Olivia Colman, la diosa cebra

Olivia Colman en La favorita, 2018. Fotografía: Fox Searchlight Pictures / Film4 / Waypoint Entertainment / Scarlet Films / TSG Entertainment.

Este artículo está también disponible en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº 27 Dioses y endiosados.

Ni rastro de ella. Aquella noche de 2013 se encaramó al escenario del Royal Albert Hall dos veces, sudando. El primer Bafta que recogió, por la serie Accused, se lo agradeció a sus padres por hacer de canguros para que ella pudiera estar ahí. «Pero ¡si ni siquiera soy la más graciosa de la serie!», exclamó al recibir el segundo premio, por la comedia Twenty Twelve. Después, nada más. Se esfumó de los fastos de su triunfo. No apareció por la cena ni por la fiesta de vencedores posterior. Ni una foto, ni una declaración emocionada desde un altar merecido. Tardó en contar dónde se había metido, fundamentalmente, porque tampoco nadie se preguntó demasiado dónde se había metido. En su gran noche, Olivia Colman acabó, antes de la diez de la noche, en el sofá. Se había escabullido de los grandes premios del cine británico para enfundarse los calcetines y compartir un té con su marido, mirando atónita los dos galardones. 

La anécdota era oro. Sobre muchísimo menos se han construido carreras mediáticas que explotan el valor comercial de la mujer normal. Esa clase de estrella que, aunque pise alfombra roja y tenga personal shopper, disfruta poniendo lavadoras u organizando torneos de Monopoly con sus amigos del colegio. En aquella noche de 2013, Olivia Colman tenía ya en su biografía un arsenal para construir varias de esas fábulas, historias entrañables y naturales… pero nunca sucedió. Las crónicas hablaban de las sobrenaturales dotes interpretativas de aquella mujer madura, con una carrera discreta de papeles periféricos en la televisión. Aunque el público inglés empezó a desarrollar un honesto y progresivo fervor por ella, nadie osó llamarla «Ollie», ni preguntarle cómo se pasa de fregar suelos a trabajar codo con codo con Meryl Streep

Para empezar, porque Reino Unido no es Hollywood. En un país donde la aplastante mayoría de sus actores y actrices han compartido pupitre con la nobleza, haber dormido en un coche o vendido a puerta fría antes de triunfar en el cine no amerita nada. No existe tal cosa como la glamurización del origen humilde, tan vanagloriado fuera de sus fronteras. Desde Hugh Grant y Daniel Day-Lewis a Tom Hiddleston, pasando por Kate Winslet o Tom Hardy, el star system británico es puro abolengo. Gente de clase alta que escogió escuela privada de interpretación sin echar cálculos, porque al cine británico se llega ya rico de casa. Se ha dicho muchas veces que su industria está cómoda contando historias de personas con dinero (Ver: «Cine de tacitas») escritas por personas con dinero, y es verdad. Solo Benedict Cumberbatch protesta por que se le trate como a un «quejica rico de la educación privada» al que solo ofrecen papeles de pijo. Lo cierto es que incluso los retratos de clase obrera y compromiso social más celebrados (Trainspotting o Full Monty) son narrados por cineastas que no crecieron, precisamente, en calles sin alumbrado. El equivalente al sueño americano en Reino Unido, de existir, se parecería más al «¿Qué es un fin de semana?» de Lady Violet de Downton Abbey que al mito fundacional estadounidense. 

Por eso nadie aquella noche se preguntó dónde estaba — ni dónde había estado hasta entonces— Olivia Colman. La actriz tenía y tiene cara de saber pagar una factura. Como James McAvoy o Colin Firth, son excepciones esporádicas a unas reglas férreas. En casa, los medios raramente sacan a colación su condición de outsiders de clase obrera, pero cuando el éxito los catapulta más allá del Atlántico, las historias sobre cómo escalaron hasta dónde están se revalorizan. 

