholes, hasta el punto de haber sido hospitalizado por alcoholismo con una estupenda cirrosis en el hígado tras finalizar la grabación de DaDa (una obra que el artista asegura no saber de qué cojones va). Solo los temas de Special forces serían interpretados sobre un escenario, los otros dos discos se quedarían como un profundo y doloroso agujero en la memoria de Cooper. Peter Buck dijo del Around the sun de R.E.M. que era difícilmente escuchable y sonaba a lo que era la formación en su momento: «un grupo de tíos aburridos». Devo decidió a mediados de los noventa olvidarse conscientemente de los discos Shout, Total Devo y Smooth noodle maps. Brett Anderson dijo del disco A new morning de Suede que era «una jodienda enorme». El caso de The Strokes y su Angles era asombrosamente sincero, tras editarlo comenzaron a pasearse por los medios anunciando que no estaban contentos con el resultado. Damon Albarn aseguraría al hablar de Blur: «Publicamos dos discos malos. El primero de todos, Leisure, que era terrible y The great escape que era desastroso».

Lou Reed. Foto: Man Alive (CC).
Lou Reed. Foto: Man Alive (CC).

Lou Reed gozó de reconocimiento con el disco Transformer (aquel que contenía «Satellite of love» y «Walk on the wild side», y que un crítico calificó como «pretencioso rollo artístico homo») y a continuación se dejó los cuernos grabando Berlin, una ópera rock sobre depresiones, prostitución, drogas, violencia doméstica y tendencias suicidas que el propio Reed consideraba su obra maestra. Pero Berlin no lo compró nadie, así que para su siguiente disco, Sally can’t dance, decidió parir algo ligero y permanecer quieto y desencantado durante toda la producción. Sally can’t dance se convirtió en un éxito para sorpresa del cantante que declararía un cachondo «Parece que cuanto menos me implique en un disco más grande será el hit en que se convertirá. Si en mi siguiente álbum no participo en absoluto podría llegar a ser número uno en ventas». La compañía, RCA Records, comenzaría a meterle prisas a Reed para fabricar su siguiente trabajo y el hombre aparecería con una sonrisa y Metal machine music en su regazo, una leyenda del mundo de la música por méritos propios (de la que Manuel de Lorenzo ya ha hablado con detalle aquí mismo): un doble vinilo que no contenía ninguna canción, melodía lógica o estructura reconocible, sino a Reed apilando ruido de guitarras viejas y arrimándolas al altavoz durante una hora. Para muchos era la manera que tenía el artista de hacerle un calvo a los ejecutivos de RCA. Para los críticos supuso una oportunidad única para hacerse los ingeniosos: la revista Rolling Stone sentenció que era «como los gemidos tubulares de una nevera espacial» y Greg Kot escribió que «un ciclo de centrifugado de una lavadora tiene más progresión melódica que el zumbido electrónico que es Metal machine music». Para otros cuantos sería una pieza clave del noise, del sonido industrial o de la música experimental. Reed en algún momento declararía que el disco iba en serio y que todo estaba planeado pero también que estaba hasta el culo de cosas exóticas a la hora de grabarlo.

Music from the Elder, el noveno álbum de estudio de la banda Kiss fue un experimento musical con forma de ida de pelota conceptual: sus canciones narraban el entrenamiento de un joven héroe ante un consejo de ancianos para formar parte de la Orden de la Rosa y combatir el mal así en general. El inusual álbum no es que fuera aborrecido por los propios miembros de Kiss, sino que sufrió un destino peor: la banda se olvidó de su existencia. En 2004 en Melbourne el grupo intentaría interpretar los temas «The oath» y «I» pero no sería capaz de recordar la letra.

Frank Zappa se toparía una noche con un borrachísimo Brian Jones y le comentaría que, en su humilde opinión, consideraba que el disco Between the buttons de The Rolling Stones del 67 era una pieza tan notable como para tenerlo en más alta estima que el Sgt. Pepper’s lonely hearts club band de los Beatles. Algo a lo que Jones contestó dándole la espalda y trotando hacia otro lugar en busca de gente con mejor criterio. Aquella reacción tampoco pillaba de sorpresa a Zappa, los propios Stones se cagaban profusa y públicamente en ese disco calificándolo de basura y solo salvando el corte «Backstreet girl» de la hoguera. Y aquel 1967 era la temporada a desacreditar por los propios ingleses: su Their satanic majesties request de finales de año era un desastre que ellos justifican por «tener demasiado tiempo, muchas drogas y ningún productor diciéndonos que parásemos y nos pusiésemos a tocar».

Asuntos personales

A Tom Lehrer le aburría su propia carrera musical por la pereza de repetir setlist durante los directos, la única razón por la que permaneció un tiempo en el oficio (antes de pasar a ser matemático a tiempo completo) fue para hacer turismo por los países por donde programaba las giras. Billy Joel le pilló ojeriza a «Just the way you are» por tratarse de una canción de amor dedicada a una persona de la que acabó divorciándose. A Ke$ha se le escaparía en Twitter que la forzaron a grabar «Die young», Hillary Duff comentaría algo similar sobre «The math» y a Lady Gaga la producción de «Telephone» la traería tan de cabeza que acabó pillándole manía al resultado final. Los Beastie Boys se avergonzaron de que su License to ill les hubiese salido misógino, homófobo y burdo y se disculparon públicamente explicando que eran jóvenes e inconscientes. Radiohead dejó de interpretar en directo «Prove yourself» cuando empezó a resultarle preocupante y tétrico el escuchar al público cantando con énfasis el tétrico estribillo «I’m better off dead». El líder de Ministry, Al Jourgensen, aseguraba que destruía cada copia que encontraba del debut de la banda.

Loquillo a principios de los noventa eliminó su exitosa «La mataré» del repertorio para los conciertos a causa de las denuncias de hacer apología de los malos tratos. Años más tarde la recuperaría para sus directos: «Estaba hasta los cojones de que no pudiera tocar esa canción por una polémica en un momento determinado […] éramos unos críos, nos metieron en un follón y un lío que parecía que fuéramos asesinos en serie. Entonces, pasado el tiempo, pasada la polémica y pasado todo, digo “perdón, yo canto lo que me da la gana” y punto. Es una canción que habla de lo que habla, ¿qué pasa?, ¿que no se puede hablar de eso?».

Fred Dust se colocó tras la cámara para dirigir el vídeo de «Take a look around», canción que promocionaría en los canales de música aquel Cirque du Soleil con palomos que era Mission Imposible 2. Pero el resultado, un clip donde Limp Bizkit intentaba arrebatar un maletín a unos hombres de negro, resultaba tan vergonzoso por tonto que el propio Dust prohibiría su emisión en Estados Unidos y tanto el DVD oficial de la película de John Woo como el recopilatorio de videoclips del grupo, Greatest videoz, pondrían los ojos en blanco y harían como si aquello nunca hubiese existido. No Doubt también eliminó un vídeo por sonrojo, se trataba de «Looking hot» y la razón era que su retrato de los indios americanos se les antojó un estereotipo cuestionable.

