Un hombre contra los gringos

Joaquín Murrieta
Imagen: CC

Por eso salgo al camino

A matar americanos.

«Corrido de Joaquín Murrieta», en versión de los Hermanos Sánchez y Linares, 1934.

El 12 de agosto de 1853, el periódico local de la ciudad californiana de Stockton publica a toda página el siguiente anuncio: 

THE HEAD Of The Renowned JOAQUÍN! AND THE HAND OF THREE FINGERED JACK!

El tamaño de los tipos deja claro al lector gringo que la atracción principal es una cabeza con bigote conservada en whiskey dentro de un tarro de cristal. La entrada costaba un dólar. Y se avisa, «solo por un día». Era mentira puesto que el periodo de exposición se extendería unos días más, iniciándose un periplo de casi dos años y que llevaría las reliquias a recorrer varias ciudades del estado, incluyendo San Francisco. Puede que no fuera la única mentira del anuncio. A decir verdad, es probable que en esta historia, la del tal Joaquín Murrieta, casi nada sea cierto. Comenzando por la cabeza, que, según Harry S. Love, capitán del recién creado cuerpo de los Rangers de California, era la del temido bandido y asesino que llevaba dos años aterrorizando a mineros y colonos californianos; mientras que la mano, a la que convenientemente le faltaban dos dedos, pertenecía a su lugarteniente Manuel García, alias Jack Tres Dedos. 

Por su captura y muerte en el transcurso de una escaramuza en un cañón de Fresno llamado Arroyo Cantúa, el 25 de julio, Love y su patrulla habían cobrado una recompensa de hasta cinco mil dólares procedente de las nuevas autoridades californianas. Como para que alguien negara la autenticidad de la cabeza ante un Ranger veterano de la reciente guerra de Texas, famoso por su gatillo fácil y su odio a los mexicanos como miembro de un cuerpo, los Rangers, con una bien ganada reputación por el linchamiento de mexicanos en Texas, una costumbre que se mantendría hasta bien mediado el pasado siglo. 

Hasta catorce «testigos» dieron por buena la versión de Love; la cabeza era de Murrieta y la mano, de su segundo. Solo una persona dijo que no. Una mujer menuda y de tez morena que respondía al nombre de Concepción Murrieta se acercó al lugar y dijo, quizá solo para sí: 

—Ese no es mi hermano. 

Desde entonces, los descendientes de (un) Murrieta que los historiadores sitúan hoy en Sonora y el sur de California insisten en que la cabeza no era la de su antepasado, que, según ellos, tenía una cicatriz en el rostro de la que carece la reliquia. En cualquier caso no se podría probar nada, ya que aquella pasó a manos de un coleccionista privado y se perdería para siempre en el terremoto de San Francisco de 1906. 

En realidad, poco importa la historia cuando muerto el (un) hombre le sucede la leyenda. Y nacer sería el verbo correcto, porque la existencia del tal Joaquín Murrieta más allá de los alrededores de Sierra Nevada era un tanto vaga. Lo que hasta el momento era una noticia local se propagaría a la velocidad de la pólvora encendida por la baja California y el norte de México. 

Mientras que para los historiadores anglos Murrieta sigue siendo el ejemplo de forajido sin escrúpulos, uno de tantos, que unir a la lista de aquellos que forjaron la violenta historia del Oeste americano, para los mexicanos (o más bien mexicano-americanos) su figura se ha convertido en el símbolo de resistencia y orgullo, en el hombre que llegó a liderar una guerrilla frente a los invasores anglos. En buena medida todo se debe al trabajo de cantores, poetas, novelistas y cineastas, quienes con el paso del tiempo han cincelado el mito que ha llegado hasta nuestros días. 

A principios del siglo XIX México acaba de independizarse de España. Con la independencia comienza un periodo de inestable calma mezcla de caudillajes, guerracivilismo permanente y (pre)revolución eterna que parece ser su estado natural. Sin embargo, la región norteña progresa. California, el territorio cuyo mapa dibujaron los frailes españoles colocando sus misiones a lo largo de la línea del Pacífico durante los dos pasados siglos, da sus frutos. Las antiguas misiones, que han visto crecer ciudades a su alrededor, se transforman en productivas haciendas que las nuevas autoridades mexicanas colocan en manos de una floreciente clase criolla, los californios, que comienzan incluso a hacer negocios con el pujante vecino que llega del este. Pocos sospechan entonces que Cíbola, la mítica ciudad de oro que humedecía los sueños de los primeros exploradores españoles que se adentraron en los territorios del norte de Nueva España, no estaba en la superficie conquistada a sangre y fuego, sino escondida en sus entrañas.  

El descubrimiento del oro el 24 de enero de 1848 lo cambia todo. El hallazgo se mantuvo convenientemente en secreto hasta marzo, semanas después de que México estampara su firma en el Tratado de Guadalupe Hidalgo, el 2 de febrero de 1848. Aquella firma se convirtió así en el pistoletazo de salida de una larga lista de humillaciones que el vecino rico del norte iba a infligir —ayer como hoy— sobre las espaldas del vecino pobre, al sur. El que luego se llamaría a sí mismo país azteca perdía, de la noche a la mañana, más de la mitad de su territorio, el comprendido en los hoy estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas, y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. Además, renunciaba a todo reclamo sobre Texas. Como compensación, México recibiría quince millones de dólares por los daños ocasionados por una guerra que había durado casi tres años y que no había provocado. 

Mientras que el ferrocarril se abría paso por las grandes llanuras para terminar de unir la nación, Estados Unidos reinventaba una historia sobre las ruinas de un Álamo en el que los resistentes eran, en realidad, invasores. 

Pese a que el tratado reconocía plenos derechos a los ayer mexicanos que residían en los territorios usurpados, lo cierto es que estos pasaron a convertirse en ciudadanos de segunda, extranjeros en su propia tierra. El oro provocó la fiebre y con ella vinieron cientos de miles de buscadores de fortuna con los bolsillos tan llenos de sueños y avaricia como vacíos de escrúpulos. La leyenda del salvaje Oeste escrita hasta ese momento en letras de sangre, lo haría a partir de entonces con ribetes dorados. La California de las misiones se ha transformado en un territorio inhóspito horadado por los buscadores de fortuna, poroso y fronterizo, fértil para que la enfermedad acabara por manifestarse en 1850, cuando las nuevas autoridades anglosajonas promulguen una ley, la Foreign Miners Tax Law, en teoría para proteger los derechos de los californianos, pero que en la práctica se traducía en una suerte de carta blanca para los colonos estadounidenses blancos sobre los greasers, los «grasientos» mexicanos. 

El mito de la conquista del Oeste, una tierra virgen y a la espera de dueño, alcanzaba de esta forma naturaleza de una oficialidad que acabaría por despojar de derechos a sus legítimos poseedores. Comenzaba así la historia harto conocida y simplificada en la frase erróneamente atribuida a Porfirio Díaz (en realidad fue escrita por el periodista e intelectual Nemesio García Naranjo): «Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos». 

Escribe John Ridge en 1854: «El país estaba entonces lleno de desaforados que, aunque se decían americanos, no se portaban con dignidad ni le hacían honor al título. Entre ellos prevalecía un sentimiento de desprecio hacia todos los mexicanos, a quienes consideraban como gente conquistada por los Estados Unidos. Sin derecho alguno con el cual pudieran enfrentarse a una raza arrogante que se consideraba superior». Ridge, de ascendencia cherokee, no escondía su desconfianza hacia los blancos, a fin de cuentas culpables también de diezmar a su propio pueblo. Será precisamente a este escritor a quien debamos la «autoría» de la «historia» de Joaquín Murrieta.

En 1850, un tal Joaquín Murrieta Orosco, procedente de Trincheras, un pueblo del estado mexicano de Sonora, estaba entre los miles que llegaban a California en busca de su propio El Dorado. Se desconoce la fecha de su nacimiento, pero varios investigadores lo sitúan en un arco que va de 1824 hasta 1830. Seguía los pasos de sus hermanos, José y Jesús, ya instalados en la zona, y con él viajaba su esposa, Carmelita. Y ahí es donde la historia comienza a fundirse con la leyenda. Según la escrita por el propio Ridge en The Life and Adventures of Joaquín Murrieta, The Celebrated Californian Bandit, obra que se convertirá en el parteaguas del mito, al llegar a California Murrieta se encuentra con que Jesús ha sido asesinado en Murphys por colonos blancos. Por si esto fuera poco, días después, mientras acampan a orillas del río Stanislaus, otro grupo de estadounidenses asalta al matrimonio, da por muerto a Murrieta y viola y asesina a su mujer. Murrieta reclama justicia, pero en el orden establecido por los nuevos dueños de la tierra esta parece estarles vetada a los mexicanos. La respuesta es impulsiva y Murrieta, junto con otros, se echa al monte. 

No sería el único. La fiebre del oro hizo que los caminos se llenaran de bandidos tratando de sobrevivir a toda costa. Muchos de ellos, mexicanos despojados de sus antiguas posesiones. Nace con ellos el estereotipo del mexicano como delincuente y ladrón sobre el que, muchos años después, un candidato a la presidencia de Estados Unidos ha edificado buena parte de su campaña. La incipiente y artesanal prensa de la época ayuda a forjar ese estereotipo y se sucede la publicación de sensacionalistas, rocambolescas y sanguinarias historias de asesinatos y rapiñas atribuidas siempre a mexicanos, curiosamente de nombre Joaquín, nombre muy común entre los californios de la época. 

Sin embargo, el apellido de Murrieta no aparece en ningún documento hasta el 17 de mayo de 1853, poco más de dos meses antes de la supuesta muerte del forajido a manos de Love y sus hombres. Y lo hace en la orden de búsqueda y captura expedida por el gobernador anglo de California, John Bigler, encargado de poner precio a la cabeza de Murrieta. No obstante, conviene tener una cosa en mente: en el documento citado aparece un tal Joaquín Muriati, al lado de los otros «Joaquines». Es en ese momento cuando nace la Banda de los Joaquines, de apellidos tan diversos como Botellier, Carrillo, Valenzuela, Ocomorenia y, por supuesto, el mencionado Murrieta, al que todos sitúan como cabecilla. 

Frank Latta, en su libro Joaquín Murrieta and his Horse Gang (1936), va un poco más allá y sitúa la primera referencia histórica y documentada de un bandido que podría ser Murrieta en una noticia sobre el asesinato de seis hombres aparecida en el periódico San Joaquín Republican de Stockton, el 2 de febrero de 1853. En ella se habla del «peligroso» líder de una banda de forajidos llamado Ignatius Moretto.

En este punto de la historia, el nombre es ya lo de menos. No lo son los cuarenta y dos muertos que se le atribuyen, cuarenta y uno de ellos «gringos», todos relacionados directa o indirectamente con el asesinato de Jesús Murrieta y la violación y muerte de la esposa de Joaquín. El restablecimiento de la justicia y la venganza romántica se convertirán en la guinda que toda buena historia necesita. La lista de víctimas incluye también el nombre de Joshua H. Bean, general de la Caballería, encargado por supuesto de su apresamiento. Entre 1850 y 1853 el nombre de Murrieta estará en boca de los estadounidenses, que lo usaban para amedrentar las noches de sus hijos junto a la eterna amenaza de los indios cortacabelleras. Se suceden los apodos: el Zorro del Valle de San Joaquín, el Coyote o el Patrio, haciendo referencia a su patriotismo mexicano, aunque en realidad se tratara de una deturpación de «prieto», palabra difícil de pronunciar para los anglosajones. Las habladurías le atribuyen una banda de más de veinte hombres y un botín de casi dos mil caballos que lo convertirían en amo y señor de la región de Mother Lode, a los pies de Sierra Nevada.

A medida que crece la leyenda también lo hacen las sombras que rodean a Murrieta, cuyo verdadero rostro sigue siendo desconocido para las autoridades más allá de retratos llenos de imaginación de un hombre a caballo con pelo largo, bigote y sombrero de ala ancha; es decir, un mexicano cualquiera. El más famoso de ellos, obra de Thomas Armstrong, se publica en el periódico Union Steam Edition de Sacramento el 21 de abril de 1853. 

De este se aprovecha Love para fundamentar su versión: la cabeza en el tarro de whiskey, greñuda y bigotuda, es la del verdadero Murrieta. De las sombras se aprovecharán los descendientes del Murrieta histórico. También, claro, la letra impresa. El libro de Ridge será traducido al francés en 1862 por Robert Hyenne, quien modifica a gusto la historia y cuya versión será la base para la traducción al español, obra del chileno Carlos Mola, quien, además, aprovecha para jugar para casa. El héroe dejará de ser mexicano y se convertirá en chileno; en el camino el apellido pierde una «r»: ahora es Murieta, tal y como aparecerá glosado años después en la obra de Pablo Neruda, que en 1967 escribirá Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, donde el bandido se convierte en un remedo del revolucionario Guevara. 

Serán autores estadounidenses quienes vuelvan sobre las huellas de un Murrieta histórico sobre el que todavía no hay acuerdo. Walter Noble Burns, encargado de historiar las aventuras de Billy el Niño, le dedicaría en 1932 The Robin Hood of El Dorado: The Saga of Joaquin Murrieta, Famous Outlaw of California’s Age of Gold. En ella, como hará Latta cuatro años después, insiste en el rol de romántico justiciero al tiempo que concede veracidad a la versión mexicana: Murrieta sobrevivió, volvió a su Sonora natal y dejó atrás sus días de forajido para, con el botín, vivir tranquilo como hombre de negocios hasta su muerte a la edad de setenta años en torno a 1890. Aquí, como en el caso de Colón, hay también tumba al gusto y la del supuesto Murrieta histórico estaría en el cementerio jesuita de la localidad de Cucurpe. En 1875, el Herald de San Francisco publicaba una carta en la que un supuesto Joaquín Murrieta escribe con mucha sorna: «aún conservo la cabeza aunque la prensa diga que fui capturado». 

Muerto en 1853 o tras una apacible vejez, uno o muchos Joaquines, Murrieta se ha ganado su lugar propio en la historia del Oeste. Lo ha hecho porque nos coloca, una vez más, ante el símbolo de David frente a Goliat, encarnado en uno de los primeros héroes de la modernidad, ya sea a cara descubierta o bajo la máscara que les colocarían después a personajes de ficción como el Zorro (creado en 1919 por Johnston McCulley) o el Coyote de José Mallorquí (1948). Es la figura de Joaquín Murrieta, en último término, el grito romántico contra la injusticia y el racismo, primero de los chicanos (los estadounidenses de ascendencia mexicana) y hoy de los hispanos en general, quienes todavía siguen siendo vistos como extranjeros en una tierra que fue suya por derecho. 


De Egipto a Las Vegas: una historia del póker

Amarillo Slim en las 1974 World Series of Poker.

A mediados del siglo XX, un periodista estadounidense escribió: «Nuestro juego nacional no es el béisbol, sino el póker». Había, pensaba él, algo intrínsecamente americano en ese juego de cartas nacido, al menos en su versión moderna, en la Louisiana del siglo XIX. Un juego que había alcanzado la madurez y su forma definitiva en los casinos flotantes del río Mississippi. Que había servido de entretenimiento hasta a los regimientos de soldados destacados en el Salvaje Oeste, como atestigua la crónica militar Dragoon Campaigns to the Rocky Mountains, publicada en 1836. Aun así, la primera mención del póker estadounidense, muy famosa entre los historiadores del juego, delata sus orígenes europeos: la hizo en 1829 un actor británico llamado Joseph Cowell, que estaba de visita en Nueva Orleans y observó una partida de un juego al que los nativos llamaban poker, pero que no era no muy distinto a otros que ya se practicaban en Europa. El problema es que nadie ha sido capaz de reconstruir con total fiabilidad documental cuáles son las raíces exactas del póker.

Ni siquiera se sabe con seguridad cuándo se empezó a jugar con cartas, ni de qué manera. La referencia literaria más antigua que se conoce a un juego de cartas procede de la China del siglo IX, pero se especula con la posibilidad de que ya se usaran cartas desde tiempos aún más antiguos. No se ha podido demostrar porque las cartas, al contrario que los dados de marfil o las fichas de piedra, se descomponen y se pierden con facilidad. Una posibilidad es que las primeras cartas no fuesen en sí mismas el núcleo del juego, sino meras representaciones del dinero con el que se apostaba. Desde China, los juegos de cartas viajaron hacia la India y se piensa que en el siglo XII ya se usaban naipes no solamente en Asia oriental, sino también en Persia y en el norte de África. Los primeros juegos de cartas similares a los actuales y bien documentados datan del Egipto de principios del siglo XIII. Durante el sultanato mameluco se usaban barajas de cincuenta y dos cartas, repartidas en cuatro palos que, ya por entonces, estaban representados por copas, monedas de oro, espadas, y mazas para jugar al polo. A lo largo del tiempo han existido juegos que usan un número muy variable de cartas, pero parece ser que el estándar de cincuenta y dos ya era habitual: el relato tradicional dice que era una referencia a las cincuenta y dos semanas del año, y que los cuatro palos representaban las cuatro estaciones.

Las cartas egipcias o naib (origen del término naipe) se parecían mucho a las que todavía hoy se usan en países como España, y también son el origende la baraja francesa que se utiliza en el póker. En aquella baraja árabe cada palo tenía un as y otras nueve cartas numeradas, además de tres cartas superiores o «nobles»: un rey, un virrey, y un ministro. Una baraja elaborada era un producto de fina artesanía, así que podía ser una posesión lujosa. La prohibición religiosa del islam suní impedía representar las figuras humanas del rey y sus ayudantes, así que, para designar la esas tres figuras, se usaba una muy elaborada caligrafía ornamental.

Cuando los juegos de naipes árabes llegaron a la Europa mediterránea, se diseminaron con rapidez por países como España o Italia, donde la nobleza empezó a practicarlos con entusiasmo. Hasta se adoptaron los mismos palos, aunque, como el deporte del polo era casi desconocido en Europa, el mazo de golpear la pelota fue sustituido por el basto de madera que aún hoy vemos en la baraja española. También se usaron figuras humanas para representar al rey, a una reina en el lugar del virrey árabe, y a un paje o «sota» (o, en ocasiones, a un príncipe). Esta adaptación del formato árabe a los gustos de la Europa del sur terminaría siendo conocida como «baraja latina». Poco más tarde, los juegos de naipes se extendieron a Francia y Alemania, países donde se buscó facilitar la fabricación artesanal. Los cuatro palos «latinos» fueron sustituidos por símbolos más sencillos: corazones, hojas de bellota (después convertidas en tréboles), hojas de árbol (que la imaginación reconvertiría en armas, pues hoy se las llama «espadas» en algunos idiomas, y «picas» en español), y losas (después rebautizadas como «diamantes»). Hoy, a esta baraja francesa —o germano-francesa— la llamamos también baraja «de póker», aunque el póker estaba muy lejos de existir cuando fue diseñada.

Los juegos de naipes ya se habían extendido por toda Europa en el siglo XVI, y los había de muchas modalidades. Los que podrían considerarse los más antiguos antecedentes del póker eran un juego español llamado primero y otro italiano llamado primo visto, que implicaban apuestas y faroles, aunque no se conocen bien sus mecanismos y pudieron ser versiones de un mismo juego que cambiaba de nombre y de reglas según la época y el lugar. En cualquier caso, el juego del primero debió de ser muy popular en Europa, pues William Shakespeare lo menciona —por su nombre en español— en la comedia Las alegres comadres de Windsor. Esto era sin duda un guiño travieso de Shakespeare hacia su audiencia, pues los juegos de naipes estaban prohibidos en Inglaterra, al igual que el tenis, los bolos o el primitivo football. El único juego alentado por las autoridades era el tiro con arco.

Entre los viejos juegos europeos ya los había que implicaban apuestas en torno a combinaciones de naipes como parejas, tríos, o cuartetos. En esos casos, solían emplearse barajas que solo tenían veinte cartas, si participaban cuatro personas, o veinticinco, si participaban cinco. Pues se repartían cinco cartas iniciales (y definitivas) a cada jugador y, no habiendo posibilidad de cambiar ninguna de ellas, se iba aumentando la apuesta según una mezcla de intuiciones estadísticas y psicológicas, adquiriendo gran importancia la táctica del «farol». En ocasiones se faroleaba sin haber mirado las propias cartas; en varios países, esta arriesgada apuesta a ciegas y sin saber con qué jugada se contaba, era anunciada con la misma bravucona frase: «Ya las he visto».

No se sabe cuál de los muchos juegos europeos pudo ser el antepasado del póker, por lo que se ha llegado a especular con la posibilidad de que el póker provenga de un juego persa, el as-nas. Pese a la escasez documental, la lógica parece indicar que todas las papeletas las tiene un juego alemán llamado poch, una de tantas adaptaciones europeas del primero. En el siglo XVII, el poch sería adoptado por los franceses y rebautizado poque. Esto encaja a la perfección no solo con la evidente similitud del término poque con el inglés poker, sino con el hecho de que el poker estadounidense nació en Lousiana, territorio francófono que apenas veinte años antes había sido vendido por Francia a los Estados Unidos. Los colonos franceses llevaron el poque a la muy nocturna y animada capital de Lousiana, Nueva Orleans. Se propagó por el Mississippi y en la década de 1840 aparecía ya en diversos libros sobre juegos y apuestas. Aunque todavía era frecuente el uso de veinte o veinticinco cartas, el viejo estándar de cincuenta y dos terminó imponiéndose, surgiendo las primeras variantes modernas del juego, como el straight poker, más parecido al juego europeo, y el stud poker, que combinaba cartas boca abajo con otras visibles, y que fue durante mucho tiempo la versión más popular.

El póker se convirtió en parte indisoluble de la idiosincrasia estadounidense con la expansión colonial hacia la costa oeste y el nacimiento de la muy competitiva cultura de los pioneros, muy en especial las periódicas fiebres del oro que seguían al descubrimiento de ese metal en diversos puntos geográficos. Los buscadores que acababan de hacer fortuna apostaban una parte de sus ganancias en partidas donde, más que la honra o el propio dinero, buscaban decidir cuál de los ganadores de la búsqueda de oro era también el ganador sobre la mesa de juego. Quienes buscaban la emoción del juego con apuestas reales, pero con un bajo riesgo, podían optar a modalidades como el split poker, donde el ganador de cada mano no se llevaba todo el dinero apostado, sino que el botín se repartía entre dos o más jugadores, de acuerdo a un sistema predeterminado de normas. Esto minimizaba las ganancias, pero también las posibles pérdidas. Además, reducía el poder de los faroles y permitía evitar la feroz competitividad de las partidas del Salvaje Oeste. Esta modalidad solía ser practicada entre quienes no disponían de mucho dinero, o entre quienes preferían la caballerosidad a la ganancia, caso de ciertos ambientes burgueses.

El stud poker se mantuvo como modalidad más famosa durante mucho tiempo, incluso después de haberse inventado la modalidad que, con el paso del tiempo, le iba a arrebatar ese papel: la variante Texas hold’em. Apareció a principios del siglo XX en Robstown, un pequeño pueblo tejano. Fue extendiéndose por el resto del estado, aunque durante más de cinco décadas fue una rareza más allá de Texas, hasta el punto de que nadie lo llamaba Texas hold’em, sino sencillamente hold’em. A mediados de siglo, la modalidad tenía sus propios jugadores profesionales en Texas, leyendas como Amarillo Slim, Doyle Brunson o Crandell Addington, pero seguía sin hacer ruido en otros lugares (aunque empezaba a haber jugadores profesionales no tejanos que se abrían camino en el hold’em, como Puggy Pearson, natural de Tennessee). Estos jugadores profesionales tejanos se trasladaron a Las Vegas en 1967 y se llevaron el hold’em consigo, aunque solamente había un casino que organizaba partidas de hold’em. Se llamaba Golden Nugget y su ambiente poco cuidado —el suelo estaba cubierto de serrín mezclado con engrudo— espantaba a los clientes adinerados.

Pese al bajo estatus del Golden Nugget, el hold’em empezó a llamar la atención de otros jugadores profesionales, y hasta de los directores de otros casinos. Crandell Addington recordaba que en la modalidad predominante por entonces, el draw poker, se apostaba dos veces por mano. En el hold’em que él y sus paisanos habían llevado a Las Vegas se apostaba cuatro veces por mano, lo cual, según Addington, permitía jugar de forma más estratégica. Y esto premiaba el talento de los jugadores, lo cual permitía no solo organizar partidas por niveles, sino que ofrecía la posibilidad de montar atractivos torneos profesionales.

Un par de años después, un casino más presentable, el Dunes, les ofreció la posibilidad de organizar allí un torneo llamado Gambling Fraternity Convention, que más tarde terminaría convertido en el celebérrimo World Series of Poker, un equivalente al campeonato mundial de ese juego. Gracias a la preponderancia de los tejanos y de la atención que habían suscitado sus estratégicas partidas, el hold’em (de repente más conocido como Texas hold’em) se convirtió en la modalidad predominante en ese torneo, y más tarde en todo el mundo. Las retransmisiones televisivas demostraron que el hold’em tenía mayor poder de entretenimiento, además de ser un juego más estructurado en el que las tácticas del momento jugaban un papel considerable, y el stud poker, que aún conservaba cierta popularidad, terminó de ser doblegado. Así, una modalidad que durante más de medio siglo había pasado desapercibida en los garitos de Texas terminó convertida en la reina absoluta de los tapetes.


Editar en tiempos revueltos: Valdemar

Valdemar para JD 0

Cualquier aficionado a la lectura que haya pasado los últimos treinta años apilando libros, e incluso en ocasiones leyéndolos, tarde o temprano habrá terminado con un Valdemar entre las manos. Libros bien confeccionados, bien traducidos, bien editados. Un antídoto contra la epidemia de la piratería digital. Una editorial singular que con mayor o menor éxito sigue dando guerra y presentando colecciones que a nadie más, ya sea en su sano juicio ya sea recién escapado de una casa de orates, se le ocurriría sacar a la venta. Vaqueros y aspirantes a papa; el color que llegó del espacio exterior y la magdalena proustiana; el tarado de Schopenhauer y los hombres topo, que quieren tus ojos… Todo cabe, y así debe ser. Siempre con cuidado, sin embargo, de no traspasar los límites académicos y volverse respetables. Conversamos con Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, editores de Valdemar, Marta Lila Murillo, traductora, y Jesús Palacios, escritor y crítico, sobre estas y otras cuestiones. Cuestiones que esperemos nadie sea capaz de resolver jamás.

¿Veinticuántos años lleváis ya?

Rafael Díaz Santander: En realidad son treinta años, porque empezamos en el 86; por entonces teníamos treinta años. Pero libros no empezamos a sacar hasta bien avanzado ya el 87.

Juan Luis González: Nos costó tanto sacar el primer libro que tardamos un año hasta el siguiente. En aquella época traducíamos y corregíamos nosotros, apenas había ordenadores. Teníamos un XT de hierro que pesa siete kilos, ahí esta, de reliquia. Ni disco duro tiene.

R. D. S.: Iba a la increíble velocidad de 2,5 Mh.

J. L. G.: Ya corregía textos, aunque tardaba varias horas en procesarte una novela.

La decisión de lanzarse al mundo editorial, según se dice por ahí, surgió después de leer a Lovecraft, que por entonces no estaba precisamente al alcance de cualquiera.

J. L. G.: Sí, por aquella época las ediciones de las que disponíamos los aficionados al terror eran más bien cutrecillas. No eran muy fiables en cuanto a traducción. Ofrecían muchos problemas. Nosotros lo que queríamos era editar pero darle cierta dignidad, aunque no es una palabra que me guste utilizar, ponerlas al nivel de otras ediciones. Recuerdo cuando era pequeño, existía una colección que se llamaba Crisol, de Aguilar. Eran unos libros pequeños, muy bonitos, editados en papel de biblia. Era una colección que ponía al mismo nivel a Dostoievski que a Salgari, era totalmente ecléctica, no había distinciones, mezclaban aventuras con literatura «seria», terror, todo salía. Es el espíritu de las grandes colecciones de bolsillo. Es la filosofía de las grandes colecciones de bolsillo. Como ha sido Austral. Sacar el libro de bolsillo, sin dar más relevancia a unos que a otros. Ahora parece que está más compartimentado: la literatura seria para gente seria, el terror para los frikis. La idea era dedicarnos a lo que nos gusta.

Por entonces Lovecraft en España se reducía a lo que había traducido Llopis, y poco más.

R. D. S.: De Llopis había ediciones procedentes de otros países. México, Argentina, pero la primera que se hizo digna fue la antología Los mitos de Cthulhu. Pero digamos que ese no es el motivo principal. Empezamos por una colección que se llamaba «Tiempo Cero», que tenía una intención claramente de literatura fantástica, pero enseguida vimos que si nos quedábamos ahí no íbamos a llegar a ninguna parte. Porque hay muy poca gente a la que le interese, no es suficiente gente para hacer rentable una empresa. Vimos que teníamos que diversificarnos en clásicos y en aventura.

¿Y ahora? ¿Ha crecido ese público de base?

R. D. S.: Ahora las cosas están casi peor. Lo que se vende ahora mismo es irrelevante. Las salidas de las novedades son muy flojas, nosotros nos mantenemos gracias al fondo, quinientos o seiscientos libros. Y por otra parte hay un gran afloramiento de editoriales nuevas. A mí me gusta muchísimo que haya tanta diversidad, pero es que hay muy poco a repartir. Las tiradas que se están haciendo son de mil ejemplares, mil quinientos. Pasar de mil ejemplares hoy en día es un éxito de ventas, y eso en un país de cuarenta millones de habitantes en realidad es un fracaso.

J. L. G.: Se produce una situación paradójica: en un país con un índice de lectura muy inferior al que debería corresponderle por su nivel de vida se produce, sin embargo, un afloramiento de nuevos editores independientes con gran ilusión y una gran oferta editorial mensual increíble. Increíble para el público que hay. Siempre decimos que los lectores en España pueden estar encantados, porque es como en un país donde nadie come dulces pero está todo lleno de pastelerías. Joder, pues para los poco golosos es el paraíso.

Editamos mucho pero leemos muy poco.

J. L. G.: Sí, y es algo paradójico, porque va contra las normas del mercado, no hay una especie de ley inexorable de la oferta y la demanda. En los temas culturales estas cosas se rompen, no es tan automático.

¿Tenéis la impresión de que el mercado editorial lo sostenemos los que compramos libros por encima de nuestras posibilidades? ¿Los que seguimos comprando libros aunque tengamos muchos en cola?

R. D. S.: Sí, al final somos solo unos cuantos, que estamos superagobiados, que somos lectores acosados. Precisamente porque hay mil cosas que nos interesan y que nos gustaría comprar y tener y no podemos, y se nos van acumulando en filas interminables.

Valdemar para JD 1

Ahora, con la serie Insomnia, parece que os habéis atrevido a algo que no hacíais antes: editar a autores de terror contemporáneos. Incluso a editar trabajos inéditos, como los de Jesús Cañadas o Emilio Bueso.

J. L. G.: Ahora estamos en condiciones de asumir más riesgos, económicamente hablando. No es que sea lo que más se vende, pero sí lo que más se vende nos permite sacar esto.

R. D. S.: No sé si esto lo debería decir o no, pero Insomnia va floja. Es una colección que la hemos creado con todo el cariño, cuesta mucho hacer cada libro, porque tiene traducción, derechos de autor, tapa dura, contracubierta… y eso tardamos en amortizarlo. Tenemos que vender más de mil para hacerlo. Y no lo estamos consiguiendo.

J. L. G.: Es que es una colección destinada al público norteamericano, solo que está publicada en castellano [risas].

R. D. S.: Y fíjate que es la colección más reseñada de toda nuestra historia. No es que hagamos mucho esfuerzo en mandarla a todas partes, ni que nos reseñen… Somos casi antimarketing. Pero con esta nos hemos molestado en que llegue al mayor número de sitios posible, es la colección más elogiada, pero…

Ya que lo mencionas, el silencio de los medios tradicionales con vosotros es un poco escandaloso…

R. D. S.: Sí, bueno, pero es mutuo.

J. L. G.: Se debe a lo que nos dedicamos. Como publicamos novela y literatura de género, los grandes suplementos literarios de difusión nacional no se dedican a esto, van más al mainstream, al gran negocio editorial, al libro que se tiene que vender mucho. Lo nuestro, en la política de estos suplementos, es una cosa como muy secundaria.

La editorial silenciosa de referencia.

R. D. S.: Somos la editorial con más prestigio y menos reseñas de España.

Y en esto internet es fundamental. Estáis siempre a tope, cuidando a vuestro público y haciendo parroquia.