En 2011, Olivia Colman pisó por primera vez Los Ángeles, lo cual fue ya un triunfo en sí mismo. Protagonizaba Tyrannosaur, de Paddy Considine, una película modesta que no estaba destinada a salir del ciclo del cine independiente, como finalmente sucedió. Tras verla en un festival, un bloguero cinematográfico lanzó una campaña para recaudar fondos y proyectarla en Los Ángeles. Funcionó. Tyrannosaur acabó cosechando una ristra de galardones con postín (enfrentándose a gigantes como Shame o Tinker Tailor Soldier Spy) y Olivia Colman, además, consiguió su sonoro trending topic en Twitter. Y allí estaba ella, en su primera entrevista en la meca del cine: parapetada por una taza de té ridículamente grande y rascándose la cabeza con genuino pasmo. Cuando le preguntaron cuáles eran sus objetivos, alzó las cejas y dijo: «Pagar las facturas, tener tiempo para leer y poder volver a Los Ángeles para traer a mis hijos a Disneyworld». No había preparado otra respuesta: llevaba años encadenando papeles cómicos, sobreviviendo a trompicones y prorrogando la hora de tirar la toalla con la interpretación. Su madre le había rogado que solo se tomara un año para probar suerte, pero ella respondió que se tomaría diez. El plazo estaba a punto de expirar. Otra vez. 

No lo contó en esa entrevista, ni tampoco en las posteriores. Durante toda su carrera, Olivia Colman ha evitado los golpes en el pecho, temiendo verse en el centro de una lacrimógena historia de superación de Ken Loach, o una fábula del auge y caída del Hollywood decadente. Nadie mejor que ella conoce lo poco ortodoxo de su ascenso. A pesar de su refrescante espontaneidad, ha dosificado cuidadosamente las batallitas que contaba y las que no. Su trayectoria, su primer acto, ha tardado en conocerse exactamente el mismo tiempo que le ha llevado arrebatarle un Oscar a Glenn Close, su segundo acto. Dos décadas. De ser rechazada de papeles por su «porte de campesina» a interpretar a tres reinas del imperio. 

Nació en 1974 en una familia de clase media, de padre topógrafo y madre enfermera. La niña Sarah Caroline Olivia Colman no destacó en nada concreto en la escuela pública, ni para bien ni para mal. Su test de proyección profesional vaticinó que sería una excelente conductora de camiones, gracias a su conciencia espacial. Al margen de eso, la primera vez que le espetaron que era buena en algo tenía dieciséis años y estaba sobre un escenario, arrullada involuntariamente por las carcajadas del auditorio. El sueño era demasiado jugoso, demasiado inalcanzable, pero echó raíces de todos modos. Su familia se esforzó por enviarla a una escuela de interpretación (extraordinariamente cara, como todas) y también en procurarle formación como profesora, por si la realidad acababa aplastándola. Y lo hizo, durante unos años. Sobre las tablas conoció a Ed Sinclair, su futuro marido, que abandonó el sueño actoral antes de llegar a la meta. De esa época recuerda con pavor las clases de danza, los leotardos y aquella primera audición que salió mal. Era para Footlights, pero no se enteró de que era una comedia. El matrimonio acabó mudándose a Londres en 1998, donde tampoco los castings salían bien. Tenían, literalmente, una libra secuestrada en la cuenta de ahorros. «¡Y los cajeros automáticos no te dejan sacar céntimos!», recordaría Colman. Entre muchas estrecheces, suele rememorar lo que ella apodó con sorna como su momento sacado de Las cenizas de Ángela: buscaron entre las rendijas del sofá monedas para comprar una patata para compartir en la cena. 

Olivia Colman y David Tennant en Broadchurch, 2013. Fotografía: Kudos / Imaginary Friends / ITV.

Entonces, sonó el teléfono. Los directores de aquella prueba fallida, los comediantes David Mitchell y Robert Webb, no habían olvidado a la joven que se había comido la colilla de un cigarro en la audición que ella confundió con un drama. Le ofrecieron un papel, pero acabaría siendo mucho más. Tras eso, Olivia Colman interpretaría a Sophie Champman en la comedia Peep Show, a Tanya en Black Books, a Helena en The Office… y una sucesión de cada vez menos esporádicos papeles en ficciones cómicas de la televisión británica. 