Odio mi canción

Fryderyk Chopin compuso «Impromptu fantasía» en 1834, una pieza para piano de la que el propio Chopin se avergonzaba por ser demasiado parecida al «Claro de luna» de Ludwig van Beethoven. Tanto sofoco le provocaron las similitudes que hizo prometer a Julian Fontana que tras su muerte quemaría la partitura. Fontana se pasó la promesa por el forro y la publicó seis años después de la desaparición de Chopin, convirtiéndola en una de sus piezas más conocidas. Lo gracioso es que el propio Beethoven tampoco estaba especialmente orgulloso del reconocimiento que tenía «Claro de luna» y aseguraba que había escrito cosas mejores. No eran los únicos clásicos con ganas de renegar, Tchaikovsky odiaba su Cascanueces.

Chopin petándolo ante los Radziwiłł. Imagen: Henryk Siemiradzki.
Chopin petándolo ante los Radziwiłł. Imagen: Henryk Siemiradzki.


«American pie» fue la famosa canción que bautizó como «the day the music died» a la jornada en que un accidente de avión acabó con The Big Bopper, Buddy Holly y Ritchie Valens al mismo tiempo. Para el autor de aquella canción, Don Mclean, la fama del tema le supuso una auténtica cruz: hoy, con más de veinte discos sobre el lomo, la cultura popular le sigue recordando por aquel corte publicado en los setenta. Mclean, hastiado con el éxito de «American pie», decidió dejar de interpretarlo durante un tiempo en los conciertos y comenzó a contestar a aquellos periodistas que le preguntaban una y otra vez por el significado de la letra con un tajante y simpático «Lo que significa es que no tendré que volver a trabajar nunca». En 1999 Weird Al Yankovich versionó la canción en una parodia titulada «The saga begings» que repasaba la historia de la infame Star Wars episodio I: La amenaza fantasma. En casa de Mclean sus hijos se pondrían tan pesados con la cancioncilla de Yankovich que la letra de la parodia acabaría anidando en el cerebro del autor original logrando que en algunos directos el propio Mclean canturreara versos sobre jedis y el lado oscuro.

Kurt Cobain lamentaría el desmesurado éxito de «Smells like teen spirit» por considerarla una de las canciones más flojas que había escrito, además de una pieza que nacía con la intención (fallida) de imitar el tremendo «Debaser» de Pixies, pero sobre todo al ver como otras creaciones de las que estaba más orgulloso como «Drain you» no alzanzaban la misma popularidad. Cobain también le tenía manía al aspecto limpito de su Nervermind y la galería de público mainstream que había cultivado, por eso mismo creó el siguiente trabajo, In utero, de manera más cruda y sucia, intentando deshacerse por el camino de los nuevos fans pijos que le perseguían. La treta no funcionó en absoluto, el álbum intrauterino vendió toneladas. El chico estrella del grunge tendría que haberlo supuesto porque Nevermind ya contenía una canción como «In bloom» cuya letra rezaba:

Hey – he’s the one
Who likes all our pretty songs
And he likes to sing along
And he likes to shoot his gun
But he knows not what it means.

… que era coreada con alegría por las mismas personas a las que los versos criticaban.

El irlandés Bob Geldof acabaría disculpándose doblemente por su contribución al mundo de la música. Por un lado por ser responsable del tema «Do they know it’s Christmas?» interpretado por una coalición de superestrellas con fines benéficos. «Cuando voy al súper y me dirijo a la sección de carnicería la canción está sonando. Todas las putas navidades» serían sus terribles declaraciones. Pero el hombre también asumiría tener la culpa de otra iniciativa similar, la pesadísima canción, con alineación extraordinaria, «We are the world» que le conduciría a una conclusión certera: «Soy responsable de dos de las peores canciones de la historia».

Bruno Mars declaró que odiaba su «The lazy song» (sí, la de las caretas de mono y el silbidito) y a nadie le pareció mal. Lorde, tras escuchar la avalancha de versiones que provocó su hit «Royals», llegó a asegurar que su creación sonaba «como un politono de un Nokia del 2006». Lo de Patrick Stump era más de odiarse a sí mismo: «Nunca quise ser parte de un grupo emo y finalmente acabé siendo parte de una de las bandas emo más ceélebres. Durante mucho tiempo yo odié aquello más que nadie». Stump es el cantante de los pesados de Fall Out Boy. Madonna aseguró estar hasta el coño de entrar en un local y que el responsable del hilo musical pinchase «Like a virgin», pero también que si llega a saber que la gente iba a llamarla «Material girl» durante treinta años jamás hubiera grabado aquella canción. A Flock of Seagulls acabaron hastiados al sufrir las desgracias del eclipse: tras décadas de carrera la gente solo les recordaba por su single «I ran». Sir Mix a Lot acabaría tan irritado con «Baby got back» (sí, la canción sobre los culos) que la intentaría reescribir en al menos tres ocasiones para diferentes shows. Ricky Martin acabó hasta los huevos de «Livin’ la vida loca», nadie le culpa. Elvis no soportaba la mayor parte de canciones que tuvo que fabricar por contrato a raíz de sus películas («¿Qué puedo hacer con mierda como esta?» soltó durante una grabación). Lauryn Hill no tiene especial apego por el contenido de The miseducation of Lauryn Hill. Y a David Bowie no hacía falta preguntarle su opinión sobre aquella «The laughing gnome» que coprotagonizó con un pitufo y resultaría infantil hasta en Barrio Sésamo.

En 1969 en el programa de la BBC1 Happening for Lulu la cantante Lulu anunció que los miembros de The Jimi Hendrix Experience habían aterrizado en el plató para interpretar «Hey Joe». El grupo arrancó su actuación y a mitad de la misma Jimi Hendrix anunció con un «vamos a dejar de tocar esta basura» que mejor se pasaban a una versión en directo del tema «Sunshine of your love» de Cream. Lo cierto es que en este caso lo que parecía desprecio por la propia obra era un corte de mangas hacia Stanley Dorfman, el productor del programa que en el backstage les había comentado que estaban obligados a finalizar la interpretación de «Hey Joe» con un dueto con la presentadora. La banda utilizó la depreciación de su tema en directo para evitar hacer el tonto con Lulu, pero también para drenar los minutos disponibles del show alargando la actuación ante la desesperación de un Dorfman que fuera de plano agonizaba al no saber cómo detener aquello. Elvis Costello homenajearía aquel volantazo musical en Saturday night live.

Robert Plant y Jimmy Page. Foto: Jim Summaria (CC).
Robert Plant y Jimmy Page. Foto: Jim Summaria (CC).

Los roces de Led Zeppelin con su «Stairway to heaven» también son populares. A Jimmy Page le encanta porque le permite empezar a tocar el solo a medianoche y que le pille el amanecer en plena tarea, pero Robert Plant la odia tanto como para referirse a ella como «that bloody wedding song». El propio Plant confesaría que había donado dinero a una emisora de Portland a cambio de que no volvieran a pincharla nunca, algo que por lo visto era una putada para los DJ fumadores: el biógrafo de la banda aseguraba que los presentadores de radio colaban la composición en sus programas porque tenía la duración ideal para echar un cigarro.

A Alejandro Sanz tampoco es que nadie se haya molestado en preguntárselo directamente, pero lo de nacer en la industria de la música como Alejandro Magno y con un disco de tecno-flamenco titulado Los chulos son pa’ cuidarlos probablemente sea algo de lo que no está demasiado orgulloso. Miguel Ángel Arenas el Capi aclararía que solo se publicaron quinientas copias de aquel trabajo y que Pepe Barroso acabó comprando los derechos para regalárselos a Sanz en plan detalle de amigo. Eso implica que toda memoria relativa a la existencia de ese disco andará enterrada en algún sótano de Miami.