J. L. G.: Es que Rafael es nuesto community manager particular. Desde que empezó con Facebook tiene una cantidad de visitas y de «me gusta» que ninguna otra editorial tiene. Puedes comprobarlo. Lo he comprobado, y en editoriales más grandes tampoco tienen ese seguimiento. Nos entra mucha gente de Sudamérica, pero no es la única explicación. La gente que lee este tipo de literatura es muy fan de lo suyo. Son pocos, pero todos están ahí.

R. D. S.: Suelen ser gente muy aficionada al terror, a la gótica, y son muy entusiastas y muy leales y fieles. Muy tocapelotas también.

Pero de los «me gusta», de momento, no se come.

R. D. S.: No, claro que no. Con nosotros los lectores son muy considerados, muy atentos. A mí siempre me alucina un poco la cantidad de elogios que te transmite la gente. No tenemos troles.

J. L. G.: Lo que más critican, sinceramente, es el precio. No sé si es porque es gente que lee mucho y no les alcanza para comprar todo, y les encantaría que vendiéramos todo a un euro. Pero no podemos, porque a nosotros también nos cuesta hacerlo. Critican eso y en general, cada vez que anunciamos un libro, les parece maravilloso y estupendo, con frases sonrojantes. «Es que me hacéis feliz, es que mi vida sin vosotros no tiene sentido». Yo entiendo que es de cachondeo.

R. D. S.: Había uno que decía que había tenido más orgasmos con Valdemar que con su novia.

J. L. G.: Son muy maximalistas.

Marta Lila: Pero es que a lo mejor no. A lo mejor es un loco de la pradera que está ahí esperando a que salga un libro para tener un orgasmo.

J. L. G.: A nosotros también nos hace felices editar estas cosas. Quizá no a ese extremo…

R. D. S.: Lo que no encontramos en la prensa, que nunca nos ha hecho ni caso, quitando excepciones, lo encontramos en la gente que nos sigue. El desinterés, en realidad, ha sido mutuo, porque a ellos no les interesamos nosotros, y a nosotros no nos interesan ellos.

¿Pero no creéis que en cierto modo esa actitud de la prensa, de desprecio, refleja un poco la baja consideración social que se tiene hacia la literatura de género?

R. D. S.: Es que creo que hay mucho amiguismo en España, en este rollo literario. Es, como decía Trapiello, el club de las almendritas, que son unos cuantos que se las reparten.

Estuvimos hace poco con Juan, de la librería Estudio en Escarlata y…

J. L. G.: ¡Nos ha dado un premio hace poco! ¡Y venía hasta con regalo, una botellita de whisky!

R. D. S.: Es mejor que los del Premio Nacional, que no nos dieron nada.

Es cierto, en 2001 os dieron un premio nacional. ¿Tenía algún truco? Una editorial que apenas sale en los medios…

J. L. G.: Pues fuimos a Barcelona a recoger el premio, subió Rafa, que se puso hasta corbata, pero no dio ningún discurso lacrimógeno como en los Goya. Nos dieron una placa, que no sé ni dónde está.

Podrías haber dicho lo que cuenta Anguita que diría si volviera al Congreso: «¿Y ahora qué, hijos de puta?».

J. L. G.: No nos habrían dado jamás una ayuda más. Y eso que nos dan y pedimos pocas.

R. D. S.: Fue muy extraño que nos lo dieran. Yo creo que lo hicieron porque fue el año que editamos A la busca del tiempo perdido de Proust.

J. L. G.: Claro, cómo se lo van a dar a una editorial que se dedicaba solo a publicar literatura gótica. Además, es que el responsable de cultura era Luis Alberto de Cuenca, y él es muy fan de la literatura gótica. Pero hay un jurado, eh. Lo sé porque al año siguiente nos tocó ir, porque es como los Óscar, que si te premian vas de jurado el año siguiente. Hay votaciones y no existe ese nepotismo de que lo que diga el secretario de Estado va a misa. Puede intentar meter a un candidato, pero no puede ser solo porque a él le guste la colección gótica —que me consta que le gusta—. Quizá Luis Alberto lo introdujo, pero luego hubo un jurado que votó, y votó a favor. Muchos premios han sido ex aequo, prácticamente todos, pero el nuestro fue solitario. No hubo empate en la votación.

R. D. S.: Nosotros le hemos dado siempre mucha importancia a los clásicos, que en realidad nos dan más dinero que el terror. Nos gusta más el terror, y como nuestra motivación no es el dinero estamos más volcados en ello.

J. L. G.: Sí, pero de Proust hemos vendido mucho más que de autores de terror, curiosamente. Entiendo que van a otro público. En Valdemar hay cierta esquizofrenia porque queremos tener distintos públicos no comunicados entre sí. Los que leen la colección Frontera no coinciden con los que leen la colección Gótica, y los que compran Kafka, Proust y Flaubert no son los mismos que compran Frontera o Gótica. Pero eso está bien.

R. D. S.: También tenemos los valdemarianos, que compran todo.

J. L. G.: Hay gente que se intercambia fotos de la colección Gótica diciendo: «Yo tengo todos, jodeos». De hecho, de libros que llevan años agotados, se piden precios muy por encima de lo marcado. Intentamos deshacer esa especulación reeditando todo, incluso mejorando la edición. Pero claro, no damos abasto, porque a lo mejor quince o veinte de ellos llevan diez años agotados. La gente a la que le falta un título paga cien pavos, doscientos pavos… E intentamos desmontar esa especulación. Es una colección que empezó hace más de veinte años. Había uno de Zaragoza, que era amigo de nuestro amigo Alfredo, que se queda con restos de edición, que quería que le consiguiéramos los títulos que le faltaban. Y estaban agotados. Y claro, Alfredo estaba acojonado, porque este era juez y decía: «¿Cómo le voy a decir que no le puedo mandar los que faltan?» y tal. Que hasta un juez hace la colección Gótica, en un momento dado.

Valdemar para JD 7

Un juez, un secretario de Estado como Alberto de Cuenca, el hijo de la duquesa de Alba Jacobo Siruela… Tenéis fans de literatura de género de todo tipo. La imagen de que es una literatura que solo nos gusta a cuatro frikis se desmorona…

J. L. G.: Yo diría que hay frikis en todos los estamentos sociales.

R. D. S.: Ojo, Luis Alberto de Cuenca es muy friki. Es un tío que no se le caen los anillos por coleccionar tebeos, fanzines…

J. L. G.: Es un poco como Savater, en otra línea. Lectores tan compulsivos que conocen las cosas desde un tebeo de el Capitán Trueno hasta una edición erudita de un clásico griego. Comen de todo, son grandes entusiastas y animadores de la lectura con su sola presencia. Hablan de los ratos felices que han pasado en su vida leyendo, y se te cae la baba escuchándolos.

M. L.: O un fiscal del Estado, mira a Eduardo Torres-Dulce. Le encanta la colección Frontera.

J. L. G.: Incluso en la tele lo ha dicho. Ha escrito un ensayo sobre la caballería americana en el cine, es un especialista. Claro, la colección esta le encanta, porque no hay nada en España parecido a eso. Está encantado.

De hecho, os ha recomendado alguna vez en aquél programa que tenía, Cowboys de medianoche.

J. L. G.: Es verdad, ese que hacía con Garci y con César Vidal.

R. D. S.: César Vidal es otro gran fan de Valdemar.

M. L.: Savater, durante una Feria del Libro, hizo una reseña en Babelia de Felices pesadillas alucinante.

J. L. G.: Fue acojonante. Fue uno de los libros más vendidos de nuestra historia. También es verdad que eran los cincuenta mejores cuentos de terror publicados en quince años de Valdemar. Como referencia y especialistas en terror, el que nunca compra terror debió de pensar que era la antología que debía tener. Cuando vendes a gente que no es del grupito es cuando vendes más, porque es un público mucho más amplio. Con H. P. Lovecraft nos está pasando, se está generalizando. Las ventas que tienen los dos tomazos que hemos sacado con toda su obra ya no se justifica con el círculo de lectores de género que hay en España, sino que va mucho más allá. Está comprándolo gente que no lee literatura de terror.

Es cultura popular, ya.

J. L. G.: Absolutamente. También ha sido publicado en la colección de Penguin, en clásicos norteamericanos. Y a Lovecraft, en Estados Unidos, que lo tenían como una especie de friki, ignorado autor pulp, hace ya una década o así, han empezado a considerarlo uno de los grandes autores del siglo XX. Por su difusión mundial, por sus traducciones a otras lenguas… Si no por un valor literario, cuanto menos un valor social, que muchísima gente lo ha leído y le gusta.

Y por eso, por la penetración en la cultura pop, como ya está en videojuegos, cómics, la palabra Necronomicón sale hasta en los dibujos animados…

J. L. G.: No te puedes imaginar, lo de Lovecraft es como lo de Holmes.

R. D. S.: Cthulhu se ha vuelto ya un icono popular. Hay hasta peluches.

¿Y cómo se produce ese salto de consideración? Porque hay autores que continúan relegados a ese desprecio de género, el mismo en el que estaba Lovecraft hasta hace no tanto.

R. D. S.: Pues es difícil. Ahora hay que remontarse hasta atrás, cuando yo era pequeño, y Lovecraft era casi un autor maldito, que había que buscarlo.

M. L.: Creo que es porque ya se ha adaptado a la literatura académica. Por ejemplo, hablamos de Proust, y si las ventas de Proust son regulares es porque se ha incorporado al catálogo de las universidades. El profesor te indica las ediciones en castellano, y la más completa va a ser la edición de Mauro Armiño de Valdemar porque tiene todas las notas… Con lo cual ya tienes a una población estudiantil que va a comprar ese libro. Ya no es solamente el grupito de frikis.

J. L. G.: Hay gente que incluso está haciendo tesis doctorales sobre Lovecraft.

R. D. S.: El caso es que Lovecraft tenía todas las cartas para ser un autor maldito. Era muy incorrecto, sus opiniones políticas eran detestables…

J. L. G.: Todo para triunfar: un misógino, racista, facha… Encantador.

R. D. S.: Pero tampoco hay que olvidar que tenía una vía humorística muy acusada que no todo el mundo ve. Pero si analizas la obra de Lovecraft y de todo su círculo encuentras mucho humor soterrado. ¿Por qué ha triunfado? La verdad es que no lo sé.

J. L. G.: Es que es un tipo de horror que no se ciñe a los fantasmas victorianos, que no dan tanto miedo. El horror cósmico es un horror más penetrante, metafísico, psicológico. Yo creo que permea más en la gente. Lo otro es como más cliché, y por eso Lovecraft es el gran renovador de la literatura de terror del siglo XX.

Que otros autores, tanto literarios como cinematográficos como de casi cualquier medio, le citen como gran influencia ayuda mucho. Como en la nueva serie de Stephen King de 22.11.63 que adapta su libro, donde hay homenajes explícitos. De hecho, King dijo algo en su Twitter sobre Lovecraft y un estudio corroboró que después de eso habían aumentado la venta de libros de Lovecraft.

J. L. G.: Ha pasado con Robert Chambers y la serie True Detective, la primera temporada. Se mencionaba de pasada El Rey Amarillo, y nosotros hemos agotado la edición en un año. Porque hay referencias veladas. La serie no es que tenga nada que ver con el relato, es un homenaje personal de Nic Pizzolatto. Pero claro, la serie ha sido un fenómeno tan acojonante como para que cosas tan laterales como una referencia literaria agoten edición. Porque si la serie va sobre el relato en concreto, lo entiendo, pero no era el caso.

Quizás sea porque el público trató, mientras la serie estaba aún en emisión, de adivinar el desarrollo en El Rey amarillo. Como si fuera a encontrar allí pistas de lo que ocurriría.

J. L. G.: Sí, y al final fue un «no chavales, no vais a salir de dudas». Ha sido una venta por equivocación.

Valdemar para JD 2

En una librería nos lo contaban, la cantidad de libros que salieron con la etiqueta «El Rey Amarillo, que inspiró True Detective»…

R. D. S.: Sí, pero el nuestro no lleva esa etiqueta. Porque somos además contrarios a esa tendencia. El libro llevaba un par de años editado. Siempre habíamos querido editarlo porque es uno de los grandes clásicos. Ya por fin lo sacamos, y llevaba su venta lentísima hasta que salió la serie. Y de pronto…

M. L.: Nos hacía mucha gracia, porque parecía que Pizzolatto se sabía los títulos de la colección Valdemar. Mencionaba frases de Thomas Ligotti, de La conspiración contra la especie humana, que son tal cual las dice Matthew McConaughey, luego las referencias al Rey Amarillo, luego lo de Carcosa… ¡Todo estaba en el catálogo de Valdemar!

J. L. G.: Es que Pizzolatto tiene pinta de ser un poco friki, y hay coincidencia, aunque no le conozcamos ni él a nosotros tampoco. En la FNAC pusieron una chapita debajo de la edición de La conspiración contra la especie humana, y lo que ponían era: «Frases literales del detective Cohle en este libro». Y así estaba en el escaparate.

R. D. S.: Es acojonante, es que cualquier cosa apoyada por una serie o una película se dispara. No me quiero ni imaginar ya lo que debe ser Juego de Tronos. Si nosotros a este nivel hemos vendido esto, lo que será aquello.

De hecho, no sé que editorial grande fue la que les ofreció un pastón por quedarse con los derechos en España…

J. L. G.: Hombre, la verdad es que tiene mucho mérito el editor original, Alejo Cuervo, que es un poco underground y minoritario, como nosotros. Normalmente cuando un autor tiene una oferta de una editorial que es la que más distribuye en un país, no él, su agente literario, es el que dice «tú te callas y se lo vamos a vender a estos que son los que saben de vender». Este habrá preferido que se lo edite alguien que le gusta, que disfruta con ella, que se preocupa por hacer buenas ediciones…

M. L.: Y que apostó por él antes que nadie.

Exacto, es que es algo que va en ambas direcciones. Lo que hizo Alejo con George R. R. Martin fue traerlo aquí cuando no lo conocía nadie.

M. L.: Justo, se gastó su dinero en una traducción, y lo dio todo.

J. L. G.: A mí me gusta mucho que una editorial de género de pronto se haga rica, si se puede decir así. Porque normalmente eso les pasa a otro tipo de editores.

M. L.: Lo bueno es que Alejo ha vuelto a reinvertirlo todo en más libros.

J. L. G.: Como suele ocurrir. Nosotros también somos tan románticos que si nos hiciéramos ricos, empezaríamos a editar cosas con las que perderíamos dinero.

Hablando de Ligotti, contadnos, porque creo que llegar hasta él no ha sido precisamente un camino de rosas.

M. L.: No, con él personalmente no hemos dado aún.

R. D. S.: De Ligotti habíamos oído hablar a amigos, mal en general, porque la traducción que había en España no era buena. Nos interesó sacar obras ya completas de él, empezamos con Noctuario, seguimos con Grimscribe y el mes que viene el Teatro Grottesco.

J. L. G.: La colección Clásicos de Penguin le ha publicado recientemente dos colecciones de cuentos, consagrándole ya como un escritor reputado.

Y no habéis llegado a contactar con él nunca, es una especia de leyenda.

J. L. G.: De hecho yo creo que nadie. Y sí, hay una especie de leyenda en torno a si existe o no. Es un tipo tan misántropo yagorafóbico que no habla con nadie. En su página a veces otros comentan por él, pero no se sabe si es él. Hay fotos por internet de Ligotti, pero son confusas. Tiene una neurosis muy potente.

M. L.: Pero las entrevistas que hace son verdaderas tesis doctorales. No hace muchas, pero las que hay las respuestas son increíbles. Pero tendrá tres o cuatro.

R. D. S.: En Teatro Grottesco se ve cómo se transmite la neurosis y la psicosis de Ligotti al cuento.

M. L.: La dificultad que tiene para traducirle es la ambigüedad, la línea roja que no debes traspasar para no darle más pistas al lector de las que puso el autor. No puedes tú explicar lo que no queda claro: es el autor el que lo ha dejado ambiguo a drede para que no quede claro. No hay que poner nada de tu cosecha.

Se le ha definido como el Mallarmé del terror.

J. L. G.: Sí, es que es un autor de terror pero sus lecturas favoritas luego son Nabokov, Borges, Kafka… Clásicos reputados, no de género.

M. L.: Y luego, como lo llama él, utiliza el terror corporativo, que a mí me resulta muy kafkiano. Es su tema: hay fuerzas cósmicas, pero de grandes corporaciones o empresas donde el individuo no es más que un animalillo que está ahí y no puede hacer nada.

Los primigenios son las grandes corporaciones.

M. L.: Sí, incluso tiene un cuento en el que las personas no son de países, son de corporaciones.

J. L. G.: Bueno, ahora casi estamos en eso ya.

R. D. S.: Pero Ligotti tiene también mucho de autor centroeuropeo, por eso nos resulta tan extraño. Hay mucho de Kafka, de autores oscuros. Es muy intelectual, muchos lo llaman terror filosófico.

Valdemar para JD 3

Sobre la plaga zombi y vampírica que se desató hace unos años, ¿cómo va la moda de esas dos vertientes del terror soft?

R. D. S.: Coño, pues no sé qué decirte, porque ya no estoy muy enterado de estos últimos fenómenos. Hubo una época en la que sí, estábamos invadidos por vampiros adolescentes. El zombi sigue triunfando.

J. L. G.: Ha declinado un poquito, aunque ya ha durado más de lo que yo sospechaba que podía durar una moda. Y todavía siguen editando bastantes libros.

R. D. S.: A mí es que el zombi me resulta muy aburrido. Nosotros editamos una antología de zombis, que para mí es lo mejor que ha salido, una antología de Jesús Palacios, que te da una visión de lo que es el zombi desde sus inicios en el vudú hasta nuestros días.

J. L. G.: Con ese libro zanjamos todo lo que había que decir sobre los zombis. Darle más vueltas es absurdo. Y como las cosas se repiten mucho, se entra en un cliché, y todo resulta autoparódico y chusco.

Pero la infantilización (en el mal sentido de la palabra) del terror, en general, persiste.

J. L. G.: Estos fenómenos no nos gustan mucho, pero no sé, a lo mejor sí contribuyen a que la gente luego quiera leer otras cosas.

R. D. S.: No. Lo peor es que hay gente que no da el salto, gente a la que le han gustado los zombis y se queda en los zombis y quiere leer el mismo zombi siempre. Que las cosas sean siempre iguales.

J. L. G.: Esto pasa con muchas sagas, como lo de George R. R. Martin o J. K. Rowling. Hay fenómenos increíbles. Hay gente que piensa que esos adolescentes, cuando acaba la serie, se quedan como lectores habituales, y no. Cuando se acaba la serie, se acaba. Alguien que ha leído tres mil páginas y luego no vuelve a leer en su vida.

R. D. S.: Es el lector no evolucionado, que se queda en lo que conoce, en lo que le gustó, y todo lo que lea quiere que sea igual. Pasa un poco también en la música, la gente a los Rolling Stones les pide las mismas canciones, y se mosquean cuando el grupo cambia de registro.

J. L. G.: Y ahí tienes a Kiss FM poniendo las mismas putas canciones siempre, porque es lo que la gente quiere oír.

Vamos, que no llegan a Valdemar muchos lectores de Crepúsculo despistados.

R. D. S.: Yo creo que no. En general, esos lectores se pierden.

J. L. G.: Son fans de una historia concreta, no del género. Porque si extrapolas esas historias a otra época o a otro registro, se bajan.

R. D. S.: ¿Cuánta gente se está leyendo Canción de hielo y fuego y se queda ahí, no investiga otras cosas? La mayoría.

Y, ¿cuánto es culpa de las grandes editoriales que enfocan todo a repetir hasta la saciedad el mismo éxito?

J. L. G.: Mucha.

R. D. S.: Mira lo que pasó con Cincuenta sombras de Grey: las librerías se inundan de libros de igual e incluso inferior categoría para buscar el mismo éxito.

J. L. G.: Y nosotros estamos en las antípodas de eso. Hacemos buenas ediciones para grandes aficionados y esas otras cosas ni las entendemos, ni nos gustan, ni pensamos que esos fenómenos nos podrían traer un público que le interesara algo más. El personal es que es así y no puedes hacer nada.

R. D. S.: Tenemos callo desde hace veinte años, al principio nos llamaba la atención pero ahora ya… Sabemos en qué país estamos y lo que se puede esperar de eso.

M. L.: Yo no conocía Valdemar cuando empecé a traducir para ellos, y de repente mi hermana, que trabaja en la facultad de psicología, y sus colegas me decían: «¡Valdemar! ¡Pero si a mi me encanta!». Se conocían hasta los nombres, ¡pero desde cuándo alguien conoce los nombres de los editores! Se conoce a Lara y poco más. Yo me quedaba alucinada.

J. L. G.: Realmente ese es nuestro premio. La generosidad de algunos lectores que les gusta lo que hacemos y son entusiastas.

R. D. S.: La verdad es que yo no sé si eso ocurre con otras editoriales, ese nivel de fanatismo. Con Valdemar es que hay tíos que te paran por la calle. Aunque lo entiendo un poco, porque yo también he sido muy fanático de muchas editoriales.

La mayoría de editoriales reconocen que alguna cosa sí que han publicado con la nariz tapada, casi para después poder darse el lujo de publicar lo que quieren. ¿Vosotros también?

J. L. G.: No, porque además no tendría mucho sentido. Porque podríamos haber tirado por una línea más comercial desde el principio, por una línea de lo que más se vende. Y entonces no habríamos palmado pasta.

M. L.: Habrían sacado El Código Da Vinci.

J. L. G.: Pero es que cuesta mucho dinero ser coherentes.

R. D. S.: Jesús justo publicó un libro sobre los desastres de Valdemar.

¿Y cuáles son esos desastres?

Jesús Palacios: Pues justo mis autores favoritos. Era una colección con el barón Corvo, Pétrus Borel, la colección de Planeta Maldito. Gente maldita que lo es precisamente porque no vende.

R. D. S.: Autores que sabíamos que eran invendibles pero que tenían que estar ahí, que debíamos publicarlos. Y mira que esa colección funcionaba muy bien, porque metíamos eróticos, tipo Las once mil vergas de Apollinaire, que se leían muchísimo. Pero luego estaban los libros menos vendidos.

Asteroide sacó el libro de En busca del barón Corvo, ¿no ayudó eso a vender?

R. D. S.: No, no, nada.

J. P.: Lo curioso es que su biografía, que ya estaba publicada hace muchos años, es un libro que siempre se ha vendido muy bien. Su biografía se vende, pero sus obras no. Siruela también publicó en la colección Ojo sin párpado y fue de los menos vendidos. Con ese precedente yo le dije a Valdemar que lo sacáramos…

J. L. G.: Y es uno de los mejores libros que hemos editado, pero no vendido.

J. P.: Es que es una colección que tenía mucha querencia por los autores finiseculares, relacionados con el simbolismo, con el modernismo, el decadentismo… Sacamos a dos que son de mis autores favoritos de ese mundillo, Corvo y Ronald Firbank. Son libros que no se han vendido, pero visten mucho.

J. L. G.: Pueden que nos hayan dado prestigio. Aunque muchas veces dices eso de «cambiamos un poco de prestigio por un poco de oro».

R. D. S.: De todas formas he de decir que son libros que me gustan mucho. Yo hubiera querido hacer una especie de «biblioteca del infierno» con todos estos autores. De tocarnos la lotería si que hubiera hecho una cosa así, me habría permitido el lujo.

J. P.: Creo que siempre habéis tenido la política de sacar un libro que os apetecía mucho inmediatamente después de tener dos libros que se habían vendido muy bien, aunque sabíais que aquel no se vendería. Aprovechar la liquidez para daros el gusto.

J. L. G.: Sí, los frikis en general cuando tienen dinero se lo gastan todo en sus vicios, y nosotros reinvertimos lo que ganamos de un libro en otros proyecto de más riesgo. Aunque pierdas una parte de esto.

Valdemar para JD 4

Los editores suelen hablar de la «responsabilidad social» de la edición. De proveer al público de una literatura de un determinado nivel, para elevar el de la oferta. ¿Vosotros sentís esa «responsabilidad» con el público en general, o con vuestro público?

R. D. S.: Nuestra responsabilidad empieza y acaba en nuestro público. Los fenómenos de superventas están bien porque ayudan a que las librerías subsistan, si no fuera por ellos estaríamos sin librerías ya. En cierta medida agradezco esos bestsellers, pero nosotros estamos en nuestra guerra, publicamos para el club Valdemar, digamos.

J. L. G.: Aunque nos gustaría que el club Valdemar fuera más amplio.

J. P.: Es absurdo pensar que la gente pueda pasar de leer Crepúsculo a leer al barón Corvo o Bram Stoker.

De hecho hay libreros que nos cuentan que venden el libro de Stoker como «el libro que inspiró a la autora de Crepúsculo».

J. P.: Sí, recuerdo haber visto hace no mucho una secuela de la Isla del tesoro y en la cintita ponía «una secuela, superior incluso a la original». Pobre Stevenson, vaya hostia.

R. D. S.: Nosotros somos muy enemigos de ese tipo de cintas y citas un poco engañosas. «Trescientos mil libros vendidos desde que se editó en Francia» como pasó con El salario del miedo. No queremos buscar subterfugios de esa clase.

J. L. G.: A nosotros nos ofrecieron primero True Blood antes de la serie de televisión, y nos pareció que era una secuela de Entrevista con el vampiro y que estaba muy visto. Y lo rechazamos. Ahora la editorial lleva ocho o nueve volúmenes, pero bueno…

R. D. S.: ¡Si es que somos gilipollas! Pero bueno, hablando de la responsabilidad, yo sí que siento un poco de orgullo de que haya muchas generaciones jóvenes que han mamado de Valdemar. Muchos escritores que nos hemos encontrado ahora como Emilio Bueso o Jesús Cañadas, y eso en cierta manera es gratificante. Y después en la Feria del Libro vemos que hay un público más o menos joven que nos sigue, que muchos se forman en el género con Valdemar.

J. P.: Y no solo en el género, Rafa. La colección de Intempestivas además ha hecho cosas con festivales de cine, y ha dado oportunidades a gente como Rubén Lardín. Y haber publicado en España a gente como Camille Paglia, que es una de las pensadoras más importantes del siglo XX, es una cosa de la que estar muy orgulloso. O los dos libros de Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey.

Llopis ha dicho hace poco que no ha vuelto a sentir miedo como cuando tenía catorce años. ¿Y vosotros?

J. L. G.: Creo que gracias autores como Ligotti, no estoy de acuerdo. Yo no lo habría disfrutado de adolescente, porque no pillaría ni la mitad.

R. D. S.: Siempre vas descubriendo cosas nuevas con la edad, aunque quizá la emoción del miedo realmente solo la tienes cuando empiezas a leer. Luego se va convirtiendo en otra cosa, en un juego intelectual del que participas voluntariamente con la famosa suspensión de incredulidad. Pero el miedo genuino sí que es cierto que lo tienes cuando eres más joven.

J. L. G.: Hombre, porque todas las emociones son más intensas. Luego el juego pierde intensidad pero gana conocimiento, porque se hace más sofisticado.

J. P.: Pensar en la literatura de terror como que su función exclusiva es dar miedo es muy reduccionista.

De ahí viene la losa de ser considerado subgénero.

J. P.: Exacto. Y pasa aún más en cine que en literatura, porque se asocia al susto y a pasar un mal rato. Y evidentemente eso forma parte intrínseca de la literatura de terror, pero no es el único elemento. Hay otros muchos niveles de disfrute, cosas que vas aprendiendo y vas sofisticando con el paso del tiempo. Creo que es el proceso lógico de madurez del lector, y que aprovechan los buenos escritores de género. Lees Drácula con catorce años y lees una cosa, lo lees con treinta y es otra, y cuando lo haces con cincuenta lees otra que al mismo tiempo contiene todas las anteriores. Yo ahora no puedo sentir miedo como cuando tenía catorce años, pero cuando leo a un autor como Grabiński siento una cosa muy aproximada, que me permite resucitar un poco esas emociones en la medida en la que me lo puede permitir mi madurez actual. Que es más decadente.

R. D. S.: El primer libro que recuerde que me impresionó fue El doctor Jekyll y Mr. Hyde, porque me asustó y me hizo descubrir que la literatura era algo importante, porque dejaba aflorar en mí algo que estaba oculto. La parte oscura que llevamos dentro. Esa emoción es muy difícil de repetir.

J. L. G.: Para mí fueron más bien los cuentos de Poe. Y leyéndolos ahora, alucino que con trece o catorce años los leyera, los entendiera, y los disfrutara. Hoy en día me gustaría saber si un chico de esa edad coge a Poe y lo disfruta, porque tiene una prosodia que no coincide con cómo se habla hoy o con los guiones de cine…

J. P.: Creo que lo que ha dicho Rafa es muy interesante, porque una de las funciones de la literatura de horror es asustar, pero otra de ellas, como diría Anton LaVey, no es exorcizar, sino ejercitar a la bestia. Reconocer tú mismo aquellos elementos de ti que te asustan, que son antisociales, primitivos o agresivos, y el ver como eso tiene una función en el arte, literaria y estética. Y no una función domesticadora, prefiero pensar que es ejercitadora, porque esa parte del ser humano es fundamental para la cordura y para la supervivencia. Si no existiera esa literatura y ese cine que nos acostumbra a lo peor de nosotros mismos y de nuestros vecinos, probablemente pensaríamos que el mundo es como las comedias románticas de Hollywood o en las canciones de Los Planetas.

R. D. S.: Es mejor que pensemos que vivimos en un mundo lovecraftiano.

J. P.: No es que lo pensemos, ¡es que vivimos ya en él! Y como vivimos en él, es mejor saberlo.

¿Es casualidad que Lovecraft, junto a Kafka, sean de los pocos autores que tienen un adjetivo propio, lovecraftiano y kafkiano?

J. L. G.: Cuando un autor tiene ya un adjetivo propio es que ha calado definitivamente en la cultura. Se convierte en universal.

J. P.: Porque además ya trasciende lo literario, vas por la calle y dices «esto es un poco lovecraftiano».

R. D. S.: Y sobre todo porque el sistema es cada vez un poco más Cthulhu…

Hablando de lovecraftiano, Revival, de Stephen King lo es. Pero, con todo el reproche, Rafa, creo que tú dices que no te gusta nada el Stephen King desintoxicado…

R. D. S.: Es un poco broma, y aunque no lo he verificado documentalmente tengo la sospecha de que desde que abandonó la cocaína y el alcohol dejó de ser interesante. Al menos para mí. Porque el King que echo de menos es el King de los cuentos, como narrador de historias cortas me parece muy difícil de superar por nadie.

J. P.: Pero como el mercado mismo se ha destruido… Pasa también con George R. R. Martin, que se hizo famoso como narrador de cuentos cortos, y eran cojonudos. A King le pilló justo el cambio de mercado, que volvió a los cuentos, y lo aprovechó. Todo el mundo que hacía novelas de doscientas páginas empezó a hacerlas de dos mil, pero como Stephen King tuvo muchísimo éxito, él mismo contribuyó a que el cambio fuera más radical.

R. D. S.: Como nos dedicamos más a la colección Gótica, cosas anteriores al siglo XX, abundan los cuentos. Nosotros vivimos un poco del cuento, aunque sea un chiste muy malo.

¿Y cómo os hicisteis con Danza macabra, el ensayo de Stephen King?

R. D. S.: Es una larga historia. Estuvimos cinco años detrás de ello…

J. L. G.: Cuando preguntamos por ese ensayo a la agencia literaria que lleva los derechos de King en España, le dijimos que a la editorial habitual no le interesaría publicarlo. Porque habían pasado muchos años desde su publicación en Estados Unidos y nunca lo habían hecho. Les preguntamos que si había alguna posibilidad de que lo hiciéramos nosotros. Y tardaron cuatro años en contestar a esa pregunta, posiblemente porque tampoco al editor español que publicó a Stephen King en España le interesaba publicar el ensayo, ni que otro lo publicara. Y eso es en lo que no estábamos de acuerdo.

R. D. S.: Lo peor de gente como Stephen King, tan grandes y tan famosos, es que es muy difícil acceder a ellos. Siempre hay un agente de por medio que te corta. Y estoy seguro de que a él, si le hubiéramos trasladado la idea de que qdeseábamos editar este ensayo que nadie quería, habría dicho que sí.