El hito que se había propuesto empezaba a tornarse realizable: poner «actriz» en su pasaporte sin sentirse un fraude. Pero ni el alquiler ni el autobús se costeaban con pequeños roles. Así que siguió trabajando de oficinista, de recepcionista y de limpiadora. «No era muy buena, pero sí bastante alegre. Realmente disfrutaba de la sensación del trabajo bien hecho», recordaría después. Para superar el embargo de una tarjeta de crédito, aceptó un papel publicitario de la Asociación de Automovilistas británicos. Creyó que sería un encargo sencillo y rápido, pero no. El anuncio (bastante infame) se emitió unas cuatro veces al día durante todo un año en todos los canales del país. «Casi arruinó mi carrera», reconoció. Olivia Colman perdió una decena de papeles porque su rostro se había vuelto muy reconocible para el público, por las razones equivocadas. Superó el bache, quizás gracias a aquella precoz conciencia espacial. Siguió limpiando retretes en un bed&breakfast, rodando cortos, mockumentaries y también producciones radiofónicas. Una década. Hasta Tyrannosaur. 

Cuando regresó de Los Ángeles, le prometió a su agente que trataría de mejorar en las entrevistas. También le suplicó que, si todo salía mal, la ayudara a conseguir otro trabajo, quizás, como agente. En lugar de eso, el siguiente paso fue interpretar a la hija de Margaret Thatcher en La Dama de Hierro. La primera vez que el auditorio de los Bafta escuchó el nombre de Olivia Colman fue en boca de Meryl Streep, que en su discurso de agradecimiento por el premio a su interpretación de la primera ministra, dijo: «Olivia Colman es una actriz dotada por los dioses». Colman quiso agradecérselo, pero se le resbaló el pasmo: «Me sorprende que hasta recuerde mi nombre». 

Lo hizo ella y lo hizo una industria que empezó a ver en Colman una furia dramática en expansión. La serie Broadchurch —cuyo desenlace reventó los audímetros del país— fue sin duda el punto de no retorno. Por algo su creador, Chris Chibnall, escribió a la protagonista con la actriz en mente. Gracias a ello consiguió una hipoteca, que la gente la reconociera por la calle y una gruesa ración de titulares. Aparecieron los paparazzi. Pasó de ser la del anuncio de coches a provocar que John Le Carré aceptara el cambio de guion en la adaptación de uno de sus bestsellers, ansioso de que ella encajara en el papel. No solo cambió de sexo al personaje, sino que introdujo el embarazo de Olivia Colman en la trama de The Night Manager para comenzar el rodaje cuanto antes.

Ella seguía atando en corto sus expectativas. Llegaron más Baftas, más discursos burbujeantes y espontáneos, un estatus de estrella cada vez más incontrovertible. Se mantuvo, siempre, fiel a la tradición británica de alternar acidez y autodesprecio. Pero cuando le mentaban la posibilidad de saltar a Hollywood, permanecía incrédula: se veía demasiada dentadura, demasiada edad, demasiado ojerosa… demasiado británica para encajar allí. «Me miran y ven a una especie de Mary Poppins pasada de años», bromeó. Sus primeras incursiones, más o menos, le dieron la razón. En 2015 el director griego Yorgos Lanthimos le propuso una distopía. Se llamó Langosta y no parecía su pasaporte al Óscar. Pero lo fue.

Antes de subirse al teatro Kodak de Los Ángeles, Olivia Colman dejó Reino Unido conquistado, con apariciones en la pantalla tan imponentes que la televisión parecía a punto de estallar. Su nombre apareció en todas las listas de figuras más influyentes, y glorias como Helen Mirren y Maggie Smith se deshacían en halagos hacia su deslumbrante talento. Protagonizó ficciones de renombre y ganó desenvoltura en los platós. Contó su batalla con Wikipedia para que modificasen su fecha de nacimiento (le habían atribuido ocho años más) y también cómo, cuando fue invitada a una cena en Buckingham Palace, mandó a su marido a robar papel higiénico de uno de los setenta y ocho baños del palacio. La prórroga había expirado, y Olivia Colman había logrado no convertirse en la proyección de una mujer normal, sino, inexplicablemente, seguir siendo una mujer normal. Todo en ella —su carcajada nerviosa, su sonrisa cálida y gomosa, su audaz desvergüenza— era la clase de normalidad que ninguna anécdota puede construir. Ni impostar. 