Qué bello es odiar

Gore Vidal y Truman Capote. Fotografías: Corbis.
Gore Vidal y Truman Capote. Fotografías: Corbis.

No se puede vivir sin aborrecimientos. Hay que odiar algo, cualquier cosa. De lo contrario, la existencia se vuelve demasiado larga y saludable. Truman Capote y Gore Vidal lo sabían, y por eso abrillantaban su enemistad cada poco. El odio que los unía representa uno de los más genuinos, inteligentes y bellos que ha dado la literatura. No dejaron que una sola vez se posase el polvo sobre su animadversión. Fue un odio feliz. Incluso el día de la muerte de Capote, en 1984, la voz de Gore se alzó para felicitarlo: «Buena decisión profesional».

Antes de odiarse intentaron llevarse bien, pero los dos tenían el mismo sueño: ser el mejor escritor y la estrella más célebre. Capote, nacido en 1924, y Vidal, uno después, se conocieron en diciembre de 1945 en el apartamento de Anaïs Nin, en Nueva York, señala Gerald Clarke, biógrafo del autor de Desayuno en Tiffany’s. Se acercaba la Navidad y la escritora decidió dar una fiesta. «Cuando sonó el timbre, fui a abrir —escribe Nin en su Diario—. Vi a un joven pequeño y delgado, con los pelos caídos sobre los ojos, que me dio la mano más suave y huesuda que me hayan dado jamás. Era como la de un bebé escondida en la mía». Se trataba de Capote, que minutos después estrecharía la mano vigorosa de Vidal, un tipo que, al contrario que él, era alto, rubio y guapo. A pesar de sus diferencias físicas, mostraban importantes similitudes: sus madres eran alcohólicas y ellos se creían abandonados emocionalmente; se sentían atraídos por los hombres y, sobre todo, ambos ansiaban fama y prestigio.

En Palimpsesto: una memoria, Gore Vidal recrea el momento en que Capote lo saluda: «Al verme, gimoteó: “¿Qué siente uno al ser el on-fon-tarríbul?”». Su voz tenía el tono de quien, en realidad, se consideraba a sí mismo el verdadero enfant terrible de la literatura. Esa tarde comenzaría la rivalidad de sus talentos. Sin embargo, el odio tiene sus trámites y como si no fuese posible aborrecerse sin antes experimentar cierto aprecio, durante un par de años vivieron en armonía. «Casi todas las semanas almorzaban juntos en el Oak Room del Plaza», cuenta Clarke. A Truman le gustaba llevar a Gore al Celebrity Club de Phil Black, una sala de baile en Harlem. A cambio, Gore llevaba a Truman a Everard Baths, una célebre casa de baños. Ambos locales eran frecuentados casi en exclusiva por homosexuales. Vidal no tuvo problema en admitir en sus memorias que disfrutaba con sus encuentros diarios con extraños. «Ya incluso entonces, a los veintiún años, pagaba a menudo por el sexo. En una ocasión, Truman me dijo: “Oigo decir que eres un polvo creso”».

Años después, en 1974, en una entrevista para Fag Rag le preguntaron a Vidal expresamente por aquellas visitas. «Truman dijo que usted lo había llevado a los Everard», le recordó el periodista. «Cierto, y no pudo ser más gracioso. Truman no paraba de decir “no me gusta”». Y Vidal imitó la voz de Capote. A continuación afirmó de él que era «un ama de casa republicana de Kansas». Para entonces, ya no quedaba nada de su vieja amistad. De hecho, dos años más tarde, cuando Monique van Vooren le preguntó en Interview, la revista creada por Andy Warhol, si había visto a Capote en los últimos tiempos, Vidal respondió: «Lo he visto aproximadamente una vez en veinte años y tuve la impresión de que la frecuencia de nuestros encuentros era excesiva. Fue en Dru Heinz’s. No tenía puestas las gafas y me senté sobre Capote creyendo que era un pouf».

En 1946, sin embargo, la relación entre ambos todavía era amable, aunque comenzaba a bordear el abismo. Ese año, algunos de los escritores de su generación salieron en la revista Life. Vidal lo recuerda así en sus memorias: «Ocupando toda una página estaba Truman Capote, con un cutis muy lustroso, como si acabase de salir del interior de una campana de cristal victoriana; así comenzó su carrera de famoso. También había decidido que yo iba a ser la competencia. Él tenía veintiún años; yo veinte. Pero tal y como le confió a la prensa, “ese Gore Vidal tiene veinticinco como poco”».

En 1948 Capote publicó Otras voces, otros ámbitos, su primera novela, y Vidal  La ciudad y el pilar, en su caso la tercera. En Palimpsesto, Gore pone de relieve que en las listas de libros más vendidos del año el suyo figuró siempre algo por encima de Otras voces, otros ámbitos. Todavía se hablaban. En verano coincidieron en París. Capote, en una carta a Andrew Lyndon, cuenta que «Tennessee Williams estuvo por aquí hace dos semanas, pero he pasado todo este tiempo con Gore Vidal, por monstruoso que parezca». Vidal relata en sus memorias que, en una fiesta del editor Gallimard, él y Truman conocieron a Albert Camus. El escritor francés «estaba liado con un montón de actrices en aquel tiempo. Pero antes de que acabase el verano, Truman ya le estaba contando a todo el mundo que Camus estaba tan loco por él que hasta iba a su hotel a importunarle en mitad de la noche […] Truman también me había mostrado un anillo de oro con una amatista engarzada. “Me lo dio André Gide. No para de llamarme». Cuando Vidal tuvo ocasión de saludar a Gide, le preguntó qué pensaba de Capote. «¿Quién?», respondió el premio nobel.

Gloria Vanderbilt y Pearl Bailey with con Truman Capote. Foto: Corbis.
Gloria Vanderbilt y Pearl Bailey with con Truman Capote. Foto: Corbis.

Llegó el otoño, y de vuelta en Nueva York, la relación acumulaba indicios de un deterioro próximo. Chocaron definitivamente en 1949, en el apartamento de Tennessee Williams. Pasado el tiempo, Capote ya no era capaz de acordarse de por qué empezaron a discutir, pero sí de que la disputa «fue muy, muy desagradable, fuese lo que fuera, y desde entonces Gore y yo no volvimos a ser amigos». En cambio, Vidal recuerda perfectamente que ese día Truman vio una foto de Life en la que aparecían los principales poetas del momento, desde Auden a Marianne Moore, junto a Williams y el propio Vidal, en calidad también de poetas. «Truman, que había sido excluido, se volvió contra mí: “ no eres poeta”. Le dije que él tampoco, pero que yo al menos aún publicaba versos. Comparó nuestras novelas con menoscabo de las mías. “¡Al menos yo poseo un estilo!”, dijo para terminar. “Naturalmente que sí —me mostré conciliador—. Se lo robaste a Carson McCullers, junto con un poquito de Eudora Welty y de…”. “Mejor que robar del Daily News”, respondió». Ese día se declararon la guerra.