J. L. G.: Planteamos a la misma agencia hacer una antología personal de cuentos de distintas obras, para que no compitiera con sus libros, e incluirla en nuestra colección Gótica, donde empiezan a estar los clásicos modernos. Nos dijo su nuevo agente que no nos podía dar ese permiso porque todas las editoriales querrían hacer lo mismo, aunque las editoriales no fueran de terror, solo porque es Stephen King. Nos negaron la posibilidad. Estamos publicando en Gótica a Ligotti, vamos a publicar a Clive Barker, pero Stephen King se quedará fuera no a causa de él, sino de su agente literario.

¿Vais a publicar por fin a Clive Barker?

R. D. S.: Dentro de nada vamos a editar en un volumen los tres primeros Libros de sangre, los mejores, con una ilustración de cubierta fantástica de Santiago Caruso.

Valdemar para JD 6

Sobre la colección Frontera que habéis sacado, ¿el interés era reivindicar el género? Porque si el terror estaba maltratado, el wéstern ya no digamos…

J. L. G.: Sí, era lo peor.

R. D. S.: He de decir que yo era un lector con cierto prejuicio, porque no la conocía. No sabía que había grandes autores con valor literario más allá del género. A través del primer libro que sacamos, Indian Country, me abrí a todo.

J. L. G.: Y descubrir a Dorothy M. Johnson, porque aquí tenemos el cliché de que la novela del Oeste es una caca y nada de eso…

J. P.: Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie, es una novela que prefiero a todo lo que he leído de Faulkner, sin ninguna duda y sin ningún remordimiento. En España había una gran tradición de publicar novela del Oeste de calidad, tanto de escritores de género pulp buenos, como de grandes novelistas norteamericanos. Lo que pasa es que eso quedó tapado en los años sesenta y setenta por los bolsilibros españoles, por Manuel Lafuente Estefanía y tal. Pero por ejemplo Dorothy M. Johnson estaba publicado ya aquí, o el Wild Wild West de Guthrie. Con traducciones peores, vale, pero sí que estaban.

R. D. S.: El caso es que cuando nos propuso Alfredo publicar, éramos escépticos, porque una novela de wéstern en España… Pero el caso es que funciona, está teniendo muy buena respuesta.

J. L. G.: Porque no hay más oferta en España.

J. P.: ¡O porque a veces lo bueno funciona!

R. D. S.: A veces cosas muy concretas, como la literatura japonesa con los de Satori, funciona.

J. P.: Y también porque en los últimos años ha habido, a lo tonto, una cantidad increíble de películas y series de televisión que son wéstern.

La enésima resurrección del wéstern…

R. D. S.: ¡No lo digáis muy alto, a ver si ahora se va a poner a editarlos todo el mundo!

J. P.: Luego también está el fenómeno de Oakley Hall.

R. D. S.: Nosotros publicamos una novela suya policíaca, pero no funcionó. Ambrose Bierce era el protagonista, una novela de ficción histórica muy buena. No vendimos nada.

J. L. G.: Teníamos la continuación preparada, pero vendimos tan poco que no pudo ser. También lo intentamos con la policíaca en la colección de Valdemar-Es Pop, tampoco funcionó…

J. P.: Dejadme decir que el gran acierto de Frontera es que es cien por cien Valdemar. El tipo de libro, de portada, de edición y tal. Como la colección Gótica es a la novela gótica, Frontera lo es al wéstern. Sin embargo Valdemar-Es Pop por hache o por be, no era tan genuino, ni el sello era tan evidente.

R. D. S.: Al margen de estas disquisiciones, el problema es que hay mucha competencia. Es muy difícil meterte ahí. La de wéstern, además de porque sean buenas, ha funcionado porque no había tanto publicado. Insomnia va a tirones y renqueando, pero esta colección va bien.

Ya que menciones la colección Insomnia, ¿podría ser Extraños eones de las mejores adaptaciones de los mitos de Cthulhu en el siglo XXI?

J. P.: Puede serlo, porque por lo menos da una versión original y distinta, no se queda en un palimpsesto de Lovecraft, aporta algo. Te puede gustar más o menos, pero es algo suyo.

J. L. G.: Eso es, porque no es un remake, es otra cosa.

R. D. S.: No copia la prosa rimbombante de algunos autores que han tratado de seguir la estela de Lovecraft.

J. P.: Aparentemente lo fácil es replicar eso. Pero es mentira, porque Lovecraft escribía muy bien pese a lo que se dice, y los que intentan escribir como él lo hacen muy mal. Todo lo que han leído de que Lovecraft es un mal escritor se lo han creído, y creen que replicarlo es muy fácil… Ponen veinte adjetivos seguidos, diciendo que todo es arcano, todo es cósmico y obscuro y pulsante y abominable, y la cagan.

Académicamente se le cita como ejemplo del «buen mal escritor».

J. P.: Sí, pero eso también se dice de Pío Baroja. El año pasado hablaba con Ramsey Campbell de esto, y estábamos de acuerdo en que cuando vuelves a leer a Lovecraft pasado mucho tiempo de repente descubres que es un tío que se preocupaba mucho, casi tanto como Poe, por la esencia formal del cuento de miedo. Que buscaba muy bien los efectos y construye las historias de puta madre. Coges La llamada de Cthulhu y no solo está perfectamente construida desde el punto de vista de la gradación del suspense, sino que la técnica de collage que utiliza es literalmente lo del falso found footage de La bruja de Blair que tanto se ha repetido después. Pero claro, producido en 1930. Y eso no lo hace alguien que escribe mal. Hay que tener en cuenta que él mismo corregía cuentos de otros, y los mejoraba.

J. L. G.: De hecho, el poco dinero que ganó en su vida fue gracias a eso.

J. P.: Hay una leyenda negra que se fundamenta sobre todo en dos críticos literarios, que son Colin Wilson y Helmut Wilson, que lo pusieron a parir siempre. Y hay que contar con que a Helmunt no le gustaba la literatura de terror. Y Colin, que empezó diciendo eso, acabó escribiendo novelas lovecraftianas…

Rafa, de hecho tú decías que quien ha acusado a Lovecraft de barroco abusivo es que no lo ha leído. Cuando describe la ciudad de R’lyeh como «geometría errónea», es justo el adjetivo que necesita. ¿Dónde está el mal escritor ahí?

R. D. S.: Y aparte de eso, un escritor que ha penetrado en el subconsciente del siglo XXI no puede ser un mal escritor.

J. P.: Sí, y además ha entroncado con arquetipos preexistentes que él mismo definió. El concepto «horror cósmico», que ahora toda esta escuela filosófica del nuevo materialismo especulativo utiliza a mansalva y lo ponen al mismo nivel que cuando hablan de Schopenhauer o de Nietzsche o Hegel… Por algo será. El realismo especulativo bebe del horror cósmico de Lovecraft tanto o más como pueda beber de esos autores.

Valdemar para JD 8

Habéis mencionado antes que ciertos autores de terror empiezan a entrar en los temarios de universidades. ¿Qué otros merecerían estarlo? O en la colección de clásicos de la Penguin Random House…

R. D. S.: Yo es que no soy muy académico, así que prefiero que ninguno. Y la Penguin ya no es garantía de nada, porque también hay mucha morralla.

M. L.: Bueno, pero llega a mucha más gente.

J. P.: La literatura de género tiene muchos niveles de disfrute. Uno de ellos puede ser el académico. Cuando encuentras a un autor que conecta con lo que a ti te gusta, en cualquier género, y además es un buen escritor, estilista y gran creador literario, estás encantado. Pero —al menos en mi caso— a veces prefieres leer a muy malos escritores que también conectan con determinados gustos o con una iconografía que es agradable, que a otros muy buenos escritores que no conectan para nada a ningún nivel, ni con mi inconsciente ni con mi consciente. El género fantástico y de terror se presta mucho a eso. Prefiero leer un cuento mediocre de Robert E.Howard, o…

Los hombres topo quieren tus ojos, que mientras lees los cuentos de la antología piensas en lo mal escritos que están y lo bien que te lo estás pasando.

J. P.: Efectivamente, ese es el ejemplo, porque son cuentos que no están escogidos por su calidad literaria, sino por su cualidad arquetípica. Es como las películas de serie B o de serie Z. Hay gente que te dice que cómo te puede gustar Plan 9 del espacio exterior, que es la peor película de la historia del cine. Pues mira, me gusta porque en un momento determinado sale Tor Johnson de debajo del suelo, rompiendo la tierra con la calva en una escena totalmente onírica que es como si la hubiera soñado cuando tenía seis años. Y para mí eso vale más que ver veinte veces Ciudadano Kane.

Pero tú siempre vas a estar sujeto a la pregunta del ¿por qué? Nadie te va a preguntar por qué te gusta Ciudadano Kane.

J. P.: Cierto, pero te digo una cosa: vete a una isla desierta y escoge película. A ver quién se lleva Ciudadano Kane.

R. D. S.: Siempre digo que soy muy fan de los malos escritores, pero entre comillas. Hay muchos escritores pulp que son considerados académicamente como malos escritores. Clark Ashton Smith a mí me flipa, la exuberancia del lenguaje, las invenciones totalmente insensatas. Yo no sé que tomaba, pero quiero que me dé.

M. L.: Pero Ashton Smith es de los finos, es estilista. Y además era poeta.

R. D. S.: Bueno, hay críticas demoledoras en su época. O Howard, a mí me gusta mucho, y un académico no le considera un gran escritor. Lo que ocurre es que la gente oye «pulp» y como que se asustan. Pero no olvidemos que escritores pulp eran Raymond Chandler, Dashiell Hammett

J. P.: Lo que dice Rafa es verdad, que hay escritores malos que están muy bien. Para mí la escuela de apreciación crítica más interesante siempre han sido los surrealistas franceses, los que sabían de verdad lo que pasa. Y lo que pasa no tiene que ver con la calidad académica o literaria, tiene que ver con el sentido de la maravilla, con lo onírico, con lo subconsciente individual y colectivo. Eso puede funcionar en un gran escritor y todos contentos, pero puede funcionar en un muy mal escritor que sin embargo, por los motivos que sea —porque era un esquizofrénico paranoide incurable— pues de repente te da imágenes y visiones que te descubren cosas. Que te divierten o que te vuelven loco.

R. D. S.: Uno de los libros que más me ha influido a mí en la vida ha sido la Antología del humor negro de André Breton. Me descubrió una cantidad de autores que para mí eran inimaginables.

J. P.: Lo bueno de los surrealistas es que iban más allá, es que se iban a FantômasGaston Leroux

R. D. S.: Joder, ¡cuánto me habría gustado editar a ese hombre! El día que nos toque la lotería será eso.

J. L. G.: Tenemos una colección de pioneros de la ciencia ficción que dirigía Jesús cuando tenía pelo y fumaba que eran cosas también muy pulp. Cosas como muy ingenuas que pensábamos que tendrían interés para los lectores de ciencia ficción, pero claro, leían lo moderno. Lo de los pioneros era demasiado para este mercado, sería más para el anglosajón.

M. L.: Ahora lo está haciendo Paco Arellano, con tiradas de doscientos ejemplares.

J. L. G.: Paco Arellano es el único friki español más mayor que nosotros. Con la ciencia ficción ha habido una frenada, se ha notado mucho.

J. P.: Sí, porque se ha fundido también con el mainstream un poco, en España. Colecciones hay menos que hace treinta años.

R. D. S.: Incluso la serie policíaca. La novela policíaca en ocasiones va camuflada, por ejemplo Siruela las saca dentro de sus colecciones generales.

R. D. S.: Sería digno de estudio ver en qué año el género empezó a tomar mala fama en España, porque antes hemos hablado de colecciones como Crisol que editaban al mismo nivel policíaca, aventuras, y Tolstoi, y no sé cuándo se frenó…

J. P.: Quizás fue un proceso de absorción que a nosotros no nos gusta.

R. D. S.: ¡Fueron los académicos! ¡Malditos!

J. L. G.: En los años setenta la literatura era una cosa muy grave y muy densa, reivindicativa… Coincidiendo con el final del franquismo se leían cosas cosas comprometidas, y la literatura de evasión estaba mal vista.

Hemos abierto el melón con lo de «literatura de evasión». ¿Por qué es un género menor?

R. D. S.: Yo es que ni siquiera estoy de acuerdo con la denominación. Si te gusta, tú disfrutas tanto leyendo a Maimónides como a Lovecraft, el placer lo obtienes tanto de una obra abtrusa como de cualquier otra…

J. P.: El problema de llamarlo «literatura de evasión» es que tenga un sentido peyorativo. Si no, ¿qué hay de malo en evadirse leyendo? La gente se evade mucho más de lo que piensa —y mucho más de lo que reconocería nunca— leyendo historias sobre la guerra del Golfo o la guerra de Yugoslavia. Se evade de su puta vida de mierda con su familia, sus niños gritando y tal. Y encima cree que está haciendo una labor social, pero está haciendo literatura de confesionario, de «qué bien me siento ahora que he leído cómo de putas las pasan los pobres emigrantes». Te estás evadiendo igual, solo que además te diviertes menos, pero ese es tu problema. Hay que darle la vuelta a los términos.

R. D. S.: Por eso es tan irritante ese término. ¿Es que no te evades cuando lees Guerra y paz?

M. L.: Por ahí empieza un poco el desprestigio del género, y el ensalzamiento de la gran literatura, la que vale para concienciarse…

J. P.: Nosotros nos hemos criado como editores y como lectores en una época en la que eso parecía que se estaba rompiendo, en el tardofranquismo. Desde el año 72-74 hasta el 84-85 en España disfrutamos de muchas editoriales y muchos escritores de prestigio, empezando por el propio Alfonso Sastre, que fue uno de los promotores del realismo y también uno de los promotores del fantástico en España, y toda una generación, de Juan Tevar, el primer Garci y un montón de gente que venía del rollo intelectual universitario y de izquierdas. Gente que venía de la izquierda exquisita y estaba abierta la género. Había un interés porque incluso eso era, hasta cierto punto, libertario.

¿Y cuándo se jodió?

J. P.: Mi teoría es que empezó a joderse cuando conseguimos lo que creíamos que queríamos, que era dignificar el género. En el momento en que la gente empezó decir que la novela negra era buena y era marxista, y empezaron a costar cincuenta pesetas como costaban las novelas de Chester Himes en la Casa de Libro… Diez años después esa novela de Chester Himes ya no era una novela policíaca de Brugera, era un clásico de la novela negra de un escritor negro americano, comprometido con el marxismo, y ya costaba mil doscientas pelas. Pasó con todo, cada vez que dignificas algo y lo sacas del gueto, que es lo que todos creíamos que queríamos, toma: la literatura del siglo XX la pagas a precio del siglo XXI y te jodes. Todos los críticos como Javier Coma o Carlo Frabetti, que con todo el respeto los he leído con ganas y me han enseñado mucho, pero lo que consiguieron fue dar la vuelta a la tortilla y cargársela.

R. D. S.: Con todo el respeto también, pero… ¡De toda tu explicación entiendo que acusas a Valdemar de poner unos precios prohibitivos!

J. P.: A ver, vosotros hacéis unos libros de puta madre, pero los de Etiqueta Negra de Júcar, por ejemplo, ¿cómo eran? Que valían mil doscientas pelas y empezaban: «El cadáver estaba caído en la carpeta», ¡que no se me olvidará en la vida! ¡Traducían «alfombra» como «carpeta»!

Valdemar para JD 5

Hablando de dinero, vosotros decís que sois ricos en fans. ¿La piratería os afecta mucho?

J. L. G.: Es difícil saberlo, pero yo creo que no. Que ya no.

R. D. S.: Es complicado, porque creo que afecta a un nivel general. Gente que antes compraba libros ahora ya no los compra. No se sabe si te toca a ti o aquél. Creo que a los que más daño hace son a las grandes editoriales y a los autores que venden mucho, tipo Reverte, Stephen King y tal, son los más pirateados. A nosotros que nos pirateen no creo que nos haga mucho daño.

J. L. G.: Viene un poco en paralelo lo que tú vendes en librerías con lo que te pueden piratear. No es comprensible que vendas dos mil o tres mil libros de una edición y haya treinta mil personas interesadas en internet en piratear ese libro. Eso no tiene mucha lógica.

R. D. S.: Luego, ¿cuántas obras de las que se piratean de verdad se leen, y la gente no las deja en un disco duro…?

M. L.: El Diógenes del pendrive.

J. P.: Para seguir utilizando términos marxistas, es el fetichismo por el objeto, ahora el síntoma es tener mucho, luego escucharlo, verlo o leerlo es lo de menos.

R. D. S.: Con respecto a la música, yo me bajé muchísima. Que luego no he podido escuchar porque me bajé tanto que no me da tiempo ni en esta vida ni en dos más. Durante una época muchos como yo nos abonamos al modo aleatorio, tenías mucha y la ponías así. Pero desde hace dos años o así vuelvo a coger y ponerme un disco en concreto, con su cara A y su cara B.

J. P.: Hay una frase de un pensador americano, Lewis Mumford, que en el año 68 o 69 decía que ningún recipiente debería evolucionar más rápido que su contenido. Y nosotros estamos viviendo justamente en el paradigma opuesto. No se hace casi nada nuevo, me atrevería a decir nada, en calidad artística y estética, ni en literatura ni en música ni en cine —otra cosa es que se hagan buenas películas, libros y canciones; pero no se hace nada nuevo— pero lo que sí evoluciona es la tecnología de los recipientes para conservar, escuchar y almacenar eso. Lo que mola es tener el iPod, el «i» no se qué, donde en lugar de treinta películas te caben tres millones. Tres millones que no solo no vas a ver, sino que la mitad o más son mierda.

M. L.: La piratería relaja el criterio selectivo de antes, tenías que elegir lo que gastarte en un libro. Te devanabas los sesos, lo hojeabas en la librería… ¿Y ahora que tengo todo, qué leo?

R. D. S.: Amigos míos que han pirateado mucha literatura se acogotan cuando tienen que elegir qué leer. Tienen tanto…

J. P.: A la larga tiene que ser beneficioso para una editorial como Valdemar. Lo mismo que ahora hay un boom de editoriales más o menos exquisitas, que trabajan el libro como fetiche y como objeto, y creo que la gente que de verdad le gusta Valdemar, quiere el libro.

J. L. G.: Por eso decimos que no nos ha hecho tanto daño la piratería, porque al lector de Valdemar le gusta el libro como fetiche.

Sois conscientes de que sois editores quitándole importancia a la piratería…

J. L. G.: Ah, ¿que se cabrean mucho? Pero es que si la facturación ha bajado no es solo por la piratería. Es que hay muchos más factores, la piratería es un saco al que se le culpa de todo.

M. L.: Es la cabeza de turco.

R. D. S.: Hay que ser conscientes de que la piratería no es el problema, sino la falta de lectores.

J. L. G.: Somos una de las pocas editoriales españolas que no tenemos libro electrónico, así que los pirateos que hay por la red son escaneos.

R. D. S.: La piratería no es tanto un enemigo del libro en papel como del libro digital. Mientras haya piratería digital lo que no se va a vender es el ebook, porque es un poco absurdo gastarte diez euros cuando lo tienes gratis.

J. L. G.: España tiene un 3% de ventas de libro digital, y a mí me parece que está como hinchado. No me lo acabo de creer, y aun así es una cosa despreciable. Darle tanta importancia a una cosa así, sobre todo cuando se venden más otro tipo de productos relacionados con el libro, que el libro digital…

R. D. S.: Aunque sí que hay una cosa, si quieres que te diga la verdad. A mí los piratas me parecen unos jetas. Pero no es ese el problema, porque si tú tienes la oportunidad de piratear, terminas pirateando. Yo lo he hecho, y casi todo el mundo. Porque es muy fácil, y cuando puedes piratear dándole a un botón y que nadie te diga nada… Aunque cuando entro en esas páginas piratas de libros me hace mucha gracia leer los foros: «¡Gracias! ¡Gracias por tu aporte, gracias por compartir!». Me parece absurdo, y hay alguno que dice: «Coño, esa no es la cubierta original»; pero, ¿para qué coño piensas en la cubierta en una edición digital? ¿qué más te da?

M. L.: Y por supuesto, olvídate del nombre del traductor porque no aparece en ningún lado. Y eso mucha gente no lo piensa, porque ven que el autor está muerto y eso debe estar al alcance del público, no estás robando a nadie. Pero estás robando al traductor.

R. D. S.: La piratería introduce una idea que es absurda en esta civilización: la gratuidad. Es que la gratuidad es contraria al capitalismo, si pedimos gratuidad vamos a pedir más cosas, que el pan sea gratuito…

J. L. G.: Pero la banda ancha no es gratis. Es más fácil piratear contenidos que putean a un montón de pequeñas empresas, que no a Telefónica que es la que vende la avenida por la que va todo.

J. P.: Es que ahí está la paradoja. Es como la piratería en cine, que la conozco muy bien. El problema es que las mismas multinacionales que te están diciendo «hay que perseguir la piratería» son las que están desarrollando el software mejor para piratear, grabar y reproducir.

Valdemar para JD

¿Y es reversible el concepto de gratuidad? Porque una vez que una generación se ha educado en eso…

R. D. S.: Yo me imagino que un chiquillo de quince años que ya lleva toda su vida instalado en la gratuidad es muy difícil que asuma que tiene que pagarlo.

M. L.: El tema está en que no va a haber creadores. ¿Quién va a dedicarse a escribir si no va a recibir un duro, solo por pura afición? ¿Y a editar?

J. L. G.: Y si alguien no puede dedicarse por entero a la literatura o la música, el producto que haga será en ratos libres o en fines de semana. Pero nunca al nivel que había cuando los creadores cobraban.

R. D. S.: Yo no quiero echarle mucho la culpa a la piratería de nada.

J. P.: Claro, porque es un síntoma, no es la causa de la enfermedad. La enfermedad es que la cultura en general interesa muy poco, y hay muchísima gente para repartir una tarta muy pequeña. ¿Quién me ha quitado mi queso? Pues es que aquí el queso son quesitos.

J. L. G.: Hay que decir que dentro de la piratería, las editoriales de libros nos llevamos la menor parte de las consecuencias. En cine y en música sí.

J. P.: Pero la música tiene una ventaja, una que siempre ha tenido. Que le gusta a todo el mundo y que es muy fácil escucharla. Leer un libro requiere un esfuerzo que para mucha gente es un trabajo, si encima tiene que pagar por ello ya…

R. D. S.: A todo el mundo le gusta el cine o la música, pero leer es otra cosa.

J. P.: Es un esfuerzo. Te da muchas satisfacciones, y aunque soy crítico de cine lo pienso así, me da más satisfacciones la literatura que el cine. Pero requiere más esfuerzo.

J. L. G.: Tan poca importancia tiene la industria del libro en España que ni siquiera le han subido el IVA. Seguimos al 4% por ciento, porque no hay dinero. Así somos de insignificantes. Y eso es porque no pueden aplicarle un 10% a las Sombras de Grey que sí se venden, y el 4% al resto. Es lo que pasa con el porno impreso y el cine, el cine es espectáculo y lleva un 21%, pero lo otro como es impreso, sin distinción ninguna, es el 4%.

R. D. S.: El porno en internet afortunadamente no.

J. P.: Yo toda la vida he estado oyendo decir, porque he sido monaguillo antes que fraile, que «los libros están muy caros». Venga ya. Vete a la librería de ofertas de Bilbao, o al Happy Books, que tienes libros de puta madre por un euro veinte. El último bestseller de mierda que te quieres leer, para estar a la moda e ir a la oficina llevando el libro de Dan Brown es caro… Si quieres ser cool, el libro será caro. Pero si lo que quieres es leer buenos libros, posiblemente sea lo más barato que hay sobre la tierra.

M. L.: En relación al tiempo y a la intensidad del disfrute.

R. D. S.: Creo que no hemos polemizado mucho, ahora que caigo.

Adelante, se abre la vía del despotrique.

R. D. S.: Podemos hablar de Rajoy

J. L. G.: No, que ya está muy oído.

R. D. S.: Para polémicos los títulos de libros que podríamos pensar. Pero sucedió lo de Zapata, con los tuits, por ejemplo. Y entonces ya nos lo pensamos. Mira que hace años ya resultaba paradójico que no pudieras decir ciertas cosas públicamente, pero es que cada vez es peor. Cada vez puedes hablar menos.

J. L. G.: En los años setenta, con la apertura después de la dictadura, había mucha más libertad que ahora, eso sí que es verdad. Aunque es cierto que como editorial no nos han «censurado» nunca nada, propiamente dicho.

R. D. S.: Pero porque pasamos de todo.

J. P.: A mí como escritor sí me afecta, no tanto porque te censuren de fuera, sino porque se dan unas circunstancias en las que tú mismo te ves forzado a autocensurarte. Cuando hay una censura exterior por lo menos sabes contra qué estás luchando, pero cuando consiguen que interiorices tú los mismos procesos de censura, porque sabes que de lo contrario vas a pagar las consecuencias, significa que hemos llegado a un punto ya muy orwelliano que funciona muy bien. No necesitas una oficina de censura, porque todos y cada uno de nosotros somos censores de nosotros mismos y del vecino.

J. L. G.: Pero es que España es un país de linchadores, nos encanta el escándalo. Somos un país de corruptos y de linchadores.

R. D. S.: Todo esto me parece espantoso. Todo lo que le han montado a Rita Maestre, por salir en sujetador ahí diciendo unas cuantas blasfemias… ¿Pero a dónde cojones va eso? Si blasfemar es un deporte.

J. P.: Ahora, también te voy a decir una cosa, ¿y si no hubiera ofendido a nadie y no pasara absolutamente nada? ¿Si nadie se indignara y no la metieran denuncias, si la Iglesia pasara del tema? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

M. L.: La cuestión es convertir la blasfemia en delito.

R. D. S.: Es como aquello de la obra de los titiriteros. A mí me parecía una obra muy adecuada. Los niños desde pequeños tienen que aprender a odiar las instituciones que nos joden la vida.

J. L. G.: Y que sepan desde pequeños que la policía es capaz de meterte marihuana en tu casa para detenerte.

J. P.: Lo peor es que la obra en sí es inofensiva, cuando debería haber sido ofensiva. Lo peor es que además están pagando las consecuencias por la paranoia social. Es como una profecía autocumplida. En el caso de la literatura la ventaja y la desventaja que tiene es que nadie se fija, que si les llegan alguna de las cosas que están publicadas en Valdemar estaríamos todos en la cárcel.

J. L. G.: ¡No digas títulos!

Valdemar para JD 66

Fotografía: Javier Nadales


El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


La leyenda de Billy el Niño (y IV): Cacería, fuga y muerte

Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño, vivo o muerto.(Foto: DP)
Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño.(Foto: DP)

(Viene de la tercera parte)

No os culpo por escribir las cosas que habéis escrito. Os tuvisteis que creer esas historias, aunque de todas maneras ya no sé si alguien se lo creería si decís algo bueno sobre mí. (Billy el Niño, a un reportero tras su captura).

A Patrick Floyd Garrett se lo podría describir como un tipo duro. Tenía treinta años cuando fue elegido nuevo sheriff del condado de Lincoln. No era ajeno a las duras condiciones de la vida en la frontera, cuyas vicisitudes había experimentado en primera persona. Se había ganado la vida como cowboy, como cazador de búfalos y también como jugador de cartas. Fueron su carácter rocoso y su buena fama como tirador las características que le ayudaron a hacerse con ese delicado puesto justo cuando el condado estaba sumido en el caos. Pero era un hombre que inspiraba respeto. Las varias fotografías suyas que se conservan nos lo muestran como un individuo de gesto severo; además medía un metro y noventa centímetros, lo que le hacía ser mucho más alto que la media de la época. Pero por encima de todo se sabía que había matado en defensa propia, así que no era un hombre con el que se pudiese bromear. Eso sí, nunca hubiésemos oído hablar de él si no fuese porque ocupó el puesto de sheriff en el momento indicado. Su fama, como resume una placa conmemorativa erigida en su lugar de nacimiento, consiste en haber sido «el hombre que mató a Billy el Niño».

Pat Garrett (foto: DP)
Pat Garrett (foto: DP)

Se sabe que antes de ser nombrado sheriff conocía personalmente a Billy. Ambos habían coincidido en Fort Sumner cuando Garrett se dedicaba al póquer, ocupación que junto a su estatura le ganó el sobrenombre de Big Casino. El que ambos coincidiesen está bien documentado; de hecho no había sido inhabitual verlos jugando en la misma mesa. En algunas novelas y películas se los cita por los respectivos apodos de Big Casino y Little Casino, que suenan demasiado bien para no parecer parte de la mitología, pero que sí pudieron ser apodos reales. No resulta inverosímil que en Fort Sumner bautizasen así a tan peculiar pareja de juego. Eso sí, el tipo de relación que hubo entre ambos cuando jugaban juntos resulta difícil de determinar. Para empezar, como ya comentamos en algún episodio anterior de esta serie, las memorias de Garrett son cualquier cosa excepto fiables. Algunos historiadores creen que ambos pudieron ser amigos, incluso cómplices en algún robo de ganado, porque siendo ya sheriff, Garrett demostraría conocer bien los hábitos de Billy. Sin embargo, los testimonios coinciden en que cuando Billy supo que Pat Garrett se presentaba al cargo de sheriff, recibió la noticia con poco entusiasmo. Por lo que sabemos, no da la impresión de que fuesen enemigos enconados a priori, pero tampoco de que hubiese una gran simpatía mutua. Billy quería un sheriff que se mostrase comprensivo hacia su caso y su actitud ante el nombramiento de Garrett parece indicar que pensaba que no iba a ser así. Además hay otro hecho indudable: desde que recibió su estrella, Pat Garrett se mostró implacable en la cacería.

Pat Garrett a la caza de Billy el Niño

Cuando decimos que no necesariamente eran enemigos, eso no significa que Garrett no tuviese buenos motivos para convertir al joven Billy en el principal objetivo de su agenda. No porque fuese el peor forajido del territorio, sino porque por entonces su fama se había desbocado. La prensaba hablaba de Billy como si fuese el responsable de los males de Nuevo México. Los periodistas recurrían a toda clase de exageraciones sensacionalistas para adornar sus textos. Le atribuían una veintena de asesinatos, cuando en realidad había estado involucrado en muchos menos y judicialmente se le acusaba únicamente de dos. Se podría objetar que un criminal es un criminal con independencia del número de personas a las que ha matado, y esto es cierto, pero esta idea no funciona así a nivel periodístico. El peculiar personaje de Billy, pintado con los trazos de un demonio de la frontera que tenía cara de escolar, había captado la atención de muchos lectores. Los periódicos, claro, respondían ofreciendo más y más titulares sobre su persona. Por entonces la prensa ya le había adjudicado el apodo de «Billy el Niño», cuyo uso se extendió de inmediato frente al apodo de «el niño Antrim» con el que se lo había conocido siempre en Lincoln. En todo caso, la sola mención de Billy el Niño excitaba la imaginación del público. Su fama rivalizaba con la de Victorio, un importante jefe guerrero apache —aliado de Jerónimo y Cochise, nada menos— que había sembrado el terror en el estado. Victorio, capturado aquel mismo verano, era una figura legendaria de la que se había oído hablar incluso en Europa, pero Billy estaba a punto de superarlo en renombre.

La primera consecuencia de aquella fama fue que se convirtió en el primer objetivo de la ley. El gobernador Lew Wallace volvió a poner precio a su cabeza, pero esta vez no lo buscaba vivo como testigo. Eso sí, lo hizo mediante un anuncio en prensa: pese a lo que dicen las leyendas, nunca hubo un cartel de «Wanted Dead or Alive» colgado en las paredes y si alguna vez ven ustedes alguno, se trata sin duda de una falsificación. El anuncio decía así:

BILLY EL NIÑO
Recompensa de $500
Pagaré $500 a cualquier persona o grupo de personas que capture a William Bonny (sic), alias el Niño, y lo lleve ante cualquier sheriff de Nuevo México.
Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad.

El mensaje estaba claro: «Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad» implicaba que el precio sería pagado por Billy vivo, o por Billy muerto. Las cosas, pues, se le ponían más y más difíciles. Era un objetivo cada vez más débil. La banda con la que cabalgaba estaba reducida a cinco miembros, incluyéndolo a él. Estaba cansado de huir. Pese a que el gobernador Wallace hubiese incumplido la promesa de aplicarle la amnistía general que había proclamado tras la Guerra de Lincoln, Billy continuaba evitando verse involucrado en más actos violentos, confiando todavía en llegar a algún tipo de acuerdo con las autoridades. Se lo comunicó mediante carta a un abogado, Ira Leonard, con quien se citó en White Oaks, el típico poblado del Oeste tendido en hilera sobre una calle principal, como tantos que hemos visto en las películas. Sin embargo, por motivos que no se conocen bien pero que probablemente tuvieron que ver con su condición de fugitivo, Billy no se presentó a la cita. Leonard esperó durante días en vano.