Cuando llegó La favorita, su penúltima reina, la chanza con el título se hacía sola. Para todos menos para ella. Durante el rodaje, estallaba en llanto con tanta frecuencia, que Lanthimos acabó poniéndole un pinganillo con soporíferos partes meteorológicos para atemperar sus brotes. Colman se sentía tan mal por tener que gritar a otros personajes en escena, que a la voz de «¡Corten!», corría a disculparse con todo el reparto. Y lo hacía porque nunca ha dejado de tener presente el consejo que su marido le dio cuando, años antes, se vio desbordada por su papel en The Night Manager. Entonces interpretaba a una mujer en un entorno masculino, hostil, una defensora de la ley entre criminales, además, embarazada. Una outsider. Su marido la invitó a pensar en ella como una cebra, alguien que viene de un lugar diferente: «Imagina cómo se asustarían los leones si una cebra no se aterrorizara ante ellos», le dijo. Colman interiorizó aquello, lo estampó en su subconsciente: «Lo que no pueden entender los leones es que ella no es uno de ellos, y eso es precisamente lo que la otorga poder sobre ellos». Una diosa mestiza en torno a la que construir un templo. 

En pocos meses, Olivia Colman sucederá a otra cebra, a otra reina. Tomará el relevo de la actriz Claire Foy, que ha interpretado a Isabel II en The Crown durante tres temporadas, cuyo fichaje fue igualmente subversivo dado sus orígenes obreros. Colman, al ser preguntada por lo mejor de su inminente debut, respondió: «Podremos arreglar el baño de casa, que no ha funcionado los tres últimos años».  


Imprescindibles: Broadchurch

Broadchurch
Foto: ITV

Finalmente estrenada en España, Broadchurch es —como la calificaba el año pasado un periódico de su país— la serie con la que «la televisión británica finalmente ha conseguido seguir la estela a la de sus primos escandinavos». Por si usted no cae en la cuenta, con lo de «primos escandinavos» se refieren a la extraordinaria serie danesa Forbrydelsen, de la que ya hablamos en su momento y cuyo eco es mucho más persistente de lo que nadie hubiese vaticinado unos años atrás. Forbrydelsen no solamente ha producido un viraje estilístico en la ficción policíaca y detectivesca a ambos lados del Atlántico (un artículo del New York Times proponía la etiqueta, simple pero elocuente, de «nuevo estilo internacional» para los nuevos programas que parecen seguir sus parámetros) sino que además era solamente cuestión de tiempo que el Reino Unido produjese su propia imitación del original. Pues bien, esta imitación es Broadchurch, que en el Reino Unido ha encandilado a los críticos además de cosechar un enorme éxito de audiencia. En España, mientras escribo estas líneas, se ha estrenado con una fría acogida de la audiencia e incluso he leído alguna que otra crítica más bien despectiva. Definitivamente no parece el tipo de programa destinado a cuajar en nuestro país, aunque tampoco resulta sorprendente, ya que la propia Forbrydelsen no generó, ni de lejos, un culto similar aquí del que gozó en las islas británicas.