A Capote le parecía que Vidal «quería escribir libros populares, hacer mucho dinero y tener una casa en la Riviera». Lamentablemente, añadía, «no tiene talento más que para escribir ensayos. No posee sensibilidad interior; es incapaz de ponerse en el lugar de otro». Por su parte, Vidal consideraba que «la mentira era la forma de expresión artística de Truman. Si hubiera tenido la mitad de imaginación para su obra de ficción, habría sido un novelista importante».

Pasaron los años y se despreciaron cada vez más. Vidal llegó a decir que odiaba a Capote como «se puede odiar a un animal repugnante que se le ha metido a uno en casa». Capote insistía en desprestigiar su talento, señalando que «como no es un escritor en serio, puedo decir de él algo que casi nunca ocurre con los escritores serios: sus mejores libros son esas novelitas de ciencia ficción». Su odio se volvió una fuente de salud. Respiraban a través de él, como si fuese imposible sobrevivir a la vida diaria sin una alergia personal. Siempre se tenían en sus pensamientos. A punto de debutar como actor de cine, Capote esperaba que ese momento fuese la envidia de amigos y enemigos, y se le escuchó decir: «Gore Vidal se va a morir».

En 1975 la repulsión que los unía vivió un punto culminante. En una entrevista a la revista Playgirl, un Truman Capote «bastante achispado», según su biógrafo, llegó a decir que habían echado a Gore Vidal de una fiesta de los Kennedy en la Casa Blanca, de lo borracho que iba. «Insultó a la madre de Jackie, ¡a quien no había visto en su vida! Pero la insultó de verdad. Dijo algo así como que siempre la había odiado. Y ni siquiera la conocía. Ella se quedó pasmada y Bobby Kennedy y Arthur Schlesinger, me parece que fue, y un agente agarraron a Gore, lo llevaron hasta la puerta y le echaron en mitad de Pennsylvania Avenue».

Vidal dijo e hizo algo que, en efecto, molestó a los Kennedy durante una fiesta en 1961. Él mismo admitió que tuvo un intercambio de palabras con Bobby Kennedy. Pero lo que había pasado, según él, es que se encontraba en el Salón Azul, y Jackie Kennedy estaba sentada en una silla y había mucho ruido, así que «me puse de cuclillas junto a ella. Charlamos. Luego comencé a levantarme. Para encontrar el equilibrio puse mi mano sobre su hombro; la otra alternativa era su rodilla, algo no muy decoroso. Cuando comencé a incorporarme, una mano retiró la mía de su hombro. Levanté la mirada. Era Bobby Kennedy». Pero no echaron a nadie de la Casa Blanca. 

«Estoy deseando encontrarme a ese asqueroso renacuajo», diría Vidal por Capote, al que interpuso una demanda ante el Tribunal Estatal de Nueva York, acusándolo de difamación y de haberle causado «gran sufrimiento y ansiedad mental». Le exigió una retractación y un millón de dólares de indemnización.

John F. Kennedy con Gore Vidal. Foto: Corbis.
John F. Kennedy con Gore Vidal. Foto: Corbis.

Capote esperaba que su amiga Lee Radziwill —la hermana mayor de Jackie Kennedy— acudiese en su ayuda y declarase que la historia que él había trasladado a la Playgirl se la había contado ella. La demanda llevaba tres años en los tribunales cuando, en 1979, Lee se puso de parte de la acusación. «No recuerdo haber hablado siquiera con Truman Capote del incidente ni de la velada que entiendo es la base del sumario», aseguró. Eso dejaba a Capote sin un arma para su defensa, así que «se permitió otra de sus fantasías», escribe Gerald Clarke en su biografía. Convencido de que si el asunto salía a la luz Gore se sentiría tan avergonzado que retiraría la demanda, decidió filtrar sus declaraciones ante el juez al The New York Magazine, que publicó varios fragmentos. «Ahora —decía Truman— todo esto explotará y destrozará su carrera. No hay nada mejor […] Humillarlo. Me encanta. Me encanta. Me encanta. Cuando muera, escribirán en su lápida: “Aquí yace Gore Vidal, que se la buscó con Truman Capote”».

Pero se equivocó. Gore insistió cuatro años más con la demanda. En 1983, Truman se vio obligado a escribir una carta de rectificación: «Querido Gore: quiero excusarme por todos los disgustos, molestias o gastos que haya podido causarte como consecuencia de la entrevista que me hicieron, publicada en el número de septiembre de 1975 de Playgirl. Como tú sabes, yo no estuve presente en el hecho respecto del que se me cita en la entrevista y entiendo, a través de tus representantes, que lo que se me atribuye que dije no es exactamente lo que ocurrió. Puedo asegurarte que el artículo no era transcripción exacta de lo que declaré, especialmente por lo que se refiere a cualquier observación calumniosa respecto de tu carácter o comportamiento, y que no voy a hablar más del tema en el futuro. Mis mejores deseos, Truman Capote». Y después de esto siguieron odiándose.


Del odio considerado como una de las Bellas Artes

Foto: Bifalcucci (CC)
Foto: Bifalcucci (CC)

El hombre de conocimiento debe ser capaz no solo de amar a sus enemigos, sino también de odiar a sus amigos. (Friedrich Nietzsche)

Ya sé que la apología del odio es delictiva, no sufran que no van por ahí los tiros.

Pero en una sociedad empapada de odio hasta el tuétano merece la pena hacerse preguntas sobre el origen del aborrecimiento, su cercanía o lejanía con el amor, su valor adaptativo si lo hubiera. Tengo más preguntas que respuestas… ¿Es lo mismo el odio que la ira? ¿Hay algún valor en la misantropía? ¿Es legítimo odiar a los malvados? ¿Decir «te odio» es una buena manera de empezar una conversación? ¿Qué significa «fóllame como si me odiaras»? Leemos en el Eclesiastés 3:8 que «hay un tiempo para amar y un tiempo para odiar». Lo dice la Biblia, no puede ser tan malo: sumerjámonos en una piscina de burbujeante antipatía.

¿Qué es el odio? Odio eres tú

Disfruto mi odio más de lo que he disfrutado nunca el amor. El amor es temperamental. Cansado. Exigente. Te usa y cambia de opinión. Pero ah, el odio lo puedes utilizar, esculpir, blandir. Es duro o suave, según lo que necesites. El amor te humilla, pero el odio te acuna. (White Oleander, Janet Fitch)

Una pregunta obsesiona desde hace décadas a millones de personas: ¿quién es más fuerte, Hulk o la Cosa? Otra cuestión le sigue muy de cerca: ¿qué es más fuerte, el amor o el odio? Robert Frost se hizo una pregunta similar en el poema que inspiró la Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin (aquí una traducción de Agustí Bartra):

Some say the world will end in fire,
Some say in ice.
From what I’ve tasted of desire
I hold with those who favor fire.
But if it had to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.