Pat Garrett, entre tanto, reunió a un grupo de ayudantes y pasó varias semanas enfrascado en una trabajosa persecución. Ya era invierno, estaba nevando y las condiciones del terreno no eran las idóneas para una búsqueda como aquella. Además Billy todavía tenía muchos amigos en el condado que estaban dispuestos a esconderle. Pero Garrett era listo y estaba bien informado sobre los patrones de movimiento del Niño. Además, da la sensación de que también sabía leer el carácter de Billy. Fue a Fort Sumner esperando encontrarlo allí, y no estaba en el pueblo, pero Garrett también tenía sus contactos y no tardó en averiguar que Billy se ocultaba en un rancho cercano. Según se cuenta, le envió una nota, supuestamente escrita por algún compinche, en la que le daba el falso soplo de que el sheriff había partido hacia Roswell, la misma localidad que hoy es famosa por el supuesto accidente de un platillo volante (no puede decirse que en Nuevo México no tengan historias que contar). La nota, como es obvio, pretendía conseguir que Billy se confiase y abandonase el rancho. Esperando esta reacción, el grupo de Garrett tendió una trampa en mitad del camino que unía el rancho y Fort Sumner. Apostándose tras la vegetación, esperaron a que apareciesen Billy y los suyos. La emboscada funcionó. En plena noche, tras una larga espera, vieron aparecer a varios hombres a caballo. Era la menguada banda de Billy. Aunque no se podía distinguir bien cuál de ellos era realmente, Garrett debía de tener prisa, ya que dio la señal para que sus hombres abriesen fuego de inmediato. El primero de los jinetes, Tom O’Folliard, fue alcanzado por un disparo en pleno pecho, mientras los demás salían huyendo. Garrett y sus ayudantes se acercaron a O’Folliard, que estaba muy malherido. Comprobaron que no se trataba de Billy. Lo llevaron al interior de una cabaña cercana y lo pusieron cerca del fuego. Allí, tendido sobre el suelo, O’Folliard agonizó y murió mientras el sheriff y sus hombres jugaban a los naipes.

El primer intento de Garrett había fallado por muy poco. Pero no era un hombre que perdiese demasiado el tiempo. Aquella noche apenas dejó dormir a sus ayudantes; todavía estaba oscuro cuando reanudó la persecución pese a la nieve y pese a la escasa visibilidad. Pensó que Billy lo supondría a él descansando durante la noche para reemprender la persecución al amanecer, y que por tanto se permitiría el lujo de dormir toda la noche. Garrett acertó y su empeño tuvo recompensa. Salió cuando las huellas de los fugitivos estaban frescas y pese a la oscuridad consiguió seguir su rastro hasta un paraje de funesto nombre, Stinking Springs, «manantiales hediondos». Allí, en el exterior de una pequeña y primitiva caseta de piedra abandonada, estaban atados los caballos de los fugitivos, que sin duda dormían en el interior. El sheriff y sus hombres se apostaron en el exterior, a cierta distancia para no hacer ruido, y esperaron a que amaneciese. Tarde o temprano, su objetivo terminaría saliendo.

La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)
La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)

Al despuntar el día, en efecto, vieron salir a un hombre. El impetuoso Garrett pensó que era Billy cuando creyó reconocer el sombrero ancho que este siempre llevaba puesto, así que ordenó abrir fuego. Una vez más, se equivocó. El hombre era Charlie Bowde, que fue alcanzado por varios disparos. Aunque consiguió volver a meterse en la caseta, estaba muy malherido y entendió que necesitaba ayuda médica. Desde el interior de la casa pidieron a Garrett que permitiese salir a Bowde. Garrett dio su permiso. Bowde apareció de nuevo, tambaleándose, y caminó lentamente hacia donde estaba el sheriff, aunque solo consiguió desplomarse sobre la nieve antes de llegar. No sobrevivió. Hoy, sus restos permanecen enterrados junto a los de Billy.

Transcurrieron las horas. Dentro y fuera de la casa, la tensión acumulada empezaba a pasar factura. Pero Billy, que se crecía en las situaciones de emergencia, ideó un osado plan de fuga consistente en aprovechar alguna distracción de sus perseguidores para meter los caballos en la caseta y después salir al galope desde dentro. Como ya había hecho en el asedio de la casa de Alexander McSween, su espíritu resultó contagioso. A punto estuvieron de conseguir meter un caballo, pero Pat Garrett se percató de la maniobra y disparó al pobre animal, cuyo cuerpo quedó tendido en el umbral de la puerta, bloqueándola y haciendo imposible un intento de huida. Billy y sus compañeros supieron que estaban atrapados. Al principio se negaron a rendirse. Garrett dejó que los suyos encendiesen un fuego para preparar la comida, sabiendo que el olor llegaría a los hambrientos prófugos. Después, en voz alta, los invitó a salir y unirse al festín. Una voz llegó desde dentro; era la respuesta de Billy: «¡Vete al infierno!».

Pero no pudo más que terminar entendiendo lo desesperado de su situación. Su captura, o su muerte, era cuestión de horas. Garrett no se iba a marchar. Garrett tenía comida y ellos no. Dedujeron que lo mejor era entregarse cuando la comida que ofrecía el sheriff estaba todavía caliente. Finalmente, se rindieron y salieron de la caseta. Garrett confiscó las posesiones más preciadas de Billy, su rifle Winchester y su yegua, que después daría a sus ayudantes como pago por participar en la misión. Aun así, cumplió con su palabra y compartió sus víveres con los fugitivos. Billy el Niño, pues, comió junto a Pat Garrett antes de ser conducido a Las Vegas en condición de prisionero. En Las Vegas, por cierto, se formó una multitud de curiosos para contemplar la llegada del que ya se estaba convirtiendo en el criminal más famoso del planeta.

Un juicio amañado

En Las Vegas tomaron el tren a Santa Fe, donde Billy pasaría sus primeros días detenido. El 27 de diciembre de 1880, encarcelado, concedió su primera entrevista. Habló con un reportero de Las Vegas Gazette, explicándole los motivos por los que se había entregado: «Podríamos habernos quedado dentro de la casa pero no había nada que ganar y nos hubiésemos muerto de hambre. Pensé que era mejor salir y comer bien, ¿no crees?». También negó que hubiese seguido dedicándose al robo de ganado: «Me he ganado la vida jugando pero porque era la única manera en que podía vivir. No me han permitido establecerme. Si me hubiesen dejado establecerme, hoy no estaría aquí». Así, con las muñecas esposadas, con grilletes en los tobillos y con cierto tono de resignación, se expresaba Billy en su primer contacto con la prensa. A sus diecinueve (o quizá dieciocho) años, parecía que le costaba hacerse a la idea de que el mundo lo estuviese conociendo como el peor criminal del momento. Por momentos hasta se lo tomaba con humor. Así fue como lo describió el reportero:

Tiene un rostro desvergonzado, pero agradable. Cuando lo entrevisté entre rejas esta mañana, estaba de ánimo conversador, aunque afirmó que nada de lo que él dijese sería creído por el público. Se rio de buena gana cuando se le informó de que los periódicos del estado le han construido una reputación solamente superada por la de Victorio. El Niño afirma no haber tenido nunca un gran número de hombres junto a él y que los pocos que estaban con él cuando fue capturado eran empleados de un rancho. Esta es su declaración y la ofrecemos en lo que vale.

James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)
James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)

Como se ve, Billy recibió con carcajadas la noticia de que su fama igualaba a la de uno de los grandes jefes indios del país, y además desmentía haber sido el jefe de ninguna banda, exculpando a sus acompañantes de cualquier crimen. A su vez, sus acompañantes trataron de desmentir, con poco efecto, muchas de las exageraciones que la prensa había publicado sobre Billy. Dijeron también que Billy nunca había sido el jefe de ninguna banda, cosa que era cierta incluso si tenemos en cuenta los breves momentos de liderazgo natural que había mostrado en situaciones desesperadas.

Billy podía reírse pero no debió de alegrarle tanto comprobar que ya no tenía salida. Se estaba preparando el juicio por los asesinatos de Buckshot Rogers y el sheriff William Brady, los dos cargos de los que se le acusaba formalmente. La pena, de ser declarado culpable, podía ser la muerte por ahorcamiento. Billy tuvo serias dificultades a la hora de encontrar un abogado. Intentó contratar al defensor de uno de sus compañeros, pero como no tenía dinero, su yegua era lo único que podía ofrecer como pago. Sin embargo, el animal estaba ahora en manos de uno de los ayudantes de Pat Garrett. Aquella confiscación era ilegal y Billy presentó una demanda judicial contra el sheriff para que le fuese devuelta la yegua. La demanda no tuvo el efecto deseado y de todas maneras el abogado terminó desentendiéndose. Aunque lo peor fue, una vez más, el significativo silencio del gobernador Wallace, el mismo que le había prometido la amnistía. Billy volvió a intentar ponerse en contacto con el gobernador mediante cartas escritas desde su celda. Primero una breve nota: «Estimado señor, me gustaría verle unos momentos si dispone usted de algo de tiempo». No hubo respuesta. Meses después, ya en primavera, poco antes del juicio, volvió a escribir ofreciendo un trato. Tampoco hubo respuesta. Exasperado, envió una tercera carta:

Al Gobernador Lew Wallace.
Estimado señor:
Le escribí una breve nota antes de ayer pero no he recibido respuesta. Supongo que usted ha olvidado lo que me prometió ahora hace dos años, pero yo no, y creo que debería usted haber venido a verme como le pedí. He hecho todo lo que le prometí y usted no ha hecho nada de lo que me prometió. Creo que cuando usted reflexione sobre el asunto vendrá a verme y podré explicárselo todo.
El juez Leonard pasó por aquí de camino al este, y prometió venir a verme a su regreso, pero no ha cumplido con su promesa. Parece que me están dejando desamparado. No estoy siendo bien tratado por [mi carcelero] Sherman, que permite pasar a cualquier extraño que venga a verme por curiosidad, pero no permite entrar a ninguno de mis amigos, ni siquiera a un abogado.

(…) Confío en poder verlo a usted en algún momento hoy.
Esperando pacientemente, sinceramente suyo,
Wm. H. Bonney

Es la carta de un joven recluso al que se le estaban terminando las opciones. Llevaba varios meses encarcelado sin que las autoridades hubiesen hecho honor a los pactos previos. Además debía de sentirse como un monstruo de feria, expuesto tras unos barrotes para que los curiosos lo contemplasen. Aún faltaban ocho años para que Jack el Destripador cometiese sus crímenes en Londres, y Billy el Niño era el personaje predilecto de los periódicos. El gobernador, ni que decir tiene, continuó ignorando sus reclamos.

El juicio iba a celebrarse en el tribunal de Mesilla. En circunstancias normales hubiese debido tener lugar en Lincoln, pero había poderes interesados en que no fuese así. Billy, de hablar ante un tribunal favorable o al menos neutral, era uno de los individuos que mejor podía construir la narración de todo lo sucedido en el condado de Lincoln durante aquellos años. Una narración que pondría en evidencia al «Círculo» de autoridades corruptas que todavía dominaba el estado. En Lincoln hubiese habido muchos testigos dispuestos a corroborar esa versióny hablar en favor de Billy. Muy interesados en eliminar al que ya era símbolo del bando perdedor en la Guerra de Lincoln, desde el Círculo presionaron para que el juez de Mesilla se ocupase del caso. Y el juez de Mesilla, claro, estaba bajo el control de los enemigos de Billy.

El juicio fue rápido, expeditivo y muy irregular. Billy no solamente era el único acusado en dos asesinatos cometidos en grupo, sino que el juez demostró ser un perfecto servidor de los intereses del bando ganador en la Guerra de Lincoln. Durante la primera jornada, sin embargbo, Billy fue brillantemente defendido por el abogado Ira Leonard, que hizo un buen trabajo al conseguir que el primero de los cargos contra el acusado (el asesinato de Buckshot Rogers) quedase desestimado por cuestiones de jurisdicción territorial. El abogado lo hizo tan bien que al día siguiente el juez —que no podía permitir la más mínima posibilidad de que Billy quedase también exento del segundo cargo— decretó la sustitución de Leonard. Aparecieron en la sala un par de abogados más cercanos a los intereses del Círculo, y desde luego menos dispuestos a salvar a su defendido. Las arbitrariedades del juez no terminaron ahí. Por ejemplo, no se permitió la escucha de testimonios favorables a Billy. En su contra, en cambio, sí declararon algunos hombres que habían estado implicados en asesinatos pero que ahora gozaban de la amnistía gubernamental. La guinda de la prevaricación del juez fue su alegato final, que parecía más propio del fiscal. Aunque siendo juez debía mantenerse neutral y limitarse a dictar sentencia según resultase el dictamen del jurado, condicionó a este diciendo cosas como «una vaga conjetura o la mera posibilidad de que el defendido sea inocente no es suficiente para provocar una duda razonable sobre su culpabilidad», o «para justificar un veredicto de culpabilidad no es necesario que estén ustedes [los miembros del jurado] tan seguros de que el defendido es culpable como lo están de que dos y dos son cuatro». El juez, pues, le estaba diciendo al jurado que Billy era culpable por defecto. Incluso asumiendo que Billy fue con mucha probabilidad el responsable directo de la muerte del sheriff Brady (como mínimo fue cómplice activo), la actitud del juez de Mesilla pone de manifiesto que ante el tribunal no estaban consiguiendo probar su culpabilidad con total certeza, ni siquiera impidiendo testimonios a su favor o boicoteando a su abogado. Se había necesitado condicionar al jurado. Aunque Billy no fuese inocente, el juicio sí constituyó una farsa con el fin único de condenarlo a la horca. El jurado lo declaró culpable. Era un 13 de abril. Billy el Niño quedó sentenciado a la horca. La fecha de su ejecución quedó establecida para el 13 de mayo, justo un mes después. El lugar sería el condado de Lincoln, a donde debía ser trasladado a continuación.

Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)
Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)

La fuga

Tras el juicio, Billy empezó a sentirse molesto con algunos periodistas, que a sus ojos estaban tratando de «provocar a la multitud para que me linchen». Estaba dándose cuenta de que lo retrataban como a un monstruo. El viaje a Lincoln puso a prueba su compostura. Se le adjudicó una escolta de siete hombres que le dejaron las cosas bien claras desde un inicio: no iban a dejar el más mínimo resquicio para una posibilidad de escape. Le hicieron saber que, de producirse un ataque externo ya fuese de sus partidarios queriendo rescatarlo o de sus detractores queriendo lincharlo, el asunto sería solucionado de manera preventiva metiéndole una bala en la cabeza. Para colmo, entre sus guardianes figuraban tres pistoleros que habían peleado contra él en la Guerra de Lincoln, incluyendo a uno de sus enemigos más acérrimos, Bob Olinger, que había matado a uno de sus mejores amigos.

Imaginen sus pensamientos durante los cinco días que duró el traslado, sabiendo que ante cualquier incidente la primera medida sería la de volarle la cabeza. Y si no, tenía la horca esperando en cuestión de semanas. Aun así, parece que conservó el buen ánimo, según recuerdan los testigos. Uno de sus guardianes diría después que «nunca, ni de palabra ni en acto, mostró sus prejuicios, si es que los había». Esto, sin embargo, no evitó que su odiado Olinger se divirtiese maltratándolo. Cuando llegaron a Lincoln, Billy fue encerrado en una celda del juzgado. En el turno de guardia diario solían estar Bob Olinger y un individuo más amable llamado James Bell. Olinger llegó a someter a Billy a torturas y palizas. Parece que fue el único y que los demás guardias se abstuvieron de actuar con violencia, comportándose con corrección, incluso con respeto y simpatía. Pero nadie tuvo el valor o la entereza de pararle los pies al sádico Olinger. Billy, por su parte, no iba a olvidar ni perdonar esos maltratos.

Lo que nadie esperaba era que Billy volviese a fugarse. Parecía imposible. Llevaba esposas y grilletes. Estaba desarmado. No era un individuo particularmente fuerte. Pero durante su agitada vida, todas las veces que había sido detenido o capturado había conseguido escapar. Este es uno de los aspectos más llamativos de su leyenda, que por una vez sí responde a la realidad. Y esta, su última captura, la que desembocó en su juicio y condena a muerte, no fue una excepción. Su fuga iba a dejar atónito a todo el país.

Cada día, Olinger y los ayudantes del sheriff Pat Garrett iban a comer a una cantina que había justo enfrente del juzgado. Por turnos, uno de ellos se quedaba de guardia vigilando a Billy, que estaba en su celda, esposado y con las piernas encadenadas entre sí. Todo parecía en orden y nadie podía imaginar que el Niño intentaría una huida. Sin embargo, había un pequeño detalle en el que no habían reparado: el modelo de esposas que Billy llevaba puestas. Aunque por entonces ya se habían inventado las esposas regulables, eran una novedad tecnológica de la que solamente disponía la policía de grandes ciudades. En Lincoln, al menos, continuaban con el sistema antiguo de esposas rígidas que se vendían por tallas. Resultó que Billy, gracias al pequeño tamaño de sus muñecas, descubrió una manera de zafarse de las que llevaba puestas. El 28 de abril, Billy acababa de perfeccionar la técnica para desembarazarse de sus esposas. Durante la hora de la comida, decidió que había llegado el momento de intentarlo, porque además Pat Garrett no estaba en el pueblo. Su vigilante de guardia era James Bell, a quien consideraba menos duro que Olinger. Pidió ir al retrete. Bell lo sacó de la celda. Billy, esposado y encadenado, caminaba delante. Su guardián iba detrás, con la pistola enfundada. De repente, cuando estaban junto a las escaleras que conducían a la planta baja, Billy se dio la vuelta con la velocidad del rayo. Estaba libre de las esposas. Con un felino movimiento golpeó a Bell en la cabeza y le arrebató el revólver del cinto. Luego le apuntó, pidiéndole que se quedase quieto para no tener que dispararle (como decíamos, Bell era el guardia que mejor lo había tratado). Pero Bell comenzó a correr escaleras abajo. Billy, que llevaba grilletes y no podía alcanzarlo, se limitó a dispararle. El disparo fue mortal. El cuerpo de Bell quedó tendido al pie de la escalera. Aquel fue el único asesinato del que Billy verdaderamente se arrepintió porque no tenía nada en contra de su víctima.

Pero todavía no tenía tiempo de lamentar su acción. Sabiendo que el disparo haría regresar a Olinger, pensó que necesitaba algo más certero que un revólver, arma que resultaba eficaz a muy corta distancia pero no cuando el objetivo estaba algo más alejado. A toda prisa, corriendo —es un decir— con sus grilletes, fue al despacho de Olinger, donde sabía que este guardaba un rifle Winchester que en ocasiones había usado para golpearle y torturarle. El rifle Winchester, además, era el arma predilecta de Bily. Armado con él, se asomó a la ventana para localizar a Olinger. Esta vez sí estaba dispuesto a matar a sangre fría al hombre que lo había torturado. Vio a Olinger cruzando apresuradamente la calle en dirección al juzgado. Billy gritó desde la ventana: «¡Hola, Bob!». Este, sorprendido, miró hacia arriba y vio a Billy con su Winchester. Según cuenta la leyenda, en aquel momento salió un empleado del juzgado gritando «¡Billy ha matado a Bell!», a lo que Olinger, a descubierto en mitad de la calle bajo la mira de un tirador con puntería infalible, respondió proféticamente: «Sí, ¡y me ha matado a mí también!». Fuesen o no pronunciadas esas palabras de película, lo que sí es un hecho es que la célebre puntería de Billy el Niño continuaba intacta. Disparó desde la ventana y Olinger cayó muerto a la primera.

Billy bajó y salió al exterior del juzgado, acompañado por algunos amigos que habían acudido corriendo al escuchar los disparos (uno de ellos le oyó murmurar una disculpa cuando pasaba junto al cadáver de Bell). Usaron un pico para intentar quitarle los grilletes. Nadie intentó detenerlo. Según contaría después Garrett, la gente le tenía demasiado miedo a Billy, aunque parece más verosímil y consistente con otras fuentes la versión de que la población local simpatizaba con él. Billy, de hecho, llegó a hablar con los presentes, diciéndoles que no había sido su intención matar a Bell. Eso sí, Billy permanecía con un arma en la mano, impidiendo que se le acercase nadie excepto sus amigos más cercanos. Cuando finalmente consiguió montar a caballo para salir de Lincoln, todavía llevaba un grillete en uno de los tobillos. Una vez más, estaba en libertad. Esta última hazaña de su carrera iba a convertirlo, ya definitivamente, en el criminal más famoso del mundo.

En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de la misma época que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.
En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de varios individuos que datan de la misma época y que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.

 Epílogo

Billy era muy querido en Fort Sumner y tenía muchos buenos amigos, que estaban muy indignados con Pat Garrett. Si hubiese estado presente algún líder local, Garrett y sus dos oficiales hubiesen recibido el mismo destino que ellos le dieron a Billy (Frank Lobato, residente de Fort Sumner).

Garrett tenía miedo de volver a la habitación para asegurarse de comprobar a quién había matado. Yo entré y fui la primera en descubrir que habían matado a mi chiquillo. Odié a aquellos hombres y soy feliz por haber vivido lo suficiente como para verlos a todos muertos y enterrados (Deluvina Maxwell, sirvienta y amiga de la novia de Billy).

La opción más sensata para cualquiera en la situación de Billy era la de dirigirse al sur, hacia México. Si lograba cruzar la frontera estaría fuera del alcance de la justicia estadounidense. Pero Billy era joven e incauto. Es muy probable que cuestiones sentimentales le hiciesen permanecer en Nuevo México, donde tenía una novia, amigos y un entorno que era lo más parecido a una familia. También es posible que pensara que allí tenía gente que lo protegía mientras que en México estaría a merced de los cazadores de recompensas. Quién sabe lo que pasaba por su cabeza. Lo único seguro es que no se marchó. Aquel fue su último error.

Pat Garrett, huelga decirlo, se había lanzado de nuevo en su busca. Esta vez tenía un abanico mucho más restringido de posibles escondites. Con una condena de horca pendiente, Billy no confiaría su suerte a cualquiera. De hecho, como ya contamos en la primera parte de esta serie, se refugió en casa de la familia mexicana Maxwell, con una de cuyas hijas, Paulita, estaba manteniendo una relación. Al astuto Garrett no le costó encontrar su pista. Recordarán que contamos cómo el sheriff entró en la casa, interrogando en la penumbra al hermano de Paulita, Pete Maxwell. Y cómo Billy, casualmente, salió al exterior para buscar algo de comer y vio a un par de hombres merodeando; eran los dos ayudantes de Garrett, aunque él no lo sabía. Cuando volvió a entrar en la casa para avisar a su amigo Pete, distinguió dos siluetas en vez de una en la oscuridad de la habitación. Sin sospechar quién era el misterioso visitante, preguntó en español:

¿Quién es? ¿Quién es?

Al oír aquella voz, Garret disparó dos veces. Una de las balas alcanzó a Billy, que cayó al suelo. En la oscuridad, Garrett y Pete Maxwell escucharon una especie de gruñido en el que podían percibir el borboteo de la sangre. Pocos instantes después, el silencio. Billy el Niño había muerto. Garrett salió de la habitación sin comprobar que aquel era cadáver de Billy. Parecía trastornado por la situación. Fueron los amigos de Billy quienes comprobaron su identidad mientras Garrett permanecía en el exterior. Los disparos alertaron al vecindario, cuyos habitantes empezaron a acercarse a la casa para encontrarse con un singular espectáculo: Paulita Maxwell gritando y llorando mientras daba puñetazos en el pecho de Pat Garrett.

La investigación posterior determinó que la muerte de Billy el Niño se había producido en legítima defensa, porque Billy llevaba en la mano el cuchillo con el que había pretendido cortarse un filete de la despensa, motivo por el que había salido de la casa. En realidad Billy no había atacado a Garrett. La versión oficial de los hechos era falsa, pero nadie la iba a contradecir. Entre tanto, la noticia saltó a los periódicos de ambos lados del Atlántico. En la prensa británica se escribieron informes biográficos sobre sus correrías. Los diarios estadounidenses llenaron sus páginas de exageraciones que hoy pueden parecernos incluso cómicas. Un periódico neoyorquino decía que Billy dirigía un imperio criminal comparable al de las mafias de algunas ciudades europeas, cuando sus únicas posesiones habían sido un rifle y un caballo. Más delirante era la crónica de un diario de Santa Fe, que describía con tintes fáusticos el momento de la muerte de Billy. Según aquel periódico, la habitación se había llenado de olor a azufre y por unos instantes se había visto revolotear sobre el cadáver de Billy una «oscura figura con alas de dragón, garras de tigre, ojos como bolas de fuego y cuernos de bisonte».

Esas absurdas imágenes más propias de una película de terror no aparecían en la versión de los hechos que Pat Garret publicó dos años después con el título de La auténtica vida de Billy el Niño. No obstante, el libro tampoco tenía mucho de auténtico. Garrett se había convertido en un héroe, pero en Nuevo México había muchos que cuestionaban su relato de los hechos. En el libro los manipuló a su conveniencia, contradiciendo un buen número testimonios contemporáneos. Pintaba a Billy casi como un psicópata sediento de sangre y en general justificaba su propia actuación en el momento de matarlo. Pero como ya decíamos en la primera parte, la versión de Garrett, pese a no vender bien en su momento, se impuso durante mucho tiempo. La popularización de la única fotografía de Billy el Niño ayudó a trazar el retrato de un joven embrutecido, algo que se correspondía bien poco con la realidad, pero que encajaba bien con la versión oficial y sobre todo con la versión de Pat Garrett.

El recuerdo de Billy el Niño, tal y como puede reconstruirse por los testimonios de quienes lo conocieron, quedó pues sepultado bajo los mitos y exageraciones de multitud de novelas y películas. Es, por ejemplo, uno de los personajes que ha aparecido en un mayor número de largometrajes, si acaso el que más. Hoy es el nombre más célebre en la historia del salvaje Oeste. El original de su única fotografía fue vendido por una fortuna —más de dos millones de dólares— y actualmente es la séptima fotografía más cara de todos los tiempos. De hecho, ha habido quienes han intentado hacer el agosto «descubriendo» fotografías alternativas de diverso pelaje. Cada vez que se descubría una foto de la época mostrando a un joven cuyas características físicas pudiesen recordar vagamente a Billy, se pretendía haber encontrado su segunda imagen auténtica. En mi opinión no hay razones para pensar que alguna de ellas sea verdadera, excepto la que ya conocemos. Entre otros motivos porque Billy era mundialmente famoso antes de su muerte y dejó atrás muchísimos testimonios de amigos cercanos, antiguos compañeros de colegio, o personas que lo conocieron circunstancialmente. Es muy probable que ni siquiera hubiese cumplido los veinte cuando murió, así que imaginen la cantidad de gente que lo sobrevivió y que pudo haber sabido de la existencia de otras fotografías suyas. Pero ninguno de sus conocidos mencionó jamás ninguna otra. En aquellos tiempos la gente no se hacía demasiados retratos y una cámara fotográfica era una rareza, manejada casi exclusivamente por profesionales del ramo. Basta pensar que ni siquiera los reporteros de los periódicos llevaban consigo una, u hoy tendríamos más imágenes certificadas de Billy.

La vida de Billy el Niño fue una epopeya tan breve e intensa que parece nacida de la imaginación de un novelista. En cualquier caso es la perfecta metáfora de la violenta vida en aquella Norteamérica fronteriza donde muchas cosas se resolvían a base de balazos. Billy, hijo de inmigrantes y después huérfano, fue delincuente, cowboy, aventurero y, al final, la inesperada cabeza de turco de un sistema corrupto. También el espectáculo favorito de los lectores de periódicos. Todo ello en el mismo tiempo que tardaba cualquier chaval normal en terminar sus estudios. Aunque quizá nada sea tan ilustrativo para resumir la naturaleza trágica de su existencia como echar un vistazo a las últimas palabras de la última carta que Billy escribió desde su celda a una edad en que otros chavales estaban estudiando. Una carta con la que trataba de conseguir la ayuda de un abogado para conmutar su sentencia de muerte.

Disculpe por la mala escritura; estoy con las esposas puestas.
Respetuosamente suyo,
W.H. Bonney


La leyenda de Billy el Niño (III): la traición

Un grupo de Rangers tejanos, mostrando las armas y vestimentas características de la época de Billy el Niño (foto: DP)
Un grupo de Rangers tejanos, mostrando las armas y vestimentas características de la época de Billy el Niño (foto: DP)

(Viene de la segunda parte)

Billy no era una mala persona. Es decir, no asesinaba gratuitamente. La mayoría de quienes mató se lo merecían. Por descontado, no puedo defender sus robos de caballos y ganado, pero cuando consideras que le obligaron a llevar esa vida de forajido mediante los esfuerzos para asegurar su arresto y procesamiento, es difícil culpar al pobre chico por lo que hizo. Una cosa es cierta: Billy era tan valiente como lo pintan, y sabía defenderse. Le cargaron prácticamente todos los asesinatos que se produjeron en Lincoln County durante aquellos días, pero fue simplemente porque su nombre se había convertido en sinónimo de atrevimiento e intrepidez. Cuando el sheriff William Brady fue asesinado, todos condenamos el hecho. No porque a muchos de nosotros nos gustase el sheriff, sino por la manera en que sucedió. Como es natural, el asesinato de un representante de la justicia volvió a muchos de nuestros amigos en nuestra contra e hizo mucho daño a nuestro bando de cara a la opinión pública. (Susan McSweeen, viuda de Alexander McSween).

Debió de haber tenido buena madera dentro de él, ya que siempre se convertía en un experto de cualquier cosa que intentase hacer. Cuando era duro, era tan duro como cualquier hombre lo pueda llegar a ser. Demasiado duro en ocasiones, pero por entonces todo era duro en este condado. (John Meadows, amigo de Billy).

En 1878, el prestigio de Nuevo México ante el resto de la nación estaba por los suelos. El estado se había ganado justa fama de constituir el feudo de unas instituciones políticas y judiciales sumidas en un cenagal de corrupción. Y como ya narramos en episodios anteriores, la más extensa de sus comarcas había terminado inmersa en una completa anarquía, para preocupación de las altas instancias. Los sangrientos enfrentamientos entre pistoleros del condado de Lincoln habían estado ocupando las portadas de los periódicos, produciendo la sensación generalizada de que las autoridades estatales habían perdido el control de aquel territorio. Es interesante comprobar cuán lejos resonaban los escándalos que se producían en Nuevo México, porque eso ayuda a entender la enorme relevancia internacional que terminaría adquiriendo una figura como la de Billy el Niño. Aunque Nuevo México era un estado fronterizo en el que abundaban los parajes con baja densidad de población organizados como un simulacro de civilización, lo que allí sucedía tenía mucha repercusión en el exterior. Por ejemplo, para los habitantes de la costa este del país, las noticias sobre lejanos tiroteos en el Far West constituían un morboso entretenimiento. Habían transcurrido más de dos décadas desde el final de la guerra civil americana, pero en la frontera parecía no disiparse nunca el olor a pólvora. Incluso en Europa se extendía la fascinación por aquella frontera donde merodeaban los forajidos, donde la ley era poco más que un molesto ruido de fondo al que rara vez se prestaba atención. Podríamos casi decir que Nuevo México representaba en 1878 algo similar a lo que Chicago sería en 1930: un violento anfiteatro en donde ganaban fama criminales y justicieros y, por ende, un inagotable crisol de grandes historias.

El general Lew Wallace, gobernador de New Mexico y autor de la novela "Ben-Hur: A Tale of the Christ"
El general Lew Wallace, gobernador de New Mexico y autor de la novela “Ben-Hur: A Tale of the Christ” (foto: DP)

Los propios habitantes de Nuevo México no eran demasiado felices contemplando el caos en Lincoln. La capìtal del estado —Santa Fe, que era una de las ciudades más antiguas del país— contaba con un sector periodístico muy activo, cuyas informaciones sobre corrupción y un constante silbido de balas estaban atrayendo la atención nacional. Bien pudo comprobarlo Samuel B. Axtell, gobernador y protector de los caciques de Lincoln, que había hartado a diversos sectores de la sociedad por culpa de su personalidad obtusa y dictatorial, de sus contactos mafiosos y, cómo no, de su total incapacidad para pacificar el avispero en que se había convertido el condado de Lincoln. Los periódicos de Santa Fe hicieron del gobernador Axtell el blanco de sus iras, destapando muchas de las corruptelas en las que andaba mezclado, y la onda expansiva del escándalo no tardó en llegar incluso a la Casa Blanca. El presidente estadounidense Rutherford B. Hayes —aunque pertenecía también al Partido Republicano, como Axtell— difícilmente podía tolerar un foco semejante de inestabilidad y barahúnda en el país, así que ordenó a su secretario de Interior que dirigiese una investigación sobre el gobernador de Nuevo México. El secretario Carl Schurz se aplicó a ello con determinación germánica: era un inmigrante alemán, de pasado revolucionario, que tras haberse naturalizado estadounidense ocupó importantes puestos en el Senado o incluso fue embajador estadounidense en España (se dice que convenció a nuestro Gobierno para que no apoyase la causa confederada durante la guerra civil). La investigación de Schurz fue rápida y eficaz. Tanto, que Samuel B. Axtell se vio forzado a abandonar su puesto. Se designó a un nuevo gobernador, el general Lew Wallace, sobre quien recayó la difícil tarea de intentar pacificar Lincoln, aunque hoy es internacionalmente famoso por haber sido el autor de la novela Ben-Hur: A Tale of the Christ, que estaba escribiendo justo durante aquellos días y cuya adaptación cinematográfica fue una de las películas más laureadas de todos los tiempos.