Tanto el argumento como la factura de Broadchurch recuerdan mucho a la citada serie danesa y eso es justificado motivo de comparaciones más que obvias, pero necesarias. Quizá haya que empezar diciendo que Forbrydelsen era una obra maestra, de lo mejor que se ha visto en televisión en bastantes años y probablemente continúa sin ser superada en su género (al menos en su primera y tercera temporadas) y que Broadchurch no lo es. Pero sí es lo bastante buena para que la podamos considerar una digna marca blanca o un sustituto de calidad. Varios de los elementos típicos de Forbdryselsen están ahí: para empezar, tenemos un único crimen (el asesinato de un niño de once años) y toda una temporada de ocho episodios para resolverlo mediante una investigación policial laberíntica en la que casi cualquiera puede parecer sospechoso. Además, se exploran las consecuencias psicológicas que ese crimen tiene sobre toda la comunidad, y nos muestran el perturbador panorama de una sociedad que de repente parece perder toda cohesión y termina sumida en un pozo de desconfianza generalizada. También tenemos a cargo del caso a una pareja de policías que destaca por el agudo contraste de personalidades entre un investigador que es un individuo normal y otro más disfuncional cuya vida personal es un caos o bien un vacío (esquema este que tras el advenimiento de la inolvidable Sarah Lund ha venido repitiéndose una y otra vez, desde la Saga Nóren de Bron/Broen hasta el Rusty Cohle de True Detective).

Siguiendo con el planteamiento argumental, el asesinato genera una oleada de ondas sísmicas en la hasta entonces apacible localidad de Broadchurch, ya sea en forma de luto desgarrador, de suspicacias mutuas o con el progresivo descubrimiento de que todo el mundo parece tener secretos inconfesables que intenta esconder a cualquier precio. El tono de la serie es oscuro y desesperanzado, prestándose especial atención a la descomposición en las relaciones interpersonales de los personajes, y cómo el crimen mancilla, desequilibra o directamente arruina la vida de aquellos que se ven involucrados en el asunto de una manera u otra. La nubosa costa del sur de Gran Bretaña sirve de plomizo escenario, y voilà, ahí tienen su Forbdrydelsen a la inglesa. Pero, ¿cumple bien la serie este cometido? Puede decirse que sí. Forbdrydelsen era más compleja y mejor en casi todos los aspectos, pero insisto en que Broadchurch es un digno derivado.

Para empezar, tenemos un fantástico reparto, uno de los puntos fuertes de la serie. Uno de los dos protagonistas es David Tennant, a quien algunos recordarán por Doctor Who y que aquí interpreta al arisco inspector escocés Alex Hardy. Por otro está Olivia Colman, una actriz más conocida por su trabajo en la comedia pero que saca adelante con brillantez el papel de policía rural que jamás se ha enfrentado a un asesinato y cuya personalidad convencional sirve de contraste a la excentricidad de Hardy (Colman tendrá también algunos momentos de lucimiento, especialmente conforme avance la historia). Pero aparte de los dos protagonistas, casi todos los actores hacen un trabajo excelente. Por mencionar un par: la bonita Jodie Whittaker —a quienes algunos recordarán de la curiosa película Attack the Block— encarna a una madre desgarrada por el dolor que no sabe cómo hacer frente a la pérdida de su pequeño, y lo hace con una creciente convicción conforme avanza la trama. Mención aparte merece la extraordinaria Pauline Quirke, que traza un memorable retrato de la desagradable e inquietante encargada del parque de caravanas local, un personaje sinuoso que podría perfectamente haber salido de Twin Peaks o de Top of the Lake. Hay más nombres que podrían citarse, porque lo cierto es que el trabajo de casting es fantástico… incluyendo a los niños, ¡lo cual ya es un considerable mérito!

Cinematográficamente hablando, la serie está rodada con eficacia y sabiduría. Sabe cuándo proporcionar información por medios puramente visuales —algo que siempre es de agradecer en este tipo de argumentos— y cuándo recurrir al diálogo para hacer avanzar la historia, pero sin resultar más obvia de la cuenta en ese aspecto. Ya en el primer episodio tenemos un cuidadísimo plano secuencia que no llamará mucho la atención porque muestra escenas cotidianas y no tiroteos como en otros programas, pero que debería ser de visionado obligatorio para quien guste de este tipo de alardes técnicos, porque está maravillosamente coreografiado. Esta pericia se extiende en casi todos los aspectos visuales de la serie, que no es preciosista ni demuestra grandes ínfulas artísticas pero sin embargo tiene muchos momentos estéticamente cautivadores.