Tanto el rencor helado como el deseo ardiente son apocalípticos, aunque no es tan evidente que el odio sea una emoción fría. En la teoría triangular de Sternberg y Sternberg se le asignan tres componentes: negación de intimidad (quita, bicho), pasión (rabia, pánico ante una amenaza) y compromiso (devaluación y desprecio). Combinando estos elementos tenemos siete tipos de odio a diferente temperatura de cocción, aquí los tienen junto a la frase que imaginaba al leerlos:

  1. Odio fresco o asco si solo hay negación de intimidad: «lárgate».
  2. Odio frío o disminución si solo hay desprecio: «eres imbécil, no sabes ni hablar».
  3. Odio cálido o rabia/miedo si solo hay pasión: «¡Imbécil!»
  4. Odio hirviente o revulsión si se juntan negación de intimidad y pasión: «¡Lárgate, imbécil!»
  5. Odio a fuego lento o aborrecimiento si se juntan negación de intimidad y desprecio: «sería mejor que te fueras, tu imbecilidad me altera».
  6. Odio bullente o injuria si se juntan pasión y desprecio: «¡No sabes ni hablar, imbécil!»
  7. Odio quemante o necesidad de aniquilación si se junta todo: «¡Lárgate o te mato, imbécil, que no sabes ni hablar!»

Foto: Juha-Matti Herrala (CC)
Foto: Juha-Matti Herrala (CC)

Propongo un experimento: la próxima vez que tengan ganas de mandar a alguien a la mierda saquen un termómetro rectal del bolsillo y comprueben si sienten repulsión hirviente o aborrecimiento a fuego lento. Yo suelo visualizar el odio como una joya gélida e impersonal que al calentarse muta convirtiéndose en algo más cercano: rabia, desprecio o incluso amor. En el libro II de la Retórica de Aristóteles se distingue entre ira y odio: la ira se siente hacia personas concretas cuyas acciones o existencia afectan al iracundo, mientras que el odio puede aparecer sin motivos personales y dirigirse hacia actitudes o males genéricos que se desea aniquilar. El odio «no tiene cura ni fin», la ira sí. Pero ¿por qué querría «curarme» del odio a la injusticia, al austericidio o a los traficantes de armas? ¿No será el odio un arma neutra, cuya valoración moral dependerá de a dónde sea apuntada?

Descartes sostiene que el odio es dañino para el alma incluso cuando está justificado, ya que va acompañado de tristeza y es heraldo del dolor. Resulta gracioso comprobar que define la indignación como el odio sorprendido hacia los que cometen maldades, distinguiendo entre las personas virtuosas, que reservan su rabia e indignación para cosas importantes, frente a los posers que se indignan por chorradas. Como tuits de hace cuatro años, hubiera añadido Descartes de nacer unos siglos más tarde.

En cualquier caso, los avisos de que el odio es pernicioso suelen venir con un disclaimer para el odio «justo». Pero el problema de fondo es obvio: ¿es lo mismo «el mal» para usted que para un señor del Estado Islámico? ¿La maldad es objetiva o subjetiva? Tal vez lo más ecuánime sea odiar a todo el mundo por igual, como muestra el Filósofo del Odio. Dejen que se lo presente. Es un exmarine y experiodista reconvertido en vagabundo vocacionalmente cabrón: Mark Hawthorne, alias Hate Man.

Tras un día particularmente aburrido en su trabajo, Hawthorne decidió dejarlo todo, convertirse en homeless y fundar una corriente filosófica llamada «oposicionalidad». Se estableció en la plaza Sproul de Berkeley, California, y se hizo famoso por espetar cada día a los transeúntes: «que tengas un día de mierda». Le encanta charlar, y todos sus diálogos empiezan con un «te odio» directo, carente de rabia o amenaza: su teoría es que hay que ser sincero sobre los sentimientos negativos antes de poder tener una auténtica conversación. Sus seguidores, los hate campers, reproducen este comportamiento y eligen el empujón como modo de comunicación no verbal, pero también son personas muy majas que se cuidan entre ellas. Dice el Filósofo del Odio: «odiar nos permite ser desagradables y sin embargo permanecer cercanos, cuidarnos y ayudar. Así podemos aguantar toda esta mierda».

En defensa de la misantropía

There’s no time to discriminate / Hate every motherfucker that’s in your way («No hay tiempo para discriminar / Odia a todo cabrón que se interponga en tu camino»). (Marilyn Manson, «The Beautiful People»)

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

Desde un punto de vista intelectual el odio indiscriminado resulta enormemente relajante porque evita o aplaza los juicios morales. ¿Por qué elegir entre vegetarianos o carnívoros, cuando es tan satisfactorio ponerlos a caldo a ambos? ¡Malditos vegetarianos hipócritas, malditos carnívoros despiadados! ¿Y qué me decís de los predicadores veganos? ¡Muerte a los veganos! ¡Y a los que no lo son, también! ¿Por qué no odiar tanto las incoherencias argumentativas antitaurinas como la prepotente chulería protaurina? ¿Significa eso que el misántropo se queda siempre entre dos alternativas, como un tibio equidistarra? ¡Claro que no! ¡Hay que aborrecer también a los tibios y golpearles con un ejemplar en tapa dura del Odio a los indiferentes de Gramsci! Rebélate y serás un utópico iluso, no lo hagas y serás un asqueroso conformista. Hagas lo que hagas, pierdes. No es tarea fácil odiar igualitariamente.

La misantropía es un gran zanjador de debates. La objeción más evidente a la misoginia y la misandria es que se quedan cortas: ¿por qué limitarse a odiar a media humanidad cuando puede extenderse el desprecio a su conjunto? ¿No se hizo acaso popular el protagonista de House? Es muy agradecido ser un cínico bastardo que odia a la humanidad pero que en el fondo tiene un corazón de oro, o eso al menos cree todo el mundo sin que haga mucha falta demostrarlo. «No puede ser tan malo», pensamos, y los misántropos acaban convertidos en imanes sexuales para mujeres con ánimo redentor u hombres con espíritu de mártir. Los llamamos antihéroes por no llamarlos hijos de puta.

Pero no se puede negar que la sinceridad misantrópica es refrescante. Analicemos a Alceste, el protagonista de El misántropo de Molière; un tipo inteligente que rechaza las convenciones sociales y la obsesión con la politesse hipócrita. Quiere nada menos que «en toda circunstancia aparezca en nuestras palabras el fondo de nuestro corazón, que sea él quien hable». Así se enemista con todos. Según su ética, si aborreces a alguien y ese alguien te pregunta si le odias, tu única respuesta válida es «sí», y luego ya en todo caso los paños calientes. Alceste desafía tanto a los humanos dañinos como a los complacientes que no odian lo suficiente a esos malvados, permitiéndoles medrar. Y claro, todo le va mal. Detesta las mentiras blancas del flirteo, es un crítico literario destroyer y su cinismo le hace consciente de que «aunque se tengan otras bellas cualidades, se mira siempre a las gentes por su lado malo». Por un perro que maté, mataperros me llamaron.

El misántropo acaba abrumado por la injusticia que define (¡define!) la sociedad, y su única salida es hallar «un apartado lugar donde se pueda ser hombre de honor libremente». Como la cabaña de los bosques del Walden de Thoreau. O la de Unabomber, para el caso: huir de la sociedad o hacerla volar en pedazos. El escritor Albert Caraco, rey de la melancolía rabiosa, odia a cualquier grupo humano de más de dos personas. Leo en Breviario del caos: «¿para qué predicar a estos miles de millones de sonámbulos que caminan hacia el caos con igual paso, bajo la batuta de sus seductores espirituales y el garrote de sus amos? Son culpables porque son innumerables».