Wallace entendió al instante que el hecho de que la guerra entre bandas en Lincoln se considerase finalizada no significaba que la paz estuviese garantizada. Los Reguladores habían perdido el conflicto, sí, y sus escasos miembros supervivientes, aislados, deambulaban por el territorio escondiéndose donde podían y sabiéndose perseguidos por agentes de la ley, pistoleros a sueldo de sus enemigos e incluso militares. Pero el gobernador suponía, y con razón, que aquella situación desesperada hacía de los Reguladores hombres peligrosos y que en cuanto se sintiesen acorralados responderían con violencia. Lo último que deseaba el nuevo gobernador era ver más noticias de muertes en las páginas de los periódicos, así que tomó una medida atrevida, para muchos discutible, pero que en la teoría prometía ser eficaz: proclamó una amnistía para los involucrados en la guerra de Lincoln. Quienes abandonasen definitivamente la violencia no serían perseguidos por actos que hubiesen podido cometer durante el conflicto, excepto en aquellos casos donde se hubiese iniciado ya una causa penal antes de promulgarse dicha amnistía. Lo cual, en esencia, significaba que el perdón resultaba inaplicable para Billy el Niño, que ya tenía una acusación judicial en marcha por el asesinato del sheriff William Brady.

La tregua que duró unas horas

Billy llevaba varios meses deambulando junto a lo poco que quedaba de los Reguladores, tratando de que sus perseguidores no le diesen caza. Era aquella una existencia agotadora y angustiosa. Habían huido de Lincoln a pie, en pleno julio, durante lo peor de verano de Nuevo México. Después consiguieron hacerse con varios caballos con los que seguir su camino, pero aunque recibían la ocasional ayuda de los habitantes de la región, se vieron obligados a continuar robando caballos para venderlos y poder así sobrevivir. Billy, a su pesar, estaba de nuevo viviendo como un forajido.

Ejerciendo como cuatrero no podía esperar una existencia sin incidentes. Volvieron a verse envueltos en un tiroteo cuando tuvieron la mala idea de intentar robar caballos en la agencia india de la región. Las agencias indias eran oficinas gubernamentales que, al menos sobre el papel, se encargaban de resolver los problemas de abastecimiento de las poblaciones indígenas confinadas en reservas. En realidad eran como almacenes de suministros frecuentemente utilizados por funcionarios corruptos para hacer negocio con los víveres y herramientas supuestamente destinadas a los indios, y se convertían en objetivo habitual de los ladrones y cuatreros. Billy y sus compañeros, pues, intentaron llevarse monturas a hurtadillas de la agencia, pero fueron sorprendidos por sus empleados, que empezaron a disparar sobre ellos. Anastasio Martínez, uno de los Reguladores, disparó en represalia, matando a un empleado llamado Morris Bernstein. A continuación emprendieron la huida.

Aquel incidente constituyó la muestra perfecta de un fenómeno imparable: la creciente fama, o infamia, de Billy el Niño. Las habladurías empezaron a señalarlo como autor de la muerte de Bernstein, pese a que Martínez se reconocía autor material del asesinato y siempre aseguró que Billy ni siquiera había desenfundado sus armas durante el robo frustrado a la agencia india. Pero eso poco importaba a quienes preferían hacer circular la noticia de que el Billy, por entonces todavía conocido como Kid Antrim, se había cobrado una nueva víctima. La resonancia que estaba adquiriendo su nombre podía explicarse en parte porque era considerado autor directo de la muerte de todo un sheriff. Además, su excelente puntería era conocida en la región desde tiempo atrás y se había convertido en un tema habitual de conversación durante la guerra de bandas. Eso proyectaba hacia el exterior la imagen de que Billy, el virtuoso de las armas, era uno de los más sanguinarios forajidos de Nuevo México pese a haber sido un segundón durante casi toda la guerra de Lincoln, con menos asesinatos a sus espaldas que otros criminales de la región. Billy tenía motivos para sentirse preocupado por aquella creciente fama, que para él significaba una mayor probabilidad de ser capturado, juzgado y ejecutado. El cansancio mental producido por la presión de una huida constante le hizo considerar idea de regresar a Lincoln y firmar una tregua con sus perseguidores, propuesta que algunos defendían como la mejor manera de conseguir que el condado volviese a la normalidad.

Lo cierto es que eran muchos los que anhelaban la paz. La guerra entre la Casa y los Reguladores había terminado, pero eso no había supuesto la pacificación del territorio. El asesinato del sheriff Brady, especialmente, produjo la impresión de que la ley —por muy imperfecta o corrupta que hubiese sido bajo su jefatura— ya no imperaba en Lincoln, lo cual atrajo a criminales oportunistas de territorios colindantes que si bien no participaron directamente en la guerra de bandas, sí aprovecharon el revuelo para campar a sus anchas en busca de botín. Los peores de entre estos oportunistas fueron unos bandidos que se hacían llamar The Rustlers. Si ustedes han visto la película Hasta que llegó su hora de Sergio Leone, recordarán sin duda aquella siniestra banda de asesinos ataviados con abrigos que comandaba un terrible personaje encarnado por Henry Fonda. Pues bien, los Rustlers eran algo muy parecido. Iban de granja de granja robando cuanto encontraban y acallando toda oposición a base de balazos. No tenían escrúpulos, no sentían piedad. Les gustaba ejercer la crueldad sin motivo y cometieron varias violaciones, además del asesinato innecesario y gratuito de un par de muchachos indefensos que eran apenas unos niños. Según cuenta la leyenda, ellos mismos se presentaban ante sus víctimas diciendo que eran «demonios venidos del infierno», y desde luego llevaron el infierno a las pobres familias campesinas que tuvieron la mala fortuna de estar en mitad de su camino.

Cabe imaginar el terror que imperaba en el territorio y el agudo interés de casi todos por terminar cuanto antes con toda aquella violencia. Esto explica lo receptivos que se mostraron los enemigos de Billy cuando supieron que el chico, después de más de medio año huyendo sin cesar, efectivamente se había propuesto regresar voluntariamente para firmar una tregua con el cacique local John Dolan y la banda del temible Jesse Evans. La reunión entre los Reguladores y sus antiguos enemigos se produjo la tarde del 18 de febrero de 1879. Llegaron al acuerdo de que no volverían a atacarse, quedando aparcadas las venganzas y represalias. Quedó estipulado que si algún miembro de las respectivas bandas rompía el trato, los demás lo perseguirían hasta matarlo. Al terminar la reunión todos los implicados parecían dispuestos a continuar con sus vidas con normalidad, excepto Billy, quien, visiblemente serio, le daba vueltas a su negro porvenir. El acuerdo le evitaba ser objeto de una vendetta, pero no solucionaba sus problemas con la ley.

En un lugar como Lincoln, sin embargo, la paz no podía alcanzarse tan fácilmente. Apenas trascurrieron unas horas hasta producirse el siguiente asesinato. Aquella misma noche, los miembros de las distintas bandas se dedicaban a celebrar el acuerdo emborrachándose, pero había una persona que no estaba dispuesta a olvidar lo sucedido y para la que una tregua entre pistoleros no significaba nada: Susan McSween, la viuda del comerciante que varios meses antes había sido abatido a tiros por los hombres de Jesse Evans. La mujer intentaba llevar ante un tribunal a los responsables del asesinato de su esposo, y estaba preparando el caso con ayuda del abogado Huston Chapman. Lo cual, como resulta fácil suponer, no era muy bien recibido por la banda de Evans. Cuando, ya ebrios, los hombres de Evans vieron pasar caminando a la viuda acompañada del abogado, empezaron a acosarlos con insultos y amenazas. Billy, según testimonios de los presentes, contemplaba la escena desde el otro lado de la calle con visible expresión de disgusto. De repente, para asombro de muchos, alguno de los pistoleros sacó su arma y abatió a tiros a Huston Chapman, que murió al instante. La jornada en que se había firmado una la paz terminaba con la sangrienta certeza de que las cosas en Lincoln no iban a ir a mejor.

Engañado por el poder

Porque el poder, ya  lo sabes, es inquieto, y siempre tiene las alas despegadas para poder levantar el vuelo. (Ben-Hur. A Tale of the Christ, Lew Wallace, 1880).

Aquel nuevo asesinato era más de lo que el nuevo gobernador de Nuevo México estaba dispuesto a tolerar. Primero un sheriff, después un comerciante inocente, luego un abogado igualmente inocente… a sumar a los granjeros que habían sido aniquilados por los Rustler y los pistoleros que habían muerto en tiroteos varios. Lew Wallace, con ímpetu propio de militar, abandonó su despacho y se desplazó al condado de Lincoln para investigar de primera mano el asesinato de Chapman. Él, personalmente, se encargó de efectuar los interrogatorios. Fue así como supo que Billy había sido testigo del crimen. Dado que el chaval estaba bajo acusación de asesinato y era un fuera de la ley, Wallace decretó una recompensa de mil dólares para quien lo capturase con vida.

Al saber que Wallace estaba en la región y lo buscaba como testigo, Billy entendió que quizá podía testificar a cambio de que se le hiciese extensiva la amnistía gubernamental. Aun sabiendo que una declaración como testigo lo volvería a poner en la diana de Dolan y Evans, también podía liberarlo de una muy probable condena a muerte. Decidió ponerse en contacto con Wallace, con una carta que le envió por medio de terceros. Esta misiva, que fue escrita de su puño y letra, desmiente la imagen de bruto iletrado que muchas leyendas posteriores se empeñaron en componer:

A Su Excelencia el Gobernador, General Lew Wallace:

Estimado Señor, he sabido que usted ofrece mil dólares por mi captura, lo cual según entiendo significa que me busca vivo como testigo en contra de aquellos que asesinaron al Sr. Chapman. Si fuera así, yo podría aparecer en el tribunal y ofrecer la información deseada, pero existen acusaciones contra mí por cosas que ocurrieron en la reciente guerra de Lincoln y temo entregarme, dado que mis enemigos me matarían. El día en que el Sr. Chapman fue asesinado yo había ido a Lincoln, por petición de algunos buenos ciudadanos, donde me encontré con J. J. Dolan. Como amigos, para poder así dejar de lado las armas y regresar al trabajo. Yo estaba presente cuando el Sr. Chapman fue asesinado y si no fuese por las acusaciones en mi contra, lo hubiese dejado en claro antes. Si está en poder de usted la anulación de esas acusaciones, espero que lo haga para darme la ocasión de explicarme. Por favor, envíeme una respuesta diciendo que está en su mano hacerlo. Puede enviarla mediante un portador. No tengo más ganas de luchar, en absoluto, y no he levantado un arma desde su proclamación [como nuevo Gobernador]. En cuanto a mi carácter, le refiero a cualquiera de los ciudadanos [de Lincoln], ya que la mayoría de ellos son mis amigos y me han ayudado todo lo que han podido. Me llaman Kid Antrim, pero Antrim es el apellido de mi padrastro.

Esperando una respuesta, quedo como su obediente servidor,

W.H. Bonney.

 

Una de las cartas que Billy envió al gobernador Wallace (foto: DP)
Una de las cartas que Billy envió al gobernador Wallace (foto: DP)

Es la carta, correcta y algo cándida, de un joven de unos dieciocho o diecinueve años que sabe que después de una detención le espera una posible pena de muerte. Con todo, describía la realidad. Casi toda la población del condado de Lincoln tenía una buena imagen de Billy, algo que como ya dijimos en partes anteriores está bien documentado. Ciertamente había asesinado al sheriff, y este era un crimen muy grave, pero era solamente la estrella que había lucido su víctima la que había mantenido a Billy fuera de la amnistía, porque otros hombres habían derramado tanta o más sangre que él y habían quedado sin cargo alguno. Además, también era cierto que Billy era uno de los más dispuestos a abandonar la violencia y que llevaba varios meses resistiéndose a desenfundar fácilmente.

Wallace respondió afirmativamente a la oferta con otra carta, en la que decía: «Poseo autoridad para eximirte de tus cargos si das testimonio de lo que afirmas saber». Un trato estaba en marcha. Ambos se citaron en una tienda de Lincoln. En una conversación cara a cara, Wallace reiteró la promesa de perdonar los cargos de Billy si este le daba información. Y Billy le contó todo cuanto sabía no solamente sobre el asesinato de Chapman sino también sobre la actividad y las casas francas de algunas bandas criminales locales, como los mencionados Rustlers. Con ese gesto convertía en sus enemigos a casi todos los delincuentes del condado, pero lo que Billy deseaba era comenzar de nuevo.

Se escenificó una falsa detención —en realidad, claro, se estaba entregando— y Billy fue llevado a Santa Fe, donde testificó ante un juez señalando a los culpables de la muerte de Chapman. Después lo volvieron a llevar a Lincoln, donde permaneció recluso a la espera de la finalización del juicio y el prometido perdón. Estaba en un almacén vigilado por guardias que debían evitar que escapase, pero también que otros entrasen a matarlo en represalia por su reciente declaración. Sin embargo, el juicio pronto puso de manifiesto que la justicia en Nuevo México continuaba plagada por la corrupción. El juez y el fiscal del caso pertenecían al Círculo, la trama político-judicial que protegía a los caciques de Lincoln. Para asombro de Billy (y de casi todos en el territorio), se absolvió a varios de los acusados del asesinato de Chapman, pese a los testimonios de testigos oculares. A otros se les aplicó la amnistía de Wallace pese a que ahora se los estaba juzgando por hechos acaecidos con posterioridad a la proclamación de la misma. Billy el Niño, como se puede bien suponer, estaba escandalizado.

Pero todavía hubo más. El fiscal, ignorando la promesa hecha por el gobernador, arrancó el proceso penal contra Billy, bajo la acusación de haber matado al sheriff William Brady. El fiscal llegó a mover hilos para que Billy no fuese juzgado en Lincoln, donde residía, donde habían tenido lugar los hechos de los que era acusado y donde todos le conocían y tenían buena opinión de él. Se consiguió que el caso fuese trasladado al tribunal del condado de Doña Ana, controlado por el corrupto Círculo. Desde su encierro en un almacén de Lincoln, Billy vio atónito y desesperanzado cómo Wallace ignoraba todo el asunto, olvidando la promesa y abandonándole a su suerte, más interesado al parecer en retornar a la redacción de su novela Ben-Hur.

Poca gente en el condado de Lincoln entendió aquello. Todos sabían que Billy había matado, pero no era ni de lejos el único o el peor homicida del lugar. Primero había quedado fuera de la amnistía general. Ahora había testificado a cambio de nada, sabiendo que se convertía en objetivo de los peores criminales de la región, mientras el gobernador Wallace se lavaba las manos. La secuencia de acontecimientos debió de parecerles escandalosa incluso a los guardias que mantenían a Billy cautivo, ya que abrieron las puertas del almacén donde llevaba semanas preso y sencillamente le dejaron que escapase. Una vez más, Billy el Niño se daba a la fuga.

Forajido una vez más

Se dirigió a Fort Sumner, donde todavía tenía un círculo de amigos que incluía a dos de los antiguos Reguladores y también a John Chisum. El nombre de Billy ya corría de boca en boca, pero excepto sus amigos casi nadie conocía su aspecto físico, así que le resultaba fácil pasar desapercibido. Sin un empleo formal, retornó a la vida que había llevado antes de trabajar para el difunto John Tunstall. Se integró en una banda que practicaba el robo de ganado; eso y el juego volvieron a convertirse en su medio de vida.

Pero su celebridad, por más que pocos estuviesen familiarizados con su rostro, estaba convirtiéndose en un serio problema. En enero de 1880, mientras estaba tomando algo en el saloon de Fort Sumner junto a sus amigos, un individuo llamado Joe Grant comenzó a bravuconear en voz alta, diciendo que dispararía a Billy el Niño en cuanto se encontrase con él. Lo decía, claro, sin saber que estaba en el mismo local, a pocos pasos de él. Billy entendió que en cualquier momento alguien podría revelarle su identidad a Grant, pero no reaccionó con precipitación, sino con frialdad. Pese a su juventud, estaba ya muy fogueado. Se lo podía considerar un veterano en cuanto a tiroteos y situaciones extremas. Así que, sin perder la calma, se interesó por el revólver de Grant y le pidió echarle un vistazo. Grant se lo prestó. Por entonces era costumbre dejar un hueco vacío en el cargador, lo cual funcionaba como seguro en caso de que el gatillo se accionase por accidente (los tiradores accionaban el percutor una vez para dejar pasar el hueco vacío del cargador, y a continuación efectuaban el disparo propiamente dicho). Sabiendo esto, Billy giró disimuladamente el tambor para asegurarse de que si Grant accionaba el percutor y después intentaba disparar, no hubiese bala. Le devolvió el arma y se dispuso a salir del local. En aquel momento alguien le dijo a Grant que acababa de hablar con el mismísimo Billy el Niño. Grant trató de disparar al muchacho —según algunos testimonios, por la espalda— pero la treta de Billy funcionó. Al activar el percutor, Grant dejó pasar una bala. Cuando apretó el gatillo, no hubo disparo. En cuanto Billy escuchó el característico clic del gatillo, se dio la vuelta y disparó antes de que Grant se recuperase del asombro y volviese a probar suerte. Con su característica precisión, acertó a la primera. Joe Grant cayó muerto al instante, con una bala en el rostro.

Así supo Billy el Niño que su existencia iba a ser incluso más difícil que antes. Acababa de comprobar que individuos que no le conocían personalmente y con los que no había tenido nada que ver parecían tener ganas de darle caza. Para colmo, la muerte de Grant —aunque fuese en defensa propia— era la gota que colmaba el vaso de su infamia. La prensa empezó a retratar a Billy el Niño con colores cada vez más sórdidos, achacándole casi cualquier acto delictivo grave que se cometiese en el condado de Lincoln. Sus numerosos enemigos ayudaron a exagerar todo lo negativo que se decía de él. Casi no había robo o acto violento en la región que los periodistas no asociasen con su nombre, pese a que por aquellos lares no escaseaban los criminales. Billy se sentía sobrepasado por la situación. Ahora ya ni siquiera se lo consideraba un forajido cualquiera. Ahora era el villano de Nuevo México por antonomasia. Ni siquiera el gobernador Lew Wallace, que tenía plena constancia de la buena disposición de Billy para una reinserción, iba a mover un dedo por disipar la creciente leyenda negra del Niño.

Lo más razonable hubiese sido marcharse a otro estado donde, pese a que su nombre fuese cada vez más célebre a nivel nacional, no hubiese gente que pudiera delatarle. Pero Billy, que todavía no había cumplido los veinte años, se sentía atado al territorio y decidió permanecer en el condado, donde tenía a sus amigos, a las chicas con las que salía, y el único entorno estable que había conocido desde que había perdido a su familia. Aunque ya dijimos que los testimonios de gente cercana lo pintaban como un muchacho inteligente, por no decir brillante, resulta fácil suponer que carecía de la madurez necesaria como para entender la necesidad de iniciar una nueva vida en otra parte. Un nuevo comienzo que hubiese sido muy posible: los periódicos de entonces apenas imprimían imágenes y la única fotografía suya cuya existencia nos consta no era de dominio público, así que Billy no hubiese tenido grandes problemas para fabricarse otra identidad, como demuestra el hecho de que justo durante su estancia en Fort Sumner engañase a un agente del censo, inventándose datos biográficos sin despertar sospecha alguna.

Pero Billy no se marchó. Y a sus cada vez más numerosos problemas iba a sumarse otro aún peor. Por aquel entonces llegaba al condado un hombre que acababa de recibir el nombramiento como nuevo sheriff de Lincoln y que no se parecía a ninguno de los agentes de la ley que hubiese podido conocer en su corta vida. Iba a ser la encarnación de la némesis definitiva de Billy el Niño. ¿Su nombre? Patrick Floyd Garrett.

(Continúa aquí)


La leyenda de Billy el Niño (II): la guerra de Lincoln

Blazer's Mills, escenario de uno de los tiroteos más insólitos del Salvaje Oeste: un solo hombre contra una docena de pistoleros (Foto: DP)
Blazer’s Mills, escenario de uno de los tiroteos más insólitos del Salvaje Oeste: un solo hombre contra una docena de pistoleros (Foto: DP)

Viene de la primera parte.

La muerte de John Tunstall fue un punto de inflexión en el destino del joven Billy Bonney. Trabajando en su rancho había encontrado un hogar. Sus compañeros cowboys eran lo más parecido a una familia que había podido encontrar desde la muerte de su madre. Pero como ya narramos en la primera parte, Tunstall pagó con su vida la osadía de intentar establecer sus negocios en un territorio, el condado de Lincoln, donde imperaba la ley del más fuerte. Los dueños de «La Casa», que hasta entonces había sido el único comercio de la zona, controlaban el territorio en complicidad con el sheriff y la mayor parte de las autoridades locales, y no podían tolerar esa competencia.

La muerte de Tunstall colocó a Billy ante una difícil encrucijada. Podía marcharse para intentar encontrar empleo en otro territorio, empezando otra vez de cero. A fin de cuentas era joven, sociable, con una formación aceptable y un manejo virtuoso de las armas, habilidad muy valorada para los puestos de cowboy y vigilante de ganado. La otra opción era quedarse en el condado para enfrentarse a los caciques locales, vengando el asesinato de Tunstall y tratando de mantener vivos sus negocios. Este segundo camino, el de la revancha, era el que muchos de sus compañeros querían tomar. Y Billy, que por entonces tenía unos dieciocho años, tomó la determinación de permanecer junto a ellos, bien por ansias de venganza, bien por su fuerte sentimiento de pertenencia. De no quedarse en Lincoln hubiese llegado a cumplir los veintidós años, pero nunca hubiésemos escuchado hablar de él, ni hubiese protagonizado películas y novelas. En Lincoln habría de encontrar la muerte física y la inmortalidad histórica y literaria.

Los empleados de Tunstall que decidieron quedarse en Lincoln sabían que esa era la opción más temeraria, que la situación iba a  degenerar en una guerra de bandas, pero no se condujeron de manera irreflexiva. Al contrario, calcularon muy bien los pasos a seguir en su ajuste de cuentas. Entre ellos se contaban algunos hombres experimentados que sopesaron muy bien las consecuencias negativas de una venganza en caliente. Entendieron que si salían a cabalgar por las buenas para abatir a tiros a sus enemigos se convertirían ipso facto en criminales perseguidos por la ley, por lo que pronto tendrían encima a medio New Mexico. Además, recibieron la influencia ponderadora de Alexander McSween, el otro comerciante que intentaba abrirse camino frente al sistema local de poderes y que, escandalizado por la muerte de Tunstall, estaba de acuerdo en que había que castigar a los culpables. Sin embargo, McSween era un hombre civilizado que abominaba la violencia y declaró que únicamente ofrecería su colaboración si se trataba de hacer justicia conforme a lo estipulado por la ley. Ese fue el acuerdo por el que McSween y sus cowboys se convirtieron en un importante apoyo para los antiguos empleados de Tunstall.

Alexander McSween era un comerciante que detestaba la violencia; entendió demasiado tarde que un lugar como Lincoln no era para alguien como él.
Alexander McSween era un comerciante que detestaba la violencia; entendió demasiado tarde que un lugar como Lincoln no era para alguien como él. (Foto: DP)

Así se conformó un grupo compuesto por hombres de Tunstall y de McSween, cuyo objetivo era capturar a los culpables de la muerte del comerciante inglés. Acudieron al juez de paz de Lincoln, uno de los pocos funcionarios locales que no estaban comprados por La Casa, y expusieron su caso. Solicitaban un permiso especial para detener a su lista de acusados. Aquella era una petición delicada, ya que entre los nombres de la lista se contaban algunos ayudantes del sheriff, pero no podía considerarse extraña. De hecho, dado que la escasez de agentes de la ley en los territorios fronterizos era crónica, conceder una licencia temporal a ciudadanos comunes para que actuasen como alguaciles en la resolución de determinados asuntos era una práctica no solamente habitual sino perfectamente ajustada al código de derecho estadounidense. Muchos criminales eran detenidos no por agentes de la ley profesionales, sino por partidas de ciudadanos autorizadas para ello. El juez de paz de Lincoln, después de escuchar la narración de los hechos —hechos que sin duda ya conocía por otras fuentes— eligió a dos de los hombres más sensatos del grupo de peticionarios, Dick Brewer y Atanasio Martínez, y los nombró alguaciles jefe, responsables de conducir las detenciones. De manera espontánea eligieron al primero como cabeza del grupo y después adoptaron una denominación para la ocasión; desde ese momento se harían llamar los Reguladores. Ese sería el nombre con el que pasarían a la historia.

Como es lógico, la licencia temporal concedida por el juez implicaba ciertas condiciones que los recién bautizados Reguladores debían cumplir a rajatabla. Convertidos en una improvisada policía ciudadana, se comprometían a hacer todo lo posible para que las detenciones se produjeran sin derramamiento de sangre. Si los acusados eran atrapados, debían retornar vivos a Lincoln para ser juzgados con garantías (aunque, todo sea dicho, el que hubiese o no verdaderas garantías judiciales en aquel territorio era asunto dudoso). Es posible que el juez de paz no fuese completamente consciente por entonces, pero incluso con toda aquella parafernalia legal, el asunto tenía pinta de llevar dentro de sí el germen de una guerra de bandas. También parece poco probable que alguien como McSween no entendiera que un brote de violencia resultaba inminente, pero sin duda el asesinato de Tunstall lo había convencido de que trataba con enemigos muy peligrosos y que debía poner de su parte para defenderse. Decidió confiar en que los Reguladores actuarían con una mesura acorde a la responsabilidad legal que ahora asumían como alguaciles. Se equivocó.

De justicieros a forajidos

El nombramiento de aquella partida cuasi policial tomó por sorpresa a los propietarios de La Casa, los caciques locales Lawrence Murphy y James Dolan, quienes, por descontado, no recibieron la noticia con particular alegría. Varios de sus empleados estaban en la lista de sospechosos de los Reguladores y eso resultaba muy inquietante, sobre todo porque suponía una amenaza para la preponderancia de sus negocios. ¿Acaso no utilizarían los Reguladores su licencia legal para intentar desembarazarse de La Casa? Tampoco el sheriff Brady se sintió muy feliz sabiendo que algunos de sus propios ayudantes figuraban en aquella lista. Pero, ¿qué podían hacer al respecto? Si aquella panda de cowboys tenía el beneplácito del juez para ir por ahí deteniendo gente, el asunto sobrepasaba la competencia de la Casa y sus ad latere. Aun así, Brady probó suerte y lanzó su dado. Antes de que los Reguladores abandonasen Lincoln para cumplir su misión, detuvo a Atanasio Martínez, metiéndolo en una celda sin motivo alguno. La carencia de un pretexto legal medianamente verosímil era tan palmaria —y recordemos, el juez de paz estaba supervisando el asunto— que finalmente accedió a dejarlo en libertad transcurridas unas pocas horas. Brady se dio cuenta de que iba a necesitar la intervención de instancias superiores. El juez de paz se había convertido en un obstáculo que ni él, ni Murphy, ni Dolan podrían sortear por sí mismos. Iban a necesitar la ayuda de sus contactos políticos en Santa Fe.

Entretanto, los Reguladores montaron en sus caballos y cabalgaron por el territorio buscando a los cinco primero nombres de su lista, los considerados autores materiales del asesinato de Tunstall. No tuvieron que cabalgar mucho. Localizaron a tres de ellos acampados cerca de un río; en cuanto reconocieron a los jinetes que iban en su busca huyeron, lo que dio lugar a una secuencia propia del mejor largometraje del Oeste, pues durante varios kilómetros fueron perseguidos a tiros hasta ser finalmente acorralados en un recodo sin escape. Dick Brewer, líder de los Reguladores, les habló desde la distancia, haciéndoles notar que no tenían escapatoria y consiguiendo que se entregasen sin oponer resistencia bajo la promesa de llevarlos vivos hasta Lincoln. Promesa que no llegaría a cumplirse. Aunque existen varias versiones de lo que sucedió durante el camino de regreso, a grandes rasgos todas coinciden en su desenlace. Se sabe que pese a la intención inicial de los quienes comandaban el grupo, que querían honrar la palabra dada y cumplir el mandato del juez, se produjo un conflicto interno entre los partidarios de respetar la ley y los partidarios de ejecutar una venganza.inmediata. Se impuso la voluntad de los segundos, al parecer con violencia de por medio cuando uno de los Reguladores —William McCloskey, que mantenía amistad con los detenidos y trató de defenderlos— fue tiroteado por uno de sus propios compañeros. Después, los tres detenidos fueron acribillados a balazos. Varios días después los Reguladores volvieron a presentarse ante el juez de paz no con tres prisioneros, sino con tres cadáveres agujereados de forma macabra; se dice que cada prisionero había recibido once balas, una por cada uno de los Reguladores presentes, lo cual era la manera de asegurar que todos ellos se responsabilizarían por igual de los homicidios.

Huelga decid que necesitaban intentar justificar aquellas muertes ante el juez, así que afirmaron haber disparado en defensa propia al resistirse con violencia los detenidos, resistencia de la que presentaron como prueba el cadáver de McCloskey. El relato podía parecer inverosímil, pero fue dado como bueno. A fin de cuentas era exactamente la misma mentira que tanto el sheriff como los pistoleros de La Casa habían argüido para justificar la muerte de Tunstall. Tal vez el juez de paz creyó el relato de los Reguladores. O quizá estaba harto de la corrupción imperante en el condado, por lo que tampoco cabe descartar la posibilidad de que en su ánimo pesara la idea de que un poco de manga ancha era lo que se necesitaba para contrarrestar el poder de la estructura mafiosa de La Casa. En cuanto a los dos siguientes nombres de su lista, los Reguladores no tuvieron que molestarse en capturarlos. Ambos hombres sufrieron un casual giro del karma aquel mismo día: sorprendidos intentando robar ganado en una reserva india, fueron tiroteados por los vigilantes. Uno de los dos ladrones murió y el otro, herido de gravedad, fue encarcelado y puesto bajo cuidado médico con vistas a llevarlo ante un juez si conseguía sobrevivir.

El sheriff Bill Brady, brazo armado de los caciques locales de Lincoln. (foto: DP)
El sheriff Bill Brady, brazo armado de los caciques locales de Lincoln. (foto: DP)

La campaña de vendettas había empezado bien para los Reguladores. Tras cometer tres homicidios (o cuatro, si les atribuimos también el de McCloskey) y habían salido indemnes. Otros dos de sus objetivos habían caído en la reserva india, lo cual ayudaría a completar su lista con mayor rapidez. Pero era cuestión de tiempo que los enemigos de los Reguladores recurriesen a su artillería. Las noticias sobre aquella actividad alguacilesca no tardaron en llegar hasta Santa Fe, y las autoridades estatales, que siempre habían protegido a La Casa, también se dieron cuenta de que el poder de sus socios Dolan y Murphy podría derrumbarse rápidamente si no hacían algo al respecto. El gobernador del estado, Samuel B. Axtell, era bien conocido por sus corruptos manejos y sus oscuras amistades, entre las que se encontraban los caciques de Lincoln, e hizo honor a esa fama con una jugada digna de Maquiavelo. Como buen tahúr político que era, se sacó de la manga un as, anunciando que el nombramiento del juez de paz de Lincoln se había producido de manera irregular (con justificaciones tan peregrinas como podamos imaginar), por lo cual quedaba inhabilitado de inmediato por orden gubernativa. Y ya de paso, cualquier potestad que hubiese concedido a los Reguladores para actuar en nombre de la ley quedaba revocada de manera automática. Esto era una muy mala noticia para Billy el Niño y sus compañeros. De continuar con sus acciones, que ya no contaban con el paraguas de una licencia judicial, se convertirían en criminales perseguidos por la ley. Aquello volvía a situarlos en una difícil disyuntiva. Si bajaban la cabeza y renunciaban a continuar buscando los nombres que había anotados en su lista, nunca podrían vengarse y mucho menos reactivar los negocios del difunto Tunstall. Tendrían que emigrar. Pero si decidían continuar, todo el aparato policial y legal del condado, e incluso del estado, se echaría sobre ellos. Una vez más, optaron por la venganza. Era demasiado tarde para echarse atrás. No iban a detenerse ahora. Si tenían que enfrentarse a la ley, lo harían. Si tenían que pelear, pelearían. Teniendo enfrente incluso al propio gobernador, aquello tenía visos de convertirse en una misión suicida, pero los Reguladores habían tomado, por segunda vez, una decisión irrevocable.