El guión sabe crear momentos de considerable clímax gracias a un argumento cuidadosamente elaborado, en el que los espectadores nunca saben cuándo están siendo «engañados» (en el buen sentido) y cuándo se les dice la verdad. El que utilice esquemas que ya hemos visto antes no le resta méritos, porque se requiere bastante habilidad para sacar adelante este tipo de trama sin que los inevitables cabos sueltos chirríen —excepto para aquellos que disfrutan rebuscándolos— pero también consiguiendo que el espectador no ate esos cabos antes de hora. Así, a quien le guste jugar a adivinar quién es el asesino desde un principio lo va a tener francamente difícil. Por lo demás, la serie bebe como hemos dicho de los patrones del género negro escandinavo, en donde más allá del crimen central prácticamente todos los personajes son culpables de una cosa u otra, y donde el juicio moral sobre los integrantes de la comunidad apenas deja incólume a unas poquísimas personas.

Por ahora Broadchurch cuenta con una única temporada pero, además del considerable impacto que ha tenido en la televisión británica, está generando un cierto impacto internacional. En España, como decía, ha sido recibida con mucha tibieza, pero por en los Estados Unidos acaban de estrenar un remake titulado Gracepoint y que está también protagonizado por David Tennant (quien deja atrás el acento escocés), y donde su partenaire Olivia Colman es sustituida por Anna Gunn, la misma que encarnaba a Skyler White, la mujer de Walter White en Breaking Bad. También está algún otro rostro muy conocido como el de Nick Nolte. Dados los precedentes, es muy probable que la versión estadounidense termine siendo aquí más conocida que el original. Mientras escribo estas líneas ya se ha emitido el primer episodio de esa versión americana, que es prácticamente un calco del original escena por escena. Un calco técnicamente bien facturado, pero que obviamente produce la sensación de ser innecesario y que además parece carecer de la convincente atmósfera del original. Aunque todavía es pronto para emitir un juicio y más sabiendo que Gracepoint no tendrá ocho episodios sino diez, de lo cual se puede deducir que habrá importantes cambios conforme avance la historia. ¿Es esto una buena idea? Por lo general, cuando un remake estadounidense ha hecho cambios en una serie de este tipo, esos cambios han sido para peor. En los EE. UU. se suelen caracterizar por hacer extraordinariamente bien el material propio pero arreglárselas para estropear de un modo u otro el mejor material ajeno. La prensa norteamericana, de hecho, ha recibido la adaptación con división de opiniones: algunos alaban la factura técnica de la fotocopia, otros la consideran superflua o son escépticos en cuanto a que consiga deshacerse de la sombra del original. Yo soy más de la segunda opinión, pero ya veremos.

En resumen, la primera y de momento única temporada de Broadchurch es un fantástico ejercicio de «crónica de un crimen» y el que sea deudora de otras series punteras no debería impedir que sea degustada por aficionados al género. En la parte positiva, la ambientación y la particular idiosincrasia británica le hacen tener un tono menos «usual» que series como la mencionada Forbrydelsen (rodada en Dinamarca pero con un estilo visual y narrativo bastante americanizado) o la decididamente hollywoodiense True Detective, pero aun así es menos «típicamente inglesa» que por ejemplo Happy Valley, que por cierto comentaré en breve. Quien esté buscando una intriga criminal enrevesada, enriquecida con considerables dosis de tragedia personal y oscurantismo emocional, tiene aquí una buena oportunidad para pasar unos buenos ratos. Y desde luego, cualquier fan de Forbrydelsen puede recrearse con un programa directamente inspirado en ella pero que tiene su propia personalidad, lo cual siempre puede servir como paliativo para la definitiva ausencia del show danés. Lo dicho: denle una oportunidad —hagan todo lo posible por verla en V.O.S., eso sí— e intenten apreciar un trabajo del que los británicos se están sintiendo orgullosos con motivo.

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Foto: ITV