No es necesario irse hasta ese extremo. La misantropía puede usarse de modo más constructivo, como un medio para expresar la belleza sorda de la inadaptación y el fracaso. Pero para ello no basta con ser destructivo, hay que saber bailar en el filo entre la ironía y la causticismo. Como Dorothy Parker, por ejemplo, famosa (a su pesar) por su lengua afilada. Mi hermano me puso hace poco en la pista de Los poemas perdidos, publicados por Nórdica en 2013. Allí aparecen las magníficas Canciones del odio, en que reparte bofetadas a todo bicho viviente. Los hombres la irritan y las mujeres la ponen de los nervios; las fiestas sacan lo peor de ella y los libros le cansan los ojos… Y mi definición favorita y culpable: odia a los escritores, «los agentes de prensa del sexo».

En Fedón, Platón pone en boca de Sócrates una explicación sobre el origen de la misantropía que suena a la vez lúcida e insuficiente: una excesiva confianza propia de la inexperiencia. Cuando se confía en que una persona es sincera pero acaba resultando mentirosa, y esa ruptura de la confianza ocurre una y otra y otra vez con diferentes personas, especialmente en el círculo íntimo, se puede llegar a la conclusión de que nadie es bueno, sincero o bienintencionado. Ahí nace la misantropía, del error en darse cuenta de que muy poca gente es completamente buena o malvada, sino que está en un punto intermedio.

Quizá sea este un buen momento para aclarar un frecuente malentendido: no soy una buena persona. Probablemente tampoco usted lo sea, aunque cumplamos el requisito básico: no dañar adrede a otras personas para el propio beneficio, a diferencia de tanto economista sociópata. Pero dañamos mintiendo o diciendo la verdad… Vivir daña, vivir perjudica a otros, y queramos o no, somos un receptáculo adecuado para el odio. Merecemos ser odiados, del mismo modo que merecemos ser amados.

El misántropo protagonista de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, es empujado al odio por repetidos encontronazos con oficiales gilipollas, antiguos compañeros de clase que se ríen de él, una dolorosa conciencia de su propia mediocridad… Y a menudo se pregunta qué ocurriría si se pasara al Lado Oscuro de la Fuerza: «¿y si le partiera la cara a este compañero de trabajo? Traería consecuencias, extrañas, incluso fatídicas, ¡sobre todo para su cara!». Ah, pero esto abre una compuerta peligrosa. El odio es refrescante como una cerveza en un día veraniego, pero puedes despertar a la mañana siguiente con un cuchillo de cocina ensangrentado en la mano, como Varg Vikernes, y darte cuenta de que has vivido un remake de Un día de furia. Putos misántropos… Hay que odiarlos. Al fin y al cabo, si son coherentes ya se odian a sí mismos.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

Somos lo que aborrecemos

Si odias a una persona, odias algo de ella que es parte de ti. Lo que no forma parte de nosotros mismos no nos molesta. (Herman Hesse, Demian)

No solo los misántropos coherentes deberían odiarse a sí mismos. También aquellos más selectivos deberíamos hacerlo: es sano ponerse a uno mismo en cuarentena de vez en cuando y recordar el proverbio de «dime lo que más odias y te diré en qué te convertirás». Es lo que tiene combatir monstruos, que te conviertes en uno al topar con el puñetero abismo nietzscheano que te devuelve la mirada. A veces lo de convertirse en monstruo es literal (en la mitología japonesa, si matas muchos yōkais te acabas convirtiendo en uno), y a veces metafórico. En el capítulo «El espejo» de La dimensión desconocida, un guerrillero centroamericano vence a un odiado dictador. Una vez tomado el poder, se olvida del pueblo que le ha aupado («¡Zapatero, no nos falles!»), y no tarda en oprimir a la población y eliminar stalinianamente a sus viejos compañeros.

Una polémica teoría respecto al maltrato habla de transmisión intergeneracional, es decir, que los que han sido maltratados de pequeños tienen un riesgo mayor de repetir ese patrón maltratando a sus propios hijos. La teoría está en revisión, pero las relaciones paternofiliales son en cualquier caso complejas: basta con que tu padre muera en la guerra combatiendo contra los nazis para que te conviertas en neonazi tras una crisis psicótica (no sé si ocurre muy a menudo, pero al menos sí en The Wall). A menudo el desprecio hacia un grupo ajeno esconde el odio hacia lo que uno mismo es: homófobos secretamente homosexuales, nazis de ascendencia judía.

Foto: Jamieadams99 (CC)
Foto: Jamieadams99 (CC)

Es necesario en cualquier caso disponer de un depositario viable para el odio antes de que te explote encima. Lo clavó Chuck Palahniuk en Monstruos invisibles: «cuando no sabemos a quién odiar, nos odiamos a nosotros mismos». Casi todo el mundo es consciente de ello intuitivamente, y para esquivar el autoodio muchas sociedades incorporan una válvula de seguridad, recurso útil para la gente ni lo suficientemente valiente para convertirse en misántropa ni lo bastante sincera como para odiarse (o aceptarse) a sí misma. Una de esas válvulas se llama Twitter. Reúne las condiciones ideales para generar chivos expiatorios: mensajes breves, encapsulados en unidades fácilmente manipulables sacadas de contexto. Twitter es un arma cargada esperando decidir a quién le toca recibir el tiro. Y no todo el mundo recibe los ataques con la misma entereza que Dawkins leyendo en voz alta su hate mail: los escapes ardientes de odio reconcentrado suelen cobrarse víctimas propiciatorias. Cada día hay alguien a quien odiar.

En La próxima vez el fuego, James Baldwin dice: «la gente se aferra a sus odios con tozudez porque sienten que, una vez el odio haya desaparecido, se verán forzados a lidiar con su dolor». El odio es una mezcla eficacísima de anestésico y anfetamina. Calma (o al menos esconde) el sufrimiento propio y proporciona una energía demente y desmesurada. ¿Tiene un poder que pueda resultar útil sin dañar desmesuradamente a otros o a uno mismo? Es sin duda peligroso, ¿pero no lo es también la radiactividad y puede ser sin embargo controlada?

En La larga marcha, de Richard Bachman (la mitad oscura de Stephen King), se celebra cada año una carrera de resistencia en EE. UU. Cien concursantes se echan a andar como mínimo a seis kilómetros por hora: si en tres ocasiones bajan de esa velocidad, un soldado les ejecuta. La carrera continúa hasta que solo quede un participante vivo… Los corredores emplean varias técnicas para aguantar: algunos se cierran en un hosco silencio, otros confraternizan buscando apoyo. Un participante utiliza la rabia para mantenerse en pie: insulta a los espectadores, provoca incidentes, «funciona a base de odio de alto octanaje». Y no le va mal: se convierte en uno de los corredores que más tiempo dura en pie. ¿Es posible usar el odio como combustible y fuente de energía? Y si la respuesta es sí, ¿cuánto tardará el Gobierno en crear un impuesto al odio para satisfacer a las compañías eléctricas?

Imagen: Signet Books.
Imagen: Signet Books.