Estalla la guerra de Lincoln

Bien sabían que estaban a punto de convertirse en forajidos, así que se dijeron que ya no tenía mucho sentido andarse con remilgos. Ahora ejecutarían su venganza por las buenas, sin necesidad de ningún simulacro de protocolo legal. De todos modos iban a ser perseguidos en cuanto hiciesen el siguiente movimiento. Así pues, decidieron apuntar alto e ir a por quien de verdad era uno de sus principales objetivos, al que probablemente no hubiesen podido detener con respaldo legal, pero al que sí podían matar: el sheriff Brady.

Bill Brady era fácil de localizar, desde luego. Era el sheriff, así que, salvo emergencia, estaba siempre en la localidad de Lincoln. Lo único que los Reguladores necesitaban era apostarse y esperar a verlo pasar por la calle. Seis de ellos, incluido Billy el Niño, se ocultaron en la antigua tienda de Tunstall, que ahora permanecía cerrada al público. En la parte trasera había una especie de corral que daba al exterior, y allí unos vigilaban la calle ocultándose tras el muro del patio mientras otros hacían tiempo dándole de comer al perro del difunto comerciante británico. Transcurrió el tiempo. Finalmente lo vieron acercándose al almacén acompañado por algunos de sus ayudantes. Por sorpresa, desde detrás del muro y casi al modo de francotiradores, los Reguladores abrieron fuego sobre Brady, que fue abatido con más de una docena de disparos en el cuerpo, muriendo al instante. Uno de sus ayudantes quedaba tendido en el suelo —malherido, tampoco lograría sobrevivir, falleciendo a las pocas horas— mientras los demás corrían a esconderse. Los testigos afirmaron después que la mayor parte de los aciertos fueron obra de Billy el Niño, que demostró tener la misma puntería en mitad de la acción que cuando practicaba disparándole a latas y botellas. Pese a no ejercer todavía una posición de liderazgo, el nombre de Billy empezó a adquirir resonancia en la región, ya que se lo acusaría formalmente del asesinato de Brady, lo cual lo convertía en un buscado fugitivo. Por cierto, también hubo heridos entre los Reguladores cuando dos de ellos corrieron hacia el cadáver del sheriff para recuperar su arma, poniéndose así en la línea de tiro de uno de los ayudantes, quien, asomándose desde su improvisado escondite, los sorprendió con un único disparo de rifle que atravesó el cuerpo de un Regulador, entrando la bala por un lado del abdomen, saliendo por el otro e impactando también en su compañero.

Cumplida la tarea de eliminar a Brady, los Reguladores recogieron a sus dos heridos y se marcharon de Lincoln para evitar una represalia. Ahora que también estaban en alerta las autoridades de Santa Fe, nunca podían estar seguros de cuántos hombres iban a dedicarse a perseguirlos. En todo caso, el asesinato de Brady enseñó a todos los poderes del condado —y del estado— que los Reguladores no estaban dispuestos a parar hasta conseguir tachar todos los nombres que tenían en su lista, ni siquiera cuando eso significaba que ahora serían unos proscritos. La actitud de los Reguladores, en su contexto, tenía cierto sentido. Si pretendían continuar con los negocios del difunto Tunstall tenían que inhabilitar el poder de La Casa y sus secuaces. Y la violencia era la única forma de abrirse camino en un territorio tan salvaje como aquel, donde el futuro de un nuevo negocio dependía de cuánto y cómo de bien se era capaz de disparar, no de lo hábilmente que se manejase una empresa. Esto era frecuente en territorios de la frontera, donde unos trataban de desplazar a otros por la fuerza. Así pues, decididos a hacerse con el control del condado, los Reguladores cabalgaron hacia el sur durante tres días, hasta estacionar en Blazer’s Mills, un aserradero en torno al cual había emergido una pequeña aldea formada por un puñado de viviendas y almacenes construidos con adobe, al estilo mexicano. Es decir, un paisaje no muy distinto al que usted podrá imaginar si trata de situar la acción de un tiroteo propio del cine western. Se detuvieron allí para descansar y coordinar sus acciones venideras, pero una jugarreta del destino propició que aquella dispersa conjunción de casas se convirtiese en escenario de un insólito enfrentamiento que iba a parecer más propio de las novelas baratas de aquellos mismos años que de la propia realidad. Los Reguladores estaban a punto de sufrir un inconcebible revés, derrotados por un único hombre.

Otro de los nombres que figuraba en la lista de los Reguladores era el de Buckshot Rogers, un empleado de La Casa, experimentado ranchero y cazador, que era además un magnífico tirador. Sabiendo el golpe que Rogers estaba a punto de asestar a los Reguladores, resulta paradójico pensar que había sido uno de los menos dispuestos a enfrentarse a ellos. De hecho, días antes, en cuanto supo que los empleados de Tunstall se habían convertido en una especie de policía y entendió que irían a por él, pensó que la mejor decisión que podía adoptar era la de hacer el equipaje. Puso en venta su granja con urgencia, y aunque encontró un comprador, este necesitaba algunos días para tener preparado un cheque bancario, trámite que un territorio como aquel no podía ejecutarse al momento. Así pues, Rogers se vio obligado a esperar por su cheque, suponemos que con muy pocas ganas de cruzarse con alguno de los hombres de Tunstall. Pero el destino no estaba de su lado y quiso que se citase con su comprador… en Blazer’s Mills. Desconociendo que los Reguladores habían elegido precisamente ese lugar para reponerse, el mundo debió de caérsele a los pies cuando llegó con la idea de recoger su dinero y en cambio se encontró a una docena de sus enemigos sentados en torno a una mesa de la cantina local. Ni siquiera habían tenido que ir a buscarle; él se había tomado la amable molestia de aparecer ante ellos. Desalentado, sabiendo que no tenía escapatoria —y que le habían visto— Buckshot Rogers se sentó en los escalones delanteros de una casa, con su rifle en las manos y sabe Dios qué cosas pasando por su mente.

Entretanto, en la cantina, los Reguladores discutieron cómo actuar. Rogers estaba solo. A alguno de ellos debió de parecerle excesivo atacarlo por las buenas sin darle ocasión a rendirse. Al menos eso debió de pensar Frank Coe, uno de los empleados de Alexander McSween, que se ofreció para intentar convencerlo de que se entregase sin resistencia. Los demás decidieron esperar para comprobar si tenía éxito. Coe salió de la cantina, fue hacia Rogers y se sentó junto a él en el escalón, iniciando una tranquila pero siniestra conversación cuyas palabras exactas no conocemos pero que suponemos hubiese encajado bien en una película de Sam Peckimpah. Sí sabemos que Coe trató de razonar señalando lo obvio: Rogers estaba completamente solo ante una docena de pistoleros y la opción más sensata era la de entregarse. Pero Rogers, silencioso y taciturno, se comportaba como si estuviese ya mentalizándose para lo peor. Pensaba que era el objetivo de una venganza y que si se rendía sin luchar lo matarían igualmente. Coe insistió hasta entender que no tenía nada que hacer. Rogers no quería rendirse. La conversación terminó justo cuando el resto de Reguladores, considerando que ya habían esperado lo suficiente, empezaron a salir de la cantina con paso rápido y armas en ristre. Si la presa no se doblegaba, ellos la cazarían.

En cuanto Buckshot Rogers los vio aparecer, alzó su propio rifle y empezó a disparar. Los Reguladores respondieron. Rogers había hecho las maletas, pero no era un cobarde, y cuando se vio obligado a luchar demostró que tenía los nervios de acero. Incluso en apabullante inferioridad numérica y con las balas de varios tiradores silbando a su alrededor, fue capaz de defenderse con frialdad, demostrando que su puntería de avezado cazador era aterradoramente precisa. Uno tras otro, cuatro Reguladores fueron cayendo al suelo heridos, hasta que el resto entendió que lo mejor era protegerse de la endiablada precisión de Rogers detrás de algún objeto o esquina. Debieron de sentirse muy confusos. Habían sido apenas unos instantes —al contrario de lo que muestran las películas, aquellos legendarios intercambios de disparos al descubierto nunca duraban mucho— pero habían bastado para que todos hubiesen tenido que detener su avance por causa de un único hombre. Cuatro de ellos permanecían en tierra heridos. Rogers había frenado a los Reguladores, aunque no pudo evitar ser diana a su vez. Pese a la numantina determinación que demostró durante aquella apoteósica exhibición de resistencia en solitario, estaba en el blanco de demasiados tiradores y con demasiadas balas volando en su dirección como para que la mera lógica no impusiera su sentencia. Fue herido de gravedad y, como pudo, retrocedió hacia la puerta de la casa, entrando en ella. Ni sabiéndose malherido evidenciaba intención alguna de rendirse.

La casa donde Buckshot Rogers resistió hasta el final. (foto: DP)
La casa donde Buckshot Rogers resistió hasta el final. (foto: DP)

Los Reguladores estaban estupefactos. Buckshot Rogers se había defendido como una fiera y aun retrocediendo con balas en su cuerpo había sido capaz de abatir a varios de ellos. Aquel individuo era el más fiero luchador con el que se habían encontrado desde que comenzasen su campaña de represalias. Tan impresionados estaban que el ánimo vengador resultó ahogado por el instinto de supervivencia. Empezaron a ocuparse de rescatar a sus compañeros heridos, sin saber muy bien qué más hacer. Podían rodear la casa, sí, pero, ¿quién en su sano juicio iba a acercarse hasta el escondite de Rogers, que parecía capaz de acertar a una mosca en pleno vuelo? El líder de los Reguladores, Dick Brewer, estaba exasperado. Pero no le parecía buena idea pedir a sus compañeros que se jugasen el pellejo acercándose al edificio y, como capitán ejemplar, decidió hacerlo él mismo. A hurtadillas fue aproximándose a la casa, hasta llegar a una pila de troncos que había cerca de la entrada. Se parapetó tras ella. Rogers no había disparado. Eso demostraba que no estaba vigilando desde dentro, y que quizá no estaba en condiciones de defenderse. Con precaución, Brewer asomó la cabeza y echó un breve vistazo. Vio a Rogers tumbado boca abajo sobre un colchón, sangrando abundantemente. Aquella era la ocasión perfecta para acabar con él. Pero Brewer no quiso exponerse demasiado y cuando disparó varias veces hacia el interior de la casa lo hizo a bocajarro, sin apuntar con demasiada precisión. Debió de creer, grueso error, que la cantidad de tiros bastaría por sí sola para hacer blanco. Cuando asomó la cabeza por tercera vez para comprobar si había dado en la diana, sonó un disparo. Uno de sus ojos fue reventado por una bala. Dick Brewer, líder de los Reguladores, ya era cadáver cuando cayó al suelo. Rogers, tendido en el colchón, aún había tenido fuerzas para defenderse. Había visto volutas de humo revoloteando sobre la pila de troncos y así supo dónde se ocultaba el tirador. Había alzado su rifle, esperando astutamente a que Brewer volviese a asomar la cabeza.

El resto de los Reguladores se sintieron todavía más conmocionados. Un único hombre les había plantado cara con la terrible eficacia de todo un pelotón, y como desgraciado desenlace acababan de perder a su cabecilla. Desmoralizados, decidieron que Rogers era un objetivo inatacable. Subieron a sus monturas y se marcharon para lamerse las heridas en otra parte. El destino de Buckshot Rogers, empero, no tenía mejor color. El hombre que había ido a Blazer’s Mills para recoger un cheque y que a cambio había protagonizado la proeza de hacer retroceder a toda una banda de pistoleros, continuó desangrándose sin que nadie pudiese hacer nada por ayudarlo. Murió al día siguiente.

La esperanza después de la derrota

Los Reguladores ya no sabían si estaban huyendo o si todavía eran ellos quienes perseguían a otros. En la realidad, ambas cosas eran ciertas. Ahora eran fugitivos, pero la guerra no se iba a detener por sí sola, así que estaban obligados a continuar luchando. Cabalgando de nuevo hacia el norte, llegaron a Fort Sumner, una antigua instalación militar que los soldados estadounidenses habían abandonado tiempo atrás y que ahora estaba habitada por familias mexicanas. Allí decidieron que Frank McNab sería su nuevo jefe. Era la opción más natural, porque McNab había estado ejerciendo de primer lugarteniente para el difunto Dick Brewer. Por lo demás, Fort Sumner era el sitio perfecto donde descansar, reponerse de las heridas e incluso divertirse, ya que entre los atractivos del lugar estaba el ambiente festivo de los mexicanos y la presencia de chicas jóvenes. Allí permanecieron durante dos meses. Billy el Niño estaba como en su casa. Gracias a su carácter amigable, su facilidad para relacionarse con los mexicanos y su dominio del español, se integró a la perfección. Pero, al igual que sus compañeros, sabía que no podía quedarse allí para siempre. Con el paso del tiempo, los Reguladores fueron abandonando el fuerte —para visitar a sus familias, para resolver sus asuntos económicos, etc.—, dividiéndose en grupos según el destino que tomase cada cual.

El gobernador Axtell, corrupto, autoritario y participante de una estructura mafiosa estatal. (foto: DP)
El gobernador Axtell, corrupto, autoritario y participante de una estructura mafiosa estatal. (foto: DP)

Las cosas no estaban menos agitadas en el otro bando. Se había nombrado un sustituto del difunto Brady, John Copeland, que como nuevo sheriff tendría la difícil papeleta de intentar pacificar un condado sumido en el más completo caos. Nombró su segundo a George W. Peppin, que también había sido ayudante de Brady y había presenciado su muerte. Pero Copeland cometió el error de mostrarse comprensivo con la causa de los Reguladores. Debió de pensar que tenían su parte de razón o que no eran menos implacables que sus competidores, pero como fuese, su posición salomónica resultaba inaceptable para La Casa. El jefe de la policía local debía trabajar para ellos, o de lo contrario debía renunciar al puesto. Copeland vio cómo conspiraba contra él incluso Peppin, su ayudante, que se sumó a la presión de La Casa para forzarlo a dimitir casi sin haber tenido tiempo de ocupar su silla. Finalmente fue apartado del puesto. Peppin tomó su lugar. Era el tercer sheriff que Lincoln tuvo durante aquel turbulento periodo, pero como veremos no sería el último (ni el penúltimo). Peppin no se molestó en disimular a quién entregaba su lealtad, ya que desde el principio actuó como comandante de campo de la facción de La Casa e incluso nombró como ayudante a uno de los sospechosos del asesinato de Tunstall. George Peppin era como una nueva versión de Brady y su política era exactamente la misma que la de aquel: cazar a los Reguladores a cualquier precio.

Organizó rápidamente un grupo de pistoleros recurriendo tanto a empleados de La Casa como a bandas aliadas, los «Guerreros de Seven Riders» o la banda de Jesse Evans. Este último era quizá el personaje más temido de todo el territorio y la sola mención de su nombre bastaba para hacer palidecer a muchos. Cumplida la treintena, Evans era mestizo y su ascendencia cherokee se dejaba notar de manera evidente en su aspecto físico. Había trabajado de cowboy y también acumulaba un amplio historial delictivo como ladrón y cuatrero. Tenía varios homicidios a sus espaldas e incluso había sido procesado por asesinato, aunque había quedado absuelto de manera poco comprensible, ya que casi nadie dudaba de su culpabilidad. Es muy probable que aquella absolución se debiese, como tantas otras decisiones judiciales extrañas de New Mexico, a la influencia de la corrupta cúpula del estado, con la que Evans tenía contacto.

La cacería no tardó en empezar. Una partida conjunta formada por los hombres de Jesse Evans y los Guerreros de Seven Rivers localizó a tres Reguladores en un rancho. Allí estaban el nuevo líder de los Reguladores, Frank McNab, Frank Coe y un tercero llamado Ab Saunders. No tuvieron demasiadas oportunidades. Aunque trataban de esconderse, fueron acorralados y sobre ellos cayó una lluvia de balas. McNab murió en el acto —los Reguladores volvían a quedarse sin líder— y Saunders fue herido de gravedad. Frank Coe salió ileso, pero fue hecho prisionero y encerrado en una celda, aunque pocos días después escapó, al parecer con la colaboración directa de un ayudante del sheriff (no está claro si con ayuda de sobornos o sencillamente por amistad). Esto supuso otro duro golpe para los Reguladores, aunque no quedó sin represalia, porque al día siguiente cuatro miembros de los Guerreros de Seven Rivers fueron tiroteados hasta la muerte, suponemos que después de haber sido tomados por sorpresa. Aunque nunca se llegó a saber quién lo había hecho, algunos lo atribuyeron a Billy el Niño, cuyo papel en la muerte de Brady era ya un hecho bien conocido.

Las tornas habían cambiado. Los Reguladores habían pasado de perseguidores a perseguidos. Tiroteo tras tiroteo su número había ido decreciendo. Varios de los que todavía quedaban con vida, entre ellos Billy el Niño, acudieron al único aliado que todavía tenían: el comerciante Alexander McSween. Se refugiaron en su casa, pero aquello pronto probó ser una mala idea. Los pistoleros del cacique James Dolan rodearon con rapidez la vivienda, en la que quedaron atrapados McSween, su mujer y los Reguladores supervivientes. La guerra entre bandas había tomado un cariz alarmante, como prueba el que hiciese acto de aparición nada menos que un escuadrón de la caballería con el encargo de procurar que los Reguladores que se ocultaban en casa de Mcsween fuesen detenidos sin derramamientos de sangre innecesarios. Aquello era la señal de que en Santa Fe empezaban a encontrar intolerable la situación de desorden en Lincoln, entre otras cosas porque la prensa de la ciudad estaba dándole una enorme repercusión y el público de la capital del estado, claro, se preguntaba para qué demonios servían unos gobernantes que no eran capaces de detener aquella sangría.

El asedio a la casa de McSween duró cinco días. Cabe imaginar la desesperación de quienes estaban dentro. Los sitiadores únicamente dejaron salir a la esposa del comerciante, la única mujer presente, pero los demás no parecían tener escapatoria. El propio McSween se mostraba completamente hundido; no era un hombre de acción, no sabía cómo asimilar la situación. Su angustia empezó a resultar contagiosa y varios de los Reguladores terminaron también con los nervios a flor de piel al cabo de varios interminables días de encierro en aquella ratonera. Pero fue en aquellas circunstancias tan adversas, ya sin la presencia de algún jefe natural, cuando Billy el Niño empezó a demostrar, pese a su juventud, una enorme fuerza de carácter. Mientras los demás flaqueaban, aquel chaval casi imberbe empezó a trazar un plan de huida que, si bien difícil, captó la atención de sus compañeros. Se agarraron a la idea de Billy como a un clavo ardiendo. Y la idea no era mala, o al menos era la única que en aquella situación ofrecía la posibilidad de que algunos de ellos, por lo menos, sobreviviesen. Billy planeó que durante la noche se dividiesen en dos grupos. Uno, liderado por él, saldría por una ventana y a base de abrir fuego sobre el cerco trataría de correr hasta el almacén de Tunstall, que estaba bastante cerca, para atravesarlo y escapar hacia el exterior del pueblo. El otro grupo —donde estarían McSween y los menos combativos— aprovecharía la confusión reinante en el lado opuesto de la casa para salir en dirección a un río próximo, y desde ahí aprovechar las horas nocturnas para alejarse de Lincoln. El entusiasmo de Billy empezó a contrarrestar el pesimismo reinante. El chaval era inteligente. Quizá su plan funcionase.

Fuese buena idea o no, tampoco tuvieron demasiado tiempo para discutirla. Durante la quinta noche de asedio no les quedó más remedio que ponerla en práctica cuando sus acosadores prendieron fuego a la casa para obligarlos a salir. Y salieron. Precipitadamente, pero siguiendo el plan de Billy. Con una temeridad que sorprendió incluso a sus enemigos, Billy y algunos de sus compañeros salieron por una ventana disparando a bocajarro y haciendo a su vez frente a un aluvión de balas. El pequeño grupo corrió hacia el almacén de Tunstall, pero cuando estaban a punto de llegar se dieron cuenta de que también allí había tiradores esperando. Se dieron vuelta y corrieron hacia el río, donde se encontraron con el otro grupo de fugitivos, que también había abandonado la casa bajo un chaparrón de disparos (el elemento de distracción no funcionó porque no había parte de la casa que no estuviese vigilada). Allí pudieron hacer recuento de las bajas. Habían perdido a cuatro hombres (en el bando opuesto se había producido una única baja) y el propio Alexander McSween había muerto, con lo que se habían quedado sin su único aliado.

Los escasos Reguladores que consiguieron escapar aquella noche ya no podían ser considerados una facción capaz de continuar plantando cara a unos enemigos más numerosos que además contaban con apoyo de la ley y el propio ejército. La guerra de Lincoln había terminado. Los Reguladores habían perdido. Y Billy el Niño era ahora un fugitivo bajo el que pesaba una acusación por el asesinato de un sheriff. Vagando a pie por aquel duro territorio, en mitad del inclemente verano de New Mexico, veía cómo su vida terminaba de desmoronarse, mientras, por el contrario, su nombre empezaba a resonar más allá de los límites del condado. Ya no tendría descanso en los meses que le quedaban de vida. Pudo comprobarlo cuando desde Santa Fe llegó la gran noticia: con tal de pacificar el territorio, se concedía una aministía penal a todos los involucrados en la guerra de bandas que abandonasen de inmediato la violencia. El joven William Bonney debió de sentir un duro golpe cuando supo que la amnistía se aplicaba a todos… excepto a él. Matar a un sheriff era algo ante lo que el estado no estaba dispuesto a hacer la vista gorda. Y veremos que, pese a todo, estuvo a punto de conseguir un perdón. O eso creyó él. Porque, entretanto, la leyenda estaba atrayéndolo hacía sí como un remolino en el agua atrae al náufrago, y Billy el Niño se ahogaría en ella.

(Continua aquí)


La leyenda de Billy el Niño (I)

La única imagen real de Billy el NIño es este ferrotipo realizado en 1879-8, uno o dos años antes de su muerte. Por aquella época tenía unos dieciocho años, trabajaba como cowboy en un rancho de Nuevo México y estaba a punto de convertirse en el forajido más famoso del mundo. Vendida en 2011 por más de 2 millones de dólares, es la cuarta fotografía más cara de la Historia. (foto: DP)
La única imagen auténtica de Billy el NIño que se conoce y que esté 100% comprobada es este ferrotipo realizado en 1879-8, uno o dos años antes de su muerte. Por aquella época BIlly tenía unos dieciocho años, trabajaba como cowboy en un rancho de Nuevo México y estaba a punto de convertirse en el forajido más famoso del mundo. Vendida en 2011 por más de dos millones de dólares, es la cuarta fotografía más cara de la historia. (foto: DP)

No me asusta morir luchando como un hombre, pero no me gustaría que me ejecuten desarmado, como a un perro. (Billy el Niño, en una carta).

Las últimas cuatro palabras que pronunció en su vida las dijo en español, como las ven ustedes escritas: «¿Quién es? ¿Quién es?». Murió cuando tenía solamente veintiún años, pero ya era el forajido más célebre de su tiempo. Por entonces la leyenda había llegado incluso a la vieja Europa. La prensa hablaba sobre él como un personaje novelesco y le achacaba toda clase de crímenes, incluso varios que no había cometido. Todo lo relacionado con él se había engrandecido; por algún motivo, su figura poseía la capacidad de incendiar la fantasía popular. Aún hoy su nombre, o mejor dicho su universal apodo, es el sinónimo por antonomasia de aventura en el salvaje Oeste.

Su último día de vida, el 14 de julio de 1881, William Bonney, en todo el mundo conocido como Billy el Niño, estaba solamente a unas decenas de kilómetros de la frontera mexicana. Fugitivo de la justicia y con una condena a muerte pendiendo sobre él, no le hubiese resultado difícil escapar hacia el sur para alcanzar la libertad, cabalgando por un territorio que conocía bien y donde tenía muchos amigos. Sin embargo, algo se interpuso en su camino: el amor. Aun sabiendo que tenía a todas las autoridades de Nuevo Mexico persiguiéndole, Billy decidió no partir en dirección a México. Su fogosidad e inconsciencia juveniles lo arrastraron hacia el lugar donde más fácilmente podrían terminar encontrándole: la casa familiar de los Maxwell, la familia mexicana a la que pertenecía su novia de entonces, Paulita Maxwell.

Pero Billy no sería el único visitante de los Maxwell durante aquella noche de verano. Al sheriff encargado de su captura, Patrick F. Garrett, le había llegado información jugosa. Sabiendo que el famoso forajido se cobijaba allí, Garrett se presentó silenciosamente sobre la medianoche, acompañado por un par de ayudantes a quienes dejó vigilando en el exterior de la casa mientras él se colaba por la ventana en la habitación de Pete Maxwell, amigo de Billy. Garrett sorprendió a Maxwell en la penumbra y empezó a interrogarle sobre el paradero del fugitivo más famoso de América. La casualidad quiso que Billy saliera de la habitación de Paulita Maxwell. Hambriento, se dirigió hasta la caseta del exterior en la que la familia conservaba el ciervo que acababan de cazar, para cortarse un filete. Cuando estaba con el cuchillo en la mano, detectó la presencia de dos hombres en torno a la casa. Regresó dentro, caminando con sigilo hacia el dormitorio de Pete Maxwell para avisarle de la presencia de aquellos extraños. Tras abrir la puerta, comprobó con sorpresa que su amigo Pete no estaba solo en la habitación, pero como la oscuridad no le permitía distinguir el rostro del acompañante, Billy preguntó en español, lengua que dominaba: «¿Quién es? ¿Quién es?».

Por toda respuesta, sonaron dos disparos. Billy cayó al suelo, quedando tendido sobre su espalda. En la oscuridad se escuchó su agónica y burbujeante lucha por respirar. Después se hizo el silencio. Una de las balas le había alcanzado cerca del corazón. Billy el Niño era historia.

Su prematura muerte no hizo sino disparar su fama todavía más, hasta convertirlo en la mayor leyenda del salvaje Oeste. Algo en torno suyo excitaba la imaginación del público. Se han rodado decenas de películas sobre su vida, y el número de libros publicados, ya sean novelas o biografías, es incontable en la práctica. Pero el recuerdo de la persona quedó con frecuencia sepultado bajo una montaña de mitos, imprecisiones y malas interpretaciones. Durante mucho tiempo las creencias populares sobre Billy el Niño contradecían lo que recordaban los conocidos más cercanos. La literatura de todo pelaje, el cine y sobre todo la tradición oral fabricaron un molde acorde a los estereotipos del Oeste. Por ejemplo, muchos pensaban que Billy el Niño había sido un tosco bandido sin apenas educación, como parecía deducirse de la única fotografía suya que existe y de las muchas fábulas que ha inspirado esa imagen, un primitivo ferrotipo que le hicieron cuando trabajaba como cowboy y que debió de costarle unos veinticinco centavos de la época (el equivalente de cinco euros, más o menos). Muchos pensaban también que Billy había sido un asesino frío y despiadado, idea nacida de la prensa de su época y también de los manipulados recuerdos que el sheriff Pat Garrett plasmó más tarde en un libro. En sentido contrario, las revisiones del material biográfico hicieron que otros terminasen pintando a Billy el Niño casi como a un héroe. Lo cierto es que fue un delincuente que mató por lo menos a cuatro personas (dos en defensa propia y otras dos durante una fuga carcelaria) y que participó en otros cinco asesinatos durante una guerra entre bandas rivales. Pero es improbable que como dice la leyenda matase a veintiún hombres, uno por cada año de su vida (las cuentas tradicionales bailaban entre quince y veintiséis víctimas). Ahora sabemos que Billy tenía un sistema de valores y que, aunque solamente se arrepintió de uno de sus asesinatos, según la mentalidad de la época casi nunca mató en vano. No era un ángel, pero tampoco el demonio que pintaba la prensa; un periódico inglés llegó a contar que los testigos de su muerte hablaban de un intenso olor a azufre y la breve aparición sobre su cadáver de una figura con cuernos de bisonte y patas de carnero.

Lo cierto es que, exceptuando las flagrantemente falaces memorias de Pat Garrett, casi ningún testimonio de quienes conocieron en persona a Billy el Niño lo describía como un individuo desagradable, innoble o malvado siquiera. ¿Arrogante? Quizá. Pero fuese héroe o villano, se convirtió en el paradigma de pistolero del Oeste, viviendo siempre al límite, movido a veces por la venganza, a veces por el honor y otras veces por el mero instinto de supervivencia. Hay algo que no admite discusión: su breve vida fue tan intensa que ni siquiera las películas o las novelas han conseguido exagerarla. Pero vayamos al principio.

El niño de Nueva York

Era siempre cortés, especialmente con las damas. Como su madre, era un entusiasta cantante y bailarín. Tenía una mente alerta y podía salir con un rápido proverbio para cada ocasión. Era buen lector y escribía mejor que la mayoría de los adultos.

Carta manuscrita de BIlly el Niño: su caligrafía indica que, pese a la tradicional idea popular, BIlly poseía un nivel cultural superior a la media de su entorno. (Foto: DP)
Carta manuscrita de BIlly el Niño: su caligrafía indica que, pese a la imagen tradicional que se ha tenido sobre él, Billy poseía una aceptable formación cultural. (Foto: DP)

La vida de Billy el Niño está bien documentada, excepto los primeros años de su infancia, que son un misterio. Sabemos que fue un niño normal, pero no existe registro sobre su fecha de nacimiento, así que su verdadera edad será siempre motivo de disputa. La versión oficialista, defendida por ejemplo en las memorias de Pat Garrett, dice que Billy nació en 1859 y por tanto tenía veintiún años cuando murió. Lo cual lo convertía en mayor de edad, según la ley de Nuevo México, en el momento en que fue tiroteado por el propio Garrett. Sin embargo, los testimonios más cercanos a Billy indican más bien que nació en 1860 o 1861, así que debió de tener diecinueve o veinte años cuando abandonó este mundo.

Tampoco existe documento alguno que nos ilustre acerca del lugar donde nació y vivió sus primeros años, aunque la prensa de su época siempre apuntaba a que Billy provenía de un barrio irlandés de Manhattan, por lo que se suele considerar esta opción como la más verosímil. En todo caso, le da un toque inusual a su biografía. Nueva York era lugar habitual de llegada a América de los inmigrantes irlandeses como su madre, Catherine McCarty. No conocemos la identidad de su padre biológico. La confusión continúa cuando se intenta dictaminar cuál era el verdadero apellido de Billy. Su madre lo bautizó como William Henry McCarty, pero más tarde el propio Bill se haría llamar William Bonney, seguramente adoptando el apellido de quien pensaba era su padre biológico. Una confusión más: Billy tenía un hermano menor llamado Joseph —al parecer eran solamente hermanos de madre— aunque durante mucho tiempo se pensó que Joseph era el mayor, porque su certificado de nacimiento, que sí se conservó, tenía su fecha de nacimiento erróneamente apuntada. Estas confusiones, que aquí resumo en un breve párrafo, han requerido a los historiadores décadas y más décadas de estudios para introducir correcciones o matices. Todo dato sobre el origen de Billy el Niño parece material de una investigación de Agatha Christie.