Spider Jerusalem, el periodista gonzo del futuro creado por Warren Ellis, se mantiene vivo gracias al odio y la indignación que le invaden al mirar por cualquier ventana de la ciudad: su trabajo estrella se llama Odio todo esto (I hate it here en el original). El odio te mantiene en pie, proporciona un propósito y objetivo a tu trabajo… Pero quien no sea capaz de entender sus mecanismos acabará siendo fácilmente manipulado. En el ejército se ha empleado para crear espíritu de grupo y deshumanizar al contrario como paso previo a su exterminio: la Masacre de Nanking solo es uno entre mil ejemplos. Faulkner habla en Una fábula del propósito del odio castrense: «es función de todo comandante hacerse odiar por sus soldados, para que cuando acometan una orden en batalla la ejecuten con todo ese odio extremo que reservan para ti». El aborrecimiento es una herramienta creativa pero profundamente peligrosa y a menudo desagradable: basta asomarse al mundillo de la hate music y pensar en la gente que bailaba hace años coreando el «Puto» de Molotov y su «matarile al maricón» sin pararse a considerar qué estaban cantando. Acabamos volviendo a lo mismo: ¿hay objetivos legítimos para el odio? ¿Es adecuado por ejemplo odiar al 1% de opresores si formas parte del 99% oprimido? Volvamos al misántropo Caraco: «debemos golpear hoy a aquellos que mañana golpearían, (…) debemos armarnos de su barbarie para estar a la medida de su desmesura». ¿Barbarie contra barbarie?

Pero ¿no es acaso un error muy común dirigir el odio a quien no se lo ha ganado? ¿Extrapolar los comportamientos individuales al colectivo, cayendo en los crímenes de odio (o más bien prejuicio) de raza, religión, orientación sexual? ¿Creer que todo musulmán es radical por culpa de las acciones de los terroristas? ¿No muestra La Haine al fin y al cabo una espiral de odio fuera de control? ¿Son la incomprensión o el miedo a lo desconocido quienes hacen nacer el odio? Eso parece deducirse del hecho de que en el límite del odio llegamos a la comprensión. Scott Card pone en boca del protagonista de El juego de Ender la paradoja del buen militar: «En el momento en que entiendo verdaderamente a mi enemigo, cuando le entiendo lo suficiente como para derrotarlo, en ese instante también le quiero. Es imposible entender realmente a alguien, saber lo que quiere y lo que cree, y no amarlo como él se ama a sí mismo. Y entonces, en ese preciso momento en que le amo… Le destruyo». Al pobre Ender le carcome la paradoja del infiltrado. ¿Cómo puede destruir Donnie Brasco el mundo de la mafia? Convirtiéndose en mafioso. Pero ¿es posible mantener el odio hacia algo que has comprendido?

Foto: John Lemieux (CC)
Foto: John Lemieux (CC)

Tal vez el paso necesario y definitivo sea entender el odio como un proceso natural e inevitable (¿cómo no aborrecer lo que nos hiere o amenaza?), pero dar los pasos necesarios para no quedarse instalado en él. Quizá encauzándolo hacia la rabia, por definición pasajera: el odio es un pantano estancado y la ira agua corriente. Y puedes acabar incluso amando a quien odiabas… O follándotelo. Que no es lo que quería decir Gandhi con lo de odiar el pecado y amar al pecador, pero en fin, veámoslo.

Fóllame como si me odiaras

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris / Nescio, sed fieri sentio et excrucior (Odio y amo. Quizás te preguntes por qué. / No lo sé, pero así ocurre y me torturo). (Catulo)

Sean testigos del rugido de apareamiento klingon y de su rito sexual, que incluye lanzamiento de objetos pesados, mordiscos y mucho forcejeo. Un buen polvo klingon acaba con ambos partenaires en la enfermería, y una clavícula rota en la noche de bodas se considera un magnífico presagio. Dejando de lado la posible e hilarante versión klingon del BDSM, lo cierto es que incluir una cierta hostilidad consensuada en el sexo puede resultar marcadamente erótico.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

A veces dos personas que se odian acaban follando como si no hubiera un mañana, con una ferocidad, pasión y energía literalmente brutales: busquen referencias al hate sex y verán cuántas exparejas acaban picando con esto. Les empuja la tensión freudiana entre Eros y Tánatos, las pulsiones de amor y muerte, creación y destrucción, una tensión sexual beligerante no resuelta. El odio es una fuerza de atracción, del mismo modo que el amor puede serlo de repulsión. «No sabía odiar de verdad hasta que descubrí el instinto sexual», dijo Junichiro Tanizaki, el autor japonés que mejor entiende la penumbra dual: su visión del triángulo amor-sexo-odio empapa La llave, novela erótica de belleza tiránica y cruel. Spinoza razona que el amor que procede de un odio previo es mayor que si el odio no hubiera existido antes…

No es tan raro que amor y odio colisionen de forma volcánica. Lean este estudio científico sobre las zonas del cerebro que se activan al ver caras de personas odiadas y amadas. Odio y amor romántico presentan patrones cerebrales distintos pero varias áreas en común, en particular el putamen (relacionada con el movimiento voluntario), y la ínsula (que asocia contextos emocionales a las experiencias). No es lo mismo amar y odiar, peeeeero… En el libro Deséame como si me odiaras y el corto Ámame como si me odiaras, ambos de Erika Lust con Venus O’Hara, se exploran los cortocircuitos de ambas emociones. ¿Por qué no combinar dolor y placer, repulsión y atracción, rabia y amor? ¿No será un cóctel explosivo y lleno de ricos matices?

Y así terminamos, ite missa est, podéis odiar en paz. Pero que sea con el odio creativo, sincero y en el fondo amable que el vagabundo Hawthorne nos predica.

La noche del cazador. Imagen: United Artists.
La noche del cazador. Imagen: United Artists.


¿Qué personaje de cómic no superheroico nos gustaría ser?

Tener superpoderes en principio suena interesante siempre que consistan en algo más que en volverse invisible cuando nadie te mira, como aquel superhéroe de Champion City, pero nos insisten tanto con la enorme responsabilidad que conllevan y vemos a estos personajes en los últimos tiempos tan atormentados y tan agonías que, francamente, allá se las compongan. Y qué decir de su vestuario; ir por ahí con pijama y antifaz no es más elegante ni impresiona más que si llevaran batín, gorro de dormir y zapatillas de casa con forma de Peppa Pig. De manera que intentaremos dar respuesta a la pregunta que casi todos nos hemos hecho alguna vez, pero abriéndonos a otros personajes más allá de Superman, Capitán América y compañía. Así que les animamos a que voten, a que añadan algún ejemplo más (si en anteriores encuestas tenemos que dejar muchas opciones fuera imaginen en esta) y si van lanzados y quieren hacer más cosas pues también pueden donar con en el botón de Dropcoin.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

Panoramix

Imagen cortesía de
Imagen: Bruño.

Seguramente más a menudo de lo que nos gustaría nos sintamos unos incomprendidos como Asurancetúrix. Tal vez seamos de hueso ancho como Obélix y puede que nos gustase ocupar la posición de Abraracúrcix, hasta que recordamos a Karabella y se nos pasa. A Edadepiédrix en cambio le iba mejor en tal aspecto, pero con esos años… Nada, la mejor opción, el personaje en cuyo pellejo más nos convendría estar, es este entrañable druida: respetado por todos en su comunidad, inmune al paso del tiempo y con una mano para la fabricación de estupefacientes que ya la quisiera Walter White.

Isabel, de Los pasajeros del viento

Imagen cortesía de
Imagen: Norma Editorial.