Por fortuna para el relato su biografía empieza a aclararse a partir de 1868, cuando Catherine y sus hijos se mudaron a Indiana. Allí, la mujer conoció a un aventurero llamado William Antrim, con quien terminaría casándose. De hecho, Billy llevó también el apellido Antrim, de ahí que durante cierta época en sus círculos lo conociesen como «Kid Antrim». La nueva familia se desplazó a menudo hasta establecerse finalmente en Silver City, Nuevo México. Allí, William Antrim se dedicaba a la prospección de mineral y los juegos de azar, mientras Catherine trabajaba entre otras cosas como lavandera. Por aquel entonces, como decíamos, Billy era un niño perfectamente normal. Los testimonios más tempranos, procedentes de antiguos compañeros de colegio lo describen como un chiquillo «flaco y algo pequeño para su edad», un niño bien educado que «nunca hacía nada malo, como mucho alguna travesura». Uno de sus profesores recordaría que Billy «no era más problemático que cualquier niño de su edad». Tenía un carácter alegre y bromista que había heredado de su madre. Como a ella, le gustaba cantar y bailar. Buen alumno en la escuela, colaboraba en diversas tareas extraescolares y era un ávido lector, especialmente de ficción. En alguna de las cartas que escribió más tarde podemos ver que poseía una caligrafía muy refinada, lo cual se contradice bastante con la idea que circuló durante tanto tiempo describiéndolo como un tosco y asilvestrado muchacho de campo.

En 1874, cuando Billy tenía unos trece o catorce años, se produjo un hecho que cambiaría su tranquila vida para siempre: Catherine McCarty murió a causa de la tuberculosis y William Antrin se desentendió completamente de los dos hermanos ahora huérfanos, que fueron enviados a distintas casas de acogida. Billy fue recibido por una familia que regentaba un hotel, y allí empezó a trabajar como pago por su manutención. En principio su comportamiento fue bueno, y el dueño de aquel hotel diría más tarde que Billy era el único de sus jóvenes empleados que «nunca había intentado robar».

El embrión del forajido

La vida tenía poco valor y matar no estaba considerado como un crimen particularmente nefasto. Los hombres endurecidos por el derramamiento de sangre de la guerra civil encontraron difícil romper con el hábito de luchar, así que matar se convirtió en un medio aceptable para resolver disputas. (Warren Beck, New Mexico: A History of Four Centuries, 1962).

Aconseje a sus lectores que nunca se involucren en un homicidio. (Billy el Niño hablándole a un reportero tras una de sus detenciones).

El adolescente Billy era adicto a las dime novels, unas novelas baratas que narraban las aventuras de forajidos del Oeste, reales o imaginarios, y que eran el antecedente de las revistas de pulp fiction. Difícilmente podía imaginar que en apenas cinco o seis años iba a convertirse en protagonista de muchas de aquellas novelas, pero tras quedarse huérfano y desprovisto de supervisión adulta su comportamiento empezó a cambiar. Se mezcló con pandillas juveniles. Cuando terminaba su trabajo en el hotel era solamente un adolescente que ya no tenía grandes ataduras y que, ansioso de libertad, no tardó en tener conflictos con su familia de acogida, hasta que se marchó para alojarse en una pensión cuyas facturas pagaba ejerciendo toda clase de recados y trabajos. Apenas había pasado un año desde la muerte de su madre cuando, empobrecido y tratando de sobrevivir en una ciudad de aventureros, Billy empezó a delinquir. Su primer encontronazo con la ley no tardó en llegar: fue detenido por robar un queso, pero el sheriff local simpatizó con aquel quinceañero que parecía un niño y lo dejó ir después de soltarle una reprimenda. Pero poco después fue detenido de nuevo por algo bastante más serio, el robo de una pistola. De físico enclenque, Billy pensaba que necesitaba un arma para sobrevivir en aquella ciudad de buscavidas. Aquella vez no bastaba una reprimenda, así que dio con sus huesos en un calabozo. Sin embargo, ya entonces empezó a demostrar su habilidad como escapista, trepando por el interior de una chimenea para huir de la oficina del sheriff. Ahora era un fugitivo, si bien uno de poca monta por el que nadie iba a preocuparse demasiado. De momento.

Su carrera delictiva iba a más. Se inició como cuatrero, robando los caballos de los soldados acuartelados en diversas partes de Nuevo México. Aquel era un crimen grave. No desde el punto de vista judicial, ya que la pena por el robo de un caballo podía suponer un par de años de cárcel. Pero más allá de los tribunales, a los cuatreros sorprendidos in fraganti no se los perdonaba y no era raro que fuesen ejecutados mediante un ahorcamiento improvisado, sin esperar la presencia de autoridad alguna. En el salvaje Oeste, donde había que viajar enormes distancias a través de unos territorios con frecuencia inhóspitos que podían poner a prueba la resistencia de cualquiera, un caballo constituía un seguro de vida. Sin montura, un hombre no podía pretender atravesar aquellas tierras con buenas posibilidades de sobrevivir. Así que el robo de caballos implicaba que Billy era ahora un delincuente de mayor entidad. Pero su currículum delictivo aún tenía que crecer. Tenía unos dieciséis años cuando se convirtió también en un criminal de sangre, porque fue entonces cuando cometió su primer homicidio.

Ocurrió en Fort Grant, Arizona, donde tras su breve etapa como cuatrero finalmente encontró trabajo como conductor de ganado. Aquel empleo, sin embargo, no hizo que su existencia se tornase más relajada. BIlly no era propenso a los vicios. Rechazaba abiertamente el tabaco. Casi nunca bebía y cuando probaba el alcohol era en muy poca cantidad. Aquello no era lo suyo. Pero sí le gustaban los juegos de azar y acostumbraba a frecuentar el típico saloon que tantas veces hemos visto en las películas, para apostar. En aquellos círculos la presencia de aquel quinceañero era generalmente bien recibida. Era un individuo popular. Bien educado y simpático, con un expansivo sentido del humor, difícilmente caía mal a nadie. Especialmente a las chicas; su aspecto aniñado era más refinado de lo acostumbrado en aquellos círculos y su única fotografía, como decimos, fue contestada por quienes lo conocieron en persona y aseguraban que no le hacía justicia. Billy tenía fama de ser bien parecido, cortés y de trato agradable. Pero eso no lo libró de roces. Como aparentaba muy poca edad y además era bastante enclenque, podía convertirse en objetivo de las burlas de algún que otro individuo con ganas de abusar de alguien más débil. Fue en el saloon de Fort Grant donde un herrero irlandés llamado Frank Cahill se acostumbró a insultarlo cada vez que lo veía. Un buen día, el habitualmente apacible Billy se cansó y terminó devolviendo los insultos. El rudo Frank Cahill se abalanzó sobre él para pegarle. Craso error. Billy era un endeble chiquillo rubito, pero no iba a dejarse avasallar. Cahill impuso su superioridad física y lo tiró al suelo, pero tras caer Billy sacó su revólver y sin pensárselo dos veces disparó a su agresor. Cahill, herido de gravedad, murió al día siguiente, convirtiéndose en la primera víctima de Billy el Niño. Los testigos del incidente calificaron el homicidio como «defensa propia», pero las autoridades locales no pensaron lo mismo, así que Billy supo que debía marcharse de Arizona.

En la imagen, Jesse James. Pese a lo que decía la leyenda, Billy el Niño nunca perteneció a su banda. Sí es muy posible que James le ofreciese la ocasión de unirse a él y que Billy la rechazara.(Forto: DP).
En la imagen, Jesse James. Pese a lo que decía la leyenda, Billy el Niño nunca perteneció a su banda. Sí es muy posible que James le ofreciese la ocasión de unirse a él y que Billy la rechazara.(Forto: DP).

La puntería que Billy demostró en aquel lance no era producto de la casualidad. Llevaba tiempo practicando con armas. Le gustaba disparar a objetos y, según contaban sus conocidos, «gastaba diez veces más balas que cualquier otro». Durante mucho tiempo se pensó que era zurdo, porque en su única fotografía aparecía con el revólver colgado en la parte izquierda de la cintura. Hasta que finalmente alguien se fijó en el mecanismo del Winchester que aparecía en la imagen, que estaba al revés. La fotografía estaba invertida. Billy el Niño era diestro, algo que se descubrió muchas décadas después de su muerte, cuando ya se habían escrito novelas y estrenado películas con el título de El pistolero zurdo. Otra confusión más. En todo caso, se ganó fama de ser un excelente tirador. Era bueno con el revólver, aunque su arma favorita era el rifle Winchester. Lo manejaba tan bien que al parecer era capaz de disparar con un rifle en cada mano, manteniendo un buen índice de puntería tanto con la derecha como con la izquierda.

Tras abandonar Arizona a toda prisa se dirigió a Nuevo México, retornando a Silver City. Allí volvió a las andadas uniéndose a una banda de ladrones de ganado. La mitología posterior insistía en que durante aquel periodo Billy habría pertenecido temporalmente a la banda de otro forajido legendario, Jesse James. En la realidad, sin embargo, esto nunca sucedió. Algunos historiadores aceptan que ambos llegaran a conocerse en Nuevo México, donde es verdad que estuvieron al mismo tiempo. Parece muy verosímil que Jesse James le hubiese ofrecido unirse a su banda al conocer su prestigio como tirador. Pero Billy declinó la oferta, probablemente considerando que el robo de ganado le daba para vivir y que no necesitaba involucrarse en las peligrosas actividades de Jesse James, que incluían atracos a bancos y asaltos a trenes. No resulta extraño que BIlly rechazase convertirse en atracador, porque no le concedía demasiada importancia al dinero y se conformaba con tener lo suficiente para salir adelante. Su única preocupación material obsesiva era la compra de munición para practicar con sus armas. Por lo demás, las lucrativas ganancias de un atracador de bancos no le atraían.

El fútil intento de llevar una vida honrada

Por aquel entonces Billy experimentó de primera mano el daño que podía causar un cuatrero. Mientras cabalgaba por el árido Nuevo México, su caballo fue robado por un grupo de apaches, nación india que llevaba décadas en guerra contra los invasores blancos. Sin caballo, abandonado a su suerte, Billy tuvo que recorrer varias decenas de kilómetros a pie, atravesando un inclemente territorio semidesértico. Cuando finalmente llegó a una casa habitada, cerca de Fort Stanton, estaba agotado y deshidratado, casi al borde de la muerte. Tuvo que ser cuidado por la familia que habitaba aquella casa durante algún tiempo antes de que se recuperase y pudiese volver a valerse por sí mismo.

Tras reponerse, BIlly se trasladó al condado de Lincoln, el más extenso de Nuevo México, con una superficie algo menor a la de Galicia (Nuevo México tiene 315.000 km², en comparación España tiene 500.000 km²). Sin embargo, la población del condado era escasa y dispersa. Allí parecía que pretendía abandonar sus escarceos delictivos. Primero obtuvo un empleo en una fábrica de quesos. Después se convirtió en cowboy, conduciendo y cuidando vacas o caballos.

Se puso al servicio de uno de los principales ganaderos del condado, John Tunstall, un joven emprendedor británico que había llegado a América decidido a hacer fortuna. Era financiero y comerciante, dueño de un almacén donde vendía utensilios, municiones y repuestos a los colonos del condado. En cuanto Tunstall supo por algunos vaqueros de la habilidad de Billy con las armas lo contrató como guarda para vigilar el ganado. La leyenda dice que Tunstall fue algo así como su única figura paterna, pero esto es poco probable, ya que apenas le sacaba seis o siete años de edad. Aunque sí es cierto que Billy le debió tener en bastante consideración, dado que Tunstall se portó muy bien con él. Por ejemplo le regaló un caballo y un flamante rifle Winchester. Billy empezó a sentirse como en casa en el condado de Lincoln y desarrolló un fuerte sentimiento de camaradería y hermandad con los otros cowboys que trabajaban para el inglés. Unidos como una piña, aquellos vaqueros se convirtieron en su nueva familia.

Billy también creó fuertes lazos de amistad con los mexicanos de la región. Esto era algo inusual para un anglosajón, incluso teniendo en cuenta que los matrimonios mixtos no constituían una rareza. La mentalidad racista imperante en la zona no cambiaba por ello. Los colonos anglosajones miraban con incomprensión y abierto desprecio a los mexicanos. Amén de los conflictos territoriales que se habían producido entre Estados Unidos y México, que seguían estando latentes en el recuerdo de todos, eran dos culturas que en aquella región fronteriza no terminaban de encajar. Pero Billy no era como la mayoría de los anglosajones. Con su carácter extrovertido —y en muchos aspectos naif— hacía caso omiso de estos prejuicios y se llevaba tan bien con los mexicanos que él mismo terminó hablando el español con bastante fluidez, amén de que le gustaba relacionarse con chicas hispanas. Esto lo convirtió en un visitante bien recibido en las casas de las familias mexicanas de la zona, que a menudo le servirían como refugio y escondite en los turbulentos tiempos que estaban por venir. De aquella época, por cierto, data su única fotografía, en la que lo vemos vestido con las ropas de trabajo de un típico cowboy.

Billy abandonó el apellido Antrim para adoptar el de Bonney. Estaba muy cerca de llevar una vida feliz. Pero los acontecimientos en Lincoln estaban destinados a impedírselo. Por aquel entonces, aquellas regiones a medio civilizar eran caldo de cultivo para la corrupción a todos los niveles, con facciones similares a la mafia que trataban de hacerse con el monopolio de las actividades más lucrativas, frecuentemente en connivencia con las autoridades locales.

El condado de Lincoln no era una excepción. Hasta la llegada de Tunstall, el único almacén comercial de la zona había sido «La Casa», controlada por James Dolan y Lawrence Murphy, dos irlandeses que habían combatido en la guerra civil y que no estaban dispuestos a permitir que otros hombres de negocios intentasen romper su monopolio. En aquellas tierras, el «sueño americano» estaba solamente al alcance de quienes pudiesen respaldar su iniciativa empresarial con la fuerza. Los tentáculos de la corrupción llegaban lejos: Dolan y Murphy dominaban la región compinchados con el sheriff local, William Brady, quien a su vez pertenecía a una corrupta red conocida como «el Círculo de Santa Fe», un grupo de funcionarios que hacían y deshacían a su antojo sin el menor respeto por la ley que supuestamente defendían. A esa red pertenecían individuos como el fiscal de distrito William Rynerson, que asesinó de un disparo al Jefe de Justicia de Nuevo México y que, sorprendentemente, salió de rositas cuando un tribunal tan corrupto como él dictaminó que el homicidio se había producido en defensa propia, pese a que los testigos afirmaban lo contrario. En el Círculo de Santa Fe había también jueces e incluso estaba pringado el propio gobernador de Nuevo México, Samuel B. Axtell, que combinaba sin problemas delincuencia y política.

Como se ve, en Nuevo México —y todavía menos en un territorio tan asilvestrado como el condado de Lincoln— existían pocas garantías legales para un emprendedor. Cuando John Tunstall construyó su propio almacén y empezó a atraer a la clientela que hasta entonces había acudido invariablemente a comprar a La Casa, los caciques locales Dolan y Murphy empezaron a tener pérdidas y decidieron que Tunstall no podía seguir con vida. Con la dudosa excusa de una disputa sobre ganado y con la ayuda del corrupto sheriff, organizaron una expedición para capturarle.

El 18 de febrero de 1878, John Tunstall y varios de sus empleados, incluido Billy, atravesaban un camino para trasladar varios caballos de un rancho a otro. Iban formando una dispersa fila en la que Billy era el drag rider, esto es, el jinete que va en último lugar y se encarga de vigilar que ningún otro sufra algún otro tipo de problema. Fue precisamente Billy quien avisó de la presencia de una banda de jinetes formada por el sheriff, sus ayudantes y varios pistoleros al servicio de La Casa. Tunstall y sus hombres se dispersaron, huyendo en varias direcciones. Billy no volvió a ver a su jefe con vida. Tres ayudantes del sheriff alcanzaron al inglés y, según su versión, tuvieron que disparar cuando Tunstall se resistió violentamente al arresto. Nadie se creyó la historia. Como era habitual por entonces, manipularon la escena del crimen y dispararon la pistola de Tunstall después de que este hubiese muerto para simular que se había resistido. Lógicamente contaron con todo el respaldo de su sheriff y otras autoridades.

La Casa había eliminado a su principal competidor, pero varios de los cowboys empleados por Tunstall se negaron a que Dolan y Murphy se salieran con la suya. Como en una película de Clint Eastwood, Billy y varios de sus compañeros juraron venganza, decididos a eliminar a quienes habían asesinado a su querido jefe. Era la «guerra del condado de Lincoln», en la que Billy el Niño iba a cimentar su impresionante leyenda.

(Continua aquí)

Rifle Winchester modelo 1873, el arma favorita de Billy el Niño, hasta el punto de que podía manejarlo con ambas manos (Foto: DP)
Rifle Winchester modelo 1873. Era el favorito de Billy el Niño, hasta el punto de que podía manejarlo con ambas manos (Foto: DP)


Soapy Smith, el mayor granuja del Salvaje Oeste

Soapy en Skagway

—“¡Dios mío, no dispares!”

Fueron las últimas palabras que “Soapy” Smith pronunció en su vida. Ni el tono suplicante ni la alusión al Creador le sirvieron para salvarse. Tampoco fue de gran ayuda el rifle Winchester —un 44 largo— que llevaba consigo. Nunca había sido un hombre propenso a rogar ante sus enemigos, pero en aquel su último enfrentamiento —el histórico tiroteo de Juneau Wharf— las cosas se le volvieron en contra. Suena un disparo. Soapy Smith queda tendido en el suelo, inmóvil. Nunca volvió a levantarse. Había una bala en su corazón y un papel en uno de sus bolsillos, una nota que decía: “La gente está furiosa. Si quieres hacer algo, tienes que hacerlo ahora”.

Durante veinte años Soapy Smith había estafado, robado y amenazado. Había llegado a controlar los bajos fondos de ciudades enteras y su nombre había ido de “saloon” en “saloon”. Había sido el rey en el estado de Colorado, durante sus más gloriosos años como criminal. Pero aquel día, en los muelles de Skagway —una pequeña ciudad de la fría Alaska, a miles de kilómetros de la sureña Georgia donde había nacido treinta y siete años antes— su carrera terminaba de un balazo. Era el final de uno de los más famosos delincuentes del Salvaje Oeste, el “rey de los timadores de la frontera”. El ocho de julio de 1898 moría el hombre, pero nacía la leyenda.

Un muchacho de buena cuna

Las fotografías que nos han llegado de famosos criminales del “Far West” nos los muestran, a veces, como hombres toscos de facciones irregulares y hechuras patibularias.  Son imágenes que a veces nos hablan de bandidos crecidos en la miseria, curtidos en condiciones extremas:  tipos con aspecto extraño y la cara marcada por su pasado. Individuos que bien podrían haber aparecido en algún “spaghetti western” encarnando todos los estereotipos del forajido de la frontera. Pero hubo notables excepciones a esta regla y no todos aquellos bandidos eran sujetos de aspecto rudimentario. De hecho, algunos de los peores criminales del “salvaje Oeste” tenían una fachada pulcra y presentable, especialmente para aquellos tiempos que corrían. Algunos incluso podrían haber pasado por médicos, abogados, y hasta por escritores. Tal era el caso de Jefferson Randolph Smith II. No era un hombre que pareciese recién salido de entre los arbustos: quienes lo conocieron lo describían como bien vestido, bien educado y con un hablar pausado “de suave acento sureño”. Su estampa desprendía un inconfundible porte burgués. No hubiese costado mucho trabajo hacer creer que alguna de sus fotografías retrata a un inventor o a un cronista literario de las leyendas del Far West. Pero no: él no fue un cronista del Far West, él fue una de esas leyendas.

Soapy Smith
Jefferson “Soapy” Smith, una de las mayores leyendas criminales del Far West.

Nació en 1860, en el seno de una familia adinerada de Georgia, lo cual explica aquella aureola de hombre de mundo que nunca perdió por completo. Su abuelo era un típico terrateniente del sur, propietario de diversas plantaciones de algodón. Su padre ejercía como abogado. Así pues, el pequeño Jeff vino al mundo con el porvenir aparentemente asegurado; era un niño con sirvientes y cucharilla de plata. Sin embargo, desde el momento mismo de nacer su destino estuvo marcado por el capricho de los dioses. Su existencia estuvo marcada por el conflicto ya en el principio: fue comenzar a vivir y el tumulto comenzó a agitar su entorno. Un acontecimiento histórico iba a torcer el destino de su familia cuando apenas había cumplido unos meses de edad: siete territorios algodoneros del sur del país —entre ellos su Georgia natal— decidieron independizarse de los Estados Unidos y formar una Confederación por separado. Aquello terminó derivando en una guerra civil entre los estados unionistas del norte y aquellos rebeldes confederados del sur. El conflicto se prolongó durante cuatro años: mientras Jeff aprendía a hablar y a caminar, su adinerada estirpe apoyó con entusiasmo la causa sudista. No obstante, la guerra no iba a favorecer los intereses familiares: en 1865 el general Robert E. Lee rendía su ejército confederado de uniformes grises ante los azules del general Ulysses S. Grant. La rendición aconteció de manera elegante: Lee capituló para evitar que la sangría se prolongara innecesariamente y su rival Grant, en contra de la costumbre establecida, se negó a tratar a Lee como a un traidor vencido. Es más, le permitió conservar su espada y su caballo. Una paz entre caballeros que no sin embargo no podía cicatrizar las heridas recién abiertas.

La Unión venció y los territorios del sur se vieron obligados a permanecer dentro de los Estados Unidos de América. Los terratenientes algodoneros que se habían alineado con el bando perdedor se encontraban con una nueva situación; ahora las cosas ya no se hacían a su dictado. Aquella derrota tuvo un efecto demoledor sobre el estatus de la familia Smith: su antigua posición fue resquebrajándose y durante los años siguientes sus problemas económicos se incrementaron. Mientras el joven Jeff iba entrando en la adolescencia, el patrimonio dinástico terminó de venirse abajo. Finalmente, cuando él tenía quince años, su otrora adinerada familia tuvo que reconocerse en la ruina. Sus padres decidieron que resultaba imposible continuar en Georgia, así que la familia se mudó a Texas para comenzar una nueva y más modesta vida con ayuda de familiares que tenían allí.

Los Smith se establecieron en la ciudad de Round Rock, en las cercanías de Austin. Su madre comenzó a regentar un pequeño hotel y Jeff la ayudaba en tareas de toda índole. No obstante, siendo hijo de abogado, nieto de un terrateniente y habiendo recibido una esmerada educación, su familia confiaba sin duda en que estudiase y se hiciese un hombre de provecho. Pero él descubrió que no estaba muy de acuerdo con el plan. En Round Rock, el muchacho se encontró con un ambiente muy distinto a aquella pomposidad casi aristocrática de los ricos algodoneros rurales de Coweta County, el pizpireto y tranquilo rincón de Georgia en el que había pasado su infancia. Texas no era Georgia, desde luego. El “estado de la estrella solitaria” al que acababan de mudarse se encontraba en plena ebullición: un territorio enorme y árido pero perlado de animadas ciudades que atraían a lo mejor y también a lo peor de cada casa. Jeff comenzó a deambular por las calles en compañía de su primo y de su hermano pequeño Bascomb. Allí vio cosas  cosas que sin duda nunca hubiese soñado contemplar en su Coweta natal. Sin ir más lejos, entró por primera vez en contacto con el mundo de los forajidos del Oeste… y lo hizo por la puerta grande. Siendo apenas un quinceañero, contempló cómo el legendario forajido Sam Bass —uno de los criminales más buscados del país, autor del más grande asalto que jamás hayan sufrido los ferrocarriles de Union Pacific— era abatido a tiros por un Texas Ranger. Ya por entonces Sam Bass era un hombre de leyenda y su caza se convirtió en un verdadero acontecimiento, profusamente reflejado en la prensa. Y el chaval había estado allí, lo había visto con sus propios ojos, a escasos metros. Aunque solo fuese como espectador, Jeff Smith hacía así su entrada en la leyenda del Salvaje Oeste.

Pero el factor que más contribuyó a acentuar su desprecio por la ley y por el sistema fue seguramente la debacle económica de su familia. Ahora los Smith regentaban un hotel, pero en Georgia habían sido unos potentados y su nivel de vida —aun siendo todavía bueno para la época— había decaído bastantes estratos. A ojos suyos, el viejo microcosmos de los algodoneros esclavistas se había esfumado y su familia bien podía lamentarse de que los días dorados en que formaban parte de la aristocracia sureña eran como un sueño del pasado. Jeff probablemente se preguntaba por qué debía seguir los pasos de su padre, y más cuando en Texas había entrado en contacto con la calle para descubrir que si eras lo bastante listo existían buenas maneras de hacer dinero rápido sin tener que trabajar. Cuando su madre murió, el inquieto adolescente sintió que ya no tenía demasiados lazos que lo mantuvieran en el hogar familiar. Se marchó para hacer las cosas a su manera. Se convirtió en un delincuente.

La Banda del Jabón

Terminó estableciéndose en Denver, la capital y ciudad más poblada del estado de Colorado. Todavía era muy joven, pero había adquirido ya una considerable sabiduría callejera y no tardó en ponerla en práctica ejerciendo como timador. Sin embargo, muy desde el inicio quedó patente que no iba a convertirse en un timador cualquiera. Era inteligente, carismático y tenía cualidades de líder: siendo apenas un veinteañero formó una disciplinada banda de embaucadores que actuaban bajo su dictado con bastante éxito. Inicialmente se dedicaban a asuntillos de poca monta: ejercían como trileros en las esquinas, montaban partidas amañanadas o perpetraban pequeños timos de esos que pueden ejecutarse rápidamente con ayuda de un gancho para después huir rápidamente del lugar. Llegaban, se quedaban con el dinero de algún inocente y se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos.

Siendo aún muy joven pasó de ser un simple estafador al primer gran jefe mafioso de Colorado.
Siendo aún muy joven pasó de ser un simple estafador al primer gran jefe mafioso de Denver.

Pero Soapy era imaginativo y los timos convencionales pronto se le quedaron cortos. Ideó la estafa callejera con la que se ganaría su histórico apodo: “Soapy”, que viene a significar “jabonoso” o “enjabonado”. El joven Jeff Smith se hacía pasar por un vendedor ambulante de jabón, uno de muchos que pululaban por las calles del salvaje Oeste: se plantaba en mitad de la calle, colocaba su puesto y comenzaba a cantar las virtudes de aquellas pastillas que tenía amontonadas sobre un mostrador. Después, para estimular a los compradores, ofrecía un suculento premio: en los envoltorios de algunas pastillas añadía “golosinas” en forma de papel moneda. Después mezclaba los jabones premiados con el resto, de manera que convertía aquella venta en una especie de lotería. Así, algunas pastillas de jabón contenían un dólar, otras contenían cinco dólares, y el premio gordo era un billete de cien dólares (que en aquella época equivalían a varios miles de euros actuales). Atraídos por la posible recompensa, algunos se acercaban y compraban. Siempre había un “comprador” —en realidad un gancho, compinche de Smith— que muy contento aireaba unos dólares encontrados en la pastilla que acababa de adquirir. Entonces los transeúntes se lanzaban en tromba a comprar más jabones, a menudo llevándose varios de golpe, con la esperanza de hallar el billete de cien. Pero Smith estaba muy experimentado en hábiles juegos de manos y distribuía las pastillas “premiadas” únicamente entre unos clientes determinados: los miembros de su banda. Nunca un auténtico comprador se llevaba un premio, ni siquiera de un dólar.

Al final, cuando ya quedaban pocos jabones, siempre se daba la circunstancia de que el premio gordo todavía estaba por salir. Smith anunciaba que los cien dólares no habían aparecido pero que, ante la demanda suscitada por las pastillas restantes, iba a subastar el resto de las existencias entre los más interesados. Así podía vender los pocos jabones que quedaban por un precio muy elevado. Ni que decir tiene que los cien dólares no estaban allí: cuando algún “primo” le pagaba —por ejemplo— cincuenta dólares para hacerse con unos jabones que teóricamente contenían un billete de cien, Smith le entregaba unos jabones que no tenían ningún premio. Después se esfumaba rápidamente. Repitió aquella estafa una y otra vez con mucho éxito. En los bajos fondos de Denver el truco se hizo rápidamente célebre, pronto el nombre de “Soapy” Smith se convirtió en el más respetado entre los timadores de Colorado e incluso de otros estados. Su banda fue bautizada como Soap Gang, la “banda del jabón”.

El jefe criminal de Colorado

La estafa del jabón demostró ser particularmente lucrativa, pero solo fue el principio de una cadena de ventas de “droguería creativa”. También empezó a ofrecer supuestas medicinas chinas que eran simples mezclas de hierbas hervidas que no tenían efecto ninguno… aunque se rumoreó que un hombre había matado a su caballo al darle de beber uno de aquellos remedios para intentar curarlo de una enfermedad equina. Cuando Soapy acumuló dinero suficiente compró un “saloon”, el Tivoli Club, que convirtió en su cuartel general y en el que ofrecía alcohol, mesas de juego y los servicios de señoritas de compañía. Más tarde adquirió también una oficina en la misma calle, desde la que podía organizar estafas más complejas en un entorno más formal y muy distinto al ruidoso puterío del Tivoli Club. Cada vez ganaba más dinero y se hacía con locales comerciales de diversos tipos que sirvieran como tapaderas para sus timbas de juego ilegal, que a menudo estaban amañadas.

Al final de esta calle, a la izquierda, está el Tivoli Club: saloon, casa de putas y cuartel general de Soapy.
En esta calle, a la izquierda, está el Tivoli Club: saloon, casa de putas y cuartel general de Soapy.

También empezó a usar el dinero de las estafas para sobornar a agentes de la ley, jueces y otros cargos públicos de Denver, incluidos el jefe de la policía y el propio alcalde. De este modo se garantizó que el brazo de la ley no tocase a los miembros de su banda, que podían actuar por toda la ciudad con total impunidad. Denver se convirtió en un lugar poco propicio para realizar inversiones, al menos si uno no quería terminar siendo estafado, porque Soapy organizaba toda clase de tinglados cada vez más enrevesados: montaba subastas falsas, firmaba ventas de propiedades inexistentes, construía una especie de oficinas de turismo ficticias donde ofrecía billetes de tren falsos, etc. Refinó sus actividades hasta el punto de abrir un negocio de inversión bursátil en el que ponía a la venta acciones aparentemente muy prometedoras… de empresas que ni siquiera existían. Lo dicho: si uno tenía dinero y quería perderlo rápidamente Denver era el lugar indicado, todo por obra y gracia de Soapy Smith. Hacia finales de la década de 1880 ya ejercía un fuerte control sobre el mundillo delictivo de la ciudad. O dicho de otro modo: estableció un territorio propio. Había dejado de ser simplemente un timador para convertirse en un auténtico pionero de los gangsters: su poder criminal en Denver se parecía al que tiempo más tarde empezarían a acumular, por ejemplo, los mafiosos italianos recién llegados a América. Era el amo de las calles. La policía no tocaba a sus hombres. Y si los policías efectuaban alguna detención de miembros de la Banda del Jabón para mantener un paripé de legalidad de cara al ciudadano, los jueces se encargaban de dejarlos salir a la calle al instante. Soapy Smith era aparentemente intocable.

Además sabía cómo ganarse el favor de mucha gente y no escatimaba dinero en asuntos de caridad o financiando alguna obra social, como la edificación de una iglesia. Mantenía una imagen de patriarca que se preocupaba por los suyos: tan pronto pagaba el entierro de una de sus prostitutas como ayudaba económicamente a algún subordinado o amigo que estuviese pasando por aprietos. Era como un Al Capone del Far West: unos lo veían como un granuja, otros como un benefactor. Cierto es que en la lucha por el control de la ciudad no le faltaban rivales, como Lou Monger, otro jefe criminal local que tenía su cuartel general en el lujoso Elite Saloon y que había tenido que ceder la primacía ante la llegada de Soapy. Monger no consiguió recuperarla mientras Soapy estuvo allí (aunque sí lo haría después de su salida definitiva de la ciudad).

Se decían muchas cosas sobre Soapy Smith. Se sabía que siempre iba armado y que le gustaba jugar al poker. Circulaban rumores que contaban cómo había acabado a tiros con algún que otro pistolero que sus enemigos habían enviado para asesinarle. Fuesen ciertos o no estos rumores, lo cierto es que su figura inspiraba miedo y su transición de timador a gangster le dio una mayor repercusión pública de sus actividades. Incluso la prensa local empezó a hablar de él, hasta el punto de que se prestó a conceder alguna entrevista. No le veía nada malo al hecho de ser jefe de una red de estafadores: “considero más honesta la vida de estafador que la del político medio”. No obstante, cuando la prensa local destapó sus sobornos a las autoridades y sus estrechos contactos con el ayuntamiento, la policía y los tribunales, el ambiente en la ciudad se enrareció en su contra. Se promovieron algunas ordenanzas que regulaban la actividad de ciertos negocios del ramo del ocio, así que Soapy Smith pensó que las circunstancias ya no eran favorables y que quizá le convenía abandonar Denver por un tiempo. Justo entonces le llegaron noticias de un lugar no demasiado lejano donde las minas de plata estaban dando buenos frutos. Allí había gente con dinero fresco y quién mejor que Soapy Smith para vaciarles los bolsillos. Vendió algunas de sus propiedades en Denver y se marchó con su banda en busca de nuevas aventuras.

El hombre petrificado

Creede era una pequeña localidad minera literalmente perdida en mitad de ninguna parte, en el extenso corazón montañoso de Colorado. Situada a unos doscientos cincuenta kilómetros de Denver, está completamente rodeada por abruptas y gigantescas torres rocosas que conforman un paisaje monumental: la propia calle principal de Creede desemboca en un impresionante desfiladero y el peñón que preside la ciudad recibe el muy expresivo nombre de Mammoth Mountain. También muy cerca de Creede discurren las aguas del todavía recién nacido Río Grande. Apenas hay civilización a su alrededor. Un paraje decididamente imponente.

Creede en la época en que Soapy se instaló en la ciudad para estafar a los mineros.

Cuando en las entrañas de aquellas impresionantes rocas se descubrió plata, multitud de mineros acudieron a Creede para intentar hacer fortuna, pero la verdadera fiebre se disparó en 1890 cuando el gobierno de los EEUU cedió a la presión de los “silverites”. Los”silverites” eran un lobby que abogaba por la impresión de moneda respaldada por el patrón plata, además de la moneda que ya se imprimía en base al tradicional patrón oro. Washington promulgó la Ley Sherman de Compra de Plata, la cual significaba que el gobierno empezaba a adquirir grandes cantidades del mineral argentino. Aquella repentina demanda gubernamental hizo que el precio de la plata se disparase, por lo que el lucro derivado de las actividades mineras de Creed se disparó exponencialmente. Así que muchos más buscadores llegaron a la ciudad, sabiendo que ahora más que nunca resultaba muy fácil enriquecerse si se hallaba una buena veta de plata. Y donde había mineros con metales preciosos en los bolsillos, naturalmente hacían acto de presencia los malhechores, como sucedía en la célebre Deadwood. Creede empezó a llenarse de criminales. En 1892 apareció también Soapy Smith.

Su manera de llamar la atención de los mineros no pudo ser más curiosa: se sacó de la manga una figura de piedra con forma humanoide y una estatura de tres metros, que según decía era el fósil de un enorme hombre prehistórico. Lo bautizó con el simpático nombre de McGinty y lo expuso al público, cobrando una razonable entrada de diez centavos por persona. Pero aquello no era más que el señuelo para atraer a los mineros hacia el juego: en las largas colas que se formaban para ver al “hombre petrificado” los buscadores de plata eran abordados por miembros de la banda del jabón, que los embaucaban para participar en juegos de cartas amañados o en otros timos parecidos. En apenas unos meses Soapy se estableció en la ciudad como si siempre le hubiese pertenecido: montó un saloon-casino con el sugerente nombre de Orleans Club y se trajo a unas cuantas de sus prostitutas de Denver para que ofrecieran servicios a los mineros, un negocio bastante rentable en un lugar donde las mujeres escaseaban pero la plata era abundante. Todo le iba viento en popa: si en la capital había podido convertirse en un respetado jefe criminal, era de esperar que no tuviese demasiado problema para apoderarse también de Creede. Como de costumbre, untó a todos los cargos del ayuntamiento que pudo, comprando su lealtad hasta el punto de que la seguridad de los cargos públicos dependía de las escoltas que Soapy les proporcionaba. Incluso colocó a su cuñado como ayudante del sheriff. Soapy se convirtió en el auténtico factótum de la ciudad y eran las propias autoridades las que solicitaban su ayuda cuando había problemas. Por ejemplo, si llegaba algún forastero dispuesto a provocar peleas o tiroteos, Soapy Smith y sus hombres se encargaban de hacerle ver que tenía que largarse por donde había venido.

En un lugar que constituía literalmente una fuente de mineral de plata, la fortuna de Smith siguió creciendo a buen ritmo, pero echaba de menos el bullicio de Denver, donde (a distancia) todavía ejercía el control de las calles y donde sentía que estaba su lugar. Cuando solamente llevaba un año en Creede, sus contactos en la capital —cargos políticos, policiales y judiciales— le enviaron varios mensajes informándole de que la fiebre “anti-saloon” y la oleada de legislación restrictiva había pasado. Sabiendo que el ambiente en Denver se había normalizado, Soapy decidió que era momento de regresar. Así, su paso por Creede fue breve… pero lo cierto es que tuvo la suerte de marcharse justo a tiempo. En 1893 la cotización de la moneda de los “silverites” se vino abajo y el valor de la plata extraída en Creede cayó en picado. La economía de la ciudad se colapsó por completo y en muy poco tiempo muchas de sus casas y negocios fueron abandonados. La mayor parte de las minas quedaron en silencio. Para entonces, Soapy Smith ya había vendido sus inmuebles y estaba de regreso en Denver. Era un hombre de suerte, se había librado por los pelos. Aunque la suerte no lo iba a seguir favoreciendo por siempre.

La pequeña guerra civil de Colorado

Smith había confiado en regresar a una Denver favorable a sus negocios y al principio daba la impresión de que así era. Volvió a adquirir un saloon y diversos establecimientos comerciales, retomó la colaboración con los poderes locales y se dispuso a seguir haciendo dinero en la capital. Pero su tranquilidad no iba a durar. En aquellos tiempos los Estados Unidos eran un país todavía en formación, que había experimentado una guerra y en donde aún existían graves malentendidos sobre las relaciones entre los distintos poderes políticos. Sin comerlo ni beberlo, Soapy Smith se iba a ver envuelto —rifle en mano— en una de las disputas políticas más surrealistas de la época.

El gobernador de Colorado, Davis H. Waute, casi disuelve el corrupto Ayuntamiento de Denver a cañonazo limpio.
El gobernador de Colorado, Davis H. Waute, casi disuelve el corrupto Ayuntamiento de Denver a cañonazo limpio.

El nuevo gobernador del estado de Colorado era el severo Davis Hanson Waite, representante del People’s Party, una organización política entonces muy en boga que propugnaba los valores tradicionales de la sociedad agraria frente al depredador capitalismo metropolitano, algo que en cierta forma representaba lo que podríamos considerar la izquierda del espectro político. El People’s Party (o lo que en España podría traducirse —muy irónicamente— como “Partido Popular”) veía con sumo desagrado a los poderes establecidos, especialmente los poderes financieros e industriales, y se oponía al dominio que las élites económicas empezaban a ejercer sobre la nación. Conferido de esa grave desconfianza hacia el capitalismo salvaje, el gobernador Waite centró su mirada en las deshonestas autoridades de la capital del estado y puso Denver literalmente patas arriba. Acusó abiertamente de corrupción a varios importantes cargos del ayuntamiento y decretó su inmediata destitución. Los miembros del consistorio, que repentinamente veían peligrar sus puestos por el ímpetu reformador del nuevo gobernador, se negaron a ser cesados. Respondieron que siendo cargos municipales electos, sus destituciones por decreto del gobernador resultaban ilegales. Waite —que era un hombre honesto pero no demasiado sutil— les dio un ultimátum para que abandonasen sus puestos e incluso amenazó con emplear la fuerza, pero ellos respondieron atrincherándose en el consistorio. Finalmente se produjo una tensa situación de auténtica preguerra: por orden de Waite, la milicia estatal se plantó frente al ayuntamiento provista de dos piezas de artillería y una ametralladora de la época —de aquellas que iban montadas en un pequeño carro—, mientras los rebeldes les apuntaban con sus rifles desde la torre y las ventanas del edificio municipal, teniendo preparados cartuchos de dinamita por si las moscas.  Ante la situación de emergencia, los miembros del ayuntamiento pidieron la ayuda de Soapy Smith, lo nombraron oficialmente ayudante del sheriff de la capital de Colorado (¡ahí es nada!) y la Banda del Jabón tomó sus armas para ayudar a defender el ayuntamiento de las huestes del gobernador.

Ante la inminente posibilidad de un derramamiento de sangre y de la ciudad se convirtiese en un campo de batalla, Waite acordó retirar a la milicia para dejar que los tribunales de justicia resolvieran el asunto de las destituciones supuestamente ilegales. Así pudo salvarse el asunto sin disparar un solo tiro, cuando ya parecía que una mini guerra civil resultaba inminente. Sin embargo, la solución judicial no ayudó demasiado a Soapy Smith. El Tribunal Supremo de Colorado dictaminó que el gobernador sí tenía la potestad para echar a aquellos cargos municipales de la capital que considerase corruptos. ¿El resultado? Casi todos los miembros importantes del ayuntamiento se quedaron sin cargo. Aunque, por increíble que parezca, ¡Soapy conservó su nombramiento como ayudante del sheriff! Eso sí, sin el apoyo de los amigos poderosos que habían sido destituidos, su influencia en la ciudad comenzó a decaer. Soapy ya no era intocable, ni aun luciendo una estrella de agente de la ley. Después de que su hermano y él le diesen una paliza al dueño de un saloon, se encontraron con una acusación en firme por intento de asesinato. Era la primera vez que Soapy Smith tenía que hacer frente de verdad a la justicia. Supo que sin sus apoyos en el poder terminaría muy probablemente en la cárcel. Había llegado el momento de huir: recogió lo que pudo de su dinero y salió a toda prisa de Denver. A sus treinta y seis años, por primera vez en su vida, Soapy Smith era un fugitivo, un “outlaw” buscado por la ley. Pronto todo el estado de Colorado estaba empapelado con carteles de “Se busca”.

Reinar y morir en Alaska

En 1896 se descubrió oro en los campos de Klondike, en la fría y lejana Alaska, lo cual produjo una fiebre que arrastró a muchos mineros y aventureros hacia el remoto norte nevado del país. Al año siguiente las noticias acerca de la “fiebre de Alaska” llegaron hasta Soapy Smith, que estaba buscando nuevos horizontes más allá del sur, donde ya se había puesto precio a su cabeza. Naturalmente vio la oportunidad dorada —nunca mejor dicho— de volver a exprimir a los mineros, tal y como había hecho en Creede. En 1897 emprendió el viaje hacia el territorio ártico: se estableció en la localidad costera de Skagway, situada en el “mango de la sartén” de Alaska, y se dispuso a extender su control sobre las actividades criminales del Yukon.

En Skagway compró un pequeño “saloon” y lo bautizó como Jeff Smiths Parlor, transformándolo en su nuevo cuartel general. Reinició sus negocios poniendo en marcha todo tipo de estafas, algunas tradicionales y otras nuevas: por ejemplo, montó una oficina de telégrafos donde cobraba por enviar mensajes a ninguna parte, además de poner en marcha otra red de tahúres y tramposos afanosamente dedicados a separar a los mineros de su oro. En muy poco tiempo se adueñó de las actividades criminales de la costa del Yukon. Intentando ganarse de nuevo la inmunidad, Soapy sobornó al sheriff y a algunos otros cargos locales de Skagway. Era un hombre hábil que no desperdiciaba ninguna oportunidad para congraciarse con las autoridades: cuando llegaron noticias de la guerra que acababa de estallar entre EEUU y España, Soapy telegrafió al gobierno de la nación —concretamente al Departamento de Guerra e incluso al propio Presidente— informando de que la lejana Skagway se ponía al servicio del país mediante una nueva milicia reclutada por él mismo, Jefferson Randolph Smith II. El gesto patriótico cayó en gracia en Washington (donde evidentemente no sabían con quién estaban tratando) y Soapy recibió una respuesta en la que se reconocía el estatus oficial de aquella milicia creada por él. De hecho, se le nombraba capitán de la Compañía Militar de Skagway. De este modo ¡se había convertido en un mando militar de la ciudad! La pantomima llegó al punto de que durante el desfile del 4 de Julio, aniversario de la independencia de los EEUU, Soapy Smith ocupaba en el desfile un asiento contiguo al del mismísimo gobernador de Alaska. Era nuevamente un potentado. Luciendo su condición de capitán en aquel desfile estaba viviendo un nuevo momento de gloria… aunque solo quedaban cuatro días para su muerte.

La gente de a pie no había reaccionado con la simpatía de las autoridades a la llegada de Soapy Smith a Alaska. Tras varios meses de estafas, robos y amenazas por parte de la Banda del Jabón, los habitantes de Skagway estaban hartos de él. En un lugar tan alejado de la civilización como el Yukon, muchos se sentían desamparados ante el poder que estaba acumulando aquel individuo, y más sabiendo que el sheriff y otros elementos del poder local habían sido comprados por él. De aquel modo surgió una reacción espontánea: se formó una patrulla ciudadana inetgrada por un centenar de miembros, a la que se bautizó como el Comité de los 101. Cuya función sería la de garantizar la seguridad y el orden en la zona, o sea, intentar pararle los pies a Soapy Smith ya que la policía local se abstenía de intentarlo siquiera. Al saberlo, Soapy reaccionó con una insolencia muy propia de él, reclutando a su vez hombres para formar su propia “Sociedad para la Ley y el Orden”, a la que denominó —en un acto de chulería que, para qué negarlo, tuvo estilo— el Comité de los 303. Tres a uno. La numeración lo dejaba bien claro.

Pero el intento de amedrentar a la población no iba a funcionarle. Alaska no era Denver. A Skagway y las poblaciones cercanas habían acudido hombres endurecidos a quienes no les había importado lanzarse a la aventura en un territorio inhóspito, hombres que no estaban dispuestos a que les estropease su sueño dorado aquel individuo a quien consideraban un vulgar trilero, por mucho que tuviese a su corte de matones detrás, por mucho que se codease con el gobernador y presumiera de haber sido ascendido a oficial del ejército desde Washington. Los hombres del Comité de los 101 veían a Soapy Smith como lo que realmente era, un delincuente, y estaban dispuestos a enfrentarse a él. Incluso le atribuían crímenes que posiblemente no tenían nada que ver con su banda, ya que los hombres de Smith solo recurrían a la violencia como último recurso, y su modus operandi solía consistir en la estafa, no en el asalto a mano armada. Sin embargo, Soapy era el cabeza visible del delito en la región, así que la gente le culpaba de casi cualquier crimen sin resolver o que quedase sin castigar.

El Saloon de Soapy Smith en Shagway, Alaska, se conservó como monumento histórico.
El Saloon de Soapy Smith en Skagway, Alaska, se conservó como monumento histórico, aunque las casas contiguas han desaparecido.

El 7 de julio, tres días después del desfile en el que Soapy se había pavoneado como nuevo potentado de la región, regresaba a Skagway un minero que había tenido un golpe de suerte en su excavación. El tipo traía consigo un pequeño saco con pepitas de oro por valor de casi 3000 dólares, que al cambio actual serían unos cincuenta mil euros como mínimo, o probablemente bastante más. Depositó el oro en una caja de seguridad y salió a las calles con 87 dólares en billetes. Se topó con varios individuos que pertenecían a la Banda del Jabón: tras embaucarle para participar en un juego de naipes —en el que podemos muy bien suponer que hicieron trampas— le despojaron de su dinero y además consiguieron que se endeudara. Reclamándole lo que debía tras perder en varias partidas, lo amenazaron y le obligaron a sacar el oro que había depositado como pago de aquella deuda. El pobre hombre así lo hizo. Aunque no tardó en darse cuenta de que había sido estafado y se presentó en la oficina del sheriff para tramitar la correspondiente denuncia. Pero el agente de la ley —a sueldo de Soapy— le dijo que mantuviese el asunto en secreto… mientras él “lo investigaba”. El minero se dio cuenta de que el sheriff no pensaba hacer nada al respecto. Escandalizado, se quejó a todo el que quisiera escucharle. Su historia empezó a circular de boca en boca, incendiando los ánimos y agudizando un ya muy extendido descontento hacia las actividades de Soapy Smith, entre todos aquellos a quienes sus hombres habían timado o robado. El minero expoliado se dirigió a la vecina localidad de Dyea —donde había un destacamento del ejército cuya lealtad Soapy no había podido comprar— para quejarse directamente ante el comisionado del gobierno federal allí presente. Mientras tanto, las habladurías sobre el caldeado ambiente que había desencadenado aquel asunto llegaron a oídos de Soapy Smith, que intentó salvar la situación justificándose en público ante los comerciantes locales de Skagway. Aseguraba que nadie había sido robado, que el minero había perdido su oro en una partida justa y que de no ser “por el ruido que está armando”, Soapy hubiese incluso intentado llegar a un arreglo. Incluso le dijo al reportero del periódico local que si no se publicaba nada sobre el asunto el día siguiente para así aplacar los ánimos, él mismo le devolvería el oro al minero. Puso un plazo para la devolución: las cuatro de la tarde. El periódico cumplió su parte y no imprimió la noticia la siguiente jornada, pero llegó la hora estipulada y Smith no hizo lo prometido: ni rastro del oro. La población, solidarizada con la desesperada indignación del minero arruinado, volvía a hervir de furia. El periodista, captando la preocupante vibración de las calles, fue a visitar a Soapy de nuevo y le dijo que si no devolvía el oro, iba a encontrarse con serios problemas. Soapy respondió con su chulería habitual: “Vive Dios que son problemas lo que estoy buscando”.

La agitación creció hasta el punto de que se organizó en el ayuntamiento una reunión del Comité de los 101, a la que acudieron cientos de personas. Eran tantos los asistentes que no cabían en el edificio. Además empezó a circular la voz de que los hombres de Smith podrían haberse infiltrado entre la multitud para causar problemas y boicotear la asamblea. Así que se organizó una nueva reunión, más tranquila y menos concurrida, el el puerto. Un pequeño número de líderes del Comité se citaron a la hora de cenar en el extremo de un embarcadero a quienes los lugareños llamaban el “Juneau Wharf”. Los hombres fuertes del Comité volvieron a encontrarse allí, liderados por un ingeniero y antiguo soldado llamado Frank Reid. Comenzaron a deliberar sobre las acciones que debían llevarse a cabo para hacer justicia con el minero estafado. Mientras, otros hombres vigilaban el acceso al embarcadero para evitar que los esbirros de Smith intentasen boicotear la reunión del Comité y amedrentar a sus miembros. La ciudad estaba que ardía: por algún motivo, aquel asunto había tocado profundamente la fibra de una población hastiada de vivir en mitad de un ambiente delictivo aparentemente incontrolable.

Entre los miembros de la Banda del Jabón cundió la alarma. La tensión resultaba casi insoportable y la ciudad amenazaba con estallar. Uno de ellos escribió una nota que decía “La gente está furiosa. Si quieres hacer algo, tienes que hacerlo ahora” y fue al Jeff Smiths Parlor para entregársela a su jefe. Soapy la leyó, tomó un rifle Winchester y salió en dirección a los muelles.

Hacia las nueves de la noche, Soapy se presentó en la entrada del embarcadero Juneau Wharf, acompañado de algunos de sus hombres. Llevaba el rifle sobre el hombro y no apuntó a los vigilantes, pero aun así su sola presencia fue suficiente para provocar el miedo y conseguir imponerse. Les ordenó secamente que se apartaran de su camino: intimidados, le dejaron pasar. Soapy ordenó a los suyos que se quedasen en la entrada del embarcadero mientras él avanzaba en solitario hacia la reunión del Comité. Frank Reid, el hombre fuerte de la nueva milicia de vigilantes ciudadanos, vio acercarse a Soapy hacia ellos. Le advirtió de que no podía continuar o “habría problemas”. Smith se limitó a ignorarlo y continuó caminando. Pronto, los dos hombres se encararon frente a frente, a apenas un metro de distancia el uno del otro. Reid y Soapy Smith comenzaron a discutir y la cosa derivó en insultos. Estaba claro que aquel asunto no iba a terminar nada bien.

De repente, Smith bajó su rifle del hombro y apuntó directamente a Reid, pero este reaccionó con rapidez agarrando el cañón del rifle y desviándolo. Sacó su propio revólver, apuntó directamente a Soapy y apretó el gatillo… pero nada sucedió. El revólver había fallado. Sorprendido, volvió a apretar el gatillo y consiguió disparar, pero para entonces Soapy Smith ya había conseguido dirigir el cañón hacia Reid y estaba también apretando el gatillo a su vez.

Ambos se dispararon al unísono. Soapy recibió dos balazos, uno en un brazo y otro en un muslo, que lo hicieron caer al suelo pero que no constituían heridas serias. Reid tuvo menos suerte: una bala del rifle de Smith le entró por el abdomen y lo hizo desplomarse de frente sobre las tablas de madera del embarcadero, muy gravemente herido. Justo en aquel momento, aprovechando la confusión, uno de los miembros del comité ciudadano llamado Jesse Murphy, se abalanzó sobre Soapy, que continuaba caído. Pillándolo por sorpresa, le arrebató el arma y le apuntó directamente al pecho. Repentinamente desarmado y viéndose encañonado por su propio rifle, Soapy Smith exclamó:

“¡Dios mío, no dispares!”

Pero su suerte terminó en ese mismo instante. Murphy hizo caso omiso y apretó el gatillo. Sonó aquel último disparo. Soapy Smith murió en el acto, con una bala alojada en el corazón. Los hombres de la Banda del Jabón habían contemplado el tiroteo desde la distancia, y al ver cómo disparaban a bocajarro a Soapy comenzaron a correr hacia el embarcadero, aparentemente dispuestos a vengar a su jefe. Pero eran superados en número por los hombres del Comité ciudadano, así que su ímpetu fue enfriándose conforme se acercaban. Ambos bandos empuñaron sus armas y se apuntaron los unos a los otros, pero alguien dijo desde el grupo del Comité:

—“Acabamos de matar a Soapy, y si no os disolvéis ahora mismo, os mataremos a vosotros también”.

Los esbirros de Soapy Smith se lo pensaron mejor, dieron la vuelta y huyeron, dejando allí el cadáver de su antiguo líder. Frank Reid, por su parte, fue conducido al hospital de inmediato.

La noticia del tiroteo se extendió rápidamente por la zona. Ante el caos que se había desatado en Skagway, el destacamento militar de la vecina Dyea amenazó con terminar decretando la ley marcial para imponer la seguridad a base de fuerza bruta, tomando el control de Skagway. Para evitar la intervención militar, los miembros del Comité se esmeraron en capturar a cuantos miembros de la Banda del Jabón pudieron. También atribuyeron a Reid la muerte de Soapy Smith, aunque quien realmente había acabado con su vida había sido Jesse Murphy. Lo hicieron de ese modo para evitar que Murphy fuese llevado ante un tribunal: dado que había disparado a Soapy a sangre fría mientras el criminal estaba completamente desarmado, no se podía considerar que había actuado en defensa propia, así que se lo hubiese podido juzgar por asesinato. La coartada quedó completa cuando Frank Reid murió varios días después a causa de sus graves heridas, tañ y como se esperaba, con lo cual no pudo desmentir la historia.

Terminado el duelo del Juneau Wharf, la carrera criminal del hombre que una vez controló el estado de Colorado había llegado a su fin en mitad de un considerable tumulto, una escena digna del desenlace de un Western clásico del cine. Soapy Smith fue enterrado en la propia Skagway; en el lugar se colocó una sencilla lápida con su nombre completo y la fecha de su muerte. A Frank Reid, su última víctima y héroe local, se le dedicó un monumento bastante más solemne.

Epílogo

20 de julio, 1878. Round Rock, Texas.  Justo 20 años antes.

Sam Bass, legendario forajido, fue tiroteado a escasos metros del adolescente Soapy Smith.20 años después, él terminaría igual.
Sam Bass, legendario forajido, fue tiroteado a escasos metros del adolescente Soapy Smith.20 años después, Soapy conocería idéntico final.

Unos operarios del ferrocarril encuentran a un hombre tendido en un descampado. Está muy malherido, así que lo llevan a la ciudad para que los médicos lo atiendan. En Round Rock descubren que el hombre es nada menos que Sam Bass, uno de los criminales más buscados de los Estados Unidos. Un individuo cuyo nombre es famoso en todo el país porque había asaltado el tren de la Union Pacific que transportaba el oro californiano hacia el este, llevándose un fabuloso botín. Al llevarlo al hospital, los ferroviarios supieron que Bass había huido a caballo de la ciudad el día anterior pero que los agentes de la ley lo habían alcanzado con un certero disparo mientras escapaba, así que había terminado desplomándose en las afueras. El sheriff se hace cargo de la custodia de Bass, que se encuentra oficialmente detenido aunque esté recibiendo asistencia médica. Sin embargo, no sobrevivirá mucho más: al día siguiente, justamente el día de su vigésimo séptimo cumpleaños, Sam Bass muere.

Cuarenta y ocho horas antes, el famoso bandido había estado deambulando por Round Rock, planeando un nuevo golpe maestro: el robo del banco del Condado, situado en aquella ciudad. Nadie sabía quién era y nadie le importunaba, pero al entrar en una tienda para comprar tabaco, había sido reconocido por el ayudante del sheriff, quien a su vez dio la voz de alarma a un agente de los Rangers de Texas.

Sam Bass llevaba bastante tiempo esquivando hábilmente la persecución de los Rangers. Era el fugitivo más buscado del estado pero ni siquiera se había molestado en huir a otro territorio. Seguía dando golpes en Texas ante las mismas narices de los propios Rangers, muy hartos de que se les escurriese de entre las manos una y otra vez. Pero aquellos  Rangers no eran la clase de justicieros que se diesen fácilmente por vencidos: consiguieron averiguar que Bass estaba en Round Rock cuando el padre de uno de los miembros de la banda de Bass se encontraba gravemente enfermo. Siseñaron una táctica sucia pero efectiva: detuvieron al pobre hombre y le negaron la posibilidad de recibir ayuda médica… a no ser que su hijo se presentara ante ellos para confesar el paradero de Bass. Así sucedió; el hijo hizo acto de presencia, delató a su jefe y los Rangers se dispusieron a intentar encontrarlo en Round Rock.

Cuando el ayudante del sheriff vio al mítico forajido entrando en aquella tienda, un par de Rangers acudieron y se situaron frente a la puerta del comercio. Mientras, el ayudante entraba también en el comercio para advertir al criminal de que la salida estaba cubierta, asegurándole que sería mejor que se rindiese. Sam Bass, un individuo de cuidado, no quiso atender a razones: sin pararse a pensarlo dos veces, desenfundó como un relámpago y abatió a tiros al agente de la ley. Después salió a la calle, corrió hacia su caballo y consiguió montar mientras los dos Rangers que hacían guardia abrían fuego sobre él sin alcanzarlo. Bass consiguió alejarse a la carrera, aunque el sargento Richard Ware hizo un último disparo que finalmente había parecido certero. El forajido salió de la ciudad, pero con un balazo en la espalda parecía cuestión de tiempo que cayese de su caballo.

A tan solo unos de metros de Ware, un par de adolescentes contemplaban boquiabiertos la escena. Uno de ellos dijo:

—“¡Señor, creo que le ha dado!”

Aquel chaval que comentaba admirado la puntería del Ranger era Jefferson Randolph Smith II, el hijo de la dueña de un hotel local. Acababa de presenciar el final de uno de los más famosos forajidos de su tiempo; ese fue el primer contacto del joven Jeff con la leyenda, pero en poco tiempo conseguiría forjar la suya propia. Poco podía sospechar que casi exactamente veinte años después, él encontraría un idéntico desenlace. Sam Bass mató a un defensor del orden y justo después fue abatido por la espalda. Soapy Smith mataría a un defensor del orden y justo después sería ajusticiado mientras estaba desarmado. Todo ello con una diferencia de apenas días en el calendario. Incluso siendo un aquel país tan enorme, las grandes leyendas terminaban por entrecruzar sus destinos en una misma calle, en un mismo momento. Hubo mucho de literario, casi incluso de esotérico, en aquella casualidad espaciotemporal. Como pensado para una novela. Pero fue real. Así era el Salvaje Oeste: un lugar forjado para la leyenda.

Soapy Muerto


Radiografía de un fotograma: el reloj de Damocles

La imagen de un reloj. Puede no ser tan espectacular —en foto fija— como el plano panorámico de Gary Cooper caminando en solitario por las polvorientas calles de un pueblo vacío, pero es el plano culminante de toda una película cuyo principal protagonista es precisamente ese reloj.

El título original, High noon (“Mediodía”) era quizá menos novelero que la traducción española, pero bastante más poético y sobre todo bastante más ajustado a la esencial del film. Un sheriff que sabe que el pueblo va a ser visitado por un malvado asesino y sus secuaces. Y sabe que llegan en el tren del mediodía, para lo cual falta poco más de una hora. Mientras el minutero del reloj va acercándose fatalmente a las doce, el sheriff intenta desesperadamente que los habitantes de la ciudad planten cara junto a él a los bandidos que están por llegar, mientras es víctima del rencor de los más cobardes e incluso de la incomprensión de su nueva esposa, una bellísima Grace Kelly.

Solo ante el peligro transcurre prácticamente en tiempo real: la película no es más que la angustiosa cuenta atrás de un hombre que está prácticamente condenado a morir a tiros, enfrentándose en solitario a varios individuos armados. La reflexión sobre la falta de solidaridad social y sobre la esencia del héroe —el héroe no es aquel que no tiene miedo, sino aquel que teniéndolo es capaz de cumplir con su deber— se asienta en una estructura dramática sustractiva: la película resta tiempo a la historia en vez de añadírselo. Podemos intuir el desenlace prácticamente desde el principio, pero no es la incertidumbre del resultado final lo que atrapa al espectador, sino la certeza de que el tiempo pasa y de que nunca se va a detener. Los planos del reloj aparecen continuamente durante el film, como el recordatorio de lo inapelable. El que la acción del film transcurra en tiempo real contribuye a agudizar la sensación de agobio.

El sheriff, filmado desde la distancia como si fuese un fantasma: metáfora de que a todos los efectos se le puede considerar un hombre muerto.

El director Fred Zinnemann compuso una de las obras más profundas y a la vez más milimétricas del género western. La película se convirtió en un clásico prácticamente desde su estreno, en una de esas raras ocasiones en que todo el mundo es consciente de que están viendo un film que va a pasar a la historia y que va a sentar bases para la evolución de todo un género y del arte cinematográfico en general.

Pero no todo fue como Zinnemann quería. Parece atrevido decir que una obra maestra como Solo ante el peligro pudo haber sido todavía mejor, pero sí, pudo haberlo sido si el estudio hubiese respetado los deseos del director.

Fred Zinnemann concibió efectivamente su película como una angustiosa cuenta atrás y como es lógico el director pensaba que la cuenta atrás debía terminar justo en el cero. Eso es, cuando el reloj marcaba el mediodía, momento en que llega el tren con el malvado asesino, a quien sus secuaces esperan en la estación. Zinnemann quería que ese fuese el final del film y para ello construyó una extraordinaria secuencia de clímax casi insoportable, en que el sheriff escribe su testamento mientras la cámara nos muestra el reloj, los rostros de los habitantes del pueblo, la llegada del tren, una silla vacía representando al malvado ausente… todo ello en una rápida sucesión de planos al ritmo de una tétrica y pulsátil música escrita por Dimitri Tiomkin, que imita el tictac del reloj, la espada de Damocles del argumento. Música interrumpida por el silbido del tren: es el mediodía, el momento de la verdad. Abandonado por sus conciudadanos e incluso por su propia esposa, Gary Cooper —con el pánico tatuado en su rostro, pese a su evidente intención de ocultar sus emociones— va a enfrentarse a la muerte.

Un planeado gran final que no satisfizo al estudio. ¿Vamos a dejar a los espectadores en la duda de saber cómo termina el asunto? Un final abierto era quizá demasiado aventurado para 1952, así que el guión fue más allá del momento de la llegada del tren y la historia prosiguió con el duelo final entre Cooper y los malos de la película. El duelo fue rodado también con maestría por Zinnemann, pero resta —dicho sea con toda la relatividad del mundo— algo de redondez al resultado final del film. Cuando finalmente vemos el rostro del malvado, no está a la altura de lo que nos habían hecho imaginar. Cuando comienzan de verdad los tiros, nos damos cuenta de que Solo ante el peligro podría haber sido el único western “duro” en que no se hubiese filmado ni un solo disparo. Tal es el virtuosismo cinematográfico que Fred Zinnemann desplegó en su cuenta atrás que no hubiese necesitado de tiroteos para rodar uno de los films más psicológicamente violentos del género.

Pero bueno, el tiroteo final está ahí y forma parte ya de la leyenda del film. Aunque, eso no nos lo quita nadie, seguiremos viendo la secuencia del reloj y sintiendo que es el final de la película y el principio de una coda brillante, pero innecesaria. No había mejor final posible que el plano de un reloj marcando las doce: hora en que el héroe se enfrenta a su destino final… algo que todos haremos algún día.