François Bourgeon situó esta saga en el contexto de comercio de esclavos del siglo XVIII, una época en la que comenzaban a alzarse voces contra esta práctica y una de ellas pasa a ser —en esta obra de ficción aunque bien documentada— la de nuestra heroína Isabel de Mamaye. En ella vemos encarnados los mejores valores de la Ilustración, aunque en lugar de en apacibles salones franceses en un contexto de exotismo y aventuras. Para más información aquí tienen esta reseña que publicamos en su día.

Corto Maltés

Imagen cortesía de
Imagen: Norma Editorial.

Hijo de una gitana de Sevilla y de un marinero inglés e iniciado en su infancia en las tradiciones judías, Maltés estaba por tanto destinado a ser un espíritu cosmopolita para el que no había rincón del mundo que no pudiera ofrecerle un buen negocio y muchas aventuras. Como para no querer ponerse en sus zapatos. Pese a ese carácter inquieto que le llevó a navegar todos los mares y a meterse en medio de cada fregado internacional de los que sacudieron su tiempo, finalmente parece que encontró un verdadero hogar.

Fernán, de Vampir

Imagen:
Imagen: Fulgencio Pimentel.

No hagan locuras, que una saga como Crepúsculo no les haga renunciar al vampirismo, a sus pompas y a sus obras. No tiren al niño junto con el agua sucia. Mantengan la fe y vean el falso documental Lo que hacemos en las sombras, sobre un grupo de vampiros que comparten piso en Nueva Zelanda. Y después, o antes, pero no en lugar de, échenle un vistazo a las historias de este simpático Nosferatu que solo muerde con un diente y sufre escoliosis. Ante esta terapia de choque lo de aquel rancio que va al instituto a engatusar adolescentes pese a tener él más de un siglo será solo ya un mal sueño. De mayores queremos ser como Fernán.

Enid, de Ghost World

Imagen:
Imagen: Ediciones La Cúpula.

Este retrato sarcástico de la adolescencia a través de los ojos de dos amigas se convirtió en todo un fenómeno y tuvo su adaptación al cine con Scarlett Johansson interpretando a Rebecca. Pero es el otro personaje, Enid (Thora Birch en el filme), el más interesante, de personalidad más marcada y, en ocasiones, también más difícil de aguantar.

Buddy Bradley, de Odio

Imagen: ediciones La Cúpula.
Imagen: Ediciones La Cúpula.

Y aquí otra disección de la adolescencia, aunque algo más sórdida. Puede que no sea la vida más feliz, puede que existan mejores modelos a seguir, de acuerdo, pero resulta reconocible en sus problemas y en sus reacciones, hay un sustrato común entre él y sus lectores y eso ayuda. Miren si no al autor de este artículo, cómo nos cuenta la huella que dejó en él este cómic y ahora ahí lo tienen, es una persona de provecho que no piensa más que en el bien de España y todos los días dedica un recuerdo a Gibraltar.

Luca Torelli, de Torpedo

Imagen:
Imagen: Panini.

A pesar de las veces que nos harían la broma «¿Qué pasa, torpedorl?», merecería ponerse en el lugar de este sicario llamado Luca Torelli. Su desempeño en la mafia neoyorquina durante la Gran Depresión no sería muy agradable, pero logra salirse con la suya y sería, al fin y al cabo, como protagonizar una película de cine negro, un género cuyas referencias y clichés trasladaron fielmente a estas páginas el guionista Enrique Sánchez Abulí y el dibujante Jordi Bernet.

Malinche, de Quetzalcoatl

Imagen:
Imagen: Ediciones Glenat.

No es por quitarle méritos a Jean-Yves Mitton, pero aquí ya tuvo tres cuartas partes del trabajo hecho solamente con escoger la época y el personaje. Ante una figura histórica tan controvertida y enigmática como Malinche, la indígena que se convirtió en la amante de Hernán Cortés y resultó ser una pieza clave en la expedición española de conquista del Imperio azteca, y un contexto de choque entre dos mundos que no podría ser más espectacular aunque le añadieran alienígenas, zombis y dinosaurios, Mitton solo tuvo que empujar el balón a puerta vacía. Y supo hacerlo bien.

Alana, de Saga

Imagen:
Imagen: Planeta De Agostini.

La historia gira en torno a una pareja formada por dos seres de diferentes razas cuyos planetas están enfrentados en una larga guerra. Vamos, que los cuernos no se los puso ella, él ya nació así. Y Alana por su parte tiene alas. Juntos tienen una hija que hereda ambas características pero lejos de tirarla por ahí y encargar otra, vagan como fugitivos dedicados en cuerpo y alma a protegerla, pues es ella precisamente quien narra parte de lo ocurrido.

Thorn Harvestar, de Bone

Imagen:
Imagen: Astiberri.

A lo largo de trece años el viñetista Jeff Smith creo un mundo de fantasía muy difícil de clasificar pero que fue reconocido con múltiples premios. Entre todos los seres de diversas procedencias que interactúan aquí nos quedaremos con la granjera Thorn Harvestar y heredera al trono de Atheia.

Chicha, de Chicha, Tato y Clodoveo

Imagen:
Imagen: Ediciones B.

Estos jóvenes melenudos y punkis salidos de la mente de Ibáñez eran más españoles que el Capitán Trueno, pues de hecho estaban los tres en el paro. Así que a falta de dinero lo que sí tenían era tiempo para desfacer entuertos, al menos cuando no estaban metidos en el Snack Joro Bar. Chicha resultaba ser una hija rebelde de una familia de aristócratas que parece salida de una película de Almodóvar; junto a Tato y Clodoveo protagonizó una serie de desventuras de las que recordamos con especial afecto la del arca de Noé. Cada viñeta estaba tan rebosante de pequeños detalles que nos remite a lo que decía este texto sobre los artistas maniáticos y sus elaboradísimos mundos de ficción.

Navis, de Estela

Imagen:
Imagen: Norma Editorial.

Navis pasó su infancia en la selva de un ignoto planeta acompañada por un tigre. Ya en la edad adulta se enrolará en un convoy espacial llamado Estela en el que ella es la única humana. Además de convertirse en una intrépida agente emprenderá una búsqueda de sus orígenes y de alguien con el que perpetuar la especie. Sobre esta y otras novelas gráficas que hemos citado en líneas anteriores ya hablamos largo y tendido en Jot Down 100: cómics imprescindibles.

Sueño, de Sandman

Imagen:
Imagen: ECC Ediciones.

Poco más podemos añadir a lo dicho aquí: «Pálido, lejano y distante, inconfundible cuando aparece a pesar de sus frecuentes mutaciones de aspecto y vestimenta, acaba conquistando al lector con su carisma gélido y su apelación, frecuentemente imposible, a la racionalidad». Y encima inmortal.

El tío Gilito

Imagen:
Imagen: Planeta de Agostini.

En el original inglés tiene por nombre Scrooge McDuck, al estar inspirado en el señor Scrooge de Cuento de Navidad y tener origen escocés. No hace falta explicar el motivo por el que nos gustaría estar en su lugar. ¿Quién en su sano juicio no querría ser un pato con chistera, anteojos y esa voz tan divertida que le ponen? Por si alguien todavía mantuviera reticencias hay que añadir que la revista Forbes le estima una fortuna de 65.400 millones de dólares, algo menos que Amancio Ortega pero que tampoco está mal.